La Pescadería de A Coruña: un paseo sin destino

A Coruña, muralla de Pescadería en 1869. DP
A Coruña, muralla de la Pescadería en 1869. (DP)

El que está en Venecia es el engañado que cree estar en Venecia. 

El que sueña con Venecia es el que está en Venecia.

(Ramón Gómez de la Serna, Total de greguerías, 1955) 

Jugar a repasar mentalmente la ciudad en la que habitamos es un ejercicio en el cual la lectura del recorrido cotidiano se establece casi desde una desmemoria, un necesario vacío donde tiene lugar el movimiento, como en aquel cuento de Fitzgerald que narra el paseo por la ciudad de una persona tras una amnesia de diez años. La rutina actúa a modo de veladura sobre el interés del ciudadano acerca del itinerario turístico representado en mil y una guías, un desconocimiento inducido mediante el cual la ciudad se hace propia. Una imagen contraria sería el viaje de luna de miel a territorios exóticos, sobrecargado de imágenes recurrentes y de subida inmediata a la red social, convertidas así en temática genérica primero, para acabar finalmente desprovistas de todo significado. 

Este será un viaje casi amnésico por un barrio concreto de la ciudad de A Coruña, el más céntrico y el más oculto a un tiempo, la Pescadería. Al igual que el largo paseo sin objetivo por París que relatara Julien Green, lo que suele ocurrirnos en la deriva por la ciudad es que, durante el camino, lo buscado no es lo más importante, son los sucesos imperceptibles a primera vista los que configuran la verdadera realidad.

El debate en torno a la neutralización de lo singular alcanza no solo a las grandes metrópolis de las que hablaba Koolhaas en La ciudad genérica de 1994, en cualquier pequeña capital de provincias pueden rastrearse los efectos uniformadores de la mano de la globalización económica. Koolhass describía un paisaje urbano idéntico en todas las ciudades del globo, caracterizado por la uniformidad y la disolución de las singularidades culturales sustituidas ahora por la primacía de las grandes infraestructuras y redes de información, todo ello tamizado por la superioridad económica de las grandes multinacionales convertidas en verdaderas diseñadoras del nuevo paisaje contemporáneo. Escenario materializado en la sustitución del pequeño comercio de barrio por la anodina franquicia y la proliferación del mall. Lo local se desvanece dejando paso a la gran máquina capitalista y la ciudad histórica es cauterizada mediante la gentrificación y el pintoresquismo de «parque temático».

La neutralización del elemento singular se configura en torno a redes de infraestructuras y flujos de movimiento, así encontramos que una pieza singular dentro de la trama urbana, como la torre de Hércules, ha sido expulsada del relato ciudad basándose en su sobreexposición. La peculiaridad de la nueva investigación urbana pasa por el estudio de las morfologías, de cómo las distintas partes de la ciudad logran conectarse. El experimento gira en torno a los nuevos usos ciudadanos y a si es posible todavía aislar la unidad mínima que configura el barrio, el anhelado ser social.  

Cualquier región metropolitana se caracteriza hoy como un paisaje abierto e indeterminado, dislocado mediante yuxtaposiciones y simultaneidades, digamos que el hecho poético del territorio se ha transformado.

No deja de ser inquietante que la Wikipedia en su entrada «A Coruña» tenga un capítulo dedicado a las grandes áreas comerciales, hasta siete localizadas en una ciudad de poco más de doscientos mil habitantes. El ciudadano coruñés ha asistido en la última década a la proliferación de numerosas áreas comerciales tanto en el centro como en los barrios periféricos, las consecuencias del asedio son patentes en la vida cotidiana mientras todo un modus vivendi de pequeña escala, característico de la antigua ciudad marinera, agoniza. 

Pese a todo, A Coruña sigue siendo la gran urbe atlántica, importante puerto histórico localizado en una muy especial posición geográfica. Así, el centro de la ciudad se extiende sobre una península unida a tierra firme por un estrecho istmo, que la hace poseedora de dos fachadas marítimas distintas en un mínimo lapso espacial: la orientada al sur e históricamente portuaria, hacia la ría de A Coruña y otra de mar abierto orientada al norte, hacia la ensenada del Orzán, donde ahora se localizan las principales playas urbanas. 

La peculiaridad morfológica de este estrecho istmo, conocido con el nombre de A Pescadería, confiere en aproximadamente trescientos metros de su dimensión más corta, características opuestas y enfrentadas. Localizado en el centro neurálgico de la actividad institucional e histórica, divide y separa las dos vertientes norte y sur de la ciudad, ambas bañadas por un mismo océano, cuyas distintas orientaciones configuran un paisaje y una sensación emocional antagónicas. Un espacio urbano que constituye, por sí solo, un interesantísimo ejemplo de cómo hacer ciudad. 

La Pescadería, como concepto, se debe a la secular vinculación histórica entre el barrio y el mar, una dependencia progresivamente desaparecida, que es patente no solo en términos de intercambio económico sino también en el lenguaje: el topónimo «A Pescadería» pierde espacio en el imaginario colectivo frente a la nominación «el Centro». 

Pescadería es un «sitio donde se comercia con pescado», que traslada a épocas pretéritas en las que la base económica de la ciudad se encontraba en el sector primario. «El Centro» remite sin embargo al sector terciario de la producción, con sus especializaciones en ocio, turismo, administración y centro financiero. Para el relanzamiento del centro se consideró necesaria una labor de «limpieza» que eliminase las singularidades que pudieran estorbarle. La más evidente en el centro coruñés ha sido el puerto, que con sus olores y suciedades era un evidente obstáculo para la creación de una impoluta ciudad genérica. Las actividades comerciales del puerto se enviaron a otros lugares y a día de hoy, «el Puerto» es un centro comercial.

La instauración planificada de la ciudad genérica no ha impedido que las formas de vida de barrio en la Pescadería hayan sobrevivido. 

La entidad espacial del barrio se extiende en dirección longitudinal este-oeste ochocientos ochenta metros, frente a unos escasos trescientos metros en dirección norte-sur. Delimitada al este por la plaza de María Pita y por la calle Juana de Vega al oeste, por la ensenada del Orzán y la bahía de la Marina al norte y sur respectivamente. El barrio presenta un tejido de gran heterogeneidad cuyas morfologías urbanas originales se adaptan a las diferentes condiciones climatológicas según la orientación de las dos opuestas orillas. Cara a la bahía sur la morfología primitiva se definía a partir de manzanas de grandes dimensiones, con amplias superficies de espacio vacante en su interior, destinadas en su origen a huertas urbanas. En la vertiente norte, el tejido se fragmentaba en micromanzanas (cinco metros de crujía), como modo de asegurar el soleamiento, neutralizando la desfavorable orientación. Aparecían también manzanas longitudinales ocupadas por industrias y almacenes que actuaban como pantalla de protección contra el viento. 

En un recorrido por la Pescadería coruñesa se pueden aprehender los efectos y las formas del ambiente geográfico en las emociones y el comportamiento de las personas.

Si como creían los letristas el espacio físico, su orientación, su distribución, tiene un impacto directo en las emociones y comportamientos de las personas, la especial morfología y localización geográfica de la Pescadería nos permite trazar un mapa de impresiones psicogeográficas con diferentes intensidades, a partir de las sensaciones que producen los distintos pasajes.   

Una confirmación de que cambiando el entorno físico se puede cambiar la forma de vivir, basada en paseos azarosos a través de una trama urbana tan heterogénea y rica que podemos convertir en un laberinto, un paseo sin objetivo donde vivir distintas situaciones anímicas, donde el espacio se convertirá en una sucesión de escenarios que afectarán a las emociones y a la propia conducta. Pequeños ejercicios de resistencia urbana frente a la ciudad genérica en un intento de reinventar lo cotidiano.  

