Genes y política: dos décadas después de la publicación de The Bell Curve

En el artículo anterior pudimos ver algunas de las líneas de tensión entre las ciencias sociales y naturales y las dificultades con las que se han encontrado los científicos de ambas disciplinas, y vimos que el debate suele evolucionar en un contexto politizado debido a que la naturalización de ciertos problemas suele verse como un intento de defender una determinada agenda política. En este artículo nos inclinaremos sobre la que probablemente haya sido la obra más polémica sobre naturaleza y política.

Ciencia con consecuencias políticas

The Bell curve publicado por Charles Murray y Richard Herrnstein (HM a partir de ahora) en 1994 es posiblemente el mejor ejemplo de las consecuencias desagradables que pueden tener los hallazgos de la genética y las ciencias naturales. Se trata de una obra cuyo debate ha hecho correr ríos de tinta y reacciones airadas de académicos de todas las disciplinas. Debido a ello, una revisión exhaustiva del debate que haga justicia al libro y a sus críticos no solo sería demasiado ambiciosa, sino también tediosa para el lector. Las líneas que siguen tendrán una naturaleza selectiva para ilustrar algunos problemas interesantes.

El objeto del libro es el estudio de la evolución de la sociedad americana basándose en las diferencias en habilidades cognitivas —esencialmente la inteligencia—. En concreto, intenta demostrar que 1) la inteligencia es un factor que se puede medir correctamente gracias a los tests estandarizados de cociente intelectual (CI); 2) que esta es hereditaria en una proporción que varía entre el 40% y el 80% y que esto cuestiona la posibilidad de mejorarlo mediante la educación; 3) que la inteligencia está asimétricamente distribuida entre la población y permite predecir muchos aspectos cruciales de la vida en sociedad, como el éxito social, la criminalidad, las diferencias salariales y que la inteligencia será, por razones económicas y tecnológicas, cada vez más importante en el futuro; y 4) Que las tres conclusiones anteriores tienen un impacto sobre las políticas públicas.

Para entender lo controvertido de la tesis del libro conviene detenerse en este último punto. En primer lugar, HM analizan distintas políticas y llegan a la conclusión de que, en parte debido a su carácter hereditario, los esfuerzos por mejorar la igualdad han tenido un éxito modesto en el mejor de los casos. En segundo lugar, el hecho de que las personas más inteligentes tengan menos hijos plantea un grave problema demográfico dado que amenaza el «stock de CI» de la sociedad americana. En particular, el hecho de que sean precisamente las mujeres más inteligentes las que se incorporan al mundo del trabajo y tienen menos hijos supone un reto importante para la demografía. Finalmente, argumentan contra de las políticas de discriminación positiva dado que estas estarían guiadas por la creencia, equivocada según su argumento de que las desigualdades sociales no están justificadas por diferencias de habilidad y, además, fomentarían que «los menos buenos» se reproduzcan socialmente con más éxito.

Charles Murrary
Charles Murrary.

La polémica era inevitable. Las conclusiones políticas del último punto son una consecuencia lógica de las tres conclusiones anteriores, de forma que una cantidad sustancial de ideas recibidas parecían puestas en entredicho. A lo que el lector no prevenido se enfrenta leyendo The Bell Curve es a un volumen de más de 900 páginas de análisis estadísticos aparentemente sólidos, argumentos matizados expresados en un lenguaje equilibrado y amable que, prescindiendo de juicios de valor o de motivaciones políticas aparentes, llevaban a conclusiones extravagantemente conservadoras que en la mayoría de los círculos se calificarían de «darwinismo social».

El impacto mediático del libro fue particularmente importante, lo suficiente como para la reacción académica y política fuera significativa. Este debate que nos servirá de excusa para recorrer el problema de la importancia de la genética para los debates públicos.

Una parte de las reacciones al libro de HM fue particularmente agria, rechazando la totalidad de la obra partiendo de la falta de crédito de sus autores y recurriendo a descalificaciones personales, a sus motivaciones políticas o sus filiaciones académicas.

Entre las críticas que abordaron el fondo, el problema del papel del CI para medir la inteligencia fue suficientemente sonado como para que la American Psychological Association (APA) pidiera la elaboración de un informe a un grupo de trabajo en el que se encontraban algunos de sus afiliados con más renombre. El informe llegó a conclusiones matizadas que, reconociendo el impacto de la biología, la heredabilidad y la naturaleza sobre la inteligencia, sugería que las afirmaciones más rotundas y especialmente las recomendaciones políticas no estaban bien fundamentadas. Este diagnóstico crítico fue extendido por un artículo publicado el año pasado por parte del grupo de trabajo que destacan que hoy la importancia de la heredabilidad es menor.

Además de distintas críticas que cuestionaban el análisis estadístico o los métodos de medición, las dos que tienen un interés mayor para el problema de la relación de la genética con la política son la que cuestiona la relevancia del CI para explicar el grueso de las desigualdades y la que cuestiona la ineficacia de las políticas públicas para modificar resultados atribuidos a la genética.

 Los críticos y sus críticas: James Heckman y la importancia de la primera infancia

El estadístico de la Universidad de Chicago y premio Nobel de Economía James Heckman escribió una reseña del libro en el Journal of Political Economy donde, aun reconociendo la importancia del libro al poner de relieve el papel de las habilidades explicando la estratificación social, cuestionaba varias de sus tesis centrales. En primer lugar, ponía en duda que un único factor, como el CI, pudiera medir los distintos aspectos de las habilidades cognitivas. Heckman se unía así a los distintos académicos que, como Sternberg, defendían que la inteligencia es una realidad con distintas facetas que no puede expresarse en una única dimensión (una perspectiva también documentada por el informe de la APA ) y el artículo escrito en 2012 por parte de sus autores.

En segundo lugar, Heckman cuestionaba igualmente que la educación careciera de poder para modificar el CI. En un artículo posterior, Heckman muestra con sus coautores que los años adicionales de educación tienen un impacto sustancial sobre los resultados obtenidos en los tests de aptitudes cognitivas.

En tercer lugar, Heckman ponía en un segundo plano la importancia de la inteligencia explicando el éxito social, destacando especialmente lo que ha venido a llamarse las habilidades no cognitivas o socioemocionales. Heckman ha dedicado una buena parte de su carrera a demostrar que para explicar la productividad de un trabajador, incluso en actividades con un alto contenido intelectual, habilidades no estrictamente intelectuales como la perseverancia, la paciencia, la capacidad para organizarse, la estabilidad emocional, la empatía o la capacidad para trabajar en una organización sujeto a una jerarquía y dentro de un equipo juegan un papel crucial; habilidades estas que no son medidas por los test de inteligencia.

En Giving kids a fair chance, un pequeño libro dirigido al público en general publicado este año, Heckman explica como se relacionan estas ideas. Mientras que es cierto que el IQ es en alguna medida hereditario, las habilidades no cognitivas son mejorables, especialmente mediante políticas de gasto en primera infancia. Esto explica, en palabras del propio Heckman, por qué los resultados de HM difieren tanto de los suyos:

[El libro] no presentaba ninguna evidencia dura sobre genética. La persona mas joven en la muestra de Herrnstein – Murray tenía 14 años al principio de la muestra. A la edad de 14 años las personas están ya muy formadas y sus entornos ya han tenido un papel muy importante sobre lo que son. La idea de que el resultado de un test medido a la edad de catorce años puede medir el determinismo genético es absurda.

Heckman ha abogado enérgicamente a favor de las inversiones en primera infancia, destacando que cada euro gastado en edades tempranas tiene un impacto sobre las habilidades y la igualdad mucho mayor que a edades mayores.

Sin embargo, la relevancia de las experiencias en la primera infancia no debe interpretarse como un argumento en contra de la importancia de la biología. El propio Heckman apoya su investigación en estudios neurológicos de cómo los primeros años de vida afectan al desarrollo del cerebro. Precisamente la interacción entre el desarrollo cognitivo y el estatus socioeconómico es un ejemplo de colaboración exitosa entre las ciencias sociales y naturales. Así, la revista The Economist documentaba una serie de estudios recientes que vinculaban el nivel de estrés que sufren los niños en sus primeros años al desarrollo de su memoria de trabajo y, a su vez, que mostraba que la pobreza infantil afecta directamente al nivel de estrés. Es fácil ver que en este caso, donde la pobreza infantil afecta a las habilidades cognitivas a través del desarrollo neuronal, los hallazgos de las ciencias sociales y las naturales no solamente no se contradicen, sino que se complementan.

Los críticos y sus críticas: Goldberger, Manski y la interpretación de la heredabilidad

Desde el punto de vista del interés de la genética para las políticas públicas, probablemente sea de mayor interés el artículo que en 1995 publicaron en el Journal of Economic Literature los estadísticos Charles Manski y Arthur Goldberger (G&M). En unos términos mucho más duros que los de Heckman, G&M atacan la idea misma de que la forma en que se mide la heredabilidad tenga alguna relevancia para las políticas públicas.

En The Bell Curve, para explicar la inefectividad de las políticas públicas, HM proponen el siguiente experimento mental (entre otros argumentos). Partiendo de que alrededor de un 60% de las diferencias de CI viene explicado por aspectos hereditarios, invitan a pensar en un escenario en el cual todo el mundo se viera enfrentado a los mismos condicionantes ambientales (que ellos estiman como la política más igualitaria posible). En estas circunstancias de «igualdad radical», sugieren, solamente un 40% de las diferencias de CI se reducirían lo que, es cierto, sería bastante modesto.

G&M explican por qué este razonamiento es en esencia incorrecto. Si lo que se busca es mejorar la situación de aquellos que están, por razones «genéticas», en desventaja, sería necesario enfrentarlos a un entorno distinto del de los más aventajados.

En un artículo reciente, Manski alude a este mismo párrafo refiriéndose a un artículo del año 79 del propio Goldberger (fallecido en 2009) donde explica esta idea de otra forma con un ejemplo. Supongamos, nos dice, que existiera un estudio que encontrara que la miopía es un rasgo cien por cien hereditario y que actúa de forma determinista. Sin embargo, este hallazgo no nos dice nada sobre la eficacia de una política que proporcione gratuitamente lentes de contacto. Igualmente que el hallazgo de que el nivel de precipitaciones es un fenómeno natural no nos dice nada sobre la eficacia de llevar paraguas. Pues bien, la idea de que el CI es un rasgo hereditario tampoco nos dice nada sobre el papel potencial de las políticas públicas.

A un nivel más técnico, G&M explican que los errores en la interpretación de estos resultados viene de los métodos estadísticos que se utilizan para medir los componentes «hereditarios» y «ambientales». Generalmente, estos modelos intentan explotar las diferencias en el grado de parentesco (típicamente con estudios con gemelos idénticos, mellizos y otros familiares) para examinar como estas evolucionan con las diferencias en otros rasgos —en este caso el CI—. Sin embargo, por la estructura del modelo estadístico, se considera que la varianza en el CI es una suma de los aspectos ambientales y genéticos, pero no se considera la posibilidad de que ambos interactúen de una forma no aditiva.

La irrelevancia de los estudios de heredabilidad para las políticas públicas defendida por H&M no va necesariamente en contra del consenso en los estudios en psicometría y genética. El libro de texto de Defries et al subraya este punto (página 110) «la heredabilidad describe lo que ocurre en una población concreta en un momento determinado de tiempo más que lo que podría ocurrir. Es decir, si varía cualquier influencia genética (p. ej. Cambios debidos a la migración) o ambiental (p.ej. cambios en el acceso a la educación), entonces el impacto relativo de los genes y el ambiente cambiará». En la misma línea el informe del grupo de trabajo de la APA mencionado hacía explícito (página 86) que la utilidad de los coeficientes de heredabilidad es estrictamente descriptiva y no implican nada sobre la causalidad o que un rasgo que sea heredable en una proporción importante sea inmutable.

De otra forma, sería difícil explicar la aparente paradoja de que la heredabilidad sea mayor para las familias más ricas que para las más pobres. Como señala el artículo de 2012 de los autores del informe de la APA, una posible de este hecho es precisamente que los niños de familias socialmente desfavorecidas no desarrollan todo su potencial genético, lo que conforta el argumento de Heckman a favor de la lucha contra la pobreza infantil.

James Heckman
James Heckman.

La heredabilidad y las interacciones entre el ambiente y el genotipo

Para entender lo que se esconde detrás de la aparente paradoja de que, aunque la heredabilidad de ciertos rasgos sea alta, la relevancia de esta información para las políticas públicas es por sí sola prácticamente nula, es importante interiorizar que el impacto que tienen los genes no es uno determinista. Al contrario, nuestros genes nos afectan mucho más a menudo como propensiones y actúan como factores de riesgo, especialmente en los aspectos relacionados con el comportamiento y capacidades cognitivas.

Pensemos hipotéticamente en la probabilidad de desarrollar miopía (un ejemplo inventado) y supongamos que estuviera genéticamente determinada. Sin embargo, la miopía solo se desarrollaría bajo circunstancias en la que una persona lee sistemáticamente con poca luz. Desde el punto de vista causal, dos personas que sean genéticamente muy distintas, tienen el mismo potencial de desarrollar miopía si ambas trabajan habitualmente con luz; pero en un ambiente en el que ambas trabajen con poca luz una de ellas tendrá una probabilidad mucho mayor. El riesgo de desarrollar la miopía tiene un origen totalmente genético, pero que este riesgo llegue a realizarse o no depende al 100% de ser expuesto la falta de luz.

Otra forma de interacción entre los aspectos ambientales y los genéticos es un genotipo que genera una propensión a seleccionar determinados entornos. Pensemos, por ejemplo, en que por razones genéticas una persona tienda a rehuir situaciones de conflicto mientras que para otra ocurra lo contrario. ¿Un rasgo que se desarrolle a raíz de la exposición a esta situaciones de conflicto, tendrá un origen ambiental o genético? En este ejemplo de interacción entre el ambiente y la genética, el investigador se enfrenta un problema de identificación, el al tema que ha dedicado su carrera Charles Manski.

