Philippe Sands: «Uno no debe imponer al lector sus emociones o sus conclusiones»

Philippe Sands

(English version here)

Philippe Sands (Londres, 1960) es escritor, profesor universitario y abogado especializado en litigios internacionales. En su haber figuran la guerra de Yugoslavia, el genocidio de Ruanda, las exacciones estadounidenses en Irak y Guantánamo, el juicio de Pinochet, el asesinato del primer ministro libanés Rafic Hariri, la persecución de los Rohingyas en Birmania y, en la actualidad, las disputas en torno al archipiélago de Chagos, entre otros casos notorios. Ha discutido con el presidente Bashar al-Ásad sobre los límites de su inmunidad como jefe de Estado y litigado contra Aung San Suu Kyi en La Haya. Philippe Sands negoció la creación de la Corte Penal Internacional y, no contento con lidiar con los cuatro delitos que constituyen la piedra angular del moderno derecho penal internacional (crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, genocidio y crimen de agresión), lleva varios años liderando los esfuerzos por sumar una quinta infracción al Estatuto de Roma: el ecocidio. 

Además de una larga lista de publicaciones académicas en el ámbito del derecho internacional, y de sus colaboraciones para The Financial Times, The Guardian y The New Yorker, es autor de varios ensayos, obras de teatro y novelas, incluidas Calle Este-Oeste y Ruta de Escape —ambas editadas por Anagrama. Es presidente de English PEN y vicepresidente del Hay Festival. Aprovechamos su paso por Ginebra para darnos cita en la Librería Albatros, una pequeña joya en pleno centro de la ciudad, a apenas cuatro minutos a pie de la tumba del maestro Borges. Rodrigo, el entrañable propietario, nos presta su estudio en la trastienda. El aire de un mundo caduco enrarece el ambiente. Ya no parece apropiado comenzar la entrevista hablando de la obsesión de Sands por los criminales nazis, o de su amistad con Javier Cercas o John Le Carré. Vivimos en una realidad distinta, que exige comienzos distintos.

¿Debería juzgarse al presidente Putin por crímenes internacionales? 

Precisamente he estado trabajando en eso. Hace un par de semanas el Financial Times me pidió una columna de opinión sobre algún tema jurídico vinculado a Ucrania y Rusia. De cierta forma esas cosas se escriben solas, así que simplemente me lancé a escribir. En un par de horas redacté un artículo proponiendo la creación de un tribunal penal especial para juzgar el crimen de agresión contra Ucrania. 

Las siguientes veinticuatro horas fueron una locura. Me llegaron literalmente cientos de mensajes de apoyo. Y de repente Gordon Brown se puso en contacto conmigo y me dijo: «Hagámoslo». De modo que he pasado los últimos diez días tratando de crear una. Creo que tal vez la idea funcione. 

Y después del artículo, firmaste un manifiesto para la creación de ese tribunal especial para el crimen de agresión contra Ucrania. Entre los firmantes se encontraban precisamente el ex primer ministro Gordon Brown, así como Benjamin Ferencz, exfiscal del Tribunal Militar de Nuremberg, y los escritores Paul Auster y Javier Cercas.  

Fue una congregación del mundo legal y el mundo literario, y una conexión con muchos de mis amigos.  

¿Cuál es la probabilidad de que este tribunal salga adelante? 

Si me hubieses hecho la pregunta el día en que publiqué mi artículo, habría dicho que cero. Una semana después habría dicho que diez porciento. Pero después de mi llamada de ayer con varios asesores jurídicos gubernamentales, diría que treinta o cuarenta porciento. Sin duda está subiendo. 

¿Y la probabilidad de que el presidente Putin acabé siendo realmente juzgado? 

Ese es otro tema. Una buena parte de los países con los que estamos hablando nos preguntan: «¿Qué pasa con la inmunidad de los jefes de Estado?». Mi respuesta es reconocer que se trata de un problema de verdad, pero no debería prejuzgar la cuestión de si se crea o no un órgano que llene el vacío existente por culpa de la ausencia de jurisdicción de la Corte Penal Internacional en este tema. Pero la cuestión tendrá que abordarse llegado el momento. 

El modelo en el que nos estamos basando es el de 1942: se trata de una delegación de las leyes penales ucranianas, que reproducen las leyes penales rusas. Sorprendentemente, ambos países reconocen en sus respectivas legislaciones penales internas los crímenes contra la paz (el crimen de agresión), tal y como existía en el Estatuto de Nuremberg. Porque, ¿adivinas quién lo puso en el Estatuto de Nuremberg? Los soviéticos. Aron Trainin, un prestigioso jurista soviético, fue el encargado de convencer a los británicos, los americanos y los franceses de que incluyesen ese crimen. Se trata de un punto de conexión bastante curioso, y en cierta medida irónico. 

Me gustaría que hablemos más delante de tu amistad con el escritor británico John Le Carré, que falleció hace menos de dos años. Pero antes, permíteme preguntarte un acertijo no irresoluble: ¿qué crees que habría pensado él acerca de los acontecimientos de las últimas semanas? ¿Habría temido una repetición de la Guerra Fría, o peor aún, de las guerras mundiales? 

Me parece que habría estado furioso con el actuar de Occidente, en el sentido de no haber reflexionado sobre las consecuencias de acercarse a Ucrania de una forma que claramente iba a molestar a Rusia. He visitado Ucrania una veintena de veces en los últimos doce años. Estuve en Kiev y en Lviv en octubre. Y siempre he pensado que Ucrania no debería estar en la OTAN. Es un país de transición. Mira al este, y mira al oeste. Se trata de una situación muy particular. Y creo que Le Carré habría estado de acuerdo en que Occidente no ha hecho bien las cosas y que, en cierta medida, lo que ha sucedido era previsible. Aunque eso no justifica en absoluto el horror y la barbarie del señor Putin. 

Pero una vez que se le hubiese pasado la rabia, a Le Carré le habría resultado familiar mucho de lo que está pasando. La hipocresía. Los dobles raseros. Las cosas que no son lo que parecen. Todo eso le habría transportado al mundo en el que creció en los años 1950.  

Hablando de hipocresía y dobles raseros: en Lawless World argumentaste que el gobierno de Bush, con el apoyo de Tony Blair en Reino Unido y de Aznar en España, contribuyó a socavar el derecho internacional. ¿En qué sentido fue diferente la invasión de Irak por parte de Occidente en 2003 de la invasión de Ucrania por parte de Putin? 

Mis opiniones sobre Irak fueron muy claras en su momento, y siguen estando claras a día de hoy. Fue ilegal. Me uní a quienes dijeron que aquello fue un acto de agresión. Y me parece que la gente tiene derecho a decir que hay un doble rasero en el hecho de promover la creación de un tribunal especial para uno y no para el otro. Pero, sinceramente, tendría que haberse hecho también para Irak. Y hay una cierta ironía en el hecho de que ahora mismo esté trabajando con ciertas personas que estuvieron implicadas en Irak. Da qué pensar. Pero dos errores no hacen un acierto. Irak fue un error. Ucrania es un error. Tal vez hace veinte años no pudimos imaginar la creación de un tribunal penal especial. Ahora mismo parece que las cosas han avanzado y que sí somos capaces de imaginarlo y hacer campaña al respecto. Ese es el poder de las palabras y las ideas —algo en lo que me siento inspirado por pensadores como Lemkin y Lauterpacht, quienes, tal y como escribí en Calle Este-Oeste, no se acurrucaron en un rincón a llorar. En vez de eso, reflexionaron sobre el poder del derecho, y el de las palabras, y gracias a ellos las nociones de genocidio y crímenes contra la humanidad forman parte ahora de nuestro vocabulario jurídico. 

La Corte Penal Internacional únicamente abrió sus puertas en 2003. El Estatuto de Roma se adoptó en 1998, pero no entró en vigor hasta 2002. Y en ese momento no tenía jurisdicción sobre el crimen de agresión. Por supuesto, lo que ha sucedido desde aquella fecha es precisamente que el crimen de agresión se ha codificado en los estatutos del tribunal. Aunque no de una forma que permita ejercer la jurisdicción en el caso de Ucrania. No hay jurisdicción sobre este caso. 

Pero por decirlo de forma palmaria, soy muy sensible a las preocupaciones de ciertos países, en particular en África, que se preguntan: «¿Por qué tanta atención repentina a la criminalidad, y a la ilegalidad, cuando hace veinte años vosotros hicisteis exactamente lo mismo?». El voto en la ONU de hace unos días fue muy interesante. La mitad de los países africanos se abstuvieron en el voto en la Asamblea General contra la invasión de Ucrania. Eso dice mucho. 

Sé que estamos en el ámbito de la especulación, ¿pero crees que el presidente Putin habría invadido Ucrania en 2022 si el presidente Bush no hubiese invadido Irak en 2003? 

[Putin] citó Irak en un discurso emitido por televisión. Bueno, citó un montón de cosas. Citó muchos principios jurídicos internacionales, incluido el supuesto genocidio que estaría teniendo lugar en el este de Ucrania. Una de las cosas que me pareció interesante es que se trata de un acto ilícito, pero que adopta el discurso de la ley para justificar lo injustificable. 

Irak le dio a Putin una justificación facilona. Una justificación errónea, en mi opinión, pero una justificación facilona. 

En Torture Team, uno de tus primeros libros, describes el rol de los abogados en sancionar las llamadas «técnicas de interrogatorio mejoradas», que tú, al igual que otros expertos internacionales, han considerado como una posible violación de la prohibición de la tortura bajo el derecho internacional, incluido los Convenios de Ginebra. Háblame de la génesis de este libro. 

Hasta aquel momento solo había escrito libros académicos. Me siento muy orgulloso de mis libros académicos, pese a que venden noventa copias, o ciento cincuenta copias, o seiscientas copias. Estaba feliz con todos esos libros. Pero luego, en 2003, fui a una cena en Londres con una amiga muy cercana, y que es precisamente la mujer que nos presentó a mi esposa y a mí. 

El padre de mi esposa, André Schiffrin, era editor, y uno de sus autores fue el historiador Eric Hobsbawn. Y la hija de Hobsbawn, Julia, es amiga nuestra. Y después de presentarme a mi esposa, me presentó a quien acabó convirtiéndose en mi editora en Penguin: Margaret Bluman. Me senté al lado de Margaret y bueno, ya sabes, tú mismo has tenido esta experiencia, la gente te pregunta a qué te dedicas y cuando les dices que eres abogado, hacen «Uf», y luego tú te justificas: «Bueno, en realidad el tipo de derecho que práctico es muy interesante, armas nucleares, bombardeos, asesinatos en masa, medio ambiente». A raíz de ahí nos pusimos a hablar sobre Irak y Margaret dijo: «¿Sabes qué? Creo que ahí hay un libro. Mándame una propuesta de diez páginas y si sabes escribir te lo publico en Penguin». 

Ese fue el primer paso hacia una audiencia más grande. Dediqué mucho tiempo a aquella propuesta. Le gustó y publicó Lawless World, y eso me abrió puertas completamente distintas. El libro vendió treinta o cuarenta mil ejemplares, y cuando has estado escribiendo libros académicos que venden seiscientas copias, es genial tener un público más amplio. Y creo que justo en ese momento empecé un nuevo proyecto, que consistía en abandonar el gueto del derecho internacional para escribir sobre derecho internacional para un público más amplio. 

Tanto Torture Team como Lawless World describen actos que podrían constituir crímenes internacionales. Sin embargo, a ningún miembro del gobierno de Bush se le exigió responsabilidad por la invasión de Irak, ni por las alegaciones de crímenes de guerra cometidos en lugares como Bagram en Afganistán, Abu Graib en Irak o Guantánamos en Cuba. 

No se les exigió responsabilidad jurídica, pero sí otras formas de responsabilidad. Tony Blair no puede salir de paseo por las calles de Londres. Eso es una forma de responsabilidad. Donald Rumsfeld nunca volvió a viajar fuera de Estados Unidos. George W. Bush tampoco viaja fuera de Estados Unidos. De modo que la responsabilidad es algo polifacético. No creo que la responsabilidad solo pueda reivindicarse en un tribunal. También tiene sentido en el juzgado de la opinión pública. La justicia funciona de forma muy compleja. 

La reputación de Tony Blair quedó destrozada tras Irak —y con toda la razón. Nunca se recuperará de eso. Siempre se le recordará por Irak, pese a que hizo muchas cosas buenas por el Reino Unido. Es trágico. Pudo haber asumido su responsabilidad y no lo hizo. 

¿Entonces crees que la creación de este tribunal especial para el crimen de agresión contra Ucrania podría llevar al presidente Putin a enfrentarse a una suerte de responsabilidad alternativa? 

Es posible. También creo que, tal y como ha mencionado alguna gente, este tribunal podría ser una especie de mensaje de parte de quienes fueron parte de la invasión de Irak. Una forma de admitir que no fue lo correcto y que se necesitan promover nuevas leyes. Así es como se desarrolla el derecho. Si uno vuelve la vista atrás a 1945, se da cuenta de que fue un gran salto adelante. ¿Quién sabe qué vaya a ocurrir ahora? En todo caso, hay mucha energía puesta en estos temas. Es muy interesante. 

Philippe Sands

Tú participaste en la creación de la Corte Penal Internacional (CPI). Lawless World empieza con una cita de Honoré de Balzac: «Las leyes son como las telas de araña, a través de las cuales pasan libremente las moscas grandes y quedan enredadas las pequeñas». ¿Es ese el problema de la CPI y, en general de la justicia internacional? 

Sí. Usé esa cita la primera vez que litigué en la Corte Internacional de Justicia, para mi primer caso, que trataba sobre la legalidad del uso de las armas nucleares. Creo recordar que la utilicé en las audiencias, y luego la retomé en el libro. La ley no debería ser así, pero por supuesto que la ley es así.

La semana pasada me ocurrió algo interesante. Estaba en una charla de Zoom con un grupo de quince antiguos jefes de Estado de Europa central, discutiendo esta idea del tribunal penal especial para Ucrania. Y uno de los participantes, expresidente de un pequeño país centroeuropeo, dijo: «¿Sabe lo que más me gusta de todo esto? Yo siempre había pensado que el derecho internacional era para la gente sencilla, para la gente pobre, para la gente sin poder, ¿no sería maravilloso si logramos usarlo para una de las personas más poderosas del mundo?». 

Creo que de eso se trata ahora. 

¿El presidente Putin es una gran mosca? 

Sí, de la clase más grande. 

No sé cómo se está sintiendo en estos momentos. Intento observar de forma muy atenta lo que ocurre y es muy interesante echar un vistazo a sus discursos y a las conversaciones con su círculo inmediato. Es evidente que hay personas en ese círculo inmediato que se sienten incómodas con lo que está ocurriendo. El lenguaje corporal es fascinante. Es evidente que hay disconformidad en las filas, y ansiedad, y preocupación. 

Se ha hablado incluso de una purga en la comunidad rusa de espionaje. De hecho, al leerlo pensé en ti y en Le Carré. 

Sí, hacia generales de los servicios de espionaje. Creo que las cosas acabarán solucionándose en Rusia. Será un tema interno. 

Bueno, olvidémonos de la actual guerra de Ucrania. Echemos un vistazo a Ucrania hace muchos años. Para ser más exactos, miremos al occidente del país, cerca de la frontera con Polonia, a una ciudad que conoces muy bien, llamada Lviv o Leópolis.  ¿Cuándo fuiste allí por primera vez, y por qué, y cómo te cambió la vida? 

Fui en octubre de 2010. En abril de 2010 recibí una invitación para impartir una conferencia en la ciudad de Lviv acerca de mis casos sobre genocidio y crímenes de lesa humanidad. Y acepté la invitación cuando entendí que Lviv y Leópolis eran la misma ciudad. Y la razón por la que quería ir a Leópolis era porque mi abuelo nació allí. 

Dediqué una parte del verano a preparar la conferencia y descubrí que los hombres que habían introducido las nociones de genocidio y crímenes de lesa humanidad en el derecho internacional venían ambos de la Universidad de Lviv, y la propia facultad no lo sabía. Me pareció milagroso y poético. 

En Calle Este-Oeste entretejes la vida de los juristas Lemkin y Lauterpacht, autores de las nociones de genocidio y crímenes de lesa humanidad, con la de Leon Buchholz, tu abuelo, y Hans Frank, un criminal de guerra nazi. 

He de decir que no fui a Lviv con la intención de escribir un libro. Fui y me llevé a mi madre, porque su padre había nacido allí, y también me llevé a mi hijo y a mi tía. Acabó siendo un viaje muy emotivo. Lviv es un lugar extraordinario. Muy hermoso. El casco antiguo no ha cambiado desde 1900 y hace volar la imaginación. Está exactamente igual que hace cien años.

Al regresar a Londres mi editor en Penguin de aquel entonces me preguntó por mi siguiente proyecto, después de Lawless World y Torture Team. Le di cinco ideas, una de las cuales era escribir un libro sobre este tema y me dijo: «Hazlo». 

De modo que me puse a escribirlo y más tarde, curiosamente, Penguin decidió no comprar el libro. En lugar de eso, el libro fue comprado por una magnífica editora de Nueva York, Victoria Wilson, de Alfred Knopf. Y trabajé con ella durante cinco años en cuatro versiones distintas del manuscrito. Había recopilado mucha información y encontrar la forma adecuada de presentar todo aquel material se volvió un auténtico desafío. Victoria es editora no solo de no ficción, sino también de ficción, y tiene unos escritores increíbles. Le doy todo el crédito en lo relativo a la estructura del libro, que creo que es lo que hace que funcione. 

Una estructura donde mezclas las historias de Lemkin y Lauterpacht con la de tu abuelo y la del nazi Hans Frank. 

Eso me pareció muy muy difícil. Primero, porque, como sabes, en nuestro mundo [jurídico] uno no escribe sobre sí mismo. A nadie le interesa tu historia familiar, de modo que no es algo sobre lo que hubiese escrito en Lawless World o Torture Team

De hecho, si uno echa un vistazo a mis libros, enseguida se da cuenta de que mi voz evoluciona. Está vagamente presente en Lawless World. En Torture Team empiezo a describir el papel que desempeño en investigar los temas que me interesaban. Y la voz más nítida aparece de lleno en Calle Este-Oeste. Y fue Vicky Wilson la que me dio la confianza de dar el salto entre Torture Team y Calle Este-Oeste, y hablar de forma explícita desde las páginas del libro e incluirme a mí mismo como un personaje. Aquello me resultó muy complejo, porque toda nuestra formación, en la clase, como profesor universitario, y en las audiencias, como letrado, se basa en no hablar de uno mismo. No te colocas a ti mismo en mitad de la historia. Así que aquello me resultó complejo. 

En un momento dado, cuando llevaba dos años y medio escribiendo la novela, le dije a mi agente, Gill Coleridge: «Esto se me está haciendo demasiado difícil, pero tengo una buena idea: hagamos dos libros, uno sobre mi familia y el otro sobre los abogados». Y ella dijo: «No, lo que distingue a este libro es la combinación de ambas historias». Por supuesto, tenía toda la razón, pero me pareció enormemente difícil. 

A Lemkin le obsesionaba la protección del grupo. El crimen de genocidio se centra en la intención de destruir, en todo o en parte, un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Lauterpacht, en cambio, se centró en los crímenes de lesa humanidad contra los individuos. Has dicho alguna vez que escogerías a Lemkin para irte de cervezas, pero que prefieres las ideas de Lauterpacht. ¿Me puedes explicar tu reticencia hacia el crimen de genocidio? 

La idea de Lauterpacht es que deberíamos enfocarnos en el bienestar del individuo y proteger al individuo, porque él/ella/ello es un ser humano consciente con una serie de derechos fundamentales. La idea de Lemkin es otra. Él creía que la gente acaba en el punto de mira no por lo que hace como individuo, sino por ser miembro de un grupo que es objeto de odio en un momento o lugar determinados. De modo que para proteger al individuo debes proteger al grupo al que pertenece. Comprendo perfectamente (y reconozco) la lógica de todo eso. 

La dificultad y el temor, en mi opinión, es que la idea de proteger al grupo refuerza la propia naturaleza de la identidad grupal, y refuerza el sentido de autoidentificación de un grupo y su odio hacia otro grupo distinto. Y de este modo, mi preocupación intelectual es que el concepto de genocidio alberga en su seno la semilla de las propias circunstancias que aspira a prevenir. 

Por otra parte, Calle Este-Oeste acaba conmigo reconociendo el poder de las ideas de Lemkin mientras me encuentro en una fosa común en un pueblo a las afueras de Lviv. Miro a una fosa común en la que descansan tres mil quinientos cuerpos, incluidos los restos de la familia de Lauterpacht y de la familia de mi abuelo, y siento un profundo sentido de conexión por formar parte de ese grupo. Así que, en cierta medida, se trata de la compleja relación entre el instinto y el intelecto, entre la mente y la emoción. Intelectualmente me sitúo al lado de Lauterpacht. Emocionalmente estoy con Lemkin. Creo que es algo que la mayoría de la gente puede entender. Está vinculado con las luchas internas que todos tenemos entre ideas y emociones. 

Me parece interesante que, sin la facultad de Derecho de esta ciudad ucraniana, posiblemente no tendríamos el crimen de genocidio o la noción de crímenes de lesa humanidad. Y sin duda no tendríamos una Corte Penal Internacional como la que existe hoy en día. 

Creo que se puede afirmar que la ciudad de Lviv es una cuna del moderno derecho penal internacional. Dos de los cuatro crímenes internacionales que existen en la actualidad tienen su origen en esta ciudad. Y son los dos que resuenan con más fuerza. Si echas un vistazo a los periódicos de cualquier lugar del mundo, verás que el centro de atención son los crímenes de lesa humanidad y el genocidio. El individuo y el grupo. La discusión no se centra en los crímenes de guerra o el crimen de agresión. Así que, curiosamente, Lviv se ha inculcado en nuestras conciencias, y en la imaginación pública, lo cual hace que lo que sucede actualmente en el contexto de la guerra de Ucrania resuene aún con más fuerza.  

Hablando de ciudades centroeuropeas: ¿has visto El Gran Hotel Budapest, la película de Wes Anderson? 

Sí. Soy un cinéfilo empedernido y me encanta esa película. Se supone que está basada en un libro de Joseph Roth titulado Hotel Savoy

Roth vivió en Lviv y he estado en sus casas. Vivió en varias casas en la calle Abbott Hoffman. Las he visitado todas y he tomado muchas fotos. Es una calle sublime. Y el hotel en el que siempre me quedo cuando visito Lviv es el George. Me hospedo allí precisamente porque me recuerda a Hotel Savoy. No hay cambiado ni un ápice en todo un siglo. 

Al parecer, otra de las influencias de Wes Anderson para rodar esta película fue El mundo de ayer, la famosa novela de Stefan Zweig. 

Sí, que es el libro que le regalo a todo el mundo. Es el libro que más cito para entender lo que está ocurriendo ahora mismo en Europa, en Ucrania y en nuestro engorroso mundo.

También mencionaste en una ocasión que ese libro de Zweig, y su «su sentido del momento y ciclo político», fueron una de las mayores influencias de Calle Este-Oeste. ¿Qué hace que El mundo de ayer sea tan único, y de que forma estimuló tu imaginación? 

No es solo el fondo de la novela. También es el estilo de la escritura. Yo no le había mencionado nada a Vicky, la editora, pero cuando llevaba más o menos tres años escribiendo empecé a sentir que las cosas iban encajando, y de repente ella me dijo: «El estilo del libro me recuerda a Zweig, que es uno de mis escritores favoritos».  De modo que lo discutimos. Lo que me encanta del estilo de Zweig es que saca las emociones de la prosa. Sencillamente se limita a contar una historia y deja que uno, como lector, se forme sus propias emociones. 

En sus textos de no ficción explica lo que sucede, pero no impone sobre el lector una respuesta emocional. Resulta bastante árido. Escribe con una gran nivel de control, y me encanta ese estilo. Una de las cosas que traté de hacer con Calle Este-Oeste fue no imponer mis emociones al lector y dejar que el propio lector se forme sus propias emociones y conclusiones intelectuales. Esto lo saqué directamente de Stefan Zweig. 

Philippe Sands

En Calle Este-Oeste citas un poema de Kipling, para quien los hombres y mujeres de buena voluntad deberían tener «permiso para vivir sin permiso de nadie, al amparo de la ley». Los principales personajes de tu libro contribuyeron a fortalecer el Estado de derecho. Hoy día se habla mucho de los peligros existenciales para nuestras democracias liberales. ¿Necesitamos más gente como Lauterpacht y Lemkin?

Por descontado. La historia no se repite a sí misma de manera exacta, pero saca mucho de su pasado, y lo que estamos viviendo en estos momentos nos recuerda mucho a los años 1930. Estamos presenciando el auge de los nacionalismos, de la xenofobia, del populismo y de los cuestionamientos a la idea de que los individuos y los grupos tienen derechos en relación al Estado soberano. Todo eso está siendo cuestionado una vez más y tenemos que esforzarnos por protegerlo. 

Tiendo a ser una persona bastante optimista. Lo que está ocurriendo en Ucrania con Rusia es terrible, pero mirando el lado positivo, es una llamada de atención. Creíamos que esto se había acabado en Europa y estamos dándonos cuenta de que no es así. Para la generación de mis hijos es un shock enorme. Pero también tiene un aspecto positivo, a saber: nos enseña que no debemos dar por sentado lo que tenemos. En el pasado, el pueblo luchó y sacrificó sus vidas para alcanzarlo. Y el pueblo volverá a luchar y sacrificar sus vidas en el futuro para conservarlo. Lo que está sucediendo nos ha sacado de nuestra complacencia en relación al rumbo hacia el que nos dirigíamos.  

Creo que lo que ha pasado en las últimas dos semanas es absolutamente dramático en términos de impacto político, social y cultural. No podemos ni siquiera empezar a imaginarnos cuál va a ser ese impacto. Pero será enorme y no todo será negativo. 

Estamos en Suiza y uno de los aspectos sorprendentes es que Suiza haya decidido unirse a las sanciones contra Rusia en lo que, según algunos, constituye un cambio en su política tradicional de neutralidad. Para este país parece un gran cambio de rumbo geopolítico. 

Un cambio inmenso. Y mira Alemania: cien mil millones de euros en rearme. Eso también es un cambio colosal. 

Me parece que es demasiado pronto para saber cómo van a darse las cosas y de que forma tendrá un impacto sobre nuestro mundo. Pero hemos aprendido que no podemos dar las cosas por sentado. En Europa lo hemos tenido demasiado fácil. 

Mientras investigabas Calle Este-Oeste conociste a Horst Wächter. Y luego escribiste un artículo sobre él en el Financial Times titulado «Mi padre, el buen nazi». Habláme de Horst y de tu relación con él. 

Bueno, en realidad la relación comienza con Niklas Frank. Mi verdadera amistad es con Niklas, que es el hijo de Hans Frank, un hombre al que ahorcaron en Nuremberg por el asesinato de cuatro millones de seres humanos. Escribió un libro titulado Der Vater [El Padre], que es una apasionada carta de odio de un hijo a su padre.

Conocí a Niklas porque quería saber más acerca de su padre. Un día me dijo: «¿Sabes qué, Philippe? Ya que te interesa Lviv, ¿querrías conocer al hijo del gobernador nazi? El hijo se llama Horst, y el gobernador se llamaba Otto». Y yo dije: «Sí, claro», y me llevó a conocerlo, creo que a finales del 2012. 

Me gustó mucho Horst, pero era muy distinto de Niklas. Me fascinan las dicotomías. Niklas que odia a su padre [nazi], Horst que adora a su padre [nazi]. Lauterpacht interesándose por los individuos, Lemkin interesándose por los grupos. 

Horst era completamente distinto de Niklas. Y lo complejo de Horst es que, a fin de cuentas, es un tipo encantador, pero lo que sale de su boca es a menudo horrible. Se trata de algo muy complejo. Al final he acabado entendiendo que Horst es una víctima de ese período. No era más que un niño, y desde entonces se ha pasado la vida batallando consigo mismo para rehacer el mundo en el que creció y reconstruir la ilusión según la cual fue una gran época. De modo que me gusta Horst en muchos sentidos, pero no me gusta lo que dice. 

Y la relación con estos dos personajes te llevó, a su vez, a grabar un documental con tu amigo David Evans, el director de Downton Abbey, llamado Mi legado nazi.  

En esencia, tal y como empiezas a ver, ocurre lo mismo que en la vida: abres una puerta y aparece una nueva oportunidad. Voy a Lviv y empiezo a escribir un libro sobre Lviv, luego conozco a Horst, luego escribo un artículo en el Financial Times y alguien me dice «Hagamos una peli sobre eso», y luego el documental se convierte en otro libro. Ruta de Escape no iba a ser un libro. solo se convirtió en un libro por el podcast de la BBC que surgió a raíz de la película. Una cosa llevó a la otra, y todo mi mundo se transformó por el mero hecho de aceptar una invitación para ir a Lviv en la primavera de 2010. Todo cambió. Es raro.

Por cierto, la invitación a ir a Lviv se originó en Suiza. Fui al Foro Económico Mundial en Davos y allí fue donde conocí a la joven abogada ucraniana de Lviv. Le pregunté: «¿De dónde eres?», y me respondió: «De Lviv», y yo dije: «¿Dónde está eso?» Nunca había oído hablar de Lviv. Y entonces me dijo: «Bueno, quizás lo conozcas por otro nombre: Lemberg o Leópolis», a lo que contesté: «¡Ah, sí, Leópolis! Mi abuelo nació allí». De modo que le dije que me encantaría visitar la ciudad y la casa donde nació mi abuelo. Ella fue la responsable de catalizar la invitación para ir a Lviv. Así que hay una conexión suiza en el meollo de la historia. Indirectamente puedo agradecer al organizador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, por Calle Este-Oeste

Y he ahí la ristra de coincidencias que nos llevan a tu último libro, Ruta de Escape, que ha sido comparado con una novela de espionaje. En realidad, es la historia increíblemente bien documentada de un destacado dirigente nazi: Otto von Wächter, el padre de Horst. ¿Puedes hablarme un poco de la historia de Otto? 

Conocí a Horst por primera vez en 2012 y quedé totalmente fascinado con el personaje. Se trata de un ser humano encantador, que vive en un Schloss de lo más descabellado, y sin un céntimo: está totalmente en quiebra. La primera vez que lo visité la temperatura dentro de la casa era de menos dos grados. No había calefacción. Empezamos a hablar y de repente me llevó a la planta de arriba del Schloss, donde tiene una biblioteca. Recorrí las estanterías y cogí un libro al azar, y resulta que era un regalo de cumpleaños de Heinrich Himmler a su padre, firmado: «Para el gobernador Otto von Wächter, con mis más afectuoso cariño por el buen trabajo que estás llevando a cabo, Henrich Himmler». Y me quedé en plan: «¡Joder!»

Pero una vez más, lo que ocurre es que ese incidente estimula mi imaginación. Me interesa ese tipo. Me interesa saber cómo fue su niñez. 

La forma en la que la vida transcurre es muy rara. Escribo un artículo en el Financial Times y eso me condice a realizar un documental. Y luego, mientras grabamos el documental, hay un momento en el que me encuentro entrevistando a Niklas Frank, y Niklas Frank describe a Horst en la cinta como una nueva clase de nazi. Cuando Horst lo ve, se disgusta mucho y me dice: «¿Cómo puedo probar que no soy un nazi?», que cuando lo piensas es una pregunta bastante interesante. Yo le respondí: «Bueno, no creo que seas un nazi, pero tienes todos esos documentos» —diez mil páginas, que en aquel entonces aún no había visto—. «¿Por qué no las donas a un museo? Los nazis no dan sus papeles familiares a museos judíos o museos del Holocausto». Y me respondió: «Es una gran idea». De modo que entregó toda una colección de papeles al Museo del Holocausto en Washington, y luego me preguntó: «¿Quieres una copia?», a lo que respondí. «Sí, claro». Recibí por correo una llave USB con diez mil páginas de documentos increíbles. Todos en alemán, un idioma que apenas hablo. Empecé a revisar los documentos y las fotografías, que resultaron ser un material de lo más inverosímil. 

Luego pasé por casualidad por la BBC y me reuní con el director de contenidos. Quería encargarme una serie en tres partes sobre el futuro del derecho internacional. Hablamos un rato sobre eso, hasta que me preguntó si andaba metido en alguna otra cosa interesante y le hablé de la llave USB, a lo que él respondió: «Eso sería un magnífico podcast». Así que acordamos que haríamos un podcast juntos. Aquello ocurrió a comienzos de 2016. Luego mi editor me dijo: «Vaya, si vas a hacer un podcast tienes que escribir un libro también». Pero primero vino el podcast y después el libro. El caso es que una cosa llevó a la otra de una manera muy curiosa. Pero el meollo de todo son los documentos que Horst me dio, algo de lo que sospecho que debe arrepentirse. 

Philippe Sands

Cuando leí Ruta de Escape me pregunté más de una vez si los documentos habían sido censurados por Charlotte [la madre de Horst].

