Una historia de malaria y peces voraces, con los De Buen al fondo

Plasmodium falciparum en la sangre. Imagen: Centers for Disease Control and Prevention’s Public Health Image Library.

«Empezar su reducción en 2015, con vistas a su total aniquilamiento», era el sexto de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de la Organización Mundial de la Salud. (Esos objetivos fueron arrollados por el tren de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, pero esa es otra historia). Sin embargo, la malaria sigue siendo una enfermedad mortífera, de la que se contabilizaron 228 millones de casos en todo el mundo en el 2019; el año anterior había habido 405 000 muertes, algo menos de las 416 000 estimadas en 2017 y las 585 000 en 2010, continuando la paulatina bajada que se observa desde el año 20001. En 2018 y en el África subsahariana, alrededor de 24 millones de niños estaban infectados de Plasmodium falciparum —el parásito de la malaria más frecuente allí—, de los que 1.8 millones tenían anemia severa. En España, en los años veinte del siglo pasado, un pequeño grupo de investigadores logró erradicarla casi completamente, aunque la guerra civil truncó el proyecto, que no se vio culminado hasta 1964. Esta es su historia y la de las secuelas que ha dejado. Un pez voraz que asola nuestros ríos y charcas, una especia invasora que en cien años ha cambiado la ecología fluvial de la mitad sur de la península y que ahora supone una nueva amenaza.

El telón de fondo de esta historia es la miseria y el atraso de la España rural de principios de siglo. Según los datos de la Inspección para el Saneamiento del Campo, creada en 1910 por el Ministerio de Fomento, la superficie de cultivo que quedaba infrautilizada al tratarse de terrenos pantanosos ascendía a 400 000 hectáreas, y la morbilidad palúdica se situaba entre 500 000 y 800 000 personas, de una población de poco menos de 20 millones. Y de ahí los esfuerzos de algunos médicos epidemiólogos luchando contra una enfermedad terrible y devastadora, además de muy cara: la malaria, el paludismo. Eran pioneros en todos los sentidos porque «la lucha antipalúdica fue la primera intervención sanitaria española que se basó en criterios epidemiológicos, es decir, que se planificó según los datos de la prevalencia de la enfermedad».2 Por citar solo un caso, «de los doscientos términos municipales de la provincia de Cáceres, ciento ochenta eran palúdicos, abundando las fiebres perniciosas».3 Era un problema de salud que afectaba a todo el territorio nacional, porque «Badajoz, Cáceres, Huelva, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Ciudad Real, Jaén, Murcia, Salamanca y Alicante se encontraban ante una situación de endemia grave, mientras que Álava, Málaga, Toledo, Albacete, Zamora, Palencia y Valladolid presentaban una endemia intensa. En el resto de provincias, la incidencia del paludismo era considerada leve».4

Gustavo Pittaluga Fattorini, médico italiano nacido en 1876, que había llegado a Barcelona a principios de siglo XX para completar su formación, fue el introductor en España de la epidemiología. Nacionalizado español en 1904, fue catedrático de la Universidad Central, la madrileña Complutense de hoy, y creador de una escuela epidemiológica notable primero en nuestro país y más tarde en Hispanoamérica, porque tras la guerra emigró a Cuba, donde murió en 1956. En 1923, presentándose en Valencia, obtuvo uno de los dieciocho escaños en las Cortes del Partido Reformista, fundado por Melquiades Álvarez y en el que también militaba Manuel Azaña. En 1931 obtuvo un nuevo escaño, esta vez dentro del partido de Niceto Alcalá Zamora, el Partido Republicano Progresista, coaligado con todos los republicanos y el PSOE en la Conjunción Republicano-Socialista.

Uno de sus alumnos preferidos fue Sadí de Buen, un tipo singular. Su historia es la historia de España en el primer tercio del siglo XX. Treinta años de creciente resplandor, con algunas sombras, y un fogonazo final que lo oscurece todo. Estudios brillantes, ambiente de progreso, aspiraciones de libertad, compromiso político y social, trabajo internacional, y fusilamiento. Sadí de Buen es el García Lorca de la medicina española; como la del poeta, su obra queda, pero, en cambio, su nombre no existe. Y una parte de su legado, como la historia de España, está maldito y nos persigue aún. Los peces que sembró, peces de la alegría que ayudaron a acabar con la malaria, destruyen hoy la fauna piscícola del sur de España y amenazan el ecosistema fluvial y nuestras meninges. Sadí de Buen fue uno de los protagonistas de la batalla contra la malaria.

10- Laboratorio de Navalmoral de la Mata. Señalados, de izquierda a derecha, Sadí de Buen, Gustavo Pittaluga y Eliseo de Buen. (DP)

Por eso la historia de las gambusias es, también, la historia de España. Una mezcla de oportunidad y de tesón, de improvisación y talento, de esfuerzo y de casualidad, de rigor y amiguismo, de romanticismo y tiranía. Y, al fondo, una familia entera empujando desde distintos frentes para hacer posible una aventura imposible, la familia De Buen Lozano, con el patriarca don Odón a la cabeza. Una historia de España que, como tantas, no se ha contado tal y como fue y que, en todo caso, «constituyó un ejemplo de medicina social en acción, dirigida a la población campesina buscando su bienestar físico. Pese a las dificultades se consiguió uno de los mayores logros en la historia de la salud pública española».5

Tras muchos intentos sanitarios, higiénicos y farmacológicos, se descubrió que una de las maneras más eficaces de acabar con la malaria era exterminar al mosquito que hacía de portador del patógeno, y nada mejor que la voraz gambusia, Gambusia holbrooki, comedora de larvas, para llevar a cabo el proyecto. En Estados Unidos la estrategia había dado excelentes resultados y se había tratado de exportar la idea, aunque sin éxito, a Italia, donde el paludismo también causaba enormes estragos; sin embargo, no había sido posible conseguir que el pez norteamericano se aclimatara en Europa. De hecho, «Un primer envío a Italia y España resultó frustrado».6

La Gambusia holbrooki, originaria de Norteamérica, en concreto de los ríos que desembocan en el Atlántico entre New Jersey y Alabama, es capaz de aclimatarse y ocupar ríos pequeños y grandes, charcas, lagos, lagunas, embalses y casi cualquier curso de aguas tranquilas y someras. Es un pez de pequeño, con un notable dimorfismo sexual, de manera que las hembras llegan hasta los 8 cm y los machos no pasan de los 3.5. Su cabeza es ancha y aplastada y están provistos de agudos dientes. Se alimenta de larvas, sean de mosquito o, si escasean, de otras especies de peces. Incluso de larvas de su misma especie en años de hambrunas. Es un pequeño pez que no se para en barras.

Mássimo Sella, biólogo italiano y, como Pittaluga, discípulo de Giovanni Battista Grassi, biólogo marino, amigo de Odón de Buen, era el responsable de la lucha antipalúdica en Italia. En 1920, fue llamado «por el insigne bacteriólogo americano Richard Pearson Strong, director de la Liga de la Sociedad de la Cruz Roja, para dirigir su división de Malaria».7 Sella había participado en ese primer intento fallido de aclimatación en Italia, por lo que decidió probar suerte en España, enviando a los De Buen doscientas gambusias que llegaron el 21 de junio de 1921. Sella confiaba en la experiencia de los dos hijos de Odón de Buen, Fernando y Rafael, ambos catedráticos de Ciencias Naturales, ictiólogos y empleados del Instituto Español de Oceanografía, fundado y dirigido por su padre. De hecho, ya en 1918, Fernando había publicad, en la Revista de Estudios Científicos del Cantábrico y de Ictiología Marina y Fluvial, insertada en el Boletín de la Sociedad de Oceanografía de Guipúzcoa, un trabajo titulado «La piscicultura como medio de destrucción del paludismo».

Comisión para la malaria de la Liga de las Naciones, 1928. Pittaluga, sentado, es el cuarto por la izquierda. (DP)

Así, el Bureau of Fisheries de EE. UU. había enviado ese año «un lote de doscientos ejemplares en sendos envases de hoja de lata muy bien dispuestos y acompañados de la conveniente alimentación para la travesía».8 Tras un mes alimentados con «plancton de agua dulce y yema de huevo cocida», haciéndoles convivir con especies autóctonas y tras muchas bajas, los últimos ejemplares del contingente fueron trasladado a una charca en la quebrada del Repinar, en un lugar conocido como el desagüe de la Fuente del Roble, en Talayuela, Cáceres, una zona endémica sacudida por el paludismo y que Sadí de Buen conocía bien porque trabajaba en la Comisión para el Saneamiento de las Comarcas Palúdicas, creada en 1920 y dirigida por Pittaluga, que había abierto allí la estación experimental en la que se llevó a cabo la primera campaña antipalúdica. Junto a Sadí trabajaba su hermano Eliseo, también médico epidemiólogo, miembro de Comisión Central Antipalúdica, encargado de la campaña antilarvaria por la Fundación Rockefeller. Era el alter ego de Sadí. Tenemos, así, cuatro hermanos De Buen, dos epidemiólogos, Sadí y Eliseo, y dos ictiólogos, Fernando y Rafael, más Odón, el padre.9

En 1922 Sadí y Fernando publicaron conjuntamente un trabajo sobre la Adaptación en España de la Gambusia affinis10, traducido poco después y publicado en Roma11Según relata Odón de Buen en sus memorias, «en pocos meses pululaban a cientos en el estanque y [Sadi] llevó ejemplares a otros de la comarca, en que pozos y albercas abundan tanto, siendo semilleros de larvas del mosquito que transmite el paludismo. Desbordados los estanques por las lluvias, la comarca quedo infestada de gambusias, que alcanzaron los ríos próximos y por el Tajo llegaron a Portugal». De hecho, «en Jarandilla, en 1923, se soltaron trescientas gambusias en el estanque grande, en abril, y para el mes de diciembre se contaban siete generaciones de peces, sin que se hubieran encontrado larvas desde octubre».12 Así, ante el éxito de las gambusias comiendo larvas, las peticiones de otras provincias fueron rápidas: «En la solicitud se debía incluir datos referentes a las charcas donde se iban a introducir. El personal de los equipos antipalúdicos estaba equipado con bicicletas y motocicletas, garantizando la entrega en menos de cuarenta y ocho horas».13 Además de estas medidas, se llevaba a cabo un completo control epidemiológico, para el que contaban con la ayuda de la Fundación Rockefeller y de la Cruz Roja internacional. Por ejemplo, trabaja allí Bianca Marcosanti, enfermera italiana que había llegado de la mano de Massimo Sella. Con todo el conjunto de medidas, en pocos años disminuyó la incidencia de la enfermedad, aunque no llegó a extinguirse completamente. Sin embargo, la guerra civil truncó el proyecto, entre otras razones porque el dispensario antipalúdico estaba dirigido por gentes tan poco de orden como los De Buen, librepensadores y republicanos. La enfermedad no se erradicó hasta 1964.

El proyecto antipalúdico se beneficiaba de las ayudas concedidas por la Fundación Rockefeller porque su agente en Europa, Charles Bailey, conocía bien el programa; además, en 1926 visitó el centro de Navalmoral de la Mata de la Comisión Antipalúdica: «es única institución [de España] con la que valía la pena colaborar», escribió. De hecho, la Fundación Rockefeller le concedió una beca a Sadí de Buen, que «entró en vigor en julio de 1926, pero solo empezó a ser aplicada en diciembre. El trimestre de estudios en la Escuela de Salud Pública de Johns Hopkins (de 18 de diciembre de 1926 a 5 de marzo de 1927) le granjeó fama de «trabajador infatigable», obteniendo muy buenas calificaciones en bacteriología, protozoología y entomología (lo que resultaba una rareza entre los becarios españoles)».14 La relación con la Fundación se mantuvo estable todos esos años y, de hecho, «a partir de 1922, la cooperación de la Fundación Rockefeller permitió conseguir plazas para formación de postgrado en el extranjero y, desde 1926, aportó dinero para el establecimiento de servicios móviles, dotación del Instituto de Navalmoral, que se convirtió en un centro de referencia europeo, experiencias con larvicidas, etc».15

Sadí de Buen era un hombre de convicciones, lo que le supuso algún problema, por ejemplo con la beca de la Rockefeller, de la que solo pudo disfrutar la mitad. «La beca de De Buen fue conflictiva. Un año antes, en el verano de 1925, se había producido un enfrentamiento entre él y el director general, Francisco Murillo Palacios, en las oposiciones para la plaza de director del Hospital del Rey (donde apoyó a un candidato distinto del amparado por su superior), a resultas del cual Bailey informó que el permiso con el que contaba para una estancia en el extranjero de un año se le había reducido a la mitad como castigo (lo que para el norteamericano resultaba un razonamiento incomprensible: en todo caso, sería un «castigo» para el servicio sanitario general)».16

8- Sadí de Bien, estudiante de medicina, hacia 1915, al obtener la licenciatura. (DP)

La biografía de Sadí es otra historia por contar, interesante pero breve. En septiembre de 1936, con cuarenta y tres años y siendo inspector general del Ministerio Sanidad, fue fusilado sumariamente cuando los falangistas detuvieron el tren en el que viajaba a Sevilla aquel fatídico julio. Pocos meses antes había aparecido como candidato suplente17 en las listas socialistas en las elecciones municipales de Madrid. Según el relato del entonces estudiante de medicina Carlos Zurita González-Vidalte, testigo del asesinato, «fue un ejemplo de valor más allá de toda duda. Los que subieron al tren debían llevar ya la consigna de detener al doctor Sadí de Buen (…) Fue juzgado rápidamente, como era lo habitual en aquellos primeros momentos de la guerra, y condenado a muerte. (…) Durante el transporte se había destacado ya por las palabras de aliento y consuelo que dirigía a los que les había tocado la misma suerte y le acompañaron en el camión». Rechazó al cura «sin encrespamiento y con la máxima educación, le agradeció el gesto, pero lo desvió “hacia estos hombres que quizá lo necesiten, padre, puesto que yo no he tenido nunca esas creencias o, si las hubiera tenido, hubieran acabado ahora”. Aquello impresionó aún más a los del pelotón y efectivamente, cuando salió la orden de ¡fuego! al derrumbarse aquella masa, algunos todavía atados entre sí, y en ese silencio trágico que sucede a todos los actos sublimes (allí se sublimaba mucho, también) nos quedamos aterrorizados al ver cómo de entre aquella masa se levantaba un hombre con otro atado al codo y dirigiéndose al pelotón les dice serenamente: “apuntadme con menos nervios y más directamente, porque a mí no me habéis dado ni uno”. Y así fue. He pensado muchas veces después sobre ello. Para mí los hombres del pelotón estaban tan impresionados ante la heroica figura de este hombre que, instintivamente, todos apuntaron a los demás y, por igual razón, ninguno apuntó a Sadí de Buen».18 Está enterrado en Córdoba, en el cementerio de San Rafael, bovedilla de adultos, nº 54, fila 1º, departamento 2º.

Pero, volviendo a las gambusias que habían empezado a extenderse por España, pronto comenzó su expansión internacional. Según Odón de Buen, «pocos años después el mismo doctor Sella visitó la región y se llevó unos miles de pececillos españoles a Italia donde se aclimataron y extendieron con facilidad». De hecho, fue «Ettore Bora, primo hermano de Massimo, quien se ocupó del trasporte de las gambusias de España a Italia, introduciéndolas en las localidades de Lago di Porto, Ostia, las lagunas pontinas y Vetralla»19. De esas charcas de Cáceres, por tanto, salieron todas las gambusias que poblaron primero España pero luego Italia, Córcega, Alemania, Rusia, Yugoslavia y, en definitiva, todos los países en los que se introdujo este pececillo para luchar contra el paludismo. Además, «en 1925 los miembros de la Comisión de Paludismo de la Sociedad de las Naciones visitaron España y recogieron gambusias para llevar a sus países de origen».20 Recientes estudios muestran que «mediante análisis de secuencias de ADN mitocondrial de muestras de poblaciones europeas y de USA se ha establecido que el haplotipo más abundante en Europa de G. holbrooki proviene de Carolina del Norte y se corresponde con la introducción de la especie en España en 1921».21

Entre los que pidieron gambusias, para el regocijo del republicano De Buen, fue la Casa Real, que los quería en Casa de Campo, donde «se aclimataron con rapidez». Ese bosque de casi 1800 hectáreas, junto a Madrid, era entonces de uso exclusivo de los reyes y no se abrió a los ciudadanos hasta el 1 de mayo de 1931, pocos días después de instaurarse la Primera República. Los excursionistas madrileños a la Casa de Campo pronto «bautizaron con el nombre de cabezudos americanos» a las gambusias, no a los reyes. Y otro que se interesó en estos peces fue «el célebre fabricante de automóviles Ford [que] tenía una posesión en Cannes y le molestaban extraordinariamente los mosquitos; sabedor de las propiedades larvicidas de las gambusias, acudió al Museo de Mónaco para solicitar le proporcionaran ejemplares. Le dirigió a nosotros, obtuvo un buen lote y nos escribió vivamente agradecido».22

2- Odón de Buen y Rafaela Lozano con sus hijos. De izquierda a derecha Demófilo, Fernando, Víctor, Odón, Rafaela, Rafael, Eliseo y Sadí. (DP)

