¿Qué gran autor literario es menos respetable?

En 2019, la revista Analog Science Fiction and Fact decidió renombrar el premio que concedía anualmente para eliminar del mismo el nombre del escritor John W. Campbell. Una decisión que se tomó sin muchos reparos después de que la última ganadora de dicho galardón, Jeannette Ng, apuntase un hecho incómodo: que el escritor con el que se había bautizado el premio había sido un racista bastante deleznable. Campbell fue un editor y un autor muy famoso en los terrenos de la ciencia ficción: estuvo a cargo de Analog Science Fiction and Fact durante cuarenta años (cuando el magacín se publicaba bajo el título Astounding Science Fiction), trabajó con gente como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein o Arthur C. Clarke, y firmó relatos como los recopilados en The Moon is Hell, The Space Beyond o un Who Goes There? que contenía la historia que sería llevada al cine como La cosa. Pero más allá de su obra literaria, Campbell era un auténtico gilipollas. Porque defendía la esclavitud alegando que gracias a ella los negros tendrían mejor educación y modales, menospreciaba públicamente a las mujeres, despreciaba a los homosexuales, y como editor rechazaba la obra de los escritores de color al no considerarlos dignos de la literatura. Y para redondear el asunto también le daba muy fuerte a pseudociencias como la telepatía. En un momento dado, incluso el propio Asimov declaró que le resultaba imposible escuchar las opiniones de extrema derecha de Campbell sin que le hirviese la sangre.

Los relatos y la labor como editor de Campbell fueron importantes a la hora de cimentar la edad de oro de la ciencia ficción. Pero ocurre que más allá de su trabajo el hombre no solo era la mugre, sino que además privó a los lectores de obras que él mismo vetó porque despreciaba la raza de sus autores. Y en todo esto afloraba de nuevo el dilema sobre si es necesario separar a la obra del autor para disfrutar de la primera sin asquearse por culpa del segundo. Porque ejemplos de importantes escritores deleznables los tenemos a patadas, tantos como para que la encuesta de esta semana se plantee una pregunta espinosa: ¿Qué gran autor literario es menos respetable?. Los candidatos a este dudoso reconocimiento, y las razones por las que se han hecho odiar, se enumeran a continuación. En caso de que el lector considere que exista alguna pluma infame que también merezca mención en la lista, se le invita a hacerlo en la sección de comentarios dispuesta al final del texto.

(La caja de voto se encuentra al final del texto)


Orson Scott Card

A Orson Scott Card el mundo de la ciencia ficción lo respeta mucho por haber escrito El juego de Ender y su secuela La voz de los muertos. Dos clásicos, galardonados ambos con los premios Hugo y Nébula, que narraban las aventuras de un niño superdotado y su lucha contra una invasión alienígena. Al mismo tiempo, el mundo de la ciencia ficción también le ha acabado pillando bastante tirria a Card por haber estirado en exceso el chicle y parido más de una decena de secuelas, spin-offs, precuelas e historias cortas ambientadas en el universo de Ender, obras que no llegaron al nivel de las entregas originales. Aunque lo cierto es que al margen de su cansina franquicia estrella, el escritor también firmó un hermoso puñado de novelas y relatos reseñables.

El verdadero problema con Card acontece cuando uno deja en paz su obra y escucha sus declaraciones personales. Porque resulta que el hombre lleva toda una vida enarbolando ideas profundamente homófobas: en los noventa defendió la instauración de leyes que persiguiesen la homosexualidad, se ha opuesto tradicionalmente a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y en general opina que ser gay es cosa de desviados y degenerados. Un montón de odio hacia lo LGBT que ha terminado pasándole factura a menudo. En DC cancelaron su guion para el cómic Adventures of Superman cuando los lectores protestaron por el fichaje de un homófobo y el ilustrador encargado renunció a su puesto. La adaptación cinematográfica de El juego de Ender sufrió amenazas de boicot. Y el festival avilesino Celsius lleva unas semanas lidiando con las iras de todos aquellos fans de la ci-fi a los que no le hace ninguna gracia que Card figure entre los invitados al evento del presente año.


Virginia Woolf

Escritora británica elegante, con un ladrido a modo de apellido y una colección de obras entre las que figuran La señora Dalloway, Una habitación propia, Las olas o Al faro. Una de las autoras más importantes de la vanguardia anglosajona y un icono redescubierto durante los setenta por el movimiento feminista. Y también, desgraciadamente, la persona que firmó en sus diarios una colección loquísima de afirmaciones entre las que se encontraban cosas como «Hay intelectuales con cara de babuino que se mezclan con negros y negras que parecen chimpancés», «Las clases bajas son detestables», «Había una gran cantidad de judíos portugueses a bordo y otros objetos repulsivos, pero nos mantuvimos lejos de ellos», «Los imbéciles deberían ser asesinados», «Los alemanes son detestables» o «Los judíos son grasientos […] Odio la risa judía, la voz nasal judía, sus joyerías orientales, y sus narices judías». Curiosamente, o no, estaba casada con un judío.


Lewis Carroll

Alicia en el país de las maravillas y su secuela Alicia a través del espejo son dos obras maestras incombustibles que demuestran la tremenda imaginación que poseía Lewis Carroll. Sus personajes se han convertido en iconos populares de la fantasía, sus pasajes han inspirado a infinidad de artistas y narradores, la adaptación cinematográfica animada producida por Disney es una verdadera maravilla y el remake en acción real perpetrado por Tim Burton es un instrumento de tortura de lo más eficiente. Por todo lo anterior provoca ciertos escalofríos descubrir que Carroll tenía como hobby el dibujar y fotografiar a niñas muy menores y muy desnudas. Y que ideó los mundos de Alicia para agradar a una infante de once años, llamada Alice Liddell, de la que se había encaprichado. Grima, sí, bastante.


Anne Perry

A mediados de los noventa, un desconocido realizador llamado Peter Jackson estrenó una película basada en hechos reales y titulada Criaturas celestiales. Un film que se centraba en la curiosa amistad que existió entre Pauline Parker y Juliet Hulme, dos adolescentes que en 1954 planearon y ejecutaron el brutal asesinato de la madre de la primera. El caso fue uno de los sucesos más sórdidos y llamativos de Nueva Zelanda, pero por lo visto los detalles del mismo no parecían ser realmente de dominio público. Porque muchísima gente se sorprendió bastante cuando, tras el estreno, se hizo público que la Juliet Hulme de la historia era la escritora de best sellers Anne Perry antes de cambiarse el nombre. Perry fue condenada por el crimen cuando tenía quince primaveras, se comió cinco años en la cárcel y al cumplir el encierro y ser liberada decidió comenzar a utilizar un nuevo nombre y cortar todo contacto con Parker. A partir de la década de los ochenta se convirtió en una autora de éxito a base de publicar novelas de su género favorito: el del misterio y los asesinatos.


William S. Burroughs

El escritor William S. Burroughs (El almuerzo desnudo, La máquina blanda) formó parte de aquella generación beat que él mismo propulsó junto a colegas como Jack Keourac y Allen Ginsberg. Pero también pasó a la historia por ser un borracho y drogadicto peligroso con las peores ocurrencias posibles: alcoholizado y muy puesto durante un fiestorro en Mexico, colocó un vaso sobre la cabeza de su esposa Joan Vollmer, y trato de reventarlo de un disparo. Apuntó demasiado bajo y añadió a su currículo la experiencia como asesino de manera instantánea.


J. D. Salinger

En 1964, el escritor J. D. Salinger (autor de El guardián entre el centeno) afirmaba en la revista Harper’s Magazine que estaba acostumbrado a «escribir sobre gente muy joven». Se daba el caso de que al hombre también gustaba de andar detrás de gente muy joven para otras cosas. A los treinta tacos persiguió a una chica de catorce años llamada Jean Miller hasta que logró conquistarla. Y con la cincuentena bien superada se dedicó a rondar a jóvenes que bordeaban lo barely legal. Joyce Maynard fue una de ellas, contaba dieciocho primaveras cuando comenzó a salir con un Salinger de cincuenta y tres, y afirmaba que la estrategia del escritor ante aquellas relaciones habitualmente pasaba por engatusar a sus jóvenes queridas hasta encamarse con ellas y después desaparecer dejándolas tiradas.


Enid Blyton

A finales del 2016, la casa de moneda del Reino Unido, la Royal Mint, desestimó públicamente la idea de honrar a la escritora británica Enid Blyton estampando su cara en una moneda conmemorativa de cincuenta peniques. Blyton era la pluma detrás de sagas infantiles tan populares como Los cinco, Los siete secretos, Torres de Malory o las tropelías de Noddy, un popular niño de madera. Pero en la Royal Mint consideraron que quizás no era la mejor de las ideas homenajear a una escritora que deslizaba en sus libros comentarios racistas, sexistas y xenófobos más propios de una sobremesa en Vox que de una narrativa family friendly. Las reediciones actuales de su obra han sido previamente tuneadas para eliminar el contenido más ofensivo, y la presencia de personajes tan cuestionables como los Golliwoggs.


David Foster Wallace

David Foster Wallace, padre de La broma infinita o Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, se ahorcó en 2008 tras lidiar durante años con la depresión, y todo el mundo lamentó la desaparición de uno de los escritores modernos más interesantes e influyentes de los últimos años. Desgraciadamente, todas las virtudes de Wallace como escritor chocaban contra sus carencias como persona en los terrenos afectivos. La escritora Mary Karr, pareja del escritor durante los años noventa, explicaría que tener a aquel hombre como novio supuso aguantar todo tipo de abusos: Wallace se dedicó a stalkear a Karr trepando en plan ninja a las ventanas de su casa, persiguiendo al hijo pequeño de ella desde la escuela al colegio, acosándola por teléfono o tatuándose su nombre para cabrear al marido de la mujer. También la golpeó, le arrojó una mesa encima, le reventó la ventana de su automóvil de un puñetazo y la abandonó en medio de la nada durante un trayecto en coche. En un momento dado, Wallace llegó a contactar con gente muy turbia y considerar la posibilidad de matar al esposo de Karr para quitárselo de en medio. Los posteriores escarceos amorosos de Wallace también dieron bastante miedo, tras hacerse famoso con La broma infinita se dedicó a aprovecharse sexualmente de todas las fans que se le acercaban sin preocuparse porque algunas de ellas no fueran mayores de edad. «Mi único objetivo es meter el pene en tantas vaginas como me sea posible», declaró.


Patricia Highsmith

La novelista Patricia Highsmith escribió novelas como Extraños en un tren o El talento de Mr. Ripley, obras que posteriormente fueron objeto de exitosas adaptaciones cinematográficas. Pero en sus diarios personales rubricó otro tipo de cosas mucho menos populares, entre las que figuraba la afirmación de que el Holocausto en realidad fue un «semicausto» al «ser eficiente solo a medias por haber logrado eliminar únicamente a la mitad de los judíos». Por lo visto, Highsmith también era alcohólica, «un ser humano despreciable» según quienes la conocían y alguien que odiaba a los italianos, los negros, los latinos, los católicos, los indios, los árabes, los portugueses, los coreanos y en general cualquier persona que no fuese blanca protestante. 


George Orwell

George Orwell (autor de las populares y afiladas Rebelión en la granja o 1984) se enfrentó públicamente al imperialismo y al capitalismo, proclamó lo malvado del comunismo estalinista y llegó a comerse una bala mientras batallaba contra el fascismo en la guerra civil española. Pero tras su muerte se descubrió que también ejerció de chivato al deslizar al gobierno británico una lista de sospechosos comunistas con más de una treintena de nombres en la que figuraban Charlie Chaplin, J. B. Priestley o Michael Redgrave. Entre los apuntes personales del escritor también se hallaron más nombres etiquetados como «poco de fiar» y «simpatizantes comunistas», gente entre la que se encontraba Orson Welles, Katharine Hepburn o Randall Swingler. Ocurría que además de soplón, el hombre también era notablemente homófobo, un detallito al que los historiadores le quitan peso al afirmar que aquello era cosa de la época.


Norman Mailer

Norman Mailer, uno de los periodistas más innovadores e influyentes del medio, decidió en noviembre de 1960 celebrar una fiesta en su apartamento junto a su esposa, Adele Morales, con la excusa de impulsar su candidatura a la alcaldía de Nueva York. La cosa salió regular porque Mailer se tiró toda la noche buscando gresca entre los doscientos invitados, acabó bajando a la calle para regalar puñetazos a gente aleatoria y volvió a las tantas al piso para apuñalar a su mujer con una navaja y comentar a los sorprendidos invitados un «no la toquéis, dejad que la puta se muera». Y más de uno entre los asistentes pensó que a lo mejor esa no era la manera más adecuada de iniciar una campaña política.


Jack London

Autor de Colmillo blanco, El lobo de mar o La llamada de lo salvaje. Pero también una personalidad pública que firmó ensayos donde hablaba de la superioridad de los blancos, condenaba la inmigración asiática etiquetándola como parte del «peligro amarillo» y defendía la idea del genocidio como una selección natural cuando existía un choque entre razas. Estupendo todo.


William Golding

El novelista y poeta inglés William Golding estudió literatura en Oxford, publicó su primer poemario en 1934, participó en la Segunda Guerra Mundial formando parte de la marina británica y se estrenó como novelista en 1954 con la que se convertiría en su obra más famosa, El señor de las moscas. Durante los años posteriores, el éxito le permitió abandonar su empleo como profesor para dedicarse exclusivamente a escribir, firmando por el camino novelas como Martín, el náufrago, Ritos de paso o La oscuridad visible. En el 83 se le concedió el Premio Nobel de literatura por su maña a la hora combinar las sombras que habitan en el ser humano con lo colorido de los relatos de aventuras. Un lustro más tarde fue ordenado caballero de la Prden del Imperio británico, y otro lustro después la palmó de un infarto. Pero lo más jodido de su biografía no saldría a flote hasta muchos años después, cuando el descubrimiento de un diario personal reveló que de respetable tenía poco: el escritor no solo confesaba sobre el papel haber jugado a enfrentar a sus alumnos para ver qué pasaba (lo que viene a ser un El señor de las moscas en vivo) sino que además explicaba cómo, cuando contaba con dieciocho veranos, había intentado violar a una niña de catorce años.


H. P.  Lovecraft

Hay que ser un virtuoso para describir durante páginas un horror que al mismo tiempo has definido como indescriptible. Y hay que ser un genio para imaginar unos miedos que acabarían convirtiéndose en los cimientos de millones de películas, novelas, videojuegos y partidas de rol durante los años posteriores. Lovecraft (La llamada de Cthulhu, En las montañas de la locura) era ambas cosas y su influencia se extiende hasta la actualidad en los terrenos de la ficción. La parte mala es que Lovecraft, además de ser un visionario y un maestro del horror, también era extremadamente racista en su vida diaria. Y aquello salpicaba sus textos con inapropiadas ristras de insultos ofensivos y estereotipados dirigidos a todos aquellos que no tuviesen la piel clarita.


Paulo Coelho

Bueno, a ver. La candidatura de este se veía venir.



¿Qué obra de ficción ha predicho con más acierto el futuro?

El futuro era esto, los universos de ficción nos vendieron que, bien entrados los dos miles, nuestras vidas estarían repletas de coches voladores, moda fabricada en papel de plata, aeropatines de Mattel con los que hacer piruetas, orgasmatrones, jet packs, cenas copiosas condensadas en pastillas, tres conchas en cada váter, una genética maleable a voluntad, resorts en diferentes planetas como alternativa a Marina d’Or para sufrir las vacaciones, órganos biónicos, chachas robóticas y gobiernos totalitarios. Pero la hora de la verdad los coches siguen pegados al suelo, el sombrero de plata no ha llegado a ser lo suficientemente trendy y los avances tecnológicos parecen más concentrados en lograr permitir el acceso al porno desde cualquier punto y lugar del mundo que en hacer algo de provecho por la humanidad. En el ámbito político más que padecer gobiernos totalitarios podría decirse que andamos apostando por sufrir desgobiernos a secas.

Pero a pesar de todo lo anterior existen obras de ficción ideadas por cabezas con una imaginación tan efervescente e inquieta como para haber sido capaces de predecir, con más o menos precisión, el futuro. Historias nacidas en medios de lo más variado que ejercieron de oráculos accidentales al imaginar elementos fantásticos que en la actualidad han pasado a ser completamente reales y cotidianos. La encuesta que se plantea hoy busca localizar qué historia nació más adelantada a su tiempo contestando a la siguiente cuestión: ¿qué obra de ficción ha predicho con más acierto el futuro? Una lista con varios posibles finalistas se despliega a continuación, pero todo el mundo está invitado a arrimarse a la sección de comentarios para añadir nuevos contendientes en caso de que sus favoritos no formen parte de la selección inicial.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


1984

La historia de futuro distópico más recordada y referenciada, una novela escrita en 1949 por George Orwell que imaginó un mañana donde la sociedad vive sometida a una vigilancia masiva, recibe información manipulada y sufre las consecuencias de una brutal represión policial. Se trata de la obra de ci-fi que estableció popularmente (pese a no ser la primera en utilizarlas) ideas como la policía del pensamiento, la neolengua o la omnipresencia de un «Gran Hermano» que todo lo ve. Este último concepto se convirtió en algo especialmente doloroso cuando el mundo del entretenimiento decidió convertir su premisa en un absurdamente exitoso reality show televisivo. 1984 asentó el adjetivo «orwelliano» como un vocablo válido, pero también por culpa de Orwell tuvimos que aguantar durante años a Mercedes Milá intentando convencernos de que todo aquello de espiar con cámaras a unos desconocidos mientras se lavaban los dientes era un «experimento social».


Los Supersónicos

Poca broma con los dibujos animados de Los Supersónicos de 1962. Porque aunque en Hanna-Barbera se tomaron ciertas libertades a la hora de lidiar con la historia pretérita, con aquellos Picapiedra que convivían con dinosaurios y celebraban la Navidad antes del nacimiento de Jesucristo, cuando la sus dibujos se aventuraron en el mundo del futuro las predicciones afinaron bastante más la puntería. Durante las peripecias de la familia comandada por George Jetson (o Súper Sónico en el doblaje español) se introdujeron conceptos fantásticos como las pantallas planas (inimaginables en una época de televisiones de culos gigantescos), las videollamadas, los robots en forma de pastilla, los smartwatches (que en Los Supersónicos incluían la posibilidad de emitir vídeo), la Roomba, el turismo espacial, la prensa digital, las impresoras de comida, las máquinas controladas por voz y las cintas de correr para perros. Es cierto que todavía no disponemos de coches voladores con los que contaminar más eficazmente los cielos, y que tampoco es posible enviar a los niños al cole en un dron, pero hay que matizar que la serie transcurría en 2062, con lo que aún tenemos cierto margen para eso.


Un mundo feliz

En Un mundo feliz, Aldous Huxley imaginó una sociedad sin tristeza, violencia ni problemas pero sedada emocionalmente y carente de toda iniciativa propia. Una masa de borregos felices que eran clasificados según su coeficiente intelectual y obligados a consumir y comprar para mantener el sistema. Que la mayor parte del tiempo hoy en día caminamos muy cerca de eso mismo es verdad, pero en lo que vamos a centrarnos ahora es en otro detalle de la historia: en el libro la población consumía una droga llamada Soma que funcionaba como antidepresivo y alucinógeno. Y Un mundo feliz se escribió en 1931, dos décadas antes de que se inventasen los antidepresivos.


2001: Una odisea del espacio

En 1968, Stanley Kubrick noqueó al personal con la extraordinaria 2001: Una odisea del espacio, una película que sigue siendo fascinante hoy en día y no tiene pinta de dejar de serlo durante las próximas décadas. Lo mejor de todo es que la epopeya de Kubrick también tuvo mucho ojo para profetizar la tecnología del futuro: los astronautas trasteaban con lo que parecían iPads, las videoconferencias eran posibles, los respaldos de las butacas tenían pantallas incorporadas (algo que las compañías aéreas no introducirían en los aviones hasta 1988, veinte años después) y sus protagonistas aterrizaron en la Luna antes de que Neil Armstrong lo hiciera en la vida real (aunque existen magufos que aún sostienen que lo de la NASA fue otra película de Kubrick). Pero sobre todo, 2001 nos presentó a HAL 9000, una inteligencia artificial que podríamos considerar como el antecedente cabrón de Siri.


Neuromante

Neuromante, la novela de 1984 con la que debutó William Gibson en esto de las letras, destacó por establecer las bases del género cíberpunk acaparando por el camino los tres premios más importantes de la ciencia ficción (el Hugo, el Nébula y el Philip K. Dick). Además de eso, también se atrevió a perfilar la novedosa idea de una world wide web, instaurando el concepto de «ciberespacio» (un término que fue inventado por el propio Gibson) como un entorno virtual que los usuarios podían visitar y donde los datos del mundo real estaban representados de manera visual. Actualmente sorprende poco, pero en su época todo aquello era una hermosa ida de pelota para la mayor parte de una población, gente que aún no se hacía a la idea de trastear con un ordenador personal durante el día a día.


