Las rutas de vikingos y piratas en las aguas de Baleares

vikingos y piratas en las aguas de Baleares

Cuando hablamos de las aguas de Baleares pensamos en puestas de sol, turistas y música chill out, pero estas islas mediterráneas fueron testigos de batallas navales que hoy serían la envidia de Juego de Tronos. Uno de los bravos guerreros que pasó por aquí fue el rey Sigurd I de Noruega. Iba de camino a Jerusalén en las cruzadas. Según relató el historiador Gary B. Doxey, salió de Noruega con sesenta barcos, hizo escala en Inglaterra, siguió por la costa francesa y pasó el invierno en Santiago de Compostela. A su estilo, saquearon ciudades gallegas y, en Portugal, ocuparon el castillo de Sintra, llevaron a cabo saqueos en Lisboa, se enfrentaron a sarracenos y musulmanes en el estrecho hasta plantarse en Baleares, la región, ahora comunidad autónoma, con la costa más extensa de España.

La primera isla a la que llegaron fue Formentera. Según las sagas vikingas, en aquel momento era un nido de piratas sarracenos, que tenían sus tesoros ocultos en cuevas en lo alto de acantilados. Los vikingos fueron para allá directos, pero no pudieron acercarse hasta la entrada de la cueva. Parece que, en ese momento, los piratas se burlaron de ellos y les mostraron ofensivamente las riquezas que tenían acumuladas. Sin embargo, los vikingos se las arreglaron para introducirse tierra adentro y les obligaron a retirarse y esconderse en la cueva. Hicieron una hoguera en la entrada y quemaron o asfixiaron a todos los que estaban dentro. Se dice que este botín fue el más importante de todo su viaje. Es más, este episodio en Formentera es de los más detallados en las sagas.

El problema es que los arqueólogos no han logrado ni siquiera suponer cuál podría haber sido esa cueva. Quizá podría ser el barranco de Torrent del Gat, en la parte Norte de La Mola, el punto más alto de Formentera. Otra hipótesis es la Cova des Fum, que podría deber su nombre a ese episodio. En ella ya se encontraron vestigios de la Edad del Bronce.

Las sagas continúan con el rey Sigurd cogiendo su embarcación y navegando hasta Ibiza. Allí, de nuevo, se produjo un asalto. Después, de camino a Menorca, hizo otro. Los historiadores explican que los vikingos utilizaban Baleares como punto para recoger suministros, pero se estaban haciendo con ellos a su manera. Sin embargo, después de Menorca, la travesía ya no fue tan plácida. Mallorca estaba fortificada y estaba muy poblada. De modo que siguieron hacia Sicilia, donde se instalaron por un periodo prolongado esperando a que hubiera condiciones óptimas para su viaje hasta Tierra Santa. Antes de Sigurd, según el historiador Pedro Xamena Fiol, una escuadra vikinga había atacado Baleares en 859 hasta el punto de despoblarla por completo.

La travesía de Sigurd aparece luego presente en la documentación que ilustra las cruzadas pisanas contra las ciudades musulmanas. Las flotas estuvieron formadas también por escuadras catalanas, además de fuerzas que procedían de territorios que habían sufrido las consecuencias de tener las Baleares llenas de refugios de piratas. Los pisanos cesaron en sus ataques tras un cambio de estrategia, prefirieron relacionarse con los musulmanes mediante la diplomacia y los acuerdos, pero los catalanes, tras conquistas y reconquistas, lograron hacerse con el dominio de las Baleares.

Esto nos lleva a uno de los más hermosos tesoros que tienen las costas baleares, las fortalezas ibicencas. Después de siglos de conflictos que implicaban a vikingos, norteafricanos, ibéricos e italianos, se construyeron unas torres de vigilancia por todo el litoral de Ibiza para proteger la isla de los ataques de piratas no solo africanos, también los anglosajones.

Una de las más antiguas y más grande es la Torre des Carregador, levantada para proteger a los trabajadores de las salinas, siempre amenazados por los corsarios. En ella podían protegerse entre ciento cincuenta y doscientas personas. Está rodeada de aguas cristalinas y transparentes en la ruta de los islotes que va a parar a Formentera. Sin duda, la que tiene el paisaje más espectacular tanto desde el mar como desde lo alto es la Torre des Savinar, que también es conocida como la Torre del Pirata. Está en mitad de la Reserva Natural de Cala d’Hort.

Actualmente, se pueden recorrer todas en barcos de alquiler. Por ejemplo, la Torre de Ses Portes tiene un pequeño varadero a pocos metros y se encuentra entre dos playas, Ses Salines y Es Cavallet, y un parque natural.

Como en la escena de las almenaras de El retorno del rey, los vigías de estas torres encendían hogueras para avisar a la antigua población ibicenca de que se acercaban piratas. Ahora su acceso es restringido, muchas pertenecen a familias locales o hay que pedir permiso para concertar una cita y visitarlos. Sin embargo, siempre se pueden divisar desde el mar, por ejemplo, alquilando un catamarán, reviviendo la experiencia de tantos pueblos y culturas tan diferentes que se dieron cita en estas aguas, ahora paradisiacas.


La lluvia en Sevilla

lluvia en sevilla
Fotografía: Enrique Moya Ortiz.

Así que me dije, vámonos a la Semana Santa sevillana, no vaya a ser que te mueras sin haberla visto. Según algunos amigos del club Viejos Ateos Solidarios, en las procesiones no era raro ver lo que debió de ser la religión mediterránea antes del cristianismo. Imaginaba yo que sería similar a las tremendas procesiones sicilianas y napolitanas, con sus penitentes tintos en sangre y sus masas agrícolas desesperadas por la muerte del fertilizador anual y luego gozosas por su resurrección primaveral. ¡Cuánto me equivocaba! La era moderna y científica también ha llegado a la Semana Santa de Sevilla. Por esta razón y no otra recomiendo la excursión como imprescindible.

Total que llegué un lunes abrileño que cayó en 25 de marzo. Para ir a Sevilla lo mejor es el AVE incluso si uno vive en Gerona. El avión no da tiempo para recapacitar, cogitar y recogerse en lo que estas celebraciones religiosas significan. El AVE sí. Son dos horas y media si se sale de Madrid y otras tantas para llegar a Madrid desde donde tenga uno el capricho de vivir. Hay lugares, sin embargo, malditos. Gijón, por ejemplo, Lugo o Santander. Si alguien vive todavía en esos remotos poblados, es mejor que vaya de semana santa a Londres. Le cae mucho más cerca. 

Aquel 25 de marzo y una vez desnortado desde Santa Justa hasta el hotel, salí un poco a tontas y a locas a comer, sin acordarme de que en Sevilla no se come. Puede uno tomar unas tapas aquí y allá, unas cazuelitas, pescaítos fritos por toneladas, hamón de bellota al peso, olivas, cacahueses, chufas, pijotas, pero comer, lo que se dice comer, es cosa de bárbaros, de modo que es mejor abstenerse. Eso no quiere decir que no haya tascas, tabernas y figones en donde se pueda pedir de casi todo. Yo me afinqué en el Olalla y ya de ahí no varié ni un solo día por lo que es mi única recomendación. 

Al salir del Olalla y tras evitar el café Tapanuba, Catunamba, Catacumba, o algo similar, que es lo que sirven en Sevilla casi en régimen de monopolio, me topé a la hermandad de la Redención que circulaba en ese momento por la plaza de la Encarnación, más conocida como «la de las setas» debido a un gigantesco monstruo ejecutado para dar una apariencia de modernidad a la ciudad, como si esta lo necesitara. Las setas son un armazón sinusoide a modo de platillo volante ingenuo, que ocupa casi toda la plaza. Debe de haber costado otra fortuna y no solo es horroroso sino que no sirve absolutamente para nada. Constituye un delirio levantino en una ciudad casi siempre sobria.

La procesión, debo confesarlo, me emocionó. El paso se llama «El beso de Judas» y habría que tener el corazón de pedernal para no reconocer en ese gesto del beso (tan español y tan político) la inminente traición en la que caeremos todos, uno después de otro, gracias a la incondicional amistad y la mano en el fuego etcétera. Los nazarenos en esta cofradía son solo mil cien y desfilaban con lenta grandeza, velón apagado y caperuzo bien sujeto con la mano no ocupada por el velón (hacía mucho viento), a quienes seguía la banda de música y sus claros clarines. Yo ya para cuando llegaron los músicos estaba llorando como una monja. Luego vino la Virgen que, si no ando equivocado, era la del Rocío, y ustedes se dirán ¿cómo es posible que no sepa este hombre qué Virgen era? Verán.

Los diarios de la ciudad reparten durante las celebraciones unos cuadernillos con las cofradías o hermandades (no me ha quedado claro qué es cuál), las procesiones, los pasos, los recorridos por la zona centro, los colores nazarenos, las bandas de música (si llevan) y todo tipo de información útil para el asiduo. Vienen a salir a un mínimo de cinco procesiones diarias, con acopio los jueves y viernes de hasta veinte. O sea, unas cuarenta en la semana a ojo de buen cubero. No hay quien distinga cuarenta Vírgenes, todas preciosas y cubiertas por lágrimas de cristal de cuarzo.

Así, por ejemplo, pillé por la tarde la procesión de la Vera Cruz, que porta la reliquia homónima sobre la que mucha gente se precipita a besar o tocar —tiene mucho poder—, operación difícil dado el gentío que pasa por en medio de la procesión, por los lados y casi por encima, porque una de las sorpresas del visitante es que aquello es un caos y hay familias enteras que cruzan por donde les apetece, levantando las cruces de los nazarenos al grito de «¡usté perdone!», madres con cochecitos por en medio del nazarenío, grupos de alegres muchachas cogidas del brazo, y así. Algún nazareno he visto que harto de que le crucen el caperuzo ha dado un giro veloz y cascado la nuca del incivil con un cristazo tremendo. Pues bien, en esa procesión pasea una bella Virgen que solo muy tarde supe que respondía al apelativo de «Las tristezas de María santísima». No solo es que haya muchas Vírgenes, es que responden a nombres de un lirismo sideral.

Como en este reportaje tengo que señalar algunos monumentos dignos de ser visitados, apunten la iglesia de El Salvador, uno de los templos más bellos de España, sin duda. Aquellos ancianos que a partir del Sesentayocho se fueron a  la India encontrarán allí lo más cercano al templo hindú que les sorbió el poco seso que les quedaba. Inmensos retablos de oro y pedrería, oscuridad tachonada por candelas, grandes y barrocos santos, santas, mártires y mártiras, muy semejantes a los de nuestros hermanos del Índico, aunque con mayor volumen de ropaje.

También merece la pena el Museo de Bellas Artes, posiblemente el recinto con más imágenes religiosas del mundo entero, incluido el Vaticano de Roma y el Walhalla de Múnich. No vaya a creerse, sin embargo, que la población sevillana y andaluza es particularmente católica. La frondosísima imaginería obedece más bien a un resto pagano ya muy estudiado etcétera. Y la mejor prueba es verlo en vivo y en directo, con toda la población gritándose de un lado a otro de la procesión que a ver dónde quedamos, vendedores de paraguas anunciando su mercancía o centenares de niños corriendo entre las piernas de los nazarenos en busca de caramelos.

Bueno, pero es que esa es precisamente la religiosidad que a mí me gusta, la que mejor comprendo y amo. Estoy casi seguro de que cuando el verdadero Nuestro Señor subía al Gólgota, numerosos niños palestinos seguían el cortejo y se colaban por entre las piernas de los soldados romanos, los verdugos, los felones y las santas mujeres, al tiempo que puñados de familias jerosolimitanas acompañaban el Vía Crucis comentando los últimos resultados de las carreras de cuádrigas en la capital y el precio del incienso y la mirra.

Luego ya empezó a llover, como cada año, y no merece la pena comentar ya más el asunto, excepto para hacer ver que la lluvia, en Sevilla, es una maravilla si a uno le pilla en el bar tomando un negroni bien servido. Llevado por mi entusiasmo, seguí buscando y encontrando procesiones en cuanto amainaba, gracias a lo cual creo que pillé uno de los momentos más grandiosos del siglo. Fue cuando me apretaba junto a mil sevillanos más (componíamos el típico funeral árabe) para ver a la Macarena. Era en la calle Feria. El paso de Cristo juzgado por Pilatos es uno de los más impresionantes del conjunto, pero cuando yo lo vi tenía una peculiaridad añadida, turbadora e irrepetible. Para protegerle de la lluvia lo habían cubierto con un chubasquero de la guardia civil. Formaba el santo paso un híbrido capaz de remover las entrañas del más desalmado. El Cristo vestido de guardia civil. Lloré como un crío. 

Considerando que ya no podía ver nada más elevado y grandioso, no solo en Sevilla, sino posiblemente en toda mi vida y teniendo en cuenta que seguía lloviendo como si aquello fuera Pontevedra, me refugié en el hotel y ya no abandoné el bar hasta que monté en el AVE transido de emoción y convertido en mucho mejor persona. Espero que a usted le suceda lo mismo.


Jugando a ser Phileas Fogg: la vuelta al mundo en 40 imágenes

Jugando a ser Phileas Fogg

Odio a la gente que dice «me encanta viajar». ¿A quién no le encanta viajar? De acuerdo, reformulo. Odio a la gente joven que dice «me encanta viajar». ¿A qué persona joven no le encanta viajar? Odio también a la gente cuyo único propósito es viajar, que está en un viaje y ya está pensando en el próximo; y que no deja de hablar de todos los lugares que conoce. Está en Bangkok y suelta cosas como «me recuerda mucho a cuando estuve en Hanoi»; o le ofrecen un collar en el zoco de El Cairo y hay que oírle, «pues en Jerusalén…». Este tipo de gente viaja como quien ficha. Saca fotos como un árbitro cabreado saca tarjetas y transmite la sensación de que, al ver un sitio, en lugar de disfrutarlo, ha cumplido. «Hala, otra muesca en mi cinturón de viajero».

Odio a la gente que dice «viajar me ha cambiado»; ni hablar si dice «me ha hecho mejor persona». En general, los imbéciles que conozco son todavía más imbéciles una vez viajados (me ocurre lo mismo con los imbéciles leídos). Viajar no cambia a la gente, es un mito. Si acaso la hace más gilipollas. Está bien, eso es un cambio, pero negativo. 

Odio, de forma sublime y final, a la gente que se cree que ya lo ha visto todo. «Es que ya no sabemos a dónde ir». No tengo palabras. 

En cambio me gusta la gente que viaja por obligación. Tanto los que les gusta como a los que no. De hecho, estos últimos, me encantan de manera especial, ya que los tíos (o tías) se recorren medio mundo, contemplan maravillas, viven experiencias únicas y les tienes que oír quejarse. «Estoy hasta los cojones». «Pero si es genial, conoces medio mundo». «Estoy hasta los cojones».

Me recuerdan a Phileas Fogg. El bueno de Phileas se agarró a dar la vuelta al mundo por una enganchada con sus amigotes del Reform Club de Londres. Algo así como «no tienes huevos de dar la vuelta al mundo en ochenta días», pero en versión educación británica. Phileas, solo por demostrar que sí se podía, cogió una maleta, veinte mil libras (si fuera español también hubiera llevado un queso) y allá se fue con Picaporte, su ayudante. Atravesó el valle del Ganges, entró en una mezquita brahmánica, desembarcó en Hong Kong, vio pasar durante tres horas una manada de bisontes en Norteamérica y cruzó el Pacífico. Entre otras muchas cosas. Pero a Phileas solo le preocupaba cumplir y se dedicaba  a mirar su reloj de bolsillo mientras ante él desfilaba el mundo. Cabezota, callado, huraño y extremadamente educado, Phileas vivió el sueño trotamundos por excelencia y ni por un momento lo disfrutó. Es el viajero perfecto. 

