Nadie murió de hipotermia genital viendo porno argumental

Metamorphosis , ca. 1965. Fotografía: Wingate Paine.

Muchos recuerdan el acto de ver el cine X de antaño como toda una aventura de riesgo: el riesgo de pillar un resfriado por tener la entrepierna al aire viendo el desarrollo de una floja trama y esperando a la llegada de las partes interesantes. La aparición de las películas solo con escenas de sexo y las escenas cortas en la web se han celebrado como un avance importante en la historia de la pornografía y su utilidad para la urgencia del espectador. Pero, ¿tan malo era el porno argumental? ¿realmente el guion era un mero pretexto para legitimar y hacer menos obsceno su contenido sexual? He aquí mis argumentos a favor del argumento.

Premisas y concesiones

  • El objetivo principal de la pornografía es excitar, llevar al espectador al orgasmo. Una película que fracase en ese objetivo, con o sin argumento no debería considerarse pornografía. Se puede hacer —y se ha hecho— drama, acción, terror, ciencia ficción o comedia en filmes para adultos, pero el objetivo pornográfico no debe perderse nunca de vista. Aún más, una trama puede hablar del sexo en sí mismo, ser pornográfica en su naturaleza y, además, contener sexo explícito, permitiendo un bucle excelente y un objetivo cumplido por partida doble. Lo apuntaré más adelante. Por lo demás, concuerdo bastante con el dicho popular de que «el porno es para pajas» o no es.
  • El gonzo y otras modalidades de pornografía que minimizan o prescinden del argumento no son malas. No defenderé aquí el porno argumental como «el auténtico»; aunque sí lo defenderé como un referente capital. El gonzo como planteamiento es una buena idea que ha dado muy buenas escenas. El mal gonzo es lo malo. El peor, de hecho; y ahí sí que lanzaré un par de latigazos.
  • Igualmente, no todo el porno argumental será bueno por definición. Cierto es que desde que este género hace largometrajes muchos guiones se han escrito como los musicales de Bollywood: como mero enlace de las escenas de baile, excusas para llegar al sexo. Pero hay excusas mejores y peores. Y dentro de las últimas, se han rodado aborrecibilísimos pastiches que son capaces de lo impensable: quitarle a uno las ganas de paja. Son los que, con el tiempo, han alentado el prejuicioso mito que queremos desmontar en este artículo.

El argumento histórico (1): Los stag films

El guion existe casi desde los inicios del cine X, siendo este prácticamente tan antiguo como la cinematografía convencional. Las primeras filmaciones, pese a no tener un guion específico, sí que tienen algunas contextualizaciones que potenciaban el erotismo. Algún tiempo después y aún en la clandestinidad, el medio se las arregla para prosperar y tomar la forma predominante del stag film, esto es, un corto cinematográfico con un planteamiento que tanto sitúa la acción como la desarrolla ágilmente hacia la alegre refriega carnal de los actores. Evidentemente, el dotar de guion a estas producciones quedaba muy lejos de buscar un reconocimiento artístico, pero sí muy cerca de poner delante del espectador situaciones cotidianas familiares. Introducir elementos sexuales en estas aumentaba la excitación del público.

Como ha pasado constantemente en la historia del porno, pasó que el incremento de la demanda llevó a los productores a agotar y acortar los argumentos, produciendo numerosas escenas de cama sin pena ni gloria. El producto dominante, con el tiempo pasó a ser el loop, la escena pornográfica ceñida al sexo, que, sin embargo formó a algunos de los directores que se harían populares en los años siguientes a la legalización del cine porno y lo que se conoce como su edad dorada. Lo harían haciendo porno argumental. De hecho, la película que le daría popularidad y aceptación al género,  Garganta profunda de Gerard Damiano, también lo era.

Lo que nos queda a día de hoy del stag film es que podría considerarse algo así como el tatarabuelo de la escena corta argumental actual, que parece haber vuelto para quedarse.

Ejemplo 1 : El demonio en la señorita Jones (Gerard Damiano)

Garganta profunda es un buen ejemplo de buen argumento. Combinaba un asunto y diálogos humorísticos con unas ejecuciones para la fellatio remarcables, para obtener una comedia pornográfica.

Pero de Damiano me apetece más rescatar El demonio en la señorita Jones por otras razones. Emparentada con la obra A puerta cerrada de Jean Paul Sartre —a raíz de similitudes en su libreto— la obra desarrolla la caída en la adicción al sexo de su protagonista. Para construir ese descenso al pecado, Damiano edifica una escalera ascendente de escenas sexuales cada vez más osadas. Georgina Spelvin en el papel de Justine Jones atravesaba así un iniciático camino sexual perfectamente ordenado que pasa sucesivamente por la penetración con objetos, el sexo oral, el coito vaginal, el coito anal, la relación lésbica, un trío con dos mujeres y un trío con dos hombres, con doble penetración: una estructura-catálogo de prácticas que restará como paradigma referencial a lo largo de la historia del porno. Innumerables producciones posteriores —incluso las no argumentales— la usarán para narrar crescendos en temas de sexo.

Buscar semejante ordenación para crear un efecto tanto dramático como sugestivo, pues, es responsabilidad del guion.

El argumento histórico (2): Los pioneros del porno francés

El guion pues ha facilitado labores posteriores con el establecimiento de algunos cánones. Y alguien podría afirmar con certeza que se ha abusado de estos hasta conseguir que perdieran su significado y utilidad.

Sin embargo, guionistas y directores han sabido replantearse patrones y tradiciones, sorprender al espectador y revolucionar el género, sin abandonar las tramas argumentales. En el fondo, como la cinematografía convencional. Francia tuvo su edad dorada en la segunda mitad de los setenta con directores como Frédéric Lansac, Burd Tranbaree, Patrick Aubin, Francis Leroi o Gérard Kikoïne que se conjuraron tras la legalización del porno en Francia para ofrecer una pornografía única y memorable. Inspirados por lo mejorcito de sus homólogos americanos, introducían el sexo en lugares y momentos completamente inesperados, le daban usos tremendamente creativos al atrezo del set e incluso defendían la orgía como algo normalizado dentro de un evento social, dando amplia bola al mito del liberalismo sexual francés.

Aún más, estos primeros directores franceses supieron sumar la tradición del «cine sexy» —anterior a la legalización del porno en Francia— al rodaje de la pornografía explícita. Supieron hacer que sus historias hablaran del sexo como conductor de la historia y no como algo que emplazar gratuitamente. El adulterio, la vida liberal, los intercambios de parejas, las relaciones de dominación consentidas, las iniciaciones al sexo… incluso planteamientos fantásticos, como la vagina parlante de una mujer o la creación de una pareja sexual artificial, funcionaron increíblemente bien.

El contraargumento de la espontaneidad

Una de las críticas que se le ha lanzado al porno con guion y que funciona como halago del porno que no lo tiene es el de la falta de espontaneidad y credibilidad de sus escenas. No existen las pizza-girls sexys que se cobran el viaje en especie. El seguro no te manda fornidos fontaneros capaces de echar tres sin sacarla.

Por ello, en su momento, el gonzo de John Stagliano —alias «Buttman»— fue una idea repleta de frescura. Rocco Sifredi lo trajo a Europa con los mismos buenos resultados. La gente de Bangbros se estrenaron con su Bangbus, cruce entre la escuela del gonzo de Stagliano y lo que llaman «pornografía real»; precisamente triunfó en internet por su apariencia de realismo y los puntos de humor improvisados. Porque el gonzo puede ser divertido, directo y cachondo; y consigue generar la plausibilidad de que lo que les pasa a sus protagonistas te pueda pasar a ti. Sin embargo, con el tiempo, también pecó de los mismos males que la escuela argumental. La espontaneidad se pervirtió a favor de automatismos pautados, asentando su propio manual canónico que sigue sin desvíos, para acabar produciendo churros como churros. Y así, a estos magos de la seducción improvisada, se les ve el truco cuando reconocemos a una pretendida anónima como una actriz del circuito. También tendríamos hasta en la sopa el casting de chica en un sofá a la que, tras hacerle el test habitual del nombre, edad, procedencia, cuándo empezaste a follar y cuáles son tus posturas favoritas, le encasquetan un cimbrel en la boca en cero coma.

El resultado, en sus peores manifestaciones, nos ha dejado con un porno industrial de bajísima calidad que pierde de vista el motivo de su origen. Cabe más espontaneidad en una buena idea tenida por un guionista/director y su esfuerzo por llevarla a cabo en un trabajo conjunto con los actores y el equipo de rodaje, que en el enésimo amateur que cree que lo va a petar muy fuerte por haberse comprado una cámara y haber encontrado alguien con quien rodar un P. O. V. tumbado en la cama.

Retrato de Eugen Sandow, 1893. Fotografía: Benjamin J. Falk.

El argumento histórico (3) : Mario Salieri y el porno de autor

De Mario Salieri podrán encontrar un extenso artículo de un servidor en esta publicación. Sin extenderme mucho lo rescato aquí como prueba indispensable de la altísima calidad a la que puede llegar el porno argumental desde el cine de autor. Es el paradigma del pornógrafo que entendió a qué público se dirigía, creando historias de carácter local —profundamente italianas— pero que le permitían llegar a temáticas literarias y humanas universales, sin perder de vista el objetivo pornográfico. No perdió tampoco la oportunidad de crear un estilismo propio en sus escenas de sexo, haciendo que viendo un solo fotograma reconozcamos su mano. Alcanzó un éxito tremendo tanto en Italia como en Europa.

La lástima del asunto es que —como a otros autores— por atreverse a mezclar pornografía con referentes literarios o cinematográficos medianamente cultos se le ha tildado de pedante o de autor con pretensiones. Pornografía gafapasta hubieran dicho si la hubiera hecho a día de hoy. Y el hecho es que su obra pudo ser vanguardista en su momento, pero no era ni cine experimental, ni era necesario conocer oscuras referencias para disfrutarlo. Salieri no se puso en plan Thomas Pynchon a escribir sus historias. Eran historias bien pensadas, con sentido y una mínima profundidad, que cualquiera podría seguir. Aunque también pudiera ser que a cierto consumidor de porno, eso le ajenara de alguna forma.

El argumento de la interpretación

Escribir un guion, crear un personaje lleva a otro modus operandi en una producción. En Estados Unidos se distingue en los créditos de una película al porn actress/actor del performer, según deba interpretar un papel o simplemente follarse a alguien. En el primer caso se estudia un poco el personaje, se pone en su piel y se traslada imaginativamente a su historia, experiencia sexual incluida. Bien ejecutado, puede llegar a dar mucha credibilidad y torridez a la coyunda.

Seguramente mucha más que el o la performer que de set en set va ya por la tercera escena del día; que ya no es que se ponga en la piel de nadie, es que igual ya no está ni en la suya.

El argumento tecnológico

Pese a los argumentos que llevamos dados hasta aquí, aún podría entenderse que uno tuviera la urgencia de situarse frente a una pantalla y ver, ya desde el primer segundo, una mamada/penetración en primer plano. Durante los años de las cintas de vídeo podía entenderse el reniego hacia el porno que le hiciera a uno esperar un cuarto de hora o más hasta poder iniciar la práctica onanística; y que se le enfriase la erección en el entrecoito. Incluso con el botoncito de avance rápido era algo engorroso. Pero en la era del DVD, las escenas por capítulos y la posibilidad de avanzar la acción usando el cursor sobre la barra del reproductor, el argumento ya no tiene por qué estorbar al que por premura quiera prescindir de él.

El argumento histórico (4): Las parodias

El porno es un vampiro. La necesidad de dar trasfondo a la ingente cantidad de películas que producía y de buscar ganchos con los que atraer al público dio, a principios de los noventa, con la parodia como recurso. Usando referencias populares, surgieron parodias de desde Drácula a Eduardo Manostijeras, pasando por héroes de acción como Tarzán o Terminator. Muchas sonrojarían a directores de serie Z, pero en el intento sacarían más de una risa e incluso alguna película de culto. Actualmente, el porno ha estado ojo avizor y no ha desperdiciado la oportunidad de sacarle el jugo a dos éxitos audiovisuales recientes: el dulce momento de las series de televisión que estamos viviendo y las adaptaciones cinematográficas de los cómics de superhéroes. Estas parodias traen dos fenómenos argumentales imaginativos. Por un lado, filmar momentos no realizados en las producciones originales, como la escena en la que al Nota le ofrecen una mamada por mil dólares en El Gran Lebowsky; y por otro, pornificar momentos icónicos, como el famoso beso boca abajo de Spiderman a Mary Jane. Con o sin porno, en mi opinión, siempre mejor Capri Anderson que Kirsten Dunst.

Ejemplo 2: Great moments in threesome history (Brazzers)

La escena va como sigue: Ramon Nomar interpreta a un nerd americano —sí, si Superman puede pasar por Clark Kent, ¿por qué no?— que urde un furtivo plan para que Madison Ivy, su novia, le haga una paja sin saberlo. Le propone una velada de películas y palomitas en casa de ella. Ya en situación y con su novia en la cocina, nuestro héroe hace un agujero en la parte inferior del cubo de palomitas e introduce allí su herramienta del amor. Madison vuelve al sofá y empieza a comer palomitas mientras su expectante novio canta victoria mentalmente. Pero de repente, Kacey Jordan, amiga de Madison, se autoinvita al plan de ver películas y, claro está, al de comer palomitas. Las cotas de calentura y jocosidad suben rápidamente mientras Ramon emula a Jim Carrey poniendo caras que van de la excitación al desespero. Hasta que las chicas descubren la sorpresa y, lejos de enfadarse y apurarse a por enjuague bucal, alaban el gran ingenio de nuestro amigo y otras cosas grandes que también tiene en ese momento con sabor a mantequilla y sal. El tema deriva en sexo directamente. Y es un muy buen sexo, con todos los actores desatados y entregados a la labor. Kacey Jordan incluso llega a un orgasmo con squirting, quizás el único que yo le haya visto hasta la fecha.

Pero afrontémoslo: sin ese breve pero divertido guion —y sin ese cubo de palomitas— esta escena hubiera sido el enésimo porno de un tipo musculado tirándose a dos rubias de bote en un sofá.

El argumento socio-laboral

Mi salva apologética final va en defensa de los profesionales de la escritura de guiones. El porno es uno de los géneros más productivos del medio cinematográfico. Mueve cantidades ingentes de dinero. Guionista de cine es una de las profesiones peor pagadas y más invisibles de la industria audiovisual. Repartamos la dicha, demos trabajo al sector. Incluso los críticos de cine podrían tener en este hermanamiento más oportunidades de trabajo y una especialización de carrera. Hay porno de sobra para todos. Basta de hipocresía. Vengan críticos profesionales de porno a las carteleras de los periódicos y a las revistas de rabiosa actualidad.

Bueno, igual en este último broche me paso de vividor. Cúlpenme.

Retrato de Alice Wilkie. ca. 1925. Fotografía: Alfred Cheney Johnston.


El porno de los otros – XConfessions

Erika Lust, Joel Tomás y Noel Hortas. Making of de Meet me in the stockroom (XConfessions). Foto: Erika Lust Films.
Erika Lust, Joel Tomás y Noel Hortas. Making of de Meet me in the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Uno se pasa la mitad de la vida delante de una pantalla y la otra mitad delante de otra pantalla. El tamaño aquí sí que no importa. Probablemente es el artefacto cotidiano más dado por hecho en estos tiempos y sociedades en las que vivimos. En el trabajo y en el ocio. En cualquier soporte. De ordenador, de móvil, de televisión, de lector de libros. Y si esto es así, por su pronta accesibilidad, entonces el porno podría ser el nuevo sexo. ¿Se ve más porno que se folla? Soy incapaz de decirlo. Pero sí que es cierto que la pornografía parece haber alcanzado las cotas de aceptación en la cultura de masas más altas de su propia historia. Hablamos de porno con los amigos con mucho menos rubor que antaño y seguimos en redes sociales a nuestra actriz o actor favorito de una forma ya no totalmente natural —equiparable a hacer lo propio con tu cantante o futbolista favorito— sino quizás incluso trendy. Así, el porno, un recurso de la autosexualidad habitualmente referenciado a la soledad y a lo raruno, va dando pasos hacia un fenómeno compartido, incluso de comunidad, fuera de oscuros foros de internet. Pierda o no algo de su potencial para el morbo en el proceso.

Consecuentemente, el feedback del público respecto de la producción pornográfica es cada vez mayor. ¿Tenemos el porno que queremos? ¿Basta solo con lo que nos ofrecen los pornógrafos habituales? ¿Queremos un acercamiento a la realidad? ¿Queremos una fantasía exacerbada que jamás seríamos capaces de llevar a nuestras camas? ¿Queremos quince minutos de plano fijo ginecológico? ¿Necesitamos realmente que un actor porno, además de follar, cante?

Un proyecto que se ha planteado tener en cuenta este nuevo paradigma de interconectividad y de cercanía entre espectador y pornógrafo es el que propuso Erika Lust con la serie de escenas cortas arropadas bajo el título XConfessions. Adalid del porno para mujeres, la directora sueca afincada en Barcelona se dirigió a su comunidad de seguidores —labrada durante años a base de compartir con el público su visión particular de la pornografía, dirigida especialmente a mujeres— y les pidió una confesión de su intimidad o de sus fantasías, en el formato de un breve texto publicado en una web con registro creada para el caso. Erika se comprometía a rodar cortometrajes a partir de esas escuetas ideas —a razón de uno o dos al mes— y dar salida así a las lúbricas ficciones —o realidades— ajenas. De esta forma, el espectador se convertía en la chispa inicial de la inspiración erótica y sexual, dejando luego en las manos y la mirada de la directora la materialización de la misma.

Misha Cross y Gai del Bello en Dude looks like a lady (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Misha Cross y Gai del Bello en Dude looks like a lady (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Lo que la pornografía de Lust es y lo que no es

Antes de profundizar un poco más en lo que se ha producido a partir de este proyecto, me parece imprescindible hacer una limpieza de preconceptos establecidos que he podido observar navegando entre comentarios y reacciones a la filmografía de la directora. Porque uno de los aspectos que más me llama la atención de la obra de Erika Lust son las reacciones que a veces provoca entre los espectadores de pornografía convencional. Mi suposición es que buena parte de ellas provienen de espectadores que han visto sus películas de forma parcial o en un día peculiarmente malo. Porque uno no entiende, por ejemplo, la especie de histeria que lleva a pensar que de la aparición de un porno idealmente dirigido a mujeres todo el porno rodado hasta ahora vaya a ser rodado así, como si de una moda totalizadora se tratara y fuera a dejar al público masculino sin sus pajas. Más absurda me parece esta reacción si además tenemos en cuenta que este tipo de producciones siguen siendo un pequeño islote comparado con el océano de porno pensado específicamente para un público masculino, que es lo que ha abundado en la historia del género.

No, Erika Lust hace su pornografía desde su punto de vista particular y difícilmente Brazzers, Reality Kings, Cumlouder o Torbe van a dejar de hacer lo suyo o irse a la ruina por ello. Lo que tenemos aquí es una forma diferente de hacer las cosas que atraerá —o que más correctamente se podría decir que ya ha atraído— a una parte concreta del público consumidor de pornografía. Cierto es que ha habido un surgimiento —quizás sería más correcto decir una visibilización del público femenino espectador de este género— que ha aumentado la demanda, pero difícilmente esto irá en detrimento de la pornografía mainstream que ya se venía haciendo.

Dicho lo cual, vale la pena señalar, a raíz de varios comentarios leídos en lo ancho y largo de internet, lo que la pornografía de Erika Lust —y en concreto la de este reciente XConfessions— es y lo que no es:

—No es X-Art o Hegré-Art o cualquier otra forma de porno o erotismo esteta rodado en camas, sofás o camillas de masaje, con luz matutina y música de intro estilo chill-out ibicenco. Y digo todo esto, aunque no lo parezca, con todo mi respeto para ese tipo de producciones. Lust busca crear piezas bellas y estéticas, sí, pero hay dos razones que lo diferencian de lo anterior. La primera es que nunca rueda dos veces en el mismo sitio. Evita, de esta forma, la repetición y el abuso de los mismos espacios que desvirtualizarían cualquier fantasía rodada, haciéndola largamente aburrida. Es más, quitando el hecho de que casi todo lo rueda en el formato de escenas cortas —no ha trabajado el largometraje todavía— ninguna de sus producciones se parecen entre ellas e incluso apenas repite actores (siendo la excepción, ahora sí, en estas últimas producciones). La segunda diferencia esencial con estas producciones «blancas» es que las escenas de Lust siempre llevan algún componente argumental, por mínimo que este sea. Y en XConfessions esto es más que evidente en tanto que parten de las historias de los espectadores. Es por ello que los comentarios o críticas que asemejan unas y otras producciones se me antojan provenientes de espectadores que confunden el ver toneladas de porno con no ya saber de porno, sino entender lo que tienen delante de sus narices, para poder sentenciar una similitud de estilos y sus técnicas cinematográficas. Es más elaborado y menos industrial hacer lo que hace Lust. Pero algunos, para saber verlo, deberían devolver las neuronas al cerebro un rato.

