El deseo textual. Obsesiones de un bibliofilow-cost

Foto: Markus Clemens (CC0)

Soy de los que piensan que para ser bibliófilo hay que ser o rico por la cuna o rico por la cama, pero en cualquier caso con posibles y posibilidades. Por eso nunca podría ser realmente un bibliófilo, aunque sí un bibliófilo lowcost; es decir, un híbrido con todos los caprichos de los ricos y todas las necesidades de los pobres.

Decía Sigmund Freud que el hombre vive escindido entre el placer y la realidad, entre lo que le gustaría hacer y lo que tiene que hacer. Mismamente, la actividad sexual. ¿Qué ocurriría si el ser humano estuviera todo el tiempo dale que te pego y toma que toma? Pues que se abandonarían las actividades productivas, cundiendo el hambre y la miseria. Por eso —asegura Freud— la sublimación del deseo sexual y la canalización de su energía hacia el ocio y los negocios, el arte y la política, garantizan la existencia de la civilización. De ahí que el mundo se divida en continentes civilizados y continentes incontinentes.

A mí me parece justo que Freud haya desarrollado teorías originales y provocadoras sobre la insatisfacción que produce la represión de los grandes deseos. Genial. Pero ¿qué ocurre con los deseos minúsculos, con esos antojos que uno supone insignificantes y que por no haberse colmado a tiempo se convierten en tremebundas obsesiones? Y, aunque servidor no es psicoanalista, barrunto que, si la sublimación de los deseos esenciales engendra la civilización, la no sublimación de los caprichos podría condenarnos a la barbarie. La bibliofilia es uno de esos caprichos sofisticados capaces de transformar a un lord inglés en un gurkha del ejército británico, porque el deseo textual no se puede sublimar.

Solo así se comprende que los bibliofilow-cost aprendamos muy pronto a no desear incunables, ni atlas quinientistas, mucho menos impresos del Barroco y en ningún caso primeras ediciones de novelas del siglo XIX como La Regenta (1884) —a ochocientos euros en iberlibro.com— u Oliver Twist (1838), a diecinueve mil euros en abebooks.com. ¿Cuánto podría costar una primera edición de Les Fleurs du mal (1857)? Veinte mil euros en una librería de viejo de California, aunque yo le tengo echado el ojo a un ejemplar disponible en Copenhague por tres mil euros. ¿Debería endeudarme por tres mil para ganar quince mil? No puedo, porque soy un bibliofilow-cost y eso supone que, aunque sea buenecito para comprar, siempre seré pésimo para vender.

En realidad, los bibliofilow-cost nos especializamos en el siglo XX, lo que no significa que tengamos el poderío necesario y suficiente para adquirir una primera edición del Romancero gitano (1928) —veinte mil euros— o de Cien años de soledad (1967), en el mercado a veinticinco mil euros. Y, por supuesto, ni ebrios de mojitos de marihuana con anís del mono podríamos comprar la mítica edición parisina del Ulysses (1922), que puede alcanzar los ciento setenta y cinco mil euros si encima está dedicada por Joyce. No. Un bibliofilow-cost compra lo que puede y luego aumentamos el valor de lo adquirido gracias a nuestros conocimientos sobre autores, ediciones, tertulias, enemistades, generaciones, venganzas, adulterios, calabazas y todo lo que pueda provocar un sarpullido de caprichos entre otros enamorados de los libros, porque los bibliofilow-cost tenemos que mezclar el chisme con la erudición, para que cada una de nuestras pequeñas inversiones atesore una gran historia.

Por ejemplo, la primera escritora peruana fue la cusqueña Clorinda Matto de Turner, traductora de Machado de Assis, directora de la revista El Perú Ilustrado y autora de la novela Aves sin nido (1889), donde el principal personaje femenino lee la poesía completa de Carlos Augusto Salaverry en un tren que va de Cusco a Arequipa. ¿Qué edición de la poesía completa de Salaverry podía haber leído la protagonista de Aves sin nido? Sin duda se trataba de Albores y destellos (1871), impresa en Havre gracias a una donación del presidente Balta y que adquirí en uno de los puestos de los bouquinistes del Sena.

Otro libro del que me siento especialmente orgulloso es mi edición argentina de Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos (1941) —que no hay que confundir con los dos volúmenes de La sagrada cripta de Pombo de 1918 y 1926—, que Ramón Gómez de la Serna dedicó a Enrique Jardiel Poncela. ¿Por qué considero que mi ejemplar es singular? Porque perteneció al propio Jardiel, como lo acredita un tarjetón manuscrito de su puño y letra, donde el autor de Amor se escribe sin hache consignaba que «comulgó en Pombo la noche del 13 de diciembre de 1923». Esta joya la conseguí gracias al editor, poeta y librero Abelardo Linares, lo que me resta puntos como buscador de oportunidades, pero me deja muy bien como bibliofilow-cost.

Por otro lado, es justo que comparta aquí también algún secreto, cual es permanecer al acecho de los volúmenes que dan de baja las bibliotecas de las universidades de los Estados Unidos. Todos los bibliofilow-cost conocemos la historia del escritor Juan Bonilla, quien adquirió por menos de diez dólares varias primeras ediciones dedicadas por poetas de la generación del 27 a un profesor español exiliado en Estados Unidos y que la universidad del finado remató al peso porque nadie las solicitaba. Cuando ciertos títulos no los pide ni Dios, un algoritmo analfabeto les sugiere a los bibliotecarios gringos que le coloquen al volumen el sello de «Withdrawn», y así salen al mercado primeras ediciones de Salinas, Cernuda o Juan Ramón. Por lo tanto, combinando los nombres de los autores deseados con la palabra withdrawn, a veces suena la flauta, como me ocurrió cuando encontré la edición de Poesías (1929) de José María Eguren, dedicada por el autor al crítico Ventura García Calderón.

Sin embargo, cuando he deseado un libro con vehemencia singular, he apelado al viejo truco de solicitarlo a través de una columna periodística. Fue el caso de una bellísima edición de Ocnos de Luis Cernuda, que la extinta Fundación Luis Cernuda de la Diputación de Sevilla editó allá por 1992. Como los lectores saben, no se trata de la primera edición, sino de una edición primorosa, una pequeña golosina encuadernada que venía dentro de un estuche elegantísimo y que se dejaba acariciar de maravilla porque su piel y sus nervios eran una constante provocación. Me sublevaba suponer que cientos de políticos y apparátchik tuvieran un ejemplar de aquella bella edición en sus casas, y así apelé a la complicidad de algún excónyuge, yerno, nuera o hijo de cualquier poseedor desaprensivo de semejante joya, a quienes prometí obsequiar el famoso Kindle de Amazon a cambio del Ocnos-alhaja que buscaba desde hacía más de quince años. Después de todo, ¿qué era un Kindle al lado de aquella preciosa edición? Pero no hizo falta hacer más ricos a los de Amazon, porque un lector altruista y bondadoso me regaló aquel Ocnos que desde entonces venero desvariante.

