Marisa Flórez: «He editado miles de fotos de guerras en el mundo entero; no he visto imágenes tan terribles como las del 11M»

Fotografía: Begoña Rivas

Marisa Flórez fue una de las primeras mujeres fotoperiodistas de España. Suyas son algunas de las imágenes icónicas de la Transición, como la de Susana Estrada con un pecho al aire ante un sorprendido Tierno Galván o la de Rafael Alberti y La Pasionaria en el Congreso el día de las Cortes Constituyentes. El golpe de Estado del 23F la pilló dentro del hemiciclo. Ahora prepara un libro para ordenar la memoria visual de aquella parte fundamental de la historia de España. Flórez, que trabajó en el diario El País de 1976 a 2012, no es capaz de calcular cuántas fotos ha hecho a lo largo de su carrera. Margaret Thatcher, la reina Sofía o Antonio Banderas son algunos de los personajes que se han puesto delante de su objetivo. A esta entrevista llega con su vieja Leica y durante las dos horas de conversación no duda en cambiarse las gafas de ver por las de sol: «para que no reflejen», apunta.

Empezó a hacer fotos en Informaciones, en la época en que era director Jesús de la Serna. En ese momento, comienzos de los setenta, no era habitual ver a mujeres haciendo fotos en prensa… ¿Cómo llega Marisa Flórez a ser una pionera del fotoperiodismo?

La fotografía siempre me ha interesado, desde pequeña. Después me casé con un fotógrafo y ahí ya comencé a interesarme mucho por conocer un poco más la profesión y en qué consistía su trabajo. No estudié Imagen, pero a partir de ahí empecé a hacer cursos de fotografía, me empecé a documentar. Recuerdo un curso en la Complutense y después comenzar a hacer fotos. En ese sentido sí soy autodidacta, porque yo hacía muchas fotos para mí. En un momento dado vieron esas imágenes y me ofrecieron colaborar en Informaciones.

¿Recuerda cuál fue la primera foto que publicó?

Uff… fueron fotos de Madrid, eso seguro. Fotos de calle, de sociedad. Pero concretamente la verdad es que no lo recuerdo.

De Informaciones pasó a El País, en 1976, el mismo año de su fundación.

Sí, El País salió el 4 de mayo del 76 y yo entré a trabajar allí el 1 de septiembre de ese mismo año. Y allí he estado toda mi carrera. He hecho todo tipo de temas y reportajes. De fútbol a toros, pasando por política, claro.

Durante las dos primeras legislaturas de la democracia podría decirse que usted hizo vida de diputada sin escaño.

Casi tres legislaturas, sí. Nos pasábamos allí desde primeras horas de la mañana hasta lo que durase, hasta que acabaran las reuniones, y piensa que aquello era muy largo cuando se estaba preparando la Constitución. A eso suma todas las reuniones que había fuera del Parlamento, nos movíamos por todo Madrid en busca de las fotos de lo que estaba pasando.

¿Cómo era la relación entre políticos y periodistas, fotoperiodistas en este caso, en aquel momento en que estaba naciendo la democracia?

En aquel momento, políticos y periodistas estábamos aprendiendo formas de convivencia nuevas. Había buena relación porque todo el mundo intentaba llegar a un entendimiento de cualquier tipo. Yo siempre me he mantenido a distancia de los políticos, distancia político-periodista, entiéndase. Pero la relación ha sido buena y nunca he tenido problemas. Quizá alguna cosa me han dicho, con buen tono, sobre alguna foto. Alguna imagen de algún diputado durmiendo, por ejemplo, que alguna vez sí cogías… Pero no era una foto denuncia de «aquí vienen a dormir». La realidad es que pasaban muchas horas allí y todos flaqueaban en algún momento.

En esas primeras legislaturas usted hizo algunas fotos históricas. Se me ocurre la de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y Rafael Alberti en el hemiciclo el 13 de julio de 1977. Cortes Constituyentes tras cuatro décadas de dictadura.

Yo no sabía la difusión que iba a tener esa foto a lo largo de los años, pero es cierto que la imagen de entrada era potentísima… Pasionaria era una mujer con una personalidad y una imagen física muy potentes. Alberti, qué te voy a contar. La unión de esas dos personas que ya eran míticas en aquel momento y traían una historia detrás importante… verlas en unas Cortes completamente nuevas y democráticas era algo realmente impresionante. Y todo lo que sucedió a continuación contribuyó a que fuera un día histórico, lo que ha convertido a la foto, también, en histórica.

Otra foto suya muy impactante es la de Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista, y Blas Piñar, de Fuerza Nueva, en el Congreso de los Diputados.

En esos primeros meses de democracia cada grupo se colocó un poco como quiso en el hemiciclo y Blas Piñar estaba sentado detrás del PCE de Carrillo. Yo lo vi pasar. En aquel momento los fotógrafos estábamos situados a los dos lados de la presidencia de la cámara, yo me coloqué a la izquierda de la presidencia, con lo cual me tocaba estar al mismo nivel del PCE, y cuando vi a Blas Piñar subir por esa escalera y el momento en el que se cruzaban ellos dos… En ese momento pensé que, si había una foto que podía unir o representar los dos extremos existentes entonces, la extrema derecha y la extrema izquierda, era esa. Era la imagen de las dos Españas. Y debo reconocer que no fue una foto espontánea. Esa imagen sí que la busqué y la esperé.

La foto de Adolfo Suárez en la bancada azul fue la primera imagen que El País publicó a cinco columnas. En esa foto se refleja la soledad del político, un tema que tengo la sensación de que ha perseguido en varios momentos de su carrera…

En una imagen hay veces que intento —son intentos y no siempre se consigue— ir un poco más allá de lo que está ocurriendo. En aquel momento el presidente Suárez estaba pasando un momento fatal fuera y dentro de su partido, la UCD. Dentro tenía una oposición tremenda, y fuera del partido los militares amenazaban y había ruido de sables. Es cierto que ya existía miedo a que se pudiera producir un golpe. En ese momento, no recuerdo por qué, los ministros salieron y él se quedó solo en el banco azul, y la sensación que yo percibí y quise transmitir en la foto es esa sensación de soledad, de un hombre que está solo, un momento de una persona que estaba como desvalida y realmente triste. No eso que dicen de que el poder acarrea soledad, parecía más que la soledad y la tristeza eran suyas. Supongo que pensar que, con todo el esfuerzo que se estaba haciendo en este país, y que él se encontrara en la situación que se encontraba… pues era duro. Y ese momento de decaimiento yo lo vi y por eso tiré esa foto. Hay fotos que las ves cuando las haces, aunque siempre he sido prudente hasta revelarlas.

Imagino que el director, en la reunión de primera, vio las fotos que ese día el redactor jefe de fotografía llevaba para proponer para primera y dijo: «Con esto está todo dicho. Qué mejor que esto para abrir a cinco columnas el periódico». El texto te va a explicar más cosas, pero solo viendo la foto tú ya sabes que ahí ese hombre está hundido. Luego, si quieres, lees la crónica y te dan las razones.

Ese ruido de sables terminó materializándose. El día del golpe de Estado, 23 de febrero de 1981, usted estaba dentro del hemiciclo.

Fue terrible, fue horrible… Yo nunca había escuchado tiros tan cerca de mí. Al principio hubo mucha confusión, ten en cuenta que se cerraron las puertas para la votación y para que mientras se estuviera produciendo no salieran ni entraran diputados. De pronto oímos un ruido y la puerta se abrió de golpe. En ese momento llegamos a pensar que era un comando de ETA, yo qué sé, mil cosas. Pero inmediatamente, cuando Tejero subió a la tribuna donde estaba el presidente de las Cortes, Landelino Lavilla, le reconocimos porque le habíamos hecho fotos poco antes durante el juicio de la Operación Galaxia… Cuando vimos que era él empezamos a pensar que algo raro estaba ocurriendo. Después vino todo lo demás. Los fotógrafos estábamos abajo, los periodistas salieron poco después, pero como estábamos dentro del hemiciclo estuvimos hasta las once y pico de la noche. Hasta el momento en que a un compañero se le ocurrió decir «Pero, bueno, ¿nosotros qué hacemos aquí?», y se lo preguntó a un guardia civil que dijo que iba a consultarlo con la autoridad competente. Consultó con esa autoridad, supongo, y luego pudimos salir.

¿Durante esas horas pasó miedo?

Yo sí, yo pasé miedo. A lo largo de todo ese tiempo ocurrieron muchas cosas. Me acuerdo de que Tejero tenía miedo de que hubiera un apagón de luz y pidió que sacaran todo el relleno de las sillas, aquello es todo madera, y que lo pusieran en el centro, que es alfombra. Allí se va la luz y echan una cerilla e imagina… Otro momento de mucha incertidumbre fue cuando sacaron al presidente Suárez, a Gutiérrez Mellado, a Carrillo y a Felipe, y decíamos: «¿Dónde los llevan?». Claro que fueron momentos de miedo y, sobre todo, de no saber qué iba a pasar. Nosotros no teníamos información de fuera. Algunos diputados tenían radio y se decían cosas unos a otros, pero a nosotros nadie nos decía nada. Solo veíamos lo que estaba pasando y estábamos allí callados.

Miedo físico y miedo a que aquello fuera el fin de la recién estrenada democracia, entiendo.

Claro. Al principio podía pasar cualquier cosa. Aquella noche salimos juntos del Congreso un grupo de fotógrafos y comenzamos a caminar hacia Neptuno. Éramos de Diario 16, El País y El Alcázar. Nosotros pensábamos que estarían los tanques en la calle, pero vimos que algún coche pasaba, nos mirábamos casi sin hablar. Al final cogimos un taxi y dijimos «vamos a tal sitio», porque en aquel momento las redacciones estaban bastante cerca. Le dijimos al taxista: «Si al llegar ve que hay militares en la puerta de cualquiera de los periódicos, pues continúe». Pero no los había y fuimos bajando de uno en uno de aquel taxi. Al final cada uno pudo llegar a su periódico.

Llegó a su periódico, pero sin las fotos de aquel 23F, no las pudo sacar del Congreso.

Es una de las cosas que siempre he dicho: «Qué pena no haber sido tan rápida como los dos compañeros que lo consiguieron». Durante tiempo estuve intentando localizar esos carretes, los de todos, no solo los míos. Habría sido fantástico con el paso del tiempo poder tener todas esas imágenes y haber hecho un estudio sobre cómo lo habíamos visto cada uno desde donde estábamos. Qué fuimos capaces de hacer y qué no. Podría haber sido un trabajo muy bonito, pero nadie me ha dado ningún tipo de pista de qué pudo pasar con aquellos carretes. No sé, igual los tiraron a la basura, porque hubo tal descontrol… Pero habría sido bonito tener todas aquellas imágenes y hacer un estudio o incluso una exposición.

¿Sintió envidia de los dos fotógrafos que sí consiguieron sacar los carretes? Fueron Manuel Hernández de León y Manuel Pérez Barriopedro, este último ganó el World Press Photo por la foto de Tejero en la tribuna.

Sentí muchísima envidia. Imagínate. Muchísima.

Usted también fotografió el retorno del Guernica de Picasso a España. ¿Cuánta simbología hay en esa imagen?

Esa foto, en la que el cuadro está custodiado por la Guardia Civil, con metralleta, te da a entender que en aquellos momentos todo era muy frágil y que a este país le costó mucho llegar hasta donde hemos llegado.

También captó con su cámara el regreso de Josep Tarradellas a España, su llegada al aeropuerto de Barajas el 20 de octubre de 1977 tras décadas en el exilio. Una imagen que ha vuelto a verse mucho estos días.

Sí, pero fíjate que eso más que nada es un momento documental. Se ve cómo llegaba él.

¿Cuánto de casualidad puede haber en hacer una foto histórica?

Depende de qué tipo de temas. Cuando vas a hacer un tema a las Cortes, por ejemplo, yo personalmente me suelo documentar bastante. Una foto luego surge, la fotonoticia surge, pero es cierto que, como cualquier otro informador, tú tienes que ir preparada y saber quién va a intervenir y de qué va el tema que vas a cubrir. Es algo fundamental para cualquier periodista y un fotógrafo es un periodista gráfico. La casualidad y la suerte siempre forman parte de todo, pero también cómo te preparas para ello.

Ustedes, en esos años de la Transición, ¿eran conscientes de estar capturando la historia? Sus fotos son las que ilustran los libros de texto con los que los españoles estudiamos esa parte de la historia de nuestro país.

En el momento sabes lo que estás haciendo, pero pensar que estás contribuyendo a fotografiar los momentos históricos de la historia de España yo creo que no, no eres consciente. Luego, con el paso del tiempo, sí te das cuenta de que has asistido a momentos únicos y que sí que forman parte de la historia de este país. Pero eso lo ves con el tiempo, y cuando ves los acontecimientos objetivamente y desde fuera. En ese momento tú estás haciendo esa foto y ese tema lo mejor posible, en lo que piensas es en que esa foto pueda ser la mejor de tu periódico al día siguiente y que el lector diga: «Qué maravilla». Al final la fotografía en prensa es una forma, un soporte, para contar una historia.

En la actualidad, ¿echa usted en falta que haya grandes reporteros gráficos parlamentarios? Las grandes fotos ahora parece que se hacen en otros escenarios…

La gran foto se puede encontrar en cualquier sitio y en cualquier momento. Lo que pasa es que las grandes fotos ocurren donde están ocurriendo hechos realmente importantes, hechos que cambian la historia. Como nos pasó a nosotros en la Transición y quizá ahora no pase. Pero en la vida cotidiana también hay grandes imágenes: las formas de comportamiento, de actuar, de vivir. Plasmar eso lo puedes hacer en cualquier sitio y no solo en el Parlamento.

¿España necesitaría un Pete Souza?

Aquí lo de las fotos da mucho miedo, pero a la vez a todo el mundo le encanta salir en una foto. Los grandes líderes se rodean a veces de una serie de gente que cuida muy poco la imagen de ese líder. Deberían rodearse de profesionales que sean capaces de transmitir sus momentos de trabajo, su vida personal… Porque ese personaje es un personaje público. No creo que Obama por salir en imágenes tan fantásticas como las que hacía Souza haya tenido algún problema, al contrario, ha potenciado su imagen. Siempre he dicho que quien cubre a un político o a un personaje no va a intentar machacar ni hundir su imagen, lo que va a intentar es contar cómo es porque eso conforma el perfil de un líder. ¿Por qué no hacerlo? Pues este país es un país con miedo a hacer eso.

Se me ocurren unas fotos suyas al expresidente del Gobierno, José María Aznar, desayunando.

En eso he tenido suerte, pero es cierto que también lo he intentado. Cuando he tenido que hacer una entrevista, además de las fotos típicas, he intentado dar esa otra imagen, ir un poco más allá. Por ejemplo, Felipe González cuando estaba en campaña se relajaba mucho jugando a la petanca en los viajes. Con el presidente Aznar, en las campañas que le he hecho fui a ver, sí, cómo desayunaba en casa…

Yo siempre he ido a ver lo que podía aportar más allá, descubrirle al lector algo desconocido del personaje. Muchas veces no lo consigues porque te dicen «puedes llegar hasta aquí». Pero la típica entrevista con cuatro gestos de mano y un retrato a mí no me gusta. Pienso en las últimas elecciones que hubo en este país, que se votaba cada poco, para qué voy a dar en mi periódico veinte fotos del presidente seguidas… Yo creo que no me aporta nada. Entonces, uno tiene que decir: «Permítame usted que enseñe algo más, que dé otra imagen, que aporte algo más, porque, si no, usted y yo vamos a aburrir al lector».

¿Falta imaginación?

A veces sí. La creatividad en cualquier profesión es fundamental.

¿Y ha recibido alguna queja por ese tipo de fotos más personales? ¿Aznar, por ejemplo, le dijo algo por esa imagen en la que se le ve en la cocina tomando café?

Bueno… hubo alguna foto que no creo que le gustara en aquel momento. Una foto hecha sin ningún tipo de maldad, pero es verdad que estuvimos haciendo manos y pies, y en una se le veía un puño de la camisa rozado y no le gustó demasiado.

¿Una foto de prensa tiene que ser sugerente o evidente?

Lo primero que tiene que ser es informativa. Si a eso le unes que a esa información le aportas calidad y creatividad, entonces ya es maravilloso. Pero lo primero es que sea informativa y real. Que sea verdad. Hay que tener en cuenta que algunas fotos que no son verdad se han publicado. Ahí está el ejemplo de varios Premios Pulitzer que luego fueron anulados.

Hay una foto suya que no sé si es sugerente o evidente. En ella se ve a Susana Estrada con un pecho al aire junto a Enrique Tierno Galván, cuando era líder del PSP, en la entrega de los premios del diario Pueblo en 1978. Hay una novela de Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra, en la que se habla del papel de las mujeres en la Transición y una de las imágenes que se evoca es precisamente esa foto.

Lo que está claro es que en la Transición la mujer empezó a formar parte de la sociedad que se veía. Dejó de ser invisible.

Usted fue una de las primeras mujeres fotoperiodistas de este país, junto a Queca Campillo o Juana Biarnés. ¿Le han prohibido alguna vez la entrada a algún sitio donde tenía que hacer su trabajo por el hecho de ser mujer?

Es cierto que he tenido bastante suerte, pero, sí, me la han prohibido o he tenido por lo menos que discutir y decir: «Bueno, oiga, usted no me está cerrando a mí las puertas, se las está cerrando al fotógrafo de un periódico, en este caso El País».

¿Dónde?

Tuve problemas para entrar en el vestuario del Real Madrid, por ejemplo. Me dijeron que estaban desnudos y les respondí: «Yo no tengo ningún problema y no voy a sacar a nadie desnudo, pero si mis compañeros pueden pasar yo también quiero, porque ahí dentro se está produciendo una rueda de prensa o unas declaraciones y mi periódico espera que yo haga esas fotos. Yo soy un fotógrafo».

Y luego también me pasó en el año 82, en Sevilla. Yo tenía que cubrir una corrida de toros y no había entrado ninguna mujer a hacer fotos desde el callejón, cuando fui me dijeron que no entraba. Y otra vez tuve que imponerme: «¿Cómo? Pues usted verá, pero mañana no habrá crónica del festejo en El País». Después de mucho discutir me dejaron pasar. Y creo que fui la primera mujer que lo logró en esa plaza de toros.

En 1981 usted ganó el Premio Nacional de Periodismo. Ese año también fue galardonado Manu Leguineche. Y es curioso porque, revisando la hemeroteca, en la noticia que publicaba su periódico —El País— sobre esos premios a usted le dejan justamente las cuatro últimas líneas. Tres y media, para ser exacta.

Manu ya era un gran maestro y yo era una pipiola. Yo llevaba poco tiempo, aunque es verdad que en aquellos momentos tuve una presencia importante en prensa por cosas que pude cubrir. El periódico era un medio que en ese momento fue un poco la bandera del cambio en el ámbito de la prensa. Pero sí, Manu era Manu… Visto desde hoy queda raro.  Al final, lo que pienso es que las mujeres hemos tenido que batallar mucho para estar donde estamos ahora mismo.

Y por sus compañeros hombres, ¿se sintió discriminada alguna vez?

Jamás. Quizá porque mi comportamiento siempre ha sido como uno más, ahí era de tú a tú. Jamás tuve ningún problema, siempre hubo mucho respeto. La relación entre nosotros siempre ha sido buena. También hay que subrayar que ni yo ni ninguna de las compañeras con las que he trabajado ha utilizado nunca tampoco su condición de mujer para obtener rédito. Todas fueron unas compañeras estupendas y buenísimas fotógrafas. Tengo un recuerdo muy especial de Queca Campillo, que fue una mujer maravillosa, simpatiquísima, y que desgraciadamente ya no está con nosotros.

¿Existe la mirada femenina en fotografía?

Qué duda cabe de que el hecho de ser mujer puede influir, pero yo creo más en la forma de mirar como individuo. No como hombre o mujer. Habrá hombres con una sensibilidad maravillosa o mujeres que tienen una forma más dura de ver las cosas. Las ideas, la forma de pensar, todo forma parte del trabajo de un fotógrafo. Me gusta mucho una frase de Richard Avedon que dice algo así como que «el trabajo de todos los fotógrafos es verdad, pero ninguno es verdadero». Por eso cada foto es lo que ves, pero hay un poquito de ti esta en esa imagen. Piensa que una misma imagen la vemos diez fotógrafos diferentes y serán diez fotos diferentes, estoy segura.

A veces parece que solo ha hecho fotos de la Transición, pero su carrera es mucho más extensa. Por ejemplo, ha hecho muchas fotos de toros. Frente a su objetivo se ha puesto un torero tan escurridizo como José Tomás. ¿Cómo se convence para hacer unas fotos fuera del ruedo a un tipo que ni siquiera dejaba que televisaran sus corridas?  

Tal vez en el momento de su vuelta estaba más receptivo, no lo sé. Supongo que tuve suerte. Lo que sí tenía claro es que dentro del ruedo ya le habían hecho todas las fotos posibles. Le puse un esmoquin de Armani y nos fuimos a la suite de un hotel. Es cierto que es un poco introvertido, pero yo también soy un poco para adentro y desde el principio hubo buen feeling entre nosotros. Después me fui con él a una finca a Sevilla y allí se le veía mucho más suelto.

¿Y cómo se gana un fotógrafo la confianza del retratado?

La confianza se gana poco a poco. Escuchando un poco. Hablando. Intentando no entrar como un elefante en una cacharrería. Hay que intentar conocer un poco a la persona que tienes enfrente. En las entrevistas antes había mucha costumbre de que iban el redactor y el fotógrafo y «Hala, venga, cuatro fotos y venga, que tengo que hacer la entrevista». Yo siempre me he negado. Igual voy a hacer una entrevista y estoy media hora escuchando sin hacer nada. Me interesa mucho ese ejercicio si es un personaje que no conozco, que nunca he visto, que tengo poca información de él. Me gusta escucharle durante un tiempo para ver si soy capaz de que me transmita algo, ver más allá. Es muy importante escuchar primero, luego veremos lo que sacas.

Durante los años de plomo de ETA, en los ochenta, le tocó hacer muchas fotos de atentados.

Eran años terribles. A veces tenías que hacer fotos donde había diez o doce muertos. Tremendo. La tensión que se vivía, el ambiente que se respiraba. Tú llegabas allí y querías ponerte en primera fila, pero allí también estaban las familias. Creo que hay que tener mucho respeto a las víctimas, pero sobre todo en lo que respecta a las familias. En ciertos temas el cuidado y la forma de actuar es importante. Y todo eso a la vez: querer hacer fotos contando lo que está ocurriendo y no cruzar ciertas líneas. Eso, a veces, creaba una tensión enorme y era muy difícil trabajar así. Es cierto que la cámara es una pantalla buena, algo que pones entre el sujeto y tú y que te separa un poco. O, por lo menos, intentas separarte de lo que está ocurriendo a nivel anímico.

¿En esos años hizo muchas fotos que luego eran impublicables por esos códigos que señala?

Es cierto que tú tirabas, tirabas imágenes, y había algunas que luego veías que no podías publicarlas.

En los atentados del 11M le tocó desempeñar otro papel, el de editora gráfica en El País.

Fue tremendo lo que yo pude ver aquel día. La primera foto que se publicó fue de los primeros momentos en la estación de Atocha y, claro, fue todo tan imprevisto… Estábamos en shock. En esa primera imagen se veía un hueco en el tren destrozado, la metimos en la primera edición y después de publicarla nos dimos cuenta de que había una persona dentro. Por supuesto, la levantamos inmediatamente, la sacamos de la segunda edición. Era posible que los familiares de esa persona en ese momento ni siquiera supieran que iba en el tren.

También hubo una persona que nos trajo un carrete del tren que estalló dentro de la estación, nos lo hizo llegar pidiendo que las fotos ni se firmaran ni nada. Solo publicamos dos de aquellas imágenes, el resto era impublicable. Lo que vi aquel día no lo puede imaginar nadie, he visto muchas fotos, he editado miles de fotos de guerras en el mundo entero… y no he visto imágenes tan terribles como las del 11M. Aquello no se podía publicar.

Decía Susan Sontag que «debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan». ¿Dónde está el límite para publicar o no una foto? Ahora cada vez que hay, por ejemplo, un atentado, en redes sociales se crean grandes debates éticos sobre la idoneidad o no de difundir ciertas fotos.

El límite está en faltar al respeto y crear morbo. Ahora, una guerra, un atentado, un hecho luctuoso… Eso no es el ballet de Montecarlo. No seamos cínicos.

Si la foto de Aylan sirvió en su momento para que el mundo reaccionara, ¿por qué no hay que dar esa foto? Piensa que es algo que llevaba años ocurriendo y parece que hasta que no se vio esa foto nadie se había rasgado las vestiduras. Si sirve para que pueda ayudar a que eso no vuelva a ocurrir, merece la pena publicarla, claro que sí.

Cuando usted fichó por El País era Juan Luis Cebrián el director, ¿cómo era Cebrián como jefe?

Como director creo que, no lo digo yo, lo dice todo el mundo, es un grandísimo periodista. Puso en marcha un medio que ahí está. En las distancias cortas también, es una persona tímida, yo de mi relación con él no puedo decir otra cosa que estupenda.

¿Un buen director?

Buenísmo.

¿El mejor que ha tenido El País? Usted trabajó con cuatro de ellos: Cebrián, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno.