Pero Fernando de Buen, responsable técnico de la aclimatación, pudo darse cuenta pronto del peligro de las gambusias, al comprobar, pocos años después, las consecuencias ecológicas de la introducción. Hacia 1926, cuando la gambusia ya campaba por sus respetos, decidió, en uno de los acuarios del IEO, comprobar la convivencia entre la especie foránea, la Gambusia holbrooki, y otra local, la Cyprinodon ibérus, muy parecidas en tamaño, costumbres y hábitat. A los pocos días de convivencia, habían muertos todos los ejemplares nacionales y «no fue difícil el darse cuenta de las causas del destrozo —escribe Fernando de Buen—. Las Gambusias, de un brusco coletazo, se lanzaban sobre los Cyprinodon, devorándolos lentamente».23 Y añadía al final del artículo, tras llamar la atención sobre los notables riesgos de la introducción de especies alóctonas, que «si no compensara con creces la destrucción intensa de algunos peces indígenas con los efectivos beneficiosos que aporta la Gambusia en la lucha contra el paludismo, verdadero azote de algunas comarcas nuestras, pudiera pensarse seriamente en compensar su supremacía aportando un nuevo factor en las variaciones del número de individuos, la pesca intensiva». Esa pesca intensiva no se produjo y eso no salió gratis. Introducir especies exógenas en los ecosistemas siempre tiene consecuencias y las consecuencias son para siempre. Aún las estamos pagado. «La introducción de la Gambusia ha hecho pagar un precio ecológico muy elevado a la lucha contra el paludismo al ser desplazadas especies endémicas de peces con las que competía, originando un fuerte desarreglo de las redes tróficas locales».24

«En la península ibérica se ha observado cómo treinta y cinco especies de peces disminuyeron sus abundancias y áreas de distribución paulatinamente tras la introducción de G. holbrooki, por lo que se ha determinado que esta especie constituye una amenaza para el resto de especies de peces nativas».25 Las fuentes oficiales, como esta, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, se detienen aquí. Se detalla cómo y por qué las gambusias compiten mejor con los locales, pero ahora sabemos algo más. Su efecto sobre el ecosistema completo, no solo sobre algunas especies. «En la actualidad, G. holbrooki se encuentra incluida en la lista de las cien especies invasoras más dañinas del mundo, elaborada por el Grupo Especialista de Especies Invasoras (ISSG, Invasive Species Specialist Group) de la IUCN. Además, ha sido incluida por el Grupo Especialista en Invasiones Biológicas entre las veinte especies exóticas de mayor impacto en España».26 Otra de las especies con la que ha competido, esta en la costa levantina, ha sido el samaruc, Hydrargyra hispánica: «Los principales factores de amenaza son la pérdida de hábitat y la competencia con la gambusia, Gambusia holbrooki. La interacción con la gambusia es uno de los principales factores de que provocaron el declive de las poblaciones de samaruc».27

Las consecuencias que entonces se empezaron a vislumbrar eran sobre otras especies por competencia porque, escribe Jesús Raúl Navarro-García, «a pesar de que supieron darse cuenta de que la gambusia abría la caja de Pandora y podía generar preocupantes consecuencias a nivel biológico y económico, la necesidad de dar soluciones a la elevada incidencia del paludismo en España fue prioritaria al definir políticas sanitarias y económicas. Esta característica no solo que propia de España sino también de prácticamente el resto del mundo».28 En buena medida se hizo, continúa Navarro-García, por el hecho de que «los métodos empleados contra el mosquito eran por aquel tiempo tanto o más dañinos que las repercusiones biológicas» de la gambusia, como verter petróleo en las charcas y otros, como el verde París, una opción defendida por Eliseo de Buen, un potente pesticida a base de cobre —originalmente usado como pigmento hasta que varios pintores murieron envenados— cuyo uso originó, en 1900, la primera legislación en Estados Unidos para controlar la comercialización de este tipo de productos. Eliseo lo recomendaba por tres razones: «1) el larvicida empleado debía tener suficiente acción sobre las fases acuáticas de anopheles; 2) no debían modificar las aguas, es decir, ser perjudiciales para los usos destinados; y 3) su precio sería accesible a los recursos económicos con los que se contaba en la localidad. (…) El único larvicida que cumplía con las tres funciones era el verde de Schweinfurt»29, es decir, el verde París.

La de Eliseo también es otra historia. Mientras que, tras la lucha antipalúdica, Sadí ocupó durante la República cargos de responsabilidad en el Ministerio de Sanidad, él se había quedado dirigiendo el centro antipalúdico de Navalmoral de la Mata y, en 1936, fue detenido allí por el ejército de Franco. Encarcelado primero, fue condenado a vivir extrañado en pequeños pueblos de Cáceres y Sevilla, ejerciendo de médico rural, hasta que, en 1951, pudo por fin sacarse el pasaporte y viajar a México con su mujer y sus dos hijas, donde vivían sus otros hermanos y donde murió en 1986.

Volviendo a las gambusias lo peor, de todas formas, no ha sido ese desplazamiento de las especies autóctonas, esa perniciosa influencia en el ecosistema. Lo peor ha sido lo que no se ve. Las especies alóctonas no solo prosperan porque no tienen depredadores, también lo hacen porque son inmunes a los parásitos locales, cuyas estrategias evolutivas se han desarrollado para otros. Y, además, son portadores de sus propios parásitos y patógenos.

Cada vez que una especie entra en un espacio, un ejército invisible entra con ella. Decenas de diferentes patógenos con un campo virgen que colonizar y en el que tampoco encuentran depredadores. Tal y como escribe Ed Yong en Yo contengo multitudes, «las últimas estimaciones dicen que tenemos alrededor de 30 billones de células humanas y 39 billones de células microbianas»30. Así, «en su rango de distribución nativo G. holbrooki es hospedadora de unas 50 especies de parásitos, sin embargo fuera de su rango de distribución natural la incidencia de parásitos disminuye, debido a las nuevas condiciones ambientales o a que los parásitos no pueden completar sus ciclos de vida».31 Además, según Emili García-Berthou: «es previsible que el cambio climático permita la expansión de esta especie [la gambusia] a zonas más al norte de su actual distribución»32. Los impedimentos ecológicos que mantenían separadas las poblaciones de gambusias en Europa gracias al gradiente latitudinal están viéndose modificados por el cambio climático, por lo que los portadores de este nuevo parásito pronto contagiarán a las poblaciones de más allá de los Pirineos. El mal se extenderá.

4- Gambusias (Gambusia holbrooki) hembra, arriba, y macho. (DP)

Entre esos cincuenta parásitos que vinieron con las primeras gambusias se ha incorporado uno cuya vida cambiará las nuestras debido a cómo ha evolucionado en nuestro ecosistema. Así, este parásito, una notable mutación del Plasmodium malariae, el parásito que provoca una forma leve de malaria, benigna en comparación con la provocada por las otras variedades, Plasmodium falciparum, P. vivax, P. ovale y P. kowlesi, ha conseguido prosperar gracias a una estrategia evolutiva estable que tiene un peligroso efecto colateral. Se llama Plasmodium loquinariae.

En algún momento de estos últimos casi cien años, desde que la gambusia llegó a España en 1921, el antiguo Plasmodium falciparum ingerido por una gambusia concreta sufrió una mutación y prosperó gracias a unir su destino a parásitos de los peces, del tipo de los gusanos helmintos, comenzando así una nueva vida. Es decir, el Plasmodium loquinariae parasitó al parásito.

Estos gusanos helmintos, habituales parásitos de peces, ponen huevos que flotan por ríos y charcas de aguas tranquilas hasta que son comidos por un pez. Entonces inician una fase, que puede durar meses o años, en la cual maduran lentamente alojados en las agallas del portador, donde se anclan gracias a sus microscópicos arpones. Una vez desarrollados, lo que varía en función del tipo de pez y de las condiciones ambientales, alcanzan en pocos días el estado maduro, desovan y mueren, pero el pez en el vivían muere también porque el crecimiento de estos gusanos hace imposible que las agallas cumplan su función.

En el caso de las gambusias, sus cuerpos muertos son comidos por cangrejos de río, que ingieren también larvas del parásito del parásito, es decir, se convierten en portadores de este nuevo microbio. Tanto en el Austropotamobius pallipes, el cangrejo llamado autóctono —que llegó antes—, como en el americano, el Procambarus clarkii, se están empezando a conocer los primeros casos de comportamientos extraños, porque dentro del estómago de los cangrejos el Plasmodium loquinariae no sigue su evolución normal sino que modifica el plegado de ciertas proteínas en los cangrejos dando lugar a priones que afectan sus cerebros.

Esos cangrejos con la enfermedad espongiforme, ingeridos por humanos, están haciendo que el parásito llegue a nuestros cerebros, provocando que las proteínas priónicas, proteínas gliónicas habituales en muchas células, mal plegadas debido a la presencia del Plasmodium loquinariae, afecten a nuestro cerebro convirtiéndolo en un queso gruyere. De hecho ya ha habido casos, que no se han hecho públicos, en los que ha ocurrido.

Los parásitos que atacan el cerebro son espeluznantes porque modifican el comportamiento. Por ejemplo, un parásito concreto es responsable del canibalismo de cierta tribu de Papúa-Nueva Guinea. Dado que necesita el estómago humano para prosperar, provoca ese tipo de comportamiento caníbal, instando a personas a comer a otras personas para propagarse. Es un parásito que actúa activando priones, responsables en algunos casos de enfermedades que dejan el cerebro como un colador, como la de Creutzfeldt-Jakob, más conocida como de las vacas locas, y sus diversas variantes, una de ellas, conocida como el kuru, precisamente la enfermedad de los caníbales de Papúa-Nueva Guinea.

Se conoce bien la etología de otros parásitos capaces de convertir en infiernos la vida de sus hospedadores, como por ejemplo el Toxoplasma gondii, que instalado en el cerebro de los ratones hace que sean más imprudentes para que los gatos los cacen mejor, porque solo se reproducen en el intestino de los felinos. O el Dracunculus medinensis, una larva que vive en el agua pero que para reproducirse necesita un estómago, por ejemplo uno humano, de donde pasa a las ingles y las axilas y se convierte en un gusano plano que llega a medir un metro y que provoca un notable picor y escozor de pies o manos, lo que impulsa al portador a meterlos en el agua, lo que aprovecha el gusano para salir al exterior y proseguir su ciclo vital.33

Aún no está clara la etiología de la enfermedad producida por el Plasmodium loquinariae, en qué se especializará, qué comportamientos inducirá en qué personas, pero de lo que ya está haciendo no caben dudas. Según las algunas investigaciones que no se ha hecho públicas, el caníbal de la Guindalera, quien asesinó a su madre y la guardó en diversos recipientes para irla comendo, era un habitual comedor de cangrejos, por lo que algunos explican con esta nueva hipótesis las razones de su comportamiento. Se trata de casos no muy habituales, por el momento, pero que podrían incrementarse. Es preciso, en primer lugar, levantar la censura total que pesa sobre estas informaciones y, en segundo término, saber con detalle le etología de este parásito, su frecuencia y, en definitiva, el riesgo de comer cangrejos.


Notas

1 https://www.who.int/malaria/media/world-malaria-report-2019/es/

2 Malaria en España: aspectos entomológicos y perspectivas de futuro / Rubén Bueno Marí y Ricardo Jiménez Peydró. Rev. Esp. Salud Pública 2008; 82: 467-479 N.° 5 – Septiembre-Octubre 2008.

3 Fernández Astasio, Balbina, 2002: La erradicación del paludismo en España: aspectos biológicos de la lucha antipalúdica, Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, facultad de Ciencias Biológicas, departamento de Biología Celular. Página 246.

4 El caso de Extremadura y la introducción de Gambusia holbrooki (Girard, 1859) como agente de control biológico,

Rafael Calero Bernal, José Marín Sánchez Murillo, Pedro María Alarcón-Elbal, Luis Manuel Madeira De Carvalho, Jesús Manuel Crespo Martín, Diego Peral Pacheco, Rafael Calero-Carretero. http://www.colvet.es/node/389

5 Barón Cano N, Mosquera Gordillo MA, Ballester Añón R., Campañas sanitarias en España frente al paludismo a partir de los trabajos publicados en dos revistas científicas: Medicina de los Países Cálidos y La Medicina Colonial (1929-1954). Revista Española de Salud Pública. 2016; Vol. 90, página 11.

6 Esteban Rodríguez Ocaña, Rosa Ballester Añón, Enrique Perdiguero Rosa María Medina Doménech y Jorge Molero Mesa. La acción médico-social contra el paludismo en la España metropolitana y colonial del siglo XX, CSIC, Madrid, 2003, página 283.

7 https://www.massimosella.it/lotta-antimalarica

8 Odón de Buen, Mis memorias, Pág. 249

9 Para más información sobre la familia De Buen véase Odón de Buen, toda una vida de Antonio Calvo Roy, Zaragoza, 2015.

10 De Buen, F. & S. De Buen. 1922. Adaptación en España de la Gambusia affinis. Archivo del Instituto Nacional de Higiene de Alfonso XIII, 4:78-82, 4 figs. Madrid.

11De Buen, F. & S. De Buen. 1922 Note sull’acclimatazione della Gambusia affinis. Annali d’Igiene, 32(4): Roma.

12 Esteban Rodríguez Ocaña, Rosa Ballester Añón, Enrique Perdiguero, Rosa María Medina Doménech y Jorge Molero Mesa. La acción médico-social contra el paludismo en la España metropolitana y colonial del siglo XX, CSIC, Madrid, 2003, página 283-284.

13El caso de Extremadura y la introducción de Gambusia holbrooki (Girard, 1859) como agente de control biológico, por Rafael Calero Bernal, José Marín Sánchez Murillo, Pedro María Alarcón-Elbal, Luis Manuel Madeira De Carvalho, Jesús Manuel Crespo Martín, Diego Peral Pacheco, Rafael Calero-Carretero, en http://www.colvet.es/node/389

14 Esteban Rodríguez Ocaña, Rosa Ballester Añón, Enrique Perdiguero, Rosa María Medina Doménech y Jorge Molero Mesa. La acción médico-social contra el paludismo en la España metropolitana y colonial del siglo XX, CSIC, Madrid, 2003, página 74.

15 Esteban Rodríguez Ocaña en El centro secundario de higiene rural de talavera de la reina y la sanidad española de su tiempo, Juan Atenza Fernández, José Martínez Pérez, Coordinadores, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 2001, página 119.

16 Esteban Rodríguez Ocaña, Rosa Ballester Añón, Enrique Perdiguero, Rosa María Medina Doménech y Jorge Molero Mesa. La acción médico-social contra el paludismo en la España metropolitana y colonial del siglo XX, CSIC, Madrid, 2003, página 75.

17 La Libertad, 31 de marzo de 1936, pág. 3

18 Zurita, Carlos, 1981: Recuerdo y elogio de la sanidad española en el pasado, en Anales de la Real Academia Nacional de Medicina, Tomo CXIII – Cuaderno 2, pág. 377-380.

19 https://www.massimosella.it/lotta-antimalarica

20 Fernández Astasio, Balbina, 2002: La erradicación del paludismo en España: aspectos biológicos de la lucha antipalúdica, Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, facultad de Ciencias Biológicas, departamento de Biología Celular, página 186.

21 Moreno Valcarcel, R., Ruiz Navarro, A. (2015). Gambusia – Gambusia holbrooki. Enciclopedia virtual de los

vertebrados españoles. Salvador, A., Elvira, B. (Eds.). Museo Nacional de Ciencias Naturales, Madrid. Página 3.

22 Odón de Buen, Mis memorias, Pág. 249

23 Fernando de Buen, La invasión de nuestras aguas dulces por las Gambusias (Gambusia holbrooki Grd.), Revista de Biología Forestal y Limnología. 1929. Tomo I. Serie A. N° 1. Página 50.

24 Jesús Raúl Navarro-García, La familia de Buen y la introducción de la «Gambusia»: consecuencias medioambientales de la lucha contra la malaria en España, en el Boletín de Malariología y Salud Ambiental.  Enero-Julio 2013, Vol. LIII, 99-112, página 108.

25 http://www.vertebradosibericos.org/peces/interaccion/gamholin.html

26 El caso de Extremadura y la introducción de Gambusia holbrooki (Girard, 1859) como agente de control biológico, por Rafael Calero Bernal, José Marín Sánchez Murillo, Pedro María Alarcón-Elbal, Luis Manuel Madeira De Carvalho, Jesús Manuel Crespo Martín, Diego Peral Pacheco, Rafael Calero-Carretero, en http://www.colvet.es/node/389

27 Caiola, N. (2017). Samaruc – Valencia hispanica. En: Enciclopedia Virtual de los Vertebrados Españoles. Sanz, J. J.,

Oliva Paterna, F. J. (Eds.). Museo Nacional de Ciencias Naturales, Madrid. http://www.vertebradosibericos.org/

ENCICLOPEDIA VIRTUAL DE LOS VERTEBRADOS ESPAÑOLES, Sociedad de Amigos del MNCN – MNCN – CSIC

28 Jesús Raúl Navarro-García, La familia de Buen y la introducción de la «Gambusia»: consecuencias medioambientales de la lucha contra la malaria en España, en el Boletín de Malariología y Salud Ambiental.  Enero-Julio 2013, Vol. LIII, 99-112, página 100.

29 Barón Cano N, Mosquera Gordillo MA, Ballester Añón R., Campañas sanitarias en España frente al paludismo a partir de los trabajos publicados en dos revistas científicas: Medicina de los Países Cálidos y La Medicina Colonial (1929-1954). Revista Española de Salud Pública. 2016; Vol. 90, página 8.

30 Ed Yong, Yo contengo multitudes, Debate, Barcelona, 2017,

31 Moreno Valcarcel, R., Ruiz Navarro, A. (2015). Gambusia – Gambusia holbrooki. En: Enciclopedia Virtual de los Vertebrados Españoles. Salvador, A., Elvira, B. (Eds.). Museo Nacional de Ciencias Naturales, Madrid. http://www.vertebradosibericos.org/

32 Lluís Benejam; Carles Alcaraz; Pierre Sasal; Gael Simon-Levert; Emili García-Berthou. Life history and parasites of the invasive mosquitofish (Gambusia holbrooki) along a latitudinal gradient, Biological Invasions (2009).

33 Para más información sobre parásitos curiosos, véase El encantador de saltamontes y otros ensayos de la historia natural de los parásitos, de David G. Jara, Guadalmazán, Córdoba, 2015.


El jardín

Pieza central de El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch.

Este texto ha sido el ganador del concurso DIPCLSC en la modalidad de ficción científica de Ciencia Jot Down 2020.

