La ruleta rusa

ruleta rusa
Foto: Cordon Press.

Podría argumentarse que la ruleta rusa es un juego de azar razonable. Después de todo, las apuestas son altas y el jugador que gana puede embolsarse, sin más esfuerzo que apretar un gatillo, cantidades astronómicas. Y, si se piensa bien, las posibilidades de ganar son muy altas: nada menos que del ochenta por ciento para un revólver de cinco balas. Poco cuesta imaginarse un panfleto de propaganda promocionando el juego que rece así: «La inmensa mayoría de los jugadores que prueban vuelve a casa con millones, y solo hay que lamentar desgracias en un pequeño porcentaje de los casos».

Caramba, no tan pequeño, argumentará alguien. Después de todo, 20 % es un caso de cada cinco. Pero es probabilidad nos parecería muy aceptable si, en lugar de llevarnos un tiro en la sien, la consecuencia fuera, digamos, un buen bofetón. ¿Quién no arriesgaría un sopapo por llevarse una cartera llena de billetes?

Cuando evaluamos riesgos, hay siempre dos componentes. La probabilidad de que el dado arroje un resultado «negativo» (es decir, que nos toque la bala en el revólver) y la consecuencia de ese resultado negativo (no es lo mismo un tiro que una bofetada). Esa es la razón por la que mucha gente tiene miedo a volar en avión, o a las centrales nucleares: en ambos casos, el riesgo de accidente es muy pequeño, pero las consecuencias, en caso de que se dé, son muy grandes. En el otro extremo de la balanza, nadie pierde el sueño por un catarro: está casi garantizado que vamos a coger al menos uno al año, pero la cosa no pasa de moquear un par de días. 

Mientras escribimos estas líneas, el día de Reyes del año 2022, sabemos que la variante ómicron del infausto SARS-CoV-2, se está expandiendo en todo el mundo y en particular en España. La velocidad de subida de la curva (que ya predijimos) es todo lo espectacular que puede esperarse del comportamiento exponencial al que el coronavirus nos ha acostumbrado, solo que esta vez estamos batiendo todos los récords. Las cifras oficiales de contagios están al nivel de los 150 000 al día; y sin duda subestiman los casos, dado el alto número de asintomáticos y de autotest. Algo inevitable, por otra parte, ya que la atención primaria está colapsada, muchos ciudadanos optan por el test de antígenos y, en caso de resultar positivos, pasan la enfermedad en casa, sin notificarla a un sistema saturado. La realidad es que la cifra de contagios real probablemente se acerque al medio millón al día.

¿Qué medidas se han tomado? En la práctica, al margen de la campaña de vacunación, ninguna, con unas pocas excepciones (Cataluña es una de las pocas comunidades que intenta aplicar restricciones razonablemente severas). En cuanto a la tercera dosis, ya avisamos de que se podría haber ido más rápido y, como ya es de rigor, nos ha tocado el rol de Casandra en un país que no escarmienta. Con la tercera dosis hemos asistido al mismo espectáculo que ya nos ofrecieron algunos «expertos» y no pocos medios con las mascarillas: durante meses no hacían falta, luego resultaron ser la medida más eficaz de todas (vacuna aparte) para protegerse del virus. También, durante semanas, hemos leído y escuchado doctas opiniones que ninguneaban la tercera dosis (a pesar de las evidencias de que funcionaba en Israel, por ejemplo), hasta que de repente, ya sí que sí. Tarde, claro. Como siempre.

Eso sí, se ha aprobado la medida más peregrina del mundo. Si algo sabemos todos, a día de hoy, es que el virus se contagia primordialmente por el aire, en forma de aerosoles. Que ese contagio se da, sobre todo, en espacios cerrados que permiten a los aerosoles sobrevivir en suspensión. A estas alturas todos sabemos que el virus se propaga en los espacios cerrados de restaurantes, bares y discotecas; mucho menos en las terrazas de esos mismos restaurantes y bares; poco en piscinas y centros deportivos (donde, que sepamos, no se han dado aún macrobrotes); y casi nada, en términos prácticos, al aire libre, a menos de que se trate de aglomeraciones sin distancia interpersonal. De ahí que imponer de nuevo la mascarilla de forma genérica en espacios abiertos sea una medida inútil, injustificada y que demuestra, sobre todo, la falta de consideración de los gobernantes hacia los ciudadanos. Lo malo no es ya que no les preocupe nuestro bienestar, sino que nos tomen por tontos.

Por otra parte, en estas Navidades no se han suspendido fiestas (ni siquiera las uvas en Sol), y en muchas comunidades no se ha impuesto ningún tipo de restricción a las celebraciones. El argumento que se esgrime es que la ómicron es menos dañina que otras variantes (lo que sabemos seguro es que afecta menos letalmente a los vacunados, que no es lo mismo), y por tanto no vale la pena perjudicar la economía para intentar contenerla. 

¿Es un argumento razonable? Habría que echar las cuentas. Digamos que el número de hospitalizaciones decrece por un factor 10 en el caso de vacunados (esto implicaría que la reducción es del 90 %; de hecho los datos apuntan a un poco menos, del orden del 75 %). Claramente, si la propagación de ómicron fuera similar a la de las primeras variantes, la apuesta tendría bastante sentido: vendría a ser como jugar a la ruleta rusa con una bala en un tambor de cincuenta disparos. Pero si la propagación de ómicron es un factor 10 mayor que la de las anteriores variantes (como podría ser muy bien el caso), entonces el símil sería jugar con un revolver de cincuenta tiros, pero con diez disparos por cada jugador en lugar de uno solo.

ruleta rusa
Nuevos casos confirmados, por millón de habitantes en España, Francia, Italia y Reino Unido. Son cifras que hay que coger con pinzas, debido a la saturación más o menos generalizada de los sistemas de atención primaria y salud pública. Aun así vale la pena observar que la curva en España ya ha rebasado a la de Italia, y se acerca a la de Francia y el Reino Unido. Obsérvese el rapidisímo crecimiento exponencial, que ya ha multiplicado por casi un factor 3 los picos anteriores.

Peor: los datos de hospitalizaciones en países que nos llevan delantera, como el Reino Unido, llevan días sin ser especialmente tranquilizadores, y apuntan a que, al final, vamos a pagar un precio elevado por la actual política de laissez faire. De hecho, basta fijarse en este gráfico, en el que se ve que acabamos de superar la tasa británica de hospitalizaciones:

ruleta rusa
Número de hospitalizaciones diarias por millón de habitantes (media móvil a una semana), contabilizadas por Our World in Data, para España, Francia, Italia y Reino Unido. Hay que destacar el crecimiento exponencial de las curvas. Todos los países superan ya las cifras de la ola de verano, y se encaminan hacia las cotas del pasado invierno. Recuérdese que las curvas de hospitalizaciones siguen las de casos con, grosso modo, una semana de retardo.

O en este otro, en que (a falta de datos del Reino Unido, que no están disponibles), vemos un comportamiento similar para los hospitalizados graves:

ruleta rusa
Número de ingresos en UCI diarios por millón de habitantes (media móvil a una semana), contabilizadas por Our World in Data, para España, Francia e Italia. Recuérdese que las curvas de ingresos en UCI siguen las de casos con, grosso modo, unas dos semanas de retardo.

Lo mínimo que se merecía la ciudadanía es que alguien nos hubiera explicado sobre qué basde se ha tomado la decisión de que la nueva estrategia frente al virus sea la de que el cada uno se busque la vida. En lugar de eso, nos dicen que debemos ponernos la mascarilla por la calle y quitárnosla en el bar.

Pero además, la semana que viene, nos vamos a enfrentar a la vuelta (de tuerca) al cole. Hasta ahora, el ciudadano tenía, al menos, alguna opción a título personal: podía escoger no frecuentar bares y restaurantes, limitar reuniones familiares, cuidar distancia social, todas esas medidas de las que estamos tan hartos pero que han salvado tantas vidas. Sin embargo, el lunes que viene todos los menores de dieciséis años tendrán que ir, obligatoriamente, a clase; y enfrentarse a una desinversión cronificada en nuestro propio futuro que, increíblemente, no ha sido revertida por la pandemia. En las aulas, los chavales están en grupos de veinte, treinta o más, porque las ratios han vuelto a sus habituales niveles vergonzosos tras el respiro (en algunas comunidades) del curso pasado. La ventilación, más aún en invierno, no está garantizada, porque los centros siguen sin contar con sistemas apropiados o con algún mísero medidor de CO2. Son muchas horas para mantener distancia, para que no se le baje a alguien la mascarilla (a pesar de que los sufridos y admirables peques han demostrado un sentido medio de la responsabilidad sistemáticamente mayor el de los adultos). Se ha argumentado que, en olas anteriores, el nivel de contagios y macro brotes en los colegios fue pequeño. Pero es que esta variante es, de manera efectiva, tan contagiosa como la varicela. Y si algo se sabe de enfermedades como la varicela es que, cuando aparece en una clase, se contagia todo el mundo que no lo ha pasado.

Y eso es exactamente lo que va a pasar. A lo largo del mes de enero se van a contagiar en masa grandes cantidades de peques que aún no han pasado la ómicron. Y, junto a ellos, muchos docentes. Y sus familias, que tienen tantos boletos de contagiarse como ellos. Y esas familias incluyen a personas de más edad, o con patologías que pueden complicarse con la infección.

¿Lo hemos pensado bien? ¿Dónde están los cálculos, los modelos que avalan esa decisión? Dice la ministra que «prudencia sí, alarmismo ninguno». Que hay que «tensar los protocolos». Pero, ¿dónde está la prudencia? ¿Dónde están las bajadas de las ratios, la vuelta temporal a la no presencialidad allí donde haga menos daño? ¿Dónde están todas las medidas razonables que, para ser llevadas a cabo de forma también razonable, requieren inversión y esfuerzo de las administraciones? Otros países cercanos sí están optando por reducir la presencialidad, al menos en parte y al menos por algunas semanas. No ir al bar, o no reunirse con los amigos, es optativo, pero las familias no pueden escoger que sus niños se queden en casa. Más aún: muchas no pueden permitírselo, en parte porque nunca se han llegado a apoyar decisivamente medidas como la flexibilidad laboral generalizada o las bajas asociadas a confinamientos y conciliación, con argumentos cortoplacistas que ignoran el impacto, aún mayor, de que la población enferme de manera masiva.

La opción que han elegido nuestras administraciones es imponer que la mayoría de los menores de edad se contagie, y que con ellos lo hagan sus familias. Y para ello se usa el argumento de que la enfermedad «ya no es grave» (el revólver tiene cincuenta recámaras y una sola bala), olvidando, muy convenientemente, que cuando los contagios se cuentan por millones a la semana, estamos jugando a la ruleta rusa una y otra vez.

No cabe duda de que la mayor parte de las infecciones serán poco graves; al menos a corto plazo, porque otra de las espadas de Damocles sobre nuestro futuro, más allá de las muertes, es el impacto de los efectos secundarios a largo plazo. El infame «long COVID» ha demostrado que puede llegar a ser muy pernicioso, incluso en personas jóvenes, y aún tardaremos años en entender sus consecuencias en la población.

Esperemos que sea verdad que la actual variante (y las futuras que vengan) sean poco graves en población vacunada y sobre todo en jóvenes y niños. Y esperemos, sobre todo, que la ruleta rusa no empiece a cebarse vidas entre los más pequeños, como ya lo ha hecho entre los más mayores. 

Coautor 2687


Canfranc: di amigo y entra

Estación de Canfranc.
Estación de Canfranc. Foto: Antonio Soler.

Valencia, mayo de 1980.Una librería universitaria, cerca de la antigua Facultad de Ciencias. Busco un libro del gran físico Lev Landau, publicado por la editorial MIR, la única al alcance de mis magros bolsillos. Pero antes de dar con él, un título en el escaparate me llama la atención. El Señor de los Anillos. Pregunto intrigado, me alargan el volumen, abro por la primera hoja. Leo el poema inicial.

Y supe que las pesetas que llevaba en la cartera no irían a parar ese día a la colección rusa. 

Engancharme a la novela, sin embargo, me costó un poco. Hizo falta que la Compañía del Anillo se metiera realmente en problemas para que la historia empezara a absorberme.

Hizo falta, ni más ni menos, que la malvada montaña, Caradhras, les derrotara, echándoles encima toda su furia tormentosa y obligándoles a tomar el atajo de las minas de Moria.

Canfranc, mayo, 2013. Estoy frente a la puerta de otra mina, otra ciudad subterránea bajo la montaña. Toda cueva así —lo sabemos de Las mil y una noches— esconde un tesoro. También una amenaza. Y hay siempre una palabra mágica que nos da acceso a ella, at our own risks and perils.

Una vez dentro, recorremos un pasillo iluminado por neones que desemboca en una gran sala, por cuyo techo abovedado corre una grúa, capaz de mover bártulos de considerable peso de un lado a otro del recinto. Una especie de piscina olímpica —sin agua— ocupa la mayor parte de esta sala. En su interior se sitúan dos plataformas de trabajo, levantadas sobre un armazón de acero y asentadas en mesas sísmicas, capaces de bailar, sin romperse, al son que les toque un posible terremoto. En una de esas plataformas, se sitúa el experimento ArDM, que busca señales de la materia oscura, tan abundante como tenue, que llena el universo. En la otra, va creciendo el experimento NEXT, que pretende demostrar que el neutrino es su propia antipartícula, detectando una rarísima reacción nuclear llamada «desintegración doble beta sin neutrinos». 

La sala y los experimentos que esta alberga pertenecen al Laboratorio Subterráneo de Canfranc, el LSC, uno de las cuatro instalaciones europeas —junto con Gran Sasso en Italia, Modane en Francia y Boulby en el Reino Unido— en las que se pueden realizar experimentos de este tipo. Hace falta instalarse bajo la montaña para protegernos del insufrible bombardeo de los rayos cósmicos que continuamente llueven sobre nosotros y cuyo constante repiqueteo en nuestros aparatos anegaría cualquier posibilidad de detectar las débiles señales que buscamos.

El LSC está excavado bajo el monte Tobazo, que nos protege con más de mil metros de roca. No es el laboratorio más profundo ni el más grande de Europa (en ambas cuentas nos gana el laboratorio del Gran Sasso, situado cerca de la tristemente famosa ciudad de L’Aquila, en Italia) pero tiene la gran ventaja de ser nuevo. En estas minas de Moria, los físicos, avariciosos y algo chiflados como los enanos de la Tierra Media, vamos acumulando nuestros tesoros y cacharros, llenando pronto todo el espacio disponible y solo cuando se abre un nuevo agujero, es posible planear y construir nuevos experimentos como NEXT.

A diferencia de los enanos de Tolkien, sin embargo, los físicos no pasamos todo nuestro tiempo bajo la montaña. Si el LSC puede equipararse a Moria, Canfranc y sus alrededores no tienen nada que envidiarle a La Comarca. Estamos en el Pirineo, a dos pasos de las pistas de Candanchú. Excelente sitio para esquiar en invierno, magnífico lugar de veraneo, con toda la oferta de un turismo rural poco explotado, una cocina apetitosa y un remanso de paz y nostalgia durante casi todo el año. En mayo, el cielo duele de tan azul y las noches de tan estrelladas. Hay poca gente y es posible recorrer el tramo del camino de Santiago que pasa por aquí sin cruzarse un alma. 

Una y otra vez, los pasos del visitante le llevarán frente a la estación internacional de ferrocaril de Canfranc. Solo por darse el lujo de admirar esta imponente mole arquitectónica, cuya fachada acristalada habla todavía a gritos del fracasado sueño de modernidad y progreso que la inspiró, valdría la pena viajar hasta aquí. Este grandioso edificio novecentista, fue planeado como una puerta grande para acceder a Europa y acabó corriendo el destino de tantos solares de la España del after-boom. La línea férrea que une España y Francia por Somport nunca dio mucho de sí. Alfonso XIII inauguró el edificio en 1928 y solo tres años más tarde un incendio lo dejó severamente mutilado. Más tarde, durante la guerra civil, el ejército franquista tapiará el túnel del ferrocarril, para evitar toda penetración de maquis desde Francia. En 1940 los trenes vuelven a circular, aunque no transportan viajeros —todo aquel que pudo o tuvo que marcharse del país lo había hecho ya y a toda prisa— sino wolframio para construir los tanques de la Wehrmacht o el oro, proveniente de Suiza, con el que se pagaba el precioso mineral. En 1970, un descarrilamiento sirve como excusa para acabar con el tráfico internacional.

Sigue casi medio siglo de desidia, hasta que llegan los tiempos del pelotazo. En el año 2007 hay dinero en España para todo, incluso para destinar cerca de dos millones de euros a la rehabilitación de este pecio histórico. La idea es restaurar la antigua estación para convertirla en un hotel de lujo. De paso se sueña con urbanizar, ampliar las instalaciones ferroviarias, construir un museo… Todo era posible en los años del crédito fácil. Arrancan las obras con brío, se quitan escombros, se refuerza la estructura de hormigón, se restaura la fachada, las molduras decorativas y el vestíbulo de la estación. Y ahí se queda la cosa. De repente llega la crisis, se cierra el grifo, no hay dinero para completar la rehabilitación, se abandona el proyecto del hotel y cómo no, también el del museo. 

