Sinécdoques abusivas

sagrado corazón sinécdoque
José de Páez, Sagrado Corazón.

No es casual que en el lenguaje menudeen las sinécdoques1 abusivas, pues a menudo son la manifestación verbal de abusos reales y frecuentes. Sobre todo, pero no solo, abusos de clase, género o especie. Así, el tratamiento de «señor» se suele reservar a los miembros de las clases dominantes o a los superiores jerárquicos, cuando, etimológicamente, significa «de más edad» (senior en latín). Y es habitual usar «hombre» como sinónimo de ser humano o incluso de humanidad, a despecho de que más de la mitad de los miembros de nuestra especie sean mujeres. Y al oír la palabra «animal» —a no ser que se le añada algún adjetivo meliorativo como «racional» o «político»— no solemos darnos por aludidos los bípedos implumes, como si perteneciéramos a otro reino biológico (de ahí que algunos utilicemos la expresión «animales no humanos» para referirnos a nuestros parientes de otras especies del reino Animalia).

El clasismo, el machismo y el especismo son las principales canteras de sinécdoques abusivas, pero no las únicas. Los nacionalismos supremacistas también vienen propiciándolas desde siempre (recordemos que los antiguos romanos llamaban bárbaros a todos los extranjeros), y es tan revelador como indignante que los estadounidenses se consideren los americanos por antonomasia y llamen América a su país (y Unamerica al resto del mundo): el imperialismo no ha cambiado mucho en los últimos dos mil años, ni en sus métodos ni en sus expresiones. En la misma línea supremacista, denominar antisemitismo al antijudaísmo es una solapada manera de ningunear a los árabes, tan semitas como los judíos.

Pero en esta ocasión quisiera llamar la atención sobre una sinécdoque abusiva menos grave (incluso podría parecer anecdótica), pero no menos significativa ni menos tramposa: la que induce a ver en los literatos, y muy especialmente en los narradores, a los escritores por excelencia. Al oír la palabra «escritor», se suele pensar en un novelista, o a lo sumo en un dramaturgo (al fin y al cabo el teatro también cuenta historias), y puesto que un escritor es, en puridad, «una persona que usa palabras escritas en diferentes estilos y técnicas para comunicar ideas», según podemos leer en una conocida enciclopedia digital, la arraigada sinécdoque parece dar por sentado que los narradores2 son referentes intelectuales de amplio espectro, polímatas que generan y difunden conocimiento, lo cual poco tiene que ver con la realidad. Es tan habitual que un novelista de éxito se convierta en opinador, editorialista o tertuliano, como infrecuente que esté a la altura de tales cometidos. 

La estupidez de los príncipes

Los escritores —y me refiero muy especialmente, aunque no solo a ellos, a los narradores— son por naturaleza egocéntricos y exhibicionistas, y a su vez el exhibicionismo (cuando no es mera patología sexual) es inseparable de la vanidad. Mediante una constante y rigurosa autocrítica, el escritor puede y debe evitar que el egocentrismo se convierta en egoísmo, el exhibicionismo en ostentación y la vanidad en arrogancia; pero el riesgo es permanente, y el éxito —lo que nuestra desquiciada sociedad entiende por éxito— eleva ese riesgo a la categoría de peligro mortal. Mortal, sí, porque el escritor que sucumbe al egoísmo ostentoso y arrogante está literariamente muerto, y acaso humanamente también.

Como todo el mundo, pero de forma más pública y notoria, los escritores tienden a mostrarse menos críticos cuanto mejor los trata el poder (y viceversa); por eso suelen ser más combativos cuando son jóvenes y poco conocidos que cuando alcanzan cierto prestigio, sobre todo si el prestigio va acompañado de una situación económica desahogada. Y el poder lo sabe: sabe que es mucho más fácil comprar a un escritor que reprimirlo (y además sale más barato).

A la luz de estas consideraciones, la deriva reaccionaria de tantos escritores que en su juventud fueron o creyeron ser —o nos hicieron creer que eran— progresistas ya no es tan sorprendente; hay una forma oportunista de fingirse de izquierdas y una forma narcisista de creerse de izquierdas, y ambas son presa fácil de los sobornos y los halagos del poder.

Los escritores que se pasan al enemigo no engañan a nadie, o a casi nadie; pero los que intentan nadar y guardar la ropa son ética y políticamente muy peligrosos. Decía José Martí que quienes no tienen el valor de luchar deberían tener al menos la decencia de callarse; pero callarse no es propio de los egocéntricos ni de los exhibicionistas, por lo que los escritores que no se atreven a enfrentarse a los poderes establecidos, no solo no suelen callarse, sino que con frecuencia intentan justificar su cobardía, lo que en ocasiones pasa por desautorizar a quienes, con su lucha, ponen en evidencia a los cobardes.

Los escritores son, por definición, persuasores. Y de lo que intentan persuadirnos algunos es, ante todo, de su propia valía. O sea que, más que persuasores, algunos escritores son seductores. Y para seducirnos utilizan los recursos de la publicidad, que son las herramientas de la poesía convertidas en armas: la metáfora, la metonimia, la hipérbole, el pleonasmo, el doble sentido, la paradoja… «Daos cuenta de cuán sutil y brillante soy», les dicen solapadamente a sus lectores, «ved con cuánta pericia y elegancia os llevo de la mano hacia la comprensión del mundo».

Porque la literatura, desde sus mismos orígenes, intenta explicar el mundo mediante relatos; relatos que, entre otras cosas (y sin perjuicio de sus posibles valores artísticos), pretenden ser atajos hacia la comprensión de la realidad. Por eso a los niños, que aún no están del todo preparados para recorrer los arduos caminos del conocimiento racional, les gustan tanto los cuentos. Y por eso muchos adultos (casi todos en alguna medida, en algún momento) siguen prefiriendo los relatos —los atajos— y eligen a sus guías espirituales entre los escritores, se convierten en sus «fans» (término que no en vano viene de «fanático»). Y hay escritores que deliberadamente potencian su discurso demiúrgico y su aire de gurús. Y cuando un lector se convierte en fan de un escritor-gurú, sobre todo si la conversión tiene lugar a edad temprana, puede resultarle tan difícil como a la víctima de un donjuán o de una secta darse cuenta de su error.

Charles Schulz, el creador de Snoopy y de Charlie Brown (y por ende uno de los grandes narradores de nuestro tiempo), decía con rara lucidez y modestia que un creador de historias es una persona «casi inteligente», en el sentido de que, aunque logre una primera aproximación al conocimiento, no llega a alcanzarlo. Pero no todos los escritores —ni todos los lectores— son tan lúcidos como Schulz, y esa primera aproximación —nada desdeñable si no pretende ser otra cosa— se confunde a menudo con una explicación cabal del mundo (lo que equivale, como nos advierte la sabiduría oriental, a confundir la Luna con el dedo que la señala).

Apreciemos a los escritores en lo que valen, que no es poco, pero no los convirtamos en guías ni en profetas; dialoguemos con ellos mentalmente, discutamos con ellos, reelaboremos sus textos, prolonguémoslos, hagámoslos nuestros. Los escritores no son los intocables príncipes de la lengua, aunque algunos se lo crean, sino sus servidores; y a quienes se lo creen, recordémosles lo que decía Stendhal, uno de los más grandes: «No hay nada tan estúpido como un príncipe».


Notas

(1) Recordemos que, como consta en el Diccionario de la RAE, la sinécdoque consiste en designar una cosa con el nombre de otra, de manera similar a la metonimia, aplicando a un todo el nombre de una de sus partes, o viceversa, a un género el de una especie, o al contrario, a una cosa el de la materia de que está formada, etc., como en «cien cabezas» por «cien reses», en «los mortales» por «los seres humanos», en «el acero» por «la espada», etc. ¿Cuántas sinécdoques (abusivas o no) puedes identificar en la ilustración adjunta?

(2) Utilizo el masculino porque cuanto digo se refiere fundamentalmente a narradores varones, que son los que, en nuestra sociedad patriarcal, suelen adoptar el rol de opinadores universales.


Los puntos de Richard

los puntos

Desde hace un tiempo, con unos amigos tenemos un grupo de WhatsApp que se llama «Viva la ruta», donde usualmente intercambiamos opiniones sobre las noticias del día, escuchamos los problemas del otro y, por supuesto, proyectamos viajes que la mayor parte de las veces no hacemos, o que todo el tiempo procrastinación mediante estamos por hacer. 

Sin embargo, hace más o menos un mes se suscitó una discusión inusual, de índole «metalingüística». Resulta que uno de ellos adquirió una costumbre muy particular: colocar un punto al final de la frase, incluso en oraciones unimembres. Richard —así lo llamamos— dice «hola» y pone punto. Dice «quizás» y pone punto. Dice «chau» y pone punto. 

—Es como si tuvieras un TOC —le dijo alguien. 

Desde luego, yo no soy de esas personas que van por la vida corrigiéndole la ortografía o la gramática a los demás —soy profesor y solo corrijo si me pagan—, pero le dije que, a mi juicio, no se pone punto en un chat de WhatsApp. 

—La verdad es que suena muy raro —escribí. 

Había algo que me hacía ruido, aunque no podía explicar qué. En ese momento, todo lo que podía haberle dicho, y no le dije —evito parecer pedante—, es que sus puntos se podrían describir con la misma metáfora que utiliza Barthes en La cámara lúcida para referirse al «punctum»: son como pinchazos. Pequeños detalles que, de pronto, se nos imponen y nos demandan atención. Ya no parecen venir a representar una mera pausa, frente a la que uno respira y sigue de largo. Los puntos de Richard —los llamó así, desde entonces— quieren ser algo más, como los personajes de las fábulas de Monterroso; pero, ¿qué es lo que pretenden ser?  

Hace unos días encontré una posible respuesta en el ensayo Cómo la puntuación cambió la historia (Editorial Godot), donde el académico noruego Bård Borch Michalsen hace un repaso de las grandes figuras que contribuyeron a erradicar el caos de la scriptio continua: desde Aristófanes de Bizancio, quien fue el primero en introducir un sistema de puntuación, hasta Aldo Manuzio, el célebre imprentero y editor italiano a quien le debemos, entre muchas otras cosas, la estandarización de los signos, la creación del libro de bolsillo y la introducción del temido —y las más de las veces ignorado— punto y coma. El autor lo define como «el Steve Jobs del Renacimiento», en el sentido de que ambos tomaron dos inventos fundamentales —la imprenta, en un caso; las computadoras, en el otro— y los volvieron útiles para mucha gente. 

Pero el punto, o el punctum —volvamos—, es que en uno de los capítulos de este ensayo Michalsen cita un estudio de la Universidad de Binghamton, donde un grupo de psicólogos intentaron estudiar esto que he llamado «el punto de Richard» y llegaron a una de esas conclusiones tan obvias que uno termina por experimentar una suerte de herida narcicista: un punto al final de la frase, en WhatsApp o en otras redes, dicen estos psicólogos, se interpreta de forma negativa. No es lo mismo «No.» que «No». No es lo mismo «Hola.» que «Hola». Y un «Tal vez.» con punto es más un «no» que un «tal vez» (una especie de «no bemol», podría decirse). 

En otras palabras, y de acuerdo con este estudio, hay contextos y géneros discursivos en los que «el punto ya no es un signo neutral», sino que «transmite un mensaje propio», es decir: ya no se trata solo de un elemento gramatical, aséptico, sino también de una pieza que opera sobre el ars retórica del homo digitalis

Pero, ¿qué pasa con los demás signos? ¿También están experimentando alguna mutación ontológica en ámbitos lingüísticos no formales? 

En verdad es muy difícil saberlo, porque, ¿quién usa hoy un punto y coma en medio de un chat? ¿Quién pone comillas? ¿Quién expresa una relación causal a través de los dos puntos? Ni siquiera Richard se atreve a tanto. 

En general, los usuarios de redes se las arreglan con las comas, los puntos y, por supuesto, los emojis; aunque esto no significa que no sepan usar los otros signos. En los últimos años, y esto también lo dice Michalsen, hubo muchas investigaciones que concluyeron que, en la mayor parte de los casos, los jóvenes tienen claro qué convenciones de escritura hay que aplicar en cada contexto. Por eso la ausencia de estos signos no parece representar un problema. Además se trata de un fenómeno que va mucho más allá de las redes sociales, y del cronolecto adolescente. En la literatura hay muchos signos de puntuación que no solo están dejando de emplearse, sino que vienen siendo blanco de ataques desde hace mucho tiempo. Para Kurt Vonnegut, por ejemplo, el punto y coma no se usa: se ostenta. En Un hombre sin patria (2005), escribió que es un «hermafrodita travestido», que «lo único que hace es mostrar que fuiste a la universidad». Scott Fitzgerald, por su parte, recomendaba eliminar todos los signos de exclamación, porque consideraba que utilizarlos es como reírse de nuestras propias bromas. Henry Miller alguna vez dio un consejo parecido: «Mantenga sus signos de exclamación bajo control», escribió. 

En cuanto a las comillas, no tengo recuerdo de algún escritor que las haya fustigado; pero sí es claro que cada vez se las usa menos. Las voces de los personajes en muchos casos se nos aparecen de pronto, sin nada que las anuncie: ni comillas ni rayas de diálogo. En ocasiones ni siquiera hay verbos del decir. Desde luego hay muchos motivos que explican estas ausencias —habría que revisar la poética de cada autor—, pero en términos generales podríamos decir que se trata de lo de siempre: un intento por escapar de aquellas convenciones y artificios que hacen que el texto «huela» a literatura. 

Así las cosas, resulta que los escritores —y no solo los jóvenes en las redes— también se las terminan arreglando solo con puntos y comas, aunque no con emojis (al menos de momento). La tendencia, que ya lleva mucho tiempo, es a economizar cuanto signo se pueda. Los talleres literarios suscitaron miedo a decir o explicar de más, y llevaron tan al extremo las ideas de, entre otros, Flannery O’Connor —eso de que la literatura solo debe «mostrar», no «decir»— que hoy nos encontramos con todo tipo de ambigüedades innecesarias, o vacíos prescindibles. A veces no se sabe quién habla, quién enuncia, quién es quién, pero no porque tras esta incertidumbre se cifre una duda ontológica sobre la naturaleza de lo real, como en Philip K. Dick, sino por un rasgo de estilo que va inaugurando espacios en blanco sobre aquello cuya revelación, a fin de cuentas, no nos aporta nada. Es un hueco superfluo, que demanda un esfuerzo cognitivo que no ofrece recompensa. 

Pero no nos sigamos yendo por las ramas: volvamos al punto, o al punctum, para decir lo que Bård Borch Michalsen, así como muchos otros, vienen diciendo desde hace tiempo: si uno quiere romper las reglas —de puntuación, en este caso— tiene que haber un motivo. No se puede poner coma allí donde corresponde el punto, simplemente porque sí. No se pueden suprimir las comillas solo porque no nos gusta cómo quedan. En literatura, apartarse de una norma debe obedecer a una razón estética. Pero seguir una norma —y he aquí lo interesante, porque muchas veces lo olvidamos— también tiene que tener algún motivo. Nuestra época nos exige reflexionar sobre todo. Por eso si Richard pone un punto donde, en efecto, va un punto, también debería explicar por qué lo hace. En materia de escritura, ya nada se puede dar por sentado. 


El bustan judeoespañol

Aterricé en el aeropuerto de Ben Gurion una madrugada de julio de 1996. Había recibido una Beca MAEC para estudiar en la Universidad de Tel Aviv y desarrollar un proyecto de investigación. Este consistía en bucear en diferentes archivos del país para establecer una relación de la prensa en judeoespañol, y luego analizar la función que una parte determinada de esta prensa había desempeñado durante la creación del Estado. En aquel entonces, este país todavía no tenía medio siglo de existencia.

Lo que más me llamó la atención nada más llegar fue el afán absoluto de expresión que se vivía en sus calles, donde todo se discutía y matizaba. Cualquier tema de actualidad era causa de debate en el que cada cual marcaba su línea ideológica. Prueba de ello eran las innumerables pancartas expuestas en los comercios y en los balcones de las casas, o las pegatinas que se exhibían en todo tipo de vehículos, en los cascos de moto o en las carpetas de los universitarios. Antes de Twitter, pancartas y pegatinas eran los soportes ideales para el eslogan. 

Cuando llegué, el país estaba de luto. Isaac Rabin había sido asesinado hacía apenas unos meses por un ultranacionalista opuesto al proceso de paz y a los Acuerdos de Oslo. A su entierro había acudido Bill Clinton, quien en su discurso de despedida acabó con un «Shalom, jaber» (Adiós y paz, amigo). Esta frase se convirtió en el eslogan mayoritario de los pacifistas y de los que querían mantener vivo el proceso de paz. A esta consigna le siguieron «Jaber, ata jaser» (Amigo, haces falta) y «Jaber, ani zojer (Amigo, yo recuerdo). Algunos recortaban las frases y hacían collage con las pegatinas: «Shalom, ata jaser» (Paz, haces falta). 

