Juan Manuel de Prada: “La pornografía te va matando el alma”

Juan Manuel de Prada para Jot Down

Juan Manuel de Prada (Baracaldo, Vizcaya, 1970) saltó a la fama en el mundo literario con la edición casi clandestina de su obra Coños. Los escasos ejemplares pasaron de mano en mano hasta que Valdemar la reeditó para el gran público. A partir de ahí, el ascenso del autor fue imparable, hasta proclamarse ganador del Premio Planeta en 1997 con La Tempestad. No había cumplido aún los 30 años. Lejos de la imagen del autor joven y bohemio, De Prada cultivó con un esmero que parecería estudiado el aspecto de formal oficinista poco amigo de alardes que no fueran literarios, acorde con una faceta de columnista y tertuliano en la que hace gala de su catolicismo, aspecto de su personalidad que, como veremos, prima sobre cualquier ideología. Nos recibió en su domicilio de Madrid para conversar sobre este y otros asuntos.

¿Hay alguna diferencia entre su yo novelista y su yo articulista?
Son facetas de una misma vocación, pero en las que se trabaja con sustancias muy distintas. En una, con la imaginación; y en la otra, con la más cruda realidad. Naturalmente, el género del artículo tiene unas características que lo hacen totalmente distinto: se han de coger asuntos de rabiosa actualidad y se le ha de dar una lectura ideológica. Una novela también lo tiene, pero de otra manera, porque es una construcción imaginaria.

¿Con cuál se siente más cómodo?
Depende. Hay fases de la vida en las que te apetece más escribir una novela, otras en las que no. Indudablemente, aquello que requiere más esfuerzo y dedicación es aquello de lo que a la larga te sientes más orgulloso, y en este sentido no son comparables. Pero mientras lo estás haciendo puedes sentirte igual de a gusto o de disgusto con ambas cosas.

Al principio, usted tradujo literatura pulp. ¿Cuáles son sus autores favoritos del género fantástico?
Hay un escritor uruguayo muy poco conocido que me vuelve loco: Felisberto Hernández. También me gustan mucho los cuentos de Borges y Cortázar, que podría decir que fueron mi escuela. Me gustan los cuentos fantásticos y de fantasmas de Henry James. Pero sobre todo, mi maestro absoluto, el primer escritor que me provocó un fortísimo deseo de escribir historias de terror y fantásticas fue Edgar Allan Poe. En un grado menor, he disfrutado mucho con Arthur Machen, Algernon Blackwood o El hombre de arena, de Hoffman.

También le gusta el cine fantástico, de terror y de serie B. ¿Sigue el actual?
Sí, lo sigo, pero el gore me repele.

No sé si habrá visto películas francesas tipo Irreversible o Martyrs.
Las he visto y es un cine que no me gusta. Me resulta desagradable, tiene una connotación sexual psicopática. Es un subgénero del terror que cada vez está aflorando más, que mezcla sexo y terror.

Como Hostel, por ejemplo.
Hostel me parece, directamente, una aberración. Pero hay otro tipo de película que tiene más pretensiones, como Anticristo de Lars von Trier, en la que hay una relación entre la sexualidad y la depravación que me resulta indigesta.

Rosa Montero ha publicado recientemente un libro llamado Lágrimas en la lluvia, que tiene bastantes relación con Blade runner. ¿Usted cree que se debería dejar a los clásicos en paz?
No, los clásicos tienen que ser motivo de inspiración constante intentando no profanarlos. Lo que no me parece bien son los remakes innecesarios, que se han hecho tantos. Pero la cita, el homenaje, la inspiración…creo que está bien. Es imposible entender el cine de los hermanos Coen sin conocer el cine clásico americano. Pero otra cosa muy diferente es trivializarlo y hacer esos remakes y secuelas absurdas que se están haciendo.

A su entender, ¿cuál es la mejor versión de Blade runner?
A mí la que más me gusta es la primera, la edición comercial, reconociendo que el final era un poco “merengoso”. La voz en off le da un toque interesante de novela negra. Pero es una película que me gusta tanto que cualquier versión me parece bien.

Muchos opinan que el nivel actual de las series supera al cine. ¿Qué le parece?
Sigo series, pero creo que se está exagerando un poco. Yo sólo veo series de género: de acción, de terror…

¿Por ejemplo?
Prison break, Alias —que me gustó bastante, es una serie muy bizantina y peregrina—, Dexter… además he visto casi todas las que se han hecho de terror, como Fear itself. También he visto Espartaco, que me gusta, aunque me parece algo cargante con el tema sexual; Perdidos… lo que pasa con las series es que llega un momento en que la fórmula rechina, resulta reiterativa o, en el afán por ser inventivos, los guiones resultan inverosímiles. Pero sí, actualmente en las series de TV hay una creatividad impresionante. El problema del cine es que está en una situación angustiosa: las películas están reduciendo drásticamente sus presupuestos. Por ejemplo en los últimos Oscars, muchas de las películas tenían un presupuesto de menos de veinte millones de dólares, como El discurso de rey o El cisne negro. La gente se baja las películas por Internet, y eso mata las vías de recaudación, lo cual afecta mucho al cine, simplificándolo. Esto está “desnudando al rey”. Nos damos cuenta de que muchas películas de Hollywood que hace diez o veinte años nos gustaban, lo hacían por el despliegue de medios. Ahora las ves más despojadas y dices  “Bueno…”. Pero sí, las series están en un gran momento. ¿Y a ti, cuáles te gustan?

Por encima de todas Deadwood; o True Blood por lo demencial del argumento…
Sí, Deadwood también la vi. Me empezó gustando, pero llegó un momento en que me dejó de gustar. ¡Y True blood! Dejé de verla, hubo un cambio de género y no me interesó demasiado. Me pasé a Dexter.

Hablando de True Blood, usted escribió una sátira social protagonizada por vampiros, que ilustró Azpiri, Penúltima sangre. ¿Cómo ve esta moda actual de vampiros para adolescentes: libros, series, películas…?
Es parte del proceso de infantilización de la sociedad. Es bastante penoso. Fui a ver una de las películas de Crepúsculo y me quedé alucinado de lo mala, patética, penosa y absolutamente simple que era. Pero lo más curioso es que yo acostumbro a ir al cine a la Gran Vía, y allí no suele haber adolescentes, pero la sala estaba igualmente llena. Estos subproductos culturales tienen que ver con esta infantilización. Pero es muy interesante esa idea de que el vampiro deje de ser una criatura demoníaca para transformarse en un atractivo outsider. Los adolescentes siempre han tenido una propensión hacia la soledad y el apartamiento, pero con las nuevas formas de vida se ha intensificado mucho. Ahora el niño juega solo y el adolescente se pasa muchas horas recluido en su cuarto; eso crea una espejismo de clandestinidad, cosa que causa que se reflejen en  personajes que viven al margen de la ley. Me parece interesante sólo como fenómeno social, no como literario o cinematográfico, aunque sólo he visto una película, por lo que tampoco puedo juzgarlo.

¿Qué motiva esa infantilización de la sociedad?
Es un producto de las sociedades del bienestar. Son sociedades hiperprotegidas por los poderes públicos, con muchos “colchones” sociales -subvenciones, subsidios, estudios pagados…- y eso hace que la sociedad tenga miedo a salir del nido. Ha sido un fenómeno paulatino pero que ahora mismo es muy evidente. Y a eso se suma el miedo a envejecer, que es algo que no pasa en las sociedades religiosas.

Ahora que menciona el miedo a envejecer me viene a la mente Michel Houellebecq. ¿Qué le parece?
Me parece un escritor muy interesante, áspero, con un fondo de nihilismo y de nostalgia de otro mundo. Sobre todo sus primeros libros, con una veta locoide excelente, cosa que tienen todos los grandes creadores, una veta de disgusto con el mundo. Sin embargo, llega un momento en que se ha vuelto demasiado doctrinario. Se ha creído su papel, se ha puesto una toga y se ha puesto a hacer de esa veta la médula de su escritura. Por eso sus últimos libros me interesan menos.

En los libros de Houellebecq hay mucho sexo, casi siempre bastante perverso, y usted tituló uno de sus libros Coños. ¿Qué opina ahora del erotismo y la pornografía?
El erotismo ya es imposible, porque el grado de saturación pornográfica que tenemos es brutal. Es tan difícil como pasar miedo con una película de la Universal de los años 30; cuando has visto por ejemplo las películas que mencionábamos antes, tu sensibilidad ha sido tan acuchillada que es muy difícil volver atrás. Por eso admiro tanto esas películas que logran producirte una inquietud y zozobra a la vieja usanza, como algunas películas de M. Night Shyamalan. Con el erotismo pasa lo mismo, vivimos invadidos por la pornografía y es un juego peligroso, porque la pornografía te va matando el alma. Creo que la incapacidad del hombre contemporáneo para amar y ser amado tiene que ver con la saturación de pornografía.

Pero mientras que en el cine la frontera entre erotismo y pornografía es bien clara, en literatura no resulta tan sencillo definirla. ¿Es más permisible la literaria?
No, en literatura no es tan sencillo. Pero yo no estoy haciendo una valoración moral, sino una calificación en lo que significa esa saturación, que nos llega sobre todo a través de Internet. La grandeza que tenía el erotismo en la literatura era que activaba la imaginación, pero hoy en día ya no puede hacerlo porque estamos llenos de imágenes pornográficas. La pornografía descarnada de Sade, por ejemplo, que leí a una edad muy temprana, siempre me ha parecido muy aburrida y eso que detrás hay toda una visión filosófica del mundo. Pero lo pornográfico es puesto desnudamente y lo que provoca es hastío, esa tristeza de la carne de la que hablaban los viejos teólogos; porque cuando la carne se satisface siente tedio. Lo que sí se puede hacer a través de la literatura es el aprovechamiento de la sordidez del mundo de la pornografía, como hace, por ejemplo, James Ellroy en una serie de novelas. Pero la pornografía en sí misma lo tiene muy difícil.

Usted afirma que “ser progre consiste en tener siempre razón, si la realidad te lleva la contraria, peor para la realidad.” ¿Es un mal exclusivo de la izquierda?
No, es un mal de quienes han alcanzado la hegemonía. Hoy ese mal tiene que ver con el progresismo, que no tiene por qué ser de izquierdas, también hay un progresismo en la derecha; y en otras épocas ha tenido que ver con otros movimientos ideológicos, sociológicos o religiosos. Aquel que tiene la sartén por el mango es el que puede permitirse el lujo de amoldar la realidad a sus premisas ideológicas, y cuando la realidad se resiste, simplemente se niega esa realidad. Hoy esto lo encarna el progresismo, como doctrina o movimiento ideológico hegemónico.

Parece que la izquierda se rindió al orden económico. ¿Se centra ahora su esfuerzo en la esfera social y moral?
La obsesión y único objetivo de la modernidad, sea de izquierdas o derechas, es derruir el orden cristiano. El liberalismo tuvo más éxito que el marxismo porque, frente al dogmatismo del segundo, el liberalismo propugnaba la libertad soberana, es decir, lo que su voluntad le dictase era bueno;  además tuvo el hallazgo genial de excitar la avaricia humana a través de sus derivaciones económicas. Entonces hay un momento en el que la izquierda decide que, si no quiere quedarse en fuera de juego, tiene que aceptar la visión económica del liberalismo y hacer hincapié allí donde el liberalismo había sido más mojigato o menos beligerante contra el orden cristiano: los aspectos morales, sociales… así, la izquierda logró la ecuación perfecta para destruir el orden cristiano. Aprendió mucho de la contracultura de los años sesenta y descubrió que había una serie de anhelos que la derecha liberal no estaba satisfaciendo y que había que adoptar como banderas. Lo más dramático de todo esto es que a los desposeídos, a los desheredados, no hay nadie que los defienda.

Entonces piensa que el verdadero enemigo, tanto del socialismo como del liberalismo, es la religión cristiana.
Sí, sin duda, es el enemigo a batir; y más específicamente la católica, puesto que de alguna manera el protestantismo fue el caldo de cultivo del liberalismo para introducir el libre examen, la capacidad del hombre de juzgar su conducta y ser el dueño exclusivo de su conciencia. El protestantismo introdujo el veneno en el orden cristiano. Más allá de lo que yo piense, es una realidad; hay dos visiones del mundo en conflicto: la visión católica y el orden anticristiano.

¿Qué le ha llevado de sus inicios a este catolicismo militante que practica ahora? ¿Una evolución o una revelación?
No, un proceso natural. Soy una persona formada en una familia católica, provinciana, tradicional, de gente humilde… y eso pasa a ser parte de tu formación cultural, de tu bagaje. A medida que me hice un personaje público descubrí que en el medio literario y cultural, arremeter contra la Iglesia era un salvoconducto para ser admitido en sociedad y eso me causó gran perplejidad. Simplemente por llevar la contraria y transgredir empecé a profundizar en mi Fe de la infancia y adolescencia  Pero me pasó lo que a Chesterton, que esa curiosidad te lleva a profundizar más y más, a descubrir cosas que hasta ese momento te resultaban insospechadas y eso te lleva a repensar las cosas. Donde antes veías algo cansino e inerte empiezas a descubrir algo vivo.

Usted percibe entonces hostilidad hacia el cristianismo.
Sí, yo creo que la hay.

¿Se siente discriminado por ser católico?
Lo esté o no lo esté, uno tiene que hacer ver que no lo está, porque si no la vida sería muy dura. Pero sí, indudablemente. Hoy en día ser católico empieza a ser complicado. A mí, por ejemplo, por la calle me insultan, vendo menos libros…pero en la vida hay que seguir el camino que tienes que seguir, no hay que darle más vueltas.

¿Es peligrosa la búsqueda del placer inmediato y la satisfacción?
Nos convierte en personas compulsivas. La satisfacción inmediata de aquello que buscas es peligrosa porque te conduce al hastío vital.

Como el hombre estético de Kierkegaard.
Sí, hay algo de eso. El estar constantemente colmando tus necesidades te convierte en un ansioso compulsivo y te inunda el hastío vital. Es parecido a lo que ocurre con la tecnología: vivimos en un mundo muy tecnológico. Hace diez o quince años te podía costar mucho conseguir una película o un libro; podías tardar semanas o meses: lo encargabas en la librería, la librería no lo tenía, intentabas que te lo consiguiera algún amigo en el extranjero… ahora, apretando una tecla lo tienes y eso acaba produciéndote la sensación de hartazgo, que es una de las notas distintivas del hombre contemporáneo. Estamos saturados de todo; eso anestesia y abotarga la sensibilidad así como la búsqueda espiritual o el intento de ser mejor.

¿Hay algún elemento de la doctrina católica que usted no comparte?
En cuanto al desarrollo de los dogmas no, ya que yo me considero católico porque creo en su credo, pero en el magisterio de la Iglesia sí que hay muchas cosas con las que no estoy de acuerdo. Por ejemplo, en algunas declaraciones del Concilio Vaticano II. En Nostra aetate se dice que los cristianos y musulmanes adoramos al mismo dios, y yo no estoy de acuerdo. He estudiado la naturaleza del dios cristiano y la del dios musulmán y considero que no, adoramos cosas distintas. Sin embargo, en ese momento de buenrollismo y ecumenismo, la Iglesia dijo esto. El dios cristiano tiene unas características —empezando por su encarnación— que lo hacen algo totalmente distinto al dios musulmán.

Hay movimientos como “Somos iglesia” que se podrían considerar como catolicismo de izquierdas. ¿Tienen sitio en la Iglesia?
Chesterton lo dijo claramente: católicos eran todos aquellos que creían en los puntos del Credo y eran libres para discrepar en todo lo demás. En la Iglesia tiene que haber libertad para defender las más diversas posturas siempre y cuando se fundamenten en una visión puramente católica. Hay gente que se autodenomina católica pero que no cree en la virginidad de María, en la resurrección de Cristo… pero entonces es que no son católicos. Sin embargo, los católicos, como personas que estamos en el mundo, estamos muy contaminados de ideología. La ideología ha hecho muchísimo daño espiritual a la Iglesia. En los 60, 70 y 80 sobre todo, ideologías de tipo marxista. En la actualidad, ideologías de tipo liberal-conservador.

¿No es sano que haya un debate entre la jerarquía eclesiástica y el católico de base?
Según sobre qué sea. La fe católica es como una llave que te abre una puerta. Esa llave debe ser inmutable, porque la cerradura siempre es la misma. La propia Iglesia, en su afán por abrirse al mundo, muchas veces ha pretendido cambiar la llave. Me parece muy bien discutir todo lo discutible, que es todo lo que no forma parte del dogma transmitido desde hace veinte siglos; pero muchas de estas corrientes lo que proponen es una revisión del dogma.

Pero la doctrina de la Iglesia choca mucho con cosas vistas como naturales en la sociedad actual, como las segundas nupcias, la homosexualidad, el sexo prematrimonial…
Sí, pero porque quienes gobiernan, mandan o moldean la sociedad actual y las conciencias, como convivir con el error es muy difícil, tienes que convertir tus propios errores en aciertos, como presentar el divorcio como algo normal, que no pasa nada y es maravilloso. Pues no, el divorcio es una calamidad y es lo peor que le puede ocurrir a una persona, porque desbarata tu vida y la de tus hijos…es un horror. Lo que es un mal no puedes pretender convertirlo en un bien. Otra cosa es que la realidad humana está tocada por el mal, y entonces ésas son realidades que existen, y a las que habrá que buscar una salida.

