Pedro Duque: «Conocer mejor la ciencia mejoraría muchísimo la vida cotidiana de las personas»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 16.

Pedro Francisco Duque Duque (Madrid, 1963) es astronauta y licenciado en Ingeniería Aeronáutica por la Universidad Politécnica de Madrid. Empezó trabajando como programador en el Grupo de Determinación Precisa de Órbitas de la Agencia Espacial Europea (ESA). Su primer viaje al espacio lo realizó en 1998 a bordo del transbordador espacial Discovery. Su segundo viaje fue a la Estación Espacial Internacional (ISS) al bordo de la Soyuz TMA, durante la Misión Cervantes.

Nos encontramos con Duque en las instalaciones de la ESA a las afueras de Madrid, en un edificio decorado con maquetas de satélites a escala. Duque es conciso en sus respuestas y se le iluminan los ojos cuando hablamos del viaje tripulado a Marte, la misión, confiesa, que más desearía liderar.

La gente siempre te pregunta qué hay que hacer para ser astronauta y olvida que te graduaste en la Universidad Politécnica de Madrid con una nota media de 10. ¿En este caso correlación implica causalidad?

Está bien graduarse con buenas notas, pero eso no es lo único. Si se trata de astronáutica, además de estudiar hay que saber, hay que haber trabajado, hay que demostrar que uno puede utilizar bien los conocimientos y obtener resultados concretos, hay que tener capacidades operativas, se pide a la gente que hable idiomas… Hay una serie de factores que deben sumarse.

¿Tenías ya claro que querías ser astronauta cuando estudiabas Ingeniería Aeronáutica? ¿O fue otra cosa lo que despertó en ti la pasión por el espacio?

Yo tenía seis años cuando tuvo lugar el alunizaje del Apolo XI. Todos vimos por la televisión cómo Neil Armstrong ponía el pie en la Luna por primera vez. A todos los que lo vimos nos atrajo tanto que nunca lo hemos olvidado. Desde entonces me acompaña la imagen en blanco y negro del primer paseo del hombre en la Luna con Jesús Hermida describiendo el momento, fue algo absolutamente definitorio en mi vida. Luego me he dedicado a la aeronáutica porque siempre me ha gustado la ingeniería y ver funcionar las cosas por dentro, y como la profesión de mi padre era controlador aéreo me familiaricé desde pequeño con los aviones y las conversaciones con ingenieros. Por eso opté por la Ingeniería Aeronáutica.

En tu discurso de investidura como doctor honoris causa en la Universidad Politécnica de Valencia decías que «la sociedad debe su pujanza a la tecnología y la organización, pero los más jóvenes se afanan poco y esperan poder enriquecerse en poco tiempo por alguna ocurrencia o carambola». ¿Una reivindicación de la cultura del esfuerzo?

Sí, pero no solo de la cultura del esfuerzo. Hay que explicarles a los jóvenes que esforzarse es necesario, pero no porque con esfuerzo vayan a cumplir una obligación, sino porque los esfuerzos tienen como resultado mucha más diversión y muchísimo mayor disfrute en la vida. Solo te diviertes con las cosas cuando las entiendes, y a veces para entenderlas hay que leer y hay que esforzarse. El esfuerzo es una vía para conseguir también el disfrute. Un ejemplo: si me monto en un monopatín, lo piso y me caigo, ya no querré montarme más. Para poder conseguir el gozo de montar en monopatín hay que practicar, hay que trabajar la técnica, y eso implica empezar por esforzarse. Ocurre lo mismo con el conocimiento de las cosas, de cómo funcionan. Hay que estudiar ingeniería, conocer la naturaleza. Eso te proporciona un disfrute al final. Es como ir al Museo del Prado: para disfrutar de los cuadros tienes que saber de pintura. Si no, solo ves monos.

Antes de irte al espacio te dedicaste durante seis años, entre 1986 y 1992, a la determinación precisa de órbitas en el Centro Europeo de Operaciones Espaciales (ESOC) de la ESA en Alemania. ¿Cuál era tu trabajo exactamente?

Consistía en programar los algoritmos matemáticos y físicos que determinan cómo son las órbitas y qué influencias tienen sobre los satélites las diferentes fuerzas que los gobiernan, y cómo podemos utilizar mejor las diversas medidas de las distancias para conocer bien nuestra órbita. Eso es lo que hacíamos donde yo trabajaba, en el centro de control en el Grupo de Determinación Precisa de Órbitas. En ese momento era importante porque teníamos unos nuevos satélites de observación de la Tierra equipados con cámaras fotográficas y era necesario saber exactamente en qué sitio del planeta habían sacado las fotografías, porque cada una se realiza en un determinado minuto, segundo y microsegundo. Lo hacíamos con medidas de láser y con medidas de GPS, y nos divertíamos mucho. Se programaba en Fortran 4 y 77 y seguimos haciéndolo igual, solo que ahora es Fortran 90 o 95 o 2003.

¿Se sigue innovando en la algoritmia?

Ya no se innova mucho. En los años ochenta ya desarrollamos los programas que calculaban los mínimos efectos de las ecuaciones de la relatividad general de Einstein en las medidas del láser. Lo que se hace ahora es conseguir que los programas sean más automáticos, que tengan una presentación más sencilla y que admitan nuevos satélites.

Recibiste entrenamiento en la Ciudad de las Estrellas de Moscú, conocida como «la ciudad militar cerrada número 1», donde también se preparó el cosmonauta Yuri Gagarin. ¿Hablas ruso?

Tuve que estudiar ruso porque allí todas las clases se daban en ruso. Hice un curso intensivo, llegamos allí y los dos primeros días no entendimos nada. Poco a poco nos fuimos adaptando y fuimos aplicando el conocimiento que nos habían impartido durante el curso. Al final todos tenemos que hablar ruso por radio y leer los procedimientos en ruso, y nuestra vida, en realidad, depende de lo bien que hablemos en ese idioma. Así que nos aplicamos bastante.

¿Y la experiencia allí cómo fue?

Rusia ha cambiado mucho. Empezamos a ir allí en el año 1992, tras la caída del telón de acero. Acababa de caer la Unión Soviética y el país atravesaba unas dificultades económicas enormes. La gente que quedaba en el programa espacial estaba por entusiasmo, no por lo que les pagaban. Fueron años durísimos en lo que quedaba de programa espacial soviético, con gente mayor, entusiastas que cobraban poquísimo dinero y a los cuales siempre queríamos ayudar, pero tampoco sabíamos cómo. Los edificios estaban destartalados, en el baño no había papel… Parecía una cosa un poco curiosa que nos atreviéramos a volar en cohetes hechos por aquella gente, pero entendimos que en Rusia se hacía el mismo hincapié en la seguridad que en cualquier otro sitio. En parte, no había dinero para todo porque el dinero se invertía todo en la seguridad.

Incluso antes de salir en la Soyuz fuiste condecorado por Boris Yeltsin. ¿Por qué se te concedió en la Federación Rusa la Orden de la Amistad?

Es una tradición. De las personas que iban a Rusia a volar en los vuelos conjuntos se condecoraba a los astronautas, al que había volado y al que había quedado en reserva con la Orden de la Amistad.

En 1998 fuiste nombrado miembro de la tripulación del STS-95 del Transbordador Espacial y volaste en el Discovery. Tuvisteis un problema en el despegue y se decidió no abrir el paracaídas en el aterrizaje. ¿Temiste por tu vida?

No, de aquello solo nos enteramos cuando ya estábamos en órbita. Se cayó una tapa de metal que no lleva telemetría, o quizás, si llevaba, no estaba activa en ese momento, porque no se espera que el paracaídas se abra durante el lanzamiento. Luego se detectó al ver los vídeos. Supimos a posteriori que habíamos estado en grave peligro, pero no durante el tiempo en que lo estuvimos. Más tarde hicimos las correspondientes averiguaciones y, tras las conversaciones con los expertos de tierra sobre cómo proceder, estrechamos las condiciones de aterrizaje para que pudiéramos llevarlo a cabo de manera que se pudiera frenar en lo que había de pista. Ese paracaídas es importante cuando aterrizas en una pista corta por cuestiones de emergencia, pero cuando aterrizas en la enorme pista de Florida te da igual parar más pronto que más tarde.

En aquella misión te acompañaba John H. Glenn, que entonces tenía setenta y siete años. Glenn y tú os sometisteis a pruebas médicas con el objeto de entender los procesos de envejecimiento. ¿Los experimentos que se efectúan en el espacio son siempre públicos o también los hay secretos?

Son siempre públicos. Eso sí, ocurre que a veces una empresa comercial paga por el uso de la estación espacial para hacer experimentos, ya que esperan descubrir o inventar cosas gracias a ellos, y los resultados solo los conocen ellos. Es normal, porque son experimentos comerciales. Sin embargo, no hay ningún experimento que sea estrictamente secreto, del tipo tecnología militar o algo así. Eso no se hace en la Estación Espacial Internacional y, si lo hacen, yo no me he enterado [risas]. Desde luego, allí arriba no se hace, a no ser que se haga en otros sitios, o con otros satélites o sistemas.

Tu siguiente viaje fue a la ISS en la misión Cervantes, en la que se aprovecha que hay que sustituir la Soyuz salvavidas para realizar una corta estancia en la estación espacial. ¿Por qué es necesario cambiar de Soyuz cada seis meses?

Es una cuestión tecnológica. Todo aparato tiene una vida útil garantizada y las naves Soyuz estaban diseñadas para que fuera de seis meses. Por supuesto que, si las extiendes a nueve meses por algún motivo importante, a lo mejor funcionan igual, pero hay unas baterías cargadas que tienen que funcionar durante esos seis meses; hay unos depósitos con combustibles especiales que no se abren durante esos seis meses, porque hay que tener cuidado para que el combustible no se degrade; etcétera. Hay una serie de imperativos tecnológicos que limitan la vida garantizada del aparato a seis meses. Hoy, en las nuevas naves, se han hecho modificaciones y están teniendo una vida útil garantizada mucho más larga. Creo que están por nueve o diez meses.

Cuando esas naves vuelven, ¿se reutilizan en parte o ya quedan para los museos?

Se queda casi todo para museo. Hay que tener en cuenta que la mayor parte se quema, porque la nave se divide en tres trozos y solo la parte central tiene un escudo térmico. El resto se funde y se vaporiza durante la reentrada. La mayor parte de la nave se pierde completamente. Luego, la cápsula en sí no se puede recuperar porque ha pasado por unas condiciones térmicas extremas, se ha calentado y ha cambiado su estructura metálica, lo que impide que se pueda volver a utilizar. Lo que sí puede hacerse es sacar los ordenadores de la cápsula y volver a instalarlos después, eso sí se puede reutilizar.

¿Volar en la cápsula espacial Soyuz es tan emocionante como parecía en la película Gravity?

Sí, es muy parecido. Aunque no se pueden manejar las cápsulas a voleo como aparece en la película [risas], pero sí, vibras, el paracaídas da un gran tirón, todo eso ocurre. En la película Apolo XIII llueve en la cápsula porque el aire acondicionado no funcionaba y estaba todo lleno de humedad, y en el momento en que la gravedad hace efecto toda esa agua les cae encima a los astronautas. Todo esto son cosas que realmente ocurren.

Como jefe de la Oficina de Operaciones de Vuelo de la ESA, ¿cómo viviste el aterrizaje del módulo Philae en el cometa 67P/Churiumov-Guerasimenko en noviembre de 2014, en el curso de la misión Rosetta?

Esas misiones se controlan en el Centro Europeo de Operaciones Espaciales (ESOC), donde yo mismo trabajé al principio de mi carrera en los años ochenta. Está en Darmstadt, Alemania. Existe una red de antenas distribuida por toda la Tierra que se coordinan desde el ESOC y a través de ellas se realizaron y enviaron todos los comandos y se efectuó la telemetría de Rosetta. Nosotros no tenemos que ver con eso.

El próximo 30 de septiembre la propia sonda espacial Rosetta se estrellará contra el cometa y con eso acabará la misión. ¿Cómo valoras este proyecto de la ESA?

El proyecto ha sido el más importante del programa científico de la ESA hasta ahora, no solo por los resultados, que son muy importantes, también por la comunicación que acompañaba a la misión. Hay otros equipos de la ESA que han efectuado grandes logros, por supuesto, como el satélite que realizó el inventario de todas las estrellas que utilizan los astrónomos, y otro satélite que está haciendo ahora mismo un nuevo inventario mil veces más preciso. No puedes comparar los resultados de uno con los resultados de otro, los dos son maravillosos. Pero, desde el punto de vista de comunicación, hemos hecho un papel muchísimo mejor y la nave Rosetta ha puesto en el mapa de los medios de comunicación a la Agencia Espacial Europea. Y espero que no se estrelle, sino que solo se deposite.

¿Estáis en la ESA al mismo nivel tecnológico y presupuestario que la NASA o la FKA, la agencia espacial rusa?

En presupuesto Europa y Rusia están más o menos igual. El de Rusia llegó a estar muy por encima, pero ahora ha bajado. Pero el presupuesto militar y civil estadounidense es diez veces mayor. Tecnológicamente estamos muy parejos, pero es sencillamente imposible, por mucho que seamos mucho más eficientes, que con esa diferencia económica podamos estar a su mismo nivel global. Hay programas concretos en los que estamos muy por encima, todo el programa de observación de la Tierra es muchísimo más avanzado que el de Estados Unidos, y en las naves como Rosetta o en telescopios estamos a la par con la NASA. También el programa Galileo está tirando y hoy se está poniendo muy cerca del programa americano de GPS. Pero, por ejemplo, en vuelos tripulados Europa participa con un porcentaje muy pequeño.

Si dispusieses de los fondos necesarios, ¿qué misión espacial no realizada te gustaría liderar?

El primer aterrizaje en Marte, como a todo el mundo. Que una nave tripulada descendiese hasta el suelo de Marte daría unos réditos económicos impresionantes, por la tecnología que habría que desarrollar y la competitividad que daría a la industria europea; pero también unos réditos importantísimos desde el punto de vista emocional. La gente entendería por qué hemos hecho esta unión de todos los países europeos: por alcanzar un objetivo grande e importante que solo podemos conseguir todos juntos. Y tendría una ilusión. La verdad es que la cantidad de dinero que se requeriría para ello, comparado con los presupuestos de la Unión Europea, sería irrisoria.

¿Tendría que ser una cosa de la ESA o debería ser una misión conjunta entre todas las agencias espaciales?

Se puede hacer una misión conjunta, pero entonces lo importante es no ser un socio pobretón. Si se hace conjunta, pero hay alguien que pone el 90 % y tú pones el 5 % y otro más pone el otro 5 %, entonces de ahí no sacas ni los réditos de los inventos ni puedes exigir que haya un miembro tuyo en la tripulación. La única manera correcta sería, o bien que lo hiciera la ESA todo entero, o bien que fuéramos al 50 % con alguien, por ejemplo la NASA, que es nuestra agencia casi hermana.

Space X, una compañía privada, ha anunciado su llegada a Marte en 2018. ¿Tú lo ves factible?

Es muy difícil saberlo. No tengo acceso a los diseños y a las características de la misión, las guardan muy celosamente, como haría yo si hubiese invertido tantísimos millones en diseñar la nave [risas]. Pero hasta ahora las afirmaciones de Space X han sido muy fiables. Yo conozco gente que trabaja allí, y trabajan durísimo y hacen inventos permanentemente, se atreven a todo. Yo apuesto a que sí.

¿Y el primer viaje tripulado para cuándo?

Eso va a ser más difícil de saber. Ellos pensaban aterrizar la nave Dragón allí, pero no creen que vuelva. Esa nave no está provista de los sistemas necesarios como para rellenar el combustible y volver, es simplemente posarse, hacer fotos y demostrar que se dispone de la tecnología. Es una misión no tripulada extremadamente válida y útil, es lo que yo haría si tuviese el dinero en la Agencia Europea del Espacio y, por supuesto, el comando del uso de presupuesto. Así que, ¿para cuándo la próxima tripulada? Pues falta aún bastante, porque hay que mandar otra anterior que, de alguna manera, lleve el combustible, o sea capaz de extraerlo de la superficie para rellenar el vehículo nuevamente, y un cohete además que lo saque. Estoy seguro de que hay alguien pensándolo dentro de Space X, y dentro de la NASA tienen que planteárselo también. Y esperemos que la Agencia Espacial Europea, de alguna manera, consiga de la Unión Europea o de alguien el dinero para ponerse al nivel.

¿Qué te pareció la película The Martian?

A mí me gustó bastante, tiene buena factura y pone mucho interés en que todo sea lo suficientemente realista (considerando que es una película de Hollywood, obviamente). Hay algunas cosas un poco raras, claro. Como eso de que le quiten el techo a la nave y salgan con una lona. No he hecho los números, pero me da la impresión de que está pillado por los pelos. Mantener la atmósfera de la estación, lo que es el hábitat en Marte, simplemente con una lona parece exagerar un poquito. Pero no lo sé, insisto, habría que hacer los números. Y sí, la mayor parte de las decisiones son muy razonables y no tan desvariadas como en otras películas como Armageddon.

Las pruebas físicas que realizáis los astronautas son muy exigentes. ¿Serán necesarias para el turismo espacial?

No, por supuesto que no. Muchas de nuestras pruebas no son duras por tener que soportar condiciones extremas, sino por las muchas veces que hay que repetirlas hasta que sale la necesaria perfección de manejo. No es duro estar en una nave espacial desde el punto de vista físico. Está claro que no toda la población aguantaría la aceleración, pero sí un porcentaje enorme. Hay que hacer una centrífuga y mirarlo. Pero nosotros lógicamente tenemos que ir al espacio y resultar operativos, hay que ser capaces de responder a emergencias, etcétera. Pero si la gente va sin mucha preparación y se está mareando dos días y luego está bien, pues tampoco pasa nada.

Ya está en la ISS BEAM, el primer módulo habitable hinchable del complejo. ¿Es el primer paso para la puesta en marcha de un hotel espacial?

Yo creo que sí. Además es el objetivo públicamente declarado de la empresa, no sé si lo conseguirán. Tenemos la suerte de que el espacio atrae tantísimo a las personas que una serie de gente que ha hecho mucho dinero en la famosa burbuja de internet está dedicando fondos a invertir en el espacio, y se están haciendo desarrollos que quizás hubieran sido difíciles de conseguir con los fondos públicos. Los más importantes son Space X, Blue Orbit, la compañía de transporte espacial creada por Jeff Bezos con la intención de llevar gente al espacio unos pocos minutos, y luego los desarrolladores del BEAM: Bigelow Aerospace. Lo que pasa es que esta gente no está acostumbrada a gastar sin mirar el rédito y han traído la filosofía empresarial al sector de los viajes espaciales. Ellos piensan que en algunos años las inversiones van a dar beneficios. De hecho, Space X se ha gastado muchísimo dinero en crear cohetes y las naves espaciales, pero ahora ya están vendiendo billetes a la NASA para los astronautas que van a la ISS por un precio que les resulta rentable. Y los cohetes esos que han inventado, y en los cuales han invertido tantísimo dinero y esfuerzo, los están vendiendo a los operadores comerciales de satélites, e incluso a los militares. Creo que les irá bien y les deseo que les vaya bien, porque eso es lo que hace que todos los ingenieros jóvenes tengan trabajo.

Una de las últimas pruebas de entrenamiento que has realizado ha sido descender ochocientos metros a una cueva en Cerdeña. ¿Cómo conecta la astronáutica con la espeleología?

Hay una serie de elementos que son análogos en las dos disciplinas. Lógicamente, no porque bajar una cueva sea simplemente como salir al espacio, porque eso no es así. Pero hay algunos elementos análogos, como el aislamiento que se sufre en ambos casos o la dificultad de llegar y la dificultad de volver, que obliga a calcular con precisión la cantidad de materiales que se pueden emplear en la empresa. También es similar la ausencia de día y noche y el hecho de trabajar en condiciones duras. Sobre todo, este tipo de entrenamiento constituye un ejercicio de dinámica de grupo en condiciones incómodas, como los que se hacen en las empresas. Después del ejercicio el grupo es más integrado, se conoce mejor. Además de este ejercicio de espeleología, también tenemos un laboratorio que está debajo del mar, en el cual los equipos pasan hasta una semana. Y a los astronautas también se les envía a veces a las montañas.

¿Te lo has pasado bien durante este entrenamiento?

Sí, la experiencia ha sido sumamente positiva. Físicamente ha sido muy duro porque no estamos acostumbrados a esto, no sabemos utilizar de forma eficiente los aperos de escalada. Haces muchísima más fuerza de la necesaria y, por lo tanto, para nosotros es mucho más cansado que para los expertos.

¿Alguno de los que ibais era experto en espeleología?

Entre los astronautas, no. Se contrató un equipo de apoyo porque, si no, ¿cómo vas a llevar a los astronautas de cinco agencias espaciales? Imagina que alguno se rompa una pierna. La seguridad tenía mucha prioridad, como corresponde en estos casos.

En el año 2006 dejaste tu trabajo en la ESA para dirigir la compañía de satélites Deimos Imaging, SL. ¿Quién te convenció para efectuar ese cambio en tu trayectoria profesional? ¿A qué se dedica Deimos Imaging?

Pues me convenció un compañero, que es el director general de la empresa matriz, y también mi compañero Miguel Belló, que estuvo conmigo en ESOC haciendo un trabajo muy parecido al de programación de órbitas. La empresa se dedica a desarrollar y explotar un sistema completo espacial con satélite con estación de tierra. Fue duro al principio porque, tras trabajar de funcionario toda la vida, aprender a hacer funcionar una empresa es difícil. Pero lo he conseguido y tengo mi medallita de haber tenido responsabilidades de gerencia en una empresa. Me desvinculé de Deimos Imaging completamente al entrar otra vez en la ESA. Como ellos trabajan con la ESA había una incompatibilidad manifiesta. Les va muy bien ahora mismo, han multiplicado por tres la plantilla en Valladolid y han adquirido muchísimas más responsabilidades en el nuevo grupo empresarial en el que están.

Tú haces mucho trabajo pedagógico y divulgativo. ¿Cómo está la divulgación en España? ¿Echas de menos una figura patria como Neil deGrasse Tyson?

No, en España hay figuras así, lo único que echo de menos es que se les dé más visibilidad y continuidad en los medios. Pero también es cierto que en Estados Unidos la mayor parte de la población tampoco sabe quién es Neil deGrasse Tyson. Los que nos interesamos por la divulgación científica por supuesto que lo sabemos, pero incluso en su país lo conocerá solamente el 10 % de la población. Y la mayoría ni siquiera sabe qué significa la astrofísica.

Echo de menos que se conozca mejor la ciencia. Que se entienda la ciencia, su funcionamiento. La gente tendría que entender mejor cómo funciona todo este proceso por el cual medimos, estudiamos, pensamos, volvemos a medir y al final obtenemos un resultado a través de eso que llamamos la ciencia. Este proceso, que es bastante sencillo, es sin embargo muy desconocido. Y si se entendiera mejor provocaría cambios inmediatos: no compraríamos tantas estupideces para la salud que solo cuestan dinero y que realmente no ayudan en nada, no se comprarían productos que dicen que quitan el colesterol y resulta que es mentira… Conocer mejor la ciencia mejoraría muchísimo la vida cotidiana de las personas, de hecho. Solo interesándose por cómo decidimos que ciertas cosas son verdad y otras no, y que eso es algo que no depende de la opinión. Pero mucha gente cree que existe la opinión en la ciencia. Que existe una opinión y que existe otra, y que ahí acaba todo. Y eso es una tontería. Contrastadas con los datos, esa multitud de opiniones se convierte en lo que llamamos ley científica, que ya no está sujeta a la opinión. Creo que eso no se entiende bien, y creo que deberíamos esforzarnos por conseguir que se entienda.

Tú tienes una cruzada en internet, aunque la desarrollas con humor, contra los homeópatas y demás magufos.

Lo que me interesa es esto mismo, que la ciencia misma se conozca mejor. Es decir: hablamos de que existió un big bang, de dónde está nuestra galaxia, de los agujeros negros y de todas esas cosas relacionadas con el espacio. Pero, en realidad, de lo que debemos asegurarnos es de que la gente comprenda que la medicina es una ciencia que, como tal, se fundamenta en evidencias. Y que no existe la medicina alternativa, que es algo necesariamente falso. Hay una medicina que funciona y otra que no, y que entonces no debe recibir ese nombre. Todo aquello que funciona se integra dentro de la medicina. La «medicina alternativa» es una palabra tonta. Si consigues explicar eso, si logras que se entienda, consigues una mejora en la sociedad.

Explícame qué son chemtrails.

Una tontería como un piano. Algunas personas creen que los aviones, en vez de estar produciendo estelas por la condensación del aire, vierten productos químicos. Aunque nadie se muere por creer eso. Lo grave es cuando esa gente lo lleva al extremo y ese modo de pensar influye en sus hijos y en su comportamiento, y eso sí tiene consecuencias más graves. Ahí es donde verdaderamente habría que cortar. No hay derecho a que una gente que se piensa que ahí hay químicos en el aire no deje salir fuera de casa a sus niños por miedo a que se contaminen, y lo mismo con la homeopatía; en vez de llevar al niño al médico, le das pastillitas de azúcar porque te lo ha dicho un homeópata.

Hay una gran cantidad de farmacéuticos y médicos titulados que se hacen homeópatas. Eso es ya preocupante.

Ya. Esa gente, lo que hace, es dedicarse a recetar pamplinas durante la fase de «esperar a que se cure solo», pero al menos saben en qué momento eso ya no se cura solo y entonces pasan a recetar medicinas normales, como manda el hospital. Todavía tiene un pase. No es ético y no debería hacerse, pero no es tan mortal como que a los niños no los vacunen. Todo tiene un pase mientras no afecte a los niños.

¿Crees que en España todo el mundo tiene acceso a la mejor educación?

Si no todos a la mejor, todos a una buena educación. La educación pública sigue funcionando a base de inmensos esfuerzos por parte de los maestros, de los directores y de los celadores de los colegios. De momento todavía vamos bien, pero aun así habría mucho que mejorar. Sobre todo, en este aspecto que hemos comentado: que la gente entienda que hay cosas que no están sujetas a opiniones, sino que solo están sujetas a datos.

¿Cuándo te volveremos a ver en el espacio?

Lo que está claro es que no dentro de muchos años, porque ya voy cumpliendo bastantes. Así que, o dentro de tres, cuatro o cinco años, o ya lo dejamos.

Por último, recomiéndanos un libro sobre exploración espacial o astrofísica que sea divulgativo y creas que a la gente le pueda gustar.

Un poco difícil, la verdad. Asimov tenía varios libros que eran bastante asequibles sobre cómo funciona la galaxia, no me acuerdo de los nombres de todos ellos, tenía uno muy bueno de química. En general, yo siempre recomiendo el libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios. Simplemente te lo lees y, si piensas como dice ese libro, tienes mucho ganado.


Ignatius Farray: «La comedia es lo más similar que hay al amor»

Aún no ha tocado la cerveza cuando un tipo se arroja sobre él con la intención de abrazarlo. «Eh, tío, tú eres este, sí. Este, el de… Este. ¡Qué grande eres! Venga campeón, una selfi», le dice mientras le golpea la espalda con entusiasmo. «Este» es Ignatius Farray (Tenerife, 1973) que accede solícito y desquicia el gesto para que el fan le inmortalice. En la foto sale también «el loco de las coles», el señor del «grito sordo» que chupa los pezones del público, el cómico loco con fachas de hipster desaseado.

Regresa a la mesa Juan Ignacio Delgado Alemany, un cómico desconcertado por la comedia: el tipo que desencaja la mandíbula de pura ansiedad, el hombre preocupado por no ofender. Repite a cada rato «te lo juro», como si sospechara que no nos lo terminamos de creer; «es en serio» cuando habla de poesía, de política o sus referentes; «es coña» cuando teme que acaba de decir algo que se pueda malinterpretar. La ironía es una cosa muy complicada, ya se sabe.

Pero a veces se olvida aclarar previamente en qué tono se desenvuelve y «este» es Ignatius de veras. El dueño de un ingenio feroz, que succiona las pechugas del espectador en sus shows y mantiene el tono underground incluso desde la radio más escuchada, en el programa La vida moderna. Lo más parecido a un Louis CK que ha parido el humor patrio, que se humilla a sí mismo en la serie El fin de la comedia. Charlamos con «este», que iba para jardinero loco.

En todas las entrevistas hablas de tu etapa en Londres, pero cuentas poco de tu estancia allí.

Igual siempre cuento lo mismo. Estuve casi dos años. No fui con la intención de convertirme en cómico, pero fue revelador. Fui a la aventura, trabajaba en un hotel haciendo turno de noche. Tuve la suerte de que me cogieron en el último sitio donde pensaba que me iban a coger, que era un hotel que pertenece a los terrenos de Buckingham Palace. Era una cosa muy aristocrática: la reina madre iba a comer allí por las mañanas, la boda del hijo de Lady Di con su prometida… la chica, la noche antes, la pasó allí. Me cogieron, por supuesto, sin preparación ninguna. En mi turno eran todos eran africanos, así que realmente alguien de las Islas Canarias les pegaba. Aquello era un mundo. Había un compañero que acababa de llegar de Nigeria que creía en las brujas, y me decía todas las noches que él creía que en Londres había muchas brujas. Era todo muy exótico.

Normal que cayeras en la comedia, casi por sobrevivir.

Así fue. La suerte fue que este edificio quedaba al lado de otro donde se quedaba todo el personal. Era un lujo poder ir a Londres a la aventura y no vivir en un barrio del extrarradio, sino estar en todo el centro. A lo mejor yo empezaba a trabajar a las doce de la noche, pero antes de esa hora me daba tiempo a ir caminando hasta el centro, hasta el Soho. Había varios comedy clubs por esa zona, pero había uno en concreto al que me aficioné a ir, el Amused Moose. Todavía sigue funcionando. Ahora tienen otro local más guay, en aquella época era bastante sórdido, no porque fuesen gais [risas], pero no tenían local propio todavía, sino que en un local de ambiente gay ellos reservaban sus horas y lo montaban en plan comedy club.

¿Y te enterabas de algo al principio?

No me enteraba realmente. Por eso llegó la dueña, que vio que siempre estaba allí pero que nunca me reía, y me preguntó que qué pasaba conmigo. Y yo le dije que realmente no entendía los chistes; que me encantaba estar allí pero que no entendía lo que decían los cómicos. Y le di tanta ternura a la mujer que me empezó a hacer mitad de precio. Que tampoco era mucha entrada, pero fue un detalle.