En los dos ejemplos anteriores, interpretar un modelo que dé niveles de heredabilidad del CI altos como algo inmutable sería un error: aparecería un nivel de heredabilidad importante y en ambos casos actuar sobre el ambiente puede modificar los resultados.

Finalmente, como ilustra el ejemplo de los paraguas o las gafas, que un rasgo sea hereditario, incluso con carácter determinista, no significa que sus consecuencias deban traducirse en desigualdades si la sociedad es suficientemente inclusiva. Por ejemplo, es posible que la probabilidad de llegar a ser un deportista de élite dependa con fuerza de factores genéticos, pero una sociedad inclusiva es una en la que no llegar a ser un deportista de élite no tiene consecuencias graves.

Biología y política(s)

The Bell Curve fue una obra polémica por articular algunas ideas controvertidas basadas en lo que aparentemente era un análisis riguroso. Puso de manifiesto lo peligroso de una interpretación incorrecta de los resultados empíricos y su utilización para defender una agenda política. Como hemos visto, el análisis de G&M sugiere que el interés de la genética para las políticas públicas es muy pequeño.

Parece oportuno resaltar que nada de lo reseñado hasta ahora apoya la idea de que el estudio de los condicionantes biológicos sea irrelevante para las ciencias sociales. Negar que los seres humanos son seres biológicos y que todos los fenómenos sociales tienen una biológica relevante sería absurdo. El estudio del reverso biológico de estos fenómenos es un área potencialmente muy fértil. El error está, sin embargo, en pensar que la intervención de una causa biológica en algún aspecto social debe llevarnos a aceptarlo como una parte inmutable de la naturaleza humana en el cual las políticas públicas no tendrían nada que decir: no solamente la influencia genética actúa únicamente como predisposiciones, sino que el desarrollo biológico se produce en interacción constante con los factores ambientales. Para integrar los aspectos psicológicos, biológicos (no únicamente genéticos). La psicóloga Diane Halpern ha sintentizado estas interacciones en lo que llama la hipótesis biopsicosocial que se muestra el diagrama inferior propuesto:

diagrama

La escasa relevancia del análisis de heredabilidad es una restricción propia del tipo de análisis estadístico que se ha usado para medir la importancia de los factores genéticos. Estos intentan explotar el porcentaje de genes compartidos para explicar sus diferencias. Se trata, no obstante, de análisis que dejan en una «caja negra» como actúan los genes. No hay ninguna implicación causal el análisis es puramente descriptivo. Esto es una consecuencia de que hasta un momento muy reciente no ha sido posible mirar sobre el efecto de distintas configuraciones de genes. En otras palabras, no se medían variaciones en las configuraciones genéticas para buscar la relación con determinados rasgos, sino variaciones en el parentesco. En un artículo reciente Manski sugiere que, si bien el análisis de heredabilidad es casi totalmente irrelevante, la medición de datos genéticos concretos podría utilizarse para entender rasgos concretos y esto sí podría tener alguna implicación para las políticas públicas si, por ejemplo, se averiguara que la presencia de un determinado gen afecta a la capacidad de aprendizaje o a otros aspectos de la conducta. Sin embargo, éeste es un trabajo que todavía está naciendo y en el que no existen todavía conclusiones bien definidas.

Los encuentros y desencuentros que hemos explicado en este artículo entre las ciencias naturales y las sociales ponen de manifiesto la dificultad, no ya de encajar muchos hallazgos de las primeras dentro de las segundas, sino de que un diálogo fructífero pueda tener lugar en un ambiente tan marcado por preconcepciones ideológicas. Especialmente en el debate público, son frecuentes las acusaciones mutuas de que el adversario está guiado por motivaciones políticas.

La reseña de G&M ilustra este problema. En los párrafos finales, G&M reprochan a HM que un libro con la ambición y la amplitud de la temática de The Bell Curve no fuera la síntesis de un gran número de trabajos previamente debatidos en la academia, ni el libro fue sometido a revisión por pares por parte de la editorial. Precisamente, la función del debate académico es la de apuntar y remediar el tipo de errores que cometieron HM y matizar los argumentos, algo que típicamente desvirtúa las tesis provocativas como la serie de conclusiones a las que llegaron. Sin embargo, durante todo el libro, HM manifiestan la preocupación constante de que sus ideas son «políticamente incorrectas”», a pesar de que serían acertadas. Aplicar con generosidad el principio caridad daría para pensar que HM precisamente saltaron los cauces académicos normales porque no creían que un debate real pudiera llevarse a cabo en un contexto demasiado marcado por la corrección política.

Más en general, ilustra el problema de mantener debates en términos técnicos cuando el resultado de esos debates tiene consecuencias políticas importantes. ¿Es útil que el público crea en el mito de la tabla rasa si eso supone un tabú para las actitudes reaccionarias? ¿O somos lo suficientemente maduros en tanto que sociedad para vivir con la idea de que existen diferencias importantes en las que intervienen causas biológicas y entenderlas en toda su complejidad?


Un señor mirando al suelo

Mariano Rajoy

Es curioso. Uno tiende a pensar que quien llega a liderar el Gobierno de uno de los países democráticos más importantes del mundo debe de ser un tío excepcional. Nuestra mente, extremadamente simple y simplificadora a veces, hace, en circunstancias normales, un razonamiento tal que así: el líder de 46 millones de personas no puede ser alguien normal. Tiene que tener algo. Tiene que destacar de alguna manera. Despuntar. Brillar. O enfadar. Quizá aterrorizar.

Pero luego uno se encuentra con Mariano Rajoy en una rueda de prensa sobrevenida y no elegida un lunes 15 de julio de 2013. Observa cómo se ha asustado, y cómo ese susto (no hay otra explicación posible) le ha llevado a forzar un amaño de la pregunta que le iba a ser lanzada en rueda de prensa para poder leer la respuesta. Sin pudor ni vergüenza. Mirando hacia abajo las veces que ha hecho falta. Ajeno al hecho de que cada vez que bajaba la mirada perdía un votante, o dos, o tres. Solo importándole salir del paso. Resistir. Como la vida es. Y el espectador, algo atónito, se da cuenta de que el líder de 46 millones de españoles es solo un tipo de mediana edad, ya tirando a viejo, más bien cansado, y probablemente con muchos sinsabores y muchas elecciones mal tomadas a sus espaldas. En ese momento es cuando la pregunta surge: por qué. Por qué tú, que te permites mirar hacia abajo en la rueda de prensa más importante de tu carrera política, estás ahí. Por qué te rebajas a manipular una pregunta cuya respuesta no tenía por qué variar. Qué demonios haces en mi televisor mirándote los zapatos.

Ya no nos acordamos, pero esa pregunta nos la hicimos hace ahora una década de una manera mucho más ligera, como aperitivo de viernes tarde. Cuando nuestra mayor preocupación era si entrábamos o no como tercer plato en la coalición de una guerra absurda hubo un líder (este sí, excepcional para bien o para mal) con bigote menguante que nos sorprendió a todos con una retirada que dejaba paso a su ministro de Interior, un gallego con cierta soltura para hablar en público dentro de un guión marcado que desbancó a otros nombres que parecían mucho más probables. Al menos eso nos susurraban los tertulianos de entonces (que, por cierto, son prácticamente los mismos que ahora). La pregunta de por qué tenemos a un señor gallego algo cobarde y poco brillante como presidente es la misma que por qué Jose María Aznar eligió a este mismo señor como su sucesor.

Imagine, lector, que es usted un líder político de primer nivel. Que, a su modo de ver, ha sacado a su país del pozo en que se encontraba y le ha puesto en el camino correcto en términos de crecimiento económico, estabilidad y relevancia política. Las encuestas así parecen confirmarlo. Es cierto que puede perder algo de apoyo, pero en ningún caso su gestión va a ser derrotada por la oposición. A usted le preocupa que quien ocupe su puesto siga el camino deseado. Dicho de otra manera: usted tiene una idea sobre lo que debe ser España y piensa que ha trabajado mucho para acercar al país a esa idea. Quiere que quien venga después siga exactamente la misma línea, o lo más cerca posible. De entre el menú de opciones disponibles no había nadie tan probable de mantener el legado económico conservador-liberal de Aznar que Mariano Rajoy. La cosa se planteaba relativamente sencilla: Rajoy ganaría el 14 de marzo y tendría al menos cuatro años para hacer cosas como emprender cambios en el Estado de Bienestar, profundizar en la reforma fiscal,  en la flexibilidad laboral por abajo y en lo que fuese menester. Lo haría con calma, desactivando con sus silencios (que combinan bien con crecimiento económico) y su trabajo constante la oposición frontal. Y en 2008 España sería un país aún más nuevo.

Es decir: Aznar puso en su lugar no al más carismático, ni al más capaz para ganar elecciones, ni al más osado para hacer reformas en profundidad ante situaciones de riesgo macroeconómico (como una burbuja, o como la explosión de dicha burbuja y la crisis que le sigue), sino simplemente a quien mejor iba a gestionar su legado. Hizo además esta elección entre una selección previa de personas que llevan toda su vida ascendiendo en un partido cerrado, jerárquico, en una carrera que prima la cercanía al inmediatamente superior a ti y las afinidades mucho más que la capacidad de ganar elecciones o de gestionar de manera eficiente la cosa pública. Y es que Rajoy da el perfil de político típico español: con una plaza de funcionario que supone más un primer peldaño y a la vez un colchón para una carrera poco movida que un auténtico trabajo, ganó su primer escaño autonómico con menos de 30 años. Debe su vida al partido, y el partido no le debe apenas nada a él. Esta es la clase de gente que atraen nuestros partidos (todos ellos) hoy en día. Los talentosos, los preparados para arriesgarse, aquellos que pueden llegar a más no están dispuestos a pasarse años como cuadro medio anodino afiliado al cabeza de familia política de turno. En uno de sus mensajes a Bárcenas, Rajoy decía que «la vida es resistir». La suya, desde luego, lo ha sido. O más bien mantenerse.

Pero si esto es cierto, si Rajoy no es más que un subproducto del Partido Popular, ¿por qué es capaz de aferrarse a su puesto incluso en una situación como la actual, cuando le está haciendo un daño evidente a su partido? Al fin y al cabo vivimos en una democracia parlamentaria: no pasa nada, no hay ningún problema si un  partido, a través de su grupo parlamentario, decide pegarle una patada a su líder para poner a otro. Entonces, por qué el señor que se mira los zapatos al hablar sigue teniendo la posibilidad de resistir. La respuesta es que la misma manera de funcionar y estructurar el partido que hace que este sea un sistema cerrado de selección de élites mediocres es la que protege a la cúpula de turno. Cuando Aznar nombró a Rajoy estaba designando a una persona para administrar España y el PP a la vez. Alguien que mantuviese la casa ordenada dentro y fuera. Sabía, por supuesto, que perdía casi toda su capacidad de influencia una vez designado al nuevo líder. Por ello escogió a alguien que sabía, o intuía, que mantendría todo cercano a lo que él consideraba que debía ser en la plácida primera década del milenio.

Pero claro, sucedió el 11M, sucedió el 12, el 13 y el 14, sucedió Zapatero, sucedió la crisis, y tras administrar siete años de miseria ahora es a Rajoy y a su gente (Cospedal, Soraya, etc) a quienes corresponde un encargo que, no nos engañemos, les va grande. Con la explosión de Bárcenas, de hecho, les va enorme. Regenerar España y el PP al mismo tiempo es algo al alcance de muy, muy pocos. Pero eso no evita que la mayoría de los actuales diputados deban su vida política a Rajoy y su entorno. El cálculo que ahora mismo está haciendo cualquiera de ellos es bien simple: ante un líder débil que suponga una amenaza para el partido me rebelaré si y solo si la rebelión tiene una altísima probabilidad de triunfar. Porque de no hacerlo me encontraré señalado ante quien tiene una grandísima parte de mi carrera en sus manos. Es por ello que las primeras, tímidas voces en contra del líder suelen levantarse de las periferias ideológicas y geográficas. Geográficas, porque la base electoral de alcaldes de grandes ciudades y barones autonómicos no dependen (tanto) de cómo le vaya al partido en el centro, ni su mantenimiento por tanto está tan estrictamente ligado a Génova. Ideológicas, porque en este caso se trata de gente que tiende a hacer la guerra por su cuenta sin importarle demasiado lo que diga o haga el núcleo. Solo cuando el coste de mantener al líder es demasiado grande y ya existe un cierto ambiente de rebelión los círculos interiores se plantan y comienzan a demandar explicaciones y dimisiones. El PP no está aún en ese nivel. Entre otras cosas, probablemente porque el escándalo afecta a mucha gente que quiere que se sepa cuanto menos, mejor, del asunto. Sin embargo también es probable que, de existir, los pagos en negro y las comisiones tengan más que ver con las generaciones más antiguas del partido, lo cual podría fomentar una revolución de los nuevos llegados en un caso extremo.

Si la presión mediática, electoral, de la oposición y judicial incrementa, Rajoy parece dispuesto a aguantar. A seguir su máxima involuntaria sobre la vida y resistir. Está convencido de que tiene las herramientas para ello: una mayoría absoluta (parlamentaria, ya no demoscópica) y la capacidad de determinar las carreras políticas de díscolos dentro de su partido. Si una hipotética rebelión no consigue ser lo suficientemente grande como para forzar su dimisión pero sí como para ser visible, el miedo al castigo posterior (electoral e interno) puede llegar a forzar una desintegración parcial del PP. Si se llegase a este extremo, curiosamente el partido sería víctima de su propia capacidad de sobrevivirse. Una organización que, nos guste más o menos, es necesaria para el funcionamiento normal de la democracia española podría implosionar porque la misma organización se encargó de ensalzar a un señor que solo sabe mirar al suelo. Esperemos que levante la mirada y la mantenga firme cuando menos lo esperemos, que será cuando más lo necesitemos. Pero no parece muy probable.