Sé perfectamente los libros que me compraría si tuviera suficiente dinero, pero como jamás podría invertir más de doscientos euros en un único título sin que se me venga abajo el quiosco de la economía familiar, siempre seré un bibliofilow-cost, estrujado por el deseo textual y los caprichos sin sublimar.


Abelardo Linares: «Los libros son como un veneno. Un veneno raro que solo es perjudicial en pequeñas dosis»

Fotografía: Ángel L. Fernández

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 22

Aunque el mote no le haga mucha gracia, lo cierto es que a Abelardo Linares (Sevilla, 1952) se le conoce entre bastidores como «el hombre del millón de libros». Lo cual, por otro lado, no es ninguna exageración. La fama le cayó el día que se trajo de Nueva York, a lomos de un barco, los fondos de la librería de Eliseo Torres, adquiridos al completo a su viuda tras la muerte del reconocido librero, en una operación sin precedentes en España por su envergadura, sobre la que tantas leyendas en su día se escribieron.

Para entonces, Linares ya se había labrado toda una reputación de amante impenitente del libro viejo, también de implacable cazador. Tras recorrerse las Españas en los setenta, dio buena cuenta de las Américas en los ochenta, llegando así a convertirse en uno de nuestros últimos grandes bibliófilos.

Su biblioteca personal compite por ser una de las más completas que hay sobre literatura en castellano de principios del siglo xx. De ella se nutre buena parte del exquisito catálogo de su editorial Renacimiento, fundada a principios de la década de 1980, referente en el rescate literario de dicho periodo histórico.

Los inmensos fondos de Abelardo Linares descansan ahora en tres frías naves industriales a las afueras de Sevilla. Allí, entre pasillos y pasillos, cajas y más cajas, se llevó a cabo esta entrevista sobre lecturas, pasiones y emociones. Viendo luego los miles de joyas librescas que se albergaban en las estanterías se nos hizo de noche.

¿Te sientes a gusto con la etiqueta de bibliófilo?

La bibliofilia como tal, el mundo de los bibliófilos, es algo que no me interesa demasiado, por más que, como todo coleccionismo, me parezca muy respetable. G. K. Chesterton decía que en esta vida hay que estar loco por algo para no volverse completamente loco. Para eso el coleccionismo puede ser de bastante ayuda. Lo que ocurre es que hay gente que, por culpa de la bibliofilia, solo compra libros raros anteriores al siglo xviii, o libros diminutos en dieciseisavo, o se empeña en que todos los volúmenes de su biblioteca tengan bonitas encuadernaciones en marroquín. Todo eso, dentro de lo que cabe, está bien, salvo cuando uno, por ejemplo, se dedica a reunir facsímiles de códices medievales o renacentistas a varios miles de euros la pieza, en ediciones limitadas (es un decir) de dos o tres mil ejemplares, creyendo que tal cosa no es sino pura bibliofilia o que está haciendo una estupenda inversión financiera.

Quiero decir con esto que a mí el libro raro porque sí, o de mucho precio, o el impreso de forma especialmente lujosa, no me interesa. Me importan los libros para leer, valga la redundancia, y también los periódicos, folletos y revistas relacionados con la historia y la literatura. Sobre todo si por su interés y rareza son susceptibles de ser reeditados. Y cuando un autor me interesa de verdad, ya sea el citado Chesterton, Silverio Lanza, Nabokov o el conde de Keyserling, procuro reunir todo lo que sobre él se haya publicado.

En cualquier caso, para mí los libros son un bien sin mezcla de mal alguno. En mi opinión, una pared, una habitación llena de buenos libros, es algo totémico. Estoy convencido de que los libros son algo tan bueno que muchas veces no hace falta ni leerlos. Basta tenerlos cerca para poder sentir su protección.

Tal y como lo cuentas, la bibliofilia parece una patología.  

Sí, aproximadamente. Los libros son como un veneno, pero un veneno raro que solo es perjudicial en pequeñas dosis. Por ejemplo, es muy peligroso leer un solo libro, valgan la Biblia o el Corán, o administrarse una dieta lectora a base únicamente de premios Planeta, Paulo Coelho o Jorge Bucay. Pero, en grandes cantidades, los libros, la lectura, tienen siempre efectos beneficiosos.

¿Recuerdas el primer libro que compraste?

Fue en una librería que había a cincuenta metros de mi casa, en la calle Hernando Colón, en Sevilla. Yo tendría trece o catorce años. Era un tomo de las Vidas paralelas de Plutarco, publicado en la colección Austral, con una hermosa y humilde camisa de color amarillo. Me costó veinticinco pesetas. Me acuerdo perfectamente del precio porque esa era la paga semanal que me daban mis padres. Durante varias semanas me gasté aquella paga en completar todos los tomos. Compré esa obra porque en la excelente biblioteca que tenía mi padre, de la que tuve la gran suerte de poder disfrutar, había encontrado por entonces las Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio, obra que leía por las noches antes de dormir. Aquel fue literalmente un libro de cabecera.  

Empezaste a escribir poesía también muy joven.

Las primeras cosas que escribí las hice con once años, estudiando segundo de bachiller. De niño era bastante lector. Aparte de, sobre todo, acudir a la biblioteca de mi padre, creo que era el único alumno de mi clase en el Claret de Heliópolis, en Sevilla, que visitaba asiduamente la biblioteca del colegio. Por lo que recuerdo, mi primer motivo de «inspiración» fueron los cuentos un tanto poéticos de Andréiev. Basándome en ellos escribí unos pequeños engendros, sin el más mínimo interés, que eran un ingenuo pero también genuino homenaje, y a la vez acercamiento, a la literatura. La cosa es, a fin de cuentas, de lo más normal. Todos los niños pintan y dibujan con una feroz alegría, no porque vayan a ser Picasso, sino porque son niños. Lo mismo que casi todos los adolescentes escriben, no porque vayan a ser Marcel Proust o Juan Bonilla, sino porque son adolescentes.

Tus primeros pasos como librero los das en el Rastro de Madrid. ¿Cómo acabas allí?

Estudié en Sevilla los cursos comunes de Filosofía y Letras, pero en 1972 me fui a Madrid a estudiar Literatura Hispánica con Lorenzo Martín del Burgo, un amigo poeta al que he dejado de ver pero al que admiraba y admiro muchísimo, un tipo muy leído y con un mundo poético originalísimo. Nos fuimos los dos pensando que en Madrid íbamos a encontrar gente como nosotros, venida de toda España interesada en la literatura. Pero pronto nos dimos cuenta de que la mayoría de nuestros nuevos compañeros no cursaban Literatura Hispánica porque les apasionase la literatura, sino porque querían ser profesores de literatura, que es cosa bastante distinta.