Tras estos eslóganes iniciales hubo muchos más, que cada uno argüía desde su posición ideológica. Los tres más claros eran el izquierdista «Un pueblo fuerte hace la paz», el conservador «Paz, con prudencia», y el ortodoxo «Una generación de arrepentimiento traerá la paz». Al final, todo derivaba en dos modelos de redención: el laico «Una generación entera pide la paz», y el ortodoxo «Generaciones enteras solicitan al Mesías». Se temía entonces la existencia de una guerra civil, y las instituciones colgaban carteles en los que se leía «Opiniones diferentes sí, guerra de hermanos no».

También los problemas caseros se aireaban en pegatinas y pancartas. La compañía nacional de autobuses Eged —creada en su día por fuerzas sindicales y a cuyo volante estaban, al menos así me dijeron, curtidos soldados— expresaba sus desacuerdos con el entonces presidente Benjamin Netanyahu, a quien todos llaman «Bibi»: «Bibi no respeta pactos», «Eged en tu camino, Bibi en el camino que no».

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Pegatinas de izquierda a derecha: Shalom, jaber (paz, amigo), Shalom, ata jaser (paz, haces falta), Dor shalem doresh shalom (una generación entera pide la paz).

Como ahora sucede con las redes sociales, entonces las consignas avivaban debates que parecían inaplazables, pero que tarde o temprano se desvanecían sin pena ni gloria. Veinticinco años después, el proyecto de paz está completamente abandonado, dejado a la lógica del capitalismo.

La diversidad de opciones e ideologías existentes antes de la fundación de Israel como Estado moderno en 1948 también es mucho mayor de lo que cabe suponerse en la actualidad. Es algo evidente cuando se lee la prensa de la época, en la que también se observa la continua metamorfosis que experimenta el país —y las variaciones de voto en las urnas— a medida que llegan diferentes oleadas de inmigrantes judíos, especialmente desde la creación del Estado y hasta finales de los noventa, tras la caída del muro de Berlín. 

Llegan de Alemania, Polonia, Rusia, Ucrania, Rumanía, Grecia, Bulgaria, Yemen, Etiopía, Argentina, México, Irak, Marruecos, Francia, Estados Unidos, y un largo etcétera de países. A modo de ejemplo diré que durante mi estancia allí, la televisión pública subtitulaba simultáneamente en los dos idiomas oficiales, el hebreo y el árabe, pero también en ruso, cuya población era entonces mayoritaria.

He escrito inmigrante y es un error llamarlo así. El término adecuado es olé (en masculino; olá, en femenino; olím, masculino plural; olot, femenino plural), pues no es un movimiento migratorio al uso, sino una aspiración sionista. Significa «el que sube a Israel». 

Si sumamos a la necesidad de expresión y comunicación, la diversidad ideológica existente, podemos comprender la abundantísima cantidad de publicaciones periódicas surgidas durante los años de fundación del Estado.  

Sin embargo, cuando empecé mi trabajo no existía una bibliografía que las reuniera, más allá del extraordinario trabajo que entonces desarrollaba el centro asociado a la Universidad de Tel Aviv, el Institute for the Study of Jewish Press; pero no tenían casi referencias de la prensa sefardí

Seguí buscando, pues sabía que miembros de la comunidad judía expulsada de Sefarad habían sido los encargados de introducir la imprenta en tierras del Imperio otomano. Contaba al menos con la referencia del primer periódico en ladino del que entonces había constancia: el Shaare Mizrah, fundado en 1845 por Raphael Uziel.

El Big-Bang de mi investigación, por así llamarlo —meses después de búsqueda de diarios en la Biblioteca Nacional y otros centros culturales, sin apenas éxito—, tuvo lugar cuando me lancé de lleno a investigar los archivos del Ben-Zvi Institute. Allí había un montón de información dispersa sobre publicaciones periódicas en judeoespañol y también ejemplares físicos procedentes de diversos lugares de la diáspora sefardí: especialmente de Bulgaria, de Nueva York, de la antigua Yugoslavia y de los territorios que formaban o estuvieron sometidos al Imperio otomano, como Salónica (Grecia), Estambul e Izmir (Turquía), y también de territorios de la llamada Erez Israel, especialmente en Jerusalén. 

Los periódicos impresos en Estambul a veces llevaban el nombre de la ciudad en españolico «Istambul», pero tampoco era raro encontrarlos con el topónimo «Costa», que es como los sefardíes de origen griego se referían a la antigua Constantinopla.  

Una vez hallado y ordenado el material, delimité la investigación a las publicaciones distribuidas en Israel y a un país de diáspora, el elegido fue Turquía. En total, analicé una veintena. Explicaré brevemente lo que hallé. Dividiré mi exposición en dos partes: una primera parte dedicada a la descripción de la prensa en judeoespañol distribuida en Turquía, y una segunda parte dedicada a la descripción de la prensa en judeoespañol distribuida en Israel. 

Esta segunda parte tiene como colofón un aliciente especial: está traducida al judeoespañol por el académico de la RAE en Israel Moshe Shaul, una de las personas vivas que mejor conocen y más ha cuidado este tesoro lingüístico.

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La gran pegatina reza: «No tenemos en quien apoyarnos, sólo en nuestro Padre que está en los cielos».

Los medios en Turquía: del drama de la guerra mundial a la asimilación

Una publicación será clave en la historia de la comunidad sefardí que decide no emigrar y prefiere quedarse en Turquía durante el delicadísimo periodo que comprende la Segunda Guerra Mundial y la posguerra: La Boz de Türkiye

Bajo la dirección de Albert Cohen, esta publicación periódica de frecuencia quincenal comienza a publicarse el 1 de agosto de 1939, y de forma ininterrumpida hasta su cierre en 1949. Con sede en Estambul, mantuvo diversas corresponsalías y tuvo acceso a información internacional de calidad procedente de fuentes sobre el terreno, a través de la Agencia Telegráfica Judía —de la que el director de esta publicación era representante en Turquía— y de la Overseas News Agency, ambas dirigidas por Jacob Landau

Esta publicación hace un repaso del estado de los judíos en diferentes lugares en los que el nazismo se ensaña. El que expongo a continuación es un fragmento del suplemento especial titulado «Israel en el Galouth» (Israel en la diáspora), publicado el 15 de febrero de 1944:

La aniada 1943 fue un anio de destruccion y de ruinas, de muerte y de exterminacion. Miles y milarias de nuestros hermanos fueron hundidos en mares de miserias, angustias y matansas, cienes de comunidades judias fueron enteramente destruidas; cienes de miles de seres humanos fueron integrados en manos de persecutores sin que sus hermanos en los paises liberos puedan hacer nada por salvarlos. El Judaismo en Europa ocupada fue enteramente destruido. Esta destruccion fue el mas grande golpe dado a nuestra nacion en el mundo entero. La entera elita de sus hijos y de sus aglomeraciones, las mas mejores intelligencias, las mas grandes fuerzas creaderas del Judaismo Occidental, fueron atemados. En algunos paises los Judios fueron literalmente atemados fisicamente; en otros paises, ellos fueron deportados, exilados y matados. La mas grande parte de los exilados murieron en los wagones, otros no yegaron mismo a la frontera, siendo ellos fueron torturados y asasinados. Los jovenes fueron tomados a los travajos forsados, en fabricas o en fraguas, de fortificaciones en la Francia o en el fronte oriental. Los que no pueden travajar fueron matados sin otra forma de proceso

La Boz de Türkiye desempeñó una función esencial para la seguridad de las comunidades judías en la todavía joven república turca, inmersa en un intenso proceso nacionalista y cuya posición durante la guerra fue inicialmente de neutralidad, luego de relaciones diplomáticas con la Alemania nazi y finalmente su posición se decantó por los aliados. 

Esta publicación desempeñará un papel de mediador y portavoz entre el Estado, la sociedad turca y las comunidades judías dispersas por el país. Con un estilo sencillo y claro, el contenido se distribuye entre noticias y reportajes sobre las comunidades judías asentadas a lo largo y ancho del planeta. Al igual que se hace eco de las principales noticias sociales y políticas de carácter mundial, tampoco descuidan el contenido dedicado a la tradición. 

Sin embargo, el movimiento nacionalista de la joven república no ve con buenos ojos estas actividades cosmopolitas y de singularidad cultural. De hecho, durante estos años se prohíbe a la ciudadanía mantener cualquier actividad independiente o asociación afiliada al extranjero. 

Algunos miembros de la comunidad judía tienen que enfrentarse a acusaciones de otros ciudadanos. Comienza a extenderse el rumor de que los judíos «mantienen una postura de indiferencia ante los hechos del país». Se les critica que empleen el judeoespañol en detrimento del turco. En este difícil contexto, el equipo editorial decide poner en marcha una campaña de difusión con un doble mensaje: 

El primero es: «Somos turcos, hablemos el turco». Tratan de mentalizar a sus lectores de que en la calle solo deben hablar turco, incluso entre ellos. Les avisan que no deben auto marginarse ni diferenciarse hablando otras lenguas. 

El segundo mensaje es: «Formamos parte del pueblo judío». A través del contenido se fomenta el sentido de pertenencia a esta comunidad milenaria y se sugiere que se hable judeoespañol en casa.

Entre los colaboradores de La Boz de Türkiye destacan Abraham Galante —un reputado escritor y periodista admirado por Atatürk—, quien defendió la lealtad de las autoridades judías como elemento indispensable en la construcción del Estado turco; y Abraham Elmaleh, quien años después será dirigente de la comunidad sefardí en Jerusalén.

Como señalé, esta publicación da cuenta de lo que acontece en el mundo. Tiene a sus lectores bien informados. El tono no es sensacionalista, sino que procura el análisis reposado. La situación de los judíos en Europa se agrava de día en día, por tanto, la situación es muy delicada. 

Se hacen eco de las noticias trágicas relativas a la guerra en Europa, pero también de las procedentes de Palestina, muchas de las cuales dan cuenta del desarrollo social y comercial del yishuv (asentamiento en Eretz Israel). 

El periódico hace una amplia cobertura de la guerra y de la dramática situación de sus correligionarios. Parecen llegar a casi todos los rincones. Veamos, por ejemplo, lo que escriben sobre los judíos en Finlandia, en una noticia de mayo de 1944: 

La situacion de los Judios resfuidos en Finlandia se amejoro considerablemente desde el trocamiento del governo en Marso ultimo segun un raporto de stokcholm. Algunos resfuidos que se topaban en un campo de concentracion en una isla del golfo de Finlandia, mientras la perioda del gobernamiento precedente, fueron transferados en ariendas agricoles en Tavastland. El campo fue serrado a precipio del autonio y los Judios fueron autorisados a establecerse en dos communas de la region onde ellos se topavan en mesura de ganar su vida, independientemente de los reglamientos del servicio del Travajo. Los resfuidos judios en cuenta de 117, fueron autorisados desde el mez de Deciembre a vivir en no importa cuala partida del pais onde los extranjeros tienen la permision de morar sin restricciones

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Peores noticias, noticias fatales, llegan de la vecina Salónica. Al leer el fragmento que destacaré a continuación, no puedo sino preguntarme si Hannah Arendt estaba informada del proceso que había tenido lugar en Grecia, quince años antes de que ella misma atendiera el juicio de Eichmann para escribir su artículo en The New Yorker en 1963, y que tantas pesadumbres le acarreó. Quizá ella no, pero sí los lectores de La Boz de Türkiye, quienes debieron de leer con una enorme tristeza la crónica del corresponsal Baruch Schiby con fecha 1 de octubre de 1946. Se titula, «El judaísmo exterminado en Grecia. Un proceso histórico». Algunos fragmentos:

Los evenementos de Palestina no permitieron a la prensa Judia mundiala de prestar toda la atencion querida a un proceso unico en la historia del pueblo judio que se desarrollo en el empesijo de este mez en Salonique. Se trata del proceso de los Judios que se avian metido al servicio de los Allemanes mientras la ocupacion nazi. Vital Hasson, Leon Simon (Tipouz), Jacques Alabala, Edgar Cugue, etc y que servieron el enemigo mortal de nuestro pueblo con mas ardor que los mas feroces S.S. […] La prensa greiga locala entendio toda la importansa historica del proceso. Es por cualo antes y despues de este, los journales de Salonico le consacraron colonas entereras. La “Makedonia”, el mas grande journal de la Maccedonia, le consacro mismo medias paginas enteras. […] Fue establecido en el tribunal que si los acusados no se uvieren metido al servicio de los nazis de la manera que ellos lo hicieron, la mitad o al menos 20.000 judios de Salonica pudieren ser salvados. Los acusados provocaron dunque la muerte gracias a sus sola actividad de estos 20.000 Judios

A diferencia de la prensa escrita en hebreo que entonces se publica en Palestina, La Boz de Türkiye no participa activamente de la teoría de que el yishub o asentamiento en Eretz Israel —«Tierra de Israel» en relación al territorio israelita bíblico— podría ejercer una presión moral sobre las naciones del mundo para salvar a la judería europea durante la guerra. También hay una especie de silencio administrativo en torno a temas candentes como los actos de violencia cometidos por algunos correligionarios bajo el mandato británico o las medidas políticas tomadas por los mandatarios contra la inmigración que llegaba a Palestina. 

No hicieron suyo el eslogan entonces extendido «Inmigración, defensa y asentamiento»; pero tampoco descuidaban la necesidad de consejo que podrían necesitar los conciudadanos que tenían el deseo de «subir» a Eretz Israel.

Escribían con mucha diplomacia y cuidado para mantener las relaciones con su país anfitrión, Turquía; para «cimentar la unión y predicar la harmonía», como ellos mismos señalan entre sus objetivos. Y podemos decir que lo lograron. Hacia finales de la década de los cuarenta, y gracias a las buenas relaciones que la comunidad ha ido forjando con las autoridades turcas, puede observarse una mayor apertura en materia de libertad de expresión que a su vez provocará una verdadera explosión de publicaciones en ladino. Precisamente, esta nueva oleada de publicaciones acabará arrinconando a La Boz de Türkiye, que deja de publicarse en 1949.

La primera publicación en aparecer fue Atikva (1947), cuyo nombre de cabecera en hebreo significa «Esperanza», como el himno nacional de Israel, y es el primer periódico judeoespañol distribuido en Turquía esencialmente sionista. Su director, Sabetay Leon, emigrará a Israel en 1949, donde se incorpora al partido presidido por Ben Gurión (Mapai). Le sigue Salom (1948), fundado por Abraham Leon, que todavía se publicaba cincuenta años más tarde. Otras cabeceras son Sabat (1947) reconvertido tres años más tarde en La Vara (1950), ambos bajo la dirección de Mose Benbassat, de carácter laico y modernizador. 

Otro semanal político e independiente es La Luz (1950), creado bajo la dirección de Eliezer Menda y Robert Balli. Luego, ambos se separan y el primero funda La Vera Luz (1953), y el segundo La luz de Turkiya (1953). Ambos se describen como continuadores de La Luz para adjudicarse a sus lectores. 

La Vera Luz es un periódico conservador, dirigido por el talmudista Eliezer Menda. El gran Rabinato, la comunidad, las noticias que llegan de la creación del Estado de Israel y la política internacional son los temas que definen el carácter del periódico, cuyo interés principal es el de contener al máximo el deseo de asimilación de los correligionarios que quedaban en Turquía. Por otro lado, La luz de Turkiya se apoya más en sostenes comerciales y sus noticias son más variadas, con especial atención a las informaciones que llegan de Israel. Su línea editorial se apoya prácticamente en su totalidad en la cuestión del antisemitismo. 

Finalmente, otros dos periódicos son: La Boz (1952), que tuvo una breve duración y reducida plantilla; lo dirigía M. Levi-Belman, un periodista mordaz que utilizaba este medio para criticar las decisiones tomadas por los dirigentes de la comunidad. Y El Tiempo (1957) del ortodoxo Levi Belman: conservador, antisionista, crítico con la gestión de la comunidad y observante estricto de la ley, denuncia toda reforma o ápice de liberalismo ante una comunidad que a sus ojos se torna abiertamente laica y asimilada.

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«Opiniones diferentes sí, guerra de hermanos no»
(la pegatina del gato que alguien puso encima dice así: (¡Hay un gato nuevo en la ciudad! Y la verdad, tanto Tel Aviv como Jerusalén eran ciudades muy gatunas).

Los medios en Israel. La forja de un Estado

Buena parte de los periódicos en judeoespañol que se publican en Israel durante la Creación del Estado son dirigidos por y para sefardíes recién llegados de Turquía. Tres ejemplos de periódicos, independientes pero efímeros, son La Boz de Israel, La Boz de Jerusalaim y La Unión. Otros recibieron ayudas de grupos políticos con los que simpatizaban, así sucede con Libertad, afín al partido Herut; y El Avenir, Deretcho al Buto y Faktos afines al Mapai, los dos últimos explícitamente propagandísticos. Dos periódicos de mayor duración fueron apoyados parcialmente por partidos políticos: La Verdad, por el centrista General Zionists, y El Tiempo, por Mapai. 

