Alberto Rojas: Mis monstruos favoritos

Mis monstruos favoritos

Mercado de Kitoga, en las montañas de Haut Plateaux, República Democrática del Congo, sobre las 12 de la mañana un día de octubre de 2011. «Hace una semana se liaron a tiros en este lugar, así que ni una puta broma», nos dice a Fernando y a mí el guía y traductor. «Y haced el favor de guardar las cámaras». Bajamos la ladera de la colina y vemos los tenderetes de madera a lo lejos, casi vacíos. De un lado vemos a unos cuantos adolescentes armados. «Son de la milicia Mai Mai. Allí enfrente tenéis a los chicos del FDLR», y el guía señala un grupo de gente mirando a medio kilómetro de distancia. FDLR, o sea, Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda, o sea, los hutus de las milicias Interahawe que mataron en 100 días de la primavera de 1994 a 800.000 tutsis, y que malviven aquí, en estos mismos bosques. Pocas mujeres, algunos niños, ninguna sonrisa. Sobre todo hombres en un mercado dominical, con el Kalasnikov sin seguro y canana llena de balas como morcillas. «Con los Mai Mai tened cuidado, pero a los ruandeses ni los miréis. Aquí comienza su territorio».

¿Pero cómo no los vamos a mirar? El grupo armado más infame del este del Congo, con un historial de violaciones y matanzas solo a la altura de los Jemeres Rojos, las SS o los escuadrones de la muerte en El Salvador, está delante de nosotros. Claro que vamos a mirarles. Yo al menos no hago otra cosa. Pero culebreamos entre los puestos con la sensación de que son ellos los que no nos quitan los ojos de encima. A alguien se le ocurre comprar caramelos para los niños que nos siguen. Eso relaja algo el ambiente. Me llama la atención uno de los FDLR, con un gorro de lana verde en la cabeza y parka militar. Es mucho más alto que los demás y, por su actitud dominante, parece el jefe. Cojo el paquete de tabaco que siempre llevo en estos sitios y le ofrezco un cigarro. Pilla todo el paquete, claro. «Venga, vamos que esto se va a animar», dice nuestro guía. Y nos piramos antes de que se monte la balancera.

Esa fue la primera vez que estuve en eso que llaman tierra de nadie, es decir, en uno de esos lugares donde la única autoridad es un rifle con balas y alguien capaz de dispararlo. Como en el Far West o en el Caribe del capitán Morgan, donde la ausencia de leyes y de gente para aplicarlas provocó el nacimiento de mitologías literarias como los piratas o la conquista del oeste. Es cierto que los señores de la guerra congoleños tienen mucho menos glamour que Toro Sentado o los corsarios de isla Tortuga, pero el contexto de impunidad y de vida al límite está también aquí, con su guerra por las minas de oro, borracheras épicas, raptos de mujeres, asaltos a las aldeas enemigas y uso y abuso de pociones mágicas. Son el general tutsi Makenga, criminal de guerra; el coronel Cheka, señor del coltán, responsable de 300 violaciones en cuatro días a las órdenes de su milicia Mai Mai; o Sylvestre Mudacumura, líder de los genocidas hutus ruandeses y por el que EE. UU. ofrece 55 millones de dólares por los crímenes que comete contra la población civil. Galácticos de la guerrilla en la selva, estrellas de la champions league en la no man land junto a los charlies vietnamitas o las FARC colombianas.

En el este de la República Centroafricana sobrevivía Yanik. Él se ofreció a contarnos cómo había sido capturado por el Ejército de Resistencia del Señor de Joseph Kony y cómo aquella experiencia le había marcado de por vida. Era solo un niño, pero le obligaron a comerse a cuatro o cinco de sus compañeros, a matar a bebés recién nacidos, a violar a mujeres. Su vuelta a la vida cotidiana, según reconocía, era ya imposible. Estaba haciendo terapia, pero durante dos años la muerte para él había sido una forma de vida. Estaba en su mano decidir quién vive y quién muere y no le temblaba el brazo a la hora de aplicar su ley. «Cuando me enfado tengo ganas de matar, y eso puede pasarme varias veces a la semana». Cuando terminamos la entrevista, Raquel verbalizó algo en lo que yo no quise ni pensar: «¿Y si este tipo se enfada con nosotros y quiere liquidarnos esta noche?». Debimos caerle bien, porque las paredes de cañizo de la casa de Médicos Sin Fronteras en Zemio no hubieran sido problema para que Yanik viniera a trocearnos con un machete. Ese era su territorio. Y en su territorio los hombres como él matan a cuchillo y luego limpian el filo con la lengua como si fueran el conde Drácula.

La historia de Kony es tan vieja que aún le crece el pelo, pero no hay quién le ponga el punto y final. Un señor de la guerra con casi 60 años sobreviviendo en la jungla a cinco ejércitos persiguiéndole, incluyendo el estadounidense, secuestrando niños, con un séquito de 60 esposas y una fama de hechicero loco que le ha dado un aura de inmortal.

Yanik nos enseñó una cicatriz en el brazo donde Kony había vertido una especie de aceite mágico que hacía que se comportaran como animales en los asaltos de conmoción y espanto. Todos los miembros de su milicia llevaban esta marca igual que los presos de Auschwitz llevan números tatuados. Ahora su presente es buscar trabajo en un estado fallido, intentar comer a diario, integrarse en la nada. Pero Yanik nos confiesa que no estaría tan mal que Kony volviera a capturarle. «Vivir en la selva no estaba tan mal. Había comida, alcohol, mujeres». La vida pirata, la vida mejor.

Aunque si se habla de warlords y tierras sin ley hay que hablar de los somalíes. El islamismo radical ha hecho del cuerno de África un vertedero maloliente con hedor a Yihad y a animales muertos. Allí mueren de hambre miles de personas y allí, entre sus ruinas, administran la miseria los jefes de los clanes, los tipos más corruptos e inhumanos que uno haya conocido. Si toda la energía que han puesto en 20 años de guerra la hubieran canalizado de otro modo, Somalia tendría luz eléctrica para los próximos siglos.

Recuerdo a los chicos del clan Daroq, que controlaban el casco viejo de la capital, mascando la hoja de kat al atardecer, esa droga de efectos similares a la cocaína, dicen. Solo que estos no estaban eufóricos, sino sentados frente al mar, tranquilos, saludando al periodista blanco con educación exquisita mientras sus compañeros descargaban el pescado, todos con su arma a la distancia de su brazo. No vaya a ser qué. No hay que dejarse engañar. Son los mismos que violarían y matarían a una mujer blanca y luego pondrían precio a su cadáver. Cosa que ya ha sucedido. Son los mismos que asesinan sin escrúpulos a cualquiera que ose discutirles el negocio del puerto, el cobro de comisiones, la piratería del Índico, los vertidos químicos pactados con la camorra, la venta de camellos a Yemen, el pago puntual de los secuestros. De vuelta al hotel, atravesamos el checkpoint de los tullidos, una barrera en la que los mutilados de guerra intentan sacar algo para sobrevivir a los incautos que atraviesan Mogadiscio.