¿Y si el amor se acaba?
No, el amor no se acaba, pero hay que alimentarlo. Naturalmente las ganas de follar con una mujer se te acaban, porque la tienes requetevista, y supongo que a una mujer con un hombre le pasa lo mismo, pero hay que reinventarlo, aprender a desear de otra manera y apuntalar la relación en muchas cosas. El amor no se acaba, lo matamos nosotros. Lo que se acaba son las expresiones exaltadas del amor. Es cierto que hay veces en las que las relaciones se hacen insostenibles e insoportables y hay que asistir a esa gente de alguna manera. La Iglesia siempre contempló la separación de los cónyuges y la nulidad de los matrimonios. Y la Iglesia debería seguir ahondando en esos temas, porque hay muchas personas divorciadas que quieren seguir perteneciendo a la Iglesia, y ésta debería esmerarse en el tema de la nulidad y la separación.

¿Y la homosexualidad?
La Fe de la Iglesia dice que “hombre y mujer los creó” y la dualidad de sexos es el hecho previo a la premisa para la unión que la Iglesia bendice, que es la unión matrimonial. La Iglesia nunca va a aprobar las uniones homosexuales. Otra cosa es que los homosexuales tienen que ser contemplados y admitidos como una realidad a la que la Iglesia tiene que abrirse, igual que con los divorciados. Son realidades que se tiene que aceptar y encajar, pero no por ello la Iglesia debe decir que la homosexualidad es fenomenal. El problema que veo en las corrientes que mencionábamos antes es que no postulan que los divorciados u homosexuales tengan que tener las puertas de la Iglesia abiertas, sino que dicen que el divorcio o la homosexualidad están fenomenal; cosa que la Iglesia nunca va a hacer.

Las relaciones prematrimoniales, las costumbres sexuales poco comunes… ¿se pueden considerar moralmente reprobables incluso si son consentidas?
La moralidad o inmoralidad de una conducta no tiene que ver con su consentimiento. Para el que cree en la autonomía del juicio personal sí es así, pero la Iglesia considera que hay unas leyes divinas a las que la conducta humana se tiene que someter. Básicamente, la Iglesia mantiene todas estas leyes morales porque son el producto de una sabiduría acumulada a lo largo de 2000 años. La Iglesia no tiene ningún interés en que los chicos se vayan a la cama antes o después de casarse. Si lo hace es porque, a lo largo de tantos años de experiencia humana, de personas que pasan por el confesionario…llega a la conclusión de que eso le hace daño a las personas. Antes hablábamos de cómo estábamos saturados de mensajes y vivimos en el mundo de la disponibilidad plena…la saturación sexual también mata la pasión amorosa; primero la exalta, pero luego la mata. La Iglesia va a seguir diciendo siempre que hay conductas moralmente reprochables y que hacen daño al Hombre, pero va a seguir aceptando y admitiendo que vamos a seguir haciéndolo. Ése es el misterio de la Iglesia: marca una conducta a los hombres pero sabe que somos débiles. Lo que nunca va a hacer es convertir nuestros errores y debilidades en aciertos. Yo, como casi todos los católicos, soy pecador, débil y frágil, y nunca me he tropezado con una incomprensión, ni por parte del cura más severo y exigente. La gente se queda con que sale el típico obispo que dice a los chavales que no se vayan a la cama, y olvida la segunda parte: que el chaval se va a la cama y es aceptado, porque se sabe que forma parte de nuestra debilidad. Pero nuestro mundo es hipócrita y puritano. El puritanismo es una degeneración de la hipocresía que primero se finge virtuoso y, cuando se da cuenta de que la virtud absoluta es imposible, intenta convertir sus vicios en virtudes, de tal manera que se niega absolutamente nuestra debilidad y se convierte en fortaleza. La posición católica es mucho más realista con la realidad humana: se acepta que es débil pero se señala esa debilidad.

Ha citado varias veces a Chesterton. Recuerdo que una vez dijo, tras un sermón bastante malo al que asistió, que “una religión que ha sobrevivido durante 2000 años a ministros tan deplorables, sin duda tiene que ser una religión verdadera.” ¿La COPE ha sobrevivido a locutores deplorables?
La COPE es una obra humana e, igual que tuvo su principio, tendrá su final. El hecho de que esté en manos eclesiásticas no la convierte en eterna. La presencia de la Iglesia en los medios de comunicación —cosa que no tengo muy claro que sea su misión, su misión es estar en el mundo, pero no necesariamente en todos los ámbitos— ha de ser para predicar el Evangelio en un sentido amplio, ofreciendo un periodismo católico.

Porque usted no estaba de acuerdo con la línea que tenía hace un par de años.
No, ni hace dos, ni hace diez, ni ahora. Yo creo en un periodismo católico, y eso significa que a los problemas que la realidad nos propone se les dan soluciones católicas, no ideológicas, progresistas, liberales ni conservadoras. Hay un largo magisterio de veinte siglos por parte de la Iglesia, que ha reflexionado sobre todos los problemas humanos, y eso es lo que tendría que hacer un medio de comunicación católico. Pero eso es algo que, desgraciadamente, hoy no existe.

Por eso lo comentaba. Antes ha mencionado que el liberalismo es uno de los enemigos de catolicismo, y durante algunos años Losantos y César Vidal han sido locutores de la COPE, siendo liberales.
Ninguna ideología debe ser enarbolada en un medio católico, pero menos que cualquier otra el liberalismo, que es la ideología más veces condenada por la Iglesia, a la que más Papas han dedicado encíclicas devastadoras. No tiene sentido. Pero vivimos en un mundo absolutamente enloquecido, como decía Chesterton: “el mundo está lleno de virtudes cristianas que se han vuelto locas” y eso afecta también a la Iglesia.

Fotografía: Gonzalo Merat


La ley más allá de la frontera

Ya es un lugar común que el western constituye una genuina épica norteamericana. Si bien me he acercado al género muy a menudo en películas y cómics (especialmente europeos: Blueberry, Comanche, Ken Parker…), ahora mismo no soy capaz de recordar ninguna novela del Oeste que me haya echado a los ojos. Estoy casi seguro de haber tenido entre las manos, de chiquillo, alguna novela de Lafuente Estefanía que enseguida me repelió por su fealdad material (papel amarillento de mala calidad, medio deshecho por haber estado mucho tiempo en el rincón más húmedo del trastero de mi casa). Por lo que Warlock, la excelente novela de Oakley Hall (1920-2008), es seguramente la primera de este tipo que disfruto (y la primera vez en esto, como en casi todo, espero que venga seguida de muchas más). Bien es verdad que los argumentos de autoridad que avalan el libro, de Thomas Pynchon y Richard Ford en la contracubierta además del prólogo de Robert Stone, me habían animado a encararme con las 687 páginas del libro.

El western es un género fundamentalmente violento. Sus dos temas predominantes (la conquista del territorio de los indios y la implantación de la ley) suponen una incursión en territorio salvaje, donde el más fuerte impone su razón. En la década de 1880 el pueblo de Warlock, situado más allá de la frontera y esperando a que el Gobierno de EEUU le confiera reconocimiento oficial, está sujeto a los caprichos de cuatreros y borrachos, quienes intimidan y asesinan impunemente a la población y a todo aquel representante de la ley que se atreve a hacerles frente. Para remediar esto, el Comité de Ciudadanos (esto es, la agrupación de empresarios locales) decide contratar a un pistolero famoso, Clay Basedell, para que tome posesión del cargo de Comisario y mantenga a raya a la banda del más peligroso de los cuatreros, Abe McQuown. Pronto se hace sentir la gravedad del cargo: el Comité no quiere cargar sobre sí la responsabilidad de los muertos que el ejercicio de las tareas de Blaisedell acarrea. El Comisario, por su parte, siente sobre su conciencia los tiroteos que podría haber evitado.

En el tratamiento de estos aspectos se halla una de las mayores virtudes de la novela: el uso de múltiples perspectivas para enfocar cada asunto, la atención a las voces a menudo contradictorias que surgen inevitablemente sobre cualquier tema, la ponderación de todos los intereses en juego. En una palabra, la complejidad. Las historias del Oeste están construidas a partes iguales por mentiras y mistificaciones, con un pequeño componente de verdad. La estructura de Warlock revela cómo los hechos son deformados y, a veces, creados a voluntad, siendo el rumor y la habladuría los mejores narradores de todo el territorio. La palabra de un ciudadano tiene el mismo valor que la de un cuatrero. Y probablemente sea esta última la que el plumilla de turno elegirá para garrapatear un relato ilustrado.

El variado muestrario de personajes que transita por Warlock da cuenta de la abigarrada fauna que mascaba polvo por aquellas tierras: desde el fullero, gélido y tercamente fiel a sus amigos Tom Morgan, hasta el iracundo y manipulador Abe McQuown, pasando por la rencorosa Kate Dollar y el penosamente íntegro John Gannon. Todos se ven arrastrados por el fatal vacío de poder en que se encuentra Warlock, vacío sólo colmado en parte por la velocidad a la hora de desenfundar el revólver. Luchas y orgullos de jóvenes, casi niños, que recuerdan a la canción de Johnny Cash:

[…] and his mother cried as he walked out:

Don’t take your guns to town, son

Leave your guns at home, Bill

Don’t take your guns to town

La influencia de Warlock se deja ver en westerns posteriores, como es el caso de la famosa Sin perdón (Clint Eastwood, 1992). En una escena de la película, Little Bill, el curtido sheriff interpretado por Gene Hackman, lee el relato novelado de de un tiroteo en que estuvo presente y lo encuentra lleno de falsedades y exageraciones. Ello se debe a que el autor del relato (Saul Rubinek) ha tomado como fuente principal a un psitolero, Bob el Inglés (Richard Harris), que fue protagonista de la anécdota pero de una forma mucho más baja y grotesca a como le gustaría verla en letras de molde. La historia la cuentan los supervivientes, claro que siempre a su conveniencia. En el caso de William Munny (Clint Eastwood), el asesino de mujeres y niños, corren muchas historias sobre su pasado llenas de acción y persecuciones y ávidamente recogidas por el joven Schofield Kid (Jaimz Woolvett), pero pocos saben que todo ese valor se debía al alcoholismo de Munny, vicio que le volvía temerario e insoportablemente cruel. Las leyendas se crean con grandes omisiones y no poca inventiva, como constata Morgan leyendo el Duelo en el corral Acme que protagonizaron Blaisedell y él mismo, y que al poco tiempo corre en forma ficcionada, siendo llamado en ella “el Crótalo Negro de Warlock”. Estos libruchos, llenos de hipérboles y de hechos deformados, tienen un efecto similar al de los libros de caballerías en la reseca mollera de don Quijote, como puede verse en la fallida El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007), o en el ya mentado Schofield Kid.

Pero donde observo una influencia definitiva del libro de Oakley Hall es en la extraordinaria Deadwood, una suerte de Warlock a lo HBO, hiperrealista y cruda, sin ahorrarle al espectador nada de violencia, muerte o sexo. La serie de David Milch roba descaradamente numerosos temas de la novela: el pueblo a la espera de ser anexionado a los EEUU, el maquiavélico dueño del salón, el pistolero famoso, los problemas del nuevo sheriff, los conflictos por la explotación minera…  Y le añade los impagables parlamentos de Al Swearengen (Ian McShane), uno de los villanos más carismáticos que en la televisión han sido.


Manual de pasiones

Foto: Grendelkhan (CC)
Foto: Grendelkhan (CC)

Uno de los aspectos más asombrosos de la sexualidad humana es su creatividad inagotable. Hay otras especies, naturalmente, que muestran rasgos de inventiva. En El anillo del rey Salomón, Konrad Lorenz habla de un pavo real blanco del zoo de Schönbrunn, en Viena, que poco después de la primera guerra mundial se enamoró de una tortuga gigante de las Galápagos, a la que cortejaba sin descanso mostrando el abanico de sus plumas. Uno imagina al pavo temblando en un estado de excitación permanente, y preguntándose cómo podría acoplarse con aquel enorme reptil de caparazón blindado, sin apenas fisuras.

De modo semejante, en su libro El zoo humano, Desmond Morris cita a un diminuto mono ardilla que convivía en otro zoo con un gran roedor, una liebre saltadora de El Cabo, que era unas diez veces mayor que él. Con gran intrepidez, el pequeño mono solía abalanzarse sobre el lomo del roedor dormido y emprendía los movimientos copulatorios de rigor. Lejos de avenirse, la liebre saltadora hacía honor a su nombre y brincaba por toda la jaula, hasta que conseguía desprenderse del ávido mono.

Dice Morris que, a falta de un compañero adecuado, un animal cautivo puede intentar, virtualmente, copular con cualquier objeto que esté a su alcance. Y menciona el ejemplo de una hiena solitaria del zoo de Londres que se apareaba con el plato circular de su comida, colocándolo entre sus patas posteriores y haciéndolo rodar rítmicamente de un lado a otro.

Yo mismo he visto a un erizo común encerrado en un recinto, que montaba una piedra redondeada y se frotaba con ella bajo la luna, al tiempo que emitía unos gemidos muy semejantes a los humanos.

Los anteriores son ejemplos de animales enjaulados, que desarrollan esas conductas sustitutorias a falta de los estímulos habituales. Lorenz considera que el caso del pavo no tiene remedio, y comenta al respecto: «Es típica la irreversibilidad de este curioso proceso de fijación de la vida instintiva en un objeto determinado». Morris, más optimista, asegura: «En cuanto el estímulo natural es introducido en el medio ambiente, el animal vuelve a la normalidad. En los ejemplos que he mencionado, los machos volvieron inmediatamente sus atenciones a las hembras de su propia especie cuando estas estuvieron a su alcance. No estaban atrapados en sus sustitutos de hembras».

Morris pretende también que la especie humana está mucho mejor equipada que las demás para resolver, mediante la masturbación, el problema de la ausencia de un compañero, y menciona la zoofilia como otro recurso posible. Considera que es más frecuente de lo que parece y establece un paralelismo entre los zoos y las grandes concentraciones urbanas, donde en su opinión todos nos encontramos cautivos. Quizá haya algo de eso, y en el fondo nos parezcamos más al pavo de Schönbrunn o al pequeño mono ardilla de lo que sospechamos.

Prueba de la inventiva humana, de la infinita variedad de sus gustos y de la persistente busca de estímulos de cualquier tipo son esos muñecos hinchables en forma de animales, cerdos y gallinas de goma, que pueden encontrarse en las páginas eróticas de Internet, para deleite de zoófilos o curiosos. No deja de resultar intrigante que uno desarrolle esa fijación, a no ser que viva en una granja o que desarrolle su trabajo en un zoo auténtico. Pero cuesta creer que uno pueda transferirla a un animal de goma, como en el caso de las muñecas, y no por necesidad sino por afán de experimentación o por placer.

El primer libro dedicado íntegramente a las fijaciones sexuales o parafilias fue Psychopathia sexualis (1886), del neurólogo alemán Richard von Krafft-Ebing (1840-1902). Fue concebido como un libro forense de referencia para médicos y jueces, y contenía un panorama extraordinario de conductas sexuales insólitas, en forma de historias clínicas detalladas. En la introducción, Krafft-Ebing aseguraba que había «elegido deliberadamente un término científico como título del libro, para descorazonar a los lectores legos», del mismo modo que había incluido «partes del libro en latín, con la misma intención».

Pese a esa estrategia, o quizá gracias a ella, Psychopathia sexualis tuvo un impacto enorme. Se sucedieron las ediciones y traducciones a otros idiomas, y se cuenta que llegó a convertirse en una de las lecturas favoritas de Oscar Wilde, quien sin duda apreciaría la ironía de que un libro que se presumía altamente académico, por más que hoy ya no nos lo parezca, pudiera leerse como un catálogo de perversiones.

El libro figuraba, en una de sus versiones alemanas, en la biblioteca médica de mi abuelo, que siendo yo adolescente frecuentaba con asiduidad, en busca de información relativa al sexo. Lejos de descorazonarme, el título me parecía muy atractivo. Yo sabía algo de alemán, porque lo estudiaba en el colegio, pero el latín siempre se me había atragantado. Con ímprobos esfuerzos, traducía fragmentos como el siguiente, en el que la parte en latín va entre corchetes:

«De vez en cuando buscaba una prostituta, se desnudaba completamente (en cambio, ella no debía quitarse nada), y hacía que ella le pisoteara, le azotara y le pegara. [El sujeto libidinoso lamía el pie de la mujer, lo que solo podía hacer cuando estaba muy excitado; entonces eyaculaba.] Como sentía asco ante aquella degradante situación, se retiraba apresuradamente.»

Era difícil entender por qué las frases que describían escenas de violencia estaban en alemán, y las que describían escenas más propiamente eróticas estaban en latín.

Recuerdo el júbilo con que descifré una frase, con la que Krafft-Ebing justificaba el fetichismo masculino por analogía: «La adoración de las partes del cuerpo separadas, o incluso de los artículos de vestir, sobre la base de los impulsos sexuales, nos hace evocar, con frecuencia, la glorificación de los objetos santificados en los cultos religiosos».

Por otra parte, no siempre era tan escueto. A la hora de describir los casos de exhibicionismo, Krafft-Ebing interiorizaba y describía los senti­mientos íntimos de sus pacientes, en particular los estados semioníricos que parecían experimentar antes o durante sus actuaciones, como si hablara de sí mismo. Así, por ejemplo, explicaba el caso del doctor S., profesor universitario que fue detenido cuando corría desnudo por el Tiergarten de Berlín:

«El impulso de correr con los genitales al aire también le sobrevenía con frecuencia en estado de vigilia, igual que en los sueños. Cuando se disponía a exhibirse le invadía una sensación de calor y luego echaba a correr sin rumbo alguno. El miembro viril se le humedecía con secreciones, pero no alcanzaba la erección. Por fin, una vez terminada la carrera, volvía en sí. Cuando se hallaba en tales condiciones de excitación le parecía estar en un sueño, como embriagado.»