El denominador común de estas publicaciones es el de facilitar a la vez que influir en el proceso de absorción de los inmigrantes (olím) sefardíes en Israel, al proporcionar la máxima información sobre su nueva patria, incluidas las explicaciones de problemas tan complejos que enfrenta el nuevo país como la internacionalización de Jerusalén, la educación secular en clara confrontación con la religiosa, las diferencias no superadas entre askenazis y sefardíes, y el contexto político en el Oriente Medio.

El periódico que gozó de un mayor protagonismo en la orientación de esta comunidad inmigrante fue El Avenir, subvencionado por Mapai o Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel, que lideraba Ben Gurion. Este periódico se publica, además de en ladino, en otros cinco idiomas simultáneamente: yidis, francés, húngaro, búlgaro y rumano.

Su oponente fue La Verdad, un periódico crítico con la administración laborista, especialmente con el sistema de favoritismo, amiguismo y clientelismo que, señalan, campaba en la política. El término empleado, de origen ruso, y que se ha incorporado al hebreo para describir esta práctica es «proteksia».  

Este extendido uso de la «proteksia» —el libro Israel: Pluralism and Conflict del sociólogo Sammy Smooha trata esta cuestión—, desmoralizó a un buen número de inmigrantes hasta el punto de que hubo quien regresó a su país de origen, o cambió la dirección de su migración hacia Estados Unidos. El hecho de que judíos decidan «bajar» de Israel, es decir, irse del país y abandonar la idea del yishuv es una preocupación constante del nuevo Estado, desde entonces y todavía hoy.

Como en toda la prensa mundial, pero quizá con mayor importancia en un contexto de continuo conflicto bélico como el que viven los israelíes al arrancar su Estado, las columnas de humor y las novelas por entregas o folletín, fuente la primera de catarsis y la segunda de evasión, son decisivas. 

Solo el periódico Libertad —afín al partido Herut, procedente del movimiento paramilitar Irgun—prescinde del humor: mecanografiado y con grapas, austero, sin fotografías, este semanal dirigido expresamente a los inmigrantes recién llegados a Israel busca minar el trabajo del partido en el gobierno y suele incidir en el aumento de discriminación sobre los sefardíes en todos los ámbitos de la vida política, profesional y cotidiana.

El partido en el poder subvenciona otras publicaciones menores, también en judeoespañol y también dirigidas al olé procedente de Turquía: Deretcho al buto, que significa «directo al grano», aparece en 1959, y Faktos en 1961. Ambas tienen muy buena calidad de impresión y son gratuitas. Con ellas pretenden hacer sordina para las voces críticas.  

Pero lo mejor es reproducir el texto resumen de mi investigación y que el erudito Moshe Shaul tradujo al judeoespañol para su publicación en 1998 en Aki Yerushalayim, la más importante revista cultural en ladino, que se editó en papel desde 1979 a 2016. Valga a modo de resumen y conclusión. Espero que disfruten del color y musicalidad de este precioso lenguaje.

bustan judeoespañol

La prensa en djudeo-espanyol. La kreasion del estado de israel 

Kuando el eskritor espanyol Miguel de Unamuno oyo avlar por primera vez de la existensia del djudeo-espanyol, el se maraviyo al deskuvrir ke esta lengua pudo mantenerse biva, malgrado la falta de kontakto fiziko de los djudios sefaradis kon Espanya. El yego a la konkluzion ke una lengua ke proviene del rekuerdo i de la nostaljia devia poseder una ermozura espesiala i romantika. Otra konkluzion suya, aun ke yerrada, fue ke el djudeo-espanyol meresia ser alavado por no ser uzado para la redaksion de periodikos. 

El se yerro siendo ke ya avia desdel siglo XIX una muchidumbre de periodikos en djudeo-espanyol, publikados en Saloniko, Estambol, Izmir, Sofia i Viena i mas tadre en New York i Tel Aviv, por dar algunos eshemplos solo. No en vano fueron los ekspulsados de Espanya i Portugal los ke yevaron la imprimeria al Imperio Otomano. Eyos fueron tambien los primeros en este imperio a imprimir livros, aun ke al prinsipio sovresalieron los djeneros rabinikos i relijiozos i es solo en el siglo 19 ke se empeso a publikar romanes i livros de otros djeneros literarios ansi ke periodikos tambien en djudeo-espanyol. Desde su prinsipio la prensa djudeo-espanyola okupo un lugar importante en la vida kulturala de los sefaradis, sigun lo prova el echo ke en Saloniko onde los sefaradis resivian edukasion i kultura en fransez, italiano i alman, la lektura del djudeo-espanyol era embezada solamente para poder meldar los jurnales i algunas orasiones en ladino. 

Es posible ke kon la prensa eskrita, el djudeo-espanyol se alesho del kamino romantiko imajinado por Unamuno a kaminos mas pragmatikos, ma esta fue una eleksion de los ke no kijeron enmudeser frente a la istoria. Ansi fue despues del establesimiento del Estado de Israel onde de 1948 i asta los anyos 60, uvo a lo menos una diezena de periodikos redaktados enteramente en djudeo-espanyol, kon karakteres latinos, organizados i redaktados en sus mayoria por jurnalistas i colaboradores de orijin turko. 

Algunas de estas publikasiones partieron de inisiativas privadas i se mantuvieron independientes, del punto de vista politiko i ekonomiko, de kualker partido. Ansi fue kon «La Boz de Israel» (1949) i «La Boz de Yerushalayim» (1953-1954). Otras publikasiones fueron finansadas por partidos politikos i redaktadas i dirijidas por sus miembros. De este modo nasio el jurnal «Libertad» (1950) del partido Herut enkavesado por Menahem Bejín, i los ke eran finansados por el MAPAI, enkavesado por David Ben Gurion: «El Avenir» (1949- 1950), «Deretcho al Buto» (1959) i «Faktos» (1961). Djuntos kon esto los dos periodikos kon mas grande tiraje i durasion eskojeron el kamino de en medio: no fueron prensa de partido aun ke eran partidistas; no estuvieron finansados yenamente por sus partidos ma resivieron de eyos ayudo ekonomiko. Estos son: «La Verdad» (1950-kontinua en 1965) ke apoyava la politika de lo Sionistas Jenerales i «El Tiempo» (1950-1967) ke fue todo el tiempo portavoz de la politika del Mapai, el partido socialista al poder. 

Al marjen de los argumentos kontra i en favor de una prensa en djudeoespanyol o en otra lengua afuera del ebreo –tema sovre el kual uvo una fuerte polemika en los primeros anyos despues de la kreasion del Estado- se puede afirmar kon yena seguridad ke la prensa dirijida a los sefaradis, i mas konkretamente a los orijinarios de Turkia, a la fin de los anyos 40 i durante toda la dekada de los 50, kumplio una importante funksion, esensiala para la buena marcha del paiz: ayudar al ole (imigrante) a integrarse en su mueva vida en Israel. Komo? Ofresiendo kursos de ebreo, dando a konoser al ole el programa sionista, manteniendolo informado sovre todo tema de interes a la vida en Israel, i aziendolo partisipar en los diversos debates politikos ansi ke en los prinsipales akontesimientos ke tenian lugar adientro i afuera de las frontieras de Israel. 

Komo prensa dedikada a la formasion i integrasion del ole, eya no kijo i no pudo tener una influensa direkta en la politika nasionala. Ma los jurnales djudeo-espanyoles reflektaron en sus pajinas los prinsipales debates ke tuvieron lugar al seno del publiko israeli, ofresiendo a sus lektores diferentes pozisiones i opsiones politikas. Eyos denunsiaron tambien a traves de sus pajinas las difikultades ke enfrentavan a los olim, para ke el governo i los lideres politikos tengan yena konosensia de la situasion a traves de la prensa. De este modo, fueron munchas las linyas dedikadas a la internasionalizasion o no de Yerushalayim, a la edukasion laika o relijioza en las eskolas, a las diferensias entre eshkenazis y sefaradis, a la politika internasionala, sovre todo en el Oriente Medio, i fundamentalmente a los problemas atados al yishuv i al aresentamiento de los imigrantes en el nuevo estado. 

Es interesante sinyalar las diferentes pozisiones de los dos prinsipales periodikos: «El Tiempo», dirijido por Yitshak Ben Rubi, i «La Verdad», dirijido por Yitshak Yaesh. Los dos se preokuparon enormemente de elevar el moral de los olim i fasilitarles sus integrasion sosial: ma mientres ke «El Tiempo» apoyo siempre la politika del governo dirijido por Ben Gurion, «La Verdad» adopto kontinualmente una pozision de kritika enverso esta politika. Uvo entonses en la prensa opiniones diferentes i mizmo kontrarias i no solo un uniko punto de vista, lo ke kreo una situasion de rikeza komunikativa i ekspresiva. 

El premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez, apuntava ultimamente ke la fleksibilidad de la lengua espanyola desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Ke diria el gran eskritor kolombiano frente a la rikeza i fleksibilidad del djudeo-espanyol en su larga trajektoria? Ke diria del karakter umano ke esta lengua estuvo dezvelopando? El djudeo-espanyol no enmudesio en Israel sino ke al kontrario: si en un primer momento esta prensa kumplio una importante funksion sosiala, formando i ayudando a los olim, sin pedrer el karakter periodistiko propio, al pasar los anyos esta prensa se esta konvertiendo ademas, en un dokumento istoriko de imenso valor. No solo porke en eyos se arekojeron para siempre los artikolos i las opiniones de tantos jurnalistas i kolaboradores, ke las muevas jenerasiones podran meldar, sino tambien porke en eyos se reflektan los akontesimientos de kada dia en la konstruksion del Estado de Israel.


Notas

(1) En farsi, la lengua de los persas, «bustan» hace referencia al huerto doméstico, compuesto por árboles frutales y hierbas aromáticas. Una importante obra de teatro en judeoespañol representada en las últimas décadas en el Teatro Nacional de Israel con gran éxito se titula Bustan sefaradí, del escritor y político Yitzjak Nabon, y recrea los años treinta del pasado siglo en uno de los barrios sefardíes de Jerusalén.

(2) Publicado originalmente en «AKI YERUSHALAYIM» Revista Kulturala DjudeoEspanyola, Anyo 19, 1998, nº57, pp.27-29.


Nostalgia del futuro: el viaje de las palabras

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Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº4 especial Rutas.

La Real Academia de la Lengua (RAE) cumple más de trescientos años siendo una de las instituciones más desconocidas, hecho al que sin duda ha contribuido el hermetismo que ha mantenido durante mucho tiempo. Aprovechando que los próceres de la lengua han bajado la guardia, vamos a hacer una incursión en los dominios de las palabras con el propósito de conocerla un poco más.

Actualmente la RAE tiene dos sedes, ambas en Madrid. Una en la calle Felipe IV, junto al parque del Retiro, el Museo del Prado y el monasterio de San Jerónimo el Real, conocido como «Los Jerónimos» al igual que, por extensión, el monumental barrio donde se encuentra, de ineludible visita para los turistas por la densidad de lugares de interés focalizados en el denominado eje del Prado. Es un edificio de 1894, obra de Miguel Aguado de la Sierra, que rezuma solemnidad y no está abierto al público. En esta sede se encuentra el Salón de Plenos, donde los académicos se reúnen religiosamente cada jueves —literalmente, pues se lee una oración en latín al inicio— a puerta cerrada y sin acceso a los «mortales» (salvo en una ocasión excepcional: con motivo de la conmemoración del bicentenario de la Constitución de Cádiz, en que se celebró una sesión plenaria de cara al público, fuera de sede). El edificio alberga una biblioteca compuesta por tres colecciones: la propia de la Academia, la cedida por Dámaso Alonso (que consta de unos cuarenta mil volúmenes) y la de Antonio Rodríguez-Moñino, cedida por su viuda (unos diecisiete mil volúmenes). En total suman aproximadamente doscientos cincuenta mil volúmenes entre los que se encuentran manuscritos, incunables y primeras ediciones de los principales escritores españoles. 

A un «ahí mismo», según el sistema métrico madrileño, se encuentra la Casa Museo de Lope de Vega, propiedad de la RAE, en la encrucijada de calles del barrio de las Letras en las que nacieron, vivieron o murieron Quevedo, Góngora, Lope, Cervantes y otros muchos personajes ilustres, sin hacer por lo general ninguno de ellos lo que le corresponde en la calle que lleva su nombre. 

La otra sede de la RAE se ubica en un edificio de carácter funcional cedido por el Ministerio de Asuntos Exteriores, situado en la calle Serrano. Es el llamado Centro de Estudios de la Real Academia. La mayoría de los departamentos están en esta sede: Instituto de Lexicografía, Departamento de «Español al día», Fundación Rafael Lapesa, el Banco de datos léxicos del español, los departamentos de Informática y Lingüística Computacional y la Escuela de Lexicografía Hispánica. 

La Real Academia Española es una singular institución que se ha ocupado de la lengua española atendiendo a propósitos tan altísonos como los enunciados en el lema «Limpia, fija y da esplendor» y reformulados posteriormente en términos más comedidos en el artículo primero de sus Estatutos, según el cual, la Academia «tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico». 

Los objetivos, los proyectos, las funciones e incluso la liturgia de los actos de la Academia siguen siendo los mismos tres siglos después. Sin embargo, está experimentado un proceso de modernización en cuanto a los medios de trabajo, difusión y comunicación.

Nuestra expedición discurre por esa Academia actual, facultada para tutelar la lengua de cuatrocientos cincuenta millones de personas, que encara su destino con «nostalgia del futuro» según el oxímoron formulado por Darío Villanueva, que ocupa el sillón D y es director de la Real Academia de la Lengua, quien ejercerá de guía en este recorrido.

«Este tipo de instituciones han llegado donde han llegado porque han ido evolucionando y adaptándose a las necesidades de cada momento. La Academia tiene una razón de ser muy poderosa: la lengua no se extingue y está siempre en movimiento. Por otra parte, hay que pensar que cien años después de su fundación se produce la independencia de las repúblicas americanas; ahí la Academia Española fue un instrumento útil para mantener esa unidad porque entendió muy bien que la lengua era propiedad de los hablantes. Este trabajo cuajó ya en el siglo XX en una coordinación entre todas las academias a través de la Asociación de Academias de la Lengua Española y se ha perfeccionado durante los últimos decenios. Al conmemorar el tercer centenario lo que queremos es tener, no nostalgia del pasado, sino nostalgia del futuro. Nos vamos a interesar mucho en plantearnos qué es lo que tenemos ahora que afrontar, y para eso contamos con las academias americanas».

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Centrada en esta política panhispánica, la Academia ha venido materializando su vocación de servicio público y divulgación con la puesta a disposición libre de sus obras y la prestación de diversos servicios a través de su página web, creada en 1998 y renovada hace pocos años. En este nuevo portal los usuarios tienen a su disposición todos los recursos de la RAE: diccionarios, Gramática, Ortografía, banco de datos y catálogo de la biblioteca. También se incrementó la presencia del servicio de consultas, cuenta con una mediateca y ofrece más información y documentación institucional.

El primer servicio que se puso en marcha fue el de consultas en línea del Departamento de «Español al día». Se inauguró el mismo año de la creación de la página web, con el objetivo de ampliar y modernizar el procedimiento que la Academia había venido ofreciendo desde siempre por medios más tradicionales. En estos quince años ha recibido seiscientas mil consultas. Un equipo de siete personas, todas ellas filólogos hispánicos especializados en español normativo cuya responsable es Elena Hernández, atienden desde el Centro de Estudios de la Real Academia las consultas, procedentes de España en un 50%, de Hispanoamérica en un 40% y en un 10% de países en los que el español no es lengua oficial, la mitad de EE. UU. y Brasil, país en el que se ha detectado un notable aumento de interés por el español. Cada miembro del equipo se ha especializado en un área de consultas para optimizar el trabajo y homogeneizar las respuestas recurrentes. Con esta experiencia se ha desarrollado el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) cuya actualización permanente es otra de las funciones del Departamento y gracias al cual las consultas diarias en línea se han reducido considerablemente. Según Elena Hernández:

«El servicio de consultas tiene una doble utilidad, que resulta esencial para una institución como la RAE: por un lado, constituye un observatorio privilegiado de las dudas más frecuentes que se plantean los hablantes en el manejo cotidiano del idioma y permite detectar la aparición de nuevos fenómenos lingüísticos, en especial, neologismos y extranjerismos que se incorporan al uso de los hispanohablantes.  Por otro lado, a través de las respuestas, la RAE puede realizar una difusión activa de la norma, mucho más eficaz que esperar que los hablantes se acerquen a sus publicaciones. El canal de consultas en Twitter permite multiplicar exponencialmente esa capacidad de difusión». 

Las consultas más frecuentes son sobre acentuación en el caso de las mayúsculas o el polémico «solo» tras la modificación de la norma en la última Ortografía. En los últimos tiempos también abundan las cuestiones sobre el femenino de determinadas profesiones o cargos desempeñados tradicionalmente por hombres como «médica», «música», «cartera» o «verduga» (esta última ha originado un estudio que generará una entrada en el DPD) y, en sentido contrario, masculinos atípicos como «azafato», «comadrón», «amo de casa» o «pitoniso».

