María Martinón: «Las ideas de las personas racistas no se sustentan en la biología. Somos un crisol de humanidades extinguidas»

María Martinón Torres (Orense, 1974) creció rodeada de libros que dieron alas a su curiosidad. Para cumplir su deseo de ser antropóloga decidió estudiar Medicina y Cirugía en la Universidad de Santiago de Compostela, haciendo su tesis sobre la dentición de hominínidos. Luego se especializó en Antropología Forense por la Universidad Autónoma de Madrid y en Evolución Humana por la Universidad de Brístol para acabar aterrizando Atapuerca en el año 1998.

Tras la construcción de un paso para un ferrocarril minero a finales del siglo XIX, se encuentran los yacimientos de la sierra de Atapuerca. En uno de ellos, la Sima del Elefante, María encontró un fragmento de mandíbula humana que resultó ser del homínido más antiguo de Europa: el homo antecesor. María Martinón es ahora la directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana —CNIEH— y, tras acompañarnos en una maravillosa visita al Museo de la Evolución Humana y a los yacimientos de Atapuerca, nos sentamos con ella para hablar sobre un pasado fascinante que aún estamos reconstruyendo.

Creciste fascinada por las aventuras de Sherlock Holmes y los libros de Julio Verne, ¿alguno de los libros que leíste te hizo interesarte por la paleoantropología?

Sí. Creo que leer es fundamental, no me canso de decirlo. El kit de ganas de saber, aprender y la lectura está al alcance de todo el mundo, y precisamente una característica del Homo sapiens es que puede viajar y puede vivir otras vidas sin tener que vivirlas realmente, a través de su capacidad de abstracción y de la lectura. ¿Por qué me gustaban esos libros? Porque precisamente esos libros lo que te plantean son preguntas, misterios, inquietudes. Yo creo que lo que unifica, lo que agrupa a todos los científicos de todas las disciplinas, es la curiosidad.  A fin de cuentas, un científico es una persona que quiere hacer de la necesidad de satisfacer la curiosidad su profesión. A los científicos les gustan las preguntas más que las respuestas. 

Estudiaste Medicina y Cirugía en la Universidad de Santiago de Compostela. ¿Llegaste a operar a alguien? 

Durante mis prácticas en el rotatorio, como todos, he metido mano y participado en alguna operación, realicé mis visitas tuteladas a enfermos y todo lo que me correspondía como estudiante de Medicina, pero no llegué a hacer ninguna especialidad médica. En cuanto acabé la carrera me fui a Inglaterra a hacer un máster en evolución humana, en paleoantropología, y a mi regreso empecé la tesis doctoral e hice un máster de antropología forense. La tesis doctoral la desarrollé en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, con José María Bermúdez de Castro, codirigida por él y por Ángel Carracedo, director del Instituto de Medicina Legal, a quien conocía porque antes de lanzarme a los fósiles estuve dos años en su departamento trabajando con ADN antiguo. Ángel es una persona muy generosa y ofreció lo más cercano a lo que yo quería hacer, que era aprender de ADN antiguo. Me ayudó mucho a buscarme el camino. He tenido buenos maestros con mayúsculas y en todos los sentidos. Gente generosa, que tutela, que quieren que crezcas, que se emocionan con lo tuyo. Son personas que tienen muchísima vocación y entusiasmo. José María se sigue emocionando en un congreso con una presentación. «Vamos a prepararlo bien, a discutir qué contamos». Eso no tiene precio.

¿Cómo ha acumulado tu familia tanto interés por la ciencia?

He tenido la suerte de crecer en una familia donde se nos animó mucho a ello, y además el ser muchos hermanos (somos siete), es el mayor estímulo que puedes tener al crecer. Siempre se fomentó la lectura, es el germen de lo que viene después. A nivel específico de disciplinas, yo soy antropóloga de formación médica, tengo un hermano arqueólogo, un hermano periodista, otro empresario y varios médicos. Ha habido un poco de todo, pero todos tenemos interés por indagar. Haber nacido en una saga de médicos también me dio la base para hacer antropología. Tuve la suerte de tener una niñez muy viva, muy llena de vida, con mucha interacción, con gustos muy diferentes, los hermanos somos muy diferentes en personalidades, nos hemos dedicado a disciplinas diferentes, pero es verdad que la medicina tiene la voz cantante en nuestra formación. Cualquier persona que viva en casa de médicos sabe que la medicina está hasta en la mesa, te contagia las ganas, el interés y la vocación, y eso me lo he llevado conmigo. 

¿Te ha servido mucho para tu carrera profesional?

Muchísimo. La medicina la escogí como base, como punto de partida. Cuando decidí hacer antropología no existía esa carrera. La mayoría de la gente iba por arqueología, biología o historia. Yo me dije: ¿medicina, por qué no? Si mi interés es comprender al ser humano, la medicina me da una perspectiva más completa del ser humano, cómo funciona y, cuando no funciona, por qué no funciona. Con esa base es más fácil desplazarse al pasado. Estos últimos años la medicina ha vuelto a mí. El estudio de las enfermedades da una perspectiva completísima de la naturaleza de una especie porque es la que pone sobre la mesa su vulnerabilidad y su fortaleza. Para el ser humano pocas experiencias hay más trascendentales que estar enfermo. A través del estudio de las enfermedades queda al descubierto qué nos preocupa, la temporalidad, cómo nos enfrentamos a las dificultades. Es donde lo bueno y lo malo salen a la superficie. La medicina me está aportando una perspectiva diferente de la reconstrucción de los homínidos.

Hay un campo precioso que es la medicina evolutiva, que precisamente se pregunta por qué enfermamos, no solo la causa próxima, por qué nos ataca un virus, por qué esta hormona se ha disparado, por qué este receptor no funciona, sino el porqué en el origen: si somos un homínido tan bien adaptado, ¿por qué la selección natural no ha eliminado las enfermedades, por qué hay alzhéimer, por qué hay cáncer, por qué hay diabetes? ¿Es la selección natural una chapuza que no ha conseguido eliminar todas esas irregularidades? Algunas enfermedades como el cáncer o las de carácter neurodegenerativo aumentan como precio a pagar por vivir tantos años, muchos más que la mayoría de los primates; otras enfermedades son resultado del desajuste entre nuestra anatomía y nuestra fisiología, y el estilo de vida sedentario que hemos desarrollado. 

La forma en que los homínidos se han enfrentado a la enfermedad y la muerte pone de manifiesto todo su repertorio de armas para sobrevivir. Al final la historia de la vida es la de la lucha por supervivencia, algunas de manera más instintiva y otras de forma más deliberada. La medicina es la manera más intencional y premeditada de intentar controlar los factores que limitan nuestra existencia en el tiempo. Fue la coyuntura familiar la que me puso la medicina delante de los ojos y me enamoré de ella como disciplina, es muy completa, muy amplia, muy dinámica. Pero ahora en estos últimos años me ha dado otra visión de los homínidos no solo como ancestros, sino como personas que también padecieron, que también tuvieron dificultades, tuvieron que agudizar su ingenio para deliberadamente sobrevivir. Me acuerdo de esa frase clásica de Pessoa: «El ser humano es un animal que quiere existir». Ya no solo es el instinto, sino que se organiza para controlar los factores que dificultan su supervivencia. Es el animal que mayores esfuerzos dedica a querer domesticar la muerte. Sé que me voy a morir y lo quiero controlar. 

¿Qué diferencia hay entre la paleontología y la arqueología? 

La paleontología estudia los restos esqueléticos, los fósiles, los huesos, los tejidos, y la arqueología estudia la cultura material, las herramientas, el arte, los vestigios que hayan quedado de su comportamiento y forma de vivir. Es muy difícil separar esas líneas, porque el ser humano es biología y cultura, sobre todo en la especie actual, en la que la tecnología es casi parte de la anatomía del ser humano.

La arqueología aparece en el momento en el que queda registro visible de esa evidencia cultural, pero nuestra visión puede ser parcial, hay materiales perecederos que no nos llegan o cultura sin que haya prueba material, la música, por ejemplo, salvo que haya un instrumento, o el canto. La evidencia más clásica de la arqueología son las herramientas como prueba de esa tecnología. Ahora nos planteamos que quizá la pregunta clave no es cuándo un homínido fue capaz de usar herramientas por primera vez, sino cuándo esas herramientas se convierten en una parte sustancial del comportamiento de la subsistencia, de la estructura de esa población. Nuestra especie, nuestro estilo de vida, nuestra sociedad, no se sustentaría sin tecnología. Con tecnología no me refiero solo a las herramientas; me refiero a la calefacción, la ropa, las casas, las carreteras, las comunicaciones. Todo nuestro sistema colapsaría si eso desaparece. Esa es la diferencia cualitativa. Richard Dawkins habla de que la tecnología se ha convertido en el fenotipo extendido, es decir, parte de nuestro cuerpo, parte de nuestra biología. El momento en el que la tecnología empieza a ser parte sustancial del modo de vida es el verdadero momento que marca la diferencia entre unos homínidos y otros. 

Paelomagnetismo, paleoneurología, paleoecología o paleofisiología son profesiones relativamente nuevas. ¿Cómo se forman los especialistas en estas disciplinas? 

El estudio de la evolución humana multidisciplinar. Las personas que sobre todo se dedican a temas de dataciones suelen ser geólogos o químicos. Los que nos dedicamos a la parte de los huesos solemos ser biólogos o en algunos casos como el mío, médicos. Luego está la arqueología. En Atapuerca en verano estamos juntos biólogos, químicos, físicos, geólogos, geoquímicos, y arqueólogos. Después vienen las hiperespecializaciones. Creo que el actual sistema educativo que nos obliga a especializarnos tan pronto nos empobrece, nos obliga a ir al grano desde el principio, y se pierde información general que es fundamental para poder conectar campos. A mí la medicina me dio un campo muy amplio. Para mí fue una ventaja que no hubiera grado de paleontología. La hiperespecialización en nuestro campo viene con los estudios de posgrado. Yo me fui ir al Reino Unido a estudiar paleoantropología, luego hice estudios de antropología forense, progresivamente vas cubriendo tu curiosidad y necesidad de formación.

A los estudiantes les digo que cuanto más amplio, mejor. Si quieres ir al grano y lo que te preocupa, que lo comprendo, es una opción vital, un empleo, una estabilidad inmediata, sí. Si lo que priorizas es el conocimiento no hay esa prisa ni esa direccionalidad. Se trata de darte la opción a ti mismo de que aparezcan otras cosas, darte la posibilidad, como investigador, de encontrar lo que no esperabas encontrar. Y un consejo: no leáis solo de lo vuestro. Leed de otros campos. ¿Tenéis aficiones? ¿Os gusta la literatura, el arte, la divulgación? Cultivadlas. Porque precisamente la ciencia es un acto creativo, son conexiones neuronales diferentes ante la visión de un mismo paisaje. Yo digo «perded el tiempo, leed otras cosas que no sean siempre sobre lo vuestro». Darwin dijo en su autobiografía que si hubiera podido volver atrás le habría dedicado más tiempo a la música, a la poesía y al arte porque sentía que se le habían atrofiado partes de su cerebro que eran importantes para la felicidad y para el intelecto. A mí me encanta la literatura, me encanta la ficción. Me ayudan a componer relatos coherentes con los que tratar de explicar el mundo natural. Yo les digo a los estudiantes: no os especialicéis tanto, tan pronto. No estrechéis la mirada. . 

¿La aparición de restos arqueológicos como herramientas coincide en el tiempo con la aparición de restos artísticos?

No, realmente el arte es una expresión cultural muy tardía, de Homo sapiens, aunque ahora se está debatiendo si también los neandertales la tenían. Es verdad que la expresión artística en todo su florecimiento es característica de los humanos modernos. Pero también hay que tener cuidado para no cometer trampas históricas, no podemos comparar la cultura o la evidencia artística de un neandertal con la que tenemos nosotros ahora. Siempre invocamos, por ejemplo, a las figurinas, las Venus, como expresiones artísticas más características y típicas de Homo sapiens, pero estas aparecen cuando los neandertales ya se habían extinguido. Habría que comparar el arte de los neandertales con el arte del Homo sapiens de la  misma época.

Además, estamos acostumbrados a medir las capacidades de otra especie en función de lo que nosotros consideramos que es lo más importante: tener artes, pintar cuevas, ornamentarse, enterrar a los muertos… Si no haces eso, entonces eres inferior. Pero hay muchas cosas que nosotros no somos capaces de medir. Igual otras especies tenían otras manifestaciones culturales complejas menos expresivas o evidentes, pero no significa que no tuvieran comunicación sofisticada. No lo sabemos. No tenemos esa evidencia, no siempre la ausencia de evidencia es evidencia de ausencia. Estamos muy sesgados en identificar las cosas que nosotros consideramos que se deben tener en el kit de la modernidad, pero realmente los neandertales eran una especie compleja. Sí enterraron a sus muertos aunque con menos ajuar, pero a lo mejor es que eran más sobrios. Hay a quien le gusta más Picasso y a quien le gusta más Velázquez. Puede haber muchas maneras de ser una especie inteligente y compleja.

En los últimos años estáis aportando trabajos sobre los fósiles en Asia que cuestionan algunas teorías clásicas. ¿Cuáles son esas? 

Toda la vida parece que la historia de lo que sucedía en Asia era una historia secundaria, Asia era el gran cementerio de los elefantes, todas las especies salían de África y llegaban a Asia para morir sin tener nada que aportar al argumento principal. Ahora sabemos que Asia ha sido el escenario principal de la interacción de nuestra especie con otros homínidos con los que hemos hibridado, como neandertales y denisovanos. En cuanto al origen de nuestra propia especie, Homo sapiens, hemos probado que abandonamos África hace entre ochenta y ciento veinte mil años, lo que supone entre treinta y cincuentamil años antes de lo que la teoría del Out of Africa proponía. Ha sido una revolución. 