Sea como fuere, los pasajes en latín entorpecían tanto la lectura que al final prefería pasar de largo ante la obra de Krafft-Ebing y acababa hojeando otros libros. Recuerdo, en particular, Los estados intersexuales de la especie humana (1929), de Gregorio Marañón, con fotos dignas de un libro de terror; la idílica La vida sexual de los salvajes (1932), de Malinowski, que inició mi afición por el exotismo y las costumbres eróticas de otros pueblos, y un grueso volumen abundantemente ilustrado, La vida sexual de la mujer, considerada desde el punto de vista fisiológico, patológico e higiénico (1915), de un tal Heinrich Kisch, que pretendía, con pedantería característica, ser el texto definitivo sobre el tema.

Fue muchos años después, a la hora de proponer una serie de títulos para una editorial valenciana hoy extinta, La Máscara, que pretendía publicar libros singulares, cuando se me ocurrió reeditar Psychopathia sexualis. Seleccioné los episodios que se me antojaban más llamativos, buscamos a un traductor y le pedí a Luis García Berlanga, con quien tenía una estrecha relación desde mi infancia, que escribiera el prólogo, del que entresaco algunos párrafos:

«Leí Psychopathia sexualis por primera vez en Valencia, a los quince o dieciséis años. La guerra civil fue para mí, que tenía esa edad, la época de las largas vacaciones. (…) Como no tenía nada que hacer, porque ni siquiera había exá­menes, me dediqué a leer, a robar libros y a divertirme. Fue entonces cuando descubrí una traducción de Psychopathia sexualis, de Krafft-Ebing. Lejos de escandalizarme, la extraordi­naria variedad de comportamientos sexuales que se describen en este libro me deslumbró.

»Lo más llamativo era que se trataba de una recopilación de casos clínicos que habían ocurrido realmente, de un libro de psi­quiatría y no de una novela. Pero Krafft-Ebing escribía con una prosa descriptiva, sugerente y perfectamente comprensible, que no se parecía en nada al lenguaje técnico y casi cifrado de la mayoría de los textos científicos. Y lo que contaba no tenía des­perdicio, porque afectaba a lo más íntimo de la personalidad de los implicados, a sus pasiones privadas, a su sexualidad.

»Leyendo Psychopathia sexualis creí reconocer algunas de mis aficiones, por lo demás nada desarrolladas o muy poco, y me extrañó no compartir otras. Había modalidades que ni siquiera sabía que existían, o cuya filiación erótica desconocía: lluvia dorada, enemas, coprofilia, gerontofilia, pedofilia, necrofilia… Otras, en cambio, como el exhibicionismo o las relaciones con animales, me parecían más comunes. (…)

»Resulta fascinante el mundo de las fijaciones o parafilias, a las que en aquella época hasta la gente más tolerante o la que utili­zaba términos médicos llamaba aberraciones, desviaciones o anomalías de las funciones sexuales, y que deberían llamarse diversiones o placeres diferentes.

»Una puesta en escena, no muy distinta de la del cine o el tea­tro, acompaña a menudo a estas prácticas y se convierte en parte imprescindible del ritual: la mujer cubierta de pieles que azota al hombre; el amante que, con la mujer a sus espaldas, recorre la habitación imitando los movimientos de un caballo; el masoquista que paga para escuchar siempre el mismo discurso de riña y desprecio; el exhibicionista que ronda los colegios y las iglesias, aguardando una ocasión propicia para mostrar sus atri­butos viriles de la forma más escandalosa posible.

»En tiempos de Krafft-Ebing hubo gente que desarrolló una fijación respecto a los wagons-lits, y se aficionó tanto a los cam­bios de aceleración y al movimiento que solo conseguía hacer el amor convenientemente en los trenes. Para esas personas, en los burdeles de lujo de París y Viena existía una habitación decorada y ambientada como un compartimiento de tren, con efectos sonoros y vibraciones que imitaban el movimiento del vagón.»

Esta reedición del libro de Krafft-Ebing no tuvo el éxito que merecía. Quizá el título, ahora sí, obraba como un revulsivo, o quizá los pasajes en latín habían perdido su misterio con la traducción, o quizá, y esto es más razonable, las fijaciones que describía pertenecían a otros tiempos, y hubiera sido preferible escribir un nuevo libro, que incluyese los patrones de comportamiento sexual actuales.

 


Amélie Nothomb: “Don Quijote es el hombre y el héroe absoluto”

París. Juan Pedro Quiñonero

Tras un respetabilísimo “Bonjour Monsieur”, “Bonjour Madame”, Amélie Nothomb, toda de negro, pálida como una brujita tímida entrada en años, sin maquillar, me conduce en silencio por un largo pasillo oficinesco con incontables puertas cerradas. Esbelta, segura, se detiene sin pestañear, abre una puerta gris ceniza, una entre muchas otras, frente al ventanal de un jardín interior con plantas de sufrida palidez urbana. “Entre, usted primero”, me dice; tranquila, confiada, sin ninguna huella de los estragos de su lejana adolescencia anoréxica. Entro. En una minúscula celda de oficina, sin ventanas, los libros y paquetes sin abrir se amontonan hasta el techo. Hay cartas abiertas y sin abrir por todas partes. Sobre una mesita de ruedas. Sobre los estantes. Sobre la grisácea mesa metálica que nos separa muy dignamente. Ella sentada, muy tiesa, serena, esperando silenciosa. Yo, no menos silencioso, buscando sin encontrar un lápiz, un bolígrafo o algo así, cuya búsqueda prolongo no sin cierta coquetería.

¿No piensa tirar a la basura todas estas cartas que se amontonan por todas partes?

¡No..!

Es usted muy piadosa.

Siento mucho respeto y cariño por mis lectores. Me escriben muchísimo. Paso varias horas al día respondiendo, como puedo.

Son su fondo de comercio.

¡No..! Los quiero y respeto. Aunque no siempre puedo atender sus peticiones. Hay quienes me piden el teléfono de una tenista francesa o un rockero americano. No sé qué decirles. Otros me piden una cita, quieren conocerme.

Debiera buscarse una secretaria.

Me gusta responder personalmente a mis lectores. En la medida de mis posibilidades. Puede llegar a ser un trabajo duro. En ocasiones, tras varias cartas intercambiadas, algún lector dice querer conocerme personalmente para dejar de ser un personaje de ficción, un ser imaginario.

Pura ilusión.

Vivo en mi mundo de ilusión desde niña. Cuando aprendí a escribir mis padres me obligaban a escribir todas las semanas a mi abuelo belga. No sabía qué decirle pero terminaba escribiendo. Debía inventármelo todo, contar historias.

Y siguió escribiendo cartas.

Quizá, sí. La escritura y sus mundos de imaginación son una realidad bien palmaria. En mi caso, me levanto muy de mañana, a las cuatro o las cinco. Escribo durante tres, cuatro, cinco horas. Luego, a lo largo del día, hago otras cosas. Y respondo a mis lectores.

Hay algo angustioso en esa reclusión en uno, varios o muchos mundos imaginarios.

En la vida hay de todo. Cosas angustiosas, felices, tristes, crueles, hermosas. La literatura, las palabras, crean nuevos mundos que están ahí. Y las palabras nos ayudan a descubrir.

¿No se atreve a escapar a esos mundos de palabras e ilusión?

Soy sensible a todo cuanto me rodea. Un día, leí en los periódicos la historia de una epidemia de obesidad entre los GI americanos en Irak. Algo tan inmediato, tan real, como usted dice, provocó en mí reacciones muy íntimas.

A partir de ahí, escribió Una forma de vida.

No “investigué” nada. Sencillamente, dejé que las palabras y la imaginación me revelaran la historia que estaba en mí y que debía contar.

En cierta medida, esa historia es una “revuelta” contra el orden establecido a través de la obesidad. Y quizá tenga muchas cosas en común con su propia historia de niña y adolescente cuya callada rebeldía se manifestaba a través de la anorexia.

La anorexia puede llegar a ser algo muy grave. Una herida interior muy dura y difícil de curar. Me gustaría poder haber ayudado a otras jóvenes y adolescentes que han sufrido lo que yo sufrí.

Tras la anorexia, los personajes obesos aparecen y vuelen a aparecer a lo largo de su obra.

La anorexia quizá tenga en común con la bulimia las ganas desmesuradas de comer, sin posible satisfacción; algo parecido a los estados de alucinación.

En sus alucinaciones, sus gordos, como el GI americano, algo tienen de rebeldes callados y sufridos cuya bulimia es una manera trágica de “contestar” el orden establecido.

En cualquier caso, esos problemas alimenticios nos dicen cosas muy profundas sobre la realidad humana. Cuando era niña, en el Japón, era una fanática de los sumos. Para mí eran algo parecido a dioses o algo cuasi divino. Quizá mi simpatía por los obesos date de aquella época y esos personajes, que son muy reales y también forman parte de la mitología japonesa.

Japón quizá sea la primera de sus patrias.

Quizá.

¿Cómo ha vivido y vive la tragedia de Fukushima?

Mal. Muy mal. Con dolor. Japón es el país de mi corazón. Lo amo con mucha fuerza. Fue, ha sido, es, un choque terrible. He tenido suerte, sin embargo: ninguno de los seres que amo ha muerto. Son ellos, cuando los llamo, cuando hablamos, quienes me dicen que, a pesar de todo, la vida sigue. Incluso me dicen que todo va bien. Ha sido, para mí, quizá para muchas otras personas, cómo dudarlo, un choque tan brutal como el 11 de septiembre o como la tragedia del atentado de la estación de Atocha, en Madrid. De repente, adviertes que la peor tragedia puede ocurrir en cualquier momento. ¿Qué pasará mañana? No lo sabemos: la pesadilla nuclear nos persigue y perseguirá.

¿Le inspira esa tragedia un “tema” novelesco?

No lo sé. No lo había pesando. Es una tragedia que todavía está ahí, muy presente. Una herida atroz. Cuando pasa, cuando vives o eres espectador de algo tan pavoroso, sigues durante mucho tiempo sufriendo, sufriendo de esa herida que no está cerrada y te duele mucho.

De alguna manera, la mitología popular japonesa había previsto en muchas ocasiones una catástrofe como la de Fukushima u otras catástrofes por venir, claro está.

Quizá sea cierto. No solo eso. Los japoneses nacen, se educan y crecen cultivando esos fantasmas catastróficos que son tan reales. Cuando era niña, por ejemplo, los recuerdos del gran terremoto del pasado estaban muy presentes en la vida diaria. Por aquellos años, y supongo que no ha cambiado nada, Japón sufría un pequeño terremoto algo así como una vez por semana. Todos los niños esperábamos el gran terremoto que debía llegar. Esperábamos estar presentes y participar en la aventura trágica del gran terremoto por venir. Quizá esa formación influya en la flema impresionante de los japoneses. Desde niños viven y están educados en esa esperanza loca que asumen de una manera natural. El niño crece y es educado para sufrir, algún día, el gran terremoto que volverá a producirse.

¿Han influido los monstruos del cine y la mitología japonesa en su propia formación?

Es posible. Esa formación japonesa, desde la infancia, también prepara a un combate sin fin contra la muerte. En mi caso no tengo conciencia de esos detalles, ni de sus raíces últimas. Poco importa. Quizá, de alguna manera, esa relación entre los vivos y los seres de la imaginación, monstruos incluidos, sea algo esencial.

Hay algo en usted y en su obra de Peter Pan, niña / mujer que se niega a crecer, viviendo una infancia sin fin.

Si usted lo dice. No lo sé. En cualquier caso, en mi obra puede haber algo de desesperado. Pero no desesperante. No deprimente, no depresivo. Jamás depresivo. En ese punto, también hay algo profundamente japonés. Hay una alegría profunda, subterránea, que siempre florece, incluso en los momentos más trágicos. Pocos días después del estallido de la catástrofe, en Fukushima, alguien a quien quiero mucho me decía: “Si las cosas se complican me iré a Hiroshima; se ha convertido en el lugar más seguro del Japón”.

En ocasiones me pregunto si no hay un aspecto sadomasoquista en su obra.

Pero no hay “gozo” en el daño del otro. Ni mal. Quizá sufrimiento compartido. Un poquito amargo o una cierta desesperación compartida que el autor o la autora contemplan con piedad. Desde otro punto de vista, también se trata de una observación de la realidad más inmediata. Incluso en el plano personal más aparentemente trivial. Incluso en mis relaciones con mi editor, por ejemplo. Hace años confesé a mi editor que estaba pasando un mal momento. Me respondió, muy contento: “¡Eso está muy bien..! Para una escritor o escritora, sufrir puede ser muy positivo para su obra de creación”.

El amor también ha jugado una parte importante en sus relaciones con el Japón y los japoneses.

Claro… mi segunda madre es japonesa y la quiero mucho, mucho. Mi primer amor fue un joven japonés. Japón tiene su propia concepción del amor; es muy rica y matizada, muy diversa, también. En japonés, la palabra color y la palabra amor pueden ser sinónimas. Tienen incontables matices. De alguna manera, cuando alguien dice que siente amor por alguien es similar a decir que siente “color” por alguien. Puede parecer un poco absurdo para muchos europeos. Pero, en el fondo, en su raíz última, es una visión estética que da a la concepción japonesa del amor una riqueza ética, estética, carnal, incluso visual, con prodigiosos matices.

También puede haber algo de profundamente trágico. Recuerdo algunos relatos magistrales de Kamawata, por ejemplo, que cuenta una bellísima historia de amor entre un anciano y una joven que puede ser su hija o su nieta. Ese amor también tiene algo de desesperado que no sé si podrán arreglar productos como viagra o cialis: el amor físico entre un anciano y una adolescente.

Hay otras dimensiones trágicas en la visión japonesa del amor. Una regla quizá canónica es muy simple y trágica: para ser muy bella, la historia debe acabar mal… se trata de una “regla de oro” terrible, pero real. Para los japoneses, una obra de arte que termine con un feliz feliz se convierte automáticamente en una obra fea, incluso de mal gusto. Lo bello debe terminar mal.

¿Alguna relación con los viejos códigos de honor del samurái?

Sin duda. Un caballero, un samurái, debe defender las causas imposibles y perdidas. Y morir bellamente, en defensa de esa causa última y fatal.

En su caso, en sus obras, ese combate fatal puede comenzar con el combate más solitario: el combate de la niña solitaria, que se resiste a comer, que rechaza la comida. Y esa resistencia tiene algo de suicida. Uno de sus personajes decide suicidarse de la manera más “original”: negándose a comer.

Es cierto que, durante muchos años, tuve una relación muy problemática con la comida, con los alimentos. Era algo así como una guerra conmigo misma, quizá con mi familia, con mis íntimos. La anorexia durante la adolescencia hizo estragos. Sufrí mucho. Lentamente, conseguí vencer esa batalla contra mí misma. Finalmente, hacia los veintiún años, creo que vencí definitivamente el problema cuando volví a mi Japón natal, pero yo ya era otra.

¿Qué le parecen los restaurantes japoneses de París y Bruselas?

Hay algunos que no están mal. En París, en la rue Saint-Anne, que fue en su tiempo una calle de clubs gays, hay restaurantes japoneses muy parecidos a los restaurantes populares de Tokio.

Sus problemas con la comida contrastan con su “gula” por la literatura.

La literatura ha sido el alimento que salvó mi vida, en cierta medida.

¿Cuáles son los clásicos del siglo XX que le parecen más actuales?

Proust, Borges… entre los japoneses, creo que Mishima, a pesar de todo, debe incluirse entre los más grandes. Céline, por ejemplo, me parece genial, pero menos importante quizá de lo que pudiera pensarse oficialmente. En verdad, no me gusta hablar de esto. Cuando un escritor joven habla de los clásicos siempre corre el riesgo de la pedantería: citando a este o aquel clásico pudiera parecer que hay algún “parentesco” o “influencia”. En verdad no sé nada sobre los escritores que en verdad han influido en mi obra.

Usted ha repetido que Don Quijote es el héroe más grande de todos los tiempos.

Sigo pensándolo. Don Quijote es el hombre y el héroe absoluto, consagrado en cuerpo y alma a todas las causas justas y perdidas. Por eso es el más grande y universal.

Ilustración: Diego Cuevas


Je t’aime, Amélie

En contra de mis principios, fui proactivo por una vez en la vida y sugerí a la Dirección de esta publicación (a la que denominaremos pitbull) que valía la pena intentar entrevistar a Amélie Nothomb. Pensaba que no se conseguiría, pero que al menos los tendría un par de semanas distraídos y sin darme trabajo. Ingenuo que es uno. El pitbull no se rinde: a los pocos días entré en la redacción puntual como un sevillano y sobrio como un irlandés y, para mi sorpresa, descubrí que la secretaria de Amélie Nothomb nos había confirmado la entrevista. En ese momento temí lo peor: me toca currar. Y así fue; ya saben que en todos los trabajos tiene que haber un compañero pelota y acusica. Pues el de Jot Down es de los peores. Carraspeó, me señaló con el dedo e hizo dos interesantes e improcedentes observaciones: me había leído todos sus libros y se trataba de mi escritora favorita. Fue en aquel preciso instante cuando el pitbull sonrió de oreja a oreja y sentenció:

– Crítica de su último libro. Tienes veinte días.

– Sí, bwana —protesté mirando al suelo, con una dignidad no exenta de firmeza.

Después de tan prolífica conversación me dirigí de inmediato a mi librería de referencia para comprar su última novela, Viaje de Invierno, editada hace pocos meses. Andaba yo un pelín suspicaz con este libro, y no sin motivos. En los círculos habituales de fans de la Nothomb había dos corrientes de opinión: los que decían que era malo y los que decían que era malísimo. A pesar de tan malos augurios, procedí con el ritual que sigo siempre con Amélie: esperé a quedarme una tarde solo en casa, desconecté todos los elementos de distracción, me tumbé en el sofá de leer y lo devoré de una sentada, como hago con todos sus libros. Una vez acabada la lectura salí al balcón a tomar aire fresco, reflexioné sobre la obra y emití mi veredicto: malo de solemnidad. Como me resulta terriblemente difícil hablar mal de mi amada decidí dejar pasar los días y no hacer la crítica que tenía encargada con la esperanza de que el pitbull me dejara por imposible y le enchufara el trabajo a un compañero. Craso error. Andaba hoy haciendo senderismo cuando he recibido un sms del que solo puedo reproducir unas pocas palabras sin saltarme el libro de estilo de Jot Down: “informal, gandul, haragán” y otras lindezas. No me ha quedado más remedio que ponerme al tajo.

