¡Vuelve OFFF Sevilla! Un festival para mentes inquietas de todo el mundo

Imagen de una de las obras de Leon Studio

Jot Down para OFFF Sevilla

Por cuarto año consecutivo, Sevilla se convierte en el punto de encuentro de la escena creativa internacional con la celebración del Festival OFFF Sevilla. Tras haberse celebrado durante el año 2020 la única edición online del circuito OFFF, el Festival Internacional de Creatividad, Diseño y Cultura Digital de referencia mundial apuesta por la presencia física y el «networking» en 2021. La cita tendrá lugar del 21 al 23 de octubre en El Palacio de Exposiciones y Congresos de Sevilla FIBES II, uno de los entornos más vanguardistas de la ciudad, ideal para propiciar el encuentro entre todos los agentes de la comunidad OFFF: público -formado por profesionales, artistas, creativos y jóvenes aspirantes-, artistas y creativos de prestigio internacional.

Participarán una treintena de autores, entre los que se encuentran leyendas del diseño gráfico y la comunicación, innovadores de la imagen en movimiento, desarrolladores de la estética web más experimental, diseñadores de sonido y músicos, exploradores de la interacción avanzada, pensadores, artistas del software… En definitiva, algunas de las mentes más innovadoras y creativas que hacen avanzar la cultura post-digital se darán cita en Sevilla dispuestas a compartir sus procesos de trabajo y mostrar la potencia y el talento de la nueva industria creativa a través de charlas, talleres, exposiciones, ponencias y «showcases».

«más poesía, por favor» de Soon in Tokyo

Más allá de la creatividad

Las miradas arriesgadas y la creatividad como motor de cambio, es el eje temático sobre el que se articulan muchas de las propuestas que participarán en OFFF Sevilla. Un ejemplo es el trabajo de estudios como KesselsKramer (Ámsterdam, Londres, Los Ángeles) y sus campañas multiculturales para Arte Tv o el trabajo de los catalanes Soon in Tokyo (impartirán un taller sobre proyectos colaborativos) y  Folch Studio que aprovechan el altavoz que le dan marcas internacionales como H&M, Adidas, Microsoft, Vans… para lanzar potentes mensajes. Desde el panorama internacional, las agencias B-reel (Los Ángeles, Nueva York, Barcelona, Estocolmo) y los creativos Studio Yukiko (Berlín) ahondan en la idea de cómo la publicidad,  la comunicación de marca y el diseño deben ir más allá y comprometerse con el contexto y la sociedad en la que viven.

OFFF Sevilla busca aliarse con mentes inquietas e impactar en un público con ganas de descubrir. Por eso, entre los invitados encontramos creadores con un sello muy personal, como la diseñadora Marie Boulanger (Londres) que ha transformado la tipografía en una herramienta de comunicación feminista; el proyecto en Instagram del diseñador Alejandro Korea (Huelva): «Habla tu andaluz» o las propuestas a medio camino entre el diseño regenerativo, el arte,  el big data y la inteligencia artificial del estudio Field.system (Londres), uno de los platos fuertes de esta edición. Otros invitados como Jean Paul Frenay (Bruselas), Leon Studio (Cádiz), los ingleses Found Studio –quienes darán un taller sobre cómo pensar en lo digital partiendo de lo físico– o Héctor Ayuso (Barcelona), traerán hasta Sevilla su innovadora manera de entender las narrativas audiovisuales, las nuevas vías y posibilidades de este campo.

Imagen de uno de los trabajos de Field.system (Londres)

El torrente femenino

Desde el perfil más artístico al más innovador, OFFF Sevilla ha invitado a algunas de las mujeres más potentes de las industrias creativas de todo el globo a formar parte de su comunidad. Vera-Maria Glahn es la mujer que nos contará la visionaria propuesta de su agencia Field.system (Londres). La alemana Sarah Illenberger (Berlín), una de las diseñadoras más demandadas por las grandes marcas (Hermès, COS, Nike o Smart) capaz de convertir en arte lo cotidiano. Las maravillosas ilustraciones de Petra Eriksson (Barcelona) o Mercedes de Bellard  (Jaén-Vitoria-Gasteiz) que además dará un taller sobre retratos.

Además, OFFF Sevilla será sede del encuentro Ladies, Wine and Design, una iniciativa global sin ánimo de lucro, fundada en 2015 y presente 280 ciudades de todo el mundo, que en esta ocasión será comisariado por la diseñadora onubense Granada Barrero. En esta conversación entre mujeres para hablar sobre creatividad, diseño, y la vida en general, participarán diseñadora editorial y tipográfica Ana Moliz, la premiada experta en creación de marca y diseño de producto Isabel Cabello, la ilustradora Ana Jarén, habitual en Washington Post, Vogue o Glamour; y la ganadora del Premio Nacional de Diseño 2019 Marisa Gallén de Gallén + ibáñez&Co.

OFFF Sevilla: punto de encuentros

Y la ilustración andaluza más internacional será protagonista en el encuentro Cháchara, organizado con la colaboración de la publicación especializada en diseño Macho Dominante y el apoyo de la compañía de dominios, hosting y servidores cloud cdmon. En este encuentro participarán Daniel Diosdado (Cádiz), cuya obra ocupa las cabeceras de medios como The New Yorker o The Wall Street Journal; y los ya nombrados Mercedes deBellard (Jaén-Vitoria-Gasteiz), y Alejandro Korea (Huelva, Sevilla).

Ilustración de Ana Jarén

La creatividad del Sur de Europa estará también presente en el ya tradicional AAD Meetup en colaboración con AAD-Asociación Andaluza de Diseñadores con la participación de tres de sus miembros: el almeriense Carlos Jiménez, autor de mobiliario para la firma sueca Enströms o la danesa Normann Copenhagen; la granadina Vanesa Aguilera, codesarrolladora del proyecto tipográfico Granada Tierra Soñada, ganador de un accésit en los premios nacionales Anuaria; y el gaditano Estoy A.u.gusto, cofundador del estudio La Boîte de diseño de «packaging» y «branding», galardonado en 2018 con el prestigioso premio Pentaward.

OFFF Sevilla también alojará el encuentro From Spain with Design, organizado por READ, la Red Española de Asociaciones de Diseño, que impulsa la creatividad y el diseño como ejes de desarrollo económico y social. Los malagueños Crema Studio y el reconocido diseñador catalán David Torrens dirigirán la conversación.

Pieza para Offf Sevilla de Las Ánimas

Cada año OFFF Sevilla encarga para su campaña de difusión un diseño que lo representa. En esta ocasión el estudio andaluz Las Ánimas, uno de los invitados al certamen, han creado la pieza que articula la campaña, dos esculturas de resina epoxi translúcida, que representan el logotipo de OFFF. Su interpretación está vinculada con el objeto arquitectónico, llegando a la creación de dos corpóreos que simbolizan la complejidad de establecer límites, en los que se mezcla la línea recta con la textura orgánica del material. Ambas estructuras podrán iluminarse para lanzar un mensaje de esperanza: que la vida sigue; una vida que para la comunidad OFFF es sinónimo de creatividad.

Rediseñar el mañana, pensar en el futuro

¿Cómo podemos desde el diseño afrontar los desafíos a los que se enfrenta el mundo actual?  El documental Rediseñando el mañana aborda desde diversas disciplinas cómo debemos diseñar el futuro para afrontar los desafíos ecológicos, demográficos y de convivencia a los que nos enfrentamos. Dirigido por el cineasta vasco Pedro Aguilera y producido por IKEA, cuenta con ocho personalidades internacionales de diferentes materias, que van desde la arquitectura al diseño, pasando por la filosofía o la educación. La obra cuenta con las reflexiones de Vicente Guallart, Stephanie Chaltiel, Gilles Lipovetsky, Cyrill Gutsch, Juhani Pallasmaa, Javier Goyeneche y Jeannette Skjelmose.

Podrá verse en el marco de Offf Sevilla en la jornada inaugural, jueves 21 de octubre a las 19h en Fibes II, siendo una actividad abierta al público y de entrada libre. Tras el visionado del documental, se celebrará un encuentro que contará con la presencia de diferentes personalidades como son el propio director del film Pedro Aguilera, la arquitecta e interiorista Stephanie Chaltiel, la pedagoga Mar Romera, el diseñador Carlos Jiménez y la Directora de Sostenibilidad de Ikea en España, Mónica Chao. El acto estará conducido y moderado por el arquitecto y creador Fran Pérez Román.

Ya están a la venta las entradas para OFFF SEVILLA 2021, con descuentos para la comunidad profesional y educativa, y para los ‘early birds’, a través de la web www.offfsevilla.com


Paninaro: una revolución consumista

Fotografía: Paninaro.

El capitalismo moderno es tan subversivo como el marxismo. (Julius Evola)

En 1980, Italia tenía una de las economías más fuertes del mundo. La lira, que por entonces aún era moneda nacional, se había asentado, y el llamado «milagro económico» se consumó por fin. Atrás quedaba una década marcada por gobiernos efímeros, protestas callejeras y lucha armada, que los partidos en el Gobierno zanjaron con un puñado de durísimas leyes antiterroristas que convirtieron a Italia en un Estado policial. Así acabaron los anni di piombo y empezó una nueva era de bonanza económica, estabilidad política y paz social. El clima que los Estados Unidos estaban esperando para acelerar el proceso de colonización cultural que venían desarrollando, sin prisa ni pausa, desde los años cincuenta.

No es casualidad que, también en 1980, eclosionara el proyecto televisivo que el magnate Silvio Berlusconi llevaba años gestando: Canale 5 se convirtió en la primera televisión privada italiana de alcance nacional, rompiendo el monopolio de la pública. Con la emisión de Dallas, Alf, Star Trek y otras series norteamericanas trufadas con decenas de spots publicitarios, el canal fue la principal puerta de entrada del american way of life a los hogares italianos, divulgando unos valores basados en el consumismo extremo y la autoafirmación a través de la adquisición de símbolos de estatus. No contento con esto, il Cavaliere abrió en 1982 otro canal, Italia 1, dirigido a un target de entre diez y veinticinco años, donde se emitían películas, series, dibujos animados, videoclips y telecomedias norteamericanas. Paralelamente, las pantallas de cine vomitaban películas propagandísticas para todos los públicos: por un lado, panfletos reaganianos como Rambo, Depredador o Top Gun, exhibían el poderío militar norteamericano. Por otro, teen movies como Todo en un día, Admiradora secreta o Papá Cadillac enseñaban a la juventud que no basta con ser: sobre todo, hay que tener.

Joven aunque sobradamente americanizado

Los paninari fueron una subcultura juvenil integrada por adolescentes de familias bien. Tenían unos quince o dieciséis años, estudiaban en colegios privados y recibían generosas pagas de sus padres, que en su mayoría eran profesionales acomodados. Vestidos con llamativas prendas de marca, los paninari empezaron a congregarse de forma espontánea en torno a Al Panino, una cafetería sita en el número 6 de la Via Agnello que dio nombre al movimiento. Pero, aunque despachaba sándwiches, el local era demasiado autóctono para estos cachorros hambrientos de todo lo que veían en las producciones audiovisuales yanquis. Así que en cuanto la cadena de comida rápida Burghy abrió su primer local, los paninari se trasladaron allí, donde podían emular a los ídolos zampando hamburguesas. Corría 1982 y, en Italia, comer genuina fast food no era ninguna guarrería, sino algo exótico y moderno. Casualidad o no, el Burghy estaba en la Piazza San Babila, tradicional lugar de encuentro de los grupos juveniles de extrema derecha desde los años sesenta. Otros céntricos locales frecuentados por los paninari fueron el gimnasio Doria y el salón de belleza Rino, símbolos del culto al cuerpo que profesaba esta subcultura.