En los últimos años, el epicentro en los estudios sobre evolución humana se está desplazando a Oriente. Lo apasionante en la ciencia es que no trabajamos con verdades, el que quiera certezas, el que se quiera ir a la cama tranquilo diciendo que ya sabe lo que pasó, aquí que no se meta. Porque cuanto más sepas, más preguntas te surgen, lo que es maravilloso. Me da mucha rabia cuando las noticias dicen que un descubrimiento lo echa todo abajo, que todos estábamos equivocados. Lo que sucede es que tenemos es un paisaje que solo podemos ver a través de una ventana pequeña, y con lo que vemos a través de esa ventana tenemos que hacer un relato coherente. Si veo un homínido no puedo decir que son tres, podría ser, pero no sería honesto afirmarlo. Cuando aparecen más evidencias se abre el ancho de la ventana, la visión se hace más panorámica y el relato se modifica.  

Cuando empecé a hacer la tesis doctoral quería comparar todos los dientes de todas las especies que pudiera. Dejé para el final el estudio de H. erectus de Asia y cuando los vi, con los ojos limpios, me parecieron más similares a los europeos que a los africanos. Recuerdo que José María se sorprendió. Le dije: mira. Y fue con los datos y la evidencia que se convenció. Cuantas más evidencias tengamos mejor, pero uno tiene que estar siempre con la humildad de que hacemos lo que podemos con lo que hay, y se hace bastante. Sabemos lo que hay, pero no lo que no hay. Trabajamos con hipótesis parsimoniosas, tienes que avanzar con la explicación que requiere menos cambios o explicaciones adicionales con los datos de los que dispones. Nos tiene que preocupar cambiar de opinión. Si puedo escoger, prefiero ser yo mi propio abogado del diablo. Tuve la suerte de que José María también es así. 

Has estado en el momento más importante de reescribir la historia, desde el principio, desde Emiliano Aguirre.

Yo no llegué a coincidir con Emiliano en el proyecto, aunque sí en el Museo de Ciencias Naturales.  Él estuvo hasta el 92, cuando toman el relevo los tres codirectores, José María, Juan Luis y Eudald, y yo entré en el 98. Pero sí he sido testigo de grandes descubrimientos, de varios cráneos de la Sima de los huesos, el esplendor de la especie H. antecessor, que se publica en el 97. He tenido la suerte de ver esa reconstrucción de la historia desde primera línea y de estar con quienes la reescribieron y luego reescribirla con ellos. Atapuerca es una verdadera universidad al aire libre. El mérito de Atapuerca, más allá de la riqueza en sí que tiene un yacimiento, es que se ha creado un proyecto docente y cultural de divulgación y transmisión con su propio relevo generacional. Yo ya he tenido dos doctorandos aquí, vas creando una escuela. Yo soy hija de Atapuerca y ya tengo hijos en Atapuerca. A veces cuando viajo me preguntan: ¿Real Madrid, Barcelona? Y yo digo: Atapuerca, con todo el orgullo. La tribu de Atapuerca es enorme, asóciame a ella, es una seña de identidad. Yo, de apellido, Atapuerca. 

Es sorprendente que en un sitio tan pequeño como Atapuerca haya habido tanta acumulación de homínidos desde hace más de un millón de años. ¿Qué explicación hay? 

Hay muchos factores. En primer lugar, la península ibérica es un refugio. Hablábamos antes de que los homínidos se ven condicionados por las variaciones climáticas. Cuando las condiciones son muy inhóspitas, como fueron en la Europa de las edades de hielo, los homínidos se extinguían o se desplazaban a estos refugios, generalmente en latitudes inferiores o en la costa. Por lo tanto hay más probabilidades de encontrar homínidos en zonas del sur y de que haya un registro durante más tiempo. 

Además, Atapuerca es un sistema kárstico, las cuevas son verdaderos cofres del tiempo. La probabilidad de que se conserve una evidencia es mayor que en un yacimiento al aire libre, donde están mucho más expuestas al deterioro. Por otra parte, en cuanto a geografía y paisaje es un corredor natural, un lugar de conexión entre la cordillera cantábrica y la meseta, por ahí pasan animales, migraciones, tiene una influencia climática del Atlántico y Mediterráneo, existe una gran biodiversidad, una abundancia de frutos, de recursos, de agua, es una zona muy rica, que es lo que requieren los homínidos para poder sobrevivir. 

Teniendo en cuenta que España es un refugio en la Europa del sur, ¿es probable que haya más atapuercas?

Tiene que haberlas. Siempre hay algo de suerte en el hallazgo, pero en Atapuerca hubo algo más que suerte, hubo dedicación. Es un proyecto que lleva cuarenta años. Se ha invertido mucho tiempo, mucho esfuerzo, en explorar, en prospectar. Al principio era la Sima, pero ahora es la Gran Dolina, la Galería, la Sima del elefante y ahora la Cueva del fantasma, en la que se encontraron neandertales cuando era la única especie que nos faltaba. Sí, creo que hay más atapuercas, tiene que haberlas. Pero para que haya más atapuercas tiene que haber algo más que fósiles, un proyecto de investigación, cultural, de divulgación y docente del calibre del de Atapuerca. Aquí la musa nos encontró a todos muy ocupados. 

¿Puede haber problemas de corrección política para difundir estudios de ADN antiguo, que alguien pueda utilizar mal los descubrimientos de los paleontólogos? Por ejemplo, descubrimientos que podrían ser manipulados o tergiversados como hizo Hitler para ensalzar la raza aria. ¿Hay riesgo de que la sociedad interprete equivocadamente, por ejemplo, que haya un grupo de humanos superior a otros?

La paleoantropología y la paleontología precisamente está ayudando a todo lo contrario. Todo el mundo puede tergiversar los descubrimientos, pero el que esté bien informado verá que es todo lo contrario. El tema de las razas se diluye cuando analizamos el ADN. Gracias a la paleogenética estamos viendo que especies diferentes, como sapiens y neandertales, hibridaban, tuvieron descendencia y alguien cuidó de esa descendencia, por lo que parte de esa herencia genética la tenemos nosotros en nuestro ADN. Las ideas de las personas racistas no se sustentan en la biología. Nosotros somos un crisol de humanidades extinguidas. Parte de nuestro éxito probablemente haya sido habernos mezclado con otras especies que nos han proporcionado ventajas genéticas y mayor versatilidad para adaptarnos a nuevos territorios. Si parte del éxito ha sido esa mezcla, esa hibridación, no sé cómo alguien puede sustentar que dentro de la misma especie existen grupos diferentes y que los hay superiores e inferiores. El éxito de nuestra especie es la diversidad. 

La gente muchas veces habla sin leer, o como mucho lee solo los titulares. Es muy de nuestra generación, viene todo masticado en ciento cuarenta caracteres, como en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, te bombardean con datos y crees que estás informado, pero nadie va a la fuente.  

Lo que sí puede haber son temas sensibles, hay temas que pueden ser tergiversados más fácilmente y encima ahora estamos en la era de los ofendidos. Es complicado hablar de algunas cosas y algunos prefieren no tocar ciertos temas, porque saben que se pueden utilizar. Pero la mejor manera de estar bien defendido y protegido de la manipulación es con el conocimiento y la educación. Vete a la fuente. 

También es verdad que los periodistas y los divulgadores científicos deben tener mucho cuidado para que las cosas no se interpreten mal.

Hay cierto compromiso en el ejercicio la ciencia, que tiene que ser valiente, hacer los descubrimientos y explicarlos. Con la ciencia la gente se enriquece, es menos vulnerable. Yo creo que no se acaba todo con la publicación de un artículo: responsabilízate un poco de cómo llega esa información a la sociedad.

Recientemente se han hecho descubrimientos sobre especies de homínidos extinguidas, la última en este mismo año (Homo luzonensis). ¿Es probable o posible que tecnologías avanzadas descubran algo que pueda suponer un cambio de paradigma sobre la evolución de los homínidos? ¿Es posible que se encuentre, por ejemplo, alguna especie que siga teniendo una presencia importante en el genoma actual de algunas tribus o un impacto en la evolución por ahora desconocido?

Estamos expuestos, y eso es maravilloso, a que haya grandes descubrimientos. En su día los análisis de genética supusieron una revolución en el campo de la paleontología. Supuso aplicar técnicas, conceptos que no eran habituales en nuestro campo. Con estos análisis cambiaron muchas cosas, como saber que sapiens y neandertales se habían cruzado, y que existía un tercer grupo homínido al que todavía no le hemos puesto cara con el que también hemos intercambiado genes, que son los denisovanos, y cuya huella genética se encuentra en parte de la población actual, sobre todo en el sudeste asiático, pero apenas tenemos fósiles para identificarlos.

Va a haber grandes revoluciones sobre las interacciones que ha tenido nuestra especie con otras especies extinguidas. Me parece maravilloso que los grandes interrogantes están apareciendo con nuestra propia especie. Tenemos licencia para soñar. Los análisis de proteínas serán la siguiente gran revolución, nos permiten ir más allá en el tiempo e indagar en territorios en los que es muy difícil encontrar ADN, como en sitios de climas tropicales. En el sudeste asiático no se conserva nada de ADN, están muy degradados por el tipo de clima, la humedad y la acidez. Ahí se abre la posibilidad de tener evidencia donde había un vacío grande. Creo que sí, que es una época maravillosa. Estamos preparados para tener grandes sorpresas. Cada vez tenemos métodos que nos permiten ver más, tenemos la vista más graduada. Ahora investigamos el pasado con técnicas del futuro, es una mezcla de tiempos. 

La dentición es clave en estos estudios.

Es lo que mejor se conserva, la caja negra, que aquí es la caja blanca. Tiene toda la información sobre el individuo, sobre la especie a la que pertenece, grupo, sexo, e incluso edad. Quedan registradas enfermedades. Con estudios de isótopos estables, los cambios de la dieta. Hay hasta marcas culturales por uso. Es un repertorio de muchísimos aspectos, tanto en la paleontología como en el ámbito forense, es la identificación de un individuo. En estos momentos colaboramos con el Instituto de Medicina Legal de la Complutense en Madrid porque métodos que nosotros utilizamos para distinguir a sapiens y neandertales por el estudio de los tejidos dentales pude servir para identificar el sexo de dientes aislados en ámbitos forenses.

Con respecto a la definición de especie, ya no se ajusta a lo que estudiamos: que no se podían cruzar y que no podían tener descendencia fértil.

El concepto de especie biológica es que las especies son unos grupos con cierta homogeneidad, que tienden a ocupar un territorio, y en teoría lo suficientemente diferentes de otros grupos como para solo poder cruzarse entre ellos. Ahora sabemos que grupos o especies diferentes se pueden cruzar. ¿Es la norma? ¿Es lo habitual? No, pero son lo suficientemente próximos genéticamente para que en determinadas circunstancias puedan cruzarse y tener descendencia, aunque hay un mayor grado de incompatibilidad. Ese concepto estanco de que si se cruzan no son especies diferentes, ya no es así. Se sigue manteniendo el concepto de especie biológica, pero dejando un margen porque sabemos que se puede producir hibridación entre especies diferentes, aunque no sea lo habitual. Si esas especies se hubieran cruzado de manera sistemática no seguirían siendo especies diferentes, acabarían siendo un híbrido, y no es el caso. El sapiens siguió siéndolo y el neandertal fue neandertal hasta el final. 

A pesar de haber tenido descendencia, se dice que existían algunos problemas de fertilidad entre ambas especies. ¿Cómo se sabe? 

Hay estudios que indican que existen problemas de histocompatibilidad entre la madre sapiens y el cromosoma Y neandertal, de forma que si el feto es varón con frecuencia se habría producido un aborto. A la larga los híbridos se van reduciendo, el linaje genético neandertal se va perdiendo. Está claro que no podemos considerarnos una mezcla 50/50. Es probable que haya habido selección, eliminando de nuestro genoma lo que era perjudicial de esa mezcla y favoreciendo la conservación de los genes que nos proporcionaban ventajas. Lo que intentamos en nuestro ámbito es aplicar el concepto de especie paleontológica, tratar de buscar grupos lo suficientemente similares, coherentes, homogéneos morfológicamente y a ser posible con distribución geográfica y comportamiento similar que te permita distinguirlos de los demás. Hemos de ser conscientes de nuestras limitaciones metodológicas. Entrar en peleas sobre si esto merece un nombre diferente, si es una especie o una subespecie, creo que son discusiones pobres que no enriquecen nada.

¿Se sabe si los homínidos hablaban como nosotros?

El lenguaje es un tema apasionante que sigue siendo muy debatido. Evidentemente nuestra especie lo tiene y como siempre al pobre al que se le cuestiona es al neandertal. El problema para estudiar el lenguaje es que los órganos de la fonación no fosilizan, tenemos que buscar otras maneras de averiguar si tenían el lenguaje o no. Yo sí creo que los neandertales tenían su lenguaje. ¿Lenguaje articulado como nosotros? Yo creo que probablemente sí, pero si no un lenguaje articulado como el nuestro, desde luego un sistema de comunicación compleja, fina, precisa y con matices, necesaria para el tipo de vida social y compleja que tenían. Tenían todo el hardware necesario para poder hablar, anatómicamente las mismas estructuras, aunque pudiera cambiar la fonación, como estudios que les atribuyen una voz mucho más aguda o dificultades para pronunciar algunas vocales.

