Besugos, hostias y pelotaris gigantescos: el retorno de los gentiles

retorno de los gentiles
Fotografía: Humberto Bilbao. gentiles

Hace ya casi de ochenta años, la historia de la humanidad presenció un suceso que apenas duró unas pocas horas, pero que después se alargó de una manera trágica y desoladora por medio mundo durante cuatro años más. Ha sido mil veces reflejado y otras tantas malinterpretado por todas las artes que deleitan a las civilizaciones que actualmente habitan el planeta.

Para saber de qué planeta hablamos, tendremos que esperar a la aparición de un genio intelectual hasta ahora nunca visto, pues aún no se ha llegado a un consenso al respecto; pero sí podemos afirmar sin mucho temor a ser reprendidos por ninguna autoridad, ya sea civil o militar, que el cine, el teatro, la literatura, la fotografía, la historiografía y las tertulias radiofónicas matinales y vespertinas, cada una a su particular manera, han intentado explicar aquel arrebato de locura imperial que fue el ataque a Pearl Harbour mediante una serie de argumentos que, hasta hoy mismo, no han sido discutidos con la debida consistencia. Casi todos basados en ciencias respetables como la militar, la política o la sociología.

A quienes lo quieran ver, pues es suficiente con abrir bien los ojos, les resultará claro que todo aquel episodio no fue más que la manifestación de un intento desesperado por lograr la hegemonía gastronómica mundial; un plan que únicamente la intrincada mente oriental es capaz de comprender, pues sin duda está dotada por la naturaleza de un instinto expresamente desarrollado para idear torturas y proyectos enrevesadísimos que los habitantes de más allá de la falda occidental del monte Ararat no somos ni siquiera capaces de empezar a adivinar.

Y a pesar de su aparente fracaso, no está muy lejos el día en que un besugo de Orio (Gipuzkoa), uno de esos besugos que tanta ruina para varias generaciones de hosteleros ha supuesto el asarlo mediante la metodología de prueba y error necesaria para lograr servirlo como lo sirven allí —errores que se manifiestan en forma de incendios, indigestiones, intoxicaciones y otras patologías más crónicas como la hipertensión o la gota— y que además ha desatado toda una serie de guerras conocidas como los sucesivos «Incidentes del Besugo» o Bisiguaren Gertakaria, cada una con sus muertos, sus héroes y sus traidores a la Fe del Besugo (la muy rígida Bisiguaren Fedea), guerras que se han declarado a lo largo de los siglos, sin una periodicidad discernible para nadie, entre Orio y sus rivales por la excelencia en el asado del pescado, que no son pocos; no está muy lejana la ocasión, insisten los sociólogos más puntillosos, en que esos afamados espáridos no sean más que un lejano recuerdo de una época arcádica en la que una bandeja de rollitos de salmón crudo envuelto en algas y granos de arroz tan solo fuera una pesadilla pasajera, que sin embargo no podía dejar de generar leyendas sobre el fin del mundo y cosas aún peores, como por ejemplo la cocina tecno-emocional o las piscinas comunitarias.

Hasta que culmine este plan, que por supuesto aún sigue vigente y al que el adjetivo maquiavélico se le queda muy corto, el País Vasco seguirá siendo el lugar del mundo donde mejor se come. Si toda ciencia o arte necesita experimentar una evolución de varios siglos para lograr su más elevada expresión, como todo el mundo parece estar de acuerdo en reconocer, y por tanto el cénit siempre se alcanza en aquellos lugares en los que se lleva más tiempo practicando la disciplina en cuestión —o la indisciplina; siguiendo un razonamiento análogo también existirá un lugar, que algunos sitúan en los espacios que se extienden detrás de la ventanilla de atención al contribuyente de cualquier ministerio, en el que sin mucho esfuerzo podremos encontrar altas dosis de caos destilado— entonces no es difícil situar en el País Vasco el origen mismo de la humanidad. La ciencia nos dice que es necesario ingerir alimento antes de llevar a cabo cualquier actividad fisiológica; antes de no solo evacuar aguas mayores y menores, sino de que ni siquiera se nos pase por la cabeza aliviarnos de la ausencia de compañía de modos que no todos aprueban, ni siquiera hoy en día. Lo primero que hizo el ser humano fue comer, y por tanto allí donde mejor se cocina, donde mejor se asan besugos, sapitos y chuletones, es donde más tiempo lleva el ser humano dominando sobre la bestia.

Hay otros indicios que pueden convencer a los escépticos de esta antigua teoría antropológica. Aunque uno de los testimonios históricos más antiguos que nos habla de un partido de pelota se refiere al que tuvo lugar en Nantes en 1590 entre Enrique IV de Francia (1589-1610), que acababa de conquistar la ciudad, y los más habilidosos pelotaris del gremio de panaderos, quienes no solamente le sacaron los cuartos sino que además, lógicamente, se negaron a concederle la revancha, no conviene olvidar que Enrique era a su vez rey de Navarra (1572-1610). Navarro, pelotari y no buen perdedor; si el primer capricho que tuvo después de que la plaza se le rindiera fue liarse a pelotazos con los panaderos locales, el segundo fue bajarles el precio del pan a dos ochavos, originando de este modo abundantes peticiones de audiencia por parte de los maestros del gremio que, en caso de ser atendidas, recibieron una profunda carcajada como respuesta más clemente. El humor de los Borbones. Y pasando de la era histórica a la prehistórica, tenemos diseminados por todo el País Vasco los claros indicios que nos dejaron los gentiles (o jentilak) en forma de jentilarrik, dólmenes, cromlechs o rocas a las que solo los más cegados por la teoría darwiniana podrían atribuir un origen que no se remontara a nuestros primeros ancestros.

Los jentilak fueron unos seres gigantescos poseedores de una fuerza descomunal que, si tenemos en cuenta los deportes vascos más populares, es sin duda el atributo más apreciado entre cualquier euskaldún de bien o de mal. Si la lingüística ignora estas pruebas y quiere perder el tiempo siguiendo el hilo de esa teoría que sostiene que todo el lenguaje hablado parte de una primera palabra que se usó para hacer referencia a nuestras manos, en lugar de considerar el vasquísimo vocablo «hostia» como la palabra primigenia, no es culpa nuestra.

También hay gente que sospecha que la Tierra está hueca o que descendemos del mono; incluso se conoce una rama escindida de esta corriente que defiende que la Tierra está interiormente habitada por una civilización de monos-luciérnaga, así que no debemos sorprendernos. ¿La gallina o el huevo? ¿La mano o la hostia? Nosotros, que nos hemos paseado por la carretera que une Mutriku con Ondarroa, nos decantamos por la segunda opción. Allí, en la ladera occidental del monte Mendibeltzuburu, a doscientos metros del sitio llamado Mendibeltza, se encuentra la peña Axbiribil. Cualquiera que manifieste en voz demasiado alta que no se trata de una piedra que, como su nombre indica (piedra redonda), fue utilizada a modo de pelota por los gentiles para poder dar rienda suelta a su fogosidad disputando un partido de pilota, levantará serias dudas entre los habitantes locales sobre el caudal y presión del riego sanguíneo en sus hemisferios cerebrales.

Amigo, esa piedra no es un fenómeno único. La peña llamada Txoritekoa, en las afueras de Zerain, fue lanzada por los gigantes desde el monte Aizgorri al Aralar, y debido a los avatares de la gravedad, y quizás a un zaguero poco competente, terminó involuntariamente donde ahora descansa, probablemente para siempre jamás. Y es famosa la historia de los pelotaris a los que mientras jugaban en el antiguo poblado de Murumendi se les acercó un gentil, les pidió permiso para unirse al juego y, al recibir una negativa, agarró la piedra de saque y la lanzó hacia Aralar. Durante el vuelo la roca se partió en dos; una mitad cayó a los pies de la peña Gaztelu y la otra a los de la peña Alotza, donde quedó interrumpiendo un sendero de pastores. Estos, haciendo gala de un sentido descriptivo que envidiarían muchos articulistas, y también de poca iniciativa a la hora de cambiar el trazado del sendero, encontraron oportuno ponerle el nombre de Saltarri, y con ese nombre es todavía conocida hoy.

Todas estas pruebas empíricas, que aguantarían el análisis del comité científico más repelentemente escrupuloso, dejarían en mal lugar a los incrédulos. Si no están acompañados por testigos que puedan dar fe de un estado de embriaguez que pudiera justificar la insensatez que supone dudar de estas historias, probablemente recibirán un tratamiento de psicoterapia rural que, aunque inicialmente parezca placentera, después de unos días les hará considerar una lobotomía como si fuera una estancia reparadora en un balneario. Chuletones de más de un kilo para desayunar (tres veces), almorzar y cenar. Piscinas enteras rebosantes de natillas, requesón y arroz con leche en su justo punto de consistencia, donde morir ahogado más que un suplicio sería una bendición, aunque no está claro quién sería la autoridad religiosa que la impartiría. Tortillas de patatas cocinadas en unos recipientes específicamente diseñados para la preparación del plato, unas sartenes de una geometría no del todo euclidiana que nadie atribuiría a la casualidad; tortillas que en condiciones de consumo moderadas serían dignas de un Te Deum, pero que en esta inmersión cultural vasca pueden ser la gota que colme el vaso de nuestra salud física y mental. Galones de sidra y txakoli que, por ahorrar tiempo, se pueden consumir embocando directamente la espita del barril, que no deja de verter su contenido ni un solo instante. Sopas de pescado que solo podrían darnos mayor satisfacción si nosotros mismos hubiéramos cazado el kraken o cachalote que forman la base de su caldo, y si lo pedimos es probable que se nos brinde la oportunidad de hacerlo. Lenguados, txangurros, kokotxas, angulas…

En los poco más de treinta kilómetros que separan Usurbil de Zumaia estará completo el tratamiento. Los conspiradores que desde Honshu, Kyushu y Shikoku (pero no Hokkaido) fletan cargueros repletos de contenedores de sake y tofu celebrarán juntas de emergencia en las que el recuerdo de Midway estará muy presente, aunque no será mencionado. La fe del japonés medio en su emperador alcanzará niveles de escepticismo nunca vistos, y en todos los dohyo del país los luchadores de sumo locales serán derrotados sin esfuerzo por sus rivales mongoles e incluso bielorrusos.

Y mientras todo el ciclo vuelve a empezar, porque el enemigo no descansa y una nueva generación de infieles se dispone a entrar cada día en un restaurante japonés del Antiguo, el Viejo o Gros; al salir de Bedua con la plena satisfacción de haber superado la prueba y entablado conocimiento con la Verdad Revelada, nuestro paciente ya recuperado haría bien en dirigirse dando un paseo hasta el centro de Zumaia, y desde allí subir a Arritokieta. La excusa, si es que es necesaria, puede ser la descongestión de las arterias o visitar el cementerio municipal, donde podrá reconocer el apellido de varios difuntos si antes ha tenido la oportunidad de leer cierta revista cultural, que podría o no estar ya olvidada en todas las librerías y bibliotecas públicas y privadas. Pero es un cementerio pequeño, y es muy probable que pase de largo y siga ascendiendo por la angosta carretera que deja a mano derecha la ermita de Santa Clara.

Cuando se dé cuenta de su error, dará la vuelta y llegará a un recodo del camino desde el que el mar, que en esta tierra siempre está presente aunque no se encuentre a la vista, se vuelve a hacer visible. Allí lo verá golpeando siempre con fuerza, unas veces con nobleza y otras a traición, batiendo las olas grandes y pequeñas una vez tras otra, como lo ha hecho desde siempre, desde que los gentiles jugaban a pelota y le arrojaban los restos de los banquetes de sus bodas paganas, desde los días en que nuestros familiares empezaron a habitar el suelo y se mezclaron con el moho, los detritus y los gusanos, solo unos metros por debajo de nosotros, aquí mismo en Arritokieta o a cientos de kilómetros de distancia. Lo verá y lo oirá durante todo el descenso de vuelta al pueblo, y durante todo el viaje de vuelta a casa, sea eso donde sea, y todavía mucho más allá.


La ruta del ajedrez (I)

ruta del ajedrez
DP.

Sevilla, 1987. Los dos pesos pesados del ajedrez mundial, el campeón Garri Kaspárov  y su más temible rival, el excampeón Anatoli Kárpov, están disputándose la corona mundial por cuarta vez en cuatro años. Su agria competencia ha alcanzado cotas de atención mediática únicamente superadas por aquel lejano match entre el feroz Bobby Fischer y el caballeroso Boris Spassky, en el que Estados Unidos y la URSS habían puesto el orgullo sobre los tableros. Esta vez no estará la guerra fría en juego, pero las dispares personalidades de Kárpov y Kaspárov, así como el dramatismo y la tensión casi insoportable de sus igualadísimos enfrentamientos anteriores, han convertido sus finales en otro espectáculo mediático y el mundo entero esté pendiente de lo que suceda en la ciudad andaluza. En 1987 cualquier ciudadano reconoce al instante esos dos apellidos; el interés por lo que suceda en la lucha entre ambos es enorme porque Kárpov parece siempre a punto de recuperar el trono que una vez ocupó. La televisión española retransmite las partidas de un evento que ha trascendido la competencia deportiva y se ha convertido en una auténtica guerra repleta de connotaciones personales, políticas e incluso étnicas. 

El de Sevilla será un match de veinticuatro partidas. Tras veintidós, cada uno de los contendientes ha obtenido tres victorias y el resto han sido dieciséis empates de dura lucha. Ambos están igualados a once puntos, pero un empate final permitiría que el campeón vigente retuviese el título, así que el aspirante y antiguo rey destronado Kárpov está obligado a jugar presionando al rival para ganar el punto. La vigésimo tercera partida resulta ser dramática: comienza de forma igualada y tras varias horas de tensa lucha se llega a las cuarenta jugadas reglamentarias que permiten aplazar la partida hasta el día siguiente. Pero durante la reanudación, el usualmente férreo Kaspárov parece ceder a la presión y comete un error que le cuesta el punto. Kárpov se adelanta por doce a once. Parece estar rozando el trono con la punta de los dedos. Ahora, únicamente necesita unas tablas en la última partida para recuperar el título. Y que Kárpov consiga esas tablas se considera más que factible, dada la enorme solidez de su juego, su facilidad para leer la posición de las piezas y su más que probada capacidad para neutralizar los embates agresivos del contrario. Casi todo el mundo da por hecho que Anatoli Kárpov va a conseguirlo; a falta del último juego, él es el favorito. Por su parte, el campeón Kaspárov necesita una victoria para empatar a puntos, ya que cualquier otro resultado lo destronará. Kaspárov, pues, ha de jugar agresivamente y arriesgar frente al jugador ante quien menos se debería arriesgar: el correosísimo Anatoli Kárpov. Todo pende de un hilo.