Para diferenciarse aún más de «la masa», los paninari tenían su propio slang, construido con palabras sacadas del dialecto del norte de Italia, pero también del español, del latín y, por supuesto, del inglés. Por ejemplo, un gallo era un tío guay; una sfitinzia, una tía guay; un cucador era un tío guay que se ligaba a muchas tías guays; y los sapiens eran los viejos, o sea, los padres. También se estilaba mucho el italish, con frases tipo «Very original, il mio boy». Claro está que las conversaciones paninaras eran más dialécticas que sustanciales, evitando siempre temas políticos, sociales, filosóficos o culturales serios. Según un seminal manifiesto de la tribu publicado en la revista Paninaro, «el gallo debe manejar con soltura un amplio abanico de módulos expresivos divertidos e inmediatos». Así, en lugar de «mangiare avidamente un panino» (o sea, «zamparse un sándwich con gula») el paninaro de pro diría «sparare un paninzzo nel gargarozzo». Capisci?

Imagen: Paninaro.

Pero pese a la relativa complejidad de sus códigos, la rivoluzione paninari era tremendamente simple. Consistía, básicamente, en vestir ropa de marca, comer hamburguesas, escuchar música pop y salir por ahí. Una vez forrado el estómago con comida basura, se iban de discotecas a bordo de sus lustrosas motos alemanas, modelo Zündapp 175. Los estudiantes de los sesenta y los setenta habían militado en la izquierda (o en la derecha), pero en los paninari el compromiso político brillaba por su ausencia. Como apunta el expaninaro Remo Ruffini, «en aquella época todo era colorista y feliz. La política ni se nos pasaba por la cabeza. Solo estaba el sueño de América y de un estilo de vida que pasaba por ir a hacer surf a California o visitar Nueva York». Pero ese apoliticismo reflejaba en el fondo una absoluta comunión con los intereses del Nuevo Orden Mundial. Recordemos que en 1981 los países anglosajones más importantes estaban regidos con mano de hierro por dos titanes del neoliberalismo: en Inglaterra, Margaret Thatcher llevaba más de dos años de demoledor mandato y, en los Estados Unidos, Ronald Reagan acababa de llegar a la Casa Blanca y ya hablaba de instalar escudos en el espacio para proteger a América de ataques nucleares. A los paninari todo esto les sonaba a chino: para ellos, el único escudo que existía era el del águila de Emporio Armani. Y mientras vivían una narcisista juventud que parecía eterna, el Gobierno italiano se sumía en unas cotas de corrupción que no se destaparían hasta 1993, año en el que se llevó a cabo la Operación Manos Limpias.

Enamorados de la moda juvenil

El principal signo de identidad del paninaro era, sin duda, su atuendo, que no dejaba de ser una versión italiana del estilo preppy yanqui. Enrico Pirondi, expaninaro e hijo del fundador de la firma Best Company, recuerda que «la ropa de los paninari era como un uniforme. Prendas muy brillantes, de muchos colores y cada una con su etiqueta, con la marca bien visible». Los elementos fundamentales que componían el look paninaro eran los jeans de marcas como Armani o El Charro, las botas Timberland y las bambas Superga, las camisas y polos de Best Company, los cinturones de hebilla grande de Levi’s, los relojes Swacht, mochilas Mistral, gafas de sol Ray-Ban Wayfarer (popularizadas por Tom Cruise en Risky Business), cazadoras de Stone Island, calcetines Burlington… Pero la prenda estrella de todo paninaro que se vistiera por los pies era un flamante plumas Moncler. Según Remo Ruffini, capo de la casa Moncler, «a mediados de los ochenta se vendieron unos cuarenta mil plumas en todo el mundo y, de ellos, treinta mil se despacharon en la ciudad de Milán». Y eso que el plumas no era una prenda precisamente cómoda: al estar diseñada para protegerse de la nieve, se empapaba cuando llovía, pudiendo llegar a pesar hasta diez kilos con el peso del agua. Pero molaba, y había que llevarlo aunque cayeran chuzos de punta.

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Imagen: Paninaro.

En un momento en el que la industria de la moda italiana estaba en pleno auge, la aparición de los paninari dio lugar a decenas de colecciones de ropa deportiva juvenil. La artista plástica Ludovica Gioscia, responsable de una serie de collages y artefactos elaborados con parafernalia paninaro, explica que «los nombres de las marcas, por ejemplo CP Company, reflejaban una procedencia americana, pero la mitad de las prendas estaban fabricadas en pequeñas fábricas alrededor de Mantova, en el norte de Italia. Cualquiera que mirara con atención esas prendas se daría cuenta de que no podían estar producidas en un país de habla inglesa, porque tenían en sus etiquetas un montón de errores gramaticales».

El pop os hará libres

Si la base del Imperio romano era «pan y circo», el imperio anglosajón narcotizó a la juventud italiana con «burgers y videoclips». Eso sí, los paninari preferían los sofisticados hits del new pop británico a los más mostrencos soniquetes del pop-rock yanqui; y por encima de todo aborrecían la música italiana, de la que solo salvaban un puñado de canciones de Gazebo, Tracy Spencer o Taffy chapurreadas, cómo no, en inglés. Formaron parte de la banda sonora paninari éxitos como «Word up» de Cameo, «The edge of heaven» de Wham!, «Each time you break my heart» de Nick Kamen, «Don’t leave me this way» de los Communards, «Big in Japan» de Alphaville, «Der Kommissar» de Falco, «True» de Spandau Ballet y, muy especialmente, «Wild Boys» de Duran Duran, que se convirtió en su himno. Los paninari se volvían locos con estas canciones, cuyos videoclips eran repetidos ad nauseam en el programa Deejay Television de la cadena Italia 1 y en Videomusic, el primer canal europeo especializado en contenidos musicales.

La comunión de los paninari con el novísimo pop británico fue tan intensa que, en un momento dado, recibieron un inesperado feedback. En 1986, los Pet Shop Boys lanzaron una canción titulada, precisamente, «Paninaro», que celebraba el movimiento con no poca ironía. Al parecer, el dúo británico de techno-pop visitó Italia en 1986 para promocionar Please, su debut discográfico, y quedó profundamente fascinado con los paninari. Según confesó Neil Tennant, voz cantante del dúo, «lo que nos gustó de esa cultura juvenil es que era mainstream, en oposición a los góticos, que eran más underground. Los paninari se ponían pantalones remangados por el tobillo y jerseys de Armani. Era todo muy fashion». «Paninaro», la canción, es un disparo de synth pop hipnótico, lacónico, flemático y casi industrial que se editó como single de edición limitada para el mercado italiano, mientras en el resto del mundo se imprimió en la cara B de del eurohit «Suburbia». Promocionada por un videoclip en el que aparecían auténticos paninari, la canción fue un éxito a pesar de que no es Neil Tennant, sino Chris Lowe, quien canta o, mejor dicho, quien recita una serie de palabras y marcas, a modo de mantra posmoderno. Traduzco: «Pasión, amor, sexo, dinero, violencia, injusticia, muerte. Chicos, chicas, artes, placer. Comida, coches, viajes, comida, coches, viajes, viajes. Nueva York, Nueva York, Nueva York. Armani, Armani, Armani, Versace, Cinque». Como toda la obra de los Pet Shop Boys, «Paninaro» es muy ambigua: podría parecer una apología del consumismo juvenil, pero la inclusión de palabras como «violencia», «injusticia» o «muerte», de alguna manera, era como una advertencia de que ese inmenso mall en el que se estaba convirtiendo Italia llevaba implícita la semilla de su propia destrucción.

Morir de éxito

Fotografía: Paninaro.

A partir de 1986, los paninari brotaron como setas por toda Italia. Dada la variedad dialéctica del país, en cada localidad recibieron un apelativo diferente: en Bolonia, zanari; en Verona, bondolari; en Roma, tozzi; en Nápoles, chiatilli. La cosa se salía de madre. Y si hasta ahora los paninari habían imitado a la tele, ahora la tele empezaba a imitarlos a ellos. No en vano, en el programa Italian Fast Food, el cómico Enzo Braschi se hizo famoso gracias a su parodia de un paninaro. Fue el principio del fin: si todo el mundo llevaba plumas y comía hamburguesas, eso de ser paninaro ya no tenía ninguna gracia.

A rebufo de la masificación, salió de debajo de las piedras todo tipo de merchandising paninaro. Por ejemplo, Il Paninaro, un videojuego para Commodore 64, donde podías manejar muñequitos con plumas a bordo de motocicletas. O revistas como Zippo Sandwich, Wild Boys y, sobre todo, Paninaro, en cuyas viñetas se produjo un disparatado enfrentamiento entre punkis y paninaris. En 1987, un número de esta publicación llegó a despachar cien mil ejemplares. En ese momento, la tendencia explotó y, poco a poco, los paninari empezaron a desaparecer como por arte de birlibirloque. La mayoría, se reciclaron en fighettos, es decir, pijos corrientes y molientes, y tras moderar su look, se dejaron de gaitas y se embarcaron en prometedoras carreras.

La impronta de los paninari, sin embargo, se extendió por toda Europa, inspirando tendencias globales que han llegado hasta nuestros días: desde formas de ocio nocturno (y diurno) hasta colecciones casual. Como ocurre con todo lo referente a la dichosa década de los ochenta, cada cierto tiempo hay pequeños flashbacks paninari. ¿Algunos ejemplos? En 1995, los Pet Shop Boys sacaron una nueva remezcla y un nuevo videoclip de «Paninaro», ambos mucho más flojos que los originales. En 1996, McDonald’s compró todos los establecimientos de la cadena de fast food Burghy, incluido el antiguo cuartel general de los paninari. En 2005 se volvieron a reunir en Milán gran parte de los expaninari para celebrar el vigésimo aniversario de la extinta subcultura. Desde 2009, Princide Shop vende discos y accesorios vintage para nostálgicos de lo paninari. Y de un tiempo a esta parte, revistas como GQ, Vogue o Vanity Fair han anunciado varias veces el regreso del estilo paninaro. Sí, claro, su estilo podrá volver una y otra vez, pero, como subcultura, los paninari serían inviables en un país devastado por la crisis, con una tasa de paro juvenil que supera el 40 %. En los últimos tiempos, el clima en Italia se empieza a parecer al de los anni di piombo: disturbios juveniles, violencia política, fuego en las calles. Lo único que podría tomar la actual juventud italiana de los despreocupados y flamboyantes paninari es cierta frase del himno «Wild Boys» de Duran Duran: «Los chicos salvajes, temerarios y hambrientos, han caído lejos de la gloria».

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Gentileshombres

Imagen: DP.

Todo aspirante a dandi comenzará el ritual lustrando los zapatos, innegociablemente negros si ya ha caído el sol. Si es necesario, repasará los dictámenes de Frank Sinatra, hasta que el sombrero descanse inclinado sobre la ceja derecha los centímetros exactos. Respetará los sacrosantos referentes del dandismo, pero no los apelotonará todos es su persona. Porque tanto si anuda la corbata tutorial de YouTube mediante, como si recita de memoria el manifiesto Chap; ni el tweed ni el swing determinarán su plena elevación como gentleman. De hecho, esta condición exclusiva no la dispondrá el qué, sino el quién. ¿Qué define a un gentleman? Pregunta incorrecta. ¿Quién lo hace?: obviamente, su escudero: el bartender. Nada de camarero, mesero, o jefe. Para distinguir a un genuino caballero de un simple cumplidor del dresscode, no hay más que observar la interacción con su bartender de cabecera.