Así, en un recorrido por la Pescadería atravesaremos terrain vagues localizados en las calles interiores del istmo, esos espacios residuales o en situación de desuso, que exceden por algún motivo su calificación urbanística legal con una potencialidad de usos imprevistos, hasta calles perfectamente planificadas, con un uso esencialmente turístico en el paseo marítimo, hasta aquel más institucional correspondiente a la vertiente sur, donde se localizan los Cantones. 

El cambio ambiental que se experimenta de una orilla a otra de la Pescadería reproduce los intensos cambios atmosféricos que sufre la ciudad durante largas temporadas del año, fuertes temporales de viento y agua, acompañados de periodos soleados en cortos intervalos de tiempo durante un misma jornada. La sensación climatológica de una lado a otro del barrio varía de forma sensible, habiendo una oscilación de temperatura, nivel de soleamiento y ventisca notoria. 

Al igual que la variación ambiental que se produce en el barrio basándose en su orientación, encontramos las mismas alteraciones en relación con su funcionamiento. Pese a ser la localización de numerosas franquicias y servicios multinacionales, en la Pescadería encontramos verdaderos micromundos en las calles interiores (calle Alameda, calle Galera, calle Franja…) dedicados a la hostelería de toda la vida, con un rosario de pequeñas tascas y bares donde solo se sirve producto local. El mercado de San Aguntín, actúa a modo de equipamiento de barrio donde todavía se mantiene el intercambio comercial de venta al por menor. Mercerías, tiendas de objetos religiosos, segunda mano, ferreterías históricas, perviven en un ambiente favorable pero cada vez más amenazado. 

La ciudad marinera prosigue sus ritmos, es posible todavía recorrerla sin objetivo, trazar el mapa mental de callejuelas que nos llevan desde el lupanar a la tasca de taza de ribeiro, desde la merluza del muro del mercado de San Agustín hasta la librería de viejo un poco más allá. Pasar de un salón urbano soleado como los jardines de Méndez Núñez a un paseo marítimo abierto al norte con una nada reconfortante sensación térmica. Volver a recorrer la ciudad y reinventarla en cada paseo es un acto de resistencia, tal vez el único posible.   


«¡Tanto súper y tanta hostia!»: origen y apogeo de un equipo de ensueño

Arsenio Iglesias. Foto: Cordon Press.
Arsenio Iglesias. Foto: Cordon Press.

El árbitro pita el final del partido y Arsenio Iglesias sale del banquillo como alma que lleva el diablo, chándal azul, blanco y verde, baja las escaleras que llevan al vestuario y suelta un contundente «¡Tanto súper y tanta hostia!» que refleja a la perfección lo que el técnico de Arteixo piensa sobre las exigencias desmedidas en torno a su equipo. El Deportivo acaba de empatar a dos contra el Tenerife. Teniendo en cuenta que hablamos del mejor Tenerife de su historia, el de Jorge Valdano, con jugadores como Latorre, Redondo, Felipe, Del Solar o el infalible Pizzi, la cosa no debería provocar tanto escándalo.

Sin embargo, Riazor está mudo y descontento. Refunfuña como refunfuña su entrenador. A falta de tres minutos y a pesar de jugar con diez hombres casi toda la segunda parte, el Deportivo ganaba 2-0 y solo dos despistes defensivos, cuando los jugadores estaban más a la celebración que al partido, permitieron que primero Dertycia y luego Ezequiel Castillo empataran en un abrir y cerrar de ojos. Tanto súper y tanta hostia. Tanto recrearse en el triunfo y al final te la juegan como si siguieras siendo aquel equipo que peleaba con sangre en las promociones de descenso a segunda división.

Es un partido clave porque es el partido de en medio. El partido que mide la resistencia mental de un gran equipo, de un «superequipo», de creer a la prensa. Por los altavoces suena aquello de «Yo digo Deportivo, vamos a ganar este partido» y algunos jugadores tienen aún la cabeza puesta en el de la jornada anterior, perdido en el Bernabéu después de adelantarse en la primera parte mientras otros fantasean con llegar líderes al Camp Nou, cosa que ya no sucederá porque se ha interpuesto esa cosa pringosa llamada presente.

Arsenio lo sabe. Sabe que los campeonatos son cuestión de hemeroteca. De partidos que nadie recuerda pero que sumaron dos puntos. Por ejemplo, el Tenerife en casa. También sabe que el público de A Coruña, como cualquier público, tiende a la montaña rusa. Poca gente ha tenido una relación más complicada con Riazor que el viejo zorro plateado, el llamado «bruxo» en parte por su personalidad enigmática y en parte por su facilidad para encontrar soluciones tácticas. Debutó en 1951 como jugador. Coincidió con Helenio Herrera, tuvo que vivir el exilio en varios clubes del sur y el este de la península y volvió en 1971 como entrenador para ascender al equipo de segunda a primera, un dramático partido ante el Rayo Vallecano que acabaría 1-0.

Los momentos de euforia se habían mezclado con los de decepción demasiadas veces, tantas que a Arsenio le gustaría un poco de calma, de tranquilidad, de disfrutar y punto. Tan solo un año y medio atrás, en mayo de 1991, había anunciado su retirada del fútbol a los sesenta años. No aguantaba más. «La ciudad quería el equipo en primera ya en septiembre. Estoy cansado», dijo a la prensa como queja amarga después de aguantar varios meses de críticas y abucheos: Arsenio, estás acabado; Arsenio, mejor vuélvete al pueblo. Unos meses que en realidad fueron tres años, desde que Lendoiro le rescatara del Compostela a mitad de la temporada 1988/89 para evitar que el Deportivo se fuera a Segunda B.

Desde entonces: una promoción de ascenso perdida, unas semifinales de Copa del rey y, por fin, el pase a primera división. Ahí os lo dejo, es vuestro, no contéis más conmigo.

Todo esto está demasiado reciente como para que Arsenio se deje embriagar por los éxitos de su equipo. Demasiado recientes las críticas destructivas y demasiado recientes los coros que pedían su vuelta nada más aterrizar Boronat en Coruña. El retiro duró solo ocho meses, lo que tardó Lendoiro en convencerle de nuevo: «Salva al equipo y luego ya vamos viendo, la gente está contigo». Y aunque Arsenio era consciente de que la gente está contigo ahora y cuando el Tenerife te empate a dos estará en tu contra porque para eso va la gente al fútbol, para buscar culpables, decide hacer otra vez de salvavidas, sumando puntito a puntito y ganando la promoción ante el Betis con un 0-0 en el Villamarín, el resultado que le acompañaría peligrosamente el resto de su carrera.

Solo medio año después, ya saben, esto: tanto súper y tanta hostia. El Deportivo empezó el tríptico Bernabéu-Tenerife-Camp Nou como líder, con dos puntos de ventaja sobre los dos grandes y lo acabaría tercero, a dos del Madrid y a tres del Barcelona de Cruyff. Ya no se reharía esa temporada. La gente estaba con él, sí, pero igual convenía recordarle a la gente cómo demonios un equipo que venía de quedar decimoséptimo el año anterior estaba ahí disputando la liga.

El verdadero y adolescente Súper Dépor

En el principio fue Djukic. También se podría decir que en el principio fueron los hermanos José Ramón y Francisco Javier González Pérez y no sería del todo mentira. Puede también que el principio fuera el propio Arsenio o, yendo un poco más atrás, muy poco, Augusto César Lendoiro, ese canterano del PP que fue dirigiendo equipos desde la adolescencia hasta que la madurez le pilló en una diputación, como era de esperar, «saneando» las cuentas del club de la ciudad que le negaba cada cuatro años la alcaldía.