La puerta hermética blanca permanecía, como siempre, inalterablemente cerrada.

Encontró el relato entre los papeles del viejo baúl apolillado, arrinconado en el lugar más recóndito del viejo desván, compartiendo espacio con decenas de escritos antiguos, recortes de periódicos de otros tiempos, e historias amontonadas de pacientes muertos en una época lejana. Pero fue ese documento el que le llamó la atención, tal vez por el esmero con el que estaba plegado, tal vez por lo cuidado de su escritura en tinta de pluma violeta. Todavía, a día de hoy, desconozco si aquel legajo responde a un juego literario del doctor o a una historia de alguno de los casos de la enfermedad melancólica a la que dedicó todos los esfuerzos de su vida; aquel mal que se desencadenaba por el exceso de la bilis amarilla, que acababa mutando inexorablemente en la manía más oscura, la enfermedad maldita de los dos extremos infernales, las dos máscaras de un teatro diabólico, la locura circular. El relato decía así:

«Descorrió la ventana, asomándose tímida a un exterior que creía conocer bien. Sus ojos se extasiaron con la visión del jardín, más bosque que jardín, más selva que bosque. Esperaba, y mientras tanto se deleitaba en la observación botánica de los cedros, inexplicables compañeros al costado de los magnolios en flor. Los ipés amarilleaban al lado del estanque, las jacarandás alzaban un vuelo violeta por encima de los pinos, irremediablemente más pequeños, un grupo de helechos ocultaba un tronco milenario de olivera. Todo estaba en flor.  Simultáneamente. Los frutos cargaban las ramas de los árboles casi partiéndolas por el peso. Se sentía inmensamente feliz, mientras una cálida lluvia amarilla humedecía el jardín, salpicando las piedras de rodeno que llegaban hasta el lago.

La escultura de una Venus, colonizada  por el musgo, miraba hacia la casa, al lado del estanque. Era uno de los  mejores días de su vida. Ya había pasado una semana desde la espléndida boda celebrada en la plaza del pueblo, cuando largas mesas acogían a los  centenares de invitados, y se cocinaban corderos enteros en las panaderías, y los negros traían las frutas tropicales en carretas. Recordaba cuando el alcalde se levantó para desearles una feliz y próspera vida a la pareja. Seguía lloviendo y un inmenso arcoíris nacía del jardín, contando por decenas los colores descubiertos justo en ese momento, y que tal vez no podría volver a enumerar nunca, adivinando cada una de las extrañas tonalidades que coloreaban el lago, tornándolo  mágico y extraño a la vez. Abrió la ventana para observar con mayor nitidez el espectáculo y un olor a cereza madura invadió la estancia, mezclándose con el dulce aroma de tabaco de pipa fumada esa misma mañana por el comandante. Decidió salir a pasear sobre la hierba fresca, y sus pies mojados y calientes se deslizaron hasta la orilla del lago, bordeando el camino que conducía hasta la fuente. Se sentó en el banco y observó que el número de nenúfares había disminuido desde el día de la boda. Ahora quedaban menos. Tal vez menos que desde que el comandante partiera esa misma mañana, tal vez desde la última vez que miró el estanque desde la ventana.

Los días se sucedían lentamente, y aunque el calor seguía siendo húmedo y asfixiante, seguía sin tener noticias del comandante. La súbita alegría que sentía en la mañana de los dos días anteriores había dado paso a una  tristeza incomprensible, que le hacía vagar sin sentido por las  habitaciones de altos techos y de ventanas engalanadas con cortinas  victorianas. Una lluvia anaranjada se observaba a través de los cristales.  No solo no había dejado de llover en todo aquel tiempo, sino que cada  vez llovía más intensamente. Manzanas, mangos, papayas y membrillos estaban esparcidos por el suelo del jardín. Ya no quedaba ni uno solo de los frutos en los árboles. Habían ido cayendo poco a poco. Recordaba la  vez que se desgajó el primero de su rama. Hizo un ruido metálico al caer al suelo despertándola en la grisácea oscuridad nocturna. Oía llover cada  vez más intensamente, y como un reflejo en medio de la noche creyó ver una estrella fugaz colarse por la ventana, pero en vez de una  estrella era un rostro familiar que se abalanzaba hacia ella veloz, o igual  había sido un sueño del que no despertó, o tal vez nunca hubiera oído ese ruido metálico que la hizo desvelarse en la noche de las nubes púrpuras.

El aspecto del jardín era desolador. Los frutos se habían podrido en el suelo, dejando fantasmas de pulpa, ensoñaciones de cortezas, almas  frutales desperdigadas tras la tragedia. Nadie había escrito durante esas semanas. Ningún telegrama, ninguna carta desde las tierras lejanas y agrias. Empezaba a dudar de su vuelta. Empezaba a pensar que todo había sido un sueño. Que nunca había existido el comandante, que estaba  a muchas millas de un sitio habitado, que no existía ningún alcalde, ningún pueblo, que nunca había estado casada. Pero aun así seguía esperándole. Confiaba en que volvería. Estaría pronto de vuelta y la felicidad entraría con él por la puerta de la casa, y pararía por fin de llover, esa maldita lluvia roja, y los árboles volverían a florecer, e incluso a echar fruto, comerían granadas maduras cogiéndolas de los árboles, saboreando la pulpa caliente en sus bocas, viendo el atardecer en las  montañas lejanas. Pero seguía lloviendo y ya no se oían pájaros, ya no cantaban los grillos en el bochorno crepuscular. Las hojas de los árboles caían sin cesar; pardas, negras, azabaches. Y cada vez le dolía más el  pecho. Le dolía de ausencia, de tristeza, de desesperanza.

Aquel día casi no se pudo levantar. Se movía por la casa como un  fantasma. Una espesa niebla se alojaba en los techos de las habitaciones.

Ya no olía a cerezas maduras. Ya no olía a nada. Un frío glaciar se colaba  por las ventanas. La lluvia negra caía cada vez más copiosa. Asomándose  a la ventana de la habitación observó un paisaje lunar, adivinando esqueletos en vez de troncos, viendo caer aquella lluvia obscena sin compasión, entristeciéndose más aún con la fría piedra de las estatuas, con la decadencia de las fuentes, con la desaparición temprana de los pájaros, con la muerte sin excusas de los insectos. Se sintió cansada,  tremendamente exhausta. Se dio cuenta por vez primera de que nunca volvería. Se acercó con dificultad hacia la cama. Decidió echarse en ella.  Apoyó suavemente la cabeza en el almohadón de plumas y entornó los  ojos. Los cerró dulcemente, con la consciencia y la seguridad de que nunca más los volvería a abrir. Supo que esta vez era para siempre. Que  no volvería. Que no despertaría jamás. Oyó de nuevo la incesante lluvia  negra en los cristales».

El papel permaneció unos segundos soportado por la tensión de su mano, mientras enjugaba sus ojos. Plegó parsimoniosamente la carta, respetando milimétricamente las guías oscurecidas de los dobleces antiguos. Volvió a mirar con atención el camafeo que tenía en su mano, con aquella mujer anónima, pero de rasgos insoportablemente reconocibles.

Le sacó de su ensimismamiento el eco del ruido pesado de la llave accionando el trabajoso mecanismo de la cerradura. La enfermera, coronada por una cofia de otro tiempo, lo miró recelosa. Él hizo el amago de señalarse los brazos, inmóviles debajo de la apretada camisa y de las cinchas que lo anclaban a una silla metálica incrustada en las profundidades infinitas de la tierra. Ella no respondió a la pregunta que enunciaban sus ojos y que musitó entre dientes:  ―¿Hoy por fin vendrá a visitarme mamá?―. Pero ella no le oyó, o hizo como que no lo oía, mientras le preparaba con desgana la dosis matutina de litio en la sala  de paredes acolchadas.


Nuestro cerebro en un búnker: entre la fantasía y el horror

Escena del capítulo «San Junipero», de Black Mirror. Imagen: Netflix.

Este texto ha sido finalista del concurso DIPCLSC en la modalidad de ficción científica de Ciencia Jot Down 2020.

En el año 1930 las sociedades europeas se agitaban tensionadas por el oleaje de la Gran Depresión y comenzaban a asomarse al abismo del totalitarismo; el despiadado dictador Leónidas Trujillo «el Benefactor» se hacía con el poder en la República Dominicana; Clyde W. Tombaugh descubría la existencia de Plutón; y John Scott Campbell publicaba el relato «The Infinite Brain» en el número de mayo de la revista estadounidense Science Wonder Stories. En este relato, el científico Anton Des Roubles ha sido capaz de construir un mecanismo que replica los procesos de su cerebro y se comunica por escrito con Gene, la narradora, a través de una máquina que contiene su pensamiento y personalidad; porque Anton Des Roubles ha fallecido. 

Cuatro acontecimientos que van de la universalidad al pequeño suceso, de la realidad más dura a la ficción extrema. Al menos por ahora.

Son las nueve de la mañana de un viernes de enero del año 2080. Los asistentes a la reunión del consejo de dirección de la compañía paneuropea a la que acaba de incorporarse Antonio van llegando con aire tranquilo. Cogen sus cafés del dispensador, y algunos se atreven con un sándwich o con unas galletas. Pasados los quince minutos de cortesía, ven como el director general enciende el proyector 3D y un holograma se alza sobre el centro de la gran mesa de reuniones. Aparecen el programa del día con los diferentes puntos a tratar y la figura del décimo primer asistente: el anterior director general de la compañía, fallecido hace apenas un año: el señor B. Se le ve feliz de estar ahí; su opinión continúa siendo fundamental.

«No, claro que no tomaron su cerebro y lo mantienen vivo de manera artificial. No es eso, Antonio. Lo que han hecho ha sido replicarlo, emularlo para guardarlo en un servidor». 

Antonio H. es el nuevo responsable de manipulados de Water Textiles SA. Mientras le explican esto, sorbe café y mira hacia al diminuto proyector que le ha permitido presenciar lo que hasta ahora había visto como un gran avance científico-técnico anunciado en revistas y programas de televisión. 

El campo de estudio del cerebro humano es vasto y esperanzador. Enfermedades neurodegenerativas, malformaciones cerebrales, epilepsias, tumores, y tantos otros tipos de dolencias que podrían tener horizontes de cura o de tratamientos que mejoren sustancialmente la vida de los pacientes. Al final del pasillo el transhumanismo más procaz se está frotando las manos. La emulación o transferencia mental que han tratado en su obra de ficción Clarke, Asimov, David Brin y tantos otros, parece estar llegado. Y ahora sobrevuela algunos aceleradores de startups tecnológicas como una nueva y gigantesca oportunidad de negocio. Un game-changer. Pero no es un cambio de paradigma, es una detonación nuclear.

Hoy todavía hablamos de ciencia ficción, pero cada día que pasa estamos más cerca de que la ciencia llegue a esta frontera del ser humano. Ya en el año 2008, los científicos Anders Sandberg y Nick Bostrom del Future of Humany Institute (Universidad de Oxford), publicaron el informe «Whole brain emulation, a road map» sobre los desarrollos tecnológicos necesarios para emular un cerebro humano. Se estima que es probable que todavía falten décadas si es que jamás llega a ser posible para lograr emular con éxito el cerebro humano y transmutarlo a una SIM. Siglas que responden a Substrate Independent Mind

Nuestra manera de ver las cosas, nuestras emociones, nuestros recuerdos y nuestra personalidad podrán ser replicadas señalándonos, de esta manera, el camino hacia la eternidad. Pero no se trata de la eternidad de Rimbaud, c’est la mer allée /Avec le soleil (el alma inmortal del poeta), tampoco de la del ser humano biológico que pisará las calles nuevamente después de su muerte. Se trata de eternizar hasta que la subscripción sea cancelada la mirada que tenemos del mundo que nos rodea.

Esto representaría una forma de primera inmortalidad, y quizás la única posible. Al menos mientras que las mentes emuladas no puedan ser transpuestas a cuerpos humanoides como los golems de la novela «Gente de barro» («Kiln People», de David Brin), pero dispuestos para la infinitud corpórea y mental propias del arquetipo humano del que beben. Liberándolos del reflejo salmón que les impele a volver a descargar sus recuerdos al final de cada día.  

El señor B el fallecido exdirector de la compañía Water Textiles todavía es la voz con más peso del consejo de dirección. Por lo tanto, algunas de las decisiones más importantes serán tomadas por una máquina, que combinará la mente de un gran hombre de negocios con la capacidad extraordinaria para procesar información de los ordenadores.  

Miel sobre hojuelas. O tal vez cicuta y ortigas.

Una fantasía utilizada en numerosas ocasiones en la ciencia ficción. Un ejemplo más de idealización de la tecnología. Magia. Porque la pregunta capital es: ¿quién no querría poder conversar con un padre o con una abuela fallecidos a los que se echa terriblemente de menos? El candidato y rapero Kanye West regalando a su esposa Kim Kardashian un holograma bailongo de su padre, el fallecido Robert Kardashian; yo viendo a mi abuelo reír en el vídeo VHS de mi primera comunión; volver a visitar los rincones de nuestra memoria. Todo esto quedará desfasado. 

Al dolor por la pérdida de alguien querido le añadiremos la duda sobre si debemos contratar el fabuloso servicio de transferencia mental, que nos permitirá seguir conversando con el ser que vamos a perder. 

Es de esperar que el mercado nos dicte algunas de las normas. La mente contenida en un sustrato independiente podrá ser cancelada borrada, eliminada, suprimida si se deja de pagar el servicio o si caduca la tarjeta de crédito y olvidamos actualizar los datos. Estaríamos también abocados a la posibilidad de sufrir una forma de segunda pérdida si, por ejemplo, los miembros de la familia decidieran desprenderse de la losa de mantener a los muertos en vida e informados; hablar con ellos, contarle a un holograma cómo nos ha ido el día. Silencios incómodos antes de cerrar cada sesión. Habrá que cancelar al abuelo porque, total, ya ni abrimos la aplicación para hablar con él. ¿Sería tan sencillo realizar un acto de esta envergadura? O quizás tan complicado como lo sería en el caso de Josef, en La ignorancia de Kundera. Un exiliado checo viudo que no se siente capaz de dejar Dinamarca para volver a vivir a su Bohemia natal, por no abandonar el lugar en el que aún residen los recuerdos de su vida con la mujer a la que amó. Una presencia inmaterial que le acompaña a todas partes.

La compañía de la fábula futura de este artículo dice haber logrado desarrollar una solución que emula la mente humana con garantías absolutas. Beloved-Minds por ponerle un nombre a la bestia  ha disparado su valor en bolsa y se desenvuelve en los mercados globales como un nuevo rico en un concesionario Ferrari. ¿Estaremos acaso ante el inquietante y esperanzador abismo de un «San Junipero» que nos brinde una segunda oportunidad para vivir nuestras vidas?  

Beloved-Minds se presentará como una maravilla de la modernidad y el progreso, y poco a poco irán surgiendo otras soluciones, porque el mercado potencial es suculento. Se basará en el concepto del mind uploading, que consiste en un proceso a través del cual la mente, como colección de memorias, personalidad y atributos de un individuo, es transferida (subida) de un cerebro biológico a un sustrato artificial. Emulación mental, vaya. 

Pero estamos en el mercado global, amigos, y no solo florecerán otras compañías que vendan su servicio a clientes de alto poder adquisitivo y a corporaciones, sino que también irán apareciendo empresas con estrategias centradas en los segmentos con un poder adquisitivo más modesto. Estas dirigirán sus esfuerzos a las clases medias y a las menos pudientes, y esta fábula para el pueblo llano podría comenzar con una lista de precios rompedora: subscripción gratuita que generará un perfil personal, perfectamente operacional, de la información que hemos ido vertiendo en nuestras redes sociales; subscripción valor-plus de 59 euros al mes, que permitirá mantener la mente emulada y perfectamente funcional sin límite de horas; subscripción premium por 99 euros al mes, que mantendrá a los emulados al día de noticias y acontecimientos relevantes para que, más allá del tiempo transcurrido, sus opiniones tengan la validez del momento en que se emiten.

Esto no es solo un ejercicio de especulación. En 2015, la startup Eternime anunciaba que estaba a punto de lanzar un avatar que replicaría personalidades desde su huella digital, de manera que se podría interactuar (chatear, incluso hablar por Skype o Facebook) con personas fallecidas. El emprendedor e inversor Marius Ursache contaba en su página que el sueño había comenzado en 2001. Su sueño y tal vez la pesadilla de muchos de nosotros. 

En una entrevista a la BBC del año 2016, el millonario ruso Dimitry Itskov declaraba que «en un plazo de treinta años me aseguraré de que todos nosotros podamos vivir para siempre». Ha invertido parte de su fortuna en ello. Veremos. Hay, por supuesto, un buen número de neurocientíficos que se han encargado de mostrar su escepticismo (incluso su rechazo frontal: Michael Hendricks. «The false science of cryonics», MIT Technology Review, año 2015) sobre esta posibilidad. Se habla de imposibilidad de replicación fidedigna y de un horizonte inalcanzable. Y aquí asalta otra duda: ¿cómo demostrar si un cerebro se ha emulado correctamente o es simplemente una versión desviada, según estándares matemáticos conductuales, de una persona? Cómo comprobar algo así, si somos capaces de cambiar de opinión, de llevarnos la contraria a nosotros mismos, de responder de maneras diferentes a las mismas preguntas o situaciones, sin que se pueda desentrañar el porqué de todo esto. Quizás la respuesta comercial a estas incertidumbres la tenga la compañía Nectome. Ellos se comprometen a preservar tu cerebro de manera indefinida hasta que la ciencia sea capaz de emularlo en una SIM. Solo hay que darles permiso para que te practiquen la eutanasia. Casi nada. Se trata, en realidad, de un servicio poco novedoso en lo conceptual, ya que se estima que, por poner un ejemplo, la Alcor Life Extension Foundation ya tiene en conserva más de ciento cincuenta cuerpos con sus respectivos cerebros en nitrógeno líquido. Todo por si en el futuro hay manera de devolverlos a la vida, aunque solo sea como en el Museo de Cabezas, situado en la ciudad de Nueva Nueva York de la serie de animación Futurama. Eso sí, sin necesidad de que Fry las alimente por las noches.  

