Hola, Dall-E2. Adiós, artistas humanos.

Una inteligencia artificial denominada Dall-E 2 es capaz de crear en segundos imágenes hiperrealistas tipo ilustración a partir de un concepto verbal. Añadir elementos a una imagen ya creada, también a partir de las palabras que le suministres. O crear una versión nueva de un original. En resumen, si le proporcionas las instrucciones adecuadas te convierte en ilustrador. Tan solo precisas las ideas.

Tan locas como se te ocurren, esta IA las creará para ti sin límites. Un koala rematando en una canasta, un mono haciendo la declaración de la renta, un androide pintado por Picasso. También elaboraciones sobre el estilo de un clásico, como «un zorro sentado al atardecer pintado al estilo de Claude Monet». El sistema es capaz de entenderte, establecer la relación entre fotografía y texto, identificar los elementos necesarios en las imágenes que circulan por internet, a partir de las etiquetas que las describen, fusionarlas, y devolverte un resultado. En menos tiempo del que tardaría un humano.

En realidad no es nuevo. Hace un año la versión 1 ya lo hacía, con un resultado algo burdo. Ahora, después de doce meses de entrenamiento continuo, ha aprendido a establecer mejor las relaciones entre conceptos, crear una unidad, y en apariencia comprender los conceptos de profundidad y dimensiones. Pero como hablamos de imágenes artísticas, no podemos quedarnos en la excelencia técnica de la IA. Como artista es, simplemente y llanamente, mediocre.

La exposición de sus resultados en Instagram no alcanza la calidad para incluirlos entre los fondos de un banco de imagen, y ser comercializados. Algunos carecen de expresividad. Otros de estilo. Ni siquiera tratando de copiar a los clásicos -lo han intentado con Klimt y Seurat, además de Monet- se acercan mínimamente a una copia digna. Pero que eso no nos tranquilice. Un sistema de aprendizaje basado en deep learning es como un niño en desarrollo. Tarde o temprano se hará grande. Hoy la mayoría de imágenes que Dall-E 2 genera pueden pasar por las de un ilustrador que está empezando. Incluso a veces da con algo bueno, como el mapache astronauta que contempla las estrellas.

Lo que convierte este avance en noticia es la precisión del resultado, que ahora ya es indistinguible del que podría conseguir una persona.Esto no solo se ha logrado en el campo de la expresión plástica. En los últimos siete días ha habido avances significativos en la aplicación de la IA a trabajos creativos humanos.

Los libros ilustrados

Fabian Mosele es un artista poco conocido, pero al que podemos tomar de ejemplo porque usa solo herramientas de IA para crear a partir de sus ideas. En este caso, un libro de cuentos ilustrados donde con una aplicación genera el texto y con otra las ilustraciones que lo acompañan. Bajo la simplicidad de las historias y sus fallos narrativos elementales hay un sustrato interesante, y hasta me atrevería a decir que cierta capacidad literaria, la de observación del tiempo presente. Como en «El tuit que destruyó Twitter».  La inducción al suicidio de un usuario al que le gustan unos nuggets de pollo demasiado salados lleva a la gente a abandonar masivamente la app. Como la IA se nutre de internet, la historia, aunque ingenua, podría haberla escrito un humano que esté al día. De hecho tiene el estilo de la que podría haber hecho un niño de once o doce años.

Las noticias diarias

Mosele ha usado GPT-3 para generar el texto, otra de las IAs de la empresa OpenAI, los creadores de Dall-E 2. Muchos periódicos la tomaron de referencia para automatizar la creación de sus contenidos más elementales, como el resultado de un partido deportivo o las variaciones de cotización en las diferentes bolsas e índices. La mayoría de grandes cabeceras han desarrollado las suyas propias.

Robin Sanders, investigador en la Universidad Libre de Bruselas, ha creado un cuestionario en el que invita a distinguir entre noticias con el mismo contenido, y elegir las redactadas por un humano o una IA. Aunque no está concluido, por el momento la mayoría de participantes solo alcanza un 40% de aciertos. Yo llegué al 50%, confundido por el hecho de que en dos casos el artículo humano tenía peor calidad que el de la IA. Hoy leemos textos a diario que los editores han supervisado, pero que ninguna persona redactó, y es casi imposible saberlo. El fenómeno es aún pequeño en español, pero de una dimensión enorme en inglés.

Pero la aplicación diaria de la IA en nuestra vida cotidiana no se limita a lo cultural, artístico e informativo. Una empresa vietnamita ha probado a formar a sus empleados en ciencia de datos, consiguiendo que un 40% de ellos lo completara con éxito, frente al 20% habitual, y en la mitad de tiempo. El secreto, haber sustituido al profesor humano por una IA. La capacidad de la máquina para asesorar individualmente al alumno y adaptar los contenidos a su avance fue decisiva.

La contabilidad

Kristin Reinke, directora financiera de Google, ha explicado al hilo del lanzamiento de Dall-E 2 que ellos tienen previsto automatizar completamente todos los procesos del departamento financiero. Ya lo han hecho con análisis de riesgos y contabilidad, y la directiva predice un futuro en que sus empleados no tendrán que hacer tareas rutinarias. Tampoco necesitarán tantos como ahora.

No es distinto a otros procesos automatizados como los que las firmas de inversión aplican a la selección de inversiones, detrás de cuya recomendación ya no hay un analista. Tampoco en las selecciones de resultados de productos o servicios, electrodomésticos clasificados por consumo, coches más ecológicos, ofertas de nuevos casinos online, casi todo lo imaginable puede ser catalogado y a veces incluso reseñado por las IAs. Por no hablar de esa faceta más siniestra, la de las armas autónomas, que se señalan como imprescindibles en la nueva guerra tras analizar lo que ocurre en Ucrania.

Pero como siempre ocurre en la presentación de tecnologías que se vuelven virales, hay que poner en contexto la revelación de Dall-E2. La empresa que la ha generado, OpenIA, era un proyecto abierto que ahora quiere reconvertirse en una empresa con ánimo de lucro. Para conseguirlo precisan pagar a los desarrolladores de IA los sueldos de mercado, que actualmente alcanzan el millón de euros anuales, cuando no lo superan. Los desarrollos espectaculares solo se lograrán con personas brillantes y bien pagadas, y esta presentación viral de imágenes generadas automáticamente es un paso más para conseguirlo. Mezcla de acción de marketing y una muestra de habilidades, lo que ya se ha convertido en una tónica empresarial entre las punteras de tecnología.

Hay también una variante de abuso, o tal como ahora la definen en el MIT, un nuevo «colonialismo de la IA». Los países desarrollados tecnológicamente y con potencia para desarrollarla extraen los datos necesarios para que exista de los países pobres. El reconocimiento facial ha aprendido en Sudáfrica, donde está creando un nuevo apartheid digital. La selección manual hecha por humanos en aplicaciones de aprendizaje de las IAs, imprescindible para superar las limitaciones del software y los algoritmos, se pagan con sueldos de miseria en Venezuela. El futuro que se presenta para el trabajo de ilustradores y artistas no es mucho más halagüeño.

Cuando Deep-E alcance la versión 3, o la 4, o la que sea, y alcance su plenitud de calidad, la mayoría de artistas plásticos dejarán de ser necesarios. O bien quedarán unos pocos, muy bien pagados y buscados, o bien todo se reducirá a una actividad laboral precaria y solo posible en países pobres, como los dos citados. No mucha mejor suerte espera, cuando GPT-3 siga mejorando, a los que escribimos. Este es también colonialismo, uno cultural, en que las tecnológicas crean a partir de las obras originales de los autores, que sirven para el aprendizaje de las redes neuronales y el desarrollo de la IA.

Estamos al principio de un camino lleno de incertidumbres. Y la IA es apenas el arranque del mismo. Un meme reciente del viñetista canadiense Graeme MacKay lo ilustra a la perfección. Muestra una ciudad costera ante una serie de sucesivos tsunamis, cada uno más grande que el anterior. El primero, el covid, seguido por la recesión, el cambio climático y finalmente la AGI. Acrónimo en inglés de inteligencia artificial fuerte, esa que igualará o superará la humana. Todavía es una hipótesis, pero no existe ninguna evidencia que impida pensar en su posible desarrollo futuro. Peter Voss, investigador y especialista en IA, siempre ha sostenido que la AGI tendrá además conciencia, pues para ser capaz de tomar decisiones tiene que poder evaluar sus propias decisiones, y estimar sus efectos. Como cualquiera de nosotros hacemos continuamente.

Pero no necesitamos llegar tan lejos, de momento basta una simple IA para comenzar a sustituirnos. Qué haremos después. Cómo gestionar un futuro, cada vez más cercano, en que nuestro trabajo, resultado intelectual de nuestro pensamiento y aprendizaje, encuentre en el mercado laboral a un competidor tan formidable.

Tres de los párrafos de este artículo han sido generados en inglés con GPT-3 a través de la aplicación copysmith, traducidos y editados después para incorporarlos al contenido.

 


La química de los besos con lengua

El besos, de Edvard Munch.
El beso, de Edvard Munch.

Guy de Maupassant dijo: «Un beso legal nunca vale tanto como un beso robado». En un improbable catálogo de besos se podría listar los cordiales de saludo, de despedida, los familiares, besos paternales, los besos de tía, de tío, de abuelo. Besos babeados, limpios, impíos y malvados. Besos con sentido: el beso robado, por ejemplo, tiene una alta carga de coquetería y maldad. Un beso esquiniado es una trampa al destino. Hay besos famosos en la biblia como el beso de Judas y en el arte como el de Gustav Klimt. Hay beso en la mano, beso negro y beso con lengua. Alguna vez una amiga me preguntó qué significaba un beso en la frente. Si te gusta el tipo —le dije— olvídalo. Los besos en la frente tienen la misma intensión de los besos a las mascotas.

Pablo Neruda, que era un poeta cursi irremediable dijo que «en un beso, sabrás todo lo que he callado». Cosas de poetas. A mí siempre me parecieron más románticas las letras del punk.

¿Qué pasa químicamente en nuestro cerebro cuando damos un beso con lengua?

Las placenteras endorfinas segregadas por el hipotálamo y la glándula pineal se disparan, y la excitante adrenalina va subiendo poco a poco, aumentando la presión sanguínea, dilatando las pupilas, acelerando el ritmo cardíaco y la respiración, incrementando el volumen de oxígeno en la sangre y haciéndonos sentir con mucha más energía.

La saliva de los hombres contienen testosterona y hay también evidencias de que un beso largo y apasionado podría aumentar el deseo en mujeres, pero el factor clave es la segregación de dopamina. Se ha dicho que la dopamina es una hormona «embaucadora» porque es como un alucinógeno que distorsiona y exagera lo que sentimos. Algo así como el principio activo de la marihuana, que nos hace más sensibles y propensos a los estímulos. La dopamina, entre otras hormonas, es la encargada de activarnos el bienestar y la tranquilidad cuando, por ejemplo, por fin, terminamos la tesis de grado o cuando ganamos con un buen negocio.

La subida de esta hormona implicada en la sensación del placer, motivación y búsqueda de novedad, genera ansiedad y deseo de besos cada vez más frecuentes. Y si en una relación llegamos a este punto, ya estamos perdidos y enamorados. Un dicho popular dice que «no hay peor ciego que un enamorado». Por otra parte, el cantante Joaquín Sabina, que vendió su alma a los bares y le dieron un sombrerito, tiene razón cuando dice: «Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción». Joaquín-sombrero intuía lo que la ciencia ya demostró: en este punto del romance, nuestro cerebro está aprendiendo que una persona le genera gran placer. Es una persona, una sola, y no otra. Es decir, nos volvemos adictos. La ciencia ya lo demostró. Podemos estar con los amigos, con la familia, en el trabajo, incluso con un «arrocito en bajo», pero el cerebro sabe que ninguna de estas personas es quien nos tiene encoñados.

Cuando estamos lejos de esta persona estamos ansiosos, distraídos, sufriendo con los síntomas de abstinencia de cualquier drogadicto sin su dosis. Pero cuando nos volvemos a ver con el encoñe, y volvemos a estar juntos y conversamos y volvemos a cogerle el culo, —porque el culo amado siempre es perfecto—, el vínculo neuroquímico se va fortaleciendo. Todo esto ya lo sabíamos, pero la ciencia explica «por qué sucede». Uno escucha por ahí comentarios al estilo de «esta persona me tiene [email protected]» y en efecto, nos tiene embrujados con chorros de dopamina que nosotros mismos disponemos y consumimos. Y si a esto le sumamos unas vibrantes revolcadas, en las que los niveles de dopamina se disparan a sus máximos niveles, el vínculo químico y neuronal se hace más fuerte.

Según estudios de la ciencia, entre los efectos del beso se cuenta con los bajonazos de los niveles de cortisol, la hormona del estrés, tanto que se siente flaquear las piernas. Es decir, el beso funciona como terapia antiestrés. Y es verdad. Todos lo sabemos. Practíquela cuando quiera matar al jefe de la oficina.

¿Pero cómo diablos terminamos los humanos besándonos?

