Marcel Gascón: Un Twitter predigital

Queda bonito, y quizá no sea una tontería, hablar de las pintadas como del twitter predigital. Un twitter predigital, porque el espacio limitado de una pared o 140 caracteres obliga a la concisión y la brevedad. Por el amplio público al que se dirigen. Porque pueden ser anónimas y casi siempre son soeces, demagógicas y previsibles. Y también porque a veces, al doblar alguna esquina, encontramos entre tanto garabato bobo magníficas muestras de ingenio.

Para hablar de pintadas está bien comenzar por Rafael Conde, El Titi. El Titi utilizó las que estaban de moda en la transición para arrancar su Libérate, que además de un grito festivo lleno de razón era también una pintada. “En las calles las pintadas / están de moda hoy en día / verdes, negras, coloradas / pidiendo la autonomía. / Hoy mismito he visto una, ay que me llegó al corazón / la verdad como ninguna, y llenita de razón”.

Hace años, no sé si en facebook o en un blog que ahora estoy tentado de retomar, pregunté a mis amigos por las pintadas más brillantes que habían visto. Entre todos nos salió una longaniza de delirantes de comentarios que recogía algunas de las que siguen. No todas pueden verse ya, pues han sido borradas o las paredes donde se escribieron derribadas.

No me pegue usté, madre, en el margen de una carretera rural de la provincia de Castellón.

El califa, pule trate, pule grifa, en una céntrica calle de Castellón. Y al lado una enigmática Tú no eres Jordi Puig.

Saben aquel que diu que iba un romano, delante del Instituto Peñagolosa de Castellón.

No me mataréiscomo a un cordero / sólo moriré como yo quiero, según la frase del nacional-sindicalista Ramiro Ledesma Ramos, con las letras de final difusas, como si el autor no hubiera podido evitar la muerte del animal pascual y respetar su grito público de dignida.

Burriana, París, Londres, en la salida de Castellón hacia los pueblos del interior.

Haremos una hoguera y kemaremos a Korkuera, en un contenedor de un garito de mi pueblo.

La culpa és teua, en una pared de mi pueblo, al lado de una era.

A França també n’hi ha masos, algo así como En Francia también hay pueblos en traducción libre que facilita la comprensión y que ataca la supuesta superioridad de todo lo extranjero.

El señor hizo en mí maravillas, en Castellón, frente a la casa de un vecino poco agraciado.

Tots morenos i el cul blanc, delante de la piscina del pueblo de Atzeneta.

Moros no, chinos ya veremos, en una pared de Castellón.


Marcel Gascón: Hitchens, Havel, Kim

El azar ha tenido la amabilidad de traer la muerte del dictador norcoreano Kim Jong Il inmediatamente después de las de Cristopher Hitchens y Vaclav Havel. Las imágenes de la vida del tirano contrastan con violenta claridad con las de Hitchens y Havel, en una demostración inapelable y radical de la existencia del bien y del mal, como recordaba el martes Tertsch.

Las reacciones a las muertes nos ofrecen más contrastes luminosos. En el ambiente tétrico al que nos tienen acostumbrados las imágenes de los países comunistas, cientos de norcoreanos lloraban histéricamente la muerte del sátrapa. No creo que fuera forzado el llanto siniestro de estas víctimas del terror totalitario. Aunque no fuera más que el reflejo natural de un autómata, pienso que muchos de ellos lloraban sinceramente. Me parece mucho más trágico y confirma la deshumanización de que es capaz un régimen político.

Frente a los gritos terroríficos de los norcoreanos veíamos en Praga a ciudadanos serenos e individuales rindiendo tributo a Vaclav Havel. Y en YouTube, a través del blog de Juanjo Jambrina, a personas de todo el mundo dando las gracias a Hitchens por su compañía y su estímulo intelectual. 

También por oposición, Matthew Yglesias explica con una sola imagen en Slate la foto que explica el fracaso absoluto de un país como Corea del Norte.

Llegados aquí, quizá consideren una obviedad el artículo y la superioridad de Havel y Hitchens con una caricatura como son el Kim Jong Il y su país. Pero sabemos que no lo es cuando comparamos el celo con que tanta gente rechaza a los Havels y los Hitchens y su tolerancia frente a los Kims.

Esa gente, a menudo entusiasta de quienes llevan duelo por la muerte de Kim como los Castro y Daniel Ortega, no viviría ni un minuto en las cárceles gigantes que son Cuba o Corea del Norte, pero no tiene vergüenza en invocar frente a la mancha negra en el satélite la brecha social y la pobreza en las grandes ciudades capitalistas.