Vigésimo cuarta y última partida: todo es una gran apuesta a una sola carta. Ambos están muy concentrados y como de costumbre están muy igualados: Kárpov obtiene un peón de ventaja, pero sus piezas están menos coordinadas que las de Kaspárov y son vulnerables a un ataque. Sin embargo, algo sucede durante el transcurso del juego: Kaspárov está tan concentrado que olvida anotar sus jugadas en la planilla, lo cual es imperativo durante las competiciones, algo que todo jugador está obligado a hacer. El árbitro, siguiendo las reglas, le recuerda que ha de escribir las jugadas. Kaspárov lo hace, pero esta distracción lo saca momentáneamente de sus pensamientos sobre la partida y así deja escapar una ocasión clara de atacar. Sin embargo, también Kárpov tiene sus propios problemas: ha consumido mucho tiempo calculando sus jugadas y está sufriendo apuros de reloj. En sus prisas, no consigue visualizar una defensa que podría haber forzado unas tablas y haberle dado el título en bandeja.

Ambos jugadores han cometido errores, sometidos como están a una gran presión, pero la situación termina finalmente beneficiando a Kaspárov, que no solamente recupera el peón de desventaja sino que captura uno más a su rival. Una vez más, se llega a las jugadas reglamentarias y el juego se aplaza al día siguiente, pero en la reanudación Kárpov aparece ya con expresión de cierto desánimo. Obligado a defenderse y analizando la partida durante la noche, no ha visto la manera clara de obtener esas tablas que tanto necesita. Parece que no podrá detener a Kaspárov. Aun así, comienza una terrible guerra de sutilezas, un juego de equilibristas de la posición en torno a dos peones indefensos, uno blanco y otro negro. Ninguno de esos dos peones es capturado, pero en mitad del baile, Kárpov se queda sin ideas. Su rey está arrinconado; su reina está forzada a defender el único caballo que le queda. Por contra, el rey de Kaspárov está bien protegido y su reina acecha incansablemente a las piezas rivales; además, su último alfil se mueve con total libertad sobre el tablero. Todo ello, sumado a su peón de más, acaba constituyendo una considerable ventaja. Finalmente, Kárpov se rinde. Kaspárov gana el punto y empata el casillero: doce a doce. Seguirá siendo campeón. Kárpov lo ha tenido tan cerca… Al final, sin embargo, el auténtico vencedor ha sido el espectáculo. Esa última partida ha sido casi como el final de una tragedia griega. La rivalidad más grande en la historia del ajedrez ha alcanzado unas cotas de suspense insoportables y lo ha hecho en la ciudad de Sevilla.

En cierto modo, el que un episodio así tuviera lugar en España era casi una deuda histórica con nuestro país. Cierto es que en el ajedrez moderno no hemos tenido un campeón mundial ni demasiados grandes maestros, para los que podríamos haber podido producir. Y no es por falta de talento: por ejemplo, en los años 50 emergió Arturito Pomar —hoy don Arturo— uno de los más brillantes niños prodigio de la historia de las sesenta y cuatro casillas. De hecho, el único jugador de trece años que jamás haya logrado obtener unas tablas contra un campeón mundial vigente. Pero la falta de apoyo oficial, entre otras cosas, provocó en mucha gente la sensación de que Pomar no llegó a explotar todo su potencial ajedrecístico. Esa misma sensación es la que uno tiene cuando piensa en los jugadores que España podría haber proporcionado al mundo si las autoridades hubiesen ayudado con un mayor empujón. Ha habido y hay muy buenos jugadores españoles, pero probablemente no los que debería en uno de los países más importantes en la historia del juego-deporte-arte-ciencia. Paradójicamente, en tiempos recientes España ha sido una Meca para el ajedrez y lo ha sido durante muchos años. Ha sido el país donde más torneos regulares de categoría internacional se han celebrado y también es uno de los países donde más maestros extranjeros de primer nivel han decidido fijar su nueva residencia. También es la nación donde la iniciativa de organizadores privados ha demostrado un mayor entusiasmo, en contraste con el abierto desinterés de los sucesivos gobiernos de toda índole, ya desde los tiempos de la eclosión del jovencito Pomar. 

Pero hay más: el papel de España en el desarrollo del ajedrez moderno ha sido fundamental. El ajedrez, como bien sabemos, fue traído a Europa por los musulmanes después de que los persas conocieran el juego durante sus incursiones en la India (los orígenes anteriores no quedan nada claros, aunque el juego podría haberse originado en Egipto). Pero aquel ajedrez medieval todavía no había sido refinado hasta la perfección. Las reglas definitivas del juego, las que le dieron el total equilibrio y según las cuales todavía se juega hoy en día, terminaron de perfilarse precisamente en España. De España procedieron algunos de los primeros ajedrecistas y teóricos reconocidos internacionalmente. También aquí se publicaron varios de los primeros tratados de ajedrez más importantes. Sí, España dejó una huella indeleble en el juego de la dríade Caissa, legendaria musa de las sesenta y cuatro casillas. Aquí empezaremos a trazar, a grandes rasgos, el mapa del ajedrez en España. Una excusa como otra cualquiera para que los amantes de los escaques y los fetichistas del ajedrez se den una vuelta por aquellos puntos de nuestra geografía donde se ayudó a dar forma al más noble de todos los juegos y una de las disciplinas más fascinantes de la actividad humana. Lugares que, además suelen poseer encanto y alicientes más que de sobra para la visita de cualquiera, sea o no aficionado a los tableros.

Peñalba de Santiago: En esta pequeña pedanía del municipio leonés de Ponferrada se hallaron las piezas de ajedrez más antiguas jamás encontradas en Europa. Mal llamadas «bolos de Santiago» —así bautizadas por una confusión con piezas usadas en un juego tradicional del Bierzo—, se trata de cuatro piezas que pertenecieron a un ajedrez tallado en marfil: un peón, un alfil y dos roques (el nombre que antiguamente se le daba a las torres, de ahí el término «enrocar» cuando el rey se protege encerrándose tras una de ellas). Dichas piezas, datadas hacia el año 900, están expuestas en una de las sacristías de la iglesia mozárabe del pueblo y dice la tradición que pertenecieron a san Genadio, el cual habría usado ese mismo juego de ajedrez para entretenerse durante su retiro espiritual en una cueva. Pero Peñalba de Santiago no solamente es merecedor de una visita por ser cuna del juego de ajedrez más antiguo de Europa, sino que es un bellísimo pueblo de casas de piedra y madera que parecen surgidas de algún cuento medieval; además cuenta con un pintoresco entorno, incluyendo la cueva donde se supone que san Genadio jugó con las piezas de ajedrez. Así pues: cuatro joyas de marfil custodiadas en una joya de piedra.

Celanova y Orense: En el edificio del antiguo monasterio de San Salvador de Celanova, más concretamente en la capilla de San Miguel, fueron halladas ocho piezas que podrían fecharse apenas una décadas después del ajedrez de Peñalba, así que son también unas de las reliquias ajedrecísticas más antiguas de Europa. Se trata de una torre, dos caballos, dos alfiles y tres peones tallados en cristal según la preciosa y cotizadísima tradición del arte fatimí, artesanía medieval realizada en Egipto. Se las conoce como el «ajedrez de san Rosendo», ya que supuestamente fueron halladas en el sepulcro del antiguo obispo de Mondoñedo, muerto en el año 977. Las piezas fueron trasladadas y se exponen actualmente en la catedral de Orense, así que ya tenemos excusa para visitar esta ciudad, amén del paso obligado por el magnífico conjunto monumental de la propia Celanova.

León: En el Museo de León tendremos ocasión para contemplar cómo jugaban los aristócratas del siglo XVI. No olvidemos que un tablero bellamente labrado y unas piezas bien esculpidas constituían un lujo al alcance muy pocos por aquella época; en el museo podemos contemplar un magnífico ejemplar de tablero de madera con incrustaciones de hueso que perteneció a los condes de Luna. Además, ya en tiempos más recientes, la misma León ha sido sede de un relevante torneo que es de las pocas competiciones de primer nivel que se han celebrado ininterrumpidamente durante más de dos décadas.

San Lorenzo de El Escorial: Poco queda por comentar que no se sepa ya sobre El Escorial, uno de los edificios monumentales más conocidos y visitados de España, ya que está repleto de historia por los cuatro costados, pero como curiosidad para los aficionados al ajedrez cabe decir que en su biblioteca se guarda el célebre Libro de los juegos, confeccionado por deseo del rey Alfonso X de Castilla, gran aficionado al ajedrez. Bautizado originalmente con el largo título de Juegos diversos de Axedrez, dados, y tablas con sus explicaciones, ordenados por mandado del rey don Alfonso el Sabio, este códice está considerado como el primer tratado de la materia, y contiene los problemas y pasatiempos de ajedrez más antiguos de los que se tiene noticia, al menos en toda Europa.

Segorbe: No mucha gente sabe que el ajedrez moderno, con sus reglas actuales, nació en territorio valenciano hace más de cinco siglos. Segorbe es una localidad castellonense que independientemente de su aportación histórica al tablero merecería una visita motivada únicamente por sus monumentos y su belleza, pero en nuestro caso tiene el interés añadido de haber sido lugar de nacimiento de Francesch Vicent. Este nombre quizá no les diga mucho ni siquiera a algunos aficionados a los escaques, pero Vicent fue una figura sencillamente fundamental en la historia de esta disciplina. De hecho, podríamos decir que fue el padre del ajedrez tal y como lo conocemos hoy. 

(Continúa aquí)


De vino, pintura y presente

Sala de Arte en la bodega ENATE vino

Jot Down para bodega ENATE

Sucedió en tan solo veinticinco años. En ese lapso nuestra idea de entender el arte, y la de entender el vino, cambiaron radicalmente. Y aunque hubo otros muchos procesos de transformación social que coincidieron en el último tercio del siglo XX, pocos fueron tan rupturistas. Al menos para un país con las colecciones de pintura clásica más importantes del mundo —empezando por el Prado—, y con la mayor cantidad de hectáreas de viñedo. Pudo haber acabado en desastre, pero, lejos de eso, nos hizo reconectar con nuestro pasado de artistas y viticultores de una manera totalmente renovada. Convirtiendo los lugares que fueron escenario del cambio en el destino favorito de muchos viajeros. Hoy los museos de arte contemporáneo figuran entre los más visitados, y los templos del vino se conciben como lugar al que hay que ir al menos una vez en la vida.

Sin conocer los escenarios de ese cambio es difícil comprender y disfrutar el proceso. Las vanguardias artísticas, abstracción, informalismo y figurativismo, irrumpieron en el conocimiento del gran público desde el MACE de Ibiza, el Teatro-Museo Dalí en Figueres, o el MNCARS de Madrid. Al vino moderno le abrió el camino una nueva bodega, inaugurada el mismo año en que abría sus puertas el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. ENATE, en el Somontano, supuso un antes y un después, al desterrar la idea clásica de galerías subterráneas en penumbra, llenas de telarañas, para ofrecer un espacio visitable. Años más tarde su ejemplo sería seguido por arquitectos internacionales como Rafael Moneo, Santiago Calatrava, o Frank Ghery cuando vinieron a poner en marcha el mismo proceso en las bodegas clásicas. Para entonces ENATE ya se había convertido en lo que es hoy, una de las muestras de arte más importantes de España.

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Aquel doble cambio fue sobre todo un proceso empujado desde el interior. Picasso y Dalí habían dirigido la vanguardia mucho antes, pero en el extranjero, y su obra tardaría en llegar a nosotros. En cambio, autores como Antonio Saura, Eduardo Chillida, Rafael Canogar, o José Manuel Broto, impulsaron la definitiva modernización artística desde la península. Por primera vez un grupo de artistas se atrevió a decir que Velázquez y Goya no tenían por qué ser lo único reverenciado. Era el arte de los padres, y en oposición a él se estaban haciendo creaciones capaces de conectar con la sensibilidad de las nuevas generaciones. Con el tiempo, todos ellos estarían en la colección ENATE.

La ruptura con el vino no fue diferente. Entre los años ochenta y los dos mil su consumo descendió en más de un cuarenta por ciento. Los jóvenes abandonaban el «vino de mesa» que había acompañado las comidas y cenas de sus padres, para trasladar su consumo a locales y restaurantes. Pidiendo mayor calidad, menor graduación, y la asociación entre botella y experiencia gastronómica. Las bodegas de siempre respondieron cuidando algo más las elaboraciones, etiquetando con cuidado, resaltando las denominaciones de origen. En los noventa ENATE vino a revolucionar por completo ese panorama dando un paso más.

La bodega puso la primera piedra de lo que vendría muchos años más tarde, un turismo enológico donde la arquitectura se equipara en importancia al viñedo, a los vinos que produce, y a cómo los elabora. Luz y grandes espacios, que invitan a conocer el proceso de elaboración de un vino moderno. Todo eso por sí mismo era una revolución casi inconcebible para el panorama vinícola español, aunque hoy se asuma como parte de sus valores naturales. Pero lo más singular, lo que no ha sido imitado, es que decidiera tener, como etiquetado de sus botellas, la obra de algunos de los pintores abstractos, figurativos, del informalismo o el grafismo, como Saura, que habían revolucionado el panorama del arte primero, y conquistado el gusto del público.

Hoy las obras de Saura, José Manuel Broto, Salvador Victoria o Erwin Bechtold, entre otros, siguen luciendo en las etiquetas de sus vinos. Sus nombres son referentes en los estilos de arte contemporáneo, como la abstracción o el informalismo. Pero es que además las creaciones que se exhiben en la bodega están centradas en la interpretación desde el presente de uno de los elementos omnipresentes en el arte, especialmente en el clásico: la viticultura. Vidrio transparente alzado en brindis deja ver tintos y blancos, además de botellas en el suelo, como en La merienda de Goya, o cráteras, jarras de cerámica y mitología, en el Triunfo de Baco, de Velázquez. Su reinterpretación moderna es absolutamente novedosa.

Lo es también que se haya promovido desde una bodega. Empleando además una botella de vino como escaparate expositivo nacional e internacional —más de un veinte por ciento de la producción de ENATE se exporta—. Una ruptura muy de vanguardia, completada por la decisión de asociar cada uno de sus vinos con la obra de un pintor nacional o internacional de reconocido prestigio. Nombres como los citados anteriormente, que han elaborado y elaboran aún sus creaciones específicamente para la bodega, creando la iconografía artística contemporánea del mundo del vino.