Sin duda. Yo siempre digo que han sido deshuesados. Es como cuando le quitas las espinas al pescado. Probablemente revisó todos los documentos y se deshizo de los más incriminatorios. Faltan dos años de los diarios: 1939 y 1941 o 1942. Y no hay forma de saber si las cartas están completas, o si sus cuadernos están completos. Mi instinto me dice que no. Creo que los leyó con cuidado y quitó todo lo que era realmente malo. Pero no lo hizo de forma perfecta. Esa es la belleza de la falibilidad del espíritu humano: se dejó algunas cosas. Lo suficiente como para confirmar los horrores. Para confirmar que sabían lo que estaba pasando y apoyaron esos horrores. Todo eso queda claro al leer la correspondencia. 

Te han acusado de humanizar monstruos. 

No me importa en absoluto. Horst es humano. Otto es humano. Hans Frank es humano. Una de mis películas favoritas es El hundimiento, la biografía de los últimos días de Adolf Hitler. La razón por la cual es una gran película es precisamente porque lo humaniza. No son monstruos malvados. Son seres humanos que hicieron cosas malvadas. Pero también tienen su dosis de humanidad y decencia y capacidad de amar y generosidad. Esa es la realidad de estos seres humanos, y presentarlos simplemente como monstruos es un error. 

De hecho, has puesto en tela de juicio la noción de la banalidad del mal, popularizada por Hannah Arendt. 

Sí, porque la tesis de la banalidad del mal, del modo en que yo la entiendo, se basa en la idea de que el perpetrador no estaba pensando en realidad acerca de lo que estaba haciendo y carecía de voluntad. Yo creo que esta gente sabía exactamente lo que hacía y lo aceptó con los brazos abiertos. No hubo nada banal en las acciones de Otto Wächter. Era un creyente ferviente y absoluto, lo mismo que Adolf Eichmann. Ahora sabemos, gracias al libro de Bettina Stangneth, la psicóloga que recopiló la correspondencia de Eichmann de los años 1950, que él sabía exactamente lo que estaba haciendo y lo apoyó. La idea de que eran solo piezas de un gran engranaje no se sostiene. Eran participantes bien dispuestos y con pleno conocimiento de causa. No me trago la tesis de la banalidad del mal en relación a Eichmann, o Hans Frank, o Otto Wächter. No albergaban ninguna duda acerca de lo que estaban haciendo. Eligieron hacerlo. Querían hacerlo. Se puede decir que estaban comprometidos desde el punto de vista ideológico con lo que estaban haciendo, y que eran personas débiles llenas de ambición y ansias de prosperar. Y para ello estaban dispuestos a asesinar a millones. 

El verano pasado, estaba en la playa leyendo Ruta de Escape y un señor francés que atisbó la portada del libro se me acercó para decirme que le había parecido una hermosa historia de amor. Lograste un artefacto sorprendente: una novela de espionaje que es, a la vez, una historia de amor y un minucioso estudio sobre la condición humana: ¿fue un milagro literario accidental? ¿O ese era tu plan desde el principio? 

Era mi plan desde el principio porque, para mí, el personaje principal de la historia es Charlotte Wächter. Es sin duda el personaje más fascinante. Se trata de alguien inteligente, hermosa, apasionada, una campeona de esquí, una nazi y una auténtica creyente. Me parece un ser humano fascinante. Me fascina la idea de una esposa que se pasa tres años subiendo montañas por el amor hacia su marido, para salvarle. No hay duda de que es una historia de amor. 

De hecho, estoy muy contento porque una compañía alemana acaba de comprar los derechos de Ruta de Escape para convertirla en una serie de ocho episodios. Una de las cosas que me encanta de la productora alemana que lo compró es precisamente que veía a Charlotte Wächter como el personaje principal. 

¿Por qué es tan importante su figura? En todos los casos en los que trabajamos, y en los que trabajas tú, casi siempre se trata de actos de violencia perpetrados por hombres. De vez en cuando hay una mujer, pero es muy poco común. Sin embargo, detrás de cada uno de estos hombres hay a menudo una mujer. Y la mujer sabe lo que ocurre, participa, es cómplice y lo aprueba.

Si me preguntases cuál es el momento más importante en Ruta de Escape, diría que es la escena que se desarrolla el 15 de marzo de 1938, cuando Otto y Charlotte están en el balcón de la Heldenplatz junto a Adolf Hitler, y luego entran al edificio y bajan por las inmensas escaleras de mármol. Al llegar a la parte más baja de las escaleras, tal y como ella misma rememoró en sus diarios, Otto le dijo: «Querida, tengo que tomar una decisión: o sigo con mi lucrativa práctica jurídica, o acepto la oferta de Arthur Seyss-Inquart e ingreso en el gobierno [nazi] como secretario de Estado. ¿Qué crees que debería hacer?». Y en ese momento crucial, Charlotte, la esposa, la mujer, tiene la capacidad de empujar a la familia hacia la oscuridad para siempre o de salvar a la familia. Y ella escoge empujar a la familia hacia la oscuridad. Ella es quien dice: «Quiero el poder». Ella. 

Nunca pensé en la historia de esa forma. 

En fin, no sé. Yo tengo una pareja, tú tienes una pareja. Hablo con mi esposa sobre todas las decisiones importantes de mi vida. Y ella me ha salvado de más de un error. Por ejemplo, ella es quien me dijo que no debía representar a Augusto Pinochet. Si no hubiese estado casado con ella, muy posiblemente habría representado a Pinochet en 1998. Pero Natalia es medio española y en su familia representar a Augusto Pinochet es como defender a Francisco Franco

Pero también habías expresado tu opinión sobre la inmunidad de Augusto Pinochet antes de que te ofreciesen el caso, ¿no? 

Bueno, tenía que encontrar una razón para escabullirme. Pero sí, dije públicamente en la BBC que no pensaba que el señor Pinochet debiese tener inmunidad, porque sus presuntos actos implicaban crímenes internacionales. 

O sea, que aquello fue una excusa. 

Sí, de cierta forma. La verdadera razón fue el amor por Natalia, mi esposa. Mi esposa medio española. El abuelo de Natalia fue un soldado español que defendió Madrid al lado de los republicanos, y en 1938, cuando perdieron, emigró a Inglaterra como refugiado. Así que la izquierda española y la izquierda chilena son una parte importante de la vida familiar. La idea de que Philippe, el marido de Natalia, representase a Pinochet resultaba, digamos, problemática.

Otto von Wächter fue el abogado de Hitler. 

No, Hans Frank fue el abogado de Hitler. Pero Wächter se encargó de todos los casos nazis en Vienna. 

Así que era abogado. 

Sí, era un abogado que entró en la facultad de Derecho de la Universidad de Viena el mismo día que Hersch Lauterpacht. Fueron compañeros de clase. Y veinticinco años después Wächter supervisó la muerte de toda la familia de Lauterpacht. Y de la de mi abuelo. No es algo que habrías podido inventarte. La realidad es más extraña que la ficción.

Philippe Sands

Adonde quería llegar es al hecho de que muchos de tus personajes son abogados: los asesores jurídicos del gobierno de Bush en Torture Team, pero también Lemkin, Lauterpacht, Wächter… En cierto sentido, explica por qué tu amigo John Le Carré iba a tu casa con manuscritos bajo el brazo para pedirte que verificases la verosimilitud de sus abogados. 

Le Carré odiaba los abogados. En todas sus novelas hay algún abogado malévolo. Y mi trabajo con sus últimas ocho novelas fue verificar los personajes: ¿se les describía de forma acertada? ¿Hablaban como abogados? ¿Actuaban como abogados? Aquello requería leer los manuscritos. Porque aparecía por la puerta de casa… 

Erais vecinos. 

Sí, era nuestro vecino y nos veíamos mucho. En la calle, en el pub. Almorzábamos más o menos cada par de meses. Y aparecía por casa con manuscritos recién impresos y decía: «El procedimiento habitual», que era básicamente que yo tenía que leer cuatrocientas páginas impresas y encontrar las dos páginas donde aparecía un abogado. Porque no le gustaba poner post-its. Había que leérselo todo. Pero aquello acabó siendo espléndido para mí, porque aprendí a crear suspense. 

Del mejor. 

Del mejor. Literalmente el mejor del mundo. ¿Cómo hacer que el lector llegue al final de un capítulo y quiera seguir leyendo? Aprendí sus técnicas. 

Una de las cosas que me dijo fue que tenía un gran respeto por el lector. El lector es muy inteligente. Y el lector inteligente sabe que un buen escritor ha puesto todas las palabras, todas las comas y todas las frases por una razón. El buen lector, el lector inteligente, intenta averiguar por qué algo aparece al principio del libro, o en la página diez, o en la página treinta, e intenta adelantarse al escritor y deducir lo que el escritor está tratando de hacer. Para serte sincero, eso es exactamente lo que hago yo también. En las primeras cinco páginas de Calle Este-Oeste y de Ruta de Escape hay pistas de lo que sucede más adelante. Uno no se da cuenta mientras lo está leyendo, pero conforme avanzas a lo largo del libro empiezas a darte cuenta de por qué algo estaba donde estaba. Por ejemplo, ¿por qué incluí una referencia al amor de Wächter por la natación al comienzo de Ruta de Escape? Porque más adelante se vuelve un aspecto fundamental. Eso lo aprendí de Le Carré. Fue un maestro formidable. 

Por supuesto, le fascinaba la responsabilidad moral de los seres humanos. Su mayor preocupación eran los espías. Sobre todo el espía que llega a un cruce de caminos y tiene que tomar una decisión: hacer lo correcto o lo incorrecto. A mí me interesa lo mismo con respecto a los abogados. Esos abogados a los que se les pide hacer algo y se encuentran de repente en una encrucijada, preguntándose a sí mismos: «Hum, ¿qué debería hacer?». Pero hay un paralelismo absoluto con lo que aprendí de Le Carré sobre el dilema del protagonista decente que se encuentra en un encrucijada. Es algo que cualquier ser humano puede entender, porque cualquier ser humano lo ha vivido en mayor o menor medida. Forma parte de la condición humana: puedes hacer lo correcto o puedes hacer lo incorrecto. 

Le Carré aparece en Ruta de Escape. ¿Puedes hablarme de su papel en este libro? 

Aparece en Ruta de Escape porque, en un momento dado, mientras andaba leyendo los diarios de Otto Wächter, descubrí que Wächter se había tropezado con una historia de espionaje vinculada a la Guerra Fría. 

En 1949, Italia era un lugar a la vanguardia de la Guerra Fría. A los americanos les preocupaba mucho que Italia se volviese comunista. Descubrí materiales que me conmocionaron. Resulta que los americanos habían reclutado fascistas italianos, nazis, asesinos en masa y altos funcionarios del Vaticano como agentes, como espías en la lucha contra el comunismo. Quedé fascinado al toparme con aquel material. Yo no sabía nada sobre la Guerra Fría, pero tenía un vecino que sí. De modo que le llamé por teléfono y le dije: «Tengo un problema y necesito ayuda. Italia, la Guerra Fría, Austria, el reclutamiento de individuos de lo más despreciable». Él respondió: «Sí. Tráete unos cuantos documentos y unos pasteles. Preparo un té y lo hablamos con calma». Fui a su casa y la primera cosa que me confesó me pilló completamente desprevenido, me dijo: «Yo estuve allí. Estuve implicado. Recluté nazis». Y añadió: «Era una situación muy compleja desde el punto de vista moral, porque a mí me habían enseñado que los nazis eran el enemigo, lo peor de lo peor, y de pronto se volvieron nuestros amigos contra los comunistas». 

Con el tiempo he llegado a entender que una buena parte del énfasis de Le Carré en los dilemas morales y en el doble rasero de los servicios de inteligencia viene de este período de formación, cuando tenía diecinueve años en el ejército británico. 

En tus dos últimas obras te tropiezas con manuscritos desconocidos, archivos extraviados y antiguas bibliotecas. De vez en cuando me hizo pensar en Borges. No hay duda de que la investigación juega un papel primordial en tus novelas. ¿En qué medida el hecho de ser un académico de prestigio apuntala la clase de novelas que escribes? Al llegar al final de tus libros, resulta increíble ver la cantidad de tiempo que has dedicado a la investigación. 

Me pregunto si viene de mi faceta como académico o de mi trabajo como abogado en los tribunales. La cosa es que cuando estás frente a quince jueces de la Corte Internacional de Justicia, enseguida te das cuenta de que cualquier palabra que uses tiene que ser la precisa. Tienes que ser capaz de justificar cada palabra que articulas frente al juez. Creo que en estas historias increíbles [que he escrito], en la práctica estoy tratando a los lectores como si ellos fuesen los jueces. Hay paralelismos muy claros. En primer lugar, como dije antes, uno no debe imponer al lector sus emociones o sus conclusiones. Mi regla de oro como abogado frente a un tribunal es que nunca le digo al juez a qué conclusión debe llegar. Uno expone sus argumentos y trata de incitar al juez, a través de su defensa, a llegar a la conclusión a la que quieres que llegue. Pero en cuanto le dices: «Esto es lo que tienes que hacer», se acabó, porque ellos no quieren que tú les digas lo que tienen que hacer. Quieren llegar a la conclusión por sus propios medios. No quieren que tú, el abogado, les imponga la solución. ¡Ellos son los jueces, ellos tienen que llegar a la solución! 

Creo que es lo mismo que ocurre con los lectores. Y esa estrategia, ese acto de defensa —porque estos libros, y la escritura, son un acto de defensa— se basan en la premisa de que el juez, el lector, alberga una confianza ciega en lo que está leyendo. En cuanto tengan la más mínima duda sobre la exactitud, la imparcialidad o la legitimidad de tu posición, te arriesgas a perderlos. Me parece que ese es el punto de conexión [entre mi trabajo como abogado y mi literatura]. Las notas al final de las novelas están ahí para reforzar en el lector exactamente aquello que has estado articulando. Lo dota de autoridad y autenticidad, y diría que le da más fuerza. Pero los libros no dejan de ser un acto de defensa. En cierto sentido, Ruta de Escape es un juicio contra Otto Wächter. El juicio que nunca tuvo en un tribunal. 

Philippe Sands

Otro escritor muy conocido no solo por su incomparable destreza literaria, sino también por sus investigaciones minuciosas, es precisamente tu amigo Javier Cercas, que tiene su propio cameo en Ruta de Escape. ¿Puedes contarme como os conocisteis? 

Te contaré exactamente cómo nos conocimos. Es muy vergonzoso [risas]. Muy humillante para mí.

Después de que Calle Este-Oeste apareciese en francés, me invitaron a dar una conferencia en Lyon, en la Villa Gillet, que es un festival literario muy conocido. Soy abogado, de modo que todo se hace en el último minuto. Cuando vas a una audiencia,  también te preparas en el último minuto. Estaba en el tren de París a Lyon y de repente me doy cuenta que me han puesto en el panel con un escritor español del que jamás había oído hablar [risas]. Me pareció tan vergonzoso. Nunca había oído acerca de ese tal Javier Cercas, ¿te lo puedes creer? 

Así que llego, voy a la charla y él es el primero en tomar la palabra. Resulta que él si se había leído Calle Este-Oeste y empezó a hablar sobre la novela. Enseguida pienso: «Ay, Dios, este tipo es muy inteligente e interesante. Se ha leído mi libro con un ojo clínico». Por supuesto, como yo no me había leído nada de él, el panel acabó siendo un poco… digamos… complejo. En fin, el caso es que después fuimos a cenar y me encantó estar con él. Pensé que era cálido, e inteligente, y divertido, y pasamos una velada increíble hasta bien entrada la noche. Al volver a Londres el día siguiente compré todos los libros de Javier Cercas que pude encontrar. Todos y cada uno de ellos. Empecé con Soldados de Salamina, y después leí cada uno de los libros publicados en inglés o francés. Me encantaron. Ahora es uno de mis escritores favoritos. Hay matices en cada una de sus frases. 

Creo que la razón por la que me encantaron fue porque su estilo de escritura y sus temáticas resonaban mucho conmigo. Me sedujo la complejidad con que echaba mano de una historia real y convertía una parte minúscula de aquella historia en una novela. Como lector, uno no sabía qué era real y qué era ficción. 

También desempeñó un papel importante en Ruta de Escape

Sí, en efecto. Nos hicimos buenos amigos y un día le conté lo del libro de Wächter que estaba escribiendo. Debí haberle dicho algo así como: «Tengo un problema, porque quiero visitar la habitación donde murió Wächter en Roma, en el Hospital del Santo Spirito, pero no conseguí que me dieran permiso». 

Un día Javier me llama y me dice: «Me marcho a Roma. El papa me ha invitado a impartir una conferencia sobre literatura y fe». 

Lo cual tiene su gracia, porque no es muy creyente que digamos. 

No es creyente en absoluto. 

Lo sé. 

Pero su madre sí [risas]. En fin, el caso es que le dije: «Si acabas conociendo a alguien, ¿podrías preguntarle si me dejarían entrar en el Santo Spirito?» 

Hasta que llega junio de 2019. Me encuentro haciendo senderismo por las montañas con mi hija de diecinueve años. No tenemos internet ni señal de teléfono, nada, durante dieciocho horas, el tiempo de cruzar una cordillera a tres mil metros de altitud. Cuando llegamos al otro lado me encuentro con que en mi teléfono hay un montón de mensajes de Javier. Finalmente los escucho y dice más o menos: «Estoy en Roma. Impartí mi charla. Conocí a alguien que quiere verte. Tienes que venir mañana por la mañana a Roma. Estaré allí para acompañarte».

Así que viajé a Roma directamente desde Bolzano y visité el Santo Spirito. Pero antes de ir al Santo Spirito, un obispo nos preguntó: «¿Les gustaría ir a ustedes dos solos a ver la Capilla Sixtina?». Así que fuimos. Lo cuento en el libro. 

Pero no mencionas su nombre en el libro, ¿cierto?

No, no menciono su nombre. 

Pero aquel día, a las siete y media de la mañana, estuvimos los dos completamente solos en la Capilla Sixtina. Me senté ahí un momento y Javier dijo que quería venir conmigo al Santo Spirito, así que le pregunté por qué le interesaba tanto Wächter, y me respondió: «Porque es más importante entender al verdugo que a la víctima». 

Que es la frase que encabeza la novela. 

Sí, y la última parte del libro también es él. Así que puede decirse que enmarca el libro. Le estoy enormemente agradecido. 

Cercas también es conocido por sus novelas de no ficción. Igual que tú. Aunque vuestros estilos son muy distintos, ambos parecéis ser maestros del género. Y pese a que diría que ya has respondido a esta pregunta, me gustaría planteártela de todas formas: ¿es la realidad más cautivadora que la ficción? 

Puede serlo. La realidad es más extraña que la ficción. Un famoso historiador inglés que reseñó Calle Este-Oeste escribió en su reseña: «Si esto fuese una novela de ficción, los lectores no lo creerían posible». Me parece que eso indica que, en algunas ocasiones, los hechos pueden ser más extraños que la realidad. Pero me parece que ambos se retroalimentan. Soy un gran lector y leo mucha ficción, y lo que me encanta de la ficción es que estimula tu imaginación. A veces de una forma que resulta imposible para la no ficción. Así que creo que uno debe leer ficción. Es realmente importante. 

Y volviendo a la realidad: hablemos un momento del medio ambiente y el calentamiento global. Para ser más exactos, de tus esfuerzos por introducir el crimen de ecocidio en la lista de crímenes internacionales. ¿Es el calentamiento global el mayor drama de nuestros días? 

Hay muchos dramas en curso: la guerra, el coronavirus… Pero, en mi opinión, lo que se avecina en términos de calentamiento global eclipsará a todos los otros desafíos a los que nos enfrentamos. Esa es la razón por la cual, inspirado por Lauterpacht y Lemkin, respondí positivamente a la propuesta de unirme a los esfuerzos por abordar esta problemática desde la perspectiva del derecho. Lo vi como un homenaje a mis hijos, pero también a Lauterpacht y a Lemkin, y a lo que ellos consiguieron en 1945. Ambos son modelos a seguir en lo relativo a nuestra responsabilidad como abogados. No solo debemos centrarnos en cumplir con nuestro trabajo, ni pensar en ganar un montón de dinero, sino que tenemos que esforzarnos por mejorar el mundo. 

Ya hemos discutido algunos de los problemas de la Corte Penal Internacional. ¿Cambiará algo el hecho de introducir el crimen de ecocidio [en el Estatuto de Roma]? E incluso si lo consigues, ¿no será demasiado tarde? 

No, en absoluto. Todo lo que hago se basa en dos cosas: conciencia y esperanza. No pienso ni por un momento que el hecho de introducir el crimen de ecocidio vaya a cambiarlo todo de repente, pero contribuirá a un cambio de conciencia, del mismo modo que acuñar los conceptos de crímenes de lesa humanidad y genocidio nos hizo pensar de otra forma sobre el poder del Estado sobre el individuo y el grupo. En mi opinión, el poder del derecho no solo se manifiesta a través de los tribunales o los códigos, sino también a través de un cambio en la conciencia humana. Abre nuestra imaginación y crea un sentido de esperanza. Eso es lo que el derecho puede lograr. 

Claramente tienes dos pasiones: el derecho internacional y la literatura. 

Y mi esposa. 

Y tu esposa. De acuerdo, tres pasiones. Pero centrémonos en las otras dos. Si tuvieses que abandonar una de ellas: ¿cuál sería? 

El derecho. Aunque, he aquí el problema —porque a veces me gustaría abandonar el derecho, pero no puedo—, mi amigo Hisham Matar dice que nunca debo renunciar al derecho, porque, según él, el derecho me nutre, y si renuncio al derecho, todo lo demás cesará.

Philippe Sands


¿Puede Colombia aceptar un presidente de izquierdas? (y 2)

colombia Gustavo Petro
Gustavo Petro en su restitución como alcalde de Bogotá. Foto: Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

Juan Carlos Iragorri, director de El Wapo —el podcast en español del Washington Post— disecciona el contexto de las elecciones de 2022 en Colombia y lo que se puede esperar del que sería el primer presidente de izquierda del país, Gustavo Petro.

«Los colombianos no son más violentos que el resto de los seres humanos»

Gustavo Petro, exalcalde de Bogotá y principal precandidato de la izquierda a las elecciones presidenciales de mayo en Colombia, es una incógnita. Si cumpliera lo que anuncia en sus discursos, se acercaría a la radicalidad que tanto temen los sectores conservadores, moderados y empresariales del país. Si, por el contrario, imitara el modelo seguido por el nuevo presidente chileno, Gabriel Boric —más moderado al acceder al cargo que durante la campaña— su gobierno se centraría en un cambio de régimen que luchara contra la corrupción y alejado del modelo bolivariano, sombra que le persigue desde que se postulara a la presidencia al dejar la alcaldía de Bogotá. 

Mucho tendrá que ver lo que ocurra en la primera vuelta. Para entender las posibilidades y lo que se cuece en el espectro político alejado de la izquierda, el periodista colombiano afincado en España Juan Carlos Iragorri analiza a los candidatos, las coaliciones electorales y, lo que es más ajeno al lector europeo, los insondables que han dado forma al país, a su terrible impunidad y la enorme complejidad que la caracteriza hoy. 

La difícil tesitura del centro en Colombia

Además del mentado Pacto Histórico de la izquierda, la coalición que lidera Gustavo Petro, en el centro del espectro político «tenemos la Coalición de La Esperanza con una serie de candidatos centristas como Sergio Fajardo, Alejandro Gaviria o Humberto de la Calle como cabeza de lista al Senado». A este grupo se unió temporalmente la célebre Íngrid Betancourt, la política que estuvo secuestrada por las FARC durante más de seis años en la selva colombiana.

Acotación: las elecciones presidenciales en Colombia se organizan en torno a coaliciones que celebran algo parecido a primarias entre ellas. Varios candidatos se reúnen y acuerdan que su ganador será el candidato de todos ellos a una primera ronda de votación por la presidencia de la república. Si en esa primera ronda un candidato supera el 50 % del voto emitido, se le declara ganador. Si no fuera así, se celebra una segunda ronda con los dos más votados. El 29 de mayo se celebrará la primera vuelta y el 19 de junio la segunda, en caso de ser necesaria. El 7 de agosto tomará posesión el nuevo presidente.

El centro se presenta como la promesa de despolarización. Especialmente a través de Sergio Fajardo, un reconocido profesor universitario de matemáticas que sorprendió a la sociedad antioqueña y colombiana con sus triunfos como alcalde de Medellín y, posteriormente, como gobernador del departamento de Antioquia, cuya capital es Medellín. Antioquia es la patria del Pablo Escobar real y de las series de ficción, pero conviene que sea vista por el lector europeo como una especie de Cataluña española o Baviera alemana en cuanto a identidad propia dentro del país, incluido el orgullo por su eficiencia y tejido industrial.

Fajardo alcanzó renombre internacional por lograr importantes éxitos de cambio en esa Medellín condenada —otra fatalidad— a no ser la ciudad de grandes industriales, sino el símbolo del comercio mundial de cocaína. Obseso por la educación como fuente de cambio, fue un outsider del sistema político colombiano que rompió con los métodos de las campañas de los partidos tradicionales (es decir, la compra de votos y los sistemas de reparto de contratos públicos como compensación por favores electorales). Cuando intentó ser presidente en la elección que consagró a Iván Duque Márquez, renunció a llegar a acuerdos que él consideraba contrarios a su filosofía política y, al no llegar a la segunda vuelta, se opuso a apoyar a ninguno de los dos candidatos: elegir a Petro frente a Duque y viceversa era para él alimentar el frentismo de la política colombiana e incumplir su promesa de hacer una política distinta. Fajardo quedó desprestigiado ante el electorado que rechaza el legado de Álvaro Uribe y quedó etiquetado como tibio.

Alejandro Gaviria ha sido rector de la Universidad de los Andes —la principal universidad privada del país— y fue ministro de Salud durante la presidencia de Juan Manuel Santos. Como Fajardo, otro intelectual considerado sereno y representante de una política de hombres ilustrados que busca explorar una tercera vía frente a la polarización. Con ellos, Humberto de la Calle, como candidato al Senado, con una extensa trayectoria de servicio público y, en particular, como jefe negociador del Estado frente a las FARC y, seguramente, con su prestigio intacto.

La contradicción es que estos personajes representantes de la virtud teórica, el alejamiento de extremos o la areté de Aristóteles, si se nos permite el término en honor a la ciudad de Bogotá que fue considerada de toda la vida la Atenas de América, han resultado un conjunto de egos incapaces de mantener cohesión interna y de sostener una estrategia común: en un debate público organizado por las publicaciones El Tiempo y Semana —el diario y la revista de mayor circulación en el país, respectivamente—, Íngrid Betancourt atacó duramente la actuación política de Alejandro Gaviria generando un intercambio agrio de reproches… con un Fajardo de espectador que no pareció asumir el liderazgo del grupo. Íngrid Betancourt se ha retirado de la coalición y ha decidido concurrir por su cuenta. No se la espera en la gran final.

Pero es Sergio Fajardo el que con más ahínco insiste en la necesidad de una nueva conversación en Colombia que supere la polarización vinculada a los viejos presidentes. Y hablar de los viejos expresidentes es hablar de la interminable enemistad entre Álvaro Uribe y su exministro de Defensa y sucesor designado, Juan Manuel Santos, hoy premio nobel de la paz. Entre el hombre que, herido por la muerte de su padre en una acción guerrillera, se levantó y simbolizó la lucha frente el acoso y crímenes guerrilleros, y el que apostó por cerrar un acuerdo que fuera definitivo con la mayor guerrilla de América Latina, las FARC.

El grado de persistencia del legado de Álvaro Uribe

«Los expresidentes en Colombia han tenido siempre mucha influencia y mucho poder. A pesar de que alguno de ellos decía que son como muebles viejos. Pero no es verdad: sigue opinando Álvaro Uribe y está políticamente activo; Andrés Pastrana opina permanentemente; Ernesto Samper opina también, Juan Manuel Santos dice que no opina, pero opina… Yo creo que la gente se ha aburrido, porque se dice: “¿por qué no dejan gobernar a los nuevos?”».

«La impresión que uno tiene, viendo las encuestas, es que es muy difícil que un candidato de Uribe gane las elecciones», explica Iragorri. Parece que la agenda de la elección es otra que las prioridades clásicas del uribismo: «El tema que más preocupa a los colombianos es la corrupción, seguido por el empleo y posteriormente por la educación, la seguridad y hasta la paz incluso. Hay países más corruptos que Colombia, pero en Colombia hay corrupción; hay un problema de empleo a pesar de que el gobierno muestra cifras que no son malas, pero es un país que tiene un 50 % como mínimo de tasa de informalidad, gente que no tiene un trabajo normal». No tener un trabajo normal implica no hacer aportes para una pensión ni garantías laborales y que se tiene que salir, cada mañana, para conseguir dinero para comer y dar de cenar a los hijos en la noche practicando lo que se llama el rebusque: «salir», por ejemplo, «a vender zumos de naranja en una esquina».

Es, por tanto, una situación compleja, «porque la gente quiere que los que estaban ahí se vayan para que no sigan con las viejas y malas prácticas». Y en ello inciden los críticos al gobierno actual, ya en fase final, y que ha tenido que soportar oleadas de protestas de gran descontento: «Aunque las cifras de empleo que muestra actualmente son buenas, el Gobierno no tiene mucha popularidad, tampoco la tiene el presidente Iván Duque y Uribe es impopular a pesar de que en su momento fue el presidente más popular del mundo». Por tanto, «uno pensaría que no va a ganar el candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga».

Con Óscar Iván Zuluaga, echamos la mirada a la derecha. Por un lado, tenemos lo que puede decirse que es una derecha aislada, la que representa Zuluaga en nombre del Centro Democrático. A pesar de su nombre, nadie ubica este partido en el centro. El Centro Democrático se creó a la medida de Álvaro Uribe tras su desencuentro con Juan Manuel Santos y al elegir a Iván Duque como candidato, como ahora hace con Zuluaga, lo que aspira es a defender la agenda, dura para muchos, de lo que representó Uribe en su lucha contra la guerrilla. El lema del partido es Mano firme, corazón grande: una mezcla de dureza para enfrentarse militarmente al terrorismo y ofrecer la reinserción generosa al combatiente. Hay quienes dicen que lo que Uribe hubiera firmado con las FARC no diferiría tanto de lo firmado. Nunca se podrá comprobar. Zuluaga fue ministro de Hacienda de Álvaro Uribe y candidato a las elecciones de 2014, que perdió en medio de escándalos de escuchas ilegales.

La otra derecha es la coalición conocida como Equipo por Colombia (sí, con tintes futbolísticos) que se apoya en el hecho de que sus miembros más representativos son exalcaldes y cargos electos que defienden su experiencia en asuntos públicos como garantía de buen gobierno. En esta coalición, los nombres importantes son los de Federico Fico Gutiérrez, exalcalde de Medellín (para muchos, el verdadero candidato de Uribe); Alejandro Char, exalcalde de Barranquilla y representante de una de las familias más poderosas de Colombia, que se dice controla las grandes contrataciones públicas y presunto paradigma de la compra de votos, y David Bargil, candidato del viejo Partido Conservador. Fico Gutiérrez es el hombre a batir.

Las matemáticas electorales

«Si esta coalición, Equipo por Colombia, elige un candidato más bien moderado (Gutiérrez es cercano a Uribe, pero no es uribista), podría ser el candidato que en una segunda vuelta pudiera recibir el apoyo del uribismo y, creo yo, podría ganar las elecciones». No es fácil. «El 13 de marzo se celebran las consultas de cada una de las coaliciones. Esa gran cantidad de candidatos que hay hoy quedarán eliminados. La gran pregunta es, tras consultas y primera vuelta, quién va a pasar a segunda vuelta. Uribe no tendrá tanto impacto aquí, pero es importante, porque él puede movilizar electorado para apoyar un candidato de derecha moderada o del centro. Si ese candidato se enfrenta a Petro, el apoyo de Uribe será decisivo para él».

Lo es por una doble vía que señala Iragorri: «Como dicen los franceses, en la primera vuelta se vota a favor de, pero en la segunda se vota en contra de. Así que puede que pase Petro pero, ¿con quién pasa Petro? Si Petro pasa con un candidato muy a la derecha, entonces sería probable que Petro ganara, porque mucha gente de centro se iría con él. Pero si pasa con el candidato de centro, por ejemplo Fajardo, todo el centro derecha y la derecha terminarían votando por el de centro y yo creo que ahí el de centro podría ganar las elecciones».

Por tanto, dado el rechazo actual a lo que representa Uribe, «para Petro lo ideal sería pasar con un candidato de derecha, porque creo que le quedaría más difícil ganarle al centro. Ahora: tampoco es que esté seguro de que Petro pase. Según las encuestas, todo apunta a que Petro sí lo hará (más o menos el 30 % de apoyo), pero como en política una semana es una eternidad, no sabemos qué va a ocurrir».

La paz en la otra esquina

El tercer tema de la elección, tras saber si la izquierda gobernaría con normalidad, o si la sombra de Uribe determina el ganador, es qué hacer con un proceso de paz inconcluso tal y como se definió y sin consenso social pleno. Le increpo directamente a Iragorri y le digo: «Profesor, ¿qué ha salido bien y qué ha salido mal del proceso de paz?».