Humanistas y naturalistas

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We are very slightly changed
From the semi-apes who ranged
India’s prehistoric clay;
Whoso drew the longest bow
Ran his brother down, you know,
As we run men down today (…)

Rudyard Kipling

El ácido universal 

Desde cuando la distinción tiene sentido, los desarrollos de las ciencias sociales y naturales han corrido separados por barreras disciplinares. A mediados del siglo pasado, el novelista C. P. Snow se quejaba en su famosa conferencia sobre «las dos culturas» de la incomunicación entre las humanidades y las ciencias naturales.

Aunque esta separación solo parecía crecer con la consolidación de la autonomía de las disciplinas sociales, en los últimos años es posible reconocer un acercamiento, originado fundamentalmente en el mundo anglosajón, entre estas dos culturas. Los avances ligados a la teoría de la evolución, la genética y las neurociencias han puesto en tela de juicio muchas de las ideas recibidas en las humanidades y las ciencias sociales: desde aspectos filosóficos como la separación entre el cuerpo y la mente, hasta cuestiones mucho más concretas ligadas a la relevancia de la biología para la explicación el comportamiento social. En su libro La peligrosa idea de Darwin el filósofo norteamericano Daniel Dennett sugería que el reconocimiento del origen evolutivo del ser humano actuaría como un ácido universal sobre el conjunto nuestra concepción del hombre, empezando por nuestras más íntimas creencias éticas y cosmológicas.

Piénsese a modo de ejemplo en el modelo tradicional de acción que han venido manejando desde los científicos sociales hasta los filósofos morales que se apoya en conceptos de «psicología convencional» (folk psychology) donde la acción de los individuos es el resultado de sus intenciones, sus creencias, su voluntad consciente,  sus objetivos y otros conceptos mentales. Tanto la filosofía moral (¿qué valdría la idea de libertad o responsabilidad si no existiera la acción consciente o la voluntad?) como el grueso de las ciencias sociales se apoyan en conceptos mentalistas que son los que explican las acciones. Para un neurocientífico, sin embargo, estos conceptos son prescindibles: únicamente existe una cadena de estímulos y respuestas en un mecanismo inanimado. Esto ha llevado a algunos a ir un paso más allá y sugerir que este hecho deja muy poco espacio para el libre albedrío  y llevaría incluso a replantearse si los estados mentales son algo más que una ilusión supersticiosa.

El éxito y la aceptación de las ciencias naturales ha puesto a los científicos sociales ante un dilema. Por un lado, bien admitir el cierre epistemológico de las ciencias naturales y hacer compatible sus aseveraciones sobre la realidad humana con las de las primeras. Esta es una tarea a la que se han encomendado distintos filósofos y científicos, entre ellos el propio Dennett (una introducción a su pensamientos puede encontrarse aquí). Por otro lado la alternativa es entregarse a la ingrata y nada prometedora tarea de construir un cortafuegos metafísico basado en visiones tan poco modernas como la creencia en un alma inmaterial o una cosmovisión que incluya la creencia en lo sobrenatural.

En retrospectiva, la insostenibilidad de la división interdisciplinar parece evidente. Las ciencias naturales y sociales estudian fenómenos comunes y en la medida en que ambas tienen pretensión de veracidad están condenadas a entenderse. Ello no significa sin embargo que este entendimiento fuera sencillo. Al contrario, el encuentro entre académicos educados en cada una de las dos tradiciones se ha traducido a menudo en situaciones de hostilidad manifiesta, muy a menudo connotadas política y moralmente.

El choque de culturas

Una muestra de este fenómeno de hostilidad mutua se puede encontrar en el famoso libro de Steven Pinker La tabla rasa, que tiene el subtítulo provocativo de«La negación moderna de la naturaleza humana». El psicólogo de la universidad de Harvard sostiene en este libro que la ignorancia de los estudiosos de las ciencias sociales de las conclusiones de las ciencias naturales los ha llevado a dar por buena una visión de la naturaleza humana basada en la idea de la «tabla rasa». Esta visión estaría caracterizada por la idea de que únicamente los factores ambientales, culturales y derivados de la socialización afectan a la forma de ser de las personas, los cuales nacerían como una hoja en blanco que se podría manipular infinitamente mientras se pueda manipular el entorno. Este enfoque entra en conflicto frontal con la idea de que los fenómenos mentales son también fenómenos cerebrales o que los genes o el sexo tiene un impacto la psicología, hechos todos ellos indiscutidos en el campo de las ciencias naturales. Alrededor de esta idea, Pinker analiza distintas concepciones que se sostienen en ciencias sociales que parten de este supuesto de la «tabla rasa» y humanidades ilustradas con algunos de sus ejemplos más grotescos.

Más allá de los malentendidos derivados de una incorrecta comprensión mutua entre disciplinas, es forzoso reconocer que esta hostilidad mutua evoluciona en un contexto políticamente connotado. En este eje político, la primera línea de tensión se encuentra naturalmente con las visiones religiosas del mundo, que se ven severamente discutidas por los avances de las ciencias. En palabras de Stephen Hawking: «La ciencia no deja mucho espacio para Dios». Las explicaciones mecanicistas a partir de causas múltiples que caracterizan a la ciencia encajan mal, cuando no contradicen, las ideas centrales de la inmensa mayoría de cosmovisiones basadas en la creencia de un dios consciente.

Pero desde el punto de vista académico, la tensión más fuerte se ha producido posiblemente entre los avances ligados a la genética y las visiones progresistas del mundo con las que discute Pinker. La posibilidad de que puedan existir diferencias «naturales» entre hombres y mujeres o que aspectos como la inteligencia sean en alguna medida hereditarios es algo que es visto con hostilidad por muchas personas. La psicóloga Diane Halpern cree necesario empezar un capítulo de su libro diciendo

Tal vez este capítulo y el próximo deberían venir con una advertencia similar a las de los paquetes de cigarrillos Cuidado: Algunas de las teorías e investigaciones descritas en este capítulo pueden ser incómodas para su sistema de creencias. He enseñado este material varias veces, y siempre ha habido estudiantes que se han sentido profundamente incómodos por la posibilidad de que incluso una pequeña porción de las diferencias en habilidades cognitivas entre sexos pueda ser atribuidas a factores biológicos.

En su último libro, el politólogo estadounidense Charles Murray sugería que la justificación del Estado de Bienestar partía de la creencia de que existían diferencias creadas por la sociedad mientras que las diferencias «latentes» eran menores, y que por tanto estas podrían remediarse con políticas públicas. Murray plantea entonces que estas ideas están siendo cuestionadas con fuerza en la actualidad y lo estarán mucho más en el futuro, en que descubriremos que existen diferencias marcadas en la inteligencia y capacidad de grupos étnicos, entre sexos y en función de la edad.

En el viejo debate entre lo «innato» y lo «adquirido», es posible distinguir la idea expresada por Murray de que si una característica es «natural», entonces queda de alguna forma legitimada, especialmente en sus consecuencias en términos de desigualdad. En cambio, cuando una característica es adquirida, proviene de nuestra educación o nuestra cultura, esta es más arbitraria. Esta distinción sobre la legitimidad de ambos aspectos plantea inmediatamente la pregunta de ¿por qué debería ser distinta la mala suerte en la lotería social de la mala suerte en la lotería genética?

Sin embargo, la resistencia afrente a la existencia de aspectos «innatos», o con una base fundamentalmente biológica, parece sobre todo guiada por sus consecuencias en términos de políticas públicas. Para una parte tanto de los espectadores como de los participantes en el debate, «natural» o «biológico» son aproximadamente equivalentes a «inmutable» o «determinado». Se argumenta a menudo que si fuéramos capaces de descubrir que si por ejemplo determinadas características son hereditarias o vienen determinadas biológicamente, entonces cualquier esfuerzo para intentar reducir las desigualdades creadas por las mismas quedaría en entredicho. Esta perspectiva del problema es asumida tanto por los «conservadores» que esgrimen la biología para justificar sus propuestas políticas, como por los «progresistas» que la resisten y consideran estas propuestas racistas, eugenistas o como parte de una agenda política.

Esta perspectiva, así como los temores que conlleva, es en buena medida errónea. Esta es una idea de la que nos esforzaremos en convencer al lector en la segunda parte de este artículo. Intentaremos dar cuenta del debate usando como caso de estudio el polémico libro The Bell Curve de Charles Murray y Richard Herrnstein.


Sobre la supuesta singularidad de las ciencias sociales

Ursula K. Le Guin

Siendo un ingeniero rodeado de científicos sociales a menudo me veo envuelto en un debate viejo: la discusión de si la ciencia social es una ciencia como las demás. ¿Son la sociología, la economía o la política disciplinas como la biología, la ingeniería o la medicina? ¿o es el método científico menos apropiado para las primeras? Muchos humanistas consideran que hay algo en las ciencias sociales que las hace “menos ciencias”. Me atrevería a decir que esa opinión domina tácitamente en muchos ámbitos, desde el mundo de la cultura al de la Universidad. Sin embargo, y como explicaré en seguida, los argumentos que suelen darse me parecen muy poco convincentes.

Un primer argumento que usan los defensores de la singularidad de la ciencia social consiste en señalar que esta es particular porque estudiar personas supone un reto mayor. Se dice, por ejemplo, que las personas podemos adaptarnos y cambiar de comportamiento, incluso como respuesta a la acción de la ciencia —quizá para ignorar la publicidad o reaccionar a un nuevo impuesto—, y que una suerte de principio de incertidumbre complica hacer previsiones. Pero dejando de lado los detalles, la idea que subyace es que las personas y sus interacciones son más complejas y menos predecibles que otros fenómenos de la naturaleza.

Un segundo argumento dice que lo que distingue a la economía o la sociología es la falta de experimentación. No podemos hacer experimentos con personas, con grupos sociales o países, sino que la ciencia social tiene que conformarse con experimentos naturales (que ocurren por azar) o experimentos de laboratorio (muy distintos a la realidad). La lógica es que con una evidencia experimental tan pobre no es posible hacer ciencia de verdad.

El tercer argumento se refiere a la ideología. Si se asume que los científicos no están libres de sesgos ideológicos, cualquier resultado que emane de la ciencia social estará siempre supeditado al prejuicio. Llevado al extremo del relativismo, este argumento cuestiona la existencia misma del conocimiento objetivo respecto a fenómenos sociales, una idea que subyace a los comentarios sobre “sus expertos” o “sus datos” que tan a menudo escuchamos en la esfera pública.

Los tres argumentos me parecen exagerados.

Insuficientes para trazar una división nítida entre ciencias sociales y las demás.

Para empezar, las ciencias sociales no son las únicas que tienen a las personas como objeto de estudio. La biología y la medicina también tratan con personas y no por ello se las considera menos ciencia. El estudio de la salud o los trastornos mentales, aún teniendo carácter social, son tareas de la ciencia. Por otro lado, es cierto que las personas tenemos (seguramente) libre albedrío, que podemos adaptarnos a las circunstancias y cambiar, y que eso complica estudiarnos y actuar sobre nosotros. Pero esta propiedad de realimentación no es patrimonio humano: muchos sistemas responden al entorno y cambian, como los zorros y las liebres de un ecosistema o los microbios que mutan frente a un antibiótico.

Todavía es posible argumentar que la ciencia social estudia (sobre todo) las interacciones entre individuos y que estas son más complejas que las de liebres, zorros o microbios. Pero, ¿realmente creemos que son los sistemas sociales los más complejos de la naturaleza? Parece dudoso. La ciencia enfrenta la complejidad en cualquier dominio: ya sea la intrincada relación entre temperaturas, presiones, mareas y corrientes que dan lugar al clima, o el equilibrio que resulta de la interacción de las infinitas especies que pueblan la tierra. La naturaleza está llena de fenómenos complejos.

El argumento de la falta de experimentos tampoco se sostiene mucho más allá. Basta pensar en la teoría de la evolución, una rama de la ciencia casi arquetípica, pero que surgió y avanza sin apenas experimentos. Y lo mismo le ocurre a la antropología o al estudio del origen del universo. Son fenómenos de difícil experimentación. La ciencia social no es la única que tiene que conformarse con observaciones indirectas, experimentos naturales o un poco de juguete. En especial el estudio de la salud enfrenta problemas casi idénticos —uno no puede intoxicar con plomo a la gente durante décadas para medir sus efectos a largo plazo, ni exponerlos a microondas u obligarles a comer diez huevos por semana a ver qué tal sientan—. Lo habitual es que el conocimiento sobre qué nos mantiene sanos se obtenga de experimentos naturales y metaestudios de difícil control. Observamos, por ejemplo, que en Asia la obesidad es un problema menor, pero cuesta averiguar si es gracias a sus hábitos, sus genes o a que consumen poco azúcar.

El argumento de la ideología quizás sea el más sutil. No obstante, lo primero que hay que tener en cuenta es que el método científico es precisamente un mecanismo para minorar el efecto de los prejuicios, sobre todo cuando se entiende la ciencia como una labor colaborativa (si los sesgos nos llevan a hipótesis equivocadas, estas acabaran demostrándose falsas, por acción nuestra o de los demás). Y no solo eso, en realidad las discusiones desde prejuicios y posturas a priori ocurren en todas las disciplinas de difícil experimentación. Pasa en psicología y en economía, pero también entre paleontólogos que discuten si Homo sapiens y Neanderthal se mezclaron poco o mucho, entre biólogos que debaten si la mitocondria fue en origen un parásito, o entre médicos que discrepan sobre si las dietas bajas en grasas son sanas o peligrosas. Ocurre, simplemente, que alrededor de las preguntas abiertas surgen más discusiones: porque cuando el conocimiento deja huecos para la incertidumbre, las personas corremos a completarlos con intuiciones, opiniones o ideología. La ciencia social tiene muchas de esas preguntas abiertas, pero ni mucho menos tiene el monopolio.