El caso es que todo empezó en algún momento y supongo que ese momento llegó cuando se juntaron todos: Djukic, un serbio desconocido —por entonces, yugoslavo; por entonces, a precio de saldo que podía alternar la posición de líbero defensivo con la de organizador, los pujantes canteranos, el entrenador canoso y el directivo ambicioso, tan ambicioso que no solo subió al equipo a primera sino que se propuso que disfrutara de los mejores años de su vida, unos años que se pudieran recordar siempre, aunque costaran bancarrotas posteriores e intervenciones judiciales.

Ya habría tiempo para pensar eso luego.

De momento, verano de 1992, el Deportivo se ha salvado. Arsenio ha reconsiderado su retirada y decide continuar al menos una temporada más, si la salud y las críticas le respetan. El club se acaba de convertir en Sociedad Anónima Deportiva y Lendoiro decide sacar la chequera. Una chequera que aún no se sabe muy bien de dónde sale y qué hizo ahí esperando tanto tiempo. Una chequera que trae, de golpe, sin anestesia, a un montón de segundos espadas de clubes grandes: Nando, del Valencia; Aldana, del Real Madrid; Serna, ex del Barcelona: Ramón, casi inédito ya en el Sevilla y Juanito, un chico del Compostela que acabaría haciendo carrera en segunda.

Ellos eran el equipo, el sustento. Ellos y los que venían ya del año anterior: Liaño, Albistegi, Sabin Bilbao, Ribera, Claudio o López Rekarte. Con eso había para mantenerse. Con cierta holgura, además. Faltaban sin embargo, las estrellas. Eran los años del dinero loco y fácil en el fútbol español, los años en los que cada Osasuna tenía su Kosecki, cada Oviedo tenía su Lacatus, cada Logroñés fardaba de su propio Polster. Lendoiro fue más allá: trajo a un centrocampista del Bragantino, un tipo que no había marcado un gol como profesional en toda su vida y que se llamaba Mauro Silva, y como broche se llevó a Bebeto, que ya había sido internacional con la selección brasileña y máximo goleador de la liga de su país con el Vasco de Gama.

Y la cosa se salió de madre. Por completo. El Deportivo de la Coruña pasó de la promoción contra el Betis a ganar sus cinco primeros partidos, con siete goles de Bebeto y tres de Claudio. El último de esos cinco, ante el Real Madrid de Benito Floro, aún herido por la pérdida de la anterior liga en Tenerife, cuando Leo Beenhakker ocupaba el banquillo. El Madrid se adelantó 0-2 con goles de Hierro y Zamorano, pero el Dépor no se vino abajo: Bebeto marcó el 1-2 antes del descanso, luego empató a dos mediada la segunda parte y, a diez minutos del final, Ricardo Rocha cabeceaba el 3-2 en su propia portería.

Aquel era el tercer gol de Rocha en propia puerta en menos de seis meses. Los dos anteriores le habían costado al Madrid la eliminación de la UEFA a manos del Torino y la pérdida de la citada liga en Tenerife. El brasileño era un hombre carismático y muy querido por la afición madridista pero tenía estas cosas. También es cierto que sus rivales por el puesto eran Nando y Spasic.

En fin, que siguieron pasando las jornadas, el Barcelona también cayó en Coruña y el Deportivo llegó a ganar diez de sus once partidos en casa antes del famoso empate en el descuento y aquel «Tanto Súper y tanta hostia» de Arsenio. La semana siguiente se irían goleados del Camp Nou y quedarían ya apeados en la práctica de la lucha por la liga. Daba igual. La semilla estaba plantada. Siendo justos, el único año del «Súper Dépor» como tal debería ser ese, el de la epifanía, cuando todo era nuevo y excitante. Todo lo demás llegó como por inercia aunque, por supuesto, lo que quedará en la memoria de todos los aficionados al deporte será la tragedia del año siguiente.

El penalti más largo del mundo

No voy a explayarme en una historia que ya conocen de sobra. En la temporada 1993/94, el Deportivo llegó al liderato de la clasificación justo a tiempo para ver cómo el Madrid se hundía en Lleida al grito de «con el pito nos los follamos» y el Barcelona vivía su particular montaña rusa, capaz de recibir seis goles en Zaragoza y de meterle cinco a los blancos. A falta de cuatro jornadas para el final de la liga, los de Arsenio Iglesias tenían tres puntos de ventaja con cuatro partidos por jugar en unos tiempos en los que la victoria valía dos puntos. En otras palabras, el Deportivo podía permitirse al menos dos empates o una derrota y sería campeón aunque el Barça lo ganara todo.

Había sido una temporada mucho más «práctica». Menos goles y más tensión competitiva. Aquel era mucho más el equipo de Mauro Silva o del recién llegado Donato que el de Bebeto, que se quedó en dieciséis tantos, muy por detrás de Romario, Suker o incluso Meho Kodro. Solo había concedido cuatro derrotas en liga: las habituales en el Bernabéu y el Camp Nou más una muy temprana en casa contra la Real Sociedad y un 3-1 que se llevó en San Mamés, cortesía de Julen Guerrero y Ernesto Valverde.

Los nuevos fichajes —muy en la línea del año anterior, es decir, hombres veteranos, provenientes de grandes equipos pero lejos quizá de su esplendor habían funcionado: Voro parecía mejorar a Ribera en la zaga; Donato en seguida mezcló bien tanto con Djukic en la posición de líbero como con Mauro Silva en la de organizador; Alfredo, Pedro Riesco y Paco daban profundidad de banquillo y Manjarín, una de las dos grandes promesas del Sporting de Gijón junto a Juanele, acabó quitándole el puesto de titular a Claudio.

En la jornada 35, el Deportivo jugaba en Lleida ante un equipo casi descendido pero que había sido capaz de ganar al Real Madrid en casa y al Barcelona en el Camp Nou. Era un partido para sumar los dos puntos pero acabó 0-0. Por su parte, los de Cruyff ganaron 0-4 en Vigo. La ventaja pasaba a ser de dos puntos a falta de tres jornadas. Una semana después, el Deportivo recibía al Rayo Vallecano, otro equipo involucrado en la lucha por el descenso, con un excelente portero recientemente fallecido, Wilfred, que hizo uno de sus habituales partidazos contra los grandes, y volvió a dejar su portería a cero. Segundo empate consecutivo e inesperado y segundo 4-0 a favor del Barcelona, en este caso ante el Sporting de Gijón.

Daba la sensación de que el Deportivo estaba muerto de miedo, mal de altura… Pero las cuentas cuadraban: tenían que visitar Logroño en la penúltima jornada mientras el Barcelona iba al Bernabéu. Todo el mundo contaba con el pinchazo de Cruyff en un estadio que nunca se le dio bien —en cinco temporadas como entrenador del Barça nunca había ganado en la Castellana— y con celebrar de antemano el campeonato, sin prisas. Una multitud de deportivistas fueron a llenar Las Gaunas y a festejar así el triunfo 0-2 de su equipo, con goles de Donato y Manjarín en la segunda parte. El partido se jugó un domingo, pero no hubo alirón porque el día anterior un solitario gol de Amor a pase de Stoichkov había vuelto a dejar la clasificación patas arriba: un punto de diferencia y un partido por jugarse. Tercer año consecutivo que el Barcelona se veía en la misma situación. Tenía sentido dar por hecho que ganarían su partido en casa ante el Sevilla, así que faltaba por ver qué iba a hacer el Deportivo ante un Valencia venido a menos, séptimo, sin esperanzas de llegar a Europa y con cuatro entrenadores en un solo año, aunque con la curiosa casualidad de que el primero, Guus Hiddink, acabaría siendo el quinto, al volver para los últimos ocho partidos de liga.

El ambiente era el de las grandes promociones, el de los grandes ascensos y descensos. La ciudad volcada en el entusiasmo y Arsenio, el hombre meditabundo, con un aire siempre nostálgico, recordando a todo el mundo que, ojo, podía pasar como otras veces, que se podía perder tanto como se podía ganar. Arsenio en rueda de prensa rebajando euforias porque alguien que lleva en el fútbol desde los años cincuenta sabe demasiado como para dar por hecho nada. La gente que le para por la calle, que le felicita por un éxito aún no certificado mientras él sonríe y dice «bueno, bueno, vamos a ver» y se despide con algún gesto cariñoso.