Y todo se queda en un podría. No eran pocas las tardes, cuando venía a Canfranc, en las que me sentaba frente a la fachada de la estación, dándole vueltas a esa palabra. Podría. Podría haber sido una puerta a Europa, un hotel de lujo, un centro cívico de renombre internacional, un museo, una escuela. Oficialmente, en el indefinido futuro postcrisis, esa entelequia llamada emprendedor privado —del emprendedor privado español, como del intelectual, cabe decir que ni está ni se le espera— retomará el proyecto. Por ahora, podría

A veces, intento convencerme a mí mismo de que el LSC y NEXT simbolizan la continuidad del sueño de modernidad y progreso que inspiró la estación de Canfranc. ¿Por qué no? NEXT podría descubrir, o participar en el descubrimiento de una de las preguntas más importantes de la física moderna, la de si el neutrino es su propia antipartícula, esto es, una especie de agente doble, que, como aquellos espías que imagino pululando por Canfranc en la época de los trenes nazis, gestiona el tráfico de oro suizo a cambio de wolframio para los alemanes. 

Un agente doble, este neutrino primigenio, capaz de desintegrarse por igual a materia y a antimateria, un traficante que comercia en electrones y positrones, quedándose en cada transacción con una minúscula mordida. Como todo espía, el neutrino tiene su propia agenda y favorece, casi imperceptiblemente, a la materia sobre la antimateria. En la gran batalla que se libró en el primer pico segundo del universo, materia y antimateria contaban casi exactamente con las mismas fuerzas. ¿Qué ocurre cuando se enfrentan idénticos ejércitos de ángeles y demonios? Está escrito en todas las mitologías. Ragnarok, la caída de los dioses, el fin del cosmos recién inaugurado. Cada partícula de materia encuentra a su némesis y ambas se aniquilan, sin dejar otra huella de su paso por el mundo que un chispazo de luz. 

Todas, excepto el pequeño exceso, el batallón de quintacolumnistas emboscado tras las tapias que bloquean el túnel cegado. Si el neutrino es su propia antipartícula y además favorece un poco en sus desintegraciones a la materia, tenemos una forma de explicarnos por qué estamos aquí. 

Si el neutrino es su propia antipartícula, entonces, el xenón, un gas noble, puede experimentar una rarísima desintegración. Tan rara que, cada año, solo un átomo de cada billón de billones de átomos de xenón correría esa suerte. Un billón de billones es un número muy grande, pero cabe de sobras en 100 kilos de gas. El experimento NEXT comprime esos 100 kilos de xenón (una variante especial del elemento, de hecho, constituida en el 90% del isótopo xenón-136, preparada para nosotros por centrifugadoras rusas que una vez enriquecieron uranio para fabricar bombas atómicas) en una cámara de acero diseñada para resistir 15 atmósferas de presión. La cámara se introduce en un sarcófago de cobre y plomo, dos elementos pesados, que contienen muy pocas trazas de uranio y torio, y el sarcófago se instala en el LSC, bajo la montaña, a cubierto de los rayos cósmicos. Todo ese blindaje es necesario para proteger el aparato del bombardeo de la radioactividad natural, las desintegraciones del torio, el uranio y progenie, muy abundantes en nuestro radioactivo planeta. La desintegración doble beta sin neutrinos ocurre 15 órdenes de magnitud menos a menudo que las desintegraciones naturales de estos elementos. Observar la señal que buscamos es harto más difícil que encontrar una aguja en un pajar. En términos numéricos se parece más a encontrar un grano de arena concreto en mitad del desierto. 

La empresa, desde el punto de vista científico es un enorme desafío que nos tuvo ocupados y felices durante años. Desarrollamos la tecnología, construimos los prototipos, inventamos técnicas de detección que no existían y formamos un equipo de jóvenes científicos e ingenieros que son el orgullo del que suscribe. Podría.

Cerca de la estación de Canfranc, bajo la montaña mágica, el viajero puede descubrir las minas de Moria donde buscamos entender un poco mejor el universo. La palabra mágica que abre nuestras puertas es la misma que franqueó el paso a la Comunidad del Anillo. Di amigo, y entra. 


Vampiros, luz y una ingeniosa forma de combatir el cáncer 

Exhumación de Arnold Paole el vampiro de Medvedja
Exhumación de Arnold Paole, el vampiro de Medvedja.

Este texto ha sido el finalista del concurso DIPCLSC-Laboratorium en la modalidad de ensayo de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2021. Puedes leer aquí el ensayo ganador y aquí el relato de la modalidad de narrativa.

Invierno de 1732. Cae la noche sobre Medvedja. Un trueno ensordecedor desgarra el silencio de la población serbia. Segundos después, tras las nubes que en desordenada recua visten el cielo, una descarga eléctrica ilumina la oscuridad de la noche por un instante. Los pastores se apresuran para guardar las reses ante la inminente tormenta. Los niños que jugaban en la calle regresan a sus casas. 

Las amas de casa cierran las ventanas para resguardarse del frío. Las calles quedan vacías. El pueblo entero está aterrorizado, pero no por la tormenta, ni por la oscuridad, ni por el frío. Temen a un hombre, a una criatura… Su nombre es Arnold Paole.

Arnold Paole era un joven soldado que acababa de volver a casa tras el servicio militar. Todos notaron algo raro en él a su regreso. Parecía preocupado, deprimido. Arnold contaba, una y otra vez, una historia escalofriante: había sido atacado por un muerto viviente. Para librarse de él —decía—, se había visto obligado a buscar su tumba, a desenterrar el ataúd y a beber su sangre. Sus compañeros, pensando quizá que se trataba de un delirio infundado, no le dieron demasiada importancia aquel relato. Poco tiempo después, Paole sufrió un accidente cuando transportaba paja en su carro y murió. Sus allegados lamentaron su pérdida, organizaron un funeral y lo enterraron en el cementerio de Medvedja.

La historia de Arnold Paole podría haber acabado perfectamente aquí. Pero tres semanas después del entierro, varios vecinos juraron haberlo visto vivo, caminando por las calles a medianoche. Los rumores sobre Paole corrieron como la pólvora, y el pueblo enloqueció de pánico. Pasaron los días y aquellas personas que aseguraban haberlo visto comenzaron a fallecer en extrañas circunstancias. Decían que por la noche —y solo por la noche— aparecía él, Arnold Paole, para alimentarse de sangre humana.

Las noticias de tan misteriosos sucesos no tardaron en llegar al emperador de Austria, Carlos VI, que decidió enviar una comisión de investigación dirigida por el médico militar Johannes Flückinger. Tras llegar al municipio serbio, el equipo de Flückinger abrió el féretro de Paole. Para su sorpresa, el cadáver apenas mostraba signos de descomposición. Notaron que las uñas habían crecido, los dientes tenían rastros de sangre y la piel había adquirido un tono blanquecino. Sin duda, se trataba de un «vampiro», así que el médico ordenó clavarle una estaca e incinerar el cuerpo ese mismo día.

Al día siguiente, Flückinger redactó el informe del caso. Pero en vez de resolver el misterio, las conclusiones de aquel informe acabaron conociéndose en toda Europa, alimentando los rumores y las leyendas sobre el vampiro de Medvedja. La alarma y la psicosis colectiva estallaron. Todo el mundo hablaba de los terroríficos vampiros: muertos que vuelven de la tumba para arrebatar a los vivos su sangre. Los vampiros pasaron entonces de ser una obscura fantasía inventada por aldeanos supersticiosos a convertirse en el centro de todos los debates. 

La creencia en los vampiros viene desde antiguo. Y aunque quizás alcanzaran su apogeo en el siglo XVIII, tras el caso de Arnold Paole, fue una novela de 1897 la que haría a los vampiros famosos en el mundo entero. Nos referimos a la obra del escritor irlandés Bram Stoker, Drácula, un clásico de la literatura mundial. En ella se habla de un conde rumano convertido en vampiro, un aristócrata de tez pálida que comete crímenes atroces solamente por la noche. Stoker describe por primera vez el retrato del vampiro que se insertaría en el imaginario colectivo hasta nuestros días: piel pálida, dientes sangrientos, uñas afiladas… aunque la principal característica de los vampiros —y a su vez su punto débil— es que viven de noche, pues la luz del sol puede matarlos. Pero ¿qué hay de realidad y qué hay de mito en las archiconocidas historias sobre vampiros? ¿Hay alguna base científica que explique el vampirismo? ¿Por qué la luz del sol les resultaba perjudicial?

A pesar de la ficción que suele envolver las leyendas sobre vampiros, lo cierto es que los científicos han encontrado que los síntomas de una enfermedad, una rara patología de la sangre, cuadran a la perfección con los rasgos y facultades de los vampiros. Se trata de la porfiria. Las porfirias son un grupo de enfermedades metabólicas, generalmente de carácter hereditario —es decir, están causadas por una alteración genética—, que afectan concretamente a la hemoglobina, la proteína que transporta el oxígeno por la sangre.

En personas sanas, las enzimas sintetizan primero una proteína llamada globina para después añadir el grupo hemo —el responsable del color rojo de la sangre—; este grupo hemo está formado a su vez por un átomo de hierro y por un pigmento denominado porfirina (figura 1). En los enfermos de porfiria, sin embargo, la construcción de la hemoglobina no puede completarse debido a una deficiencia en las enzimas implicadas en el proceso. A menudo sus genes codifican la información necesaria para sintetizar la globina, pero carecen de las instrucciones para construir correctamente el grupo hemo y unirlo a ella. ¿Qué le ocurre, entonces, al enfermo de porfiria si no puede fabricar hemoglobina? Pues que es incapaz de transportar oxígeno de forma eficiente: el paciente pierde vitalidad; se queda débil, frágil y pálido, casi cadavérico. Este es el primer síntoma que puede relacionarse con el vampirismo. 

vampiros luz 1
Figura 1. La hemoglobina es la proteína que transporta el oxígeno en el organismo a través de la sangre. Se compone de una parte protéica, la globina (en rojo) y de un grupo hemo (en amarillo y azul). En las porfirias, el ensamblaje de la hemoglobina no oucurre de forma correcta debido a una alteración genética. Fuente: elaboración propia.

Además, cuando el organismo no es capaz de ensamblar la hemoglobina, cuando el grupo hemo no puede unirse adecuadamente a la globina, tanto el hierro como la porfirina quedan libres, circulando por la sangre y distribuyéndose a todos los rincones del organismo. Uno de los lugares donde suelen acabar estas sustancias es en el esmalte dentario. Allí, aparte de corroer y retraer las encías (haciendo que los dientes parezcan más largos), aportan un tono rojizo a la dentadura. Segundo rasgo identificativo del vampiro.

Por último, las porfirinas son pigmentos y, como tales, son capaces de absorber la energía de la luz. Cuando no forman parte de proteínas como la hemoglobina, las porfirinas pueden capturar una ingente cantidad de energía luminosa. Pero las porfirinas no se quedan con ese exceso de energía, sino que la transfieren a las moléculas de oxígeno que hay presente en las células del cuerpo. En el momento en que el oxígeno recibe esta transferencia de energía, se genera un oxígeno reactivo, tremendamente tóxico y nocivo, que acaba produciendo una horrible sensación de quemazón y ardor. Las personas que padecen porfiria, por tanto, son fotosensibles, de manera que la exposición a la luz solar puede causar en ellos  una fuerte reacción tóxica bajo la piel. Esta es la tercera y más determinante característica de los vampiros: su intolerancia a la luz del día.

El enfermo de porfiria encaja a la perfección con la descripción de Stoker y con las sucesivas recreaciones de vampiros que el cine y la literatura se han encargado de retratar. Es muy probable que la porfiria haya sido la inspiración de tantas historias de terror que, como la de Arnold Paole o la de Drácula, aterrorizaron al público desde tiempos inmemorables. Desafortunadamente para los enfermos de estas patologías, las porfirias tienen un tratamiento difícil y de resultados poco alentadores. Por supuesto, y aunque así lo pensaran los vampiros, beber sangre es un remedio totalmente ineficaz. El uso de antioxidantes para minimizar la fotosensibilidad, evitar la exposición solar o la inyección directa de hemina (grupo hemo funcional) son las herramientas terapéuticas que realmente hacen frente a esta rara enfermedad genética.

Pero no hay mal que por bien no venga. La «enfermedad de los vampiros» ha proporcionado a la comunidad científica herramientas para combatir otra enfermedad mucho más prevalente en nuestra sociedad: el cáncer. 

Bajo el término «cáncer» se engloban más de cien enfermedades distintas, que quedan clasificadas según el tejido del cuerpo en el que aparece. La principal característica de las células cancerígenas es que se dividen rápidamente y, en consecuencia, acaban produciendo tumores. Por ello, uno de los tratamientos más comunes para atacar el cáncer es la quimioterapia; es decir, el uso de fármacos que bloquean la división celular. Sin embargo, muchos de los fármacos anticancerígenos que se utilizan actualmente presentan un gran inconveniente: la selectividad o, más bien, la falta de selectividad. En nuestro cuerpo existen células que se están dividiendo continuamente de manera normal como, por ejemplo, las células del pelo o las del estómago. Así que, cuando son administrados, los fármacos quimioterapéuticos no solo impiden la división de las células cancerígenas, sino también la de estas células sanas. Es entonces cuando aparecen los llamados efectos secundarios como la pérdida de cabello, vómitos, diarreas, náuseas, entre otros. 

Pero ¿y si en lugar de tratar el cáncer con estos fármacos, lo hacemos con porfirinas? Como hemos visto, las porfirinas son compuestos químicos capaces de atrapar luz y, al hacerlo, causan reacciones fototóxicas. Ahora bien, la luz es un elemento que los científicos pueden controlar: no es necesario exponer a la luz todos los tejidos; esta se puede aplicar allí donde se quiere para causar una reacción en un lugar localizado, confinado… La luz se puede aplicar en el tumor. De esta manera, si las porfirinas se encuentran en las células del tumor, se producirá una reacción tóxica solamente cuando la luz incida sobre ellas, destruyendo así las células cancerígenas.

Esta terapia se conoce como Terapia Fotodinámica (PDT, por sus siglas en inglés), y se lleva empleando con éxito en los hospitales desde 1970, principalmente para cáncer de piel o para tumores superficiales muy localizados donde la aplicación de luz es accesible. La principal ventaja de la PDT reside en que, a diferencia de la quimioterapia convencional, el uso de la luz permite controlar la acción farmacológica en el tiempo y en el espacio, como si de un interruptor se tratase, pues solo allí donde se aplique tendrá lugar su efecto destructor. Con ello, la PDT logra reducir considerablemente los efectos secundarios no deseados. 

El fundamento principal de esta técnica es el mismo que ocurre en los pacientes fotosensibles de porfiria. Solo que en esta ocasión es el ser humano —y no la caprichosa genética— quien introduce en el cuerpo las porfirinas para generar una reacción fotodinámica dirigida y controlada en una zona determinada. Y no solo las porfirinas pueden actuar como interruptores farmacológicos. En las últimas décadas, los investigadores han descubierto decenas de moléculas que se comportan de esta forma, captando la energía de la luz como si fueran antenas químicas. Estas moléculas se conocen como «fotosensibilizadores» y tienen la habilidad de absorber luz, transferirla al oxígeno y crear un oxígeno reactivo que destruye sus inmediaciones. Pero ¿cómo funciona realmente esta terapia para combatir el cáncer?

Primero se administra el fotosensibilizador al paciente de cáncer, permitiendo que se acumule en el interior de las células. A continuación, con un láser o con luces LED del color indicado —dependiendo del fotosensibilizador se utilizan lámparas verdes, amarillas o rojas—, se ilumina la zona donde se encuentra el tumor. El fotosensibilizador captura entonces la energía de la luz y se activa, pasando a un estado de mayor energía. Desde este estado, el fotosensibilizador transfiere la energía luminosa al oxígeno de las células. Cuando el oxígeno celular recibe esta transferencia de energía, se genera la molécula efectora: el oxígeno reactivo, un derivado del oxígeno cuya toxicidad resulta en la muerte de las células cancerígenas. Mientras tanto, el fotosensibilizador regresa a su estado original, al punto de partida, dispuesto a recibir un segundo fotón de luz y a comenzar nuevamente el ciclo (figura 2). 

vampiros luz 2
Figura 2. Mecanismo de acción de la terapia fotodinámica. Fuente: elaboración propia.

En resumen, la acción antitumoral de la PDT no se debe al fármaco ni a la luz, sino al oxígeno reactivo que se forma en estas reacciones. De hecho, tanto la luz como el fármaco como el propio oxígeno son inocuos por separado. Es la combinación de los tres elementos, la sinergia que se produce cuando se encuentran en el mismo espacio y al mismo tiempo, lo que se vuelve letal para las células tumorales.