En definitiva, los fenómenos sociales presentan características que hacen su estudio exigente y son quizás tendentes a la discusión. Pero no hay una brecha entre ciencia social y ciencias de la naturaleza, sino fenómenos más o menos complejos. El estudio de según que asuntos es más difícil, pero la gradación no es binaria, sino un continuo que afecta a todos las ramas del conocimiento. No hay nada categórico que diga que la ciencia es un buen instrumento para estudiar la naturaleza pero no para estudiar a los hombres; afirmar lo contrario supone casi afirmar que hay algo “fuera de la naturaleza” en nosotros los seres humanos.

Más aún, existe un peligro en exagerar estas dificultades para erigir lo social como algo distinto —algo anumérico— y restar valor a la aproximación científica de los fenómenos sociales. Porque, ¿cuál sería entonces la alternativa? La falacia en la que suelen caer quienes critican o relativizan la ciencia social es que lo hacen sin proponer un alternativa, o peor, proponiendo alternativas que no solo afrontan las mismas dificultades que esta, sino muchas otras.

Es cierto que la ciencia ofrece a menudo respuestas vagas, pero no es un defecto suyo, sino una consecuencia de la complejidad del mundo. La realidad huye de las explicaciones sencillas y emerge como resultado de la interacción sutil de un montón de factores. Es por eso que muchos fenómenos de la naturaleza nos sorprenden y nos asombran. Y es por eso que nos cuesta tanto predecir el futuro. ¿Preferiríamos quizás que la realidad tuviese un orden cartesiano? ¿qué fuese simple y perfectamente predecible? No lo creo. Al contrario, como dijo Le Guin, creo que es precisamente la incertidumbre lo que hace la vida tolerable: no saber qué viene después.

 


Cuando los partidos se parten

Eduardo Zaplana y Francisco Camps

Pocos ciudadanos sienten aprecio por los políticos ahora mismo. Cada vez más voces critican el sistema actual y empiezan a desconfiar en una democracia que no ven representativa ¿Y cómo responden los partidos? Con movimientos tácticos para cubrir huecos ideológicos. Esos movimientos son regularmente centrífugos: personajes que abandonan el barco para capitanear uno más pequeño hecho a medida o para unirse al de un tercero, corrientes críticas que acaban saliéndose del partido original o, por el contrario, coaliciones de quita y pon para presentarse a determinadas elecciones.

Cuando las cosas van bien es relativamente fácil mantener prietas las filas en los partidos. En momentos así apenas hay discrepancias internas, voces disonantes o debates acerca de las decisiones a tomar. Las formaciones políticas que gobiernan son tranquilas balsas de aceite donde rara vez se cuestiona al líder y nadie asoma la cabeza más de lo justo, a excepción hecha quizá de los que un día fueron importantes y ahora intentan gestionar con mayor o menor éxito el ostracismo propio de los “ex”. Lo malo es que estos tiempos no son buenos para ningún partido, ni siquiera para el que detenta más poder que ningún otro en la democracia.

Hasta este momento de crisis sistémica, el problema venía casi siempre cuando al partido le iba mal. Aquello de que “a perro flaco todo son pulgas” encaja muy bien con la lógica interna de las formaciones políticas. Entonces arrecian las críticas y solo los más fieles siguen junto al patrón en previsión de que en breve haya un relevo. Empiezan las filtraciones a la prensa, las críticas veladas, la búsqueda de nuevos talentos que puedan ser los líderes del mañana, algunos arriman su sardina a ese ascua emergente en los mentideros y los movimientos tácticos en torno a personajes e ideas van volviéndose indisimulados.

Ahora el ejemplo más claro es el PSOE, que lleva casi dos años de guerra interna en los que los bandos han ido moviéndose. El “zapaterismo” ha muerto, habida cuenta de su envenenada herencia y el escaso protagonismo que de momento quiere tener el expresidente del Gobierno, aunque algo de su legado sobreviva en la ejecutiva de Ferraz. Frente a un Rubalcaba y su equipo al que las primarias dieron oxígeno pero no salvación se erigió en su día una Carme Chacón hoy “exiliada” de la atención pública pero que de vez en cuando asoma su patita en los medios. Curiosamente, siempre aparece en varios a la vez y acaparando portadas como si una excelente estrategia de la comunicación se urdiera en su entorno más cercano, dicen que gracias a la experiencia de su marido, el exsecretario de Estado de Comunicación Miguel Barroso, a la postre amigo del expresidente que le hizo ministra y valedor del grupo mediático de izquierda hoy aniquilado del mapa y que hace poco más de un año le servía de altavoz mejor que ningún otro.

No es siquiera la primera vez que pasa algo así en el PSOE. Tras el adiós de Felipe González vivieron una larga travesía en el desierto bicefalia incluida, con aquella dupla Josep BorrellJoaquín Almunia que llevó al partido a una cota tan negativa de votos que parecía imposible empeorar la marca y que solo unas primarias con el partido abierto en canal consiguieron terminar. Fue una especie de exorcismo necesario para volver al ruedo. Porque entonces, como hoy, las opciones no fueron solo dos: en aquellas primarias hubo cuatro candidaturas igual que ahora mismo en el PSOE no hay solo dos tendencias, ya que hay al menos dos iniciativas de militantes en marcha, más un buen número de nombres en los titulares. De hecho, casi nunca las ha habido.

Aunque el PSOE sea el mejor ejemplo no es el único: la Izquierda Unida que hace una legislatura tenía solo un diputado, más otro de ICV, vivió un amago de implosión interna entre reformistas y no reformistas, comunistas, federalistas y otros “istas”. Solo la marcha del histórico Julio Anguita había abierto un periodo tan angustioso y con tanta tensión interna como ese, y eso a pesar de que en otras regiones, como la Comunidad Valenciana o Euskadi, casi siempre han ido a palos a nivel interno.

Las salidas dolorosas

Incluso un partido tan reciente como UPyD pasó un momento crítico con la salida de Mikel Buesa y sus fuertes críticas a Rosa Díez y la cúpula de la formación por su “autoritarismo”. De hecho la propia Rosa Díez, que fue consejera vasca con los socialistas y le disputó la secretaría general del partido a Zapatero, acabó saliéndose del PSOE  para formar UPyD, ahora cuarta fuerza nacional (y subiendo).

Ese hueco, el de las batallas individuales, es posiblemente el más poblado. Uno de los casos más recientes es el de Ernest Maragall, ex peso pesado del PSC que ha formado su propio partido soberanista. Algo similar pasó con Esquerra hace unos años, de donde algunos miembros recalaron en otras formaciones similares como Reagrupament, que acabaron volviendo más tarde a pactar con Esquerra. También Francisco Álvarez Cascos, que dejó el PP para montar Foro Asturias. Volviendo a Izquierda Unida, Rosa Aguilar se pasó al Gobierno socialista, mientras Inés Sabanés y Reyes Montiel se enrolaron en Equo. Xosé Manuel Beiras, histórico líder del BNG, dejó la formación y lideró una coalición nacionalista junto a miembros de IU, de otras plataformas galleguistas y de ecologistas de Equo. José María Chiquillo liquidó en su día Unió Valenciana y se integró en el PP, con quienes sigue ocupando un escaño. La lista es eterna.

En el PP hay más de lo mismo que en el PSOE, aunque de otra forma. Allí los “versos sueltos” se han entendido como algo normal dentro de una formación que abarca desde el centro hasta la derecha ultraconservadora en diferentes tonos, desde lo moral hasta lo económico. Hay quienes hacen de la moral su forma de política, quienes son liberales hasta el tuétano, quienes son democristianos, e incluso quien no es ninguna de las opciones anteriores. Por haber hay hasta discrepancias en cuestiones políticas tan concretas como la ordenación territorial o la política antiterrorista, que se ha cobrado bajas ilustres y ha supuesto la coexistencia de dos PP vascos —uno oficial y otro fuera del partido—. Y, como en cualquier formación, hay plazas que han vivido rivalidades territoriales dolorosas, como la de Eduardo Zaplana y Francisco Camps en Valencia, o las de Alicia Sánchez Camacho y Montserrat Nebrera o Aleix Vidal-Quadras y Josep Piqué en Cataluña, por citar solo algunas.

Ejemplos así hay centenares, aunque posiblemente España no haya conocido ningún proceso de demolición interna tan acusado como el que vivieron las formaciones centristas en los 80 y 90: una gran cantidad de miembros del PP de aquella época abandonaron UCD y CDS para pasarse a la renovada Alianza Popular. El centro no estaba de moda en ese momento, y de eso se trata: era mal momento para ser de IU cuando Aguilar, Sabanés y Montiel, mal momento para ser del BNG cuando Beiras, mal momento para ser de UV para Chiquillo, mal momento para ser del PP para Cascos. Y un largo etcétera.

Plato aparte son los políticos que, cansados o enfrentados con la línea oficial, deciden dejarlo. Es el caso de exministros como Jordi Sevilla, el propio Josep Piqué o Manuel Pimentel… Esta lista tampoco tendría fin.

Las corrientes de opinión

Pero todas estas batallas que se libran en los partidos no siempre son ruidosas, sibilinas y dolorosas. Casi todas las formaciones, de hecho, recogen en sus estatutos la figura de la “corriente de opinión” y gestionan cómo y de qué forma se integran esa especie de discrepancias organizadas en la vida del partido. Porque, a fin de cuentas, para eso sirven las corrientes de opinión: un grupo más o menos numeroso e influyente dentro del partido tiene un parecer particular y distinto al de sus órganos internos e intentan cambiar ciertos engranajes desde dentro. Otra cosa son las familias políticas, que vienen a ser grupos de presión que responden únicamente a afinidad nominalista, como era el caso ya citado de campsistas y zaplanistas, o en su día con los felipistas y los guerristas en el PSOE.

En el PSOE el melón se ha abierto bastante en poco tiempo, aunque sin grandes terremotos. Al soterrado combate que el bando de Rubalcaba creyó haber ganado en Sevilla y que sigue librando con Chacón y su entorno se añaden al menos dos movimientos. Uno, el presentado por el político conocido como Joan Mesquida cuando dirigió la Policía y la Guardia Civil y que ahora se llama Juan Mesquida. Otro, por un grupo de militantes y cargos sin un perfil muy reconocible en los medios. Y, entre esos cuatro movimientos, algunos nombres peloteados por los medios, como el del exlehendakari Patxi López y, más recientemente de forma pública aunque viniera de lejos, Eduardo Madina. En medio quedaron otros nombres, como Lage, Fernández Vara o iniciativas digitales de perfil más bajo que no llegaron a cuajar. Lo dicho: en el PSOE nunca son dos los bandos.

Sobre la primera plataforma, la de Juan Mesquida, se conocen pocos nombres tras él. De hecho, ni en el PSOE saben bien quién le avala, y se habla de que más que una corriente interna (algo que él mismo ha descartado) pretende crear un movimiento nuevo. Dicen en el partido que sus apoyos son de fuera del socialismo y, casualidad o no, al ver la iconografía de la “plataforma ciudadana” que han montado no hay referencia visual al PSOE en ningún lado: ni colores, ni logotipos, ni siquiera el nombre de la formación. Solo un decálogo, el perfil de su candidato y un foro para recoger ideas bajo un apelativo genérico de “Forma parte de la solución“. De su puesta de largo hace un par de semanas se criticó que apenas diera información sobre el proyecto que encabeza y que, de hecho, ni siquiera se ofreciera como solución a un problema concreto: en su opinión Rubalcaba no lo estaba haciendo mal dadas las circunstancias… ¿entonces cuál es el problema que requiere solución?

La segunda plataforma sí tiene más visos de corriente de opinión interna. En ella hay nombres como Alberto Sotillos, hijo del que fuera portavoz del primer Gobierno de Felipe González y muy cercano al actual líder socialista madrileño Tomás Gómez, o el exsenador Luis Salvador, entre otros militantes conocidos en las redes sociales aunque sin un perfil puntero dentro del partido, como Jesús Garrido, Ignacio Trillo o Javier Arranz. En este caso la plataforma sí habla del PSOE, usa sus colores y en lugar de destacar a un candidato, apuesta por la renovación del partido desde la militancia de base. De hecho quizá esa falta de una cara realmente conocida sea lo que impida en mayor medida que Socialismo y Ciudadanía goce de la presencia mediática de otros movimientos,

Algunos de sus miembros, no todos, estuvieron detrás de una acción con la que sí consiguieron hacer ruido: un vídeo en el que pedían perdón por los errores del PSOE durante el ocaso del zapaterismo. Por acciones como esas y sus indisimuladas críticas a la actual cúpula socialista es habitual ver enfrentamientos de algunos de ellos con otros militantes socialistas en redes sociales.

Aún habría otro movimiento emergente, aunque menos rompedor con el funcionamiento del partido, el Foro Ético que impulsan nombres como Odón Elorza, la diputada Patricia Hernándezvarias decenas de miembros más del partido.

En ese mismo bando ideológico, un poco más a la izquierda, también Izquierda Unida tiene sus corrientes emergentes. Aparte de sus grupos y federaciones, dos plataformas se podrían estar preparando para desgajarse en un futuro. Por una parte Izquierda Abierta, encabezada por Gaspar Llamazares, que se constituyó en partido político y se reintegró nuevamente en Izquierda Unida… al menos, de momento. Llamazares, que tuvo sus más y sus menos con un Cayo Lara que ocupó su puesto y que le desplazó como portavoz en el Congreso contra su voluntad, ha unido a su causa a Ezker Batua, la histórica federación de IU en Euskadi que acabó por ser una marca apócrifa y sin el apoyo del partido en las pasadas elecciones, que montó su propia marca como Ezker Anitza. A ellos… y a otros muchos quizá en un futuro no muy lejano, como a un Baltasar Garzón al que querría como candidato para las europeas, mientras se rodea de personas como Ada Colau, Almudena Grandes o Federico Mayor Zaragoza en lo que podría acabar siendo un frente mayor de izquierda más afín al mundo intelectual y a los indignados y no tanto a los comunistas y sindicalistas de toda la vida.