En ese espacio suspendido entre ambas figuras es donde un tipo se la juega. La barra es el estrado de su savoir faire. Parece sencillo, pero no lo es: el dandi no confunde al hombre del otro lado con un colegote, un psicólogo o un esclavo. Jamás se dirigirá a él como un mero proveedor de refrigerio para su garganta, pero tampoco sobrepasará la línea entre la intimidad elegante y el vulgar chismorreo de alcoba. Se deshará en exquisitas maneras y solo recibirá los consejos que libremente el bartender tenga a bien regalarle. Respetará sus silencios, y no olvidará la máxima invisible que corona el otro lado del mostrador: «Todo el mundo tiene una historia. Yo elijo cuál escuchar». Por supuesto, le trae sin cuidado cuántas veces haya leído a Whistler, Wilde o Baudelaire, así que el recital de citas resérvelo para sus jornadas de pupilaje o Twitter. Presuponer la ignorancia del bartender solo dejará en pelotas a la suya.

Sea esnob si así lo quiere, pero no se sorprenda si su meñique levantado provoca que quien le ha servido la copa responda con continuos planos de su espalda. Puede rebuscar todo lo que quiera en los infinitos códigos de conducta que desde que el hombre se irguió sobre sus patas traseras se han escrito para tratar de diferenciarse del resto de primates, exudando elegancia y distinción. Si opta por hacerlo, hay ejemplares menos apolillados que le ahorrarán la postura para de apearse del caballo vistiendo capote o los lances del trato con el servicio. Phineas Mollod y Jason Tesauro pueden ser de franca ayuda, pero no pierda la perspectiva: ser un gentleman, ahora y en la Inglaterra colonial, siempre ha sido más una cuestión de lo que no hay que hacer.

No silbidos, no chasquidos, no golpes en la barra. Por ruidoso que sea el bar, las manos jamás se abocinarán en la boca ni establecerán contacto físico con el bartender. Él reconoce las miradas de necesidad y las atiende cuando resulta conveniente. Para él, no para usted. El impulso de la insistencia debe inhibirlo tanto o más que el de la cicatería. Porque, en verdadero gentleman ha de depositar en el escudero de su dipsomanía la misma confianza que le dispensa al barbero, así que las escrupulosas revisiones de la cuenta serán siempre territorio prohibido. Cualquier ademán que sobrepase el vistazo fugaz mientras la mano se dirige a la cartera socavará los cimientos de la una relación forjada en la confianza mutua. Es trabajo del bartender reconocer los gustos del caballero, pero se trata de una obligación bidireccional. Tómese la licencia de convidarle a un trago si las circunstancias lo aconsejan, pero acepte de buen grado que prefiera no hacerlo del mismo modo que no espere a abandonar el local hasta que haya apagado las luces.

Las miserias acontecen para ser ahogadas en los bares, así que el bartender respetará su circunspección y nado en whisky siempre que permanezca con la cabeza apoyada entre las manos y bien lejos de sus solapas. No importa cuán gruesa y amarga sea la desgracia que le ha retrepado un martes en la penumbra del local: no es un extra de un spaghetti western, así que no pida jamás, ja-más, el whisky por botellas. El bartender es su custodio y proveedor; y los lamentos balbuceantes que reclaman «la penúltima» raramente funcionan y siempre le dejan en evidencia. Puede continuar emulando a Bukowski en su casa, al arrullo de los fantasmas.

En el capítulo de las gratificaciones tampoco conviene laxitud. Agradecerá sin aspavientos ni forzadas familiaridades que ponga siempre el número preciso de hielos, que mezcle pero no agite. Solo entonces, el bartender dispensará al caballero el trato reservado al legítimo gentleman: leer con precisión, ya desde el umbral de la puerta, qué bebida encaja con el humor y la noche. Le recibirá con la ambrosía precisa ahogándose en pequeñas piedras de hielo. El pacto de la no pregunta lleva implícita la respuesta. Si el bartender inquiriere, «¿Qué quiere?» el hombre de los lustrosos zapatos no tendría más remedio que parafrasear a Groucho Marx: «Mujeres, ¿y usted?». Y un gentleman jamás habla de sus conquistas.


¿Debe un hombre vestir con flores?

Al Pacino en «Scarface», 1983.
Al Pacino en Scarface, 1983. Imagen: Universal Pictures.

Hay muchos significados simbólicos atribuidos a las flores, uno de ellos es que las flores y la muerte han mantenido siembre una estrecha relación que, como poco, nos debería inspirar cierto respeto. Aun en un intento de evitar la imagen de un Al Pacino ensangrentado, pistola en mano, ataviado con una roja camisa de flores, metáfora y sinestesia todo en uno, las flores no nos dan buena espina cuando de vestirlas se trata.

Y con formas de nieve, el mar y el cielo atraen a las terrazas
de mármol la multitud de jóvenes y fuertes rosas.

Arthur Rimbaud, «Fleurs»

Las flores las carga el diablo. Desde hace varios años, las flores siempre vuelven. Pasarelas primavera-verano plagadas de print floral, como si de rejuvenecer la estación se tratara, y así nos empalagamos mientras quizá sucumbimos a sus brillos. Son el sabor del verano, el turrón del estío.

Pero una cosa son las camisas de flores en Benidorm, que a todos nos hacen gracia o nos han solucionado más de un apuro en un festival, y otra muy diferente que pasen a ocupar un lugar en el armario. Porque puede resultarnos agradable la pintura de Manet, pero ¿en qué momento uno decide acogerlo en su estilismo? Piénsenlo, esto significa admitir y propagar que comulga con ello. Que se las pondría para sacar al perro, para ir a comprar el pan, y hasta sucintamente debajo de un traje gris un viernes cualquiera. De un tiempo a esta parte, ha habido ejemplos que nos confirman que esta tendencia se está extendiendo.

Los hechos

Mad Men, la quintaesencia del estilo en la serie más aclamada por su vestuario de un tiempo a esta parte, y un hombre, Don Draper, el mismo que destila whisky y humo con la mirada, nos regalaba esta imagen al principio de la quinta temporada. Inauguraba verano, esposa, y probablemente juventud.

Mad Men. Imagen: AMC.
Mad Men. Imagen: AMC.

Ya otra serie, con mucha menos clase, nos había mostrado que las camisas de flores son para el verano. Pero las insistencias de Modern Family siempre nos parecieron una hipérbole caricaturizada que jamás se materializaría.

A su vez, otro hombre, en esta ocasión el arriesgado director de cine David Lynch, quien practica la meditación trascendental desde hace varios años, plasmó su visión holística en una colección de ropa con motivos florales.

A esto llegó The Guardian en los albores del verano anunciando que las flores habían llegado por fin para quedarse. ¿Qué había de nuevo para semejante afirmación?

Rimbaud, señores. Y no es que nos pongamos pedantes a la primera de cambio, es que literalmente la influencia de obras como la de Arthur Rimbaud o Las flores del mal de Charles Baudelaire, unido (creemos) al fracaso de la explosión flúor de años anteriores, han hecho que diseñadores de la talla de Gucci, Alexander McQueen o Dries Van Noten presenten la camisa floral en su versión más oscura, con impresiones dibujadas más ligeras pero rotundas, afiladas, con fuerza. Y que triunfe. Las revistas Esquire y GQ ya se han apuntado al carro: «It’s time to flower- up».

Buscar el consuelo

Echemos la vista atrás. Si la camisa de flores ha llegado para quedarse, busquemos algo a lo que agarrarnos. Algunos hombres respetables tuvieron que hacerlo en su momento:

De aquí a la eternidad (1953). A menudo acudimos a esta película en busca de la famosa foto del beso en la playa, y nos dejamos que fue uno de los primeros papeles protagonistas para la camisa de flores. Si Frank Sinatra lo hizo, todos podremos.

Frank Sinatra, Donna Reed y Montgomery Clift en De aquí a la eternidad (1953). Imagen:
Frank Sinatra, Donna Reed y Montgomery Clift en De aquí a la eternidad (1953). Imagen: Columbia Pictures.

A Elvis Presley no le quedó otra. Rodar tres películas seguidas en Hawaii no le dejaba escapatoria. Menos mal que además nos dejó una de las bandas sonoras más exitosas, la de Blue Hawaii (1961). Tras este primer título, le seguirían Girls, girls, girls (1962) y Paradise, Hawaian style (1965).

Elvis Presley, camisa de flores, collar y ukelele en mano. Blue Hawaii (1961). Imagen:
Elvis Presley, camisa de flores, collar y ukelele en mano. Blue Hawaii (1961). Imagen: Paramount Pictures.

Las flores de nuevo en un asunto delictivo, de la mano de los hermanos Coen con Raising Arizona (1987), esa película de culto de la que hablamos poco y vemos menos de lo que deberíamos. Si algún día nos toca acabar en la cárcel, que sea como Nicolas Cage.

Y no en la cárcel, pero casi, acabó Leonardo Di Caprio en aquel Romeo + Julieta (1996) de la modernidad. Antes de ser el Lobo de Wall Street, un joven Di Caprio vestía de hawaiano y le sentaba como los ángeles, no así a su banda de pistoleros. Suponemos que fue cosa de la ambientación en Verona Beach, el caso es que los tipos duros floreados no son algo del pasado. Lo que no sabemos es qué habría pensado Shakespeare de esto.

Nicolas Cage en Rising Arizona. Imagen: bla. Leonardo Di Caprio en Romeo y Julieta. Imagen: 20th Century Fox.
Nicolas Cage en Raising Arizona. Imagen: 20th Century Fox. Leonardo Di Caprio en Romeo + Julieta. Imagen: bla.

Y por si no es suficiente para nuestro recio parecer, no hay nada que un mito de los noventa no pueda ablandar. Claro que a Kurt Cobain le tocó vivir una época pop y una vida subversiva, aunque tuvo tiempo de convertirse en el referente de toda una generación.

En 1988, los artistas que tocaban bajo el sello de Sub Pop empezaron a tocar grunge, el nuevo nombre que le pusieron a su rock plagado de influencias. Kurt Cobain se convirtió en mesías del movimiento, que quedó plasmado en la portada de la revista The Face en los noventa. Raya en el ojo, cigarro y vestido de flores. Había nacido un icono.

Cómo llevarlo con naturalidad

Y que no parezcamos disfrazados.

Al 90%, la clave de la magia está en escoger el estampado adecuado, porque hay flores y flores. El otro 10% está en la hechura de la camisa. En esto, lo mejor es no salirse de lo clásico: el corte recto de la camisa hawaiana.

The Face magazine, septiembre 1993. Vol 2, Núm. 60. Foto cortesía de The Face.
The Face magazine, septiembre 1993. Vol 2, Núm. 60. Foto cortesía de The Face.

Para tranquilizar nuestra percepción, quizá sirva un poco de historia.

Hay toda una mitología en torno al origen de la camisa hawaiana, que va desde su nacimiento en las islas Filipinas a la isla de Samoa. Tan importante era en esta región del pacífico sur que hasta principios del siglo XVIII era la moneda de cambio.

La kapa era un modelo de tela simple que se encontraba en estas zonas, hecha y teñida a base de golpes con la corteza del árbol de la morera. Efectivamente esta tela era la moneda de cambio en esta pequeña parte del mundo.

Entre los años veinte y treinta, se notó mucho la presencia de población japonesa, que introdujeron la seda y la alternaron con el algodón. Musa- Shiya The Shirtmaker, uno de los mejores sastres japoneses de Honolulu, supo hacer negocio con ello, haciendo camisas que ayudaban a los visitantes a sentirse como verdaderos turistas en vacaciones, a desconectar del mundo. Tenemos el material, y tenemos el business.

Durante la Segunda Guerra Mundial y los patrones de vestimenta para el trabajo y los negocios, la camisa hawaiana, atuendo diario de varias islas, fue descartada, y varios fabricantes y artesanos intentaron «ajustarla» al gris discreto y a la formalidad impuesta, que poco cuajó entre las gentes. Fallaba el marketing. Por suerte en los años cincuenta la camisa hawaiana vivió una época dorada, coincidiendo con un notable aumento del turismo, y así creció la producción, que además se diversificaba en calidades y motivos. De esta época hoy se guardan piezas que alcanzan los diez mil dólares.