«Como suele ocurrir», e Iragorri lo presenta como un mal digamos que universal sobre las percepciones entre países, «la comunidad internacional no entiende muy bien lo que pasa en Colombia». Un ejemplo para entender las diferencias de criterio entre expectativas exteriores e interiores: Íngrid Betancourt se lanzó a la presidencia, «y la noticia salió en muchísimos periódicos de todo el mundo, el Washington Post, El País de Madrid, pero la gente no es consciente de que Íngrid Betancourt genera un rechazo en gran parte de la población colombiana porque en un momento dado, tras salir libre del drama incomparable de su secuestro, después de que el Estado la rescató, ella dijo que quería demandar al Estado colombiano». Obviamente, no gustó. Este comentarista ha visto cómo las críticas de la señora Betancourt a diversas circunstancias de la vida política colombiana se saludan con desprecio por el mero hecho de residir mucho tiempo en Francia.

Puede suceder lo mismo con la comprensión de por qué el no al tratado fue lo que ganó en el plebiscito que tenía que sancionar una nueva era para Colombia: «Ganó el no porque hay que ponerse en los zapatos de muchos colombianos. Es normal, y uno es partidario de eso, el que a unos señores que están pegando tiros y secuestrando gente se les ofrezcan cosas para que dejen de secuestrar y de disparar. Seguramente se les pueden dar unos beneficios carcelarios o penas alternativas para que entreguen las armas… que fue lo que pasó. Eso es comprensible. Lo que ocurre es que, en el caso de Colombia, entregaron las armas pero no se ha resarcido a las víctimas, no se han vendido los bienes, ni han entregado bienes con valores muy altos para pagarles en dinero indemnizaciones a los familiares de las víctimas».

La enumeración de dudas es más amplia. El acuerdo de paz establece un mecanismo de justicia transicional (en realidad, una excepción a las leyes normales que conlleva penas livianas, sometido a determinadas condiciones de veracidad y no reincidencia) por el que están pasando los dirigentes de las FARC. «Han confesado algunos delitos, no ha habido ninguna condena hasta ahora, pero muchos de estos señores están libres, viven en su casa en Bogotá y, fuera de eso, están en el Senado de la República». La reflexión de Iragorri asume que «el caso de Colombia es singular, pero si en España le hubieran dicho a un español que a los señores de ETA se les hubiera podido ofrecer que se quedaran a vivir en Bilbao el resto de la vida en su casa, que no entregaran ningún dinero para resarcir a ninguna víctima, que podrían tener algunas garantías para trabajar y que fuera de eso les dan unos escaños en el Congreso de los Diputados, los españoles hubieran dicho que no. Dirán que es distinto, pero no es tan distinto en mi opinión».

Iragorri se detiene en pensar qué se puede hacer con lo que parecen platos rotos. «El gran drama en Colombia es que mucha gente aún no entiende que ya no se puede volver atrás y quizás es preferible que los de las FARC hagan política como están haciendo —además, sin éxito, porque no tienen realmente apoyo popular— a que estén secuestrando y matando gente». Si damos por buena esa idea de la justicia poética, puede decirse que sí: décadas de guerra de guerrillas, crímenes de todo tipo, pero siempre en el nombre del pueblo (las FARC se presentaban así, como ejército del pueblo) para que el día en que te pueden elegir sin coacción no te vote nadie. Nadie en términos estadísticos, claro está: la suma del total de votos de las FARC en 2018 no llegó a los noventa mil sumados los de la Cámara y el Senado (en un país de cincuenta millones de habitantes) y no hubieran bastado para obtener un escaño con las reglas normales en ninguna de las cámaras.

«En ese sentido, yo creo que ha salido bien el hecho de que muchos excombatientes de las FARC y muchos líderes de las FARC se vincularon a la vida civil y no han vuelto a apelar a la violencia y no han vuelto a delinquir. Como era previsible, un porcentaje de ellos siguieron delinquiendo y matando gente, pero en términos generales, está bien, no hay los niveles de violencia que había antes». El relato del fracaso tiene que ver con que no se le ha vencido a la violencia: «¿Qué ha salido mal? Que muchos excombatientes han sido asesinados, gente que dejó las armas; ha habido centenares de líderes sociales asesinados, gente que está en distintas zonas del país sin protección… ¿Por qué los matan? Hombre, porque hay venganzas, a veces porque sigue habiendo narcotráfico… Establecerlo es muy difícil, pero lo cierto es que eso no debería estar ocurriendo».

Hay más. «Se esperaba una reducción más drástica de cultivos de coca. Que los señores de las FARC entregaran lo que se llaman las rutas, que dijeran por dónde sacan la cocaína, porque ellos cuidaban los cultivos. Colombia sigue siendo el mayor productor de cocaína del mundo». Finalmente, «los colombianos sienten que la situación puede ser menos grave, pero con las muertes de los líderes sociales y con el aumento de la delincuencia (acentuado por supuesto por la pandemia) como que no les parece que haya salido tan bien como todo el mundo habría pensado». Termina Iragorri algo melancólico: «Naturalmente, no era fácil pensar que se iba a resolver todo».

Dolor, impunidad y reconciliación

Desde los confines de ese paisaje colombiano de selva, montaña y vacíos, en las poblaciones alejadas de los grandes centros urbanos, cada semana la prensa efectúa el recuento del último líder social asesinado. Activistas de poblaciones indígenas, militantes ecologistas, sindicalistas, pequeños traficantes… no hay semana que no aparezca la crónica de un nuevo crimen. Peor aún, se hace el conteo de masacres (tres o más muertos) que parecen sucederse cada vez con más velocidad tras el fogonazo de esperanza de la retirada de las FARC.

Si toda familia española alberga y reproduce dentro de sí el relato de qué le pasó al abuelo o la abuela, a tal tío o tal primo durante la guerra civil, no hay familia colombiana que no tenga el relato, aunque cueste narrarlo al desconocido, de una situación difícil, de un muerto, de un secuestro, de un horror. Sea por el conflicto entre guerrillas y paramilitares, o sea por el impacto del tráfico de estupefacientes en la creación de redes de sicariato y violencia criminal. El padre de Juan Carlos Iragorri también fue asesinado y aún no se tiene claridad de quién lo asesinó ni por qué.

«Mi padre era un bacteriólogo eminente que por hacer negocios se arruinó hasta el punto de que nos embargaron los muebles de la sala cuando era niño. Era un tipo apasionante, un hombre de una gran cultura. Cuando yo tenía dieciocho años, el 20 de diciembre del 79, lo asesinaron en una calle en Bogotá». Iragorri lo relata con la misma serenidad y precisión de sus reportes y comentarios sobre la actualidad latinoamericana. «Yo asumo, por las averiguaciones que hemos hecho, que trató de destapar un caso de corrupción en el organismo estatal donde trabajaba, y me imagino que lo mataron por eso. No sé quién mató a mi papá y hace cuarenta y tantos años de eso». 

El origen de mi pregunta y de los paralelismos con la Guerra Civil española se centraba en la expectativa del fin de la violencia como pilar subyacente de la vida pública y privada colombiana, especialmente tras estas elecciones en las que todo el mundo cree que algo debería cambiar. De si es posible la llegada de un momento de paz, piedad y perdón. Iragorri me hace el mayor énfasis de toda la conversación al llegar aquí: «Uno de los principales problemas que hay en Colombia es la impunidad». La implosión de la palabra impunidad se siente en la vibración de los altavoces. «Los colombianos», frente al tópico tan común que cualquiera puede contrastar en la imaginería audiovisual y en las conversaciones mundanas fuera de allá, «no son más violentos que el resto de los seres humanos, eso es mentira». «Uno trae a un colombiano a Madrid, a Barcelona, o lo lleva a Boston o a Estocolmo, y en términos generales son grandes ciudadanos: no cruzan las calles fuera de los pasos de cebra, nunca le tiran el coche encima a una persona, no se les ocurre sacar un cuchillo, ni mucho menos matar a alguien y, en general, no se les ocurre robar».

De modo más claro: «El problema de Colombia es que, como hay impunidad, la gente hace lo que le da la gana y fue lo que pasó con mi papá. Y es lo que pasa hoy día: si cualquier persona que nos está leyendo sale a la calle y le pegan un tiro, lo más probable es que nadie sepa nunca quién lo mató. Y así no puede funcionar una sociedad. En España hay unos trescientos homicidios al año en un país de cuarenta y seis millones de habitantes. Colombia tiene cincuenta millones y tenemos once mil homicidios al año».

Se interroga Iragorri: «¿Va a haber algún tipo de reconciliación? Yo, la verdad, no la veo tan cerca. El acuerdo de paz ha buscado eso. Ha habido un esfuerzo muy interesante mediante la Comisión de la Verdad, que dirige el padre Francisco de Roux, que trata de establecer la verdad en un país donde prácticamente ningún magnicidio se ha aclarado». El pesimismo sobre las posibilidades de saber qué pasó realmente en décadas de un conflicto cuyos rescoldos están vivos se traslada también a la actitud de la sociedad colombiana del presente: «Yo no veo que la gente esté con ese ánimo de paz… En un país donde hay tanta violencia, donde hay tanta polarización como hay hoy día, yo, la verdad, no veo eso».

Pocos días después de terminar esta conversación, se publican las primeras encuestas cercanas a las consultas que harán de primarias: como segundo candidato en intención de voto aparece el que ya se considera el Donald Trump colombiano: el ingeniero Rodolfo Hernández, constructor como Trump, exalcalde de Bucaramanga, rey de TikTok y paladín contra la corrupción y la clase política. Por supuesto, con zonas oscuras. Todo se torna más impredecible cada vez.


¿Puede Colombia aceptar un presidente de izquierdas? (1)

colombia Gustavo Petro
Un simpatizante sostiene una bandera con el rostro de Gustavo Petro. Foto: Cordon Press.

Juan Carlos Iragorri, director de El Wapo —el podcast en español del Washington Post— disecciona el contexto de las elecciones de 2022 en Colombia y lo que se puede esperar del que sería el primer presidente de izquierda del país, Gustavo Petro.

Contaba Lluis Bassets, a propósito de Robert Kaplan y su conocido texto La venganza de la geografía, que la geopolítica es «la ciencia de la fatalidad geográfica». Cuando le pido a Juan Carlos Iragorri (Cali, Colombia, 1961) que me resuma en cuatro o cinco párrafos verbales la historia de Colombia de los últimos sesenta años, empieza por explicarme antes de nada y para «situarse sociológicamente» cómo se ubica Colombia en el mapa. 

Dicen los colombianos que su país es el del Sagrado Corazón, porque en él todo puede pasar. Así pues, fatalidad y geografía parecerían estar unidas contra todo pronóstico pues en Colombia hay petróleo, esmeraldas, las tierras más fértiles del mundo, la biodiversidad más esplendorosa y paisajes, playas, montañas y ríos únicos. Algunos diríamos que hasta tiene vallenato, un género que tiene algunas de las piezas de música popular más fascinantes de las habladas en español. Pero Colombia es mucho más conocida por su desgracia, esa que tiene forma de violencia estructural y de refugio de redes mafiosas que generan la mayor producción mundial de cocaína, que por sus maravillas naturales e incluso por su excepcional talento artístico. A pesar de tantas figuras de la música internacional.

«Colombia está en la esquina noroccidental de Suramérica y tiene costa en el Atlántico y el Pacífico. El tamaño de Colombia es como el de Francia y España unidas, o California y Texas. En ese territorio hay dos mitades, una mitad es muy montañosa, la otra mitad está al sur y al oriente, está cubierta por selva y llanuras y prácticamente no hay población. La población está concentrada —cincuenta millones de habitantes— en el lado montañoso». Saquen conclusiones rápidas: en esa extensión alternante de paisajes diversos semivacíos y montañas, la presencia del Estado es reducida en muchos kilómetros cuadrados, es fácil ocultarse con equipamiento militar y puede cultivarse y transportarse cualquier cosa. La geografía parecería ayudar a la fatalidad que están ustedes deduciendo. Por qué no para lo contrario es una de las incógnitas abiertas a las generaciones futuras.

Elecciones entre la esperanza y el temor

En este país entre fatal y luminosamente alegre en sus calles y sus noches, se celebran nuevas elecciones a la Presidencia de la República en mayo de este año de 2022, y puede decirse que representan una encrucijada en el avance de este país en su pugna contra la fatalidad. Hace un lustro llamaron la atención del mundo por un acuerdo de paz entre Gobierno y guerrilla (en realidad, sOlo una parte de las guerrillas, la más importante, las FARC), pero en medio de la sorpresa de la opinión pública internacional, un plebiscito rechazó el acuerdo por muy pocos votos en medio de una fortísima división social.

El acuerdo se solucionó políticamente sin consenso y con la sensación de cierre en falso. Pero en las leyes colombianas quedó el tratado y comenzó a aplicarse, a regañadientes, por el sucesor del presidente que lo firmó, Iván Duque Márquez. Un presidente, a fecha de hoy criticado prácticamente por todos, pero del que debe decirse en justicia que suerte no ha tenido, más allá de sus aciertos y desaciertos personales. La administración Duque parece haberse vivido como un paréntesis mientras se decide, si es que fuera posible, si se vuelve al mundo anterior al acuerdo de paz o se avanza hacia otro con todas las consecuencias de ese acuerdo. Y todo ello con una pandemia por medio.

Juan Carlos Iragorri puede darnos luz a este lado del Atlántico de qué pasa y por qué pasa. Dejó el derecho que estudió en la Universidad del Rosario de Bogotá (una universidad de larguísima tradición jurista) para dedicarse al periodismo, donde ha alcanzado las mayores cotas de prestigio profesional. Ganador del Premio Internacional de Periodismo Rey de España y el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, entre otros, ha formado y forma parte de las cabeceras y medios más relevantes del periodismo internacional: empezando por lo más presente, la dirección del podcast en español del Washington Post (El Wapo, una delicia que deben escuchar) y simultáneamente la dirección de Voces en la cadena de radio RCN.

Anteriormente dirigió el Club de Prensa en NTN24 (desde Washington D. C.), colaboró con la revista Semana, llevó la corresponsalía de El Tiempo de Bogotá en Madrid, pasó por las emblemáticas revistas El Siglo y Cambio en Colombia y fue asesor del director de El País de Madrid en Estados Unidos. Ha pasado por Harvard y Oxford con sendas becas de estudios, ha residido en Bogotá, Washington D.C., Boston, Madrid y… La Cuenca, un pequeño pueblo de Soria: curiosamente, puede que la mejor reivindicación de la España vacía la haga este colombiano a diario produciendo un informativo desde allí para uno de los medios de comunicación más importantes del mundo.

Mostrándome desde su ventana el paisaje soriano móvil en mano, le pregunto: «Profesor, ¿y cómo se le explica a un europeo, para que lo entienda, cómo se ha se ha llegado hasta aquí?». A Iragorri se le suele llamar así, Iragorri, por el apellido, o le dicen «profesor». Yo le digo las dos cosas. Es amable, ponderado hasta la extenuación, riguroso y detallista con todas sus afirmaciones y de respeto escrupuloso hacia todas las personas de las que informa.

Una democracia antigua en permanente reto

«Colombia es una democracia sólida históricamente hablando. Tuvimos solamente un golpe de Estado en el siglo XX, de 1953 a 1957, y es un país donde las instituciones, a pesar de todo, funcionan bastante bien si se compara con los países latinoamericanos». La narrativa de la fatalidad se remonta entonces a 1948, con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la revuelta a la que dio lugar, que el lector curioso encontrará en los libros de Historia referido como El Bogotazo (suceso en el que, por cierto, se curtió de joven un tal Fidel Castro).

«Gaitán era un líder muy importante entre los liberales de Colombia». Anotaremos para el lector español que el Partido Liberal colombiano de la época es una ideología más bien próxima al centro izquierda o la socialdemocracia europea, que a lo libertario a lo que lo asociamos comúnmente. Como no puede sorprender, el crimen genera «un gran rechazo» y el enfrentamiento entre los dos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador (godos, en la jerga local), e inicia «una guerra civil con doscientos mil muertos».

El fin de la guerra trae, como en la España de la Restauración, la alternancia pactada de ambos partidos en el gobierno, pero con una consecuencia no reparada hasta hoy. «Acabó con la violencia entre los partidos, pero marginó a las fuerzas de izquierda». En los años 60 empezaron las guerrillas porque «en Colombia», recuerda Iragorri, «existe una mala distribución de la tierra» y es «un país con unas grandes desigualdades económicas».

Durante los años 70 y 80 toma auge el tráfico de cocaína y el país se encuentra con que, en la lucha por evitar la extradición de sus dirigentes, los carteles de la droga «matan a cuatro candidatos presidenciales» al tiempo que asesinan a «centenares de policías, de jueces, de periodistas, volaron centros comerciales, pusieron bombas en aviones en vuelo…». La ofensiva criminal «se logró calmar con ciertos acuerdos con los narcotraficantes, matándolos incluso… y nos encontramos con que en los años 90 son las FARC las que cuidan los cultivos de coca». Tras años de conflicto en los que, como reacción, aparecieron grupos paramilitares con fuertes conexiones con las élites económicas, políticas y militares del país —que tuvieron un proceso de desmovilización impulsado por el expresidente Álvaro Uribe y sobre el que los colombianos tampoco están de acuerdo sobre su bondad— las FARC negocian con Juan Manuel Santos su acuerdo de paz.

Pequeño alto para darle significado a un elemento imprescindible para evaluar presente, pasado y futuro en Colombia. Aquí se hablará de Álvaro Uribe y de uribismo casi como refiriéndonos a lo mismo: uribismo es el seguimiento de la doctrina, decisiones políticas y legado de Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia entre 2002 y 2010 que, en palabras de un ejecutivo bogotano a este escribidor, fue el hombre que «convirtió un país inviable en otro viable». En medio de la guerra más cruda entre guerrillas, Estado y paramilitarismo, su política de «seguridad democrática» y de enfrentamiento político con los gobiernos izquierdistas de la región (Venezuela, Cuba, Ecuador) generó éxitos innegables de seguridad, condiciones de desarrollo económico y estabilidad.

Pero sucedió a costa de excesos y crímenes por parte de actores estatales y paraestatales cuya huella divide profundamente a los colombianos. Su impacto es tan grande que los dos presidentes posteriores, Juan Manuel Santos e Iván Duque, lo han sido porque han sido promovidos y recomendados por él a su electorado, dado que legalmente ya no puede volver a ejercer una presidencia que seguramente hubiera ganado. Cómo se posiciona cada colombiano con respecto a Uribe es casi imposible de soslayarse. Polarización.

La expectativa de un gobierno de izquierda

Las elecciones encrucijada de 2022 llegan con incógnitas densas. Por ejemplo, ¿puede en Colombia ganar un partido de izquierda las elecciones y que se comporte como un partido de izquierdas a la europea? Una forma de decir que, si gana, no pasa nada, el poder se alterna pacíficamente y no se cae en políticas desastrosas de populismo de izquierdas. Que Colombia se convirtiese en una Venezuela, para entendernos.

En una conversación bogotana no hace tantos años, otro ejecutivo colombiano le decía a este autor que nosotros, los europeos, no podemos entenderlo bien: «Aquí unas elecciones se interpretan como un cambio de régimen». Y debe decirse que tiene visos de realidad, que las decisiones económicas de calado se detienen a la espera de saber qué puede pasar. Hasta la legislación (suspendida ahora) bloqueaba la contratación pública durante los meses anteriores a las votaciones para evitar favoritismos y corruptelas que condicionen el voto. Y es llamativo el rumor, cierto o falso, de que se están firmando contratos mercantiles con cláusulas de ruptura condicionadas a la victoria del líder de la izquierda.

«Tenemos como veintitantos candidatos», cuenta Iragorri. «En las encuestas está primero Gustavo Petro: un hombre de izquierda —nunca Colombia ha tenido un presidente de izquierdas— que fue guerrillero y miembro del M-19». Las elecciones se celebran inmersas en un contexto donde «la mitad de los colombianos pasan problemas para poder comer dos veces al día» y en el que persiste «gran desigualdad a pesar de todo lo que se ha reactivado la economía, más que en otras partes».

Volviendo atrás: ¿puede gobernar? «Hasta ahora la izquierda ha sido identificada con las guerrillas. Es decir, las FARC, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y el M-19 eran de línea Moscú unos y de línea Pekín otros, por lo que para los colombianos la izquierda siempre ha sido guerrilla. Siempre ha sido algo que ha estado fuera de la ley, pero eso ha cambiado». Nos describe a Gustavo Petro: «Es un gran orador, fue un gran congresista, pero no sabemos cómo va a gobernar. Fue alcalde de Bogotá y no fue un buen administrador».

El líder de la izquierda colombiana ha articulado su candidatura a través de un nombre ciertamente ambicioso: El Pacto Histórico. Las administraciones electas colombianas suelen referirse a sus períodos de gobierno enteramente en torno a un lema. Por ejemplo, el Petro alcalde concurrió, ganó y gobernó la ciudad de Bogotá con el lema Bogotá Humana. El actual presidente, Iván Duque, gobierna bajo la leyenda El futuro es de todos. La idea de trascendencia histórica se presenta porque parece que ha llegado el momento de dejar atrás a una serie de capas sociales (las élites económicas y oligárquicas colombianas) que, se dice, siempre han gobernado al país. Y, por otro lado, para superar las presidencias de Álvaro Uribe y sus protegidos posteriores. En cierta forma, se discute si el nuevo presidente será, otra vez, el que diga Uribe u otro que se presume distinto para poder cambiar orientaciones, formas y estilos.

La incógnita de la radicalidad de Gustavo Petro

Si se tiene edad, esa ansiedad de cambio recordará al momento cercano a la victoria de Felipe González en España en 1982 que empleaba un eslogan de simbolismo cercano: Por el cambio. Hay paralelismos: aceptar que un partido de izquierdas gobernara elegido por los votos tras el drama de la guerra civil y la posterior persecución de izquierdas y opositores al régimen militar. La izquierda de la memoria colectiva era la izquierda de la Segunda República, muy cercana a los postulados de la revolución que encarnaba la Unión Soviética, entonces muy lejos de estar desprestigiada como fracaso económico y social.

«Evidentemente, si Petro ganara, cambiaría el modelo». Por ejemplo, el de la concentración de poder actual, dejar de lado a «cinco personas que son los dueños del país o lo que es menos del 1 % de la población», para mutar a un escenario en el que pudiera «manejar el país el 99 % restante». Para ese cambio de modelo, Petro presenta ideas económicas que no coinciden con las ortodoxias actuales: «Dice que el Banco de la República tendría que imprimir billetes para que la gente tenga más dinero en el bolsillo y eso, por supuesto, unos dicen que es lo correcto y otros dicen que es una locura». En definitiva, «no se sabe muy bien cómo sería un gobierno de Petro. Ahora parece que es más moderado, pero hay un sector de la población que piensa que Petro va a llegar a expropiar y que va a ser una especie de Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Daniel Ortega».

Un escenario difícil de creer pues «las instituciones son fuertes en Colombia, a nadie se le ocurre que va a haber un golpe de Estado militar, el Congreso mal que bien cumple sus funciones y los tribunales y la rama judicial funcionan por su lado». De hecho, en las elecciones de 2018, en las que Petro ya fue candidato, la revista The Economist le pidió al expresidente Álvaro Uribe que confiara más en su propio electorado cuando hacía campaña ante una más o menos inevitable deriva chavista de un Petro que, al final, no logró vencer.

«Pero la gran pregunta es esa, ¿podría Petro hacer un gobierno al estilo de un de Felipe González en España o el de Pedro Sánchez o el de Lionel Jospin cuando fue primer ministro de Francia, o el de Olaf Scholz? Da la impresión de que sería más radical y esa es la pregunta: qué tan de izquierdas sería Petro».

En ese caso, para dotarnos de una orientación, ¿dónde podríamos ubicar a Petro con respecto a los otros líderes de la izquierda gobernante latinoamericana: Evo Morales, Boric, Pedro Castillo…? «Evo Morales para muchos trató de quedarse en el poder haciendo reformas que no se sabe si Petro quisiera hacer, uno pensaría que no». Por su parte, Castillo «es un maestro sindicalista que no tiene experiencia gobernando, Petro tiene la experiencia de haber sido alcalde de Bogotá». En su filosofía, «Petro es muy distinto a Evo y Castillo».

Boric, el nuevo presidente chileno, «empezó siendo mucho más radical en la campaña y terminó nombrando un gabinete mucho más moderado». Iragorri menciona el caso de la ministra de Exteriores, Antonia Urrejola, que siendo presidenta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fue muy crítica con Nicolás Maduro, lo que sugiere distanciamiento con el gobierno más temido del socialismo del siglo XXI. «Por lo que ha declarado, Petro quiere darle un vuelco al Estado colombiano», pues asegura que todos los gobiernos habidos hasta ahora «han sido corruptos». Si se cumple esta expectativa debiéramos esperar un gobierno «más bien radical, por lo que sería como el Boric de campaña y no como el presidente electo».

En un modelo de elección de doble vuelta, para la posible elección de Petro tiene mucho que ver lo que ocurra en los espectros del centro y la derecha, que el día 13 de marzo vivirán sus respectivos procesos de primarias. En el siguiente artículo abordaremos qué sucede en ambos territorios electorales y la influencia del expresidente Uribe.

(Continúa aquí)


Ruth Ferrero-Turrión: «De cómo se resuelva el conflicto en Ucrania dependerá el comportamiento de China en su área de influencia»

Ruth Ferrero-Turrión

La crisis ucraniana parecía un intercambio de faroles entre Rusia y las potencias occidentales de cara a reforzar las posturas en una próxima negociación, pero conforme se han ido aclarando las intenciones de Moscú, la incertidumbre ha ido en aumento hasta estallar el conflicto. La historia de Ucrania es la de un Estado joven que ha tenido que afrontar una serie de desequilibrios internos y externos y cambios críticos en los últimos treinta años que al final se están revelando como insalvables. Un escenario demasiado complejo para ventilárselo con opiniones dogmáticas o interesadas.

Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política en la UCM, donde dirige el Diploma Geopolítica de los Conflictos Congelados y es investigadora adscrita al Instituto Complutense de Estudios Internacionales, lleva desde los años 90 trabajando sobre el espacio postsoviético. Ha estado sobre el terreno como observadora internacional en prácticamente todos los países de la región. En Albania vivió en primera persona el colapso del Estado tras la crisis de las piramidales, en Macedonia el conato de guerra de 2001, en Ucrania las elecciones que le dieron el poder a Kuchma en 1999 y, en Rusia, la última victoria de Putin. Sus análisis sobre las relaciones entre Moscú y Kiev publicados en la Revista Cidob d’Afers Internacionals o el libro Ucrania. De la Revolución del Maidan a la Guerra en el Donbás, coordinado por Rubén Ruiz-Ramas, destacan por tratar de aportar una perspectiva lo más amplia posible a una crisis en la que hay demasiados intereses en juego. Por eso mismo hemos querido que ella nos dé su visión de la política ucraniana desde la independencia del país en 1991.

¿Cómo valora las declaraciones de Putin en la rueda de prensa, ya histórica, del lunes 21, y el ataque de la madrugada del 24?

El discurso del día 21 de febrero es un discurso esencialmente mesiánico dónde vincula los orígenes de la nación rusa con Ucrania negando directamente la estatalidad de este país y, por tanto, realizando una apelación a su desmembramiento. No es un discurso especialmente novedoso, ya que las cuestiones a las que se refiere ya habían aparecido en intervenciones anteriores.

Una de las mas significativas fue el largo artículo, cinco mil palabras, publicado el 12 de julio de 2021 titulado «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos». Ya entonces explicaba las razones históricas, geográficas, culturales según las cuales Ucrania no tenía derecho a ser un país independiente de Rusia, sino que debía estar sometido a su voluntad, voluntaria o involuntariamente. Apelaba también entonces a la generosidad con la que Rusia había tratado a Ucrania, incluidas las inversiones y apoyos económicos prestados al país eslavo gracias a las que se había ahorrado ingentes cantidades de dinero, en referencia directa a las rebajas en la importación de gas. Y consideraba que esta generosidad había sido traicionada desde 2004 con la Revolución Naranja, y más adelante con el Maidán en 2014, cuando su «protegida» se había lanzado a los brazos de unos enemigos que fomentaban la rusofobia en el país.

Este mismo discurso es el que ha repetido Putin, con un tono aún más paternalista y controlador propio de potencias imperiales que resisten a perder territorios. Porque eso es lo que Rusia no asume, la pérdida del imperio, primero zarista y luego el soviético.

También ha sido un giro inesperado de los acontecimientos, porque desde una perspectiva absolutamente pragmática, Rusia no tiene nada que ganar con esta decisión. Y no solo no tiene nada que ganar, sino que, además, tiene un efecto, entiendo que no deseado desde el Kremlin, que es el de dotar de una mayor unidad y cohesión tanto a la OTAN como la Unión Europea. Si uno de los principales objetivos de Putin era dividir a sus adversarios, desde luego este movimiento consigue todo lo contrario.

El ataque masivo lanzado por Putin va más allá de lo que muchos pensábamos. No se ha quedado en el mero reconocimiento y ocupación de la parte controlada por los prorrusos del Donbás, sino que ha lanzado un ataque masivo a todo el territorio ucraniano. Esa situación lleva, sin duda, a un conflicto abierto con el ejército ucraniano, un ejército que está mucho mejor armado y entrenado que en el año 2014, cuando comenzó todo el conflicto en la región.

Creo que este movimiento del Kremlin parece buscar todo lo que intentaba evitar y carece de toda racionalidad. Refuerza y cohesiona a la OTAN y a su razón de ser, cohesiona, al menos en un primer momento a la UE; genera un mayor sentimiento antirruso entre la ciudadanía ucraniana e incrementa el número de tropas norteamericanas en Europa.

Veremos cómo se desarrolla el conflicto, pero lo que de momento sí se puede afirmar es que este movimiento otorga carta de defunción a los Acuerdos de Minsk, la única herramienta diplomática de la que se disponía para intentar resolver, al menos parcialmente, el origen de la tensión en la región. A partir de este momento nada va a volver a ser como a principios de este año, tanto para Rusia, como para, por supuesto, Ucrania y su población civil, y para el resto del mundo. Sin duda todas estas acciones tendrán consecuencias en la reorganización geopolítica en Europa, pero también más allá de Europa. Tendremos que esperar y ver cómo se desarrolla esta nueva guerra en Europa; una guerra del siglo XX en pleno siglo XXI.

¿A qué siglo hay que remontarse para empezar a hablar de Ucrania?

Depende a qué nos estemos refiriendo. Siempre es complejo identificar el origen del sentimiento nacional. El nacimiento de la identidad nacional rusa está asociado con el Principado del Rus de Kiev, hay un proverbio ruso que dice «San Petersburgo fue la cabeza de Rusia, Moscú su corazón y Kiev la madre». Sin embargo, ya en el siglo XVII, las poblaciones lituanas, cosacas polacas bajo la tutela del Imperio ruso empezaron a pedir autonomía. Del mismo modo, Ucrania en el siglo XIX no tenía una delimitación fronteriza asentada, ya que partes de su territorio se las disputaban Polonia, Rusia y el Imperio austrohúngaro, que es donde está el origen de las dos Ucranias, la occidental y la oriental. 

Rusia y Ucrania están unidas por fuertes lazos históricos, la misma identidad rusa nace en Kiev, y ahí es difícil desvincular claramente a la nación ucraniana. Históricamente podemos encontrar una lengua ucraniana diferenciada del ruso, pero esto no conforma por sí misma la idea colectiva de formar una nación. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la construcción de los grandes imperios multinacionales se realiza sobre la incorporación a los mismos de distintas minorías nacionales y étnicas, y son esas minorías las que en los periodos de disolución de los grandes imperios reclaman la construcción de sus Estados-nación.

Esa es una de las claves para entender esta región, conocida como espacio postsoviético. Por poner un ejemplo, la ciudad ucraniana de Chernivtsí, se denominó en distintos momentos históricos Czerniowce en polaco, Czernowitz en alemán, Cernăuți en rumano o Черновцы en ruso, en función de su adscripción estatal. De hecho, grandes literatos en alemán como Paul Celan o Von Rezzori, nacieron y se formaron en ese territorio de la actual Ucrania. Hoy, en Ucrania, residen quince minorías nacionales. Es un país diverso y multinacional con presencia de rumanos, húngaros, tártaros, armenios, judíos, polacos, etc y, por supuesto, también rusos.

Ruth Ferrero-Turrión

Antes de la Revolución del 17 hubo una declaración de independencia.

Sí, y tras la revolución de 1917 muchas minorías del Imperio ruso exigieron una mayor autonomía. La República Popular de Ucrania fue declarada entidad autónoma gobernada por un Tsentralna Rada (Consejo Central) controlado por los bolcheviques, pero tras la revuelta en Kiev y la pérdida de control del territorio, los rusos establecieron una República Ucraniana con capital en Jarkov. Así fueron apareciendo diversas entidades enfrentadas entre sí. La República Popular Ucraniana, en Galicia Oriental, controlada por polacos que dieron su lealtad a las Segunda República Polaca y la República Popular de Ucrania Occidental, en el este de Galicia, controlada por ucranianos y polacos. Ambas terminarían uniéndose en enero de 1919. Por su parte, en 1918, los patriotas ucranianos habían proclamado el II Hetmanato subordinado al ejército alemán y liderado por Pavlo Skoropadsky. En fin, todas estuvieron enfrentadas hasta que en 1921, tras la batalla de Varsovia, se proclamó la Ucrania soviética. No era todo el territorio actual, una parte al este era Polonia, otra al sur la disputaba Rumanía y el oeste era rusófono. 