¿De qué otra manera podemos intentar averiguar si tenían el lenguaje o no? Hay estudios que se hicieron en el equipo de Atapuerca, que son una preciosidad, muy originales y creativos, en los que se intenta explorar la existencia de lenguaje estudiando los huesos de oído. Los huesecillos del oído son diferentes entre las especies, y se sabe que están mejor adaptados a escuchar el tipo de frecuencias que esas especies producen. En el caso de los humanos está entre 3 y 5 KHz y es diferente de la de los chimpancés. El estudio de los homínidos de la Sima de los huesos revela que sus huesos del oído también estaban más adaptados para oír mejor el mismo tipo de frecuencias que nosotros, diferentes de las de los chimpancés, por ejemplo. Es una evidencia muy bonita que apunta a que, al menos en este rango de sonidos con los que nosotros no nos comunicamos habitualmente, ellos también estaban mejor adaptados. Así que tenían el hardware, tenían el software, ¿lo utilizaron? Pues no lo podemos saber sin oírlos hablar, pero una especie compleja que vivía en grupo, que tenía rituales, que tenía grandes cazadores, organizados, exitosos en unas condiciones muy adversas, no me la puedo imaginar sin un tipo de comunicación compleja y fina y con matices, no de generalidades. Ahora, ¿se ha articulado como el nuestro, exactamente igual? No lo sabemos.

¿Crees que un aborigen de una tribu aislada, si nace en un país desarrollado, sería igual que un ciudadano de ese país?

Perfectamente, las mismas características y capacidades. Otra cosa diferente es el debate que se plantea sobre si los primeros Homo sapiens, los de hace doscientos o trescientos mil años tenían el despliegue completo de capacidades de modernidad y sofisticación que tenemos ahora. Pero en los sapiens de ahora, completamente. 

¿Habrá algún loco que esté intentando generar un neandertal?

¡Habrá de todo! No sé si lo veremos, pero que se intentará, seguro. Yo creo que somos un animal que lo prueba todo ¿Existe una base científica para poder planteártelo? Sí, la hay. ¿Tecnológicamente hemos llegado a que sea viable, factible o que compense invertir en eso? No lo sé. Y luego, sobre todo, ¿hemos alcanzado la madurez ética e intelectual para afrontar algo así…? El problema es que los debates éticos van mucho más lentos de lo que va el avance tecnológico. 

Y siempre hay personas que van al margen de los debates.

Y siempre las va a haber, es como el científico chino (He Jiankui) que ha editado los genes de dos bebés. ¿No podemos utilizar estas herramientas de una manera más productiva, más necesaria, resolver incluso las necesidades más perentorias de la humanidad en este momento? Bueno, hay de todo. Eso es lo bueno y lo malo de Homo sapiens, que cabe de todo. 

¿Qué opinas de las empresas que están generando millones de datos genéticos de toda la población humana? ¿Eso os puede ayudar a los paleontólogos?

Tener datos y conocimientos siempre es positivo. El conocimiento no hace daño, lo importante es para qué lo utilizas. A esas empresas les das tu genoma y se supone que te ofrecen un resumen de quién eres y las enfermedades a las que eres propenso, pero hay cierto peligro porque se hipersimplifica información que puede ser malinterpretada. 

Volvemos a Atapuerca. Es un ejemplo de la importancia de la divulgación científica y una evidencia de que a la sociedad le interesa la ciencia más de lo que creemos. 

Tú vas a dar una charla sobre evolución humana y la gente te pone en aprietos. Te preguntan lo que acaba de salir ayer, que tú no has tenido aún ni tiempo de leerlo. La gente está informada y a la gente le interesa. Ese es el principal motor de lo que hacemos. El mejor elemento de presión a los políticos. ¡Eh, esto nos interesa a todos! Generalmente los políticos buscan una inversión que sea popular. Si la gente demuestra interés en la ciencia tenemos un elemento de presión fundamental para que se siga invirtiendo en ella, que se vea como bien de interés general. 

Parece que es una cosa que viene desde el principio, desde Emiliano Aguirre.

Sí. Emiliano es un hombre del Renacimiento. Para él no hay diferencia entre las ciencias y las letras, un humanista. Sabía de homínidos, de fauna, de industria. Estaba en España, estaba en China, estaba en África. Había que estar un poco loco en la España de los sesenta y setenta para atreverte a dedicarte a este tipo de cosas. Fue un visionario, un hombre con la visión suficientemente amplia como para decir: esto se merece un proyecto multidisciplinar con especialistas de cada uno de los campos para poder reconstruir una historia que tiene muchísimas vertientes. Pero además un proyecto que se podía desarrollar en España. Esa fue la gran diferencia. Durante mucho tiempo nosotros encontrábamos las cosas y venían a buscarlas los investigadores de otros países, con sus maletines, para ser ellos los que los estudiasen. Aquí hubo un antes y un después. En Atapuerca se apostó por nuestros científicos, por la capacidad que teníamos de formar a gente y desarrollar nuestras propias investigaciones. Atapuerca no solo es la suerte de los fósiles, es la madurez de la formación del personal específico parejo a esos materiales. Hemos creado ya cultura científica y talento propio. Hay que ser muy valiente para plantearse una cosa así en el año 78. 

¿Qué es la Fundación Atapuerca?

Es una fundación sin ánimo de lucro que es el soporte de todo el equipo de Atapuerca. Estamos hablando ahora de un proyecto multifacético y complejo que necesita coordinar muchos aspectos, la excavación, las visitas a yacimientos, museo y centro de interpretación, la relación con la prensa y algo fundamental: la búsqueda de un soporte económico. La fundación se preocupa de atraer fondos y patronos que quieran colaborar con Atapuerca posibilitando, entre otros, las becas de la Fundación Atapuerca, que son fundamentales para el desarrollo de tesis doctorales. 

¿De qué habla tu ensayo sobre evolución y religión?

Hay quien cree que es incompatible ser científico y creer, pero opino que obedece a naturalezas diferentes. ¡El propio Emiliano Aguirre fue jesuita! La preocupación en el ser humano por saber de dónde viene, a dónde va, si tiene un sentido la vida, es universal, no es patrimonio solo de los científicos. Se puede explorar y buscar tu lugar en el planeta desde todos los ángulos, no solo desde el científico, también está la introspección, la filosofía o el arte. En ese ensayo proponía que son naturalezas diferentes, el problema son las injerencias. La ciencia tiene un mundo de exploración que es el natural y un método de exploración que es el método científico. No tendría sentido invocar a Dios para resolver un problema de matemáticas. La ciencia explica el cómo y la religión para algunos explica el porqué. El verdadero problema surge cuando, como en Estados Unidos, se institucionaliza esa injerencia y surge el creacionismo, un intento de vestir de ciencia lo que no lo es. 

Vuestro lema familiar es que se debe pedir a cada cual lo que esté a su alcance realizar. ¿Qué más puede pedir a la ciencia María Martinón?

Licencia para soñar. Pedir siempre podemos pedir, me gustaría conseguir más fósiles, más ADN y más proteínas de especies anteriores, que podamos completar un poco lo que ya conocemos. Tendría una lista de los reyes magos muy… ¡lo que ellos quieran! Me he portado bien, traedme lo que queráis.


¡Corre, corre, correeeee!

Shame (2011). Imagen: Alta Films
Shame (2011). Imagen: Alta Films

He corrido mucho varias veces en mi vida, casi siempre para escapar de alguna amenaza o para no perder un tren o un avión. Correr  es algo natural. Nuestros antepasados corrían para cazar y para escapar de los animales y así salvar sus vidas. Para eso fue lo que yo recuerdo de las únicas veces que corrí de verdad, la primera tenía unos doce años y fue mi primera hazaña deportiva y vital: correr hacia arriba por un pinar y acabar subida a un pino al que nunca hubiera podido trepar sin ayuda. Mi coach fue un cerdo que se escapó de su caseta en mitad del campo cuando lo iban a vacunar (o quién sabe qué) y que salió chillando como loco. Al verme debió de pensar que yo tenía la culpa de todo y empezó a perseguirme a una velocidad a la que nunca imaginé que podía correr un cerdo. Recuerdo a mi padre gritando: «¡Corre, corre, correee!». Después nos fuimos a casa y sentí que estaba orgulloso de mí, cosa que le duró toda la vida. Siempre estaré agradecida a aquel cerdo. 

Correr rápido o durante mucho tiempo es una ventaja evolutiva obvia. Por lo tanto, los cambios genéticos que han supuesto una mejora en cualquier aspecto de la carrera se han mantenido en algunas tribus y sus descendientes y la técnica se viene perfeccionando desde hace miles de años. Como explica el científico Jordan Santos, una predisposición genética influye en que la subtribu de los nandi (dentro de la tribu de los kalenjin) sean mejores corredores de fondo, y los eritreos y sudafricanos tengan mejor economía de carrera. Los bosquimanos son también corredores de fondo extraordinarios. Hay un precioso vídeo de la BBC que muestra una jornada de «caza por persistencia» del kudú por un grupo de bosquimanos. Es impresionante ver cómo se organizan, cómo corren por el desierto del Kalahari durante horas con sus piernas flacas y flexibles mientras analizan el viento y las huellas. La colaboración, la inteligencia, la estrategia, la administración del esfuerzo, una prueba de resistencia que finalmente acaba con la derrota por agotamiento de un animal más veloz y potente que ellos y que desde el principio se muestra inquieto y angustiado, intuyendo su destino. El respeto y el agradecimiento que muestra el cazador vencedor al animal derrotado es conmovedor. Sabe que le debe al kudú la supervivencia de los suyos.

Serie Life of Mammals: «Human Mammal, Human Hunter», 2009. Imagen: BBC.
Serie Life of Mammals: «Human Mammal, Human Hunter», 2009. Imagen: BBC.

Pero ahora todo el mundo corre por correr, porque les gusta y porque sienta bien. Y eso no es correr, eso es hacer running. Desde hace unos años se ha puesto de moda y ahora hay millones de personas que hacen running, muchos se apuntan a maratones e incluso hay algunos que los acaban.

Dicen los runners que hacer running hace que su vida sea mucho mejor, no solo porque están más sanos y más guapos, sino por muchas más cosas; es una de las mejores terapias para reducir el estrés, ponerse de buen humor, es un potente ansiolítico y antidepresivo y también mejora la capacidad intelectual. A muchos les ha servido para no matar a su jefe al día siguiente o para mantener su matrimonio más o menos estable. En la película Shame (Steve McQueen, 2011) se ve muy bien la utilidad del running para superar una situación emocional complicada. Durante los dos minutos que dura la escena de Michael Fassbender corriendo por las calles de Nueva York iluminadas con las luces de la noche, se siente intensamente la agresividad y la tensión, pero la imagen de Brandon corriendo casi con suavidad, acompañado por la música, equilibran el dramatismo y poco a poco transmiten al espectador la liberación del estrés del protagonista.

Para mucha gente el running tiene las virtudes que le han atribuido grandes personajes al champán; es apropiado cuando nos va bien y cuando tenemos problemas, solos o en compañía, «el champán es indispensable después de cualquier batalla», según Napoleón, «si las ganas, para celebrarlo y si las pierdes, para olvidarlo». Y es recomendable en cualquier estado de ánimo o estado amoroso, como lo era el champán para Coco Chanel: «Solo lo bebo en dos ocasiones. Cuando estoy enamorada y cuando no lo estoy». La popularidad del running es indudable; hay runners políticos, estudiantes, empresarios, empleados, científicos, académicos, escritores… De runners se han hecho buenas películas y se han escrito muchos libros, incluso poemas. Un ejemplo es la maravillosa descripción de la personalidad de un corredor convertido en atleta profesional que hace Jean Echenoz en su libro Correr, sobre Emil Zápotek. El escritor Haruki Murakami es un runner convencido. Correr le inspira las genialidades surrealistas y algo pesimistas —menos mal que corre—. Tal vez la emoción de sus relatos, su capacidad para transmitir el amor, la soledad o el humor, surjan durante sus carreras. Actualmente, Murakami participa en maratones y triatlones, aunque no empezó a correr hasta los treinta y tres años. A esa edad, o incluso más adelante, es cuando muchos deciden probar con el running, ya sea porque se sienten fondones, porque los amigos o amigas lo hacen, porque lo recomienda un médico, porque se enamoran de un runner o porque necesitan dar un cambio a nuestra vida en crisis. Según Manuel Rabadán, médico especialista en fisiología del Centro de Medicina del Deporte, es muy importante empezar a correr (o a hacer cualquier deporte) poco a poco si no se está entrenado, sobre todo a partir de «una cierta edad» (se refiere a más de treinta y cinco años). Una vez se consigue una forma física aceptable se puede incrementar la distancia y la velocidad sin problema y hasta contárselo a los amigos. El running es saludable para la gran mayoría de las personas y produce una sensación de bienestar general, mejorando el humor, el optimismo, la energía. Correr por un bosque o  por la ribera de un río te hace sentir que vivir es maravilloso. Además es gratis; no se puede pedir más.

Rabadán:

El running, ejercicio dinámico que implica la activación de grandes grupos musculares, practicado como ejercicio aeróbico, es decir a intensidad moderada y durante un tiempo prolongado, induce adaptaciones morfológicas y funcionales en el organismo que se traducen en una mejora de la capacidad funcional, lo que llamamos forma física. A partir de seis a ocho semanas de entrenamiento se podrían apreciar cambios fisiológicos como una mejora en el consumo máximo de O2 (VO2max de un 5 a un 30%) y en las personas más entrenadas se desarrolla progresivamente una hipertrofia fisiológica cardiaca (aumento del volumen de las cavidades cardíacas y del grosor de los espesores parietales dentro de límites fisiológicos, es decir de una forma armónica) así como un aumento de la capacidad vascular y otras modificaciones que se conocen como «corazón del deportista». Estas adaptaciones se traducen en bradicardia sinusal (disminución de la frecuencia cardiaca en reposo), menor taquicardización a diferentes velocidades de carrera, un incremento de la capacidad vascular periférica (mayor capilarización a nivel muscular) y un efecto hipotensor. Además se producen modificaciones en el funcionamiento del aparato respiratorio, mejorando la capacidad de la musculatura y aumentando la ventilación pulmonar máxima, y en el metabolismo, adquiriendo mayor capacidad para utilizar los ácidos grasos como sustrato energético.