Porque Arsenio está muy nervioso, al menos en la primera mitad. En la segunda, directamente, adopta su pose fatalista mientras pasan y pasan los minutos y el gol no acaba de llegar. Tercer empate a cero casi consecutivo ante un equipo inferior, tendría que haber pensado en eso antes, haber buscado algo parecido a un plan B. No hay noticias de Bebeto. No hay noticias de Manjarín. No hay noticias de Fran ni de Claudio. El técnico de Arteixo siente el dolor de la decepción pero a la vez ha aprendido a aceptarlo. Corre el minuto 88 y está claro que el Deportivo va a perder la liga en casa, ante decenas de miles de coruñeses que nunca se verán ante una igual. Y además, él tendrá que salir a explicarlo, como si vivirlo no fuera ya suficiente.

Solo que hay un jugador que no está dispuesto a rendirse: Nando, el lateral izquiedo reconvertido a carrilero, ex precisamente del Valencia. En un ataque de rabia, una jugada algo alborotada, Nando entra en el área, se deja el balón un poco largo pero es capaz de tocarlo justo antes de recibir la patada del defensor che. Penalti. Como una casa. Hay un momento en el que todos dudan de si el árbitro va a pitarlo o no porque ganar una liga en el minuto 89 y de penalti es un sueño demasiado bonito. Lo pita. La grada espera ver a Bebeto acercarse al área con el balón en la mano, pero Bebeto hace mutis, influido por los que ha ido fallando a lo largo del año. Donato no está, sustituido minutos antes. Podría tirarlo Fran, pero le toca a Djukic.

Y cuando todos vemos cómo respira Djukic antes de iniciar la carrerilla, cómo eleva los hombros delante del mundo entero en señal de que no le llega el oxígeno, sabemos que lo va a fallar. Y lo falla, claro. Y Arsenio, más que lamentarse, hace un gesto como de «esto se veía venir, esto es lo que pasa siempre en el estadio del pez pequeño». Y la liga se va y viaja a Barcelona, la cuarta consecutiva, mientras todo Riazor invade el campo y consuela a Djukic que se va entre lágrimas, sabedor de que toda su carrera estará ya siempre marcada por ese fallo.

El tercer año que casi nunca se menciona

Puede que Arsenio esperara algo parecido a un linchamiento. Puede que se viera a sí mismo tan solo tres años atrás, cuando tras conseguir el ascenso a primera se vino completamente abajo, abrumado por las exigencias, las expectativas desmesuradas. Si aquel año se le hizo eterno porque el equipo no conseguía dominar la segunda división, ¿qué pasaría ahora que habían perdido una liga? Estuve pensando en enlazar el vídeo del penalti, pero ustedes han visto el vídeo del penalti doscientas veces, y sean del equipo que sean, estarán de acuerdo en que es un momento demasiado doloroso (yo cumplía diecisiete años ese mismo día y abrazaba como loco a la chica que luego sería mi novia cuatro años. Cuando recuerdo mi entusiasmo, me siento culpable. Supongo que para ella sería peor; al fin y al cabo ella era coruñesa. Nunca volvimos a hablar del tema).

Me quedo, en cambio, con la rueda de prensa de Arsenio, con su claridad, su resignación, el aplauso de los medios, invadidos por una tristeza aún mayor que la del técnico, como si el reino del Bruxo no fuera de este mundo. Como si se imaginara lo que iba a llegar el año siguiente. Echen un vistazo porque esto no se ve ahora, resultaría imposible. Achacar la pérdida del título a las propias limitaciones y no al árbitro o al horario o a la mala suerte. Cuando Arsenio habla, todos callan…

Ahí ponen muchos el fin a los años dorados del Deportivo, aunque en rigor los años dorados del Deportivo duraron al menos hasta los tiempos de Djalminha, Diego Tristán y el Turu Flores, aquella liga de 2000, aquel «centenariazo» de 2002. Puede que sí fuera, hasta cierto punto, el fin de Arsenio, o al menos el de su comunión total con Riazor. Para la siguiente temporada, Lendoiro le trajo a Villarroya, a Julio Salinas y a Kostadinov. Tenía sentido. Funcionó bien. No fue suficiente.

Después de lo vivido los dos años anteriores, la afición del Deportivo, y sobre todo su presidente, no se conformaban con segundos puestos y empates a cero. Ya es difícil creerlo cuando apenas tres años antes el equipo estaba en segunda, pero uno se acostumbra rápido a lo bueno. La temporada del Dépor fue excelente. Luchó con el Madrid hasta la jornada 36 e hizo falta el mejor Zamorano para tumbarlo. El de Valdano era un muy buen equipo en un estado de gracia mental y técnico. El último canto de la Quinta del Buitre y el primero de Raúl González Blanco.

No solo fue segundo el Deportivo en la liga sino que ganó la Copa del Rey. En dos días. Y ante el Valencia. El primero acabó en una lluvia torrencial, una tormenta de verano madrileña que anegó el Bernabéu como pocas veces se había visto. El resultado por entonces era 1-1 y, de alguna manera, entre las decenas de miles de coruñeses que se habían cruzado media península para celebrar el título que no pudieron celebrar el año anterior, se mascaba la tragedia.

No era aquel un mal Valencia, y ahí estaba Pedja Mijatovic para demostrarlo, autor precisamente del gol que daba el empate. Quedaban quince minutos sueltos, a celebrar entre semana días después, miles de bajas por enfermedad repartidas por astilleros, oficinas y organismos públicos para poder quedarse más en Madrid y no perderse el final del cuento de hadas. Porque si el Leicester va a tener el suyo, ¿cómo no iba a tenerlo el Deportivo? Y cuando, de nuevo, todos esperaban a Bebeto o a Claudio o a Aldana o a Manjarín o a Fran, apareció un espontáneo: Alfredo Santaelena, el hombre que le dio la Copa al Atleti en 1991 y que se la daba ahora al Deportivo con un doble cabezazo en los morros de Zubizarreta.

El primer título de la historia del Deportivo.

Arsenio, de nuevo agotado, de nuevo demasiado exigido, de nuevo apesadumbrado ante lo que él consideraba falta de paciencia por parte del entorno —broncas con Fran, con José Ramón, Lendoiro pregonando el fichaje de Toshack casi a mitad de temporada…— anunció de nuevo su retirada. Una retirada en todo lo alto que nunca debió romper, porque, meses después, ahí estaba de nuevo, esta vez en el Bernabéu, culminando desastrosamente la temporada 1995/96 que había empezado el propio Valdano. Supongo que quiso darse el gusto de dejarse de modestos e incluir al Madrid en su currículum. Un último baile como Dios manda. Junto a García-Remón, intentó enderezar el rumbo de una plantilla confusa y solo consiguió que los periódicos se llenaran de faltas de respeto. Ahí, sí. Ahí, Arsenio puso el punto y final.

A sus ochenta y cinco años, de Arsenio se sabe poco. Desde su experiencia en Madrid, aquel gol de Padovano que le dejó fuera de unas semifinales de Champions League, apenas se ha prodigado más que como comentarista ocasional. Desde hace diez años, ni eso. Sigue viendo fútbol y sigue entendiéndolo a la perfección. Cuando debutó en el Deportivo, Di Stefano aún jugaba en Millonarios. En medio lo ha visto todo, absolutamente todo, y, como decía Kipling, ha aprendido a tratar ese todo como si fuera un mismo impostor.


