Herralde

Jorge Herralde, 2019
Jorge Herralde, 2019. Fotografía: Lluís Gené / Getty.

Como no he sido nunca un escritor de la casa Herralde, puedo permitirme decir cuánto le debo sin que la deuda se relacione con mi propia producción. Ahora, cuando han salido Los papeles de Herralde en edición de Jordi Gracia, se me ha hecho visible esa deuda: casi no hay libro que comparezca ahí, en esos papeles, que yo no leyese cuando salió —digamos a partir del año 82, antes yo solo leía periódicos deportivos y tebeos y la Biblia—. Una reciente mudanza —hecha a pulso— me ha permitido además maldecir a Jorge Herralde muchas veces: Martin Amis, Gesualdo Bufalino, Emmanuel Carrère, Julian Barnes, Álvaro Pombo, Quim Monzó, Raymond Carver, Charles Bukowski han sido importantísimos para mí, pero los muy cabrones pesan lo que no está escrito. Me dio un calambre de melancolía cuando vi que hasta conservaba, para enseñarme catalán por obligación académica, L’ofici de viure de Pavese, que fue el primer libro con sello Anagrama que salió a la intemperie, con su elegante encuadernación a la holandesa, el lomo en tela y las tapas de cartón duro. 

Creo que he visto a Herralde tres o cuatro veces, y solo recuerdo haber hablado con él de fútbol —los dos tenemos el defecto de ir con un equipo insoportable— y de Terenci Moix; una vez que yo estuve trabajando en el autor barcelonés y le pregunté a Herralde por la expresión «novela Anagrama», que Terenci repetía a menudo para indicar que, cuando sus muchos gastos se lo permitiesen, se pondría a escribir una novela que escapara de las rejas del best seller para brindársela a Herralde. Así que tampoco es un cariño personal el que me dicta estas líneas: más bien es solo el agradecimiento que se siente hacia alguien que nos ha mejorado la vida, alguien que ha ayudado a construirnos.

Dice la contra de Los papeles de Herralde que Anagrama creó nuevos lectores, y casi no hay modo mejor de tasar la estatura de un buen editor, porque un editor, como tantas otras instancias del circuito cultural —periodistas, autores, profesores, críticos, etc.—, tiene como misión esencial —incluso en el plano de la supervivencia— el extraño milagro de crear algún nuevo lector, ganar para la comunidad esa figura que, se diría, cada vez es más rara: la del lector exento, es decir, el lector que es solo eso, un lector, que no es a su vez ni periodista, ni autor, ni editor, ni profesor, ni crítico. Y parece difícil de discutir que desde 1968 al presente, nadie en España ha creado tantos nuevos lectores como Jorge Herralde. 

El epistolario está muy bien hilado por Jordi Gracia, por el que nos enteramos de que en el momento de la fundación de Anagrama, por desbarajustes varios, apenas pudieron asomar al Día del Libro de 1969 dos títulos de la colección en catalán repartidos precipitadamente por las librerías el día antes, y de que dos años después la aportación de Herralde a la Sociedad Boccaccio era de trescientas mil pesetas —en 1966 era de diez mil—, y hasta en las peluquerías Llongueras creyeron, en aquellos primeros compases de la editorial —dedicados al ensayo y la política sobre todo—, que convenía poner ejemplares de Anagrama a disposición de sus «señoritas clientes dado que su poder adquisitivo es muy fuerte».

Casi emociona ver al joven Herralde, «ingeniero con incurable debilidad por las letras» en frase de Gil de Biedma, escribir a editores extranjeros para solicitar ejemplares de libros sobre los que podría pasar una oferta para comprar los derechos de traducción. Y leer una enternecedora carta al Ministerio de Información tratando de demostrar que la obra de Lautréamont, que quiere editar en traducción de «Pedro» Gimferrer, no sería nada nociva para la juventud española; llega a decir, aunque no se sabe si es la legendaria socarronería de Herralde la que dicta esas líneas: «En su última obra, las Poesías que cierran el volumen, habla de retener a las generaciones jóvenes y viejas en la honestidad y en el trabajo, desearía que su poesía pudiera ser leída por catorce años, dice no renegar de la inmortalidad del alma, de la sabiduría de Dios, la grandeza de la vida, el orden que se manifiesta en el universo…». Leer ahora ese ramillete de primeras cartas de un editor joven que empieza es como ver un vídeo en el que un niño aprende a nadar: solo nos parece espectacular cuando nos dicen que el niño es Mark Spitz

Si hay algo que queda claro en el montaje de cartas de Los papeles de Herralde es que este tenía un termómetro espléndido para medir la temperatura de intereses de la clase lectora —si es que hay tal clase—. A los ensayos políticos de su primera hora, añade la gran ocurrencia de los Cuadernos Anagrama —donde uno leyó a Rigaut y a Vaché, pero también dos cuentos portentosos de Llorenç Villalonga que Herralde espigó de un conjunto de relatos— y más tarde, mediada la década de los setenta, pone en marcha la colección Informal donde el Vázquez Montalbán más «subnormal» se da la mano con Tom Wolfe y caben Donald Barthelme, que pasó desapercibido en España, y, ni más ni menos, los Sonetos de Shakespeare en la versión de Agustín García Calvo.

Herralde considera que fue un error que en esa serie Informal las cubiertas de los libros no unificaran la colección, a pesar de que seguramente ahí están algunas de las mejores cubiertas de esos años: La Izquierda Exquisita o La palabra pintada de Tom Wolfe, incluso la de Cuestiones marxistas de Vázquez Montalbán… No volvería a cometerlo. La uniformidad había de ser una seña de identidad: era además lo que haría que los lectores comprasen algunos libros sin saber nada del autor, solo fiándose de que pertenecieran a una colección que tantas buenas horas le habían hecho pasar. Al menos ese fue mi caso de chaval: me hacía con algunos libros de Anagrama sin tener idea de quién pudieran ser Wilcock o Highsmith, el hecho de que Anagrama los hubiera publicado ya era suficiente. 

A comienzos de los años ochenta del siglo pasado, Anagrama, después de la bancarrota de Enlace, la distribuidora con la que trabajaba, pasó un momento muy delicado que también se percibe en Los papeles de Herralde. Por entonces, los ensayos políticos ya no tenían público, si alguna vez lo tuvieron de verdad más allá de las señoritas clientes de las peluquerías Llongueras, y la colección blanca, Contraseñas, hacía lo que podía para defenderse, con Tom Wolfe y Charles Bukowski como principales arietes. Llegó la hora de emplearse a fondo en la narrativa. En una carta a Gallimard interesándose por Memorias de Adriano, sobre el que llega a hacer una oferta, Herralde recuerda una conversación mantenida en Frankfurt en la que adelantaba el plan de Panorama de Narrativas, una especie de Du monde entier, salvando las distancias.

La verdad es que las distancias hace mucho que han sido salvadas, porque si hay una colección narrativa foránea importante para nuestra literatura, esa es la colección amarilla de Anagrama. El 25 de noviembre de 1980 Herralde pasa una oferta de mil dólares a la Louisiana University Press por la compra de los derechos de La conjura de los necios. Prudentemente dice en la carta: «Pienso que es un libro de gran calidad literaria. Desde el punto de vista comercial es más difícil de decir». Puede que fuera coquetería o mera inseguridad, ciertamente nunca se sabe qué libro va a dar el campanazo contra toda expectativa, pero lo cierto es que a los veinte años yo no conocía a nadie que no hubiera leído ese libro —esto es una exageración, sin duda, pero ya me entienden—. Creo que fue el primer libro amarillo que cayó en mis manos, y ni idea de cuántos les han seguido, pero son un ejército.

Por supuesto que, por entonces, a mí me daba lo mismo quién publicase los libros, pero algo debió susurrarme el hecho de que muchos de mis libros predilectos —los de Bukowski de relatos y escritos indecentes, La conjura de los necios, dos novelas de Álvaro Pombo y una de un autor del que no se ha vuelto a saber, un tal Enesco, autor de una novela titulada Me llamaré Tadeusz Freyre— fueran de la misma editorial para que me parara siempre en las librerías en las estanterías que le dedicaban a Anagrama.

Dice Borges en alguna parte una cosa muy aguda acerca de las etapas por las que pasa un escritor: entiende que en una primera etapa —la etapa adolescente— la necesidad de decir se impone a cualquier forma y lo único que importa es soltar lo que se tenga que soltar, sin voz ni ganas de tenerlo, solo exposición de un ahogo, una querencia, un lo que sea —«me gusta X, odio a mi padre, me cago en la puta que parió al jugador del Elche que me ha roto la quiniela»—; luego hay una segunda etapa, antes de la tercera, en la que el escritor ya empieza a tener voz personal, en la que confundimos la literatura con unos cuantos autores, y todo lo que no sea esos cuantos autores no merece la menor consideración. Es verdad, uno confunde después de la etapa adolescente la literatura con unos cuantos autores, pero por su propio bien esos autores pueden ser todo lo contradictorios que uno quiera: puedes confundir la literatura con Bukowski y Borges, que seguramente no se hubieran soportado entre ellos, pero eso a ti te da exactamente lo mismo.

Puede ser interesante leer «editor» donde Borges decía «autor» para distinguir las etapas de crecimiento de un lector: al principio, en la etapa adolescente, se lee lo que caiga, lo que más cerca tengas y más te entretenga o ayude —desde Martín Vigil a Michael Ende, sin problemas—, pero en la segunda etapa quizá, depende de en qué épocas, supongo que en los sesenta a los jóvenes les pasaba con Seix Barral y en los setenta con Taurus, no era difícil que un lector joven confundiera la literatura con Anagrama, por lo menos en su vertiente narrativa. Naturalmente el secreto de que se mantuviera el espejismo estaba en el hecho de que aquel sello no dejaba de agrandarte el mundo. Apenas te habías repuesto de descubrir la Centuria de Manganelli y ya te estaban ofreciendo a Martin Amis. Y a Raymond Carver. Y a Javier Marías. Y por si hiciera falta una prueba más, en 1986, la Biblioteca Nabokov, de repente Pnin, Habla, memoria, Ada o el ardor, Lolita, El ojo… Era imposible no pensar que quien estuviese editando aquellos libros te conocía y sabía exactamente lo que ibas buscando en los libros. 

Es muy significativa la actitud combativa de Herralde en defensa de sus autores cuando reciben malas críticas, o el modo en que reclama atención de directores de suplemento o periodistas. Hay unas cuantas muestras excepcionales en Los papeles de Herralde, en las que, con mucho humor a menudo, aunque también sin contener el enojo, afea a reseñistas y periodistas sus lecturas o su falta de interés por algunos de los libros que ha publicado. Herralde, de corresponsal, no tiene pelos en el teclado, y supongo que la suya ya era una posición de poder, quiero decir, que se ve en la página que quien la escribe sabe de su peso e importancia. O eso, o es un auténtico pasota que no va a dejar que el interés le impida decir lo que tiene que decir (quizá las dos cosas juntas). Es capaz de escribirle una descacharrante carta al director de la revista El Món sobre cultura catalana, señalar el rencor personal que supura cada línea de una reseña destructiva —rencor personal que naturalmente pasará desapercibido a los lectores, y por eso mismo ha de ser destacado por el editor— o recordarle a un mandamás de El País que le prometió algo que no ha cumplido: «No sé si en un bolero o un refrán o un tango o un corrido o un diálogo de wéstern he oído algo así como “Un hombre vale lo que vale su palabra”. Imagina si así fuera. No quiero ni pensarlo».

También abundan las cartas de rechazo a autores de primera línea: muchas de ellas se amparan en la imposibilidad del sello para contratar libros que el editor reconoce como buenos o dignos o interesantes, en otras no se corta lo más mínimo al señalar debilidades: «Has puesto tu testarudez, tan eficaz en otros casos, al servicio de una novela que está muy por debajo de tu previsible talento». El retrato que se deduce de todas esas cartas con autores —a uno de los cuales le dice, ante una novela que le ha decepcionado, que no cree ni que un autor deba ser fiel a toda costa a un editor («Nunca he pensado que estuvieras en deuda conmigo»), ni al contrario («pero tampoco creo que tenga la obligación de publicar novelas que no me convencen»)— es el de un hombre entregado en cuerpo y alma a su oficio, que no teme el combate, que se ilusiona con envidiable facilidad y cuyo apetito lector es omnímodo, como su curiosidad, gracias a lo cual el abanico de voces y asuntos que quedan amparados bajo su sello es tan extenso. 

A nadie se le escapa que Herralde, el mítico Herralde a estas alturas, fundó la editorial más importante de las últimas décadas. Regó nuestra transición y nuestros ochenta de títulos indispensables para los que por entonces éramos chavalería y juventud. Ahora, tan lejos, tan cerca, y aunque uno siguió sumando libros verdecitos —Bolaño— y libros amarillos —Carrère—, sin la menor concesión a la nostalgia, no puede uno por menos de sentir agradecimiento. Creo que Herralde, por lo que hablamos de fútbol, es como yo mismo muy cruyffista, y Cruyff siempre contaba que lo que más le sorprendió cuando llegó al Barcelona y ganó la Liga, después de años de sequía, fue que la gente, cuando lo paraba en la calle, no le dijera: «Enhorabuena por la Liga», sino «Muchas gracias por la Liga». Pues eso, por todos aquellos libros que Herralde editó, y ante estos papeles que ahora salen con el subtítulo de Una historia de Anagrama, a uno no se le ocurre decirle al editor «Enhorabuena», sino «Gracias».


Perro malo

Of mountains and valleys
of cold and cruelty
of stony silence
writes Thomas Savage
queerly.

(Sandy James)

el poder del perro
El poder del perro, de Thomas Savage. (Alianza Editorial)

Dicen por ahí que la época dorada de la creación novelística de Thomas Savage nació tras un año de aventura amorosa que el autor de Montana compartió con el escritor Tomie dePaola. Esa escapada no fue, sin embargo, una decisión surgida de la acumulación de males de una familia desestructurada y llena de odio. Los Savage eran modélicos en apariencia y en esencia a pesar de que papá viviera encerrado en su particular armario. Pero claro, uno no puede engañarse toda la vida. A pesar del amor real e incondicional que sentía por su mujer y sus tres vástagos, la homosexualidad reprimida del pater familias acabó por brotar en su vida real con el romance con dePaola y en su obra ficcional con la presencia continuada de personajes de misma condición arrastrados al silencio que el propio autor habitó y que conocía tan bien.

Para hacernos una idea de la revolución que supuso aquel episodio en la carrera literaria de Savage, la primera obra que salió de todo aquello fue desestimada por su editor al tratarse de una novela abiertamente gay y, por tanto, poco comercial para el público de la época. Una novela de la que nunca sabremos nada porque acabó en el fondo del océano Atlántico en un arrebato del escritor. La siguiente, El poder del perro, llegaría en 1967 con buena crítica local y nacional aunque escasos lectores, y afianzaría a Savage aún más en su posición de autor ignorado. Algo que se ha visto remediado póstumamente con el estreno en Netflix de la película homónima, dirigida por Jane Campion, lo que ha propiciado el rescate de la obra por parte de las editoriales.

La mención a la homosexualidad de Savage no es gratuita ni responde a ninguna cuota que se puedan imaginar. Como sucede con tantos otros autores, sus obras se ven directamente inspiradas en su propia experiencia y de la misma forma que se negó a escribir ningún texto que se acercara mínimamente al terreno de la autobiografía, no tuvo pudor alguno en crear a personajes directamente inspirados en sí mismo o en algunos de sus seres más queridos (u odiados). De esta forma, su visión del oeste americano dista mucho del clásico territorio de vaqueros de nombres rimbombantes, habilidosos pistoleros, malvados bandoleros o conflictos con los nativos americanos para presentarnos una visión mucho más realista y disfuncional (valga la redundancia) de la historia. Algo que ha acabado por ofender a los hombres muy hombres con la mencionada adaptación de Campion.

El poder del perro es, ciertamente, una novela sobre el Oeste que se aleja voluntariamente de lo que podríamos entender por canónico dentro de ese género. Los coches comienzan a dejar huella en los caminos y carreteras, y los habitantes de los pueblos más aislados empiezan a posar sus miradas en los catálogos y revistas que les hablan de los lujos y caprichos de quienes viven en las grandes ciudades. Usaré aquí con cautela el adjetivo crepuscular para decir que sí, que también podemos ver en sus páginas los signos del cambio de época y de costumbres (algo que vivió el propio Savage), así como también descubrimos la transformación de unos flujos migratorios que abandonan a su propia suerte a pequeños poblados que, sin saberlo, ya están muertos. Por supuesto que hay putas, vaqueros, bares con sus correspondientes peleas y no faltan los clásicos borrachos que animan o aburren al personal con sus discursos, pero todo está visto desde la profundidad psicológica que Savage imprime en sus personajes. Aquí el vaquero ha estudiado en la universidad y tiene ciertos asuntos reprimidos que le llevarán a comportarse como un sádico en determinados momentos, y el alegre y verborreico borracho pensará que la mejor solución para su visible patetismo es la soga o cualquier otro método que libere a su familia de la vergüenza que sufren con su mera existencia.