El beso es de las manifestaciones más extrañas en la naturaleza. Y más si es un intenso beso con lengua. El político y escritor irlandés Jonathan Swift algún día preguntó: «Señor, quisiera saber ¿quién fue el loco que inventó el beso?». Muchas especies se lamen u olfatean, pero solo nosotros y los monos bonobos practicamos el beso con fines amorosos. Pero ¿por qué diablos nos besamos? Para la pregunta hay dos respuestas científicas. Una viene por parte de los antropólogos, quienes afirman que es una manifestación cultural relativamente moderna. La otra respuesta la dan los biólogos evolucionistas, quienes apuestan a que el beso es una necesidad de carácter evolutivo.

Los evolucionistas se paran en la raya afirmando que la naturaleza ha ido diseñado nuestros labios de una manera particularmente enfocada al beso: la presentación que tienen nuestros labios orientados hacia afuera, que sean más gruesos en proporción al resto de los animales, que concentren una mayor cantidad de terminaciones nerviosas que otras partes del cuerpo, y que instintivamente consideremos a los carnosos como más atractivos, sugiere que el beso ha tenido un papel evolutivo. Los biólogos argumentan que las hembras besaban al macho para identificar al buen candidato por medio de la intensificación de la función olfatoria. Algunas opiniones de expertos dicen que nos gustan por su parecido con los genitales o como reminiscencia de la lactancia materna. Pero de momento la hipótesis más plausible es que besarse es un comportamiento evolutivo a partir de la olfacción, una manera más sofisticada para calibrar que todo está correcto y que el macho besado es un buen candidato para procrear. Según esta «fría teoría, vacía de magia», como me dijo un amigo poeta, el beso no sería tanto para generar excitación como para eliminar candidatos malos, enfermos o demasiado parecidos genéticamente a nosotros.

Es fría, racional y desmonta todas esas pendejadas que se inventan los poetas, pero la teoría explica varias cosas. Entre otras, aclara por qué hay besos y personas con las que, sin saber por qué, no hay química a pesar de las buenas expectativas que teníamos. A todos nos ha pasado: todo va superbien con esa persona, hablamos rico por teléfono, salimos y se nos va el tiempo volando, tenemos cosas en común, todo marcha en orden hasta que nos acercamos y le damos un beso. Entonces notamos que algo va mal. No es. Hemos caído en la trampa, en el engaño de las miradas. Por alguna razón que no entendemos, pero sentimos, y lo sentimos muy hondo, tenemos la certeza de la huida, del escape. Resulta espantoso, pero cierto.

Por eso quien dijo que «el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos», afirmó algo muy poético, pero medio mentiroso, como todo lo de poetas. Porque uno puede besar con los ojos, pero hasta que no besa con la lengua no siente el aliento del otro. Y esto es vital. Hay que sentir el sabor del otro, sin chicles Adams, ni crema dental Colgate. Es tan importante el sabor de la lengua como el olor de la boca. El olor. Y acá podríamos comenzar a hablar de otro gran tema: el olfato. Pero dejemos el tema del olfato en coitus interruptus para otro ensayo . La vaina es que, si no nos gusta el aliento natural del otro, olvídalo. A pesar de todo el tiempo que hasta gastado, del coqueteo y mensajes en WhatsApp, tienes el derecho legítimo de largarte y perderte. No hay miradas brillantes ni sonrisas que cubran un aliento que no te gusta. Luego encontrarás la excusa. Pero, por favor, nunca le digas que fue su aliento.

Y al contrario también nos ha pasado. Es posible que, inicialmente, no estemos pensando nada serio con esa persona. Solo estamos «saliendo». ―Ojo, porque todos sabemos que afirmar «estamos saliendo» es el eufemismo para decir: estamos pichando sin compromiso―. El caso es que, sin mayores pretensiones, besamos a esta persona, la sentimos, la mordemos, y así el interés inicial sea menor, luego de ese primer encuentro la atracción se intensifica más, y con cada beso, y su aliento, su aliento natural y con cada encuentro, cada revolcada, nos sentimos derrotados y felices. La jodida química. Y la seguimos mordiendo. Pero ahora, la mordemos con harta gana. El beso es realmente un momento crítico en el inicio de una historia amorosa. El escritor alemán Emil Ludwig dijo que «la decisión del primer beso es la más crucial en cualquier historia de amor, porque contiene dentro de sí la rendición». Otra cursilería, pero qué le hacemos. Una cursilería cierta, como lo dijo el poeta portugués Fernando Pessoa: «Todas las cartas de amor son ridículas, pues no serían cartas de amor si no lo fuesen».

Luego del primer beso bien apretadito, ojalá en balcón de duodécimo piso, de noche, con susto, con lengua, el terrible vendaval se viene encima y no queremos huir, ni salir corriendo. Entonces estamos jodidos. Jodidos y enamorados.


Convocamos el 9º concurso de divulgación de la ciencia Jot Down

Túnel ferroviario de Somport a 850 metros de profundidad bajo el monte Tobazo.

Estamos convencidos de que es necesario acercar la ciencia a la sociedad, la ciencia es parte de la cultura y un pueblo mejor informado es un pueblo más libre, a eso se le suma que las naciones que más invierten en ciencia, a medio plazo obtienen una clara compensación por dicha inversión.

Naturalmente, ello implica que tenemos que hacer la ciencia más accesible a los no profesionales y concienciar los de la importancia que tiene, por ello es tan importante la labor de los divulgadores científicos. Dicha labor no siempre se ve recompensada, más bien todo lo contrario en muchos casos, ya que las instituciones habituales en las que se investiga (universidades, centros de investigación, etc.) no tienen canalizados métodos que premien la divulgación y, por tanto, esos trabajos se suelen realizar al margen de las tareas habituales y en ciertas condiciones de “clandestinidad”. Es por ello que los promotores de estos premios los hemos creado, para incentivar y animar a los divulgadores en la fenomenal labor que realizan.

Por ello convocamos el concurso Jot Down de divulgación de la ciencia con cuatro modalidades: fotografía, ilustración, ensayo y narrativa bajo la temática «lo invisible». Este concurso está patrocinado por el Donostia International Physics Center (DIPC), el Laboratorio Subterráneo de Canfranc (LSC), el Museo Laboratorium de Bergara y la Universidad de Sevilla.

Los premios seguirán las siguientes bases:

1. Participantes Podrán participar todas aquellas personas que lo deseen, no es necesario, ni se tendrá en cuenta, tener una experiencia previa como divulgador.

2. Trabajos

2.1 Ensayos y narrativa:

Se podrán presentar trabajos originales e inéditos de hasta 2500 palabras de longitud para textos cuyo tema central sea «lo invisible»

Para participar se enviará el texto (en castellano) junto con ilustraciones y diagramas en un solo archivo en formato PDF . Estos ficheros adjuntos serán los que se hagan llegar a los miembros del jurado para su decisión. El documento enviado ha de ser anónimo y, aunque la dirección de correo electrónica usada para el envío no ha de ser forzosamente identificativa del remitente, sí se usará dicha dirección para comunicarse con él y enviar las notificaciones oportunas.

Cada autor puede presentar tantos trabajos como desee, pero en cada mensaje solo se puede presentar un trabajo.

2.2 Ilustraciones:

Se podrán presentar trabajos originales e inéditos en tamaño A4 (vertical o apaisado) en color o B/N cuyo tema central sea «lo invisible». Se valorará un breve texto explicando la ilustración.

2.3 Fotografía:

Se podrán presentar trabajos originales e inéditos con un formato mínimo de 3.600px x 2.400px en color o B/N cuyo tema central sea «lo invisible». El trabajo podrá constar de una o varias fotografías de una misma serie. Se valorará un breve texto explicando el trabajo.

3. Plazos Los trabajos se presentarán desde el momento de la publicación de estas bases hasta las 14:00 del día 15 de mayo de 2022 (hora de Sevilla, España).

4. Jurado y selección de ganadores Desde el momento de la recepción de los trabajos y hasta el 30 de mayo de 2022, los miembros del jurado elegirán a al ganador y al finalista. Dicha decisión se hará pública el 31 de mayo de 2022. Para realizar su elección de ganadores se tendrá en cuenta: rigor, accesibilidad, calidad literaria, originalidad, así como cualquier otro mérito que el jurado considere destacable. En caso de empate en las votaciones le presidente del jurado posee un voto de calidad.

5. Premios Se establecen cuatro premios de 1.000€; uno para la categoría de ensayo de divulgación científica, otro para la categoría de narrativa de ficción científica, un tercero para la categoría de ilustración científica y un cuarto para fotografía científica. Ambos textos ganadores se publicarán online; en Jot Down los ensayos y en Revista Mercurio los textos de narrativa. La ilustración y la fotografía (o serie de fotografías) se publicarán en las revista impresas de Jot Down (Jot Down o Jot Down kids) y/o en la Revista Mercurio. Para los finalistas se establece un premio de una suscripción de un año a Jot Down + Revista Mercurio y un lote de libros, así como la publicación de los textos.

6. Entrega de premios La entrega de premios tendrá lugar durante el Evento Ciencia Jot Down 2022 que tendrá lugar en Jaca los días 10 y 11 de junio. Los gastos generados por el desplazamiento (si los hubiere) correrán a cargo de la organización de dicho evento, siempre que la persona resida en España.

7. Aceptación de las bases La participación en este concurso supone la plena aceptación de las presentes base, estas podrán ser interpretadas por los miembros del jurado en aquellos aspectos no previstos en las mismas. Así mismo, la participación en el concurso le da derecho preferente a Jot Down para la publicación del trabajo (en el caso de los no premiados), en este supuesto, Jot Down se pondría de acuerdo con los autores sobre las condiciones de la publicación.

Envíanos tu obra

Para participar, escríbenos un correo a [email protected] y adjunta los ficheros necesarios. Es imprescindible indicar a cuál de las cuartro modalidades se presenta la obra (ensayo, narrativa, ilustración o fotografía)

Toda la información actualizada en Ciencia Jot Down


El Gato y la Caja | Introspección

El Gato y la caja

Con la ciencia no alcanza

Empezamos El Gato y la caja como una forma de compartir ciencia para tantas personas como fuera posible. Porque sin compartirla, sin construir un sentido común, sin repartir lo sensible, sin consensuar el mundo, hacer ciencia es ser Cassandra, la pitonisa de Troya: portar la maldición de ver el futuro y no poder hacer nada porque nadie te cree.

No importa lo bien que funcione una vacuna, si no logras construir ese sentido de seguridad en otra persona, van a sobrar vacunas, pero van a faltar brazos. No importa cuán seguro estés de la necesidad de bajar las emisiones de dióxido de carbono o del futuro preocupante que nos espera si no cambiamos nuestra matriz energética, si el resto de las personas no comparte esa visión, nada va a mejorar. 

Esa necesidad de entender el mundo como es pero también de transformarlo en lo que puede ser constituye el espíritu de Gato. Resumido: sin la ciencia no se puede, pero con ciencia sola no alcanza. Por eso buscamos formas originales y potentes de contar historias y construir experiencias, usando todas las herramientas que el mundo digital generosamente nos provee. 

Por ejemplo, desarrollamos experimentos y experiencias digitales con cientos de miles de participantes que desean activamente hacer ciencia y con quienes siempre, siempre, compartimos los resultados de las investigaciones. Porque con el paper no alcanza, pero sin el paper no se puede. Entonces creamos experiencias interactivas para que quien participó pueda no solo conocer los resultados, sino además apropiárselos, inscribirlos en una narrativa sobre sí mismo, sobre las demás personas y el mundo en donde vive. 

Sin internet no se puede

También hacemos libros que reclutan decenas de especialistas de las ciencias, la salud, la antropología y la comunicación. Los libros son viajes más profundos e introspectivos.  Los entendemos y los pensamos como objetos de diseño, experiencias que exceden su contenido. Oportunidades para reflexionar y aprovechar esa escena de lectura propia que tiene el dispositivo libro y cuesta mucho encontrar en otro lado. Entonces hablamos de drogas, de posverdad, de la conciencia. Hablamos de ciencia ficción y de historia. De la vida y la muerte. De crisis climática.

Sin la información no se puede, por eso subimos todos nuestros libros completos a internet para que puedan ser leídos de forma gratuita. Pero sólo con la información no alcanza, así que también creamos campañas de comunicación amables —y un poco asertivas— para llegar a tomadores de decisiones, diputadas, diputados y senadores (pero también periodistas, influencers y otras personas motivadas). Esas campañas tienen objetivos claros. Por ejemplo, cambiar una ley de drogas absurda e injusta. Estas campañas son uno de los modos más genuinos a nuestro entender de habitar internet, porque se trata, en definitiva, de usar los métodos de  internet para transformar la realidad. En ese sentido, hemos hecho campañas de venta de libros en las que prometimos (y cumplimos) regalarle uno a un representante público por cada diez que vendíamos. Hicimos bombas de mails, bots de tuiter, trivias, juegos y visualizaciones de datos. Convertimos las campañas en experiencias accionables. Y de esa presión nacieron cientos de reuniones con representantes de la política y hasta proyectos de ley para incorporar algunos de estos contenidos en la educación formal.

Hacemos lo que sea que se nos ocurra hacer usando las herramientas de la internet para compartir un modo de ver y pensar basado en evidencias. Para que las ideas no se queden gritando que saben pero sin que nadie les crea o sin que nadie haga algo con ellas. A veces es hacer un buscaminas para mostrar la poca cantidad de espacios verdes que hay en nuestras ciudades, otras es armar un panel de decisión para maximizar la inversión del Estado en una matriz de desarrollo productivo sustentable usando ciencia de datos o un algoritmo capaz de predecir tus actos futuros mejor que vos mismo para mostrar cómo funciona la conciencia. Es que describir lo que hacemos a través de ejemplos puede ser un recurso poco elegante, pero es el más apropiado. 