El libro ya empieza rematadamente mal: desde un principio Amélie nos anuncia que el protagonista acabará estrellando un avión. 11-S aparte, no puede decirse que la idea sea precisamente nueva: el inicio de Superviviente de Chuck Palahniuk es exactamente igual —los paralelismos e influencias entre ambos autores también darían para artículo. Luego viene una parte totalmente absurda e inverosímil en la que la escritora belga mezcla sus habituales recursos narrativos: historia de amor no correspondido, pequeños homenajes literarios y musicales, un discapacitado mental, la introspección en los personajes —su gran especialidad, que esta vez se ha quedado en mero intento— y, como gran novedad, los protagonistas experimentan con hongos alucinógenos. Y para reforzar la fascinación por el feísmo que impregna toda su obra, en esta ocasión la autora ha elegido como recurso narrativo usar como banda sonora recurrente a Aphex Twin, un tipo tan fascinante como desasosegante —si no me creen, observen Come to daddy en Youtube y verán cómo se les queda el cuerpo—. Un final que no por anunciado en la primera página deja de ser absurdo y un giro argumental pretendidamente ingenioso que los editores en España se han encargado de reventar en la fotografía de la portada. Ya sé que esto les parecerá un spoiler inaceptable, pero es que no vale la pena leerse el libro. Créanme: lo digo por su bien. A esta señora siempre le encuentro algo, pero esta vez me ha resultado imposible. Nada de nada. El único placer que he sentido ha sido ver que estaba cerca del final. Y eso que es de los ligeritos: ciento dieciséis páginas de letra grande e interlineado generoso. Pues ni por esas. Una montaña. Huyan de él como de la peste. Si tienen la mala suerte de recibirlo como regalo, díganles que ya lo han leído y que les den el ticket de compra. Cámbienlo por otro de la Nothomb pero elijan uno de los buenos, los tiene y en cantidad.

Aún así, no se dejen influenciar por todo lo dicho anteriormente. Viaje de Invierno es un mal libro, pero Amélie Nothomb es una autora excepcional que merece ser leída a fondo. Probablemente, lo mejor de la literatura en lengua francesa actual si no fuera por la coexistencia temporal con un genio total y absoluto como Michel Houellebecq.

En lo que se refiere al conjunto de su obra existe una unanimidad pasmosa: Nothomb es una autora tan brillante como irregular. Bipolar suele ser la palabra más usada para definirla. Al respecto existen dos teorías diferentes, que no excluyentes. La primera es que se trata de una escritora excesivamente prolífica. Nada que objetar al respecto; con apenas cuarenta y cuatro años ya lleva publicadas diecinueve novelas más un sinfín de cuentos, obras teatrales y otras zarandajas. Aún presume de sacar al mercado una sola novela de las tres que dice escribir al año. Corolario: si no nos miente y realmente sigue este ritmo, es imposible mantener el nivel de excelencia que caracteriza sus mejores obras a menos que te llames William y te apellides Shakespeare, que no es el caso. Otra explicación, igualmente sensata, es que en realidad Amélie Nothomb solo escribe bien cuando habla ella misma. No en vano, cinco o seis de sus mejores libros son autobiográficos. Siendo este hecho indiscutiblemente cierto, tampoco deja de serlo que tiene un par o tres de novelas de temática diversa realmente sensacionales. Y es que su obra está plagada de obras maestras.

Con apenas veinticinco añitos debutó con la deslumbrante Higiene del asesino. Una maravilla que engancha desde la primera página y donde ya se aprecia el peculiar estilo narrativo que intentará desarrollar a lo largo de toda su obra; argumentos brillantes, frases cortantes como cuchillos y una originalidad a prueba de bombas. Con esta novela ganó todos los premios habidos y por haber. No es para menos. Parte de una trama sumamente ingeniosa: un escritor que jamás había hablado con nadie —un Thomas Pynchon de la vida, para entendernos— gana el Premio Nobel a la par que descubre que le queda poco tiempo de vida. Decide conceder una única entrevista, pero solo al periodista que se le gane dialécticamente. A partir de ahí, la obra se desarrolla en un clímax asfixiante, casi desagradable para el lector. Es una novela difícil de leer, de concentración máxima —ni lo intenten en la playa o en el metro— y que requiere una cierta cultura: entre otras cosas, exige conocimientos de filosofía, dialéctica y de las diversas falacias lógicas. Añádanle la profusión de guiños literarios y llegarán a la conclusión de que no es un libro para regalar a cualquiera. Éste es el gran libro de la Nothomb. El que hay que leer. Hay autores que han entrado en la historia de la literatura por obras mucho menores. Salinger o Kerouac, por ejemplo. Y, probablemente, contiene el mayor homenaje a Céline jamás escrito —vaya, aquí es donde el camino se vuelve a cruzar con Houellebecq.

Pero aun prescindiendo de Higiene del asesino, que ya es mucho prescindir, esta señora ha escrito muchas más cosas en general buenas o brillantes. Sin lugar a dudas, lo mejor de su obra lo conforman una serie de novelas cortas donde nos explica su vida desde el mismo momento de su nacimiento. Son estos libros los que la han convertido en una escritora grandiosa y en el amor platónico de muchos de sus lectores. Un buen amigo —a quien el pitbull ha encargado la continuación de estas líneas— me hizo una vez una interesante reflexión: todas estas obras autobiográficas —Metafísica de los tubos, El sabotaje amoroso, Biografía del hambre, Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán— podrían haberse juntado en un solo volumen, al estilo del gran 2666 de Bolaño. Aunque al principio no le hice mucho caso, con el tiempo llegué a la conclusión de que no iba en absoluto desencaminado. Si se hubieran editado todas juntas probablemente estaríamos hablando de una de las grandes obras de la literatura contemporánea. Y no es una exageración, porque es en este entorno autobiográfico dónde Amélie se encuentra más suelta y brillante. Donde nos ha ganado a todos sus incondicionales. Pero como les digo, ya se encargará otro de explicárselo.

 


Vladimir Sorokin – Piedra en el zapato

Vladimir, yo no soy mucho de leer pero objetivo eres, que lo sepas

En el occidente capitalista debería ser fácil vender a un escritor como Vladimir Sorokin incluso sin hablar demasiado de su obra. Lo vistoso de su currículum a ojos del lector de la zona dólar hace salivar a cualquier responsable de promoción editorial. Ingeniero de formación, artista multifacético (pintura, ilustración, teatro, guión, novela), disidente en la época soviética, marcado después como “objetivo” por una organización juvenil simpatizante de Vladimir Putin (grupo Nashi, 100.000 militantes estimados, poca broma) que quemó públicamente sus libros en 2002 frente al Bolshoi, guionista de una de las sensaciones en Cannes 2011 (Target) y presencia regular en los medios angloparlantes. Algunos de ellos, particularmente osados, se han referido a él como “the next Roberto Bolaño”, se entiende que como next big thing de habla no inglesa.

¿Y aquí? En España Alfaguara publicó en 2008 la que era entonces su última novela El día del Oprichnik, para continuar en 2011 con El Hielo, el primer volumen de la Trilogía del hielo. Ambos libros han tenido una modesta repercusión, fuera de los lugares preferentes de las librerías más importantes.

 

El día del Oprichnik es una novela peculiar. Sorokin se saca de la manga una ucronía distópica en la que en 2020 Rusia vuelve a estar gobernada por un Zar que, al igual que hizo Iván el Terrible en el siglo XVI, decreta un estado de emergencia que le otorga poderes absolutos (la oprichnina). Las páginas narran en primera persona un día en la vida de Andrey Komyaga, un oprichnik (miembro de la guardia personal del Zar) de alto rango. A lo largo de esta jornada, completita aunque no particularmente agotadora para  lo que es el día a día del protagonista, se vislumbra la evolución histórica, política y tecnológica de la madre Rusia y los usos y ritos de la oprichnina.

El hielo plantea el nacimiento y auge de un, digamos, grupo —para no spoilear más de lo que hace la contraportada—, que tiene como misión localizar y despertar a los suyos hasta completar 23000 elegidos, todos ellos rubios y de ojos azules. El método de criba ritual es particularmente expeditivo (a golpes de mazos confeccionados con hielo) y los descartes se cuentan por cadáveres. Al igual que en El día del Oprichnik, Sorokin mezcla a su antojo fantasía y realidad mirando en este caso tanto hacia atrás, haciendo hincapié en las sucesivas purgas que tuvieron lugar durante el comunismo y el tránsito hacia el capitalismo en las cuales los miembros del misterioso grupo juegan roles más o menos relevantes hasta que la hermandad logra una posición de privilegio. No estamos ante un libro autoconclusivo porque, como avanzaba, El hielo forma parte de La trilogía del hielo junto con Bro y 23000, que espero que no permanezcan por mucho tiempo inéditas en español.

Más allá de su capacidad para crear historias perturbadoras en universos potentes, Sorokin destaca por el uso de diferentes registros en la evolución de las tramas en diferentes registros con naturalidad. Durante unas páginas puede ser cercano a Philip K. Dick, para transformarse en Vasily Grossman, pasar a continuación a Max Brooks y volver al origen cerrando el círculo, propinando de paso poco discretas collejitas a los círculos de poder rusos, que no destacan precisamente por su sentido del humor.

Con todo no parece suficiente argumento para vaticinar un fenómeno comercial, pero hay un factor que podría inclinar la balanza. Ambos libros tienen un gran potencial de adaptación al formato televisivo, no en vano Sorokin ha escrito cine y teatro. A ello hemos de añadir la presencia de elementos de fantasía, ciencia ficción, historia oscura, esoterismo y novela negra condimentadas con dosis de sexo más o menos disfuncional aquí y allá en un entorno, para nosotros, exótico como la Rusia postcomunista. Desde aquí se puede oler la pasta.

Cruzaremos pues, los dedos, a la espera de que a HBO se ponga manos a la obra y de que Alfaguara complete la trilogía, a ser posible en un solo volumen como ha hecho NYRB en Estados Unidos.


César Vidal: “Zapatero va a pasar a la historia como el hombre que aniquiló al partido socialista”

Durante los últimos días nos hemos dedicado a glosar la bibliografía completa de César Vidal. Ni que decir tiene que no hemos logrado ni siquiera cubrir una centésima parte de su producción. Novela, histórica o no, literatura juvenil, tratados de Historia, algunas veces novelada, traducciones de las lenguas más oscuras que imaginarse puedan, manuales didácticos y homenajes musicales al Sur de los Estados Unidos son sólo una muestra. Todo eso añadido a un programa diario en ES Radio (20:00 a 0:00 de lunes a viernes) y un pasado de tertuliano en el cual los enfrentamientos antológicos de fuego cruzado con Maria Antonia Iglesias son imposibles de olvidar. Le esperamos en la madrileña Cuesta de Moyano echando largos sorbos a una zarzaparrilla bien fresquita, hasta que don César se presenta portando dos tomos de mucho cuidado bajo el brazo: Camino a la Cultura y una edición bilingüe del Nuevo Testamento traducida por él mismo. “Me la han publicado en estados Unidos; cada versículo figura en el griego original y debajo mi traducción al español. Aquí es impensable que nadie publique algo así”. Intercambiamos las siete crípticas señales masónicas y empezamos con la entrevista.

Siempre me ha llamado la atención la cantidad de libros que es capaz de publicar al mismo tiempo que tiene un programa de radio, concede entrevistas… ¿De dónde saca el tiempo?

Es una cuestión de disciplina, aunque se acusa el paso del tiempo. Tengo menos capacidad de trabajo de la que tenía hace quince años. Mi agenda es muy apretada, pero si uno es consecuente con ella se pueden hacer las cosas. Hoy a las siete de la mañana ya estaba escribiendo, y eso es así por lo menos seis días a la semana. Generalmente, excepto si tengo que salir para una cosa de este tipo que no es habitual, hasta la una no me levanto del asiento y sigo escribiendo. Y luego hay una serie de cosas, como pueden ser las colaboraciones de prensa, la preparación del programa… que lo vas haciendo en ratos perdidos. Yo siempre he dicho que soy un trapero del tiempo y que igual que no se me ocurriría ir tirando monedas de veinte céntimos, de cincuenta o de diez, no voy a ir tirando veinte minutos, cincuenta o diez. Pero sin disciplina es imposible, incluso con las ventajas técnicas de que disponemos ahora. No quiero pensar lo que hubiera podido escribir Lope de Vega de haber tenido el Wordperfect.

De todos los géneros literarios —porque usted ha escrito de todo: Historia, novela, ensayo…—, ¿con cuál se siente más cómodo?

Depende del momento. Hubo un tiempo en que incluso escribía un género u otro según la época del año.

¿Premeditadamente?

Sí, en una época del año escribía sólo sobre literatura infantil o sólo novela, o me dedicaba sólo a investigación histórica, porque había llegado a la conclusión de que encajaba con esa época del año. Ahora, por desgracia, no me lo puedo permitir. Pero no es tanto la identificación con el género como la identificación con lo que estás haciendo. Si estoy trabajando en una novela, como me pasa ahora, y estoy a gusto con ella, ningún problema. No hay ningún género al que sea más reacio, porque además la construcción de un libro es muy distinta en cada caso: hay ocasiones en las que un libro es una obra de marquetería que dura años o décadas, hay muchos libros que acaban en una carpeta porque han llegado a un callejón sin salida para volver emerger años después o no y hay otras cosas que aparecen en un momento determinado como un fogonazo. He escrito alguna novela de la que lo único que tenía era el final. Así que no, no prefiero un género por encima de otro.

Qué da más trabajo, ¿un libro de Historia o una novela?

Depende de cuál sea el libro y cuál sea la novela. Es decir, si hablamos de una novela con una estructura muy compleja, como algunas de las mías, puede dar tanto trabajo como un libro de investigación histórica. Si es una novela más lineal, evidentemente, lleva mucho menos trabajo. Pero también es verdad que yo no trabajo con cosas que no conozco, es decir, no tengo tiempo para documentarme sobre la vida de los aztecas. Si ahora me viene un editor diciendo que Spielberg va a hacer una película sobre los aztecas, que iría muy bien hacer una novela sobre el tema y me ofrece un anticipo muy bueno, le voy que decir que no tengo tiempo. Mis temas son los que conozco bien desde hace años, que me pueden exigir una documentación adicional pero que no me obligan a prender algo que no sé. Y en ese sentido, por ejemplo la que estoy escribiendo ahora, que es una novela concéntrica de estructura complicada, es más trabajosa que algunos libros de divulgación histórica y viceversa.

¿Podemos saber algo más de esta novela?

Está terminada, pero estoy en la fase de redacción final. Las dos primeras partes ya son definitivas y ahora estoy con la corrección de la tercera. Se sitúa en España a inicios del s.XIII e intenta recoger las distintas formas de ver la vida que había en la gente que vivía en nuestro país en aquel entonces, incluso dentro de la misma cultura. A veces simplificamos mucho diciendo que había judíos, cristianos y musulmanes pero Averroes, por ejemplo, no se marchó de España porque sí y era musulmán. Y entre los cristianos sucedía lo mismo, es decir, la situación de enconamiento entre los distintos reinos era muy clara. La novela intenta recoger algunas de esas visiones que son diametralmente opuestas en torno, sobre todo, a un personaje que está escribiendo un libro sobre los genios. Es decir, la novela tiene su desarrollo normal, pero al mismo tiempo está entreverada con otro libro que está dentro de esa novela que es un tratado sobre los genios, estos seres que están dentro de una lámpara mágica; uno de los protagonistas, que vive en Al-Andalus y tiene escaso interés por otras cosas que puedan suceder en ese momento, que son las cosas que aparecen en los libros de Historia, está redactando un tratado sobre los genios: cómo son, cómo se manifiestan, cómo puede uno tratar con ellos, etc. La novela transcurre en dos planos totalmente distintos que en algún momento se entrecruzan.

Voluminosa, supongo.

Creo que la versión final andará en torno a los 400 folios. Es una novela en la que se ha producido un fenómeno que a mí me molesta bastante, pero no lo puedo remediar; empieza a crecer desordenadamente más allá de lo que tú habías pensado. A veces se te ocurren personajes o situaciones que desbordan la estructura, pero en este caso el desbordamiento ha sido masivo, la novela ha ido creciendo y creciendo y seguramente acabe siendo el doble de lo que originariamente yo había pensado.

¿Cuándo estará en las librerías?

No lo sé. Espero terminar de corregir en una semana o diez días y es posible que aparezca a fin de año, pero eso ya es trabajo del editor y yo me desentiendo, igual que hago con las portadas de los libros.

¿De qué libro suyo se siente más orgulloso? No vale decirme “de todos”.

No, creo que hay diferencias y no quieres a todos los libros por igual. Si me preguntan por un libro juvenil me quedaría con El último tren a Zurich, que es Premio Jaén; si me preguntaran por una novela es muy posible que me quedara con La ciudad del azahar o con Los hijos de la luz; y si me preguntaran por un libro de largo recorrido, de muchos años de trabajo, me quedaría con uno que me acaba de llegar, que se ha publicado en Estados Unidos y que es un Nuevo testamento interlineal griego-español. Es el texto griego original del Nuevo testamento con una traducción palabra por palabra interlineando español que me ha llevado años hacer y que al final lo edita una editorial estadounidense porque, evidentemente, ninguna editorial española acomete una tarea de este tipo. Además, la traducción lleva las variantes de los diferentes manuscritos. Si tengo que quedarme con un libro de Historia seguramente sería la trilogía de los tres grandes fundadores de religiones que empezó con Jesús, el judío, que siguió con Buda, el príncipe y que va a concluir con Mahoma.