En mi viaje a Madrid, por lo tanto, no descubrí el mundo de la literatura, pero sí descubrí el mundo del libro de viejo, primero en la Cuesta de Moyano y luego en el Rastro, también en multitud de librerías y chamarilerías repartidas por toda la ciudad. Comprobé enseguida que el mismo libro podía valer en un sitio treinta pesetas y en otro doscientas, y que por tanto ahí había margen para la especulación, para el negocio. Mi primera intención fue revender a unas librerías lo que había comprado en otras. Con ello hice los primeros amigos en el gremio, pero negocio, muy poco. A ningún librero le interesaba comprar libros sueltos o pequeños lotes si no tenían un buen margen. A lo más que se prestaron fue a algún intercambio, si les era económicamente ventajoso. Así que decidí poner mi propio puesto en el Rastro, en el Campillo de Mundo Nuevo, donde aparte de libros se vendían también discos y cómics. Eso ya fue en 1973 y resultó ser toda una experiencia, porque me obligó a superar mi timidez y tratar con el público. También a ampliar mi curiosidad libresca e ir aprendiendo sobre el interés y el precio de infinidad de libros vendibles más allá de la literatura, que era lo único que en principio a mí me interesaba.

¿Cómo era el mercado del libro de viejo en aquel Madrid de mediados de los setenta?

Madrid parecía estar, por entonces, lleno de librerías de nuevo y de viejo. En lo de viejo, estaban en primer lugar los libreros de libro auténticamente antiguo, los Vindel, Bardón, Porrúa y demás, a los que yo no traté nunca porque nunca intenté comprarles, más que nada porque no se dedicaban a libros posteriores al siglo xix. Alguna vez me contó Luis Alberto de Cuenca que de jovencito tuvo muy buena relación con Bardón y que más de una vez este le regaló primeras ediciones de libros de poemas de primeras firmas de la generación del 27, porque para él no eran libros que tuvieran especial importancia, lo que es muy significativo de un cierto modo de entender el libro.

Estaban también los libreros generalistas, que se dedicaban por igual a lo antiguo que a lo más moderno, como Rodríguez y Chiverto en la calle San Bernardo; ya en cierta decadencia como zona de libros, Sanz, en la calle Pardiñas; Montero, en el callejón de Preciados; Cayo, en la calle del Prado; y Miguel Miranda, en la calle Lope de Vega. Con Miranda tuve cierta amistad porque le visitaba a menudo, ya que yo vivía por entonces en la calle Cervantes, a apenas cincuenta metros de su comercio. Miranda había sido actor en sus tiempos juveniles y tenía una figura de mucho empaque y un ácido sentido del humor que incluía la ironía y el sarcasmo aplicado a los literatos de todo el siglo xx. Solía rodearse más de contertulios que de clientes, pero sabía mucho de literatura y con buen criterio, y vendía bien a las universidades americanas, que por entonces compraban muchas cosas españolas, pero sobre todo a librerías de Buenos Aires o Montevideo, como supe más tarde.

En la Cuesta de Moyano había al menos tres libreros interesantes: Berchi, Lucas y Alfonso Riudavets. Este último ha sido el librero de viejo que más libros ha manejado en España, más de tres millones. Aún sigue en activo. De los tres era yo un asiduo cliente, aunque a quien más visité por entonces fue a José Blas Vega, excelente flamencólogo además de librero, que acababa de abrir negocio en la calle Espíritu Santo y tenía mucho tino para escoger las compras.

El mercado del libro de viejo en el Madrid de los setenta estaba por otro lado lleno de vida porque había clientes para todos los gustos y surgían bibliotecas con asiduidad.

Con los libros adquiridos durante tu estancia en Madrid vuelves a Sevilla y montas por fin una librería física en el centro de la ciudad.

La librería la abrí en el otoño de 1974, en el número 4 de la calle Mateos Gago, junto a la catedral. En realidad no era una verdadera librería, sino un escaparate y un rincón de la tienda de antigüedades y souvenirs que tenían mis padres, en el que apenas cabían estanterías para unos cuantos libros. Empecé con los trescientos o cuatrocientos volúmenes que me habían quedado de Madrid, todos ellos de literatura española. Pero pronto empecé a comprar otros de otras temáticas y a venderlos a buen ritmo. Gracias a eso, en pocos años, pude empezar a publicar libros y a viajar por América. A la librería le puse por nombre Renacimiento en honor a la editorial Renacimiento, la primera gran editorial moderna española, muy vinculada a la generación del 98 y al modernismo y muy admirada por mí. En 1981, cuando empecé a publicar una serie de pequeños libros de poesía en colaboración con mi amigo César Viguera, los puse también bajo los auspicios de Renacimiento.

¿Qué panorama librero te encontraste a tu vuelta a Sevilla?

A mediados de los setenta aún había buenas bibliotecas en Sevilla, pero solían venderse a libreros de Madrid o iban a subasta de forma anónima y discreta. Por aquel entonces traté algo a Romaní, un intermediario que trabajaba regularmente para Chiverto, con muy buenos resultados, quien me contó algunos detalles curiosos de su trabajo. Era viejo amigo de Mercedes, una antigua librera que había vuelto al negocio y abierto un pequeño local en la calle Rivero, transversal de Sierpes, con buenos libros, excelente trato y precio más que moderado. En la calle Amparo estaba la librería Rodríguez, que era por entonces la única que sacaba catálogo en Sevilla. Muy cerca, en la plaza de Montesión, estaba Conchita, la mejor negociante para comprar y vender que he conocido nunca. No sabía apenas nada de libros y no intentaba disimularlo [risas], pero lo sabía todo sobre los compradores de libros y casi nunca se equivocaba al pedir un precio. Hacia 1975, Conchita compró parte de los fondos de la librería sevillana de la CIAP, que había cerrado en 1932. La mitad, un par de camiones al parecer, se la vendió a un librero de fuera. Con el resto llenó un local cercano y durante varios meses estuvo vendiendo furiosamente hasta agotar las existencias. Yo estaba por entonces comenzando y me faltaban conocimientos, pero, sobre todo, capacidad económica para comprarle todo lo que hubiera querido. Aun así, al menos pude hacerme con algunas primeras ediciones de poetas del 27, mucha novela de vanguardia y todo lo publicado por La Gaceta Literaria. También cosas de Cenit, Zeus, Historia Nueva y otras editoriales de izquierda.

Por lo que cuentas, salvo honrosas excepciones, la literatura española de principios del siglo xx no parece que estuviera entonces muy considerada como libro de viejo.