Hay clubs allí muy guays. Imagínate: está el Comedy Store que es un sitio histórico, de actuar allí Robin Williams y tanta gente. Alguna vez me pasé. Hay que pagar una entrada bastante cara, pero me di el lujo. Antes era muy underground pero habían montado un ambiente superguapo de gente joven. De hecho, ese año que yo estuve la revista Time Out les dio el premio de mejor comedy club pequeño de la ciudad. John Oliver actuaba ahí todas las noches. Tenía un dúo con un tipo que se llamaba Andy Zaltzman, y John Oliver para mí no era el gracioso: el gracioso era el otro. Y ahora le veo a Oliver petándolo en Estados Unidos. Y más gente que ahora son cómicos de referencia en Reino Unido (nadie lo ha petado tanto como Oliver) y que en aquella época los veías ahí todas las noches. A fuerza de verlos no te diré que éramos amigos, pero sí colegas de saludarnos, invitarnos a una pinta, charlar un rato. Yo me fui ilusionando y cada vez que salía una conversación con ellos les decía «pues cuando vuelva a España lo voy a intentar».

¿Pensaste que podía funcionar ese formato (o ese modelo) en España?

Bueno, de hecho, ya estaba empezando. Estamos hablando entre 2001 y 2002. Fue la época del boom inicial d El Club de la Comedia y de Paramount Comedy, hay una diferencia de unos meses solo. Pero Paramount surgió de una manera más genuina, pienso, contando con cómicos jóvenes que querían hacer esto, y El Club de una manera más bastarda.

Bastarda lo digo en el sentido en que es ilegítimo. Porque este tipo de comedia de una manera muy alternativa. En Estados Unidos, en los años setenta, surgen unos cómicos muy contestatarios, gente como Eddie Murphy, Steve Martin, Robin Williams… nacen de la calle, y luego se convirtieron en estrellas de cine. Pero el nacimiento fue así. En Reino Unido igual, en los años ochenta, en la época muy dura de thatcherismo, los cómicos que salieron eran muy de izquierdas, muy contestatarios, muy antisistema; una alternativa a la comedia más estándar, más vodevil de cómicos que siempre ha habido, aquí también. «Cuentachistes».

En España surge justo al revés: nace como un producto prefabricado. Nace pervertido en el sentido en que era un producto artificial. Con toda la buena intención del mundo. Aquí, por ejemplo, Felipe Mellizo era colega de José Manuel Contreras. Felipe se fue al Paramount Comedy y Contreras al Club de la Comedia. Era gente que había vivido en Estados Unidos, que vivía esto con pasión. Fans de Seinfeld a los que de repente les apeteció montar algo así en España. Con toda la buena intención del mundo decidieron montar un producto que triunfara y entonces, quizás, como no había tantos cómicos con los que contar, decidieron contar con actores famosos a los que un grupo de guionistas les escribiera su rutina. Por eso es artificial, porque nace de una manera prefabricada: premeditadamente.

Pero luego lo reconducimos y acabó tomando el mismo camino que hubo en Reino Unido o en Estados Unidos. De repente pasan los años, mucha gente ya ha visto a muchos cómicos, y empiezan a gustarle cómicos que ven distintos, o más alternativos. Y de una manera como que la vida se abre camino, surge esa vía de comedia como alternativa a algo más estándar o más convencional.

¿Te parece que una comedia alternativa puede aguantar en medios de masas?

En todos sitios es igual. Los cómicos mejores ahora en el Reino Unido no son los más famosos, y tampoco en Estados Unidos. Eso pasa en cualquier lado, por eso es alternativa. Habrá mucha gente que la pueda apreciar, pero no son las superestrellas mediáticas que le gustan a todo el mundo, en plan familiar. A lo mejor hay un cómico que de repente sí. En el Reino Unido hay un caso, Steward Lee, un cómico alternativo que se ha convertido en estrella. Es un poco el más veterano, surgió en los noventa y venía del thatcherismo. Ahora mismo es como el gurú de la comedia alternativa. Claro, ¡es tan bueno! Ahora hace programas propios y mucha gente le sigue. No todos tienen esa suerte. Hay peña muy guay sin tanta fama, como una chica que se llama Josie Long y otro chico que se llama Daniel Kitson, los más geniales que hay. Ni son los más famosos ni pretenden serlo. Por eso el rollo alternativo tiene otra historia. No por hacerse el guay, sino porque cada uno tiene sus prioridades. Kitson, probablemente el mejor del país, es un tío que ni siquiera quiere que le hagan entrevistas, y en YouTube hay a lo mejor tres vídeos de él. ¿Sabes? Eso por otro lado le ha dado como una dimensión de culto muy grande.

En Estados Unidos hay un tío como Doug Stanhope, que el mismo Louis CK admite que es el mejor cómico del país. Incluso sale en un episodio de su serie, claramente un homenaje. Es tan marginal que hace unos años pedía dinero entre sus fans porque necesitaba una operación dental. También Louis CK empieza como cómico alternativo, aunque luego llega HBO y le dice: haz lo que quieras. Llega al mainstream y sí hay encaje, pero no es un cómico tan al límite como Stanhope.

Pero fíjate otro tema interesante: lo que Louis CK es actualmente, que puede ser lo que Seinfeld era en su época, y date cuenta del distinto perfil que tiene cada uno. Seinfeld es un tío que lo petó… Hay un libro superguay —para mí es el mejor libro que hay sobre stand-up comedy—, Comedia al límite. Igual que existe este libro de moteros salvajes de la generación de cineastas de los setenta, este libro podría ser el paralelo de los cómicos de los setenta y cómo la cosa evolucionó hasta encausarse en el mainstream. El libro termina precisamente con Seinfeld, en cómo recoge la tradición de toda esta gente y lo convierte en algo que a mucho público le podría gustar. No es que Seinfeld sea un traidor ni mucho menos. El tío hizo una serie de culto, con Larry David al lado. Pero la actitud que tiene, que es a lo que iba, es una actitud de estrella. De mira qué guay soy… Eran los noventa también, la gente lo flipaba más. Había mucho dinero y el público no tenía, a lo mejor, otra manera de pensar. Ahora compáralo con Louis CK. Es otra historia. El tío es el cómico de referencia en Estados Unidos y en el mundo actualmente, y en vez de ir de estrellita de repente te hace una serie como Horace and Pete.

Que se ha arruinado con ella, por cierto.

Sí, porque él no lo hacía tampoco para ganar dinero. ¡Es una cosa tan bonita! Alguien a quien de repente no le importe perder dinero por hacer una cosa así de bonita, experimental incluso, al mismo tiempo que clásica. Y un tío como Seinfeld tiene unas piecitas en internet que se titulan Comedians In Cars Getting Coffee que van en grandes coches, tomando café con estrellas, con Obama. Ahí ves un poco la evolución de los tiempos. Siempre hay comedia alternativa y siempre hay comedia convencional. Pero hay casos en los que alguien que sale un poco de lo alternativo tiene una dimensión popular realmente grande.

¿Qué tal la transición entre actuar en bares a salir en la SER? Porque entiendo que te tienes que adaptar: el público no es el mismo.

Mi sensación, de verdad, nunca es de que he tenido que adaptarme. Siempre he hecho lo que he podido. Realmente nunca estoy especialmente contento de lo que hago. De verdad, no te creas que estoy orgulloso de lo que he hecho. Intento hacerlo lo mejor que puedo, pero no estoy contento de lo que sale. Ojalá un día pasen los años y lo vea así. Te lo juro, no te lo digo por ir de guay. Ojalá algún día me salga bien y diga: «joder, estoy orgulloso, esto salió guay». De momento la sensación es que lo voy haciendo como puedo y manteniéndome a flote. Por eso te digo que nunca he sido tan guay de decir: «es que tengo tanto volumen aquí de talento que puedo dosificarlo según la situación o adaptarme al mundo». He ido pegándome golpe tras golpe.

Muchos días sales decepcionado pensando que esto podría haber salido mucho mejor. Y de repente notas que a la gente le ha gustado, y eso es un apoyo. Piensas: al menos hubo algo que a la gente le llamó la atención o le pudo gustar. Pero la sensación día tras día (no te hablo de un momento puntual) es que no me sale bien.

Me acuerdo de Richard Pryor, que decía que él no encontró su auténtica voz hasta quince años después de estar actuando. Yo lo nombro mucho, para mí es una especie de héroe. Es que no es tan fácil. Con el tiempo acabas siendo más tú mismo, siendo más natural, pero no es tan fácil que te salga, al principio, ni siquiera después de varios años. No sé si este año en concreto o el año anterior se cumplen quince del fenómeno stand-up comedy en España… Yo siempre hablo de stand-up, la palabra «monólogo» me resulta un poquito repelente.

¿Por qué?

Sí, porque «monólogo» ya te refiere mucho al mundo teatral. Y aunque estamos todos juntos, pienso que no es para nada lo mismo. El rollo teatral es muy distinto. De hecho, se notan las dificultades que tiene la gente del teatro cuando intenta hacer stand-up comedy. Se supone que el stand-up debe tener algo de espontaneidad, o crear la ilusión, que es muy distinto al mundo del teatro, donde está todo muy medido. Mucha gente del teatro que viene con su texto muy bien preparado se descoloca cuando alguien del público les dice cualquier cosa y claro…

¿Y ser cada vez más conocido no te quita espontaneidad? Empezaste chupando pezones para descolocar a la gente y llega un momento en que el público va a tu espectáculo queriendo que le chupes el pezón. O, como poco, sabiendo que puede pasar.

Realmente me ayuda. Siempre bromeo con la idea de que a mí me molaba que al principio fuese una puta locura. De repente proponerlo y crearse una tensión en la sala… Pero no es que yo haya renunciado a eso. De hecho, en la cadena SER, en el programa de La vida moderna, es una cosa habitual, y notas que las personas se quedan encantadísimas. Realmente eso mola mucho. Yo bromeo con que en realidad esa gente no me ayuda, que lo que quiero es crear una provocación y una tensión, pero es falso. Te lo juro. Tengo esa fama, pero lo que más remordimientos me causa y lo que menos me gusta es notar cuando alguien se siente incómodo. Eso lo odio, y no sabes las veces que al terminar el show, y durante el día siguiente y el siguiente, tengo remordimientos de pensar: «hostias, esta persona no se lo pasó bien por algo que yo pretendía hacer». Eso, te lo juro, a mí me quita la vida, lo paso muy mal. Bromeas con que eso es lo que quieres, ser provocativo y tal, pero realmente lo paso muy mal. Lo guay es que la gente te dé esa complicidad como para poder hacer esas cosas digamos, entre comillas, locas, de una manera natural.

Sí que has llegado al punto en que una madre y una hija pusieron una hoja de reclamaciones en uno de tus shows, ¿no?

Eso sucedió en el Beer Station, donde suelo actuar. Allí las primeras actuaciones eran más al límite, en el sentido de que yo era, por supuesto, peor cómico todavía y menos conocido también. La gente no venía con esa actitud, sino que era algo que les pillaba fuera de juego y había algunos que se sentían incómodos. A mí me disgustaba mucho cuando pasaba. Por eso te digo que con el tiempo mola que la gente venga con confianza. Ese caso puntual fueron dos chicas que se levantaron y pidieron la hoja de reclamaciones, y luego, cuando tuvieron que rellenarla…

¿Qué pusieron? ¿Que se habían sentido ofendidas?

Claro. Está el hecho chulo en que te levantas y pides la hoja de reclamaciones, pero luego tienes el momento en frío en que debes rellenar esa hoja y eso es muy gracioso. Estas chicas pusieron que la actuación estaba anunciada como comedia y ellas consideraban que lo que yo hago no se puede considerar comedia, y por tanto el local había incurrido en publicidad engañosa.

Casi una discusión ontológica.

La última vez que alguien me pasó una hoja de reclamaciones fue hace poco. Uno espera que esta época ya ha pasado, pero siempre aparece alguien. Esta vez fue muy curiosa, porque muchas veces el problema surge entre las parejas del público sobre las que bromeas. De repente, imagínate, veo que hay mucha confianza por parte de ella, se ríe, se descojona y sin problema. Así que me veo diciéndole un par de cosas más. Y la tía responde de manera estupenda. Pero claro, el papel del tío no es el mismo. Ahí se nota muchas veces la diferencia entre parejas. Hay tíos que de puta madre, disfrutan del momento, se abrazan a ella, lo ven como algo guay. Y hay tíos que quieren hacerse el machito y de repente actúan como que la tienen que proteger.

La última vez pasó algo muy gracioso. Le digo algo a la tía y el chico se levanta, mirándola a ella en plan «vámonos». Me dice: «No tienes derecho a hablarme de esta manera, nos vamos. Hasta este punto te hemos aguantado». Cuando tú te levantas, supones que tu pareja se tiene que levantar. La tía se quedó sentada y le dijo a su novio «no, no, yo me lo estoy pasando bien». Claro, él no se va a sentar otra vez. Pues claro, sale a la barra fuera, monta el pollo, pide la hoja de reclamaciones. La novia, viendo el panorama, se tuvo que levantar y salir también.

Y el caso de la mujer de los pezones, la única a la que se los he chupado en un escenario, fue una cosa muy especial.

¿Los pezones eran especiales?

Es verdad que tenía dos buenas tetas [risas], pero no por eso. Fue en el Hebe, en Vallecas, tuve la suerte de que me llamaron para actuar en el aniversario. Donde yo actuaba había una tarta gigante para repartir entre toda la gente. Ese día no solo iban los heavies habituales, sino era una cosa de barrio, de apoyar al garito.

Entre ellos había una señora que veías que no era habitual, pero era la persona más graciosa que me he encontrado nunca en mi show. Cualquier cosa que yo decía ella me respondía supergraciosa. Una crack. Estaba todo el mundo a tope con ella. Y aquella noche estaban sus hijas entre el público también. De repente, algún espabilado, desde el fondo, desde las sombras, la compromete, y dice «que suba ella y que Ignatius le ponga nata de la tarta en los pechos y que le coma las tetas…». No sé qué. Bueno, pues esta mujer no se corta dos pelos, sube al escenario, nos abrazamos, y yo le digo al oído: «Muchas gracias por ayudarme con el show y ser tan guay todo el tiempo». Todo esto, la gente aplaudiendo y ella y yo hablando como abrazados. Y ella me dice: «No te preocupes, ponme un poco de nata por encima del vestido y hacemos el paripé». Digo: «Ah, muchas gracias, qué guay».

Me doy la vuelta a coger nata de la tarta y según estoy de espaldas escucho la ovación más grande que he escuchado en mi puta vida. Me vuelvo a dar la vuelta y la mujer se había sacado las tetas… Y claro, dime tú, ahí, ¿qué haces? Claro, si ella da ese paso yo le tengo que comer las tetas. La madre mirando a las hijas como diciendo: «OLRAIT». Las hijas mirando a la madre como diciendo: «No, mamá, esto no es lo que hace la juventud». La madre con cara de: «Mira, para que veáis que yo también sé vacilar». Pues le estuve comiendo las tetas treinta segundos y fue el momento culminante. Si yo hubiera tenido dos dedos de frente ahí me hubiera retirado de los escenarios, porque lo que me ha quedado después de esa noche son bueno, pues jovencitos confusos, gigolós con piercings… Me tenía que haber retirado de la comedia [risas].

¿Habías pensado que algo así podría pasar? ¿Estaba dentro del horizonte?

Yo por lo menos nunca tengo un horizonte de a ver hasta dónde esto puede llegar. Simplemente se te ocurre esa locura. Qué sé yo. Lo de los pezones surgió en La escalera de Jacob, en Lavapiés, donde solía llegar bastante tocado ya. Actuaba ahí los domingos, después de haberme pegado la semana viajando, con unas cuantas noches encima. Llegaba hecho una mierda y en una de esas debió ocurrírseme «pues le chupo los pezones a uno». Nace como una locura y luego se termina convirtiendo en una especie de bandera de tu comedia. Muchas veces tuve que perseguir a gente para chuparle los pezones. Aquello era muy denunciable [risas].

De hecho, ahora lo que me flipa es que la gente a la que le chupo los pezones me pide cosas. «Oye, ¿me puedes poner esta música?» o escogen un lado, «mejor este, que el otro no…». Yo lo flipo, como si fuera un momento guay para ellos, de disfrutarlo. Ha llegado hasta tal punto en que me encuentro a gente que me dice «eh, tú me chupaste el pezón». Claro, yo no me acuerdo de ellos y quedo mal por no acordarme de gente con la que he tenido ese grado de intimidad.

Por salir de la complicidad, hablábamos antes de comenzar la entrevista de que en algunas de tus intervenciones en Late Motiv, con Buenafuente, se percibía un momento incómodo en que el público no estaba entendiendo absolutamente nada.

De las veces que he ido a recitar poesía a Buenafuente algunas ha salido mejor, otras no tanto. Pero es verdad que yo también lo he notado, que de repente no había conexión y la gente no me seguía. Y yo, bueno, terminé de hacerlo… El equipo que tienen ahí en el programa es muy guay y me siento apoyado. Pero es verdad que yo también he notado que a veces llega un momento en que la gente no te sigue. Sí, he hecho varias poesías. Alguna quizás quedó como que sí la gente se reía más. Claro, la risa es siempre el momento de enganche base. Y de repente notas que la gente ya no te sigue con la risa y ya no sabes si es que…

¿Y qué haces ahí? Cuando notas que no hay conexión

En el fondo es una cosa bastante arriesgada: hacer poesía hoy en día, en televisión, y soltarte tres minutos de poesía en un programa así es bastante arriesgado. Solo por eso Late Motiv y Andreu Buenafuente, haber apostado por eso…

Realmente no lo piensas demasiado. Tú, si has hecho eso, y si has escrito esa poesía, es porque de alguna manera tienes confianza, porque es eso lo que te gusta. Y en el fondo es eso a lo que te abrazas. Esto es lo que yo quería contar, no porque yo vea que no está funcionando exactamente bien me tiene por qué dejar de convencer, y esto es lo que yo quiero contar. Y hay mucha gente que a lo mejor no está en el plató esa noche y no está dando feedback, pero que cuando lo vean grabado en la tele a lo mejor les mola y lo aprecian. Te abrazas a eso. Por eso la televisión siempre tiene ese puntito de artificialidad.

Te hemos leído en ese blog que tienes abandonado que no solo eres muy lector de poesía sino que habías escrito mucha poesía antes de empezar con la comedia.

Bueno, eso fue un farol. Yo escribía en plan de sentirme superimportante, muy pedante y muy guay. Pero claro, si ahora alguien lo lee, lo natural es que piense que lo escribí con todo el corazón del mundo. Todas las entradas que puse en ese blog son cosas muy grandilocuentes.

Con muchas mayúsculas.

Ahí se ve lo puto loco que estoy. Y el texto ese ya está rebajado. El texto original son siempre tres signos de exclamación, todo con mayúscula, barras. Realmente era algo de esquizofrénico. El tono del blog era ese: como un extraterrestre que viene de otro planeta donde ya ha hecho stand-up comedy. Un poco lo que David Bowie (ahora estoy siendo pedante también) con el Ziggy Stardust. De repente viene un extraterrestre flipado y empieza como a molar mucho. Yo había inventado para ese blog el término «Stand Up Comicón». «Nuestro oficio tenía que ser el de standapcomicones». «El standapcomicón tiene que ser de esta manera o de la otra». Una guía moral. Algo bíblico, como un monolito.

O sea, que lo de hacer poesía no venía de ahí.

A mí siempre me ha gustado la poesía. Soy aficionado y sí que me hacía ilusión escribir textos de esta manera. Reconozco que es algo muy pedante. De repente me hizo ilusión, pero que de una puta locura como esa a que alguien me hiciera caso, como los de Late Motiv… Es verdad que fue a pie de lo de Donald Trump, de ahí surgió. Tuvo mucha repercusión por el personaje. Pero de verdad es una cosa que me mola. Me mola mucho la generación beat. Y bromear con que la gente me confunde con Allen Ginsberg.

Con él o con Mocito Feliz, ¿no?

[Risas] Sí, tengo esos dos referentes. También tengo una convicción: pienso que el stand-up comedy nace de un momento americano muy especial. Para mí es un género estadounidense, igual que el cine. Tiene sus precursores, igual que Mark Twain. Pero la generación beat para mí es la precursora de generaciones contestatarias que, de la manera que tuvieran de expresarse, ya sea con música, con poesía o haciendo comedia tenían esa referencia. Lenny Bruce históricamente es el pionero del stand-up comedy, porque aunque había más cómicos en su época, nadie tiene el carisma que él tenía. George Carlin lo tuvo, pero es posterior.

Si ves vídeos de ambos, te das cuenta de que Carlin incluso siendo más joven y posterior a Bruce tenía esa teatralidad, ese acting. Tenía su manera de actuar, de hacer una inflexión en esta palabra. Es más teatral. Bruce es un tío que de repente sale ahí desnudo. Hasta el punto de que sus actuaciones eran salir ahí y leer sentencias que los jueces le habían puesto. A lo mejor no era muy profesional, también te lo digo, porque ya llega a un punto en que no estás entreteniendo a la gente, sino que ya estás con tu paranoia personal de contar tu movida. Quizás en ese sentido no era el mejor profesional, ni el más gracioso, pero era el más carismático. Era un tío que se había criado en ese ambiente de jazz, si quieres llamarlo bohemio, alternativo, como sea; que viene de la literatura beat y de la música del bebop. Y gracias a esas influencias de gente como Charlie Parker o John Coltrane, coge las fuerzas para dejar la tradición del vodevil (su madre era una actriz de vodevil) y decir «pues ahora voy yo a dejar todo esto a parte y voy a salir a hablar ahí y lo que pase». Es un tío que da ese paso de gigante, alocado y fuera de sí. Y resulta el punto de partida para el stand-up comedy.

Quería volver al asunto de Trump. ¿Cómo de responsable te sientes del triunfo de Donald Trump?

Me siento responsable en el sentido de que lo he apoyado, pensaba que eso iba a ser irónico, que la gente iba a coger la ironía. Yo pensaba que si un tío como yo apoyaba a Donald Trump, eso le quitaría votos. Pero se ve que le tuve que apoyar más. Faltó que lo apoyara más para destruirle: no le apoyé lo suficiente. Ese fue el fallo.

Hay un momento en el que tú dices algo así como: Donald Trump es el tipo de personaje que hay que fagocitar desde la izquierda para hacernos más fuertes. Y ha resultado ser al contrario.

De alguna manera sí que pienso eso. Actualmente un tío tan nefasto como Donald Trump es presidente de los Estados Unidos. Un tío que él mismo decía: «Soy antisistema, me importa todo una mierda, voy a cambiarlo todo». Vale, es populista, es una mierda de tío, como político y como presidente. Pero luego da rabia que gente de la izquierda, que tiene ideas, que tiene su background, que viene de luchar, la que se supone que en España es la izquierda radical, tiene miedo de decir que son antisistema. Temen perder votos con la palabra, que eso les condicione. Ese miedo es lo que me da vergüenza de la izquierda. ¿Por qué tiene que resultar incómodo decir que eres antisistema? Un tío tan nefasto como Donald Trump lo ha dicho. Realmente la izquierda sí que tiene motivos para decir «somos antisistema». ¿Y nadie de izquierdas se atreve a decir «somos antisistema» porque eso les puede quitar un puñado de votos?

Por supuesto que todos somos antisistema. Por supuesto que todos queremos que esta mierda cambie y sabemos que esto no es manera de funcionar una civilización o un mundo. Y, pues mira, luchar contra eso es ser antisistema.

Cuando alguien como Esperanza Aguirre dice: «Esta gente representa una amenaza para el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos». ¡Pues claro que somos una amenaza para el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos! Es que eso es lo que queremos. Precisamente eso es lo que nos une. Ese orgullo de decir: sí, por supuesto que queremos terminar con este sistema. La izquierda en el fondo es una ilusión, y eso es lo que vale. Otra cosa es que luego se puedan cambiar las cosas. Pero por lo menos tener la dignidad de proclamar: esta es mi ilusión, esta es mi manera de pensar, soy antisistema, ojalá algún día esto cambie. Pero no estar especulando con tu ideología, con hasta qué punto digo mi pensamiento…

Parece que la gente de derechas tiene más facilidad para salirse del tiesto. La radicalidad le sienta mejor a la derecha que a la izquierda.

La radicalidad para la derecha es sexy. «Soy de derechas, soy así, pero mira qué guay soy. Puedo soltarte aquí mi burrada». En cambio, como la izquierda ya es eso, precisamente lo que se supone ser de izquierdas, ya no queda como una sorpresa. Eso es lo que yo echaba de menos: que alguien de izquierdas tuviera la actitud de Donald Trump: soy de izquierdas, estos son mis valores, pero mira qué puto chulo soy. A lo mejor eso para la izquierda sí que sería alguien sexy.

Donald Trump ha estado de gira por todos los programas cómicos de Estados Unidos. ¿No crees que hacer comedia con él lo ha terminado convirtiendo en un personaje amable?

Totalmente. De hecho creo que existe esa confusión con la comedia. Por supuesto que hay obras satíricas, en plan: voy a criticar esto o voy a hacer mofa y a ponerte en ridículo con mi comedia. Pero pienso que esa no es la fuerza de la comedia.

La comedia es lo más similar que hay al amor. Es una fuerza conciliadora, porque cuando estás haciendo comedia estás uniendo posturas. Tú, a lo mejor, eres el más puto facha que a mí se me pueda ocurrir, en plan Donald Trump, pero si hago comedia contigo en el fondo estoy acercando posturas. Casos como el del Saturday Night Live con Alec Baldwin y tal. Eso convertía a Donald Trump en un personaje gracioso —no sé si decir adorable—, de ficción. Mucha gente pensó, después de ver ese sketch, «mira qué gracioso es». Al ser representado en un sketch te hace la ilusión de que es de ficción. Que es de mentira. Y, ¿a quién no le gustaría que su presidente fuera Homer Simpson?

Si no quieres que un tío llegue a ser presidente de tu país, la comedia no sirve para eso. Si yo te conozco en un show y empiezo a meterme contigo, y lo hago mal, lo voy a notar. Seré el primer arrepentido en decir: «hostias, he metido la pata, le dicho una cosa a esta mujer y la he hecho sentir incómoda». Y tú te ibas a sentir mal también. Pero imagínate que de repente yo te estoy diciendo lo mismo pero de una manera cómica que es asumible. Ahí estás haciendo buena comedia y surge la risa. «¿Hostias, me estás diciendo esta burrada y me estás haciendo reír? ¿Se las ha ingeniado de tal manera que sea graciosa? Y realmente me está insultando». A veces existe ese equilibrio. Puedes meter la pata, pero a veces tienes suerte y dices las cosas con cierto equilibrio.

Bueno, pues a esa persona tú le estás diciendo la mayor mierda en su cara, pero no se va a sentir opuesta a ti. Va a sentir que tiene algo en común contigo y que de repente comparte: y es la risa. Y es que la risa, en el fondo, es conciliadora.

O sea, que no nos deberíamos haber reído de Donald Trump.

Pues de verdad no. Tendríamos que haber tenido mejores políticos capaces de decir mejores cosas y gente más valiente que en vez de apostar por Hillary Clinton hubiese apostado por Bernie Sanders o lo que sea. George Bush fue notorio en su época porque toda la comedia que se hizo con él también lo ayudó.

Esto no lo digo como algo peyorativo de la comedia, sino para mostrar su grandeza: está por encima de cualquier utilitarismo que tú le quieras dar. Y si lo piensas, es mucho más grandioso saber que su fuerza es conciliadora que disgregadora.

Te hemos leído en alguna parte que emplear la vida privada como material para hacer comedia sirve porque crea una empatía con el auditorio. ¿Hasta qué punto son real las cosas que cuentas? Tanto si exageras para darle empaque o si marcas las distancias para protegerte.

Todo el mundo tiene una historia. En el fondo se basa en eso: en una reivindicación de la dignidad de cada persona. De repente un puto desconocido se sube al escenario y cuenta su historia. En realidad nadie tiene una vida plana. Todo el mundo tiene sus cosas que contar: «voy a explicarte esto porque yo lo he sentido de corazón». Y pienso que ese es el punto inicial de la comedia verdadera. Ahora, por ejemplo, tú has dicho la palabra «servir». Como te acabo de decir, la comedia no tiene ese grado de utilitaridad. Detrás de eso realmente hay un corazón —me siento avergonzado de decir esto porque no tengo tanto talento, ni lo consigo—. Pero hay cómicos que consiguen estar hablándote con naturalidad y te están hablando de su vida. Y pienso que si cualquier persona dice las cosas de esa manera, la risa se abre paso. Cuando tú no tiene coartada, cuando te muestras vulnerable, acabas haciendo risa.

¿No depende más de cómo lo cuentes que del material en sí mismo? Porque por ejemplo, en uno de los episodios de tu serie El fin del comedia hay un personaje (un camarero) que cuenta una historia que vende como graciosísima, y en realidad es una mierda. Pero quizás otra persona, tú u otro cómico, con ese mismo material puede sacar algo superhilarante.

Todo depende. Porque son muchas capas la que tiene una persona. Louis CK lo decía a propósito de George Carlin, que es una especie de maestro para él. Decía que puedes salir ahí y contar lo que te sucedió la última vez que volaste en un avión, y eso es una capa. Pero luego puedes decir cómo te sientes con tu perro o tu gato, y eso es otra capa. Después, puedes hablar de los sentimientos reales que tienes con tus padres, otra más. Hay muchas capas en una persona. Y es un fenómeno que surge sin premeditarlo: si alguien delante de un grupo de personas se muestra vulnerable y cuenta su verdad, hay una tensión ahí que de alguna manera tiene que sublimarse por la risa. Ese es el rollo de todo. Que una persona esté en el centro de esas cien personas, mirándole, y se muestra de corazón… Crea una tensión, y te sientes tan acorralado y tan indefenso, ante cien personas muy protegidas. Si trabajas con esa tensión de una manera genuina, la risa surge como una manera de sublimar el miedo. La manera de solucionar esa movida es decir: «mira, nos vamos a reír».

En la serie, como también hace Louie, expones ciertas partes de tu vida de una manera evidente y muy franca. ¿Hay miedo al hacer eso? ¿A sobreexponerte?

Claro, tienes muchas dudas, porque es verdad que comprometes a más personas. Hasta tal punto que yo en la serie decidí decir que tengo una hija, pero en realidad tengo un hijo. Quise crear un poco de distancia no por hacerlo más falso, sino por salvaguardar cierta intimidad, para no comprometer a nadie. Es una precaución. Pero al margen de eso, la ilusión era crear una serie en la que las cosas que se contaran tuvieran un anclaje en la realidad, contándolas de manera muy natural. La labor de guion de Raúl Navarro, de Esteban y mía era quitar los chistes. A nosotros se nos ocurrían las historias y automáticamente se nos ocurrían también cosas chistosas, como si fuera un árbol. Así que quitábamos todos los chistes, y lo que quedaba era eso. Es la labor más trabajosa, porque estás viendo el chiste y diciendo «joder, es que tiene gracia», pero había que quitarlo. Para que quedara todo con esa naturalidad, sin pretender ser chistoso, simplemente contando algo que le sucede a una persona fuera del escenario. No queríamos convertirlo en un show. Porque la gente, por la misma situación, ya le ve la gracia, no hace falta que tú remates. El propio espectador mete los chistes en su propia cabeza, no hace falta que tú se lo cuentes.