Otro ex de la formación, Julio Anguita, estaba en las mismas. Alejado de la política desde hace años y retirado en su sur natal, ha decidido volver a saltar a la palestra y encabezar un colectivo ciudadano llamado “Frente Cívico – Somos mayoría” y hacer campaña por la desobediencia civil absoluta contra la gestión actual de la crisis. En los últimos meses se concentra en lograr la implantación de esa corriente en distintos puntos de España, quién sabe si pensando en un futuro salto político a primera línea.

Cambios de bando… o vueltas al origen

¿Y en qué suelen terminar todas estas vías de agua internas de los partidos? Depende, pero en la mayoría de casos se forman escisiones de esos mismos partidos que se acaban reagrupando en otros distintos o, sorprendentemente, en los mismos.

En eso la política vasca es ejemplo de hasta dónde puede hacerse lioso todo. Por ejemplo, Aralar nació como una corriente de opinión dentro de Herri Batasuna, pero las posturas se volvieron abiertamente enfrentadas en la época de Miguel Ángel Blanco, por lo que finalmente y con Patxi Zabaleta a la cabeza, nada menos que miembro de la mesa nacional e histórico líder abertzale, dejaron HB y montaron su propia formación en Navarra. Allí capitalizaron el voto abertzale durante tiempo bajo una coalición llamada Nafarroa Bai con algunos independientes, la versión navarra del PNV y movimientos diversos. Recientemente Aralar decidió integrarse en EH Bildu, volviendo a unirse a la izquierda abertzale clásica, y dejando de lado a sus antiguos socios de coalición, que formaron a su vez un nuevo grupo llamado Geroa Bai.

El lío no termina ahí. Izquierda Unida tenía en Ezker Batua su marca vasca, y dentro de esta hubo una escisión llamada Alternatiba, que acabó integrándose también en Bildu. Finalmente IU renegó de Ezker Batua y bendijo como nueva marca Ezker Anitza, así que EB se unió al nuevo proyecto de Gaspar Llamazares… que a la postre también se integra en IU. Sin dejar Bildu, la tercera de las cuatro patas de la coalición es Eusko Alkartasuna, una escisión del PNV que durante varias legislaturas pactó con ellos para formar Gobierno y que ahora se ha unido a la izquierda abertzale.

Uniendo fuerzas para conseguir votos

Pero igual que hay guerras, deserciones y traiciones, también hay paz, pactos y acuerdos. Cuando llega el momento de acaparar el voto muchos partidos deciden ir a lo práctico: aliarse con formaciones con intereses coincidentes, a veces incluso ahorrándose el coste de montar una marca territorial propia, y luego repartir el pastel de los cargos públicos.

Así Compromís, formación valenciana nacionalista de izquierdas, se alía con Equo, que también se junta con galleguistas e IU en Galicia. Así Iniciativa hace de IU en Cataluña. Así el PP pacta con UPN en Navarra tras una sonora bronca que llevó a romper un acuerdo de muchos años que finalmente volvieron a suscribir. Por eso las dos formaciones nacionalistas de Aragón pactan con formaciones nacionales, el conservador PAR con el PP y la progresista CHA con IU.

Aunque el caso más destacado sigue siendo el de Convergència i Unió, que no hace mucho dejó atrás su fórmula de dos partidos coaligados para pasar a ser un mismo órgano, aunque con todo separado. Por eso, por ejemplo, dejan libertad de voto en asuntos donde convergentes y democristianos pueden chocar. Por eso tienen tantas diferencias respecto al giro soberanista. Y, pese a todos los años juntos y el bagaje común, muchos militantes del “hermano mayor” siguen pidiendo la expulsión del ‘hermano pequeño’ cuando vienen los problemas.

Ahora bien ¿sirve de algo la multiplicidad de partidos? Cierto es que los dos grandes acarrean un desgaste enorme en los sondeos de intención de voto y que son las fuerzas secundarias como IU y UPyD las que recogen los frutos, aunque siguen a años luz de PSOE y PP. ¿Sirven de algo las cruzadas personales de políticos que prefieren montarse partidos a medida? A Cascos le sirvió apenas unos meses, mientras Rosa Díez sigue en ello y cada vez con un éxito mayor. ¿Sirven de algo las grandes coaliciones? Depende: al electorado de IU no le suele hacer gracia que se pacte con el PSOE, mientras que se difumina mucho la labor de representación territorial de formaciones como UPN, CHA o PAR cuando pactan con partidos enormes que les dan cargos a cambio de fagocitarles.

¿Entonces? Los votos no suman. Calcular que una coalición de PSOE e IU daría como resultado sumar los votos de ambas es un error, porque muchos que son votantes de las formaciones por separado dejarían de apoyar a una candidatura conjunta. Y eso por poner un ejemplo suelto.

La cuestión es que cábalas aparte, dejando los “fichajes” de lado, los acuerdos entre formaciones y los pactos de Gobierno, lo que piden los ciudadanos no parece ser que se toquen todos los palos ideológicos o que las formaciones se atomicen o aglutinen. Quizá lo que piden es más sencillo que el cálculo electoral en forma de ábaco, o las estrategias propias de partida de ajedrez. Porque con tanto tiempo invertido en tantas banderas, adscripciones y símbolos al final queda muy poco tiempo para el meollo del asunto: hacer otro tipo de política sin la atadura de las formaciones políticas, que a fin de cuentas son las instituciones peor valoradas por alguna razón.


El dorado sueño (electoral) de San Francisco

Buscadores de oro en San Francisco

Entre las décadas de 1840 y 1850 California protagonizó la conocida Fiebre del Oro. Cuando corrió la voz de que este preciado metal estaba al alcance de la mano en los caudales de arroyos y ríos, miles de americanos e inmigrantes de Europa, Asia e Iberoamérica se lanzaron a la aventura. Instalados en las cercanías de San Francisco, los primeros forty-niners impulsaron una ambiciosa transformación del lugar, convirtiendo la que hasta entonces era una diminuta aldea en una próspera ciudad. Hasta tal punto llegó el crecimiento y desarrollo de aquel territorio que en 1850 se terminó admitiendo a California como un nuevo estado de la Unión. Sin duda aquellos convulsos años fueron testigos de grandes cambios. Ahora, también es verdad que no todos los recién llegados vieron cumplidas sus expectativas. Algunos cazafortunas se hicieron millonarios, pero la gran mayoría no logró su objetivo y a duras penas mantuvo su escaso patrimonio. De hecho se estima que apenas uno de cada veinte de ellos tuvo ganancias reales durante aquellos años.

De aquella historia ha quedado para el imaginario colectivo la concepción de California en su conjunto, y San Francisco en particular, como una tierra de nuevos comienzos, de grandes sueños y oportunidades. Tal imaginario tiene una parte de real cuando se echa un vistazo a sus reglas electorales. Normalmente se dice que las leyes electorales suelen ser instituciones rígidas e inamovibles con el paso del tiempo. Sin embargo, el caso de San Francisco desmiente radicalmente esa idea.  Solo entre 1976 y 1996 los ciudadanos de esta ciudad fueron llamados a votar en referéndum ocho veces para elegir qué tipo de sistema electoral querían. La disputa principal era en torno a dos alternativas; elegir a los 11 supervisores locales —concejales— at large, todos en un distrito, o bien hacerlo mediante distritos: 11 locales con un solo escaño. Pese a que lo más debatido fue aquello, también se trataron simultáneamente otros asuntos tan dispares como la reducción del tamaño del consejo (1984), la limitación de mandatos a dos legislaturas (1988 y 1990) o la aplicación de un sistema de voto preferencial (1996 y 2002).

Como se ve, el san franciscano ha tenido siempre claro que las cosas se pueden discutir y cambiar si es preciso, en especial si se piensa que hay algo que ganar con ello. De hecho, así lo han terminado aprobando en referéndum por tres veces. En 1976 esta ciudad abandonó su sistema de distrito único por uno con distritos uninominales, aunque en 1980 se aprobó volver al sistema anterior. A la tercera, en 1996, los ciudadanos de San Francisco volvieron a votar a favor de un sistema por distritos como el de hacía dos décadas. Y todo ello envuelto, como no podía ser de otra manera, de las controversias que arrastra cada vez que se produce una reforma. Como casi siempre ocurre en este tipo de debates, los grupos se alinearon muy claramente, defendiendo con pasión las ventajas de su sistema preferido. Merece la pena revisitar aquellos debates solo para ver las lecciones que podemos extraer nosotros.

A favor de cambiar a un sistema de distritos estuvieron importantes líderes demócratas (incluyendo legisladores del estado como Willie Brown, John Burton y George Moscone), minorías concentradas territorialmente, grupos vecinales y algunos sindicatos. Por el contrario, los que preferían continuar con el sistema de distrito único eran los principales poderes financieros del centro de la ciudad, la cámara de comercio y a los supervisores que habían sido elegidos con este mismo sistema (entre otros, la supervisora demócrata y luego alcaldesa interina Dianne Feinstein). Si se repasan, los argumentos que defendían cada uno de los grupos pueden viajar bastante bien en el tiempo y el espacio.

Los defensores de la creación de 11 distritos uninominales señalaban que las elecciones at large eran negativas porque aquellos candidatos que podían conseguir fondos más fácilmente lograban ser los únicos visibles para el electorado, y eso los hacía partir de una posición ventajosa. Los supervisores, por lo tanto, eran más fáciles de capturar por parte de los intereses financieros. Por el contrario, si se cambiaba el sistema, lo que se podría es reemplazar esos intereses espurios por una relación más directa entre representante y representado ya que cada supervisor estaría ligado a su distrito. Sería pues, la cara y ojos de aquel barrio. El resultado sería, según defendían, una mayor calidad democrática y de rendición de cuentas al facilitarse el control electoral del supervisor local. Además, se argumentaba que este hecho permitiría que hubiera minorías con representación política dado que, como tienden a concentrarse en barrios concretos, podrían obtener supervisores más fácilmente.

Sin embargo, los detractores no veían nada claras estas ventajas. El principal argumento que esgrimían era que este cambio sería negativo porque generaría una sociedad más polarizada, más fragmentada, en la que los “jefes” de las minorías jugarían un rol sobredimensionado. Con que controlaran unos pocos distritos clave se convertirían en bisagra para el control del Consejo, amplificándose en exceso su poder. Otro argumento era que pasar a muchos distritos realmente era reducir la capacidad de elección de las minorías ya que solo podrían votar a un supervisor —el de su distrito— y no a los 11. Finalmente, también se argumentó que abandonar el sistema at large implicaría generar más pork-barrel, es decir, que generaría incentivos para que los supervisores locales pujaran por proyectos en su distrito para satisfacer a sus votantes, sin tener una visión de conjunto, lo que se traduciría en más impuestos y un peor gobierno de la ciudad.

En el manejo de estos argumentos, las diferentes coaliciones de intereses pujaron fuertemente pero al final la decisión final estaba en manos de los votantes: El cambio al sistema de 11 distritos se terminó aprobando en 1976. Algunas de las promesas de los promotores del cambio no tardaron en cumplirse, como la entrada en el consejo de supervisores representando a las minorías. En las elecciones de noviembre de 1977 fueron elegidos Gordon Lau, primer chino-americano, por el distrito uno; Ella Hill Hutch, primera supervisora afroamericana por el distrito cuatro y Harvey Milk, primer supervisor abiertamente gay, por el distrito cinco. Sin embargo, no hubo demasiado tiempo para contrastar los efectos que este cambio pudo haber generado en otras materias. En noviembre de 1978, tras numerosos desencuentros políticos, el ya dimitido supervisor Dan White asesinó al alcalde George Moscone y al supervisor Harvey Milk —tragedia representada con maestría en el biopic Mi nombre es Harvey Milk, dirigida por Gus Van Sant—. Aunque esta tragedia no fue la única causa, eso incentivó en parte a que en 1980 los ciudadanos de San Francisco, conmocionados, votaran regresar a un distrito único. Sin embargo, siete años después se volvió a plantear en otro referéndum fallido la posibilidad de volver al sistema por distritos, el cual sería definitivamente aprobado en 1996.

Harvey Milk
Harvey Milk.

Toda esta historia, que puede parecer un tema menor para un europeo, es recordada con frecuencia en la academia americana. De entrada nos muestra el grado en que las leyes electorales pueden reformarse. Aunque es verdad que a nivel nacional es más raro, son más comunes en otros niveles de gobierno, no menos importantes pese a ser despreciados por los estudiosos. Otra moraleja de San Francisco es cómo la opinión pública incide sobre los cambios electorales. Es verdad que este caso es particular porque la legislación del Estado permite a que los californianos sometan a referéndum cambios en las leyes con reunir cierto número de apoyos y firmas. Esto es similar a los procesos que hay en países anglosajones como Nueva Zelanda, Reino Unido, o en Ontario y la Columbia Británica de Canadá. Sin embargo, incluso donde el rol de la ciudadanía es más pasivo en la legislación electoral —como pasa en España—, no nos olvidemos que los partidos siempre tienen un ojo puesto en los votantes para intentar asegurarse la victoria en las próximas elecciones. Defender una reforma electoral, y más en este momento tan crítico, puede ser un activo político.