Marcel Gascón: Nos la sopla

La expresión rumana “noua ni se falfaie” puede traducirse al español como “nos la sopla”. Literalmente significa “nos la ondea”, “nos la mueve”, y el verbo se refiere originalmente a una bandera o trapo batidos por el viento.

“Noua ni se falfaie” es también el lema de la empresa Fábrica de Banderas, un negocio próspero y ejemplar al que circunstancias de la vida me han llevado en las últimas semanas.

Mi primer contacto con la empresa se produjo hace meses cuando viajaba en el coche de unos amigos. Una gran valla publicitaria de fondo negro nos llamó la atención: “noua ni se falfaie”, escribía simple y claro en blanco sobre la página web de la empresa. Muchos kilómetros celebramos la broma y tiempo después, cuando necesité servicios que podían darme, me acordé del anuncio y los busqué por internet. Una buena publicidad, sin duda.

La fábrica y la sede de la Fábrica de Banderas son lo mismo y están en el primer piso de un sobrio edificio de un polígono industrial a las afueras de Bucarest. Nada más abrir el portón metálico de la entrada el cliente se encuentra con un vestíbulo rebozado de banderas, banderines y escudos de tela en mástiles o colgados de las paredes. Los hay de equipos de fútbol, de empresas, de países, de la Rumanía comunista y las hazañas bélicas de los caudillos medievales rumanos, de la policía y el Imperio Austrohúngaro.

Cuando el visitante aún no se ha repuesto de la impresión del paisaje aparece desde dentro un hombre corpulento y directo. Es Adrian Dragomir, el dueño. Apunta el encargo —una tapicería para el coche— en un papel e invita a pasar a la sala de máquinas para discutir los detalles. A mano izquierda hay un pequeño cuarto atestado de papeles con una mesa y un ordenador. Delante, separadas por el cristal, cosen y saludan una decena de mujeres con la música de la radio de fondo. Y al final de la sala está Marian, el encargado del diseño, algo más joven que Dragomir. En el ordenador se establece el modelo previo y las máquinas prueban todas las opciones sobre la tela.

Mientras las tipografías estampan la tinta sobre la tela, le pregunto a Dragomir por algunas banderas de la entrada. Conoce el significado y la historia de todas y explica cómo se han confeccionado con detalle y sin adorno.

Las máquinas han acabado con las pruebas y ahora necesitamos a las sastras. Dos de ellas bajan con Adrian y Marian a tomar medidas. Les gusta la idea y la celebran. Dicen que esperan con ganas el resultado.

Un día después, según el plazo acordado, los tapices están listos. Dragomir nos recibe de nuevo en el vestíbulo rebozado de banderas. La radio suena y las sastras cosen. Las dos que midieron los asientos del coche saludan más efusivas. Al fondo, Marian trabaja con música de Iron Maiden en un escudo de un equipo de fútbol para pintarlo en una bandera.

Bajamos con Dragomir, Marian y las dos sastras a vestir el coche. El resultado es magnífico. Dragomir hace fotos. Pagamos y les damos las gracias. Tan variado, el grupo entra en un estado de euforia con los nuevos asientos.

Los trabajadores abandonan con sus coches el polígono industrial. Llovizna y empieza a caer la noche de un cielo nebuloso. La luz declinante es de una claridad cegadora. Un grupo de personas que no se conocen comparten satisfacción y alegría por ver concretada con su trabajo una idea.

La Fábrica de Banderas de Dragomir es una empresa que funciona y sus empleados disfrutan trabajando. Y cualquier logro íntimo, por pequeño que sea, puede ser motivo de la felicidad más desnuda y la comunión más intensa entre sus partícipes. Como les pasaba a Howard Roark y sus cómplices en sus días de trabajo en el Stoddard Temple de El Manantial de Ayn Rand.


Marcel Gascón: Devastados

Han pasado más de dos semanas desde la debacle socialista del 20-N y aún no ha salido del entorno del PSOE una sola idea para la imprescindible refundación.

Una izquierda nacional, piden algunos. Una socialdemocracia europea y liberal. Un Bad Godesberg que devuelva al partido a los carriles de los que nunca debió salir, reclaman otros. Pero todas las voces que se lanzan al debate de ideas vienen de la derecha o de la izquierda que ya se fue del PSOE, a otro partido o al exilio interior con carnet en el bolsillo.