Demolition Man

Vale, la raza humana sigue limpiándose la matrícula con papel después de obrar, porque todavía nadie ha sido capaz de descifrar la compleja tecnología que poseían las tres conchas de Demolition Man, aquellos caparazones presentados en la historia como la herramienta ideal con la que acicalarse el culo. Pero, dramas de excusado aparte, la película de acción de 1993, protagonizada por un Sylvester Stallone criogenizado en 1996 y descongelado en 2032, deslizaba unas cuantas ocurrencias muy adelantadas a su época: el uso de tablets, las videoconferencias, los coches que se conducían solos o el GPS integrado en todos los vehículos (algo que técnicamente existía en el 93, pero que el ciudadano medio no llegaría a tocar hasta varios años después). Aunque lo más curioso de Demolition Man fueron sus dos certeras predicciones accidentales: por un lado, el hecho de que entre los convictos criogenizados figurase un tal Scott Peterson, un nombre que una década más tarde del estreno del film se haría muy popular al pertenecer a un mediático norteamericano condenado por el asesinato de su esposa.

La otra coincidencia sorprendente tenía bastante más gracia y ocurría cuando el protagonista descubría, durante un diálogo casual, que Arnold Schwarzenegger había llegado a ser presidente del país en algún momento de la historia, una revelación ante la que reaccionaba con guasa. En el mundo real, aquella broma se hacía mucho antes de que al bueno de Chuache se le ocurriese meterse en política, y en una época donde nadie se lo hubiese creído, o siquiera tomado en serio. En 2003, Schwarzenegger fue nombrado gobernador de California y no se levantó de dicho sofá hasta ocho años después. Y eso quiere decir que hay gente que en la actualidad solo conoce al austriaco en su papel de Governator, en lugar de por el de Terminator.


La Guía del autoestopista galáctico

La cómica saga que Douglas Adams inició en 1979 ya contenía en su título un elemento de ficción que nació aventajado a su época. Porque la propia guía que vertebraba la historia era lo que hoy en día entendemos como una Wikipedia, y más concretamente una que se presentaba contenida en algo muy parecido a lo que actualmente llamamos e-book.


Idiocracia

Mike Judge, creador de Beavis & Butt-Head y El rey de la colina, ideó en 2006 una fábula futurista de premisa descacharrante: un hombre llamado Joe Bauers (Luke Wilson) hibernaba hasta el año 2505 para acabar despertando en un futuro donde una caprichosa selección natural había convertido a todos los miembros de la especie humana en auténticos idiotas. El mundo del mañana en Idiocracia estaba controlado por una sociedad con ocurrencias de lo más gilipollas (como regar los campos con bebida deportiva) y todas las empresas (Starbucks, FedEx, Fuddrucker, Home Depot, American Express o Google) se habían convertido en compañías que incluían felaciones, masturbaciones, coito anal y cualquier otro tipo de oferta sexual entre sus servicios. Ya solo con eso uno puede jugar a establecer paralelismos con la época actual, pero ocurre que lo más llamativo y encantador de la Norteamérica de Idiocracia era la persona que ocupaba el cargo de presidente del país: un auténtico tarado llamado Dwayne Elizondo Mountain Dew Camacho (Terry Crews), un tontaco que convertía la política estadounidense en un mero espectáculo para imbéciles mientras pegaba tiros contra el techo durante sus intervenciones. Ahí lo dejamos.


Mirando atrás

Edward Bellamy firmó la novela Mirando atrás, un relato que ocurría en un año 2000l donde la gente ya no cargaba con el monedero al haber sustituir el dinero en metálico por unas tarjetillas que estaban conectadas directamente con sus cuentas bancarias. Lo bonito del asunto es que Mirando atrás se escribió en 1888, una época en donde el término «tarjeta bancaria» no significaba absolutamente nada.


Star Trek

A Star Trek siempre se le ha dado bien predecir cosas. Los comunicadores que el reparto utilizaba allá por 1966 resultaban sorprendentemente similares a esos teléfonos móviles de tapa que no comenzarían a producirse hasta treinta años después. Y por los pasillos de la Enterprise también desfilarían cachivaches tecnológicos mucho antes de que fuesen proyectados en el mundo real: tabletas con aspecto de iPad, televisores de pantallas planas, impresoras de objetos en 3D, auriculares con tecnología bluetooth, traductores automáticos e inteligencias artificiales comandadas por voz. A la altura de la noventera Star Trek: espacio profundo nueve a los accesorios de la tripulación se le añadía un dispositivo denominado virtual display device, que venía a ser una versión primigenia (con dolores de cabeza incluidos, según los personajes) de la tontería aquella de las Google Glasses. Pero lo más curioso ocurrió en el episodio «Tomorrow Is Yesterday» cuando el capitán Kirk recordó a su tripulación que el hombre había pisado la Luna a finales de los años sesenta. El capítulo en cuestión se emitió en 1967, dos años antes de que, efectivamente, el hombre pisase la Luna.


Akira

Por fortuna, la película Akira (1988) y el manga original de Katsuhiro Otomo en el que se basaba se equivocaron a la hora de dibujar un 2019 repleto de chavales mutantes liándola bien gorda. Pero por otra parte, aquella obra profetizó un evento puntual con una precisión asombrosa: la celebración de las olimpiadas de 2020 en Tokio (Neo-Tokio en la ficción). Un detalle que hasta el propio gobierno de la ciudad aprovecharía sin sonrojarse al producir spots que intercalaban metraje real de la futura urbe olímpica con imágenes de la película Akira.


Todos sobre Zanzíbar

Todos sobre Zanzíbar se publicó en 1968 y un año después fue galardonada con el prestigioso premio Hugo. Se trataba de una novela firmada por el prolífico escritor británico John Brunner, un hombre que paría unos relatos donde la trama no resultaba tan fascinante como la construcción del mundo por el que se movían los personajes. Porque Brunner elaboraba con un mimo extremo sus universos futuristas, ametrallándolos con todo tipo de avances que consideraba plausibles durante los años venideros.

En Todos sobre Zanzíbar se dio el caso de que gran parte de aquellas ocurrencias fueron realmente proféticas: la acción se situaba en los 2010, y a lo largo del texto Brunner habló de un montón de cosas que en los sesenta todavía eran ciencia ficción de la dura: los coches eléctricos, la televisión a la carta, las impresoras láser, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el uso de avatares en entornos virtuales, las pantallas en los respaldos de los aviones para ver contenido personalizado, medicamentos similares a la Viagra, la Unión Europea y sus rifirrafes, los tiroteos en las escuelas norteamericanas, las videollamadas, la tecnología wearable, el advenimiento de China como un gran rival de Estados Unidos, un archivo de datos al estilo de la Wikipedia a la que cualquier podía conectarse o la legalización del cannabis. Una lista tan extensa y llamativa como para que resulte más sencillo enumerar qué ideas imaginadas por Brunner no llegaron (todavía) a cumplirse.


Porrompompero 2001 (vídeo-clip maravilloso disponible aquí mismo)

En 1972, Marisol se subió a la torre de Puntales de Cádiz para intentar convencernos de que el futuro se bailaría en las alturas y llegaría vestido con faldas plateadas, pelucas de churros y acompañado de secundarios haciendo el robot. Aquello fue el 2001: Una odisea del espacio de Valerio Lazarov, una delicatesen musical que fusionaba los universos de Kubrick y Manolo Escobar. Y un clip donde Pepa Flores profetizó con acierto que el futuro sería multicultural, mientras sudaba lo suyo al entonar los versos del Porrompompero en inglés y en chino mandarín.


Cualquier cosa de Julio Verne, así en general

Julio Verne, el puto jefe a la hora de vislumbrar el futuro. En 20 000 leguas de viaje submarino predijo el submarino eléctrico, se anticipó a la invención del helicóptero al describir uno en Robur el conquistador y vaticinó en «In the Year 2889» (un texto corto que se cree que fue ensamblado por su hijo a partir de las ideas del progenitor) que la tecnología del futuro incluiría videoconferencias y noticiarios radiados que dejarían obsoletos a los periódicos. Pero la predicción estrella tuvo lugar en De la Tierra a la Luna, aquella historia publicada en 1865 donde un grupo de tres astronautas despegaron desde Florida en una nave denominada Columbiad y acabaron aterrizando con éxito sobre la superficie de la Luna. Una historia que a lo mejor se parece un poquito a esta otra.


Regreso al futuro. Parte II

«¿Qué nos ocurre en el futuro? ¿Nos volvemos gilipollas o algo parecido?» sigue siendo una de las mejores frases de la historia del cine, y la segunda parte de Regreso al futuro una de las mejores secuelas fílmicas que se han parido. En la cinta, Marty McFly nos llevó hasta el lejano año 2015 y contemplar aquel futuro en la actualidad supone descubrir que Robert Zemeckis no acertó en muchas de sus predicciones: ni la gente lleva los bolsillos por fuera del pantalón, ni el calzado deportivo se abrocha solo, ni está de moda la doble corbata, ni existen los coches voladores o los aeropatines. Pero al mismo tiempo hay algo en lo que sí que lo clavaron, y ese algo es la devoción por lo retro, un detalle insinuado con aquella cafetería temáticamente anclada en una época pasada. En 1989, Regreso al futuro. Parte II imaginó un futuro de moda ochentera que veneraba lo retro. En 2019, la versión idealizada y falsa de los ochenta futuristas se han convertido en la moda que hay que venerar por ser retro.


Los Simpson

El titular «Los Simpson ya predijeron…» hace mucho tiempo que dejó de ser una rareza para convertirse en una mala hierba que brota de nuevo en cuestión de semanas aunque te hayas esforzado mucho en arrancarla. Porque tirando de hemeroteca internetera no se tarda mucho en descubrir que las aventuras de la familia amarilla supuestamente han predicho el nombramiento de Donald Trump como presidente, la final de la Copa América, el boom de videojuegos como Farmville, la compra de FOX por parte de Disney, los smartwatches, los selfis, la absurda censura del David de Miguel Ángel, el ataque de un tigre a Roy Horn, el autocorrector de los móviles, el descubrimiento del bosón de Higgs y en general cualquier cosa imaginable que le haya ocurrido a la humanidad últimamente. En el fondo, Los Simpson llevan treinta y una temporadas en antena acumulando más de seiscientos episodios y a estas alturas es raro que en todo ese tiempo no hayan predicho ya la vida, milagros y muerte de cada uno de nosotros.



George Orwell: dos y dos son cinco

George Orwell, 1945. Foto: Vernon Richards / UCL Orwell Archive.

Recuerdo que una vez le dije a Arthur Koestler: «La historia se detuvo en 1936», a lo que asintió con una inmediata comprensión. Ambos estábamos pensando sobre el totalitarismo en general, pero más concretamente sobre la Guerra Civil española. Antes ya había notado que ningún suceso es correctamente relatado en la prensa, pero en España, por primera vez, vi periódicos cuyos reportajes no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la mínima relación que se sobreentiende en una mentira ordinaria. Vi narradas grandes batallas donde no había existido combate alguno, vi completo silencio allí donde cientos de hombres habían muerto. Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían visto pegar un tiro ser ensalzados como los héroes de victorias imaginarias; vi periódicos en Londres que vendían estas mentiras y vi a ávidos intelectuales construyendo superestructuras emocionales sobre eventos que nunca habían tenido lugar. Vi, de hecho, la historia escrita no en términos de lo que sucedió sino de lo que debería haber sucedido de acuerdo con diversas «políticas de partido». (…) Sé que está de moda decir que la mayor parte de la historia escrita está hecha de mentiras. Aun así, quiero creer que es en su mayor parte inexacta y subjetiva, pero que lo peculiar de nuestra propia época es el abandono de la idea de que puede ser verazmente escrita. En el pasado la gente mentía deliberadamente, o inconscientemente coloreaba lo que escribía, o se esforzaba por descubrir la verdad sabiendo que iba a cometer muchos errores; pero en cada caso creían que los «hechos» existían y que más o menos podían ser descubiertos. Y en la práctica siempre había un considerable cuerpo de hechos con los que hubiese estado de acuerdo casi cualquiera. (…) La teoría nazi, específicamente, niega que existe tal cosa como «la verdad». No hay, por ejemplo, tal cosa como «la ciencia». Solo hay «ciencia alemana», «ciencia judía», etc. El objetivo implícito de esta línea de pensamiento es un mundo de pesadilla en el cual el líder, o alguna camarilla gobernante, controla no solamente el futuro sino el pasado. Si el líder dice que tal o cual evento «nunca sucedió»… bien, entonces nunca sucedió. Si dice que dos y dos son cinco… bien, entonces dos y dos son cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas; y después de nuestras experiencias de los últimos años, esta no es una afirmación frívola.

(George Orwell, Recuerdos de la guerra de España, 1943).

—¿Cuántos dedos estoy mostrando, Winston?
—Cuatro.
—¿Y si el partido dice que no son cuatro, sino cinco, entonces cuántos hay?
—Cuatro.

La palabra terminó con un jadeo de dolor. (…)

—Aprendes muy despacio, Winston —dijo O’Brien con suavidad.
—¿Cómo puedo evitarlo? —sollozó. —¿Cómo puedo evitar ver lo que está frente a mis ojos? Dos y dos son cuatro.
—A veces, Winston. A veces son cinco. A veces son tres. A veces son todo eso a la vez. Debes esforzarte más. No es fácil alcanzar la cordura.

(George Orwell, 1984, 1949).

El periodista y escritor George Orwell pasó varios meses combatiendo en el frente de Aragón junto a una milicia del POUM reclutada en Barcelona. «España», escribió, «era el país que desde mi infancia más había anhelado visitar». Su etapa de miliciano terminó al ser herido de gravedad por una bala que, tras aparecer de ninguna parte, entró por un lado de su cuello y salió por el otro. Describió la sensación de recibir aquel disparo como análoga a «estar en el centro de una explosión». Oyó un fuerte ruido y fue cegado por una luz intensa; creyó que uno de sus compañeros le había disparado por accidente desde pocos metros, pero no: fue el disparo de un francotirador fascista. Tuvo que ser evacuado del frente en camilla y después transportado en una ambulancia que no cesaba de pegar brincos sobre los destartalados caminos de la zona, todavía consciente y sabiendo que muchos soldados morían en aquellos infaustos viajes de urgencia. Contra todo pronóstico, sobrevivió. Después, en los hospitales, los doctores y enfermeras iban a verle con la expectación que despierta un caso médico excepcional; no cesaban de repetirle lo afortunado que era, porque nunca habían visto a un soldado recuperarse de una herida como aquella. En su fuero interno, él se decía que hubiese sido más afortunado si nunca le hubiese alcanzado la maldita bala. Pero vivió, e incluso recuperó la voz, con el tiempo, aun cuando los médicos le habían asegurado que hablaría en un afónico susurro durante el resto de su vida.

Orwell había experimentado de primera mano los horrores de la guerra. Incluso tras la herida, se planteó volver al frente. Pero no estaba preparado para suponer que en la retaguardia le esperaba otra clase de horror: la represión política. Descartado para el combate, regresó a Barcelona junto a su mujer, que se había estado hospedando en un hotel durante los meses que él había pasado en el frente. Allí fue testigo de cómo muchos de sus amigos del POUM, incluyendo a hombres que habían luchado contra el fascismo con un valor inquebrantable, eran apresados por sus antiguos aliados en una purga generalizada que lo dejó descolocado. Cualquiera podía ser detenido sin previo aviso ni necesidad de mayor acusación que la pertenencia o la mera simpatía hacia las ideas revolucionarias de los socialistas libertarios o los anarquistas. Ni siquiera los ciudadanos de países extranjeros se libraron de una persecución que hizo desaparecer a muchos españoles, pero también a ingleses, franceses, belgas o alemanes. Los detenidos permanecían durante meses hacinados en celdas insalubres —cualquier sótano podía ser convertido en prisión— y no pocos de ellos fueron ejecutados sin la oportunidad de intentar defenderse en un juicio. Orwell, cuyo vínculo con el POUM anticipaba un destino funesto, consiguió huir a Francia in extremis, tras una concatenación de escenas dignas de una película de intriga. En 1938, mientras ya en Inglaterra escribía la crónica de su participación en la guerra española, titulada Homenaje a Cataluña, continuaba sin tener noticia de varios amigos, conocidos y camaradas del frente, a los que con tristeza suponía muertos.

Su voz física volvió, pero sus denuncias sobre lo sucedido en España resonaban en el vacío. Descubrió con estupor que la prensa inglesa, como el resto de la prensa europea, no relataba aquellas purgas tal y como él las había vivido, limitándose a repetir la versión oficial propagada por los mismos que las habían impulsado. «Con cuánta facilidad la propaganda totalitaria puede controlar la opinión de gente cultivada en los países democráticos», diría. Había esperado ver una oleada de indignación internacional ante los sucesos de los que había sido testigo, pero fuera de España todos parecían sentir alivio por el aplastamiento del impulso revolucionario en el bando republicano. «La historia se ha detenido en 1936», le dijo con tristeza a un amigo. Aquel fue el punto de inflexión en la vida, el pensamiento y la literatura de Orwell. El hombre de izquierdas con conciencia social continuó siendo un hombre de izquierdas con conciencia social, pero se convirtió también en el sombrío cronista de la muerte de la verdad. La fría manipulación de la realidad no era, como él había creído hasta entonces, patrimonio exclusivo de los regímenes fascistas. Incluso en las democracias con prensa libre y una clase intelectual autónoma, la verdad podía ser sepultada bajo una montaña de propaganda. Era el fin de la historia, de la preponderancia de los hechos; el escritor inglés se preguntaba con amargura si los sucesos que él había conocido, si las realidades de su generación, sobrevivirían al paso del tiempo. En el nuevo mundo, el de mediados del siglo XX, dominado por los grandes medios de comunicación, los hechos habían dejado de tener importancia. Este artículo es la crónica y el análisis, no de la novela 1984, que es lo bastante conocida, sino de su gestación.

La revolución soñada

Una de las primeras ediciones de Homenaje a Cataluña. Imagen: The Granger Collection / Cordon.

La guerra de España y otros eventos de 1936-37 inclinaron la balanza y supe dónde me encontraba. Cada renglón de cada obra seria que he escrito desde 1936 ha sido escrito, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y en favor del socialismo democrático. (Por qué escribo, 1946).

Cualquiera que sienta el valor de la literatura, cualquiera que vea el papel central que desempeña en el desarrollo de la historia humana, debe también ver que es necesario, cuestión de vida o muerte, resistir al totalitarismo, ya venga impuesto desde fuera o desde dentro. (Intervención radiofónica de Orwell en la BBC, 19 de junio de 1941).

—¿Te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es una revolución?
—Por supuesto, es una revolución. ¿Por qué no?
—Porque no puede haber una revolución. Nuestra revolución fue la última y nunca puede haber otra. Todo el mundo sabe eso.
—Pero querido, tú eres matemático: dime, ¿cuál es el último número?
—Esa pregunta es absurda. Los números son infinitos. No puede haber un ultimo número.
—Entonces, ¿por qué hablas de la última revolución?

(Yevgueni Zamiatin, Nosotros, 1920).

Antes de 1936, los libros de Orwell ya tenían un marcado trasfondo de denuncia social; en ellos había tratado la pobreza y la dura vida de los trabajadores (Sin blanca en París y Londres, La hija del clérigo, Que no muera la aspidistra) o el colonialismo inglés que había conocido de primera mano trabajando como policía en Asia (Los días de Birmania). El principal objeto de interés de su literatura habían sido los efectos perniciosos que el capitalismo producía en los estratos más vulnerables de la sociedad. Convencido socialista, estaba asociado al Independent Labour Party, un partido que abogaba por la nacionalización de tierras y medios de producción. En aquellos tiempos, empero, el pensamiento político de Orwell se caracterizaba más por un idealismo humanista y una sincera preocupación hacia las condiciones de los más débiles que por los detalles concretos de la teoría política. Quién sabe si, de no haber combatido nunca en España, George Orwell se hubiese convertido en la referencia universal que hoy es. Es muy posible que no, porque nunca hubiese escrito 1984.