Con todo esto por delante quiero, a continuación, jugar a ser Phileas. Dado que seguramente soy todo lo que odio, he aquí mi personal, incompleta y nada pretenciosa vuelta al mundo en cuarenta imágenes, esperando que algún día este listado se complete hasta las ochenta, acabe harto y, entonces sí, pueda erigirme en un auténtico Phileas Fogg contemporáneo.

1. Se acercó y, lo admito, me entró miedo. Yo estaba sentado en el bordillo de la acera de una calle de Sarajevo y solo tenía veintiún años. El chaval, algo mayor que yo, me saludó, me contó cosas de su vida, de la guerra y después se levantó la camiseta y me mostró tres agujeros —agujeros— en su torso que aún tengo aquí, en la frente, clavados.

2. Por no llegar tarde a no sé qué rueda de prensa de no sé qué político de la Autoridad Nacional Palestina, el tipo que conducía decidió atravesar la ciudad de Ramala a toda velocidad esquivando toda suerte de dificultades viales, sin dejar de pitar un solo instante y maldiciendo a quien se cruzaba por su camino. No tenía ningún rango de nada, solo nos llevaba, pero no dejó por incumplir ni una sola norma de tráfico y de sentido común. Por alguna razón la policía, en lugar de pararlo y tal vez asombrada por su innegociable decisión, nos abría camino cuando nos veía. 

3. Fan reconocido de La lista de Schlinder, puse todo mi empeño en visitar la tumba de Oskar en mi primera visita a Jerusalén. No lo logré, ya que los horarios son algo restringidos (no tanto) y yo soy algo desorganizado (mucho). Tal es así que lo máximo que he conseguido años después es contemplar el cementerio de lejos, apoyado en una verja que siempre está cerrada cuando me acerco y en donde maldigo mi procrastinación.

4. Creo que en ningún momento llegué a entenderlo, pero aquellos ¿arqueólogos? búlgaros me dejaron caminar tranquilamente entre esqueletos de un cementerio medieval recién hallado. Me daban ganas de decirles que yo no debía estar ahí. Me podría haber llevado una calavera. Pero no.

5. Por alguna razón creí que varias calles más abajo del estadio de Maracaná pasarían más taxis. Eran las dos de la mañana. Cuando llegué a la oscura —y vacía— avenida que cruza el barrio de Tijuca en Río de Janeiro, comprendí que no había tenido una buena idea. El primer taxi que pasó me ignoró, el segundo también. En ese momento un tipo con mirada perdida y una cicatriz que le atravesaba la cara me gritó algo mientras se me acercaba decidido. De fondo, otro taxi aproximándose. Levanté el brazo. Si pasaba de largo me quedaba a solas con el tipo de la cicatriz en la calle oscura. Fue un minuto tenso. El taxi paró. 

6. Contemplar la plaza Roja de Moscú. 

Jugando a ser Phileas Fogg

7. En (casi) la cima del volcán Pacaya no hay ningún tipo de control o restricción. Un chaval de unos doce años nos guiaba. Eso era todo. De la hierba pasamos a la tierra; de la tierra, a la roca y de la roca, a la lava petrificada. A pocos metros, un río de lava (esta recién escupida) descendía. Se podía sentir el calor, el color fosforito —nunca antes visto por mí— y la viscosidad. Las plantas de los pies me empezaron a quemar, miré hacia abajo y, a través de una pequeña grieta que discurría entre mis pies, vi lava correr bajo el suelo. «Lo mismo tendríamos que irnos de aquí». Nada más comenzar el descenso estalló una tormenta que nos obligó a detenernos en un refugio: los rayos caían a pocos metros y es entonces cuando comprendes que el ruido que hacen cuando caen a tu lado es completa y estremecedoramente diferente. La lluvia sobre la lava provocaba enormes columnas de vapor. Aquello era el fin del mundo. Un espectáculo inolvidable. 

8. Yo veía los tejados de las casitas de Ciudad de Guatemala acercarse vertiginosamente a mi ventanilla. El avión daba bandazos, la gente gritaba. Yo me aferré al asiento. Finalmente aterrizamos. Desconozco si es siempre así.  

9. Hablando de aviones y miedo. Sobre el Himalaya, con turbulencias muy generosas, el piloto anuncia que no se puede aterrizar en Lhasa. Hay que seguir hasta Chendún. A lo mejor no fue para tanto, pero con las cumbres ahí al lado y los saltos malditos del avión… Creo que hemos visto demasiadas películas.

10. La ciudad de Varanasi, en la India, daría para un texto ella sola. Templos abandonados se alinean a lo largo del Ganges donde se bañan y purifican hindúes venidos de todas partes, rodeados de vacas, cabras, perros. En uno de los templos queman los cuerpos de los difuntos. Los suben a pilas de madera, huele a carne y madera quemadas, en el templo ennegrecido por el humo gritan los monos. No sé si hemos visto suficientes películas. 

11. Lo mejor eran los tipos de espaldas al partido. Solo les preocupaba que la abarrotada tribuna no dejara de cantar, saltar y alentar a River. El Monumental de Buenos Aires bullía y yo con él. Y eso que jugaban contra los últimos. 1-0 para las gallinas. 

12. Mi problema, derivado de un exceso de imaginación lectora, es que luego fantaseo. Cada tipo —boina y bastón— que veía en Corleone era un capo. «Mira ese es un capo que conoció a Totò Riina, seguro». Y me venía arriba.

13. En Palermo lo mismo. Cada pegatina de addio pizzo que me encontraba en un comercio me empujaba a mirar alrededor y relamerme por lo cerca que estaba de la mafia. Maldita la gracia que le hará a los locales semejante gilipollez. Después, claro, foto en la entrada del teatro donde mataron a la hija de Michael Corleone. 

14. Y Nápoles, para finiquitar. Donde vale todo, no puedes ir a ningún barrio pero tienes que ir a todos. ¿Y la camorra? Por todas partes.

15. Difícil de explicar, lo intentaré: Tren nocturno que nos llevaba —a un buen amigo y a mí— de Hanoi a las montañas del norte. La idea: hacer senderismo. El objetivo: dormir las siete horas de trayecto para llegar descansados. El problema: Tian y Aule, dos vietnamitas equipados a conciencia con cerveza. No hablaban una palabra de inglés, tampoco fue necesario. Si acaso cuando Tian fue a por más cerveza  y yo también, sin saber ninguno de los dos a dónde iba el otro. Las provisiones se multiplicaron. No dormimos. No quedó una lata llena. El senderismo bien, gracias.

16. ¡Ah, los enlaces! El mejor, en Londres. Obligado a dormir en un hotel tras catorce horas de vuelo, a la mañana siguiente el tiempo se me echó encima de tal manera que me vi obligado a, atención, correr. Con el piso mojado (Londres, claro) ocurrió. Aún no había amanecido pero me dio por hacer un horizontal y caer de espaldas al asfalto hundido por el peso de la mochila. Cuando vi las cabezas de la gente preocupada dije que estaba bien desde el suelo. No lo estaba.

Jugando a ser Phileas Fogg

17. Cruzar Serbia de noche, a través de profundos y balcánicos bosques, a bordo de un tren que se caía a trozos. Si abrías la puerta del compartimento un solo segundo se infestaba de mosquitos. Por ello volé por el pasillo, abrí la puerta del ¿baño? y me encerré. Me bajé los pantalones y cuando ya estaba al asunto sentí una especie de leve rumor, un zumbido. Miré hacia arriba, despacio, como en las películas, y vi una masa compacta de mosquitos que descendían lentamente sobre mi cabeza. La carrera de vuelta por el pasillo fue con los pantalones por las rodillas. No me crucé con nadie.

18. No es cuestión de ponerse dramáticos, pero en Auschwitz se te quitan las ganas de reírte por un buen tiempo. 

19. Y hablando de judíos. Junto a un amigo fotógrafo caminábamos por el campo de refugiados palestino de Kalandia acompañados de un local. Nos dirigíamos a casa de una familia que había perdido a dos hijos en la intifada. Llamamos a la puerta y una niña nos abrió. Al vernos, dio un salto hacia atrás y, pálida, gritó algo hacia dentro de la casa. Nuestro guía la tranquilizó hablándole en árabe. «¿Qué gritó?», le preguntamos. «Judíos».

20. Yo iba de paquete en una de las motos. Mi mejor amigo, en otra. Conducían dos haitianos. Atravesábamos Puerto Príncipe a toda velocidad camino de la casa donde una amiga nos hospedaba. «Que no se os haga de noche», nos dijo. No solo ya era de noche; también rompió a llover. Puerto Príncipe no es la mejor ciudad para verte envuelto en una situación así. Absolutamente empapado empecé a dudar del camino correcto. En pocos minutos lo supe: nos habíamos perdido. No solo por las afueras de la ciudad, también una moto de la otra. Yo, con mi piloto, trataba de encontrar algún punto de referencia en la oscuridad. Era evidente que estábamos dando vueltas. Empecé a desesperarme mientras intentaba que el agua dejara de entrar en mis ojos aunque solo fuera por un segundo. De pronto, la luz: recordé que en el bolsillo tenía un papel con el teléfono de mi amiga. Decidimos parar. Cuando saqué el papel, el agua había emborronado la tinta. En ese momento me vi en la oscuridad, chorreando agua como si estuviese bajo la ducha, en sabe dios qué punto de Puerto Príncipe… y me entró la risa. Me dio un ataque de risa junto al piloto de la moto, que se contagió. Al rato me crucé con mi amigo, más desesperado que yo. Un par de vueltas más y encontramos el camino. Final feliz. 

21. Fue ahí, en Puerto Príncipe, donde vi un niño de unos tres años beber de un charco junto a una cabra. Ay.

22. En Chipre, concretamente en la República Turca del Norte de Chipre, puedes dormir en un apartamento de madera al pie de una playa paradisíaca escuchando las olas por, aproximadamente, cinco euros la noche. Lo que pasa es que la gente va a Varadero.

23. Ya que sale a relucir Varadero. En Cuba, el amigo de la tormenta y yo perdimos el autobús desde Camagüey a La Habana. Apañamos un razonable precio para que nos dejaran viajar en un autobús de estudiantes. «Está prohibido», nos dijo un tipo que parecía la autoridad del vehículo. «Si sube la policía decís que sois profesores en la Universidad de La Habana ¿de acuerdo?». Mi amigo y yo nos miramos. Muy creíble. No solo por el acento, si no por las mochilas, las camisetas raídas, las barbas y el estar sentados en la última fila, agazapados junto a una madre con su hija, una anciana y dos tipos somnolientos. «Profesores, dice…». No subió nadie al autobús. 

24. Condiciones de vida inasumibles. En Haití los campamentos se extendían (y extienden) por todo el país. Cinco meses atrás había tenido lugar el terremoto. Familias de dieciocho o veinte miembros vivían en una tienda de campaña. Cuando llegaba el camión del agua había empujones. En la India pude pasar un par de días en un slum. Miles de chabolas miserables se agolpaban bajo la autopista en tal acumulación de pobreza que costaba mantener la entereza. En el campo de refugiados de Balata, en Cisjordania, cada generación levanta un nuevo piso en el mismo edificio. Cincuenta mil personas en un kilómetro cuadrado. Con todas sus consecuencias. 

25. Estar a veinticinco grados bajo cero no es demasiado diferente, en lo que a sensación de frío se refiere, que estar a menos diez. El problema es que, mientras vas caminando, por ejemplo por las calles de Cracovia en diciembre, notas cómo te agotas. Y cómo tu cuerpo pide calorías. Te entra hasta el sueño. Es curioso. 

26. Más difícil es saber qué hacer cuando, en Dubai, un bofetón de cuarenta y siete grados pringado de humedad te golpea. Desesperante. 

27. Ya era de noche, pero no tarde. Estábamos sentados esperando a Tian, una amiga suya, en la romana plaza de San Pedro. Ya no quedaba nadie. La plaza, con su imponente columnata, estaba vacía. Ni una persona. En un momento de silencio completo rompieron a sonar las campanas y las palomas levantaron el vuelo. En realidad, eso fue todo. 

28. Pintada con espray en el muro de un baño semiderruido, estaba la altitud: 5248 m. Era lo que me tenía mareado. Las vistas sobre el Himalaya, con el Everest emergiendo, también. Las banderitas budistas de colores flameando y la inmensa quietud alrededor. Ya tardan en ir allí. 

29. En Cerdeña el coche nos dejó tirados en la carretera justo cuando todo el mundo regresaba de la playa. La espera hasta que vino la grúa se prolongó tres horas durante las cuales, en ningún momento, dejaron de pasar coches. Pongamos cinco al minuto, por hacer una media, con lo que resultaría que por nuestro lado pasaron aproximadamente novecientos coches. Solo tres nos preguntaron si necesitábamos ayuda. No tengo nada en contra de los sardos, ojo.

30. Hay un pequeño pueblo al sur de la Toscana llamado Pitigliano en el que vivía una próspera comunidad judía antes del Holocausto. Las fachadas de las casas asoman al borde de un precioso precipicio. En invierno está nevado. No sé qué más tengo que decir sobre este lugar.

31. En Vietnam me ofrecieron perro para comer. Dije que no. Soy un tiquismiquis, lo sé. Y eso que jamás tuve perro.

32. En el campo de refugiados de Yenín cinco pequeños cabrones, de unos ocho o nueve años, me pegaron una paliza en toda regla. Salieron como gatos de un portal y me empezaron a dar con todo, incluido un candado de moto. Justo cuando había tomado la decisión de dejar de protegerme y empezar yo también a golpes, salió un anciano de una casa y los echó a gritos. Yo le miré mientras me colocaba la ropa, él me observó sereno y me preguntó: «¿Té?».

33. Tengo vértigo. Mucho. No lo pasé nunca tan mal como cuando subí al tejado de la catedral de Viena. Un traicionero ascensor te impide ver a dónde vas y cuando se abre es tarde: tienes que salir a una pasarela que cuelga de la pared a más de cien metros del suelo. Horroroso. Ese día decidí que lucharía contra el vértigo. Sigo en ello (sin éxito), pero me sometí a grandes terapias de choque, como descender a pie la Torre Eiffel, pasear por los acantilados de Moher en Irlanda, subir a mi Torre de Hércules y, la más dura, coger el teleférico al mirador de Pao de Açucar, en Río. Y fui solo. Con dos cojones. 

Jugando a ser Phileas Fogg

34. En República Dominicana volvía de la playa de Samaná con un amigo y ya era noche. Vimos cómo se acercaba, planeando, un descomunal animal. Pronto distinguimos que era un murciélago del tamaño de un gato con alas. Cuando el bicho soltó aquel grito que parecía de una película de aventuras sobre dragones, tiramos la dignidad a una alcantarilla y emprendimos una absurda carrera en chanclas, empujándonos el uno al otro en torpes zancadas y gritando como desalmados. 