En junio de 2011 se inauguraba otro servicio innovador: la Unidad Interactiva del DRAE, mediante el cual los usuarios pueden proponer la incorporación de nuevas palabras o acepciones. Durante este tiempo se han recibido ochocientas treinta y cinco propuestas, de las cuales doscientas treinta y ses han derivado en modificaciones que se verán reflejadas en la vigésima tercera edición del Diccionario. Las recibidas desde enero de este año serán estudiadas para la siguiente edición, todas reciben acuse de recibo y son contestadas en un sentido u otro. Según Silvia María Fernández, responsable de UNIDRAE:

«El servicio es una idea del secretario de la Institución, que satisface por distintos motivos tanto a los proponentes como a la Real Academia Española, pero sobre todo mejora, enriquece  y beneficia al Diccionario de la lengua española». 

Como curiosidad, una de las acepciones que aparecerá modificada responde a una de las primeras solicitudes llegadas a la unidad, procedente de Australia, en la que una usuaria pedía reconsiderar la definición «loción para el cabello» de la palabra «champú» por la de «jabón líquido», con buen criterio según determinó la Comisión Delegada del Pleno tras un minucioso estudio. 

Esta interacción con los hablantes ha resultado fructífera, según explica Darío Villanueva:

«Nos resulta muy gratificante el retorno que nos da la interacción con los usuarios y los hablantes. Tanto los servicios que estamos prestando de consultas lingüísticas como el servicio que nos están prestando a nosotros los usuarios a través de la Unidad Interactiva del Diccionario. Es lo que estamos haciendo también en Twitter, donde resolvemos consultas lingüísticas y recibimos mensajes de cómo tenemos que perfeccionar el diccionario y, sobre todo, transmitimos mucha información ágil sobre lo que es la actividad de la Academia para ir modificando esa percepción que está muy arraigada en la mentalidad de la gente de que es un sitio un tanto aislado, elitista e incluso misterioso; lo cual también tiene una vertiente positiva, porque crea una especie de aureola que le da a la Academia un cierto prestigio. Ahora nosotros quisiéramos conservar ese prestigio, pero también  ir suavizando las aristas de incomunicación, de aislamiento».

Otro de los síntomas de modernización de la RAE es la aplicación de las nuevas tecnologías a proyectos inabarcables en otros tiempos y que supondrán una gran aportación para el de estudio de la lengua.

Uno de ellos es el CORPES XXI, el Corpus del Español del Siglo XXI, proyecto panhispánico coordinado por el académico Guillermo Rojo, cuyo objetivo es reunir trescientos millones de formas del español y que supone la continuación de los ya existentes CREA y CORDE. El resultado será la creación de una gran base de datos que constituirá una herramienta imprescindible para el estudio de la lengua. Se presentará durante la celebración del tercer centenario y estará disponible en la web de la RAE al igual que los otros corpus.

 «Cada año estamos metiendo en nuestras memorias informáticas veinticinco millones de formas. No son veinticinco millones de palabras porque no hay tantas en el español, son realizaciones concretas de una palabra en un determinado contexto. Las tomamos en un 70% de fuentes americanas y un 30% de fuentes españolas, que priman un poco sobre el porcentaje estándar de lo que sería un distribución rigurosamente demográfica, porque en estos momentos el español peninsular significa el 10% escaso del español total, pero este porcentaje 70-30 significa mucho en relación con aquella tendencia hispanocéntrica que tenía el Diccionario en épocas anteriores. Proceden esas realizaciones de prensa, radio, televisión, de la literatura, de la política, de la publicidad, del lenguaje científico, etc. Es un mapa detalladísimo de lo que es el español actual en su evolución y en su distribución geográfica, por tanto, es una fuente magnífica no solo para elaborar el Diccionario sino para elaborar el resto de las obras de la Academia». 

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Otro proyecto de futuro que se beneficia de las nuevas tecnologías es el Diccionario histórico de la lengua española, cuyos recursos básicos están disponibles desde 2012 en el portal de la Fundación Rafael Lapesa y que, gracias a la digitalización de unos diez millones de papeletas del Fichero General de la Academia y a la creación del Corpus del Nuevo Diccionario Histórico, permitirá el estudio sistemático de la trayectoria diacrónica del español. Repasando las fichas escritas a mano por los primeros académicos para la elaboración del Diccionario también podemos hacer un emotivo recorrido por la historia de la lengua española.

«Es un viejo proyecto que llegó a dar de sí una edición que la guerra civil destruyó. Luego se retomó, pero el proyecto era tan ambicioso que las previsiones de tiempo en función de los recursos con que se contaba eran descabelladas. Ahora se está haciendo sobre una planta distinta, una planta basada en las bases de datos informáticas y mediante un sistema relacional de las acepciones».

A más largo plazo, la Academia tiene previsto concluir uno de los cuatro objetivos marcados por los fundadores junto a los de elaborar un diccionario, una gramática y una ortografía: contribuir a la difusión y conservación de los grandes textos de la literatura española.

«Estamos desarrollando un proyecto que es el que mejor responde a aquel objetivo que nunca se abordó de manera sistemática como ahora se está haciendo a través de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española, que empezó a publicarse hace dos años. Este año vamos a llegar ya a veinte títulos; es un proyecto de ciento conce títulos seleccionados de la literatura española desde el Cantar del Mío Cid hasta finales del siglo XIX con Los Pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán. Calculamos que la Academia va a necesitar doce años más para completar el proyecto, pero cuando esto se haga podremos asegurar que el proyecto fundacional se ha cumplido al cien por cien».

Pero es el Diccionario la obra capital de la Academia y la que impulsó su fundación siguiendo el ejemplo de la L´Académie Française y la Accademia della Crusca italiana. En el primer siglo de existencia de la Academia se publica el Diccionario de Autoridades; el actual sigue siendo heredero de aquella obra y se sigue elaborando de la misma forma, aunque con otros medios y otros procedimientos. La RAE cuenta con una plantilla —al  margen de los académicos, que trabajan gratis et amore— de unas setenta personas. El grueso lo componen lexicógrafos, lingüistas e informáticos. Son los que realizan el trabajo que posteriormente se resuelve en el Pleno, que es el órgano soberano. 

«Han pasado más de trescientos años pero en lo fundamental las cosas siguen siendo igual, el Diccionario sigue siendo obra de los académicos. A nosotros nos llaman para que sigamos manteniendo viva la vinculación con el español real a través de la percepción que tenemos de la lengua. Ahora estamos amparados por una cantidad de departamentos de apoyo que antes no había, pero, cuando al comienzo de los plenos el director dice: “papeletas”, cualquier académico puede hacer una propuesta referida a una palabra o una acepción y empieza a discutirse. Lo que allí se dice va al Instituto de Lexicografía, ahí viene el recurso a los corpus y también, no hay por qué ocultarlo, a diversas bases de datos que hay hoy en día en la red donde se puede ver qué vigencia tiene determinada palabra. Empieza un proceso de elaboración que pasa por varias comisiones en Madrid, pero que luego se manda a América para que nos digan si esa palabra o acepción existe en América y si está bien reflejada».

El Diccionario también es heredero del carácter descriptivo de aquel primero, más amplio que el las academias coetáneas, que en ocasiones es origen de críticas —aunque también lo es por motivos opuestos—. Darío Villanueva defiende los criterios que definen la confección del Diccionario que, hasta cerrar la vigésima tercera edición que se presentó en 2014, mantiene en plena actividad a los lexicógrafos de la Academia.

«En lo que se refiere al Diccionario, la Academia podrá ser criticada por muchas cosas, pero no porque sea impositiva. La actitud de los académicos fue siempre ir un poco por detrás de lo que es la lengua real, es decir: nunca cometer el error de inventar y proponer palabras, sino de ir escuchando con oídos finos lo que la gente dice y una vez que un uso, palabra o acepción  se consolidan, incorporarlos. Otro problema que tenemos es que se dirigen a nosotros individuos o grupos pidiendo que se retiren cosas que son desagradables o que hieren su sensibilidad. Esto no se puede hacer, por la sencilla razón de que un diccionario políticamente correcto sería una aberración. Lo que hace la Academia es recoger esas palabras, pero no quiere decir que promueva su uso ni que lo aconseje. Si leemos bien el Diccionario, hay unas marcas que indican la calificación que la Academia le da a palabras que están en boca de la gente: usado, poco usado, vulgar, obsceno, etc. Aunque el Diccionario tiene que ser muy poroso a la realidad del idioma, hay una voluntad normativa».

Es una necesidad de la institución el producir obras en forma de libro porque una parte de la financiación de la Academia procede de su venta. Esto entra en contradicción con su voluntad divulgativa, por la que desde 2001 el Diccionario es de acceso libre en internet, con sus correspondientes actualizaciones y enmiendas. De igual forma sucederá con la vigésima tercera edición simultáneamente a su publicación en papel; lo cual no induce a vislumbrar un futuro rentable para el libro. Sin embargo, Darío Villanueva está convencido de su continuidad. 

Una curiosidad que sirve para ilustrar el uso como herramienta del diccionario en línea en la aldea global es un dato sobre la palabra más consultada: tradicionalmente es «cultura»  salvo, como hecho aislado, durante dos meses de verano en 2012 en los que apareció en primer lugar «majunche». Este fenómeno se debió a que Hugo Chávez utilizaba este término, de uso muy restringido, para dirigirse a Henrique Capriles, lo que produjo una consulta masiva. En este ámbito de comunicación mundial, se esboza el futuro del DRAE.

Inmersa en los problemas que afectan al mundo editorial, la Academia sufre también los recortes en otra de sus vías de financiación. El rey Felipe V, cuando la convirtió en Real, estableció que el Estado contribuyera al mantenimiento de la Academia a base de una parte de la renta procedente de la venta del tabaco. La institución ha seguido recibiendo aportaciones del Estado desde entonces. En 2013 la subvención designada asciende a 1900000 euros, lo que supone un recorte de más del 50% respecto a años anteriores. La tercera vía de financiación es la del patrocinio privado, que se fraguó tras superar la etapa franquista en situación de precariedad, y parece ser la forma de garantizar la supervivencia de la institución.

«Desde la transición democrática hay un instrumento muy eficaz para la Academia que es la Fundación Pro Real Academia Española, que fue una iniciativa de la época del primer Gobierno de Felipe González. El presidente de honor es el rey y el presidente ejecutivo es el gobernador del Banco de España. En esa fundación están muchas personas particulares y también hay empresas y organismos públicos, incluidas las comunidades autónomas. Estos patronos hacen una aportación anual a la propia fundación, que se gestiona por sí misma y tiene sus rendimientos de capital, y lo que hace es ayudar económicamente a la Academia».

Hemos recorrido superficialmente la RAE con el ánimo de invitar a conocerla en profundidad. A menudo se percibe el estudio de la lengua, por pertenecer al ámbito humanístico, como ajeno a la ciencia. Acercarse a la Academia, el laboratorio de las palabras, incita a conocer sus métodos de estudio y el trabajo que se realiza tras el decorado de mármoles, tapices y alfombras.

Una forma de aproximarse es a través del patrimonio cultural del que podremos disponer virtualmente mediante la página web de la RAE, reformada para mejorar su usabilidad y con nuevos recursos y publicaciones. Al tiempo que escribo «usabilidad» me pregunto si algún académico fruncirá el ceño al leerla. Sería una buena propuesta para incluir en la próxima edición del Diccionario.

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Lola Pons: «No somos usuarios de la lengua, somos hablantes y soberanos»

Lola Pons

Lola Pons Rodríguez no es la primera profesora que acerca la filología a las masas, pero sí es quien lo está haciendo con más encanto y alcance divulgativo en los últimos tiempos. Sevillana de Barcelona y de 1976, esta catedrática de Lengua Española de la Universidad de Sevilla, especialmente dedicada a la historia del español y el cambio lingüístico, se dio a conocer al gran público con el libro Una lengua muy muy larga (Arpa), que ya lleva cinco ediciones, y más recientemente con El árbol de la lengua, en la misma editorial. 

Dos volúmenes que, como sus frecuentes colaboraciones en prensa, indagan en el pasado de la lengua que usamos como una invitación a extraer lo mejor de ella para enriquecer nuestro presente. En su lugar de trabajo, la antigua Real Fábrica de Tabacos hoy convertida en Facultad de Filología, Pons atiende las preguntas de Jot Down demostrando lo que ya saben sus lectores: que en ella la erudición no está reñida con el desenfado.      

Una idea central en sus libros es que la lengua, que muchos consideran algo petrificado, inmutable, está tremendamente viva. ¿Es así?

Esa idea de que la lengua es un fósil, o algo arqueológico, digno de ser adorado desde fuera, se sustenta en la creencia de que la lengua está fuera de nosotros, cuando en realidad no existe fuera de nosotros. No es un monumento, no es algo visualizable desde fuera. Y como producto humano, que vive dentro de los hablantes, está sometida a todos los vaivenes y cambios que atraviesan los hablantes: tanto ellos como persona, y como sociedad con sus circunstancias sociohistóricas. La lengua está en ti, lo digo siempre en mis clases. No es homogéneo, unitario. Puede sonar poético, místico, pero no es otra cosa. Claro que también sale de nosotros y construye nuestras relaciones humanas y sociales, hay una externalización de la lengua… 

Usted añade que la lengua que no cambie «será la dueña del cementerio». ¿En qué sentido?

Una idea muy alejandrina que resurge en la Edad Moderna es que las lenguas nacen, crecen, se desarrollan, tienen un apogeo, que se identifica con una edad de oro, y a partir de ese momento solo cabe esperar la decadencia y el declive. Es una metáfora biologicista que puede ser comprensible, que didácticamente funciona muy bien, pero no es real. Las lenguas pueden atravesar momentos de apogeo, efectivamente, o que se desarrolle un canon en un determinado momento, con logros literarios admirados por los demás, pero tienen que estar continuamente sometidas a cambios. A veces decimos que si el español y otras lenguas hijas del latín no hubiesen cambiado, seguiríamos hablando latín. Pero hasta ese aserto tiene una parte que no es verdad, porque existe un latín clásico, el que hacemos estudiar a los muchachos, pero también hay latines posteriores; hay un latín medieval y un neolatín en el XVI que se modifica, al menos léxicamente, con el curso de los tiempos. Incluso lenguas que han sido creadas artificialmente, como el esperanto, han conocido la variación. En el momento en que son usadas, empiezan a variar. 

¿Confía en el impulso político y económico para que una lengua no desfallezca?

Es una cuestión interesante. La lengua que pierde hablantes, o más bien dominios funcionales de uso, porque esa es la clave para que una lengua crezca o decrezca, merece el cuidado o la atención institucional. Pero permíteme que use esas metáforas biologicistas que antes criticaba. Hay lenguas que se parecen mucho a esas plantas que uno se empeña en eliminar, y siguen brotando por el último resquicio donde cayó una semillita. También hay lenguas particularmente desprotegidas e incluso perseguidas que se han mantenido porque sus hablantes así lo han querido, y también hay lenguas que han sido protegidas y potenciadas, a veces con un uso político, no prenden en los hablantes. Es la prueba de que esto es un producto humano, no se trata de enseñar a utilizar una herramienta. Porque no somos usuarios de las lenguas, somos hablantes. Usamos objetos, teléfonos, esta grabadora. Si fuéramos usuarios se nos podría convencer, derivar, conducir por otros caminos, y no es así. Los hablantes, al final, son soberanos. 

En Córcega me contaban que había habido campañas similares a las que ha habido con el catalán, y en cambio no había funcionado: la gente prefería hablar francés. ¿Tiene explicación?

Sí, está ese concepto que usan los sociolingüistas que es la lealtad y deslealtad lingüística.  A las lenguas o a los rasgos lingüísticos: hay rasgos que están muy desprestigiados en su entorno inmediato, que no encuentran en la lengua estándar, pero llevan siglos manteniéndose en los idiomas. ¿Por qué? Porque hay lealtad a esos rasgos. A veces tiene que ver con el tipo de sociedad en que se encuentran los hablantes. Ahora se habla mucho de redes sociales, pero ese concepto se usaba ya desde los años ochenta para explicar cómo sociedades que tienen redes de relación interna muy densas especialmente son propensas a proteger sus rasgos lingüísticos, incluso aunque sean desprestigiados. En Andalucía, por ejemplo, hay islotes de «no yeísmo» como marca de identificación de quién es del pueblo y quién forastero. Y a ese rasgo concreto están siendo muy leales. 

Lola Pons

¿Cree que las lenguas cooficiales deberían ser al menos optativas en todo el territorio español?

Creo que antes incluso de que se enseñasen como optativas, hay que empezar por algo previo a eso, y es que tengamos cultura lingüística. Eso quiere decir sensibilidad a las lenguas oficiales que hay en España, y a las variedades que hay en nuestro país. Porque ni eso se da. Falta muchísimo, porque todavía está la idea de «si estamos en España, por qué no hablamos español». Y también está esa misma idea prejuiciosa hacia variedades, sobre todo medidas en clave de pronunciación. «Hablas mal porque no hablas con el acento castellano norteño». Ni siquiera se da el respeto a la variedad dentro de la propia lengua oficial. 