Ultra-Trail du Mont-Blanc. Fotografía: The North Face
Ultra-Trail du Mont-Blanc. Fotografía: The North Face

Así pues, si se practica correctamente, el running es muy beneficioso para el corazón, pero en general se toman pocas precauciones antes de practicarlo. Las pruebas médicas y fisiológicas que se aconseja realizar a los runners nos las explica Manuel Rabadán:

A partir de un cierto nivel de intensidad y tiempo (por ejemplo, una media maratón) es importante hacerse un reconocimiento médico deportivo, incluyendo una historia clínica, un electrocardiograma de reposo y una prueba de esfuerzo con análisis del intercambio de gases respiratorios (ergoespirometría). La prueba de esfuerzo permite valorar cómo es la respuesta del organismo al ejercicio tanto desde el punto de vista cardiovascular y respiratorio como metabólico. En ella determinamos, entre otros parámetros, el consumo máximo de oxígeno, los umbrales aeróbico y anaeróbico y la capacidad de recuperación en el postesfuerzo. Con esta prueba y la información del resto de la valoración médica, se pueden hacer recomendaciones y planes de entrenamiento de forma individualizada para optimizar los beneficios para la salud o el rendimiento deportivo.

En lo que tampoco debemos ahorrar  para correr es en unas buenas zapatillas que tengan suficiente amortiguación, sean estables y flexibles y con buena ventilación. Un estudio del apoyo plantar tanto estático como dinámico nos permitirá conocer posibles alteraciones en la pisada que requerirá en algún caso plantillas o zapatillas especiales (por ejemplo para una pisada pronadora o supinadora).

Hay muchos voluntariosos y apasionados entre los runners. Algunos deben de estar muy, muy estresados, teniendo en cuenta el ímpetu con el que se ponen a recorrer calles y parques, que con el tiempo se quedan pequeños, y pasan a atravesar bosques y a subir montañas. Hay competiciones que consisten en dar una vuelta al Mont Blanc, en un recorrido de trescientos kilómetros y  veintiséis mil metros desnivel  durante varios días, durmiendo solo periodos de veinte a cuarenta minutos. La verdad es que desde el punto de vista de la salud estas competiciones pueden ser peligrosas, y en todo caso hay que estar muy en forma y muy seguro de tener el corazón en perfecto estado.

Pero la gran mayoría de los runners son personas normales que cuando no están corriendo no parecen tener nada raro. Más aún; son gente como la que muchos querríamos ser, sobre todo cuando los vemos llegar tan cansados y tan felices con sus camisetas sudadas y la cara roja.  Ay, si yo no tuviera la rodilla machacada. Me dan envidia los runners, seguro que sería mucho mejor si corriera. Y hablando de rodilla, este es el punto flaco del running. Según Rabadán la carrera lleva consigo un gran impacto articular y por lo tanto no es muy respetuosa con las articulaciones, especialmente con las rodillas y los tobillos:

La cuestión es, como en tantas cosas en la vida, una cuestión de dosis de carrera. Yo llevo corriendo con regularidad desde jovencito. He corrido dos maratones, varias medias maratones y muchas carreras populares de menor distancia. No recuerdo haber tenido ninguna lesión importante. Es cierto que si corro varios días seguidos me molestan a veces un poco las rodillas, pero es tolerable, y si corro en días alternos no tengo ningún problema. Un buen calentamiento con estiramientos y una vuelta a la calma progresiva tras entrenar es fundamental. Aun así, haciendo todo perfecto, hay personas que tienen más predisposición a lesionarse.

Después de todo esto, si usted se pregunta si debe hacerse runner le diría que sí, que no se lo piense dos veces y pruebe. Quizá el running no es para todo el mundo pero no lo sabrá hasta que no lo intente. Quizá le aburra al principio, seguro que un poco sufre, pero puede que le coja el gustillo y se aficione. Eso sí, cuidado porque tiene su gancho y se hace adictivo. ¿Que le da pereza? Esa es la peor excusa, no sea vago. ¿Que está un poco enfermo, un pequeño catarro por ejemplo? Vaya corriendo a su centro de salud, haga un par de estiramientos y vuelva corriendo a casa sin esperar su turno. Seguro que ya se encuentra mejor y tal vez esté curado. ¿Que no tiene cinta para sujetarse el pelo? Eso sí que es un problema; deje de correr inmediatamente.

Fotografía: Alessandro Pautasso (CC)
Fotografía: Alessandro Pautasso (CC)


Antonio Córdoba: «El aprendizaje de las matemáticas hace ciudadanos más libres»

Antonio Córdoba para Jot Down 0

Su infancia transcurrió en un huerto del camino de Puente Tocinos (Murcia). Su madre, maestra en una escuela de niñas, le llevaba desde muy pequeño a la escuela y allí descubrió que con las cuentas se hacía valer ante aquellas chicas mayores que manejaban mucho mejor las cosas del idioma y la literatura. Así nació su interés por la geometría y la aritmética. Había que hacerse valer ante aquellas niñas maravillosas. Estudió Matemáticas en la Universidad Complutense y se doctoró en la Universidad de Chicago. Ha sido profesor de la Universidad de Princeton y miembro del Instituto de Estudios Avanzados. Actualmente es catedrático de Análisis Matemático en la Universidad Autónoma de Madrid e investigador en el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT). Por sus contribuciones científicas ha recibido varios premios, entre ellos el Premio Nacional de Investigación Julio Rey Pastor en 2011. Se considera fundamentalmente profesor: «como investigador creo nueva música y como profesor la interpreto». Antonio Córdoba es un hombre ilustrado, sabio, sencillo y de mentalidad abierta, pero también es un hombre riguroso con unos principios e ideas firmemente asentados que defiende y argumenta con rigor científico de manera inapelable. Nos citamos con él en la librería Ocho y Medio de Madrid y tras casi dos horas de charla nos queda la sensación de que tras sus palabras hay mucho más de lo que ha contado.

¿Cuál es tu campo de investigación? ¿Cuál es tu día a día?

Me parece que no soy un matemático muy típico, en el sentido de que la mayoría de mis colegas suelen trabajar durante toda su carrera en un área muy determinada, o en áreas, digamos, muy cercanas. Sin embargo, yo  he tenido el prurito, a lo largo de mi vida académica, de cambiar de problemas cada equis tiempo, de aprender nuevas técnicas y teorías. Eso me gusta, me divierte, aunque  tiene  también  sus durezas y sus inconvenientes, especialmente cuando en las valoraciones se tiene muy en cuenta el número total de publicaciones. Me inicié dentro de un área que tiene un nombre especialmente lindo: Análisis armónico. Además, tuve la suerte de hacerlo en la Escuela de Chicago, uno de los centros punteros del análisis matemático occidental, creado por Antoni Zygmund, mi bisabuelo en matemáticas, quien emigró a Estados Unidos al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, trayendo consigo la experiencia de la excelente pléyade científica que había surgido en su Polonia natal de principios del siglo XX. Tuve así la oportunidad de conocer a grandes maestros del análisis armónico, como el mismo Antoni Zymund, o Alberto Calderón, Elias Stein y Charles Fefferman. Hice mi tesis sobre un problema fundamental del área que logré resolver en dimensión dos, el caso de dimensiones mayores está todavía abierto, y que atañe a la intrincada geometría y los llamados lemas de recubrimiento, que satisfacen los paralelepípedos de direcciones arbitrarias en el espacio euclídeo, cuyas ilustraciones gráficas recuerdan mucho los cuadros suprematistas de Malevich.  Trabajé y publiqué  en ese tema durante algunos años, y dirigí varias tesis, como las de Alberto Ruiz y Luis Vega, que son ahora autoridades mundiales en el área. Pero me interesé también en otros problemas y empezó a gustarme  mucho la teoría de los números, en la que he hecho también mis pinitos, y he dirigido las tesis de Javier Cilleruelo y Fernando Chamizo, quienes son ahora dos figuras de su especialidad.

La física también me ha interesado siempre: en Chicago seguí un curso de relatividad general impartido por S. Chandrasekhar, quien recibió el Premio Nobel de Física de 1983 por su teoría sobre el colapso gravitacional de las estrellas, y otro de Análisis Funcional y Mecánica Cuántica. El análisis armónico tiene su origen, precisamente, en cuestiones de propagación de ondas, del calor, la luz y el sonido. De manera que la física matemática ha sido otra de las áreas en las que he hecho incursiones: en mecánica cuántica primero y, últimamente, en mecánica de fluidos, en algunos de cuyos problemas estoy ahora mismo trabajando. Conozco, por supuesto, a otros matemáticos que son infinitamente mejores que yo y que han contribuido con resultados importantes en varias áreas distintas, pero no es lo frecuente. Lo normal es que la gente se concentre en una o dos áreas próximas y desarrolle allí su investigación.

En mi rutina diaria suelo dedicar las primeras horas de la mañana a pensar sobre los problemas que tengo como objeto de deseo y que, a estas alturas del partido, son bastante intrincados y apasionantes. Luego hay un tiempo para mis alumnos de doctorado, quienes me cuentan sus progresos y juntos dedicamos unas horas a solventar las dificultades que hayan surgido. Pero están también las clases universitarias: me considero fundamentalmente un profesor, pero un profesor  que enseña porque investiga. En un símil musical, investigar es componer mientras que enseñar es interpretar la música de los grandes maestros, aunque introduciendo, a veces, las variaciones propias. Desde hace algún tiempo, y creo que es algo merecido después del papel que me cumplió desempeñar en los ochenta, huyo de las labores más administrativas y ya no deseo tanto que se me otorguen dineros para grandes proyectos sino disponer de más tiempo para pensar en mis problemas favoritos.

Antonio Córdoba para Jot Down 1

Se sabe que los científicos, sobre todo los investigadores jóvenes, cuando tienen una línea de investigación se quedan ahí porque al final, si no te mueves eres más productivo. En España hay tanta presión para publicar, que casi el sistema les fuerza a no cambiar de línea. En tu caso, ¿no tuviste esta presión o es que cambiaste de área a pesar de ella?

Hay un poco de todo esto que apuntas. Claramente está que a mí me guste cambiar, en la variedad está el gusto. Pero también cuenta la suerte y la biografía: cuando cursaba cuarto de licenciatura, la Universidad de Chicago me ofreció una beca para hacer allí el doctorado. Mi suerte fue que el gran Alberto Calderón vino a dar un curso de doctorado en la Complutense, y que Miguel de Guzmán me animara a asistir a sus clases. A Alberto le hizo gracia que un chavalín le hiciese preguntas con cierto desparpajo, y me propuso pedir aquella beca que me hizo pasar de un casi desierto cultural matemático, a uno de los mejores centros del mundo. Después, cuando acabé mi tesis, en el 74, para mi sorpresa la Universidad de Princeton me envió una carta ofreciéndome irme con ellos. Y claro, me fui. El ambiente entre los junior faculty era muy competitivo, obviamente, pero el énfasis no estaba puesto en el número de artículos que tienes publicados, sino en los problemas difíciles que has resuelto. Y eso sí me marcó. Había que atacar y resolver problemas duros. Lo que es siempre muy peliagudo: la mayoría de mis compañeros, al cabo de tres años, tuvieron que marcharse, pero yo tuve la suerte de resolver una conjetura importante que estaba abierta en el área, un problema de Zygmund que se había resistido a mis mayores, a los Calderón, Stein, etcétera, y que se publicó en Annals of Mathematics, la revista más emblemática. Eso me valió un contrato de mayor recorrido. Estuve allí varios años, unos ocho o nueve, hasta que decidí volver a la universidad española. Si mi carrera se hubiera desarrollado en España, es probable que mi trayectoria fuera distinta. Aquí el énfasis se pone en el número de publicaciones y no en la dificultad del resultado, muy diferente a lo que yo viví en Princeton.

¿Los índices y citaciones no son muy relevantes?

Sí, son indicadores interesantes, pero sin exagerar su importancia. Por ejemplo, Andrew Wiles, quien dio el último paso, que no era nada trivial, para resolver el último problema de Fermat. Para ello estuvo siete años prácticamente aislado, dedicado casi exclusivamente a esa tarea, sin publicar nada. Y eso pudo hacerlo en un sitio como Princeton, aquí hubiera tenido problemas serios de financiación. No obstante, haber puesto en España un poco de énfasis en que la gente  publique ha sido positivo. Recuerdo muy bien la primera evaluación de los sexenios, de aquello que se llamó entonces gallifantes por un popular programa de televisión. Me tocó estar en la primera comisión, que tuvo que evaluar la producción de muchos años de todo el profesorado universitario. Y quedó claro que la mayor parte de este, durante mucho tiempo, no se había preocupado lo más mínimo de publicar en revistas de circulación internacional. Que ahora sea algo exagerado el número de artículos, y haya casos notorios de personas que consiguen influencia académica a base de darle mucho a la manivela… pues no digo que no. Pero es una mejora, sin duda. En cualquier caso conviene siempre matizar, porque no significa lo mismo una publicación en un área que en otra. Por ejemplo, hace poco escuché a un químico eminente que tenía cerca de mil artículos publicados, los que, divididos por unos treinta años de dedicación, dan una media de más de treinta cada año, es decir, que ese señor ha tenido más de dos ideas interesantes cada mes, lo que, en Matemáticas, produce perplejidad y extrañeza cuando lo normal es dedicar años a perseguir y resolver un problema.