Cinco goles como cinco orgasmos (o por qué se me va la vida con el fútbol)

Sergio celebra el gol del Dépor frente al Real Madrid en la final de Copa del Rey de 2002. Foto: Cordon Press.
Sergio celebra el gol del Dépor frente al Real Madrid en la final de Copa del Rey de 2002. Foto: Cordon Press.

Y cuando digo fútbol, me refiero al Dépor. Al Deportivo de La Coruña. En realidad a mí lo que me gusta del fútbol es jugarlo. Verlo está bien, pero no me va la vida en ello. En cambio sí me va la vida en ver al Dépor. La vida, la garganta, el corazón y el ánimo. Una desgracia como otra cualquiera.

¿Te gusta el fútbol?, a veces me preguntan. Bueno, a mí lo que me gusta es el Dépor. Hay gente que se muere si no puede ver una semifinal Brasil-Alemania de un Mundial. Sí, yo también quiero verla, pero lo que es morir, me muero si me pierdo un Sabadell-Dépor jornada diecisiete Segunda División domingo a las doce de la mañana.

¿Cómo se te puede ir la vida por el fútbol?, me preguntan otras veces. Yo pienso que no es por el fútbol, es por el Dépor. Y que si hay gente a la que se le va la vida por dinero, por un cantante o por Dios, no sé qué tiene de extraño que a mí se me vaya por mi equipo. Porque es que se me va.

Ese adiós de la vida, esa huida del cuerpo, suele producirse a través del grito del gol. El absurdo instante en el que tu ojo capta que la pelota ha entrado en la portería. No siempre se detecta igual. En el estadio, si la portería está lejos, no gritamos gol hasta que vemos cómo se mueve la red. Intuyes que la pelota avanza, que el peligro revolotea confuso como un niño jugando con un cuchillo entre el portero y la portería, pero no ves un carajo, hasta que de pronto vislumbras la sacudida de la red y la tensión se libera de un grito. Esa tensión que coge carrerilla mientras agarras la manga del aficionado del al lado para impedirte a ti mismo saltar al campo. Hay veces que ni siquiera ves la red; solo escuchas el griterío y ves a los jugadores levantar los brazos y allá vas tú con tu celebración ciega: no lo has visto, pero te lo crees. Otras veces la portería está cerca, entonces ves nítidamente como la pelota supera al portero y durante un chispazo de tiempo, menos de un segundo, adquieres la certeza de que el balón va a entrar, de que no hay posibilidad física de que no lo haga, y entonces tu grito nace unas décimas antes del gol. En ocasiones —sin dejar de gritar echas un vistazo rápido al linier, compruebas que corre hacia el medio campo autorizando el gol y rematas tu alarido como se merece. Nada más trágico que emprender la celebración y verte obligado a abortar tras hallar el horror en forma de banderín levantado. «¡Lo anuló!», suele gritar alguien todavía abrazado a otro. Y te sientes como cuando descubriste que Pressing Catch era mentira.

En casa la televisión te lo ofrece más claro y siempre se festeja con conocimiento de causa. A cambio, la celebración se vuelve más personal. Para quien no está atento a la tele ni al partido es como el arranque violento de un loco. O, peor aún, de varios. Tres, cuatro, cinco adultos gritando a pulmón en un espacio cerrado. Eso es un gol. Sacarlo todo en un instante sin filtros, sin control, sin obstáculos. Como Penélope Cruz en los Óscar. Proferir un defectuoso bramido que vacíe la tensión de un golpe y volverte a sentar tan satisfecho como si lo hubieras metido tú. Una pelota entra en una portería y eso deriva en un instante de éxtasis en tu interior, en una inyección de felicidad y placer que borra cualquier otro avatar de la vida y que, durante unos segundos, te inunda de bienestar. Eso es un gol de tu equipo. El símil con un orgasmo es de una obviedad ofensiva.

Veamos cinco de ellos que me han hecho hombre. Me refiero a cinco goles:

Gol de Zoran

La primera cosa no normal que le recuerdo al Dépor (el Dépor es un equipo que se caracteriza porque le ocurren cosas no normales) fue en el partido de Segunda División contra el Murcia temporada 90-91 con mi abuelo al lado. Entonces tenía yo nueve años y recuerdo a mi abuelo saltar del sillón con el gol de Zoran Stojadinovic que valía un ascenso. Mi imagen es nublosa: un tipo de pelazo al viento batiendo por bajo a un portero de gorra blanca (ningún portero sin gorra en los tardíos ochenta) que iba en pantalón corto (corto de verdad) a pesar de que el área pequeña era de tierra.

El partido había empezado con mucho retraso porque se declaró un incendio en la grada de Preferencia. «Las meigas, queimada», dirían los cronistas del tópico al día siguiente. Allí estaba yo, sentado en el suelo (antes a los niños se nos mandaba al suelo para ver la tele) viendo como las llamas flameaban en el techo de la grada y mi abuelo diciendo, «¡otro año que no ascendemos, verás!». Por suerte sí ascendimos, de la mano de Arsenio Iglesias a quien en rueda de prensa le inquirían, «Míster, ¿qué?», y él contaba el partido. En realidad, para gran parte de mi generación, ahí comenzó todo. Más de lo que nunca soñamos y más de lo que, probablemente, merecíamos.

Gol de Alfredo

En el gol que Alfredo Santaelena le metió a Zubizarreta en la final de Copa del Rey de la 94-95, los deportivistas bramamos dos goles: ese y el que había fallado Djukic el anterior año en su maldito penalti.

Segunda cosa no normal del Dépor: esa final se jugó en dos actos: el primero el 24 de junio y el segundo el 27. La primera parte duró setenta y nueve minutos y se vio interrumpida por una tormenta como jamás había visto Madrid (probable exageración). Granizos como percebes obligaron a interrumpir el partido cuando iba empate a uno contra el Valencia (el rival el anterior año del penalti de Djukic, claro). Se decidió que los once minutos que restaban se jugarían tres días después. De aquel compás de espera recuerdo la incertidumbre, la confusión, como aquel turista que en una parada de autobús de Betanzos preguntó a un vecino si por ahí pasaba el bus para Coruña y le respondieron: «ayer pasó».

También recuerdo las súplicas a mi padre para que me llevase al Bernabéu. «¿Para once minutos? Estás loco». «Que no, que va a haber prórroga», exponía yo (es probable que dijese próloga). Tenía razón mi viejo: no hubo tiempo extra. A los dos minutos cayó un balón de cualquier sitio y de cualquier forma y Zubizarreta (había porteros más rápidos que él) llegó más tarde que la cabeza de Alfredo Santaelena, un jugador que venía como añadido al fichaje de Donato del Atlético de Madrid, fichaje que, por cierto, era de cara a los dos o tres últimos años de carrera de un ya veterano. Se quedó diez.

Alfredo cabeceó, la pelota entró y yo recuerdo pensar que no sabía cómo celebrar aquello. Que era demasiada felicidad, demasiada alegría. Y me fijé en los jugadores y les vi tan contentos, con esa cara de cabreo de pura felicidad, que me pregunté si a alguno le podría dar un ataque o algo. Después descubrí la tortuosa sensación de que no pase el tiempo, aunque el tiempo sean nueve minutos. Fui un niño temeroso de la alegría desde ese día. Fui un niño, por siempre y para siempre, deportivista.

Gol de Sergio

El problema de ganar al Madrid es que tu equipo no gana: pierde el Madrid. La ecuación causa-efecto se invierte, como aquel paisano de Corcubión (perla de la Costa da Morte) que salía de casa, se quedaba mirando los molinos eólicos del monte de enfrente y decía enfadado: «Joder, cada vez que encienden esos chismes pega un viento de carallo».