Hay decenas de organizaciones trabajando en desentrañar el funcionamiento del cerebro humano. Algunas de ellas con la mirada puesta en el horizonte del mind-uploading. Pero el reto es absolutamente titánico. Se trata de un área multidisciplinar que va desde el estudio molecular y neuronal hasta lo cognitivo y conductual. Una de las claves está en el conocimiento exhaustivo del funcionamiento del entramado de neuronas y conectomas.

Por otra parte, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) será decisivo. Neuralink, fundada por el magnate entre otras cosas Elon Musk, trabaja en el desarrollo de BMI (implantable brain-machine interfaces) utilizando esta disciplina científica. Transhumanismo en esencia buscando la simbiosis entre la tecnología y el cerebro humano. Recogiendo el trabajo de esta empresa como punto de partida, el experto en inteligencia artificial, Lance Eliot, especulaba en un artículo publicado este septiembre en Forbes sobre cómo esos desarrollos podrían ser esenciales para llevar al mundo científico-técnico a lograr la emulación mental. 

En neurociencia existen cuatro líneas generales de investigación que se entienden como fundamentales para hacer posible si es que alguna vez lo es la emulación mental: preservación de los conectomas, preservación biomolecular, extracción de la memoria y replicación de las dinámicas moleculares. Los conectomas son el entramado de conexiones neuronales del cerebro humano dispuestas en una forma de mapa abigarrado; las estructuras biomoleculares son las proteínas, ácidos nucleicos (DNA y RNA), lípidos, hidratos de carbono y otras biomoléculas esenciales presentes en el cerebro; la memoria, sus elementos y su disposición jerárquica son una parte fundamental de nuestra identidad; la exploración de las dinámicas moleculares nos dará una idea clara de cómo interactúan las moléculas en su nivel más simplificado, el atómico. 

Neurociencia, tecnología, psicología e inteligencia artificial; veremos qué surge de la confluencia en ese estuario en el futuro. 

En cualquier caso, persiste la duda fundamentada sobre si será posible generar un cerebro artificial que funcione igual que su arquetipo biológico. De modo que, en esta todavía sólida realidad de personas mortales, no será necesario hacer una enmienda a la finitud como elemento fundamental del Dasein, de la obra Ser y tiempo de HeideggerTal vez Musk contra Heidegger; lucha feroz en el Tártaro. 

¿Tendrán derecho a voto los seres virtualizados? ¿Tendrán que pagar impuestos? El debate estará sobre la mesa. Sin ir más lejos, en octubre de este año la comisión del Pacto de Toledo planteaba buscar «mecanismos innovadores» para poder complementar la financiación de la Seguridad Social «en un contexto marcado por las nuevas tecnologías y la robotización». 

El señor B, eternizado en su virtualidad ideal, seguirá yendo a jugar al golf con sus amigos, abrirá la nevera en mitad de la noche porque no puede dormir y tiene hambre, dedicará un rato cada día a leer los diarios deportivos y repasará distraído los titulares de las noticias de información general. Es posible que el señor B piense que la mejor decisión de su vida fue subir su mente a un sustrato artificial de lujo, con todas las comodidades aseguradas. Solo habrá sufrido un par de intentos de jaqueo, pero nada serio que no puedan resolver los técnicos en seguridad informática del proveedor del servicio. Será el paraíso, el más allá, el edén que muchos credos han prometido durante años. Todo a su alcance con tan solo unos clics y una suma de dinero considerable, pero desde luego justa si piensa que habrá alcanzado el sueño de la existencia eterna. O quizás no, también es posible que le golpee la conciencia de la oquedad de sus días. El hecho de que en realidad no es él sino un ordenador que prolonga una ilusión, con el tiempo podría convertirse en un infierno. ¿Cómo terminar con tu propia vida, si esta está contenida en un ordenador? 

En cualquier caso, se trata de preguntas e incertidumbres que solo se plantearán los que hayan tenido el suficiente dinero para pagar el maravilloso e imbatible servicio de BelovedMinds. Porque los olvidados, los que se van a dormir con el miedo a no poder dar de comer a sus hijos al día siguiente, seguirán soñando con ese fraude de paraíso al ver los anuncios en televisión o en impactantes hologramas callejeros, que mostrarán a un señor B atlético, saludable, feliz, disfrutando del golf en su realidad impostada, situada en la memoria de algún servidor escondido en un búnker del desierto de Arizona.  


Laniakea

Simulacion de Laniakea. (DP)

Este texto ha sido finalista del concurso DIPC-LSC en la modalidad de ficción científica de Ciencia Jot Down 2020.

Son las 21:00 en el Instituto de Astrofísica de Canarias, una hora más en el resto de España. Madai se ha quedado ultimando los detalles de una presentación que debía haber hecho hace ya una semana. Su doctoranda, Belisa, es quien recopila los datos del satélite Plank que durante  años envió datos de temperatura y radiación de microondas de todo el universo. Porque era eso  de lo que trataba su estudio, de mapear térmicamente nada más y nada menos que todo el universo conocido. En realidad, el proyecto de la Plank ya había terminado hace tiempo, pero las ingentes cantidades de datos que había arrojado estos años tenían algunas inconsistencias que Madai quería cotejar con los telescopios del proyecto QUIJOTE. 

Belisa utilizaba el complejo programa IFCAMHW para visualizar las anomalías detectadas en las regiones descritas por Madai. El programa mostraba los picos de emisión en forma de puntiagudos sombreros mexicanos. Aunque el tratamiento de los datos era casi automático, había que relacionar los picos de estas regiones entre sí para comprobar si había algún fenómeno que explicase por qué había algunos patrones de picos bastante intensos a baja frecuencia. La teoría de Madai se basaba en que había algún tipo de fenómeno que habían pasado por alto, si conseguía relacionar los picos de baja frecuencia y darles una explicación podría suponer un auténtico cambio en el campo de la física, o al menos daría para escribir unos cuantos artículos y apuntarse un tanto. A pesar de la complejidad y cantidad de los datos que manejaba, Belisa seguía anotando los picos de alta intensidad detectados por la Plank en una larguísima hoja de Excel. Junto a la celda con la intensidad detectada y los parámetros, había otra que indicaba las coordenadas y la frecuencia a la que emitían. Todas las anomalías que habían detectado estaban en la banda de los 30 gigahercios así que, cuando terminara con los datos de la Plank, tendría que empezar a cotejarlos con los detectados por otros telescopios. Un plan perfecto para un viernes por la tarde, aunque la perspectiva que esperaba fuera del  laboratorio no era mucho mejor. 

—Madi, creo que ya hemos acabado con la Plank, ¿qué tal vas con lo tuyo? 

—Pues bueno, tengo que convencer a la comisión de que nos dejen los telescopios de baja  frecuencia, pero tranquila, que sacamos la tesis, mi niña. ¿Te pasaste los picos al BFIELD? 

—No, los tengo en Excel… 

—¡Ay… el Excel! Mira, pásamelos, que lo vemos en un momento. 

—¿Te ha llegado? 

—Ahora sí, mira aquí. Yo me los exporto y le pulso aquí y me saca el mapa, si es una machangada.Tarda, ¿eh? 

—Si, voy a dejarlo por la noche y mañana le echas un vistazo y me dices. 

—Vale, entonces voy a ir yendo a casa que se me ha hecho tarde. 

—Yo recojo esto y me voy a casa, ¿te llevo? 

—¡Claro! 

Esa noche Belisa no paraba de dar vueltas en el pequeño estudio que había alquilado en el Puerto de la Cruz, quizá habían dado con algo gordo, algo gordo de verdad. No una de esas  investigaciones para rellenar páginas y cumplir con el proyecto. Si de verdad Madai tenía razón, puede que su tesis se estudiase durante mucho tiempo. En realidad, llevaba mucho tiempo convenciéndose de que todo el trabajo que hacían no era en vano, llevaba allí más de dos años y medio y su jefa había decidido que se centrase únicamente en esas «anomalías». El tema le  parecía fascinante, pero si no sacaba un artículo pronto no iba a poder presentar la tesis. La idea de Madai era que las anomalías se debían a un tipo específico de planeta, al estilo de los planetas púlsar que emiten radiación electromagnética si no están alineados con la estrella de neutrones a la que orbitan. 

Apenas se despertó, Belisa encendió el portátil y abrió el Team Viewer para conectarse con el  ordenador de Madai, el mapa había terminado. Cogió un táper y salió a toda prisa hacia el  trabajo. Aunque sabía que era inútil, pasó todo el trayecto intentando ver algo más claro el mapa del ordenador de Madai desde el móvil. Cuando llegó al instituto subió las escaleras tan deprisa que casi olvida echarse gel. Se sentó y comenzó a aplicar filtros de color a las intensidades del mapa, a medio día ya tenía una idea clara de dónde estaban las señales detectadas. Quería confirmarlo antes de decírselo a Madai, casi todas las señales provenían de una sola región del espacio: Laniakea. Había algunos candidatos a señal fuera de esa área, apenas unos cientos de zonas más lejanas, pero más de doce mil picos de intensidad se agrupaban en una estrecha región del universo de apenas quinientos veinte millones de años luz. Era una noticia estupenda, Laniakea es la región del espacio que más se conoce y la que mejor se puede medir, los telescopios del  proyecto QUIJOTE iban a dar unas medidas bastante más claras de las frecuencias más bajas, pero era la mejor noticia que podía esperar. Cargó algunos parámetros y filtros nuevos y dejó al programa crear el mapa: Esta vez era bastante más detallado, así que al ordenador le llevaría lo que quedaba del fin de semana, seguramente. Un alivio, pensó, lo bueno de que salgan las cosas es que no pasa mucho y hay que aprovechar cuando sucede. Lo malo es que se habían llevado por delante casi todo el sábado. 

Belisa aprovechó para intentar desconectar el domingo. A pesar de que tenía puesta alguna serie de fondo en la televisión, sus manos acababan siempre buscando bancos de datos sobre relaciones de frecuencias o curioseando algún artículo olvidado sobre púlsares. El lunes se presentó tan pronto que tuvo que pedir a Nico, del personal de limpieza, que le abriera. Madai tenía la reunión con la comisión, ojalá les concedieran al menos un telescopio. Todavía quedaban algunas horas para que terminase el mapa que dejó cargando el sábado, así que empezó a curiosear las regiones punteadas del antiguo mapa en las que habían detectado las anomalías. Después de un buen rato buscando coordenadas, Belisa se dio cuenta de que algunas de ellas se producían realmente cerca, incluso en la Vía Láctea. Estaba ampliando algunas regiones de Libra en busca del posible origen de unas de las señales cuando Madai entró por la puerta con una bolsa de papel. 

—¡Beli, mi niña! ¡Nos lo dieron! En octubre podremos manejarlo ya, traje unos kebabs para celebrarlo. 

—¿Qué dices, Madi? ¡Es genial! Además, tengo buenas noticias, mira dónde están las anomalías. 

—Es raro, ¿no? Quizás es algo nuestro. 

—No sé… 

—Hay bastantes en el Cúmulo Local.

—Sí, he localizado una en Virgo.

—¡Eso es fantástico, Beli! Hay que definir bien dónde vamos a apuntar, los que estén más cerca primero, y hay que ver si hay más datos por ahí. 

—Justo estuve el finde mirando algo y a lo mejor tenemos que pedir algunos datos de la WMAP y del Hubble para confirmar. 

—Puede que João aún los tenga, hace mucho trabajamos con los datos de la WMAP, y los del Hubble deben andar por ahí también. 

—Entonces queda mucho aún, gracias por la comida. 

Las siguientes semanas fueron duras, tratar datos y más datos todo el día y discutir sobre qué posiciones iban a registrar con las bandas inferiores de los telescopios. Madai había descubierto  que había una señal muy cercana, concretamente en Tau Ceti e, apenas a doce años luz de la Tierra. El patrón era desconcertante: la Plank y la WMAP habían hecho barridos cada seis meses  aproximadamente y, aunque los picos de emisión eran constantes en la mayoría de las regiones del espacio, cada vez que los captaban variaba la intensidad de la señal. Habían identificado  algunas zonas en las que se localizaban los pulsos, la mayoría eran regiones planetarias. No había un fenómeno común que las relacionase, surgían aparentemente al azar, pero los picos  aparecían en la misma región con más de un año de diferencia. La mayoría de la comunidad científica había asumido estas anomalías como simple ruido, sin una lógica concreta, pero su  catalogación sugería que algún tipo de fenómeno se producía en los cuerpos celestes a lo largo de Laniakea. 

En realidad, lo que Madai había conseguido era un permiso para manejar un nuevo espectrógrafo de microondas que iba a sustituir al actual. La comisión les había dado permiso para realizar las pruebas en sus coordenadas, pero cuando terminasen, el telescopio debía dedicarse al proyecto al que estaba destinado. Así que Madai y Belisa debían elegir muy bien dónde apuntar, porque de vez en cuando el telescopio debía calibrarse y no podrían usarlo. Después de mucho pensarlo decidieron que el pulso de Tau Ceti e era el que podía detectarse más claramente y era allí donde debían apuntar es espectrógrafo. Cuando saltó el aviso en su correo, Madai avisó a Belisa y ambas se presentaron en la sala de control. Los técnicos comenzaron a apuntar el telescopio hacia las coordenadas de Tau Ceti e, Belisa y Madai querían hacer un barrido por la zona cercana, pero las pruebas requerían que el telescopio  permaneciese fijo. Charles, el técnico que había enviado la Universidad de Manchester, comentó que en un par de días estarían. 

Al final las pruebas se alargaron más de una semana. Cuando por fin recibieron los datos no podían creerlo: la frecuencia variaba relativamente poco de una medida a otra, pero al cotejar los datos con la Plank las variaciones eran muy pronunciadas. A veces se cortaban de repente y  comenzaban durante largas horas en frecuencias bajas, otras veces emitían pulsos en la banda de los veinte megahercios que se repetían miles de veces en una fracción de segundo y desaparecían. Acababan de identificar que las anomalías que había detectado la Plank, no eran  más que ecos de esas oscilaciones rápidas. Belisa no cabía en sí de ilusión: lo habían confirmado, no eran «anomalías» en el ruido espacial de las microondas, acababan de descubrir un nuevo fenómeno. La parte mala era que, al contrario que los planetas púlsar, estos pulsos de emisión parecían completamente aleatorios, o por lo menos no tenían ni un solo factor en común. Belisa había tenido tiempo de sobra para repasar muchos de ellos, al menos los suficientes para preparar un artículo y pasarle la pelota al resto de la comunidad científica, y estaba segura de que ni siquiera se trataba del mismo cuerpo celeste. La mayoría de las veces eran planetas, muchas de las veces demasiado cercanos a una estrella, otras veces eran cometas con larguísimos periodos orbitales alrededor de su estrella. Los ecos de muchos pulsos de alta intensidad fueron captados por la Plank una sola vez, pero la mayoría se repetía en ciclos de quinientos sesenta y nueve días. Ese extraño periodo era lo único que parecía relacionar buena parte de los fenómenos. 

Madai y Belisa pasaron varios meses confirmando lo que Tau Ceti e les había revelado, lo que  medían en la Plank eran ecos de un cúmulo de emisiones de frecuencias más bajas. Cuando  enviaron el primer artículo supuso un gran alboroto en la comunidad científica, algo tan rompedor y, aparentemente, inexplicable que hasta una cadena de televisión local llegó a entrevistar a Madai. En enero, el telescopio había retomado su función original en el proyecto QUIJOTE. Madai y Belisa tenían resultados como para pedir un telescopio nuevo si querían, comenzaron a florecer los científicos que querían colaborar, las invitaciones a congresos y a escribir capítulos de libros. Aunque habían llevado de gira por algunos congresos las conclusiones de su investigación y otros científicos habían seguido confirmando los pulsos y emisiones a baja frecuencia, Madai y Belisa cada vez tenían más claro que estaban en punto  muerto. Hacía un año que habían confirmado las primeras señales y, desde entonces, la  investigación casi no había avanzado, seguían sin cuadrar las teorías ni los fenómenos. 

Belisa pasaba las horas y los días devorando artículos sobre el espacio, pero nada  parecía dar respuesta a sus preguntas. Aunque lo intentaba, era imposible desconectar, si se proponía ver alguna serie terminaba viendo por octava vez algún capítulo de Cosmos, la parte de su biblioteca que no estaba destinada al trabajo había sido colonizada casi por completo por Carl Sagan e incluso los podcasts que escuchaba antes de dormir iban sobre ciencia. Fue entonces, un martes por la noche, cuando estaba en la cama a punto de dormirse cuando lo escuchó: «Investigadores de la Universidad Aalto, en Suecia, utilizan señales de microondas en la codificación de la información para la computación cuántica». No podía ser, pensó recordando la frase de Sherlock Holmes «una vez descartado lo imposible lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad». ¿Sería cierto? ¿Era posible que no estuviesen ante un fenómeno  astrofísico, sino ante una sencilla señal de computación? Como era de esperar, no pegó ojo. Sabía que no podía irle con esa teoría loca a Madai, así que se saltó todos los protocolos y escribió directamente al doctor Pasi Lähteenmäki, el director de la investigación que había escuchado la noche anterior. Al revés de lo que Belisa esperaba, Pasi se mostró tremendamente interesado sobre el tema. Al principio Madai renegaba de esa línea de investigación y se sintió ofendida por no haber contado con ella en un primer momento, pero a medida que se desarrollaban las reuniones con Pasi, comenzó a convencerse de lo imposible.  