El País ha tenido la suerte de en cada época tener el director que tenía que tener. La verdad es que yo no puedo decir nada malo de ninguno. No es diplomacia, es que lo siento así. Creo que han sido grandes directores y que El País está ahí porque han sido capaces de dirigir a una buenísima redacción, eso es lo que hay que subrayar. He trabajado con compañeros excelentes de los que he aprendido lo poco o lo mucho que sé.

Hablaba usted antes de que El País fue una bandera del cambio en España en su momento. ¿Cómo es posible que en más de cuarenta años no haya habido una mujer directora?

En El País es cierto que estuvo a punto de serlo Soledad Gallego-Díaz, una periodista maravillosa. Pero no lo sé, es difícil. Pero mira la prensa española en general: ¿cuántos periódicos nacionales han tenido una mujer directora?

¿Y cómo es posible?

No te sé dar razones. Lo que sí creo es que tanto antes como hoy en día hay mujeres supercapacitadas para poder ocupar cualquier puesto de dirección en cualquier medio de comunicación nacional o extranjero. Y a las pruebas me remito, porque en el extranjero sí hay muchas. En ciertos puestos hay un techo de cristal que las mujeres todavía tenemos que romper en España.

Desde que usted empezó a trabajar hasta ahora la fotografía ha evolucionado muchísimo. ¿Le gusta más la fotografía analógica o la digital?

La verdad es que no tengo mucho problema en trabajar con una cosa u otra. No soy una purista.

¿La foto hecha con el móvil ha contribuido a la vulgarización del oficio del fotoperiodista?

No, porque todo el que tiene un móvil no es fotógrafo. Hacer una foto con un móvil es hacer una foto con un móvil y ya, perfecto. La forma de mirar con una cámara y con un móvil es completamente diferente, tienes que cambiar el chip. Decir que, si ahora delante de nosotras pasa la mayor tragedia del mundo, no hago la foto porque voy con un teléfono móvil…  Hombre, claro que sí, la hago, pero no quiere decir que sea un fotógrafo profesional. Son dos cosas totalmente distintas.

¿El trabajo de qué fotógrafo joven y español le gusta?

Si me haces decir, a mí me encanta, y además ha sido mi compañero en El País, Gorka Lejarcegi. Pero no me gusta dar nombres porque parece que si das uno ignoras a los otros. Sí te puedo decir una cosa, en mis últimos años en El País yo vi cantidad de currículums, y hay muchísima gente muy preparada y muy buena. Pero es una pena, porque estamos pasando un momento muy difícil a nivel de oficio.

¿Por qué hay tantos medios nuevos, especialmente digitales, que no tienen fotógrafos en plantilla?

Ahora mismo para los fotógrafos es muy difícil subsistir. La crisis económica en la prensa ha hecho que se reduzcan costos a todos los niveles y la fotografía no ha escapado a ello. Hay días en que los diarios tiran de contratos con grandes agencias que tienen fotógrafos en el mundo entero y ¿qué pasa?, que, como llegues al kiosco un poco dormida por la mañana, realmente no sabes qué periódico compras si los formatos son parecidos. Porque tiran de Reuters, de Associated, France Presse… que distribuyen sus imágenes. Y es cierto que es muy fácil que los buenos editores escojan la misma foto.

Hace años los medios tenían equipos de fotógrafos que podían ir y venir. Era una forma de trabajar con recursos propios, y así la diversidad es mucho mayor. Imagina que antes un fotógrafo se iba un mes a Sudamérica a hacer una serie con Maruja Torres, por ejemplo. O pasaba un hecho y enviabas a un fotógrafo donde fuera. Ahora, las redacciones utilizan muchísimo medios que contratan y que son los mismos para todos. Entra lo mismo en el rulo de La Razón que en El País. Y los digitales ni te cuento. Yo creo que es importantísima la edición en los digitales, fíjate en los grandes medios estadounidenses… Aquí parece que en lo digital vale todo, y no. Un medio digital no es un cubo de basura. Es importantísimo cuidarlo exactamente igual que se hizo con el papel. Y eso es caro y necesitas muchísima gente. La edición es fundamental en cualquier medio. Tú puedes tener una serie de editores, pero tener sobre todo una mirada colectiva del producto. Renunciar a eso es dar un paso atrás y volver a los años aquellos en que el redactor jefe de turno cogía el texto y la foto para acompañarlo, y no, esto no es así. La imagen es fundamental en los medios, pero tiene que ser de calidad.

¿Un buen editor gráfico tiene que ser fotógrafo?

Ayuda, pero no diría yo que sea necesario. Yo he trabajado con dos editores gráficos que no eran fotógrafos y chapeau. Ahora, lógicamente, creo que es un aporte. Un buen editor gráfico ayuda a mejorar a los fotógrafos con los que trabaja.

¿Qué cualidades debe reunir un buen editor gráfico?

Lo primero, tiene que tener claro que un producto no es la acumulación de páginas seguidas, es un relato, un viaje, tiene que verlo en conjunto. De momento, tienes que ver desapasionadamente el trabajo de cualquier fotógrafo que te llegue, saber qué quieres dar, qué quieres contar y cómo contarlo. Realmente es contar y relatar, y eso puede ser con dos o con cuarenta fotos, depende del medio o soporte al que vaya. ¿En qué se diferencian los grandes medios? Pues quizá muchos en la edición. El diseño y la edición tienen que ir a la par. En El País, por ejemplo, se reunía el redactor jefe de cada sección con el de diseño y con el editor gráfico. Ni todo tiene que ir a cinco columnas ni a una, cada foto tiene su tamaño. Por darla muy grande no es mejor foto, a veces lo único que haces es destrozarla del todo y decir «Dios mío de mi vida, lo malo es malo tres veces cuanto más grande lo des». Y luego el editor tiene que saber también qué fotógrafo va a hacer ciertas fotos y ciertos temas, porque no todos sabemos hacer todo o lo hacemos todo maravillosamente. Hay que saber sacarle el máximo rendimiento a cada fotógrafo, conocer sus sensibilidades, distribuir el trabajo en un momento también es muy importante.

Si fuera su propia editora gráfica, ¿qué es lo que mejor hace? ¿En qué campo se siente más a gusto?

No es decir tú en qué te sientes mejor. Yo me siento bien sobre todo cuando me sale algo, digo: «¡Qué bien, qué gusto!». Pero me siento bien trabajando porque me encanta este oficio.

Ahora está trabajando en un libro. A través de la editorial Libros.com hay un crowdfundig en marcha para editar un libro que recoge parte de su obra. Especialmente centrada en las fotos que hizo durante la Transición.

Son dos tomos. El primero es de Raúl Cancio y se titula Españoles…; el segundo, que es el miío, es Franco ha muerto. El libro nace de una propuesta de Libros.com. Yo pensaba que tal vez querían rescatar esa parte de fotos menos conocidas y menos vistas, pero tanto Julio Rey como Ricardo los editores— dijeron: «Tiene que ser un libro político. Se trata de hacer una lectura de unos años en los que tú estuviste allí». Es interesante en el sentido de que, yo que he sido editora muchos años en El País, por una vez y con perspectiva, alguien ajeno vea mi trabajo y lo edite. Es estimulante. Luego, el libro va a ser en blanco y negro. Creo que yo transmito más así, en blanco y negro.

Ese proyecto lo comparte con su marido, el también fotoperiodista Raúl Cancio, ¿cómo conviven en casa los archivos de dos fotógrafos?

Los de El País están en el periódico, porque el archivo pertenece al medio. Los negativos son suyos. Todo lo que es trabajo personal lo tenemos en casa, pero te aseguro que no nos confundimos sobre la autoría de cada imagen. Esto es como los hijos: cuando los has visto dos veces no tienes ya dudas.

¿Le molesta que la encasillen como la fotógrafa de la Transición?

No me molesta, estoy encantada de haber vivido aquello y de haber hecho aquellas fotos. Pero creo que mi trabajo es mucho más amplio. Pero esto es como todo: si una vez has hecho de malo, ya eres malo para toda la vida. Yo no soy nada nostálgica, creo que cada momento tiene sus cosas, sus hechos, sus momentos. Lo que sí es verdad es que lo recuerdo como una época en la que me divertí tanto y lo pasé tan bien… Y, visto desde la distancia, fueron momentos muy importantes en la vida de este país, y no solo a nivel político. Este libro es un poco contar aquellos años o cómo yo viví aquellos años.

Usted ha hecho a fotos a todos los presidentes de la democracia, ¿qué tenía cada uno de ellos delante de una cámara de fotos?

Cada uno tiene su punto. Por ejemplo, Suárez era muy vital. Rajoy es más serio. Zapatero era un presidente que había veces que te costaba mucho hasta que conseguías la foto. A Felipe no le gustaban mucho las fotos, es uno de los presidentes a los que menos les gustaban, de hecho. Era muy fotogénico, pero no era de los que posaba alegremente. Y Aznar es un presidente que ha dado muchas fotos, y diferentes, no sé si queriendo o sin querer. Ha cambiado mucho a lo largo de los años, incluso físicamente, y a mí me ha permitido hacer fotos muy diferentes de él.

Felipe González y Alfonso Guerra salieron a una ventana del Hotel Palace de Madrid la noche de la victoria electoral del PSOE en 1982. Veinticinco años después, usted repitió aquella foto. Por el camino se había roto la amistad entre Guerra y González. ¿Cómo fue aquel reencuentro?

En realidad, la ventana donde la hicimos es diferente, porque habían hecho obras en el Palace. Aquella ventana de 1982 era de una habitación y ahora aquello no es una habitación, es una especie de despacho. Los años pasan para todo el mundo [risas]. La verdad es que la relación entre ellos fue muy correcta y muy educada. Posaron en una suite, hablaron un ratito, se preguntaron por sus familias y después fuimos a la ventana.

¿Por qué foto le gustaría que la recordaran?

No me encasilles [risas]. Quizá a unos les guste una y a otros, otra. Esto es como con los cuadros. Acabo de estar en el Museo Picasso en Málaga y, fíjate que estoy harta de ver cuadros suyos, pero he descubierto uno de su primera época, una mujer en el baile, y me ha parecido tan maravilloso. No lo había visto en mi vida. Pues esto es igual, cuando tú ves la obra de alguien, eliges. A mí me gustaría que la gente pensara: «Es una fotógrafa que estuvo en su época y trabajó bien».

El País periódico y el país España han cambiado mucho desde que usted comenzó a trabajar hace más de cuarenta años, ¿sigue reconociendo a ambos?

¿Sigo reconociendo a ambos? Reconocer, sí los reconozco, claro que sí. Como todo en la vida, evolucionan, cambian. No tiene nada que ver el país España con el de ahora. Y El País periódico pues tampoco, pero porque creo que en la vida no se puede estancar nada, tiene que evolucionar.

¿El País sigue siendo su periódico de cabecera?

Sigue siendo mi periódico, sin lugar a dudas. Mientras siga leyendo periódicos estará ahí siempre.


¿Qué teoría de la conspiración consideras que podría ser cierta?

«Hay que tener la cabeza lo suficientemente abierta como para aceptar nuevas ideas, pero no tanto como para que se nos salga el cerebro» dice Michael Shermer. Nuestra mente no puede parar de elaborar patrones, conexiones causales entre dos fenómenos que cuando no son ciertas las llamamos supersticiones. Creencias erróneas que se resisten a desaparecer debido al llamado «sesgo de confirmación», por el que solo nos fijamos en los hechos que confirman nuestras ideas preconcebidas. A veces podemos menospreciar una idea solo por ser minoritaria y otras tomarla por cierta precisamente por serlo, y así complacernos en creer que todo el mundo vive engañado menos uno mismo, que ha tomado la pastilla roja.

De manera que quien considera risibles unas se toma muy en serio alguna otra y le molestará que lo suyo sea etiquetado peyorativamente como teoría de la conspiración porque, oiga, quienes creen en tonterías son los demás, no yo. Desde esta publicación mientras tanto nos mostraremos escépticos ante todas a la espera de una teoría de la conspiración unificada, por la que los chemtrails sean obra de reptilianos piperos vacunados por el Club Bilderberg con el fin de anestesiar a la población para la segunda venida de un Cristo modificado genéticamente para adoptar esta forma. Esa será la buena.

Todo este asunto de las conspiranoias, como vemos, abarca un terreno muy amplio en el que entran en juego ciencia, política, religión, sesgos cognitivos, sondas anales y otros muchos asuntos muy serios y dignos de análisis y discusión. Pero nuestra intención ahora es simplemente sondear a nuestros lectores —sus opiniones, se entiende— para ver qué teorías un tanto dudosas tienen más arraigo, en cuáles creen con más o menos firmeza o bien al menos les hacen musitar «ojo, algo de eso hay». Así que, por favor, voten con sinceridad y sin miedo o compartan algún otro disparate en los comentarios, si lo desean.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

Chemtrails

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Estábamos advertidos sobre la amenaza que entrañaba la fluorización del agua, pero el mal acecha bajo mil formas y desde finales de los años noventa ha aumentado la concienciación en torno a este fenómeno bautizado con la contracción de «chemical trail». Las estelas blancas que vemos cada día en el cielo no serían, como quieren hacernos creer, fruto de la condensación que generan las turbulencias en el aire al paso de los aviones, sino que estos irían cargados de sustancias químicas con las que fumigan las ciudades. ¿Por qué si no se producen sobre los núcleos de población en lugar de sobre zonas deshabitadas? Porque es ahí donde están los aeropuertos, podrán respondernos, pero eso no nos vale. Queremos creer. Vean este vídeo que no tiene desperdicio, con ese «señora, cúbrase bien» que es oro puro. De acuerdo, ¿pero cuál sería entonces la finalidad de esos productos químicos dispersados desde tal altitud? Sabemos que hay una conspiración mundial, pero no muy bien para qué. Así que según unos u otros sería para esterilizar a la población, para cambiar el clima o para envenenarnos por Dios sabe qué motivos. Lo mejor en cualquier caso es tener orgonita a mano, esa sustancia parecida a los midiclorianos de la que habló el visionario Willhelm Reich.

Transgénicos

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Uno se forma una opinión a la manera en que un gordo, perdón, un fofisano, se sienta en el sofá después de su primer día de correr por el parque: la postura en la que cae es en la que se queda, da igual lo que pase después. Según demostró este estudio aquellas personas que rechazaban los transgénicos seguían haciéndolo igualmente después de que se les mostraran evidencias científicas sobre su seguridad. Godzilla era un mutante, así que cualquier manipulación genética no puede traer nada bueno. Ya nos pueden decir que la población del mosquito del dengue se redujo en un 95% en un suburbio de Brasil tras soltar machos transgénicos que tras esa noticia seguro que solo puede estar conspirando la multinacional bautizada como «La semilla del diablo».

El atentado del 11-S

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Una de las características de esta clase de teorías es siempre lo alto que apuntan y la magnitud de la trama que desvelan. Autodenominarse truther en torno a algún asunto turbio en el que esté implicado el conserje de la urbanización o un concejal del pueblo quizá resulta un tanto insatisfactorio y no es el archienemigo que uno merece. No, el acontecimiento debe ser histórico, la trama ha de tener escala mundial y la mano oculta qué menos que el Gobierno de los Estados Unidos. ¿Y qué acontecimiento más impactante y trascendental de los últimos años que el 11-S? El mundo entero lo vio y paradójicamente eso le resta veracidad, pues poder decir que todos fueron engañados menos uno mismo es un caramelo al que es difícil resistirse. Hay infinidad de asociaciones, webs, libros y vídeos que inciden fundamentalmente en dos ideas: fue un atentado de falsa bandera cometido por el propio Gobierno para justificar su política posterior y el derrumbamiento lo provocaron detonaciones en la base de los edificios. No nos queda muy claro por qué el organizador dio por hecho que un aparato de más de cien toneladas, cargado de combustible y estrellándose a toda velocidad contra el rascacielos no bastaría para derribarlo y era necesario añadir cargas que explotasen cuando habría miles de cámaras enfocando desde todos los ángulos. Pero qué importa, aquí se viene a creer.

El atentado del 11-M

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Puede que el propio ministro de Interior, Ángel Acebes, dijera: «Al menos hasta el día en que dejé el ministerio, no había una sola pista que permitiera adjudicar la autoría del 11-M a ETA». Puede que hubiera una montaña de evidencias que relacionaran aquel fatídico 11 de marzo con terroristas islámicos. Puede incluso que Al Qaeda reivindicara no una sino varias veces la autoría del atentado. Pero la cinta de la Orquesta Mondragón en la furgoneta es un indicio demasiado poderoso como para dejarlo pasar y a los Peones Negros ya nos sirve para anular todo lo anterior.

Antivacunación

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Que en este circo de tres pistas que es la actualidad política española tengamos monjas antisistema que hacen llamamientos al pensamiento crítico y a no dejarse manipular por el poder es la señal definitiva de que hemos llegado al final de la historia. Ya solo queda resetear todo y volver a empezar desde los fenicios o más allá. En cualquier caso, y aunque nos tomamos todo lo en serio que puede tomarse a tales mentes preclaras opuestas a la vacunación, tampoco está de más echarle un vistazo a esta entrevista.

Publicidad subliminal

Imagen: Alive Films.
Imagen: Alive Films.

Si echamos un vistazo a Google lo que la gente entiende hoy día por «publicidad subliminal» son básicamente las insinuaciones sexuales más o menos explícitas en anuncios. No es exactamente eso y su origen está en la leyenda urbana que promovió James Vicary en torno a un supuesto experimento en el que introducía fotogramas durante la proyección en un cine con el logo de Coca-Cola, imperceptibles de forma consciente pero que incrementaban el consumo de esta bebida en el público al terminar la sesión. La idea es sugerente y tiempo después John Carpenter supo desarrollarla como Dios manda, esto es, introduciendo alienígenas. Así que cómo resistirse.

Tiempo fantasma

The Taymouth Hours (DP)
The Taymouth Hours (DP)

Esta teoría ideada por un tal Heribert Illig no es (aún) demasiado conocida, pero el planteamiento es muy sugerente. Viene a decir que hay periodos de la historia que simplemente no habrían existido, concretamente desde el año 614 hasta el 911, debido a un error en el calendario juliano. Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias y aquí, igual que tantos otros conspiranoicos, es donde flaquea. En cualquier caso dejamos constancia de su idea.

Los caballeros templarios

Imagen: Lucasfilm Ltd.
Imagen: Lucasfilm Ltd.

Basta echar un vistazo a la sección de novela histórica de cualquier librería para comprobar que la gente necesita caballeros templarios conspirando en sus vidas. Si se añade de por medio el Santo Grial y los nazis la fórmula se vuelve inmejorable, aunque hay quien prefiere la versión que ideó Umberto Eco.

El asesinato de Kennedy

Foto: DP.
Foto: DP.

Estamos ante la madre de todas las conspiraciones y desde luego no le faltan ingredientes para ello. Un magnicidio en una época de enormes turbulencias políticas, cometido por un francotirador que fue asesinado dos días después. A partir de ahí solo queda dejar volar la imaginación.

El viaje a la Luna fue un montaje

Foto: DP.
Foto: DP.

El 20% de los estadounidenses creen que la misión Apolo fue un montaje y, como no podía ser de otra forma, en internet abundan toda clase de argumentos al respecto, desde el supuesto movimiento de la bandera, pasando por la falta de cráter donde la nave alunizó, hasta un reflejo difícil de interpretar en el casco de un astronauta. Que la Unión Soviética diera por válida la misión en lugar de haber hecho escarnio de su rival es un detalle al que no daremos importancia porque esta teoría de la conspiración tiene una variante que nos la hace irresistible: el rodaje de las escenas habría sido llevado a cabo nada menos que por Stanley Kubrick. Un año antes estrenó 2001: Una odisea en el espacio, así que todo encaja.

Caso Roswell

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En 1947 se estrelló en un rancho de Nuevo México lo que según la versión oficial era un globo meteorológico, pero según ciertos indicios parecía tratarse de un prototipo de globo espía para vigilar posibles ensayos nucleares en territorio soviético. El paso de los años es como el juego del teléfono estropeado, capaz de convertir un suceso más bien banal en un mito fascinante. De manera que el Área 51 con el tiempo quedó asociada en el imaginario popular a unos extraterrestres que ya cuesta imaginarse de otra forma que con esos enormes cabezones, piel grisácea y grandes ojos almendrados.

Los Illuminati

Imagen: DP.
Imagen: DP.

El antisemitismo tuvo su origen en la intolerancia religiosa, pero con el paso de los siglos fue derivando en una teoría de la conspiración en torno a miembros de una élite económica e intelectual unidos por una misma fe y, sobre todo, por una agenda secreta supuestamente nociva para el resto de la sociedad. Algo parecido ha ocurrido tradicionalmente con la masonería, dos grupos considerados tan afines que la misma expresión «judeomasónico» los hacía indistinguibles. Y ya en la propia élite de la masonería, como una conspiración dentro de una conspiración, los illuminati. Originariamente una sociedad secreta ilustrada de Baviera que pretendía promover la educación, la libertad y el progreso social y hoy en día, según la fuente que se consulte, al servicio de los reptilianos o de Lucifer. Ante tales referentes solo cabe esperar que se adore a ambos por igual, decantarse sería como tener que elegir entre papá y mamá.

El Club Bilderberg

Imagen de Jaime Sánchez-Rubio.
Imagen de Jaime Sánchez-Rubio.

El asunto comenzó con este artículo crítico con la llamada medicina natural. Por suerte una mente cósmica pasaba por ahí y supo desenmascarar el mensaje a favor de la eugenesia que encierra. Que tampoco es algo que se le pueda reprochar al autor, a veces empieza uno escribiendo un artículo sobre Mundodisco o una librería con encanto y te acaba saliendo una apología de la eugenesia y del genocidio. Un mal día que has tenido. Pero es que además en este caso era un encargo del Club Bilderberg —gente muy maja y campechana por cierto— que pidieron para empezar dos artículos, este era el otro. Ahora bien, puestos a tirar del hilo queremos ir un paso más allá: ¿quién está detrás del Club Bilderberg? ¿Son, por así decirlo, el monstruo final o encontraremos nuevas ramificaciones y poderes ocultos? En realidad todo forma parte de una red interconectada: el gráfico que ven sobre estas líneas muestra en rigurosa exclusiva toda la verdad, memorícenlo y difúndanlo… mientras les dejen.


Los nuevos bárbaros

Un hombre tacha una ìntada de ISIS. Foto Cordon Press.
Un hombre tacha una pintada de ISIS. Foto: Cordon Press.

Las imágenes del asesinato de James Foley, uno de esos periodistas que dignifican el oficio y, según quienes le conocían, una de esas personas que dignifican la especie, son repugnantes. También asquea el jolgorio con que se difunden por la red. No creo, sin embargo, que convenga evitar su visión, porque contienen un elemento informativo relevante. Se trata del discurso del asesino, parte del cual Foley fue forzado a recitar. Ya saben, la culpa de todo es de Estados Unidos y de Occidente en general, de las agresiones imperialistas, de la arrogancia de los infieles, etcétera. Es bueno recordar lo que dicen los sociópatas del Califato y compararlo con un cierto discurso, frecuente entre la izquierda europea, en el que aparecen argumentos similares. Se trata de un discurso tan obtuso e impresentable como el del sociópata británico que decapitó a Foley.

Seamos claros: en el mundo islámico habitan los nuevos bárbaros. La gran mayoría de los musulmanes son gente pacífica y más o menos razonable, como lo eran la mayoría de las tribus bárbaras que se acumulaban junto a las fronteras del Imperio romano y se adentraban poco a poco en él, sin especiales problemas de convivencia. El colapso de Roma y del imperio de occidente no se debió a una voluntad específica de invadir y destruir por parte de esas tribus, que en cualquier caso se regían por valores incompatibles con la civilización romana (igual que ocurre ahora con el islam y los valores de libertad y representación democrática), sino a las guerras internas de los bárbaros. El empuje de nuevos grupos procedentes de Asia provocó el caos más allá del limes y ese caos se derramó sobre una Roma decadente, dispuesta a pactar lo que fuera porque se sentía incapaz de defenderse.

La situación, ahora, no es muy distinta. El islam sufre una compleja y violentísima guerra interna, cuyo eje más visible, pero no único, es el enfrentamiento entre el sunismo, tradicionalmente dominante, y el chiísmo, revitalizado desde la revolución islámica iraní de 1979. Esa fue la única revolución del siglo XX, como subrayaba el historiador Eric Hobsbawm, que no se remitió ni de lejos a los valores de la Ilustración, la razón y las libertades, sino todo lo contrario. El chiísmo ha desarrollado grupos fanáticos como los Guardianes de la Revolución en Irán o Hezbolá en Líbano; del sunismo están surgiendo aberraciones cada vez más estrambóticas, desde Al Qaeda al Estado Islámico.

Estados Unidos y sus aliados, lo que llamamos Occidente, han cometido gravísimos errores y agresiones intolerables. Por supuesto. Francia y Gran Bretaña se repartieron sin escrúpulos las ruinas del imperio otomano (1916) y sometieron de mala manera a las poblaciones locales; Washington aupó a la atroz dinastía wahabista de los Saud (1932) a cambio de explotaciones petrolíferas; la CIA acabó con Mohamed Mossadegh (1967) y destruyó las expectativas de un Irán libre; Jimmy Carter y Ronald Reagan armaron y financiaron a los muyahidines en Afganistán desde 1979; George W. Bush organizó dos invasiones, la de Afganistán (2001) y la de Irak (2003), extremadamente cruentas en lo militar y fallidas en lo político. Existen muchos más ejemplos. Pero debemos ser conscientes de que el problema musulmán viene de muy lejos y es musulmán, no occidental. El islam ha sido incapaz de confrontarse con la modernidad y en su expresión más contemporánea, la que arranca con la descolonización, ha rebotado sin cesar entre las dictaduras nacionalistas y las llamaradas hiperreligiosas. La clave está ahí.