Enunciar, diseñar y habitar

Nada bajó los costos de llegar a millones de personas como lo hizo internet. Nada nos dió más herramientas. Y ahora el límite es nuestra propia imaginación y la capacidad de contar historias que conmuevan y movilicen. La pregunta que debería surgir en este momento es: ¿movilizar a quién? Procuramos nunca perder de vista eso, porque Gato es sobre todas las cosas una comunidad de personas que comparten la visión, que leen, escuchan, comentan, diseñan  y construyen junto a nosotros. Porque sin imaginación no se puede, pero sólo con la imaginación no alcanza. Siempre hace falta una aldea. 

Eso es Gato: nuestra iniciativa de llevar más ciencia y más diseño a más lugares y más personas con el objetivo de compartir el mundo como es, pero también de salir a construirlo como queremos que sea. Es la voluntad de romper la maldición de Cassandra. Porque saber no es suficiente para transformar, y necesitamos más que nunca transformar. Con ciencia, con diseño, con información, con internet, con la comunidad. Imaginar, diseñar, construir y habitar el mundo que queremos, porque con enunciarlo no alcanza.

El Gato y la caja

En Jot Down, a través de nuestra distribuidora Soidem, vamos a imprimir y distribuir los libros de El gato y la caja. Ya está disponible en la web y en librerías Sobre drogas, un proyecto sobre ciencia, política y la relación entre las sustancias psicoactivas y nosotros, las personas, que tiene por objetivo desnaturalizar prejuicios, cuestionar costumbres y generar espacios de discusión sobre la manera en la cual desarrollamos las políticas públicas de drogas.

Sobre drogas busca revertir la profunda disonancia que existe entre el enfoque actual basado en la prohibición (con participación mayoritaria de los organismos de seguridad) y el enfoque propuesto por los expertos y apoyado en la evidencia científica, que entiende que el “problema de las drogas” debe ser abordado desde la Salud Pública y contemplar los Derechos Humanos en la solución. Junto con el apoyo y la participación de decenas de especialistas en diversas áreas creamos ‘Un libro sobre drogas’, la primera materialización de esta iniciativa. Toda la información contenida en el libro la encontrarás en forma gratuita en esta web y se encuentra bajo licencia Creative Commons para facilitar que llegue a todos lados.


¡Dios mío, los genios están entre nosotros!

genios entre nosotros
El doctor Emmett Brown de Regreso al futuro. Imagen: Universal Pictures.

La serie de televisión The Big Bang Theory tuvo durante sus primeras temporadas cinco protagonistas principales. Cuatro de ellos eran «frikis». Uno era un indio de la India incapaz de hablar con las mujeres. Otro era un obseso sexual escuchimizado que gastaba un vestuario propio de un chuloputas setentero del Bronx. El tercero era un tipo inseguro, bajito y cuatro ojos, que pasaba por ser «seminormal» en comparación con el resto. El cuarto —el alma de la serie— tenía un CI de más de ciento ochenta, memoria eidética e hipocondría, y se caracterizaba por su incapacidad patológica para relacionarse de manera normal con el resto de las personas, hasta el punto de parecer a menudo idiota. Hay, sin embargo, un factor que une a estos personajes: todos son extremadamente inteligentes. La quinta protagonista era una guapísima y simpatiquísima y normalísima camarera, que soportaba estoicamente las extravagancias de los otros cuatro. 

Como pueden ver, el ochenta de los protagonistas son flacuchos, tarados, enanos, faltos de sensibilidad o empatía, enfermos sociales. Son lo que la mayoría de la gente espera cuando se tiene que ver las caras con alguien que disfruta de una inteligencia muy superior a la suya, el estereotipo del superdotado, del científico loco, del genio. Esta serie no era original tampoco en esto, por más que, con su desarrollo, fuera «humanizando» a los personajes para lograr esa empatía con el espectador que sirve para que circule el dinero. Es tan habitual que esos rasgos aparezcan unidos a cualquiera que lleve «Dr.» delante del apellido, que los damos por supuestos: el Dr. Rotwang, el Dr. Strangelove, el Dr. Moreau, el Dr. Caligari, el Dr. Emmet Brown o el Dr. Frink. La cuestión no es que un «genio loco» o un «genio del mal» bizquee con frecuencia, ande siempre despeinado y grite enfurecido cuando sus planes de dominación y genocidio salen mal; esto es lógico y circular: está loco, hace el mal, pretende algo absurdo y egomaníaco, no se preocupa en peinarse, pretende algo absurdo y egomaníaco, hace el mal, ergo está loco. No, lo que es llamativo es por qué la gente relaciona tan a menudo las altas capacidades con rasgos enfermizos y con un físico propio de un pigmeo contrahecho. Hasta uno de Mensa, como Asimov, convirtió al «mulo», de su serie La fundación, en el tipo más feo y repelente de la galaxia, mientras que en la aclamada Blade Runner el dios de la biomecánica, Eldon Tyrell, tiene pinta de chiquilicuatro y calza unas gafas con un cristal como el del telescopio Hubble, el genetista Hannibal Chew es un cobardón y no les digo la pinta de pringado y tarado emocional de J. F. Sebastian. Y para uno listo y físicamente superior, Roy Butter, resulta que es una creación artificial pelín psicótica y que se entretiene soltando palomas mientras palma.

Voy a anticipar mi hipótesis: es por compensación. No nos molesta que haya personas que sepan de algo más que uno, ya que esto puede ser resultado del azar, del estudio o de la concentración en un fin. Frente a esto pensamos: «yo podría hacerlo si quisiera». Lo molesto es que alguien «vea» la solución a los problemas antes de que nosotros los entendamos, que alguien sea capaz de recordarlo todo sin esfuerzo aparente, que alguien sea tan asquerosamente inteligente que parezcamos simios. No nos importa tanto la superioridad física como la mental, porque es la inteligencia lo que nos identifica como humanos. Un chimpancé podría hacer un mate mejor que Michael Jordan, pero no hay ningún bicho que sea capaz de resolver problemas matemáticos mejor que John von Neumann. Estas hazañas intelectuales de otros nos empequeñecen de tal forma que nuestro resentimiento tiene que trabajar para no ahogarnos en el vómito verde de la envidia. Los superdotados intelectuales TIENEN que ser deformes, miopes, cobardes, tímidos, obsesos, canijos. 

La propia palabra «genio» es un buen punto de partida para esta explicación. En la mayor parte de las culturas antiguas, las extrañas capacidades intelectuales se explicaban por su relación con un elemento divino, ajeno. Los demonios y los genios son «productos» divinos que insuflan desde fuera capacidades sobrehumanas en aquellos a los que ocupan. El pensamiento original, incomprensible para los demás, era una muestra de anormalidad. No es extraño que tan a menudo se relacionase la superioridad intelectual con la enfermedad mental y, puesto que la enfermedad mental se atribuía a la posesión demoníaca, con la herejía y la ausencia de moral. 

Esta situación no mejoró hasta el siglo XX; solo se cambió al causante de la insania. Dejó de ser el diablo y pasó a serlo el propio yo descompensado. Un síntoma de la locura será pensar demasiado deprisa o con demasiada originalidad o creatividad, y se tratará al niño precoz como a un ser psicológicamente débil, una especie de monstruo abocado a la neurosis. Lombroso definirá en 1896 al genio como enfermo y la superdotación como síntoma de una variedad de epilepsis asociada a una moralidad desviada y a una melancolía destructiva. Incluso en el siglo XX, autores como Lange, Eichbaum y Kretschmer insistirán en la relación para ellos evidente entre la genialidad y la enfermedad mental.

Todo este equipaje ha seguido influyendo en el concepto que hoy se tiene del individuo intelectualmente superdotado y ello pese a que se haya visto matizado por un mayor tratamiento, incluso en medios de comunicación masivos, de la cuestión. Hay dos respuestas a esa persistencia: una, que el tratamiento ha sido más extenso, pero básicamente equivocado; otra, que es una idea tan cojonuda que da igual lo que esos listillos quieran vender. Sospecho que concurren las dos, y que además el desgraciado movimiento eugenésico sirvió de anticuerpo, pero para verlo con más detalle, quizás sea interesante que, a estas alturas del artículo, nos centremos un poco en definir qué demonios es un superdotado.

Para empezar un superdotado no es un idiota sabio, es decir, uno de esos que son capaces de dividir instantáneamente números enormes o aprenderse la guía telefónica de la provincia de Sichuan. Tampoco es aquel sujeto talentoso al que se le da muy bien un determinado tipo de tareas. Excluido lo que no son, hay que decir que los expertos en la materia —como suelen hacer los expertos— no se ponen de acuerdo en qué es un superdotado y cómo se le identifica. Aunque, tampoco es tan extraño, ya que, pese a llevar muchos años publicando libros y haciendo tesis, tampoco son capaces de definir qué es la inteligencia.

En gran medida, el término superdotación, como algo más técnico que genialidad, surgió de las primeras teorías psicológicas que intentaron definir la inteligencia como aquello que podía medirse. Esas teorías, conocidas con el original nombre de psicométricas, nacieron junto con los test de inteligencia de Alfred Binet y Théodore Simon que fructificaron en el modelo de «edad mental» posteriormente sustituido por el de «cociente intelectual». En 1927, para resolver los problemas teóricos de esos modelos se inventó el factor «G», algo muy misterioso, que se supone que medían los test de inteligencia, y que podemos dejar de lado ya que no tenemos ni idea de qué es, aunque suene muy erótico. Como no sabían definir claramente el factor de marras, los científicos hicieron algo que hacen con gran solvencia: dividir el problema en problemitas y convertir la inteligencia en algo complejo resultado de muchos factores. También con gran originalidad se llamó a este enfoque «propuesta factorial» y, ya puestos a ello, los psicólogos entraron en una orgía desatada que desembocó en Joy Paul Guilford, que llegó a describir ciento cincuenta factores. Ante tamaño desbarajuste, algunos autores intentaron poner orden, creando sus propias clasificaciones y síntesis, que en buena correspondencia eran rechazadas por el resto. Otros se centraron en el aspecto computacional (¡sí, llegaba la modernidad y la fiesta del algoritmo y las máquinas que paran o no y el ácido!) y de procesamiento de la información y en una serie de cuestiones a las que ponían el prefijo «meta-» para resultar altamente intrigantes. Dijeron que lo de medir la inteligencia estaba anticuado y que lo importante era el aspecto evolutivo y funcional, el proceso por el que los seres humanos resuelven problemas. Los groupies psicométricos dijeron que sí, que todo eso era muy bonito, pero que a falta de la falsación de sus postulados, estos no pasaban de ser apuestas en el vacío. Todo esto se mezclaba además con la famosa discusión, que tantos homicidios ha provocado en círculos académicos, entre nature y nurture, que se cebó especialmente en la heredabilidad o no de la inteligencia. En fin, un sindiós que afectaba al asunto que nos ocupa y al que vuelvo antes de contarles mi propia hipótesis sobre la inteligencia, en particular la de los psicólogos.

Un par de párrafos atrás hablé de Lombroso y sus paridas. El primero que cambió el paso sobre la visión negativa del genio fue un contemporáneo suyo: Francis Galton, en su obra de 1869 Hereditary Genius, aplicó las teorías de su primo Darwin y sostuvo que la genialidad se heredaba y que además no había ninguna razón para pensar que hubiera una correlación entre aquella y el físico. Añadió que los genios (imagino que él se veía como uno de ellos) eran más imaginativos, fuertes, productivos que la mayoría, y que por eso solían ocupar puestos de liderazgo. Por desgracia, estas teorías terminarían desembocando en el movimiento eugenésico, el culpable de que los test de inteligencia se utilizasen de forma infame con los inmigrantes que llegaban por millones a Estados Unidos para así relacionar la inteligencia con la raza. La idea de que podía darse una mayor capacidad física, intelectual y moral en algunas razas frente a otras alcanzará su culminación material en el nazismo. Es perfectamente comprensible que se percibiera con asco la idea, superficialmente relacionada con aquella, de que las personas intelectualmente superiores pudieran serlo también física o moralmente y que cobrase brío la representación popular de que el supervillano o el genio loco siempre piensa en crear una raza superior.

Sin embargo, la tesis contraria se demostró pronto errónea. En 1921, Lewis Terman inició un trabajo fundamental en esta materia: tras escoger una serie de instituciones escolares californianas, pidió a los profesores que identificaran a sus alumnos más brillantes, les aplicó test de inteligencia, los midió, pesó, sometió a exámenes médicos, test de personalidad y recopiló toda la información personal que pudo de manera estructurada. Escogió a quinientos cuarenta y tres niños con un CI superior a ciento treinta y los sometió a escrutinio durante treinta y ocho años. Sus resultados cambiaron radicalmente la percepción de la superdotación en ámbitos académicos: los superdotados tenían una salud mejor que la de la mayoría; eran más altos y fuertes y padecían menos enfermedades; mostraban más interés y más variado por todo tipo de asuntos; en general, su éxito académico, familiar y social era superior. Se trataba de personas bien relacionadas con su entorno y con aptitudes para el liderazgo. Además, eran de extracción sociocultural superior a la media y habitualmente tenían antecedentes familiares de superdotación. Otros colaboradores de Terman prosiguieron con el análisis de los sujetos hasta 1977 y confirmaron los resultados, ampliándolos a cuestiones como la longevidad (los individuos analizados vivían más tiempo y con mejor salud que la media).

