¿A quién le importa el coral rojo?

Rama de coral rojo a unos 20 metros de profundidad con los pólipos abiertos. Foto: Sergio Rossi.
Rama de coral rojo a unos veinte metros de profundidad con los pólipos abiertos. Foto: Sergio Rossi.

Son algo más de las ocho de la mañana en Port Lligat, Girona. Tres coraleros deciden dónde ir a faenar en un día cualquiera del periodo legal de extracción del coral rojo (Corallium rubrum) en esta zona del Mediterráneo. Es una decisión difícil, porque las mejores zonas del lugar en el que están (el Parque Natural de Cap de Creus) son escasas y expuestas a los cambios de humor del tiempo: vientos de tramontana, giros borrascosos impredecibles… Han de arriesgarse. Parece que la tramontana, el temido viento del norte que barre la costa y azota esa zona con especial intensidad, no va a entrar hasta la tarde, por lo que deciden ir al lado de Farallons, un lugar expuesto. Ya situados, no bajarán mucho, la piedra donde se halla el preciado animal está entre treinta y cinco y cincuenta metros de profundidad. Aunque algunos coraleros bajen entre ochenta y ciento sesenta metros, la mayor parte no suelen bajar a más de sesenta metros en este lugar. Puedo dar fe de que en esta zona hay coral a partir de los quince metros. Los coraleros de la Costa Brava saben que, si nadie ha faenado durante los últimos cuatro años en esa piedra de Farallons (cosa cada vez menos probable debido a la feroz competencia entre legales e ilegales por explotar las «manchas» de coral) no hará falta bajar más para poder extraer lo suficiente y hacer rentable su incursión hacia el fondo.

En otro lugar, las costas del Alghero al norte de Cerdeña, la visión es un tanto diferente. Tres coraleros se preparan para bajar, pero aquí el coral no se pesca legalmente a menos de ochenta metros de profundidad. Es la norma, la ley impone unos rangos batimétricos muy superiores a los de la Costa Brava y otros lugares del Mediterráneo «Aquí el coral rojo se encuentra en abundancia entre los noventa y ciento diez metros de profundidad» dicen Massimo Scarpati y Massimo Ciliberto, profesionales con la espalda muy curtida en la recolección de coral en las costas de su región. Las poblaciones de este animal ahí, cerca de Capo Caccia y en la zona de las Bocas de Bonifacio son bastante distintas a las encontradas en el Cap de Creus. El coral es algo más disperso, pero las piezas son de tamaño muy superior. Sin embargo, en todos y cada uno de los lugares donde se hace o se ha hecho coral el sentimiento es el mismo: «La fiebre del coral, del oro rojo, no cesa, al revés, aumenta a medida que conoces más la profesión» comenta un coralero que toda la vida ha buscado coral a lo largo y ancho del Mediterráneo. Es como un picor, como algo que se transforma en necesidad, en ansia. Encontrar la rama más grande, la rama perfecta, de bella forma que permita hacer ese collar, estatua o adorno para un joyero que tanto ansían los que lo tratan. Un negocio rentable, en el que se mueven a nivel mundial contando todos los tipos de coral precioso, unos quinientos millones de euros cada año.

Sin embargo, cada vez se requiere más tiempo para buscar piezas de coral rojo que valgan la pena y que sean de la talla legal. Nadie me lo tiene que explicar, lo he podido constatar con mis propios ojos y en realidad forma parte de una larga historia. A principios de los años ochenta se detectaron fuertes caídas de los stocks en todo el Mediterráneo, pasando de unas cien toneladas de extracción al año en todo el Mare Nostrum a solo unas cuarenta toneladas. La situación se estabilizó a la baja, con leves picos al alza cuando se encontraban nuevas «vetas» en Marruecos, Algeria o Turquía. Todo el mundo coincide en reconocer que el coral que se veía en paredes y cuevas en los años setenta y ochenta ya no se encuentra ni siquiera a gran profundidad: ramas gruesas como un pulgar o más, muy ramificadas y longevas, como arbolitos bermellones. En la misma Cerdeña tenemos el ejemplo relatado en los libros de uno de los mayores conocedores del coral rojo y su historia, Basilio Liverino: «En Capo Caccia, en 1956, el coral rojo se pescaba a unos treinta y cinco o cuarenta metros de profundidad; en 1958, los coraleros ya tenían que bajar, en la misma zona, a unos cuarenta o cuarenta y cinco metros». Poco después, hacia 1964, solo unos cuantos profesionales bajaban a más de setenta metros para encontrar coral rentable en ese lugar del litoral sardo. La misma historia se puede contar en la costa de Campania, en la Siciliana, en Cap de Creus y en tantas otras localidades.

Coral de cierta envergadura a unos cincuenta metros de profundidad en una reserva natural de Cataluña. Foto: Sergio Rossi.
Coral de cierta envergadura a unos cincuenta metros de profundidad en una reserva natural de Cataluña. Foto: Sergio Rossi.

Se sabe que antes, en épocas pretéritas, debían de haber ingentes cantidades de coral rojo, pues solo en la costa Amalfitana, en la región italiana de la Campania, operaban entre mediados del siglo XIX y principios del siglo XX mil doscientas barcas coraleras con unos cuatro o cinco tripulantes cada una. El coral crecía por todas partes, no se escondía como ahora en grietas y cuevas, inaccesibles para aquellos aparatos rudimentarios que estaban transformando los fondos de roca dura del Mediterráneo. Cuando ya no quedó coral que explotar de esa forma, llegó la escafandra autónoma. Se acababa de violar el último reducto en el que se había refugiado el coral. Ahora con la escafandra se llegaba a todas partes, a todas las grietas, a todos los resquicios, techos y túneles. Tal era el ansia que incluso se proporcionaba botella a los niños de ocho o nueve años para que llegasen allí donde el adulto no alcanzaba, para extraer el ansiado premio, el oro rojo. Algunos niños murieron por la codicia de sus padres, y en varios países (como España) se les prohibió la inmersión con botellas durante décadas.

El coral rojo que ahora se sigue encontrando en todas partes ha pasado de ser un bosque de árboles a un prado de hierba. «Realmente el paisaje submarino ha cambiado en estas dos últimas décadas, y no solo por el coral… Se detecta un empobrecimiento que desde luego no es solo atribuible a los escafandristas» dice el historiador del coral rojo Arnald Plujà, que conoce muy bien la zona del norte de España donde se extrae coral desde hace muchas décadas. En zonas profundas la transformación de las poblaciones puede haber dejado paso a otros organismos de crecimiento más rápido.

La falta de rigor científico en el plan de explotación de la especie (a pesar de haber extensa literatura de varios especialistas) y su alto valor en el mercado hacen que sea un bocado muy apetecible no solo para los legales sino también para un consolidado mercado clandestino, en el que los furtivos son el plato fuerte para la administración de pesca y medio natural. Victoria Riera, la directora del Parque Natural de Cap de Creus (del que se extrae más del noventa por ciento de coral de Cataluña) es explícita: «Se han creado una serie de áreas en la que la extracción esté prohibida de forma permanente dentro del parque; no tiene sentido crear reservas si no es para regular de forma efectiva la extracción o pesca los organismos que la habitan». Pero por desgracia faltan herramientas legales que regulen de verdad la situación de la extracción ilegal o abusiva: «No es por falta de vigilancia que se sigue extrayendo coral por todas partes», nos comenta un guardia forestal de la zona, «es por la figura del coral dentro del código penal: si lo extraes de forma ilegal, o bien una talla inmadura, pasa por lo administrativo, no por lo penal». Por tanto, la extracción de la especie está regulada, pero a la hora de penalizar se impone únicamente una multa.

Y es que la situación es crítica en muchos puntos. Un estudio financiado por la Generalitat de Catalunya y ejecutado por mí mismo y otros científicos del Instituto de Ciencias del Mar (CSIC) entre el año 2001 y 2006, llegó a la conclusión de que el coral entre los veinte y sesenta metros de profundidad estaba presente a lo largo de casi toda la Costa Brava, pero con una media de altura de unos tres centímetros y un diámetro de la columna de unos cuatro a cinco milímetros. ¿Qué mide tres centímetros? Una moneda de dos euros mide dos centímetros y medio de diámetro. Si se compara con datos de hace veinte años, la diferencia es considerable, pues la altura entonces era, a esa misma profundidad y en esa zona, de unos doce centímetros y el diámetro de la base del «arbolito» de casi nueve milímetros. A más profundidad, donde los coraleros ya no llegan con tanta frecuencia, el coral rojo se recupera poco a poco en Cap de Creus. A más de sesenta metros encontramos algunas ramas que superan los diez centímetros de altura y el centímetro y medio de diámetro. Pero todavía falta mucho para llegar a la recuperación de los stocks. «Una vigilancia efectiva apoyada en una legislación que realmente penalice el furtivismo y una reducción en el número de licencias aliviaría considerablemente el tema», comenta Georgios Tsounis de la California State University. «Pero sobre todo acoplar los datos biológicos a la gestión del coral». Se ha podido probar que una ramita de coral de tres centímetros de altura, que no posee casi ramificaciones, es capaz de liberar unas noventa larvas cada año. Recordemos que las larvas son los «bebés» de los corales, o sea los productos sexuales una vez fecundado el huevo. Pues bien, una rama de coral de doce centímetros de altura, mucho más ramificada, produce unas tres mil larvas cada año. Esa es una diferencia grande, muy grande. Porque lo que viene a decirte es que la capacidad de seguir estando ahí, de seguir «reclutando» nuevos coralitos es cada vez menor porque cada vez son más escasas las ramas grandes.

La realidad del coral en nuestras costas: muy pequeño, en el límite de su capacidad para recuperar las poblaciones. Foto: Sergio Rossi.
La realidad del coral en nuestras costas: muy pequeño, en el límite de su capacidad para recuperar las poblaciones. Foto: Sergio Rossi.

 

Para colmo de todos los males, hace unos años surgieron más problemas que ponen en jaque a las diferentes poblaciones de coral rojo alrededor de todo el Mediterráneo. Por una parte, los furtivos colectan el coral pequeño y con la base, de forma que no puede regenerarse. Una de las propiedades de este siempre fascinante animal es que si rompes el «árbol» por la columna y dejas el pie, puede volver a crecer en un cincuenta por ciento de los casos. Pero el problema está en que el coral que antes ni tan solo se consideraba apto para ponerlo en circulación en el mercado por ser muy pequeño, ahora tiene compradores (hasta trescientos euros el kilo de coral pequeño) que lo transforman o bien en pequeños fragmentos hechos de pasta de coral o en afrodisíacos y productos homeopáticos que puedes adquirir por internet. No queda por tanto la capacidad de regeneración que siempre ha poseído la especie, pues los que realizan este tipo de extracción no selectiva pican la base de la roca, sacando colonia y sustrato sin miramientos (junto con otros organismos también longevos, parsimoniosos). Uno de los coraleros profesionales de Cap de Creus se queja de los furtivos: «Son una lacra. No hay control y no hay sanción real. Los furtivos campan a sus anchas sin que nadie haga nada». Por tanto, el coral ya no se coge ni siquiera de forma selectiva. A esto hay que añadirle un segundo problema, un factor más dramático si cabe y que tiene poco o ningún control. Desde hace unos diez años, se han detectado anomalías térmicas en las aguas del Mediterráneo occidental. La temperatura aumenta de forma dramática en agosto en los primeros treinta metros de profundidad, manteniéndose así durante semanas por las intensas olas de calor. Esto estanca las aguas y las calienta hasta límites intolerables, dificulta las corrientes y hace que mueran muchos organismos (no solo corales) que dependen del movimiento de las aguas para alimentarse de las partículas en suspensión.

Las recientes mortalidades masivas de coral rojo (y otros organismos) en aguas poco profundas debidas a fuertes anomalías térmicas son cada vez más frecuentes y han puesto en serio compromiso a las poblaciones superficiales que pueden extinguirse localmente. Si cruzamos sobrepesca y extracción de coral inmaduro a este tipo de fenómenos térmicos, veremos que el recurso puede extinguirse económicamente en breve plazo. Por ambos motivos (sobrepesca y mortalidades masivas) una reunión de expertos en septiembre del 2009 sugirió con firmeza que se dejara de extraer coral a menos de ochenta metros de profundidad. «Ese coral daría más beneficios al mundo del turismo, al negocio de los escafandristas que se deleitan viendo el coral en todo su esplendor vivo en las paredes de roca», comenta Georgios Tsounis.

Estudiar la capacidad de recuperación de la especie y su potencial trasplante ha movido a os científicos de varios países durante estos últimos quince años. Foto: Sergio Rossi.
Estudiar la capacidad de recuperación de la especie y su potencial trasplante ha movido a os científicos de varios países durante estos últimos quince años. Foto: Sergio Rossi.

Por ese motivo resurgió la idea de meter a todas las especies de los géneros Corallium y Paracorallium en la lista del CITES. CITES o no CITES (al final no entró en CITES en 2010). La realidad es que es uno de los recursos renovables más olvidados, sin planes de gestión en prácticamente todo el planeta y con un conocimiento escasísimo de los stocks existentes en el Mediterráneo pero especialmente en el Pacífico. «En Taiwan solo un dos por ciento del que se saca está vivo, el resto está muerto o en muy mal estado», comenta el doctor Chin-Shin Chen, del departamento de pesca de este país. La pesca en el Pacífico es del todo ineficiente, pues el arrastre destruye la mayoría del coral que queda en el lecho marino sin ser aprovechado. Solo una pequeña parte llega a la embarcación, entre otras cosas porque en algunos casos se pesca a más de mil metros de profundidad, cayendo en gran medida desde las redes al fondo sin ser recolectado. El coral que llega muerto a la embarcación lo hace porque su población ha sido barrida una y otra vez, dejando muchas colonias muertas en el fondo. No hace demasiado tiempo esta era la realidad que vivíamos en el Mediterráneo con la Cruz de San Andrés y la Barra Italiana.

Es muy difícil hacer una estima de cuánto coral rojo queda porque no se han hecho apenas estudios serios. La peor parte se la llevan en estos momentos las áreas del Pacífico, donde la información es prácticamente nula. «Apenas sabemos nada de lo que hay, especialmente en profundidad», comenta Giovanni Santangelo, profesor retirado de la Universidad de Pisa. «Es uno de los recursos más ignorados del plan pesquero en todo el planeta». Por eso los especialistas piden aplicar el principio de precaución, es decir, impedir su ulterior explotación hasta que no se sepa a ciencia cierta cuanto coral queda. Sin embargo no todos coinciden en que el CITES sea la solución: «Con el CITES no se arregla el problema de la gestión», se quejaba el ahora fallecido profesor Richard Grigg, de la Universidad de Hawaii. «Nosotros tenemos la experiencia con Anthipates (coral negro), incluido en el Anexo II desde mediados de los años ochenta. Solo ha servido para aumentar la burocracia, lo que hace falta es un plan de gestión regional, a medida de cada stock».

Estos planes no llegan, y los primeros en despreocuparse han sido los gobiernos regionales y nacionales, tanto en la cuenca Mediterránea como en los países del Pacífico que explotan un recurso que da trabajo a más de cinco mil personas en unas doscientas setenta factorías solo en Torre del Greco (Nápoles). «La inclusión en CITES de los corales preciosos seria una catástrofe para la industria», se lamenta Ciro Condito, presidente de ASSOCORAL, la asociación que aglutina al gremio de coraleros en la ciudad Napolitana. «La gente dejaría de comprarlo por tener el estigma de la CITES, entenderán que es una especie en peligro de extinción y el negocio se resentirá mucho». El presidente de esta asociación también se queja de la burocracia que generará, y de los problemas para identificar los géneros en las aduanas. Otros apoyan su inclusión en esta lista por el antes mencionado principio de precaución: «Si no sabes cuánto queda, debes regular su comercio y hacer todo lo que puedas para gestionar bien el recurso», comenta Andy Bruckner. Al final, pase lo que pase, «probablemente muy pocos países se decidirán a hacer mapas exhaustivos de los stocks de uno de los recursos marinos más valiosos desde un punto de vista monetario y cultural» concluye el profesor Santangelo, «vengo oyendo esta misma cantinela desde hace más de treinta años». El fantasma del CITES volverá, ya hay grupos que han amenazado en volver a pedir la inclusión de estas especies en las listas protegidas. Y es posible que entonces vuelva a haber una reacción de urgencia, un mal entendido compromiso con el recurso, que languidece en el fondo del mar, muy desprotegido.

Lo que está claro es que el coral de cero a setenta metros ha de ser un bien conservado para el turista y para todo aquel que quiera disfrutarlo, para el submarinista que quiere gozar de un paisaje bien conservado y de una especie endémica de una indudable belleza que, cuando se la deja crecer a su ritmo, crea formas y colores que nada tienen que envidiar a la mejor de las barreras de coral tropicales. Quizás el coraleo tradicional no se extinguiría (ni tiene por qué hacerlo si se hiciese de forma racional), pasando a ser un coral «de lujo» con piezas grandes cobradas a gran profundidad. Un cambio de mentalidad que beneficiaría en mucho un turismo en auge como es el ecoturismo y la explotación racional de nuestras costas para fines quizás no tan agresivos. El coral tal como a lo mejor lo vieron los griegos o los romanos hace más de dos mil años, hermoso y omnipresente, no lo volveremos a ver en generaciones. O quizás nunca más, porque la naturaleza se adapta a las circunstancias, y el que desaparece, el que deja de existir, el que pierde comba, pasa a la historia del planeta como uno más.

Cada vez que cuento esta historia me parece de veras que hago una prédica en el desierto. Porque, si ya a poca gente le importa lo que pasa en lugares donde, por ejemplo, hay conflictos armados, imaginémonos lo que nos puede importar un insignificante arbolito bermellón, por muy emblemático que haya sido para nuestra historia.


El Niño Godzilla

Y es que los yanquis ya lo han bautizado. Godzilla. No hay manera de que hagan algo sin darle una impronta sensacionalista cuando se trata de magnificar cosas en la tele. Así es como suena un fenómeno natural, el de El Niño, que este año va a ser, según todo pronóstico, el más intenso desde que hay registros científicos de él. Incluso mayor que otros como el de 1997/98, o el de 1982/83, que fueron muy intensos y llevaron de cabeza a varios países por los fenómenos meteorológicos asociados al cambio brusco en las masas de agua del Pacífico.

Empecemos por el principio, para no liarnos demasiado. ¿Qué es El Niño? Los pescadores peruanos, siglos atrás, identificaron una anomalía térmica en las aguas costeras entre diciembre y marzo (verano austral, aunque es pleno periodo navideño, de ahí el nombre), que transformaba las comunidades biológicas y reducía las capturas de muchos peces, crustáceos y moluscos de forma drástica. El Niño se produce cuando los fuertes vientos paralelos a la costa que arrastran las aguas costeras hacia mar adentro en la vertiente pacífica de América del Sur se debilitan, permitiendo la llegada de una gran lengua de agua caliente proveniente de la zona de Indonesia y transportada como onda de Kelvin. Estas ondas se producen por un cambio en la temperatura del agua que induce al desequilibrio (algo parecido a una pendiente). El desenlace es un desplazamiento masivo de agua desde un punto hacia otro hasta encontrar un obstáculo (el continente americano). En otras palabras, una corriente gigantesca llega desde el oeste del Pacífico y choca en las costas de Perú y Chile. En condiciones normales, son los vientos secos los que provocan el afloramiento de aguas frías muy ricas en nutrientes: desplazan las aguas superficiales desde la costa y en el mar cuando desplazas algo ha de ser sustituido (en este caso por aguas profundas).

Figura 1

Pero la propagación y llegada de esta onda de Kelvin, de esta inmensa masa de agua caliente —que puede llegar a aumentar hasta ocho grados por encima de su temperatura media— no permite que esas aguas profundas afloren y, por tanto, sus nutrientes nunca llegan a la superficie. El sistema deja de ser alimentado y la producción se transforma, descendiendo de forma considerable. Pero el fenómeno de El Niño tiene muchos más efectos, incluyendo fuertes lluvias en la zona costera de la cordillera andina, extensos incendios en la cuenca amazónica, en Australia o Indonesia debido a las sequías, y una disminución en la frecuencia de los huracanes (aunque pueden aumentar su intensidad, como el Patricia), entre otras anomalías climáticas. Las altas temperaturas del agua tropicalizan en parte los ecosistemas, promoviendo el desplazamiento de especies desde las masas de agua del norte (más tropical) al sur.

El Niño es un fenómeno natural, vaya esto por delante. Es algo recurrente, con una frecuencia no del todo definida e intensidad variable, que viene produciéndose desde hace decenas de miles de años. No se comprende del todo cómo surge, pero sí que empiezan a tenerse claves de sus repercusiones a nivel planetario. Es algo que ha ido ocurriendo a lo largo de nuestra historia, sin embargo, la intensidad de este año 2015/16 (mayor temperatura del agua, persistencia de la anomalía, sequía en algunas zonas y fuertes lluvias en otras) podría aumentar por efecto del cambio climático y de un nuevo equilibrio térmico en el planeta debido al deshielo del Ártico o al calentamiento de las aguas del Pacífico, cada vez más acelerado a causa de un proceso de retroalimentación positiva. Y digo podría, porque los especialistas no se acaban de poner de acuerdo. Algunos indican que es un fenómeno exacerbado por un planeta que busca un nuevo equilibrio termodinámico, otros, que simplemente es un fenómeno natural que este año será muy intenso pero que sigue patrones ya establecidos con anterioridad. En el fondo, ¿qué más da? Quiero decir, sea o no alimentado por esta carrera hacia un aumento desbocado de la temperatura en el planeta por encima incluso de las previsiones más alarmistas del IPCC (las que están en la parte superior de las curvas mostradas por los modelos que se nos presentan en este informe), el hecho es que ya está impactando de forma drástica muchos lugares, incluso los menos conocidos.