En la década de los cuarenta construyó lo más impresionante de su legado, desviando su principal foco de atención hacia los fenómenos del totalitarismo y la manipulación de la información. Como un científico que mira un cultivo en el microscopio y de aquello que ve —una muestra concreta confinada a los límites del portaobjetos de cristal— deduce leyes generales que pueden aplicarse fuera del laboratorio, Orwell desarrolló todo un análisis del totalitarismo a partir de sus experiencias en España, añadiendo después el análisis de lo que sucedía en otras partes. Primero escribió Homenaje a Cataluña para denunciar las purgas políticas y la manipulación informativa dentro del bando republicano, así como las mentiras deliberadas que se multiplicaban en la prensa europea —tanto la de izquierdas como la de derechas— sobre el aplastamiento de la revolución (denuncias que repitió unos años después en el breve pero también muy poderoso Recuerdos de la Guerra de España). Después amplió el campo de visión para efectuar una demoledora crítica del estalinismo en Rebelión en la granja. Por fin, condensó sus ideas sobre el terror político y la aniquilación del concepto de «verdad», aunque ahora de manera más abstracta, y por eso aplicable a totalitarismos de cualquier naturaleza y signo político, en su novela más famosa: Mil novecientos ochenta y cuatro (o 1984; el título numérico ha sido adoptado con frecuencia, más en español que en inglés, quizá porque es más llamativo). Estos son sus libros más famosos y los que más gente ha leído; pero también cabe insistir, porque no siempre se menciona cuando se habla de su figura, en la importancia de su abundante trabajo en prensa. En sus novelas las ideas aparecen condensadas en forma de sátira o alegoría, pero es en su trabajo periodístico donde encontramos el desarrollo más explícito y complejo, aunque fragmentado en una miríada de artículos, de todas esas ideas.

No es fácil resumir en qué consiste el poder de Orwell como escritor de ficción. Quizá reside en su pasmosa facilidad para destilar conceptos políticos y filosóficos que, expresados mediante sentencias nada presuntuosas, claras y cortantes, o mediante metáforas de una sencillez casi escolar, se convierten en axiomas que cualquier persona puede entender de inmediato. Pero su sencillez es aparente, porque están construidos sobre toda una montaña de reflexiones previas, que encontramos en sus artículos y parlamentos. Recuerdo que una de las primeras frases de un libro que de verdad me obligaron a pensar fue esa tan famosa de «todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros», uno de los puntos álgidos de Rebelión en la granja. Por entonces, siendo casi un niño, no podía comprender su verdadero significado, pero era uno de tantos renglones que parecían estar impresos en otro color, emergiendo con luz propia de entre la habitual salmodia de tinta negra. Esa sensación, que nunca se ha extinguido, es compartida por muchos otros lectores: cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca, la prensa estadounidense comentó con cierta sorpresa el súbito aumento de ventas de ejemplares de 1984. El trasunto de la noticia revelaba una evidente lógica: en un país donde la mentira deliberada siempre fue considerada uno de los más imperdonables pecados de un presidente, el completo desdén de Trump hacia la verdad o siquiera hacia la simple noción de intentar no parecer un mentiroso es algo que produce asombro y un profundo estupor, así como el que sus partidarios parezcan indiferentes a esa actitud, hasta hace no mucho considerada más propia de líderes no democráticos. Así pues, mucha gente ha decidido indagar en lo que decía Orwell al respecto de la mentira y de cuál es su efecto sobre el pueblo (aunque más que en 1984, libro poco aplicable a los actuales Estados Unidos, la respuesta que buscan está en sus artículos, donde se explaya sobre la manipulación en contextos democráticos). Orwell dijo muchas cosas sobre la mentira y el uso que el poder hace de ella. Por brillante que sea el contenido filosófico y político de Rebelión en la granja o 1984, estos dos libros no son sino la conclusión final de varios años de trabajosa elaboración sobre el asunto.

El inicio de ese proceso de reflexión es Homenaje a Cataluña. Un impulso idealista fue lo que le hizo alistarse en la milicia barcelonesa del POUM. Para Orwell, al principio, la guerra española era una cosa bien simple: había que combatir al fascismo. Reafirmó esa decisión el ambiente libertario que se encontró al llegar por primera vez a Barcelona, donde se había erradicado cualquier práctica que simbolizase una diferencia social entre ciudadanos; comenta encantado cómo los dependientes, los camareros y hasta los limpiabotas trataban a los clientes de igual a igual, llamándolos «camaradas», sin rastro de la reverencia servil que se esperaba de sus trabajos. Otro ejemplo: le choca de manera muy positiva el cambio de comportamiento de las mujeres; en un pueblo aragonés observa a unas jovencitas y dice de ellas: «las chicas del pueblo eran criaturas espléndidas y vivaces, con cabello negro como el carbón, andares bamboleantes, y un comportamiento directo, de hombre a hombre, que era probablemente un producto de la revolución». Otro detalle que le sorprende es que nunca ve a una persona santiguarse; esperaba que, incluso en mitad de la fiebre revolucionaria, un gesto así sería automático en un país de honda tradición católica, y sin embargo ha observado que «para el pueblo español, en Cataluña y Aragón, la Iglesia era simple y llanamente un fraude». Sugería que la creencia sobrenatural había sido sustituida por la creencia en el anarquismo, que tenía a sus ojos una naturaleza «casi religiosa». Estos y otros rasgos de la revolución igualitaria que conoce en España se convierten en combustible para su idealismo socialista.

Este igualitarismo se extendía al frente, a las milicias del POUM, donde se rechazaba la estructura piramidal habitual en las unidades militares; a los mandos les estaba vedado tratar a los subordinados como inferiores. Algunos rasgos de la idiosincrasia española exasperaban a Orwell: la impuntualidad, la tendencia a procrastinar (que en su texto aparece sustantivada en un irónico castellano: the mañana) o la desorganización general. Sin embargo, tuvo que admitir que la exótica mentalidad igualitarista de los milicianos funcionaba mejor, a efectos del combate, de lo que él mismo había previsto, y que el sentimiento de solidaridad era auténtico. La «revolución» (en contexto español, Orwell siempre usa la palabra como sinónimo de «igualitarismo») le hizo creer en su causa ya no solo como oposición al fascismo, sino también como la posibilidad de construir un mundo mejor. Asimiló como propio ese proyecto, aun con todas sus imperfecciones, y llegó a parecerle concebible el establecimiento de un sistema basado en ese concepto igualitario de la justicia:

Las milicias españolas, mientras duraron, fueron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. En esa comunidad donde nadie estaba intentando hacerse rico, donde había escasez de todo pero no privilegios, ni lamidas de bota, uno tenía, quizá, un tosco pronóstico de cómo podrían ser los estadios iniciales del socialismo. Y eso, en vez de desilusionarme, me atrajo profundamente. El efecto fue hacer que mi deseo por ver el socialismo establecido fuese mucho más real de lo que había sido hasta entonces. En parte, quizá, se debía a la buena suerte de estar entre españoles, quienes, con su innata decencia y su omnipresente ramalazo anarquista harían que incluso las etapas iniciales del socialismo fuesen tolerables, si es que tenían la oportunidad de llevarlo a la práctica.

Los cuatro primeros capítulos de Homenaje a Cataluña, aunque son quizá los menos conseguidos del libro —el resto es invariablemente fascinante— nos muestran a un Orwell que apenas entiende el país en el que pelea, que como británico encuentra irritante el desorden de las milicias, que apenas tolera las deplorables condiciones de un frente en el que nunca sucede nada, cuyas trincheras están rodeadas de excrementos y plagadas por bichos de todas clase (condiciones que en ocasiones consigue describir con un hilarante colorido: «Los hombres que lucharon en Verdún, en Waterloo, en Flodden, en Senlac, en las Termópilas… todos y cada uno de ellos tuvieron piojos reptando por sus testículos»). Pero son esos cuatro capítulos, pese a su relativo menor peso literario, los que retratan el conato de sociedad sin clases que lo ha deslumbrado, convenciéndole de que está peleando en el sitio indicado y junto al pueblo indicado. Pese a la cínica superioridad típicamente inglesa con la que no pocas veces censura los defectos de los españoles, no puede por menos que sentirse impresionado cuando los ve poner en práctica lo que antes le hubiese parecido una utopía. La manera en que el carácter miliciano estimula su idealismo es muy similar a la descrita por la argentina Mika Etchebéhère en su también extraordinaria crónica Mi guerra en España, un libro que por desgracia y a causa de motivos que no alcanzo a entender es muy poco conocido en nuestro país (léanlo, aunque planeo comentarlo en breve). Etchebéhère, también miliciana del POUM, se sintió igualmente conmovida por aquel igualitarismo revolucionario.

La metamorfosis de Barcelona

Orwell, al fondo, en el cuartel general del POUM, Barcelona, 1937. Foto: Rovira / UCL Orwell Archive.

Después de tres meses y medio de aburrimiento y escasa acción en su sector del frente de Aragón, Orwell regresó a Barcelona para disfrutar de dos semanas de permiso. Esperaba que la ciudad continuaría en sintonía con el socialismo libertario que la había caracterizado en su primera visita, el mismo que todavía imperaba en la milicia; confiaba en que las clases sociales seguirían siendo invisibles. Pero aquellos tres meses y medio habían dado para muchos cambios. A Orwell le costó creer lo que vio cuando bajó del tren:

En el tren, de camino a Barcelona, la atmósfera del frente persistía; la suciedad, el ruido, la incomodidad, las ropas harapientas y el sentimiento de privación, camaradería e igualdad (…) Cualquiera que haya hecho dos visitas a Barcelona durante la guerra ha remarcado los extraordinarios cambios que tuvieron lugar. (…) Lo que decían era siempre lo mismo: la atmósfera revolucionaria se había desvanecido. (…) Para mí, cuando recién llegaba de Inglaterra, Barcelona era más parecida a una ciudad de trabajadores de lo que había concebido como posible. Ahora la marea había retrocedido. De nuevo era una ciudad ordinaria; un poco enflaquecida y desportillada por la guerra, pero sin ningún signo exterior de predominancia de la clase obrera. El cambio en el aspecto de la multitud era chocante. El uniforme de la milicia y los monos azules casi habían desaparecido; todo el mundo parecía vestir los refinados trajes de verano en que los sastres españoles se especializan. Prósperos hombres gordos, mujeres elegantes y distinguidos automóviles estaban por todas partes. (…) Los oficiales del nuevo Ejército Popular, una tipología que apenas había existido cuando dejé Barcelona la primera vez, aparecían en enjambres y en sorprendente número. (…) No creo que más de uno de cada veinte de ellos hubiese estado en el frente, pero todos tenían pistolas automáticas enfundadas en sus cinturones; nosotros, en el frente, no podíamos conseguir pistolas ni por todo el oro del mundo. Conforme caminábamos por la calle, noté que la gente nos miraba fijamente a causa de nuestro sucio aspecto. (…) Hubo dos hechos que eran la clave de todo lo demás. Uno era que la gente —la población civil— había perdido gran parte de su interés por la guerra; el otro era que la división normal de la sociedad entre ricos y pobres, clase alta y clase baja, se estaba reafirmando. La indiferencia general hacia la guerra era inesperada y más bien nauseabunda. Horrorizaba a quienes venían de Madrid e incluso de Valencia. En parte se debía a la distancia que había entre Barcelona y la verdadera guerra. (…) Antes me había chocado la ausencia de mendigos; ahora había muchos. En el exterior de las tiendas de delicatessen de las Ramblas, pandillas de niños descalzos esperaban a cualquiera que saliese para clamar por pedazos de comida. (…) Todos los que habían estado en Madrid decían que allí era completamente diferente; en Madrid, el peligro común forzaba a la gente de casi toda condición a adoptar cierto sentido de camaradería. Un hombre gordo comiendo codornices mientras los niños están mendigando pan es una visión repugnante, pero es más difícil que se produzca cuando estás oyendo el sonido de los cañones.

Al entrar en una tienda junto a su mujer para comprar algo de ropa, el dependiente —tomando a los Orwell por turistas de clase alta— se puso a hacer toda clase de reverencias y gestos de sumisión, ante el desconcertado rubor del escritor, que se sentía abrumado por lo que estaba sucediendo. «Recuerdo pasar por una de las calles de moda y ver una tienda con un escaparate repleto de pasteles y bombones de lo más elegante, a precios desorbitados. Era la clase de tienda que ves en Bond Street o en la Rue de la Paix». El retorno de la sociedad de clases le resultó chocante, pero no era lo que más le preocupó. Si los cuatro primeros capítulos de Homenaje a Cataluña transcurren un tanto al ralentí, es el quinto, donde se dedica a desmenuzar el conflicto interno del bando republicano en Cataluña, el primero en el que la narración se torna vibrante, absorbente. Aunque Orwell invita al lector a saltarse el capítulo si no quiere aburrirse con una sopa de siglas, no tiene nada de aburrido, al contrario. En él demuestra su sensacional agudeza; el resto del libro continuará en la misma tónica electrizante.

Durante su permiso en una metamorfoseada Barcelona se desata una oleada de combates callejeros que mantienen la ciudad vacía y a la población aterrorizada durante días; son las «jornadas de mayo». El escritor inglés se encuentra una retaguardia plagada por las tensiones entre facciones. Los comunistas del PSUC y el PCE, cada vez más influidos por el Comintern —ayuda que el Gobierno republicano espera ansioso financiación y soporte militar de Stalin—, han frenado la revolución libertaria. Sobre el papel, el origen del conflicto reside en que los comunistas desean ganar la guerra primero para poder después hacer la revolución, mientras que los libertarios consideran que la revolución es la guerra (Orwell comparte esta idea, afirmando que la resistencia inicial al alzamiento fascista se produjo sobre todo por el impulso de grupos anarquistas y libertarios). Aunque la diferente perspectiva en torno a la manera de conducir la guerra era, desde luego, una importante cuestión, Orwell no creía que los dirigentes comunistas hubiesen sido sinceros cuando justificaban su creciente oposición a los libertarios en función de las necesidades militares. Él ya había notado la influencia del Comintern en otros partidos comunistas, por ejemplo en Francia; pensaba que a Stalin, en una hipotética guerra contra Hitler, le convenía tener como aliados a países con una capacidad industrial capitalista y no a países con una producción en estado larvario por estar recién salidos de una revolución (sobre todo si se trataba de una revolución libertaria cuyo control se escaparía por completo a Moscú). El inicio de una campaña de rumores en contra de la CNT-FAI y del POUM parece confirmar las sospechas de Orwell: de repente, los anarquistas y libertarios empiezan a ser englobados bajo la etiqueta de «trotskistas» porque en la propaganda «trotskista» es sinónimo de «espía del fascismo». Orwell traza un paralelismo entre las acusaciones a los «trotskistas-fascistas» y las que en Rusia se habían lanzado contra los «social-fascistas», esto es, los socialistas moderados. Sin embargo, todavía no cree que se esté gestando una persecución abierta.

El conflicto callejero se dispara porque la Generalidad de Cataluña desea controlar el edifico de la Telefónica: muchas colectivizaciones efectuadas por la revolución obrera han sido revertidas, pero el edificio de la Telefónica continúa en manos de la CNT-FAI, cuyos miembros operan las comunicaciones. Eso, se piensa, permitiría que los anarquistas tengan conocimiento de cualquier conversación de las autoridades, incluyendo las comunicaciones clave con el Gobierno de Valencia. Cuando se envía un comando de asalto para tomar el edificio, los miembros de CNT-FAI se resisten y la noticia provoca una espiral de tensión en toda la ciudad. Empiezan a sonar los disparos. Incluso la Guardia Civil —de lealtad dudosa, a ojos de Orwell— sale a la calle. Las distintas organizaciones políticas tiran de su arsenal y se atrincheran en sus respectivas sedes, aunque por lo general dando orden a sus militantes de no disparar a nadie salvo que se les ataque primero. Orwell, pues, pasa buena parte de su permiso atrincherado en la sede del POUM y vigilando a unos guardias civiles que se han hecho fuertes en un bar contiguo. Pero pronto comprueba que en realidad nadie parece tener demasiadas ganas de provocar un derramamiento de sangre, ni en un bando ni en el otro. Incluso los guardias civiles tratan de congraciarse con sus transitorios enemigos del POUM, dándoles botellas de cerveza y haciéndoles prometer que no les dispararán sin provocación previa. De todo esto deduce que las tensiones no han sido generadas por el supuesto fanatismo de los militantes, que a todas luces evitan pelear, sino que han sido impulsadas desde arriba. Es la primera señal de alarma de que algo no marcha bien en su bando, pero Orwell, en esos momentos, considera los disturbios como un episodio tan desagradable como pasajero. También preocupante es el asunto de la censura: tras el restablecimiento del orden, los periódicos libertarios o anarquistas empezarán a aparecer con recuadros en blanco allí donde las autoridades han censurado contenidos «inapropiados». Con el paso de las semanas, en un episodio digno de la futura 1984, esos diarios presentarán un porcentaje tan escandaloso de recuadros en blanco que se promulgará una nueva ley obligándoles a rellenar los huecos con otros contenidos, para no hacer tan evidente la mutilación informativa.

Orwell parte de nuevo al frente, y esta vez sí le espera una intensa acción; la hasta entonces estática guerra de trincheras de su sector se está moviendo y tiene ocasión de jugarse la vida en diversos lances que narra con una viveza espectacular. Por lo demás, los inconvenientes de la vida en las trincheras continúan siendo los mismos, así como la endémica carencia de armamento decente en la milicia del POUM y la casi total ausencia de artillería aliada o apoyo aéreo (Mika Etchebéhère, en su libro, describe una situación idéntica en otro frente del POUM, donde los milicianos están a completa merced de los cañones y bombarderos del enemigo, abandonados por las autoridades republicanas). Herido de gravedad en el cuello, abandona el frente y regresa por tercera vez a Barcelona. Esta vez se topará con una pesadilla: el POUM ha sido prohibido, como otras organizaciones libertarias, trotskistas o anarquistas; sus miembros e incluso sus simpatizantes están siendo encarcelados de manera indiscriminada. No se han producido nuevos disturbios callejeros, como muchos se temían, pero en su lugar se está ejecutando una despiadada represión política. Descubre —gracias a un compatriota que ha sido marino y consigue reconocerlos por su silueta— que han sido buques ingleses los que han transportado tropas gubernamentales desde Valencia para militarizar Barcelona y asegurar que ni CNT-FAI, ni POUM ni grupos similares puedan ejercer resistencia. Así, de manera indirecta, entiende también que los gobiernos democráticos europeos están felices de mirar hacia otro lado mientras se purga todo resto del impulso revolucionario. Él está con el POUM, así que es un objetivo más y ser ciudadano británico no va a ayudarle en absoluto, pero consigue escapar a Francia gracias a la inesperada colaboración de un oficial republicano.

Cuando regresa a Inglaterra comprueba con estupor que la información ofrecida por los periódicos no se parece en nada a lo que él ha vivido. La versión oficial, que POUM y CNT son organizaciones al servicio del fascismo, se ha impuesto en los periódicos de izquierdas también fuera de España. La prensa de derechas, cuando no alaba a Franco, culpa a los ahora perseguidos partidos libertarios de haber provocado los desórdenes de Barcelona con el fin de desestabilizar al Gobierno republicano, otra manera de acusarlos de estar al servicio del fascismo, pero sin usar palabras que puedan chirriar a los lectores conservadores. La verdad, descubre Orwell, es un material tan precioso como frágil, que se quiebra con facilidad cuando se impone una atmósfera de paranoia política en el lugar desde donde surgen las noticias. Así, nos ofrece una primera pincelada de lo que después será una de sus grandes creaciones de ficción, el Gran Hermano:

No es fácil expresar con palabras la atmósfera de pesadilla de esos tiempos —la peculiar intranquilidad producida por rumores que siempre estaban cambiando, por los periódicos censurados, y por la constante presencia de hombres armados. No es fácil de expresar porque, por el momento, lo que resulta esencial para esa atmósfera no existe en Inglaterra. En Inglaterra, la intolerancia política todavía no es un hecho asumido. Hay persecución política a pequeña escala; si yo fuese un minero del carbón no quisiera aparecer ante el jefe como un comunista; pero el «fiel hombre de partido», el gánster-gramófono (1) de la política continental, es todavía una rareza, y la noción de «liquidar» o «eliminar» a cualquiera que esté en desacuerdo contigo no parece natural. Solamente parecía natural, demasiado natural, en Barcelona. Los «estalinistas» tenían la sartén por el mango y por lo tanto era cuestión de mera rutina que todo «trotskista» estuviese en peligro. (…) Era como si alguna gigantesca inteligencia malvada estuviese flotando por encima de la ciudad. Todo el mundo lo notó y lo comentó. Y era extraño que todos lo expresaran casi con las mismas palabras: «La atmósfera de este sitio… es horrible. Como estar en un sanatorio mental».