Este estudio ha sido posteriormente objeto de críticas que parecen muy razonables. Como el criterio de identificación fue el éxito académico y los test de inteligencia, se dejaron de lado elementos que hoy se consideran esenciales para definir la superdotación, como veremos; este sesgo además se relacionaba con factores sociales y con el hecho de que, al ser conscientes de que estaban siendo estudiados, la «motivación» podía falsear los resultados.

Pronto los autores irán enriqueciendo el concepto de superdotación con otros elementos que han terminado afirmándose en la literatura sobre la materia y que se describen de forma muy gráfica en una tesis que ha tenido especial éxito: la de los anillos de Joseph Renzulli, en particular en su visión más ampliada publicada en 1994. La superdotación se define como el centro de tres elementos independientes que trabajan conjuntamente: la capacidad intelectual superior a la media, la creatividad y la implicación en las tareas. Así, el superdotado produce resultados «diferentes» no solo porque es más inteligente, sino porque se implica de forma más tenaz y constante en las tareas que le atraen y porque es más creativo. El esquivo concepto de creatividad resulta especialmente importante, ya que es la base de algo que suele sorprender de estos individuos con altas capacidades: la originalidad en el pensamiento, el chispazo, la búsqueda de problemas en los límites, el hallazgo de atajos, el riesgo en el planteamiento de problemas imposibles y de caminos que se salen de lo trillado, lo que va unido al uso avanzado de lo que Robert Sternberg llama «metacomponentes», como la capacidad para descubrir problemas, para definirlos, para describir y combinar de forma eficaz los pasos para su resolución, la localización de la información que precisa, la evaluación desapasionada de los resultados. Por eso es tan habitual que el superdotado ocupe un porcentaje de tiempo superior al normal en el planteamiento de los problemas.

En cualquier caso, décadas de estudio demuestran que los estereotipos están básicamente equivocados. Daniel Hallahan y James M. Kauffman en su Exceptional Children. Introduction to Special Education describieron los mitos y realidades más comunes sobre superdotación: frente a la idea de que suelen ser débiles físicamente y carecer de capacidades sociales, resultaban tener mejor salud, ser más equilibrados y con atractivo social, y frente a la idea de que la escuela les aburre, en general suele atraerles y se adaptan a ella fácilmente.

Del mismo modo, y en cuanto a una supuesta inestabilidad emocional de los superdotados, pronto se demostró que la mayoría de ellos no tenían más problemas emocionales que la media, y que solo en el exclusivo grupo de los individuos con CI superior a ciento ochenta podía esto ser discutible (e incluso en un estudio efectuado en 1992, Children’s Development Within Social Context, de Lucien Winegar y Jaan Valniser, se mantenía que ese resultado no era en absoluto concluyente).

Los superdotados ya no solo no son canijos, poco saludables y socialmente incapaces, sino que suelen plantearse problemas morales de calado antes y de forma más profunda que el resto. Temas como el bien y el mal, la justicia, la honestidad, se producen frecuente y precozmente entre individuos superdotados, y algunas respuestas del entorno les resultan especialmente dañinas. Suelen ser perseverantes y abiertos, en cuanto que curiosos y flexibles, tener gran confianza en sí mismos, y admiten la crítica fundamentada con mejor talante que la media. Esta acumulación de información permitió a George Betts y Maureen Neihart distinguir entre los superdotados exitosos, divergentes, underground, amargados, los doblemente identificados (aquellos que unen a la superdotación alguna discapacidad) y los autónomos. Lo interesante es que estos autores ya situaban al noventa de los superdotados dentro del primer grupo.

Sin embargo, la idea del «genio» como un tipo ridículo y risible es demasiado atractiva, pues nos los muestra como débiles y fácilmente localizables. Lo contrario sería sumergirnos en el mundo terrorífico de La invasión de los ultracuerpos: imaginen qué espanto, que esos sujetos tan inteligentes y capaces anden entre nosotros sin que seamos capaces de identificarlos, se apareen con facilidad y acaparen el éxito y la felicidad. Algo tan horrible no puede ser cierto.


Cerebros malcriados: cómo caemos en la infelicidad por intentar no caer en la infelicidad

cerebros infelicidad Donna Cymek
Foto: Donna Cymek.

Toda generación está marcada por la búsqueda de una vida mejor, de un trabajo más lucrativo, de un estándar de vida más alto, pero siempre con particularidades. Si ahora mismo están envejeciendo los que tuvieron el éxito como objetivo, en las nuevas generaciones la obsesión es encontrar la felicidad. Antes importaban los ascensos, el sueldo, una casa más grande, luego el reconocimiento, pero ahora parece que, en líneas generales, solo basta con estar feliz. 

No hay más que comprobar la saturación de libros de autoayuda que hay en los estantes de las librerías. Volúmenes repetitivos que hablan de tener la felicidad al alcance, recomiendan maneras para ser más feliz o elecciones que pueden hacerte más feliz. No se trata solo de libros. El gimnasio también tiene la fórmula para que seas más feliz, o un taller, o un curso… hasta los bancos venden felicidad en lugar de dinero. Cada vez son más abundantes las empresas que ofrecen entornos de trabajo con futbolines y mesas de ping-pong, encuentros de happy friday y todo tipo de prestaciones para que el trabajo nos haga más feliz que sus condiciones. 

Todos estos detalles demuestran que la búsqueda de la felicidad personal se ha convertido en una obligación, atrás quedó tener una buena vida. Incluso los actos de bondad hacia los demás hoy también se venden como estrategias para alcanzar la felicidad personal. Como una sociedad capitalista bien entrenada, se le ha puesto precio al altruismo. 

Como explica Anna Lemke, autora de Dopamine Nation (Dutton, 2021), además de huir del dolor, ahora mismo hemos llegado a un punto de no tolerar ni formas menores de incomodidad. El anhelo de felicidad ha llegado a un punto que estamos buscando constantemente distraernos del presente, eludirlo con un entretenimiento continuo: «Todos huimos del dolor, algunos tomamos pastillas, otros navegamos por internet en el sofá mientras vemos Netflix, sin embargo, todo este intento de aislarlos del dolor parece haber empeorado nuestro dolor». Buscar la felicidad nos hace infelices. 

En su ensayo, la autora analiza la necesidad contemporánea de placer continuo desde un punto de vista científico y encuentra que, si hay algo que para ella simboliza toda esta tendencia, ese es el smartphone: la aguja hipodérmica moderna que administra dopamina digital. Una herramienta que se ha integrado en nuestras vidas tan estrechamente que a mucha gente hasta le produce ansiedad separase unos metros del teléfono. 

La dopamina es un neurotransmisor que tiene un papel fundamental en la motivación, pero, como explica la autora, está más relacionado con «querer» que con «gustar». Estudiada en ratas, se encontró que el chocolate aumentaba un 55 % la dopamina en el cerebro, el sexo un 100 %, la nicotina 150 % y la cocaína, un 225 %. En estas circunstancias, el reto que se le plantea a la población actualmente es cómo vivir en una sociedad en la que la tecnología te proporciona nada menos que todo. Es fácil inundar el cerebro de dopamina, pero en cuanto esta se esfuma, lo que ocurre es que nos sentimos infelices. 

Según cita en su libro, el Informe Mundial de la Felicidad, que clasifica a 156 países según lo felices que son sus ciudadanos, las personas que viven en Estados Unidos contestaron a las encuestas de forma que quedó de manifiesto que eran menos felices en 2018 que en 2008. Otros países con una riqueza similar y mayor esperanza de vida, como Bélgica, Canadá, Dinamarca o Francia, también experimentaron un descenso similar. En otro estudio en el que se entrevistó a casi 150 000 personas de 26 países para monitorizar la prevalencia del trastorno de ansiedad generalizada, se descubrió que en los países ricos había más que en los pobres. En todo el mundo, el número de nuevos casos de depresión aumentó un 50 % entre 1990 y 2017. 

La pregunta que cabe hacerse es por qué en una época de riqueza, libertad, progreso tecnológico y avances médicos sin precedentes, parecemos más infelices y sentimos más dolor que nunca. La conclusión de este ensayo es que la razón por la que somos tan miserables no es otra que porque intentamos con todas nuestras fuerzas no ser miserables. Solo sabemos querer, porque solo queremos más. La autora, Anna Lemke, es una psiquiatra estadounidense que imparte clases en la Universidad de Stanford, su tesis es que el dolor y el placer están estrechamente relacionados y en la sociedad actual se están confundiendo con demasiada frecuencia, pero no es difícil que suceda porque ambos se procesan en regiones cerebrales superpuestas.

Para explicarlo, recurre a casos extremos pero muy elocuentes. Cuenta la historia de un paciente suyo que estaba enganchado a la compra de productos on line. Decidir qué comprar, esperar la entrega y desenvolver el paquete constituía para él un proceso por el que alcanzaba verdadera euforia, pero no duraba mucho más allá del tiempo que tardaba en arrancar la etiqueta de Amazon y ver qué había dentro. Tenía habitaciones llenas de objetos inútiles y una deuda de miles de dólares. Como no podía mantener el ritmo de gasto, empezó a pedir productos cada vez más baratos, como llaveros y tazas. Al final, siguió pidiendo, pero en cuanto le llegaban los paquetes, los abría y los devolvía inmediatamente después. 

Más extremo era el caso de un tal Jacob. Había aprendido de joven a fabricarse máquinas para masturbarse. La primera, conectando a un tocadiscos una barra de metal envuelta en un suave pañuelo. Así lograba masturbarse en las tres velocidades que tenía el reproductor. Se obsesionó con este tipo de máquinas y en internet llegó a convertirse en una estrella de los foros dedicados a esta afición, donde publicaba sus manuales. Sin embargo, no quería hacer lo que más le gustaba hacer. Desesperado, tiraba las máquinas a la basura, pero a las pocas horas las rescataba del contenedor y las volvía a montar. Un círculo vicioso incompatible con la gente que vivía con él: su familia, cristiana creyente y practicante. 

Posiblemente, estas actuaciones sean excesivamente patológicas o excepcionales, pero otro caso arrojaba claves más aplicables al común de la población. Kevin, un chico de diecinueve años que acudió a su consulta obligado por sus padres. No quería ir al colegio, no quería hacer ningún tipo de trabajo y en casa se dedicaba a no hacer nada. La familia era aparentemente normal, no tenía ningún problema grave, pero sus padres estaban excesivamente preocupados con no «estresarle» ni «traumatizarle» pidiéndole que hiciera cosas que no quería hacer. 

Con menor intensidad, este fenómeno está bastante extendido, explica la autora: «Percibir a los niños como psicológicamente frágiles es un concepto esencialmente moderno. En la antigüedad, los niños eran considerados adultos en miniatura completamente formados desde que habían nacido. Para la mayor parte de la civilización occidental, los críos eran considerados malvados por naturaleza. El trabajo de los padres y cuidadores era imponer una disciplina extrema para socializarlos para vivir en el mundo. Era completamente aceptable usar castigos corporales y atemorizarlos para hacer que se comportaran. Ahora no es así (…) Hoy, a muchos padres que veo les aterroriza hacer o decir algo que le pueda dejar a su hijo una cicatriz emocional o les cause, según creen, un sufrimiento emocional que pueda derivar en una enfermedad mental en el futuro». 

A su juicio, esta es una creencia freudiana, pensar que el trauma en la primera infancia pueda influir en la psicopatología adulta. Es la convicción de que cualquier experiencia que constituya un desafío será carne de diván y psicoterapia. Hay infinidad de detalles que lo prueban en Estados Unidos, como cuando en la escuela se da el premio al mejor alumno de la semana, pero se hace por orden alfabético y no por ningún logro en particular. Una sobreprotección que se prolonga hasta la universidad, donde abundan los denominados espacios seguros, incluso se exige con antelación saber de qué se va a hablar en una conferencia por si algún matiz del tema pudiera herir la sensibilidad del alumno. 

No hay que engañarse, la autora obviamente está de acuerdo con que hay que impedir toda brutalidad física y emocional en los patios de colegio, pero a lo que se refiere es a que los espacios seguros deberían ser en realidad lugares donde se pueda pensar libremente, aprender y discutir. Las burbujas en las que sea imposible recibir cualquier tipo de molestia promueven una infancia sobrehigienizada y sobrepatologizada. 

Crecer en entornos así, que impidan el dolor por completo, lo único que consiguen es no preparar a los niños para el mundo que les espera. Se pregunta si no se es consciente de que al proteger a un hijo de cualquier adversidad, lo que se logra es que adquiera miedos invencibles. Reforzar una autoestima con falsos elogios y hacer que se desenvuelvan por la vida sin asumir las consecuencias de sus actos en el mundo real, sirve para que exijan ser siempre privilegiados e ignorantes de los defectos de su carácter, sentencia. Ceder a todos sus deseos ha llevado el hedonismo a una nueva era, la necesidad incesante de placer cuando se es adulto. 