Llegado a este punto, no sorprenderé a nadie si digo que todo es sombrío, amenazante o doloroso en las páginas de esta novela. Abunda la soledad en el interior de unos personajes que lidian, como tuvo que hacer su autor, con crecientes conflictos internos que amenazan con consumirlos en cualquier momento. Algo visible en los hermanos Phil y George Burbank a través de su difícil relación; en Rose y las dificultades de una viuda por salir adelante en tan agreste paraje; y en su hijo Peter, el marica de Peter, foco de burlas y críticas por mostrarse tal como es al resto del mundo. Porque en el Viejo Oeste solo hay sitio para el macho, y la única salida para un homosexual es la de reprimir sus deseos y ahogarlos bajo capas y capas de ¿fingida? homofobia, resentimiento y obsesiones que distraigan a una mente castigada.

En el caso de Phil, su obsesión será la de vincularse desesperadamente a alguien, sea su apático hermano George o su admirado e idealizado Bronco Henry. E incluso lo intentará con el débil de Peter, ya que la inesperada boda de George y Rose no harán más que alimentar los celos de un personaje que, a modo de venganza, se acercará más al hijo de la viuda para golpear donde más duele, empujándola a los brazos del alcohol y disponiendo así sobre el tablero todos los elementos de una tragedia cuyo desenlace es, sencillamente, demoledor. Que el relato llegue hasta nosotros desde la perspectiva de un narrador omnisciente nos permitirá zambullirnos en cada una de sus personalidades y entender unos motivos que nos ayudarán a profundizar en lo que dicen y, sobre todo, en lo que callan.

En este sentido, llama la atención que el propio Savage afirmara en su día que él solo escribía para personas con un alto nivel de educación y que solo aquellas con una alta sensibilidad podrían disfrutar de la lectura de esta obra. Se tratara de un arrebato del ego o de una confesión sincera, no puedo estar más en desacuerdo. Su forma de narrar es amable y nos permite disfrutar tanto de las descripciones de las acciones y pensamientos de los personajes como de los escenarios que habitan (unos paisajes con una relevancia capital en la novela). Además, Savage dosifica con muy buen tino la información del relato con el fin de prepararnos para lo que irá llegando más adelante. En este sentido, demuestra un alto dominio de ese plantar y recoger narrativo, algo que apreciará especialmente quien relea la obra o que, como servidor, haya disfrutado antes de la película. 

Resulta revelador que Thomas Savage ambientara la mayor parte de su producción literaria en una realidad que abandonó a los veintidós años para volver en contadas ocasiones. Se diría que su imaginación se quedó anclada en aquella época en que tuvo que ocultar su condición para salir adelante, y que las personas que le rodearon entonces no dejaron de perseguirlo hasta acabar materializadas en personajes de muchas de sus obras.

A fin de cuentas, el propio Savage confesó que el agresivo Phil no dejaba de ser un trasunto de su tío; que George y Rose eran versiones de su madre, Bet, y de su padrastro, Charlie; y que Peter, como no podía ser de otra forma, era una versión de sí mismo. Supongo que cuando la represión ha estado presente en tu día a día durante muchos años, el ejercicio de la escritura y su papel catártico cobran más sentido que nunca. De ahí que el Oeste de Savage no nos hable de fuerza y nobleza sino de debilidad y vergüenza. De lo que se come se cría.

el poder del perro


El Gato y la Caja | Introspección

El Gato y la caja

Con la ciencia no alcanza

Empezamos El Gato y la caja como una forma de compartir ciencia para tantas personas como fuera posible. Porque sin compartirla, sin construir un sentido común, sin repartir lo sensible, sin consensuar el mundo, hacer ciencia es ser Cassandra, la pitonisa de Troya: portar la maldición de ver el futuro y no poder hacer nada porque nadie te cree.

No importa lo bien que funcione una vacuna, si no logras construir ese sentido de seguridad en otra persona, van a sobrar vacunas, pero van a faltar brazos. No importa cuán seguro estés de la necesidad de bajar las emisiones de dióxido de carbono o del futuro preocupante que nos espera si no cambiamos nuestra matriz energética, si el resto de las personas no comparte esa visión, nada va a mejorar. 

Esa necesidad de entender el mundo como es pero también de transformarlo en lo que puede ser constituye el espíritu de Gato. Resumido: sin la ciencia no se puede, pero con ciencia sola no alcanza. Por eso buscamos formas originales y potentes de contar historias y construir experiencias, usando todas las herramientas que el mundo digital generosamente nos provee. 

Por ejemplo, desarrollamos experimentos y experiencias digitales con cientos de miles de participantes que desean activamente hacer ciencia y con quienes siempre, siempre, compartimos los resultados de las investigaciones. Porque con el paper no alcanza, pero sin el paper no se puede. Entonces creamos experiencias interactivas para que quien participó pueda no solo conocer los resultados, sino además apropiárselos, inscribirlos en una narrativa sobre sí mismo, sobre las demás personas y el mundo en donde vive. 

Sin internet no se puede

También hacemos libros que reclutan decenas de especialistas de las ciencias, la salud, la antropología y la comunicación. Los libros son viajes más profundos e introspectivos.  Los entendemos y los pensamos como objetos de diseño, experiencias que exceden su contenido. Oportunidades para reflexionar y aprovechar esa escena de lectura propia que tiene el dispositivo libro y cuesta mucho encontrar en otro lado. Entonces hablamos de drogas, de posverdad, de la conciencia. Hablamos de ciencia ficción y de historia. De la vida y la muerte. De crisis climática.

Sin la información no se puede, por eso subimos todos nuestros libros completos a internet para que puedan ser leídos de forma gratuita. Pero sólo con la información no alcanza, así que también creamos campañas de comunicación amables —y un poco asertivas— para llegar a tomadores de decisiones, diputadas, diputados y senadores (pero también periodistas, influencers y otras personas motivadas). Esas campañas tienen objetivos claros. Por ejemplo, cambiar una ley de drogas absurda e injusta. Estas campañas son uno de los modos más genuinos a nuestro entender de habitar internet, porque se trata, en definitiva, de usar los métodos de  internet para transformar la realidad. En ese sentido, hemos hecho campañas de venta de libros en las que prometimos (y cumplimos) regalarle uno a un representante público por cada diez que vendíamos. Hicimos bombas de mails, bots de tuiter, trivias, juegos y visualizaciones de datos. Convertimos las campañas en experiencias accionables. Y de esa presión nacieron cientos de reuniones con representantes de la política y hasta proyectos de ley para incorporar algunos de estos contenidos en la educación formal.

Hacemos lo que sea que se nos ocurra hacer usando las herramientas de la internet para compartir un modo de ver y pensar basado en evidencias. Para que las ideas no se queden gritando que saben pero sin que nadie les crea o sin que nadie haga algo con ellas. A veces es hacer un buscaminas para mostrar la poca cantidad de espacios verdes que hay en nuestras ciudades, otras es armar un panel de decisión para maximizar la inversión del Estado en una matriz de desarrollo productivo sustentable usando ciencia de datos o un algoritmo capaz de predecir tus actos futuros mejor que vos mismo para mostrar cómo funciona la conciencia. Es que describir lo que hacemos a través de ejemplos puede ser un recurso poco elegante, pero es el más apropiado. 

Enunciar, diseñar y habitar

Nada bajó los costos de llegar a millones de personas como lo hizo internet. Nada nos dió más herramientas. Y ahora el límite es nuestra propia imaginación y la capacidad de contar historias que conmuevan y movilicen. La pregunta que debería surgir en este momento es: ¿movilizar a quién? Procuramos nunca perder de vista eso, porque Gato es sobre todas las cosas una comunidad de personas que comparten la visión, que leen, escuchan, comentan, diseñan  y construyen junto a nosotros. Porque sin imaginación no se puede, pero sólo con la imaginación no alcanza. Siempre hace falta una aldea. 

Eso es Gato: nuestra iniciativa de llevar más ciencia y más diseño a más lugares y más personas con el objetivo de compartir el mundo como es, pero también de salir a construirlo como queremos que sea. Es la voluntad de romper la maldición de Cassandra. Porque saber no es suficiente para transformar, y necesitamos más que nunca transformar. Con ciencia, con diseño, con información, con internet, con la comunidad. Imaginar, diseñar, construir y habitar el mundo que queremos, porque con enunciarlo no alcanza.

El Gato y la caja

En Jot Down, a través de nuestra distribuidora Soidem, vamos a imprimir y distribuir los libros de El gato y la caja. Ya está disponible en la web y en librerías Sobre drogas, un proyecto sobre ciencia, política y la relación entre las sustancias psicoactivas y nosotros, las personas, que tiene por objetivo desnaturalizar prejuicios, cuestionar costumbres y generar espacios de discusión sobre la manera en la cual desarrollamos las políticas públicas de drogas.

Sobre drogas busca revertir la profunda disonancia que existe entre el enfoque actual basado en la prohibición (con participación mayoritaria de los organismos de seguridad) y el enfoque propuesto por los expertos y apoyado en la evidencia científica, que entiende que el “problema de las drogas” debe ser abordado desde la Salud Pública y contemplar los Derechos Humanos en la solución. Junto con el apoyo y la participación de decenas de especialistas en diversas áreas creamos ‘Un libro sobre drogas’, la primera materialización de esta iniciativa. Toda la información contenida en el libro la encontrarás en forma gratuita en esta web y se encuentra bajo licencia Creative Commons para facilitar que llegue a todos lados.


Roger Domingo: «Los editores somos los primeros interesados en encontrar buenos libros, no salen solos»

Roger Domingo

Nos encontramos con Roger Domingo, editor de Deusto, Gestión 2000, Alienta y Libros para Dummies un día especialmente lluvioso en Madrid, en el edificio de la editorial Planeta. Su despacho tiene un gran ventanal desde el que, en un momento dado de la entrevista, nos señala un arco de san Martín que se ha formado en el cielo. Delatando por su forma de llamar al arcoíris, y tal vez sin advertirlo, sus raíces catalanoparlantes. Además de los detalles de su oficio, nos habla de esta nueva etapa en la que se ha embarcado como maestro de autores, para enseñarles a interesar al editor y llegar a ser publicados. La mesa de reuniones en la que hablamos está flanqueada por una estantería con los volúmenes que ha editado, con Thomas Piketty, el economista de la izquierda, y Ayn Rand, la virgen atea de la derecha puesta de moda por Donald Trump, en lo más alto. Contiguos y mostrando sus portadas, como si estuvieran a punto de entablar una discusión de ideas opuestas.

Cuántos manuscritos pasan por tu mesa a diario.

Uf, bastantes. De españoles unos diez o doce, depende del día, más los latinoamericanos. Y todo lo que viene de fuera. Ahora que se acerca la Feria de Londres más, porque todas las editoriales internacionales de no ficción te mandan su catálogo, lo que lo convierte en una auténtica locura.

Y cuánto tardas en decidir si merece la pena o no estudiarlos.

En realidad muy poco. La mayoría de autores, y este es uno de los problemas básicos, no saben cómo llamar la atención del editor. Yo trabajo básicamente aplicando dos filtros. El primero es responder a la pregunta de si en el caso hipotético de que el libro estuviera bien yo podría publicarlo. Aquí se caen la mitad, en aproximadamente un minuto y medio, porque llegan cosas como libros de cocina o de temas espirituales, que no son cosas que yo publique. En el segundo filtro, sobre las cosas que sí podrían encajar, ya cada maestrillo tiene su librillo. Yo me lo mando al Kindle para echarle un vistazo.

Fuiste director de marketing antes de director editorial. ¿Eso ha condicionado tu forma de trabajar, dando más importancia al libro como producto de mercado en lugar de como producto cultural?

A todos los editores, en el fondo, nos define esa palabra tan bonita en catalán, lletraferit, que no suena igual de bien en castellano, letraheridos, los que sienten una pasión extrema por la literatura. Yo siempre tuve claro que estudiaría letras, lo que hice en la Pompeu Fabra, soy también hijo de editor, y crecí rodeado de libros. Pero además hacer la parte de empresa y marketing te aporta una visión sobre lo que funciona y no funciona en el mercado, que te ayuda a elegir qué libros tienes que publicar y cuáles no. Es un poco lo ideal en cualquier editor. El que solo se base en su instinto, que es como funcionaban muchos antes, no todos, con una visión muy alejada del mercado, no funcionará tan bien como cuando eres capaz de sincretizar ambas cosas.

En esta categoría tuya de edición de bestseller, ¿es tan importante que la propuesta del autor sea buena como que sepa vender o sea famoso?

No siempre. Depende un poco del tema que aborde la obra, pero en general es imprescindible que el autor participe en la promoción, y que por tanto sea capaz de comunicar su obra. No necesariamente de venderla, más bien de hablar sobre ella. Lo que sí es determinante es que el autor tenga una comunidad previa de seguidores, una tribu que esté esperando su libro como agua de mayo, que apenas lo anuncie vayan a las librerías a comprarlo, lo lean rápido y lo recomienden a sus amigos y en sus redes sociales. Hacen de evangelizadores. Y esto tiene que ser así porque básicamente ya no hay tiempo de generar demanda. Cada semana salen tantas novedades que sin esa demanda previa el librero tendrá la sensación de que ese ejemplar no se vende. O, como se dice en el argot del gremio, que no rota. Si pone diez copias en su librería y a los dos días solo ha vendido una, tendrá la tentación de devolverlo. Si a la semana ha vendido solo dos, lo devuelve seguro, y ese libro no volverá nunca a entrar en la librería. Para la editorial es muy difícil conseguir que la gente vaya a comprar el libro en las primeras dos semanas, pero si las supera, ya puede entrar en juego con las presentaciones y trabajar la promo para conseguir que el libro siga vivo.

Y pasadas esas dos semanas, cuánto dura el volumen en las librerías.

Hay libros de llamarada que se venden solo durante el primer mes y medio, dos meses, y luego se olvidan. El resto, que son más, los de longue haleine, de largo aliento, duran cuatro, cinco, hasta seis meses. Depende mucho del título, el tema y el público al que vaya dirigido. Por lo general la mayoría están dos, tres meses en la mesa de las librerías. Aunque también depende del momento en que lo sacas, si lo haces en junio ya no estará en septiembre, cuando salen las novedades. Si lo publicas en abril, un buen mes por Sant Jordi, el día del Libro, lo arrastras hasta la Feria del Libro, y estará abril, mayo y todo junio.

Roger Domingo

Una de tus últimas ediciones en Deusto, la del libro de Cipri Quintas, salió con una máquina expendedora. Un vending de libros. ¿Este tipo de experimentos surgen de Planeta o son cosas del autor?

Este caso fue una idea del propio autor, que tiene una personalidad muy creativa e innovadora, y había transformado una máquina de vending de Coca-Cola en una expendedora de libros. Tiene un restaurante aquí en Madrid, Silk, en La Moraleja, al que va mucha gente, y que también es discoteca, por allí pueden pasar al día quinientas personas. Y él, que es muy maestro de ceremonias, muy buen anfitrión, saluda a todo el mundo, por lo que quería que nadie se fuera del local sin comprarle el libro. Pero claro, siempre pasa que te dicen que sí, lo voy a comprar, no te preocupes, iré a la librería, o cuando esté en el puente aéreo, o en el AVE, yo te lo compro. En cambio de esta forma los llevaba hasta la máquina y lo tenía hecho. Además, como era un libro solidario, que donaba parte de los ingresos, el autor había hecho un acuerdo con varios hospitales, para que en la sala de espera, junto a la máquina de café y la de las Coca-Colas estuviera también la de su libro.

Jorge Herralde, de Anagrama, repite a menudo que de cada diez títulos anuales que selecciona solo dos funcionarán realmente bien, pero que es casi imposible saber qué dos serán. ¿Esto también sucede en las colecciones de ensayo, como las que tú diriges?

Sí, claramente. Esto es algo que ocurre en todo mercado, y ocurre siempre. Lo decía también un CEO de Coca-Cola, ahora no recuerdo su nombre, me gasto cada año varios millones de euros en anuncios, pero nunca sé qué millón se va a la basura, porque va destinado a un grupo de gente que en realidad no bebe Coca-Cola, sino Pepsi. Pero ya no es ocho-dos, que eso es Pareto cien por cien, con su referencia al ochenta-veinte, ahora hay una serie de libros que se disparan y luego está lo que llamamos la clase media, que no son libros con los que necesariamente pierdes dinero, pero que te dan lo justito. De ahí la necesidad de publicar muchos libros, para que el poquito sumado de todos te permita seguir adelante.

Y qué hay de la mid list, esos libros con menos ventas que hacen la carrera de los autores pero que ya no interesan a editoriales grandes como Planeta. ¿Están condenados a limitarse a las editoriales independientes?