Es el rasgo propio de ENATE, y gracias a ese empeño ha convertido su sala de arte en un verdadero museo, con la doble vocación de enseñar al público el proceso de elaboración del vino moderno, y exponer más de cien obras originales —del total de cuatrocientas que albergan sus fondos—. Ejercicios de creación sobre el universo vinícola, ilustrativas de las vanguardias, y de la obra de reconocidos pintores. Lo que la convierte hoy en un destino obligado para los amantes del enoturismo, y para todos los demás, como lugar único que reúne el universo de la elaboración y crianza con el de la creación artística ligada a la viticultura.

Su condición de pioneros en el turismo enológico ha hecho de las experiencias que ofrecen una auténtica forma de vivir la conjugación entre arte y vino. Las han enriquecido además superponiéndolas con climatología, paisaje, arquitectura interior, y arquitectura exterior. Hasta lograr que el espacio en torno a los viñedos, lo mismo que su edificio, y el propio espacio del Somontano, convivan y se complementen.

Catas maridaje, degustaciones de monovarietales —la gama de vinos más premiada de ENATE, máxima expresión del Somontano—, de los tintos de colección UNO, y del menú degustación con que redondear la experiencia sensorial de aromas y sabores. De un modo muy aragonés, además, con alubias y ternasco, el delicioso cordero de esta tierra. Todo ello unido al recorrido por las instalaciones y la sala de arte. Si bien, y ese es otro de sus rasgos distintivos, las experiencias en ENATE no se limitan a sus espacios interiores.

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Arte y vino también están en el exterior. Vicente García Planas, artista integral de los objetos encontrados, elaboró la escultura El bosque de hierro, creada como doble espacio, de contemplación de la obra y de escenario para la degustación de vinos. Las tardes de paseo que alternan viñedo y pintura, en los meses de clima más benigno, son también un motivo para el viaje. Aunque pocas experiencias resultan más inmersivas que la barbacoa, con vistas al Somontano, donde vino, naturaleza, gastronomía y arte no pueden estar mejor maridados. La horizontalidad del proyecto arquitectónico de la bodega y sus espacios conectan al visitante de forma sutil con el paisaje del Somontano que la rodea. Cielo y tierra tocándose, separados apenas por el azul del horizonte o las faldas de los montes donde arrancan los Pirineos. Esta área del alto Aragón, centro de la denominación de origen que lleva su nombre, es un lugar natural privilegiado, de los más demandados por el turismo activo. Las rutas en bicicleta, escalada y barranquismo, unidas a las de senderismo, son frecuentadas por parejas, familias y amantes de la aventura. Los cañones del río Vero y la sierra de Guara han conservado pueblos románicos y medievales, como Aínsa o Barbastro. Y todo ello tiene además el mejor complemento, una alta gastronomía elaborada con productos de proximidad, y un turismo del vino referente en el ámbito nacional e internacional.

Sin olvidar, naturalmente, los tiempos que hemos vivido. La digitalización y vida conectada a que nos obligó el confinamiento han dado a luz en ENATE un nuevo tipo de visita. El tour en este caso es online, complementado por la variedad de vinos recibidos en casa, cuatro variedades embotelladas para degustación individual. Tú te tienes que encargar del servicio y la cristalería, y al otro lado el personal de enoturismo te va conduciendo por las instalaciones, la sala de arte, y las paradas en donde hacer las catas. Una bodega viva, que evoluciona y que continúa ayudando como aceleradora de arte en Aragón, sala de exposición contemporánea y escaparate de exhibición para nuestros grandes artistas. Incluso en el turismo a distancia.

Y es que el vino moderno nos enseñó que no es solo un líquido con determinado sabor y olor, de una añada o una variedad de uva, ni siquiera de una denominación de origen. Esas son tan solo definiciones aproximadas, válidas para el enólogo y la experiencia del paladar. Un vino es sobre todo, la experiencia íntima sentida por quien lo disfruta. Algo tan absolutamente personal como la emoción al contemplar una obra de arte. Y solo en este rincón del Somontano llamado ENATE son posibles ambas cosas.


De Guadalupe a Augustobriga: de lo improbable a lo inexistente (pasando entre hojas de castaño)

De Guadalupe a Augustobriga
DP.

The rain in Spain stays mainly in the plain

(Audrey Hepburn en My Fair Lady, George Cukor, 1964).

Soy lluvia.

Bueno no. En realidad soy palabras colocadas una junto a la otra; o si me apuran, soy pequeños puntos de píxel negro sobre fondo blanco de cierta luminosidad que tienen delante. O fui impulsos eléctricos que tomaban la forma de caracteres en la pantalla de un ordenador. Y antes fui otros impulsos eléctricos, apenas siluetas borrosas y cambiantes que bailaban con la pulsación de cada tecla.

Pero soy lluvia.

Una lluvia fina y uniforme, o quizás una tormenta intermitente de finales de primavera, de principios de junio. A lo mejor soy una gota. Solo una gota que recorre tiempo y materia.

1. Guadalupe. Lo escondido

Soy lluvia.

Es el año 1305 y golpeo el sombrero de ala ancha del pastor Gil Cordero, que se agacha junto al río Guadalupe; el árabe Wad-al-luben, el río escondido. Ha recogido una talla ennegrecida, una pequeña imagen de la Virgen cristiana que, según parece, había permanecido oculta durante seis siglos de dominación árabe. Después, subirá la figura hasta el pueblo, que aunque recibe el mismo nombre que el río, no está escondido, sino que se asoma amurallado sobre los riscos y los quebrados, protegido por la sierra en la retaguardia, pero dominando desafiante el valle.

Es 1389 y embarro el camino por el que trota el caballo del rey Juan I de Castilla. Acaba de entregar a la Orden de San Jerónimo la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Los jerónimos comienzan entonces a levantar un monasterio alrededor de la basílica que verá prolongar su construcción durante cinco siglos. Cuando lluevo en Chartres o en Florencia, remojo edificios que son góticos o renacentistas; pero cuando caigo en España, casi siempre lo hago sobre edificios que son mezclados, añadidos y yuxtapuestos. Así, en mi discurrir entre natural caída y soleado descanso, veo como el monasterio de Guadalupe se construye en parte mudéjar y en parte gótico y en parte barroco y en parte neoclásico. 

Soy lluvia y no comprendo bien conceptos como «dominación árabe». Porque aunque la reina Isabel la Católica denominó a este santuario «mi paraíso» y Cristóbal Colón se encomendó a su Virgen antes de hacer el viaje que cambiaría la historia, me cuesta pensar en dominaciones de ningún tipo cuando el río y el pueblo y la propia Virgen tienen nombre árabe; cuando los abuelos de Gil Cordero eran musulmanes; y cuando los maestros que comenzaron a levantar los arcos del primer claustro los hicieron de la manera que consideraban más bella: en herradura. Como habían visto en Toledo o en Córdoba o en Granada. Como habían hecho siempre.

Soy lluvia y la Orden de San Francisco acaba de recibir el monasterio de Guadalupe. Yo jarreo despiadada sobre unos edificios que han estado abandonados desde la exclaustración de 1835; pero es 1908 y contemplo como los franciscanos adecentan y, poco a poco, van recuperando el uso y el estado de todo el conjunto.

Soy lluvia y es 8 de Septiembre de 1993. Desafiando a lo probable, el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe es declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco y yo chispeo fina y alegre sobre las cabezas de los peregrinos católicos y los turistas laicos que, como cada año en el Día de Extremadura, acuden a este pequeño pueblo de menos de dos mil habitantes a conmemorar el momento, a recordar el lugar donde nacieron o sencillamente a pasar un día de vacaciones.

Repiqueteo en los adoquines que, entre casas balconadas de apenas dos alturas, recorren la calle Sevilla o la plazuela de los Tres Chorros. Salpico divertida los zapatos de los hombres y mujeres que se paran en los soportales antiguos; acaso mirando los pilares de piedra y los dinteles de madera; puede que entrando en alguna de las tiendas de calderería, miel o queso que siguen siendo atracción de turistas y motor económico del pueblo.

Soy lluvia y corro arriba y abajo por la plaza de Santa María, inclinada como todas las demás calles del pueblo. Enfrente, la escalinata, las torres y la portada del monasterio. Dentro, el Museo de Bordados y el de Pintura y Escultura, donde Zurbarán, Goya o el Greco se protegen de mí y de mi humedad. Encima, resbalo por la cerámica de las tejas, me deslizo por cada mampuesto de los muros y por cada vidrio de las ventanas. En cada flor de piedra del rosetón paro un instante a mirar al interior, entro y salgo por los rebordes de cada arco de herradura y al fin, remanso en las únicas superficies llanas y horizontales de todo Guadalupe: los claustros. Me detengo en el claustro mudéjar y, un poco más al norte, también en el claustro gótico, pues yo soy lluvia y no entiendo de islam ni de cristiandad. 

Soy lluvia y es el año 1402. Yañes de Figueroa, protoprior de la Orden de los Jerónimos acaba de mandar construir el Hospital de San Juan Bautista, justo enfrente del monasterio. El hospital, que sería centro de enseñanza y práctica de la medicina crece a principios del siglo XVI con el Colegio de Infantes. Sus paredes robustas y sencillas alojarán a estudiantes religiosos. En los patios, limoneros, naranjos y mandarinos darán olor e imaginación a sus primeras reflexiones humanistas. 

2. Estalactitas, estalagmitas y hojas de castaño

Soy lluvia.

Y me recojo agazapada en nubes sobre la cuenca del río Ibor. Es otoño de 2013, hace un rato que cesé de caer y los parabrisas recorren limpios la carretera EX-118, que nace en Guadalupe y serpentea hasta la A-5. Es un camino bellísimo que revira entre encinas, robles y alcornoques a un lado y la profunda caída del valle, pintada de fresnos, álamos y castaños al otro. Si miro al barranco, veo como, en esta época del año, las copas de los árboles caducos se coagulan en un cuadro de Jackson Pollock: verdes y grises y amarillos y naranjas y marrones y ocres y ocres-verdosos y rojos y negros.

En el kilómetro 29 de la carretera aparece el pueblo de Castañar de Ibor, que se descuelga sobre la quebrada del río. Al poco, una valla con un cartel de la Consejería de Extremadura que indica «Centro de Interpretación del Monumento Natural “Cueva del Castañar”». Detrás, un edificio y un olivar. Debajo llevo cien millones de años esculpiendo.

Soy lluvia y es hace cien millones de años. Me he filtrado a través de estratos calizos y comienzo a gotear por una cueva kárstica. Cada gota que nace hace descender una micra de materia en el techo; cada gota que cae hace crecer una micra de materia en el suelo. Dentro de cien millones de años esas micras de materia serán estalactitas y estalagmitas y los seres humanos podrán visitar la cueva y ver como sigo haciéndolas crecer.

Soy lluvia y es hace trescientos años. Al este del pueblo, recorro fresca la garganta de Calabazas desde el imponente salto de agua que los lugareños llaman Chorrera o Chorrerón, en mi camino al río Gualija. A ambos lados comienzo a regar robles, álamos y castaños.

Es otoño de 2013 y muchos de esos robles, álamos y castaños tienen ahora un porte ciclópeo. Ofrecen frescor al viajero, entrecruzan el sol en sombras multicolores y sus hojas alfombran el camino en un paseo delicado y esponjoso. Algunos de los castaños son tan importantes que su conjunto se ha incluido dentro de los Árboles Singulares de Extremadura. Algunos son tan distinguidos que tienen hasta nombre, como el monumental Castaño Postuero, retorcido pero impasible al correr del ser humano y del tiempo.

Soy lluvia y me deslizo por las calles empinadas de Castañar de Ibor en un recorrido sin remansos hasta el barranco y el valle. Arriba del pueblo, en la calle Europa, repiqueteo sobre el tejado de una vieja casa rehabilitada. Es la Casa Rural Amanecer, que ofrece agradable alojamiento a precios contenidos y desde cuyo restaurante y terraza, en posición privilegiada, se pueden contemplar las formidables vistas que se entreveían en cada curva de la carretera. 

Al margen de su peculiar orografía, las construcciones del pueblo tienen sus historias pero no revisten especial interés, siendo en su mayoría producto del retorno emigrante. Casas sencillas de enfoscado que se construyeron o reformaron en los años 80 y 90, cuando los hombres y mujeres que abandonaron el pueblo en los 60 pudieron regresar con algo de dinero que emplearon en tener una vivienda mejor.

3. Augustobriga. Lo inexistente

Soy lluvia.

Y he prolongado la línea natural del espacio-tiempo que nace en 1960 desde Guadalupe, Navalvillar, Castañar, Bohonal y los demás pueblos de La Jara, Las Villuercas, Los Ibores y el Campo Arañuelo. Es invierno de 2013 y limpio el cielo gris y apelmazado del sur de Madrid.

Caigo constante sobre Villaverde y Getafe y Fuenlabrada y Leganés. Y cuando llego a la altura de los humanos, les escucho hablar; porque la lluvia tiene oídos ¿no lo sabían? Y escucho palabras en muchos idiomas y en muchos acentos; acentos de América del Sur, del Magreb y del este de Europa. 

Pero también escucho un acento distinto, que solo detecto al pasar junto a ciertos hombres y mujeres de algo más de cincuenta años. Quizá al salir de una sucursal bancaria o en la barra de un bar o parados bajo una marquesina protegidos de mi caída. Una hache levemente aspirada, un descuidado deje en las eses y en las des. Es el acento de Extremadura que, tras más de treinta o cuarenta años, estos hombres y mujeres aún conservan y acaso exhiben orgullosos. Hablan de ir a pasar las navidades «al pueblo», a ese pueblo que muchos abandonaron siendo todavía niños, a ese pueblo que es Bohonal, Castañar, Navalvillar, Guadalupe o cualquiera de los demás pueblos de La Jara, Las Villuercas, Los Ibores o el Campo Arañuelo.

Soy lluvia y resbalo por una placa metálica colgada en la fachada de ladrillo visto de un edificio de Leganés. La placa reza «PLAZA DE TALAVERA LA VIEJA», y los hombres y mujeres con acento extremeño que emigraron en 1963 desde allí no pueden ir a pasar las navidades «al pueblo». Porque su pueblo ya no existe.