La identidad nacional ucraniana tal y como es concebida actualmente realmente no llega hasta los 90, cuando unos políticos hábiles reivindican una construcción nacional que sintetiza la la identidad ucraniana con la rusa, porque el territorio acomoda poblaciones rusas y ucranianas, junto con el resto de minorías nacionales que permanecen en las fronteras actuales. Esto hay que enmarcarlo en el fenómeno que distingue las repúblicas de la URSS que tenían población rusa antes de la Revolución, antes de la caída del Imperio zarista, y en las que los rusos ejercieron como potencia colonial y empezaron a enviar población a partir de 1945 en sucesivas olas migratorias. De este modo, se diferencia a la población rusa que residía en estos territorios antes de la URSS y los rusos llegados como consecuencia de la construcción del Estado soviético. En el caso de Ucrania y de Kazajistán, por ejemplo, la mayoría de la población rusófona lleva milenios en el territorio.

Con el zar, de todos modos, ya había un foco de industrialización en Ucrania muy importante que atrajo mano de obra rusófona.

Era una zona altamente industrializada, pero también muy vinculada a la exportación de cereales. Hay un dicho castellano que reza «agua, sol y guerra en Sebastopol», en referencia a la Guerra de Crimea a finales del 1853. Un conflicto que interesaba a Castilla dado que Ucrania era el principal competidor en exportación de cereales de la época. Se suele decir que a España no le afectan los asuntos del este Europeo y, sin embargo, este es solo un ejemplo de ese error.

El marxismo-leninismo introdujo el derecho de autodeterminación, que resolvía el problema nacional con la introducción del derecho a la secesión en las constituciones de las repúblicas que integraban la URSS, aunque luego la posibilidad de ejercer ese derecho era muy relativa.

Efectivamente, en la URSS, Lenin introdujo este derecho, eso sí, con matices. Cada soviet tenía esa capacidad de decisión, si bien cualquier intento de salida de los límites de la URSS no estaba contemplado. También, fue así en los estados federados, pero no en provincias autónomas u otro tipo de regiones, pero estas repúblicas tenían reconocido el derecho a la autodeterminación en su constitución y eso fue determinante en los posteriores procesos de desintegración de los Estados federales de tipo soviético, la propia URSS, o Yugoslavia y Checoslovaquia. De hecho, estos procesos tuvieron cierto eco en los debates parlamentarios españoles, especialmente con la independencia de los Países Bálticos, y más adelante durante el proceso de disolución yugoslavo. Ambos casos fueron llevados al Congreso de los Diputados por el PNV, en el primer caso, y por ERC en el segundo.

Era un derecho a la autodeterminación solo sobre el papel.

Pero sirvió para activar legalmente la secesión de las repúblicas a partir de 1991. Además, es importante recordar que las constituciones comunistas que se aprobaron después del 45 incorporaron derechos sociales que no tenían las occidentales, como por ejemplo, el derecho a las vacaciones pagadas, si bien no existía el derecho a elegir destino, claro. También se incluyó la redistribución de las tierras, algo fundamental en países esencialmente agrarios y dónde las identidades estaban vinculadas a una estratificación social heredada de los imperios.

Esto venía del Imperio austrohúngaro, que estaba compuesto por lo que se conocía como la Monarquía Dual desde 1867, con gobiernos en Viena y Budapest. Los austríacos resolvían así las aspiraciones emancipatorias húngaras, pero dejaron en un segundo plano las de los pueblos eslavos y los italianos, a los que se les dio el rango de nacionalidades del imperio. Además, en este imperio multinacional existía una estratificación social en función del grupo nacional al que se estuviera adscrito. De este modo, eslovacos, rumanos, ucranianos se asocian al campesinado y al mundo rural, los húngaros eran los caballeros encargados de la protección de las fronteras del imperio; judíos y alemanes trabajaban en las ciudades, en comercio y banca, mientras que los gitanos tenían asignada las funciones de limpieza y artesanías. este tipo de distribución permaneció parcialmente también durante el periodo soviético.

En el caso de Ucrania, la estratificación estaba muy clara y los líderes nacionalistas ucranianos la reivindicaron para diferenciarse de los rusos en el sentido étnico del término. Sobre esa base se empieza a construir la identidad esencialista ucraniana. Hay que tener en cuenta que desde 1990 hasta 2004, el proceso de construcción nacional da lugar a una identidad muy cívica, muy republicana. Sin embargo, el estallido de la Revolución Naranja en 2004, se sostuvo sobre la base de la regeneración política, pero también sobre la base de la exaltación un nacionalismo identitario. Un ejemplo de lo anterior se puede observar en la puesta en escena de Yulia Timoshenko, que utiliza el peinado y vestuario tradicional campesino ucraniano con el fin de apelar a esa identidad que se construye frente a la rusa.

Con Lenin se establecieron unas fronteras del Estado Ucraniano en la URSS, pero luego, con Stalin ¿cómo afectaron las colectivizaciones forzosas y la Gran Hambruna?

Hubo un intento de sometimiento porque, precisamente, Ucrania era el granero de la URSS. Fue un interés netamente económico, que también fue utilizado políticamente. Stalin no quiso depender del rendimiento de las pequeñas explotaciones minifundistas de cereal, al tiempo que veía como amenaza una potencial asociación campesina contra su régimen. La forma de eliminar a los intermediarios fue la colectivización de la tierra, y de paso terminaba con la capacidad asociativa del campesinado. Era una política claramente jacobina, centralizaba los ingresos y el Estado se encargaba de la redistribución. La gran hambruna que se vivió durante los años 30 en Ucrania marcó probablemente un punto de inflexión en el proceso de construcción de la identidad ucraniana frente al enemigo ruso. Para entender este episodio, recomendaría Hambruna Roja de Anne Applebaum o Tierras de Sangre de Timothy Snyder, que han narrado la situación vivida en durante ese periodo de manera magistral.

Aproximadamente un ochenta por ciento de la población se quedó sin nada. Era una reestructuración económica que se estaba llevando a cabo en todo el territorio de la URSS, pero el impacto en Ucrania fue mucho mayor. Además, los ucranianos étnicos eran mayoritariamente campesinos, fue a ellos a quien más afectó, porque los rusos estaban principalmente en la zona industrializada, donde se hizo la gran inversión estalinista de modernización industrial. Si no estás familiarizado con este tipo de hitos históricos, ves a Timoshenko con trenzas y piensas que quiere parecerse a Leia de La guerra de las galaxias, pero en realidad, apelaba a un relato que permanece en la memoria colectiva de una parte sustantiva de la población. 

Reivindicaba al campesinado como hacedores de la nación, la resistencia frente al ruso que les ha machacado durante siglos, identificaba a Stalin con el ruso, y así pretendía movilizar a la ciudadanía afín en esa dirección. Luego vendría la normalización lingüística. La primera vez que fui a Ucrania con la OSCE, en 1999, acababan de sacar las cartillas de guardería en ucraniano, no tenían todavía y habían pasado diez años de la independencia. Antes, solo se hablaba en casa, se encontraba en una situación como había estado aquí el euskera. La lengua franca entonces todavía seguía siendo el ruso. 

Con Jrushchov hubo una especie de primavera soviética en Ucrania, con Petro Shelest se reivindicó la cultura nacional, sin embargo, con el golpe incruento de Breznev, se purgó a los líderes e intelectuales que habían participado en el movimiento y se pasó a un periodo conocido como «la rusificación« con el gobierno del rusófono Volodymyr Shcherbytsky…

Los líderes comunistas desde los años 70 lanzaron políticas de homogeneización étnica en todos los territorios siguiendo las pautas marcadas desde Moscú. Tras la II Guerra Mundial, los soviéticos controlaban Europa central y oriental, allí se implantaron regímenes a imagen y semejanza del estalinista. Durante los primeros años, de hecho, a pesar del profundo antisemitismo que siempre había existido en esta región, desde Moscú se protegió a la intellitentsia judía, que había colaborado en la lucha contra el nazismo, puesto que, además, le concedía cierto prestigio exterior. Sin embargo, en los 50 empezaron purgas dirigidas a los judíos y los procesos de homogeneización etnonacional. El objetivo era la construcción de repúblicas populares comunistas en países étnicamente homogéneos. Se trataba de evitar divisiones internas como consecuencia de la diversidad nacional, puesto que se temía que las minorías pudieran componer una suerte de quinta columna. Pretendían evitar cualquier «desviación nacionalista» que distrajera de la implantación del socialismo. Y todo esto se aplica en Ucrania.

Estas políticas para la homogeneización fueron muy comunes en los años 70. Hubo procesos de bulgarización en Bulgaria, de rumanización en Rumanía… Sin embargo, en Ucrania no fue tan sencillo. Las distintas intentonas de ucranianización en el seno del Partido Comunista Ucraniano fueron vistas desde Moscú como contrarrevolucionarias y todos sus líderes fueron purgados. Más adelante, se inició un proceso de rusificación a través de la implantación de la educación básica en ruso, y desde los 80 el ruso sería la lengua dominante en educación primaria. Los ucranianos tenían permitido utilizar su lengua, pero la lengua franca era el ruso y los rusos estaban asentados en las grandes ciudades del territorio. Se intentó fortalecer una identidad rusa vinculada a los procesos de industrialización. La lengua ucraniana perdió peso específico. Esta dinámica junto con la llegada de más rusos a las zonas industriales generó desequilibrios demográficos en el territorio. 

Las guerras demográficas al final son así y Ucrania no fue una excepción. Por ejemplo, en Rumanía se pudo observar como Ceaucescu utilizaba el proceso de modernización industrial llevado a cabo en Transilvania para conseguir un doble objetivo. De un lado poner en marcha un polo de industrialización en el país y, de otro, reducir el peso demográfico de los magiares en esa región al favorecer la llegada de trabajadores rumanos procedentes de la zona de Wallachia. Así redujo el desequilibrio regional y debilitó las pretensiones irredentistas. 

Creo que hay una continuidad continental con más puntos en común de los que nos pensamos, vemos siempre a Europa central y del este como algo diferente y, aunque tengan sus peculiaridades, no son bichos raros. Cuando se dan una serie de condiciones, ocurre lo mismo en todas partes. En la España franquista se puede observar como las migraciones interiores campo ciudad también impactaron en el equilibrio demográfico de los polos de atracción industriales. Y ello debilitaba potenciales reivindicaciones nacionales.

¿Esos movimientos no habían existido ya antes del franquismo?

Sí, pero en los años 60 fue cuando se produce una reforma estructural de la economía en España, lo que potenció un movimiento sin precedentes. La ausencia de avance modernizador en el campo, junto con la posibilidad de mejorar en las condiciones de vida sin duda fueron causas decisivas de este proceso migratorio. Entonces, un millón y medio de personas migraron al extranjero, frente a los dos millones que lo hicieron hacia los polos industriales del País Vasco y Cataluña. La política económica, sin duda, tiene un impacto en la demografía y España no es una excepción.

Ruth Ferrero-Turrión

Cuando Ucrania logró su independencia en agosto del 91, fue con un noventa y dos por ciento del voto. A pesar de las consecuencias de la rusificación y una población tan diversa, la mayoría se pusieron de acuerdo en que independientes de Moscú iban a estar mejor

El momento era propicio, era una fase de desintegración absoluta. No solo había una gran debilidad en el centro, en Moscú, sino la percepción del fracaso de todo el proyecto soviético, unido también a la tragedia de Chernóbil. Todo eso impulsó el proceso de independencia. También fue una época de florecimiento de los nacionalismos en Europa; nacionalismos que habían permanecido congelados desde el fin de la II Guerra Mundial. De repente, esos territorios se encontraron empoderados y con el respaldo legal que hemos mencionado para la construcción de su propio Estado-nación.

El problema es que estos nuevos Estados surgidos de la disolución de la URSS tuvieron que abordar a la vez procesos de cambio político, cambio económico, cambio cultural y la construcción de una institucionalidad. La nueva identidad se creó frente al ruso, al que se consideraba gran invasor desde el 45, de ahí que incluso se hable de proceso de descolonización del imperio soviético con todo lo que ello implica. 

Muchos de estos nuevos Estados apenas habían tenido unos años de independencia estatal durante el periodo de entreguerras, como es el caso de los Bálticos, pero los procesos de construcción nacional se realizaron sobre bases etnocéntricas, así en Estonia y Letonia no se reconoce la ciudadanía a aquellas personas que hubieran llegado al territorio con posterioridad a junio de 1940, fecha de la invasión soviética. Por ejemplo, creo el futbolista Valeri Karpin obtuvo su pasaporte estonio puesto que su abuelo había nacido en territorio estonio antes de 1939.

Lograron generar ilusión con la independencia ante la decadencia general que les rodeaba, pero la sorpresa llegó enseguida. Un ochenta por ciento de la economía ucraniana dependía de la URSS y, con su desintegración, se hundió. Sufrieron el colapso económico del comunismo y el colapso económico del postcomunismo.

Las dependencias económicas en el CAME/COMECON eran tremendas y, además, monocultivo. Cada estado estaba especializado en la exportación de un producto. Simplificando, los búlgaros se especializaron en la exportación de carne de cerdo y perfume de rosas, los Bálticos en la construcción de maquinaria especializada, como teléfonos y ordenadores, y los ucranianos tenían la industria metalúrgica pesada. Para los Bálticos la posición era muy buena, porque su industria se pudo modernizar y adaptar al mercado internacional globalizado, pero la industria pesada ucraniana y el cereal, en un país de dimensiones tan grandes, estaban en declive. Además, tenían una gran dependencia energética, un hecho clave en sus relaciones con Rusia. Si a eso le quitas el centro inversor, que era Moscú, se produce el desastre. Los estalinistas presumen de que la última gran inversión industrial en el territorio la hizo Stalin y, efectivamente, así es. Ningún otro líder soviético hizo una inversión semejante orientada a la modernización industrial del país. Los primeros años del proceso de independencia fueron años durísimos para las poblaciones. El desmantelamiento de las estructuras sociales y económicas sostenidas por el Estado hasta entonces y los procesos de privatización provocaron desempleo y pobreza, además de una inflación que alcanzó números de tres y cuatro cifras. 

Llegó un momento en el que para salir de ese bache y para recibir créditos del FMI, tenían que racionalizar la economía, para el FMI en ese momento racionalizar significa reducir el gasto social y privatizar. En la parte industrializada, en Donbás y esa franja oriental, ya estaban desencantados con el hundimiento económico tras la independencia y ahora se les exigían más sacrificios. A la vez, los partidarios de esas reformas eran los sectores nacionalistas ucranianos esencialistas…

En el caso de Ucrania, por sus vínculos tan cerrados con Rusia, no se pusieron mecanismos de cambio económico de la dimensión de los ocurridos en la República Checa, Hungría o Rumanía, donde, aparte de las dimensiones, jugaba un papel el horizonte de integración en la Unión Europea. Además, Moscú ejercía una posición de dominio aprovechando la dependencia energética, algo que también ocurrió parcialmente en Bielorrusia. Sin embargo, el hundimiento de la bolsa rusa a finales de los años 90 tuvo un fuerte impacto en Ucrania. No había dinero para invertir en una modernización industrial que permitiera cumplir con las exigencias de los mercados globalizados. En ese contexto aparecieron los primeros movimientos políticos que reivindicaban una mayor aproximación a la Unión Europea y Estados Unidos porque creían que les obtendrían más rendimientos que los vínculos que mantenían con Rusia, que en ese momento estaba atravesando una profunda crisis. Esta dinámica duró ocho o diez años hasta que llegó Putin, pero en esa época será cuando Occidente, en una acción que subestimaba la capacidad rusa, puso en marcha el proceso de ampliación de la OTAN.

Sin embargo, en esas fechas también hubo encuestas en Ucrania en las que apareció que la popularidad de Rusia era mayor en los que tenían entre diecinueve y cuarenta y cuatro años en lugar de los mayores, lo que hubiese sido más natural por eso de echar de menos un pasado donde todo era más estable y previsible.

Seguramente, ese dato se explica porque los mayores vivieron el declive de los 70, mientras los jóvenes ven esa época con nostalgia. Es la famosa nostalgia de la que tanto se habla. Creen que les iba mejor con la URSS, pero lo creen los que no lo han vivido. Ellos solo saben que sus padres tenían calefacción todos los días y asistencia médica gratuita, pero sus padres lo que recuerdan es cómo fueron deteriorándose estos servicios y se reducían los subsidios que llegaban de Moscú.

Desde Occidente se les exigían reformas, grandes sacrificios, con la idea de que había que estar peor para poder estar mejor…

Eso se hace porque se sabía que no quedaba otra, su situación era calamitosa, pero aquí hay que tener en cuenta que, cuando se gana una guerra, no se puede humillar al perdedor, y eso es lo que se hizo con estos países. En un momento de debilidad extrema, se les daban créditos a un interés elevado, mientras que los herederos del aparato estatal soviético se apropiaban de los recursos estatales vía privatizaciones. Se pasó del paraíso de la igualdad de la URSS, que no lo era, a uno de concentración absoluta de la riqueza. Un capitalismo mafioso, tal y como lo denominó Carlos Taibo.

Con todo, hubo varios modelos de privatización. Hubo terapias de choque en las que se puso todo a la venta, es lo que hizo Hungría, y se las vendió al capital extranjero, no dejó nada dentro, mientras en otros casos, como el checo, se hizo una transición más tranquila, privatizaron, pero con un modelo más cooperativo en el que en algunas industrias los trabajadores participaron el proceso, así pudieron frenar la caída libre de la economía que sufrieron todos estos países. En los demás, la descapitalización del Estado generó grandes dosis de clientelismo y corrupción. En el caso ucraniano, como en tantos otros, aparecieron los famosos oligarcas, grandes señores herederos del aparato soviético y que tenían controlados los territorios.

La cuestión es que se les exigían sacrificios desde el oeste, mientras ese oeste se aprovechaba la apertura de esos mercados.

Eso no creo que llegue hasta Ucrania o Bielorrusia. En el caso de los países de la integración de 2004 y 2007 los objetivos para las reformas estaban claros, la integración en la Unión Europea, sin embargo, el caso ucraniano nunca ha estado en la agenda de Bruselas, de hecho, hasta el año 2013 no se habla de la perspectiva europea del país, y eso fue, digamos, «interpretado» como una puerta abierta a una potencial adhesión a las instituciones europeas.

El primer líder de la Ucrania independiente, Leonid Kuchma, presidente entre 1994 y 2005, que en la URSS había sido diseñador de misiles nucleares, había trabajado en el SS-18, conocido como «Satán», llegó al poder aupado por el clan de Dnipropetrovsk… ¿Qué son esos clanes?

Diría que los clanes son el reflejo de cómo los caciques controlan los medios de producción e industria de determinadas regiones. En el capítulo «Oligarquía, regionalismo e inestabilidad: el sistema político ucraniano» en el libro de 2016 Ucrania. De la revolución del Maidan a la Guerra en el Donbass coordinado por Rubén Ruiz Ramas, se explicaba muy bien quiénes eran los oligarcas y cuáles eran y son su disputas por el poder político y económico hasta rivalizar por ser presidentes de la república. El último ha sido Poroshenko.

Poroshenko llegó él mismo al poder, fue el primero que lo hizo directamente, los anteriores presidentes tenían todos un magnate detrás, incluso el actual. 

Estamos hablando de economías mafiosas y sus dinámicas de funcionamiento son también mafiosas. Tenemos un clan que controla económicamente una región, todo se circunscribe a sus redes clientelares, y con ellas domina ese territorio, lo que les permite controlar también el poder político para no perder privilegios adquiridos, que venían ya del régimen anterior. Por eso, al hablar de nacionalismos hay también que tener cuidado porque muchas veces es más importante tener en cuenta cuál es el poder económico que está detrás. 

Una buena parte de las resistencias al acuerdo con la Unión Europea en 2013 vinieron por parte de los oligarcas orientales que consideraban que perderían capacidad competitiva ya que sus empresas estaban sin modernizar. este problema lo ha tenido toda la industria postsoviética, que se encontraba en una situación de obsolescencia con mucha falta de inversiones. De modo que si no entras a competir en el mercado global, puedes mantener el negocio, pero si te integras te comen la cuota de mercado y llegan multinacionales extranjeras que arrasan la industria local… Es algo que es inevitable, pero que se intentó dilatar. Además, otro problema que agrava esta situación es la estabilidad. Si no la hay, no llega la inversión extranjera. En un círculo vicioso. De esta pugna poco se habla cuando se hacen análisis. 

Kuchma se encontraba ante la tesitura de que si hacía reformas económicas podía afectar a la unidad del país por las regiones con esa situación industrial.

Probablemente, la parte más industrial, el este, podría haber intentado unirse a la Federación Rusa. 

Este problema lleva latente años, no es una novedad.

Efectivamente, si se hacía una reconversión industrial afectaría a los magnates y también a las familias que vivían de ese sector. Todo esto con el agravante de que la población mayoritaria de esos territorios es rusa o rusófona y que no hacía mucho pertenecían al mismo Estado, la URSS. Eso disparaba la mentalidad de «como ahora nos gobiernan los ucranianos nos va así de mal, yo quiero irme con mi madre patria que es Moscú».

Ruth Ferrero-Turrión

Kuchma quiso entrar en la UE y en la OTAN y ambas le dijeron que no, qué paradoja con lo que estamos viviendo actualmente.

Esto ocurrió durante el momento de máxima debilidad de Rusia, en los años noventa. Kuchma, muy hábilmente, quiso aproximarse a Occidente dada la precaria situación de Moscú. No sabemos cómo respaldaba este movimiento la población, porque los procesos electorales de entonces eran poco claros y las encuestas de opinión pública poco fiables en una democracia de bajo rendimiento y con altos niveles de corrupción. En todo caso, nunca ha habido una oferta de ampliación por parte de la UE, ni tampoco una solicitud formal por parte de Ucrania para ello.

La primera vez que se habló de ampliación hacia Europa del este fue en el 95, hasta 2000 no se tomó una decisión y no fue hasta el Tratado de Niza cuando se comenzaron a preparar las instituciones para incorporar a los países del este. Nunca se puso encima de la mesa la incorporación de países como Bielorrusia, Ucrania, o incluso Moldavia. 

Ucrania era a todas luces inasumible. Piensa que, incluso para algunos, Polonia era inasumible por su tamaño y población, imagina un país de las dimensiones de Ucrania… Incluso en el caso de la ampliación de la OTAN, en los noventa no se planteaba la incorporación de países que hubieran formado parte de la URSS, por lo que Ucrania quedaba a todas luces descartada.

Otro fenómeno que ocurrió con Kuchma y tuvo gran importancia es que empezó a concentrar poder. Después, tanto en la Revolución Naranja como en el Maidán se exigió un reparto más democrático del poder y menos presidencialismo.

Los líderes con tics autoritarios lo primero que hacen es reforzar la figura del presidente o el primer ministro. Lo acabamos de ver en Hungría, por ejemplo. En Ucrania se fueron introduciendo más rasgos de tipo presidencial para poder controlar todo el poder político y económico desde arriba. Es un ataque directo a la división de poderes. Por eso estas manifestaciones de Kuchma de acercarse a la UE no las vi como ninguna una perspectiva europea, sino como forma de controlar las redes clientelares y la corrupción. Una pataleta contra Moscú.

Estados Unidos convirtió a Ucrania en estas fechas en el tercer receptor de ayuda después de Israel y Egipto.

Eran los años Clinton, sabían de la debilidad de Yeltsin en Moscú y la sensibilidad que tenía Rusia con Ucrania. este paso está relacionado con la ampliación de la OTAN, que es lo que Rusia no está dispuesta a tolerar ni a aceptar. Es el origen de la tensión actual en la región.

Crimea también tuvo intentos independentistas durante ese periodo.

Crimea fue siempre especial porque fue un territorio cedido por Jrushchov. Rusia siempre ha tenido el problema del acceso al mar, los mares del norte no permiten el acceso de la flota ya que están congelados, de este modo el puerto de Sebastopol se convierte en un punto estratégico fundamental. Crimea no es solo el acceso al mar, es la puerta al Mediterráneo y al control de los estrechos. El mar de Azov no es navegable, apenas tiene catorce metros de profundidad. Crimea siguió perteneciendo a Ucrania también después de su independencia, pero siempre con el compromiso de permitir alojar a la flota rusa en Sebastopol. Este acuerdo se renovaba cada cierto tiempo. De hecho, poco antes de la revolución del Maidán el contrato fue renovado. En 2010 se acordó que la flota rusa podría permanecer en Sebastopol hasta 2042. A cambio, Ucrania tendría un descuento del treinta por ciento en los precios del gas ruso.

Esos intentos de independencia no fueron nada extraordinario. Ante el hundimiento económico, con los turistas rusos sin acercarse como consecuencia de la crisis, la población, que recordaba que antes el dinero llegaba de Moscú, simplemente quiso volver a Moscú. Ahora, a pesar de las más que probables irregularidades en la convocatoria del referéndum, no parece que el resultado hubiera variado sustantivamente de haberse realizado en otras circunstancias. Piensa en Transnistria, donde todo está financiado por Moscú. Si de repente todo se solucionara, pasarían a depender de Chisináu, pero si los moldavos no tuviesen dinero, pues rápidamente un movimiento querría volver a estar con Rusia. Pero en este caso, además, Crimea ha pasado a ser parte de la Federación Rusa, por lo que sus beneficios, al menos en el corto y medio y plazo, son mayores.

Desde el punto de vista ucraniano, ese es el gran problema de las independencias. Los primeros años de construcción estatal son los más problemáticos. Tienes que reconstruir todo, crear instituciones, una clase política autónoma, y en el caso ucraniano poner en marcha un proceso de transformación económica que era mucho más conflictivo que la independencia en sí. No se trata solo de pasar de una dictadura a una democracia, es un Estado nuevo, una identidad nueva, una transición económica, que para llegar a ser una economía de mercado tiene que desmantelar las coberturas sociales y cerrar fábricas con un impacto importante en la población. Y todo, como le pasa a Ucrania, con un territorio superpoderoso al lado, que para unos ha sido opresor, pero para otros es su patria.

La etapa de Kuchma acabó con asesinatos a periodistas…

Hubo un aumento del autoritarismo en su mandato. En ese momento no se podía decir que Ucrania fuese una democracia. Por eso las revoluciones naranjas se llamaron democráticas, apelaban a una regeneración. 

Entonces hubo algo más que injerencia extranjera, de la CIA y demás…

Por supuesto, este tipo de movimientos no puede funcionar sin una sociedad donde estas demandas tienen una fuerte base social. Estados Unidos, el FMI o el Banco Mundial habían invertido de manera sustantiva durante la década anterior, vía préstamos y ayudas. La dinámica es sencilla. La percepción de la población es proclive a los cambios y la movilización social los exige. Más allá de los intereses geopolíticos y económicos de los actores involucrados, lo cierto es que había una demanda de regeneración democrática.

El gran rival que tuvo Kuchma en esta deriva fue Víktor Yúshchenko, que venía de una familia étnicamente ucraniana y su padre había estado prisionero en Auschwitz, Dachau y Buchenwald. Cuando su figura empezó a tener cierto relieve, le envenenaron.

No era afín a la línea oficial de Kuchma, era prooccidental y tenía serias posibilidades de ganar las elecciones. Ahora hablaríamos de democracia iliberal, pero en aquel momento el concepto no se había popularizado. Lo único democrático era la puesta en escena de los procesos electorales, una democracia procedimental. Kuchma, como en otras repúblicas postsoviéticas, patrimonializó el Estado.

Yúshchenko venía de la banca, en un periodo en el que las corruptelas que hubo llevaron a una crisis en la que miles de ucranianos perdieron sus ahorros.

No sé qué participación tendría, alguna debió tener. Los chanchullos bancarios fueron muy habituales en los 90 en todos los países del este, además, siempre liderados por las facciones más liberales de las fuerzas políticas, como es el caso de Yúshchenko, que pertenece a un movimiento político que quería introducir principios los liberales del libre mercado. Estos políticos siempre iban con trajes chaqueta impecables. Se trataba de una forma de hacer política muy diferente a la de la vieja política heredada del periodo soviético. La puesta en escena era un episodio más de las posiciones clásicas entre eslavófilos y occidentalistas, o lo que es lo mismo, aliados de Rusia o aliados de Occidente.

Ruth Ferrero-Turrión

También aparece en estas fechas Yulia Timoshenko. Criada en una zona de mayoría rusófona, al parecer era hija de un armenio nacido en Letonia que había emigrado a Ucrania y luego abandonó a su mujer y a su hija, por eso ella de soltera tuvo el apellido ruso de su madre, que luego se cambió por el de su marido… En esta primera etapa, su obsesión era acabar con el trueque que dominaba los negocios del gas y que, por ese motivo, por hacerse sin usar moneda, hacían que el estado no ingresase.

Ella tenía intereses previos en el negocio del gas, en la importación y exportación, entre otros con empresas vinculadas a Bush en Texas. Con esa propuesta política, lo que pretendía era controlar todas las transacciones gasistas que se efectuaban en el territorio.

Entonces no era tan tecnócrata reformista, sino que había detrás algo más prosaico.

Vendía esa imagen, pero tenía unos intereses muy claros y por ese motivo la apoyaban desde Estados Unidos. La Revolución Naranja no hubiera tenido lugar sin un descontento de la ciudadanía, pero también si no hubiera sido apoyada desde fuera. Todo esto ocurre en un periodo en el que Putin empieza a incomodarse y le tiene mucho miedo a estas revoluciones de corte liberal, temía un efecto contagio hacia Rusia. En esta época, diría que hasta 2004, Putin tiene una mano tendida a Occidente para establecer unas relaciones de cooperación con la UE y EE.UU. De hecho, firma muchos acuerdos bilaterales, como el Consejo OTAN-Rusia, pero las revoluciones de colores empezaron a generar cierto temor en Moscú. Tanto por el posible efecto contagio y el impacto en el sistema ruso, como por los niveles de influencia occidentales que se pueden transmitir por esa vía. El miedo estaba en la penetración americana en el Cáucaso y su capacidad de influencia, en aquel momento iban a rebufo de la expansión occidental. 

La Revolución Naranja tuvo un saldo positivo, consiguió reformas institucionales que democratizaron el país después de que Kuchma hubiera concentrado el poder y hubiera empezado a pasarle cosas a los periodistas y a los que disentían.

Obviamente, estas revoluciones de colores querían poner en marcha procesos de regeneración democrática después de los intentos fallidos de cambio político introducidos en el momento de la independencia. Se demandaba algo más que democracias procedimentales que convocasen elecciones cada cuatro años y nada más; sin pluripartidismo real, sin libertad de prensa, sin igualdad ante la ley, en una palabra, implantación del estado de derecho y la separación de poderes, que haya un control efectivo de la acción política. Nada de esto existía, nunca se había intentado poner en marcha en estos términos.

La Revolución Naranja sucede además en un momento crítico. Recordemos el 11S, la guerra de Afganistán, la guerra contra el terror y la invasión de Irak. Un despliegue de inteligencia en el espacio postsoviético al mismo tiempo que se entra en dos países musulmanes. Todo esto liderado por Bush, que, además, tiene intereses económicos muy relevantes vinculados a los hidrocarburos.

El clan de Texas.

Y su aliada en Ucrania es Timoshenko, la zarina del gas. El objetivo era conseguir el monopolio mundial de los recursos fósiles.

En Rusia, se integró Yukos Oil en Gazprom a las bravas. Putin tenía en la compañía a su delfín Medvédev y la reorganizó para tener el control de los recursos en Rusia y poder emplearla en el exterior como forma de presión. Se ha llegado a hablar de una especie de arma posmoderna.

Yukos sufrió una nacionalización en toda regla y se metió en Gazprom, patrocinador de la Champions League, renovado hasta 2024. El gas es uno de los instrumentos de negociación que tiene Rusia. El otro es su fuerza militar. Creo que todos los actores globales utilizan los instrumentos a su disposición para alcanzar objetivos y negociar y este caso no es diferente.

Otro objetivo de Timoshenko sonaba bien, fue la reprivatización de empresas. Impugnar los procesos de privatización con los que el capital del Estado había ido a parar a oligarcas y clanes.

Quería desmantelar las redes clientelares del anterior, pero para implantar las de ella. Se trataba de sustituir unas redes por otras que le fueran más favorables a sus intereses.

De nuevo, ¿no era una reforma tecnocrática buena para Ucrania? Había empresas por las que había habido ofertas estadounidenses o del Reino Unido, pero se habían vendido por mucho menos precio al magnate de turno. Un caso luego se reprivatizó y, vendida a Mittel, fue la transacción de estas características que más dinero dio a las arcas públicas de todo el espacio exsoviético.

Pero lo que hay que mirar es cuáles eran las redes comerciales de esta señora. Tenía complicidad con los compradores. Kuchma, obviamente, privatizó para sus amigos ¿pero para quién lo hizo Timoshenko en el extranjero? De hecho, fue a la cárcel.

Fue dos veces a la cárcel ¿no fueron detenciones arbitrarias?

Habría que ver si nos creemos cómo opera el sistema judicial ucraniano. Esa es una de las dificultades de investigar estas cuestiones. Parece ser que ella tenía sus redes de socios comerciales y que, obviamente, recibía comisiones, como Juan Carlos, a cambio de esas reprivatizaciones. 

Empezó vendiendo cintas VHS.