La camisa hawaiana, o la «aloha shirt», tenía ese algo especial que solo las cosas únicas tienen. Su estilo, antes de existir la televisión, mucho antes de la globalización, se dibujó observando la naturaleza, que regalaba motivos a raudales. También el ukelele y el surf de Waikiki estaban en estas camisas, aun cuando ni siquiera eran vintage.


Oficios artesanos: los trabajos que nunca haría el agente Smith (II)

Fotografía: Mark Vegas (CC).

Artículo Premium. Jot Down Magazine para Alhambra Reserva 1925.

(Viene de la primera parte)

No es un personaje antiguo, y sin embargo es todo un clásico. Hattori Hanzo, el legendario forjador de katanas de Kill Bill, hacía las mejores espadas del mundo. Eran tan valiosas que ni siquiera podían medirse en una escala tan banal como la del precio. ¿Cómo? No lo sabemos, pero lo podemos imaginar. Las shinken y nihonto, aceros japoneses hechos a mano mediante herrería artesana tradicional, son algunas de las armas más caras que se pueden adquirir hoy en día. No resultan muy prácticas en la era de la pólvora y son artilugios demasiado valiosos como para mellar su filo contra otra espada o ensuciarlo con, pongamos, sangre. Aun así, las mejores se venden por precios que alcanzan los veinticinco mil dólares y algunas han llegado a doblar esa cantidad. La razón es simple: su forja, preciosista y muy delicada, dota a las aleaciones de una flexibilidad y una resistencia que desconoce cualquier otro filo del mundo. El precio a pagar por semejante acabado es que ningún momento del proceso, que se puede dilatar durante meses, se puede delegar el trabajo en otra herramienta distinta de las que tienen mango y se empuñan con las manos.

Fotografía: Katana Kaji (CC).

Con ellas empezamos nuestro segundo repaso a algunos de los oficios artesanos que, se pongan como se pongan los ingenieros, la historia y sus revoluciones tecnológicas, empiezan y acaban con las manos. Aquellos que no se miden por automatismos y ratios de producción por minuto, sino por singularidad, calidad y resultados. Y, en algunos casos, por los miles de años que esto lleva siendo así.

Y no estamos exagerando. El verdadero oficio más antiguo del mundo —que, por cierto, no es el que usted se piensa— tiene precisamente esa edad. Una pista: se hace con barro, agua y dos manos. Y también con la ayuda de un torno, al menos desde hace poco tiempo —léase, unos cuantos siglos—. La razón por la que aquí las centurias son eso mismo, «poco tiempo», es que la cerámica es tan antigua que, en realidad, no sabemos lo antigua que es. Y estaremos de acuerdo en que eso es mucho tiempo.

Fotografía: Kathleen Conklin (CC).

O, dicho en propiedad, hemos renunciado a saberlo. Si durante décadas se especuló con la fecha de la invención de la cerámica, muchos arqueólogos contemporáneos prefieren dejar la cuestión en suspenso, al menos de momento. Cada fecha que se ha propuesto se ha tenido que revisar y retrasar con cada nuevo hallazgo, y si algo se halla con facilidad en los yacimientos arqueológicos de cualquier lugar del mundo, eso es cerámica. Algunos de los ejemplos más antiguos que se conocen son venus y vasijas de la cultura gravetiense, de hace cerca de treinta mil años. Hoy el progreso de la ingeniería puede ofrecer al ceramista la posibilidad de automatizar su trabajo e incluso de producir en serie, pero es eso mismo: una posibilidad. La mejor cerámica, hoy como hace treinta siglos, sigue siendo la que se hace con los dedos.

Porque los dedos, por si no lo sabe, son una herramienta tan útil que sirven incluso para enmendar las imprecisiones de las unidades de medida estándar. Un ejemplo: sea en pulgadas o centímetros, debe interponer un dedo —preferiblemente el corazón— entre la cinta métrica y el cuerpo para medir el pecho, pero no cuando se trate de la cintura. Siempre que esté tomando medidas para una chaqueta, claro. Cuando sean para una camisa, sin embargo, sí conviene añadir un dedo extra al diámetro de la cintura y otro al del cuello, aunque eso depende del cuello. Estamos fabricando un traje, uno que se ciña debidamente a nuestra figura y dé la mejor imagen de nosotros, y por eso no hemos acudido a ninguna casa o firma, sino a un sastre. Los trajes de fábrica son más accesibles, pero pecan de atenerse a las medidas estándar. Son universales y obedecen a un canon. Y el canon, ya se sabe, es desagradecido con quien no cumple con sus reglas. Desagradecido y, por descontado, desfavorecedor.

Fotografía: Lena Vasiljeva (CC).

Un modisto, en cambio, medirá nuestro brazo en dos tramos, nunca uno solo, y el ancho de la espalda de hombro a hombro, aunque también se comprobará con la cinta que sus dos mitades presentan el mismo ancho —algo no tan frecuente como podría parecer—. En sastrería solo hay una norma universal: medir cerrando la cinta por delante, no por detrás. Y es puramente técnica. A partir de ahí, cada profesional obedece a sus propias intuiciones, algo imprescindible en un oficio que consiste en vestir del mismo modo a las personas, entre las que —y esto es algo ampliamente documentado— no hay dos iguales. Puede que no con la frecuencia con la que solían, pero en la era de las franquicias de ropa y los grandes emporios textiles, los sastres siguen esgrimiendo alfileres, tomando medidas y trazando patrones. Por algo será.

De hecho, las industrias en las que imperan el estándar, la producción en serie y el acabado universal no han fulminado la artesanía. Se lo pueden haber puesto complicado a muchos oficios, pero en otros han abierto nichos donde simplemente no había ningún tipo de manufactura. De hecho, una de las profesiones artesanas de mayor salud en nuestro tiempo anida en una industria que rara vez asociamos al trabajo con las manos: la automovilística.

Fotografía: Flavio (CC).

Porque, ¿qué es tunear? Según la RAE, «hacer vida de tuno» o «proceder como tal», aunque en la calle el tuneo o tuning tenga ya poco que ver con vestir mallas y cantar serenatas. En realidad, la personalización de vehículos comenzó a mediados del siglo pasado, pero no ha sido hasta finales del XXI y principios del XXI que cualquiera puede disponer de un vehículo tuneado. Las posibilidades son infinitas porque, precisamente, consiste en eso: en modificar, equipar y rediseñar nuestro coche con total libertad, al efecto de convertirlo en algo singular. Y en la versión más refinada de este arte tan nuevo, en restaurar modelos antiguos y darles una segunda vida en las carreteras de hoy. Nada de lo que entiendan los clásicos brazos robóticos de las grandes cadenas de montaje, esos de los que se reseña con frecuencia su precisión y el elevado número de piezas que son capaces de manufacturar —a falta de un verbo mejor—.

Y ahí está el quid, por supuesto. En que la cantidad suele estar reñida con la calidad. Y esa es el arma que blande lo artesano en la batalla que  planta a lo industrial. A veces porque hacer las cosas lentamente es la única manera de hacerlas y a veces porque hacerlas lentamente es hacerlas mejor. ¿Sabe lo que es un queso hecho rápidamente? Es simple: un queso peor.

Fotografía: Lars Plougmann (CC).

Y lo mismo ocurre con el resto de lácteos o con los embutidos de cualquier tipo, por poner solo un par de ejemplos. Nada que no sepa cualquiera equipado con un paladar, particularmente los de paladar más preciso. La cata es otro de esos oficios en los que las prisas son malas consejeras, quizá porque el diagnóstico del catador incluye en muchas ocasiones la propia cantidad de meses o años que ha requerido un determinado alimento o una bebida para alcanzar su punto óptimo. Puede que un análisis revele la cantidad exacta de componentes químicos y su proporción, pero no se engañe: una cerveza de calidad, un buen jamón o un gran queso son algo más que la suma de sus ingredientes.

Fotografía: Quinn Dombrowski (CC).

No es una forma de hablar. Tome el ejemplo de un retrato al óleo, por ejemplo. O a la acuarela o al carboncillo. ¿Acaso diría que es la mera suma de sus materiales? Durante siglos, la pintura era la única manera de preservar la imagen de cualquiera. Cuando la técnica de la fotografía se generalizó a mediados del XIX muchos auguraron el fin de los retratos con pincel, pero nada más lejos de la realidad. De hecho hoy, en plena era del Photoshop, el retrato manual no se limita a sobrevivir, sino que se cotiza bastante más que cualquier fotografía. ¿La razón? Es complicado asignarle un nombre, aunque todos sabemos cuál es. Ese plus misterioso, el enigmático extra de valor y calidad inherente a la producción artesanal.

Fotografía: Sadaton (CC).

No tiene nada que ver con la precisión, y a veces siquiera con la delicadeza. De entre todas las artes clásicas, una de los que tiene que lidiar con materiales más bastos es seguramente la vidriera, y es por eso precisamente que aquí tampoco las máquinas consiguen hacer un trabajo mejor que el de las manos. ¿Por qué, si no son más que pedazos de cristal engarzados en metal? Misterio, pero así es.

Fotografía: Flavio (CC).

Alhambra Reserva 1925. Si te gusta este artículo, pincha aquí.


Cassettes

Fotografía: Pascal Terjan (CC).

Hace unos días albergué en mi casa a un par de chavales muy guapos que venían a ver mi ciudad; chicos guapos de los que piensan que el tobillo es bello. Íbamos a dar la primera vuelta por Madrid cuando, mientras nos maqueábamos antes de salir, me percaté de que uno de ellos llevaba un bolso blanco con la imagen serigrafiada de una cinta de cassette.

Ya me había dado cuenta, puesto que tengo ojos en la cara, de que las cintas se han convertido en una especie de adorado icono popular. El otro día en la exposición de Pop Art del Museo Thyssen, vi en la tienda de souvenirs el paradigma de este culto. Vendían un cinta de cassette llena de latas de Campbell de Warhol. El no va más.

Fotografía: Álvaro Corazón Rural.

Lo gracioso de este tema es que, antes de la oleada de pasión por las cassettes como concepto, como unos siete u ocho años atrás, recuerdo haber visto también tatuajes de cintas de cassette. Tatuajes, dibujos sobre piel humana para toda la vida. Eran los inicios del siglo XXI y la gente guay se estaba tatuando lo primero que había quedado obsoleto con la llegada del futuro. Es como si se tatúa usted ahora un móvil de los antiguos con un sugerente SMS en la pantalla. ¿Que le parece una gilipollez? Pues tiempo al tiempo.

Aunque si bien cambian las costumbres y las manías, el ser humano sigue siendo el mismo. Un fenómeno semejante al de los tatuajes de cintas lo contó muy bien Mauro Entrialgo en una historieta de 1994, «Budamanía», publicada en el álbum El efecto solomillo de la Factoría de Ideas.

Trataba de un hombre que había coleccionado muñecos de dinosaurios toda su vida, una cosa molona, hasta que con el estreno de Jurasic Park ahora parecía bobo. «El sobrino de Spielberg», se lamentaba él. También era un tío que iba con el pelo largo, desaliñado y con perilla desde que le salió la barba, pero que con la llegada del grunge de pronto parecía un niñato apuntado a la última moda. Y en lo que nos ocupa, los tatuajes, contaba que se había tatuado el escudo de Batman, entonces un cómic que leían los pocos que leían cómics o la lejana en el tiempo y entrañable serie de televisión de los sesenta de los mamporros onomatopéyicos, el caso es que con el estreno de la película de Tim Burton en 1988, que hasta yo recuerdo toda Madrid empapelada con carteles del murciélago, se lo tuvo que tapar avergonzado con un parche.