La implicación con la suerte del PSOE de políticos ajenos y comentaristas cercanos a otros partidos no se debe a su bondad o solidaridad corporativa. España necesita una oposición fuerte, sólida intelectualmente y creíble. Que los dirigentes de un partido que representa a millones de ciudadanos sean un interlocutor fiable y comprometido con los cambios que —muy pocos pueden negar ya— necesita la vida pública española.

Y sin embargo, el debate en torno al PSOE es meramente sucesorio. Una vulgar quiniela surrealista por la que bailan en estado de trance cadáveres del zapaterismo más o menos cercanos al todavía presidente.

Mientras, en los márgenes, vemos relegados a un puñado de políticos capaces que podrían pilotar muy bien la refundación socialista pero están demasiado lejos de los centros de poder del partido, o simplemente han vivido demasiadas infamias como para soportar volver.

Ahí está Redondo Terreros, la más íntegra y radical antítesis del espíritu y la letra del partido en los últimos ocho años e incompatible con el único logro que el socialismo puede enarbolar de la última legislatura.

O Joaquín Leguina, uno de los pocos socialistas de renombre que alzaron la voz contra la gestión de Rodríguez Zapatero y que es ya más escritor que político.

Por el mundo andan Almunia, Borrell y Solana, posibilidad los tres para una socialdemocracia de la mejor tradición liberal, responsable y competente pero también demasiado gastados y cómodos en sus sillones internacionales como para enfangarse en la tarea desde una oposición débil.

¿Y qué queda? En primera línea Rubalcaba, Chacón y Bono; detrás Aídos y Pajines. Cómplices de la desastrosa gestión e hijas pródigas del zapaterismo sin más credenciales que los ocho años que los números y las urnas han castigado tan duramente.

A Rubalcaba sólo lo hemos visto negar su responsabilidad en un Gobierno del que fue vicepresidente y ministro. De Chacón sabemos que es catalana y del PSC, mujer y un algún día embarazada. Y Bono ha dicho que el nuevo líder del partido debe ser alguien que pueda gritar viva España, como, escribió alguien en twitter, podría haber dicho que el PSOE necesita a un consuegro de un cantante de derechas para cerrar heridas.

Pese al negro panorama visible, no se debe perder la esperanza. El 20-N está aún muy cerca, y de los paisajes devastados nacen a menudo las mejores cosas. Pero, viendo las ruinas, con qué eficacia se aplicó en el PSOE la selección negativa. ¡Y qué devastaciones produce! 

 


Marcel Gascón: Las ideologías no resisten la cercanía

Mi compañero de tribuna José Antonio Montano criticaba la otra noche en twitter la idealización del mercado de los liberales frente al implacable realismo con el que hablan del Estado.

La apreciación es justa y muy oportuna, cuando la socialdemocracia ha renunciado a atacar ideas antagónica y se limita a afear el carácter del adversario y denunciar su agenda oculta.

Pero más allá de la batalla ideológica, los twits de Montano nos recuerdan una vez más las relaciones conflictivas de —todos, aunque unos más que otros— los planteamientos ideológicos con la realidad.

Cuanto más ideológico es un discurso menos resiste la cercanía. Lo que hace el liberalismo dogmático para defender la total libertad económica es alejar el foco cuando actúan los mercados, y acercarlo a pocos milímetros cuando es el turno del Estado.

Y con la laxitud de la distancia o la severidad de la cercanía pretende que en cada empresario veamos a un emprendedor valiente y arrojado, en cada funcionario un inepto corrupto y en el último secretario de ayuntamiento el ejemplo definitivo de la inviabilidad de lo público.

Permítanme que continúe por este flanco, pues como decía también Montano en twitter las ideas socialdemocrátas ya las combaten mucho y muy bien los liberales.

Para que un liberal angélico reivindique la enseñanza privada como sinónimo absoluto de libertad ha de apartar de nuevo el foco, y que en penumbra y desde muy arriba todos los padres parezcan personas racionales y juiciosas capaces —¡e interesadas!— de decidir qué educación les conviene a sus hijos.

Inmediatamente el liberal angélico utilizará la lupa en busca de las inevitables imperfecciones de los profesores y dirigentes de la escuela pública, y la volverá a dejar en su sitio para que entre los uniformes obligatorios de los colegios privados no veamos en sus profesores más que competencia y dedicación, amor a la verdad y a la libertad de pensamiento frente la incorregible vocación de adoctrinar del enseñante público.