Qué putada, por cierto, darle a Cansado un personaje tan rancio.

Sí, sí [risas]. Es que a Cansado, que es la persona más maravillosa del mundo, le costaba mucho ponerse en ese plan tan borde. Pero entendíamos que eso podía ser una broma en sí misma, que él fuera la clase de vecino borde que te da la lata. Pero en las escenas que hacíamos a veces me miraba de una manera que me acojonaba [risas]. Para él era muy incómodo, aun así. En las series estadounidenses o británicas es más normal que alguien se interprete a sí mismo en clave casi de hijo de puta, o dejándole mal. Aquí no es así, aunque a fuerza de la ampliación de la cultura ya empieza a ser más asumible, pero hasta ahora no lo era. En la segunda temporada también hay cameos muy guapos. En la primera temporada, que alguien como Willy Toledo se prestara, con toda su actitud de izquierdas, a interpretarse de esa manera… No es fácil que accedan.

¿Cómo de extraño te resulta interpretarte a ti mismo?

Pues sí es extraño, la verdad. Más raro de lo que podría explicar. Siempre que hacemos los rodajes, es verdad que es muy cansado, pero… ¡yo me acabo sintiendo guay! En el sentido de «joder, ya me conozco un poquito más». Es una terapia, casi, porque estás analizándote todo el rato, y acabas comportándote de una manera muy natural. Reconozco que la serie tiene un tono muy distinto del que tengo arriba de un escenario. Por eso digo que soy muy mal cómico. En el escenario nunca he conseguido tener un tono normal, como soy yo; me he dejado llevar por el nerviosismo, por la ansiedad, comportándome de esa manera no porque lo tuviera premeditado. Por los nervios y la ansiedad me siento indefenso y «ARRGGASD» [interjección: el grito sordo, N. de R.] y palante, para salvar la situación, tirando como pollo sin cabeza. Pero en un entorno más controlado como un rodaje, consigues encauzarlo de manera más natural.

De hecho, el propio «grito sordo» surge de esa misma ansiedad, ¿no? ¿La ansiedad es lo que ha condicionado tus actuaciones, más que la voluntad de hacer reír?

Sí, exactamente, y cada vez me doy más cuenta. Al principio siempre tienes la justificación «no, es que es mi estilo» [risas]. «Es que yo me he inventado esta manera de hacer stand-up comedy». Pero luego te das cuenta de que no, de que realmente son faltas que tienes, que no eres nada guay, y que la única manera que tienes de salir adelante es esa.

¿Y hay un momento en el que te sientes cómodo y las integras, o simplemente no te puedes librar de ellas?

Ya te digo, te acabas conociendo a ti mismo y eso es lo que te ayuda a calmarte. Al principio te sientes más desorientado, pasan los años, y cada vez estás más desorientado a la hora de hacerlo. Hay un momento que ya lo asumes «sé que esto va a pasar. Por lo visto encima de un escenario a mí me da esta mierda». Así que, como sabes que ha sucedido tantas veces, ya lo ves como algo natural. Si te fijas, todo son carencias. Todo lo que acaba siendo un abanderado de lo que se supone que es Ignatius Farray son carencias. Una suma de carencias que ha dibujado un personaje: el grito sordo, chupar pezones… Son cosas que te faltan.

La pasta que has ahorrado en terapia…

Sí, sí, sí. Yo no me quiero imaginar a lo que habría llegado si no llego a tener la comedia. Cuando digo esa frase de «la comedia salvó mi vida» lo digo con mucha convicción. Lo juro. Fíjate que yo soy un tío muy cobarde, y mi primera actitud es «ni de puta coña. Ni de puta coña yo me subo ahí arriba para que me mire todo el mundo». Pero no sé por qué tu vida llega a cierto extremo, y hostia, ahora si no lo hago ya va a ser peor, voy a ser más mierda de tío todavía. Te comprometes a ti mismo, te haces la pinza, y dices «ahora tengo que hacerlo porque sino me voy a sentir más mierda». Y en esa encrucijada, me sale ir para adelante, y lo que sea. Ahora mismo soy incapaz de imaginarme sin que la comedia me hubiera pasado, como oportunidad.

Estudiaste Ciencias de la Información, así que quizás tendríamos a un periodista dando gritos sordos por los platós…

[Risas] Sí, estudie Ciencias de la Información e Imagen y Sonido. Es que joder, podría haber pasado una mierda muy grande, imaginad. Esto me ha servido de terapia totalmente. Si no hubiera sido cómico, no sé por qué siempre me imagino de jardinero, como un jardinero muy loco. El típico que tienes en tu comunidad, pero jodiéndola todo el rato. Un jardinero antisistema.

Wittgenstein, cuando se quedó tarumba, se quiso hacer monje. Se fue a una comunidad de benedictinos, pero viendo que estaba muy para allá, le dijeron: «Mira, los hábitos no te los vamos a dar, pero puedes cuidar las rosas». Y después del trauma de la Primera Guerra Mundial, ahí se pasó unos años, cortando rosales.

Pues qué historia más bonita. Yo ya te digo, cuando me imagino la historia alternativa de mi vida, digo: jardinero. Ahora diré «jardinero como Wittgenstein». La vida es así, vas encontrando cosas en las que te ves reflejado, y las incorporas como una justificación. Lo de chupar pezones, por ejemplo. Hace poco me enteré de que en la antigua Irlanda era un rito celta de coronación. Si lo buscas en Google: «chupar pezones cultura celta» o algo así, lo verás. Se ha descubierto que en las colonias celtas, cuando alguien iba a ser rey, el rito de coronación consistía en que sus inmediatos súbditos le chupaban el pezón. Hasta el punto de que se han encontrado restos de gente con los pezones amputados, y eso, según los antropólogos, significa que eran gente que la habían liado mucho y…

No me lo creo.

¡Que sí, búscalo! Los que los tenían amputados era por la que habían liado, para que la sociedad descartara que pudieran llegar a ser rey. «Los pezones no te lo vamos a chupar», querrían decir. Así que ahí yo me amparo para decir, cuando chupo pezones, que en realidad el soberano es el público. De alguna manera todo acaba encajando.

Esto es una tendencia que viene de la música jazz e incluso de la literatura beatnik. Ellos son los primeros que incorporan el error, diciendo que equivocarse no tiene nada de malo. Si das una nota mala, lo único que va a hacer es que te apoyes en la siguiente, pero vas a seguir construyendo igualmente. Son gente que en su arte incorporan el error. Así que cuando cuentas historias siempre encuentras una cosa o la otra para que te justifique: «No estaba yo tan equivocado con chupar pezones». O lo que sea. Y al hablar, un cómico del stand-up, utiliza esa técnica de hablar y hablar, porque te vas a equivocar. Pero cuando lo haces, siempre encuentras otra manera de decir lo que querías decir. Y al final construyes un discurso igualmente, que no tienes por qué soltar del tirón, perfecto. Es una manera igualmente válida de construir. Por eso desde el mundo teatral del monólogo cómico, donde todo lo tienen más cuadrado, es más difícil incorporarse a la técnica del error y la improvisación.

Y hablando de ese mundo del monólogo teatral, tipo Club de la comedia, más guionizado. Podría pensarse que es una fórmula agotada, la de seguir con el rollo «el otro día iba en el autobús y mi novia me dijo…», un formato inalterable, más monótono. Pero la realidad es que eso sigue funcionando.

Sí, pero si te das cuenta, la gente que estaba más a tope con ello, consideran la etapa dorada de El Club de la comedia, la del principio. Cuando era una cosa que sorprendía y quedaba fresca. Es verdad que sigue siendo un producto que se puede vender, pero su frescura, si somos sinceros, la ha perdido. Mucha gente que vio comedia ahí la ha empezado a buscar ya en otros sitios.

Como ya has dicho, defiendes la existencia de esa «comedia estándar» para que podáis existir vosotros. Es decir, ¿tiene que existir Pablo Motos para que podáis existir vosotros? ¿Es REALMENTE necesario ?

Claro.

Pues joder.

Ya, ya, es un sacrificio muy fuerte [risas]. No es que tenga que existir una cosa para que la otra suceda, pero inevitablemente acaba siendo así. De los quince años que llevamos en España con la stand-up comedy, realmente estamos cubriendo los pasos naturales que se han dado en Estados Unidos y en otros sitios. Por ejemplo, una estrella de cine como Dani Rovira es alguien que surgió haciendo stand-up con nosotros. Eso es una prueba objetiva de que está funcionando, porque está cubriendo todos esos aspectos, de una manera natural. Y no solo Rovira, que es el caso más llamativo. Muchos de nosotros estamos haciendo programas de radio en la Cadena SER, o Joaquín Reyes o Ernesto Sevilla, que empezaron en La Hora Chanante, ahora están en prime time y lo petan. Vamos cubriendo todo lo que la industria del espectáculo necesita. Gente que empezó de una manera muy alocada, actuando en bares, está cubriendo todo lo que la industria necesita. Aunque siempre hay cosas como La que se avecina, también [risas].

Dijiste una vez que ibas a hacerte una camiseta que rezara «Ya no hay Moranco bueno», porque ya son solo un espejismo, y somos incapaces de dilucidar qué bueno había en ello…

[Risas] Sí, sí. Es que ya no lo hay.

Pero tú no atacas frontalmente a ese tipo de comedia, no crees que exista una lucha.

Al contrario, si es que somos compañeros. Cuando digo que una cosa es alternativa a la otra, no lo digo de un modo hostil. Somos compañeros porque en el fondo entre nosotros tenemos más cosas que ver que con un grupo como León Benavente, por muy indie y alternativa que sea su música. Lo que hacemos es lo que hacemos. Me siento más próximo a Arévalo que al cantante de León Benavente o Lori Meyers [risas]. Por otro lado, también te digo otra cosa: la conexión entre la música indie y la comedia en España es mucho mayor de lo que se piensa. Gente como Ernesto y Joaquín son muy fans de estos grupos, y muchas bandas acaban teniendo de referencia a cómicos como ellos. Cuando nos encontramos tenemos sintonía personal a tope. Yo en el SOS una vez me puse muy borracho y le terminé tirando minis al cantante de León Benavente. En plan Arévalo. Luego me sentí muy avergonzado.

¿Fuiste a confesarle que eras tú el que tiraba minis al escenario?

Qué va, él ya lo sabía. Se daba cuenta de quién le estaba tirando los putos minis y estaba aguantando como un campeón. Años después, a través de una amiga nos saludamos, porque nos encontramos por el barrio, y de una manera natural nos sentimos conectados. Pero eso es a nivel personal. Pero por oficio, por supuesto que yo tengo más cosas que ver con Arévalo.

Ya que hablas del indie. Una vez dijiste «mis cojones se llaman Belle & Sebastian» y luego pediste perdón. ¿Por qué?

¿Pedí perdón?

Sí, remarcando «eh, que era bromi».

Pues era un titular cojonudo, no me acordaba: «Mis cojones se llaman Belle & Sebastian», una pena que me retractara. Os lo dejo poner de titular. Otra cosa que quería decir al respecto de la música indie y la comedia. En Estados Unidos y Reino Unido el stand-up surge de una manera contestataria, y después surge el mainstream. Pero justo un poco después surge también una conexión muy grande con el indie. En Estados Unidos sucede en los noventa, cuando muchos cómicos como David Cross empiezan a actuar en salas indie, rockeras… Y este fenómeno se empezó a dar porque había una conexión natural. A muchos seguidores de esas bandas estos eran los cómicos que les molaban, y a los productores les pareció una buena idea combinarlo. En el mundo inglés sucedió igual, incluso con Belle & Sebastian, que el mismo Daniel Kitson se declara superfan. Y claramente comparten el mismo público.

Y en España pasa parecido. A mí me ocurrió gracias a la que era mi pareja, Irene Serrano, de las Despechadas Pinchadiscos, que suelen actuar mucho en ese ambiente. Empezó a ser mi representante y mánager, y pensamos que podríamos abrir un circuito que no existía todavía. Inspirados por el tema del indie y de la comedia, Irene me proponía para actuar no en sitios del circuito de la comedia, sino en salas. El Planta Baja en Granada, el Jimmy Jazz en Vitoria… Sitios que nunca habían programado a cómicos. De repente tenía la suerte de que me conocían por La Hora Chanante, y acabaron siendo los lugares en los que me he encontrado más guay actuando para esa gente. Empezamos a abrir ese circuito que ya existe de una manera natural, porque el público es el mismo. Los que van a esas salas no van a ver a un cómico más estándar de El Club de la comedia, pero a otros como yo, sí. Miguel Noguera en ese sentido es un fenómeno, porque abre un camino completamente al margen de lo que había. Y el público que le va a ver es ese público, el «moderneo».

Pero tú te rebelas mucho con que te encasillen ahí, ¿no? Dices eso de «no, si yo no soy moderno, yo ya llevaba barbas y camisas de flores antes».

[Risas] Sí, sí, digo que «el primer hipster del mundo fue un chavalito miope y gordo de Canarias». Hay muchas cosas paradójicas ahí. Porque mucha gente sigue esa moda por postureo, y a ciertas personas eso les molesta un poco. Es la lucha del quién llegó primero. Es normal que nos rebelemos un poco cuando sientes que te están copiando…

Nadie quiere ser parte del rebaño.

Sí, eso. Pero ese público en concreto creo que era gente que en su momento les podía gustar El Club de la comedia y con el tiempo se fueron desencantando y llegaron ahí. Mucha gente que se desconectó acabaron encontrando a otros cómicos.

En La vida moderna estáis integrando a gente como Andrea Levy o el propio Arévalo. ¿Qué tal llevas esto de integrar a gente que parece tan lejos de tus intereses?

Pues ha salido como algo supernatural, no ha sido buscado. Entre Quequé y David Broncano y yo hay una gran complicidad, y somos de izquierdas, claramente. Pero pienso que tampoco hay por qué hacer de eso algo más, ¡bastantes cosas políticas soltamos en el programa! Pero de repente surge gente como Andrea Levy , que nos decía por Twitter que a ver cuándo la llevábamos al programa. Y nosotros unas semanas antes habíamos hecho la broma de «¡que venga un facha!» y joder, pues de puta madre [risas]. Fue ella la que nos tiró los trastos. Lo mismo pasó con Arévalo, que fue él quien nos lo pidió.

¿Y Bertín Osborne? ¿Cuándo? ¿O eso es la última frontera?

Hostias, Bertín. Sería muy grande. Tenemos una sorpresa que estamos preparando con alguien de izquierdas que va a entrar haciendo una cosa que… No os la puedo contar. Pero si sale, ya te aseguro que va a ser un puto bombazo.

¿Pedro Sánchez?

No lo puedo decir.

Bueno, Pedro Sánchez no, que has dicho de izquierdas y saldría «haciendo cosas».

[Risas] No me insistáis. Solo os digo que es una locura que se nos ocurrió en un coche, y como surja, va a ser la bomba. Pero os vais a acordar. No va a pasar desapercibido.

No sería la primera cosa que hacéis en plan destroyer. Como lo de hacer el programa de la radio desde el Valle de los Caídos….

El encanto del programa es que en ningún momento ninguno de los tres hemos tenido un objetivo. Nunca hemos dicho «vamos a hacer esto», han sido todo coñas que surgen de la manera más arrastrada, y decimos «pues no hay cojones». Eso surgió un día tomando una cerveza y que dijimos «no hay huevos de ir al Valle de los Caídos y hacer el programa desde ahí». Acaba enredándose todo y acaba saliendo, pero premeditadamente no queremos tener ningún tipo de tono concreto. Es como una bola de nieve que va rodando. Surge como una parida y de repente te lías, y lo haces.

De hecho hacéis mucho humor con eso de «espero que nadie de la SER esté escuchando esto».

Sí, de alguna manera hemos conseguido el equilibrio perfecto entre el underground chungo, que todo el mundo sabe que ahí hay alguien haciendo eso, pero no es muy notorio. Si diéramos más la nota nos cortan el cuello. Pero lo hacemos todo en una epidermis muy concreta. Y nosotros lo flipamos. Solemos decir «menuda burrada hemos dicho hoy en el programa».

Si fuéramos un programa más objetivamente político no podríamos soltar ciertas cosas. Pero con la tontería puedes hacerlo. Somos tres tontos, ahí soltando historias, cuelas un comentario político de lo más alocado u ofensivo, y lo cuelas. Porque son tres tontos contando sus historias. Imagínate alguien en un programa político soltando esas cosas, pasaría a estar en el foco.

Hay una coña que haces en el programa, que ya hacías antes en el stand-up, la de «Hitler y Pau Donés, lo que no se le ocurre a uno, se le ocurre al otro». ¿No cambia nada el hecho de que, diciéndola en una radio como la SER, es probable que el propio Pau Donés lo escuche?

Pues posiblemente lo escuchó, sí. Lo conté en la radio, así que si no se había enterado de que era yo… Aunque yo con Pau Donés no he tenido ningún problema. Lo que me pasa es que soy muy alocado y no soy nada sensato. Lo suelto y después no disfruto nada de ello, te juro que lo que pienso a continuación es «mierda, por qué tuve que decir esto, no quiero que esta persona se sienta ofendida…» pero en ese momento se te ocurre la gracia, te vienes arriba… Y no lo hago con ningún tipo de ambición. Pero en caliente, surge, y palante. No es un «voy a por ti». Es verdad que ahora hay más probabilidades de que se enteren, pero yo qué sé.

Melendi, por ejemplo, va contando por ahí que yo le costé un divorcio. Cuando empecé a actuar, hace muchos años, actuaba también en el Rincón del Arte Nuevo, en la calle Segovia. Un sitio mítico que se ha conservado desde los ochenta, donde también actuaban Faemino y Cansado, Pedro Reyes y toda esta gente. Pues actuaba los viernes a las cinco de la mañana, el horario más after en el que he actuado en mi vida. Una locura. De repente un día entró Melendi, y yo estaba en el escenario a esas horas superborracho, y cuando lo veo entrando con una chica empiezo a bromear: «Joder, una estrella como tú aquí, con el pibón que se encuentra, no se qué. Seguro que te la has ligado esta misma noche…». Pues se ve que era su pareja, y eso fue la gota que colmó el vaso, porque ya tendría más discusiones o lo que sea. Y me he enterado a posteriori de que Melendi se acabó separando de esta mujer y que él va contando la historia de que fue mi culpa. Como que todo fue por aquella noche donde ella le dijo «hasta aquí».

Tienes una oportunidad de oro para, solemnemente, aclarar las cosas.

«Nunca fue mi intención provocar el divorcio de Melendi» [risas]. Aunque la que más ha trascendido en este sentido fue la de Juan Echanove, sobre todo porque se le dio muchas vueltas. Si yo hubiera dicho eso y ahí quedara, pues mira. Pero claro, al responder él, se fueron juntando muchas cosas que lo hicieron la bola más grande.

¿Cuánto ha durado esta polémica? Porque da la sensación de que se alargó muchísimo…

Mucho. Pero os voy a contar algo nuevo, que quizás no sepáis. Por esa época estuve programado en un teatro, en el Bellas Artes de Madrid. Tenía cuatro fechas y solo me dieron dos, me llamaron y me dijeron que suspendíamos. Y dije que perfecto. Pero de rebote me enteré de que Echanove es socio del teatro, y habían pedido que me echaran. Por mí perfecto, no soy un tío rencoroso ni nada. Qué gracia, qué guay. Son cosas que me resbalan. Como me hacía gracia la historia, la empecé a contar en los shows, y de repente una pareja en el Beer Station levanta la mano para hablar. Cuentan que ellos habían comprado la entrada para esos shows que finalmente se suspendieron, y les pregunto: «¿Qué os dijeron cuando llegasteis a la taquilla del Bellas Artes?». Y me responde «nos dijeron que Juan Echanove te había echado» [risas]. El propio taquillero que estaba en la ventanilla se lo contaba la peña, en lugar de inventarse una historia tipo «por motivos personales».

¿Pero no te llama la atención que un señor que pertenece a un circuito asentado se violente tanto por una cosa así? Porque tú mismo has dicho que como aquello era tan abiertamente exagerado, tenías la esperanza de que nadie se lo tomase en serio.

Claro. Por supuesto reconozco que llamar a una persona «hija de puta» sin conocerla es muy injusto. Pero pensaba que la gracia, precisamente, era esa. Era tan obvio… ¡En los tuits anteriores acababa de llamar hijo de puta a Leonard Cohen! Pensé que se iba a entender, pero no. Para mí la gracia es que había una ironía muy injusta, obviamente, y que era una sobrada fuera de lugar. Si alguien que tú conoces te insulta públicamente, se entiende que tiene que tener sus razones. Pero si alguien que no te conoce te insulta así… Y yo no tuve problema en pedir perdón. A mí me molesta mucho que una persona se sienta incómoda, y si pidiéndole perdón puedo arreglarlo un poquito, pues perfecto. No tengo ninguna intención de ser provocador, y transgresor sí, pero en otros sentidos. En el sentido de provocar y pasarme de la raya, no. Si una persona se siente incómoda y triste por algo que yo he dicho, te lo juro que no me siento bien para nada. Pero yo ahí ni pensaba que leería el tuit. Pasaron meses, y alguien después de una actuación me dijo que Echanove me había respondido. Y ni me había enterado.

En realidad lo más gracioso del asunto fue que Echanove habló de ti diciendo que eras «un cobarde que se escondía detrás de un avatar». Y en realidad no era un avatar… era una foto tuya.

[Risas] Sí, sí. Yo no digo que los cómicos no puedan meter la pata, por supuesto que sí. Por eso pienso que la comedia tiene límites, claro que sí. Por eso la comedia es un arte, porque tienes que caminar en ese equilibrio. Un cómico se puede pasar de la raya y meter la pata, pero pienso que en esto en concreto no era el caso. Todavía pienso que decir a alguien que no conozco «hijo de puta» no es ofensivo, y esto fue hace años. A lo mejor en la Cadena SER no lo habría dicho ni de coña. Yo era un tío que estaba intentando hacer comedia, medio borracho en su casa y escribí  en Twitter: «Juan Echanove, hijo de puta». Pues vale.

Cada vez que hay un pequeño follón como esto, surge el mismo (y cansino) debate sobre los límites del humor. ¿Esto lleva a alguna parte? Porque parecemos atorados.

Sí, sí, es agotador. Se convierte en un cliché. Pero personalmente creo que hay límites, insisto. Un cómico puede meter la pata y ser muy desagradable y muy injusto con alguien, yo mismo lo he hecho muchas veces. No sabes la cantidad de gente inocente que un cómico ha tenido que ofender injustamente para aprender a medir eso.

¿Eso te ha ocurrido? ¿Te has disculpado alguna vez con alguien del público?

Ahora mismo no recuerdo ningún caso. Pero vamos, si no me he disculpado en persona durante la actuación, sí que ha habido muchas veces que después del show la he buscado para pedirle perdón. Y cuando ya no está en la sala me he sentido muy mal. La comedia tiene que ser conciliadora. Lo que decía George Carlin es que un cómico tiene el privilegio, pero también el deber de pasarse de la raya. El equilibrio está en caminar por este límite.

Sobre el tema de la comedia y las mujeres. O las mujeres en las comedia. Cuando te han preguntado sobre el tema de por qué hay tan pocas en escena, no te has sumado a la opinión biempensante y condescendiente. Tienes una explicación que va un paso más allá, y dices que a la mujer se la trata peor en este círculo.

Sí, lamentablemente la mujer en la comedia lo tiene mucho más difícil, igual que en otros muchos campos profesionales. Eso funciona así, y es lamentable. Es verdad que hay cómicas geniales, y ahora mismo en España ha destacado mucho Patricia Sornosa por su tono feminista y también hay otras chicas como Valeria Ros, que son una pasada también. En el Picnic nos solemos juntar y no sabes cómo lo petan. Uno echa de menos que no haya más mujeres en la comedia.

Pero es verdad que a la hora de hacer un programa cómico, tienes la sensación de que si hay una mujer entre el grupo está ahí no con un papel protagonista que merecería, sino para «cubrir el cupo». Como decir «mira qué guays somos que integramos mujeres». Notar eso siendo mujer tiene que ser horrible y muy jodido.

Por otro lado también pienso una cosa, y no sé cómo va a quedar. En mi experiencia, las personas más graciosas que conozco son mujeres. A nivel personal e íntimo. Pero pienso que para muchas que son tan graciosas no es un reto tener que hacer eso en público. Hay muchas mujeres que tienen esa seguridad, y a lo mejor un tío no. A lo mejor alguien como yo es todo lo contrario, que a la gente con la que hablo íntimamente no puedo hacerles sentir que soy gracioso, y por eso me subo a un escenario para que todo el mundo vea que soy capaz de hacer reír. Te lo tomas como un reto. Porque en el fondo, hacer reír es un poder y eso da un estatus. Y quizás hay muchas chicas que ni se lo plantean. Entiendo que mi pensamiento es sexista, pero no machista. Pienso que una mujer, por su manera de ser, tiene más sentido de la intimidad que un hombre. Una mujer valora más los momentos íntimos que un hombre, para ella es más guay ser graciosa a un nivel íntimo y para un hombre lo es ser gracioso en público. Es una sensación que tengo.

Esta es mi explicación un poco a bote pronto, pero sinceramente echo de menos más mujeres en la comedia. A mí me molesta mucho cuando hay cómicos que dicen eso de que vosotras no os lo curráis, porque me parece injusto. Una chica lo intenta con las mismas fuerzas que un chico. Pero reconozco que es más complicado, porque existen muchos clichés por medio. Cuando sale una chica al escenario hay muchos matices que no existen cuando sube un chico, y se le pone más difícil. Y eso es injusto. Me da rabia que cuando las chicas se proponen ser cómicas no tengan las mismas facilidades que un chico.


Editar en tiempos revueltos: La Felguera

Vándalos, verdugos, asesinos en serie, ladrones de cadáveres. Revolucionarios anarquistas, grupos paramilitares de la Iglesia, pseudociencia nazi, punk extremo y un millón más de cosas bonitas. Si ninguna de ellas activa el resorte cerebral que conecta estos asuntos con la editorial La Felguera es que lleva usted dos décadas transitando por los senderos más plácidos de la cultura. En 1996, mientras moría el felipismo, se fundó el Colectivo de Trabajadores Culturales que le robó el nombre a la fantasía de comunismo libertario de la cuenca minera asturiana, y que más tarde acabaría convertida en una editorial. O haciéndonos creer que lo es.

Nos reunimos en las sombras con Servando Rocha y Beatriz Egea, que comandan la sociedad secreta bajo disfraz editorial. Nos acompaña en la inofensiva charla Javier Lucini, disfrazado a su vez de beatnik. Una de esas charlas luminosas que alternaron los brindis con tacitas de Mr. Wonderful y las citas de Paulo Coelho.  

¿Exponente de contracultura, subcultura? ¿Cómo lleváis lo de las etiquetas?

Servando Rocha: Bueno, hay una parte de teoría en todo ello, porque está claro que venimos de la subcultura y la contracultura, aunque sean cosas distintas. Pero es algo que no meditamos, porque aunque suene forzado nuestra línea la marca lo que sale solo, sin meditarlo. En esto, como en tantas otras cosas de la vida, hay que tener una cierta inconsciencia, ese mirar y no mirar. Hay un poema muy guay de Walt Whitman en Hojas de hierba, en el que dice eso de que le preocupa el amor, el dinero, la enfermedad… Pero cuando termina de enumerar esas penalidades que todos tenemos, dice: «Pero yo no soy eso». Afirma que ante ese tipo de situaciones mira de soslayo, mira y no mira.

Por eso creo que si somos cultura o si somos contracultura es importante pero no tiene ningún tipo de importancia. Nos gustan cosas que para gente más militante pueden parecer atroces o muy heterodoxas, y a la gente más heterodoxa le podemos parecer un hatajo de radicales. En el fondo no hay ningún plan: a nosotros nos gustaría comprarles nuestros libros a otros. Seríamos superfans de esa gente que publicase lo que publicamos, por eso no tiene ningún tipo de importancia el tema de las etiquetas. Y además, ¿qué es contracultura hoy en día? Hay una frase que es buenísima: «No se puede ser rebelde cuando la rebelión es la norma». Es necesario rebelarse, obviamente, porque aunque sepamos que todo va a acabar mal, como posiblemente suceda, nuestra naturaleza es continuar. Aunque nos digan que este barco va a acabar fatal, te tiras. Creo que no hay que darle demasiada importancia a todo eso. Pero al mismo tiempo, hay que ser honestos y sabemos el territorio que pisamos.

Beatriz Egea: Sí, ahí hay algo, llámalo como quieras, «línea editorial» o «camino» que sí existe. Pero no pensamos demasiado en ello. Nos llegan ciertas cosas y las publicamos, investigamos sobre asuntos que nos interesan y armamos libros de la nada, o pensamos: «Vamos a por este autor». Hay un plan, que al mismo tiempo es un no-plan. Tenemos un montón de cosas girando a nuestro alrededor y realmente no tenemos un plan de qué vamos a hacer a largo plazo. Todo se va recolocando.

Javier Lucini: Yo creo que vosotros habéis llegado a un punto en el que si mañana os diera por publicar esto [coge una revista al azar] dirían que es contracultural.

S. R.: Exacto. Pienso que las cosas que publicamos parten del fanatismo y la obsesión. Nosotros somos fans de muchas cosas: del rock & roll, de gran parte del cine, de gran parte de la literatura… Y si unes todo eso en algo, puedes ver cuál es la historia de los últimos años de nuestra vida. No es como cuando Facebook te hace esa cosa atroz de «los recuerdos del año». ¡El otro día me puso que tenía que celebrar un año de amistad con mi madre! [Risas].

Habéis contado muchas veces los inicios de La Felguera, del Colectivo de Trabajadores Culturales original que empezó todo, pero ¿no quedan aún muchas anécdotas por contar de aquello? ¿O es que no se pueden contar?

S. R.: Muchas no se pueden contar, no te lo voy a negar… [Risas].

¿Os las estáis reservando para un libro?