Aunque mis monstruos favoritos, los pobladores de las pesadillas que me llevaría a una isla desierta no son ni los hutus del machete ni los somalíes, ni siquiera Kony y su chamanismo asesino. En mi último viaje al Congo me hablaron de unos tipos muy curiosos: los profanadores del Raïa Mutomboki, literalmente, «los ciudadanos indignados». Lo de volverse loco viene en la letra pequeña del contrato de la guerra, pero lo de estos tipos es demasiado. Este grupo, de reciente aparición, sin agenda política alguna y formado por civiles, ha conseguido armas para combatir a todas aquellas milicias extranjeras que operan en el este del Congo, que no son pocas. Lo que pasa es que estos tipos se han convertido en fundadores del club de fans del holocausto caníbal.

Hace poco me contaba un miembro de una ONG que tuvo que negociar con ellos algunas pinceladas sobre su brutalidad. Cortadores de cabezas, destripadores, violadores de mujeres, de hombres, de niños. Profanan las tumbas, celebran rituales con los cuerpos, atacan a civiles con una furia apocalíptica. En Occidente nos escandalizamos porque unos soldados orinan en el cadáver de sus enemigos, algo tan antiguo como la guerra de Troya. En el este del Congo pueden obtener un extenso catálogo de espantos, pero en la selva no hay Youtube.

Son tipos que juegan a montar su propio congoleño por piezas, el horror de Kurtz hecho milicia. Beben un licor mágico que, según dicen, les hace invisibles, así que los chicos de Médicos Sin Fronteras tienen que hacer como que no les ven cuando les esperan en un control de carretera. La orden es «no les miréis». Y pasan de largo. Ahora, estos profanadores combaten con dureza al FDLR, los hutus del machete. «Si algún día te los encuentras», me dice el cooperante, «no les des la mano. Creerán que quieres robarles su fuerza».

Fotografía: Alberto Rojas


Alberto Rojas: La playa congoleña del Che Guevara

cheuvira - fotografía de Alberto Rojas

Hay una Biblia encadenada a una caja de madera que sirve de mesita de noche, una cama con una mosquitera agujereada, un cubo para ducharse y un vaso mugriento para dejar el cepillo de dientes. Pero en esta ciudad es como dormir en el hotel Astoria. Lo alquila Ferry Schippers por un puñado de dólares y nos sirve para pasar un fin de semana tranquilo antes de ascender las montañas de Haut Plateaux. Cerveza fría y buen pescado, promete Ferry. Y eso encontramos, sí, en el Blue Cat, el restaurante en el que desayunamos, comemos y cenamos. Fuera de la habitación hay una rienda de radiocasetes. Su música incendia la calle y me jode la siesta.

El mayor enemigo del periodista extranjero en África no es la falta de seguridad, la desconfianza de los civiles, la censura de las autoridades, los checkpoints de militares borrachos, que intenten tangarte a cada paso, las balas perdidas, la malaria, los secuestros, la ausencia de infraestructuras. Todo eso te lo puedes encontrar en determinados sitios, sí, pero hay algo que por momentos está presente en todos ellos: el tedio.

El tedio a veces puede pillarte en un hotel en el Sahel sin aire acondicionado con 45 grados a la sombra, sin nada que hacer ni a dónde ir, te puede cazar en una larga sobremesa en mitad de ninguna parte en Sudán del Sur, con las moscas revoloteando por encima de los platos vacíos, esperando a que el frescor del crepúsculo vuelva a activar la vida a nuestro alrededor. O en un paso de frontera entre Burundi y Congo, esperando a que un funcionario corrupto congoleño acepte nuestra mordida y nos selle el pasaporte para pasar al otro lado, la ciudad de Uvira, en la orilla opuesta al lugar en el que Stanley encontró al doctor Livingstone.

El tedio, el aburrimiento de tener que quedarte un fin de semana con una Biblia atada a una mesa de noche en una habitación sin luz en una ciudad congoleña a orillas del lago Tanganika, porque hasta el lunes no puedes partir a tu destino, y descubrir allí a seres mucho más tediosos que tú mismo. En Uvira nos encontramos a Clemont, un francés que vive en una casa colonial que parece abandonada, como él. Está aquí por un desengaño amoroso y lo único que hace es mantener las apariencias de una ONG que dice que está cuando en realidad se marchó hace tiempo. Toca la guitarra, cocina espagueti y ve pasar la vida con indiferencia.

Uvira, el lugar en el que me encuentro, fue una de las ciudades a las que llegó la cruzada internacionalista del Che Guevara. En 1965, harto de la parálisis de los barbudos cubanos, el revolucionario argentino dejó La Habana y se lanzó a expandir su revolución por aquellos pueblos que combatían contra el colonialismo. Un año antes lo había dejado claro él mismo ante la ONU: “Los pueblos de África están obligados a soportar que todavía sea oficial en el continente la superioridad de una raza sobre otras y que se asesine impunemente en nombre de esta superioridad. ¿Las Naciones Unidas no van a hacer nada para impedirlo?”. Más tarde comenzó una gira africana que le llevó a Argelia (varias veces), Malí, Congo Brazzaville, Guinea Conakry, Ghana, Dahomey y Tanzania. El Congo era su última parada.

El sábado por la tarde, hartos de apartarnos las moscas, nos decidimos a dar una vuelta. Vamos hasta la orilla del lago, donde descansan las barcas de los pescadores y rápidamente nos rodean decenas de niños descalzos. Fernando le da dinero a una niña mayor para que compre caramelos para todos. Un grupo de adultos nos mira de lejos cosiendo unas redes de pesca. Allí mismo, en esa playa, esperaba el Che a que Kabila y sus guerrilleros le visitaran para unificar tácticas y poner en común objetivos. Esperó meses y Kabila, cuando por fin se presentó, se mostró desdeñoso y arisco. El “Tatu”, como llamaron aquí al Che Guevara, apuntó en su diario: “Esta es la historia de una descomposición. Debemos extraer una serie de experiencias útiles para otros movimientos revolucionarios. La victoria es una gran fuente de experiencias positivas, pero la derrota también lo es”.

El Che nunca se entendió con los congoleños porque no tenían nada en común. Kabila no era mejor que el dictador que le antecedía ni que el que vino después, un tal Mobutu. Su hijo lleva hoy las riendas de un no país que presenta los mismos problemas que El Congo que dejó su padre. Se acerca el crepúsculo y llegan los últimos barcos con el pescado fresco. Uno de esos peces me lo comeré esta noche con una cerveza bien fría en el Blue Cat mientras suena un poco de rumba congoleña.

Camino del hotel pasan a nuestro lado soldados armados hasta los dientes apartando a los niños que nos rodean. Uno de ellos, cargado con un gran lanzamisiles más alto que él me mira entre curioso y mosqueado. ¿Dónde vas con eso?, le pregunto así, en español. Una soldado herida en una pierna curiosea mis fotos y me pide que le haga un retrato. Ponte ahí, Mama. Sí, junto al muro. Click. Mira que guapa sales. Click.