En realidad, el placer es vital. Es imprescindible en el ser humano para reproducirse o alimentarse. A la vez, sin dolor, no nos protegeríamos de posibles lesiones o de la propia muerte. El problema es que al elevar nuestro ajuste neuronal con la reiteración de placeres, nos convertimos en personas que nunca pueden estar satisfechas con lo que tienen, siempre buscan más. Hacen falta más recompensas que antes para sentir placer y bastan heridas muy leves para experimentar dolor insoportable. 

A escala global, hasta la medicina habla de eliminar el dolor. Un cambio de paradigma que se ha traducido en la prescripción masiva de analgésicos, con el episodio abominable de la epidemia de opiáceos desencadenada por empresas farmacéuticas en Estados Unidos. En 2012, se recetaron tantos como para que cada estadounidense tuviera un frasco de pastillas en el cajón. Las sobredosis de opioides llegaron a matar más que las armas o los accidentes automovilísticos. Sin embargo, el problema contemporáneo no se trata desgraciadamente de algo tan tosco como prescribir opiáceos contra el dolor de muelas. Uno de cada diez estadounidenses toma medicación psiquiátrica diaria. Eso es más grave, aunque sea menos visible. El consumo de Paxil, Prozac o Celexa está aumentando en todos los países del mundo. Detrás de EE.UU., siguen Islandia, Australia, Canadá, Dinamarca, Suecia y Portugal. En Alemania hubo un ascenso del 46 % en cuatro años y en España, del 20 % durante el mismo periodo. Incluso en China, donde no hay datos de prescripción disponibles, se estima que las tendencias van también en aumento por el crecimiento de la facturación. 

Cuando es la propia rutina o el día a día lo que nos conduce a la ansiedad, la solución que ofrece la sociedad actual es medicarnos. Por el contrario, Lemke propone una alternativa estudiada científicamente: ayunos de dopamina. Para restablecer un balance adecuado de dolor-placer haría falta uno de un mes. Esta psiquiatra, por la experiencia con sus pacientes, durante los periodos de abstinencia recomienda practicar mindfulness, dedicar atención plena y exclusiva a una sola cosa: «Muchos de nosotros usamos sustancias y tenemos comportamientos que implican altos contenidos de dopamina con el fin de distraernos de nuestros propios pensamientos. Cuando dejamos de usar dopamina para escapar, esos pensamientos, emociones y sensaciones dolorosas se derrumban sobre nosotros. El truco es dejar de huir de las emociones dolorosas y permitirnos tolerarlas». Consejos que antes eran típicos para drogodependientes, ahora son válidos para el grueso de la población. 

Hay que partir de la base de que el uso compulsivo que hacemos de esas fuentes de dopamina se han acabado convirtiendo en la principal razón de ser de nuestras vidas. El propio acto de consumir se ha convertido en una droga. Si los padres no enseñan a sus hijos a no convertirse en adictos a la dopamina les están privando de herramientas para que puedan lidiar con estas situaciones en el futuro. En lugar de protegidos, lo que estarán es indefensos ante cualquier conflicto o situación dolorosa. Si no se aprende a colocar las barreras cuando sea necesario, imponérselas a uno mismo para separarnos de eso que consumimos compulsivamente, se repetirá el círculo vicioso. Debemos crear nuestras propias leyes y depender de ellas más que de las externas.

De hecho, si de lo que se trata es de la búsqueda del placer, no hay mejor camino que el dolor. Biológicamente hablando, el placer es una respuesta natural fisiológica al dolor. Con una exposición intermitente al dolor, es más fácil sentir placer e incluso llegar a ser menos vulnerable al dolor. Se trata de la adaptación hedónica, un reflejo de los seres humanos que les lleva a regresar a un estado medio de felicidad sean cuales sean las adversidades que afronten. Tanto si se recibe una alegría como si se sufre un contratiempo, hay una respuesta adaptativa por la que, al cabo de un tiempo, se vuelve a encontrar un estado anímico medio. Gracias a ella se siguen teniendo alicientes y se pueden superar las desgracias. Todo varía según la persona y las circunstancias, pero es así como funciona, concluye. Por eso, no es ninguna novedad que todo placer se convierte en esclavitud si se vuelve rutinario. 


Las matemáticas de Julio Verne

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Julio Verne huele a los veranos de la adolescencia más temprana, a esos tomos rojos, gruesos, de papel biblia de Plaza & Janés. Si hablo de libro y de olores, por fuerza he de recordar a mi amigo Manolo. Mi amigo Manolo, cuando le enseñaba el tomo que estaba leyendo o que acababa de recibir, lo primero que hacía, antes de que empezáramos a comentar sobre él, era olerlo; después he sabido de otra gente con esa misma costumbre, pero entonces era mi amigo Manolo el que lo hacía, su primer contacto con los libros era meramente olfativo; hace mucho que no sé de él, pero, cuando recuerdo su costumbre, pienso que se sentirá algo perdido en este mundo de Kindles al que yo con tanto entusiasmo he abrazado.

Esos tomos rojos aún están en casa de mis padres. No sé por qué, pero nunca he empujado a mis hijos a su lectura. ¿Me avergüenzo de ello? ¿reniego de Julio Verne? Lo ignoro, pero lo que sí es cierto es que su lectura me proporcionó horas y horas de placer, de aventuras, de viajes: de aire y color como contraste con el mundo gris y opresivo del tardofranquismo, del colegio de curas que ya habían abandonado las negras sotanas, pero que era lo único negro que habían abandonado. Supongo que considero que en el mundo actual las luces de Julio Verne se pueden ver eclipsadas antes por otras maravillas, aunque, pensándolo bien, es posible que, de seguir así, pronto nos volvamos a ver en otro sociedad oscura como aquella de mi adolescencia.

Incluso se me ocurre otra interpretación, de hecho, si lo pienso detenidamente, ya en algunos momentos de su lectura sentí un cierto distanciamiento hacia Verne y, curiosamente, ese distanciamiento no era literario, sino que se originó a partir del trato que daba don Julio (nadie decía Jules, no existían los hípsters) a las matemáticas, a las ciencias en general. En muchas de sus novelas —al fin y al cabo estamos hablando de uno de los padres de la ciencia ficción—, se hace uso de diversos conceptos matemáticos o científicos; a veces esos usos eran correctos, pero otras ya me chirriaban a mí en esa época. El resultado: acabé por dejar de leer a Verne y me hice matemático. Pero, si somos justos, creo que le debo algo, mucho, a Julio Verne; tantas horas de lectura, de placer, de aventuras no se merecen que yo diga simplemente que no siempre usaba correctamente las matemáticas o la ciencias: él se merece alguna explicación. No pretendo ser exhaustivo, me limitaré a dar unos cuantos ejemplos de los que permanecen en mi memoria.

Estoy seguro de que mi primer distanciamiento, y supongo que el ejemplo de colección de errores más evidente incluso para aquellos con espíritu menos científico, fue en la obra conjunta que constituyen De la Tierra a la Luna y su continuación Alrededor de la Luna. Supongo que todos conocemos el argumento de dichas novelas: desde Florida se lanza una bala enorme en la que viajan tres tripulantes, y después de muchas vicisitudes, la nave, perdón, la bala, ameriza en el Pacífico. Estos hechos meramente fortuitos —el lanzamiento desde Florida, los tres tripulantes, el amerizaje en el Pacífico—, han llamado la atención de muchos por sus dotes premonitorias; lo dicho: son casualidades, cada una con su lógica interna, pero centrarnos en ellas nos desviaría de nuestro tema.

Curiosamente, en esas novelas es en las que más detalles científicos se aportan, puesto que Verne se documentó bastante para ellas y pretendía demostrar que dicha hazaña era más o menos posible y trataba de ver los escollos que había que salvar para realizarla; muchos de dichos detalles son válidos, pero otros tantos no lo eran para un niño como yo, que pocos años antes había presenciado en directo la llegada del hombre a la Luna (una madrugada, desde una playa de Cartaya, en Huelva, junto a mi padre, en un pequeño televisor alimentado por baterías de camión), y que había seguido todas las noticias sobre la «carrera espacial» que aparecían en esa época tan a menudo en las noticias.

Como hemos dicho, lo que hacen nuestros protagonistas es lanzar una enorme bala hacia la Luna, así que desde un cañón se ha de dar impulso suficiente para llegar al menos hasta el punto en el que se compensan la gravedad de la Tierra y de la Luna; ese impulso es enorme y desde el punto de vista de los pasajeros les obligaría a soportar una presión tal que los destrozaría en el mismo momento del lanzamiento. Haciendo un poco de trampa, he consultado gente que ya ha hecho los cálculos por mí y resulta que la aceleración que tendrían que soportar los tripulantes de Verne es de 50 000g (cincuenta mil veces la fuerza de aceleración de la Tierra), que creo que queda ligeramente por encima de los 20g que es aproximadamente la aceleración máxima que soportamos los humanos si vamos tumbados; de ir de pie o sentados sería aún peor. Repito: tendrían que soportar una aceleración de 50 000g: esa fuerza es tal que destrozaría incluso nuestras células y, por tanto, los desafortunados pasajeros quedarían literalmente hechos papilla. 

Sigamos con los aspectos desagradables para los pasajeros: en un momento dado del viaje, un cuarto pasajero que no hemos mencionado, el perro del protagonista, muere y deciden expulsarlo de la nave. La nave tenía aire, sus tripulantes podían respirar, así que imaginemos lo que podría ocurrir al abrir un pequeño ojo de buey que daba al vacío exterior. Al margen de lo anterior, la bala no consiguió llegar a la Luna y Verne lo achaca a la composición de fuerzas que se originó al expulsar el cadáver del perro; esto no es del todo correcto, pero como yo por aquel entonces no lo sabía, pasemos por alto este detalle. Lo que sí que sabía es que si se abre una pequeña abertura durante una fracción minúscula de tiempo en una nave que viaja o flota en el vacío, las presiones interior y exterior tienden a equilibrarse y, por tanto, todo el aire interior sale violentamente succionando a la vez todo lo que está en contacto con él. Por lo tanto, nuestros viajantes acabarían en el espacio exterior inmediatamente, lo cual no es tampoco demasiado bueno para el éxito de su misión; ya sabéis: si estáis en una nave en el espacio exterior es importante no abrir las ventanas por muy mal que huela en el interior de la nave.

A pesar de todo lo señalado, al menos en la imaginación de Verne nuestros héroes viajan alrededor de la Luna y, contra de todo pronóstico, consiguen volver a la Tierra. ¡Ya lo creo que vuelven! ¡Y de qué forma!:

En aquel instante (era la una y diecisiete minutos de la mañana) y cuando el teniente Bronsfield se disponía a entrar en su camarote, le llamó la atención un silbido lejano y repentino.

Al principio creyeron sus compañeros que el silbido era causado por un escape de vapor; pero al levantar la cabeza, observaron que el ruido se oía en las capas más lejanas del aire.

Aún no habían tenido tiempo de dirigirse una pregunta, cuando el silbido adquirió una intensidad espantosa, y de repente apareció ante sus ojos deslumbrados un bólido enorme, inflamado por la rapidez de la carrera y por el frotamiento con las capas atmosféricas.

¡Aquella masa ígnea fue agrandándose a sus ojos, cayó con el ruido del trueno sobre el bauprés de la corbeta, que quebró al nivel de la proa y se hundió en las olas con un estampido atronador!

Resumiendo: la bala entra en la atmósfera y, en caída libre, se precipita sobre el océano, no se desintegra con la fricción con la atmósfera, pero lo que es peor: imaginemos el terrible choque contra la superficie del agua. No creo que fuera una mala muerte por ser tan instantánea, pero sin duda inevitable (por si alguien no sabe el desenlace del libro: sobrevivieron a todo, no me odiéis por el spoiler). Otra de las cosas que llama la atención es que nadie en el barco que es testigo del impacto (marinos ellos) piense que una bala hueca y hermética, en la que se alojan tres tripulantes, por fuerza ha de flotar y se organiza una compleja operación de rescate en el fondo marino.

La que pretendía ser la novela más de ciencia ficción de Verne resulta que tiene mucho, mucho de ficción y poco de ciencia. En realidad tiene mucho. Tiene muchos cálculos, algunos correctos, pero en la ciencia ocurre como en la religión (muy desafortunada comparación, lo sé): si uno es muy bueno en general, pero tiene un pecado pendiente, ya no se está en gracia; si una demostración matemática es muy buena, contiene razonamientos fantásticos e ingeniosos, pero tiene un fallo, deja automáticamente de ser una demostración. Lo que ocurre con De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna no es que tenga un fallo, no tiene un pecado, tiene muchos, incluso muchos más de los que yo he reseñado aquí.

La lectura de esas dos novelas no me dejó en la mejor de las situaciones para la siguiente que leí, otra de los clásicos, llevada varias veces al cine: Viaje al centro de la Tierra. En realidad. Una aventura tremenda, una montaña rusa en la que casi no da tiempo de respirar, los protagonistas se enfrentan a todo tipo de peligros, desde volcanes a monstruos antediluvianos (¡qué de tiempo que no veía esa palabra! ¡Qué ganas tenía de usarla!) y consiguen superar todos los retos a los que se enfrentan. No voy a entrar en la existencia de una cueva que comunique Islandia con Sicilia (o con la cercana Stromboli), ni en la cadena alimenticia necesaria para mantener a los monstruos albergados en esas profundidades alejadas de la luz del sol y aisladas del resto del planeta. Pero en esa novela, en una ocasión el narrador y sobrino del jefe de la expedición se ve separado del resto de sus compañeros, y en un determinado momento consigue oírlos a través de la roca y tratan de calcular a qué distancia se encuentran para determinar qué hacer. Así que deciden lo siguiente: el tío dice su nombre, y cuando Axel, el sobrino lo escucha, lo repite y así el tío puede medir cuánto tarda el sonido en recorrer dos veces la distancia que los separa:

—Cuarenta segundos —dijo entonces mi tío—; han transcurrido cuarenta segundos entre las dos palabras, de suerte que el sonido emplea veinte segundos para recorrer la distancia que nos separa. Calculando ahora a razón de 1020 pies por segundo, resultan 20 400 pies, o sea, legua y media y un octavo.