Existen países musulmanes no estrictamente calamitosos, como Indonesia o Marruecos. El panorama global sí lo es. La llamada primavera árabe, un proceso antiautoritario rápidamente sofocado (aunque no extinguido) por las tensiones de fondo, demostró que son pocos los que reclaman libertades. Por debajo del macroconflicto histórico, la guerra entre suníes y chiíes por el dominio geoestratégico y religioso, hierven casi todos los problemas concebibles: la citada e interminable pugna entre militares e islamistas, una corrupción prodigiosa, una evidente incapacidad para alcanzar un aceptable desarrollo económico, una natalidad desbocada y, muy al fondo, el empecinamiento en mirar al pasado y no extraer de él más que recuerdos de humillaciones, reales o inventadas, que exigen venganza. La crueldad casi caricaturesca de las bandas ultrayihadistas (el gran Jon Lee Anderson las compara, en un muy recomendable artículo publicado en The New Yorker, con Los Zetas del narcotráfico mexicano) se ha convertido en un lenguaje, un mensaje y un programa político. Más allá de los degüellos, decapitaciones, crucifixiones y torturas diversas no hay nada más que ensoñaciones de un pasado remoto, frustración, estupidez y furia en estado puro.

No vale la explicación de que las sociedades violentas, como las árabes, generan violencia. Hasta una cuarta parte de los efectivos del Estado Islámico, unos dos mil o tres mil, proceden de Europa. De Londres, de Madrid, de París, de Milán, de Barcelona. De ciudades abiertas y tolerantes. Tampoco vale esgrimir la tragedia palestina: esa tragedia es real, muy real, pero los países árabes no son menos despiadados que Israel cuando se trata de los palestinos. Israel se ha convertido en una coartada cómoda para justificar un inmenso fracaso colectivo.

El hundimiento de las sociedades musulmanas es rápido y generalizado. Siria, Libia, Sudán, Irak, Egipto, son en la práctica estados fallidos, como Afganistán. Pakistán representa el peor peligro de crisis nuclear. Los países más ricos, los que disponen de tesoros fabulosos gracias al petróleo, hacen lo posible por empeorar las cosas exportando fanatismo (caso del wahabismo saudí) o financiando a los fanáticos (Catar ha sustituido a Siria como patrón de Hamás y respalda de forma encubierta a los sociópatas del Califato). La frustración acumulada por los nuevos bárbaros lleva tiempo derramándose sobre Europa y, en menor medida, sobre Estados Unidos. Es el gran problema contemporáneo y conviene encararlo con lucidez y sin gilipolleces bondadosas.

No, el responsable de los atentados del 11-M no fue Aznar por sumarse a la invasión de Irak: fueron los yihadistas. No, los estadounidenses no se buscaron los atentados del 11-S: fueron los yihadistas. Si esa minoría fanática e hiperactiva, que dura ya bastantes generaciones y acumula rabia y locura, no es derrotada y suprimida, el caos musulmán se desplomará definitivamente sobre el planeta. La tolerancia con otras culturas carece de sentido cuando hablamos de teocracias delirantes, déspotas grotescos, opresión y miseria. La represión sanguinaria de El Assad, la brutalidad de Al-Sisi, el sectarismo de los Hermanos Musulmanes, el fundamentalismo saudí, la diplomacia criminal de Catar y la locura asesina del Estado Islámico son lados distintos de una misma figura geométrica. Esta es una guerra por la civilización. El tipo de guerra que perdió Roma.


Demasiada realidad

«Las fotografías con imágenes desagradables solo se publicarán cuando añadan información». Eso dice el libro de estilo del diario El País y, con pequeñas variantes, la inmensa mayoría de los libros de estilo de los medios de prensa internacionales. Es una preocupación moderna. En 1928, el libro del estilo del The Manchester Guardian (el predecesor de The Guardian) ni siquiera mencionaba la palabra fotografía. La llamada Edad de Oro del periodismo fotográfico no llegó hasta unos años después. Los años de Robert Capa, Dorothea Lange y Tony Vaccaro.

En realidad, la citada frase del libro de estilo de El País no dice nada. Como dijo el Conde de Romanones, «ustedes hagan la ley que yo haré el reglamento». ¿Qué es desagradable y qué no lo es? ¿Debe lo desagradable ser medido de acuerdo a criterios estéticos, ideológicos, humanitarios o religiosos? ¿Y cuándo consideramos que se está añadiendo información? ¿Añadiendo información a qué? ¿Al texto? ¿Al conocimiento medio del lector medio de las circunstancias que rodean la fotografía? ¿Existe acaso una sola fotografía sobre la faz del planeta Tierra que no pueda ser descrita con palabras?

«Un hombre cae de un edificio».

The Falling Man
The Falling Man – Fotografía de Richard Drew.

En una frase de seis palabras caben holgadamente más de seis mentiras. La fotografía The Falling Man se tomó quince segundos después de las 9:41 de la mañana del once de septiembre de 2001, hora de Nueva York. El hombre no cayó, se lanzó. Pero no se suicidó. La distinción es sutil pero importante: el suicida escoge entre vida y muerte, el hombre que cae solo escoge entre dos tipos de muerte. El hombre se lanzó al vacío porque la perspectiva de morir aplastado contra el asfalto fue más halagüeña para él que la de morir abrasado en el interior del edificio. El edificio estaba en llamas. Y no por accidente. Había sido blanco de un atentado terrorista. El hombre tenía familia. Es probable que mujer e hijos. No se lanzó solo. Había más como él, en su misma situación, cayendo a su lado o segundos después. El edificio no era uno cualquiera, sino uno de los símbolos del poder financiero de los EE. UU.

Pero la fotografía tampoco lo explica todo. El fotógrafo, Richard Drew, no conoce el nombre del hombre que cae en el momento de tomar la foto ni tampoco días después. Uno de los editores del Toronto Globe and Mail le encarga a uno de sus periodistas, Peter Cheney, que averigüe su identidad. Cheney manda la foto a un estudio fotográfico para que aclare y defina la imagen. El hombre que cae no es negro, pero su piel es oscura. Probablemente latino. No lleva camisa sino una especie de chaqueta blanca parecida a la de los camareros de algunos restaurantes. Tras estudiar las fotografías de todos aquellos que podrían encajar en la descripción, Cheney cree haber dado con un candidato: Norberto Hernández. Cheney se dirige a Queens y habla con Tino y Milagros, los hermanos de Norberto. Le dicen que el hombre de la foto es Norberto. Cheney intenta hablar con la mujer de Norberto y sus tres hijas, que le rechazan. El cadáver de Norberto tiene que ser identificado por su ADN pues solo queda de él un brazo y el torso. Cheney se presenta en el funeral de Norberto con la foto. Jacqueline, la hija mayor de Norberto, le contesta «ese trozo de mierda no es mi padre».

En realidad, la ropa no encaja. Ni Norberto ni ninguno de sus compañeros vestían ese tipo de uniforme el once de septiembre de 2001. El hombre que cae es mucho más probablemente Jonathan Briley. La historia de la búsqueda la explica Tom Junod en la revista Esquire.

Se puede mentir en una foto al igual que se miente en un texto. Pero para que la mentira fotográfica funcione se requiere de la suspensión de la incredulidad del espectador. De su complicidad. Y eso es así porque la foto refleja la realidad mientras que el texto simplemente la representa. La foto ofrece asideros al espectador (los de su propia experiencia con la realidad) que el texto puede negarle fácilmente. Sin los prejuicios del lector del diario, la fotografía mentirosa se derriba como un castillo de naipes. Para desenmascarar una imagen mentirosa suele bastar con preguntarse qué o quién hay dos centímetros más allá de sus márgenes. A veces es suficiente con preguntarle ¿por qué? al protagonista de la foto.

¿Vale más una imagen que mil palabras? No siempre. Sí es cierto que las buenas fotografías periodísticas requieren de más de mil palabras para poder ser descritas con precisión quirúrgica.

El periodismo, en definitiva, es una elección moral. Del periodista, pero también del lector. Nadie que examine atentamente The Falling Man, que analice uno a uno sus píxeles, verá escrito en ninguno de ellos las palabras terror, claustrofobia, indignación, dolor, odio, desesperación o compasión. Todas esas sensaciones están en el espectador esperando a aflorar con el estímulo correcto. También la del morbo. El morbo lo lleva el lector de serie. Otra cosa es cómo lo canalice y cuáles sean sus gatillos.

El morbo del lector, como su indignación moral, dice más de lo que tiene este en la cabeza que de la foto que lo ha provocado.

¿Debía publicarse The Falling Man? Sí, rotundamente. El clamor contra la fotografía fue abrumador durante los días posteriores a los atentados del 11-S. Pero el debate no le correspondía a la muchedumbre sino a la prensa.

Así dio RTVE la noticia de la muerte de Fernando Martín en 1989. Y así la de Tino Casal dos años después. Hoy en día muchos diarios digitales ofrecen sus imágenes más crudas ocultas bajo un aviso que no deja lugar a dudas: el lector que hace clic en ellas es perfectamente consciente de lo que va a encontrar debajo.

Queda la familia del fallecido. Los cuerpos mutilados no dejan de existir por el hecho de que no se publique su fotografía, así que cabe preguntarse si con la decisión de no publicar se pretende proteger al periodismo, al muerto, a sus familiares o una determinada idea de la moral pública. El cadáver del conductor estrellado ya ha sido visto por cientos de personas antes de aparecer en el diario: otros conductores, curiosos agolpados al borde de la carretera, policías, sanitarios, enfermeros, forenses. ¿Es más o menos cruel la fotografía de una operación a corazón abierto que la de una persona destripada por una bomba terrorista? ¿Es la foto más o menos cruel si se ve sangre en ella? ¿Es menos cruel la foto si fue tomada hace más de veinte años, si su protagonista no es español, si su autor es un fotógrafo de prestigio como Henri Cartier-Bresson, si es una foto icónica, si ha sido publicada por el Washington Post en vez de por un tabloide como el Daily Mail, si la foto ha pasado desapercibida a las hordas de trolls de internet o si ha recibido el premio Pulitzer? ¿Hay alguna fotografía capaz de superar el horror de un párrafo como este?:

Hay un momento de Trece entre mil, la película de Iñaki Arteta, en que un guardia civil habla de un asunto realmente interesante. Los antecedentes de este hombre, y el argumento de autoridad que de ellos se desprende, llaman la atención. Una mañana entró en su coche con sus gemelos de dos años, arrancó, dio un par de vueltas y el coche estalló. Vivo, aunque con los tímpanos reventados, salió corriendo hacia la parte de atrás donde estaban los niños. Uno estaba bien, Álex, me parece que se llamaba. El otro, sin embargo, estaba partido en varios trozos. El padre explica ante la cámara que era ciertamente difícil recoger los trozos, que se le resbalaban, y pone en este detalle una atención fría y técnica, muy convincente. Sin duda, uno de los problemas de que despedacen a tu hijito es esa característica jabonosa de los trozos. ¿Cómo cogerlos, eh? (Arcadi Espada)

El diario La Voz de Galicia publicó una serie de fotografías tras el accidente de tren de Santiago que algunos calificaron de insensibles e innecesarias. He mandado el link a varios periodistas españoles para preguntarles su opinión sobre la pertinencia de esas fotografías. ¿Debieron publicarse? ¿Por qué sí o por qué no? ¿Dónde trazamos la raya? ¿Sí cuando son niños sirios pero no cuando son de Salamanca?

Juan Pablo Arenas (periodista de Radio 5)

Yo para estas cosas soy muy bruto. Jamás entendí que los periodistas tengan que andar preocupados del pudor ajeno. Pero está claro que ahora importa. Los toros desaparecerán por eso: ver sangre es feo y queremos comprar filetes en bandejitas. No matamos lo que comemos y ya ni pensamos en los ojitos que tenía el corderito o la ternera. Recuerdo haber visto en un restaurante un reportaje sobre ese desastre republicano que es Sarah Palin, quien había matado un ciervo. Con ojitos el ciervo. Los gritos de desaprobación del público hacia la asesina de ciervos eran tremendos. Y lo decían ellos que devoraban un cachorro de cerdito. Que también tenía ojitos, supongo. 

Te dicen que no es necesario. Que no hace falta. Que con la información es suficiente. Que el periodista busca el morbo. El morbo. El placer innecesario. Me recuerda a quienes te censuran que veas porno. Que contribuyes a la cosificacion, dices. Los delitos sin víctima, que decía Escohotado, de cosas como el porno o las drogas. Está mal que halles placer viendo muertos. Yo no sé si la mayoría siente placer viendo muertos, pero creo que a la mayoría sí que le interesa. 

Pero a ver cómo discernimos entre quienes se interesan profesionalmente y quienes se interesan por placer. Imagínate que tenemos un forense necrófilo que respeta muertos. ¿Deberíamos prohibirle ejercer? ¿Que disfrutase sobando muertos lo incapacitaría para ejercer su profesión? Parece que exigimos asepsia cristiana con estas cosas. Imagínate que declara que se excita pero los respeta y no les hace nada que no haría un forense neutro. ¿Deberíamos aterrorizarnos porque, al fin y al cabo, se le excitan las mismas áreas cerebrales de recompensa que si come chocolate o le hacen una felación? 

Yo me alegro de que sobre Auschwitz no haya pudor y se considere educativo y no morboso mostrar las pilas de muertos, las cámaras de gas y demás. Como siempre decimos, nos falta algún educativo gulag o esos campitos de reeducar homosexuales que tenía el camarada Fidel Castro. Nadie se escandaliza por enseñar muertos judíos de la Segunda Guerra Mundial. Parece que tampoco sobre los muertos por napalm en Vietnam. Pero el 11-S tuvo su pudor muy pronto. Queda feo la gente lanzándose desde el piso 50. Como si eso no fuera consecuencia del terrorismo. Al igual pasó con los muertos del 11-M. El mismo manto de pudor.

Creo que hay mucha enseñanza en el muerto por descarrilamiento. Tanta como hay en los toros o en matar lo que comes. Pero nos han comido el terrenos los pudorosos. Los mismos que piden pastillas del día después como lacasitos, pero luego les espanta que las niñas se subasten en una discoteca para hacer uso de las pastillitas. 

Son los tiempos. Hemos cambiado. Quizá para bien. Supongo que ese horror a la sangre tiene sus consecuencias buenas. Pero te cuento una batallita. 

Mi padre trabajaba en una radio chilena en los años 60. Él aprendió el oficio sin universidad. Pirateando cables y cosas así. Un día se cae un avión en Los Andes. No fue el famoso de Viven. Otro. Mi padre es el primer periodista en llegar allí. Montado en un burro y con una unidad móvil del Chile de los 60. Imagínate. Solo hay carabineros. Llega la noche y mi padre se echa a dormir entre cadáveres. Está solo. Apenas unos carabineros. El aire apesta a queroseno. A la mañana siguiente llegó el resto de periodistas. Mi padre, entre tanto, hizo sus crónicas y comió lo que pudo. Todo esto entre cadáveres. En cambio, recuerda el tratamiento sentimental de las becarias de las televisiones cuando se cayó el avión de Spanair en Barajas. Vestiditas enseñando muslo. Me cuentan que muchas tuvieron que ir al psicólogo por ver muertos. Pobrecitas. Mi padre no le preguntó a nadie cómo se sentía. Por suerte.

Manuel Jabois (periodista de El Mundo)

Lee Miller, con su amante Dave Scherman, entró en la residencia secreta de Munich de Hitler en la caída del nazismo. Te cito a Juan Forn, que escribe unas piezas magistrales en el diario argentino Página 12: «Miller envió a Vogue dos rollos de fotos realizados esa jornada: uno era de fotos tomadas por ella, el otro era de fotos de ella tomadas por Scherman. En el primero se veían imágenes estremecedoras de cuerpos famélicos apilados unos encima de otros, con los ojos aún abiertos y la mueca de la muerte deformándolos. Miller rogó a Vogue que tuvieran el coraje de publicarlas y que titularan la nota con una sola palabra, en tamaño catástrofe: CREANLO».

Bien, no todo es nazismo ni todos los cadáveres son iguales, pero para creer algo importante a veces hay que tocar, no basta con que te lo cuenten los apóstoles. El periodismo no puede darse ciertos lujos atendiendo a sensibilidades cuando la noticia es demasiado grande. No creo que una imagen valga siempre mil palabras, pero llega muchas veces donde no la escritura; no defiendo la visión de un cuerpo volatizado ni mutilado ni una cabeza separada de un tronco, sino el enfoque general desde el que se asome una descripción del horror (aunque me gustaría ver a muchos, en caso de atentado, hablar de los derechos de los pueblos y su opresión administrativa delante de una imagen gore).

El trabajo del periodismo en estas lides es saber dónde y cuándo está el «créanlo».

Y sí, si mis familiares más queridos estuviesen en el tren de Santiago y una foto los incluyese como descripción gráfica de la tragedia, no me parecería mal si esa fotografía se dirige a la escrupulosa información, no al escrupuloso morbo.

PD: Una foto de niños sirios bombardeados no es lo mismo que una foto de unos niños de Salamanca muertos por una explosión de butano, y viceversa. Respecto a los píxeles en menores fallecidos, nunca salvo que se quiera proteger su intimidad de quienes creen en la resurrección.

Arcadi Espada (periodista de El Mundo)

El reportaje tiene fotos excepcionales y otras que lo son menos; y no puedo darle una opinión global, porque las fotos no son frases sino unidades de destino en lo universal. Desgraciadamente los editores gráficos de los periódicos socialdemócratas (pleonasmo) aún no han podido convertir la muerte y sus destrozos en una cosa guay. Pero estamos en ello e invoquemos que pronto, como en el verso inmortal del independentista Maragall, sia la mort una més gran naixença.

Marcel Gascón (corresponsal de la agencia EFE en Johannesburgo)

En el pudor a mostrar los cuerpos devastados hay un viejo prejuicio parecido al que llama vieja enfermedad al cáncer y omite el sida como causa de muerte, como si el herido, el decapitado o el mutilado, que no suele haberse provocado los desperfectos, tuviera alguna culpa de la incomodidad que causa la exposición de sus vísceras.

Ferran Caballero (periodista de Crónica Global y Diàlegs)

Creo que deben o pueden publicarse sin demasiado problema. Básicamente, porque son fotografías reales de un hecho noticiable. Y eso es la información, por desagradable que resulte el hecho del que se informa. Entiendo que el problema es de respeto a la intimidad de las personas que puedan aparecer en algunas de esas fotografías. Pero entiendo también que el criterio general más razonable, o un acuerdo tácito que de entrada me parece razonable respetar, es que al estar en un lugar público la imagen de uno ya es pública (aunque debo reconocer que no estoy muy seguro de si uno acepta implícitamente cualquier uso que pueda hacerse de su imagen por el simple hecho de salir a la calle, en todo caso sí que creo que eso no dependería de la situación en la que se tome la imagen ni de la situación en la que el interesado aparezca en ella).

Aquí tampoco creo que deba haber nada parecido al kilómetro moral, así que lo mismo daría que fuesen sirios que gallegos. Otra cosa son los niños y los muertos. Aunque tampoco estoy muy seguro de ello, me parece que en ambos casos sus imágenes deben pixelarse porque no forman parte, de facto, de los pactos que rigen el espacio público. Por no estar en disposición, por así decirlo, de dar la cara. 

Berta González de Vega (periodista de El Mundo en Málaga)

Tan cierto es que nos importan más los niños gallegos que los sirios, como verdad es que no vale informativamente lo mismo un muerto gallego que sirio. Lo de los pixeles me aturde un poco porque no entiendo que se le pongan a niños que están muertos ya. Es horriblemente crudo pero si se trata de proteger al niño y ese niño ya no está, ¿qué más da? Además, no parece que haya un criterio muy claro. Pero debe de haber mucho miedo a demandas.

Ahora, a los padres nos piden permiso los propios colegios para utilizar fotos de los niños en catálogos y en el libro anual. Ayer estuve con una amiga fotógrafa de hoteles de lujo y me dijo que lleva en el móvil un formulario para que firme gente que pueda eventualmente salir en una foto dando su permiso. Por otra parte, en fotos dramáticas, que son las que te interesan, sí que creo que se debe tener consideración hacia las familias. Una amiga de informativos de  la tele me contó una vez cómo llamó una familia pidiendo por favor que dejaran de sacar el accidente mortal del padre cada vez que necesitaban fotos de archivo de Tráfico. Lo entiendo. Me imagino que, volviendo a los sirios, los periódicos saben que no va a llamar a la redacción la familia de esos niños gaseados y sí puede hacerlo la de los niños de Angrois. Creo que es así de simple y tremendo.

Javier Jubierre (jefe de fotografía de El Periódico)

La línea está en el lugar donde la información se convierte en morbo. En un accidente de tren nos podemos imaginar la barbarie de los cuerpos calcinados y mutilados. Eso no debe publicarse, no aporta nada. Las imágenes de la matanza en Siria por las armas químicas sí deben publicarse. La visión de los cadáveres sin heridas de armas convencionales y las convulsiones de los heridos son la demostración del uso de este tipo de armas prohibidas por la Convención de Ginebra.

La protección del menor radica en que la publicación de informaciones e imágenes de niños pueda, en un futuro, ser perjudicial para estos menores. Cuando los niños ya están muertos, la ética de publicar fotos tiene que ser la misma que con los adultos.

Andrés Mourenza (periodista, actualmente desarrolla su trabajo en Atenas)

En verano de 2010, en una localidad remota de Turquía, Hakkari, encajonada entre las fronteras de Irán e Irak, y primera línea de batalla en el enfrentamiento entre el Estado turco y los militantes del grupo armado kurdo PKK, el dirigente de una asociación de derechos humanos activista nos mostró unas fotografías a un grupo de tres periodistas españoles. Eran los cadáveres de guerrilleros del PKK entregados unos meses antes a sus familias por las fuerzas de seguridad turcas. Los periodistas tuvimos que apoyarnos en la pared y sujetarnos las tripas del mareo.

Las imágenes mostraban cuerpos hinchados de forma antinatural, carne deformada como si fuese plástico quemado, rostros desencajados, miembros desprendidos y vísceras al descubierto. Las habían tomado los activistas de la asociación y contaban con el permiso de sus familiares para hacerlas públicas pues, según ellos, era la prueba de que el ejército turco ha utilizado armas químicas en su lucha contra el PKK (o bien había sometido a los cadáveres a algún proceso químico y los había mutilado sádicamente, una práctica que igualmente viola todo principio de humanidad, si es que existe, en la práctica de la guerra).

Las imágenes no habían sido publicadas en ningún medio y solo estaban en posesión de Der Spiegel (el semanario alemán, que puede permitirse esas cosas, contrató los servicios de un instituto forense para que examinase las fotografías y este concluyó que efectivamente los cuerpos habían sido sometidos a algún tipo de sustancia química, antes o después de la muerte) y de los tres periodistas españoles allí presentes. Era por tanto una cierta exclusiva.

Contacté con mis compañeros de El Periódico y decidimos que, a pesar de la prueba documental que suponía, no había ningún modo en que aquello pudiese ser publicado en las páginas de un diario (se publicó una foto del lavado de los cadáveres vista desde lejos y un artículo que explicaba la situación) aunque yo sí decidí incluir una de las imágenes en mi blog en una ventana que se podía abrir solo tras leer un aviso de lo que se procedía a ver (las nuevas tecnologías nos permiten este tipo de cosas imposibles en las páginas de un diario). Mi decisión se debió a que esas imágenes horrendas eran la prueba de que lo que se contaba en el artículo para nada era producto de la exageración o de lo que el Gobierno turco insistía en denominar «propaganda del PKK» (un grupo con el que, por otra parte, este periodista no simpatiza en absoluto).

Los periodistas ejercemos nuestra profesión de forma peculiar: nos metemos hasta la cocina de las historias, preguntando sin pudor a la gente por su salario, su estado laboral, su vida privada, etcétera, para, a través de historias personales, poder componer una radiografía de una determinada situación social. Pero no debemos olvidar que existe un pacto implícito con ese ciudadano, a la vez actor y lector, y es el de no forzar ciertos límites. De la misma manera que una persona puede negarse a hacer declaraciones (no rige lo mismo para el político, que es un servidor público y tiene el deber de rendir cuentas) y eso no debe llevar al periodista a tratar de forzar al entrevistado, lo mismo ocurre con la fotografía.

Recientemente, en Grecia se vivió una polémica por el uso de una imagen en la que se veía al rapero Pavlos Fyssas, poco después de ser apuñalado por un presunto miembro del partido neonazi Amanecer Dorado, desfallecer en brazos de su novia, compungida de dolor. La fotografía apareció en la portada dominical del diario Proto Thema con la loable intención de condenar el crimen (el título rezaba No olvido el fascismo) pero la familia, al verla, escribió a la publicación exigiéndole su retirada por considerarla «un insulto a la memoria de un muerto» y pidiendo «respeto al luto» que vivían. El diario se negó, lo que fue objeto de múltiples críticas (sus oficinas fueron además atacadas por un grupo de simpatizantes anarquistas) incluidas algunas desde dentro de la profesión: el Sindicato de Periodistas de Atenas (ESIEA) lo consideró una violación de los principios éticos del periodismo y una ofensa a las reglas del oficio. ¿Por qué? Porque no respetaba la privacidad ni mostraba el necesario tacto y sensibilidad hacia el muerto y su familia y, sobre todo, «no servía a la necesidad informativa». En el momento de la publicación de dicha foto, Fyssas hacía días que había muerto (su muerte por tanto no era noticia) y su asesino había sido capturado y había confesado el crimen. Por tanto, la fotografía no servía sino para alimentar el sensacionalismo.