S. R.: Pues se ha pensado en sacarlo, sí.

B. E.: Servan es el adecuado para contar todo aquello, porque La Felguera nace hace veinte años como algo diferente, como otra historia. De hecho ha pasado por diferentes momentos y ha sido diferentes cosas hasta establecerse como editorial y sociedad secreta, que es lo más reciente. Yo entro a formar parte ahí, cuando nuestras vidas se cruzan. Pero claro, el origen y toda esa historia de La Felguera como fanzine, como Colectivo de Trabajadores Culturales… Yo a La Felguera la conozco como revista y como editorial cuando comienza a editar libros, y también por Los días de furia.

S. R.: ¡Pero no nombres eso!

B. E.: ¡Pero es que es así! Un libro que ya está descatalogado sobre la historia de los black panters y todo eso… Lo descubrí en el Rastro, lo leo y me parece muy interesante (aunque también me vuela la cabeza) y desde entonces han pasado no sé cuántos años ya.

S. R.: Muchos. No sé quién gobernaba ahí… ¿Aznar?

El título Los días de furia lo pide, desde luego.  

S. R.: Sí. Es curioso, porque después, en 2011, se soñaba con una organización que en cierto modo ya existía entonces. Éramos un colectivo de trabajadores culturales y había una persona en Barcelona, otra en Bilbao, otra en Berlín…

¿Cuántos erais?

S. R.: Muchísimos… aparentemente [risas]. A ver, había una persona en Berlín, pero había un comité en Berlín. ¿Quién dice que una persona no puede ser un comité? Todos esos saberes que existían en esa etapa de La Felguera no tenían ningún plan, que es lo que la gente valora. Mira, en la presentación de Fuera de la ley hace unas semanas, vinieron quinientas o seiscientas personas e hicimos la ruta nocturna por los bajos fondos del antiguo Madrid, muchos nos decían: «¿Pero cómo tanta gente?». Pues yo creo que es lo normal, porque cuando les invitas a jugar y ven que el juego es honesto, que no hay dobleces ni es una estrategia publicitaria, responden. Nosotros vivimos de ello, evidentemente, pero las cosas que hacemos no han cambiado tanto. Creo que toda esa historia nuestra que tiene que ver más con la guerrilla cultural y las vanguardias artísticas, la política y el arte unidos, con dadá, con los situacionistas…. Todo eso se sigue viendo, y esa comunidad que sigue a nuestro alrededor también se identifica con eso. Nosotros sabemos qué territorio pisamos. Tratamos de ser poco excluyentes.

Es cierto que muchas de las acciones que llevamos a cabo en La Felguera no se pueden contar, pero llegó un momento en el que había como mucha gente y a todo el mundo le parecía guay, sobre todo a gente del mundo del arte, cuando lo que hacíamos era una crítica muy radical a ese mundo del arte. Luego cambian los tiempos y vas cambiando tú también, y eso va teniendo claroscuros. Todo eso salía de forma honesta. Todos esos saberes nunca pensamos que los pudiéramos aplicar a La Felguera. Lo que hacemos y cómo nos comunicamos, el carácter ese de sociedad secreta, lo mantenemos. Aunque creo que es algo que está en todas las editoriales, ¿no? Esa idea de secreto, de dirigirnos hacia minorías, que pueden ser grandes o pequeñas, pero son minorías cada vez más fieles. Y es cierto que siempre hemos pensado que todo eso debería acabar en un libro, porque además hay mogollón de material gráfico de entonces, de carteles y mil cosas. Fueron muchos años e hicimos tantas acciones que a veces pienso: ¿dónde acabó aquella iniciativa en concreto?

¿En cuál estás pensando?

S. R.: Pues mira, hay una que ahora quiere hacer no sé quién, y nosotros lo intentamos también en su día. Quisimos hacer un libro escrito por muchas manos. El proyecto empezaba con una frase, que iba dentro de unos papeles muy chulos, que se enviaban a otra persona, con unas instrucciones. Ella o él añadían la siguiente frase, o un objeto concreto. Las instrucciones ya especificaban que el objeto no fuera muy pesado, para que a las cuarenta frases aquello no superara los ochenta kilos [risas]. Y nos llegaron noticias de que el libro había llegado hasta Inglaterra. Y te estoy hablando de hace una década.

¿No sabéis dónde quedó, dónde se rompió la cadena?

S. R.: No. Pero el otro día leí que había alguien montando algo parecido, de libros colectivos. Nosotros hicimos un montón de historias más, algunas con más repercusión y otras con menos.

Algunas, incluso, llegaron a la prensa, como la deriva por el subsuelo oculto que acabó con Lavapiés tomado por los antidisturbios, ¿no?

S. R.: Aquello fue la leche. La policía del subsuelo saliendo de las alcantarillas, fue un hito. Luego hubo quien lo intentó repetir, pero si lo planificas no sale. Pero si sumas una serie de cosas, y sumas cierta inconsciencia… Es como cuando tienes miedo a la oscuridad, para curarlo no tienes que pensarlo mucho, tienes que salir ahí y ver qué pasa. Hubo otra que también tuvo mucho eco, cuando llevamos los hombres lobo a la puerta del Congreso de los Diputados.

¿Qué decían aquellos carteles que llevaban?

S. R.: «Yo también soy un antisistema». Por eso digo que molaría hacer un libro de algunas de ellas, pero nunca sacamos el tiempo suficiente.

Y por aquel entonces, ¿contemplabais la posibilidad de acabar albergando una editorial bajo el Colectivo? ¿Siempre estuvo ese interés ahí, o surgió con el paso del tiempo?

B. E.: Nunca fue un plan. Llegó un momento en el que pensamos que nos apetecía más editar y fuimos a ello. Había ciertos proyectos que nos apetecían…

S. R.: Tuvimos que resolver ciertas cosas en medio, también es cierto. Fundamentalmente la distribución, porque veníamos de un medio muy militante. Fue una suma de cosas, porque durante esos años empiezas a relacionarte con otro tipo de historias. Por entonces tenía un grupo que se llamaba Muletrain y para mí fue muy importante, porque fue volver un poco al origen de todas las cosas. Yo era una persona hiperpolitizada, que venía del hardcore y siempre iba con el dedo así, señalando. Volver un poco al rock & roll, a esa escena totalmente incorrecta, donde estás rodeado de gente muy auténtica y que al mismo tiempo tampoco están midiendo todas las palabras que dicen. Igual que hoy en día nos reconocemos todavía en ese mundo, durante esos años sí que fuimos metiéndonos en historias que tenían que ver con cosas no tan ortodoxas.

Lo último que publicáis como colectivo y que da paso a la editorial es Las interzonas anarquistas. ¿Ese es formalmente el inicio de la editorial?

S. R.: No, por entonces ya habíamos publicado cuatro o cinco libros.

B. E.: Pero sí hay un momento en el que se materializa todo, con el comunicado de la disolución de La Felguera como Colectivo de Trabajadores Culturales y el nuevo comienzo, la nueva era, de la sociedad secreta.

S. R.: Todo muy pomposo, como debe ser.

B. E.: Y siguiendo un poco con el juego, también. Hay un vídeo por ahí de un señor encapuchado…

S. R.: Con un helicóptero sobrevolando. Es un vídeo importante porque marca la disolución y aparece una foto de William Burroughs, y se quema el comunicado.

Eso es el año 2011, inicio del 15-M. ¿Qué vinculación hay con el movimiento?

B. E.: No, ninguna, ninguna.

S. R.: Sí que es cierto que cuando La Felguera se disuelve como colectivo, la gente que lo formamos en ese momento pensamos que era una manera un poco de engañar a la gente. A ver: los cambios no se hacen escribiendo comunicados, los cambios, desafortunadamente, son más lentos, requieren un trabajo que está en la calle, que es el boca a boca, no se trata de un botón en la red, darle al «me gusta». No haciendo un change.org. O no necesariamente. Se necesitan otro tipo de cosas. Por eso es cierto que en esa época nos disolvemos y entramos en una iniciativa muy bonita que duró muy poco tiempo, que se llamó «lnstituto del tiempo» donde participó mucha gente, y en ese momento está ya justo el inicio del 15-M, aunque empezamos antes. Nosotros empezamos a reunirnos y enterramos una cápsula del tiempo en el parque del Casino, que debe de estar todavía ahí, donde la gente dejó las cosas que pertenecían al viejo mundo: una navaja, un carnet de la CNT… Y manejábamos la idea de volver a lo básico, al colectivo hipervariado pero muy sano, sin sindicatos, sin partidos, algo muy de base y de ir poco a poco, de trabajo de hormiguitas. En ese momento promovemos nosotros, junto con otra gente, los bloques libertarios que acabaron teniendo presencia en la manifestación del 15 de mayo del 2011. Nuestra vinculación viene un poco por ahí. Y también que uno de los que detuvieron era también de La Felguera… Pero con esto no estoy diciendo que nosotros hayamos incitado al 15-M, ¿eh? Solo que nosotros estuvimos ahí nuestra historia.

Sí, porque no queda prácticamente nadie que no fuera el «incitador» de aquello…

S. R.: Exacto. Es como el concierto de Mánchester, que todos estuvieron allí, y en realidad eran setenta personas. Y dices, ¡madre mía! Pero bueno, el que vivía en Madrid estaba en aquello. Es como si hubiéramos estado en París en el 68, ¿dónde habríamos estado? ¿tocando la pandereta por ahí o en el 67 sede de Charles Manson de la Iglesia del Juicio Final? Lo que quiero decir es que en el 15 de mayo de 2011 en Madrid todo el mundo estuvo implicado, prácticamente. Yo tuve mucho trabajo, porque como abogado que era y sigo siendo, entonces defendía a un narcotraficante. Le pedían dieciocho años de prisión en la Audiencia Nacional, lo iban a juzgar, y no sé qué pasó con el abogado que me dieron un procedimiento que tenía cerca de cuarenta mil páginas. Tenía una semana para prepararme el caso del narcotraficante, y era la primera semana del 15-M. Así que viví muchas veces las asambleas desde el despacho que tenía en la calle Arenal, que se escuchaba todo. No tenía otro remedio que estar con el juicio…

¿Ahora sigues trabajando como abogado?

S. R.: Sí, aunque llevo muy poquitas cosas, sobre todo cosas de derechos de autor y de propiedad intelectual, también llevo el caso de Pablo Und Destruktion… Aunque bajo mínimos, porque no hay tiempo material.

¿Hay algún libro, de los primeros, que marcara un punto y aparte? ¿Con el que dijerais: «Hostia, esto va en serio, llevamos una editorial»?

B. G.: Yo creo que hay diferentes momentos. Primero La Felguera edita libros más relacionados con la contracultura, anglosajona principalmente, movimientos políticos… Luego se crea una colección que sí que es un punto y aparte: Zodíaco Negro. Aparecen dos libros en principio, que son tres, el libro de Jim Jones, el de Patty Hearst, y La Iglesia del Juicio Final y El Proceso. Eso sí es un cambio, porque de sacar un libro como Motherfuckers!, los textos de King Mob o Historia de un incendio, etc, de repente, ¡zas! Obviamente el sector un poco más politizado…

S. R.: Una colección más vinculada al ocultismo, a los fenómenos culturales extremos. Por eso mucha gente nos dijo que si habíamos perdido la cabeza…

B. E.: La ortodoxia es que es así. Pero seguidamente hay un momento muy clave, que es cuando aparece La facción caníbal, el libro de Servan que con el boca a boca y el «te lo paso», hizo que mucha gente conociera La Felguera. Cuando en principio había poca difusión, éramos mucho más pequeñitos…

S. R.: De hecho, no teníamos ni distribución comercial. Ahora ya han salido cinco ediciones, pero con la primera ni siquiera teníamos distribución.

B. E.: Ahí fue donde notamos un interés muy grande, y al mismo tiempo la vida te lleva por caminos distintos, empiezan a ocurrirsénos más cosas, empezamos a pensar de manera más seria en editar… Estamos hablando del año 2010-2011. Ese es un punto de inflexión importante, aunque más tarde ya llegó la constitución seria como sociedad secreta. Pero eso es un pequeño cambio que hizo que todo lo demás tuviera sentido, recolocándose y dándonos una dirección.

Y cómo es eso de que una editorial-sociedad secreta, que viene de donde viene, con ese discurso tan trangresor, haya tenido una acogida tan placentera entre la prensa, digamos, «institucionalizada». Porque os tratan bastante bien.

B. E.: Sí, es cierto, pero no sé qué decirte. Tampoco es que estemos en ella todos los días, pero por ejemplo sí hay cosas… La última es una doble página en La Razón de nuestro libro de Fuera de la Ley.

S. R.: ¡Pero es que La Razón está llena de antisistemas! [Risas].

B. E.: ¡Eso desde luego! Pero en los típicos suplementos literarios no solemos aparecer.

S. R.: También pienso que hay algo importante ahí. A la gente le puede parecer bien o mal, pero nosotros no hacemos las cosas exclusivamente para ver esa reacción, aunque sí nos importa. Es como cuando uno escribe, o cuando lo hago yo, siempre hay una persona en la que pienso cuando escribo: «Esto le va a encantar a…». Generalmente a Bea, pero también me digo: «Esto le va a encantar a no sé quién». Cuando estás preparando algo tienes esa perspectiva, pero no puede ser limitante. Por eso hay unos títulos que pueden gustar más a la prensa que otros, pero con los años se ve honestamente el esfuerzo que ponemos en ello. Ponemos empeño en que los libros estén muy cuidados, en la traducción, en la presentación, la imprenta, los materiales… Elegimos cosas que podrían salir más baratas, pero queremos darles un aspecto mejor. Eso se ve en todo, incluso en la calidad o en la rugosidad del papel: quieres que cuando la gente lo toque, piense «Coño, aquí detrás hay seres humanos que quieren editar algo que trascienda a su tiempo».

Ese esfuerzo también lo aprecio incluso en editoriales que me son lejanas. Porque a pesar de que vivimos en una época en la que se vende eso de que las cosas llegan solas, de que te apuntas un programa y das un pelotazo… O el mundo del arte, con esa idea tan falsa de que si publicas con un sello grande ya lo tienes todo hecho, la elevación del escritor, todo ese dinero que uno gana… No se dice la verdad. No se dice que vivimos en pisos pequeños, no se dice que solamente el 0,1% de escritores de este país puede vivir de publicar libros. Son cosas que no se cuentan. Por eso creo que ver nuestros libros, el esfuerzo detrás de ellos, cuenta mucho entre la gente de los medios. Y lo aprecia. Podrá gustar o no gustarle, y reseñarlo o no reseñarlo, pero no vienen a por nosotros. Que también estaría bien, ¿eh?

Hablando de la crítica, creo que en España la profesión de crítico nunca ha existido de verdad, a diferencia de otros países. En Inglaterra tienen hasta una disciplina en las universidades que se llama sociology deviance, sociología de la desviación. Aquí nosotros tenemos gente que ha ido escribiendo sobre eso, no solo yo, porque décadas antes por supuesto hay muchos más, pero creo que en España no nos hemos querido tanto a nosotros mismos ni hemos protegido ese pequeño ecosistema. Y por eso la crítica cultural casi no existe. Al menos en mi opinión. La crítica musical es bastante inexistente salvo excepciones, algunos de ellos nuestros amigos, que sí valen la pena. Pero sí que existe esa actitud de «yo no hago nada, pero cuando lo hace otro, reacciono para mal». Pasa igual con los títulos, por ejemplo. Nosotros hemos escrito a otra editorial —no vamos a decir su nombre— para que nos pasase el contacto literario de un tipo americano que nos interesaba, y nos respondieron a los tres minutos diciendo «no te puedo dar el nombre del agente porque nuestros intereses pueden ser contrarios». Joder, pones el nombre en Google y el contacto aparece…. Es de ser tonto pensar que estamos aquí para pisarnos. Es absurdo. Yo lo que quiero es que la gente publique bien de una vez a Nick Cohn, o todo en español de Greil Marcus, yo qué sé.

J. L.: Es un mezquinismo que abunda mucho en este sector, lo confirmo. El otro día estaba con Rafa, de Valdemar, y de repente surgió el tema de qué libros íbamos a sacar. «Voy a sacar de este autor», nos decimos. «Sí, ¿cuál?», te preguntan, y bien. Pero en otros casos se crea ahí un silencio extraño, y mira que somos colegas y no es para pisarnos, pero hay algo ahí muy chungo…

S. R.: Es que es una pasada lo que está ocurriendo en España con las editoriales. Hace poco he estado en México y están mirando superasombrados este fenómeno nuestro de las editoriales independientes, y toda esta escena. Pensamos que está pasando en más sitios, pero en Madrid especialmente está ocurriendo mucho: ediciones muy cuidadas… Y alucinan.

Está pasando tanto que incluso se habla ya de la «burbuja de las pequeñas editoriales».

S. R.: La burbuja del emprendedor, ¿no? La de «gástate los ahorros y capitaliza el paro…». O «sé aventurero, sé aventurero…». Para después de un año decir: «Mira, intentaste cumplir tus sueños» [Risas].

J. L.: Es que nada es tan luminoso ni amistoso como parece. Porque cuando tú vuelves de México, los que organizan esa reunión, organizaron también una reunión con el Ayuntamiento para juntar a todas las editoriales independientes posibles que hubiera en Madrid, porque en la próxima feria de Guadalajara la ciudad invitada va a ser Madrid. La del Ayuntamiento le dice a la gente que ha estado allí, como Servando y muchos otros, que avise a otras editoriales que él conozca para asistir a esa reunión…

S. R.: Y todos pensamos que nos juntaríamos un montón de gente, porque si cada editorial avisaba aunque fuera solo a uno…

J. L.: Pues Servando me avisó a mí, yo avisé a Óscar de Es Pop y a otra más. Llegamos a la reunión y esos éramos los que estábamos. Ya. Nadie más había avisado a editoriales amigas, no sé si por miedo a que les fueran a quitar el pastel… Estaba también el del gremio de editores, que solo fue él, ni un agremiado más.

B. E.: No les avisó.

J. L.: Fue una cosa tan mezquina, que al final dices, ¿para qué?

S. R.: Nosotros, que siempre hemos estado muy metidos en la música, siempre le hemos dado mucha importancia a la filosofía de los sellos pequeños, que es la misma que la nuestra. Yo llego aquí y cojo Forbes, o Squire, o Jot Down y veo las cosas que me interesan, para maquetar. Observar lo que están haciendo otros, aunque estén en otro planeta distinto, porque esto es como un bricolaje. Cuando empezamos con el primer pasito no sabíamos algo tan básico como que la gente te escribía y te decía «Que tus libros no están en Úbeda». O no sabíamos que era el ISBN o el DILVE, que pensábamos que tenía que ver con el sexo… [Risas]. Y lo vas aprendiendo de aquí y allá, con esa filosofía del bricolaje.

Habéis mencionado a Motherfuckers! antes, a Ben Morea le tuvisteis alojado en casa, ¿no?

B. E.: Sí, ahí estuvo, con sus botas de cowboy y su sombrero. A las siete de la mañana le escuchábamos moviéndose en el salón. Cuando vino la verdad es que no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar. Pero al final fue muy bonito.

S. R.: Sí, pero el levantarte por la mañana y decir, ¿qué le voy a poner? ¡Porque no le voy a poner a Black Flag! [Risas]. Así que le pregunté si le gustaba el Black Flag, y le puse a Bessie Smith.

B. E.: Y él decía «Bueno, a mí me gusta más Billie Holiday…».

S. R.: Entonces se queda así callado y dice: «Yo es que solía meterme heroína con Thelonious Monk, a veces venía el pesado de Miles Davis, que era un plasta…». Y nosotros ahí: «Claro, claro». De hecho nos aterrorizaba un poco salir del dormitorio, porque él se levantaba supertemprano y a las siete de la mañana ya estaba con las botas dando vueltas.

B. E.: Y nosotros ahí en la habitación escuchando detrás de la puerta, «Venga, ya está despierto, salgamos…». Era un hombre alucinante.

S. R.: Lo único de lo que me arrepiento es de una cosa. Él no quiere fotos de ningún tipo, pero al final casi le rogué por una, y le dije que no se la daría a nadie ni nada. Y accedió, pero nos las hicimos muy rápido y bueno… A ver, que es lamentable. Yo salgo en pijama, con una cara terrible, y tenía que haberme aseado por lo menos [risas]. Él impresionante y yo así.

A Alan Moore también teníais la intención de conocerlo cuando le publicasteis, ¿no? Queríais viajar a Northampton a entregarle los libros…

S. R.: Sí, lo intentamos, pero no.

B. E.: A ver, nos emocionamos tanto el día que recibimos el correo… Era un sábado antes de comer, y yo estaba preparando un arrocito y…

S. R.: ¡Pero no digas esas cosas que luego salen!

¡Una sociedad secreta haciendo un arrocito! ¡Y además era arroz con cosas, no era paella!

S. R.: Estábamos preparando un atraco, en realidad.

B. E.: Mientras se hacía el arrocito.

S. R.: Con droga dentro.

B. E.: Total, que recibimos la respuesta y nos emocionamos tanto…

¿Del propio Alan Moore?

B. E.: Qué va, era su agente.

S. R.: Soñábamos con una respuesta de Alan Moore pero no, no. Él está hasta las narices. Pero aun así, fue un gesto muy bonito porque claro, es una persona inmensamente conocida, y sabíamos que nuestra baza era que entrara en nuestra web y viera que hemos publicado muchas de las cosas que a él le gustan. Eso fue determinante, al final. El contrato que nos dio fue la leche. Lo leíamos y no nos lo creíamos: por muy poco dinero nos dio los derechos exclusivos de un libro suyo, era una pasada. Muchas veces valoramos las cosas a las que renuncian nuestros héroes, decimos «hey, qué bien que no ha querido ir a recoger el Nobel», pero no pensamos en las cosas que nuestros héroes aceptan, también por el mismo amor. Y por la misma fidelidad a unas ideas o a un universo. Y no lo hacemos porque esas cosas son invisibles, no se ven.

B. E.: Pero el viaje no salió, no. Fue una cosa del subidón del momento.

S. R.: Sí, nos vimos allí metiendo la cabeza en la panadería de Northampton y diciendo: «Cú-cú» [risas]. Pero no, qué va.

B. E.: Decidimos abandonar el plan.

S. R.: Pero sí le mandamos para allá una supercaja de cosas, eso sí. Aquello fue importante, porque en la presentación de ese libro fue la primera vez que hicimos un paseo psicogeográfico para presentar un libro, que fue por la calle Montera. Recorrimos un itinerario donde aparecía de todo: desde asesinatos, incendios, músicos oscuros, hasta un mural que aún está hoy en día, en frente de los cines, donde está Killers. Y luego hicimos un pequeño ritual, una lectura con imágenes.

J. L.: La primera vez que yo no pude entrar a una presentación porque lo petásteis.

Vamos a hacer una pregunta chunga capitalista: muchos se quejan de que a las presentaciones va todo dios, pero no compra nadie el libro. En las presentaciones que lo petáis, ¿vendéis?

B. E.: Es que la mayoría de nuestras presentaciones no son en librerías, eso para empezar.

S. R.: Y no hay libros para vender. No suele haberlos.

B. E.: Muchas veces pensamos que somos tontos, pero…

S. R.: De hecho, la de la distribuidora flipaba. Le mandábamos las fotos de la que habíamos liado en la presentación, y decía: «Increíble, ¿eh? Pero, ¿cómo hace la gente para comprar el libro?», y yo le contestaba: «Pues van el día siguiente a la librería y lo compran». Es que las presentaciones, aunque suene muy bonito y muy políticamente correcto, no son para eso. Joder, es que ha habido presentaciones en las que nos hemos gastado muchísimo dinero, te estoy hablando de quinientos o seiscientos euros por alquilar un pequeño teatro, además del esfuerzo. Pero porque son actos de celebración, es la manera en la que nosotros podemos ponerle cara a la gente que hace que tengamos una buena estrella. Hacemos esas presentaciones para nosotros mismos, para nuestros amigos, pero también para ellos.

Es un modelo curioso, porque las presentaciones se hacen para dar a conocer el libro, pero fundamentalmente para vender.

S. R.: Sí, y nos viene mucha gente preguntando por un ejemplar, y les recomendamos la librería para que se lo compren.

No hablemos ya de las presentaciones en las que, sí llevan al autor, hay que haber comprado obligatoriamente el libro que presenta para que te puedas acercar a la firma.

S. R.: ¿Ah, sí?

B. E.: Qué rancio. Porque de hecho hay muchísimas editoriales que ni siquiera presentan libros, y es totalmente normal.

J. L.: Es que son totalmente ruinosas. Las haces para vender pero no vendes. En primer lugar porque hay espacios que te cobran un dineral, y cada vez más. Y claro, para qué voy a hacer yo el esfuerzo… Y así pasa, que a esos sitios acabarán yendo a presentar las mierdas que presenten, de los que puedan pagar algo así. En Dirty Works no, desde luego.

Sin ánimo de molestar: ¿no hay algo ahí, en las presentaciones de libros, que se ha quedado un poco obsoleto ya? ¿No son un trámite aburrido, en general? Por mucho que te interese el libro, el guion es previsible.

S. R.: Pues sí, yo no voy a presentaciones, la verdad.

J. L.: Efectivamente. Al final es un acto de vanidad para el autor y un acto de generosidad para el editor, porque casi siempre vas a petar pasta. A no ser que el autor lo pete, y la gente vaya a ver al bicho —como se decía en la Feria del Libro: «¿Con bicho dentro o sin él?»—. Yo tengo siempre este conflicto, porque nosotros hacemos presentaciones pero es ya otro formato. El nuestro consiste en llevar whisky. Porque así no hace falta ni hablar de cosas muy transcendentes ni nada. Además, nuestros autores están muertos y son novelas. ¿En una presentación qué vas a hacer? ¿Vas a hablar de la novela tratando de no hacer spoilers? Es una gilipollez hacer una presentación de una novela de un autor muerto… o no.

Pero es una de las inercias del sector.

S. R.: Sí, hasta los libreros se han dado cuenta de eso. El formato ese de un señor gruñón detrás de un mostrador esperando a que vengan y «si no vienen es porque la gente es muy inculta», ha dejado de existir. Yo no sé si todavía alguien lo tiene en la cabeza, pero todavía hay autores que piensan en que cuando publiquen los libros, a ver qué gira de presentaciones le va a organizar la editorial [risas]. Igual, y solo igual, te hacen una aquí en Madrid y otra en Barcelona, y hasta luego. Después, esa misma persona tendrá que comprar sus propios libros al cabo de seis u ocho meses…

B. E.: Para poder regalárselo a su tía.

S. R.: Es que el escenario es ya completamente distinto. Hay que hacer muchísimos esfuerzos, el escritor tiene que colaborar con medios para sobrevivir, tiene que publicar mucho, el editor tiene que enfrentarse a la calculadora y los números, el librero también… Yo creo que surgen atrocidades como que te alquilen espacios para presentaciones —aunque máximo respeto al librero que lo haga— porque también en el mundo del arte están nerviosos. El modelo de negocio ha cambiado, el formato cada vez se vende menos, se produce mucho pero los niveles de venta son menores que hace años… Está todo el mundo buscando su sitio.

J. L.: En el sector de las pequeñas editoriales obviamente se nota menos, pero en el mundo editorial ya establecido sí que se percibe ese no saber por dónde tirar.

S. R.: De hecho los grandes sellos están yendo a por el tipo de autores que podemos sacar o Dirty, o La Felguera.

Es muy curioso que las grande editoriales empiecen a pescar y a copiar los modelos de las pequeñas. Es un poco como cuando el señor Burns se disfraza de Jimbo y va al colegio diciendo: «Hola, colegas».

S. R.: [Risas] Sí, o la campaña de Nike, cuando diseñó un fanzine para posicionarse con el mundo de los guetos americanos y la gente más vinculada al hip-hop y los barrios negros. Era la época preinternet o Myspace, e hicieron catálogos y revistas que imitaban los fanzines. Aquí también pasó con cierta publicación, que desapareció y cuando volvió a salir teóricamente reinventada, parecía que la había hecho alguien con un daño cerebral. Era una cosa atroz, hasta usaban el Comic Sans pensando que eso era la tipografía de la peña molona. Es algo muy patético, eso de imitar todo para parecer molón.

B. E.: Es como en la serie de League of gentlemen.

S. R.: Eso, eso. Hay un personaje que es mod, y ya es mayor, porque joder, los mod son mayores… Y de repente llegan los amigos de su hijo que son como raperos, y le cuentan que tienen una banda. Y él dice: «Anda, yo también, actué en el 82 en no sé dónde, debo tener alguna…“maqueta”». [Risas]. Le intenta dejar una, que es una cinta de casete, y los chavales no saben ni lo que es.

La pregunta sin respuesta: ¿Qué es ser una editorial independiente?

S. R.: Pues mira, pasó lo mismo con la música. Se decía que Subterfuge era independiente, aunque era un sello grande.

¿Para ser independiente hay que ser necesariamente pequeño?

B. E.: Creo que ninguno de nosotros tiene muy claro cuál es el significado de «independiente». No sé si lo diríamos de nosotros mismos…

S. R.: Bueno, a veces lo decimos como cajón de sastre, pero nosotros somos amigos de la gente que nos cae bien, pero tampoco tenemos muchos amigos en el mundo de las editoriales. De hecho a veces se nos ponen los pelos como escarpias.

B. E.: Sí conocemos, pero no nos relacionamos demasiado, el tema de reuniones y tal.

J. L.: A mí es que las reuniones estas me transmiten infelicidad, me quedo desfondado. Me pregunto constantemente qué hago ahí, es que eso no es lo mío. Porque hay muchas decepciones. Y eso de «independiente»… ¿Independiente de qué? Hay gente que cae con colchón, hay gente que salta desde más alto que otros…

S. R.: El doble salto mortal. Hay editoriales independientes que son completamente dependientes de las subvenciones. Entonces lo de la independencia, ¿qué es? ¿levantarte y cabrearte porque no tienes magdalenas?

Generalmente suele relacionarse editorial independiente con aquellas que no tienen consejos de administración.

S. R.: Nosotros eso no, pero tenemos un consejo de sabios, de nuestros colegas. Nos pasamos contactos de imprentas, de medios…

¿Tenéis alguna cifra de rentabilidad? En el sector de las pequeñas suele hablarse de unos dos mil ejemplares.

B. E.: Es una pregunta complicada. Nosotros no sacamos dos mil quinientos ejemplares así de primeras, sacamos dos mil como mucho. A veces reeditamos pasado un tiempo, pero lo de la «rentabilidad» no me gusta para hablar en esos términos. Porque por suerte y después de mucho tiempo y trabajo vivimos de ello y obviamente no hacemos todo el trabajo nosotros (por desgracia, no somos traductores) y nos mantenemos. ¿Rentabilidad? Bueno, vivimos de ello. Por eso no nos gusta hablar de cifras.