35. Aunque para ridículo, el que hice en la llamada Dark Cave de la bahía de Ha Long. Se atraviesa en piragua y no hay luz. Nada. En una canoa de dos —por suerte— y sin linterna, un amigo y yo nos adentramos. Enseguida nos vimos completamente a ciegas, sobre el agua y con el techo de roca a apenas medio metro sobre nuestras cabezas. Bastante claustrofóbico, sí. Por supuesto chocamos —contra unas piedras— y la piragua salió rebotada hacia atrás. Comenzamos a remar para frenarla y volver a avanzar de frente pero yo sentía que seguíamos yendo hacia atrás. Empecé a remar frenéticamente pero cada vez íbamos a más velocidad de espaldas. En ese momento todo pasó por mi mente: desde que nos arrastraba un remolino hasta una criatura de la cueva. Pude ver hasta las portadas de los periódicos contando la desaparición de dos jóvenes en una cueva de Vietnam. Le grité voz en cuello a mi amigo que remara más, que íbamos de espaldas lanzados. La respuesta, sosegada: «¿De qué hablas? Estamos yendo hacia delante. Y no remes tan rápido». Metí la mano en el agua y sentí la contracorriente. «Ah, sí».

36. Última de ridículo. Mi primera vez en Nueva York, con mi inglés de entonces verde como el del perro verde, intento ir al baño en un restaurante. Está cerrado y el camarero me dice algo incomprensible mientras me señala unos grifos llenos de cacharros, cubiertos y trapos. Entiendo, claro, que no queda otra que usar eso, así que empiezo a lavarme las manos en esa especie de encimera, sobre unas cucharas sucias y con un grifo que escupía un hilo de agua. El tipo vuelve alucinado y me señala, junto al grifo, las llaves del baño. No pararon de reírse de mí toda la comida. Disimulaban, pero yo les veía. 

37. Hacer un picnic en el peñón de la isla de Elba desde donde Napoleón contemplaba Córcega.  

38. Meir Eldar, judío polaco superviviente que estuvo en Auschwitz, me citó para la entrevista en el Yad Vashen, museo del holocausto de Jerusalén. Recuerdo con nitidez cuando se remangó su pequeño y arrugado brazo y me enseñó una cicatriz. «Aquí tenía el número tatuado, pero me lo sajé con un cuchillo». Después siguió caminando, menudo y frágil, contándome cosas de los trenes que le llevaron a los campos. 

39. Descender la cara nepalí del Himalaya es una experiencia de esas «fuertes». La carretera sin asfaltar serpentea entre precipicios mientras los autobuses repletos de gente en el techo se adelantan kamikazes. Se puso a llover, además. La furgoneta en la que íbamos se quedó atascada en una curva con gravilla y barro, justo sobre una especie de cascada que se había formado por la lluvia y que saltaba al vacío junto al que nos encontrábamos. Las ruedas de detrás derrapaban cada vez que el conductor intentaba acelerar. El precipicio seguía ahí al lado, con el agua lanzada hacia él bajo nuestras ruedas. Justo cuando iba a preguntarle qué hacemos, el conductor pisó a fondo, la furgoneta empezó a derrapar ladeándose hacia el vacío y en un contravolante que podría provocar seis infartos el conductor nos sacó de ahí. Ahí sí que lo vi cerca.

40. Desde el cabo de Fisterra, ante la inmensidad del Atlántico, puedes ver la curvatura de la Tierra en el horizonte. Dicen que es un efecto óptico. Que digan lo que quieran, pero yo siempre que estoy ahí, sentado en un roca, me imagino que avanzo hacia ella por encima del mar, siguiendo su redondez hasta dar la vuelta completa —como Phileas— y que consigo mis ochenta imágenes.

Jugando a ser Phileas Fogg


Mundo Battiato, una parada en Villa Grazia (y 2)

Franco Battiato Antonello Nusca
Franco Battiato. Fotografía de Antonello Nusca.

(Viene de la primera parte)

4.

Desde el exterior Villa Grazia no permite muchos encuadres que permitan verla por dentro. Hay que recrearla más bien tal y como aparece fugazmente en los videoclips que Franco Battiato rodó en el jardín y en estancias interiores. Lo hizo muchas veces acompañado de Manlio Sgalambro, el filósofo de la aspereza llevadera, con quien tantos años compartió amistad, creatividad y reconocimiento mutuo.

En la cañera y guitarrera «Strani giorni» («Días extraños»), del disco L’imboscatta (1996), aparecen imágenes chocantes y amalgamadas de la actualidad de entonces. Se mezclan con fotogramas de películas, imágenes documentales y otras secuencias rápidas e inconexas de lectura metafórica. Aparece Battiato de pie en las zonas ajardinadas. También lo vemos jugando al billar o sentado junto a sus cuadros (pintados por su alter ego Süphan Barzani). Se ven chispeantes pantallas de ordenador y aguadas con dibujos de derviches. De forma fugaz, aparece también la erupción de lava de un volcán, probablemente el Etna. La canción comienza con esta frase en inglés (con el ya citado y muy pétreo inglés battiatiano): «In nineteen forty five I came to this plaaaaaanet». En efecto, Franco Battiato llegó a este planeta, bajo el signo de aries, un 23 de marzo de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial, uno de cuyos teatros principales había sido Sicilia precisamente, aún no había terminado. En «Strani giorni» la acompaña la británica Nicola Walker Smith, haciendo dúo y puliendo la lengua de Shakespeare.

En otro videoclip, lo que podríamos considerar como un rapto de canción protesta y un aliño también de ciencia existencialista, se halla en «Ermeneutica» (del disco Dieci stratagemmi, 2004). Vemos a Battiato en el estudio de grabación de la casa. Otra imagen lo capta leyendo un libro de Manlio Sgalambro, De mundo pessimo, mientras el propio Sgalambro aparece en su aula como profesor de la Universidad de Catania, adonde acuden, como si fueran alumnos, el propio Battiato y la cantante que lo acompaña en la canción.

Por otra parte, uno de los estribillos más pegadizos en sus conciertos en Italia hacen referencia al eje horizontal de la materia y al eje vertical del espíritu: «La linea orizzontale ci spienge verso la materia, / quella verticale verso lo spirito». Se recoge en la canción homónima del disco Inneres Auge (2009). Su título, escrito en alemán, remite al llamado misteriosamente como el tercer ojo, que se alcanza cuando el meditador, tras domeñar el caótico magma interior, halla por fin un estado superior de consciencia. La letra contiene calderilla de ironía política (alude a la rocambolesca era Berlusconi), pero también hay referencias al misticismo interior, que apela al «inneres auge», lo que permite disolver las miserias de la traviesa horizontal de la vida: la realidad.

De nuevo aparecen aquí Battiato, con cierto aura de escritor de libros de autoayuda, y Sgalambro, quien canta al inicio con voz electrónica. Al final el músico se balancea en una hamaca del jardín, bajo árboles y palmeras. Vemos de nuevo las estancias interiores de la casa, con puertas y ventanas de cristales pintados, parecidos a los de las sacristías, que podrían formar parte de la capilla de Villa Grazia (fue aquí donde se celebró el íntimo funeral por el descanso de su alma 18 de mayo de 2021).

Hay más videoclips y pasajes de películas y documentales dirigidos por Battiato que remiten al lugar donde estamos: Villa Grazia. Pero hemos de seguir adelante.

5.

Por el documental Le Nostre Anime (2016) sabemos cómo discurría el día a día de Franco Battiato en su residencia, de la que apenas salió ya en los últimos años. En especial se hace alusión al recogimiento físico que envolvía al cenobítico Battiato en su habitación. Se levantaba entre las 3.30 y las 4 de la madrugada. Solía quedarse a solas en el vacío de su cuarto, una hora o dos, según el día. Hacia las 6 de la mañana comenzaba el espectáculo del mundo: el alba. A las 7.15, el desayuno. Después, el tiempo dedicado a la lectura. Si optaba por la pintura, convertido en Süphan Barzani, las horas discurrían sin unidad de tiempo mortal.

Sería un error considerar que Villa Grazia se convirtió con los años en un castillete donde el artista, cual misántropo, halló refugio a salvo del mundo. No hubo egolatría ni reclusión interior llevada por la antipatía. No ocurría, aquí en Milo, lo que sí le pasó en aquellos años oscuros de finales de los 60 y muy primeros 70, en las nieblas del norte milanés, donde el neófito Battiato vivió imbuido en una especie de delirio creativo poco o nada aireado, del que saldrá su primera canción, titulada «La torre» (especie de oda pagada y vana a la juventud). Como Hölderlin, como Montaigne, el veinteañero Battiato decidió recluirse herméticamente con la casi única compañía del sintetizador VSC3. Se entregó de tal modo a la investigación creadora y psicodélica que sufriría, como reconocerá después, algún que otro desequilibrio psicológico.

Villa Grazia, como decimos, viene a ser otra suerte de reclusión, pero mucho más feliz, donde cierto estado de ausencia le permitía no obstante estar presente, y donde la alegría de la vida germinaba en el espíritu, igual que en las plantas del jardín, lo mismo que en los tomates del huertecillo aledaño.

A sus sesenta y nueve años dio permiso para que esta misma revista, Jot Down, por medio de Irene Hdez. Velasco, le hiciese una entrevista. Por entonces, siete años antes de su muerte, Battiato estaba dándole vueltas a su documental Atravesando il Bardo (el bardo es una palabra del budismo tibetano que remite a lo que espiritualmente sería un «estado intermedio» o cierto «estado de transición»). Por su cabeza rondaba ya la idea de la parca: «Estoy en silencio, apartado, precisamente porque he decidido una vía mística y sé lo que sucede después de la muerte».

«¿Y qué sucede cuando uno muere?». La pregunta de Irene es la que todo preguntón y preguntona le habría hecho de inmediato. Battiato le respondió cual monje tibetano: «Cuando uno muere la tierra se disuelve en agua, el agua en fuego, el fuego en el aire, el aire en el espacio y, en el espacio, es donde llega la conciencia, nuestra conciencia».

En la entrevista, Battiato luce para la ocasión cierta prestancia sutil, la de un dandi. Chaqueta y pantalón de vestir, camisa blanca, pañuelo al cuello y deportivas tipo runner. Habla de su picoteo espiritual y animista entre religiones, sin olvido del singularísimo maestro Gurdjieff y su teoría del Cuarto Camino, que lo llevará a estudiarlo y conocerlo durante unos años maravillosos. El método Gurdjieff, aseguró entonces, le hizo cambiar de signo zodiacal: dejó de ser aries.

Su idea de Dios era heteróclita, insondable, como la iridiscencia de luz que envuelve al significado de la propia palabra: Dios. «Dios es amor puro, y antes de llegar a él hace falta verdaderamente mucha, mucha paciencia», le dirá a la periodista. En «I’m that» del álbum Dieci stratagemmi, canción trufada de espiritualidad, Battiato acaba diciendo en la letra que solo es un músico, no un musulmán, ni un hindú, ni un budista, ni un cristiano. La contradicción fue una constante en su carrera.

Periodista y músico conversan también sobre Italia, pues el número de Jot Down de aquel entonces (diciembre de 2014) es un especial dedicado al país transalpino. Pero la charla va y viene de nuevo por los lares evanescentes del espíritu. Battiato habla de reencarnación, a la que se alude en Atravesando el Bardo. Dice que en cuarenta y nueve días, los cuales divididos de siete en siete son exactamente siete, hay gente que por el modo en que ha vivido ni siquiera entra en el Bardo, sino que va a algún que otro reino interior. Puede convertirse en un perro (¿como doña Grazia?), en una serpiente o en un conejo. Añade que cuando uno consigue completar este camino de siete fases y llega al último escalón, esto significa que no vuelve al planeta donde ha estado. O si vuelve a él, es porque decide volver y a dónde volver, en qué útero entrar, lo que ciertos budistas llaman «rinpoche».

A la pregunta de dónde o en qué le gustaría reencarnarse, el artista responde con una battiatada sacada de su repertorio más genuino: «Esto no lo sé, sinceramente. Solo sé que estoy mejorando en los últimos tiempos». Ambos recuerdan, entre risas, que el propio dalái Lama había dicho que le gustaría reencarnarse en la propia Italia.

En otro punto añade: «He atravesado diferentes muertes en los últimos tiempos. Me estoy acercando. Y es interesante esta cosa».

6.

La «cosa», en fin, le llegó en la ya citada y luctuosa fecha del 18 de mayo de 2021. A medida que empeoraba su estado, bajo la decadencia neurológica, solía hablar por teléfono con su amigo Guidalberto Bormolini, el sacerdote católico que, al verlo en fotos, nos ha sorprendido por su pelambre entrecana y por sus barbas de pope del monte Athos. Será él quien, de hecho, oficiará el íntimo funeral en la capilla de Villa Grazia.

Hace menos de un mes (y justo aquí donde nos hallamos ahora), salía por una de las puertas de la casa el coche fúnebre que transportaba el ataúd de Franco Battiato. Tras los cristales se veían ramos de rosas blancas y amarillas. En las rejas y sobre los muros rosados de Villa Grazia los vecinos habían dejado velas, flores y carteles en los que se leía una frase de «La cura» («E guarirai da tutte le malattie», «Y curarás de todas las enfermedades»), así como un sentido «Ciao Franco». «La cura» es considerada como una de las canciones más bellas de todo tiempo compuestas en Italia. La pura esencia battiatiana se halla en sus melifluas estrofas, ideadas por Battiato y Sgalambro: «Superaré las corrientes gravitacionales, el espacio y la luz para no hacerte envejecer».

Al modo común siciliano, como en tantas iglesias de pueblos y ciudades de la isla, se pusieron varias esquelas mortuorias que recordaban al ilustre finado de Milo: «Comune di Milo. Lutto Cittadino FRANCO BATTIATO».

El coche fúnebre salió de la casa con la parsimonia debida. Lo hizo en dirección contraria a donde teníamos aparcado el coche, con vistas a la costa. Giró a la derecha y subió por una ligera cuesta, camino de su incineración en Milo. Invitados y familiares permanecían asomados a la calle desde el interior de Villa Grazia. Quién sabe ahora si las lagartijas, en aquel justo momento, estaban cruzando la calle sin que nadie se percatara de su presencia, en recuerdo de «Giubbe rosa». Periodistas, carabineros, personal de la funeraria, vecinos y fans del cantante (la mayoría de cierta edad), acompañaron al féretro con aplausos y algún que otro grito comedido: «¡Grande!»

Hemos leído mucho tiempo después que, al parecer, Villa Grazia podría convertirse en una casa-museo dedicada al artista. Su sobrina, llamada Grazia como la matriarca (hija de su hermano mayor Michele), es la albacea y heredera de la obra battiatiana. Veremos si su legado se respeta adecuadamente y no sufre desviaciones dolorosas y agraviantes, algo que hoy por hoy se nos antoja improbable.

En nuestro adiós a Villa Grazia no visitamos el pueblito de Milo, sino que bajamos directos hasta Giarre-Riposto, en dirección a la costa y a la autopista hacia Catania y Siracusa, nuestra siguiente parada en Sicilia. Días antes, en el apartamento de Palermo que habíamos alquilado, escuchamos casualmente algunas canciones de Franco Battiato. Era la hora del desayuno y procedían de otra casa vecina. Todo ocurrió con agradable espontaneidad. Luego, en el popular cruce de Quattro Canti, escuchamos también sus melodías y canciones a través de los habituales músicos ambulantes. No nos gustó demasiado tanta recurrencia, pues nos parecía, quizá tontamente, que era como una suerte de profanación.

