Cuando follar significaba no tener que decir «lo siento»

Love Story. Imagen: Paramount Pictures. follar
Love Story. Imagen: Paramount Pictures. follar

Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº 5 Especial Libertinaje.

No escribo esto desde la nostalgia. Cuando se ha tenido, en su debido momento, lo que se quería tener —placer y deber: porque un humano no es completo sin las dos caras de Jano—, la nostalgia constituye una asquerosa pérdida de tiempo.

Pero tanto como me molestan los viejos crápulas, más o menos de mi generación —un poco menos, casi siempre—, que presumen de un hígado cirrótico y desafiante, tanto como me crispa semejante actitud a lo Bogart de medio pelo, me ponen frenética esos momentos de ajuste de cuentas con el pasado que, con frecuencia, encuentro en algunas series de televisión estadounidenses. No me refiero a las soberbias —Los Soprano, The Wire y algunas otras—, de las que tan bien se escribe en estas páginas. Hablo de las producciones post-Reagan (que alargan su mensaje hasta nuestros días), de gran consumo, creadas para familiarizar al público con dos ideas brutales pero eficaces: que la pena de muerte es buena y que los 70 fueron una puñetera mierda.

De pronto la inspectora, que lleva el escote abierto hasta el anochecer y las tetas subidas hasta la barbilla, toda ella bótox y colágeno, le dice a su compañero, ese buen padre desgarrado que no soporta tanto vicio y crimen como ve (por ejemplo, en Ley y Orden): «El violador se crio en casas de acogida, fruto de una unión… ejem, esto, de los 70». «Vaya por Dios», viene a replicar él, con expresión de entendido. «Qué años tan espantosos». Y ahí queda eso.

Porque para este flojo, puritano, cruelmente virtuoso e interesadamente represor mundo en el que vivimos, todos aquellos que fuimos jóvenes en la década de los 70 terminamos formando parte de la familia Manson y asesinando a Sharon Tate y convidados. Como si entre los alucinados trippies de los insanos —y no pocas muertes por heroína de cachorros de grandes familias— no hubiera existido una deliciosa libertad cotidiana e íntima, de clase media, que no considerábamos libertinaje (aunque así lo bautizaban los curas y otras gentes de bien), sino mera y llanamente el ejercicio del derecho a la felicidad y follar.

«Polvo que no echas, polvo que se te escapa», solíamos decir y hacer. Ahora miro los anuncios de támpax suaves para que él no se sienta incómodo, o de compresas cool para que a ellas no les huela el reclamo sexual, escucho conversaciones entre jóvenes machos sobre el dolor que produce la operación de fimosis, y alucino en colores que la amiga LucySD nunca utilizó, por su sosería. ¿En qué momento el sexo se convirtió en algo peligroso? ¿Fue a raíz de la plaga o del miedo al compromiso? ¿O de ambas cosas a la vez?

Los años 70 fueron tan magníficos que empezaron antes, en los últimos 60, y terminaron después, en los 80, el día en que enterramos a Tierno Galván en el sector laico del cementerio de la Almudena e iban los líderes del PSOE detrás del féretro, encabezando la comitiva fúnebre, lívidos de envidia, pues los chavales mensajeros, con sus motos, le hicieron escolta voluntaria al hombre que había devuelto a Madrid la alegría y el orgullo urbanos, y la juerga. En la cara de Alfonso Guerra se podía ver que todo aquello nos lo iban a hacer pagar. 

Mientras tanto, en Barcelona —que fue en donde florecí al mal—, el pujolismo imponía el tedio comarcal. Lo hacía a base de martirilogio y folclore autóctono, algo que, por cierto y contra lo que se diga, el Caudillo nunca prohibió, porque no era imbécil y sabía de su inocuidad.

Precisamente mis primeros escarceos se produjeron en las noches de las Ramblas, con el Paco vivo y nosotros todavía más, lúcidos, sabedores de que solo en lo privado podíamos imponer nuestra ley. Chicas perfectamente decentes nos buscábamos la vida con chicos perfectamente razonables. O no. También podíamos dragar las calles en busca de exóticos o de marines, ya que, en Barcelona, la VI Flota no siempre repartía sus favores entre las profesionales. Se producían idilios de un sola madrugada en la pista del Jazz Colon o en la barra del Kit Kat, o en los sofás del Big Ben, y una escalera en el sótano de un bar bien podía facilitar una postura antinatura ejecutada a la salud de la Santa Madre Iglesia y del que todavía iba bajo palio.

Por nuestra cuenta, las mujeres nos habíamos hecho con la píldora anticonceptiva, y nuestros hombres se habían deshecho del condón. Además, ellos practicaban en verano con las suecas y alemanas que venían a la Costa Brava —doy gracias porque la RDA no dejara salir a Angela Merkell— y, el resto del año, nos favorecían con sus hallazgos. Nosotras no nos quedábamos preñadas para atraparles, aunque a veces nos tentara hacerlo con su mejor amigo, y a ellos con nuestra mejor hermana, pero la sangre nunca llegaba al río, porque no había otra sangre que la de las venas, bullendo en nuestra juventud.

Y todos odiábamos Love Story. Quienes hemos llegado hasta hoy sin nostalgia y también sin arrepentimiento la seguimos odiando, así como 50 sombras de Grey y cualquier otro apósito térmico de la sexualidad.

Llamadlo libertinaje, si queréis. Yo lo llamo felicidad.


Sexo seicentista y dieciochesco

Sexo seicentista y dieciochesco

La lectura del ensayo de Elizabeth Roudinesco sobre la perversión y sus significados si algo despertaba era curiosidad por el sexo antes de la Revolución francesa. Sobre todo si tenemos en cuenta la afirmación que hizo William Naphy en su Sex crimes from Renaissance to Enlightenment de que hasta hace muy poco, al contrario de que lo que se pueda creer, el sexo estaba por todas partes en un mundo de habitaciones abarrotadas y camas compartidas. Podríamos hasta lanzar la hipótesis de que el sexo era de pobres y, conforme estos empezaron a ser menos abundantes con el advenimiento de las clases medias, pues se dejó de follar. Al menos, tanto. 

Eso no quiere decir que, en teoría, no existieran fuertes restricciones morales, pero hay que ponerlas en su contexto. Una académica de Texas, Julie Hardwick, tiene estudios sobre el comportamiento de la juventud hace tres siglos y encontró conductas curiosas. Por ejemplo, era normal que existiera la amistad entre jóvenes, que socializasen, sin necesidad de que tuviera que celebrarse un matrimonio. Chavales de diferentes sexos podían pasear juntos, besarse y abrazarse, incluso «acariciarse de rodillas», que era el eufemismo al uso en Lyon para referirse al sexo oral, pero todo desde la más sana amistad. El coito no entraba en esa ecuación. Si bien un treinta por ciento de mujeres de la Europa de esa época se casaban embarazadas en el momento del matrimonio, solo había un uno por ciento de hijos ilegítimos, según sus datos. 

En la Italia del Renacimiento, si atendemos a los fríos datos, según el investigador Michael Rocke, en Florencia, a finales del siglo XV uno de cada dos hombres menores de treinta años había sido amonestado por las autoridades por cometer sodomía. Los patrones de comportamiento todavía eran los tradicionales de la cultura helénica, maduro activo con joven pasivo. De hecho, el fenómeno se podía explicar por las costumbres matrimoniales. Lo normal era que las mujeres se casaran en su adolescencia y los hombres a los veintitantos. Durante todo ese tiempo que eran solteros, lo más frecuente eran las relaciones homosexuales. En Flandes, difícilmente diferiría en el fondo aunque lo hiciera en la forma, según se explica en Sex and Drugs Before Rock ‘N’ Roll, de Benjamin B. Roberts. Aquí no solo era una práctica habitual que los maestros compartieran cama con sus aprendices, sino que se consideraba un honor para el chaval. Las relaciones sexuales con menores antes del siglo XVIII eran constantes, no existía la protección de los niños ni estaba separada la esfera de los niños de la de los adultos. 

La pederastia, la verdad, es algo predecible si echamos la vista al pasado siglos atrás, pero sorprende más la masturbación. En este mismo libro se habla de que desde el siglo XVIII ser empezó a advertir a los jóvenes de que la masturbación era albergar el mal en el interior de uno. En 1628, el cardenal François Tolet escribió que la masturbación era «un pecado muy grave y contra natura: no está permitido ni por salud, ni por la vida, ni por ningún propósito. Por tanto, los médicos que lo aconsejan por salud fundamentan gravemente el pecado y los que obedecen no están exentos de pecado mortal. Y este pecado se abandona con gran dificultad, sobre todo porque la tentación está siempre presente (….) Creo que no hay otro remedio eficaz que confesarse muchas veces al mismo confesor, hacerlo si es posible tres veces por semana».

El asunto se convirtió en un tema tan tabú que incluso desapareció de los tratados de los moralistas, lo que tiene mérito. Llama la atención que en el famoso diario de Constantijn Huygens, del siglo XVII, en el que, tras su paso por los tribunales de La Haya y Londres, contó que había visto casos de todo tipo de prostitución, hasta juicios a lesbianas travestidas, pero no escribió una sola palabra sobre tocarse a uno mismo. La prueba palmaria de todo esto que en el siglo XVIII lo relativo a la masturbación era anotado en las denuncias de los alguaciles de Amsterdam como «verregaande vuyligheden» (vulgaridades extremas). Una anécdota refleja perfectamente la situación. En 1771, en un atestado policial en Haagsche Bos, un bosque a las afueras de La Haya, una prostituta testificó que un cliente le había pedido «het saad uit te schudden» (que le sacudiera el esperma) y ella se negó en redondo por considerarlo «antinatural». 

Sexo seicentista y dieciochesco

La cuestión es que con el trabajo organizado había aparecido el ocio y, dentro de él, hasta que los moralistas lo censuraron, la heterosociabilidad. Caricias, besos y, como hemos explicado, mamadas y cunninlingus, formaban parte de los entretenimientos entre amigos de distinto sexo. Este tipo de relaciones prematrimoniales eran parte integral del ocio de los jóvenes. Las clases altas, sin embargo, al tener la conducta monitoreada desde más de cerca, estaban más sujetas a los incipientes y detallados mandatos morales, pero los trabajadores no. Reiteramos que el sexo era de pobres. Los jóvenes de las clases urbanas, con la intimidad que daba la ciudad, donde no eran reconocidos por cualquier vecino o porque trabajaban lejos de casa, alternaban en bares y en los parques en su tiempo libre al acabar el tajo, donde se daban muestras de afecto como las descritas a la vista de todos y sin temor a reprimendas. 

No obstante, en los pueblos el paseo también era una práctica muy extendida, solo que nocturno. Así como que las chicas dejasen la ventana abierta para que pudiera entrar un chico que le gustase y pasar la noche con ella. Todo sin coito, por supuesto. Según cita Roberts: «Aunque no tenemos registros de lo que pasaba, lo más probable es que sus actividades incluyeran de todo, desde caricias hasta masturbación mutua, pero sin penetración coital». Mientras tanto, las zonas verdes y bosques que rodeaban las ciudades eran lugares de encuentro sexual con desconocidos cada noche. Igual que el cruising actual. De hecho, Albert Serra preparó recientemente una instalación en el Reina Sofía titulada Personalien, que iba de eso mismo, del cruising en el siglo XVIII. 

Un detalle interesante sobre la mentalidad juvenil de entonces es que, en 1624, Kaspar Barth tradujo al latín —lengua académica para que la leyeran los estudiantes— la comedia española La celestina porque consideraba que tenía lecciones muy necesarias sobre las tácticas que empleaban las prostitutas para camelar y/o timar a sus clientes. Editó el libro como manual de ayuda. De hecho, cuando acaban sus estudios, muchos lo celebraban con un gran viaje por Europa, exactamente igual que ahora, en el que aumentaba su libertad de acción y lo que demandaban, aparte de alimentar el alma con la cultura de otros pueblos, era prostitución. Se consideraba que su educación concluía cuando habían experimentado la vida parisina, visto los restos arqueológicos romanos y la belleza arquitectónica del Renacimiento en el norte de Italia. Era el último paso antes de la vida adulta y lo aprovechaban, atención, porque para los naturales de los Países Bajos, protestantes, los países católicos tenían fama de libertinos. El sur era tierra de «costumbres sexuales relajadas y mujeres inmorales». Baste como ejemplo que los franceses llamaban a la sífilis enfermedad napolitana, los napolitanos enfermedad francesa, los portugueses enfermedad castellana, y en las colonias de Portugal, enfermedad portuguesa. 

Hay un libro escrito por un estudiante de gran reputación familiar, Matthijs van Merwede, que cuando visitó Roma en 1647 para admirar «sus hermosas pinturas y esculturas», se quedó más prendado de la mujer local y, en la obra, a la que siguieron dos libros más de poesías sobre el particular, hizo un desglose de todas las jóvenes italianas con las que había «fornicado» dando a sus lectores todos los detalles. En la misma introducción, el chaval escribió que nunca había tenido en mente casarse con ninguna, solo usarlas «recreativamente». Claro que se refería continuamente a «verwaende pop» (prostitutas) y «heeten kerkgang» (sífilis) lo que, como afirma el investigador, «dejó poco a la imaginación sobre cómo pasó su estancia en Italia». Para su desgracia, la obra generó gran escándalo, el joven tuvo que abandonar La Haya y los libreros que la vendían fueron multados. 