Las figuras mayores, en términos generales, sí estaban valoradas, sobre todo las de la generación del 98, por entonces en plena vigencia. Había muchos compradores para cosas de Valle-Inclán, Unamuno o Azorín. Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez eran muy buscados y apreciados. Pero el interés por las figuras menores, por «los raros», creo yo que vino algo después, en los años ochenta. Con los autores relacionados con el exilio de 1939 pasó también algo parecido y es a partir de los ochenta cuando empiezan a buscarse más las ediciones de autores como Max Aub, Arturo Barea, Benjamín Jarnés, Corpus Barga o el primer Ramón J. Sender. Pero ya a finales de los setenta había en Madrid, junto al Museo del Prado, una librería exquisita de muy cuidados fondos contemporáneos y precios prohibitivos que regentaba una señora encantadora, doña Herminia.

Los setenta fueron años buenos para empezar a comprar libros y hacerse con una buena biblioteca sin invertir demasiado dinero. Por aquellos años, por ejemplo, conocí a Juan Manuel Rozas, que era profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y había reunido una excelente colección del 27 a base de paciencia y buen gusto, más que a golpe de billetera.

Cuando entrevistamos a Juan Manuel Bonet, otro de nuestros grandes bibliófilos, nos contó que la primera vez que entró en tu librería, a mediados de los años setenta, fue para comprar dos libros de Lasso de la Vega que, según recuerda, no estaban precisamente baratos.  

Los libros de Lasso de la Vega en esa época no estaban nada valorados, así que si los puse caros fue para ejercer de crítico literario [risas], o quizás para darle importancia a Lasso a la vez que me la daba a mí.  

Al hilo de esto, recuerdo haber ejercido también la crítica literaria vía precio una vez con los libros del poeta José-Miguel Ullán. Cuando tenía todavía la librería en el centro de Sevilla, Ullán vino un día y me compró varios libros, uno de ellos la edición mexicana de Poeta en Nueva York, de Lorca, para su pareja, a quien quería hacerle un buen regalo. Estuvo charlando conmigo muy amigablemente y yo le hice de hecho un descuento importante. Al poco sacó un artículo en El País quejándose de mi librería por los precios, citando títulos y precios concretos de mi catálogo. Lo más curioso es que gracias a eso logré vender en los días siguientes algunos de los libros por él citados [risas]. Meses después le envié a su domicilio un catálogo de primeras ediciones de poesía española del siglo xx que incluía dos primera ediciones suyas agotadas, a quince o veinticinco pesetas. No recuerdo qué amigo común me contó años después que Ullán le había recordado aquello de la visita, el artículo y el catálogo como algo humorístico, lo que habla bien de él. Eso sí, los dos libros que puse suyos en el catálogo no se vendieron [risas].

¿De qué modo ha cambiado el mercado del libro de viejo en España? ¿Cuál dirías que es la gran diferencia entre tus inicios, a mediados de los setenta, y ahora?

El mercado del libro de viejo en España comenzó a consolidarse, a ganar músculo, a partir de la década de 1980, y así estuvo creciendo al menos hasta 2007. Aquellos fueron años en los que el precio de los libros subió, y surgieron nuevos compradores y coleccionistas. Las bibliotecas y museos del Estado y de las comunidades autónomas también compraron en grandes cantidades, y se multiplicaron las casas de subasta. Incluso se puso casi de moda que cajas de ahorros y otras entidades financieras adquirieran bibliotecas particulares importantes. A partir de 2008 llega no solo la crisis económica, sino también el progresivo triunfo de internet y un rápido declinar del prestigio del libro, que solo en estos últimos tiempos empieza a ralentizarse.

En cualquier caso, el negocio del libro antiguo en España siempre ha sido un negocio pobretón, de ámbito familiar más que industrial, con locales pequeños en calles de poco paso y sin prestar atención apenas a la decoración o al escaparate. El librero español nunca ha querido presumir de local, sino, en todo caso, de trastienda y almacén. Quizás por eso no hay en nuestro país ninguna librería que pueda compararse, por ejemplo, a la de Linardi y Risso en el viejo Montevideo.

Hablando de librerías, ¿has leído el ensayo que les dedicó Jorge Carrión? No pocos se sorprendieron de que ni siquiera se te mencionara.

Leerlo no lo he leído porque es un libro más para hojear que para leer, pero, sí, lo he hojeado. Su libro es sobre librerías, no sobre libreros, y no tiene por qué citarme cuando no me conoce de nada ni creo que me haya comprado nunca un libro. Todo parece indicar que lo que más le atrae a Carrión de las librerías es la librería misma, como local o edificio, y también la ubicación, decoración, etcétera, mientras que a otros lo que más nos atrae (o no) de una librería son los libros que hay en ella, lo que no deja de ser una ordinariez nada cool. En ese sentido, Librerías me pareció un libro gloriosamente posmoderno que muy bien podría continuarse con un segundo volumen que se llamase, por ejemplo, McDonald’s, en el que contase la historia de los mejores cincuenta locales que tiene esa cadena en todo el mundo, desde Seúl a Auckland, con más glamour. Sería todo un éxito.

Quedan pocas librerías que sean librerías de verdad, es decir, de fondo. Las librerías de las grandes superficies o de los grandes almacenes ofrecen hoy exactamente lo mismo que las librerías de estación o de aeropuerto, solo que en mayor cantidad. Por su parte, Amazon, la gran (y quizás en el futuro «única») triunfadora, no es exactamente una librería sino apenas un catálogo informático. De ahí la importancia de las librerías de viejo de todo el mundo hispánico. O quizás no tengan importancia, pero son las que, al fin y al cabo, en realidad más me gustan.

¿Crees que el libro de viejo sigue interesando a las nuevas generaciones?

Mi generación y la inmediatamente posterior creo que son las últimas para las que ha sido relativamente habitual o corriente, entre los escritores y poetas, el hacerse con una buena biblioteca, constituyendo los libros viejos a su vez una buena parte de ella. Me da la impresión de que los escritores jóvenes de ahora mismo están ya, la mayoría al menos, en otra en cosa.

¿No puede ser que lo que haya dejado de interesar sean las librerías de viejo? Como has comentado antes, dicho mercado parece estar ahora en internet.

Sí, en eso tienes toda la razón. El mercado del libro, sobre todo el de viejo, está en internet.

¿Y hasta qué punto crees que internet ha cambiado los modos del coleccionista o buscador de libros? Entiendo que al Rastro se iba antes a ver qué se encontraba uno, cuando en internet se pueden ya buscar títulos concretos.