Por la autopista hacia Catania, cuyo paseo marítimo lleva ahora el nombre de Franco Battiato, pusimos la única música posible en ese momento en el coche. Ya en Siracusa, bajo un calor aplastante, compramos en una librería la biografía del cantante escrita por Aldo Nove, aparecida aquí en Italia un año antes de su muerte. La librería estaba muy cerca del aparatoso santuario modernista de Nuestra Señora de las Lágrimas, que domina Siracusa y cuyo cono de hormigón armado de ciento tres metros de altura se ve desde los predios milenarios del teatro griego.

Entramos al santuario como quien se adentraba en la inmensidad diáfana de una nave interplanetaria, tarareando para la ocasión la «Vía Láctea» de Battiato. Se nos disculpará la ridiculez. Nos pusimos bajo la gran cúpula cónica, por cuyos huecos se colaban haces de luz diurna que invitaban a descifrar misterios insondables. Nos pareció que eran como corrientes gravitacionales, mecánicas divinas fuera de la lógica circular de los hombres. Deben entendernos. Hacía menos de un mes que había fallecido nuestro divo, «Il Nostro», como lo llama Eduardo Laporte en su libro. Todo o casi todo tenía ya una doble lectura, natural y críptica, presente y regenerada. La vida misma.


Mundo Battiato, una parada en Villa Grazia (1)

Villa Grazia 1 Franco Battiato
Franco Battiato, ilustración de María Jesús Casermeiro.

1.

La luminosa Sicilia, con su amplia oferta de seducciones, ofrece desde el pasado año un aliciente alternativo para visitarla desde la intimidad. Un viaje, por así decirlo, que podría tener algo de responso. Por eso hay quien, como nosotros, decide viajar a la isla con la idea un tanto amorosa, naif y fanática de llegar al pequeño pueblo de Milo, en concreto a Villa Grazia, la residencia donde vivió Franco Battiato hasta su muerte a los setenta y seis años, ocurrida el 18 de mayo de 2021.

Nos plantamos en Villa Grazia casi un mes después del óbito. Traíamos un pequeño presente para dejarlo allí, a modo de exvoto particular. Era una caricatura original del artista siciliano, dibujada por la pintora María Jesús Casermeiro, que lleva la leyenda «¡Viva Franco! (Battiato)» y que, entre otros disparates, da nombre a una sección de opinión en el rotativo Diario de Sevilla. Entregamos la caricatura en un sobre, al que añadimos una nota improvisada escrita en inglés: «A present from a fan of Franco (from Spain, Sevilla-Siviglia). Never forget you. Thanks for all. Yours, Javier».

Más allá de la perforación de la gramática inglesa, la nota nos resultó de lo más simpática, sobre todo porque nos acordamos al escribirla de la dura pronunciación que del inglés siempre hizo uso Battiato en sus canciones. De entre su talento único y heteróclito a la vez, el acento en lengua extranjera no fue su fuerte. Pero este lastre, con el tiempo, se ha convertido en otro más de sus encantos.

2.

Habíamos dado al fin con Villa Grazia siguiendo una ruta interior por la isla. Desde Nicosia y Randazzo hasta Castiglioni di Sicilia, a la vera de los montes Nebrodi y Peoritani, fuimos oteando a lo lejos la boca del Etna, «el enorme gato casero, que ronronea tranquilo y despierta de vez en cuando», como lo describiera Leonardo Sciascia. Entre campos de color pajizo y curvas montuosas que se perdían por la lontananza, asomaba al fondo lo que más bien parecía no un volcán, sino unas misteriosas señales de humo, al modo de los indios arapahoes del tiempo de la conquista del oeste americano. El año pasado, en pleno rubor de primavera, el Etna volvió a despertarse una vez más. De ahí la fumarola visible desde la carretera, la cual atravesaba el paisaje interior de la isla que, poco a poco, íbamos descubriendo, valorándolo más por su austeridad que por el drama de sus formas, colores y texturas, como tal vez lo habíamos imaginado con cierto exceso de confianza.

Hicimos parada previa en el pueblo de Castiglioni di Sicilia, uno de tantos pueblitos que de pronto aparecen en el horizonte, normalmente agarrados a lo alto de una peña. Fuimos a visitarlo porque la guía turística aseguraba que era uno de los pueblos más idílicos no solo de Sicilia, sino de Italia. No fue para tanto, la verdad sea dicha. Pero desde los puntos altos del villorrio volvimos a contemplar el Etna y el humo de puro habanero que desprendía bajo la luz del sol. 

A partir de Castiglioni di Sicilia pusimos rumbo a Milo y a la casa de Franco Battiato. Nos metimos por carreterillas imposibles y embudos peligrosos, surcando la falda nordeste del Etna, mientras señales de precaución y montones de ceniza apartados en los bordes nos indicaban que todo el entorno pertenecía a los dominios del volcán, si bien lo que íbamos dejando atrás no eran más que zonas poco o nada sugerentes a la vista, núcleos residenciales dispersos, terrenos híbridos y poca cosa más.

De hecho llegamos al fin a Villa Grazia con la ilusión del reclamo un tanto diluida. De modo —nos dijimos— que esta residencia burguesa, que estos muros rosáceos, que estos árboles del jardín que asoman desde dentro han formado parte de la vida y del mito battiatiano. He aquí, pues, el lugar apartado, casi convertido en un cenobio, donde el músico alumbró tantos discos, donde pintó al olvido de las horas, donde meditó día y noche, donde cultivó su huerto de tomates, donde recibió a amigos, músicos escogidos y algún periodista, y donde permitió rodar más de un videoclip musical.

Más sencillo habría sido para nosotros subir hacia Milo desde Giarre-Riposto, la localidad donde nació Battiato en 1945 y que, de hecho, puede contemplarse desde Villa Grazia, con el mar Jónico de fondo y el perfil de la costa oriental siciliana perdiéndose por el nordeste, hacia Taormina y el estrecho de Mesina. Subir desde el mar hasta Milo habría sido más lógico. Pero nosotros lo hicimos desde tierra adentro, por entre la ceniza del Etna, como quien dice.

En Torneremo ancora, su obra testamentaria, se dice que «la vida no termina. Es como el sueño. El nacimiento, como el despertar. Hasta que no seamos libres, regresaremos de nuevo». Ahora, pasado un tiempo ya de aquella visita a Villa Grazia, la evocada ceniza del Etna nos hace pensar en algunas escenas rodadas para Torneremo ancora, como las de la zona de Argimusco, un lugar al que le gustaba ir a Battiato por su carga espiritual. Era para él como un espacio no contaminado por el ser humano, allí donde empiezan viajes y transmigraciones de las almas, donde la no pertenencia y donde la vida, junto al volcán, se regenera. Quizá debimos habernos traído un puñado de ceniza, para tenerlo como recuerdo de un destino probablemente compartido. Pero se nos pasó la ocasión.

3.

Aupado ya al éxito, pero sin corromper su inconformista viaje al centro, el músico se hizo construir su residencia privada justo aquí, en Milo, en los terrenos del antiguo castillo de invierno que fuera de los Moncada, familia de abolengo siciliana, pero de ancestros catalanes (Montcada). Como es sabido la llamó Villa Grazia en honor a su madre, la mamma con la que estuvo tan unido y que tan poco pudo disfrutar de aquel hábitat situado entre los humores del Etna y el mar de Jonia. Murió en 1994, en el paréntesis que va del disco Café de la Paix (1993) a L’ombrello e la macchina du cucire (1996). Entre otras estancias, como el enorme salón de baile que se construyó y un estudio de grabación, se habilitó también una capilla para que la matriarca y quien así lo quisiera pudiera celebrar la misa.

Los muros rosados de la casa, construida un poco en cuesta, abarcan los números 57-63. Hay varias entradas a la residencia. Pero en general, como hemos dicho, a primera vista la finca no dice nada sugerente al visitante, ni siquiera al peregrino battiatiano. No más que el aspecto de un mero espacio burgués, pero que sí responde, cuando reparamos en ello, a la letra de la irónica canción «Giubbe rosa» («Casaca roja»), del disco homónimo, como recuerda Eduardo Laporte en su reciente biografía sobre el músico (En presencia de Battiato).

Dice Battiato en «Giubbe rosa» que vive en esta casa de la colina, que gasta dos mil liras en gasolina, que solo coge el coche tres veces al mes, que baja al mercado para comprar pescado y collares para los perros en la farmacia, que observa los limoneros y naranjos y las lagartijas que lentas cruzan la calle («qué diferente e igual su mundo del mío»).

La verdad es que no vimos lagartijas por la calzada. Una lástima. El coche lo dejamos a un lado, en un saliente con vistas al mar. Un perro amistoso se nos acercó. Quiso frotarse en las perneras del pantalón. Pensamos en doña Grazia, la madre y, al cabo, la presencia áulica y reencarnada que impregna todo el entorno. Durante un tiempo Battiato, creyente en la reencarnación (una de sus fuentes fue el Evangelio de san Mateo), llegó a creer que su madre se había reencarnado en un cánido. Nada sorprendente en quien, como suele decirse recurrentemente, vivía en diferentes corrientes gravitacionales, igual que su admirado Stockhausen, músico experimental y a menudo imposible, quien dijo que provenía de Sirio, la estrella más rutilante del firmamento.

Las lagartijas. El perro y la mamma. Restos de ceniza del Etna en el asfalto. Poco a poco íbamos entrando en combustión de autor, como si la presencia de Battiato, cuyos restos incinerados se hallan en Villa Grazia, fuera tomando cierta vibración. Sin embargo, el principio de encanto se lo cargaron un par de moteros, que venían a lo mismo que nosotros. Nos preguntaron si esta era la casa del famoso músico recientemente fallecido. Asentimos con la depresión de intuir que tal vez colgarían al instante sus fotografías en redes sociales.

(Continúa aquí)


El Pacífico no es pacífico

océano pacífico Pacific Ocean from Land's End, de Armin Hansen.
Pacific Ocean from Land’s End, de Armin Hansen.

Un escalón. Es lo primero que se siente en el Pacífico, sea en playa rectilínea, sea en bahía. Un desnivel que desconcierta, que hace perder pie enseguida, que da la impresión de una densidad desconocida. Luego está la fuerza de las aguas, incluso en la orilla, capaz de romper tobillos. Aunque no haya oleaje, el mar se adentra en la arena y rodea los cuerpos con que se topa con avidez, arrastrándolos hacia sí como una garra, como una liana, como una pitón. Cuando hay oleaje, su furia traicionera forma un muro inexpugnable. El Pacífico no es confiable.

A la vuelta del verano de 2007 no se hablaba de otra cosa en la Ciudad de México que de la muerte, a los treinta años, de la escritora Aura Estrada. La mató una ola que le rompió el cuello en Mazunte (Oaxaca). Nada hacía presagiar, se lee en la crónica atravesada por el dolor de su viudo, Frank Goldman, para The New Yorker, que la asesina llevara saña mortal.

«Mantenga la calma, no nade contra la corriente, haga señales de auxilio, intente nadar en paralelo a la orilla». Son frecuentes estos consejos en las costas del Pacífico, donde, si el bañista logra traspasar la pared de olas, no ha de sentirse seguro: puede toparse con una corriente de resaca. Los nadadores locales son expertos en cabalgarlas (y salvar a cientos de personas al año). «No hay que ponerse nervioso, es mejor dejarse llevar por la corriente porque ella misma vuelve hacia fuera», suelen advertir al viajero.

Muchos, miles al año, no lo cuentan. Como el poeta Manuel Ulacia, nieto de Manuel Altolaguirre, ahogado en una playa del norte de Guerrero en 2001. Los amigos que lo vieron cuentan que parecía que los saludaba de lejos, jovial, antes de desaparecérseles de la vista.

El lecho del Pacífico es traicionero también. En las costas, en uno y otro continente, confluyen placas tectónicas que rugen y llevan la muerte en ondas sísmicas, esas olas terrestres. «En caso de tsunami, aléjese de la costa, suba a un lugar alto». ¿El ser humano piensa en las instrucciones para ponerse la mascarilla en el avión en caso de despresurización de la cabina? ¿Sabe leer la señal quien observa al océano retirarse metros y metros como un Judas Iscariote que besa a Jesús?

Nada tienen que ver, eso sí, las rocas que conforman el fondo marino y sus límites con las corrientes y los oleajes, aclara Víctor Manuel Cruz Atienza, uno de los mayores especialistas en la llamada brecha de Guerrero, de donde predicen vendrá «the big one», el gran terremoto que mañana —dentro de diez años, de cincuenta, de cien— asolará la capital de México.

«Lo que rige las mareas tiene que ver con la interacción de los fluidos entre los océanos, la capa de agua de la Tierra y la atmósfera, y con la gravedad inducida principalmente sobre la Tierra por la Luna», explica el científico, paciente, a la ignorante.

¿Qué sabemos de los océanos los profanos? ¿Qué, del Pacífico, un tercio de la superficie del planeta, donde podrían caber todos los continentes? Las palabras esdrújulas nos parecen nombres de encantamiento y estas, en concreto, llevan la carga de titanes y conquistadores.

Consuela que siga siendo así incluso para los expertos. Lo acredita Santiago Olay García, marino mercante —¿la profesión venerable más antigua del mundo?—, que navega en las redes como Santiago el Marino (@superasturianu). «El Atlántico es como estar en casa y el Pacífico es la promesa de lo exótico —dice—. Cuando ya el Atlántico americano, incluido el Caribe, estaban civilizados, a principios del siglo XIX, el Pacífico suponía aún la vida en la frontera. Y para mí sigue siendo un poco así hoy en día».

Santiago lo compara con explorar la Luna o Marte hace solamente dos siglos, pero los científicos lo siguen considerando así, en cierto sentido. Se sabe más del espacio exterior que de los océanos.

Desde la orilla, sin embargo, todos los mares se parecen. Por eso nos confunden. Núñez de Balboa, el primer occidental que contempló el Pacífico, en 1513, lo hizo desde las costas del istmo de Panamá y por eso lo llamó mar del Sur. Su nombre definitivo se lo puso Fernando de Magallanes, tras pasar el infierno de la Tierra del Fuego, en 1520. ¿Cómo llamar, si no, a esa balsa azul, después de sufrir en glaciares y angosturas? Cómo predecir, en aquel momento, que de todos los topónimos equivocados, el del océano Pacífico es el más grande de todos.


La isla de los mirtos y los mares: un paseo por Córcega

córcega

Un aeropuerto vacío tiene algo de monstruo que duerme.

No.

Un aeropuerto vacío tiene algo de monstruo que acecha. 

El aeropuerto de Figari está vacío en las madrugadas. Es pequeñuco, apartado, de esos sitios que pareces abarcar con un solo golpe de tu mirada. Será, posiblemente, la última vez que tengamos esa sensación en la isla.

Bienvenidos a Córcega.

Huele a maquis al borde del mar

En Córcega, a veces, hace viento. Solo que allí, como todo es más dulce, le han puesto nombres pintorescos a los aires, como si fuesen poetas galos a fines del XIX. Tienen, por ejemplo, el gregal, sopla desde Tirreno. O el lebeche, que llega desde poniente y reseca los extremos norte y sur de la isla. El maestral, céfiro de Francia. O tramontana, o levante. Hasta hay un siroco de sur y dolor de cabeza, un mezzogiorno mañanero y un terrane que solo asoma cuando el sol empieza a esconderse, tímido, más allá de las aguas.