Si hay alguna moraleja que de esta historia podemos extraer, es que las soluciones científicas pueden llegar desde los lugares más insospechados. Tras las leyendas más inverosímiles —como las de los vampiros—, tras las enfermedades más raras —como las porfirias— e incluso tras los elementos más cotidianos —como la luz— se encuentra la ciencia y el método científico, que allanan el camino hasta al conocimiento. Y cuando los científicos hallan ese conocimiento, a veces solo es necesario saber combinarlo, saber encajar las piezas, para producir sinergias que mejoran nuestra calidad de vida, que incluso pueden curar enfermedades como el cáncer y que, al mismo tiempo, fascinan al mundo cuando son narradas.


Referencias

The Drug Project

Stefoff, R. Vampires, Zombies, and Shape-Shifters. Marshall Cavendish Publishing (2007). 

Lane, N. Porfirinas. Investigación y Ciencia. (2003) https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/el-proyecto-nanodrive 349/porfirinas-3582 

Lorenzo, C. B., Diego, M. C., Aldehuelo, R. S., Alonso, C. V., Tapia, A. G. Porfirias y vampirismo. Más dermatología, 22, 16–21 (2014). 

Hefferon, M. Vampire myths originated with a real blood disorder. The conversation (2020) http://theconversation.com/vampire-myths-originated-with-a-real-blood-disorder-140830 

Dolmans D.E.J.G.J., Fukumura D., Jain R.K. Photodynamic therapy for cancer. Nature Reviews Cancer. 3, 380–387 (2003). https://doi.org/10.1038/nrc1071 

Shi S., Sadler P.J. How promising is phototherapy for cancer? British Journal of Cancer. 123, 871–873 (2020). https://doi.org/10.1038/s41416-020-0926-3 

Ortega, E.; Pérez-Arnaiz, C.; Rodríguez, V.; Janiak, C.; Busto, N.; García, B.; Ruiz, J. A 2-(benzothiazol-2-yl)-phenolato platinum(II) complex as potential photosensitizer for combating bacterial infections in lung cancer chemotherapy. European Journal of Medicinal Chemistry. 222, 113600. (2021) https://doi.org/10.1016/j.ejmech.2021.113600 

Ballester F.J., Ortega E., Bautista D., Santana M.D., Ruiz J. Ru(II) photosensitizers competent for hypoxic cancers via green light activation. Chemical Communications. 56, 10301–10304 (2020). https://doi.org/10.1039/D0CC02417A


El Dream Team y la Big Science

Scottie Pippen Michael Jordan Clyde Drexler parte del Dream Team en Barcelona 92 Foto Cordon Press
Scottie Pippen, Michael Jordan y Clyde Drexler, parte del Dream Team en Barcelona 92. Foto: Cordon Press.

Este texto ha sido el finalista del concurso DIPCLSC-Laboratorium en la modalidad de ensayo de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2021. Puedes leer aquí el ensayo ganador y aquí el relato de la modalidad de narrativa.

El gran éxito de Zinedine Zidane como entrenador del Real Madrid (tres Champions League consecutivas, lo nunca visto) se explicaba apelando a dos factores: la suerte y la sinergia. Gestionar un grupo lleno de egos, como el vestuario de un Real Madrid en el que jugaba Cristiano Ronaldo y lograr que todos tiraran en la misma dirección en todo momento, o al menos cuando tocaba eliminatoria de la antigua Copa de Europa, debía tener un secreto, y Zidane parecía conocerlo. Para la mayoría de la prensa Zidane era, más que un buen entrenador, algo que muchos nunca llegaron a creer, un buen gestor de grupos y un tipo con (sic) una enorme flor en el culo. 

La sinergia, en los grupos humanos, puede ser espontánea o estar dirigida. Este término, de origen biológico y que hace referencia a la acción conjunta de varios órganos para la realización de una función, ya plantea desde su origen la distinción entre lo espontáneo y lo dirigido. Al analizarlo en la vida y en los organismos se puede preferir creer que hay un gran arquitecto que lo diseñó todo y lo puso a funcionar de manera coordinada, o escoger la explicación de que fue el azar evolutivo el que llevó hasta esa combinación de esfuerzos y resultados. ¿Cuestión de gustos? Y de fe. 

La motivación para el trabajo en equipo, para querer obtener de él el resultado más brillante entre los posibles, puede basarse en muchos aspectos. Desde el instinto de supervivencia, en formas más o menos refinadas, hasta la búsqueda de recompensas, sean estas principalmente económicas o basadas en el prestigio y el reconocimiento. Habitualmente, salvo en los casos en los que hay que colaborar para salvar la vida, el interés por formar parte de un equipo vendrá determinado por las condiciones económicas y la búsqueda del reconocimiento profesional, en una proporción variable.

En el caso de los deportistas profesionales, los intérpretes de Hollywood o los corredores de bolsa, asumimos que la parte mayoritaria de su motivación está en la recompensa económica que obtendrán por incorporarse a ciertos proyectos. Habrá prestigio en forma de trofeos o premios de interpretación, quizá, pero en general no son su principal motivación. Es más, siendo retorcidos podemos llegar a pensar que un actor puede aceptar unirse al reparto de una película modesta y artística, dirigida por alguien de prestigio, ganador habitual de premios, cobrando menos de lo que normalmente cobra por cualquier película, con la idea de conseguir que aumente su prestigio profesional (lograr una candidatura a un premio importante, por ejemplo) y desde ahí renegociar al alza sus siguientes películas. Durante décadas cualquier jugador rebotado de la NBA ha empleado esa estrategia en Europa. Y han acabado apareciendo por plantillas de la ACB con el mayor sueldo del equipo y un prestigio quizá inmerecido después de tres o cuatro años calentando el banquillo en Estados Unidos. 

En el caso de los científicos asumimos que aunque un premio como el Nobel esté (y lo está) muy bien remunerado, la principal motivación de alguien que aspira a un Nobel de Física, Química o Medicina y Fisiología está en la gloria que ese galardón otorga, y el hecho de que ligará su nombre a la historia. Quizá no valoramos correctamente las motivaciones de los actores y los futbolistas profesionales. Quizá nos equivocamos con los científicos. 

Hace un par de años di un curso de Didáctica de las Ciencias Experimentales a graduados en Magisterio. En la primera sesión les hablaba de las sinergias en la investigación científica. Y antes de hacerlo les enseñé fotografías de científicos, las típicas fotos de los típicos científicos, y entre alguna broma estaban de acuerdo en que seguían identificando a los científicos con estereotipos como el doctor Emmet Brown (Doc para Martin McFly) de Regreso al futuro.

Analizando las fotografías que les enseñaba, de hecho, solo identificaban un error cuando les preguntaba, insistentemente, si consideraban que la ciencia hoy en día la llevaban a cabo personas como esas. Parte del alumnado señalaba que ahora era más frecuente que hubiera mujeres científicas. Y que los científicos eran gente más joven y más accesible de la que esas prototípicas imágenes mostraban. Nadie me decía que todas las fotografías que les había mostrado, de científicos famosos, de actores caracterizados de científicos para famosas películas, de modelos fotográficos con bata blanca y cogiendo con manos inseguras un par de probetas, mostraban a individuos que trabajaban solos con sus reacciones y sus números. Y que la ciencia, desde hace décadas, solo muy excepcionalmente la llevan a cabo personas que trabajan solas. 

Igual que ni Lionel Messi ni Michael Jordan hubieran sido capaces de ganar todo lo que han ganado sin sus equipos, para hacer ciencia se necesitan equipos de trabajo, sinergias, liderazgo y compañerismo. El último Premio Nobel de Física que se entregó a una única persona fue el de 1992 (al físico francés Georges Charpak), hace casi treinta años. Incluso el bosón de Higgs, quizá el último gran hito de la física que ha cruzado a la cultura popular (cuenta hasta con una canción de Nick Cave) no era únicamente hijo de Peter Higgs, sino de al menos tres investigadores (el Nobel solo lo compartieron Higgs y Englebert porque Brout había fallecido un par de años antes). Hasta 1950 eran excepcionales los premios compartidos en esta disciplina. Pero la ciencia cambió mucho a mediados del siglo XX. Y desde entonces cualquier centro de investigación puntero sabe de sobra que para investigar en ciencia hace falta mucho dinero y un verdadero dream team de científicos. 

Cualquier aficionado al baloncesto, por poco aficionado que sea, sabe que el Dream Team, el único, fue el formado por Christian Laettner, David Robinson, Patrick Ewing, Larry Bird, Scottie Pippen, Michael Jordan, Clyde Drexler, Karl Malone, John Stockton, Chris Mullin, Charles Barkley y Magic Johnson. Allí se juntaron las dos grandes estrellas del showtime de los ochenta, Larry Bird y Magic Johnson, con el que ya era el dominador de los noventa, Michael Jordan, y muchos nombres indiscutibles de la NBA de aquellas dos décadas. Hubo otros nombres más discutibles, como el de Laettner, el único universitario del conjunto, o Mullin y Drexler, que nunca alcanzaron la continuidad y méritos de Reggie Miller e Isaiah Thomas, los dos grandes ausentes de aquel conjunto. La razón para su ausencia, al menos en el caso de Thomas ya reconocida por todas las partes, fue la decisión de Michael Jordan, líder y jefe único de aquel equipo, quien vetó al base de los Detroit Pistons, equipo que había eliminado dos veces a sus Chicago Bulls a finales de la década de los ochenta, cuando Jordan ya se veía campeón. El coordinador de un equipo de trabajo lleno de talentos y egos debe intentar suavizar los tics autoritarios entre su tropa, dice cualquier libro de psicología militar o empresarial, pero el entrenador de aquel Dream Team, Chuck Daly, no quiso buscarse problemas. Era, de hecho, el entrenador de aquellos mismos Detroit Pistons, aunque ya se sabía, en el verano de 1992, que iba a cambiar de equipo, y quizá eso hizo que Jordan sí lo admitiera a él en su equipo. 

El deporte de selecciones se había adelantado a la ciencia de vanguardia con la posibilidad de elegir a los mejores de este equipo y de aquel otro y construir con ellos un funcional monstruo de Frankenstein capaz de ganar torneos y, por el mismo precio, adelantar a su país en cualquiera de las guerras (culturales, frías, variadas) en las que eso contaba. El baloncesto, en su variante olímpica, no permitió hasta 1992 que los profesionales de la NBA participaran en sus juegos, lo que era como hacer que los americanos jugaran con una mano atada a la espalda y sin dos dedos en la otra. Después de algunas humillaciones ante soviéticos y yugoslavos en la década previa, decidieron ir con todo. La sinergia surgió de manera espontánea: todos los profesionales del baloncesto querían estar en ese equipo, y también de manera interesada, pues cualquier jugador sabía que unir en ese momento su nombre al de Jordan, Bird y Johnson le daría un rinconcito en el libro de historia de su deporte que nunca se borraría. ¿Cómo, si no, íbamos a estar hablando veintinueve años después de Christian Laettner? 

Durante la década de los 20 y de los 30 una sinergia espontánea se movía por Europa, en paralelo a otra mucho más oscura y aterradora, y mientras el fascismo y sus variantes germánicas tomaban el poder, unas pocas decenas de brillantes físicos y matemáticos estaban cambiando la comprensión del mundo empezando por lo más pequeño que de este cabía conocer. Era el nacimiento de la física cuántica tal y como la seguimos conociendo. Su brillantez y su juventud no los libraron de que las ideas totalitarias les pasaran cerca. Ni la brillantez ni la juventud los libraron tampoco de estar cerca de la guerra. Al revés, cabría decir. Se llegó a hablar de la guerra de los físicos

En 1932 Werner Heinseberg obtuvo el Premio Nobel, y en 1933 lo harían Erwin Schrödinger y Paul Dirac. Enrico Fermi lo ganaría en 1938. La Segunda Guerra Mundial se comenzaba a cocer a fuego lento, y ningún exaltado se privaba del placer de añadir otro leño a la hoguera. Ya se consideraba que el deporte, esos Juegos Olímpicos que se organizaban para que las naciones se midieran y compararan, se derrotaran y humillaran sin sangre, eran una sublimación de la guerra. Hitler organizó los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 para que quedara claro que no tenía problemas en pasar de la representación bélica a la realidad. Muchos dirigentes políticos seguían pensando que aquel ridículo personaje con bigote iba de farol. O al menos, que si jugaba en serio, su apuesta se limitaría a Austria, Checoslovaquia y Polonia. Y ningún dirigente ha tenido demasiado en cuenta en los últimos doscientos años lo que pudiera pasar con los polacos. 

Cuando la guerra se volvió real y se empezó a temer por la integridad y la libertad de todo el mundo, alguien consideró que no sería mala idea seleccionar a los mejores científicos del mundo y ponerlos a pensar en la manera de elaborar un arma que detuviera la Segunda Guerra Mundial (en 1918, al fin de la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson, el presidente de los Estados Unidos, ya dijo que aquella sería la guerra que acabaría con todas las guerras, los ciclos y profecías parecían condenados a repetirse). Tocó alejarse, ya para siempre, de la idea de un mundo en el que los científicos trabajaban aislados, cada uno en su despacho, colaborando solo puntualmente, y se pusieron las bases de los proyectos de la gran ciencia (big science). Había que concentrar el talento y los recursos para lograr grandes objetivos. 

El primer gran proyecto que se planteó de esta manera fue el Proyecto Manhattan. Probablemente lo que primero llevó a la unión de todos estos científicos en un mismo proyecto fue el instinto de supervivencia, en un estado un poco más sofisticado. Pero sus miembros también querían obtener prestigio. Todo el mundo sabía que estar allí era algo reservado a los mejores. Y casi nadie quería renunciar a trabajar junto a otros nombres tan importantes. El Proyecto Manhattan nació orientado a domesticar la energía nuclear que empezaba a producirse en los reactores y convertirla en un arma de verdadera destrucción masiva. Se buscó un equipo imbatible, al que no quiso unirse el Michael Jordan de la física teórica, Albert Einstein, quien se cuidó de mantenerse al margen, aunque mantuvo contacto con algunos de los investigadores que estaban en Los Álamos desarrollando la primera bomba atómica. Habría, de todas maneras, mucho que hablar sobre Albert Einstein y su intervención en el proyecto, pues fue el principal firmante de la llamada Carta Einstein – Szilard, en la que estos dos, a petición de Edward Teller (conviene apuntar este nombre) le pedían al presidente Roosevelt que hiciera algo ante el riesgo cierto de que los alemanes pudieran producir armas atómicas (tenían, por más equívoca que fuera su actitud, a Werner Heisenberg en su equipo; si Einstein era el Jordan de la física teórica, es posible que Heisenberg fuera el Drazen Petrovic de la misma). A Roosevelt le convenció la petición, sobre todo porque se apoyaba en el nombre de Albert Einstein. 

El proyecto estaba bajo las órdenes de un militar (mayor Leslie Groves), pero la coordinación científica la llevó durante todo el proceso, desde 1942 hasta su final (y un poco más allá) Robert J. Oppenheimer, físico teórico de Berkeley y uno de los más convencidos de la necesidad de llevarlo a cabo, aunque una vez que el proyecto concluyó se arrepintiera de lo que habían hecho y lamentara públicamente las muertes de tantos japoneses como habían contribuido a provocar. Ese arrepentimiento hizo que se apartara del proyecto atómico cuando el gobierno quiso seguir investigando con las bombas de hidrógeno (bombas H) una vez finalizada la guerra. Edward Teller (vuelve su nombre) se quedó con el liderazgo del proyecto y acusó, como los tiempos recomendaban, a Oppenheimer de comunista. 

Quizá la figura más conocida entre las que sí estaba dentro del proyecto fue la de Enrico Fermi, quien había logrado en ese mismo 1942 la primera reacción nuclear en cadena. La mayoría de los físicos que pasaron por Los Álamos se mostraron arrepentidos, con los años, de lo que allí habían contribuido a crear. Es complicado dar un listado completo de quiénes estuvieron allí y qué actitud tuvieron. Pero Oppenheimer, Fermi, Feynman, Dirac, Frisch o Bohr se mostraron arrepentidos, o al menos apelaron a que desde dentro del proyecto no tenían perspectiva suficiente como para evaluar lo que allí se había hecho. Desde el núcleo de la big science era difícil ver el exterior.

Teller, estrecho colaborador de Enrico Fermi durante casi una década, nunca se arrepintió. Ni John Von Neumann, una de las mentes más brillantes entre todas aquellas mentes brillantes, alguien con quien era un desafío conversar, en palabras de Albert Einstein, su compañero de paseos por Princeton durante tantas mañanas. Teller y Von Neumann consideraron que lo que allí se había hecho no podía ser más que un primer paso. Y que había que seguir caminando en la misma senda. 