No tengo muy claro que hayan cambiado tanto los modos, porque últimamente en internet lo que hago, en cuestión de literatura, es hacer búsquedas transversales. Como la mayoría de los libros que a mí me interesaba tener ya los he encontrado, me ha dado ahora (bueno, la verdad es que llevo ya bastante años haciéndolo) por las revistas. En el mundo de las revistas hay montones de títulos absolutamente desconocidos, de los que se ha perdido toda memoria. No se encuentran además no ya digitalizados, sino en ninguna biblioteca conocida. Parece, y quizás lo han hecho, como si hubieran desparecido para siempre. Así que en internet ahora busco, por ejemplo, «Revistas del año 1929», a ver qué sale. Por ejemplo, hace menos de una semana he dado con un tomito con los primeros números de una que se llama Los Ciegos. Revista Tyflófila, de 1916. Esa revista la dirigió un tiempo César M. Arconada y en ella he encontrado cosas de Juan Chabás, Salvador Bacarisse, Margarita Nelken, y otros muchos escritores de interés, de los que quiero publicar cosas en el futuro.

Veo que tienes ahí en el suelo cajas de Amazon. ¿Compras también libros allí?

Sí, claro. Yo compro libros en todos lados y Amazon también tiene una sección de libro de viejo, aparte de que AbeBooks, el mayor portal de libro antiguo, también es de Amazon. El libro hay que comprarlo donde salta: Uniliber, MercadoLibre, todocoleccion, Milanuncios, PriceMinister… todo vale.

Con todo, entiendo que nada de esto se puede comparar con tus ya famosas incursiones por Latinoamérica.

Desde luego que no. Internet es como pescar apaciblemente en una playa o un puerto. Los viajes a otros países hace treinta años o más eran expediciones de caza mayor, por más que yo no haya cazado nunca ni siquiera ranas o lagartijas. Aquellos primeros viajes a América, a principio de los ochenta, fueron inolvidables, pero como luego fueron más de cien la mayoría se me ha olvidado.

A Buenos Aires fui en 1981. A México, Chile y Uruguay, al año siguiente. A Cuba no llegué hasta 1991. Empecé primero por Buenos Aires porque tenía allí un amigo colega, Alberto Peremiansky, que me ayudó en mis correrías. Me decidí a ir, además, pese al gran escepticismo de los colegas españoles a los que comenté mi proyecto de viaje, porque estaba absolutamente convencido de que Buenos Aires estaba lleno de libros relacionados con España, aparte de que los propios libros argentinos y latinoamericanos en general han sido siempre muy apreciados por nosotros.

De todos modos, aunque muchas librerías y ferias de libro viejo y usado sigan existiendo todavía, es imposible no recordar con gran melancolía lo que era el libro allá antes de la era de internet. Mercados como el de Tristán Narvaja en Montevideo, La Lagunilla en México D. F., o San Diego 119 en Santiago de Chile eran espectaculares en cantidad y calidad. Y también en sabor y pintoresquismo.

En Buenos Aires tuviste también la oportunidad de conocer a Borges.

Sí. Fue lo primero que hice nada más llegar allí, llamar a Borges. Me presenté diciendo que era un librero sevillano que había publicado hacía no mucho un folletito sobre Cansinos Assens, y me dijo que muy bien, que me pasara por su casa al día siguiente para hablar. Me acuerdo de que me hizo repetir un par de veces su dirección, que era Maipú 994, para que no me equivocara. Casualmente mi hotel estaba en la misma calle, muy cerca de su casa, cosa que no sabía en aquel momento.

Pasé varios días con él, en su casa, comiendo. Hicimos juntos incluso un haiku, del que no recuerdo nada y por tanto es ya inmortal [risas]. Yo le recité «El índice rojo», un estupendo y un tanto terrible soneto en alejandrinos de Pedro Luis de Gálvez, y me pidió un bis. A cambio, él me recitó un poema, también de Pedro Luis de Gálvez, que había leído en el año 1919 ¡y todavía se acordaba! Quiero decir con esto que lo de «Funes el memorioso» es un texto totalmente autobiográfico. Me acuerdo que le llevé Inquisiciones y Ficciones para que me los firmara, pero solo me firmó Ficciones. De Inquisiciones no quiso saber nada.

La habitación de Borges era interior y muy pequeña. Las paredes estaban desnudas, salvo por un grabado enmarcado que había de Durero: El caballero, la muerte y el diablo. Había solo una mesita de noche, una cama de ochenta centímetros, y varias pilas de libros suyos nuevos junto a la pared. Por aquel entonces apenas veía, tan solo distinguía algunos colores, como el amarillo. Me hizo sentarme en la cama, a su lado, y me propuso una especie de juego, una prueba: «Le voy a recitar algo, a ver si usted descubre lo que es». Y durante dos o tres minutos, con voluntariosa lentitud, estuvo salmodiando en sajón antiguo una especie de poema. Cuando terminó, me preguntó entonces como bromeando: «¿Adivina usted qué es?». Yo reflexioné durante unos segundos y le contesté: «Tiene que ser el padrenuestro». «¿Cómo lo ha adivinado?», me dijo sorprendido. «Porque usted me dio a entender al principio que yo podía saberlo, y la única cosa que se me ha ocurrido que podamos tener en común con un sajón del siglo ix es el padrenuestro». La verdad es que lo acerté un poco por casualidad, porque soy bastante malo para los acertijos [risas].

Otro día lo acompañé a sacarse el pasaporte. Tenía que viajar a Estados Unidos, porque le habían invitado a dar una serie de conferencias. Tuvimos que hablar con un funcionario perfectamente disfrazado de funcionario que nos recibió muy deferente en un gran despacho y Borges le estuvo contando que iba a estar fuera varios meses y que quería visitar varias ciudades, una de ellas Nueva Orleans. El amable funcionario se mostró un poco extrañado de que, siendo ya Borges un anciano y además ciego, quisiera ir precisamente a esa ciudad: «Pero, Borges, ¿por qué quiere usted ir precisamente a Nueva Orleans?». El viejo levantó levemente su mirada ciega en dirección a su interlocutor y dijo con voz evocadora, mientras esbozaba una tímida sonrisa a la vez que golpeaba firmemente el suelo con su bastón: «Siento la llamada del sur» [risas]. Desde entonces, a veces, estando yo con amigos, también siento esa «llamada del sur».

De Sudamérica a Norteamérica. Cuéntanos los detalles de la compra de la librería de Eliseo Torres en Nueva York. ¿Cómo supiste de su existencia?