Para entender lo que pasa ahora con los libros de mid list hay que remitirse a la pandemia, al año 2020, porque supuso un antes y un después en el sector editorial. Hasta ese año muchos libros se estaban dejando de publicar porque ya no daban dinero. Te pongo un ejemplo, el típico libro publicado en Estados Unidos que en España puede tener unas ventas de dos mil, tres mil ejemplares, que para un ensayo es bastante, aún te salía a cuenta. Entre lo que pagabas de anticipo y traducción lo recuperabas, sin ganar mucho, pero lo recuperabas. Pero llegó un punto en que esas ventas fueron bajando, y cuando vendes solo dos mil ya te sale lo comido por lo servido, sobre todo si quieres hacer una buena traducción y una buena revisión, no solo ortotipográfica sino de estilo, con alguien que revise bien si el traductor ha entendido lo que ha querido decir el autor en cada momento.

Y qué pasó en 2020 para cambiar este panorama.

El 20 fue el año en que volvimos a los libros. Nos volvimos locos, recuperando ese afán y ese placer por la lectura de antes, estuvimos encerrados en casa y leímos todo lo que teníamos allí y para lo que no habíamos encontrado tiempo. No pudimos acudir a las librerías, y en el último trimestre nos lanzamos, las ventas del último trimestre del 20 fueron excepcionales. Como todo hábito, que no se crea de la noche a la mañana, ese hábito de lectura ha permanecido, y lo hemos alimentado. Durante todo 2021 las ventas han sido muy importantes, hemos vendido un 17 % más que en 2020, que fue un año tan bueno como el 2019, empataron en cifras. Contando que en el diecinueve no había ninguna crisis económica, ni restricción al comercio. Ahora está por ver cómo evoluciona la mid list, yo tengo la sensación de que está subiendo, estamos vendiendo más con títulos pensados para vender tres mil ejemplares a lo sumo. Básicamente ahora estamos en un momento de mercado parecido al de antes de la crisis. Ahora la cuestión es ver si será flor de un día, o si con la inflación y los problemas de transporte habrá una nueva contracción del consumo y el mercado editorial volverá a donde estábamos en el diecinueve.

¿A quién ha beneficiado más en la cadena de distribución este aumento de ventas, a las librerías o Amazon?

Lo que más ha crecido por supuesto ha sido Amazon y el e-commerce. Amazon era un actor importante, pero no el más importante, y ahora es uno de los más importantes.

¿Para Planeta también? Porque antes era en El Corte Inglés y Carrefour donde vendíais más.

Sí, porque nosotros representamos el 25 % del mercado editorial. Al tener una porción grande del mercado nos afectan los hábitos de compra. El cambio ha dado un cierto auge a las librerías que tenían comercio electrónico. Algunas lo han hecho muy bien, el gremio de libreros se han asociado en Todostuslibros.com, que sacaron durante la pandemia, y ha ido estupendamente. También este renacimiento del consumo ha hecho que los aficionados vuelvan a las librerías, y no dejan de nacer nuevas, como Byron en Barcelona, que son librerías bonitas y hechas con encanto. Con lo cual yo creo que el cambio ha favorecido a todos los actores, al e-commerce, a los lectores que tienen mayor disponibilidad, y a los libreros.

Roger Domingo

Pero dices que la venta online es fundamental. No sirve solo tener una librería física.

Ambos modelos funcionan, y no tienen que ser antagonistas. Yo, como consumidor y editor estoy encantado con Amazon, me gusta el one click, me gusta encontrar el libro en Instagram porque un amigo lo está leyendo y desde el sofá, o incluso desde un atasco poder comprar el libro y saber que al día siguiente va a estar. Esta es una forma de comprar para el libro del que no quieres olvidarte y lo quieres tener. Pero luego sigue existiendo la maravilla de ir a las librerías a tocar y descubrir libros. La venta por impulso, que es en la que sustenta el mundo editorial, es una venta que se produce en librerías. A los que nos gusta leer cuando vamos a la librería vamos pensando en comprar un libro. Yo tengo un cumpleaños este fin de semana, sé que en algún momento voy a pasar por la Casa del Libro, porque tengo que regalar algo a una amiga y le voy a comprar un libro. Sé, porque me ha pasado ya, que de camino a ese libro voy a tropezarme con dos o tres libros que me voy a acabar comprando. Una cubierta que me gusta, el libro de un amigo. Esta es la venta por impulso, que sobre todo sucede en las librerías.

Las librerías son más importantes que el algoritmo.

No tiene que haber esa especie de rivalidad, ser de libreros o de Amazon. Yo soy de los dos. Lo de Amazon y el algoritmo está muy bien, pero funciona solo cuando vas a tiro hecho. Cuando sabes que lo vas a comprar. Las librerías tienen su razón de ser, y hay que evitar que un solo actor, en este caso Amazon, fagocite todo el mercado. Es un poco lo que está ocurriendo en Estados Unidos, y de ahí todas las fusiones y demás.

Otra cosa que trajo 2020, con la digitalización acelerada, fue la distribución del tiempo de ocio entre libros y plataformas. ¿Esta competencia ocurre también en el libro de ensayo?

Claro sí, del mismo modo que hay gente que deja de leer la novela para ver la serie, porque lo puedes ver en pareja, y comentarlo, etc., en el ensayo exactamente lo mismo. A mi me gusta poner un ejemplo para explicarlo. Tú y yo somos de la misma quinta, en el 1986 no sé por dónde andabas, pero en mi pueblo la gente se volvió loca con el cometa Halley. Todo el mundo se lanzó a comprar telescopios, todo el mundo se echó al monte para verlo pasar. En el 86, si tenías algún interés por la astronomía, había pocas opciones. Yo vivía en un pueblo, así que todavía menos. O irme a la biblioteca, o a la librería para ver qué había. Y básicamente había libros. Podías preguntar a tu profesor, o a un conocido, pero si querías saber, los libros eran el recurso. Ahora, si sientes un repentino interés por la astronomía, tienes libros, pero también apps que apuntas al cielo y te salen las constelaciones, canales de YouTube que puedes ver cuando quieras, y programas de televisión enlatados que ni tienes que esperar a que emitan. Hay podcast, hay blogs, un montón de información. Esa competencia te acaba pasando factura.

¿Y se puede combatir esa competencia con libros?

Sí, porque nuestra oportunidad, o reto, es convertirnos en el último reducto de la verdad. El libro, durante quinientos años, ha sido el vehículo de transmisión de conocimiento por excelencia, el lugar al que ibas cuando querías saber algo. La gente iba a la biblioteca o a la librería, no a YouTube, y ha sido así hasta hace quince o veinte años. Eso se ha perdido, pero podemos mantener el libro como el mejor vehículo de transmisión de conocimiento, para contener el saber, la ciencia, y los contenidos sin imposturas extemporáneas, que le hacen un flaco favor al lector. A mi lo que me motiva a seguir publicando libros es que los editores mantengamos vivo ese refugio de la verdad. Hacerlo llegar al gran público además de curarlos, y que pueda decirse que todo lo que está en ese libro es cierto, con referencia a estudios serios y hechos con rigor, no con la típica muestra de quinientas personas en Twitter. Para que con independencia de la opinión del autor, que por supuesto también está presente, tú te puedas hacer una opinión formada sobre lo que ocurre.

Hablemos de tu entrada en Deusto. Encontraste un sello clásico que vendía muy poco y perdía dinero. ¿Cómo lo resucitaste?

Fue complicado porque Deusto era otra cosa, sobre todo un sello de libros jurídicos, y hacía muchas cosas para abogados y gestores. Los últimos años no había funcionado, pero tenía una gran tradición, comenzó en 1957, y mucho prestigio por haber traído a España muchos títulos de management y empresa que se habían convertido en clásicos. Yo lo cogí en 2008, en el inicio de la crisis, cuando había mucha gente con ganas de leer sobre ella, pero que solo encontraba volúmenes académicos, escritos por economistas y dirigidos a otros economistas, muy de nicho, pero no para el gran público. Se me ocurrió que podríamos satisfacer esa demanda. Especialmente porque en el período entre 2008 y 2010 surgieron tres tipos de público. Uno quería leer para saber exactamente qué ocurría, qué era la prima de riesgo, o si realmente necesitábamos que nos rescataran. El segundo quería formarse una opinión para tenerla en la cena del sábado con los amigos, personas que no tenían una ideología muy clara, y deseaban saber si la hostilidad era o no necesaria. Y luego el tercero, un público que utilizaba los libros como reclamo o fortaleza ideológica, quería leer autores liberales si era liberal, o socialdemócratas si eran socialdemócratas. Identificamos textos de economistas escritos no desde la academia, sino para el gran público, que permitían entender las noticias, y comenzamos a publicarlos. Ahí empezamos, con El estallido de la burbuja, de Robert J. Shiller, que explicaba el porqué de la crisis, y luego seguimos con una serie de autores como Daniel Lacalle, Juan Ramón Rallo, etcétera.

Da la sensación de que Deusto, además de libros técnicos, publica sobre temas muy actuales y controvertidos, como la transexualidad o el papel de las fuerzas armadas, que ocupan dos de vuestros últimos lanzamientos.

Todo lo publicado en los últimos doce, trece años, desde esa nueva vida de Deusto que te he señalado, han sido temas de actualidad, con una visión desde la economía, la sociología, la política… Ahora coincide que hemos publicado dos sobre el debate de la teoría queer y el tema trans porque está en el debate público. El último libro que comentas, Nadie nace en un cuerpo equivocado, lo han escrito dos autores de izquierdas, próximos al PSOE, y enfrentados por tanto con el nuevo feminismo que representaría Podemos. Comparten los postulados feministas de izquierdas, pero no están de acuerdo con la Ley Trans de Irene Montero porque les parece equivocada o exagerada en algunos puntos, y los defienden desde posiciones socialdemócratas. Como la Ley Trans va a tramitarse a lo largo de este año, y se votará, tal vez, en septiembre, es un tema que está en el día a día del debate.

En el debate de las dos izquierdas, en este caso.

Es que si tú quieres entender de qué va el debate sobre la Ley Trans tienes varias opciones, según cuál sea tu manera de pensar y tus prácticas habituales, con miles de canales en YouTube que hablan sobre ese tema. Frente a eso la labor del editor es proporcionar un texto escrito por dos académicos, doctores en psicología, que te expliquen desde la ciencia qué es lo que está ocurriendo. Es una herramienta, el libro, para poder entender de qué va el debate, cuál es la problemática, y qué posibles soluciones hay. Básicamente es lo que intentamos en Deusto, libros que te permitan entender el mundo y la sociedad de un modo sosegado, huyendo de lo que es habitual en los debates en redes y en otros foros donde la gente sale a esgrimir eslóganes pero donde cuesta profundizar en las cuestiones.

Roger Domingo

¿No tendéis a publicar más títulos liberales o conservadores porque eso conectará mejor con ese público formado por empresarios que viene a Deusto buscando libros técnicos?

Publicamos muchos temas de empresa, pero los empresarios no necesariamente son de derechas o liberales, hay muchos que sí, pero también hay un montón que son de izquierdas. No creo que el tipo de público nos determine. Su característica es más de grupo urbano, que lee El País, El Mundo, El Confidencial, y en lo económico que lee Expansión. Gente que quiere estar informada y va a los libros para aprender sobre otros temas. Hay de todo, no hay un perfil muy concreto ideológicamente. De hecho en las presentaciones de autores liberales, el público es evidentemente muy liberal, y en las de autores de izquierdas el público es de izquierdas. El libro de Piketty, por ejemplo, lo presentó la vicepresidenta Yolanda Díaz.

Lo que sí es cierto que a la gente le choca porque está acostumbrada a que todos los medios, y también muchas editoriales, tengan un perfil ideológico muy marcado. Sobre todo las editoriales independientes de izquierdas tienen un perfil ideológico muy marcado, aunque también las hay de derechas. Lo interesante es salir de esta dicotomía, que no aporta nada. Si solo publicas a un tipo de público es como si el otro no te interesara, pero hay propuestas interesantes a derecha e izquierda. Lo importante es que el lector discrimine en lo que está de acuerdo o en desacuerdo, si un autor se equivoca o no se equivoca.

Por tanto, no tienes en cuenta la ideología del autor cuando te llega una propuesta.

No se trata de la ideología del autor, cada uno tendrá la suya, todas me parecen bien, lo que me importa como editor es que al autor se le pueda tratar, que no sea un gilipollas engreído ni que tenga un ego desmedido, de esos que consideran que te dan su libro y ahí te lo comas, y que además tenga un libro que merezca la pena leer, independientemente del credo ideológico al que corresponda. Yo lo que intento es que Deusto no sea una editorial ni liberal, ni socialdemócrata, ni de derechas, ni de izquierdas, sino que abarque todo lo que merezca la pena publicar. Por ejemplo, en economía somos la editorial líder, y publicamos a todos los economistas tanto españoles como extranjeros. Somos la editorial con más premios Nobel de economía. Publicamos desde Thomas Piketty, economista de izquierdas por excelencia, a Thomas Sowell, que es el economista liberal. Lo mismo en España, a Lacalle o Juan Rallo que son liberales, o a Juan Torres López, que es de izquierdas y que ayudó, con Vicenç Navarro, a escribir el programa económico de Podemos.

¿Y tienes plena libertad para mantener esa independencia?

A veces es complicado. Hay gente que se queja, diciendo que Deusto debería publicar solo autores de izquierdas, o solo de derechas. Los autores de derechas me dicen a veces cómo se te ocurre publicar a Piketty. Macho, es que merece la pena leerlo, y da igual si eres liberal o conservador, hay que leerlo, sobre todo si eres economista. Hay gente que coge las editoriales como los equipos de fútbol, soy del Barça o del Madrid, esto no es un partido de fútbol, se trata de publicar ideas, y hay ideas tan buenas en el liberalismo como en la socialdemocracia. Es muy complicado, pero yo intento siempre huir de eso.

De lo que te será más difícil huir es de la actual cultura de la cancelación. ¿También generan polémicas los libros de Deusto?

Tenemos polémicas cada día. Con los libros que citabas sobre el fenómeno trans nos han atacado de arriba a abajo, han intentando cancelar ambos libros, hay librerías que no quieren tenerlos, porque consideran que atentan contra la dignidad de los transexuales, lo cual es una gilipollez, pero bueno. Estas cancelaciones un poco baratas la mayoría de veces se hacen sin haber leído el libro. Publiqué este de Nadie nace en un cuerpo equivocado, y del de Abigail Shrider, Un daño irreparable, que se intentó cancelar en EE. UU. y luego aquí en España, pero como digo, sin leer el libro. Pero alma de cántaro, espera a leerlo y verás que no tiene nada de lo que estás diciendo. Recientemente nos ha pasado también con los libros sobre el procés, hay librerías en Cataluña que no quieren títulos que vayan contra él, y hemos publicado muchos títulos en contra porque era lo que estaba en el debate hace cuatro años. Teníamos gente allí que se quejaba, o librerías que no querían el libro. Si la librería quiere hacer política estupendo, pero sería más lógico que montase un partido en vez de vender libros, pero cada uno gestiona su negocio como quiere.

Estas cosas no afectan a tu criterio editorial.

No, siempre son estériles y no llevan a nada, y menos aún a determinar lo seleccionado para ser publicado. A nosotros de hecho nos convienen. En el caso del último libro sobre lo trans, Nadie nace en un cuerpo equivocado, intentaron cancelarlo un mes y medio antes de que saliera. El libro no existía como tal, todavía no había llegado a imprenta, pero montaron tal escándalo, que en lugar de tirar los tres mil que teníamos previstos tiramos seis mil.

Una buena polémica siempre ayuda a las ventas.

Hombre claro, me vas a hacer la campaña. De repente todo el mundo en este barrio concreto de Twitter sabía que el libro se iba a publicar, y noventa días antes comenzaron los tuits de apoyo y los de crítica, funcionaron como una campaña, logrando que en Amazon, donde estaba en preventa, subiera al número tres y luego al dos. Aunque tú como editor no lo fomentes y guardes silencio, te conviene. Esto es una máxima del mundo editorial, es como el libro de Dan Brown, El código Da Vinci, como el Vaticano se quejó le pusieron enseguida una faja «el libro que el Vaticano no quiere que leas». Se trata de eso, show business.

Diriges otros tres sellos editoriales, Gestión 2000 y Alienta, algunos parecidos a las colecciones Deusto, y luego los libros para Dummies. De qué depende que una propuesta acabe en una colección u otra.

De la temática y del público al que se dirige. En Alienta publicamos básicamente solo libros de bienestar y salud, que no encajarían en Deusto, y libros de empresa más del soft business, centrados en habilidades directivas como aprender a hablar en público, o a negociar, o superación personal y autoayuda. En Gestión 2000 libros técnicos de empresa, cómo hacer un plan de marketing, gestionar el liderazgo, todo lo relacionado con la empresa.

Y los Libros para Dummies, ¿cómo funcionan? ¿Tienes que salir a buscar autores o te llegan propuestas?