Además de toda esa actividad, ¿tiene tiempo para leer?

No voy a decir, como el título de una novela, que todo lo que aprendí lo aprendí en la escuela, pero muchas cosas vienen marcadas desde la infancia. Hace un mes me invitó a comer un editor porque conocía a un coronel que decía que me conocía. Cuando llegó al restaurante el coronel, cuyas facciones me parecían vagamente familiares, se me acercó y me dijo: “Soy fulano de tal, éramos compañeros en primero de bachillerato. Siempre recordaré que, mientras lo demás andábamos pegándole patadas a un balón tú estabas apoyado en una pared del patio del colegio leyendo”. Acabas desarrollando un comportamiento de lectura que hace que, en mi caso concreto, no vaya nunca al baño sin llevarme un libro, que lea en los sitios más insólitos y que si, por ejemplo, me siento aquí un rato a esperar, siempre lleve un libro encima.

¿Qué lee?

Soy un omnívoro en cuanto a la lectura, pero hace años que llegué a la conclusión de que no puedo leer todo lo que quisiera por razones de tiempo y edad. Llega un momento en el que dices: “¿cuánto me puede quedar de vida? ¿Veinte? ¿Veinticinco años? Bueno, pues tengo que dosificar lo que leo”. Entonces procuro leer cosas que me parecen especialmente buenas: sigo leyendo mucho los clásicos y no me importa no leer tanto las novedades. El año que no consigo releer La odisea releo El Quijote, y si no La divina comedia; siempre estoy revisando a Shakespeare, Bulgákov o Dostoyevski. Entonces es muy posible que no me acerque al último premio literario de relumbrón salvo que sea un autor que me merece mucha confianza. Ya estoy recluido en el mundo de los clásicos en su mayor medida y también en algunas obras que me parecen de especial interés y que tienen que ver con mi trabajo. Por ejemplo, para esta novela en la que estoy trabajando ahora, he estado leyendo muchos de los clásicos del sufismo.

¿Cuántas lenguas habla?

Hablo, con distinto grado de dominio, ocho lenguas, pero traduzco dieciséis. Las lenguas son como chicas, a las que tienes que atender, porque si no las acabas perdiendo. Puedo leer de corrido un texto en inglés, ruso, italiano, francés, latín, griego o hebreo. Pero hay otras que se resienten del paso del tiempo. Cuando era mucho más joven y pensaba que me iba a dedicar a Oriente fui traduciendo poco a poco, a lo largo de prácticamente un quinquenio, toda la narrativa del antiguo Egipto. De hecho, la mía es la única traducción completa que hay en español. Si ahora me tuviera que poner a traducir un texto sapiencial egipcio no iría con tanta fluidez como hace 20 años. Pero una de las cosas que uno tiene que asumir con deportividad es que se envejece. Igual que en un momento de tu vida te puedes pegar una caminata de cuatro horas sin cansarte, si ahora tienes que caminar de aquí a la Puerta del Sol te tienes que parar varias veces y vas echando el bofe. En términos intelectuales sucede lo mismo.

Los editores de Valdemar nos comentaron recientemente que usted es muy aficionado a los libros que publican.

Es que Valdemar es una gran editorial. No publico con Valdemar, no soy colaborador suyo, no he traducido nada para ellos ni nada por el estilo, pero soy muy imparcial en mis juicios. Valdemar es un ejemplo de cómo se puede llevar a cabo una labor editorial que es buena cubriendo un nicho de mercado que no cubre nadie y haciéndolo bien. Y, además, con poca gente. Es una de las pocas editoriales, y subrayo lo de pocas, que tiene editores que saben lo que dicen. Y eso por desgracia no se da en los grandes monstruos. Ese gran monstruo permite ocultar la falta de talento y conocimiento del editor tras la cuenta de resultados final. Las editoriales pequeñas o saben lo que hacen, o están condenadas a corto-medio plazo. Han rescatado muy bien a autores extraordinarios y hacen muy bien trabajo. Es una editorial ejemplar. Para mí es un ejemplo de lo que es editar.

También cuidan mucho las traducciones.

Y las ediciones son extraordinarias. Además, hay libros que te pones a buscarlos y sólo los editan ellos.

Pues nos comentó que se sentían menospreciados por las otras editoriales, como si no los consideraran una editorial.

Lo que ocurre es que, en muchas ocasiones, la idea de calidad ha quedado sustituida por otro tipo de consideraciones. En el mundo editorial, cuando llevas viviendo de escribir más de veinte años, como es mi caso, has conocido a casi todos los editores de las editoriales grandes y medias. No son gente con un especial conocimiento de su materia y en muchos casos vienen de fuera del mundo de la edición. He conocido a editores que venían del mundo de los artículos de deporte o de la venta de electrodomésticos. Entonces piensas que el dueño de la editorial cree que vender un libro es lo mismo que vender lavadoras o zapatillas de deporte. Pero esta gente que viene de vender raquetas y la ponen al frente de una división de una gran editorial tiene un concepto de sí mismo que no se corresponde con la realidad. El gran negocio sería comprarles por lo que realmente valen como editores y venderlos por lo que ellos creen que valen como editores. Y esta gente que suele mirar por encima del hombro a otros editores pequeños en términos de ventas y volumen incurren en una soberbia injustificada, porque muchos de esos editores pequeños tienen muchísimo más talento editorial que ellos. Y podría citar muchos casos. Aparte de Valdemar, por ejemplo Mario Muchnik, un grandísimo editor que se ha visto expulsado del mercado editorial español. Es algo incomprensible: en un país como Alemania, Italia o Francia estaría al frente de una de las grandes editoriales. Es un personaje al que se ha ido aislando hasta que desaparece del mundo editorial. De repente aparece un año y saca dos libros para volver a desaparecer después. Y eso explica también la política errática de mucho de lo que se edita en España. Yo, que llevo casi 25 años publicando, he visto modas que luego no duraban, pero durante un tiempo se corría el virus de que algo iba a funcionar y luego ha sido un desastre. Alguna editorial ha estado a punto de ir a la quiebra porque el editor decidió que iba a repetir el boom de la novela latinoamericana y, por supuesto, no lo repitió, igual que no se puede repetir el Siglo de Oro español. Y ha habido una época en la que sólo se quería editar a autoras porque no sé a qué cretino se le ocurrió que las mujeres sólo leen a mujeres. Y, como esos tópicos, muchos otros.

También estuvimos hablando de la bajada de calidad del best-seller. Publican cosas que en su día fueron superventas y, comparados con lo que es superventas hoy, como los vampiros edulcorados o los detectives suecos, la calidad ha disminuido.

Creo que hay de todo y que también depende del público. Entre la saga Crepúsculo y el Drácula de Bram Stoker hay un abismo en términos literarios, pero seguramente para los adolescentes de hoy en día la saga Crepúsculo está muy bien; las tres primeras de la trilogía mi hija las leyó en una semana, empalmando una con otra, siendo ella una adolescente. Yo recuerdo haber leído Drácula con once o doce años y recuerdo que me encerraba en el dormitorio, en la penumbra, me ponía a leer sonando de fondo la Tocata y fuga de J.S.Bach y creo que no he vivido un terror tan delicioso en mi vida. Es decir, todo depende de los que des a la gente. El problema es que hay una tentación no sólo en el editor, sino que también en el productor de televisor, por ejemplo, que cuanto más rebajes el producto, más asequible será y no necesariamente es así. A la gente le gusta lo que es bueno. No creo vean Centauros del desierto y se aburran, sigue siendo una buena película. Si decides que en lugar de eso les vas a dar una ración de telebasura porque crees que no van a entender la película es decisión tuya, pero difícil de justificar.

Hablando de películas, he leído que su favorita es La palabra (Ordet), de Dreyer.

Es una de mis preferidas, sí. Una obra maestra. Entra en una serie de temas que para mí son muy queridos y esenciales: la muerte, el amor entre un hombre y una mujer, la inocencia de la infancia, la esencia del cristianismo…toca temas universales. Es una de las cinco mejores películas que se han hecho. Igual que hay que ver Ciudadano Kane o El tercer hombre, hay que ver Ordet.

¿Qué audiencia tendría Ordet un domingo por la tarde en televisión?

Yo recuerdo haberla visto en La clave y tuvo muchísimo éxito. Todo depende. Nadie está dando la opción a la gente de escoger entre Ordet u otra cosa. Sabemos las series y programas que fracasan, pero a ver… yo creo que mucha gente vería Ordet con mucho interés, igual que El tercer hombre, toda la cinematografía de Hitchcock, la de John Ford o la de Kubrick. Sobre eso no tengo ninguna duda.

¿Qué le atrae tanto de los EEUU y concretamente del Sur?

Estados Unidos me atrae porque es un país que conozco desde hace muchísimo tiempo; si tuviera que definirlo con una palabra sería libertad. Y la sensación de libertad que se siente hay que vivir allí para entenderla. Mi hija, que estudia allí, me decía hace unos meses que lo acababa de descubrir. Que aunque había viajado conmigo muchas veces, nunca lo había captado como ahora. Ese poder tener en tus manos tu destino es impagable. Y el Sur me gusta porque recoge lo mejor de los estados Unidos. El Sur por sí solo tiene una herencia cultural que pocas naciones tienen. Si la guerra de secesión hubiera acabado de otra manera y el Sur fuera independiente, su peso cultural sería impresionante. El Sur es Faulkner, Harper Lee, Flannery O’Connor, Elvis Presley, Escarlata O’Hara, el General Lee, los blues, el country, el gospel…para mí es todo un conjunto de sensaciones y manifestaciones estéticas muy queridas.

Y el origen del jazz, también.

Sí, también, pero si nos ponemos a hablar de géneros musicales gran parte de la música del s.XX es el Sur. Alguien podría decir: “Pero los Rolling Stones no”. Bueno, pregúntaselo a los Rolling, porque te dirán que sin los blues ellos son incomprensibles. Y uno los puede escuchar y no acabar de verlo, pero bueno, tú no lo verás, pero yo sí.

Hace poco volví a ver Lo que el viento se llevó y, pese a ser una película maravillosa, el mensaje final que transmite es una exaltación de un modo de vida con muchas injusticias y contra el que luchó Lincoln.

Creo que la idea fundamental es que ese modo de vida terminó, que es inevitable mirarlo con cierta nostalgia por elementos como la caballerosidad pero que, aunque terminó con un final dramático, no acabó con el alma del Sur. Y esa alma en la película son varios personajes, como Escarlata O’Hara, que sobrevive y que, incluso cuando la deja Rett Butler, te quedas pensando si no lo recuperará; la idea es que mañana será otro día, no me doy por vencida, he perdido la batalla de hoy pero veremos la de mañana. Pero también es el personaje de Ashley, una supervivencia todavía más nostálgica. Es el caso de Melania, una mujer que lo pierde todo pero que, sin embargo, sigue adelante. Cuando pensamos en Lo que el viento se llevó siempre pensamos en Escarlata o Rett Butler, pero hay todo una galería de personajes que, con todo lo idealizada que pueda ser la visión que aparece en la película, tienen mucho dolor. Y he tenido esa misma sensación viendo la nueva versión de Valor de ley: una película extraordinariamente sureña, aunque no se aprecia tanto porque no aparecen los negros, la bandera de la confederación y las plantaciones de algodón, pero tremendamente sureña.

¿Cómo fue su proceso de conversión al protestantismo?

Me interesa profundamente el Cristianismo tal y como se describe en los Evangelios. Tengo claro que eso no es la Iglesia católica. El Cristianismo que yo he visto en el Nuevo Testamento tiene muchos puntos de contacto con la Iglesia católica, pero ésta última tiene muchísimas más cosas que se han ido añadiendo durante la Edad Media y la Contrarreforma por las que no tengo ningún interés. En ese proceso de búsqueda me encuentro con una capilla evangélica cerca de mi casa y descubro que creen exactamente lo mismo que yo. Y ése es el proceso. Yo no me hago planteamientos de si es la posición mayoritaria de la cultura nacional o no, me importa bien poco. Cuando me convierto hacía cuatro años que era objetor de conciencia en una época en que los objetores de conciencia íbamos a la cárcel, y era una postura que no entendía nadie. Cuando la tratabas de explicar te miraban con una cara como si acabaras de descender de un platillo volante. En mi caso concreto, si Franco no se hubiera muerto en noviembre del 75 sino en marzo del 76, hubiera ido a la cárcel.

¿Qué piensa de lo que está pasando con el llamado movimiento del 15M? ¿Puede estar organizado por el Partido Socialista? ¿Qué opina al respecto?

No creo que esté detrás el Partido Socialista, aunque no sé si va a estar mañana. El conglomerado inicial es muy diverso: hay gente harta del desgaste del sistema político que se ha erosionado mucho, sobre todo en los últimos años, y hay unas reformas que hay que acometer cuanto antes y ante las que no se pueden cerrar los ojos; hay gente que va porque cree que hay unas reformas que hay que hacer;hay gente que va, simplemente, porque está indignada con la situación que está viviendo, es decir, hay una crisis económica muy fuerte con el espectro de la quiebra en cualquier momento y sin que parezca que nadie toma medidas al respecto; y luego hay gente de los más diversos estratos políticos: en el caso de Democracia Real Ya uno leía el manifiesto y se parecía muchísimo al programa de Izquierda Unida, en el caso de los okupas las conexiones con movimientos poco recomendables las afirmaba incluso algún sindicato policial. Creo que esto se ha ido diluyendo porque es muy difícil mantener ocupado un lugar público durante dos semanas. Entrevisté a un representante de la asociación de comerciantes de la zona y me decía que, aparte de que están desesperados por las pérdidas, tampoco sabían quienes eran los interlocutores. Me decía que ellos hablaban con los representantes de DRY, les decían que mientras se solucionaba la situación les iban a abrir unos pasillos, a limpiar la zona… pero como en realidad ellos tampoco controlan esto, llegaban a la asamblea y se votaba todo lo contrario. Había días en que era imposible abrir el comercio porque había una serie de personas tumbadas y no se querían levantar. El Ayuntamiento de Madrid ha levantado un acta sobre infracciones que van desde manipulación de alimentos de manera incorrecta a tener combustibles, lo que hace que se parezca más a un poblado de chabolas que a cualquier otra cosa. Lo que persiste es una serie de preguntas sobre el sistema que tenemos en estos momentos, sobre el que hay que hacer unas reformas, y no las veo posibles sin un gran pacto de Estado. Y tampoco tengo nada claro que las vaya a acometer ninguno de los grandes partidos, porque probablemente signifique molestar a gran parte de sus propios votantes.

¿Cómo definiría una democracia avanzada? ¿Cuáles son los puntos fuertes en los que se puede apoyar?

Una democracia lo que tiene, por definición, es una separación de poderes, y uno de los grandes dramas de la Historia de España en las últimas décadas es que la separación de poderes es muy débil en el caso de un sistema parlamentario. Prácticamente ha desaparecido.

¿En cualquier sistema parlamentario?

No, pero el sistema parlamentario tiene una separación de poderes más tenue que un sistema presidencialista, porque en el primer caso el ejecutivo nace del legislativo, por lo que ya se convierte en difícil separarlos. En un sistema presidencialista, como el norteamericano, el alemán o el francés sí existe esa diferencia muy marcada. Eso, en otros sistemas parlamentarios, como el británico, queda en buena medida compensado por el hecho de que los electores eligen por circunscripciones. Y como el elegido tiene que rendir cuentas a quienes le han elegido y no a los gerifaltes del partido que han elaborado una lista cerrada eso hace que, en un momento determinado, ese elegido sea muy independiente. Eso explica que en un momento determinado Tony Blair o Margaret Thatcher tuvieran a gente de sus partidos oponiéndose a sus políticas, porque saben que tienen que responder a sus electores y no tanto a la cúpula del partido. En el caso de la democracia española es un gran problema, porque eso erosiona enormemente el sistema de frenos y contrapesos entre los poderes, que diría un norteamericano, y además llega un momento en el que acaba llegando a la administración de Justicia, que es uno de los grandes dramas que estamos viviendo. Que un Tribunal Constitucional, que está formado por gente que mayoritariamente no son jueces, pueda enmendar la plana a jueces como los del Tribunal Supremo es algo muy grave, porque la categoría de jurista es una categoría demasiado gaseosa, y equivale a decir que a usted le van a operar a corazón abierto y, cuando está en el quirófano, en lugar de aparecer un cardiólogo aparece un dentista. Y cuando usted protesta le dicen que es un médico de reconocido prestigio. Sí, pero es un dentista, no un cardiólogo. Y el problema en el Tribunal Constitucional es que ha acabado convirtiéndose en una tercera cámarapolítica que controla enormemente cuestiones de la Justicia como la sentencia que ha permitido a Bildu presentarse a las elecciones. Ése es uno de los grandes problemas del sistema español. Y el otro gran problema es la ordenación del territorio, que económicamente es inviable.

¿Cuál es el origen de los nacionalimos en España?