Voy a dar un ejemplo concreto: en el estado de Ceará, en el noreste de Brasil, llevan cuatro años de sequía. Este lugar es muy peculiar, porque las corrientes oceánicas y una singular orografía lo hacen vulnerable a este tipo de fenómeno. Se considera un lugar semiárido, donde las precipitaciones se dan de forma violenta entre enero y mayo, en una cantidad que no suele exceder los 1000 a 1200 mm al año. Pero no ha llovido estos años y en algunos lugares las reservas de agua en los embalses están a menos de un 10% de su capacidad. Más que probablemente (¡Me encanta cómo los científicos utilizamos a veces las palabras para no acabar de mojarnos!) este invierno-primavera no llueva por la intensidad de El Niño, que afecta de forma directa a esta y otras zonas. Ciudades como Fortaleza, con gran concentración de personas (casi tres millones en la ciudad y alrededores, según las últimas estimaciones demográficas), pueden tener serios problemas de suministro de agua de todo tipo, y una prolongación de la sequía someterá a las autoridades a un verdadero quebradero de cabeza. Podemos vivir sin muchas cosas, pero sin agua ni alimentos es simplemente imposible.

El estado de Ceará es una de las zonas más secas de Brasil. Campo de fútbol en medio de las dunas, cerca de la costa. Foto: Sergio Rossi.
El estado de Ceará es una de las zonas más secas de Brasil. Campo de fútbol en medio de las dunas, cerca de la costa. Foto: Sergio Rossi.

Pongamos otro ejemplo, pero esta vez en el otro lado del continente americano y en el mar. La costa sudamericana del Pacífico es una de las áreas más productivas del planeta. Baste decir que de los aproximadamente noventa millones de toneladas de pescado extraídos en 2012, unos siete millones y pico son de anchoveta, producida en estos mares (principalmente frente a las costas del Perú). Dicho esto, es fácil entender por qué una perturbación cíclica como El Niño, que afecta a esta y otras muchas especies, es un fenómeno tan importante aquí. El cambio de temperatura y, sobre todo, el declive en la concentración de nutrientes en las zonas de afloramiento, produce un efecto cascada que transforma de forma radical los ecosistemas. No es solo el hecho de que desaparezcan muchas especies (o bajen a niveles de producción mínimos), sino que, al «tropicalizarse» las aguas, se desplazan durante el fenómeno de El Niño muchas especies desde el norte (o sea desde Centroamérica y Colombia en su lado Pacífico). Las gentes, que viven en gran parte de la pesca industrial y artesanal, están acostumbradas a estos efectos, pero sus consecuencias siguen siendo muy importantes. En el caso de Chile, Perú y Ecuador, las repercusiones en el PIB pueden llegar a ser de hasta un 11-12%, siendo la recuperación muy lenta. En la pesca de la anchoveta antes mencionada (Engraulis ringens), por ejemplo, se puede reducir la captura a menos de un tercio debido a las transformaciones del ecosistema que dejan sin alimento a los peces. Con el fenómeno, falla la dinámica «normal» de reproducción y reclutamiento por falta de alimento. Durante ese periodo de aguas más cálidas y pobres, la anchoveta se alimenta más de zooplancton que de fitoplancton en sus estadios primarios de crecimiento, desapareciendo una gran cantidad de reclutas incapaces de capturar unas presas diluidas por la falta de nutrientes. El de la anchoveta es el caso típico de pesca «explosiva». Perú ha puesto un enorme esfuerzo en su captura, procesamiento y exportación, lo cual no es extraño al llegar a alcanzar en otros tiempos un 25-30% de las ganancias por exportación. En los años cincuenta el país ya estaba preparado para el procesamiento de este pescado, que transformaba sobre todo en harina de pescado y aceite. Como otras grandes pescas pelágicas, el máximo rendimiento se obtuvo en los sesenta, con más de ciento cincuenta plantas especializadas en la elaboración de productos, y alcanzando nada menos que el 18% de las capturas mundiales de pescado y el 50% de la producción de harina de pescado del planeta con casi doce millones de toneladas en su pico más álgido, 1970.

Cuando estuve colaborando en el proyecto CENSOR sobre el fenómeno de El Niño, estas cifras me confirmaron que el sistema estaba siendo capaz de aguantar una clara sobreexplotación gracias a la riqueza de nutrientes y a la biología de la especie pelágica. Todo el engranaje de pesca funcionaba a pleno rendimiento, pero lo que no rendía al final era el sistema, que se colapsó súbitamente. Se pasó de más de 10 millones de toneladas a principios de los setenta a tan solo 1,3 millones de toneladas en 1973, un orden de magnitud menos. La FAO ya entonces advirtió que debía ser respetado el tope de 9,5 millones de toneladas si no se querían agotar los stocks de anchoveta. Pero la flota peruana se desplazó hacia el sur en busca de nuevos caladeros. Los mazazos sucesivos a la industria los dieron precisamente los siguientes fenómenos de El Niño, especialmente el de 1982-83, cuando miles de personas perdieron sus puestos de trabajo, cerraron decenas de factorías y volvió a caer la producción.

Sin embargo, los stocks de este animal que forma cardúmenes densísimos se recuperan, y las autoridades aprenden. El IMARPE peruano (institución pesquera de este país) establece cotas máximas de 7-8 millones de toneladas de captura, estabilizándose la producción a partir de 1999. Hoy en día, los productos de la anchoveta peruana proporcionan un 12% de las ganancias por exportación a Perú (unos ochocientos millones de euros) y el Gobierno ha desarrollado desde hace ya bastantes años un programa para que este pescado sea de consumo humano, especialmente en zonas pobres como la sierra del interior del país. Porque el animal que más se captura en este planeta en nuestros océanos se convierte, casi en su totalidad, en harina y aceite para, entre otras cosas, alimentar a otros peces en granjas marinas y lacustres. Recordemos, por otro lado, que esta harina de pescado va directamente a alimentar a otros peces e incluso ganado. Si la producción baja de los siete u ocho millones de toneladas a apenas un millón y medio o dos, podemos estar frente a un problema real de desabastecimiento para gran cantidad de granjas marinas, dulceacuícolas o terrestres.

La pesca artesanal también se ve muy afectada por el fenómeno, y la insaciable demanda de producto puede poner en jaque a los trabajadores del mar de las costas pacíficas de Sudamérica. Para los pequeños consorcios pesqueros que viven al día a pie de costa en pequeños pueblos las consecuencias son devastadoras. Y no solo por la falta de marisco —como la macha, el erizo de mar o las jaibas— o de peces. También por tener unas condiciones de vida precarias —sin agua corriente, luz o un sistema sanitario de colectores eficiente— que sirven de campo abonado para epidemias como la disentería, el cólera o el dengue, tras las abundantes lluvias en la zona.

Se calcula que durante El Niño de 1997 y 1998 murieron de forma directa unas veinticinco mil personas a causa de inundaciones, mareas de tormenta o fuertes vientos, pero más de cien millones se vieron afectadas. Unos seis millones tuvieron que desplazarse por culpa de los desastres propiciados por un tiempo violento, que golpeó infraestructuras poco preparadas para el embate. Las pérdidas económicas directas de ese Niño —calculadas por primera vez de forma bastante rigurosa— fueron de treinta y cuatro mil millones de dólares, lo que dejó las economías de los países más afectados muy tocadas.

Las costas del norte Chile albergan uno de los desiertos más áridos del planeta (al fondo) y, a la vez, una de las productividades marinas mayores del planeta. Foto: Sergio Rossi.
Las costas del norte Chile albergan uno de los desiertos más áridos del planeta (al fondo) y, a la vez, una de las productividades marinas mayores del planeta. Foto: Sergio Rossi.

Como hemos dicho, la anomalía térmica de El Niño y todo el efecto cascada que conlleva es recurrente. Las repercusiones que tiene El Niño en el resto del mundo son complejas y no del todo claras. Hay que entender que, aunque cuando hay un Niño de grandes dimensiones el planeta se ve afectado, las variaciones climáticas locales y otros fenómenos meteorológicos pueden enmascarar sus efectos. En la península ibérica, el último Niño de grandes proporciones, el de 1997 y 1998, tuvo secuelas que ahora, tras varios años de análisis, se consideran efecto directo de aquella anomalía meteorológica.

Las primaveras en España, cuando se da el fenómeno, son secas y con temperaturas elevadas. En el hemisferio austral es final de verano y principios de otoño y la climatología anómala está en pleno auge. Los veranos se tornan muy revueltos en nuestro país, con fuertes precipitaciones, nevadas fuera de temporada y tormentas frecuentes. Se alcanzan valores de precipitación muy elevados y se desencadenan tormentas de levante otoñales en el Mediterráneo solo registradas una vez cada quince o veinte años. En 1983 y 1997, dos años en los que El Niño se hizo sentir de forma muy pronunciada en la costa pacífica, sus efectos se recuerdan como especialmente borrascosos y fríos en nuestra península. A pesar de las coincidencias, hay equipos de trabajo que no ven clara la relación, atribuyendo las anomalías a fenómenos locales o a variaciones en las condiciones meteorológicas atlánticas, vinculadas solo hasta cierto punto con las del Pacífico sur.

Se calcula que cada cincuenta años hay uno de considerable virulencia, pero el último de consecuencias especialmente graves fue el de 1997-98. No me salen las cuentas, porque en 1982-83 también provocó a los mencionados colectivos unas fortísimas pérdidas, y ahora se prevén incluso peores. No parece que la mayor intensidad de este fenómeno se produzca solo cada cincuenta años; su fuerte intensidad podría tener, en estos momentos, una frecuencia mayor. La verdad es que no se conoce muy bien su funcionamiento y solo se juega con probabilidades a la hora de acertar en su reaparición. Sabemos, sin embargo, que apareció de forma regular hace unos cuarenta mil años. Los especialistas han podido constatar crecidas de hasta ciento veintitrés metros en zonas aluviales determinadas, con aguas a velocidades mayores de ciento cuarenta kilómetros por hora. Este tipo de fenómenos meteorológicos de extrema violencia concentra su poder en muy poco tiempo y en espacios muy limitados, donde cuencas angostas reúnen caudales imposibles. Según algunos expertos, cada quinientos años aproximadamente se da un mega-Niño, capaz de transformar líneas de costa, provocar sequías muy prolongadas e incluso influir en la supervivencia de asentamientos humanos amplios a causa de hambrunas y catástrofes naturales. El cambio climático no ayuda, y posiblemente este año tengamos un fenómeno especialmente virulento que acabe por perjudicar la economía de los países más afectados. Una vez más el clima es el que nos gobierna, el que nos dicta por dónde van a ir las cosas, y no parece que estemos ayudando mucho a la hora de mantenerlo estable. Intentemos recordar que un «toque de gracia» como El Niño ha podido con estructuras sociales complejas en otros tiempos, y, a pesar de que las cosas han cambiado mucho y sin duda estamos más preparados que nunca para absorber impactos, la situación en general es inestable y podemos estar frente a un panorama cada vez más propicio para migraciones ambientales (que hace tiempo que se están dando) espoleadas por fenómenos como este.


Ecoturismo en la Antártida

Foto-1-Logística

«Mañana lanzaremos todo menos lo estrictamente imprescindible», dijo en la durísima campaña polar Ernest Shackleton en las Navidades de 1908, unos años antes de la fatídica experiencia con el Endurance. Qué lejos queda un tiempo en el que ir a la Antártida era de todo menos una gira turística. Hemos avanzado mucho, hasta el punto de que gente como Scott, Bellingshausen, Shackleton o Amundsen se quedarían perplejos ante la afluencia de visitantes que van a contemplar las bellezas del continente más austral del planeta pertrechados como torpes pingüinos humanos de variopintos colores. Me pregunto qué consideraríamos «imprescindible» en un barco lleno de gente que va por diversión a ver témpanos, pingüinos y focas desde la comodidad de unos camarotes en los que puedes pasearte en mangas de camisa. ¿El móvil?, ¿la Nintendo? No seamos tan crueles, es positivo que hayamos avanzado y no pasemos las terribles penurias de nuestros antepasados, pero el fenómeno turístico en la Antártida tiene sus pros y sus contras.

Desde 1965 hasta nuestros días, el turismo ha crecido un poquito: de cincuenta y ocho personas a un pico de más de cuarenta y dos mil en la temporada 2007-2008 (cuando había dinero y la gente se lo gastaba a espuertas). Se ha estabilizado entre los treinta y cinco mil y los cuarenta mil según el año. Los estadounidenses (con un 36%) son los que más visitan la zona de la península antártica, seguidos por alemanes, ingleses y australianos. El turista medio no es precisamente pobre, se gasta entre doce mil y dieciocho mil euros por persona (tampoco es joven, un 65% supera los cincuenta años de edad), y se traslada de modo preferente en barcos (más de un 95% de los desplazamientos son por ese medio). Estadísticas aparte (que siempre nos dejan números flotando en la cabeza, a veces inútiles si no se contextualizan), ¿qué problema puede haber en visitar la Antártida?

Veamos el lado positivo antes de presentar el sempiterno lado negativo. La gente que va a un lugar tan remoto es casi en su totalidad respetuosa con el medio ambiente. Eso está fuera de toda duda. Son gente que se gasta mucho dinero para tener el privilegio de contemplar uno de los últimos lugares realmente prístinos del planeta. No solo son gente concienciada, sino que en muchas ocasiones visitan las bases donde los científicos les explican cosas interesantes, problemas acuciantes, ciencia de base que luego ellos en una terraza de Boston, Berlín o Sidney transmitirán a otras personas regando la ocasión con unas cervezas. No hay sarcasmo, este punto lo encuentro del todo positivo. Además, ¿por qué tenemos que ser solo unos cuantos privilegiados los que lleguemos a este punto del planeta? Los lugares que se visitan son muy pocos, el 50% de las visitas se concentran en unos ocho puntos de la parte más septentrional de la península, por lo que el impacto real es más controlable (de hecho, el turismo se mueve en un área no superior al 0,005% del continente): la isla de Cuverville, el canal de Neumayer o el de Lemaire son algunas de estas zonas, donde se calcula que unas veinte mil personas pasan o desembarcan cada año para ver las excelencias del frío continente. No son una cantidad excesiva, se supone que es gente concienciada, van a lugares concretos que se supone están controlados; ¿dónde está el problema?

Foto-2-Transporte

Tampoco creo que sea justo que se les evalúe por la cantidad de CO2 que emiten al trasladarse en avión (un 25%) y barco (un 75%) hasta allí (unas 0,55 toneladas por pasajero y día de dióxido de carbono), porque la gente que se va a Australia o a Japón también emite mucho CO2 y son muchísimos más. Entonces, ¿cuál es el problema? Como siempre, el descontrol real de la situación. Las cincuenta y cinco mil personas que llegan como turistas y tripulación más los cuatro o cinco mil científicos y técnicos de las bases no son cantidades incontrolables de personas que perturban el idílico paisaje antártico, pero sí que promueven problemas involuntarios que hay que tener en cuenta para regular de forma mucho más estricta. Por ejemplo, los barcos y aviones que se desplazan portan sustancias químicas orgánicas e inorgánicas, residuos de varios tipos y toxicidades que pueden afectar puntualmente a determinadas zonas pero que con un estricto reglamento pueden ser minimizados. Pero, ¿cómo podemos exigir a estas compañías que hagan una regulación estricta si el 50% de las bases científicas emiten contaminantes en forma de aguas fecales, sustancias organocloradas o metales pesados? Entramos en la eterna contradicción de la «tierra de nadie». La Antártida vive de la voluntad de la gente, es decir, de que nadie se dedique a hacer lo que no debe, porque desde un punto de vista legislativo no hay nada en firme. De eso se aprovechan muchas compañías turísticas, que son respetuosas hasta donde los presupuestos lo permiten (y muchas bases de muchos países, no lo olvidemos). Surgen las contradicciones, como la del Gobierno argentino que, tras un accidente de un buque turístico a mediados del año 2000 prometió restricciones reales sobre las compañías que se lucraban con el transporte de turistas en condiciones de seguridad (por el tipo de embarcación y la tripulación no preparada para pasearse por uno de los mares más duros del planeta; cuando estábamos en el 2011 cerca de la isla de San Jorge el buque Europa vagaba a la deriva arrastrado por el fuerte viento y estuvo a punto de naufragar), pero poco después vio con buenos ojos la posibilidad de crear en las islas un hotel de superlujo vista la tendencia a la bonanza climática y la demanda del sector.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASe han hecho muy pocos estudios sobre el impacto real de los turistas en la zona. En realidad nadie discute que se tengan que hacer, sobre todo cuando hay determinadas zonas en las que bajan cientos de personas a la vez a pasear por playas, ver pingüinos, bañarse en aguas termales o visitar antiguas bases de balleneros. Se han detectado deterioros en estructuras históricas, lugares demasiado pisoteados, senderos inapropiados, pingüinos o focas estresados (aunque esto es muy discutible y hay mucha polémica al respecto), residuos incontrolados, pero la gente que trabaja en el día a día se pregunta quién debería pagar estos estudios de seguimiento. ¿Los estadounidenses, por tener el mayor número de turistas? ¿Los argentinos y chilenos, por ser los que más lo promueven? ¿Ambos? ¿Incluimos una parte proporcional de ingleses, australianos y alemanes? Nos encontramos otra vez con esa línea indefinida de responsabilidades que es perfecta para la falta de entendimiento, la posición de «bueno, ya se hará» o «que lo haga otro». La tarea se dificulta por la poca colaboración de los turoperadores, crípticos en cuanto al suministro de información, recelosos porque están pendientes de que alguien dé un golpe en la mesa y diga el «se acabó» que tanto temen aquellos que solo ven problemas en cualquier tipo de regulación. El turismo en la Antártida está condenado a crecer. El problema más grande, sin embargo, no son las perturbaciones concretas que puedan provocarse por vertidos, pisoteos o incordios a unas cuantas poblaciones de aves o mamíferos. Todo eso puede (y debe) regularse con mano de hierro. No es tan complicado, pero requiere de consenso internacional (que debería extrapolarse a la mala gestión de muchas bases que sestean en precario). Lo que viene con el turismo (y con mucho del material y personal de las bases) es un tipo de peligro silencioso que avanza en todo el planeta de forma imperceptible y que está creando problemas descomunales en todo él: las invasiones biológicas.

Foto-3-Ermita

Hace trescientos setenta y cinco millones de años se produjo una de las mayores extinciones del planeta. En el Devónico desaparecieron miles de especies, algunas de ellas eran responsables de estructurar los ambientes, de crear refugio, alimento y complejidad en los ambientes como los corales, que no volvieron a aparecer hasta más de cien millones de años después. Algunos especialistas achacan en parte esta gran extinción no al impacto de un cometa o un bólido extraterrestre, como la que acabó con los dinosaurios hace sesenta y cinco millones de años, sino a los cambios que propiciaron los flujos de fauna de un sitio a otro y favorecieron la invasión de unas cuantas especies que coparon en poco tiempo los mares del planeta, extinguiendo todo lo que se encontraban por delante. Extinguidos por la intrusión de nuevas especies, un tema recurrente en la historia del planeta.

Hoy en día, las invasiones biológicas son uno de los problemas más graves e ignorados por la sociedad. Durante el último siglo hemos acelerado tanto el intercambio de especies de todo tipo que hasta nos parece normal tener al mosquito tigre picándonos en una terraza de Barcelona. En la Antártida, el problema asociado con el flujo humano son las doscientas especies ya contabilizadas que se han introducido involuntariamente en diversas partes de la península y los archipiélagos adyacentes.

Foto-5 Jubany montaña verdeEn el 2011 pude ver el resultado de esa invasión y de un aumento en la temperatura del aire: unos preciosos prados verdes alrededor de la base argentina de Jubany. Controlar las esporas, semillas, fragmentos de plantas que llegan con los turistas es, simplemente, imposible. Ni siquiera los que llegan a través de las bases científicas. La vida se cuela por todas partes, busca nuevos modos de conquistar el espacio, aprovecha vectores como los propios seres humanos para llegar a lugares a los que nunca antes había arribado. Y la única barrera real que tienen esas nuevas especies es el frío, las duras condiciones climáticas del continente blanco. Pero este lugar prístino está bajando la guardia en su parte más septentrional. Hay un calentamiento palpable en la península y sobre todo en las islas que la rodean y las que forman el Arco de Escocia. Allí la presencia de especies que proliferan es más aguda. Malas hierbas como la Poa trivialis ya se han asentado y proliferado en varias zonas, empujando a otras especies endémicas parsimoniosas a reductos y zonas más aisladas. Son plantas que han sido transportadas desde Sudáfrica, Gran Bretaña y Australia (se ha comprobado a través de la genética de poblaciones) y que aun estando doscientos ochenta y cuatro días a -1,5 ºC en letargo no han tenido problema alguno para germinar, crecer, ser polinizadas y dispersarse por el viento. Los propágulos viajan desde distancias infinitas, nunca conocidas por planta alguna en tan poco tiempo: más de dieciséis mil kilómetros a través de barcos y aviones. Solo algunos pájaros pueden portar en sus patas algún vestigio de semilla a lo largo de un espacio tan grande, pero es tan testimonial que no sirve en este caso para asentarse en lugares remotos como el continente austral. Sus torpes emuladores alados (los aviones) pueden llegar más lejos que los barcos, a lugares donde en botas, chaquetas e incluso el pelo pueden depositarse, tras un largo recorrido, una semilla, una espora o una larva de insecto. En una base se contabilizaron más de cuarenta mil semillas en una sola máquina excavadora llevada para los trabajos de construcción. También se han detectado veinticuatro especies de líquenes diferentes en la base polaca (no porque sea polaca… es donde se hizo el estudio, así de simple) en maderas destinadas a la construcción. La plasticidad genética y fenotípica (esos caracteres que se expresan y que nos hacen diferentes a unos de otros) es la clave para la supervivencia de muchas especies que esperan pacientes su oportunidad para hacerse espacio en la nueva terra incognita. La rápida regresión del hielo y temperaturas más suaves abonan el lugar para las nuevas conquistas.