Era muy modelo estadounidense de self-made man, en este caso woman. Ha sido una mujer capaz de reconvertirse de una forma increíble. Pasó de tener una imagen de magnate de los negocios de habla rusa y castaña a ser el paradigma del ideal ucraniano, una campesina rubia símbolo de la nación. Es una política capaz de captar muchas lealtades en el oeste y en el centro del país. Consiguió aunar a varias tendencias disidentes del sistema. Sin embargo, cuando fue condenada por corrupción hubo más protestas en Europa occidental que en Ucrania. Personalmente, no he investigado las redes de Timoshenko, pero sabiendo que trabajaba en el sector gasístico antes de llegar al poder, con empresas extranjeras, y que tenía el objetivo de la privatización de ese sector, parece difícil pensar que no tuviera intereses económicos particulares, más bien al contrario.

Quería revisar tres mil contratos de privatizaciones realizadas tras la independencia.

Los que Kuchma había distribuido entre sus amigos. La cuestión es que algunos dejaban buen dinero al Estado, pero la pregunta que hay que hacerse es qué pasó con los trabajadores cuando los compradores eran extranjeros. Lo habitual cuando se hacen este tipo de privatizaciones es realizar una reconversión industrial, generalmente para automatizar y mandar a gente al paro. Si el Estado no está preparado para absorber las circunstancias de las familias que se van al desempleo, automáticamente se forman grupos vulnerables y capas de sociedad sin protección social. En este caso, si era una acería, se encontraría en el este… Timoshenko negociaba con empresas occidentales las privatizaciones mientras con Estados Unidos negociaba el gas. Pero también negociaba con Moscú. De hecho, una de las condenas que recibió fue como consecuencia de la firma de un acuerdo con Putin sobre la importación de gas. Un acuerdo que no benefició económicamente a Ucrania.

¿Por qué fracasó la coalición naranja en el gobierno?

En este tipo de movimientos siempre es más fácil establecer alianzas para ir a la contra, que la capacidad de armar un proyecto concreto que tenga impacto entre los ciudadanos. Aquí surgieron desavenencias entre los socios e intereses enfrentados. Algo que tenía mucho que ver con la ausencia de un sistema de partidos implantado y con capilaridad en el territorio, un sistema político con el que se pueda trabajar sin temer a las redes de influencia. 

Cuando caen, en 2010 llega Yanukóvich. No habló ucraniano hasta los cincuenta y dos años y porque le obligó la ley. Había sido delincuente juvenil, pasó por la cárcel, amnistiado en el quincuagésimo aniversario de la revolución bolchevique, soldador en una cadena de montaje, fue apadrinado por un cosmonauta de su pueblo, que le introdujo en el Partido Comunista y ahí todo cambió e hizo carrera. 

Sí, adolescencia problemática. A mis estudiantes les digo que tuvo un origen dickensiano, hijo de familia trabajadora industrial, poco atendido en casa porque sus padres están en la fábrica, acaba delinquiendo hasta que alguien importante de su pueblo le introduce en el partido para que ahí le metan en cintura. En todo ese proceso, cuando se va incorporando a la vida pública, tiene que respetar una constitución en la que ya está normalizado el ucraniano, el idioma nacional. 

En el gobierno, presentó presupuestos deficitarios porque atendía al gasto social. Estaban incluso negociados con el Partido Comunista. Estas políticas hacen que el FMI paralice créditos que tenía concedidos a Ucrania. 

Lo que pone en marcha es una política multivectorial. Negociar unas cosas con Rusia y otras con Occidente, tener una especie de estatuto de neutralidad. Ya lo había intentado Kuchma, pero le salió mal porque Occidente no le hizo caso. Yanukóvich en 2010 lo que hizo fue reestructurar los principios de política interior y exterior ucraniana con una ley que dejaba en suspenso la integración en la OTAN. En 2008 en la cumbre de Bucarest, la Alianza Atlántica ya había lanzado la candidatura de Ucrania y Georgia. Esta decisión no tuvo que ver con presiones rusas, sino con la situación económica del país. En ese momento, tiene unos niveles de exportación del 26-29 % y de importación del 31-35 % El volumen de intercambio comercial es prácticamente el mismo con Rusia y con la Unión Europea. Yanukóvich entonces decide que lo que más le conviene es estar a bien con las dos.

Pero la inversión en Ucrania de la Unión Europea era diez veces superior a la rusa.

Efectivamente, es imposible no tener también en cuenta los vínculos históricos y afectivos entre Rusia y Ucrania. Esto le hace tener el corazón partido. No podían perder las exportaciones que hacen a partes iguales a un lado y al otro ya que ambas le permiten mantener su autonomía, y su existencia. La única política viable en esas circunstancias era una que no les comprometiera con una parte o con otra. La salida fue esa línea multivectorial que permitiera tratos con unos y otros sin poner en peligro la situación comercial del país.

Funambulismo.

A Kuchma no le había funcionado, pero Yanukóvich lo volvió a intentar. Esto provocó que el acuerdo al que se había llegado con la OTAN quedase en suspenso. Putin estaba encantado, así no se tenía que preocupar de la arquitectura de seguridad en terreno ucraniano. Y es precisamente durante este periodo cuando Yulia Timoshenkio va a al cárcel condenada por malversación y abuso de poderpor el contrato del gas que había firmado con Rusia en 2009 tras la segunda guerra del gas.

Que fue Putin el que dijo que no entendía por qué la encarcelaban.

A Timoshenko le dijeron que el contrato que había firmado para que pasase el gas por Ucrania, por el que ella estaba obteniendo ganancias, no estaba nada claro. En 2009, Rusia abarató el precio del gas para todos los compradores menos para Ucrania. Eso lo utilizó Yanukóvich como arma política contra ella en las elecciones de 2010.

Y la Unión Europea también dijo que ese encarcelamiento era arbitrario. 

La Unión Europea no podía decir otra cosa. El origen de este contrato tiene que ver con los cortes de suministro de gas ruso que sufrió en 2006 y 2009. Gracias a ese acuerdo terminaba la peor de sus pesadillas, la de quedarse sin suministro energético. De hecho, de estas crisis del gas viene la puesta en marcha de los Nord Stream I y Nord Stream II. Por tanto, intereses energéticos y también comerciales. La acusación sostenía que por mor de este contrato Timoshenko se estaba enriqueciendo en lugar de repercutir sobre el Estado. La verdad es que no puedo ser tajante en una respuesta, solo creo que hay que tener en cuenta las dos cosas.

Yanukovich intentó federalizar Ucrania y darle cooficialidad al ruso.

Efectivamente, Yanukovich quiso introducir en 2012 una ley de cooficialidad del ruso en algunas regiones de mayoría rusa. Hasta ese momento la única lengua oficial en Ucrania era el ucraniano. Además del ruso también se introdujo la cooficialidad de otros idiomas como el tártaro en Crimea, el húngaro en la región transcarpática o el rumano en Chernovtsi (Cernauti). Esto provocó protestas en las principales ciudades ucranianas, hubo incluso llamadas a la Movilización nacional en defensa del ucraniano.

Ruth Ferrero-Turrión

Respecto a la polémica de la OTAN, ¿en Ucrania no existía, como ocurre en otros países del este y Centroeuropa, la sensación de que la OTAN es lo único que puede salvarles de volver a estar sometidos por Moscú?

La OTAN lo que hizo muy bien fue vender que la integración en su estructura era una fase necesaria para el proceso democratizador, lo que incluye la institucionalización del Estado de Derecho, algo sin lo que sería imposible tener una perspectiva europea de ningún tipo, pero, sin duda, otro de los factores que atrajo a la incorporación de estos países a la Alianza Atlántica fue el miedo a una potencial agresión rusa.

Esa línea multivectorial sonaba bien, pero ¿no llegó un momento en el que tanto la UE como Rusia le pusieron sobre la mesa a Ucrania acuerdos que eran incompatibles con los que presentaba la otra parte?

La de la UE no lo era, lo fue la rusa, que proponía una asociación de mercado único con los países de la región. Rusia exigía exclusividad en el acceso a la Unión Euroasiática. No era posible la firma de acuerdos de libre cambio con terceros como el que proponía la UE. En este proceso negociador el bloqueo llegó por la parte rusa, pero hay que tener en cuenta otros factores. El FMI y la UE, el dinero que le ofrecen a Ucrania en ese momento es en calidad de préstamos y los empresarios ucranianos, a su vez, tenían mucho miedo de abrirse al mercado europeo porque sabían que no eran competitivos. Esto amenazaba a su poder económico y, por tanto, político. A esto se suma que justo en aquel momento es cuando se pone en marcha el rescate a Grecia, en pleno auge de la política de austeridad impulsada por Angela Merkel.

Si la UE actuaba en términos tan duros con un Estado miembro. ¿Cómo serían los requisitos para uno que no lo era? A Grecia se la estaba maltratando con las políticas de austeridad, que fueron brutales. En Ucrania la elite no se fiaba que los préstamos no fuesen a endeudar el país para los restos y que eso llevase a una situación como la de Grecia, pero todavía peor, porque ellos ni siquiera eran comunitarios. Al mismo tiempo, mientras existía ese miedo al acuerdo con la UE, Moscú llega como el Padrino, ofrece «esto y dos más y te lo doy en cash y sin intereses».

Cuando Ucrania dudaba si firmar el acuerdo con la UE, en el Foro de Yalta Putin habló de la posibilidad de protestas ciudadanas masivas, dijo que serían un plan occidental, con lo que se puso la venda antes de la herida. Descalificó o deslegitimó cualquier manifestación de protesta antes de que se produjera con ese cliché soviético de que sería exógena, inoculada. Además, Sergey Glazyev advirtió de que habría graves desórdenes políticos y sociales si firmaban con la UE, que llegaría el caos y un hundimiento del nivel de vida, que además estarían violando su tratado de amistad del 97, lo que podría llevar a Rusia a apoyar el independentismo de las regiones rusófonas. Estaba todo anunciado. Era una amenaza clara.

Es la secuencia de lo que ocurrió. Los servicios de inteligencia funcionan… En este caso, se veía muy clara la jugada. Recuerdo estas semanas como de gran incertidumbre, porque Yanukóvich un día decía que sí firmaba y al día siguiente decía que no. 

Entonces, no era un títere de Moscú, pensaba en términos pragmáticos ucranianos.

Ciertamente, pero no se puede descartar que en su entorno hubiese quien le presionara desde el Kremlin. Desde mi punto de vista, creo que esta posición estaba, sobre todo, relacionada con los vínculos establecidos con las oligarquías locales y sus presiones. Una consecuencia más de la ausencia de institucionalización democrática, con un sistema altamente dependiente de los poderes económicos controlados por los grandes oligarcas y un líder político que intenta hacer equilibrios en las relaciones que mantiene con Rusia y con los poderes occidentales. Esa situación de equilibrio inestable se quiebra cuando comienza a negociar con la UE. Si hubiera sido un títere de Putin lo habría tenido claro desde el principio, como pasó en Armenia o Azerbaiyán, donde ni se sentaron a negociar. Al final, cuando decide no firmar, creo que es porque según su criterio, las condiciones de la parte rusa son más beneficiosas. Pero a lo anterior hay que añadir la cuota de chantaje ejercida por Moscú.

Hubo muchas presiones. Rusia paralizó en la frontera las exportaciones ucranianas de forma arbitraria haciéndoles perder millones…

Moscú decía: «Haz lo que quieras, pero te voy a aislar, te voy a cortar el gas y te voy a bloquear las exportaciones con nosotros, que son un 30 %». Fue un chantaje en toda regla. Los europeos no se expresaban así en su parte, los rusos son más brutos o más claros cuando defienden sus intereses. Hay que tener en cuenta que para ellos perder a Ucrania, con los lazos históricos y afectivos que les unen, era un golpe muy fuerte de cara a su opinión pública. Putin, en una fase de reconstrucción de la grandeur rusa no podía permitirse perder unidades de la dimensión de Ucrania y utilizó todas las cartas que tenía a su disposición para presionar a Yanukóvich. Si hubiese sido un títere, todo esto se lo habrían podido ahorrar.

Pero la posición de la Unión Europea con su estrategia oriental, que se pone en marcha en 2008, era llevar su frontera oriental más hacia el este. Primero llega a Polonia, luego Rumanía… esto fastidiaba a Rusia, pero no eran repúblicas postsoviéticas. Cuando luego se mete en lo que consideran su mercado o, dicho de forma más cool, esferas de influencia, pero en realidad hablamos de consumidores, inversión extranjera y presencia de multinacionales. Ucrania tiene cuarenta millones de personas. El tamaño importa. 

En mi opinión, creo que la UE se dejó llevar por una inercia que bebía de la debilidad mostrada por parte de Rusia durante los años noventa, durante la presidencia de Boris Yeltsin. La manera en la que la UE lanzó su Estrategia Oriental no se entiende de otro modo. Sobró prepotencia, debieron negociar con más respeto con Rusia, al fin y al cabo así son las relaciones de buena vecindad, algo que no se contempló. Ese fue el gran error de la política europea al que hay que sumar que las relaciones con el vecino oriental estaban rotas desde 2009. El año 2008 fue el año de la reacción rusa, el año en el que Moscú decidió que daría un golpe de efecto. La guerra en Georgia.

Rusia quiso crear un mercado porque vio que se le venía encima el de la UE y la UE quiso incorporar parte de ese mercado sin tener en cuenta lo que pudieran pensar en Moscú, que era la potencia regional. Creo que siempre hay que tener en cuenta a Ucrania, pero sin subestimar las capacidades rusas. Sobre todo, sin darles su sitio. Cuando en las negociaciones entre EE. UU. y Moscú no se invita a la UE, no agrada en Bruselas. Siempre hay que tener en consideración a todos los actores que puedan verse afectados por un cambio de las dimensiones de este. No se puede simplificar el discurso diciendo que Ucrania es un estado soberano y puede actuar como quiera, siempre hay intereses y limitaciones explícitos o implícitos. Nadie es enteramente libre. Tampoco lo fueron los estados de Centro Europa cuando se incorporaron a la OTAN, ese también fue su peaje de entrada a la UE. No se pueden hacer estas apelaciones a la libertad sin tener en cuenta lo condicionados que estamos por otros factores.

La paradoja es que Rusia amenazó a Ucrania con el caos si sin firmaba y el caos les llegó por no firmar. El Maidán, que empezó como protesta de los sectores europeístas, ¿se vio desbordado por la extrema derecha?

Empieza como protesta de sectores europeístas y, muy importante, urbanos, de las zonas occidentales del país. Querían ese acuerdo de librecambio porque, para ellos, era la antesala de la integración europea. Creían que llegar a la integración en la UE es Eldorado. De repente empezó a circular una suerte de propaganda que asumía que la firma del acuerdo con la UE implicaba la puesta en marcha del proceso de integración europea. Y no era así, no es así, en ningún caso. La firma del acuerdo implicaba formar parte del mercado único, del área de las cuatro libertades de circulación, de capitales, de mercancías, de personas y de servicios, nunca se ha ofrecido a Ucrania al Consejo Europeo. Este es un detalle que no se dice demasiado y que es esencial, especialmente para evitar que la opinión pública ucraniana pueda llevarse un gran desencanto que provoque posiciones euroescépticas. Aquí solo había un acuerdo comercial de salida de productos ucranianos hacia la UE y, otro detalle no menos importante, entrada de productos de la UE en Ucrania.

En la movilización empezaron estudiantes y universitarios, luego llegaron excombatientes de Afganistán, reservistas, y poco a poco fueron llegando grupos más organizados tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha. Lo que pasó es que la extrema derecha expulsó rápidamente a la extrema izquierda, ya que estaban mucho mejor organizados. Se pusieron al mando de todo lo que pasaba en la plaza. Esta dinámica se observa en protestas civiles de esta naturaleza donde las organizaciones jerarquizadas y disciplinadas son las que terminan controlando las dinámicas asamblearias. Aquí en España, el 15M siguió la misma dinámica, empezó de manera espontánea para pasar luego a estar controlado por aquellos activistas acostumbrados a trabajar en agrupaciones de base y a organizarse a nivel de calle.

En el Maidán los grupos de extrema derecha radicalizaron el movimiento y la gente que había ido en primera instancia empezó a retirarse. Esto es clave para entender los acontecimientos posteriores, la violencia y demás. Se dijo que solo ocurrieron cargas de la policía, pero parece que sí que hubo infiltraciones de la CIA. Victoria Nuland, en la conversación que salió a la luz en la que dijo el famoso fuck the EU, lo dejó de manifiesto. No ha llegado a esclarecerse del todo, pero periodistas que estuvieron en la plaza, como Pilar Requena, sí que vieron que los disparos provenían de muchos sitios, no solo de uno. Mal por la policía, que abrió fuego, pero de nuevo, hay que mostrar todo el panorama.

Ruth Ferrero-Turrión

La cuestión clave es si las consecuencias de estas protestas fueron una revolución o un golpe de Estado.

Mi compañero Rubén Ruiz-Ramas realizó un trabajo de lo más interesante donde aplicaba los marcos teóricos expuestos por dos grandes de la sociología política, Ch. Tilly y Theda Sckocpol. Aplicando el razonamiento de Tilly lo que sucedió hasta febrero de 2014 fue una revolución. Ahora bien, la salida de Yanukovich apunta a otro tipo de dinámica con otros actores. Un golpe de estado involucra elementos que forman parte del aparato estatal.

Yanukóvich fue repudiado por su propio partido cuando estaba en paradero desconocido.

Efectivamente, fue el Parlamento ucraniano, la Rada, la que decidió destituir al Presidente «por abandono de sus funciones constitucionales». Piensa que de manera inmediata hubo cambios muy importantes con cambios en puestos clave de La Rada. Así, Turchinov, mano derecha de Timonshenko, fue designado presidente de la cámara, Avakov, del mismo partido, fue designado ministro del Interior y el general Zamana, cesado durante los días anteriores como jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, fue nombrado ministro de Defensa. Por eso podría ser un golpe de Estado.

¿Por qué estaba en paradero desconocido?

Porque temía por su vida. El problema aquí es que en España se polarizó el análisis sobre los hechos. Si decías que era una revolución democrática, eras de Soros. Si decías que era un golpe de Estado, eras de Putin. Cuando en realidad, dependía del momento que tomaras para realizar el análisis.

¿Las consecuencias reales cuáles fueron?

Yanukóvich, pese a haber llegado el 20 de febrero a un acuerdo con los ministros de exteriores de Francia, Alemania y Polonia, desaparece y un par de días más tarde es destituido por la Rada. Algo debió pasar y aún no está esclarecido. Es un poco raro que llegase a un acuerdo y al día siguiente huyera. Puede que no garantizasen su seguridad. En la plaza había muertos y las víctimas le señalaban como responsable. Ahí da igual si hay infiltrados o no, era un presidente al que le protesta la población en una plaza y abre fuego contra ella. Entonces, el toque que hace que huya, para mí con toda seguridad es un golpe intramuros. . El problema si llegas a esta conclusión es que, como esta es la postura que defendía Rusia, te convierte automáticamente en vocero del Kremlin. Hay que medir cada palabra que se dice en medios, no te puedes hacer una idea. Vas en tensión. 

No hace falta que te recuerde que se filtró una lista negra en la que aparecíamos varios académicos tachados como prorrusos, así sin más. Y todo por razones espúreas, Piensa que la labor de los think tanks es la de intentar influir en las decisiones políticas, pero también en colocar mensajes en medios de comunicación que lleguen de manera clara a la opinión pública. Cuando te aparece un grupo de analistas procedentes de la universidad que tienen una posición diferente al mainstream euroatlántico que caracteriza a nueve de cada diez think tanks de este país, y que demás comenten el error de ser escuchados y tener presencia en los medios, entonces es cuando sobrevienen los ataques. Se preguntaban: «¿Qué hacen estos ahí, que no les financia nadie, quitándonos tiempo y espacios para introducir nuestro discurso? Entonces seguro que son pro-rusos». Es algo alucinante.

Una de las consecuencias fue algo que se ha venido repitiendo en toda la periferia del espacio ex soviético: Transnistria, Abjasia, Osetia… Ahora llegaban Luganks y Donetsk. 

Cuando cae Yanukóvich, Moscú ve peligrar la ley de neutralidad que este había aprobado años antes y lo único que puede hacer es desestabilizar Ucrania. Para entrar en la OTAN al menos hay que tener controladas las fronteras y a esto se sumó la amenaza de la restricción de los derechos lingúísticos de la minoría rusa.

Esa medida fue muy poco inteligente si lo que querían era conservar el país ante la amenaza anunciada que les caía encima.

Fue una forma de darle munición a la ofensiva rusa. Pensar que no iba a haber una reacción rusa era estar un poco a por uvas.

Si el Estado ucraniano tenía un punto débil en las regiones rusófonas, ir en ese momento precisamente a tomar medidas contra los derechos lingüísticos de esa población…

Es que no creían que Rusia fuese actuar de esa manera, a pesar de lo de Georgia, que fue como reacción a la ofensiva de Saakashvili. Creo que pensarían que estaban protegidos por la OTAN por algún acuerdo verbal. A partir de ahí, se lanza la ofensiva en el Donbás y llegan los «hombrecillos verdes» a Crimea y el posterior referéndum y anexión a Rusia. 

En la Crimea anexionada o reincorporada, según quien lo diga, recuerdo a la población manifestarse delante de Medvédev por retrasos en los pagos de las pensiones.

Eso fue más adelante. También tienen mucha escasez de agua potable, por eso se habla ahora de que una de las estrategias que puede tener Rusia ahora mismo sea tomar Mariupol para hacerse con toda esa franja costera del mar de Azov y poder llevar agua a la península. 

Cuando llegó Yatsenuyk a primer ministro, cristiano, pero hijo de judíos, denunció que faltaban treinta y siete mil millones en las arcas públicas que habría descuidado Yanukóvich.

Seguro. No dejan de ser oligarcas en un país sin sistema político en el que haya rendiciones de cuentas. Al igual que sucede en Polonia o Bulgaria, los niveles de corrupción son elevadísimos. Ese es el problema que tiene la UE, que ninguno de los movimientos de regeneración democrática están funcionando en Ucrania. A pesar de la ingente cantidad de dinero invertida desde la UE en la lucha contra la corrupción y la regeneración democrática en el país, no ha funcionado. Los indicadores así lo muestran En esta cuestión, además, Poroshenko como presidente le echó un pulso a Yatsenyuk y venció. La guerra en las regiones orientales propició el control total del Estado por Poroshenko, ya que constitucionalmente en caso de conflicto el poder pasa en su totalidad la Presidente, de este modo Yatseniuk quedó ausente de toda capacidad decisoria como primer ministro.

Poroshenko, oligarca que antes había financiado tanto la Revolución Naranja como el Maidán.

Y fiel escudero de Timonshenko. Pues, de repente, resulta que a Poroshenko le interesaba que hubiera una situación de guerra en el Donbás.

¿A Putin se le desbordaron los independentistas de las regiones rusófonas?

Ahí hay militares rusos infiltrados que lideran todos los movimientos. También hay contratación de mercenarios. Todo esto sin descartar el incomprensible halo de romanticismo con el que se envuelven estas situaciones que te lleva a encontrarte españoles voluntarios con la bandera del ¡No Pasarán!

Ucrania en el lance perdió el 20 % del PIB y más de diez mil muertos. Para buscar una salida al conflicto firmó los acuerdos de Minsk, apadrinados por Alemania y Francia, pero luego no se cumplieron.

Era un alto el fuego, no un acuerdo de paz, que tenía que ser monitorizado por la OSCE. Hay varios puntos, pero dos son los que no se han cumplido por parte de ninguna de las dos partes. Ucrania tenía que celebrar elecciones en Lugansk y Donetsk y había prometido dotarlas de un estatuto específico, pero el estado ucraniano pensaba que esas autonomías le podrían bloquear las políticas. Aparte, Kiev también dijo que hasta que no controlase esos territorios y la frontera, no podía darles ninguna autonomía. Hubo un bloqueo. 

Ruth Ferrero-Turrión

El siguiente primer ministro fue Ghroysman. Hay que destacar que su padre, judío, sobrevivió al Holocausto haciéndose el muerto en una fosa común. Aquí volvió a aparecer otra vez el ejercicio de funambulismo, por un lado la UE le apremiaba a que llevase a término lo firmado en Minsk, por otro la extrema derecha le advertía de que ni se le ocurriera.

Una pinza, diría yo. A su vez, una situación cómoda para el presidente, en este caso Zelenski…

Otro judío. Insisto en estos detalles étnicos o religiosos de los líderes ucranianos porque en España hay mucha gente que los llama nazis. 

Es cierto que aquí llega mucha propaganda de los voluntarios ucranianos en la guerra, que están muy organizados, pero solo son una parte, no son de ninguna manera el grueso del establishment ucraniano. Este es enfoque se escucha desde posiciones, sobre todo de la izquierda. Obviamente hay grupos neonazis en Ucrania, pero estos no son menos que los que hay en Rusia, y, desde luego, no tienen la influencia que se les atribuye ni de lejos. Hay grupos neonazis organizados en Ucrania, sí; ¿tienen capacidad para condicionar en las decisiones del gobierno? yo creo que no; ¿hay miembros del establishment que participan en la toma de decisiones que se puedan enmarcar en una derecha radical? sí, pero no son neonazis. Creo que es muy importante tener discursos articulados y complejos en lo que hace a este tipo de conflictos. Nada es blanco o negro. Nos movemos en una variedad múltiple de grises que en el debate político muchas veces no son escuchados.

La llegada de Zelenski a la presidencia es bien curiosa. Es un actor que protagoniza una serie sobre un profesor de instituto que, tras un vídeo que se hace viral, llega por accidente a la presidencia del gobierno. Tiene un gran éxito, Zelenski se presenta a las elecciones con el nombre de la serie y gana. 

La gente rechazó el viejo establishment y apostó por nuevas caras y nuevas propuestas.

Pero él también viene con un magnate detrás, el propietario de la TV en la que actúa, Kolomoyskiy

Pero ante la opinión pública parece algo diferente. Se parece al fenómeno de Vitali Klichkó, el boxeador y alcalde de Kiev. Zelenski llegó como representante de una nueva política, que luego se ha descubierto que no es tan nueva, exactamente igual que con las nuevas políticas del resto de lugares del mundo.

¿Han funcionado sus prometidas medidas contra la corrupción? 

Claramente, no. De hecho, no son sus medidas, son sus medidas apoyadas por la UE y Estados Unidos, que han puesto en marcha un mecanismo de propaganda, en sentido estricto, de venta de los avances producidos en Ucrania tras el Maidán invitando a periodistas a ver cómo se trabajaba en el proceso regenerador. Lo cierto es que los resultados no son buenos. Se ha hecho una gran inversión en estas medidas, pero hay ya gran variedad de informes independientes que atestiguan que no han funcionado y que la situación en Ucrania es realmente grave.

¿Cuáles han sido las perspectivas de Rusia hacia Occidente en todo este periodo? Se ha hablado de que el país estuvo ensimismado en una actitud neurótica, en exigir ser tratado al mismo tiempo como uno más, pero también alguien especial. Un sentimiento de inferioridad y de superioridad a la vez. 

El liderazgo político de Rusia no ha superado la derrota de la Guerra Fría y la humillación a la que fue sometida después de esa derrota. Las guerras hay que saber ganarlas tanto como perderlas, creo que Occidente no ha sabido ganar la Guerra Fría a la vista de su política expansiva y de acoso al vencido. En Rusia, heredera de la URSS, no hay forma de digerir que no es ya una gran potencia y que está limitada a ser una potencia regional, que es realmente lo que es en la actualidad. De hecho, es imposible que entre a competir en condiciones de igualdad con China o Estados Unidos, porque lo único que tiene Rusia ahora mismo es un monocultivo de recursos energéticos y poderío militar que es, precisamente, lo que está exhibiendo ahora. Sin embargo, ni siquiera ese músculo militar puede competir con el estadounidense porque no tiene los recursos necesarios para modernizar esas tropas y ampliarlas. De la OTAN ya ni hablamos. Por eso, en una disputa militar a gran escala tendría todas las de perder, de ahí que esté siempre innovando sus formas de hacer daño; tácticas de servicios secretos aprendidas desde el final de la II Guerra Mundial en el conflicto latente contra sus rivales.

Las formas de infiltrarse, hacer sabotaje y hacer daño al enemigo son muy variadas. Putin lo sabe, porque ha trabajado en inteligencia, es consciente de que no tiene la capacidad para enfrentarse a Estados Unidos y la OTAN y por eso trabaja en una suerte de guerra de guerrillas. Además, en el contexto del conflicto actual Rusia ha realizado movimientos en varias dimensiones. La primera de ellas en el ámbito local, lanzó incursiones a través de ciberataques, propaganda con la intención de atemorizar a modo de matón de patio de colegio a los que tiene más cerca, para meterles el miedo en el cuerpo y generar inestabilidad. Eso es básicamente lo que ha estado pasando en Ucrania hasta que lanzó las ofensivas militares. La segunda, tenía que ver con forzar a sentar a negociar a su eterno rival, EE. UU., sobre la estructura de seguridad europea. Algo que parecía posible tras el envío de las cartas desde Washington donde se acordaba negociar el despliegue de armas de medio y corto alcance en la región. Y así estaba previsto hasta la decisión de Putin de reconocer Luganks y Donestk y lanzar el ataque.

Tienen muchas relaciones bilaterales con países comunitarios, lo que dificulta las posturas comunes en la UE. 

Putin es muy inteligente y sabe cómo dividir al enemigo. Genera determinadas dependencias y posicionamientos que dividan la posición común europea, sin embargo, aquí tenemos que preguntarnos cuándo ha habido una posición común en la UE. No hace falta que venga Putin para que no la haya. Es como la supuesta injerencia en Catalunya, yo creo que el movimiento independentista catalán tiene sus propias dinámicas, no hace falta que venga Putin a impulsarlo. No me dedico a estudiar bots, pero me parece muy inverosímil. Creo que desde ciertos sectores occidentales se le otorga a Rusia más capacidad de injerencia de la que realmente tiene. Está Russia Today ¿pero cuánta gente ve Russia Today? ¿Logran modificar la opinión pública con esas retransmisiones? Me cuesta creerlo. Igual soy muy antigua, pero me da la sensación de que no..

Después de Putin, ¿qué? ¿Qué es más probable, un hastío con los oligarcas o una toma del poder por parte de la extrema derecha que tan bien ha retratado Ricardo Marquina en su último documental, Rusia, revolución conservadora?

Me inclino más por lo segundo. En algunos contactos sobre el terreno en Rusia me sorprendió hablar con la gente joven y comprobar que no se había producido el tránsito de súbditos a ciudadanos. Es muy llamativo sobre todo cuando escuchas a gente muy joven preguntarse por qué tiene que ir a votar, que ellos no entienden lo que pasa en Moscú. Gente de 20 años, formada, que habla inglés y no se siente capacitada para votar. Creen que Putin ha restablecido el honor perdido, garantizado la seguridad, y no lo incluyen en dinámicas partidistas, en términos occidentales es un rey Sol, pero ellos no se sienten llamados a participar en la construcción del país. 

En este caldo de cultivo, como señala Marquina, los neoconservadores están ganando cada vez más peso. Hacen esa combinación tan heterodoxa de religión, reivindicando el Imperio zarista y el bienestar social que, en ese entorno de nostalgia, creen que se vivía en la URSS. Esa mezcla tan sui generis está llegando a mucha gente y creo que será el vector hacia el que se está desplazando la vida política rusa, solo con las excepciones de las grandes ciudades. Muchas veces las impresiones que nos llegan de Rusia son solo las de estas zonas urbanas, pero hay otra Rusia. Por eso creo que Putin se ha equivocado con Navalny, porque fuera de las ciudades tiene muy poca influencia y con su arresto y juicio lo que hace es darle una mayor visibilidad ante la opinión pública, además de hacer aún más evidente la ausencia de un Estado de Derecho y democracia en Rusia.

La BBC dio, pese a esta revolución conservadora, unos sondeos en Rusia que indicaban que la población no tenía ninguna gana de un conflicto con Ucrania y solo deseaban una buena vecindad. 

Los rusos lo están pasando mal con este conflicto. No quieren más guerras.

Además, otros sondeos de 2020 mostraban que las preocupaciones de los rusos que vienen de atrás son la subida de precios, con un 66 %, un aumento del desempleo, 44 %, y el empobrecimiento, 39 %. De Ucrania, nada. 

Efectivamente, Rusia ha sufrido mucho con las sanciones estadounidenses, que son las que más capacidad de impacto tienen en la economía real. Con la tensión de la frontera se ha desplomado el rublo. Si estas encuestas eran así en 2020, ahora tienen que seguir apuntando en la misma dirección, incluso más. De ahí que Putin haya decidido prolongar su presencia en el poder hasta 2036 gracias a la reforma constitucional introducida en abril de 2021. Como todo líder autocrático y con ínfulas bonapartistas no se fía de nadie, ni siquiera de un potencial heredero designado por él mismo.

Lo importante es que de cómo se resuelva el conflicto en Ucrania dependerá el nuevo contexto geopolítico que se está configurando en este momento donde China juega un papel esencial; De cómo se resuelva la crisis de Ucrania dependerá el comportamiento China en su área de influencia. Concretamente, en Taiwán. Eso es al final lo que está en juego. Ucrania no deja de ser un peón, un alfil si quieres, pero no mucho más. Ucrania es un test, un órdago a la estructura de seguridad euroatlántica.