Fotografía: Alberto Rojas


Alberto Rojas: Doctor Livingstone, supongo

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Cinco de la madrugada. Noche sin luna. Del piloto sudafricano solo se aprecia la brasa de su cigarrillo en los márgenes de la pista. Huele a queroseno. Las últimas gotas de lluvia refrescan la noche del trópico y abrillantan el asfalto del aeródromo de Bangui. Antes, cuando no existía la luz eléctrica, se encendían teas de petróleo en el asfalto. El neón azul del día perfila ya el horizonte cuando la avioneta se une al viento sobre los primeros árboles de la jungla. No es un momento menor. Cada vez que una avioneta despega en África se renueva una promesa de aventura, aunque el destino sea un lugar de mínimas esperanzas y éxitos precarios.

Las carreteras, que nacen orgullosas en la rotonda central de la capital, van arruinando su reputación cuando se alejan de su nacimiento. Fuera de la ciudad ya son pistas de tierra. Más allá, caminos de cabras. Hasta que la naturaleza las engulla más adelante. Entonces solo quedará este pequeño minibus alado para sobrevolar 600 kilómetros de selva.

A la altura de este pájaro de hélice se distinguen las aldeas aún adormecidas en los claros del bosque, planicies de café, cortinas de tormenta gris descargando a unos kilómetros, el avance a saltos del gran río, montañas oscuras, marismas, el humo de alguna hoguera que calienta ya el desayuno. Ya sea atravesando el Sahel desde Niamey hasta Agadez, siguiendo el cauce del Nilo blanco entre Sudán y Etiopía, remontando las aguas del Congo desde Kinshasa hasta Goma o sobrevolando las caravanas de camellos de Somalia, esa altitud del avión de hélice al amanecer representa la zona perfecta. Siete horas y varias paradas después, montados en esta pequeña cafetera que más que subirte en ella, te la pones, llegamos a algún lugar que no viene en los mapas.

La tartana con alas enfila hacia una cicatriz de tierra roja abierta en la selva. Al contacto con el suelo, salta y se tambalea como fuera una carreta de la Wells Fargo perseguida por los apaches. El petardeo de la hélice se apaga en medio de la nada verde. Welcome to Ovo, dice uno de los dos pilotos sudafricanos de la avioneta. Pero en realidad Ovo no es mucho más que una aldea de refugiados y un destacamento militar donde malviven un grupo de 20 soldados estadounidenses y unos 200 ugandeses, que remolonean a la sombra de los mangos. Si hay en África algún sitio como aquellos puestos avanzados que jalonaban la frontera de Estados Unidos en su camino hacia el oeste, bien podría ser este.

Cuando bajamos, bajo una emboscada de luz incandescente me encuentro con una mano blanca. “Doctor Livingstone, supongo”. En perfecto español, una voz familiar nos saluda a Raquel y a mí con cariño. No puede ser posible. El mítico Father Carlos, el exmisionero de Uganda, con el que ya he hablado varias veces por teléfono y leído y releído su libro Hierba alta, está en esta pista, en este instante. Si será grande África, que tengo que venir al fin del mundo a encontrármelo. “Sí, doctor Livingtone, supongo”.

El Father Carlos, que en realidad se llama José Carlos Rodríguez Soto, es el único español que ha hablado con Joseph Kony, brujo apocalíptico del Ejército de Resistencia del Señor, en aquellas largas y difíciles conversaciones de paz entre la guerrilla de este chamán enloquecido y el gobierno de Uganda. Es uno de los mayores expertos en este sangriento hechicero porque aquella guerra civil le cogió entre dos fuegos. Después de Uganda trabajó en Congo, mientras que el warlord se refugiaba también allí para huir de la persecución montada por cinco ejércitos para encontrarle vivo o muerto. Ahora que Kony se esconde en algún lugar de esta selva centroafricana, José Carlos llega a este rincón del mundo, el más triste del planeta, según dice, como representante de la ONU.

Alrededor curiosean varios grupos de soldados ugandeses con la piel del color del cobre envejecido. Son los que buscan a Kony en grupos de 20, tres meses dentro de la selva, peinándola, siguiendo rastros de huellas y hogueras, intentando anticiparse a aquel que, dicen, escucha rumores, lee los vientos y es capaz de esquivar las balas. “Son un ejército eficaz, no como los centroafricanos, que no tienen equipamientos, ni disciplina. Estos chicos ugandeses, muchos de su propia etnia acholo, acabarán cazando a este señor de la guerra. Y tendrá que sentarse ante un tribunal y pagar por sus incontables crímenes”, dice José Carlos. Me despido de él, ya que para nosotros el viaje no ha terminado y ya nos espera el personal de MSF Holanda en la vecina Zemio.

Meses después de aquel encuentro volveré a darle la mano en Madrid, donde espera para regresar a su misión después del golpe de estado en Bangui de los rebeldes de la Seleka. Me cuenta cosas que no pueden encontrarse en ningún libro no solo sobre Kony, sino sobre el latido de esa nueva África que, con seguridad, será el continente protagonista del siglo XXI. Mientras termino de escribir esto, leo que los familiares de Joseph Kony reconocen que les ha llamado tras cinco años de no tener noticias de él. Dice que sigue escondido en la selva, mitad depredador mitad presa, mientras que a su alrededor se teje la tela de araña para cazarlo.

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Fotografía: Alberto Rojas


Un barbudo cruzando África

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Los mamporros y los insultos se escuchaban con nitidez. A nadie parecía importarle. Miro a los dos periodistas tanzanos que se sientan a mi lado en ese pequeño cubículo del Ministerio del Interior de Sudán del Sur. “Esto no pasa en tu país, pero en el nuestro tampoco”, me dice uno de ellos. Los tres estamos aquí, entre archivadores polvorientos, para obtener el tercer permiso del día, el que te permite filmar o hacer fotos en las calles de Juba. Entran y salen funcionarios en chancletas y soldados que sonríen bajo sus gafas de sol más falsas que Judas. Hace un calor que duele bajo las chapas de metal que hacen de tejado. Este edificio hace décadas fue una preciosa mansión británica, pero hoy es poco más que un chamizo descascarillado.

El funcionario, media hora después, pide nuestros documentos y accede a tramitarlos. Ya he pagado 100 euros en otros dos carnets de prensa y este me costará otros 30, pero me aseguran que con estos tres permisos ya no necesito nada más. En la sala de al lado siguen los golpes. Un tipo sale y da órdenes al funcionario que nos atiende. Decido levantarme e ir a ver qué pasa. ¿Qué pueden hacerme? Me asomo y veo que, sentado en una silla, hay un fulano con barba y las manos atadas a la espalda. Los dos milicos que custodian la puerta fuman tranquilamente. El tipo se dirige a mi en cuanto me ve. Me dice que es turco, que lleva tres días encerrado y que le han confundido con un espía del gobierno del norte. Yo le digo que soy periodista español y es entonces cuando cambia de idioma y comienza a hablar en un castellano aceptable. Los guardias comienzan a impacientarse. No les gusta que hable con el detenido.