Finalmente, en estos debates y según el actor al que se le dé la palabra, los efectos del cambio son enormemente beneficiosos o terriblemente perjudiciales. En el caso de San Francisco, lo cierto es que probablemente no fue ni lo uno ni lo otro. Por ejemplo, fijémonos en uno de los argumentos estrella de la reforma, la consecución de supervisores de minorías en el consejo local. Si uno repasa la serie histórica de elecciones verá que había minorías con representación en el consejo de supervisores antes y también después de la reforma de 1976. Por ejemplo, Terry Francois, el primer supervisor afroamericano (y conocido activista pro derechos civiles)  ya fue elegido en las elecciones de 1967, con un sistema de distrito único. Del mismo modo, Ella Hill Hutch fue reelegida como supervisora cuando se restauró el distrito único tras el asesinado de Moscone y Milk. Por lo tanto, con una sociedad tan cambiante, con tantos elementos demográficos, sociales y políticos presionando al mismo tiempo es complicado pensar que esta reforma fuera el elemento determinante.

Pero…

A mi parecer el pequeño cambio marginal que supuso la mudanza a 11 distritos permitió acelerar que los líderes de las minorías pudieran jugar un rol mucho más destacado en la política municipal. Incluso aunque el cambio inicial durara tan poco, no es descabellado pensar que pudo servir como el inicio de una bola de nieve que cada vez las hizo más visibles en las instituciones. En los movimientos sociales ya llevaban mucho tiempo más. Aunque podría discutirse qué vino primero, si el cambio o la regla, tal vez sin modificar esta última el cambio social en San Francisco hubiera sido más lento.

Es verdad que repasando la propaganda de la época los promotores de la reforma albergaban más esperanzas, la expectativa de un cambio total en la manera de hacer política. El sueño de tener una política de 18 quilates. No fue totalmente así. Sin embargo, la fiebre por una mejor política sí que vino a ayudarse de pequeños cambios marginales, también en las reglas electorales, que dio impulso a estos forty-niners de los derechos sociales. El camino de intentar una mejor política que quizá solo puede colmar la ambición de unos pocos, pero que es el mismo que convierte a aldeas miserables en ciudades con futuro.


A modo de presentación: en defensa de los políticos competentes

acrópilis

En el debate político español confundimos a menudo medios con objetivos. En radio, televisión, prensa, Internet, escuchamos, vemos y leemos un sinfín de comentaristas que defienden ideas, propuestas y medidas variadas, siempre dándoles una pátina ideológica. Lo que la izquierda defiende es que este programa de gasto público es bueno, estos derechos deben ser protegidos y estos impuestos a los ricos subidos para que todo vaya bien. La derecha reformista defiende que esta liberalización creará riqueza, estas regulaciones son costosas y poner más dinero en el bolsillo de los votantes ayuda a la economía. Ser de izquierdas parece consistir en defender lo público, proteger derechos y subir impuestos; ser de derechas parece ser cosa de abrir mercados, reducir el papel del estado y recaudar menos dinero.

Lo que parecemos olvidar a menudo, sin embargo, es por qué queremos aprobar estas medidas; qué tenemos en mente cuando estamos subiendo impuestos o bajándolos, privatizando o nacionalizando, regulando o eliminando regulaciones. Las políticas públicas en España tienen una extraña vida propia fuera de la realidad; hay propuestas asociadas a la derecha, otras asociadas a la izquierda, pero no hay nada que una esas ideas a unos objetivos finales. La izquierda defiende “lo público” porque es de izquierdas defender lo público, sin poner lo que defienden en relación con una resultados concretos. La derecha habla de “desregular” porque eso es lo que defiende la derecha, sin pararse a preguntar si los valores que defienden tienen alguna relación con las medidas sobre la mesa. La reflexión sobre si las ideas sirven para cumplir los objetivos marcados parece dejada al margen.

La distinción más importante en política no es entre izquierda o derecha; es entre políticas públicas efectivas y aquellas que no lo son. La política española es un lugar donde tendemos a juzgar a los políticos primero por sus ideas y después por sus resultados; en realidad, deberíamos preocuparnos de lo contrario. Pongamos, por ejemplo, un político de izquierdas que se opone a la reforma laboral y abaratar el despido. Este es el “uniforme ideológico” habitual de un político de izquierdas en nuestro país; es lo esperado por todos. Un político de izquierdas en España, por supuesto, quiere una sociedad más igualitaria y más justa, más y mejor empleo y un cambio del modelo productivo. Lo que no vemos, sin embargo, es una reflexión sobre los efectos de las medidas defendidas por el político en cuestión y si estas son capaces de cumplir con los objetivos que el mismo político se marca. Un político de derechas, mientras tanto, vivirá situaciones parecidas cuando defiende el mercado y la libre competencia. Este mismo político puede hablar de crear oportunidades, de meritocracia y dar paso a los emprendedores como objetivos; los efectos de los mercados sin regular en estos tres campos, sin embargo, son cuestionables.

La idea central al empezar cualquier debate político no debe ser qué objetivos dice perseguir un político. Todo el mundo está a favor de una sociedad más justa, más democrática y con más tartas de manzana, y todo el mundo es capaz de defender más igualdad, más crecimiento y mejores partidos de fútbol. Todos estamos a favor de lo bueno y en contra de lo malo, etcétera. El debate político no debe empezar debatiendo qué queremos hacer, sino si las medidas que los líderes de los partidos defienden realmente pueden llevarnos donde estos prometen.

Cuando escribo de política, el mundo para mí tiene dos clases de líderes. Por un lado tenemos los políticos que tienen objetivos claros y medidas asociadas que pueden hacer que estos se cumplan, o por otro tenemos a los inútiles que tendrán todas las buenas intenciones del mundo, pero no saben cómo implementarlas. Con la gente del primer grupo puede que no esté de acuerdo en algunos de sus objetivos; la sociedad que quieren construir puede que sea distinta a la visión del futuro que yo tengo en mente. Los del segundo grupo pueden tener un corazón de oro, ser bellísimas personas y amar a la patria de forma sincera y absoluta, pero si sus planes no pueden cumplir lo prometido, es mejor que se queden en casa.

Desde Politikon hablaremos de objetivos, ciertamente, y nos preocuparemos a menudo sobre si una política pública es justa o no lo es. Pero sobre todo de lo que hablaremos será de políticas públicas y sus resultados; si las leyes, medidas y reglamentos que defienden los políticos realmente son capaces de hacer lo que dicen que van a hacer. Nuestra preocupación no será quién tiene razón en el sentido de izquierda o derecha (allá cada uno con sus ideas), sino ver si izquierda y derecha son capaces de cumplir con lo que prometen.

Esto lo haremos, en la medida de lo posible, desde la evidencia empírica, la investigación y el razonamiento. Somos firmes defensores de la necesidad de basar las políticas públicas en datos y resultados; el análisis de la política debe ser el análisis de los resultados concretos y objetivos de las medidas tomadas o propuestas, no de discusiones ideológicas. No hay una definición objetiva de justicia, pero sí podemos analizar de forma objetiva si una ley se acercará a la definición que un político dice defender o no. No queremos discutir si la legislación del mercado laboral debe crear igualdad o meritocracia; primero queremos saber si las indemnizaciones por despido crean igualdad o si el despido libre es meritocrático.

Al hablar de política en España es frecuente confundir, repito, los objetivos con los medios. Nuestro primer paso, y esperemos nuestra aportación al debate, será primero decidir si los medios son adecuados para cumplir los objetivos que prometen cumplir.


Pornografía infantil en el Código Penal Gallardón

Alberto Ruiz Gallardón

A los efectos de este título se considera pornografía infantil o en cuya elaboración hayan sido utilizados personas con discapacidad necesitadas de especial protección:

  1. Todo material que represente de manera visual a un menor o una persona discapacitada necesitada de especial protección participando en una conducta sexualmente explícita, real o simulada.
  1. Toda representación de los órganos sexuales de un menor o persona discapacitada necesitada de especial protección con fines principalmente sexuales.
  1. Todo material que represente de forma visual a una persona que parezca ser un menor participando en una conducta sexualmente explícita, real o simulada, o cualquier representación de los órganos sexuales de una persona que parezca ser un menor, con fines principalmente sexuales, salvo que la persona que parezca ser un menor resulte tener en realidad dieciocho años o más en el momento de obtenerse las imágenes.
  2. Imágenes realistas de un menor participando en una conducta sexualmente explícita o imágenes realistas de los órganos sexuales de un menor, con fines principalmente sexuales.

El texto que antecede figura en el anteproyecto de Código Penal remitido por el Ministerio de Justicia al Consejo de Estado, para su dictamen. Se trata de la definición legal de pornografía infantil que figurará en el artículo 189 del Código Penal, de ser aprobado el proyecto, y que determinará penas de prisión para todas las conductas relacionadas con su difusión, tenencia e incluso simple acceso. Como veremos a continuación, ello genera graves problemas de seguridad jurídica.

La situación legal de la pornografía infantil en España ha pasado, en solo 18 años, de una situación de total permisibilidad —el delito no estaba previsto en el Código Penal de 1995 a la criminalización total. De entrar en vigor el Código Penal Gallardón, el simple acceso a sabiendas a una página web donde aparezca pornografía infantil podrá ser castigado con penas de prisión. Ello obliga a extremar las garantías penales al objeto de evitar incriminaciones infundadas: sentarse en un banquillo por una acusación de pederastia destruye para siempre la estabilidad emocional de un acusado, incluso en el supuesto de ser declarado inocente.

La necesaria protección del derecho a la integridad física, psíquica y sexual del menor, así como su derecho a la libertad, debe equilibrarse con el principio de legalidad penal y el derecho a la tutela judicial efectiva. La definición legal de la pornografía infantil, ausente hasta ahora en nuestro derecho penal que dejaba su fijación al criterio jurisprudencial es la piedra de toque de una adecuada tipificación legal de las conductas prohibidas.

Al parecer, la definición que se pretende incluir en nuestro Código Penal está inspirada por el Protocolo facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño relativo a la venta de niños, la prostitución infantil y la utilización de niños en la pornografía, de la Organización de las Naciones Unidas, artículo 2, c):

Por pornografía infantil se entiende toda representación, por cualquier medio, de un niño dedicado a actividades sexuales explícitas, reales o simuladas, o toda representación de las partes genitales de un niño con fines primordialmente sexuales.

Obsérvese que tal definición no limita la pornografía infantil a la representación gráfica de actos reales de abuso de menores, sino a toda representación, incluso simulada. Ello incluye en el tipo penal acogido por el legislador español a cualquier representación figurativa, sea esta fotográfica o pictórica, real, simulada o digital. Es decir, a toda manifestación creativa que represente a menores en actividades sexuales.

Antes de analizar cuáles serán las consecuencias prácticas de la nueva regulación, quizás será oportuno ver cuál ha sido la evolución de la legislación española desde 1995. La imperdonable omisión del denominado pomposamente “Código Penal de la democracia”, que no tipificó como delito la pornografía infantil, tuvo como consecuencia en 1999 el archivo de la causa contra dos estudiantes de Vic detenidos por distribuir por Internet fotografías sexuales de menores.

El vacío legal quedó cubierto mediante la Ley Orgánica 11/1999, que criminalizó la producción, venta, distribución, o exhibición de material pornográfico utilizando menores de edad o incapaces, así como la posesión de dicho material para la realización de cualquiera de las expresadas conductas. La nueva redacción, si bien permitió la persecución de las redes de distribución, ofrecía una vía de escape para aquellos detenidos que alegaban que la posesión de pornografía infantil no tenía como objetivo la distribución, sino el consumo propio.

Nuevas reformas del Código fueron ampliando progresivamente el catálogo de conductas prohibidas, y así se llegó a penalizar la simple tenencia, aunque esta no estuviese orientada a la distribución, e incluso se criminalizaron aquellos casos en los que no habiendo sido utilizados directamente menores o incapaces, se emplease su voz o imagen alterada o modificada.

Así llegamos al anteproyecto actual, en el que como hemos visto, se podrá perseguir el simple acceso a una página web en la que aparezcan dibujos de lo que parezcan ser menores en un contexto sexual. Lo que tenemos que preguntarnos es si tal criminalización exhaustiva es proporcionada, o puede conllevar daños colaterales de difícil cuantificación, especialmente en lo que se refiere a la libertad de creación artística.

Un caso reciente de criminalización de material pornográfico simulado fue la persecución de A serbian film, película galardonada con el premio del público de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, precisamente por haber sido prohibida judicialmente su exhibición. La proyección de la misma película en el Festival de Cine de Sitges dio lugar a la imputación del director del certamen, Ángel Sala, que posteriormente resultaría exculpado, al demostrar, mediante el making-of de la película que se incluye en el DVD de la misma, que en el rodaje de las escenas se usaron muñecos y no menores como se denunciaba. Con la nueva regulación propuesta por el anteproyecto, sería muy posible que el caso hubiese acabado en sentencia condenatoria.

La más reciente sentencia del Tribunal Supremo en materia de pornografía infantil es una buena muestra de los peligros a que pueden enfrentarse, en el futuro, aquellos que pulsen por error un enlace que conduzca a páginas de pornografía infantil. Una persona fue condenada por difusión de material prohibido, pese a que la carpeta de intercambio de ficheros del programa Emule estaba vacía al tiempo de la intervención policial. El Tribunal Supremo estimó parcialmente el recurso de casación, rebajando la pena, al estimar que se trataba de un caso de simple posesión, y no de difusión.

Escenas de violación de menores han aparecido en multitud de películas y cómics, y son muy habituales en el manga hentai, lolicon y shotacon. ¿Se perseguirá la obra gráfica de dibujantes como Miguel Angel Martín, quedando criminalizado El Víbora años después de su desaparición de los quioscos? En la reciente novela Intemperie, del escritor Jesús Carrasco, aparecen escenas que, de ser llevadas al cine, podrían provocar problemas legales similares. ¿Hasta qué punto la reforma proyectada puede inhibir la creatividad artística?

Prefiero dejar abiertos todos los interrogantes, y de esa forma propiciar un debate objetivo, en el que intervengan todos los sectores afectados. El Código Penal es una Constitución en negativo, que establece las líneas rojas de lo admisible. Y en el ámbito de Internet y la creación artística, cualquier exceso —en un sentido u otropuede ser muy peligroso, sobre todo cuando nos referimos a los menores que determinarán nuestro futuro.