Hace ya tiempo leí consecutivamente a Ayn Rand y Montanelli. No hay nada que reprocharle a la americana, porque siempre dijo muy claro que sus escritos no aspiran a reflejar el mundo, sino a dibujar su ideal. Sus obras son esquemáticas y rechazan conscientemente el matiz, y muchos de sus principios esenciales me parecen muy útiles o perfectamente válidos.

Pero, después de leer con emoción El Manantial y sus alegatos por el capitalismo radical como única posibilidad del ser humano libre y pleno, me hizo gracia asomarme con Montanelli a una magnífica galería de personajes y situaciones que revientan las costuras de todos los corsés ideológicos.


Marcel Gascón: Mientras llegan los bárbaros

Dicen, muy a menudo y desde hace mucho, que Occidente decae en favor de civilizaciones más jóvenes, simples y enérgicas. Que nos quedan cuatro días de ser el centro del mundo y que nuestros logros de bienestar, complejidad y conciencia serán nuestra propia tumba. El futuro, repiten con cierto deleite los profetas, será ruso, indio o chino. El tiempo de Europa y su hijo protector americano, el que trae el dinero a casa y trabaja para la pensión, ha pasado y no nos queda sino resignarnos.

Quizá sea cierto y no haya nada que hacer. Quizá el futuro no permita una economía competitiva donde los trabajadores no sean tratados como animales de carga. Tal vez las potencias del mañana no puedan aceptar periódicos que descubran cárceles secretas o manifestaciones contra una guerra o el Gobierno. Puede que un sofá mullido y una casa caliente nos incapaciten para competir con alguien que duerme en el suelo y ya no necesita abrigo, y que los clásicos en la mesita y Bach en el tocadiscos sólo nos hagan más blandos y melancólicos. Quizá, y ¿cómo llamar entonces a la resistencia, si una de nuestras grandezas fue abolir la obligatoriedad del heroísmo?

Quizá, también, lo único que nos quede sea explotar hasta extenuarnos las ventajas de nuestro mundo. Disfrutar con pasión sabiendo que pueden acabarse del debate honrado y los diarios, de la libertad de amar y bailar o no bailar, de la buena comida, el sexo, los coches, las tiendas de ropa, los cines y los McDonald’s. Entregarse con la seriedad con que juegan los niños a las cosas buenas que nos hemos dado. Celebrar con fervor la verdad y que podamos decirla, emocionarnos con la sutileza del cine de Kieslowski, regocijarnos con el donaire festivo de las películas de Bond o la simplicidad maniquea y reparadora de un film tonto norteamericano. Festejemos que podemos beber vino en Semana Santa e ir a misa cualquier miércoles de julio, lo facultativo de todas nuestras militancias, del consumo, del matrimonio, de la tradición y la modernidad.

Y así veremos, aunque no sea garantía de nada, qué espléndidos frutos puede dar esta civilización torcida, vulnerable y dubitativa. Suena grave e inconcreto llamar a la lucha, pero parece que sí merece al menos toda nuestra lealtad y el más enérgico entusiasmo.


Marcel Gascón: Siempre habrá sitio fuera de palacio

El estilo y la figura de Carlos de Inglaterra me han parecido siempre la única posibilidad razonable para las monarquías decorativas.

Una serie de imágenes de Getty Photo repasaban su vida este lunes en varios medios de todo el mundo con motivo de su 63 aniversario.

Las fotos muestran al Príncipe en momentos muy diversos, desde su infancia hasta hoy pasando por su juventud, en solemnes ceremonias y actos sociales y en la tersa intimidad de la vida de palacio. Son unas cincuenta estas imágenes de gran variedad, y en ninguna da el Príncipe la sensación de ser un hombre común ni de pretender serlo.

Desde bien pequeño a caballo de un cochecito, haciendo surf a pecho descubierto o leyendo a solas recostado en un sofá, parece siempre bien consciente de su excepcionalidad, de ese halo de grandeza regalada por azar que le hace inmune al ridículo, le permite cualquier torpeza y es también una exigencia.

La regia altivez, la vestimenta, el porte impecable y la actitud de indiferencia insolente de Carlos de Inglaterra son, más allá de los argumentos pragmáticos de la estabilidad, el único motivo por el que mantener en el mundo democrático las monarquías, una contradicción flagrante con el sentido común y la justicia más elementales que sólo puede sostenerse en los ropajes y el exotismo histórico.

Da cierto embarazo por evidente descalificar la conocida fórmula de democratizar la monarquía, un despropósito conceptual que despoja a la realeza de todo su sentido y cuya estricta aplicación llevaría inexorablemente a proclamar la república.