Entonces me fijo mejor en él (bajito, vestido de perroflauta, barba a lo talibán, pelo largo con trencitas, háganse a la idea). Un pobre diablo que pensaba que podía cruzar África sin un solo papel, el muy incauto. Una mochila, un bastón, quizás un cuaderno de notas… “No sabía que ahora esto es un país diferente a Sudán. Aunque lo mismo me da, en Sudán y en Egipto la policía también me pegó porque pensaban que era judío por las trenzas… ahora me pegan porque creen que soy un espía árabe… ¡que soy turco!”.

Así que el panorama era ese. Un desaprensivo con pinta de mulá afgano y sin visado llega por el Nilo a Juba junto con cientos de sursudaneses apiñados en una gabarra maloliente. La policía lo detiene al bajar del bote, sin visado, y cree que es un espía. Y aquí sigue el hombre, recibiendo hostias dos días después. “Avise a mi embajada, por favor”, dice el pobre diablo. A alguien ya ha dejado de parecerle bien que el periodista blanco hable con el supuesto agente de Al Bashir. Y ese alguien lleva traje gris, cadena de oro y voz de no bromear. Lo que me dijo en inglés podría entenderlo hasta el paleto manchego que es uno: “Si no quiere tener problemas, vuelva a la sala y disfrute del país”. Dejé de tentar a la suerte y me despedí del turco. A ver si se les va a ocurrir cambiarme a mí por él.

Por fin llega el funcionario de nuevo con los carnets de prensa. Son 44 dólares, dice el muy cabrón. 30 era el precio oficial, así que 14 dólares van la buchaca. Pero es que no estoy en disposición de discutir allí dentro. Pago la guita y salgo a que me dé el aire. Cinco horas después. Tres permisos. 144 euros menos. Misión cumplida. Veo al cabrón de la cadena de oro jugando a las cartas con otros tres tíos en el patio. Ahora tengo permiso de fotografía, así que me acerco para hacerles un cromo. Me dicen de buen rollo que nada de caras, así que saco la mesa y los naipes desde arriba. Que me siente a jugar, comenta uno. No, amigos, voy más seco que la mojama.

Llamo a Gemma Parellada, que está allí curando para CNN, para tomar una cerveza bien fría. Me espera junto a la embajada americana con grupo de periodistas de aquí y de allá, todos quejándose por sus condiciones laborales. Le cuento la historia del talibán turco y rebusca en su móvil el contacto de la embajada turca para avisar de que uno de sus súbditos está aquí, más perdido que Wally en la grada del Frente Atlético. No llevaríamos ni cinco minutos cuando aparece el barbudo apaleado en un mototaxi con su bastón y su mochila mugrienta. ¡Coño, Gemma, míralo, es él! Pero tío, ¡te han soltado!

— Les he convencido de que no soy un espía y me han dado un documento provisional. Tengo 24 horas para abandonar el país. Voy corriendo a la frontera con Uganda, a ver si puedo cruzar.

Vale, amigo, pero hazte un favor y pasa antes por el barbero.


Eric Blair estuvo aquí

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Nada más entrar, tres policías nos siguen con la mirada. Nos hacemos un hueco entre el arrabal humano y seguimos hacia los andenes. Parte en ese momento un tren de la estación entre toses de locomotora enferma. Huele a humo de tabaco, a verduras cocidas, a sobaco. Intento imaginarme la escena: noviembre de 1922. Un joven británico educado en Eton pero harto de la vida académica llega a esta misma estación de Mandalay con su uniforme blanco de policía imperial. Lleva un libro de poemas de su admirado Kipling bajo el brazo y una sencilla maleta de cartón. Hay más caballeros ingleses en Mandalay en 1922. Uno de ellos es William Somerset Maugham. Sabemos que después se conocerán. Poco más.

Un chico sin camiseta, adornado por tatuajes tribales, nos observa desde la distancia y habla con la policía. Monjes budistas esperan bajo el crepúsculo a que llegue su tren. Una mujer fuma a nuestro lado. Alguien ha puesto una telenovela en la única televisión de la estación y decenas de personas rodean la pantalla. Quizá esa tele es lo único que cambia en la escena, lo que ha evolucionado este lugar de 1922 hasta ahora. Eric Blair todavía no sabía que aquella experiencia en el lejano oriente le iba a abrir una cicatriz por la que supuraría como escritor y periodista años después, no intuía que sería el autor de las dos mejores fábulas contra el totalitarismo escritas jamas: 1984 y Rebelión en la granja, ni se imaginaba que acabaría cambiando su nombre por el de George Orwell y que ese nombre daría pie a un adjetivo que definiría el asfixiante control dictatorial de la sociedad: “orwelliano”.

La Birmania de hoy, bautizada por la antigua junta militar como Myanmar, es un país bisagra, un estado dictatorial que se desmorona a la vez que nace otro democrático que intenta imponerse. Pero ni los generales acaban de morirse ni la primavera birmana de Mama Suu, como todo el mundo conoce a Aung San Suu Kyi, termina de hacerse mayor. Y así, esperando el cambio que nunca llega pero que parece que llegará de un momento a otro, vive una población harta de una de las dictaduras más sutiles y a la vez más terribles del mundo.

Hace un año, dos periodistas andando por esta ciudad con cámaras de fotos hubieran sido objeto de seguimiento, interrogatorio y confiscación de tarjetas entre un control asfixiante de los servicios secretos. Hoy a nosotros nos han revuelto un poco el equipaje en el hotel cuando no estábamos, un tipo nos ha interrogado de manera grosera en un bar del gobierno y los policías solo se limitan a observarnos. El chico de los tatuajes habla con dos adolescentes. Al rato estas dos chicas llegan a nuestro lado, sacan una cámara y dicen, amables, que quieren hacerse una foto con nosotros, los dos turistas blancos. Accedemos. Esa cámara acaba llegando en segundos a la policía, que se espanta las moscas a lo lejos. Ya tienen nuestra foto. Así de fácil.

Llega en ese momento el tren procedente de Rangún. Cae el sol, desaparece el calor y va apeteciendo una cerveza Myanmar, destilada por el gobierno, como todo lo demás. Estamos en Mandalay, la antigua capital colonial, la ciudad cuyo edificio más grande es la prisión, no será difícil encontrar algún viejo bar inglés donde sirvan ginebra. Quizás cerca de la vieja academia de policía donde vivió Eric, en cuyas pareces aún están grabados los nombres de los chicos que pasaron por allí. “Eric Blair estuvo aquí”, me digo a mí mismo. El chico de los tatuajes pasa a nuestro lado y le agarro por el brazo. Un tipo me ha contado que la enorme red de informantes del régimen lleva el reloj en la mano izquierda para que sus miembros se identifiquen. Pero este tipo no lleva ni reloj. Hey, tío, deja que te haga una foto. Ahora me toca a mí. Ponte ahí. Sí, ahí mismo, junto al vagón de tren, ese tren del Imperio Británico que nadie se ha molestado en renovar en los últimos 50 años. Quizá el mismo del que bajó George Orwell. Click.