PSOE: guerra civil sin golpe de Estado

Rubalcaba

La victoria no siempre tiene que ser una victoria, también puede ser una derrota del adversario. Eso lo saben bien en la sede del Partido Popular en la calle Génova de Madrid. Allí pusieron en marcha hace algunos años una estrategia que encajaba como anillo al dedo con la personalidad de Mariano Rajoy: esperar, tranquilamente, a que sea el enemigo el que caiga solo por culpa de la crisis.

Las consecuencias de la táctica son bien conocidas: el PP, que en contra de lo que se suele creer apenas cayó en votos en las elecciones del 11M (un 5%), ha vuelto al Gobierno con una sólida mayoría absoluta habiendo ganado apenas medio millón de votos respecto a las elecciones de 2008, cuando no consiguieron tumbar a Zapatero.

El responsable de esa estrategia, Pedro Arriola, es un conocido sociólogo casado con Celia Villalobos, peso pesado en la sombra del PP en el Congreso, que trabaja personalmente para Mariano Rajoy desde los oscuros tiempos de la oposición. Un judoka de la política, por aquello de tumbar al adversario con más bien poco movimiento.

El desgaste sin respuesta del PP

El movimiento del Gobierno, siguiendo la metáfora, se ha concentrado en poner en marcha medidas, muchas a través de Decreto-Ley (sin debate previo en el Congreso) a pesar de tener mayoría absoluta. Gran parte de estas medidas han sido muy contestadas en la calle, como la reforma laboral, la subida de impuestos, la no revalorización de las pensiones o, más actualmente, la solución al escándalo de las preferentes.

Hasta ahí lo lógico en cualquier Gobierno: decisiones que no gustan en un momento complejo. El problema es que esta situación, que ya de por sí desgasta, se agrava con la crisis y la falta de resultados en temas espinosos, como el desempleo, lo que desgasta aún más. Luego está todo lo demás: la supuesta corrupción y la mala gestión de las crisis internas.

Por concretar: un choque judicial con su extesorero, que apunta a tener dinamita suficiente como para sustentar una supuesta contabilidad irregular en el partido, y una gestión de crisis nefasta con asuntos como el despacho que tenía Bárcenas en Génova y el despido que no era de Jesús Sepúlveda.

Pero aún hay más: a la tormenta se han añadido dos extesoreros más, incluido uno que ya estuvo inculpado en el “caso Naseiro” por algo bastante similar y que a punto estuvo de volar por los aires la entonces emergente formación hasta que un fallo de procedimiento tumbó el caso. Y todavía más, en forma de fantasmas del pasado: la gestión de Rodrigo Rato con el derrumbe de Bankia dejó al país al borde del rescate, Carlos Fabra se sentará ante el juez, y otro revisó la sentencia absolutoria de Francisco Camps y Ricardo Costa, aunque finalmente la confirmó.

La consecuencia era más o menos previsible: el PP se derrumba en intención de voto y varios de sus ministros sufren un desgaste enorme, como es el caso de Ana Mato, exmujer de Sepúlveda, Wert, Montoro, Báñez o Gallardón, además del propio Rajoy como cara visible del Gobierno y María Dolores de Cospedal como imagen del partido.

Lo que sobre el papel nadie podía imaginar es que en un contexto tan adverso como el actual al partido del Gobierno le pudiera bastar haciendo prácticamente lo mismo: ir por su camino, contra viento y marea, mientras su enemigo sigue hundiéndose. Porque el PP cae, pero el PSOE no remonta, y parece complicado que pueda hacerlo a corto plazo. La línea de intención de voto de los socialistas, cayendo la que cae, es absolutamente plana, según los sondeos del CIS:

Intención de voto | Infographics

Y si el panorama judicial pinta mal para los primeros, el panorama geográfico de los segundos pinta casi peor: en no pocos rincones de España los socialistas se enfrentan a una guerra de guerrillas que se dio por terminada con las primarias que encumbraron a Rubalcaba, pero que lejos de ser así, se han reavivado.

La batalla del PSOE

En la perspectiva nacional han comenzado a aflorar iniciativas que muestran el descontento de la base del partido por no haber respondido en plazo a la promesa de convocar unas primarias ‘a la francesa’ para elegir candidato para las próximas generales.

La discrepancia interna no tiene cabeza, más allá de sumarse a barones regionales más o menos contestatarios, pero ya ha habido pequeñas escaramuzas. Carme Chacón jugó entre dos fuegos en la pelea PSOE-PSC y ganó protagonismo y titulares al no inclinarse ni por uno ni por otro: dio un mensaje de unidad nacional, pero sin votar en contra del derecho a decidir. Poco antes Joan Mesquida, exdirector de Policía y Guardia Civil en tiempos de Zapatero, surgía como posible candidato interno para hacer sombra a Rubalcaba.

Pero la situación interna del PSOE no es de “golpe de Estado” al liderato de Rubalcaba ya que no hay conformado un bando con un líder visible, aunque se intuya la acción de la esfera chaconista. Se parece más bien a una guerra civil en todo el mapa nacional, con pequeñas revueltas aparentemente inconexas que llevan a un escenario de inestabilidad tal que mantiene al socialismo español bloqueado e inactivo, incapaz de plantar cara a un Gobierno debilitado por el desgaste y sacar provecho de ello.

— En Madrid reina Tomás Gómez, indisimuladamente contrario a Rubalcaba casi en mayor medida que cercano a Carme Chacón. El secretario general del PSOE madrileño ha sido un constante dolor de cabeza para la Ejecutiva, desde para hacer listas electorales (a Jaime Lissavetzky, cabeza de lista para el Ayuntamiento, le costó meter afines en la papeleta) hasta para llevar la iniciativa política (el PSOE tuvo que escenificar una presentación conjunta de recurso ante el Constitucional por el euro por receta madrileño porque Gómez no quiso acatar las órdenes de esperar).

La guerra tiene visos de ponerse aún más complicada en la medida en que Tomás Gómez puede ganar peso estratégico como barón territorial ahora que ni Esperanza Aguirre ni Alberto Ruiz Gallardón se le ponen por delante. Que Ana Botella o Ignacio González sean rivales batibles puede no ser una buena noticia para la cúpula socialista.

— En Cataluña el lío ha sido mayúsculo: el PSC, partido independiente del PSOE, ha querido tomar una posición intermedia entre el españolismo de PP y Ciutadans y el avance soberanista de CiU, Esquerra e ICV. Optando por la vía federal sí ha encontrado el apoyo del socialismo español, pero cuando ha querido ganar el voto del soberanismo moderado apoyando el derecho a decidir y posibilitar la vía legal de una independencia ha pinchado en hueso.

El problema para el PSOE es que sin el PSC la presencia en Congreso y Senado sería aún menor, y perder lo que apenas hace seis años era un granero electoral de primer orden no parece una buena estrategia. El PSC ha perdido por el camino algunos de sus miembros más independentistas (Ernest Maragall y Montserrat Tura), pero se ha erigido como gran alternativa a Esquerra en caso de que CiU reconduzca su estrategia soberanista.

La solución soñada en Ferraz suena a ciencia ficción, pero tiene un horizonte: que ese apoyo del PSC a un CiU más moderado si se ve debilitado por la pérdida de apoyo popular y los casos de corrupción, pueda volver en unos años de forma inversa en forma de apoyo de CiU al PSOE en Madrid si hay concesiones para Cataluña.

— En Galicia también han tenido que apagar el fuego con una solución salomónica. La federación gallega aprobó celebrar unas primarias abiertas para renovar su cúpula, algo que la militancia socialista pide cada vez con más fuerza a Rubalcaba.

Para el PSOE era inasumible aceptar de plano porque le enfrentaría a la incoherencia de haber prometido algo que no cumplía, pero tampoco podía abrir otro frente interno de disputa. La solución pasó por aceptar las primarias y que Galicia aceptara que la Ejecutiva nacional tenía que bendecir el resultado. La medida suena a mero formalismo para evitar dar imagen de debilidad.

— En Castilla y León, feudo del “número tres” del partido, se han desayunado las pasadas semanas con un escándalo que ha dejado más que tocado a Óscar López, una de las apuestas de renovación del partido. Su apoyo manifiesto a una moción de censura en Ponferrada para arrebatar la alcaldía al PP le puso en el disparadero después de saber que los socialistas se tendrían que apoyar en el partido de un condenado por acoso sexual.

El revuelo fue enorme y a López le tocó el papelón de salir a asumir todas las culpas para que no salpicara ni a Rubalcaba ni a Elena Valenciano, que no frenaron la decisión hasta que fue demasiado tarde porque había saltado a la prensa nacional. Muchas voces del socialismo castellanoleonés han pedido y piden la dimisión de su más conocido representante.

— En Euskadi el problema todavía no existe, pero existirá en breve. La salida de Patxi López de la lehendakaritza estaba descontada, y su salida hacia Madrid, quién sabe si para ser el próximo candidato, un rumor a voces. La cuestión será la sucesión. A pesar de la relativa buena imagen que el exlehendakari tiene en resto de España, en Euskadi era ampliamente cuestionado, incluso dentro de su partido. Ganar hace que las críticas no resuenen, pero perder las amplifica.

Quién sucederá a López en el socialismo vasco y cuál será su papel en el nuevo mapa político del lugar son dos cuestiones no menores en una zona que, como Cataluña, fue un granero de votos hace no muchos años y en la que ahora el socialismo se ha visto relegado a ser la tercera fuerza política.

— En Navarra el panorama está revuelto en general. Después de que UPN rompiera el acuerdo con los socialistas y de que la izquierda abertzale irrumpiera con fuerza en el escenario político foral, el Gobierno conservador se ha vuelto inestable. El estallido de los escándalos de las dietas ha dejado al Ejecutivo prácticamente bloqueado y las elecciones anticipadas se dan por descontadas.

El problema es que la iniciativa política la ha tomado la izquierda abertzale, que ha puesto en marcha una moción de censura que prosperaría si contara con el apoyo de los socialistas navarros. La encrucijada es grave: apoyarla y pactar con una coalición política que no quieren de compañeros de viaje o no apoyarla y esperar a que UPN no consiga remontar para conseguir ganar las elecciones, si es que no es demasiado tarde.

— En Andalucía hay sensación de que la pírrica victoria electoral de hace un año no se volverá a repetir: el escándalo de los ERE irregulares es una enorme espada de Damocles que pende sobre la coalición con IU y puede suponer un puente de plata para que el PP gane la histórica región socialista.

El problema subsidiario es que, en un intento por cerrar heridas, Rubalcaba puso a José Antonio Griñán como presidente del PSOE a pesar de su supuesta cercanía a Chacón. Estará por ver cómo gestionará Griñán la crisis de los ERE cuando avance el sumario judicial, cuánto protagonismo ganará y si podría convertirse en un caballo de Troya dentro de la Ejecutiva si la situación interna sigue empeorando.

— En la Comunidad Valenciana los sondeos ven factible un tripartito PSPV-Compromís-EU que desaloje al PP de la Generalitat por primera vez en dos décadas. Lo que podría parecer una buena noticia es, en realidad, una trampa mortal: la izquierda valenciana es el paradigma de la división y, en el caso de los socialistas, de la lejanía respecto a la ciudadanía.

La pujanza de la formación de Mònica Oltra bien podría fagocitar a una federación socialista en cuyas filas siguen influyendo nombres de algunos que ya eran veteranos cuando gobernaba Joan Lerma y en su ejecutiva cuenta con nombres como Leire Pajín. El PSPV es una bomba de relojería de consecuencias imprevisibles.

— En Castilla-La Mancha, donde por primera vez el PSOE fue derrotado, apenas se escucha oposición socialista a la criticada gestión de María Dolores de Cospedal, que ya se ha llevado reveses importantes con medidas como la suspensión del sueldo de los diputados autonómicos o, más recientemente, la desactivación de su cierre de los servicios de emergencia rurales.

Desalojados José Bono y José María Barreda, este último cercano a Chacón, Emiliano García-Page parece absorto en intentar deshacer los mimbres de casi tres décadas de socialismo personalista. Page, que sí fue fiel a Rubalcaba, sonó incluso como tercer candidato en discordia en las primarias, pero ha rebajado el tono y trabaja de forma interna… aunque su visibilidad de puertas afuera es prácticamente nula.

— En Extremadura lo que parecía una travesía corta por la oposición, hasta que IU se aviniera a pactar para desalojar al PP de la Junta, se ha convertido en una legislatura entera en blanco. Guillermo Fernández Vara, emergente barón socialista que fue sorprendentemente ambiguo en las primarias del PSOE, ha perdido toda presencia y voz fuera de su región y quién sabe cuánto de eso hay en la voluntad de la Ejecutiva.

Poco o nada suena el socialismo en regiones en las que gobernaron, como las Baleares del “caso Palmarena”, Aragón o Canarias, donde el exministro López Aguilar se quedó a las puertas de la victoria antes de ser desterrado al Parlamento Europeo y ser el segundo de Chacón. Ni existe prácticamente la formación en regiones como Murcia, La Rioja, Cantabria, las ciudades autónomas de Ceuta o Melilla.

Solo en la inestable Asturias, donde el PSOE gobierna gracias a la división de partidos conservadores, parece haber algo de calma.

¿Qué necesita el PSOE para recuperar el pulso? Cohesionar a las bases, elegir a un candidato que ilusione y que gane presencia, renovar caras, rediseñar su programa… Por lo pronto, y a juzgar por el escenario descrito, no parece que Rubalcaba y Valenciano ilusionen ni aglutinen, ni que Jáuregui, a quien se le ha encargado la renovación ideológica de la formación y que roza la edad de jubilación, sea la persona más indicada para reconectar con el votante joven que ha huido del socialismo.