S. R.: Depende del libro. Porque hay algunos que sabes que no tienen una carga de costes muy grande, de la traducción, de las personas que hace las cubiertas, derechos, la imprenta… Y otros libros sí tienen una presión mayor. Por eso los editores tratamos de ajustar eso en el precio. Yo creo que el libro es de los pocos productos culturales en los que no hay demasiada usura. Si conoces todos los que participan en esa cadena, veinte euros no es tanto. Por supuesto que los editores en ocasiones pensamos: «Coño, que la distribuidora a veces se lleve el 56%….» pero es que ellos también tienen que negociar a su vez con otros. Es una cadena en la que intervienen muchísimas personas y donde no hay un margen muy grande. Nosotros le damos muchísima importancia a conocer personalmente a la imprenta con la que tratamos, ver que todo funciona honestamente y que no nos estamos relacionando con el maligno. Está muy ajustado todo. Nosotros hemos pensado en algún momento: «Joder, tenemos que vender el 80% de toda la tirada para sacar algo, y si hago cálculos me da algo».

Y algo que no es medible en términos económicos: el esfuerzo documental que tienen muchos de vuestros libros, las horas de Biblioteca Nacional, de viajes al lugar…

B. E.: Sí, los libros que son propiamente de edición requieren mucho de ese trabajo de investigación, de encargar textos, de hacer notas explicativas…

S. R.: Y mira, creo que son los libros que más nos gusta hacer, los de edición. Los que no existen antes y los creas a partir de muchas fuentes. Son los más complicados, y los que más disfrutamos, como el de Fuera de la ley, que fue un trabajo complicado de Biblioteca Nacional. Pero joder, es que mientras lo preparamos, aprendimos un montón. Y lo aguantamos como pareja en un piso de una sola habitación, eso es duro. [Risas].

La novela es nuestro género menos frecuentado.

B. E.: Y no sé, por algo será. Lo hablamos cíclicamente, que estaría muy bien editar tal o cual cosa…

S. R.: Pero es que ya hay gente que lo hace muy bien.

B. E.: No es nuestro campo, pero si nos llegase una novela, o pensásemos en algo muy claro que viéramos que es para nosotros, nos lanzaríamos. Solo hemos publicado dos.

S. R.: Honestamente, aunque esto sea duro decirlo, y para mí que soy autor también: todos los autores piensan que lo que han hecho es maravilloso. Es lo mejor del mundo mundial. Nos llegan muchísimos manuscritos, pero en muy pocas ocasiones hemos pensado: «Sería genial sacar esto pero nosotros no somos la editorial adecuada»… Además hacen lo que no se debe hacer al mandárnoslo, venderlo de esa manera. Nos han llegado correos en plan: «Buah, he terminado algo tremendo, de una calidad increíble», hablando de sí mismos. U otros que nos decían: «Es una novela ambientada en Cuba muerto el comandante, yo creo que va a tener mucho tirón». Nos han llegado muchos correos en plan: «Esto va a arrasar, vosotros veréis lo que hacéis».

J. L.: Ese tono de «vosotros veréis» es muy habitual.

S. R.: El ego en el mundo del arte es cósmico.

J. L.: Yo creo que en los cursos de cómo escribir hay alguien que da esa clase y les imparte eso: «Tenéis que ir seguros de vosotros mismos». Y no hay vergüenza ajena en todo ese discurso de «cree en ti mismo». A nosotros nos han llegado correos diciendo: «He visto vuestra editorial, me interesa mucho, y yo he escrito esta novela que es genial y podíra mandarla a otros sitios mucho mejores, pero me gusta vuestro rollo». Y eso que nosotros lo tenemos más fácil, porque podríamos decirle, simplemente…

«No estás muerto y no eres sureño, lo siento».

J. L.: [Risas] Eso, eso. Y tu nombre no acaba en y griega, al menos al principio: Billy, Larry, Harry… Nos dicen cosas como «he visto vuestro catálogo y creo que puede encajar», y dan ganas de contestarle: «Pues entonces no lo has visto bien».

S. R.: Pero volviendo al tema de la novela, igual este año damos una sorpresita… Empezar una colección que es la que no tenemos. Nos interesa mucho la novela gráfica, el libro ilustrado… Es algo que poco a poco vamos a ir incorporando, pero teniendo claro que hay otra gente que lo hace muy bien. A veces no hemos publicado muchas cosas que nos apetecían por miedo a «matar» ese libro, porque nosotros sabemos dónde está nuestro público.

J. L.: Y además, la ficción es un suicidio. Porque hay una saturación brutal. Mira lo que le pasó a Es Pop en su colección con Valdemar, que el último número lo tuvieron que financiar con crowdfunding. Él mismo ha renunciado a la ficción, porque se pierde. Hay tanta cosa y tan buena, que meterte ahí o es una cosa muy especial, o yo qué sé. Es muy difícil, porque además cuando la cosa peta va Mondadori y te compra el autor. Nunca sabes, porque esto es una lotería.

S. R.: Además en la ficción tienes que luchar por la faja, todo tiene que ser muy grandilocuente: «La mayor novela del siglo…». Es lo mismo que pasó con las series, «La novela que inspiró al tío del primo que ideó True Detective…».

El mejor no era ese, el mejor era: «El poema que inspiró al autor de El Rey de Amarillo en el que se basó True Detective».

J. L.: ¡Lo compro! Rafa, el de la librería de Salamanca Letras Corsarias, suele inventarse fajas. Con el libro de la editorial Underwood, Fat City, le puso una faja de «Edición 27. Veintisiete mil libros vendidos en Salamanca». Y había salido hace una semana. [Risas].

S. R.: Bueno, en la primera edición de La facción caníbal la faja es falsa también.

J. L.: ¡Terrorista!

S. R.: ¿Pero cómo va a ver reseñas antes de que haya salido el libro? Pues poníamos «International review de no sé qué…» y así. Todo muy grandilocuente.

Una de las fajas que nos contó el librero de Estudio en Escarlata era de Drácula de Stoker, y ponían: «La novela que ha inspirado a la autora de Crepúsculo».

J. L.: Es la lucha por llamar la atención a toda costa. Lo bonito sería llamar la atención por la calidad del producto, pero no. Hay que conseguir que el libro te llame la atención por lo que sea.

B. E.: Se ha caído en una locura que además es contraproducente.

Servando, alguna vez has dicho que si colocaras todos los libros de La Felguera, contarían una historia lineal.

S. R.: Es verdad que es así. Los libros no cambian tanto, y hay muchos mitos en torno a ellos. Ese tipo de cosas de «la derecha debería leer más» o «el fascismo se cura leyendo». Pues es una de las grandes falsedades, porque no se trata de eso. «Cuantos más libros el pueblo es más libre…» y ese tipo de cosas. Yo creo que los libros son puertas que dejas abiertas, y cuando las cruzas puedes hacer lo que creas conveniente. No creo que por leer a Ezra Pound o Marinetti te conviertas en un fascista, y por leer a Eduardo Galeano en una persona muy enrollada. De hecho podría ser lo contrario. Pero pienso que cada libro que hemos editado nos ha llevado a otra puerta, tirando de un hilo, y ese hilo puede ser algo así como los márgenes de la historia, esos fenómenos culturales que han estado alrededor, en la periferia. Aunque el propio concepto de periferia sea falso, porque ha inspirado a la propia historia, y por eso también es el centro. Se puede contar la historia del siglo XX a partir de los asesinos en serie, o se puede contar esa historia a través de los derrotados y no de los triunfadores de mayo del 68, del rock & roll. Hoy en Agente provocador publicábamos una foto de Johnny Cash, que es un personaje muy importante en nuestra historia. Esa foto llegó a través de Mario Riviere, el cantante y guitarra del grupo en el que estuve una década y de los mejores ilustradores de nuestro país. Uno de los puntos de inflexión es cuando él entra en la editorial…

B. E.: El primer libro que hace Mario es El exterminador hizo bien su trabajo, de Burroughs.

S. R.: Entrar a casa de Mario implica entrar a un templo de todas las cosas que nos gustan. Es un museo. Si pusieran un cartel la gente pagaría. Pues cuando cenamos con ellos hace poco, nos contó que había una foto de Johnny Cash con GG Allin, y flipamos. Lo que quiero decir es que todo esto que tiene que ver con el arte y la cultura, la idea del intercambio, pasar un testigo a otro, es importante. Nosotros hace años no sabíamos que existía El Proceso, la Iglesia del Juicio Final, pero acabas escribiendo un libro sobre eso, eso te lleva a otra persona como Genesis Breyer P-Orridge, que te lleva a los inicios de los inicios de la música industrial, que te lleva a Jordi Valls, de Vagina Dentata, que nos escribió un prólogo para el libro de Jim Jones… Es todo un intercambio de trucos, de contraseñas, de bricolaje, al final.

Ya que hablamos de fotos extrañas, ¿cómo llegaste a la fotografía de Kurt Cobain y William Burroughs por el que empezaste el libro de Nada es verdad, todo está permitido?

S. R.: Pues mira, la imagen de Cash que decíamos puede contar la historia del siglo XX, al menos para mí. La que a mí me puede interesar. Y en el caso de Cobain y Burroughs yo tenía la posibilidad de sacar el libro con Alpha Decay, y me pareció muy bonito escribir un ensayo a través de simplemente una fotografía. Recuerdo que empecé a escribirlo, pero había algo que estaba cojo: ¿qué le entrega Cobain a  Burroughs? Eso me lleva a un disco de Leadbelly, al que Cobain versioneó, y se lo entregó a Burroughs. Si sumas todos esos acontecimientos y tradiciones, tienes prácticamente un siglo de lo mejor de la historia cultural. Ahí fue donde me dije: «Tengo la historia». Igual que cuando escribí El Ejército Negro, no solamente era la historia de una banda de motoristas negros, y eso que lo podría haber escrito así. Pero en el momento que descubro que hubo un Billy el Niño negro, me dije: «Joder, ya no es contar la historia tal y como ha sido, sino con subjetividad». Porque a Burroughs fue mucha gente a verlo, pero cuando vi esas imágenes me di cuenta de que era la historia que quería contar, no la plana, la objetiva de la Wikipedia… A nosotros nos interesa mucho eso. Hay una persona muy importante en la editorial, Ramón Mayrata, que es el mayor teórico de la magia de este país, él emplea una palabra que nos hemos apropiado: la singularidad. Lo que nos interesa son las gentes singulares. ¿Qué tienen en común GG Allin y Cash? Incluso habrá gente que dirán que no los mezcles, porque ese hijo de puta era… bueno, un hijo de puta. Pero es que los dos son personas fascinantes… ¿Y qué tiene eso en común con un asesino en serie? Que era gente singular, y la historia de la cultura popular está construida a base de esas personas singulares. Larry Brown, Harry Crews también son así, singularidades absolutas. De hecho muchos de nuestros amigos son singulares.

Imagino que sois conscientes de que Wikipedia os relaciona con Anonymous. Dice, literalmente que «Los seguidores de Anonymous, por ejemplo, han sido vinculados a la editorial, al basarse en manuales de guerrilla de la comunicación, textos anarquistas y situacionistas, el catálogo completo de la editorial La Felguera y cualquier documento filtrado por Wikileaks».

S. R.: Eso fue cuando el 15-M, que el propio Ben Morea decía: «¿Pero qué me han hecho, qué me han hecho?». Vino aquí a pasar unos días porque le organizamos una gira de charlas en Londres, Madrid, Barcelona y Lisboa, y aquí le llevamos a una asamblea del 15-M. Inmediatamente salió como uno de los cabecillas del 15-M en las noticias. En fin. Imagino que la gente de ETA o el GRAPO también habrán leído cosas nuestras, pero eso no quiere decir que haya vinculaciones con nosotros.

Estáis a punto de lanzar Los resurreccionistas. Sin destripar demasiado, ¿cómo llegáis hasta esa historia?

B. E.: Eso lo descubrió Servando, por ahí buscando y llegó al diario…

S. R.: ¡Ya recuerdo! Fue porque con Londres Noir: el libro negro del crimen, nombraba a «the resurrectionist», y nos pareció un nombre fantástico y fabuloso. No sabíamos que los ladrones de cadáveres se llamaban así, y empezamos a buscar todo tipo de mierdas hasta que encontramos un diario, el único escrito por un resurreccionista real en 1812, Jack Naple. Era demasiado bueno para dejarlo pasar. Contactamos con Juan Mari Barasorda, que es un experto de este tipo de temas y del siglo XIX, que debería haber nacido en la Francia o en la Inglaterra de aquella época. Nos escribió un prólogo maravilloso, y hemos conseguido muchísima información. Decidimos vincular el libro con los primeros anatomistas del siglo XIX, con los médicos y las facultades de medicina que eran los receptores de los cuerpos. Es un libro en tapa dura que si lo ves es superbonito, porque es un tema que tiene que ver con los bajos fondos del hampa más abyecta del hombre. De hecho eran ejecutados o linchados públicamente, porque robar un cadáver en aquel momento… Fíjate cómo sería que llegaron a colocar trampas y armas dentro de los ataúdes, y aparecen en el libro fotografías de esas armas que se fabricaban para evitar que robaran el cadáver de tu padre. También había ataúdes de seguridad, que aparecen en Edimburgo sobre todo, de ataúdes cubiertos de cemento, de hierro, con símbolos y calaveras que decían: «No te atrevas a profanar este sepulcro», fíjate cómo era la avalancha de resurreccionistas. Se pusieron también muchos vigilantes en el cementerio que pasaban mucho miedo, porque los resurreccionistas eran peña muy chunga. Todo eso puede verse en el libro, con imágenes de disecciones, con grabados de anatomía superbonitos, en ese ambiente entre lo paramédico de los primeros anatomistas… como en la serie The Knick.

Clásicos atragantados: la pregunta de siempre. ¿Cuál es el vuestro?

S. R.: Yo si tuviera que decir un libro… Destruiría con mis propias manos Ética para Amador.

B. E.: No voy a poder superar eso. No me mola nada el tipo de literatura tipo Johnatan Franzen, me parecen unos farsantes. Y luego sin acabar, pues el Ulises, que jamás he sido capaz de terminarlo.

S. R.: A mí me pasa con la micropoesía, me parece una tomadura de pelo. Eso, y el Estado Islámico deberían estar exterminados de la tierra. [Risas].

Coautor 370


Editar en tiempos revueltos: Valdemar

Valdemar para JD 0

Cualquier aficionado a la lectura que haya pasado los últimos treinta años apilando libros, e incluso en ocasiones leyéndolos, tarde o temprano habrá terminado con un Valdemar entre las manos. Libros bien confeccionados, bien traducidos, bien editados. Un antídoto contra la epidemia de la piratería digital. Una editorial singular que con mayor o menor éxito sigue dando guerra y presentando colecciones que a nadie más, ya sea en su sano juicio ya sea recién escapado de una casa de orates, se le ocurriría sacar a la venta. Vaqueros y aspirantes a papa; el color que llegó del espacio exterior y la magdalena proustiana; el tarado de Schopenhauer y los hombres topo, que quieren tus ojos… Todo cabe, y así debe ser. Siempre con cuidado, sin embargo, de no traspasar los límites académicos y volverse respetables. Conversamos con Rafael Díaz Santander y Juan Luis González Caballero, editores de Valdemar, Marta Lila Murillo, traductora, y Jesús Palacios, escritor y crítico, sobre estas y otras cuestiones. Cuestiones que esperemos nadie sea capaz de resolver jamás.

¿Veinticuántos años lleváis ya?

Rafael Díaz Santander: En realidad son treinta años, porque empezamos en el 86; por entonces teníamos treinta años. Pero libros no empezamos a sacar hasta bien avanzado ya el 87.

Juan Luis González: Nos costó tanto sacar el primer libro que tardamos un año hasta el siguiente. En aquella época traducíamos y corregíamos nosotros, apenas había ordenadores. Teníamos un XT de hierro que pesa siete kilos, ahí esta, de reliquia. Ni disco duro tiene.

R. D. S.: Iba a la increíble velocidad de 2,5 Mh.

J. L. G.: Ya corregía textos, aunque tardaba varias horas en procesarte una novela.

La decisión de lanzarse al mundo editorial, según se dice por ahí, surgió después de leer a Lovecraft, que por entonces no estaba precisamente al alcance de cualquiera.

J. L. G.: Sí, por aquella época las ediciones de las que disponíamos los aficionados al terror eran más bien cutrecillas. No eran muy fiables en cuanto a traducción. Ofrecían muchos problemas. Nosotros lo que queríamos era editar pero darle cierta dignidad, aunque no es una palabra que me guste utilizar, ponerlas al nivel de otras ediciones. Recuerdo cuando era pequeño, existía una colección que se llamaba Crisol, de Aguilar. Eran unos libros pequeños, muy bonitos, editados en papel de biblia. Era una colección que ponía al mismo nivel a Dostoievski que a Salgari, era totalmente ecléctica, no había distinciones, mezclaban aventuras con literatura «seria», terror, todo salía. Es el espíritu de las grandes colecciones de bolsillo. Es la filosofía de las grandes colecciones de bolsillo. Como ha sido Austral. Sacar el libro de bolsillo, sin dar más relevancia a unos que a otros. Ahora parece que está más compartimentado: la literatura seria para gente seria, el terror para los frikis. La idea era dedicarnos a lo que nos gusta.

Por entonces Lovecraft en España se reducía a lo que había traducido Llopis, y poco más.

R. D. S.: De Llopis había ediciones procedentes de otros países. México, Argentina, pero la primera que se hizo digna fue la antología Los mitos de Cthulhu. Pero digamos que ese no es el motivo principal. Empezamos por una colección que se llamaba «Tiempo Cero», que tenía una intención claramente de literatura fantástica, pero enseguida vimos que si nos quedábamos ahí no íbamos a llegar a ninguna parte. Porque hay muy poca gente a la que le interese, no es suficiente gente para hacer rentable una empresa. Vimos que teníamos que diversificarnos en clásicos y en aventura.

¿Y ahora? ¿Ha crecido ese público de base?

R. D. S.: Ahora las cosas están casi peor. Lo que se vende ahora mismo es irrelevante. Las salidas de las novedades son muy flojas, nosotros nos mantenemos gracias al fondo, quinientos o seiscientos libros. Y por otra parte hay un gran afloramiento de editoriales nuevas. A mí me gusta muchísimo que haya tanta diversidad, pero es que hay muy poco a repartir. Las tiradas que se están haciendo son de mil ejemplares, mil quinientos. Pasar de mil ejemplares hoy en día es un éxito de ventas, y eso en un país de cuarenta millones de habitantes en realidad es un fracaso.

J. L. G.: Se produce una situación paradójica: en un país con un índice de lectura muy inferior al que debería corresponderle por su nivel de vida se produce, sin embargo, un afloramiento de nuevos editores independientes con gran ilusión y una gran oferta editorial mensual increíble. Increíble para el público que hay. Siempre decimos que los lectores en España pueden estar encantados, porque es como en un país donde nadie come dulces pero está todo lleno de pastelerías. Joder, pues para los poco golosos es el paraíso.

Editamos mucho pero leemos muy poco.

J. L. G.: Sí, y es algo paradójico, porque va contra las normas del mercado, no hay una especie de ley inexorable de la oferta y la demanda. En los temas culturales estas cosas se rompen, no es tan automático.

¿Tenéis la impresión de que el mercado editorial lo sostenemos los que compramos libros por encima de nuestras posibilidades? ¿Los que seguimos comprando libros aunque tengamos muchos en cola?

R. D. S.: Sí, al final somos solo unos cuantos, que estamos superagobiados, que somos lectores acosados. Precisamente porque hay mil cosas que nos interesan y que nos gustaría comprar y tener y no podemos, y se nos van acumulando en filas interminables.

Valdemar para JD 1

Ahora, con la serie Insomnia, parece que os habéis atrevido a algo que no hacíais antes: editar a autores de terror contemporáneos. Incluso a editar trabajos inéditos, como los de Jesús Cañadas o Emilio Bueso.

J. L. G.: Ahora estamos en condiciones de asumir más riesgos, económicamente hablando. No es que sea lo que más se vende, pero sí lo que más se vende nos permite sacar esto.

R. D. S.: No sé si esto lo debería decir o no, pero Insomnia va floja. Es una colección que la hemos creado con todo el cariño, cuesta mucho hacer cada libro, porque tiene traducción, derechos de autor, tapa dura, contracubierta… y eso tardamos en amortizarlo. Tenemos que vender más de mil para hacerlo. Y no lo estamos consiguiendo.

J. L. G.: Es que es una colección destinada al público norteamericano, solo que está publicada en castellano [risas].

R. D. S.: Y fíjate que es la colección más reseñada de toda nuestra historia. No es que hagamos mucho esfuerzo en mandarla a todas partes, ni que nos reseñen… Somos casi antimarketing. Pero con esta nos hemos molestado en que llegue al mayor número de sitios posible, es la colección más elogiada, pero…

Ya que lo mencionas, el silencio de los medios tradicionales con vosotros es un poco escandaloso…

R. D. S.: Sí, bueno, pero es mutuo.

J. L. G.: Se debe a lo que nos dedicamos. Como publicamos novela y literatura de género, los grandes suplementos literarios de difusión nacional no se dedican a esto, van más al mainstream, al gran negocio editorial, al libro que se tiene que vender mucho. Lo nuestro, en la política de estos suplementos, es una cosa como muy secundaria.

La editorial silenciosa de referencia.

R. D. S.: Somos la editorial con más prestigio y menos reseñas de España.

Y en esto internet es fundamental. Estáis siempre a tope, cuidando a vuestro público y haciendo parroquia.

J. L. G.: Es que Rafael es nuesto community manager particular. Desde que empezó con Facebook tiene una cantidad de visitas y de «me gusta» que ninguna otra editorial tiene. Puedes comprobarlo. Lo he comprobado, y en editoriales más grandes tampoco tienen ese seguimiento. Nos entra mucha gente de Sudamérica, pero no es la única explicación. La gente que lee este tipo de literatura es muy fan de lo suyo. Son pocos, pero todos están ahí.

R. D. S.: Suelen ser gente muy aficionada al terror, a la gótica, y son muy entusiastas y muy leales y fieles. Muy tocapelotas también.

Pero de los «me gusta», de momento, no se come.

R. D. S.: No, claro que no. Con nosotros los lectores son muy considerados, muy atentos. A mí siempre me alucina un poco la cantidad de elogios que te transmite la gente. No tenemos troles.

J. L. G.: Lo que más critican, sinceramente, es el precio. No sé si es porque es gente que lee mucho y no les alcanza para comprar todo, y les encantaría que vendiéramos todo a un euro. Pero no podemos, porque a nosotros también nos cuesta hacerlo. Critican eso y en general, cada vez que anunciamos un libro, les parece maravilloso y estupendo, con frases sonrojantes. «Es que me hacéis feliz, es que mi vida sin vosotros no tiene sentido». Yo entiendo que es de cachondeo.

R. D. S.: Había uno que decía que había tenido más orgasmos con Valdemar que con su novia.

J. L. G.: Son muy maximalistas.

Marta Lila: Pero es que a lo mejor no. A lo mejor es un loco de la pradera que está ahí esperando a que salga un libro para tener un orgasmo.

J. L. G.: A nosotros también nos hace felices editar estas cosas. Quizá no a ese extremo…

R. D. S.: Lo que no encontramos en la prensa, que nunca nos ha hecho ni caso, quitando excepciones, lo encontramos en la gente que nos sigue. El desinterés, en realidad, ha sido mutuo, porque a ellos no les interesamos nosotros, y a nosotros no nos interesan ellos.

¿Pero no creéis que en cierto modo esa actitud de la prensa, de desprecio, refleja un poco la baja consideración social que se tiene hacia la literatura de género?

R. D. S.: Es que creo que hay mucho amiguismo en España, en este rollo literario. Es, como decía Trapiello, el club de las almendritas, que son unos cuantos que se las reparten.

Estuvimos hace poco con Juan, de la librería Estudio en Escarlata y…

J. L. G.: ¡Nos ha dado un premio hace poco! ¡Y venía hasta con regalo, una botellita de whisky!

R. D. S.: Es mejor que los del Premio Nacional, que no nos dieron nada.

Es cierto, en 2001 os dieron un premio nacional. ¿Tenía algún truco? Una editorial que apenas sale en los medios…

J. L. G.: Pues fuimos a Barcelona a recoger el premio, subió Rafa, que se puso hasta corbata, pero no dio ningún discurso lacrimógeno como en los Goya. Nos dieron una placa, que no sé ni dónde está.

Podrías haber dicho lo que cuenta Anguita que diría si volviera al Congreso: «¿Y ahora qué, hijos de puta?».

J. L. G.: No nos habrían dado jamás una ayuda más. Y eso que nos dan y pedimos pocas.

R. D. S.: Fue muy extraño que nos lo dieran. Yo creo que lo hicieron porque fue el año que editamos A la busca del tiempo perdido de Proust.

J. L. G.: Claro, cómo se lo van a dar a una editorial que se dedicaba solo a publicar literatura gótica. Además, es que el responsable de cultura era Luis Alberto de Cuenca, y él es muy fan de la literatura gótica. Pero hay un jurado, eh. Lo sé porque al año siguiente nos tocó ir, porque es como los Óscar, que si te premian vas de jurado el año siguiente. Hay votaciones y no existe ese nepotismo de que lo que diga el secretario de Estado va a misa. Puede intentar meter a un candidato, pero no puede ser solo porque a él le guste la colección gótica —que me consta que le gusta—. Quizá Luis Alberto lo introdujo, pero luego hubo un jurado que votó, y votó a favor. Muchos premios han sido ex aequo, prácticamente todos, pero el nuestro fue solitario. No hubo empate en la votación.

R. D. S.: Nosotros le hemos dado siempre mucha importancia a los clásicos, que en realidad nos dan más dinero que el terror. Nos gusta más el terror, y como nuestra motivación no es el dinero estamos más volcados en ello.

J. L. G.: Sí, pero de Proust hemos vendido mucho más que de autores de terror, curiosamente. Entiendo que van a otro público. En Valdemar hay cierta esquizofrenia porque queremos tener distintos públicos no comunicados entre sí. Los que leen la colección Frontera no coinciden con los que leen la colección Gótica, y los que compran Kafka, Proust y Flaubert no son los mismos que compran Frontera o Gótica. Pero eso está bien.

R. D. S.: También tenemos los valdemarianos, que compran todo.

J. L. G.: Hay gente que se intercambia fotos de la colección Gótica diciendo: «Yo tengo todos, jodeos». De hecho, de libros que llevan años agotados, se piden precios muy por encima de lo marcado. Intentamos deshacer esa especulación reeditando todo, incluso mejorando la edición. Pero claro, no damos abasto, porque a lo mejor quince o veinte de ellos llevan diez años agotados. La gente a la que le falta un título paga cien pavos, doscientos pavos… E intentamos desmontar esa especulación. Es una colección que empezó hace más de veinte años. Había uno de Zaragoza, que era amigo de nuestro amigo Alfredo, que se queda con restos de edición, que quería que le consiguiéramos los títulos que le faltaban. Y estaban agotados. Y claro, Alfredo estaba acojonado, porque este era juez y decía: «¿Cómo le voy a decir que no le puedo mandar los que faltan?» y tal. Que hasta un juez hace la colección Gótica, en un momento dado.

Valdemar para JD 7

Un juez, un secretario de Estado como Alberto de Cuenca, el hijo de la duquesa de Alba Jacobo Siruela… Tenéis fans de literatura de género de todo tipo. La imagen de que es una literatura que solo nos gusta a cuatro frikis se desmorona…

J. L. G.: Yo diría que hay frikis en todos los estamentos sociales.

R. D. S.: Ojo, Luis Alberto de Cuenca es muy friki. Es un tío que no se le caen los anillos por coleccionar tebeos, fanzines…

J. L. G.: Es un poco como Savater, en otra línea. Lectores tan compulsivos que conocen las cosas desde un tebeo de el Capitán Trueno hasta una edición erudita de un clásico griego. Comen de todo, son grandes entusiastas y animadores de la lectura con su sola presencia. Hablan de los ratos felices que han pasado en su vida leyendo, y se te cae la baba escuchándolos.

M. L.: O un fiscal del Estado, mira a Eduardo Torres-Dulce. Le encanta la colección Frontera.

J. L. G.: Incluso en la tele lo ha dicho. Ha escrito un ensayo sobre la caballería americana en el cine, es un especialista. Claro, la colección esta le encanta, porque no hay nada en España parecido a eso. Está encantado.

De hecho, os ha recomendado alguna vez en aquél programa que tenía, Cowboys de medianoche.

J. L. G.: Es verdad, ese que hacía con Garci y con César Vidal.

R. D. S.: César Vidal es otro gran fan de Valdemar.

M. L.: Savater, durante una Feria del Libro, hizo una reseña en Babelia de Felices pesadillas alucinante.

J. L. G.: Fue acojonante. Fue uno de los libros más vendidos de nuestra historia. También es verdad que eran los cincuenta mejores cuentos de terror publicados en quince años de Valdemar. Como referencia y especialistas en terror, el que nunca compra terror debió de pensar que era la antología que debía tener. Cuando vendes a gente que no es del grupito es cuando vendes más, porque es un público mucho más amplio. Con H. P. Lovecraft nos está pasando, se está generalizando. Las ventas que tienen los dos tomazos que hemos sacado con toda su obra ya no se justifica con el círculo de lectores de género que hay en España, sino que va mucho más allá. Está comprándolo gente que no lee literatura de terror.

Es cultura popular, ya.

J. L. G.: Absolutamente. También ha sido publicado en la colección de Penguin, en clásicos norteamericanos. Y a Lovecraft, en Estados Unidos, que lo tenían como una especie de friki, ignorado autor pulp, hace ya una década o así, han empezado a considerarlo uno de los grandes autores del siglo XX. Por su difusión mundial, por sus traducciones a otras lenguas… Si no por un valor literario, cuanto menos un valor social, que muchísima gente lo ha leído y le gusta.

Y por eso, por la penetración en la cultura pop, como ya está en videojuegos, cómics, la palabra Necronomicón sale hasta en los dibujos animados…

J. L. G.: No te puedes imaginar, lo de Lovecraft es como lo de Holmes.

R. D. S.: Cthulhu se ha vuelto ya un icono popular. Hay hasta peluches.

¿Y cómo se produce ese salto de consideración? Porque hay autores que continúan relegados a ese desprecio de género, el mismo en el que estaba Lovecraft hasta hace no tanto.

R. D. S.: Pues es difícil. Ahora hay que remontarse hasta atrás, cuando yo era pequeño, y Lovecraft era casi un autor maldito, que había que buscarlo.

M. L.: Creo que es porque ya se ha adaptado a la literatura académica. Por ejemplo, hablamos de Proust, y si las ventas de Proust son regulares es porque se ha incorporado al catálogo de las universidades. El profesor te indica las ediciones en castellano, y la más completa va a ser la edición de Mauro Armiño de Valdemar porque tiene todas las notas… Con lo cual ya tienes a una población estudiantil que va a comprar ese libro. Ya no es solamente el grupito de frikis.