Soy lluvia y es el año 74 de nuestra era. Vespasiano acaba de promulgar el ius Latii a toda Hispania y la ciudad de Augusto (aunque el sufijo -briga me habla de su origen celta) acaba de obtener la condición de municipium, la segunda clase más importante entre las ciudades romanas. Augustobriga bulle de día en la calzada entre Emerita Augusta y Caesarobriga. En la noche descansa plácida junto al río Tagus, el río del tejo.

Soy lluvia y, una vez caída, recorro acueductos subterráneos, remanso en depósitos de agua y, una vez calentada, limpio la piel de quienes acuden a las termas. También lavo los sillares de piedra que construyen el pórtico del foro de la ciudad. En la confluencia entre el cardo y el decumanus —las avenidas principales de la ciudad— se levanta la columnata corintia que, aunque es de granito, gracias al estuco y a las piezas de vidrio que recubren sus estrías, brilla como el mármol. Los Mármoles, lo llaman los habitantes. Y es un edificio civil, pero el aspecto es religioso, templario; ¿quizá los augustobricenses hayan anticipado el concepto de templo civil? Quién sabe, a lo mejor el arco sobre el dintel, en lugar del habitual frontón triangular, le sirva para distinguirse en la historia.

Soy lluvia y es 1961. Golpeo la superficie del Tajo creando pequeños ondas circulares y me escurro por los andamios de acero y madera que rodean la columnata del antiguo foro romano. El cardo y el decumanus son ahora la calle Real y el camino del Almendro; y Augustobriga se llama Talavera la Vieja o Talaverilla. Pero a sus habitantes les gusta seguir siendo augustobricenses.

Algunos han abandonado ya el pueblo, otros están agrupando y empaquetando sus pertenencias. La mayoría todavía hacen eso que llaman «vida normal», aunque saben que la presa de Valdecañas, a unos quince kilómetros río abajo, está prácticamente terminada. Miran el desmontaje de Los Mármoles y son conscientes de que esos sillares de piedra van a ser lo único que sobreviva tras más de veinte siglos de historia. Veinte siglos de historias, veinte siglos de cuentos, veinte siglos de recuerdos. Quizás estos también sobrevivan.

Soy lluvia y es 1963. En Talavera la Vieja no queda nadie, tan solo caminos y paredes y casas vacías. De Augustobriga no queda nada. Los Mármoles, que en 1931 fueron declarados monumento histórico-artístico, se yerguen reconstruidos sobre un risco elevado a unos seis kilómetros al oeste. A salvo de lo que viene, a salvo de mí.

La presa de Valdecañas acaba de cerrar sus compuertas y yo voy llenando el valle, poco a poco, metro a metro, encina a encina, tejado a tejado. Hasta cubrirlo todo. Hasta ocupar 7300 hectáreas con más de 1400 hectómetros cúbicos de agua embalsada.

Soy lluvia y es junio de 2013. Paso bajo el viaducto que cruza el embalse de Valdecañas y al otro lado, en el kilómetro 54,800 de la carretera EX-118, Los Mármoles miran hacia la superficie del agua. Los años de sequía —cuando apenas he caído y el nivel del pantano ha descendido lo suficiente— dejo asomar el tejado de algunas casas, la torre de la iglesia e incluso el antiguo depósito romano, que los augustobricenses llamaban la Cantamora. Pero normalmente rodeo y recubro todo. Como en tantos otros pueblos de España y del mundo, en Talavera la Vieja solo vive el agua, solo vivo yo.

En la escalinata de Los Mármoles, el pórtico del antiguo foro romano, que es monumento protegido y símbolo universal de Extremadura, se sientan algunos turistas y viajeros. Han parado a merendar un bocadillo —la opción más barata de nuestra ruta—que traían hecho desde su casa. Quizá vienen desde Tiétar o Rosalejo, los pueblos nuevos que fueron repoblados con los hombres y mujeres que perdieron su casa bajo las aguas. Quizá vienen desde Villaverde, Getafe, Fuenlabrada o Leganés. Antes de irse, levantan la vista y miran al sol en la superficie del embalse, cuyo reflejo se cuela a través de las columnas corintias ya desnudas del recubrimiento de estuco y vidrio, erosionado por veinte siglos de mi caída. 

Cuando los viajeros se marchan, Los Mármoles siguen allí, recordando el lugar y el tiempo donde una vez estuvieron. Como yo sigo recordando todos los lugares y todos los tiempos.

Soy lluvia.

Y he parado de llover.


Zagreb: exvotos del desamor

Museo de las Relaciones Rotas Zagreb desamor
Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb.

Un acto de amor nunca es ridículo. (Léon Bloy)

El desamor procura citas muy floridas. A diferencia del amor roto, resultan duraderas, incluso eternales y, por tanto, sensibles al buril y la marmolina. Se dijo una vez —olvidamos por parte de quién— que las únicas flores que duran toda la vida son las de plástico: jamás se estropean. Y un escritor francés —¿fue el mediático enfant terrible Frédéric Beigbeder?— dijo que el amor empieza en agua de rosas y acaba en agua de borrajas. Los desamorados, si se consideran tales, estarán básicamente de acuerdo.

«No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto». Dada la ocasión, nos vendría que ni pintiparada esta otra cita de Jorge Luis Borges. Pero, lastimosamente para nosotros (y para el Museo de las Relaciones Rotas), el habitante de la noche no se refería a damisela alguna en estos versos. Hablaba de una ciudad, de la remembranza que le traía evocarla con el paso del tiempo. Y no era Zagreb, la mestiza Zagreb, sino Buenos Aires.

Al Museo de las Relaciones Rotas de la capital croata, sito en Gradec, en la parte vieja de Gornji Grad (Barrio Alto), no hay que venir porque uno o una tenga el corazón herido por una saeta de hiel. Cupido es una siniestra criaturita o, como muchos barruntamos, el engendro del mismísimo ángel negro. El museo se visita por la curiosidad que despierta su concepto y, sobre todo, por el divertido y a veces trágico ajuar que, con armónico logro, se expone y se recambia cíclicamente en sus pequeñas salas. En caso de que el visitante sea católico practicante y venga herido por amor, tendrá para sí dos punzantes alicientes. Aquí en Zagreb, capital de la catolicísima Croacia, podrá sentir la citada saeta de hiel del negro Cupido; pero tendrá también la oportunidad de ofrecer su lacerante dolor como si fuera la lanza en el costado que atravesó a Jesús en la cruz.

Zagreb, exterior día. Entramos en el museo una mañana de sábado del mes de julio. Caía una lluvia fina, como de preotoño. Era de agradecer aquel jirón de tristeza. Divisamos poco antes desde lo alto una panorámica de la híbrida Zagreb (mitad eslava y regusto austrohúngaro: el tópico de «la pequeña Viena»). Oteamos la ciudad desde un mirador situado junto al funicular que, de cortísimo recorrido, sube y baja desde la parte alta, donde estábamos, hasta la parte baja, donde el bulevar Ilica. Teníamos al lado también la torre Lotrscak, desde donde es tradición lanzar una bombarda sonora que remite a una leyenda asociada al tiempo de los turcos, cuando su ejército apostó sus huestes en los ribazos del Sava y el cañonazo servía de aviso. Pero curiosamente, lo que nos sorprendió fue la silenciosidad de esta parte monumental del viejo Zagreb. Escuchábamos tibiamente la pajarería en hora del Ángelus, el motor del funicular, el tránsito de los tranvías azules que iban y venían de la plaza del ban Josip Jelacic por Ilica.

El letargo de la ciudad nos acompañó agradablemente hasta la entrada del museo. Estaba situado a pocos pasos, en un edificio acondicionado para recibir a enamorados, desamorados y corazones en blanco. Desde la puerta, a la izquierda, se veía la medieval iglesia de San Marcos, con su tejada polícroma con el escudo de armas de la ciudad y el de Croacia. Se alza, como veríamos después, en un entorno de edificios graves, como el Sabor (parlamento), el palacio presidencial y otras instancias oficiales. La policía rodeaba el entorno silencioso, lo que contribuía a embalsamar aún más la mudez de las calles y callejas de Gradec.

La verdad es que habíamos venido a Zagreb con otro fin ajeno al museo. Queríamos completar aquí el viaje evocativo que habíamos hecho para recordar los treinta años del inicio de la guerra en la antigua Yugoslavia (1991-1999). El Museo de las Relaciones Rotas se convirtió por ello en una especie de menú aparte. Con todo, no pudimos caer en la boba tentación de pensar, siquiera de pasada, en que no hubo más trágica historia de desamor que esta guerra atroz entre croatas, serbobosnios y bosniacos musulmanes. En 1991, en Zagreb sonaron alarmas antiaéreas, los sacos terreros ocuparon algunas calles, se dice que se dinamitaron los puentes sobre el Sava, hubo tiroteos en el entorno de los cuarteles del Ejército Federal Yugoslavo… Pero lo dicho: este desamor entre exhermanos balcánicos es ya otra historia.

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Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb.

La creación del Museo de las Relaciones Rotas es obra de la expareja (aquí todo es ex) formada por la productora cinematográfica Olinka Vistika y el artista escultor Drazen Dubrisic. El manto del amor los cubrió durante cuatro años, hasta 2003. Más tarde, pasado el luto, ambos pensaron en crear a modo de broma un pequeño museo del recuerdo a través de los objetos personales y domésticos que habían ocupado sus vidas en pareja. De ahí fueron dando forma matérica e intelectual al museo. Pensaron que los objetos de los amantes rotos debían reflejar lo que llamaron «hologramas de campo», basados en memorias y recuerdos concretos. Cada cosa que fuera donada se convertiría en un objeto de memoria segura y recuerdo protegido. No sabemos si bajo la iluminación que les hizo concebir su museo se inspiraron en Jaroslav Seifert. El poeta checo decía amar tanto a los objetos porque todo el mundo los trataba como si no tuvieran vida.

Durante unos años (2006-2011), el museo tuvo una vida errabunda y fue abriendo temporalmente en varias ciudades del mundo. En 2011 encontró una sede estable en Zagreb, en este barrio de Gradec donde nos hallamos. Ese mismo año recibió el premio Hudson del Kenneth al museo más innovador y original de Europa (también recibiría su premio en Estambul El Museo de la Inocencia, la novela-museo del nobel turco Orhan Pamuk).

Entre trescientos metros cuadrados, las salas nos van mostrando los diferentes objetos y piezas donados por parejas procedentes de distintos países. Reflejan sus vivencias peculiares, cuyas historias, extraídas de los objetos (el holograma de campo), devienen en novelas cortas, crónicas frikis y raptos de lirismo.

De entre la curiosa colectánea que vimos, damos cuenta ahora de los siguientes objetos-historia:

-Unas zapatillas de baloncesto. Procedencia: Seattle, Estados Unidos / Año 2009. Evocan el amor doloroso de un chico homosexual por otro heterosexual. Jugaban ambos al baloncesto. El primero no podía soportar que el segundo le relatara historias de chicas con las que salía. Había que joderse, la vida.

-Una postilla. Procedencia: Mürzzuschlag, Austria / Años 1990-1993. El amigo de una estudiante de biología sufrió un accidente de moto con severos raspones que derivaron en numerosas postillas. La chica, enamorada hasta la última hebra de su pelo, siempre temió que su primer y gran amor la fuera a dejar. Su obsesión provocó lo que no quiso. En recuerdo del chico costroso se guardó un ejemplar de postilla. La reliquia la preservó durante veintisiete años. Quiso clonarla incluso, pero dejó pasar esa chifladura. Su ansiedad y su miedo, a diferencia de la costra, aún no han cicatrizado.

-Vibrador casero. Procedencia: Viena, Austria / Año 2016-2017. La historia es sucinta y, por supuesto, vibrante: «Al principio estaba locamente enamorada de él, pero me acabó irritando. No sé qué hacer con una réplica vibradora de su pene».

-Equipo de paracaidismo. Procedencia: Helsinki, Finlandia / Año sin especificar, alrededor de tres años. Mujer se enamora de guapo instructor de paracaidismo. La donante recuerda que amaban jugar en el cielo y también en la tierra. Luego él se murió, en consecuencia, en accidente de paracaídas.

-Prótesis de rodilla. Procedencia: Zagreb, Croacia / Año 1992. Guerra de los Balcanes, lo que los croatas llaman con rimbombancia como la Guerra Patria. Un lisiado de guerra se enamora de una solícita trabajadora social del Ministerio de Defensa. Ella le ayudó a conseguir materiales muy difíciles de encontrar para su prótesis. Conclusión del mutilado: «La prótesis duró más que nuestro amor. ¡Estaba hecha de un material más resistente». Y la Guerra Patria era esto…

-Vestido de novia. Procedencia: Estambul, Turquía / Años 2014-2016. Una pareja turca se conoce en mayo de 2015, se comprometen en agosto y deciden casarse al año siguiente, el 9 de julio de 2016 (el sueño de él era casarse un radiante día de verano). Una semana antes del enlace la pareja tuvo su sesión de fotos de estudio para la posteridad. La tarde del 28 de junio el novio dejó su trabajo en el Aeropuerto Internacional Atatürk de Estambul. Montó en un autobús con destino a casa, pero quedó preso por un ataque terrorista provocado por el Estado Islámico ese mismo día. Murió. «Mi vestido de novia —escribe la casi viuda oficial— es la mejor representación del día en que me lo quiero imaginar». Curiosamente, la ficha triste de esta historia no apunta a que días después de la oprobiosa muerte del amante (un 16 de julio de 2016), Turquía sufrió su último pero fallido golpe de Estado contra el presidente Erdogan: trescientos muertos y, posteriormente, la purga de la ira por parte del susodicho).

-Tres ramos de damas de honor, cartas desde Afganistán y una medalla. Procedencia: Hornbaek, Dinamarca / Año 2016. La crónica dice así: «Guerra y amor. Un amor que no fue lo suficiente como para soportar una guerra. Muchos años esperando a un esposo y a un padre que regresó a casa… y nos dejó». A veces la peor contienda se libra en el hogar. Los demonios personales ocupan el lugar de las bombas.

-Vestido de novia de Simona Rocha y zapatos MIU MIU. Procedencia: Florencia, Italia, 2015. Chica americana se muda a Italia y conoce en 2014 en Florencia a chico guapo pero moscardón (Italia es Italia antes y después de Berlusconi). Ese mismo año el chico le propone matrimonio. A ella le inquieta que él no le hable demasiado sobre dónde trabaja o en qué emplea exactamente sus horas. Al año, pese a los consejos desfavorables de una amiga, ambos deciden casarse en Roma (4 de julio de 2015). En noviembre, la ya esposa por fin se enteró de que el marido jamás había trabajado en los sitios vaporosos que él medio le había sugerido. En noviembre, mes de los difuntos, el amor murió. Ella pudo saber además que su pareja cumplía con el mejor de sus sueños: traficaba con drogas, se acostaba con mujeres, le robaba dinero (incluso le robó el ordenador). Ni que decir tiene que lo sacó de su vida. Pero el vestido de novia, el gracioso vestido nupcial, aquí está, con los zapatos MIU MIU. Está expuesto para que el visitante sepa que ella se sintió divina de la muerte durante la boda, pese a que iba a ser el primer día del fin de todo.