En España también se han estudiado los registros judiciales de esa época. El historiador Juan Postigo lo hizo en los de Zaragoza y el resultado lo publicó en El paisaje y las hormigas (Prensa de la Universidad de Zaragoza, 2018). Los interrogatorios que reflejan la vida y costumbres sexuales con todo lujo de detalles están conservados en su integridad. Aquí la situación estaba determinada porque solo podía haber sexualidad dentro del matrimonio y lo demás estaba perseguido, pero eso no quiere decir que no existiera. En 1600, así lo ponía de manifiesto el procurador fiscal de la curia eclesiástica en un escrito en referencia a los problemas que estaban convirtiendo la ciudad en «un lugar de perversión»: 

(…) dice el dicho procurador fiscal que a su noticia llegado y es assí verdad que en la prensente ciudad de Çaragoça muchas y diversas personas de diversos estados y calidades assí cassadaos y cassadas como solteros, con grande ofensa de Dios Nuestro Señor daño grande de sus almas y conciencias, y general escándalo de la república están públicamente amancebados tratando y comunicando los dichos carnales deshonestamente entre sí, entrando algunos de los dichos y saliendo en casa de sus mancebos, comiendo y durmiendo en ellas como si fuesen sus verdaderas mugeres, escandalizando en grande manera. 

Paralelamente, fueron, precisamente, las restricciones morales las que llevaron a un aumento de la prostitución. Había proxenetas, que figuran procesados en esos archivos, pero también prostitutas que llevaban su negocio de forma autónoma. En el libro se cita, por ejemplo, a doña Floriana Deaux, natural de Sevilla, que vivía en la parroquia de San Miguel y recibía a «muchos hombres de diferentes estados, assí frayles como clérigos y hombres seglares, tiniéndolos con los susodichos tratos carnales y esto públicamente». Graciosamente, por lo que fue procesada Floriana fue por comer carne en los días de Cuaresma. 

En fin, a ningún buen lector se le escapará la temática más abundante en la obra de Tirso de Molina, con maridos burlados, mujeres que se hacen pasar por hombres y hombres que se hacen pasar por mujeres tanto para consumar como para mantener amores prohibidos entre personas del mismo sexo. El Madrid de Almodóvar no es solo el de los 80, tuvo antecedentes siglos atrás, y vemos que Zaragoza no le andaba a la zaga. Por no mencionar a la escritora coetánea Feliciana Enríquez de Guzmán, que en Tragicomedia de los jardines y campos sabeos transgredía las normas morales de la época, pero por bastante, porque las protagonistas de su obra, ante la duda de a qué marido elegir entre unos candidatos, optan abiertamente por la poligamia. Esto es: todos.

Sexo seicentista y dieciochesco

Más detalles importantes. Desde el siglo XVIII hubo anticonceptivos rudimentarios. La marcha atrás, por supuesto, pero también condones de tripa animal reutilizables o las infructuosas duchas vaginales postcoitales. Casanova en sus memorias, por ejemplo, usaba uno de lino y colocaba una rodaja de limón como capuchón cervical. El aborto, en lugares como la Inglaterra del siglo XVIII, aunque no fuera ilegal, ya se consideraba una vergüenza y había que hacerlo a escondidas. Aunque las hierbas para abortar se vendían, pero con los prospectos al revés, es decir, indicando que tenían una función reguladora de cualquier trivialidad y alertando del riesgo que se corría de abortar si se tomaban estando embarazadas. 

Desgraciadamente, el infanticidio también era una práctica que no era excepcional. Kate Lister, en A Curious Story of Sex, cita que en los registros de Old Baley entre 1700 y 1800 hubo más de ciento treinta y cuatro juicios por infanticidio, en su mayoría asesinato de hijos ilegítimos. En solteras, si una mujer se quedaba embarazada era una deshonra de por vida. Solo había una salida, cuenta Lister, esconderse durante la gestación y luego entregar al niño. El problema era, de nuevo, de clase. Las pobres no podían permitirse el lujo de desaparecer unos meses. No faltan casos, incluso en la literatura popular del siglo XVIII, en el que esta causa era la que conducía a las mujeres a la prostitución para sobrevivir. 

Entre protestantes, la doble moral afectaba singularmente a los hombres en cuanto al delito de sodomía, que podía tener asociados duros castigos. En 1646, en Nueva Holanda las autoridades ejecutaron a un esclavo negro por sodomizar a un niño africano de diez años. El culpable fue estrangulado y quemado en la hoguera, pero la víctima también. Se le obligó a presenciar la ejecución atado a un palo y le golpearon con varas. En 1647, Harmen Meyndertz van den Bogaert, un cirujano, fue acusado de sodomizar a su sirviente negro, y tuvo que escapar de la justicia. Se ahogó en el río Hudson al romperse el hielo mientras lo cruzaba a pie. En el mismo lugar, un soldado que tenía a un huérfano a su cargo, también fue acusado de sodomizarlo y como pena le cortaron los brazos, le metieron en un saco y lo arrojaron al río. Sin embargo, esta justicia punitiva convivía con una homosexualidad, paradójicamente, aceptada. Los chicos, si eran guapos, eran cortejados tanto por sus compañeros como por hombres de mayor edad. En Sodomy in the Dutch Republic, 1600-1724 figura el testimonio de un hombre que a principios del XVIII presumía del dinero que había ganado de joven vendiendo favores sexuales, pero que desde que había cumplido diecisiete años le era imposible conseguir clientes. 

No obstante, si hay una prueba que ponga de manifiesto la dinámica que se siguió al entrar en el siglo XIX la tenemos en los divorcios. En Nueva Inglaterra, en los registros de parejas que se separaban legalmente, la causa de «incapacidad sexual del varón» aparecía con mucha frecuencia. En el siglo XVII, una de cada seis parejas que se divorciaban era por esa causa, según constaba en los tribunales, pero en el siglo XVIII cuando ya se había extendido el puritanismo, solo aparecían unos pocos casos, tal y como documenta Sex and the Enlighteenth Century Man. Podría decirse que es costumbre humana, en determinados aspectos, dar un paso hacia delante y dos hacia atrás. 

Sexo seicentista y dieciochesco


Prefiero pelear hasta morir

pelear hasta morir
Fotografía: Horia Varlan. (CC) pelear hasta morir

Hablemos de sexo decrépito. Decía alguien que la vida es una enfermedad de transmisión sexual y que su mortalidad es del cien por cien. Con ese detalle estamos contentos: la muerte es furiosamente democrática. Ajena a clases sociales, apetencias vitales o suntuosos proyectos profesionales, plaf, de un certero plumazo, nos alcanza a todos. Y si el sexo es vida —como muy acertadamente apunta un centro médico en todos los periódicos de nuestro país—, no hay prácticamente mejor plan posible contra nuestra propia defunción que buenas y continuadas sesiones del asunto. Bukowski tiene razón: follar es darle una patada en el culo a la muerte mientras canturreas. Entonces, ¿por qué está tan endemoniadamente mal visto el sexo entre ancianos al borde de la extinción?

Es otro misterio irresoluble al que, como siempre, hay que aplicarle la máxima detectivesca: sigue el dinero. Y la conclusión es que los fabulosos beneficios que genera vender la idea de  juventud en todos sus más variados estamentos —ocio, salud, belleza, influencia, seguridad— cae estrepitosamente cuando, llegada una edad, no queda otro remedio que tener el arrojo de mirar a la muerte cara a cara. Y ahí no hay nada: solo pellejo y toda la experiencia del mundo. Poco negocio que arrendar, pero tranquilos, hay entusiastas emprendedores para todo. Como muy gráficamente dicen algunos, un nicho —nunca mejor aplicado— más por explotar. 

Otra pista fundamental sobre la falsa figura del anciano y la anciana asexuada, aséptica, muda y como esculpida en yeso es el rastro de dolor que cualquier religión deja a su paso. Como en casi todo, siempre es perturbador mirar atrás, pero si lo hacemos en este aspecto se nos ponen los pelos de punta, especialmente a las mujeres: hasta hace cuatro días —lo que vivieron nuestros padres, sin ir más lejos, y de ahí para atrás todos y cada uno de nuestros antepasados— se vendía el cuento de que el sexo solo se consideraba un mero ejercicio de reproducción bendecido por Dios, en cualquiera de sus múltiples y fieras caras. Por tanto, su ejecución fuera de plazo —como sería en el caso de los abuelos— se consideraba poco menos que una anomalía vil y vergonzante. Y si la ejercitante era una abuela sin pareja, entonces era una cuestión de vicio con tintes de leyenda. Una bruja loca y peligrosa.

A los mayores los vemos como a nuestros abuelos y sus amigos, señoras y señores que van renqueando por la calle, hablan de personas y cosas que ya no existen y tienen achaques. Poco más. Pero todos, sin excepción, tenemos múltiples identidades, y hay una que siempre, infaliblemente, incluye la variante sexual. No desaparece, se muda o se evapora al soplar las velas en tu sesenta cumpleaños. Se va con nosotros solo cuando morimos.

Hace unos años, el gobierno estadounidense —ojo al dato: con la ayuda de Pfizer, dueños y señores de Viagra— llevó a cabo un estudio en profundidad sobre tan desconocida materia como la actividad sexual entre personas de edad provecta. Y llegaron algunas sorpresas, hasta el punto de que algún joven retraído firmaría con sangre la posibilidad de aplicar tales estadísticas a su vida. El estudio, llevado a cabo en forma de encuesta y conversación con más de tres mil mujeres y hombres del país en edades entre cincuenta y siete y ochenta y cinco años que vivían en pareja, afirmaba que más de la mitad de los que tenían entre cincuenta y siete y setenta y cinco años practicaron sexo oral el año anterior, sexo con penetración en el 73 % de los casos de los que tienen entre cincuenta y siete y sesenta y cuatro años, porcentaje que baja hasta 53 % entre los que tienen sesenta y cuatro a setenta y cinco y que cae hasta el 26 % entre los que tienen entre setenta y cinco y ochenta y cinco. De los que se consideraban activos, afirmaron que lo hacían dos o tres veces al mes.  

Otros periódicos de este país y de Reino Unido reportan estadísticas que señalan que los casos de enfermedades de transmisión sexual entre gente mayor están a la orden del día, hasta el punto de no ser descabellada la idea de poner en marcha una campaña de uso de condones  —la cosa parece que es a pelo, un poco a salto de mata— entre nuestros venerados abuelos.

Como tantos asuntos, al rascar un poco al final es una cuestión de libertad. En este caso, hablamos de derecho a la intimidad, de que los demás no se inmiscuyan en temas ajenos. Los abuelos, la gente mayor en general, sufren una extraña esquizofrenia social en sus mórbidas carnes: o no tienen a nadie o tienen a demasiados pesados alrededor que les dicen lo que deben y no deben hacer. Aquí y en Pekín, ahora y siempre, hay que luchar contra el estigma, los prejuicios, la vergüenza, el miedo, la desinformación y, al final, las situaciones de violencia —física y psicológica— que todo lo anterior genera.

¿Hay más sexo viejo ahora que antes? Nunca lo sabremos. Pero la opción de ser un mirón de la vida no es la mejor manera de acabar tu propia historia en la tierra. Esta fue la reflexión que le vino un día a la cabeza a Jane Juska, una señora de sesenta y seis años que vivía en Berkeley. Y lo que hizo fue lo siguiente: puso un anuncio en The New York Review of Books que decía: «Antes de que cumpla sesenta y siete años, el próximo marzo, me gustaría tener un montón de sexo con un hombre que me gustara. Si lo que a ti te va es charlar un poco antes de entrar en faena, Trollope me parece bien» (hay que aclarar que Trollope no es la última marca Viagra style que tarda un tiempo en hacer efecto: es un novelista inglés de la época victoriana de cierto éxito y recorrido en el mundo anglosajón). De su odisea —por espléndida, extraña y valiente— salió un libro, y de ahí una obra de teatro. Como en tantísimas cosas, nuestros nietos no darán crédito a la idea de que, a estas alturas del siglo XXI, algunos consideraran que socialmente se puede funcionar pensando que la gente mayor debe ser invisible y, por extensión, no tener vida sexual. Pensarán que es una faceta más del pensamiento mágico que, durante tanto tiempo, inundó nuestro cerebro con sandeces.

Graham Greene dijo una vez que hacerse mayor consiste en asistir al espectáculo de la sustracción de todos tus poderes. La respuesta, siempre, es pelear y resistir. Hasta morir. El sexo no es solo placer, también es poder y posibilidad de huida. Hay que aprovechar, pues, hasta el último minuto. Uno de los síntomas más deshumanizadores —y abismalmente estúpidos— del tiempo en el que vivimos es el desprecio por los mayores. Y hay pocas cosas más deshumanizadoras que negarle el derecho a la intimidad y al sexo a una persona. A alguien al que un día, no tan lejano como tú crees, acabarás pareciéndote demasiado. 


Oasis de libertad sexual en el Madrid de finales de los años 70 (y II)

oasis libertad sexual madrid
DP.

(Viene de la primera parte)

Sobre el comportamiento sexual de las chicas hay poca información. Hubo relaciones lésbicas dentro de aquel grupo, sin duda, pero se mantuvieron con más discreción. Luis Antonio de Villena cuenta que lo que sí había era mucha «mariliendre», chicas que se especializaron en llevarse homosexuales a la cama. «Recuerdo una muy fea, con amplias caderas y generosos pechos que causó estragos entre la comunidad gay. Se aprovechaba de aquellos muchachitos que se encontraban deprimidos por algún desengaño amoroso para, con la excusa de darles consuelo, terminar metiéndolos en su cama. Y como yo digo: lo difícil es lo de antes, pero cuando dos están ya entre las sábanas todo puede ocurrir. Una de las mayores hazañas de aquella mariliendre fue la paja que discretamente le hizo a un amigo mío en la barra de un conocido bar, rodeados de gente».