Otros invasores son más agresivos. Ratas y ratones se han instalado en muchas de las islas del Arco de Escocia. Estos animales siempre han sido un invasor muy problemático. Aunque es verdad que en parte controlan las nuevas plagas vegetales, tal y como demuestran los estudios sobre su dieta, también atacan a los pollos de especies como el albatros o los fulmares en sus nidos (hasta un 18% de la dieta de las ratas). Los ratones ya han transformado los ecosistemas en islas subantárticas como South Georgia, y acabarán de llegar a zonas más próximas al propio continente tarde o temprano si no hay un control mucho más estricto. El impacto directo por depredación en diferentes estratos de la cadena trófica, los cambios en los ciclos de nutrientes y el ser portadores de enfermedades son algunos de los problemas a los que ya hay que enfrentarse. Una vez más, parece que el frío es el único regulador de sus poblaciones. Se pasa de unos trescientos ratones por hectárea (que no está nada mal) en verano a menos de quince en pleno invierno. Pero la tendencia poco a poco se invierte, los ratones, si tienen suficiente comida, pueden sobrevivir a las bajas temperaturas, y su número va en aumento.

Foto-4-Pingûinera

Pero si estas plagas terrestres podrían ser en cierto modo controladas (sobre todo las de los pequeños mamíferos), los parásitos, bacterias y virus, no. Lo que puede parecer inocente para nosotros puede ser letal para poblaciones enteras de pingüinos o focas. Y menos controlables todavía son las que vienen por mar, sobre todo a grandes profundidades. En 2007 se detectó una bien establecida población de cangrejos rey en la base de la plataforma continental de la península. Esperan su momento también para entrar en acción cuando las temperaturas del fondo aumenten lo suficiente y superen esos 0 ºC que tanto necesitan para poder sobrevivir. Como en tierra, las invasiones en el mar son silenciosas, imperceptibles e incontenibles. En la Antártida el auténtico problema del flujo humano, del tipo que sea, son esas especies que entran invitadas de forma involuntaria por amantes de la naturaleza que ninguna culpa directa tienen de semejante entuerto. Sin embargo, las «autoridades» pertinentes sí tienen algo que decir, autoridades que en este caso parecen más bien el descabezado jinete de Sleepy Hollow, un cuerpo entero sin una cabeza a la que dirigirte para pedir medidas claras y contundentes.

Fotografía: Sergio Rossi


¡Malditas medusas!

Miramos al mar y no vemos nada. Nos internamos en sus aguas y nadamos tranquilos porque apenas hay olas. La mar rizada nos augura un día de playa estupendo, pero cuando nos giramos a ver la bandera que han enarbolado ese día maldecimos una y otra vez a esos extraños organismos que parecen querer hacer de nuestras vacaciones un infierno. El vigilante de la Cruz Roja ha puesto la bandera de medusas y, aunque no las veamos, el instinto nos dice que será mejor hacer caso y no meterse en el agua. Quizás mojarse un poco los pies, pero nada más. Porque todos tenemos un primo, amigo o conocido al que le ha picado una medusa. Su picadura suele ser molesta, dolorosa y, en algunos casos, mortal. Forman parte del plancton gelatinoso y están compuestas por agua casi en su totalidad (más de un 99%, en algunos casos), lo que les da un aspecto semitransparente y fantasmagórico muy peculiar: son criaturas fascinantes, hermosas, misteriosas, auténticos fantasmas del mar, uno de los seres más incomprendidos y parsimoniosos del planeta. Han pasado el invierno mar adentro, pero los vientos que soplan de mar a tierra las traen a la costa a partir de abril. Es su época, el momento en el que crecen y empiezan a avistarse. Su un ciclo de vida es, por lo general, de entre uno a dos años, según las especies, de las que existen unas cuatro mil, desde las medusas gigantes (nomura), a las diminutas, milimétricas hidromedusas cuyas umbelas (capuchones) no llegan al centímetro de diámetro. Hablar de «medusas» es algo tan vago como hacerlo de mamíferos, de los que hay contabilizadas cerca de cinco mil especies.

Dos medusas de muy distinto tipo de alimentación cerca de la costa. Foto Adriano Morettin (CC)
Dos medusas de muy distinto tipo de alimentación cerca de la costa. Foto Adriano Morettin (CC)

Ya en 1990 seguí fascinado la lección impartida por un colega mío tristemente desaparecido, Francesc Pagés, que nos explicaba vida y milagros de las medusas. Entre otras cosas, nos contó que las medusas llevan más de seiscientos millones de años en la Tierra (unos cuatrocientos millones más que los mamíferos), habiendo superado todas las transformaciones que ha sufrido el planeta: han sobrevivido a las varias extinciones sin apenas cambiar, carentes de cerebro y con una estructura morfológica muy básica. Son seres muy primitivos que han visto pasar la evolución de otros organismos sin inmutarse, arraigadas en una forma de vida «simple» pero muy, muy eficaz.

¿Por qué hay tantas? ¿Realmente hay un aumento de estos organismos? Las series temporales de seguimiento de medusas son escasas. Sin embargo, en lugares como Villefranche (Mediterráneo francés) se ha demostrado que desde 1979 hasta 1989 el aumento de medusas fue progresivo y que, a partir de 1990, se disparó. En otros lugares tan dispares como el mar de Bering, Israel, la bahía de San Francisco, Chesapeake Bay, la Manga del Mar Menor o los fiordos noruegos la tendencia es muy similar, con otros contextos, en otras circunstancias pero tendente a un aumento de la masa del llamado plancton gelatinoso en detrimento de los peces y otros organismos. Poco a poco los científicos y las autoridades empezaron a darse cuenta de que era un problema global, no una casualidad ni algo muy localizado en un área determinada aislada del resto. Cuando encuentran condiciones muy favorables de luz, nutrientes, alimento, corrientes, etc., las medusas pueden crear un bloom, que es una proliferación acelerada, por reproducción o por aglomeración, llegando a formar grandes concentraciones en un lugar concreto en cuestión de días o pocas semanas. Al ser organismos prácticamente pasivos, se dejan llevar por las corrientes hacia la costa, donde la barrera que producen las aguas dulces de los ríos les impide el avance. Por eso, cuando llueve mucho en primavera, los ríos crean un frente de agua dulce que impide a las medusas alcanzar la costa. Cuando hay sequía, o cuando los ríos llegan con bajos caudales por el uso agrario o industrial de sus aguas, este frente prácticamente no existe y los fantasmas del mar aparecen masivamente en las playas.


Acumulación de medusas en aguas transparentes de las Islas Baleares. Fuente: Océana.

Las medusas pueden adaptarse muy bien a diferentes condiciones de salinidad o turbidez del agua, pero en su mayoría son animales que viven mar adentro. No es cierto que la presencia de medusas venga acompañada de contaminación o aguas sucias (mírense las aguas de Córcega o Menorca, cristalinas y plagadas de medusas). Las medusas pueden además vivir por lo general con bajas concentraciones de oxígeno, lo que favorece su presencia en zonas donde la concentración de materia orgánica en descomposición es elevada. Sin embargo, la contaminación nunca explica, por sí sola, la presencia de las medusas. Lo que sí que es cierto es que algunas especies disfrutan especialmente en aguas ricas en nutrientes inorgánicos o materia en suspensión que las hace proliferar. Es el caso de las medusas que poseen algas en su interior, algas que en parte nutren a la medusa y se encuentran a sus anchas en zonas donde el agua tiene una elevada concentración de nutrientes. «Cuando las aguas están contaminadas la diversidad disminuye, pero aquellas especies de medusas que resisten pueden crecer sin control» afirma Mary Arai de la Pacific Biological Station de la Columbia Británica, Canadá. En los Everglades de Florida, la incapacidad del sistema de absorber los nutrientes y la materia orgánica en suspensión por su profunda degradación en gran parte de su superficie ha hecho aumentar drásticamente una especie de medusa, la Cassiopea sp. que puede llegar a concentrar más de cuarenta y dos individuos por metro cúbico, una cantidad nada desdeñable. Pero nada en comparación de determinados lugares como algunos fiordos escandinavos donde la concentración de la medusa Aurelia aurita llega a los trescientos individuos por metro cúbico. En algunas zonas de la costa japonesa el desmantelamiento de las granjas de peces (que producen una muy elevada carga orgánica en el entorno) ha sido el detonante para la desaparición de esta especie, y el aumento de la turbidez y de nutrientes orgánicos en el Adriático parece ser uno de los factores clave para comprender el aumento de esta y de otras especies como la Pelagia noctiluca.

La medusa Pelagia noctiluca es una d elas más frecuentes en las costas españolas. Foto: Sergio Rossi.
La medusa Pelagia noctiluca es una de las más frecuentes en las costas españolas. Foto: Sergio Rossi.

¿Quién es el principal culpable? Uno de los principales desencadenantes de la expansión de medusas es sin duda alguna la sobrepesca. «En la región de Bering, donde se concentra el 5% de las capturas por pesca del planeta, la drástica disminución de los stocks ha ido acompañada de un aumento significativo sobre todo de la especie Chrysaora melanaster» comenta Claudia Mills de Friday Harbour Laboratories de la Universidad de Washington. En este y en otros lugares, la desaparición de los peces ha ido acompañada de un aumento de medusas y otros componentes del plancton gelatinoso. Los mayores depredadores de estos organismos son atunes, caballas, peces espada, peces luna, algunas tortugas… Se ha podido demostrar que la caballa es un efectivo depredador de éfiras, los primeros estadios de vida de las medusas en mar abierto. Estos y otros organismos están siendo víctimas de artes de captura que ha acabado diezmando sus poblaciones y mermando su papel en el sistema pelágico y bentónico. Ya en los años ochenta, algunos artículos científicos alertaban sobre la extinción de diferentes tipos de depredadores, pero en aquella época nadie relacionaba el aumento de plancton gelatinoso con esa depauperación de los caladeros. Esta tendencia ha ido en aumento, hasta el punto de que en la actualidad se debate la veda en la pesca de algunas especies para que se regeneren. La solución, indudablemente, pasa por un parón en la captura de los devoradores de medusas. Pero en el caso de las tortugas, por ejemplo, hay pocas esperanzas: la excesiva presión humana en la costa ha estrechado el cerco a estos reptiles, que no tienen dónde ir a ovar. ¿Alguien se imagina a tortugas poniendo sus huevos en la playa de Benidorm o de Salou de forma rutinaria? Es cierto que recientemente una (repito lo de una) tortuga boba despistada puso huevos en una playa de Tarragona, pero no parece que vaya a ser esa la tendencia en un ambiente tan urbanizado.

A estas «malas artes» humanas, hay que añadir que la mayoría de medusas son voraces depredadoras y algunas se alimentan, entre otras viandas, de larvas de pez, lo que ha provocado una aceleración en el colapso de las poblaciones de peces a lo largo y ancho del planeta. Las medusas se encuentran sin enemigos en el mar: si no se los comen ellas mismas en estado larvario o como peces juveniles, son capturados por pesqueros. Por otro lado, en su dieta, a menudo figuran pequeños crustáceos y detritus que son fuente de alimento para otros peces, por lo que compiten también por el alimento con sus potenciales depredadores y presas.

Otro gran problema relacionado con la proliferación de medusas es la introducción de especies alienígenas, invasoras. Son especies que en buena parte se han movido de un sitio a otro en las aguas de balance de los barcos. En ese lastre líquido que transportan los mercantes, hay miles, millones de organismos (algas, crustáceos, medusas, etc., ver el capítulo de especies invasoras) que, si se encuentran a gusto en el hábitat al que han sido trasladados, se reproducen y llegan a sustituir a especies autóctonas. Las rutas comerciales se han incrementado en correspondencia con el aumento del tráfico marítimo.

Éfira de Pelagia noctiluca, es el primer estado de desarrollo tras la reproducción. Foto: Josep-María Gili. (CC)
Éfira de Pelagia noctiluca, es el primer estado de desarrollo tras la reproducción. Foto: Josep-María Gili. (CC)

Un ejemplo nos ilustra de las sucesivas invasiones de un sistema concreto y registrado como ejemplo desde hace décadas. En los últimos cincuenta años, la eutrofización, la sobrepesca y la contaminación han alterado el Mar Negro. A finales de los sesenta, se detectaron intensos booms de una medusa propia del Mediterráneo, Rhyzostoma pulmo, llegándose a contabilizar 2-3 por metro cúbico. Esta medusa desapareció súbitamente dejando paso a una especie propia de ambientes más salinos, la medusa Aurelia aurita. El desarrollo de esta segunda especie se relacionó con la falta de agua dulce, ya que la irrigación a gran escala de los campos había reducido el caudal de los principales ríos que desembocan en el mar Negro. Pero la situación se volvió mucho más dramática cuando, en los años ochenta, la introducción accidental como especie invasora de otro componente del plancton gelatinoso, interfirió en la ya precaria situación de las cadenas tróficas de este lugar. El ctenóforo alienígena Mnemiopsis leidyi, que tolera altos rangos de salinidad, no tardó en proliferar de forma desmesurada, alcanzando los 300-500 individuos por metro cúbico. Este organismo fue devastador al alimentarse de larvas de anchoa, un pez que, en aquella época, todavía era una auténtica fuente de riqueza en aguas turcas y rusas. La introducción de otro ctenóforo (Beroe ovata), especializado en ingerir otros ctenóforos, podría regular las concentraciones del nocivo Mnemiopsis leidyi, pero los resultados son desconocidos, hasta la fecha. Lo que está claro es que de las veintiséis especies explotables de pescado que había en el mar Negro solo restan cinco.

Mnemiopsis leidyi se ha asentado en el Mediterráneo «oficialmente» hace muy poco. Científicos del Instituto de Ciencias del Mar (CSIC) de Barcelona han confirmado la llegada de esta especie invasora a las costas españolas en el verano de 2009, donde han encontrado en determinadas zonas como Denia, Salou o Mataró densidades a veces muy elevadas. El origen de esta especie se ubica en las costas atlánticas de América. «Mnemiopsis es un organismo muy adaptable a diferentes condiciones ambientales, pudiendo soportar un rango de temperaturas de los 0  ºC a los 30 ºC y una salinidad del 2‰ al 38‰» comenta Verónica Fuentes del Instituto de Ciencias del Mar en Barcelona. «Suele vivir a poca profundidad» afirma Fuentes «entre los dos y treinta metros de profundidad; nosotros hemos detectado densos bancos muy cerca de la rompiente de las playas, agregados desde la rompiente hasta más allá de los doscientos metros mar adentro». El ctenóforo es inofensivo para el hombre, pero ha demostrado tener serias repercusiones en los stocks de pesca, sobre todo cuando carece de depredadores como peces de pequeño tamaño que pueden alimentarse de los primeros estadios de vida de este componente gelatinoso. En el mar Caspio, el Báltico y mar del Norte, donde también se ha detectado, también tuvo serias repercusiones para la cadena alimentaria y la supervivencia de los stocks de peces pelágicos. El agravante en este caso es que se trata de una especie no autóctona que carece de depredadores naturales.

Medusa mordida, posiblemente por peces costeros. Foto: Sergio Rossi.
Medusa mordida, posiblemente por peces costeros. Foto: Sergio Rossi.

En el mar Mediterráneo cada vez nos hacemos más a la idea de que las medusas van a acompañarnos más en nuestras incursiones playeras. Podemos considerar cuatro especies como las más vistosas en el Mare Nostrum. La primera, la Pelagia noctiluca, es esa de color rosado y semitransparente que tiene tentáculos largos e invisibles. Es de las más peligrosas. Después está Chrysaora hysoscella, de color opaco y estrías marrones, que puede llega a medir más de cicnuenta centímetros de diámetro; también posee tentáculos largos y pica. Las otras dos, Rhizostoma pulmo y Cotylorhyza tuberculata, son muy frecuentes en aguas menos transparentes y sus tentáculos son muy cortos. Son menos peligrosas. Por último hay un sifonóforo que es poco frecuente pero muy peligroso: Physalia physalis (la carabela portuguesa) posee largos tentáculos invisibles y su picadura es temible. Pero, como hemos comentado antes, el fenómeno de las medusas no es exclusivo, ni mucho menos, del Mediterráneo. Las «ortigas de mar» se han expandido por todo el planeta. Los ejemplos mencionados arriba son solo la punta del iceberg. Los mares en transformación son el caldo de cultivo óptimo para las medusas que se están aprovechando de la banalización de los diversos sistemas acuáticos. En muchos de los fiordos escandinavos ya no se sacan peces, solo medusas, de gran tamaño, que se comen los pequeños crustáceos y otro alimento que sustentaba la fauna íctica. En la bahía de San Francisco, una pequeña hidromedusa introducida accidentalmente ha desequilibrado la balanza a su favor, siendo sus pólipos y sus pequeñas medusitas omnipresentes, desplazando a otros competidores que no pueden crecer tan rápido. Son otros ejemplos de expansión a nivel global de estos parsimoniosos animales, quizás menos visibles por no ser zonas tan frecuentadas por el turismo.

Se ha argumentado que el aumento de la temperatura, especialmente en aguas superficiales, es el detonante de su aumento sin control. Sin embargo, el aumento de la temperatura del agua por sí solo no garantiza la proliferación de ningún animal, tampoco de las medusas. Es necesario que a este aumento de temperatura se le añada alimento, de lo contrario no se acelerará el ciclo como algunos creen. Los recientes estudios llevados a cabo por diversos centros de investigación casi a contra reloj están empezando a dar algunas claves que permiten contestar preguntas que hasta ahora estaban en el aire. Por ejemplo, no parece que las medusas aparezcan más temprano en nuestras costas. «La serie de datos de la que disponemos hasta el momento no nos permite decir si el incremento de temperatura o de salinidad en el mar Mediterráneo ha provocado una aparición más temprana de las medusas» asevera la investigadora Verónica Fuentes. Temperatura y salinidad, junto con el alimento disponible influyen en los ciclos vitales de estos organismos planctónicos, pero por el momento se desconoce de qué forma lo hacen en los miembros gelatinosos. Algunos grupos como el de la profesora Jennifer Purcell del departamento de Biología Marina de la Western Washington University de Estados Unidos ya han podido comprobar que el incremento de temperatura, nutrientes e irradiación solar, que favorecen la proliferación de algas unicelulares, son factor clave para el incremento de los pólipos fijos al sustrato bentónico, liberando pequeñas medusas al entorno, «sin embargo no todas las especies de medusas se comportan de la misma forma, puede que en otros lugares los factores ambientales que las afectan sean diferentes y afecten de otra forma a su reproducción y crecimiento», declara Purcell. El viento es otro factor que se ha empezado a relacionar con la presencia de medusas. Pelagia noctiluca llega a las costas por efecto de las corrientes y por supuesto los vientos, principalmente las llamadas «brisas» de mar a tierra. La información ahora acumulada es cada vez más consistente, y uno de las preguntas que los habitantes permanentes o temporales de las costas se hacen es si hay o no áreas en las que estos animales tiendan a concentrarse más.

Ctenóforo, estos organismos no son medusas, pero forman parte del plancton gelatinoso. Foto: Sergio Rossi.
Ctenóforo, estos organismos no son medusas, pero forman parte del plancton gelatinoso. Foto: Sergio Rossi.

Y esto se debe a que uno de los principales afectados por las medusas es, sin duda, la industria turística. En el año 2008, un informe indicaba que cada año ciento cincuenta millones de personas están expuestas a estos organismos fantasmagóricos. Solo en la bahía de Chesapeake, más de quinientas mil personas sufren anualmente la picada de estos seres gelatinosos. En Florida la cantidad es de unas doscientas mil personas y en Australia más de diez mil. Teniendo en cuenta la densidad de población de estos lugares, es un número de picadas muy elevado. En este lugar del planeta, además, están las cubomedusas, las más venenosas del planeta, que obligan a cerrar playas paradisíacas meses y meses por su componente venenosa letal.