—No tardan horas en ponerse a follar. Porque precisamente, una de las grandes virtudes de Lust es dibujar la historia con unos cuantos planos. Con unas pocas acciones, en apenas un minuto o dos, nos marca quién son los personajes, donde están y lo que va a suceder. A veces incluso lo hace con la pareja de actores ya en faena. Por lo cual, ni la historia será completamente anónima y aséptica, ni tendremos que esperar mucho a que el sexo empiece.

Sexo desde el minuto cero entre Amarna Miller y Kristopher Kodjoe en Before the guests arrive (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films
Sexo desde el minuto cero entre Amarna Miller y Kristopher Kodjoe en Before the guests arrive (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films

—Es porno para mujeres, sí, pero también lo es para hombres. De hecho, aunque la perspectiva de Lust es feminista y su constante manifiesto lo es, yo señalaría que su punto de vista es un punto de anclaje que le sirve para arrastrar la pornografía convencional rodada para un público masculino hacia un punto más intermedio, más ecuánime, que dignifica un poco más tanto la figura actoral femenina, como la masculina. La actriz ya no es solo un objeto sobre un sofá que va a ser follada por uno o más agujeros y el actor ya no es un pene ambulante de cabeza cortada. De esta forma, vuelve Lust a los inicios «ingenuos» de la pornografía donde la voluntad, más que filmar solo a la fémina, era rodar «el sexo», el encuentro de la pareja en el momento de cama. En sus escenas tanto hombres como mujeres espectadores, podrán disfrutar de cuotas de cámara mejor repartidas para ambos sexos.

—Y, por favor, no es softcore. Toda la filmografía de Lust contiene escenas de sexo explícito. En XConfessions, además hay varios polvazos de los de quitar el sentido. Porque la oferta es variada: tanto a los que gustan del juego erótico suave como a los que buscan ver un buen empotramiento furtivo verán su necesidad satisfecha.

Con lo que fantaseamos

Los microrrelatos del público fueron la materia prima para estas escenas, pues. Una materia prima muy variada que acabó reflejándose en la selección hecha por la directora para los rodajes; también lo ha sido la selección de cortos que se usaron para editar los dos volúmenes en DVD hasta la fecha. Erika no parece haber tirado hacia lo fácil, si bien no ha descartado los fetiches más comunes que pueden funcionar de cara a un amplio público. Muchas de las escenas podrían etiquetarse, como se hace habitualmente con el porno al por mayor: couple, bondage, amateur, voyeur, footfetish, oral sex, milf, threesome, sex at work… Todas esas denominaciones ya frecuentes en el mercado común del porno podrían aplicarse a una u otras escenas que integran en estos volúmenes. Sin embargo, la traslación de estas fantasías del público al corto pornográfico están aquí tan limpias de los vicios y lugares comunes habituales del género —y de eso hay que atribuir una parte del mérito a su origen en los relatos ajenos— que realmente parece algo nuevo, casi ingenuo, como si la pornografía pudiera esquivar los años que estuvo discriminada y se rodaba en feos camastros, se compraba en oscuras tiendas y se visionaba en salas marcadas con una letra escarlata. Como si solo se tratara de rodar y mostrar un aspecto más de la vida, narrar una historia de corte sexual, sí con morbosidad y picardía, pero sin cortapisas y prejuicios. Lo que tendría que haber sido.

Los temas a los que se ha dado ventaja casan perfectamente con las mejores especialidades de Lust como el costumbrismo aplicado al sexo o la fantasía de tinte onírico. Por un lado, destaca la cotidianía erotizada: un polvo en el almacén del curro, una pareja montando muebles en casa a los que les entra una urgencia inesperada de follarse el uno al otro, unos vecinos que se espían mientras se lo montan… son historias con tal plausibilidad que permiten emplazarlas en tonos casi costumbristas: algo que nos podría haber pasado alguna vez o que nos han contado y que nos gustaría que pasara. El otro tema recurrente —algo menos usado que el anterior— es un cierto onirismo, donde los propios protagonistas, en algunas situaciones parecen imaginar o soñar con lo que desean, interviniendo aquí fantasías de rol donde se juega a la persecución, a la dominación, a la sumisión o al voyeurismo. Y el tercer tema que me parece propio a destacar es el de la inversión de roles. Lust juega la carta feminista dándole la vuelta a ciertas cuestiones habituales en la fantasía masculina heterosexual. Por ejemplo, si a un chico le puede resultar erótico una chica en ropa masculina —una camisa o incluso ropa interior—, ¿por qué no un chico al que su pareja lo viste con su ropa, mientras se enrollan?

Alexa Tomás y Joel Tomás jugándose el despido en Meet me at the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Alexa Tomás y Joel Tomás jugándose el despido en Meet me at the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Finalmente, cabe mencionar el casting de actores y actrices seleccionados. Puede decirse claramente, que Lust parece contar ya —como ha sucedido con anterioridad con otros pornógrafos célebres— con su propio casting de referencia. Así como hasta la fecha había rodado muy puntualmente con diversas actrices y actores, apenas sin repetir, aquí cuenta ya con un plantel que le ha funcionado tremendamente bien. Por la parte masculina, se diría que ha encontrado ese modelo de chico alternativo y bello que andaba buscando y que se distancia de los cánones más comunes del género, buena parte de ellos definidos por el exceso de musculación y tatuajes. Bien es cierto que seguramente los actores de esta serie de cortos se pasen alguna que otra hora en el gimnasio, pero Joel Tomas, Kristopher Kodjoe y Maximiliano Gamberro —por decir tres nombres— pasarían perfectamente por modelos de ropa interior masculina o por ese guapo camarero de discoteca. Igualmente, remarcar que no estamos hablando de «niños bonitos» cuando cumplen —y con creces— su función de actores porno. Para las actrices ha habido un tono variado, pero también alternativo. Y esto va a parecer un comentario altamente superficial, pero Erika ha evitado casi totalmente a las rubias, de bote o de cualquier otro tipo. Sí que ha recurrido a actrices ya estrellas del porno mainstream, como la española Carol Vega o la polaca Misha Cross, que han dejado grandes escenas, han entendido bien el tipo de pornografía de Lust y han demostrado tener tanto tablas sexuales como interpretativas, por escasa que sea la interpretación solicitada. Mención especial debo hacer a la pelirroja Amarna Miller que sorprenderá gratamente al público tanto por la forma en que la cámara la adora como por su entrega al sexo de una forma espontánea y bastante salvaje, con una naturalidad desmedida. Y nota también buena para la excelente química entre Joel Tomás y Alexa Tomás y su versatilidad como pareja porno artística. Lust los ha usado hasta en tres escenas con roles y entornos completamente diferentes, por lo que sus escenas difícilmente resultarán repetitivas al espectador.

Cortos recomendados

Para finalizar este artículo selecciono cuatro cortos que, en mi opinión, son excelentes; eso sí, sin querer quitarle mérito al resto.

I fucking love Ikea – Escena que abre el primer volumen, muy bien seleccionada para prender la mecha de la serie de forma divertida, desenfadada y un poco gamberra. El cóctel lo compone un amago de parodia de la pornografía mainstream, un saque de ingenio en la «pornificación» de los catálogos de la célebre marca de mobiliario doméstico —nótese el guiño a la popular relación de amor/odio del público hacia la misma en el título— y mucho mucho sexo sin freno. Carol Vega está en su salsa en esta pieza, precisamente al recordar a estas escenas de corte más convencional. Sin embargo hay que destacar también la versatilidad de la actriz para muy sutilmente interpretar distintos personajes, sin mediar apenas palabra, en otros cortos de XConfessions como We know you are watching o The art of spanking.

Before the guests arrive – En toda serie de cortos o de películas porno de escenas cortas, todo buen amante del porno acaba por señalar su escena favorita. Una a la que vuelve con frecuencia. Muchas de las escenas de XConfessions me han gustado bastante. Pero creo que mi favorita —por la de veces que he vuelto a ella— de toda la serie es esta brevísima pieza de apenas cinco minutos. La situación que ilustra es la de una pareja que empieza a follar en la cocina de su piso, con los fogones en marcha y los invitados llamando a la puerta. La escena empieza ya tórrida desde el primer segundo y el ritmo con el que se desarrolla es perfecto para la idea que busca. Los elementos de la cocina en marcha, la presión del reloj que va marcando los segundos, los súbitos cambios de postura de Kristopher Kodjoe y Amarna Miller, montándoselo por toda la encimera, la premura del timbre de la puerta que suena con los invitados esperando fuera… Es el proverbial «quiqui rápido» materializado en escena porno. La pieza parece sencilla pero entraña una calidad técnica y de montaje excelente. Servidor la ha visto varias veces en bucle. Desnudo de cintura para abajo; ¿o acaso los críticos de música escuchan los discos con tapones en los oídos? De nuevo, quiero distinguir a Amarna Miller : es fascinante cómo clava la mirada en su pareja de baile, todo el morbo que destila y su forma de dejarse llevar hacia auténticos orgasmos ante la cámara. Su talento, además, le ha valido un Premio Ninfa a la mejor actriz en la edición de este mismo año. Sin duda alguna seguiremos su carrera con gran interés.

Lets make a porno (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Lets make a porno (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Lets make a porno – Escena que es una deliciosa contradicción. ¿Cómo le damos la vuelta a una escena amateur? ¿Cómo dotamos de calidad a algo amateur sin que se pierda su esencia? La directora se propuso grabar una escena con una pareja que no habían rodado jamás porno en su vida y cuya fantasía —confesión— era precisamente eso. Pero esta pieza no se queda solo en rodar una escena amateur, sino que Lust la aprovecha para jugar al metacine o más bien dicho en este caso, al metaporno. Porque crea dos universos simbólicos. Uno es el de la escena rodada donde invita a dos personas «reales» a follar en un entorno donde la única realidad existente es la pareja retozando en la cama. El otro universo es el de la misma escena, vista desde fuera donde —como en las escenas amateurs— se revela el acto de la filmación del coito casi a modo de documental behind the scenes, con todos sus integrantes, cámaras, ayudantes y la propia Erika alrededor —que parecen casi como silenciosos duendes escondidos en el set—. En el proceso se van recogiendo infinidad de detalles, de pequeñas bellas imperfecciones, casi como las que aparecen en los vídeos amateur, pero cuyos directores no destacan o no saben destacar. Lust lo hace y va alternando uno y otro universo en el montaje final de la escena dando como resultado una reverencia tanto al sexo en sí mismo —con todos sus besos, sudor y orgasmos— como a la pornografía bien hecha.

A blowjob is always a great last-minute gift idea! – Esta escena parece haber quedado fuera de la selección dirigida a las películas, pero puede contemplarse en la página web de XConfessions. La destaco aquí primero por su tremenda capacidad cómica —pude verla en una de las presentaciones de la serie en un cine en Barcelona y el público disfrutó ampliamente con ella— y por lo irreverente que resulta; también por ser una de las pocas piezas homoeróticas. Demuestra un conocimiento total de todos los vídeos de mamadas habidos y por haber y de sus respectivos clichés filmados en primer plano: el juego con la saliva, el lametón de arriba abajo, el agolpamiento del miembro en la cara interna de la mejilla, el deepthroat. La escena empieza casi de forma inocente y poco a poco va aumentando su tono para convertirse tanto en parodia de las escenas habituales de mamadas como en un gran vídeo de temática toy. Y todo ello en un espacio público. Independientemente de la orientación sexual de cada uno, esta escena hay que verla. A quien no le ponga cachondo, una sonrisa al menos le sacará.


Kay Parker, la madre que no nos parió

Eme Cu Eme Efe. Eme Cu Eme Efe. Eme Cu Eme Efe. A finalísimos del siglo pasado, esas cuatro letras eran coreadas en la comedia adolescente picante American Pie —ay, si Porky’s levantara la cabeza— por varios imberbes zagales durante una fiesta casera frente al retrato de la pechugona y ausente madre del anfitrión. Poco se podría sospechar quizás que semejante chiste fácil fuera a popularizar un término que soezmente etiquetaba una fantasía no extraña a la mente masculina pese a los tópicos sobre las preferencias en cuestiones de edad: la de la mujer madura considerablemente atractiva, “la Madre Que Me Follaría”. El chiste, el término, la etiqueta adoptada devino en moda en los siguientes años. Varias series de televisión se crearon alrededor de personajes principales con características que buscaban explotar la redescubierta veta sexual de la que, además, surgirían variedades específicas, como la del “puma” —cougar— que definía a la mujer madura con una actitud de depredadora sexual. Mujeres Desesperadas  y Cougar Town son dos casos populares al asunto. Por otra parte, en otras series —de cualquier género— las milfs aparecían como champiñones dentro del elenco de personajes, destacando por su tremendo sex-appeal. Como relucientes ejemplos me quedaría con Elizabeth Mitchell (Juliet Burke) en Perdidos y Sofia Vergara (Gloria Delgado-Prichett) en Modern Family. Por la parte que le toca —y con más tradición, si cabe— la cinematografía también ha usado la capacidad seductora de actrices veteranas como Michelle Pfeiffer, Diane Lane, Sharon Stone o Monica Bellucci. Catherine Deneuve y Susan Sarandon ya se habían marcado a principios de los ochenta un rollo lésbico-vampírico-existencial en El ansia. E incluso una Sofia Loren ya con sesenta tacos se atrevía a lucir palmito y lencería en una erotico-cómica escena de cama con Marcello Mastroianni en Pret-a-porter.

Foto Sofia Loren
Marcello, tú me has enseñado a ser una leona

¿Y el porno? El porno celebró la segunda venida de toda una serie de actrices que habían triunfado tiempo atrás y que demostraron no haber perdido su toque. Pese a que las vueltas al negocio del coito cinematografiado no eran algo completamente novedoso —casos como el de Nina Hartley o Ginger Lynn por citar un par— ahora los regresos venían arropados por el popularizado nuevo nicho que, al reconocer el atractivo y potenciar de la veteranía, permitía felizmente ampliar la edad media de la carrera —por lo general corta, sobre todo en comparación con sus contrapartidas masculinas— de muchas felatrices de culto.

Sin embargo, la presencia de la mujer de edad avanzada —que en términos de pornografía lo situaremos entre los treinta y cuarenta años— en el cine para adultos no siempre ha necesitado de la popularización de su fantasía. Cuando la escena sexual estaba incluida en el argumento como parte del mismo —y no era la totalidad del argumento—, cuando el sexo en pantalla buscaba como referente la cinematografía convencional en pos del reconocimiento y la categoría de arte, los directores buscaban actrices con las virtudes necesarias para representar los papeles de los guiones, combinando en lo posible tanto aptitudes físicas y sexuales como interpretativas. Georgina Spelvin, con 37 años de edad, algunos estudios de interpretación y unas pocas escenas de sexo a sus espaldas, se convertía en la protagonista esencial de una de las mejores películas pornográficas de todos los tiempos,The devil in Miss Jones. Otro caso célebre es el de Juliet Anderson. Con 42 años, se la inmortalizaba con el alias de Aunt Peg a raíz de la película de mismo título, en su papel de rubia arpía insaciable.

Pero la cumbre del mito erótico de la mujer madura —la mujer que mejor representó el ideal erótico-maternal para el espectador— no lo alcanzó ninguna como Kay Parker en Taboo, con su papel protagonista de Barbara Scott y el relato de una relación incestuosa madre-hijo. Una interpretación que, a efectos prácticos, perfectamente le valdría el título de Madre de todas las Milfs.

Una inglesa en los Estados Unidos del Porno

Kay Parker llega a la costa este americana desde su Birmingham natal en el 1965, con 21 años. Es criada en una Inglaterra triste y gris de postguerra profundamente represiva y cuenta en algunas entrevistas que si se hubiera quedado en las islas durante más tiempo, sencillamente no hubiera podido salir viva de su juventud. Su viaje a los Estados Unidos fue tanto una huida como una forma de descubrirse a sí misma. Y su entrada al mundo del cine para adultos no fue inmediata ni impulsiva, amén de que al cine porno por aquel entonces aún le quedaría unos años para ser legal.

Más de una década después de su llegada a América, conoció al actor John Leslie, que sería su contacto de entrada. Inicialmente, ella desconocía que se dedicaba al cine pornográfico, si bien algo se imaginaba; en aquella época, en aquel lugar, era casi más fácil estar metido en el mundillo que no estarlo. La inmersión de Kay en el mismo fue progresiva y sopesada, lo que nos da mucha información sobre su forma de ser. Era todo lo contrario del estereotipo de sureña inocente que buscando los focos de Hollywood acababa rodando porno casi desde el minuto cero y que la propia industria ha representado, parodiado y, de nuevo, fetichizado. Inteligente y reflexiva, además de ponderar cada paso que daba, la actriz reconoce que era —y durante mucho tiempo fue— bastante pudorosa. Incluso ya instalada en su carrera como pornostar, se consideraba a sí misma en medio de la escena del cine para adultos como “la mojigata del porno”. Por norma general, evitaba escenas extremas o papeles a los que no pudiera aportar algo más allá de la propia escena sexual. Y entendía que la práctica del coito ante la cámara, cuanto más natural y sincera fuera, mejor resultado daba.

En aquellos tiempos previos al inicio de su carrera no es menos cierto que también sentía una cierta necesidad de “desmelenarse”, quizás como forma de liberación de su restrictivo pasado al otro lado del charco. Esto, junto con la atracción que afirma sentía hacia el mundo del cine en general, hace más sencillo entender su proceso paulatino de entrada y, por otra parte, pone de relieve los paralelismos esenciales con el personaje de Barbara Scott que la hicieron única para el papel y explican el enorme éxito que le siguió.

En 1977, aceptaría su primer papel en V, the hot one de Robert McCallum, uno sin escenas sexuales, pero que supondría introducir un primer pie en la escena. La inmersión completa y su debut como actriz pornográfica se daría ese mismo año en Sex World de Anthony Spinelli. Kay Parker tenía 33 años y los productores del momento empezaron a tomar nota de todas sus virtudes y de cómo destacaba frente a la actriz porno media de aquellos años. Además de manejarse bien con los guiones y la interpretación, aquella mujer de melena castaña, ojos azules y exótico acento inglés, poseía un físico de infarto. Si a la Parker, en su juventud, le había picado algún bicho radiactivo del que obtener unas dotes proporcionalmente superiores a lo humano… bueno, solo digamos que el bicho en cuestión no era una araña. Para el anecdotario, Ron Jeremy afirmó en su día que Kay Parker es una de las tres actrices con las que lamenta no haber podido compartir escena nunca —aunque estuvo a punto, en Taboo 2— junto con Annette Haven y Jessie St. James.

Tres años después, en 1980, llegaba la oferta para rodar Taboo. El tema de la incesto tratado a través del cine para adultos era y no era nuevo. Existían antecedentes en producciones de bajo coste en ambas costas americanas. Y en Europa, los alemanes ya habían iniciado la serie de películas pornográficas con toques de comedia de Josefine Mutzchenbacher —otro porno de culto, menos conocido popularmente— basada en las escandalosa novela erótica Historia de una prostituta vienesa de autor anónimo, pero atribuida a Félix Salten, autor de Bambi: una vida en el bosque, el relato del que surgiría luego la famosa producción de la Walt Disney. En cualquier caso, en América, aquel era el primer guión sobre el asunto con algo más de profundidad y seriedad, pero tampoco exenta de puntos de comedia, como veremos.

Foto Jessie St James
Barbara Scott pudo haber sido rubia y algo menos madura

Kirdy Stevens, director de la obra que nos ocupa —fallecido este pasado mes de Octubre— tuvo en mente inicialmente a Jessie St. James, una de las mujeres más guapas del porno de finales de los setenta para el papel principal; pero por lo que fuera la oportunidad para interpretar a Barbara Scott acabó en manos de Kay. La verdad es que las dos mujeres se parecían la una a la otra en el proverbial blanco de los ojos. La primera era una esbelta y rubia californiana con rasgos atléticos. Kay Parker, todo lo contrario: le sacaba diez años de edad, le ganaba en voluptuosidad y en tallas de busto —lo que parecería más apropiado para una representación maternal— y poseía el punto del acento británico que podía dar matices ya no solamente maternales, sino también matronales. En cualquier caso, el papel y la decisión de interpretarlo acabó recayendo sobre ella.

Y en la encrucijada de aceptar la que sería la interpretación de su vida tuvo sus reparos. El tema del incesto la echaba para atrás, pero el guión era bueno, el personaje importante y había muchas posibilidades para la interpretación dramática. En el imaginario artístico del momento quizás corría también la película de Bertolucci estrenada el año anterior, La luna, sobre la relación incestuosa entre una viuda cantante de ópera y su hijo adicto a la heroína. Al final, la británica reflexionó que si no era ella quien asumía el rol, lo asumirían otras y que aquel era un tren que debía tomar. Si ella era Barbara Scott por lo menos podría ponerle corazón —y no solo cuerpo— al personaje. Y dio el sí.

Taboo : Crónica de un incesto anunciado

(Van avisados de que voy a hacerles el spoiler de la trama entera.)