Es una larga historia. Las raíces de los nacionalismos en España, antes de su aparición, es la resistencia de la Iglesia católica a la formación de un Estado liberal moderno posiblemente por temor a que pudiera producirse un fenómeno similar al francés. Cuando el Estado liberal moderno comienza a construirse a trancas y barrancas en España ya con bastante retraso en relación con otras naciones europeas, la Iglesia católica apoya determinadas formas de regionalismo como un contrapeso frente al poder liberal. Y eso sucede en la zona vasco-navarra, sucede en Cataluña, etc. En un momento determinado, eso que originalmente eran opciones regionalistas y foralistas, en algún caso se convierten en abiertamente nacionalistas, como en Cataluña, y en un momento determinado en una especie de amasijo heteróclito que por un lado conserva un integrismo católico junto con una visión racista e independentista, como es el caso del PNV, muy inspirado en el nacionalismo catalán. Y eso va siguiendo un desarrollo a lo largo del s.XX que en términos generales no ha sido felizpero siempre ha contado con ese respaldo de un sector del episcopado español, fundamentalmente porque siempre se ha pensado que son unos cuarteles de invierno a los que se podían retirar en caso que el Estado fuera fuerte.

¿Una democracia puede funcionar en cualquier sociedad o necesita digamos un cierto “capital social”? Estoy pensando ahora en las revueltas que se han producido en los países árabes…

Soy muy escéptico sobre el funcionamiento de una democracia que no se asienta en una serie de patrones culturales. Incluso esa democracia imperfecta es siempre mejor que una dictadura. Es decir, si me dan a elegir entre una democracia como la argentina o una dictadura, siempre es mejor la democracia argentina que la dictadura de la Junta militar argentina. Pero eso no me consuela mucho. Sin una serie de factores de carácter cultural las democracias tienden a ser fallidas. Y eso tiene mucho que ver con la evolución histórica de cada país. Es triste, pero como decía Lincoln, con la Historia podemos hacer cualquier cosa salvo librarnos de ella. Y pesa. ¿Por qué funciona generalmente la democracia en países anglosajones o en países del norte de Europa y no funciona bien en países del sur de Europa? Pues obedece a varios factores. Por ejemplo, la Reforma del s.XVI. Aquellos países que pasan por ella absorben dos factores que son muy importantes para la democracia. Uno es una visión pesimista del ser humano. Es decir, el ser humano tiende hacia la tiranía por la acumulación de poder porque es un ser que ha recibido la dentellada del pecado, por lo tanto hay que dividir el poder. E incluso los norteamericanos todavía lo perfilan más y esa división de poderes la llaman de “frenos y contrapesos”. El otro factor, que me lo comentaba una psicóloga en el programa hace un par de semanas analizando precisamente el fenómeno de la ocupación de la Puerta del Sol, es que a partir del s.XVI esa Europa de la Reforma empieza a leer la Biblia por sí sola y con un espíritu crítico, mientras que la Europa de la Contrarreforma recibe órdenes desde el púlpito, y eso forma mucho. Yo no creo que eso sea necesariamente una condición sine qua non o que a partir de ahí surja necesariamente la democracia, pero sí crea un humus cultural que ayuda en el avance de la democracia o la dificulta. Si entramos ya en otras concepciones donde el concepto de ser humano no está claro porque ha sido sustituido por el de la comunidad, como es el caso de un contexto islámico, o en concepciones donde el mismo concepto de libertad es extraño no es fácil que se pongan urnas cada cuatro años y eso se convierta en una democracia.

¿Hasta que punto es importante el incitar al pensamiento propio del ciudadano?

Eso es indispensable. O realmente existe un espíritu crítico propio del ciudadano o no hay posibilidad de mantener el sistema democrático.

¿Ese espíritu crítico está castrado en países católicos o islámicos?

Hay una visión de una autoridad que no se discute. Y ése es un gran problema, por ejemplo en España, en la configuración de la izquierda. El Partido Socialista es España es muy distinto del de Alemania porque fundamentalmente es un negativo de la Iglesia católica. Pretende ser un poder que regule la vida de todos los seres humanos desde antes de nacer hasta después de morir. Pero eso es excesivo para un partido político, no puede tener como meta ser una madre nutricia que atiende y regula cada faceta de la vida de los ciudadanos. Es algo que los laboristas británicos o los socialdemócratas alemanes nunca pensarían, pero en el PSOE existe esta idea. Y eso hace que se cree una mentalidad de único partido verdadero fuera del cual no hay salvación. Igual que los españoles suelen decir “la Iglesia”, sin apellidarla —cosa que nunca haría un norteamericano, por ejemplo, sino que hablaría de la Iglesia católico-romana, de la Iglesia metodista, etcétera—. España es el único país, hasta donde yo conozco, donde se habla de “El Partido”. Los que vivimos la etapa final de Franco sabemos que cuando alguien hablaba de “El Partido” se refería al Partido Comunista, y ese PC es sustituido por el PSOE. Por supuesto que había otros partidos, pero no tenían la misma personalidad. Ése es un gran problema para la mentalidad de muchos españoles. Dicho esto, tengo que añadir que, seguramente, en ningún momento de la Historia de España ha habida tanta gente tan instruida y con tanto sentido crítico como ahora. Es muy posible que todavía no sean suficientes, seguramente no es una mayoría de la población que permitiría higienizar el sistema.

Entonces, ¿cómo es posible que el nivel de los políticos sea tan bajo actualmente?

Eso es objetable. Desde luego, vivimos una época no demasiado brillante en cuanto a políticos, pero en la Historia de España ha habido períodos nefastos y ha habido políticos absolutamente incapaces de asumir sus responsabilidades aunque se estuviera aniquilando el país. No creo que la Historia sea cíclica, como creían los griegos o creen los hindúes, pero en la Historia de España nos encontramos con un fenómeno que me sobrecoge, reconozco que a veces me causa admiración y a veces me espanta. De pronto los españoles hacen algo en un momento histórico que no ha hecho nadie. Eso crea una sensación de admiración en el orbe porque nadie lo ha hecho: después de 800 años expulsan a los invasores musulmanes, conquistan las Indias, derrotan a Napoleón a quien nadie había podido vencer antes, echan a Isabel II de manera pacífica y sin derramamiento de sangre…cosas inauditas. Pero pocos años después siempre aparece un iluminado, un fanático que hunde al país económica y educativamente, se llame Fernando VII, Felipe II o José Luis Rodríguez Zapatero. Es decir, siempre es un personaje que en un momento determinado es un iluminado y dentro de su visión iluminada hunde al país, subordina de tal manera la nación a su visión del orbe que aniquila al país, económica y educativamente. Y entonces el país entra en un período, no voy a decir de siesta, sino de intentar recuperarse del golpe que dura, a veces, décadas. Y además nunca asume responsabilidades, lo mismo te puede salir delante del comité federal del partido diciendo que la crisis económica ha venido de fuera y no tiene nada que ver con él o diciendo que “yo mandé a mis barcos a combatir contra los ingleses y no contra las tempestades”. Es un biotipodentro de la diferencia que pueda haber entre unos y otros verdaderamente sobrecogedor. Eso se da en la Historia de España. Y, en muchos casos, a veces rodeado de nulidades —que seguramente sería el caso actual— pero a veces, aunque esté rodeado de gente brillante, tampoco les hace caso. Ese tipo de iluminado es muy peligroso y suele ir pocos años después de una época en que los españoles han hecho algo maravilloso que, en nuestro caso, habría sido la Transición.

Si algún día tenemos ocasión le comentaremos al Sr. Rodríguez Zapatero que le ha comparado con Felipe II. Ahora se lo pongo difícil: hablando del presidente del Gobierno, dígame algo bueno que haya hecho en los siete años que lleva.

Es difícil, es muy difícil. No veo que haya hecho nada bien. Incluso alguna cuestión que a mí me parecería positiva, como enfrentarse al tabaquismo, se ha hecho de una manera tan sectaria, estatalizada e intervencionista que me daban ganas de echarme a fumar. En términos económicos su gestión ha sido aciaga, en términos de política internacional su gestión ha sido aciaga, en términos educativos su gestión ha sido aciaga, en términos del organigrama constitucional su gestión ha sido aciaga… Uno puede ser muy crítico con Adolfo Suárez, José María Aznar o Felipe González pero siempre hay algún elemento salvable en su gestión pero es que Zapatero… incluso él mismo, a la hora de expresar los logros de su gobierno no sé si causa sonrojo o pena. Para él fundamentalmente son todas las leyes de igualdad, la reforma del Código Civil para el matrimonio homosexual y la ley de dependencia. Y ésta última, que sería lo que se podría asumir, no se puede llevar a cabo porque la gestión económica lo impide, con lo cual Zapatero va a pasar a la Historia como el hombre que aniquiló al partido Socialista.

¿El Partido Popular es la solución? ¿Se conocen realmente sus propuestas?¿Es posible el liberalismo socialdemócrata?

El problema del Partido Popular es que tiene distintas sensibilidades. Algunas sí serían útiles para salir de la crisis y otras nos pueden hundir todavía más. Es decir, si las medidas económicas que se van a tomar, por ejemplo, son las mismas que ha tomado Ruiz-Gallardón en el Ayuntamiento de Madrid, que está endeudado en 8.000 millones de euros, evidentemente lo único que vamos a hacer va a ser sumergirnos aún más en la crisis. Si las medidas, por el contrario, son medidas de austeridad y liberalización, como es el caso de la política que ha llevado Esperanza Aguirre, tenemos una cierta esperanza. Imagino que Rajoy optará por una solución intermedia, pero no sé si esa situación intermedia nos va a permitir salir de la situación en la que estamos. ¿Cuándo? Yo me atrevería a decir que cualquier político de cualquiera de los dos grandes partidos, en los pasillos, y negándolo por supuesto delante de su abogado, reconoce que vamos a tener diez o doce años de desempleo para llegar a la cifra del año 2000. Es uno de los grandes dramas el hecho de que esta sociedad no se puede permitir cinco millones de parados durante la próxima década. Es un coste de carácter social inasumible.

¿Qué opina de la definición del régimen de Franco que ha dado la primera versión del Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, en la que lo definía como autoritario pero no totalitario?

Eso es una definición de los años cincuenta, una definición sociológica de Linz, y tiene poca discusión en el sentido de que el régimen de Franco era una dictadura que evidentemente implicó un recorte drástico de las libertades políticas en sus primeros años y más descendente en los últimos; pero no era una dictadura totalitaria. No era La Unión Soviética ni el III Reich. Y una de las pruebas de ello es el enorme interés, a diferencia de los regímenes totalitarios, de Franco por desmotivar de la política a los españoles, cosa que no pasaba en la Unión Soviética, la Alemania nazi o la Italia de Mussolini. Sin embargo, en el caso de Franco, que era una dictadura conservadora, la idea era que la gente no se dedicara a la política. Y la famosa frase de Franco “Hagan como yo y no se metan en política” es imposible de oír a Lenin, Hitler o Mussolini. Creo que esa definición es correcta y diría que mayoritaria entre los estudiosos del tema. Y cuando hablo de los estudiosos del tema no me refiero a gente que se dedica a otro tipo de historias.

¿Qué opina de otras entradas, como las de Azaña o Negrín?

Creo que el problema que ha habido con el diccionario de la Real Academia es que, como toda obra humana, no será perfecto, pero es muy seria en estos datos. La gente que hay en la Real Academia, por eso de que no los han ido nombrando los partidos políticos y no obedecen a consignas políticas, en términos generales es gente muy rigurosa y algunos puede que se dediquen al s.XVIII español, como Gonzalo Ames, o puede que se dediquen a otros siglos, pero en términos generales es gente extraordinariamente profesional que lleva décadas trabajando con fuentes y que el análisis que hace, mal que les pese a algunos, es muy exacto. Pero todo eso tiene un problema, y es que en el momento en que lees determinadas biografías resulta que todo el mundo llega a la conclusión de que el emperador va desnudo. Esta visión que durante toda la era de Zapatero se ha querido dar de la II República y la Guerra Civil, así como todo esto de la memoria histórica, en realidad es un emperador que va desnudo pero que nos dicen que lleva un traje maravilloso. En un momento determinado sale el Diccionario biográfico de la Real Academia y dice “¡pero va desnudo!”. Negrín es un personaje absolutamente execrable por los propios socialistas porque se arrojó en brazos de Stalin y el propio Partido Socialista lo expulsó de su seno. De él hablan mal Indalecio Prieto, Largo Caballero… gente nada sospechosa. Hace unos años Rodríguez Zapatero decide canonizar a Negrín porque fue el último que decidió resistir; como no sabe mucha Historia decide canonizarlo, aparece alguna hagiografía de Negrín, pero es un sinsentido en términos históricos. Cuando sucede toda esta cuestión y aparece la biografía, de nuevo se ve que el emperador va desnudo. Entonces, el gran escándalo es que la Historia no la puede decidir en el Parlamento, cosa típica de regímenes totalitarios y que, como muchas de las conclusiones son falsas, el emperador está desnudo y eso es lo que ha sucedido. Pero cuestionar la categoría historiográfica de un Carlos Seco Serrano, un Luis Suárez o un Gonzalo Ames produce sonrojo. Es como si Belén Esteban saliera diciendo que es mejor actriz que Elizabeth Taylor. Pero a lo mejor, si nos repiten continuamente que es la princesa del pueblo e interpreta mejor que Bette Davis, habrá quien se lo crea.

¿Lograremos algún día analizar la Guerra Civil y la dictadura de Franco con la tranquilidad con que estudiamos otros periodos históricos?

Eso es una cuestión que el paso del tiempo acabará estableciendo por sí solo. El gran problema de la Guerra Civil es que la historiografía de inicios de los años 70 respecto a la Guerra Civil fue muy correcta. Lo fue porque era gente que había decidido estudiar las fuentes y sacar conclusiones de esas fuentes. Y aparecen unos historiadores en esos años 70 que hacen avanzar enormemente el estudio de la Guerra Civil y que la mayoría de las conclusiones a las que llegan han sido irrefutables. El problema es cuando uno decide coger un período de la Historia de España y convertirlo en instrumento político. Eso es un disparate. Hemos visto cosas increíbles: yo recuerdo el centenario de Carlos III —personaje que despierta grandes pasiones en pro y en contra—; uno veía la propaganda de aquella época, con Felipe González, y Carlos III era un socialista. El problema es que aquí ya se ha producido ya una instrumentación de una serie de episodios de la Historia de España. En un país que además tiene una especial habilidad para extirpar trozos enteros de su Historia. Una de las cosas que me sobrecoge mucho es la manera en que determinados períodos y personajes son extirpados y lanzados a las tinieblas y cómo determinados personajes españoles, que tienen una importancia universal, no los conoce nadie en España porque se han extirpado y, sin embargo, son muy conocidos en el extranjero. Por citar mi último libro aparecido, que es “Camino hacia la cultura española,” resulta que hay personajes que son conocidísimos fuera de España porque son de ámbito universal y aquí no los conoce nadie. Nadie conoce a Maimónedes en España, pero seguramente es el judío más importante de la Edad Media y murió en el destierro con una lápida que decía “Moisés el español”. Casi nadie conoce a Ibn Arabi y posiblemente es el místico más importante de toda la historia desde la Edad Media, y era español. Casi nadie conoce a Reina y Valera, traductores de una versión de la Biblia que es la que más se ha traducido al español. Es uno de los elementos que me sobrecogen muchísimo: la incapacidad de asumir entera la Historia y someterla a una crítica positiva.

Ya para acabar ¿ve una España republicana a corto plazo?

El problema es que a la inmensa mayoría de los españoles la cuestión de la forma de Estado le importa muy poco. Yo soy republicano desde que tenía seis o siete años y no me ilusiona lo más mínimo la perspectiva de una III República en España, de todo corazón. La cuestión de la forma de Estado me parece absolutamente secundaria. Puede acabar como el rosario de la aurora. Hemos tenido dos experiencias republicanas —que yo lo siento mucho por los apologistas de la II República— pero en ambos casos fueron muy malas. No tengo yo la sensación de que, tal y como están ahora las cosas, una tercera experiencia fuera mejor. Hay otros problemas que son muchísimo más importantes en estos momentos.

Fotografía: Gonzalo Merat


Antonio Orejudo: “La universidad española es casposa y grosera”

Antonio Orejudo para Jot Down

Un personaje que se llama como el autor de la novela, Antonio Orejudo, y que al igual que él es escritor y profesor de literatura en la Universidad de Almería tras su paso por Estados Unidos. Un antiguo compañero de universidad, Cifuentes, va a visitarlo a la caseta de la Feria del Libro, donde Orejudo firma ejemplares. Cifuentes pasa por una mala racha: problemas en su matrimonio, problemas con su hijo adolescente y problemas con una chica de la universidad que le ha puesto en graves aprietos. Ésta es la sinopsis de Un momento de descanso. La novela analiza el papel que representa el escritor y contiene una constante crítica de la universidad y los estudios de humanidades. Además de mucho sentido del humor, algo característico en todos sus libros.  No se puede desvelar nada más sin recurrir al “spoiler”, palabra con que en algunos foros españoles ha pasado a traducirse el carnicero destripamiento. Pero es suficiente para adentrarnos en la charla con Antonio Orejudo.

La charla tiene lugar en una taberna de la Plaza Flores, en Almería, donde en un banco se encuentra sentado un John Lennon de metal, recuerdo de su paso por esta ciudad en los años sesenta, donde dicen pudo escribir Strawberry Fields Forever. Cerca, en la plaza de Juan Casinello, transcurren los últimos días de las acampadas-protesta del 15-M, asunto que se tratará en la conversación con este escritor que recibiera el Premio Tigre Juan a la primera mejor novela con Fabulosas narraciones por historias (1996) o el Premio Andalucía de la Crítica con la segunda, Ventajas de viajar en tren (2000).  Luego llegaron La nave (2003), Reconstrucción (2005) y esta Un momento de descanso (2011) que el que suscribe estas palabras hace dedicar con una firma antes de pasar a desempeñar su labor como entrevistador:

A propósito de esta dedicatoria, en su último libro un personaje se dedica a estudiar a los escritores no a través de sus obras, sino precisamente de las dedicatorias a los lectores. Usted debe de haber firmado ya seiscientos millones de ellas. Supongamos que ese personaje decide estudiarle a través de las dedicatorias que ha hecho hasta el momento. ¿Qué conclusiones sacaría?