Al Madrid en Madrid le ganamos pocas, poquísimas veces. Pero las elegimos. La recordada, la épica, fue la del centenariazo, claro. «Fue solo una Copa del Rey, nos da igual», me dicen mis amigos madridistas. Y yo no niego que les dé igual, pero que no me lo digan. Déjame rebozarme en mi épica, coño. Y mi épica es la épica blanquiazul, la que llevó a veinticinco mil deportivistas al Bernabéu un día entre semana de invierno a jugar de visitantes una final. Allí estaba yo, claro, el único de entre mis amigos convencido absurdamente de la victoria. El resto, pesimistas, sin ver solución a una derrota segura, como cuando a Fraga le preguntaron qué harían si el Prestige se negaba a alejarse de la costa y respondió, conciso, «se le pega un cañonazo y punto».

Mi recuerdo del primer gol del partido, autoría del deportivista Sergio González, actual entrenador del Espanyol, es borroso. Esta vez no por los años y sí por el alcohol que veinticinco mil bárbaros llegados del norte habíamos trasegado en aquel marzo madrileño que nos hizo ocupar el fondo norte del Bernabéu dos horas antes de que comenzara el partido. A pesar de la nebulosa todavía puedo ver la pelota avanzando despacio hacia la línea de gol ya superado el portero (César) y todos detrás de la portería agarrados unos a otros, de pie al estilo vieja grada de cemento (que vuelvan ya) y con los ojos desencajados porque, qué cojones, quién iba a pensar que les íbamos a meter un gol en su final. Perdí una zapatilla en aquella celebración en la que juro vi volar cuerpos por encima de mi espalda mientras la buscaba. Después vino otro gol, de Tristán, el de la incredulidad, y finalmente el pitido final no sin sufrimiento por el tanto de Raúl que cerró en 2-1 el partido.

De entre los cánticos, fuegos de artificio y lágrimas de alegría, me recuerdo a mí mismo sentado en mi asiento por primera vez en noventa minutos regocijándome en mi alegría incapaz de ponerme de nuevo en pie de puro cansancio.

Gol de Albert

En mis primeros años como periodista trabajé en el diario Marca. Cubría el devenir del Deportivo desde la delegación de A Coruña. Me pillaron los últimos años de Champions del Dépor y recuerdo que tenía una buena relación con Jabo Irureta, el entrenador entonces. Más bien era una relación paterno-filial. Hubo unos cuartos de final en el año 2004 que emparejaron al Dépor con el Milan de Ancelotti, por entonces, probablemente, el mejor equipo de Europa: Maldini, Nesta, Gattuso, Seedorf, Rui Costa, Shevchenko… Nos metieron cuatro en la ida en Milán, y eso que empezamos ganado con gol de Pandiani. Gol que vi solo, lamentablemente solo, en la delegación del periódico. Y lo festejé como un energúmeno corriendo en círculos. Luego nos metieron ellos cuatro y adiós muy buenas. Parecían habernos despachado como el sindicalista argentino Luis Barrionuevo despachó a una periodista que le preguntaba por la crisis del corralito: «En este país —dijo Barrionuevo— lo que hay que hacer es que todos dejemos de robar dos años». Sinceridad al peso.

En los días de espera antes del partido de vuelta, en una rueda de prensa, le pregunté a Irureta qué prometía si remontaban: «Hago el Camino de Santiago», me dijo. Y lo tuvo que hacer. El Dépor le metió al Milan los tres que necesitaba en Riazor más otro extra. De aquellos, recuerdo especialmente el tercero, el que culminaba la remontada, obra de Albert Luque. Había conseguido no trabajar aquella noche (era especialista en zafar en las grandes citas para acudir como se debe al estadio: borracho y con amigos) y tengo el nítido recuerdo de la pelota entrando de forma inaudita en la portería, comprender en un décima de segundo que habíamos remontado y abrazarme a mi buen amigo Iago. Recuerdo bien ese abrazo porque fue muy fuerte, que casi no nos dejábamos respirar el uno al otro y me acuerdo que pensé: «Coño, qué abrazo más sincero y cuánta alegría». Y recuerdo también que nos habíamos abrazado porque antes había intentado gritar el gol, pero no me salía la voz.

Gol de Borja

Imposible terminar sin una mención especial al Celta de Vigo. Para aquellos lectores no gallegos lo resumiré en que la relación entre el Dépor y el Celta es de amor-odio pero sin la parte del amor. Como un hombre que solo debe temer la picadura de una cobra, el ataque de un tigre y la venganza de un afgano, un deportivista solo debe temer una cosa: perder contra el Celta. Por suerte, no solemos hacerlo. Y menos cuando no debemos.

No debíamos aquella mañana de Segunda División del 15 de abril de hace dos años. Unos cinco mil deportivistas se presentaron en Balaídos sin previo aviso sabedores de que, ganando, teníamos medio ascenso conseguido. Intentaré ser breve: el Dépor empezó ganando cómodamente con dos goles y en la segunda parte las tornas cambiaron y el Celta empató a falta de cinco minutos. Ese segundo gol vigués nos puso contra las cuerdas, nos tenían donde querían: solo necesitaban la puntilla, el tercero, y completarían la remontada. Pero es el Celta, de modo que los minutos pasaron y en el último del descuento (del descuento, no de la segunda parte) hubo una falta tonta cerca del área. Del área donde estábamos los cinco mil deportivistas apiñados. El balón voló y —no es un recurso narrativo, es una realidad— mientras seguía con la vista su parábola, pensaba: «Dios, ¿te imaginas un gol ahora? Un gol en el último segundo, hundirlos en su propio estadio, gritarles el gol aquí mismo y encima casi asegurarnos el ascenso gracias a ellos». Los pensamientos se repitieron pero sin el condicional mientras descendía dieciséis filas sin tocar el suelo, arrastrado por la marea humana que celebraba lo imposible: la falta terminó en gol. Gol de Borja Fernández, un jugador declaradamente celtista pero que vestía cosas del mercado futbolero nuestra camiseta. Todo era absolutamente perfecto.

Toda esa alegría, ese éxtasis provocado por el gol de Borja, el de Albert, el de Sergio, el de Alfredo o el de Zoran, es lo que te hace comprender que merece la pena. Que merece la pena que se te vaya la vida por el fútbol. Y cuando digo fútbol, me refiero al Dépor.


Variaciones sobre un poeta gallego

Manuel Antonio

Dudas

Precisamente porque Manuel Antonio (Rianxo, 1900- 1930), poeta gallego, ha tenido una vida tan razonablemente fotogénica cuesta encontrar al individuo tangible tras esos intentos por hacerse una biografía. Supongo que no hace falta encontrar a nadie; incluso una buena labor del retratista o biógrafo debiera ser la de esquivar al hombre redondo que se ha hecho a sí mismo (o que lo han hecho), y nunca mejor dicho. Suele ser una redondez sospechosa, esa. Qué mejor que descomponerlo, como un mecano. No he visto más que wikipedias por ahí sobre nuestro poeta, muy razonables y ortodoxas todas. Se ha creado una coraza alrededor de Manuel Antonio. Es, como diríamos, un intocable. Hay un muy digno artículo de César Antonio Molina sobre el poeta en su libro Sobre la inutilidad de la poesía, que se sale del palabreo militante. Las cartas del poeta no aclaran gran cosa; son una extensión de su fotografía, y todo contribuye a endurecer esa costra de coherencia. Así, tenemos la pajarita de poeta, la pipa de marinero y el sombrero de ala ancha; alguna vez hubo alguien que sostuvo todos esos complementos, que observaba a la posteridad con el desparpajo aprendido en las fotos de las revistas literarias de vanguardia. Pero quiero pensar que no hay nadie, que el energúmeno melancólico y rabioso que creemos ver se ha evaporado o nunca ha estado ahí, y que es la poesía anclada en esa cáscara la que sostiene todos los versos, como si los versos necesitasen de una percha.