Así como de un porno argumental nos esperaríamos un inicio narrativo que nos llevase algo más tarde a alguna escena sexual, Taboo empieza directa al tajo, pero de una forma que ya nos habla de la personalidad de sus personajes a través de la práctica coyuntal. La película abre la historia con Bárbara Scott sobre el lecho matrimonial practicándole una felación a su amado esposo, Chris, a oscuras. El afortunado varón extiende una mano para encender la lamparita y así poder disfrutar visualmente de los favores que está recibiendo; sin embargo, no tardará ella en lanzarse sobre el interruptor para volver a apagarla. Poco después, su marido la volvería a encender, contrario al quizás inverosímil pudor de su mujer. Hay quejas, algo de refriega, pero la pareja acaba rematando la faena. Sin embargo, a la conclusión de la misma  Chris anuncia a Bárbara —aún más inverosímilmente— que la deja por su secretaria a causa de su constante mojigatería en la cama.

Tras semejante desencadenante de la acción, no se nos tarda en presentar a otros personajes principales de la historia. El primero es Paul, hijo de Barbara, un rubio Apolo americano de ojos azules interpretado por un Mike Ranger de veintiocho años, que en la historia pretende tener bastantes menos (se afeitó un prominente mostacho a lo John Holmes, moda varonil del momento), acorde con la edad de un universitario de primeros años; Kay Parker en aquel momento tenía treinta y seis años y, a la inversa, su personaje pretendía aparentar alguno más. Paul no parece excesivamente sobresaltado por la idea de que su padre abandone a su madre y en la escena del desayuno en el que lo conocemos por primera vez ya gasta miradas furtivas al generoso escote maternal bajo una bastante suelta bata de dormitorio. Pronto veremos que Paul tiene una vida sexual bastante rica: queda para estudiar con su novia —interpretada por Dorothy LeMay— y una amiga y nos demuestra que es capaz de contestar preguntas de historia general a lo Trivial mientras usa la boca para otros menesteres. Después de la tercera respuesta correcta, su pareja deja de hacerle preguntas para pasar a temas más elevados, probablemente asombrada por la increíble cultura de su novio. No tardará tampoco en sumarse la amiga a todo el asunto. Vamos, lo normal de quedar a estudiar historia.

Foto Kay Bata
Cosas que te pondrías para desayunar en familia

El otro personaje importante a presentar es Gina, interpretada por Juliet Anderson, que hace las veces de amiga íntima de Barbara. Su personaje no puede ser más diferente al de Kay, una mujer madura sexualmente liberada que a las doce del mediodía está montándose tríos con su pareja y una amiga asiática. Su personaje, opuesto natural y contrapunto dialéctico al de la protagonista, también dará respiros de humor al guión. Ella tratará de animar a su buena amiga después de su ruptura matrimonial. Y su propuesta para que lo supere todo, inevitablemente, pasará por encamarla lo más rápido posible con algún conocido, pese a que Barbara no esté mucho por la labor. Mucho más formal, su primer paso para reiniciar su vida consiste en conseguir un trabajo en la oficina que dirige un viejo amigo, Jerry. Pero allí también estará presente el furor sexual del que pretende escapar: Jerry, ya en el primer día de trabajo, muestra unos avances hacia ella que no le gustan nada y que están más cercanos al acoso sexual que al cortejo romántico que ella quizás preferiría. Pero tras hablarlo y varias disculpas, pactan una relación estrictamente profesional.

A la vuelta del trabajo, Paul llega también a casa con su novia y no pierde la oportunidad de espiar a su escultural madre en la ducha y arreglándose para salir. Además de las miradas furtivas matinales, el joven ya había tratado —con éxito— de colarle un nada sutil beso con lengua tras la coartada de un inocente ósculo familiar durante una charla madre-hijo. Así, la irresistible atracción que siente hacia ella se va haciendo cada vez más patente. Este enfoque, también, ayuda a aliviar ligeramente la dura carga del tema del incesto en la película: Barbara no es una depredadora sexual —no es una cougar— sino todo lo contrario; es su hijo el que trata de hacer avances hacia ella y quien desarrolla la obsesión inicial hacia el otro. En una nueva escena de sexo con su novia —una vez su madre ya ha salido con su cita— se nos intercala alguna escena recordando a su madre desnuda para insistirnos en esa idea.

Mientras tanto, Barbara ha salido con un amigo de Gina para asistir a una fiesta. Una fiesta en la que, a los pocos minutos de llegar, empieza a circular gente sin ropa porque, sin ella saberlo, la han llevado a la clásica swinger party de la costa oeste setentera. Su acompañante insiste en que participe, pero ella se niega. Pero que ella se mantenga al margen no impide que el evento devenga en orgía desenfrenada. Kirdy Stevens nos regalará la breve instantánea de un daisy chain, una ourobórica cadena de sexo oral perfectamente heterosexual, elaborada ante los ojos de la atónita Barbara —que, por otra parte, está también ocupada sacándose de encima a un hippie de la edad de su hijo—. Tras el intercambio lúbrico masivo, la fiesta termina —ella es la única que no ha participado sexualmente del encuentro— y su acompañante la deja en casa.

Pero algo más tarde, ya acostada, no consigue pegar ojo. Todo el mundo menos ella parece tener una vida sexual plenamente satisfecha. Allá por donde circule, sea su entorno familiar, profesional o social, no encuentra más que sexo, sexo y sexo que por su forma de ser rechaza por sistema. Pero toda esa presión —suponemos que por desgaste— acaba haciendo mella y se encuentra a sí misma, de madrugada, excitada y acariciándose con el recuerdo de lo que ha visto durante su cita, fantaseando con su participación de la multitudinaria orgía y colocándose imaginariamente en el centro de aquel círculo de gente desnuda que ahora trata de alcanzarla con sus manos mientras se deja llevar —por fin— por el éxtasis. Pero así como hace unas horas disponía de múltiples opciones para elegir con quien saciar su repentino deseo, en esos momentos se encuentra sola en casa.

O no exactamente sola.

Foto Swinger Party
Mucha gente desnuda y sábanas con estampado de flores: un solo fotograma para saber que estamos en la California de finales de los setenta

Un polvo para la historia del cine porno

Bárbara se levanta y tal y como avanza por el pasillo se nos enchufa la tonadilla funky característica de la película como preludio a lo que va a venir a continuación. Pasa frente a la habitación de Paul y se detiene cuando lo escucha gemir. Si bien, si paramos la oreja, más que gemido la gesticulación verbal de su hijo suena más como el graznido de un pato que como un gemido.

Entra al cuarto y allí se lo encuentra. Durmiendo en su cama como ella lo trajo al mundo. Hace un amago de resistencia, pero las lujuriosas imágenes mentales vuelven a asaltarla. Duda, se aleja, vuelve a dudar y acaba por sentarse en la cama junto a él. Stevens intercala esta secuencia con imágenes, esta vez, de ella practicándole una felación a un desconocido. Porque ahora sí, el director ya ha soltado todos los pathos. Y finalmente, Bárbara termina por derribar toda barrera mental y moral, dándose a la catarsis. En toda la boca.

Lo que sigue es una de las escenas de sexo más ardientes de la era dorada del porno americano. Kay Parker ha comentado en varias entrevistas algunas de las claves que probablemente hicieron que la escena clave de la película, la encarnación de su título, fuera tan tremendamente exitosa. Por un lado, Mike Ranger era un actor con el que, antes de esa película no había “trabajado” nunca. Y confiesa que había una patente atracción mutua del uno hacia el otro incluso fuera de cámara, lo que hacía fácil darle credibilidad al encuentro amoroso y al deseo contenido y posteriormente desatado entre ambos. El otro aspecto clave es el trabajo de interiorización del personaje por parte de la actriz, en todos sus aspectos. Kay se había puesto perfectamente en la piel de Barbara y llegado el momento, trató de infundir tanto amor como pasión a la escena. Con una perspectiva no libre de un cierto misticismo, la británica explica que en ese lugar, en esos instantes, la unión de energías entre todos los que trabajaban en el rodaje —y en particular de Mike y ella— hizo de la escena algo irrepetible, que explica su posterior gloria. Al margen de explicaciones cercanas al new age de las que no necesariamente tenemos que ser partícipes, la actriz reconoce que esa interpretación marcó una techo en su carrera y que en ninguna otra película llegó a ejecutar nada de tan alto nivel.

Floja conclusión

kay parkerPara aquellos de los presentes que vean porno esperando a la mejor escena —leen ustedes Jot Down, revista supuestamente para gente con criterio, por lo que presumo que serán de esos— les adelanto que si se sientan a ver Taboo esa escena no solo es el gran clímax de la película sino que también deberá ser la de todos ustedes.

Porque desafortunadamente el momento cumbre de la película también marca el momento en el que se va rápidamente cuesta abajo. Al día siguiente del acto, inexplicablemente, Barbara acepta una casta y pastelosa cita con su jefe en localizaciones reconocibles de San Francisco. Todo lo funky se vuelve balada romántica. Posteriormente, incluso, hay un nuevo encuentro sexual entre Paul y Bárbara  donde ella sucumbe de nuevo a la tentación y su desliz de la noche anterior deja de ser un mero “accidente”, tratando fallidamente de inyectarle dramatismo y más pasión al asunto.

Prueban también con algo de humor, incluso —lo que desinfla más la historia—, porque, sobrecogida con lo que ha pasado, nuestra protagonista acude a su mejor amiga para recibir consejo. Y Gina, cuando oye la historia hace lo más lógico —para ella, claro— en esas circunstancias, que es masturbarse. También hay que ponerse en su lugar: de golpe y porrazo, su amiga ha pasado de ser una mosquita muerta a salir con el jefe que la acosaba y a acostarse con su propio hijo. ¡Y ella se creía liberal!

Así que, tras haber desarrollado un buen argumento, cargado las pulsiones sexuales y poner en juego un tema tan delicado como el del incesto, Taboo finiquita la cuestión con una conclusión sin chicha ni limoná. Paul y el gran dilema de la historia prácticamente desaparecen del panorama por arte de magia y Barbara confirma su relación con Jerry —bastante menos atractivo que Ranger y poseedor de una capa de pelo en la espalda a lo Ron Jeremy (bueno, exagero; realmente no existe nadie en la industria y quizás en el planeta con tanto pelo en la espalda como Ron Jeremy) en una última escena sexual finalizada con charla entre ambos en la que ella afirma que va a tomar las riendas de su vida, y constata que siempre habrá una parte que será solo suya, algo que no se puede contar, un tabú. Deja así al espectador con la puerta abierta a imaginar si pese a haber elegido a Jerry, aún pudiera continuar secretamente su relación con Paul. Final abierto en toda regla.

Después de Taboo

La obra magna de Stevens, pese a su ligero final, conserva una factura notable para una producción de la época. Más de treinta años después —y algunos retoques posteriores— se deja ver bastante bien pese a los cortes defectuosos y un exceso de acentuación de los rojos y naranjas; una maniobra técnica del director para tratar de dotar de más “ardor” a las escenas sexuales y todo lo contrario a lo que, según explicamos en otro artículo, empleaba Mario Salieri en sus producciones. Taboo, además, tiene unos insertos de audio para las escenas de sexo oral que sonrojarían a medio Desembarco del Rey.

La película generó su dosis de escándalo en el público, pero quizás no tanta como se hubiera podido esperar. Kay Parker se vio tanto increpada por detractores como apoyada por defensores de su trabajo; en cualquier caso, su fama se disparó. La historia se convirtió también en objeto para el cachondeo: el cómico Adam Carolla incluiría en algunos de sus shows chistes sobre las secuelas que siguieron a cuenta de las inverosímiles situaciones familiares que en ella se daban. Porque el éxito de la producción hizo que surgieran segundas y terceras y cuartas partes con apariciones de su ya popular protagonista —aunque de forma algo más secundaria— hasta la tercera entrega. Hay opiniones que incluso llegan a afirmar que alguna de estos trabajos posteriores superó al que lo empezó todo. Taboo 2 retomaba el tema del incesto pero con un rondo familiar completo de padre, madre, hermano y hermana, donde a lo largo de la trama se iban ejecutando todas las permutas heterosexuales posibles  entre ellos. También los hay que opinan que la mejor es la cuarta, probablemente por la aparición destacada de una jovencísima y reluciente Ginger Lynn con apenas un año de carrera a sus espaldas.

No se iba a quedar ahí la cosa. El título de Taboo aparecería en las carátulas de hasta veintitrés películas durante veintisiete años, convirtiéndose en una de las series de porno argumental más largas de la historia del género y duraderas hasta el momento actual (la última es del año 2007). En su recorrido —si bien con diferentes calidades y el tema del incesto apareciendo con diferentes caudales— la serie ha vivido diferentes épocas del porno americano, viendo su caída y resurrección, viviendo la llegada del minimalismo argumental, y todas las modas estéticas posibles, desde la proliferación de la silicona y las melenas rubias de bote cardadas hasta los tatuajes y el anillado corporal. También, como es lógico, tuvo en su reparto a actores y actrices de diferentes quintas. De entre ellas podríamos destacar a Nina Hartley, Sunny McKay, Misty Rain, Draghixa, Inari Vachs o Aurora Snow entre tantísimas; y de entre ellos a Ron Jeremy, Randy West, Joey Silvera, Hershel Savage, Mike Horner, Randy West o Vince Voyeur. En el mundillo, para los actores, seguramente hacer “una de Taboo” debía de ser como el equivalente a salir en “una de Bond”. Por otra parte, en cuanto a la dirección, Kirdy Stevens se ocuparía de las siete primeras entregas, pasando luego el relevo a nombres como Henri Pachard, Alex DeRenzy, F. J. Lincoln o Michael Zen. El propio Pachard en el 1985 recogería el polémico pero llamativo tema del incesto para rodar Taboo American Style, una obra en cuatro partes con una trama más de culebrón de clase media-alta americana, menos puntos de comedia y más de drama. Fue una de las obras de referencia del cine para adultos de ese año, pero su buen trabajo no dejaba de ser deudor del paso arriesgado que dio la película de Stevens, cinco años atrás.

Foto Cartel Taboo 2Por lo que se refiere a la saga de Taboo, sus argumentos verían también tramas de culebrón y teleserie, aderezados con secuestros y chantajes, el uso de familiares gemelos, visitas a turbios clubs de cuero, látigo y lencería de cadenas, algún que otro fenómeno paranormal —Randy West cantando en unos minutos de metraje al estilo musical al principio de la séptima entrega— y la aparición del ocasional tipo desnudo con máscara de gorila. También circularían por allí todas las profesiones tópicas de la novela romántica popular americana de las que el porno de esa misma nacionalidad de finales de los ochenta y noventa tiraba en busca de obtener algo parecido a una caracterización de personajes y el desarrollo de un guión: escritores frustrados, psicólogos pasmados, cowboys urbanos y ladronas de guante blanco enfundadas en negras mallas. No dejará de tocar tampoco en alguna entrega el manido tema de la muchacha inocente que vive su despertar sexual de la mano del ya no tan misterioso tutor desapegado emocionalmente del resto del mundo, mostrándonos el aburrido proceso de despendoleo académico que ya todos los seguidores de este género nos sabemos. A ver qué día alguien nos ofrece la vuelta de tuerca de este clásico tema y se atreve a enseñarnos el mismo proceso pero en un joven frikikomori despertado a la vida y al sexo por la cruel, pero en el fondo sensible, jefa del departamento de teleoperadores en el que trabaja. Por ejemplo.

Por otra parte —y precisamente quizás buscando algo de esa necesaria innovación— algunos directores de las últimas entregas ignoraron la temática sobre el incesto, cambiando este tabú por otro de su elección, dándole a la serie algo de variedad, pese a salirse de la línea que le dio la fama. El mejor quizás de estos aventurados experimentos fue el que propuso Red Ezra con la vigésimo primera entrega: Ezra no prescindía completamente del componente familiar, pero ambientaba su historia en el Mississippi de los años 20, donde el tabú que escondía el título de la serie resultaba ser el sexo interracial. Una trama simple con un punto de noir, algo de atrezzo vintage, buenas localizaciones y veraniegas escenas de sexo campestre en la América sureña daban como resultado una producción interesante, original y caliente. Quizás sirvió también para quitar el extraño sabor de boca que dejó la entrega anterior de James Avalon, en mi opinión, el más fallido de esos experimentos, titulado Taboo 2001: A sex odyssey. Avalon rodó un pastiche variado de ciencia-ficción sobre un futuro en el que el tabú era la mera práctica del sexo —incluso su mero pensamiento— sobre el que aglutinaba elementos e ideas sacadas de Blade Runner, Matrix, Minority Report y 2001, buscando un patente efectismo visual. Aunque —acorde con las limitaciones presupuestarias de una producción pornográfica— las localizaciones futurísticas que nos enseñaba no distaban mucho de cualquier discoteca con iluminaciones con láser y focos de colores. Al final, todo aquello terminaba por dejar escenas para el pasmo general, como el “homenaje” al monolito de Kubrick a inferior tamaño y con forma, sí, de falo.

No podríamos concluir este artículo sin desvelar el destino siguiente de su estrella protagonista. Tras Taboo, como decíamos, Kay Parker participó en la segunda y tercera películas aunque con un papel algo menos destacado, si bien su nombre como actriz alcanzó el estatus de estrella a raíz de la película original, generándole gran fama y dándole numerosos papeles protagonistas en producciones posteriores. No solo las películas en las que participó “después de” se vendían como churros por su presencia en ella, sino que obras anteriores como Sex World se revendían con su nombre destacado en la carátula. Después de diez años de carrera y unas setenta películas —entre pornográficas y eróticas— a sus espaldas, a mediados de los ochenta abandonó la industria del cine para adultos: la llegada del vídeo, los bajos presupuestos y el empobrecimiento de los guiones mataron los aspectos que más le gratificaban de su profesión como actriz porno. La irrupción del SIDA en la industria y su subsiguiente alarma mediática también le influyó como a otros actores y actrices que se retiraron en esas fechas. Tuvo, sin embargo, un par de regresos eventuales. Participó en la novena entrega de la película recuperando brevemente el papel de Barbara Scott sin escenas sexuales de por medio. También, a mediados de los noventa, ejerció como directora de la película Tantric guide to sexual potency, dando salida a la que sí resultó ser su vocación y ocupación posterior, la de consultora espiritual, que aun ejerce desde su propia página web. En ningún momento, afirma, se ha arrepentido de su pasado como actriz porno, si bien constataba incluso en los años en los que se dedicaba a ello, que “sexo es lo que hago, no lo que soy”. Amante de las conversaciones largas y profundas, parece haber conseguido llevar el antiguo fetiche, ahora rol, con el que alimentó fantasías en Taboo a un plano más elevado, muchísimo menos físico, pero con ambición universal. Porque, irónicamente, Kay Parker jamás llegó a casarse ni a tener hijos. Cuán bien interpretaría su papel en aquel entonces que devino madre de culto sin jamás llegar a serlo. Hecho que probablemente no deja de alimentar, de nuevo, épicas, mitos y fantasías, ya que, de alguna forma, se convirtió en madre de nadie y al mismo tiempo, dentro de un universo eidético muy específico, en la madre de todos.

Kay Taylor Parker


Erika Lust: “Veo el porno como una herramienta de educación”

Erika Lust (1977, Estocolmo), una pionera directora de porno femenino y feminista afincada en Barcelona desde hace ya unos años, nos recibe en una soleada y demasiado cálida mañana de noviembre. La localización de sus cuarteles también resulta sorprendente, justo en el medio de una conocida zona de funerarias de la ciudad. Quizá esta aguerrida sueca es un poco todo eso, en su esfuerzo de unir el género del que casi ya no se produce nada, el erótico, al género del que más se produce, el porno. Clara y visionaria, se le iluminan los ojos cuando nos habla de su paradigma artístico y en ocasiones lucha contra su acento para vocalizar y subrayar las palabras clave de su discurso. Usa frecuentemente la palabra “sensación” o nos habla de “sensaciones” tanto o más que de penes, culos y tetas. Resulta fresca, espontánea y fuerte. Pero también incierta, divertida y humana. Íntima. Sincera. Y repleta de detalles, de los que, intentando de ser un poco como ella, tratamos de no prescindir.

¿Cómo explicarías lo que es el porno femenino y en qué lo diferencias del porno tradicional?

Entramos entonces en un mundo de muchos términos porque tenemos porno para mujeres, porno femenino y porno feminista. Y todo esto es un lío para mucha gente. Además, hay mucha gente que su primera idea o sensación es que estoy hablando de porno lésbico cuando empiezo a hablar sobre mujeres. ¿Y por qué reaccionan de esta manera? Porque el porno en sí es un género muy masculino. Es un género que si lo analizas, lo deconstruyes un poco y observas sus estructuras empiezas a ver claramente que el hombre es el principal protagonista y trata de su placer. La mujer tiene el papel de ayudarlo. Ella es el bello objeto, la mujer de su fantasía, pero no es más que la herramienta para el placer del hombre. Y yo creo que esto es justo la clave, lo que hace que para muchas mujeres sea difícil ver porno porque se sienten excluidas. Porque ¿dónde está el placer femenino? ¿Dónde está mi orgasmo? ¿Por qué no trata sobre la sexualidad de mi vida? Es la reacción que las mujeres, en general, sienten cuando ven porno. Y esa es una de las cosas que estamos intentando cambiar muchas directoras que ahora nos dedicamos a este género. Intentamos situar a la mujer en el papel central y mostrar su placer. Pero esto no es un tema simplemente de la pornografía. Vemos exactamente lo mismo en las películas de Hollywood, en el cine mainstream, y en las series de televisión, donde una gran mayoría trata de un mundo masculino. Son policías, mafiosos, criminales, militares y papeles muy masculinos. Hay que hacer un cambio general: lo que necesitamos son más mujeres que entremos en el audiovisual como género —porno, comedia, terror o lo que sea— y empecemos a contar nuestras historias desde nuestra perspectiva. Porque los gustos son muy individuales y ahora mismo vivimos en una sociedad donde se permite vivir tu papel de mujer o de hombre de muchas maneras distintas, mientras que anteriormente estaba más limitado. Había un papel clásico del hombre y un papel clásico de la mujer. Quizá dos o tres, pero no había mucha variedad. Es muy importante que gente de diferentes territorios, de diferentes backgrounds, de diferentes contextos socioeconómicos, culturales e intelectuales vengan a este género sobre el que estamos hablando, que es la pornografía, el cine erótico, el cine adulto o como queramos llamarlo, y empiecen a contar otras historias. Porque hay muchas historias distintas ahí fuera, que no necesariamente son las mismas que las historias de Nacho Vidal.