Borja Casani apunta que «las drogas influyeron mucho en los comportamientos sexuales. En los bares se iba en parejas al baño para esnifar una raya. Y una vez allí —en algunos casos— surgía con facilidad un contacto íntimo». «Los índices de promiscuidad se elevaron mucho en aquellos años —añade Casani—. Había personas que podían tener cuatro o cinco rollos en una noche. Recuerdo a algunos componentes de la redacción de la revista (La Luna de Madrid) que, como quien  ahora baja a la calle a fumar un cigarro, me decían por la tarde, con todo el desparpajo del mundo: “salgo un momento a que me hagan una mamada y vuelvo en seguida para terminar la página que estoy maquetando”». Se refiere Borja Casani a personas que acudían a baños públicos, saunas o a ciertos cines (como fue el Carretas en la calle del mismo nombre) donde en cualquier momento del día se podía obtener un servicio sexual gratuito, generalmente de tipo homosexual.

Una persona que vivió intensamente aquellos años, y que hoy —casado y con hijos—prefiere mantener el anonimato, nos responde por correo electrónico: «La vía más rápida —muchas veces utilizando las drogas como combustible—  que teníamos entonces para llegar a la felicidad era la promiscuidad sexual sin reparar en el género de tu efímera pareja. Sin ataduras, sin complejos, sin culpabilidad, sin prejuicios. Todo estaba permitido. Fue una gran fiesta».

Como cantaba Santiago Auserón, vocalista de Radio Futura, uno de los pocos grupos musicales de la época con buenas letras, en «El nadador»: «Puede que mi alma sea un frasco vacío, pero mi cuerpo es un río».

Jugadores destacados

Nadie pone en duda que el gran héroe (mártir por cómo terminó) de aquellos años, el que llevó más lejos —sin importarle las consecuencias— su libertad, fue Eduardo Haro Ibars. Hijo del periodista Eduardo Haro Tecglen (director entonces de la revista Triunfo), poeta, articulista y escritor, muy influido por la Beat Generation (Kerouac, Ginsberg y Burroughs principalmente) —gracias a su amistad con Mariano Antolín Rato, traductor al castellano de los citados autores— y por los intelectuales que capitaneados por el escritor Paul Bowles se refugiaron a partir de los años 50 en Tánger, ciudad en la que vivió su primera juventud, experimentó con las drogas (todas) y el sexo, siendo el principal abanderado en España de la pansexualidad. Murió a causa del sida en 1988.

Otro de los chicos que marcó la escena madrileña de finales de los 70 fue el actor Will More. Procedente de una buena familia, se convirtió en el patrón de belleza masculina que se impuso en la noche madrileña. Su delgadez y el aspecto casi enfermizo con que apareció en Arrebato (la película de Iván Zulueta que se estrenó en 1979), de los que hacía gala en la noche madrileña, fue imitado por muchos, por ellos y por ellas. «Era un chico muy guapo», dice Luis Antonio de Villena, y «presumía de que no tenía problema de dinero porque cuando le hacía falta le bastaba con prostituirse —al máximo nivel—. Llegó a contar que uno de sus amantes lo había llevado de viaje a Egipto». 

Antonio Gastón, arquitecto y algo mayor que el resto de integrantes del grupo, fue el mejor anfitrión de la noche de Madrid. Su bar, El Sol, que abrió en 1979 en la calle Jardines n.º 3, fue parada inexcusable y punto de encuentro preferido en el continuo desplazarse de bar en bar. En Creímos que también era mentira (Caballo de Troya, 2012), una novela póstuma y claramente autobiográfica de Elena Figueras, su compañera, se relata la relación entre dos personas, Ana, la protagonista, y Antonio (que tiene una «sala de fiestas y conciertos» llamada El Sol), su pareja. Antonio es bisexual:

Los triángulos entre Antonio, Manolo y Ana se convirtieron en algo habitual. No llegaron a la penetración pero pasaban muchas mañanas besándose y haciendo sexo con toda naturalidad. (Pág. 182).

Lo pasaba fenomenal en El Sol, conocía a gente que no debía de trabajar pues pasaban allí toda la noche. No estaba sola ni un segundo porque la comunicación entre unos y otros era constante. Pero a veces, en mitad de la noche, echaba en falta a Antonio. Desaparecía. (…) Sabía que estaría con algún chico joven, invitándole a porros, seduciéndolo. Por un lado a Ana le daban celos, celos dolorosos, como los que sentiría cualquiera, porque la relación abierta que ella y Antonio tenían no era en verdad su elección, ella habría preferido tener una relación de dos. También porque eran situaciones en su caso públicas. Todos los días en el mismo escenario que era El Sol y Antonio dueño y anfitrión. Todos prestaban atención a Antonio, porque era el dueño, invitaba a copas, hacía cosas excéntricas.

Otros nombres importantes son los de Félix Rotaeta y Eusebio Poncela (actores), Alberto García-Alix (fotógrafo), Fabio de Miguel, alias Fanny Mcnamara, (artista multidisciplinar) y Fernando Vijande (galerista). Todos ellos se relacionaron con el grupo del que estamos hablando de forma prolongada y casi todas las noches se les veía en los locales antes mencionados. También hubo algunos que vivieron solo de forma breve aquel ambiente. Personas que quisieron enterarse, experimentar y conocer qué estaba pasando, pero que una vez sabido en qué consistía volvieron a su vida más o menos normal. Uno de estos breves trasnochadores fue el filósofo y escritor Fernando Savater.

En la pág. 72 de Madrid ha muerto (Planeta ,1999), novela de Luis Antonio de Villena en la que se mezclan los personajes ficticios con los reales, se puede leer:

La fiesta de Molina Foix fue de las de whisky y charla. Recuerdo allí a Juan Benet y a Savater, al que —hasta poco antes— se le veía a menudo por los bares de moda, con camisas de colorines chillones. Ahora —decían— Savater, que había sido filósofo anarquista y lúdico, se había retirado de su etapa —corta— de parrandeo a causa de una novia posesiva y joven. (…) Sonriendo casi siempre con su generosa boca, en aquellos bares modernos y mixtos, nunca andaba de divo (aunque era mucho más glamuroso que aquellos jóvenes rebeldes) pese a que su inevitable aire de empollón le concediera sesgo de moderación y razón a su pretendido despendole, al que se decía que Villena le llevó, como cicerone, metiéndole en catacumbas gays y garitos rockeros… ¿Probó? ¿No probó? Se admiten apuestas. ¿Tuvo Savater amores perversos por fugaces que fueran, en esa época en la que, como muchos de nosotros, creyó que la noche y la felicidad se parecían? (…) ¿Qué coño importará que Savater hubiera hecho, allí o aquí, lo que le diera la gana, como debe ser, aunque nos empeñemos en coaccionarlo? Que haya sido feliz, solo eso resultaría importante. Lo que buscamos todos.

Curiosamente, catorce años después, en la pág. 283 de Mira por dónde  (Taurus, 2003), su  autobiografía, Fernando Savater, haciendo de paso una descripción muy acertada del ambiente, escribía:

Dicen que si uno vivió los 80 y los recuerda es que no los vivió del todo. Yo me acuerdo de ellos, pero confusamente: es el único periodo de mi vida en que he sido noctámbulo, algo que se aviene mal con mis gustos y mi ciclo metabólico. La excitación en antros de iluminación estroboscópica y mobiliario de terciopelo ajado, las camisas fosforescentes por cuyas aberturas se vislumbraba la carne oscurecida, el ruido sin furia, la rutina del demasiado alcohol, el deambular de un lugar a otro en busca del momento perfecto a la hora precisa, las sonrisas muy próximas de dientes blanquísimos que acababan en la lengua del beso, las casas abiertas de los desconocidos remotos amigos de nuestros conocidos en cuyos dormitorios entrábamos y salíamos sin pedir permiso pero nunca indemnes, los humos y las pastillas, la blanca rayita para esnifar que una risotada a destiempo desperdigaba por el paisaje, la música permanente, las figuras que uno perdía y reencontraba diez veces en la misma noche, los intentos de decir al oído una frase ingeniosa o picante a pesar del estruendo y de la lengua trabada por la bebida, los lavabos llenos de emociones en los que se iba a comerciar y a fornicar con mucha más frecuencia que a evacuar la vejiga, los chicos muy guapos y muy zalameros, el sida que rondaba por todas partes y se metía por todas partes sin que aún supiéramos su nombre, mientras elegía sus víctimas al tuntún.

Pasé mis noches de movida con Luis Antonio de Villena, que conocía todos los lugares y era familiar de todos los habitantes de la noche. Yo salía entonces de eso que suele llamarse con circunspección algo cursi un «desengaño» amoroso y creo que estaba hecho un auténtico pelmazo, a la vez melancólico y salido, cada vez más salido cuanto más melancólico y vuelta a empezar. Pero tú me soportaste con santa resignación de epicúreo, Luis, siempre perfecto compañero. Anda, tómate una copa en mi nombre donde quieras, hermano, porque si no me equivoco aún sigues de ronda: se acabó la movida pero tú eres un perpetuum mobile. Bebe en mi nombre y dale un beso a cualquiera al pasar, Luis, que yo ya no salgo de noche.

Preguntado al respecto, Luis Antonio de Villena se limitó, con sonrisa pícara y levantando las cejas, a encogerse de hombros.

Influencias

He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles.

Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.

Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.

Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.

Fragmento de Aullido (Howl), poema de Allen Ginsberg publicado en 1955. 

Cuando pregunté a los entrevistados por las influencias culturales que podían haber servido de motor al fenómeno que analizamos, me encontré con la sabia opinión de Juan Carlos de Laiglesia: «Como te empeñes en intelectualizar el análisis del asunto, corres el riesgo de desfigurar lo que ocurrió quitando lo que de divertido, alegre y espontáneo tuvo aquella vivencia. Necesitábamos comunicarnos y para ello utilizamos todas las formas posibles. Eso es todo». En opinión de Borja Casani, «se trató de una generación mayoritariamente ágrafa. Muchos decían que habían leído los libros de la Beat Generation, pero muy pocos lo habían hecho realmente». Pero negar toda influencia cultural sería faltar a la verdad. «Las imágenes —las fotos y las películas— que venían de otras capitales como Londres y Nueva York, y que nos llegaban a través de las publicaciones de Barcelona, fueron muy importantes para la estética del grupo». 

El fin de la fiesta

El 30 de julio de 1985 el actor Rock Hudson hizo público que padecía la enfermedad del sida. Aquel anuncio cayó como una bomba entre los que en Madrid habían, hasta ese momento, practicado el sexo con alegría y sin freno. Los rumores circularon con rapidez y la falta de conocimiento contribuyó a que el miedo se metiera en las cabezas y terminara influyendo en las relaciones. Se publicó, por ejemplo, que un simple beso podía contagiar la enfermedad y hasta los contactos más inocentes dejaron de hacerse. Por si acaso, se pensaba.

Ese fue el final del oasis sexual de Madrid. Luego hubo muertes y sufrimiento, pero yo quería hablar solo de placer, alegría y diversión.

Fuentes

El escritor Luis Antonio de Villena tiene abundante obra poética, ensayística y narrativa. Ha recibido numerosos premios literarios entre los que destacan el Nacional de la Crítica (1981), el Azorín de novela (1995) y el Sonrisa Vertical de novela erótica (1999). 

El periodista Juan Carlos de Laiglesia fue subdirector de La Luna de Madrid y director de Man. Ha participado en diferentes publicaciones como Primera Línea, Sur Exprés o Night y ha escrito dos libros (Por derecho, una biografía de Alejandro Sanz, y Ángeles de neón, sobre la Movida). Actualmente es el coordinador de Elpulso.es

El periodista Borja Casani fue fundador y director de La Luna de Madrid y Sur Exprés, editor de Arena Internacional del Arte, director de El Europeo y director, junto a Alberto García-Alix, de la colección literaria «Los libros del cuervo». En la actualidad dirige la Galería Moriarty y El estado mental, (emisora de radio y revista). 

Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído de J. Benito Fernández (Anagrama, 2005).

Madrid ha muerto de Luis Antonio de Villena (Planeta, 1999).

Los días de la noche de Luis Antonio de Villena (Seix Barral, 2005).

Malditos de Luis Antonio de Villena (Bruguera, 2010).

Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad de José Ribas (RBA, 2007).

100 españoles y el sexo de David Barba (Plaza & Janés, 2009).


Oasis de libertad sexual en el Madrid de finales de los años 70 (I)

Oasis de libertad sexual 1
Foto: Marcus Hansson. (CC)

Deberíamos tal vez confundir la libertad con el libertinaje, porque a lo mejor el libertinaje es parte de nuestra libertad, algo a lo que tenemos derecho. Yo no sé si el libertino —esto es, el que se plantea la existencia como algo válido en sí y digno de vivirse sin pensar en por qué estamos vivos— es bueno o malo, listo o tonto, pero sé que intenta gozar y no me parece mal. Me confieso hedonista irredento; tampoco intento hacer una bandera de ello ni le digo a nadie que o goza o lo mataré. Pero no quiero tener que ejercer mi derecho al placer como si fuera a la oficina, porque no me han gustado nunca las oficinas ni las cosas a horas fijas.