Pero analizar las implicaciones éticas del Proyecto Manhattan no es el objetivo de este artículo. Sobre eso ya hay muchos. Y muchos libros. Aquí solo queríamos dejar constancia de que nunca antes se unieron tantos genios científicos en un mismo proyecto. Y que es poco probable que vuelva a suceder algo similar. Porque no es sencillo que se iguale el talento de aquellas personas, y porque esperemos que las circunstancias no sean otra vez tan apremiantes. Solo queríamos dejar claro que si hablamos de un dream team de investigadores debemos tener claro cuál fue el único, el auténtico. 


Bibliografía

Dream Team: La intrahistoria del mejor equipo que ha existido jamás, de Jack McCallum

El dilema del prisionero: John Von Neumann, la teoría de juegos y la bomba, de William Poundstone

¿Está usted de broma, Sr. Feynman?, de Richard Feynman y Ralph Leighton.

Little Science, Big Science, de Derek J. De Solla Price. 

The Manhattan Project: Big Science and Atom Bomb, de Jeff Hugues.


Pablo Malo: «La gente no es, en general, consciente de que la moralidad tiene un lado oscuro»

Pablo Malo

Pablo Malo es psiquiatra y divulgador científico, además de guitarrista de psicorock. Acaba de publicar Los peligros de la moral, un libro de divulgación donde analiza por qué hemos acabado creando ideas como la cultura de la cancelación, los límites del humor, o la apropiación cultural, o por qué nos arreamos día sí y día también en las redes sociales. Todo eso esconde un peligro, nos explica, que además forma parte de nuestra naturaleza humana, porque así nos ha condicionado la evolución, para amar las redes, la polémica y el conflicto Ellos-Nosotros igual que amamos los donuts de chocolate.

¿Cómo nace en ti la vocación de psiquiatra?

[Risas] Esa no me la esperaba. En parte por problemas personales, tuve una adolescencia bastante turbulenta, y también por un deseo de conocerme mejor a mí mismo, y a la mente humana. Un profesor de aquella época me aconsejó que hiciera Psiquiatría porque así estudiaba Medicina, y luego podría centrarme en la mente, lo que iba a ser más completo que estudiar Psicología. Así que estudié Medicina con la idea de dedicarme luego a la psiquiatría.

Hablando de elegir entre unos y otros, la diferencia entre psiquiatras y psicólogos, ¿sigue siendo tan antagónica?

Hay de todo, nosotros tenemos psicólogos en el centro y algunos pacientes míos van a psicólogos privados, y la relación es mucho más fluida de lo que muchas veces se dice. A veces en internet, en Twitter y por ahí ves esa pelea de los psicólogos contra las medicaciones, pero en la práctica son muchísimas las veces en que el psicólogo le dice al paciente «oye, habla con el psiquiatra porque necesitas una medicación». En general trabajamos más unidos de lo que parece.

De hecho tú eres el guitarrista de un grupo de psicorock, The Beautiful Brains, que integra psicólogos y psiquiatras.

Sí, el saxo es psicólogo, muy majo, los demás somos todos psiquiatras, pero somos muy integradores y muy abiertos.

Tenéis letras muy curiosas como la de «Serotonina», con expresiones como «en mis sinápticas hendiduras» o «inhibiendo tu recaptación».

Sí, bueno, eso es un poco de ironía, de humor, porque nosotros teníamos una revista que gustaba mucho, The Txori-Herri Medical Journal, una especie de parodia de lo que son las revistas médicas. Hacíamos estudios donde comparábamos el bacalao al pil-pil con el bacalao a la vizcaína, cosas así, era francamente buena, tuvo muchos seguidores y mucho éxito. Siempre hemos tenido un punto de tomarnos las cosas con cierto humor, cosa que ahora se complica mucho porque, imagínate, intentar bromear sobre la salud mental puede ofender mucho a la gente. Vas a hacer un chiste sobre alcoholismo y te dicen que es una cosa muy seria. Al fin y al cabo una broma es un modo quitarle hierro a un asunto, pero cada vez es más difícil tomar las cosas con humor.

Por eso has acabado haciendo solo divulgación seria, al menos desde 2011, con tu blog Evolución y neurociencias.

Viene precisamente de ahí, de esa época, cuando un par de amigos y yo empezamos a hacer divulgación en el Hospital de Zamudio donde yo me formé. Los psiquiatras que había allí eran más de formación psicoanalítica y hablaban francés, pero no manejaban el inglés, por lo que no manejaban revistas más modernas como el American Journal of Psychiatry. Nosotros las leíamos y hacíamos unos pequeños resúmenes en forma de boletines con las noticias que contenían. Cuando apareció internet fuimos también de los primeros en hacer una newsletter que recopilaba noticias psiquiátricas, hacíamos un editorial y dábamos también algo de opinión. Llegamos a tener miles de seguidores, de todo Estados Unidos, de Sudamérica, pero llegó un momento en que eso se acabó, mis compañeros pasaron a cargos de dirección, tienen menos tiempo, y yo he seguido haciendo en Twitter y en mi blog lo que hacíamos en Zamundio. Es algo innato en mí divulgar y compartir las cosas que me interesan.

Que ahora amplías en Los peligros de la moral.

Sí, mi libro parte de la misma idea, compartir mi preocupación por la moral y por cosas que me han parecido muy interesantes, como la diferencia entre creencias sociales y creencias funcionales. El otro día leí una frase en Twitter que decía algo así como «tenemos que pararnos un momento y agradecer a la gente que está con nosotros que esté ahí». Lo importante de la virtud del agradecimiento, porque damos por hecho cantidad de cosas, pero hay que pararse y decir gracias a la gente por estar ahí, gracias por ayudarme, por lo que sea. El otro día cogió un seguidor de Twitter y me dijo eso, que gracias por compartir lo que compartía. Me puse a llorar. Solo por eso ya merece la pena, que a alguien le sirva lo que haces.

Aunque no encontrabas el momento de ponerte manos a la obra.

Ya había escrito con dos amigos otro libro sobre psiquiatría evolucionista que nos llevó casi tres años, es un trabajo de la leche, escribir, pulir… Me daba pereza, soy un poquito vago. Aunque al final me animé a hacerlo, y como el tema de la moral es algo sobre lo que siempre vuelvo en el blog, pues me interesaba ampliar estas ideas. Ya me lo había sugerido también gente que conozco, amigos, animándome a que diera forma a lo que tengo en el blog, que lo ampliara. Al final el culpable de que me ponga a escribirlo es Guillermo de Haro, pero lo hago porque me llama Roger Domingo de Deusto, y coincide además que días después me contacta otra editorial de Planeta para lo mismo.

Creciste en el País Vasco viendo el terrorismo de ETA a tu alrededor, y señalas que ahí nació tu interés por la moral.

Hasta donde yo puedo recordar ese es el origen de esta preocupación. Mucha gente que no conoce el problema del País Vasco lo reduce a que es gente mala, gente psicópata, a términos de buenos y malos. Yo conocí a mucha gente, he crecido con ellos, he estudiado con ellos, y son personas con principios, les dicen a los hijos lo que está bien, lo que está mal, ayudan a su madre, la sacan por las tardes a darla paseítos, es gente altruista y con valores morales. Pero cuando ETA actuaba contra los otros, pues ahí esos principios ya no valían. Es una de las cosas de las que hablo en el libro, la distinción Ellos-Nosotros. Yo no acababa de entenderlo, ahora lo he entendido, y lo explico, los límites de la moral acaban en nuestro grupo, el «no matarás» nunca es «no matarás a nadie», sino «no matarás a los tuyos». Por tanto la moral no incluye a toda la humanidad, y ahí fue donde para mi empezó todo, buscando la razón a todo esto.

Pablo Malo

Pero aquella sociedad no es la de ahora, hoy dices que el problema es la epidemia de moralización.

Lo que yo he visto en concreto es que todo se ha moralizado mucho. Ahora no puedes hacer una canción, ni un chiste, y todo el mundo señala lo bueno que es, incluso las empresas. Gillette criticando la masculinidad tóxica, Coca-Cola dando cursos de antirracismo, etc. En los últimos años se está llegando a una espiral de virtud, y cuando llegas a la cima no es suficiente, tienes que ser aún más virtuoso, lo cual nos está llevando a intentar ser santos, a una santidad inalcanzable. Me ha parecido muy interesante entender, como dice Eric Hoffer, que aunque vivimos una época sin Dios no vivimos una época que no sea religiosa. Los seres humanos somos profundamente religiosos, queramos o no, y conste que yo soy ateo, lo que digo es que tenemos necesidad de sentirnos morales, de señalar a los demás que somos morales, y esa necesidad si no sale por un lado sale por otro. Ahora lo vemos en esa nueva religión woke, tan evidente en sus gestos, se ponen de rodillas, piden perdón, es una manifestación laica con orígenes en el protestantismo y el catolicismo donde todos sus conceptos, el de perdón, arrepentimiento, se han desmadrado.

¿Tenemos la necesidad de ser religiosos, entonces?

De ser morales, más bien. Pensábamos que la moral venía de Dios, y a los ateos se les consideraba mala gente porque sin religión no podían ser morales. En algunos sitios sigue siendo así, en Estados Unidos la condición que menos aceptarían los votantes en un candidato a presidente es que fuera ateo, se aceptaría más que fuera homosexual o negro, latino, o asiático. Seguimos siendo criaturas morales y por eso nos estamos comportando de una manera religiosa, pero sin Dios, porque esa naturaleza humana está ahí, y ha salido. Una de las cosas que comento en el libro es que tenemos que retomar aquella idea del liberalismo de que la religión tenía que pertenecer al ámbito privado y no al público. Tenemos que hacer lo mismo pero con la moral, e igual que nos hicimos ateos de Dios ahora nos tenemos que hacer ateos de la moralidad.

Y encontrar una forma de canalizar esa moralidad, que es lo que antes hacía la religión.

La religión tradicional canalizaba y circunscribía la religión a unos comportamientos —ir a misa, hacer donativos— y ahí tenías unos mecanismos para pensar que eras bueno y para señalar que eras bueno. Toda la comunidad veía que eras una persona de bien, y es muy importante señalar eso porque para todo el mundo la moralidad es la cosa más valiosa de una persona, aparte de ser atractivo, o tener sentido del humor. Como tienes que señalar que eres honesto, que dices la verdad, etc., la religión tradicional te daba un ámbito para hacerlo y luego volvías a tu actividad, a tu trabajo diario libre de esas obligaciones. Si eras carpintero o trabajabas en Google nadie venía a hablarte, por ejemplo, del feminismo, ni a darte clases de nada, venías moralizado de casa y luego te dedicabas a vivir el día a día. Me parece que eso es más sano. Ahora en cambio estamos metiendo la moral en las redes, en la ciencia, en las empresas, en la educación, en sitios donde no hay que meterla, lo mismo que no metemos la religión ahí. Podemos ser musulmanes, cristianos o ateos y estar trabajando juntos, y lo mismo podríamos tener diferentes ideologías y cooperar juntos.

Escribes sobre moral, das consejos morales, eso te convierte en un moralista, que no es un término con connotaciones positivas.

Sí, y algunos me han criticado por el libro, diciendo que al afirmar yo que la moral es mala estoy también actuando moralmente. Pero lo que yo estoy diciendo es que tenemos que desmoralizar los problemas, porque hacerlo es negativo para nosotros individualmente, y como sociedad. Dejar de ver nuestras diferencias en términos de bueno o malo, que es la terminología moral, y entender que solo tenemos intereses diferentes. Que debemos hallar un punto de encuentro formulando nuestro problemas de modo racional.

Apelando por tanto a la razón para controlar nuestro monstruo emocional.

Es que no hay otra manera de hacerlo. Tenemos que empezar por ser conscientes de lo que pasa. Jonathan Haidt pone el ejemplo del elefante y el conductor, la moral es como el elefante, si dice voy para allá, va, y no puedes hacer nada, y el conductor tiene un margen de maniobra pequeñito que sería la razón. Nuestro monstruo emocional está ahí, es la naturaleza humana, pero tenemos que empezar a diseñar las instituciones para que no aparezcan esos monstruos morales que tenemos ahí.

Aunque quienes dirigen las instituciones no parecen ir por ese camino.

A los políticos y a las redes sociales lo que les interesa es fomentar esa indignación porque vende, así que en vez de buscar cooperación lo que hacen es dividirnos. Y eso está chupao, basta darte a ti una camiseta negra, a mi a una azul, y ya la hemos liado por la cosa más tonta. Lo que es realmente complicado es unirnos para cooperar en unos objetivos comunes, y eso deberían hacer los políticos, pero les compensa más decir que ellos son los buenos, los otros los malos, encontrar un nicho moral que les diferencie de los demás. Es famoso aquel debate preelectoral en que estaba Zapatero con Iñaki Gabilondo y le dijo «nos conviene que haya crispación», y no lo cito porque sea ese partido político, sino porque me acuerdo de eso. Evidentemente les interesa picarnos, decirnos ahí viene el demonio con cuernos, que va a acabar con nosotros y con nuestros hijos, que nos van a comer, para que la gente se motive y participe en ese grupo. Es como si te atribuyes el feminismo y dices que solo te pertenece a ti como partido, pues te colocas en una superioridad moral y así me diferencio de ti. Buscan esas diferenciaciones y ese ponernos a unos contra otros. Deberíamos recordar que los intereses de los políticos no coinciden del todo con los intereses de los ciudadanos. Pero bueno, esa es otra historia.

Entonces la política es un peligro moral también.

Es que de hecho las dos grandes visiones que hay en política son morales: o aceptar la naturaleza humana y crear caminos y vías para ir puliéndola; o considerar que no existe, que somos tabulas rasas, y que cuando cambiemos las instituciones esto va a ser la utopía. Y hemos visto lo que ocurre con eso en el siglo pasado, con la revolución comunista por ejemplo, una vez que se hace ¿qué queda? Pues los jefes con su politburó, y unos viviendo de puta madre y los otros tirados. ¿Y por qué razón? En mi opinión porque hay una naturaleza humana, y por tanto una serie de problemas que no se pueden formular en forma de solución definitiva, que es la visión de los cambios y las revoluciones. Vamos a seguir siendo personas luego, cuando se produzcan o terminen, y ahí está la base de todo el conflicto derecha-izquierda: creer que te puedes pasarte la naturaleza humana por el forro, o crear mecanismos para que podamos domarla, encauzarla, y vivir lo mejor posible.

En tu libro insistes mucho en lo negativa que es la política, pero también podríamos decir que a veces consigue hacer avanzar la sociedad.

Es verdad, me centro en la parte negativa de la moral, y no hago énfasis suficiente en la parte buena, porque se da por supuesto. La moralidad es una moneda con dos caras. Es una tecnología para la cooperación y no podríamos existir sin ella, nos habríamos extinguido como especie. Si no nos indignan las desigualdades, o que no haya justicia en ciertos temas, para actuar contra ellas e ir mejorando las cosas, no sobrevivimos. Esa es la parte moral que conocemos, y de ahí las críticas al título del libro. Cómo va a ser mala la moral si ella es lo que nos hace ser empáticos, altruistas. Pero esa no es la parte de la que yo quería ocuparme. Cuando oigo que hay que abolir la moralidad pienso que es como pedir abolir el sexo, los sentimientos: no puedes, es esencial y seguirá siéndolo. Si hoy podemos conseguir la reproducción in vitro e incluso sin sexo, porqué no nos planteamos conseguir también la cooperación considerando que la moral tiene ese lado negativo. Ciento sesenta millones de muertos calculados en el siglo XX entre genocidios y guerras, ¿lo podemos mejorar? Ahora que somos más listos, y hemos entendido que la moral es una tecnología para la cooperación, ¿podríamos formular los problemas implicando solo la parte buena de la moralidad?

Es tanto como preguntar si podemos cambiar nuestros impulsos.

Pero si tú haces una sociedad igualitaria donde la gente pueda tener acceso a las cosas y donde el ser violento y agresivo no tenga beneficios, no sirva de nada, la gente no va a ser agresiva a lo tonto. Es verdad que tenemos dentro de nosotros impulsos agresivos. Si ahora mismo hay un apagón y no hay comida en el supermercado, mis hijos no tienen qué comer, y estamos tú y yo para conseguir unas patatas, probablemente el que sea más fuerte se las va a llevar. Pero hay maneras de reconducirnos. Si diseño una autopista de seis carriles y cojo y la reduzco a uno, van a salir los instintos agresivos que están en nuestra naturaleza. Pero si yo los voy reduciendo primero a cuatro, luego a tres, poquito a poco, vamos a ir todos pasando y no nos vamos a pitar ni nos vamos a machacar. Si tenemos en cuenta la naturaleza humana vamos a poder diseñarlo todo, desde una autopista al sistema democrático, para que no sea de suma cero, lo tuyo o lo mío, y ahí podríamos conseguir avanzar. E intentar que los intereses de todos estén representados. En la mayoría de encuestas en política últimamente sucede una cosa muy curiosa, sale una proporción de resultados que es prácticamente cincuenta-cincuenta. Entonces qué hacemos, ¿jodemos a la mitad de la población para que la otra mitad haga lo que quiere? Es que esa gente a la que jodemos tiene sus motivaciones y sus razones.