Y es que la pregunta fundamental que nos debemos responder antes de publicar una foto que pueda herir sensibilidades es ¿aporta algo informativamente? En una guerra, las fotografías de unos cadáveres pueden aportar pruebas sobre una matanza; en otro tipo de situaciones, quizá no sirvan de tanto. Si no respetamos unos mínimos límites, lo único que estaremos haciendo es contribuir al espectáculo de lo truculento, a llenar pantallas de sangre y vísceras provocando en los espectadores el empacho de la macabro y, por tanto, una menor efectividad de otras imágenes cuyo uso sí sea pertinente desde el punto de vista informativo.

Carlos Salas (ex redactor jefe de Internacional de El Mundo)

Cuando se publican algunas fotos de tragedias humanas, se crea una gran alarma pública que sirve para presionar a los gobiernos y estos al final se ven obligados a intervenir para lograr la paz o detener las matanzas. 

El ejemplo más actual sucedió con el ataque de gas sarín en los alrededores de Damasco. Murieron civiles, sobre todo niños y mujeres. Si esas imágenes no hubieran aparecido, la opinión pública no habría tenido idea del drama. De hecho, ya había habido otros ataques pero sin apenas repercusión en los medios. Pero fue en este caso, al ver las imágenes, que los EE. UU. y otros países dijeron: ya basta, habéis cruzado la línea roja.

Al ser imágenes impactantes, parte de la opinión pública interpreta que los medios están explotando el morbo. 

La pregunta que nos hacemos los periodistas es: ¿cómo se deben mostrar las fotos? Cada tragedia es un nuevo catálogo de horrores y esas cosas no aparecen en los libros de estilo de los medios, sino en el corazón del redactor jefe y de su equipo, en el alma del director y su equipo, que al final, tras un debate interno muy profundo, toman la decisión final, sabiendo que muchos lectores se enfadarán.

Vicente Fdez. de Bobadilla (periodista de Muy Interesante, GQ, Público y Zoom News, y ex jefe de sociedad de Tiempo)

El criterio básico que debe seguirse a la hora de publicar cualquier imagen en prensa es considerar si aporta algo a la noticia, a lo que se está contando en el texto. En el caso del accidente de Galicia, pueden ser más relevantes imágenes generales que permitan apreciar la magnitud del suceso, que planos más o menos cercanos de muertos y heridos sobre cuya existencia ya se nos ha informado. El famoso vídeo publicado por ZoomNews es un buen ejemplo, ya que ofrece una imagen clara del siniestro, espectacular, pero que nunca llega a entrar en lo escabroso.

Por otra parte, las imágenes explícitas pueden tener más sentido a la hora de informar sobre conflictos bélicos o limpiezas étnicas, por su valor como elemento de denuncia ante situaciones en las que debería intervenir la comunidad internacional… Pero incluso así, definir el límite no es fácil. Siempre es mejor pecar por defecto que por exceso.

Uno de los tópicos sobre la prensa supone que la escabrosidad del material gráfico hace subir las ventas. Sea esto cierto o no, con los medios digitales las reglas han cambiado, y lo que sí que hace es fomentar el debate, lo que se traduce en un incremento de visitas. Si un diario digital (y no todos lo hacen) decide publicar imágenes de gran crudeza, los comentarios no tardarán en llegar: primero, para aprobar o criticar esa publicación, y segundo, para discutir entre los propios autores de los comentarios, que vuelven a entrar para ver quién ha contestado a lo que pusieron.

Al igual que los titulares escandalosos, o la mezcla de información y opinión, este tipo de imágenes se han convertido en un buen aliado para los medios que carecen de estructura, o de profesionalidad, para ganar lectores acostumbrándolos a leer un trabajo periodístico de calidad.

Eugenio Camacho (periodista)

Vaya por delante que, en este tipo de accidentes trágicos, estamos ante sucesos que despiertan un enorme interés general. Sin embargo, personalmente no me siento bien viendo esas fotografías publicadas, ya que no se salvaguardan la intimidad, la privacidad, el dolor y la dignidad de las víctimas y de sus familiares y seres queridos, que deben estar siempre por encima del interés informativo. La línea frágil que separa la información del morbo es muy fácil de traspasar.

De cualquier forma, hay que diferenciar este suceso de los atentados del 11-M. Un accidente ferroviario provocado por un error humano no es comparable con un ataque terrorista, aunque sí la magnitud de la tragedia.

Este mismo debate se suscitó tras la portada a cinco columnas de El País con la terrible foto en la que se veía un trozo de extremidad ensangrentada en medio de la vía, y que también reprodujeron prestigiosos medios internacionales, como Time o The Times. En ese caso, y en otros muchos casos de atentados terroristas, lo monstruoso no es la foto, sino la locura de los asesinos que sembraron la muerte entre gente inocente.

El fotógrafo de prensa tiene que hacer fotos, y aunque muchas veces le duela ver, tiene que hacerlo, porque a través del objetivo de su cámara miramos todos los demás.

Ramón Lobo (periodista de El Periódico)

Es un asunto complejo. Podemos fijar normas éticas que no resistirían la primera foto conflictiva. Todo es publicable si respeta la persona que sale en la foto. No es posible cebarse con niños llenos de moscas en una hambruna y no dar imágenes de muertos en el 11-S. Debe existir un criterio universal; no uno para los blancos y otro para el Tercer Mundo. Una de las mejores respuestas sobre este asunto me la dio este verano Santi Lyon, jefe de fotografía de Associated Press: la foto debe llegar a la cabeza, al corazón o al estómago. Si produce repulsión y obliga al lector a pasar la página, la foto no es eficaz. La foto debe conseguir que el lector se detenga, mire y, si es posible, reflexione.

José María Albert de Paco (periodista de Libertad Digital)

Lo que se debe exigir a un periódico es que todo lo que publique venga precedido de una reflexión. En este sentido, un acto de violencia, o sus efectos, no me parecen distintos de cualquier otra pieza. En el caso de un atentado terrorista, por ejemplo, creo que la exhibición de los heridos y los cadáveres contribuye a mostrar su crudeza. Y ese mismo mandato (más cívico que periodístico), debería valer para los efectos de un bombardeo.

A este respecto, hay quien cree que un exceso de violencia en los medios tiende a insensibilizar a la audiencia. No lo tengo tan claro; por volver al terrorismo, y concretamente a ETA, nada hizo más por insensibilizar a los españoles que esos breves a pie de página en que se fueron amontonando las víctimas.

¿Los niños sirios? Por supuesto, debemos verlos: sería una inmoralidad admirar los cuadros de Goya y cerrar los ojos a lo que el mundo sigue teniendo de desastre de la guerra. Ahora bien, qué reflexión media en las fotos del accidente ferroviario de Santiago. Ninguna, me temo. Publicar esas fotos recuerda a la pregunta de por qué los perros se lamen los cojones. Porque pueden, en efecto. ¿Por qué las publicamos? Porque las tenemos, porque alguien pasaba por allí. Por la misma razón por la que se divulgan en televisión imágenes del parlamento de Taiwán o un atraco en una gasolinera de Atlantic City. Puro entertainment. ¿Deben servir las imágenes de una tragedia para amortiguar el tedio? No lo tengo claro, pero me da que es poner el listón muy bajo.

John Müller (director adjunto de El Mundo)

Personalmente soy partidario de publicar todo lo posible. Pero internet plantea un problema adicional: las imágenes quedan en la red. Antes, publicabas un día y el papel moría, pero ahora hay que considerar el archivo infinito en todas las dimensiones que es la red. Algunas de estas imágenes, vistas hoy, pueden hacer que ciertas personas, implicadas en los hechos, sientan que su imagen se ve menoscabada. Es una consideración que desborda la legitimidad del acto periodístico, del hecho de que las fotos se hayan hecho en un sitio público o no y de que sean pertinentes. Ya lo vivimos con el 11-M. Esa es para mí la principal preocupación. Y considerando ese elemento, hay fotos en este álbum que yo no habría escogido.

Curiosamente las fotos de la niña no me despiertan ningún reparo. Ni me parecen ofensivas ni exageradamente intrusivas. En este caso, creo que no se necesitaba pixelar porque en una imagen ella tiene la cara vuelta y en la otra, apenas se ven los ojos. Habría sido absurdo.

Siempre habrá polémica con este asunto porque está en juego la subjetividad humana. Hay que aplicar el sentido común. Pero en la duda, que siempre existirá, si se trata de un acto informativo legítimo (ojo, legítimo) es mejor publicar aunque se corra el riesgo de menoscabar la honra de esas personas antes que lesionar el derecho a informarse de millones de ciudadanos. Estos valorarán los hechos y se formarán una opinión completa, incluso crítica de la información, cosa que no podrían hacer si se les ocultara una parte de la misma.

Jordi Pérez Colomé (periodista)

Ante la duda, publicar. Dos matices. Uno, creo que tienen menos valor informativo fotos del resultado de un accidente que de un atentado o guerra. Dos, no es necesario ver primeros planos o heridas abiertas. Los cadáveres tienen familiares. Acabo de visitar un periódico de Guatemala que publica cada día buenas fotos de cadáveres. Su criterio: nada de chorretes de sangre ni cuerpos fáciles de identificar. Me parece bien.

Enric González (periodista de El Mundo)

Si hablamos de esas fotos en concreto, deben publicarse. Por supuesto. Tienen interés informativo y no vulneran la dignidad de nadie. También, por supuesto, los menores deben tener el rostro pixelado o cubierto de alguna forma porque lo impone la ley.

Lucía Méndez (periodista de El Mundo)
Es evidente que lo ideal sería que los medios de comunicación no contribuyeran con lo que publican al dolor de las personas que han sido víctimas de accidentes o atentados. Eso me parece lo más importante: no dañar a nadie con nuestro trabajo. Aunque desgraciadamente creo que eso no es posible. Los medios tienen su propia dinámica. Yo personalmente creo que las fotografías y las imágenes cruentas no añaden nada a la información, pero no conozco ningún medio, ¡ninguno!, que no haya caído en la tentación de publicar imágenes de este tipo en los últimos años. Y también creo que los medios impresos en esto se han contagiado de la televisión. Como en otras noticias que damos. El periodismo en la web creo que también abusa de ellas. Tiene algo que ver, creo, con la sociedad en la que vivimos. Los medios norteamericanos, por ejemplo, no lo hicieron el 11-S porque es otro tipo de sociedad. Lo de pixelar los ojos me parece francamente algo hipócrita, porque a los niños se les reconoce perfectamente el resto de la cara, entonces no sé muy bien para qué sirve. Aunque supongo que con esto se puede acallar la conciencia de no estar violando la intimidad de un menor. Lo cierto es que el debate sobre si publicar o no imágenes cruentas la mayor parte de las veces, o por lo menos esta es mi experiencia, se inclina siempre del lado de publicarlas. Si los periodistas llegan a tiempo al lugar de la tragedia, como es el caso del accidente de Santiago, doy por seguro que difundirán las imágenes. Otra cosa es que cuando lleguen ya no haya nada que fotografiar.


José Antonio Montano: Culo de saco

Yo, que he sido (¡y soy!) antizapaterista acérrimo, me revuelvo ahora cuando Rajoy se escuda en la herencia de ZP. Una herencia nefasta, naturalmente: pero el marrón que nos estamos comiendo contiene ya sustanciosos elementos rajoyanos. Su precipitado de incompetencia y contumacia aroma ya el pastel.

Confieso que me he llevado una sorpresa. Era difícil ser un presidente tan malo como Zapatero, y Rajoy lo ha logrado. Pero lo más alucinante ha sido la velocidad: prueba de que no se ha tratado de un proceso, sino de un simple quedarse en bolas. En cuanto ha tomado los mandos, se ha visto que no sirve. Al menos en una situación tan complicada como la nuestra.

A menudo he pensado que Rajoy hubiera sido un presidente aceptable del país que era España antes de los atentados del 11-M. Hacer política ficción no es serio, pero el pacto con mi lector me permite jugar un poco. Rajoy hubiera sido un buen gestor, un hombre apaciguado en la presidencia, lugar muy satisfactorio para un registrador de la propiedad. Con él, la legislatura 2004-2008 hubiera sido aburrida y feliz. Feliz para la derecha, por supuesto; pero también para la izquierda. En especial para tantos escritores y columnistas, que se habrían mantenido contra el poder, ahorrándose el triste trago de la obediencia cortesana. Y para los actores, que habrían seguido rodando secuelas del Hay motivo, con lo que sube eso el caché, al tiempo que mantenían los bolsillos cosquilleantemente llenos. Zapatero, en fin, habría vuelto a perder las elecciones de 2008 y se habría retirado de la política, tras haber sido un agradable líder de la oposición, un contrapunto de color y lirismo a las grises cuentas de Rajoy. La crisis nos hubiera alcanzado, pero de un modo menos traumático. Y además en 2012 ya no hubiera repetido Rajoy y tendríamos otro presidente, del PP o del PSOE, que sin duda sería mejor.

Hasta aquí el cuento: los cántaros de la lechera saltaron por los aires con las bombas del 11-M. Llegó ZP y comenzó el proceso de descomposición en el que seguimos. Desde la perspectiva actual, ya sabemos que Rajoy formó parte de ese proceso. El zapaterismo fue una danza a dos, que consistía en tener el peor gobierno y la peor oposición posibles. La segunda legislatura de ZP nos la tragamos por la estricta inutilidad de Rajoy, que no supo ganar las elecciones más fáciles que ha habido en Europa (exceptuando las últimas, que venían regaladas). Y durante la sórdida legislatura que siguió, la de 2008-2011, Rajoy ha sido cómplice también del encanallamiento (y encallamiento) general. Su estrategia de dejar que el zapaterismo se pudriera solo fue profundamente antipatriótica. Y fue una negligencia: porque la podredumbre ya no hay quien la pare, y menos alguien que tiene una parte tan principal en ella.

Ahora estamos peor. Con Zapatero quedaba una última esperanza: la de que pudiera haber alguien mejor que Zapatero. Rajoy, en cambio, es ya un cul-de-sac: un callejón sin salida. Aunque no sin bajada.


Soledad Gallego-Díaz: “El País no es un periódico de izquierdas; nunca lo ha sido y nunca ha pretendido serlo”

Soledad Gallego-Díaz es una de las figuras decanas, de referencia, del periodismo español. Lleva más de tres décadas en el diario El País, del que fue directora adjunta —en su día declinó el ofrecimiento de hacerse cargo de la Dirección del periódico— y donde podemos leer sus columnas. Además de haber ejercido entre otras cosas como corresponsal en diversas partes del mundo, desde Argentina a Bruselas, pasando por París, Londres, etc. Nos encontramos con la periodista en el hotel Alcalá Norte de Madrid, y dado su profundo conocimiento del oficio y el importante papel que ha desempeñado en un medio tan relevante a nivel nacional no podíamos dejar pasar la oportunidad de recabar sus opiniones, pensamientos, experiencias y recuerdos en torno al mundo de la prensa. Esta es la conversación que mantuvimos con ella… una disección del periodismo, sus mecanismos, sus verdades y mentiras, sus principios morales, sus mitos, sus polémicas y confusiones, sus diferentes modos de investigar y escribir, además de tratar algunos otros asuntos de índole política y social. 

Has afirmado alguna vez que no hace falta estudiar una carrera para ejercer el periodismo.

Estoy completamente convencida.

¿Esto ha levantado alguna ampolla?

¡Huy! Sí. Cada vez que se me ocurre decir eso en una facultad de periodismo me quieren matar. Comprendo que la gente que está estudiando periodismo se sienta… pero es que el periodismo, sinceramente, no es una carrera universitaria. No contiene conocimientos teóricos suficientes para justificar cinco años de estudios. No es verdad. ¿Conviene que los periodistas sepan sociología? Estupendo. ¿Conviene que los periodistas sepan tocar el piano? Fantástico. Todo lo que sea añadir conocimientos me parece muy bien, pero no existen materias específicas de periodismo. Me parece bien que los periodistas tengan una carrera universitaria, en el sentido de la universidad les da una manera de enfocar los problemas, exige una manera de trabajar seria y sólida… en general. Pero eso te lo exige también la facultad de ciencias exactas, te lo exige la de sociología, etc.

¿Crees que es un oficio que se aprende sobre la marcha, básicamente?

Se convirtió en carrera universitaria porque los periodistas teníamos complejo de no ser universitarios. Y como queríamos ser universitarios…

Por “titulitis”, vamos.

Nos inventamos esa carrera simplemente para darnos el gusto de tener un título universitario.

¿Cuáles son entonces las cualidades necesarias para ser periodista?

Curiosidad. Sentido de la justicia, también. Me fastidia mucho que en las escuelas de periodismo, en las universidades, les digan a sus alumnos que se puede demostrar una cosa y la contraria. Eso no es verdad. Ser deshonesto no es un requisito para ser periodista. Parece que ahora se plantea que los periodistas somos seres deshonestos… pues no. Hay que ser honesto, primero como ser humano. Como periodista también, pero como ser humano especialmente. Con nuestros problemas, con nuestras preocupaciones y con todo lo que va aparejado, pero manteniendo un grado de honestidad. Una cierta capacidad de indignación y un deseo de contar las cosas que ves. El periodismo tiene una parte de testimonio. Creo que es muy importante verlo y contarlo. Contarlo de acuerdo a unas normas, no como este ”periodismo ciudadano”… el periodismo no es un mero relato comunicacional.

Hablando de honestidad, hemos entrevistado a varios importantes periodistas de El País y nos han dicho —no sé qué pensarás— que te consideran algo así como la autoridad moral del periódico.

(arquea las cejas, sorprendida) La “autoridad moral” del periódico no existe.

Me refiero a que te consideran, por así decir, una persona de referencia.

Porque llevo treinta y cinco años trabajando allí, con lo cual… llevo toda la vida trabajando en el periodismo y en El País. Me temo que soy de los más viejos del lugar. Pero autoridad moral… no, en absoluto. La autoridad moral del periódico la tiene muchísima gente, el colectivo del periódico.

En cuanto al funcionamiento de un periódico, Ramón Besa nos dijo que en los periódicos antes se hacía el planillo poniendo las noticias y después buscando sitio para los anuncios, y que ahora se ponen los anuncios y después se busca el hueco para las noticias.

No, pero eso nunca ha sido verdad. Siempre se han colocado primero los anuncios. Otra cosa es que no dependieras de los anuncios y pusieras este anuncio aquí, este otro allá… lo que quisieras. Eso sí es verdad, si tenías un texto largo podías mover la publicidad. Pero obviamente siempre se han colocado primero los anuncios.

Siempre fue igual de importante el anuncio, pues.

Sí, pero es que además es básico. El problema que hay ahora es que no existe suficiente publicidad. El periodismo sin publicidad no es ninguna ventaja, ¡es una mierda! Porque no tienes dinero para hacerlo. ¿Cómo vas a mandar a alguien a testimoniar lo que está pasando en Siria si no tienes dinero? Mandar a un periodista a Siria, aparte de ser peligroso, es muy caro. Los periodistas no nos alegramos de que no haya publicidad.

Casi todos los periodistas a los que hemos entrevistado coinciden en quejarse del nuevo modelo de negocio tanto desde el punto de vista empresarial, como ideológico. Nos decía Olga Viza que “el sectarismo es ahora la base del negocio”.

Creo que el problema —más que el sectarismo de la prensa, que lo hay— es que no está claro ese modelo de negocio, que ha saltado por los aires. El modelo de la prensa escrita ha sufrido una transformación bestial por la aparición de Internet. La aparición de las webs de información que todo el mundo piensa que son el futuro de los media… no da dinero. Nadie ha conseguido que ese modelo dé dinero. Todo el mundo lo está desarrollando, todo el mundo está invirtiendo, pero no da dinero. Mientras, la prensa clásica de papel sufre una crisis económica brutal en la que desaparece la publicidad. Y desaparecen también periodistas: miles de ellos se van al paro. Ese desequilibrio tan enorme nos tiene a todos locos. Nadie sabe qué va a pasar. Nadie sabe en qué momento Internet va a producir dinero. Lo que decíamos antes: si quieres un periodismo de calidad, necesitas unos ciertos ingresos. Si Internet no los produce, la red se va a limitar a ser una especie de peloteo permanente de una sola información que rebota cien mil veces por el ciberespacio.

Un “copiar y pegar” infinito.

En Internet hay poquísimas cosas nuevas. Hay mucho de “periodismo ciudadano”. Pero lo del “periodismo ciudadano” es una confusión enorme entre lo que es comunicación y lo que es periodismo.

¿Cómo definirías esa diferencia?

Internet permite una comunicación masiva entre millones de personas, eso me parece excelente… pero eso no es periodismo. El periodismo exige un análisis, exige proporcionar a los lectores un contexto, el retrato de un momento dado. Y eso ha de seguir unas reglas profesionales (confirmación de los datos, etc.) que pueden parecer una tontería, pero no lo son en absoluto. Son cosas muy importantes en el periodismo y muy importantes para la calidad de una democracia.

¿Qué ocurrirá si Internet termina por no dar dinero y los periódicos de papel siguen en crisis?

(con tono sarcástico) Pues que nos moriremos todos y unos cuantos se suicidarán antes. Pero sinceramente no tengo ni idea. Lo cierto es que ¿por qué la publicidad en Internet es tan barata? Esta explicación no es nada científica —aunque existen algunos estudios sobre esto— pero probablemente se debe a que la gente en Internet no presta suficiente atención. Cuando entras en Internet estás un minuto, dos minutos viendo una página. Estás permanentemente distraído por cosas y tampoco te fijas en la publicidad. Supongo que eso es un problema. No tengo ni idea  de cómo funciona eso, pero me temo que no tiene ni idea nadie.

¿Qué impresión te ha causado el cierre de Público?

Lo lamento muchísimo. Es un periódico que me interesaba. Con unos periodistas excelentes. Además muy comprometidos con el tipo de periodismo que querían hacer.

Después de ese cierre, ¿queda algún periódico de izquierdas a nivel nacional?

No, porque El País no es un periódico de izquierdas. Nunca lo ha sido, aunque la gente en un momento dado debió pensarlo. Es un periodismo de centro-izquierda, por decirlo de alguna manera, y progresista en lo social… pero no un periódico de izquierdas. Además nunca ha pretendido serlo.

¿Qué significó Jesús de Polanco para la prensa española?

Fue importantísimo para la prensa española en el sentido de que modernizó la empresa periodística. Una grandísima transformación que fue muy útil para el desarrollo del periodismo. Un tipo de empresa que se parecía más a las anglosajonas, que respetaba la separación entre la redacción y la propiedad, entre la redacción y la publicidad. En España había una empresa mucho más pegajosa.

¿Y cómo ha cambiado Prisa, o El País en concreto, desde la desaparición de Jesús de Polanco?

Es que la desaparición de Jesús coincide con la transformación del negocio. No sé qué hubiera pasado con él vivo, la verdad. No tengo ni idea de hasta qué punto su desaparición supuso un cambio radical en la empresa… lo que supuso un cambio radical es el nuevo modelo de negocio.

Por cierto, cuando el PP rompió relaciones con Prisa, el grupo editorial al que pertenece El País, tú mantenías tus fuentes dentro del partido intactas.

Sí, porque llevaba tantísimos años haciendo información que tenía una relación no de amistad —porque yo no creo que sea posible para un periodista tener amistad con políticos— pero sí de respeto y de aprecio.

¿De confianza?

De cierta confianza, por supuesto. Saben que respetas una serie de normas de funcionamiento con ellos. En aquella época en que el PP rompió relaciones con El País recuerdo que —el mismo día que se anunció— llamé a una de mis fuentes y le dije “¿qué pasa, que a partir de ahora ya no podemos hablar?”. Y me dijo “¡Me puedes llamar cuando quieras! Eso sigue exactamente igual, tú y yo nos conocemos desde hace treinta años, eso no va a cambiar”.

Una pregunta obligada: te ofrecieron la dirección de El País y la rechazaste…

La postura esa de tener que aceptar… me molesta mucho eso de “a las mujeres les ofrecen cosas y luego no las quieren”. No sé lo que harán las mujeres, eso es lo que hice yo.

No, no te lo pregunto en ese sentido, aunque ya puestos podría ser una cuestión interesante el por qué no hay mujeres dirigiendo periódicos.

Pues ¡porque no se lo ofrecen! No es porque hayan dicho que no. Yo he dicho que no, pero el mío es sólo un caso particular.

Claro. Quería precisamente conocer tus motivaciones particulares para declinar la dirección de un periódico tan importante.

Dije que no porque en aquel momento me interesaba mucho más el manejo de la redacción, y eso lo llevan los directores adjuntos. En ese momento yo era directora adjunta, llevaba unos años manejando la redacción y eso me apasionaba. El director tiene otra serie de competencias. Además, ya había una persona que podía cumplir la función de director con la que yo estaba completamente de acuerdo, Joaquín Estefanía. Me pareció un excelente director, así que no había ningún motivo por el que me viera obligada a dejar de hacer lo que yo quería hacer por ocupar el puesto. Sinceramente, lo ocupaba una persona que tenía todo mi respeto profesional.