Me llegan muchísimas propuestas. Esta es una franquicia de Wiley & Sons, que habilita a editoriales, en cada país a una, Edi8 en Francia, Porto en Portugal, Mondadori en Italia, hay unos treinta y cinco a cuarenta países. El acuerdo es que tienes que publicar una serie de libros originales, ser los primeros en publicar sobre tecnologías nuevas, y a autores nacionales. Es una colección con mucha mancha, sus libros amarillos son muy visibles al entrar en una librería. Lo que pasa es que las propuestas que recibimos en este caso sí que es difícil poder llevarlas a la práctica, porque los dummies tienen un estilo, una serie de directrices pedagógicas muy concretas que impiden coger un libro y convertirlo en dummies. No es solo cambiar las cubiertas, su método pedagógico consiste en que aunque no tengas ni idea de este tema te cojamos de la mano y en trescientas páginas no es que te conviertas en un experto, pero sabrás todo lo que tienes que saber.

Es un método similar al empleado cuando aprendes idiomas, vas repitiendo conceptos y luego ampliando, ampliando, hasta comprenderlo en su totalidad. Es como imposible, lo hemos hecho alguna vez pero no funciona, coger un texto escrito para ensayo y convertirlo en para dummies. Hay que volver a escribirlo y no tiene sentido. Por eso los libros que nos llegan no suelen funcionar. Buscamos nosotros al autor que mejor puede escribir sobre un tema y le ayudamos desde el principio, cómo tienen que ser los capítulos, cómo se debe distribuir la información en pequeños trozos, con muchos bullet points, ejercicios, etc.

Roger Domingo

Antes nos hablabas de la importancia de tratar temas de actualidad. ¿Ya te están llegando propuestas sobre la guerra de Ucrania?

Sí, claro, ahora estamos trabajando con un libro, a ver si podemos sacarlo pronto, que trata las causas de la guerra. Pero en esto dentro del mundo editorial hay que ir con mucho cuidado porque es muy fácil pillarse los dedos. Una editorial no es ni un periódico ni una revista, lo que hoy veinte de marzo seguramente no tenga nada que ver con lo que hablaremos el veinte de abril. Un periódico puede encargar un reportaje y publicarlo el domingo que viene, una revista mensual, aunque vaya más tarde, sacarlo cuando aún se está hablando de ello. Cuando una editorial quiere hacer actualidad lo más probable es que acabe mal. Porque nosotros por rápido que vayamos necesitamos un par o tres de meses, hay que escribir el libro, no es moco de pavo sobre todo si tiene que ser bueno, hay que corregirlo bien, maquetarlo, imprimirlo y distribuirlo. Nosotros mandamos a los puntos de venta quince días antes, como al Corte Inglés, va al departamento central y ellos redistribuyen. Un par de meses no te los quita nadie en el mejor de los casos. Corres el riesgo de invertir mucho dinero o tiempo en contratar un libro que para cuando se haya publicado el foco sea otro.

Pero sí que estáis pegados al debate público, vuelvo a la Ley Trans que citábamos antes como ejemplo. Supongo que buscas un equilibrio.

Sí, y a veces funciona. En mayo de 2015, cuando Podemos sacó cuatro eurodiputados, el 30 de mayo, había mucha gente en España que no sabía quiénes eran, incluso ministros que iban por los pasillos de Génova preguntando esta gente quiénes son. No había trascendido todavía, pero ya había una demanda de mercado para saber quién es Podemos, de dónde sale, quiénes son sus líderes. Nos pusimos a trabajar el treinta de mayo, publicamos el 30 de junio yendo muy, muy rápido, y se vendió bien, diez mil ejemplares en aquel verano. Pero si en vez del 30 de junio hubiera salido el 30 de septiembre ya habría habido miles de artículos, crónicas, reportajes, ya no hubiera tenido mucho sentido sacarlo. En el mundo editorial tienes que ir con mucho cuidado, ahora estaba leyendo un libro que todavía habla de Pablo Casado, y va a imprenta mañana, pues he llamado a ver si lo podemos cambiar porque ha quedado obsoleto. Esto te ocurre todo el rato.

Llevamos tres crisis importantes, la de 2008, el coronavirus y Rusia en apenas veintidós años del siglo XXI. ¿Una época tan cambiante aumenta la demanda de libros de ensayo como los que tú publicas?

De hecho el ensayo no ha dejado de crecer en los últimos años, es de los géneros literarios que más crecen, y eso obedece a dos cuestiones. La primera, que hay una demanda de información, de saber qué está pasando, pero sobre todo la segunda, una demanda de información fidedigna, que es el gran reto de los editores. Hoy día tienes una pléyade de fuentes de información inabarcables. Sobre la guerra de Ucrania puedes ir a todo tipo de información y conocer todo tipo de opiniones. La cuestión es cuál es cierta y está curada, cuál no, cuál es directamente es fake news, como RT (Russia Today), o el resto de la propaganda prorrusa. Al ciudadano de a pie le cuesta mucho discriminar.

Los últimos años está ocurriendo también en España. Los grandes medios de comunicación están extremadamente politizados, fruto de la extrema politización de la sociedad. Se ve en TVE, donde a menudo meten mucha mano a los gráficos. Y no debería ser así porque es una televisión pública. Pero lo ves también en el resto de televisiones, cada uno obedece a su amo, y las tergiversaciones, por decirlo suavemente, son flagrantes. Si hasta el CIS de Tezanos, que es una institución pública mete mano, y se ha convertido en un chiste, qué no van a hacer los medios privados que obedecen a los intereses de sus accionistas.

El panorama es por tanto el de una fragmentación de la verdad. Y en ese panorama el gran reto de los editores, igual que hace diez años era la digitalización, ahora es convertirnos en paladines de lo fidedigno. Si hacemos las mismas trampas que a veces hacen los medios de comunicación perderemos todo el respeto. Pero si los editores somos capaces de permanecer como garantes de la verdad tenemos ganado el futuro.

Esta polarización de la que hablas no se ha contagiado también, en general, al sector editorial, que por cierto también responde a intereses de accionistas cuando hablamos de grandes grupos.

Yo diría que va por barrios. Hay editoriales, como te decía antes, que son netamente partidistas, y evidentemente de una de estas no puedes esperar nada que sea objetivo. Ahora ha nacido editorial Navona, y está detrás Jaume Roures, que tiene una agenda, y cuál va a ser el primer libro importante, pues el de Pablo Iglesias que se publica en tres semanas. Yo no sé qué va a pasar con Navona, pero si se convierte en una editorial que solo publica este tipo de autores, pues obligará al lector a ir con cuidado, porque ahí te van a explicar algo como ellos ven o quieren que tú veas. Me parece una opción legítima, evidentemente, tiene además su público, y aparte cuanto más pluralidad haya, mejor. De ahí la necesidad de ser transversal. Aquí publicamos de todo, autores de derechas e izquierdas, porque es gracias a esa transversalidad que le decimos al lector que no le vamos a vender nada, sino solo aquello que es mejor en cada caso.

Ahora tienes otra faceta como editor, la de formador de autores. Y has creado un curso para enseñarles.

El método MAPEA es básicamente un curso para aprender a escribir un buen libro y a conseguir publicarlo con una editorial. Hay ocho módulos, cuatro hacen referencia a cómo escribirlo, y cuatro a cómo publicarlo. Esto nace de mi experiencia personal, te lo he comentado al principio. Por un lado percibo que todo el mundo quiere escribir un libro en algún momento, ya lo ha hecho, o lo hará en el futuro. En mi vida diaria tengo, por un lado, todos los manuscritos que me llegan, de gente que coge mi email de la página web y me lo manda, y luego los amigos de amigos de amigos de amigos. Gente que te coge y te pregunta oye, quiero escribir un libro, a qué editorial lo mando, cómo lo hago. Mi vida era básicamente dar explicaciones sobre algo que yo veo muy claro pero que la gente no sabe.

¿Cuáles son esas cosas que un autor generalmente no sabe?

No sabe cómo tiene que estructurar una obra, no sabe qué géneros literarios hay, no sabe que el mercado se diferencia por géneros y que luego en las librerías un libro no es una novela, sino una novela romántica, o erótica, o histórica. Tiene que llevar un apellido. Tampoco saben que hay editoriales generalistas que publicitan todos los géneros y especializadas. No saben que cuando mandas un escrito a un editor, el editor no va a dejarlo todo y va a leerlo. Tienes que seducirlo, convencerlo de la necesidad de leerlo, esto se hace con la presentación y con un briefing literario.

Durante todos estos años me he encontrado con gente muy buena pero que no iban a publicar jamás porque no sabían cómo hacerlo. Lo típico, imagínate que tú quieres publicar un libro y me mandas un email con el manuscrito. Es lo normal, eres autor y piensas yo acabo mi manuscrito y lo mando, toma, ahí te va. Y qué ocurre. Pues que es como si me estuvieras tirando una pedrada, un melón. Porque no me dices si es una novela o un ensayo, ni quién eres, si es un libro de política, una novela histórica, de cocina, no sé, o va de flower power. Me estás pidiendo que lo deje todo y haga el esfuerzo de empezar a leer tu propuesta. Que es como ponerle una calavera encima, hacer que vaya directo a la basura, en cualquier editor de cualquier editorial del mundo. Así es imposible evaluarlo.

Y esto ocurre, según dices, en la mayoría de los autores.

Así es, los autores en general no saben cómo hacer una propuesta a los editores. Y es normal. Si yo quisiera publicar un disco, que no tengo ni pajolera idea del mundo de la industria musical, posiblemente haría lo mismo, mandaría a Sony una canción, y posiblemente lo haría mal. Hay que abordar una serie de cuestiones básicas, como no mandar la propuesta a todos los editores, eso no tiene ningún sentido. Hay mil en España, pues no la mandes a los mil, esto es como buscar trabajo, tienes que ver dónde encajas. Después de tantos años sigo dándome cuenta de que los autores van muy perdidos y no saben cómo hacerlo. A veces con pena, porque he leído novelas de amigos de amigos que tenían un novelón, pero que no saben cómo hacer, y no lo consiguen. Muchas veces quedan sin publicar porque no han tocado donde deberían.

También hay muchos escritores con la sensación de que el mundo editorial es inaccesible.

La mayoría de la gente topa con el mundo de la editorial como si fuera un muro inabarcable y acaba autopublicando. Pero ese muro no es tal. Los editores somos los primeros interesados en encontrar buenos libros, no salen solos. Yo mismo tengo que publicar cien libros al año. Voy con un cohete en el culo para encontrarlos. Todos los editores estamos siempre pensando en qué vamos a publicar, buscando autores, procurando que no se nos pase nada porque si no lo publicamos nosotros lo hará la competencia. Somos gente estresada que estamos siempre buscando savia nueva. Ese muro no existe, tienes que saber cómo franquearlo. Al darme cuenta de eso pensé voy a crear un programa online para que cualquier persona que tenga la voluntad de escribir un libro y el ansia de publicarlo con una editorial tradicional sepa cómo hacerlo.

Y el curso, exactamente, cómo se desarrolla.

Una vez que te apuntas tienes que seguir ocho módulos, uno por semana, y luego tienes un año para trabajar. Ahora en abril empieza MAPEA 7, llevamos siete ediciones. Bueno, en realidad será de 1 de mayo de 2022 al 1 de mayo de 2023. Durante este año tú puedes ver todos los vídeos, consultarme todo lo que te haga falta, y en ese curso tienes todo lo que necesites. Toda la parte teórica, si es una novela cómo definir a los personajes para que tengan el carácter que tengan que tener, el protagonista, el antagonista, cómo dividir la temática principal y subtemáticas, la trama principal y subtramas, cómo construir los diálogos, todo lo que hay que saber del corpus teórico. En el caso del ensayo lo mismo. Una novela no lleva prólogo, el ensayo lleva sobre todo introducción que es la parte más importante, si no haces una buena la gente no sigue, es como el libro tráiler de la obra. Todo ese tipo de cosas.

Roger Domingo

Esa es la parte de técnica de escritura, ¿y la de dirigirse al editor?

Para eso tienes una carta de presentación y un modelo de briefing, para que sepas cómo hacerlo. Además te incluye el listado de las mil editoriales que hay en España actualizado con emails y todos los datos, de contacto y demás, que necesites. El alumno se apunta, va viendo los ocho módulos, y en cada uno me tiene que mandar una serie de ejercicios para que yo sepa si lo hace bien o no. El primero es tu género literario que, como te dije antes, mucha gente no tiene claro. Luego las tramas, las subtramas, una serie de ejercicios. Después me mandan la carta de presentación y el briefing, y de las mil referencias de editoriales, por temas, que tienen que escoger, aquellas a que van a mandar su propuesta. Para que yo les diga si han escogido bien o les reoriento hacia dónde tienen que dirigirse, o si tienen que añadir más. Así al menos tenemos la certeza de que tienes las mejores posibilidades.

Finalmente, la parte de la contratación, para que sepan negociar un buen contrato. Al fin y al cabo no se dedican a eso, así que me mandan su contrato, yo lo reviso y digo mira, aquí te están timando, aquí donde ponen cinco años intenta que sean siete, o donde pone el ocho por ciento intenta que sea el diez, o haz un escalado etc. Para que firmen el mejor contrato, que puedan hacerlo sin miedo a que puedan tener algún problema en el futuro.

O sea, que es como un máster.

Es un máster, y es caro, son dos mil euros con los que tienes todo. Funciona muy bien, empezó hace dos años, hay cien autores ya que han publicado, y cada semana hay nuevos publicando, que o consiguen algo (deja de hablar para enseñarme el teléfono móvil). Mira, esto es de hoy, a las 13:37, me manda esta foto esta señora que es alumna, que ha ido a La Esfera de los libros a firmar el contrato.

¿Su primer libro?

Sí.

Y es una señora de edad.

Sí, es mayor.

Luego no importa ni eso, ni que seas novel, ni desconocido.

No, y ella además tenía una novela fantástica. Que en eso consiste, básicamente.

Cuántos alumnos tienes en cada edición.

Unos doscientos.

¿Y puedes escoger de sus manuscritos para tus propios sellos?

No, esto es lo primero que les cuento, en la primera clase. Cuando todavía se pueden dar de baja y pedir un reembolso. Yo me voy a desvivir para que tú puedas publicar. Pero hay cuatro sellos donde tienes el no de entrada, mis cuatro sellos. Por una razón muy sencilla, porque si no habría gente que pagaría el curso simplemente como atajo. Hay mucha gente que tiene dos mil euros y los puede gastar en cualquier cosa, así que los coge para emplearlos en que este señor publique su libro. No es así, y para que no haya malos entendidos lo dejo claro desde el principio. Yo te ayudo en todo lo que puedo, en lo que esté en mi mano. Pero en mis sellos no. Cada año hay cuatro o cinco que se dan de baja cuando lo digo, cuando aún pueden recibir el reembolso, porque iban por ahí. Y es una lástima, porque hay algún libro que hubiera publicado encantado porque sé que lo hubiera vendido bien.

Te pagan por leer, es una frase tuya para definir tu oficio. Y en tu tiempo libre, cuando te pagan, ¿lees también?

Sí, leo mucho, pero novela histórica.

¿Algún autor?

Santiago Posteguillo, por supuesto. Ken Follet también, y cualquier saga. Me sirve para desintoxicarme, estoy todo el día leyendo ensayo, está muy bien, me encanta, pero como ocio, como entretenimiento, prefiero lo histórico.

¿No te has enganchado a alguna plataforma?

No. Cine veo poquísimo, y de series nada.

Qué ve Roger Domingo en el futuro de la edición.

Será un futuro halagüeño. Llevamos mucho tiempo pensando que a la edición le iba a pasar como a los periódicos, que desaparecería, que no tiene razón de ser. Yo creo que no, que si los editores lo hacemos bien, siempre habrá demanda de información de calidad, curada. Va a cambiar mucho, porque durante los últimos diez años la competencia ha sido brutal. Hace quince años no había Netflix, ni redes sociales, ni podcast por un tubo, sí había YouTube pero no lo de ahora. Tengo una hija de once años y su mundo es ese, ahí está toda la gente a la que sigue. Si en quince años ha habido tanta competencia imaginemos la que habrá en los próximos cincuenta. Pero yo soy optimista. Si los libros han durado, como decía Irene Vallejo en El infinito en un junco, que lo cuenta muy bien, si lo que conocemos como libro desde Gutenberg ha tenido la historia que ha tenido, es porque es el mejor artefacto para la transmisión del conocimiento jamás inventado. Y habrá mil ataques, mil productos sustitutorios, pero el libro nos ha acompañado durante quinientos años y yo creo que me moriré todavía con libros.

Con libros físicos, se entiende.

Bienvenidos son los ebooks, yo soy un gran partidario de ellos, y los audiolibros que ahora están llegando y permiten a la gente que lea libros mientras está cocinando o saliendo a correr, me parece fantástico. Pero el libro como artefacto físico y repositorio de conocimiento no va a desaparecer.

Roger Domingo


Maneras de construir el mundo en el ‘Teatro de variedades’ de Juan Bonilla

Teatro de variedades, de Juan Bonilla. Imagen Editorial Renacimiento.
Teatro de variedades, de Juan Bonilla. Imagen: Editorial Renacimiento.