El conseguidor

Bashir - Fotografía de Alberto Rojas

Mi maleta está perdida en algún punto del aeropuerto. Yo mismo la he olvidado al bajarme de la avioneta de la ONU. No hay cinta portaequipajes, así que alguien se la ha llevado a algún sitio. Pregunto a los soldados del Gobierno Nacional de Transición que pelan la pava a la sombra. No tienen ni idea. Pasa un ministro de algo escoltado por tropas ugandesas. Ni idea. Un funcionario me indica un rincón al final de la pista, junto a unos barracones. Si, allí está, con dos militares mirándola a cierta distancia, a punto de abrirla para ver si contiene explosivos. Les digo que no, que es mía… Uno me pide dinero, por las molestias, dice.

En el interior de la terminal de llegadas, tan solo un cajón de ladrillo, mis dos acompañantes de la ONG esperan a que alguien les selle el pasaporte de entrada. Me divierte comprobar que existe la opción “vacaciones” en el formulario de entrada. Bashir localiza a un funcionario, le da órdenes en somalí, un idioma con sonido de serrucho, nos saltamos toda la cola y salimos al exterior, donde nos sorprende una emboscada de luz blanca. Soldados, milicianos, vendedores ambulantes… Si hay algún lugar en la Tierra con vocación de Moss Eisley, aquel puerto espacial polvoriento de contrabandistas que salía en Star Wars, aquel del antro en el que se emborracha Han Solo, es este aeropuerto, uno de los más tiroteados y bombardeados del mundo.

Intento adivinar quién es el tipo de Al Shabab que informará a la franquicia de Al Qaeda de nuestra presencia y de con quién nos vamos. Siempre lo hacen. Varios somalíes nos miran sentados bajo un árbol. Pueden ser ellos, pero puede ser cualquiera. “¿Es la primera vez que vienes a Mogadiscio?”. Sí, Bashir, ya sabes que sí. “Pues bienvenido al infierno”, dice con una sonrisa. Te pasa un chaleco antibalas demasiado pequeño, un casco y un pequeño kit de primeros auxilios. Venga, todos al coche.

Entonces una grúa levanta una barrera de hormigón para evitar atentados suicidas, una pick up con la escolta armada se coloca delante de nosotros y ya estás en el parque temático de la guerra. No hay un edificio que no sufra la lacerante lepra de la batalla.

Más de dos décadas de conflictos superpuestos lo han convertido todo en una suerte de Stalingrado del Índico. Pero la ciudad vive entre las ruinas. La calle se llena de mujeres de atuendos de colores que se mueven a velocidad de hormiguero. Y hay gente haciendo negocios. Uno de ellos va sentado al volante con nosotros.

Cuando llegamos a su hotel-fortaleza, el hotel Peace (que lo haya bautizado así en este lugar denota su sentido del humor), nos dirá que esa escolta será nuestra escolta durante todo el viaje, que hagamos todo lo que nos digan, que ellos ven cosas que nosotros no vemos y que ese será nuestro vehículo y él nuestro conductor. “Aquí son las reglas. Nunca he perdido a un periodista y no vas a ser el primero”. Director de hotel, chófer en la ciudad más peligrosa del mundo, productor de entrevistas… Conseguidor, en una palabra, el mejor conseguidor de Mogadiscio.

Tiene a toda su familia trabajando en el hotel. Sus primas hacen la colada, sus tíos cocinan, su sobrina atiende en la recepción. Sus hombres armados son también de su clan. Así se asegura una confianza absoluta. Con sus ingresos puede permitirse mandar a sus hijas al mejor colegio de Nairobi… o de Londres.

En la habitación escucho con nitidez el primer tiroteo mientras deshago la maleta. Cerca, a dos o tres calles. Ratatatata. En pocos segundos desaparece. En ese momento llega “la sensación”. Dónde estoy, qué se me ha perdido a mí en este sitio. Ya me había pasado otras veces, pero el gran “qué cojones hago yo aquí” lo viví en ese momento en Mogadiscio. Es algo efímero pero intenso, como un orgasmo. Y luego ya te toca salir y se va. El Mogadisney Tour del recién llegado incluye el mercado de Bakara, feudo de Al Qaeda y tumba de los Blackhawk estadounidenses, el esqueleto de la catedral, lo que queda del edificio del parlamento, la playa del lido, con chalets de colonos italianos reventados a balazos… Cinco minutos aquí, Cinco allá. Me demoro unos segundos en el puerto con una foto de unos críos jugando al fútbol. Click, click. “Cuando diga que ‘nos vamos’, significa ‘nos vamos’, ¿ok?”, me abronca.

Bashir te cobra 800 euros por noche en su establecimiento de cuatro metros de muro exterior y torretas artilladas. En España no llegaría a la categoría de pensión, pero aquí es lo único que te separa de un secuestro o un ataque suicida. Incluye wifi, chaleco, casco, un pequeño ejército privado de ocho flacuchos armados y una excelente carne de camello al medio día. “¿Quieres ir a los campos de refugiados? ¿Quieres ir al frente? ¿Quieres hablar con el presidente? ¿Quieres entrevistar a Al Shabab? ¿Quieres conocer a los piratas?”. Todo depende del dinero que dejes, de los días que estés allí. Cuanto más dólares, más puertas de abren. Hasta las del infierno.

Todos los viajes están unidos a algún conseguidor. Kinshasa es Sam, República Centroafricana es François, Níger es Bisou, Sudán del Sur es Mario y Mogadiscio es Bashir y, sobre todo, el teléfono móvil de Bashir. Durante todo el trayecto llama a gente sin parar. “Getting information“, dice cuando le pregunto con quién habla. Si quiero ir al faro, llama al señor de la guerra que manda en la zona, si quiero ir a la catedral, hará lo mismo con los milicianos que cortan la calle. Todo el mundo conoce su coche y lo respeta. Me pregunto cuánto dinero de lo que le pagamos los blancos sirve para mantener esa neutralidad con todas las partes en conflicto, la cuantía del impuesto revolucionario porque nadie te toque.

En él y sus hombres depositas tu vida. Tienes que entrevistar a ese niño que llegó del desierto para buscar a su padre entre las ruinas de la ciudad. O a la mujer que acaba de parir en una tienda de plásticos de dos metros cuadrados, así que no puedes estar pendiente de lo que pasa alrededor. Para eso ya están ellos. Bajas del coche sólo cuando se despliegan. Caminan a tu alrededor, tranquilos, profesionales, a unos diez metros de distancia. Como dice Bashir, ellos ven cosas que tú no ves, porque cuando quieres darte cuenta los tienes cerrados sobre ti, a dos metros. Miras en círculo y entonces ya sabes qué pasa. Un tipo en un tejado frente a la catedral, armado, mirándonos. “Let’s go“, dice Bashir desde el coche con el walkie. “Let’s go“, repite uno de los escoltas.