¿Ves el porno como un medio, como algo más que porno, como un discurso para trasladar lo que debería cambiar en la vida?

Definitivamente, sí. Veo el porno como algo más que una pura herramienta de placer o excitación. Veo el porno como una herramienta de educación, de influencia, de política… porque al fin y al cabo es eso. El porno es un discurso. Un discurso que habla sobre sexualidad, que habla sobre femenino y masculino. Porque si tenemos un hombre y una mujer interactuando en una escena sexual, lo que hay es eso. Es una estructura, es una idea de cómo funciona el sexo. Y, sobre todo, cuando los jóvenes intentan entender cómo funciona el sexo… porque todos sabemos que los jóvenes usan el ordenador y la pornografía para aprender sobre sexo, porque es la única manera —bueno, las revistas también, pero hoy en día no hay tantas, más bien son imágenes en Internet—. Entonces son imágenes, fotos o vídeos en la red que muestran gráficamente cómo funciona esto del sexo. Porque en el cole te lo explican, pero ¿de qué manera?

Un gran porcentaje de educación sexual se obtiene mediante el porno.

Y ahí es donde es tan importante para mí poder influenciar a este género y dar una alternativa a la pornografía tradicional a la que tenemos acceso. Porque muchas películas tienen valores negativos. Tienen valores donde la mujer está en un papel relativamente triste , tratada como objeto o herramienta y donde no es la persona principal, y muchas veces hay valores bastante agresivos y violentos. Es como “smack up the bitch!”. Pero no es solo el porno, también sucede en los videoclips musicales, por ejemplo. Y para mí es extremadamente importante que otras personas podamos explicar a una generación joven cómo funciona el sexo. Y no solo Rocco Siffredi, Nacho Vidal y los otros pornstars que van todo el tiempo con esta sensación del supermacho demasiado musculoso que coge a la mujer barbie doll plástica y hace lo que quiere con ella. Quiero ver sexo que tenga mucho más que ver con lo que hago yo en mi vida personal. Un sexo más natural, más pasional, pero no pasional al estilo “I’m gonna fucking kill you! Suck it bitch!” ¿Sabes lo que quiero de decir?

Con cierto sentimiento, que no necesariamente sentimental.

Sí, claro. De intimidad, quiero una sensación de realidad y de piel. El cine es una herramienta muy poderosa para transmitir valores, sensaciones y emociones, y creo que justamente en el género de porno está muy mal usado. Hoy en día ni siquiera se hacen películas, son vídeos hechos de cualquier manera. Y este es otro de los puntos donde yo diferencio mi cine del porno tradicional. A mí me gusta mucho el cine, quiero que tenga sentido y belleza, que sea estético y bonito, que esté bien iluminado, que haya una historia, que haya un desarrollo de personajes y que puedas entender quiénes son… ¡porque están ahí! Creo que esto es algo que comparto con muchas mujeres y también con algunos hombres, queremos un porno donde no es suficiente ver el sexo, queremos un poquito más de ayuda a nivel de storytelling.

Esta visión la compartís quizá los que hacéis porno de autor, el director con nombre y apellidos.

Sí.

Pero en estos últimos años en Estados Unidos se están dando un arranque de las películas argumentales, que parece que vuelven. Películas a las que llaman “romance” o porno romántico, que hacen como una comedia romántica llevada al porno. Y también embellecen la película y cuidan la estética. ¿Qué te parece esto? ¿Están entrando estos conceptos un poquito en el porno mainstream?

Yo creo que sí. Creo que en el valle de San Fernando han tenido una llamada de alarma viendo que en el negocio llevan años no sabiendo muy bien hacia dónde van. Porque ha habido cambios enormes en la industria del porno. Porque había gigantes, había empresas muy grandes que estaban produciendo películas como una fábrica de chorizos. Y después vino Internet que permite, a partir de 2004 y 2005, poder ver realmente películas. Porque antes eran fotos y pequeñas cosas. Pero de repente… ¡lo puedes ver todo! Y ahí se perdieron porque muchos de ellos veían la Red como enemigo, como algo muy peligroso que le estaba quitando el negocio en lugar de adaptarse e intentar encontrar su manera. Pero por otro lado también daba la posibilidad a los pequeños productores, directores y actores de hacer su propio negocio a través de Internet, de crecer. Y, de repente, el porno se ha diversificado y vemos cómo algunas de las grandes empresas casi han muerto, y que otros han entendido que tienen que cambiar.

Adaptarse.

Sí, adaptarse. Y mirarse un poco a sí mismos y sus valores. Porque hemos hablado sobre el papel del hombre y el papel de la mujer y el placer femenino, y hemos hablado sobre estética; pero también hay otro tema que yo creo que es muy importante para muchas mujeres: el proceso de producción. Parece que no creemos que las condiciones de producción sean un negocio limpio, y eso nos molesta a muchas mujeres. Queremos que sea ético. Queremos que se gestione bien. Para nosotras es muy importante que no se coja unas chicas pobres a las que se les muestra todo este mundo de dinero y se les diga: “Ven aquí, follas un poco y vas a ganar mucho dinero”. No es lo que queremos. Como mujer y como productora y directora veo que tengo muchísima responsabilidad cuando decido rodar una película. Es mi responsabilidad que todo funcione, que todo sea ético y que los actores que estén en mi rodaje realmente quieran estar y estén contentos haciendo lo que hacen. Y creo que de alguna manera las mujeres se fían más de que quien haga esto, bien sea yo o Nacho. Perdón si menciono mucho a Nacho Vidal, es simplemente porque es el más famoso y popular y es más fácil entender lo que digo.

La sensación es que en el porno la mujer está explotada.

Exactamente. Y también por muchas actrices que han salido a los medios y han contado su versión. También tengo que decir que, como he estado en contacto con actores desde que creé esta empresa, hay muchas chicas que me han contado historias sobre cómo funciona el negocio y cosas que les incomodan mucho. Como ir a un rodaje y que el director lleve a sus amigos y le diga a la chica “Ahora te toca ir a hablar con ellos”. Y estos amigos están ahí mirando las escenas. Cuando ruedo siempre intento que todos los que no tengan que estar, no estén. No invito a mis amigos… aunque hay muchos a los que les encantaría estar, evidentemente [risas]. Una de las cosas que tienes que hacer es proteger a tus actores, hacerles sentir muy cómodos, tratarlos muy bien. Muchas de estas mujeres nunca lo dirían en público porque viven de hacer porno y de trabajar con muchos de estos personajes, y si lo explicaran nunca más trabajarían.

A raíz de esto que dices, al menos en Estados Unidos, con esta hornada de nuevas actrices que manifiestan gran personalidad en su trabajo y fuera de él, al estilo de Sasha Grey o Stoya, da la sensación de que ellas sí están bastante protegidas. Hay muchas mujeres que las respetan y las admiran.

Esto es una parte de lo que he visto, pero también hay otra parte, evidentemente. Mucha gente tiene la sensación que los actores son personajes bastante promiscuos y oscuros. Y esto lo he visto muy poco. La gran mayoría son gente muy simpática que se cuida mucho, que van al gimnasio, que no beben, que no fuman, que no toman drogas… que ni siquiera follan mucho.

Fuera del rodaje.

Sí, claro. Pero quiero decir que no es gente que vaya a un club y ligue un montón.

Esa es la imagen que se ha formado del actor o actriz porno.

Y normalmente no es así. Son gente que sabe mucho, se hacen sus tests y análisis médicos cada mes, que nunca mantendrían relaciones con alguien que no conocen sin condón… lo que hace mucha gente “normal” ¿no? Y están bastante seguros de quiénes son, lo que hacen y lo que quieren. Y les gusta mucho el sexo. Y claro, eso es lo que realmente buscas en un actor. Buscas a alguien a quien le ponga estar en un rodaje, a quien le ponga el sexo delante de la cámara, que le parezca divertido y apetecible. No quieres a alguien que venga en condiciones malas y tristes.

Y eso además ayuda a que sea natural, que es lo que tú esencialmente buscas.

Por supuesto. Y además lo que busco mucho y considero muy importante es que haya química. Y eso se consigue mejor conociéndose antes, si son pareja en la vida normal o son buenos amigos. Yo lo que hago es preguntarles a ellos. Si hiciera un casting, por ejemplo, contigo te preguntaría “¿Quién te gusta?”. Es que no me podría nunca imaginar manteniendo relaciones sexuales con alguien que no me gusta. Eso es algo que no quiero de ninguna manera, es muy importante encontrar esta química.

Y rodar cosas que te gusten.

Sí, claro; y la manera de rodar, evidentemente. Yo lo que tengo que hacer siempre es “sacar el porno de ellos”. Porque yo trabajo con actores que han rodado porno y con actores que no han rodado porno. Son dos procesos bastante diferentes. Con los que ya han rodado, tengo que asegurarme que no me van a hacer una performance.

¿Qué quieres decir?

Que no haya poses. Ya sabes, mostrando los labios, el pecho, el culo… pam, pam, pam… que si las poses con las piernas separadas, ahora así… [Erika hace gestos parodiando los ejercicios gimnásticos más habituales en el porno tradicional] Quiero decir, si tu vas a casa esta noche no vas a follar como en una película porno. Tú sabes cómo hacerlo. Todos sabemos. Eso es lo que tengo que quitar, les tengo que decir “No lo hagas como en el porno, sino como lo haces en tu casa”. Y ahí tenemos esos códigos que todos sabemos qué significan.

Había corto en el que se hacía casi una parodia de esto que dices: están follando y la chica le dice al chico: “Ahora córrete en mi cara, como en las películas porno”. Y lo hacían.

Sí, sí, esa es mía.

Había mucha naturalidad.

La tienes justo detrás. [Nos giramos y, efectivamente, a nuestras espaldas hay un cartel enorme del corto The good girl, el primer trabajo de Erika, contenido en la película Cinco historias para ella] Yo creo que esos pequeños detalles lo cambian todo.

Aparte de la actuación y el argumento, hablando de las cuestiones técnicas haces cosas diferentes. No usas el típico plano casi ginecológico del que abusa el porno convencional.

No, yo trabajo alrededor de los actores y eso significa que no quiero que ellos me intenten plantear los planos, porque ellos lo hacen para que tú veas absolutamente todo. Porque ellos saben qué se busca en el porno. Pero como yo no busco eso, es mi trabajo el encontrar algo. Pero no me interesan particularmente los planos ginecológicos. No es algo que intente evitar, pero tampoco lo busco. Lo veo más como algo natural. Si muestras el sexo, pues es explícito ¿no? Se ven cosas, pero no lo ves todo.

¿Tiene algo que ver con la perspectiva femenina de hacer porno? Por ejemplo, en el porno mayoritariamente masculino, todo es muy explícito y directo. Prácticamente es un chico y una chica, directos a la acción. Sin embargo hay directoras como Candida Royalle que van buscando un poco más el softcore, empezando por los prolegómenos y dedicándoles mucho tiempo. Y en estos casos el sexo explícito son dos o tres minutos. ¿Puede tener algún tipo de relación?

Sí, seguramente. Y luego también hay otra cosa que nos gusta a las mujeres, que es que buscamos al hombre. Que se vea el hombre, que se vean sus expresiones, que se vea su cara, que se vean sus brazos, que se vea su culo… Que se vea el cuerpo del hombre como persona y no solo como polla. Porque el porno masculino tiende mucho a que solo veas a la mujer, porque es ella la que te seduce. Y del hombre solo ves su polla. Hay muchas películas en las que casi ni los ves. Yo tengo actores que me envían escenas en las que han estado para que yo pueda ver algo que han hecho y les digo “¡Pero es que no veo tu cara!”.

No sé si eres tú.

¡Exactamente! “No sé si estás en esa escena”, les digo. Es curioso. Y ahí yo creo que cambia mucho la perspectiva. Pero eso no significa que yo intente poner el hombre como un objeto en mis películas, porque a mí no me interesa convertir en objetos a los personajes. Intento verlo más como una cosa puesta en común…

Quizá como en el primer porno, en el que se buscaba más rodar el sexo completo, a la pareja haciéndolo.

Sí, es más como “el baile del sexo”, cómo se mueven… Es una combinación de todo, pero yo creo que por eso mis películas también gustan a los hombres. Porque esa idea de a que a las mujeres les gustan unas cosas y a los hombres otras no es cierta de ninguna manera. Hay mujeres en el Camp Nou viendo fútbol y hay hombres leyendo la revista Vogue. Vivimos en un mundo donde puedes hacer muchas cosas, aunque sean consideradas “masculinas” o “femeninas”. Y lo del porno para mujeres… por volver ahí, titular mi libro Porno para mujeres era una manera de llamar la atención sobre el hecho de que todos pensamos que el porno es para todo el mundo, que es algo general… y en realidad no lo es.

Llama la atención algo que has dicho antes sobre que en el porno industrial, comercial, típico y masculino la violencia está presente. Pero sin embargo tú tampoco la rechazas, aunque le das otro punto de vista. Porque en algunos de tus cortos tocas el BDSM, tocas el juego, tocas la dominación. No lo rechazas de por sí.

Porque así no lo veo como violencia. Yo lo veo como un juego de pareja y un juego de poder. Y el sexo en sí es un juego de poder. El BDSM y el fetish es algo que le gusta a mucha gente y a muchas mujeres. Y gusta sobre todo poder jugar durante un ratito a ser alguien que no eres tú. Un juego de BDSM es algo que siempre es acordado anteriormente por los dos que participan en ese juego. No es de ninguna manera un acto de violencia.

Es como estar en un momento aparte, en un estado de conciencia distinto en el que no deja de ser un juego, una actuación; y cuando acaba, es otra cosa. Como en Casados con hijos, también en tu primera película de cortos, Cinco historias para ella.

Además es importante que muchas mujeres lo entiendan, porque yo recibo bastantes e-mails de mujeres jóvenes y feministas que me cuentan que tienen la idea de que en la cama les tiene que gustar ser la mujer poderosa, y me dicen “Yo soy feminista y pienso que esto es lo correcto. Entonces, ¿por qué me apetece de vez en cuando ser la sumisa?”. Y les parece un poco raro. Yo les intento explicar que lo que haces en tu cama no tiene nada que ver con tus ideas políticas. Tú puedes creer que las mujeres han de tener tener las mismas posibilidades en el mundo y los mismos derechos que los hombres y querer que alguien “te tome” en la cama. No pasa nada.

Lo importante es que la decisión la has tomado tú.

Claro. Lo que no puedes hacer es estar en una situación incómoda, donde no te sientes bien en el papel que estás jugando. Pero si te sientes bien, pues genial ¿no?

Y ahora, ya que estamos, una pregunta personal: ¿a ti cuál te gusta de los dos roles? ¿Tener posición de poder o posición de someterse al poder?

Soy una persona difícil… yo diría que soy una “sumisa luchadora”. Necesitaría un master muy fuerte, porque… ¡soy vikinga! Ese es mi papel.

Es una buena definición. Volviendo al tema de los actores, también trabajas con algunos que no son profesionales o que están empezando. ¿Los prefieres a los actores profesionales o es algo distinto?

No, no prefiero una categoría sobre la otra. Para mí lo más importante, cuando tengo que hacer el casting de una película, es intentar encontrar gente que de alguna manera atraigan, que me parezcan atractivos; porque si no a mí me resulta muy difícil ponerlos en una película donde tienen que seducir, porque al fin y al cabo es lo que van a hacer. Y después tengo que sentir que realmente tienen una actitud positiva. El problema de rodar sexo explícito es que muchos de los actores porno actuando e interpretando son relativamente malos, porque es algo que no tienen de manera natural, o porque carecen de formación. Han estado mucho delante de la cámara, se sienten muy cómodos en su desnudez, se sienten muy cómodos con el sexo, fallan muy poco y una escena, con ellos, se rueda relativamente rápido; pero después, como en mis películas también está la parte de interpretar un personaje, allí nos cuesta mucho más construir algo. Cuando trabajo con actores no pornográficos pasa exactamente lo contrario: que la interpretación y la actuación del personaje la hacen bastante rápido y bien y sin muchos problemas; y después la parte del sexo es lo que cuesta muchísimo más. Sobre todo para los hombres, que si no han estado delante de una cámara y con todo un equipo alrededor tienen problemas para mantener una erección. Y no es nada de lo que avergonzarse. Simplemente es así y punto. Y da igual que tú seas un superstar en la vida, que vayas con un montón de chicas y folles muy bien, porque cuando estamos mi equipo y yo con las luces y las cámaras…

Impone ¿no?

¡Impone muchísimo! Y claro, eso es algo que si lo has hecho varias veces te vas acostumbrando y vas manejando tus nervios. Pero lo que ocurre cuando trabajo con actores que no han hecho nada antes es que la filmación del sexo puede tardar mucho más. Puede tardar todo un día. Y eso no significa que el rodaje tenga sexo explícito durante todo ese día. Quizá lo tiene en dos o tres ocasiones y rodamos un poquito cada vez. Pero hay esas típicas interrupciones: un café, un cigarrillo, un rato para ti mismo… Es más laborioso. Los hombres me dicen “yo puedo”, pero no es algo que esté hecho para todos.

Entonces, ¿es sobre todo con los hombres? ¿Las actrices se encuentran más cómodas ante la cámara?

Con la mujer es más fácil, físicamente. Porque una mujer, con lubricante, si tiene más o menos ganas, puede tener sexo; no tiene que mantenerse erecta.

Además da la sensación de que con esa manera de trabajar no utilizáis trucos. Porque siempre está la idea de que la industria del porno los utiliza.

¡Las “fluffers”! [risas]

Las chicas que ayudan, o incluso el uso de medicamentos o drogas. Y por lo que cuentas parece que en vuestro caso no.

En principio, creo que no. Pero esto es algo por lo que no puedo poner la mano en el fuego, porque lo que cada uno hace en privado, yo no lo sé. Ha habido algún actor del que alguna vez he sospechado que había tomado Viagra o algo así, porque si un hombre la toma puedes ver que se vuelve particularmente rojo. Y que está erecto aunque no esté cien por cien cachondo.

Se nota que está forzado.

Un poquito. Son cosas que notas de vez en cuando. Pero creo que como el casting lo hacemos tan cuidadosamente, la gran mayoría no lo hace. La gran mayoría está ahí porque lo quieren hacer, porque les gusta todo mi proyecto y porque se sienten contentos de formar parte de él. Muchos me dicen, por ejemplo, que han enviado a sus madres la película [risas]. Saben lo que hacen y claro, no es cualquier película. Y respecto a las mías están orgullosos de haber estado en ellas y que todo se vea “bonito”.

¿Qué tipo de hombre buscas para las películas?

Es difícil decirlo, pero me gustaría encontrar a hombres un poquito más normales. “Normal” es una palabra muy difícil de usar, pero creo que entendéis más o menos lo que quiero decir. Porque hay un problema, y es que los que están en la industria son hombres muy musculados. Y claro, a mí por ejemplo me encanta el tipo de cuerpo que tiene este chico [Erika señala al chico del cartel de The Good Girl, pero en el camino se encuentra nuestro fotógrafo, que está delante del mismo y, al verse señalado por ella, se sonroja] ¿Pero entendéis lo que quiero decir? Me gusta un hombre que me dé la sensación de ser un hombre real, que no esté ocho horas en el gimnasio.

Hablando de los “hombres normales”: en el porno convencional es muy típico que todas las mujeres estén muy buenas, pero hay algunos actores, y no vamos a decir nombres, tanto españoles como extranjeros, que son desagradables físicamente, que en un porno para mujeres supongo que evitas.

A ver, yo no estoy en el género del “porno feo”. Digamos que mis películas son estéticas.

No me refiero a porno freak, sino a tíos que son muy feos.

Sí, porque son los dos tipos de hombres que se ven en el porno. Porque hay solo dos tipos, no hay más. Es el hombre supermusculoso o el hombre con mucho dinero. Y en el lado del hombre de dinero se permite de vez en cuando que sea feo. Porque como tiene tanto dinero, puede ser feo, no pasa nada.

Es un cliché contra el que también querrás luchar, supongo.