Traducido al sistema métrico, 20 segundos por 340 m/s (o 343 m/s, da casi igual) dan 6800 metros y esa era la distancia que separaba a Axel de su tío. La primera pregunta podría ser: ¿cómo se oían a través de casi siete kilómetros de roca? La verdad es que es algo bastante complicado, pero todos hemos comprobado alguna vez que en ciertos sólidos el sonido se transmite mejor que en el aire; pero el gran problema es que, aunque efectivamente se transmite mejor y a mucha mayor velocidad, en el hormigón, que sería algo bastante parecido a la roca que separaba a nuestros protagonistas, es de unos 4000 m/s, así que la distancia real entre ellos era de al menos 80 kilómetros: una distancia excesiva para ser oídos y para recorrerla en poco tiempo y más en una cueva sin luz.

Naturalmente estoy siendo algo injusto con Julio Verne, no pretendo descontextualizarlo: examinar algunos de sus errores a la luz de los conocimientos adquiridos en estos más de cien años es injusto. No, como he dicho antes, no es ese mi objetivo, sino tratar de desentrañar lo que, hasta ahora, era un misterio para mí: buscaba la razón de mi desapego a un escritor que me regaló centenares de horas de entretenimiento, por qué no he incitado a mis hijos a leerlo y, después de este examen, veo que mi distanciamiento no es literario, sino que se debe al trato dado a algunos aspectos científicos. Así que me gustaría dejar alguna puerta abierta, aunque sea una rendija, por no cortar totalmente las amarras con él y les hablaré a mis hijos de que no juzguen con los ojos de hoy lo que alguien podía llegar a imaginar en pleno siglo XIX, que los pioneros siempre están expuestos al error, pero si no es por ellos nunca se produce un verdadero avance.

Creo que sí, que me gustará ver a alguno de mis hijos con un libro de Julio Verne en sus manos: voy a recuperar alguno de esos tomos de lomo rojo de casa de mis padres.


Epidemiología epidémica: modelos ecológicos en tiempos mediáticos

El-triunfo-de-la-Muerte-epidemiología
El triunfo de la Muerte, de Pieter Brueghel el Viejo. epidemiología

Alfred Lotka y Vito Volterra propusieron, en los años 20 del siglo pasado, unas ecuaciones matemáticas para describir las dinámicas de los sistemas biológicos, en particular la relación entre presas y predadores. El principio de estas curvas es tan sencillo como cierto: cuando aumentan demasiado los depredadores (por ejemplo, zorros), disminuyen mucho las presas (por ejemplo, conejos), y esto conllevará una sucesiva disminución de los depredadores mismos; la disminución de los depredadores ocasionará entonces un aumento de las presas, lo cual generará un nuevo aumento de los depredadores. Y el ciclo, en un ambiente equilibrado y sano, vuelve a empezar.

Las poblaciones de presas y predadores fluctúan cíclicamente, y se regulan la una con la otra. Hasta que algo pasa y fastidia este equilibrio, y lleva a las poblaciones a dificultades que pueden alterar estos ciclos o, en el peor de los casos, acabar con su existencia. Desde entonces, la ecología se ha basado profundamente en modelos, o sea, representaciones numéricas de los procesos que subyacen a las complejas relaciones ambientales que caracterizan los ecosistemas. Un modelo permite cuantificar, y constituye entonces un paso fundamental para poder entender, validar y, por supuesto, predecir. Ahora bien, cualquier modelo tiene necesariamente que simplificar la realidad, y su fuerza reside entonces en la capacidad de explicar lo que pasa con un nivel de sencillez suficiente para que la información sea manejable, a la hora de medir y calcular sus elementos, así como de aplicar, luego, sus soluciones.

La clave está, por tanto, en dar con una adecuada mesura entre lo sencillo y lo complicado. Modelos demasiados básicos suelen funcionar muy bien (es decir, aciertan en sus previsiones), pero no aportan mucho, y se limitan a revelar lo que es, sencillamente, obvio. Modelos demasiado complejos, sin embargo, suelen aportar mucho, pero al primer imprevisto ya se descontrolan, y fallan con cierta facilidad. De ahí la necesidad de saber encontrar un equilibrio razonable entre la cantidad de información que uno maneja y su nivel de utilidad a la hora de explicar lo que observamos en la naturaleza. 

Otro campo que se rige profundamente por el uso de modelos es la epidemiología, o sea, la ciencia que estudia las dinámicas de las enfermedades. Se puede decir que la epidemiología es la medicina de las comunidades, de las poblaciones. Dentro de la ciencia médica es una disciplina a veces menospreciada, que entra en auge solo cuando pasa algo serio y la sociedad se acuerda de ella con cierta urgencia. En lugar de centrarse en el individuo, la epidemiología se centra en el grupo, utilizando como herramienta clínica la estadística. Evidentemente, los problemas son los mismos que los de la ecología, porque siempre se trata de modelizar las dinámicas entre los organismos y sus ambientes. Además, muchas veces son dinámicas que atañen precisamente a los seres vivos, vertebrados y bacterias, virus y parásitos, así que no es de extrañar que las dos disciplinas, la ecología y la epidemiología, acaben usando los mismos recursos teóricos y analíticos. 

Una tercera disciplina donde los modelos son fundamentales es la sociología, y en este caso, evidentemente, los números se aplican a las relaciones humanas y a las dinámicas sociales de los grupos. Los números solo son símbolos y no saben qué están representando, así que también en este caso las ecuaciones y los métodos son los mismos que los de la ecología o de la epidemiología, pero en este caso ofreciendo una lectura muy sutil de las relaciones personales, a pequeña o a gran escala. Es decir, las curvas y los modelos que describen las fluctuaciones de presas y predadores funcionan para los conejos, para los virus, y para las redes sociales.

Y ¿qué ocasión podría ser más propicia que una pandemia para ver cómo se entrelazan las dinámicas de la ecología, de la medicina y de la sociedad? Las dinámicas ecológicas globales de las convivencias entre especies, el proceso de contagio y las respuestas emocionales y económicas de nuestras sociedades se mezclan y se influyen la una con la otra tirando de las mismas ecuaciones, enredando causas y consecuencias, y confundiendo terriblemente los roles de presas y predadores. Y en el centro de la red tenemos al ser humano: cazador cazado.

Entre los muchos aspectos que se pueden explorar con esta lupa dentro de una pandemia, uno de los más interesantes son quizá las relaciones entre instituciones y ciudadanos, a nivel tanto local como global. En este caso, las cosas como son, tenemos por un lado instituciones que no siempre han brillado por su capacidad y competencia. Si nuestras instituciones políticas y administrativas a menudo lucen más por sus carencias que por su sensatez incluso en tiempos mansos, es de esperar que no logren manejar propiamente sus responsabilidades y sus recursos en tiempos revueltos. Entre las dificultades inmensas y objetivas de una pandemia y los fallos reconocidos de muchos sistemas institucionales (ineficiencia y torpeza, corrupción y burocracia, intereses personales y corporativos, etc.), sería fatuo pensar que una emergencia planetaria se pudiera resolver sin errores ni pecados.

Por el otro lado tenemos a la multitud, una criatura que muchas veces responde más con emociones que con cordura, que antepone intereses personales al bien común, que quiere soluciones ya y sin renunciar a sus privilegios, y que generalmente está más predispuesta a la crítica que a la acción constructiva. Cuando dos sistemas como estos entran en contacto (o incluso en conflicto), las ecuaciones que pueden diseñar sus dinámicas serán, probablemente, mucho más complejas que las de los zorros y los conejos. De hecho, ni siquiera está del todo claro quién es la presa y quién el predador, considerando la dependencia retorcida de amor y odio que existe entre los políticos y sus votantes, o entre las administraciones y sus usuarios.

Es de esperar, desde luego, que maniobras drásticas para tiempos drásticos generarán emociones y reacciones drásticas. Cuando una institución cambia los equilibrios preexistentes, la hostilidad surge espontáneamente en la multitud, a veces como fruto de un rechazo psicológico espontáneo, y a veces manipulada por intereses personales de alguien que saca algún provecho. En realidad, detrás de un negacionismo, de un boicot o de cualquier respuesta discrepante se hallan situaciones muy distintas, aunque al final acaben convergiendo en una única y confusa oleada de obstinación.

A veces esta reacción antagonista se sustenta en una capacidad crítica abierta y más objetiva, incluso documentada y, de alguna forma, razonada. Otras, sin embargo, se desata solamente como respuesta agresiva y descontrolada al miedo, cebándose en la falta de información o en la escasa capacidad de análisis. El problema es que, sobre todo hoy en día con el aumento ilimitado de las fuentes de información y la escasa posibilidad de discriminar la calidad de dichas fuentes, es muy difícil saber cuándo la crítica es sensata y cuándo no lo es. Por supuesto, esta duda atañe sobre todo a la crítica ajena, no a la propia, que siempre es innegablemente cierta, sobre todo en los ambientes que, por cultura o temperamento, no son muy pronos a la tolerancia o a la prudencia.

En todos los casos, la aversión, la oposición y la negación prosperan fomentadas por dos sesgos cruciales y universales del ánimo humano: el sesgo negativo y el sesgo confirmativo. El sesgo negativo nos lleva a dar más importancia a los aspectos perjudiciales que a los aspectos beneficiosos. Nuestra atención se centra más en lo malo que en lo bueno, quizá por razones evolutivas que priman estar más al tanto de los peligros que de los placeres. Como escriben Vidyamala Burch y Danny Penman, para la evolución es más importante sobrevivir que ser feliz. También a nivel fisiológico y bioquímico, nuestras emociones sufren de los problemas mucho más de lo que gozan de sus soluciones: lo malo perdura y obsesiona, y lo bueno se olvida pronto. El sesgo confirmativo, sin embargo, nos conduce a fijarnos más en las evidencias que apoyan nuestras creencias, descuidando al mismo tiempo las evidencias que las contradicen. Nuestra red atencional se ve atraída por las informaciones que refuerzan nuestros pensamientos previos, y pasa por alto las que no encajan con nuestros prejuicios. Este sesgo, innato en la psique humana, ha sufrido recientemente un potenciamiento exasperado desde que nuestros ordenadores han empezado a decidir qué información proporcionarnos en función de nuestras preferencias previas, oportunamente recopiladas por algoritmos mirones.

Claro está que, al mismo tiempo, una reacción adversa de la multitud es más probable si el efecto introducido por la institución, en lugar de ser el fruto de una renovación sabia y sensata, es el resultado de un batiburrillo improvisado, de parches mal apañados, o de un plan golfo, irresponsable o incluso criminal. Y es aquí donde podemos vislumbrar algo que nos recuerda mucho a las ecuaciones de Volterra-Lotka, y a aquellos equilibrios de zorros y conejos. Cuanto más actúa una institución con métodos impropios, fines ilícitos, fallos e incompetencia, más generará la multitud una reacción adversa y contraria. Hasta que esta reacción sea tan excesiva que la institución se vea obligada a hacerlo mejor, a calmar los ánimos, o a dar algo a cambio (lo cual incluye derechos, privilegios, y circo). Entonces, la multitud se calmará, y la institución podrá empezar otra vez, poco a poco, a obrar de forma incompetente o aprovechada, hasta que el ciclo vuelva a empezar.

Estas fluctuaciones entre acción institucional y reacción popular pueden tener diferentes escalas, que abarcan meses, años, décadas o siglos. También sus efectos pueden tener magnitudes muy distintas, que van desde un poco de desobediencia civil hasta una guerra. A veces todo esto genera fluctuaciones históricas aceptables, tolerables a nivel demográfico, económico o cultural. Por supuesto, esto no quiere decir que sus consecuencias sean agradables, porque pueden conllevar muerte y pobreza, degradación y desesperación. Otras veces, sin embargo, el equilibrio se puede romper, y esto suele generar una destrucción integral del sistema. Lo cual viene a ser, evolutivamente, su extinción.

Lo importante en ecología, epidemiologia o sociología es no olvidar nunca que un sistema es un conjunto de elementos, y su destino no se puede achacar solamente a uno de sus componentes. En un momento de emergencia habrá obviamente fallos, incompetencias y descarados abusos por parte de las instituciones, y todo ello tendrá que ponerse bajo atenta mirada crítica por parte de quien sea suficientemente activo y competente. Pero, al mismo tiempo, no deberíamos dejar que la aversión y el rechazo a la institución dieran rienda suelta a todas las fragilidades e incoherencias de la psique humana, e intentar respetar cierto orden colectivo que va más allá de los objetivos o de las creencias de cada uno. Sin embargo, los niveles de negacionismo o de complotismo que surgen en estos casos son tan extremos que ponen en entredicho la cordura de una consistente parte de la población. Lo cual, por ende, delata cierta preocupante inestabilidad, profunda y celada, de nuestro sistema social.