-Bicicleta estática para ejercicio. Procedencia: Nurmijärvi, Finlandia / Años sin especificar, unos catorce años atrás. La bicicleta estática que se expone no está indicada para que alguien se monte en ella para hacer cardio y animar al mohíno corazón a recuperar el latido y la dignidad. Es el regalo que un esposo cornudo le realizó a su mujer por Navidad. Dice así nuestro reno: «Cuando descubrí que a mi querida esposa le gustaba montar otras cosas además de la bicicleta de ejercicio, me divorcié de ella. No quiso llevarse la bicicleta, aunque asumo que se mantiene en forma». Después de tener el artefacto almacenado fuera de su vista, el autor de la nota decidió donarlo a este museo tras dieciocho años.

-Un suéter de indecisión. Procedencia: Portland, Maine, Estados Unidos / Años 2007-2010. Tan pronto empiezan a salir, ella decide tejerle a su pareja un suéter que, según dice él, le hace muchísima ilusión. Metida a tejedora, compró un hermosísimo estambre. Pero él, sin embargo, nunca se decidía en cuanto a colores, forma del cuello, etcétera. La tricota se fue posponiendo. Al cabo de tres años el marido la dejó en versión clásica por una estudiante veinte años más joven que ella. Con el tiempo, el maldito suéter fue ejecutándose con una copa de vino y con raptos de rabia y aguja firme. La costurera le puso parches en alusión a los tatuajes que al parecer lucía el mísero traidor. Le colocó el corazón en otro lado distinto. La manga derecha resultó mucho más larga que la otra. Era el reflejo de «su mano dominante con su desorden obsesivo-compulsivo y su educada agresión pasiva con la que controlaba nuestra relación». Amén.

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Museo de las Relaciones Rotas, Zagreb.

El cómico y a veces trágico ajuar del Museo de las Relaciones Rotas contiene otros muchos exvotos del desamor. Sólo hemos apuntado unos cuantos sacados de esta curiosa chamarilería de los sentimientos. Aparte, los nuevos donantes que así lo quieran pueden hacer sus personales ofrendas a la dirección para que, por otra parte, puedan ser mostrados vía digital.

El desamor trae a veces suicidios, neurosis malsana y enfermedades que pueden ocasionar la muerte. Guiletta Masina murió de formidable pena al poco tiempo de fallecer su amado Federico Fellini. Esta patología del amor roto recibe al parecer el nombre de síndrome de tako tsubo. Lo sufre más el género femenino que el masculino. La mortalidad puede darse en un 5 % de los casos. Roland Barthes lo explicaba con otro tono menos clínico en El discurso amoroso: «Cada pasión, en el fondo, tiene su espectador… No existe la oblación del amor sin drama final». Pues así es.

Salimos por fin del Museo de las Relaciones Rotas con el corazón no roto, pero sí un poco cambiado de sitio (como el simbólico corazón de aquel suéter destartalado). Algunas historias provocan un sincero carcajeo que la educación del lugar obliga a reprimir como si fuera una incómoda hipada.

Como dijimos antes con la sinceridad debida, habíamos venido a Zagreb con otros menesteres literarios y periodísticos para evocar la guerra acaecida en los Balcanes hace ya treinta años. De hecho, el museo ofrece algunos recuerdos votivos de la carnicería producida antaño (la citada prótesis, una radio que suena pese a los bombardeos que caen sobre Belgrado en 1999, la carta de amor de un niño de trece años que logró escapar del cerco de Sarajevo en mayo de 1992…).

Nuestra siguiente parada nos gustaría que nos llevara ahora al zoológico de Zagreb. De la mano de Ivica Djikic y de su novela Soñé con elefantes, nos agradaría mucho recrear aquella Zagreb y aquella otra Croacia de la posguerra, con su aroma a corrupción, a nacionalismo victorioso, a tejemanejes entre altas instancias y ocultamientos de criminales de guerra. Pero, de momento, nos contentamos con haber contemplado el museo como lo que también es en el fondo. Esto es, una especie de zoológico de las relaciones humanas. El amor es un animal indomable.


Un archipiélago. Tres islas. Trescientas sesenta y cinco iglesias

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La ciudadela y la iglesia de san Juan Bautista en Xewkija, Gozo, Malta, 2015. Fotografía: Cordon Press.

Se le olvidaba algo a Jaime Gil de Biedma en su poema «Desembarco en Citerea» cuando dejó constancia de «la rara y tenue sensación de estar que se siente en las islas y en los bares». Se le olvidaban las iglesias. Porque no hace falta ser un gran parroquiano, en el sentido más literal del término, para percibir la insólita placidez que lo envuelve a uno cuando se sienta en sus bancos, aunque sea por casualidad e incluso, llegado el caso, desde el más salubre agnosticismo —ya sabemos que se puede acabar en las iglesias por curiosidad cultural, pese a todo—. Una rara y tenue sensación de estar que algunos han querido asociar a una fuerza telúrica traducida en «lugares de poder» o «vórtices energéticos» pero cuya intensidad tiene que ver, más probablemente, con la arquitectura, los incensarios y las resonancias cercanas al silencio que embotan los sentidos.

En todo caso, dejemos por esta vez a un lado los bares. Si hay un lugar donde la combinación entre islas e iglesias llega al paroxismo, ese lugar es Malta. El archipiélago situado en el centro del mar Mediterráneo está formado, en orden de superficie, por tres islas principales: Malta, Gozo y Comino. El área total del trío (316 km²) no llega a igualar el área de, pongamos por caso, la española provincia de Lugo (329,78 km²), y su población total no alcanza el medio millón de personas. Malta es conocida en su conjunto como «la joya del Mediterráneo». En peores tiempos, Franklin D. Roosevelt se refirió a ella como «una diminuta llama brillante en la oscuridad», reconocimiento estético al martirio de la Segunda Guerra Mundial, en la que se vio duramente bombardeada por su situación estratégica: al sur de Sicilia, al norte de Túnez, al este de Libia y al oeste de las islas griegas. Este emplazamiento marcó su condición de archipiélago conquistado por varios imperios hasta su independencia de Gran Bretaña en 1964, aunque esta autonomía se hizo efectiva unos años más tarde y hoy la nueva colonización del turismo y la burbuja inmobiliaria la dejan de nuevo en una posición incierta, salvando las distancias. La amalgama de influencias que tanto gustan de mentar quienes se refieren a Malta le ha dado una impronta muy peculiar resumida en un eclecticismo que incluye rasgos propios de lo árabe (muy presente en la gramática de su lengua y en su fisonomía), lo italiano (más, quizá, en su carácter) y lo británico (en cuestiones de orden práctico, como la conducción por la izquierda, las pintorescas cabinas telefónicas de color rojo que se ven en la plaza principal de cada pueblo y la comunidad de ingleses retirados).

Pero no perdamos el hilo: las iglesias. Son estas, por su número, una de las peculiaridades más distintivas del archipiélago maltés, más allá de las playas todavía edénicas y de la piedra caliza que amarillea las tres islas. La vinculación de Malta con el catolicismo es incuestionable: es la religión oficial del Estado, que cuenta con aproximadamente un 95 % de población católica del cual un 63 % es practicante —muy practicante—. Hay, desde luego, más religiones representadas en esta república, pero de una manera muy minoritaria: una mezquita para los fieles del islam, una congregación judía, un pequeño espacio para el budismo zen y una reducida (nos quedamos ya sin calificativos para lo mínimo) muestra de evangélicos y también de protestantes, que los malteses insisten en asociar exclusivamente a los británicos retirados allí.

Lo más curioso del catolicismo maltés es que estas tres pequeñas parcelas de tierra flotante acogen en su superficie un total de trescientas sesenta y cinco iglesias y capillas. Como a los oriundos les gusta decir en una de sus dos lenguas oficiales: «Everyday there is somewhere different to pray».

En La tournée de Dios, de Enrique Jardiel Poncela, el Todopoderoso baja a la Tierra y va en busca de su casa. Quizá Malta sea, precisamente, la casa de Dios.

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La Valeta, Malta, 2013. Fotografía: Cordon Press.

Trescientas sesenta y cinco iglesias y capillas son muchas para un pequeño archipiélago, no cabe duda. Cuando uno aterriza en Malta, lo primero que distingue son las poblaciones que se adivinan, ya desde lo alto, ordenadas en torno a una parroquia principal. Por las noches, y especialmente durante las épocas de celebración o ciertas fiestas de guardar, cada iglesia destaca por una barroca ornamentación de bombillas multicolores. En cuanto a la sobreabundancia de pequeñas capillas diseminadas por las zonas más rurales, la razón responde a las necesidades religiosas de los campesinos alejados del centro de cada pueblo o ciudad: se llegan a encontrar, incluso, pequeños santuarios casi improvisados junto a carreteras secundarias.

La historia de estas iglesias es en muchos casos relevante. Un ejemplo paradigmático es la concatedral de Saint John, en La Valeta, capital de la república. Su principal atractivo es la relación directa con los Caballeros de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta (más conocidos como los Caballeros de la Orden de Malta), quienes la construyeron. En ella, además, está una de las obras maestras de Caravaggio y la única firmada por él: La decapitación de san Juan Bautista (1608).

Las dimensiones de estas iglesias son otro de sus puntos fuertes. La Rotunda of Santa Marija Assunta, en Mosta, es reconocida como la cuarta cúpula más grande del mundo. Solamente esta bóveda precisó de casi veintiocho años para su construcción y acoge una de las historias más conocidas sobre milagros en Malta. Durante la Segunda Guerra Mundial, el 9 de abril de 1942 a las cinco menos veinte de la tarde, las fuerzas aéreas alemanas lanzaron tres bombas a esta iglesia. Dos no explotaron y una de ellas atravesó la cúpula: alcanzó la nave central del templo, donde más de dos centenares de fieles se refugiaban. No causó ningún daño. Este hecho es conocido entre la población maltesa como Il-Miraklu tal-Bomba.

En la hermana isla de Gozo, la iglesia principal de Xewkija, dedicada a san Juan Bautista, cuenta con la cuarta cúpula sin soportes más alta del mundo.

Pero estos templos destacan en ocasiones por algo más que su participación en el número o sus dimensiones. Es el caso del gocitano Santuario Nacional de la Virgen de Ta’ Pinu, que tuvo su origen en una pequeña capilla situada a las afueras del pueblo Għarb. En sus inmediaciones, el 22 de junio de 1883 una campesina llamada Karmni Grima «oyó» una voz femenina proveniente del interior y asociada a la Virgen, que le decía: «Come, come today. For a whole year, you will not be able to return». Grima, aterrorizada, obedeció a lo que la voz, una vez dentro, siguió diciendo: «Recite three Hail Marys in honour of the three days that I stayed within the tomb». Después de esto, Karmni Grima cayó enferma y no pudo volver a la capilla hasta pasado un año, tal como aseguraba que la voz había vaticinado. Después de ella hubo más personas que afirmaron escuchar la llamada y tras informar de ello al obispo, llamado Petru Pace, se determinó que el origen era divino. Por todo ello, en 1922 se comenzó a reconstruir la basílica tal como ahora la conocemos, y fue finalmente consagrada diez años más tarde. Tanto el papa Juan Pablo II como Benedicto XVI la visitaron en sus únicas y respectivas visitas al archipiélago.

Pero lo peculiar de esta iglesia no es solo este origen que, en realidad, poco dista de otros testimonios de este tipo en todo el mundo religioso y especialmente católico. Una vez dentro, la basílica de Ta’ Pinu dispone de un voluminoso libro de visitas que el párroco y sus ayudantes deben renovar cada pocas semanas, ya que los visitantes de todo el mundo dejan su firma y su lugar de procedencia para dar fe, precisamente, del atractivo turístico y de peregrinación que este centro suscita. Al fondo, en el deambulatorio, se encuentra un sorprendente catálogo de lo atroz revestido de agradecimiento: un acogedor museo de ofrendas que los devotos han entregado a la Virgen de Ta’ Pinu: cinturones de seguridad de coches siniestrados, cascos de motoristas, vestidos y zapatos de niños enfermos, decenas de escayolas, trenzas de niñas que sacrificaban su melena para recuperar la salud, cuadros que le dedicaban al papa del momento, colgantes de plata con la forma de ojos, piernas, brazos u orejas… y obsequios para una foto que se repite incontables veces, la de Frenċ tal-Għarb. Este hombre, vecino de la ya mencionada Karmni Grima, fue el curandero más célebre de Malta, también fanático de la Virgen de Ta’ Pinu y considerado ya uno de sus apóstoles.

Y aún hay más: en esos mismos pasillos con vistas al mar, unas canastas ofrecen varios sobres. En ellos se pueden especificar las peticiones para la Virgen, aunque bajo un precepto poco habitual en estos territorios de lo sagrado: «Do not put any money in this envelope». En su interior las ofrendas están tipificadas para que la Virgen pueda interceder, como dicen, ante Dios. Dispone esta suerte de quiniela de dos columnas; en una de ellas, se reza (y aquí marque su equis) para cambiar la vida, recuperarse de una enfermedad o una depresión, liberarse de los ataques del demonio, discernir el camino que Dios prefiere para cada uno, lograr la paz de espíritu y de familia… pero también para aprobar los exámenes, encontrar un trabajo gratificante o, incluso, para que más jóvenes se sientan llamados a dedicar su vida al sacerdocio. En la columna adyacente se puede recomendar en las oraciones (y aquí marque su equis de nuevo) a la pareja, los hijos, los padres, los amigos, el papa y los obispos, los enfermos y quienes cuidan de ellos, aquellos que no disponen de los bienes básicos o incluso los presos. Esta sencilla estrategia de elección y combinación, sumada a un Padrenuestro, tres Avemarías, una oración especial y mucha fe, da resultado, según comentan los malteses y los peregrinos.