Hablando de representar intereses, mencionas que son sobre todo los políticos y las redes sociales los que se aprovechan de esta nueva situación moral. ¿Eso significa que ellos sí son conscientes de que lo que pasa mientras que todos los demás lo ignoramos?

Mi idea, y creo que esa sería otra aportación del libro, es que la gente no es, en general, consciente de que la moralidad tiene un lado oscuro. Ni políticos, ni dueños de redes sociales. Estos de Twitter y Facebook lo han hecho un poco por ensayo-error. Si tú miras el origen de Facebook era una cosa de caras, y de valorar, y qué descubrieron ahí. Que los seres humanos estamos muy interesados en la programación social, en el cotilleo. Y los programas de radio y televisión, por qué han acabado en el cotilleo. Por lo mismo. A lo mejor internet empezó compartiendo información, o de otra forma, pero resulta que cuando hablas de tu grupo, y de las chicas, la gente se vuelve loca. Descubrieron la tecla del cotilleo, que existe igual que la tecla del fútbol o la competición, que interesa a ciertos públicos, y si pones programas de ajedrez no te vas a jalar un rosco porque no tocan ninguna tecla de la naturaleza humana. Las redes han dado con la tecla de la indignación moral, cuando un tuit va de atacar al enemigo, va de la indignación moral, resulta que se retuitea mucho más, la gente se vuelve loca, se engancha aquí, y con esto les tenemos cogidos.

Potenciando también la caza de brujas.

Porque es nuestra naturaleza humana, que ahora sale por otros medios, por la difamación ritual, y es lo mismo que en la Edad Media pero quizá con otras variantes, como esto de echar a alguien de su trabajo. Es algo que no se había visto antes en otros ataques. Como el hecho de que a las mujeres hay que creerlas sí o sí. O la presunción de inocencia, o la igualdad ante la ley, ahora considerados según otros principios morales, que son la compasión, que no haya daño, o ayudar a la víctima. Estamos viviendo un choque entre diversos aspectos de la moralidad.

«Twitter supone para nuestros instintos lo que un donut de chocolate». Usas esa frase para explicar que la atención social nos proporciona estatus, el estatus nos eleva el ánimo, y por eso nos lanzamos a las redes para conseguir atención. No sé si es posible rechazar algo a lo que nos empujan nuestros genes.

Tenemos una visión distorsionada de lo que son los genes, ellos tienen que estar siempre mirando al ambiente, que es quien tiene la batuta y la partitura que hay que tocar, porque si no sobrevives en el ambiente, desapareces. Si yo hago un ambiente donde los genes de la agresividad no son necesarios, no se van a manifestar. Los genes son como apps, cosas que han demostrado que funcionaban en el pasado y que vienen en nuestro hardware de base. Pero no se van a expresar a machamartillo, y podemos hacer muchas cosas para modificar el ambiente a nivel social, a nivel político, para que no tengamos porqué ser agresivos. Si políticos y redes tiran de esos genes violentos acabaremos expresando esa parte negativa que llevamos dentro.

Que además tiene un origen sexual. Dices que nos hicimos moralistas para ligar.

Moral y éxito reproductivo están estrechamente unidos. Ayer mismo he visto un artículo sobre cómo los hombres altruistas son más atractivos. El estudio era en hombres, pero vale también para mujeres, la gente que es honesta y altruista va a ser más querida y más atractiva para los demás. Yo creo que no hay duda ahí.

Si yo miro el mundo a mi alrededor tengo la sensación contraria, que quien ha tenido éxito reproductivo han sido los malos.

Depende de lo que consideres éxito. Mucha gente que está arriba no es moralmente muy ejemplar: CEO, jefes de empresas, políticos, pero ¿eso es el éxito en el fondo? Cuando hablamos de una persona que está integrada en su comunidad, que tiene pareja, que está contenta con sus hijos, ahí sí es importante la moralidad, y también el no decir mentiras, que sea gente fiable, que te quiera, que sea altruista. La gente valora ver que ayudas a los demás.

Pero tú añades la idea de que necesitamos a esos humanos con rasgos psicopáticos como necesitábamos en su tiempo a los verdugos para eliminar a los criminales.

Sí, si una empresa va mal y hay que echar a gente alguien tiene que hacerlo. Es verdad que en ciertos momentos había que luchar contra un grupo o cortar cabezas, y entonces ese tipo de personas resultaban bravos, sin tanto miedo al peligro, y ha sido beneficioso para ellos y para el grupo tener un porcentaje de gente de ese tipo. Hay una agresión que es reactiva, que ha ido disminuyendo, porque cuando alguien era un psicópata o hacía cosas malas o quería ser el mejor del grupo el resto se juntaba y lo ejecutaba. Ahí entraba la función de verdugo, que es la agresión fría y calculada. Hay quien dice que si metes cien chimpancés en un avión a Nueva York no llega vivo ninguno porque tienen una gran agresión reactiva, que es donde los humanos nos controlamos: hemos desarrollado la agresión fría y calculada. Pero para hacer esa autodomesticación de nosotros mismos, eliminando a los psicópatas, alguien ha tenido que ejercer esa agresión fría, y eso no lo hemos eliminado. Porque bien aplicada tiene una parte positiva, hay gente a la que hay que eliminar. El problema es que históricamente nos hemos equivocado bastante en quién había que eliminar, como en el holocausto judío.

Y es posible que con esta moralización de la sociedad estemos buscando más individuos con este perfil.

No creo que los busquemos. Lo que sí ocurre es que aquel individuo con un perfil piscopático que castigue más al resto con una agresión fría, sí va a sacar un beneficio. Porque el sistema que estamos montando de denunciar a otros, de atacar, beneficia a esta gente.

Pensaba más en la gente normal. Dices en el libro que la primera vez que se mata repugna, pero que a la tercera o cuarta ya podemos empezar a disfrutarlo.

Sí, esto tiene que ver más con las matanzas de judíos, gente que ha participado en genocidios, en el gulag, porque lo que comentaban muchos de ellos es que al principio tenían naúseas. No nos damos cuenta, pero tenemos verdadera aversión a matar a otros, nos es mucho más fácil matarnos a nosotros mismos. Este último año hemos tenido en España casi cuatro mil suicidios, y en cambio hubo unos trescientos homicidios. Lo que tenemos es aversión a matar directamente, con nuestra manos. Si te mandan apretar un botón que lanza un misil y mueren tres mil en Irak, eso es diferente, no te provoca el mismo sentimiento. Lo que se te hace difícil es agredir tú directamente a alguien. Como en el clásico problema del tranvía, la gente no está dispuesta a lanzar al hombre obeso a la vía para salvar a cambio a otros cinco. A aquellos alemanes de los campos, cuando empezaron a matar judíos, necesitaron alcohol y drogas, luego se les fue convirtiendo en rutina. Pero es difícil que la gente se adapte a eso. En el libro explico que Himmler fue a hablar con ellos y a explicarles que, naturalmente, matar no estaba bien, pero que había que hacerlo porque ellos eran sus enemigos e iban a destruir Alemania. Es una situación de emergencia.

Pablo Malo

Quizá sea que ahora tenemos elementos que fomentan estas conductas, y que no habíamos tenido nunca antes globlamente, como internet.

Claro, y esos elementos las potencian. No sé si has leído el último artículo de Jonatan Haidt donde explica que Instagram es perjudicial sobre todo para las adolescentes. Hay mucha discusión sobre si las redes sociales fomentan la depresión y los trastornos en la población en general. Él decía que en la población en general igual no, pero que no se ha estudiado por franjas de edad y por sexos. Al parecer en Instagram hay datos que indican que el aspecto físico y el atractivo, así como la forma de vestir, el ambiente de riqueza y los escenarios ideales de la muerte, llevan a algunas chicas a tener la autoestima por los suelos porque se comparan con ellas. Esto es algo que en psicología evolucionista se llama la competición intrasexual femenina, es decir, lo mismo que los machos se pelean con los cuernos por conseguir las hembras, ellas usan recursos para conseguir los que más les interesan. Antes en un pueblo alguna era la más guapa, pero la mayoría estaban en la media, y competías con un grupo reducido. Ahora con Instagram estás compitiendo no a nivel de un pueblo sino con los mejores maquillajes y vestidos, y cuando estás compitiendo con lo mejor de lo mejor ¿quién queda bien en el ranking? Las chicas ante eso creen no estar a la altura y se producen trastornos de conducta, depresiones, autolesiones, derivadas de sentirse mal consigo mismas. Hay una potenciación, y no es un fenómeno nuevo, pero sí está amplificado. Quienes leemos biología evolucionista creemos que forma parte de la naturaleza humana, son cosas que ya están en nosotros, como el interés por el sexo. Instagram no es que lo invente, pero como te decía, sea por ensayo-error o por casualidad, aciertan con la tecla, y entran en el ámbito de sustitutos de la religión.

Y en el de las tetas de silicona, novelas romáticas y bollos de chocolate, a los que llamas estímulos supernormales.

Esto no tiene tanto que ver con la moralidad como con la biología evolucionista. Son unos estímulos que los animales, tanto para buscar pareja como para luchar contra un rival, usan de guía, atendiendo a una forma o un rasgo que es atractivo. Si lo exageras, cuanto más exagerado sea, más va a atraer. Un estímulo natural y falso va a volverles locos, porque funcionan como un algoritmo, los animales dejan de lado el estímulo normal para guiarse por el artificial, empollan un huevo falso, eligen a la hembra colocada como señuelo. En nuestra civilización estamos rodeados de estímulos supernormales, como un donut bañado en chocolate y con virutas por encima, nos atrae la grasa, los hidratos de carbono, que eran alimentos con niveles de calorías difíciles de encontrar. Tenemos apetencia por esos estímulos y por eso nos los exageran. Pasa por las tetas de silicona, pero pasa también en el plano social, tú tienes interés por el cotilleo para navegar por tu mundo y moverte mejor. El que mejor navega el mundo social gana, la información social es importante. Antes no podías estar en todas las relaciones sociales de la tribu, se transmitían por el cotilleo. Ahora tienes el programa Gran Hermano, te ponen un ojo y ves todo lo que pasa en la tribu, te pasa lo que con un donut de chocolate, te lo comes encantado. Esa información social es tan importante y tan fácil de conseguir. En las redes sociales igual, lo tienes ahí todo el rato, todo el tiempo, a un clic de distancia, y potenciado. Esa parte la puse para que entendamos que las redes son estímulos supernormales, se aprovechan de nuestros intereses para explotar nuestra psicología moral.

Y eso nos lleva también a convertir todo en un elemento moralizador.

Todo. Si vas a trabajar en coche, es mala la huella de carbono, si comes carne también, más el sufrimiento de los animales de granja. Antes cogías un avión e ibas a Benidorm y ahora eso es moralmente malo. Es muy interesante cómo ciertas cosas que antes no entraban en el plano moral ahora sí las hemos colocado ahí. Y lo contrario, aspectos que antes no eran buenos ni malos ahora son asuntos morales. Con el problema agravado de la hipersensibilización: si siempre estás mirando, siempre habrá un daño en lo que hagas, cualquier cosa que hagamos viviendo tendrá un coste para el ecosistema y para los demás. Y po rqué sucede, y cuándo. Los derechos de los gais, por ejemplo, los hemos desmoralizado, y se ha hecho en un tiempo muy breve, si pudiéramos comprender bien el fenómeno, igual que hemos desmoralizado la homosexualidad podríamos aplicarlo a otros ámbitos, y conseguir así lo que yo planteo. Porque hay cosas que se intentan moralizar y no se consiguen, entonces ¿cuál es la razón de que la gente se enganche con unos temas y con otros no? Yo no acabo de entenderlo, ni los autores que he leído tampoco.

¿Conoces el caso de David Suárez, el humorista? Le piden casi dos años de cárcel por un chiste sobre una felación relacionada con el síndrome de Down. Y lo hacen apoyados en un Código Penal de 1995, ¿eso significa que también las leyes están contagiadas de moralidad?

Las leyes tienen una base moral evidente, y tendríamos que cambiar leyes, pero también tienen un margen de interpretación, lo vemos todos los días. Un tribunal dice una cosa, otra dice otra… son como los datos en ciencia, que no hay datos, solo interpretaciones. En este caso el chiste me parece de muy mal gusto, pero en mi opinión personal creo que un castigo penal es exagerado.

Tú tenías veinte años en 1978, cuando empezaron las libertades en España. ¿Hemos ido hacia atrás?

Lo digo yo, y otra gente, estamos viviendo un puritanismo, tanto en lo sexual como en las libertades, en que la gente creativa pueda ejercer su libertad de expresión incluso para hacer cosas que puedan ser de mal gusto. Nadie se alarmaba por esto antes. Viví un poco la época hippie, la revolución sexual, ahora es todo al contrario de cómo era en los años sesenta.

¿Hubo una fecha concreta en que según tú todo esto empezara?

No sabría decirte. Desde 2012 en adelante, quizá, y más rápido desde 2015, todo se nos ha ido de las manos, hemos entrado en una década más acelerada.

Citabas al principio esa nueva cultura woke, anglosajona, y también los autores que citas en tu libro tienen mayormente ese origen. ¿Crees que en las culturas mediterráneas y latinas arraigará menos?

Me lo pregunto, y está un poco por ver qué pasa. Es diferente el catolicismo del protestantismo y puede servir de trinchera. Lo estamos viendo en Francia, Macron está plantando cara al wokismo, parando esto y diciendo que ellos tienen otro camino. Hay cosas que están llegando, como la igualdad de género con la nueva Ley Trans de Irene Montero, ahí sí que nos hemos adherido a ese tipo de ideología. Estamos en un cambio de sistema operativo, e igual hasta es bueno, yo soy un viejo boomer y quizá dentro de treinta o cincuenta años vemos que todo esto era positivo. Yo lo veo difícil, y sobre todo en el tema de la libertad de expresión, renunciar a ella, limitarla o prohibirla, y que eso vaya a ser bueno en el futuro, me parece que no. La libertad de expresión es la piedra angular del liberalismo, y de lo que han sido los sistemas democráticos. Ni los derechos de las mujeres ni los derechos de los gais hubieran existido sin ella. La gente que tiene más poder y quiere frenar o cancelar otros discursos puede acabar provocando que llegue un dictador y diga ya está, aquí no se discute más. Hemos ido a exageraciones como esas de que lo que dicen los chamanes de una tribu vale lo mismo que lo que dice la ciencia.

Y a la apropiación cultural.

Es que ya ni te puedes poner un kimono, porque te estás apropiando de la cultura japonesa. Pero tú miras la evolución cultural del mundo y la cultura es apropiación. Tenemos un alfabeto porque lo cogimos a los fenicios, la religión a los judíos, los números vienen de la India. La cultura ha sido algo que cuando una cosa había funcionado en un grupo automáticamente lo copiabas: las espadas de bronce, la pólvora, la rueda, unas culturas se han apropiado de otras continuamente. Ha sido así, y muchas minorías y muchas otras culturas se han aprovechado de todo lo que ha hecho la ciencia de occidente. Y entiendo que detrás de esto pueda haber una buena intención, que se intenten corregir desigualdades, etcétera, pero debemos tener mucho cuidado con que el fin justifique los medios. Porque con las creencias morales pasa mucho, en el momento de que tú crees que tu convicción moral es la utopía, el paraíso, y el bien máximo, ya estás justificado para ir por el camino que sea y hacer lo que sea. Y no, debemos mantener esos medios porque sabemos que nos hemos equivocado y que las hemos liado, y muy gordas, en el pasado, por eso hay que poner esos contrapesos, esas barreras.

Pablo Malo

Hablas de que podemos volver a repetir cosas como los genocidios, las dictaduras.

Es algo que me preocupa mucho. Podríamos volver al totalitarismo.

¿Aquello ocurrió por una epidemia de moral?

Pues mira, no lo he pensado. Siempre que he leído sobre esa época lo he visto más en el contexto histórico, lo que le pudieron hacer a Alemania después de la Primera Guerra Mundial, con las condiciones que le pusieron. Pero no he pensado en cómo pudo funcionar la moralidad en aquella época. Si miramos el socialismo o el comunismo soviético hay un trasfondo religioso, lo han señalado muchos autores como Nietzsche, que señalaba que en el fondo el socialismo era cristianismo, o Bertrand Russell. Esa visión apocalíptica de que haces una revolución y llega la utopía es como una segunda venida de Cristo, un sentimiento religioso, una negación de la naturaleza humana, y una justificación de que para llegar al bien absoluto puedes hacer lo que sea. Y es que en el fondo los humanos no tenemos mucha variedad de conductas. Cambia un poco la expresión, o el contexto, algunos matices en definitiva, pero creo que esa naturaleza humana la acabamos viendo siempre, en cualquier situación.

Y tú como evolucionista crees que eso es así porque nos determina la biología.

Efectivamente, la biología hace que la cultura pueda ir por determinados caminos y no por otros. Si intentamos que el programa más visto en televisión sea el ajedrez pues va a ser que no. Cuando se aleja de la teclas e intereses para los que tenemos base genética, no va a funcionar.