También menciona la indiferencia e ignorancia de los burgueses británicos que visitan España con intenciones supuestamente filantrópicas y no han captado nada de lo que sucede. Será otro de los temas habituales en la escritura de Orwell: la burbuja en la que viven determinados sectores sociales, para los que la realidad termina allá donde termina su reducido mundo de privilegios. No tardará en extender esta misma crítica, aunque de manera más extensa y elaborada, a los intelectuales de los países democráticos:

Algunos de los visitantes ingleses que pasaron rápidamente por España, revoloteando de hotel en hotel, parecen no haber notado que algo andase mal en la atmósfera general. La duquesa de Atholl escribe, y cito el Sunday Express, 17 de octubre de 1937: «He estado en Valencia, Madrid y Barcelona… un perfecto orden prevalecía en las tres ciudades sin demostración alguna de fuerza. Todos los hoteles en los que estuve eran no solamente “normales” y “decentes”, sino extremadamente confortables, a pesar de la escasez de mantequilla y café». Es una peculiaridad de los viajeros ingleses que realmente no creen en la existencia de nada más allá de sus elegantes hoteles. Espero que encontrasen algo de mantequilla para la duquesa de Atholl.

Orwell había entendido bien los motivos por los que una población española empobrecida y castigada durante siglos había iniciado la resistencia contra Franco como una necesidad para la supervivencia, pero también como una oportunidad para iniciar una revolución que les permitiera sacudirse el yugo de aquellos mismos poderes que habían apoyado a Franco al otro lado del frente. Afirmaba que habían sido los anarquistas los primeros organizadores de la resistencia, pero que las clases populares se habían sumado a esa resistencia (y a la revolución) gracias a su anhelo de cambiar el país. Como Etchebéhère, conoció a muchos españoles incultos y analfabetos que apenas entendían nada de la jerigonza ideológica de los partidos, pero que sí tenían una cosa clara: querían una sociedad más igualitaria y más libre. Orwell recuerda que las milicias en las que combatió estaban formadas por voluntarios y que ningún miliciano hubiese soportado las penosas condiciones del frente ni la constante amenaza de morir o quedar mutilado si no hubiese sido sincero su convencimiento de estar persiguiendo un país mejor. El que los intelectuales, españoles o europeos, hubiesen jugado a la guerra de salón opinando —desde muy lejos del frente— sobre la necesidad de terminar con los impulsos revolucionarios del bando republicano era algo que le sacaba de quicio. Buena parte de la intelligentsia creía a pies juntillas lo que contaban los periódicos de sus respectivas cuerdas, sin apenas filtro crítico, y a partir de ello construían complejas elaboraciones sobre la guerra que eran por completo ficticias, y si las informaciones cambiaban por conveniencia política, entonces los intelectuales cambiaban sus opiniones con ellas.

El imperio de la mentira

Orwell con su unidad de la Home Guard durante la Segunda Guerra Mundial. Foto: UCL Orwell Archive.

La ingente cantidad de informaciones falsas le abruma y el pesimismo empieza a hacer mella en él. Media Europa es fascista y la otra mitad, la democrática, contempla con indiferencia (es más, con regocijo) la inquisición contrarrevolucionaria en la España republicana. Buena parte de la izquierda europea está controlada por la propaganda comunista apoyada y financiada por Stalin, pero a Orwell le parece significativo que señalen como enemigos de la España republicana a los mismos que señala la derecha, esto es, a los anarquistas y los libertarios. Añadiendo un insulto a la herida, la prensa conservadora inglesa calificaba el alzamiento de Franco como una hazaña propia de patriotas y buenos cristianos, una cruzada destinada a erradicar una revolución infame que era descrita en tonos muy distintos a lo que Orwell había visto; él no negaba los desmanes revolucionarios —contra la Iglesia, sobre todo— pero pensaba que fuera de España estaban siendo magnificados a niveles absurdos por la derecha, mientras que las purgas políticas eran silenciadas, así como eran silenciados los crímenes del bando franquista. En Inglaterra, para su desmayo, incluso su detestado Hitler parece una opción preferible a los estallidos revolucionarios; muchos políticos y periodistas son partidarios de una política de distensión con el Führer, quien es visto como un freno —no muy agradable quizá, pero efectivo— que puede detener la expansión del comunismo. Es ya legendaria la tragicómica fotografía del Premier británico Neville Chamberlain agitando el papelito firmado por Hitler por el que, en teoría, se evitaba cualquier guerra con Alemania; esa sola imagen bastó para mancillar el recuerdo de Chamberlain en la historia. Pues bien, Orwell pensaba que esa política de distensión era un completo error y que tarde o temprano, con papel o sin él, habría guerra entre Inglaterra y Alemania. El objetivo de Hitler era el de someter todo el continente por la fuerza. El propio Hitler, insistía Orwell, lo había dejado caer en Mein Kampf. Sin embargo, la miope realpolitik del Gobierno británico no se detenía en esos pequeños detalles. Los ingleses parecían creerse inmunes a las turbulencias que se producían en el continente. Él, de manera casi profética, se pregunta hasta cuándo podía durar el ensueño del Reino Unido. Escribió las siguientes líneas en 1938, apenas dos años antes de que los bombarderos alemanes descargasen sus bombas sobre las ciudades británicas:

Y entonces volví a Inglaterra— la Inglaterra del sur, probablemente el paisaje más pulcro del mundo. Es difícil, cuando pasas por allí y especialmente cuando estás recuperándote pacíficamente del mareo del barco con suaves almohadones bajo tu trasero, creer que de verdad algo está sucediendo en cualquier parte. ¿Terremotos en Japón, hambrunas en China, revolución en México? No te preocupes, la botella de leche estará mañana sobre el escalón de la puerta y el New Statesman estará el viernes en los quioscos. Las ciudades industriales quedaban lejos, un borrón de humo y miseria oculto por la curvatura de la superficie terrestre. Aquí abajo todavía estaba la Inglaterra que yo había conocido desde la infancia: las veredas del ferrocarril ahogadas por flores silvestres, los espesos campos donde grandes y relucientes caballos pacen y meditan, los lentos arroyos bordeados por sauces, los verdes senos de los olmos, las consueldas en los jardines de las casitas de campo; y después la amplia y pacífica campiña de las afueras de Londres, los carteles anunciando partidos de cricket y bodas reales, los hombres con bombín, las palomas de Trafalgar Square, los autobuses rojos, los policías azules —todo ello durmiendo el profundo, muy profundo sueño de Inglaterra, del cual me temo que nunca despertaremos hasta que de él nos arranque de un tirón el rugido de las bombas—.

Cuando Hitler invade Polonia los ingleses, en efecto, despiertan. En Europa, un fascismo rampante se ha empezado a extender como una mancha de aceite, amenazando con terminar con la existencia de las democracias liberales. Los Gobiernos de Francia y el Reino Unido, comprendiendo por fin que Hitler es un peligro, le declaran la guerra. De manera sorprendente, los nazis y los soviéticos firman un tratado de no agresión, aunque Orwell no se lleva a engaño y en su interesantísima reseña de Mein Kampf, publicada en un periódico unos meses más tarde, afirma que «en la mente de Hitler, el pacto ruso-alemán representa no más que una alteración del calendario». La idea del líder nazi siempre ha sido la de atacar primero Rusia y después Inglaterra, pero Orwell afirma que se ha alterado el orden de la secuencia porque los rusos son «más fáciles de sobornar». Predice que el III Reich se revolverá contra la URSS en cuando considere controlada la guerra contra Inglaterra. En efecto, Alemania invadió la URSS en 1941. Esto produjo un vuelco en la actitud europea hacia Stalin, que de repente era enemigo del agresor nazi y por lo tanto un aliado, si bien coyuntural y no demasiado querido, de las democracias occidentales. En Inglaterra, la derecha que había contemplado (y seguía contemplando) con simpatía el levantamiento fascista de Franco, la misma que había querido pactar con Hitler hasta que este lo hizo imposible, había tenido que quitarse la venda de los ojos en cuanto al dictador alemán. Y, sin embargo, con la nueva situación incluso los conservadores se ponían otra venda ante Stalin. La izquierda, claro, no hacía sino profundizar en sus simpatías hacia el estalinismo.

Todo esto produjo una profunda desazón en el escritor. Entendía la necesidad perentoria de acabar con Hitler y así lo expresó de manera muy activa desde su posición de periodista, pero bajo un punto de vista ideológico continuaba aislado. La propaganda bélica acentuaba el uso de la mentira (tras sus colaboraciones bélicas en la BBC, esta institución servirá en parte para inspirar el «Ministerio de la Verdad» descrito en 1984). Mirase a su derecha o a su izquierda, Orwell no encontraba nada a lo que agarrarse. La Europa de la nueva década era un caos que había resultado de la demagogia, la propaganda, la manipulación y la mentira. Franco, Hitler, Stalin o Mussolini eran monstruos a los que, en su momento y por diversos intereses, habían tolerado y hasta defendido muchos poderes fácticos en los países que todavía eran democracias. Ahora las necesidades estratégicas requerían que se tratase a Stalin como un amigo. Esto no amilanó el afán de denuncia de Orwell. Su libro Rebelión en la granja, nuevo resultado de sus experiencias en España y de sus análisis del estalinismo, contenía, como era de esperar, un ataque furibundo al líder soviético. Sin embargo, la nueva alianza bélica provocó serios problemas para que pudiera verlo publicado. La obra no fue un éxito de crítica y público hasta meses después del final de la guerra, cuando con el III Reich ya extinguido volvía a ser evidente que el comunismo soviético era enemigo de las democracias capitalistas occidentales. Evidente, al menos, para las derechas; Orwell continuaría decepcionado con la actitud todavía complaciente de buena parte de la izquierda hacia Stalin. Como izquierdista convencido él mismo, se sentía aislado. Pero en la nueva coyuntura, al menos, Rebelión en la granja pudo ser finalmente apreciado, así que su fama como escritor se redobló.

El fascismo

Rebelión en la granja, 1954. Imagen: Halas and Batchelor.

En Homenaje a Cataluña y Rebelión en la granja Orwell atacaba de manera evidente al totalitarismo de corte estalinista porque era lo que había conocido de cerca en España, pero no había dejado de ser un socialista y sus simpatías libertarias, de hecho, se habían acentuado. Como decíamos antes, son muy populares sus novelas, pero no cabe olvidar que una buena parte de su trabajo consistió en una gran cantidad de artículos y pequeños ensayos sobre muy diversos asuntos políticos, y no pocos contenían reflexiones muy agudas sobre la mentalidad del totalitarismo fascista, al que definía como «una especie de maldad sin sentido, una aberración, un “sadismo en masa”, la clase de cosa que ocurriría si de repente vacías un sanatorio mental y dejas libres a los maníacos homicidas» (Spilling the Spanish Beans, 1937). Ya antes del final de la Guerra Civil española se había lamentado de que el conflicto terminaría en un tipo de dictadura u otro, porque tras sus experiencias en Barcelona suponía que, en el muy improbable caso de una victoria republicana, era posible la instauración de un régimen contrarrevolucionario respaldado por Stalin. Sin embargo, incluso ese régimen le parecía preferible a una dictadura de Franco, que estaría apoyada por los mismos poderes fácticos de naturaleza arcaica que habían oprimido a los españoles durante siglos. Orwell detestaba con parecida pasión a Franco y a Hitler, pero mientras Franco era un problema solamente para España, Hitler lo era para toda Europa. Orwell entendió con rapidez que el fascismo sui generis de Franco era de naturaleza distinta al de otros movimientos ultraderechistas de la época: «El asalto al poder de Franco ha diferido de los de Hitler y Mussolini en que ha sido una insurrección militar, comparable a una invasión extranjera, y por lo tanto no ha tenido mucho apoyo popular, aunque Franco ha estado desde entonces intentando conseguirlo. Sus principales seguidores, aparte de ciertos sectores de los grandes negocios, han sido la aristocracia terrateniente y la enorme y parásita Iglesia». Pero Hitler y Mussolini sí se habían apoyado en la demagogia para ganar respaldo popular; Franco no era un político, ni aun en la acepción más laxa del término; era un tirano apoyado en la fuerza, no en las ideas, y carecía de una masa de seguidores. Su alzamiento había provocado una resistencia popular generalizada allí donde sus partidarios no pudieron ejecutar una represión inmediata, y no estaba respaldado por una ideología convencional; su adopción de los símbolos y consignas de un partido fascista, la Falange, tendría un carácter más bien sobrevenido y cosmético.

Franco, eso sí, no podía hacer daño más allá de las fronteras españolas. Cosa muy distinta era lo de Hitler. Antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, a Orwell le había indignado el apoyo o el relativismo no solo de los políticos sino también de muchos intelectuales hacia la figura del Führer; había avisado una y otra vez del peligro que Hitler constituía. Además, y sobre todo, reflexionó acerca de los resortes que lo habían llevado al poder. Los españoles habían plantado cara a Franco, pero Hitler había sido elegido democráticamente. Pero ¿en dónde había radicado el éxito de la propaganda nazi? A Orwell le preocupaba mucho la relación entre el lenguaje y las ideas; en su breve ensayo Politics and the English Language (1946) afirmaba que el deterioro de los usos lingüísticos produce un deterioro generalizado de las ideas en el pueblo; incluso notó ese deterioro en la propia Inglaterra, durante los años de propaganda bélica y patriótica (no achacaba la responsabilidad exclusiva al Gobierno sino, como de costumbre, también a la prensa y la intelectualidad), e identificó ese mismo proceso como una de las claves del éxito popular de Hitler. No es casual que Hitler describiese en Mein Kampf cómo la simplificación se convertía en su principal herramienta propagandística: no se les debe hablar a las multitudes sino con ideas que sean extremadamente simples, y si se presentan en forma de consigna breve y pegadiza, aún mejor. Orwell también había sufrido la simplificación en sus propias carnes, cuando en España miles de personas con pensamientos de lo más diverso habían sido etiquetadas de un día para otro como enemigos gracias a una sencilla etiqueta: «trotskista». En la enrevesada (y para muchos ciudadanos de a pie, incomprensible) escena política de la Barcelona republicana, una sola palabra parecía haber eliminado toda complejidad. Si la guerra iba mal era culpa de los trotskistas, como los males de Alemania habían sido culpa de los judíos, o los de Rusia de los «social-fascistas», o, ya en la España de Franco, de los rojos. Una afirmación muy simple, aunque sea falsa, dificulta la discusión a causa de su misma sencillez, de su escasa elaboración, y parece inútil intentar revocar una consigna con libros y análisis sesudos que nadie va a leer.

La simplicidad, sin embargo, no puede ser el único factor implicado en el éxito de la propaganda nazi. Ya hemos visto cómo Orwell criticaba, precisamente, que los intelectuales acostumbrasen a construir elaborados y complejos artefactos ideológicos sin preocuparse por si estaban basados en mentiras. Entre los partidarios del fascismo había personas cultivadas e inteligentes que podían distinguir cuándo una idea había sido simplificada a propósito, pero eso no les impedía adscribirse al mensaje. Así pues, otro factor debía de entrar en juego: la naturaleza del contenido del mensaje; cuando un mensaje apela a la razón requiere de una elaboración mental, aunque sea mínima y automática, por parte del receptor. Un cierto trabajo, una labor de comprobación de su consistencia. Si yo les digo a ustedes que las cucarachas mataron a Kennedy, ustedes pueden refutar esa idea en sus cabezas de manera inmediata, porque la afirmación es una falacia manifiesta. Pero un mensaje que apela a la emoción no requiere elaboración mental en el receptor, y por ese motivo no puede ser refutado con tanta facilidad. Si les digo que las cucarachas son repugnantes, muchos de ustedes —presumo que una mayoría— estarán de acuerdo al instante. No porque la idea sea una verdad objetiva —hay gente a la que le gustan o le interesan estos insectos—, sino porque ustedes lo sienten así. De este modo, al menos en un primer momento, asumen la idea como verdadera y como propia, sin mayor necesidad de reflexión. Algunas personas que no habían admitido nunca que estos animales les repelen, quizá porque pensaban que su asco era una reacción infantil o impropia, ven ahora que hay una persona que confirma, con las palabras más serias y en un medio de comunicación, que ese sentimiento de repugnancia es compartido por otros y puede por tanto ser considerado no solo admisible, sino normal e incluso inevitable. Y bien, es difícil justificar de manera intelectual un amor a las cucarachas, que son una plaga incluso para otras especies animales, pero piensen ahora en las arañas o las abejas; también inspiran asco o terror a mucha gente. En este caso, las elaboraciones ideológicas que pueda alegar un defensor de estos insectos (las arañas controlan otras plagas; las abejas polinizan el campo) sí pueden ser entendidas en un nivel intelectual como verdades objetivas, pero usted, en lo más íntimo de su ser, desea que no existan las arañas, ni siquiera las no venenosas, por beneficiosas que sean.

Orwell identifica esta distinción entre mensaje intelectual y emocional como elemento decisorio en la escena política. Afirma que en las democracias occidentales se apela a la razón: los políticos recurren a promesas de bienestar que pueden ser bienintencionadas o no, pero que en cualquier caso son razonables, porque en principio suponemos que la gente desea el bienestar. Sin embargo, esas promesas pueden terminar pareciéndoles huecas a los ciudadanos si no se acompañan de algo más, de un componente emocional, de un significado; el bienestar, por sí solo, no es suficiente. Con ello Orwell dio en el clavo de la demagogia hitleriana, que no prometía tal bienestar sino al final de una dura lucha, al precio de enormes sacrificios personales y nacionales. Así, el bienestar futuro toma la forma de logro, de recompensa colectiva, y adquiere un poder de atracción que no hubiese tenido de otra manera. De manera paradójica, esa fuerza de atracción hacia el sacrificio se acentúa en épocas de crisis donde ese bienestar físico no existe; el bienestar se torna más deseable; cuanto más deseable, más justificable el sacrificio requerido para obtenerlo. El pueblo que no sufre anhela sufrir; el que ya está sufriendo tiene una mayor disposición a sufrir todavía más.

Hitler, porque en su propia y triste mente ya lo siente con excepcional intensidad, sabe que los seres humanos no quieren solamente comodidad, seguridad, jornadas laborales breves, higiene, planificación familiar y, en general sentido común; también quieren, al menos de forma intermitente, lucha y autosacrificio, por no mencionar los tambores, las banderas y los desfiles. (…) Donde el socialismo, e incluso el capitalismo de una manera más codiciosa, ha dicho a la gente «os ofrezco bienestar», Hitler les ha dicho «os ofrezco lucha, peligro y muerte», y como resultado una nación entera se ha arrojado a sus pies. (Reseña de Mein Kampf, 1940)

A Orwell, sin duda, le hubiesen fascinado (y supongo que horripilado) los continuos desmanes verbales de la era internet, porque demuestran su tesis de la atracción que ejerce la lucha, la confrontación, aun cuando resulta innecesaria. En cualquier caso, la lucha es un eficaz sustituto de la verdad. Varios de los principios sobre la propaganda y manipulación expresados en 1984 —quien controla el pasado controla el futuro; el seguimiento ciego al partido expresado no como mera lealtad sino como la cordura, etc.— son destilados del estalinismo, pero es del análisis del nazismo de donde extrae la distinción entre la manipulación (o destrucción) de la verdad y el completo desdén por el concepto mismo de verdad. Orwell recalca un buen ejemplo al mencionar la absurda distinción que los nazis realizaban entre «ciencia alemana» y «ciencia judía». A mediados del siglo XX, esa división ni siquiera tenía sentido como concepto abstracto, dado que la ciencia ya era vista como un procedimiento que produce un cuerpo de conocimientos común a nivel mundial y que es puesto a prueba entre sus practicantes; los paradigmas científicos se basaban en hechos, no tenían un componente ideológico. Pero a los nazis no les preocupaba que su concepto de ciencia fuese visto como lógico o sensato, sino que fuese sentido por su público diana, que se adecuase a su mensaje simplificador de la realidad. Orwell comprendió bien que, mientras para los estalinistas la verdad era un producto manipulable y por tanto se podía hacer pasar una mentira como «verdad», para los nazis ni siquiera tenía importancia una «verdad» fabricada como producto. Stalin imponía una «verdad» a sangre y fuego; Hitler, en cambio, imponía emociones. Y las emociones son verdaderas por sí mismas, con independencia de con qué ideas las podamos revestir. Las ideas asociadas a ellas serán, pues, sentidas como verdaderas.

La geometría del totalitarismo

George Orwell, 1945. Foto: Vernon Richards / UCL Orwell Archive.