Pasi y sus colaboradores demostraron en unos meses que las fluctuaciones en las frecuencias de microondas encajaban perfectamente con la codificación de puertas lógicas de los ordenadores. Aunque, aproximadamente, el 40 % de la secuencia no se correspondía con nada conocido, los cuerpos celestes parecían «comunicarse» entre sí casi instantáneamente. Cuando  revelaron los descubrimientos de su colaboración, el mundo contuvo el aliento: acababan de  captar señales lógicas y no naturales del espacio exterior, había algo más en el universo y estaba  «hablando» a menos de doce años luz. 

Después de toda la conmoción que supuso y las grandes corrientes negacionistas que surgieron, Facebook resucitó el estudio de Bob y Alice, dos robots que fueron activados en 2017 para que aprendieran mediante algoritmos el uno del otro, pero que tuvieron que desconectar porque el lenguaje que desarrollaron resultó extremadamente complejo. El gran avance vino seis años más tarde, cuando Belisa ya tenía su propio despacho en el Instituto de Astrofísica de Canarias y leyó la noticia: «Se confirma, el lenguaje detectado no es artificial, sino producto de la  evolución». Al parecer las señales de microondas seguían la ley de Zipf, según la cual un lenguaje tiende a acortar y repetir las palabras de mayor uso. Algo que podía identificarse incluso sin saber el significado del lenguaje al que iba asociado. Belisa casi llora de emoción. Lo había hecho. Su investigación con Madai, lejos de descubrir la respuesta a una pequeña alteración de la radiación de microondas, había dado respuesta a uno de los interrogantes de la humanidad: no, no estábamos solos.


Remake

Foto: DP.
Foto: DP.

Concluida la jornada de trabajo, hacia las seis de la tarde, y mientras se lava para quitarse el barro de los brazos y de las manos, de la cara e incluso del pelo, el hombre rememora lo ocurrido durante el día.

A las siete de la mañana, dos autobuses les habían recogido, a él y a otros casi doscientos extras, cerca de Alexander Platz. Fueron transportados hasta el lugar del rodaje, a unos cincuenta kilómetros de Berlín. En medio de una gran explanada rodeada de bosques de abetos, el equipo de decoración había levantado unos barracones, unas garitas y unas empalizadas. Aquello podía parecerse a un campo de concentración. Junto a una de las empalizadas, unos operarios excavaban una gran zanja, que bien podría simular una fosa común. Nada más bajar del autobús, fueron conducidos directamente a una gran carpa donde se habían instalado los departamentos de vestuario y maquillaje. Allí les fueron dotando de gruesos y raídos abrigos —algunos con la estrella amarilla que distinguía a los judíos—, zapatos viejos y pantalones o faldas de aquella época. Mientras lo hacían, los ayudantes de dirección —una chica norteamericana y dos alemanes— les explicaron que se rodaba el remake de una película dirigida en 1980 por Franz Koblezsky. Una explicación innecesaria, pensó el hombre, puesto que la prensa llevaba semanas anticipando la noticia del rodaje, y, de paso, comentando la película original, que, en su momento, había obtenido justo reconocimiento internacional. Como suele decirse, éxito de público y de crítica, ya que a la película le fue otorgada la Palma de Oro a la mejor dirección en el festival de Cannes, y también fue nominada para varios Óscar.

El hombre decide no seguir lavándose. Imposible desprenderse de todo el barro. Ya se duchará en su casa, piensa. Prefiere salir de la carpa y ponerse a la cola de extras que ya se está formando ante la roulotte que hace las veces de oficina de producción, donde el pagador-contable les abonará lo estipulado.

Hacia las diez de la mañana, y mientras seguían los preparativos para el rodaje, hicieron un par de ensayos. A esa hora, el sol empezaba a calentar ya, nada raro para estar a finales del mes de junio. El vestuario, sin embargo, correspondía a un día invernal, pues, como también les explicaron, figuraba que la escena transcurría en pleno mes de febrero. Por ello, los técnicos de efectos especiales habían encharcado a fondo toda la explanada, como si llevara lloviendo semanas sin parar. Además, las ramas de los abetos cercanos estaban cubiertas por una fina capa de nieve artificial. Es posible que así consigan una imagen invernal, pensó el hombre, mientras, como todos los demás extras, empezaba a sufrir un calor sofocante bajo su grueso abrigo. Un calor que, desde luego, no padecía el muy numeroso equipo de rodaje, entre cuyos atuendos predominaban los pantalones cortos y las camisetas. Fueron instados a fijarse en los ocho o diez compañeros más cercanos, formando así pequeños grupos que debían de mantenerse unidos cuando se repitieran los planos.

«Es para que tengamos racord» le dijo al hombre una chica que se había situado junto él. Era una animosa y espigada muchacha, de apenas veinte años, que parecía entender mucho de cine. Enseguida hizo observar a sus compañeros de grupo que las escenas se rodarían con tres cámaras. Una de ellas, sobre una gran grúa, para los planos generales. Las otras dos, una sobre un largo travelling y la otra dotada de un steady cam, para rodar planos medios o cortos. «Rodamos en cine 70 mm» dijo también sin disimular su admiración. Fueron también instados a no mirar directamente a las cámaras y a mantener en todo momento una actitud y un semblante que reflejase dolor, abatimiento, desesperación. «¡Con este calor y este barro! ¿Qué quieren, que tengamos cara de cachondeo?» —exclamó un extra bastante enfadado.

Poco después, el director —un norteamericano bastante joven— pidió silencio. «¡Silencio! ¡Silencio, vamos a rodar!» ordenó repetidas veces el ayudante de dirección, provisto de un potente megáfono. Instantes después, en medio del más absoluto silencio, se escucharon las voces de rigor: «¡Motor!». «¡Rodando!» —contestaron uno tras otro los tres operadores de cámara— «¡Sonido!». «¡Grabando!». «¡Claqueta!». «¡Acción!»

Una y otra vez, los extras avanzaron chapoteando sobre el barro desde los barracones hasta una de las empalizadas, para acabar deteniéndose al pie de la fosa común. En ocasiones, la cámara situada sobre el travelling acompañaba su movimiento, mientras que la que iba con el steady cam los rodeaba o serpenteaba entre ellos a gran velocidad. No obstante, las cosas no debían de salir bien, puesto que volvían a repetir el plano.

En las pausas, mientras los extras volvían a primera posición, una legión de auxiliares les ofrecía botellines de agua. Por su parte, el personal de vestuario y de maquillaje retocaba sus atuendos o sus rostros. A unos les quitaban algo del barro que habían acumulado. A otros, los que se habían ido limpiando con las mangas de los abrigos, se lo añadían.

Después de unas cuantas tomas, les hicieron avanzar más deprisa, incluso correteando un poco. A sus ochenta años, el hombre sentía que empezaban a dolerle los huesos. Y además, el calor. El hombre no quería pensar en las órdenes que recibía. Tan sóoo quería obedecerlas. Para distraerse, hacía cábalas sobre la forma en que gastaría el dinero que iba a ganar. Por una parte, lo sensato sería colmar su despensa y nevera de alimentos, permitiéndose algún que otro lujo —un buen solomillo de buey, por ejemplo—. Por otra, el cuerpo le pedía gastarse todo en una excelente cena, invitando a su amiga Julie en su restaurante preferido, donde era bien acogido. Una cena regada con un exquisito vino blanco. O mejor aún, con champán. Llegaron ante la zanja y se detuvieron. «En una de estas, nos piden que nos caigamos rodando dentro de la fosa común, se dijo el hombre. Esperemos que no». Vuelta a primera posición. «Esta vez repetimos por sonido —dijo la animosa y espigada chica— ¿no habéis escuchado el ruido del avión?». El hombre, que no había escuchado ningún ruido, siguió con sus cábalas. Tampoco le vendría mal contratar a alguien que hiciera limpieza a fondo en su pequeño piso. Que quitara la mugre de paredes y cristales. Y el polvo a los libros. Y que sacudiera bien la alfombra.

A las doce se suspendió el rodaje durante una hora, para comer. Los extras aprovecharon para despojarse de sus abrigos y refrescarse un poco. El hombre cogió una de las bandejas —ensalada, salchichas con chucrut y pan— y fue a sentarse solo, algo alejado de los demás extras y más alejado todavía de las mesas reservadas para el director, los productores y los jefes de equipo. Los extras charlaron entre ellos de todo un poco. De sus trabajos, de fútbol y de política. La chica animosa y espigada aprovechó para contar a unos y a otros que estudiaba para ser directora de cine, y que ya había realizado varios cortos. Todos la animaron y le desearon un gran porvenir. Algunos le dijeron que querían ser actores o actrices. Se intercambiaron sus correos electrónicos. La chica merodeó un poco alrededor de la mesa donde se sentaba el equipo de dirección y acabó charlando un rato con ellos. Saltaba a la vista que aquel ambiente de rodaje la deslumbraba. Lógicamente, pensó el hombre, la chica sueña con triunfar. Con hacer grandes películas, a ser posible en Hollywood, y alcanzar el Parnaso de los elegidos. ¿Quién no sueña con ello? Cerca ya de finalizar el descanso, la chica fue a sentarse junto a él café en mano. Incansable, quiso propiciar la conversación —preguntándole si había visto la película de Koblezsky—, pero en seguida se dio cuenta de que el hombre no tenía ganas de hablar. Cuando la chica se fue, el hombre pensó que tampoco sería mala idea gastarse el dinero en un viaje a Freiburg, para visitar a su amigo Brandt, quien —si no estaba de mal humor—, lo atendería espléndidamente durante unos días.

Por la tarde, el calor fue en aumento, y el camión cisterna recorrió la explanada encharcándola aún más. Pero el rodaje fue más variado. Divididos en varios grupos, les hicieron salir o entrar de los barracones, arrodillarse para implorar perdón o arrimarse a la empalizada simulando que buscaban un hueco para escapar. A los extras varones —a excepción de los más ancianos— les dieron unas palas y les dijeron que se pusieran a cavar en la fosa común, su propia tumba. Otros extras, a quienes habían vestido como soldados alemanes, les apuntaban con fusiles. El hombre siguió haciendo cábalas: tan pronto se inclinaba por la opción más sensata —llenar la despensa—, como se decantaba por las otras alternativas —cenar con Julie, visitar a Brandt—. Rodaban planos cada vez más cortos, y uno de los ayudantes de dirección les instó a que fingieran frío. Tiritando, subiéndose las solapas de los abrigos, frotándose las espaldas unos a otros. Algunos, entre ellos la chica animosa y espigada, lo intentaron. Pero enseguida les daba la risa, con lo que se malograba el plano.

La cola ha ido avanzando y el hombre se encuentra ya bastante cerca de la roulotte de producción. Abierta por uno de sus laterales, la pequeña roulotte aloja al pagador-contable, quien, sentado tras una mesa, va entregando a los extras sobres con dinero, previa firma de un recibo. Después de tanta cábala, lo único que le ha quedado claro al hombre es que el dinero que le paguen alcanzará para gastarlo en una sola opción. En ningún caso podrá dividir la cantidad y destinar parte a una y parte a otra. «Bueno, se dice, tampoco tienes que decidirte ahora mismo. Ya tendrás tiempo, espera a tener el dinero en el bolsillo».

Sumido en sus pensamientos, el hombre no ha reparado en que la chica animosa y espigada se encuentra un poco más allá en la cola, llegando ya frente al pagador-contable. Solo se da cuenta cuando la chica, antes de decir su nombre y recibir su sobre, se vuelve hacia él y le dedica un sonriente saludo, quizás una despedida. Piensa entonces que le hubiera gustado haber sido más simpático con ella. Más amable y conversador. «Pero claro, se dice, ¿cómo hacerlo? Yo, precisamente yo…» Es entonces cuando al hombre se le forma un nudo en la garganta y nota el picor de las lágrimas a punto de anegar sus ojos. «Vamos, se dice, ¿te vas a poner a lloriquear ahora como un crío, o como un viejo chocho?». Solo quedan tres extras delante de él, después será su turno. «Has aguantado todo el rodaje. Pensando en qué te vas a gastar el dinero, has aguantado todo el rodaje sin pensar». Ya sólo queda un extra para que sea su turno. El hombre prepara su documento de identidad. «¿Vas a echarte a lloriquear? ¿O vas a levantar bien alta la cabeza, con todo tu desdén y tu orgullo?».

Altivo y sereno, orgulloso y hierático, el hombre llega frente al pagador-contable.

Nombre y documento de identidad —dice mecánicamente el pagador-contable.

Nombre: Koblezsky —el pagador-contable le mira fijamente unos instantes—. Koblezsky, Franz.


La teoría del libre albedrío o el sueño de la morsa

Fotografía: Bill Hickey (DP)
Fotografía: Bill Hickey (DP)

El 7 de febrero de 2007, Dennis Overbye publicó un artículo en El País titulado «La ilusión del libre albedrío». Aunque el artículo en general defiende la tesis del neurólogo Mark Hallett, que viene a decir que el libre albedrío no existe, sino que es una percepción y no un poder o una fuerza impulsora, también menciona el voto a favor de algunos físicos, quienes afirman que es un requisito previo para inventar teorías y planificar experimentos, especialmente referidos a la mecánica cuántica, la extraña y paradójica teoría que atribuye una aleatoriedad microscópica a los cimientos de la realidad. Así, Anton Zeilinger, un físico cuántico de la Universidad de Viena, asegura que la aleatoriedad cuántica no es una prueba, pero sí un indicio de que tenemos voluntad propia. Existen varias fábulas que respaldarían a Zeilinger, como es el caso de la que se narra a continuación.

Érase una vez una morsa. La morsa, según explica National Geographic, es un animal bigotudo y de largos colmillos, que se encuentra principalmente cerca del círculo polar ártico, donde se tumba en el hielo en compañía de cientos de congéneres. Pero esta era una morsa especial. En primer lugar por la gran cantidad de grasa que acumulaba entre sus huesos, lo que la convertía en un espécimen gigantesco; y en segundo lugar, porque era la única morsa conocida que quería viajar a la luna para saber si sabía a queso.

La morsa lo había intentado todo, que era más bien poco, es decir, había saltado (lo que con su volumen era más bien un movimiento ridículo parecido al baile de la lambada) y probado con la teletransportación (tecnología que en el Polo Norte está escasamente desarrollada aún). Nada dio resultado. La morsa sabía que la única forma de llegar a la luna era ir a la NASA y secuestrar uno de sus cohetes. Pero ¿cómo diablos iba a llegar allí? La morsa pensó en su abuela, famosa viajera de leyenda entre su manada, que un centenar de años atrás salió a ver mundo sobre un sólido iceberg hasta que una gigantesca nave lo golpeó en 1912. Entonces la abuela morsa, enfadada, saltó al barco, que venía de Belfast, y comenzó una matanza que no terminó hasta que lo hundió. Pero eso es otra historia, aunque cada 15 de abril las morsas de todo el mundo celebran su día nacional, que consiste básicamente en quedarse quietas sobre el hielo disfrutando de un agradable descanso.

Nuestra morsa optó por hacer dedo y, afortunadamente llegó Jason Statham y la trasladó a la NASA (corría el año 2002 y estaba preparándose para rodar Transporter, la película francesa de Corel Yuen, así que le vino bien). La morsa dio las gracias a Jason y le preguntó a la recepcionista de la NASA que dónde estaban los cohetes. La mujer se levantó lentamente detrás del mostrador y salió corriendo mientras daba unos gritos audibles a kilómetros de distancia. Aunque la morsa intentaba calmar a la gente diciéndoles que no tenía mala intención (bueno, un poco sí porque quería robar un cohete, pero sin comerse a nadie) lo único que los científicos oían era un rugir feroz. En ese momento la morsa sintió el dolor agudo de un dardo tranquilizante en el culo y cayó al suelo en un profundo sueño. Cuando despertó, miró a su alrededor, y se dio cuenta de que la habían llevado al zoológico de San Diego, conocido por su escasez de morsas. La morsa sacó el dedo de nuevo con la esperanza de que Jason Statham estuviera por allí, pero esperó, esperó y esperó, y Jason no se presentó. 

Un día la morsa levantó la vista para ver la multitud congregada expectante y reconoció a Tim Allen, que como es el tipo que hace siempre de Santa Claus en las pelis y sabe del Polo Norte, salvó a la morsa y le buscó trabajo en Zasavica, famosa reserva natural serbia, en compañía de un centenar de burras de los Balcanes. Allí fue catadora especializada en queso pule, hecho de leche de burra y considerado el más famoso y caro del mundo, con un valor de alrededor de mil cuatrocientos dólares por un kilogramo. De todos es conocido que las pollinas serbias producen muy poca leche y dado que se requieren veinticinco litros para producir un kilo de queso, pues no sale a cuenta. Las morsas usan sus muy sensibles bigotes, llamados vibrisas, como detectores de sabor, de ahí que pudiera catar el queso sin acabar con tan escaso manjar.

Y este podría ser el final feliz de la historia, pero lo cierto es que no fue así. Dos años más tarde la morsa era una adicta al queso, tuvo que ir a rehabilitación donde se hizo amiga del Monstruo de las Galletas, que estaba quitándose de las Oreo. Cuando fue dada de alta se mantuvo limpia durante tres años hasta que un día se confió y probó una tarta de queso y frambuesa. Después de eso volvió a ser una yonqui. Le compraba el género a un traficante de cheddar de los contenedores de Carrefour. La morsa se comió todo el queso que pudo, luego lo inhaló, se lo inyectó e incluso se lo fumó. Murió de sobredosis de gorgonzola. Pero la moraleja es que esa morsa fue una inspiración para todos los mamíferos pinnípedos acuáticos, demostró que nuestra inmersión en la causalidad y el mundo material es precisamente lo que nos libera; que la evolución, la historia y la cultura nos han dotado de sistemas de reacción que nos otorgan la capacidad única de reflexionar y pensar las cosas, pero sobre todo de imaginar el futuro; que el libre albedrío y el determinismo pueden coexistir y por tanto, que debemos luchar por nuestros sueños. Después de su muerte la convirtieron en una alfombra y aún se encuentra en el despacho del presidente de la Asamblea de la República de Serbia. Es la razón por la que al entrar en la en la plaza Nikola Pašić de la ciudad de Belgrado se siente un fuerte olor a camembert. O eso dicen.