Frente a quienes traicionando a la institución han buscado la simpatía del pueblo apelando a su identificación, la monarquía británica y en especial el Príncipe Carlos han mantenido amplias y tratado de ensanchar las brechas que los separan de sus súbditos y justifican su posición.

Si en un momento en que las monarquías limitan su utilidad a lo simbólico y ornamental, ¿qué queda de ellas si un príncipe trabaja y cualquiera llega a sentarse en el trono? Ni el circo para lo más caro del papel couché ni la razón última de la monarquía, que aunque hoy rija como mera convención no es otra que la existencia de la sangre azul y su superioridad sobre los muchos litros de roja.

Un príncipe que recurre a las poses populares es un actor cómico que se ríe en escena y un mago que desvela sus trucos. Una monarquía democrática es una república. Un rey que quiera ser como sus súbditos y no renuncie al trono es alguien que no hace bien su trabajo y una figura perfectamente inútil.

Debe de ser difícil no bajar nunca la guardia, cuidar sin interrupción el porte y cargar sobre los hombros el peso de una diferencia que obliga. Pero va en el cargo y en el sueldo. Siempre habrá sitio fuera de palacio para quien quiera ser normal.


Marcel Gascón: Los Diarios de Sebastian

Permítanme el recurso al argumento de autoridad para explicarles la magnitud de la obra y justificar la glosa. Habla Philip Roth: “Este extraordinario diario merece compartir estantería con el de Ana Frank y llegar a tantos lectores como el de ella. Pero Sebastian no es un niño, sino una sofisticada mente literaria que contempla el horror y plasma con una brillante y lúcida mordacidad la crueldad, cobardía y estupidez de sus amigos de la sociedad cultural y mundana de Bucarest y cómo estos se transforman voluntariamente en criminales intelectuales.”

El 12 de febero de 1935 comienzan los Diarios de Mihail Sebastian (Braila, Rumanía, 1907). Rumanía es en esos días una monarquía constitucional decadente y corrupta, pero aún estable y aún una democracia. Acosado ya por la efervescencia del fanatismo nacionalista que hace estragos en toda Europa, el país vive las postrimerías de su época más brillante.

Al término de la I Guerra Mundial, en la que Bucarest participó del lado de los vencedores, el país dobla su territorio con la absorción de Transilvania, Besarabia y Bucovina de Austria-Hungría y Rusia. Por primera vez todos los rumanoparlantes viven bajo las mismas fronteras. Las nuevas regiones traen a Rumanía cientos de miles de húngaros, judíos, alemanes y otras minorías, que supondrán un colosal impulso humano para el país hasta que la ceguera xenófoba lo arruine todo.

En este ambiente de euforia, Bucarest se convierte en la capital cultural del Este de Europa. Surgen nuevas escuelas de arquitectura, los escritores locales superan el estereotipo del campesino rumano y se lanzan con fuerza a las formas europeas. La vida en las ciudades es de gran refinamento, de inspiración francesa, pero con las ventanas abiertas a Berlín, Londres y Viena. Rumanía acelera el paso y parece capaz al fin de satisfacer sus ansias de identidad europea.

A este Bucarest llega a estudiar en los años veinte el joven Iosif Hechter. Proviene de una familia judía de Braila, y su talento y carisma personal le abren muy pronto las puertas de la élite intelectual bucarestina. El joven Hechter adopta el seudónimo de Mihail Sebastian y publica en los periódicos más influyentes de la época. Escribe novelas y teatro, y forma junto al después mundialmente famoso Mircea Eliade y bajo la “guía espiritual” del filósofo Nae Ionescu la joven generación que será punta de lanza de la vida intelectual de la Rumanía de entreguerras. Su grupo, Criterion, monta obras de teatro y organiza conferencias por todas las ciudades del país. Junto a Eliade y otros escritores y actrices jóvenes apura la vida en largas noches de copas, debate, fraternidad, sensualidad y distinción.

Sebastian parece tenerlo todo para triunfar, pero no son buenos tiempos para los judíos y los intelectuales escépticos en aquella Rumanía. El ascenso y creciente popularidad del místico-nacionalista y antisemita Movimiento Legionario es imparable. Varios de sus amigos, entre ellos Mircea Eliade, y su mentor Nae Ionescu se dejan seducir por los legionarios. Ser judío comienza a ser para Sebastian algo más que una simple circunstancia.