Imagen: Mauro Entrialgo / Factoría de ideas.

Lo que enseña esta historieta para mí es idéntico. La peña que a principios de la década anterior se hiciera un tatuaje de una cinta de cassette no sé qué sentirá ahora cuando se pase por un mercadillo y vea que hay gorros, bolsos, camisetas y toallas con dibujos de cintas de cassette. De tener cogido por los huevos al mundo de las tendencias a pasar a ser equiparable a un caballero de mediana edad con una camiseta de la selección y unos pantalones pirata, media un abismo. También salió una vez en El País Semanal alguien hace la tira de años con un toro de Osborne tatuado, un actor o algo, y menos mal que he olvidado su nombre porque me gustaría preguntarle qué tal lo lleva ahora que el símbolo es tan popular y se agita en lo alto en reuniones tan elegantes e ilustradas.

Pero no hemos venido a hacer sangre. Lo que queremos es aprovechar estas paradojas del mundo moderno como excusa para recordar las cintas de cassette, un artilugio alrededor del cual giraba nuestra vida. No es una exageración.

De la cinta sabemos que vino al mundo a competir con el cartucho, un formato olvidado y del que cuentan los viejos del lugar que sonaba de putifa. El fin último del cartucho o la cinta era escuchar música en el coche. Cualquier venerable anciano de la generación Mirinda habrá ido de vacaciones a Torremolinos en coche escuchando música del momento, Los Amaya, Joan Baez… en cartucho. Los de Barrio Sésamo, en cambio, viajábamos con cintas y seguramente todos estemos de acuerdo en afirmar lo mismo: la probabilidad de que una cinta en un coche se jodiera es igual a uno.

Hay que tener en cuenta que tanto los equipos reproductores de nuestros temidos y potentes Talbot Horizon, 127 y compañía, como las propias cintas, eran una porquería. De hecho, si la cinta desplazó al cartucho fue porque era «más económica», que en términos capitalistas se traduce por más basura.

Encima, los reproductores se robaban que daba gusto. De ahí el frontal extraíble, tan publicitado, que estuvo precedido no poco tiempo de la radio entera extraíble. Cómo olvidar esa imagen de señores con bigote yendo a hacer sus cosas, saliendo de sus respectivos curros o de domingo con los sobrinos, con la radio del coche asida con la mano que ya parecía un apéndice inseparable. Faemino y Cansado lo llamaron el hombre Túporaqui.

El riesgo de no ir por la vida con la radio del coche en la mano era que te encontrases la luna rota con una piedra de granito o un ladrillo y que te hubieran robado la radio. O peor. A un vecino mío, como no pudieron sacársela de su Citröen CX, le destrozaron el cuadro de mandos con el destornillador, como en Instinto Básico con el picahielos, y luego se cagaron en el asiento del conductor dejando ahí el pino a la mayor gloria de Dios. El ciudadano español de entonces no aceptaba la derrota como un sueco democristiano, precisamente.

El caso es que el hecho de que los cassettes girasen en torno a los vehículos convirtió a las gasolineras en tiendas de música. Y que en las gasolineras se vendiera música a los camioneros y otras gentes de camisa desabotonada y anhelos de libertad motivados por una breve estancia en prisión por un delito que no había cometido, sirvió para que a esa música se la denominara «música de gasolinera». Pero este término es falaz. A las gasolineras me iba yo a comprar cintas de Judas Priest o los dos Keeper de Helloween, o Eskorbuto, Kortatu y La Polla Récords. También, por qué no, Triana y Medina Azahara, puesto que costaban 495 pesetas, que era un precio asumible para un niño. No como en la tienda de discos del barrio que te ponían una navaja al cuello solo para entrar.

Imagen: Agneta Von Aisaider (CC).

Aunque a las masas del siglo XXI lo que les mola recordar de las gasolineras son las cassettes del Payo Juan Manuel y compañía. Son kitsch. Son España profunda y su cine de quinquis, algo de lo que gusta reírse el joven moderno de hoy siempre y cuando se halle, la España profunda y sus quinquis, muy lejos en el espacio y en el tiempo. Cuando un menda con tatuajes talegueros atraca a tu madre en el portal de tu casa con un cuchillo, el tatuaje taleguero, el expresidiario y sus tonadillas preferidas no son cosas que quieras abrazar en clave de pop al grito de «¡uaoh, cómo se nos va la olla, tíos!».

Con todo, cuando empezó a cachuflar esto de internet, todos nos volvimos majaretas con la página Caviar del Caspio. Era una recopilación de portadas y títulos de cintas de gasolinera inenarrable. Tuve la fortuna de conocer en su día al buen hombre que la creó, que trabaja alejado del mundanal ruido en una estación meteorológica y es un eslavófilo de pro, pero hoy, harto de tanta tontería, no ha querido brindarme sus palabras para este texto más por aburrimiento que por otra cosa. No se lo echaremos en cara. Pero no queda más remedio que reciclar una entrevista que le hice para Ruta 66 hace diez años.

La cosa comenzaba preguntándome yo si no articularía Sabino Arana su doctrina al contemplar su colección de musicassettes —era la época del Plan Ibarretxe aunque él prefería denominar su tesoro «abisales flores de estercolero», para pasar a hablar de la creciente fiebre por las llamadas «cintas de gasolinera». Empezaba:

Sí que detecto cierta moda, pero, por definición, el punto de vista que defiendo ante la basura musical es marginal y minoritario. Sí que hay interés y proliferación, creciente además, de fenómenos basura, a mi juicio grasas saturadas, en términos asimilables por el mercado, pero me temo, con el debido respeto y sin ánimo de sentar cátedra, que es la propia industria del ocio la que los genera y alimenta con productos diseñados para satisfacer esa demanda.

Y a la hora de enumerar los reyes de la casssette hispana, decía:

Hubo una época en que escuchar el Payo Juan Manuel, aún enterrado y oculto para la marabunta, supuso una veta inagotable de tremebundas experiencias en cascada. No solo por sus ripios verduscos, que eran lo de menos; era sobre todo por su visión del mundo, su cosmogonía cafre. Me dejaba turulato. Pero luego vino el Pelos y los Marus ¡qué mullets, tíos! O Tony el Gitano, ¡qué arte de combinar chaqueta y pantalón! O Joan Josep cantando el «Himno de la petanca», o Dulce Vega y sus jadeos eróticos, o el mismísimo Leo Rubio, «el gabacho pitiminí», cantando a la construcción como si le fuera la vida en ello.

Los más blandos y comerciales Beatles se asimilarían a nuestros impertérritos Chunguitos y los más salvajes y peligrosos Rolling Stones devendrían en nuestros afilados, por las filomenas, Chichos; con el Jeros como mártir de la causa en contraposición al inexplicable y mefistofélico pacto del Jagger.

Para los Judas Priest, haciendo abstracción del heavy en su conjunto, pondría la Charanga del Tío Honorio, un experimento del gran Honorio Herrero nunca justamente valorado. Sería cambiar los pelos por la boina.

Dylan, cantautor eterno, sería Emilio el Moro. Espejo de generaciones y letrista extraviado de nuestra historia musical. El virtuosismo convulso de Hendrix a lomos de su Stratocaster, solo lo he avistado en Cecilio Serrano García «el ruiseñor verato», de Madrigal de la Vera, se entiende, al mando de su célebre Casiotone C-500 adaptado.

Y una biografía de un grupo gasolinero cualquiera, para hacernos idea, una composición de fondo:

Podría hablar del auge y caída de los Pillo’s Boys, de Tiétar, Cáceres. Durante sus buenos años una institución en la escena top-gasolineras meseteña. Comenzaron al tran tran, hacia 1992, en su pueblo rifando un jamón en medio de la actuación hasta llegar, en sus buenos tiempos, a alcanzar un caché de trescientas mil pelas por gala. Barra aparte. Junto con Cecilio, Toni y Susi, Antonio y Jesús, para los amigos, y Deme «el castellano», el dandi montaraz, han copado el circuito habitual de festejos mayores en la Extremadura rural contemporánea. Virguerías como el «Garabirubí», «Corazones peregrinos» o, mismamente, su ajustada revisión de «Paquito el Chocolatero», aunque un poco monocordes en su compás simple de teclado de primera generación y arropadas en una, en mi humilde opinión, restrictiva puesta en escena, han hecho las delicias de grandes y chicos en sus recordados bolos. Desgraciadamente para sus seguidores, el éxito se los comió y, por desavenencias artísticas y personales, recientemente pleitearon de malas formas. Hoy por hoy el ideólogo musical y estético de la pareja, el Pillo gordo para entendernos, mantiene el testigo y la marca de la casa en solitario, deleitando a la concurrencia con joyas del calibre de «Man robao el coche».

¿Y a qué huelen las cassettes?

Pero claro, todo esto, por muy gasolinera que fuese, serían cassettes originales. Alrededor de lo que giraba nuestra vida, al menos la vida de los que nunca nos habían quemado un camión los franceses, era de las cintas vírgenes. De hecho, llegó un momento en el que los LP traían un aviso mu serio mu serio que rezaba «Tape trading is killing music». Es decir, intercambiar cintas grabadas con discos, el pirateo de toda la vida de dios, iba a acabar con la música. Y así ha sido, como todo el mundo sabe, en España ya no hay festivales de música, cuando en los setenta y ochenta había decenas cada verano. Tampoco hay grupos, ni comercios con la música a todo trapo, ni niñatos en el metro con sus engendros sónicos a tope en el teléfono. La música ha muerto y como penitencia tenemos un músico por cada tres habitantes pidiéndonos que vayamos el viernes a verle rascar la guitarra o pinchar en no sé dónde.

Fotografías: Happy Days Photos and Art (CC).

Y todo por culpa de las cintas. ¿Pero qué eran las dichosas cintas? Pues artilugios de plástico con una tira de óxido férrico, óxido de cromo… yo qué sé, un montón de cosas que vienen en la Wikipedia. Lo importante es ¿se podían comer? No. ¿Se podían oler? Sí. ¿A qué olían? Señores, en mi humilde opinión, olían a cacahuetes. A estas alturas de la vida ni me enorgullezco ni me avergüenzo de nada y digo las cosas como las pienso: a cacahuetes me olían. Y si les extraña huélanlas, por donde estaba la cintilla marrón, y me dicen. Las TDK preferiblemente.

En mis tiempos todo esto era campo e internet no existía pero era mejor

Aparte de para olerlas, las cintas servían fundamentalmente para grabar discos. A tu amigo le compraban un disco por navidades y tú te lo grababas de él. Simple. Cuanto más guais eran tus amigos, mejores cintas te podían grabar. Cuanto menos cerca estuvieses de la persona guay, menos calidad tendría tu cinta, pues perdía en cada grabación. ¿Entonces el tema de la cinta te empujaba a salir a la calle a hacer amigos y era un rollo mucho más saludable y auténtico que la fría internet? Podríamos decir que sí y luego masturbarnos mutuamente los que hemos nacido hace más de treinta años, pero no. Es que no tenía por qué ser así. Internet, tal y como la conocemos en cuestiones musicales, ya existía. ¿U os creéis que en el pasado éramos gilipollas, niñatos?

Lo que pasa es que era distinta. No había ordenadores ni circuitos. Cuando tú querías cambiar cintas con alguien, escribías una carta a otra persona que podría haberse anunciado en un medio, revista o fazine. Os enviabais listas de cintas y discos mutuamente, elegíais y os grababais. El proceso, llamadlo tiempo de descarga, tardaba de tres a seis semanas. Era lo único malo, pero teníamos de todo menos prisa.