Te preguntas si todo este teatrillo es real, si no es una dramatización para atemorizar a los periodistas y preservar el negocio. Como me dijeron otros dos clientes del hotel Peace, Hernan Zin y Jon Sistiaga, el auténtico documental sobre Mogadiscio lo tiene Bashir. Estoy de acuerdo con ellos.


Un pinchazo en ‘Sahelistán’

Sahel, fotografía de Alberto Rojas

A veces dan igual las reuniones de seguridad, las advertencias de la embajada y todas las precauciones previas. Si te tiene que tocar, te toca. Y si hay un lugar donde no debíamos pinchar era aquel lugar. Frontera entre Níger y Nígeria, los dominios del yihadismo, territorio comanche, con los chicos de Boko Haram al acecho de cooperantes, misioneros e incautos como nosotros. Una de las salas de estar de los barbudos de Sahelistán. Pero son caminos de ganado, pistas de tierra llenas de arbustos espinosos. El pinchazo es una posibilidad tangible y no pasa nada. Bajas, cambias la rueda y a correr. El problema viene cuando descubres que la rueda de repuesto también está desinflada. Entonces el problema, en pleno desierto y cayendo el sol, es más serio.

Pero Raquel Suárez, que debe de ir por los 40 de fiebre con los parásitos de la malaria reptando por su cuerpo, organiza rápido al personal. Vamos en dos coches, así que los dos chóferes pillan la rueda de repuesto y se van al puesto fronterizo, a ver si alguien infla el neumático mientras los demás esperamos. También llamamos a la base de la ONG en Zinder. Oye, que estamos aquí tirados, hace un calor del carajo y llegaremos tarde.

Los dos conductores se ponen en marcha y vemos el trasiego de vehículos, la mayoría viejos camiones franceses de esos que cruzan el desierto como si fueran locomotoras de vapor. Yo decido relajarme y uno de los nigerinos que nos acompaña también. Saca una esterilla y se pone a rezar debajo de un árbol. Allahu akbar.

Veníamos de visitar la aldea de Dankoré, un villorrio alegre en mitad del desierto, con 300 niños rodeándonos porque nunca han visto a un blanco, cosechas gratinadas y cabras con piel de pergamino sin una sola gota de leche. El tercer jinete conoce bien estas tierras cruzadas por caminos invisibles. Aquí un despiste es mortal. Si te pierdes en la ruta hacia el siguiente pozo, puede que no llegues nunca. Los beduinos, que llevan un GPS incorporado, lo saben desde hace siglos.

El día anterior nos contaron que aquí se esconden parte de los miembros de la secta salafista Boko Haram. En la lengua local, el haussa, significa “La educación occidental es pecado”. El ejército nigeriano los ha ido persiguiendo hacia el norte y han acabado refugiándose aquí, en esta frontera que no es frontera porque al desierto no se le pueden poner puertas ni aduanas.

Pasan grupos de mujeres que nos sonríen como cualquier terrícola sonreiría a un marciano. Una de ellas posa un buen rato para mí, pese a que lleva un recipiente enorme en la cabeza y un niño en la espalda. No me entiendo con ella y a la vez me entiendo sin problemas. Venga, mama, enséñame ese hijo tuyo. Raquel mientras va poniéndose nerviosa. Apenas hay cobertura. Han pasado varios coches. Seguro que todo el pueblo sabe ya que estamos aquí.

Intenta llamar a los dos chavales de la rueda pero nadie coge el teléfono. Está enferma y cabreada. Llama de nuevo a la base. Mandad un coche que se hace de noche. Mientras yo sigo con la princesa del Sahel, click, click, ponte así, ponte asao. Llegan otras chicas y también les divierte la cámara. Pero Raquel decide que se acabó la sesión, que estamos dando el cante, todos al coche de cristales tintados y a esperar. Hora y media después llega el otro coche de la base, que subamos y a correr, que los barbudos fijo que ya saben dónde estamos. Nos cruzamos con los chicos de la rueda, que vienen de vuelta con el flotador hinchado. Hemos tardado porque estábamos rezando, dice el gachón, estoico.

Una pick up con tos roja del Sahel pasa a nuestro lado con ocho militares armados para tomar Polonia. Los chicos miran con curiosidad nuestro vehículo tras sus gafas de espejo. Cananas de balas cruzan su espalda y me pregunto si son parte de ese enorme mercado de munición que España, por lo legal, va dejando por todo este desierto. Primero vende a Ghana, país democrático y sin restricciones, luego Ghana, que se queda su parte como intermediario, vende a indios y vaqueros. Los vaqueros pagan a veces con ayuda al desarrollo. Los indios, con dinero de rescates de cooperantes, a veces cooperantes españoles. Dinero que sale, dinero que vuelve. Balas suficientes para rodar miles de películas de Tarantino, vendidas a estos países bajo los pseudónimos “tiro olímpico” y “caza”. Pero ni en Ghana hay tradición de caza ni tienen federación de tiro olímpico, a no ser que ahora el tiro olímpico se practique con kalashnikovs.

Fotografía: Alberto Rojas


El precio de la inmortalidad

Chual Deng y la hija de Nyadak, en la aldea de Ayod, marzo de 1993 - Fotografía de Kevin Carter
Chual Deng y la hija de Nyadak, en la aldea de Ayod, marzo de 1993 – Fotografía de Kevin Carter

Les enseñas las fotos y se miran por primera vez ante el espejo de un pasado sin retorno. No entienden que las imágenes impresas que les muestro son una combinación química de luz y sombra con 18 años de edad. Estamos en algún lugar al oeste del Nilo blanco, donde aún es posible encontrar trazas de la antigua África, esa en la que los rituales son todavía importantes, en la que a un niño se le clava un cuchillo en la frente hasta que toca el hueso para hacerle cicatrices decorativas cuando él decide que ya es adulto. Es en ese territorio donde muchos, sobre todo niños y adolescentes, aún no han visto al hombre blanco y los pequeños salen corriendo como si hubieran visto a un fantasma. Mary Nyaluak, una madre de familia sursudanesa, me lo advirtió el primer día: “En esa carpeta que llevas hay retratos de gente de la aldea, algunos están aún vivos, otros murieron por el hambre o la guerra. ¿Quieres que te los presente?”. Claro que quiero, Mary. Vamos a verlos juntos mañana.