Si te ofrecieran ahora mismo la dirección del periódico, ¿tampoco la aceptarías?

Depende. Ahora a lo mejor sí. Probablemente sí.

¿Por qué ahora sí la aceptarías? ¿Qué ha cambiado en tu visión del papel que cumplirías como directora?

El momento tan caótico en el que estamos.

Te gustan los problemas (risas)

Me gustan los problemas y me parece más atractivo intentar poner orden en el caos.

Enric González nos dijo que lo que recomienda al periodista que está empezando es que desconfíe de los jefes, que no trabajan para el lector sino para los accionistas, para los inversores.

No estoy convencida de que eso sea verdad. Depende de los jefes. Conozco jefes que sí trabajan para el lector, con la voluntad de hacer un producto más interesante y atractivo, que les resulte más útil. No “útil” en el sentido de que tengas una “farmacia de guardia”, sino útil en el sentido de que les ayude a pensar, a comprender, a tomar sus propias decisiones de acuerdo con la información que reciben. Sí hay jefes de esos. Ahora, depende de a lo que llames jefe. ¿Un redactor jefe es un jefe? Sí. ¿Un director es un jefe? Sí. Creo que tienes que respetar a los jefes si piensas que responden al interés de la profesión. Si tienes evidencia de que no, entonces no tienes por qué hacerles caso ni apreciarles. Pero si son buenos jefes, no veo por qué tienes que desconfiar de ellos.

Otra frase de Enric González: “hay que ser hábil para trabajar para el lector sin que te despidan”.

(ríe) Los periodistas tienen que ser hábiles siempre, en su defensa del lector. No sé si para evitar que te despidan o no, pero sí en defensa del lector. En una empresa periodística normal puede ocurrir que un tema no les interese, por cuestiones empresariales. Pero si tú eres lo suficientemente hábil como para tratar ese tema —en el sentido de que lo que estás contando sea indiscutible— también es muy difícil que la empresa no lo publique. Eso que se dice de que las empresas pueden tirar abajo la información de los redactores no es cierto. El director o el redactor jefe que sabe que esa información no le gusta a la empresa puede quizá decir “esta información es incorrecta”, “a esta información le faltan datos”. Pero si la información lo tiene todo, si eres lo bastante hábil como para que sea una información sólida, que tenga cuatro patas como una mesa, y que esa mesa resista todo lo que le pongas encima…

Para sacar determinadas informaciones adelante, ¿hay que ser terco, además de hábil?

Muy terco. Y tienes que ser muy sólido; cuanto más complicado es el tema, cuanto más difícil de tratar porque la reacción que provocará en medios poderosos es mayor, más importante es que ese tema resulte inatacable. Y si no lo pueden atacar, al final se publicará.

Con estas cosas siempre me viene a la mente el famoso caso Watergate, cuando dos periodistas sacan adelante una información, al principio incluso un poco en contra de la opinión de su periódico. ¿Un periodista tiene que hacer eso a menudo, pelear en contra de su propio periódico?

Sí, pero entiéndeme: no tiene que ser siempre porque el periodista se halle ante intereses bastardos de la empresa. No. A veces hay intereses bastardos, claro que sí, pero a veces es simplemente que esos temas no les gustan a los jefes, no les parecen temas atractivos ni llamativos para el lector. Y tú, en cambio, estás convencido de que es un tema importante. Sí que tienes que batallar con tu periódico, con tu medio, con tus jefes, para conseguir que comprendan que ese tema es tan importante como tú crees que es. Para eso, también tienes que conseguir argumentarlo, no vale decir “yo sé que es importante porque resulta que soy muy listo”. Tienes que conseguir el material, ser capaz de escribirlo de forma que quien lo lea lo encuentre indiscutible. Esto es así. ¿Has de batallar con tus jefes y con tu empresa? Claro que sí, pero forma parte de tu profesión.

¿Qué opinas de que se bajen los sueldos de los periodistas o se les den jornadas larguísimas y sin embargo haya directivos que se suben el sueldo, como los políticos, en mitad de una crisis?

Bueno, el objetivo palmario de la nueva ley de reforma laboral es que bajen los sueldos de una manera general, para todo el país. Lo hacen con una idea económica detrás, no lo hacen por fastidiar sino porque creen que es una manera de recuperar productividad. Y ya está. Es una cuestión ideológica. Así que bajan los sueldos de toda la sociedad, no solamente de los periodistas. ¿Los directivos? Los directivos de la prensa o de cualquier otra empresa deben adaptarse también a las circunstancias. No es lo mismo bajar un sueldo de mil euros a ochocientos, que bajar dos millones de euros a un millón quinientos mil (risas). Evidentemente, no es lo mismo. Pero bueno, en cualquier caso los directivos deberían también ajustarse, lógicamente. Sobre todo por una cuestión de credibilidad. Los directivos también necesitan credibilidad.

¿Crees que actualmente en la prensa hay demasiado porcentaje de opinión frente a información?

Pues sí. Yo creo que hay demasiada opinión. Y mira que yo hago columnas de opinión, debería decir que no. Pero sí. Se echa de menos información elaborada, no solamente el mero dato, sino información contextualizada de una manera seria y profunda. Eso es difícil de hacer, es complicado, no es nada fácil. Resulta caro, también. Es mucho más fácil tener una opinión, y mucho más barato.

Entonces, ¿sucede esto sencillamente porque es más barato publicar opinión que información?

Bueno, depende, porque hay gente que opina que el columnista cobra mucho. Pero como principio, sí lo creo. Pasa con la televisión, ¿por qué hay tantos programas de charleta, de éstos que está todo el mundo hablando y diciendo tonterías? Porque es baratito. Es muchísimo más caro hacer una serie, que juntar a cuatro tontos —con perdón— diciendo tonterías. O a cuatro personas listas… diciendo tonterías. Eso cuesta poquísimo. Por eso las televisiones están llenas de ese tipo de programas.

A raíz de esto que comentas, en cuanto al tema de la “telebasura”, ¿crees que es cierto eso de que se le da al público lo que el público quiere?

¡Qué va! Se le da al público lo que se le da, punto. ¿Hay alguien que pueda preguntarle al público qué es lo que quiere? ¡No!

(risas) …visto así.

Eso es todo mentira. Lo que pasa es que llega un momento en que ponen tantos programas de este tipo, que la gente los ve.

Porque no hay otra cosa.

Si es que no tienen otra cosa que ver. “Es que tienen mucha audiencia”. ¡Claro! Pero cuando hay un debate de un programa de pura basura y le pones al lado un partido de fútbol, ¡la gente va a ver el partido! ¿No? Evidentemente no quieren ver el debate, quieren ver el partido. ¿Por qué? Porque es más interesante. Lo mismo pasa con las buenas series de televisión, ¿qué porcentaje de audiencia tienen algunas de estas series de producción española? Probablemente mayor que muchos de estos programas. Hay una cantidad de afirmaciones que se dan por ciertas… y si te poner a escarbar un poco, son mentira.

(En este momento, nuestro fotógrafo le pide que pose con un periódico en las manos. Soledad ve de reojo un titular sobre la desaparición de Yéremi Vargas, y —eso tan bonito del instinto periodístico y la “deformación profesional”— no puede evitar cuestionarse la actuación de las autoridades y sobre todo la de los periodistas que cubrían la comparecencia de la Guardia Civil, N del R.)

Qué cosa extraña la de este niño, Yéremi Vargas, ¿no? ¿Por qué ha tardado cinco años la policía en decir que tenía una marca cerca del cuello? Porque eso a lo mejor podría haber ayudado a identificarle, ¿no? Ahora dices cómo el niño iba vestido, que tiene una marca… ¿por qué no lo dijiste entonces? Supongo que tendrán una explicación que dar. Te quedas con la duda: ¿algún periodista le habrá dicho a la guardia civil “oiga, por qué han tardado ustedes tanto en decirlo”? ¿No? ¡Alguien habrá preguntado eso! ¿Y por qué no está en los periódicos?

¿Crees que ningún periodista lo ha preguntado?

Bueno, si no lo hubiera preguntado nadie, me quedaría boquiabierta. ¿Cómo es posible que no se lo hayan preguntado? “¿Por qué lo dice usted ahora, qué motivo ha tenido? Dígamelo usted”.

¿Y por qué no lo han preguntado?

Yo creo que los periodistas están tan preocupados escribiendo en las tabletas estas que les dan ahora, que no escuchan. Están en una conferencia de prensa y están transcribiendo lo que oyen. Si estás transcribiendo lo que oyes, no te das cuenta de lo que estás oyendo. Y sobre todo no tienes el instante ese en que se te enciende la bombilla y dices “lo que me está contando este señor es absurdo”. Y entonces levantas la mano, y preguntas. Si estás transcribiendo, ¿cómo puede hacer eso?

¿A qué se debe esta actitud?

Hay una parte que es la presión terrible de la inmediatez, de que ahora las conferencias de prensa hay que meterlas en la web a tiempo real. Si estoy en una conferencia de prensa y tengo que transcribirla a tiempo real… será que yo soy muy lenta, y que soy muy torpe, pero estoy segura de que no voy a tener ese instante en el que piensas “esto que acaba de decir es imposible” o “esto que acaba de decir es contradictorio”.

¿Y los medios no piensan que ofrecerían un mejor producto si dejaran que al periodista se le encendiera la bombilla e hiciera esa pregunta?

Claro, pero la inmediatez de la web tiene un efecto depredador sobre las capacidades de los periodistas, que es acojonante. De momento, supongo que con el tiempo eso se irá solucionando.

¿Crees que hay un problema de fuentes de información, de que se publica información sin comprobarla debidamente?

Sí. Es que los periodistas también tienen poco tiempo para comprobar. Hay una cosa que cada vez me gusta más en algunos medios de información, que es el “fact check”. Es decir, uno escribe “en España hay un terrible fraude fiscal que provocan los profesionales, etc.” y al lado tienes uno que se dedica a comprobar: “no, el 76% del fraude fiscal proviene de empresas que facturan más de seis millones de euros. El señor que está trabajando en negro obviamente no paga su parte, pero no es el gran defraudador: el defraudador es la empresa”. Eso es el “fact check”. Cada vez que los políticos o los agentes sociales dicen una cosa, poner al lado “bueno, pues este dato que acaba de decir el señor ministro de tal o el señor de la oposición, es mentira”.

Y esto, ¿quién se va a dedicar a hacerlo?

Esto lo tienen que hacer los periodistas. La cantidad de datos que se manejan y que no son ciertos resulta asombrosa.

Pero entonces costaría muchísimo más dinero elaborar la información.

Por eso es una pena que no haya publicidad (risas). Una cosa que me preocupa mucho es que en la actualidad, si ves los grandes temas de periodismo de investigación —por ejemplo en los Estados Unidos—, están financiados por empresas sin ánimo de lucro. Como ProPublica, o el centro de investigación de la Duke University… hay cantidad de sitios con dinero de benefactores que financian a periodistas para que hagan investigación. Antes era la empresa periodística normal y corriente la que invertía en investigación; ahora eso depende de fundaciones sin ánimo de lucro. Me parece asombroso, ¿no? Es un fenómeno que me parece chocante.

Es chocante, desde luego. ¿Crees que está cercano el momento en que vuelva a haber orden en la prensa o el caos de la prensa tiene para largo, al menos tanto como la crisis económica?

Yo creo que tiene para largo, más incluso que la crisis económica. Entre otras cosas porque la prensa va a salir tan extraordinariamente tocada de la crisis… que no sé cómo va a resistir.

Por cierto, ¿qué opinas del estado de la prensa deportiva, sobre todo de la futbolística?

A mí sí me gusta. El fútbol me gusta. La prensa futbolística siempre ha estado más volcada en los equipos cercanos: los periódicos de Barcelona siguen al Barça mucho más que un periódico de Madrid y viceversa.

Bueno, pero eso hasta cierto punto es lógico.

Es lógico porque las aficiones están en donde están. Pero siempre me ha parecido que el periodismo deportivo tiene los mejores escritores. Muchas veces he dicho en plan de broma —aunque en el fondo sí que lo pienso— de pedirle a periodistas de información política “oye, ¿por qué no es escribes como si fueras de deportes?”, porque los de deportes en general escriben mucho mejor. No todos, pero…

Con pasión.

Sí, con pasión, pero que eso no quite para que vean un penalti. Una cosa es que tengas pasión y otra es que no veas que Maradona ha puesto la mano cuando ha metido el gol.

Ya que hemos hablado del caso Watergate, ¿te gusta cómo se trata el periodismo en el mundo del cine? ¿Da una imagen demasiado romántica del periodista, o…?

Lo que me preocupa es que ahora sufrimos un desprestigio del periodismo que es acojonante. Los periodistas que salimos en la televisión somos todos unos sinvergüenzas, gente deleznable que está al servicio de cualquier ejecutivo o de cualquier empresario que te da un sobre. Antes, la imagen era… en Primera Plana, por ejemplo, el protagonista —Jack Lemmon— es buena gente, es un buen periodista y es buena gente.

Y el canalla es el jefe (Walter Matthau).

Pero incluso el jefe tiene su encanto. Sin embargo, hay cantidad de películas donde los periodistas son una panda de sinvergüenzas.

Sin embargo, hasta los años setenta, o los ochenta incluso, el periodista sí era el héroe en otras muchas películas.

Pero ahora no. No creas que el desprestigio de la figura del periodista no me preocupa.

O sea, no crees que ahora harían una serie como aquella de Lou Grant.

Claro, por ejemplo. En la última temporada de The Wire hay un periodista sinvergüenza que se inventa una fuente, pero también hay periodistas solventes, serios, que intentan hacer su trabajo.

¿Qué te pareció la forma de tratar el periodismo en The Wire?

Bueno, yo creo que esa serie es extraordinaria. En cuanto al capítulo del periodismo, refleja la corrupción que existe, refleja una realidad… pero también refleja otra realidad que es un periodismo más serio. De hecho, el guionista de esa serie, David Simon, fue periodista.

¿Qué opinas sobre figuras como la de Simon, periodistas que llevan su experiencia en el mundillo periodístico al terreno de la ficción?

A mí me gusta. Creo que el periodismo es útil para la sociedad, no creo que sea una vergüenza. Siempre ha existido periodismo amarillo, siempre han existido periodistas sinvergüenzas. De acuerdo. Pero el periodismo que se ajusta a las normas es útil para los ciudadanos. No me siento en absoluto identificada con el periodismo como bazofia. Pues no.

Durante la transición publicaste el borrador de la constitución, ¿cómo se obtiene una exclusiva semejante?

Pues… con muchas ganas (ríe). Teniendo el convencimiento de que los ciudadanos tenían derecho a conocer ese primer borrador de la Constitución. Ya lo conocían los estamentos vivos de la sociedad, no es cierto que ese borrador estuviese solamente en manos de los ponentes. Estaba en manos de bastante más gente de lo que parecía, gente que lo comentaba y hacía sugerencias. Y sin embargo el conjunto de ciudadanos no tenía derecho a participar en ese debate. Una vez estás absolutamente convencido de que tienes una buena razón para buscar ese texto, es más fácil.

¿El borrador circulaba por bastantes manos pero nadie lo hacía público? 

Era un borrador secreto. Los ponentes daban ruedas de prensa para explicar generalidades, los acuerdos… pero no contenidos concretos. Todavía hoy es un borrador interesante para examinar, aunque luego sufrió transformaciones.

Visto hoy, ¿qué te parece el texto de la constitución? ¿Te gustaría que se introdujera algún cambio o no lo consideras necesario?

Todas las constituciones necesitan cambios. Creo que ésta es una constitución muy útil, sinceramente. En su estructura básica es perfectamente válida. Probablemente lo que necesite son correcciones, a lo largo de los años hay aspectos de la sociedad que son completamente nuevos.

¿Hay algún título de la constitución, o algún punto en concreto, que crees que se debería cambiar o eliminar?

Hay bastantes cosas que hay que cambiar. El tema de que en la monarquía no puedan suceder las mujeres es absurdo. Y hay cosas sobre la organización de las autonomías, por ejemplo la necesidad de unificar estadísticas.

En todo este tiempo transcurrido desde que se instauró la constitución, ¿cómo percibes el cambio en la consciencia democrática de los españoles?

Pues creo que la consciencia democrática de los españoles es buena, tienen una concepción bastante justa de la democracia. Creen que va acompañada de una serie de pactos entre los diferentes estamentos de la sociedad, como el estado de bienestar. Entienden que eso forma parte del conjunto de la democracia. Creo que es un concepto muy razonable del estado democrático.

¿Crees que con la crisis económica que estamos padeciendo puede resentirse la credibilidad de las instituciones ante los ciudadanos?

Sin ninguna duda. Hay una crisis de credibilidad en los políticos, en la monarquía… cuanto más se ponga en peligro ese pacto que da origen a la democracia europea, más problemas tendrán las instituciones para conservar su credibilidad. Los ciudadanos europeos —los norteamericanos probablemente lo vean desde otra concepción— tienen una idea básica de en qué consiste el estado del bienestar, y lo defienden. Forma parte de las señas de identidad de este lado del mundo. Todo lo que suponga un deterioro muy grande del estado del bienestar llevará necesariamente acarreado un deterioro del concepto democrático de los ciudadanos. Los políticos deberían ser conscientes de esto.

Por cierto, ¿qué puede suponer el caso Urdangarin para la percepción que se tiene de la monarquía o para el futuro mismo de la institución?

El caso Urdangarin perjudica muchísimo a la monarquía. El señor Urdangarin debe responder de sus actos y —si se ha cometido delito— irá a la cárcel, evidentemente. Ahora, en cuanto a lo que eso afecte a la monarquía creo que hay una cosa que debería haberse planteado: la responsabilidad del gobierno en el asunto. Porque el gobierno tiene encomendada la defensa de las instituciones y la monarquía es una institución. El gobierno debió haberse dado cuenta de que el señor Urdangarín tenía un piso de nueve millones de euros… porque se publicó. ¿Cómo es posible que el gobierno no acudiera a la Zarzuela y dijera: “majestad, está sucediendo este problema con su yerno, esto no es un problema de su familia: esto es un problema de Estado”? ¿Cómo es posible que parezca que el gobierno no tiene ninguna responsabilidad en este asunto? Es su obligación defender la credibilidad de las instituciones y no consentir que se pongan en peligro.

¿Pero no se supone que existen mecanismos de control al efecto?

Sí, claro que existen. Los actos del rey necesitan refrendo del gobierno.

¿Por qué no se han ejecutado esos mecanismos de control?

Pues no lo sé. Probablemente por una dejadez del gobierno, por una poca consciencia de sus obligaciones. Cuando haya república, el gobierno tendrá sus obligaciones con respecto a la república. Pero mientras haya monarquía tiene sus obligaciones con respecto a la monarquía

¿Crees que se puede llegar a plantear seriamente y en tiempos relativamente próximos la necesidad de cambiar de régimen?

La monarquía es un sistema obsoleto, eso está claro. No creo que haya nadie que piense que sea un sistema lógico para estructurar la sociedad moderna. Lo que no quita para que en este momento haya problemas más serios que ése. Me preocupa mucho la manía que hay ahora con distraer a los ciudadanos de los temas importantes. Monarquía o república… desde mi punto de vista hay temas mucho más serios, que nos afectan más. Tengamos esa discusión, por supuesto que sí, en algún momento habrá que tenerla. Pero que en mitad de la crisis me digan que lo más importante es eso, resulta sospechoso.

A raíz de lo que comentas, el que en plena crisis económica se haga a veces tanto hincapié sobre otros asuntos, ¿es un reflejo de que se nos vende la crisis como si fuera una especie de fenómeno climático global contra el que no hay remedio?

Es que no lo es. La crisis tiene responsables. No es, en absoluto, un chaparrón que haya caído. No es la erupción del volcán del Hierro. La crisis está provocada por una serie de desregularizaciones del mercado, que empezaron en EEUU durante la época de Ronald Reagan y que en Europa llevó a su esplendor la señora Thatcher. Es un planteamiento ideológico claramente estructurado y desarrollado a lo largo de muchos años por una desregularización normativa, por todo lo que es la globalización, cuando no tiene por qué ser así. Es así porque se ha querido que sea así. Y eso es lo que ha provocado la crisis. Sería muy importante que los ciudadanos no nos distrajéramos tanto con otras cosas.

¿Cómo explicas que una crisis que comenzó como crisis del sistema financiero privado ahora sea presentada como una crisis en la que son los estados los que tienen que hacer recortes?

El problema no es que los estados tengan que hacer recortes, que seguramente los tienen que hacer, porque es la realidad. El problema es que además resulta que tú eres el culpable. Es el ciudadano el culpable, por haber comprado un apartamento asqueroso en mitad del desierto (risas), es el responsable, porque ha actuado a lo loco… pero oye, ¿y el banco que le dio el crédito sin que tuviera avales suficientes para poder mantener esa hipoteca? El gran problema de la hipoteca no es ese señor que la está pagando. Son los promotores los que no están pagando los créditos. Ese enorme grado de morosidad que tienen los bancos no está provocado por el pobre peruano que se ha comprado un apartamento en Seseña, ni por el pobre madrileño que ha comprado un piso para su hijo. No. El problema está en el promotor, en los que compraron esos terrenos enormes: el banco les dio muchísimo dinero para levantar urbanizaciones que ahora no se pueden vender. Ese es el gran problema de la morosidad bancaria.

Cambiando momentáneamente de tercio, quería saber lo que piensas sobre la inhabilitación del juez Baltasar Garzón.

Bueno, hay dos cosas importantes. Yo creo que Garzón hizo mal en el tema de Gürtel. Intervenir las comunicaciones entre un defendido y un abogado me parece una cosa grave. Ya me pareció grave cuando se hace con los terroristas; tampoco estoy de acuerdo que se haga con los terroristas, pero bueno, la ley permite hacerlo en ese caso. En este otro caso, sin embargo, la ley no permite que se intervengan las comunicaciones entre un defendido y su abogado; creo que ese es un derecho fundamental de una persona.

¿Te parece pues que la inhabilitación de Garzón es procedente?

A ver: sería procedente si demuestras que eso se ha hecho a voluntad. El problema con la prevaricación es que tienes que demostrar que lo hizo ex profeso, sabiendo que no podía hacerlo. Eso es la prevaricación, y creo que en el caso de Garzón no estaba tan claro. Que yo tuviera una posición no quiere decir que yo tuviera la razón, es decir: existía una cierta polémica en el mundo jurídico sobre hasta qué punto se puede interferir las comunicaciones con un detenido o no. De hecho, en el caso Gürtel hay otros miembros de la carrera judicial que están de acuerdo con el señor Garzón… luego no debe de ser tan evidente. Así que, si existía la posibilidad de que Garzón no hubiera tomado esa decisión a sabiendas de que no podía tomarla, sino porque se equivocó, creo que no debería haber sido inhabilitado, no debió ser acusado ni condenado por prevaricación. Porque no creo que la prevaricación se pudiera demostrar. El Tribunal Supremo ha decidido que sí, pero creo que el Supremo tiene un especial encono y experimenta un malestar desde hace años no ya contra el juez Garzón, sino contra este tipo de juez.

¿Qué tipo de juez es ése?

Es un tipo de juez que tiene un gran protagonismo. También es verdad que adquiere ese protagonismo porque entra en temas que son muy difíciles de tratar, algo que la ciudadanía aprecia. A los jueces del Supremo, seguramente, les ha parecido siempre el anti-modelo de juez que ellos quieren promover.

Un “juez estrella”, por así decir.

Exactamente. Pero una cosa es que te molesten los “jueces estrella” y otra es que lo inhabilites. Estoy en desacuerdo con esa sentencia, lo cual no quiere decir que convalide el hecho de que el juez Garzón tuviera razón en su actuación.

Es decir, resumiéndolo: desapruebas la conducta de Garzón pero desapruebas también la sentencia de inhabilitación.

Creo que la conducta de Garzón pudo ser corregida en una instancia superior. Cuando él decide intervenir esas comunicaciones y se le dice que no, las retira. Para eso existe la instancia superior, para corregir las decisiones de los jueces que se han equivocado. Que es algo que ocurre todos los días, ¿eh?

¿Qué te pareció la reacción, mayoritariamente de indignación, que se produjo entre mucha gente tras la sentencia de inhabilitación, una indignación ejemplificada en el apoyo a Garzón en las redes sociales?

La entiendo. Creo que con el juez Garzón a la mayoría de los ciudadanos les pasa lo que a mí, que tengo una deuda de agradecimiento con él, sobre todo por el caso Pinochet. Me acordaré toda mi vida de ese día, de la profunda emoción que me provocó el hecho de que Pinochet fuera detenido. Eso no justifica que alguien sea juez o no sea juez, pero explica la reacción tan enorme que la inhabilitación ha provocado en un sector de la ciudadanía. También una deuda de agradecimiento por las investigaciones en los casos de torturas en la Argentina… es lógico que la gente no comprenda que Garzón haya sido inhabilitado.

Ahora te quería preguntar sobre algunos nombres de periodistas o de literatos metidos a periodista, reportero, etc. Por ejemplo, Javier Espinosa, cuyo nombre está de actualidad por sus peripecias en Siria.

Está haciendo un trabajo muy arriesgado. Es un hombre con una valentía extraordinaria.

Desde luego tiene algo que contar a sus nietos.

Vamos… y desde luego tiene todo mi respeto profesional, claro que sí. Mi admiración por el valor que le echa.

¿Es un tipo de periodista del que quedan pocos?