¿Cómo ves el final de este proceso?

Pues veo las dos posibilidades, a veces la botella medio llena y a veces medio vacía. Creo realmente que hay un riesgo de colapso y de cataclismo, de catástrofe moral, porque suceda un enfrentamiento entre ellos y nosotros. No sé si será entre Estados Unidos y China, o entre Rusia y nosotros, no sé cuáles serán las potencias en conflicto, que en un momento dado digan: tú eres el malo y no te vas a salir con la tuya. Aprieto el botón, y aquí nos vamos todos a freír churros. Cuando uno se siente humillado, tanto a nivel personal como a nivel de grupo, eso es una bomba. Como psiquiatra, en pacientes paranoicos y en gente que ha sentido que se les ha pasado por encima, que no les han respetado, que las instituciones les han ninguneado, he visto que esas persona son un peligro porque no tienen nada que perder. Habéis acabado conmigo, pero os vais a enterar porque os voy a llevar por delante. Creo que hay que tener mucho cuidado en no humillar a nadie. Ni siquiera al mosquita muerta, porque esos son los que luego cogen el rifle en Estados Unidos y pum, pum, pum, los quince compañeros de trabajo, los de clase… Suelen tener una percepción de un daño paranoica, o irreal, con un detonante, porque a lo mejor les han despedido o les han hecho bullying. Si eso lo trasladas a un conflicto entre gobiernos, y una parte piensa que la están pasando por encima, la posibilidad de que haya una reacción tremenda o violenta puede llevarnos, por vía de la moral, hacia genocidios o guerras.

Ese humillado ya no es solo individual, se hace colectivo, como ocurrió en el asalto al Congreso de Estados Unidos.

Claro, esa gente no va a aceptar el resultado ni lo que el otro está planteando, y la posibilidad de agresión del grupo la veo grande, como la de conflicto bélico.

¿Y puede haber un final positivo, también?

Sí, y de hecho es parte de lo que yo propongo. Si pasamos de pensar que la moral siempre ha estado bien, y que si pensamos moralmente actuamos de forma correcta, y decimos ojo, que mucha gente se ha equivocado al actuar moralmente. Decía Stephen Porter que las opiniones han matado más gente que los terremotos. Se han hecho barbaridades creyendo que se estaba haciendo el bien, y esa sería una buena toma inicial de conciencia. No podemos prescindir de la moral, pero si pudiéramos empezar un camino donde le recortáramos pequeños espacios, cambios, huir de la suma cero, del ellos contra nosotros, del yo contra ti, y robar espacios a la moralidad, aunque lo veo a largo plazo, algo de hacer con calma, no ahora pero sí empezar a plantearlo, puede tener éxito.

Incluso hablas de modificar el cerebro con tecnología para lograrlo.

De hacer una biopotenciación moral, usar la tecnología, igual que te hacía el ejemplo de conseguir reproducción sin sexo, conseguir objetivos morales por medios tecnológicos. Eso es todavía neurociencia ficción, pero tal y como vamos no lo podemos descartar tampoco. En esa parte hablo de que lo han usado los judíos ultraortodoxos, están tomando inhibidores de recaptación de serotonina, son unos antidepresivos tipo el Prozac famoso, o la Fluoxetina, esos disminuyen la libido, y con ellos han intentado controlar mejor sus impulsos sexuales y llevar así una vida más acorde a sus ideales morales. No quieren que el sexo sea tan importante en su vida y han estado usando tecnología, medicaciones, para fines morales.

Igual necesitamos drogas para todo el mundo.

Sí, pero una para cada cosa, para el tribalismo, para el genocidio…

El aburrimiento también podría ser una solución. Hay gente cansada ya de todo esto.

Igual lo del péndulo famoso, sí. Yo sí empiezo a detectar cansancio: otra difamación ritual, otro linchamiento, va macho, ¿no crees que ya está bien de tirarte al cuello de la gente? Ojalá dejemos ya la caza de brujas para la Edad Media. Yo muy tenuamente tengo la esperanza de que empiece a pasar esto.

Pablo Malo


Balas mágicas, misiles inteligentes y drones kamikaze

balas mágicas

Este texto ha sido el finalista del concurso DIPCLSC-Laboratorium en la modalidad de ensayo de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2021. Puedes leer aquí el ensayo ganador y aquí el relato de la modalidad de narrativa.

Hace más de un siglo el médico Paul Ehrlich acuñó el término de «bala mágica» para referirse a un compuesto capaz de actuar contra un microorganismo dañino (en la jerga médica, «patógeno») sin ocasionar daños en las células de las personas a las que estaba infectando. En ese momento las «balas mágicas» vivían en el mismo universo que los unicornios alados, puesto que no existía ninguna sustancia que —ni siquiera lejanamente— cumpliera estos requisitos. Sería el propio Ehrlich el que en 1907 descubriera un compuesto antimicrobiano selectivo que, con algunas modificaciones posteriores, logró convertir en razonablemente inocuo para los pacientes a los que se administraba (teniendo en cuenta que el principal componente activo era el arsénico, obviamente tuvo que ajustar mucho la dosis para no matar al paciente a la vez que a la bacteria a la que pretendía combatir).

Desgraciadamente, su logro no tuvo continuidad y hubo que esperar veinte años a que Fleming se topara, de forma casi accidental, con la penicilina. Aunque la producción a escala industrial de la penicilina tendría que esperar casi otras dos décadas, al fin la humanidad disponía de un arma eficaz para combatir las enfermedades bacterianas que desde tiempos remotos padecía y que, en los casos más graves, llegaban a diezmarla (por poner el más dramático de los ejemplos, se calcula que cerca de la mitad de la población europea falleció a consecuencia de la epidemia de peste del siglo XIV).

Lo que es aún más importante, los trabajos de Fleming iluminaron el camino para obtener sustancias capaces de combatir al escaso centenar de especies bacterianas que causan enfermedades en el ser humano: estudiar las inmensas y pobremente conocidas comunidades microbianas de gérmenes inofensivos que, después de todo, llevan compitiendo entre sí (y con el citado puñado de «chicos malos») desde tiempos inmemoriales. No era una tarea despreciable, puesto que actualmente se estima que existen alrededor de un millón de procariotas (es decir, bacterias y arqueas) y entre dos y cuatro millones de hongos (como el famoso Penicillium del que Fleming obtuvo la penicilina).

Pese a la magnitud del reto, en las siguientes décadas los investigadores obtuvieron exitosamente un buen número de antibióticos que comenzaron a conformar un nutrido arsenal para combatir las infecciones bacterianas (nótese que actualmente la expresión «bala mágica» ha caído completamente en desuso, pero que aún tiene gran aceptación la utilización de terminología bélica o armamentística).

Algunos de estos nuevos antibióticos mostraban una estructura química muy similar a la de la penicilina, con un característico anillo denominado «anillo betalactámico», con lo que comenzaron a conocerse como «antibióticos betalactámicos». Otros presentaban estructuras moleculares muy distintas y se fueron agrupando en otras «familias» con nombres tan exóticos como aminoglicósidos, tetraciclinas o macrólidos.

balas mágicas
Estructura química de la penicilina.

A la postre, la irrupción de los antibióticos en la lucha contra las enfermedades causadas por bacterias resultó tan determinante que puede compararse —siguiendo con las analogías bélicas— con el desarrollo de los misiles de crucero o «misiles inteligentes» (pues la simple irrupción de las armas de fuego no tuvo en la historia humana un impacto tan rápido). Como además cada familia o grupo de antibióticos ataca diferentes «dianas», cuando una bacteria resultaba resistente a un antibiótico se disponía de alternativas para combatirla. Porque, efectivamente, incluso en los albores de la «era antibiótica» existían bacterias resistentes (las balas eran mágicas, pero no milagrosas). De hecho, la bacteria con la que Fleming estaba trabajando cuando realizó su descubrimiento era resistente a la penicilina (y andaba tan enfrascado en sus dificultades para purificarla, que su primer pensamiento fue emplear la penicilina para librarse de las bacterias contaminantes, sin plantearse que se le brindaba una herramienta para tratar las enfermedades infecciosas).

Los motivos por los que las bacterias sobrevivían (y sobreviven) a los antibióticos son variados: algunas especies son intrínsecamente resistentes a ciertos compuestos porque carecen de las moléculas «diana». Retomando el símil militar, un antibiótico que actúa como misil antitanque no sirve de nada si la bacteria no utiliza carros de combate (hasta este punto son selectivos los antibióticos: una sustancia «antitanque» no es efectiva contra infantería ni contra una fuerza aérea).

En otros casos, las bacterias no son «estructuralmente» resistentes, pero han desarrollado en su proceso evolutivo, por acción de la selección natural, mecanismos de resistencia ante algunos antibióticos. No conviene olvidar que los antibióticos los «inventaron» los propios microorganismos, posiblemente para hacerse la zancadilla entre ellos, así que es normal que hayan desarrollado «antídotos» o —volviendo a la jerga militar— «contramedidas». Lo que resulta harto improbable es que una especie concreta haya desarrollado sistemas para volverse invulnerable a todos los antibióticos existentes. Por tanto, los hallazgos de marcadores de resistencia antibiótica en bacterias procedentes de lugares prácticamente intocados por el ser humano (como el suelo de una zona perdida de Alaska) o de épocas donde nos consta que no existían tratamientos antibióticos (como el Imperio inca) no han de causarnos ninguna extrañeza, aunque en su momento llevó a algunos científicos a rascarse la cabeza con cierta perplejidad.

Partiendo de este escenario, el uso generalizado de antibióticos a partir de la década de 1940 ejerció una presión selectiva muy intensa sobre las especies bacterianas: allá donde se aplicaba un antibiótico, las variantes («cepas», en la jerga de los microbiólogos) sensibles fueron desapareciendo, y el hueco que dejaron lo ocuparon las supervivientes, es decir, las cepas resistentes.

En conclusión, se produjo un incremento exponencial de las cepas resistentes, reduciendo por tanto la utilidad del antibiótico concreto (que con cada uso tendría una eficacia cada vez más limitada, en lo que viene a ser un caso paradigmático de «morir de éxito»).

En el caso de los antibióticos betalactámicos (es decir, penicilinas y sustancias afines) uno de los mecanismos de resistencia más relevantes deriva de la existencia de unos genes que permiten a las bacterias sintetizar unos compuestos capaces de «desactivarlos». A estas sustancias que «derriban» los «misiles» betalactámicos antes de que alcancen su objetivo se las denomina penicilasas (en el caso de que solo actúen contra las penicilinas) y, de forma genérica, betalactamasas (en uno de esos trabalenguas que los especialistas no son capaces de apreciar). Las betalactamasas constituyen un motivo de honda preocupación, puesto que los betalactámicos aún constituyen un pilar esencial en los protocolos terapéuticos actualmente en uso.

Para empeorar la situación, las bacterias —sobre todo las del grupo denominado gramnegativos— no se preocupan demasiado por la propiedad intelectual y reparten los genes que codifican para estas betalactamasas con prodigalidad, contribuyendo a que la resistencia se expanda de forma incontenible, pues más y más bacterias (que a veces ni siquiera están emparentadas) reciben el folleto «Construya su propio misil antibetalactámicos paso a paso».

Inicialmente nuestra especie reaccionó a las contramedidas bacterianas con simple y llana fuerza bruta: incrementando las dosis de antibióticos para desbordar las barreras que oponían las bacterias resistentes.

Esta estrategia obviamente era viable solo en cierta medida, puesto que —más pronto que tarde— resulta físicamente imposible incrementar la dosis o bien resulta toxicológicamente inaceptable, porque los antibióticos causan más daño por «fuego amigo» que el infringido a las bacterias que constituyen el verdadero objetivo (en grandes cantidades, los misiles dejan de ser «inteligentes» y se vuelven menos selectivos). Por supuesto existía la opción de realizar un ataque con otro grupo de antibióticos por lo que, de forma paralela, se intensificó la búsqueda de nuevos compuestos capaces de eludir las defensas microbianas (a veces por simple modificación química de antibióticos naturales ya conocidos). 

Pese a todos los esfuerzos, rápidamente se hizo evidente que el minúsculo enemigo era un adversario formidable. En cuanto una cepa lograba optimizar sus defensas, los genes correspondientes se distribuían entre sus congéneres e incluso entre cepas de especies no relacionadas con la misma efectividad y rapidez con la que un vídeo se vuelve viral en las redes sociales. Había que buscar alternativas, explorar otras posibilidades e identificar nuevas tácticas antes de regresar a una era preantibiótica, donde la gente fallecía por algo tan trivial como una apendicitis o una faringitis (las publicaciones científicas a veces se refieren a este escenario con la evocadora e inquietante expresión «apocalipsis antibiótico»).

En la década de 1950 comenzó a explorarse una nueva estrategia que abría un amplio abanico de posibilidades: ¿sería posible administrar junto con el verdadero antibiótico un «señuelo» que atrajera la atención de la contraofensiva bacteriana? En 1954 se confirmó esta hipótesis al comprobarse que la cefalosporina N (un compuesto lejanamente «emparentado» con las penicilinas) atraía buena parte de la atención de las betalactamasas y protegía, en cierta medida, del «fuego de artillería» microbiano a otros betalactámicos que eran sensibles a las betalactamasas (concretamente, su «prima» la benzilpenicilina y su «hermana» la cefalosporina C). En definitiva, se había demostrado que una combinación de antibióticos betalactámicos mostraba una actividad antibacteriana superior a la suma de sus efectos cuando se administran de forma independiente, lo que se conoce como efecto sinérgico.

balas mágicas
Cefalosporina C.

Sin embargo, aunque las sustancias como la cefalosporina C eran capaces de crear una distracción, no inutilizaban las «plataformas de lanzamiento» bacterianas. Hacía falta elevar las prestaciones de estos «señuelos» a un nivel superior, lo que se logró con el descubrimiento de un humilde betalactámico con una actividad antibacteriana residual (que es el término empleado en los artículos científicos para calificar, de forma elegante y políticamente correcta, a las sustancias que son poco más que inútiles): el ácido clavulánico.

El ácido clavulánico llevó la sinergia a otro nivel, puesto que no se limita a atraer la atención de las betalactamasas (evitando que, al menos momentáneamente, puedan destruir los betalactámicos de corte «ofensivo»), sino que se une a estas betalactamasas y las inutiliza. A costa de su propia destrucción, todo hay que decirlo. Podría decirse que actúa como un dron que se lanza en un ataque suicida sobre las «baterías de tierra» bacterianas y las borra del mapa, dejando a los microorganismos sin respuesta ante los misiles que llevan la verdadera «carga explosiva» (no olvidemos que el ácido clavulánico aisladamente apenas tiene capacidad para amenazar seriamente la integridad de la bacteria).

Los bioquímicos llaman a los compuestos del primer tipo (como la cefalosporina C) inhibidores competitivos, puesto que «compiten» por la atención de las betalactamasas, atrayendo en parte el «fuego» sobre sí mismos. Los que actúan como el ácido clavulánico reciben el nombre de inhibidores suicidas, dado que se autodestruyen al inutilizar a su objetivo. También podríamos denominarlos inhibidores kamikazes, como los pilotos japoneses de la segunda guerra mundial.

El ácido clavulánico no es, ni mucho menos, el único kamikaze del arsenal farmacológico, pero sí uno de los más empleados. La próxima vez que le prescriban antibióticos, eche un vistazo a la composición, porque quizás figure en ella el ácido clavulánico (a veces con el nombre de clavulanato). En ese caso, contemple con cierto respeto a ese humilde comprimido: está a punto de ingerir una combinación sinérgica de sustancias con la que va a bombardear a su adversario bacteriano con misiles inteligentes acompañados de unos eficaces drones suicidas. Bienvenido a una guerra que ni individualmente ni como especie podemos permitirnos perder…


La naturaleza del reflejo

La naturaleza del reflejo
Ilustracón de sir John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. (DP)

Este texto ha sido el finalista del concurso DIPCLSC-Laboratorium en la modalidad de ensayo de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2021. Puedes leer aquí el ensayo ganador y aquí el relato de la modalidad de narrativa.

La naturaleza del reflejo

Mucha gente cree que Alicia solo visitó el País de las Maravillas. En cambio, poca gente sabe que Alicia, además de meterse en un agujero siguiendo a un conejo, también atravesó el espejo de su cuarto y se introdujo en el mundo del reflejo. 

«¿Crees que allí te darían leche?» — pregunta a su gato — «Tal vez la leche reflejo no se pueda beber». 

Lo que ni la propia Alicia sabe es que no le hace falta atravesar el espejo. Ya vivimos en un mundo plagado de reflejos. Estamos hechos de ellos, como nuestras propias manos. Aun así, muchas simetrías se esconden más allá de nuestros ojos, en las propias sustancias químicas que nos componen. De hecho, la pregunta de Alicia ya tiene respuesta. La leche espejo no se puede beber, no la podemos digerir. 