En este sentido, creo que el sistema americano que yo he conocido estaba bien engrasado. La mayoría de los investigadores se inician en la tesis de la mano del director o maestro, quien les enseña los entresijos del oficio y les propone los problemas asequibles e interesantes que pueden atacar. Normalmente se trata de  objetivos que él no sabe hacer y le gustaría alcanzar, pero cuando, como suele ocurrir, ve que el alumno se ha atascado, propone otras metas para las que ya conoce el camino.  Y si haces una tesis del primer tipo, entonces  Princeton (o Harvard, Stanford, Yale, Chicago…) te ofrece un trabajo. Y, si no, pues no pasa nada: puedes empezar en una escuela intermedia, estar allí unos años, hacer un trabajo estupendo y ascender en la escala de universidades, o bien te estancas y consigues un puesto fijo en una escuela menor. Es un sistema que funciona bien.

¿Crees que el sistema de sexenios en España funciona bien? Hay quien se queja de que es un sistema de mínimos y no de máximos.

Por supuesto. Es un sistema de mínimos y ha tenido, quiero creer, un efecto positivo en la evolución de las publicaciones desde los años ochenta para acá. Al menos en matemáticas ha habido un crecimiento fantástico desde entonces, pasando de un ridículo 0,4%, a principios de los ochenta, a un muy digno 4% actual de la producción mundial. Pero es algo que, como dices, es de mínimos. Lo único que se hace es controlar que se haya publicado en una revista decente.

Antonio Córdoba para Jot Down 2

Si estuviera en tu mano, ¿qué harías para mejorar el sistema? ¿Por dónde empezarías?

Participé en los años ochenta en la puesta en marcha de todo esto. Recuerdo cuando tenía alguna reunión con personas como Juan Rojo, Pedro Pascual o Roberto Fernandez de Caleya, quienes dirigían entonces la política científica. Yo era partidario de ser más exigente con los sexenios y, al mismo tiempo, de que fueran también más significativos, mejor dotados económicamente. No tanto por el legítimo egoísmo de los investigadores, sino por el bien de la universidad. Una manera de romper con los clanes universitarios que siempre «fichaban» a los más próximos es diciéndoles claramente: «Tu sueldo va a depender de que fiches a alguien que sea muy bueno y haga que tu investigación se potencie». Si queremos romper con esas inercias y con la enraizada endogamia, me parece que es una de las iniciativas que podrían ensayarse. Pero entonces la evaluación habría que hacerla de otra forma, con expertos que realmente puedan discernir el grano de la paja en las publicaciones, y no solo tener en cuenta el índice de impacto de las revistas. Sin embargo todos me decían, aunque nunca he entendido bien el porqué, que aquí eso es muy difícil, acaso imposible, de implementar.

Como he contado antes, siendo estudiante de cuarto curso de la licenciatura, la Universidad de Chicago, a través de Alberto Calderón,  me ofreció una beca en unos términos que podría resumir en la frase: «acabe usted sus estudios en Madrid y véngase a Chicago para el doctorado». Luego, cuando volví a España, ayudé a algunos de mis mejores alumnos para que fueran a doctorarse en buenos departamentos de Estados Unidos, donde les admitían el mismo año en el que finalizaban su licenciatura. Pero cuando yo exponía en el ministerio que me hubiera gustado hacer lo recíproco, trayéndome, por ejemplo, a los mejores estudiantes de Princeton o de Chicago, siempre nos tropezábamos con la imposibilidad de hacerlo, porque nuestra meticulosa legislación impide dar una beca tal antes de tener el título correspondiente. Creo que estamos demasiado dominados por una casta de leguleyos que nos paralizan, con normativas generalistas, en aras de un control que luego resulta a menudo bastante ineficaz.

¿Crees que la Administración es demasiado intervencionista en cuanto a normativas, financiación, contratación de profesores, evaluación, política científica de los centros y universidades?

Creo que sí, que además se trata de atornillarlo todo, y eso me parece poco práctico e  inteligente. Por ejemplo, una medida que a mí me pareció en su momento correcta fue propiciar que los doctores por una universidad no pudieran ser contratados allí ipso facto, que tuvieran que irse a otras, enriqueciendo su bagaje investigador. Pero ocurre que luego se hacían diversas trampas creando circuitos de ida y vuelta. No me parece que en EE. UU. esté escrito en piedra que un licenciado no pueda hacer el doctorado en la misma universidad en la que se gradúa, ni que un doctor por una universidad no pueda ser contratado en ella hasta pasados varios años. Sin embargo, esto se lleva a rajatabla. En numerosas ocasiones he formado parte de las correspondientes comisiones, y nunca había solicitudes de los alumnos del propio centro. Era algo obvio, que se daba por sentado.

Otro asunto que me parece poco práctico es que aquí cuando se legisla se hace de una forma muy genérica. Y no son las mismas necesidades las de un laboratorio experimental que las de un departamento de matemáticas, economía o literatura. Por ejemplo, en un proyecto experimental cabe ofrecer una beca para doctorarse aprendiendo a manejar un aparato que exige una gran dedicación, por lo que asignar becas a proyectos específicos puede tener un sentido. Sin embargo, en el caso de las matemáticas se funciona de otra manera. Lo que se estila en los centros de referencia es ofrecer becas a los mejores estudiantes que las solicitan (siempre de otras universidades), para que luego estos, durante el primer año y de acuerdo con sus gustos y lo que tienen que ofrecer los distintos estudiantes y proyectos del programa, encuentren a sus directores de tesis.

¿Qué es para ti más importante a la hora de enseñar matemáticas al público en general?

Depende del contexto, del público… En una memorable ocasión, la Universidad Menéndez Pelayo me pidió dar un curso de esos que ellos llaman «magistral». Y me encontré con una sorpresa, porque entre «los alumnos» había desde colegas, profesores universitarios de Matemáticas, hasta estudiantes de Humanidades, o de Enfermería, y también jubilados de diversas profesiones que encontraron estimulante matricularse en un curso titulado «Matemáticas: orfebrería de ideas y leyes de la Naturaleza». Era un colectivo de unas cincuenta personas. Y en estos casos hay que ser muy cuidadoso para no abusar del lenguaje, y presentar algo que sea asequible y, si no divertido, al menos de un interés fácil de apreciar. Pero a mí no me gusta que se me vaya la mano en esa dirección, transmitiendo la idea, que estimo errónea, de que las matemáticas son un conjunto de acertijos o de juegos más o menos divertidos. Desde Galileo sabemos que las matemáticas son el lenguaje de la ciencia, y un instrumento indispensable de la ciencia y la tecnología, pero también una disciplina con su propia dinámica y problemas. Y esto no es fácil transmitirlo. A veces, en divulgación, es fácil hacer hincapié en la parte lúdica y obviar las demás. Pero eso distorsiona mucho lo que representan las matemáticas en el mundo actual.

Antonio Córdoba para Jot Down 3

Consideras que por su propia naturaleza los matemáticos son reduccionistas. ¿Crees que un matemático tiene esquemas mentales diferentes a los que tienen otras personas? ¿Sería conveniente que los que no somos matemáticos aprendiéramos a utilizar estos esquemas?

Bueno, es una pregunta muy compleja. Hay una descripción que me gusta y suelo repetir con cierta frecuencia: «La matemática es la orfebrería de las ideas engarzadas en cadenas de razonamientos para llegar a demostrar una verdad». Se trata de manejar el método deductivo, que es algo así como el sistema operativo del cerebro humano, cuya instalación es uno de los mejores servicios que hace la enseñanza de las Matemáticas a la educación de los ciudadanos.  Y esto se puede hacer con las matemáticas porque, curiosamente, sus conceptos son más sencillos y nítidos que los de otras disciplinas, en las que el lenguaje suele ser más barroco y a veces algo confuso. Tratando con círculos, triángulos, esferas, conos o poliedros en el espacio, o con los números enteros y sus operaciones, es posible engarzar razonamientos y llegar a conclusiones nada triviales, entrenando a nuestro cerebro en el manejo de cadenas de implicaciones válidas, que le permitan luego servirnos bien cuando necesitemos de sus servicios. Por ejemplo, ayudándonos a desenmascarar a tantos vendedores de humo que pretenden nuestro apoyo con promesas que no se sostienen, o que, directamente, tratan de estafarnos con diversas versiones del timo piramidal. No creo pues que los esquemas mentales de un matemático sean diferentes de los que tienen otras personas. Simplemente están quizás más entrenados en el uso del método deductivo y en la detección de las falacias del razonamiento. No obstante, conozco bastantes ejemplos de matemáticos que en su oficio dominan exquisitamente el arte de razonar pero que luego, en otros aspectos de la vida, pueden creer en mitos sorprendentes y comulgar con auténticas ruedas de molino. Sin embargo, me gusta ser optimista y considerar que el aprendizaje de las matemáticas hace ciudadanos más libres y mejor preparados para tomar decisiones y evitar que les engañen con razonamientos falaces.

¿Consideras que la forma de enseñar las matemáticas es la correcta?

Es una pregunta complicada que llevaría quizás demasiado tiempo y espacio abordarla con solvencia. Pero teniendo en cuenta la cantidad de personas que se confiesan asustadas, haber suspendido y tenido problemas con las matemáticas de su juventud, hay que decir que tenemos un problema serio. Entre otras razones, porque por la propia naturaleza de su objetivo, que es enseñar el razonamiento deductivo, necesita de un profesorado entusiasta, conocedor de ese arte de engarzar las ideas y no de un mero transmisor de definiciones y rutinas de cálculo. Si establecemos una analogía con la enseñanza musical, se necesitan maestros que sepan tocar algún instrumento, que vibren y gocen con la música y puedan recrearla, y no solo que conozcan algo de su historia o las reglas de su lenguaje escrito. Pero tener ese profesorado, mírese como se mire, no es algo fácil y proponer soluciones está fuera del alcance de una entrevista. No obstante, las matemáticas son una disciplina varias veces milenaria y algunos de sus protocolos de aprendizaje son muy eficientes y están ya muy rodados y entrenados.

¿Tú crees que debería haber más matemáticos, más científicos entre la clase política? ¿Crees que sería bueno?

Creo que sí, que los científicos metidos en política pueden contribuir con su entrenamiento a mejorar el proceso de toma de decisiones y el análisis de los escenarios posibles, analizando con rigor las características de los escenarios posibles entre los que haya que elegir.

¿O solo para asesorar?

No me cabe duda de que la asesoría técnica es fundamental para la buena gobernación. Entre otras cosas porque en ciencia se aprende que cuando uno habla de un tema se ha preparado antes, y nadie da una charla sin haber dedicado antes al asunto el tiempo adecuado para saber de qué se está hablando y tener algo nuevo que proponer. Una de las cosas que se echa en falta a los políticos, sobre todo aquí en España, es que su discurso es con frecuencia vacuo y no están muy preparados: no saben economía, no saben inglés, no saben casi nada. Y, además, muchos no responden a las cuestiones que se les plantean, o lo hacen de una forma descaradamente falaz. En mi modesta opinión, una de las asignaturas pendientes de la ciudadanía es querer y poder exigirles más a las personas que se postulan para administrarnos. Y no simplemente que dominen los trucos de un lenguaje mitinero, sino que tengan algo que decir y proponer. En las ciencias aprendemos que para permitirse una cierta floritura en el lenguaje, antes tiene que haber una sustancia detrás, algo interesante que decir.

¿Cómo puede un país pretender ser desarrollado sin investigación? ¿Podemos competir sin invertir en ciencia básica? ¿Está abocado un país al fracaso si no invierte en ciencia?

Un Gobierno que no invierta en ciencia y que no considera que el futuro del país y su desarrollo están asociados a tener una aportación científica y tecnológica, es un Gobierno que está tomando decisiones equivocadas. A mí el giro que está dando la Unión Europea me desmoraliza mucho; yo era de los españoles que creía que nuestro futuro estaba en ser Europa, y que Gauss fuera un ciudadano de nuestra historia común, como Lagrange y tantos otros. Entendía que era posible y deseable ser  parte del país Europa. Y parece que vamos al revés. La opción de no favorecer el avance científico en España, consolidando lo que se ha hecho desde los ochenta, renunciando a lograr una tecnología punta, no poder incorporarnos al desarrollo de las nuevas ideas, y no poseer industrias competitivas, es un desastre. Seremos el último mono. Todo esto es tremendo.

Hace dos años me invitaron a unos Encuentros Hispano-Británicos. Ahí me enteré de que son unas reuniones que se vienen realizando desde hace tiempo como consecuencia de un viaje que hizo nuestro rey, en el que alguien propuso la idea de esos encuentros para tratar en común temas de interés para ambos países. Tuvimos sesiones durante tres días en el Senado. Algunas fueron divertidas, con muestras del famoso humor inglés y su desparpajo parlamentario, pero también  preocupantes. La mayoría de los reunidos eran políticos, tanto de un país como de otro, incluidos los embajadores y varios ministros de Margaret Thatcher y de los sucesivos Gobiernos españoles. También asistían empresarios que supongo aprovecharán la ocasión para hacer sus negocios. Los científicos, que éramos pocos por ambos lados, me parece que estábamos allí a modo de adorno y éramos una adición reciente a las jornadas. Alguien, quizás, había debido pensar que quedaría bien tener a algunos representantes de la ciencia. A lo que voy es que, sobre todo por la parte británica, había un antieuropeísmo rampante. Una de mis intervenciones fue para señalar que aquí en Europa habían nacido D. Hilbert y Kurt Gödel, que habían puesto en órbita la lógica matemática, y también Alan Turing, quien fue capaz de crear el primer ordenador para descifrar Enigma y ayudar a la derrota del nazismo. Pero toda esta importantísima tecnología se ha desarrollado en Estados Unidos, mientras que en Inglaterra condenaron a Turing por homosexual y aquí todavía seguimos enzarzados con banderas medievales. Pero no tuve ningún eco entre aquellos contertulios. Todo esto a mí me preocupa mucho. La gente de mi generación, por aquello del tardofranquismo, veíamos Europa como una oportunidad.