Quedan pocos, pero los hay. Todos los días lo estás viendo. Mira a Marie Colvin, a la que mataron hace poco en Homs. Cincuenta y siete años tenía. Escribiendo, como siempre había hecho, desde que yo la conocí. Y la conocí cuando tenía veintitantos años.

¿Hay en lo que hace este tipo de periodistas una parte de adicción a la adrenalina?

Eso dicen. La verdad es que no lo sé. Mi experiencia con la gente que yo conozco más de cerca no es tanto un tema de adicción a la adrenalina como de una manera de vivir.

¿Un estilo de vida?

Un estilo de vida. Pero no tanto porque sean adictos a ello, porque creo que pasan miedo como todo el mundo y después sufren los efectos traumáticos de las cosas que ven… no es cierto que salgan indemnes de todo lo que ven. Sufren, pero se han metido en un modo de vida periodístico en el que forman una especie de tribu. En el sentido de que se apoyan mutuamente, se comprenden unos a otros porque comparten experiencias que tú no has compartido, y no conoces exactamente el impacto que tiene eso en la persona.

José Antich, director de La Vanguardia.

Me gusta mucho La Vanguardia, creo que es un muy buen director. Pero mi gran ídolo en La Vanguardia es Gregorio Morán. Me parece un periodista estupendo, toda la vida me ha gustado, hace unas crónicas sensacionales. Además tienen muchísimos corresponsales estupendos.

Te gusta La Vanguardia como periódico en general, pues.

Sí, es un muy buen periódico.

Luis María Anson.

Tengo una anécdota. Hice periodismo en la Escuela Oficial de Periodismo y él estaba en el tribunal que me examinó. Y me preguntó sobre la literatura romántica del siglo XIX (risas), y si había observado los aspectos eróticos del Quo Vadis. ¡Que si había observado…! Yo había leído Quo Vadis cuando tenía once o doce años y no me había enterado. Y eso le dije: que había leído la novela de niña y que no me acordaba de los aspectos eróticos, la verdad. Me puso un sobresaliente.

(risas) ¿Ah, sí?

Sí. O sea que… (risas) Ha sido director de muchos medios, comentarista, etc. Creo que la ventaja con Luis María Anson es que no engaña… todo el mundo sabe quién es, lo que piensa, y lo que defiende. Bueno, está bien. No tengo por qué coincidir con lo que piensan los demás. Lo que exijo, como lectora de un periódico, es que no quieran engañarme. El que un periódico defienda editorialmente lo contrario a lo que yo pienso —siempre y cuando no manipule los datos— me parece razonable. No todos los periódicos vamos a tener el mismo punto de vista. Que los periódicos tengan tendencias políticas distintas me parece muy bien. Lo que no me parece bien es que me engañen. Y Luis María Ansón no engaña, él defiende lo que cree. Yo no lo comparto pero es perfectamente legítimo que lo defienda.

Hablando de no compartir tendencias políticas, ¿qué sientes si ves alguna vez un medio como Intereconomía TV?

Esos sí me parece que engañan. Continuamente. Con datos falsos… eso que te dan ganas de que en mitad de lo que están hablando saliera un muñequito que dijera “¡esto es mentira!”, porque están todo el rato manejando informaciones falsas. Datos que no existen, que están manipulados, fuera de contexto… buena parte de lo que dicen es mentira.

Siempre comento que me da la impresión de que intentan ocupar en España un nicho similar al que Fox News ocupa en los Estados Unidos.

Sí, pero la Fox tiene a Bart Simpson que les ayuda a aumentar la audiencia.

Eso sí. Aunque también tienen a gente como Bill O’Reilly, quien creo que en Intereconomía estaría como en su casa.

Sí, pero lo que te quiero decir es que además de O’Reilly, la Fox tiene otras cosas más interesantes como The Simpsons. Intereconomía solamente tiene ese tipo de gente y a ese tipo de gente no hay quien la aguante, con perdón. Ya te digo, si alguien piensa distinto a mí y lo argumenta, aunque yo esté radicalmente en desacuerdo con lo que dice, me puede interesar. Pero a Intereconomía no le encuentro nunca el menor interés.

Bueno, te iba a preguntar sobre Enric González pero ya me habías dando pinceladas de tu opinión sobre él.

Es un grandísimo periodista, uno de los mejores periodistas españoles, sin ninguna duda. Porque consigue esas dos cosas: la excelencia en la escritura —es un gran escritor— y la rigurosidad. Enric tiene además otra cosa, que no tiene más compromisos que los que él se busca, aquello con lo que llega a la conclusión que se debe comprometer, y punto.

Pedro J. Ramírez.

Pedro J. Ramírez tiene una cosa, le pasa como a los “jueces estrella”, y es que es un “periodista estrella”. Hace cosas que no debería hacer, desde mi punto de vista. Pero, al mismo tiempo, es verdad que ha creado un medio y eso nos hace falta. Un periódico, El Mundo, que obviamente tiene peso. A mí, el tipo de periodismo que él hace no me gusta. Pero bueno, no tiene por qué gustarme.

¿Qué opinas de la insistencia de El Mundo con el asunto del 11-M?

Me parece, por un lado, absurdo. Y por otro lado, justamente lo que no debe hacer un periódico, que es distraer la atención. Meterle en la cabeza a la gente que ETA tuvo algo que ver con el 11-M es distraerla. Primero, es mentira. Es absolutamente mentira y obligas a la población a seguir una especie de señuelo: lo vas mostrando, la gente se queda mirando el señuelo… y por al lado está pasando de todo.

¿A qué intereses puede responder esto? ¿A intereses empresariales del periódico?

No lo sé, no tengo ni idea. Supongo que en un momento dado respondió a intereses políticos porque le vino bien al PP, hubo una reacción para intentar demostrar que el gobierno Aznar —que mantuvo esa versión hasta el final, hasta el día en que perdió las elecciones— no había mentido. El Mundo entró en esa línea.

Pero eso fue hace ya mucho, ¿por qué crees que se sigue dándole vueltas hoy en día?

Supongo que llega un momento en que estás ya sumergido hasta el cuello en ese cubo, que necesitas estar seguro de que en ese cubo al final vas a tocar pie y podrás volver arriba. Que encontrarás una piedra en la que podrás hacer pie, un mínimo detalle, una mínima cosa que les permita decir “¿ves cómo tenía razón?”. Aunque no la tengan.

Siguiendo con la metáfora del cubo: si no se toca pie, la alternativa cuál es, ¿hundirse en él?

Pues sí, pero ellos están siempre allí con la nariz hacia arriba, intentando encontrar esa piedra para pegar el empujón y sacar la cabeza entera. Cada vez que encuentran una chinita, intentan apoyarse en ella, pero no…

Hablando de polémica en torno a la prensa, tengo curiosidad por conocer tu opinión sobre un par de ejemplos recientes, un editorial polémico en El País, y una noticia aún más polémica en El Mundo. Empezando por el editorial de El País en torno al asunto Urdangarin y la monarquía, que despertó cierto revuelo…

A ver, primero, yo estoy en el consejo editorial de El País. Creo que el editorial tiene algo que me gusta, en lo que probablemente deberíamos haber insistido más: la diferenciación entre lo que es la institución monárquica por un lado y lo que es la familia del rey por otro. La familia del rey… es la familia del rey. Y si alguien tiene que ir a la cárcel, que vaya, sin que eso tenga necesariamente que afectar a la institución. Deberíamos tener un planteamiento lo suficientemente sólido de las instituciones como para permitir que si por ejemplo el hijo de la señora Thatcher es un perfecto imbécil, eso no afecte al hecho de que la primera ministra —te guste o no, políticamente hablando— sea una persona perfectamente habilitada para ejercer su cargo. En el tema de la monarquía, exactamente igual; el hecho de que el señor Urdangarin esté acusado de una serie de delitos no quiere decir necesariamente que la institución se vea afectada. Me parece bien que insistamos en que ése no es el principal problema que tiene este país en este momento. El aspecto del editorial que a lo mejor ha frustrado más a la gente que se ha sentido frustrada es que la última parte —en la que pedimos que la monarquía se ajuste más a unas reglas, que sea más transparente y que el gobierno participe de ello— deberíamos haberla potenciado y ampliado más.

Aún despertó más revuelo lo que publicó El Mundo sobre uno de los líderes de las protestas en contra de la privatización del Canal de Isabel II, un profesor de instituto al que describían como “un terrateniente” por tener algún piso en el centro de Madrid y por poseer unas hectáreas de terreno.

Ya, pero es que aunque lo tuviera —que no lo tiene, pero aunque fuera así— ¿eso qué tendrá que ver con la privatización? O sea, ¿porque un señor tenga cuatro pisos en Madrid ya no tiene derecho a opinar que el Canal de Isabel II es una de las pocas empresas públicas eficientes y que no hay ningún motivo para privatizarla? El único motivo que existe para privatizarla es que el ayuntamiento no tiene dinero y está tan agobiado que vende la joya de la corona. Pero no me diga que el motivo es para que funcione mejor. Dígame que lo venden porque no tienen más remedio: “mire usted, como no tengo otra cosita, cojo y vendo a mi niño”. Muy bien, venda usted a su niño pero no me diga que el niño va a estar mejor con el vecino.

¿Esto ha levantado ampollas porque ha parecido una forma muy evidente de emplear, por las buenas, el argumento del ataque ad hominem?

La ventaja que tienen estas cosas es que la gente lo ve. La gente se da cuenta inmediatamente. El público se da cuenta de que no tiene ningún sentido que le estén reprochando a ese señor que tenga un piso, o que tenga dos. Hay veces en que tienes razón al enfocarlo desde un punto de vista ad hominem: si ese hombre estuviera haciendo una campaña para impedir que la gente tenga más de un piso y resulta que él tiene cuatro, claro que requeriría un argumento ad hominem: “oiga, que usted tiene cuatro pisos, ¿cómo se atreve a decir a los demás que sólo tengan uno…?”. O si va en contra del matrimonio homosexual y tiene un compañero con el que vive. O está en contra del aborto y acaba de llevar a su niña a abortar. ¿Eso es ad hominem? Claro que sí, porque lo que no puedes es pretender dar un mensaje político completamente contradictorio con tu realidad. Pero en este caso del Canal Isabel II, ¡es que no tiene nada que ver!

Sería como decir “es que usted se dedica a matar periquitos en sus horas libres”. Eso no tiene nada que ver con el hecho de que, en el asunto de la privatización, pueda tener razón.

La gente no es idiota. Tú puedes estar diciéndole a la gente lo que quieras, que a la hora de la verdad va y vota lo que quiere. Yo siempre cito el caso de William R. Hearst, al que se acusa de haber promovido la Guerra de Cuba. Se presentó a elecciones, intentó ser elegido fiscal, intentó ser elegido esto y aquello. Nunca fue elegido. Perdió todas las elecciones. ¿Por qué? Porque todo lo que publicaba en sus medios no era suficiente como para que la gente le votara. La gente decía: “no, a él no”.

Lo del fracaso del todopoderoso Hearst en las elecciones es una de las grandes moralejas de la historia del periodismo, creo.

Toda esa influencia que se supone que tenía, tan extraordinaria, no fue nunca suficiente para que la gente fuera y le votara.

Lo curioso es que en Estados Unidos la gente ha preferido —más de una vez— votar incluso a un antiguo actor de Hollywood que a un periodista. Parece que la gente se resiste a la idea de que el periodista acabe ocupando…

…el poder. En el caso de Hearst, todo el mundo sabía que tenía una influencia enorme, pero ¡nadie le quería como representante suyo! Y les daba igual lo que Hearst dijera. En los momentos decisivos, la gente sabe lo que lee. Incluso los que han estado leyendo El Mundo, saben perfectamente que el atentado del 11-M fue en parte provocado por una panda de gente increíble: los españoles que proporcionaron la dinamita, el famoso grupo de asturianos de las minas. Dinamita en unas cantidades enormes, no es que les hubieran dado un cartucho, sino que estuvieron contrabandeando en cantidad. Evidentemente, a lo mejor ellos no sabían que esa dinamita se iba a emplear para un atentado en Madrid, pero pensaban que se iba a hacer un atentado en Casablanca… y no les importaba. Ese grupo de españoles que no tiene nada que ver con ETA, que son simplemente gente que quiere dinero a cualquier costa y a la que le importa un carajo todo. Los lectores de El Mundo, yo creo que si les haces una encuesta la mayoría sabe que eso es así.

Ya puestos, ¿qué barbaridades o meteduras de pata de la prensa te llamaron más la atención en su día?

Toda la historia del 11-M me sigue pareciendo asquerosa. Porque en un momento en el que existe tanto dolor, en el que la gente está sufriendo tanto, conmocionada —y con razón—,  pues hombre… no te aproveches de la desgracia ajena. Eso es algo que deberíamos tener grabado, tatuado en el cuello: “no te aproveches de la desgracia ajena”. Eso no es decente.

Por contra, ¿qué historia de investigación o trabajo periodístico te ha impresionado más a lo largo de los años, si hay alguno en concreto?

Me impresionó mucho uno que leí en Estados Unidos hace unos años y que era formidable. Lo hizo un periódico local, de una ciudad secundaria. Una empresa necesitaba reducir gastos y despidió al servicio de limpieza —veintiuna mujeres, más o menos— como una de las medidas de ahorro. Un grupo de periodistas hizo su investigación. Comprobaron lo que se había ahorrado realmente. Ese mismo año, los ejecutivos de esa empresa se subieron el sueldo en una cantidad siete veces mayor a la que habían ahorrado despidiendo a aquellas veintiuna mujeres. Ese trabajo periodístico, cómo fueron describiendo quiénes eran esas mujeres, qué les había pasado, cómo había sido su vida durante el año siguiente… con el resultado final de que todo el ahorro del despido era la séptima parte de la subida de sueldos de los ejecutivos, me pareció un trabajo impecable, perfecto. No tenía ni un adorno, ni nada. Y resultaba demoledor.

Volviendo a tus impresiones sobre diversos periodistas, Ryszard Kapuscinski…

Fue uno de mis grandes ídolos profesionales. Aunque ahora me preocupa mucho el debate que ha existido sobre si se inventaba cosas. Si Kapuscinski se inventaba cosas, sinceramente, lo lamento muchísimo. Yo le conocí, le aprecié muchísimo y lo aprecio mucho como periodista. Pero si se inventaba cosas… creo que eso deteriora muchísimo su trabajo. Los periodistas no se tienen que inventar cosas. Aunque creas que eso va a ser lo que mejor va a reflejar lo que tú estás viendo.

Escribió un libro llamado Los cinco sentidos del periodista…

…y el de Este no es un oficio para cínicos, algo en lo que estoy de acuerdo. Debería ser un oficio para gente comprometida con el ciudadano, con la gente corriente.

¿Cuál sería el sexto sentido del periodista?

Los periodistas han de tener paciencia. Una mala salud de hierro es fundamental (ríe). Y los periodistas, aunque suene un poco mal, tienen que creérselo. Tienes que creer que tu oficio es útil para la sociedad. Que no puedes hacer lo que quieras. Que tu oficio no es literatura, no es ficción, de ninguna de las maneras. Lo cual no quiere decir que no escribas maravillosamente, pero las normas de funcionamiento son de obligado cumplimiento. No es posible que te las saltes en beneficio del relato. Si haces eso, para mí, eres un mal periodista.

Hablando de ficción, un literato metido a veces a periodista, Normal Mailer.

Me gusta mucho, he leído muchísimas cosas suyas que me han gustado. Pero me gusta como novelista. Como periodista, alguna cosa he leído… pero yo lo identifico más como novelista.

Ernst Hemingway.

Tiene una parte claramente periodística, de crónicas que son puro periodismo, aparte de sus novelas. Me gusta.

A.J. Liebling.

Hay un amplio grupo de grandes periodistas de esa época, de los años cincuenta, muy comprometidos. Si te lees las crónicas de los enviados especiales norteamericanos a Londres durante la 2ª Guerra Mundial, están muy bien escritas pero están contando la realidad. No se están inventando nada. Y al mismo tiempo te lo lees atrapado por lo que cuentan. Es la habilidad para utilizar recursos literarios en la manera de estructurar el texto, de escribir, para conseguir que eso tenga un enganche en el lector (otra cosa es meter ficción en un relato de técnica periodística, eso no se puede hacer). Esta forma de usar recursos literarios es lo que hacían todo este grupo de periodistas, y eso me parece fantástico. Los grandes cronistas latinoamericanos también lo hacen, escriben maravillosamente bien. Y no inventan. El escribir bien no está reñido con el periodismo, el periodismo no ha de estar mal escrito. Enric González es un caso manifiesto de periodista que escribe maravillosamente bien y que no se inventa las cosas.

Con la experiencia, ¿llega un momento en que te permite leer una crónica y distinguir cuándo el periodista está novelizando demasiado?

No, yo confío en el periodista. Pienso, en principio, que lo que me está contando es cierto. Si es algo extremadamente improbable, a lo mejor lo que hago es asegurarme de que ese periodista merece toda la fiabilidad.

Pero tu tendencia es, primero, la de confiar en el periodista.

Depende de dónde publique. Si publica en The New Yorker, pues sí. Confío en que ese periodista está ejerciendo su profesión dignamente. Ahora bien, leo eso mismo en una web que no conozco… entonces no. A lo mejor me lo creeré, o no me lo creeré y pensaré que es pura literatura.

Una curiosidad, ¿qué opinas sobre Fernando Savater?

Bueno, no es periodista, es filósofo… magnífico, me gusta muchísimo. Me parece un hombre valiente. Puedo coincidir en algunas cosas con él y en otras no, en algunas posiciones que ha adoptado. Pero las ha adoptado por coherencia, por ningún otro interés que no sea lo que él creyó que tenía que hacer, en un momento muy difícil. Le debo respeto y admiración personal, y muchas de las cosas que escribe me gustan mucho.

Julio Camba.

…me reí tanto con él, siempre. Un articulista de estos gallegos (risas), estupendo. Hay unas crónicas de un viaje que hace a Nueva York que son una auténtica delicia.

Arcadi Espada.

Tiene una actitud muy interesante: cuando todo el mundo dice una cosa él llega y dice “pues no” y encuentra la manera para argumentarlo. Es una actitud que me llama la atención, que me apetece leer. A veces coincidiré con él y a veces no, pero tiene argumentos que me interesan.

Rosa Montero.

Es una periodista estupenda. Cambió una manera de hacer la entrevista en España en un momento en que las entrevistas se hacían de una manera mucho más encorsetada. Ella, Sol Alameda… cambiaron la manera de hacer las entrevistas. Y luego, es una mujer que como periodista tiene algo que me gusta mucho: al margen de sus intereses literarios, le interesan cantidad de otras cosas. Le interesan de verdad, pone muchísimo empeño, horas, dedicación en conocer aquello que ha despertado su interés.

Martí Gómez.

Martí Gómez es genial, uno de los mejores periodistas que ha tenido este país. Extraordinario. Cuando era joven le leía algunas crónicas de sucesos en las que, a través de un hecho que ocurría en un barrio de Barcelona, iba ampliando, ampliando, ampliando… y de repente te enterabas de lo que estaba pasando en la sociedad catalana. El análisis, el contexto, la capacidad de situarte en un mundo… era impresionante. Además lo hacía en un momento en que era muy difícil, en una época con censura. Lo explicaba de un modo que, sin que el censor moviera una pestaña, tú ibas metiéndote dentro.

Fascinante. ¿No sería quizá interesante que los periódicos rescataran este tipo de crónicas?

Claro. Claro que sí. Pero, ¡no hay tiempo! ¡Está todo el mundo metido en las dichosas máquinas! Nadie tiene tiempo para hacer lo que hacía Martí Gómez. Al periodista que cubre sucesos le piden que vaya a la comisaría, que se entere del suceso, que saque la máquina, que la enchufe allí mismo: “un muerto en la calle de no sé dónde”. No tiene tiempo para sentarse a tomar un café con la gente del barrio, como hacía Martí Gómez. Él invitaba a tomar un vino a uno, un café a otro. Se sentaba dos horas con la portera de otra casa… obteniendo información y destilando lo que era esencial. En lo que luego contaba todo era esencial, no había nada accesorio, nada que dijeras “bueno, esto para adornar”.

Por lo que cuentas, ahora hacer eso es imposible.

En algún momento habrá que recuperarlo, no sé cómo. Si no, ¿qué interés tiene? El otro día, en Quito, me subí en un ascensor y el ascensor tenía una pantalla con la información, con las noticias. El ascensor. Cuando llegué a mi habitación en el piso doce, ya sabía lo que había pasado. ¡El ascensor me lo había dicho! (risas) Llegué arriba y no tenía necesidad ni de poner la radio, ni de poner la tele, ni nada. Del piso cero al once me enteré de que Obama había hecho no sé qué, de que Rajoy había hecho no sé cuántos, de que había estallado una bomba… ya lo tenía todo. ¿Y ahora qué? ¿Ahora qué hago? ¡Alguien me tendrá que contar algo nuevo!

Quizá los medios se puedan escudar en esta clase de hechos para ofrecer tanta opinión, porque suponen que la información básica la puedes obtener en cualquier parte: Internet, la pantalla de un autobús, ¡hasta en el ascensor!

En Internet, además, hay mucha gente que te suelta sus opiniones como si fueran informaciones. Como el sistema de la web está abierto —y me parece muy bien— a tantísimas aportaciones, la inmensa mayoría de la gente lo que aporta son opiniones, no hechos.

Hablando de la red, ¿qué impresión te produce el hecho de que se produzca un suceso y a través de Twitter, Facebook, etc. la gente empiece a opinar en una oleada inmediata, casi como en un juicio público?

Eso, seguramente, pasaba exactamente igual antes, lo que ocurre es que ahora los cuentan. Dicen “quinientos cincuenta y cuatro mil han opinado…” Pero un presidente de los Estados Unidos, en mil ochocientos y pico, se casó —teniendo él cincuenta y tantos años— con una chica de diecinueve o veinte. Cuando esa chica salía a la calle, se producían aglomeraciones de gente que quería ver a la mujer del presidente. Hasta el extremo de que hubo muertos en algunos sitios, ¿eh? Seguro que había estados de opinión sobre ese asunto, lo que no había era un sitio como Internet. Entonces lo comentaba cada señor con el de al lado, en el “saloon”, supongo (risas). A lo mejor se enteraban de la noticia dos meses después y no el mismo día, pero seguro que lo comentaban. Ahora es lo mismo, aunque es todo instantáneo y a eso se le da muchísimo valor. Pero, a veces, el que sea instantáneo no le da ningún valor. Es simplemente una acumulación de instantaneidad, y punto. No ha añadido nada nuevo.

¿Crees que esa clase de juicios públicos tan instántaneos pueden ser perjudiciales?

Los juicios públicos son inevitables. La gente tiene opiniones sobre las cosas. El que se haga es inevitable: opinan sobre políticos, sobre actores: “este tío es un imbécil”. Y dices, ¿por qué dirá que este tío es un imbécil, si no lo ha visto en su vida? ¿Por qué ha llegado a la conclusión de que es un imbécil? Pues sí, ha llegado a la conclusión de que es un imbécil. Eso ha existido siempre, seguro que en la antigua Roma también pasaba. Ahora bien, los medios no deberían favorecerlo. Deberían dar información justamente para evitar los juicios públicos infundados. Coger un periódico, ver una información y decir “pues sí, mira, tal y como yo pensaba este tipo es un imbécil” (risas). O “anda mira, yo creí que era un imbécil y ahora resulta que no, mira qué interesante lo que dice o lo que piensa”. Un medio te está explicando con datos cómo es ese señor o esa señora, para eso deberían ser los medios.

Pero, ¿esos juicios públicos te parecen saludables o insalubres?

Son cosas que pasan. Claro que un juicio público es malo en el sentido de que implica juzgar a la gente sin conocerla. Eso está mal. Pero eso lo estamos haciendo los seres humanos continuamente. Y lo hacemos nosotros mismos: tú y yo seguro que pensamos que alguien es un imbécil y a lo mejor no lo hemos visto en la vida.

(risas) Sí, la verdad.

Porque tienes alguna referencia de él, tienes el completo convencimiento. Y de repente lees algo y dices “ahí va, ¿y yo por qué creí que este señor o esta señora era una idiota?”

Fotografía: Gonzalo Merat


Pedro J. Ramírez: “Tengo la suerte de dedicarme a lo único para lo que sirvo”

A menudo se bautizan estas ocasiones con ese requiebro tan socorrido de que el personaje entrevistado “no necesita presentación”, pero pocas veces es tan cierto como en el caso de Pedro J. Ramírez, director de El Mundo y una de las personalidades más conocidas de nuestro país. Nos citamos con él en pleno corazón de la redacción del diario —redacción adornada, por cierto, con imágenes de algunas de las más famosas películas clásicas de temática periodística— y nos sentamos en su despacho con la intención de hablar de la prensa, cómo no, pero también de otros aspectos de la sociedad, la cultura e incluso de la Historia. Empezando por la Revolución Francesa —sugestivo periodo sobre cuyos meses iniciales Pedro J. ha publicado el libro El primer naufragio— y terminando por engarzar, siempre con la hilatura del periodismo, un repaso a sus preferencias pictóricas o literarias. Aunque finalmente gozamos de bastante menos tiempo del que estaba previsto —es bien sabido entre nuestros lectores que nos gustan las charlas extensas— pudimos tratar varios de estos asuntos en la conversación, e incluso, a vuelapluma, algunos otros más. He aquí el diálogo.

Sobre “El primer naufragio”. Escribir un libro de Historia, ¿es producto de un hobby, una necesidad personal?