Ruido

Pensemos, antes de seguir, que se trata de una percha sin apellidos. El Pérez Sánchez se le ha caído al nombre. Puede que el Pérez fuese una de las primeras trabas que encuentra para ser poeta. Se quita de en medio los apellidos. Esto es lo primero que hará el poeta; antes del primer verso compone el nombre. Más ligero, todavía se ve rodeado de aldea, y la aldea es otro incordio. La aldea, como se sabe, es el punto más lejano de un centro, de cualquier centro. La aldea es un enterrarse bajo un cielo. El centro es ruidoso y el tiempo corre rápido. Octavio Paz: «La época moderna es la aceleración del tiempo histórico». Manuel Antonio asume hasta tal punto esa máxima que también en él se acelera el tiempo vital. «La vida obliga a la prisa por vivir porque el pan enseguida se pone duro», diría Ramón. Los futuristas italianos, menos metafóricos, asombrados por la velocidad de los trenes, fundan su religión, una metafísica de la turbina con mucho ruido de exclamaciones. La ciudad es la gran expendedora de novedades, y a principios del siglo XX no va a haber otra cosa que sed de novedades. El terremoto apenas llega a la aldea.

Pero él se va a enterar de todo. Conecta con Dieste, Castelao, también rianxeiros, y con Vicente Risco, el oráculo del momento. Risco le consiente, y al mismo tiempo, le advierte contra la moda de los ismos. Es posiblemente gracias a Risco que le llegan a Manuel Antonio las novedades artísticas de esa Europa efervescente. Risco lo sabe todo y le pone al tanto pero también le informa que a él no le interesan ninguno de esos movimientos (cubismo, dadaísmo, neo-imaginismo, creacionismo…). Tanto Risco, como Castelao, hablan de crear un arte gallego, ajeno a modas extranjeras. Si acaso, nombra el Saudosismo portugués, los haiku japoneses y el Arte Negro, y por encima de todo las literaturas nórdicas antiguas y modernas (celta y escandinava principalmente). Risco era una suerte de Pound galaico, un sabio oriental que se volvió loco al encontrarse rodeado por la barbarie guerracivilesca.

A pesar de todo Manuel Antonio cae, de puerta afuera al menos, en esa superstición; asume lo nuevo como principal valor estético. Y lo nuevo es la juventud y sus valores. Es la época de los manifiestos artísticos, y escribe uno con ánimo de dinamitero, que titula Máis alá. Lo que se echa en falta en este manifiesto es la absoluta ausencia de sentido del humor. Cosa, por cierto, que no le faltaba a Valle-Inclán, «mestre da Xuventude imbécil de Galicia», según el manifiesto. El dolor del castellano. Una prueba más, quizá, de lo poco que en realidad interiorizó el espíritu bromista de las vanguardias. Se diría que no estaban las cosas para bromas. A mediados de los 80, y mentando a Manuel Antonio, Suso de Toro publicaría Manifiesto Kamikaze, en el que recomienda, entre otras cosas, hacer croquetas con la momia de Castelao. Está muy bien, este texto. Hoy en día dan un poco ganas ya de hacerse unas croquetas con la momia Manuel Antonio, dejando a un lado el bigote.

De todas formas Manuel Antonio manda al cuerno también a los santos de la literatura gallega, y emplaza a sus paisanos a dejar a un lado el patriotismo llorón. Es un hombre de acción. El vivir como deporte, consigna en una carta desde el mar. No ha hecho otra cosa en su vida más que remangarse para estrangular esa melancolía que lleva en los huesos. Sale al mundo a buscar los versos, a recolectarlos, y de paso una futura República Galega.

Biografía

Manuel Antonio y dos amigosManuel Antonio, que es todavía un romántico inglés o alemán, sabe que vida y obra son lo mismo; huye del aburrimiento y de una vida sin biografía. Lo de hacerse una biografía es una preocupación vieja del escritor, y sobre todo del poeta. La poesía está más cerca de la vida, es una sombra que lleva encima el versificador. El poeta no puede dejar a la poesía en casa, o usarla para pasar el rato los domingos. Otra cosa es que escriba versos todos los días, que no hace falta, o incluso no conviene.

Manuel Antonio, efectivamente, fue uno de esos poetas que pronto se encontró con la imperiosa necesidad de irse a morir a Grecia, como Byron, y de paso hacía la revolución. Sus intentos son bien conocidos; en 1918, todavía estudiante en Santiago, escribe al vicecónsul de Francia en A Coruña para pedirle que le dejé alistarse en la Legión Extranjera del ejército francés para luchar en la Primera Guerra Mundial, y en vista de que el vicecónsul no quiere saber nada de tal petición, Manuel Antonio coge un tren para Irún y lo detienen en la frontera. La leyenda habla de unos días de cárcel por la trastada y una vuelta heroica a casa. Le tentará también la Revolución Rusa y la guerrilla de Sandino en Nicaragua. Como se ve, siempre acontecimientos históricos de primera categoría. Por suerte para su madre todo eso se quedó en agua de borrajas. A falta de guerras o revoluciones se hizo marino.

Para contar la vida de Manuel Antonio es importante mentar a su madre. Se queda sin padre a los cuatro años, así que no le queda más que una madre conservadora que va a misa los domingos y un tío en Padrón que ejerce de sochantre en la parroquia. Es algo que se repite siempre al hablar de Manuel Antonio, lo de la madre conservadora, como si hubiera sido más probable tener una madre jipi, una especie de Cher con mandilón negro en la Galicia costera de principios del siglo XX. Precisamente tras la muerte de Manuel Antonio, esa madre conservadora no toca ni un papel del hijo poeta durante décadas, hasta que unos venerables rescatadores convencen a la madre moribunda y se hacen con el alijo de cartas y poemas inéditos y papeles varios. Después, tampoco se aprovecha mucho ese legado, por miedo a destapar al radical nacionalista o por lo que sea. Manuel Antonio siempre tuvo fama de extremado. Entramos aquí en la guerra entre catedráticos, siempre desinteresadas. En lo ideológico da un poco igual saber si el poeta era independentista, me parece. Su poesía es, de todas formas, impermeable a todo eso. Las Asambleas Nacionalistas le hicieron poco efecto al poeta. Va y viene de ellas, un poco asqueado de tanto consenso.

Si tuviésemos que resumir su vida en tres palabras nos quedaríamos con estas: poesía, mar, tuberculosis. Escapando de la tuberculosis que mató al padre se refugia en Padrón, con solo dos años, en casa de su tío sochantre. A los 12 años deja las cosas claras; no va a hacer carrera en la Iglesia. Aquí, ovación de sus filólogos futuros. Estudia el bachillerato en Santiago de Compostela. Y ponemos ahí a la poesía, que le llama desde el otro lado de la ventana, como un vampiro flotando en el aire. Qué de gente debió arruinar esta ciudad.

En Vigo descubre otro tipo de ciudad, menos de su gusto quizá. Pero es un poeta urbano; detesta el ruralismo. Lucifer es un viejo aldeano y burgués, todo en uno. La ciudad le abruma y le atrae. Estudia en la escuela de Náutica. Vigo, en parte, le resulta incomprensible; el dinero, el fútbol, la burguesía. Qué burguesía no acabamos de saberlo; él la reconoce. Esa es la ciudad que no le interesa. Le gusta su cosmopolitismo, o lo que él entiende por tal. Es un mundo nuevo que le atrae. Toda ciudad o pueblo portuario tiene un ambiente de perdición destacado, como si la soledad de los mares hubiese calado a fondo en cada una de las calles y habitantes. En una de sus cartas a su primo Roxelio habla de Vigo:

As rúas, de noite, teñen un aspecto de pervertimento e de deformidade en segredo (istes cines de putas pintadas; istas tabernas semimisteriosas; istes mangantes que van matando en borrachera as horas noiturnas de descanso; as carcaxadas histéricas que saen do fondo de calquer curruncho; unha puta calexeira que che aborda temerosamente, c’ unha escitante fracasada; os mariñeiros eistranos que pasan falando falas descoñecidas; as luces adormentadas dos barcos da badía).