J. L. G.: Hay gente que incluso está haciendo tesis doctorales sobre Lovecraft.

R. D. S.: El caso es que Lovecraft tenía todas las cartas para ser un autor maldito. Era muy incorrecto, sus opiniones políticas eran detestables…

J. L. G.: Todo para triunfar: un misógino, racista, facha… Encantador.

R. D. S.: Pero tampoco hay que olvidar que tenía una vía humorística muy acusada que no todo el mundo ve. Pero si analizas la obra de Lovecraft y de todo su círculo encuentras mucho humor soterrado. ¿Por qué ha triunfado? La verdad es que no lo sé.

J. L. G.: Es que es un tipo de horror que no se ciñe a los fantasmas victorianos, que no dan tanto miedo. El horror cósmico es un horror más penetrante, metafísico, psicológico. Yo creo que permea más en la gente. Lo otro es como más cliché, y por eso Lovecraft es el gran renovador de la literatura de terror del siglo XX.

Que otros autores, tanto literarios como cinematográficos como de casi cualquier medio, le citen como gran influencia ayuda mucho. Como en la nueva serie de Stephen King de 22.11.63 que adapta su libro, donde hay homenajes explícitos. De hecho, King dijo algo en su Twitter sobre Lovecraft y un estudio corroboró que después de eso habían aumentado la venta de libros de Lovecraft.

J. L. G.: Ha pasado con Robert Chambers y la serie True Detective, la primera temporada. Se mencionaba de pasada El Rey Amarillo, y nosotros hemos agotado la edición en un año. Porque hay referencias veladas. La serie no es que tenga nada que ver con el relato, es un homenaje personal de Nic Pizzolatto. Pero claro, la serie ha sido un fenómeno tan acojonante como para que cosas tan laterales como una referencia literaria agoten edición. Porque si la serie va sobre el relato en concreto, lo entiendo, pero no era el caso.

Quizás sea porque el público trató, mientras la serie estaba aún en emisión, de adivinar el desarrollo en El Rey amarillo. Como si fuera a encontrar allí pistas de lo que ocurriría.

J. L. G.: Sí, y al final fue un «no chavales, no vais a salir de dudas». Ha sido una venta por equivocación.

Valdemar para JD 2

En una librería nos lo contaban, la cantidad de libros que salieron con la etiqueta «El Rey Amarillo, que inspiró True Detective»…

R. D. S.: Sí, pero el nuestro no lleva esa etiqueta. Porque somos además contrarios a esa tendencia. El libro llevaba un par de años editado. Siempre habíamos querido editarlo porque es uno de los grandes clásicos. Ya por fin lo sacamos, y llevaba su venta lentísima hasta que salió la serie. Y de pronto…

M. L.: Nos hacía mucha gracia, porque parecía que Pizzolatto se sabía los títulos de la colección Valdemar. Mencionaba frases de Thomas Ligotti, de La conspiración contra la especie humana, que son tal cual las dice Matthew McConaughey, luego las referencias al Rey Amarillo, luego lo de Carcosa… ¡Todo estaba en el catálogo de Valdemar!

J. L. G.: Es que Pizzolatto tiene pinta de ser un poco friki, y hay coincidencia, aunque no le conozcamos ni él a nosotros tampoco. En la FNAC pusieron una chapita debajo de la edición de La conspiración contra la especie humana, y lo que ponían era: «Frases literales del detective Cohle en este libro». Y así estaba en el escaparate.

R. D. S.: Es acojonante, es que cualquier cosa apoyada por una serie o una película se dispara. No me quiero ni imaginar ya lo que debe ser Juego de Tronos. Si nosotros a este nivel hemos vendido esto, lo que será aquello.

De hecho, no sé que editorial grande fue la que les ofreció un pastón por quedarse con los derechos en España…

J. L. G.: Hombre, la verdad es que tiene mucho mérito el editor original, Alejo Cuervo, que es un poco underground y minoritario, como nosotros. Normalmente cuando un autor tiene una oferta de una editorial que es la que más distribuye en un país, no él, su agente literario, es el que dice «tú te callas y se lo vamos a vender a estos que son los que saben de vender». Este habrá preferido que se lo edite alguien que le gusta, que disfruta con ella, que se preocupa por hacer buenas ediciones…

M. L.: Y que apostó por él antes que nadie.

Exacto, es que es algo que va en ambas direcciones. Lo que hizo Alejo con George R. R. Martin fue traerlo aquí cuando no lo conocía nadie.

M. L.: Justo, se gastó su dinero en una traducción, y lo dio todo.

J. L. G.: A mí me gusta mucho que una editorial de género de pronto se haga rica, si se puede decir así. Porque normalmente eso les pasa a otro tipo de editores.

M. L.: Lo bueno es que Alejo ha vuelto a reinvertirlo todo en más libros.

J. L. G.: Como suele ocurrir. Nosotros también somos tan románticos que si nos hiciéramos ricos, empezaríamos a editar cosas con las que perderíamos dinero.

Hablando de Ligotti, contadnos, porque creo que llegar hasta él no ha sido precisamente un camino de rosas.

M. L.: No, con él personalmente no hemos dado aún.

R. D. S.: De Ligotti habíamos oído hablar a amigos, mal en general, porque la traducción que había en España no era buena. Nos interesó sacar obras ya completas de él, empezamos con Noctuario, seguimos con Grimscribe y el mes que viene el Teatro Grottesco.

J. L. G.: La colección Clásicos de Penguin le ha publicado recientemente dos colecciones de cuentos, consagrándole ya como un escritor reputado.

Y no habéis llegado a contactar con él nunca, es una especia de leyenda.

J. L. G.: De hecho yo creo que nadie. Y sí, hay una especie de leyenda en torno a si existe o no. Es un tipo tan misántropo yagorafóbico que no habla con nadie. En su página a veces otros comentan por él, pero no se sabe si es él. Hay fotos por internet de Ligotti, pero son confusas. Tiene una neurosis muy potente.

M. L.: Pero las entrevistas que hace son verdaderas tesis doctorales. No hace muchas, pero las que hay las respuestas son increíbles. Pero tendrá tres o cuatro.

R. D. S.: En Teatro Grottesco se ve cómo se transmite la neurosis y la psicosis de Ligotti al cuento.

M. L.: La dificultad que tiene para traducirle es la ambigüedad, la línea roja que no debes traspasar para no darle más pistas al lector de las que puso el autor. No puedes tú explicar lo que no queda claro: es el autor el que lo ha dejado ambiguo a drede para que no quede claro. No hay que poner nada de tu cosecha.

Se le ha definido como el Mallarmé del terror.

J. L. G.: Sí, es que es un autor de terror pero sus lecturas favoritas luego son Nabokov, Borges, Kafka… Clásicos reputados, no de género.

M. L.: Y luego, como lo llama él, utiliza el terror corporativo, que a mí me resulta muy kafkiano. Es su tema: hay fuerzas cósmicas, pero de grandes corporaciones o empresas donde el individuo no es más que un animalillo que está ahí y no puede hacer nada.

Los primigenios son las grandes corporaciones.

M. L.: Sí, incluso tiene un cuento en el que las personas no son de países, son de corporaciones.

J. L. G.: Bueno, ahora casi estamos en eso ya.

R. D. S.: Pero Ligotti tiene también mucho de autor centroeuropeo, por eso nos resulta tan extraño. Hay mucho de Kafka, de autores oscuros. Es muy intelectual, muchos lo llaman terror filosófico.

Valdemar para JD 3

Sobre la plaga zombi y vampírica que se desató hace unos años, ¿cómo va la moda de esas dos vertientes del terror soft?

R. D. S.: Coño, pues no sé qué decirte, porque ya no estoy muy enterado de estos últimos fenómenos. Hubo una época en la que sí, estábamos invadidos por vampiros adolescentes. El zombi sigue triunfando.

J. L. G.: Ha declinado un poquito, aunque ya ha durado más de lo que yo sospechaba que podía durar una moda. Y todavía siguen editando bastantes libros.

R. D. S.: A mí es que el zombi me resulta muy aburrido. Nosotros editamos una antología de zombis, que para mí es lo mejor que ha salido, una antología de Jesús Palacios, que te da una visión de lo que es el zombi desde sus inicios en el vudú hasta nuestros días.

J. L. G.: Con ese libro zanjamos todo lo que había que decir sobre los zombis. Darle más vueltas es absurdo. Y como las cosas se repiten mucho, se entra en un cliché, y todo resulta autoparódico y chusco.

Pero la infantilización (en el mal sentido de la palabra) del terror, en general, persiste.

J. L. G.: Estos fenómenos no nos gustan mucho, pero no sé, a lo mejor sí contribuyen a que la gente luego quiera leer otras cosas.

R. D. S.: No. Lo peor es que hay gente que no da el salto, gente a la que le han gustado los zombis y se queda en los zombis y quiere leer el mismo zombi siempre. Que las cosas sean siempre iguales.

J. L. G.: Esto pasa con muchas sagas, como lo de George R. R. Martin o J. K. Rowling. Hay fenómenos increíbles. Hay gente que piensa que esos adolescentes, cuando acaba la serie, se quedan como lectores habituales, y no. Cuando se acaba la serie, se acaba. Alguien que ha leído tres mil páginas y luego no vuelve a leer en su vida.

R. D. S.: Es el lector no evolucionado, que se queda en lo que conoce, en lo que le gustó, y todo lo que lea quiere que sea igual. Pasa un poco también en la música, la gente a los Rolling Stones les pide las mismas canciones, y se mosquean cuando el grupo cambia de registro.

J. L. G.: Y ahí tienes a Kiss FM poniendo las mismas putas canciones siempre, porque es lo que la gente quiere oír.

Vamos, que no llegan a Valdemar muchos lectores de Crepúsculo despistados.

R. D. S.: Yo creo que no. En general, esos lectores se pierden.

J. L. G.: Son fans de una historia concreta, no del género. Porque si extrapolas esas historias a otra época o a otro registro, se bajan.

R. D. S.: ¿Cuánta gente se está leyendo Canción de hielo y fuego y se queda ahí, no investiga otras cosas? La mayoría.

Y, ¿cuánto es culpa de las grandes editoriales que enfocan todo a repetir hasta la saciedad el mismo éxito?

J. L. G.: Mucha.

R. D. S.: Mira lo que pasó con Cincuenta sombras de Grey: las librerías se inundan de libros de igual e incluso inferior categoría para buscar el mismo éxito.

J. L. G.: Y nosotros estamos en las antípodas de eso. Hacemos buenas ediciones para grandes aficionados y esas otras cosas ni las entendemos, ni nos gustan, ni pensamos que esos fenómenos nos podrían traer un público que le interesara algo más. El personal es que es así y no puedes hacer nada.

R. D. S.: Tenemos callo desde hace veinte años, al principio nos llamaba la atención pero ahora ya… Sabemos en qué país estamos y lo que se puede esperar de eso.

M. L.: Yo no conocía Valdemar cuando empecé a traducir para ellos, y de repente mi hermana, que trabaja en la facultad de psicología, y sus colegas me decían: «¡Valdemar! ¡Pero si a mi me encanta!». Se conocían hasta los nombres, ¡pero desde cuándo alguien conoce los nombres de los editores! Se conoce a Lara y poco más. Yo me quedaba alucinada.

J. L. G.: Realmente ese es nuestro premio. La generosidad de algunos lectores que les gusta lo que hacemos y son entusiastas.

R. D. S.: La verdad es que yo no sé si eso ocurre con otras editoriales, ese nivel de fanatismo. Con Valdemar es que hay tíos que te paran por la calle. Aunque lo entiendo un poco, porque yo también he sido muy fanático de muchas editoriales.

La mayoría de editoriales reconocen que alguna cosa sí que han publicado con la nariz tapada, casi para después poder darse el lujo de publicar lo que quieren. ¿Vosotros también?

J. L. G.: No, porque además no tendría mucho sentido. Porque podríamos haber tirado por una línea más comercial desde el principio, por una línea de lo que más se vende. Y entonces no habríamos palmado pasta.

M. L.: Habrían sacado El Código Da Vinci.

J. L. G.: Pero es que cuesta mucho dinero ser coherentes.

R. D. S.: Jesús justo publicó un libro sobre los desastres de Valdemar.

¿Y cuáles son esos desastres?

Jesús Palacios: Pues justo mis autores favoritos. Era una colección con el barón Corvo, Pétrus Borel, la colección de Planeta Maldito. Gente maldita que lo es precisamente porque no vende.

R. D. S.: Autores que sabíamos que eran invendibles pero que tenían que estar ahí, que debíamos publicarlos. Y mira que esa colección funcionaba muy bien, porque metíamos eróticos, tipo Las once mil vergas de Apollinaire, que se leían muchísimo. Pero luego estaban los libros menos vendidos.

Asteroide sacó el libro de En busca del barón Corvo, ¿no ayudó eso a vender?

R. D. S.: No, no, nada.

J. P.: Lo curioso es que su biografía, que ya estaba publicada hace muchos años, es un libro que siempre se ha vendido muy bien. Su biografía se vende, pero sus obras no. Siruela también publicó en la colección Ojo sin párpado y fue de los menos vendidos. Con ese precedente yo le dije a Valdemar que lo sacáramos…

J. L. G.: Y es uno de los mejores libros que hemos editado, pero no vendido.

J. P.: Es que es una colección que tenía mucha querencia por los autores finiseculares, relacionados con el simbolismo, con el modernismo, el decadentismo… Sacamos a dos que son de mis autores favoritos de ese mundillo, Corvo y Ronald Firbank. Son libros que no se han vendido, pero visten mucho.

J. L. G.: Pueden que nos hayan dado prestigio. Aunque muchas veces dices eso de «cambiamos un poco de prestigio por un poco de oro».

R. D. S.: De todas formas he de decir que son libros que me gustan mucho. Yo hubiera querido hacer una especie de «biblioteca del infierno» con todos estos autores. De tocarnos la lotería si que hubiera hecho una cosa así, me habría permitido el lujo.

J. P.: Creo que siempre habéis tenido la política de sacar un libro que os apetecía mucho inmediatamente después de tener dos libros que se habían vendido muy bien, aunque sabíais que aquel no se vendería. Aprovechar la liquidez para daros el gusto.

J. L. G.: Sí, los frikis en general cuando tienen dinero se lo gastan todo en sus vicios, y nosotros reinvertimos lo que ganamos de un libro en otros proyecto de más riesgo. Aunque pierdas una parte de esto.

Valdemar para JD 4

Los editores suelen hablar de la «responsabilidad social» de la edición. De proveer al público de una literatura de un determinado nivel, para elevar el de la oferta. ¿Vosotros sentís esa «responsabilidad» con el público en general, o con vuestro público?

R. D. S.: Nuestra responsabilidad empieza y acaba en nuestro público. Los fenómenos de superventas están bien porque ayudan a que las librerías subsistan, si no fuera por ellos estaríamos sin librerías ya. En cierta medida agradezco esos bestsellers, pero nosotros estamos en nuestra guerra, publicamos para el club Valdemar, digamos.

J. L. G.: Aunque nos gustaría que el club Valdemar fuera más amplio.

J. P.: Es absurdo pensar que la gente pueda pasar de leer Crepúsculo a leer al barón Corvo o Bram Stoker.

De hecho hay libreros que nos cuentan que venden el libro de Stoker como «el libro que inspiró a la autora de Crepúsculo».

J. P.: Sí, recuerdo haber visto hace no mucho una secuela de la Isla del tesoro y en la cintita ponía «una secuela, superior incluso a la original». Pobre Stevenson, vaya hostia.

R. D. S.: Nosotros somos muy enemigos de ese tipo de cintas y citas un poco engañosas. «Trescientos mil libros vendidos desde que se editó en Francia» como pasó con El salario del miedo. No queremos buscar subterfugios de esa clase.

J. L. G.: A nosotros nos ofrecieron primero True Blood antes de la serie de televisión, y nos pareció que era una secuela de Entrevista con el vampiro y que estaba muy visto. Y lo rechazamos. Ahora la editorial lleva ocho o nueve volúmenes, pero bueno…

R. D. S.: ¡Si es que somos gilipollas! Pero bueno, hablando de la responsabilidad, yo sí que siento un poco de orgullo de que haya muchas generaciones jóvenes que han mamado de Valdemar. Muchos escritores que nos hemos encontrado ahora como Emilio Bueso o Jesús Cañadas, y eso en cierta manera es gratificante. Y después en la Feria del Libro vemos que hay un público más o menos joven que nos sigue, que muchos se forman en el género con Valdemar.

J. P.: Y no solo en el género, Rafa. La colección de Intempestivas además ha hecho cosas con festivales de cine, y ha dado oportunidades a gente como Rubén Lardín. Y haber publicado en España a gente como Camille Paglia, que es una de las pensadoras más importantes del siglo XX, es una cosa de la que estar muy orgulloso. O los dos libros de Cultura del Apocalipsis de Adam Parfrey.

Llopis ha dicho hace poco que no ha vuelto a sentir miedo como cuando tenía catorce años. ¿Y vosotros?

J. L. G.: Creo que gracias autores como Ligotti, no estoy de acuerdo. Yo no lo habría disfrutado de adolescente, porque no pillaría ni la mitad.

R. D. S.: Siempre vas descubriendo cosas nuevas con la edad, aunque quizá la emoción del miedo realmente solo la tienes cuando empiezas a leer. Luego se va convirtiendo en otra cosa, en un juego intelectual del que participas voluntariamente con la famosa suspensión de incredulidad. Pero el miedo genuino sí que es cierto que lo tienes cuando eres más joven.

J. L. G.: Hombre, porque todas las emociones son más intensas. Luego el juego pierde intensidad pero gana conocimiento, porque se hace más sofisticado.

J. P.: Pensar en la literatura de terror como que su función exclusiva es dar miedo es muy reduccionista.

De ahí viene la losa de ser considerado subgénero.

J. P.: Exacto. Y pasa aún más en cine que en literatura, porque se asocia al susto y a pasar un mal rato. Y evidentemente eso forma parte intrínseca de la literatura de terror, pero no es el único elemento. Hay otros muchos niveles de disfrute, cosas que vas aprendiendo y vas sofisticando con el paso del tiempo. Creo que es el proceso lógico de madurez del lector, y que aprovechan los buenos escritores de género. Lees Drácula con catorce años y lees una cosa, lo lees con treinta y es otra, y cuando lo haces con cincuenta lees otra que al mismo tiempo contiene todas las anteriores. Yo ahora no puedo sentir miedo como cuando tenía catorce años, pero cuando leo a un autor como Grabiński siento una cosa muy aproximada, que me permite resucitar un poco esas emociones en la medida en la que me lo puede permitir mi madurez actual. Que es más decadente.

R. D. S.: El primer libro que recuerde que me impresionó fue El doctor Jekyll y Mr. Hyde, porque me asustó y me hizo descubrir que la literatura era algo importante, porque dejaba aflorar en mí algo que estaba oculto. La parte oscura que llevamos dentro. Esa emoción es muy difícil de repetir.

J. L. G.: Para mí fueron más bien los cuentos de Poe. Y leyéndolos ahora, alucino que con trece o catorce años los leyera, los entendiera, y los disfrutara. Hoy en día me gustaría saber si un chico de esa edad coge a Poe y lo disfruta, porque tiene una prosodia que no coincide con cómo se habla hoy o con los guiones de cine…

J. P.: Creo que lo que ha dicho Rafa es muy interesante, porque una de las funciones de la literatura de horror es asustar, pero otra de ellas, como diría Anton LaVey, no es exorcizar, sino ejercitar a la bestia. Reconocer tú mismo aquellos elementos de ti que te asustan, que son antisociales, primitivos o agresivos, y el ver como eso tiene una función en el arte, literaria y estética. Y no una función domesticadora, prefiero pensar que es ejercitadora, porque esa parte del ser humano es fundamental para la cordura y para la supervivencia. Si no existiera esa literatura y ese cine que nos acostumbra a lo peor de nosotros mismos y de nuestros vecinos, probablemente pensaríamos que el mundo es como las comedias románticas de Hollywood o en las canciones de Los Planetas.

R. D. S.: Es mejor que pensemos que vivimos en un mundo lovecraftiano.

J. P.: No es que lo pensemos, ¡es que vivimos ya en él! Y como vivimos en él, es mejor saberlo.

¿Es casualidad que Lovecraft, junto a Kafka, sean de los pocos autores que tienen un adjetivo propio, lovecraftiano y kafkiano?

J. L. G.: Cuando un autor tiene ya un adjetivo propio es que ha calado definitivamente en la cultura. Se convierte en universal.

J. P.: Porque además ya trasciende lo literario, vas por la calle y dices «esto es un poco lovecraftiano».

R. D. S.: Y sobre todo porque el sistema es cada vez un poco más Cthulhu…

Hablando de lovecraftiano, Revival, de Stephen King lo es. Pero, con todo el reproche, Rafa, creo que tú dices que no te gusta nada el Stephen King desintoxicado…

R. D. S.: Es un poco broma, y aunque no lo he verificado documentalmente tengo la sospecha de que desde que abandonó la cocaína y el alcohol dejó de ser interesante. Al menos para mí. Porque el King que echo de menos es el King de los cuentos, como narrador de historias cortas me parece muy difícil de superar por nadie.

J. P.: Pero como el mercado mismo se ha destruido… Pasa también con George R. R. Martin, que se hizo famoso como narrador de cuentos cortos, y eran cojonudos. A King le pilló justo el cambio de mercado, que volvió a los cuentos, y lo aprovechó. Todo el mundo que hacía novelas de doscientas páginas empezó a hacerlas de dos mil, pero como Stephen King tuvo muchísimo éxito, él mismo contribuyó a que el cambio fuera más radical.

R. D. S.: Como nos dedicamos más a la colección Gótica, cosas anteriores al siglo XX, abundan los cuentos. Nosotros vivimos un poco del cuento, aunque sea un chiste muy malo.

¿Y cómo os hicisteis con Danza macabra, el ensayo de Stephen King?

R. D. S.: Es una larga historia. Estuvimos cinco años detrás de ello…

J. L. G.: Cuando preguntamos por ese ensayo a la agencia literaria que lleva los derechos de King en España, le dijimos que a la editorial habitual no le interesaría publicarlo. Porque habían pasado muchos años desde su publicación en Estados Unidos y nunca lo habían hecho. Les preguntamos que si había alguna posibilidad de que lo hiciéramos nosotros. Y tardaron cuatro años en contestar a esa pregunta, posiblemente porque tampoco al editor español que publicó a Stephen King en España le interesaba publicar el ensayo, ni que otro lo publicara. Y eso es en lo que no estábamos de acuerdo.

R. D. S.: Lo peor de gente como Stephen King, tan grandes y tan famosos, es que es muy difícil acceder a ellos. Siempre hay un agente de por medio que te corta. Y estoy seguro de que a él, si le hubiéramos trasladado la idea de que qdeseábamos editar este ensayo que nadie quería, habría dicho que sí.

J. L. G.: Planteamos a la misma agencia hacer una antología personal de cuentos de distintas obras, para que no compitiera con sus libros, e incluirla en nuestra colección Gótica, donde empiezan a estar los clásicos modernos. Nos dijo su nuevo agente que no nos podía dar ese permiso porque todas las editoriales querrían hacer lo mismo, aunque las editoriales no fueran de terror, solo porque es Stephen King. Nos negaron la posibilidad. Estamos publicando en Gótica a Ligotti, vamos a publicar a Clive Barker, pero Stephen King se quedará fuera no a causa de él, sino de su agente literario.

¿Vais a publicar por fin a Clive Barker?

R. D. S.: Dentro de nada vamos a editar en un volumen los tres primeros Libros de sangre, los mejores, con una ilustración de cubierta fantástica de Santiago Caruso.

Valdemar para JD 6

Sobre la colección Frontera que habéis sacado, ¿el interés era reivindicar el género? Porque si el terror estaba maltratado, el wéstern ya no digamos…

J. L. G.: Sí, era lo peor.

R. D. S.: He de decir que yo era un lector con cierto prejuicio, porque no la conocía. No sabía que había grandes autores con valor literario más allá del género. A través del primer libro que sacamos, Indian Country, me abrí a todo.

J. L. G.: Y descubrir a Dorothy M. Johnson, porque aquí tenemos el cliché de que la novela del Oeste es una caca y nada de eso…

J. P.: Bajo cielos inmensos, de A. B. Guthrie, es una novela que prefiero a todo lo que he leído de Faulkner, sin ninguna duda y sin ningún remordimiento. En España había una gran tradición de publicar novela del Oeste de calidad, tanto de escritores de género pulp buenos, como de grandes novelistas norteamericanos. Lo que pasa es que eso quedó tapado en los años sesenta y setenta por los bolsilibros españoles, por Manuel Lafuente Estefanía y tal. Pero por ejemplo Dorothy M. Johnson estaba publicado ya aquí, o el Wild Wild West de Guthrie. Con traducciones peores, vale, pero sí que estaban.

R. D. S.: El caso es que cuando nos propuso Alfredo publicar, éramos escépticos, porque una novela de wéstern en España… Pero el caso es que funciona, está teniendo muy buena respuesta.

J. L. G.: Porque no hay más oferta en España.

J. P.: ¡O porque a veces lo bueno funciona!

R. D. S.: A veces cosas muy concretas, como la literatura japonesa con los de Satori, funciona.

J. P.: Y también porque en los últimos años ha habido, a lo tonto, una cantidad increíble de películas y series de televisión que son wéstern.

La enésima resurrección del wéstern…

R. D. S.: ¡No lo digáis muy alto, a ver si ahora se va a poner a editarlos todo el mundo!

J. P.: Luego también está el fenómeno de Oakley Hall.

R. D. S.: Nosotros publicamos una novela suya policíaca, pero no funcionó. Ambrose Bierce era el protagonista, una novela de ficción histórica muy buena. No vendimos nada.

J. L. G.: Teníamos la continuación preparada, pero vendimos tan poco que no pudo ser. También lo intentamos con la policíaca en la colección de Valdemar-Es Pop, tampoco funcionó…

J. P.: Dejadme decir que el gran acierto de Frontera es que es cien por cien Valdemar. El tipo de libro, de portada, de edición y tal. Como la colección Gótica es a la novela gótica, Frontera lo es al wéstern. Sin embargo Valdemar-Es Pop por hache o por be, no era tan genuino, ni el sello era tan evidente.

R. D. S.: Al margen de estas disquisiciones, el problema es que hay mucha competencia. Es muy difícil meterte ahí. La de wéstern, además de porque sean buenas, ha funcionado porque no había tanto publicado. Insomnia va a tirones y renqueando, pero esta colección va bien.

Ya que menciones la colección Insomnia, ¿podría ser Extraños eones de las mejores adaptaciones de los mitos de Cthulhu en el siglo XXI?

J. P.: Puede serlo, porque por lo menos da una versión original y distinta, no se queda en un palimpsesto de Lovecraft, aporta algo. Te puede gustar más o menos, pero es algo suyo.

J. L. G.: Eso es, porque no es un remake, es otra cosa.

R. D. S.: No copia la prosa rimbombante de algunos autores que han tratado de seguir la estela de Lovecraft.

J. P.: Aparentemente lo fácil es replicar eso. Pero es mentira, porque Lovecraft escribía muy bien pese a lo que se dice, y los que intentan escribir como él lo hacen muy mal. Todo lo que han leído de que Lovecraft es un mal escritor se lo han creído, y creen que replicarlo es muy fácil… Ponen veinte adjetivos seguidos, diciendo que todo es arcano, todo es cósmico y obscuro y pulsante y abominable, y la cagan.

Académicamente se le cita como ejemplo del «buen mal escritor».

J. P.: Sí, pero eso también se dice de Pío Baroja. El año pasado hablaba con Ramsey Campbell de esto, y estábamos de acuerdo en que cuando vuelves a leer a Lovecraft pasado mucho tiempo de repente descubres que es un tío que se preocupaba mucho, casi tanto como Poe, por la esencia formal del cuento de miedo. Que buscaba muy bien los efectos y construye las historias de puta madre. Coges La llamada de Cthulhu y no solo está perfectamente construida desde el punto de vista de la gradación del suspense, sino que la técnica de collage que utiliza es literalmente lo del falso found footage de La bruja de Blair que tanto se ha repetido después. Pero claro, producido en 1930. Y eso no lo hace alguien que escribe mal. Hay que tener en cuenta que él mismo corregía cuentos de otros, y los mejoraba.

J. L. G.: De hecho, el poco dinero que ganó en su vida fue gracias a eso.

J. P.: Hay una leyenda negra que se fundamenta sobre todo en dos críticos literarios, que son Colin Wilson y Helmut Wilson, que lo pusieron a parir siempre. Y hay que contar con que a Helmunt no le gustaba la literatura de terror. Y Colin, que empezó diciendo eso, acabó escribiendo novelas lovecraftianas…

Rafa, de hecho tú decías que quien ha acusado a Lovecraft de barroco abusivo es que no lo ha leído. Cuando describe la ciudad de R’lyeh como «geometría errónea», es justo el adjetivo que necesita. ¿Dónde está el mal escritor ahí?

R. D. S.: Y aparte de eso, un escritor que ha penetrado en el subconsciente del siglo XXI no puede ser un mal escritor.

J. P.: Sí, y además ha entroncado con arquetipos preexistentes que él mismo definió. El concepto «horror cósmico», que ahora toda esta escuela filosófica del nuevo materialismo especulativo utiliza a mansalva y lo ponen al mismo nivel que cuando hablan de Schopenhauer o de Nietzsche o Hegel… Por algo será. El realismo especulativo bebe del horror cósmico de Lovecraft tanto o más como pueda beber de esos autores.

Valdemar para JD 8

Habéis mencionado antes que ciertos autores de terror empiezan a entrar en los temarios de universidades. ¿Qué otros merecerían estarlo? O en la colección de clásicos de la Penguin Random House…

R. D. S.: Yo es que no soy muy académico, así que prefiero que ninguno. Y la Penguin ya no es garantía de nada, porque también hay mucha morralla.

M. L.: Bueno, pero llega a mucha más gente.

J. P.: La literatura de género tiene muchos niveles de disfrute. Uno de ellos puede ser el académico. Cuando encuentras a un autor que conecta con lo que a ti te gusta, en cualquier género, y además es un buen escritor, estilista y gran creador literario, estás encantado. Pero —al menos en mi caso— a veces prefieres leer a muy malos escritores que también conectan con determinados gustos o con una iconografía que es agradable, que a otros muy buenos escritores que no conectan para nada a ningún nivel, ni con mi inconsciente ni con mi consciente. El género fantástico y de terror se presta mucho a eso. Prefiero leer un cuento mediocre de Robert E.Howard, o…

Los hombres topo quieren tus ojos, que mientras lees los cuentos de la antología piensas en lo mal escritos que están y lo bien que te lo estás pasando.