Bueno… alguien ha dicho que esto es un hobby y que hay una especie de diversión, en el sentido de la palabra que usaba Ortega, de que estoy iniciando una nueva actividad. Y no es así. Creo que es un trabajo eminentemente periodístico y de alguna manera un cierto desquite por mi parte al hecho de que como director de periódico, estoy limitado para desarrollar algo que es lo que a mí más me gusta del periodismo: contar historias. Antes que un director de periódico soy un “storyteller”, y éste es un trabajo de investigación, de obsesión por la exactitud del dato, de trabajar con las fuentes. Por lo tanto, el libro es una aportación académica pero escrito y elaborado con parámetros periodísticos.

¿Ese “primer naufragio” es el naufragio de la Revolución Francesa?

Es el naufragio de la democracia. También lo es el de la Revolución Francesa, efectivamente. Es la crónica de esos cuatro meses y diez días que van desde que le cortan la cabeza al rey hasta que se produce el primer golpe de estado contra un parlamento elegido por sufragio universal masculino. Son esos meses decisivos en los que la Primera República pudo ser democrática y sin embargo se hizo terrorista. Como la Revolución Francesa ha servido de paradigma a tantos acontecimientos, a tantos procesos históricos a lo largo de los dos últimos siglos y cuarto, al mismo tiempo es el primer naufragio de la Revolución y también el primero de la democracia. Es la explicación de cómo una vanguardia revolucionaria genera un proyecto totalitario.

A partir de algunos comentarios tuyos me ha parecido colegir tu idea de que se pueden establecer ciertos paralelismos entre, por ejemplo, los “enragés” de la Revolución Francesa y los “indignados”.

Bueno, hay algunos paralelismos que son obvios en la medida en que son nominales, como traducir enragés. En el libro no utilizo la palabra “indignados”, hablo de “airados”, “enrabiados” o “cabreados” porque entregué el libro antes de que surgiera todo el movimiento 15-M. Pero podría haber utilizado la palabra “indignados”. Después, el eslogan de los enragés es “no nos representan”. O sea, una enmienda a la totalidad de la democracia parlamentaria, de la democracia representativa. Pues eso es también uno de los ingredientes esenciales del movimiento 15-M. Hay una serie de manifestaciones extremas y minoritarias del 15-M que se corresponden también con las manifestaciones más extremas de los “enragés”. Como el intento de impedir la sesión parlamentaria en el Parque de la Ciudadela en Barcelona, las agresiones físicas y verbales a los diputados… yo le decía a Artur Mas el otro día: “la única diferencia es que los de entonces no pudieron ir en helicóptero como tú”. Lo que pasa es que, junto a esas similitudes, también hay grandes diferencias. Evidentemente la sociedad actual no es aquella.

No existiría un Roux o un Leclerc en la actualidad.

Bueno, yo creo que sí que existen, lo que probablemente sería más difícil es que tuvieran tanta influencia en los acontecimientos como tuvieron ellos. Porque es verdad que hay unas causas económicas que también producen el vértigo del paralelismo, ¿no?, pero en nuestra sociedad no se produce la situación límite —desde el punto de vista de la subsistencia— que existía en el París de 1793 para prácticamente la mitad de la población, los llamados sans culottes.

¿Y hay algún Robespierre deseando emerger?

Para la izquierda parlamentaria europea que ha perdido el poder o pueda fracasar en su intento de ganarlo por las urnas, va a ser una tentación. El intentar establecer una dinámica de colaboración permanente con los movimientos que han tomado la calle y que desde la calle están haciendo esa enmienda, ese planteamiento frontal contra el sistema. Robespierre y los jacobinos cayeron en esa tentación, de hecho cambiaron su programa económico —porque era tan liberal como el de los moderados— para poder crear esa alianza estratégica con el movimiento popular que estaba en la calle, con las picas en la mano. Pienso que las fuerzas mayoritarias de la izquierda resistirán esa tentación. Pero es muy probable que a sectores minoritarios les veamos lunes, miércoles y viernes en el parlamento, y los martes, jueves y sábados cercándolo si pudiera ser. Dentro del parlamento los días pares y fuera los impares.

¿Crees que una diferencia importante pudiera ser que hoy en día la burguesía ya no cumple ese papel de cabeza revolucionaria que cumplió entonces?

Bueno, lo que ocurre es que doscientos veinte años de civilización y progreso humano no han pasado en balde. Es decir, nuestro estado de bienestar está amenazado y se tambalea, pero sigue ofreciendo mecanismos de protección incluso a las personas que no tienen ningún medio de subsistencia. En el París de 1793, si te echaban de casa, si perdías tu casa porque no podías pagarla y te desahuciaban, no tenías absolutamente a dónde ir. Había unas plazas limitadas en los llamados “hospicios para pobres”. Si no, te morías en la calle. Había que acudir a mecanismos de solidaridad muy primarios organizados en la base de las secciones de los barrios de París porque no había un seguro de desempleo, no había Seguridad Social, no había salario de inserción para los que no tenían nada… todo eso hoy lo tenemos, ¿no?

Si no hubiera naufragado la Revolución, ¿qué curso alternativo crees que podría haber seguido? ¿Cómo hubiera cambiado la historia, en definitiva?

Si la Revolución no hubiera ido hacia el Terror, tampoco se hubiera producido la reacción, el fenómeno imperialista que supuso en primer lugar Napoleón con un autoritarismo sedicentemente progresista que pretendía mantener las conquistas sociales y políticas de la Revolución… pero de forma dictatorial y con un proyecto expansivo, imponiéndolo al mundo entero. Ni desde luego se hubiera producido la reacción del Congreso de Viena y el restablecimiento del absolutismo. Es decir,  creo que tanto para la pregunta de “si no se hubiera producido la Revolución” como a la pregunta “si la Revolución no hubiese naufragado” probablemente la respuesta está en dos libros que cito muy al final —me parece que uno de ellos solamente lo cito en las notas— que son El Antiguo Régimen y la Revolución de Tocqueville y el On revolution de Hannah Arendt. En ambos libros, uno escrito en el siglo XIX y otro en el siglo XX, se esboza la tesis de que las reformas paulatinas producen progresos más estables y duraderos que las convulsiones revolucionarias. Probablemente eso sea cierto.

¿Qué crees que dejó más poso, las ideas de la Revolución en sí o las reformas de Napoleón?

Bueno, yo creo que los valores que proclamaba la Revolución —libertad, igualdad, solidaridad, fraternidad— han inspirado a la Humanidad desde entonces y por lo tanto son referencias universales. Eso tiene una importancia que va más allá del curso de los acontecimientos políticos. Las reformas de Napoleón… sí, también han dejado poso: el Código Civil, las leyes administrativas, la organización de los ejércitos. Pero creo que son mucho más importantes las ideas que los reglamentos y las leyes.

Cambiando de tema y hablando de periodismo: entrevistamos a Enric González y nos dijo que en el periodismo de hoy pesa más la opinión que la información. Ramón Besa, en otra entrevista, nos decía que se crean una realidad y una meta-realidad. Es decir, la gente que lee los periódicos, escucha la radio o ve la TV ya no opina sobre lo que sucede, sino sobre lo que los periodistas opinan que sucede.

Sí, pero eso es correcto mientras haya periodistas que sean capaces de presentar un relato alternativo de los acontecimientos, diferente al que los órganos de poder —en el sentido más amplio del término— describen. Es verdad que la información es una “commodity” y que lo que está pasando en estos momentos —en la apertura del Congreso o en el pleno del Ayuntamiento de Madrid eligiendo a Ana Botella— está al alcance de todos. Que eso adquiere una virtualidad tan inmediata como efímera y que lo único que podemos aportar los medios de comunicación como elemento diferenciador es el análisis; por lo tanto el punto de vista, la opinión. Pero, junto a esto, está el trabajo imprescindible del periodismo de investigación. Tendría que ser casi una reiteración hablar de “periodismo de investigación” porque la investigación es parte absolutamente integrante, genuina, consustancial del periodismo, que es la búsqueda de la verdad. Sin ese periodismo de investigación nadie hubiera sabido quién organizó los GAL, el caso Urdangarín no existiría, no estaríamos cuestionando con elementos fácticos la versión oficial convertida en sentencia del 11-M, no hubiera surgido el caso “Campeón”, etc. Por lo tanto, precisamente porque hay una tentación a que todo suceda en ese ámbito de la meta-realidad, es tan importante que en la sociedad de la información haya redacciones lo suficientemente dotadas y cualificadas como para contestar las versiones oficiales de los hechos.

Otra reflexión que hacía Ramón Besa era que las empresas periodísticas intervienen cada vez más en los contenidos y que los periodistas, ante la pérdida de libertad que eso provoca, se vuelcan cada vez más en los blogs, en ese tipo de iniciativas individuales. ¿Estás de acuerdo con esta reflexión?

Cada uno habla de la feria según le va en ella y ese no es nuestro caso, ¿no? Es decir, El Mundo se fundó como un proyecto intelectual de un grupo de periodistas y al servicio de ese proyecto intelectual surgió una empresa. A menudo suele ser al revés. Nuestros orígenes nos marcan mucho, tenemos la suerte de que nuestro accionista de referencia o principal, casi único accionista importante —el grupo RCS—, sea un grupo editorial que siempre ha buscado la excelencia y que siempre ha entendido que la excelencia periodística requiere de la independencia.

¿Aún existen las historias de periodistas como las de la película Todos los hombres del presidente?

Yo conocí a Ben Bradlee, le entrevisté en las navidades del 73 coincidiendo con el momento en que el juez Sirica estaba tomando una de las decisiones clave sobre el asunto Watergate —la de entregar las cintas— y luego nos encontramos alguna vez esporádicamente. Pero a finales de los noventa desayunamos con ocasión de un Congreso de la asociación Mundial de Periódicos en Washington. Y me dijo: “ha sido cuando he leído con detalle lo que habéis descubierto sobre los crímenes de estado del GAL cuando he pensado que a lo mejor Ronald Ziegler —el portavoz de Nixon— tenía razón al decir que lo del Watergate había sido una ‘third rate burglary (ratería de tercera)”. Porque claro, el Watergate tuvo una repercusión tremenda pero no mataron a nadie, el delito había sido relativamente menor.

Un robo.

Un robo

Bueno, y espionaje.

Y el encubrimiento, la mentira, pero desde el punto de vista de los hechos iniciales… aquí hubo veintitantos asesinatos ordenados desde el poder.

Sí, pero a lo que me refería con la pregunta es: ¿todavía hay periodistas dispuestos a ponerse a su propio periódico en contra, incluso a jugarse su empleo, por defender una historia en la que creen?

Yo creo que sí. En el caso de las investigaciones sobre el 11-M, al principio hubo periodistas de El Mundo que estaban en una situación muy minoritaria y de gran incomprensión dentro de la redacción. En estos momentos ya no es así porque está muy generalizada la percepción de que hay cosas que no se han descubierto y que al menos una parte de lo que dice la sentencia no es verdad, porque vamos demostrando que no es verdad.

Volviendo a esa percepción que te comentaba del periodista que al ciudadano de a pie le llega desde el cine, desde la ficción, en secuencias como la de Robert Redford reuniéndose con “Garganta profunda” en un garaje, ¿se producen en la realidad esta clase de escenas propias de “thriller”?

He contado en algunos de mis libros situaciones relativamente parecidas. Por ejemplo, las confesiones de Amedo y Domínguez. O un encuentro con una de sus amantes. O cuando entrevisté a ETA a finales de los años 80, en medio de unas enormes condiciones de seguridad… la entrevista se hizo en un hotel en París. Estuvimos cuarenta y ocho horas allí, me dejaron salir un momento para hacer una llamada y decir que estaba bien. Me acompañó a la cabina un tío con una pistola: esa persona era Mikel Antza, el que luego ha sido el jefe de ETA.

A día de hoy, ¿siguen sucediendo esta clase de cosas?

No le pregunto a cada uno de mis periodistas en qué circunstancias se reúne con sus fuentes. Hay que mantener relaciones de estrecha confidencialidad en medio de fuertes medidas de seguridad para que nadie sepa cuáles son tus informadores.

En las antiguas películas del Oeste, un pueblo no se consideraba verdaderamente civilizado o no tenía identidad propia hasta que no se fundaba allí un periódico local. ¿Temes que esta imagen romántica del periodista se pueda llegar a perder?

Creo que no porque estamos en un momento de transición muy difícil —con una crisis dentro de otra crisis—, pero también creo que estamos abriendo un nuevo camino que permitirá que los periódicos se perpetúen concebidos como un trabajo colectivo que analiza y presenta la realidad de una manera organizada y codificada, con una periodicidad determinada. Y que a través de los soportes electrónicos y especialmente de las tabletas táctiles vamos a tener un formidable camino de distribución del periódico. Que, a ver si termina sucediendo de tanto decirlo, nos permitirá vivir una nueva edad de oro no ya del periodismo sino de los periódicos.

Si pudieras viajar en el tiempo a cualquier momento de la Historia y entrevistar a un personaje, ¿qué personaje sería y cuál sería la primera pregunta que le harías?

(risas) Hombre, ya que estamos, me gustaría poder estar en la Revolución Francesa. Tendría preguntas para todos y cada uno de los personajes después de tantos años “conviviendo” con ellos. Ahora, tendría que tener muy garantizado el regreso al presente, porque la inmensa mayoría de las preguntas que formularía me harían reo de la guillotina, claro.

Pero, ¿hay algún personaje concreto….?

A Robespierre habría que dedicarle horas, es uno de los personajes más complejos, fascinantes y estremecedores de la Historia.

¿Qué pregunta sería la primera? Imagina que tienes la oportunidad de hacerle solamente una.

Cuando usted ha tenido que elegir entre la virtud y la ley, ¿por qué siempre ha optado por lo que usted llama la virtud cuando se proclama una y otra vez tan legalista?”.

Siguiendo con viajes en el tiempo: si pudieras contratar como redactor a cualquier literato de cualquier época…

Hombre, si seguimos en ese momento, me encantaría tener un escritor político tan brillante como Camille Desmoulins, siempre y cuando tuviera un buen director. Que es lo que le faltó, porque se marchaba un poco por los cerros de Úbeda y a veces se le iba la olla, pero era muy brillante como polemista en el ámbito del periodismo político.

¿Crees, por cierto, que escritores como Cervantes o Quevedo eran como los reporteros de su tiempo?

En esos tiempos no existían los periódicos, pero desde luego sí que tenían una gran capacidad como “storytellers”. Y especialmente Quevedo hubiese sido muy buen escribiendo entre líneas en cualquier momento dictatorial.

Más o menos es lo que hizo.

Sí, de hecho es lo que hizo.

En un periódico, qué es más importante a la hora de plasmar las historias: ¿utilizar un lenguaje sintético o hay sitio para ejercicios literarios? En las propias noticias, no hablo ya de secciones de cultura.

Hombre, nuestro periódico tiene distintos formatos que básicamente se corresponden con los géneros clásicos. Creo que la información debe ir identificada con un código visual y separada de lo que es el análisis, el comentario o el reportaje. En un reportaje de fin de semana hay mucho margen para ofrecer una presentación literaria y creativa de un hecho informativo.

¿Cómo calificarías el nivel literario de la prensa española como conjunto?

La prensa ha mejorado mucho desde el inicio de la transición, desde que empecé a ejercer en periodismo, pero es cierto que ahora estamos padeciendo las consecuencias de la crisis. Hay menos mercado, menos oportunidades para quienes no tienen puestos de trabajo… y quienes lo tienen se aferran más enérgicamente a él. Hay menos movilidad y por tanto eso proporciona también menos oportunidades a la creatividad y el talento.

¿Qué redactores y columnistas de la competencia te gusta leer por su estilo, aparte de que estés de acuerdo o no con sus ideas?

Hombre, yo creo que los mejores columnistas están en El Mundo, pero… es muy brillante Ignacio Camacho, que estuvo con nosotros y ya no lo está. Es muy brillante Alfonso Ussía, que me hubiera gustado que hubiese estado con nosotros. Rosa Montero siempre me parece una persona que hace un ejercicio de ecuanimidad, dentro de sus posiciones, que son distintas a las nuestras. También me gusta mucho Elvira Lindo. Bueno, hay unos cuantos.

No te pregunto cuál te gusta más de los tuyos por no ponerte en el compromiso, claro.

Echo de menos todos los días a Francisco Umbral. Todos los días. Como escritor de periódicos no ha habido nadie como él y veremos cuándo lo hay.

¿Quién te preocuparía más como director de un periódico rival, el Orson Welles de Ciudadano Kane o el Walter Matthau de Primera plana?

Kane era un “publisher”, un editor… me hubiera gustado trabajar con él por lo menos en sus primeros tiempos, hasta el momento en que le dice al enviado a Cuba “pon tú las postales, que yo ya pondré la guerra”. Pero los comienzos de Kane como “publisher” del San Francisco Examiner son fascinantes.

Hemos hablado de literatura y periodismo; hablemos ahora de arte: imagina que no existiera la fotografía: ¿a cuál de estos pintores contratarías como ilustrador para la sección de sucesos: Goya, El Bosco o Brueghel el Viejo?

Hombre, yo me quedaría con los tres, la verdad (risas). El detallismo de El Bosco vendría muy bien para los reportajes. Ahora bien, la interpretación… las portadas se las encargaría a Goya, desde luego.

Para ilustrar las entrevistas con un retrato: ¿Velázquez, Rembrandt o Thomas Gainsborough?

Velázquez para los hombres y Rembrandt para las mujeres.

Para ilustrar la sección de ciencia: ¿Picasso, Salvador Dalí o Giorgio De Chirico?

El futurismo de De Chirico… creo que, de alguna manera, él ya hizo esas cosas. Dalí nos confundiría al mezclar demasiado la fantasía con la realidad.

Para la sección de viajes, ¿Van Gogh, Rubens o Paul Cezanne?

Depende de a dónde quieras ir. Para los viajes exóticos, Cezanne. Para Europa, Van Gogh.

Y para ilustrar artículos en un dominical, ¿Diego Rivera, Joaquín Sorolla o Édouard Manet?

Ricardo Martínez. Su talento como ilustrador y su dominio de las técnicas… creo que no hay otro en el mundo y no se valora suficientemente quizá porque se ha convertido en un elemento cotidiano desde hace veintidós años, desde que nació El Mundo. Las ilustraciones que Ricardo hace los domingos para mis artículos creo que quedarán en las antologías de la aportación de las artes plásticas al periodismo.

Por cierto, eres muy aficionado a la ópera, ¿tienes debilidad por algún compositor o intérprete en especial?

Me gusta muchísimo Wagner y a lo mejor habría que pedir perdón por ello (risas).

¿Por qué?

No, porque siempre se ha identificado con la filosofía del totalitarismo, porque le gustaba tanto a Hitler que parece que no nos debería gustar a nadie más. De hecho, hasta hoy en día, interpretar a Wagner en Israel es algo polémico. Pero me gusta mucho Wagner. Y como cantante Anna Netrebko, me encanta. Si me dijeran con qué mujer me gustaría cenar un sábado… (risas) diría Anna Netrebko, porque además es guapísima y tiene un talento extraordinario.

Ya que te gusta tanto Wagner, ¿crees que Stanley Kubrick hizo en 2001: una odisea del espacio lo que a Wagner le hubiese gustado hacer, esa “ópera total” que él pretendía?

Desde luego si hubiera vivido en el presente probablemente hubiera compuesto música para cine, o a lo mejor hubiese hecho películas en las que hubiese sido también el guionista, porque como sabes escribía los libretos de sus óperas.

¿Por qué otros compositores tienes debilidad?

Mozart. Me gusta mucho todo lo de Mozart. Me gusta mucho Shostakovich, el otro día vi Lady Macbeth.

¿Qué te parece el concepto de “ópera rock”?

Me deja un poco frío.

¿Qué lugar del mundo elegirías para vivir?

Estoy bastante contento en Madrid, pero me gustaría también vivir en París, más tiempo. Voy a veces, los fines de semana.

Si pudieras tomar elementos de otras ciudades de España o del mundo, y añadirlas a Madrid para hacer una ciudad perfecta…

¡Hombre! Con el mar de Mallorca.

Ahora te pediré la opinión sobre una serie de personajes. Para empezar, Leo Messi.

Un artista de un talento inconmensurable. El futbolista que nadie desearía que su equipo tenga nunca enfrente.

Baltasar Garzón.

Un ambicioso, dispuesto a lo que sea con tal de satisfacer su ambición y su vanidad sin límites.

Ana Botella.

Una incógnita como política, que hereda el ayuntamiento de Madrid en una situación muy mala.

Julio Anguita.

Un hombre íntegro, grande, de principios y un conversador estupendo. Alguien por el que siento un gran aprecio.

Angela Merkel.

La persona sobre la que ha recaído ahora la responsabilidad de la construcción de Europa. Me la encontré una vez en la ópera, estábamos un grupo de ocho o diez periodistas de distintos países, y ella dijo “sólo le daré la mano a uno de ustedes, elijan ustedes a cuál”.

(risas) Muy definitorio.

Es ese sentido de la economía del esfuerzo.

Alfonso Guerra.

Un hombre con una idea de la democracia… un hombre que está a mitad de camino entre el socialismo revolucionario y el socialismo posible. Muy intransigente, muy poco flexible en sus planteamientos políticos. Es un hombre de ideas muy anticuadas.

Ruiz Mateos.

Un hombre extravagante, prisionero de sus fantasías y de su codicia.

José Antich.

No opino sobre los colegas.

Barack Obama.

El hombre que debió haber perdido las primarias del partido demócrata ante Hillary Clinton. Y mejor le hubiera ido al partido demócrata y a los Estados Unidos.

¿Qué te parece lo de la concesión del Premio Nobel?

Una venda puesta antes de la herida. Un poco absurdo, ¿no? Un poco grotesco.

George Best, de quien se ha cumplido el aniversario hace poco.

Un provocador, un transgresor permanente, alguien que estaba condenado a morir joven y aguantó más de lo que nadie podría esperar.

Otro aniversario: John Lennon.

El hombre que cautivó a mi generación, que fue capaz de ponerle música a nuestros ideales.

Kurt Cobain.

De él tengo una opinión más difusa. También encuadrado dentro del “malditismo”. La concatenación fatal entra la droga y la música.

Cayo Lara.

Está por ver que sea capaz de tener un poco de sentido práctico a la hora de ejercer la oposición. Hay muchas posibilidades de que caiga en la tentación de pretender hacer política desde dentro del parlamento la mitad de los días de la semana, y cercándolo la otra mitad, o acosándolo por lo menos.

Fernando Sánchez Dragó.

El primer columnista que fiché hace treinta y un años, cuando me hicieron director de un periódico. Es un hombre muy brillante, extraordinariamente libre en todas sus apreciaciones. Una voz que siempre hay que tener en cuenta.

Una mención inevitable en estos tiempos, Iñaki Urdangarín.

Pues creo que es un caso patológico de avaricia y de falta de sentido de los límites.

Por último, Pedro J. Ramírez.

Bueno, yo creo que tenéis que ser vosotros los que pongáis respuesta a esa pregunta.

Bueno, pues dímelo así: si no hubieras sido periodista, ¿a qué te hubieras dedicado?

Habría sido una expresión más del fracaso escolar.

(risas) ¿Realmente lo crees?

Sí. Creo que tengo la gran suerte en la vida de dedicarme a lo único para lo que sirvo. Hubiera sido mediocre en casi todo lo demás.

Pero, ¿tienes alguna vocación oculta que te hubiese gustado desempeñar?

Hombre, me hubiera gustado ser un buen jugador de baloncesto. Fui muy malo. Me hubiera gustado saber cantar y tengo el peor oído de la Tierra. A lo mejor hubiera podido ser un buen director teatral, lo hice durante un tiempo en la universidad. Pero en fin, dudo mucho que hubiera llegado a nada.

Fotografía: Jorge Quiñoa


Manuel Jabois: Carnicero

Tras ser despedido por una renovación de interiores, según adelantó la Cadena Ser, Carnicero se fue a comer a un restaurante gallego de pulpos y lacones salados. Allí le sonó el móvil y era Rubalcaba, que le transmitía sus condolencias. Si entre las promesas del PSOE está la de que el presidente del Gobierno atienda personalmente a cada parado va a ser mejor nacionalizar Telefónica. De Rubalcaba admiramos su tesón en la sorpresa y lo acechante de su rostro, siempre a punto de entrar en sombra; llamó al móvil de Carnicero cuando Carnicero estaba en un restaurante, que ya es casualidad, y Carnicero descolgó el teléfono sin asombro porque en esos lugares si no es Ramón Sánchez Ocaña sólo puede ser Rubalcaba. Al fin y al cabo habían echado a Carnicero de la Ser una hora antes, en otro restaurante, y él había sugerido que detrás del despido estaba Rubalcaba, porque a Rubalcaba desde que le echaron encima el 11-M se le responsabiliza de los divorcios. La anécdota la contó Carnicero en una entrega más de su Semana de Pasión, retransmitida en directo al gran público en su blog como si se tratase de los episodios veraniegos de Los Cinco. Son días de furia y fama para el periodista, una de las voces de aquella Hora 25 de Llamas, Bayón y Carlos Mendo, los tres ya muertos. A Bayón, como a Carnicero, también lo echaron; su historia fue íntima y sencilla, casi como un entierro al que sólo acudiesen los deudos. Precisamente dijo ayer Carnicero que con Delkáder no pasaban estas cosas, algo que dice poco de Carnicero y menos de Delkáder. El despido de Bayón tuvo de triste lo que tiene España de cloaca madrileña, y algo de eso también hay en el telefonazo del candidato pidiendo a Carnicero que no hiciese pública su conversación, como una mujer casada. A Carnicero lo llama Rubalcaba para decirle que no tiene nada que ver con su despido y no lo llama Àngels Barceló para decirle que sí, por lo cual Carnicero enciende el ordenador para montar la de Pimpinela. De dónde se va no lo sabemos, pero se va seguro, y en ese irse están algunas de las respuestas al estado general de la gran tertulia española, a sus vicios de opereta y tenedor, porque para que uno salga tiene que haber entrado. La tertulia en España tiene un algo de aquel programa de Alonso Caparrós en el que se daban minipuntos para el equipo de las chicas, pero con más candor. “Si alguien sueña verme con el PP, es que está muerto”, dijo Carnicero marchándose del que fue su estadio durante años. “Mi sangre cada vez es más roja y se bombea con más fuerza”. Carnicero está echado a la fe, no a la razón. Se declara periodista de izquierdas, que ya es poco declarar, y a partir de ahora quien encarnará la socialdemocracia de pueblo será él, no el partido, y sobre esa base se construirá lenta, moliéndose como el grano, su venganza en sordina; la nostalgia aparatosa del repudio.