Somos de los pocos animales capaces de reconocernos a nosotros mismos en un espejo. A pesar de ello, tuvo que pasar un milenio y ochocientos cuarenta y ocho años de nuestra era para reconocer por primera vez los espejos que nos rodean. En París, el mismo año que una revolución declaraba la Segunda República de Francia, un joven Pasteur iluminaba con una lámpara mezclas en su laboratorio. Uno de esos compuestos, extraído del vino, reflejaba la luz de forma distinta según el día que lo purificaba, a veces la giraba hacia la izquierda y otras hacia la derecha. Pasteur y su mentor anunciaron el hallazgo, pero los químicos de la época dudaron de los preparados de un estudiante. Si Pasteur estaba usando el mismo compuesto, tantas diferencias al girar la luz eran imposibles. Algo estaba mal. 

Pero lo que se creía puro, como ocurre a menudo a lo largo de nuestra historia, resultó no serlo tanto. Las purificaciones de Pasteur eran mezclas de dos moléculas idénticas —mismo número de átomos, misma distancia entre ellos— que solo difieren en una cosa: su orientación. Dos moléculas que solo se diferencian en que una tiene un átomo a un lado y otra al contrario. Cada una condenada, al igual que nuestras manos, a ser el vivo reflejo de la otra.

La naturaleza del reflejo

Todo tenía sentido. La carga positiva del protón se anula con el electrón. La materia tiene su antimateria. La física estaba obsesionada con la simetría de nuestro mundo. Era lógico pensar que la química también tuviera sus propias simetrías. Pero los seres vivos siempre superan a la química que los compone. El mismo Pasteur, en su afán por estudiar la biología, observó que muchas moléculas relacionadas con la vida, como la celulosa o las proteínas, son asimétricas. Aunque pueden formar espejos, los animales, desde las bacterias hasta los elefantes, solo usan uno de ellos. 

A día de hoy, no se sabe por qué la vida optó por conservar un reflejo u otro. Parte de la respuesta está en la eficiencia. Cuando se fabrican moléculas espejo en el laboratorio, casi siempre se obtienen mezclas de reflejos. Si lo que intentas es producir un fármaco como el ibuprofeno, estás perdiendo dinero. Solo uno de los reflejos del ibuprofeno es activo mientras que el otro no tiene ningún efecto. Sin embargo, cuando fabricas ibuprofeno, es inevitable que parte de los reactivos se conviertan en el reflejo inservible, porque no puedes controlar la reacción. Sería como intentar vender solo los pimientos de Padrón que pican, un mal negocio. 

Solo hay una forma de generar selectivamente el reflejo adecuado: usando el espejo correcto. La vida no es simétrica porque así es más eficiente. La naturaleza ha seleccionado el reflejo izquierdo de las proteínas porque dirigen las reacciones selectivamente hacia los reflejos adecuados. Son moléculas espejo que producen (o eliminan) un reflejo concreto, sin malgastar recursos. 

Pero esto es solo una parte del misterio. Químicamente, nada indica por qué la evolución no ha elegido el reflejo derecho de las proteínas o el izquierdo de los azúcares. Probablemente, en el origen de la vida había una mezcla de ambos espejos y algo provocó la ruptura de la simetría que decantó la balanza hacia uno de los reflejos. Las proteínas del gato de Alicia solo pueden digerir la leche normal porque se adaptaron para ese reflejo y no para el contrario. Pero, ¿y si todo hubiera sido al revés desde el principio?

No tenemos una máquina del tiempo, pero hemos aprendido las reglas de este juego de espejos. Sabemos que el ADN tampoco es simétrico y que puede existir su copia espejo cuya hélice no gira hacia a la derecha, sino a la izquierda. Muchas proteínas se encargan de leer, escribir, cortar, duplicar, degradar o transcribir el ADN para reproducir una y otra vez la receta de la vida; todas esas proteínas están acostumbradas a leer el ADN derecho. Hasta ahora, nuestro dominio de las reacciones espejo no nos había permitido crear en el laboratorio proteínas tan grandes, pero un equipo en China ha creado la proteína espejo capaz de copiar el ADN izquierdo. El truco: estirar al máximo la química de espejo haciendo muchas reacciones selectivas de trozos pequeños para fabricar una de las enzimas que copia el ADN más fácil de utilizar en el laboratorio, la ADN polimerasa de la bacteria Pyrococcus furiosus. Algo que nunca se ha visto en la naturaleza. 

La naturaleza del reflejo

Y como el ADN izquierdo no está presente en la naturaleza, no hay proteínas entrenadas para destruirlo. Es como si este reflejo del ADN no pudiera ser detectado por nuestro mundo. Los investigadores lanzaron trozos de ADN derecho y ADN izquierdo a un pozo local. Tras ocho meses, volvieron y usaron los respectivos reflejos de la ADN polimerasa para fotocopiar lo que quedara en el agua. Mientras que el ADN derecho había desaparecido eliminado por los microorganismos del ambiente, el ADN izquierdo permaneció casi intacto. Gracias a este efecto, los investigadores proponen usar el ADN izquierdo para almacenar información. Si no se degrada, podríamos guardar sin miedo toda la información del mundo en un solo kilo de ADN. Y todavía queda mundo espejo por explorar. 

Quizá un nuevo mundo se presentará a nuestra vista. ¿Quién podría prever la organización de los seres vivos si la celulosa, derecha como es, se convirtiera en izquierda; si la albúmina de la sangre, ahora izquierda, se volviera derecha? Estos misterios pueblan el trabajo del futuro y requieren la más sería consideración por parte de la ciencia.

Estas palabras de Pasteur fueron el mensaje que encriptaron los investigadores en el ADN izquierdo para demostrar el potencial de su proteína espejo en un guiño a lo mucho que hemos avanzado, pero lo mucho que nos queda por entender. Y crear. Hemos entrado en un laberinto de espejos del que solo ahora comenzamos a entender el efecto óptico que producen sus reflejos. Y sus repercusiones. El mismo Nobel de Química de 2021, otorgado a la organocatálisis, consiste en copiar la estrategia de las proteínas de usar espejos para hacer las reacciones químicas selectivas. A su vez, las bacterias usan azúcares reflejo para construir su pared aprovechando que no habrá proteínas adaptadas para digerirlos. 

Para hallar la salida, todavía queda mucho laberinto por recorrer. Muchos son los físicos, biólogos, artistas y escritores que han soñado con la existencia de un mundo espejo. Al final de la historia, Alicia se despierta para descubrir que su viaje no ha sido más que un sueño. Sin embargo, para nosotros puede que ese sueño no haya hecho más que empezar y algún día sepamos cómo es el mundo a través del espejo.


Igualdad en ciencia, la inspiradora lucha de Jess Wade

Jess Wade Ilustración de Coco Escribano
Jess Wade. Ilustración de Coco Escribano.

Por qué una de las físicas más brillantes del mundo, reconocida como una de las diez grandes por la revista Nature, dedica varias horas al día a ser editora de la Wikipedia.

«¡Hola! Soy Jess. Hago OLEDs que emiten luz circular polarizada. Uso Wikipedia para incluir biografías de mujeres científicas negras y de minorías raciales y LGBTQ+ que están haciendo enormes contribuciones a la ciencia y la ingeniería, pero que no tienen la atención que merecen. Si tienes una sugerencia, o crees que alguien merece tener una página, puedes decírmelo en mi Talk page. Si no te gusta lo que hago, lo siento, no me voy a ir a ninguna parte.»

Casi resulta difícil, leyendo estas palabras, asociar a su editora con la Jess Wade cuyas investigaciones miramos a diario, materializadas en nuestros móviles, tablets, en cualquiera de nuestras pantallas. Sus avances en física de materiales han permitido que tengan menos consumo energético y sean más sostenibles. Y es que si su vocación científica nació de la necesidad de entender el mundo, su labor diaria está orientada a cambiarlo. Con ideas audaces que comienzan en el Blackett Laboratory del Imperial College, en Londres, con su frase favorita: «Sería genial si lográramos hacer esto».

Sería genial, pensó hace tres años, que las contribuciones científicas de mujeres, y de otros colectivos infrarrepresentados en la ciencia perduraran para la posteridad. Más aún, que cualquiera pudiera leerlos, sentirse inspirada, y sentir el deseo de hacer cosas increíbles.

Mientras lees estas líneas es muy posible que Jess Wade esté redactando una nueva biografía. En sus días más entusiastas llegó a hacer tres diarias. Y en la semana en que he estado siguiendo su producción, ha creado seis nuevas. Ahora ya suma casi mil quinientas entradas, y es un logro increíble si recordamos su punto de partida. Si nos pasan desapercibidas las aportaciones de mujeres, minorías y personas LGTBQ+ a la ciencia, ¿no será porque apenas trabajan en ella? Están, pero en menor proporción. Wade cree que es así porque entre los roles que la sociedad les asigna no está el de ser científicas, y eso es especialmente llamativo en el caso de las mujeres.

Los datos parecen darle la razón. En Reino Unido, su país de origen, solo el veinte por ciento de sus científicos son mujeres, y pese a los intentos institucionales, ha sido imposible elevar ese porcentaje. Wade es muy crítica con los programas creados para alentar vocaciones. Vídeos de chicas analizando la composición química del pintalabios y la sombra de ojos. Charlas de unos minutos en el instituto de mujeres que trabajan en la ciencia. Cuando lo que se debería hacer, sugiere, es que las científicas en activo trabajaran estrechamente con el profesorado de los institutos.

Un mujer llega a científica, nos explica, con varios estímulos. El primero, ser alentada a seguir esa carrera si tiene las cualidades y la vocación. Fueron sus profesores de instituto quienes más la animaron, viendo sus cualidades, a seguir una trayectoria STEAM, el nuevo modelo de aprendizaje donde ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas se aprenden de forma interdisciplinar. En casa sus padres, médicos, le habían enseñado el amor y respeto por la ciencia. A menudo señala que solo cayó en la cuenta de qué pocas mujeres siguen estas carreras su primer día de clase en Físicas. La mayoría de sus compañeros eran varones.

Y esto es algo que sucede en la mayor parte del mundo. En la actualidad solo en unos pocos países musulmanes y de Latinoamérica está aumentando el número de graduadas en ingeniería o ciencia. En el resto se quedan igual o descienden, y en España su número ha bajado de manera drástica. Y no porque no existan referentes de gran prestigio.

Como M. Carmen Galan, química, graduada por la universidad de Alicante, y en la actualidad profesora en la Universidad de Bristol. Está llevando a cabo una investigación para el diagnóstico rápido de tuberculosis mediante nanopartículas. Podría suponer un avance diagnóstico de primer orden en todos los ámbitos de la medicina. Victoria Reyes García, antropóloga y profesora de investigación en ICREA, ha puesto en valor el conocimiento ecológico de los pueblos indígenas —Amazonía, Borneo— para adaptarse al medio modificando el propio sistema ecológico. Cristina Nevado, química y profesora en la Universidad de Zurich, desarrolla modelos computacionales para que ayuden a comprender la metástasis y progresión del cáncer. Seguro que no has oído sus nombres a menudo. A menos, claro, que hayas leído sus biografías, escritas por Jess Wade, en la Wiki.

La red ha sido un medio hostil a las mujeres desde el principio, por eso es tan importante actuar allí. Un hecho que señala a menudo María Sefardi, presidenta española de la Fundación Wikipedia. Pero no es el único ámbito con barreras. Cuando Jess Wade alcanzó su puesto en el Blackett Laboratory comenzaron a hacérsele patente hechos tan llamativos como que había sesgos de género en las publicaciones científicas, o que son más aceptados y revisados los papers escritos por hombres.

También descubrió el problema de ser mujer en los congresos científicos. A menudo se organizan allí charlas de mujeres científicas, como si su sexo fuera más importante que el campo a que se dedican. A ella misma la han invitado a menudo para cumplir con la cuota de género, especialmente tras haberse hecho relevante como activista por la igualdad en la ciencia. Desalentada al descubrir, una vez que llegaba, que los organizadores estaban menos interesados en sus avances en OLEDs de luz polarizada que en su nombre.

Pero si se pregunta a Jess Wade si fueron todas esas experiencias las que la impulsaron a su labor de fomento de la igualdad, contesta que no. Lo que cambió completamente su idea de lo que es la desigualdad fue un libro. Inferior. Cómo la ciencia se equivocó con las mujeres y la nueva investigación que está reescribiendo la historia. Su autora, Angela Saini, periodista científica, analiza con detalle y partiendo de datos cómo fue creada «científicamente» la idea de que la mujer era inferior en capacidades. El argumento biológico ha sido casi universalmente rechazado, pero el prejuicio permanece.

Hay mucho por hacer, y no es una labor exenta de polémica, ni siquiera para Jess Wade, ahora que ha sido reconocida, además de como científica, como una de las pioneras actuales en el destacar el papel de la mujer y las minorías en la ciencia. En Wikipedia sus contribuciones han sido muy discutidas, e incluso se han borrado algunas de sus entradas, bajo el argumento de que no estaba recogiendo a personas relevantes, sino a sus amigas. Sí, las primeras entradas contenían biografías de sus colegas en el Blackett Laboratory, pero también de muchas otras científicas. Además ha sido acusada de dar más importancia a que la persona sea mujer, minoría racial o LGTBIQ+, y anteponer eso a los avances científicos que haya realizado.

Y cuál es su entrada favorita, de todas las que ha creado. Esta. La de Gladys West. Una mujer negra que en los años 50 estudió en la por entonces única universidad pública para negros en Estados Unidos. Todavía era un país segregado, el movimiento por los derechos civiles ni siquiera había comenzado como tal, y el sueño de Martin Luther King estaba muy, muy lejos. Pero eso no impidió que esta matemática fuera la primera capaz de programar un ordenador IBM 7030 para calcular la superficie de la Tierra, el geoide. Porque no es una esfera bonita como solemos representarla, sino más bien una informe bola de papel arrugada. Su modelo de algoritmos fue capaz de calcular las variaciones producidas por las fuerzas de la gravedad, mareas, etc., y la deformación que producen. Y este modelo fue la base para crear el GPS. Así que debemos a una mujer científica negra y segregada por su raza poder usar hoy nuestro teléfono para llegar a cualquier sitio sin perdernos.

Es solo una de las muchas entradas inspiradoras creadas por Jess Wade. Que se ha convertido en un referente por esta iniciativa, y por el resto de su labor de visibilización. Una de sus últimas campañas ha sido lanzar un crowdfounding para comprar tiradas completas del libro Inferior, y regalarlas a todos las bibliotecas de los institutos públicos de Reino Unido. Iniciativas como esta mueven el mundo, y lo cambian. Demostrando que las chicas pueden hacer cualquier cosa, y hacerlas si se ponen a ello. Un ejemplo: este 2021, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona ha salido la primera promoción de Ingeniería Matemática en Ciencia de Datos. El cincuenta por ciento de sus graduados son mujeres.

Jess Wade es una inspiración y un referente. Su mensaje y su figura inspiró también a Casio para pedir a catorce ilustradoras excepcionales que aportaran su visión sobre dieciséis grandes científicas. Sus trabajos decoran la serie de calculadoras científicas ClassWiz y forman un conjunto de recursos dirigidos al talento en STEAM, para la educación en casa y en la escuela. Como los pósteres descargables en científicas Casio.

Jot Down se une a esta iniciativa de visibilización con cien calculadoras exclusivas Casio CASIO fx-991SPXII modelo Jess Wade ilustrada por Coco Escribano, que puedes adquirir en nuestra tienda Jot Down y te regalamos una suscripción de un año a Jot Down Kids.

 Jess Wade


Las parabólicas ya tendrían que habernos matado a todos

parabólicas 5G
Señales. Imagen: Buena Vista Pictures. parabólica

Todas las promesas que vienen seguidas del término 5G me parecen maravillosas. Pensemos en las retransmisiones de eventos religiosos, esto es, el fútbol. Con la posibilidad de tener el campo encima de la mesa en una superposición de realidad aumentada que puedas comentar y manipular con amigos que están en su casa, entran ganas de seguir viendo muchos lustros más esta infinita letanía que es el fútbol. Si es que con que avance un poco más la monitorización de biomarcadores vamos a poder conocer la fatiga de los jugadores en directo, con barritas de energía, como en los videojuegos. 

Sin embargo, vivimos en una época tan simpática que es más común pensar en el 5G como obsesión de los llamados negacionistas. Salen con pancartas de «lo que mata es el 5G» en sus manifestaciones, en el Reino Unido se ha llegado a prender fuego a postes de teléfono y según Miguel Bosé «una vez que activen la red 5G, clave en esta operación de dominio global, seremos borregos a su merced y necesidades». Un tal Thomas Cown ha difundido unos vídeos que se hicieron virales en los que explicaba que cada pandemia que ha sufrido la humanidad ha aparecido como consecuencia de un «salto cuántico en la electrificación de la Tierra», lo que demuestra que la pandemia de SARS-CoV-2 ha sido por el 5G. Y es así constantemente, tenemos más presente el término 5G por el miedo que le tienen ciertas personas y las teorías psicodélicas que se cuentan que por el avance que supone. Todo un hito de la comunicación social. 