Je me souviens, decía Georges Perec. Me acuerdo de que los ciclistas tenían una cámara de repuesto enrollada en ocho alrededor de los hombros. Me acuerdo de haber conseguido en el Parque de los Príncipes un autógrafo de Louison Bobet (Louison Bobet andaba en bici, pero como escritor hubiese sido un Tolstoi, para entendernos). Me acuerdo, se acuerda.

También se acuerda Juan Bonilla (Jérez, 1966) cuando reedita este Teatro de variedades (Editorial Renacimiento, 2022), tras muchos años en anaqueles de tomos extintos. No se pierdan, así para empezar, el delicioso prólogo de Bonilla explicando procesos, vicisitudes y las penalidades que hubo de sufrir quien viviera de los libros durante la década anterior, que fue jodida en lo económico y lo social (no como esta, que ha empezado fenomenalmente, como todos ustedes saben). Je me souviens, y a hacer literatura hablando de la literatura (o de las cosas que hay alrededor de la literatura, que muchas veces son más literatura que la literatura misma).

La elección por Perec no es gratuita (caprichosa sí, caprichosa siempre), sino que explica un hilo invisible, secreto, que une todos estos artículos, crónicas, críticas y opiniones. O al menos yo lo veo, vaya, que es tanto como decir que existe, porque no hago sino recrear el mundo que me rodea. Eso intenta Bonilla, y en tales empeños de otros (escritores, familiares de escritores, tipos que pasaban por allí delante de escritores, espacios inanimados cerca de escritores) se detiene demasiadas veces como para no pensar que, oye, igual está marcando una X tan gorda como la de aquella iglesia veneciana en el tercer Indy. Vamos, que se pone Bonilla en plan constructivismo a la Gadamer y se queda tan pancho, el tío, sonriendo y jugueteando con el lector.

Porque esa pulsión late en muchos de los artefactos del libro. Hablar sobre constructivistas desde el constructivismo. Contarte que la realidad no es solo lo que vemos, sino también, y quizá sobre todo, aquello que interpretamos ver. Y algunos autores lo entendieron, desde varios puntos de vista. Literatura como diálogo, como un sendero que se desbroza a medias entre quien escribe y quien lee, entre quien imagina y quien reordena lo imaginado por coordenadas familiares. No es casual, entonces, que (casi) empecemos hablando de Perec, y del Je me souviens (también de Sant´Elia, que estaba tan apegado a la realidad como para interpretarla de forma imposible), uno de los artefactos más provocadores en este sentido. Algo que, de tan vanguardista, incluso nos parece clásico, porque nada hay más clásico que ir incorporando capas al mundo, como hicieron «los homéridas» (también citados por Bonilla, miren ustedes, empieza a cuadrarnos todo).

Aparecen espacios que no son del todo (ese Montreaux), palabras que existen solo en ficciones y luego entran por los diccionarios del saber (nínfula, que acaricia fonemas de forma suave), incluso ciudades que solamente se pueden entender a partir de quien las habitó (el Praga de Kafka), aunque los mismos espacios de su obra no sean sino callejones oscuros que el lector debe amueblar. Hay, por último, retemblores de aquellas bohemia que se inventaba a sí misma, con tipos que eran antes de escribir (y, quizá, sobre todo sin escribir). El Ramón de las greguerías, que queda como juguete lingüístico y esconde otra forma de construcción a través de la metáfora visual. O Álvaro Retana, frívolo hoy casi olvidado que un día se autoproclamó «novelista más guapo del mundo» (título que asumo ahora alegremente, salvo opinión contraria, ejem). Hasta Chaves Nogales, reivindicado en los últimos tiempos (y con razón), pero a quien se aprecia en su justa medida, porque se le iba a la mano en lo interpretativo, y al final narraba en primera persona cosas que no pudo contemplar. Un poco como el Ismael de me llamó Ismael, que empieza con aire de objetivismo y va hundiéndose en el narrador omnisciente (en el narrador imposible, dada la estructura de esa novela) a medida que cualquier atisbo de serenidad mental salta por la borda del Pequod, con doblón de oro clavado en el mástil, cual centinela implacable de océanos por los que uno no navega sin pagar precio. 

A veces incluso nos ponemos juguetones, y se empieza un juego de cajas que esconden otras cajas, que envuelven un enigma donde habita cierto misterio. O, quizá, es solo la broma. Tocar a Nabokov, por ejemplo, que es uno de los grandes constructivistas de toda la literatura universal (no hagan caso al estilo deslumbrante, salten la linde hecha con orquídeas), y hacerlo a través de sus anécdotas personales, de su familia. Y, allí, contar la misma historia en dos piezas consecutivas. Pero contarla con matices distintos, con un detalle (un detalle trascendente, un detalle de los que rasgan novelas) que cambia de una a otra. Cuesta pensar que pueda ser error u omisión. Cuesta no ver a Bonilla sonriendo, jugueteando con la credulidad de quien lee (que es la credulidad más grande), poniendo carteles falsos entre los ciertos por todas esas carreteras secundarias que son las letras. 

Tenemos más cosas. A ratos. Descansitos, si quieren, por mucho que se pongan seriotes. La historia de Thyssen, que primero sí, luego no, luego quizá, y después lavarse manos, no vaya a ser que… Unabomber y su delirio de anarquismo ecológico y casi ludita, tan posmoderno, tan novela de Paul Auster. Paseos por capitales que se mueven entre la nostalgia y el deseo, entre lo que fuimos y lo que siempre quisimos ser. Ámsterdam, claro, pero también Copenhague, o esa Roma eterna que miramos con estruendo clásico, barroco o brutalista, depende de qué narrativa queramos desentrañar (y las ganas que tengamos de buscar espacios raros). Incluso incluye Bonilla casi en coda (porque los postres siempre deben ser dulces) la historia más divertida de todo el libro, la que nos habla de ese gran impostor que fue Kaiser, alguien capaz de jugar al fútbol profesional durante más de una década sin tener ni puta idea de patear un balón. Pero era majo, caía bien y se inventaba lesiones gravísimas (o agresiones bien honorables) para no verse en incómoda tesitura para mostrar su ineptitud. Un poco lo que hacemos todos en el día a día, supongo, porque lo del síndrome del impostor es solo reverbero luciente de una realidad incómoda. Arranca sonrisas la historia de Kaiser, porque es divertida, porque el pícaro siempre luce en frases. Arranca sonrisas, digo, pero también encaja perfectamente con el trasfondo de la obra. Piensen si no… ¿qué hay más constructivista que inventarse tu propia biografía para vivir del cuento?

Tenemos aquí también frases gruesas, frases de las de pensar mucho rato así, con las piernas cruzadas y deditos sobre el mentón. A veces las escribe Bonilla, otras corresponden a aquellos de quien se habla, incluso un puñado no sabemos a quién atribuírselas, porque parecen de Valéry, pero son de Teste, y las reproduce, traducidas, Juan. Ya ven, qué lio. Pero lo mollar no es eso, lo mollar no radica en el trampantojo de las fachadas, sino en la construcción de todo un pueblo. Uno lo suficientemente vacío como para que cada lector rellene con los hogares de su infancia y las tabernas de su adolescencia. Uno que, no pensemos lo contrario, sigue perteneciendo sólidamente al artista. Es ahí donde viven las crónicas.

Es ahí donde nos mudamos nosotros. 


Vernephilia (una transacción epistolar)

vernephilia

Cuesta diecisiete mil cincuenta libras esterlinas, unos veinte mil euros al cambio, pero no se deje asustar por el precio, escuche la historia de este libro. Es un ejemplar extremadamente raro de Veinte mil leguas de viaje submarino, publicado en 1873 por la editorial londinense Sampson, Low, Marston & Searle. La primera edición en inglés de este clásico que, de hecho, fue la versión utilizada para elaborar la tan exitosa edición norteamericana. Está ilustrado con ciento doce láminas en blanco y negro lo que no siempre es común pero los editores de la época lo habían enfocado, como es natural, a un público juvenil.

Esto explica también que la mayoría de estos ejemplares se hallen bastante mal conservados, pero no es el caso. Este ejemplar en octavo mantiene la sobreimpresión dorada en los bordes y el título, la portada es la original, de tela marrón con ilustraciones de medusas, cefalópodos y ballenas. Tiene un cierto desgaste en las juntas interiores y en la encuadernación pero, como decía antes, estos libros suelen llegar a nuestros días muy maltratados. La elegante caja, de cuero marroquí, es más moderna. Fuera de Canterbury encontrará ejemplares anteriores de Jules Verne, algunos en buen estado. Hay una librería en Salisbury que proclama tener uno de los tres primeros ejemplares en inglés de Cinco semanas en globo, de 1870 —los otros dos están en la Biblioteca Británica y en el Victoria & Albert Museum—. Es un ejemplar valioso, sin duda, y su precio no es exorbitante, pero no puede compararse a este. De coleccionista a coleccionista; esta edición es canónica.

Re: Consulta sobre un Verne

¿Conoce los maravillosos desnudos que pintó Amadeo Modigliani? Fueron totalmente idea de su marchante, de hecho, el pintor se resistía a hacerlos. Lo sé, es increíble. Había demanda para esos desnudos en el París de la época y bueno, un artista tiene que comer, pagar las facturas, ya sabe. Y lo de Jules Verne, mundialmente reconocido precursor decimonónico de la ciencia ficción, no fue más que otra estrategia editorial que funcionó. No se confunda. Lo sé, es triste ver el mundo de esta manera, pero alguien tiene que quitarle la venda de los ojos.

Aunque los datos históricos al respecto son escasos, una ardua investigación llevada a cabo hace apenas una década por el señor Norman M. Wolcott, miembro de la North American Jules Verne Society, revela que, en 1865, el capellán Lewis Mercier se vio frente a una sorprendente deuda de doscientas cincuenta libras, para cuyo pago accedió a un préstamo de lord Leigh de Stoneleigh, el terrateniente más rico de Inglaterra, a pagar semestralmente con un 12% de interés (quince libras) durante cuatro años.

Además de capellán del Hospital Foundling para niños desamparados —demolido circa 1926 cerca de lo que hoy es Brunswick Square, en Londres, para construir un mercado de pescado que nunca llegó a erigirse—, Mercier era un notable académico religioso y padre de nueve hijos. El hospital era, por entonces, la institución caritativa más importante del país. En aquella misma capilla que Mercier regentaba, Georg Friedrich Händel había acudido anualmente, décadas atrás y mientras le quedaron fuerzas, para dirigir su Messiah

Mercier había persuadido a lord Stoneleigh con que pronto sería ascendido de su capellanía, lo que le permitiría hacer frente más cómodamente al pago del préstamo y los intereses. Sin embargo, esto nunca sucedió. 

En mayo de 1869 declaró a su deudor su incapacidad para asumir la deuda. Además, Mercier sufriría una crisis nerviosa que le llevó a pasar largos periodos de convalecencia en la isla de Wight, donde su abogado le había conseguido una propiedad en usufructo. A su regreso, solo pudo ejercer de capellán a tiempo parcial a causa de una incipiente tuberculosis. Las relaciones con la administración del hospital se deterioraron hasta que, en 1873, le forzaron a dimitir poniéndole a tiro de la bancarrota y, por tanto, de la cárcel.

En busca de ingresos adicionales, el capellán empleó sus retiros en Wight para escribir un libro religioso en dos volúmenes, publicados en 1871 y 1872 por la editorial Sampson Low, Marston, & Searle. Había un nicho de mercado para este tipo de trabajos y Mercier gozaba aún de cierta respetabilidad. De nuevo, los datos en cuanto a cuánto dinero le pagaron escasean. En cualquier caso, no lo suficiente ya que, poco tiempo después, el capellán llamaría a la puerta de Sampson y compañía para ofrecerse (in extremis, parafraseando a Wolcott) a realizar cualquier encargo. Casualmente, había algo para traducir al inglés, desde la lengua de los antepasados hugonotes del señor Mercier.

Re: Estuve en Salisbury

Permítame que corrija levemente la versión de nuestro común amigo y camarada librero.

Pierre-Jules Hetzel fue el fundador del Magasin d’Éducation et de Récréation, la revista que publicaba quincenalmente los Viajes Extraordinarios de Verne y a final de año los reunía en un libro con ilustraciones que en Navidad se vendía como rosquillas. Gracias a su habilidad para la negociación, este abogado se había convertido en uno de los editores más importantes de Francia en un periodo convulso por el conflicto con Prusia. Publicó a autores realmente serios, a Victor Hugo, Zola o Balzac, pero sin hacer remilgos a ese lucrativo afluente que era la literatura juvenil, devorada por los adolescentes de las nacientes clases medias. 

A finales de la década de los 1860, Hetzel comenzó a sondear a editoriales británicas para negociar los derechos en inglés de las obras de Verne. La editorial Chapman and Hall compró los derechos de Cinco semanas en globo en lo que parecía una prometedora colaboración. Este libro, una traducción del francés realmente corrupta, fue impreso en 1870. Desgraciadamente, el inicio de la guerra franco-prusiana ese mismo año obligó a Hetzel a la hibernación técnica durante varios meses, pero solo en apariencia, ya que en 1871, poco tiempo después de la rendición francesa y el armisticio acordado por Bismarck en el Tratado de Frankfurt, este Hetzel firmó un acuerdo para ceder los derechos en inglés de todas las obras de Verne a la editorial Sampson, Low, Marston & Searle.

Es cierto que el Verne editado por Chapman and Hall es, de alguna manera, pionero. Es probablemente una de las primeras peores-traducciones realizadas. Si mi memoria no me traiciona, el original en francés de Cinco semanas en globo tiene cuarenta y cuatro capítulos. Esta traducción, de autor desconocido, solo tiene treinta y siete.

Sé que los libreros, y más los que tratamos con antigüedades, tenemos fama de hinchar el valor de mercado de nuestras piezas. Desgraciadamente para nosotros, lo único que no podemos falsear es el contexto del libro, su historia. 

A no ser, claro está, que el objeto en cuestión carezca de ella.

Re: re: Consulta sobre un Verne

Cuando un coleccionista de libros raros dice que una edición es canónica, tenga en cuenta una cosa. El Index Translationum de la UNESCO lleva la cuenta de todas las traducciones de libros que se realizan en el mundo. La escritora más traducida es Agatha Christie con 7135 y el segundo es Jules Verne con 4702. La última posición del podio es para William Shakespeare, con 4159 traducciones, que en los últimos años ha logrado arrebatar la plaza a Enid Blyton.

Entenderá usted que es muy difícil poseer un objeto único del segundo escritor más traducido del planeta, y qué cree que hace única a una copia sino sus errores. Con Verne ocurría algo muy curioso. Mientras en Francia y buena parte de Europa se le consideraba un autor tan imaginativo como cuidadoso en sus descripciones científicas, en Inglaterra y especialmente en Norteamérica tomó fama de escritor folletinesco, con poca paciencia para la divulgación y numerosos agujeros narrativos.

O incluso algo peor que eso. Para referirse a los individuos de origen africano, Verne solía emplear los términos noir o nègre, como verá, con un afán meramente descriptivo. Sin embargo, estos términos aparecen alterados en sus traducciones, como en este volumen, impreso en 1995 como libro de bolsillo pero basado en la traducción de Chapman & Hall, 1870:

«But how are we to scatter those wretched niggers?» asked Kennedy.

(«¿Pero cómo vamos a dispersar a esos miserables negratas?», preguntó Kennedy).

En otras traducciones, además del insultante nigger, también se emplea darkey. Son solo algunos ejemplos. Digamos que en este mercado existe un equilibrio. Algunos fallos de traducción pueden hacer más valioso un ejemplar, pero demasiados fallos lo devalúan. Si se castiga demasiado un rostro puede ocurrir que, tras tantos golpes, este ya no pertenezca a la misma persona a la que uno comenzó a pegar. 

No sé si he empleado la metáfora más apropiada, pero espero que una mente tan despierta como la suya sepa poner en valor esta comparación en su justa medida para aclarar su marasmo de datos. 

Re: re: Estuve en Salisbury

La providencia de Nuestro Señor quiso que las primeras traducciones de Verne para Sampson fueran realizadas por el señor Lewis Mercier. En realidad, por Eleanor Elizabeth King, una amiga de la familia que el capellán, incapaz de leer y escribir debido a su maltrecho estado, contrató como amanuense. La señora King leía un párrafo en francés y Mercier lo memorizaba y lo devolvía en inglés para que la amanuense lo redactara.

Este proceso fue inferido por el señor Wolcott basándose en las anotaciones manuscritas de una edición de la novela. Mercier se limitó a traducir palabra por palabra independientemente del contexto. Confundía a menudo six (seis) con dix (diez) y quince con cincuenta. Confundía la una de la tarde con la una de la madrugada. Era incapaz de recordar lo que había pasado diez o quince párrafos antes por lo que cualquier tipo de cohesión léxico-sintáctica que Verne hubiera previsto quedaba descartada.