Ruth Ferrero-Turrión


El gran timo de la educación en Estados Unidos

timo educación

Desde 2018, hay un concurso en Estados Unidos que se llama Paid Off. Es un quiz en el que el ganador no recibe nada, sino que le quitan. Concretamente, su deuda estudiantil. Es ampliamente conocido que los estadounidenses viven endeudados constantemente con sus tarjetas de crédito y sus hipotecas y préstamos para cambiar de casa o de coche. Sin embargo, esta forma de vida se ha extendido también a la educación, hasta el punto de que hoy 43 millones de personas en ese país deben 1,6 billones por sus estudios, una cantidad que se ha triplicado desde 2006. De hecho, la deuda estudiantil ya es mayor que el total de los créditos para comprar un coche. No solo eso. Es más que toda la economía de Canadá. 

No es un problema que se pueda circunscribir solo a los jóvenes. Con el paso del tiempo, la deuda estudiantil se ha convertido en un fenómeno multigeneracional. Algo más de la mitad de los deudores tienen más de treinta y cinco años, y una quinta parte más de cincuenta. Mucha gente que está cerca de la jubilación todavía está pagando sus deudas estudiantiles. Algunos, a su deuda han tenido que añadir una nueva que han pedido para poder pagar los estudios de sus hijos. La mayoría de ellos tendrá que afrontar la jubilación prácticamente sin ahorros. 

No es extraño que el número de jóvenes con una vivienda en propiedad haya caído al nivel más bajo en décadas. Un dato que coincide con el periodo entre 2000 y 2010 en que la deuda estudiantil se disparó. Las parejas también tienen que retrasar el matrimonio, tener hijos, crear una empresa o el ahorro. Además, los trabajos que eligen los escogen exclusivamente en función del salario, no porque les guste o se adapten mejor a su interés. 

El precio de la matrícula, el alojamiento y la comida en las universidades privadas para títulos ha aumentado casi un 800 % desde 1980. Más de cinco veces la tasa de inflación. Hoy, un título de cuatro años en una universidad privada cuesta de media casi 200 000 dólares, el doble que en la pública. Los precios más elevados están en las carreras y estudios relacionados con las profesiones más lucrativas, como Medicina, Derecho o los posgrados. Las tasas se ceban con estos estudiantes, que suman el 40 % de la deuda total, porque se espera que quien acabe una formación de ese tipo luego disfrute de un salario elevado y trabajo asegurado. Por ejemplo, Odontología en la Universidad del Sur de California, matrícula y alojamiento, cuesta 152 000 dólares solo para el primer año. 

En este contexto, el crédito se ha convertido en un pozo sin fondo para los estudiantes y en la gallina de los huevos de oro para las universidades. En 2019, casi un centenar de directivos universitarios ganaban más de un millón de dólares al año. ¿Pero cómo se ha llegado a esta situación? Eso es lo que Josh Mitchell, periodista de economía y educación del Wall Street Journal, ha querido explicar en su libro The dept trap. How student loans became a national catastrophe (Simon & Schuster, 2021).

La obra es el resultado de ocho años de investigación, reportajes y entrevistas con cientos de endeudados, presidentes de universidades, congresistas, asesores presidenciales, lobistas e inversores de Wall Street. Mitchell es consciente del gran fracaso que ha supuesto el programa de préstamos estudiantiles que se estableció décadas atrás. Queda patente en las historias reales y testimonios que aporta de las personas que lo están sufriendo. Hay casos extremos, como el de una madre que aún no ha pagado su deuda por los estudios, acompaña a su hija a la universidad para que firme la suya, mientras lucha en los tribunales para que se acepte su bancarrota porque le han diagnosticado un cáncer. 

Todo empezó el día en que los soviéticos lanzaron el Sputnik. Los estadounidenses percibieron como una amenaza que otro país alcanzase su superioridad tecnológica. La primera respuesta pasó por la educación superior. Concluyeron que necesitaban más científicos e ingenieros. De hecho, había escasez de mano de obra para los empleos tecnológicos que exigían trabajadores con nuevas habilidades. El programa, cuenta el autor, comenzó con buenas intenciones. La idea era abrir la puerta de las universidades más prestigiosas a los estadounidenses pobres y de clase media y ofrecerles la oportunidad de, a través de la educación, alcanzar el sueño americano. 

El programa luego fue cambiando con cada presidente, pero su espíritu ha seguido intacto: tratar los créditos estudiantiles de la misma forma que las hipotecas para viviendas o los coches, pero olvidándose de un detalle, que los títulos universitarios no proporcionan ninguna garantía material. 

Los políticos pensaron que estaban ayudando a las familias poniendo más dinero en sus manos. El problema es que el Congreso no proporcionó medidas de seguridad para garantizar que a los prestatarios no se les cobrara de más por sus títulos. El programa se convirtió en una fuente de ganancias para las escuelas y la industria de préstamos para estudiantes, que no puso en riesgo nada de su propio dinero mientras alentaban a los estudiantes a inscribirse en deudas de decenas de miles de dólares.

Las buenas intenciones iniciales del programa se esfumaron cuando entraron en escena los lobistas. La misma historia que otras barbaridades surrealistas que vamos conociendo al detalle poco a poco en libros y documentales, como la crisis financiera de las subprime o la de los opiáceos. Las universidades tienen más lobistas que cualquier otra industria, con la excepción de las farmacéuticas y las tecnológicas. Igual que los lobistas del Big Pharma lograron que los opiáceos fueran de fácil acceso, los universitarios lograron una serie de cambios en las leyes para que los campus pudieran fijar el precio de los estudios. Hecha la ley, comenzó el abuso. Lejos de hacer la universidad más asequible, la posibilidad de endeudar a los estudiantes permitió a las universidades hacer que las matrículas aumentasen más rápido que los ingresos familiares. 

Pronto hubo un círculo vicioso con los precios universitarios. Cuanto más universidades aumentaban la matrícula, más estudiantes pedían prestado; cuantos más estudiantes pedían prestado, más aumentaba el precio de las matrículas. Ahora, más de dos tercios de estudiantes universitarios tienen que acogerse a estos préstamos. Un millón de ellos deben más de 200 000 dólares al concluir sus estudios. Unos 100 000, más de un millón de dólares. 

La clave de toda esta deriva está en el papel que desempeñó la empresa crediticia intermediaria Sallie Mae. Creada en los años 70 por el Gobierno, servía para facilitar préstamos de estudios. Sin embargo, entre 1997 y 2004 fue privatizada y en 2005 ya estaba contribuyendo con 250 000 dólares a la campaña de reelección de Bush Jr. Cuando se puso en marcha, en 1972, nadie daba un duro por ella. Inició su marcha con fondos del gobierno y escasas contribuciones privadas, nadie creía que pudiera gestionar un programa tan amplio. Sin embargo, un año después, el Gobierno hizo una ley para que Sallie Mae pudiera pedir prestado a un interés tan bajo como el propio Estado. De esta manera, la empresa prestaba a los estudiantes a un interés más alto a través de los bancos y si el préstamo se cancelaba, lo garantizaba el Estado al cien por cien. Es decir, pagaba dos veces. 

El negocio era tan seguro que no tardaron en aparecer quienes trataron de aprovecharse. Ya en los 70, surgieron los primeros pufos. Los centros educativos se iban a los guetos a inscribir alumnos con la promesa de que conseguirían un trabajo, la formación la pagaba el Gobierno con el crédito que entregaba a través de Sallie Mae, y luego el título en realidad no servía para nada. Al no encontrar un trabajo con remuneración suficiente para pagar el préstamo, se cancelaba sin problemas porque respondía el fondo de garantía. En 1984, Sallie Mae salió a bolsa con una calificación triple A de Standard and Poor’s. La máxima posible. No era de extrañar, coger dinero por debajo del 7 % y prestarlo a un interés de entre el 9 y el 14% sin moverse era un negocio redondo. 

Este sistema absurdamente complicado se implementó únicamente para mantener el programa de préstamos estudiantiles fuera del presupuesto federal. La cruel ironía: para dar el espejismo de la moderación del gasto, el Congreso había aumentado los costos para los contribuyentes. Tenía que pagar a los prestamistas decenas de millones de dólares en intereses cada año simplemente para que los prestamistas le dieran el dinero al estudiante.

Años después, el propio Congreso aumentó los márgenes de beneficio, permitió que los préstamos fuesen de treinta años, más allá de los diez habituales. La primera consecuencia fue que las universidades y los centros educativos, como se ha explicado, empezaron a subir las tarifas sin freno. Si el crédito tenía las mismas condiciones que una hipoteca para comprar una vivienda, las carreras empezaron a tener precios como los de una casa. Como en una tormenta perfecta, el alza de los precios obligó a todavía más alumnos a tener que pedir préstamos para estudiar y poder hacer frente a esas tasas. 

En 1995 hubo un susto: las acciones de Sallie Mae cayeron en picado. ¿Por qué sería? Por algo tan obvio como un programa de préstamos directos que estaban promoviendo los demócratas en el Congreso. Un sistema de financiación de los estudios que no pasase por intermediarios ni por los bancos. Era más racional, pero también había motivos prosaicos. Clinton quería financiar gastos del Estado con el interés de esos créditos. No obstante, tras las elecciones de 1994, los republicanos consiguieron la mayoría en las cámaras legislativas en lo que se conoció como «Revolución Republicana», y muchas reformas quedaron abortadas. Entre ellas, también la sanitaria. En estas condiciones, Sallie Mae logró mediante descuentos recuperar el terreno que el programa de Préstamos Directos le había arrebatado. Además, los precios de los estudios habían subido tanto que el Gobierno no pudo asumirlos enteros, y los estudiantes que solicitaban préstamos directos tenían que completar la matrícula con los de Sallie Mae. 

Desde entonces, ha habido intentos de reducir este gasto que crece como una bola de nieve. Obama, por ejemplo, flexibilizó las condiciones de los créditos. Fijó que el pago mensual no podía ser de más del diez por ciento de los ingresos y que, al cabo de veinte años, las deudas se condonaban. A principios de los 90 se había abierto una brecha entre los salarios de los trabajadores con formación y sin ella. Se extendió la sensación de que los títulos universitarios lo eran todo. 

En ese momento, Estados Unidos presumía de ser el país con los trabajadores mejor formados del mundo, pero en el siglo XXI cambió el paradigma. Cuatro de cada diez estudiantes con titulación universitaria no ganaban más que la media de los trabajadores que solo tenían la secundaria. Sin embargo, la mentalidad sigue intacta y miles de estudiantes siguen pidiendo prestado, lo que les conduce al pozo de la deuda sin haber obtenido ninguna contrapartida. Antes, los políticos presumían de haber pedido estos préstamos para mostrar que venían de la clase obrera. Ahora, esos trabajadores endeudados para toda la vida por sus estudios que con sus trabajos no ganan más que los que tienen solo la secundaria, reflejan con nitidez en qué se ha convertido el sueño americano. 


Francisco Igea: «No se puede deslegitimar al adversario y mucho menos deshumanizarlo»

Francisco Igea

Francisco Igea Arisqueta (Valladolid, 1964) es el candidato de Ciudadanos a las elecciones de Castilla y León, y una rara avis dentro de la política española. Con aspecto de afable profesor y médico de profesión, siguiendo con la tradición familiar que viene de sus abuelos y sus padres y continúa con sus dos hijos, considera que la medicina y la política sirven para mejorar la suerte de la gente. Tras su inicio en la política de partidos con UPyD, se incorporó posteriormente a Ciudadanos , donde ha mantenido siempre un perfil propio y por el que ha no ha pasado nunca desapercibido. Se confiesa muy terco y apasionado por todo lo que hace.

En plena vorágine de campaña electoral, se sienta con nosotros a tomar un café para charlar de lo divino y de lo humano, sin perder la sonrisa.

¿Cómo empezó en política?

En 1983, cuando fui delegado de facultad.

O sea, ya había querencia, ¿no?

Fui delegado de la facultad tres años, y allí coincidí por primera vez con Garicano. Y allí por primera vez hablamos de la transparencia en la universidad, en las evaluaciones… fíjate si ha llovido, y aún no hemos conseguido casi nada.

¿Permite la política actualmente tener un perfil propio?

A mí sí, y creo que es difícil. Es verdad que es difícil mantenerse con un perfil propio en política por el sistema de funcionamiento de los partidos, lo he escrito y lo he dicho muchas veces, pero creo que la política no puede matar a las personas. Uno de los gravísimos errores de la política española es que no permite los perfiles propios. He de decir que a mí me gusta mi partido, pero cada vez que hemos tenido follón interno y la gente se va o viene, siempre digo que no puede ser que un partido liberal elimine estos perfiles. Es bueno que haya perfiles propios, perfiles independientes, que la gente pueda expresarse, incluso como hice yo, presentarme a unas primarias contra la que es ahora presidenta del partido y seguir aquí. Creo que eso es muy bueno, de hecho, es una de las cosas que probablemente más han movilizado al partido en estas últimas semanas, decir «mira, aquí había unas personas que discrepaban pero están de acuerdo en lo que proponen con Ciudadanos».

¿Le ha defraudado mucha gente en política?

Sí, y en la vida. La política amplifica las condiciones de las personas, y a las personas las conoces en las malas, en los días malos, pero luego a mí la condición humana no es que no me defraude, ¡es que es la condición humana! Hay que ser comprensivo con la gente. ¿Hay cosas que me han dolido más o menos? Sí, pero si tú no tienes una alta estima de ti mismo… aunque no eres perfecto (yo también he cometido errores y me he decepcionado a mí mismo muchas veces), pero hay que intentar convivir con ello. Este mundo de lealtades eternas y de traiciones a mí me pone muy nervioso. La gente que llama traidores a unos tipos en su partido me pone muy nervioso y yo procuro no hacerlo. 

¿Pueden dedicarse los intelectuales a la política?

No lo sé, yo no soy un intelectual [risas]. Siempre acaban mal en política, ¿por qué? Porque los hombres libres suelen tener muchos problemas en los partidos, y esa es una de las cosas que hay que intentar cambiar, siempre lo he dicho y lo he dicho en el partido. Yo he discrepado con gente de mi partido, con Girauta, por ejemplo, doscientas mil veces, pero me llevaba bien, me parecía un tipo que siempre me contaba algo interesante aunque fuera para discrepar, y esto es algo que falta en los partidos políticos. Ayer tuvimos un acto, de lo más peligroso que hemos hecho: juntamos a Javier Nart y a Paco Sosa Wagner; y me dije «¡me echan del partido, son gente peligrosa!», pero yo creo que es necesario que en la política haya reflexión, debate, análisis… que puedas ver cosas nuevas. El «sí, bwana» es lo que mata la política. El cesarismo era algo en lo que teníamos una seria discrepancia en la manera de organizar el partido, no solo por el hecho de la democracia interna, sino por la eficacia. Si tú no toleras la discrepancia, si no tienes un sistema para confrontar dentro del partido, tus decisiones van a ser equivocadas con mucha más frecuencia.

¿Se ha convertido la carrera política en la carrera de alta dirección para los funcionarios?

Bueno, eso es bastante cierto. Nuestro sistema hace que, si no tienes un sitio donde volver, sobrevivir en política sea muy complicado, y en esto tienen más ventaja los funcionarios. Necesitamos políticos que puedan salir de la política. El problema de los políticos que no pueden salir de la política, que son la inmensa mayoría, es que los que no son funcionarios se convierten en funcionarios del partido, y es mucho peor que el que sean funcionarios porque esta es la gente que, con perdón, roba, mata, asesina para sobrevivir. Esta es una de las cosas que estamos viendo. Cuando tú tienes la posibilidad de irte a tu casa, eres más libre. A veces me dicen «por qué dices esas cosas, es que tú eres muy libre», no mire, oiga, es que yo puedo volver a otro trabajo.

¿Recuerda haberse tenido que tragar en alguna ocasión sus propias palabras?

Síííí, sí, sí [vehementemente]. Sí, de hecho yo cité a Churchill el primer día de mi investidura, con la famosa frase de «a menudo me he tenido que comer mis palabras y he comprobado que son una dieta equilibrada».

¿Está de acuerdo con lo de que la política es el arte de lo posible?

Sí. Sí y cada día más. Siempre digo que mi libro político de cabecera, después del de Luis Garicano [El dilema de España] es el de Víctor Lapuente, El retorno de los chamanes. La política incremental es algo que la gente se tendría que grabar a fuego. Venimos de discutir, por ejemplo, sobre la convalidación de la reforma laboral, que oiga mire, no es la mía, no, pero ¿hemos avanzado tres pasos hacia donde tenemos que dar siete? Pues si voy por el buen camino déjeme darlos».

Francisco Igea

Un político tiene tres carreras de fondo o vidas, la que corre dentro de su propio partido, la institucional y la mediática. Suele ser difícil tener éxito en las tres a la vez, ¿en cuál de estas tres carreras se ha sentido más cómodo?

Yo me he sentido más cómodo en la vida institucional, en la vida en la que puedes hacer cosas. La política en la oposición es muy frustrante, si no estás en el poder tienes menos impacto. La parte bonita de la política es cuando puedes hacer cosas, como en estos dos años y medio en el gobierno de Castilla y León. 

Ahora bien, ¿me gusta la vida mediática? ¡Claro, vamos, lo paso como un gorrino en un barrizal! Me lo paso bien, me gustan las entrevistas, y tiene esa parte de vanidad que el que dice que no la tiene es porque está mintiendo, pero tienes que entender que en política lo útil es conseguir cambiar las cosas. Disfrutar es tener el boletín oficial.

¿Cree que las listas abiertas, o desbloqueadas, darían un mayor valor a los representantes políticos?

Yo creo que es imprescindible cambiar el sistema. Estuvimos este año en Finlandia, estudiando el tema de la despoblación, y yo no conocía el sistema de representación que tienen, aplican el método D’Hont y listas desbloqueadas. El sistema en Finlandia es muy curioso, hasta la papeleta es cuadrada, y marcas uno de los veinte candidatos posibles, uno solo, de tal manera que el reparto de los diputados sale por método D’Hont, pero el orden lo marcan los ciudadanos. Esto hace que todos los candidatos que están en esa lista se maten cuando son elegidos para que en su distrito, en su pueblo, les vaya bien, y son del mismo partido. Yo creo que esta es una manera más racional de hacer el reparto, o hacemos eso o aquí lo de los partidos de la España vaciada va a ser una broma; podemos acabar con doscientos mil partidos locales, la gente tiene mucha desafección hacia la política tradicional.

¿Piensa que ya va siendo hora de abordar la reforma de la Constitución española?

No, yo creo que es más urgente la de la Ley de Partidos. La reforma de la Constitución tiene un problema, que es abrir un melón, y una vez que lo abres a ver cómo acaba. La Constitución funciona racionalmente bien y, lo que verdaderamente pienso que en estos momentos sea urgente, realmente urgente, y lo hemos visto esta semana en el Congreso —y lo vamos a ver mucho más—, es reformar el funcionamiento de los partidos de tal manera que se pueda llegar a acuerdos que no sean de bloque a bloque, permitir que haya un cierto grado de permeabilidad al acordar, y eso tiene mucho que ver con el funcionamiento interno de los partidos, con el sistema de representación, con esto que hablábamos de cómo se eligen las listas. Es más urgente reformar la Ley de Partidos, sí.

De los últimos cuarenta y cinco años de la historia de España, ¿qué tres políticos destacaría?

Yo tengo muy buen recuerdo, como político, de Rubalcaba —que era químico, en realidad ninguno de los que estoy pensando era político—; de Leopoldo Calvo-Sotelo, y he de decir que uno de los libros más divertidos que he leído sobre la política en España es Memoria viva de la transición; Leopoldo tenía un sentido del humor fantástico y dio grandes discursos. Y luego no sé quién decir, hay mucha gente a la que tengo respeto pero cuya trayectoria posterior es mala… yo siempre he dicho que UPyD hizo uno de los diagnósticos esenciales de la política y luego se envenenó a sí mismo… Uno tiene que intentar que la política sea útil, no solo brillante. Se suele fallar en hacerla útil.

¿Y de la política internacional, alguna figura?

De nuestra época, yo soy superfan de Angela Merkel, me encantan los políticos aburridos y eficaces, que hablan con todo el mundo, parece alemana… [risas], sí, es que es verdad, una señora que ha sido capaz de pactar con el partido socialista, hacer una política eficaz y a la que despide el Parlamento puesto en pie. Es un gran momento de la política la despedida de Merkel, me parece la quintaesencia de lo que tiene que ser la política, que es, oiga, que al final lo que importa son los ciudadanos, los resultados, y no que tú seas un tipo súper, súper brillante.

Y sobre políticos de fuera de Europa, he de reconocer que soy devoto, pero devoto hasta las lágrimas, de John McCain. El discurso de concesión de John McCain [el de 2008, en el que felicitó a Obama por su victoria y a quien expresó respeto], que oigo repetidamente, es de lo más bonito que he escuchado yo en mi vida, era un hombre comprometido con su país y con sus ideas… es un hombre que deja expresamente dicho que no quiere que vaya Trump a su funeral.

Antes de la existencia de UPyD y de Ciudadanos, ¿a cuántos partidos diferentes había votado?

Puf, a todos prácticamente. Bueno, a todos no, pero que recuerde al CDS, al PSOE, al PDP… una cosa que la gente no sabe es que Óscar Alzaga es familia de mi madre, y tuve una hermana en el PDP… y nosotros en casi todas las operaciones fracasadas de centro hemos participado de alguna manera u otra.

¿Y su propia familia lleva bien su protagonismo político?

Está acostumbrada, ya te digo, mi propia mujer me conoció siendo delegado de la facultad subido en un banco rodeado de gente, así que sí, ya lo saben…

O sea, que existe la política aparte de los partidos…

Existe, gracias a Dios.

¿A quién cree que es más fácil convencer como nuevo votante de Ciudadanos, a un exvotante del PP o a un exvotante del PSOE?

¡Me intento conformar con captar a los antiguos!, no me lo ponga más difícil [risas].

¿Considera que entrar en política desde muy joven y no haber tenido otra actividad profesional es un hándicap?

Es un desastre. Es que lo he visto, y lo veo en mi vida política ahora en Castilla y León, donde los dos líderes principales, tanto del PSOE como del PP, no han tenido otra vida. Y se les nota.

Tal y como se ponen en práctica, ¿son útiles las primarias en nuestra vida política?

Tienen mucho que mejorar. Yo sería más partidario de unas primarias abiertas al estilo americano, donde la gente (simpatizantes, no solo militantes) se registrase para votar. ¿Por qué? Porque a los partidos luego les pasa, por ejemplo, que tienen cada vez menos militantes. Yo creo en las primarias, y gané probablemente las primarias más controvertidas de este país, junto con las de Pedro Sánchez. Nadie puede dudar de mi fe en las primarias, pero deberían de abrirse a los votantes registrados, simpatizantes, para que fueran más eficaces, más parecidas a las primarias americanas. En realidad, tú buscas el candidato que va a representar mejor la opinión de los votantes, y luego tienes que entender que es el candidato a la presidencia el que va a hacer ese trabajo y no es el presidente del partido, son dos cosas diferentes.

Francisco Igea

¿Estar en el centro es lo mismo que estar en medio?

Ay, ¡esto lo digo siempre!: «no es lo mismo estar en el centro que en el puto medio», es que es verdad. No, no es lo mismo ni parecido; ¿por qué? Pues porque estar en el centro, u ocupar el espacio político que nosotros ocupamos de liberalismo y de partido progresista, no es estar equidistante. A veces los demás se mueven, ¿y tú te tienes que mover de un lado al otro? No, ¡no! Si los demás se mueven, déjalos que se muevan, pero no te menees tú. Sé que es difícil y a nosotros nos han definido por la equidistancia en vez de por nuestras políticas, y te tienen que definir tus políticas. ¿Cuál es tu política laboral? Hoy estamos recibiendo algunas bofetadas [por el apoyo a la convalidación de la reforma laboral del Gobierno], ¿por qué? No hay necesidad, ¿no éramos los tipos del contrato único, no somos los tipos que queríamos que esto avanzase? Pues entonces tienes que saber dónde estás, pero nos ha pasado mucho que a veces nos definíamos como los tipos que pueden pactar con unos y con otros, y es una definición que a mí no me gusta. Nosotros somos los tipos que tenemos una política capaz de ser acordada, eso es lo que hay que explicar, pero es difícil. El centro es un sitio difícil y estar en el medio lo que es, es difícil de cuidar, porque recibir las bofetadas de los dos lados es complejo.

Bueno, y a ver si es posible, en treinta segundos…

Eso es imposible [risas]. 

… ¿qué es ser liberal hoy en España?

[Risas] En treinta segundos no contesto casi nada, pero lo voy a intentar.

Ser liberal yo siempre lo defino con una frase: eres el que cree que la gente tiene que llegar tan lejos como sus méritos, su esfuerzo y su capacidad le marquen, y pones las condiciones para que eso se haga así. Y las condiciones exigen sacar de la ecuación el nacimiento, por tanto exigen una educación pública de los cero a tres años, y un sistema de protección social que evite que la fatalidad marque tu destino. 

Esto lo más resumido que puedo hacer.

Pasando a la actualidad de Castilla y León, ¿cuál sería, en su opinión, el mayor reto de la política autonómica?

El mayor reto para nosotros es sacar a la comunidad del conservadurismo. Castilla y León es una comunidad muy conservadora, lo ha demostrado en las elecciones año tras año. Es una comunidad tan conservadora que incluso el Partido Socialista es conservador, Tudanca podría llamarse Fraga y no pasaría nada. No quieren cambiar nada, ni la transparencia, nada. Es difícil en una comunidad con mucha gente mayor, muy conservadora, transmitir la ilusión del liberalismo, del progreso, de cambiar, de que tú puedes liderar la comunidad. Y eso es en lo que estábamos cuando pasó esto [el adelanto electoral que convoca el presidente Mañueco]. Ese es nuestro reto, que nuestra comunidad se crea capaz de ir en la avanzadilla, de dejar de ser conservadora e ir a la vanguardia del país, ser una comunidad de acogida, en la que el desarrollo sea clave, en fin.

Enlazado con esto, ¿es posible hacer política territorial sin caer en localismos, en nacionalismos…?

Es posible. Es posible pero hay que tener las ideas claras, tienes que saber qué es lo que quieres. ¿Sabe cuál es la pregunta que más temo siempre, como candidato autonómico? Cuando vas a la entrevista de la radio local y te preguntan por el programa para tu provincia, porque yo no tengo la bolsa de caramelos, la de «te voy a hacer aquí un hospital, te pongo una carretera…». Yo he sobrevivido sin hacer esas cosas, no sé si lo haré largo tiempo, queramos que sí, pero es difícil, muy difícil. Y, sin embargo, si tienes claro que tu política es eficaz a nivel nacional, a nivel europeo, en lo autonómico y local también lo es. La transparencia es buena en el ayuntamiento, en la comunidad. Luchar contra el clientelismo es bueno, simplificar las normas es bueno a este nivel y a otros, y luego está la infraestructura, que siempre se usa para la bolsa de caramelos, con lo cual siempre es complicado hacer política territorial.

¿Cree que se va a dar Mañueco mus, con unas nuevas elecciones, si no es capaz de gobernar en solitario?

Mañueco ha echado un órdago y lo va a perder.

¿Qué diferencia hay entre lo que ofrece Ciudadanos en esta campaña y lo que ofreció hace dos años y medio?

Las circunstancias. Como decía Ortega, yo sigo siendo yo pero las circunstancias han cambiado notablemente, son ahora muy diferentes.

¿Cómo vendes en León a un señor de Valladolid?

La inmensa mayoría de los señores de León lo ven bien. Siempre nos pasa que tomamos la parte por el todo, y hay unos señores en León que se han apuntado a esto de «la culpa es del otro». La esencia del nacionalismo es «yo no busco soluciones, busco culpables», y eso siempre es muy molón porque entonces la política es muy fácil, una vez que mates a los culpables los problemas se van a resolver, ¿no? Pero en León hay mucha gente con sentido común, de hecho UPL no saca mayoría nunca.

Francisco Igea

Ahora una pregunta más densa a la que damos en vez de treinta, cuarenta y cinco segundos: ¿qué es lo que cambiaría de Ciudadanos?

Yo cambiaría lo que propuse cambiar, cómo funcionamos internamente. 

¿Qué es lo que estamos intentando cambiar ahora? En primer lugar, yo intenté cambiar las normas y lo que tenía que haber intentado cambiar, probablemente, era otra cosa. La política también tiene una parte sentimental que hay que cambiar. Hay que cambiar el mundo de traidores y adhesiones acérrimas, hay que conseguir que seamos capaces de reconciliarnos con nosotros mismos, porque somos un partido que creemos mucho en la reconciliación, en una tercera España posible, pero nos cuesta reconciliarnos con nosotros mismos. Y, a ser posible, intentaría que las normas fueran hacia donde nosotros queríamos que fueran, pero tampoco me estaría todo el día mirando a ver cómo tengo las uñas.

El otro día leí el artículo de Juan Claudio de Ramón que me encantó, sobre que siempre nos tira la sisa, mire, no somos perfectos. Somos liberales pero no perfectos, y hay gente que no lo entiende. Queremos que gobiernen las élites, para, como yo digo, llamarles luego ¡elitistas!… Somos un espacio político complicado. Entonces, lo primero que tenemos que aprender es a reconciliarnos con nosotros mismos.

¿Cómo visualiza los partidos del futuro, idealmente?

Mucho más abiertos. Yo creo cada vez más en partidos que funcionan durante la campaña pero no funcionan tan jerárquicamente, tan institucionalizados. Los partidos en general cada vez tienen menos militantes, pero son máquinas electorales y unas máquinas de generar ideas y propuestas, y tienen que funcionar de un modo mucho más dinámico del que funcionan, muy, muy jerarquizado. Por eso decía que la Ley de Partidos es importante cambiarla, porque es importante que lo que pasa en campaña, cuando mucha gente se suma porque cree en el espacio, en sus ideas, no se pierda mientras los partidos menguan en militantes. Tiene que hacerse posible de otra manera, que haya más flexibilidad para aportar e intentar también no ser tan dirigistas, no ser tan cesaristas, que es lo que nosotros propusimos en su día, no yo.

¿Considera que UPyD y Ciudadanos cometieron errores similares o no tuvieron nada que ver?

Muy similares, los que hemos estado en la casa lo sabemos… sí. Es el todo o nada, es el estás conmigo o contra mí, es el cesarismo. Los partidos liberales tienen que ser liberales, no pueden ser cesaristas; se equivocaron, además, con esa dureza con el discrepante. Yo las cosas que he visto en Twitter, en un sitio y en otro cuando uno se iba, o no se iba, y mataban a uno e insultaban a otro y tal… Tengo una frase que se hizo famosa, y es que «en este partido ya solo quedamos los traidores». Un poquito menos de Inquisición nos vendría bien.

¿Y ver alguna virtud también en los rivales políticos, cree que es un ejercicio que puede ser sano y que se practica poco?

Sí, sin duda. Es que ahora mismo es casi lo más urgente. Cuando estaba en el Congreso de los Diputados, yo tenía buena relación con gente superextraña aparentemente. De hecho, algún exdiputado de ERC me ha deseado suerte, y eso, para un tipo que es candidato de Ciudadanos puede sonar un poco raro, eh, pero hay que ver a las personas en la medida de lo posible. Humanizar la política es muy importante, porque lo peor que le puede ocurrir a este país, y le está ocurriendo, es que deshumanizas al enemigo. Lo deslegitimas primero, luego lo deshumanizas, y después… lo que viene después ya sabemos lo que es. No se puede deslegitimar al adversario y mucho menos deshumanizarlo.

¿Le habría gustado vivir como protagonista la época de la transición?

Pues sí, sí me hubiera gustado, porque ¿sabes cuál es la diferencia con lo que le pasa a este país ahora? Pues que entonces España tenía un proyecto común. La transición es un proyecto común, y a este país le falta ahora un proyecto común. Entonces teníamos el proyecto de entrar en Europa, por ejemplo, y en eso coincidía todo el mundo. Pero este país está ahora desorientado porque no tiene un proyecto común y en consecuencia tiene muchísima división, porque falta ese proyecto común de a dónde queremos ir como país. 

Y luego también hay momentos fantásticos para vivir… Uno de los libros que más me ha divertido leer es sobre Torcuato Fernández Miranda, Lo que el rey me ha pedido. Ese es un momento fantástico.

¿Dónde se ve en diez años?

Felizmente jubilado, pero espero haberme portado tan suficientemente mal como para ser eurodiputado [risas].

¿La tortilla con cebolla o sin cebolla?

De Betanzos.

¿Le llama más la atención una ópera o una pinacoteca?

Una ópera. La pinacoteca me gusta, el otro día estuve en El Prado, soy superfan de El Prado, pero he de decir que para mí la ópera… Que he ido poco ¿eh?, que esto puede sonar un poco repelente niño Vicente. A la ópera en Valladolid hemos ido dos veces, luego he ido a una de fuera, pero las veces que he ido me parece el espectáculo total, pero total. Ver Rigoletto para mí es espectacular. Recuerdo que llevé a mi hija, que entonces tenía doce años, y lo pasó como una enana. Es la música, es todo.

Francisco Igea

¿De qué película le hubiese gustado ser protagonista?