Antonio Córdoba para Jot Down 4

En el libro La vida entre teoremas cuentas una anécdota sobre un aficionado a las matemáticas que creía haber resuelto un problema importante…

Sí, es muy divertido, dispongo de una buena colección de anécdotas de aficionados a resolver problemas famosos. En una ocasión, antes de que Wiles hiciera pública su demostración, me llamó por teléfono alguien que decía tener un artículo escrito, con ideas interesantes relacionadas con el último teorema de Fermat. Yo le sugerí que me enviara el manuscrito por correo, pero él quería venir en persona. En general estos aficionados son muy precavidos y cuando  dan un manuscrito lo suelen tener ya registrado ante notario. De manera que el día convenido se presentó en mi despacho, donde lo recibimos los dos directores de la Revista Matemática Iberoamericana. Nos contó que había descubierto las ternas pitagóricas, y pensaba que ahí estaba el germen para atacar el famoso teorema. Le informamos de que aquello ya lo habían descubierto los pitagóricos, hace veintitantos siglos y que era conocido por todos quienes habían intentado el Fermat. Que estaba muy bien que lo hubiera redescubierto por su cuenta, pero que quizá fuera algo pretencioso iniciar el ataque al problema con solo ese bagaje de partida. Le aconsejamos una bibliografía para que completase su formación en teoría de números y  otras materias que le ayudaran en la licenciatura que, según nos dijo, deseaba hacer en la Universidad a Distancia. Al tiempo de marcharse nos informó de que él era un catalanista convencido y que antes de venir a Madrid había consultado con la universidad de su tierra, pero que allí la catedrática especialista en Teoría de los Números le había dicho que intentar demostrar el Fermat era, en términos del baloncesto, como querer jugar en la NBA. Y que eso conlleva una gran preparación y unas condiciones físicas imponentes. Que ella no daba la lata a los demás con sus ideas más peregrinas y, en consecuencia, no tenía tiempo para las ajenas. Entonces nos dio las gracias por el trato amable que le habíamos dispensado, en contraposición con el que creía haber recibido en su país, y añadió que eso, a un independentista como él, le daba que pensar.

¿Qué relación hay, si es que tú la ves, entre matemáticas, música y filosofía?

Con la filosofía, especialmente con la lógica, fueron un tiempo de la mano, no solo en Grecia, también luego hacia finales del XIX y comienzos del XX, con Frege, Cantor, Hilbert, Zermelo, Russell, Wittgenstein y Gödel, entre otros. Este desarrollo de la lógica matemática estuvo originado por la llamada crisis de los fundamentos de las matemáticas, a la que dio lugar el intento de reducir todo a la teoría de conjuntos. Pero hizo que se tuvieran que atar muy bien los cabos, y que se tuviera que precisar qué era una teoría y qué una demostración. El resultado de ese proceso, que culmina con los trabajos de Gödel, es la lógica matemática moderna sin la cual resultaría inconcebible el desarrollo de los lenguajes de ordenador. De manera que se trata de una interacción fantástica que ha cambiado el mundo. Por su parte, la música está en el mito fundacional de la ciencia. La leyenda de Pitágoras paseando junto a una herrería y observando que había unos martillos que sonaban acompasados mientras que otros desafinaban, y tomando la decisión de medirlos y pesarlos para explicar el fenómeno por medio de relaciones numéricas sencillas, es el mito original de la ciencia: entender y explicar el mundo y sus fenómenos a través de los números. La relación entre música y matemáticas da para mucho: las teorías musicales de M. Mersenne; la ecuación de la cuerda vibrante; el descubrimiento de la irracionalidad de la raíz cuadrada del número 2 (diábolus in música) y la escala bien temperada de Bach, etcétera. Recientemente hemos tenido, entre otras, la música aleatoria o estocástica de Xenakis y Cage, o la música fractal, que dan fe de la continuidad de esa interacción fructífera.

En cuanto a la filosofía, a pesar de su formación en el ámbito de la lógica, parece que muchos filósofos tienen problemas al usar razonamientos matemáticos…

Un caso famoso es el de Kant afirmando que el universo tiene que ser euclídeo poco antes de que Gauss, Bolyai y Lobachetsky encontraran sus ejemplos de geometrías en las que no se verifica el axioma de las paralelas. En tiempos recientes tenemos el libro Imposturas intelectuales, de Bricmont y Sokal, en el que se denuncia el mal uso del lenguaje matemático por varios filósofos muy conocidos. Alan Sokal era alumno de doctorado en el Departamento de Física de Princeton cuando yo era allí un joven profesor. Me parece que la motivación para escribir su obra fue una historia que ocurrió aquellos años en el Institute for Advanced Study, cuyo director quiso ampliar las escuelas existentes, Historia, Física y Matemáticas, con otra nueva de Sociología, invitando a un catedrático de una prestigiosa universidad a formar parte del IAS. Pero el matemático André Weil, uno de los grandes del pasado siglo, no estaba muy de acuerdo y comenzó una agria polémica que fue ampliamente reflejada en la prensa. Seguramente podríamos achacar a Weil y los matemáticos que se le unieron un cierto interés corporativo, por cuanto el aumento de escuelas en el IAS haría diluir su influencia. Pero los argumentos esgrimidos fueron poderosos. Los matemáticos se dedicaron a leer las publicaciones del sociólogo. Y, claro, encontraron libros donde estaba repitiendo una y otra vez la misma idea de mil maneras distintas, descubrieron argumentos falaces, y páginas y páginas que podían ser resumidas en una simple frase.

El teorema de incompletitud de Gödel es una joya de la inteligencia humana pero, cuando se saca de su contexto preciso, se presta a tergiversaciones diversas. El mismo Gödel dedicó un tiempo a analizar el argumento ontológico de san Anselmo sobre la existencia de Dios en términos lógicos y de consistencia de un sistema apropiado de axiomas. Pero quien quiera deducir de las siempre interesantes cavilaciones de Gödel la existencia de un ser que premia y castiga, se preocupa de los detalles de la sexualidad humana y todo eso, creo que está errando sus objetivos. Por cierto la obra de Douglas Hofstader, Gödel, Escher, Bach: an eternal golden braid, me parece una magnífica lectura para quien se interese por estos temas.

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Es posible que la mejor forma de disfrutar un cuadro para un matemático sea racionalizarlo, romperlo en polígonos, encontrar sus proporciones. ¿La sensación que tiene un matemático cuando encuentra esa proporción oculta en una obra de arte es similar a la que tiene cuando resuelve un problema?

No sé, habría que preguntarle a otros muchos… A mí me gustan la Venus de Boticcelli, o el Jardín de las delicias de El Bosco, y tantos otros cuadros sin más. Aunque, quizás debido a mis carencias, siempre he sido más atrevido o moderno en pintura que en música. Si me preguntas en música disfruto más con el barroco, Bach, o Hadyn, o luego con los románticos, Beethoven, etcétera, que con la música estocástica. Sin embargo, en pintura siempre he sido capaz de apreciar el arte abstracto, qué sé yo, el suprematismo de Malevich, del que me hace mucha gracia su cuadrado negro sobre fondo blanco, y me gustan sus composiciones de rectángulos en diversas direcciones del plano, o el neoplasticismo de Mondrian, con sus cuadrados diádicos rojos, amarillos y negros. Me resulta natural la idea de que el espacio pueda ser abstracto y que lo importante son ciertas relaciones que se establecen en él. Quizá por mi formación matemática he sido capaz de apreciarlo, de manera que a mí el arte abstracto me llega. En música, sin embargo, soy más conservador, seguramente por mi falta de formación musical. Recuerdo que una amiga música me mostró una composición suya en la que se mezclaban unos sonidos ascendentes, con otros descendentes, pero conservando un volumen sonoro fijo. Era, según me dijo, una ilustración de los modelos de la turbulencia en fluidos incompresibles. Con esa idea en la mente fui capaz de apreciar su música. Me parece que para gozar de algunas composiciones contemporáneas me hace falta siempre conocer la idea, algún significado inteligible de aquellos sonidos que se entremezclan a menudo iterándose en pequeñas variaciones.

Mujeres en matemáticas. ¿Hay carreras de hombres y carreras de mujeres? ¿Por qué al final tienen más éxito los hombres matemáticos que las mujeres matemáticas si se matriculan más hombres pero se licencian más mujeres? ¿Es el famoso techo de cristal?

Con respecto a la primera cuestión, personalmente no creo que haya diferencias entre el cerebro masculino y el femenino respecto a las  matemáticas. No tengo ninguna evidencia de que tal cosa ocurra. Otro asunto es que a lo largo de la historia, como todos sabemos muy bien, hombres y mujeres no hayan gozado de las mismas oportunidades. La mujer no ha tenido el mismo acceso que el hombre a la educación, por lo que el número de mujeres matemáticas ha sido históricamente muy reducido. Ahí tenemos el caso notable de Sophie Germain, quien en su correspondencia con Gauss, Lagrange y Legendre utilizó el seudónimo de Monsieur Le Blanc, porque pensaba que si se presentaba como mujer no iban a hacerle ningún caso.  Se trata de una historia divertida y rocambolesca, con un general de Napoleón por medio, y en la que al final ocurrió que Sophie se equivocaba, porque cuando Gauss descubrió su verdadera identidad no dejó de escribirle elogiosamente. A veces, para ilustrar las conexiones entre los matemáticos, me gusta exhibir algún árbol genealógico académico, mostrando que formamos una gran familia mundial, y que existe una gran unidad. Pero enseguida te das cuenta de que en ellos no aparece ningún español hasta muy tarde… ¿Nos tenemos que preguntar entonces por el cerebro de los españoles? Pues creo que no. Son otras cuestiones.

Ahora hay más mujeres. Creo que es una cuestión de tiempo el que las estadísticas se equilibren. En la Autónoma el número de chicas estudiando matemáticas es muy similar, o quizás mayor, que el de chicos. Es cierto que hasta ahora la mayoría de nuestras alumnas decidían que la enseñanza secundaria, el ser profesoras de bachillerato, era algo muy adecuado a su vida, pero ya está aumentando el número de las que deciden hacer el doctorado. En el año 2000 di un ciclo de conferencias en distintos institutos de la Comunidad de Madrid y me llevé una sorpresa: solo me encontré un profesor de matemáticas de entre todos los institutos que visité. El resto eran todas mujeres, lo que, curiosamente, no se refleja en la imagen pública de los profesores de matemáticas, de los que nuestros cineastas y hombres de letras suelen presentar un retrato muy diferente.

¿Estás de acuerdo con que hay una edad en que se es más creativo en matemáticas y otras ciencias, que se supone que es de los veinticinco a los treinta y cinco años?

Ahí está la famosa frase de Hardy de que a partir de los cincuenta ya no hay nada que hacer y que la originalidad en matemáticas es solo cosa de  jóvenes, alcanzando su máximo en la edad de la arrogancia, en torno a los treinta. Pero yo conozco demasiados contraejemplos de esa teoría para considerarla seriamente.

También antes se pensaba que no se podían generar nuevas neuronas después del nacimiento y ahora se sabe que hay neurogéneis en los adultos…

Claro. Esto quizá enlaza con lo que hablábamos antes de las publicaciones y la presión. La cantidad de energía mental que hay que poner para resolver un problema duro de matemáticas es enorme. Y, claro, el tiempo pasa una factura. Con veinte, treinta años se tienen otras fuerzas con la ambición de conseguir algo en la vida, tener un puesto, eres capaz de concentrar un esfuerzo. Pero también se puede seguir haciendo a otras edades y encontrar otros estímulos. Por citar un ejemplo, mi amigo y director de tesis Charlie Fefferman, que estará dentro de unas semanas por Madrid. Le seguimos llamando Charlie, pero es de mi edad, y aparte de tener una cabeza privilegiada, posee una resistencia física para trabajar en matemáticas que es  muy notable. Hablo de alguien que considera cortar el césped como algo odioso y duro. Y cuando me ve a mí hacerlo considera que soy un superdotado. Pero luego se puede pasar ocho horas seguidas trabajando en un problema, derrotándonos a todos. También está mi abuelo en matemáticas, Elias M. Stein, quien sigue activo, publicando, colaborando y dando conferencias cuando anda ya en torno a los ochenta y cinco años. Quizá los matemáticos tenemos una gran ventaja,  porque este arte de engarzar las ideas y mezclarlas en cadenas de razonamientos no necesita de mucho soporte físico. De manera que podemos estar cortando el césped y pensando en un problema, o esperando en una consulta médica mientras le das vuelta a tus ideas. Así que, si lo deseas, no tienes razones para el aburrimiento.

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Cuando hicimos una entrevista a dos físicos de mi campo nos dijeron que la física era la fuente de la eterna juventud.

Sí claro, pero me temo que  juventud mental. El cuerpo es otra cosa.

La gente tiene una imagen peculiar de los matemáticos. Desde la película Una mente maravillosa hasta la más reciente serie The big bang theory. ¿Qué se ajusta más a la realidad?, ¿qué es para ti un matemático estándar?