Pese a las condiciones en las que se realizó, no es una mala traducción. Muchas de las páginas no tienen un solo error. Nuestro común amigo de Salisbury tiene la creencia de que el único mérito es de la industria, que Verne es Hetzel. Me gustaría pensar que quizá por eso esta edición de 1873 se convirtió en canónica, pero no soy tan simplista. Esta es también la edición más pirateada. La gran mayoría de las copias piratas del libro que circularon por Estados Unidos hasta bien entrado el siglo XX estaban basadas en la traducción de Mercier. Como mi adversario en esta pugna, quiero pensar que la demanda de ciertos productos en el mercado negro se rige por una suerte de lógica, no sé si me entiende.

Según un arduo trabajo recopilatorio realizado en 2005 por el académico americano Arthur Evans en la revista Science Fiction Studies, a partir de la traducción de Mercier y su introducción en el mercado estadounidense, la calidad de los textos de Verne en inglés no hizo sino empeorar.

En 1874, apenas un par de años después de los trabajos de Mercier, un tal Edward Roth, norteamericano, se mostraba indignado por las «lamentables traducciones de los trabajos de Verne en manos inglesas, en las que —mediante la ignorancia, la incapacidad o el prejuicio— sus errores no fueron corregidos, sus defectos exagerados, e incluso algunos de sus mejores pasajes fueron omitidos. Estas traducciones, reimpresas por los editores americanos, se extendieron como un fuego desbocado el año pasado por todo el país y fueron aclamadas por todo el mundo con el mayor deleite». Lo más significativo es que este texto aparecía como prefacio de la traducción al inglés que el propio Roth había hecho de la novela De la Tierra a la Luna, la cual fue titulada como El club de armas de Baltimore.

Así, en Estados Unidos, títulos originales de Verne como Les enfants du capitaine Grant se tradujeron como En busca de los náufragos, Les indes noires como Los niños de la caverna o L’École des Robinsons como Godfrey Morgan: un misterio californiano.

Antes de que tome una decisión, por uno u otro ejemplar, recuerde esta moraleja: No compre nunca una traducción de Jules Verne posterior a 1873.

Epílogo

«No me sorprende que las traducciones de las que me ha estado hablando sean malas. No es algo particular a Italia; en otros países no son mejores. Pero no podemos hacer nada al respecto, absolutamente nada». (Jules Verne, carta a Mario Turiello. 5 de octubre de 1897).


¿Quién es Salomé?

Primavera (dos musas) de Stefan Luchian

Todas las buenas novelas, como las familias felices de Leo Tolstoi, se parecen. Todas intentan entender esa misteriosa y torturada criatura que se llama a sí misma —pecando a partes iguales de arrogancia e ingenuidad— «homo sapiens». Todas plantean —y ninguna resuelve— preguntas que nos han agobiado desde que nuestro primer antecesor alzó los ojos al cielo para contemplar el inmenso, incomprensible firmamento. Todas mueven a sus héroes y heroínas por el delgado filo que separa el cielo y el infierno.

Y todas saben como arrancar.

Cuando la pequeña princesa Salomé vio la luz, me costó reconocer en ella a una criatura humana […].  Era una bola rojiza con el pelo pegado y costras amarillentas en la cabeza. La cara tenía un color amoratado […]. Me pareció aún más deforme e indefensa que los terneros recién paridos que se ponen en pie patosamente al poco de salir.

¡Un momento! Una de las pocas cosas que sabemos de Salomé, la princesa que, tras bailar para el Tetrarca Herodes Antipas, exige como recompensa por su exhibición la cabeza del Bautista, es que se trata de una mujer bellísima. Y, sin embargo, la narradora de El papiro de Miray, nos la presenta, en las primeras líneas, como un ser deforme e indefenso, que inspira a la vez compasión y un punto de repugnancia.

Pero, ¿quién es Salomé? Se trata, de hecho, de un personaje menor, dibujada con unos pocos trazos en el Nuevo Testamento:

Pero cuando llegó el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó delante de la compañía y agradó a Herodes, de modo que él prometió con un juramento darle cualquier cosa que ella pudiera pedir. Impulsada por su madre, ella dijo: «Dame la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja». Y el rey se entristeció, pero a causa de sus juramentos y sus convidados mandó que así se hiciera. Envió a decapitar a Juan en la cárcel, y le trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la niña, y ella se la llevó a su madre.

Es, de hecho, un rol tan secundario el suyo, que ni Marcos ni Mateo se molestan en ponerle nombre, refiriéndose a ella simplemente como «la hija de Herodías» (sabemos como se llama gracias a las Antigüedades Judías, de Flavio Josefo). En cuanto a sus motivaciones, los evangelistas también son escuetos. La muchacha actúa impulsada por su madre, de quién sabemos que odia a Juan por reprobar públicamente su relación con el Tetrarca. ¿Pero qué clase de madre es esa, qué relación hay entre ambas, para que la joven acepte ser partícipe de un crimen de tamaña magnitud?

Nada más nos dicen de ella los evangelios. ¿Quedó destrozada para siempre por su participación en un crimen? ¿Estaba ya traumatizada y por eso se avino a ser cómplice de tan brutal asesinato? ¿Era la muchacha —como nos relata Miray, la sirvienta cuyas memorias tejen el hilo narrativo de la novela—, un ser deforme e indefenso, en otras palabras un monstruo, una versión femenina y bellísima del Minotauro, perdida en el laberinto en el que la había encerrado su madre, inocente y a la vez capaz de matar a sangre fría?

Salomé es un misterio y ese misterio ha intrigado a no pocos artistas. La escena de la danza y posterior decapitación del Bautista ha sido recreada por pintores inconmensurables como Tiziano y Caravaggio, por poetas de la talla de Rubén Darío y Eugenio de Castro y, cómo no, por el gigante de la literatura que fue Oscar Wilde.

Es decir, todos hombres. Y esa perspectiva masculina ha acompañado a la infeliz princesa a lo largo de los milenios. De una manera u otra, la imagen de Salomé, la seductora Salomé, la pérfida Salomé, se perpetúa en retratos y poemas, hasta llegar a la sublime obra teatral de Wilde. Sublime, como todo lo que escribió el malogrado artista, por la belleza exuberante, asombrosa, de la narración. De hecho, Guadalupe Arbona, la autora de esta novela, recurre a una exquisita treta narrativa, para deslizar en el relato algunos de los párrafos más líricos de Wilde:

Tengo un collar de perlas de cuatro vueltas. Son como lunas encadenadas con rayos de plata. Como cincuenta lunas apresadas en una red de oro. Las llevó una reina sobre el marfil de su pecho. Serás hermosa como una reina cuando te las pongas. Tengo amatistas de dos clases: unas, oscuras como el vino y otras, rojas como el vino que ha sido coloreado por el agua. Tengo topacios amarillos como los ojos de los tigres, y topacios rosados como los ojos de una paloma torcaz, también topacios verdes como los ojos de un gato. Tengo ópalos que arden siempre como una llama glacial, ópalos que entristecen las mentes de los hombres y que tienen miedo a las sombras. Tengo piedras de ónix que son como los ojos de una mujer muerta. Tengo selenitas que cambian cuando cambia la luna y palidecen con el sol. Tengo zafiros grandes como huevos y azules como flores. El mar se mueve en su interior y la luna nunca llega a turbar el azul de sus olas.

Con ese poder de evocación, con ese divina prosa, no es de extrañar que el lector no caiga en la cuenta de que la Salomé de Wilde responde al eterno arquetipo de mujer malvada, que, con muchas variantes —Eva, Dalila, Jezabel, Atalía, Gomer, Safira, la mujer de Job, la prostituta sin nombre que porfía por el bebé de otra y es desenmascarada por Salomón— nos ofrecen los textos bíblicos. Si en los evangelios, Salomé exige la cabeza del Bautista por instigación de su madre, en la obra de Wilde, la heroína se mueve motivada por un amor enfermizo y descarriado que la lleva a cometer el crimen por puro despecho.

Guadalupe Arbona es profesora de literatura y escritura creativa en la Universidad Complutense de Madrid, así que los recursos literarios, como el valor de los militares, se le suponen, pero aún así, el primer reto que se plantea en su novela —romper el cliché milenario de la Bella, Banal y Malvada—no es baladí. Su estrategia para conseguirlo es plantear desde el principio una novela donde (casi) todos los personajes principales son mujeres.

¡Y qué mujeres! La primera parte describe con gran lujo de detalles a la terrible Herodías, un personaje que nos recuerda a una versión siniestra de Bovary o Karenina, caprichosa e inconsciente, torturada, irascible e infeliz, como ellas. El contrapeso a semejante fiera lo ofrece la dulce y reflexiva Miray, cuya mirada, en la primera parte de la obra, evoca la de Nick Carraway en El Gran Gatsby. Al igual que el lector ve a Gatsby a través de los ojos de Nick, Arbona nos presenta a Salomé —bebé indefenso, niña tímida y maltratada por una madre caprichosa y dominante, adolescente acomplejada, incapaz de resistir los caprichos de Herodías— a través de la narración de su criada, confidente y amiga. Hay una tercera protagonista, la arqueóloga Angels, descubridora y traductora del papiro que escribe Miray dos mil años antes. Su punto de vista es el de un alma destrozada por el dolor —la pérdida de su marido la ha aniquilado— que encuentra la redención conectando con otra mujer, una mujer que lleva veinte siglos muerta. Este trío se ve complementado por muchas otras mujeres, incluyendo nada menos que a María Magdalena. Arbona no necesita más para ofrecernos una perspectiva en la que Salomé ni es un simple peón sin voluntad, ni tampoco una belleza desquiciada, sino una inquietante combinación de víctima y verdugo, arrastrada por la voluntad de su madre, pero no ignorante de las consecuencias de sus actos.

Pero si la primera parte de El papiro de Miray examina el personaje de Salomé, ofreciéndonos una visión que va más allá del arquetipo en el que estaba encasillada, es en el desarrollo posterior, donde la obra que nos ocupa ofrece lo que, sin duda, es otra característica común de todas las buenas novelas. Una vuelta de tuerca.

El asesinato del Bautista destroza la vida de Miray. Apabullada ante la magnitud del crimen que ha cometido su pequeña —Miray se ve a sí misma como su hermana mayor, pero en realidad su devoción por Salomé es la de una madre abnegada— la sirvienta huye y acaba encontrando refugio entre los seguidores de cierto profeta, que resulta ser nada menos que el primo carnal de Juan. Miray no es judía y describe magistralmente su perplejidad inicial al tratar con esa extraña gente:

Los galileos, y los judíos en general, eran difíciles de someter. Solo estaban pendientes de los mandamientos y, además, la relación con su dios no era tranquila. Lo buscaban, lo increpaban, lo llevaban a juicio. Una pesadilla para los gobernantes. Todas estas cosas las descubrí años después, en estrecha convivencia con ellos. Eran cabezotas e ingobernables. Estaban siempre en batalla con su dios. No se daban tregua.

Pero esa misma gente indómita la acoge y, en parte, la sana. No del todo. Hay una llaga profunda en Miray que no se cierra —una llaga de la que se hace eco, dos mil años más tarde Angels, incapaz de recuperarse de la muerte de su marido— y el texto nos lleva a comprender una atrevida proposición que, en palabras sencillas —Arbona lo hila de manera mucho más sofisticada— podríamos enunciar así: hace falta encontrarse con el Bien, para superar la herida del Mal.

Entender el Mal ha sido y sigue siendo una de las obsesiones de la literatura y no sin razón. Veinte siglos después de la destrucción del segundo templo, los descendientes de aquellos judíos difíciles de someter, serían exterminados en el Holocausto. Quizás nunca antes en la historia, el Mal se había escrito con letras tan mayúsculas como en Dachau, Auschwitz o Treblinka. Y a la vez, quizás nunca antes, las razones de ese Mal nos habían dejado tan perplejos.

En 1961 Adolf Eichmann es juzgado, condenado y posteriormente ejecutado en Israel, como criminal de guerra. En 1963, Hannah Arendt, una de las corresponsales presentes en el juicio, publica una obra clave, en la que plantea la hipótesis de la banalidad del mal. Según Arendt, Eichmann no era ni antisemita, ni sádico, ni un psicópata como el repugnante Amon Göth de “la lista de Schindler”. Por el contrario, era un simple burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias.

Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.

Nos es dado sospechar que la profunda depresión en la que sume Miray tras el asesinato del Bautista, tiene mucho que ver con esa impotencia frente a la banalidad del Mal. Ha visto rodar la cabeza de un santo por razones baladíes. La estúpida arrogancia de Herodías, la soberbia del Tetrarca que ofrece un premio excesivo por una simple danza y luego carece del valor para retractarse, la necesidad que siente una adolescente en congraciarse con su madre. Ese Mal gratuito, innecesario e irreparable la sume en un estado cercano al de la desesperación, no solo por el acto en sí, sino por sus reverberaciones. Hay una conexión espeluznante entre el hacha que sesga la vida de Juan y el gas venenoso que asfixia a millones de niños en los campos de concentración nazis.

Miray solo encuentra la redención cuando se da de bruces contra el exacto opuesto de ese Mal Banal, el Bien Absoluto. En el capítulo central de la novela, nuestra heroína es testigo presencial del encuentro entre Jesús de Nazaret y la viuda de Naín. Arbona recrea, magistralmente, uno de los pasajes más bellos —y misteriosos— del Nuevo Testamento. Jesús se cruza con una comitiva fúnebre, que lleva al cementerio al único hijo de una pobre viuda. Trágico, sí —el muchacho ha muerto en la flor de la vida, la madre se queda sin nadie en el mundo— pero una tragedia cotidiana, humilde, se diría que insignificante.

No para el Nazareno, al que el dolor de esa pobre mujer, de esa madre desolada, hiere en carne propia. Jesús hace suya la tragedia de la viuda, se abre a su dolor en exacta oposición a todos los Eichmann, todos los Göth, todas las Herodías de la historia, se acerca a ella y le dice: «Mujer, no llores».

Miray contempla atónita la escena y luego ella misma es bañada por esa compasión oceánica de la que hace gala el profeta, una mirada que parece alcanzar al lector, ofreciendo, si no una explicación —quizás estemos condenados a que el Mal nos asedie por toda la eternidad, quizás la única explicación de ese Mal es que el Infierno es aquí— al menos si un bálsamo, o un antídoto, o una esperanza. Si esto es el Infierno, también puede ser el Paraíso.

En la tercera parte asistimos al reencuentro de Miray y Salomé. Una vez más, resulta imposible sustraerse al fantasma de Wilde. Como Dorian Grey, una vez que el espejo se rompe, el cuerpo de Salomé refleja su depravación y no podemos por menos que compadecernos ante su amargo destino. Víctima y verdugo, ha pasado su vida penando y cuando se encuentra con su antigua criada, es poco más que un esperpento. La última vuelta de tuerca de la novela se nos ofrece cuando Miray transfiere ese bien que se le ha hecho a la arruinada princesa. De nuevo la fórmula, «Mujer, no llores», es pronunciada y de nuevo la compasión ofrecida como camino de redención. Una compasión capaz de curar incluso a la arqueóloga que laboriosamente traduce el papiro, veinte siglos más tarde.

En la escena central del libro, cuando Jesús se compadece de la viuda de Naín, una autora con menos agallas que Guadalupe Arbona, habría descrito el milagro que sigue a ese «Mujer no llores», argumentando implícitamente que el Bien puede derrotar de manera definitiva al Mal y probando su tesis con el subsiguiente milagro. Según los evangelios, el hijo de la viuda resucita. Pero esa escena no aparece en El papiro de Miray y la intención de su autora no puede estar más clara. No hace falta, parece decirnos, un milagro para creer que, a pesar de todo, esa esa misteriosa y torturada criatura que se llama a sí misma —pecando a partes iguales de arrogancia e ingenuidad— «homo sapiens», esa especie irascible y sanguinaria, esa banda de monos locos, estos corazones que hierven en el Averno, nosotros, todos nosotros, podemos redimirnos.


Este texto corresponde al prólogo de la novela, de Guadalupe Arbona, El papiro de Miray, editada por Jot Down books.


‘Obra maestra’, de Juan Tallón: Qué es arte moderno, dices mientras clavas en mi pupila etcétera

Obra maestra, de Juan Tallón. Imagen Anagrama.
Obra maestra, de Juan Tallón. Imagen Anagrama.

Desde el mismo título juega a varios niveles epistemológicos la última obra de Juan Tallón. Porque ponerle a una novela Obra Maestra (Anagrama, 2022) revela una intencionalidad gamberra, provocadora y hasta algo naíf que se agradece bastante. Igual que el resto. Y eso que servidor es muy bruto, y todos estos asuntos de conquistar el espacio a través de la creación bidireccional emisor/receptor, epatar deconstruyendo dimensiones y, en definitiva, exponer cosas incomprensibles en ferias con asistentes cool… pues como que no. Yo soy mucho más llano, y más garrulo. Me puedo permitir excentricidades inofensivas, como poner epistomológicos al principio de una reseña sin tener muy claro lo que significa la palabreja, pero solo eso.