La teoría del caos, el queso y San Fermín

Ernest Hemingway y Mary, su mujer, en los toros. Imagen: Corbis.
Ernest Hemingway y Mary, su mujer, en los toros. Imagen: Corbis.

José García Amurrio, de nacionalidad española, de setenta y tres años de edad, casado con Maribel Cuesta Martínez, dos años menor que su esposo, fue corneado en el muslo derecho y operado para suturar los daños sufridos cerca de la vena y arteria femoral de la pierna izquierda, en el séptimo encierro de los Sanfermines de Pamplona de este año, aunque el incidente ocurrió realmente en Balham, al sur de Londres, mientras estaba comprando quesos.

José García Amurrio es natural de Correpoco (población cántabra del municipio de Los Tojos), razón por la cual desde que se jubiló, y en un afán por reivindicar lo incoherente del nombre de su villa natal, pasa las vacaciones de verano en Pamplona, donde cada año y a pesar de su avanzada edad, desarrolla una impecable a la vez que frenética carrera por las calles empedradas de la antigua ciudad de Pompelon (como la llamaron Estrabón Ptolomeo) delante de los toros.

Este año el señor García Amurrio cedió ante las críticas de su esposa Maribel, preocupada por los riesgos que su cruzada toponímica suponía, y decidió disfrutar de las delicias del suroeste de Londres, emprendiendo una gira por Tooting, Balham y Clapham, culminando el tour pasando unos días en Brixton. Fue mientras visitaba Balham (que como todo el mundo sabe es un barrio del suroeste de Londres caracterizado por la simpleza de sus casas victorianas y sus tabernas, al tiempo que posee una atmósfera amigable y una gran población polaca) cuando se produjo el incidente.

Siendo su esposa doña Maribel Cuesta Martínez una aficionada sin par, una fan, incluso una hooligan como se diría hoy en día, de los quesos británicos, especialmente del conocido como Primula, variedad del cheddar famosa por llevar integrados trozos de jamón en el mismo, así como por su consistencia y densidad que hace que pueda ser fácilmente aplicado sobre galletas convencionales; y conociendo que es difícil de encontrar en el continente, la señora Cuesta Martínez solicitó vehementemente a su esposo el señor García Amurrio que se dirigiera presuroso a un supermercado local donde había una oferta de dos por uno.

No se imaginaba el señor García Amurrio que se iba a encontrar con la zona de quesos invadida por una masa de pensionistas autóctonos, miembros de una asociación vecinal polaca, decididos a comprar la mayor cantidad posible de tubos de tan delicado manjar. Fue durante la refriega por el pinrel cuando don José resultó corneado en la pierna por el paraguas de doña Marjorie Hemingway, de setenta y ocho años de edad, de ascendencia anglosajona como indica su apellido y su pelaje albahío, exactamente al mismo tiempo en que uno de los astados de la ganadería de los hermanos Bragado protagonizaba un dramático y agónico séptimo encierro de San Fermín.

Hagamos un pequeño inciso. La ganadería Hermanos Bragado se asienta en la finca El Cubeto, en Cubo del Vino, Zamora, donde históricamente nacieron reses que, criadas a la sombra del Duero, del Esla y del Órbigo, pusieron en pie a los principales cosos españoles. Solo una producción iguala en fama a la de los toros en Zamora. Naturalmente, se trata del queso zamorano, elaborado y curado a partir de la leche producida por ganado ovino de las razas autóctonas churra y castellana de la citada provincia, uno de los más populares de la cocina española, contando desde 1992 con la protección otorgada por su calificación como denominación de origen.

El caso es que en el supermercado de Balham una multitud de compradores situados en el callejón que conducía al despacho de quesos bloquearon la entrada, causando un angustioso tapón de gente y provocando, en ese tramo, al menos dieciueve heridos, aunque ninguno grave. Mientras, en Pamplona, el cornúpeta zamorano con un una romana de quinientos cincuenta kilos (mil doscientas libras) quedaba desorientado tras cubrir el trazado desde los corrales de Santo Domingo a la plaza de toros, setecientos cincuenta metros (novecientas veintiocho yardas) por las calles empedradas del casco antiguo de la ciudad, y sembraba el pánico entre los participantes, amontonados en la entrada de la plaza, resultando de todo ello herido en una pierna un francés, cuyo nombre no ha trascendido, natural de Balham, población perteneciente al departamento de les Ardenes, la región de La Champagne.

¿Casualidad? Aún hay más. Como el lector conocerá, Ernest Hemingway escribió sobre los encierros de Pamplona en su novela de 1926 The Sun Also Rises, publicada en España bajo el título Fiesta. Hasta aquí solo cabría alertar de la coincidencia de apellidos entre el escritor y la agresora involuntaria, pero es que sorprendentemente doña Majorie Hemmigway también escribió un artículo para el boletín del Instituto Local Femenino titulado Get Free Groceries en el que animaba a las personas a buscar gangas en los supermercados locales por la mañana temprano. La novela de don Ernesto tuvo un efecto sorprendente en la popularización internacional de los Sanfermines, al igual que el artículo de doña Margarita en la presencia masiva de jubiladas en los comercios de la zona.

¿Es responsable don José García Amurrio de que un francés residente en una localidad que se llama igual que el barrio de Londres donde él estaba de vacaciones resultara herido en el encierro? ¿Lo es Maribel Cuesta Martínez por insistir en ir a comprar queso Primula de oferta? ¿Todo empezó con Hemignway, Marjorie o Ernest? ¿O es el responsable el rey Alfonso VIII cuando en un documento dado por él en Monzón, fechado el 4 de julio de 1168, otorgó el señorío de Bárcena la Mayor al monasterio de Cardeña, lo que hizo que se convirtiera Correpoco en una entidad vecinal, junto con el resto de poblaciones que configuran Los Tojos, en Cantabria?

Cuando se le advirtió de tal efecto mariposa a don José García Amurrio, de los inverosímiles vericuetos y cabriolas del destino que produce la teoría del caos, donde dadas unas condiciones iniciales de un determinado sistema dinámico caótico, cualquier pequeña discrepancia entre dos situaciones con una variación pequeña en los datos iniciales, acabará dando lugar a casos donde ambos sistemas evolucionan en ciertas formas completamente diferentes; así como de la influencia del apellido Hemingway en su vida, este se encogió de hombros y declaró: «a veces pasa».


Invertido

Message in a bottle. Fotografía: Serguio Aguirre. (CC)
Message in a bottle. Fotografía: Sergio Aguirre. (CC)

Llorar es un escándalo del alma. (Mario Benedetti)

Revés del y derecho del igualmente leídos palíndromos cinco descubra: secreta llamada otra va ahí. Invertido texto este divertido encontrado haya que, lector loco, deseo y espero. A Cavar a Caravaca. Casa a huyendo Gump Forrest o casa a yendo Gump Forrest.

Socorro de llamada una de ocultas señales las interpreta que hombre del capacidad la y atención la admiración merecen también, obstante no. Elogio de dignos son valor su y tecnologías nuevas las de … hombre del dominio el, mujer la de ingenio el. (¿LOCO ESTOY QUE ES?; SEA MALDITA) «DAMMIT, I´M MAD». Corriente pedido un en secreto mensaje el leer al, Florida en allá, pizzería la de hombre del cara la imagine. Ojo.

Juntos acaban y buscándole está Sarah que pensar a acierta Walter. Ingrediente un de lugar en nombre su lea y cenar a restaurante un en entre Walter que hace destino el. «Egg hard-boiled with Walter» menú de cartas las de una en teclea y «linguae lapsus» un sufre, dado momento un en, ella. Contacto el perdido habían. Héroe su a añoraba. Duerme nunca que ciudad la en restaurantes para menús escribiendo sueldo un ganaba se Sarah: O’Henry de relato un en sucedía que parecida situación una recuerda me esto.

Continuaba agonía la. Teléfono el quitó le compañero su, después inmediatamente. «Me to 911 get, help please» visible apartado otro en tecleó, socorro de llamada su leía no Hut Pizza en mensaje del receptor el acaso si por. Hijos tres sus rehenes de condición en encontraban se ella con casa la en porque grande extra tamaño de pizza una en ajo el y pepperoni del debajo justo palabras esas insertó Cheryl.

«Rehén ayuda 911» modo otro de dicho o «help hostage 911» mágicas palabras tres coló que el en —smartphone su con— internet de través a pedido un hacer dejase le que de «dueño su» a convenció. Idea una tuvo Treadway Cheryl. Cuchillo un con mujer la a amenaza varón el. Móvil teléfono su arrebata le hombre el, mujer la de aislamiento el optimizar para y pareja su por voluntad su contra retenida es que joven una de historia la cuenta, brevemente, noticia la. ¿Acaso comeré mocos acá? (7.05.2015, El Mundo) «Hut Pizza de ticket un en llegó liberación la»: viernes pasado el publicado artículo un de culpa por viene me hoy de locura esta.

Lector amable, paciencia de poco un pido le. Laurence o Julio llamase se uno si como juego el siguiéndome hace demonios qué preguntando estará se punto este a llegado ha si. Haga lo no que digo le no. Habitual dirección la seguir prefiera vez tal. Ser de razón una tiene invertido texto este. Más todavía, revés del leer y esfuerzo un supone leer. Así cosa una hago que vez última la y primera la es esta que prometo le además. Sum mus. Izquierda a derecha de y arriba abajo de leer a acostumbrarse poco un cuesta. Favor por, aquí desde lectura la empiece


La increíble y triste historia de la Zambia libre y sus heroicos afronautas

02-HAMBA
Fotografía: Cristina de Middel.

El 12 de septiembre de 1962, ante treinta y cinco mil personas y en el estadio de fútbol de la Universidad de Rice, en Houston, Texas, John F. Kennedy dijo: «Hemos decidido ir a la Luna. Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer lo demás, no porque sean metas fáciles, sino porque son difíciles, porque ese desafío servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque ese desafío es un desafío que estamos dispuestos a aceptar, uno que no queremos posponer, y uno que intentaremos ganar, al igual que los otros».

Esas palabras trataban de responder a los hechos. El 4 de octubre de 1957 el Sputnik se convirtió en el primer objeto humano lanzado al espacio. Un mes después, la perra Laika fue el primer ser vivo en el espacio, donde estuvo cinco horas; Laika fue la primera de los doce perros que la URSS envió al espacio, cinco de los cuales regresaron vivos. En 1959 los rusos enviaron varias sondas que consiguieron fotografiar la Luna, y así se pudieron ver las primeras imágenes de su cara oculta. Todo ello hizo posible que el 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en viajar al espacio exterior, donde estuvo durante ciento ocho minutos; tripulaba la nave Vostok 1. Y, para colmo, en junio de 1963, una mujer, Valentina Tereshkova, fue enviada al espacio y dio cuarenta y ocho vueltas alrededor de la Tierra durante tres días.

¿Es que en Estados Unidos no tenían Lo que hay que tener, según el largo reportaje que publicó en forma de libro en 1980 Tom Wolfe (1)? «El Sputnik 1 se había convertido en el segundo acontecimiento decisivo de la guerra fría. El primero había sido la fabricación de la bomba atómica soviética en 1953. (…) El Sputnik 1 adquirió una dimensión mágica», dice Wolfe, y añade las palabras de Lyndon B. Johnson, jefe de la mayoría en el Senado: «El Imperio romano controló el mundo porque era capaz de construir caminos. Más tarde —cuando se trasladó al mar— el Imperio británico pudo dominar porque tenía barcos. En la era aérea fuimos poderosos nosotros porque teníamos aviones. Ahora, los comunistas han logrado asentar un punto de apoyo en el espacio exterior». Para el New York Times EE. UU. estaba en una carrera por su supervivencia.

Y la primera respuesta tras el lanzamiento del Sputnik fue el intento de colocar en órbita un satélite, el 6 de diciembre de 1957, dos meses después del éxito ruso. El cohete Vanguard TV3 que llevaba el ingenio se elevó apenas quince centímetros y explotó en directo, en televisión. La prensa tituló al día siguiente «¡Kataputnik!».

Pocos meses después nació la NASA. Y uno de sus primeros éxitos fue un logro menor: en la nave Mercury Redstone 2, Alan Shepard, el primer astronauta estadounidense, despegó el 5 de mayo de 1961, veintitrés días después del vuelo de Gagarin, para hacer un vuelo suborbital de quince minutos, es decir, sin dar una vuelta completa a la Tierra, menos relevante que el de Gagarin, que había sido orbital. Tras él voló, el 21 de julio de 1961 y sin llegar tampoco a orbitar la Tierra, Gus Grissom, quien, por cierto, murió en el accidente que sufrió en un entrenamiento de la misión Apolo 1, el 27 de enero de 1967, junto a los astronautas Roger Chafee y Ed White. Finalmente, EE. UU. consiguió el vuelo orbital el 20 de febrero de 1962 con la nave Friendship 7, tripulado por John Glenn, quien dio tres vueltas completas al planeta en cuatro horas y cincuenta y cinco minutos. Aquello, finalmente, subió la moral de los estadounidenses y el trato a Glenn, a diferencia del dado a Shepard y Grissom, fue de héroe, con recepción en la Casa Blanca y desfile desde la parte baja de Manhattan hacia Broadway. En septiembre de ese mismo año, 1963, Kennedy pronunció su famoso discurso prometiendo la Luna.

Queda patente, pues, que lo que nos llevó a la Luna fue la ideología modelando a la física y a la ingeniería. En palabras de Yuval Noah Harari, «Hay que tener en cuenta que las fuerzas ideológicas, políticas y económicas [son las] que han modelado la física, la biología y la sociología, y las han impulsado en unas determinadas direcciones al tiempo que ignoraban otras».(2)

Entonces, el 24 de octubre 1964, Zambia proclamó su independencia. Había sido hasta entonces Rodesia del Norte, el nombre que le había dado el empresario colonizador, Cecil Rhodes, que la había hecho británica a finales del siglo XIX. Y ese mismo año Zambia lanzó su programa espacial, que pretendía superar a los rusos y los norteamericanos y enviar a la Luna y a Marte a doce zambianos y diez gatos.

El impulsor de la idea era Edward Makuka Nkoloso, un visionario, traductor y profesor, un combatiente por la independencia que había estado preso por ello en 1956 y que formó parte del grupo que elaboró la Constitución de Zambia. Era profesor de ciencias naturales en Lusaka, la ciudad más poblada del país y su capital. En 1960 había fundado la Zambia National Academy of Science, Space Research and Philosophy, de donde salió el primer programa espacial de Zambia. Pretendía dejar atrás a Estados Unidos y a Rusia en la carrera espacial: «Nuestro pensamiento está cinco o seis años por delante del de ellos», aseguraba Nkoloso a la prensa.

Si se estudian con detalle los informes de la época resulta todo demasiado artificial, al menos, si uno se limita a los papeles oficiales, los conocidos, los que se hicieron públicos. Incluso se hicieron entrevistas en televisión a Edward Makuka Nkoloso en las que llama la atención lo poco profesional que parecía todo. ¿Era realmente así? ¿No había nada más? Nkoloso habla de sistemas derivados de catapultas, de hombrecitos en Marte de una civilización primitiva a los que habían visto con su telescopio y que el misionero que iría en el cohete convertiría al cristianismo «solo si ellos querían», de barriles lanzados cuesta abajo para simular el movimiento del cohete, de gatos trepando por un cuerdas y dejados caer para que sintieran la ingravidez.

La historia oficial dice que la aventura quedó pronto en agua de borrajas, que la joven de dieciséis años Matha Mwamba, destinada a ser la primera mujer de color en Marte, quedó embarazada y todo se fue al traste. A todo el mundo le vino bien que se echara tierra al asunto porque era demasiado ridículo, demasiado difícil para ser verdad. Y, sin embargo, era cierto, y llegó mucho más lejos de lo que nadie pudo llegar a imaginar. Documentos recientemente descubiertos así lo atestiguan.

¿Eran las fotos que publicó entonces la prensa las únicas que había? La fotógrafa Cristina de Middel, recogiendo antiguos apuntes ahora aparecidos, ha recreado el reportaje fotográfico de aquella aventura inconclusa. «Di con el tema de manera casual mientras me documentaba para otra serie que ha quedado pospuesta de momento. Se me abrieron literalmente las puertas del cielo. Con esta serie de fotos reconstruyo las escenas que podrían haberla documentado entonces y refuerzo su veracidad añadiéndole a esa certeza mi carga personal y el fruto de mi imaginación».

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Fotografía: Cristina de Middel.

¿De verdad no había nada más, era solo un sueño? D-503 es un personaje de la novela Nosotros, del escritor ruso Yevgueni Zamyatin (1884-1937). Nosotros (3) es la primera novela distópica y tuvo una enorme influencia en el 1984 de George Orwell. Pese a haber sido escrita en ruso, se publicó por primera vez en Londres y en inglés, en 1924. Relata una sociedad futura dirigida por el Benefactor, una sociedad controlada y en la que no existe la vida privada; de hecho, los edificios son de cristal para que nadie pueda esconderse. Escrita como crítica a la sociedad zarista, pero también a la soviética, incluye un viaje espacial y, de hecho, este es el principio de la novela:

Dentro de ciento veinte días quedará totalmente terminado nuestro primer avión-cohete Integral. Pronto llegará la magna hora histórica en que el Integral se remontará al espacio sideral. Un milenio atrás, vuestros heroicos antepasados supieron conquistar este planeta para someterlo al dominio del Estado único. Vuestro Integral, vítreo, eléctrico y vomitador de fuego, integrará la infinita ecuación del Universo. Y vuestra misión es la de someter al bendito yugo de la razón todos aquellos seres desconocidos que pueblen los demás planetas y que tal vez se encuentren en el incivil estado de la libertad. Y si estos seres no comprendieran por las buenas que les aportamos una dicha matemáticamente perfecta, deberemos y debemos obligarles a esta vida feliz. Pero antes de empuñar las armas, intentaremos lograrlo con el verbo.