Ese viento es el que trae lo primero que sientes en Córcega. El olor, el olor… Ya no te abandona hasta que dejas la isla, y entonces lo echas en falta, como haría un niño con ese juguete que tanto le gusta. Es olor a maquis, muy intenso. Enebro, orégano, salvia, alcornoques, también unos arbolillos chicos que se llaman mirtos y con cuyos frutos, pequeñas canicas rojas, hacen licor espeso y delicioso. Pero a los alcoholes llegaremos más tarde.

(Llegarán ustedes, que yo estoy trabajando y servidor es muy serio). 

Hay más. Aparte del maquis, digo. Bosques, bosques inmensos. Castaños y pinos. 

Los castaños dieron sustento a corsos y corsas durante siglos. Tanto que hasta una región, la Castagniccia, toma nombre de este árbol. Tanto que en 1584 el gobernador genovés firmó un decreto obligando a plantar cada año cuatro ejemplares a cada granjero o propietario de la isla. Así que eso… muchísimos. Castañas pequeñitas, con erizos verdes como esmeraldas, mucho más brillantes que en otros sitios. A veces ves cunetas espolvoreadas a semicírculos llenos de púas, y parece como si fueran las moquetas menos simpáticas del mundo. Pero dan de comer a los cerditos, y ellos sí que son simpáticos.

Lo de los pinos es curioso. Allí, en el centro de Córcega, crece el laricio, que es un árbol grande, señorial, con troncos rectos como si estuvieran dibujados por un niño que saca mucho la lengua por la comisura del labio. Visualicen… ¿ya? Seguimos. Eso, que grandes bosques con el suelo cubierto de polen naranja, acículas secas que alfombran tierra tierna y hongos pequeñajos asomando aquí y allá. Los ves a montones más arriba de Evisa, camino a Bocca di Verghju (también puedes decirle Vergio, pero allá el tema de los nombres siempre lleva connotación), o en el Col de Bavella.

La gracia de este laricio es que tiene madera imputrescible. Vamos, que años y años a la intemperie, chupando agua y humedad… pues nada, como nueva. Así que los corsos lo usaban en ebanistería. Cosas importantes, bien chulas. Algo caro, de gran valor. Y en Córcega eso, históricamente, es sinónimo de expolio. Primero los genoveses se hicieron mástiles de barco con estos pinos tan chulos. Luego fueron los enfants de la Patrie quienes quisieron enseñorear mares llevándose un cachito de isla con ellos. Y, por último, los ingleses importaron laricios para construir traviesas. Sí, la primera red de ferrocarril europea digna de tal nombre rodaba sobre madera corsa. Pegas de haber palmado en Waterloo, supongo.

córcega

Licor de mirto y playas negras 

Por Córcega te encuentras, a ratitos, el mismísimo mar Caribe. En Palombaggio, por ejemplo, que es playa escondida con rocas blancas de bordes suaves y agua transparente. Turquesa, mil toques entre el azul y el verde. Glauco, que le dicen. A un hijo del Cantábrico incluso le asusta un poco, por extraño. 

Llegar no es fácil, porque tienes que aparcar bastante lejos y bajar por una pendiente endemoniada, bordeando muros que esconden villas. Pero villas de verdad, de las que cuestan millones de euros y alquilan, por meses, Brad Pitt, Julio Iglesias o Bigote Arrocet, esa gente. Pasas, también, por un pequeño bosque, mil ramas que crujen el suelo, un arroyo tranquilo (en Córcega es todo muy tranquilo), lagartijas de color verde esmeralda (mucho más verdes que las de mi tierra) vigilando con pereza, casi por pura obligación de especie. Ah, también hay caballucos del diablo enormes justo al borde del océano, y zumban con sabor a sal metálica y olas pequeñitas. 

Casi a mitad de camino entre Córcega y Cerdeña (casi a mitad de camino entre Francia e Italia) están las islas Lavezzi. Aquí, cuentan, hacían intercambios de malhechores ambos países. Extradiciones en el paraíso, oiga, déjeme usted un ratito más, ¿no ve que me estoy bañando? Las Lavezzi son un puzle de piedras arrugadas en marrones y ocres, cuervos muy negros graznando en playas y ancianas con bañadores de ese mismo color entrando despacito a un agua que hace mil piscinas. A veces las rocas juegan a disfrazarse ante los ojos, y puedes ver allí un tiburón al que atacan gallinas y calamares, perritos, gatos, tres o cuatro ratones y hasta la pista para encontrar el tesoro de Willie el Tuerto

Algunos ya lo encontraron, y por eso tienen yate. En Córcega se ven muchos. Muchísimos. Los suficientes para, también, establecer jerarquías entre ellos. Porque tienes más o menos pasta dependiendo del color de tu quilla, colega, eso está claro. Yate blanco… rico, pero meh. Yate marrón… vas mejorando. Yate negro… subidísimo en el euro. Y, ay, si calzas un yate de color grafito… joder, entonces tienes gritones de dólares en el banco. O el banco, directamente, como Bruce Wayne, ya saben.

Vista desde el aire la orografía de Córcega es como una inmensa espina de pez. Hay montañas altísimas en la parte central (altísimas significa por encima de los dos mil metros… si tienen en cuenta que están a unos pocos kilómetros desde el mar pues parecen todavía más imponentes) y hay multitud de pequeños valles que las hunden mientras sus ríos buscan la costa. Más o menos eso, en pequeñito, se reproduce en Cap Corse, el dedito norte de la isla que apunta hacia Francia.

(Cap Corse es, también, una bebida alcohólica amarga y fuerte, que se sirve muy fría y resulta perfecta para el vermú. Bueno, eso me lo han dicho. Yo soy serio, ya saben). 

Y eso, que Cap Corse es Córcega en pequeñito. Hay cien ghesgia (que es como llaman allá a las iglesias, porque el idioma es una forma de sentir), hay casas enormes volcadas sobre los acantilados como si fuesen dragones dormidos, con su poco de pintura descascarillada, con sus ladrillos que asoman, con su madera imperfecta. Todo parece, aquí, escenario de película,  hasta las pequeñas fallas es como si las hubiese puesto allí el guionista. En Erbalunga, por ejemplo, que es ese tipo de pueblos donde solo hay artistas, y poetas, y escritores de novelas que pasean con foulard alrededor del cuello. Luego llegas y también encuentras turistas (entre otras cosas porque eres uno de ellos), pero parecen mimetizados en el paisaje de calles estrechas que siempre caen al muelle, y las terrazas se asoman a un mar de sosiego, y las casas son de mil colores, con fachadas rojas, y naranjas, y verdes, y azules, y hasta las manchas en algunos muros parecen manchas de tinta, como si alguien hubiese dejado aquí la historia para continuar escribiéndola mañana…  También hay un pescador cebando el agua, que hierve por un momento, y él sonríe, la espalda apoyada contra un muro, la pierna encogida, todo el tiempo del mundo por delante, agarrando una caña enorme que parece no pesarle entre manos morosas.

Al otro lado de Erbalunga, en la costa occidental de Cap Corse, está Nonza. En Nonza las calles son empedradas y peatonales, porque ningún coche ha hecho suficiente régimen como para entrar por estos sitios. Hay esquinas que surgen aquí y allá y te impiden ver a dónde te diriges. Vista desde el aire debe parecer una orgia de ángulos agudos (solo que Angulosagudus es de otro álbum, en Córcega sale Ocatarinetabelapumplum… No… Ocatarinetabelachitchix, sí, ese, Ocatarinetabelachitchix, cuya familia tuvo problemas desde antiguo con los Figatelix y… pero bueno, eso ustedes ya lo saben, ¿no?). Puertas con gateras, y otras de madero viejo que parecen abrirse al vacío. Decoradas, todas. Una, marrón, con áncora enorme haciendo arabescos por toda la superficie. La de más allá, tonos azules, lleva flores y jarrones. Todos los tejados son de pizarra.

Huele a mar. Y a maquis

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Chonucos en libertad, jirafas con cuerpos no normativos

Toda la costa de Córcega está erizada con torres defensivas. A ver, son muchos siglos siendo pasto de piratas, ladrones y otras cosas aún más feas, como franceses o habitantes de Génova. Ya saben. Así que surgen por doquier. Son redondas, de piedra, y cuentan que podían comunicarse entre sí mediante humos y luces. Vamos, que nunca pierdes referencia visual respecto a la anterior.

Hay muchas por el Cap Corse, y también cerquita de Patrimonio, que es la zona donde hacen el vino más conocido de Córcega. Patrimonio está en pleno camino hacia Teghime, un puerto que se asoma, travieso, a dos mares. Justo en la cima hay una casita donde venden queso casero. A pocos metros está la cueva donde curan el (muy oloroso) producto de aquí. La señora me sonríe. Igual ni se da cuenta, pero tiene la tienda con mejores vistas que yo haya conocido.

Tampoco son malas en Patrimonio. Hectáreas y hectáreas de viñedos, bebida espesa y áspera, que calienta inicialmente y alegra más tarde. Paro en una bodega que hay al borde del asfalto, refugiada bajo la sombra de dos o tres olivos enormes. Dentro hace fresco, y aquello parece la cueva de Ali-Babá. Hay fotos antiguas, recuerdos de fiestas pasadas, dos peleles colgados del techo que parecen reproducir a los dueños. Ellos, los de verdad, los de carne y hueso, se acodan sobre el mantel de hule. La mesa está frente a una ventana, así que miran, casi inmóviles, la mejor tele del mundo. Allá, al fondo, mar. Huele a maquia y el hombre, muy sonriente, me ofrece un pequeño vaso. Licor de mirto. De lejos parece sangre, pero huele dulce, así que, como mucho, será sangre de alguien aficionado a la Nutella. Parece delicioso, pero tengo que negarme, porque estoy trabajando, ya saben. Estaba muy bueno, pero no, lo siento, debo decir no. Riquísimo.

En Córcega ni siquiera los desiertos son… en fin, demasiado desiertos. Miren Agriates, por ejemplo. Vale, allí no vive en nadie en muchos kilómetros a la redonda, pero es que hay restos de molinos, y granjas, y más variedad de vegetación que en media península ibérica. Vamos, que menudo desierto más chulo.

Para llegar a Agriates puedes chuparte caminata muy, muy seria… o coger un barquito desde Saint-Floriant. Tampoco hace falta decir qué opción pillé corriendo, ¿no? A mí es que me encantan los barcos, porque soy auténtico lobo de mar. Bueno, un poco de mareo si hubo, pero vaya, mejor eso que patear. Y, además, ves cosas. Un nadador demasiado lejos de la playa (pero demasiado, demasiado). Dos turistas, chico y chica, en kayak. También a mucha distancia de donde deberían estar. Y quemados. Desde lejos parecían boyas luminosas, oigan. Estos ingleses, que no miden fuerzas. En fin. El barco les pitó así, meeeec, con esa sirena profunda que tienen los barcos, y seguimos viaje.

En la costa nos saludan un par de urbanizaciones que se escalonan, diagonales, por los acantilados. Parece como si la tierra tuviera cejas alzadas. Vamos, que nos pasa dúplex, los universitarios sabrán a qué me refiero. Ah, llevábamos un Popeye dibujado en la quilla, porque siempre hay que hacer cosas con estilo. Espinaca va, espinaca viene, se llega a Saleccia, que es una de las playas donde el desierto se da besitos con la mar. Semicírculo de arena blanquita, blanquita, aguas transparentes, peces pintorescos. Casi te dan ganas de tirar un trozo de chorizo para que vengan todos aquí, y verlos mejor. Pero no. Estoy trabajando. Además, igual ni les gusta el chorizo tanto como a mí. 

El interior también tiene su punto. El de Córcega, digo. Nosotros empezamos nuestra senda en Porto (semicírculo alrededor de un muelle de piedra negra, torre defensiva en ruinas, cinco boyas verdes que marcan la entrada al puerto). Desde allí hay casi treinta y cinco kilómetros hasta Bocca à Verghju, el alto que da entrada al corazón de la isla. Ah, también lo pueden encontrar como Col de Vergio, pero ya les expliqué lo de los nombres. Toda una experiencia, subir. Sobre todo por los chonucos en libertad. Sí, cerdos semisalvajes que hozan por bosques sin nadie que los moleste. A ver, nadie… turistas imbéciles. Algunos, incluso, reporteros infantiloides que intentan abrazar cerditos chicos. Pero es que había tantos… Y de mil colores, que uno a los cochinos solos los vio de lejos, y se sorprende por todo. Había cerditos rosas, y negros, y de color marrón, y uno que era de chocolate y crema, y con topos, como en 101 dálmatas. También había cartuchos por el suelo. Y pitas, chumberas, alces, incluso alguna palmera despistada. 

También castaños, claro. Casi arriba del puerto, allá donde la niebla empezaba a enseñorear el paisaje. Una vaca ramonea hojas de castaño, tirando de ellas con su lengua. Larguísima, la lengua. Es como los documentales de La 2, solo que las jirafas se han abandonado un poco y tienen cuerpos más robustos. El bicho nos mira, como diciendo que no le toquemos mucho los cojones, por favor. Todo eso sé leer en los ojos del bóvido, amigas y amigos.

Y eso, que cimeamos. Casi arriba hay un parque de aventura con tirolinas, cuerdas para trepas, espacios de escalada. Los cerdos, tranquilos, roncan encima de todas esas atracciones. 

Supongo que hay alguna enseñanza en ello.

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Napoleón Bonaparte. Starring Andy Warhol

Ajaccio es el Bonaparte. Y ya. No le den más vueltas. Aunque al tipo le gustase poco, aunque el recuerdo que quede allí de él sea… bueno, peculiar. No creo que le fuese a gustar mucho al artillero pequeñajo (ojito, más alto que Wellesley, no me toquen mucho los cojones). Veremos.

Y eso que los alrededores tienen muchas cosas para ver. Interesantes. Muy estéticas. Pasear por Córcega es un continuo «oh». A veces hasta te sientes abrumado (pero en plan bien, no como cuando empezaban los exámenes). Allí está la playa de Capo di Feno, que tiene surfistas, y olas, y unas corrientes la mar de puñeteras. También hay, por fortuna, vigilantes. Que, a ver, no es Mitch Buchannon ni Pamela Anderson, sino un italiano cincuentón y bastante gordinflas, pero no vean ustedes que efectividad. En vez de lanzarse al mar cuando ya la cosa está jodida nuestro héroe, mucho más previsor, avisa con sirenas extravagantes a quienes se están alejando demasiado. Digamos que todos salen del agua, aunque sea para acabar con el bochorno.

Justo enfrente de Ajaccio están las Ìles Sanguinaires, nombre sin relación alguna, que se sepa, con Bonaparte. Digamos que son otra de las estampas clásicas del lugar. Unas islitas con su torre, su faro, su atardecer en tonos naranjas. Justo donde acaba la carretera hay bar con vistazas y un café buenísimo. Vivir bien debe ser esto. Ah, por allí había mucha gente paseando sus perritos. Todos encantadores, claro. Vamos, que inmejorable.