La historia de Eliseo Torres es muy curiosa. Torres fue un emigrante gallego que llegó a Nueva York creo que en la década de 1950. Empezó como librero en la calle 14, que era donde al principio estaban todas las librerías de viejo hispanas, y donde todavía quedaban dos de ellas en los noventa, cuando fui. También había algunas en la calle 42. A Eliseo Torres le ofrecieron, según se dice, por un dólar, un edificio en el Bronx, que había sido primero un hotel y luego una fábrica de lámparas. El edificio estaba en un descampado, en una zona para rehabilitar, cuyo negocio principal era el de repuestos de automóviles, una cosa un poco entre mafiosa y sencillamente marginal. Todavía se podían ver por allí, de vez en cuando, muertos por drogas y cosas así. Eliseo Torres se fue al Bronx más que nada porque no tenía otro sitio donde almacenar Las Américas, aquel gran proyecto editorial que había montado en Nueva York el dueño de Anaya, y que tras su cierre fue comprado por él. De las cinco plantas que tenía aquel edificio, Eliseo Torres dedicó dos a Las Américas y las otras tres a su propia librería. En total tenía literalmente un millón de libros allí almacenados. Aquella cifra no fue nunca una exageración. Su figura era por tanto más o menos conocida entre los bibliófilos. El primero que me habló de él fue Luis García Montero, el más viajero de los poetas españoles, quien le había comprado en su día algunos libros. Pero tampoco me habló con mucho ímpetu de la librería. Cuando llegué a Nueva York no me hacía yo a la idea de lo que me iba a encontrar, no sabía que aquello era tan impresionante. Si no, seguramente, hubiera ido antes [risas].

En aquella primera visita, ¿ya fuiste con la intención de comprar la librería?

No, más que nada porque él no estaba todavía interesado en vender, por eso mismo tenía un millón de libros y una sola empleada, excelente y de confianza, Martha Mogro. Eliseo Torres, en sus últimos años, continuó acumulando libros en lugar de ir liquidándolos. De algún modo estuvo trabajando para quien le fuera a suceder, aunque él ya sabía que no iba a ser nadie de su familia. Le ocurría entonces igual que a mí ahora, que no sé para quién sigo trabajando [risas].

En aquella primera visita le compré a Eliseo Torres unos diez mil dólares en libros, pero terminé enterándome de que le había dicho a Martha, muy seriamente, que si volvía por allí no me dejara entrar [risas]. A la librería se entraba por una especie de puerta blindada, gigantesca y pesadísima, a la que había que llamar. Yo creo que, en el fondo, le molestaba que otro librero ganara dinero a su costa. Lo cierto es que en el momento mismo de conocer su librería pensé en que quizás algún día surgiría la posibilidad de comprarla, justamente por las dificultades que tendría, a la fuerza, una venta como esa. Por eso mismo le dejé una propina bastante generosa a la empleada [risas], para que me llamase si algún día si se vendía aquello.

Al año siguiente de estar yo por allí, en la prensa española salió un reportaje en el que se decía que Eliseo Torres, ya muy mayor, tenía intención de desprenderse de sus fondos. Pensé, de hecho, que diciendo eso públicamente se me iba a dificultar bastante el poder comprar la librería, pero parece ser que los únicos que llamaron lo hicieron pensando que la regalaba, idea esa de lo más equivocada y que, al parecer, puso a Eliseo Torres bastante furioso.

Cuando lo conocí, Torres estaba un poco desmejorado y visiblemente griposo. Era no obstante un hombre pequeño, delgado y fibroso, que muy bien podría haber vivido treinta años más, pero falleció tristemente a los dos años de mi visita. José María Conget, que estaba entonces en Nueva York al frente del Instituto Cervantes, fue quien me avisó de la noticia. La viuda había intentado mantener aquello durante dos años, pero tuvo que invertir dinero en el edificio y llegó un momento en el que no le vio sentido a seguir con un negocio que en realidad ya no lo era. En la medida en que lo que valía dinero de verdad de la librería era el edificio, finalmente se decidió a vender.

¿Cómo se llevó a cabo la compra? Hay mucha leyenda urbana alrededor.

El único mérito que tuvo aquella operación fue hacerla prácticamente sin poner dinero de mi bolsillo. Lo primero que hice fue convencer a la viuda de que nadie le iba a pagar el dinero al contado, y menos por adelantado. Luego estaba el problema de la logística, la organización, la catalogación, el transporte a España y su almacenaje. Llevar a cabo todo aquello dificultaba mucho en la práctica la operación. Por eso le ofrecí a la viuda firmar un convenio ante notario comprometiéndome a pagar en el plazo de un año una cierta cantidad, a cambio de trabajar durante todo ese año en la librería. Ella me preguntó entonces qué pasaba si al finalizar el plazo acordado yo no había terminado de pagar al completo la cantidad convenida, y le contesté: «Entonces, habré estado trabajando un año gratis para usted». Y eso fue lo que la convenció. A mí la jugada me salió redonda, porque lo único que tuve que hacer fue pagarme el alojamiento y asumir parte del salario de los empleados que tenía la librería. El resto lo siguió pagando ella, incluidos los impuestos derivados de las ventas. Así que estuve un año viviendo en Nueva York, catalogando aquello, y vendiendo todo lo que pude para conseguir finalmente pagar el precio pactado. A principios del año siguiente me traje todo lo que quedaba para España.

¿Cuánto era?

Durante el año que estuve en Nueva York trabajando vendí unos ciento cincuenta mil libros. Allí dejé cincuenta mil (libros de texto, básicamente), y me traje ochocientos mil. En total fueron doscientas cincuenta toneladas. La verdad es que, por puro negocio, tendría que haberme traído solo la mitad, porque una parte importante de los fondos eran restos de ediciones que no valían gran cosa, y lo único que hicieron fue dar trabajo y duplicar los costes del transporte, que eran ya altísimos. Pero me dio pena abandonar varios cientos de miles de libros. En marzo de 1995 habían llegado ya todos los libros a esta nave en la que estamos, que estaba entonces vacía y no tenía tres pisos como ahora. En 1999 dejamos la librería que tenía en el centro de Sevilla y reunimos todo aquí, librería y editorial, aunque al final hubo también que alquilar las dos naves contiguas, para poder almacenar todo lo que llegó de Nueva York. Hace apenas un par de meses abrí las últimas cajas de revistas, y encontré algunas cosas impresionantes. Por ejemplo, una revista del año 1939 publicada por la Universidad Michoacana donde viene un trabajo de María Zambrano sobre Nietzsche absolutamente desconocido.

¿Qué tipo de libros te trajiste de Nueva York?

La librería tenía sobre todo fondos antiguos y prácticamente toda era en castellano. Había una parte pequeña en portugués, más una sección impresionante de varios miles de libros antiguos de viaje en inglés.

Se decía que Eliseo Torres era muy ahorrativo, y que los fines de semana se iba a la librería, con el abrigo puesto para no encender la calefacción, a recorrer las salas, contemplando su obra. Muchos pensaban que estaba medio loco por hacer eso, pero a mí me pareció aquello siempre de lo más normal. ¡Yo también terminé haciéndolo algunos fines de semana! [risas]. Los primeros días allí fueron realmente emocionantes. Recuerdo encontrar libros como Isla cofre mítico de Eugenio Fernández Granell, un ejemplar además que le había regalado Ángel Valbuena Prat. Recuerdo también un raro libro de poemas de José Ramón Arana, Ancla, impreso en Santo Domingo, República Dominicana, y que presté para que pudiera hacerse una edición facsímil, pues no se localizaban otras copias. De los fondos de la librería de Eliseo Torres fueron a mi biblioteca personal cuatro o cinco mil piezas, revistas sobre todo.