Para cerrar el recorrido por el archipiélago cabe destacar que Comino, la isla más pequeña, con una superficie de apenas 3,5 km² —y visitas fundamentalmente para nadar en su ya internacionalmente conocido y masificado Blue Lagoon— cuenta con una de las típicamente maltesas torres de vigilancia, un coqueto hotel, un antiguo hospital abandonado y, por supuesto, una capilla, construida en la misma época que la torre, en 1618. Dedicada a la Virgen María, más tarde fue ampliada en dos ocasiones y está dedicada al tiempo en que la Virgen volvió de Egipto. En épocas pasadas y durante ciertos inviernos, esta roca contaba con muy pocos habitantes: los dueños del hotel y un sacerdote.

archipiélago islas iglesias
Dos mujeres descienden desde la Cruz de Laferla en Siggiewi, Malta, durante las ceremonias religiosas de Jueves Santo, 2001. Fotografía: Cordon Press.

Nada nuevo se puede decir a estas alturas sobre la religión y las causas que llevan a una persona o grupo a relacionarse de algún modo con el ansia de divinidad que el ser humano lleva dentro desde tiempos ancestrales. Nada se puede añadir al hecho o la necesidad de creer. Pero en el caso de Malta resulta curioso cómo un país de sus características (actuales) mantiene una vinculación tan estrecha y comprometida con el catolicismo. En cada fiesta —incluso, pongamos por caso, el aniversario de un supermercado— la iglesia está muy presente: se oficia una misa y los sacerdotes participantes, casi siempre varios, dirigen en parte la celebración; el divorcio se ha aprobado hace menos de una década y no cuenta con la simpatía de una gran parte de las comunidades; el topless está prohibido por razones morales; los jóvenes acuden a misa antes de salir a divertirse los sábados por la tarde…

Malta es un edén no solamente geográfico, sino también de bienestar cotidiano. Su calidad de vida es una de las indiscutiblemente más altas del mundo occidental: además de los tópicos mediterráneos, la tasa de desempleo no llega al 6 %, los mendigos brillan felizmente por su ausencia y la seguridad llega a tal punto en ciertas zonas que Gozo ni siquiera cuenta con una penitenciaría. ¿Cómo es posible creer tanto cuando uno vive en lo más parecido a la encarnación del paraíso?

Tal vez la respuesta la encontremos en una línea escrita por Truman Capote en Desayuno en Tiffany’s: «Es mejor mirar al cielo que vivir allí».


Churro Lady vs. la policía: la guerra de los churros en Nueva York

churro lady
Foto: Cordon Press.

Cualquier neoyorquino identificará el olor a churro como propio de su ciudad. Tanto es así que cuando hace unos años publicaron un libro álbum para niños, con ilustraciones que desprendían aroma al rascarlas, allí estaba. En sexto lugar, a continuación de la basura, la pizza, los perritos calientes, el vapor de alcantarilla y el pescado. Los aromas, los buenos y los malos, son parte tan inseparable de la ciudad como sus rascacielos o sus puestos de comida callejera. O como los habitantes que caminan hacia el trabajo con prisa, vaso de café en una mano, churro en la otra. Los neoyorquinos adoptaron este dulce tan aparentemente español en torno al año 2000. Ninguno podía imaginar entonces que iba a desatar una guerra.

Comencemos por explicar que hace muchísimo tiempo que el churro no es español. Nuestra receta más exportada, mucho más que la paella, y casi tan conocido como la pizza, predomina en Latinoamérica. Desde donde ha dado el salto a Estados Unidos, con churrerías en la mayor parte de sus ciudades, y con el churro convertido en el dulce más popular de Disneylandia. Los emigrantes los han llevado hasta allí, preparados al modo en que los llevan comiendo «desde siempre» en sus países. Los de Argentina cortos y rellenos de dulce de leche. Los de Brasil largos, con coco y guayaba. Pero sobre todo los rectos de México, el país más importante en el vector de expansión del churro en EE. UU. Por la frontera del narco y el muro ha ascendido también este dulce con estrías, que a veces se come salado con salsa agria y jalapeños. Su implantación es fruto de la nostalgia del país de origen, ese paladear un lugar al que el emigrado no regresará. Los estadounidenses, amantes de la comida portátil, lo han adoptado.

La nostalgia latina del churro lleva tiempo explotándose en los supermercados. Las familias de origen latino encuentran para completar su bolsa de la compra la harina «churros flour mix» junto a la de hacer tortitas. Además de los cereales de desayuno hechos a base de churros huecos cortados, y los congelados directos para calentar en la plancha. Para el resto de la población, ahora también contagiada del gusto churrero, existen conos de maíz (acá 3D) con sabor churro, y los popularísimos Oreo Churro. Negros como la galleta original, impregnados de azúcar en el exterior, y rellenos con la misma crema blanca. Porque si algo define el paladar estadounidense es su barroquismo.

Solo la Coca-Cola añade seis sabores alternativos a su original, en formatos con y sin cafeína, Zero, y extra de cafeína en las variantes tipo bebida energética. Una minucia de variantes en la parte más espectacular del supermercado, la sección de refrescos. El color de los líquidos a la venta aparece en todas las tonalidades del universo, del rosa fluorescente al verde y azul eléctrico. Botellas capaces de arrancarte las pupilas de cuajo, y desafiar tu nivel de inglés C2 para averiguar con qué fruta ¿extraterrestre, de laboratorio? están hechos. Por no hablar del área de aperitivos, donde todo sabe a todo. Las patatas fritas a pizza, los nachos a costillas asadas, los frutos secos a beicon, y así hasta más allá de los límites de la imaginación. En cuanto a lo que no lleva saborizantes, tampoco es sobrio. Canela a toneladas en lo dulce y opciones picantes, desde nivel cayena a gas pimienta, en los salados. El «churrow», claro, no podía quedarse atrás en esta carrera por el exceso.

Por eso y por ser una comida portátil ha conquistado definitivamente el paladar de EE. UU. Especialmente en NYC, la ciudad que se define a sí misma como otra cosa, distinta al resto del país. Más europea, cosmopolita, urbana y estilosa, o al menos eso dicen ellos. Pero igual al resto en su demanda de alimentos que estallen como fuegos artificiales con mil sabores en la boca. Un exceso trasladado a sus dos variedades de churro, la típicamente española en forma de lazo doblado, y el churro latino recto. Los de lazo, cubiertos con todo tipo de cosas a elegir: trocitos crujientes de fresa, almendras, virutas de chocolate, helado de vainilla, y por supuesto con mucho color. Se pueden comer solos con o sin bebida, o hundidos a medias en un vaso de helado tipo sandy, para mojar. Si pides una caja de seis para experimentar todas las variedades, te añaden un buen puñado de nubes (malvaviscos, marshmallows), para que no falte el azúcar. 

El churro desnudo o de tamaño español —el neoyorquino es tres veces más grande— no tiene cabida en esta mentalidad. Pero existe, y si lo pides te lo entregarán literalmente saturado de azúcar con canela. Tu paladar será incapaz de distinguir si allí, al fondo del océano de canela, queda algo del sabor a masa frita del churro. «Sí, tío, las bañan literalmente en esa mierda, como los holandeses las patatas fritas en mahonesa», susurra Jules (Samuel L. Jackson) en tu oído, a lo Pulp Fiction. Y tú le respondes que a cuatro dólares la unidad de churro, poco le ponen. 

Y puede subir hasta seis, porque el precio asciende a medida que subes hacia la parte alta de Manhattan. La última frontera es la parte superior de Central Park, en el límite con Harlem. Allí está la última churrería física, y finaliza el reino del glamur para ceder el territorio a las Churro Lady. Las madres coraje de la emigración latina que salen cada mañana con su carro ambulante lleno de churros fritos en casa, para complementar la frugal economía doméstica de los trabajos peor pagados. Empleados de cadena de hamburgueserías, de almacén de Amazon, riders y conductores de Uber, habitualmente con ingresos por debajo del salario mínimo. Los trabajos de la emigración. 

El nombre Churro Lady empezó a usarse hace dos años, cuando un vídeo de tres policías esposando a una de estas madres latinas, para arrestarla, se hizo viral. No se opuso a la intervención, solo lloraba, pero su incapacidad para entender lo que le decían —no hablaba ni una palabra de inglés— se interpretó como resistencia. Carecía de licencia. Al día siguiente los indignados vecinos de Brooklyn tomaban masivamente las calles en pacífica protesta. Alcanzaron las estaciones de metro, saltándose los torniquetes sin pagar, y llevando su manifestación a los andenes. Protestaban contra la brutalidad policial, pero sobre todo contra el acoso a las Churro Lady. Porque allí el churro callejero no es una comida más. Es el desayuno frugal de quienes van corriendo al trabajo, con la nostalgia prendida del país que dejaron atrás. Comprarlos por un dólar en una estación de metro es una muestra de apoyo a quien los vende, una solidaridad de raza y de grupo, pero también un saborear de la nostalgia que devuelve al inmigrante su infancia, en algún país de la América que late al otro lado del muro. 

La protesta no se limitó a los latinos, sino que se extendió a blancos, negros y asiáticos. Neoyorquinos de todas las etnias reivindicando el derecho a ganarse la vida con esfuerzo, vendiendo comida en las calles, en la más arraigada tradición de la ciudad. Hasta llamar la atención por su número del alcalde, Bill de Blasio, que en respuesta trató de racionalizar el mercado de licencias para venta callejera. Apenas había dos mil novecientas, un número que llevaba sin aumentarse desde 1983. Y aunque deberían poder adquirirse por doscientos cincuenta dólares, superaban por su escasez los veinticinco mil en el mercado negro. El programa llamado The Street Vendor Project estaba llamado a solucionarlo, junto al toque de atención al departamento de policía, NYDP, de que dejara de multar y acosar a los vendedores y se ocupase en crímenes de más relevancia. Todo fuera por contentar a los votantes.

Pero la guerra de los churros estaba, está, lejos de acabar. Hay otros votantes a contentar, y Andrew M. Cuomo, gobernador del estado, vio en el asunto Churro Lady la oportunidad de atraerse a los neoyorquinos menos proclives a apoyar a vendedores ambulantes sin licencia. Su propuesta, sumar quinientos agentes de policía más a los dos mil quinientos que ya patrullan el metro, cuyas líneas operan las veintucatro horas moviendo 5,5 millones de usuarios al día. No hay muchos delitos mayores —robos, agresiones o venta de drogas—, unos cuatro diarios, para ese volumen. El metro de Nueva York no es especialmente inseguro. Pero las instalaciones e infraestructuras, muchas de las cuales llevan sin renovarse desde la Segunda Guerra Mundial, sumada al aura que le han concedido las películas y libros, confirman su aire amenazador. Así que muchos ven perfecto meter allí más policía.

Los churros, claro, son solo una excusa. Los votantes de clase media y alta, los Woody Allen que pueden permitirse un apartamento en Manhattan, no usan el metro, ni comen churros. Los modestos por el contrario se concentran fuera del área de rascacielos, en las más asequibles áreas, por precio de vivienda, de Brooklyn y Queens, al otro lado del East River. Muchos acuden a diario a trabajar a Manhattan en metro. Y comparten la preocupación general del país por la violencia policial, el racismo que demuestran sus fuerzas del orden, y los asaltos a diarios a negros y latinos. Como el ahogamiento que acabó trágicamente con George Floyd o las agresiones semanales a las Churro Lady. El problema lo agrava un sistema penal que impone cárcel para delitos menores, lo que satura tanto tribunales como prisiones. De hecho muchos gobernadores están legislando para reducir a pena de multa la posesión de pequeñas cantidades de marihuana para consumo propio, e incluso se estudia hacer lo mismo con las drogas duras. 

No todos están de acuerdo, y eso es lo que trata de aprovechar Cuomo para atraer votantes que ven con agrado al más conservador partido republicano pero a los que no gusta el liderazgo de Trump. Ese es también el caso de Andrew Yang, que ahora compite por ser designado candidato a alcalde de Nueva York, desplazando al actual Bill de Blasio. Yang es bien conocido por intentar ser designado como candidato a presidente demócrata, intento que perdió frente a Joe Biden. Algunas de sus propuestas llamaron mucho la atención, como crear una renta básica universal para los estadounidenses con cargo a las empresas tecnológicas. Hace pocas semanas cometió el desliz de reavivar la guerra de los churros.

Fue tras otro vídeo de detención de una Churro Lady. Tuiteó, indignado, que no debía permitirse ningún vendedor callejero sin licencia en la ciudad. Poniéndose en contra de los ciudadanos que ven con simpatía a estas mujeres, y que llevan dos años luchando por su legalización y aprobando las medidas de De Blasio. Las redes ardieron, y muchos medios de la ciudad abrieron el debate, señalando que estas mujeres aportaban diversidad de género al casi exclusivamente masculino mercado de los puestos de comida callejeros. En el cual las vendedoras de churros eran ya parte de la cultura neoyorquina y de su economía, con el mismo valor que los carros de perritos calientes y los puestos de pollo con arroz halal —aptos para consumo de creyentes del islam—. Nueva York ha impartido sus bendiciones al churro. Yang ha pedido disculpas, explicando que había sido un error, y borrado su tuit. Esta batalla se ha ganado. 

Pero la guerra sigue. Cuando pasa la hora del mediodía en las estaciones de metro de Brooklyn, uno puede ver a mujeres de gesto cansado que suben sus carros de aluminio por las escaleras del metro. Si la jornada fue bien, su bandeja irá vacía, o medio vacía. Si son de las ilegales sin licencia, y se han cruzado con la policía, habrán acabado expulsadas de la estación, y multadas. Ya volverán mañana, unas y otras, porque la guerra sigue. El próximo asalto de las Churro Lady, a las seis y media de la madrugada, arranque de la hora punta en el metro. Listas para repartir esas bolsas de papel con manchas de grasa que llenan los vagones, acompañando al pasajero. Atendiéndote en español, si así lo quieres. Una mañana más, Nueva York huele a churro. 


Tianxia, todo bajo el cielo en Somontano

Tianxia Somontano

Jot Down para bodegas LAUS

Abajo kun, la tierra y arriba chien, el cielo. Tus pies sobre el principio pasivo, la que acoge para fructificar, la tierra del Somontano. Y tu mirada acogida por ese límite horizontal que la separa del cielo, apenas roto por algún cerro y en la lejanía por las sombras de los Pirineos. Pocos lugares del mundo reflejan tan bien en las características de su paisaje los principios opuestos de la filosofía oriental. La fuerza pasiva de un lado, su contraria activa del otro, y una superior que las contiene, aúna y modera. Es el mundo, el tianxia, el todo bajo el cielo.