Luego la navegación también existía. Cada programa de radio, fanzine, grupo o amigo del intercambio de cintas tenía un flyer con su dirección del que hacía miles de copias. Tú, en cada carta, metías todos los flyers que te habían llegado en otros intercambios, de modo que la función de ese papelucho tristemente fotocopiado con el nombre de «Luna negra de la noche con sangre de doncella derramada en el pecho desnudo a las cuatro de la mañana con menos diez grados» y su dirección debajo hacía la misma función que puede hacer hoy en día un banner. Cada día recibías más flyers desconocidos, de cada rincón del mundo y escribías y recibías más y más cartas con más y más cintas. ¿La bandeja de entrada llena de emails? ¿Muchas notificaciones de Facebook? ¿Menciones en Twitter? Todo eso es de pobres. La auténtica y verdadera alegría social es haber tenido el buzón de casa lleno de cartas y paquetitos cada mañana y cada tarde —mi cartero, como el de la película, pasaba dos veces al día—.

Pero ¿cómo? ¿que mandar cartas y paquetitos es caro y los emails ahora son gratis? No. Eso son chorradas y mentiras. Enviar paquetes antes también era gratis. Completamente gratis. Solo había que hacer una pequeña inversión inicial, como cuando das de alta tu conexión, y comprar una serie de sellos de diferentes valores. Ejemplo: diez de cien pesetas, veinte de cincuenta pesetas, otros tanto de veinte pelas, etc… Y luego, a la hora de enviar a tu amigo «Ano que sangra en la penumbra» un piratito de los Manowar que no tiene ni dios, hacías el paquete y rendías pleitesía a su majestad el rey Juan Carlos I.

¿Cómo que rendir pleitesía? Sí, igual que los periodistas independientes, lo enjabonabas. Pero en sentido literal. Cogías un pegamento de barra Print, le ponías una fina película de pegamento en la superficie al sello, en la cara de Juancar concretamente, y luego le decías a tu amigo que te los devolviera en su siguiente envío. Al recibirlos de vuelta, les pasabas un poquito de agua por encima y el matasellos se iba con suma facilidad. Ya solo había que dejarlos secar y vuelta a empezar. Así durante años. Ahora dime tú cómo enviar por email algo que pesa doscientos cincuenta gramos y que te salga gratis. Desgraciadamente, los nuevos sellos postales digitales, con códigos de barras y todo el copón, acabaron por hacer desaparecer estas prácticas por las que tanto cariño le teníamos al rey. Por pequeños detalles como este dicen que Felipe VI lo va a tener difícil.

Fotografía: Kevin Simpson (CC).

Así lográbamos acumular montones de cintas. Montañas. Y entonces empezaba el desarrollo del espíritu, te hacías tus propias portadas a mano. Todavía no he visto ninguna web que recopile portadas de cinta hechas a mano, a saber, portadas de los Maiden, de Metallica. Esos logotipos copiados con mucho sufrimiento. Ese Eddie que parecía Cobi. Un horror. El espanto. Tenebroso todo. Viendo creaciones de algunos familiares y amigos entraban ganas de gritar eso que dice Don Drapper en la primera de Mad Men: «¡¡¡Tenemos más intelectuales y artistas fracasados que el III Reich!!!»

Intercambiando, intercambiando, al final uno lograba reunir joyitas de difícil catalogación. Por citar una, mi favorita de todo lo que acumulé fue un grupo panameño que hacía ruido básicamente mezclado con fragmentos de películas porno sudamericanas o dobladas por actores latinos. Era una auténtica delicia. Pero ya ven, sexo y violencia, la programación diaria de cualquier televisión privada generalista. Mucho underground, pero teníamos un gusto de lo más vulgar. Al final los únicos excéntricos de verdad son los que se escuchan sinfonías del tirón del Mozart ese.

Por otro lado, las cassettes se podían escuchar tanto en casa como en el coche como en la calle en un artilugio llamado walkman. Sin querer extendernos en este particular, tan solo señalaremos que no se podía cambiar de canción con apretar un botón, como ahora, pero sinceramente yo creo que las cintas, pese a sus evidentes limitaciones técnicas, sonaban mejor que los mp3. A mí con los mp3 me ha pasado de pararme un momento en mitad de la calle y decirme que no me iba a engañar a mí mismo. Preguntarme: ¿me puedes explicar qué estás escuchando? Y contestarme: pues la batería, bajo y guitarra, la verdad, seamos honestos, parecen un ventilador de peli de cine negro en el medio oeste americano, y luego hay una voz y algún punteo que se intuye, que se siente más que se escucha. Y estamos hablando de mp3 de algún grupo de power pop, nada de ruidistas japoneses. Por eso mi opinión es que los mp3 sin padre ni madre que se descargan o te pasan suenan como el culo, francamente. Es lo que tiene la democracia digital, que los Allman Brothers suenen como los Cramps en el reproductor portátil y tú feliz porque es gratis. Algún día alguien se grabará golpeando con el glande sobre la mesa cantando por encima, nombrará el mp3 como Dead Kennedys y pasará totalmente desapercibido.

También, como detalle simpático, cabe señalar que para ahorrar pilas del walkman rebobinábamos las cintas con un bolígrafo Bic. Un fenómeno muy recordado. Es decir «walkman, cinta de cassette en el instituto» y que automáticamente alguien conteste «rebobinar con boli Bic». Asquerosa nostalgia pavloviana.

Pero bueno. Al final, todos hemos pasado por el aro del mp3 y si hay alguien escuchando cintas por ahí es que está en riesgo de exclusión social o es de un esnob que, sinceramente, lo que se merece es que le den dos hostias bien dadas. No obstante, una vez pasada la era, la putada fue ver qué hacía uno con tanta cinta que no servía para nada. Una idea que surcó internet en su momento fue hacer muebles. Pero con cajas de cinta y de cedé le hice yo una casita al gato y pasó de ella con el pasotismo aristocrático que solo los gatos saben tener.

En otros ámbitos, sin embargo, las cajas de las cintas fueron muy apreciadas para llevar de un lugar a otro dobladito el papel de plata de chinos de heroína sin terminar. Una pequeña revolución en la movilidad urbana. Momento en el cual algunas gentes de vanguardia, como decía al principio, decidieron tatuarse cassettes en la piel. Y así está el círculo.

Fotografía: Víctor Adrián (CC).


Oficios artesanos: los trabajos que nunca haría el agente Smith

Fotografía: Erich Stüssi (CC).

Artículo Premium. Jot Down Magazine para Alhambra Reserva 1925.

«Nunca envíes a un humano a hacer el trabajo de una máquina». Lo dijo el agente Smith, toda una autoridad la materia. Y tenía razón, al menos si lo miramos desde su propio punto de vista. Para su desgracia, ni él ni ninguna otra máquina se ha distinguido jamás por tener un punto de vista demasiado amplio, o acaso un punto de vista a secas. Mientras esto sea así —crucemos los dedos, nosotros que los tenemos—, seguirá habiendo tareas en los que la regla aplica a la inversa y las manos humanas no son solo la mejor opción, sino la única. Tareas que necesitan eso mismo, un punto de vista. O pasión, si prefieren. E incluso alma. Llámenlo como quieran o por su nombre, que siempre es lo mejor: artesanía. Esa alquimia misteriosa que hace de cualquier producto, cualquiera, uno superior. Hoy repasaremos algunos de los trabajos que, se ponga como se ponga, nunca podría hacer el agente Smith:

Trabajar el vidrio, por ejemplo. Y, en concreto, soplarlo. Hubo un tiempo en el cristal no se soplaba y este solo se presentaba en bloques, de modo que se usaba poco más que para confeccionar cuentas de collares y otros ornamentos.

Diego Rodriguez, maestro soplador de AR1925.

En el siglo I, sin embargo, los fenicios descubrieron que soplando el vidrio incandescente se podía moldear. ¿Cómo? Con un crisol, una pipeta y mucha pericia. Esa es la razón por la que, hasta el día de hoy, los mejores productos de vidrio que se producen siguen siendo artesanales. No digamos ya cuando se trata de convertir el cristal en arte.

Otra cosa muy vieja: los libros. No son objetos particularmente delicados, y sin embargo la encuadernación artesanal sigue siendo un oficio que goza de salud. ¿Por qué? En realidad, por la misma razón que con el vidrio. Bajo las manos expertas, un manojo de hojas cosidas a dos tapas duras pueden acabar convertidas en una verdadera obra de arte.

Fotografía: David Slack (CC).

En otras ocasiones la obra de arte ya existe y se trata de que recupere su antiguo esplendor. Es a lo que se dedican los profesionales de la restauración arqueológica, otro oficio en el que las técnicas no son siempre artesanales, pero sí lo son las manos que las acometen. Aquí no hay dos trabajos iguales ni automatismos que valgan. La formación del restaurador, su sensibilidad y su conocimiento de la pieza original son determinantes para que un friso griego, un templo egipcio o una escultura romana luzcan como en sus tiempos de gloria.

Fotografía: Cordon Press.

Igual que ningún ordenador puede crear la música que sí hace un humano o que ninguna máquina puede ejecutarla como los dedos, tampoco se sabe de ninguno que haya fabricado un instrumento mejor que el mejor artesano.

Fotografía: Fabien Lemetayer (CC).

Incluso a veces no se sabe siquiera cómo lo hace el propio lutier, como ocurre con los violines de Antonio Stradivarius. Aunque se han manejado todo tipo de especulaciones para explicar su sonido excepcional —desde el barniz que utilizaba el autor hasta la particular morfología de la madera en la época en que vivió, conocida como la Pequeña Edad de Hielo—, lo cierto es que nadie hasta hoy ha conseguido fabricar ningún instrumento de cuerda mejor. Ni, por descontado, ninguno más caro.

Y hablando de instrumentos, es probable que no conociera este: el órgano de perfumes. Es una manera algo poética de designar el antiguo banco de trabajo de los perfumeros, pero el paralelismo con los instrumentos musicales no deja de ser acertado. La creación de un perfume es como la creación de la música o de la pintura. Técnica aparte, requiere creatividad, sensibilidad y ese toque humano sutil, pero imprescindible, que lo convierte en un oficio puramente artesanal.

Fotografía: Vetiver Aromatics (CC).

Cuando la ciencia química es infinitamente más avanzada que en la época en la que los humanos empezamos a crear perfumes, es muy significativo que la formulación de estas esencias siga siendo un trabajo exclusivo de manos —y narices— artesanas.

La razón por la que es así también está en los pósteres antiguos, esos clásicos de propaganda bélica o de corridas de toros de mediados del siglo XX que hoy tienen algo que los hace especiales. ¿Encanto? ¿Delicadeza? Un poco de ambas, porque también eran productos artesanales. Aunque la litografía sea una técnica para reproducir en serie obras originales, lo cierto es que ninguna prensa da mejores resultados que con los ajustes que solo conoce un maestro artesano.

Fotografía: John Bell (CC).

Y lo mismo ocurre con las imágenes, esas estatuas que son escultura pero también algo más. La mirada al cielo, los brazos extendidos y los pliegues de la ropa al recogerse de una manera precisa, una que sugiera la divinidad de la figura y sirva a su propósito eucarístico. Representan temas divinos y por eso son siempre humanos quienes las hacen. ¿O acaso confiaría la representación de un dios o de un santo a una impresora 3D?

Fotografía: Liz West (CC).

Alhambra Reserva 1925. Si te gusta este artículo, pincha aquí.


Las rebajas, el prozac y todo lo demás

Marilyn Monroe posando para los fotógrafos después de una actuación en el área de la División de Infantería. EEUU, 17 febrero de 1954. (DP).
Marilyn Monroe posando para los fotógrafos después de una actuación en el área de la División de Infantería. EE. UU., 17 febrero de 1954. (DP).

Sentada a las puertas del probador, abrazando bolsas, bolsos y abrigos que no me pertenecían, el otro día me vino a la cabeza la noticia que publicaba The Daily Mail hace poco más de un mes: «Un hombre se suicida en un centro comercial tras pasar cinco horas de compras con su novia».