Extracto de «El hedonismo», artículo de Eduardo Haro Ibars.(Triunfo, n.º 886, 19 de enero de 1980)

Advertencia al lector/a:

Lo que viene a continuación no es un artículo sobre «la movida madrileña». Si usted quiere información sobre grupos musicales de nueva ola, sobre el uso y abuso de las drogas o acerca del cine de Almodóvar, acuda a su buscador de internet, introduzca el texto entrecomillado en la frase anterior y encontrará gran cantidad de videos, textos y fotos sobre dichos asuntos. Lo que se cuenta debajo de estas líneas es una historia muy diferente: cómo un grupo reducido de personas —una élite privilegiada— vivió en Madrid, durante el periodo comprendido entre 1977 y 1984, una experiencia de libertad sexual. Sobre este tema se ha escrito muy poco y gran parte de los protagonistas han fallecido (sida y sobredosis mayormente). Las entrevistas realizadas por el autor con dos periodistas y un escritor que vivieron de cerca los acontecimientos y el rastreo de biografías, memorias y alguna novela han permitido la elaboración de un relato aproximado de lo que realmente ocurrió. Toda la verdad, sobre todo si el asunto está relacionado con el sexo, es imposible de conocer.

En 1984 lo bueno ya se estaba acabando. En enero de ese año, en el número tres de la revista La Luna de Madrid, el periodista Moncho Alpuente publicó un artículo titulado «Madrid me mata» que levantaba acta de lo ocurrido hasta la fecha:

¿Qué pasó? En mayo de 1976 los madrileños recuperaron sus festividades locales y pasaron de nuevo a pasear sus ídolos. Fueron apareciendo, con las caras pálidas, las guedejas largas y las barbas canas y deshilachadas, unos madrileños que vestían la trenca monástica y la pana penitencial. Venían desencajados de larga vigilia y el cuerpo y la mente les pedían «marcha», mantra que sonaba casi blasfemo en los ascéticos labios de aquellos santos varones que descubrieron, de golpe, la droga, el sexo y el rock’n’roll con furor de conversos.

En las calles de Madrid toparon nuestros héroes con una vasca marginal que les miraban de reojo, les pasaba costo y se dejaba invitar en los nuevos templos paganos en los que corría desatado el decibelio y el alcohol.

El penene de Estética y el camello vallecano se miraron a los ojos y se enamoraron. En el Retiro, en la plaza del 2 de Mayo y en otros vertederos urbanos se rozaron, casi hasta hacerse daño, punkis y pintores de vanguardia, dibujantes de tebeos y hippies vendedores de ropa, exlegionarios grifotas y filósofos de la Complutense, travestis de San Ildefonso y estudiantes de Semiótica. 

Todo lo que ocurrió después de 1984, lo que recibió el ridículo nombre de «la movida», no fue más que ruido, negocio y política. Ah, y fotos, muchas fotos. El periodo que va de 1977 a 1984 se caracterizó en España, además de por los cambios sociales consecuencia de la recién estrenada democracia, por una eclosión cultural en Madrid y Barcelona. El ritmo de esa agitación no fue el mismo en las dos ciudades. La ciudad condal, quizás menos vigilada por la censura franquista por el hecho de estar en la periferia, arrancó con ventaja y ya contaba con publicaciones alternativas cuando se produjo el cambio de régimen político. Sirva de ejemplo que el primer número de la revista Ajoblanco se publicó en 1974. Este hecho marcó una diferencia. Cuando en Barcelona ya pasaban cosas, Madrid continuaba siendo una ciudad cerrada en lo que a cultura se refiere. En palabras de Borja Casani (primer director de la revista La Luna de Madrid) «Barcelona siempre tuvo a París mucho más cerca. Madrid, durante el franquismo, era una ciudad odiada por el resto del país. Se la veía como la residencia del aparato del Estado, cargada de serios y aburridos funcionarios. Madrid necesitaba una nueva forma de verse a sí misma. Esa necesidad actuó de motor para la transformación cultural. Y ese cambio comenzó a producirse a principios de los años 80».

La situación económica de España en aquellos años del comienzo de la Transición era muy preocupante: las exportaciones solo suponían el 45% de las importaciones; la inflación llegó al 44% a mediados del año 77 y el paro repuntó dramáticamente afectando principalmente a los jóvenes. «La crisis económica era entonces muy seria, como lo es actualmente —opina Borja Casani—, pero la actitud de la gente era diferente. Hace treinta y seis años estábamos en el comienzo de algo que para mí está terminando ahora. Los jóvenes de antes tenían ganas de luchar, de construir un país nuevo. Querían cambiar sus vidas. Hoy echo de menos aquella ambición».

En Madrid la nueva cultura se hizo esperar aunque paradójicamente la liberación sexual llegó antes y, a la postre, más lejos que en Barcelona. La Ley de Peligrosidad Social, que criminalizaba los actos homosexuales y consideraba «peligrosos sociales» a los toxicómanos, a los borrachos, a los que difundieran pornografía y a «los menores de veintiún años abandonados por la familia o rebeldes a ella, que se hallaren moralmente pervertidos», estuvo vigente hasta el año 1989, aunque previamente se eliminaron los artículos referentes a la homosexualidad (en 1979) y al escándalo público (en 1983). Es de destacar que esta norma convivió con la Constitución, que reconocía y protegía la igualdad de los españoles ante la ley (art. 14) y el derecho a la libertad de expresión (art. 20). En este contexto legal y social llegaron a España las revistas y el cine porno. Los españoles se dieron cuenta de que no sabían nada o casi nada de erotismo y los consultorios sexuales se pusieron de moda en todo tipo de publicaciones periódicas. Lo que popularmente se llamó «el destape» fue un fenómeno que analizado con la perspectiva que da el tiempo tuvo mucho de ordinario, soez y grosero, y poco que ver con la libertad. Pero en el Madrid de aquellos años y gracias a la confluencia de diversos factores que analizaremos más adelante se produjo un episodio casi mágico de auténtica liberación sexual en el que participó un grupo de no más de trescientas personas, según algunos de sus integrantes.

Por qué en Barcelona no y en Madrid sí

Pepe Ribas, fundador de la revista Ajoblanco y uno de los impulsores de la contracultura barcelonesa de los años 70 y 80, comentaba en el libro 100 españoles y el sexo (Plaza & Janés, 2009) de David Barba:

Mi sexualidad no era para nada hedonista. Había poco placer, el miedo, el desconocimiento, el temor al cuerpo, son contrarios al bienestar y al disfrute.

(…)

Existe la idea de que en la Barcelona de los años 70 se follaba mucho, pero no es cierto. Las famosas orgías de la época no eran más que fiestas espontaneas. Lo que ocurre es que al final uno te la chupaba, la otra se desnudaba, la de más allá enseñaba las tetas… Ocurría de una manera espontánea, como un ritual más teatral que erótico. Pero a la hora de consumar el sexo, la culpabilidad y la moral judeocristiana salían siempre a la luz. El policía de la mente se encargaba de desbaratar cualquier situación erótica. 

(…)

Fue en mis viajes a Madrid, una ciudad mucho más liberada que Barcelona, donde me encontré con gente de mi edad con la que pude practicar una sexualidad desprejuiciada.

El libro de memorias del propio Pepe Ribas, Los 70 a destajo (RBA, 2007), no ofrece una visión diferente sobre el sexo en la Barcelona de la época. Las fuentes entrevistadas (el escritor Luis Antonio de Villena y el periodista Juan Carlos de Laiglesia) coinciden en señalar al nacionalismo catalán —que ocupó con rapidez el espacio dejado por el franquismo— y a la burguesía barcelonesa como los causantes de dicha dificultad para gozar del sexo libre sin prejuicios ni culpabilidad. 

«En Barcelona había más dinero que en Madrid —dice Borja Casani—. También hay que considerar que la burguesía catalana que controlaba esos fondos era en su gran mayoría antifranquista. Si a esto unimos la tradición editora de la Ciudad Condal, se entiende que las primeras revistas contraculturales (Ajoblanco y  STAR) y los primeros cómics underground (El Víbora y El Rrollo Enmascarado) surgieran allí antes que aquí. Pero en el tema del sexo puede que el hecho de que Madrid fuera una ciudad a la que llegaban a estudiar muchos jóvenes de otras ciudades —con la libertad que eso da—, permitiera unas relaciones más abiertas. Barcelona, para eso, siempre fue más pueblo». También se apunta que los que intentaron poner en marcha el experimento sexual en Barcelona (Nazario, Ocaña o el propio Pepe Ribas) tenían más que ver con la progresía, los movimientos gais organizados y los partidos de izquierdas que con la modernidad. En Madrid se pudo ver con claridad que ser moderno era muy diferente de ser progre y que los movimientos homosexuales en muchos casos censuraron el pansexualismo (sexo sin etiquetas) y el hedonismo con que se vivió aquella explosión de libertad.

«En Madrid —como apunta Sabino Méndez (músico, escritor de Barcelona) en un documental de TVE sobre los años 80— los gais estaban mezclados con el resto, no se apartaron en guetos como en otras ciudades. Esos homosexuales organizaban las mejores fiestas y aquello hacía que Madrid fuera muy divertido». Borja Casani añade que el PCE veía con malos ojos aquello. Juan Carlos de Laiglesia diferencia los objetivos de los progres y de los partidos de izquierdas de lo que movía a los jóvenes modernos: «Los primeros querían cambiar la sociedad y alcanzar el poder; los segundos divertirse».

¿Qué ocurrió en Madrid en los últimos años 70?

Principalmente, que un grupo de jóvenes se echó a la calle. Comenzaron a acudir casi a diario a los mismos locales de copas y se miraron. El alcohol y los primeros porros ayudaron a que de las miradas se pasara a las palabras y de estas al contacto físico. Los locales —no todos— cerraban a las tres de la madrugada y entonces se solía terminar la noche en la casa de alguien. En aquellos pisos se continuaba bebiendo —en algunos casos esnifando la última raya— y se formaban parejas que se perdían por los dormitorios que estaban situados al final del pasillo. Juan Carlos de Laiglesia recuerda aquellas noches como si fueran escenas de una larga y siempre divertida comedia de enredo, y afirma que el sexo que practicó entonces fue el más limpio y sano de su vida, llegando a utilizar la expresión «libertinaje limpio» —que no es necesariamente un oxímoron— para caracterizar lo vivido. Juan Carlos pide que se haga constar la alegría con que se comunicaron, en todos los sentidos posibles, aquellos jóvenes entre los que él se encontraba.

Los sitios para ver y ser visto eran pocos (El Sol, La Bobia, Rock-ola, los drugstores de Velázquez y Fuencarral y algún otro que tuvo fama efímera) y el personal se movía de forma mecánica de un local a otro, con lo que a lo largo de una noche se encontraban numerosas veces. Se generó un grupo cerrado y dentro de él una especie de endogamia. 

En 1999 la editorial Planeta publicó Madrid ha muerto, de Luis Antonio de Villena, la única novela relevante que se ha escrito sobre aquel oasis sexual. El protagonista de este libro, Rafa Antúnez, de veintidós años, acaba de llegar a Madrid en 1980 para terminar la carrera de Filosofía, pero su verdadera intención es escribir una novela.

Porque en esa época lo que yo más quería era conocer gente, moverme, comérmelo todo. ¿Se comprende? Porque mi novela —que era mi vida— tendría que nutrirse de mi voracidad. De mi capacidad de ser feliz. De mi deseo, auténtico, de abolir fronteras. Y creo —y ahí pudo estar lo mejor— que no tenía prioridades. Follar me importaba tanto como beber o escribir o meterme sustancias nuevas, caminar nuevas sendas, digo, para ver cómo era la vida y a qué llamamos realidad, y quién estaba en un plano y quiénes en otro… Quizás a mí me gustasen más (lo tengo hoy muy claro) los tipos duros, me atraían más que la pléyade de hadas vagamente neoyorquinas que volaban por Madrid, como preciosas y venenosillas libélulas. Pero en la cueva final —en el subterráneo del  garito— las libélulas y los gigantes terribles convivían y bebían, noche adentro, las mismas jarras de cerveza. Incluso —y no tan raramente— se acostaban en el mismo colchón. (Pág. 27).

Rafa Antúnez —en principio heterosexual— conoce chicos —«Dei» es el nombre de uno de ellos— con una sexualidad más abierta que la suya:

Aunque sabía que Dei había estado con otros chicos —y con tíos mayores—, supe siempre que también se lo montaba con pibas. Si a Dei le hubiesen preguntado si era marica, se hubiera echado a reír o fabricado  algún nuevo gesto displicente. ¡Qué coño importaba eso! No querría decirse marica ni gay (aunque a lo mejor esencialmente lo fuera) porque pensaba —como muchos chicos entonces— que las entreabiertas fronteras de los sexos no deberían cerrarse a nada, pues se abrían por sed de vida, y que en el tercer sexo o como le llamaran a aquello, qué más daba, solo se quedaban —paradójicamente—  quienes habían sido reprimidos —aunque ellos hablaran de liberación— desde otra óptica. Dei hoy día —me temo— sonaría a quimérico o a zumbado. Porque lo gay se ha vuelto una definición cerrada y la heterosexualidad una suerte de entidad apocada y claustral. (Pág. 154).