Que soy un tipo sin pizca de imaginación. La dedicatoria te coloca en una situación algo embarazosa. El lector espera un destello de talento… que no siempre se produce. No es posible ser brillante veinticuatro horas al día. Yo, si tengo una hora de lucidez a la semana, voy listo. Por eso, la conclusión que sacaría es que no sirvo para escribir.

La industria editorial está dominada por la novedad constante. Se editan muchísimos libros y además existe toda una guerra comercial para llevarlos a la “primera línea de batalla” del escaparate de las librerías. Usted sin embargo es un novelista que escribe lentamente. Ha editado novelas cada cuatro o cinco años. ¿Cómo se las apaña para escapar de esa dinámica que sí afecta a otros muchos escritores incluso cuando no son superventas, de ese “quítate tú pa ponerme yo” de los escaparates?

No ha sido una cosa que haya planeado. Publico cuando tengo un producto competente y competitivo, como diría el ejecutivo de una empresa. Para trabajar así de lento lo primero que se necesita es una fuente de ingresos en otro lugar, como es mi caso. Me gano la vida dando clases de literatura en la Universidad. Eso me permite ser tan chulo como para decirte esto que te estoy diciendo. Lo demás lo pone la escasa velocidad de mi intelecto. Hay gente que produce sin parar y produce además con calidad. Yo soy incapaz.

¿Cómo salva la tentación, llamémosla ególatra, de dedicarse de lleno a la literatura? De decir “dejo mi trabajo y solamente voy a escribir, que ya tengo un gran reconocimiento”.

Es más peligrosa otro tipo de tentación ególatra. Después de publicar una novela, durante la promoción, te hacen sentir el centro del universo. Y lo que sí puede ocurrir es que quieras publicar otra vez, cuanto antes, para seguir siendo el centro de ese pequeño universo. Eso se soluciona poniendo una calavera en la mesa para recordarte que eres mortal, como aparecen los sabios en los retratos del Renacimiento.

¿Tiene que hacer a cambio de esa libertad algún tipo de concesión al editor?

Lo único que tengo que hacer es soportar la llamada del editor al segundo año preguntando cada dos meses “¿cómo va lo tuyo?”. Bueno, en realidad existe un pacto tácito. En el fondo están de acuerdo con el principio general de que no se puede hacer una buena novela en menos de tres años.

¿Hay algún estudio realizado sobre la media de tiempo en la que un editor se cansa ya de llamar a su novelista?

Un editor nunca se cansa. Yo siempre les contesto lo mismo: “Es posible que no vuelva a escribir una novela”.

Un momento de descanso está llena de estudios literarios de diverso tipo, con nombres bastante rimbombantes. ¿No le causa “repelús” que dentro de un tiempo sea usted también objeto de estudios con un nombre igualmente rimbombantes para, por ejemplo, la tesina de alguien?

Bueno… alguno tengo ya. Lo que me gustaría es aparecer en los libros de texto, si tal cosa existe dentro de unos años, con bigotes y orejas de burro pintados por el alumno. Esa es la prueba inequívoca de haber alcanzado la gloria literaria.

O dar nombre a un colegio.

También, o a un complejo polideportivo.

A propósito de alumnos, en su última novela aparece una alumna vengativa. No sé si al ser profesor de Universidad y escritor, algunos alumnos a los que no les caiga especialmente bien tienen más fácil manifestar su resentimiento al estilo “buah, si es un mal escritor, fíjate”.

Algunas veces, en algunos foros, me ha parecido entrever en algunas críticas demasiada ira como para haberla provocado yo con mis libros. Esa ira sólo puede provenir de un alumno… o de un colega.

Una de sus características como escritor es que trabaja la estructura de la novela de una forma novedosa, o al menos muy alejada de la narración clásica.

Hay escritores que siempre escriben lo mismo. Su obra es un solo libro escrito una y otra vez. Yo soy más frívolo y procuro hacer algo diferente en cada novela. Pero no pensando en el lector, sino pensando en mí. Es que me aburro en seguida de mis obsesiones.

El otro día leí a un lector en un foro que comparaba esas estructuras con la de las películas de Spike Jonze.

¿Sí? (Risas) Qué barbaridad. Es sorprendente. Nunca lo había pensado. Pero bueno, el lector es soberano. Puede hacer lo que le dé la gana. Incluso tirar el libro a la basura. En el caso de mis libros y los de cualquiera. Se lo digo a mis alumnos. Que dejen los libros en la página cincuenta si no les gustan. Hay muchas cosas para leer.

Un momento de descanso también critica los estudios sobre humanidades y en general a la universidad española.

Hay una confesión de un estado de ánimo. Muchos colegas y yo decidimos dedicarnos a las humanidades al terminar C.O.U. Bien, pues estos saberes, que han estado en la vanguardia del conocimiento durante siglos, ya no sirven para nada en el nuevo mundo emergente. Resulta amargo saberse en el margen cuando uno creía estar mejor situado.

Y se trata de otro desengaño, el que llega a cierta edad cuando los hijos crecen y el matrimonio se tambalea.

Cerca de los cincuenta se produce una hecatombe. Da igual lo que hayas hecho en la vida. Seas rico o seas pobre, al llegar a los cincuenta tienes la sensación de haberte equivocado en todo.

Desde hace años se ha puesto de moda una pregunta en las entrevistas a novelistas: “¿Es autobiográfica?”. Esto no sucede en otros campos creativos. Ni en el cine, ni en el arte ni en los cómics. Al menos no con esa constancia machacona. En su novela uno de los protagonistas tiene su mismo nombre y se dedica a lo mismo que usted. Y no le voy a preguntar si la novela es autobiográfica, sino por qué cree que existe esa obsesión en preguntarlo casi siempre.

Pues mira, no me lo preguntas pero yo te lo contesto. Sí, es autobiográfica. Lo es en la medida en que todas las novelas son autobiográficas. ¿De dónde saca los materiales el escritor? De su memoria y su imaginación. Pero no es más autobiográfica que una novela escrita en tercera persona. Claro, hay un personaje que en lugar de llamarse Héctor o Clara se llama Antonio Orejudo. Además aparecen fotos mías. Entonces se produce un efecto óptico y se piensa que es más autobiográfica que si estuviese escrita en tercera persona. Dicho esto, mi idea de por qué ese morbo por preguntar a los novelistas por si su novela es autobiográfica se debe a que la novela ha perdido fuelle y peso social. Entonces la gente se las toma como una fantasía para niños: “este señor se lo ha inventado todo”. ¿Qué hace la novela para intentar recuperar la fe de quienes la han abandonado? Pues se encamina hacia dos lugares: uno es el reportaje o ensayo periodístico, y estoy pensando en las novelas de Javier Cercas. Otro es la auto-ficción: “este señor no me lo estoy inventando yo, esto me ocurrió a mí y para demostrarlo voy a llamar al personaje principal Antonio Orejudo… o Vila-Matas“. Hoy, la gente entra mejor en un testimonio que parezca real que en un testimonio inventado.

Precisamente Vila-Matas aboga en artículos recientes por las novelas llenas de imaginación e inventiva y critica a los que optan por el realismo.

El realismo es también una manifestación de la imaginación. Ni siquiera una fotografía es la realidad. Si haces una fotografía de esta calle, no es esta calle. Ha habido una selección de lo que aparece, una mirada. Contar una cosa —y tú lo sabes que eres periodista— implica también esa selección. Yo no hago esa distinción entre literatura de imaginación y literatura realista.

El sentido del humor es una constante en tus novelas. Recuerdo que hace unos años, no sé si en una entrevista que le hacían o en uno de sus libros autobiográficos, el escritor Martin Amis se definía a sí mismo como novelista-humorista. Eso creo que es impensable en España.

Me parece algo muy valiente, pero el mundo anglosajón es muy diferente. En el mundo cultural español, está prohibido. Y es curioso, porque si echas un vistazo a la tradición encuentras sobre todo libros de risa. ¿Por dónde empieza la cosa? Pues empieza por El libro del buen amor que es una especie de comedia de Lina Morgan pero situada en la edad media. Los personajes aparecen bailando, cantando… un número tras otro, como en una revista. La Celestina, que está muy mal explicada en el bachillerato, es también un libro de risa donde personajes que simulan estar enamorados lo que quieren es follar. El lazarillo de Tormes no invita a la carcajada pero es una sonrisa permanente… y la mala hostia que hay detrás. Y por supuesto el Quijote. Pero la risa parece prohibida en el siglo XIX y en el siglo XX, que es un siglo muy trágico. Y además en España hay una idea penitencial de la lectura. La gente cree que, o le duele, o la lectura no aprovecha. Es algo muy católico. Si alguien dice: “es un libro de humor”, a continuación otro añade “pero de humor inteligente”. Como si la característica fundamental del humor fuera la imbecilidad. Hay un exceso de solemnidad en las letras.

Utilizando la denominación de Amis, el caso de un novelista humorista español tan bueno como Eduardo Mendoza refleja esta situación. Sus novelas más serias son las más valoradas. Y eso que ha escrito varios monumentos al sentido del humor.

Sí, se valoran sus obras serias. Y sin embargo en El misterio de la cripta embrujada, considerada por la crítica sesuda una novela menor, es un intento de escribir algo que no se había hecho antes: una novela que funda la tradición policiaca con la picaresca. Es un experimento literario de primer orden, tratar de combinar el género negro americano con el género picaresco puramente español, a ver lo que ocurre. Esa novela tiene mucho valor. Pero como es de risa… parece mentira que esta cultura nuestra, con esa actitud, tenga al Quijote como su primer libro. Es alucinante la contradicción.

¿Qué autores basados en el humor puedes destacar en este momento?

Si hubiera escrito Desgracia de Coetzee, Ruido de fondo de Don DeLillo y Pastoral americana de Philip Roth no hubiera escrito nada más porque todo lo que tenía que decir lo hubiera dicho ya. Esos tres novelistas y esas tres obras me parecen un resumen envidiable de lo que yo querría hacer. De los tres, el menos humorístico es Coetzee, que aun así tiene su punto. Philip Roth tiene un humor soterrado. El más humorista es Don DeLillo.

Con la alumna vengativa en el instituto americano que aparece en Un momento de descanso podría pensarse en una adaptación en parte de Desgracia, que también tiene un profesor en apuros a causa de un problema con una alumna. Sólo que trasladado, como haría Eduardo Mendoza, a otro estilo de novela.

Cualquier persona que escriba sobre la universidad en Estados Unidos tiene que hablar de eso antes o después. No es una adaptación. Hay otra novela de Philip Roth, La mancha humana, que también habla de eso. Es que hablar de ese tipo de problemas en la universidad anglosajona es como hablar de los problemas de endogamia en la universidad española. Son los dos grandes problemas de un sitio y de otro.

Los anglosajones llaman a ese género o subgénero, como queramos denominarlo, “novela de campus”. En otras ocasiones ha manifestado que sería imposible hacer una aquí debido a las características de la universidad española.

Es un poco cutre la universidad española, sí. Bueno, tú has estudiado ahí…

Lo lamenté mucho y todavía lo lamento.

Es muy casposa, es tan grosera que si haces una novela realista sobre la universidad española te sale una astracanada. Sale una película de Paco Martínez Soria… no, de Pajares y Esteso. Eso es lo que sale. Es otro tipo de desgracia. No, la universidad española no da para un El mundo es un pañuelo, de David Lodge o un Lucky Jim de Kingsley Amis, el padre de Martin.

Hemos hablado de ese desencanto o frustración que llega con la edad. Ahora asistimos a un tipo de desencanto, por ejemplo fijándonos en las acampadas-protesta, que llega a una edad joven. ¿Puede tratarse del mismo tipo de frustración sólo que acelerada por los acontecimientos económicos y sociales? Antes, alguien de veintitantos empezaba su vida laboral con ciertas perspectivas. Ahora antes de empezar ese camino parecen sentirse ya en una situación de desmoronamiento.

Es un desencanto diferente. El desencanto del que te hablaba antes es descubrir que todo aquello en lo que basaste tu vida no sirve para nada, que los saberes que estuvieron en el centro de la cultura están ahora en el margen. Estos chicos se encuentran con que no van a encontrar trabajo. Pero sí hay una relación: ambos desengaños forman parte de un mismo proceso. Desde hace quince o veinte años el mundo está cambiando de una manera brutal, como el paso de la edad media al renacimiento o del renacimiento a la edad industrial. Estamos viviendo un momento muy apasionante para los investigadores futuros. Nosotros, protagonistas de este momento, lo vivimos con mucha incomodidad. ¿Por qué? Porque nos hemos educado en unos principios que se están revelando inútiles e inservibles en el nuevo mundo. Tú menos, que eres más joven, pero yo por ejemplo he aprendido que el saber está en los libros…

Igual que yo. Me eduqué en esos mismos principios. De hecho durante la carrera no se había introducido Internet y he llegado a trabajar en algún diario que todavía no tenía Internet ya en el año 2000.

Entonces entenderás perfectamente lo que te estoy diciendo. Para mí el saber está en los libros. Pero en este mundo que empieza a emerger el saber no tiene que venir necesariamente de la información contenida en los libros. El hombre culto es una cosa mucho más compleja que el hombre culto del renacimiento, que es el que hemos vivido, un hombre que lee, que sabe lenguas. Eso por un lado. Nosotros, los de mi generación y también la tuya, consideramos como un valor la verticalidad y la profundidad. Tú coges un libro, te vas a tu habitación y lo lees en silencio y sin distracciones, en vertical. Y cuanto más profunda y concentrada sea esa lectura, más consideras que te aprovecha. Pues los nuevos cerebros, los de mis hijos o los amigos de mis hijos, han cambiado la profundidad y la verticalidad por la horizontalidad. Estoy pensando en Facebook, un ejemplo claro de horizontalidad. Y los niños, los jóvenes, cada vez soportan menos un producto cultural que les obligue a focalizar su atención en vertical, profundamente. Sustituyen la verticalidad, el enfoque y la profundidad por la diversidad y la horizontalidad. Eso cambia la manera de enfrentarse al mundo. Al final, lo que tenemos en común los de mi generación y los que están ahí acampados es un malestar ante un mundo que está cambiando y cuya forma final no conocemos. En su caso significa desempleo. En el mío significa desengaño.

Es usted profesor universitario y también padre, o sea, tiene contacto constante con gente joven. ¿Cómo ha vivido el asunto de las acampadas?

Cuando hice la presentación de mi libro en la universidad era el día siguiente de empezar las acampadas. Tomé la palabra y les dije “Estoy muy contento de que estéis aquí y hayáis llenado el aula magna para ver a vuestro profesor, del que tenéis que estar hasta los cojones, pero me hubiera gustado más que el aula magna hubiera estado vacía porque todos vosotros estuvieseis en la acampada que hay ahí en la plaza de abajo”. A mí me parece que es un buen indicio que incluso en Almería, que siempre ha sido una ciudad muy pasiva,  los chicos hayan hecho algo. Ahora bien, si nos quedamos en que hemos hecho algo pero no sabemos para qué sirve ese algo, hemos convertido esto en un folclore. Y me temo que se va a quedar en folclore. No veo a la familia Botín aterrada por las acampadas que se han producido en toda España. No, no veo a Botín inquieto.

¿Para qué cree que han servido al final las acampadas?

Esto ha servido para construir una tarima desde la cual quizá se puedan hacer cosas en el futuro. Si dentro de unos meses la plataforma 15-M decide convocar lo que sea ya no va a ser una platlaforma desconocida. Se ha construido la tarima y se ha puesto el micrófono para anunciar actos en el futuro. No creo que se haya hecho más.

Como profesor ¿cómo ve el futuro de esos alumnos que parecen abocados al paro? Para colmo es usted profesor de literatura, en cierto modo uno de esos valores que ha comentado que no sirven ya para nada, o al menos no en el modo en que servían antes. Casi tendría que advertirles. Recuerdo que en la carrera de periodismo, que empecé hace casi veinte años, ya había profesores que el primer día de clase te recomendaban dejar la carrera.

Me gustaría preguntarles cuál es el malentendido que se ha producido en su adolescencia para venir a estudiar filología a la universidad de Almería. Se debe de haber producido algún malentendido, quizá un enamoramiento, una mala canalización de algún impulso sexual… algo ha pasado ahí, pero no es normal que en la universidad de Almería haya más de cien tíos estudiando humanidades y filología en primer curso. Pero, por otra parte, estoy molesto con que nos hayan metido en un tipo de universidad sin comerlo ni beberlo y hurtándonos el debate. Se ha hecho una universidad que tiene que servir únicamente para satisfacer las necesidades del mercado. Ese es el Espacio Europeo de Eduación Superior, más conocido como Proceso Bolonia. ¿Qué quieren las empresas? Pues eso vamos a producir nosotros. Y estoy un poco decepcionado con que los estudiantes no hayan protestado ante el desmantelamiento de la universidad como centro de conocimiento y su conversión en factoría de mano de obra.

Y es un proceso imparable.

No se ha debatido, no se ha discutido. Se ha impuesto. Y lo que más me preocupa y me entristece es que los chicos no se han rebelado.

Quizá le pida demasiado a gente muy joven a la que desde el colegio han conducido a la carrera universitaria.

Es que el sistema es muy hábil. Esto se ha impuesto después de que se haya procedido —desde hace diez o quince años— a una infantilización brutal de la juventud. Recuerdo, cuando estaba en 6º de bachillerato, haberme puesto en huelga contra la selectividad. Eso que se hacía en el instituto ahora ni siquiera es posible en la universidad. Lo de las acampadas por ejemplo: cuando yo estudiaba, la universidad hubiese desempeñado un papel importantísimo en un movimiento con el 15-M. Posiblemente las acampadas se hubiesen hecho en la propia universidad.