Ahora que mencionas tu colección particular, ¿sabes de cuántos volúmenes consta?

Es complicado saberlo, primero porque hay una parte que no tengo catalogada, porque son libros corrientes, más que nada. Luego tengo una colección muy grande de novela corta, que es una cosa que me apasiona, y de revistas, que tengo también muchísimas. Entre revistas y novelas cortas debo de tener unas ciento cincuenta mil piezas. Luego, libros a lo mejor no tengo tantos: unos cuarenta mil, de los cuales quince mil son de poesía.

Hay otros muchos libros que no guardo, porque ya no tengo sitio. Aquí en la nave lo que tengo son sobre todo ediciones relativamente raras y aquellos libros que me gustaría algún día rescatar en Renacimiento. De mi colección particular sale ahora mismo el treinta o cuarenta por ciento del catálogo de la editorial. Por ejemplo, ahí tengo [señala una gran estantería] La vida altiva de Valle-Inclán de Francisco Madrid, que fue un periodista barcelonés interesantísimo. Ahora vamos a editar El sable, de Pedro Luis de Gálvez [muestra la primera edición]. Digamos que en esta estantería están algunos de los libros que me gustaría publicar algún día. Lo malo es que en el proceso de edición a veces sufren mucho al escanearlos para luego hacerles el OCR. Mira esta antología de El cuento extraño de Rodolfo Walsh. La tenía en perfecto estado, pero como son mil páginas la encuadernación prácticamente se ha deshecho.

Hace no mucho se publicó en prensa que el Ayuntamiento de Sevilla está interesado en adquirir tu biblioteca personal. ¿Qué nos puedes contar de esta operación?

Por lo que sé, la operación está ya presupuestada por el Ayuntamiento, lo que pasa es que aún no se le ha puesto fecha o algo parecido. Quiero decir, que todavía no se ha hecho nada, no se ha firmado. Me imagino que se terminará llevando a cabo del mismo modo que finalmente se ha comprado la casa natal de Luis Cernuda, cosa que está muy bien, por otro lado. Creo que la venta de mi biblioteca va a ser beneficiosa para la ciudad de Sevilla, aunque tengo que decir que, si finalmente se realiza, va a ser también muy beneficiosa para Hacienda [risas].

Confiésanos algo inconfesable que hayas hecho para comprar un libro.

Comprar libros suele ser por lo general tarea muy apacible. No recuerdo haber hecho ninguna cosa especialmente inconfesable para comprar ninguno, pero sí que me han pasado cosas un tanto estrafalarias, tanto comprándolos como vendiéndolos. Los libreros somos por regla general gente rara y con nosotros hay que practicar a menudo el arte de la paciencia. Yo he tenido una paciencia extrema con otros libreros, en la medida en que me ha interesado lo que tenían y para conseguirlo he tenido que aguantar carros y carretas (llenas de libros, por supuesto) [risas]. En este sentido, recuerdo que un día, a mediados de los ochenta, un librero muy conocido de Buenos Aires, Washington Pereira, me echó de su librería por ser judío o amigo de judíos. Fue curioso, porque al principio estuvo charlando amablemente conmigo, incluso presumió, exagerando un poco, de su amistad con Juan Manuel Bonet. Pero al día siguiente, cuando fui a retirar y pagar los libros que había ido apartando, me dijo que no me los vendía, y me echó. ¡Por ser judío! A ver, no sé, lo mismo tengo algo de sangre judía, como la puedo tener de sioux o de bereber. No sé. El caso es que, diez años después, volví a presentarme en la librería y le dije: «Estuve aquí hace mucho tiempo y usted me echó por ser, cosa del todo inverosímil, judío. ¿Ha cambiado algo desde entonces?». Y me respondió con una sola palabra: «No». Y no me quedó más remedio que marcharme sin despedirme [risas]. Pero, vamos, es muy complicado que yo me sienta humillado por conseguir un libro.

Me acuerdo también de que en el primer viaje que hice a Cuba, en 1991, un librero, es decir, un librero privado de los que vendían de un modo un tanto clandestino en su propio domicilio, me pidió, por favor, que si volvía me trajera calzoncillos de España, para cambiármelos por libros. Estábamos en una habitación no muy grande, con las paredes llenas de volúmenes (bastante deteriorados, todo sea dicho), y cruzándola había varias cuerdas con ropa tendida. El hombre cogió un calzoncillo allí colgado y, extendiéndolo con las manos, me dijo: «¿Ves? ¡No tienen elástico y solo puedo conseguir dos al año!» [risas].

¿Qué te llevó a dar el salto de librero a editor?

Después de montar la librería, el salto no fue tanto montar la editorial como conocer a Fernando Ortiz. Un día de 1975 se me ocurrió poner en el escaparate, no para su venta sino a modo de señuelo, varias ediciones raras de Luis Cernuda. El único que entró a preguntar por ellas fue Fernando Ortiz. No le vendí nada, pero nos hicimos muy amigos pues nos interesaba a los dos la misma poesía y los dos teníamos el mismo entusiasmo por defenderla. Fernando era un buen gestor cultural y sabía conseguir financiación, mientras que a mí me gustaba ya el mundo de las imprentas y era quien cuidaba las ediciones que en un par de años empezamos a editar juntos.

Sacamos primero una revista de trescientas páginas en honor de Juan Gil-Albert donde colaboraron Octavio Paz, Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma y María Zambrano, que significó nuestra gloriosa entrada y salida del mundo de las revistas literarias [risas]. Luego nos inventamos unos suplementos que imitaban en todo, incluso en el nombre, a los famosos Suplementos de Litoral, de Manuel Altolaguirre, para poder empezar a publicar libros de poesía sin crear estrictamente una editorial. Fernando y yo dejamos de editar libros juntos en 1980, de forma amistosa. Al año siguiente fundé Renacimiento, ya como nombre editorial.

De todos modos, mi mejor baza como editor han sido siempre mis colaboradores y amigos, sin cuyo auxilio y complicidad la editorial hubiera sido absolutamente inviable. En lo que más me he equivocado, de lo mucho en que me he equivocado, ha sido en centrarme, durante muchísimos años, casi exclusivamente en la poesía. Aun así, de lo que estoy más profundamente orgulloso es de algunos libros de poemas que he publicado, aunque no hayan sido ningún éxito. En poesía, la felicidad, que es tanto como el talento, está muy a menudo absolutamente reñida con el éxito.