Esto hace incómodo bañarse, en algunos casos hasta peligroso. Lo peor es que los propios turoperadores poco a poco van haciendo sus «mapas», en los que desaconsejan determinadas zonas si la alarma de medusas llega hasta sus oídos (a veces de forma por completo infundada). Muchos millones en pérdidas, porque el turismo de playa está movido por los millones de personas que lo generan, los turistas. Los efectos de las medusas están presentes en el turismo, pero también en otros sectores. El principal sea quizás el de la pesca (solo en las costas de Namibia, en África, hasta un 90% de la captura puede estar constituida por medusas), de forma indirecta o directa, como hemos podido apreciar. Pero las pérdidas en acuicultura también pueden ser elevadas: más de doscientas cincuenta mil salmones muertos por un bloom de Pelagia noctiluca en Irlanda en tan solo unos días son un ejemplo elocuente. Otro caso menos conocido pero más inquietante es el inducido por las grandes proliferaciones que pueden obstruir conductos de refrigeración. En la bahía de Tokio, medusas de gran tamaño (las Nomura, con hasta dos metros de diámetro de umbela, ver recuadro) bloquearon el puerto, no pudiendo salir ni entrar los barcos que veían como sus sistemas de refrigeración se obturaban a causa de la inmensa cantidad de estos animales. Este problema también lo han sufrido en diferentes sitios con esta y otras especies centrales térmicas, centrales nucleares y desalinizadoras en sus sistemas de bombeo. Solo en Japón ha pasado de ser un problema anecdótico a crecer su gasto para reparar los sistemas en más de un 300% en las últimas décadas. Más y más medusas pueden llegar a ser un grave problema y suponer un coste económico muy elevado.

¿Qué hacer? La respuesta fácil (y obvia) es dejar de gestionar el sistema de pesca del modo en que lo hacemos, contaminar menos y propiciar transformaciones más controladas del sistema costero. Es la solución lógica. Pero hay gente que hace tiempo que piensa de otra forma. Si no puedes con ellas, aprovéchalas. Desde hace cientos de años las medusas son un plato considerado exquisito por los chinos y los vietnamitas. Su cuerpo tan solo contiene un 2-5% de proteína y apenas un 0,2% de lípidos, pero la transformación de aquellas que poseen menos cnidocilios o sistemas punzantes en comida es bastante sencilla: basta deshidratarlas y tratarlas para después consumirlas. Según la FAO, los beneficios promovidos por la comercialización de medusas ascienden a más de ciento veinte millones de euros y van en aumento. Nada comparable con la pesca, pero es un mercado que muchos empezaron a explorar desde hace tiempo. Quizás tengamos que replantearnos el disminuir la presión sobre sus posibles depredadores y competidores, pero, mientras tanto, el mercado es el mercado, y si ahora lo que abunda son las medusas, más de uno no dudará en sacarle provecho. En el 2050, está proyectado que aumente la población humana en un 46% respecto a la actual. Más demanda de proteína marina en forma de pescado, cefalópodo, bivalvo o crustáceo, pero si seguimos a este paso quizás nos tengamos que conformar con medusa. En el fondo, me parecería de veras triste…


La energía que viene del mar

Fotografía: Kim Hansen / Richard Bartz (CC).

Es irónico, al menos para mí, ver cómo las palabras de un político influyente pueden llegar a veces a mover grandes cantidades de recursos, generando un interés adormecido o latente en temas que esperaban su oportunidad para hacerse viables. Cuando en uno de sus discursos iniciales el presidente de los Estados Unidos Barak Obama dio un giro a la política energética llevada a cabo hasta entonces por Bush, apoyando las energías renovables para dar más independencia a su propio país y ser consecuente con el cambio climático, cientos de pequeñas, medianas y grandes empresas dedicadas al negocio en sus más variopintas facetas fueron testigos de una expansión exponencial. De hecho, hacía más de una década que estaba en marcha el buscar de forma firme y con inversiones monetarias sustanciales una solución a los múltiples problemas energéticos. Pero muchas de las energías hasta entonces ignoradas o que se habían mantenido en cajones de técnicos e ingenieros esperando su oportunidad empezaron a tapizar las mesas de políticos, empresarios y gestores de entes públicos que veían cómo potenciales soluciones y proyectos que hasta el momento formaban parte o de la ciencia ficción o de un grupo de respetables pero poco rentables personajes que parecían buscar una utopía se hacían atractivos y sorprendentemente eficientes.

Por múltiples motivos, las nuevas energías (fusión nuclear, eólica, solar, biodiésel de segunda y tercera generación, corrientes marinas o geotérmica a gran escala, por poner algunos ejemplos) no tienen vuelta atrás. No voy a internarme en el debate de «cuánto petróleo o gas natural queda» (si bien recuerdo, una vez más, que estas son energías finitas y las voces de alarma sobre su durabilidad se alzaron ya hace tiempo). Por otra parte, las cantidades de fuel que hemos movido (y moveremos) son sin duda responsables de parte de los cambios que estamos sufriendo y sufriremos durante los próximos años. El cambio de política energética y de fuentes alternativas a este mercado se acerca y el mar tiene mucho que ver con este futuro. Vamos a poner aquí tres ejemplos que ya se están desarrollando en la actualidad y que dan esperanzas de cambio e independencia en las próximas dos décadas por ser factibles, no exclusivos de ningún lugar del planeta y, aunque en estos momentos algunos no sean del todo rentables respecto al sempiterno petróleo, carbón, gas natural y uranio que utilizamos en la actualidad, en breve plazo pueden ayudarnos a resolver el problema de la dependencia de terceros países.

Lo más importante es actuar desde la prudencia y teniendo en la mano una serie de elementos serios de criterio para descartar soluciones precipitadas, como es el caso del biodiésel de primera generación. Sabemos que el fuel renovable es una posible alternativa (como parche hasta que llegue una energía como la fusión nuclear) a los combustibles fósiles. En estos momentos se han invertido ingentes cantidades de dinero, tierras de cultivo y esfuerzo humano en crear biodiesel y bioetanol como alternativas renovables a nuestros actuales combustibles, pero el fracaso es considerable. «Los diversos tipos de biofuel de primera generación han demostrado ser, desde un punto de vista ambiental, contraproducentes, más incluso que la propia gasolina», opina Jörn Schalermann del Smithsonian Tropical Research Institute de Panamá. Las plantaciones terrestres no son viables, tal y como se demuestra en la actualidad, en parte porque una parte importante del producto agrícola destinado a consumo humano ahora lo queman coches y en parte porque para producir algo que remotamente sustituya a la gasolina y el gasoil de camiones, tractores y coches se necesitaría una cantidad de terreno desproporcionado que pondría en peligro los ya maltrechos ecosistemas, sobre todo los tropicales, donde se está espoleando la producción. «Uno de los factores a tener en cuenta a la hora de valorar este tipo de energía es, sin duda, el impacto ecológico real», añade Schalermann; «Veintiuno de veintiséis cultivos estudiados para este fin reducen en un 30% el efecto invernadero, pero doce de esos veintiséis tienen unos costes ambientales y alimentarios inaceptables». Entre ellos se incluyen la soja, el aceite de palma y la caña de azúcar, tres de los mejores para este tipo de conversión en combustible. Se puede imaginar uno lo importantes que han llegado a ser algunos de estos cultivos al constatar que en algunas regiones de Brasil se pueden comprar casas y coches directamente con soja…

Veamos algunas cifras para entender el problema. El aceite de palma es uno de los vegetales terrestres del que más provecho se puede sacar desde un punto de vista de energía convertible en biodiésel. Una hectárea de este vegetal produce unos 5950 litros de aceite. Un país como los Estados Unidos necesita unos 530 millones de metros cúbicos de diésel al año para mover sus diversas necesidades derivadas de este combustible, especialmente las del tráfico rodado. Por tanto, necesitaría, haciendo cálculos aproximados, unos 111 millones de hectáreas para producir biodiésel suficiente dadas las necesidades actuales, o sea un 61% del terreno cultivable del país. Inaceptable. Otro ejemplo: para dar energía a un 6% de Estados Unidos, este país tendría que invertir todo el maíz que produce en biofuel. Sencillamente intolerable, imposible, aberrante.

El biodiésel de segunda generación trata de optimizar los procesos y reconvertir aceites vegetales y animales para generar energía. Sin embargo, dista mucho de ser rentable y choca con problemas similares al de primera generación: no cubriría ni de lejos las demandas mínimas al ser una producción baja respecto a lo que se necesita. Sin embargo, el diésel de tercera generación obtenido a partir de microorganismos vegetales está dando un salto decisivo y puede que sirva para parchear la precaria situación en la que, en no demasiado tiempo, nos encontraremos. Se trata de utilizar algas microscópicas, especialmente las de origen marino, que tienen un alto rendimiento de aceites en su interior, son relativamente fáciles de cultivar y ocupan muchísimo menos terreno que los vegetales terrestres, aparte de no ser comestibles de forma directa por el hombre y por tanto no estar creando un conflicto de intereses en este sentido.

FOTO 1 ciclo biodiesel
El ciclo del biodiésel a partir de algas microscópicas en un esquema de Refueling the Future.

«El biodiésel a partir de las algas parece el único fuel que realmente pueda sustituir al actual gasoil sin un perjuicio tan grande para el medio ambiente», opina Yusuf Chisti de la Massey University de Nueva Zelanda. En realidad, la ecuación de cualquier biodiésel suele ser «simple». Los vegetales captan CO2 de la atmósfera, y una vez convertidos en combustible, generan CO2 que vuelve a entrar en el ciclo. Sin embargo, esta ecuación es mucho más complicada de lo que parece.

Hemos de que tener en cuenta que en todo proceso no está solo la planta, está todo lo que rodea su producción, mantenimiento, transporte, etc., que genera CO2 de forma directa o indirecta. A mí me hace gracia cuando se dice que los trenes no contaminan… la gente debería saber de dónde viene la electricidad que consumen, que por desgracia sigue siendo de los combustibles fósiles.

En el caso de las algas microscópicas, si las plantas de generación están bien diseñadas, la ecuación entre CO2 empleado y CO2 absorbido podría ser realmente cero. Las algas pueden tener entre un 30 y un 80% de lípidos en su interior. Su proporción de materia proteica y de carbohidratos es muy inferior al de las plantas terrestres, por eso una serie de biorreactores (canales o tuberías transparentes en los que se cultivan las algas para luego recoger su producción) bien diseñados pueden dar mucho aceite si las condiciones ambientales son las adecuadas. «Hay que buscar las condiciones de temperatura, pH, nutrientes, luz y concentración de CO2 ideales para su cultivo», comenta Claudio Fuentes-Grünewald de la Swansea University. «El biodiésel marino es fácil de cultivar, produce mucho aceite y ocupa poco espacio».

5
Un fotobiorreactor. Imagen: IGV Biotech (CC).

En zonas tropicales, ideales por cuestiones de luz y temperatura, una planta bien diseñada puede producir unos 1535 kilogramos de biomasa por metro cúbico y día. Con un 30% de su peso en aceite tenemos que, comparando con el aceite de palma,  una hectárea puede producir unos 123 metros cúbicos durante el 60-90% del año (dependiendo de la zona y por tanto del clima). Dicho de otra forma, se llega a 98,3 metros cúbicos por hectárea al año, mucho más que con cualquier especie vegetal terrestre y ocupando un espacio de tan solo el 3% de la superficie cultivable, un 58% menos que los cultivos terrestres más optimizados. Hay que escoger las cepas, las algas más adecuadas y optimizar el proceso de producción al máximo. Además, estas microalgas también pueden utilizarse para extraer otro tipo de moléculas de carácter proteico, pueden aprovecharse mucho más que las plantas terrestres. Lo ideal es conseguir cultivos exteriores con un gasto mínimo de energía para cosechar en forma de electricidad, transporte o fertilizantes. Las algas son de crecimiento muy rápido, las células de una cepa normal utilizada para este fin puede alcanzar una división celular cada dos días. Pero es que, además, para acabar de cerrar el ciclo y redondear la ecuación, todo aquello que sobre (proteínas, carbohidratos, etc.) puede fermentarse y convertirse en biogas. Este biogas podría alimentar como combustible las necesidades energéticas de la planta e incluso tener un excedente. El complejo proceso de optimización ya está en marcha, con las empresas petroleras en primera línea intentando llegar a conseguir plantas de gran producción en pocos años. Yo sí me imagino pequeñas ciudades en las que se hagan este tipo de cultivos a nivel institucional, que cubran un 30-50% de la demanda de autobuses, transportes oficiales, calefacción, etc. Sería dar independencia energética a la comunidad, un tema quizás peligroso para los que dominan nuestra energía…

4
Los dinoflagelados marinos (algas microscópicas que en algunos casos pueden formar las mal denominadas mareas rojas) pueden contener una elevada cantidad de grasa por célula. Imagen: Maria Antónia Sampayo / Instituto de Oceanografia, Faculdade Ciências da Universidade de Lisboa (CC).

Otra fuente de energía alternativa que ha entrado con mucha fuerza y que proviene del mar es la eólica. Europa con Gran Bretaña a la cabeza pasó de tener una capacidad acumulada de 700-800 MW de energía proveniente de turbinas de parques marinos (energía eólica offshore) en 2007 a más de 2000 MW en 2009, apenas dos años después. Los parques eólicos marinos, antes una utopía, ahora son una realidad muy palpable.  Parques en los que hay pilares que sostienen de 50 a 500 turbinas han sido instalados a lo largo del mar del Norte y el Báltico para producir energía proveniente de los fuertes vientos que encontramos mar adentro en zonas especialmente expuestas a este tipo de energía. Los parques eólicos tiene  problemas diferentes a los terrestres, aunque la parte estética y la avifauna parecen ser los más críticos. Sin embargo, si el emplazamiento ha sido cuidadosamente seleccionado y se ha logrado alejar las instalaciones de zonas que intercepten rutas migratorias o sean vulnerables por una avifauna abundante o delicada (con especies protegidas), el número de colisiones puede llegar a ser bajo, de 0,01 a 23 colisiones al año por turbina, lo cual es un riesgo aceptable. También los mamíferos marinos pueden verse desplazados de la zona por el ruido o el exceso de ingerencia en sus zonas de reposo, pesca o tráfico, pero los efectos (las pocas veces que han podido comprobarse) son mínimos. El cableado submarino, pero sobre todo los campos electromagnéticos generados por la transmisión de energía de mar a tierra, son otro de los problemas que se adujeron como potencialmente peligrosos para los ecosistemas, pero la realidad es que los pocos estudios serios que existen (e insisto en lo de pocos porque todavía no hay mucha carne en el asador en este sentido) demuestran un efecto despreciable sobre la piscifauna.

Más interferencias tienen estas estructuras sobre la navegación, que se ve muy restringida y en muchos casos, anulada. A pesar de que estos problemas están sobre la mesa, la solución eólica marina parece una de las más aceptables y, a medio plazo, puede generar una gran cantidad de energía. «Hay todavía muchas dudas entre la gente, los empresarios o los propios gobiernos locales», indica Brian Snyder del LSU Center for Energy Studies de Estados Unidos, «los especialistas y los ecólogos que han trabajado sobre el tema en estudios hechos durante la última década no han visto grandes problemas a nivel ambiental». Sin embargo, todos están de acuerdo en que, al menos por el momento, se necesita una fuerte inyección de capital estatal para que estos proyectos sean una realidad. Cien turbinas de cinco megavatios cada una (o sea 500 megavatios de energía generados) colocados a unas 15 millas náuticas de la costa cuestan unos 270 millones de euros en su construcción, unos 80 millones en cimentarlos y otros 126 millones de euros en poner el cableado submarino y los receptores de electricidad. Esto nos da un coste de unos 43 euros por megavatio y hora, un precio en el límite de la rentabilidad, al que hay que añadirle los costes de mantenimiento, seguimiento ambiental, etc.

Hay lugares donde se está desarrollando esta tecnología de forma exponencial por ser muy adecuados desde un punto de vista logístico y energético. Como hemos comentado antes, Gran Bretaña es un país que siempre ha intentado mantener una cierta independencia energética ayudada por sus explotaciones petrolíferas en el mar del Norte pero ahora se encuentra que las reservas menguan y la explotación tanto de este recurso como del carbón empieza a escasear. Hacia el año 2020 (a la vuelta de la esquina), Gran Bretaña calcula que, si no lo remedia, podría depender energéticamente del exterior hasta en un 75%. Por eso existe un ambicioso plan de energías renovables que vendrían a aportar durante las próximas dos décadas hasta un 20% de la energía necesaria para mover el engranaje urbano, industrial y agrícola británico. Entre las energías que se están poniendo ya en marcha se encuentran estos molinos de viento offshore, especialmente en la zona este de Escocia. Antes de 1995 no habían parques eólicos en Escocia, pero en el 2008 ya se han instalado 59 parques operativos, 65 más están aprobados y otros 103 están en fase de estudio. La energía eólica, especialmente en alta mar, entra fuerte en una zona donde los vientos tienen una velocidad media de 7,5 metros por segundo (solo igualada por la costa noruega y algunas zonas de Dinamarca e Irlanda), una fuerza y continuidad considerables que permiten ver los parques eólicos como una realidad muy tangible.

1
Una de las propuestas mezcla los campos de molinos con granjas de determinados cultivos marinos, en especial algas y moluscos. Fotografía: Untrakdrover (CC).

Como en otros lugares, y tal y como comentábamos antes, la energía eólica despierta recelo paisajístico: nadie quiere los molinos de viento a la vista, por lo aparatoso, antiestético y ruidoso, aunque la tecnología sobre todo en este último punto haya mejorado de forma drástica. Aquí, como en otros lugares, se ha pasado de turbinas de unos 50 metros de diámetro (con producciones de 1 megavatio) a turbinas de más de 125 metros de diámetro (capaces de generar hasta 5 megavatios). Las nuevas generaciones de turbinas eólicas offshore, especialmente aquellas que se encuentran a más de diez millas náuticas de distancia, tendrán posiblemente más de 200 metros de diámetro y una producción sensiblemente mayor. Volviendo a la reflexión anterior, el problema paisajístico es uno de los más difíciles de solventar, sobre todo de cara a un turismo que no es partidario de observar el horizonte marino plagado de molinos. Sin embargo, en el quid pro quo salen beneficiados los generadores eólicos, porque, como ya hemos dicho antes, las ventajas desde un punto de vista ambiental son considerables respecto a otras energías.

Si no se quieren ver los molinos, ¿por qué no sumergirlos bajo el agua? Esa es otra posibilidad que ya están barajando diferentes empresas en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania: turbinas movidas por las corrientes marinas. Hace apenas dos años, una pequeña empresa escocesa puso en marcha un proyecto de turbinas movidas por la energía de las corrientes valorado en unos casi cuatro millones y medio de euros, una inversión ínfima que casi decuplicó su valor en ese breve periodo. En este caso, las corrientes de marea (de las que ya se hablaba hace más de tres décadas como fuente de energía) son las que han de propiciar electricidad a través del movimiento de las turbinas. No hay operaciones a gran escala, pero sí generadores capaces de producir más de 1,2 megavatios con tan solo un puñado de aparatos de pequeño tamaño.  Los proyectos para crear generadores a partir de las corrientes marinas son más reales que nunca. «Las corrientes marinas son muy interesantes desde un punto de vista energético», dice Charles Finkl de la empresa Coastal Planning & Engineering en Boca Ratón, Estados Unidos. «En el estrecho de Florida se desplazan unos treinta millones de metros cúbicos de agua por segundo; poner turbinas podría generar una gran cantidad de energía».

Ya aparecían bocetos y prototipos hace décadas, cuando se empezó a hablar de esta como de otras energías que sustituyesen al petróleo y otros elementos no renovables de energía. En una estima muy aproximada y posiblemente infravalorada podrían generar unos 450.000 megavatios (o sea unos 450 gigavatios), lo que significaría un equivalente de unos 434.000 millones de euros en todo el planeta. Obviamente esta estima se hace considerando una serie de generadores que interceptasen más de la mitad de las corrientes oceánicas, algo que el equipo de Finkl ni siquiera prevé en sus proyectos de futuro. Como ya hemos comentado antes respecto a los proyectos escoceses, hay decenas de proyectos serios que consideran la energía de las corrientes como una apuesta segura. Cerca de Florida, las corrientes son especialmente intensas y se podrían colocar turbinas entre los 100 y los 500 metros de profundidad para generar electricidad cerca de la conurbación de Miami. Los generadores han de estar cerca de núcleos urbanos para perder la menor cantidad de electricidad posible en su transporte desde el fondo del mar a la costa. «Las corrientes han de superar de media un metro por segundo para que las turbinas sean eficientes», explica un reciente estudio de la National Sun Yat-Sen University de Taiwan. Las turbinas van más lentas que las eólicas, pero la energía cinética, debido a una viscosidad del agua mucho mayor respecto a la del aire, es mucho mayor y genera más electricidad: una corriente de cinco nudos puede proveer de energía equivalente a una velocidad del aire de 350 kilómetros por hora.

Las turbinas submarinas ya son una realidad en pequeñas localidades de Gran Bretaña. Imagen cortesía de ANDRITZ HYDRO Hammerfest.

La colocación de turbinas impulsadas por las corrientes tiene sus problemas, como todo. El mayor problema técnico es sin duda el llamado fouling, o sea los organismos vegetales y animales que se asientan en todo aquello que se halle sumergido (diques portuarios, quillas de barco, boyas, etc.). Este problema es sin duda uno de los mayores impedimentos, pero poniendo las turbinas a más de cien metros de profundidad el fouling disminuiría al concentrarse el plancton más en zonas donde llega la luz para que crezcan las algas microscópicas. Sin embargo, la operación de mantenimiento sería costosa. La interferencia con la vida marina es mínima, peces, cetáceos o aves no se verían afectados por las turbinas si están bien diseñadas y colocadas en zonas en las que no haya fenómenos migratorios, aparte de que a esas profundidades muchos organismos como las aves quedan descartados porque, sencillamente, no llegan a bucear. Sin embargo, este punto tendría que estudiarse con especial cariño porque algunos organismos como grandes cetáceos (véase cachalotes) podrían ver entorpecida su pesca en profundidad con este tipo de aparatos sumergidos.