J. P.: Efectivamente, ese es el ejemplo, porque son cuentos que no están escogidos por su calidad literaria, sino por su cualidad arquetípica. Es como las películas de serie B o de serie Z. Hay gente que te dice que cómo te puede gustar Plan 9 del espacio exterior, que es la peor película de la historia del cine. Pues mira, me gusta porque en un momento determinado sale Tor Johnson de debajo del suelo, rompiendo la tierra con la calva en una escena totalmente onírica que es como si la hubiera soñado cuando tenía seis años. Y para mí eso vale más que ver veinte veces Ciudadano Kane.

Pero tú siempre vas a estar sujeto a la pregunta del ¿por qué? Nadie te va a preguntar por qué te gusta Ciudadano Kane.

J. P.: Cierto, pero te digo una cosa: vete a una isla desierta y escoge película. A ver quién se lleva Ciudadano Kane.

R. D. S.: Siempre digo que soy muy fan de los malos escritores, pero entre comillas. Hay muchos escritores pulp que son considerados académicamente como malos escritores. Clark Ashton Smith a mí me flipa, la exuberancia del lenguaje, las invenciones totalmente insensatas. Yo no sé que tomaba, pero quiero que me dé.

M. L.: Pero Ashton Smith es de los finos, es estilista. Y además era poeta.

R. D. S.: Bueno, hay críticas demoledoras en su época. O Howard, a mí me gusta mucho, y un académico no le considera un gran escritor. Lo que ocurre es que la gente oye «pulp» y como que se asustan. Pero no olvidemos que escritores pulp eran Raymond Chandler, Dashiell Hammett

J. P.: Lo que dice Rafa es verdad, que hay escritores malos que están muy bien. Para mí la escuela de apreciación crítica más interesante siempre han sido los surrealistas franceses, los que sabían de verdad lo que pasa. Y lo que pasa no tiene que ver con la calidad académica o literaria, tiene que ver con el sentido de la maravilla, con lo onírico, con lo subconsciente individual y colectivo. Eso puede funcionar en un gran escritor y todos contentos, pero puede funcionar en un muy mal escritor que sin embargo, por los motivos que sea —porque era un esquizofrénico paranoide incurable— pues de repente te da imágenes y visiones que te descubren cosas. Que te divierten o que te vuelven loco.

R. D. S.: Uno de los libros que más me ha influido a mí en la vida ha sido la Antología del humor negro de André Breton. Me descubrió una cantidad de autores que para mí eran inimaginables.

J. P.: Lo bueno de los surrealistas es que iban más allá, es que se iban a FantômasGaston Leroux

R. D. S.: Joder, ¡cuánto me habría gustado editar a ese hombre! El día que nos toque la lotería será eso.

J. L. G.: Tenemos una colección de pioneros de la ciencia ficción que dirigía Jesús cuando tenía pelo y fumaba que eran cosas también muy pulp. Cosas como muy ingenuas que pensábamos que tendrían interés para los lectores de ciencia ficción, pero claro, leían lo moderno. Lo de los pioneros era demasiado para este mercado, sería más para el anglosajón.

M. L.: Ahora lo está haciendo Paco Arellano, con tiradas de doscientos ejemplares.

J. L. G.: Paco Arellano es el único friki español más mayor que nosotros. Con la ciencia ficción ha habido una frenada, se ha notado mucho.

J. P.: Sí, porque se ha fundido también con el mainstream un poco, en España. Colecciones hay menos que hace treinta años.

R. D. S.: Incluso la serie policíaca. La novela policíaca en ocasiones va camuflada, por ejemplo Siruela las saca dentro de sus colecciones generales.

R. D. S.: Sería digno de estudio ver en qué año el género empezó a tomar mala fama en España, porque antes hemos hablado de colecciones como Crisol que editaban al mismo nivel policíaca, aventuras, y Tolstoi, y no sé cuándo se frenó…

J. P.: Quizás fue un proceso de absorción que a nosotros no nos gusta.

R. D. S.: ¡Fueron los académicos! ¡Malditos!

J. L. G.: En los años setenta la literatura era una cosa muy grave y muy densa, reivindicativa… Coincidiendo con el final del franquismo se leían cosas cosas comprometidas, y la literatura de evasión estaba mal vista.

Hemos abierto el melón con lo de «literatura de evasión». ¿Por qué es un género menor?

R. D. S.: Yo es que ni siquiera estoy de acuerdo con la denominación. Si te gusta, tú disfrutas tanto leyendo a Maimónides como a Lovecraft, el placer lo obtienes tanto de una obra abtrusa como de cualquier otra…

J. P.: El problema de llamarlo «literatura de evasión» es que tenga un sentido peyorativo. Si no, ¿qué hay de malo en evadirse leyendo? La gente se evade mucho más de lo que piensa —y mucho más de lo que reconocería nunca— leyendo historias sobre la guerra del Golfo o la guerra de Yugoslavia. Se evade de su puta vida de mierda con su familia, sus niños gritando y tal. Y encima cree que está haciendo una labor social, pero está haciendo literatura de confesionario, de «qué bien me siento ahora que he leído cómo de putas las pasan los pobres emigrantes». Te estás evadiendo igual, solo que además te diviertes menos, pero ese es tu problema. Hay que darle la vuelta a los términos.

R. D. S.: Por eso es tan irritante ese término. ¿Es que no te evades cuando lees Guerra y paz?

M. L.: Por ahí empieza un poco el desprestigio del género, y el ensalzamiento de la gran literatura, la que vale para concienciarse…

J. P.: Nosotros nos hemos criado como editores y como lectores en una época en la que eso parecía que se estaba rompiendo, en el tardofranquismo. Desde el año 72-74 hasta el 84-85 en España disfrutamos de muchas editoriales y muchos escritores de prestigio, empezando por el propio Alfonso Sastre, que fue uno de los promotores del realismo y también uno de los promotores del fantástico en España, y toda una generación, de Juan Tevar, el primer Garci y un montón de gente que venía del rollo intelectual universitario y de izquierdas. Gente que venía de la izquierda exquisita y estaba abierta la género. Había un interés porque incluso eso era, hasta cierto punto, libertario.

¿Y cuándo se jodió?

J. P.: Mi teoría es que empezó a joderse cuando conseguimos lo que creíamos que queríamos, que era dignificar el género. En el momento en que la gente empezó decir que la novela negra era buena y era marxista, y empezaron a costar cincuenta pesetas como costaban las novelas de Chester Himes en la Casa de Libro… Diez años después esa novela de Chester Himes ya no era una novela policíaca de Brugera, era un clásico de la novela negra de un escritor negro americano, comprometido con el marxismo, y ya costaba mil doscientas pelas. Pasó con todo, cada vez que dignificas algo y lo sacas del gueto, que es lo que todos creíamos que queríamos, toma: la literatura del siglo XX la pagas a precio del siglo XXI y te jodes. Todos los críticos como Javier Coma o Carlo Frabetti, que con todo el respeto los he leído con ganas y me han enseñado mucho, pero lo que consiguieron fue dar la vuelta a la tortilla y cargársela.

R. D. S.: Con todo el respeto también, pero… ¡De toda tu explicación entiendo que acusas a Valdemar de poner unos precios prohibitivos!

J. P.: A ver, vosotros hacéis unos libros de puta madre, pero los de Etiqueta Negra de Júcar, por ejemplo, ¿cómo eran? Que valían mil doscientas pelas y empezaban: «El cadáver estaba caído en la carpeta», ¡que no se me olvidará en la vida! ¡Traducían «alfombra» como «carpeta»!

Valdemar para JD 5

Hablando de dinero, vosotros decís que sois ricos en fans. ¿La piratería os afecta mucho?

J. L. G.: Es difícil saberlo, pero yo creo que no. Que ya no.

R. D. S.: Es complicado, porque creo que afecta a un nivel general. Gente que antes compraba libros ahora ya no los compra. No se sabe si te toca a ti o aquél. Creo que a los que más daño hace son a las grandes editoriales y a los autores que venden mucho, tipo Reverte, Stephen King y tal, son los más pirateados. A nosotros que nos pirateen no creo que nos haga mucho daño.

J. L. G.: Viene un poco en paralelo lo que tú vendes en librerías con lo que te pueden piratear. No es comprensible que vendas dos mil o tres mil libros de una edición y haya treinta mil personas interesadas en internet en piratear ese libro. Eso no tiene mucha lógica.

R. D. S.: Luego, ¿cuántas obras de las que se piratean de verdad se leen, y la gente no las deja en un disco duro…?

M. L.: El Diógenes del pendrive.

J. P.: Para seguir utilizando términos marxistas, es el fetichismo por el objeto, ahora el síntoma es tener mucho, luego escucharlo, verlo o leerlo es lo de menos.

R. D. S.: Con respecto a la música, yo me bajé muchísima. Que luego no he podido escuchar porque me bajé tanto que no me da tiempo ni en esta vida ni en dos más. Durante una época muchos como yo nos abonamos al modo aleatorio, tenías mucha y la ponías así. Pero desde hace dos años o así vuelvo a coger y ponerme un disco en concreto, con su cara A y su cara B.

J. P.: Hay una frase de un pensador americano, Lewis Mumford, que en el año 68 o 69 decía que ningún recipiente debería evolucionar más rápido que su contenido. Y nosotros estamos viviendo justamente en el paradigma opuesto. No se hace casi nada nuevo, me atrevería a decir nada, en calidad artística y estética, ni en literatura ni en música ni en cine —otra cosa es que se hagan buenas películas, libros y canciones; pero no se hace nada nuevo— pero lo que sí evoluciona es la tecnología de los recipientes para conservar, escuchar y almacenar eso. Lo que mola es tener el iPod, el «i» no se qué, donde en lugar de treinta películas te caben tres millones. Tres millones que no solo no vas a ver, sino que la mitad o más son mierda.

M. L.: La piratería relaja el criterio selectivo de antes, tenías que elegir lo que gastarte en un libro. Te devanabas los sesos, lo hojeabas en la librería… ¿Y ahora que tengo todo, qué leo?

R. D. S.: Amigos míos que han pirateado mucha literatura se acogotan cuando tienen que elegir qué leer. Tienen tanto…

J. P.: A la larga tiene que ser beneficioso para una editorial como Valdemar. Lo mismo que ahora hay un boom de editoriales más o menos exquisitas, que trabajan el libro como fetiche y como objeto, y creo que la gente que de verdad le gusta Valdemar, quiere el libro.

J. L. G.: Por eso decimos que no nos ha hecho tanto daño la piratería, porque al lector de Valdemar le gusta el libro como fetiche.

Sois conscientes de que sois editores quitándole importancia a la piratería…

J. L. G.: Ah, ¿que se cabrean mucho? Pero es que si la facturación ha bajado no es solo por la piratería. Es que hay muchos más factores, la piratería es un saco al que se le culpa de todo.

M. L.: Es la cabeza de turco.

R. D. S.: Hay que ser conscientes de que la piratería no es el problema, sino la falta de lectores.

J. L. G.: Somos una de las pocas editoriales españolas que no tenemos libro electrónico, así que los pirateos que hay por la red son escaneos.

R. D. S.: La piratería no es tanto un enemigo del libro en papel como del libro digital. Mientras haya piratería digital lo que no se va a vender es el ebook, porque es un poco absurdo gastarte diez euros cuando lo tienes gratis.

J. L. G.: España tiene un 3% de ventas de libro digital, y a mí me parece que está como hinchado. No me lo acabo de creer, y aun así es una cosa despreciable. Darle tanta importancia a una cosa así, sobre todo cuando se venden más otro tipo de productos relacionados con el libro, que el libro digital…

R. D. S.: Aunque sí que hay una cosa, si quieres que te diga la verdad. A mí los piratas me parecen unos jetas. Pero no es ese el problema, porque si tú tienes la oportunidad de piratear, terminas pirateando. Yo lo he hecho, y casi todo el mundo. Porque es muy fácil, y cuando puedes piratear dándole a un botón y que nadie te diga nada… Aunque cuando entro en esas páginas piratas de libros me hace mucha gracia leer los foros: «¡Gracias! ¡Gracias por tu aporte, gracias por compartir!». Me parece absurdo, y hay alguno que dice: «Coño, esa no es la cubierta original»; pero, ¿para qué coño piensas en la cubierta en una edición digital? ¿qué más te da?

M. L.: Y por supuesto, olvídate del nombre del traductor porque no aparece en ningún lado. Y eso mucha gente no lo piensa, porque ven que el autor está muerto y eso debe estar al alcance del público, no estás robando a nadie. Pero estás robando al traductor.

R. D. S.: La piratería introduce una idea que es absurda en esta civilización: la gratuidad. Es que la gratuidad es contraria al capitalismo, si pedimos gratuidad vamos a pedir más cosas, que el pan sea gratuito…

J. L. G.: Pero la banda ancha no es gratis. Es más fácil piratear contenidos que putean a un montón de pequeñas empresas, que no a Telefónica que es la que vende la avenida por la que va todo.

J. P.: Es que ahí está la paradoja. Es como la piratería en cine, que la conozco muy bien. El problema es que las mismas multinacionales que te están diciendo «hay que perseguir la piratería» son las que están desarrollando el software mejor para piratear, grabar y reproducir.

Valdemar para JD

¿Y es reversible el concepto de gratuidad? Porque una vez que una generación se ha educado en eso…

R. D. S.: Yo me imagino que un chiquillo de quince años que ya lleva toda su vida instalado en la gratuidad es muy difícil que asuma que tiene que pagarlo.

M. L.: El tema está en que no va a haber creadores. ¿Quién va a dedicarse a escribir si no va a recibir un duro, solo por pura afición? ¿Y a editar?

J. L. G.: Y si alguien no puede dedicarse por entero a la literatura o la música, el producto que haga será en ratos libres o en fines de semana. Pero nunca al nivel que había cuando los creadores cobraban.

R. D. S.: Yo no quiero echarle mucho la culpa a la piratería de nada.

J. P.: Claro, porque es un síntoma, no es la causa de la enfermedad. La enfermedad es que la cultura en general interesa muy poco, y hay muchísima gente para repartir una tarta muy pequeña. ¿Quién me ha quitado mi queso? Pues es que aquí el queso son quesitos.

J. L. G.: Hay que decir que dentro de la piratería, las editoriales de libros nos llevamos la menor parte de las consecuencias. En cine y en música sí.

J. P.: Pero la música tiene una ventaja, una que siempre ha tenido. Que le gusta a todo el mundo y que es muy fácil escucharla. Leer un libro requiere un esfuerzo que para mucha gente es un trabajo, si encima tiene que pagar por ello ya…

R. D. S.: A todo el mundo le gusta el cine o la música, pero leer es otra cosa.

J. P.: Es un esfuerzo. Te da muchas satisfacciones, y aunque soy crítico de cine lo pienso así, me da más satisfacciones la literatura que el cine. Pero requiere más esfuerzo.

J. L. G.: Tan poca importancia tiene la industria del libro en España que ni siquiera le han subido el IVA. Seguimos al 4% por ciento, porque no hay dinero. Así somos de insignificantes. Y eso es porque no pueden aplicarle un 10% a las Sombras de Grey que sí se venden, y el 4% al resto. Es lo que pasa con el porno impreso y el cine, el cine es espectáculo y lleva un 21%, pero lo otro como es impreso, sin distinción ninguna, es el 4%.

R. D. S.: El porno en internet afortunadamente no.

J. P.: Yo toda la vida he estado oyendo decir, porque he sido monaguillo antes que fraile, que «los libros están muy caros». Venga ya. Vete a la librería de ofertas de Bilbao, o al Happy Books, que tienes libros de puta madre por un euro veinte. El último bestseller de mierda que te quieres leer, para estar a la moda e ir a la oficina llevando el libro de Dan Brown es caro… Si quieres ser cool, el libro será caro. Pero si lo que quieres es leer buenos libros, posiblemente sea lo más barato que hay sobre la tierra.

M. L.: En relación al tiempo y a la intensidad del disfrute.

R. D. S.: Creo que no hemos polemizado mucho, ahora que caigo.

Adelante, se abre la vía del despotrique.

R. D. S.: Podemos hablar de Rajoy

J. L. G.: No, que ya está muy oído.

R. D. S.: Para polémicos los títulos de libros que podríamos pensar. Pero sucedió lo de Zapata, con los tuits, por ejemplo. Y entonces ya nos lo pensamos. Mira que hace años ya resultaba paradójico que no pudieras decir ciertas cosas públicamente, pero es que cada vez es peor. Cada vez puedes hablar menos.

J. L. G.: En los años setenta, con la apertura después de la dictadura, había mucha más libertad que ahora, eso sí que es verdad. Aunque es cierto que como editorial no nos han «censurado» nunca nada, propiamente dicho.

R. D. S.: Pero porque pasamos de todo.

J. P.: A mí como escritor sí me afecta, no tanto porque te censuren de fuera, sino porque se dan unas circunstancias en las que tú mismo te ves forzado a autocensurarte. Cuando hay una censura exterior por lo menos sabes contra qué estás luchando, pero cuando consiguen que interiorices tú los mismos procesos de censura, porque sabes que de lo contrario vas a pagar las consecuencias, significa que hemos llegado a un punto ya muy orwelliano que funciona muy bien. No necesitas una oficina de censura, porque todos y cada uno de nosotros somos censores de nosotros mismos y del vecino.

J. L. G.: Pero es que España es un país de linchadores, nos encanta el escándalo. Somos un país de corruptos y de linchadores.

R. D. S.: Todo esto me parece espantoso. Todo lo que le han montado a Rita Maestre, por salir en sujetador ahí diciendo unas cuantas blasfemias… ¿Pero a dónde cojones va eso? Si blasfemar es un deporte.

J. P.: Ahora, también te voy a decir una cosa, ¿y si no hubiera ofendido a nadie y no pasara absolutamente nada? ¿Si nadie se indignara y no la metieran denuncias, si la Iglesia pasara del tema? ¿Qué sentido tendría hacerlo?

M. L.: La cuestión es convertir la blasfemia en delito.

R. D. S.: Es como aquello de la obra de los titiriteros. A mí me parecía una obra muy adecuada. Los niños desde pequeños tienen que aprender a odiar las instituciones que nos joden la vida.

J. L. G.: Y que sepan desde pequeños que la policía es capaz de meterte marihuana en tu casa para detenerte.

J. P.: Lo peor es que la obra en sí es inofensiva, cuando debería haber sido ofensiva. Lo peor es que además están pagando las consecuencias por la paranoia social. Es como una profecía autocumplida. En el caso de la literatura la ventaja y la desventaja que tiene es que nadie se fija, que si les llegan alguna de las cosas que están publicadas en Valdemar estaríamos todos en la cárcel.

J. L. G.: ¡No digas títulos!

Valdemar para JD 66

Fotografía: Javier Nadales


Editar en tiempos revueltos: Impedimenta

Editorial Impedimenta para JD 4

Desde las ventanas de la editorial Impedimenta se divisa una columna de humo pero se respira literatura. «Esa chimenea la ordenó hacer Pío Baroja», aclara Enrique Redel, señalando al obrador de Viena Capellanes tras cuyo mostrador estuvo —infelizmente— el literato donostiarra, y que le sirvió de espejo para crear el microcosmos de La busca. «Es un escritor con mucha miga, Baroja», decía Rubén Darío, mofándose de quien también acabaría siendo estandarte de la narrativa española del XIX.

Impedimenta lleva nueve años tratando de rescatar a los Barojas que quedaron atrapados en el pasado, que nos son españoles ni rudos varones. Que Penelope Fitzgerald, Iris Murdoch o Muriel Spark hayan llegado a nuestras manos es buena medida culpa suya. Ellos lo llaman «literatura de rescate», pero tienen más miga. En su catálogo figuran grandes nombres como Philip Larkin, Kafka o Poniatowska; pero también otros que podrían ser los Barojas del futuro. Y a todos —traductores incluidos— les miman por igual: con delicadas portadas, cuidadas ilustraciones y unos ejemplares que tratan de ser tan bellos por dentro como por fuera. Porque Impedimenta nació creyendo que el libro era ya un «artefacto perfecto» y solo se trataba de que reconquistase su lugar.

Charlamos con Enrique Redel, su fundador.

Empezáis en 2007 y pronto os asociáis en Contexto, plataforma que une a varias editoriales jóvenes. Pero te he leído que hoy en día te sientes más cercano a editoriales como Mondadori o Alianza que las pequeñas.

¡No sé dónde he dicho eso! Estoy por revisar mi propio criterio. Lo que ocurre es que ahora mismo sí que me siento muy cercano a cómo eran las grandes editoriales en sus comienzos, como Alianza o Anagrama. O con editoriales un poco más generalistas, porque nosotros tampoco buscamos un nicho ni una posición minoritaria, aspiramos a una posición mayoritaria. Aspiramos a libros que lleguen a mucha gente, pero eso no significa que se trate de un bestseller, porque hacemos ficción literaria. Y creemos que el libro literario puede llegar a mucha gente, ahí tienes a Anagrama o Acantilado, y Stefan Zweig y Philip Roth venden muchísimo. Así que la verdad es que si me siento cercano a algo es a una editorial que tiene ambición de llegar a un público amplio, sin perder la independencia. Ahora mismo Mondadori o Alianza son editoriales que están metidas en un gran grupo y con eso pierden independencia y capacidad de decisión por parte de los editores. Yo no renunciaría nunca a la independencia. Nunca jamás. No renunciaría a mi propio catálogo. Incluso si hay libros que me funcionan muy bien pero veo que no son lo que quiero hacer, me da igual: prefiero editar libros que me gusten a libros que me den dinero. Pero porque leo de todo, soy un lector generalista: leo ensayo, leo novela de género, de ciencia ficción, de aventuras…

¿Cómic?

Sí, muchísimo. De hecho posiblemente de lo que más lea sea cómic. Al menos en mi vida civil. Y aspiro a que ese gusto literario se traslade a Impedimenta, por eso no me quiero centrar en un nicho determinado.

Cuéntanos el origen del nombre de la editorial, que creo que tiene una historia.

Esto tiene que ver con casualidades. Hicimos un brainstorming con amigos, a los que luego no hice ni caso… Pero Impedimenta originalmente iba a ser el nombre de una colección de no ficción para lectores de ficción, y tenía que ver con que yo tenía un concepto de libro como algo que va contigo. Siempre voy cargado de libros, los muevo de un sitio a otro, de la editorial a casa, de casa a la editorial… Al principio se iba a llamar otra cosa, Malfi o Gretel o yo qué sé, pero no les convencía a mis distribuidores. Y entonces dije: Impedimenta. Porque impedimenta es la mochila que llevaban los romanos a la batalla, todo lo que portaban era imprescindible, y de suerte que si tiraban algo de lo que llevaban ahí era muy posible que murieran. Concibo la literatura como algo que va contigo a lo largo de la vida y que te marca, igual que la biografía o el oficio. Cuando mueres, tienes una selección de libros, y ese es tu retrato. Por eso pensaba en libros que durasen, libros que fuesen con uno y que le hiciesen incluso daño, a veces. Los libros que te llevas en las mudanzas son los libros buenos. Así que planteaba ese concepto de selección, de libro que va contigo. Y además como «impedimenta» tiene una especie de cariz negativo, de hacer que vayas más lento, me gusta que la gente me pregunte «y por qué narices le has llamado Impedimenta».

Creo que concibes el negocio editorial, al menos para las editoriales pequeñas, como algo pasajero. Que el fin es acabar cerrando o siendo absorbidos por una editorial grande. ¿Esto es algo temporal para ti?

Es que a los hechos me remito. Yo vengo de una familia de fontaneros, mi madre es hija y hermana de fontaneros. El negocio de mis abuelos se fundó en los años veinte y se mantiene, y probablemente los hijos de mi primo sigan con la fontanería en la que nació mi madre… Pero en las editoriales, constato que no hay ninguna editorial en estos momentos que siga siendo independiente y que sobreviva a la vida de su editor, de su creador. Ahí tienes por ejemplo la editorial independiente por excelencia que es Anagrama, que ha sido comprada por Feltrinelli, y a pesar de que Jorge Herralde siga ahí al pie del cañón, marcando el paso con ochenta y pico años, al final cuando él falte se transformará la línea editorial. O como Acantilado, que muere Jaume Vallcorba y ahora su mujer lleva los tres años de catálogo que dejó hecho, pero después de que se acabe cambiará la cosa. Por eso creo que el sino de toda editorial es desaparecer o ser absorbida por un grupo mayor. Y todas las editoriales que han sido independientes como Destino, Tusquets, Espasa, han acabado así.

¿Y si os compran?

No hago esto por la pasta, a pesar de que nos ganamos la vida y tenemos un equipo de cinco personas. Pero no vendería mi editorial, porque es lo que me gusta y me da de comer, y si quisiera ganar pasta montaría un bar. Hay una cierta tendencia a que la gente se olvide del editor, Jaime Salinas fue de los fundadores de Alianza y de Alfaguara, y decía que le daba mucha pena porque después nadie se acordaba de él. Cuando murió fue una lástima, joder, es que es el responsable de algunas de las mejores editoriales que ha habido en España. La gente te olvida, es así.

Es decir, que la muerte más dulce es desaparecer.

Sí, aunque a ver, en el caso de que sea inevitable igual prefiero que me compren, porque encima ya te paga la luz. Pero lo que me gustaría es que Impedimenta siguiese conmigo toda la vida, mientras el negocio de libro siga funcionando y dándonos satisfacciones. Soy muy optimista en eso y pienso que esto del libro no se va a acabar, que es mentira todo lo que nos andan contando. Así que prefiero que la editorial vaya con nosotros, como una relación de pareja, hasta que la muerte nos separe.

No «hasta que el eBook nos separe».

El ebook desaparecerá, ese es mi titular: «El ebook desaparecerá». Es evidente, es un concepto obsoleto, y el libro no, lleva aguantando centenares de años y no se agota. Otra cosa es que tenga que cambiar.

Defines el eBook como «literatura de mentira». ¿Por qué?

Claro. Suelo decir que esto es como la diferencia entre la verdad y la simulación, entre el sexo real y el sexo virtual. El virtual es muy rico, lo tienes en todos los sitios, te lo puedes descargar en el teléfono, en la televisión, en casa… Pero en realidad es un simulacro, una ficción. El libro en papel es la realidad y lo otro es una simulación que intenta remedarlo. El ebook es más cómodo, es más agradable de vez en cuando para no andar cargando… pues sí. Pero es que la vida en realidad no es agradable, pero es lo que mola, y prefiero la vida de verdad que la simulada. El libro es algo de verdad, algo que se puede tocar, que se puede disfrutar, que puedes dejar, que puedes olvidar y luego reencontrar; pero el electrónico es una cantidad de pasta invertida casi a fondo perdido, porque no da dinero. No da dinero más que a los vendedores de cacharritos y a las compañías telefónicas por la descarga de datos.

Editorial Impedimenta para JD 1

En general, los editores coincidís en que el eBook no es el futuro, pero también en general, preferís sacar algunos de vuestros libros también en edición digital. ¿Es como un «por si acaso»? ¿Es como decir «no creo en ese mercado pero a la vez necesito estar ahí»?

Nosotros empezamos a hacer libro electrónico porque pensamos que podía ser un complemento importante a nuestra línea editorial. Luego me encontré con la paradoja de que yo no me he leído ni un solo libro electrónico de Impedimenta, igual que el resto de libros sí. Los leo, los releo, los marco, es casi un comportamiento animal. De los electrónicos no he abierto ni uno. Sé que tienen buena pinta porque la persona que los hace lo hace muy bien, pero no me interesan. Nos da un rédito económico no muy grande, un porcentaje pequeño de nuestra facturación, y ahora mismo si estamos en el libro electrónico es casi por inercia. No apuesto en Impedimenta por él, y siempre estoy planteándome dejarlo porque en realidad no lo necesitamos. Y además me da la impresión de que no merece la pena que nuestros libros estén en electrónico, porque tiene tanto trabajo detrás y hay tanta obsesión por la forma, por los papeles, por el toque final y el arte final del libro…. que el Ebook al final simplemente es un texto estandarizado. Estamos dándole vueltas todo el rato de si lo vamos a dejar o no.

¿Crees que devalúa el libro?

No, es más como un sucedáneo. Lo puedo entender, porque por ejemplo a veces tengo que leer libros en otros idiomas para valorar si los publicamos. Me los descargo en el Kindle, los leo y si veo que me interesan, compramos los derechos. Pero al final la lectura del libro electrónico se convierte en algo funcional, no es algo para disfrutar. Soy incapaz de disfrutar un libro electrónico. Para eso necesito que sea en papel, no sé si es educación o sensibilidad.

Ya que estamos en el meollo. ¿Amazon es el demonio para el sector?

Amazon es un fenómeno, más que otra cosa. Es una máquina de vender y una comunidad donde en realidad lo que les interesa son tus datos, más que tu dinero. Les interesa saber cuáles son tus preferencias, cuál es tu perfil y por dónde te pueden entrar. No tengo cifras porque Amazon no las da, pero estoy convencido de que la venta de libros es solo un anzuelo. Que no es un negocio, viven de otra cosa. De hecho un amigo que sabe de esto un poco me explicaba que Amazon vive del fondo de capital riesgo de Nasdaq, vive de «a futuros», de saber que se van a llevar el mercado y que van a acabar con todos los competidores. De hecho, están abriendo librerías físicas en Estados Unidos. Amazon es un enemigo fuerte, pero casi más para el librero que para el editor, porque en España tenemos la grandísima suerte de tener precio fijo. Y a nosotros nos afecta porque vivimos de las librerías, sin ellas no somos nada. Si ellas palman, nosotros vamos detrás. Lo que creo que tendría que hacer el sector es organizarse, de manera que montaran una plataforma suficientemente potente como para poder contrarrestar a Amazon y quitarle esa parte del pastel. Creo que la gente es partidaria de comprar normalmente, y si a una persona le dices que en veinticuatro horas tienes el libro, ellos te lo compran.

¿Pero cómo se lucha contra la rapidez de Amazon? Porque si la librería no tiene un ejemplar que quiero, tarda un par de días en conseguirlo. Con Amazon puedo tenerlo en doce horas en mi casa, sin moverme.