Escribir un libro es una horrible, agotadora lucha, como un largo combate contra alguna dolorosa enfermedad. Uno nunca se metería en semejante cosa si no fuese impulsado por algún demonio al que no puede resistir o comprender. Solo sabe que ese demonio es el mismo instinto que hace a un bebé llorar para recibir atención. Y aun así, es también cierto que uno no puede escribir nada legible a menos que pelee constantemente por borrar en ello todo rastro de su propia personalidad. (Por qué escribo)

Poco después de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, Orwell escribió un pequeño ensayo titulado You and the Atomic Bomb en el que describía un mundo donde las grandes potencias, futuras poseedoras de arsenal atómico, serían adversarias pero sabiendo que no podían atacarse sin destruirse también a sí mismas. Así pues, evitarían una guerra declarada y tratarían de competir de manera indirecta, por ejemplo apoyando a diferentes bandos en guerras de terceros, como habían hecho Alemania, Italia o la URSS en la Guerra Civil española. Para describir ese estado de «paz que no es paz» entre grandes potencias, Orwell acuñó un nuevo término: «guerra fría»; una de sus tantas aportaciones terminológicas al pensamiento del siglo XX.

También predijo que la fabricación de armamento avanzado en los países industrializados se convertiría en un serio obstáculo para las insurrecciones populares. Hablaba de la extinta «era del rifle y el mosquete» como «la gran época para la democracia y la autodeterminación nacional». Un tiempo en el que las armas más modernas —los mosquetes— habían sido fáciles de fabricar y se podían producir en gran número había permitido que el pueblo se armase y había hecho posibles fenómenos como la revolución estadounidense. Sin embargo, a mediados del siglo XX, las armas decisivas eran mucho más complejas y costosas de producir. Por tanto, estaban solo en manos de los Gobiernos, y ninguna revolución popular era posible; no sin la aquiescencia del ejército nacional o la intervención del ejército de un país extranjero. «Cada desarrollo en la técnica militar», dijo, «ha favorecido al Estado contra el individuo y al país industrializado contra el atrasado». Orwell, en sus últimos años de vida, reflexionó en profundidad sobre los efectos políticos del progreso tecnológico:

Se nos dijo una vez que el avión había «abolido las fronteras»; en realidad, desde que el avión se convirtió en un arma seria, las fronteras se han vuelto definitivamente infranqueables. De la radio se esperaba que promoviese la comprensión y cooperación internacional; ha resultado ser un medio para aislar unas naciones de otras. La bomba atómica puede completar el proceso al robarle a las clases explotadas y los pueblos todo su poder de revuelta, y al mismo tiempo poniendo a las potencias poseedoras de la bomba en una situación de igualdad militar. Incapaz de conquistarse unas a otras, estas potencias, posiblemente, continuarán gobernando el mundo entre ellas, y es difícil ver cómo ese balance puede ser trastocado excepto por lentos e impredecibles cambios demográficos. («You and the Atomic Bomb», Tribune, 19 de octubre de 1945)

En efecto, el mundo pasó a estar controlado por potencias nucleares que han evitado guerrear entre sí, al menos de manera abierta. El balance no se ha roto, aunque el sistema político de una de esas potencias, la URSS, se vino abajo, debido a un tipo de «cambio demográfico» que Orwell no tuvo tiempo de predecir ni mucho menos de contemplar: las democracias occidentales, temerosas de la expansión del comunismo, reforzaron el estado de bienestar y las condiciones de la clase trabajadora, así como sus libertades civiles y políticas; la atracción irresistible de este modo de vida produjo la descomposición de las bases filosóficas del bloque soviético. Pero en lo esencial, el balance nuclear continúa intacto como el escritor inglés predijo en su día. En cuanto al avance de las condiciones del pueblo, hoy se discute si la caída de la URSS (y el fin del miedo a la sovietización del mundo) puede estar produciendo un lento desmantelamiento de los progresos conseguidos durante las pasadas décadas. Orwell, claro, no pudo saber de todas estas cosas. Pero también en este sentido nos resulta útil su mensaje, al menos como advertencia: el Estado moderno está bien armado y no necesita justificarse ante el individuo.

En 1945, en paralelo al inicio de la era atómica, la vida personal de Orwell estaba entrando en un negro periodo. Poco después de que la pareja hubiese adoptado un hijo, su mujer Eileen murió durante la anestesia al someterse a una operación de rutina que, en principio, no debía haber tenido mayores consecuencias. El escritor se enfrentó a la pérdida volcándose con intensidad frenética en la redacción de artículos para prensa; el trabajo no le faltaba, porque su popularidad se había incrementado de manera considerable gracias al súbito (y algo tardío) éxito de Rebelión en la granja. Para colmo, su salud, que ya había empezado a decaer, empeoró con rapidez. Empezó a escribir El último hombre de Europa en 1947; mientras se quebraba los sesos con un manuscrito que se le resistía, y en vista del rápido declive en su condición física, le fue diagnosticada una tuberculosis, enfermedad que por entonces tenía elevadas tasas de mortalidad. Terminó al año siguiente, 1948. Se publicaría en 1949 con el título definitivo de Mil novecientos ochenta y cuatro (Orwell moriría en 1950, a la edad de cuarenta y seis años).

Lo escribió, como cabe suponer, en un estado mental muy particular: la devastadora viudedad, la enfermedad, la todavía resonante atmósfera de terror de la guerra y su honda decepción con la política, la prensa y la intelectualidad, hicieron de él un hombre sombrío. Para colmo, el éxito de Rebelión en la granja le resultó molesto y disruptivo. Se había convertido en una figura muy solicitada, cosa que le sacaba de quicio; se quejaba a sus amigos de que ya no disponía de «tiempo para pensar». Buscando la paz en una fría y remota isla escocesa —cuyo clima era el peor posible para su grave dolencia—, ocultaba su identidad de los lugareños empleando su auténtico nombre de nacimiento, Eric Blair. Sus vecinos contemplaban con preocupación y cierta conmiseración a aquel individuo solitario, que no parecía un hombre sano ni feliz. En efecto, aquel periodo final de su vida fue una cuesta abajo en la que tuvo que sacar adelante su obra magna. Cuando no estaba sentado ante la máquina de escribir, caía enfermo, con síntomas respiratorios que no dejaban de empeorar. Peleaba por la vida y por una creación que le estaba costando lo que restaba de su salud; su opinión sobre las primeras versiones del libro en el que trabajaba no era muy favorable: «es increíblemente malo». Emborronaba hojas y hojas con sucesivas capas de obsesivas correcciones. Envió una carta a su agente literario para disculparse por la tardanza en entregarlo: «Me he acostumbrado de tal manera a escribir en la cama que creo que lo prefiero, aunque por descontado es incómodo teclear allí. Estoy peleándome con las últimas fases de este maldito trabajo, que trata sobre el posible estado de cosas si la guerra atómica no es concluyente». Al final dio por finalizado el libro, aunque admitía no estar particularmente satisfecho (ni insatisfecho), lamentándose en tono lacónico de que el libro hubiera sido mejor «si no lo hubiese escrito bajo la influencia de la tuberculosis».

1984 fue su testamento literario, no solo porque se editó justo antes de su fallecimiento, sino porque era como un resumen final de su concepción de los mecanismos psicológicos y propagandísticos del totalitarismo. Era un libro distinto a todos los anteriores; no se trataba de un ensayo, ni de unas memorias, ni de una novela social, ni de un ejercicio paródico; era ciencia ficción distópica (aunque él empleó la palabra «sátira», con la que solía englobar este tipo de novelas). Mostraba la influencia, reconocida por el propio Orwell, de obras como The Managerial Revolution de James Burnham, Nosotros de Yevgueni Zamiatin y las novelas de H. G. Wells. Pero estas influencias eran más bien estilísticas o argumentales, y no impiden que debamos considerar que 1984 es, en esencia, un índice novelado del pensamiento orwelliano más característico; es algo que se desprende por su propio peso de la lectura de muchos de sus artículos anteriores.

Situado en una sociedad futura, describe una dictadura perfecta compuesta por los rasgos principales de la manipulación de la verdad y el control político que Orwell había identificado en las dictaduras de su tiempo, pero también en las democracias. Bajo determinadas circunstancias, algunos de los resortes que describe el libro pueden existir y tener efecto incluso en sociedades liberales. Orwell nunca pretendió, al contrario de lo que mucha gente cree, que su novela fuese profética. Como suele suceder en la ciencia ficción (y creo que es el motivo por el que se suele incluir la obra en dicho género), toma diversas premisas extraídas de la realidad y las lleva hasta sus últimas consecuencias para reflexionar sobre ellas, no tanto pretendiendo que el argumento cobrará realidad. En realidad, Orwell dijo muy pocas cosas sobre la novela, lo cual es uno de los motivos de la eterna fascinación que provoca: algunos detalles pueden ser interpretados de tantas formas como lectores tiene. Sin duda puede decirse que 1984 se parece a dictaduras que han existido, pero no quiere ser un retrato del totalitarismo de su tiempo, cosa que Orwell ya había hecho en Rebelión en la granja, sino una especulación sobre las consecuencias de la inoculación de las ideas totalitarias en un Estado cualquiera (él mismo, en una de las escasas referencias temáticas que hizo de aquella obra, la calificó como «utopía»; la palabra «distopía» todavía no era de uso tan común). Tras la publicación empezó a recibir buenas críticas, lo cual le alegró, habiendo peleado tanto y en tan malas condiciones para sacar la obra adelante. Eso sí, con su característico humor negro, un Orwell que ya se pasaba los días escupiendo sangre y que sin duda veía acercarse la muerte le dijo a su editor que no debía extrañarse si en cualquier momento había que sustituir la reseña publicitaria de 1984 con «un obituario».

El aplastamiento del individuo por parte del Estado es el asunto principal, aunque no el único, de 1984; las deprimentes desventuras del protagonista son un retrato tenebroso de la existencia bajo una dictadura en la que nada es dejado al azar. Hasta el más nimio detalle cotidiano en ese mundo de pesadilla está diseñado para ejercer un control total sobre las mentes y los cuerpos de los ciudadanos; cada rutina, cada mensaje, cada escenificación tienen un único propósito: erradicar cualquier resto de autonomía personal, de libertad, de autoestima. Es el totalitarismo perfecto, donde el ser humano ya no es humano, sino un engranaje en la maquinaria, un mero insecto. Orwell despliega un arsenal de conceptos y términos («Gran Hermano», «neolengua», «policía del pensamiento», «crimen mental», etc.) que han pasado al uso común, convirtiendo 1984 en una de las mayores fábricas de referencias terminológicas y filosóficas del siglo XX. 1984 es la Biblia del antitotalitarismo, no cabe discusión alguna. Es como el reverso de la historia, la crónica fantasma de un tiempo, ambientada en otro tiempo inexistente. Orwell edificó ese libro sobre sus experiencias como miliciano, como periodista, como hombre; sostuvo toda una teoría del totalitarismo ideal sobre miles y miles de renglones en los que durante años había diseccionado las perversas relaciones entre las democracias y las dictaduras, entre la prensa y la verdad, entre los intelectuales y el pueblo. La novela no es un retrato, ni una profecía; es una advertencia. Lo que narra puede suceder entre un Estado y los ciudadanos, pero también entre una empresa y sus trabajadores, entre una raza y otra, incluso dentro de una pareja. 1984 habla de su época, y de nuestra época, y de todas las épocas, precisamente porque Orwell no inventó una explicación de la represión; incluso en forma de ficción, expresó lo que había visto, vivido y analizado con suma preocupación. Por ello, sin importar ideologías o situaciones, allá donde el fuerte aplaste al débil, y aunque todo el resto del planeta fuera libre, se harán realidad sus sentencias:

Pero siempre —no olvides esto, Winston—, siempre estará la borrachera de poder, siempre creciendo, siempre haciéndose más sutil. Siempre, en cada momento, estará la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo que está indefenso. Si quieres una visión del futuro, imagina una bota aplastando un rostro humano… para siempre.

_______________________________________________________________________

(1) Léase agente de la propaganda estalinista.


La revolución es cosa de pobres

George Orwell, Eileen O’Shaughnessy y miembros de la unidad del Partido Laborista Independiente en el frente de Aragón durante la Guerra Civil española. Foto: DP.
George Orwell, Eileen O’Shaughnessy y miembros de la unidad del Partido Laborista Independiente en el frente de Aragón durante la Guerra Civil española. Foto: DP.

Eric Arthur Blair (más conocido como George Orwell) no era un revolucionario de boquilla. En una época (la nuestra) donde todo el mundo reivindica su capacidad para (re)generar democracias, políticas o sociedades enteras, el ejemplo de Orwell permanece como sinónimo de inteligencia, compromiso y —sobre todo— como apologista del pensador, del crítico, del hombre al que todo le va y nada le viene.

Niño prodigio y mal estudiante (cosas que normalmente vienen unidas por un hilo irrompible), Orwell decidió pronto que memorizar fechas y recordar nombres no era lo suyo y decidió que viajar le curaría las malas costumbres. En esa época, a caballo entre la madurez y el pasotismo, escribió sus primeros ensayos, siempre con una pluma dotada de pasmosas cualidades para la observación y con una armadura sociopolítica que no dejaba demasiadas dudas. Nacido en 1903, la Primera Guerra Mundial solo le rozó mientras que la Segunda le tocó de lleno. Entre las dos, Orwell combatió en la Guerra Civil española (que algunos historiadores consideran el auténtico avispero que daría paso a la Segunda Guerra Mundial), fue herido y volvió a casa con un intenso odio hacia los totalitarismos, pero especialmente hacia el estalinismo que campaba a sus anchas en algunos lugares de la España republicana. Ferviente marxista, el escritor reconocería después que hubiera preferido alistarse en alguna otra facción que no fuera el Partido Comunista, y sin embargo nunca dejó de ser socialista. Un socialista obsesionado con la estructura cuasi feudal de su país y la capacidad del Estado para engullir al ser humano y escupirlo sin masticarlo.

De ahí salieron Rebelión en la granja o 1984, consideradas ambas obras caudales del pensamiento antitotalitarista, del mismo modo que de la Guerra Civil en España salió el precioso Homenaje a Cataluña, un libro que no especula, en el que no hay análisis sesudos sino sangre y lágrimas, las de un tipo que siempre estuvo en la primera línea del frente. Curiosamente, y a pesar de que —casi— todos conocemos muy bien las tres obras citadas del escritor, así como algunas de sus profecías (él inventó el término «Gran Hermano», que tanto daño ha hecho después a las retinas de los espectadores o el —muy afortunado— «policía del pensamiento») sus ensayos siguen siendo cosa de aquellos con ánimo completista y su faceta de cronista es una incógnita para aquellos que deseen saciar su voracidad en lengua castellana (en inglés, obviamente, uno puede encerrarse en un búnker y pasarse una semana leyendo lo que opinaba Orwell de un sinfín de asuntos). Por eso se agradece que la editorial Debate haya apostado por una de sus obras menos conocidas y sin embargo más caudales, especialmente ahora que parece que la brecha entre los que tienen y los que no es del tamaño de la falla de San Andrés.

Sin blanca en París y Londres, un título blanco y en botella, cuenta la odisea de un tipo fortachón, fumador y con callos en las manos (el propio Orwell, por supuesto) que vive en París como un mendigo antes de irse a Londres para vivir como un vagabundo, y todo ello sin amago de victimismo, sin quejas ni panfletos, como si la pobreza fuera solo una palabra que empieza por «p». Para aquellos que no estén muy familiarizados con el autor, este tenía una retranca considerable, y puede que sea eso lo que hace del libro una auténtica delicia: su facilidad para rodearse de personajes rocambolescos que asoman desde la página uno. Desde el borracho que ha ingeniado una fórmula matemática que demuestra que trabajar es malo hasta el que tiene un ojo de cristal pero se niega a reconocerlo. Las casas de empeño, los caseros, los judíos, los grandes hoteles, los chefs, los camareros… todos pasan por el tamiz de un pobre que describe el París de posguerra (o de preguerra, como quiera mirarse) como una gran bestia de cemento que se reboza en su decadencia, llena de ratas y chinches, sudada y caótica. Las aventuras de Orwell con su improbable compañero de andanzas, un ruso llamado Boris, son a un tiempo hilarantes y depresivas, donde cada hogaza de pan es un banquete y cada chelín una fortuna. Es en ese lodazal impracticable en el que Orwell se arrastra, donde encuentra el tiempo para reflexionar sobre el hecho de ser rico o pobre, algo que para el escritor y ensayista británico carece de la menor relevancia. Su visión de la lucha de clases se sustenta sobre la naturaleza del propio ser humano y sobre el valor del trabajo, o el valor que queremos darle. Por supuesto, Orwell es un marxista y es imposible perder de vista que, a pesar de no ser dogmático (pese a que haya una intensa crítica social en el libro, especialmente en las ocasiones en las que destripa el universo en el que viven los adinerados, a solo dos palmos de la suciedad más infecta), el cronista tiene muy claros los roles sociales y el hecho de que ni siquiera Houdini lograría escapar al perverso juego que impone no tener ni un duro en un mundo que se rige por el olor de los billetes.

Su huida a Londres, «la vuelta a casa», no es mucho mejor, y Orwell acaba metido en una odisea en barrena, de albergue en albergue, durmiendo en el suelo, controlado por celosos guardianes que tratan a los pobres como a una subespecie llegada de otro planeta para ensuciar la Tierra. Emerge en ese momento un escritor más punzante, menos dado al chascarrillo, quizás por la frustración de saberse en su propio país, un imperio que cada vez lo es menos, y probablemente enfadado por haberse dejado engañar por una oferta de trabajo resbaladiza (cuidar a un «retrasado mental») que le parece su gran oportunidad de volver a lucir tripa.

De los estrechos pasillos que rodean los hoteles de París, allí donde limpia platos y fuma a escondidas a las calles de un Londres colosal, lleno de puros y trajes caros, Orwell reflexiona sobre la naturaleza de la providencia (entiéndase «suerte», no figura religiosa) y acaba llegando a la conclusión de que va a volver a tener que empeñar su abrigo si quiere hacerse con una botella de vino. Hasta para eso el inglés es calculador, y advierte al lector de que el alcohol en su cantidad justa proporciona una hora y media de desconexión y asueto, después es redundante y sus efectos desoladores; antes es inútil y un desperdicio de tiempo y dinero. «Beba lo justo» viene a decir el escritor, como si eso fuera posible.

Sin blanca en París y Londres no es una obra netamente militante aunque a veces pueda parecerlo, sino una visión cuasi masoquista de la vida sin expectativas forrada de una (bendita) mala baba para ayudar a tragar la pastilla. Dice Orwell que «hay otra sensación que constituye un gran consuelo en la pobreza. Creo que cualquiera que haya pasado apuros económicos la habrá experimentado. Es una sensación de alivio, casi placentera, al saber que por fin estás sin blanca. Has hablado tantas veces de la posibilidad de acabar en el arroyo… y resulta que ya estás en él y puedes soportarlo. Eso te quita muchas preocupaciones». En su dieta de colillas, vasos de vino baratos y pan seco, encuentra Orwell cierta justicia (que no belleza) poética, como el boxeador que recibe el golpe definitivo y tendido en la lona piensa que, al menos, ya no deberá volver a levantarse. Lo hace además con la mano cerrada en torno a la idea de que no vale la pena caer en la desesperación, ni tampoco en el conformismo, que lo único que vale la pena es seguir fumando, bebiendo cuando se pueda y disfrutando del pan como si fuera caviar. De eso y de los chiflados que se cruza, de los soñadores, de los tipos que fantasean con manteles de seda y manjares inacabables. De eso, también de eso, puede vivir el hombre. Su tratado del hambre y de la indigencia acaba siendo también un manual de supervivencia bañado en cinismo (no sé si sano o no) sobre lo difícil que es salvaguardar la identidad cuando no te queda nada.

Orwell tenía treinta años cuando se publicó el libro y aunque siguió empeñado en meterse en líos, incluyendo guerras y debates políticos, no volvió a pisar albergues, ni a frecuentar a rusos locos o artistas callejeros. Se mezcló con soldados, mercenarios, médicos y predicadores y se convirtió en uno de los novelistas más serenos, lúcidos y proféticos de todos los tiempos. Si uno lee Sin blanca en París y Londres, empezará a entender por qué.

George Orwell en la BBC en 1940. Foto: BBC (DP
George Orwell en la BBC en 1940. Foto: BBC (DP


¿Y si todo lo que va mal fuese a peor?

Spartana
Juan José Gómez Cadenas
Espasa

portada spartanaEs una consigna muy vieja, Diego me ha contado que la repetían los milicianos que defendían Madrid de las tropas que lo asediaban, en la guerra que hubo aquí hace siglo y medio. Y está destellando en todos los monitores que rodean la plaza:

NO PASARÁN

A la vez, se escucha una música que también lleva semanas en las redes, es la banda sonora de un viejo film titulado Novecento, el himno oficioso del movimiento ciudadano que se opone a la Ley de Sectores.