Según el diario británico esto pasaba en China. Y como acostumbran las noticias que nos llegan de este país, la letra pequeña era tan digna de estudio como la de un contrato leonino.

Al parecer, Tao Hsiao de treinta y ocho años, decidió saltar por el balcón del centro comercial cuando su novia le reprochó a gritos que era un tacaño por no dejarla comprar más zapatos. Damos por supuesto que el hombre tendría más razones que esa bronca para acabar con su vida, pero, volviendo al tema de soportar un día de rebajas, me acordaba de Tao y llegué a entender su desespero.

Ir de tiendas, de compras, de shopping, o como se le quiera llamar se ha convertido en una forma de ocio. Pero aquí hay algo que no me cuadra. El ocio es, según la RAE, la diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio que se toman regularmente por descanso de otras tareas. «Reposo, ingenio y descanso», tres conceptos que no encajan en lo que yo, a fecha de hoy, conozco como ir de compras, pero vamos, seguro que esto es solo cosa mía.

Si se supone que uno pasa sus ratos libres haciendo aquello que le gusta, que le divierte, que le inspira y esto es comprar, ¿por qué no veo a gente feliz mientras compra? Miraba las caras de esa gente en las tiendas y no desprendían felicidad. No veo gente sonriendo mientras hacen cola para pagar, ni mientras rebuscan entre las estanterías esa ganga que prometen los carteles del escaparate. Tampoco veo que la gente sea feliz cuando un fabricante decide tomar como modelo el palo de una escoba para diseñar vaqueros que no sientan bien a ningún cuerpo. Son cosas que no hacen gracia a nadie y, sin embargo, puede decirse que acumular pertenencias —y comprarlas— produce un no sé qué en el cerebro que nos hace sentir felices.

En un país como España con un 26 % de tasa de paro, fomentar el consumo para estimular la economía se sigue tomando como el modelo más viable para salir de la crisis. Esta idea ya la defendía a principios del siglo XX el economista Bernard London en su libro The New Prosperity. En 1933, cuando EE. UU. no sabía cómo afrontar la Gran Depresión y tenía un 25 % de desempleo, London propuso reactivar la economía fomentando el consumo entre la población mediante la obsolescencia programada obligatoria. Este concepto significaba poner una fecha de caducidad a todos los productos para, pasado ese tiempo de uso «legal», ser retirados y destruidos por el Estado. De esta manera la producción no cesaría y, como consecuencia, el empleo tampoco.

En el documental Comprar, tirar, comprar de Cosima Dannoritzer (2011), se explica el origen de la obsolescencia programada. Con la Revolución Industrial había que equiparar el ritmo de consumo al de la producción, así que por un lado se tenían que hacer productos menos duraderos y, por otro, hacer que el consumidor incorporase en su vida el hábito de compra como una diversión y no como un proceso por necesidad.

Hacia los años cincuenta en Estados Unidos la obsolescencia programada se instauró aunque ya no se trataba de obligar a comprar como proponía London sino de seducir al consumidor. Brooks Stevens, diseñador industrial americano, fue uno de los defensores de la obsolescencia programada, promoviéndola en charlas y congresos al definirla como el deseo del consumidor por poseer algo más nuevo un poco antes de lo necesario. Ahora, decía, nadie compra porque se le obligue, sino por su propia voluntad.

Bueno, lo de que nadie nos obliga literalmente, es cierto, pero es bastante cuestionable. Si no, ¿qué objetivo tiene la publicidad? No siempre compramos porque lo que teníamos se ha hecho viejo o se nos ha roto, verdad. Es cierto que nadie nos pone una pistola en la nuca diciendo que compremos, pero sí nos ponen la cabeza como un bombo a martillazos de mensajes publicitarios, ya sean en formato spot, en luces navideñas o a modo briconsejo desde el Ministerio de Economía para incentivar el consumo. El caso es que la mayor parte de las veces, compramos por evasión más que por necesidad.

Mujeres en un taller de confección de moda. Eslovenia, 29 Junio 1961. Foto: Danilo Škofič (CC).
Mujeres en un taller de confección de moda. Eslovenia, 29 junio 1961. Foto: Danilo Škofič (CC).

Robert y Edward Skidelsky, autores del libro ¿Cuánto es suficiente?, sostienen esto mismo que acabo de decir yo, pero de una manera más cruel. Dicen que el consumismo acalla la inquietud de los trabajadores sobre el ocio que desearían tener, así el acto de comprar es una compensación para aliviar su frustración fruto de sus jornadas laborales. Además, creando estas necesidades artificiales, se garantiza lealtad de los trabajadores a la ética del trabajo. Vamos, que si nos despiertan las ganas de tener cosas, le daremos un sentido a invertir gran parte de nuestro tiempo en trabajar para poder obtenerlas.

Por otra parte, la posesión está ligada al éxito y a la autoestima. Alain de Botton, en su obra Ansiedad por el estatus, dice que el que se nos valore más, el proyectar una imagen positiva de nosotros mismos a los demás está socialmente ligado a poseer cosas como indicador de éxito social. Nuestra felicidad y nuestra autoestima depende en gran parte de lo que los demás piensan sobre nosotros. Así, nos sentimos guapos cuando la gente nos dice que lo somos; más inteligentes si nuestro entorno piensa que lo somos, y nos hacemos nuestro propio mapa mental de quiénes somos por lo que nos llega de los demás, en lugar de lo que pensamos de nosotros mismos. Piensen si no, en el efecto que tienen las redes sociales en nuestro ego.

Si entendemos este concepto de amor propio y todo lo que conlleva, rápidamente comprenderemos qué nos mueve a hacer las cosas que hacemos en nuestra vida, pero lo que ahora nos ocupa es la relación que tiene nuestra autoestima con la manera en la que compramos. En este sentido, economistas y sociólogos han identificado tres categorías de bienes según el estatus:

Bienes bandwagon o bienes de subirse al carro: Son los bienes que se desean porque otros ya los tienen. Lo que nos mueve a tenerlos son la envidia o la necesidad de identificarnos con el grupo.

Bienes esnob: su deseo viene movido por la idealización de ser exclusivo y diferente porque poseerlos nos distinguen de la gran masa. Evidentemente, muchos de los bienes que empiezan siendo esnobs, acaban siendo del tipo bandwagon. Stephen Bayley, asesor de moda, reflexionaba en el documental Estado de ansiedad, basado en el libro de Alain de Botton, sobre la diferencia que existe entre que un producto te atraiga por su diseño o por lo que significa. Cuántas veces nos hemos comprado algo que nos encanta por su diseño, pero dejamos de usarlo porque nos sentimos parte del rebaño cuando vemos que lo lleva todo el mundo.

Bienes de Veblen (Throstein Veblen era un teórico estadounidense que acuñó el concepto «símbolos de estatus» en el libro Teoría de la clase ociosa): Estos bienes son los más caros de todos y lo seguirán siendo, porque son marcadores de riqueza. Viene de la mano del efecto bling, que consiste en que cuanto más alto es el precio de una marca, más exclusiva es y no pueden bajar el precio porque ese es su atractivo. Estos artículos significan que quienes los poseen prácticamente no tienen la necesidad de trabajar.

Las marcas saben esto, así que tienen el manual de instrucciones necesario para tocar con éxito la tecla de ganar clientes. Naomi Klein en su libro No Logo, teoriza sobre esta identificación de las personas con los valores de una marca de la que hablamos. Los logos y, por tanto, las marcas, venden ideas más que productos, hasta tal punto que han ido desplazando al pequeño fabricante anónimo ya que no importa tanto la calidad de lo que compramos sino los valores que transmite lo que poseemos.

La obsolescencia programada, la influencia de la publicidad, el materialismo como indicador de éxito social y las facilidades que tenemos actualmente para comprar cualquier tipo de producto inmediatamente, son factores estimuladores del hábito de compra que destaca la doctora Susana Jiménez, responsable de la Unidad de Juego Patológico y otras Adicciones Comportamentales del Hospital Universitario de Bellvitge (Barcelona). Estos factores, según la Dra. Jiménez, pueden llevar al consumidor a padecer trastorno de compra compulsiva.

La accesibilidad a la compra aquí y ahora también ha quedado recogida como estímulo del consumismo en el último informe sobre la Sociedad de la Información en España elaborado por la Fundación Telefónica. En este informe se revela que el smartphone impulsa las compras compulsivas hasta tal punto que el 81% de las adquisiciones realizadas a través del móvil no estaban previstas.

Aun así, no he venido aquí a sembrar el pánico. Todo esto son datos que he podido recopilar mientras acompañaba a mis amigas a que, como la novia de Tao, comprasen más zapatos de los que serán capaces de usar. Moraleja: las rebajas no solo pueden hacernos más guapos, más felices y mejor considerados, también nos hacen más listos. Si no, miren todo lo que he aprendido con mucho aburrimiento y un smartphone en un día de rebajas.


Días como estos, la serie

[NOTA: este artículo NO contiene spoilers]

Fran Calvo, Inma Gamarra, Carlos ChamarroInma Isla y Toni González —este último hará ya en la primer entrega de madre, de espontáneo colaborador en la trama y de adolescente descerebrada; a cual más descacharrante, qué vis cómica la de este hombre— son dirigidos por Luis López de Arriba en Días como estos, la obra teatral por capítulos que puede verse viernes y sábados a partir de las 22:00 en La buena vida – Café del libro, una de nuestras librerías preferidas.

Toni González, Inma Ilsa, Carlos Chamorro, Inma Gamarra y Fran Calvo, por este orden.

La idea —genial— se le ocurrió a Fran, “teatro en serie y librería”. Es comprador habitual de una de viejo, La Celestina, en la calle Princesa. “El librero es un señor que tiene una librería en el centro, una de las librerías más entrañables de Madrid; techos altísimos, libros de segunda mano abarrotándolo todo. Entraba ahí, respiraba; era maravilloso(…). Mágico”. Le preguntamos, llegados a este punto y porque al decir respiraba pone esa cara, si se parece tanto a Alberto, el personaje al que interpreta en la obra (tendréis que ir para saber qué le estábamos diciendo aquí). “Me gustaba la librería como lector, y hablaba con Vicente, el dueño, y era una gozada”. Así, y como quiera que aparte de un gran actor —de esos que lo llevan por alguna parte escrito, de esos a los que les sale solo—, es un hombre de un natural inquieto y romántico —“Vicente, este oficio, esto que haces, lo tiene que conocer más gente”—, empezó a pergeñar la idea de aunar teatro y libros, a buscar quién pudiera contar una historia así, en una librería, la manera de llevarlo a cabo. Y lo consiguió. Acabaron encontrándose todos. El librero que lo hará posible, “nos cobra muy poco por el alquiler, algo anecdótico, le estamos muy agradecidos”, finalmente, será Jesús Trueba.

“Un nuevo formato teatral en el que se representan obras por capítulos. Una experiencia única al alcance de todo el mundo”. Es decir, podemos ir a ver una obra de teatro por tan solo los ocho euros que cuesta la entrada, consumición incluida, sentarnos en la librería con no más de cuarenta personas, al ladito de los actores; ver teatro de calidad a un precio más que razonable. Incluso, podemos reírnos sanamente de Benedetti, ese poeta amigo de todos los que alguna vez hemos querido enviar un poema a la altura intelectual de el o la cabeza de chorlito de la que nos hemos perdidamente enamorado. El texto está plagado de referencias literarias y de guiños a películas míticas con las que nos tuvimos que reír. Fue  más que divertido. 