Tengo muchas, muchas. Pero mi película favorita, sin lugar a dudas, es Gran Torino. También Centauros del desierto, soy superamante de John Ford, me parece un director brutal.

¿Clint Eastwood? Muy liberal no parece…

Bueno, ¡depende, depende! Gran Torino es una película brutal, la antítesis de todo lo que hace Clint Eastwood, es la historia de la redención. Me encanta, la he visto seis veces en el cine.

Sobre series… ¿Juego de tronos o Breaking Bad?

Pues he de decir que no soy muy fan de ninguna de las dos, que las dos las he empezado a ver y las dos las he dejado… ¡ahora puedo ser fusilado al amanecer por decir esto! [Risas]. De Juego de tronos tengo bastante con lo vivido en política, no necesito más.

Personajes de la política contemporánea en España… Veamos a qué personajes literarios o cinematográficos le inspiran…

Bueno, eso es peligrosísimo…

Eso es peligrosísimo, efectivamente, va con toda esa intención: ¿Pedro Sánchez? 

Cuál sería el personaje más vanidoso que he visto yo en el cine… [Duda]. No lo sé… ni literario… ¡es que no veo un personaje a su altura!… no encuentro un personaje a la altura de su vanidad.

Bueno, pues pasemos a Mañueco, por ejemplo… 

[Risas] Mañueco sería… sí, un personaje de serie de Los Soprano. Es un hombre frío, calculador…

¿Ayuso? 

Sobre Ayuso una vez hice una cosa que casi me matan, y fue compararla con Los Pecos… Me costó muchos disgustos, no sé si hacerlo [risas]. Es un fenómeno, es un fenómeno que para mí es inexplicable, pero que hay que reconocerlo como un fenómeno social. Un personaje tan popular como Ayuso es un fenómeno mediático… Ya te digo que lo veo más con Los Pecos que con un personaje literario, no sé.

¿Pablo Casado? 

El hombre más gris que he visto en mi vida, el hombre sin atributos… No podría protagonizar ninguna novela, si acaso El hombre invisible..

¿Y Abascal? 

Abascal, el Cid Campeador. 

¿Rivera? 

El hombre que pudo reinar.

¿Iglesias? 

Lo pondría al nivel de Bienvenido Mr. Chance, una persona que sorprendentemente llegó a ser vicepresidente, nadie sabe por qué… Cumplió el Principio de Peter, llegó a su nivel máximo de incompetencia.

¿Yolanda Díaz? 

Puf, me lo estáis poniendo dificilísimo… Iba a decir, no sé Sexo en Nueva York, algo de amor y lujo.

El último, ¿Feijoo? 

El hombre tranquilo.

¿Se premia la valentía en política?

[Piensa unos segundos] Sí, aunque parezca sorprendente esto que digo. Sí, se premia, se premia, pero no es suficiente, ¿eh? No es suficiente ser valiente, pero la gente sí reconoce, y a nosotros también nos lo reconocen cuando hay que tener decisión, es importante. En política, un tipo timorato… es muy peligroso.

¿Y la credibilidad?

Espero que sí, ya le contaré el domingo [día electoral en Castilla y León].

Francisco Igea


‘La piedra permanece’: Historias de Bosnia-Herzegovina

La piedra permanece Marc Casals

Algo empezó a torcerse desde el momento en el que la bandera de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sarajevo, allá por 1984, se izó conforme la habitual fanfarria trompetera. Se izó al revés, ay, por un descuido. Yugoslavia existía todavía, pero el nacionalismo, reprimido largos años bajo la anestesia federal de Josip Broz Tito, empezó a viciar las relaciones vecinales entre serbios ortodoxos, croatas católicos y bosniacos musulmanes.

Para hablar de Bosnia-Herzegovina cualquier anécdota o señuelo es interesante como comienzo, caso de la bandera olímpica. Pero hay una cosa que debemos saber de antemano. Tal vez nunca se pueda conocer Bosnia en profundidad. Marc Casals (Girona, 1980) vive desde hace años en el país. Lo ha rastreado hasta donde el paisaje se vuelve un escondrijo de sí mismo. Ha hablado con los lugareños y ha trabado amistad con muchos de ellos (origen, al cabo, del presente libro). Pero con Bosnia, cuando uno cree saberlo todo o casi todo, de pronto surge un nuevo dato o detalle o perspectiva que le sugiere al extranjero que debe seguir progresando adecuadamente…

Un consejo para empezar podría ser obviar libros y películas penosas, basadas en tópicos muy manidos entre los buenos muy buenos y los malos malísimos (la película La sombra del cazador, protagonizada por Richard Gere, debiera haber sido secuestrada hace tiempo por indignidad intelectual).

Decía el hoy célebre periodista Manuel Chaves Nogales que «andar y contar es mi oficio». El libro de Marc Casals destila también este «andar y contar» como esencia del oficio periodístico. Pero aquí se tiene en cuenta no tanto el paisaje, que también, como el paisanaje: quiere decirse la gente del lugar. La piedra permanece es por tanto una galería de retratos, un fresco de vivencias. El autor nos ofrece dieciséis perfiles que muestran cómo la sangrienta guerra de Bosnia (1992-1995) supuso un antes y un después para todos los que la sufrieron. Los bosnios dicen que tienen tres vidas: una antes de la guerra, otra durante la guerra y una tercera después de la guerra. En 2022 se cumple su 30 aniversario.

Aunque el dolor no puede soslayarse, lo que el libro enseña es que la vida sigue para los bosnios. Y lo hace no como un mantra vacío de contenido, sino como reflejo de una voluntad de resarcimiento, de querer vivir y retomar la dignidad interrumpida por el devastador conflicto.

Por otra parte, a quienes les gusten los mapas están de enhorabuena. La configuración territorial de Bosnia-Herzegovina es hoy poco menos que una chifladura (para muchos es una legitimación de la limpieza étnica practicada durante la guerra). Decimos chifladura porque debe haber algo de humor en la perspectiva de las cosas. Como cuenta el propio autor, los bosnios a menudo van del dolor al humor y hacen del día a día un chiste lleno de sabiduría práctica. Olvidan así todos los sinsabores que ha traído el llamado tiempo de paz (corrupción política, desempleo, guirigay institucional, falta de futuro, nacionalismo larvado).

A las preguntas y respuestas por parte del autor le seguirá a continuación, como añadido a la entrevista, el índice de los dieciséis personajes que aparecen retratados en el libro. Ellos son los protagonistas y ellos nos dan también sus respuestas.

Hablemos, primero, de belleza, paisaje, vida y trascendencia. Piense en la copla manriqueña: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir». Piense en los ríos de Bosnia. El Drina (azul imponente), el Una (verde lírico), el Sava (color barro), el Neretva (turquesa), el Vrbas (verde común) o el Bosna (verde gentilicio). Atribuya un río o un color a cada uno de los dieciséis personajes que aparecen en su libro.

Bueno, la mayoría de personajes ya tienen su propio río con el que mantienen un vínculo emocional, casi como si en Bosnia los ríos fuesen personas. Más que asignar colores, me gustaría reivindicar la policromía del libro, reflejo de la diversidad que, en buena parte, hace que Bosnia sea lo que es. Aunque dentro de Bosnia sea un motivo trillado, siempre pensé que un buen diseño para la cubierta del libro sería un ćilim (alfombras tradicionales de colores abigarrados muy presentes en los Balcanes). No andaba muy lejos de esta órbita la editorial, Libros del K.O., cuando me plantearon que, teniendo en cuenta que Bosnia es un collage y el propio libro es un collage, quizás sería buena idea proponerle la cubierta a Patricia Bolinches, diseñadora especializada en collage.

Háblenos ahora del presente en Bosnia y de la deuda moral del pasado. Habla usted del peligro de usar la palabra «reconciliación». Para salir del trauma de la guerra (hay crímenes aún sin juzgar), ¿cómo compaginar la necesidad de justicia con el lado cínico del pragmatismo? ¿Mejor antes «reparación» que reconciliación?

La «reconciliación» como encuentro en un punto medio me parece una trampa que beneficia a los perpetradores. Creo en la documentación de lo ocurrido para combatir al establishment político, mediático y académico nacionalista, que produce relatos monolíticos y dinamita las posibilidades de recoser el país, pero no en un falso pragmatismo que, a la hora de la verdad, implicaría esconder los problemas debajo de la alfombra. Obviamente, hay que juzgar a los criminales de guerra (la mayoría de los cuales permanece en libertad) e intentar aliviar el sufrimiento de las víctimas, dos objetivos que en Bosnia están muy lejos de conseguirse.

Aeropuerto de Sarajevo. ¡Bienvenidos! Explique el mapa territorial de Bosnia-Herzegovina a un profano que quiera visitar este país. Ya sabe, dos entidades (Federación bosnio-croata, la República Srpska), tres nacionalidades (croata, serbobosnia, bosniaca musulmana), un gobierno rotatorio, el curioso cantón autónomo de Brčko, etcétera.

Hace años había una descripción sarcástica de Bosnia que circulaba por las redes: «Un país, dos entidades, tres presidentes, diez cantones, catorce gobiernos, ciento ochenta y tres ministerios, ochenta y cinco partidos políticos, cincuenta asociaciones de veteranos, trece sindicatos, doce cuerpos de policía, tres academias de ciencias, dos fondos de pensiones, tres sistemas educativos, tres empresas de telecomunicaciones, tres distribuidores de electricidad, quinientas cincuenta mil 0 personas desempleadas, seiscientos treinta mil pensionistas, cuatrocientas cincuenta mil personas desplazadas por la guerra, setenta y cinco por ciento de pobres, seiscientas cincuenta mil personas empleadas en instituciones públicas… y un número indeterminado de ladrones». La verdad es que es bastante precisa, tanto en los niveles de gobierno como en el peso abrumador de la corrupción.

Vayamos a los siguientes hechos (mayo-noviembre de 2021). Le resumo:

1) El asunto de los llamados non-papers llegados a Bruselas que piden que se redibujen las fronteras en Bosnia-Herzegovina y en Kosovo.

2) El alto representante internacional para Bosnia, Valentin Inzko, dejó su puesto en verano ordenando castigar penalmente el negacionismo de los crímenes contra la humanidad (Srebrenica sobre todo).

3) Su sucesor, Carl Schmidt, habla ahora de riesgo «muy real» de desestabilización por el reto secesionista serbobosnio.

4) Ejercicios militares recientes «antiterroristas» en el entorno de Sarajevo por parte de la policía serbobosnia.

Dígame si vale el tópico marrullero a lo fast food, ¿regresan los fantasmas a los Balcanes o nunca se han ido?

Los «fantasmas balcánicos» de Robert Kaplan a los que alude la pregunta es un libro denostado por los balcanólogos por su orientalismo, su mirada cargada de morbo sobre los Balcanes y la atribución de los conflictos que los han asolado a odios ancestrales. Los problemas de la Bosnia actual se vienen arrastrando desde hace quince años, quizás desde el fin de la guerra, por la irresolución de varias cuestiones en el periodo transcurrido desde la firma de los Acuerdos de Dayton [noviembre de 1995]. En los últimos tiempos Milorad Dodik [líder serbobosnio de la República Srpska] ha percibido la desunión en la Unión Europea respecto a cómo afrontar una hipotética crisis en Bosnia y, con el apoyo tácito del nacionalismo croata, intenta lograr las máximas concesiones a su favor, incluido que se anule la prohibición de negar el genocidio.

¿Cómo se puede viajar hoy por la hermosa Bosnia sin pensar en la muerte? Dicho de otro modo, ¿cómo hacer rafting en el Drina si sus aguas están asociadas a los crímenes atroces de la guerra?

Justamente el otro día le hice una pregunta en el mismo sentido al novelista bosnio Damir Ovčina, cuya novela Plegaria en el asedio presenté en Barcelona, porque en su obra aparece como tema recurrente la discontinuidad que la guerra impone a un mismo espacio: lugares que siguen existiendo, pero que, tras lo ocurrido allí durante el conflicto bélico, son y no son a la vez el mismo lugar que antes. Imaginemos, ya que usted cita el río Drina, un remanso donde se produjo una masacre, cosa que hace que, de repente, uno se lo piense dos veces antes de bañarse allí. Raramente en los paisajes bosnios la belleza deja de ir acompañada de un cierto peso, sobre todo en los antiguos escenarios de atrocidades. Sin embargo y pese a todo, la vida sigue y, si los propios bosnios son capaces de seguir disfrutando en su país, sería un histrionismo por nuestra parte andar por él con gesto compungido.

Usted ha hablado, a mi juicio inteligentemente, de que gran parte de las guerras balcánicas (1991-1999) se deben a los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial y a lo que esta tuvo de guerra civil también. ¿Es la guerra de Bosnia la segunda parte de aquel conflicto mundial?

Durante el siglo XX, en los Balcanes las cuestiones no resueltas se fueron engarzando de una guerra a otra. En la historia de Mladen intento esbozar de qué forma estos engarces pueden generar nuevos ciclos de violencia. La Segunda Guerra Mundial fue la cuna sangrienta donde nació la Yugoslavia socialista, porque la victoria partisana y su ensalzamiento eran uno de los pilares del país, pero al mismo tiempo existía una memoria oculta de los perdedores, colaboracionistas de los ocupantes y nacionalistas de sus respectivos pueblos. En varias historias, sobre todo la de Ilija, perteneciente a una familia de ustachas [fascistas del Estado Independiente de Croacia, 1941-1945], intento mostrar esta memoria oculta que pervivía bajo el discurso oficial y que empezó a resurgir a partir de los años 80. Quedé sorprendido el día en que me di cuenta de que, si bien de signo contrario, las experiencias eran parecidas a las de mi familia, republicana, tras la guerra civil española: los arrestos arbitrarios, las dificultades para subsistir, la humillación de que a tus hijos les enseñen la historia del bando contrario… Pensé que valía la pena mostrar esta realidad para entender mejor la disolución de Yugoslavia al cabo de varias décadas.

Dígame si le digo que la solución para Bosnia pasa por dividirla sin más. Una parte se integra en Croacia (Herzeg-Bosna), otra en Serbia (República Srpska) y otra, la bosniaca musulmana, que opte o por la UE o por la tutela de Turquía. ¿Peco de ignorancia, de pragmatismo o de frivolidad? Y, en caso de que se haya llevado usted las manos a la cabeza, ¿no refrenda de hecho el actual mapa de Bosnia el triunfo territorial de la guerra étnica?

Básicamente ese era el proyecto de Milošević, Tuđman y el resto de nacionalistas serbios y croatas, por el que muchos de ellos cumplen condena en La Haya y otras cárceles de Europa. Esa partición colocaría a los retornados a lugares donde son minoría (entre ellos a varios protagonistas del libro) en una situación imposible y significaría premiar, treinta años más tarde, la limpieza étnica y el genocidio. En cierta medida, como usted dice, el mapa actual de Bosnia-Herzegovina ya es fruto de transigir con estos proyectos criminales, pero con una división del país la comunidad internacional corroboraría que el crimen masivo compensa. Probablemente sea un ingenuo, pero creo que, además del pragmatismo, la política debe guiarse por la moralidad.

Volviendo a sus dieciséis personajes (los trataremos luego uno por uno). Usted ha querido escribir su libro «a escondidas». Es decir, hablan los personajes a través de sus historias y no usted. ¿Quién sería usted como personaje número diecisiete?

En el prólogo, sugerido por el editor de mesa, Alberto Haj-Saleh, cuento todo lo que el lector necesita saber de mí para leer el libro: quién soy, cómo llegué a Bosnia, por qué decidí escribir un libro y cómo opté por enfocarlo. Una vez establecido este marco, lo importante son los personajes, aunque obviamente existe una subjetividad a la hora de presentarlos. Hay alguien que mira, que describe; alguien a quien conmueven unas cosas, repugnan otras y divierten unas terceras, que elige deliberadamente unas palabras y un estilo para contar lo que quiere contar. Creo que, a lo largo del libro, cualquier lector perspicaz puede ir conociendo a ese personaje número diecisiete, no explicitado, pero presente.

La piedra permanece Marc Casals

Los dieciséis de Bosnia, uno por uno

De cada personaje le hemos pedido a Marc Casals que nos trazara un breve perfil o aguafuerte (es lo que aparece entre comillas). Nosotros lo hemos ampliado para completar el busto de cada uno de ellos, cara a un mayor interés del libro por parte del lector. Esperamos, eso sí, no haber estropeado nada.

Šemsudin (bosniaco de Sarajevo) refleja «los vuelcos de la estructura social provocados por la guerra, el vecindario como institución, el pan como símbolo».

Quien fuera esquiador, turista yugoslavo y bon vivant tenía en tiempos cierto parecido con Alain Delon. Cualquier tiempo pasado sí que fue mejor. Que se lo digan a Šemsudin. Heredó de su familia un negocio de panadería. La guerra lo convertirá de hecho en panadero del ejército bosnio para la defensa de Sarajevo (luchó brevemente, por error, en primera línea del frente). Sobrevivió al cerco de su ciudad con su mujer y sus dos hijos. Hoy se pregunta por qué no se fue de Sarajevo el día que la primera bomba destrozó su piso.

Omar (bosniaco sarajevita) es «el espíritu que hizo de Sarajevo una leyenda: los barrios de las colinas, el rock, el esoterismo sufí, los antiguos oficios».

La heterodoxia se llama Omar, nacido en una tradicional mahala o barrio alto de la capital. De pandillero de barrio se hizo luego rockero (actuó para la Armija bosniaca en la guerra). A orillas del río Miljacka se adentró en el islam y el sufismo, pero lo hizo en clave de rock, blues y funk. Demasiado para la Comunidad Islámica de Bosnia… Aprendió después el oficio de la artesanía en el barrio turco de la ciudad. Aunque el final de la guerra ha musulmanizado Sarajevo, todavía actúa Omar en las noches bohemias de la capital, donde todas las mezclas son posibles. Tócala otra vez, Omar, heterodoxo entre los heterodoxos.

Dobrila (serbobosnia) es como el resumen de «toda una vida en la frontera: entre el campo y la ciudad, entre la Federación de bosnios y croatas y los serbios de la República Srpska. Representa la tradición eslava por la videncia y la taberna como institución».

Dobrila y su marido Boban son el reflejo de cómo hacer funambulismo de frontera por culpa de la guerra. Su hogar quedó situado entre la Federación Bosnio-Croata y la República Sprska de los serbobosnios. Ambos se refugiaron en Pale como desplazados serbios, trayendo consigo el olor capitalino a Sarajevo. No fueron del todo bienvenidos entre los suyos. Los bombardeos de la OTAN llevaron temporalmente a Dobrila al manicomio. Un apunte más en la vida de quien en tiempos menos funestos había trabajado en discotecas, kafanas (tabernas) y hoteles. Y todo sin perder el don de la videncia heredado de su abuela serbia (asesinada por los ustachas croatas en Jasenovac durante la Segunda Guerra Mundial). Hoy, bajo el otoño de la vida, Dobrila y Boban van y vienen entre Pale y su casa fronteriza, la cual han convertido en una taberna. Sarajevo les cae lejos. De atea yugoslava como había sido, Dobrila se ha hecho cristiana ortodoxa.

Miralem (bosniaco musulmán) es una muestra de «la relación entre campo y ciudad, la industrialización yugoslava, los retos que afrontan los desplazados de guerra al retornar».

En su día leímos lo que escribió Ivica Djikić en su Cirkus Columbia: «No hay nada más triste en este mundo que un domingo lluvioso de otoño en una kasaba de Bosnia». Así imaginamos Nadinići, la aldea natal de Miralem, situada en el macizo de la Romanija, a una hora en coche desde Sarajevo. Todas las guerras (la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Bosnia) han pasado con crudeza por esta zona de frontera para los bosniacos musulmanes. Viejos y nuevos chetniks serbios dejaron su siniestra tarjeta de visita. Miralem trabajó largos años como obrero yugoslavo en la fábrica FAMOS. Durante la guerra ayudó a la Armija bosniaca. Perdió un hijo. Llegada la paz (o su remedo), decidió volver a Nadinići, junto a sus hostiles vecinos. Miralem es la viva estampa del retornado. Da la grata bienvenida a todo visitante de bien. Nadinići, a diferencia de lo que decía Ivika Djikić, puede que no sea tan triste.

Fray Mirko (bosnio croata) encarna «la singular tradición franciscana bosnia, la cercanía con la gente de a pie, la ayuda desde lo concreto».

Todo un personaje, Fray Mirko. Dijo san Francisco de Asís: «No vivas solo para ti mismo; sé útil para los demás». Antes, durante y después de la guerra, la vida de Fray Mirko ha sido el reflejo de esta máxima franciscana. La presencia de la orden católica en Bosnia se remonta a la Edad Media (llegaron para atajar la herejía de la llamada Iglesia de los Bogomilos). Durante la Segunda Guerra Mundial algunos franciscanos colaboraron individual y macabramente con el gobierno ustacha del Estado Independiente de Croacia (una mancha que hoy pervive). En el cerco a Sarajevo y durante «la guerra dentro de la guerra» que libraron croatas y bosniacos musulmanes, Fray Mirko no dudó en ayudar a todo el mundo, fuera cual fuese su etnia y religión. Lo recreamos tal cual se nos describe en el libro, recorriendo Bosnia central durante la guerra, montado en su 4×4, con su hábito, su cordel y su pistolón por si las moscas. El monasterio de Fojnica es hoy su último destino previo a la vida eterna. Inolvidable estampa la suya.

Fazila (bosniaca musulmana) representa lo que es «la vida tras un genocidio, la alegría y la delicadeza en un lugar de horror, la fuerza de las mujeres que han vuelto a Srebrenica».

La guerra de Bosnia (1992-1995) remite al instante a dos fogonazos: el cerco de Sarajevo y el genocidio de Srebrenica, perpertrado junto al valle del río Drina. La película Quo Vadis, Aida? recrea con fidelidad los hechos ocurridos en Srebrenica y en el enclave fabril de Potocari (antiguo cuartel de los cascos azules de la ONU). El 11 de julio de 1995 más de ocho mil bosniacos musulmanes fueron asesinados por las tropas serbobosnias del general Ratko Mladic. El relato de Fazila nos hace revivir aquella tragedia antes y después de la matanza (incluidos también algunos desmanes por parte de los bosniacos). Estremece conocer la entereza de esta mujer superviviente. Hoy regenta un kiosco de flores situado en el memorial de Potocari. Ofrece a los visitantes las «flores de Srebrenica», que ella misma borda (piezas de encaje con pétalos blancos y cabezuela verde). El kiosco se llama ahya («vivos»). Remite a un versículo del Corán y está grabado en las lápidas de los musulmanes que se hallan en el conmovedor cementerio de Potocari. Dice así: «Y no digáis de los que han caído luchando por la causa de Dios: “Están muertos”. Al contrario, están vivos, pero no os dais cuenta». Cada 11 de julio se celebra un bullicioso homenaje a las víctimas de Srebrenica. Fazila se ausenta justo ese día. La celebración ha degenerado en un mitin del recuerdo con detalles a veces poco decorosos. Cuando el ruido desaparece, Fazila regresa a su kiosco. Vuelve el silencio. En esa quietud, junto a los túmulos de los muertos, halla reposo también la historia de Fazila. Veintidós de sus familiares murieron en Srebrenica, entre ellos su esposo Hamed y su hijo Fejzo.

David Kamhi (judío sefardí de Sarajevo) es el testimonio de «la tradición sefardí de Bosnia, el Holocausto que dejó malherida a una cultura de siglos, el compromiso con Bosnia más allá de la propia etnia y religión».

La judeidad de Sarajevo no se entiende sin los sefardíes que llegaron desde España. David Kamhi, músico violinista de profesión, es hijo de la casi olvidada huella sefardí. Detrás de su perfil el lector recrea lo que en tiempos fuera la Jerusalén de los Balcanes (hoy solo queda una sinagoga activa). No hay esplendor de vida y de cultura sin el negro mazazo del horror. La ocupación nazi, organizada por los ustachas croatas, limpió Sarajevo de judíos. En el Holocausto David Kahmi perdió ochenta familiares (entre ellos la nona Esther que le enseñó el judeoespañol). Durante el cerco a Sarajevo los bandos enfrentados respetaron a los judíos. Para Kamhi su patria no era Israel, sino Sarajevo. Alguien lo llamó el «alcalde oculto» de Sarajevo por su capacidad para la amistad y por difundir el legado sefardí.

Ratko (serbobosnio) representa «el cine y la bohemia, la ironía como arma contra los sinsabores de la vida, una forma serbia de ser sarajevita».

¿Cómo vive un serbio en Sarajevo durante el asedio causado por los teóricos suyos? Nada fácil. De ahí su aforismo de poeta satírico, escrito durante el cerco: «De este lado están los nuestros y del otro, los míos». La vida de Ratko nos muestra cómo era el cine en la vieja Yugoslavia antes de que todo estallara en mil pedazos. No solo de Emir Kusturica vive el cine balcánico (y por fortuna). Durante el asedio Ratko vivía en Sarajevo en el barrio limítrofe de Dobrinja. Serbios y bosniacos mantuvieron aquí la línea del frente, separados solo por unos pocos metros. Era acusado o de traidor o de quintacolumnista de los serbios. La Armija bosniaca abusó de sus prisioneros. Milicianos fuera de control también torturaron y asesinaron a vecinos serbios de Sarajevo. Todo hay que decirlo. Hoy por hoy el veterano Ratko, incansable agitador cultural, se define como un yugotrágico. La bohemia lo sigue acompañando. Aún vive en el barrio de Dobrinja.

Mladen (serbobosnio) retrata bien «las cuestiones no resueltas que han generado una violencia cíclica en Bosnia; el Drina y su puente, inmortalizados por Ivo Andrić, las dificultades de los jóvenes para encontrar su camino».

El joven Mladen se gana hoy sus dineros tocando el teclado para fiestas y banquetes en el valle del río Drina (hermoso y siniestro por los crímenes cometidos en sus aguas). La vida de su familia sigue marcada por el peregrinaje al que les obligó la guerra (Sarajevo, Belgrado, Gorazde, Visegrado). Mladen es un hijo, al fin y al cabo, de la frustración (quiso ser piloto de guerra). Desde su casa en Visegrado se tienen vistas al Drina (escenario histórico y literario de Un puente sobre el Drina, la célebre novela de Ivo Andrić). También se observa Andricgrado, esta otra ciudad, medio ficticia y medio real, creada por el excesivo cineasta Emir Kusturica para atraer al turismo y reivindicar, siempre en clave serbia, al premio Nobel yugoslavo.

Nihad (bosniaco musulmán) representa «la generación atropellada, perdida entre dos mundos; la literatura bosnia contemporánea, la Krajina como zona de frontera entre imperios y civilizaciones y el idílico Una, su río más bello».

La historia de Nihad Hasanovic nos sitúa en la zona de Bihac, al noroeste de Bosnia, junto a la Krajina (quiere decirse la histórica Frontera Austriaca que ponía su marca en los Balcanes sobre los turcos otomanos). Por Bihac discurre el hermoso y verdísimo río Una (recreado en los relatos literarios de Faruk Šehić). Poeta y escritor también, Nihad combatió en el V cuerpo de la Armija contra los serbios. También tuvo que combatir contra los propios bosniacos locales de este enclave de Bihac. Fue una absurda guerra civil librada entre musulmanes leales y felones al legítimo gobierno de Sarajevo. La vida de Nihad nos recuerda en parte a la del también escritor y excombatiente Velibor Colić (autor de Los bosnios y de Manual del exilio). Hoy, desde Sarajevo, Nihad participa de sus noches bohemias. He aquí su ficha literaria: poeta de éxito y novelista fracasado. De ahí la «generación atropellada» a la que alude Marc Casals. Para Nihad es difícil crear un nuevo canon en la literatura del país, lejos de la Bosnia otomana, carente de humor y fatalista, que describen Ivo Andrić y Mesa Selimović.

Kemo (bosniaco musulmán) es el ejemplo de «la lucha para sobreponerse al horror y los traumas de los campos de concentración, para volver a creer en el ser humano, para perdonar y para ser capaz de seguir adelante con la vida».

Mayo de 1992, inicios de la guerra. Repantingados frente a la tele, veíamos en el Telediario cómo los yugoslavos que tan bien jugaban al fútbol y al baloncesto seguían matándose con saña. Ahora lo hacían en Bosnia (la guerra en Croacia había estallado ya a finales de 1991). Kemo fue de los primeros en sufrir los horrores de los llamados campos de Prijedor, situados en el norte de Bosnia (hoy República Srpska). La guerra nos lleva a la pequeña aldea de Kevljani, donde vivían él y su familia. Su historia es la de un superviviente del campo de concentración de Omarska. Por todas las televisiones extranjeras empezaron a salir imágenes de prisioneros esqueléticos. Tras las alambradas miraban como ausentes y sumisos a la cámara. Kemo sobrevivió a la inhumanidad y a sus verdugos. Son los mismos verdugos con los que tuvo que tratar después a su regreso a Kevljani, como si nada hubiera pasado. La capacidad para perdonar no está al alcance de cualquiera.

Srđan (serbobosnio) ofrece el testimonio «del periodismo en Yugoslavia y su deriva nacionalista; la indefensión del individuo cuando se perpetran crímenes en su nombre; el vacío a la orilla del río Vrbas, cuyos habitantes fueron asesinados o expulsados».

La orilla desierta del Vrbas nos remite tal vez a un poema bañado en nostalgia. Es el título que Marc Casals ha elegido para contarnos la vida de un periodista de vieja escuela antes, durante y después de la guerra (recordemos: todo bosnio-herzegovino tiene tres vidas). Nos situamos ahora en Banja Luka (hoy es la principal ciudad de la República Sprska de los serbobosnios). Antigua capital de la Bosnia otomana, durante la Segunda Guerra Mundial los ustachas croatas llevaron a cabo en Banja Luka la mayor masacre de serbios fuera de los campos de concentración en Jasenovac. El histórico dolor padecido por los serbios suele pasar de largo en las rápidas y acomodadas lecturas que se hacen sobre la guerra de Bosnia. Como corresponsal en Banja Luka para un diario de Belgrado, la historia de Srđan, casado con una mujer croata, es la de un conflicto interior. Serbio yugoslavo de corazón, tuvo que asistir a los desmanes que los suyos cometieron con sus vecinos bosniacos. Jubilado ya del oficio (la era de internet no era la suya), Srđan sigue saludando hoy a los poquísimos bosniacos que aún viven en Banja Luka. De ahí lo que parecía un poema: la orilla desierta del Vrbas.

Dario (bosnio croata) es el reflejo de «la Mostar unida que aún existe para muchos, la cultura alternativa de los años 80, el delta del Neretva como lugar de mezcla y paz».

Ejemplo del dilema étnico y religioso, Dario responde a quien le pregunta quién es él: «Soy un bosnio de religión católica». Esto es, croata de Bosnia, natural de Mostar, la ciudad unida y cordial que la guerra destrozó. Muy lejos quedó la vieja Mostar urbanita y heterodoxa de poco antes de la guerra de los 90. Y mucho más atrás la llamada Mostar la Roja, la de la era yugoslava (expartisanos de Tito llegaron a la ciudad para trabajar en sus fábricas). Mostar sufrió, primero, el bombardeo del ejército yugoslavo a inicios del conflicto. Poco después, el nacionalismo croata reclamará Mostar como capital de Herzeg-Bosna, una ensoñación territorial más a orillas del Neretva. Durante la crudísima guerra civil entre croatas y bosniacos gran parte de la ciudad quedó arrasada. El viejo puente otomano sobre el Neretva, el Stari Most, fue destruido por el ejército croata. El azar o la providencia salvó a Dario de los disparos de los francotiradores. Desde su emisora de radio intentó dar voz y esperanza al sueño de una Mostar unida. Utopía y desencanto. Todo extranjero que visite la ciudad verá que una avenida ancha sirve de cicatriz sociológica que hoy por hoy divide a los croatas (Mostar Oeste) de los bosniacos musulmanes (Mostar Este). El viejo puente fue reconstruido para agradecimiento del turismo. Pasados treinta años, la convivencia aún precisa de reconstrucción.

Gojko (serbobosnio) evidencia en general y en particular «la lucha secular de los campesinos serbios por poseer la tierra; la dialéctica entre colaboración y enemistad entre Trebinje y Dubrovnik; un paisaje marcado por el terreno cárstico, las obras hidroeléctricas y la vida».

De ingeniero eléctrico a viticultor. De crear subestaciones eléctricas por toda Bosnia-Herzegovina, a proveer vino a los monasterios ortodoxos de Montenegro y del Monte Athos en Grecia. La semblanza de Gojko nos sitúa en Trebinje, en el confín más al sur de Herzegovina (hoy parte de la República Srpska de los serbobosnios). El aroma del mar de Dubrovnik (la reluciente ciudad croata del Adriático) llega a Trebinje (la ruda ciudad interior). Pero ese aroma llega como viciado. En 1991, una de las bases logísticas del ejército yugoslavo en el bombardeo sobre Dubrovnik estuvo en Trebinje. Los serbios de Herzegovina oriental sintieron que se desquitaban del genocidio que los suyos sufrieron durante 1941-1945 por parte los ustachas croatas. Toda esta zona indómita y agreste de Herzegovina oriental, con sus pozos naturales, está llena de fosas comunes marcadas con cruces. Por eso la guerra de Bosnia-Herzegovina fue en buena parte un furioso desquite por cuentas pendientes (véase, a continuación, el retrato de Ilija). Durante la última guerra, para contrariedad del ingeniero Gojko, los bosniacos musulmanes de Trebinje también sufrieron la limpieza étnica.