Y al día siguiente, al atardecer, en el lugar en el que antes se levantaba el feed center de Naciones Unidas, nos esperan ocho personas convocadas por Mary. Nyadak Garkuoth sufre una trepidación en el alma cuando ve la foto que le enseño. Señalo a la niña, la reconoce y hace un gesto afirmativo. Coge el papel, lo mira, se lo enseña a los demás. “Es su hija, ya te lo dije”, comenta Mary en lengua nuer y Mario traduce al inglés. Como si ese retrato fuera un médium para hablar con los muertos, Nyadak habla bajito a la imagen y llora. Los demás me miran como diciendo, tío, de dónde coño has sacado eso, si esa niña murió hace años, qué hace ahí, tan viva, congelada su sonrisa cuando aún era corazón y hueso. Nuestro mundo ya se acostumbró a las fotografías. Hay rincones en los que aún no saben qué clase de magia se desencadena para captar un instante para siempre. Yo a veces me lo pregunto también.

Intento explicar de dónde sale eso. Llevo casi 200 fotografías de un tipo sudafricano que estuvo aquí hace 18 años, que pasó un buen rato junto a otro blanco, que se hizo famoso por retratar al hijo pequeño de uno de vosotros con un buitre de esos que hay por todas partes, que se publicó en un periódico de Estados Unidos, que ganó un premio muy famoso y que luego se suicidó. Pero no entienden nada, claro. “Se llamaba Kevin Carter. ¿Alguien se acuerda de él?”. Todos parecen mayores de 40 y todos aseguran que estaban aquí hace 18, pero nadie se acuerda de aquellos kawais, como llaman aquí a los blancos. “Eran tiempos tristes”, explica Mario. “Aquí la gente se moría por culpa de la guerra con el enemigo del norte, nadie tenía nada que comer y venían a la estación de comida de la ONU, a veces caminaban semanas. Llegaban tan débiles que fallecían en cualquier lado”.

La misma fotografía, que es un certificado de ausencia, también lo es de presencia, porque hay otra persona en la imagen. Se llama Chual Deng. Tiene, ante el teleobjetivo de Carter, grandes quemaduras en sus piernas y espera en el pequeño dispensario improvisado a que alguien le atienda junto a la niña. Hoy Chual Deng es un anciano pero el tiempo no ha borrado las cicatrices, que me enseña cuando le muestro la foto. Estamos en el mismo lugar, el único edificio de ladrillo, que es un colegio y no un hospital improvisado, como en 1993, y está tan lleno de chavales que una de las clases hay que darla bajo un mango enorme. En la puerta de cada aula hay carteles con letras para que sus habitantes sepan dónde tienen que votar para el referéndum que acaba de celebrarse en el país, y que decidirá su independencia del vecino del norte.

Les pido que me acompañen a la misma pared y allí les saco una foto en la misma posición. Click. La perspectiva no es la misma porque yo uso un gran angular que convierte a Deng en un hombre mucho más pequeño que en la instantánea de Carter. Terminada la sesión me dice Mario que estaría bien invitarles beber algo y a eso vamos. De camino al mercado la mujer me pide de nuevo la foto. Recuerdo que no le he preguntado el nombre de la pequeña pero no quiero molestarla. Vuelve a quedarse quieta y concentrada para observar una vez más ese lugar donde la niña vive inmutable, en un mundo de luces y sombras, alejada al fin de una guerra que profanó esta tierra donde todavía las adolescentes llevan pulseras fabricadas con casquillos de balas. Al fin inmortal más allá de una tumba sin nombre, habitante de ese lugar que Alberto García Alix dice que nunca se vuelve.

Chual Deng con Nyadak Garkouth en el mismo lugar, febrero de 2011 - Fotografía de Alberto Rojas
Chual Deng con Nyadak Garkouth en el mismo lugar, febrero de 2011 – Fotografía de Alberto Rojas


Marie Elene y el ejército fantasma

Amanece en el kilómetro cero de África. La lluvia, que siempre es un buen presagio, nos despierta al golpear con fuerza el techo de chapa. Hora de ducharse con un cubo de agua calentada al fuego, tomar un café bien cargado y subir al Landcruiser con las chicas de Médicos Sin Fronteras, que ya llevan un buen rato despiertas. El pequeño hospital al que vamos se levanta en medio de la selva como una caja azul cielo, un lugar que aquí marca la diferencia entre vivir o morir de algo que en España se trata con una pastilla.

Uno de los dos niños desnutridos de la etnia Peul, cuya leyenda dice que pueden cambiar de sexo varias veces en su vida, ha muerto al salir el sol, según nos dice Florentina, la doctora austriaca. La niña, en cambio, está cada vez mejor. Marie Elene, que ya nos saluda por nuestro nombre, le prepara un caldo a su madre enferma en una pequeña hoguera. Yeda, una niña de 11 años, acaba de llegar de una larga caminata con su hermano y ya espera a ser atendida mientras le hago unas fotos a su peinado. Jean de Diem lleva ya un buen rato trayendo niños al mundo en su maternidad y Costance, una guapa soldado con una herida de bala en la pierna, hace esfuerzos por ponerse de pie. Una mañana cualquiera de un día cualquiera.

Aunque nadie lo dice, todos ellos tienen algo en común: son víctimas de un horror sin nombre. “Tongo tongo“, lo llaman. Literalmente, en sango, significa “Mañana, mañana” o “Al amanecer”, por la hora en la que perpetran sus ataques. Son la milicia invisible de niños secuestrados, el Ejército de Resistencia del Señor. Ninguno de ellos lo nombra, como si fuera un mal espíritu al que no conviene convocar. Pero lo que hay ahí fuera es la armada apocalíptica de Joseph Kony, “El chamán del Nilo”, el hombre más buscado del mundo. Le preguntamos a la soldado Costance, ahora solo una adolescente desarmada, qué recuerda del ataque de hace tres días. No levanta la cabeza del suelo, avergonzada. Cuando le preguntamos si es posible que capturen a Kony esboza una sonrisa nerviosa. “¿Cómo vamos a cogerle? Él está ahí, en la selva, ahí él es el rey. Siempre va por delante de nosotros”.

Aquí todos saben que venimos buscando testimonios de víctimas de ese “Tongo tongo” que todos temen. François Beda, de MSF, nos acompaña a la periodista Raquel Villaécija y a mí en las entrevistas. Jean de Diem habla de un ejército al que las balas no le tocan, seres sobrehumanos que nunca mueren, fantasmas ocultos en la selva contra los que ningún país puede combatir. “¿Por qué creéis que nadie ha sido capaz de capturar a Kony?” “Él no es como nosotros. Él oye rumores, intuye los movimientos del resto de ejércitos. Jamás podrán encontrarle”. No lo dice un campesino inculto, sino un enfermero con estudios universitarios en la capital, Bangui. Lo repetirá después Aminata, una doctora tuareg procedente de Níger: “Vosotros los europeos no creéis en todo esto, pero hay cosas que no pueden explicarse”. Y se encoge de hombros. “Recuerdo a un criminal llamado Angelo que, como Kony, tomaba pociones mágicas. El ejército centroafricano rodeó su casa, él se negó a rendirse y comenzaron a disparar. Horas después, entraron en aquella vivienda. No había nadie. Angelo escapó como un fantasma. Hoy se pasea por el pueblo a la vista de todos”.