Cada uno de los capítulos de esta primer entrega puede verse como una única obra, como algo más al uso o convencional. No obstante, lo interesante será seguir la serie completa, ver cómo van evolucionando los personajes, qué se le va a ir ocurriendo hacer con ellos  a Luis, “al final es más beneficioso escribir sobre la marcha; a mí como director me sirve mucho, vamos haciendo improvisaciones y me surgen ideas, escenas que voy encajando para el capítulo dos, el tres…” Y así, aun teniendo ya una idea de la obra en su conjunto, aun cuando la trama de cada capítulo esté ya pensada, no está completamente definida, lo cual enriquece la obra, le aporta dinamismo, frescura; hace que sea más eficaz si cabe la propuesta.

Es, además, una forma diferente de salir a Madrid un viernes o sábado noche, y así lo dejamos; ya nos contaréis qué tal.


Madrid shopping mall

Tras años de demoras y conflictos legales, hace unos días se conoció la definitiva aprobación del proyecto para la construcción de la nueva plaza de la Cebada. Uno de los espacios más antiguos de la capital y mercado de abastos desde el siglo XVI encara su transformación en un centro comercial de 13.500 metros cuadrados que cumpla con los requisitos conocidos: edificio de última generación, atracción turística, icono visual, actividad de ocio y consumo. Se aduce la necesidad de los vecinos de contar con este equipamiento, pero de los más de cien puestos activos del mercado actual sólo sobrevivirán la treintena que no se ha acogido al plan de cese ofrecido por la administración. Lo demás serán Zaras, Ginos, Carrefours, Lacostes, Toys R´us o Pepe Jeans.

Proyecto para el Centro Comercial Plaza de la Cebada

La metamorfosis de la plaza de la Cebada se añade, a pie cambiado, al ciclo especulador que ha sacudido el centro histórico de Madrid, su área metropolitana y los ensanches residenciales, sin que la crisis económica que provocó haya planteado una estrategia distinta a la generalización del modelo shopping mall por toda la geografía regional. El único efecto comprobable del descalabro financiero ha sido la ralentización, cuando no la melancólica paralización, de actuaciones que antes se resolvían en plazo récord.

Desde hace más de dos décadas, las diferentes administraciones promueven una ciudad acorde a la cultura ideológica que reflejan, como ejemplo paradigmático, los documentos elaborados por la delegación de Madrid para la reciente Exposición Internacional de Shanghai. Celebrada en 2010 bajo el lema “Mejor ciudad, mejor vida”, Madrid presentó un pabellón cuya página web explica, en términos ilustrativos, los motivos de su participación en esta cita: “Madrid necesita invertir en imagen para que el mundo la perciba como es y Shanghai 2010 ofrece una visibilidad sin parangón”, una “ocasión irrepetible para promocionar Madrid” ante el “déficit de percepción internacional” que, según los organizadores, sufre la ciudad. La Expo, concluye el documento, es “un instrumento perfecto para llevar a cabo la estrategia de posicionamiento internacional de Madrid Global” (“Madrid Global” es el nombre de la fundación dependiente del Área de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid encargada de la organización del pabellón).

Pabellón de Madrid en la Exposición Universal de Shanghai

El lenguaje mercadotécnico del dossier se traslada a las denominaciones que esta misma Área de urbanismo del Ayuntamiento de Madrid emplea para designar los espacios más emblemáticos de la capital española, rebautizados en sus documentos como “Centros Comerciales Abiertos” (CCA). Así, el área que transcurre entre la plaza de Callao, la calle Preciados, la Puerta del Sol y la calle Arenal se conoce como “Centro comercial abierto Callao-Preciados-Arenal”, como también ocurre con la Plaza Mayor (“CCA Plaza Mayor”), la Gran Vía (“CCA Gran Vía”) o la calle Serrano (“CCA Calle Serrano”). Por su parte, los tradicionales mercados de abastos del centro histórico (Mostenses, La Cebada o Barceló) adoptan el nombre de “Centros Comerciales de Barrio”, mientras aguardan su reconstrucción en shopping malls y tiendas delicatesen, para los que hay aprobados planes concretos en diferentes fases de realización.

En Madrid el modelo shopping mall se ha impuesto aceleradamente a través de diversas estrategias: peatonalización de calles (Arenal, Preciados, Fuencarral, Montera, el tramo Callao-Plaza de Santo Domingo), remodelación de plazas (Callao, las Cortes, Santo Domingo u Ópera) y bulevares (Serrano, Gran Vía), adjudicación de licencias horarias especiales y recalificación de suelos para el gran comercio, fuertes inversiones en publicidad institucional (logotipos, actos promocionales y campañas de comunicación), construcción de edificios e infraestructuras icónicas o la promoción de eventos internacionales, como los repetidos concursos para albergar las Olimpiadas. El resultado de conjunto es un espacio público depauperado, en el que progresivamente desaparece el comercio tradicional mientras las áreas comunes se reurbanizan a partir de un minimalismo disuasorio que propone espacios sin referencias, elimina los elementos que favorecen su ocupación (bancos, árboles, jardineras, zonas de juegos) y extiende la vigilancia. Calles y plazas se reciclan así en meras vías de circulación peatonal entre la oferta de consumo.

Arriba izq: calle Preciados. Der: plaza de Callao. Abajo izq: plaza de Callao. Der: Madrid -Río.

Hablamos de una dinámica que no sólo ha afectado al centro histórico de la capital, sino que ha dominado el proceso paralelo de suburbanización regional. Desde el año 2007 la población del extrarradio metropolitano ha superado, por primera vez en la historia, a la población del municipio de Madrid a través de ensanches residenciales donde el mall ha ejercido de eje de expansión. Tanto en cifras relativas como absolutas, Madrid es la región con más número y superficie de centros comerciales del país, la mayor parte construidos al calor de la burbuja inmobiliaria que caracterizó su desarrollo económico hasta 2008. En 2009 el Instituto de Estadística de esta comunidad registraba 155 centros comerciales y 88 grandes superficies especializadas, a las que hay que sumar los miles de establecimientos franquiciados (más de 6.500 tiendas sólo de los sectores del textil, cuidado personal y restauración) que se extienden por los principales núcleos urbanos. El dato resulta elocuente: en un territorio que ocupa el 1,58 por ciento de la superficie de España se concentra el 22,6 por ciento de la superficie total de centros comerciales del país, con 2,85 millones de metros cuadrados destinados a este uso (fuente: DCCE 2008).

Ensanche residencial de Vallecas.

Tal densidad de centros comerciales permite hablar de toda una geografía del mall que condiciona la disposición del trazado viario y de transporte público, los equipamientos de ocio y servicios y, sobre todo, la configuración de los nuevos esquemas habitacionales que, contrariamente a la tradición urbana de la región, muestran unos espacios públicos singularmente anodinos: anchas aceras flanqueadas por los muros de las urbanizaciones residenciales, nulo comercio de proximidad, escaso equipamiento de servicios y ausencia de centros urbanos diferentes del mall que generen ocupación y confluencia. En estos verdaderos iconos de la periferia de Madrid se escenifican, con retraso, las imágenes más típicamente asociadas a la cultura Shopping Mall norteamericana: allí se reúnen las familias de extrarradio para participar de un ritual que implica menos el acto de la compra que la aculturación en el espacio simbólico, los tránsitos y los reclamos visuales de estos templos del consumo, cuyo eco promisorio resuena en las sugerencias new age de sus nombres: “Xanadú”, “Zielo”, “Islazul”, “La Gavia”, “Tres Aguas”, “Nassica”, “Loranca”, “Planetocio”, “Plenilunio” o “Equinoccio”, algunos de los cuales representan verdaderas ciudades (Parque Oeste, ParqueSur o Parque Corredor superan los 100 mil m2 de superficie exclusivamente comercial, es decir, sin incluir parkings ni otros servicios adyacentes).

Dentro de esta “geografía del mall”, la almendra central de Madrid actúa como el nódulo sobre el que orbita la trama de residentes-consumidores de la región, un gran centro comercial que se extiende por calles y plazas, áreas históricas, museos, oferta comercial y barrios temáticos, como spots privilegiados de una imagen de marca particularmente agresiva contra las textualidades urbanas que la cuestionan. La pluralidad real de la ciudad encuentra difícil acomodo en los parámetros del espacio promocional, así que los trabajos de renovación comienzan por la propia actividad residencial de los barrios históricos, desplazada ante la ausencia de servicios y la hiperconcentración comercial que sufren. Tal homogeneización implica que los espacios culturalmente diversos solo perviven en la medida en que se rearticulan como formas de la cultura de consumo. Así ocurrió en el barrio de Chueca y así sucede actualmente en Triball (nueva denominación para los alrededores de la Plaza de la Luna), cuya marginalidad y capacidad subversiva se canaliza en una imagen “multicultural” y sofisticada lista para exportar: el gueto transformado en barrio trendy.

El mejor ejemplo de esta tendencia lo representa el “Plan municipal de innovación y transformación de los mercados de Madrid” que prevé derruir los mercados de abastos del centro histórico para construir en su lugar edificios icónicos de nueva factura. Así, el Mercado de Barceló (ya derribado) se convertirá en el “Centro Comercial Mercado de Barceló”, como también se planea con el de La Cebada, Mostenses y San Antón, en un proceso paralelo al que sufrió el Mercado de San Miguel, que de dar servicio a los habitantes de la zona se transformó en un espacio delicatessen con productos y precios dirigidos al visitante ocasional. El programa se completa con el Plan FICOH, que propone ayudas económicas al pequeño comercio para su integración en centros comerciales y centros comerciales abiertos, así como su inclusión en circuitos turísticos y su “adecuación” tecnológica y estética.

Proyecto para el Centro Comercial Mercado de Barceló

A pesar del cuestionamiento que desde la disciplina ha surgido de estos esquemas urbanos, las actuales demoras en la ejecución de proyectos se deben, más que a la revisión de sus bases conceptuales, a las dificultades financieras que atraviesan las administraciones públicas. Según datos del Banco de España, la deuda contraída por el Ayuntamiento de Madrid asciende a más de 7.000 millones de euros, una cifra que responde, principalmente, a los sobrecostes del espectáculo urbanístico. Los 6.000 millones de euros que hasta ahora se han invertido en Madrid Calle-30 avanzan por la senda que marcaron los 4.500 millones de la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas (en este caso a cargo del Ministerio de Fomento), los más de 4.000 previstos (sólo en infraestructuras) para la Operación Chamartín (que contempla un presupuesto total de 11.000 millones de euros), los 466 millones de la remodelación del Palacio de Cibeles, los 300 de la Caja Mágica, los 125 de la remodelación del Palacio de los Deportes o los más de 100 del Centro Acuático y el Estadio de la Peineta, estos últimos como parte de la candidatura olímpica de la ciudad.

Desde las instituciones públicas la ciudad-marca adopta una gestión corporativa que fija sus objetivos en la imagen global del producto. Así interpretan la utopía tecnocrática que impregna los documentos de Shanghai 2010: “Un lugar de encuentro, de toma de decisiones, un lugar en que se describen problemas globales y se presentan posibles soluciones”, cuyo objetivo consiste en “compartir información sobre tecnología, investigación, oportunidades de negocio, comunicación, cultura y entretenimiento”. Frente a los problemas globales, Shanghai 2010 se proponía como un espacio fluido en que la comunicación abierta y el consumo de imágenes obra un supuesto consenso global, enmascara las contradicciones económicas y media en la solución de conflictos.

La evolución material de la ciudad expresa así la pugna abierta entre mercado y democracia. En el contexto de una planificación urbana de corte neoliberal, que además de privilegiar usos y tránsitos espaciales concretos, implementa medidas legales para corregir aquellos que entiende disfuncionales, lo que aparece en cuestión es el propio escenario que ubica y posibilita la idea moderna de ciudadanía. De este modo, el sesgo espacial de los más recientes movimientos sociales a través de sus ocupaciones y reapropiaciones de plazas ha respondido, además de otras consideraciones, a la sustracción física del espacio público.

Fotografía: Juanjo Martín