Ilija (bosnio croata) viene a mostrar «la aspiración del nacionalismo croata por tener su propio Estado, incluso a costa del crimen; la memoria oculta de los perdedores de la guerra; la posición ambigua de los croatas de Herzegovina en la Croacia actual».

Siguiente parada: Herzegovina occidental. No se olvide nunca el consejo de leer acerca de Bosnia con un buen mapa a mano. Hoy por hoy, los croatas modernos de la UE suelen mirar por encima del hombro a sus convecinos croatas de Herzegovina (los consideran garrulos y muy nacionalistas). Ilija luchó en el frente de Kupres, enrolado en el ejército durante la llamada «Guerra Patria» de Croacia (el sesenta y cuatro por ciento de sus soldados fueron herzegovinos). Como los serbios en Kosovo-Polje, los croatas también evocan en esta zona bronca y áspera (Tomislavgrad, Kupres) su Kosovo croata: la cuna histórica del reino medieval del rey Tomislav. En 1945, tras la caída del Estado Independiente de Croacia y del gobierno ustacha, muchos croatas afines y no afines fueron masacrados en su huída por los partisanos de Tito. El mito croata evoca hoy su dolor y su Vía Crucis. Un hermano de Ilija desapareció en Split en plena debacle. Durante la Yugoslavia de Tito siempre se mantuvo en su hogar la lumbre del recuerdo por el hermano desparecido y por el deseo de una Herzegovina unida a Croacia (de ahí el ensueño de Herzeg-Bosna, que aún hoy se mantiene). Ilija ejemplifica el catolicismo como fe y como etnicidad. Cada cierto tiempo acude a rezar a la Virgen en Medjugorje.

Alma (bosniaca de Sarajevo) representa la música «del sevdah como destilación del alma bosnia, la vida de una mujer en el mundo de los clubes nocturnos, el vínculo indestructible entre madre e hija y el vitalismo frente a la tragedia como esencia de Bosnia y del libro».

Fin de trayecto: Alma. De familia oriunda de Montenegro, su abuelo (barbero musulmán, pero comunista y ateo), morirá degollado en Gorazde en 1941 por los chetniks serbios (el odio al eslavo musulmán, considerado un renegado, es una constante histórica en la frontera del río Drina entre Montenegro, Bosnia y Serbia). La semblanza de Alma nos lleva al halo nocturno de Sarajevo. Actuó como cantante de sevdah en clubes de la noche. Durante el cerco a Sarajevo nació su hija Ivana. Alma ayudó a la Armija bosniaca como cantante para subir la moral a sus soldados (cinco mil mujeres integraron el ejército bosniaco). Su hija Ivana, violinista de talento, es hoy el reflejo de la frustración que los jóvenes bosnios sienten respecto su presente. La historia de Alma e Ivana forma parte del legado musical de estas tierras híbridas (el sevdah, la degradada versión del llamado narodnjnaci, el turbofolk yugoslavo asociado en buena parte al cine de Kusturica). Madre e hija, cuando ahora actúan juntas, evocan las noches melancólicas de Sarajevo, lo que Bosnia aún preserva de fortaleza interior, de hedonismo y sensibilidad.


Libertinaje en Wall Street

Cate Blanchett y Alec Baldwin en Blue Jasmine. Imagen MovieStillsDB. wall street
Cate Blanchett y Alec Baldwin en Blue Jasmine. Imagen: MovieStillsDB.

En el Blue Smoke de Battery Park sirven una de las mejores costillas al estilo Kansas de todo Nueva York. La pared está decorada con troncos de madera cortados; parecen dispuestos para una hoguera. No sé si se trata de un sarcasmo o es una propuesta para acabar con la crisis. Enfrente se extiende una enorme barra de bar sobre la que al caer la tarde se acodan hombres (apenas se ven mujeres) embutidos en trajes con corbata y mochila al hombro. Muchos trabajan en empresas de nombre pomposo, de esos que al pronunciarlos uno escucha una especie de traducción inconsciente: «No sabe con quién está hablando, cucaracha». Su área de caza es Wall Street. Llevan a cuestas los aperos del gimnasio, donde se desfogan tras una jornada de estrés y riesgo: compro, vendo, compro, vendo y gano; porque yo siempre gano. Son los golden boys del Casino universal, como lo llamó el periódico británico Financial Times, una de las Biblias de la prensa económica. No hay rostros conocidos, solo tics de personajes que aparecen en el documental Inside Job y en las películas Margin Call y Too Big to Fall

A la vuelta de la esquina de la calle Vesey, donde está el Blue Smoke, se yergue la gran sede de Goldman Sachs en la ciudad de los rascacielos. Algunos de los empleados llevan el nombre de la empresa en sus morrales. Parecen orgullosos de sentirse actores del Gran Juego. 

Cuando el huracán Sandy dejó Nueva York a oscuras, solo la torre imperial de Goldman Sachs y algunos de los edificios de alrededor conservaron la luz. Algunos decían que venía del mismo infierno. La realidad era menos literaria: esa zona del sur de Manhattan recibe la electricidad que consume de Brooklyn, al otro lado del río. 

Los beneficios masivos no se obtienen apostando por un valor cuando baja porque se tiene la confianza de que va a subir; ese es un juego de aficionados, de apostantes de caballos. Los grandes pelotazos proceden a menudo de soplos, de informaciones privilegiadas, que permiten invertir sobre seguro, obtener una ventaja ilegal sobre los competidores. Los mercados, sean de valores, futuros, materias primas, divisas o derivados se basan en la ley de la oferta y la demanda, también en la especulación que vive de la guerra entre el miedo y la avidez. Una vez le preguntaron a John Rockefeller, fundador de la petrolera Standard Oil y de la saga familiar, cuál era su secreto para ser multimillonario. Respondió: «Siempre dejo el 5 % para el que viene detrás».

La película Margin Call trata del hundimiento de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, que marcó el inicio de aquella crisis. Lehman era unas de las encarnaciones de libertinaje financiero extremo, de las hipotecas basura, las subprime. El jefe de la firma que en el filme va a hacer saltar el mercado por los aires para sobrevivir, el personaje que interpreta Jeremy Irons, le dice al analista que ha descubierto que el juego está a punto de explotar: «Por favor, hábleme como si fuera un niño. No es mi cerebro el que me colocó en este puesto, puedo asegurárselo. Mi especialidad es saber cuándo va a parar la música».

La mejor explicación del estallido de Lehman Brothers en septiembre de 2008 sigue siendo la de John Bird y John Fortune, dos cómicos británicos en The Last Laugh: todo se hundió porque alguien preguntó qué había dentro de la caja de las subprime. En la caja no había nada, solo aire viciado, basura.

La música paró de golpe, como si alguien hubiera dado un puñetazo sobre el vinilo. Y pararon las economías, entramos en una doble recesión, se perdieron millones de puestos de trabajo, hubo recortes masivos en salarios y de derechos sociales, sanidad, educación. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, prometió aprovechar lo ocurrido en Lehman para refundar el capitalismo ayudado por sus socios del llamado G20, otros libertinos. 

No se persiguieron las prácticas que condujeron al desastre —solo los excesos más notorios—, se consintió el cobro de bonus escandalosos y se refinanció el sistema en vez de refundarlo: los mismos perros con los mismos collares, las mismas zorras para guardar el gallinero. La música volvió a sonar poco a poco, primero en Estados Unidos, luego en Europa. La pista siguió ocupada por los mismos bailarines, las mismas sonrisas, las viejas costumbres: compro, vendo, compro, vendo; yo siempre gano, como si nada hubiera pasado. Lo explicaba Jake Zamansky en la revista Forbes: «La canción sigue siendo la misma en Wall Street: la avaricia es la buena».

El segundo Blue es el de Woody Allen. En su película Jasmine Blue retrata el mundo libertino del dinero a espuertas: fiestas, vestidos caros, joyas, bolsos de marca, coches de lujo, fines de semana y veraneos en los Hamptons y estafas multimillonarias. Todo a lo grande. Con algunas libertades narrativas en el guion, Allen reproduce el mundo de Bernard Madoff, el gran timador, condenado en junio de 2009 a ciento cincuenta años de cárcel. El filme es la radiografía precisa de ese ambiente de corrupción consentido, de inmoralidad superlativa. La cámara es un bisturí que abre en canal a esa parte de la sociedad.

Madoff era el banquero de confianza de las estrellas, de la jet set, de los judíos acaudalados, de organizaciones caritativas. Durante veinte años mantuvo un sistema piramidal que otorgaba beneficios por encima del mercado que se nutrían de las nuevas aportaciones, no de la buena gestión del dinero. Cuando los dólares dejaron de fluir surgieron los problemas. Se calcula que estafó cerca de 70 000 millones de dólares, unos 52.000 millones de euros al cambio del momento.

El negocio de Madoff era sospechoso, pero nadie investigó lo suficiente. Los policías bursátiles, la Securities and Exchange Commission (SEC), los que deben velar por la transparencia y legalidad de las transacciones van por detrás de la ingeniería financiera; faltan medios y leyes que fueron suprimidas en la época de barra libre de Reagan y Thatcher

Alec Baldwin interpretaba al odioso Madoff aprovechándose de lo odioso que resulta él como actor. Su mujer en la película, Cate Blanchett, borda un personaje superlativo que se mueve entre la locura de tenerlo todo y la locura de perderlo todo. 

Uno de los momentos más psicológicamente reveladores de esta casta de intocables se produce cuando le preguntan a Cate de dónde es y ella responde: «De Nueva York, de Park Avenue».

Tercer Blue: una de las canciones recurrentes de la película: «Blue Moon», un salvacorduras del personaje de Blanchett, capaz de pasar de la comicidad al drama y del drama a la comicidad.

Jasmine Blue es tal vez la película más cruel de Allen desde Balas sobre Broadway, desnuda ese libertinaje financiero que consigue luz eléctrica desde el infierno en medio de los huracanes y que siempre lograr salir impune, inmaculado, sin apenas bajas: los Madoff y compañía son la simulación de que el sistema funciona: vigila, persigue y castiga. 

El documental Inside Job, que retrata el estallido de la crisis financiera de 2008, es otra pieza necesaria para no perder la memoria, aunque dijeron que llegaban los brotes verdes acompañados de una amnesia sobre lo que sucedió para que todo volviera a su cauce y el dinero corriera como si fuera champán francés. Mientras, las víctimas podemos cenar una vez en la vida en el Blue Smoke, devorar unas buenas costillas al estilo Kansas y vigilar que nadie nos robe los troncos de madera cortados dispuestos para una hoguera. Son la última esperanza.


¿Libertad para odiar?

libertad para odiar

Los derechos fundamentales en nuestro ordenamiento jurídico no son derechos limitados. El Estado siempre ha tenido especial interés en aclarar que el derecho a la libertad de expresión tiene sus límites, hasta tal punto de que podríamos decir que lo que caracteriza a la libertad de expresión en el Estado constitucional no es su reconocimiento, sino su limitación. Debido al poder que ha tenido en nuestro país la difusión de la palabra hablada o la palabra escrita, capaz de provocar crisis de gobierno y de modular sociedades, los límites que el Estado español ha puesto a la libertad de expresión han sido mayores que en otros países de Europa, socavando la libre expresión como derecho fundamental.

Casos como el de Pablo Hasél y Valtonyc conmocionaron a la opinión pública. Hasél, un rapero catalán de ideología comunista, había sacudido a la opinión pública con varias letras de sus canciones, en las que mencionaba a el terrorismo de los GRAPO, aprobando los tiros en la nuca a concejales socialistas y llamando torturadores a la Policía Nacional. Particularizando en el caso de Pablo Hasél, es discutible que sus canciones supongan una incitación directa a cometer actos de violencia. Es aquí cuando más hay que precisarse el contexto a la hora de valorar el hecho típico. ¿Es lo mismo lanzar un mensaje de odio desde una tribuna política que en una obra artística? Para el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no, sin duda. Lo mismo se puede decir de la obra de Valtonyc, repleta de los mismos mensajes contestatarios, pero sin la capacidad real de incitar a la sociedad a cometer actos de odio

Estrasburgo es mucho más restrictivo a la hora de valorar la libertad de expresión de la clase política que de los propios ciudadanos, por la sencilla razón del deber de cuidado que se les exige a quienes ostenten cargos de representación ciudadana, amén de considerar que la creación artística ostenta una posición distinta que la del mitin político. No es lo mismo incitar a la quema del palacio de la Zarzuela desde las Cortes o un encuentro público por parte de un representante político, que desde un libro o una canción. Ni a Pablo Hasél ni a cualquier ciudadano le podemos pedir responsabilidades políticas o que sea un maestro de la ironía o del sarcasmo.

El juicio de proporcionalidad que ha de regir la interpretación de todas las normas, en especial las penales, también requiere ponderar en estos delitos varios aspectos, como el clima social, esto es, el riesgo de que la declaración pueda incidir negativamente en la vida pública, así como que sus declaraciones incidan en un trato desigual o discriminatorio. Para que concurra una infracción de odio o enaltecimiento del terrorismo será necesaria, además, que la acción u omisión solo pueda ser entendida desde el desprecio a la dignidad intrínseca que todo ser humano posee por el mero hecho de serlo. Supone, en definitiva, un ataque al diferente como expresión de una intolerancia incompatible con la convivencia.

Esto, por ejemplo, no lo ha entendido Albert Rivera, que quiso interponer una denuncia por un presunto delito de incitación al odio a quienes lo abuchearon en Rentería, en abril de 2019. El delito de incitación al odio presupone la existencia de un particular o de un colectivo discriminado por razón de su sexo, raza, etnia, orientación sexual, política u otros motivos susceptibles de discriminación. Rivera, que en aquel momento era líder de una formación que había obtenido cincuenta y nueve escaños en el Congreso de los Diputados, no podía ser objeto de un delito de incitación al odio, sí de injurias, si acaso. Casos como este tenemos muchos: la Guardia Civil de Asturias también interpuso denuncia por este mismo delito a dos personas que se burlaron de la muerte de un compañero suyo por redes sociales. Independientemente de que consideremos estas burlas como execrables, no constituyen delito de incitación al odio por el simple hecho de que la Guardia Civil tampoco es un colectivo desprotegido.

El delito de incitación al odio en nuestro Código Penal, a diferencia de lo que sucede en el derecho europeo, protege por motivos de raza, religión, etnia, sexo, creencias, orientación sexual, género, enfermedad o discapacidad, abriendo una serie de categorías jurídicas que, en la práctica judicial, están siendo difíciles de delimitar. En los Estados de nuestro entorno cultural tan solo se prohíbe de forma tajante el discurso antisemita y negacionista del Holocausto. Esta postura ha sido recogida, por ejemplo, por el Convenio Europeo de Derechos Humanos y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

También el Consejo de Europa se ha hecho eco de esa manifestación de los delitos de odio, imponiendo como límite la exaltación de los crímenes nazis. Para la Unión Europea, como escribe Joaquín Urías, permitir la defensa del nazismo y sus manifestaciones racistas y antisemitas, sería negar la esencia misma de la Unión Europea y sus objetivos como el pluralismo político y la tolerancia, de ahí que Europa mantenga una línea más cerrada a la hora de valorar el discurso del odio que nuestro Código Penal, que obliga a cualquier juez a utilizar exclusivamente sus convicciones personales como parámetro, con la inseguridad jurídica que eso conlleva.

 La Asociación de Hombres Maltratados interpuso una denuncia por un presunto delito contra la integridad moral a la actriz Pamela Palenciano por el monólogo No solo duelen los golpes, en los que contaba su experiencia como mujer maltratada. La jueza encargada de instruir el caso basó su imputación afirmando que su monólogo incitaba al odio hacia los hombres, en una decisión judicial bastante cuestionable. Resulta difícil creer que «el hombre», considerado como tal, pueda ser objeto de discriminación como un migrante ilegal, una prostituta o una persona transexual. La asociación podría haber optado por mandar un escrito a la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid para que iniciara una investigación, si no estaba de acuerdo. La medida podría haber sido más proporcional que una denuncia, pero parece mucho mejor iniciar una investigación penal para algo casi anecdótico.

El colectivo Homo Velamine y su líder, Anónimo García, fueron condenados a año y medio de cárcel por la Audiencia Provincial de Pamplona por un delito contra la integridad moral. Homo Velamine quiso hacer una sátira de los medios de comunicación, denunciando el tratamiento que le habían dado al caso de la Manada. Para ello, idearon una especie de falso tour, en el que, como cuentan en su página web, querían reflejar la banalización del papel de la prensa en cuestiones tan complejas y delicadas como los delitos contra la libertad sexual.

Los sucesos de Valtonyc, Hasél o de Pamela Palenciano ponen de relieve lo difícil que es determinar cuándo estamos ante un discurso del odio y cuándo ante un ejercicio legítimo de la libertad de expresión. Pero, quizás, lo más sensato sería que se despenalizara este delito, salvo cuando estuviera acompañado de actos de ejecución que puedan poner en riesgo la vida o la integridad o los bienes de esas minorías. La manifestación neonazi en Chueca del pasado mes de septiembre sí podría ser un ejemplo de incitación al odio, en tanto que los manifestantes fueron directamente a Chueca a provocar, con el perjuicio para la integridad de las personas se podría haber derivado de una concentración así. 

También el delito de enaltecimiento del terrorismo o de injurias a la Corona, como derivación del «discurso de odio», sufre el mismo problema: su escasa concreción por parte de los tribunales facilita que se pueda perseguir al que discrepa de las bases de nuestro ordenamiento jurídico y de la convivencia máxime cuando el Tribunal Constitucional ha expresado en numerosas sentencias que España no es una «democracia militante», y que el ordenamiento jurídico ha de proteger incluso a quienes propaguen ideas contrarias a nuestra Constitución.

Los actos de enaltecimiento del terrorismo tradicional español son marginales y han perdido en la práctica ese poder de incrementar el peligro para la sociedad desde el fin de ETA. En los casos de injurias a la Corona, tampoco el Supremo ha sido capaz de determinar cuándo estas entran en el ejercicio de la libertad de expresión y cuándo constituyen delito. Después de varios años de conflicto con la libertad de expresión, quizás sería necesaria una reforma del Código Penal que despenalizase los delitos de injurias a la Corona, enaltecimiento del terrorismo, por el mismo motivo que los de incitación al odio: su incidencia en el clima social es mínima, y lo que se quiere penalizar es un mensaje duro, contundente, que va en contra de los valores de nuestro ordenamiento jurídico, yendo en contra de la «democracia militante», que proclama nuestro Tribunal Constitucional.

Los delitos relacionados con la libertad de expresión son complejos en las sociedades posindustriales. Estas son conflictivas, debido a que la globalización ahondó en la desigualdad entre las clases sociales, haciendo a las democracias sistemas cada vez más complejos. La falta de certezas, la soledad de nuestras acuciantes y rutinas obsesivas de trabajo, nos han enajenado de la sociedad. Las clases medias, símbolo del estado de bienestar, han sufrido un deterioro más que importante. Las normas jurídicas, en especial las normas penales, en ocasiones proyectan sociedades sin la presencia de elementos indeseables que no encajan dentro de nuestra sociedad. En estos casos, lo que se sancionan son ideas o las formas de plasmar esas ideas, y más bien responde a un componente clasista que a un afán de afrontar un riesgo real para la sociedad. 

De ahí surge, en parte, la cultura de la cancelación. En el momento en que se configura el acceso de la libertad de expresión al cumplimiento de unos mínimos, restringimos este derecho a una élite que sabe moverse en el discurso oficial y en los medios de comunicación, dejando de lado otras formas de expresión. Las canciones de Valtonyc, Hasél, los monólogos de Pamela Palenciano, las sátiras de Homo Velamine o los chistes de David Suárez han de ser juzgados en su integridad. Las obras artísticas y el humor tienen tantas interpretaciones como sujetos que accedan a ella. Su contexto permite identificar la ficción en esa dialéctica entre realidad e imaginación. La ficción tiene solamente el tiempo de vigencia que las personas emplean para disfrutar de la obra, desapareciendo cuando el espectador vuelve al mundo real. Si ese retorno no se produce, se debe exclusivamente al receptor. La libertad de expresión quiere un mundo sin problemas. Un mundo sin gente que sea capaz de agitar el avispero, que se salga de la uniformidad de pensamiento en las redes sociales. Un mundo sin diferencias por las cuales trabajar. Un mundo sin conversaciones agotadoras que puedan ser compartidas, que investiguen las posibilidades de articulación y resolución de problemas, y no la desahumanización del otro.

La cultura de la cancelación: el ascensor de la superioridad moral

Con estas condiciones, ¿a alguien le sorprende que la cultura de la cancelación vaya a más? Flaco favor se le hace a los oprimidos y a las víctimas. La cultura de la cancelación promociona el dogma y la inflexibilidad en todas sus vertientes, con una visión de los problemas políticos y sociales desde una perspectiva moral que, en muchos casos, imposibilita un análisis profundo de estos. Es curioso comprobar cómo parece haberse extendido un apego profundo, dentro de nuestra sociedad, a esas verdades universales. Resulta curioso que en la era de la subjetividad, de la muerte de los grandes discursos en una época en la que los intelectuales no tienen el mismo protagonismo en la vida pública en comparación con décadas pasadas, sigamos reproduciendo una visión del mundo que no admite réplica. La exigencia constante de «estar siempre en el momento presente» a la hora de opinar, obliga a esta sociedad a emitir juicios sin riesgo alguno, a aceptar autoridades que derivan en hombres de paja. Nunca una sociedad tan presuntamente bien informada como la actual ha carecido tanto de comprensión lectora como la actual. 

La «cultura de la cancelación» supone un idealismo militarizado: la creencia de que las personas no están lo suficientemente formadas como para protegerse a sí mismas. Es la «falsa conciencia ilustrada» de la que hablaba Peter Sloterdijk en Crítica de la razón cínica. En el libro, el filósofo alemán relacionaba el malestar existente en la cultura con el falso idealismo de la actualidad. El cinismo moderno se exhibe como el estado de la consciencia que sigue a las ideologías actuales y a su vez la ilustración. El cínico en la Antigüedad era el extravagante solitario y moralista provocador, un burlón que no necesitaba a nadie, ya que, ante su descarnado sarcasmo, nadie salía indemne. El cínico actual no actúa individualmente: se sirve del adanismo de las redes sociales y del tribalismo, perdiendo su mordacidad individualista y ahorrándose el riesgo de la exposición pública.

El falso idealista no es tonto: como el cínico, sabe que todo conduce a la nada, comprende lo que hace, pero actúa demandado por la necesidad de apoyo social. Es consciente de que las afirmaciones de ilicitud moral en un debate son urgentes y sirven para distraer de la discusión. Curiosamente, cuando se produce un debate relacionado con la libertad de expresión, el falso idealista y sus seguidores ponen la rencilla personal por encima de la cuestión, conscientes de que lo importante, no es ni mucho menos, lo que se debate, sino ante quien se debate. La víctima no siente la necesidad de justificarse: descarga ese peso en el otro, para que, en cualquier fallo o contradicción, sus defensores lo linchen.

De hecho, establecer jerarquías de agraviados es el pretexto de todas las guerras culturales de los movimientos ultras. Esa consagración de la víctima como ser impoluto, merecedor de todo a cambio de nada, desalienta a cualquiera que quiera introducir cuestiones incómodas y necesarias para el cambio social. Muchas son expertas en apropiarse de la historia con su resentimiento. El victimismo de la cultura de la cancelación es doblemente perjudicial porque, por un lado, cercena de raíz cualquier crítica al poderoso que se reviste de víctima y, por otro, define a las personas por lo que padecen y no por lo que hacen; se produce una competición de identidades y de sujetos presuntamente dañados, que son cooptados por los partidos políticos para alimentar el resentimiento ciudadano. La cultura de la cancelación no pretende interlocución alguna con el mundo mezclado y dinámico de la experiencia, más allá del deseo de gobernarla desde un rascacielos. Los que censuran son los que determinan cómo se han de hacer las cosas. Son vengadores muy astutos. Se escudan detrás de la democracia y de la libertad de expresión. Fingen ser demócratas cuando hablan de justicia y de Estado de derecho, llevan a cabo una retórica demagoga para cautivar a potenciales adeptos, sin conocer, realmente, cómo funciona un Estado de derecho. 


Gürteland

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Celebración en la calle Genova frente a la sede del Partido Popular, vinculado a la trama Gürtel. Foto: Cordon Press.

Nicky Santoro, el descerebrado gángster que interpreta Joe Pesci en Casino, era capaz de apuñalar a un tipo con una estilográfica, enterrar el cadáver enrollado en un mantel de cuadros en mitad del desierto, dormir como un bendito y levantarse para desayunar unas tostadas con mermelada en el mejor sitio de Las Vegas. Ese era el mismo plato que elegía el ascético Michael Corleone en El padrino III junto a un zumo de naranja natural. Y el mismo que, rodeado del lujo barroco del Hotel Lexinton de Chicago, degustaba Robert de Niro travestido de Al Capone en Los intocables de Elliot Ness. Si te empeñas en que tu gente te llame «Don Vito» y aspiras a protagonizar el mayor caso de corrupción de la historia de España, no tienes mucho margen para pedir otra cosa. Ponme tostadas y zumo de naranja, anda. 

Estamos en España, año 2003. Se hace llamar Don Vito, sí, pero en realidad los camareros de la cafetería Serrano 48 lo conocen como el Chuloputas por sus maneras déspotas. Se mueve con la seguridad de Frank Costello en Infiltrados. Es el capo del barrio y aprovecha todas las mañanas para dejar propinas de cuarenta euros, comprar lotería para todos sus esbirros y hacerlos esperar mientras que el limpiabotas de la puerta le encera los mocasines de setecientos euros. El mantra que repite a diario ante su séquito: «Soy el señor Correa y estas son mis pelotas». 

Esos zapatos de setecientos euros pertenecen a su colección, que descansa en una de las suites que, a quinientos euros por día cada una, posee en el Hotel Fénix, en la madrileña plaza de Colón de Madrid. Durante meses, los mejores meses de su existencia, alquila estas habitaciones para disfrutar como John Gotti, el mafioso neoyorquino de los trajes elegantes, que hizo de la ostentación una forma de vida. El señor Correa hizo vaciar una de las estancias, comunicada con la otra, para llenarla con caballetes para sus mejores trajes. 

Hoy nadie conoce a nadie, pero esa es la época en la que Correa es reverencialmente saludado por todos en el cercano cuartel «popular» de la calle Génova. Bárcenas, Sepúlveda, Galeote, clin clin, caja. ¡Buenos días, señor Correa! Una mafia suele reemplazar al Estado donde este no existe, pero aquí el Estado está por todos lados. Audiencia Nacional, Tribunal Supremo, Ministerio del Interior, sede del Partido Popular, en esos momentos en el Gobierno… Gürtel parasita poco a poco el corazón del Estado, con la gran bandera de España de Colón como kilómetro cero de la metástasis.     

Estamos en 2003, sí. Y la burbuja se hincha con dinero del ladrillo, el paro roza mínimos históricos, se alquitrana la costa, Seseña es El Dorado y Marbella, Shangri-La. El señor Correa nunca lleva tarjeta pero sí cinco mil euros en el bolsillo. Los reparte durante horas entre restaurantes de lujo, garitos de copas caras, suites de hoteles de cinco estrellas, burdeles con chicas de catálogo y tiendas de la milla de oro de Madrid donde tiene cuenta. ¿Profesión? Lubricador de contactos, especulador de amistades, buscavidas, conseguidor. Nacido en los años 50 en Casablanca, su familia se arruinó pronto y él se puso a estudiar en la mejor universidad del don de gentes: botones de hotel con solo trece añitos. 

En la mejor época de Correa, cuando vestía chaqué en El Escorial como testigo de la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag, tuvo que comprar varias máquinas de esas de contar dinero de los bancos porque se cansó de hacerlo a mano sobre la mesa del hoy desaparecido restaurante Sorolla (Hermosilla, 4). Después de salir de la oficina de Pablo Crespo, en Serrano 40, donde estaba la que llamaban la «caja madre», iban allí a comer. En un reservado llamado Velázquez, que parecía el King’s Court de Donnie Brasco, Don Vito y sus chicos se repartían fajos de billetes como en una partida de Monopoli, solo que este juego era real hasta en lo de ir a la cárcel. Allí Don Vito y sus secuaces se venían a diario con alcaldes corruptos del PP, consejeros de la Comunidad, concejales de aquí y de allá. Yo te hago este acto en tu ayuntamiento, o en tu consejería, o en tu campaña electoral, a precio de amigo. Amiguito del alma. Tú te pasas por la joyería Suárez y eliges un reloj. El que quieras, ¿me oyes? Solo di que vas de mi parte, del señor Correa. Cuando el alcohol subía le gustaba decir eso de «somos empresarios de Champions League». 

Quien dice un reloj dice un bolso para tu señora, o un traje para ti, que vas hecho un desastre. Ya puesto, llévate varios. La comida, que empieza sobre las 2:30 de la tarde, se alarga mientras desfila por allí media Comunidad de Madrid. Correa come y bebe frugal. Ponme un gin-tonic, con dos dedos de ginebra, como a mí me gusta, les dice a los camareros. Cuando el negocio crece y extiende sus tentáculos hasta la Valencia de Camps y Ricardo Costa, alias Ric, gracias a Álvaro Pérez, aka el Bigotes, ya se cuentan en la mesa millones de euros. Sí, con máquinas de esas de los bancos que hacen brrrrrr. Un fajo. Brrrrr. Otro. Brrrrr. Champions League.   

Cada generación tiene sus barras fetiche para comer y emborracharse. Mario Conde y De la Rosa iban al restaurante Jockey (Amador de los Ríos, 6) y acudían a los servicios a hacerse confidencias cuando sospechaban que ya les estaban espiando. Correa llega a filmar, con cámaras ocultas, esas comidas interminables. Así, cuando un alcalde corrupto se afloja, le ponen el vídeo en la tele. Mírate ahí lo guapo que sales con los billetes, tío Gilito. Y vuelta a empezar. Yo te monto este acto en la plaza de toros, tú me lo pagas a precio de amigo. O sin acto, qué más da. Nadie huele el peligro. Todo sucede en una burbuja de impunidad. Son amigos de Aznar, se sienta en la boda de su hija junto a Berlusconi, toman copas con jueces y fiscales, los contrata el Gobierno de Esperanza Aguirre. ¿Qué puede pasarles? Correa les dice a todos que, como mucho, el tema del dinero en negro es una multa de Hacienda. Pero no te preocupes y elige un bolso de Louis Vuitton. O un Patek Philippe. O un viaje al Caribe. O un Jaguar. Solo hay una persona que odia a Don Vito en Génova: es Miguel Ángel Rodríguez, exministro y tertuliano, que casi llega a las manos con Cascos por intentar echarlo. Pero Correa en Génova es el señor Correa. 

A veces las comidas empalman con las cenas. La agenda es amplia y muchos los compromisos. Varios móviles al lado del cubierto del pescado que no paran de sonar. Bandeja del mejor jamón, taquitos de merluza con gulas, ese pulpito de lujo. Y vino del bueno. Después de cenar van todos a los sillones acolchados del desaparecido Balmoral (Hermosilla, 10) al que Loquillo le dedicó un disco. Cortinas de terciopelo grueso, copas a media luz y negocios aún pendientes que el alcohol termina por cerrar. En la cresta de la ola, Correa alquilará este legendario garito para las fiestas navideñas de su empresa, a las que acuden ministros, banqueros, magistrados y periodistas. Muchos periodistas. En ellas, Correa se siente como Tony Montana en el club Babylon. «The world is yours». 

Pero Don Vito alterna momentos de euforia con un carácter taciturno. Los que están junto a él perciben que, quizá, todo esto se le está yendo de las manos. Sotogrande, La Finca, Marbella, un tren de vida de jeque árabe que, cómo no, acaba a altas horas de la noche y de sultanas. Eligen el Pigmalión (calle Pinar, 6) como su sopranesco Bada Bing, el mejor google de panteras de Europa del este, comparable a aquella Costa Fleming que describía Raúl del Pozo por la zona de Cuzco. En este burdel los actores secundarios de la trama gastan trescientos euros cada uno en una hora de sexo más las copas, pero Correa desea intimidad. Por eso paga una fortuna y se lleva a una chica paraguaya hasta una habitación del Hotel Sanvy (Goya, 3), donde primero le hará las pruebas del sida para así tenerla para su uso personal durante semanas bajo siete llaves. Como si fuera su limpiabotas o su camarero en el reservado, tendrá un detalle en forma de propina. Cuando ella vuelve a Paraguay Correa le envía remesas de dinero. Porque Don Vito, como Corleone, es el gran capo, pero un capo con corazón.   

Algunos alcaldes, fascinados con aquellas bacanales de alcohol y sexo, fantasean con repetir la hazaña en chalets con chicas aún mejores. ¡Aún mejores! Cocaína para pintarse la cara como los actores del teatro kabuki, alcohol de primera, autobuses enteros de vikingas, eslavas y zíngaras. Y todo el mundo quiere participar. ¡Claro que sí! Lo monta el señor Correa. ¿Qué nos puede pasar?