Pensando en esas guerras de lenguas, no deja de sorprender que el idioma, que está concebido para entenderse, se use para no entenderse. ¿Usted entiende que esa herramienta se ponga al servicio de alejar a la gente, en lugar de acercarla?

Es perverso. La paradoja es que la palabra comunicación, que es la variante culta de «comulgar», no es otra cosa que tender un puente, hacerse entender. Y es algo que de manera primaria tenemos. Si nos para alguien por la calle y nos pregunta algo, nos intentamos hacer entender de forma natural. Pero eso no se da por arriba, en las instituciones. 

¿Qué pasa ahora con la RAE, que continuamente se le está pidiendo la hoja de reclamaciones? 

¿Cuántos años de educación básica obligatoria tenemos en España? ¿Una década? En todos los años de escolarización hay una asignatura de Lengua, y pese a toda esa educación no hemos sido capaces de enseñar qué es una lengua y para qué sirven las instituciones que se dedican a la lengua. En el caso de la RAE y otras academias, hay que insistir una vez más en que no trabajan creando la realidad, sino fotografiándola. Y esa realidad incluye, usos, giros y locuciones que entiendo que puedan ser ofensivos. E incluyen usos particularmente innovadores, deliberadamente fuera de la norma, como los que se crean en las redes sociales: ese concepto de «ortografía tróspida», ortografía deliberadamente transgresora, que va a estar siempre en los márgenes, porque en el momento en que se haga común, ya no será transgresora y se dejará de usar. Respecto a la lengua no se puede prohibir la realidad, solo hacer de notario si esa realidad se extiende, se generaliza y entra en el uso común.

También insisten los académicos en que a menudo lo que hacen son recomendaciones, que luego tienen que validar los hablantes con el uso. ¿Coincide con esa idea? 

Sí, las instituciones académicas han cambiado mucho desde el XVIII. Antes se optaba, incluso en la propia educación escolar, por proponer normas de uso que podían ser muy contrarias a lo extendido en la población. La experiencia dice que los hablantes al final no han aceptado eso. En el siglo XIX se llegó a recomendar en los manuales el empleo del leísmo y del laísmo. Y eso provocó que autores literarios que por su zona de procedencia no eran leístas ni laístas, como Juan Valera, introdujeran leísmos y laísmos en sus obras. Esa recomendación hoy no tiene ningún sentido, y el leísmo se ha extendido más allá de las recomendaciones que se hayan podido hacer académicamente. También hay que hacer pedagogía.

¿Hay un problema con el sexismo en el lenguaje? Lo de hablar con la arroba, con los amigues, ¿cómo lo viven los lingüistas? 

A los lingüistas solo nos cabe ver qué hace la gente con eso. Y eso de momento son usos restringidos, de los que se hace un empleo simbólico en algunos discursos —pienso en el político— y desambiguador en otros, como la prosa administrativa. Pero cosas como los nuevos femeninos, los desdobles o las marcas de género en «e» no están extendidas en el habla común y no se pueden imponer. Pero repito que la lengua no es sexista, ni feminista, ni racista, ni es ningún –ista. Lo es el uso que hacemos de ella. La lengua refleja, claro, el sistema del que emana. Y cambia como cambia ese sistema. Nosotros mismos hemos vivido desde los años ochent los nuevos femeninos, porque no era común oír hablar de arquitecta, médica o jueza. Se ha difundido, ha habido una sedimentación en el uso, y ha hecho que eso se haga general. Pero esa generalización todavía no se ha dado con otros empleos. 

Lola Pons

Me gustaría que se demorara en otra cuestión, el tema del andaluz y esa ola que pretende difundir una transcripción más o menos literal del acento sureño, que incluso tiene respaldo académico. ¿Cómo lo valora? 

Intentos de escritura en andaluz se han dado, de hecho el primer artículo que publiqué giraba en torno a un personaje que hablaba así en la primera prensa profernandina, a principios del XIX. El argumento de base para esas propuestas es que, si una variedad se escribe, alcanza mayor prestigio y respeto social que si no se escribe. Y eso es un presupuesto equivocado, porque parte de una idea muy eurocéntrica, colonialista incluso, según la cual las lenguas sin escrituras no tienen el mismo rango que las lenguas con escrituras. Obviamente, la ortografía es una convención: ¿por qué escribimos filosofía con f, y no con ph? Pero esa ortografía convencional nos une a muchísimos hablantes hispánicos. Y dentro de esos hablantes hay muchísimas variedades internas.  Algunas, como la andaluza, particularmente relevante por su historia y su demografía, pero otras también muy interesantes, como las variedades del español americano. Así que mi opinión respecto a esos intentos de pasar a ortografía el andaluz es que no los veo necesarios, y están fundados en una idea equivocada. 

Ha sido muy corriente, por otro lado, que incluso en la prensa seria, cuando hablaba un político andaluz, como Alfonso Guerra, se transcribiera su acento, cosa que no se hace con el acento de Rajoy o de los políticos catalanes. ¿Por qué?

Claro, eso es porque llama mucho la atención la divergencia del andaluz respecto al patrón del castellano estándar, y no se atienden a otras divergencias. Ocurría con Guerra, pero no tengo ni que cambiar de partido, para que se vea que no es un asunto ideológico: José Blanco, gallego, que no pronunciaba jamás los grupos cultos consonánticos, como es propio de las variedades del español de Galicia, jamás se reflejaba en una entrevista. Es otro proceso interesante, observar cómo en el siglo XIX, en un proceso que lidera la prensa, se otorga una gran visibilidad al andaluz dentro de las variedades hispánicas. Una visibilidad que antes no tenía, pero se le concede un especial protagonismo a partir de ese momento; por cierto, con valoraciones bastante positivas, algunas de ellas muy tópicas, con el andaluz como lengua de la facundia, no tanto de la gracia, pero sí del ingenio, que es una cosa muy barroca y muy de aquí. Y poco después, asociado al proceso de creciente industrialización en España, y de desindustrialización en Andalucía, asociando eso al obrero. 

¿Cuánto exageran quienes dicen que el andaluz lo hablan cuatrocientos treinta y un millones de personas en todo el mundo, porque cuentan la América que fue colonizada por andaluces?

Del uno al diez, un cinco [risas]. Es como el poema de Machado: «¿Dijiste media verdad? Dirán que mientes dos veces si dices la otra mitad». ¿Cuál es la otra mitad? Lo que conocemos por el Archivo de Indias es la amplia masa andaluza, extremeña y canaria, que configura una fisionomía básica del español americano. Pero hay dos cuestiones, una en el tiempo y otra en lo social. La cuestión temporal: es un tópico asociado a la creación de la identidad de los países configurarla a partir de sus primeros colonizadores. Les pasa mucho a los estadounidenses, que configuran su identidad en torno al establecimiento complejísimo en nuevos territorios, y no tanto en torno a la llegada de inmigración irlandesa y polaca en el siglo XIX. Y ocurre con el resto de América, cuya identidad a veces fijamos a partir de los establecimientos del XV o del XVI, sin atender, por ejemplo, a la masiva llegada reciente de italianos a Argentina y Uruguay. O el establecimiento de asentimientos lingüísticamente muy interesantes de esclavos libertos en algunos puntos del Caribe. Eso no configura tanto el discurso en torno a la identidad americana, pero hay que tenerlo en cuenta, porque tiene un gran impacto lingüístico.

Después está la cosa social: se habla de un español atlántico, en el que se incluye a toda la América hispanohablante, a Canarias —un territorio interesante, que es muy andaluz pero también más leonés que algunas zonas andaluzas que son leonesas por repoblación—, e incluye a Extremadura, y todos tienen rasgos compartidos, quizá el más llamativo el seseo. Pero otros que son también compartidos tienen diferente altura social. El uso de ustedes en lugar de vosotros, que claramente se sigue dando en el andaluz de hoy («¿ustedes a qué hora os vais, o se vais?») se da también en América, pero el patrón de concordancia es distinto: «ustedes se van», algo que se decía también en Andalucía y se está perdiendo. O la pluralización del verbo haber, «habemos tres personas», que en España está condenadísima y en América alcanza en cambio bastante altura social. Que compartamos unos rasgos en común no significa que valoremos igual esos rasgos. 

Una curiosidad: ¿por qué en Andalucía occidental, en las capitales se sesea y en la provincia se cecea?     

Lo primero que tenemos que ver es que seseo y ceceo, que reconocemos como fenómenos distintos, nacen como adelantamiento articulatorio de un viejo sonido medieval, surgen como sececeo o ceseseo, que produce tanto la ese andaluza, dental, muy adelantada, y el ceceo. Eso, cuando surge en el XVI, son dos muestras del mismo fenómeno, y no sabemos cuál fue antes y cuál después. Efectivamente, el seseo alcanza prestigio porque es el que se queda en la capital del Reino de Sevilla, y eso explicaría su difusión a otras capitales de Andalucía occidental, e incluso a sectores de grandes pueblos, con una red social muy interesante, porque la región tiene pueblos muy grandes, cosa que no se da en otras zonas de la península.   

Lo cierto es que los sonidos son fascinantes. Volviendo a los políticos, recordamos el «eshpléndido» de Rajoy, o el «ej que» de Bono… ¿Todos se explican históricamente?

Todos estos ejemplos comunes y conocidos, mainstream, como dirían mis alumnos, son muy útiles en clase. La ese es un sonido que está dando muchas variaciones. La ese del español actual, ¿qué ese es? ¿La mía dental? ¿La más atrasada, de Rajoy? ¿La que altera Bono, tan manchego, hasta hacerla sonido velar? Todo esto significa que desde hace siglos estamos erosionando, cada uno a su manera, el final de las sílabas. Esas consonantes están en peligro [risas]. 

Mientras los cómicos y los imitadores escuchan eso y se frotan las manos, ustedes los lingüistas sacan la libreta y se ponen a analizar, ¿no?

Sí, nos volvemos locos. Yo desde que me levanto hasta que me acuesto no puedo parar de pensar en lengua. Me pasa con las canciones, de pronto oigo algo que me llama la atención, ¿por qué tiene esa ese tan sonora?, y pido información para explicarme por qué dicen lo que dicen. «Se llama Maluma, es colombiano, de tal zona…».

Lola Pons

Comparando con nuestros vecinos, ¿hemos evolucionado mejor o peor?

En lo que se refiere a decisiones formales, por ejemplo la ortografía, podemos estar muy satisfechos con la que gradualmente hemos ido aquilatando. Hasta el siglo XVIII hay unas tendencias gráficas, se propone una reforma con la Academia, pero esa reforma no triunfa hasta el cambio de la educación en España, hasta la ley Moyano, cuando llega una horizontalidad en la educación básica. Desde entonces hasta ahora hemos mejorado nuestra ortografía, mucho menos compleja que la francesa. Por ejemplo, eliminando grafías dobles, acentos circunflejos… haciendo que la enseñanza de español para extranjeros, en el plano gráfico, sea bastante asequible. 

También en países próximos, como Francia o Italia, parece darse mayor importancia a la educación oral, mientras que aquí ponemos más el foco en el texto. ¿Es una asignatura pendiente?

Es una asignatura pendiente en la que el suspenso es reciente, porque no siempre ha sido así. Nosotros identificamos eso que se llama las cuatro destrezas, la expresión y la comprensión escrita y oral, y tenemos clarísimo que ese es el objetivo de la enseñanza de las segundas lenguas. En cambio, cuando un crío sale de sexto de primaria e ingresa en educación secundaria obligatoria, es posible que sepa que existe el pretérito anterior y el futuro de subjuntivo, pero que no sepa argumentar por qué quiere ser delegado de clase o qué ocurrió en la escuela ayer por la tarde. Esto no siempre fue así, todos sabemos que en España hubo un interesantísimo movimiento de renovación pedagógica en torno a los krausistas, la Institución de Libre Enseñanza, el colegio de Jimena Menéndez Pidal, y son colegios en los que se impulsa que los niños reciten, como hacían nuestros abuelos. No olvidemos que era memoria, pero también expresión oral. Impulsaban que se hiciera teatro: el teatro universitario, que fue tan importante en la primera mitad del siglo XX, nace de esas raíces… En cambio, ahora, sea por una cuestión de ratio o por exigencia del programa, eso no se trabaja. Si hubiera al menos un buen trabajo sobre textos escritos, serían al menos buenos lectores, aficionados a la lectura y capaces de hacer una lectura comprensiva, pero no es así. Y por los maestros no es, porque estoy convencida de que los maestros se desviven por que los niños se expresen en condiciones.  

Ahora que el tema de la inmigración está tan candente, se habla siempre de la riqueza económica que supone. ¿También lingüística?

Valoramos mucho tener ciudadanos bilingües, o plurilingües, pero seguro que cuando escuchamos ese aserto, «queremos que nuestros hijos sean bilingües», pensamos en que sean bilingües de español-inglés, español-alemán, y no nos damos cuenta de que ya tenemos personas bilingües en los colegios e institutos, pero de árabe, chino o polaco. Eso da un perfil profesional futuro potencialmente muy aprovechable. Pero ese tipo de bilingüismo no incluye lenguas prestigiosas, y lo rechazamos. Luego está la idea de que hablar una segunda lengua puede ser incluso pernicioso para tu primera lengua. Es una idea completamente errada. Lo que demuestran los expertos en adquisición es que los niños bilingües pueden tardar un poco más en hablar sus lenguas, pero no van a escribir ni hablar peor. Tampoco para quienes, por circunstancias personales sobrevenidas, se ven en un entorno lingüístico distinto, ellos también van a adquirir la lengua. En Estados Unidos ha pasado durante muchos años, que se extendió la idea entre la emigración latina de que era mejor hablar a los niños en casa en inglés, para que el inglés del colegio no fuera latino, con acento. Es una idea completamente equivocada.    

Defiende que la idea de pureza lingüística es tan peligrosa como la racial. ¿Por qué?

Nacen de la misma idea fundamentalista, surgen en el siglo XIX a partir de ideas nacionalistas, y ahí sale la idea de que hay pureza idiomática. En el XVI ya se habla de pureza de las lenguas, pero en otros términos. Se hacía en un sentido renacentista, que me provoca entre ternura y sonrojo, ya que se competía por ver cuál de las lenguas europeas se parecía más al latín. Hacían batallas dialécticas, de escuela, en las que un italiano se enfrentaba a un español intentando que su texto contuviese tantos cultismos que pareciese latín, y en ese contexto hablaban de pureza. Pero la idea de que haya un castellano, un francés o un catalán más puro que otro, eso es una idea más propia del XIX, una idea que alimenta ideologías muy peligrosas. 

Usted denuncia también que la gramática impone una «ley de extranjería» sobre las formas foráneas. Pero, ¿quién pone la aduana?

Los hablantes, que abrazamos con mucha rapidez palabras como escáner o zapping, y nos creamos nuestro propio verbo español zapear, en cambio damos muchas vueltas a otros extranjerismos sin saber muy bien qué hacer con ellos. Me hablaba el otro día alguien la batalla en torno a jeans, por vaqueros, y cómo se escribe, si a la inglesa o a la española, yin. Aquí se propuso escribir whisky de una forma muy hispánica, güisqui, con su diéresis, con su q, y no triunfó, pero en cambio ha triunfado fútbol. En lo gráfico también los hablantes abrazamos o despreciamos formas. 

A propósito de leyes, algo tan importante como el lenguaje jurídico, que rige tanto la vida de todos nosotros, ha derivado en un lenguaje deliberadamente opaco. ¿Qué opina de esa especie de gueto lingüístico? 

En lo que se refiere a uso interno, los gremios tienen su tecnolecto y se manejan entre ellos, como lo tienen los médicos o los luthieres. Pero también hay una parte de ese discurso que se dirige al ciudadano, como las resoluciones administrativas, o incluso la multa más básica. En ese tipo de cuestiones hay que apostar, como está haciendo Correos desde hace unos años, por iniciativas de lenguaje fácil. Porque la ciudadanía no es por defecto titulada universitaria. Hablamos mucho de políticas inclusivas, y resulta que lo más fácil, que es incluir comprensivamente a personas mayores, personas con algún tipo de discapacidad, no lo hacemos. A veces llego a sospechar que hay determinadas resoluciones administrativas que se redactan de forma deliberadamente ambigua o críptica, y creo que eso no puede ser.  

Lola Pons

Un amigo que trabajaba en ONG se sorprendía de cierta retórica según la cual el agua se llamaba «recursos hídricos» y una vivienda «unidad habitacional». Y esto me recuerda que en asuntos candentes, como el cambio climático, están pidiendo ayuda a lingüistas para poder transmitir a la gente la dimensión del problema. ¿Es esto importante? 