Arcadi Espada: “Las redes sociales no son nada sin los medios de comunicación”

Arcadi Espada (Barcelona, 1957) es profesor de periodismo en la Universidad Pompeu Fabra, colaborador de diversos medios como El Mundo, escritor, director del Instituto Ibercrea y uno de los intelectuales más incisivos de nuestros días. Se abstiene de valorar a las personas pero es un Robespierre de las ideas. “Un auténtico carnívoro”, en palabras de Félix de Azúa. Reivindica el periódico como un instrumento que permite ordenar el mundo y dar sentido a la realidad y su blog -uno de los más seguidos en España- es una decantación de dicho propósito. Leerlo ayuda a comprender. Espada habla sobre verdad y ficción, la libertad y sus límites, terrorismo, ciencia, política, internet… los asuntos fundamentales del mundo sobre los que este periodista  español tiene muchas y muy certeras cosas que decir. Sus pronósticos futbolísticos, en cambio, son francamente mejorables. Para esta entrevista nos cita en una fina degustación barcelonesa.

Empiezan a circular teorías por internet en torno a la muerte de Bin Laden, ¿cuál es la teoría conspiranoica que más le interesa?

Soy un clásico: la que más me interesa es la concerniente a la muerte de Kennedy. Es la que más bibliografía ha generado. Es muy interesante analizar los delirios, cómo se organizan y se estructuran. Conozco en este caso a un conspiranoico notable que era sin embargo un hombre cargado de inteligencia y sentido común. No es fácil resistirse a las ficciones, sobre todo cuando uno es periodista. En cuanto a lo de Bin Laden, debo decir que no creo que haya tenido mucho éxito la historia en torno a él y eso es algo meditable porque en realidad sabemos muy poco, no tenemos ninguna prueba empírica de que esté muerto. Sólo tenemos la palabra del Presidente de los Estados Unidos, que es respetable pero sólo es una palabra. Quiero decir que con muchos menos mimbres se han tejido mayores Apocalipsis conspiratorios. Y después hay uno que me interesa especialmente porque lo viví de cerca y porque conozco bien cómo ha funcionado, el del 11-M.

Fernando Savater, en una entrevista concedida recientemente a este medio, dijo sobre la ejecución de Bin Laden que es una acción de guerra. ¿Dónde está la frontera entre el terrorismo y la guerra?

No lo sé, es una frontera muy complicada de definir. Estoy de acuerdo con las palabras de Fernando Savater, es un acto de guerra. Es desmesurado que el presidente estadounidense lo considere un acto de justicia: la guerra es la finalización de la justicia y además una incorrección moral notable. Pero en nuestro tiempo la diferencia entre la guerra y el terrorismo es muy incierta. Está la vieja referencia de Ferlosio sobre el soldado que muere por efecto de un rayo, que para el soldado enemigo sería válida, pero no para el terrorista. El terrorismo no es sólo la muerte, sino el anuncio de la muerte. No hay una frontera fácil de definir entre una cosa y la otra, aunque pueden hacerse aproximaciones. Yo siempre he dicho que en el terrorismo no hay víctimas colaterales, porque todo en él es una víctima colateral.

Hace no demasiado, El Mundo tuvo por titular en portada “Terror nuclear en Japón”. ¿Le pareció proporcional y apropiado?

Claro que no. Me pareció inapropiado desde todos los puntos de vista.

Y, en general, las informaciones que hubo en los medios sobre Fukushima, ¿qué le han parecido?

Fueron una demostración de cómo el periodismo ha avanzado. Pasa como cuando uno va avanzando por la selva; le van creciendo muchos matorrales al mismo tiempo, pero avanza. Y nunca un incidente nuclear tuvo la precisión informativa que ha tenido este: durante seis o siete días estuvimos viviendo en el núcleo del problema.

Había españoles en Tokio que se quejaban de que los medios estaban dando una información distorsionada.

Pero, al mismo tiempo que esa imagen distorsionada del pánico en Japón era falsa, también se estaba informando —no sólo en los medios españoles sino en los de todo el mundo— sobre si se fundían las barras, etc. Era una situación de crisis y de colapso notabilísima, porque no sólo tuvo lugar un accidente nuclear, sino también un terremoto y un tsunami. Una catástrofe de una magnitud tremenda que la imagen de Lorca nos devuelve por contraste. Creo que fue una información realmente modélica, salvo exageraciones como el titular que me has citado antes. Como modélico fue también lo que sucedió en Japón: la reacción de la población, cómo el gobierno manejó el problema, etc. Con los errores que pueda haber en una democracia.

¿Qué opina de la censura que ejercen algunos medios sobre la publicación de noticias sobre boxeo?

Un periódico tiene derecho a recortar el mundo. En realidad, el corta y pega ha sido la sustancia del oficio. ¡Mucho antes del “copypaste”! Pero en el caso del boxeo, como en el de los toros, lo repulsivo es la moralina. El boxeo hace daño. Pero mucho menos que la prostitución, cuyos anuncios reportan buenos duros a esos periódicos tan epidermis.

¿Deberían las columnas de opinión ser anónimas para que el discurso y pensamiento expresados sean juzgados por su valor intelectual intrínseco, independientemente del personaje que los formula?

¿Y por qué quedarnos en las columnas? ¿Por qué no toda la cultura?

En la entrevista que hicimos a Félix de Azúa intentamos abordar lo ocurrido con Vigalondo y Galliano. A día de hoy hay un nuevo caso, Lars von Trier, y una queja del Estado de Israel al Tribunal Constitucional por la sentencia a los libreros de Kalki. ¿Le parecen proporcionadas las reacciones y las consecuencias? ¿Dónde pondría usted la línea en asuntos especialmente graves como el Holocausto o el terrorismo para ampararnos en la libertad de expresión y pensamiento? ¿Deberían “ponerse puertas al humor”?

Quizá sea una suerte de deformación profesional, pero la línea yo la pondría en los hechos. A mí no me importa que se vendan los libros de David Irving, pero siempre que se les adose obligatoriamente las sentencias que lo condenan. Las ideas dañinas —como la de que hay que matar judíos— siempre se sustentan en hechos falsos, y es ahí donde la represión debe actuar. A los propagadores del odio les sale caro decir “hay que matar a los judíos… o a los españoles”. Y en cambio les salen baratísimos los supuestos fácticos de los Protocolos de los sabios de Sión o las martingalas del RH. La sujeción al hecho permite encarar con mayor claridad cuestiones como la del humor. Los chistes no operan con la veracidad, como saben muy bien los judíos chistosos. Y luego hay otra cuestión: a mi juicio los medios deben afinar cada vez más en definir las fronteras entre lo que es público y lo que no. Cualquier cosa que se diga en internet no es pública, como no era público el graffiti en la pared. Si se aplican a ello,  los medios pueden reducir ostensiblemente el porcentaje de estupidez colectiva.

Según el climatólogo Antón Uriarte, las noticias sobre el cambio climático en los medios son, a menudo, exageradas. Llega a hablar de una campaña mediática promovida por intereses económicos (Areva, empresas españolas de energías renovables…) ¿Qué opina usted?

No tengo datos suficientes para saber si hay efectivamente esa implicación de las compañías. Pero esa implicación no es necesaria. El éxito del asunto del cambio climático en los periódicos responde al gusto inexorable del periodismo por el Apocalipsis. Que se acabe el mundo es lo mejor que le puede pasar a un periódico siempre que tenga tiempo de publicarlo.

Desde noviembre de 2010 es usted Director de Ibercrea (entidad que agrupa a sociedades de defensa de derechos de autor como la SGAE) y siguió con atención el debate y la aprobación de la Ley Sinde. ¿Se siente satisfecho con su aplicación?

Cuando se empiece a aplicar veremos. La Ley Sinde fue un pegote, pero en España nuestra historia lo único que demuestra es que nos defendemos a pegotes. España, Europa y el mundo en general tiene que resolver el problema de la regulación de los derechos de autor en un marco completamente nuevo. No de creación, sino de distribución de los contenidos. Esta es la gran diferencia. Lo que está en juego es la redacción de una ley de propiedad intelectual inscrita en su tiempo, en los mecanismos de diseminación del contenido intelectual. Cosa que no pasa con la mayor parte de leyes de propiedad intelectual del mundo y singularmente con la española.

Los detractores de dicha ley, como Álex de la Iglesia, sostienen que el problema estaría en que la industria del cine y de la música seguirían aferradas a un modelo de negocio “analógico”, previo a internet y basado en la venta de dichos productos en soporte físico.

Conozco una página llamada iTunes que sigo desde hace muchos años que me produce un gran placer estético y que no se basa en soportes físicos. Del mismo modo, soy socio premium de una página que se llama Spotify que también me produce lo mismo, pagando. Del mismo modo veo cada vez más películas a través de Filmin, que es una web estupenda que nos permite ver en streaming películas de notable calidad. Yo lo que creo es que la transición del modelo industrial al modelo digital es lenta, difícil; hay que proteger muchos derechos. Es evidente que los derechos de los autores necesitan la protección, pero no solamente por ellos, sino por la creación en sí misma. Esto es algo que se olvida. El experimento social de un país donde la creación se esterilice porque no sale a cuenta crear todavía no lo hemos hecho. Pero sería tan interesante como experimentar una democracia sin periódicos o una sociedad donde la opinión circulara de forma puramente capilar, sin argumentos, sin asociaciones. Todos esos experimentos están por hacer. Es más, todo lo que los geeks más o menos analfabetos sostienen respecto a los modelos culturales parten de un equívoco extraordinario, y es que desde el punto de vista de los contenidos internet no ha creado nada. No ha creado ni un solo periódico, por hablar de algo que conozco bien por mi oficio. Son productos todavía analógicos. La inmensa mayoría de la conversación que se registra hoy en Twitter es una conversación en la cual los medios tradicionales son sus principales suministradores. Las redes sociales no son nada sin los medios de comunicación.

Usted ha escrito que “La inteligencia de Zuckerberg (el creador de Facebook)  fue escribir cuatro millones de líneas de código para follar”. ¿Son los hombres feos el motor del progreso?

Eso está muy bien, pero la pregunta es tan inteligente que no merece respuesta. No hay respuesta que la mejore.

Siguiendo con el mencionado Zuckerberg, más de 600 millones de personas cuentan los detalles íntimos de sus vidas en su página.

¿Detalles íntimos? Esto mucho decir. Detalles íntimos en Facebook se cuentan muy pocos. Esto es un mito. Yo tengo una cierta experiencia en esto de internet, llevo muchos años siguiendo su progreso. Zuckerberg dijo una frase muy graciosa que le honra: «contrariamente a lo que digan los periódicos, Facebook tuvo poco que ver con las revoluciones árabes». Sin duda. Solamente hay que ver las condiciones técnicas que existen en esos países. Así que, más allá de la palabrería, hay que mirar las cosas como las dice este chico, que me parece bastante inteligente. Cuestiones íntimas en Facebook hay pocas, no forman parte de la conversación habitual de Facebook, como no forma parte de la conversación habitual de las personas en otros ámbitos. Ni siquiera cara a cara.

¿Sería factible una situación equivalente a la de Zuckerberg, pero protagonizada por una mujer?

Las mujeres no escriben código. Las chicas no programan.

Por cierto, usted es muy crítico con cierto sector del feminismo.

Yo soy crítico con todas las imposiciones del grupo sobre la persona y sobre la realidad. La política de cuotas pervierte el recto sentido de las cosas, es como una lente deformada sobre la realidad. Cuando el feminismo cae en eso me parece que debe estar sujeto a la crítica. Por otra parte, la gran revolución de mi generación es el acceso de las mujeres no ya al poder, sino a la vida misma. Es mucho más interesante para los hombres el cómo tenemos ahora las mujeres que no el cómo las tenían en el siglo XIX. Ahora son seres mucho más complejos e interesantes, incluso para combatir con ellos. Antes su lugar en el mundo era demasiado pasivo y la interrelación entre los hombres y las mujeres era infinitamente menos compleja de lo que es ahora. Es mejor que haya dos orgasmos que uno sobre la cama.

Si las mujeres tienen una sexualidad y una psicología diferente a la masculina, ¿llegará a haber una igualdad completa entre hombres y mujeres?

Pero ¿esto de la igualdad completa qué quiere decir? La igualdad completa entre hombres y mujeres no es determinar que en este bar tiene que haber cinco camareros y cinco camareras. Eso es una estupidez. La igualdad completa es simplemente que el sexo no cuente a la hora de otorgar derechos. Que por un igual trabajo cobren lo mismo, que tengan igualdad de oportunidades, etc. La igualdad de sexos no es pretender que los cerebros masculino y femenino sirvan con la misma competencia para unas cosas que para otras. Por lo que sabemos, hay trabajos que desempeñan mejor los hombres y otros que desempeñan mejor las mujeres. Eso no es igualdad completa, es reparto de la eficacia en términos casi darwinistas. Que una secretaria debe cobrar lo mismo que un secretario que desempeñe una función similar, es evidente. Que dos personas con igual capacidad no tienen que ser elegidos por su sexo, eso por supuesto. Pero, a partir de ahí, hombres y mujeres son distintos y se reparten de manera distinta las responsabilidades sobre muchas cosas fundamentales como la crianza de los hijos. Susan Pinker dice que las mujeres ascienden, pero sólo hasta la vicepresidencia ¿Por qué no dan el último paso? Su conclusión es que no les interesa.

Entonces, ¿no existe eso que las feministas denominan “techo de cristal”?

No, eso del techo de cristal es absurdo, es de la época de El segundo sexo de Beauvoir; sabemos mucho más sobre los hombres y las mujeres ahora que hace cincuenta años. Susan Pinker explica que, en las sociedades libres como Gran Bretaña, Francia o España las mujeres no eligen carreras duras, a diferencia de lo que pasaba en las sociedades del Este. ¿Por qué sucede esto? ¿Es que la naturaleza humana no es igual en ambas sociedades? Sí, pero en el Este la naturaleza humana era vencida por el hecho de que las carreras duras eran la única salida honorable para las mujeres, la única forma de tener un sueldo decente.

Sus polémicas tienen generalmente un patrón común, que es el conflicto entre ficción y no ficción. También en lo que se refiere al uso de la fotografía. Esto es interesante porque, si bien es cierto que en nuestro mundo consumimos imágenes a raudales, existe muy poca educación sobre esas imágenes. Éstas se presentan en los medios como prueba de algo, pero cualquiera que se dedique a la fotografía sabe que una imagen aislada no demuestra nada.

No es una prueba pero sí un indicio bastante razonable sobre las cosas. Como cualquier indicio sujeto a la manipulación, puede caer en manos poco sagaces. En el fondo, lo que hay en esas polémicas siempre es la capacidad de decir o no la verdad. Un fotógrafo sabe muy bien cuándo está mintiendo. Yo siempre he tenido una gran relación con los fotógrafos porque he hecho muchas entrevistas. Había uno que, antes de salir de la redacción, decía a los jefes «por favor no me redactes la fotografía». Eso me parece una expresión estupenda, porque había gente que le decía «ve allí y cuando el tío esté llorando entonces lo fotografías». No, el fotógrafo auténtico va allí a ver qué sucede, pero a menudo ya se va con la fotografía redactada buscando una excusa en la realidad.

Hubo una fotografía de las manifestaciones en Egipto que dio la vuelta al mundo: un señor en la plaza Tahrir con un cartel que decía “Egipto apoya a los trabajadores de Wisconsin”, coincidiendo con los problemas sindicales de ese estado. Aquella imagen no era representativa, seguramente era la única persona en todo Egipto con un cartel similar. Pero demostraba un gran conocimiento de las redes sociales y además condensado en una sola imagen.

Ese es el tema de la sinécdoque. La parte por el todo y el todo por la parte. El periodismo siempre trabaja con eso. Distinguirlo es muy interesante, siempre hay que hacer una reducción para expresarse. La representación siempre es una reducción. Pero la reducción siempre ha de tener un sentido, no como ésta.

Las agencias de prensa tienen fotógrafos sueltos por el mundo que en ocasiones envían el material sin estar asociado a ninguna noticia concreta. O bien la noticia es la propia imagen. ¿Le parece que tiene sentido esa práctica?

Seguro, sí. Es como decir ¿tiene sentido que haya periodistas sueltos por el mundo? Sí, claro. Periodistas, no periodistas-ciudadanos.

¿Algún fotógrafo que admire dedicado al periodismo?

En realidad no entiendo mucho, pero me gusta Nachtwey.

Siendo un cliente regular de elBulli, ¿comprende su retirada? ¿Teme quedarse sin este restaurante?

Bueno, ya me he quedado sin ese restaurante. Tengo que ir este año a hacer la última cena, como Jesucristo. Para mí es una pésima noticia. He sido obstinadamente feliz durante veinte años yendo anualmente a elBulli, uno de los privilegiados que han podido hacerlo. Iba allí cuando no era nada de lo que es hoy y he seguido yendo gracias a la generosidad de Ferran Adrià. Para mí es una pésima noticia, me entristece profundamente. Pero él sabrá lo que hace, yo ya le he dicho que no me parece bien. En el fondo creo mucho en los géneros, deben mantener su característica porque son decantaciones profundas de la historia, de la estética, y el restaurante es un género que todavía no ha sido sustituido por nada mejor. A lo mejor Ferran nos sorprende con una cosa extraordinaria que mejora el original, pero yo no veo todavía un diseño conceptual claro.

¿Hay algún restaurante español que pueda cubrir ese vacío?

Sí, para mí no hay ninguna duda y es una experiencia que tengo fresca, el heredero de Adrià esDiverXo, en Madrid. David Muñoz es un chaval jovencísimo, lleno de talento. Si hay alguien ahí, es él.

¿Y la gastronomía japonesa?

Me interesa, pero la hecha en Europa. Hablo de muchas cosas de las que no tengo la menor idea y especialmente de la gastronomía japonesa, porque por desgracia nunca he estado en Japón. Pero sí he estado en muchos restaurantes asiáticos de Europa y algunos de América, y la verdad es que han sido importantísimos a la hora de marcar mi evolución personal más decisiva, que es apartarme del sofrito.

Creo que es usted madridista.

Sí, soy del Real Madrid. Bueno, en realidad soy del Betis, pero las circunstancias de la vida me han llevado a tener que ser del Real Madrid obligatoriamente, como cualquier persona decente.

¿Cómo se lleva lo de ser del Real Madrid en Barcelona?

Es muy fácil. Somos el segundo equipo de Cataluña e incluso estamos arañando espacio al primero. Somos un equipo potentísimo aquí, hay muchos aficionados que tiran cohetes cada vez que el Madrid gana. Lo único es que estamos atravesando un mal momento, pero no hay mal que cien años dure. Como bien sabe, el F.C. Barcelona, después de tantos años, al fin ha podido ser el equipo del Gobierno. El equipo del Gobierno, la vergüenza del país, como cantaba aquella estrofa. Cosa que hay que aplaudirles, porque lo que importa en esta vida es ganar.

¿Cree que durará mucho su imperio?

No, creo que el año que viene cambiarán las cosas de una manera radical.

Usted es todo un “geek”, demuestra estar atento a los últimos “gadgets” tecnológicos. ¿Se siente un poco solo entre los de su generación?

Sí. Esa es una observación muy pertinente. Siempre me siento solo con esto de la tecnología, objetivamente es así. Me hubiera gustado que la gente alfabetizada fuera también alfabetizada tecnológica, eso hubiera facilitado el diálogo. Aunque también es verdad que van cambiando las cosas poco a poco. Cada vez hay más viejitos que nos incorporamos a este mundo. Pero, efectivamente, la brecha digital está en que los que saben no manejan las máquinas y los que manejan las máquinas no saben.

Cuando se pone a ver una película y ve el cartelito de “Basado en hechos reales”, ¿se indigna?

No, normalmente lo veo al final, el truco es verlo al final. Pero no me indigno por eso. A mi lo único que me indigna es que los productos no ficcionales contengan ficción, pero que los productos ficcionales contengan no-ficción me trae sin cuidado. Como dijo Álvaro Pombo durante su discurso en la academia, en una frase que suelo citar: “en un continente de ficción cualquier cosa que se añada siempre será ficcional”.

Da la impresión de que usted desprecia las novelas.

Es que no me interesan para nada. Me han interesado para aprobar cursos y para hacerme un canon de la vida, como correspondía al jovencito que fui, pero en realidad las únicas novelas que me interesan son las de mis amigos, porque lo que me interesa son ellos. Pero la novela no me interesa como género en sí, me parece que está fuera del interés de cualquier persona curiosa.

Lleva muchos años siendo un intelectual envuelto a menudo en discusiones muy controvertidas, ¿la polémica le fortalece o tiene sus momentos de debilidad?

A mi me interesa la discusión sobre el mundo. Me parece que una de las cosas que merecen la pena del hecho de haber vivido es debatir sobre cómo organizamos todo esto. Lo veo como algo perfectamente natural. Cuando la gente comete la indiscreción de llamarme polémico, yo siempre contesto que los polémicos son los otros. No sé por qué tengo que cargar en solitario con el pesado fardo de ser polémico. Tan polémico seré yo como los demás, lo que pasa es que parece que uno juegue siempre en campo contrario. Hay discusiones en mi oficio como esta de la ficción que yo me tomo muy en serio, porque me parece algo fundamental a la hora de establecer qué es nuestro oficio, qué queremos que sea y cómo ayudará a los hombres a mejorar su estancia en el mundo. Porque todo está hecho, desde el vino a una gacetilla, para que seamos lo más felices posible.

Su estilo al escribir puede parecer airado, incluso iracundo a veces. ¿Lo es expresamente con la intención de no parecer jamás condescendiente en sus críticas? ¿Cree que en el periodismo actual hay un miedo excesivo a hacer crítica irritada y quizá por ello honrada? ¿Es una lucha contra la corrección política? En la forma, además, algunos le acusan de ser demasiado complejo. ¿Se trata de una especie de lucha contra la desidia del lector acomodado?

Contra lo que suele suponerse, el único modo de soportar la vida es tomándosela en serio. ¡Es el único modo de no pensar en la vida! Es así que todos los asuntos son para mí asuntos de vida o muerte. Es normal que mi retórica se corresponda con esa idea. Pero en la supuesta violencia de mi escritura hay también mucho de Peckinpah. O sea, humor. Otro asunto es lo que usted amablemente llama complejidad y otros cripticismo o incluso que se me hace la polla un lío. A veces no puedo ser claro, porque simple y llanamente no sé lo suficiente sobre lo que escribo para poder ser claro. Otras veces la oscuridad viene de lo que siempre me comenta una aristócrata andaluza, pobretona y simpática: “ozú, otra vez cabargando sobre implísitos”. La escritura en la era de internet tiene una gran ventaja: puede desambiguarse con facilidad y así me puedo dedicar a otras cosas. Tengo prisa, siempre lo digo. Mi escritura salta y a veces se da unos morrazos fenomenales. Pero eso es, paradójicamente, el precio de respetar el tiempo del lector y de tratar de no darle papillas regurgitadas. En el periodismo, además, siempre te quedas a medias. Hasta mañana.

¿Tiene razón el autor de este artículo cuando afirma que posee usted “alma de artista” pese a sus esfuerzos en disimularlo?

Es un comentario de una apreciable inteligencia metafísica. Pero yo no tengo alma de artista, tengo cuerpo. En realidad la mayor parte de mis objeciones siempre son estéticas. Lo que menos soporto de algunos escritores y de algunos políticos no son sus jueguecillos oportunistas e inmorales, sino esa densa capa de patchouli, de pedo perfumado, que impregna sus palabras. La corrección política, por ejemplo… baba de caracol. Ecs. Para mí el arte es limpieza. Y lo más grande se produce cuando a la higiene general de un párrafo se le añade un elaborado descuido, casual, “arreglao pero informal”. Para seguir con el ejemplo de Montano: mi arte, fracasado o no, son todos esos esfuerzos por no ser el evento consuetudinario que acontece en la rúa.

Por último, cinco libros imprescindibles para Arcadi Espada.

La Tabla Rasa, Steven Pinker.

Alfabeto para Gourmets, Mary K. Fisher.

Los Ensayos, Montaigne.

Journal Littéraire, Léautaud.

El mito de la educación, Judith Rich Harris.

Fotografía: Jesús Llaría