En este estado de las cosas, un 12 de febrero de 1935, martes, diez de la noche, comienzan el Diario de Mihail Sebastian.

Las notas de Sebastian nacen entre las brasas todavía vivas del incendio que provocó Desde hace dos mil años, una crónica novelada de su difícil experiencia de judío en Rumanía que le valió furibundos ataques desde la izquierda y la derecha, desde círculos nacionalistas y judíos. El escritor tiene entonces 27 años. Aunque le inquietan las muestras de antisemitismo que ve en la sociedad rumana, sus primeras preocupaciones son aún sentimentales y profesionales. Con la fresquísima sinceridad que caracteriza todas las notas, Sebastian consigna su vacilante y caótica vida amorosa. Lamenta sentirse solo y viejo, y parece gritar al vacío el intenso deseo de ser feliz cuando llega la primavera. Recoge también sus desvelos de escritor. La falta de ideas en un capítulo, los problemas para construir una escena o la satisfacción de dar con un personaje pleno. Y aparecen, con gravedad creciente y cierta distancia atónita, las opiniones cada vez más antisemitas de buena parte de su entorno más cercano.

Mientras, la vida pública se emponzoña en Rumanía y en Europa estalla la guerra. El rey Carlos II impone la dictadura en 1938 ante la inminente llegada de los legionarios al Gobierno. El líder legionario Corneliu Zelea Codreanu es ajusticiado y sus seguidores responden con graves actos de terrorismo y violencias callejeras. La situación cambia para ellos en 1940, cuando el general filonazi Ion Antonescu toma el poder y ofrece el Gobierno a los legionarios. La proclamación del llamado Estado Nacional-Legionario supone la oficialización del más crudo antisemitismo. Se suceden las acciones contra los judíos, se adoptan las leyes raciales y medidas administrativas antisemitas.

Sebastian es obligado a renunciar a sus trabajos de periodista y abogado. Cada vez es más difícil ganarse la vida. No puede publicar ni evadirse los fines de semana esquiando en Sinaia o Predeal como solía. Cada vez más solo y desesperanzado, el miedo y el asco por lo que ocurre achican el espacio de la angustia vital y las melancolías que le ocupaban antes. Todos los miedos se concretan y siempre cabe temer más.

La situación política da un nuevo vuelco en enero de 1941. La Legión se rebela contra su aliado Antonescu, y durante tres días siembra de terror y destrucción las calles de Bucarest. Sebastian escucha disparos, gritos y cánticos legionarios escondido en su casa. Cuando todo pasa pasea incrédulo por la ciudad devastada por los legionarios enfrentados al Ejército. Han perdido, pero en su retirada han llevado a cabo el brutal pogromo de Bucarest, que ha destrozado miles de propiedades judías y ha segado la vida de 127 personas. Los días posteriores a las setenta y dos horas de rebelión legionaria le sirven a Sebastian para descubrir la magnitud del horror. Decenas de judíos fueron colgados como animales de los ganchos de un matadero de Bucarest con la inscripción carne kosher pegada a sus cuerpos.

En la ciudad en la que vive ha ocurrido esto, y hay que seguir viviendo. Los legionarios han perdido, pero Antonescu sigue en el poder aliado con los nazis, y militares alemanes siguen campando a sus anchas por la capital rumana.

Las medidas administrativas contra los judíos se multiplican. Su mayor burocratización las hace si cabe más insultantes. Les obligan a entregar las radios, los televisores. Le fuerzan a abandonar su garsoniera de la calle Victoriei.

La guerra esta, con su angustia permanente, ha cubierto mis viejas infelicidades personales y ha hecho que pasen a la sombra”, escribe el 23 de abril de 1941. La supervivencia, la persecución y la marcha de la guerra ocupan casi todos sus pensamientos.

Sebastian recibe notificaciones de trabajos forzados para retirar nieve de las calles, y escucha descripciones de la carnicería de judíos en el frente rumano en Besarabia. Asiste con estupefacción al faldicortismo de muchos intelectuales rumanos ante la guerra y la tragedia, su escandalosa indiferencia y el descarado oportunismo.

El ambiente en las calles es cada vez más hostil para los judíos. El 8 de abril de 1941, un martes, escribe:

Folclore. Gitanillos venden por la calle La novela del carnicero rojo, gritando a todo pulmón:

Ya se va el tren de Chitila,

Con Stalin a Palestina.

Se va ya el tren de Galatz,

Con los judíos ahorcados.”