Geográficamente, pocas regiones están más lejos de Confucio y la filosofía del Tao que la de esta denominación de origen. Pero hay algo que las conecta, una bodega que supo ver la capacidad de este lugar para reconciliarnos con nosotros mismos. Eso que hoy, con la fatiga pandémica, se ha vuelto más necesario que nunca. Encontrar la paz interior mediante la unión de las milenarias técnicas orientales con un legado no menos ancestral, la viticultura heredada de Roma.

En el kilómetro 42 de la carretera que va de Barbastro a Monzón, en Huesca, se alza un monolito negro que nos anuncia esta unión de legados. Un nombre en latín coronado por el trigrama kun, uno de los símbolos del I Ching, Libro de las Mutaciones. Este tratado filosófico que acabaron compartido taoísmo y confucianismo habla del mundo como un lugar en perpetua transformación. Concebido como un libro de adivinación, su utilidad final es ayudarte a que te conozcas a ti mismo y alcances el equilibrio. La coincidencia con el aforismo escrito en el templo griego de Delfos, «conócete a ti mismo» es, más que casualidad, la expresión universal de que los seres humanos, independientemente de las culturas y las épocas, buscamos lo mismo. Paz y bienestar en el desorden del mundo.

A esa reconciliación nos llama la representación del kun, la tierra en contraste con el cielo, en este sobrio monolito. Seis líneas paralelas que son más un concepto que una palabra, traducible igual por tierra, sentimiento, cesta de flores o principio receptivo. Bajo ellos la palabra Laus, el elogio, la celebración. Nombre también de una bodega imprescindible en el Somontano. Nombrada con la lengua de los romanos para unirnos con aquel milenario pasado oriental en esta tierra de transición entre el valle del Ebro y los Pirineos.

La fusión del logotipo y el nombre es apenas el descorchar de la botella. Siguiendo el camino encontramos un edificio que parece inspirado por Junichiro Tanizaki, autor de El elogio de la sombra. Este breve tratado de deliciosa lectura explora la relación entre la penumbra y la belleza, relacionándola con la cultura japonesa, y especialmente con su arquitectura. El edificio de la bodega LAUS es una isla en mitad del Somontano, que ha elegido la fusión entre oriente y occidente para expresar sus valores. Comenzando por el máximo respeto a la tierra en que los desarrolla. Las láminas de agua que lo rodean permiten mantener la humedad óptima en la cava, ubicada a más de cinco metros bajo tierra. Facilitando la maduración de los vinos en las barricas de roble en condiciones estables de aclimatación.

Esta alberca sirve también de acceso al visitante, que ha de cruzar sus pasarelas para acceder al interior. Mientras se atraviesa el firmamento y las nubes que lo cruzan llenan tus ojos, lo mismo si los elevas o los haces descender. Siempre el tianxia, el todo bajo el cielo. Y al aproximarte es el reflejo de la fachada quien acapara el reflejo del agua. Un edificio revestido de una piel de madera, que deja pasar lo justo el sol para que el interior albergue ese juego de luces y sombras que tanto hubiera fascinado a Tanizaki. Además de estético y relajante, es sostenible, al reducir los recursos materiales y energéticos que la bodega precisa para su cometido. Porque aquí los vinos no son solo el producto de la transformación de un cultivo de vid. También toda una filosofía de cómo deben ser para estar en armonía con el mundo: veganos, sostenibles, y arrebatadores también.

Vinos que esconden además un secreto, porque nada de cuanto nos rodea, ni la denominación de origen, ni los viñedos, ni la bodega misma hubiera existido si más de un siglo atrás los cultivadores del Somontano no hubieran tomado una decisión valiente. La epidemia de filoxera que azotaba Europa, amenazando con acabar con todas sus vides, empujó a los viticultores de esta región a introducir por primera vez las variedades de uva francesa. Hoy los vinos elaborados con Chardonnay, Merlot, Syrah, y Cabernet-Sauvignon figuran entre los más apreciados en nuestro país. Y en LAUS adquieren además sabores y matices singulares, realzados por la climatología local y por el modo de cultivo, recolección y maduración. Saben a frutas y huelen a flores, con un aroma que recuerda a las que florecen en los jardines que rodean la bodega.

En LAUS la cata de estos vinos está asociada además a experiencias capaces de reducir los síntomas de la fatiga pandémica, el estrés, la falta de concentración, el malestar y la tristeza. Porque nacen de kun, la tierra, esta tierra donde está todo cuanto necesitamos para alcanzar de nuevo el equilibrio y el bienestar. Su forma de abordar el enoturismo distingue esta bodega de las del resto del Somontano. Todo en ella, desde su edificio a los profesionales con que se asocia para proporcionarlas, está pensado para proporcionar experiencias revitalizadoras.

Comenzando por las 15 hectáreas de viñedo que rodean el edificio y configuran su jardín. Junto a los olivos, el embarcadero y el área de cultivo de flores constituyen un entorno donde la serenidad se recupera de forma natural. Ayudado por las diferentes experiencias de cata. Desde la más tradicional, donde se experimenta la arquitectura zen y minimalista de la bodega visitando también el viñedo, con la explicación detallada del paisaje y climatología en esta región sur del Somontano. Hasta la más atrevida, donde en la época de floración se invita a los visitantes a maridar los vinos LAUS con las flores comestibles cultivadas de forma sostenibles. Además los niños pueden disfrutar de la cultura enológica si acompañan a sus padres con cata de golosinas y mostos. Y en época de vendimia, cualquiera puede participar de la recolección manual y del pisado tradicional de la uva con los pies desnudos.

Entre los olivos y frente al viñedo, con la vista al horizonte en que se funden kun y xian, la bodega ofrece una sesión de yoga conducida por el centro PRANA, combinada con la visita y la cata. El canto de los pájaros, el susurro del viento, junto con el paisaje, unidos a las posiciones del yoga, son una de las mejores terapias para reequilibrar tus energías.

El mindfulness también tiene su experiencia en este entorno, y difícilmente podría encontrarse otro mejor. Los espacios singulares de la bodega permiten ejercitar las técnicas destinadas a lograr la atención o conciencia plena. Esta práctica ya era seguida por deportistas de élite antes de la pandemia, y hoy su aprendizaje se cuenta entre los más demandados del mundo. Unidos a la enología completan uno de los mejores alicientes para el viaje hasta LAUS.

Lo más espectacular queda para la noche. El cielo del Somontano es una de las experiencias que nos devuelve al tiempo en que éramos uno con la naturaleza y el universo. Alejados de cualquier contaminación lumínica, y en un entorno de observación privilegiado, las constelaciones, la Vía Láctea, y hasta los reflejos iridiscentes de las nebulosas llenan el cielo sobre la bodega y los viñedos. Esta actividad, Estrellas, comienza con una copa de vino en el embarcadero para disfrutar del atardecer, seguida de una cena en el restaurante LAUS, y finalizada con un experto de la Asociación Astronómica de Huesca, que lee para los visitantes los detalles del firmamento a los pies del viñedo.

Aunque la visita a este tianxia occidental no sería completa sin descubrir los alrededores. Fueron los monjes del medievo quienes se establecieron aquí para revitalizar el cultivo de la vid, eligiendo un lugar privilegiado en lo espiritual y en lo material. Muy cerca se encuentra uno de los espacios protegidos más extensos de Aragón, el Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara. Un espacio escogido para el deporte y las actividades de naturaleza, y muy apreciado por la gran cantidad de cursos de agua que permiten el senderismo acuático y el baño. Con aguas cristalinas, toboganes naturales, cascadas y ríos encajonados entre cañones. Y abrigos donde los pintores del paleolítico dejaron reflejados, en los tres estilos, paleolítico, levantino y esquemático, su universo de animales, símbolos y creencias. Además de ese «Tíbet del Alto Aragón» que es Dag Shag Kagyu, escuela de cultura tibetana con estupas y lamas dedicados a enseñar también el camino de la paz interior.

Antes de marcharte, una última mirada. Contempla desde lejos el monolito de LAUS con su hexagrama kun, perforado en lo alto. Uno de los mitos chinos cuenta que pilares como estos fueron ordenados y alineados para separar la tierra y el cielo. Si contemplas la línea que divide ambos en el horizonte frente a ti, y respiras profundamente, recordarás para siempre este tianxian. Este todo bajo el cielo en las vides LAUS del Somontano, y la paz inmensa que proporciona experimentarlo.

 

Tianxia Somontano


Todo incluido

todo incluido
DP.

El hotel era una mezcla de hotel de Torremolinos y hotel de El resplandor. Así lo definían los miembros del equipo que llevaban semanas en él. Yo me incorporé a finales de marzo; ellos habían llegado en febrero. Estábamos rodando una serie de televisión ambientada en Ibiza. De los cinco guionistas, dos nos habíamos quedado en Madrid. Pero hubo una crisis —las cosas se torcieron con el coordinador de guiones— y acabamos en Ibiza también. Los veteranos hablaban del «efecto isla». A mí me sonaba a algo mágico, supersticioso, o a postureo cursi. Pero en los tres meses que pasé allí comprobé que era cierto. Además de mental, resultó físico: solo que no se daba de inmediato, sino por acumulación. 

Era un resort enorme, de esos de all inclusive, o «todo incluido». Pero aún no habían llegado los turistas de las pulseras de colores. El hotel lo habían abierto solo para nosotros. Generalmente permanecía cerrado durante la temporada baja, que se prolongaba hasta mediados de mayo. Estábamos en la playa d’en Bossa, cerca de la discoteca Space. Por la isla entera había carteles con la imagen del legendario DJ Carl Cox, emplazando a su sesión inaugural de mayo. Hasta entonces todo estaba muerto. No sé si las primaveras son siempre desapacibles en Ibiza, pero la de aquel año lo fue: llovió mucho, hizo viento, hubo pocos días plenos de sol. Era 2004. Acababan de ocurrir los atentados de Atocha y la escapada fue, en cualquier caso, un alivio. Suponía un corte anímico con la atmósfera pesada de Madrid.

Me sorprendió el concepto radical de temporada baja que hay en Ibiza. Se ajusta mejor a la otra expresión, más abrupta: fuera de temporada. Yo soy de la Costa del Sol y aquí la vida turística languidece, pero no se extingue. Bastantes hoteles siguen abiertos, y los comercios y los restaurantes. En Ibiza, en aquella larguísima zona de la playa d’en Bossa, se producía una auténtica hibernación. Los hoteles cerraban, apenas quedaban dos o tres sitios donde comer y casi ningún comercio abría. Había locales y locales cerrados y vacíos, sin estanterías siquiera. Hasta mayo no se veía movimiento: primero los pintaban y los acondicionaban y luego los abastecían; casi todos se convertían en supermercados. La vida solo se mantenía en las poblaciones: en la ciudad de Ibiza y en los pueblos, San Antonio, Santa Eulalia, Santa Gertrudis, San José… 

Cuando quería salir y no había coche disponible ni tenía paciencia para esperar el autobús —que pasaba de hora en hora, irregularmente—, me iba andando a Ibiza. Una caminata de cuarenta y cinco minutos. La hacía en parte por la playa y en parte por el interior, por la zona de los locales cerrados. Caminar por la playa era hermosísimo pero dificultoso. En la orilla se acumulaban las algas muertas. La posidonia es una especie protegida: sus praderas son las que le dan el tono variable, manchado, al paisaje marino de las Pitiusas. Pero en la arena formaban montañas marrones que parecían el excremento del mar. Al atardecer se llenaban de mosquitos.

En Ibiza me gustaba sentarme en la terraza del hotel Montesol o en alguna de Vara del Rey, pasear por el puerto, recorrer las calles de las viejas casas de marineros, reconvertidas muchas en bares y tiendas hippies, y subir a Dalt Vila, el antiguo núcleo fortificado, para contemplar el panorama desde la muralla, desde algún baluarte. Hacia mar abierto, los islotes próximos y Formentera. Hacia el puerto, el continuo trasiego de los ferris y los barcos de Baleària. Y las casas vistas desde arriba, con sus habitantes en las azoteas y en las callejuelas, componiendo cuadros pintorescos como sacados del siglo XIX. Los cañones de lo alto recordaban el pasado de invasiones y de ataques piratas de la isla.

La primera vez que subí a Dalt Vila vi en la puerta de un establecimiento un cartelón con recortes de periódico sobre una pareja de artistas hippies: Traspas y Torijano. Eran insultantemente jóvenes y prometedores… en los años setenta, según la fecha. El establecimiento era de ellos: ahora se dedicaban a la artesanía. Me dio vértigo la idea de que, si me asomaba, los vería treinta años después. Renuncié a hacerlo.

Abajo solía caminar por el puerto hasta el faro de Botafoc, el extremo más alejado de la ciudad. Encaramándome por una ladera, llegaba hasta unos acantilados. Al otro lado quedaba el pueblo de Talamanca. No sé si eran esos mismos acantilados, o los que quedaban enfrente, aquellos en cuyo borde se situaba Cioran dudando si arrojarse. Lo cuenta en su Cuaderno de Talamanca, que empieza con esta anotación del 31 de julio de 1966:

Esta noche, sobre las tres, completamente despierto. Imposible seguir más tiempo en la cama. He ido a pasear por la orilla del mar, acompañado de los más sombríos pensamientos. ¿Y si me arrojara desde lo alto del acantilado? He venido hasta aquí por el sol, y yo no puedo soportar el sol. Todo el mundo está moreno, pero yo seguiré blanco, pálido. Mientras me entregaba a toda suerte de reflexiones amargas, contemplaba los pinos, las rocas, las olas «visitadas» por la luna, y de repente me di cuenta de hasta qué punto estaba yo ligado a este hermoso y maldito universo.