La parte más crítica es la propia instalación de las turbinas y el cableado, un poco como las turbinas eólicas en las que comentábamos que uno de los mayores impactos se produce al instalar las macroestructuras y los cables que han de ir a la costa para portar la electricidad. Algunos especialistas incluso hablan de poner las turbinas en zonas específicas con un doble fin: generar electricidad y mitigar el efecto de los huracanes en el golfo de México. Una serie de turbinas puestas en zonas estratégicas de las Antillas podría dar energía a la industria y reducir el efecto de los huracanes al menguar las corrientes que aceleran la formación de los mismos según un estudio de la Sealevelcontrol de Nueva York.

Ahora que hay una explosión real de energías alternativas, hemos de ser conscientes de las posibilidades reales y de su rentabilidad, y huir de una aplicación sistemática sin previo estudio serio de los posibles impactos en el ambiente y de su eficiencia, no vaya a ser que en algunos casos sea peor el remedio que la enfermedad. Me quedo de todas maneras con una duda, un temor… cuando leo la noticia de que el ingeniero que capitalizó la invención de un coche Tata que funciona con aire comprimido (sin petróleo) se «suicidó» hace unas semanas, me viene a la cabeza el hecho de que seguramente no a todos les interesa de verdad que la energía entre en su fase «democrática».


Pingüinos: el pájaro que surgió del frío

Fotografía: Ken Funakoshi (CC).

Me espera en el helipuerto del Polarstern (el buque oceanográfico rompehielos alemán en el que me he embarcado tres veces) el piloto más veterano del viaje que realicé a caballo entre 2003 y 2004. Estoy un poco desconcertado, porque en teoría no me toca volar, un placer que se suministra a cuentagotas y que me ha tocado hace muy poco (el día anterior) para ayudar a transportar material a la base de los foqueros de Joaquim Plötz (del Alfred Wegener Institute alemán) en Atka Bay, el punto más meridional del Weddell que vamos a visitar. Me he pertrechado con mi equipo fotográfico. Al llegar al hangar me dicen que me enfunde el traje para los «vuelos difíciles», uno con el que puedes sobrevivir unos diez o veinte minutos flotando en el agua sin morir congelado (en condiciones normales no sueles durar más de un par de minutos por el frío). Extrañado, me embuto en una vestimenta que hasta a mí me va grande (digamos que soy de «complexión fuerte»… o que tengo los «huesos anchos» como hubiese dicho mi abuela, según se mire). El piloto me dice que entre en el aparato, obedezco y veo que manipula algo a mi espalda. Aparte del cinturón convencional, un gancho me sujeta desde la parte superior de la cabina. Antes de entrar, el piloto me mira y abre la puerta: voy a volar con la cabina abierta para poder hacer fotos. Estoy en una nube. A casi nadie se le permite hacer eso. Los dioses y Wolf Arntz (el jefe de la campaña antártica en esa ocasión) están de mi parte. Emprendemos el vuelo y noto que se me calienta la sangre, la adrenalina empieza a hacer su efecto. Va a ser un vuelo del todo diferente a otros que he tenido la suerte de hacer, lo presiento. Y así es. Volamos a una pingüinera, donde cientos de pingüinos emperadores, adultos y crías, se hacinan al sol. Es un espectáculo de primera magnitud, el piloto se acerca todo lo que puede sin asustar a los animales y yo me siento un privilegiado. Tras hacer una serie de fotos que nunca serán dignas de National Geographic pero que me dejan satisfecho, el piloto se dedica, en su camino de vuelta, a hacer una serie de piruetas solo para mí. Cuando aterrizamos le doy un abrazo de agradecimiento, sé que es muy posible que una ocasión como esa no se repita en toda mi vida. 

¿Por qué nos caerán tan bien los pingüinos? Son animales torpes en el hielo (o en tierra) y muy ágiles y veloces en el mar, con una figura estilizada que raya el ridículo en nuestros cánones de belleza y estética pero que es pura expresión de la mecánica evolutiva de la vida en el mundo real. Verlos en directo siguiendo un buque oceanográfico rompehielos con una extraña mezcla de curiosidad y temor es un espectáculo fascinante, pero más fascinante es entender por qué están donde están y cómo han llegado a ser como son.

Pingüino azul. Fotografía: Scott Cresswell (CC).

Ya había visto pingüinos desde el barco y cerca de las bases, pero tras ese viaje en helicóptero los empecé a observar de otra forma. Están hechos para nadar. Y los que más me impresionan, sin duda, son los emperadores. Son grandes (miden unos ciento veinte centímetros y pueden pesar más de cuarenta y cinco kilos), elegantes (siempre con su cabeza hacia arriba, con esa mezcla de negro y blanco matizado con un naranja amarillento que les da aspecto de ir metidos en un frac de última moda) e hidrodinámicos (parecen un bolo acabado en un agudo pico que llega a los diez centímetros de longitud en algunos casos). Se los ve con frecuencia seguir el barco, a ver si pueden obtener alimento. A veces nos siguen porque han visto que pescamos y descartamos parte del material, aunque la verdad es que poco es lo que dejamos caer por nuestra sempiterna avidez de muestras por ser escasas y muy preciadas entre los científicos que poblamos el barco. Los veo nadar y me doy cuenta de la facilidad con que lo hacen, no como cuando están sobre los icebergs o la línea de costa, donde prefieren resbalar sobre su vientre en el hielo antes que caminar como tentetiesos vacilantes. Su doble capa de plumas, cortas pero en extremo tupidas, suponen más de un noventa por ciento de la protección que necesitan para el frío y para ser impermeables al agua, aunque la capa de grasa (doble en comparación con la de cualquier otro pingüino) los hace más adaptables a condiciones extremas que ninguno de sus congéneres en la Antártida. 

De hecho, es un animal al revés de los demás. Mientras todos huyen del frío migrando hacia el norte, el pingüino emperador recorre decenas y hasta más de cien kilómetros agrupándose en el interior, hacia el sur. Allí, tras la época de apareamiento, los machos incuban un único huevo durante más de sesenta días en junio, cuando la luz casi se extingue debido al final del otoño austral. Las hembras se han desplazado hacia el norte para comer, mientras los machos deben mantener su temperatura de 39 ºC (y la del huevo) a salvo de las feroces fauces del viento, que puede superar los ciento cincuenta kilómetros por hora, haciendo que la temperatura del aire esté por debajo de los -40 ºC. ¿Cómo sobreviven? Esta debió de ser la pregunta que se hicieron los tres científicos que a principios del siglo XX descubrieron el inaudito comportamiento de los pingüinos emperadores. BowersWilson y Cherry-Garrad lo vivieron y Cherry-Garrad lo describió en el libro El peor viaje del mundo, en el que detallaba el pelotón que los pingüinos efectuaban muy lejos del borde de la banquisa.

Una colonia de pingüinos rey. Fotografía: Liam Quinn (CC).

La estrategia les funciona, pero hay que entender cómo. Para empezar, estos pájaros tienen una gran envergadura, por lo que su relación superficie/volumen es más pequeña que la de otros pingüinos. Pierden por tanto menos calor, también porque sus pies están muy aislados del hielo y sus extremidades son más cortas que en otras especies (un lugar por el que se puede perder mucho calor). Pero es que, además, tienen un sistema de irrigación interna más desarrollado que su pariente más cercano, el pingüino rey, más pequeño y con menos capacidad de soportar el frío. Su nariz es un portento recuperando calor. Los animales adaptados al frío no deben permitir que el viento helado les entre directamente a bronquios y pulmones, pues sería fatal. También poseen esa tupida doble capa de plumas acompañada por un estrato de grasa mayor que otros pingüinos. Pero no es suficiente. Necesitan algo más. Y ese algo más está en su comportamiento. Se hacinan formando un círculo,y de forma mecánica intercambian su posición los que están en el centro y los que están en la periferia en un sinfín de rotaciones que les permite soportar las ventiscas. En esta ecuación hay que tener en cuenta la tolerancia hacia sus compañeros, muy elevada al estar inhibida toda agresividad. Imaginaos si no fuesen capaces de tolerarse a pocos centímetros de distancia. Por eso se los considera los auténticos habitantes de la Antártida, capaces de soportar las inclemencias donde otros tienen que huir para buscar un poco de tregua en zonas más septentrionales. 

Cuando regresan las hembras, los pollos ya han salido o están a punto de hacerlo. Vuelven gordas, embutidas de grasas y comida que utilizarán para alimentar a sus pequeños. Los machos emprenden entonces la misma senda para ir a pescar. Capturarán sobre todo el pez de aguas antárticas Pleurogramma, aunque no le harán ascos a calamares y krill. Sus inmersiones serán someras, de unos dos o tres minutos de duración, pero si es necesario bajarán a más de quinientos metros aguantando la respiración hasta veinte minutos. Están adaptados para eso, con sus densos y fuertes huesos capaces de soportar grandes presiones, y su hemoglobina, capaz de captar gran cantidad de oxígeno (y dióxido de carbono). Su metabolismo se ralentizará, irrigando (también lo hacen las focas) menos las extremidades por las que se pierde calor. Verlos nadar es, como he dicho, un portento. Contemplas animales longevos, de vida pausada, que pueden llegar a vivir unos cincuenta años (llega solo un uno por ciento a esa edad), que maduran tarde y dan un solo pollo cada año. Y no todos sobreviven, los petreles antárticos se encargan de matar a más de un treinta por ciento en cada estación, controlando la población junto con otros animales depredadores o carroñeros. Por eso inquieta un poco el control de sus poblaciones. 

Las estimas son un tanto confusas, porque como todo animal antártico, las poblaciones controladas son aquellas que se encuentran en las rutas científicas o cerca de las bases. «Más de cien años después de su descubrimiento», dice Barbara Wienecke, de la Australian Antarctic Division, «no se conoce la cifra exacta de su población». En los treinta y tres lugares controlados de forma rutinaria se cuentan unos 270.000-350.000 individuos (recuentos del año 2008), pero es posible que haya muchos más. Teniendo en cuenta que comen de uno a dos kilos de pescado al día, su impacto como depredadores no es nada desdeñable (podría ser de un mínimo de doscientas mil toneladas de pescado, que constituye hasta un ochenta por ciento de su dieta). Si hubiese más pingüinos, esta cifra aumentaría. Se ha podido comprobar que en la Tierra de Adelia, durante cincuenta años desapareció un cincuenta por ciento de la población de pingüinos emperadores. La larga serie temporal se debió a la existencia de una base cercana que pudo controlar las oscilaciones de adultos, juveniles y crías. La mortalidad aumentó a medida que aumentaba la temperatura del agua pero, sobre todo, a medida que disminuía en la zona la cubierta de hielo. «Un tanto paradójico», escribe Christophe Barbraud, del CNRS francés, «porque cuanto menos hielo hay, antes llegan a sus lugares de puesta; pero cuanto menos cubierta helada, menos producción, copépodos, krill, peces, calamares…». 

Pingüinos Adelia. Fotografía: Eli Duke (CC).

Los pingüinos se enfrentan a varios problemas, sobre todo en la zona de la península antártica. Allí es donde más variedad hay y un factor inesperado puede ayudar a mermar su capacidad de supervivencia. «Los pingüinos Macaroni o los Adelia están acostumbrados a cierto cambio en la dieta, pero, como otras especies, si los cambios son demasiado acelerados, puede que no sean capaces de mantener el ritmo», afirma Robert Pitman, del National Fisheries Research Service de California. En este caso el cambio climático, como veremos, tiene mucho que ver, pero también la pesca de krill. «La sobrepesca de krill puede darse en cualquier momento», añade Pitman, «porque el tratamiento de descascarillado se ha perfeccionado y es un recurso renovable demasiado interesante en un mundo sobreexplotado por la pesca que busca nuevas especies, nuevos caladeros, nueva proteína para explotar donde sea». Este hecho podría afectar mucho a estas dos especies y, cómo no, a muchos otros eslabones de la cadena que dependen del krill. En el caso de los pingüinos Macaroni, un veinte por ciento menos de la dieta implicaría tener que nadar más por menos, y por tanto perder capacidad de mantener a las siguientes generaciones con vida. «Hay un punto tras el cual no pueden capturar el suficiente alimento para ellos mismos y sus crías», añade el doctor Cresswell, de la Universidad de California; en un reciente congreso del Scientific Cometee of Antarctic Research (SCAR), «no nos equivoquemos, todos los animales se adaptan, pero los extremos son muy duros y estos animales aguantarán fluctuaciones hasta un punto de no retorno». La pesca del krill (y de otros elementos como Pleurogramma) se da en verano, el momento en el que más alimento necesitan las especies para su propia supervivencia. Y a poca profundidad, en las zonas costeras donde hay más pingüinos y otros animales que dependen del maná decápodo que forma enjambres de kilómetros de extensión. 

Pero, según el propio Pitman podría añadirse un problema más, todavía muy poco estudiado. El hecho de tener que nadar más para buscar presas y haber menos cobertura del hielo podría dejar más al descubierto a los pingüinos frente a depredadores como la orca o la foca leopardo. Como siempre, una compleja situación en que más de un factor actúa y actuará como puntilla para la desaparición local de estos (y otros organismos). Solo hay que pensar que en determinadas zonas los registros constatan una desaparición de más del ochenta por ciento de la población de pingüinos Adelia: otra especie (como el emperador) poco fecunda, que madura tarde y que es muy vulnerable a los grandes cambios. Los especialistas del frío van a ver restringido su rango de acción en breve, y seremos testigos de los reductos dispersos en los que tratarán de sobrevivir los que consigan encontrar un refugio adaptado a su supervivencia.

Pingüinos barbijo. Fotografía: Liam Quinn (CC).

Referencias interesantes

Barbraud C. y Weimerskirch H. (2001) Emperor penguins and climate change. Nature 411: 183-186

Imbert B. (1992) North pole, South pole: journeys to the ends of the Earth. New Horizons, New York

Thomas D. (2004) Frozen oceans. Natural History Museum, London.

Fotografía de portada: Philippe Teuwen (CC).


El valor del naturalista

3
Fotografía: Derek Keats (CC).

En parte elegí mi profesión (biólogo marino) por el placer de estar en contacto con el mar y con los paisajes que te brinda el fondo marino. Pasan los años y tus quehaceres diarios de investigación, redacción de informes y artículos y burocracia variada hacen que cada vez tengas menos oportunidades para ponerte las botellas, asir el regulador y calzarte las aletas para meterte en el agua a hacer tu seguimiento y observación de los animales y plantas que estudias. Para mí es un placer el mero hecho de estar ahí, bajo el agua, observando corales o contando peces, pero la disminución de contacto con la naturaleza es, por desgracia, un proceso de «sucesión natural» en el que dejas paso a las nuevas generaciones para que hagan lo que tú hiciste entre los veinte y treinta años: sacar todo el partido posible al mar desde un punto de vista no solo científico sino de puro placer de observación. No he renunciado a este placer, y espero poder estar muchos años disfrutando de ver en directo lo que se me cuenta a través de la pesada escritura de los artículos científicos.

El naturalista, el observador, está muy desprestigiado en una sociedad en la que impera la prisa, la concreción de resultados, el ansia de respuestas y la competitividad. Todo lo «superfluo», todo aquello que no vaya «al grano» y, a ser posible, «ya mismo», se considera inútil o un estorbo. Sin embargo, como concuerdan muchos especialistas, la visión de la gestión a través de la historia natural es esencial para afrontar nuestros actuales problemas. «Para poder hacer una adecuada (y necesaria) simplificación de los ecosistemas y de los hábitats tenemos que hacer uso de la observación y de una visión de la naturaleza mucho más holística» explica Paul Dayton de la Scripps Institution of Oceanography de California «Es necesario un modelo en el que se revalorice el papel del naturalista, con la aplicación de observaciones a largo plazo y con el desarrollo de determinadas disciplinas como la taxonomía o la biología y la ecología de las especies que hoy día están muy desprestigiadas».

2
La paciencia del naturalista tiene su máxima expresión en este hombre, Charles Darwin. Tardó unos veinte años en publicar su On the origin of species, en parte por la enorme cantidad de material y observaciones acumuladas antes de atreverse a sacar su manuscrito a la luz. Imagen: George Richmond (DP).

Hay muchos científicos que ni siquiera ven lo que estudian, que se dedican a hacer experimentos de laboratorio o desarrollar complejos modelos en los que la observación directa de la naturaleza brilla por su ausencia. Durante las últimas décadas, ramas como la genética o la ecología teórica han adquirido mucha fuerza (y recursos), y aunque sean imprescindibles en el contexto social y científico en el que nos movemos, han tendido a sepultar disciplinas como el análisis y clasificación de las especies. Es curioso observar cómo se nos llena la boca con la palabra biodiversidad cuando solo se han descrito de forma adecuada unos dos millones de especies, teniendo en cuenta que puede haber, según los cálculos, de cinco a cincuenta millones en todo el planeta. Un ejemplo de coordinación entre estas técnicas genéticas de última generación y la inquietud de conocer la biodiversidad del planeta lo da el descubrimiento de cientos de variantes en grupos bacterianos de los que hasta ahora poco o nada se sabía. El propio esquema microbiológico marino ha visto una profunda revisión tanto en el número de nuevas especies como en la función de los diferentes grupos.

Lo que está claro es que hay que aprender a apreciar este tipo de ciencia de nuevo. Cada vez escasean más los especialistas capaces de hacer un análisis holístico, completo del sistema. Las nuevas generaciones se ven en muchas ocasiones marcadas por una línea de investigación tan restringida que es difícil que comprendan más allá de su pequeña parcela de estudio. ¿Cómo distinguiremos las perturbaciones naturales de las de origen antropogénico si no tenemos claro cómo funciona la naturaleza? Hablamos de recuperación y estabilidad de los hábitats, pero, ¿sabemos realmente cuándo son estables, cuándo y cómo pueden recuperarse? Para poder medir el estrés debemos tener muy claros determinados conceptos de base y mirar el sistema en su conjunto, no basar nuestras conclusiones en experimentos de cajas o manipulaciones de laboratorio. Hemos de ser capaces de hacer las preguntas adecuadas, de esa forma seremos capaces de afrontar los problemas con seguridad; esas preguntas siempre vienen de una profundización en la observación naturalista del entorno. Las nuevas generaciones han de poder apreciar este tipo de enfoque, esta manera de plantear la ciencia, de lo contrario será complicado que podamos hacer una correcta gestión de nuestro entorno natural.

Educar, transmitir, sensibilizar

Pero, ¿cuál es el camino? ¿Cómo podemos incentivar el acercamiento de la sociedad a la naturaleza de la que dependemos? Creo que casi todos los de mi franja de edad (unos cuarenta años) recordamos con especial cariño esos domingos por la tarde cuando nos poníamos delante de la tele a ver, hacia finales de los setenta, los capítulos de Jaques Costeau del Mundo submarino. De la poca programación decente que había (y con un margen nulo de hacer zapping, excepto con el famoso UHF), este y programas similares se llevaban la palma. Nos quedábamos hipnotizados con salmones saltarines, bosques de coral o las duras condiciones de la Antártida que tenía que capear un frágil Calypso, todo narrado en primera persona por el comandante francés a lo que se añadía una voz en off que explicaba las aventuras de su equipo alrededor del mundo. Costeau, aunque suene a tópico, nos introdujo en el mar como Felix Rodríguez de la Fuente lo hizo con la fauna ibérica, Carl Sagan con los principios de la astronomía y la astrofísica, David Attenborough con los distintos ecosistemas del planeta y Gerald Durrell con la paciente visión del naturalista consumado. No es cuestión de reivindicar ninguna figura en este texto, solo trato de reflexionar un poco sobre cuál es la forma de ayudar a la mejor gestión de los océanos desde un punto de vista educativo. Muchos de los programas que he mencionado se daban en prime time, mientras que en su mayoría se ven ahora relegados a cadenas de televisión secundarias (y posiblemente deficitarias) y a horas intempestivas. Nada, en mi opinión, va a hacer cambiar la visión de los actuales productores de televisión respecto a programaciones que no venden como los reportajes, y menos los científicos, pero explicar las cosas de forma correcta, amena y con una sólida base de conocimiento no es una tarea tan compleja y puede ser muy atractiva. Yo soy de los que tengo el convencimiento de que puede ser incluso rentable.

FOTO 4-portada Guía del naturalista
Algunos guardamos memoria de libros que han podido ser fuente de inspiración al salir al campo a investigar. Imagen: TURSEN-HERMANN BLUME.