Ahora mismo hay distribuidoras que van a ser capaces de servir a una librería en menos de veinticuatro horas, incluso en menos de doce, dependiendo de la zona. Y lo siguiente que quieren hacer es llevártelo a tu casa. Es decir, que se va por el buen camino, que se está optimizando para que eso pueda ser posible. Creo que si se unieran todos los libreros con una cierta importancia para conseguirlo, lo conseguirían. No hay ningún problema. Lo que pasa es que hay que organizarse. Soy comprador de Amazon, compro mucho libro extranjero, y en lo que las librerías actuales me tardan quince días, esta gente me lo da en dos. Si consiguieran dármelos en tres o cuatro días, compraría aquí. Sin ningún problema. Pero ahora mismo es imposible hacer eso, y me da la impresión de que es por una cuestión de decidirse a unir fuerzas con otras librerías. Los libreros sé que hacen mucho esfuerzo, pero bajo mi punto de vista, el siguiente paso debería ser unir fuerzas contra un enemigo común y directo.

Y ahora que hablamos de unión de fuerzas. Impedimenta se integra en Contexto, una unión de editoriales pequeñas, pero muy distintas. Creo que el balance es positivo, ¿no?

El balance es muy positivo. Contexto, como Amazon, también es un fenómeno. Lo que hace es demostrar que unir fuerzas es beneficioso, algo que va en contra de la lógica de la competitividad, esa que significa que mi terreno está aquí y el terreno del competidor está en este otro lado. No dejamos de competir entre nosotros ni de pactar cosas raras, pero lo que hacemos es ayudarnos mucho en cuanto a información. Recomendarles una imprenta, un camino a seguir, pasarles el contacto de un librero…

Contexto nace porque una serie de editores empezamos a llevarnos muy bien y a colaborar entre nosotros charlando. Sobre presentaciones, librerías, periodistas… Y esa especie de comunidad de intereses derivó en hacer un catálogo, algo que presentarle al librero para decirle: si buscas buena narrativa ilustrada hay libros de Nórdica, si buscas hispanoamericana hay libros de Periférica, si buscas clásico moderno Impedimenta, narrativa actual anglosajona Asteroide, y demás. Entonces ese cataloguito para los libreros lo llamamos Contexto.

Imagino que presentarse ante un librero para una editorial recién nacida siempre es difícil, pero si soy varias…

Claro. Los libreros también lo hacen entre ellos, por ejemplo las Librerías con Huella, en el norte: Oletvm, Cervantes, Luces y Gil. Se han unido y hacen cosas juntas. Nosotros hicimos lo mismo porque además ese año íbamos a ir a la Feria del Libro y ninguno teníamos el mínimo para tener una caseta, así que nos unimos. En aquel momento éramos siete editoriales, todas metidas en la misma caseta, vendiendo codo con codo, e hizo gracia. Por eso ese año nos dieron el Premio Nacional de Edición, un poco por ser la nueva hornada de editoriales, en las que también se engloban otras muchas editoriales amigas como Errata Naturae o Capitán Sueño. No forman parte pero como si formasen, porque el nivel de colaboración es altísimo. Empezó como reunión de amigos que nos dedicábamos a lo mismo y acabó como una comunidad de intereses, porque nos hemos dado cuenta que colaborando nos va mejor que por separado.

Vuestra mentalidad es recuperar autores, no centrarse en autores noveles. Me imagino que aun así os llegan manuscritos igualmente, ¿los compartís con las otras editoriales?

En primer lugar, hay una gran tragedia en la edición, y es que no tenemos tiempo para leer. No lo suficiente, no para discernir si lo que te mandan es bueno. Nosotros somos un tipo de editorial de las que se llaman «editoriales de rescate», al menos en cierta medida. Muchas veces las cosas que te mandan no te cuadran, porque nosotros estamos más especializados en literatura traducida que en literatura en castellano. Así que cuando nos llega un original que le puede interesar a otra editorial amiga les ponemos en contacto. Pienso que en el debe de cualquier editorial está, como dijo Jorge Herralde, encontrar autores de tu generación y de tu país que puedan ser gente potente. Y nosotros estamos en eso. Siempre editar a dos autores interesantes, como Fernando San Basilio o Jon Bilbao. Y eso queremos ir ampliándolo.

¿Es el deber de un editor fijarse más en los autores de su generación?

Sí. Casi un deber. Porque sino es muy fácil, simplemente pensar «como ahora se lleva la narrativa erótica de Cincuenta Sombras de Grey, busquemos más narrativa erótica». Eso te puede dar un rédito económico, pero no es interesante. Lo que tienes que hacer es decir: «Me gusta la literatura anglosajona, escrita por mujeres en casas de campo» por ejemplo. Y tirar por ahí, porque es lo que nos gusta, aunque sea nuestra obligación ganar dinero también.

Editorial Impedimenta para JD 2

Has citado antes a Herralde, sobre el papel que juega el editor, al que todo el mundo olvida. La público en general no conoce a los editores, su trabajo pasa más inadvertido. ¿Eso es una injusticia, crees que es una figura que hace falta reivindicar?

La figura del editor es el pivote. Yo suelo decir que los editores en realidad carecemos de talento. Yo no tengo un talento propio más que el de rodearme de gente con talento. Es tener un ojo absoluto, como el oído absoluto que tienen algunos los niños autistas. Ellos son capaces de tocar una melodía en el piano tras escucharla una sola vez. Pues los editores tenemos esa especie de ojo, que te dice que algo puede funcionar, y esa intuición a lo mejor es la única que podemos tener y que es la que nos salva. En ese sentido somos como intermediarios puros. Ahora mismo el valor que le doy a un libro es la marca de mi editorial, la coordinación e idea general del catálogo y casi poco más. Porque luego estás dependiendo de excelentes escritores, de traductores increíbles, de ilustradores fabulosos, de periodistas que son capaces de amplificar el mensaje. Y tú tienes que trabajar con todas esas teclas y al final esa es nuestra labor, mover hilos.

A mí no me interesa en especial reivindicar la figura del editor, pero lo que sí que me interesa es explicarle al público qué es lo que hacemos. La gente no tiene ni idea. Antes de que vinierais estaba metiendo pósteres en tubos para mandar a librerías, esta mañana iba con un carro a correos para los envíos… Es una labor muy física, incluso. Y a la vez, estás planteando el viaje de Mircea Cartarescu, organizando el hotel y viendo dónde metemos a su hijo, y a la vez una nota de prensa, escribiendo al librero, y a la vez cuadrando una portada… Es una especie de labor de hombre orquesta. A la gente le interesa mucho saber si los traductores te entregan las traducciones bien o hay que corregirlos, o si un autor es muy presuntuoso o tiene un gran ego… Se tiene mucho interés sobre esto, pero no sobre el editor. Por eso nosotros en ocasiones vamos a las librerías a explicar a la gente lo que es una editorial, porque no lo saben. A mí me ha llegado a preguntar la tía de Correos si yo escribía los libros.

Iba a preguntarte si había hecho daño esa imagen del «editor tirano» tan hollywoodiense…

[Risas] Ahí está, ahí está. Sí, lo que llamaban «el negocio con rubia». El negocio editorial es una carrera de fondo. Si tú lo que te planteas es enriquecerte rápidamente, no te metas a editor, porque es una cosa muy sacrificada y si levantas el pie durante unos meses se te va al carajo todo. Y sabes que vas a estar así toda tu vida. Y que no es muy agradable a veces…

¿Es ingrato ser editor?

A ver, yo me lo paso muy bien. Pero siempre estás como debiendo plazos, controlando que las cosas lleguen, hablando con el impresor… Muy del día a día.

Y hablando de reivindicaciones profesionales y de ingratitud, al margen del editor. En Impedimenta sí reivindicáis oficios que tradicionalmente quedan en un segundo plano, como el del ilustrador o el traductor. Incluis su nombre en portada, tienen ficha personal igual que el autor en vuestra web…

Sí, uno de los mantras que tenemos en Contexto es la recuperación de los oficios de la edición, los que mencionas: traductores, ilustradores, los correctores, maquetadores, diseñadores… La mejor manera de reconocer su trabajo es incluir a todas esas profesiones dentro del propio libro. Es una equivocación cuando no pones al traductor en primera línea, porque según la Ley de Propiedad Intelectual es autor igual que el escritor. Lo que estás leyendo no es al autor, sino al traductor, que es el que te está trasladando el libro al castellano.

Incluirle en la portada es lo primero, por respeto. Y hacer los libros bonitos es por respeto al autor y también al lector. Si yo fuera autor y me hicieran un libro feo, los mataba; y si fuera lector y me tuviera que gastar veinte euros en un libro y estuviera mal encuadernado, o chapucero, me sentiría estafado. Lo segundo es pagarles una tarifa razonable, algo que no se solía hacer mucho. Somos superexigentes con ellos, pero otra cosa es reconocerle o no reconocerle la valía.

Pero fíjate qué curioso, que las cuentas pendientes que tenemos las editoriales son más con el autor que con el traductor. El autor es el que menos cobra con respecto a su curro. El traductor tiene una tarifa e incluso un royalty, pero nosotros solemos pagar menos a los autores que a los traductores. A fin de cuentas, cuando tú te pones a hacer un cálculo de cuánto vale una traducción, pongamos que te sale por cinco mil o seis mil euros. Los autores se llevan bastante menos que esa cantidad, a título de adelanto. Y luego dependiendo de las ventas pueden tener más remuneración.

¿Soluciones?

A la hora de valorar cómo se pude rectificar es bastante difícil, porque las ventas son las que son. Tú le pagas al autor lo que crees que vas a vender, y te equivocas muy pocas veces. Pero el traductor tiene tarifa fija, que cobrará independientemente de ventas. El eslabón más débil está siendo el autor.

No suele escucharse esto, al menos a editores. Los autores sí se lamentan del escaso rédito que da cada ejemplar, de hecho suelen decir eso de que «si la gente supiera lo que te llevas por cada libro vendido, nadie se lanzaría a escribir».

Sí, es así. El problema es que las ventas no son como la gente se cree, porque la venta media en España son mil trescientos o mil cuatrocientos ejemplares, en el mejor de los casos. Si nosotros vendemos mil quinientos o mil seiscientos ya es un cierto éxito. Y de eso tiene que vivir el autor, que suele llevarse un 10%. De un libro de veinte euros se lleva dos euros. Pero claro, imagínate: por un año o dos años de trabajo, si tienes la suerte de vender mil quinientos ejemplares, te llevas tres mil euros. Por un libro que ha ido razonablemente bien. La verdad es que la labor de escritura en España es una labor amateur, tú no vives de escribir, vives de dar cursos, de charlas, de ser profesor de escritura creativa, de una beca… Esa es la realidad.

Entiendo que a vosotros os preocupa esa precarización.

Claro que nos preocupa. Sobre todo porque eso significa que muchas veces estás tratando con autores que son tremendamente talentosos, y a los que les tienes que decir «mira, el mercado ahora mismo paga esto por tu libro». Nosotros en realidad somos casi como un engranaje dentro del mercado, que le explica al autor los royalties que se lleva. Y muchas veces te da pena que libros tan buenos se vendan como se venden, aunque realidad tampoco vendemos mal. Pero da para lo que da.

Editorial Impedimenta para JD 3

Entonces, en toda la cadena editorial el autor es el principal perjudicado. ¿Cuál es el principal beneficiado? ¿O el culpable?

El culpable básicamente es la venta de libros. Porque el royalty que le estamos dando es el que se da en todos los países. Pero ahora mismo la lectura es solo una de las opciones de ocio y se lee lo que se lee. Se editan muchos libros al año, y somos culpables los editores que sobreproducimos constantemente; y el problema es que la venta media no hace que el autor pueda vivir de esto. El otro día leía una cosa muy graciosa, sobre que en Estados Unidos el que vende menos de diez mil no merece la pena. ¡Hostias! Es muchísimo para un mercado hispanoamericano y español. Nosotros logramos cubrir costes y un pequeño beneficio.

Esto es ya casi un lugar común en el sector, los datos avalan que se lee poco y se edita mucho. Pero, ¿cuál es la solución? Porque tú personalmente creo que no confías nada en las políticas de fomento de la lectura que suelen llevarse a cabo…

Así es. Creo que el libro tiene que venderse solo. No le haces un favor al lector ni al mercado cuando dices «tienes que leer». Leo si me da la gana. La lectura es el ámbito de libertad más grande que existe, es una elección personal inviolable, una de las cosas más personales que existe en el mundo. No le puedes decir a alguien: «Oye, léete este libro». Ese libro tiene que llamarte tanto la atención, y tiene que ser tan seductor, que en vez de estar jugando al Candy Crush te lances a leerlo. O en vez de estar viendo The Walking Dead me dedico a leer una novela. Creo que el libro tiene que ganarse su puesto. Por eso, respecto a las políticas de fomento, la única que practicaría sería que los poderes públicos se dieran cuenta de que leer es importante y que eso se manifestara en cuestiones intangibles. Yo no he visto a mi presidente del Gobierno con un libro.

Le has visto con el Marca.

Justo. Y creo que si saliera con un libro daría un cierto ejemplo. Prefiero que salga con un libro, diciendo «me he leído el último de Paul Auster», pongamos por caso, a que den dos millones de euros para no se qué. La verdadera política de fomento de la lectura es una política de gestos, de apoyar a estos negocios, por ejemplo siendo menos estrictos en determinadas políticas fiscales, o intentando fomentar la red de librerías, o subvencionar plataformas de venta de libros…

¿Son caros los libros?

Suelo decir que en relación a lo que vale el libro es un bien baratísimo. El margen comercial para todos los que estamos implicados en hacer libros es pequeñísimo. A mí me parece más caro el cine, o las exposiciones, porque entrar en un gran museo te vale diez o doce euros. Por ese precio te pillas un libro magnífico que te puede durar muchísimo tiempo. Puesto en cierta medida, el libro es un objeto barato. Lo malo es cuando el libro está desprestigiado como producto cultural. Desde el momento en que cada septiembre vemos a la típica madre diciendo «joder, ya tengo que comprar los libros». Entiendo que es un sacrificio, y ahí tendrían que estar los poderes públicos para sacar las castañas del fuego a esa pobre madre. Pero decir que los libros son caros… ¿Y la Nintendo no es muy cara? Al final estás mandando el mensaje de que el libro es caro y es prescindible. Y eso es contra lo que me rebelo.

Has mencionado antes otro tipo de alternativas de ocio, como las series o los videojuegos, situándolas como competencia del libro. Pero, ¿qué opinas de las series o narrativas extraliterarias que están atrayendo a la gente a la lectura, como ocurrió con True Detective? ¿Crees que pueden devolver a la gente la lectura, son una esperanza?

Somos animales a los que gusta que nos cuenten historias, y si esas historias son profundas, delicadas, con matices, eso ayuda a que tengamos un afán crítico. Creo que hay determinadas series que crean a un ciudadano crítico, y eso es bueno para el libro. Ahora mismo el nivel de títulos que hay en las librerías es el más alto en muchísimos años, hay decenas de proyectos apetecibles cada semana. Eso significa que hay una buena salud. Hay editoriales que se están dedicando a este negocio híbrido de libros sobre series. Siempre que el consumo cultural, llámese teatro, llámese series o películas, sea un ámbito interesante, eso es bueno en general para la cultura. Que veas una buena serie es bueno para crear buenos lectores y buenos espectadores de teatro… El nivel cultural sube, y dejamos de ser ciudadanos pasivos ante el mensaje que nos mandan, y empezamos a pensar de manera proactiva. No soy ni sociólogo ni antropólogo, pero constato que el nivel de series y películas es alto, y a la vez el de los libros y cómic es alto.

Es que generalmente se plantea el debate en términos excluyentes, como si no se pudiera ser aficionado a la lectura y a las series de televisión simultáneamente.

Bueno, tienes menos tiempo. El principal problema del lector actual es la falta de tiempo, porque tu ocio lo dedicas a las redes sociales, a estar con el teléfono… Antes cuando te aburrías, leías. Ahora ya no te aburres. Creo que el principal enemigo es la falta de tiempo, lo que hace que se lea de una manera diferente. A nosotros no nos pasa, pero el nivel de lectura ha bajado porque la gente que antes se dedicaba a leer ahora se dedica a otras cosas.

Esto es casi leit-motiv de esta sección. Creo que fue Rafa de Valdemar quien nos dijo que en España mantenemos el mercado de los libros cuatro gatos, que compramos libros por encima de nuestras posibilidades, y tenemos siempre una pila enorme de ejemplares por leer. Pero no se amplía la masa de lectores.

Es exactamente así, hay un número de lectores que son los que están sosteniendo el sector desde hace muchísimos años, un número muy fijo. Está estudiadísimo. De hecho el mercado editorial vive de la gente que compra libros que no lee. Que colecciona libros, al final. Los tienes siempre como pendientes de lectura, e inviertes en una expectativa de disfrute en algún momento. Pero es curioso que esa base no se amplía, pero tampoco se reduce. Los que somos lectores vamos a seguir siéndolo, hay una renovación generacional de gente que sigue leyendo, pero el fenómeno de lectura masiva ha desaparecido. La lectura de decenas de miles de ejemplares ha pasado a mejor vida, salvo alguna honrosa excepción. Y sin embargo la lectura de fondo se mantiene. Y de eso vivimos todos.

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Sobre otro de los oficios que buscáis revalorizar, el del ilustrador. Al calor de los premios: ¿crees que vivimos en un momento especialmente dulce para el ilustrador español?

Sí, pero sobre todo eso se debe a que ha habido editoriales como Zorro Rojo o Nórdica que han reivindicado al ilustrador como alguien capaz de hacer libros no solo para niños. Muchos ilustradores me han contado que cuando dibujan para menores se tienen que censurar constantemente, y cuando se les propone hacer una labor adulta se quitan de prejuicios. Como Sara Morante en nuestro caso. Hicimos con ella Los zapatos rojos de Andersen, normalmente un libro para niños, pero en nuestra versión hay tetas y amputaciones. Creo que ahora mismo es un magnífico momento gracias a cosas así, a que el ilustrador se ha quitado esos tapujos de dibujar para ediciones infantiles dirigidas en valores, y son mucho más libres. El nivel de los ilustradores y los dibujantes de cómic en España es altísimo desde hace muchos años. Pero muchos se iban a Francia. Hay muchos Emma Ríos, Paco Roca, Ana Bustelo, Javier Zabala, Javier Olivares… Gente increíble que están siendo reivindicados por un público cada vez más exquisito y conocedor en nuestro país. Y además ellos mismos se están sintiendo ya como colectivo, porque antes iba cada uno por su lado. Ahora se crean sinergias. Ximo Abadía, por ejemplo, nos acaba de dar el Kamasutra para domingos lluviosos porque vio lo que estábamos haciendo con otros ilustradores. Nosotros les reivindicamos y les ponemos cara.

¿En que momento empezáis a abrir la editorial también a la ilustración? Porque empezáis «rescatando» autores, pero rápidamente empezáis a ampliar por ahí.

El libro ilustrado como tal me resulta más ajeno, soy más seguidor de la novela gráfica y del cómic. Cuando tenía quince años no solo compraba cómic, sino que dibujaba, hasta los dieciocho que me planteé estudiar Bellas Artes. Pero luego me metí en Derecho y mi vida se estropeó, por eso de que eres un buen chico y meterse en Bellas Artes era de fracasados y hippies. Un cura de mi colegio me preguntó si quería que la inversión que habían hecho mis padres en mi educación se fuera al traste y llorasen amargamente por haber perdido en tiempo. Y por eso tenía esa espinita clavada de la novela gráfica, y de recuperar cosas interesantes. Hace unos años de repente vi un libro, la biografía de Virginia Woolf, que podía publicar como novela gráfica y gustaría a mis lectores de Impedimenta. Cayó en nuestras manos también El viaje de Shackleton de William Grill, también algo de Isabel Greenberg, u Otoño de Jon McNaught... Es decir, que hay una serie de autores que no son novela gráfica mainstream, no es cartoonesca, sino esta especie de híbrido que es como un libro ilustrado de calidad que cuenta una historia. ¿Es un cómic? Pues como el Aquí de Richard McGuire, que yo discutía en Angulema si lo era o no.

La categoría a la que se adscriba al final solo importa para competir en premios.

Exactamente. A mí me parece muy interesante que Aquí haya ganado los premios que ha ganado, porque eso significa que se ha vuelto algo tan absolutamente adulto que al fin es entendible por parte de una élite. De hecho hay toda una serie de tebeos que se están publicando ahora mismo de un nivelazo intelectual de la pera. A la hora de elegir los libros que publicamos en la colección nosotros vamos a conceptos intelectualmente depurados. No nos vamos a una cosa superfacilona. Ahora me están ofreciendo muchas novelas gráficas, y a lo mejor me puede hacer gracia, pero necesito que me diga algo más. Nuestro concepto de la novela gráfica es un poco híbrido entre lo ilustrado, lo estético, lo gráfico y la narración. Parte del sector está ahora mismo en ese rollo, no vamos descaminados.

Nos decía Fernando Iwasaki, refiriéndose específicamente a vosotros, que un autor que publique con vuestra editorial lo tiene el doble de difícil para ser reseñado e influyente. ¿Es así?

Es paradójico. Cuando un autor equis entra en una editorial grande puede hacerlo de dos formas: como apuesta de la temporada o como un autor que se incluye en el catálogo y el plan editorial, pero no se le hace mucho caso. Tiene una difusión grande y los suplementos tienden a cubrirlo por presión de estas grandes estructuras promocionales. Pero a fin de cuentas, como decía Guillermo Schavelzon en un post en su blog bastante polémico, al final eres uno más del catálogo dentro de una gran editorial.

En las editoriales pequeñas, cada autor que tenemos es nuestro rey de la temporada. Te matas por ellos. Y curiosamente las ventas suelen ser mayores que en los autores que entran en las editoriales grandes casi «de relleno». Entonces los suplementos empiezan a fijarse más en las editoriales pequeñas que somos más selectivas, y de las que están seguros de que lo que les vamos a dar es porque realmente creemos es bueno. Se está dando la circunstancia de que miras los libros de la semana en Babelia, o en el ABC Cultural o en el Culturas o El Cultural, y te das cuenta de que los libros importantes cada vez en mayor medida son de editoriales independientes y pequeñas. Hasta el punto de que muchos autores de grandes editoriales están viniendo ahora a intentar publicar con nosotros. De hecho hasta hace no mucho nosotros no podíamos aspirar a ciertos autores porque todavía no teníamos nombre o caché, y ahora son ellos los que vienen. Incluso autores que son amigos y tienen su editorial donde publican fantásticamente, y les interesa que su siguiente novela venga con nosotros. Y eso es algo que está muy bien, porque se da el caso de que por ejemplo, en novela gráfica, nosotros tenemos más reseñas en España que en el lugar de origen del autor, aunque allí publiquen en grandes editoriales.

¿Dirías que el hallazgo de Stella Gibbons ha sido clave en la editorial, ha marcado un antes y un después?

Sí, nosotros antes ya publicábamos narrativa anglosajona, pero dentro de la oferta tienes que hacerte ver, ir creando tus propios lectores adictos. Nos surtimos de quienes repiten, los que se fidelizan. Y el momento en se empezó a conocernos es con La hija de Robert Poste, que es un libro magnífico, una cosa delirantemente divertida y que marcó nuestra identidad. No es que hayamos aprovechado el tirón, es que ahí nos dimos cuenta de que la literatura que nos interesaba —anglosajona, una cierta comedia sofisticada con afanes culturales y divertida— podía tener un público. Se nos empieza a reconocer por este tipo de literatura, aunque no solamente sea por eso. Porque también publicamos literatura japonesa y centroeuropea. Este libro nos sirve para ampliar el abanico de público, el libro que nos abre a un público más amplio.

Se os asocia mucho precisamente ahí: literatura anglosajona escrita por mujeres. Imagino que estáis cómodos con eso.

Sí. Hay una cierta perspectiva que da la literatura femenina anglosajona que es muy descarada. A mí me divierten muchísimo los puntos de vista de estas escritoras como Penelope Fitzgerald o Penelope Mortimer o Iris Murdoch, esa capacidad de retratar la sociedad de los sesenta a los ochenta de forma tremendamente descarada y divertida, casi como outsiders del sistema. Eso les permite, con una extraordinaria sabiduría, hablar de ciertas cuestiones de una manera casi mohicana. A mí me fascinan los personajes tan potentes de Fitzgerald, una mujer que empezó a escribir a los sesenta años después de haber llevado una vida superprocelosa y descender de una familia de obispos y del director de Punch. Era una auténtica triunfadora de salida que luego tuvo la desgracia de sufrir una vida desgraciada, pero después se lanzó a publicar unas novelas extraordinarias. En la editorial está mi mujer, Pilar Adón, que es traductora y una tremenda experta en estas autoras. Es la que anda siempre diciéndome a quién tenemos que publicar. Yo creo que es de las personas en España que más sabe de Penelope Fitzgerald, tenemos cierta amistad con su familia, hay cierta capacidad por nuestra parte de ir manejando a esta autora en el ámbito hispánico. Y eso es gracias a su sensibilidad.

O sea, que detrás de un hombre editando a mujeres, hay una mujer.

[Risas] Sí. Yo soy casi más responsable de Edmund Crispin y Stella Gibbons, pero ellas son cuestión de Pilar. Nosotros no publicamos ningún libro que no nos fascine, y queremos que ese entusiasmo se transmita a los lectores. Yo creo que el truco está en enamorarte tú primero del libro.

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¿Está Isabel Coixet adaptando La Librería de Penélope Fitzgerald o el proyecto se ha paralizado?

El proyecto lleva años fraguándose, y creo que ya para este verano lo rodarán, porque me llegan noticias de que están buscando localizaciones, pero tampoco lo puedo afirmar. Además creo que va a ser precisamente la hija de John Mortimer e hijastra de Penelope Mortimer, la actriz Emily Mortimer. Una vinculación con nuestro catálogo que está muy bien.

¿Y cómo llegáis a publicar a Elena Poniatowska? ¿Fue un golpe de suerte? Porque justo ese año ganó el Premio Cervantes.

Pues fue su agente, que nos llamó cuando le dieron el premio, porque querían recuperar la obra. Y yo quise leérmelo antes, el libro de Querido Diego, te abraza Quiela porque por mucho Cervantes yo quiero siempre valorarlo primero. Y me encantó, me pareció una cosa increíble, de una sensibilidad conmovedora. Era delicada a la par que demoledora. Así que le dijimos que sí, y estuvimos con Elena, que es una escritora durísima para la portada, y al final llegamos a un acuerdo. Y se convirtió en nuestro libro estrella del año pasado. Sobre todo porque organizamos una serie de clubes de lectura y la gente se sintió muy implicada porque había mucha polarización.

Surgió un debate sobre si el libro era realmente feminista o no.

Así es. Es una historia muy curiosa la del libro. Porque estas cartas con Diego Rivera son inventadas, porque en realidad él sí que la contestaba, algo que poca gente sabe. Ella traslada una especie de sensación de inferioridad respecto al genio un poco abstracta, y por eso su editorial antigua se lo rechazó. En los clubes de lectura se daban discusiones acaloradísimas sobre si el libro estaba escrito desde una óptica feminista o desde una óptica de sumisión de la hembra al varón. A mí me parece que es una obra no feminista, sino femenina. Se desvela toda una serie de dinámicas de pertenencia, de sumisión, de etnocentrismo, de este empoderamiento del que se habla tanto ahora, retratando una época de manera muy cruda. Sobre todo daba mucho pie a la discusión sobre si las chicas jóvenes que tienen estos novios posesivos de «a las diez en casa», que es algo que se está dando ahora, no les convendría leer esta novela para meter el dedo en la llaga. Fue una lectura realmente polémica.

Sobre otro de tus autores. Dices que Nostalgia, de Cartarescu, es «un libro que te cambia la vida». ¿Por qué?

Sí, creo que es uno de los tres mejores libros que hemos publicado en Impedimenta, pero con mucha diferencia. Fíjate que publicamos autores como Kafka, o Elizabeth Bowen o D. H. Lawrence, pero Nostalgia estaría a la altura de El libro de la risa y el olvido de Kundera, a la altura de Rayuela de Cortázar, o de Sábato, sin ningún tipo de duda. Durante la lectura estás preguntándote todos el rato cómo narices lo hace. Es un autor que está por encima de la mayoría que conozco. Es una suerte publicarlo, porque además es un tipo bastante accesible. En las quinielas del Nobel está siempre entre los diez o quince primeros, y no hay ningún autor en lengua rumana que lo haya ganado, así que muy probablemente él lo sea. Es de los mejores autores europeos actuales.

¿Será él antes que Murakami?

No lo sé. Él tiene sesenta años y es muy tímido, pero no es nada excéntrico.

La antítesis de Murakami.

Sí, sí. Intento siempre aconsejarle que se dé más bombo, y eso que es un autor que viene de ganar el premio austríaco de literatura europea, que eso lo tienen Patrick Modiano, John Banville, los grandísimos. Es el típico autor potentísimo, quizá junto a Stanisław Lem nuestro autor con más proyección. Toco madera, porque con que esté candidato al Nobel me doy por satisfecho.

A Natsume Sōseki empezásteis a publicarle vosotros y después ha vivido un auténtico boom en España. ¿Os sentís responsables de haber puesto en el mapa este tipo de literatura japonesa?

Es que él es el gran autor de literatura japonesa. Si le preguntas a Murakami, te dice que su novela favorita es Sanshiro, que en España la publicamos nosotros. A partir de eso empezó a ser muy conocido, y otras editoriales lo han empezado a publicar, y se han reeditado sus libros. Después de ponerlo en la lista de novedades a la gente le gustó mucho. Salió del segundo plano.

Para concluir, una pregunta que nos gusta haceros a los de este sector. Generalmente se os pide que recomendéis vuestro libro preferido, pero preferimos hacerlo al contrario. Todo el mundo tiene un gran clásico atragantado, ¿cuál es el tuyo?

Soy un fanático de Pynchon, pero su mejor obra, El arcoíris de gravedad, no he podido acabarla. Porque es un autor que me influye tanto que me da muchas pesadillas, aunque parezca un poco prosaico decirlo. Nunca tengo pesadillas, pero cuando le leo sí.

Faltan drogas para leer a Pynchon.

Sí, habrá que ayudarse con la química. Sobre todo porque él cada vez está más drogado, y es difícil pillarle. Yo que me he leído el Ulises cinco veces y me sé trozos de memoria, pensaba que ninguna novela se me iba a atragantar. Pero con El arcoíris de gravedad llega un momento en que tengo que cortar. Llevaré como media novela y nunca logro pasar de ese estadio. Hay libros que necesitas ser joven para leerlos

Y esto lo dice alguien que se ha leído el Ulises cinco veces.

Sí, pero con diecinueve años y una detrás de otra. Se me fue la olla. Pero hay determinadas edades en las que ya no tienes tanta capacidad de concentración ni de retentiva, y hay libros que te cuestan más. Porque creo que hay algunos, fíjate, para los que necesitas estar bien alimentado, bien hidratado, descansado, porque si no son retos físicos auténticos. Hay libros que tienen esa enjundia.

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