Un día Rafa conoce a Pedro y pasa una semana follando con él:

Me hice —sin saberlo— marica unos cuantos días. Me daba igual. Nunca ha vuelto a ocurrir, como dije. Pero si Pedrito volviese (un ribaldo como él, un destructor con la quilla de oro), seguramente yo también volvería a esa sexualidad de iguales que no ha sido la mía pero que siempre me ha rodeado y que he llegado a mirar, alguna vez, incluso con envidia de transgresión, pese a que cualquier sexualidad libre me ha parecido siempre tan natural e incluso más natural que estar con vida.

Luis Antonio de Villena, el autor de la novela, nos confirmó que esos chicos realmente existieron: «Algunos eran de buena familia y hoy son ingenieros, casados y con hijos. Otros procedían del lumpen proletario. Querían experimentar, probar cosas nuevas. Y se acercaban a nosotros con naturalidad». 

(Continúa aquí)


Pégame, chúpame

Pégame, chúpame
Bram Stoker’s Dracula, 1992. Imagen: Columbia Pictures.

Están ocultas y nadie habla de ellas. No salen en las conversaciones, pero a solas pensamos en ellas. Fantaseamos con ellas. Nos arrebatan el corazón y nos provocan cosquillas en la entrepierna. Son las parafilias: los mordiscos, los azotes y todo tipo de juegos sexuales, desde el acto físico a los comportamientos seductores. A algunas hoy las englobamos en el término BDSM (Bondage, Disciplina y Dominación, Sumisión y Sadismo y Masoquismo), hablamos en voz baja de las orgías, pero siempre como algo perverso que tiene el dulce toque de lo prohibido. Y, sin embargo, siempre han estado ahí. Algunos escritores las pusieron por escrito —alguno las probó— y las cubrieron de lirismo, creando incluso obras sublimes de la literatura. Porque están en nuestra vida y nuestra cultura popular. Y no nos equivoquemos: no vamos a escapar de ellas. 

La pasión por la sangre ha dado nombre a una extraña parafilia: la hematofilia, que consiste en cierto fetichismo vampírico, la obsesión por ver, lamer y chupar esta emulsión de glóbulos rojos, una práctica que puede estar incluida en ciertos juegos sexuales. Pequeños mordiscos que causan heriditas y que para algunos son tan excitantes que les causan un placer inmenso. En términos médicos se denomina síndrome de Reinfeld. No se trata, por supuesto, de recrear una orgía sangrante, pero sí pellizcar, cortar y luego absorber. Y no, tampoco es una práctica de este siglo XXI en el que no sabemos qué inventar. La hematofilia procede de una de las épocas más sensuales de la historia europea: el siglo XVIII, ávido de todo tipo de experiencias. Así lo explica el filósofo francés Yves Michaud, quien fuera director de la Escuela Nacional de Bellas Artes en Francia en los años noventa: en unos años en los cuales en Versalles olía mal porque no había cuartos de baño, en una era en la que aún no habían nacido las casas de moda ni de perfumes, el placer más lujurioso, ahora que Dios había muerto —Nietzsche e ilustrados dixit—, era experimentar. Lo que fuera. 

No es de extrañar que fuera en esta centuria cuando comenzara la moda vampírica en la literatura. Olvídense de los asuntos de marketing recientes que solo nos han mostrado a vampiros de medio pelo. En el siglo VXVIII es cuando se publican en la Europa oriental, extendiéndose después a Alemania con el Romanticismo y el movimiento Sturm und Drang, las primeras obras con personajes vampíricos. En todas ellas, como sucede en el poema Lenore (1773), de Gottfried August Bürger, hallamos el retrato de una amada que espera a su prometido y cuando este regresa no es para una cita muy normal, sino para acudir al cementerio y deleitarse entre cadáveres. Es una relación espectral, muy ligada a las danzas de la muerte, donde la cuestión es extasiarse en un arrebatado encuentro en el que, oh, Dios, haya carne sobre carne, fluido sobre fluido y sangre. O, al menos, esa puede ser la interpretación del lector hematofílico. 

Algunas décadas más tarde es cuando vamos a encontrar por primera vez el mito del vampiro chupasangres como actividad parafílica. La cuestión fantasmal deja paso a la pura cuestión sensual. Ya no se trata de imaginar, ni de escudarse en la muerte, ahora se trata de hedonismo de los sentidos. Así es como nace el vampiro, un personaje con forma humana —ya no será un esqueleto danzante— al que le gusta morder y chupar a su amada y a ella le gusta que la chupen. Siempre por la noche y a hurtadillas, que provoca más misterio y tensión y suena como algo más prohibido. Así, un best seller brutal de la época fue Varney el Vampiro (1845) también conocido como El festín de la sangre (y con eso nos lo dice todo). Está ambientada en el siglo XVIII —de nuevo, regreso a la época erotizada— y su autor es desconocido, pero llegó a tirar doscientas veinte entregas periódicamente entre 1845 y 1847 en la Inglaterra victoriana. Su protagonista era un aristócrata que también tenía esa doble cualidad de vampirizar mujeres. Otra vez esa seductora mezcla entre el lujo y el gustazo. En una época tan conservadora como la de la reina Victoria, una muestra de que los instintos se disparaban por algún lado y aunque todo el mundo quisiera, solo las clases altas podían (y aún pueden). El goce al alcance de unos pocos.

Más transgresora es la famosa Carmilla, de Sheridan Le Fanu (1873), cuyo mito ha llegado hasta nuestros días. De hecho, el director de cine Roger Vadim —sí, el que también estuvo casado con Brigitte Bardot, Catherine Deneuve y Jane Fonda, con lo que algo potente tenía que tener— rodó en 1960 Morir de placer, basada en este libro. En la historia de Carmilla es la primera vez que aparece, al menos en la cultura popular que conocemos hoy, una mujer vampira. Y, además, no seduce a un hombre, sino a otra mujer, por lo que también inaugura el vampirismo lésbico. La otra es la aristócrata Laura, una jovencita —muy inocente, sí— que vive con su padre en un castillo, pero a la que no le importa que acuda esta Carmilla, de la que se ha hecho «amiga», a morderle un poquito. Eso es lo que ella sueña cada noche, cómo dos agujas se clavan en su cuello. Y no le disgusta, aunque también le aterra. Es el doble juego de este fetichismo: lo que puede dar miedo porque está inmerso en lo «paranormal», y a la vez causar placer. Laura y Carmilla, las hematofílicas.

Al finalizar el siglo XIX es cuando se publica la obra que nos ha dejado para siempre jamás la imagen del vampiro: Drácula. Escrita por Bram Stoker y también en era victoriana —hay que darle las gracias, quizá, a reinado tan extenso y mojigato— ahí tenemos a ese cazador de vírgenes pálidas al que le encanta someterlas. Y ellas tampoco pueden desprenderse de él. A Drácula después nos lo han contado de múltiples maneras, incluso como una historia de amor con banda sonora original de Annie Lennox, pero en la novela lo que prima es la seducción y el dejarse llevar por lo que, en un principio, nos puede aterrar. Es sexo, no es cursilería de frase barata. Stoker lo que hizo fue crear el personaje del tipo —o tipa— que te hace daño —daño buscado—, pero al que vas a acudir una y otra vez porque ya sabes a dónde te eleva. Y no, no estamos hablando de sumisión o malos tratos. Tortura era la que sí buscaba el verdadero Drácula: el señor conde Vlad Tepes, más conocido como el Empalador por esa técnica tan poco ortodoxa de matar a sus enemigos introduciéndoles un palo por el recto. Si hay que citar a un hematófilo popular sin duda sería este rumano del siglo XV. Vlad no hincaba los dientes, pero sus salas de empalamiento debían de ser un chorreo continuo de sangre con el que el conde disfrutaría a destajo. Claro está que en este caso el placer no era nada recíproco. Un egoísta.

Como vemos, el vampirismo fetichista, esa parafilia perversa, está inscrito en nuestra cultura popular desde hace siglos. A ella hay otra muy ligada que, a pesar de ser también parte del imaginario colectivo, ha estado terriblemente denostada y aún se la esconde en rincones oscuros. Santa madre Iglesia que todo lo miras con malos ojos: el sadismo y el masoquismo, traducido hoy en prácticas como el BDSM o Bondage. O también: me gusta que me azoten o azotar como actividad absolutamente placentera (el que piense en zurrar para hacer daño al otro porque sí que vaya dejando de leer este artículo). 

Pégame, chúpame
Interview with the Vampire, 1994. FotografÌa: Warner Bros.

Quien da nombre a este sustantivo es otro personaje del siglo XVIII: el marqués de Sade, de cuya muerte se cumplió el doscientos aniversario en diciembre del año pasado. Vuelta al siglo de la sensualidad, agitado por una revolución. Habría que analizar alguna vez el punto erótico de estos movimientos, que son una lucha contra el poder establecido, y poder es igual a dominación y eso… Ya sabemos a dónde nos vuelve a llevar. 

Sade fue, no olvidemos, un racionalista y un moralista, como buen escritor de su tiempo. A todo había que encontrarle una razón y de ahí que se debatiera entre el vicio y la virtud, el bien y el mal y qué nos lleva a una cosa u a la otra. Y el lector puede hallar como conclusión la dualidad y que, al final, sí, el vicio es el que nos hace libres. Pero, ¿es el vicio el mal? Ahí que responda la Iglesia, que lleva siglos con el mismo discurso. 

Justine o los infortunios de la virtud fue escrita en 1787 y ya el título nos da la clave: lo virtuoso no te traerá más que desgracias. Sade parece decirnos que el hombre es malo y corrupto y por eso la pobre Justine no cae más que en el vicio una y otra vez. Pero si despojamos al libro de todo afán moralista —vamos a quitarnos de encima a Rousseau y pongamos a Voltaire— es una muestra de que hay ciertas prácticas que no tendrían por qué tacharse de inmorales, sino que, simplemente, son. Vaya puñetazo a la religión de entonces y a las estructuras sociales. Luego eso sí, Sade, como buen moralista, redime a Justine, aunque sea después de la muerte. Más acentuada queda esta cuestión en Ciento veinte días de Sodoma, donde está toda su teoría del libertinaje: orgías, parafilias con todo tipo de objetos e incluso necrofilia. Hasta seiscientas formas de gozar se cuentan en este librito que Sade escribió mientras estaba preso en La Bastilla en 1785. Por algún sitio tendrían que salir los instintos del escritor. Que seremos alma, pero también somos cuerpo y el marqués supo bien reflejar cómo podemos darle alegría.

Los protagonistas de Sade son cuatro hombres poderosos —volvemos otra vez al «libertinaje» de clase— y eso lo supo apreciar bien Pier Paolo Pasolini para su película Saló o los ciento veinte días de Sodoma, donde, pese al sexo, lo que hay es un fuerte alegato político: las personas con poder lo que pretenden siempre es humillar y oprimir al débil. Es un juego perverso en el que solo una parte disfruta. Y ese no busca placer, sino infligir dolor.

A comienzos del XX fueron tres mujeres las que mejor mostraron nuestras parafilias sexuales: Anaïs Nin, Anne Desclos y Colette. La troika del sexo, que llegó para dar un puñetazo en la mesa y entonar el canto de la libertad sexual. Las mujeres también tenemos una mente sucia. Zorreamos con ellos y con ellas, y nos gustan muchas más cosas que la posición de la procreación, escribieron en sus novelas (no sin sufrir la censura y llegar después de dos hombres como Henry Miller y Charles Bukowski). El siglo de las guerras había dado paso también a una estrechez de miras. La sensualidad de épocas anteriores se había abortado. Y a la mujer aún le quedaban muchas batallas por delante.

En 1901 irrumpió con fuerza Claudine en la escuela, de Colette. Ay, la petite Claudine, esa colegiala que tenía más deseos que sus padres y abuelos juntos. La pubertad en estado puro que ríete tú ahora de los mangas japoneses. Y estaba contado por una mujer, que no tuvo reparos, a partir de otros tres libros (Claudine en París, Claudine casada y Claudine se va) en reflejar la bisexualidad —esas profesoras que seducían a alumnas— y la pasión más efervescente. Hay que indicar que no fue Colette la que firmó los libros sino su marido, el crítico musical Henry Gauthier-Villars, alias Willy. Estrategia comercial, dijo el buen hombre, pero eso también escondía lo puritano —y machista— de una sociedad donde el placer femenino estaba supeditado a las neuronas masculinas. 

En Delta de Venus, que Nin escribió durante los años cuarenta (no se publicó hasta los setenta), se detallan numerosos encuentros sexuales y se apunta a una teoría: cómo vive la mujer su sexualidad, de modo diferente al de los hombres. Es considerado un libro feminista, con todas las interpretaciones que pueda tener esta etiqueta. Pero solo hay que leer unas líneas más arriba para observar que quienes habían tratado nuestros deseos sexuales, nuestras locuras y libertad de instintos hasta la fecha habían sido escritores. Y no, muchachos, las orgías y el placer también son nuestros.

Y si no que se lo digan a la protagonista de Historia de O, de Anne Desclos, considerada la primera novela que trata el BDSM, y además, desde una óptica femenina. Fue publicada en 1954 (en España no llegaría hasta 1977, por aquello del nacionalcatolicismo franquista) y provocó una convulsión en las esferas intelectuales. Porque no olvidemos: la intelectualidad era patriarcal con todos esos Sartre y compañía. Y los azotes, las ataduras y el sexo en grupo podrían considerarse bien vistos si no era la mujer la que los pedía (o fantaseaba con ellos). 