Cuando salíamos por la noche los del equipo, el lugar de copas era el Teatro Pereyra, un teatro decimonónico reconvertido en café-bar, con música en directo. Alguna vez fuimos también a Pachá, a un tugurio cercano llamado El Infierno, a un after de Jesús o a la zona de copas de San Antonio, que eran prácticamente los únicos sitios de marcha fuera de temporada. Pero el lugar habitual era el Teatro Pereyra, donde recalaba todo el que iba a Ibiza en esas fechas. El bar lo ocupaba propiamente el antiguo ambigú. Cuando cogimos confianza con los camareros, nos enseñaron el teatro. Se accedía por una puerta situada tras la barra. La visión era impresionante. La sala se conservaba intacta, pero envejecida: los asientos polvorientos, el telón subido, el escenario y los pasillos llenos de cajas de bebidas (hacían de almacén), y por el techo palomas, que revoloteaban de un palco a otro. Parecía que en cualquier momento iba a surgir el fantasma de la ópera…

A veces, si conseguíamos un coche o un jeep de los alquilados por la productora, nos íbamos unos cuantos de excursión a alguna cala, a un chiringuito frente a la isla de Tagomago, a tomar un arroz en Es Cavallet, junto a las salinas, a probar el prodigioso alioli de Es Pins, en la carretera de San Juan, en el interior de la isla, a visitar el mercado hippy de Las Dalias, o a ver cómo los pijipis veían la puesta de sol desde el Café del Mar, en San Antonio. La primera vez no nos podíamos creer que fuesen a aplaudir, pero aplaudieron. Una tarde fuimos tres guionistas y un actor a ver la puesta ante la isla de Es Vedrà. Cuando el sol se ocultó, salimos de nuestro recogimiento, nos miramos y sonreímos. Nos echamos a aplaudir, primero de broma y después no tanto; o mezclando la broma y la no broma. Al final nos quedó como uno de los recuerdos más bonitos: la emoción se había colado en la ironía.

Uno de los primeros fines de semana vino una amiga a visitarme —la única visita que recibí en toda mi estancia— y fuimos a Formentera. Llegamos en el ferri y allí alquilamos un coche. Era un día lluvioso. Subimos al Pilar de la Mola y vimos el famoso faro. Formentera formaba parte del paisaje que se veía desde la playa de mi hotel. A veces me iba a caminar solo en aquella dirección. Llegaba hasta la torre de la Sal Rossa y me internaba por el bosquecillo de la montaña. Otra vez caminé por detrás de la montaña, hasta las salinas. Paseos largos y ascéticos, con frecuencia escuchando música brasileña por el walkman. Todavía existía ese cacharro. Otro rasgo de época: los ordenadores con internet por minutos que había en el hall del hotel y que había que pagar en recepción. Muchas noches inhóspitas las pasé en los chats o en el Messenger, que parecen hoy más viejos que la necrópolis fenicia de Ibiza.  

Fue en aquellos meses cuando se desató mi pasión por Thomas Bernhard. Durante años había acumulado libros suyos, pero no los había leído. A Ibiza me llevé Hormigón, porque transcurre en Palma de Mallorca. Lo leí en la primera semana, un día lluvioso, y me entusiasmó. Quise leer más, imperiosamente, ya como un adicto. El apartamento de Madrid se lo había dejado a un amigo en mi ausencia. Lo llamé para que me enviase todos mis libros de Bernhard al hotel. Recibí el paquetón días después y el resto de mi estancia en Ibiza me dediqué a leer a Bernhard; en un estado, ahí sí, de felicidad. 

Y había que escribir, por supuesto. Cuando teníamos trabajo, los guionistas nos pasábamos el día en el hotel, escribiendo en nuestras habitaciones, mientras el equipo salía a rodar. El hotel, como he dicho, era inmenso. La entrada estaba en el lado opuesto a la playa. Había un edificio con recepción, un gran hall con mesas bajas y sillones, el bar y el comedor. De ahí se pasaba a un enorme espacio abierto, con una piscina gigante, otra infantil y seis edificios —tres a cada lado— con las habitaciones. El equipo (el personal de producción, el de rodaje, el de maquillaje y vestuario, los actores, los guionistas…) ocupaba solo uno, el del extremo derecho, el más cercano a la playa: los otros cinco estaban vacíos. A veces yo salía y no había absolutamente nadie: un parque temático de la desolación. 

Mi habitación estaba en la planta baja. Era una especie de bungaló, con la puerta y las ventanas de madera. Hacia la derecha había un caminito que conducía a una verja alta con un seto. Abriendo la verja, se estaba en la playa. Un día conté los pasos desde la puerta de mi habitación hasta la arena de la playa: veinte. El día que me instalé, me molestó un gorgoteo procedente del sistema de refrigeración. Sonaba todo el día y toda la noche. Pensé llamar para que lo reparasen. Pero lo fui dejando pasar, hasta que me acostumbré. En los momentos de soledad aguda sentí que me hacía compañía, como una mascota. Fue lo más constante que hubo en mi habitación, junto con la escritura de guiones y la lectura de Thomas Bernhard.

Nadie me advirtió el primer día de que el agua del grifo era impracticable: estaba salada. Había que tener agua mineral en el cuarto. Cuando me di cuenta era ya de noche. Tuve que salir, atravesar el inmenso espacio de las piscinas y comprar una botella en la máquina de recepción. El agua del grifo era una de las causantes del «efecto isla». No era solo que no se pudiera beber, sino que en la ducha no te dejaba el cuerpo limpio del todo. El principal afectado era el pelo, que se iba volviendo áspero. El proceso acumulativo culminaba, al cabo de unas semanas, en un malestar corporal de fondo; no acusado, pero insidioso. En realidad, no me di cuenta hasta que regresé a Madrid y me di la primera ducha «normal».

Otro causante del «efecto isla» era la comida cotidiana, supergrasienta, del bufé del hotel. Al cabo de unas semanas, estábamos empuercados. También bebíamos mucho. Y circulaba la coca. Casi parecíamos un equipo de Hollywood. Aunque el producto que iba saliendo, cuando pudimos ver el material, era deleznable. En las series de televisión se había propagado entonces, por culpa de Milikito —es decir, de su éxito con Médico de familia—, una suerte de pensamiento mágico. De magia simpática, concretamente. Se consideraba que para atraer a un público amplio había que incluir personajes de todas las franjas de edad. Así que debíamos cruzar tramas y subtramas protagonizadas y subprotagonizadas por los padres, los niños y los abuelos, sin poder desarrollar propiamente ninguna. Por otro lado, los (tampoco abundantes) gags buenos que había en los guiones eran mal dirigidos y peor interpretados. Por eso acabamos no yendo apenas al rodaje.

A principios de mayo, antes de que se abriera el hotel al público, llegó un grupo extrañísimo: lo componían unas cuarenta o cincuenta chicas jóvenes anglosajonas y alemanas, todas con obesidad mórbida. Le preguntamos a un camarero del que nos habíamos hecho amiguetes y nos dijo que eran las chicas que iban a trabajar como cuidadoras de los niños de los clientes durante la temporada. Llegaban antes para un cursillo. Y eran todas así porque así las escogían: introvertidas, con la autoestima baja… para que se centraran en el trabajo y no salieran a probar los placeres diurnos y nocturnos de la isla.

Y al fin abrió el hotel, que se fue llenando rápido. A principios de junio estaba completo. Desde media mañana empezaba el estruendo de los animadores, que no nos dejaba escribir. Al salir de la habitación, se percibía una capa formada con las emanaciones de los protectores solares. Las tumbonas y las piscinas estaban a tope. Desde temprano, los clientes con la pulserita del color convenido ya estaban emborrachándose. El camarero amiguete nos contó que llegaban las familias, soltaban a los niños con las cuidadoras y se dedicaban a estar embriagados toda su estancia. Nos contó la anécdota de una pareja que, después de llevar años alojándose en el hotel, descubrió que al otro lado del seto estaba la playa.

Una mañana iba yo con el ánimo melancólico (tenía una pena que no he contado aquí: en el «todo incluido» algo faltaba) y me puse a caminar por la playa. Estaba llena de bañistas también, pero por la inercia de todas las semanas desapacibles ni se me había ocurrido meterme en el agua. Fui andando por la arena con un cierto espíritu de alucinación, como el extranjero de Camus, aunque sin pistola. Hasta que tropecé tontamente y me quedé un buen rato tal como había caído, sentado de cara al mar. Entonces me di cuenta de que estaba tocado por el «efecto isla». Los referentes de fuera se habían atenuado. Llevaba más de dos meses en una vida exenta, con sus propios ritmos y sus propias leyes, rodeada. La mente solo encontraba salida en saber que era provisional. 

Otra mañana de calor espeso salí a dar una vuelta. Serían las diez o las once. De pronto empecé a ver chicos y chicas medio desnudos, unos quietos y otros deambulando como zombis, solos, en grupo o en pareja, con un erotismo pujante y vicioso aunque pasivo. Se oía música enfrente y allí había muchísimos más: Space había abierto al fin.


Viaje a la isla de San Simón

Isla de San Simón
Isla de San Simón. Foto: Sgilfra (CC)

Recuerdo la primera vez que estuve en la isla de San Simón. Tan solo he vuelto en una ocasión, un par de años más tarde, para asistir a un festival de música independiente llamado Sinsal cuyo cartel uno desconoce hasta el instante en el que llega a la isla y descubre cuáles son los grupos que, a ciegas, ha pagado por ver. Hay algo divertido y enigmático en todo ese proceso. Al anochecer te subes de nuevo al barco, regresas a la costa y, con el paso de los días, todo lo sucedido esa tarde en la isla se queda atrapado en algún rincón impreciso de tu memoria, como un extraño sueño de verano.

Mi primer viaje a la isla no fue menos misterioso. Recuerdo aquella sensación extraña pero agradable, como si estuviese adentrándome en un lugar secreto, ajeno al mundo, refugiado en alguna parte de la ría de Vigo. A bordo de la pequeña embarcación que me recogió en el puerto de la parroquia de Cesantes, en el municipio de Redondela, contemplaba aquella isla menuda y boscosa a la que nos dirigíamos y tenía la sensación de que no era difícil comprender toda su historia de un solo vistazo.

Al llegar, un guarda nos esperaba sobre una escalinata de piedra que conducía a una gran verja de hierro. En cierta forma, era como llegar a una versión en miniatura de Shutter Island o la isla del doctor Moreau. Yo había reparado en la isla de San Simón cientos de veces desde la carretera, en el trayecto entre Vigo y Pontevedra, pero jamás había considerado la posibilidad de hallarme algún día sobre ella. Era un lugar que, sencillamente, estaba ahí. Como casi todo lo inaccesible.

Unas semanas antes, una plataforma de promoción cultural me había invitado a participar en unas jornadas de debate que se celebraban en la isla y decidí que era la ocasión perfecta para conocerla. La gestión del archipiélago —siendo estrictos, la conocida como isla de San Simón son realmente dos islas, la de San Simón y la de San Antón, unidas por un antiguo puente de piedra— corresponde a la Fundación Illa de San Simón, dependiente de la Consellería de Cultura, y no es fácil conseguir permiso para realizar una visita. De hecho, y salvo durante un par de meses en verano, ni siquiera existe transporte regular.

Contra todo pronóstico, San Simón era exactamente como me la esperaba. Entendí al momento por qué Manuel Vázquez Montalbán la había elegido como escenario principal de su novela Erec y Enide, en la que el viejo profesor de literatura medieval Julio Matasanz es llevado a la isla de la ría de Vigo para recibir un homenaje. Todo en ella es literatura. La de sus senderos y paseos, que unen entre sí, bajo los árboles, las pequeñas plazas empedradas que la adornan. Y la del paisaje impecable que la rodea, reservándole el centro de la preciosa ensenada. Y la de las vistas al fondo y la boca de la ría desde los miradores ubicados en ambas puntas del archipiélago. Y la de los llamativos rincones que salpican sus escasos doscientos cincuenta metros de largo, como el cementerio de San Antón, la capilla de San Pedro o los propios escondrijos de la espesura que cubre la isla.

Es su propia literatura la que sirve de motor a la literatura de otros. No solo a la de Vázquez Montalbán, sino también a la del poeta medieval Mendinho, que se refiere a San Simón en una cantiga cuyo manuscrito aún se conserva y a quien se ha dedicado una estatua en la isla, en la Praza dos Poetas do Mar, junto a los otros dos juglares de la ría, Johan de Cangas y Martín Codax. Pero también a la de Julio Verne, que guio a su Nautilus hasta la ría de Vigo en el capítulo octavo de la segunda parte de Veinte mil leguas de viaje submarino, titulado «La bahía de Vigo», para buscar los tesoros que en el año 1702 se perdieron en el mar durante la histórica batalla de Rande, en la que navíos ingleses y holandeses, unidos contra la Corona de Castilla en la guerra de Sucesión, atacaron a los galeones de la flota de Indias que llegaban en ese momento desde América con el cargamento de varios años.  

Allí, junto a la isla de San Simón, se erige un monumento al capitán Nemo, que contempla las aguas de la ría con uno de sus buzos, visible solamente cuando desciende la marea. Pero no fue la batalla de Rande la única ocasión en la que los ingleses abordaron la isla de San Simón. También lo hicieron Francis Drake y sus piratas unas décadas antes, a finales del siglo XVI. En realidad, la historia del archipiélago está ligada a la de los diferentes conflictos e invasiones que se produjeron en la zona, como las que resultaron de las guerras Irmandiñas o la guerra de la Independencia española. Un panorama inestable que se prolongó durante muchos años hasta que, a mediados del siglo XIX y mediante Real Ordenanza, la isla fue convertida en una leprosería con el objetivo de controlar las epidemias y preservar el desarrollo mercantil del puerto de Vigo. Así, todo aquel enfermo incurable que viajase a bordo de cualquier barco que cruzase la ría era condenado a pasar sus últimos días en la isla de San Antón, reservándose la de San Simón para las tripulaciones obligadas a permanecer en cuarentena.

Desde la guerra civil y hasta el año 1943, la isla fue utilizada como penitenciaría franquista, y a sus celdas fueron conducidos muchos de los presos políticos capturados en el noroeste de España. Hoy en día, sin embargo, y tras más de medio siglo de absoluto abandono, ha sido transformada en un espacio de creación y colaboración cultural que lleva el nombre de Illa do Pensamento (en castellano, isla del Pensamiento) en cuyas instalaciones, restauradas por el arquitecto César Portela, se llevan a cabo actividades esporádicas de carácter artístico o intelectual.

La historia de la isla de San Simón, su pasado convulso como escenario de diversas disputas y las escenas de espanto vividas durante sus etapas como lazareto y cárcel del franquismo —en la isla se pueden visitar las exposiciones As paisaxes do illamento y Rostros da Memoria— chocan con su condición actual, tan en consonancia con la serenidad del hermoso enclave en el que se halla. Al atardecer, mientras me alejaba de la isla en la barquita que me dejaría de nuevo en Cesantes, pensaba en lo difícil que parecía que en un lugar tan mágico y fascinante hubiesen podido tener lugar contiendas y horrores semejantes, pero supongo, al fin y al cabo, que ese es uno más de los muchos e inesperados recodos que esconde la ría.

Lo afirma Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino: «Pues bien, señor Aronnax, nos encontramos en esta bahía de Vigo, y de usted depende conocer con todo detalle el secreto de los misterios que encierra». Sospecho, capitán, que es imposible.