A mí me encantaría que hubiera un montón de hombres con un look más alternativo y de cine independiente pero ¿dónde están? ¿Cómo los encuentro? Es muy difícil porque ahí entramos otra vez en ese juego del papel de los hombres: es mucho más fácil trabajar con actores porno que trabajar con otros actores para conseguir que la escena tenga un sexo poderoso. Si me permito quizá que el sexo sea un poco menos explícito y un poco más erótico, quizá puedo coger más actores independientes que pornstars. Pero esto es el juego: también quiero ver porno. Es que yo no hago películas donde una pareja hace el amor delante de la chimenea y todo es muy romántico y bonito, sino que yo quiero historias contemporáneas, modernas, de gente follando, porque me gusta ver a gente haciéndolo. Sin todos los valores malos del porno, pero me gusta verlos manteniendo relaciones sexuales. Es difícil.

Relacionado con esto, la frontera entre el erotismo y el porno: ¿realmente la hay o se puede conseguir una escena que sea pornográfica y erótica a la vez?

Se pueden mezclar porque para mí lo único que significa “porno” es que sea explícito. Y erótico, para mí, es lo que quiere seducirte más allá de simplemente tu cuerpo. Quiere seducir, inspirar tu imaginación, tu fantasía, despertar emociones. Eso es lo erótico. Y yo creo que sí, que en mis películas consigo bastante bien combinar estos dos aspectos.

Meter la pornografía dentro del erotismo, digamos. Un envoltorio erótico…

Bueno, de una manera o de la otra. ¡No sé cuál se mete en cuál! Pero se mezclan definitivamente. Ese es el objetivo y por eso también de vez en cuando me cuesta, porque cuando digo “quiero porno” lo que quiero en realidad es sexo. Porque muchas veces cuando uso la palabra “porno” siento que es una palabra muy difícil de usar porque tiene todas esas connotaciones malas y agresivas. Muchas veces digo que me gustaría coger la palabra “porno”, ponerla en la lavadora en el programa de 90º, colgarla al sol y decir “oooh, ya tenemos un porno limpio y que huele bien”.

Y entonces por eso la usas, en realidad, para normalizarla. En lugar de rehuir la palabra “porno” y decir “no, yo hago cine erótico”.

Depende del contexto en el que esté. Lo peor de todo es que no soy tan buena y yo misma estoy insegura de qué hago, porque por un lado siento que lo único que mis películas tienen en común con el porno es que los dos mostramos sexo, igual que McDonald’s lo único que tiene en común con un restaurante de mucha categoría es que los dos sirven comida. Y ahí también es donde siento que, a la vez, llamar a mis películas porno es reducirles el valor artístico que tienen, porque de alguna manera todos pensamos del porno que no es arte y que no tiene nada más. Y pienso “oh, no, qué triste llamarlo porno”, porque yo he puesto todo mi corazón en eso. Pero es muy difícil, porque entonces ¿qué es Nine songs de Michael Winterbottom? ¿O qué es Shortbus? ¡Porque en esas películas hay erecciones! Si decimos que si hay una erección y una penetración es porno, entonces esas películas también son porno.

Sí, hay una línea que se está cruzando ahí que lo hace complicado. Podríamos asignarlo por la cantidad de erecciones que se ven.

No sé, pero yo creo que tenemos que romper un poco con eso y con la idea de que el sexo es algo tan malo. Ahora en España justamente hay esa noticia de que Cameo está distribuyendo Cabaret Desire, y de alguna manera eso es un paso adelante. Pero a la vez es una versión cortada porque no se puede vender porno en el FNAC, El Corte Inglés, Carrefour, etc. Pero sí que puedes vender una película +18. Hemos quitado los órganos erectos y las penetraciones. Y la película es la misma, pero en el DVD viene un código para poder ver la versión explícita online. Que es un truco que de alguna manera es un poco feo, pero también es un poco bueno.

Y entramos en el asunto de los tabúes.

Sí, porque es como se trata al sexo, pero ¿cómo se trata la violencia? No tiene ningún problema. Hay un montón de películas con violencia. Seguimos en ese mundo donde parece que la violencia se acepta mientras el sexo, aunque sea un sexo limpio y bonito y sin valores negativos, es algo arriesgado.

Te metes en Youtube y puedes ver accidentes de coche y decapitaciones, pero no se puede ver el pezón de una mujer.

En el caso de mis películas, cada clip que subo se censura. Cada vez. Y ya no puedes quejarte diciendo “oye, pero hay cosas mucho peores”. No aceptan esa queja oficial. Y por otra parte, en los “pornotubes” no se permiten mis películas porque tienen demasiado poco sexo. [risas] Y me dicen “oye, pero aquí hay minutos y minutos en los que no se ve nada” o “¿Esto qué es? No queremos películas que no tengan sexo aquí”. Ahí no y en Youtube tampoco porque “¡uy, uy, uy, hay un pezón!”.

Has de hacer un ErikaTube.

¡Es lo que he hecho! He hecho lustcinema.com. Es mi cine online. Es mi club de cine donde yo pongo todo el cine que me gusta. Y está yendo muy bien porque la gente quiere alternativas.

Volviendo a lo que comentábamos ahora del tabú que hay sobre el sexo pero no sobre la violencia, en Suecia, donde tú naciste ¿se da en la misma medida?

No sé, en realidad no sé si es muy diferente. Hay una cosa que sí que es diferente y es que cuando yo era joven —yo tengo 35 ahora, que todavía soy joven—, cuando iba al cole, teníamos una muy buena educación sexual. Y eso creo que ha ayudado mucho a hacerme la persona que soy ahora. Teníamos sexólogas que venían a nuestros colegios, que hablaban con nosotras en grupos pequeños con las chicas en una habitación y los chicos en otra. Y lo más importante quizá es que hablaban no solo sobre estas cosas de “ten cuidado de no quedarte embarazada o coger alguna enfermedad”, sino que también hablábamos de lo bueno del sexo, sobre las sensaciones y las emociones. Y yo creo que eso fue muy importante porque en lugar de tener toda esta sensación que muchas veces pasa con la educación escolar que te da como miedo del sexo —y evidentemente ese no es el objetivo— con todas esas ideas de “uy, que me puedo enfermar y qué voy a hacer si esto pasa”… Y te vuelves insegura, en lugar de querer experimentar. Creo que eso fue muy importante. Pero Suecia también es una sociedad de doble cara. Por ejemplo, me he encontrado que aquí ha sido más fácil que la gente tome en serio el tema del porno. En Suecia todavía son muy suspicaces, por ejemplo, cuando hablo con periodistas. Y aquí es más como que vienen y casi que me admiran un poco.

¿En España sientes que te admiramos, entonces?

Casi es como que vienen y tienen una impresión de que lo que yo hago y lo que digo es importante y me quieren ayudar a transmitirlo. Tengo siempre una sensación de bastante buen rollo. Aquí he conocido a muy poca gente que venga y me diga “¿y esto qué es? ¿y por qué haces esto? “. Y los periodistas de Suecia casi siempre me hacen preguntas incómodas del tipo de “¿y en qué se diferencia esto de la prostitución? ¿y cómo te sientes cuando pagas a los actores? ¿y tú ganas dinero con lo que haces? ¿y cómo te hace sentir eso?” Y tienes una sensación muy de “sex negativity”. No es que no pueda responder a eso, porque puedo responderlo perfectamente. Soy bastante buena respondiendo, y en sueco… todavía más. No pasa nada. Pero en la actitud son diferentes. Veo que en Suecia hay una actitud muy negativa hacia el porno. En Suecia no quiero llamar “porno” a lo que hago porque me miran mal.

Hay como una cierta moral calvinista.

¡Un poquito! Yo creo que sí. Y eso que es una sociedad bastante abierta al sexo. Pero cerrada al porno. Es como que “Sexo, sí. Porno, no”.

Te tengo que hacer una pregunta, ahora que lo has dicho. La prostitución y su relación con el sexo, ¿tú como lo ves?

No, el tema de la prostitución lo hay en todas las esferas de la sociedad. Prostitución hay en el mundo de las modelos, en el mundo del cine mainstream… Yo creo que el mundo del porno está bastante cuidado en cuanto a prostitución. Tienen tanto, tanto miedo de que el límite sea difícil de entender que creo que se cuidan mucho. La prostitución es un acto de algo privado, que pasa entre dos personas: una que compra y otro que vende, fuera del público. Mientras que el porno es algo que se rueda completamente en abierto. No es la misma situación de riesgo a violencia, a agresividad…

Y hay unos contratos de por medio, una legalidad.

Por supuesto, hay contratos, hay sanidad, hay tests, hay testigos, todo está grabado con una cámara, hay evidencias… Hay una relación entre los individuos que participan que es muy clara.

Y ya que existe el contrato en la pornografía para las relaciones sexuales, como mujer y como feminista, ¿qué opinas de la legalización de la prostitución?

Suecia, por ejemplo, en es uno de los países que lo legisla al revés que muchos otros. En Suecia es ilegal comprar sexo, pero es legal venderlo. Porque se dice que venderlo es tu propia decisión. Es tu cuerpo, tú decides y ellos, el Estado, no pueden ilegalizar tu voluntad de hacer lo que quieras con tu cuerpo. Mientras que si quieres comprarlo es ilegal, porque no tienes derecho a comprar el cuerpo de otra persona. Y yo creo que filosóficamente es un pensamiento bastante interesante.

¿Pero realmente estás comprando a una persona o estás comprando su tiempo?

Yo creo que es un tema muy difícil, porque la idea de la prostituta feliz es bastante dudosa ¿no? Porque si tú hablas con mujeres que se dedican a la prostitución la gran mayoría son mujeres que vienen de circunstancias muy tristes y que no es algo que hacen porque les parece que “¡guau, que chulo que es esto!”, sino por una necesidad que tienen en ese momento de ganarse la vida. No es algo que me parezca bien. Sin embargo es algo que está ahí, por supuesto.

Ya que estamos hablando de Suecia vamos a aprovechar… ¿qué tiene Escandinavia para producir grupos de rock como los Hellacopters, Backyard Babies y demás? Tan lejos de Estados Unidos y que se haga un rock americano mejor que el americano actual.

A ver, Suecia es un país curioso porque está bastante influenciado por Estados Unidos. Tuve una experiencia hace poco… soy de Estocolmo, y entonces no he visto tanto de Suecia-Suecia, de lo profundo. Pero mis primos se casaban e íbamos todos a Dalarna, que es una provincia al norte de Estocolmo, a cuatro horas. Y me resultó curiosísimo porque llegamos allí y era como estar en Texas. Pero completamente. La gente hasta se vestía con sombreros de cowboy. Tenía los coches, los menús de los restaurantes tenían buffalo wings y todo el mundo escucha rock… era como estar en el Sur. Pienso que hay una parte de Suecia que está muy influenciada por la América profunda. Estocolmo es como cualquier ambiente cosmopolita. Estar en Estocolmo es lo mismo que estar en Barcelona, que estar en Buenos Aires, que estar en Nueva York… todo es más o menos igual. Pero dentro del país me encontré con la América profunda.

Volviendo a lo que hablábamos antes de la mujer, el sexo y el tabú, en estos últimos años parece que hay una cierto cambio de mentalidad con respecto al sexo. Se están abriendo tiendas eróticas especializadas solo para mujeres.

Sí, sí, sí.

Está muy estudiado, quiero decir; hay juguetes sexuales para mujeres y hay una literatura erótica destinada a la mujer como 50 sombras de Grey.

[Erika tiene una copia en inglés de la secuela del libro encima del escritorio] Esta es la segunda.

Y ahora también hay un cine para ellas. ¿Estamos ante la desaparición ya definitiva de un terrible cliché decimonónico, que a la mujer no le gusta el sexo, no debe gustarle o si le gusta se tiene que callar?

Sí. Porque nunca ha sido cierto. A la mujer le gusta el sexo, claro que sí. De hecho, fíjate que cuando los hombres ingleses victorianos descubrieron Pompeya se quedaron asustadísimos al darse cuenta de que en otra sociedad el sexo estaba en el suelo, en las paredes y ¡por todos los lados! Y lo primero que pensaron fue “esto no lo pueden ver las mujeres, porque imagínate qué puede llegar a pasar”. Ni las mujeres, ni los pobres, ni los niños ni todos los que no fuesen hombres blancos ricos. Lo instalaron todo en un museo secreto en Londres y solo ellos fueron a ver las cosas pornográficas, porque solo ellos tenían derecho a controlar su placer. Y esto es una anécdota, pero cuenta muy bien la situación en la sociedad, porque el hombre siempre ha tenido ese derecho de disfrutar de su propia sexualidad. Se ha visto como algo muy natural que al hombre le guste el sexo. Vale, pues que lo goce y ya está. Cuando las mujeres con las que estaban casados no podían ofrecerles algo estaba perfectamente permitido que lo buscasen en otro lugar. O el hecho de mirar películas ahora. Ninguna persona se sorprendería si viera a un hombre viendo porno. Todos los hombres miran porno ¿y qué? Pero para la mujer ha sido muy diferente, porque la sexualidad femenina ha sido como dividida en dos categorías: la puta y la madonna. Y son dos papeles muy difíciles porque ninguna de nosotras es solo una. A veces has estado aquí y a veces has estado allá y un poco por todo el medio. Tienes la sensación de que como mujer no puedes disfrutar de demasiados novios o demasiado sexo, porque entonces eres puta. Pero tampoco puedes estar poco interesada en el sexo porque entonces eres una frígida idiota, que nadie te folla y que pareces muy aburrida. Creo que las mujeres tenemos esta dificultad de ver qué es lo que podemos hacer. Es más difícil para nosotras solo disfrutar y tomarlo como algo natural. Y además la sexualidad femenina siempre ha estado conectada con la reproducción, evidentemente, o con dar placer al hombre. Parece que simplemente disfrutar tú misma no está bien. Y ahí creo que está ahora mismo la mujer moderna, luchando mucho. Estamos luchando para encontrar este espacio para nosotras. Un espacio donde por comprar un vibrador y usarlo no haya ningún problema. No sé, yo tengo una amiga que me contó el otro día que ella había usado su vibrador y después se lo había olvidado en la cama. Y su pareja vino por la noche y dijo “oye ¿y esto qué es? ¿qué has hecho?”. Como poniéndola en evidencia por hacer algo muy natural. Además, el hombre tiene mucho miedo cuando la mujer empieza a tener sexo por su propia voluntad y controla su propio placer, porque él no está involucrado. Y de repente dice “oye ¿y yo qué función tengo ahora?”

Porque los juguetes sexuales también se pueden compartir.

¡Por supuesto! Pero creo que estamos justo ahora en esa fase donde la mujer se ha independizado bastante, que ha empezado a ganar su propio dinero y se está incorporando definitivamente como consumidora de sexo. Porque ella quiere satisfacción y quiere inspiración. Y este libro [50 sombras de Grey] que sigue en la lista de más vendidos desde hace medio año, que ha vendido más que El código Da Vinci y más que Harry Potter… La gente está en shock y dice “¿pero cómo puede ser?”. Al principio lo llamaban “porno para mamas”, lo que es una tontería como tal. Lo único que muestra es que las mujeres tenemos hambre de erotismo.

Un hambre que ha estado ahí siempre.

Claro. Y queremos cosas. No sé si me habéis leído en Internet, donde he criticado el libro un poquito, pero también estoy muy contenta con él.

De hecho veníamos criticándolo por el camino. Investigando un poquito por la red descubrimos que el origen de 50 sombras de Grey era un “fanfiction” de Crepúsculo.

Sí, es eso. La escritora lo reconoce sin ningún problema, ella siempre había querido escribir un libro. Empezó como fanfiction, los personajes se llamaban Bella y Edward… y después, cuando tenía prácticamente un libro y a la gente le empezó a gustar, cambió los nombres. De repente tenía un libro y empezó a tener éxito. Ella lo que ha hecho es un libro desde la perspectiva de una mujer que cuenta su viaje emocional y erótico. Y eso es lo que le ha gustado a las mujeres: poder ser las protagonistas de una historia. Después sí, la mujer es joven, el hombre es rico, guapo y poderoso…

Mucho Disney.

Sí. Muy Disney, ¿sabes? No sé, es una historia fácil. Pero abre mundos. A mí hay mucha gente que me llama y me dice “oye, yo he leído este libro y ahora me han dicho que tus películas…”

Volviendo ahora a tu cine y a la cuestión de los juguetes sexuales. Nos llamó la atención este concepto tuyo de hacer “anuncios porno”. Has iniciado un género que muy poca gente había tocado, que es vender juguetes sexuales. Para eso haces vídeos que a la vez son educativos, porque enseñas cómo funcionan, incluyes el tema explícito y creas un anuncio bonito.

Sí, me parecía muy lógico porque tengo la tienda online y me han llegado muchos e-mails de gente que los había comprado y los tenía en sus manos y decía “a ver, aquí hay unas instrucciones, pero esto… por qué lado… cómo funciona…”, como el We Vibe, que es muy chulo pero que a la gente le cuesta entenderlo. Así que hicimos unos vídeos. Y la verdad es que han funcionado muy bien. Y además, ayudan a vender los productos. Porque cuando compras online tiene que dar la sensación de que puedes casi tocar el producto para ver qué es.

Me hizo mucha gracia el anillo Tor [un anillo para el miembro masculino, con una base como la maza de un martillo, que hace que el pene vibre], sobre todo por el nombre. Y si lo hubierais bautizado “Mjolnir”… El caso es que hacer que el hombre participe en ello ¿es una forma de que pierda el miedo y la noción de atentado a su masculinidad de la que hablabas antes?

Por supuesto, porque además cualquier hombre puede ser un superhéroe con una enorme polla vibradora, ¿no? Es bastante chulo.

Pero todo esto se sostiene por tu productora cinematográfica. ¿Cómo empezaste y decidiste dedicarte a esto?

Todavía me sorprende de vez en cuando, cuando vuelvo a pensar cómo acabe aquí, porque la verdad es que nunca fue mi intención. Circunstancias de la vida. Yo estudiaba Ciencias Políticas en la universidad de Lund, en Suecia. Y como Suecia es un país muy pequeño, para poder salir de ahí, necesitas idiomas. Por eso siempre he estudiado muchos idiomas, he intentado aprender, viajar, mudarme, etc. Viví una temporada en Francia, otra en Inglaterra, también en Estados Unidos… Y sentí que quería aprender castellano. Y en el verano de 1997 me dieron una beca para ir a Alicante, un cursillo de estos de verano. Cogí un autobús desde Copenhague, porque era estudiante y no tenía mucha pasta e hice toda la ruta en autobús por Europa hasta Barcelona. Y aquí iba a cambiar de autobús para ir a Alicante. Pero llegué a Barcelona y dije “yo no quiero seguir” [risas] ¿Sabes esta sensación de enamoramiento hacia la ciudad y sus vistas? Y yo quería quedarme aquí, pero cogí el autobús, fui a Alicante y lo pasé muy bien. Pero el sueño de Barcelona ya había nacido en mí. Entonces el verano del año siguiente, en 1998, llegué aquí. En 1999 repetí. En 2000 repetí. En 2001 me fui a Madrid con una beca Erasmus en la Complutense. Y ese mismo año dije “No, ya está, me voy a Barcelona”. Una vez instalada aquí tuve un poco de suerte, porque se iba a organizar un evento, el Forum 2004, y me dieron un trabajo. Estuve trabajando con ellos una temporada pero al final el evento tampoco era gran cosa y pagaban bastante poco, y yo buscaba otros trabajos y tenía amigos que trabajaban en el sector audiovisual. Y pronto era “production manager” y “location manager” y hacía rodajes de Sony Pictures con explosiones y carreras de coches… Rodajes de cien personas y catorce camiones y ese estilo. Películas grandes. No eran películas para cine, eran películas para vídeo, pero eran rodajes bastante grandes. El cine siempre me había apasionado mucho, y con estos rodajes aprendí cómo se hacía una película.

La técnica.

No tanto en cuanto a lo técnico de rodar y cómo usar las cámaras, si no a la producción. Y claro, para hacer algo es casi lo más básico que necesitas. Y evidentemente, si tu eres una persona inquieta, con ideas, hay un momento cuando trabajas en cine que dices “yo quiero hacer pelis”. Y ahí nació la idea de The good girl. Pensaba bastante y volví a las ideas que había tenido en la universidad, muchos años antes, de la pornografía. Allí tuve el típico novio que vino con el DVD de porno y dijo “lo vamos a mirar y lo vamos a hacer igual”. Lo hacíamos pero sentí que algo no funcionaba. Que era como que me ponía, pero no me gustaba lo que veía. Y ahí nació esa pequeña duda de por qué no podía hacer algo que me gustara. Por qué no me podía gustar emocional e intelectualmente. En ese momento tenía una amiga que trabajaba como editora en Private y hablábamos sobre porno. Incluso tenía algunos contactos con algunos actores. Nació como una idea loca de una noche con demasiado alcohol.

De donde salen siempre las buenas ideas.

Pero fue así, fue así. “¡Voy a hacer una película porno! ¡Pero diferente! ¡Y va a ser superchula!” Y de repente estaba ahí, haciéndola. Y era raro, sí, y me encontré con algunas situaciones absurdas. Era muy raro. Pero lo hice. Y vale, a nivel técnico y cinematográfico, si lo miras, falla bastante. Pero claro, era mi primera película, yo nunca había hecho nada antes. Pero el alma que tiene ya la ves.