¿Qué cabe esperar entonces de la universidad en el futuro?

Que funcione como un perfecto engranaje de mano de obra barata y diseñada para cuestiones concretas. ¿Qué necesita la industria de la energía renovable? Pues tome. ¿Qué necesitan los laboratorios farmacéuticos? ¿Qué quiere Microsoft? Quedarán desterrados todos los saberes que no tengan una aplicación inmediata y tangible. Con las humanidades pasará lo mismo que ha pasado con mis colegas de latín y griego. Se nos pide publicaciones de impacto, así las llaman. Pero ¿qué impacto puede tener hoy una nueva edición de La Celestina? Hasta que dentro de unos siglos (o quizás dentro de unas décadas, a causa de la aceleración histórica) descubramos el disparate y se viva un nuevo Renacimiento.

Esa crítica constante a las humanidades en Un momento de descanso, ¿parte del desengaño ante lo que ya se va a perder o crees que todavía pueden aplicarse de otra manera?

Las humanidades se pueden enseñar de forma que desarrollen el criterio propio y ayuden a no convertirte en un ciudadano fácil de engañar por la publicidad política y económica. Para eso sirven los comentarios de texto. Sí, los comentarios de texto. Los comentarios de texto como tales pueden parecer actividades aburridas. Es como hacer abdominales, una cosa que cuesta pero que es útil si quieres tener tableta. Del mismo modo, cuando desarrollas la habilidad de interrogar a un texto,  ya no creerás lo primero que intente decirte un político, un banquero o un jefe de personal. Has hecho una gimnasia y has desarrollado una capacidad para analizar los discursos y la retórica que envuelve la mentira. Y eso hace ciudadanos más responsables, con criterio, más difíciles de engañar.

Ese poder político que trata de engañar al ciudadano, como ha explicado, ya no se encuentra con esa especie de contrapoder que era la universidad. Pero tampoco los medios de comunicación ejercen de contrapoder, no hay cuarto poder. Es como si todos se hubiesen fundido, se hubiesen hecho uno.

Es como una maquinaria. Yo, que tengo una mente un poco conspiranoica, diría que realmente se reúnen en un sótano y deciden cómo va a ser el mundo en los próximos años. Es fascinante pensarlo así. Pero no creo que suceda de ese modo. Creo que el sistema está tan bien hecho que lleva a que confluyan las fuerzas sinérgicas. Y que todos quieren lo mismo. El proceso de infantilización no sólo en la universidad sino en la sociedad española en los últimos veinte años es abrumador. En el mismo kiosco donde yo compraba la prensa hace veinte años mi alumnos compran ahora chuches. gominolas, caramelos y regalices.

Aunque ese proceso llega a edades más altas, incluso a gente camino de los cuarenta.

O más. Mira, recuerdo que en los setenta, durante el proceso de transición, había un programa donde se preguntaba a la gente por los cambios políticos. Los periodistas salían con el micro y la gente respondía. Y hoy sorprende si consigues ver esos programas la facilidad de palabra, la diversidad de registros de vocabulario que tenía la gente de la calle. Decían de una manera tranquila “bueno, sí, esto lo que pasa es que tal, en principio…”. Y se explicaban como un catedrático. Ahora coges gente por la calle y es que no sabe hablar: “¡Ejj que yo…!” (imita a alguien que vocifera con voz ronca)

A mí me sorprende eso mismo cuando he visto entrevistas a gente muy pobre en algunos países sudamericanos. Tienen un español excelente.

Un español excelente y una exposición de ideas perfecta. Eso indica que son gente con un cerebro muy claro. Eso aquí ha desaparecido. Hasta tal punto de que ahora tengo que leer varias veces los titulares de los periódicos, donde cada vez hay más becarios, para saber qué diablos quieren decir.

Retomando el asunto de la profundización y la verticalidad y el contraste con la horizontalidad y diversidad de ahora, ¿considera que esa horizontalidad puede afectar al escritor en el estilo o en el proceso de creación de la novela? Hay blogs con respuesta inmediata de los lectores, foros donde unos y otro, lectores y escritor, pueden charlar al mismo nivel, está Facebook…

Sin duda, es lo más apasionante de todo. Eso va a tener efecto. Y no sé si lo voy a ver yo. Va a tener efecto en la estructura de la novela… si es que sigue existiendo. No tengo nada claro que mis hijos vayan a consumir ficción en forma de novela. No lo tengo nada claro. Que van a consumir ficción seguro, porque es una necesidad humana. Pero la ficción ya no se produce solamente en forma de novela. Está en blogs, en cine, en otros formatos de Internet, en videojuegos. La novela fue un género que reinó pero ha ido cediendo terreno en los últimos cincuenta años.

No será usted también un apocalíptico de la novela, a la que han matado muchas veces.

A ver. Yo creo que la ficción va permanecer y sus consumidores también. Pero no sé si en forma de libro. Mis hijos no leen, y no será porque en casa no hay libros.

¿No leen ni siquiera los libros de su padre?

Esos son los últimos que leerían. Para que entiendas lo que quiero decirte te pondré el ejemplo de un alumno, que me dijo: “Mira, Antonio, cada vez soporto menos un producto cultural que me exija una atención mayor de tres cuartos de hora”. ¿Qué hará mi alumno con  la obra de Proust? No veo a ninguno de mis estudiantes sumergidos en la lectura de En busca del tiempo perdido, un producto cultural que requiere atención profunda y vertical no ya durante tres cuartos de hora sino durante muchas semanas. A lo mejor la novela, que siempre ha mostrado una gran capacidad de metamorfosis, encuentra una forma que no requiera atención profunda, que no esté construida hacia dentro, sino que sea horizontal, como Facebook. Que no requiera de una atención profunda en algo porque enseguida ofrece otra distracción. De hecho mi novela es criticada por los más sesudos porque tiene muchas “cosas”, me dicen. YA-LO-SÉ. Pero no es un descuido, es una voluntad de hacerla así.

¿Ha probado ya a experimentar la escritura combinando recursos de la red como blogs, foros, Facebook y demás?

Sí. Fíjate que algunas novelas recientes, incluida la mía, tienen fotos. Esa es la influencia más elemental. Eso antes se hacía en los blogs y ahora empieza a entrar en la literatura. Pero yo creo que va a haber influencias más profundas, esa es muy superficial.

Antes hablamos de Cervantes. En alguna ocasión ha comentado que libros suyos son una copia o un plagio de las novelas ejemplares de Cervantes.

Ésta. Me costó mucho hacerla. Empecé en tercera persona y no me salía, y no me salía, y no me salía. Pensé en abandonarla. Me he atrancado y ya está, y hay que saber decir “me rindo”. Y logré sacarla a flote porque me pregunté: “Bueno, ¿ésto cómo lo hubiera solucionado Cervantes? Pues como ha hecho en toda su obra, hubiera puesto a dos tíos a hablar”. Puse a un personaje en la caseta de la feria del libro y al otro que llega y se ponen a hablar. De pronto, todo empezó a fluir de manera natural. Yo creo que Cervantes es nuestro escritor más posmoderno. Explica este mundo mejor que muchos contemporáneos. A él le ocurre una cosa parecida a nosotros. Él también se ha educado en un mundo que desaparece. La desazón por ello, el desengaño, está muy presente en sus libros. Se ha educado en las verdades monolíticas de un imperio que sin embargo se está desmoronando, alumbrando la España de los próximos quinientos años. Él también tuvo fe en unos principios que se diluyeron como azucarillos. Eso mismo nos sucede a nosotros.

En un mundo que como comenta no se va a leer profundamente, y casi seguro poco a Cervantes, podría convertirse en una especie de divulgador de su obra. A lo mejor hasta ha tenido esa intención.

Es que el escritor lo que tiene que hacer es mirar a las generaciones anteriores. Y hacer la lectura contemporánea de esos clásicos. Mi generación y sobre todo las posteriores han menospreciado un poco a los clásicos en castellano. No a los de lengua inglesa, a los americanos… pero sí por ejemplo a nuestros escritores del Siglo de Oro, tan mal explicados en la escuela. Cervantes no es cool. Cuando publiqué mi primera novela y en las entrevistas hablaba de Cervantes en vez de hablar de Carver, me miraban como a un antiguo.

Aquí llega el momento donde acabamos con el concepto de originalidad tan relacionado siempre con el arte. Aprovecho para retomar a Vila-Matas, quien siempre ha apoyado el uso de citas de otros escritores entre otras cosas.

Es que la literatura no es otra cosa que la reelaboración de materiales anteriores. Quien crea que puede crear de la nada es en primer lugar un tipo muy ignorante y además muy fatuo.

¿Entonces sólo es original el primero de todos si rebobinamos?

La originalidad es una nueva mirada sobre cosas existentes. Además es que en la literatura los temas son cuatro: la muerte, el tiempo, el amor y el sexo. Pensar que eres el único estupefacto ante la muerte, atraído por el sexo, enloquecido por el amor o angustiado por el paso del tiempo es una ingenuidad. Esos asuntos han interesado a muchísima gente de talento desde que el mundo es mundo. Un escritor tiene que ir de flor en flor por otros escritores libando lo que le gusta y regurgitándolo como la miel, dando un producto nuevo que esté relacionado con lo antiguo.

Además de la crítica ya comentada a las humanidades, aparece en Un momento de descanso una constante contraposición de dichas humanidades al saber científico, que según la novela explica mucho mejor el mundo actual. En los últimos años otros autores —por ejemplo Houellebecq— incluyen cuestiones científicas en sus novelas, que parecen muchas veces una especie de mezcla de ensayo y ficción.

Houellebecq me gusta mucho, también podría incluirlo entre los que interpretan muy bien el mundo actual. Hubo un tiempo en que los humanistas explicaban el mundo. Pero parece que ellos mismos han renunciado a seguir haciéndolo.  Y hoy el mundo no se puede explicar sin conocimientos de neurobiología o de computación. No se puede entender la culpa sin acudir a un neurobiólogo. Ya no basta con Freud. A mí me gusta cada vez más leer a estos escritores científicos estadounidenses que tienen una capacidad muy grande para explicar asuntos complicados, que son tan divulgativos, con perdón. Junto a la risa eso también está prohibido en España, ser divulgativo.

Precisamente hace poco he terminado un libro de Steven Pinker…

Steven Pinker es un buen ejemplo. ¡Con qué claridad explica cosas complicadas! Que alguien de la talla de Pinker se rebaje a explicarme a mí, que no tengo ni idea de neurobiología, cómo funciona el cerebro está muy mal visto en España.

¿Qué papel representa entonces la novela si antes explicaba el mundo y ya está un poco al margen de ese papel?

Pues sirve para hacerse preguntas: “Dios mío, ¿dónde diablos vamos?”. Y también a para dejar constancia del mundo, como ha hecho siempre. Lo que pasa es que hoy día no sólo la novela  deja constancia del mundo. También lo hacen las películas, las series de televisión y los blogs de Internet. Hay un montón de gente dejando constancia del mundo. La literatura también ha perdido terreno en ese aspecto. Los historiadores del futuro tendrán un montón de información para entender lo que pasa hoy. La novela ya no es la única fuente de información. Sin embargo seguimos creyendo que sí, que la novela es la fuente por excelencia. Pero hace mucho tiempo que ya no es así.


El desierto de los tártaros

Dino Buzzati
Alianza Editorial

El inexorable paso del tiempo y la consunción de la existencia de muchos individuos en una futilidad absurda ha sido el tema de algunas grandes obras literarias encabezadas por La montaña mágica de Thomas Mann, esa monumental novela que advierte sobre los peligros de adormecernos en la anestesia de lo mundano dejando que nuestras vidas se desvanezcan sin propósito, como en un sueño. Ese lamento existencialista sobre la facilidad de los hombres para abandonarse al vacío y convertirse en meros espectadores inertes de sus breves vidas es también la clave principal de El desierto de los tártaros, la opresiva novela del italiano Dino Buzzati. En esta su obra más conocida Buzzati narra la pequeña tragedia vital de Drogo, un joven militar recién salido de la escuela de oficiales que es destinado a una fortaleza situada al borde del desierto. Construida en otros tiempos como bastión de defensa frente a los ataques de los tártaros, la fortaleza es ahora una guarnición anticuada e inútil, mantenida con medios mínimos por si a los tártaros se les ocurriese volver a atacar… posibilidad que ya sólo pertenece al pasado. El joven Drogo llega a su nuevo destino con el corazón repleto de sueños y proyectos: anhela que se produzca un ataque para poder demostrar su valor, convertirse en un respetado héroe de guerra y progresar en su carrera militar. Está convencido de que una nueva guerra contra los tártaros será su trampolín hacia el éxito y considera su estancia en el desierto como un capítulo meramente transitorio en su, por otra parte, brillante futuro.

Pero, pese al entusiasmo con que el novato oficial afronta su nueva misión, la rutinaria monotonía de la vida en la fortaleza va apoderándose de su espíritu, despojándole del entusiasmo y la iniciativa con que había afrontado la experiencia. Progresivamente adormecido por un corrosivo aburrimiento vital, Drogo cae sin darse cuenta en un estado de apatía y los años comienzan a desfilar ante sus ojos mientras él se limita a continuar con aquella rutina que ni siquiera le satisface. Cada vez más, el mundo que dejó atrás —la vida más allá de la fortaleza— parece algo lejano e irreal y el desangelado cuartel se convierte en su único universo; una agobiante jaula donde sin darse cuenta va dejando que desaparezcan sus sueños y esperanzas, abandonándose al vacío mientras los demás consiguen progresar. El ataque de los tártaros, la gran apuesta de su vida, no sucederá jamás.

La historia que nos cuenta Buzzati es dura, deprimente y desesperante como sólo puede serlo la historia de un hombre que malgasta su única y preciosa vida sin motivo alguno en pos de un propósito que resultaba absurdo desde el principio. Si Thomas Mann nos hacía una advertencia sutil en La montaña mágica, Buzzati nos envía una estridente y dolorosa señal de alarma: el mundo está repleto de Drogos que dejan escapar los valiosísimos años que se les ha concedido sobre la tierra esperando aquel ataque de los tártaros que se suponía había de cambiar sus vidas. Así, El desierto de los tártaros, es la clase de lectura que puede llegar a afectar la visión del mundo del lector y, con suerte, transformarle. Al ser mucho menos efectista que —por ejemplo— un Saramago pero también más elegante y de una literatura más clasicista y reposada, El desierto de los tártaros no es quizá una obra de consumo masivo, pero sí un libro imprescindible para quien busque metáforas existenciales no tan obvias y (con perdón) “para todos los públicos” como las del premio Nobel portugués.

 

 


Trafalgar: biografía de una batalla

Los lectores que huyen de los temas bélicos, las crónicas de batallas o los ensayos histórico-militares dejan a veces escapar la oportunidad de enfrentarse a lecturas que van mucho más allá del mero texto informativo y que, ocasionalmente, resultan tan impactantes, absorbentes y fascinantes como la más impresionante de las novelas. Tal es el caso de Trafalgar: biografía de una batalla, que describe el enfrentamiento a cañonazos entre las flotas británica y franco-española frente a las costas de Cádiz, en 1805. Aparte de la importancia histórica de la batalla en sí, que básicamente impidió a Napoleón invadir Inglaterra —algo que ha marcado el devenir del mundo hasta nuestros días—, el libro de Roy Adkins es una narración apasionada e impactante de lo que suponía para aquellos hombres hacer frente a los peligros del océano y la crueldad del combate naval. Tras un breve inicio centrado en inevitables consideraciones históricas y estratégicas, el libro se lanza a narrar la batalla y es cuando el lector, cualquier tipo de lector, es irremisiblemente prendido.

El gran mérito de este trabajo es lo mucho que recurre a citas directas de testigos de la batalla, obtenidas de cartas escritas en la época o de diarios y memorias, lo cual termina dándole un barniz de autenticidad y realismo a la crónica de la batalla que hubiese sido imposible de conseguir solamente con una narración lineal del estudioso autor. Casi podría decirse que en Trafalgar: biografía de una batalla nos llegan a salpicar la sangre y las astillas de madera de tan inmediatas que pueden resultar las imágenes encerradas en sus páginas. Incluso por momentos resulta difícil distinguir el libro de una película a causa de la vivacidad con que se nos transmite todo lo que aquellos hombres sentían; cada miembro amputado, cada golpe de bala o cada barco que empieza a hundirse ponen al lector en tensión. Al contrario que otros libros sobre batallas que se limitan a un recorrido táctico o a consideraciones político-estratégicas, esta obra nos pone en el pellejo de los hombres y mujeres que participaron de un modo u otro en el sangriento enfrentamiento de Trafalgar. Se nos muestra su esfuerzo, su miedo, su dolor, su piedad y su sentido del honor, y nos da una idea muy convincente de lo que suponía estar a bordo de uno de aquellos buques expuesto a los cañonazos, los disparos y las amenazas del mar. El libro, además de contar la evolución de la batalla en sí, dedica su última parte a la escalofriante narración de una pavorosa tormenta que, justo cuando había terminado el enfrentamiento, azotó a ambas flotas durante varios días y que mostró la otra cara de la guerra: los soldados que un día antes se mataban entre sí se vieron impulsados a rescatarse mutuamente ante el aterrador temporal que estaba destruyendo a los dos bandos por igual, mientras la población española de la costa hacía lo que podía por salvar la vida de marineros españoles, británicos y franceses, sin distinción entre amigos y enemigos.

Si hay un ensayo histórico y bélico capaz de capturar la atención incluso a los lectores más reacios a leer esta clase de libros, es sin duda éste. Emocionante, cautivador, ágil y repleto de testimonios inolvidables. Fervorosamente recomendado.