Creo que el caso de John Nash, que conozco muy de cerca, es muy peculiar, por la enfermedad que padecía. En general, cuando la prensa da alguna noticia sobre los matemáticos es porque alguien ha  hecho alguna extravagancia. Pero yo diría que la mayoría son gente de vida muy normal. Quizá un poco ácratas, en el sentido de que suelen ser gente que no acepta fácilmente imposiciones… Hay una broma por ahí que dice que si vas a un campus americano es fácil determinar por cómo anda o cómo viste quién es matemático (los más desarrapados…) [Risas].

Conozco gente de todo tipo. Los hay que son muy cultos. Por poner un ejemplo, los hermanos Browder, tengo amistad con ellos. Félix era profesor en Chicago cuando yo llegué, su hermano William estaba en Princeton, y Andrew, en la Universidad de Brown, también es matemático. Son hijos del que fue secretario general del partido comunista americano, Earl Browder y cuyos otros dos vástagos, William y Andrew, son también matemáticos. Félix es una enciclopedia viviente y su casa está atiborrada de libros que ha leído y en gran medida asimilado. Una vez, volviendo de Madrid, le regalé uno sobre nuestra ciudad, con bellas ilustraciones, que le puso contentísimo; pero Eva, su mujer, casi me echa de la casa (¡otro volumen más!). Pero conozco también ejemplos de todo lo contrario, gente que cuando la sacas de sus ecuaciones se vuelve bastante patosa. Es un colectivo amplio en el que hay de todo. Pero en general yo diría que somos gente muy normal.

¿Cuál crees tú que ha sido el último paradigma de la ciencia y cuál crees que puede ser el siguiente? ¿Y cuál podría ser el próximo paradigma social?

Creo que ahora mismo, y no solo porque sea el proyecto que está propiciando la Administración de Obama, entender el cerebro es la nueva frontera de la ciencia. Discernir cómo funciona un cerebro humano es fascinante y  muy complicado. Si empezara ahora mi carrera seguramente me dedicaría a ello. Ahí hay unas posibilidades fantásticas de interacción multidisciplinar. Por otro lado, y en el sentido negativo, creo que el cambio climático y el estar quemando tanto carbón y petróleo y lo que estamos haciendo a la tierra es algo muy peligroso. En este sentido tendríamos que estar más preocupados de lo que estamos, porque se nos está escapando el tiempo de las soluciones. Se trata de un problema muy gordo, un gran reto.

En el siglo pasado quizás el cambio de paradigma más importante fue la irrupción de la mecánica cuántica, que nos cambió la vida y la visión del mundo. También está la relatividad general de Einstein, aunque en un cierto sentido fue más una culminación de la mecánica clásica que un paradigma nuevo, y que ya tuvo sus antecedentes en la visión abstracta del espacio que introdujo el gran Riemann en su afamada tesis. Pero en tiempos más recientes está la irrupción de los computadores e Internet, que también nos ha cambiado el mundo y las comunicaciones, propiciando la aparición de un nuevo centauro, el constituido por un matemático y su ordenador que es, cada vez más, un protagonista principal de la ciencia contemporánea.

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Aquellos años locos de la ciencia

Solo cabe esperar, y desear, que los políticos más responsables de nuestras democracias cuenten con los medios y con las personas preparadas para analizar los escenarios posibles y asesorarles en la toma de decisiones. ¿O acaso les ocurre como a Felipe II, rodeado de aficionados mientras Vieta trabajaba para sus enemigos? (Antonio Córdoba)

En la década de los 80, un grupo de científicos treintañeros aterrizó como delicados elefantes en una cacharrería ministerial. Seguramente con ingenuidad y sin darse cuenta de cómo se las gastaban allí, empezaron a armar una estructura impecable, moderna, abierta y por lo que se está viendo, muy difícil (pero no imposible) de destruir, de cuyos frutos vive aún la ciencia en España. Cada vez que pienso en lo difícil que es que salga bien una carambola política, me asombro de lo que lograron hacer estas personas, que de repente se encontraron en el recién creado Ministerio de Educación y Ciencia, el MEC, allá en tiempos de Felipe González.

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EFE – José María Maravall hablando con Felipe González y Alfonso Guerra

Mucho se está hablando en los últimos tiempos sobre la ciencia en España, su difícil situación, su deriva hacia el desastre, el éxodo de los científicos. Por eso cada día me urgía más escribir este texto, pero al mismo tiempo era cada vez más difícil transmitir emociones positivas y evitar caer en la nostalgia de aquellos años, los años locos de la Movida, de los punks, del cine (también el español), de la explosión de creatividad, de arte, de  sexualidad y de vida nocturna en la joven democracia española «éramos simplemente un puñado de gente que coincidió en uno de los momentos más explosivos del país» (Pedro Almodóvar), en los que también la universidad y sobre todo la investigación española, vivieron un momento extraordinario.

Con este artículo quiero describir, sin entrar en muchos detalles y sin melancolía, cómo se consiguió hace unos 30 años el despegue de la ciencia en España, rendir un pequeño homenaje a los protagonistas y agradecerles que fueran tan ingenuos, osados, honestos, valientes e inteligentes. También me gustaría que sirviera para animar a los jóvenes a utilizar sus energías, su ambición y su optimismo para no dejar de intentar conseguir lo que crean necesario para la realización de sus sueños.

Durante la década de los 70, sobre todo en la última mitad, la necesidad de una transformación en ciencia (y en otras cosas) en España se hizo evidente. La presión de muchos investigadores de prestigio y jóvenes que se habían formado en otros países y los cambios políticos, abrieron las puertas y las ventanas por las que entró el aire fresco que muchos estaban esperando. En este escenario confluyeron factores clave que hicieron posible las reformas fundamentales: el acceso de científicos a puestos decisivos, el apoyo político a sus ideas y un suficiente respaldo económico para la implantación de sus propuestas. La creación de instituciones y organismos para evaluar y financiar las actividades científicas con prácticas internacionales acabó con la tradición de asociar el poder a los cargos de universidades y organizaciones científicas obsoletas, para dirigir los recursos a los investigadores más activos. Esto provocó el arranque de la ciencia española.

Después del sobresalto del 23F en 1981, el efímero gobierno de Calvo Sotelo recuperó el ministerio que ya en los 60 se había creado en tiempos de Manuel Lora Tamayo, dedicado a la educación y a la ciencia, el MEC. Un año más tarde el PSOE ganó las elecciones por una aplastante mayoría. La gente tenía ganas de democracia, de libertad y de modernidad y el PSOE de entonces cumplía estos requisitos. Además por aquella época el establishment aún no se había fraguado y en el equipo de gobierno había muchos profesionales que no eran políticos y estaban dispuestos a trabajar por los objetivos que perseguían más que por sus ideologías y, como aún no debían favores a nadie, con bastante independencia. Entre otras cosas, el gobierno mantuvo el MEC. Fue el primer golpe de suerte.

…añorábamos entonces depender de algún ministerio realmente poderoso, como Economía y Hacienda, o Presidencia, creyendo que así estaríamos mejor amparados y financiados. Por fin hemos llegado a depender del Ministerio de Economía y Competitividad (…), pero no crean ustedes que nuestra situación es ahora mejor que antes, sino peor. (Javier López Facal)

Es inquietante repasar el periplo que ha sufrido la investigación científica, saltando de ministerio en ministerio durante tantos años. Lo que pasa con la ciencia en España me recuerda a lo que le pasaba a la Península Ibérica en la genial novela La balsa de piedra, de Saramago, que, desprendida del resto de Europa y convertida en una isla fluctuante, viaja a la deriva por el océano dirigiéndose al sur del mundo; ningún continente quiere acogerla, porque es un estorbo, porque solo da problemas. Además, los hombres y mujeres poderosos y con dinero que estaban en la península, enseguida huyen con sus posesiones a otros países. Pero ahora, el asombro fue general y mundial, el movimiento no era ni hacia adelante ni hacia occidente ni hacia oriente, ni hacia el norte, ni hacia el sur. La península giraba sobre sí, en sentido diabólico, es decir, contrario a las agujas del reloj… «Todos los días el sol nacía en un punto diferente del horizonte, y la luna y las estrellas había que buscarlas por el cielo» (José Saramago en La balsa de piedra). También los científicos, como los personajes de la balsa de piedra, viajan incansablemente a través de la península, recorren y exploran su territorio. «El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro, que no es un perro como los otros). Eso les basta».

Pero en aquellos años, por una vez se dieron todas las condiciones para lograr lo que cualquiera hubiera considerado un milagro: que Felipe González pensara en José María Maravall, que él se dejara convencer, que primero Carmina Virgili y luego Juan Rojo aceptaran entrar en el gobierno sacrificando (temporalmente) su brillante trayectoria científica, que los tres hubieran pasado años trabajando en universidades extranjeras de prestigio. Que años más tarde volvieran a acertar nombrando a Javier Solana para continuar la labor del anterior equipo y dar un empujón definitivo a las reformas, y que él también supiera rodearse de gente competente. Y sobre todo, que todos ellos tuvieran muy claro lo que querían hacer con la universidad y la investigación, hacia dónde debían mirar para colocar a España, un país rancio y cerrado aunque con un puñado de extraordinarios investigadores, en un lugar científicamente muy digno.

Había ilusión, salíamos de una dictadura y había que reformar el país. También estaba Europa. Tuve la suerte de estar con dos ministros muy importantes, muy influyentes y muy inteligentes: Maravall y Solana. (Juan Rojo)

Juan Rojo cuenta que tuvo absoluta libertad, tenían manga ancha, el ministro tenía total confianza en ellos. Para que estas cosas ocurran es necesario que funcione toda la cadena, desde el presidente de gobierno, que los ministros sean influyentes e inteligentes y que apoyen y defiendan las iniciativas de sus equipos. El gobierno quería priorizar la ciencia y la tecnología, y supo contar con las personas adecuadas, entre ellos Emilio Muñoz, una persona clave en el diseño y en la ejecución del sistema científico y técnico y de los Planes Nacionales de investigación. También hay que mencionar el papel del CSIC, con los equipos de Alejandro Nieto, José Elguero y Enrique Trillas, que se podría decir que actuó como laboratorio de política científica con una participación muy activa en el ministerio. Pero además, el MEC se vio apoyado por otros ministerios; sería injusto no señalar la contribución del ministerio de Industria y Energía (MINER) con su CDTI –creado en 1977) y del ministerio de Sanidad con el Instituto de Salud Carlos III Fondo de Investigaciones Sanitarias (FIS).

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El Consejo Superior de Investigaciones Científicas fue creado tras la Guerra Civil, sobre la base organizativa y estructural que había establecido la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) desde 1907.

Así pues, al mismo tiempo que nacía la emisora Radio 3 como un guiño a un público joven y en la que se podía escuchar el mejor pop que iba apareciendo, aquellos animosos infiltrados en el MEC tramaban la mayor transformación del panorama universitario y científico español de los últimos tiempos. No está muy claro si eran muy inocentes y nadie los tomaba en serio, si fueron suficientemente astutos como para que nadie se diera cuenta, o si tuvieron la suerte de pillar a todo el mundo, rectores incluidos, con el paso cambiado. El caso es que cuando nos quisimos dar cuenta se había aprobado la Ley de Reforma Universitaria (LRU), con sus más y sus menos, pero que abrió puertas a iniciativas exitosas como la introducción de las evaluaciones de profesores e investigadores (los famosos tramos, sexenios o gallifantes), la primera Ley de la Ciencia en 1986, los primeros Planes Nacionales de Investigación y la creación de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP) en 1987, y una cantidad que ahora nos parecería enorme (para la demanda que había) de becas predoctorales, postdoctorales, y sobre todo para financiar estancias en el extranjero.

Un elemento fundamental que impulsó el cambio fue el papel de los jóvenes científicos que se habían formado fuera de España. Presionaron mucho. Nosotros éramos jóvenes y teníamos ilusión. Queríamos que la investigación fuera al menos tan importante como la docencia, en aquellos tiempos la investigación estaba «tolerada», pero nada más. Al principio de la legislatura no se deben tantos favores. Debería venir ahora una generación de gente joven, que sean independientes. Tiene que haber un cambio generacional importante. (Juan Rojo)

Creo que el papel de los jóvenes es siempre fundamental; su energía es imprescindible. Pero también es importante que todos conozcan la historia, lo que había, lo que se pretendía, lo que se consiguió y lo que no se pudo conseguir. Lo que se hizo bien, para mantenerlo, y los errores, para no repetirlos.

El panorama en los años 80 es difícil de ilustrar. Las universidades estaban muy ideologizadas (había que tener cuidado con el periódico que llevabas, sobre todo en ciertas facultades), los estudiantes tenían muy recientes los años de la represión, también académica, y era muy raro que los profesores dedicaran tiempo a la investigación. Los rectores eran muy poderosos y en general chapados a la antigua. Era, verdaderamente, un paisaje muy poco propicio para introducir modernidades. Sin embargo en España se sentía la necesidad de renovar; estábamos entrando en Europa y había que cambiar muchas cosas. Aún estaban recientes funestos periodos ministeriales como el del extravagante e inefable Julio Rodríguez (1973-1974), digno de un sainete. Este fue uno de los ministros más nefastos, conocido sobre todo porque quiso implantar el calendario juliano, que consistía en que el curso escolar comenzaba el siete de enero y acababa en diciembre. Como afortunadamente duró poco, su reforma solo afectó durante un año a los primeros cursos de carrera, que tuvieron ese curso siete meses de vacaciones (casi coincidentes con el reinado del ministro). Parece ser que todo era una estrategia para evitar revueltas, basada en la hipótesis de que estas eran en parte debidas a la meteorología (con calor los estudiantes estarían más tranquilos) y a los exámenes (demasiado entretenidos para hacer revueltas), pero un error de cálculo hizo que no se diera cuenta de que en esos siete meses de vacaciones los estudiantes no iban a tener otra cosa mejor que hacer que revolverse, y así lo hicieron. Más de uno pidió su cabeza y cesó poco después. Tampoco tuvo mucha delicadeza, este recatado miembro del Opus Dei, para expulsar de la Universidad Autónoma de Madrid cuando fue rector a varios profesores díscolos (entre otros, al prestigioso Nicolás Cabrera y también a Juan Rojo y Javier Solana —quizá tenía algún problema con la Física—). Pero la leyenda más curiosa, además de inquietante, es que al parecer este ministro fue designado por error y que cuando Franco dijo que quería nombrar ministro a un científico le dijeron: —pues hay un Julio Rodríguez que es muy buen científico. Parece que se referían a Julio Rodríguez Villanueva, el bioquímico, pero se equivocaron y llamaron a este otro Julio Rodríguez. Nadie entendió esta insensatez, pero estas cosas pasaban, y aún pueden seguir pasando cuando hay prisas por nombrar a alguien. No sería la primera vez ni la última.