Hay que conocer bien y mostrar los problemas para que puedan entenderse y, por tanto, darles solución. El primer paso es, sin duda, la implicación del científico en la tarea divulgativa. No hace falta que escriba novelas ni se convierta en periodista científico como yo, no es necesario que escriba ensayos sobre mares transformados, pero la sociedad tiene el derecho a exigirle que se esfuerce para hacerse entender de la mejor manera posible. Es fundamental, en este discurso, una implicación directa, una explicación a los medios que han de procurar siempre tener un interlocutor válido, alguien capaz de entender lo que se les está diciendo, alguien con criterio para no meter la pata en órdenes de magnitud o unidades, alguien que sepa filtrar de forma adecuada la información para luego darla a conocer de forma llana, comprensible a un carpintero, un conductor de autobús o un abogado. Por un lado, falla el científico que no quiere perder tiempo hablando con esa persona, que cree que él ya ejerce un rol determinado y no ha de dar tantas explicaciones sobre su labor: para eso escribe en revistas especializadas y hace informes, ¿no? Esa actitud, en parte por arrogancia y en parte por colapso de trabajo, no favorece la trascendencia de su labor, lo que no facilita en muchos casos la aceptación por parte de la sociedad que puede que no comprenda por qué ha de seguir financiando según qué cosas. Es difícil demostrar que la reproducción de las gorgonias es fundamental para tener un cuadro completo de su dinámica de poblaciones y, por tanto, de su capacidad de resistir las perturbaciones naturales o humanas que afectan a la población. De esas poblaciones dependen, entre otras cosas, los caladeros de pesca o el turismo costero. Por eso, incluso lo que pensamos más complicado de explicar, aquello que estamos seguros que a la gente le puede importar un rábano, ha de ser puesto al alcance de todos de una u otra forma.

Esta serie de vídeos es una idea simple y magnífica de transmitir la pasión por la ciencia, la curiosidad y unos conocimientos a veces esquivos que con una canción, entran mejor.

Pero no me olvido de la otra parte, el periodista que se ha especializado en ciencia y tecnología. En muchas ocasiones falta una rigurosa preparación que le permita profundizar en el tema, cribar los contenidos, plantear un artículo a la vez atractivo y riguroso. A veces, su falta de preparación puede llevar a malas interpretaciones, a sacar fuera de contexto cifras y conclusiones, a proponer títulos alarmistas. No están solos, los coordinadores de la sección pueden ser los responsables de ese titular o del recorte que distorsione la propia verdad de la columna escrita, por falta de espacio, por atraer al lector o a veces por ignorancia del tema. Son pocos los periódicos, radios o programas de televisión que se dedican a ciencia, y los que lo hacen tratan de ejecutarlo con mucha dignidad, aun presionados por un mercado en el que vende el primer impacto.

FOTO 5-Nido pez globo
Páginas de Facebook hechas por científicos especializados en comunicación como la de I fucking love science (más de nueve millones de seguidores) están ayudando a transmitir el mensaje a una sociedad cada vez más pendiente de la información vía la red.

Todas las personas son objetivo para la divulgación pero, ¿quiénes son los preferentes? En mi opinión hay tres grupos en los que hay que volcar más esfuerzo desde diferentes perspectivas y con diferentes métodos: los que se van a encontrar con el «pastel» que les estamos dejando desde un punto de vista ambiental (niños y jóvenes), los que pagan impuestos y los que toman decisiones políticas sociales y económicas. O sea, todos. Pero de distintas formas. No me voy a extender en explicar nada de los primeros dos grupos: hay muchas iniciativas, grupos de trabajo y esfuerzos que parece que poco a poco están cambiando el rumbo de las cosas. Ministerio, administraciones regionales y locales o Unión Europea cada vez dedican más esfuerzo y presupuesto a estas iniciativas. El nuevo programa europeo de ciencia, el Horizon 2020, tiene un compromiso nunca visto antes con la transmisión de conocimiento a la sociedad.

Sí me gustaría comentar algo respecto a políticos, empresarios, economistas y sociólogos. En mi opinión, un curso simple de ecología y biología (no ecologismo) les haría comprender por qué no podemos seguir funcionando como lo estamos haciendo. La asunción de que el único modelo económico y social posible es el del crecimiento o expansión continua se basa en una concepción muy humana y muy poco realista de nuestro entorno. Nada crece de forma indefinida. Explicar cómo funciona un ecosistema haría entender por qué no puede haber un agotamiento de recursos ni una gestión que degrade el entorno de tal modo que las especies (nosotros) que lo habitamos tengamos que buscar uno suplementario en un mundo finito. Estoy convencido de que si un economista entendiese esto, se daría cuenta de por qué el modelo actual está simplemente destinado al fracaso más absoluto, sobre todo cuando las transformaciones se están dando de forma tan acelerada. Una tarea nada simple que al final revertirá en un cambio de modelo que a nuestros ojos parecerá radical y en muchos aspectos impopular pero que no tendremos más remedio que adoptar en un futuro próximo. Pero para poder hacerlo, los primeros en asimilarlo han de ser los que manejan los hilos, los que toman las decisiones, y eso solo se hace a través de una adecuada transmisión de conocimientos.

No he encontrado nunca nadie al que, si le explicas las cosas bien, con entusiasmo y rigor, no se interese por temas de cambio climático, la Antártida o incluso la vida de las gorgonias (que es apasionante si logras explicarla de forma adecuada). Pero se necesitan más entusiastas, más profesionalidad y los cauces adecuados para hacerlo… quién sabe, a lo mejor juegos de Wii o Play Station del tipo Call of Duty pero que introduzcan temas de medio ambiente, química, física o matemáticas…

Referencias interesantes:

Dayton PK, Sala E (2001) Natural history: the sense of wonder, creativity and progress in ecology. Scientia Marina 65:199–206 (free download)

Zanetell BA, Rassam G (2003) Taxonomists: the unsung heroes of our quest to save biodiversity. Fisheries 28:29

Fotografía de portada: Thomas Quine (CC).


El bosque animal

Si preguntáramos a cualquier persona por los seres vivos que pueblan un bosque, nos daría una larga lista de árboles y animales que viven a ras de tierra. Sin embargo estos espacios, que sirven de cobijo a infinidad de organismos, no son patrimonio exclusivo de la superficie. El mar guarda en su seno una inmensa variedad de forestas: poblaciones de kelp, bosques de gorgonias, extensos campos de esponjas, arrecifes coralinos… Su principio estructural (estructuras tridimensionales vivas) es similar, pero bajo las aguas los animales dominan. La comparación entre bosque animal y bosque vegetal nos ayudará a comprender mejor la estrategia de cada componente y por qué en la naturaleza esta táctica ha tenido tanto éxito. Tanto los animales como las plantas crean bosques con la idea de abarcar el máximo espacio posible. Sin embargo, mientras los árboles utilizan las hojas para captar la luz y las raíces para tomar nutrientes y agua, los animales que construyen los bosques marinos, aunque estén fijos al sustrato, no poseen raíces, y sus hojas son los pólipos (corales y gorgonias) o pequeños agujeritos (esponjas) u otras estructuras por las que entra el alimento. Por eso han de buscar lugares lo más expuestos posible a las corrientes marinas, para interceptar ese alimento que viaja en suspensión en el agua, a través de sus particulares estructuras alimenticias.

Tanto en tierra como bajo el mar, la naturaleza ha creado estructuras similares para acaparar espacio, luz (en caso de llegar, pues a gran profundidad se extingue) y alimento. (Fuente: Photography https://www.facebook.com/FFotograf )
Tanto en tierra como bajo el mar, la naturaleza ha creado estructuras similares para acaparar espacio, luz (en caso de llegar, pues a gran profundidad se extingue) y alimento. (Fuente: Photography )

¿Por qué es impensable un bosque animal en tierra firme? El bosque animal necesita alimento en suspensión, bien sea compuesto de partículas vivas o muertas, algo abundante en el agua, dadas sus propiedades moleculares y su viscosidad. Sin embargo, eso sería impensable en el aire, que a lo sumo transporta polvo, polen y alguna que otra hoja cuando sopla el viento, pero es incapaz de mantener suspendida la comida que precisa un animal. Lo más parecido a un organismo suspensívoro —que come alimento en suspensión— son algunas arañas que con su red atrapan animalitos que vuelan o se dejan transportar por las corrientes de aire. En el mar, los principales constructores de los bosques son animales capaces de crear, como las plantas, estructuras tridimensionales o volúmenes que les permiten acaparar espacio y nutrientes, que luego los inquilinos pululantes como cangrejos, peces o gusanos, aprovecharán para refugiarse, aparearse o comer; a más ramificación y diversidad de las estructuras, más complejidad y por tanto más lugares donde elegir alimento, pareja o cobijo. El crecimiento de estos bioconstructores, bien sean corales, gorgonias, briozoos o esponjas, varía muchísimo según la especie. Hay corales que crecen apenas unos milímetros en un año como el coral tipo cerebro, mientras que otros alcanzan los 15 cm al año, tal es el caso de los corales tipo astas de ciervo. Todo depende de la destreza que posea la especie para colonizar y acaparar espacio, de las condiciones hidrodinámicas del lugar, de la cantidad de alimento disponible en la zona y, por supuesto, de su estrategia biológica.

Esta gorgonia del Mar Rojo adopta la forma de abanico para retener el mayor número de partículas que las corrientes marinas llevan a los pólipos, pero, a su vez, dispone su estructura para captar la luz. (Foto: Sergio Rossi)
Esta gorgonia del Mar Rojo adopta la forma de abanico para retener el mayor número de partículas que las corrientes marinas llevan a los pólipos, pero, a su vez, dispone su estructura para captar la luz. (Foto: Sergio Rossi)

Hay esponjas, corales y gorgonias que contienen en su interior algas simbiontes —el dinoflagelado Symbiodinium—, que permiten el intercambio de nutrientes entre el animal y el propio vegetal refugiado en su interior. Esta relación favorece mucho la conquista de espacios en los que el alimento es escaso, pues parte de la energía que necesitan la pueden adquirir de las propias algas. Se trata de organismos animales muy cercanos a las plantas pues dependen de la luz y de los nutrientes disueltos para sobrevivir y crecer, por lo que podemos considerarlos en gran parte autótrofos, como los árboles verdaderos. Sin embargo, hay otros que viven totalmente a expensas del alimento suspendido en el agua: son los heterótrofos puros, animales que dependen por completo de las partículas en suspensión para crear sus propias bioestructuras.

Los corales pueden reproducirse de forma sexual o asexual, según la especie, las condiciones ambientales y la época del año. Cuando el arrecife es joven o inestable, la diversidad de especies suele aumentar y aparecen bosques mixtos de corales, esponjas, gorgonias o briozoos.

Mosaico Mediterráneo, donde podemos ver coral rojo, esponjas, briozoos, algas...(Foto: Sergio Rossi)
Mosaico mediterráneo, donde podemos ver coral rojo, esponjas, briozoos, algas…(Foto: Sergio Rossi)

Uno de los factores que convierte a los bosques animales en pieza clave para entender su importancia es la diversidad que pueden llegar a albergar. No es solo la gran cantidad de refugios y oquedades lo que hace crecer el número de especies en estos hábitats, sino el intercambio de materia que se produce entre los animales y el agua: al comer partículas en suspensión, corales, gorgonias, esponjas o briozoos reciclan el material, parte de este será aprovechado por un sinfín de bacterias y algas microscópicas, que a su vez servirán de alimento a gusanos, pequeños crustáceos o caracolillas. Pero además, al ser estructuras ramificadas, complejas y llenas de obstáculos, los bosques animales retienen mucho más tiempo las partículas en suspensión, pues crean remolinos, turbulencias y desviaciones de corrientes de agua que chocan contra ellos. Esto implica más comida para los bioconstructores y también para los peces, cangrejos y otras criaturas.

Este nudibranquio parece una vaquita suiza...y así se le llama vulgarmente. Es uno de los organismos que se aprovecha del alimento del bosque animal. (Foto: Sergio Rossi)
Este nudibranquio parece una vaquita suiza…y así se le llama vulgarmente. Es uno de los organismos que se aprovecha del alimento del bosque animal. (Foto: Sergio Rossi)

Corales masivos, corales foliares, corales arborescentes… el jardín de Poseidón

Los arrecifes de coral, uno de los principales bosques animales, están constituidos por hexacoralarios (madreporarios). Son cnidarios capaces de construir esqueletos calcáreos con la ayuda de minúsculas algas que viven en su interior. Con el tiempo, estas estructuras crean barreras, atolones, plataformas o extensiones en la costa que pueden considerarse como auténticos jardines o bosques sumergidos. Los corales tienen formas variables. Dependiendo de su fisiología, de la zona en la que crezcan más a gusto o de las condiciones ambientales encontraremos corales masivos, blandos, ramificados… así, a poca profundidad son frecuentes los corales que forman plataformas para captar mucha luz, mientras que en zonas poco protegidas del oleaje es fácil ver corales masivos como el del tipo cerebro, capaces de aguantar los embates de las olas. Un coral blando (o sea los que no tienen una estructura calcárea robusta y bien definida) no podrá estar en la zona intermareal (al no poderse exponer al sol y la sequedad durante mucho tiempo) y en zonas muy profundas la estructura de las colonias de coral se transformará para captar al máximo la luz que les es indispensable para su funcionamiento.

Bosque animal en Tailandia (Foto: Amazing Underwater
Bosque animal en Tailandia (Foto: Amazing Underwater)

Todas las entradas y salidas pasan básicamente por esas curiosas «flores» llamadas pólipos. Los pólipos son la base de intercambio con el mundo exterior: capturan alimento, permiten la entrada de luz (en los cnidarios que poseen algas simbiontes) y la salida de los productos sexuales (larvas, huevos esperma) o productos de deshecho. No siempre están abiertos, dependiendo su actividad de las corrientes, los ciclos solares o la actividad de depredadores que puedan lastimarlos.

Lo que parecen flores en esta gorgónia púrpura son voraces bocas por las que se alimenta la colonia del árbol animal. (Foto: Sergio Rossi)
Lo que parecen flores en esta gorgónia púrpura son voraces bocas por las que se alimenta la colonia del árbol animal. (Foto: Sergio Rossi)

Cualquier bosque de gorgonias, coral o esponjas tiene infinidad de escondrijos para sus habitantes. Pero no es solo la complejidad de formas lo que influye en la diversidad de la fauna y flora, sino la estabilidad climática: cuanto menos «sobresaltos» estacionales haya más posibilidades de diversificarse tiene la vida. Por eso tanto las selvas tropicales como los arrecifes de coral han tenido tanto éxito en albergar especies muy variadas en su interior. Al no haber sufrido períodos glaciares intensos, cambios climáticos tan bruscos y episodios de mortalidad tan marcados como las zonas templadas o subtropicales durante un período de tiempo muy largo, las especies han ido encontrando nichos ecológicos cada vez más especializados, más diversificados. Han tenido tiempo de adaptarse y «refinar» hasta límites insospechados su modo de vivir.

Esponja con cara sorprendida. (Foto: Amazing underwater
Esponja con cara sorprendida. (Foto: Amazing underwater)

En nuestras costas, especialmente en la franja mediterránea, encontramos también bosques similares aunque no tan diversos como el de los arrecifes coralinos: los bosques de gorgonias y esponjas a poca profundidad (entre los veinte y noventa metros) y los bosques de coral blanco a gran profundidad (entre los noventa y doscientos metros). El coral rojo, esponjas de diferentes formas y colores, gorgonias blancas, rojas o naranja y otros animales fijos a la roca conforman el coralígeno, un paisaje en el que dominan los animales frente a algunas algas (especialmente algas incrustantes) que cohabitan compitiendo por el escaso espacio disponible. A más profundidad, grandes masas de coral blanco conforman los aún muy poco conocidos arrecifes del borde de la plataforma, donde se precipitan en muchos casos cañones submarinos (como los de Colorado pero bajo las aguas) hasta grandes profundidades. Justo en los bordes, aprovechando las corrientes ascendentes y descendentes de las abruptas paredes, vive una comunidad de madreporarios que albergan gran cantidad de peces y crustáceos.

Bosque animal del Mediterráneo donde vemos en las paredes rocosas a la gorgonia camaleón Paramuricea clavata (Foto: Sergio Rossi)
Bosque animal del Mediterráneo donde vemos en las paredes rocosas a la gorgonia camaleón Paramuricea clavata (Foto: Sergio Rossi)

No solo los corales construyen: en determinadas zonas dominan las esponjas, las gorgonias o incluso los briozoos. Todos son considerados bioconstructores, aunque no todos pueden crear, como los corales, un hábitat ideal que da refugio a gran cantidad de especies. En zonas como la Antártida, los fondos están dominados básicamente por las esponjas, con un 70% de la biomasa, siendo su diversidad exuberante aunque basada en otros principios respecto a la formación tropical de arrecifes y barreras coralinas. En el Mediterráneo, otros biocostructores importantes los constituyen los llamados briozoos, o «animales musgo», filtradores también ellos de partículas en suspensión pero de un grupo animal muy diferente.

Otros componentes del bosque animal como estas ascidias no son menos importantes (Foto: Sergio Rossi).
Otros componentes del bosque animal como estas ascidias no son menos importantes (Foto: Sergio Rossi).

Empieza la colonización: historia de una larva

La historia del asentamiento de un invertebrado sésil marino, como las gorgonias, es un proceso complejo. Tras la dilución que sufren los gametos masculinos en el medio líquido, alguno llega a destino fecundando las gónadas femeninas que se hallan en el interior o en el exterior de los pólipos. En el caso de las gorgonias que «incuban» sus larvas, solo una o dos saldrán del pólipo al exterior, liberadas de manera casi sincrónica entre finales de julio y principios de agosto en el Mediterráneo. La larva ha de conseguir desplazarse y pegarse a un sustrato favorable, perdido entre la «inmensidad» de sustratos posibles. No es sencillo encontrar un lugar apropiado para asentarse, pues los fondos blandos no son aptos para gran cantidad de especies (como las anteriormente mencionadas), y constituyen hasta un 70% del bentos. Es posible que en sustrato duro la larva encuentre otros organismos ya asentados, pero si encuentra un hueco o bien uno de los posibles competidores es más débil, tiene opciones de sobrevivir. Después viene uno de los momentos más duros, el pasar la primera temporada de otoño e invierno, donde las tramontanas o levantes de gran intensidad pueden acabar con gran cantidad de los reclutas recién asentados. Poco a poco crecen los recién llegados, siempre que encuentren alimento adecuado (como dieta) y suficiente (como cantidad) para poder subsistir y desarrollarse. Nunca dejan de competir por el espacio, y en su siguiente fase pasan al estado reproductor, que no es posible hasta no tener una talla mínima en la mayoría de los organismos plurianuales como son las gorgonias. Las colonias así maduras producen gametos para empezar así de nuevo el ciclo. Todos estos factores (que no son más que una concatenación de probabilidades) han de ser tenidos en cuenta para comprender la «suerte» que han tenido los residentes adultos de una comunidad al haber encontrado un lugar donde establecerse. Las primeras fases de colonización pueden ser muy lentas.

Nunca se sabe dónde irán a parar las larvas en el bosque animal. Puede pasar que tres se junten en extrañas formas como estas tres esponjas que forman «chimeneas». (Foto: Sergio Rossi)
Nunca se sabe dónde irán a parar las larvas en el bosque animal. Puede pasar que tres se junten en extrañas formas como estas tres esponjas que forman «chimeneas». (Foto: Sergio Rossi)

Muerte y regresión de los bosques animales

Los bosques animales están siendo agredidos de forma sistemática. Arrecifes coralinos en mares tropicales muertos por el coral bleaching, corales profundos de los mares del norte y templados arrasados por la pesca de arrastre, bosques de gorgonias mediterráneos afectados por una mortalidad masiva debida a un estancamiento de aguas calientes… un cúmulo de efectos que está golpeando seriamente a los bosques animales de todo el mundo. El caso quizás más conocido de enfermedad y mortandad de los bosques animales es el de los arrecifes de coral. Gran parte del color que podemos ver en las diferentes especies de coral es debido a los pigmentos de las algas microscópicas que viven en el interior de sus pólipos y mesoglea. A veces, todas estas células son expulsadas del interior del coral, que se torna completamente blanco: esto es el bleaching o blanqueado del coral. Las condiciones ambientales adversas como exceso de contaminación, aguas demasiado turbias, cambios de salinidad o un aumento drástico y prolongado de la temperatura favorecen el blanqueo. Si el coral logra recuperar las algas, el arrecife puede seguir su curso; sin embargo en muchas ocasiones el proceso es irreversible y ecosistemas enteros se ven afectados para siempre. Pero en muchas ocasiones, las perturbaciones no vienen solas, sino que actúan de forma sinérgica… hablaré de ellas en otros posts, ahora solo quería explicar un poco qué era el bosque animal. En mi opinión, conocer un poco más las cosas nos ayuda a respetarlas, amarlas y, quién sabe, hasta defenderlas…

Los científicos buscamos respuestas para comprender la regresión del bosque animal en todo el planeta. En esta foto se ven cámaras de incubación para comprender cómo se alimentan las gorgonias de la Antártida. (Foto: Josep-María Gili)
Los científicos buscamos respuestas para comprender la regresión del bosque animal en todo el planeta. En esta foto se ven cámaras de incubación para comprender cómo se alimentan las gorgonias de la Antártida. (Foto: Josep-María Gili)


Mares de hoy, mares de antaño

Al filo de mi último mensaje, acabo de leer una noticia esperada (al menos por una parte de aquellos que estamos siguiendo estos temas un poco de cerca), pero no por ello menos preocupante y, en el fondo, triste: ya se está perfilando un mapa de pesca para las aguas del continente antártico (lo podéis encontrar aquí).

 Mapa en el que se intenta proponer la creación de zonas restringidas a la pesca.
Mapa en el que se intenta proponer la creación de zonas restringidas a la pesca.