Ajaccio… pues eso, recuerda mucho a su natural más famoso. Pero lo hace de aquella manera. Vamos, que Napoleón bajo tamiz de Warhol. Así, como lo oyen. Asusta, ¿eh? Tampoco es para tanto, advertimos, aunque tiene su punto. El cardenal aquel que era de su pueblo, tiendas que venden levitas o sombreros, bebidas alcohólicas, helados, camisetas. A ver, tampoco es demasiado cuqui Bonaparte, pero el merchandising manda.

Y la pasta. Sobre todo la pasta. 

En cuanto sales de la gran ciudad vuelve a oler a maquis. Y las carreteras son estrechas, y quieres volver a los Calanques anaranjados, y perderte entre con piñas en el suelo que parecen armadillos asustados. Es así.

Qué delicia.

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Barcelona, metro a metro (guía inútil para visitar una ciudad de locos)

Barcelona metro
Foto: Alberto Gamazo.

Barcelona es una ciudad sumamente contradictoria, casi esquizofrénica. A nadie le gusta que le recuerden que vive en una ciudad llena de brotes psicóticos, pero el habitante de la Ciudad Condal tiene muy presentes los dimes y diretes de su casa. La mejor muestra de ello es el metro, una red de transporte que en el caso barcelonés es una suerte de Guadiana: zonas donde hay una parada cada diez metros seguidas de kilómetros de desierto solo al abasto de esos buses metropolitanos de cadencia incomprensible. 

Sin embargo, para el que desee hacerse una idea sumamente fugaz de la ciudad no hay método mejor: se perderá la Zona Franca, amplias zonas de la Diagonal (que llamen así a la parada de paseo de Gracia es solo una broma), partes del Born y —por supuesto— no podrá acercarse a menos de veinte kilómetros del aeropuerto. Por tanto, si es usted uno de esos que pretende visitar la ciudad a fondo (ya sabe, como si estuviera en París o en Londres) vaya cambiando de idea. Si en cambio es usted un firme partidario de la brevedad ya puede empezar a adquirir un bono para el suburbano. Aquí va una guía pseudocultural y antihípster de las mejores paradas para sacar la cabeza. Es un viaje contrarreloj, sin tiempo para actividades placenteras: nada de comer, beber, ni  tomar fotos. Siéntase obligado a recorrerlas todas: esto no es un viaje de tapeo, es más bien un bosquejo, un pupurri sociohistórico de esos lugares de Barcelona que siempre quiso pisar sin tener que pisarlos.

Solo tendrá que subir unas escaleras y echar un ojo; no se aventure a ir a más. No quiera entrar en los edificios, no haga colas, míreselo usted como de lejos, observe sin intervenir y mire el reloj todo el rato, como si fuera el protagonista de 24. Para eso es esta guía. Si se la salta y actúa como un guiri cualquiera no proteste cuando aparezcan en Facebook fotos suyas con un sombrero mexicano, sangría en mano, delante de Las Ramblas, mientras un niño presuntamente mudo del este de Europa le pide que le firme un papel mientras otro menos niño (y menos presunto) aprovecha para aplicarle un impuesto indirecto a su cartera.

Es importante saber algo del metro de Barcelona antes de adentrarse en sus tripas: esto no es Moscú, ni Londres, ni París. Las pocas estaciones que amenazaban con conservar algún vestigio de historia han sido alteradas en beneficio de un modernismo inquieto, poco ortodoxo (en la estación de plaza Cataluña, por ejemplo, se puede observar el anuncio de un establecimiento llamado El pollón, donde hacen pollos asados), que hará las delicias de los amantes del kitsch. Si tiene buen gusto cierre los ojos, pero siga atento a las manos de pianista que tratarán de aligerar su peso: algunas paradas son famosas por sus delincuentes foráneos. A ellos les conoce todo el mundo, excepto la policía y los turistas japoneses.

Tenga también en cuenta que en verano la temperatura es de 50 grados. En invierno baja hasta los 42. Vístase en consecuencia. Si es usted amante de la historia sepa que la línea 3 es la más antigua, la primera que entró en funcionamiento: la llamaban el Gran Metro. Solo tenía una vía (otro día hablaremos de los trenes de cercanías, solo para valientes y aventureros sin prejuicios) y media docena de paradas, con estación central en la calle Ferrán. Fernando, en aquella época.

Ferrán es una estación situada en Las Ramblas. De Las Ramblas se pueden contar muchas cosas: hace muchos años el Ayuntamiento detectó que debido al aumento de los rateros, trileros, traficantes y señoras con ropajes estruendosos que regalan su amor al mejor postor, la zona se había convertido en un putiferio intransitable, morada de borrachos, visitantes low-cost y tipos que igual podrían estar en Barcelona que en una prisión tailandesa. Decidieron entonces cerrar las tiendas de animales y obligar a los vendedores de periódicos a remodelar sus chiringuitos de tal manera que todos los quioscos fueran iguales. Es bien sabido que los delincuentes odian la uniformidad y a la que ven tres establecimientos iguales se reforman y no vuelven a robar. Los que no lo dejan por eso lo dejan al ver que han cerrado las tiendas de animales. Sorprendentemente la táctica no funcionó. El Ayuntamiento decidió entonces optar por una solución mucho más radical: poner unos carteles que rezaban «Atención, trileros».

Coja el metro en plaza Cataluña, línea 3, y vaya hacia Ferran. Bájese del vagón y suba las escaleras. En una esquina verá un Kentucky Fried Chicken (en Nueva York solo queda uno, aquí tenemos media docena) y en la otra un McDonald’s. Una representación perfecta de la gastronomía local. Si mira usted esa calle que sube y tiene vista de aguilucho verá la Generalitat y el Ayuntamiento. En realidad además de vista de aguilucho deberá tener poderes, ya que las dos instituciones solo se ven una vez se ha accedido a la plaza. La Generalitat es la máxima institución de gobierno en Catalunya y es una fusión de tres diputaciones entre 1359 y 1412 (seiscientos añitos de nada). En la puerta hay unos tipos vestidos de fallera que son en realidad la guardia de honor de los Mossos de Esquadra, la policía catalana. No hace falta que sepa nada más de esa parte de la ciudad, excepto que si pasea usted por ella a partir de las doce de la noche es probable que acabe recitando una parte de aquel célebre monólogo de Blade Runner: «He visto cosas que no creeríais…».

La siguiente parada es fácilmente accesible a pie pero aquí hemos venido a jugar. Vuelva al metro y bájese en Liceu. Aquí hay que ponerse serios. El Liceu es el Taj Mahal de la burguesía catalana, diseñado por tres arquitectos catalanes (Santiago Calatrava aún no había nacido), Miquel Garriga i Roca (1847), Josep Oriol Mestres (1862); Ignasi de Solà-Morales (1999) e inaugurado el 4 de abril de 1847. La sala principal se redecoró en 1909 y pronto se convirtió en punto de encuentro de la opulencia local (la ópera es lo que tiene). Se incendió, arrojaron una bomba, se volvió a incendiar (esta última fogata, en 1994, es bastante interesante porque se expropiaron varias fincas para reconstruirlo y se sacó presupuesto de debajo de las piedras. Todo se hizo por Catalunya, naturalmente). Mire la fachada, mírela bien, pero mientras lo hace no olvide esconder su cámara de video, agarrar su cartera muy fuerte con la mano y pensar que los nuevos arquitectos (Ignasi de Solà-Morales, Xavier Fabré i Lluís Dilmé) no supieron prever que delante de su trabajo se producirían la mayor parte de robos a ciudadanos foráneos de la ciudad. Allí se han visto más desplumes que óperas. Debe ser por eso que a pocos metros hay una transitada comisaría de los Mossos. Y otra de la Policía Nacional. Al gusto del consumidor. Si nota que le tocan no es porque sea usted especialmente atractivo/a sino porque intentan expropiarle. Sí, a usted también. 

A pesar de todo sepa que si se levanta usted pronto encontrará una honda satisfacción en el paseo desde la Rambla de las Flors hasta la de Santa Mónica. Podrá incluso dejar de mirar sus pertenencias durante un rato.

Barcelona metro
Foto: Alberto Gamazo.

Otra parada interesante, pasado el intenso trago de conocer el núcleo de la ciudad que duerme todo el rato, es paseo de Gracia. Si hay una zona donde guiri, asfalto y lujo se fundan con más elegancia esa es paseo de Gracia. Asome usted la cabeza. Esta zona ha fascinado a Brad Pitt, Woody Allen, Edward Norton, Tobey Maguire o Leonardo Di Caprio. Todo por culpa del modernismo catalán, de Puig i Cadafalch, Enric Sagnier o Domènech i Montaner, y la peculiar arquitectura de la arteria en cuestión. La Casa Batlló a su izquierda, la Pedrera a lo lejos, la Casa Fuster allá donde su vista dice basta. La belleza de los edificios que se erigen en este paseo marcial es abrumadora, esta vez sí, quizás, le convendría atreverse a pasear. Tiene cinco minutos. Correr es de pobres, así que no lo haga. No pierda la dignidad por unos edificios. 

Sea como fuere tiene usted que volver al metro. Una vez allí ya puede correr. En el suburbano no rigen las mismas reglas que en el mundo de fuera. Aquí puede ser usted un morlock si le apetece, la mala educación no está mal vista, ni tampoco los auriculares de trescientos euros que hablan de lo mucho que sufre usted la crisis, ni la señora que habla a voz en grito —el móvil es, simplemente, atrezo— de la liposucción que le han hecho mal dejándole una sola nalga en el sitio donde se supone que tiene que haber dos. 

En El palacio de la luna, de Paul Auster, el protagonista recibe un encargo del anciano al que cuida: «Vaya al metro, entre en el vagón que quiera, en la ruta que le apetezca, cierre los ojos e imagine los rostros de las voces que escucha». No es literal, perdí el libro hace años, pero se me entiende. Bien, no intente esto en Barcelona, es probable que le asalte el deseo de estrangular a medio vagón. El suburbano de la Ciudad Condal es como el Sónar: llega un momento en que todas las músicas se mezclan y solo las drogas te permiten engañar a tu cerebro y creer que estás escuchando música.

Pero no se detenga. Va usted a hacer dos paradas del tirón. Bueno, puede escoger: Jaume I o Barceloneta. En la segunda podrá oler usted el mar; en la primera olerá a hípster. La Barceloneta es el barrio de pescadores, convertido por obra y gracia de las ditirámbicas ordenanzas municipales en bastión de pisos patera para turistas con piel de gamba, arietes de la especulación inmobiliaria que tanto gusta en este país. A pesar de ello es un sitio lleno de rincones apetecibles y un par de restaurantes sin menú, ni pizarras con precios, ni desplegables de colores. Otro día, en un una ruta menos estresante, acérquese usted por allí y busque un rato. Hay cosas —amigos y amigas— que aún no salen en ninguna guía. Como ese restaurante con pinta de bareto cutre donde se juntan muchos de los cocineros de esta maldita ciudad. 

Jaume I es la parada con más estilo de Barcelona. A pocos metros de El Born, ese barrio donde cada vez que excavan un metro encuentran un yacimiento romano, lleno de tiendas que son lo mejor del mundo para los que nunca compran nada pero se vanaglorian de tener un gusto exquisito para decidir cuáles son los mejores escaparates.  Allí una tienda cierra cada cinco minutos y otra abre en su lugar para vender algo más absurdo que la anterior. Es posible que encuentre la mayor densidad por metro cuadrado del planeta de tíos con bigote y camisa de cuadros y de chicas tatuadas con gafas de pasta. Si tiene usted alergia a los hípsters tardará solo unos segundos en morir. Ahora bien, las cosas como son: el barrio, que empezó su andadura en el siglo XIII, contiene cosas tan bonitas como la basílica de Santa María del Mar (una maravillosa iglesia gótica, demostración de que aún quedan cosas decentes en el seno de la madre Iglesia) o el Mercat del Born. Si nos ponemos serios, en este barrio se encuentra gran parte de la obra de uno de los arquitectos más deliciosos de la capital catalana: Josep Fontserè i Mestre. Colaborador de Gaudí, hormiga soldado y creador de una de las cosas más delicadas y espectaculares que se pueden ver en la Ciudad Condal: el Diposit de les Aigües (actualmente una biblioteca de la Universidad Pompeu Fabra y un paraíso para los amantes del silencio y la luz natural).

Si ya ha tenido bastante, se siente como un jabalí en el pueblo de Obélix, o está harto de comportarse como un espía en el Berlín de los años 50, déjese de metro, ascienda a la superficie y disfrute de una ciudad a la que no la entiende ni la madre que la parió. Y esconda esa cámara, por el amor de Dios.


Sinestesia en Nevada

    sinestesia en las vegas
    Fotografía: Roger Schultz.

    sinestesia

    2. f. Psicol. Imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente.

    Vista

    Exceso.

    Es 26 de diciembre de 1946 y cien mil bombillas crepitan y chisporrotean por primera vez en los arcos y las hojas que dibujan una llamarada hecha con bulbos de fresa. Es un racimo de plumas. La parpadeante cola de un ave. Benjamin «Bugsy» Siegel acaba de inaugurar The Flamingo Hotel & Casino en el Strip, el primer casino de la ciudad. Le ha costado seis millones de dólares. Cada filamento incandescente del logotipo le trae un olor áspero y limpio. Cada brillo es un golpe alegre y seco en la cara.

    Toda esa luz le grita. Sonríe. Se felicita. Brinda. 

    Es hoy y cien mil millones de bombillas crepitan y chisporrotean en todo el Strip y la calle Fremont, en Flamingo Road y en la avenida Tropicana. Luxor. MGM Grand. Golden Nugget. Circus Circus. Caesars Palace. Mirage. Riviera. Es de noche. ¿Es de día? 

    Es de día, pero dentro es de noche.

    Dentro.

    Dentro hay cien mil millones de luces que giran y huelen y cantan y chillan y anticipan felicidad. Y generan frustración. Saben a cereza dulce y a limón ácido. Y el símbolo del dólar te acaricia templado como lo haría una mantis religiosa. Las paredes no tienen ventanas pero son del color del maquillaje y brillan como un perfume muy caro, uno que no puedes pagar. Miras como corretean mil tacones acalorados y mil diamantes fríos. Las paredes no tienen ventanas. No hay ventanas. El tiempo no existe dentro del casino y siempre es de noche y las luces giran y huelen y cantan.

    Dentro no hay ventanas pero hay cien mil ojos en cien mil cámaras que te husmean y te olfatean y te pasan la lengua por la cara. Te palpan cada movimiento, te cachean sin tocarte. Y no los ves pero están allí, a tu alrededor, en todas las máquinas tragaperras con sus cerezas y sus limones, en todas las barras de bar, en todos los mojitos y todos los whisky sour, en todas las mesas de Black Jack, en todos los techos y en todos los suelos y en todas las paredes. En todas esas paredes que no tienen ventanas. Es de día. ¿Es de noche?

    Es de noche, pero dentro es de día.

    En el lobby del Venetian Resort Hotel Casino siempre es de día. Y siempre es Venecia. Siempre hay un canal y un Puente de Rialto. Siempre hay una góndola y un gondoliere. Siempre estás en la plaza de San Marcos. En Nevada. En medio del desierto de Mojave. En Venecia. Encima de un techo que siempre es un cielo fresco y despejado hay cuatro mil cuarenta y nueve suites. Exceso. Desayunas a las dos de la madrugada porque el tiempo no existe dentro del Venetian y siempre es de día.