Marie Elene, la sonrisa de Zemio, habla con nosotros cuando termina la comida familiar. Nos cuenta cómo ella llegaba a su aldea cuando escuchó disparos. Desde su escondite en un árbol vio como quemaban todas las chozas, sacaban a la gente a culatazos y secuestraban a unos cuantos niños para que llevaran toda la comida que habían robado, entre ellos uno de sus hermanos. “Nos robaron todo. Hablaban en un idioma extraño y eran muy violentos. Al que se negaba a cooperar lo mataban al instante. Desde entonces ya no podemos vivir allí”. Ella, como el resto de 10.000 refugiados que se arraciman en torno a ese pequeño lazareto y la mínima protección que ofrecen los chancleteros soldados centroafricanos, solo quieren que alguien atrape al chamán que bebe agua de las colinas sagradas, el que se esconde en la selva, secuestra a niños, camina 80 kilómetros diarios, habla más lenguas que el diablo y sobrevive a los ataques de cuatro ejércitos de cuatro países distintos. “La gente dice que toman algo que les hace inmortales”, dice Marie Elene. Y recuerdo lo que me contó nuestro amigo Elvis, de Médicos Sin Fronteras, sobre los niños soldado en Liberia: “Primero les hacen una herida sangrante en la cabeza y les echan el brown sugar, es decir, una mezcla de cocaína y pólvora. Así la droga llega antes al cerebro. Luego les dan a beber alcohol pero les dicen que es una bebida mágica. Uno de los comandantes coge un arma con balas de fogueo y dispara un cargador entero contra los niños para hacerles creer que han quedado bendecidos por el conjuro”. Espera, Marie Elene, no te vayas todavía. Ponte ahí, que te quiero hacer una foto. Si, delante de esa pared roja como la sangre. Click.

Al caer el sol nos retiramos con la sensación de tener cerca el espíritu de Kony, cuya presenta tangible en las suaves colinas que rodean Zemio ensombrece una de las zonas más aisladas y bellas de África. El corazón, nada menos. Y recuerdo las palabras de Jean de Diem. “Él lo ve y lo oye todo”. Al día siguiente, cerca de la frontera con el Congo, hemos quedado con otro grupo de víctimas. Mujeres violadas, viudos, huérfanos. Y Yanick. Pero es que Yanick es otra historia.


El farero de Mogadiscio

“¿Dónde vamos ahora?”. “Vamos a la zona del faro. Es lo último que nos queda por ver”. Bashir coge su móvil y marca un teléfono. “Esa zona pertenece a otra milicia, tengo que pedir permiso y pagarles algo por entrar”. En somalí, Bashir habla con alguien al otro lado de la línea y después ordena a los suyos, la escolta armada del Toyota, que se pongan en marcha.

Desde la destruida catedral de Mogadiscio, hoy convertida en un maloliente vertedero, tardamos cinco minutos en llegar. Vemos el Índico a la derecha. Un check point con dos bidones llenos de arena y una cadena de lado a lado que delimita la nueva frontera. Todos conocen el coche de Bashir, así que nos abren el paso. El señor de la guerra, del clan Daroq, nos recibe unos metros más allá. Se muestra amable. Habla algo de inglés. Me pregunta de dónde vengo. Dudo si decirle que soy español. Nuestro pasaporte se cotiza mucho entre los secuestradores de por aquí. Saben que España paga y paga bien.

Alrededor no solo me rodean los ocho milicianos de Bashir que me protegen, también se despliegan los malotes del warlord, ataviados con armas enormes y cananas de balas como morcillas cruzándoles el pecho. Marcan territorio con su presencia y muestran curiosidad pero no hostilidad. Good afternoon, sir. Tú vienes con tus chicos, pero aquí mando yo, parece ser el guión no escrito de la escena. No hay rastro de mujeres. El teatrillo me hace replantearme el paseo y me giro hacia Bashir, que me habla desde la ventanilla: “No problem. It’s totally safe“, me dice. “Totally safe“, repito para mí mismo. “Totally safe“.

Las ruinas del hotel Uruba quedan a la izquierda, a unos 300 metros. Desde allí nos observan los militares ugandeses de la Amisom, la misión de paz de la ONU que intenta poner algo de coherencia en el caos somalí. Alrededor todo está pulverizado por 22 años de guerra. Tanques reventados, edificios que son esqueletos, basura y animales muertos aquí y allá. El hedor de la yihad es el de la podredumbre con moscas verdes. Si miro hacia la derecha lo veo. Ahí está, agujereado pero entero, desconchado por el abandono, de planta octogonal, cuatro pisos con ventanas a cada uno de los lados y de construcción italiana que lo emparenta con otros similares en Sicilia o Cerdeña. El faro del puerto antiguo de Mogadiscio.

Rodeado de la comitiva me sumerjo en la oscuridad de su interior. Nada más entrar, veo la enorme escalera de caracol que subía hacia los pisos superiores. Es imposible subir, porque parte de ella ha sido destruida. Desde ese círculo se abren habitaciones con las ventanas selladas por ladrillos. Huele a orines aquí dentro.

Atravieso otra puerta y veo a varios tipos tirados en el suelo fumando hierba y mascando khat, la euforizante droga local. Me miran pero permanecen en silencio, como todos los demás. Apenas se mueven, como espectros drogados. Le pregunto al jefe de la milicia si sabe algo del farero que trabajaba allí. “No, no se nada de él. Probablemente murió hace muchos años. Este faro dejó de funcionar nada más empezar la guerra. Hace mucho tiempo que nadie sube a la planta de arriba, quizá su cadáver siga allí”. Sus palabras se escuchan con eco allí dentro, como nuestros pasos. El viento del Índico dibuja sonidos fantasmales en el aire y refresca la estancia. Hace mucho aquí se hablaba italiano, se bebían capuchinos y había ópera los sábados por la tarde. Pero de eso ya nadie se acuerda.

Hago unas fotos, cosa rápida porque no mola nada estar allí, rodeado de tan ilustres huéspedes cargados de artillería. Click, click. A la salida, me detengo en una de esas habitaciones oscuras. En su interior veo tres granadas RPG, de esas que lo mismo sirven reventar para tanques, helicópteros o barcos, y unos cuantos kalashnikovs. Le pregunto al jefe a qué se dedican: “Solo somos pescadores”, dice guasón. ¿Y eso? “Eso es para pescar tiburones”. Se sonríe el pirata, orgulloso. “Gracias por su visita, amigo”.

Bashir arranca el coche y el faro desaparece entre otras ruinas de la ciudad blanca. En el crepúsculo la gente quema basura y el humo lo impregna todo. En una calle veo a unos chavales esnifando pegamento. Si fuera verdad eso de que hay tanta belleza en la construcción como en la destrucción, Mogadiscio sería una incuestionable obra de arte, el gran monumento al apocalipsis, un homenaje a la megamuerte, aunque a veces la megamuerte sea un contrabandista somalí que da la mano, te sonríe y, con modales de Lord inglés, te llama de usted.