¿La trama? Bueno, que ha desaparecido una obra de arte. De arte contemporáneo. En fin, cosas que pasan, un descuido, un me fui a por café. Ocurre que no, o no solo. Que aquí lo que no encontramos (y hemos mirado en todos los sitios… en armarios, en cajones, hasta en la papelera de reciclaje) es Equall-Parallel/Gernika-Bengasi, escultura de Richard Serra. Escultura de hierro hecha por Richard Sierra. Escultura de hierro hecha por Richard Serra que anda en torno a las treinta y ocho toneladas de peso (kilo arriba o abajo, que a estas alturas importa regular). Vamos, que jodido de mover. Hechos reales, estos, aunque no puedan creerlos. Como la misma Obra maestra, que se mueve a mitad de camino entre el reportaje y la ficción, entre registro e inventar. Es especialista Juan en estos artilugios, también les digo. El rey de las citas imaginarias que esconden citas verdaderas, de las anécdotas reales que uno sospecha invenciones. Aquí se mueve a sus anchas. 

En el fondo todo acaba comportándose como reflexión sobre los límites del arte. Del arte contemporáneo, por más señas. ¿Hasta qué punto es original una obra cuando quien la copia y data es el mismo autor? ¿Cómo construyen el mundo circundante las esculturas? Y, sobre todo, ¿esto es una puta broma, o qué? A veces lo parece, y no pasa nada por reconocerlo. Cuando se nos habla de todos los colaboradores que necesita Serra (arquitectos, ingenieros, gruistas, operarios). Cuando se cita el peligro intrínseco que tiene el traslado, colocación e incluso mantenimiento de sus esculturas, con fatales consecuencias esporádicas (lo que no hace sino aumentar la sensación de extrañeza frente a ese arte mortal pero incomprensible para la mayoría). Cuando rellenamos el vacío posmoderno con creaciones que bien pudieran representar el triunfo de la Revolución Industrial (que nadie en su sano juicio definiría como posmoderna). Todo eso. Pero con más gracia, claro. 

Es, también, meditar sobre la vacuidad del presente. Sobre tipos que mantienen escondidas obras que adquirieron, a la espera de una revalorización que quizá nunca llegue (esa imagen del puerto franco de Ginebra es poderosísima). Otros que gastan a espuertas solo por el placer de gastar, porque pueden, porque deben. O los de más allá, esos que ven su barrio adornado con algo nuevo y aparentemente incomprensible. Los que, incapaces de disfrutar orgánicamente el embrujo de estas manifestaciones artísticas, se limitan a apreciarlas y quererlas como parte de su universo cercano, como ese cuñado que todos tenemos y nos saca de nuestras casillas pero, joder, qué le vas a hacer, si es que él es así… 

Destaca el esquema de la obra. Que uno ya no sabe ni cómo llamarla, si novela, non fiction, falso ensayo o lo que más quiera el autor. Yo encantado con el nombre que le asignen ustedes, no vamos a pelearnos por eso. Destaca, decía, el esquema del asunto (mira, asunto cuadra bien), porque permite trabajar a varias capas, planteando continuos saltos temporales y visiones contrapuestas (casi) sobre los hechos. La polifonía directa, basada en intervenciones relativamente breves de (muchos) personajes reales o ficticios es aspecto a favor. Narrativamente, dijimos, porque plantea miradas como capas de cebolla, y las cebollas enriquecen cualquier plato. Y después está la veracidad de esas voces. Que es grande, y variada. Cada cual habla a su manera, con sus giros y expresiones propias, que son distintas a las de los otros (y a las del propio autor, quien aparece como trasunto personajil hablando por boca de las letras, que nunca es lo mismo que hacerlo directamente). Aquí destacan, por libertinas, declaraciones de quienes más lejos están de todo el negocio «artístico» (al menos en su plano meramente teórico, que para la pasta andan todos cerquita). El guarda de seguridad que se pone a ver la tele mientras pasan madrugadas, el transportista que divide los traslados de obras maestras según cuántos cafés debe tomarse para llegar a destino, ese chamarilero que expone cuitas y puñaladas de sociedad (es muy difícil meter la palabra «chamarilero» en una reseña literaria, con lo bonita que suena). Vuela alto Tallón, porque son monólogos frescos, porque tiene ritmo dibujando melismas en cada aparte, porque conserva colmillo afilado para contrastar visiones entre «ellos» (que siempre son algunos) y «nosotros» (que habremos de ser los más).

(Disfruten, también, las palabras que nodice César Aira… mientras escribo esta reseña él ha publicado dos o tres libros nuevos).

Brilla con fuerza, también, la ironía de Tallón, que es una de sus cualidades cuando se pone a lo de escribir. La propia estructura de la novela, esa polifonía que vimos antes, ayuda al asunto, porque permite contar y descontar sin miedo. Vamos, que balbucean otros en boca ajena. Me pasa a veces con Juan lo mismo que cuando leo a Chuck Klosterman (y mira que tienen poco en común), y es que no sé hasta dónde llega el juego de espejos irónicos, qué se dice de forma grave y qué debe ser leído con la ceja enarcada, qué es sí y qué es no. Yo a veces leo una página del gallego y no tengo ni idea de si sube o baja, para entendernos. Lo que es satisfactorio, ojo, porque exige esfuerzo para aprehender y reconstruir, y eso es una de las cosas más ricas en literatura.

Aquí ocurre mucho, y el narrador (los narradores) caminan por esa línea estrechísima entre admiración y burla para con el objeto narrado (el arte contemporáneo, para entendernos). Vamos, que te quedas con ganas de contextualizar visualmente, de buscar ese centelleo en las corneas, ese fruncir (rápido, apenas entrevisto) en la sonrisa, que se nos pone cuando hacemos pasar por seriedad lo que no es sino befa subterránea. Tampoco importa demasiado, porque el no conocer siempre resulta, creo, experiencia válida de conocimiento.

Al margen quedan los hallazgos habituales que tiene Tallón en su estilo. Esos disfrazados a veces de chisporroteos lingüísticos, otras de reflexiones profundas, las de más allá, incluso, de hacernos clavar los ojos en el extraño fantástico que es la vida (el mismo que habitamos cada día y, por eso, casi ni nos sorprende). El estilo de las personas que llevan manos metidas en los bolsillos del pantalón (y su coincidencia con una lectura reciente de quien narra, porque para Juan lo vivido es solo espejo de aquello que lees), ese fatalista (e irónico, por contexto) «cuando siembras, asumes que quizá le tocará recolectar a otro», o la imagen casi irreal de un artista en ciernes salpimentando la pared con plomo fundido, como si fueran constelaciones de ideas sobre fondo blanco.

En definitiva, que no tengo muy claro cómo definir el libro (y tampoco si Obra maestra es lo que diría yo ante algo de Richard Serra), pero sé que es disfrutable. Muy disfrutable, y desde varios puntos de vista. Y eso es lo primero que debe alcanzar la literatura. 


‘Malas mujeres’: erigirse la voz desde el silencio de la historia

Malas mujeres, de María Hesse. Imagen Lumen
Malas mujeres, de María Hesse. Imagen: Lumen.

Pongamos que nos encontramos en un concurso de preguntas y respuestas rápidas, una mezcla de esos test de personalidad en los que hay que decir lo primero que se nos pasa por la cabeza, versión Trivial culturilla general. A jugar:

Si yo digo Juana, ¿vosotros decís? «La loca».

¿Si digo Amy Winehouse? «La yonqui».

¿Si digo Maléfica? «La bruja».

¿Si digo Pandora? «¡La caja! ¡La caja! ¿Qué caja? Ah, sí, de todos los males de la humanidad».

¿Si digo María? «La virgen» o «la Magdalena». La santa o la puta. La madre o la otra: a veces la prostituta (redimida), la pecadora (salvada), a la que le sacaron siete demonios del cuerpo; a veces la penitente, la «apóstol de los apóstoles», la que encuentra el sepulcro de Jesucristo vacío, pero la que no dice ni esta boca es mía en ninguno de los evangelios canónicos ni corre mejor suerte en los apócrifos; la que tiene toda la cara de la virgen María cuando se la representa en tallas de imaginería, pero dejándole de vez en cuando que enseñe un hombro o luzca pelazo para diferenciarla de la madre de Dios. La otra, porque no hay consenso sobre quién o cómo era, porque es secundaria, porque a las mujeres, por regla general, solo se nos está permitido ser una cosa, en todas las acepciones que ello conlleva. 

Game over.

Contra esta imposición se rebela la ilustradora y autora María Hesse en Malas mujeres (Lumen, 2022), una obra en la que lo comunitario se entremezcla con lo concreto, e incluso con lo autobiográfico, para poner de manifiesto las estrategias de descrédito, control y silenciamiento que a lo largo de los siglos ha recaído sobre las mujeres que han sacado un poco los pies del tiesto.

Bajo una edición impecable en términos estéticos (un festival para la vista y para el tacto, hay que decirlo), con rojos, morados y negros vibrantes y las primeras letras de capítulos hermoseadas como si de un cuento se tratase, se esconde una obra compleja. Compleja por la dificultad que entraña el querer aportar luz a las grietas y los espacios oscuros de los lugares comunes concernientes a lo femenino. Es lo que tienen los lugares comunes: que se dan por concluidos, por ya hechos, finalizados, indiscutibles, por la realidad en sí.

Promulgar ideas que rompan los cimientos de eso que damos por asentado es un ejercicio necesario, pero muy arriesgado, porque obliga al que está recibiendo la información a hacer examen de conciencia de lo propio, de lo circundante, de lo cotidiano. Porque nos dejan sin suelo firme, y a nadie le gusta esa sensación. Por ello, quien se enfrenta a esta tarea tiene que tirar de mucha argumentación y bibliografía para que su esfuerzo sea visto como significativo, justificado, y no se quede en el cajón de sastre de lo anecdótico. Todavía más si quien lo dice o lo escribe es una mujer (si esto le parece a alguien una afirmación gratuita, le invito encarecidamente, incluso más que al resto, a que siga leyendo, o que le eche un vistazo a Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ).

María Hesse debe saberlo, tanto desde lo experiencial como desde lo teórico. Y por eso ha realizado una investigación extensísima, mucho más extensa de lo que ha podido recoger en el libro, para crear un relato sólido en torno a los falsos mitos de lo que se nos ha dicho que significa ser una mala mujer. O una mujer, a secas. 

El resultado no es profundo, más bien lo contrario. Pero esto no es malo. Es superficial no como sinónimo de vano ni de insignificante, sino de sacar a la superficie los resultados de sus indagaciones con voluntad de hacerlos asequibles para la mayoría de las personas que se acerquen al libro —personas, ojo. Vaya a ser que algún despistado todavía no se haya dado cuenta de que la literatura escrita por mujeres no es solo para ser leída por otras mujeres, y se pierda una obra de la cual podría aprender mucho o, al menos, algo nuevo—. De ahí la ligereza con la que puede ser leído, como signo de una autora que cuenta con la virtud de hacer fácil lo difícil, que nos lleva de un lugar a otro, de una mujer a otra, sin forzar la narración ni sacarnos de la idea general. Que, por cierto, otro inciso: decía Platón que decía Sócrates que la finalidad del poema es ser una cosa ligera, alada, interpretación de la divinidad. Sin embargo, si aplicamos la cualidad de la ligereza a algo producido por una mujer parece que estemos desmereciendo su valor. Aclaro que no es el caso. Que lo tenga que aclarar no es culpa vuestra, es que a mí lo primero que se me viene a la cabeza siguiendo con el juego del principio, cuando digo ligera, es «de cascos». Y así no puede una continuar sin sentir que se le pega una culpa autofágica, de mala mujer, encima con la voz de C. Tangana cantando su hit de 2017. Pero, en fin, prosigamos.

María Hesse nos transporta del pasado al presente casi sin que nos demos cuenta, rompiendo la distancia que puede hacernos sentir a salvo de los atropellos epistémicos cometidos otrora; obligándonos a mirar en conjunto para entender que, esos referentes femeninos que nos han faltado, en realidad, siempre han estado ahí, que también están aquí, pero que todo depende del prisma desde el que sean descritos. Todavía más, de quién y cómo los escribe; de si les dejamos a ellas mismas contarse.

La respuesta a lo último, a todas luces, es un NO como un templo de grande. El privilegio de contar el mundo sabiéndose escuchado ha sido, hasta hace bien poco, un privilegio masculino. Y para muestra, la historia canónica, que ha mantenido al margen, marginadas, a las mujeres: a las ordinarias, porque el espacio que les estaba reservado para que pudieran tener una vida tranquila, sin mayores complicaciones (que no sinónimo de feliz) era el doméstico, el del silencio, el de la docilidad, el de la sombra del hombre para que él pudiera desarrollarse sin tener que preocuparse de cuestiones de segundo orden tales como la comida, la limpieza, los hijos, la satisfacción de sus deseos carnales, que para algo estaban ellas, el segundo sexo en el orden natural (Aristóteles dixit), y eso no tiene nada de memorable; a las extraordinarias, porque se salían de la norma que ellos habían dictado, en la que se sentían seguros, confiados de su naturaleza superior. Esas mujeres extraordinarias —extraordinariamente rebeldes, inconformistas, valientes, inteligentes, ávidas de conocimiento, conscientes de sí y de los límites que no iban a permitir que fuesen transgredidos— son las que han llegado a nuestros días habiendo salvado, al menos, su nombre, pero con un apellido indeleble de locas. Aquello que las hacía extraordinarias era lo mismo que les estaba prohibido ser, ¡por naturaleza, por Dios! Así que la única manera posible de entrar en la historia si habías nacido con atributos femeninos se pagaba a un precio muy alto, despojada de humanidad, reducida a una categoría monstruosa, secundaria incluso dentro de su propia existencia, siempre con final trágico, solitario, aleccionador, merecido e inapelable.

Que María Hesse nos cuente esta historia a través de una mayoría de voces masculinas a lo largo del libro es un buen recordatorio de que las cosas no son como nos gustaría que fuesen, sino como realmente acontecieron, y que el único modo de no caer en un punto de vista complaciente o anacrónico es conociendo incluso lo que nos puede resultar incómodo o desproporcionado. También los silencios enseñan.

Sin embargo, sería injusto hablar únicamente de una historia dentro de Malas mujeres. Como mínimo hay tres. La primera es la que acabamos de comentar, que no vamos a darle más vueltas porque está explicado a las mil maravillas en la obra. Id a leerla. La segunda es, en el fondo, un conjunto de historias individuales de las mujeres, reales o ficcionales que aparecen mencionadas y/o ilustradas. «Pero las ficcionales no cuentan, porque solo son ficción». Mec, error. Las ficcionales cuentan igual que las reales, porque no son una fantasía sacada ex nihilo del genio masculino con la única e inocente intención de entretener y deleitar, sino como reflejo de algo preexistente, que quiere ser advertido y corregido, que encierra y condensa dentro de la representación homogénea un mensaje político y coercitivo. Esto también está explicado por Hesse en el libro. Id a leerla, segundo aviso. 

Malas mujeres, de María Hesse. Imagen Lumen
Malas mujeres, de María Hesse. Imagen Lumen

Por último, un poco más escondida, en esos silencios de los que hablábamos antes, está la historia del mal frente a la de la mala fama. Es decir, la historia del mal mal entendido a nivel general. Dice Ana Carrasco Conde en Decir el mal (Galaxia Gutenberg, 2021) que esta categoría moral no es algo que se pueda reducir a una acción puntual, a un acto pasional que prive de razón al que lo comete, sino que es una dinámica relacional, «una determinada forma de poder entendido como dominación, que es vertical y asimétrica», parte de un mecanismo de descomposición del sujeto que tiene enfrente con el cual ha perdido toda conexión emocional por considerarlo inferior, privándole de ser digno de recibir empatía porque la víctima no es ni tan siquiera considerada por el victimario como un ser humano, sino como una cosa que le sirve como medio, como nada

[…] el límite de la maldad no es la muerte de la víctima, sino la destrucción del vínculo, el aislamiento, el hundimiento del otro en la nada y en el olvido para que sólo quede, como vínculo con el mundo, el hilo que le une únicamente con quien causa daño. Pero esta dinámica de desconexión se da en los dos extremos: el perpetrador se «desvincula» del otro, del mundo y de sí mismo, y la víctima es desvinculada de la comunidad, del mundo y de sí misma. Y es ahí donde se encuentra el fondo en superficie del mal.