A pesar de haber un esfuerzo importante por parte de determinados gobiernos y organizaciones no gubernamentales por mantener el continente al margen de nuestro voraz y desesperado apetito, los caladeros de pesca en el mar están sobreexplotados en su gran mayoría, buscamos por tanto nuevos horizontes en el planeta finito. Por eso quería hacer una reflexión general que va más allá del continente blanco y que dará pie a diversos mensajes más detallados de algunos de los problemas que cada vez presionan más a los océanos en casi todos los lugares del mundo y que necesitamos comprender con urgencia.

El ser humano ha impactado esencialmente en todos los hábitats de la biosfera. En más de una ocasión se ha insistido en que existe una necesidad urgente de crear una ecología eficaz que contribuya a la gestión de un ecosistema de forma sostenible. Se necesita saber más sobre conceptos como persistencia, resiliencia y recuperabilidad o procesos de sucesión que puedan simplificar o añadir complejidad a los sistemas. Esto implica saber más sobre tamaños de población, flujos genéticos, relaciones positivas o negativas de simbiosis y enfermedades… el ambiente marino es sin duda el más retrasado en esta relación de conceptos, al ser el más inaccesible y desconocido. Hay ecólogos (marinos y terrestres) que nunca han visto las comunidades que estudian. En el marco global del estudio de ecosistemas, la observación pura y dura y la historia natural parecen ser las disciplinas más desprestigiadas. Pero sin una formación adecuada en historia natural nos arriesgamos a producir ecólogos estrechos de miras. Los naturalistas están más cerca de los poetas que de los ingenieros, y su intuición está basada en una experiencia de primera mano y el sentido común. Las transformaciones que se han dado (y se están dando) en los ecosistemas marinos merecen una reflexión fruto no solo de la experimentación puntual sino de la observación y de la mirada hacia atrás, hacia lo que fue en su momento un equilibrio que ahora se ha visto desplazado en todos los ecosistemas marinos del mundo.

Estos turistas solo quieren disfrutar de la compañía de un manatí, pero el exceso siempre acaba perturbando el sistema si no se ponen reglas y un cierto freno a nuestras actividades.
Estos turistas solo quieren disfrutar de la compañía de un manatí, pero el exceso siempre acaba perturbando el sistema si no se ponen reglas y un cierto freno a nuestras actividades. Fuente.

Las transformaciones del mar

La biota marina es muy diversa. En nuestro planeta hay cincuenta phylums y solo uno es estrictamente terrestre; el resto tiene representantes en la mar. Es muy interesante constatar que todos esos phylums se diferenciaron en el Cámbrico (hace unos seiscientos millones de años), evolucionando en un ambiente acuático. Desde esos tiempos pretéritos el mar se ha helado en algunas zonas, ha sufrido condiciones anaerobias (falta de oxígeno) en otras, ha sido impactado por meteoritos y ha cambiado de nivel en diferentes ocasiones. Los límites con la tierra firme también han cambiado, convulsionando en muchas ocasiones las comunidades bióticas expuestas a nuevas condiciones ambientales. Esas biotas son el reflejo combinado de cambios históricos en la dinámica de la física, la química y la biología del entorno en el que se mueven las comunidades vivas. Hoy día, diferentes transformaciones han afectado a esas comunidades de forma más o menos acelerada, cambios que amenazan con transformar el propio funcionamiento del mar tal y como lo empezamos a entender ahora. La falta de una visión directa y la dificultad inherente de experimentar que posee todo aquello que se halle bajo el nivel del mar hacen muy difícil una evaluación tal y como se hace en los diferentes ecosistemas terrestres. Este marco conceptual ha hecho que el mar siempre haya sido visto como una fuente inagotable de reservas y «libre de fronteras». Es indudable que la provisión de proteínas para consumo humano es un claro ejemplo del beneficio que los ecosistemas marinos aportan a la especie humana. Sin embargo, las perturbaciones que los diferentes sistemas marinos están padeciendo empiezan a hacer difícil esta explotación.

Tenemos que cambiar nuestra percepción respecto al papel que tenemos dentro de los ecosistemas; es obvio que dependemos de ellos para sobrevivir, y el rol de superioridad que nos hemos otorgado puede volverse en nuestra contra si no conseguimos crear una relación distinta.
Tenemos que cambiar nuestra percepción respecto al papel que tenemos dentro de los ecosistemas; es obvio que dependemos de ellos para sobrevivir, y el rol de superioridad que nos hemos otorgado puede volverse en nuestra contra si no conseguimos crear una relación distinta. Fuente.

La pesca como perturbador

Ha corrido mucha tinta respecto a cuáles son las perturbaciones que más han afectado el equilibrio marino durante las últimas décadas (e incluso siglos). Hoy podemos decir, sin lugar a dudas, que la pesca es el principal perturbador de los equilibrios entre especies y del flujo de energía de los ecosistemas. Y dentro de la extracción de recursos, la pesca de arrastre ha sido, definitivamente, la que más daño ha infligido (y sigue infligiendo) en las últimas tres décadas. ¿Por qué? La pesca de arrastre limpia el fondo, despeja amplias áreas no solo de fauna vágil (peces, cefalópodos, etc.) sino de fauna y flora sésil (gorgonias, corales, fanerógamas marinas) que proporcionan complejidad al sistema marino. El tipo de impacto debido al arte de pesca en el suelo marino depende de su masa, el grado de contacto y la velocidad a la que se mueve. En determinados lugares, la media de arrastre del arte (California) es de 1,5 veces al año, con zonas arrastradas hasta tres veces por año. Las estadísticas sugieren que se está barriendo aproximadamente un 20% de la plataforma continental cada año, y que hay espacios en los que hasta el 80% del área es perturbada durante ese periodo. Cerca de Hong Kong hay zonas donde el arrastre se produce hasta tres veces al día. No se sabe con certeza cuánta área perturbada tenemos en el planeta. Un «barrido» tan frecuente impide cualquier posible recuperación de la biota marina. Uno de los efectos más perniciosos es la homogeneización del substrato, el transformarlo en una masa uniforme en la que algunas especies oportunistas y de rápido crecimiento y ciclo de vida campan sin problemas aprovechando la frecuente perturbación del sistema. Se ha llegado a argumentar que la sobrepesca ha eliminado virtualmente a los nuevos depredadores teleósteos (peces), resultando en un resurgimiento del sistema Mesozoico dominado por equinodermos y crustáceos. 

Pesca de arrastre, o cómo el arado del mar acaba destruyendo el fondo marino aparte de acabar con los stocks de pescado. Fuente: Greenpeace.

Perturbación a diferentes escalas

Hay una clara evidencia de que la pesca comercial está provocando profundos efectos sobre los ecosistemas marinos. En los ecosistemas marinos las perturbaciones a pequeña escala de origen natural influyen en las comunidades generando discontinuidades de distribución o patchiness. En un momento determinado se dio a entender que la perturbación de los pesqueros podía incrementar la diversidad por ese motivo. Pero eso es falso, debido a que no se tiene en cuenta la distribución global de las especies, su demografía y sobre todo su resiliencia. La resiliencia podemos considerarla como la capacidad de regeneración y resistencia a las perturbaciones (naturales o no) que sufre una especie o ecosistema. Por ejemplo: un coral rojo tarda decenas de años en llegar a una talla máxima, mientras que el ciclo vital de un poliqueto (gusano marino) que viva cerca de la boca de un colector puede ser de meses; la capacidad de recuperación de una especie y otra será drásticamente diferente, así como su resiliencia en el ecosistema.

La dimensión temporal es considerada por el intervalo entre perturbaciones y el tiempo de recuperación. De ese modo, una serie de perturbaciones demasiado frecuente hará imposible la recuperación de cualquier organismo o ecosistema de larga vida (que suelen ser los que dan forma a los sistemas más complejos). En este contexto no debemos olvidar tampoco la variable espacial. La dimensión espacial ha de ser considerada como la relación entre el área perturbada y el tamaño real del hábitat. Es decir, si la perturbación no transforma todo el hábitat, se puede considerar recuperable, pero en el momento en el que todo ese hábitat viene perturbado la recuperación se hará más difícil y, en algunos casos, prácticamente irreversible (a escala humana).

Pez luna, uno de los controladores de las proliferaciones del plancton gelatinoso (las medusas).
Pez luna, uno de los controladores de las proliferaciones del plancton gelatinoso (las medusas). Fuente.

Estructuras tridimensionales vivas

Volviendo a la pesca, y especialmente a la de arrastre, ¿por qué puede afectar tanto al conjunto de los ecosistemas marinos? Hay que pensar que las especies que no pueden desplazarse (sésiles) suelen formar «bosques submarinos» (vegetales o animales) que proporcionan complejidad (y por tanto riqueza) al sustrato marino. Otros procesos en los que estos organismos juegan un papel importante incluyen la estabilidad del sedimento, la turbidez del agua, el procesamiento de nutrientes y carbono, el secuestro de contaminantes así como el suministro de fármacos y sustancias dedicadas a la nutrición (sin olvidar los valores recreativos y estéticos). Muchas de estas especies se ven irreversiblemente afectadas por una perturbación reiterada como es el arrastre al no poder recuperarse, perdiéndose toda posibilidad de reclutamiento y reinserción en el sistema. Se pierde la estructura tridimensional viva que conforman. Las poblaciones o «manchas» de estos organismos pueden modificar el hidrodinamismo en una amplia escala espacial, influyendo mucho en los flujos verticales y horizontales de comida y larvas en el suelo marino. Tanto el tamaño de los organismos como de la «mancha» son importantes. Estas modificaciones crean variación en el fondo del mar, añadiendo biodiversidad. Pero sus estructuras tridimensionales son muy vulnerables a la pesca de arrastre. Y esta perturbación no se ciñe solo a los hábitats a poca profundidad, sino también a los corales profundos que están siendo radicalmente transformados. En estos hábitats los efectos sobre la biodiversidad son más exacerbados, porque las especies son muy longevas y de crecimiento muy lento, por lo que la creación de la estructura tridimensional viva puede tardar siglos en completarse, considerándose madura. Los corales profundos se encuentran sobre todo en los márgenes de la plataforma continental, en el borde de los cañones. Un ejemplo es el de Lophelia pertusa, un coral profundo que se encuentra en manchas discretas a cientos de metros de profundidad, construyendo arrecifes de cientos de metros a kilómetros y hasta cuarenta y cinco metros de altura colonia sobre colonia. En un solo emplazamiento en Tasmania se encontraron 299 especies diferentes, el 43% de las cuales eran nuevas para la ciencia. La tasa de destrucción por la pesca de arrastre de estos sistemas es mucho más elevada que su conocimiento. Quizás por eso el Ministerio de Medio Ambiente ha decidido restringir la pesca de arrastre en el Mediterráneo hasta los mil metros, en un intento de no destruir algo tan difícilmente recuperable como son los arrecifes profundos. 

Las gorgonias formas un bosque submarino junto con esponjas, corales, briozoos, etc.
Las gorgonias formas un bosque submarino junto con esponjas, corales, briozoos, etc. Fotografía de Sergio Rossi.

Mares de antaño

Pero las transformaciones de las que ahora somos testigos son muy anteriores al siglo XX. La pesca de arrastre solo ha rematado una larga decadencia que proviene de un tiempo más remoto del que imaginamos. En efecto, se puede decir que los mares y océanos que bañan nuestras costas ya estaban transformados antes de que, aceleradamente, acabásemos de moldearlos a nuestra conveniencia. Vamos a poner algunos ejemplos sorprendentes y bien documentados. En el mar Caribe, la presencia de grandes tortugas era omnipresente: se calcula que solo en la isla de Jamaica había unos seis millones de ejemplares a mediados del siglo XVII (cálculos muy conservadores), y distintos relatos hablaban de una auténtica sopa de tortugas en determinadas bahías y ensenadas. Sin embargo, el tráfico de esclavos y su consiguiente necesidad de carne fresca para el consumo hizo de estos animales un blanco fácil. Su pesca las diezmó rápidamente, así como a manatíes y focas del Caribe (ahora ya extintas). El hecho de la extinción en sí no es la única cosa grave: la desaparición de grandes herbívoros significó un cambio drástico en todas las relaciones tróficas (alimenticias). La bioturbación (o impacto) sobre los ecosistemas por parte de estos animales se vio mermada hasta ser solo testimonial. Ya no hay grandes herbívoros que ramoneen en las extensas praderas de plantas marinas. Como parangón, pensemos en una sabana africana sin grandes comedores de hierba como elefantes o antílopes: sin ellos el cambio de todo el ecosistema llevaría a un equilibrio muy diferente de sus flujos energéticos. En estos momentos, los científicos y los gestores de las diferentes áreas del Caribe son conscientes de estar estudiando un ecosistema ya cambiado, lejos del paraíso intacto que se suele presentar. No es menos un ambiente tan familiar como el Mediterráneo: desaparecidos los grandes vertebrados, organismos como las medusas proliferan ayudados por unas condiciones ambientales favorables, y por unas cadenas tróficas totalmente transformadas. Atunes, peces luna, y tortugas, ahora mucho más escasos, no producen impacto alguno en los bancos de plancton gelatinoso que se acercan a la costa.

Hoy día las poblaciones de tortugas son un pálido reflejo de lo que fueron, entre otras cosas por la profunda transformación del hábitat.
Hoy día las poblaciones de tortugas son un pálido reflejo de lo que fueron, entre otras cosas por la profunda transformación del hábitat. Fuente.

Otro ejemplo: en la bahía de Chesapeake (noreste de Estados Unidos) hay una permanente eutrofización, es decir, una gran cantidad de algas microscópicas que a duras penas dejan sobrevivir a otros organismos. ¿Siempre ha sido así? ¿Es la moderna situación de humanización la que ha llevado al límite esta extensa área? A principios del siglo XIX la bahía era muy rica en pesca. Pero era rica en otra cosa a la que no se le ha prestado tanta atención: bancos de ostras. Se contaban por cientos las toneladas de ostras que se extraían y se comercializaban. En los relatos y cuadernos de mercaderes de la época se hablaba de zonas en las cuales las ostras podían hacer encallar a las embarcaciones: al ser animal que crece bastante rápido los bancos podían aparecer en pocos años en lugares donde antes podían pasar las barcas. Las ostras eran la bomba que succionaba las algas microscópicas. Eran las que controlaban la eutrofización. Desaparecidas las ostras, la posibilidad de regulación y recuperación del ecosistema era menor. Es obvio que la presión humana a través de mayor población y mayores vertidos podría haber precipitado la situación por otro lado, pero cuando los científicos empezaron a tomarse en serio la ciencia de la ecología, Chesapeake Bay ya se encontraban en un sistema lejos de ser el original: no había casi ostras.

Un ejemplo más reciente: se sabe por las fotos de los años cincuenta y sesenta que en el Mediterráneo había catedrales de coral rojo y otros gorgonáceos. Bóvedas inmensas recubiertas de estos animales parecidos a árboles formaban un auténtico bosque. En el caso del coral rojo podía encontrarse a poca profundidad, pues el factor limitante del coral rojo, lejos de ser la batimetría, es la mano del ser humano que lo explota. Su extracción desaforada hizo desaparecer estas estructuras tridimensionales que daban refugio a innumerables juveniles de peces, crustáceos, moluscos, etc. Algo parecido a la estructura que da una pradera de Posidonia oceanica. Y este ha sido uno de los motivos por los que la capacidad de recuperación de muchos animales se ha visto mermada. Hay muchos más ejemplos, y lo más preocupante es que muchos de estos cambios ni siquiera podremos entenderlos, pues no hay manera de tener un registro temporal mínimamente fiable. Sencillamente, no podemos percibir la magnitud de la pérdida.

El coral rojo antes abundaba, formando densos «bosques animales» en los sustratos duros del Mediterráneo.
El coral rojo antes abundaba, formando densos «bosques animales» en los sustratos duros del Mediterráneo. Fotografía de Sergio Rossi.

Quizás el problema seamos nosotros…

Todavía falta mucho dato de base para entender las relaciones teóricas básicas de productividad, biomasa o grado de sostenibilidad en los ecosistemas marinos que nos ayuden a restaurar y conservar. Los animales más grandes han desaparecido del ecosistema y estos son a veces las piezas clave para regularlo y mantenerlo. No tenemos ni idea de cuáles han sido realmente las consecuencias de la desaparición de ballenas, delfines, atunes o peces vela. Incluso en áreas protegidas tardaremos décadas en ver restaurada la megafauna. La pérdida de focas, nutrias, bacalao y otros grandes depredadores da lugar a un incremento de invertebrados marinos, especialmente los erizos que erosionan las algas carnosas. Estamos siendo testigos de un cambio radical de un suelo marino de tres dimensiones a un paisaje plano de dos dimensiones, con reducción de diversidad, biomasa, producción, etc. Los vertebrados desaparecen rápido, sustituidos por invertebrados y microbios que se abren rápidamente camino impidiendo a veces la recuperación. (

Hacia la banalización de los ecosistemas marinos; desaparecen los grandes depredadores y filtradores, así como los bosques animales y vegetales del fondo del mar.
Hacia la banalización de los ecosistemas marinos; desaparecen los grandes depredadores y filtradores, así como los bosques animales y vegetales del fondo del mar. – Fuente Daniel Pauly.

Y el problema mayor que tenemos los ecólogos hoy en día es entender si estamos estudiando algo tan solo cambiado o diametralmente diferente a lo que en realidad era. La ciencia va muy rápido, como la sociedad en la que se refleja, y lo primero que habría que tomar en consideración es si estamos estudiando los hechos de forma correcta. Experimentos precisos y concisos, cada vez más maculados, vienen sin embargo poco abrigados de una observación naturalista, de un mero enfoque con gran angular que nos permita ver el conjunto. Los muestreos son rápidos, de un año o dos a lo sumo porque el proyecto no da para más, se acaba el dinero en los tres años que dura la subvención. En vez de eso convendría hacer dos cosas: por un lado largas series temporales que nos permitirían entender el ritmo estacional del sistema y su progresión en el tiempo; por otro, ciclos cortos muy intensos (con intervalos de horas) que nos permitan atrapar los pulsos de los que se nutre el sistema, las corrientes, la liberación de huevos o larvas, los banquetes de comida que ni mucho menos son constantes. También haríamos bien los científicos en coordinarnos mejor. ¿Cómo es posible que se hagan pescas de plancton crustáceo (copépodos, etc.) que subestimen el gelatinoso (medusas, etc.) y viceversa? ¿Por qué no nos ponemos de acuerdo en los protocolos para hacer un seguimiento y gestión científica de nuestros parques naturales? Ya se están proponiendo soluciones, como la de formar grupos multidisciplinares en los que trabajan juntos geólogos, biólogos, químicos y físicos para entender mejor los sistemas. O a través de programas internacionales que coordinan varios países y varios centros de investigación buscando un fin común. Uno de esos fines es el de crear reservas marinas en medio de los océanos, en zonas que pueden ser de interés biológico. En esas zonas se restringiría la pesca, se prohibiría el tráfico marítimo, la minería submarina y el lanzamiento de residuos, así como cualquier tipo de prueba militar. Deberían ser de extensión considerable, pues de lo contrario las poblaciones no podrían recuperarse. En la costa es más complicado, debido a una mayor presión humana directa especialmente en lugares como el Mediterráneo o la costa norte de Europa, aunque poco a poco se abren iniciativas más sólidas al respecto, especialmente el considerar costas de países menos desarrollados y con menor presión humana. No sabemos si alguna vez estas iniciativas conseguirán hacernos ver otra vez una sopa de tortugas en Dry Tortugas (Jamaica), pero como mínimo sabremos qué gestionar y por qué.

___________________________________________________________________________________

Jackson JBC, Sala E (2001) Unnatural oceans. En: A marine science odyssey into the 21st century. J.M. Gili, Pretus J.L. Packard T.T. Editores. Scientia Marina 65 (Suppl. 2): 273-281. On line en: www.cmima.csic.es

Jackson JBC (1997) Reefs since Columbus. Coral Reefs, 16 : S23-S32.

Rossi S (2013) The destruction of the ‘animal forests’ in the oceans: Towards an over-simplification of the benthic ecosystems. Ocean & Coastal Management 84: 77-85


El último recurso: minería en la Antártida

Hemos hablado un poco de Ocean Curiosities, o de lo que nos empuja a investigar a los científicos de todo tipo los mares del planeta (en especial algunos avances en la Antártida). Sin embargo, por el momento no nos hemos metido con la otra parte, la de Commitment, la de compromiso, basada en la parte más polémica del uso que estamos haciendo de nuestros océanos. No me quiero mover, por el momento, del continente blanco, y quiero plantear aquí una pequeña reflexión de lo que creo puede ser el futuro del lugar más poco explorado, hostil y despoblado del planeta. Creo que puede servir para enfocar un problema mucho más amplio, que es la carrera hacia el abismo que nos empeñamos en correr explotando nuestros recursos finitos en un planeta finito.

En el año 2010 Toni Polo y yo publicamos una novela futurista sobre un problema poco conocido pero que intentaba recoger la codicia y desesperación humana por mantener un estatus conseguido a través de la erosión ambiental sistemática de nuestro entorno. La idea era ubicar en la remota Antártida a un grupo de mercenarios que prospectaban una veta de tántalo en las profundidades marinas. En El cementerio de icebergs, un grupo de científicos embarcados en el Polarstern (ese buque rompehielos del que hablo en mi primer mensaje) se encuentra en el fuego cruzado entre chinos (la potencia emergente) y un consorcio internacional minero dirigido desde Sudáfrica. Aunque posiblemente el tántalo no se encuentre en los fondos marinos del continente antártico por cuestiones orogénicas (o sí, es muy difícil decirlo) el problema de la minería en el continente blanco dista mucho de ser ciencia ficción, y la novela dejaba claro que tardaremos más o menos, pero acabaremos asaltando también este último bastión remoto y poco accesible del planeta por la necesidad de materia prima que tanto nos apremia.