Sí, sí, está ahí.

Y yo creo que es eso lo que sedujo a la gente.

Este corto está dentro de Cinco historias para ella, que además tiene cosas innovadoras. Tiene dos escenas con una relación homosexual. En el porno convencional es normal que haya alguna escena lésbica, como la primera. Pero termina la película como empieza, con una escena homosexual, en este caso masculina. Esto normalmente no se ve en el porno mainstream, fuera del circuito gay.

Y esto ha gustado y no ha gustado a la gente. Digamos que hubo bastante polémica. Y la verdad es que desde entonces no he vuelto a rodar ninguna escena entre hombres, en parte porque también he ido conociendo más y más a mi público. En general tengo un público muy heterosexual a quienes lo que más les gusta son las escenas entre hombre y mujer.

Había una voluntad de mostrar todos los tipos de relaciones diferentes que puede haber.

Por supuesto. Esa era un poco la idea. Pero también porque yo sigo pensando que hay muchas mujeres a las que sí les gusta ver a otros hombres. También tengo que decir de esa escena que fue una de las escenas que me resultó más difícil de rodar, porque es un sexo que no conozco personalmente. No sé, me resultaba complicado de rodar de alguna forma…

¿Que transmitiera?

Sí, que transmitiera todo lo que yo quería, cómo se elabora, cómo funciona…

Que fuera natural.

Exacto.

Lo que haces en Barcelona Sex Project es coger a seis actores y ponerlos a hablar delante de la cámara sobre sus experiencias. Y después de cada entrevista, hay una escena de masturbación. Es una película muy experimental, como un documental ¿Qué es lo que buscabas?

Pues primero lo que pasaba es que quería hacer una película y no tenía casi nada de dinero. Así tenía que pensar en una fórmula, porque mi cine está siempre bastante condicionado por el presupuesto. Siempre hay que pensar, según el presupuesto que tienes, qué puedes permitirte hacer. Y ese es un condicionante. Pero otro era que yo veía que había gente que tenía curiosidad por los actores y quiénes eran. Y quería ver un poco más quiénes eran; no sexualmente, sino en la vida. Tenía esa sensación de que era muy importante dar el contexto de un personaje. Era un poco como espiar a un vecino, que si lo conoces primero con una entrevista te da más morbo.

¿Un “next door neighbour”?

¡Sí! Esa era sensación principal. Y después lo de la masturbación me resultó interesante porque es algo que casi es más tabú que el sexo. El sexo de uno es más tabú que el sexo de dos, de alguna manera.

Es mejor contar que follas que contar que te haces pajas.

Sí. Y también esto de ver a hombres. Porque respecto a la masturbación masculina normalmente hay muy pocos hombres que te dejen verlo cuando lo hacen. Es algo que hacen en privado. Yo tenía curiosidad por ver a un par o tres [carcajadas].

Usaste el cine de excusa.

Bueno, y también quería mostrar los orgasmos femeninos. Siempre hacen la pregunta de si son verdad o no. Y yo siempre tiendo a decir que nunca se sabe. En la vida real hay momentos que parece que sí pero después te enteras de que no… o que parece que no y luego era que sí. No sé, es algo que es muy difícil. Y además son muy distintos en su expresión. Hay chicas a las que casi no se les nota nada, son muy silenciosas. Y hay otras que son muy explosivas. Y me parecía interesante hacerlo de esa manera. Es una película que a mis fans les gusta mucho, pero también hay mucha gente que tiene problemas para entenderla.

Después de Barcelona Sex Project haces Life, love, lust, el avance estético al siguiente nivel. Es muy bonita.

Sí, lo es.

Es una película casi sin palabras, todo muy narrativo, con buena música, refleja muy bien la intimidad. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Cómo fue hacer esa película?

Muy bien. Hay algo muy curioso, y es que mis películas las he hecho embarazada o con niños pequeños en mi vida. Tengo dos niñas: una que tiene cinco años y una que tiene dos. En Cinco historias para ella me quedé embarazada dos semanas antes de empezar a rodar. Y con Life, love, lust pasó otra vez, dos semanas antes me di cuenta de que estaba embarazada. Y entonces hay cosas un poco personales, porque está mi test de embarazo en esa película, por ejemplo. Fue un rodaje muy bueno, muy tranquilo… muy bien.

Cinco historias para ella es más simple y menos estética…

Es un poco más quinqui [risas]. Yo ya veo cómo es la gente cuando te dicen cuál es su película favorita. Veo cuál es la tendencia [carcajadas].

Nos queda la última, que es Cabaret Desire. Otra vez usando el corto, pero ahora encuentras un nexo común que organiza todas las historias.

Sí, que es lo que quise hacer desde el principio. Porque también voy experimentando con las maneras de hacerlo. Por ejemplo en Cinco historias para ella intenté usar diálogo en directo, los actores actuaban; después Life, love, lust fue casi muda. Voy intentando encontrar mi estilo y ahí me di cuenta de que quizá lo que mejor me funcionaba eran las voces en off. Al principio era un proyecto que se llamaba Seis voces femeninas. Y la primera idea era que iban a ser “seis voces” que iban a contar seis historias. Pero después me tropecé con un grupo de poetas en Nueva York que se llama The Poetry Brothel y me enamoré de su proyecto, de la manera de leer poesía en una situación íntima. Me parecía muy bonito. Me gustó tanto eso de que estás tan cerca y la atmósfera que decidí que iba a ser el hilo de la película. Y los poetas son poetas de verdad. Que hasta me llevaron a Nueva York para participar.

Lo que nos queda para terminar: lo próximo que viene. ¿Qué es? ¿Vas a hacer un largometraje?

Lo próximo que viene es una novela mía que estoy acabando ahora, me falta un capítulo. El más difícil.

Lo más difícil: el primero y el último.

Sí, tengo fecha de entrega a finales de noviembre, a ver si llego. Es una novela que se va a llamar La canción de Nora y que sale con Espasa en España. Evidentemente es una novela erótica. Y después he empezado a trabajar en la próxima película, pero todavía no ha tomado toda la forma porque quiero que sea un proyecto un poquito más “transmedia”, lo cual lo complica un poquito. Estoy intentando dar con el concepto de la película pero… no sé… no sé qué contar y qué no… Está en una fase que todavía puede cambiar absolutamente todo. Hay una idea, pero todavía no sé… Cada vez que he empezado a trabajar en una película ha sido una cosa cuando empezaba y el resultado normalmente ha sido no completamente distinto, pero…

Porque luego hay un embarazo y cambia todo.

¡Exactamente! Pero ahora ya no, ¿eh? Ya tengo dos.

Con dos es suficiente.

Y eso también me hace mucha ilusión. Porque cuando rodaba Cabaret Desire tenía una niña de siete meses en mi casa que no dormía. Y eso significaba que durante el día yo rodaba y por la noche estábamos en casa con la niña despierta. Estaba muy cansada. Me hace mucha ilusión hacer una película con toda la energía que tengo. Porque tengo la sensación de que puedo dar muchísimo más de lo que he podido dar hasta ahora.

Terminamos con lo típico que se dice al acabar: ¿te ha gustado?

Mucho ¿Y a vosotros os ha gustado?

Fotografía: Alberto Gamazo


Mario Salieri y la ingeniería del pecado

Mediados de los noventa. Un viernes cualquiera. Sobre las dos de la madrugada.

Supongamos, con estas coordenadas temporales, que un adolescente medio de aquel entonces quisiera ver cine para adultos en una conocida cadena privada con programación codificada. Pero nuestro imaginario amigo no está abonado al canal, con lo que le quedarían dos opciones en cuanto al establecimiento de las coordenadas espaciales para cumplir dicho objetivo. Una de ellas sería acudir a su propio aparato televisivo, habida cuenta de que el duende mágico que pinta las rayas de las codificaciones —como todo el mundo sabe— pinta algunas menos a esas horas; y, además, si bizquea un poco, como mirando un estereograma 3D —también de moda en aquellos tiempos—, tendría lo más cercano a un free porn at home en aquellos tiempos pre-internet.

La otra opción, mucho más sana para la vista, es trasladarse a un aparato televisivo con descodificador, evidentemente. Para ello, planteemos que existe un amigo afortunado cuyos progenitores pagan la cuota respectiva y que igualmente existe la fortuita coincidencia de que estos mismos salen el fin de semana para que el susodicho convoque reunión/fiesta —normalmente masculina— para celebrar el evento. Y ahí tenemos a lo que sería una especie de comitiva juvenil rodeando el televisor, que bien podría devenir en krampack si no fuera porque el anfitrión ha puesto como norma y condición que los trabajos manuales, cada uno, en su casa.

Sorteado el único obstáculo de hacerse con la llave descodificadora —depositada en una mesita de noche y protegida por un abuelo medio sordo con el sueño muy pesado— no queda más que sentarse a gozar de la sesión. Toda una vida de sexo, reza la programación. Y así reza también el subtítulo en pantalla bajo el título original en italiano: Tutta una vita, dirigida por un tal Mario Salieri. Acto seguido, los títulos de crédito se van desplegando al tiempo que presenciamos un fragmento de un discurso de Benito Mussolini seguido de dinámicas imágenes bélicas en blanco y negro, con un sobrecogedor efecto de llamas estampadas, todo aderezado musicalmente con un breve trozo del Carmina Burana y otros grandes de la música clásica. Nuestra asamblea de notarios, pese a la excitación provocada por la anticipación, se desencaja un poco ante la dantesca introducción… y alguno comprueba si están viendo el canal correcto.

Empieza la película con un melancólico relato de memorias biográficas. Una mujer anciana —Gabriella Dari ataviada con una peluca gris, algo de maquillaje y un vestido negro que poco esconde que de anciana no tiene nada— visita la antigua casa de su familia en la que vivían felices pese a los tiempos de guerra. Allí, los recuerdos trasladan a nuestra protagonista al momento en el que el hermano fascista de su padre se fue a vivir con ellos. Y de esta forma, durante casi un cuarto de hora se va desarrollando la trama sin atisbo de media pechuga en el horizonte. Tras varias quejas y algún “callad, que no oigo el argumento” del intelectual de turno —que prácticamente es corrido a boinazos— parece que algo caliente podría empezar a cocerse. La escena en cuestión es la de esa misma humilde familia campestre compuesta por una estupenda Gabriella Dari —ahora ya en su juventud— y su bonachón padre, cenando un plato de minestrone. Pero esta agradable estampa queda interrumpida enseguida por la entrada en escena de un nocturno oficial nazi. Y pese a la conciencia general establecida de que los nazis, normalmente, son los malos de las películas, éste en particular casi se lleva un aplauso de la espitosa muchachada.

Primera regla para ligar con muchachas de la campiña romana: no molestarlas mientras comen, a riesgo de perder partes del cuerpo varias (Tutta una vita, 1992)

Tras ser invitado a sentarse, no sin una obvia incomodidad por parte de los comensales, éste les notifica que en breve el hermano del cabeza de familia vendrá a residir con ellos, indiferentemente de lo que opinen los presentes. Tras asentir, el padre anuncia que se retira a dormir, dejando a Gabriella a solas con el germánico. Las pelvis se remueven en los sofás, el amor está en el aire. Y así parece ser ya que el recio oficial, atacado por los sobrios encantos rurales de la hija del campesino, lanza una primera ofensiva con un gesto dirigido a acariciar el cabello de la joven. Sin embargo, ésta lo rechaza con un bloqueo básico de karate, sin siquiera mirarle a la cara ni dejar de comer. Él se levanta frente a ella —la comitiva espectadora se abarulla—, desabrocha su pantalón y ante la atónita mirada grupal…

…procede a masturbarse encima de un plato de minestrone cercano —sin salpicar a nadie, para mayor descontento de alguno— y una vez terminado, con un gesto de indignación digna, sale por la puerta por la que entró como Raphael saliendo de un escenario.

Nazis rechazados por la hija del granjero : 1
Adolescentes pajilleros ninjas : 0

Que, todo sea dicho, tuvieron que esperar otro cuarto de hora para ver algo de coito.

Bienvenidos a las delicias del porno argumental y al cine de Mario Salieri.

De Altieri a Salieri: de la carretera y el coche al set y la cámara

Paco Gisbert, en su web de indispensable  referencia para todo lo relacionado con el cine X El pornógrafo, narra con un simpático relato los principios de Salieri en el mundo del cine X. Tras unas primeras andanzas como corredor de cintas cuasi clandestino —la legislación italiana respecto al tema de la industria pornográfica y la distribución de sus películas era algo bastante difuso en aquellos momentos— y después de instalar un sex-shop en Praga, donde realizó sus primeras obras amateur, el que originalmente fuera Mario Altieri se lanza a la producción y distribución —algo prácticamente inédito en Italia— a través de su propia compañía, la 999 Black and Blue, con seudónimo artístico inspirado en el atribulado rival de Mozart.

En este contexto de salida se traza un doble reto: conquistar, por un lado, al público italiano y, por otro, meterse en el bolsillo al mercado extranjero. Pese a que sus primeras cintas, tanto por la inexperiencia del director como por el bajo presupuesto del que dispone no se distinguen notablemente del resto de producciones coetáneas en cuanto a calidad, sí que consigue introducir toda una serie de temas con historias cercanas a sus compatriotas y llamativas en general, en la búsqueda tanto de la expresión de la “italianidad” como de crear “superproducciones” atractivas, lo que le otorga un cierto éxito inicial. En ese impasse antes de su reinado de los noventa y principios de la siguiente década, Salieri tiene el privilegio de contar con un recién debutado y  apolíneo Rocco Sifredi (en Napoli Sex y Capri Vacation) que aún tendría a media Europa por llevarse al catre; y con Magdalena Lynn, a puntísimo de retirarse como actriz, casarse con Salieri, aparecer juntos en algún que otro cameo conjunto y acompañarle en las labores de dirección, rodando sus propias películas bajo la misma firma productora de su marido, pero con seudónimos de directora como Nicky Ranieri o Jenny Forte.

Cabe reseñar de estos años, también, dos producciones en serie características por su ambición y actualidad/originalidad: Vortix, que pretende ser el primer culebrón porno italiano y Vietnam Store, serie de películas ambientadas o relacionadas con el conflicto bélico. Los dos títulos darían para cuatro entregas cada una, con Rocco repartiendo amor en ambas.

El éxito de estos primeros trabajos permitirá que durante la siguiente década Salieri pueda trabajar con presupuestos más generosos y aprovechar la fabulosa hornada de actrices europeas —muchas de ellas de la cantera húngara— que, a través del formato del video casero, azotarían cientos de miles de braguetas durante los noventa y en adelante.

Y esos serán los años en los que se producirá la madurez del director, instalándose su preeminencia en la producción italiana de calidad y convirtiéndose en un referente cardinal del porno europeo.

Temáticas recurrentes — Sexo y drama entre las sombras

De todas las categorizaciones que podemos hacer del mundo del hardcore y sus obras, hay una muy esencial e ilustrativa por la que me gustaría empezar. Es tan sencilla como hablar de luz o de sombras, del día o de la noche, de unos o ceros. Para los amigos de la filosofía oriental, podríamos hablar perfectamente de una dicotomía eidética a la yin-yang.

Existe un cine X fruto de una liberación sexual que nace de la ruptura de tradiciones represoras y tabús, y que ayuda a establecer o establece directamente la normalización del acto sexual: se da el sexo por el sexo, sin obstáculos, ni intereses intermediarios o ajenos. Donde, si aparecen terceros, es para participar. Donde cuatro amigos quedan para jugar al parchís y cuando terminan —si no antes— se quitan la ropa y se ponen alegremente al turrón como quien cambia de juego. Donde gentes desnudas corren por bucólicos campos en pleno día en práctica del amor libre. Donde se suceden los encuentros explícitos e inmediatos en la mejor expresión del proverbial “aquí te pillo, aquí te mato”. Donde el ojo del director practica el gonzo para acercar la experiencia sexual al espectador. Donde los viajes a países lejanos llevan esa experiencia al campo del exotismo. Donde el sexo es siempre consentido entre todas las partes con gusto por la exploración, la experimentación, la fantasía  o el buen humor. Donde el clímax es explosivo, hay poca reflexión —es un sexo más corporal que mental, aunque no necesariamente desprovisto de erotismo— y que invariablemente termina en final feliz. Todos estos tórridos encuentros pueden tener algún tipo de desarrollo argumental que los hilvane, pero al ser el sexo algo natural, esperado y deseado, las tramas —no todas, existen excepciones muy reseñables— suelen ser gratuitas o inexistentes, cuando no absurdas o surrealistas. Podríamos poner como ejemplo algunas producciones francesas —Brigitte Lahaie dando clases de sexo como quien enseña matemáticas—, holandesas y danesas; las aventuras con aire de lujo de la Private en localizaciones tropicales; gran parte del porno americano de la costa oeste, frente al de la costa este; y algunos divertidos inventos japoneses como los reseñados en el anterior artículo. Hablamos de producciones principalmente de ambiente positivo, pero que en algunos casos y con la liberación sexual por bandera se les fue de las manos y en el extremo llegaron a tocar el otro lado oscuro del género. Y, a grandes rasgos, esto es lo que podríamos llamar pornoyang.

Por supuesto, esto que trazo no es más que un enorme “tipo ideal” y muy pocas producciones encajan exactamente bajo todas esas características, sólo adoptarán algunas de ellas. Pero esta conceptualización tan amplia y genérica que establezco sobre un “porno luminoso” me sirve de forma efectiva para colocar el cine del director que nos ocupa directamente en el polo opuesto.

La clandestinidad de las sombras es el espacio natural para el sexo (Concetta Licata, 1997)

Salieri busca realizar su cine desde la base más realista posible, con una cierta profundidad. Y teniendo en cuenta que quiere convencer y atraer al público italiano, el paisaje de fondo no puede ser el que acabamos de relatar. En una sociedad como la italiana a mediados de los ochenta, altamente influenciada por la iglesia católica y con toda una serie de instituciones y tradiciones morales rígidas, el sexo no puede tener un espacio a la luz del día como algo completamente cotidiano y aceptado por todos. No es algo que se pueda comentar o debatir abiertamente y mucho menos experimentar y explorar, sino más bien algo sobre lo que callar y ocultar.  No existe todavía una plena liberación sexual que, plasmada en pantalla, pueda convencer al público.  El acto carnal que surge del deseo no puede ejecutarse de forma natural y, además, puede conllevar algún tipo de precio moral y/o económico.

El sexo —como un elemento del drama más— se da dentro del ámbito del secretismo ya que, de salir a la luz, violentaría alguna que otra institución tradicional: familia, matrimonio, iglesia… frecuentemente son torpeadas por adulterios, incestos o el simple pecado de la carne, apuntando por igual a hombres y mujeres, ricos y pobres, políticos, curas y militares. El chantaje, la corrupción y el soborno establecen el sexo como moneda de pago. Salieri incorpora la cronaca nera como tema de sus películas, desde la ficción propia en unos casos o de inspiración por casos reales aparecidos en prensa, en otros. La aparición de la mafia es frecuente, así como el mundo del deporte, los medios de comunicación, el mundo del espectáculo… Ninguna construcción social está a salvo y siempre hay un recoveco en el que el lado oscuro del ser humano puede intervenir para hacerlo temblar… echando un casquete. En consecuencia, gran parte de las uniones sexuales ilustradas en estas historias transportará una cierta carga de morbo y tensión contenida por parte de los personajes. Pero pese a la sordidez de los relatos narrados —que serían censurados en algunos países por tocar temas como el stupro— lo que acontece ante nuestros ojos no caerá en los extremos en los que por ejemplo sí podría caer el cine gore bajo una temática similar, buscando la impresión efectista. Así como las historias buscarán ser realistas, justamente a la inversa, en los detalles más oscuros relacionados con la dominación, la muerte o la violencia, Salieri, como norma general, buscará más la representación de la idea que su ejecución explícita, mostrándolo todo con bastante elegancia e impecabilidad y libre de escabrosidad.

Y todo esto siempre es llevado a cabo desde la idea de la ocultación. Salieri agita las aguas del escándalo, sí, pero de puertas para adentro, ya sea en sofisticados salones de lujo a ventana cerrada, en callejones oscuros, portales nocturnos, en vehículos en lugares apartados, etc… tratando de eludir ojos ajenos y privilegiando así la mirada voyeurística del espectador de la historia. Mirada que, por contrapartida, el director también incluye dentro de la historia misma como elementos internos que narran los acontecimientos, en silenciosa espía. Detrás de una de cada cinco puertas, ventanas o esquinas existe algún individuo —si no más— contemplando el evento, en frecuente acto de autosolazamiento. Este tema, favorecido por el director, incluirá variantes escénicas como la del falso espejo o la cámara indiscreta registrando el acto; Salieri agota prácticamente todas las formas en las que un ser humano puede espiar ocultamente la intimidad de otros.