En nombre del Bienhechor, se pone en conocimiento de todos los números del Estado único:

Que todo aquel que se sienta capacitado para ello, viene obligado a redactar tratados, poemas, manifiestos y otros escritos que reflejen la hermosura y la magnificencia del Estado único.

Estas obras serán las primeras misivas que llevará el Integral al Universo.

La novela fue prohibida en la URSS y no ha alcanzado nunca una gran popularidad, entre cosas porque 1984 la devoró. Sin embargo, según se acaba de saber en los archivos desclasificados del KGB, un físico e ingeniero ruso se convenció de ser él mismo D-503, el constructor de Integral, el cohete que surcaría el universo. De hecho, se desconoce su nombre real porque se hacía llamar D-503. Era el alma y la cabeza del proyecto espacial zambiano, del que Edward Makuka Nkoloso era una tapadera. Si quieres que algo no se vea, que no se investigue sobre ello, ponlo a la luz.

La Academia de Ciencias y su disparatada presencia pública, esas entrevistas sobre la vida de poblaciones primitivas en Marte, el misionero que les acompañaría… todo estaba perfectamente calculado por la fría mente de D-503 para que resultase un disparate monumental en el que nadie creyera. Pero era una tapadera detrás de la cual estaba el ingeniero y físico desconocido, D-503, autor de un auténtico proyecto para ir a la Luna, no a Marte.

Así, la historia oficial nos cuenta que el programa espacial zambiano era un sencillo disparate de mandar doce astronautas y diez gatos a la Luna y Marte, superando así el reto que se habían propuesto Estados Unidos y la Unión Soviética en plena carrera espacial. Estaba claro que solo unos pocos optimistas apoyarían la peregrina idea de Nkoloso, el profesor de secundaria que era la cabeza visible del proyecto. Nkoloso había sido sargento en una unidad de comunicaciones en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial, y de ahí deriva su prestigio y los cascos que sus afronautas llevaban puestos todo el día. Ni la Unesco ni Naciones Unidas respondieron a las cartas de esta Academia. De hecho, el ministro de Industria de Zambia en aquella época, E. N. Kamuyuw, habló desdeñosamente del proyecto, pero era una carta para incrementar las habladurías.

El cohete de Nkoloso se llamaba D-Kalu 1, la sempiterna D, pero era, también, un nombre en clave tras el que se escondía la auténtica nave, el Integral. Nkoloso pidió siete millones de libras a la Unesco y esperaba recaudar casi dos millones más de fuentes privadas. El término afronautas también nació de su fértil mente. La partida estaba prevista para el 24 de octubre de 1965, la celebración del día de la independencia, y se haría desde el estadio nacional, el Independence Stadium.

Edward Festus Makuka Nkoloso murió en 1989 y en su país le enterraron con honores de presidente. Es uno de los siete únicos no soviéticos que recibió la Medalla del Jubileo Cuarenta años de la Victoria en la Gran Guerra Patriótica 1941-1945. ¿A qué se deben tantos honores, nacionales e internacionales, a alguien que, aparentemente, se había desacreditado a sí mismo de esa manera? A su silencio. Pese a que cuando el programa se fue al traste denunció en la prensa que había sido víctima de un complot internacional, la verdad es que eso duró muy poco y que pronto se dedicó a otros menesteres. Su silencio le salvó la vida y le permitió los reconocimientos al llegar a la vejez.

Y es que la verdadera historia, revelada en los documentos desclasificados en Moscú, es que el cohete llegó a despegar y fue abatido a los diez minutos de vuelo en una operación conjunta del KGB y de la CIA. D-503 fue detenido por fuerzas especiales rusas y llevado al cosmódromo de Baikonur, donde fue puesto a disposición de Serguéi Pávlovich Koroliov, la persona a la que el líder soviético, Nikita Jrushchov, había hecho responsable máximo del diseño de naves del programa espacial ruso. Juntos idearon las naves Soyuz, al menos la primera.

La ventaja que los rusos habían adquirido en la carrera espacial se mantenía a mediados de los años sesenta y así, la cápsula Soyuz 1 iba a permitir, acoplándose a la Soyuz 2 (soyuz en ruso significa ‘unión’), dar un paso importante en la carrera hacia la Luna. Pero la Soyuz 1, que despegó el 23 de abril de 1967, se estrelló en su regreso a la Tierra, el día siguiente, por un cúmulo de fallos técnicos y su piloto, Vladimir Mijailovich Komarov, se convirtió en el primer ser humano muerto tras estar en el espacio.

El accidente de la nave Soyuz 1, tres meses después del del Apolo 1, fue el primero de envergadura en el programa espacial soviético y fue causado por un buen número de problemas, empezando por un panel solar que no se abrió tras el despegue, lo que limitó la capacidad de las baterías para alimentar la nave y permitir a Komarov maniobrarla, y terminando por que el paracaídas principal no se abrió porque el paracaídas guía no hizo la suficiente fuerza sobre él, así que se estrelló a doscientos kilómetros por hora contra el suelo, momento en el que se incendió debido a que se pusieron en marcha los retrocohetes, que tenían que haber funcionado antes para disminuir la velocidad de caída. Ahora se ha sabido que todos esos fallos no fueron casuales: era la venganza de D-503, que fue fusilado a los pocos días del accidente.

D-503, desde luego, no había perdonado a los rusos que eliminaran su cohete zambiano, el Integral. En los papeles desclasificados se dice que la trayectoria no era la prevista y que probablemente se hubiera estrellado él solo, pero la verdad es que fue alcanzado por tres misiles SA-2E de la serie V-750AK lanzados desde Vietnam del Norte, donde estaban instalados desde pocos meses antes.

El día, efectivamente, fue el 24 de octubre de 1965. El Integral despegó a las 9:33, hora local, desde la base secreta en Kawbe, una ciudad en el centro del país, al norte de Lusaka. Ahora hay ahí un campo de golf, el Kawbe Golf Course. Desde hacía tiempo el KGB y la CIA seguían la operación de manera conjunta, tal y como ahora sabemos que ocurría con cierta frecuencia, como en el complot mongol que ha puesto de manifiesto Rafael Bernal (4), un intento de asesinato en México del presidente de EE. UU. más o menos en las mismas fechas. Uno de los afronautas era un espía que informaba a las agencias de inteligencia, que no tuvieron dificultad para saber el día y la localización del despegue. A bordo iban el afronauta Chisamba Nkausu Lungu y dos gatos. A treinta y cinco kilómetros de altura el impacto no fue percibido por nadie. En África nadie miraba al cielo; nadie echó de menos a los afronautas.

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Fotografía: Cristina de Middel.

1. Lo que hay que tener, Tom Wolfe, Anagrama, 1981, pág. 63.

2. De animales a dioses, Yuival Noah Harari, Debate, Barcelona, 2014, pág. 304.

3. Nosotros, Evgueni Ivánovich Zamiátin. Cátedra, Madrid, 2011.

4. El complot mongol, Rafael Bernal, Libros del Asteroide, Madrid, 2014.


Ojos de gato

Fotografía: Richard (CC).

The air itself is one vast library, on whose pages are forever written all that man
has ever said or woman whispered. (Charles Babbage, The Ninth Bridgewater Treatise, 1838).

Cada objeto es un espejo de todos los otros. (Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, 1945).

All is now secure and fast;
Not the gods can shake the Past.
(Ralph Waldo Emerson).

Estábamos hablando por Skype, nuestro primer contacto desde que llegué a Tucumán para trabajar en el descubrimiento. En el rectángulo de su escritorio en Pasadena, Sandra tenía puesta una musculosa verde y esos aros metálicos que me gustan, no tanto por su forma de media luna rodeada de un disco anular, sino por el campanilleo sensual que producen al chocar.

«¿Qué harías si pudieras ver el pasado?», le dije. Levantó el mentón y fijó la mirada en la cámara. Sus aros pendularon un poco y sus ojos se agrandaron, entre la alegría y el miedo.

«Ver el pasado» puede significar muchas cosas. Recordar, por ejemplo, es una forma doméstica del viaje en el tiempo. Una pintura rupestre, una fotografía, un documental, registran la inmortalidad visual de lo ocurrido, y parecen corroborar una verdad sagrada: el pasado existió. Para nosotros, en esos días, ver el pasado tenía un significado literal. La rigidez del tiempo es ilusoria; solo disponemos del presente, esa hendija efímera entre dos eternidades. Las reconstrucciones del pasado son tan incompletas como las predicciones. Los archivos son caricaturas y cada nueva observación de un evento, dice la física cuántica, lo redime de su incertidumbre y lo redefine.

Todo había empezado en una conferencia de Gabriel Lichtman, uno de los astrofísicos más iconoclastas del siglo, en un congreso en la Scuola Normale de Pisa. El título de su charla era «Seudoestrellas con grabados cristalinos (patterned) en la superficie». Pero desde el principio dijo que las llamaría Ojos de Gato, porque las imaginaba como retroreflectores parecidos al ojo de gato de la bicicleta: un motivo regular de huecos espejados, cada uno con tres planos a noventa grados, como la esquina de un cubo, que fuerzan a la luz a invertir su camino y regresar a su fuente. Un ojo de gato ideal es un espejo en el que estamos condenados a vernos de frente. Y si la conjetura de Lichtman fuera cierta, el universo estaría sembrado de estos reflectores, gigantescas esferas espejadas flotando en la discoteca silenciosa del cosmos.

En el congreso de Pisa había pocos participantes, la mayoría expertos en ciclos estelares, nombres que yo ya había encontrado como firmas de trabajos que entendía a medias. Las charlas eran en la sala del tercer piso, con ventanales que daban a un panorama irregular de tejados rojizos.

Lichtman mostró una maqueta esférica de su ojo de gato tal como los concebía, del tamaño de una pelota de playa, y la fue pasando entre el público. «Este podría ser un ojo de cerradura al pasado», dijo, «la cámara oculta de la historia». Los encumbrados de las primeras filas sonrieron. Tendría que ver para creer, dijo Richard Marburger, el Carlomagno de las aplicaciones militares de la ciencia y director de la Agencia; «además, el verdadero negocio está en predecir el futuro», agregó irónico. «Sin embargo», reaccionó Lichtman levantando la voz y los brazos, «recordemos las palabras de Guido Beck: en las luchas entre historiadores es más difícil predecir el pasado que predecir el futuro».

La esfera llegó a mi lugar en la última fila. A mi derecha estaba Sandra. La había visto en la mesa de registros, pero hasta ese momento no habíamos cruzado miradas. Giré la esfera a un lado y hacia otro y, a pesar del movimiento, siempre veía mi cara replicada en los fragmentos de ese caleidoscopio curvo. Mientras inspeccionaba la maqueta, ella espiaba de reojo y miraba su rostro reflejado por el mismo sistema tridimensional de espejos. Quise pasársela y ella, mostrándome la palma de su mano derecha, dijo «gracias, ya entendí la idea». «Interesante, ¿no?» dije, mirándola a los ojos. No me contestó.

En los pasillos, durante los intervalos de café entre charla y charla, algunos discutieron la plausibilidad de los ojos de gato. Según Lichtman habría miles de millones, pero no había dado indicios de cómo podría hacerse para detectar el primero. Para el consenso general era una idea especulativa, otra de sus extravagancias.

En la cena de cierre me senté al lado de Sandra. Le saqué el tema de las estrellas de Lichtman. Me contestó con desinterés. Luego hablamos de nuestros temas de doctorado. Los dos estábamos buscando trabajo posdoctoral y los dos, a la mañana siguiente, teníamos una entrevista con Marburger. Pensé que ese sería el fin de toda posibilidad con ella, pero luego de un desayuno en el que Marburguer nos hizo preguntas generales y se concentró más en sus huevos con panceta que en nuestras respuestas, nos contrató a ambos.

Ya en Pasadena, nos puso a trabajar juntos en sistemas ultrasensibles de procesamiento de imágenes. A los pocos meses encontramos una extensión de los trabajos de Terence Tao sobre compresión de datos, y resolvimos uno de los viejos problemas del área: cómo reconstruir la imagen de una fotografía completamente borrosa. La información está ahí, latente pero velada. Nuestro algoritmo permite desanudar la maraña de rayos y de ondas que para el ojo son manchas erráticas, interpolar información faltante, y reconstruir la imagen original con nitidez casi perfecta.

Esa misma tarde pedimos una cita con Marburger.

Llevamos un informe escrito y le explicamos la idea, por momentos hablando uno encima del otro. «A ver si es cierto», dijo Marburger. Tomó una revista de su escritorio, el Harper´s de la semana anterior. Arrancó una página con una foto clásica de Marylin Monroe intervenida para una publicidad de Versace. Abrió el cajón inferior de su escritorio y sacó una cámara digital. Abolló la página y le sacó una foto con la lente desenfocada, para exagerar la distorsión. «A ver», dijo con tono desafiante, y nos pasó la cámara. Sandra cargó el collage de manchones en su laptop. Corrió el programa y, de a poco, emergió la imagen nítida de Marilyn con su icónica pollera blanca revuelta por la ventilación del subterráneo. Si bien ya habíamos controlado el método con varias fotos borrosas, y el algoritmo era incuestionable, esa inversión visual del desorden al orden me seguía desconcertando.

«Esto es bueno», dijo Marburger. «Realmente bueno», repitió mientras apretaba la barra espaciadora, y Marilyn volvía a surgir, radiante, de esa tiniebla de manchas.

Mientras Marburger se divertía con el programa, Sandra me miró como preguntándome algo y luego, con voz firme, dijo: «teníamos pensado probar el método con los ojos de gato de Lichtman, sería un test interesante». Marburger sacó la mano de la barra espaciadora. «Ah, veo que ya se enteraron del paper de Los Álamos», dijo, «esa información no debería haberse publicado, son resultados muy preliminares». Miró a Sandra por encima de los anteojos y, con una sonrisa paternal, dijo: «Yo creo que ustedes deberían concentrarse en escribir un informe detallado de esto. Entre tanto, voy a comentárselo al secretario de Defensa y, cuando lo terminen, hablamos».

Salimos de la oficina en silencio. No sabía nada de este nuevo paper, le dije por el pasillo, sin mirarla. Parece que se detectó un ojo de gato en la zona de Delta Trianguli, dijo. Y pasos después, sin mirarme, agregó: «¿Te gusta la comida tailandesa? Me recomendaron un lugar por mi barrio».

Llegué a las ocho en punto, como habíamos quedado. Sandra estaba en la mesa, mirando el menú como si fuera un documento oficial. Y al costado, el trabajo de Los Álamos, con garabatos y marcas de resaltador amarillo. Se sorprendió cuando me vio al lado suyo y sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír en los meses que llevábamos trabajando juntos. Y es la primera vez que nos sentamos frente a frente, pensé, y casi se lo digo. Tenía los labios recién pintados de un rojo intenso. «¿Te tienta algo?», dijo sin quitar los ojos del menú. Interpreté la pregunta en todos sus sentidos y me puse tenso. Lo notó, y dijo «¿Qué opinás de Marburger?». Sin darme tiempo, se contestó ella misma: «Mirá, Marburger es un zorro, y lo más seguro es que, en algún cuarto cerrado, varios expertos estén probando nuestra técnica ahora mismo. Lo que yo creo, dijo, es que pronto, apenas Defensa se entere, esto va a quedar fuera de nuestras manos; no nos queda otra cosa que tomar la iniciativa y aplicarla nosotros mismos a los ojos de gato». Iba a preguntarle cómo, y a recordarle que, a pesar de lo que decía el trabajo de Los Álamos, los ojos de gato eran solo una hipótesis, cuando llegó la moza. Ella encargó algo impronunciable y yo lo mío sin pensar. Puso el trabajo en su bolso, que colgaba de su silla, y al girar el cuerpo la musculosa violeta oscuro se tensó, revelando el contorno del corpiño. La luz iluminó el tatuaje en su hombro derecho y los aros hicieron el chasquido metálico. Puso los codos en la mesa, apoyó el mentón sobre los dedos cruzados y me miró con sus ojos bien abiertos. «Esos sí que son ojos de gato», pensé, y casi se lo digo. «Por lo que dice el trabajo, la detección de los ojos de gato sería sencilla», dijo, «sobre todo para alguien experto en arreglos de telescopios como vos. ¿Cuánto tiempo te llevaría armar uno». «No más de dos días», contesté, y me quedé pensando. «Ya sé lo que estás calculando», dijo, «la distancia a Delta Trianguli es treinta y cinco años luz, eso dice el paper». El cuándo quedaba definido: aplicando nuestra técnica podríamos ver el pasado de hace setenta años, el tiempo que tarda la luz en ir y volver al ojo de gato. Faltaba decidir el dónde.

Llegaron los platos. El mío eran tiras de pollo en una salsa amarilla. Lo suyo tenía langostinos. Apretó uno haciendo pinza con el índice y el pulgar derecho y se lo llevó a la boca. «¿Y?», dijo, «¿Dónde enfocarías si pudieras ver el pasado?».

Esta vez me dejó contestar. «Vería a mi madre», le dije, «murió cuando yo tenía tres años, solo tengo algunas fotos suyas, las historias de familia, y un cuaderno en el que había empezado a anotar recuerdos de la infancia cuando le detectaron el cáncer». Sandra levantó los hombros, puso las palmas hacia arriba, y se inclinó hacia mí en silencio, diciendo, en la callada jerga de los gestos, ¿qué estás esperando?

No tomamos alcohol ni comimos postre. Salimos del restaurante con un plan, y eso atenuaba mi ansiedad por abrazarla. En las dos o tres cuadras que la acompañé hasta su casa apenas hablamos.