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Unos jovencísimos Javier Solana y Alfredo Pérez Rubalcaba.

En aquel entonces también se escribían manifiestos para salvar la ciencia española, pero por alguna razón tuvieron bastante impacto. En ellos solía estar la firma de científicos de mucho prestigio (ya entonces o al cabo de pocos años) por sus aportaciones en distintos campos, como los físicos Alberto Galindo, Francisco José Yndurain y José María Serratosa, la «troika bio» formada por Eladio Viñuela, David Vázquez y Antonio García-Bellido, o el matemático Antonio Córdoba. En 1979 dirigieron uno de estos manifiestos al rey y luego se publicó en Nature, lo que causó bastante impresión —no como ahora—. Poco más tarde, en 1980, en vista de la disminución de los presupuestos destinados a la investigación científica, 200 investigadores entre los que estaban Nicolás Cabrera, Francisco Grande Covián, Santiago Grisolía, Rafael Lapesa, o Severo Ochoa, firmaron una carta para advertir sobre la gravedad de la situación. En aquellos años el hecho de que se publicara en El País era importantísimo —tampoco como ahora—, así que Eduardo Torroja y Jose María Serratosa fueron a ver a su director, Juan Luis Cebrián, para conseguirlo. El texto, que ahora suena tan gastado («la situación de la ciencia en España es indigna de un país desarrollado y celoso de su independencia, los científicos españoles reclamamos nuestro derecho y asumimos nuestra responsabilidad (…). La inversión necesaria debe hacerse inmediatamente (…), la desmoralización de nuestros investigadores y la pérdida de los más jóvenes aumentan cada día»), tuvo mucha repercusión y animó a escribir otros parecidos. Y al parecer, dieron sus frutos.

Sin embargo, como pasa ahora, no parece que ninguno de ellos lo firmaran personas importantes externas al mundo científico. Quizá sea esa una de las causas por las que la ciencia en España no llega a considerarse  un bien social.

En diciembre de 1981 nombraron ministro de Educación y Ciencia a Federico Mayor Zaragoza. En ese momento se hicieron algunos intentos de impulsar la investigación, aprobando algunos programas, pero fue un periodo muy inestable políticamente y de corta duración. A pesar de ello se introdujeron algunas reformas importantes, como el sistema de evaluación de la Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica (CAICYT) que, aunque primitivo y falta de medios, contó con investigadores relevantes como evaluadores o gestores, algunos de los cuales tuvieron un importante papel en los años posteriores. Un año después, con el primer gobierno de Felipe González, José María Maravall aterrizó en el rebautizado MEC.  Y supo buscar y encontrar personas dispuestas a intentar conseguir lo que podían considerarse utopías; además de los que ya he nombrado también fueron importantes colaboradores Roberto Fernández de Caleya, Ana Crespo, Luis Oro o Pedro Pascual, y otros que, arriesgándose a perder posiciones profesionales e incluso amistades, participaron generosamente en el proyecto. También Alfredo Pérez Rubalcaba, que siempre estaba de una manera o de otra detrás de las decisiones importantes.

Old professors never die, they just lose their faculties. (Stephen Fry)

Como era previsible, los que se metieron en este lío tuvieron que vérselas con potentes opositores; catedráticos de la vieja guardia (aún quedan algunos) que a pesar de no tener de qué presumir académica ni científicamente, disfrutaban de poder e influencias locales que utilizaban sin cortarse mucho. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos salían en los periódicos de sus localidades por su supuesta erudición y no les gustaba nada que sus propios colegas, o peor aún, aquellos novatos con ideas extranjeras, instauraran un sistema de evaluación en el que no salían muy bien parados. Si ya era doloroso quedarse sin financiación para sus proyectos, peor era que en la evaluación de los sexenios la comisión correspondiente considerara que no tenían méritos suficientes, y aún más amargo que estos fueran concedidos a otros jóvenes investigadores recién llegados, que no tenían tanto poder pero eran muy activos científicamente.

A pesar de estas dificultades, la generalización y modernización de la evaluación de la actividad científica en la universidad, sobre todo de la evaluación «por pares» para la selección de los proyectos de investigación, marcó un antes y un después en la vida universitaria y en la ciencia española. Lo que ahora parece natural, hace 25 años levantó ampollas y provocó muchas enemistades, pero fue el inicio de la renovación de la investigación. Sorprendentemente, los investigadores y los profesores se acostumbraron enseguida a ser evaluados y en poco tiempo todo el mundo lo consideraba algo natural. Por otra parte, el incentivo de los sexenios, económicamente pequeño pero con mucho impacto en la autoestima y en el reconocimiento, animó a muchos a espabilarse en este sentido.

Desde el punto de vista práctico, la vida intelectual y espiritual es, a primera vista, una forma inútil de actividad, en la que los hombres se entregan porque procuran para sí mayores satisfacciones que las obtenidas de otra manera. La búsqueda de estas satisfacciones inútiles prueba inesperadamente, ser el origen de la insospechada utilidad.  (A. Flexner, 1939, The usefulness of useless knowledge)

Las personas que diseñaron y ejecutaron aquellas reformas tenían dos potentes motores: ilusión e ideas claras, y para ello se basaron en las reglas generales de la comunidad científica: el rigor, la internacionalidad, la calidad científica, la productividad, la evaluación por pares y la honestidad. Por cierto, ellos no tuvieron problemas ni dudas para promover la ciencia básica o la transferencia tecnológica; el criterio más importante era la calidad, tanto en un ámbito como en el otro, y se empezaron a favorecer las incursiones transdisciplinares y los proyectos científicamente buenos aunque fueran arriesgados.

Eran conscientes de la utilidad de lo inútil. De que la financiación de la ciencia no era un gasto, sino una inversión y de que lo invertido en una buena investigación es ridículo comparado con los beneficios derivados de sus resultados. Así, además de fomentar y promover la investigación aplicada, cuidaron la investigación fundamental, guiada por la curiosidad y por la libertad individual, siempre que tuviera una buena evaluación científica.

Al mismo tiempo que se iban estableciendo estas medidas, el gobierno consideró que sería interesante invertir más dinero en ciencia. En España se pasó en aquella época del 0,4 al 0,9% del PIB, y la recién bautizada I+D se convirtió en la atractiva, interesante y seductora princesa de la que todo el mundo quería presumir. Como suele pasar, la edad no perdona y ahora ha perdido mucho encanto. Sin embargo es evidente su fecundidad durante estos años; eso aún lo tenemos. Se formaron muchos investigadores, se facilitaron estancias en otros países y la formación de sus propios grupos de investigación cuando volvían a España. El estímulo de esta y otras medidas hizo que se disparara la actividad investigadora y que en pocos años España se colocara en el noveno puesto en producción científica mundial. Donde aún seguimos, al menos según los datos de 2012.

Pero los responsables de estos cambios tuvieron que vérselas en varias situaciones complicadas, la más importante, una revuelta de estudiantes en 1987 con su correspondiente represión policial (dirigida por Barrionuevo), que les cogió bastante desprevenidos. Ellos, que tanto habían corrido delante de los grises por los campus universitarios, que habían sido fichados por la policía y pasado algunas noches en la Puerta del Sol por protestar para defender la universidad… ¿Cómo podían hacer esto los propios estudiantes? Allí estaba el Cojo Manteca rompiendo farolas y lo que encontraba en su camino con sus muletas, en medio de un millón de estudiantes que protestaban contra la subida de tasas universitarias y a favor de más inversiones en educación. La negociación fue dura, pero finalmente consiguieron calmar las cosas y pactar con los sindicatos de estudiantes.

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El Cojo Manteca rompiendo el cartel del metro.

Por supuesto también tuvieron graves problemas con la Iglesia, pero esto creo que lo tenían previsto, y también con muchos rectores y catedráticos, cuyo enfrentamiento yo diría que incluso los estimulaba. El caso es que, como me contaba hace unos días uno de ellos, cuando empezaron quizá eran inocentes, pero al cabo de un año ya no tenían nada de ingenuos, más bien todo lo contrario. No hay nada mejor para perder la candidez y el idealismo que pasar una temporada por la política.

Con esta situación convivimos entre periodos expansivos (euforias) y periodos recesivos (desesperanza), dando pie a lo que uno de nosotros ha señalado como la impregnación de la política española por el mito de Sísifo. Esperemos que Sísifo se desmitifique alguna vez y que avancemos por el camino que nos lleva de verdad a constituirnos en sociedad apoyada en los conocimientos científicos y técnicos. (Jesús Sebastián y Emilio Muñoz)

El desarrollo de la Ley de la Ciencia provocó un entusiasmo regeneracionista en el sistema nacional de I+D. Con estos aires nuevos los investigadores se sintieron respetados y motivados. Se invertía más dinero y se fomentaban las carreras científicas. Los investigadores jóvenes, por otra parte, eran bastante románticos y no estaban muy preocupados por las publicaciones ni mucho menos por los índices de impacto. Tenían claro que debían irse fuera al acabar la tesis y a muchos ni se les ocurría pensar en qué harían a la vuelta.

Una vez establecido un sistema científico bien organizado, a este periodo romántico le sucedió el que podríamos llamar de investigadores profesionales, que es lo que encontramos en otros países desarrollados. La investigación es una profesión, un trabajo con sus vacaciones y su horario. El sistema de becas se sustituye poco a poco por contratos y los investigadores se preocupan desde el primer momento de su currículum, ya que la promoción profesional se basa en su producción científica. En la fase romántica a la gente no le importaba mucho arriesgarse. En la profesional se empezaron a tener más en cuenta los resultados, y la peor consecuencia es que poco a poco fueron desapareciendo las líneas de riesgo. El sistema exige publicaciones y producción a corto plazo y penaliza a los que intentan trabajar en proyectos más arriesgados. Si todo fuera bien, una vez establecido el sistema deberían implantarse programas de financiación a largo plazo para evitar la presión de tener resultados rápidos, estimular el riesgo y tener confianza en los científicos que han demostrado ser brillantes. Si todo fuera bien…

Las reformas que se llevaron a cabo en la década de los 80 aún están vigentes. Aunque tenga muchos defectos criticables, la universidad española no es el conjunto de todos los males. Los centros de investigación que se crearon siguen funcionando razonablemente y los investigadores españoles están muy bien considerados en los centros de investigación de otros países. La ciencia y los científicos españoles aún tienen bastante prestigio. Que no se destruya.

Cuando José María Maravall dejó de ser ministro de Educación y Ciencia en 1988 (probablemente la revuelta tuvo alguna influencia) se reincorporó a su trabajo como profesor de universidad. También lo hizo J. Rojo, de quien me gustaría resaltar algunos de sus valores personales, ahora que no está delante, transcribiendo un texto de un colega suyo:

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UCM – Dr. Juan Rojo

…ha sido además un ejemplo de honestidad profesional. Jamás firmó un artículo durante el largo periodo que dedicó a labores de política científica. Después de reincorporarse a su laboratorio decidió hacerse alumno de su discípulo Rodolfo Miranda para ponerse al día en la investigación en física de superficies. Al poco tiempo, creó un magnífico equipo humano y experimental. Esta capacidad de readaptación, tras más de quince años de paréntesis, y con más de cincuenta años de edad maravilló a sus colegas y les animó a seguir tan insólito ejemplo. (Antonio Hernando)

Así, también Emilio Muñoz, Luis Oro, A. Crespo y muchos otros que estuvieron en aquel ministerio, el MEC, supieron volver con elegancia a su trabajo habitual de investigación. El precio que representó para su productividad científica la dedicación temporal a la actividad política ha tenido como contrapartida la enorme contribución de su gestión al incremento de la calidad investigadora de la comunidad española. Son personas generosas que han trabajado toda su vida para mejorar la sociedad, tanto en la política como en la universidad o en investigación. No deberíamos olvidar quiénes fueron y cómo lo hicieron.

El sistema de ciencia que tenemos se lo debemos a estas personas; la cantidad y la calidad de investigadores, los organismos, las prácticas de evaluación y financiación.  Después de esta década de reformas se han afianzado las instituciones y las metodologías, pero no ha vuelto a haber un momento tan innovador como aquel. Recordando esto ahora, resulta evidente lo importante que es mantener lo conquistado; muchos de estos logros corren peligro de perderse. Quizá esta sea una buena oportunidad para que otra generación tome iniciativas. Sin embargo, esta vez creo que es imprescindible involucrar a la sociedad. Es la ciudadanía la que tiene que reivindicar la importancia de la ciencia; si las cartas y las manifestaciones siguen siendo promovidas y firmadas solo por científicos, vamos mal.