FOTO 1
Buque de abastecimiento en la península Antártica.

Cuando te pones serio y te informas sobre el tema te das cuenta de que hay muy poca información fiable. Sin embargo, una idea te queda muy clara: nada impide, de facto, la explotación minera en ese lugar del planeta. En los años 70 se decía que en una década existiría la tecnología necesaria para prospectar y explotar determinados minerales y recursos petrolíferos o bolsas de gas en el extremo austral del planeta. Se hicieron una serie de estudios centrados sobre todo en vetas de hierro y minerales como el níquel, plata, oro, cobre o cobalto. También se hicieron unas primeras prospecciones en la plataforma continental de petróleo. Un par de décadas antes, en los 50, nadie daba credibilidad a una explotación a gran escala del petróleo en el mar del Norte, pero la necesidad empujó al autoabastecimiento de una parte de Europa y empezaron a crecer como hongos las concesiones sobre todo en Gran Bretaña y Noruega. Con la crisis de la OPEC a principios de la década de los 70, lo que parecía una inversión demasiado grande para extraer un elemento esencial para el funcionamiento del transporte, industria y energía urbana y agrícola hizo que una gran cantidad de ingenieros se devanasen los sesos para superar el problema y sacar la ingente cantidad de petróleo y gas que había en una de las plataformas continentales más ricas del planeta.

¿Podríamos superar las dificultades técnicas en un lugar como la Antártida? No me cabe la menor duda. Aunque hay que reconocer (en la novela se explica con gran detalle) que son mucho más complicadas que extraer del océano mineral a 1500 metros (ya se hace en Papúa Nueva Guinea) o petróleo a 4000 metros de profundidad (ya se hace en Brasil). Para mí está claro que a la fuerza ahorcan, y en el momento en el que nos demos cuenta de que no somos capaces de encontrar determinados elementos no reciclables y que nuestra sociedad no ha logrado dar el gran cambio que de hecho nos permitirá sobrevivir (optimización energética y de materiales, modelo de consumo radicalmente diferente, energías renovables, funcionamiento a gran escala de la energía de fusión nuclear, etc.) nos tiraremos de cabeza a explotar lo que sea. Pero el continente blanco no nos lo va a dejar, afortunadamente, fácil. Para empezar, menos de un 2% de la superficie está libre de grandes glaciares. El resto es una capa que oscila entre los 1000 y 4000 metros de espesor de hielo. El problema no es solo el hielo en sí, que también (perforarlo es complejo y requiere una tecnología sofisticada), sino el hecho de que se mueve a una velocidad de un metro diario o más, lo que hace imposible mantener una estructura de túneles estable. Pero lo podemos volar. Si está cerca de la costa, podemos destruir el glaciar sin más. Sin embargo viene entonces el segundo problema, el frío extremo. Este es uno de los problemas, a mi entender, menores, porque ya hay una serie de protocolos para minería extrema, como la de Alaska, Siberia y el norte de Canadá. En este último país hay minas de diamantes de inmensa riqueza conectadas por autopistas de hielo solo transitables por los grandes camiones en pleno invierno (se deshacen en verano) y son rentables, como lo son las arenas bituminosas de las que se extrae petróleo (infligiendo una devastación paisajística y ecológica brutal).

FOTO 2
Trabajadores a la intemperie en un buque polar.

Por tanto, vamos superando barreras. La Antártida es un continente muy aislado, o sea que la logística sería compleja en este sentido, pero ya hay lugares donde los seres humanos están acostumbrados a prolongados aislamientos. No queda tanto para ver ciudades mineras submarinas, donde se extraerán los últimos recursos no renovables que nos quedan a gran escala. Esa gente también estará aislada durante largos periodos de tiempo. Pero tanto para los puertos necesarios para extraer y mover el mineral como para las plataformas petrolíferas ubicadas en medio del mar, el problema quizás más grave serán los icebergs. En el Ártico también los hay, pero son mucho más pequeños. Con el cambio climático también habrá más rondando por ahí, en especial en la Antártida. No es lo mismo un iceberg de unos 100 metros que uno de 100 kilómetros. Al segundo no hay fuerza humana que lo pare, y si estás en su trayectoria, poco puedes hacer. Pero en ese punto seguro que habrá zonas más protegidas de las corrientes que suelen transportar a estos colosos. Impedimentos hay, pero, en mi opinión, distan mucho de ser insalvables.

FOTO 3
Iceberg tabular en la Antártida de más de medio kilómetro de longitud.

¿Por qué no se explota entonces? La respuesta directa y realista, en mi opinión, es que es todavía demasiado caro. Se calcula que un barril de petróleo (por lo bajo habría unos 45.000 millones de barriles según las someras prospecciones hechas hasta ahora) costaría entre 100 y 200 dólares, muy por encima del precio al que estamos acostumbrados. Las vetas de hierro no son muy puras, de un 35% de mineral, y la enorme cantidad de carbón que hay (se calcula que hay un 11% del carbón del planeta) es de baja calidad. Pero sigo pensando en que esto es pura palabrería. China ha vuelto al carbón, porque es más barato, y explota vetas de este recurso (muy abundantes en su país) de una calidad infecta. Y da igual, porque siguen quemándolo. Los barriles de petróleo siguen siendo baratos en un mercado artificial que poco a poco llega a su fin. La pureza del mineral dependerá de lo que busquemos, porque si se trata de un superconductor o de un mineral estratégico difícil de reciclar, siempre habrá gente dispuesta a hacer números. En el momento en el que nos quedemos sin nada, muchos ojos se dirigirán al continente blanco. Y no será, en mi opinión, solo codicia. Será desesperación. Y esa desesperación hace que algo que veías como repugnante lo veas atractivo si los políticos y economistas de turno saben envolverlo bien y crear una píldora adecuada. Existen protocolos, hay un tratado y nada de todo esto sería tan lineal, pero como dice Ana Pallesen de la Universidad de Canterbury (Nueva Zelanda) «La verdad es que, bajo la actual legislación, no es para nada imposible empezar a explotar la Antártida desde un punto de vista minero». (1)

FOTO 4
Mapa muy aproximado de recursos en la Antártida, a partir de prospecciones mineralógicas de varias campañas; fuente www.coolantarctica.com.

Es un problema similar al de la Luna, pero en la Tierra. Japoneses, chinos e indios han enviado sondas para prospectar la Luna como posible fuente de minerales estratégicos. Por supuesto que en estos momentos es un acto de cara a la galería, sería inviable traer mineral de allí hasta aquí. Pero ese es nuestro problema, nos cuesta ver las cosas a largo plazo. Hay elementos, minerales, tierras raras, sobre todo para la alta tecnología, que son en extremo difíciles de reciclar (algunos imposibles una vez que se han utilizado). Es cierto que en un futuro a lo mejor lo podamos hacer, pero por el momento es más fácil pensar de dónde lo podemos sacar si se acaba en África, China o Sudamérica.

Desde el protocolo de Madrid de 1991 cualquier tipo de minería está prohibida en la Antártida. Pero es un tratado internacional con pies de barro, nada sólido desde un punto de vista estrictamente jurídico. El CRAMRA (Convention on the Regulation of Antarctic Mineral Resources Activities) gestiona las posibles demandas en este sentido, pero no puede obligar a nadie a no prospectar porque el territorio es de todos (y de nadie), como el mar abierto (fuera de la jurisdicción de las 200 famosas millas náuticas). Un senador australiano en el año 2006 comentó: «¿Tengo que girar la cara para otro lado mientras los demás hacen prospecciones en la Antártida? Sabemos que hay gente que explota krill, caza ballenas o pesca peces en caladeros en teoría prohibidos o con especies protegidas». Ya en ese momento se intuyó un serio cambio en la actitud hacia el continente blanco.

FOTO 5
Glaciar en la península antártica, la zona más prospectada y vulnerable del continente.

Durante los últimos 50 años la demanda energética y de materiales estratégicos ha crecido más de un 50% en todo el planeta hasta el 2007, y se calcula que crecerá otro 50% hacia el 2030 al ritmo de crecimiento que llevamos ¿De dónde pensamos sacar lo que nos falta si ya ahora vamos cortos de gran cantidad de elementos? Hemos transformado gran parte de la tierra, fragmentado sus ecosistemas y disminuido de forma alarmante su diversidad biológica en parte por la extracción de recursos no renovables (petróleo, gas, minerales, etc.). La esperanza que nos queda en la Antártida es darnos cuenta de que es el único territorio en el que nos hemos puesto de acuerdo sobre su futuro. Es un lugar donde por el tratado Antártico los únicos que pueden colaborar para explotar algo son los científicos: los resultados de sus observaciones y experimentos. Siendo el único bastión virgen y teniendo la experiencia que tenemos en los daños reales que promueve la minería, sería una verdadera lástima comprobar que no hemos entendido, una vez más, nada de nada.

¿De quién es la Antártida?

Llegamos entonces a la pregunta crucial. El único lugar del planeta en el que no ha habido guerras ha sido la Antártida. No se han disputado batallas, no ha habido conquistas o reconquistas, no se ha desembarcado para ocupar o liberar nada. ¿Seremos capaces de mantener esta actitud durante mucho tiempo?

En 1972 ya hubo un cambio en la actitud respecto a la Antártida. No fue nada importante, en realidad, pero dejó un cierto estado de inquietud en aquellos (pocos) que seguían el estado de salud del tratado y de sus componentes. En realidad, el Tratado Antártico, tal y como se lee, deja claro que el territorio es de todos y de nadie, o sea que si alguien decidiese hacer una explotación minera, ¿quién iba a impedírselo de facto? Un país en concreto había enviado un globo sonda respecto a la explotación de oro negro en la zona de la península en esa época: Brasil. No había ninguna reclamación territorial específica, solo un vago deseo de hacer prospecciones y cuantificar los costes y beneficios de la extracción de petróleo. No llegó a ninguna parte tal intención, pero se reforzaron algunas tensiones de la llamada «partición» de la Antártida, un mapa virtual en el que diferentes países hacen sectores en los que reclaman una parte del territorio en caso de que algún día se sienten los gobernantes a tratar el tema de propiedades en ese lugar.

Los científicos siempre han sido, queriéndolo o no, siendo o no conscientes, la punta de la espada de una potencial reclamación territorial en el continente blanco. No me cabe ninguna duda de que el altruismo se acabará en el momento en que alguien ponga algo más que una vaga intención de poseer una parte de la Antártida. La existencia de bases está para indicar «estamos aquí, hemos invertido mucho dinero y ahora me toca una parte de la explotación».

Seguimos considerando la Antártida como un pedazo de planeta neutral desde el punto de vista político, pero las reclamaciones territoriales siempre han estado ahí, incluso en el momento en que personas como Admunsen o Scott tenían como objetivo conquistar la gloria del descubrimiento. Chile, Argentina y Gran Bretaña solapan sus reclamaciones en la zona cercana al continente sudamericano, ampliando incluso sus potenciales posesiones a la zona de la plataforma continental (Gran Bretaña reclamó otros 100.000 kilómetros cuadrados a mediados del 2000) por si en un futuro se encuentra petróleo y es explotable. Otros países como Rusia y Estados Unidos no han hecho reclamación alguna. No les hace falta. En el momento en que decidamos abrir la compuerta a la explotación, ellos serán los que presidan la mesa con otros como China o la India. Sin duda. De hecho, estos cuatro países no reconocen ningún tipo de reclamación territorial, a pesar de que otros países como Australia o Nueva Zelanda (por proximidad), Noruega (por historia y legado) o Francia (todavía no he entendido muy bien por qué) sienten que una parte del continente ha de ser suya por derecho propio.

FOTO 6
Reclamaciones territoriales del continente blanco. Fuente de la imagen geohis2010.blogspot.com.

Las reparticiones se han hecho más por temas estratégicos de geografía que por auténticas prospecciones de recursos. De hecho, entre los 90º y los 150º oeste nadie reclama nada, quizás por ser la parte más alejada de cualquier punto, incluida Sudáfrica (que no reclaman nada y pueden perder la base por falta de fondos para mantenerla). En este sentido, Greenpeace y Malasia han hecho una reflexión que considero muy acertada: el Tratado Antártico es, en realidad, un preámbulo a la futura explotación del continente blanco. Toda la belleza que encierra podría ser papel mojado en unas pocas décadas si nuestra hambrienta sociedad capitalista necesita más recursos que empiezan sin duda a escasear en muchas partes del planeta. Seguro que habrá otra bolsa de petróleo o gas, una buena veta de uranio o níquel, oro y diamantes o en todo caso pescado en caladeros todavía no explotados.

Un colega mío fue testigo en 1998 en la base de Rothera (propiedad de Gran Bretaña) de cómo habían armado los helicópteros de reconocimiento en un lugar donde se supone están prohibidas todo tipo de armas. Se suponía que era un «legado» de las Falkland o Malvinas, de una de tantas guerras absurdas. A mí me inquieta que muchos de los habitantes de la Antártida sean militares. Los niños nacidos en bases antárticas argentinas y chilenas (fruto de una pueril estratagema política de «legitimidad» por ser «ciudadanos antárticos») entre los 70 y los 80 son ya adultos, y puede que vean con tristeza cómo el sueño de conciliación único en todo el planeta se desvanece por nuestra sempiterna imbecilidad.

FOTO 7
Base argentina de Jubany, helipuerto.

Fármacos de las profundidades de la Antártida

Quería aprovechar para hacer un comentario sobre un tema muy relacionado, la minería biológica. Es un tipo de «minería» poco conocido, relacionado con los fármacos marinos en organismos que viven fijos al sustrato, al fondo del mar. Esponjas, tunicados, brizoos o gorgonias tienen en muchos casos una serie de sustancias llamadas metabolitos secundarios que les pueden servir para no ser colonizados por otros organismos, para competir por el espacio en el que viven o para evitar ser comidos por otros organismos. Estas sustancias, llamados productos naturales, han sido el foco de una nutrida escuela, la de la química ecológica, que estudia la extensa variedad de moléculas complejas que componen un universo de defensas y ataques y cómo estas moléculas les sirven a los diferentes organismos para sobrevivir en el entorno hostil que es el ecosistema, lleno de enemigos, competidores, depredadores… Esta escuela ha tenido varias vertientes, unas muy interesantes y que han permitido interpretar muchas de las interacciones que hay en el reino animal y vegetal en la compleja dinámica de los ecosistemas, y otras, en mi opinión, más discutibles y que se han convertido en una fuente un tanto perversa de explotación de la naturaleza.

FOTO 8
Esponjas antárticas, pueden tardar cientos de años en adquirir determinados tamaños; fuente. Julian Gutt-AWI.

En 1951 Bergmann & Feeney inauguran a través de un artículo científico la explotación potencial de estos productos naturales como elementos que en el futuro puedan aplicarse a la ciencia médica. Describen varias moléculas en organismos del Caribe que en potencia pueden considerarse precursoras de fármacos que tendrán una aplicación directa o indirecta en la industria. Se da el pistoletazo de salida a la esperanza, el mar como fuente de salvación para enfermedades como el cáncer, infecciones, disfunciones renales o analgésicos. La idea es excelente, pero a medida que pasan las décadas se empieza a ver el problema real de esta nueva esperanza: las concentraciones de este tipo de metabolitos son muy bajas, se necesitan toneladas de esponjas o gorgonias para conseguir algo mínimamente rentable, y lo peor es que pueden describirse con gran precisión, pero «emularlas» (sintetizarlas) es de una gran complejidad (por no decir imposible). En más de un 95% de las ocasiones, no puede crearse la molécula a partir de síntesis artificial, lo que implica un gran fracaso a nivel industrial. A finales de los años 90 las empresas farmacéuticas empiezan a perder el entusiasmo. Es lógico, el coste de recolectar los organismos (a veces muy dispersos por ser raros o encontrarse solo en determinados lugares) no compensa el gasto.

Como en el caso de los corales preciosos (a los cuales me dedico, entre otras cosas), la tasa de renovación de la mayoría de estas especies es muy baja: crecen muy lentamente. Se han hecho intentos (algunos bien consolidados) de acuicultura con especies determinadas, pero la falta de conocimientos sobre su biología y ecología ha hecho que la mayoría de estos experimentos hayan sido baldíos. Por eso, como en el caso de esos corales preciosos, la explotación de este tipo de moléculas a partir de las especies marinas es simplemente un acto de minería. Se llega, se descubre, se recolecta y se expolia, haciendo desaparecer la especie a nivel local. Es otro tipo de minería, mucho menos conocido, pero también más extendido de lo que parece.

¿Qué tiene que ver esto con la Antártida? En 1997 James McClintock de la Universidad de Alabama publica un interesante artículo que recopila lo que hasta el momento se sabía sobre la ciencia de la ecología química en zonas polares: muy poco. Una de las creencias más extendidas hasta entonces era que los organismos que habitaban en el fondo en zonas tan frías no poseerían una gran cantidad de estos metabolitos secundarios. Pero al descubrir la enorme cantidad de especies que poblaban estos fondos (solo se han descrito un 25% aproximadamente, siendo el número descrito de unas 18.000-20.000 en la actualidad) alguien empezó a sospechar que parte de la biodiversidad sería en debida a una serie de interacciones muy complejas basadas en la química. Era muy probable que al haber tantos organismos diferentes, las moléculas complejas que les ayudaban a sobrevivir fuesen también un rol común entre ellas. Además, al no tener que gastar tanta energía en respirar como en ambientes más cálidos, el esfuerzo energético puede ser dirigido a crecer, reproducirse y, por qué no, a crear moléculas sofisticadas de defensa y ataque. Los trabajos demostraban una gran cantidad de moléculas de este tipo y algunos científicos empezaron a estudiarlas de forma sistemática.

Katrin Iken, del Alfred Wegener Institute, describió solo en una gorgonia (Ainigmaptilon antarcticus) varios compuestos que podían haber desarrollado para defenderse de la depredación (son organismos blandos recubiertos de un mucus espeso). La investigadora describió con entusiasmo una serie de moléculas que sirven a la vez para evitar que bacterias y otros organismos la colonicen (sustancias antifouling), o para evitar ser comidas por ser venenosas, tener mal sabor o despistar al depredador. En el final de su artículo, como en muchos otros, se abre la posibilidad, con una simple frase, de que estas sustancias quizás sean útiles para su explotación farmacéutica. Más adelante, otros investigadores van más allá y describen sustancias de nada menos que 290 especies diferentes recolectadas de diferentes puntos de la Antártida, desde la península antártica al mar de Weddell este o la remota isla de Bouvet. Encuentran a los tunicados especialmente ricos en sustancias anticancerígenas, así como varias esponjas (recordemos que son organismos dominantes en cuanto a biomasa) y gorgonias. Los autores de los trabajos crean más y más literatura describiendo cientos, miles de moléculas (hasta la fecha se han descrito más de 22.000) que no pueden ser sintetizadas en los laboratorios pero que pueden ayudar como antitumorales o antiinflamatorios. En la franja entre los 250 y 500 metros se encuentran las especies más interesantes. La pregunta que yo tengo es: ¿cómo vamos a explotar estas sustancias que hasta ahora han creado una serie infinita de aburridísimos artículos descriptivos que tienen más de protocolos técnicos que de ciencia pura y dura con interpretación incluida? La única manera que se me ocurre ahora mismo es, simplemente, recolectándolos.

FOTO 9
Draga con televisión para seleccionar organismos, un método selectivo y poco agresivo con los organismos utilizado por los equipos científicos del Polarstern.

Y a esa profundidad, la única forma de hacerlo es devastando la zona con pesca de arrastre. Hace algo menos de una década una empresa hizo números acerca de un antitumoral descubierto en Nueva Zelanda. Se dio cuenta de que para crear suficiente producto tenían que arrasar todas las esponjas de esa especie de Nueva Zelanda. Todas. Porque la concentración del metabolito era tan baja que se necesitaban cientos de toneladas para poder hacer el producto rentable. Es obvio que en estos momentos nadie va a tirar la red de arrastre en los fondos de la Antártida, pero, ¿y dentro de 20 o 30 años? Este tipo de minería sería la forma ideal de acabar con mayor celeridad que los icebergs (que lo hacen de forma rutinaria) con una de las comunidades más fascinantes y complejas del planeta. Se podría aducir que en ese tiempo sea posible sintetizar gran parte de los productos, pero yo creo que seguirá siendo más fácil pescarlos. Pocos son los que intentan comprender de veras para qué sirven en la naturaleza, es más fácil describirlos y, si se puede, patentarlos. Siempre he tenido fe en que el mar nos iba a salvar de muchas cosas, y el hecho de que se hayan hecho extensos estudios sobre las potenciales virtudes de determinadas moléculas en pos de una vida mejor ha sido siempre una de esas posibilidades. Pero siempre dentro del margen de lo razonable: o se logran cultivar de forma rentable las especies que las producen o se emulan en el laboratorio sus moléculas a nivel industrial. Sacarlas del fondo promoviendo un boom and bust, o minería submarina de organismos vivos, es una auténtica barbaridad.

(1) Pallesen A., (2004) The Legality of Marine Mining in the Antarctic Treaty Area. PhD Thesis, University of New Zeland.