El argumento de la mujer mala, fatal, bruja o «loca del coño», siempre carentes de algo —carentes de inteligencia, carentes de capacidad de autocontrol y autogestión de las pasiones, carentes de juicio, de voluntad, de deseo no relacionado con los deseos de sus congéneres varones, de sentido ético, de falo y todos los atributos positivos que están inscritos en él—; pérfidas, frías y calculadoras, irracionales, histéricas, lunáticas, privadas, por todo lo anterior, de la oportunidad de defenderse, de explicarse, de hacerse entender; siempre culpables, de sus desgracias y de las de los hombres que sucumben a su embrujo, de la humanidad toda (Pandora, y Lilith, y Eva)… este argumento, decíamos, cae por su propio peso. No obstante, sí hay perpetración de la maldad en la dinámica normalizada (que no por ello justificable) de representar a la mujer como sistemáticamente mala, posicionándolas en un estrato desigual, inferior, en la jerarquía relacional y natural, borrándolas de la historia, de la comunidad y hasta de la posibilidad de existir por y para sí mismas; negándoles la validez de su inteligencia y sentimientos por suponer la deficiencia de lo uno y el exceso de los otros.

Y esto, efectivamente, es lo que revierte María Hesse. Por un lado, al darles una voz a través de la escritura, dándosela a la par a ella misma, rompiendo así la maldición que la diosa Hera lanzó sobre la oréade Eco; y por otro, al otorgarles emociones por medio de la ilustración. 

La profundidad de la historia se ofrece en las representaciones individualizadas de cada una de las mujeres que aparece en las páginas alternas al texto. Cada mirada, cada cavidad expuesta o tapada, cada rama colocada de manera consciente y no como mero decorado, cada pose del cuerpo (asustadas, victoriosas, dubitativas, decididas, avergonzadas, desafiantes), cada flor, cada clavel sangrante, cada mano manchada de sangre propia como mácula del pecado original por haber dejado de ser niñas y pasar automáticamente a ser objeto gestante deseado, sospechosas de locura e inestabilidad, pero que es también la mancha del movimiento cíclico, de la vida. Con ellas nos sumergimos hacia lo profundo inefable, invitados a sostenerles la mirada para adentrarnos en su presencia perfilada más allá de las etiquetas y de la leyenda, por dentro de las grietas y las pasiones que hacen de cada una un ser humano completo y complejo, único.

Malas mujeres no es una enciclopedia de todas las mujeres que la historia quiso anular bajo el anonimato o la descalificación, pero sí nos da recursos suficientes para preguntarnos y llegar a detectar qué nace de dentro y qué es herencia de un sistema cultural que no nos quería despiertas, sino dormidas, inconscientes, en eterna minoría de edad kantiana, domesticadas, calladitas, que estamos más guapas. El resto del trabajo no le corresponde a ella. Cada uno de nosotros es responsable de ir desenliando las cadenas de los relatos de los victimarios que han sostenido a las mujeres en la categoría de víctimas, apéndice de la historia universal con voz masculina, para que el mal no se repita en el futuro: que se nos deje ser, más que un cuerpo y una cosa, buenas o perpetradoras del mal, «simplemente mujeres en el mundo que vivimos», como se resalta en la contracubierta. Para llegar a esa cima hay que saber que no se trata de intentar llegar hasta lo más alto en la vara con la que nos han medido desde tiempos inmemoriales. Porque eso es imposible, porque la vara se hizo a la medida del hombre, que es, a su vez, la medida de todas las cosas. 

No se trata de seguir prolongando la idea de que hay que ser como un hombre para ser válida, guay, para merecer entrar en el reino de los cielos, como Jesucristo contestó a Simón Pedro en el evangelio apócrifo de Tomás cuando el segundo le pidió al primero que echase del grupito a María Magdalena, «pues las mujeres no son dignas de la vida»; ni tampoco se trata de invalidar por revancha a la otra mitad de la población, alternando los roles de víctima-victimario. Se trata, en el fondo y en la superficie, de saber que podemos y debemos crear «una narrativa distinta, una que nos dice que no tenemos que ser como ellos, pero tampoco como nos han narrado. Que no hay una única forma de “ser mujer”, y con esfuerzo, plantando cara, nosotras vamos ampliando esas grietas, borrando esos brochazos que más que dibujarnos nos desdibujaban», como bien apunta María Hesse.

Tercer y último aviso: id a leer el libro, porque quizá encontréis en él otra historia. Y si no, cuanto menos, estaréis contribuyendo a que no se pierda la memoria recuperada de esas mujeres que, más que malas, lo que querían era ser libres.

Malas mujeres, de María Hesse. Imagen Lumen
Malas mujeres, de María Hesse. Imagen Lumen


Libros que todo cinéfilo debería tener en su biblioteca

Ama a Hitchcock sobre todas las cosas; no pronuncies el nombre de Lumière en vano; santifica todos los estrenos de cine; honra a Truffaut y a Kubrick; no hagas spoilers; evita la tentación de ver cine comercial y da tu opinión de cualquier película aunque nadie te la pida. Si sigues estos mandamientos de todo cinéfilo, estos libros son para ti. 

Acomódate en la butaca, deja tu bol de palomitas cerca y prepárate para disfrutar del séptimo arte con esta selección de libros de grandes directores, historia del cine y análisis con mirada feminista y LGTBIQ+. 


El cine según Hitchcock, de François Truffaut (Alianza editorial)

libros cinéfilosEstamos ante la biblia de los cineastas: las conversaciones que Truffaut mantuvo con Hitchcock durante ocho días y en las que analizaron la carrera cinematográfica del maestro del suspense título a título. De dichas conversaciones surgió una amistad que unió para siempre a los dos directores y un libro que es un referente para todo amante del cine. 

Truffaut, exponente de la Nouvelle vague —un tipo de expresión cinematográfica que proponía una libertad técnica y de actuación muy diferente al estructurado y medido cine de Hitchcock— era un gran admirador de la obra del director británico y pretendía liberarlo de su reputación de creador de entretenimiento; porque para Truffaut, el cine de Hitchcock proponía grandes dilemas morales tras esas historias policíacas aparentemente sencillas y opinaba que, a nivel técnico, había revolucionado el uso del tiempo, la puesta en escena y la relación con el público.


Los archivos personales de Stanley Kubrick, de Alison Castle (Taschen)

libros cinéfilosHasta el 8 de mayo podéis visitar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la mayor exposición que se ha hecho sobre Kubrick y que plantea un viaje inmersivo a través de las películas y la mente del director: entrar a la nave de 2001: una odisea del espacio y acceder al compartimento en el que se encuentra HAL 9000, conocer el bar donde Alex y su pandilla bebían Moloko mezclado con leche o pasear por los pasillos del Overlook son solo algunos de los atractivos de una exposición que reúne más de seiscientos objetos de sus películas, entrevistas y explicaciones de sus obras. 

Si después de visitar la exposición sucumbís a la tentación de pasar por la tienda de regalos, los libros que Taschen ha dedicado a la obra del genio os llamaran desde las estanterías. Y es que no hay ninguna duda de que los libros de esta editorial son auténticas obras de arte, y este con el que me vine a casa hace un repaso cronológico por las películas de Kubrick e incluye material inédito, como bocetos de escenografías, guiones, correspondencia o entrevistas. Si además, sois tan frikis como yo, os esperan horas de visionado de sus películas libro en mano. 


David Lynch. El hombre de otro lugar, de Dennis Lim (Alpha Decay)

libros cinéfilosRayas amarillas pintadas en el asfalto iluminadas por los faros de un coche que atraviesa la noche a toda velocidad, unos labios de mujer color carmesí, un bosque que oculta secretos o unas cortinas rojas y un escenario iluminado son elementos que todos los que estamos inmersos en la cultura pop identificamos como lynchianos: todo aquello que es extraño, que genera incomodidad y se encuentra al límite entre lo real y lo onírico. 

Lo cierto es que David Lynch ha sabido imponer su sello en sus obras, aunque siempre se ha mostrado reacio a dar sentido a lo que ocurre dentro de su cabeza. Esto ha dado lugar a discusiones encarnizadas entre los culturetas y a teorías enrevesadas para analizar su simbología —se ha buscando explicación a lo lynchiano en el psicoanálisis, la filosofía e incluso desde la meditación trascendental, de la que Lynch es el máximo promotor—, pero la aproximación que hace Dennis Lim, vinculando la filmografía de Lynch a momentos de su vida, resulta la más accesible y lógica. Así, vemos que la familia perfecta que aparece al principio de Terciopelo azul está inspirada en sus propios padres y también en esa sensación de que tras esa vida idílica se escondía algo oscuro que el joven Lynch no acababa de identificar; la influencia de los bosques de su infancia en Montana como escenario de Twin Peaks; su etapa en Filadelfia como inspiración para el páramo infernal en el que transcurre Cabeza borradora o la huella de su vida en Los Ángeles en Carretera perdida, Mulholland Drive e Inland Empire


Historia del cine, de Román Gubern (Anagrama)

libros cinéfilosAhora que parece que hemos superado nuestra capacidad de asombro, somos tan atrevidos como para reírnos de los espectadores primerizos que entraron en pánico al ver que un tren proyectado en una pantalla se les venía encima, pero pensad en lo increíble que debió ser asistir a ese momento, cuya semilla se remonta prácticamente a los orígenes del hombre, cuando el primer humano intentó pintar imágenes en movimiento en las cavernas con el fin de reproducir más fielmente su entorno. 

La existencia del cine es un verdadero milagro, fruto de los descubrimientos y el trabajo de personas de muy diferentes lugares, y Román Gubern nos lleva de la mano por ese apasionante viaje, hasta llegar a Edison y su impresión de películas cinematográficas y a las primeras proyecciones públicas de los hermanos Lumière, para después mostrarnos cómo el cine se convirtió en la expresión artística que conocemos hoy en día. 


Scream Queer, de Javier Parra (Dos Bigotes)

libros cinéfilosYa sea por la mirada de sus propios creadores LGTBIQ+, o por la apropiación de ciertos personajes e iconos por parte del colectivo, para Javier Parra resulta evidente que el terror queer siempre ha estado presente en el cine de género; lo estaba en Frankenstein, donde el doctor creaba vida con la ayuda de otro hombre —su mayordomo Igor—, y que además estaba dirigida por James Whale  —quien nunca ocultó su orientación sexual a pesar de la homofobia del Hollywood de esos años—; también se encontraba en Drácula, con la tensión sexual existente entre el conde y el abogado londinense que llegaba a Transilvania; en la alegoría de lo que suponía ser un hombre gay dentro del armario que es Pesadilla en Elm Street II, o en la familia formada por dos hombres que creaban Brad Pitt y Tom Cruise en Entrevista con el vampiro —una película que atacaba directamente los roles de género y la institución de la familia—. Esta mirada queer se encontraba muchas veces de forma velada, mostrando una sexualidad fuera de los límites del patriarcado, de ahí la importancia de analizar los subtextos y las segundas lecturas de estas películas. 

Esto tampoco significa que el cine de terror se haya librado de los prejuicios, de hecho, durante mucho tiempo los villanos fueron retratados como gais, comunistas y pedófilos, y las vampiras como lesbianas libidinosas para el disfrute de la mirada masculina. Pero debido a la ausencia de referentes LGTBIQ+ en la cultura de masas, el colectivo se reapropió de algunos de estos villanos para convertirlos en iconos de los que estar orgullosos; un ejemplo de ello es Angela, la asesina de Campamento sangriento que se descubre como persona transexual. En este sentido, el documental Disclosure (Netflix) es un complemento perfecto al libro de Javier Parra para entender cómo ha evolucionado la representación trans en el cine. 


Alfred Hitchcock presenta: cuentos que mi madre nunca me contó. Los relatos favoritos del maestro del suspense, de Alfred Hitchcock (Blackie Books)

libros cinéfilosNormal que la madre de Hitchcock no le leyera antes de dormir estas historias sobre la América profunda, oficinistas con tendencias psicópatas o planes urdidos a fuego lento para llevar a cabo el crimen perfecto, aunque seguramente es lo que el pequeño Alfred habría querido escuchar.

Para entender el cine de Hitchcock nada como el libro de Truffaut, pero para comprender su pasión por el suspense —un suspense que no siempre es entendido como un suceso terrorífico, sino como la espera de algo que no se conoce— merece la pena leer a los autores que le inspiraron: Ray Bradbury, Shirley Jackson, Roald Dahl o Margaret St. Clair, entre otros; autores que hicieron del misterio y de los giros en la trama su seña de identidad. 


Kubrick en la luna y otras leyendas urbanas, de David Sánchez y Héctor Sánchez (Errata Naturae)

libros cinéfilosLa época dorada de Hollywood estaba repleta de salseos: las orgías durante el rodaje de El mago de Oz y ese ahorcamiento de un miembro del equipo que aparece al fondo de una de las escenas; el golpe que Bette Davis propinó a su archienemiga Joan Crawford mientras rodaban Baby Jane y que acabó con puntos de sutura; los orígenes almerienses de un criogenizado Walt Disney; la confesión de Kubrick, en forma de mensajes subliminales en su película El resplandor, de su participación en la farsa de la llegada a la Luna, o todas las muertes que se produjeron durante el rodaje maldito de El exorcista. ¿Lo único malo de estas historias? Que nunca sucedieron. 

La magia del cine ha hecho que estas leyendas urbanas se hayan asentado en nuestra cultura popular y en nuestras conversaciones de bar, pero por muy fascinante que sea creer que en la lápida de Groucho Marx se puede leer «Disculpe que no me levante» —spoiler: tal lápida no existe, ya que Groucho fue incinerado—, aún más impresionante es conocer la verdad que hay detrás de estas historias y poder descubrirlas a través del humor y el conocimiento cinéfilo de Héctor Sánchez y las ilustraciones de David Sánchez


Reina del grito. Un viaje por los miedos femeninos, de Desirée de Fez (Blackie Books)

libros cinéfilosYo, como Desirée de Fez, soy miedica hasta la médula, pero también una fan absoluta de las películas sobre casas encantadas, asesinos de adolescentes desprevenidos, posesiones infernales y llegadas a la pubertad sangrientas y empoderantes.⁣ Estas películas de terror son liberadoras, porque el miedo en ellas está debidamente controlado al otro lado de la pantalla y le ocurre a otras personas. Por otra parte, el terror siempre ha estado muy vinculado a lo femenino tal vez, porque las mujeres vivimos en un mundo que intenta atemorizarnos para que no nos salgamos del lugar que nos marca la sociedad y estas películas nos muestran temores que todas las mujeres hemos sentido alguna vez, como el miedo a desear, a crecer, a nuestro propio cuerpo, a la maternidad o a no ser lo suficientemente buenas. 

Pero es necesario reivindicar más a las mujeres dentro del cine de terror, no solo como actrices principales, también como directoras, guionistas, productoras y críticas, y que empiecen a ser ellas las que nos hablen de los miedos femeninos y nos enseñen a afrontarlos, aunque tenga que ser cubiertas de sangre y vísceras, amputando los miembros de nuestros enemigos o expulsando a demonios machirulos de nuestro lado.


Mi vecino Miyazaki, de Álvaro López Martín y Marta García Villar (Diábolo ediciones) 

libros cinéfilosComo muchas personas de mi generación, no descubrí el estudio Ghibli hasta el 2001, con El viaje de Chihiro, aunque Miyazaki y Takahata llevaban haciendo películas de animación desde el año 84. Esto quiere decir que, en lugar de las cursis princesas Disney, mis referentes en la infancia podrían haber sido Nausicaä, Mononoke o Nicky, la aprendiz de bruja: niñas y mujeres valientes e inteligentes, que no esperan a ningún príncipe azul ni salvador, sino que llevan todo el peso de la acción. Aunque también es posible que si hubiera visto La tumba de las luciérnagas de pequeña hubiera quedado traumatizada de por vida.

El libro de Álvaro López Martín y Marta García Villar hace un repaso por las películas del estudio hasta El recuerdo de Marnie, por sus historias, temas, imágenes, curiosidades y datos más significativos. Y si queréis conocer más sobre el origen del estudio Ghibli —que se puede rastrear hasta series de animación tan conocidas por todos como son Heidi, Marco o Ana de las Tejas Verdes— los mismos autores han publicado el libro Antes de mi vecino Miyazaki (Diábolo ediciones). 


El Gran Hotel Wes Anderson, de Nuria Díaz (Lunwerg)

libros cinéfilosNuria Díaz nos invita a descubrir el gran hotel que es la vida y la obra de Wes Anderson: en la recepción, su infancia, adolescencia y primeros pasos en el mundo del cine; en el primer pasillo, sus referencias cinematográficas —precisamente, Truffaut y Hitchcock—; en la cocina, los ingredientes para el éxito de su cine —historias absurdas, melancólicas y entrañables, mezcladas con una estética cuidada y personajes carismáticos (algunos recurrentes como Bill Murray, Edward Norton o Tilda Swinton), aderezado por una buena banda sonora—; en la siguiente planta, su característico estilo en cuanto a color, planos, vestuario y objetos; en la discoteca, su melomanía; en la suite junior, su influencia en el mundo de la moda, las fotos de Instagram con planos cenitales, la decoración o la ilustración publicitaria y, por último, en el área de descanso, test, manualidades y material complementario. 

Cualquiera querría quedarse a vivir en una película de este hípster tejano y también hospedarse en este hotel que ha creado Nuria Díaz con unas ilustraciones que son el mejor homenaje al cine de Anderson.