Las parafilias siguen estando hoy en el cajón más oculto. Sí, también en nuestra sociedad occidental. Pero no os engañéis: están ahí latentes, como lo han estado siempre. Y vosotros y yo lo sabemos: nos gustan.


Pecadora entaconada

Tacón
The Wolf of Wall Street, 2013. Fotografía: Paramount Pictures / Universal Pictures.

La próxima vez que vengan a mi cama permítanse la osadía de mirar debajo de ella y elijan. No se corten, no tengan pudor alguno; escojan el par de zapatos que prefieran. Tengo variedad para casi todos los gustos. Los hay anudados al tobillo con un pulserita de charol, con ventanita en la punta de los dedos de los pies para que asomen mis uñas pintadas, de piel labrada imitando al cocodrilo con el que me encantaría compartir juergas e incluso hay unos que compré en Londres en una tienda infecta de esas en las que solo entran las que no tienen buen gusto. Variedad infinita, claro que sí. Pero de tacón; mis zapatos que no pisan asfalto solo son de tacón.

Allí están, impertérritos, esperando a ser escogidos para que gocemos de ellos en la misma desbordante proporción con la que saborearemos el uno del otro. Sí, lo soy; soy fetichista. Yo me confieso Dios padre todopoderoso una de esas pecadoras que satisfacen su propio placer viendo sobre hombros ajenos cualquier par de zapatos de tacón con el que gustosamente taconearé sobre una grupa. Yo, pecadora, soy una más con especial predilección por que mis encuentros sexuales se profesen distinguiendo, sintiendo y usando entre las sábanas de cualquier cama un buen par de tacones, cuanto más altos, mejor. 

Admito mi poca originalidad. Gustave Flaubert se quedaba extasiado contemplando los botines de las mujeres con las que se cruzaba. Tenía debilidad por este calzado, que en el siglo XIX usaban casi siempre las mujeres de alta clase social o prostitutas a las que conocía y reconocía por las calles primero de su Rouen natal y más tarde del París en el que se recluyó. El escritor guardaba en su escritorio los botines que llevaba Louise Colet, su amante durante años, el día que perdió la virginidad. Y no precisamente con él. Aquellos botines eran su fetiche predilecto. Un objeto de deseo que acariciaba y con el que se excitaba, recordando la tortuosa pero infinitamente apasionada relación sexual que mantuvo con la poetisa durante una década. Esa debilidad por los zapatos en general y por los de tacón en particular, forma parte de su obra con la misma intensidad que sus descripciones sublimes. Desde Madame Bovary hasta La educación sentimental, sus frases se tornan libidinosas al recaer en los pies de las protagonistas, máxime cuando no andan descalzas. Los primeros síntomas de emoción en Charles cuando Emma se cruza en su vida no los provoca ninguna de sus curvas, ni los ojos inmensos que brillan en su cara, sino los zuecos que calza, y se refiere a ellos como auténticos imanes que le obligan a seguirla allá donde vaya. Hay momentos en los que llega casi al orgasmo sin necesidad de rozarle un solo centímetro de su piel. ¿Para qué? 

El erotismo de los zapatos de tacón va por libre pisoteando la decencia y la parsimonia de cualquiera por mucho que se empeñen en escapar a su poder de seducción, el que dota a unos simples zuecos de un poder hipnótico por la simple particularidad de que no dejan el pie en plano, sino que lo curva y aprisiona, estilizando a la propietaria que los calza. El cine, al margen del pornográfico en el que faltan en contadas ocasiones, los ha convertido en protagonistas de las mejores escenas de sexo soterrado. Pedro Almodóvar los llevó directamente al título en Tacones lejanos para que todos entendiéramos al primer vistazo en la cartelera que allí el sexo iba a ser uno de los paradigmas de la trama. Pero eso viniendo del director manchego no es ni mucho menos extraño. Él simplemente fue honesto. Los tacones de su Becky del Páramo habían sido diseñados por el mismísimo diablo… La pleitesía por los zapatos de tacón no se ciñe únicamente a una cuestión estética; los zapatos de tacón entraron en nuestras vidas para pisotear nuestra castidad y nuestra decencia.

Los primeros zapatos de tacón se diseñaron para que los jinetes hititas, pueblo indoeuropeo instalado en la región central de Anatolia, no se cayeran de sus caballos cuando arremetían contra los demás pueblos cabalgando y aniquilando enemigos. El tacón permitía mantenerlos sobre las monturas al tiempo que pasaban a cuchillo a todos los que se cruzaban por su camino. Resulta fascinante que fueran hombres los primeros en llevarlos, aún más que se concibieran para cabalgar, fantástico verbo al que dotamos de verso cuando las montas en las que se lucen esos tacones suceden en las alcobas de todo el planeta sin necesidad alguna de presencia equina. Si Flaubert los dotó de literatura amparándose en las directrices de su escritor favorito, el marqués de Sade, quiénes somos nosotros, burdos mortales, para desproveerlos de ese magnetismo. Mantengámoslos como elemento indiscutible no ya del erotismo, al que le concedemos el beneplácito de la parsimonia, sino del sexo puro y duro.

¿Acaso hay mejor arma que unos lindos tacones de once centímetros que provoquen por la simple suposición de que se claven en espalda ajena?

La altocalcifilia es el nombre técnico que se le da a la atracción sexual que se siente por los zapatos de tacón. Una filia que se considera parafilia cuando quienes la experimentan no son capaces de tener relaciones sexuales sin ellos, esa incapacidad es manifiesta como mínimo durante seid meses o provoca en el sujeto en cuestión un malestar clínico, deterioro social o laboral. Así lo estipula la Asociación Psiquiátrica Americana, APA, la «Biblia» de los psiquiatras. Laura García Agustín, acostumbrada a tratar las parafilias en su consulta, distingue que los que la sufren «manifiestan un alto componente psicopatológico, con niveles de ansiedad muy altos que solo calman mediante las prácticas sexuales de sexo entaconado, con déficits significativos en sus habilidades sociales (de comunicación y asertivas), dificultad para controlar impulsos y gestionar sus emociones, con una alta tendencia a experimentar altibajos en su estado de ánimo y presentan un marcado aislamiento social». Vamos, unos psicópatas de tomo y lomo que encontraron en los zapatos de tacón la excusa perfecta para canalizar sus paranoias. No ocurre así cuando en vez de parafilia hablamos de filia, es decir, de aquellos que gustosamente introducen los zapatos de tacón en sus situaciones amatorias, pero también pueden tener relaciones sexuales sin ellos y su vida no se trastoca por un par de tacones. En este caso hablamos de personas que disfrutan enormemente al practicar ciertos comportamientos sexuales no convencionales. Admitimos la rareza pero no sufrimos obsesión. «En este caso son personas con una energía o libido más alta de lo habitual, que les gusta la variedad en sus relaciones sexuales y quieren probar cosas nuevas». La diferencia está clara, máxime sabiendo que los que introducen los tacones a su libre antojo «suelen ser personas generalmente muy sociables, que gustan de mantener muchas y variadas relaciones personales (no necesariamente íntimas), con un adecuado nivel de autoafirmación y de autocontrol emocional».

Me lo llevo muerto…

Taconeamos porque nos gusta, pero no necesitamos el último modelo de taconazo para que escapes a nuestras embestidas. Seamos honestos, ¿quién no se ha dado alguna vez la vuelta en la calle para seguir con la mirada los pasos de una desconocida? Muchos ni siquiera nos fijamos en la portadora; centramos nuestra mirada en los zapatos que lleva y automáticamente los trasladamos a nuestras propias escenas de cama. Más allá de la envidia que puedan provocar, lo que originan es un calentón de muerte; sano y bendito empalme y gloriosas humedades…

Por mucho que se empeñaran las monjas del colegio en no dejarnos usar más que los aburridos y feos mocasines, este es uno de los fetichismos menos peligrosos que existen. Respire, hermana, que yo quisiera llevarlos cuando estudiaba bachillerato no quiere decir ni mucho menos que deseara encamarme con el resto de adolescentes. Me gustaban y me gustan porque obligan también a caminar y lucir de un modo más sensual por su propia fisionomía y por supuesto, por la que provocan en mí. Alberto Gayo, fue director adjunto de la revista Interviú y responsable de la mayoría de sus portadas. Acude a los tacones como elemento recurrente para que las protagonistas luzcan divinas. «En las sesiones de fotos puedes comprobar que cuando le colocas unos taconazos a la protagonista, de repente su cuerpo se estiliza, la espalda se arquea y el culo se sube. Ella se siente con poderío. El andar —cuando se sabe andar con tacones, claro— se trastoca, se vuelve seductor… El sonido de unos tacones que se acercan poco tiene que ver con el de unas manoletinas o unas zapatillas deportivas». Solo en contadas ocasiones la revista prescindió de ellos, una de ellas con Amarna Miller, exactriz y directora de cine pornográfico, licenciada en Bellas Artes y galardonada con el Premio Ninfa a mejor actriz del año 2014. Amarna es de las pocas que no aparece en sus películas chupándosela a nadie entaconada. Pero es que ella tampoco los usa en su vida personal y aunque reconocía que normalmente es una cuestión de los guiones que interpretaba, era de las pocas actrices que elegía las películas que iba a interpretar no solo leyéndose bien cada uno de los muchos guiones que le ofrecían. «Suelo aparecer más con botas militares, pero también porque es el calzado con el que mejor me encuentro. Tengo algunas tan domadas y me siento tan a gusto que puedo hacer maravillas sin necesidad de llevar unos tacones», contó en su momento.

Hasta en los cuentos infantiles el tacón tiene un capítulo aparte. La Cenicienta es en realidad un cuento folclórico con diferentes versiones que fue transmitiéndose oralmente de generación en generación y al que sucumbieron escritores como Giambattista Basile, Charles Perrault y los hermanos Grimm. Más allá de la crueldad de la trama, digna de ser versionada cuanto antes por Quentin Tarantino (fetichista reconocido, por cierto), el elemento salvador y al mismo tiempo provocador en todas las versiones de las que se tiene constancia no es otro que el lindo zapatito de cristal. Y de tacón, señores. Que si Walt Disney, misógino de nacimiento y conservador como el que más, lo eligió entaconado en su versión animada, no debió de ser un hecho fortuito ni anecdótico. Los tacones son a la vez perdición y salvación. Perdición por todo lo que son capaces de provocar en las mentes calenturientas de cualquiera y salvación porque la única que puede calzarlos es una mujer concreta. Al fin y al cabo son esos taconazos los que nos rebautizan junto a la persona con la que los lucimos en la cama. Queremos ser hembrones, no pacatas señoritas a punto de consumar. Queremos consumar el perfecto pecado. Cabalgar como los jiinetes hititas que inventaron el calzado perfecto para atarse a los estribos y amarrarnos a esos amantes por medio de esos zapatos altos con los que montamos y nos montan. Hincar rodillas en una sábana enalteciendo en un altar superior los zapatos de tacón y esconder la cabeza entre las piernas del amante al que devoramos hasta dejarlo exhausto, dejando que los vea emerger por detrás del trasero, sinuosos, lascivos, testigos impertérritos del fragor del combate que lidiamos en ese instante. Nos gusta solo con verlos; la mayoría de los humanos reconoce sentir vértigo más allá de la altura que puedan proporcionar a la mujer que los lleva o la arqueada que produzcan en su espalda, sacando culo incluso. Estamos en una cama, propia o ajena y apenas los calzamos nos sentimos poderosas.

Yo, pecadora, no tengo la más mínima intención de dejar de cometer mi felonía por mucho que la redención y salvación solo me sea posible por medio de la penitencia de dejar de calzármelos cada vez que se me antoje. Ya alcanzaré yo la expiación de este vicio a través de mi más firme intención de evangelizar hasta al más irredento de los mortales, obligándole a no cerrar los ojos en esta liturgia. 

Qué suerte tienen quienes aún no se hayan atrevido a verse en un espejo en semejante faena… A ver quién se resiste a repetir.

P. S.: Todo este artículo ha sido escrito escuchando música de Giovanni Battista Pergolesi. Prueben a releerlo de nuevo con él y luego me cuentan… ¡Slurp! 


La fugitiva: auge y caída de Linda Lovelace

Linda Lovelace. Foto: Cordon.

Ella era la hija de un policía y una camarera del Bronx, ambos infelices y estrictos, como son todos los padres de las biografías de infancias terribles; la mandaron a estudiar a una escuela católica y salió de allí diciendo que quería ser azafata de vuelo o monja. Fue la compañera de instituto de la que todo el mundo se burlaba porque no dejaba que los chicos se le acercasen más que a la distancia de un brazo extendido, la misma que cuando su padre se jubiló y se mudaron a Florida se quedó embarazada y dio a luz a un bebé que fue dado en adopción por su propia madre, la que unos años después, convaleciente en casa de sus padres por un grave accidente de tráfico, conoció a Chuck Traynor.

Cualquiera a los veintidós años querría huir a Nueva York y alejarse de una familia que se odia, montarse en un Jaguar con un tipo doce años mayor que tiene una cámara de fotos y dice que te va a convertir en una estrella. Cualquiera encontraría excitante casarse con él aunque fuese a punta de pistola y podría además ser lo suficientemente idiota como para no saber que esos pactos cuestan la vida entera, que cuando para pagar el pasaje una entrega todo deja de ser dueña de sí misma.

Ella solo quería escapar de la vida de Linda Susan Boreman y él la convirtió en Linda Lovelace. Prometió tenerla como una reina, pero le tenía reservada una corona de espinas.