    Fuera.

    Fuera siempre es de noche y es de día. Cien mil millones de bombillas crepitan y chisporrotean. Toda esa luz te grita. Te sonríe. Te felicita. Brinda.

    Toda esa luz te grita.

    Oído

    Exceso.

    Silencio.

    El silencio blanco del desierto de Mojave; ciento veinticuatro mil kilómetros cuadrados de silencio rodeando el ruido multicolor de la ciudad. El silencio azul del lago Mead; treinta y dos mil kilómetros cúbicos de silencio junto al ruido anguloso y saltarín de la ciudad.  

    El estallido naranja del cañón de una carabina M1 y el silencio negro de las dos balas de calibre 30 que atraviesan el cráneo de Benjamin «Bugsy» Siegel. Es 20 de junio de 1947. No han pasado seis meses desde la inauguración del Flamingo. Apenas tres desde su reapertura. Le costó seis millones de dólares. Seis millones de dólares amasados a lo largo de cuarenta y un años de vida dedicada al crimen organizado. El FBI le había considerado «el gánster más infame y temido de su época». 

    En los años 20 se había unido a Meyer Lansky, Charlie «Lucky» Luciano y Frank Costello para formar Murder, Incorporated; pero en los 40 quería ser un hombre de negocios legítimo. Un hombre legal. Fue asesinado en Beverly Hills, pero Tim Powers dice que Lansky le cortó la cabeza, la guardó en una caja y arrojó la caja al fondo del lago Mead.

    Al silencio helado y viscoso del fondo del lago Mead. 

    Veinte minutos después de la muerte de Siegel, Meyer Lansky toma el control del Flamingo. Tim Powers es un escritor de novelas de fantasía, pero veinte minutos después de la muerte de Bugsy Siegel, Lansky tomó el control del Flamingo y terminó siendo una de las figuras más influyentes de la ciudad durante los siguientes veinte años.

    Es hoy. Lejos del racimo de plumas rosa y rojo y cantarín, detrás del nuevo hotel, donde una vez se irguió el antiguo Flamingo, hay una tímida placa de bronce en memoria de Benjamin «Bugsy» Siegel y el «Bugsy Building». Ahora hay un jardín, una pequeña piscina y una capilla nupcial.

    Es un lugar de silencio verde, fresco y suave detrás del ruido espeso y dulzón de la ciudad.

    Olfato

    Exceso.

    Es 1972 y dice Robert Venturi que hay que aprender de esta ciudad. Que esta ciudad ha comprendido la verdadera naturaleza de la arquitectura en un mundo hipermediatizado. Los edificios no son espacios, sino anuncios. Son espacios y son anuncios. Los edificios tienen cara y tienen espalda. Y la cara huele a ojos brillantes y a sonrisa resplandeciente. La cara quiere ser fragante y quiere oler a verde y a campanillas y al triángulo de una orquesta sinfónica. El Strip y la calle Fremont quieren oler a «tilín-tilín». Las fuentes del Bellagio quieren oler a relajado romance, la pirámide del Luxor quiere que respiremos su brillo y la montaña rusa del New York, New York nos recibe con la esencia limpia y resplandeciente del presente. Del único presente. 

    Pero, a veces, los aromas más intensos son el maquillaje que disfraza una tez blanca.

    Los edificios tienen cara y tienen espalda. Y la espalda huele a gris. La espalda huele a nada. La espalda huele a no-lugar, a asfalto rugoso, a líneas blancas y números pintados. A los mil kilómetros cuadrados de playas de aparcamiento que hay detrás de la fachada perfumada de ese espacio que es un anuncio. La espalda huele a dibujo de neumáticos. Huele a luz roja y a atascos de tráfico. 

    Es 1992 y dice Tim Powers, en La última partida, que en esta ciudad hay un mundo a la vista y hay otro mundo detrás de nuestros ojos. Un mundo que huele a rumores susurrados y a sangre y a hierro caliente, que es como huele la magia. Un mundo donde se compran y se venden vidas. Un mundo donde se juega al póker con barajas de tarot y se apuestan cuerpos. Se apuestan personas. Se apuestan hombres y mujeres.

    Tim Powers es un escritor de novelas de fantasía, pero en esta ciudad hay un mundo a la vista y hay otro mundo detrás de nuestros ojos. El mundo a la vista huele a campos de golf y a la sonrisa de Brad Pitt, que huele como huelen las sonrisas. Detrás de nuestros ojos hay cien millas de túneles donde viven más de doscientos cuerpos que huelen a esperanza y a desesperación, que es como huele la pobreza.

    Debajo del Strip y la calle Fremont, quince metros bajo los campos de golf y las fuentes del Bellagio y la pirámide del Luxor y la montaña rusa del New York, New York hay cien millas de túneles que se construyeron para drenar las lluvias torrenciales que, de tanto en vez, azotan el desierto con su olor a ozono.

    Debajo.

    Debajo huele a gris, pero huele a algo. Huele a lugar y a cien familias y a doscientos cuerpos. Huele a quince grados menos que arriba. Huele a carreras silenciosas y oscuras cuando las lluvias anegan el laberinto a treinta centímetros por minuto. Entonces los doscientos cuerpos se apresuran y dejan atrás sus pertenencias; sus cocinas y sus latas de comida, sus sábanas y sus mantas, sus pipas de crack, sus jeringuillas de heroína y sus bolsas de metanfetamina. Y deciden apostar por sus vidas. Apostar por ser hombres y mujeres. Apostar por oler como huelen las personas.

    Es hoy y yo digo que hay que oler a esta ciudad. Yo digo que hay que saborear esta ciudad.

    Gusto

    Exceso.

    Es hoy y los pezones de Elizabeth Berkley saben helados y rugosos. Berkley, a la que Paul Verhoeven no pudo salvar de la campana, sabe a jingle de anuncio y a fosfenos, a los fantasmas que se ven con los ojos cerrados.

    En la ciudad hay más de veinte restaurantes de alta cocina. Los mejores del mundo. Los más caros del mundo. Pero Brad Pitt se come quince sándwiches en Ocean’s Eleven, quince trozos de pan y huevo y pavo y lechuga y atún acariciando las papilas y atravesando la sonrisa de Brad Pitt, que sabe a lo que saben las sonrisas. Quién no querría ser esos sándwiches. Quién no querría saborear esa sonrisa. 

    Quién no querría saborear las piernas y los ojos de Sharon Stone, que dicen que sabe a Casino y a sexo, pero en realidad sabe a fanfarrias y a jazmín en primavera. Quién no querría saborear la camisa de Bradley Cooper, quitarle el Resacón a lametones y comprobar si de verdad sabe a destellos plateados y a lino y satén.

    Es ayer y quién no querría saborear las corbatas de Frank Sinatra y Dean Martin, que saben a barrica de roble y también a zapatos recién lustrados. Quién no querría saborear el tupé de Elvis Presley y admitir, al fin, que los muertos son más sabrosos que los vivos.

    Quién no querría pasarse la lengua por el labio superior y saborear todo lo que nos dijo Robert Venturi. Todo lo que está vivo y todo lo que está muerto. Saborear al vaquero luminoso del Pioneer, las palmeras del Oasis, los arcos de herradura del Aladdin y la torre Stratosphere de arriba a abajo.

    Es 15 de Abril de 1985 y Thomas Hearns se pasa la lengua por el labio superior. Y el labio superior le sabe duro y entumecido y le sabe a hierro caliente, que es a lo que sabe la magia.

    Que es a lo que sabe la sangre. 

    Tacto

    Exceso.

    Uno, dos, tres…

    BUM. Eso ha sido un crochet y Tommy Hearns no lo ha visto, pero ha impactado. Puede estar seguro de que ha impactado. Ha sido un golpe azul y borroso. Apenas acaba de empezar el combate y ya no hay ayer.

    BUM. Ahora ha llegado su directo de izquierda. Aun así, los setenta y dos kilos de Marvin «Marvelous» Hagler siguen repiqueteando delante de él como un zumo de frutas recién exprimido. Son una orquesta de mariposas en el ring del Caesars Palace. Una batería anticarro en el corazón de la ciudad.

    BUM. BUM. Esquiva. Recibe una combinación al abdomen, aunque ha evitado el haymaker de derecha. Quince mil personas gritan y cada grito le azota la nuca y le alborota el pelo. Ayer dijeron que se iba a ver una pelea tan igualada como la de Muhammad Ali contra Joe Frazier en el 71. Ayer. Suena la campana del primer asalto y ya no hay ayer.

    … cuatro, cinco, seis…

    BUM. Esquiva. BUM. BUM. Izquierda. Izquierda. Abajo. Dentro. BUM. Mañana dirán que el primer asalto fue como un ataque cardiaco. Mañana. Ahora es el segundo asalto y mañana nunca llega.

    BUM. Un gancho de derecha. Quizás un uppercut, pero ahora es un abrazo. La piel de Hagler tiene el tacto luminoso de un relámpago. Hearns la toca con sus brazos y su torso y la siente como un pizzicato

    BUM. Abajo. Abajo. Dentro. Esquiva. Izquierda. Derecha. BUM. BUM. Los golpes son dorados y azules. Son lejía y pomelo. Son vibráfonos y contrabajos. Mañana lo llamarán «guerra». Suena la campana del segundo asalto y mañana nunca llega.

    … siete, ocho, nueve…

    BUM. ¿Qué ha pasado? Las rodillas se le doblan y no recuerda bien. Se tambalea. Nota las cuerdas en la espalda. Las cuerdas le tocan con un perfume de anís y azafrán. Las cuerdas son una sopa caliente. Las cuerdas le acarician con el olor del cielo tras la tormenta y la hierba verde. Se tambalea. 

    BUM. No sabe de dónde ha venido. No sabe ni lo que ha sido, pero el golpe es amoniaco y almizcle. Es rojo en la cara y blanco dentro del cráneo. El ring gira. El Caesars Palace gira. La ciudad gira y la lona acoge a Hearns en su regazo. La lona le abriga y le arrulla como una sonrisa blanca. Como una canción de cuna al caer la noche. Como la colonia de un bebé en la mañana. Como un tazón de leche tibia y dulce. Como el cabello negro de su madre.

    Es hoy. Y para Tommy Hearns ya no hay ayer y mañana nunca llega.

    … diez. 

    Bienvenidos a la fabulosa Las Vegas, Nevada.

    sinestesia en las vegas
    Fotografía: Anna Oh.


    Marismas y el canal de los Presos: la ruta del desasosiego

    Compañía de Transformación y Explotación de Marismas, S.A.

    Cotemsa. Un pueblo de recorrido corto: fábrica, cantina y casas. Pocas casas. Un escenario fantasma convertido en turismo de cine, el suelo hecho aún de tierra y las fachadas desconchadas. Un sitio pensado para trabajar, beber, volver a trabajar y a beber, dormir y soñar dormir, mayormente olvidarse de todo excepto de la producción. Hoy es una mancha sórdida en la carretera y uno de los escenarios de La isla mínima, la ventana que Alberto Rodríguez abrió para que nos acercáramos a los territorios secretos de las marismas. A sus miedos y sus contradicciones, a su infinitud eterna. 

    A un lado del coche, los restos de Cotemsa, al otro, la sangre sepultada en el cemento de un canal, el sudor impregnado en los nuevos pueblos de colonización, el verde extendido en dirección al mar. Reverbera en el salpicadero el sonido electrónico de Pirámide, que interviene el paisaje, que abre paso a la tradición en sus letras y que empuja y lucha por resquebrajar el silencio. Nos bajamos del coche. Ahora solo se escucha el viento y nuestras pisadas torpes sobre lo que queda del pueblo factoría del arroz Brillante. Nos asomamos a la reja que cierra el acceso al edificio abandonado donde antes funcionaba la fábrica. Cruzamos la carretera y bordeamos el caserío, con dos o tres casas que parecen habitadas y con el resto que ratifican su abandono, incluido el puesto de la vieja cantina, una oferta difícil de rechazar para los obreros, una invitación a gastarse el jornal en alcoholes malos. No hay mucho más que hacer aquí que contemplar ruinas. Reanudamos el viaje y la playlist de Pirámide. 

    marismas y Canal de los Presos
    Cotemsa. Canal de los Presos

    Toca hormigón

    «El Caná vale pa to. El Caná… Ahora mismo vale pa regá, pa ponerte ciego o pa hacé deporte». Una voz oscura envuelve el habitáculo del coche y, detrás, la carretera se colma con demasiados vehículos rumbo a las playas de Cádiz. Nosotros seguimos el trazado de las canaletas, de los vasos comunicantes del agua de regadío, de los cientos de brazos hechos de un cemento duro y bastante sucio, de sudor enterrado y colocado junto a la inmensidad de la marisma. «Hay gente que coge y se va por la pata del Caná a hacé bicicleta, a corré,… o te vas a hacé una rave, ahí a La Muerte al Litro,… El Caná… El Caná vale pa to». Cruzamos ciclistas, corredores y paseantes, todas las escalas del ocio deportivo de un domingo soleado por la mañana. Hasta que nos deslumbra el skyline del embalse, la cantidad de piragüas cubiertas de lonas y un sendero de tela sintética que trata de imitar al césped y que busca funcionar como una suerte de alfombra de bienvenida. 

    El embalse de Don Melendo marca el final del canal de los Presos y esa manera española de mirar hacia otro lado. «Lo de la concordia está inmerso en la cultura española y se basa en evitar mostrar lo que realmente pasó. Pero si tú lo sabes y yo lo sé ¿por qué no podemos decirlo delante de todo el mundo? Simplemente porque alguien se puede molestar de escucharlo. Y ya es tiempo de que la gente se moleste», dirá Antonio, uno de los Pirámide. Hoy el pantano es un espacio para aquellos que buscan aire puro, pero también para el turismo friki, el turismo histórico o como se llame lo que estemos haciendo nosotros aquí. «A partir de nuestro EP el mensaje ha llegado a más gente. Yo quedando con gente de mi edad y de círculo y preguntarle: ¿tú sabes que esto ocurrió aquí? Y normalmente les suena un poco cuando se lo cuentas, pero no es algo que la gente lo tenga presente normalmente: o se le olvida o directamente no lo sabe», agregará Karvy sobre el primer EP del grupo, titulado El Canal de los Presos

    Desde la oficina de la comunidad de regantes, en el punto mal elevado del paseo, se puede apreciar la dimensión del pantano. En la pared que desciende hasta el agua hay una pequeña plantación de uvas que cuentan con un extraño sistema sonoro para espantar a los pájaros, haciendo el sonido de un tiro de aire comprimido sin proyectil, solo el aire. El entorno es silencioso y relajante y las vistas tan panorámicas que poco importa la persistencia de las moscas alternándose de la fruta pasada a la caca de perro sin recoger. Tanta cantidad de árboles, el canto de los pájaros, una piragua moviéndose bajo el sol y dejando su estela sobre el agua plateada: todo asemeja a un paraíso natural si no fuera por eso mismo, porque asemeja pero no es, porque imita. Y lo hace con mano de obra esclava en campos forzados de trabajo. 

    Volvemos al coche, ponemos en marcha el motor y el equipo electrónico nos recuerda, de manera automática, nuestra elección, la banda de sonido que elegimos para este viaje: «Si andas por el Canal de los Presos/ toca hormigón / Piensa quién te trajo aquí».

    marismas y Canal de los Presos
    Embalse de Don Melendo.