Pero claro, para intentar hacer las cosas bien hay que considerar ambos factores, o sea las limitaciones de las instituciones y las limitaciones de la multitud, y buscar una imparcialidad que nos aleje de los extremos. Si la gente se ve obligada a tomar una posición firme entre una institución incompetente o corrupta por un lado y una panda de fanáticos emocionales por el otro, cualquier decisión será un fracaso. La verdadera crítica, como siempre, va por dentro. Los que apoyan la estrategia de las instituciones tienen que velar por que estas instituciones permanezcan limpias y eficientes, y actuar con vehemencia cuando esto no pasa. Los que, por el contrario, critican a las instituciones, tienen que velar por que sus detracciones se mantengan en un marco de competencia, de prudencia y de sensatez, y rechazar todo lo que puede contaminar y debilitar su posición antagonista. 

La mala noticia es que esta posición resulta, desafortunadamente, bastante utópica. La historia nos enseña que la política raramente prima las necesidades de la multitud con respeto, capacidad y compromiso, siendo la incompetencia y la corrupción elementos bastante frecuentes en la gestión del bien común. Al mismo tiempo, la multitud se conoce por ser un animal impulsivo y no muy razonable. De hecho, la etología humana nos sugiere que mantenemos los rasgos más primitivos y simiescos de nuestra evolución precisamente en el comportamiento social y en las dinámicas de grupo. La interacción entre estas dos realidades, que además son internas la una a la otra y se difuminan sin solución de continuidad como en una banda de Möbius, nos puede llevar a no ser muy optimistas. Como decía George Bernard Shaw, la experiencia nos enseña que los humanos aprenden poco o nada de la experiencia.

Si las cosas se ponen feas entre zorros y conejos, la única medida infalible puede ser abandonar el bosque, y buscar otro más tranquilo. Pero cuando el bosque abarca todo el planeta, es más difícil dar con un refugio seguro. Acorralado por las ecuaciones ecológicas, epidémicas y sociales, a uno no le queda otra que pasar de las estadísticas de grupo y contar con los individuos que, cada uno por separado y de forma aislada, se escapan a las reglas generales de los modelos, y pueden dar sorpresas. Un punto, por sí mismo, no crea tendencia, y deja entonces abiertas muchas puertas. Es decir, dar importancia a los individuos más que a la sociedad, a la ideología más que a la política, a la espiritualidad más que a las religiones, a la identidad más que a la afiliación. Somos primates sociales y necesitamos integrarnos en los grupos, formando parte de sus patrones y de sus modelos numéricos. Pero esto no quiere decir que tengamos que acatarlos por defecto. Entre reaccionar y pertenecer, la alternativa es, sencillamente, ser. Una alternativa muy provechosa, que sienta muy bien, y que no necesita matemática ni soluciones.


Génesis de la relatividad general para principiantes (y 2)

Albert Einstein relatividad 1
Albert Einstein. Fotografía: Getty.

Viene de «Génesis de la relatividad general para principiantes (1)».

En el principio (casi) todo era éter

El ambiente científico del siglo XIX era etéreo, en el sentido de que todo era éter. El comodín que lo resolvía todo. Era imperceptible y no se tenían pruebas físicas de que existiera, pero las teorías se construían o aparentemente funcionaban a partir de la premisa de que en el vacío del espacio todo estaba formado por éter. Era el soporte de la realidad. Puede sonar ridículo, pero, salvando las distancias, en cierto modo no es muy diferente a lo que sucede ahora con la materia oscura: es algo que la tecnología actual no detecta, pero que según la teoría y ciertas observaciones indirectas se asume que debe estar ahí.

A finales del siglo XIX, Karl Pearson desarrolló la teoría del chorro de éter. «De acuerdo, todo es éter, pero de algún lado debe venir y a algún lado debe marchar», conjeturó. Lo resolvió con una cuarta dimensión: de ella manaba el éter y a ella volvía a través de unos sumideros —¿no les recuerda a los agujeros negros?—. Y no solo eso. En su libro La gramática de la ciencia especulaba con qué le sucedería en cuanto a la percepción del tiempo a alguien que viajara a la velocidad de la luz. También resulta familiar. Y hay constancia de que Einstein leyó ese libro.

Aún hay más. El astrónomo Simon Newcomb propuso en 1888 un modelo de éter basado en el espacio hiperdimensional de geometrías no euclídeas y mantuvo correspondencia en la misma época con Charles Sanders Peirce, quien por su parte esbozó una teoría del espacio para explicar «las características del tiempo, el espacio, la materia, la gravedad, etc.», donde hablaba de cuatro dimensiones, de geometría hiperbólica y la realidad del espacio absoluto. Pero más revolucionarios fueron los estudios del matemático William Kingdon Clifford, que ya en 1870 utilizó la geometría elíptica de Riemann para deducir que la variación de curvatura del espacio era lo que en realidad percibíamos como movimiento del éter y los astros. Para muchos, es el precursor de los conceptos de la relatividad general.

En resumen, antes de Einstein ya había ideas innovadoras, incluso se conocían ciertas herramientas matemáticas avanzadas, pero lo que no se conseguía era articularlas para que reprodujeran correctamente las observaciones.

El duro camino entre lo especial y lo general

La relatividad especial que se publicó en 1905 supuso un avance colosal en muchos aspectos de la física, pero estaba limitada porque solo contemplaba los efectos bajo velocidad constante: no tenía en cuenta las aceleraciones. Einstein contó posteriormente que, en 1907, pensó en que, cuando un hombre cae libremente, no siente su peso. Es decir, en determinadas circunstancias, es lo mismo hablar de un objeto que sufre aceleración o que está bajo el efecto de un campo gravitatorio. A partir de este principio de equivalencia y teniendo en cuenta que, según la relatividad especial, la velocidad de la luz es una constante, la primera generalización que esbozó Einstein predecía que los campos gravitatorios afectaban a la propagación de la luz y que los relojes se ralentizan cerca de grandes masas gravitatorias. Esto sentaba las bases para lanzar una OPA hostil a la gravitación universal de Newton, ya que en esta teoría la atracción gravitatoria no dependía del tiempo, era instantánea, lo que era contrario a la limitación de la velocidad de la luz. Era la presencia de masas lo que configura el espacio-tiempo, lo deforma, lo curva, y no existe una fuerza invisible e instantánea que ejerza atracción entre los astros. Unas ideas no muy alejadas de lo que algunos habían aventurado a finales del XIX, como hemos visto, pero quedaba el durísimo paso de los conceptos a la formulación.

Aunque se ha extendido la errónea idea de que en el colegio las matemáticas se le daban regular (una confusión en la interpretación de las escalas de calificación), «Einstein era un buen matemático intuitivo y tuvo un poco de problema con estas ideas, pero sabía lo que quería. Cuando vio lo que Riemann había hecho, supo que era eso», contó Roger Penrose, premio nobel de física en 2020, en una entrevista.

No obstante, en un primer momento no estaba tan abierto a esos jaleos matemáticos. En 1907, un antiguo profesor suyo —insisto, el mundo era entonces un pañuelo— de la Escuela Politécnica de Zúrich llamado Hermann Minkowski, definió una métrica para un espacio-tiempo acorde a la relatividad especial, donde lo que se medía no era la separación entre dos posiciones, sino entre dos sucesos. Minkowski utilizó para ello el análisis de geometría de superficies de dimensión superior que hemos mencionado antes. La primera reacción de Einstein fue furibunda: «Desde que los matemáticos se abalanzaron sobre la teoría de la relatividad, ni yo mismo la entiendo». Pero en 1912, tras unos años de intenso trabajo, tuvo que reconocer que no había forma de llegar a la relatividad general sin echar mano de las matemáticas avanzadas: «Debes ayudarme o si no me volveré loco», le suplicó al matemático Marcel Grossmann, amigo suyo desde los tiempos en que fueron compañeros de estudios. Grossmann lo introdujo tanto en la geometría elíptica como en el análisis tensorial que se originaba en los trabajos de Gauss y Riemann. Incluso en 1913 publicaron de forma conjunta el artículo «Esquema de una teoría de la relatividad generalizada y de una teoría de la gravitación», donde expusieron por dónde iban a ir los tiros de la construcción matemática de la relatividad general. La cosa parecía ir sobre ruedas, a pesar del complicado trabajo que aún tenía por delante. Pero en 1915, con la intuición de que la pancarta de meta estaba cerca, surgió un problema inesperado. Alguien se le podría adelantar.

Me llamo Hilbert, David Hilbert

En el verano de 1915, Einstein fue invitado por un profesor de la Universidad de Gotinga a dar unas conferencias sobre sus progresos en la teoría de la relatividad general. Este profesor era David Hilbert, uno de los más grandes matemáticos de su época que, en aquel momento, estaba interesado en las aplicaciones físicas de las matemáticas, tal vez por la influencia de su amigo Minkowski —un pañuelo, sin duda—, y, por tanto, qué mejor forma de hacerlo que escuchar los avances del mayor talento mundial de la física del momento. Hilbert se sintió fascinado por las implicaciones de la teoría de Einstein en construcción y se vio capacitado para intentar llegar a la formulación final por su cuenta, aunque en comunicación con el físico. 

Durante el mes de noviembre de aquel año intercambiaron numerosas cartas, donde se iban transmitiendo los avances, se aclaraban mutuamente dudas y compartían las dificultades que se iban encontrando. Cuando Einstein finalmente envió su artículo definitivo titulado «Las ecuaciones de campo gravitacional» el 25 de noviembre de ese mismo año, suscitó dudas. Había quien pensaba que se había aprovechado de la buena fe y los conocimientos del matemático para llegar a buen puerto, e incluso hay quien vio tongo porque Hilbert había enviado antes su artículo con sus propias ecuaciones de campo, pero se lo publicaron más tarde (en marzo de 1916 frente al 2 de diciembre de 1915). Era un poco extraño que, si se había producido algún plagio o trampa, la relación de Hilbert y Einstein siguiera gozando de una extraordinaria cordialidad. Finalmente, este extremo quedó aclarado en 1997 cuando unos historiadores localizaron en los archivos de la Universidad de Gotinga las primeras pruebas de impresión del artículo de Hilbert. Además de estar fechadas el 6 de diciembre de 1915, el artículo aún contenía algún error y, sobre todo, carecía de ecuaciones de campo que en el definitivo sí aparecían. Por si fuera poco, en el artículo publicado en marzo de 1916 Hilbert felicitaba indirectamente a Einstein. Pocas dudas.

Hilbert fue un excelente matemático. De su historial, lo que mayor fama pública le ha granjeado sea probablemente el planteamiento de los veintitrés problemas del milenio, alguno aún sin resolver (como la hipótesis de Riemann). Pero sus contribuciones a las dos teorías más importantes de la física del siglo XX fueron también capitales. Además de sus aportaciones a la relatividad general de Einstein, la habilidad matemática de Hilbert fue utilizada para demostrar que la formulación de ondas de Schrödinger y la matricial de Heisenberg, las piedras angulares de la mecánica cuántica, son análogas. No es mala contribución a la física para solo «un matemático».

En resumen, la densidad de genios de las matemáticas y la física que se produjo en los cien años comprendidos entre 1850 y 1950 no ha tenido parangón en toda la historia. Einstein fue, con pocas dudas, el más brillante de todos ellos, pero su relatividad general fue factible gracias al apoyo y la consulta de los avances que habían logrado otros colegas. 


Bibliografía mínima para saber mucho más y bastante mejor

-Generaciones cuánticas, de Helge Kragh. A finales del siglo XIX se decía que toda la física estaba ya definida, que solo quedaba afinar las mediciones. Y al poco llegó la relatividad y la física cuántica, desbaratando muchas de las ideas preestablecidas. En este denso volumen se realiza un repaso de los avances de los distintos campos de la física y la tecnología que se produjeron durante el siglo XX.

-Cuando las rectas se vuelven curvas: las geometrías no euclídeas, de Joan Gómez i Urgellés. Durante siglos, la geometría que estableció Euclides fue la única válida para la representación de nuestra realidad, hasta que lo que parecían concepciones abstractas de algunos matemáticos como Gauss, Riemann, Lobachevski y Bolyai se demostraron necesarias para describir el mundo físico que nos rodea. Una buena introducción a las bases de esas geometrías no euclídeas.

-Lo que no podemos saber, de Marcus du Sautoy. El famoso autor de La música de los números primos expone en esta obra los límites actuales del conocimiento humano, describiendo cómo se llegó a las teorías físicas vigentes en la actualidad y cuál es su campo de validez.

-Einstein. El espacio es una cuestión de tiempo, de David Blanco Laserna. Una gran introducción a la teoría de la relatividad con incisos descriptivos de otros científicos y la época.


La Tierra no es redonda

La Tierra no es redonda
Pierre Maupertius, vestido con ropas típicas de Laponia, plana una esfera terrestre con su mano.