El problema es que cuando se crea un lenguaje institucional muy oscuro, es muy fácil que alguien venga y te diga: yo te voy a hablar claro y te lo resuelvo en dos tardes. Una parte del triunfo actual del populismo es el triunfo de un lenguaje que simplifica tanto las ideas que hace ver como resolubles problemas que tienen muchas aristas. Me pasa cuando me preguntan por los anglicismos, hay que matizar, no estamos en blanco y negro: como lingüista no puedes ser purista, te sitúas en una especie de balcón, observando qué va a hacer la gente. ¿Adoptarán e-mail, o dirán correo electrónico? Como científicos, la postura es de pura observación. Pero como hablantes tenemos que ser conscientes de que ese lenguaje del anglicismo excluye a una parte de la sociedad, esa que no sabe qué es una veggie-food, y sí lo que es cocinar con productos de huerta. 

En los periódicos, cuando llegó la crisis de 2008, lo primero que empezaron a sacrificar fue a las correctoras (eran casi todas mujeres). ¿Qué no entendían los jefes de recursos humanos cuando tomaron esa decisión?

Que la identidad institucional se construye igual que la personal. Que hay una parte básica de apariencia física, y una segunda parte de apariencia verbal: en el momento en que estás hablando te estás colocando marcas, marcas en la boca. Un producto verbal poco cuidado parece poco fiable. Porque tú identificas el fraude que hay detrás del correo del príncipe argelino que te va a donar mucho dinero porque está mal escrito. Ese «Estimado señora» del principio en los mensajes spam ya te hace sospechar. Hay una parte de la corrección lingüística que es convencional, pero tu imagen de marca, a la que has dedicado tanto tiempo, con su tipografía y su publicidad en la que has invertido dinero, la descuidas en el aspecto de corrección lingüística. 

¿Qué papel cree que juegan hoy los traductores, ahora que está tan avanzada la traducción electrónica? ¿Hacen falta más que nunca?

Así es. El debate hoy es donde está la frontera de esa inteligencia artificial. Cualquiera que conoce internamente esos procesos, sabe que esa máquina necesita un perfil humano detrás, o mejor dicho, al principio. El buen traductor es hoy insustituible por la máquina. Si alguien busca un sintagma en un traductor automático para descifrar qué dice el menú del restaurante que tiene delante, a lo mejor le sirve, pero también hay casos de traducciones terribles que todos hemos visto, por usar el traductor automático. Cuando eso sucede, terminas desconfiando no de la traducción, sino del producto. Un producto bueno no se permitiría eso. 

La traducción electrónica, ¿va a contribuir a la estandarización del idioma? Lo digo porque un traductor electrónico no contempla la inmensa variedad del español, por ejemplo.  

Un proceso de traducción inevitablemente estandariza, nivela. Imaginemos lo que en el siglo XIII supuso, en tiempos de Alfonso X, la inmensa labor de volcado que se realiza de obras del árabe o el latín al castellano de la época ayuda a nivelar una lengua romance muy variable en aquella época, porque propone terminología. Es inevitable.  

La imprenta provocó una enorme revolución en todas las lenguas. ¿Es pronto para saber qué provocará internet?

Pues las consecuencias primeras que hemos observado son las consecuencias gráficas, la ortografía idiosincrática, el ascenso de la arroba —que es un signo medieval que prácticamente estaba en desuso— o de la almohadilla, dónde ponemos la ñ, la virgulilla… Pero la consecuencia mayor está pasando desapercibida para la mayor de los hablantes, cuando son ellos los protagonistas: y es la génesis de una producción escrita que será estudiable, y está siendo de hecho estudiada. Entre quienes hacen análisis conversacional o pragmático, se codiciaban mucho las transcripciones de conversaciones. Se construían corpus de conversaciones para estudiar cómo hablábamos. Recuerdo la presentación a la que asistí en Alemania de un trabajo de análisis conversacional sobre el programa Gran Hermano, porque son horas y horas de gente conversando. Ahora tienes en Twitter gente que se geolocaliza, que escribe y está emitiendo continuamente rasgos lingüísticos. Hay ya muchos estudios que analizan Twitter como nicho lingüístico como un corpus ya hecho, donde te puedes llevar muchas alegrías. Yo misma me llevé una alegría con un estudio que hice hace unos años sobre la pluralización del qué determinante que se da mucho en Andalucía occidental, en esa frutería donde te preguntan «qués manzanas quieres». Eso lo hemos escuchado, pero no es tan fácil verlo por escrito. En cambio, en Twitter, se encontraba sin problema. «Qués amigos más buenos tengo».  

¿Acabarán desapareciendo los signos de apertura de exclamación o interrogación?

Aquí tienes una militante. Aquí hemos hecho una bandera en torno a la ñ, tenemos un himno sin letra pero no hace falta porque ya tenemos nuestra letra, la ñ. Pero no nos damos cuenta de que hemos inventado también dos cosas, la apertura de exclamación e interrogación, y que además pasan por un proceso de variación muy interesante, en el XVIII y en el XIX, hasta que se asientan. Son modernísimas, las hemos exportado, eso también es marca España. La buena ortografía está asociada a esos signos, y aquí tienes a una defensora.    

¿Influye también en la lengua el hecho de que cada vez más nos expresemos tecleando en una pantalla, y no tanto usando el lápiz o el bolígrafo?

Yo escribo a mano, los artículos y los libros, y tengo asociada la reflexión a la fijación escrita. También parece que retenemos mejor quienes escribimos a mano que quienes tecleamos, porque supone una mayor demora. Tengo la impresión de que asociamos la ligereza de la escritura actual, incluso de la propagación de las ideas actuales, con la ligereza de la reflexión. Pero que tú puedas transmitir rápidamente no significa que no necesites pensarlo demoradamente. Y yo encuentro dilemas ante los que necesito reflexionar, oír otras opiniones. Quizá no tenga una consecuencia inmediata que yo reconozca en lo puramente lingüístico, pero sí en cómo encaramos la letra escrita. Lo decían los latinos, scripta manent, pero asociado a eso estaba la idea de «piensa primero», porque el lapicida tardaba un rato en escribir «Augusto» en piedra.   

Lola Pons

«Invertir en lengua es invertir en ciencia». ¿Por qué a quienes nos gobiernan no les entra eso en la cabeza?

Porque piensan que las humanidades no son ciencias. Creen que los que nos dedicamos a las humanidades somos recolectores de datos, cazamos mariposas lingüísticas o literarias y se las enseñamos a nuestros alumnos como una curiosidad. Pero todos hacemos cultura científica, y las disciplinas humanísticas tienen sus logros científicos, hacemos estadística, usamos mapas…  La pregunta del para qué, esa óptica finalista, oculta la realidad de la disciplina humanística. En medicina está muy claro, ¿para qué investigas? Para conseguir una vacuna. ¿Y el ingeniero electrónico? Para que el teléfono móvil vaya más rápido. Sin embargo, el para qué de la dialectología interna del castellano en el siglo XV… Pues para saber quiénes somos, cómo hemos construido la identidad. Eso no es poco en un país que todavía se está preguntando quién es y cómo es. Y luego tenemos un patrimonio que no es solo monumental, que también está en el papel, un patrimonio documental que tenemos que entender y mantener, y produce muchísimo dinero, porque el turismo viene por las playas y también por el patrimonio. Y una parte importante de nuestros visitantes son investigadores que vienen a los archivos, a los yacimientos, y eso es también parte de nuestra marca. A mí me enfada mucho cuando hablan del día de la mujer y la niña en la ciencia, y le ponen a las niñas muchos ejemplos muy loables, pero nadie de letras… 

Esa era mi última pregunta. ¿Dónde quedan las grandes lingüistas españolas? A María Moliner la tenemos más a mano en el diccionario, pero ¿y las demás?

Es difícil hacer visibles a muchas de ellas, porque hay un perfil en el siglo XX que es el de mujer colaboradora. Muchas de ellas, esposas de grandes titanes de las humanidades que tuvieron la fortuna de contar con mujeres universitarias que decidieron no hacer carrera visible. Recopilaban fichas, revisaban artículos… Por eso su biografía no es reconstruible en términos bibliográficos. Yo tengo mi particular batalla con algunos perfiles. El año pasado trabajé sobre una dialectóloga y etnógrafa, Concha Casado Lobato, que trabajó sobre todo en el ámbito leonés, que hacía encuestas como entonces, viajando y preguntando al local, pero teniendo en cuenta a las mujeres. Algo que tenían más complicados los investigadores hombres, porque claro, ¿dónde va un hombre forastero a reunirse con una señora durante una hora y media preguntándole cosas raras sobre palabras? Ella bajaba con las mujeres al río a lavar, cosía con ellas y se hacía con las palabras del pueblo. 

¿Aprovechamos para recordar a algunas más?

María Goyri, la esposa de Menéndez Pidal, que reivindicamos en su papel pionero, la primera mujer que se licencia y doctora en Filosofía y Letras, que llegaba a la universidad y escoltada por bedeles; pero aparte, fue una gran revolucionaria e innovadora en el ámbito que le tocó, que fue el de la enseñanza. Extiende la idea de que hay que cuidar la expresión oral, y valida y recupera el romancero, que estaba en boca de las mujeres, que ella descubre en su viaje de novios, que se pasa la vida grabando y transcribiendo, y lo lleva a la escuela.  

¿Qué proyecto tiene ahora entre manos?

En los últimos diez años he dirigido varios proyectos dedicados al castellano del siglo XV, que se llaman Historia 15 como un guiño a los cuadernos de Historia 16, que fueron fundacionales para nuestra generación. Y hace unas semanas nos comunicaron que nos han dado una ayuda de la Junta de Andalucía sobre paisaje lingüístico: con seis universidades y diez componentes del equipo de investigación, vamos a investigar realizaciones lingüísticas de los espacios públicos, carteles comerciales, grafitis, rótulos de tiendas, prestando particular atención a todo aquello que no está escrito en español, para observar qué censo de lengua de uso común hay en Andalucía, aunque no estén reflejadas en su censo institucional: lenguas que aparecen por la migración, por la connotación con los turistas… Porque cada vez estamos más antes espacios multilingües. 

Lola Pons


No es yeísmo, es sheísmo, ¡che! 

yeísmo
Buenos Aires, 1871. Imagen: Getty. yeísmo

Era 1921 cuando el joven Jorge Luis Borges regresó de Europa a su Buenos Aires natal. Contaba solo veintiún años y, del natural culto a las vanguardias que todo americano era susceptible de adquirir en Europa, su incipiente prosa sorprendió por sus inclinaciones hacia un nacionalismo literario. Empezó a escribir relatos sobre los suburbios porteños, sobre el tango y las peleas resueltas a cuchilladas, que años más tarde reuniría en un libro titulado Historia universal de la infamia. Entre los años 1925 y 1928, Borges también publicó El idioma de los argentinos, El tamaño de mi esperanza e Inquisiciones, y, en las tres obras, manifestó su preocupación por el lenguaje rioplatense. 

«¿Qué zanja insuperable hay entre el español de los españoles y el de nuestra conversación argentina?» Nos lanza Borges esta pregunta, porque tiene la respuesta. «Yo les respondo que ninguna, venturosamente para la entendibilidad general de nuestro decir. Un matiz de diferenciación sí lo hay: matiz que es lo bastante discreto para no entorpecer la circulación total del idioma y lo bastante nítido para que en él oigamos la patria».

Si en algo oyen la patria en Argentina es en la pronunciación de las letras ye y elle. Se trata de un sonido tan llamativo que se ha convertido en el mayor rasgo de identidad del español rioplatense. Hay otras características que ayudan a describir la variedad idiomática que se habla en gran parte de Argentina y Uruguay, pero el modo en que pronuncian la ye y la elle es tan marcada y única entre los hispanohablantes que es la característica que más resalta. 

Esta particularidad del español rioplatense se conoce como yeísmo rehilado. Veamos, en primer lugar, qué es el yeísmo. 

Llamamos yeísmo a pronunciar las letras y (i griega, ye) y ll (elle) de la misma manera, algo que hoy ocurre en España y gran parte de Latinoamérica. Las dos letras representan sonidos muy parecidos, porque las dos son palatales, y por eso se confunden. Pero hay una pequeña diferencia: la ye es palatal central, /j/ (el aire sale por el centro de la lengua), y la elle es palatal lateral, /λ/ (el aire sale por los laterales). Cuando ambos sonidos convergen en el representado por la ye, ocurre el yeísmo. 

La clave de este proceso está documentada en la historia de la lengua. En latín, la elle no se pronunciaba como ahora, sino que suponemos que tenía una pronunciación de ele larga o doble ele, o l + l. En algunas lenguas derivadas del latín, como es el caso del castellano, el portugués y el italiano, el sonido representado por ll se transformó en otro sonido. En castellano, el nuevo sonido se representó con la elle, mientras que en portugués se combinó la ele con la hache, formando el dígrafo lh, y en italiano se formó la combinación gli

Ocurrió en la génesis del castellano, entre los siglos X y XI. En el XV, pensamos que ya había yeísmo. Lo había en judeoespañol, por lo que es razonable pensar que el yeísmo fuera frecuente antes de la expulsión de los judíos. También hay errores ortográficos documentados en esa época (por ejemplo, escribir cabayo en lugar de caballo). Poco después, en el siglo XVI, encontramos referencias al yeísmo en varias gramáticas. Por otra parte, y esto es solo un argumento, si tenemos en cuenta que gran parte de Latinoamérica es yeísta, es muy probable que los primeros pobladores también lo fueran. De hecho, los primeros indicadores de yeísmo en Latinoamérica se remontan al Caribe y sus colonizadores. Ya debía estar extendido el yeísmo en la península ibérica, al menos en Sevilla. 

Viajemos ahora al Cono Sur. En Argentina, la disolución de la oposición de /λ/ y /j/ se manifiesta en una pronunciación más o menos abierta del fonema /j/, pero también en una realización rehilada, definida como «vibración relativamente intensa y resonante con que se producen ciertas articulaciones […] no solo en la laringe, sino en el punto de articulación, y el efecto acústico que produce», según Navarro Tomás. Es a lo que llamamos yeísmo rehilado o žeísmo. Es frecuente en Uruguay y en la zona rioplatense de Argentina. 

Se piensa que el yeísmo rehilado surgió a partir del yeísmo, y su desarrollo se pone en evidencia al presentar la evolución de los diferentes fonemas: [j]> [dʒ]> [ʒ]. Además, la pérdida de la palatal lateral /λ/ no se refleja solamente en el yeísmo y el žeísmo, sino también en el šeísmo, que resulta de un proceso de ensordecimiento del fonema /ž/. Y así se completa la evolución de las palatales: [λ]> [j]> [ʒ]> [ʃ].

¿Cuándo se produjo el cambio lingüístico? A principios del siglo XIX se encuentran algunos testimonios fiables, como el de la crítica a la pronunciación de unos actores en el Mensajero Argentino del año 1826: «Alguno hay de ellos que al pronunciar llanto, batalla y otras palabras con ll parece que pronuncia un ch medio líquido pero prolongado; y que dice chchchanto, batachchcha, etc. No hallamos otro modo de escribir esta pronunciación viciosísima». 

A finales del siglo XIX, cuando Buenos Aires ya era el centro político, económico y cultural del país, hubo un gran incremento poblacional a causa de las olas de inmigrantes llegadas de Europa. Justo durante esta época surgió el sonido /š/ en el español bonaerense, posiblemente debido a la influencia del francés en los ámbitos culturales. Esto se deduce de textos periodísticos en los que abundan préstamos lexicológicos con /š/, como champagne o chef. Aproximadamente medio siglo después, el fonema /š/ que deriva del francés influyó finalmente en la sonora pronunciación žeísta. Un documento que atestigua este desarrollo lingüístico es la Guía de buen decir (1915) de Juan Selva, donde se compara la pronunciación con la del francés. Otro testimonio son los Estudios sobre el español de Nuevo México del año 1930, en los que se estudian y comparan diferentes variedades del español en México, Uruguay, Ecuador y Argentina.

Lo que no sabemos es qué provocó este cambio lingüístico a mayor escala. Se han dicho otras ideas al respecto, pero ninguna demostrable. Podría ser que la variante rioplatense se viera influida por el portugués de Brasil, por el gallego, el italiano y el francés de las distintas oleadas migratorias de los siglos XIX y XX. En el poema «Cielito oriental», publicado por Bartolomé Hidalgo a principios del siglo XIX, el escritor uruguayo cambia la grafía g, y en palabras como gente escribe yente, para imitar el sonido del portugués. Otras teorías se inclinan por la facilidad que ofrece el yeísmo rehilado, es decir, sería más sencillo pronunciar parrisha que parriya

En un principio, el rehilamiento debió de ser marginal, pero terminó imponiéndose sobre el yeísmo importado en la variedad idiomática rioplatense. El motivo nunca lo sabremos; el cómo resulta más fácil de deducir. Una comunidad de habla, según explica William Labov, no se define por ningún acuerdo que regule el uso de los elementos del lenguaje, sino por la participación en un conjunto de normas compartidas. Dentro de dicha comunidad de habla, un mecanismo principal de cambio es la transmisión con incremento. Se supone que los niños primero adquieren el lenguaje de su entorno inmediato, y luego, durante un período de reorganización vernácula, se centran en una nueva norma, impulsada por fuerzas sociales y aumentando gradualmente el uso de las nuevas formas.