Por otra parte, el marco amplio, ya apuntado, siempre será Italia. Salieri —mucho más que italiano, napolitano— no acostumbra a acudir a localizaciones exóticas, sino que nos contará sus historias en ambientes reconocibles para sus paisanos; pero estas también serán de atractivo referencial, por los lugares y épocas que visita, para el espectador extranjero. Con ello, deja claro que un porno con denominación de origen es más que posible. Incluso para favorecer esa inmersión en el localismo de la ambientación llegaría a rodar algunas de sus películas en dialecto napolitano o siciliano. Muchas de sus tramas estarán ambientadas en Nápoles (Inside Napoli, Napoli-Parigi – Linea Rovente, Sceneggiata Napoletana), pero también se visitarán Roma, Capri, Rimini o Palermo. Sin embargo, el colmo de su orgullo natal lo contemplaríamos en una de sus sagas más fantásticas: Viaggio nel tempo, con un tifoso napolitano de protagonista, visitando los momentos más importantes de la historia de la civilización humana; el punto de partida de esos viajes lo establecería en Nápoles en el 87, en medio de una famosa victoria futbolística.

En definitiva, las claves del cine de Mario Salieri residen en la importancia del guión, la búsqueda de una trama con un realismo absorbente y el acercamiento de su cine al cine convencional en cuanto a rasgos formales, estilísticos y, en suma, artísticos, con un claro énfasis en la elegancia de lo visual. El director concede que en la producción pornográfica para poder contentar al mercado se deben asumir unos mínimos. Por un lado, reconoce que debe haber un número mínimo de escenas sexuales por producción. Como productor, al igual que otros, distingue sus películas con argumentos más profundos y elaborados, sus “grandes clásicos”, de aquellas donde impera la escena sexual,denominadas “all sex”. Y, por otro, reconoce la necesidad de la presencia de actrices de gran belleza en cuanto éste es un cine principalmente de consumo masculino. Pero, al margen de esos límites, el rumbo que traza Salieri en su obra es paralelo al del cine convencional y/o erótico. Y de ahí surgen sus grandes producciones dramáticas como el documento sobre la vida de un millonario que es Stavros, la trágica trilogía siciliana, Concetta Licata, sus trabajos sobre personajes en busca de la memoria autobiográfica como Adolescenza perversa, Tutta una vita o La dolce vita o relatos relacionados con la actualidad más inmediata, como el conflicto bélico en la antigua Yugoslavia en CKP o la emigración extranjera en La fuga dall’Albania.

Precisamente, el empeño en acercar el realismo y la actualidad de sus obras le llevará a filmar documentos adicionales para reforzar la validez de sus historias, agregados al inicio o al final de las mismas. Ejemplos los tenemos en las entrevistas a pie de calle a refugiados albaneses en La fuga dall’Albania, o una entrevista conducida por el mismo director sobre los entresijos oscuros del mundo del fútbol para su trilogía Salieri Football al exfutbolista Carlo Petrini, autor de una autobiografía en la que denunciaba la existencia del dopaje en sus tiempos. Para esta misma producción llegaría incluso a montar varios equipos de fútbol compuestos por jugadores semiprofesionales y por sus propios actores a los que filmaría jugando la final ficticia de un campeonato; final que tendría como locutor de lujo a Raffaele Auriemma, un conocido periodista deportivo en Italia.

Eso sí, en cuanto a azotes de polémica y búsqueda del realismo nada como rodar una película sobre escándalo religioso dentro de una iglesia auténtica (si bien aquella producción en particular fue dirigida por Jenny Forte y los hechos no llegaron al conocimiento popular hasta varios años después).

Para concluir el apartado temático-argumental, destacar como broche algunas producciones notables por su originalidad o por su formato: Una adaptación propia del Dracula de Bram Stocker (aunque sería más correcto decir que es más una inspiración bastante libre de la novela) precisamente en el momento en el que en el porno europeo estaba de moda rodar adaptaciones sexuales de clásicos literarios; sus películas de relatos breves enfocadas en fetiches mentales específicos o en formas de ilustrar el erotismo; y Divina, una película protagonizada por Zara Whites sobre una actriz porno que quiere retirarse para dedicarse al mundo de la canción y que incluye algunos números musicales entre las escenas sexuales. Porque con Salieri si hay que follar, se folla  y si hay que cantar, se canta

Técnica y estilo en el hardcore — Noir, black and blue, blanco y negro

No sólo en el planteamiento de los temas y en la escritura de las tramas nos demuestra el napolitano su buen hacer como productor y guionista, sino que en la dirección técnica también desarrolla unos rasgos y gustos personales que tanto acompañan y refuerzan la historia planteada como dejan la imprenta única, propia de un director de culto.

Para el rodaje, a nivel general, contará con los efectos necesarios pertinentes al film en cuestión: atrezzo, maquillaje, vestuario, emplazamientos… A partir de los noventa, contando con mejores presupuestos, todos estos aspectos se verían notablemente mejorados siempre contando con más y mejores recursos, que facilitarán la recreación de los ambientes y épocas donde transcurren las grandes historias narradas.

Pero al margen de los recursos materiales que, evidentemente, ayudan a ofrecer un producto de calidad, la clave para entender la atmósfera erótica de este cine la hallaremos en su imaginario del encuentro sexual en sí y en su preciso equilibrio entre perversión y sofisticación.

Composición, teatralidad, iluminación. (Erotic Stories 2, 2003)

A este efecto, Salieri suele recurrir a varias técnicas cinematográficas de manipulación de la imagen y empleo del color. Por un lado, utilizará la fotografía azul para sustraer calidez a las escenas rodadas y darles un tono más frío y contenido. Por otro, dotará a la escena sexual de un efecto vignette de sombreado en los bordes del encuadre y amoldado a los cuerpos de los actores, resaltando la idea de que los protagonistas están copulando de forma oculta arropados en sombras y acentuando también la perspectiva voyeurística de la escena. Y el tercer uso importante del tratamiento de la imagen será el del rodaje en blanco y negro, ya sea para ilustrar escenas de flashback, para ofrecer una perspectiva de cámara de vídeo en primera persona o sencillamente para darle a toda la película una ambientación propia del pulp o la cronaca nera, como es el caso de sus tres gallery: Voyeur, Usura y Stupri.

En lo que se refiere al encuadre será muy preciso, casi milimétrico, buscando la perfección. Salieri prácticamente hace la cama a sus actores en el enfoque rectangular de la imagen —casi siempre a plano fijo— y distribuye los espacios matemáticamente como si estuviera pintando un bodegón donde cada elemento tiene un lugar estudiado. O un cuadro histórico, donde todo el mundo debe poder ser reconocido facialmente: rara vez nos encontraremos con un culo suelto sin que podamos reconocer a su propietario. Cada fotograma es una casi perfecta fotografía. El director tanto sabe encuadrar a cuatro o cinco actores a diferentes distancias de la cámara, en un mismo plano —siendo todos ellos reconocibles y relevantes en la escena— como rodarlos a todos conjuntamente en un plano a caballo del medio y el americano (abarcando toda una cama o un sofá), gesta no siempre lograda a plano fijo por muchos directores para los que la preferencia habitual es echarse la cámara al hombro y moverse por el set rodando fragmentos parciales de la acción conjunta como en un documental de naturaleza viva. Este es un hecho singular: estamos en una década caracterizada por la llegadal del gonzo al cine X, en el 1989, de la mano del americano John Stagliano y su serie Buttman. Cuatro años después Rocco Siffredi aportaría su visión del mismo al público europeo. Y en ese panorama, Salieri se mantiene fiel a su estilo de trabajo y a las soluciones propias del cine convencional clásico. Así, aun con escenas pobladas de personajes, el cuadro dibujado será amplio pero también meticuloso y rara vez perderemos el bosque por los árboles.

En busca de ese preciosismo visual quedan también desterrados aquellos largos y típicos primeros planos de penetraciones anónimas, ocupando el total de nuestras pantallas; no habrá encuadre que comprenda unos genitales sin, como mínimo, una cara reconocible. En el cine maduro del director igualmente desaparece de forma práctica el sudor o la saliva; el único fluido que surge ante la cámara es el de la culminación del encuentro.

En lo que respecta al tiempo, un corte desde un mismo plano no tendrá una duración de más de uno o dos minutos. Cada corte ofrecerá un plano con los actores en una posición determinada y cuando el tiempo de éste termine, saltaremos al siguiente; muy pocas veces veremos a los actores cambiando físicamente de postura. Lo que se nos ofrece a la vista es una especie de galería oscura de los momentos físicos del encuentro sexual.

La escena sexual al completo también suele ser breve, apenas diez minutos en total. Siendo la mayoría de la actividad corporal de sus escenas de un estilo más contenido y sinuoso que explosivo  y salvaje —para acentuar la carga de tensión sexual de la misma— este ágil cambio de planos ayuda a mantener el dinamismo y la rítmica de la escena en sí. Pero por otra parte ayudará a no despegar al espectador más de lo debido del hilo de la trama argumental  (excepción obvia hecha para las películas de categoría all sex).

En cuanto a la ejecución sexual de los actores rara vez pedirá dotes acrobáticas a los mismos, y casi todas las posiciones serán más bien clásicas y tradicionales; sin embargo, este es un hecho que casa con el estilo de escena pornográfica que quiere crear centrado en la belleza de las actrices y la composición de la imagen. Sin lugar a dudas, también resulta más creíble para nosotros el contemplar a una actriz en el papel de una refinada burguesa italiana practicando el misionero a verla rompiéndose la nuca sometida a alguna variante del piledriver. Dicen que la habilidad del mejor pizzero se muestra en la capacidad de elaborar la más sencilla de las pizzas, la margarita. Ni que pintado, el dicho, para nuestro napolitano. Salieri es capaz de rodar un misionero desde el perfil, perfectamente alineado al encuadre, con una horizontalidad total de los cuerpos, sin que la penetración se vea tapada por los mismos.

Antes de pasar a la deconstrucción por niveles de las escenas sexuales más elaboradas del director me cabe dejar constancia de un par de fetiches escénicos recurrentes en Salieri dos escenarios a resaltar notablemente fuera del clásico salón o dormitorio y que son también de firma de autor. Uno de ellos es la escena rodada dentro de vehículos, ya sean de caballos (Drácula), de época (Adolescenza Perversa) o modernos (La vita segreta di Jasmine). El pulso para el encuadre del director le permite ilustrar perfectamente la actividad en esos pequeños espacios; más allá incluso, le permite mostrar a varios espectadores externos que, desde fuera del coche, contemplan perversamente la escena interior. El otro escenario que favorece la aparición de los niveles de los que enseguida hablaremos es el que tiene lugar dentro de un cine (Faust, Erotic Stories 2, Salieri Football 2), donde, en la oscuridad de la sala y a diferentes espacios —filas de butacas o pasillo—, se desarrollan las respectivas actividades y observaciones.

Se comenta, precisamente, que una de las escenas que más ha influido en Salieri a la hora de dedicarse a la dirección de películas pornográficas es la famosa escena erótica de Emmanuelle que tiene lugar en las sombras de la cabina de pasajeros de un avión, hecho que es coherente con todo el despliegue erótico y estilístico en la obra del director italiano, probablemente inspirado también por el cine erótico de los setenta. Pero si decíamos que Salieri rueda toda suerte de escenas dentro de una gran variedad de medios de transporte, entre penumbras, sin embargo —hasta teniendo una película de ambientación relacionada con la aeronáutica, Salieri Airlines, en la que juega con el morbo de las relaciones entre pilotos y azafatas— no hemos podido ver todavía una escena suya rodada dentro de un avión.

La construcción del morbo por niveles

La gran mayoría de la escenografía pornográfica tiene una unidad mínima de reparto basada en el chico/a conoce chico/a y sus posteriores ejercicios gimnásticos. El advenimiento del porno actual creado específicamente para website no ha hecho más que reforzar esa unidad mínima que es la escena única, con más o menos intervinientes en la misma pero sin excesivos protocolos ni complicaciones porque, en ese contexto, lo que mejor puede funcionar es la espontaneidad (si bien, a la larga, la repetición de “espontaneidades” puede resultar aburridísima).

Por contrapartida, el porno argumental clásico —influenciado por los maestros del cine erótico— ha tratado de darle diversas vueltas de tuerca al momento de cama primigenio, siempre acorde con las necesidades de la trama. En el caso de Salieri, como ya hemos ido viendo, es más que remarcable esa búsqueda del erotismo y/o morbosidad. Y queda aún más patente la construcción de la escena sexual a partir de lo que podríamos denominar “niveles sucesivos” : los diversos personajes en  escena, con roles muy característicos pero también cambiantes, van ampliando el nivel originario del encuentro sexual a partir de un plan estudiado, casi ya más teatral que cinematográfico. No todos los niveles estarán presentes en todas las escenas del italiano. Se darán combinaciones de los mismos, pero siempre a partir del imprescindible primer nivel.

Nivel 1 – Nivel básico y nuclear en la escena pornográfica: dos o más actores en un mismo espacio físico llevando a cabo algún tipo de acto sexual o combinaciones de varios. El cómo llegamos a él y el cómo se desarrolle siempre tendrá que ver con el argumento y su intención. Puede darse un único sexo oral; o bien puede ilustrarse la clásica y protocolar galería de cortes compuesta por sexo oral de ida y vuelta, sexo vaginal y sexo anal, que Salieri usa mucho y muy bien; sin embargo el napolitano nos brindará alguna que otra variante especial no demasiado extravagante ni bizarra, pero siempre sofisticada, como por ejemplo felaciones a través de velos de seda o incluso algún que otro frottage o sexo intercrural (masturbación mutua por frotamiento genital) con alguno de los actores vestido, resaltando la desnudez de su partenaire. Si la escena, ya de inicio, se desarrolla con más de una pareja, Salieri les irá dando sus respectivos momentos de atención, sin perder de vista el conjunto de la actividad grupal. En estos casos en los que la acción se da con varias parejas desde el inicio normalmente no aparecerá ningún nivel más; sobrecargaría la escena con demasiados personajes. Por otra parte, también podemos considerar dentro de este primer nivel las escenas interpretadas por un solo interviniente en acto de excitación/masturbación, al que le puede acompañar algún nivel adicional con espectadores o voyeurs (véase el ejemplo descrito en la introducción de este artículo).

A partir de aquí, los niveles que pueden agregarse a ese módulo inicial serán los siguientes :

Nivel 1 + Nivel 4 : Una pareja en acción y hasta tres voyeurs ocultos observando a la misma (Adolescenza perversa, 1993)

Nivel 2 – El espectador presente: uno o más personajes están presentes en la misma sala contemplando los actos iniciados en el primer nivel. Todos los personajes de un nivel y otro son conscientes de sus respectivas presencias, lo que acentúa el morbo de lo que se nos muestra. Quien ejerza el rol de espectador puede quedarse en su actividad contemplativa —en silencio, dando órdenes, comentando la jugada o incluso con alguna intervención anecdótica— hasta el final de la escena; o bien puede irrumpir o ser invitado al acto sexual, uniéndose los dos niveles en algún momento determinado. Existe una variante peculiar de este nivel repetida en unas tres o cuatro películas, en la que el “espectador” presente está dormido, caso de la escena de la pareja haciéndolo en un cuarto donde está el abuelo echándose la siesta, por ejemplo; si bien presente, éste  personaje prácticamente formará más parte del mobiliario de la escena que del reparto de actores en la misma. En ningún caso —hasta practicando la cópula encima de él— los protagonistas logran despertar al yayo.

Nivel 3 – Segundo espectador presente: este es un nivel poco frecuente, pero puede darse también y forma parte de las escenas sexuales algo más extensas y épicas rodadas por Salieri, por lo que vale la pena dedicarle una categoría. Es idéntico al segundo nivel, en el sentido en que en la sala, todavía, hay alguien más presente a consciencia de todo el mundo, haciendo temblar el principio de discreción y secretismo del que habíamos hablado en el apartado temático. Efectivamente, a estas alturas los ejecutantes del nivel 1 podrían cobrar entrada. Este “tercer hombre” contemplará la escena también desde el principio (aunque puede que se nos revele un poco más tarde) y verá unirse a los actores del primer nivel y los del segundo.  Puede que incluso se añada él mismo, si bien a esta distancia sería poco probable. Un ejemplo remarcable de escena llevada del nivel uno hasta el tres la tenemos presente, por ejemplo, en Stavros.

Nivel 4 – Voyeur oculto: el último nivel consiste en un personaje oculto tras una puerta, marco o ventanal que lo observa todo secretamente, con masturbación opcional. En algún caso especial y excepcional puede tratarse de una pareja que inicie un nuevo acto sexual mientras observa a la otra, pero siempre de forma aislada de la original. La escena clásica de ilustración del voyeurismo en Salieri es esta composición de un primer nivel más este cuarto, saltándose los intermedios. El voyeur oculto prácticamente nunca irrumpirá en escena y mantendrá su rol de espía hasta el final.

Y a estas alturas podríamos conjeturar hasta un quinto nivel voyeurístico —o metanivel— en nosotros mismos, espectadores de la escena al completo, atrapados por semejante cebolla sexual; si bien como consumidores del producto final y acabado desgraciadamente tampoco podremos unirnos a nivel alguno.

Musas, pueblerinas, galanes y gañanes

En este punto me cabe reconocer que un excelente artículo de esta misma web fue una de las inspiraciones a este sesudo repaso al director italiano. Porque precisamente cuando Vicente Muñoz Puelles habla de la falsa e innecesaria separación entre lo erótico y lo explícitamente sexual y como la cópula no tiene por qué romper la narratividad de una obra, en el caso de Salieri tenemos un ejemplo claro. También la musa habitual del napolitano poseía virtudes tanto sexuales como eróticas, así como una mínima aptitud para la interpretación; pese a que la gran mayoría de sus actores provendrán más del mundo de la pornografía que de la academia dramática, las exigencias interpretativas de Salieri hacia sus actores no serán menores.

Las primeras damas de Salieri son feminidad hecha curva. La media de busto —100% natural, siempre— de sus actrices daría algo por encima de la media establecida como la perfecta; con excepciones magníficas, como Monica Roccaforte, Michelle Wild o Rita Faltoyano marcando las máximas, o Deborah Wells y Katsuni, marcando las mínimas. Pero a esos efectos y a gusto de la italianidad masculina normalmente será un “que sobre, antes que falte”, sin que la voluptuosidad riña con la búsqueda de la exquisitez. Las mujeres —no muchas adolescentes correrán, si bien si unas cuantas “hijas de”— de sus películas serán capaces de representar con total seriedad y dramatismo los papeles de mujeres tanto cotidianas como glamurosas. Y en cuanto las sombras empiecen a envolver la escena para dar inicio a la refriega amorosa, implosionarán en pantalla —insistimos, con Salieri, el arrebato es interno y la orgía se lleva por dentro— con su desnudez, como para que el espectador se interrogue “¿De dónde ha salido todo eso?”.

De sus nombres más destacables a principios y mediados de los noventa brilla con luz propia Selen, una de las grandes del porno italiano que en su reunión con Salieri y su obra vería sublimadas tanto su vocación sexual como su voluntad de acercar esa misma al aspecto artístico. Selen protagonizaría, entre otras, la saga Concetta Licata o la mencionada versión de Drácula. Pero de la primera tanda de actrices importantes no podemos olvidarnos tampoco —ni queriendo— de la atlética pero salvajemente sensual Deborah Wells, de la lozana Gabriella Dari (también conocida como Angelica Bella) o de la espectacular Draghixa y su sugerente melena con rizos en los rizos.

Selen y Ron Jeremy (Concetta Licata, 1997)

A finales de los noventa llegaría la segunda línea de batalla, de procedencia húngara, con actrices que se harían tan populares para el género como clásicas del cine del director. Dos actrices serán referencia: Monica Roccaforte —casi exclusiva de las producciones de Salieri—, que triunfaría con su imagen de morena italiana entre rolliza y voluptuosa, pero angelical; y Bambola, de origen ruso, que haría las veces de cándida rubia o de femme fatale fría y calculadora. Ineludible también aquí mencionar a otras actrices esenciales en Salieri como una juvenil y bellísima Julia Taylor o a una más veterana y flamígera Silvia Cristian, que jugaría bien los roles de ama de casa hastiada o de súcuba de alto copete y abrigo de pieles. Por otra parte, pese a que Salieri favorezca arquetipos físicos cercanos al gusto de sus compatriotas, no se desentenderá completamente del factor exótico, que en sus películas vendría representado por el frente francés, con actrices de lujo como Julia Channel a principios de los noventa y una adorable Katsuni para principios del siglo presente.

Salieri alzaría tanto el nivel del porno italiano y su reconocimiento desde fuera que, así como la dinámica en las actrices europeas e italianas para sus noms de guerre era adoptar nombres o bien exóticos o bien ingleses/americanos, a la vuelta del siglo nos hallaríamos a actrices como Szilvia Wagner (Monica Roccaforte) o Alena Ivanov (Bambola) adoptando apelativos de inspiración italiana.