Quizá hayan leído últimamente una propuesta del Gobierno que insta a la implantación en España de modelos de gestión público-privada de ciertas áreas urbanas, en las que los comerciantes y habitantes de las mismas pagarían impuestos adicionales a cambio de recibir más y mejores servicios. En la práctica, significaría la creación de barrios Premium en detrimento de otros barrios de la ciudad cuyos servicios serían menos cuidadosos. En realidad, atendiendo a la limpieza general o al número de comisarías y unidades policiales, cabe pensar que esta división urbana entre barrios privilegiados y barrios deprimidos tiene la misma edad que la propia civilización. Sin embargo, la nueva ley posiblemente lo único que haría sería abrir aún más la brecha entre los ciudadanos de primera y de segunda categoría. Empeorar las cosas.

Pues eso, exactamente eso es lo que nos cuenta Juan José Gómez Cadenas en su nueva novela, Spartana: «¿Qué pasará dentro de cincuenta años si todo lo que va mal ha ido mucho peor?».

La novela bebe de dos tradiciones más o menos clásicas. Por un lado, la de la distopía. El futuro que plantea Gómez Cadenas se desarrolla en un mundo injusto y en descomposición en el que los países se han unificado en tres grandes federaciones pancontinentales —la Federación Rusa, la Angloamericana y la Republica China que, de alguna manera, nos recuerdan a las meganaciones de 1984, la gran fábula distópica de George Orwell. Sin embargo, el mundo de Spartana no es el resultado de una gran guerra ni de una destrucción masiva; lo verdaderamente aterrador es que el mundo que se nos muestra es el producto de un apocalipsis lento, una degradación a combustión pausada, casi imperceptible, como consecuencia de los desajustes económicos paulatinos que nos hacen tragar día tras día, pero que aceptamos con una sonrisa, anestesiados mientras vemos el fútbol, vamos al cine o miramos la televisión.

Como todos los veteranos de este negocio, el viejo no acaba de acostumbrarse a las dimensiones, cada vez más gigantescas del espectáculo.

¿Tú lo entiendes niña? A la gente no le llega para pagar el alquiler, pero los shows están a reventar.

Panem et circenses, Alfredo. No me cuesta nada imaginarme la respuesta de mi abuelo. Panem et circenses.

Esa es probablemente la otra influencia distópica sobre la que navega Spartana; la de El fugitivo de Stephen King o incluso Un Mundo Feliz de Aldous Huxley. Si queremos mantener a los ciudadanos en un estado de opresiva pobreza sin que se rebelen, necesitamos algo que nos permita tranquilizarlos, calmarlos y, en definitiva, alienarlos de la terrible realidad que les rodea a diario. Huxley creó el soma, la droga de la felicidad. Gómez Cadenas, como King y, en realidad, como la propia realidad, elige la televisión. Y es que la competición que da nombre a la novela, la spartana, y que enfrenta a equipos de distintos países en cruentas pruebas de inspiración greco-latina se parece peligrosamente a la celebración de una Copa Mundial de Fútbol en unas ciudades cuya mitad de su población vive en favelas. Al fin y al cabo, lo importante es que el público se divierta y que el mundo entero se divierta. Y que lo vea a través de la televisión.

El mundo que nos presenta el autor está construido con elegancia y precisión, dejando detalles de divertida elucubración científica como la lanza de neutrinos, un artefacto capaz tanto de hacer una tomografía de la Tierra como de desactivar una bomba atómica a distancia. No en vano, Juan José Gómez Cadenas es profesor de investigación del CSIC y director del experimento NEXT en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc. Vamos, que de neutrinos sabe un rato.

Con todo, y pese a la oscuridad que rodea la narración, Spartana es una entretenidísima novela de acción y aventuras. Escrita con un estilo narrativo sencillo y enormemente ágil, es la primera incursión de Gómez Cadenas en el territorio de la narrativa juvenil, un género en pleno auge, sobre todo en el mundo anglosajón, donde se denomina Young Adult Fantasy, Urban Fantasy o sencillamente Young Adult Fiction. Sin embargo, en cierto modo, este género destinado supuestamente al lector joven adulto no deja de ser la adaptación y la actualización de la novela clásica de aventuras.

Y esta es la segunda tradición de la que bebe nuestra novela. Porque Spartana está tan emparentada con Los juegos del hambre de Suzanne Collins o El dador de Lois Lowry, como con la Isla del tesoro de Robert Louis Stevenson o La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne.

Así que entren en sus páginas y acompañen a Vega, nuestra atlética protagonista, en un viaje que les llevará desde los suburbios más deprimidos del Madrid del futuro hasta la luminosa ciudad antártica de Alberta, y desde el centro del Moscú más privilegiado hasta la arena de competición de las afueras de Atenas. Pero sobre todo, acompáñenla en el viaje interno que la transformará de ser una mera receptora de la realidad a convertirse en partícipe activa del cambio del mundo.

Un cambio tan imperioso, tan inevitable y tan necesario como casi imposible. Una empresa en la que tendrá que renunciar a todo: a su estatus, a la fama y casi a su propia vida.

Durante un tiempo creí que ese mecanismo degenerativo era un error de diseño. Ahora estoy convencido de que se trata de obsolescencia programada. Un niño es fácil de manipular, pero ¿cuánto tiempo tardaría un adulto con un IQ de doscientos en rebelarse contra los que le esclavizan?


¿Cuál es la mejor novela de ciencia ficción?

Como quizá ya sepan, y si no los saben ahora se lo decimos, andamos enfrascados en la organización del Evento Ciencia JotDown 2014, que contará no solo con la presencia de un ingente número de lectores, esperemos, sino también con los ganadores del concurso de textos de divulgación y de narración científica. Pero valorar la calidad de una historia de ciencia-ficción exige tener previamente unas referencias con las que compararla, un canon. ¿Qué títulos incluir en él y en qué orden? No es sencillo, dado que pueden juzgarse según varios aspectos: su nivel literario, su rigor científico, su capacidad predictiva… etc. Todas estas cuestiones han provocado una animada discusión que ha ido ganando en apasionamiento hasta que uno de nuestros redactores ha intentado estrangular a otro. Cuando finalmente logramos separarlos hemos convenido que la mejor manera de resolverlo era apelando al comodín del público. Así que voten por favor, añadan algún otro título si lo desean e incluso envíennos su propio relato si se encuentran particularmente inspirados.

_______________________________________________________________________

Contacto

contactCarl Sagan, además de haber sido un notable científico, excelente divulgador y maestro de Neil deGrasse Tyson, tiene otro logro, el mayor de todos ellos y que le garantiza la eternidad: fue el autor de las placas que portan las sondas espaciales Pioneer 10 y 11, que permitirán a los extraterrestres hacerse una idea de lo que somos. Con semejante tarjeta de presentación quizá se hagan muchas ilusiones creyendo haber encontrado a sus almas gemelas en el universo y tras aterrizar aquí se lleven una decepción gordísima, quién sabe. Es una cuestión sobre la que se podría especular largamente y el propio Sagan lo hizo en su único y muy celebrado escarceo con la ficción. En esta novela posteriormente llevada al cine sin mucho acierto, la radioastrónoma Ellie Arroway se encuentra un misterioso mensaje extraterrestre durante su trabajo en el programa SETI. Resulta ser una respuesta al discurso de Hitler emitido por televisión durante los Juegos Olímpicos de Berlín, pues esa es la única comunicación nuestra que les llegó a los alienígenas. Viendo la parrilla televisiva actual podría haber sido peor.

_______________________________________________________________________

Guía del autoestopista galáctico

guiaDurante millones de años ser escritor de sci-fi conllevaba en mayor o menor medida cultivar patillas optimistas y lucir una solemnidad inversamente proporcional a la capacidad de reconocer que quizá alguien que escribe sobre tostadoras con sentimientos no debería de tomarse el universo tan en serio. Tendría que llegar Douglas Adams y pasarle a todo el mundo una toalla por los morros para construir la epopeya más espectacular y descojonante del género. Robots depresivos, delfines agradecidos, comunas espaciales que llevan generaciones pillándose un pedo en la misma fiesta, viajes en el tiempo y antihéroes bicéfalos. Hay más ciencia ficción pura en la trilogía de cinco libros de Adams que en toda la literatura de ideas. La Guía arranca como debe de ser, aniquilando a la humanidad para construir una autopista, y en el fondo es el único libro de la historia que contiene la, universalmente reconocida como válida, respuesta a TODO.

_______________________________________________________________________

1984

1984De la más célebre distopía que se haya imaginado no es del todo exacto decir que sea profética, puesto que George Orwell al fin y al cabo se basó en lo que fue la vida cotidiana para millones de personas tanto en la Alemania nazi como en el régimen estalinista. Pero sí fue capaz de definir las señas de identidad del totalitarismo, hacérnoslo distinguible al caricaturizarlo y advertirnos de algunos de sus síntomas. Muchos de los términos de esta novela —la «neolengua», la «policía del pensamiento», los «dos minutos de odio»…— se han hecho tan enormemente populares que ya forman parte del discurso político contemporáneo. Y es que resulta curioso recordar por ejemplo esto cada vez que uno ve un informativo. ¿Se imaginan una sociedad en la que las autoridades y los medios de comunicación magnificasen alguna amenaza, fomentando la paranoia en la población, uniéndola frente a un enemigo común y dando lugar a un estado de excepción continuado? Mera fantasía, como este libro.

_______________________________________________________________________

La guerra de los mundos

guerraSi algún día vienen los extraterrestres será para invadirnos, matarnos y esclavizarnos, esa es la idea que tenemos firmemente asentada en nuestras cabezas. En parte se debe a nuestro conocimiento de la historia, ya que las sociedades más primitivas siempre han acabado calamitosamente tras contactar con otra más avanzada. Y por otro lado debido a las numerosas historias de ficción al respecto, puesto que siempre suele dar más espectáculo una guerra apocalíptica que un contacto diplomático pacífico con un señor verde. Esta novela de H. G. Wells de finales del siglo XIX fue la pionera en la representación de una invasión marciana. Pero no conforme con describirnos a monstruos llegados de muy lejos terriblemente destructivos y feroces, Wells también nos mostró a ese otro que llevamos dentro dispuesto a salir cuando el orden social se desmorona.

_______________________________________________________________________

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

sueñanLa ciencia ficción es sin duda el género que mayor profundidad filosófica permite alcanzar y esta novela de Philip K. Dick es un buen ejemplo de ello. Qué mejor manera de invitarnos a pensar sobre el sentido de la vida que hablándonos de una vida sintética. Aunque se le fue la mano con la fecha —1992 ya se nos hace un poco añejo para imaginarlo futurista— en nuestro tiempo rara es la semana en la que no aparece en los medios algún avance en torno a la manipulación genética. También aborda otros asuntos como la religión, la guerra nuclear y la contaminación, pero si hay algo a destacar en esta obra es el haber servido de inspiración a una de las mejores películas de la historia.

_______________________________________________________________________

Dune

duneEn el complejo universo ideado por Frank Herbert (y desafortunadamente precuelado sin descanso por su hijo), todo se mueve gracias a la especia melange, una sustancia con multitud de propiedades. La principal, mutar a los navegantes de la Cofradía Espacial haciéndolos capaces de plegar el espacio y, por lo tanto, de trazar rutas seguras para los viajes interplanetarios. Además la especia es más adictiva que el crack y la gente se coge con ella unos colocones impresionantes. Es decir, en «mundodune», conducir puesto hasta las trancas no solo no te quita puntos del carnet, sino que es la forma más idónea para viajar, tanto mental como físicamente. ¿A quién puede no interesarle un universo así? Pero no todo iba a ser perfecto. La especia es cara. No porque sea ilegal, como lamentablemente ocurre aquí con ciertas drogas, sino porque solo se encuentra en un planeta del Imperio: Arrakis, también conocido como «Dune, planeta desierto» (hay que decirlo todo junto, esto es importante). Allí los héroes de la trama, el clan Atreides, se enfrentarán por el control del negocio a los malvados Harkonnen, lo que da pie a seis tomos —casi todos tan gordos como el mismísimo barón Harkonnen— de conspiraciones, guerras, alianzas y traiciones, estraperlo, esclavitudes sexuales, condicionamientos hipnóticos y mutaciones genéticas delirantes con truchas de por medio. La HBO tendría aquí buen material para una serie, por cierto, que desde el fin de Galactica se echa de menos un culebrón interestelar en la parrilla.

_______________________________________________________________________

Snow Crash

snowUna de las novelas de ciencia ficción más vendidas en los noventa. Snow Crash lo tenía todo para molar mucho, petarlo muy fuerte. Sí, el Criptonomicon es la obra maestra de su autor, pero Snow Crash era rápida, directa a la yugular. Era cool justo antes de que lo cool dejara de serlo, porque también acariciaba la sátira en el proceso. William Gibson y Frank Miller se sentaron en el cerebro de Neal Stephenson para escribir una historia donde el protagonista era un repartidor de pizzas que en el ciberespacio —el Metaverso— era un príncipe guerrero, el malo era un esquimal gigante cuya leyenda afirma que iba por la vida con una bomba atómica a cuestas como quien lleva un arma de mano, la colega del protagonista era una adolescente patinadora que llegaba a vacilarle al héroe varias veces y había un perro que fácilmente podría ser una de las mascotas más adorables y decisivas que ha habido jamás en un relato de ciencia ficción. Ágil, ácida, divertida, Snow Crash no se paraba a reflexionar sobre la humanidad y su destino —aunque pudiera conseguirlo sin ser su intención— y otros grandes temas metafísicos que son lugar común en el género. No, Snow Crash era un blockbuster con acción, intriga y explosiones tremendamente entretenido.

_______________________________________________________________________

El juego de Ender

enderEn una sociedad futurista que ha sobrevivido al ataque de una raza alienígena con el aspecto de insectos, un niño de gran inteligencia y sensibilidad es adiestrado para convertirse en una máquina de guerra ante un posible nuevo ataque. Esta historia salida de la mente del misionero mormón Orson Scott Card cautivó la imaginación de millones de jóvenes y ganó todos los premios imaginables desde que se publicó a mediados de los ochenta. Recientemente ha contado con una adaptación al cine, que como suele ocurrir ha causado una gran decepción a algunos lectores, aunque es bastante apreciable.

_______________________________________________________________________

Mundo Anillo

mundoOtra novela que se basa en la expedición a un mundo extraño con la esperanza de salvar el pellejo, o lo que sea que recubra los cuerpos de los titerotes. Larry Niven, un autor cercano a la ciencia ficción dura, es decir a esa rama de la narrativa en la que cualquier atentado a una oscura ley de la física de partículas se paga con el desprecio de la raza terrible que forman los ingenieros e informáticos del mundo, esta vez descuidó un tanto la ciencia para escribir un relato de aventuras que resultó ser mucho más entretenido que nada de lo que hubiera publicado hasta entonces. Pero en una convención del género fue recibido con una pancarta que proclamaba que «Mundo Anillo es inconsistente» y su orgullo le obligó a parir una serie de secuelas que pusieran las cosas en su sitio, estropeando por el camino lo que aisladamente se puede considerar sin ofender a nadie una de las mejores historias de ciencia ficción que nos dejó el siglo XX.

_______________________________________________________________________

Yo, robot

robotUno de los escenarios más recurrentes de la ciencia ficción, tras la invasión alienígena, es el de la rebelión de las máquinas. Isaac Asimov, el mayor divulgador científico junto a Sagan, le dio muchas vueltas a este asunto elaborando sus célebres leyes de la robótica en esta colección de cuentos, que acabaría formando parte de su saga Fundación. Se trata de un libro sobre robots de 1950, cuando aún no existían. Era todo un visionario, sin duda, aunque nos tememos que ni en su ensoñación más febril y bajo los efectos de cualquier psicotrópico habría imaginado este esperpéntico sarao japonés: los robots han llegado a nuestro mundo y son así.

_______________________________________________________________________

De la Tierra a la Luna

tierraJulio Verne debía estar presente en esta lista y esta obra puede ser un buen ejemplo. Acertó al prever la llegada a la Luna y el lugar donde ubicar los lanzamientos espaciales (Florida), pero tampoco habría que exagerar señalando solo sus aciertos —a veces muy vagos— y pasando por alto los fallos, que por esa vía acabaríamos adorando a Nostradamus. Viajar en el interior de una bala de cañón lanzada lo suficientemente rápido como para salir al espacio causaría como mínimo ciertos problemas cervicales. Pero en cualquier caso esta historia sirvió de inspiración para esa película tan divertida de una galleta espacial con una bala en el ojo, que aprovechamos para recomendar aunque no la hayamos visto.

_______________________________________________________________________

Solaris

solarisUn académico —y además croata afirmó en cierta ocasión de esta novela de Stanislaw Lem que «tiene varios niveles, y es a la vez un rompecabezas psicobiológico, una parábola acerca de las relaciones y emociones humanas, y una demostración de que los criterios antropocéntricos son inaplicables en el mundo moderno». Esta definición bastaría para fundir las meninges de los incautos que se acercan a la ciencia ficción buscando espadas láser y marcianos con mala leche. Y además es una amenaza real, porque Solaris es eso y mucho más; es una de las obras literarias más compleja del siglo XX que, para empezar, en lugar de un malvado emperador galáctico nos enfrenta o no a todo un planeta oceánico y aparentemente consciente, que no se sabe muy bien si presenta una actitud apática, jocosa o directamente beligerante hacia los soberbios científicos que hacen gala de poder abarcarlo todo con el poder de unas fórmulas matemáticas. Una patada en la boca a materialistas y metafísicos. Una gozada. Y hay fantasmas.

_______________________________________________________________________

Hyperion

hyperionLa trama que Dan Simmons desarrolla en Hyperion es lo bastante compleja como para servirnos de ejemplo paradigmático de lo más apreciado por el aficionado medio a la ciencia ficción. Una Iglesia del Alcaudón que aporte su granito de arena místico, una nave templaria y con forma de árbol, las Tumbas del Tiempo —con su correspondiente inversión del flujo temporal, un puerto espacial llamado Keats, pues siempre son bienvenidas las referencias literarias más serias, y un monstruo con el cuerpo recubierto de cuchillas que promete un sufrimiento que deja la digestión del sarlacc a la altura de una sesión de hidromasaje. A la manera de Los episodios de Vathek o Los cuentos de Canterbury, siete peregrinos cuentan su historia personal mientras se dirigen al encuentro del monstruo con la esperanza de que pueda evitar el fin de los mundos. Un lío, claro. Hay historias mejores que otras, pero todas merecen la pena. Y los birukas. Ojo con los birukas.

_______________________________________________________________________

2001: Una odisea espacial

2001No es solo la mejor novela de Arthur C. Clarke, sino que en cierto modo es también la mejor de Stanley Kubrick. Aunque el cineasta y el escritor firmaron por separado la película y el libro, ambos participaron en un mismo y único proceso creativo que partía de un cuento de C. Clarke de 1968, «The Sentinel», e incorporaba las ideas Kubrick hasta convertir 2001 en la historia que es hoy. La película salió en abril de 1968 y el libro solo unos meses después, por suerte para quienes fueron al cine y se quedaron fríos. En él, C. Clarke evita las figuras poéticas de Kubrick y traslada su misma historia a las páginas en limpio y con claridad, despejando todo aquello que el cineasta había contado de una manera más lírica. Así es como 2001 se revela como lo que es: una historia sobre la naturaleza de la inteligencia, de su consustancia con la misma vida y sobre su papel en el universo. Quizá la mejor novela de ciencia ficción jamás escrita y con toda certeza la más ambiciosa de todas.

_______________________________________________________________________


Terry Gilliam, la belleza de lo grotesco (I)

Siempre he tenido la necesidad de ver qué hay más allá, qué hay al girar la esquina. El mundo trata de decirte “Esto es lo que hay y no te aventures más lejos, porque ahí fuera hay monstruos”.

Pero yo quiero ver esos monstruos.

Terry Gilliam

Recuerdo enfrentarme a Brazil siendo aún un infante que acaba de inaugurar el periodo de latencia y para el que George Orwell era poco más que un nombre exótico. La experiencia de aquel visionado era abrumadora y fascinante para la retina; el director se destapaba como un prestidigitador de la imagen tan brutal que parecía capaz de filmar una fiesta pijama y convertirla en un lienzo barroco: el ambiente era grisáceo, opresivo, fatídico y a la vez profundamente cómico de un modo retorcido. El resultado final era como estar contemplando una deliciosa pesadilla y probablemente fundió más de un fusible en mi preadolescente encéfalo. Terry Gilliam (Minnesota, 1940), ex-Monty Python y director comando, conseguía trasformar la pantalla en una ventana hacia otro mundo. Un mundo tan torcido como atrayente, en el que la ley estética era tornar bello lo grotesco.