¿Cómo se selecciona la variante que triunfa? El proceso tiene lugar en dos niveles. En primer lugar, se da la adopción de una variante particular en el idiolecto de un hablante. Este es el llamado nivel individual. Las opciones en este nivel están determinadas por las limitaciones en la adquisición del lenguaje, en el procesamiento y en las representaciones resultantes. En segundo lugar, la selección también ocurre en el nivel de la comunidad de habla, es decir, en el llamado nivel poblacional. En este caso, la selección significa la adopción de una variante particular en la nueva variedad lingüística, según lo determinado por presiones sociolingüísticas como la acomodación y el prestigio.

Hoy, el yeísmo rehilado está plenamente aceptado. En 2011, la Real Academia de la Lengua Española incluyó dicha pronunciación como una de las posibles en el manual Nueva gramática de la lengua española: fonética y fonología. Esto significa que la RAE acepta que esta variante rioplatense no es una desviación de la norma, sino una forma válida. 


La lógica onírica de Lewis Carroll

lógica lewis carroll
Ilustracón de sir John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. (DP)

Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes.

Hijo de un pastor protestante, profesor de Matemáticas y «Don» de la Universidad de Oxford; considerado el mejor retratista de niños del siglo XIX, autor de libros con títulos impronunciables (Fórmulas de trigonometría plana, El libro V de Euclides tratado de un modo algebraico, en cuanto hace relación a magnitudes conmensurables, etc.), burgués diácono de la iglesia de Inglaterra, el reverendo Charles Lutwidge Dogson, o bien, Lewis Carroll, fue el escritor rebelde de la imaginación y la fantasía en tiempos de formalidad y buena letra. 

Domesticador de serpientes y sapos; prestidigitador; editor, siendo niño, de revistas manuscritas para niños; zurdo (según algunos testimonios), tartamudo, bello, sordo de un oído; inventor de cajas de sorpresas, de rompecabezas, de aparatos inútiles; insomne; entusiasta de las bicicletas en su juventud y de los triciclos en su madurez; creador de juegos de palabras incluso en idiomas que no conocía, como cuando dijo I am fond of children (except boys), que en inglés no es un juego de palabras, pero sí en castellano: «Me gustan los niños, a excepción de los niños». 

Autor de poemas como este:

Creía ver un Elefante,

un Elefante que tocaba el pífano;

mirando mejor vio que era

una carta de su esposa.

«¡De esta vida, finalmente» —dijo—

«siento la amargura!»

Creía descubrir un Búfalo

instalado sobre la chimenea;

mirando mejor vio que era

la sobrina de su cuñado.

«¡Sal de aquí» —dijo—

«o llamo a la policía!»

Creía ver una Serpiente de cascabel

que le interrogaba en griego;

mirando mejor vio que era

la mitad de la próxima semana,

¡Lo único que siento! —dijo—

«es que no pueda hablar».

Creía ver una Inferencia

demostrando que él era el Papa.

Mirando mejor vio que era

un pedazo de jabón de mármol.

«¡Dios mío» —dijo— 

«un hecho tan funesto

destruye toda esperanza!» 

(Canción del jardinero loco, 1889-1893)

Inventor de un nuevo método de adición, de acuerdo con el cual, para sumar 2 + 1 habría que hacer lo siguiente:

Tomamos Tres como base del razonamiento que hacemos… Un número apropiado para comenzar… Le sumamos Siete, y Diez, y lo multiplicamos todo por Mil menos Ocho. El resultado que obtenemos lo dividimos, como ve, por Novecientos Noventa y Dos; le restamos Diecisiete, y la respuesta debe ser exacta y perfectamente justa. (La caza del Snark, 1889-1893).

Lewis Carroll fue, en realidad, Lewis Carroll.

Y debió ser de la conjunción de varias de sus aficiones, —y de la obsesión, según dicen, por Alice Liddell, que surgieron las obras por las que ocupa un lugar en la historia de la literatura: Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del espejo.

Alicia representa el sueño inglés, el ideal de una cultura. Alicia encarna en cierta forma el alma del pueblo inglés. Dice Jaime de Ojeda, traductor de Alicia en el País de las Maravillas al español, que la popularidad de este libro en el mundo anglosajón se deriva de lo que Alicia tiene de ejercicio onírico: es el sueño de toda una cultura, caracterizada por su autodisciplina y una formidable represión de instintos. 

Con un audaz sentido del humor —tan inglés— y con sus textos previos sobre lógica nos descubrió ya adultos el sinsentido imperante en el País de las Maravillas y las normas de comunicación que reinan en el nuestro. 

Pragmática subversiva o el sentido del sinsentido

Vayamos al inicio del cuento: Alicia está en un paraje de la campiña inglesa, un locus amoenus que invita al reposo y a la imaginación. Cuando el sueño la atrapa, ve correr a un conejo. No le sorprende que hable, y sí, sin embargo, que lleve un reloj.

A partir de este momento todo lo que ocurre en la historia serán disfuncionalidades de las normas de comunicación, transgredidas por unos personajes que actúan —hablan— arbitrariamente, absortos en su propio mundo. Nosotros, espectadores, seremos todos Alicia, o la figura que posa delante del espejo y observa atónita un reflejo que no comprende.

Lo que puede ser mostrado no puede ser dicho.

(Wittgenstein).

Conviene usar la distinción entre decir y mostrar de un modo analógico, porque una cosa es lo que Carroll dice en sus obras y otra cosa es lo que estas obras muestran. Y lo que las obras lógicas de Carroll muestran es la contradicción entre la exposición rigurosa de una ciencia que es la ciencia del sentido, y la filtración, desde lo subterráneo hasta la superficie, de la corriente del sinsentido. La lógica de Carroll muestra por lo menos dos cosas: que la lógica, obedecida hasta sus últimas consecuencias, lleva a la locura; y que la transgresión de los principios lógicos constituye una purificación, una cura de sueño. 

Lógica masturbada, por una parte, y violación de la lógica, por otra.

En palabras de John Searle, filósofo del lenguaje: «Hablar una lengua es tomar parte en una forma de conducta (altamente compleja) gobernada por reglas. Aprender y dominar una lengua es haber aprendido y dominado tales reglas».

He aquí un encuentro en el que unos personajes comparten un contexto común —una mesa— y su actitud frente a la llegada de otro. La cortesía es el componente manifiesto en la totalidad del discurso, bastante peculiar, por cierto. Una reunión que intenta evocar las fórmulas de cortesía características de la sociedad inglesa. 

La mesa estaba puesta delante de la casa, bajo de un árbol, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té. Entre ellos había un Lirón, profundamente dormido, sobre el cual apoyaban los codos, a modo de cojín, y hablaban por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón» —pensó Alicia— «claro que, como está dormido, probablemente ni se entera».

Aunque la mesa era grande, los tres se apretujaban en uno de los extremos.

—¡No hay sitio! ¡No hay sitio —exclamaron al ver llegar a Alicia.

—¡Hay sitio de sobra! —dijo indignada Alicia, y se sentó en un gran sillón, en un extremo de la mesa.

—Sírvete algo de vino —le invitó la Liebre de Marzo.

 Alicia miró por toda la mesa, pero allí solo había té.

—No veo ningún vino —observó.

—No lo hay —dijo la Liebre de Marzo.

—Pues entonces, tal ofrecimiento es una descortesía de su parte —dijo indignada Alicia.

—También lo es de tu parte sentarte sin ser invitada —dijo la Liebre de Marzo.

—No sabía que la mesa era de su propiedad —dijo Alicia—: está servida para más de tres personas.

—Tú necesitas un buen corte de pelo —dijo el Sombrerero. Había estado examinando a Alicia con mucha curiosidad, y esta fue su primera intervención.

—Y usted debería aprender a no hacer comentarios personales —dijo Alicia con severidad—; resulta muy grosero.

El Sombrerero, al oír esto, abrió de par en par los ojos, pero se limitó a decir:

—¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? 

Al hablar se hace un uso explícito de unas reglas interiorizadas por los hablantes de la gramática y de la sintaxis de la lengua, y como resultado se tienen enunciaciones «correctas». Son las matemáticas del lenguaje. 

Pero a veces los números no son suficientes para resolver una ecuación. 

La principal ilusión de Alicia en lo concerniente tanto al lenguaje como a la vida en general es que deben estar basados en un sistema coherente, sistemático, intrínsecamente significativo, el cual, si es respetado, nos permite controlar nuestro destino. Carroll destruye esta ilusión, demostrando una y otra vez la arbitrariedad, incluso caótica, de la naturaleza del lenguaje. Es la ambigüedad del lenguaje y su uso social.

Y lo hace jugando con el fenómeno de la referencia para crear locura (léase ironía, hipocresía, presuntuosidad):

—Cuando éramos pequeñas —siguió por fin la Falsa Tortuga, un poco más tranquila, pero sin poder todavía contener algún sollozo—, íbamos a la escuela del mar. El maestro era una vieja tortuga a la que llamábamos Galápago.

—¿Por qué lo llamaban Galápago, si no era un galápago? —preguntó Alicia.

—Lo llamábamos Galápago porque siempre estaba diciendo que tenía a «gala» enseñar en una escuela de «pago» —explicó la Falsa Tortuga de mal humor—. ¡Realmente eres una niña bastante tonta!

—Tendrías que avergonzarte de ti misma por preguntar cosas tan evidentes —añadió el Grifo. 

Los hablantes manipulan el lenguaje para conseguir que satisfaga sus necesidades comunicativas; pueden ser innovadores, pero no originales, y son «limitadamente» libres, puesto que están sometidos a la disciplina de reglas y convenciones. El lenguaje está supuestamente «hecho» y, sin embargo, hay que rehacerlo en cada una de nuestras enunciaciones. Si no queremos que peligre la comunicación, no podemos transgredir impunemente las normas, como hace aquí Humpty-Dumpty:

—Aquí tienes una gloria.

—No sé qué quiere decir con una gloria —dijo Alicia. 

—Por supuesto que no lo sabes… a menos que yo te lo diga. He querido decir «Aquí tienes un argumento bien apabullante». 

—¡Pero gloria no significa «argumento bien apabullante»! 

—Cuando yo uso una palabra, esa palabra significa exactamente lo que yo decido que signifique… ni más ni menos. 

—La cuestión es si uno puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes. 

—La cuestión es, simplemente, quién manda aquí.

Si no queremos mutilar la vertiente social del acto comunicativo debemos estudiar los principios que regulan la conversación (cortesía, modestia, generosidad, cooperación… para saber más, lean a Grice), pues de lo contrario:

Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo un personaje!

Resultará que en el País de las Maravillas el «Tiempo» es una persona a la que se puede perder, golpear, se le puede hablar e incluso matar. Y por matarlo, otro habitante del País puede ser sentenciado a muerte. Desde el punto de vista de la pragmática, lo que encontramos es que los personajes fracasan en reconocer la convención que entraña una metáfora y que hace que esta tenga valor comunicativo. Desde lo estilístico existe el procedimiento de mirroring (‘reflejo’) para convertir el sentido en sinsentido y, en el caso de las metáforas, este reflejo o inversión se produce cuando estas son tomadas literalmente. 

Como ocurrió con los cuadros de William Turner, hay quien dice que también Carroll se dejó llevar por sus vicios, incluido el de las matemáticas, al escribir su obra. Lo cierto es que con toda su obra creó una atmósfera de significación con un único fin:

Este es, creo, el primer intento (con la excepción de mi pequeño libro El juego de la lógica, publicado en 1886, un intento muy incompleto) que ha sido hecho para popularizar esta fascinante disciplina. Me ha costado años de duro trabajo: pero si llegara a ser, como espero que sea, una verdadera ayuda para los jóvenes, en las escuelas secundarias y en las familias privadas, como una valiosa adición a su inventario de hermosas recreaciones mentales, tal resultado me repararía, multiplicado por diez, el valor del trabajo realizado en su elaboración. (Lewis Carroll, introducción a Lógica simbólica).

La Lógica simbólica de Carroll es una obra de transición entre la lógica tradicional y la lógica moderna. La lógica de Carroll no es una lógica que se preocupa por los fundamentos de la matemática, como lo haría la matemática moderna, sino más bien una ayuda pedagógica. Carroll consideraba la lógica como una de las más altas recreaciones de la mente, por encima de los juegos y los rompecabezas, y eso que él mismo fue el creador del juego del scrabble. Podríamos casi hablar de una lógica lúdica. Como Alicia en el País de las Maravillas, la Lógica simbólica es un libro lúdico, un libro que se va ejecutando a sí mismo según vamos resolviendo sus problemas y acertijos. 

Una lógica para detectives.


El cantautor atlante: el grado cero de la oralidad

lenguaje atlante
Lenguaje atlante creado para la película Atlantis: el imperio perdido. Imagen: Disney.

Según Jakobson, el estilo es expectativa frustrada; una forma muy sintética de decir que el interés de un texto tiene que ver con su capacidad de sorprendernos, de llevarnos más allá de lo que esperábamos de él. Una manera menos técnica y más emocional de expresar la misma idea es que uno de los mejores regalos que puede hacernos un libro es el de ofrecernos algo totalmente inesperado. No cualquier cosa, por supuesto (no todas las sorpresas son gratas), sino algo a la vez insólito, valioso y pertinente.

Al abrir Wabi-sabi, de Francesc Miralles, daba por supuesto, visto el título y conociendo al autor, que me disponía a leer una novela de aprendizaje inspirada en el tradicional concepto japonés de belleza imperfecta e impermanente, que informa manifestaciones tan diversas como el haiku, el ikebana o el bushido («la vida del samurái es bella y efímera como la flor del manzano», dice el código del guerrero). Y, efectivamente, eso es Wabi-sabi; pero no solo eso.

En un momento dado, el protagonista de la novela, profesor de filología, recibe en su despacho universitario la inesperada visita de una desconocida que le pide que escuche un CD e identifique el idioma de las canciones, que ella cree que es «atlante». Intrigado, el profesor le manda un mensaje al autor del disco, cuyo nombre figura en la carátula, preguntándole por el misterioso lenguaje de sus canciones y su posible relación con la mítica Atlántida, y en respuesta recibe una larga carta (que constituye todo un capítulo de la novela) de la que reproduzco varios fragmentos:

Respecto a la cuestión del idioma, no hay ningún idioma. Solo la voz como un instrumento más. Pura improvisación. La melodía se mantiene, pero los sonidos de la voz cambian. Nunca se repiten. Esto me permite crear en un estricto presente y expresar las emociones que siento en ese preciso momento. Es extraño, pero creo que esa inmediatez el espectador la siente de alguna manera.

Desde mi experiencia personal, cuando canto de esta manera consigo expresar unas emociones que no soy capaz de plasmar con palabras. De mis gurús musicales siempre he admirado la luminosidad y la fuerza (de espíritu). Una música luminosa que te arregla por dentro, que te abre un lugar de bienestar, que te da fuerza y coraje, que te da esperanza…

Por otra parte, hay una especie de disolución del yo. Creo que nuestro lenguaje es parte fundamental en la construcción de la propia identidad. Sirve para pensarnos a nosotros mismos.

Cuando canto, realmente no siento que sea yo el que canta. Experimento como un vacío. No hay nadie. O quizá sea al revés: soy más yo que nunca. Creando mi propio lenguaje, mutable a cada instante, como la realidad misma…

De pequeño ya cantaba así… Como he oído decir varias veces, la inocencia del niño viene de serie. La inocencia del adulto es fruto de todo un curro…

Y esta sorpresa, la libresca, es solo la mitad de la historia. Aunque tal vez sea mejor decirlo al revés: esta historia, la libresca, es solo la mitad de la sorpresa.

Recientemente asistí en casa de Francesc Miralles y Anna Sólyom a una de las veladas musicales que suelen organizar con y para sus amigos, y descubrí que uno de los artistas invitados era Daniel Lumbreras, el «cantautor atlante» de la novela, con quien tuve ocasión de conversar después de escuchar, en vivo y en directo, varias de sus fascinantes canciones. Hablamos de idiomas inventados (como el quenya de Tolkien o el klingon de Star Trek), de la incorporación de frases élficas en la canción de Enya «May It Be», de la banda islandesa Sigur Rós, de la saga Adiemus…

La utilización de la voz como mera materia musical no es algo nuevo (en última instancia, es lo que hacemos al tararear), y tampoco los idiomas ficticios; pero la manera en que Daniel Lumbreras modula la voz para improvisar en cada interpretación un seudolenguaje ad hoc es única y sobrecogedora en su poder de evocación. Si el lenguaje propiamente dicho se basa en la doble articulación, el de Lumbreras es un protolenguaje «simplemente articulado»: los fonemas se articulan, sí, pero para construir morfemas que ni tienen ni pretenden tener significado alguno.