Cuando llegamos a su puerta traté de besarla. Giró la cabeza, esquivándome con precisión de aikido. «¿Te gustó la comida?», dijo. «Ah, me encantó», dije, «nunca había probado una comida tailandesa tan rica». Sacó las llaves del bolso, me dio un beso de aire y subió la escalera de la entrada en dos saltos. Mientras abría la puerta giró la cabeza y con una sonrisa traviesa dijo: «Hindú, lo que comimos era comida hindú».

Camino a mi departamento deambulé un poco. Las estrellas ya no estaban en silencio. Recordé el poema «El docto astrónomo» y respiré, yo también, en soledad, el místico aire de la noche. Pero de a poco me volvió a arrastrar la inercia implacable de la charla durante la cena: así como hay luz que nos llega del Sol y de las estrellas, la Tierra envía luz al espacio; luz reflejada y luz que emiten las ciudades. Las imágenes de los bosques y de los mares son información que viaja al cosmos, esferas concéntricas que se dilatan y se alejan, como los círculos del agua, pero a la velocidad de la luz. En un constante dialecto lumínico, la Tierra narra su autobiografía. Y gracias a nuestra técnica y a los ojos de gato, podríamos reconstruir el eco óptico de lo sucedido.

Al girar la última esquina pensé en potenciales aplicaciones: resolver enigmas de la historia, desde los más próximos —el avión perdido de Malaysia Airlines, la inocencia de Sacco y Vanzetti, los exploradores chinos que llegaron a América en 1420, la crucifixión de Cristo, el círculo de homínidos alrededor del primer fuego— hasta los más remotos —la extinción de los dinosaurios, la primera flor, el origen de la vida, acaso la conformación de la Tierra en su incandescencia primigenia—. Y más allá de confirmaciones o refutaciones de teorías conspirativas o hallazgos de importancia histórica y política, pensé en las frivolidades de la industria del entretenimiento: imágenes proyectables de la batalla de San Lorenzo, en vivo y en directo desde el lugar de los hechos, la posibilidad de apretar replay en la construcción de Stonehenge o en las fiestas del Marqués de Sade en el castillo de Arcueil. Si, como dice Lichtman, hubiera realmente miles de millones de ojos de gato sembrados en el espacio a distintas distancias de la Tierra, sería posible acceder al testamento visual del planeta y condensarlo en un multitudinario y simultáneo ahora.

Al llegar a mi cuadra me vibró el celular. Era un SMS de Sandra: «¿Ya hiciste la reserva?».

Al día siguiente viajé a Tucumán. Con la ayuda de estudiantes del doctorado de Astronomía armé el sistema de receptores en Las Piedritas, donde hoy hay plantaciones de soja. Los dueños, los Frías Melo, amigos de mis padres, me permitieron instalar ahí el arreglo de detectores, centrados en el lugar donde mis abuelos vivieron antes de mudarse a la capital, para que mi madre y mis tías fueran al colegio. Los estudiantes no preguntaron mucho. En una entrevista que me habían hecho para La Gaceta meses antes, había contado mi trabajo posdoctoral en La Agencia, un organismo que promueve proyectos estratégicos, sobre todo de búsqueda de inteligencia extraterrestre. Los estudiantes montaron los telescopios bajo la fantasía de ser parte de una investigación secreta. En dos días el arreglo estaba en funcionamiento.

El miércoles instalamos una antena satelital in situ y un laboratorio de procesamiento en un ómnibus que me facilitó la gente de la Universidad Tecnológica. Sacamos electricidad de la casona que hoy usa la hija de los Melo como estudio de pintura, un edificio restaurado que conserva cenefas metálicas y molduras de estilo inglés, con horco molles frondosos en la parte de atrás. El desafío mayor fue la sincronización de los datos con nuestro programa de análisis de imágenes. Esa parte la hice sin los estudiantes. El acuerdo con Sandra era no usar —a menos que fuera indispensable— ni chat, ni e-mail, ni Skype, que dejarían rastros que podrían llegar a Marburger. El único contacto con Pasadena era la conexión remota con las supercomputadoras de la Agencia, para procesar la información de los telescopios.

El jueves estaba casi todo listo, salvo por unos ajustes al programa para la sincronización de la imagen móvil. La noche estaba despejada. Prendí los equipos y, para mi asombro, las imágenes aparecieron de inmediato, sin necesidad de tocar los controles.

Los descubrimientos científicos tienen algo de mágico (magia e imagen son la misma palabra). La naturaleza guarda sus secretos en cofres de seguridad y, en las últimas instancias de la investigación, el secreto se devela solo, como si Dios nos estuviera diciendo: si llegaste hasta aquí, te concedo la última ayuda. Lo había leído y escuchado en crónicas de otros descubrimientos y me tocó vivirlo ante la primera imagen, cuando faltaban calibraciones que juzgaba indispensables.

En el costado derecho de la pantalla se veía la parada de Las Piedritas del ferrocarril Central Córdoba, con tres árboles pequeños. Eran horco molles. El viento agitaba las hojas, en un oleaje sincrónico que se propagaba de copa en copa. Miré por la ventana y, por la distancia a la casona, tenían que ser los mismos árboles. Hice una búsqueda rápida por internet; no encontré sus tablas de crecimiento, pero como el tronco de un árbol dilata su perímetro unos tres centímetros cada dos años, el aumento de tamaño se correspondía con los setenta años transcurridos. Luego, un lento tren con un cargamento de cañas de azúcar entró en la pantalla. Bajó la velocidad, pero pasó sin detenerse en la parada. Volví a mirar por la ventana. Las vías ya no estaban. El mismo tren cañero que mi madre describía en su cuaderno estaba ahí, recobrado de la amnesia del pasado por nuestra cámara del tiempo.

Ansioso y en un estado de confusión, abrí el Skype y me conecté con Sandra. Volvía de correr. Su musculosa verde tenía pequeñas manchas de transpiración. Diez kilómetros en cuarenta y tres minutos, dijo. No tenía los aros, pero se los puso mientras hablábamos, como si fueran auriculares.

«¿Y? ¿Cómo va todo?», dijo. Y fue ahí cuando repetí sus palabras: «¿Qué harías si pudieras ver el pasado?». «Ya mismo salgo para allá», dijo sin parpadear.

***

Me había dicho que llegaría el lunes a la mañana. Mientras, yo ajustaría detalles del procesamiento de las imágenes. Dentro del entusiasmo del hallazgo, me inquietaba un detalle legal. Estábamos usando software propiedad de la Agencia y, si bien era una prueba preliminar, con imágenes de mi pasado de familia, el descubrimiento tenía potenciales aplicaciones militares. Marburger tendría que saberlo cuanto antes. Con su aprobación, el hallazgo explotaría en diarios de todo el mundo. Exultante, llegué a vislumbrar el premio Wolf, o quizás la medalla de la Astronomical Society, o ambos, compartidos con Lichtman por supuesto.

El lunes a la mañana la fui a buscar al aeropuerto. Camino a Las Piedritas se asombró del verde subtropical. Es más selvático de lo que imaginaba, dijo. Fue su único comentario. Estaba ansiosa por ver las primeras imágenes. Miró por la ventanilla del auto, como si pudiera hacer que anocheciera antes.

Al llegar dejó su bolso en el auto y caminó a toda prisa al ómnibus. Se sacó el abrigo sin sacar la mirada de la pantalla. Se sentó al frente de la laptop y tomó el comando del programa. En segundos, apareció una imagen en blanco y negro, levemente móvil, de una zona aledaña del campo. «Qué impresionante la resolución que conseguiste», dijo, «esto es histórico». «En una hora vas a ver a mi madre exactamente aquí, en este lugar donde estamos parados, pero hace setenta años», dije, y al decirlo me emocioné.

Esperamos en silencio, cronometrando las sombras, hasta que apareció en la pantalla, vistos desde arriba, un descampado, los horco molles, una vaca overa que se movía muy lentamente y, por atrás, persiguiéndola, una niña de siete años.

La niña miró al cielo. Una brisa le despeinaba unos rulos no muy largos. Era mi madre, pero era una niña, en un pasado extrañamente simultáneo. Recuperé un sentimiento de infancia: alguien que hoy es viejo no puede haber sido un niño, como si niños y viejos fueran seres de especies diferentes, o que transitaran líneas temporales disconexas. Esa niña es otra persona, pero es mi madre, antes de encontrarse con el futuro que me llevaría a este presente. «Es una niña hermosa», dijo Sandra. «Sabés que sí, fue una mujer hermosa. Al menos eso me decían siempre. Aunque es extraño hablar de la belleza de la madre, ¿no es cierto?». Años después de su muerte busqué fotos suyas, y traté de identificar la belleza de la que tanto me hablaron. Pero no la vi. Seguía siendo mi madre, una mujer aparte del resto de las mujeres, un rostro inmune a la categoría de belleza. Y tampoco la vi en esa chiquita.

Ya habíamos cronometrado las sombras. Eran las once de la mañana del 21 de setiembre de 1944. La niña tapó con una mano la luz del sol. En la otra tenía una ramita de horco molle que, segundos antes, con la solemnidad del niño cuando juega, usaba de látigo, o pincel con el que trazaba formas invisibles en el cuerpo de la vaca. «Está mirando al cielo, qué raro, ¿no?», dijo Sandra. «No, está mirando las palomas», dije. «Fíjate en las sombras». Costaba discernirlas pero eran palomas. Algunas cruzaron por la pantalla, ocupando a veces casi todo el campo visual. «Mamá les dedicó varias páginas de su cuaderno», dije. Según ella eran palomas mensajeras que amaestraba mi abuelo. Para mi abuela eran simples palomas que se habían afincado en los rincones externos de la casa. Mi madre describió cómo volaban por los alrededores y a veces se alejaban de la casa. Y cómo siempre volvían. Las palomas, que me habían parecido una fantasía de mi madre, estaban ahí. La niña volvió a mirar hacia arriba. Sandra amplió la imagen. Bellísima, dijo, y no me quedó claro si hablaba del rostro de esa niña, o de la foto móvil de esa niña, o del hecho insólito de estar viendo su rostro, o de todo eso junto. La imagen no era perfecta, tenía una intermitencia de canal con mala recepción, por momentos difusa y por momentos demasiado nítida, algo entre las imágenes del aterrizaje lunar y una animación de Pixar en blanco y negro, con la precisión artificial impuesta por nuestro algoritmo.

Una paloma se apoyó en el lomo de la vaca. Mi madre soltó la ramita y alzó las manos, como en una plegaria, como diciéndole «vení» a la paloma. La vaca dio un paso lento y la paloma voló. De pronto estábamos entretenidos por la película.

Las imágenes tenían algo de fantástico y a la vez de prosaico, de desilusión óptica. Lo extraordinario, visto de cerca, pierde la coraza magnificadora de lo hipotético, que convierte lo asombroso en irreal, y se vuelve ordinario. Era, es cierto, el rostro de mi madre, en vivo, y a la vez no era más que eso, el rostro de mi madre. Y luego la escena transmutaba a lo fantasmal, y nos convertíamos en profanadores de cronologías, en voyeuristas de una televisación de ultratumba.

«Tenemos que brindar», dijo Sandra. Abrimos un vino tucumano que me habían regalado los estudiantes. Nos besamos. Me desnudó con habilidad, como dejando claro que no habría amor entre nosotros, o al menos de su parte; solo un intercambio celebratorio de fluidos corporales. Su cuerpo me pareció perfecto, sobre todo comparado con el mío, que nunca estuvo en forma. Se lo dije y me dijo «juntá los labios», y su lengua dibujó infinitos sobre mi boca cerrada.

Al despertar, Sandra no estaba a mi lado. Pensé que se había levantado a preparar el desayuno pero, para mi desconcierto, se había ido. Dejó un post-it en la pantalla: «no es una buena idea que sigamos juntos». Prendí las computadoras. Los programas estaban vacíos. Ya con un ardor en el estómago revisé lo contactos y los cables. Las apagué y prendí varias veces. Traté de conectarme a los servers de la Agencia pero la contraseña no funcionaba. Llamé por teléfono a Marburger (¿tendría que ver él con ésto?) Sonó (o fingió estar) confundido. No entiendo tu tono acusatorio, dijo con parsimonia de capomafia. Le expliqué el hallazgo, aunque simultáneamente tenía que darle explicaciones por no habérselo comunicado, y reclamarle por haberme hackeado las computadoras. «¿De qué me estás hablando?», dijo.«Los ojos de gato», le dije. «Los ojos de gato existen. Anoche sintonizamos uno en el espacio y pudimos ver imágenes del pasado». «¿Estás seguro de que no estabas viendo televisión?», dijo. «¿Qué clase de trampa es esta, Marburger?», le dije. «Calma», me dijo en tono paternal, «si te olvidás de este delirio, yo me olvido de tu transgresión; en la Agencia hay otros desafíos interesantes y realistas que van a requerir de tu talento». Colgúe y tiré el celular contra el piso. Revisé el pen drive en el que guardo los backups. También estaba vacío.

Sin acceso a los servers la repetición de la observación sería imposible. Renuncié a la Agencia y acepté una oferta que me habían hecho en Oberlin un año antes y que seguía abierta. Un puesto docente, sin obligaciones de investigación.

En los meses que siguieron busqué en Google y en el Web of Science para ver en qué andaba Sandra. No publicó nada después de Tucumán. En Oberlin me dediqué a preparar las clases, entregado a la rutina académica, sin prestar atención a las novedades. Hasta que, a pesar de mi desidia, una hilera de noticias anómalas en medios masivos penetraron las persianas de mi indiferencia. Primero fue la prueba definitiva, publicada en la tapa del New York Times, del método de construcción de las pirámides de Egipto, con planos tridimensionales muy precisos del sistema de rampas. ¿Prueba definitiva? ¿Cómo podría saberse definitivamente algo sobre lo que hay apenas evidencia fragmentaria del tiempo de los faraones? Eso solo sería posible si alguien tuviera acceso a las verdaderas imágenes del pasado, pensé. Y a los pocos días, en CNN, imágenes inéditas, tomadas con una «cámara cenital», de la Dealey Plaza, en Texas, durante el asesinato de Kennedy. Por primera vez, aparece evidencia visual, incuestionable, de un segundo disparador. La hipótesis de que Oswald no actuó solo, adoptada incluso por el comité especial del Senado en 1978, dice el comentarista, queda ahora finalmente confirmada. ¿Cámara cenital? Esas imágenes solo podrían haberse registrado usando ojos de gato a veinticinco años luz de distancia. Desesperado, llamé a Sandra. Había cambiado de número. Traté de ubicar a Marburger pero su secretaria me dijo que volviera a llamarlo la semana siguiente.

A la noche, cuando mi desconcierto se acercaba al delirio, me llamó Sandra, sorprendida de que tratara de contactarla. Su tono era impostado. Le mencioné los últimos eventos. «¿Estoy loco?», le dije, «esto no puede ser coincidencia. Marburger robó mi algoritmo y ahora está usando la técnica de los ojos de gato, los de la Agencia están usando la técnica, no me digas que no». Me pidió que me tranquilizara, que no me convenía insistir con esto, que dañaría mi carrera. «Al fin y al cabo», dijo,« ¿viste los últimos trabajos de Lichtman?». Y, sin dejarme contestar, agregó: «se rectifica, explica sus errores de cálculo y los llama “el más creativo de mis fiascos”. Los ojos de gato son la fusión fría, la triple hélice de Pauling, el flogisto de la astronomía, todo eso junto, dijo, con una arrogancia repugnante. La comunidad científica ya cerró el caso, salvo vos, claro», agregó irónica, «y la Agencia no quiere saber más de esto; olvidémonos de lo que vimos». «No puedo creer lo que estoy escuchando», le dije, y mientras lo dije me sentí fuera de la gran manada. Pensé en lo inútil que sería gastar mi tiempo en refutarla y en ponerme a Marburger en contra. Colgué el teléfono sin saludarla.

Consulté los últimos trabajos de Lichtman. En efecto, explicaba su error, y daba detalles de la implausibilidad de la existencia de los ojos de gato. Su retracción pasó desapercibida en los sitios de ciencia, salvo por una entrada breve en la revista The New Astronomer, titulada «El gato estaba ciego». Varias veces pensé en llamarlo y contarle nuestra observación, pero la cláusula de confidencialidad en el contrato con la Agencia era implacable. Decidí seguir con mi vida.

A los pocos días, quizá de pura coincidencia, o quizá no, recibí una invitación para hablar en un congreso de procesamiento de imágenes en Montreal, a mediados del verano. Sandra estaba en la lista de expositores y Marburger era uno de los organizadores. No tenía resultados nuevos ya que las obligaciones docentes me habían acaparado el tiempo, pero acepté, sobre todo por las ganas de volver a verla, de calibrar mi sentimiento hacia ella.

En la recepción del congreso me encontré con varios conocidos de tiempos del doctorado en Chicago. Mientras recordábamos anécdotas vacías, cosas de colegas semiamigos, vi a Lichtman. Estaba solo, cerca de la mesa de tragos. Me acerqué a saludarlo. Lo noté avejentado, lánguido, una versión lobotomizada del Lichtman vivaz de Pisa. Le pregunté sobre sus ojos de gato. «Fue un error del modelo estelar», dijo con un gesto brusco de cabeza cuya onda expansiva le volcó el vino sobre la camisa. «Oh, mi Dios», dijo mirándose las manchas, y se perdió zigzagueando entre el murmullo de astrónomos. Giré la vista y la vi. Estaba de espaldas, en el extremo opuesto del salón, conversando muy alegre en un círculo de prominentes que sostenían sus copas y sus platitos con hors d’oeuvres. Marburger, que estaba a su lado, se dio vuelta y me miró. Hice un ademán para saludarlo pero no respondió.

Luego de la recepción salimos al patio para la foto colectiva. Cuando el fotógrafo pidió la proverbial sonrisa, sentí el centelleo sonoro de sus aros. Nos miramos y juntos, por motivos acaso diferentes, miramos al cielo, que estaba completamente despejado.

Fotografía de portada: Alexandre Duret-Lutz (CC).