Gilliam tiene el don de ser uno de los directores más sólidos a la hora de construir un universo propio identificable, y por otro lado la desgracia de ser uno de los que han tenido peor fortuna a lo largo de su carrera por factores ajenos a su capacidad creativa. A día de hoy, con setenta años a sus espaldas y aun habiendo alumbrado obras de culto, Gilliam se las desea para mendigar dinero (sin demasiada fortuna) a los productores cuando quiere sacar adelante un proyecto. Mientras tanto, en el mismo planeta, Michael Bay se financia tres Destruction Derbys con robots gigantes entre la hora de la sesión de spinning y la de las pesas y Paul W.S. Anderson adapta un videojuego o viola el cadáver de Alejandro Dumas cuando tiene una tarde tonta.

Y pese a aquellos inicios prometedores, la producción de Gilliam llegaría a irregularizarse gravemente (tanto en cantidad como en calidad) de manera alarmante durante los últimos años.

Gilliam era el único americano dentro de las filas de la irrepetible compañía Monty Python, y una vez disuelto el grupo se ató una bandana a la cabeza y se lanzó a la dirección cinematográfica fascinado por las posibilidades del celuloide y con una romántica visión del cine como camino hacía mundos inexplorados. Su particular —tanto en la narrativa como en lo visual— percepción de las historias unida a un cruel sentido del humor le convirtió en un director de culto con un séquito importante de seguidores acérrimos.

El universo de Gilliam orbita principalmente en torno al concepto de la imaginación y la percepción del mundo (o los mundos) a través de ella: hombres que sueñan con mujeres que aún no existen en sus vidas, viajes a través del tiempo o fantasías iconoclastas que alejan al personaje de un mundo cotidiano y opresor. Incluso aquellos casos en los que Gilliam no bucea por completo en el género fantástico su obra se dedica a hacerle ojitos al realismo mágico, siempre rebozándose en un ubicuo y personalísimo humor negro fruto de la combinación del absurdo Pythonesco y de ciertos ideales subversivos del propio Gilliam.

En lo plástico apabulla su capacidad visual, arriesgando a picar la cámara en planos holandeses —que a pesar de su nombre no consisten en vestirse de naranja y arrear una patada de vale-tudo a la cámara, sino inclinarla hacía uno de sus lados consiguiendo una toma ligeramente virada sobre el eje horizontal—, planos cenitales, travellings kilométricos, malabares visuales y un eterno (y admirado) uso del gran angular.

La idea siempre es acrecentar la riqueza del plano o distorsionar la realidad hasta convertirla en fantasía. Para tal fin es norma en Gilliam aferrarse a las lentes con una distancia focal inferior a 28 mm, cuando el resto de la humanidad considera lógico utilizar las de 40 o 65 mm porque son las que representan con más aproximación el campo de visión natural del hombre. Pero para Gilliam el adecuar la cámara a la percepción natural del ojo humano es algo que solo preocupa a otras personas, él prefiere el ángulo inestable, crear un mundo con una profundidad de campo imposible, ponerse muy barroco recargando de elementos cada escena y obligar al espectador a ver el mundo a través de su mirilla.

Monty Python que estás en los cielos y los antecedentes subversivos

Se me da mejor ser animador que fabricante de bombas. Es por eso que la mayor parte de Estados Unidos aún está en pie.

Terry Gilliam, (Salman Rushdie talks with Terry Gilliam)

Gilliam bromeaba en una entrevista concedida a Salman Rushide con lo aterrorizado que estuvo en su juventud al creer que acabaría convirtiéndose en un terrorista en caso de quedarse en Estados Unidos. En los sesenta era un alumno con una firme trayectoria de sobresalientes trabajando en las filas de la revista Help! y tras un desafortunado incidente con la policía, comenzó a adquirir un punto de vista del mundo y la sociedad diferente al que le habían inculcado (“Fue como una epifanía, de repente sentí lo que significaba ser un chico negro o mejicano viviendo en L.A. […] Aquello cada vez me ponía de peor humor y sentía que tenía que salir de allí”)

Mudado a Inglaterra, comenzó a trabajar como animador en la serie ¿infantil? Do not adjust your set, donde también militaban Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin. Aquel sería el germen de la irrepetible troupe Monty Python, formada posteriormente con la incorporación de John Cleese (antiguo conocido de Gillliam) y Graham Chapman.

Al principio Terry Gilliam solo figuraba en los créditos como animador dentro del exitoso programa Monty Python ‘s Flying Circus. Sus creaciones eran una combinación extraña de recortes de fotografías victorianas y dibujos propios, y utilizaban elementos surrealistas pero recurrentes: pies gigantescos con tendencia a aplastarlo todo, nubes que acolchaban la presencia de Dios, elefantes, dedos acusadores y todo tipo de absurdos similares.

Crankycritic: “¿Veremos más animaciones tuyas?

Terry Gilliam: “No. Ese era otro tio. Mismo nombre , diferente persona.”

-Entrevista on-line de 1998 en la web CrankyCritic.

Pronto este característico estilo —surgido con prisas y alumbrado espontáneamente a raíz de un programa de televisión en el que participaba— se convirtió en un elemento distintivo del grupo y creó un legado que alcanza hasta nuestros días, desde las cabeceras de Muchachada Nui a aquel cómico sketch de South Park realizado en su honor:

Gilliam acabó siendo citado como miembro oficial del grupo británico. En realidad no solo ejercía de dibujante y/o animador sino también de escritor e incluso sus compañeros, en un alarde de generosidad, le cedían la interpretación de aquellos papeles que nadie quería por incómodos al implicar horas de maquillaje o complicado vestuario —como enfundarse en una armadura para el admirable acto de golpear a la gente con un pollo muerto. Hasta en las películas del grupo sus papeles como actor eran aquellos que requerían de alguien con una fisonomía a medio camino entre la elegancia del homeless aletorio y la percha de Gollum (roles como el carcelero de La vida de Brian o el guardián del puente de Los caballeros de la mesa cuadradaque en el fondo divertían mucho al propio Gilliam)

Sería con las películas de los Python donde Gilliam se estrenaría tras la cámara gracias a Los caballeros de la mesa cuadrada (Monty Python and the Holy Grail, 1975). Codirigida junto a Terry Jones —Gilliam en ella se encargaba de la fotografía mientras que Jones hacía lo propio con la dirección de actores— la delirante epopeya del rey Arturo tenía más de hijo del colectivo cómico que del propio Gilliam, quien entretanto aprovechaba para comprobar como de cómodo era estar detrás del objetivo.

Dos años más tarde se aventuraría en la dirección en solitario con La bestia del reino, film cuyo título original era Jabberwocky, un nombre de monstruo imposible sacado un poema de Lewis Carroll. La obra, pese a no contar con el beneplácito ni de crítica ni de público, generó un pequeño culto debido a que en aquella comedia medieval empezaba a intuirse el cigoto del estilo de su cine: ambientes medievales sucios, héroe irónicamente involuntario —el protagonista seguía todos los pasos del caballero de cuento de hadas por accidente y su auténtica tragedia era desear en realidad una existencia anodina junto a una esposa con sobrepeso—, una representación decrépita de la burocracia, una elección de vestuario curiosa con capuchas de cuero y harapos como trending clothes, un estilo visual peculiar y un sentido del humor que desde el mismo tráiler no renuncia a su esqueleto Pythonesco. Tanto que en América fue publicitada como Monty Python’s Jabberwocky, cosa que le tocó bastante las maracas al propio Gilliam.

En 1981 estrena Los héroes del tiempo, fantasía de aventuras en la que un niño acompaña a una serie de bandidos enanos en su viaje a través de diferentes épocas con el noble propósito de desvalijar todo lo posible. Acompañada de un gran éxito en taquilla, en ella se veía a un Gilliam más suelto e ingenioso encuadrando los planos desde abajo para simular la percepción de un niño (o de uno de los enanos), y aprovechando toda sugerencia de los actores en beneficio de la película e incluso sacando jugo entre bambalinas del roce entre ellos, como la enemistad que presumiblemente ofrecía David Rappaport al resto del reparto de menor estatura, ya que consideraba haber sido el único elegido por su capacidad interpretativa y no por su físico. Reparto, por otro lado, lleno de amigos británicos (como sería costumbre) y con la curiosidad añadida de que el guión original citaba la aparición de Agamenón del siguiente modo: “El guerrero se quitó el casco, revelando el rostro de alguien que tiene exactamente el mismo aspecto que Sean Connery, o un actor del estilo […]”, con tan buena fortuna que el texto llegó a manos del propio Connery —quién no había sido considerado realmente para el rol— y éste solilcitó el papel.

El sentido de la vida apareció en 1983, y sería la última película de los Monty Python. Film brillante y descojonante a partes iguales para el cual los Python confiesan haberse sacado de la manga el concepto de sentido de la vida porque “era la única forma posible de justificar unos sketchs que no tenían relación alguna entre sí”. Incluso en su momento mostraron su negativa a presentar un guión a la productora, y a cambio le recitaron un poema junto con el presupuesto necesario.

La cinta la dirigiría Terry Jones en solitario y Gilliam participaría de nuevo junto a sus compañeros televisivos ejerciendo sus funciones habituales, pero también acordó dirigir uno de los sketchs que vertebraban la cinta y en un sano ejercicio de megalomanía llevó su propio equipo, montó escenarios gigantescos, contrato un alegre y cantarín reparto de octogenarios y llegó a gastar el doble del presupuesto estipulado para un gag de 5 minutos que al final se convirtió en un cortometraje de media hora.

En palabras de John Cleese: “Yo vi todo aquello y creí que estaba montándose su propia película”.

En palabras de Terry Gilliam: “Eh, que a mí nadie me dijo que parara”.

La ingeniosa solución fue editar el corto hasta el cuarto de hora y presentarlo antes de la película como bonus feature, aunque los protagonistas del mismo en una metabroma ocurrente abordarían (literalmente) la propia película posterior durante el desarrollo de la misma. La idea encantó por hilarante.

La guerra de Brasil

Lo primero que querían era un final feliz. Después decidieron que la temática de la película sería “el amor lo puede todo”. Entonces empezaron a cortar todo el metraje fantástico. Una cosa es discutir sobre si necesitas o no una escena o si esta debería de ser algo más breve. Otra cosa es cuando te dicen “vamos a contar una historia diferente”. En ese punto yo dije “Whoa, es hora de entrar en guerra”.

La mentalidad del estudio de Hollywood es que los americanos son estúpidos. Ellos tratán de bajar el listón tanto como se pueda hasta alcanzar a lo que creen que es un público idiota. Y yo siempre he creído en la inteligencia de la audiencia. Pero si alimentas a la gente durante el tiempo suficiente con comida para bebés a ellos les acabará gustando.

Terry Gilliam hablando sobre los problemas con la película Brazil.

Brazil iba a ser llamada 1984 y medio en homenaje a Orwell y a Federico Fellini. Pero en palabras textuales del director “El cabrón de Michael Radford hizo una versión de 1984, y la llamó 1984”, así que el nombre final se le ocurrió a Gilliam cuando contemplando una playa sepultada por cenizas en la costa de Wales se imaginó a un hombre ante un panorama desolador escuchando por radio una canción (Brazil) que evocaba un lugar más alegre.

Brazil es una joya fílmica que arranca de manera cómicamente cruel, cuando una de sus primeras escenas muestra cómo una mosca aplastada contra un techo causa un error tipográfico que conlleva el brutal arresto de un hombre inocente ante su esposa e hijos y su posterior ejecución. Brazil presentaba un mundo futuro distópico y opresivo, donde el gobierno es una entidad totalitaria —fruto de la exageración de la propia percepción del mundo por parte del director—, las tuberías se abren paso por la vida diaria acorralando a las personas, la burocracia es dañina hasta el absurdo y un empleado gubernamental asfixiado (Jonathan Pryce) sueña con una vida menos agonizante. Brazil es una especie de 1984 sin el Gran Hermano y en clave de slapstick delirante.

La obra fascinó por su excelente puesta en escena, pilló a Gilliam con el chip del ingenio completamente desatado y el hombre acabó concibiendo escenas memorables: el personaje de Robert de Niro desapareciendo literalmente de la historia dentro de una maraña de papeles o una incómoda mesa compartida entre dos habitaciones contiguas. También asentó por completo su estilo acomodándose en los toques retro-futuristas —artilugios y componentes anticuados formando aparatos del futuro, la estética era steampunk sin siquiera intentarlo—, las escenas oníricas de imaginario personal —y no demasiado lejano del de compañeros como Terry Jones—, la perspectiva extrema —aquí comenzó su afición por la lente de 14mm, aquella que los profesionales después apodarían la Gilliam— y una sci-fi noir que se nutría tanto de El tercer hombre como de Fritz Lang, Humprey Bogart, Frank Kafka o El acorazado Potemkin.

Lo que nadie se imaginaba era la batalla que estaba por delante con la distribuidora: en Europa la cinta se estrenó sin pega alguna con un notable éxito de crítica de la mano de Fox Pictures International, pero en América a los chicos de Universal se les dilató el intestino grueso con el demoledor (y catatónico) final que presentaba el film. Aterrados por la perspectiva comercial de una cinta con un epílogo tan deprimente, los de Universal asumieron el control total sobre la película y la embargaron tras muchas peleas, alguna modificación del contrato original —entre ellas una clausula que sentenciaba la duración de la obra a estar obligatoriamente comprendida entre los 95 y los 125 minutos (Brazil duraba 142 minutos)—, la trisómica ocurrencia de sustituir la oscura banda sonora de Michael Kamen por otra más rockera para atraer a los adolescentes y una gran serie de recortes y cambios. Un equipo de la compañía comenzó a montar de nuevo Brazil con la misión de realizar los cambios necesarios y añadir un nuevo y alegre final feliz. A dicha versión bastarda se la llegó a conocer como la infame edición Love conquers all y su final lucía del siguiente modo:

Un epílogo que estaba a mil millas y en otra constelación de la idea original:

Y entonces Gillliam implosionó.

Universal había modificado por completo su película, un fábula agónica de la deshumanización con tonos kafkianos había sido convertida en un producto anodino donde el mensaje era algo así como “pórtate bien y juega dentro del sistema y al final tendrás a la chica de tus sueños”.

Y habían prohibido a Gilliam exhibirla en cualquier parte de Norteamérica.

El responsable de todo aquel tinglado era Sidney Sheinberg, presidente de los estudios Universal, que demandaba tanto cambio a favor de una posible mejora en la carrera comercial.

Pero Sidney un día abrió el Variety y se encontró con un anunció a página completa pagado por Gillliam con el siguiente mensaje: “Querido Sid Sheinberg: ¿Cuándo tienes pensado estrenar mi película BRAZIL? —Terry Gilliam”.

Gilliam había saltado con pértiga sobre la posibilidad de encomendarse a los abogados sabiendo la batalla perdida de antemano. Prefería montar un espectáculo público. Todo lo que ocurrió a continuación resulta tan cómico como absurdo.

Gilliam alentó a los críticos a que se asomaran a Europa a echarle un vistazo a la película: “Tanteamos el ofrecer a los periodistas vuelos a Londres, o meterlos en un bus y llevarlos a Tijuana para pasarles una proyección”. Sidney, respondiendo a la amenaza, aseguró que la opinión de los críticos no iba a cambiar su percepción de lo que tenía que hacer con Brazil.

Gilliam apareció junto a Robert De Niro en el programa de televisión Good Morning America; De Niro era especialmnte receloso de las apariciones televisivas pero decidió ayudar al ex-Monty Python —Bobby De Niro dijo muy poco, estaba charlatán aquel día así que debimos de sacarle como unas diez palabras” comentaría jocosamente a posteriori Gilliam—. El presentador lanzó una pregunta: “¿Es cierto que estás teniendo problemas con un estudio?” La respuesta de Gilliam fue directa: “No, estoy teniendo problemas con Sid Sheinberg, aquí está una foto de él en 8×10” y entonces procedió a enseñar a toda la audiencia la foto de Sid.

Sheinberg entretanto estaba en su casa haciendo gárgaras con ácido sulfúrico.

Gilliam fue invitado a dar una clase sobre dirección en una universidad. En la misma se tenía pensado proyectar un extracto de Brazil; cuando la Universal se enteró de aquello interrumpieron vía telefónica la propia charla y, tras una serie de negociaciones, permitieron al director mostrar un clip de su película. Dicho clip proyectado acabó siendo la película completa. Durante las dos semanas posteriores se siguió proyectando de tapadillo para todo aquel que tuviese interés en verla. Y un grupo de críticos se pasó por allí alguna tarde, porque una mañana Gilliam se encontró con un mensaje en su contestador que le informaba de que Brazil acaba de ganar los premios a mejor película, mejor director y mejor guión otorgados por el L.A. Critics Circle.

Aquello pilló a la Universal con las bragas por los tobillos y a Sheinberg con el clembuterol en la mano. Se apresuraron a estrenarla de manera paupérrima en una versión de 132 minutos editada por Gilliam y con el final ñoño extirpado; pese tan lamentable distribución—con una cantidad limitadísima de copias y sin siquiera los carteles promocionales— Brazil logró una taquilla bastante espectacular en proporción y la entrada con honores al hall of fame del cine de culto.

(Continua aquí)


Fernando Savater: “Ser malo es mucho más divertido”

Fernando Savater no necesita presentación. Nos recibe en su casa de Madrid, repleta de lo que más le gusta: libros y monstruos. En tono risueño diserta sobre la actualidad, las -escasas- consolaciones de la filosofía, el cine actual y clásico, la literatura… Al escucharlo uno tiene la fastidiosa sospecha de que la persona que tiene enfrente es mucho más inteligente que uno mismo. Una sensación a la que ya debería estar sobradamente acostumbrado si saliera más de casa, pero que en este caso resulta flagrante.

La primera pregunta es obligada: ¿qué le pareció la legalización de Bildu?

El papel de los ciudadanos no es estar de acuerdo con la legalización de Bildu ni con ninguna otra medida de los tribunales. Los tribunales están, precisamente, para acabar con los desacuerdos; funcionan, están ahí, porque los ciudadanos pensamos cosas distintas. Los tribunales están para dirimir ese tipo de cosas; los que somos partidarios de las instituciones y las hemos defendido frente a los etarras y el mundo radical tenemos que aceptar naturalmente los dictámenes. Otra cosa es que luego te preguntes qué va a pasar, cómo nos las vamos a arreglar ahora que pululan por los ayuntamientos. Pero el ciudadano, después de que el árbitro ha pitado el penalti, no debería plantearse pitarle un penalti al árbitro.

¿Qué opina de la ejecución de Bin Laden? Quien se la cuestione, ¿tiene que hacerse mirar la cabeza, según ha dicho Obama?

No sé si tanto como dice Obama, quizá sea exagerado, pero hay que tener cara dura y una falta de conocimiento del mundo real muy notable. Las naciones no están como los ciudadanos sometidos a una ley; están entre sí como los ciudadanos estaban antes de que existiera un estado y una ley entre ellos. Todavía predomina en buena medida la ley del más fuerte. Los países que pueden defenderse, se defienden. Estados Unidos es el país más poderoso del mundo y por lo tanto es una acción de guerra: ha matado al general del ejército enemigo, lo mismo que se habría matado a Hitler si se hubiera bombardeado el bunker en el que se escondía en Berlín, etc. Cuando se dice “hombre, las leyes…” La suposición de un juicio en Estados Unidos a Osama Bin Laden mientras están estallando bombas de sus partidarios en el resto del mundo me parece una imagen escalofriante, así que me alegro mucho de que no lo haya habido. Por lo demás, en un circo no es lo mismo pegarle una patada en la espinilla al forzudo que al enanito. El enanito en este caso somos nosotros, que estamos muy orgullosos de cómo cumplimos las leyes, entre otras razones porque no podemos hacer otra cosa. Al forzudo del circo es más peligroso darle la patada. Bin Laden lo hizo y se ha llevado esta respuesta; en cierta medida es un alivio para el resto del mundo también.

Salman Rushdie decía que “ya no hace falta ser terrorista para conseguir cambios y que ser terrorista es algo pasado de moda” en relación a las revueltas del mundo árabe. ¿Está de acuerdo? ¿Al Qaeda está acabada?

Siempre me he opuesto a esa tontería de “la violencia es inútil”. No, la violencia es utilísima. En el País Vasco ha hecho posibles cambios enormes y si no hubiera sido por la violencia, la hegemonía nacionalista no hubiera sido la que es. Y, por supuesto, la violencia integrista islámica se ha impuesto en el mundo teniendo como efecto, entre otras cosas, la disminución de nuestras libertades en algunos casos. Es muy bueno ver que los países del norte de África apuestan más por esas vías democráticas, de resistencia pasiva o activa, pero no terrorista. Que el terror lo ponga el dictador, no uno. Es la única forma de llegar a la democracia. En la época de Franco todos los antifranquistas se pusieron muy contentos cuando volaron a Carrero Blanco; yo dije que el que volaba a Carrero Blanco era como Franco pero de otro orden. Nosotros lo que queríamos no era que ganaran otros militares, sino que ganáramos los civiles y esto es lo que ahora está ocurriendo. Quieren que ganen los civiles, no unos señores que sean lo contrario que Gadafi o Mubarak, pero en esa misma línea. Ahora bien, el terror es utilísimo, por eso hay que prohibirlo y perseguirlo, porque logra demasiadas cosas.