Sería interesante intentar «descifrar» el texto —si puede llamarse así— de las canciones de Lumbreras, como si las oyéramos pensando que pertenecen a algún idioma desconocido. Puede que nos lleváramos alguna sorpresa, porque el cantautor no es un enfant sauvage prelingüístico, y en sus improvisaciones subyace necesariamente lo verbal, ese río de palabras que nos recorre y nos configura sin cesar. Puede que ese intento de desciframiento «desesperado» (en el sentido literal de que no se espera hallar un significado oculto, puesto que de antemano se sabe que no lo hay) sugiriera algún nuevo enfoque, en la línea de la gramática generativa chomskiana… Pero esta es una invitación para estudiosos del lenguaje, no para amantes del arte. O para un segundo encuentro con la música de Lumbreras, no para el primero. Pues de lo que se trata, ante todo, es de escuchar esas luminosas canciones que eluden a priori toda hermenéutica con la misma inocencia con que han sido compuestas: la laboriosa inocencia de un adulto en estado de gracia.


Professor Sweet, Professor Higgins

George Bernard Shaw Sweet Higgins
George Bernard Shaw, 1946. Fotografía: Getty. sweet

Cuando George Bernard Shaw escribió Pigmalión, necesitaba dinero. Años atrás había viajado de Irlanda a Inglaterra con la intención de ganarse la vida como crítico y escritor, pero esto, viniendo de una familia de clase trabajadora y sin influencias, no era sencillo. Sus ideas políticas y su pensamiento complejo, junto a los temas controvertidos que trataba, tampoco le ayudaban a hacerse popular. 

Es posible que por eso eligiera escribir una versión de uno de los mitos que el poeta romano Ovidio trató en Las metamorfosis, asumiendo la familiaridad del público con la literatura clásica. Y es posible que acertase con la idea, pues los críticos concluyeron que se trataba de una de las comedias menos provocadoras de Shaw. 

También es posible que uno de los motivos por los que, a partir de Pigmalión, se hizo la versión My Fair Lady fuera que el público pudiera ver un final feliz. My Fair Lady y Pigmalión comparten trama básica: la pobre florista Eliza Doolittle se transforma en una dama a manos del profesor Henry Higgins; pero en Pigmalión Eliza Doolittle abandona a Henry Higgins, mientras que en My Fair Lady, estrenada casi cuarenta años después, los protagonistas acaban juntos. 

Aunque quizá Pigmalión no sea una pieza tan intelectualmente compleja como otras de las obras del conocido como «teatro de las ideas» de Shaw, trata cuestiones relativas a las clases sociales y las relaciones entre hombre y mujer. El prólogo se titula «Un profesor de fonética» y, probablemente, se refiere al distinguido erudito Henry Sweet. No pocos académicos han señalado que Shaw tomó a Sweet como modelo para desarrollar el personaje de su profesor Higgins. 

Todo comienza una tarde de verano. Llueve, y una multitud que sale del teatro se refugia en el pórtico de la catedral de san Pablo en Covent Garden. Una madre y su hija esperan al hermano de esta, que intenta encontrar un taxi. Cuando el chico regresa, tropieza con Liza Doolittle y esparce sus flores. 

La florista trata de convencer a la señora de que le pague el género arruinado. Con temor, se da cuenta de la presencia de Henry Higgins, que ha estado anotando cada palabra que ha dicho. Esto le hace pensar que Higgins es un policía que la va a arrestar, pero resulta ser un profesor que registra su discurso con fines científicos. Tras reprender a Liza por su mal lenguaje, Higgins se jacta de que en tres meses podría hacer pasar a la chica por una duquesa en una fiesta. 

Empieza la lección de fonética. 

A los fonólogos les gusta hacer divisiones entre grupos de sonidos: consonante o vocálico, sonoro o sordo, etc. De manera que la ciencia se organiza en términos binarios. El mismo objeto de estudio es, por un lado, fonética, y por otro, fonología.

Fonética y fonología

La fonética es la ciencia de los sonidos del habla, y tiene como objetivo proporcionar el conjunto de características con las que describir y distinguir los sonidos del lenguaje. En cambio, la fonología estudia los principios que rigen las formas en que los hablantes de diferentes idiomas organizan los sonidos para expresar significados. 

Fonología segmental y suprasegmental

El objeto de estudio más básico de la fonología es el análisis fonémico, en el que el objetivo es determinar cuáles son los fonemas y llegar al inventario de sonidos de la lengua. Esto es la fonología segmental. Pero es necesario ir más allá y estudiar otros aspectos como el acento, el ritmo y la entonación, es decir, la fonología suprasegmental.

Acento y pronunciación 

El acento es el conjunto de particularidades fonéticas, rítmicas y melódicas que caracterizan el habla de un país, región, ciudad, etc. Es decir, el acento se refiere a una forma particular de pronunciar, por ejemplo, el español andaluz o el castellano. 

La pronunciación, definida como el acto de producir los sonidos de un idioma, no ayuda a diferenciar entre pronunciación y acento. Y si nos fijamos en el aspecto de la pronunciación que más preocupa a la gente, que suele ser aprender una dicción correcta, el factor principal es la elección del acento: una vez que se ha elegido un modelo, como por ejemplo el castellano, cualquier desviación será criticada o ridiculizada, incluso por los que mantienen que no hay acentos buenos o malos, pero sí pronunciación correcta o incorrecta. 

Demasiados prejuicios para algo muy sencillo: si alguien te dice: «No te entiendo», es probable que tu pronunciación sea mala, pero si te pregunta: «¿De dónde eres?», la cuestión es el acento. 

Acento y dialecto 

Es habitual distinguir entre dialecto y acento. Ambos términos se utilizan para identificar diferentes variedades de un idioma en particular, pero la palabra acento se utiliza para las variedades que difieren entre sí solo en cuestiones de pronunciación, mientras que dialecto también cubre diferencias en vocabulario y gramática.

Grafema y fonema

Un grafema es la unidad mínima e indivisible de la escritura de la lengua, las letras, que no nos dan ni una pista del origen geográfico y social de una persona. En la lengua oral, la unidad mínima es el fonema, definido como la unidad fonológica que no puede descomponerse en sucesivas menores y que sirve para distinguir significados. Y tampoco indican nada de la persona que habla, solo son una descripción objetiva sobre cómo articular un sonido. Que no es poco. 

Fonema y alófono

Los alófonos son las diferentes realizaciones o pronunciaciones que puede tener un fonema. Por ejemplo, en español, cada uno de los fonemas /b/, /d/ y /g/ tiene dos alófonos principales: [b], [d], [g], oclusivos y [β̞], [ð̞], [ɣ̞], aproximantes.

Los alófonos suelen estar condicionados por el contexto en el que aparecen, aunque también dependen de la variedad del hablante u otros factores. Por ejemplo, el fonema /d/ tiene el alófono oclusivo [d] y el alófono aproximante [ð̞]. Uno y otro aparecen en contextos fijos: [d] aparece tras pausa (dar), /l/ (falda) o /n/ (funda); [ð̞] aparece en todos los demás contextos.

En teoría, un fonema puede tener un número infinito de alófonos que, esta vez sí, nos resultarán muy indicativos de la clase social y el origen de la persona que pronuncia. Pero en la práctica, y con fines descriptivos, tendemos a concentrarnos en un número pequeño que ocurre con mayor frecuencia.

Cuando Bernard Shaw escribía teatro trataba de anotar la manera en que los actores debían dar voz a los personajes. Era un cometido que no le debía de resultar sencillo por la falta de correspondencia entre fonema y grafema de la lengua en que escribía, el inglés. Como en Pigmalión, en otras de las obras de teatro de Shaw hay partes en las que los personajes muestran, mediante el lenguaje, su origen social. El escritor estaba completamente familiarizado con el argot londinense y con varios dialectos asociados a mineros, marineros y otros colectivos.

Shaw, además, era consciente de la importancia y del impacto que una correcta dicción tenía en la sociedad, es decir, una pronunciación con la que al menos uno pudiera prosperar en la vida, sin que su lengua delatara su origen geográfico y social. Creía que la representación exacta de los sonidos, es decir, una transcripción fonética, ayudaría a pronunciar las palabras correctamente. Con un acento prestigioso y una buena dicción, sería más sencillo lograr la movilidad social ascendente. 

Su interés en los dialectos lo llevó a conocer a Henry Sweet, el famoso fonólogo, y a estudiar fonética por su cuenta. Sweet era el autor de un manual de fonética que había captado la atención de académicos y profesores de todo el continente. Describió, en lenguaje científico, la pronunciación y el acento del discurso culto de Londres, e incluyó muestras de habla con su transcripción fonética. Se cuenta que nada impedía a Sweet acercarse a un grupo de hablantes y anotar el registro fonético de su conversación. 

Para Sweet, el estudio de cualquier idioma se basaba en su comprensión fonológica. Consideraba fundamental adoptar un sistema consistente de pronunciación, lo que facilitaría que el estudiante comprendiera el idioma con más firmeza. Estaba tan interesado en la enseñanza de la lengua que habría sido perfectamente capaz de transmutar a Liza en miss Doolittle.

Por su prolífico trabajo en el campo de la lingüística, Sweet se ganó un lugar destacado entre los académicos que han hecho contribuciones importantes tanto a la ciencia pura del lenguaje como a la fonética —Sweet, Sievers, Storm, Jespersen—.

Shaw, que consideraba a Sweet un genio y sabía de sus intentos por reformar la ortografía de la lengua inglesa, se unió a la causa. A su muerte, dejó un legado en dinero para impulsar un alfabeto, que hoy conocemos como «alfabeto shaviano». 


El Santo Dual: tres siempre es multitud

el santo dual
Un esqueleto y una reproducción del dodo en el Museo Nacional de Gales, 1938. Fotografía: Getty.

Probablemente hayan oído hablar del dodo, ese pájaro que no volaba y que se extinguió allá por el siglo XVII. Gordo, torpote y alicorto, el pobre bicho, más presa que depredador, acabó siendo merendado bajo las leyes más básicas de la naturaleza. En cierta manera, el dual es en la lingüística como el dodo en la zoología: un ser de otro tiempo que nos puede resultar tan simpático como poco útil, aunque, a diferencia del pájaro, este aún asoma la cabeza en algún que otro ecosistema lingüístico. Pasamos a explicar qué es el dual. 

La mayoría damos por hecho que el número se limita a las formas singulares y plurales (dodo/dodos). Se trata de la norma en la inmensa mayoría de las lenguas, pero sepan que no siempre fue así. El sánscrito, el griego de la Ilíada y otras muchas lenguas que mencionaremos a lo largo del texto contaban —o cuentan aún— con una forma específica para designar una pareja, una marca distintiva que hace que dos personas, cosas, ideas, lo que quieran, no sea plural sino eso: dual. Todo esto se entiende mejor con un ejemplo que encontramos en el gaélico irlandés, donde clach (piedra) tiene su plural en chlachan siempre y cuando se trate de tres o más porque, si son dos, se queda en chloich. Como en el árabe clásico كتاب kitaab (libro) / كتابيْن kutub (libros), pero كتابان kitaabaan para la pareja. Y sepan que el dual no es exclusivo de los sustantivos; también se puede manifestar en adjetivos, pronombres y otras categorías gramaticales. 

¿Que qué importancia tiene todo esto? Pues tanta como la caprichosa papada de un petirrojo o la fatalidad de ese pájaro que no vuela. Quizá incluso más, pero si no les parece suficiente no pierdan el tiempo con esto, que hay mucho y bueno por leer en esta web. A los que se queden les gustará saber que a un creador de lenguas tan prolífico como Tolkien tampoco le pasó desapercibido: ¿se han fijado en que los elfos distinguen entre dos o más cuando hablan en su quenya de cuna? 

Dejando atrás la Tierra Media, una de las particularidades del dual es que se manifiesta aquí y allá, de forma completamente arbitraria: desde la isla de Groenlandia a las de la Polinesia, pasando por la pequeña Frisia, o Lusacia, donde aún se habla el sorabo, la única lengua eslava de Alemania. Así las cosas, resulta inútil buscar patrones a través de la llamada «clasificación genética» de las lenguas, según su parentesco: en la familia céltica, ni el galés ni el bretón lo conservan, y únicamente aparece en el sorabo y el esloveno entre las eslavas. El hebreo, pariente del árabe, también tiene algunas formas duales, pero hablamos siempre de partes del cuerpo u otras cosas que vienen siempre en pares, como eynayim (ojos) o mišqafayim (gafas). En cuanto a los inuits y polinesios, aparece en sus pronombres, pero no en los sustantivos, principalmente porque ambos pueblos tienden a no marcar el número en estos. 

Un momento: ¿hemos dicho «ambos»? ¿Acaso no es esa una partícula dual? Por supuesto, lo mismo que el both inglés, o su antónimo neither (ninguna de las dos). Acabamos de dar con huellas dejadas por el dodo en el antepasado común de ambas lenguas. Ambas pertenecen al tronco común indoeuropeo que, además del inglés y el castellano, incluye también el ruso o el persa entre muchas otras, formando así la mayor familia lingüística del mundo de hoy. Todas ellas descienden de una lengua común que se hablaría hace más de seis mil años, pero de la que no se han encontrado registros. Lo que sí se ha hecho es comparar a sus hijas y nietas y desandar el viaje hasta obtener una reconstrucción aproximada de lo que hablaba aquella gente; lo que se conoce como «protoindoeuropeo». 

Dicen los capaces de obrar tales milagros que el dual campaba a sus anchas en aquella lengua primigenia, algo que es aún más fácil de cotejar en los textos de sus descendientes más directos, como el sánscrito o el antiguo eslavo eclesiástico, la madre de todas las lenguas eslavas. De entre estas últimas, decíamos que solo se conserva en el sorabo —hród (castillo), hrodaj (dos castillos) y hrody (castillos)— y el esloveno. Nos parece fantástico que el dual goce del respeto que merece entre los alpinos, quienes lo incluyen a menudo en sus folletos turísticos junto al monte Triglav o el pintoresco castillo de Bled. También estaba presente en las primeras lenguas germánicas como el gótico o el escandinavo antiguo, pero ya hemos dicho antes que hoy, en esa familia, solo resiste en el pequeño frisón. Si piensan que se debe a que hablamos de una lengua remota y rarísima, sepan que aún sobrevive en el norte de Holanda, alguna isla danesa y un municipio alemán, y que es la más parecida al inglés. 

La ballena y el krill

Las hay que tienen un sistema numeral aún más complicado: el larike, una lengua polinesia hablada en la isla Ambon, tiene un trial además de un dual; en Papúa Nueva Guinea, el lihir suma a la lista el paucal para cantidades no muy numerosas, pero siempre de más de cuatro elementos. Su sistema de cinco categorías (singular, dual, trial, paucal y plural) es el más complejo descubierto hasta la fecha. 

A estas alturas se habrán preguntado ya qué narices pasaba con el latín. Desengáñense porque lo único que puede ofrecernos es duoambō, que no necesitan traducción. Entre su prole, el plural se hará con la marca /s/ en el oeste de antiguo imperio, pero casi siempre con la /i/ en el este. Así, hombres, homens y hommes en castellano, portugués y francés, pero uomini, oameni y uameni en italiano, rumano y arrumano, hablado al sur de los Balcanes. De hacer excavaciones en algún lugar del espacio románico lo haríamos en el sardo, que sigue siendo la lengua viva más parecida al latín. En cualquier caso, ya hemos dicho que poco hay que rascar en la ribera norte del Mediterráneo.

Recoger agua con las dos manos y ver cómo se escurre entre los dedos: así es la búsqueda del Santo Dual. Ocurre que las lenguas están en constante cambio para adaptarse a nuestras necesidades y, claro, se deshacen de lo que ya no resulta útil. Aquí es tan fácil como añadir un «dos» donde haga falta, y ya. En esta península de Asia que es Europa, el dual ya no es más que un recurso poético en la literatura lituana, y se escriben estas líneas cuando nos comunican que acaba de morir en Heligoland. Es la inhóspita isla del mar del Norte donde el frisón más puro se resguardaba de los embates de sus vecinos en el continente. Se nos va: el plural más ramplón, ese que no distingue la compañía de la multitud, lo engulle como la ballena al krill, aunque a veces el pequeño se cobre una última victoria antes de desaparecer. Como en la lejana Islandia, donde los antiguos pronombres duales se han convertido en plurales. Al menos en la forma, más de uno será siempre dos. 

Es precisamente en la helada soledad del Norte donde parece encontrar refugio. En la tundra escandinava, lo de menos es que los samoyedos tengan no cien, sino doscientos vocablos para la nieve y sus derivados. Y es que esos pastores de renos siguen diferenciando entre el gris e impreciso nosotros (mii) y un evocador nosotros dos aquí (moai). El solitario nómada subraya como se merece la presencia del compañero o la compañera, y justo en ese punto del círculo polar en el que se encuentra. Moai: si al pronunciarlo sienten algo parecido a la nostalgia, eso es que el dual más atávico sigue vivo en ustedes. Ahí, en el fondo.