El 12 de junio de 1972, en The Deuce y en la vida real Linda Lovelace atraviesa la alfombra roja del World Theatre de Nueva York vestida de blanco como una novia, posa para los fotógrafos y es aclamada por una multitud que abarrota el teatro. Como si fuese lo normal ver a gente practicando sexo explícito en una pantalla de cine, Garganta profunda se estrena a plena luz del día a solo tres calles de Times Square; por primera vez una película solo para adultos tenía trama y diálogos. La pornografía había salido de las cabinas clandestinas de los peep shows y de los cines X de mala muerte para no volver a esconderse nunca más, empezó desde aquel día una carrera imparable que la ha traído no demasiado tiempo después a nuestras propias manos, a la distancia de un clic.

En la serie Lori mira fascinada a Linda mientras C. C., el tipo para el que ella se prostituye desde que llegó de Minnesota en autobús solo con una maleta, la saca del teatro casi arrastrándola. Aún no sabe que en realidad se está mirando en un espejo, que la distancia que las separa es mínima. Que esta especie de heroína sexual que se presenta como una cenicienta antes de las doce, y que mirando resuelta de frente a los periodistas que le preguntan por qué hizo esta película les contesta sonriendo: «Lo hice porque me encanta», se revelará después como la superviviente de una historia mucho más siniestra.

Pero en ese verano del 72 el mundo entero acababa de rendirse ante Linda Lovelace, una mujer que se había atrevido a protagonizar una película donde reclamaba el placer sexual y no se comportaba como un objeto pasivo en manos de los hombres. Daba igual que la premisa de la cinta —una chica con el clítoris en la garganta— fuese un completo disparate, en el film la protagonista representaba una nueva actitud de una nueva mujer ante el sexo, que practicaba felaciones imposibles no porque estuviese sometida u obligada, sino porque no se resignaba a no sentir placer.

La nueva ola del feminismo la convirtió en símbolo de la liberación a través de la sexualidad, y el escándalo de la Administración del presidente Nixon procesando a Harry Reems, el protagonista masculino de la cinta, en el estado de Tennessee por quebrantar la ley de obscenidad hizo el resto para catapultarla como la producción más rentable de la historia.

Garganta profunda fue rodada con un presupuesto de veinticinco mil dólares que fueron aportados por la mafia y produjo unos beneficios de aproximadamente seiscientos millones; no se sabe la cifra exacta porque todo lo que se recaudaba era en efectivo, tipos al servicio de «la productora» se personaban todas las noches en cada uno de los cines donde se proyectaba la película para cobrar la taquilla.

Chuck Traynor, marido, mánager y proxeneta, cobró los mil doscientos dólares que le correspondían a Linda como protagonista, ella nunca tocó el dinero. Probablemente, si hubiese cobrado lo que le correspondía, las cosas hubiesen sido distintas.

Renunciar a una misma, conseguir lo que soñabas y que ese triunfo no lleve consigo más que un desencanto como una úlcera en el estómago que devora todo lo que te alimenta. Da igual lo conseguido, nada vale nada, por eso vale la pena arriesgarlo todo.

Dos años después, durante un ensayo en Las Vegas para una actuación en un cabaret, aprovechando que su marido se ausenta un momento, Linda se escapa en el coche de un amigo disfrazada con una peluca y se esconde durante días en un hotel de Beverly Hills. 

Acto seguido, presenta una demanda de divorcio contra Chuck Traynor y lo denuncia por abusar de ella e inducirla a trabajar en el mundo del porno y la prostitución bajo amenazas de muerte.

La abanderada de la libertad, el sexo y el dinero contará que en realidad era la rehén de un hombre que la maltrataba, que creó en ella un sentimiento de dependencia que la arrastró a las drogas, que la obligaba a prostituirse y a rodar, aún antes de Garganta profunda, otras películas en ocho milímetros de esas que circulaban en el mercado clandestino de los peep shows y los cajones escondidos de los videoclubs. Delicatessen para pervertidos.

Linda destapó una relación destructiva y violenta de dependencia de la que intentó salir en varias ocasiones y no encontró dónde cobijarse nunca, el público demostró estar más preparado para aceptar que disfrutase haciendo felaciones ante una cámara que para escuchar esta versión de los hechos, y la industria del porno, a la que su exmarido seguía perteneciendo, le dio la espalda argumentando que era una desagradecida, como si seiscientos millones de beneficio le pareciesen pocos. En su biografía cuenta que durante los rodajes Chuck solía llevar una pistola en el bolsillo y apretaba el gatillo de forma que ella pudiese oírlo, a modo de advertencia por si no resultase suficientemente convincente delante de la cámara.

Linda Boreman se extirpa a Linda Lovelace y se casa de nuevo inmediatamente, porque, a pesar de todo, nada en su vida pierde el ritmo de una huida frenética, anuncia que ha redescubierto a Dios y se convierte en una madre de clase media de Denver, que reniega del porno como lo haría cualquier buena cristiana del centro de los Estados Unidos.

Cuando en 2005 sale a la luz pública el documental Inside Deep Throat, donde varios compañeros de rodaje confirman su versión y hablan de gritos tras las puertas y moratones en las piernas durante el rodaje, las dos Lindas, Lovelace y Boreman, por suerte han fallecido tres años antes en un accidente de tráfico y no tienen que presenciar este espectáculo, entre cínico y cobarde, de quienes callaron hasta que su testimonio ya no servía para nada más que para honrar a una muerta que los hizo más ricos a todos.

Tal vez Lori, la prostituta que sueña con convertirse en estrella del cine porno y dejar las calles, se entere de que en realidad Linda Lovelace era como ella, una mujer sometida por un proxeneta, y que triunfar en el porno no le salvó la vida, que el éxito cuando no eres tú la dueña solo te convierte en una especie de purasangre carísimo que el amo enseña para impresionar a las visitas. La primera temporada de la serie se dedicó a trazar un retrato vívido y poliédrico de la relación compleja entre las prostitutas y los hombres que las explotan, un vínculo viciado que va desde la violencia explosiva al control mental disfrazado de protección, pasando por la sumisión absoluta y la fragilidad casi infantil de ellas. Resulta difícil entender por qué una mujer dejaría que fuese un hombre quien controlase el comercio con su propio cuerpo, por qué renunciar a lo único físico que te pertenece; la única respuesta que se me ocurre es porque, probablemente, ya han llegado tan lejos en su ansia de huir de sí mismas que, como Linda, ya asumieron que pagaban con su vida el pasaje y no han tenido la suerte de que el triunfo les facilitase una salida de emergencia. 

En The Deuce, David Simon y George Pelecanos retrataron, como en un cuadro del Bosco, un microcosmos asfixiante donde una gran cantidad de personajes se superponen y se enfrentan unos a otros con humanidad casi helada y sin una pizca de nostalgia. Prostitutas y clientes, chulos, camareras que sirven a la clientela en leotardos, bármanes, drogadictos, depravados que acechan en los videoclubs, mafiosos y policías se evitan y se buscan diariamente, cruzándose constantemente en un gueto que se circunscribía al área de Times Square en los años setenta. Una colmena infecta y precisa donde, como insectos laboriosos, sin pasión pero con la urgencia que da la búsqueda de la supervivencia a cualquier precio, pondrán en marcha el monstruo gigante de la industria pornográfica, esa que encumbró a Linda para luego devorarla.

La misma que hoy en día tenemos en nuestra mano, a la distancia de un clic.


Metafísica del orgasmo

El imperio de los sentidos (1976). Imagen: Oshima Productions / Shibata Organisation / Argos Films.

Antes de empezar, me gustaría dar la bienvenida a todos los asistentes a este curso abreviado de orgasmos integrales. Les felicito por haberme elegido a mí y no a alguno de esos gurús de pacotilla que abundan en esta época de timos y mascaradas. En el curso que está a punto de comenzar, aprenderán a correrse como los buenos dioses mandan, y tendrán experiencias trascendentales que los harán, si no más sabios, un poco menos tontos. 

La mayoría de ustedes son hombres y mujeres de cierta edad, y habrán tenido orgasmos, aunque sean de bajo o medio rango. Estarán de acuerdo conmigo en que el orgasmo es la culminación, la meta, el fin último del acto sexual. Por flojo que sea el clímax resulta agradable, y sus espasmos proporcionan al cuerpo de la persona humana un ligero alivio que le permite desahogarse, resetear la mente y olvidarse un rato de sí misma. Es el que ustedes conocen un tipo de orgasmo mediocre, típico de la decadente cultura occidental, publicitado en revistas y páginas web pornográficas o de tendencias de forma tosca, sexista y superficial.

Pero créanme si les digo que existe otra clase de orgasmo, que más que orgasmo es un eterno mete-saca trufado con arrebatadores éxtasis, gracias a los cuales es posible alcanzar elevados estados de conciencia. 

Mi colega, el médico-sin-drogas iusnaturalista y anarcoindividualista J. William Lloyd, dijo con más razón que un santo que «la primera religión del hombre estuvo basada en la sexualidad y solo por medio de ella podemos encontrar nuestro verdadero origen». Y esto es lo que yo les ofrezco: conocerse a ustedes mismos a través de un rapto erótico de dimensiones cósmicas. Hagan el favor, pues, de quitarse la ropa (sí, braguitas y calzoncillos también) y acompáñenme en este viaje alucinante al fondo de la libido.

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Se preguntarán por qué los he agrupado a ustedes en parejas de macho-hembra formadas por mí. De hecho, más de un discípulo me ha explicado sus reservas ante esta decisión, apuntando que preferiría alcanzar el orgasmo integral mediante la autoestimulación manual. Bien. Pues quiero dejar claro que esta decisión no responde a ningún capricho personal, sino que atiende a numerosas investigaciones esotéricas y científicas, que han demostrado que la prolactina, esa sustancia que nos hace sentirnos plenos y satisfechos tras el orgasmo, se libera en una cantidad 400 % superior si el clímax es fruto de relaciones sexuales con otra persona. Además, es casi imposible llegar a un orgasmo integral en solitario. Así que, por favor, olviden sus remilgos y acepten como amante experimental al compañero que se les ha asignado en función de sus currículums y perfiles vitales, pues será el más conveniente para estos menesteres. Lo hago por ustedes: han pagado mucho dinero por este curso y es mi obligación hacer todo lo posible para maximizar los beneficios que les reportará el mismo.

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Excelente. Veo que han aceptado a sus respectivos compañeros de orgasmo y han consumado los primeros coitos. Se habrán dado cuenta de que, al margen de su intensidad, la duración de sus orgasmos no ha llegado ni a un minuto de reloj. No se preocupen: según el Libro Guinness de los récords, el orgasmo femenino más largo que se ha registrado se extendió durante cuarenta y tres segundos, salteados con veinticinco contracciones vaginales, mientras que el masculino no pasó de los treinta segundos. Aquí, según he cronometrado con mi orgasmatrón, no han excedido la media, que desciende a unos diez o trece segundos. Vamos, lo normal. 

Cuando finalice el curso y hayan aprendido a orgasmar con fundamento, la onda expansiva provocada por el megaclímax podría prolongarse durante horas, meses, años, toda una vida. Tengan presente que el poder del orgasmo en particular y del sexo en general es infinito y ha provocado, por una parte, guerras, crímenes, caos y destrucción, y por otra, amores, placeres, éxtasis y nacimientos. Por un quítame allá esas pajas se han levantado y se han hundido imperios, pero ¿cuál es el significado último, la razón pura del orgasmo humano? Van a averiguarlo con pelos y señales. 

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En esta segunda ronda de coitos, he podido observar que, pese a los desvelos de sus partenaires, la mitad de las mujeres no han alcanzado el clímax. Paciencia. Aún es pronto para tirar la toalla. Este impasse me sirve como excusa para abordar el espinoso tema del orgasmo femenino, uno de los mayores misterios de la condición humana. La simple existencia de este fenómeno tira por tierra mitos como el del «genio de la especie» de Arthur Schopenhauer, un pesimista empedernido que establecía que el fin esencial del amor es la procreación, saltándose a la torera las dimensiones psíquica y espiritual del sexo o la existencia de poblaciones primitivas que atribuían el nacimiento de un nuevo ser a causas sin ninguna relación con la unión sexual, y aun así seguían haciendo el amor.

Aristóteles ya se preguntaba para qué diablos sirve, en términos biológicos, el orgasmo femenino, puesto que no es útil para la reproducción como ocurre con el masculino, cuyo objeto es la transferencia del esperma. Siglos después, unos científicos de la Universidad de Yale añadieron una pieza clave al puzle: «Algunas mujeres no llegan al orgasmo en sus relaciones sexuales. Si tuviera una función biológica clara, el mecanismo debería ser más efectivo». ¿Conclusión? El orgasmo de las mujeres parece ser un vestigio evolutivo, que en el pasado tenía como objeto desencadenar la ovulación, pero que hoy no sirve para nada más que dar alegría al cuerpo, puesto que la ovulación es espontánea y se produce de espaldas al sexo. La evolución también trasladó el clítoris del interior del canal vaginal al lugar que ocupa actualmente, cosa que dificultó la posibilidad de alcanzar el orgasmo mediante la penetración y propició la aparición de una amplia gama de gadgets eróticos que estimulan este enigmático órgano del aparato reproductor femenino. 