Desde hace muchos años, es conocido que las ideas delirantes se adaptan a los cambios que se producen en la humanidad. En el caso de personas con patologías mentales previas, hay muchos factores que se pueden encontrar en la concepción de los delirios, sobre todo relativos a la personalidad, antecedentes culturales y el entorno inmediato. Lo contaba en 1992 un artículo del Irish Journal of Psychological Medicine para ilustrar una oleada de alucinaciones que se habían producido en Gran Bretaña, la derivada de la instalación de antenas parabólicas de televisión en los ochenta. 

Como muestra, el informe incluía la situación de tres pacientes que habían sido ingresados de urgencia en los servicios psiquiátricos de South Glasgow. Los ejemplos servían para mostrar cómo los cambios más inmediatos y contemporáneos alimentaban los delirios de los pacientes. 

El primero era el caso de una niña de dieciséis años. Había llegado a urgencias con un episodio de psicosis, estaba muerta de miedo y en posición fetal. Hablaba rápido y de forma incoherente. Decía que algo horrible le iba a pasar a ella y a su familia por su culpa, mencionaba a Dios y al diablo. Estaba en la cama y había escuchado una voz susurrar su nombre. Todo comenzó cuando su familia instaló una antena parabólica. Estaba convencida de que el satélite la estaba vigilando, de modo que los vecinos podían conocer sus pensamientos. Podían ver su mente por televisión. 

Un segundo caso era el de un hombre de sesenta y seis años. Contaba que desde hacía cinco años, el profeta Ezequiel se estaba comunicando con él y le había dicho que era uno de los siete ángeles del Apocalipsis. En esta conversación, le explicó que las antenas parabólicas se habían colocado para monitorizar el comportamiento de los vecinos e ir apuntando sus pecados y faltas de cara al juicio final. Un delirio similar al del tercer caso, una mujer de treinta y siete años. Decía que había visto brillos, destellos, que eran de la televisión por satélite. La señal de que estaba siendo espiada por las antenas parabólicas, lo que permitía a otros seguir sus movimientos. 

En las conclusiones, los investigadores señalaban que no solo las parabólicas, también otros elementos ligados a la actualidad de ese momento como el VIH o la guerra de Las Malvinas, habían alimentado la imaginación desorbitada de las personas con patologías mentales de este tipo. No obstante, las parabólicas particularmente, concluían, eran especialmente poderosas para incorporarse a los delirios. Tal vez fuese por la generación que había crecido en la Guerra Fría, siempre pensando en los satélites como herramientas del espionaje militar, tal vez por la forma y visible colocación de estos objetos, o seguramente por ambas a la vez, la cuestión es que eran «un sustrato ideal para la fenomenología de la psicosis». 

Apenas un mes más tarde de la publicación de estas conclusiones, un psiquiatra y profesor de la Universidad de Oklahoma envió una carta a la revista científica en repuesta al artículo. Decía que lo había leído con atención y que le gustaría aportar un caso similar sucedido en Estados Unidos. Se trataba de una mujer de treinta y dos años. Sus vecinos acababan de instalarse la antena parabólica, justo cuando ella acababa de dejar de tomarse la medicación para un trastorno de esquizofrenia paranoide. En su delirio, creía que el Pato Donald estaba enamorado de ella. Se lo había dicho a través del satélite gracias a esa antena. 

A su familia empezó a preocuparle que se pasara horas alrededor de la parabólica, hasta que un día alguien llamó a la policía. La chica había trepado hasta el tejado y se estaba masturbando con la antena parabólica creyendo que estaba teniendo un encuentro sexual con el Pato Donald. Tras recibir medicación, fue consciente de sus actos y, aunque mostró una tendencia a evitar neuróticamente las antenas parabólicas desde entonces, fue capaz de hablar de lo que había pasado y de tomárselo con humor, decía el médico. Encontraba una relación entre lo que le impulsó a construir su fantasía así como a dejar de tomar la medicación: el intenso poder simbólico de la parabólica. Graciosamente, este doctor añadía un pronóstico para concluir: «Estoy seguro de que cada vez más personas en esta situación centrarán más sus energías en estas y otras tecnologías de uso común». 

Efectivamente, años después, la literatura científica está llena de casos de delirios relacionados con las nuevas tecnologías, internet sobre todo, y advertencias a los médicos para que tengan en cuenta estos factores en sus diagnósticos. Es más, estudios con perspectiva más amplia, como este de Jeffrey Sconce, señalan que la manía de persecución electrónica tiene doscientos años. Como dice el autor: «Los delirios que involucran a los medios de comunicación han aumentado constantemente durante el pasado siglo, hasta el punto de que muchos clínicos argumentan que ahora constituyen el síntoma más común entre los considerados psicóticos, especialmente aquellos clasificados como esquizofrénicos y paranoicos». De hecho, sigue, «los delirios de influencia técnica sobre la mente y el cuerpo son anteriores al advenimiento de la electrónica propiamente dicha, han surgido dentro de las rápidas transformaciones sociales de La revolución industrial». Según documenta, la electricidad, el magnetismo y la llegada del teléfono, entre otros avances, fueron temas centrales entre los delirios de los internos en centros psiquiátricos del siglo XIX y principios del XX.  

Lo que yo humildemente me pregunto es cómo nos lo hemos montado para que en la era de la comunicación haya tanta gente que se comporte de forma similar a los casos descritos, con la particularidad de que esos son derivados de patologías mentales, porque no nos engañemos, la inmensa mayoría de los negacionistas, salvo alguna celebrity, están supuestamente en plena posesión de sus facultades mentales. 


La pareja perfecta 

Arroz con habichuelas la pareja perfecta Foto Hungry Dudes CCpo
Arroz con habichuelas, la pareja perfecta. Foto: Hungry Dudes (CC)

Este texto ha sido el finalista del concurso DIPCLSC-Laboratorium en la modalidad de ensayo de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2021. Puedes leer aquí el ensayo ganador y aquí el relato de la modalidad de narrativa.

Cocinero, cocinero,
enciende bien la candela
y prepara con esmero
un arroz con habichuelas.

(Antonio Molina, «Cocinero, cocinero»)

Louis Armstrong tardó casi cuarenta años en encontrar al amor de su vida. Corría el año 1939 y ya llevaba a sus espaldas tres matrimonios fracasados. Entonces, una noche de invierno en el Cotton Club de Nueva York, conoció a Lucille Wilson. 

Lucille era bailarina y cantante, y Satchmo se quedó inmediatamente prendado de ella. En una entrevista muchos años después, Lucille contó que a los pocos días de conocerla, Armstrong se presentó en el club y le dijo abiertamente: «Mira, pequeña… solo quiero decirte que todos estos tíos de la banda están detrás de ti. Y quiero que sepas que yo me apunto a la carrera». 

Durante los siguientes meses, Satchmo cortejó incansablemente a Lucille. Y cuando las cosas empezaban a ponerse serias, decidió someterla a la prueba definitiva, la que le diría si aquella era la mujer de su vida o solo un amor pasajero: le pidió que le cocinase un plato de red beans and rice. 

El pedido no era trivial. Armstrong era originario de Nueva Orleans, donde este plato es una auténtica institución. Aquella era su comida favorita, de la que nunca se cansaba y con la que más se identificaba. Era tal su pasión que durante una época firmó sus cartas con un «red beans and ricely yours». 

Pero si en lugar de ser estadounidense, Satchmo hubiera sido jamaicano, es probable que le hubiera pedido a Lucille que le preparase un buen plato de rice and peas. Y si hubiera nacido en Cuba, tal vez se habría decantado por unos moros y cristianos. Un Armstrong mexicano, habría pedido morisqueta; uno brasileño, feijoada; uno peruano, tacu-tacu; uno hondureño o salvadoreño, casamiento; uno costaricense o nicaragüense, gallo pinto; uno colombiano, calentao; uno chileno, arroz con porotos; y uno dominicano, quizás hubiera pedido una bandera dominicana. 

Todos estos platos comparten dos características. En primer lugar, cada uno de ellos es emblemático de su región y se considera un símbolo nacional. Es el sabor particular de estas recetas lo que el emigrante más echa de menos cuando está lejos de su país. Son platos a los que los cantantes locales dedican canciones y que se cuelan en las expresiones populares de la región.

Pero es que además, todos ellos están hechos de los dos mismos ingredientes: arroz y habichuelas. 

La combinación de arroz y habichuelas (estas últimas también llamadas judías, alubias, frijoles, fréjoles, porotos, caraotas y muchos otros nombres dependiendo de la región en la que uno se halle) es tan poderosa que se repite una y otra vez en muchos lugares del mundo, sobre todo en el continente americano. 

No se trata de un hecho casual. La mezcla es especialmente nutritiva. Tiene fibra, hierro, omega-3 y además contiene los nueve aminoácidos esenciales, una serie de moléculas necesarias para sintetizar proteínas pero que nuestro organismo es incapaz de producir por sí mismo. 

Dos de esos aminoácidos son la metionina y la lisina. El arroz es rico en metionina, pero pobre en lisina, mientras que a las habichuelas les ocurre lo contrario, tienen bastante lisina pero poca metionina. De ahí que al combinarlos se consiga la llamada «proteína completa». 

Si al plato se le añade una fuente de vitamina C, como el pimiento rojo, que es común a muchas de estas recetas, el cuerpo absorbe mejor el hierro de las habichuelas. Esa es también la razón por la que la feijoada brasileña se acompaña a menudo de naranja, como canta Chico Buarque en su canción «Feijoada completa».

También se sabe que, al combinar arroz con habichuelas, el nivel de azúcar en la sangre después de la comida es menor que si se toma el arroz solo, lo que hace que sea una comida apta para diabéticos. 

Aunque la mezcla se encuentra en muchos lugares del mundo, no es casualidad que la mayor expresión de su fusión ocurra en el continente americano. Según los antropólogos Richard Wilk y Lívia Barbosa, los habitantes de la América que surgió de la colonización constituyen el primer pueblo «moderno», uno donde la esclavitud, la inmigración y los flujos comerciales moldearon nuevas «culturas de opresión y resistencia» y obligaron a un gran desarrollo de la creatividad. 

«El arroz y las habichuelas pueden verse como un símbolo de este espíritu y de esta fuerza, un plato barato hecho de ingredientes sencillos, provenientes de diferentes partes del mundo, combinados de una forma novedosa para crear algo que alimenta tanto el cuerpo como el espíritu», escriben. 

A pesar de ser la pareja perfecta, el encuentro podría no haberse dado. Cada uno de los dos ingredientes proviene de una esquina del planeta. Y durante miles de años convivieron sin conocerse.

Prácticamente todo el arroz que se consume hoy en día pertenece a la especie Oryza sativa, que se domesticó a orillas del río Yangtze, en China, hace unos diez mil años. Sin embargo, no es el único que existe. Una segunda especie, Oryza glaberrima, fue domesticada de forma independiente por los pueblos del oeste de África hace cerca de tres mil años, aunque actualmente su presencia es minoritaria. 

De Asia, el arroz llegó a Europa a través de varias vías. En la península ibérica fueron los árabes quienes lo introdujeron durante el siglo X. Y más tarde, los primeros colonizadores españoles y portugueses lo llevaron a América, donde también llegaron variedades africanas a través del comercio de esclavos. De hecho, estas poblaciones africanas esclavizadas jugaron un papel muy importante en la consolidación del arroz en América, ya que tenían un conocimiento previo sobre cómo cultivarlo. 

Unos cuantos siglos después, el arroz se ha convertido en el alimento más consumido del planeta. Una de cada cinco calorías ingeridas por los humanos proviene de este cereal. En China las palabras «arroz» y «comida» son sinónimos. Y en todo el mundo es un alimento que simboliza prosperidad, abundacia y fertilidad. De ahí la tradición de arrojar granos de arroz a los novios en las bodas. 

Las habichuelas, por su parte, tienen un origen totalmente distinto. Antes de la expedición de Colón en Europa se conocían y consumían diferentes tipos de legumbres, como los guisantes (Pisum sativum), los garbanzos (Cicer arietinum), las habas (Vicia faba) o las lentejas (Lens culinaris). Sin embargo, las habichuelas, que pertenecen a la especie Phaseolus vulgaris, son originarias de Mesoamérica, concretamente de una región en lo que hoy es el sur de México, Guatemala y El Salvador. Desde ahí se esparcieron por distintas zonas del continente y, como en el caso del arroz, acabaron siendo domesticadas dos veces, una en Centroamérica y otra en la región de los Andes. 

Cuenta una leyenda maya que al principio solo había habichuelas negras y que fue el dios Kisín el responsable de toda la diversidad de formas y colores que existen hoy en día. Lo hizo tras ser engañado por un hombre que prometió darle su alma a cambio de siete deseos, uno por cada día de la semana. Kisín le concedió dinero, amor, salud, comida, poder y viajes. Pero al séptimo día, el hombre le pidió que lavase las habichuelas negras hasta que quedasen blancas. Kisín no consiguió hacerlo y el hombre quedó libre. Pero para asegurarse de que jamás volvería a ser engañado de la misma forma, creó habichuelas de todos los colores. 

Al igual que el arroz y las habichuelas, también Louis Armstrong y Lucille Wilson venían de mundos diferentes. Louis nació en Nueva Orleans, hijo de una familia desestructurada y criado en un ambiente de pobreza. Tuvo la suerte de ser acogido casi como un hijo por una familia de judíos lituanos, los Karnoffsky, que fueron quienes le ayudaron a pagarse su primera trompeta. El resto es historia: fue el primer gran solista de jazz, revolucionó la escena musical de su época y fue uno de los primeros artistas negros en triunfar en Estados Unidos, en una época donde la sociedad norteamericana todavía era profundamente racista. 

Lucille, por su parte, creció en el Bronx de Nueva York, en un ambiente católico y pasando menos penurias que Louis. Sin embargo, la crisis económica de los años 30 también afectó a su familia y le impidió ir a la universidad. Para salir adelante decidió darle una oportunidad al mundo del espectáculo y pronto se destacó cantando y bailando. Al igual que Armstrong, fue una pionera, en su caso por ser la primera chica negra en hacerse un hueco en el Cotton Club. 

Aquel día a comienzos de la década de los 40, cuando Louis le pidió que preparase el plato de red beans and rice, Lucille exigió tiempo para buscar recetas y unos días más tarde le invitó a comer a casa. Esto es lo que Armstrong escribió sobre aquella comida: 

Los red beans and rice que Lucille cocinó para mí fueron justo lo que me había recetado el médico. Estaban deliciosos y comí como un perro. Le dije que me perdonara después de haber terminado de comer. Tuve que inventarme algún tipo de excusa. Ella lo aceptó alegremente. Porque estoy seguro de que Lucille nunca había visto a ningún ser humano comer tanto. Especialmente de una única vez. Le pedí que me guardase lo que había sobrado. Iría otro día a terminarlo. Empezamos a estar más cerca a medida que pasaba el tiempo. 

También el arroz y las habichuelas empezaron a coincidir más a lo largo y ancho del continente americano a partir del siglo XVIII. Antes de esa fecha, la combinación solo era posible en los lugares en los que ambos ingredientes se cultivaban. Después pasaron a producirse a gran escala, exportándose y convirtiéndose en la base de la alimentación de muchas regiones. 

Las primeras grandes plantaciones de arroz se desarrollaron alrededor del 1700 en el sur de Estados Unidos y en el nordeste de Brasil, utilizando fundamentalmente mano de obra esclava. 

La producción a gran escala de habichuelas tardó algo más en establecerse, entre otras cosas porque su expansión por el continente fue más accidentada. Inicialmente los colonizadores americanos llevaron de vuelta a Europa muchos tipos de granos, que se expandieron rápidamente desde Portugal hasta Rusia. Más tarde, con las sucesivas olas migratorias de Europa a América, las habichuelas fueron reintroducidas en diversos lugares del continente. 

La trata de esclavos jugó un papel fundamental el la expansión del arroz con habichuelas por las distintas regiones de América. A menudo los esclavos ya eran alimentados con este plato en los barcos que los llevaban al continente americano.

Y de hecho, combinaciones de arroz con legumbres locales, como la alubia carilla (Vigna unguiculata), ya eran habituales en África. Una vez en América, las recetas se fueron adaptando a las habichuelas locales y expandiéndose por el continente. 

¿Y qué pasó con Lucille y con Louis? Pasada la prueba del red beans and rice, en 1942 se casaron y un año después se instalaron en una casa en el barrio de Queens. Aquel fue el primer hogar de Satchmo, que había pasado toda su vida adulta viviendo en hoteles y pensiones. Allí pasaron los siguientes veintinueve años, en los que Lucille continuó preparando red beans and rice, a veces incluso para millones de espectadores. Y a la muerte de Louis, en 1971, fue ella quien se encargó de velar por su memoria y su legado. 

Hay parejas que son así, buenas por separado pero mejores cuando se juntan. Y es mágico cuando eso ocurre. Aunque tarden diez mil años en encontrarse.