En cuanto al sector masculino, las elecciones de casting vendrán dadas por los tópicos más establecidos en el género, que muchas veces estarán representados por algunos de los grandes nombres del porno europeo. La imagen de “clase alta” la darían galanes de porte sofisticado y firme, con un cierto aire de villanía, con actores como Cristoph Clark, Horst Baron y Steve Holmes (un favorito y constante elección del director). Por la parte del “pueblo llano”, tendremos actores que permitirán ejecutar ese efecto que tan bien ha funcionado en el porno de cara al público masculino, el de “la venganza del hombre corriente”. Este arquetipo representará a un “hombre cualquiera” no particularmente bello, pero que será capaz de encamarse con mujeres diez. Aquí tendremos toda una estirpe de actores con cuerpos más bien oriundos, caras comunes y gesto gañanesco, como Roberto Malone, Remigio Zampa e incluso el internacional y popular Ron Jeremy, que haría sus apariciones estelares en la trilogía de Concetta Licatta o Dracula. Entre unos y otros, nos encontraremos a un prolífico y muy afín de Salieri, Francesco Malcom —su reconocimiento empezó con Adolescenza Perversa—, que con su aspecto de jovenzuelo corriente pero con cierto atractivo y una capacidad interpretativa bastante amplia, daría registros de comedía, heroicismo y drama a partes iguales, además de dar cara y nombre al voyeur universal salieresco.

Por lo demás, se contará también con la participación de actores y extras diversos —algunos amigos y conocidos del director— para llevar a cabo los papeles dramáticos sin escena sexual. Si bien es cierto que no podrá disfrutar de grandes nombres de la cinematografía no pornográfica, Salieri contará con algunas participaciones venidas del mundo del teatro para incrementar los aportes dramáticos de sus películas.

Salieri, ahora

A estas alturas, poco queda más por decir del trabajo que hace una década nos dejó este concienzudo y meticuloso director. Hace aproximadamente cinco años su producción de largometrajes se redujo considerablemente. Tras su última gran trilogía, Salieri Football, y alguna que otra obra más, su trabajo fue centrándose en toda una serie de cortos para su página web  —tratando de adaptarse a los tiempos, a los nuevos medios y los formatos populares asociados a estos— y siempre con la temática sórdida como trasfondo.

Recientemente también ha estado tanteando producciones relacionadas con fenómenos contemporáneos de entretenimiento, como es el caso de los realities y que, de alguna forma, no dejan de ser la continuación del actual del fetichismo del voyeur, tan trabajado por él. Salieri crea el concepto de spy hotel bajo el nombre de Salieri Hotel, con actores amateurs dentro de un hotel al más puro estilo Gran Hermano. El cambio de estilo y medios de producción respecto de lo visto hasta el momento es radical : actores que no son ni profesionales, ni famosos, cámaras espía emplazadas en un cuarto, elementos extremadamente cotidianos, sin guión, sin indicaciones externas, sin efectos de post-producción…

Espectacular Silvia Cristian exhibiéndose en la penumbra del patio de butacas de un cine para algún afortunado distraído (Faust, 2002)

Aún con estas andanzas en diferentes formatos y estilos más actuales y comerciales, efectúa en el 2010 un amago de volver a la gran producción con la serie de películas Band of Bastards, un cruce referencial entre Band of Brothers e Inglorious Bastards (que, por cierto, también exploraría otro gran pornógrafo europeo, Marc Dorcel, en su excelente Inglorious Bitches). En cuatro episodios, Salieri vuelve a la gran saga argumental, recogiendo nuevamente la temática nazi, esta vez ambientada en el frente ruso de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, de nuevo, muchos de los rasgos técnicos que caracterizaron su cine de los noventa desaparecen en esta última obra. El estilo es más espontaneo, está libre de las sofisticaciones estilísticas —como el uso del color y la iluminación— usadas con anterioridad y la cámara se desplaza como un elemento libre, desapareciendo el encuadre fijo, si bien se mantiene la buena fotografía. El número de escenas sexuales es menor, pero la duración es más larga, con muchos menos cortes. Seguimos estando ante un producto de calidad; y a estas alturas y habiendo dejado tantas grandes historias para el recuerdo, Salieri puede permitirse rodar como le apetezca. Pero sí que se echa en falta —quizá por una nostalgia personal, todo hay que decirlo— ese acto de ver tres segundos de escena de cama e inmediatamente reconocer la mano de Salieri en ella.

Para ver qué camino seguirá el director habrá que echarle un vistazo a Una vacanza all’inferno, la nueva producción con la que abre fuego nada más empezar este año, con la actriz romana Roberta Gemma como gran estrella principal.

Y en estas, tanto para los nostálgicos como un servidor, como para los que no conocieron al director en su momento clave, terminaremos este “desmontando a Salieri” con una selección de algunas de sus obras, a mi gusto, imprescindibles.

Recomendaciones :

Dracula (1994): la adaptación de la novela de Bram Stocker —aunque más que adaptación es un trabajo libre sobre la misma— llevada a cabo por Salieri. Pese a que Dracula aparece prácticamente más en la carátula que en la película, de nuevo, actores como Selen o Ron Jeremy y la poderosa Draghixa ocupan perfectamente la trama tanto a nivel dramático como sexual. Igualmente posee una más que correcta puesta en escena y ambientación —con algún momento de casquería inédito en la historia del director— que la coloca entre las más reseñables; sobre todo teniendo en cuenta los soberbios pastiches que se han hecho durante años y años tratando de “pornificar” obras varias para beber de sus respectivos éxitos.

Concetta Licata (1997): la trilogía dramática siciliana de Salieri es el resultado de llevar el culebrón trágico de la televisión italiana al mundo del cine X. Su joven heroína, a la que no le dejarán de suceder desgracias una tras otra, estará protagonizada por Selen, que dará un personaje creíble en el ámbito dramático y erótico en el sexual; y además contará en la réplica con una estrella internacional como Ron Jeremy.

Fuga dall’Albania (1998): importante obra que recibió un buen puñado de premios en su día y protagonizada por la tristemente desaparecida Karen Lancaume. De nuevo, la historia universal de la pobre muchacha de pueblo corrompida, esta vez en la narración de una refugiada albanesa en fuga del conflicto bélico de su país, cuya inocencia es pervertida en la casa de la rica familia italiana que la acoge.

Stavros (1999): gran clásico y referente de la obra de Salieri. Rodada en dos episodios, con un formato de documental televisivo ficticio y una conclusión narrativa convencional, se nos cuenta el origen y alzamiento del millonario Stavros y los escándalos que envolvieron su vida. Potente narración repleta de secretos e intrigas que permitirá la elaboración  algunas de las escenas sexuales más sobresalientes del director, con un gran variado y celebre plantel de actores y actrices.

— Faust (2002): la primera gran superproducción de Salieri de principios de este siglo. Faust cuenta la eterna batalla entre el bien y el mal ambientada en un mundo alternativo en el que los nazis, con la intervención del diablo a su favor, ganaron la Segunda Guerra Mundial. Veremos primero cómo es el mundo bajo el dominio nazi presente, desde la vida de un famoso director italiano; y luego, nos enseñará el momento clave bajo el que los nazis ganaron el conflicto bélico. Exhuberante Silvia Cristian en la primera parte, interpretando a una pérfida corruptriz, cuya réplica desde la inocencia y bondad daría Melinda Gale. Escena de alto voltaje también de Katsuni en la oscura cabina de un tren —réplica del Orient Express— con varios soldados a la luz de unas pocas linternas. Imprescindible.

Erotic Stories 1 (2003): una de las películas del director consistente en una recopilación de relatos cortos, pese a haber sido censurada en algunas versiones (la escena sexual de Adriana Laurenti de la primera historia). Otras películas suyas de relatos cortos son también notables, como sus gallery, por la particularidad de estar rodadas completamente en blanco y negro, si bien algunos de los temas tratados en ellas dejaron al público frío en su momento. De Erotic Stories destacar de nuevo a Silvia Cristian, esta vez en el papel de viuda desconsolada y a Bambola, en una de las primeras apariciones en las películas de Salieri.

— La dolce vita (2003): gran narración de estilo autobiográfico en dos episodios. Francesco Malcom y Bambola interpretando a una pareja de jóvenes amantes en la encrucijada de lo que pudo ser y no fue y su transcurso a través del tiempo. De nuevo, un espectacular despliegue de célebres actores del cine X europeo del momento al servicio de una historia con cuidada trama. Pese a resaltar esta, igualmente son recomendables Tutta una vita y Adolescenza Perversa, otras historias con base en un narrador recordando o dejando constancia de la historia de su vida y que fueron muy bien recibidas en sus respectivos años.

Salieri Football (2006): última obra del director en varios episodios hasta la llegada de la reciente Band of Bastards. Centrada en imaginar los turbios secretos detrás del mundo del deporte, destaca Bambola en el papel de periodista detrás de cuarto y mitad de los escándalos ficticios que cuenta la historia y ofreciéndonos su perspectiva desde el punto de vista perverso de su cámara de video. Por otra parte, cuenta con un gran reparto y no menos medios humanos fuera del mundo del porno para construir varios equipos de fútbol y recrear el ambiente de una final. También ayuda a sostener la ficción presentada la entrevista final que el mismo Salieri le hace a Carlo Petrelli. Por otra parte, de esta obra surge una cuarta película denominada Inside Salieri Football, que contiene algunas escenas adicionales, pero que es de interés tanto para mostrar algunos entresijos de la trilogía en particular como para poder escuchar a Salieri en la dirección de actores en plena escena sexual.


Delicias y delirios del Japan Adult Video

En sexo está todo inventado. Y en porno, más

Ja. No hace falta más que echar un vistazo a la industria del porno nipona —JAV (Japan Adult Video) para los amigos— para comprobar que por pequeño que sea el país les sobra imaginación. Ya no estamos hablando de los fetiches más o menos reconocidos por quien haya querido despistarse un poco yendo al videoclub del chino. Bukkakes, magreos en el metro, reuniones CFNMs, escorts de uniforme de instituto, cosplays de anime o maestros del kinbaku echando el lazo… no es que sean historia —porque siguen ahí—, sino que son prácticamente ya el pan y agua del medio lúbrico oriental, mientras que las peculiaridades y extravagancias del vídeo para adultos siguen creciendo hacia otro cielos.

Con la fantasía atada en bandana kamikaze sobre la frente, Japón continua representando aspectos como las características físicas extremas, el cuento bizarro de ciencia-ficción o la irrupción instantánea del deseo sexual y el sexo explícito —cuando los pixelados lo permiten— en la cotidianeidad más aséptica. Está mucho más cerca de la actividad erótico-festiva de un Takeshi Castle para adultos a medio camino entre el lol y el wtf que de un estudio minucioso y empático del erotismo.

Quizá otro día nos preguntemos —y puede resultar tremendamente interesante— el porqué de estos productos.  La factibilidad de su relación con la sociedad japonesa: sus normas no escritas, tradiciones ancestrales, tabús culturales, relaciones de género desequilibradas, leyes de censura genital y gastronomías variadas. Y cómo todo ello puede fomentar o no un cierto índice de represión sobre el ciudadano que acabe haciendo masa crítica y desemboque en semejantes pajas mentales (sin peyorativo en el uso del término)

No, hoy vamos al tajo.

 

Vini, Non te Vidi, Vinci : La caída de Roma

No sabremos japonés, pero los números están claros. Una entre cien millones: algo más probable que que te toque el euromillón.

En serio, cariño. Tropecé, me caí y no sé como acabó ahí.

La historia es tan simple en su planteamiento como familiar para los que recuerden el gag fácil de los productos del cine del destape. Llegan Pajares o Esteso, tropiezan con la sueca de turno en un estrecho pasillo y, vaya-por-dios-que-tropiezo-mas-tonto, acabó mi mano en su pecho, señorita.

Pero donde los bingueros en las lides del encontronazo acababan en segunda o tercera base, los nipones, bate en mano, se marcan el homerun en cero coma. Juegan con ventaja, eso sí. En un quehacer pajillero de salir del archivo con el tema ya desenfundado, resulta que pasa al mismo tiempo la compi del curro a llevarle los informes al jefe. Medio segundo de tensión, acercamiento en superslow, y ya lo tenemos, Houston, acoplamiento perfecto. La divina providencia no entiende de prolegómenos ni lubricaciones. Y claro, fruto del impacto súbito, atasco consecuente. No queda otra que ponerse como Aladino con la lámpara: frotar hasta que salga el genio. Porque la solución más absurda es la única practicable; o cómo la navaja de Occam perdió el duelo ante la katana del JAV.

A partir de ahí, el argumento se desarrolla con variantes sobre el mismo asunto pero con atrezzos varios y entradas a dos bandas. Si bien a partir de la segunda jugada ya da la impresión de que la muchacha se tira y no se le puede señalar penalti.

 

Clínicas Tekoki: reinventando las instituciones sanitarias

La pregunta es: ¿esto me entra por la mutua?

Una variante del fetiche-disfraz de las enfermeras: donde normalmente la escena erótica se desarrolla individualmente entre la enfermera y el paciente a modo de contrato informal de individuo a individuo, el género de las tekoki clinics introduce el vector sexual afectando a la institución al completo.

Acostumbran a tener el formato de documental ficticio. Un video promocional explicativo del cómo funciona la clínica, acomodando el uso de prácticas sexuales a las operaciones cotidianas de un hospital corriente, básicamente, a la hora de obtener muestras y relajar a los pacientes (a saber que opinará el colegio de médicos)

Apabullante el grado de abstracción, profesionalidad y metodismo de las actrices-enfermeras. Colocación del paciente, preparación oral, recogida del uniforme con pinzas, toma de muestra en cama, reacomodación del paciente. Todo forma parte de un proceso y se ejecuta como tal, con implicación emotiva mínima, pero no exenta de simpatía para con el paciente.

 

El ataque del hombre… nnnggghvisible

Si no lo estás viendo, para que abres la boca. Ah. Vale. Ya. Bueno.

El Perfume del Invisible en Serie B

Los japoneses le dieron también varias vueltas al tema genérico de cazar a muchachas desprevenidas, “sin que ellas lo adviertan”, o para que cuando lo adviertan sea demasiado tarde. En el espacio que nos ocupa juegan con el tema del hombre invisible.

Pero si esto es invisibilidad que baje Claude Rains y lo vea.

Nuestro hombre invisible, aquí, es un japonés forrado de malla blanca —a veces negra— de los pies a la cabeza, que aparece en el momento más insospechado en los vestuarios del gimnasio, en la cola para el cine o comprando en el Carrefour. Nosotros, en un acto de intelectualidad y de comprensión por la inversión tecnológica mínima y la pureza (je) del medio (hasta aquí llegaste, Lars), vemos al hombre de blanco y decidimos no verlo para captar el mensaje.

La verdad es que no nos podemos quejar de las pistas del género: el tipo en cuestión es como un enorme espermatozoide ambulante. Verlo salir en escena ya debería saltar las alarmas, como cuando aparece el lobo detrás de Caperucita en los guiñoles. Pero claro, tampoco aquí hay nadie pitando penalti.

 

Esta vez el álgebra es la protagonista.

Mujeres altas, muy altas… allí, claro

Fetiche centrado en las características físicas. Siguiendo la regla de tres de la atracción sexual máxima por exoticidad (España/rubias – Suecia/morenas), no es de extrañar que todo un género del deseo sexual nipón se centre en las mujeres de estatura considerable.

Y cuando hablamos de estatura considerable nos referimos, evidentemente, a los estándares orientales. Tengamos en cuenta que la estatura media femenina sobre los 21 aquí ronda el 1,65 y allí el 1,59. A partir del 1,70 (con 12 cms de diferencia a la media masculina japonesa para la misma edad) es ya una altura digna de ponerse en portada del vídeo en cuestión. Casi tapando a la muchacha. Y con la foto tirada desde abajo, si puede ser. Con 1,80 trabajamos ya con el imaginario de titanes pétreos que desde metros de altura pueden perforar con sus rayos oculares a cualquier guerrero capaz de dejar entrever el más minúsculo asomo de miedo.

La gracia incrementada del asunto consiste en que, además, los parteneires de las protagonistas (hombres tanto como mujeres) andan por su opuesto perfecto en tamaño. Los seductores más selectos de La Comarca, versados en técnicas varias de alpinismo.

Un subsubgénero recurrente dentro de esta amplia temática es el de las jugadoras de volley playa. Juana y Sergio ya son ahora algo más que los enamorados.

 

El día de acción de gracias… al fan

Acción de Gracias de Akina: seguramente, en su vida había firmado tantos autógrafos de golpe.

Es de conocimiento popular que los nipones tienen muy arraigado el asunto de la educación en el trato entre personas. Y como no va a ser menos, el campo del agradecimiento genera también toda una serie de eventos documentales en su cine para adultos. Un concepto no tan lejano de la tradicional fiesta americana: reunión familiar, rellenar pavos, hincharse a comer, darse las gracias con una sonrisa.

Es un tipo de porno que se rueda habitualmente para algunas actrices cuando estas consiguen una cierta fama reconocida (Kokomi Naruse, Momoka Nishina, Yukiko Suo o Tsubasa Amami, algunas de ellas); o bien en grupo, y entonces directamente organizan escapadas en autobús al monte o a casas de baños, que es lo que se lleva por allí. De esta forma, se reúne a toda una serie de fans que por solicitud, carta o convocatoria, acuden al acto —suponemos pasan los controles de higiene— y de forma organizada, la estrella (o estrellas) da rienda a su arte con los aparejos, técnicas habituales y el ocasional bukkake para el público congregado. Incluyendo la posibilidad de participación de los asistentes en diversos grados, siempre a discreción de la actriz/organización; y pixelización de la cara del voluntario, a discreción del mismo. Ya a la que estamos de pixelar genitales, no viene de tapar una cara que otra.

Una escena diferente dentro de estos mismos eventos se da cuando la actriz, carta en mano muy-muy-muy especial de un fan, lo visita a domicilio. Y allí, en un Sorpresa, Sorpresa de dos rombos, se enfunda al pobre despistado, rodeada de películas, posters y almohadas con su cara estampada.

Así que ¡felicidades! Tu fantasía se ha hecho realidad. Es decir, que alguien ha hecho una porno con ella. Y ¡efectivamente! tú sigues sin ser el tío en pantalla (similitudes razonables aparte).

Las noticias de las tres

Esta vez los japoneses le ganan la partida a los rusos. El clásico Naked News llevado al final del extremo nos trae de nuevo la inclusión de lo sexual en un ámbito, a priori, asexual; pero no por ello dotado de menos fantasía en las cabezas de los televidentes. Las noticias.

Algún gif animado corría por la red desde hace un tiempo ilustrando el evento . En la pantalla, una presentadora de noticiario ataviada formalmente con una clásica chaqueta con corbata o blusa femenina, pelo recogido, expresión formal y sonrisa mediática. Y entre lo que podría ser perfectamente el resumen del balance de la bolsa de Tokyo del día y la sección deportes, recibe un “comunicado de última hora” sobre su persona. Pese a la estupefacción de algunos descubridores de estos recortes :  no, no estamos ante un canal privado de noticias en particular, sino ante otro subgénero del JAV y sus fetiches. Uno por el que incluso ha pasado alguna que otra gran estrella como la internacional y lúbrica Maria Ozawa.

De nuevo, estas ficciones de cotidianía sexualizada están compuestas de variantes siguiendo los esquemas de los programas de noticias y actualidad. Desde la lectura de noticias en plató, al parte meteorológico, pasando por la conexión en calle. Japón Directo.

Es triste pensar con el pene. Pero más triste es follar con la cabeza

Terminamos nuestro singular repaso rozando el extremo en una temática reciente, que navega por los mares de las inserciones extremas.

Un habituales en el JAV convencional —una actriz como única protagonista del filme, varias escenas con diversas actividades sexuales— es el de la masturbación con aparejos, entre los que figura el típico Hitachi Magic Wand. Pero aquí, nuestro amigo Hitachi formará parte de toda una serie de instrumentos y técnicas que no serán más que medios para el estiramiento y el calentamiento previo al ejercicio estrella del espectáculo.

Que llanamente consiste en un japonés afeitado vestido con calzoncillo de paño, untándose la cabeza en aceite y tratando de volver al origen de la vida, según Courbet.

Sin opciones de colocar una ilustración NSFW de este último cultivo del JAV, Sonia Baby nos cierra este artículo enviándonos a todos a cascarla, con cariño.

No se me tire nadie de los pelos: probablemente en lo ancho y amplio del mundo e internet se hayan juntado dos seres humanos con las constituciones y las capacidades técnicas para lograrlo en diversos grados de parcialidad, en el camino de la experiencia sexual definitiva. Pero lo que se nos presenta a los ojos en estos filmes no es más que un no-muy-elaborado fake. Entre el pixelado en la zona genital, los ángulos de cámara correctos, una torsión de cuello del galán -como para ir a la cliníca tekoki más cercana de cabeza (je)- y que la escena no dura ni cinco minutos… todo se queda en un “parece que”.

Que es lo que no deja de hacer el JAV, en el fondo, alimentar la fantasía. Más o menos aberrante, sí, pero eso. En fin, para disertaciones más empíricas sobre el asunto del parir para adentro, quizás sería bueno consultar a expertas en temáticas similares, como a nuestra ilicitana Sonia Baby (actualmente Baby Pin-Up), acróbata vaginal de profesión, capaz de introducirse hasta 25 metros de collar de perlas (no las he contado) y cuatro puños a la vez (hasta ahí sí llego).
En cualquier caso, se debería considerar una práctica extrema y no practicarla sin el entrenamiento, asesoramiento y corte de pelo adecuados.