Uno de las grandes chascos de esos referentes galleguistas y artísticos de principios de siglo (Vicente Risco, Castelao…) es que a poco que salieran de Galicia o España se escandalizaban como señoronas de aldea ante lo que ellos entendían como desórdenes y desviaciones de la moral. Por ejemplo, en ese diario de Risco en Alemania, Mitteleuropa, llega a confesar que está pasando una crisis religiosa, «de exaltación relixiosa», «contra a impiedade». Y recuerda que Castelao pasó por lo mismo en Francia. No parece el caso de Manuel Antonio. Se siente irremisiblemente atraído por los neones y la estética de una moral que se descompone.

Por fin se embarca; primero en el paquebote Constantino Candeira, a las órdenes del capitán Augusto Lustres Rivas, al que dedica su libro de poemas, después en el buque holandés Gelria y por último en el pesquero de altura Arosa.

Se incide en la dura vida que llevó en esos mares. Salud precaria, largas jornadas de trabajo fatigoso. No cabe duda; alguna que otra queja deja en sus cartas, y es fácil imaginar que no solo se dedicó en sus travesías marítimas a mirar el horizonte y escribir versos. Ese mar le dio el espacio; para eso había salido de casa. No era un marino que escribía versos, sino un poeta que se hizo marino para salir de su aldea y encontrarse poéticamente. Ya se había hecho a la idea de que los versos que estaba destinado a escribir no podían escribirse en el ambiente rural en el que había nacido. Con ese aburrimiento también se nace, y ese aburrimiento él lo encuentra en la aldea. Se entiende; un chico que mira a París, con sus dadaístas y cubistas y surrealistas pegándose en los cafés. En septiembre de 1925 recibe unos navajazos por defender a una señorita, pero no es lo mismo. Presume de los pocos milímetros que le faltó a la cuchillada para seccionarle una arteria. Ya que no va a ser poeta en París se conformará con pasear los océanos en barco. La vida de marino es la alternativa más o menos razonable a esos prontos juveniles y fracasados de participar en la Primera Guerra Mundial o en alguna revolución.

En 1929, ya muy enfermo de tuberculosis, vuelve a Asados, una aldea muy cercana a Rianxo, y el 28 de enero de 1930 muere.

paquebote Constantino Candeira

Poesía

En el paquebote Constantino Candeira escribe De catro a catro. Follas sin data d’un diario d’abordo (Nós, 1928). Participan en la edición del libro el escritor Rafael Dieste, también de Rianxo y amigo de Manuel Antonio, y es ilustrado por Carlos Maside.

Es el poemario. Era el poemario. Fue muy celebrado dentro de la literatura gallega, desde Cunqueiro hasta el Grupo Rompente, a mediados de los 70. Ya no me atrevo más que a cazar versos al vuelo, nervioso por si todo se me derrumba. Y se me derrumba, lo sé, al menos en parte. Y se me derrumba como se le derrumba a uno la juventud, qué cosas. Manuel Antonio es el poeta oficial de la vanguardia gallega, un Vicente Huidobro menos charlatán y desatado. Unos poemas en los huesos. Por debajo del maquillaje formal muy del momento que le toca vivir, está el poeta intimista y solitario que ya deja caer los versos sin importarle mucho cómo caen en la página. Menos caligramas y más sangre.

Nos bordeis xa saben
que a nosa moeda
ten o anverso de ouro
e o reverso sentimental
Os ecos imprevistos
do noso cantar sonámbulo
apagarán os focos de madrugada
Mañá despertaremos
na ausencia desta xornada
Esquivouse unha folla
do diario efusivo

El valor de Manuel Antonio está precisamente ahí, en ese tono sentimental y seco al mismo tiempo con el que describe esa vida en el mar, traspasada por ciertas alucinaciones elegantes de la soledad.

Xa non vira o vento
por que a noite fechou tódalas portas

Su otro gran acierto está en la introducción del vocabulario marítimo en su poesía. Calima, barlovento, singradura, gavia, cabotaxe. La materia y el peso del poema.

Este verso, por ejemplo:

O sol era un páxaro triste
que se pousaba no penol

El más fiero vanguardista de la literatura gallega describe con nostalgia un mundo en extinción. Como dice César Antonio Molina «Manoel Antonio, situado al final de un mundo todavía romántico, intimista, sentimental y perfectamente hundido en las raíces de la naturaleza rural y marina, eleva esos elementos básicos del hombre antiguo uniéndolos al nuevo mundo presentido ya como algo inevitable tras el humo de esos vapores vistos desde los últimos veleros».

Al igual que Kafka, tuberculoso, Manuel Antonio parece atrapado en esa lucidez de una muerte temprana. En fin, el cuerpo.

A alba nova sorprendeume
cacheando entre los luceiros
unha despedida que se me perdeu

 


Manuel Jabois: Mucho gallego en Galicia

Hace cuatro años, buscando un lugar en el que celebrar nuestra boda, mi chica y yo fuimos a parar a un hotel en el que nos dijo la directora: “Tenemos dos opciones. Hacer la típica boda gallega, con diecinueve mil mariscos y eso de comer y beber hasta reventar, o una cosa elegante y moderna, con un marisco y un menú sofisticado”. Se quedó esperando una respuesta mientras yo la miraba alucinado, incapaz de decir nada, pues al pronunciar “la típica boda gallega” había puesto los ojos en blanco de puro aborrecimiento. Le comenté que siendo gallegos los novios, y Galicia el lugar elegido para casarnos, una “típica boda gallega” no estaría mal, o al menos sería más lógico que una típica boda zulú. Y que diecinueve mil mariscos era excesivo, pero mi familia era “muy gallega”, y si se le presentaban en el plato cuatro cigalas se lo tomarían como una ofensa de mis padres al resto, así que al día siguiente tendríamos en casa un cristo de muy señor mío: a los gallegos, cuando se trata de bodas, nos dan la risa los Soprano. Además, comer y beber hasta reventar me parece muy natural, y como yo no soy de protocolos, la gente se levantaría de la mesa cuando le apeteciese, así fuera para suicidarse. O sea que sí, que se sentase a esperar por menús pitiminí e invitados en pose de Jordi Labanda, que lo mismo se le cortaba la corbata al novio con un cuchillo jamonero antes de dar paso a la cabra a trompetazos.

Lo gallego en Galicia siempre se ha visto con sospecha. En esa escalada de peyorización ha hablado la concejala de Cultura de A Coruña para criticar que las fiestas de la ciudad hayan sido hasta ahora “demasiado gallegas”, cumpliendo así la frase histórica que Anxo Quintana, el exlíder del BNG, dijo en una campaña electoral: “Hoxe si fomos lonxe, até A Coruña”. Antes de nada el PP coruñés debería explicar por qué después de treinta años en la oposición pone a una señora en la concejalía de Cultura teniendo por las cafeterías a Augusto César Lendoiro. Después, mandarla a Nueva York a programar las fiestas patronales de allí, a ver si aquello es suficientemente universal, y reponer al anterior concejal de Turismo de A Coruña, el nacionalista Henrique Tello, que descartó un concierto de Bob Dylan porque “viene a tocar y lo hace de espaldas: llega, no saluda y no toca ninguna canción conocida”. Efectivamente, Dylan toca cosas extrañas que se le van ocurriendo por el camino, por eso está de espaldas: para que nadie vea cómo rasca la guitarra al chou mientras improvisa rimas aprovechándose de que canta en un idioma raro, creo que inglés. Tello lo hubiera preferido corriendo de un lado a otro del escenario con la mano en la oreja preguntando cómo están ustedes.

Definitivamente, hay algo ridículo en ser concejal de fiestas en A Coruña.