Y, quizá, mirar al pasado, cuando tras Felipe González intentaron fórmulas intermedias con Almunia y Borrell que acabaron en desastre. Porque quizá lo que en verdad necesita el PSOE es una travesía en el desierto como aquella para acabar eligiendo al Zapatero al que nadie esperaba para renovarse de verdad.

Mientras, en Moncloa, el PP sigue a lo suyo. Y las terceras fuerzas, IU y UPyD, subiendo tímidamente. Y la abstención disparándose:

Voto en España 1982-2012 | Infographics

Y, sumando todos los factores, el del desgaste del PP, la inacción del PSOE y la desafección disparándose, la situación política del país, en la UVI:

SITUACIÓN POLÍTICA (CIS) | Infographics


Austericidas y estimulados

Angela Merkel

Luchar contra el déficit nos está matando. El déficit no lanza bombas ni es una guerrilla de asalto, pero intentar reducirlo mantiene los estimulados, provoca el porcentaje de parados que padecemos, unos recortes brutales en el estado del bienestar y que estemos cavando nuestra propia tumba, en forma de fosa común, porque nunca volveremos a crecer. El primer culpable fue Lehman Brothers y aquellos bancos americanos que vendían hipotecas basura a quien no podía pagarlas, algo que no pasaba aquí, por supuesto, que para eso teníamos un sector financiero envidiado en el mundo entero, con un sistema de supervisión en el Banco de España que nos lo iban a copiar. Pues resulta que las cajas de ahorro fueron un cortijo ruinoso y que aquí también dimos hipotecas a Violeta, la asistenta peruana de mi tía, con un marido albañil, que pagó casi 300.000 euros por una casa en Vallecas. Por entonces, yo también caí en el “las casas nunca bajan” sin que me pusieran pistola en la sien y me endeudé en un pareado en Churriana, Málaga, por el mismo dinero que mi primo Pablo en un chalé en New Jersey con vistas a Manhattan, a pocas paradas de cercanías. Cuando lo conté a una asesora socialista me dijo: “No puedes afirmar que aquí hay burbuja basándote en una anécdota personal”. Por muy ilustrativa que fuera. Aquello es agua pasada, de todas formas. Ahora, la culpa es de Angela Merkel.

Desde la burbuja, creo en mis anécdotas personales, que suelo reconvertir a pesetas, por cierto; mucho de lo que nos pasa es que nunca nos enteramos del euro. Cuando los economistas krugmanianos keynesianos, a los que desde ahora llamaremos estimulados, partidarios de “activar políticas de crecimiento” —¿eso se hace dando a una teclita?— piden que no haya tanto recorte del gasto, yo siempre me imagino de paseo con Krugman y con Merkel en mi Mégane familiar cochambroso y ya pagado por mi ciudad. Málaga. Capital de la Costa del Sol. Les recogería en el aeropuerto Pablo Ruiz Picasso, toda una catedral aeroportuaria que ha hecho que el edificio antiguo, diseñado por Bofill, parezca la casita de Pin y Pon. Les explicaría que disfrutamos ahí de una segunda pista que ha costado 600 millones de euros —100.000 millones de pesetas— para que abra algún fin de semana, cuando haga falta. Si ha llovido torrencialmente, como pasa aquí, seguro que hay un gran charco que provoca atascos y les contaría que llevamos dos años esperando a que inauguren el acceso nuevo sobre pilares, que la primera rotonda está ahora muy mona, después de años de abandono, porque se arregló para el día en el que vino la ministra a dar por abierta la pista ociosa. O sea, tenemos una segunda pista que no tiene Gatwick y un acceso que recuerda a Namibia.

En el aeropuerto les explicaría que hay parada de tren, pero que solo llega a Fuengirola. Ni a Marbella ni a Estepona. El tren va lleno normalmente y se lleva pidiendo su prolongación décadas, pero los políticos lo siguen estudiando. Es que en principio, les digo, a Marbella también iba a llegar el AVE, a pesar de que está a media hora de Málaga. Pero ahora la autopista no tiene iluminación por la noche porque hay que ahorrar. Me imagino entonces a Merkel mirando la segunda pista.

Ampliación del aeropuerto de Málaga_

Desde allí, les llevaría hacia Málaga. Pasaríamos por el estadio de atletismo, el Martín Carpena de baloncesto y las piscinas cubiertas y al aire libre en concesión administrativa, con gran gimnasio incluido. Entraríamos entonces en el paseo marítimo Antonio Banderas y, enseguida, verían la imponente sede de la Diputación. Antes les señalaría las oficinas de Limasa, el servicio de basuras: nos hemos librado de una huelga in extremis, no querían bajadas de sueldo ni que se tocara una bolsa de trabajo con puestos hereditarios. “¿Cuántas veces recogen la basura?”, pregunta Merkel. Todos los días. Pues claro, que aquí hace calor. 86 millones de euros nos cuesta —13.000 millones de pesetas.

Ya en la Diputación tendría que explicar que es un organismo para dar servicio a los pueblos pequeños. ¿Por qué entonces ese edificio tan grande en Málaga? Me preguntarían. Eso digo yo. ¿Cuánto? Dice Merkel: 40 millones de euros —7.200 millones de pesetas. En el edificio de detrás, de arquitectura regionalista, antiguo orfanato, les hablaría de La Térmica, centro de arte emergente. Sí, todo público. 400.000 euros de presupuesto este año: 72 millones de pesetas. ¿Para los pueblos pequeños? Pregunta Krugman. Eso digo yo. Ha habido una exposición de fotos sobre Andy Warhol. Además, como tengo incontinencia verbal, les cuento que dentro hay un aparato de trigeneración que costó cinco millones de euros y que solo se ha encendido unos días, porque no sirve.

¿Cómo funciona la selección de personal? Pregunta Krugman. Pues mire, le voy a hablar de los dos últimos casos. Hace unos días se supo que han fichado de asesora a una señora de mi edad que se afilió al partido casi adolescente y, desde entonces, siempre ha trabajado en cargos públicos. Dio positivo en un control de alcoholemia, dimitió de directora de distrito en el Ayuntamiento y enseguida fue rescatada por la Diputación. ¿Rescate? Dice Merkel. El otro caso es también ilustrativo. Han externalizado un servicio del consorcio de bomberos y solo casualmente la adjudicataria ha contratado a varios del PP ¿La sede vieja? pregunta la alemana. En uso.

Siguiente parada: antigua Tabacalera. Edificio regionalista de miles de metros, construido en los años 20 del siglo XX. Alberga un museo del automóvil de un coleccionista portugués, que tiene éxito entre los extranjeros de la costa, dependencias municipales y la obra de 40 millones —7000 millones de pesetas— de lo que iba a ser un gran museo de piedras preciosas. ¿No se pudieron poner todas las áreas del Ayuntamiento allí juntas?, pregunta Merkel. Se pensó en un principio, pero luego empezaron con lo de las joyas. Llegaron a exponer dos: la aguamarina “Ceu de Primavera” (1129 quilates) y la esmeralda “Agra” (350). Ahora intentan darle vidilla con un acelerador de empresas TIC, que es lo último después de los espacios coworking y las incubadoras y viveros. El fondo que está detrás, les digo, pone un millón y medio de capital y, según dijeron, pretendían conseguir hasta seis millones de fondos europeos. Merkel entonces dice: “En Berlín lo hacen a pulmón y les va muy bien”. Le explico que ya lo sé, y que Rocket Internet ha abierto sucursal en Oporto.

Seguimos la marcha hasta un edificio acristalado, de diez plantas y unas lamas muy modernas. Eso es la Gerencia de Urbanismo y alguna oficina municipal más. Krugman se frota los ojos. “Después de la burbuja inmobiliaria, ¿mantienen el mismo número de trabajadores?”. Asiento, 350. En Seattle, 50.000 habitantes más que en Málaga, tienen 310 en el departamento de planeamiento urbano y obras. Y creo que es una ciudad ligeramente más rica y extensa. En el Ayuntamiento no se ha despedido a nadie y se mantiene un seguro médico privado para sus trabajadores. “Pero”, dice el economista, “España tiene una sanidad pública magnífica”. Pues sí. ¿Cuánto costó el edificio? 35 millones —casi 6000 millones de pesetas—. 10 millones en unas lamas que iban a ahorrar mucho en la factura de la luz. El mantenimiento está en 800.000 euros anuales. En la puerta hay un aparcabicis moderno donde no hay ninguna. “Habrá carril bici por toda la costa, ¿no?”, pregunta la canciller alemana. No, le tengo que decir. Ahora dicen que no tienen dinero. Sí, con este tiempo y todo tan llanito al lado del mar.

Paul Krugman

Hago un giro hacia la estación del AVE, mitad centro comercial, y enseguida estamos en una zona de obras. “El metro”, les señalo. ¿Iban a hacer uno antes de tener una red enorme de carriles bici? Pues claro, me encojo de hombros. Les cuento que las obras van muy lentas, que llevan gastados 400 millones de euros —lo que se estimaba que iba a costar todo—, años de retraso y ahora la indecisión sobre si debe ir en superficie o no por el centro de la ciudad. “Pero, habría informe técnico solvente, ¿no?”, pregunta Krugman. Pues eso digo, de nuevo encogiéndome de hombros.

Les explico que no les llevo de museos, pero que tenemos: el Picasso, el de la casa natal de Picasso, el Thyssen, el del patrimonio municipal y el Centro de Arte Contemporáneo. Querían todavía más, pero la realidad, ahí, parece que se ha impuesto. El Ayuntamiento se gastó 20 millones de euros —3200 millones de pesetas— en comprar una manzana y ahora no sabe qué hacer con esos edificios. La opción más probable es que los tiren.

Pongo rumbo a la Universidad. Antes paso por el Hospital Carlos Haya. Les cuento que lleva el nombre de un aviador franquista —Krugman pone cara de asombro— porque fue Franco el que hizo el hospital, hace más de 50 años. Desde entonces, sigo, Málaga es la provincia que más ha crecido en población de España pero los políticos nunca han estimado necesario hacer otro. La gente se hartó hace unos años e iba a manifestarse, pero entonces la Junta prometió que haría “el macrohospital”, referencia de Europa. Lo pagaría con las plusvalías de echar abajo los viejos y hacer pisos. Hasta ahora. El presupuesto era de 400 millones de euros. “Los que están en el metro, ¿no?”, dice Merkel. Pues sí. “¿Ha dimitido alguien?”, pregunta Krugman. Pues no.

Ya en el bulevar de la Universidad les enseño las facultades. Tenemos casi de todo. Miran admirados sobre todo los edificios nuevos. Cuando estamos en el de ingenierías, me preguntan si es difícil entrar. “Nada, un aprobado en la prueba final de bachillerato. Claro que luego la media es de nueve años para acabar la carrera. Solo este año el Gobierno ha decidido subir las tasas para los repetidores y ha habido manifestaciones”, les voy diciendo. Krugman pregunta si viene mucha gente de fuera a estudiar a Málaga: “Bueno, sobre todo de los pueblos de alrededor y de alguna provincia andaluza”. “¿No vienen europeos, con lo bueno que hace?”, pregunta Merkel. “Sí, claro, somos un destino muy popular entre los Erasmus. Playa y fiesta es una combinación ganadora siempre”. Krugman, tan anglo maléfico él, pregunta por los ranking. Le digo que es un Campus de Excelencia, como muchos en España, porque no era cuestión de discriminar, que aquí somos capaces de ser excelentes todos. No hay ninguna universidad española entre las primeras 150 del mundo. Precisamente la rectora de Málaga, sigo explicando, es la presidenta de los rectores españoles y siempre dice que es cuestión de dinero, que con esos presupuestos no pueden mejorar. Los dos miran los edificios imponentes que nos rodean. Acabo contándoles que la rectora, Adelaida de la Calle, tiene a un yerno colocado en una fundación de la Universidad donde no ha habido recortes, también tiene allí otro yerno el gerente, y un hijo, un vicerrector.

Pero le tengo que decir con orgullo a Merkel que aquí no ha dimitido nadie por plagiar para obtener el doctorado, como en su país. Además, en España, casi todas las tesis doctorales son cum laude.

Proseguimos hacia el Parque Tecnológico de Andalucía. Nos encontramos con una protesta de trabajadores de Isofotón. Les digo que fueron pioneros mundiales en fabricación de placas solares pero ahora quieren echar a muchos, después de 25 millones de euros de ayudas públicas. Puestos a hablar de fondos públicos, les cuento que muchos de los edificios se han construido con fondos europeos, asociados con proyectos de investigación que está examinando ahora el Gobierno de España. Hay cierto miedo a devolver las ayudas, pero se tiene la seguridad de que no llegará la sangre al río porque una diputada por Málaga muy rumbosa, Celia Villalobos, ha dicho que los resquemores son de un funcionario que se ha equivocado. Ven el cadáver del Instituto para el Bienestar Ciudadano. Parado. “¿También ha recibido ayudas europeas?”, dice Merkel. Sí. Le contesto. La policía está investigando.

Ha llegado la hora de preguntarles yo. “¿Ve algún margen para políticas de estímulo, señor Krugman?”. “Qué distintas se ven las cosas desde el despacho de Princeton”, me concede. Miro a Merkel. Tiene cara de estreñida. “No diré nada. Cualquier comentario será utilizado en mi contra y me pueden llamar nazi”.

Antes de llevarles al aeropuerto, les invito a pescaíto en la playa. Se ve Sierra Nevada al fondo, el mar como un plato que atraviesa un crucero, el campo de golf al lado, a cinco minutos del aeropuerto, las cometas del kite surfing en el cielo. Casi atropello a un ciclista en el camino a la playa. “Ahora tampoco hay dinero para un carril bici aquí, ¿no?”, dice Krugman. Asiento. Esperando el espeto de sardinas, al sol, Merkel dice: “Esto podría ser el paraíso. Habrá que colonizarlo”.

Nueva terminal del aeropuerto Pablo Ruiz Picasso