De Polonia vienen crónicas de los campos de la muerte. Las deportaciones se producen también en Rumanía. ¿Llegará también su turno? ¿En unas semanas, seis meses, un año?

El 9 de septiembre del 41 escribe sobre una orden oficial para que los judíos lleven una estrella de seis puntas, finalmente anulada:

Me acostumbré a la idea de llevar un brazalete amarillo con una estrella de David. Me imaginaba todas las molestias (…), pero después de un primer momento de alarma, no solo me resigné, sino que empecé a ver en este signo una especie de trozo de identidad.”

Son los momentos más angustiosos. La suerte de la guerra parece decidida a favor de los alemanes y la presión antisemita es máxima. Incapaz para el heroísmo ni siquiera consigo mismo, se plantea vagamente escapar, pero no parece que demasiado en serio.

¿Puedo irme solo? ¿Tengo derecho a dejar a mamá sola? ¿Puedo dejar a Benu [su hermano] solo? No me siento lo suficientemente robusto, en todos los sentidos, para una marcha. Con mi estado de salud arruinado, ¿puedo intentar una gran aventura? Pero, al mismo tiempo, no es una locura esperar desarmado, descompuesto, a ser asesinado?”, consigna el 20 de octubre de 1941, al conocer las atrocidades de las tropas rumanas en su camino hacia Ucrania.

Sebastian no es un héroe y lo asume con naturalidad en su diario. Está condenado a la lucidez y sufre tanto por su suerte como por la sinrazón y la injusticia.

Sin trabajo y sin poder publicar como autor judío, sobrevive de préstamos, traducciones, obras de teatro que no firmará y un trabajo de profesor en una escuela judía. Privado de los conciertos de música clásica que escuchaba por la radio, resiste a la desolación leyendo a Shakespeare y en las escasas reuniones con amigos. Entre ellos el dramaturgo Eugen Ionescu, después francés y Eugène Ionesco, de madre judía.

Vino de nuevo a mi casa ayer por la mañana, desesperado, perseguido, obsesionado, sin poder soportar la idea que puede ser despedido de la enseñanza. Un hombre sano que descubre bruscamente que tiene la lepra puede enloquecer. Eugen Ionescu descubre que ni el nombre de Ionescu, ni un padre incontestablemente rumano, ni el hecho de haber nacido cristiano —y nada, nada, nada- puede cubrir la maldición de tener en las venas sangre judía. Nosotros, con nuestra cara lepra, nos hemos acostumbrado desde hace mucho. Hasta la resignación y a veces hasta no sé qué triste, descorazonador orgullo”.

Pese a todos los sufrimientos, en ningún momento desaparecen de sus notas la agudeza y la curiosidad por las situaciones y personajes con los que se cruza. La tristeza y la decepción siempre le ganan al odio. Aparece la rabia, pero la mirada de Sebastian permanece clara y nunca se turba. Una mota de ironía piadosa está siempre presente en sus reflexiones, sobre la guerra, las traiciones o el amor.

Sobre Leni, habría mucho que escribir. Como si aún me interesara, me hace hoy, con facilidad, confesiones de sus aventuras de los últimos 3-4 años, cosas por las que me habría matado saberlas entonces y que ahora me son indiferentes. ¡Qué grotesco ha sido mi ridículo amor!”, escribe en abril de 1942.

Con el cambio de signo de la guerra en Rusia y Europa, los incidentes y medidas antisemitas pierden espacio en el diario. Bajo las bombas aliadas, Sebastian centra su atención casi exclusivamente en un conflicto en el que le va la vida. Es consciente de las mayores posibilidades aliadas, pero sabe que puede pasar de todo y que ni siquiera la derrota alemana puede salvar su piel: en su retirada de Rusia bien podrían parar en Rumanía y desatar brutales pogromos, escribe en cierto momento. Pero su único deseo es ver caer al nazismo, en el que ve el mal absoluto y la peste que ha destruído Europa.

La llegada de las tropas soviéticas en el verano de 1944 le trae la alegría y el alivio. Se ha salvado, ha sobrevivido al nazismo, pero la agitación y la confusión del momento apenas le permiten celebrarlo y debe recordarse que la pesadilla se ha acabado.

Las últimas páginas del diario describen a unos soldados soviéticos polvorientos que violan a mujeres y roban relojes a los rumanos. Le espanta su brutalidad, pero no se permite recriminársela a quienes le han liberado después de vivir el horror de la guerra y ve su “salvajismo cándido” con cierta simpatía. Y casi le parece justo que se les permita todo con la población de Bucarest, que contrapone su obscena frivolidad durante la guerra con el heroísmo de los soldados soviéticos.