Se ha llegado a comparar esta cadena de insurrecciones como la caída del Muro de Berlín, ¿es una analogía exagerada?

Probablemente sí, en el sentido de que el muro representaba un poder único, grande, que era el poder del comunismo, la Unión Soviética, que hoy no existe como tal. Pero es verdad que es muy importante; una vez más se vuelve a esa mitología pragmatista y en el fondo hipócrita que hay mucho en Europa cuando se dice “no, ellos no son como nosotros, no quieren las mismas cosas, tienen sus propias tradiciones, a las mujeres les gusta ir tapadas hasta las orejas, a los hombres les gusta pasarse la vida obedeciendo al sultán…”. Pues se ve que no; los seres humanos nos parecemos mucho más de lo que nuestros folclores políticos dan a entender. Es una cosa muy sana recordarlo de vez en cuando.

Algunos reprocharon a Zapatero su apoyo al bombardeo de Libia recordando su “No a la guerra” de 2004. ¿Es comparable?

El “no a la guerra” me parece una tontería en 2004 y ahora. Es como decir “no a las operaciones de apendicitis”. Hombre, las operaciones de apendicitis se hacen cuando alguien tiene apendicitis. Las guerras llegan en los países democráticos, se supone, cuando hay una amenaza seria a las libertades, a la democracia. Decir “no a la guerra” en general no tiene ningún sentido. La guerra a veces es imprescindible. Ocurre que no es un plato de gusto. Vergonzoso es que Europa haya estado tanto tiempo pasando la mano por el lomo a Gadafi o a Mubarak y ahora quiera hacerse la justiciera. Es difícil borrar lo mal que uno se ha portado en estos casos. Pero bueno, al menos lograrán ayudar algo a esta pobre gente.

¿Cree que puede ser comparable de alguna manera Libia con Irak?

Es comparable en el sentido de que son dos dictaduras. Ahora se está ayudando a un pueblo que se está rebelando, pero en Irak no había una sublevación popular. De haberse dado el caso habría sido no sólo bueno, sino excelente, ayudarles a derrocar a Sadam Hussein. Pero dio la impresión de que era algo totalmente externo. Ahora no; se está apoyando a unos rebeldes, no se está inventando una rebelión.

En Finlandia ha logrado un gran avance un partido llamado Los Verdaderos Finlandeses. Su nombre lo dice todo, ¿no?

Claro, eso es el nacionalismo. Hay ciudadanos optimo iure y ciudadanos que no lo son. Es decir, “de verdad somos de aquí los que reunimos estas condiciones. Los demás ya iremos viendo si son humanos, si son medio ciudadanos o no…” Lo terrible de Finlandia para algunos que hemos defendido tanto la importancia de la educación para acabar con los males políticos, es que es uno de los países que siempre se ponen como modelo de éxito educativo. Que prospere un partido como este indica que es muy importante el conocimiento más o menos técnico, científico, pero que la educación es algo más. Abarca mucho más; podemos crear gente muy educada en especialidades científicas, pero es posible que su idea de comunidad sea nefasta.

Ha habido también un pacto del gobierno con un partido ultraderechista en Dinamarca. ¿Cree que este auge de partidos de extrema derecha son una amenaza real para Europa?

La inmigración es uno de los problemas. Los países que tienen riqueza quieren repartir mientras les sea beneficioso, mientras les sirvan de mano de obra. Cuando les desborda el asunto inmediatamente cesan las contemplaciones. Desgraciadamente Europa está fracasando en tantos aspectos… Lo que demuestra la posición de Dinamarca es que podemos retroceder. No sólo que no se avance, podemos perder por ejemplo el Tratado de Schengen.

Animales, ciencia, filosofía

¿Pueden estar en la biología algunas de las respuestas a las preguntas que plantea la filosofía? El primatólogo Desmond Morris, por ejemplo, dice estudiar a las personas como los zoólogos estudian a los animales.

Una cosa es la descripción de cómo funciona un ser humano en un sentido fisiológico, zoológico, etológico, etc. La filosofía se pregunta por el sentido de las cosas, no por su funcionamiento. Los biólogos estudian el funcionamiento de las cosas, no su sentido. Un cuadro de Rembrandt, por ejemplo, tiene un peso, unos pigmentos extendidos, pero el sentido del cuadro no es ese. Desde el punto de vista material lo consideraremos útil para la conservación en un sótano, para saber a qué temperatura ha de conservarse. Lo que la ciencia dice del ser humano es el tipo de cosas que son útiles, lo que necesitamos para mantenernos, para sentirnos más cómodos, funcionar mejor y más tiempo, etc.

En el llamado Proyecto Gran Simio para dotar de ciertos derechos a los primates o en el actual debate sobre los toros, en el cual ha participado usted con su reciente libro Tauroética, se habla de que debe haber una frontera moral clara entre humanos y animales.

No se trata de dónde poner la frontera moral, sino que la propia frontera es la moral. Moralidad es distinguir entre los seres humanos y el resto de seres. A un ser humano no lo tratas como a un objeto o como a un animal; sientes una reciprocidad que no se da con los demás seres. Luego hay casos como el Proyecto Gran Simio; los monos se parecen mucho a nosotros y tienen muchos rasgos comunes aunque no haya reciprocidad. Ningún antropoide tiene ningún deber y, por tanto, tampoco tienen derechos. Como se nos parecen les extendemos por antropomorfismo: somos tan antropocéntricos que todo lo que se nos parece un poco lo consideramos humano. Al virus del sida nadie lo considera humano porque no se nos parece. Ese error de los derechos de los animales confirma hasta qué punto la moral es antropocéntrica.

Hace unos años se publicó un libro llamado Más Platón y menos Prozac. ¿Podría ser al revés en muchos casos?

Claro, la filosofía no es un libro de autoayuda; no sirve para salir de dudas, sino para entrar en ellas. Es verdad que la filosofía clásica griega y romana da recomendaciones sobre la vida no en el sentido clínico, higiénico, del término. Buscan una orientación general. Hay cosas que te calman los nervios mejor. Recuerdo un trozo muy bonito en las Cartas Persas de Montesquieu. Cartas que supuestamente escribe un persa que está en París y dice: “fíjate, los franceses son rarísimos; cuando tienen un dolor o una angustia que nosotros, ya sabes, tomamos un poco de opio y se nos pasa, ellos cogen a un señor que se llama Séneca y leen tres o cuatro páginas”. Evidentemente, leer a Séneca no tiene la misma función que tomar opio. Si te van a operar del riñón, es mejor que tomes cloroformo a que leas a Séneca. Las mentes inteligentes se alimentan de complejidad y lo que dan los filósofos es ese aumento de complejidad que alimenta nuestra mente inteligente. Por supuesto no calman los dolores, no resuelve los problemas, no ayuda a ligar…

Durante el franquismo a usted lo definían en su ficha policial como un “anarquista moderado”. ¿Esa etiqueta seguiría siendo válida hoy en día?

No me disgusta porque la combinación, esa especie de oxímoron, me hace gracia. No, el Estado es una necesidad de nuestra condición social, pero es una necesidad que como el dinero o el sexo, por ejemplo, tienden a independizarse de su función y a convertir en esclavitud lo que era camino de libertad. Si el Estado es, lo que decía Spinoza, solamente un garantizador del avance de las libertades, bien, pero probablemente nace con esa idea y poco a poco va convirtiéndose en el ogro filantrópico del que hablaba Octavio Paz. Y ahí ya sí, me vuelvo otra vez anarquista moderado (ríe), en el sentido de que hay cosas de las que uno se puede quejar y necesitamos cuidados paliativos de otras, como por ejemplo el Estado, pero eso no significa que lo podamos suprimir.

¿Qué máxima filosófica con el paso de los años le ha ido pareciendo cada vez más cierta?

Quizá la de Spinoza: “El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte y toda su sabiduría es sabiduría de la vida”.

¿Y al revés? ¿Hay algo que siempre hubiera dado por supuesto que ahora esté comenzando a cuestionarse?

Muchas cosas. Mi problema es que siempre me he acercado muy escépticamente a las cosas y, de vez en cuando, alguna me sorprende porque me parece relativamente más cierta de lo que me parecía al principio. Quizá hoy el tono un poco bravucón y arrogante que tiene Nietzsche me aleja un poco de él. También hay que tener en cuenta que  la obra de Nietzsche está escrita en su juventud. El tono a veces excesivamente petulante me echa un poco para atrás.

¿Cree que la enfermedad influyó en su filosofía?

No, su enfermedad fue su juventud. Todos estamos enfermos de ser nosotros mismos, de eso no hay quien se cure. Pero yo lo que creo es que quizá habría sido interesante ver como escribía Nietzsche con 70 años.

Cine y literatura

Participó en un congreso sobre James Bond, del que dice que “es el héroe del consumo virulento: consume coches, mujeres, tiempo; por eso en aquella época -década de los 60 y 70- nos identificamos con él”. Pero este personaje, en la actualidad, ‘es lo habitual, lo esperado’…”

Es un consumista pero a la vez es héroe, un hombre que se arriesga, que se aventura. En su momento era un personaje moralmente dudoso y hasta escandaloso; hoy nos parece una trivialidad cambiar de coche, tener gadgets de todo tipo para comunicarnos con los vecinos… es nuestra vida cotidiana. Lo complicado hoy en día es que nos logre sorprender James Bond. En el fondo todos somos, sin los riesgos, sin Spectra, sin los peligros, pequeños James Bond en zapatillas. Es curioso, porque es un héroe muy moderno pero quizá ha envejecido más velozmente que otros; estaba basado en algo que ha pasado, el comienzo del tecno-consumismo.

¿Por qué los malos tienen tanto protagonismo en ellas?

Era la época en la que se empezaba a desdibujar la división por la Guerra Fría, sobre todo en las películas; en las novelas todavía estaba más presente. Es decir, la Unión Soviética se empezaba a desvanecer como único enemigo y había que buscar otro. Enemigos que estaban en contra de ambos bandos, depredadores de otro orden como los que ahora son habituales. Hoy buscamos enemigos que quieren trastocar el orden del mundo y que a veces son sobrenaturales: demonios, sectas satánicas… cosas que se salen del orden político. El orden político tradicional por lo que se ve ya no funciona así.

En ese sentido usted ha escrito Malos y malditos, una recopilación de los grandes malvados de la literatura. ¿Por qué nos fascinan tanto?

Bueno sólo se puede ser de una manera, pero malo se puede ser de muchas y es más divertido. Sabemos lo que es ser bueno, cumplir unas determinadas reglas, unas determinadas normas… por lo menos el estereotipo de la bondad. En cambio la maldad, las transgresiones, son múltiples, muy variadas. Están más ligadas a nuestros caprichos íntimos. Nuestra conducta recta está basada en las normas establecidas. Los malos, en cambio, siguen caprichos que son mucho más personales, distintos y por ello más divertidos.

Le gusta King Kong, Frankenstein… ¿Le resulta sencillo empatizar con ellos?

Me gustan mucho los monstruos. La idea del que está aislado y se rebela contra ese aislamiento, que busca compañía pero no vulgaridad. Ese personaje me ha gustado mucho siempre, aparte de que soy muy aficionado a la literatura popular, al cine de terror y de aventuras. Esos personajes únicos como Frankenstein o como King Kong, que no hay más, que no hay otro, me tientan especialmente.

Hollywood en los últimos años parece haber descubierto a Platón y a Descartes. Películas tipo Matrix, el Show de Truman u Origen, ¿ayudan a cuestionarnos cosas?

Detrás de la realidad hay otra cosa, es lo que se llama pensamiento. Me hace gracia cuando se habla de “realidad virtual” como si los seres humanos hubiéramos vivido alguna vez fuera de ella; pensar o soñar por las noches es realidad virtual. La filosofía se basa en la distinción entre fenómeno y cosa, el mundo de las ideas platónico. Ahora además estás jugando con la consola al tenis con un señor que no existe. Todo eso favorece que te des cuenta de cómo hemos vivido siempre. Freud, por ejemplo, decía que cuando una pareja discute en una habitación no hay dos personas, hay cuatro. Las dos personas reales y después la idea que cada uno de ellos tiene del otro, que es con la que está discutiendo.

También a menudo se plantean historias de vuelta a la naturaleza, con indígenas viviendo en armonía frente a una civilización depredadora. Avatar, por ejemplo. ¿Qué opinión le merece ese mensaje? ¿Toca alguna fibra profunda en la gente?

Te presentan una tribu perdida en medio del Amazonas y ves a unos señores tatuados desde la coronilla hasta la punta del pie, pintados de diversos colores, que dedican media vida a tomar pócimas extrañas y a bailes. Luego se dice que están en armonía con la naturaleza, cuando yo los veo completamente antinaturales. Están condenados a intentar hacer cosas para que se note que no son naturaleza: “oiga que yo no soy un bicho; me pinto, bailo canto, hago cosas que no tienen nada que ver con la naturaleza”. Los ejemplos más desesperados de querer alejarse de la naturaleza son precisamente los que viven en un entorno que les da pocas posibilidades de zafarse de lo natural. Nosotros hoy, como podemos dormir de día y vivir de noche porque tenemos luz, la sentimos con nostalgia. Se vuelve a hablar de los dioses porque ya no están, de la naturaleza porque ya no está. Esos cariños por los animales porque los hemos derrotado: ya no hay animales feroces, no pueden hacernos daño. Entonces claro, pobrecitos, ahora son víctimas; desde el tigre de Bengala al cocodrilo gigante.

Hablando de Avatar, ¿la vio? ¿Qué le parece el cine en 3D?

Me pareció malísima, horrorosa. Parece mentira que James Cameron, el mismo que dirigió Aliens, haya hecho una película tan mala, cursi y estéticamente horrorosa. Un pestiño de principio a fin.  Y lo de las tres dimensiones ya se ha intentado varias veces. En tres dimensiones ya vemos siempre; querer acentuar ese efecto… no sé. Me acuerdo que era más divertido cuando tenías las gafas aquellas de dos colores. En San Sebastián, cuando tenía 10 años o así, proyectaron Los crímenes del museo de cera con Vincent Price; era de las primeras que por entonces se llamaban “en relieve”. Decían que te daban mil pesetas si la veías sólo en el cine del terror que provocaba. Supongo que no era verdad, porque por mil pesetas habría habido muchos voluntarios para verla… Pero yo no lo veo. Si la película está muy bien hecha para tres dimensiones puede que tenga algún efecto gracioso, pero que Torrente tenga tres dimensiones (ríe) no suena nada bien.

Próximamente va a estrenarse La rebelión de Atlas, adaptación de la gran obra de Ayn Rand e icono del liberalismo. ¿Qué piensa de esta filósofa?

Sí, ya tiene películas como El manantial. Era una filósofa de la época del liberalismo heroico. Una superliberal en un sentido de pioneros, héroes, el individuo que  lucha contra el universo… tiene un vigor. Es un disparate en el sentido de que supone que los seres humanos, que son sociales, pudieran vivir cada uno como si fuera independiente de los demás. Es bastante difícil de creer. Pero es un sueño, una especia de visión heroica del sueño americano, muy diferente por ejemplo a este mundo que estamos viendo del liberalismo actual; vale la libertad frente a toda norma cuando las cosas van bien, pero cuando empieza la crisis todos los bancos ponen la mano.  Ayn Rand hubiera dicho: “todos esos bancos destruidos, Lehman Brothers, que desaparezca todo; que siga el que sobreviva”. En cambio ahora queremos las dos cosas, protección estatal y la libertad para los ratos buenos.

¿Qué distopía le parece más sugerente y define mejor la sociedad actual, Un mundo feliz o 1984?

Una combinación de ambas. En nuestra sociedades hay más rasgos de Un mundo feliz que de 1984. 1984 es más propia de otro tipo de sociedades más autoritarias, aunque hay rasgos de prohibicionismo, esa búsqueda del eufemismo y del cambio del lenguaje: “la paz es la guerra”, “las misiones de paz las hacen los soldados”… En general más bien supongo que nos parecemos en parte al mundo feliz, sobre todo en esa especie de infantilización. La idea de que todo el mundo tiene que ir en bicicleta con un chupa chups en vez de con un cigarro. Sin beber, sin decir malas palabras, cuidando animalitos. Esa tendencia hacia un afeminamiento general de la población, de parecernos no ya a las mujeres reales, que no son así, sino a ese ideal de la mujer decimonónica que está haciendo cositas y preparando el té.

En los últimos años se han puesto de moda las series. ¿Sigue alguna?

A mí me encantó Casablanca; fue una pasión mientras duró o mientras yo la hice durar. Luego me han gustado mucho las policíacas. Algunas no se han visto en España, como El inspector Morse, por ejemplo. También otras como las de Poirot que hizo David Suchet. Y ahora estaba viendo las tres peliculitas del Sherlock Holmes moderno de la BBC. Me fastidian mucho las series basadas en una especie de realismo sucio con un lenguaje que son exclusivamente tacos, crudas como la vida misma, tipo The Wire. Me aburren infinitamente. Todo lo que sea realismo me aburre enormemente.

Siempre ha sido un gran aficionado al género fantástico, ¿qué opina de la eclosión de la temática de zombis y de vampiros de los últimos años?

Nunca se han ido, siempre han estado por ahí. Pero la hipertrofia cansa un poco; cuando los vampiros se vuelven tan melosos, como hemos visto últimamente, son irreconocibles en su bondad. Pero sí, recuerdo que la primera película que logré ver fue Abbot y Costello contra Frankenstein, con Bela Lugosi. Entonces era rarísimo que una película de estas pudiera verla un niño, tenías que conformarte -que por otra parte estaban muy bien- con las de Ray Harryhausen como Simbad.

¿Ha leído Canción de Hielo y Fuego?

No, tampoco la saga de Crepúsculo. Me he quedado en Harry Potter.

¿Y alguna novela de Houellebecq?

Sí, me gustan. Las novelas que le he leído me parecen como un saco de adoquines; salen puntas por los lados, no es una cosa regular, homogénea, pero me han interesado. No con pasión, pero nunca con indiferencia. Y los artículos. Es un personaje que tiene cierta valía, no tanta como él cree, pero tiene valía. Nos pasa a todos.

Usted escribió una biografía novelada divertidísima sobre Voltaire, El jardín de las dudas. ¿Cómo sabe el lector qué partes son ciertas y qué partes inventadas?

Casi todas, quería que en esa novela todo lo que dijera fuera de Voltaire. No se podía hacer porque había que trazar uniones narrativas, pero vamos, yo te diría que el 75% o el 80% son literales. Los incidentes biográficos son también reales; varía alguna cosa que cuenta la señora. Pero en general iba a ser una biografía, no tenía la pretensión de ser ficción. Hay muy poca en ella.

¿Es jugar limpio narrar novelas o películas a partir de hechos reales?

No, yo creo que hay que distinguir. En el caso de un personaje histórico… lo que no me gustaría es haber puesto que Voltaire en secreto era muy piadoso y rezaba a la Virgen del Carmen. Puedes salirte un poco en una narración, pero siendo fundamentalmente fiel al personaje y a lo que hizo. No veo que interés puede haber en decir que yo cuento una cosa de la que me invento la mitad y la otra mitad la leo en el periódico. Me parece una estupidez. Ahora, por ejemplo, estaba leyendo la suite francesa de Irene Nemirovsky. Es una novela que está contando el impacto en la sociedad francesa de la invasión alemana en el año 40. Todo lo que cuenta está inventado por la señora Nemirovsky, pero por otra parte es una excelente reflexión y recreación del impacto que tuvo esa invasión, los egoísmos y las cosas personales. Pero no se supone que está hablando de una vecina. En literatura cada caso es único. Hay a quien le salen bien cosas que en principio rechazaría, pero de lo que conozco nunca me ha interesado.

Usted ha escrito ensayo, novela, teatro, artículos de opinión…. pero creo que nunca ha escrito cuentos pese a ser un gran admirador de Borges y de Chesterton.

Sí, he escrito algunos. Hasta eso he cometido (ríe). Tengo algunos cuentos publicados en Ediciones Libertarias y luego también hay un cuento en el primer libro de caballos que escribí: El juego de los caballos.

Si usted fuese Adso en El nombre de la rosa, ¿qué camino escogería en la encrucijada final? ¿El de la sabiduría o se quedaría con la chica?

Visto ahora no tiene mérito, porque lo que echo de menos es la chica (ríe); la sabiduría ya me aburre. En su momento, si tuviera esa edad, no lo sé. Ahora, desde luego, me divertiría más la chica, seguro.

Fotografía: Gonzalo Merat