El péndulo de Richer

La fuerza de la gravedad no es igual en todas partes. El primero en observarlo fue el astrónomo francés Jean Richer cuando se encontraba en Sudamérica realizando unas medidas para estimar la distancia entre la Tierra y Marte. Allí Richer se dio cuenta de que su reloj de péndulo se retrasaba sistemáticamente respecto a los relojes de París. Isaac Newton lo cuenta en su Principia Mathematica:

Y, en primer lugar, en el año 1672, Mr. Richer lo notó en la isla de Cayena; porque cuando, en el mes de agosto, estaba observando los tránsitos de las estrellas fijas sobre el meridiano, encontró que su reloj iba más lento de lo debido con respecto al movimiento medio del sol a razón de 2 minutos y 28 segundos por día.

En aquel libro, publicado quince años después de las observaciones de Richer, Newton presentó por primera vez su teoría de la gravedad, según la cual todos los cuerpos del universo ejercen una misteriosa fuerza de atracción entre sí, tanto más intensa cuanto más cerca estén. Esa fuerza, la gravedad, sería la responsable de hacer oscilar el péndulo de Richer y, por lo tanto, también la causante de aquel retraso.

Newton lo explicaba argumentando que el giro de la Tierra alrededor de su propio eje generaría una fuerza que hundiría al planeta por los polos. De ser cierto, el ecuador y los trópicos estarían más alejados del centro de la Tierra que los países europeos y, por lo tanto, la fuerza de la gravedad sería menor en Cayena que en París. De ahí el retraso del péndulo.

Sin embargo, esta explicación apelando a una fuerza nueva, extraña y poco intuitiva, no convenció inmediatamente a todo el mundo. Uno de los más escépticos fue el astrónomo italiano naturalizado francés Giovanni Cassini, director del Observatorio de París y colega veterano de Richer en la Academia de las Ciencias. 

Cassini era un hombre de gran prestigio y uno de los astrónomos más brillantes de su época. Durante sus años en Italia había determinado el tiempo que tardan Marte y Júpiter en dar una vuelta sobre sí mismos. Y más tarde, ya en París, descubrió cuatro de las lunas de Saturno, a las que llamó Sidera Lodoicea, las estrellas de Luis, en honor al rey de Francia, Luis XIV.

Newton y Cassini estaban de acuerdo en que la Tierra no era redonda, pero a partir de ahí sus opiniones divergían. Cassini afirmaba, basándose en sus propias observaciones y cálculos, que la Tierra no estaba achatada por los polos sino por el ecuador. Sobre por qué el péndulo oscilaba más despacio en Cayena, ofrecía una explicación sencilla: las medidas de Richer eran probablemente incorrectas. Después de todo, en aquel momento Richer era un simple «asistente», el rango más bajo en la Academia de las Ciencias, y además sus datos contradecían medidas similares realizadas en toda Europa que indicaban que el movimiento del péndulo era constante. Empezaba así una disputa científica que se extendería a lo largo de las décadas siguientes y cuyo desenlace ni Newton ni Cassini vivirían para ver.

Newtonianos y cartesianos

Durante el final del siglo XVII y el principio del XVIII la cuestión de la forma de la Tierra fue motivo de largos y enconados debates en la Academia de las Ciencias francesa. La polémica fue mucho más allá de la astronomía. Supuso el enfrentamiento de dos concepciones del mundo y tuvo connotaciones nacionalistas y filosóficas.

Por un lado estaban los seguidores de Newton, ingleses en su mayoría, pero también una sección joven dentro de la Academia. Para ellos la fuerza de la gravedad servía para explicar tanto la caída de las manzanas de los árboles como los movimientos de los planetas en el espacio. Y por supuesto, también los retrasos tropicales en los relojes de péndulo. Si los cálculos de Newton eran ciertos, la Tierra tenía que ser achatada por los polos.

En el otro lado estaban muchos científicos franceses, que acudían a las ideas de Descartes para proponer otra explicación, según la cual los movimientos de los planetas se producirían por fuerzas internas y no por la atracción que ejercen unos cuerpos sobre otros. Según eso y los cálculos de Cassini, argumentaban que la Tierra debería tener forma oblonga, achatada por el ecuador y no por los polos. 

Había una forma de dirimir la cuestión. Si la Tierra fuese una esfera perfecta, algo que por entonces ya nadie creía, su curvatura sería igual en cualquier punto de ella. Sin embargo, si los newtonianos tenían razón y el planeta estaba achatado por los polos, la curvatura sería menor en ellos que en el ecuador. Si en cambio tenía forma oblonga como decían los cartesianos, el resultado sería el opuesto. Por lo tanto, conociendo la curvatura de la Tierra en dos lugares lo suficientemente alejados entre sí sería posible deducir la forma del planeta.

La curvatura de la Tierra ya se había calculado en Francia en varias ocasiones. El primero en hacerlo fue Jean Picard, un astrónomo francés que ideó un ingenioso sistema para determinar la «longitud del arco meridiano», una medida que permite relacionar grados de circunferencia con distancias lineales.

Para empezar hacía falta medir una línea base de varios kilómetros de longitud. Se hacía de forma manual, utilizando una especie de regla de casi dos metros llamada toesa. A continuación había que buscar un hito (la cima de una montaña, por ejemplo) y medir los ángulos entre los extremos de la línea base y el hito. Con ello, mediante simples cálculos trigonométricos, es posible obtener la distancia entre la línea base y el hito. Utilizando nuevos hitos y calculando los ángulos entre unos hitos y otros, la operación se repetía a lo largo de cientos de kilómetros, lo que permitía estimar la longitud de una enorme línea recta. Después, mediante observaciones astronómicas, se podía calcular cuántos grados había entre un extremo y otro. Finalmente, comparando los grados con la distancia en línea recta  se obtenía el valor de la longitud del arco meridiano.

El propio Cassini utilizó esta técnica para medir el llamado meridiano de París, una línea imaginaria entre Dunkerquee, en el extremo norte del país, y Perpignan, en la costa mediterránea, lo que permitió conocer por primera vez con cierta exactitud el tamaño real de Francia, que resultó ser menor de lo que se pensaba. El rey Luis XIV afirmó entonces que sus astrónomos le habían quitado más tierras que las que le habían dado sus generales.

Conocida la curvatura de la Tierra en París, bastaba ahora comparar ese valor con el de una medida hecha en las proximidades de alguno de los polos o del ecuador. Con esa motivación la Academia de las Ciencias decidió organizar la primera expedición científica moderna. Nacía la Misión Geodésica Francesa.

La Tierra no es redonda
Mapa de Francia de 1720 con el meridiano de París.

Una expedición accidentada

Tras alguna deliberación, la Academia decidió que la msión se llevaría a cabo en Sudamérica, en una región que hoy pertenece a Ecuador y que en aquella época formaba parte del virreinato de Perú, una colonia española. La elección obedeció a criterios prácticos y geopolíticos, y se aprovechó el hecho de que España y sus colonias estaban gobernadas por Felipe V, primer Borbón que ocupó el trono de España y primo del entonces rey de Francia, Luis XV.

La explotación de las riquezas de América constituía una importante fuente de ingresos para la corona, por lo que España mantenía un estricto control sobre su acceso. Pero en este caso el parentesco entre los monarcas facilitó las negociaciones. Felipe V autorizó la expedición con la condición de que permitiese participar en ella a dos españoles.

España estaba muy lejos de ser una potencia científica como lo eran Francia e Inglaterra. No poseía una academia científica equivalente a la Royal Society inglesa o la Academia de las Ciencias francesa. Lo más parecido que tenía era la Academia de Guardias Marinas de Cádiz, una escuela naval militar donde también se impartían estudios de matemáticas, trigonometría, cartografía y astronomía. A falta de sabios más prestigiosos, se escogió para acompañar a los franceses a dos jóvenes cadetes: Jorge Juan, que entonces contaba con tan solo veinte años, y Antonio de Ulloa, de dieciocho. 

En Francia querían aprovechar la oportunidad para realizar muchas otras observaciones científicas, por lo que los dos jóvenes españoles se unieron a un numeroso grupo de académicos y ayudantes franceses. Entre ellos destacó un carismático personaje llamado Charles Marie de La Condamine

Dotado de una gran inteligencia, una curiosidad indomable y una enorme hiperactividad, La Condamine fue uno de los académicos más originales de su tiempo. Lector voraz y escritor incansable, se dedicó a las más diversas disciplinas, desde las matemáticas a la botánica, pasando por la astronomía y el derecho. Tenía la cara marcada por la viruela y cuentan los que le conocieron que suplía esa fealdad con una incontrolable locuacidad, descrita por unos como entretenida y por otros como insoportable.

La Tierra no es redonda
La Condamine en 1760.

Los franceses zarparon de La Rochelle en mayo de 1735, en un barco repleto de baúles con sextantes, toesas y muchos otros aparatos de última generación finamente calibrados. Los españoles lo harían pocos días después desde Cádiz. Nadie suponía entonces que necesitarían siete años para completar la misión y algunos más para presentar sus resultados frente a la Academia. 

Durante ese tiempo ocurrió de todo. Por un lado, la expedición tuvo muchos problemas con las poblaciones locales y las autoridades coloniales, que miraban con suspicacia a aquel grupo de extranjeros que en lugar de buscar oro decían querer medir algo en el cielo. Por el otro, las discusiones internas fueron constantes, tanto por cuestiones logísticas como científicas. Además, a menudo las condiciones meteorológicas les fueron desfavorables, lo que obligaba a esperar a que el cielo se despejara o a tener que volver a subir a una montaña para recolocar un hito caído. El dinero se acabó antes de lo planeado y durante muchos momentos del viaje los expedicionarios tuvieron problemas de solvencia. La Condamine se pasó meses en juicios y embrollos legales, uno de ellos contra Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que se opusieron a que menospreciara la contribución española en la inscripción de unas pirámides conmemorativas de la expedición que mandó construir. Incluso hubo un miembro de la expedición que murió linchado por un asunto de faldas. Todo ello hizo que la expedición se dilatase en el tiempo.

Pero a pesar de los problemas, la expedición también obtuvo varios logros científicos importantes, en muchos casos aprovechándose de los conocimientos locales. Antonio de Ulloa, por ejemplo, fue el primer europeo en estudiar el platino, un metal que ya era conocido y empleado por las culturas precolombinas. La Condamine, por su parte, publicó la primera descripción detallada del  árbol de la cinchona, de cuya corteza se obtenía la quinina para tratar la malaria, y mandó a Francia muestras de caucho, material que los indígenas utilizaban para hacer botellas y antorchas que no se apagaban con la lluvia. 

Además, la Misión Geodésica Francesa también cumplió su principal objetivo, el de determinar la longitud del arco meridiano. Aunque desafortunadamente, lo hizo demasiado tarde.

La Tierra no es redonda
La expedición realizando medidas. De Relación histórica de un viaje a la América meridional, por Jorge Juan y Antonio Ulloa (1749).

Maupertuis gana la partida

Mientras La Condamine y el resto de sus compañeros intentaban llevar a cabo sus medidas, la vida continuaba en París. En la Academia de las Ciencias las noticias que llegaban desde América sobre las dificultades de la expedición supusieron un choque de realidad. Obtener la medida de la curvatura de la Tierra en el ecuador iba a ser más difícil de lo que se pensaba y empezaron a plantearse alternativas.

Fue así como el matemático Pierre Louis de Maupertuis consiguió convencer a la Academia de la necesidad de organizar una nueva expedición para medir la longitud del arco meridiano, pero esta vez a Laponia, en las cercanías del polo norte.

Maupertuis era un reputado académico. Newtoniano acérrimo y hombre de mundo, cuentan que se movía con la misma destreza por las matemáticas que por los salones parisinos. Cuando se organizó la expedición a América muchos se sorprendieron al saber que había rehusado formar parte de ella. Por prestigio, edad y experiencia, era probablemente la persona más adecuada para dirigir aquella expedición. Es posible que no quisiera abandonar París en un momento donde ser visto en determinados círculos podía servirle mejor a su carrera científica que embarcarse en una aventura difícil y de éxito incierto. Algo debió cambiar en los meses siguientes, porque sí que aceptó liderar la expedición a Meänmaa, en el círculo polar ártico. 

Allí, en la frontera entre Suecia y Finlandia, Maupertuis y sus compañeros consiguieron medir en poco tiempo la longitud del arco meridiano. Lo hicieron sin apenas problemas (exceptuando el naufragio del barco en el que regresaron) y contaron con la ayuda de algunos investigadores locales, como el sueco Anders Celsius, que algunos años después crearía la famosa escala de temperatura que lleva su nombre.

En 20 de agosto de 1737, Maupertuis presentó sus resultados en la Academia de las Ciencias y anunció que la longitud del arco meridiano es menor en Laponia que en Francia, confirmando que la Tierra está achatada por los polos como había anticipado Newton. La discusión sobre el tema todavía se alargaría algunos años, pero los cartesianos ya no se recuperarían del golpe.

La noticia de la expedición de Maupertius sentó como un jarro de agua fría a La Condamine y sus compañeros, pero a pesar de ello prosiguieron su trabajo. Todavía tardarían varios años más en concluir sus medidas, que corroboraron los resultados de Maupertius. A partir de ahí los miembros de la expedición siguieron diferentes rumbos. Algunos tardarían años en volver a Francia, otros nunca regresarían.

La Condamine fue de los que consiguió volver. A su regreso a Francia escribió varios libros contando sus aventuras. Se convirtió en una persona muy popular en París e incluso le aceptaron en la Academia Nacional de las Letras. Su amigo Voltaire le dedicó estas palabras:

Encontraste a través de largos problemas

lo que Newton encontró sin salir de casa.