Y mientras el Ejército Rojo se pasea triunfal por Bucarest, el baile para posicionarse en la nueva situación ha empezado entre buena parte de los intelectuales rumanos. Fervorosos legionarios y acérrimos germanófilos alababan ahora la democracia y el esfuerzo de guerra de la URSS de Stalin.

A Sebastian, por su parte, se le ofrece un trabajo como periodista en Romania Libera, pero renuncia a él al poco tiempo disgustado con el ambiente “de comités”.

El diario se acaba con 1944, mientras Sebastian asiste a su rehabilitación en la vida pública.

Último día del año. Me da vergüenza estar triste. Es, con todo, el año que nos ha devuelto la libertad”.

No podría disfrutarla, ni siquiera sufrir de nuevo la persecución de un régimen totalitario, esta vez rojo. Un camión del Ejército Soviético le atropelló mortalmente el 29 de mayo de 1945, cuando esperaba el tranvía para ir a dar su primera clase en la universidad.

 

Diario (1935-1944), de Mihail Sebastian, ha sido publicado en español por la editorial Destino (2003), en traducción de el que fuera director del Instituto Cervantes de Bucarest Joaquín Garrigós.

 


Marcel Gascón: Las porterías de Ferrero Rocher

Tras ver el fútbol en el pub que mis padres tenían en mi pueblo bajaba a casa y le cambiaba de canal a mi abuela para ver los goles de la jornada en Canal 9 o La 2. Cuando se acababa el último resumen me levantaba a toda prisa, despejaba la mesa del comedor y ponía cerca de uno de los extremos una caja de plástico transparente de Ferrero Rocher. Un mantel doblado de color rojo representaba el fondo, o la pista de atletismo, y servía para que el balón no cayera al suelo cuando el delantero fallaba. Con el dedo gordo y el índice de la mano derecha hacía correr una canica por la superficie marrón. Centraba, remataba y driblaba defensas imaginarios, recreando las jugadas que antes había visto en la tele. La voz de comentarista, en español, argentino de Marcelo Araújo o catalán de TV3, daba más realismo a los partidos e impacientaba a mi abuela, que en signo de reprobación resignada mecía la cabeza de arriba abajo con las mejillas contraídas. Lo que más le molestaba, y lo que a mí más me gustaba, eran los contragolpes del equipo visitante que acaban con el balón perdiéndose mansamente junto al palo. Todo el estadio callaba y yo reproducía el grito agudo y sostenido de señora que acompaña a la pelota hasta que se pierde por la línea de fondo y la grada recupera el aliento. Entonces interrumpía bruscamente el movimiento de cabeza y sin apartar la mirada de la tele me decía con desprecio: “quin poc senderi”, que en valenciano significa literalmente “qué pocos sesos”.


Marcel Gascón: Letras Libres

La edición española de la revista mexicana Letras Libres cumple este mes diez años en excelente forma. La descubrí, como tantas cosas buenas, a través de Arcadi Espada y su Nickjournal. No sé si enlazó una colaboración, o quizá recomendaba un artículo. Desde entonces —allá por 2004—  no he dejado de acudir a sus páginas, en papel o en internet, en busca de sus cuidados análisis corales de un tema de actualidad, que convocan a la mesa a invitados inteligentes, agudos y educados y a menudo a algún ilustre de prestigio universal.

Se puede ir confiado a estas comidas, seguro de no encontrarse con un pesado dogmático, un chillón enfático o un simple maleducado. Quizá se explique esta rara severidad selectiva por la falta de fetichismo ideológico, que lleva a muchos —marchemos todos yo el primero— con buenas ideas e intenciones a frecuentar terrenos que sólo una pulsión erótica puede presentarnos como transitables.

Los debates de Letras Libres son cordiales y animados. Los enfoques diversos y complementarios, perfectamente equilibrados. Nos ofrecen de la realidad elegida miradas históricas, periodísticas, filosóficas, literarias, personales. Predomina en ellos con rara autoridad la razón razonable, y los pilares que los sustentan —las firmas fijas, constantes que número a número mantienen en pie la revista— están firmemente anclados en el suelo movedizo y cambiante de lo que llaman —no me gusta pero se entiende— el mundo real.

Son diez años, ya, y esperamos que este producto benéfico que como la patata vino de América siga siendo muchos más uno de esos bares amables y relajados donde no llegan los gritos de los brutos y siempre se acaba bailando.