Dicen las estadísticas, que casi siempre mienten, que las mujeres disfrutan de menos orgasmos que los hombres y que incluso hay algunas que no los han disfrutado jamás. Sin embargo, la calidad del clímax femenino es superlativa, tanto en duración como en intensidad. Por algo se decía en el antiguo Oriente que «la sensualidad de la mujer es ocho veces mayor que la del hombre».  Y ello pese a la inescrutable conspiración de la madre naturaleza.

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Mientras ustedes copulan, yo les contemplo con mirada de entomólogo, que no de voyeur. Y lo que más me llama la atención es su profunda seriedad en el momento del orgasmo. Algo que corroboran estas palabras del ocultista Pierre Piobb: «Cuando se ama no se ríe; tal vez se sonríe apenas. En el espasmo se está serio como en la muerte». Es algo que ya pude comprobar gracias al proyecto Beautiful Agony (www.beautifulagony.com), un experimento multimedia que trata de desmontar décadas de porno hardcore y demostrar que el erotismo humano no se concentra tanto en el cuerpo como en la cara, que es el espejo del alma. Para ello, cada semana publican unos cinco vídeos de rostros de hombres y mujeres en el momento del orgasmo. Si sacáramos de contexto esos vídeos y les quitáramos el sonido, no tendríamos claro si esas personas están arrebatadas por un gran placer o por un insoportable sufrimiento. 

El amante (1992). Imagen: Renn Productions / Films A2 / Timothy Burrill Productions.

No en vano, los franceses le llaman al orgasmo la petite mort, o sea, «la pequeña muerte». Un eufemismo muy apropiado si tenemos en cuenta que después de un orgasmo muy intenso llega un periodo refractario que puede provocar la pérdida del estado de conciencia y hasta el desvanecimiento. También se puede interpretar como «pequeña muerte» el bajón que se produce tras el orgasmo, especialmente en los varones, fruto de la pérdida energética, el desgaste espiritual o el sentimiento de culpa que impera en las culturas judeocristianas. Como dice Nacho Vegas en una de sus canciones, «incluso los perros se ponen tristes después de eyacular». 

No, lo de los perros no ha sido estudiado por la ciencia, pero lo de los humanos, sí: un puñado de onanistas voluntarios fueron controlados mediante electroencefalogramas y tomografías en un laboratorio, y los investigadores pudieron registrar fases cerebrales depresivas tras el orgasmo. En el experimento no entraron parejas, quizá porque el insondable mysterium del clímax amatorio es demasiado profundo para los señores de las batas blancas y sus maquinitas. Pero quien más y quien menos ha sufrido en propia carne la insatisfacción de los amantes sin amor que, al separarse, ven cómo el hechizo de su unión se desvanece y deja al descubierto la cruda, sucia y fría realidad.

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Muy mal. La mayoría lo está haciendo muy mal. Veo parejas envilecidas, entregadas a coitos grotescos y animalizados, cuerpos desnudos que se frotan con un objetivo autoerótico no muy diferente al de la masturbación, que da como resultado un espasmo orgánico y mecánico que desemboca en una brevísima satisfacción individual, sea del hombre, sea de la mujer, sea de ambos, pero sin una comunión y una compenetración efectiva. Por regla general, lo que abunda en esta sesión es lo que en el Kama Sutra se conoce como «la cópula de los eunucos»: un acto sexual que se prolonga únicamente hasta que queda satisfecho el placer del hombre. 

Solo hay, entre ustedes, un par de parejas que han logrado acceder a un tipo superior de orgasmo, fruto de una unión absoluta entre el principio femenino y el principio masculino, a partir del magnetismo nacido de la polaridad. Como estarán notando en sus propias carnes, el suyo es un orgasmo transmutador, que tiene un efecto similar al de ciertas experiencias místicas o psicoactivas, y cuyos efectos no terminan cuando se extingue el espasmo, sino que se extienden en una suerte de iluminación postsexual de prolongada resonancia. De hecho, ni siquiera me escuchan. Están en su mundo, en su estrella, en su galaxia. Más allá de los sentidos. 

***

Me congratula observar que ya van siendo más los que logran trascender su conciencia a través del coito integral. Me rodea una auténtica sinfonía de gemidos y exclamaciones. La mayoría no pueden, no necesitan oírme, pero seguiré hablando para los pobres diablos que, tras disfrutar de microorgasmos, remolonean enfermos de tedio sobre este inmenso colchón.

Fíjense en sus afortunados compañeros, los que sí lo están haciendo bien: flotan, se retuercen, están por encima del bien y del mal. Y todo por fundirse y confundirse, intercambiar los fluidos pero también la energía de sus respectivos cuerpos, de su yin y su yang. Estamos asistiendo a la consumación de un rito antiguo como la tos. En textos sagrados hindús como el Brihadaranyaka Upanishad (fechado entre los siglos VIII y VII antes de Cristo), ya se habla del raptus amoroso entre hombre y mujer, un estado análogo al que se produce cuando se manifiesta el atma, que es el conocimiento mismo, y el espíritu «ya no ve las cosas exteriores ni las cosas interiores».

Es preciso señalar que, durante los instantes en los que comienza el orgasmo, se produce un cambio en el estado de conciencia que ya había empezado incluso antes del contacto sexual, pero que en ese momento explota en el interior del individuo y lo transporta a lo que en ciertas religiones se conoce como «paraíso». Es entonces cuando los amantes alcanzan la eternidad, dejan atrás su ego y mueren el uno en el otro. Por eso, cuando el orgasmo se va esfumando y los interfectos vuelven en sí, tienen la jubilosa y desconcertante sensación de haber nacido de nuevo.

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Nuestra sesión de orgasmos integrales va llegando a su zona crepuscular. Obviando un par de casos en los que no se ha producido experiencia trascendente alguna, puedo decir sin temor a equivocarme que el curso ha sido un éxito. Y eso que aún no les había hablado de sexo tántrico, nuestro juicio final. Sí, quizá algunos de ustedes asocien este tipo de sexo con el cantante Sting, que en 2003, cuando tenía cincuenta y un años, soltó en una entrevista que era capaz de hacer el amor durante ocho horas al día gracias al sexo tántrico. Poco después, su esposa desmintió la machada y aclaró que todo había sido un malentendido y que Sting estaba en avanzado estado de embriaguez cuando hizo semejantes declaraciones. Demasiado tarde: la leyenda urbana ya era una gran bola de nieve que propició la aparición de miles de impostores que decían ser maestros de tantra, rebirthing y su puñetera madre.

Sin embargo, la práctica del sexo tántrico no es una disciplina al alcance de todos los mortales, sino de una élite de iniciados. Una práctica milenaria que sostiene que la eyaculación aparta al hombre, y de rebote a la mujer, del orgasmo verdadero y de la auténtica experiencia sexual. Por el contrario, el metaorgasmo tántrico preserva la energía sexual masculina, amén de prolongar la duración y la intensidad del coito más allá de la cúpula del trueno. 

Pero la cosa tántrica no se puede hacer a la buena de Dios. El maestro zen español Dokushô Villalba, que lleva años practicando sexo sin eyaculación, me comentó en una ocasión que «el trabajo con la energía sexual debe ir parejo al trabajo con la energía emocional. Si una persona desequilibrada se corta una vía de escape a la tensión emocional como pueda ser la eyaculación, terminará por estallar. Por eso, no se trata solo de no emitir esa energía, sino de darle curso después a través de una práctica, de un sistema de vida, de una atención continuada, de una creación».

El tantra nació en Oriente hace más de cuatro mil años, pero con el tiempo y mayor o menor fortuna fue adaptado a la idiosincrasia occidental. Ya en el siglo XVII, la orden secreta de los rosacruces utilizó elementos tántricos en unas prácticas esotéricas que ellos llamaban coitus reservatus. Pero fue la ginecóloga norteamericana Alice Bunker Stockham quien acuñó el término karezza en su libro homónimo de 1896, en el que despoja a las técnicas tántricas de su simbolismo cultural, religioso e iconográfico y las adapta a los tiempos modernos en pos de una satisfacción sexual masculina y femenina que propiciara matrimonios más exitosos. Dudo que sus objetivos se hayan cumplido, pues hoy se producen más divorcios que nunca, pero su sombra es muy alargada. De no ser por ella, quizá no habría tantos y tantos varones tratando de aprender cómo correrse-sin-correrse, tratando de alcanzar ese orgasmo perfecto y simultáneo que lo una para siempre a su amada, transformándolo en émulo de aquel personaje de Goethe que, iluminado por un demoledor raptus, pronunció el siguiente mantra: «Desde entonces, el sol y la luna y las estrellas pueden seguir tranquilamente su curso, no sé si es de día o de noche, y todo el universo desaparece ante mí». 

Pueden ustedes vestirse.


El sexo con las máquinas

Una científica revisa la primera robot sexual con inteligencia artificial. Foto: Sergi Reboredo / Cordon Press.

(Viene de «Las máquinas del sexo»)

Mundo, demonio y silicio

Como todos los seres vivos, los humanos tendemos a evitar el dolor y a buscar el placer. Tan es así que toda la conducta animal —incluida la nuestra— podría describirse en función del binomio dolor-placer. Un binomio elemental y que genera conductas muy predecibles en el caso de los organismos más primitivos, pero que puede alcanzar enormes grados de complejidad con la irrupción de la consciencia, y, sobre todo, con la emergencia de esa anomalía evolutiva que es la metaconsciencia, o sea, la consciencia de la propia consciencia y del propio albedrío.

En el caso de los humanos, la búsqueda del placer individual (valga el pleonasmo, puesto que el placer y el dolor, aunque puedan compartirse, son experiencias subjetivas) se enfrenta a dos problemas básicos: la elección entre placeres mutuamente excluyentes y los intereses de los demás individuos, que también buscan su propio placer, y esta doble economía del bienestar —la individual y la colectiva— se gestiona mediante la religión, la ley, la ética y el control social, que ponen límites a la satisfacción plena e inmediata a la que en principio tendemos. Estos mecanismos de regulación se concretan en una serie de mandatos y prohibiciones, cuyo incumplimiento se puede denominar —según que el marco de referencia sea religioso, legal, ético o sociocultural— pecado, delito, inmoralidad o indecencia.

Puesto que nuestras pulsiones básicas, como las de los demás animales, son el hambre, la libido y el miedo, la economía del placer y sus mecanismos de regulación se centran muy especialmente en lo relativo a la comida, el sexo y la seguridad. Y por ello las principales religiones y sistemas filosóficos advierten contra el apetito desordenado de bienes materiales (seguridad) y placeres físicos (sexo, comida); de ahí que la avaricia, la lujuria y la gula sean «pecados capitales» que generan un amplio rechazo moral incluso entre los no creyentes. Epicuro —y con él los estoicos, los cínicos y otras escuelas filosóficas— propugna la moderación como forma de alcanzar la ataraxia o sosiego del cuerpo y el espíritu. Y el Evangelio cristiano insiste en este mismo punto, elogiando la continencia y advirtiendo de los peligros de un mundo que nos deslumbra con sus efímeras riquezas, una carne débil que busca el placer sensual inmoderado y un taimado demonio que nos tienta con sus falsas promesas de felicidad. 

Pero ¿qué ocurre en los casos en que desaparecen los otros como variables de la ecuación del placer y, por tanto, la economía del bienestar individual ya no ha de tener en cuenta los intereses ajenos? Incluso desde un punto de vista religioso, es difícil mantener el concepto de pecado si no se hace daño a nadie (el propio Jesús dijo: «Un solo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado»). Y es aún más difícil, desde el punto de vista legal, hablar de delito cuando no hay víctimas.

Este largo preámbulo, que no parece tener mucho que ver con el sexo de las máquinas, pretende servir de introducción a la siguiente cuestión: ¿qué tipo de consideraciones éticas y/o legales serían aplicables a las posibles relaciones de humanos con robots sexuales?

Es tentador adherirse automáticamente al principio de que no hay crimen sin víctima y afirmar que ninguna consideración ética o legar es aplicable, en principio, a tales relaciones (siempre que hablemos de robots no conscientes, por supuesto). Pero la cuestión es bastante más compleja de lo que podría parecer a primera vista, y está dejando de ser puramente teórica. Ya se están fabricando —y comercializando— robots sexuales infantiles, y algunos alegan que tales «sucedáneos» pueden disminuir el riesgo de que los pederastas abusen de niños y niñas de carne y hueso; pero este falaz argumento parte de una visión extremadamente simplista de la sexualidad, que ignora sus fundamentales motivaciones psicológicas. Un abusador es, por definición, alguien que disfruta abusando de los débiles y sometiendo a sus víctimas, por lo que un muñeco de silicona o un sexbot infantil es una incitación a la pederastia, más que un sustituto desactivador. Y lo mismo cabe decir de los dibujos animados pornográficos con personajes infantiles (o de fácil acceso para niñas y niños): su realización no causa víctimas directas, como la grabación de abusos reales, pero sí indirectas, en la medida en que estimula a los pervertidos y confunde a los ingenuos.

El mundo-mercando con su incesante producción de artículos superfluos, el omnipresente demonio de la seducción publicitaria y el proteico silicio, en su doble vertiente de silicona que imita la carne y chips que imitan la mente, constituyen la nueva e inquietante versión del viejo trinomio evangélico mundo-demonio-carne, y tanto los creyentes como los no creyentes tendremos que enfrentarnos a problemas psicológicos, éticos y legales que hace apenas unas décadas no podíamos ni imaginar, y cuyas consecuencias a medio y largo plazo no son fáciles de prever.