    Trip hop en las marismas

    Nos gustaría decir que nos estamos metiendo en el medio de las marismas, pero no sabemos si es correcto asegurar que esta geografía extraña del sur tenga un medio, un corazón, un centro o una esencia propiamente dicha. Y tal vez ahí radique su atracción, en ser un enorme lago formado por la desembocadura de un río que se convirtió en fangal con suelo salino y que se debate entre la ausencia de vegetación natural en algunas zonas y la proliferación de una vegetación tan vasta que ni siquiera sirve para alimentar los animales. Historias dentro de otras historias, pueblos que se crearon con la finalidad de domar este suelo, pantanos que fueron esperanza y sufrimiento.

    En Vetaherrado nos tomamos un café con Maica y un zumo con su hija y su nieto, en el único bar del pueblo frente a la iglesia que no se usa pero que todavía no han tapiado. Ahí, Maica hizo su comunión y se casó. Ahí, su nieto fue el último bautizado del pueblo, en esa iglesia cuya torre alguna vez fue blanca y que ahora se descama dejando a la vista su cemento. Damos un paseo en familia: a un lado de la carretera, los arrozales; del otro, las parcelas de los colonos con algodón y remolacha. En el fondo, la mano del hombre luchando contra la naturaleza salina de las marismas. Maica cree que su abuelo biológico trabajó en el canal de los Presos, pero no lo puede confirmar y, además, dice que aquí no se habla de eso. 

    Volvemos al coche y a Pirámide, a su segundo EP, Furtivo, con la portada de un fondo violeta con unas ondas que se mueven entre el sonido y el pantano salado, sobre las que un campesino fosforescente inicia una deriva, o tal vez la acabe o quién sabe cuando empiece o termine algo en la marisma. «Un beso no es de onda triangular/ Tu sonrisa no puede oscilar/ ¿Esa mirada en qué nota va?/ ¿Cómo se envuelve tu claridad?», canta Claudio en «Rebaba», primer corte del EP. Lo furtivo: lo que se hace a escondidas o de manera disimulada y, también, el que caza sin permiso. La rebaba: ese trozo de materia sobrante que hay en un objeto cualquiera y que sobresale de manera irregular. Claudio nos dirá que son canciones más intimistas que las anteriores, más electrónicas y profundas, otra vez la raíz y el folclore «pero más quizás en la letra y en el modo que en la forma». Y Antonio intervendrá: «Habla de esa soledad que tú sientes cuando te metes en la marisma. Encontrarte solo en una inmensidad tan grande». Y Karvy agregará: «Un policía que te esté buscando se va a perder porque es un desierto enorme con agua». 

    Dentro del coche, la materia sobrante: «Las rebabas despreciadas/ Son las únicas que rebotan luz/ Guarda en cristal/ El señor tiempo en tarros de cristal/ Guarda en cristal/ Nuestras rebabas no paran de arpegiar». En alguna pantalla anterior, las imágenes del videoclip, con paisajes de las marismas, ventosas, desiertas, y un cuerpo humano sin rostro, casi fluorescente, en posiciones de danza contemporánea, acentuando diferentes estados de ánimo con su coreografía: incomodidad, juego, fiesta, incertidumbre. A medida que cae la tarde y la luz se va haciendo más tenue, los mosquitos se adueñan de la inmensidad y empiezan a chuparnos por docenas, centenas tal vez, con total paciencia después de aparcar y recorrer Marismillas. Nos esperarán en San Leandro y también en otros pueblos nuevos y viejos levantados alrededor de las marismas, algunos comunicados por paradójicos caminos secos de tierra y polvo, atravesados por el cemento del canal. Y cuando llega la noche, la inmensidad ahora se vuelve más invisible que nunca y pensamos cómo se sentirá la soledad aquí, quienes serán en carne y hueso esos hombres fosforescentes de la portada de Furtivo. Cómo será agazaparse y ser perseguido, la incertidumbre de no saber a dónde huir ni por donde vendrán. El desasosiego en su esplendor absoluto.

    marismas y Canal de los Presos
    Pirámide en las marismas.

    El vídeo, el libro y el documental

    «¿Tú te imaginas celebrar una boda en Auschwitz? Aquí la gente se casa y celebra comuniones en el cortijo de Los Arenosos, que fue un campo de concentración. O celebran raves debajo del canal». Una voz distorsionada y grave pregunta y responde, la silueta difuminada de un hombre se mueve en una estética cargada de distopía y de imágenes de presos trabajando en un canal cuyos brazos de cemento transcurren invisibles y extendidos por todos los pueblos de las marismas. Antonio reconocerá que quizás los textos sean un poco exagerados y que, a veces, las comparaciones son odiosas, pero estaban buscando una manera atractiva de llegar con el mensaje y, al fin y al cabo, eran campos de trabajo forzados. Claudio lo ratificará: «Y yo voy a la boda y hay ciertos momentos que me pongo como todo el mundo, como a nadie le importa ya está ¿no? Pero sé lo que pasó ahí. Y creo que es de ley que lo sepamos todos los que vivimos cerca. Es que no hace seiscientos años, es que hace nada que pasó». 

    En un capítulo del libro El canal de los Presos (1940-1962). Trabajos forzados: de la represión política a la explotación económica (Crítica), Reyes Mate también se refiere a Auschwitz dentro de la paradoja de la negación del crimen dentro del crimen: «Auschwitz no remite solo a la liquidación física de seis millones de judíos, sino que también señala un proyecto de silenciamiento y destrucción de todo rastro del crimen. Era el mayor desafío a la memoria». Según este volumen que, probablemente, sea la investigación más completa sobre el tema, no hay una cifra exacta de la cantidad de presos que pasaron por la construcción de esta obra faraónica, ni a quienes se fusiló por incumplir órdenes ni cuántos murieron accidentados o sufrieron torturas físicas y psicológicas ni tampoco cuantas personas acabaron en otras colonias penitenciarias para pasar hambre y sed, soportar cientos de piojos y garrapatas o ser juguetes de los carceleros en simulacros de fusilamientos.

    El libro recoge algunos testimonios de sobrevivientes. A Gil Martínez Ruiz siempre lo conocieron en Los Palacios como «el Preso», nunca se pudo escapar realmente del campo de concentración y se llevará el estigma hasta la tumba. A todos los obligaban a cantar el «Cara al sol» con el brazo alzado y a rezar, gente de izquierdas y profundamente atea, sometida no solo a trabajos a destajo sino a diferentes mecanismos de humillación. «Todos los días ponían en el cuarto donde estaban los jefes de funcionarios un cartel que anunciaba el menú diario pa los presos, y en vez de poner primera comida, segunda comida, ponían primer pienso, segundo pienso y tercer pienso, porque a la vez que comían los presos comía la caballería, y no se hablaba de comida pa los presos sino de pienso. Eso se hacía pa humillar, figúrate», recuerda Luis Adame. 

    En el documental Los últimos colonos de Paco Aragón alguien se anima a dar una cifra de la cantidad de esclavos que trabajaron en el canal entre 1940 y 1953: entre siete mil y ochomil presos políticos, a los que se sumarán después los presos comunes. Los obreros que hicieron la excavación, los peritos, topógrafos, ingenieros, personal de oficina: todos presos políticos. Y todos viviendo en campamentos con elementos característicos de un campo de concentración: doble alambrada, puestos de vigilancia, focos y rondas nocturnas. Y hay otra cifra en este documental: más de ciento treinta intentos de fuga, muchos de los cuales acabaron con fusilamientos ejemplares delante de todos los presos.

    Torre del Águila

    Seguimos uniendo los retazos del canal de los Presos y en este tramo del viaje nos recibe el actual encargado de este embalse, Emilio Carmona Roldán, y el antiguo, su padre Emilio Carmona Aguilera, quien nació en 1941. Han sido tres generaciones familiares a cargo de Torre del Águila desde que fuera construido y, para su desgracia, nos cuentan que Emilio nieto no podrá cumplir su sueño de seguir con la saga porque en la actualidad es más complicado, ahora hay que aprobar las oposiciones en Madrid y eso es muy difícil. 

    Recorremos las instalaciones del canal, entre un persistente olor a pino y Emilio padre nos enseña las piedras de la escollera que sostiene el puente que cruzamos: colocadas una por una a mano, «como un rompecabezas», conformando una alta pared en la que «a cada piedra se le encontraba una posición y si no se la picaba y pulía a mano para que cupiera». Nos cuenta que «los civiles y los presos eran una gran familia» e insiste en que no hubo tratos vejatorios. «No tiene sentido desenterrar a los muertos, enemistar a la gente que es lo que hace este gobierno», nos dice cuando insistimos. Está tan orgulloso de la presa que pareciera que la hubiera levantado con sus propias manos. 

    Emilio nieto, de veintitrés años, aparece antes de que nos vayamos con una camiseta de la Policía Nacional que nos hace pensar que es, efectivamente, policía, pero que no, se trata solo de una camiseta de entrenamiento. El abuelo y el padre están contentos porque el muchacho se ha colocado en la Comunidad de Regantes y trabaja con una moto repartiendo el agua. «Algo vinculado con la presa, al menos». Nos acercamos al coche y vienen a despedirnos un perro de la calle adoptado por la familia que se llama Paco y una cerda vietnamita llamada Pepa. Volvemos al coche y a la música: «El día que yo me muera/ dale un beso a la morera / Que los gusanos que me coman/ lleven algo de tu aroma». Y nos preguntamos a cuál de los tres Emilios le gustará más esta canción de los Pirámide.

    marismas y Canal de los Presos
    Pirámide en canal de los Presos.

    Los Palacios y Pirámide

    Para ver a los Pirámide hay que estar aquí, venir, desplazarse a la tierra sobre la que escriben y componen. Porque no viven en ninguna capital de la música, no están buscando suerte en ninguna tierra prometida de la industria. Claudio, Antonio y Karvy tienen sus ojos y oídos puestos en los sonidos electrónicos que circulan en el mundo y también en el folclore del Bajo Guadalquivir que legaron de sus madres y padres, abuelas y abuelos. Y su día a día transcurre en Los Palacios y Villafranca, a pocos kilómetros del canal de los Presos y de las marismas. 

    Claudio venía del rock clásico y el grunge y Antonio de la electrónica, eran compañeros del instituto y fue Antonio quien, de a poco, arrastró a Claudio hacia estos nuevos sonidos. «En la música electrónica encontramos nuevas maneras de experimentar», dice Claudio y mira a su amigo y le agradece: «Lo que yo me di cuenta a los treinta o treinta y cinco años tu llevabas viéndolo de toda la vida». Antonio mira a su alrededor, estamos en la sala de ensayo de los Pirámide: «Aquí no paras nunca de aprender, porque es que todos los meses te sacan algo nuevo. Y es una putada porque de lo viejo no te quieres deshacer y tienes que comprar cosas nuevas y después no te caben. Y te pasa eso, te conviertes en un Diógenes». Efectivamente, el estudio está repleto de samplers, sintetizadores, teclados, guitarras y hasta una enorme batería. 

    Karvy entra al grupo en diciembre de 2020, cuando Antonio y Claudio estaban a punto de sacar el primer EP, El Canal de los Presos, con un sonido cercano a la electrónica minimal y con influencias de Thom Yorke y Cabaret Voltaire, más el impacto escénico y conceptual de Gazelle Twin. «A mí me gusta Pirámide antes de estar en Pirámide. Yo los había visto en directo tres o cuatro veces y a mí me encantaban», dice Karvy, quien, además de participar en lo musical, está a cargo del concepto visual del grupo. Su estreno en el estudio de grabación fue con el segundo EP de Pirámide, Furtivo, pensado, ideado, grabado y conceptualizado por la actual formación y con un sonido mucho más cercano al trip hop estilo Bristol (Portishead, Massive Attack) y la infinitud de las marismas como leitmotiv principal.

    Entre los muchos motivos por los que venimos a visitar a los Pirámide, nos interesa saber qué repercusión ha tenido en el pueblo, en la zona, en algunos de los sitios que visitamos estos días, que tres jóvenes hayan removido un tema tan delicado para la celosa memoria histórica de muchos españoles. «Tenemos el canal de los Presos a doscientos metros y había gente que no conocía su historia o que le sonaba porque lo había escuchado, pero nadie se había parado a reflexionar sobre todo lo que supone la obra. Y en generaciones más posteriores como la de Karvy todavía estaba más acentuado», dice Antonio, que tiene cuarenta años, al igual que Claudio (Karvy tiene veintisiete). «Está muy extendido en toda esta zona el rollo de los pantanos, los canales y la reforma agraria. Y a quienes más benefició todo eso y el canal de los Presos fueron a los grandes terratenientes», dice Claudio. «Los de nuestra generación tenemos la obligación de sacar las cosas a la luz. Creo que la generación previa a la nuestra tiene cierto adoctrinamiento cultural que evita que hablen o si hablan, lo hacen desde el punto de vista muy protector: nosotros vivíamos en otro pueblo y no teníamos nada, nos trajeron un tractor o una burra y un carro y para nosotros eso fue la vida», agrega Antonio.

    Otra cosa que nos interesa es cómo conjugar un lugar de memoria con un lugar de ocio. Como llegar a un equilibrio y no caer en la frivolidad de las bodas y los deportes acuáticos y ese paisaje idílico con sol cayendo bajo el agua pero tampoco en la sordidez de un monumento inerte. Antonio tiene una idea: «Lo importante es informar. Después, cada uno le puede dar el concepto, la entonación o la interpretación que quiera. Pero por lo menos informar. A lo mejor para ti prima la cordialidad y no le quieres dar más importancia, pero para él no. Pero por lo menos vamos a informarlo a los dos y luego cada uno es libre de cómo reaccionar ante eso, pero que esa información surja, que no se quede ahí enterrada».

    Embalse de Peñaflor

    «Escarba en la tierra, / pica la piedra, / la Memoria no / se encierra». Antes de abandonar el sur nos queda una última parada. Pasamos por pueblos de colonización y pueblos viejos metidos en carreteras estrechas adornadas de pozos y naranjos, seguimos la línea del río Guadalquivir y bordeamos el área metropolitana de Sevilla sin entrar en la capital, atravesamos el polígono industrial La Isla, cruzamos muchas rotondas y el parque empresarial El Copero muestra con orgullo las fachadas de Shell y de Amazon, de sus silos gigantes. Hasta que llegamos al embalse de Peñaflor, la presa donde nace el canal de los Presos, desprovista de cualquier tipo de cartel informativo. Si no hubiésemos pasado tantos días escuchando, hablando, leyendo e investigando sobre el tema, si no supiéramos algo, el embalse solo sería alambrada corroída y explanada repleta de musgo pero sin la sombra de los trabajos forzados. ¿Cuánta gente pasará a diario por esta carretera sin saber, sin mirar, sin nada más que dejar atrás? Y como una especie de broma, aunque muy en esa línea de concordia que mencionaba Antonio, se alza un obelisco conmemorativo con imágenes costumbristas en su base como un homenaje frívolo y leve a los trabajadores rurales. Sepultando, también, a esa cifra inasible de todos esos hombres con la espalda rota y la piel quemada y el cuero cabelludo comido por las liendres que levantaron los cimientos de toda esta oscuridad.

    marismas y Canal de los Presos
    Embalse de Peñaflor.

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