¿Por ejemplo? ¿Qué libro publicado por Renacimiento crees que merecería una segunda oportunidad?

Por decirte uno, Cimas y abismos, la antología de José Luis Parra, de la que solo vendimos unos ciento cincuenta ejemplares. Parra es un poeta extraordinario de cántico y exaltación de la vida, pero con un mundo muy dramático, lo que tensa su verso, afiladamente preciso y muy melódico, y hace de él, se reconozca o no, un poeta de los grandes. La suya es sin duda una gran poesía. Lo que lamento no es el «problema» de las ventas, sino el problema de los lectores. Eso es lo verdaderamente grave del asunto.

¿Y cómo de grave es la relación del librero y editor con su propia poesía?

Lo poco que he escrito no tiene importancia, ni yo se la doy. Lo que hice, hecho está, pero mi capacidad de admiración (que es mucha) prefiero dedicársela a una buena parte de los autores y libros que he publicado (o leído), que la merecen con toda justeza.

¿Es cierto eso de que has renunciado a aparecer en antologías poéticas?

Sí, he renunciado a estar en algunas antologías de poesía, pero creo que el único que se ha dado cuenta he sido yo, así que la cosa no tiene la más mínima trascendencia.

Tras tantos años persiguiendo libros por el mundo, ¿qué te queda por encontrar?

Por suerte, los libros son casi infinitos para lo corta que es la vida humana. Lucrecio ya se lamentaba de que la vida de los hombres fuese más corta que la de los ciervos, que tienen, como es sabido, muchas menos cosas que contar que nosotros. Más que encontrar cosas que ya buscaba, suelo descubrir ahora, a cada momento, con tanta alegría como sorpresa, libros en los que nunca había reparado. La mayoría son para el puro disfrute del lector, pero algunos merecerían o merecerán ser reeditados en algún momento.

Sin ir más lejos, acabo de estar leyendo un libro de una casi desconocida Lula de Lara que publicó unos cuentos en 1936 con prólogo favorable de Wenceslao Fernández Flórez. Lula colaboró bastante, como periodista, en Crónica, que fue junto con Estampa la revista más leída en tiempos de la Segunda República, al lado de Josefina Carabias, Luisa Carnés, Elena Fortún y otras escritoras republicanas y de izquierdas. Tras la Guerra Civil, se convirtió en la mano derecha de Pilar Primo de Rivera, de la que fue bastante amiga y tuvo cargos importantes en Falange. Lo curioso es que nadie parece guardar recuerdo de su inicial carrera periodística y literaria, así como de que de sus cuentos estaban bien.

Ahí tengo también un monumental libro de un argentino, Ricardo Saénz Hayes, sobre el siempre modernísimo y fascinante Montaigne. Al parecer, el libro estaba listo para salir en Madrid en julio del 36, pero solo pudo aparecer diez años más tarde y en Buenos Aires. Eso sí, en una edición exquisita.

A veces los libros que me aguardan todavía no han nacido como tales y no son de los menos importantes. Acabo de descubrir en una revista francesa que salió entre 1938 y 1940 un ingente material sobre la vida política europea de ese momento, publicado de forma anónima, pero escrito, y maravillosamente escrito, sin asomo de duda alguna, por Manuel Chaves Nogales. Chaves Nogales es una de mis más firmes devociones literarias. Nada me gustaría más que publicar en un futuro cercano esas páginas, que serán más de dos mil. Nadie parece haberlas leído, nadie parece haberse dado cuenta de su importancia, pero estoy seguro de que constituyen su empeño más ambicioso y sorprendente. Durante seiscientos días, Chaves Nogales hace allí la crónica de lo que está pasando en toda Europa, en el mundo en realidad, desde la crisis de los Sudetes a la ocupación de París, en junio del 40. Es como si estuviera oyéndolo todo, viéndolo todo en el mismo sitio que nos lo cuenta, exactamente tal como parecía suceder en Los secretos de la defensa de Madrid, libro que yo publiqué. Pero es solo magia. Pura magia literaria.

Tu pasión por los libros te ha llevado a vivir una vida casi de novela. Juan Manuel de Prada te convirtió de hecho en un personaje en una de sus obras.

A mí me apasionan los libros como supongo que hay gente a la que le apasiona el derecho civil o pasarse las horas haciendo punto de cruz, pero no creo que mi vida haya sido especialmente novelesca. El secreto de salir en una novela está sobre todo en tener una vida ligeramente pintoresca, como puede ser la de un librero de viejo, y muchos amigos que escriban. Por eso aparezco en Las esquinas del aire, de Juan Manuel de Prada, con el nombre de Leonardo Gago, en un guiño a que mi librería estaba por entonces en la calle Mateos Gago. Además de por ser librero de viejo, en lo que más se me reconoce en ese personaje es en que está tuerto, porque es cierto que yo no veo por el ojo derecho, lo que por otro lado queda muy bien en una novela de carácter [risas].

Igualmente, de librero de viejo salgo en otras dos novelas de amigos: Flor de cananas, de Vicente Tortajada, y Neguijón, de Fernando Iwasaki. Iwasaki también me colocó en un cuento suyo de temática borgeana, «Los naipes del tahúr», que tiene mucha gracia, está repleto de humor, y que quien quiera puede leer en internet. El mismo humor que también tienen las cosas que sobre mí, como editor o como librero, a la vez que amigo, han ido escribiendo amistosísimamente Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello o Juan Bonilla, de modo siempre bastante novelizado. Fue de hecho Juan Bonilla quien se inventó eso de llamarme «el hombre del millón de libros», que a mí me suena a cosa disparatada y un tanto ridícula, como «el hombre que hizo cien mil sudokus en doce años de cárcel» o «el hombre que se comió doce mil caracoles una noche en la Feria de Abril». Ese título lo llevo como una cruz, pero procuro disimular lo mejor posible [risas].


Zona de rescate: Flor de cananas, de Vicente Tortajada

Detalle de la cubierta de Flor de cananas, de Vicente Tortajada.

Cuando Vicente Tortajada (1952-2003) era un niño se pasaba los días sentadito en su balcón de la sevillana Puerta de la Carne, desde donde veía recibimientos y despedidas, procesiones y cabalgatas, cortejos feriantes y carruajes fúnebres. La polio tiene esas cosas: marchita las piernas para que florezca la mirada. La poesía de Vicente Tortajada nació en los ojos de aquel niño que contemplaba Sevilla a través de los geranios, y acaso poemarios como Sílaba moral (1983), La respuesta inelegante (1986) y Pabellones (1990) tengan también su origen en aquellos días soleados y ateridos de los balcones.

Como los lirios, las violetas y los pensamientos, también Vicente Tortajada floreció en los balcones sevillanos: en su remoto balcón de la Puerta de la Carne, en su balcón matiné del cine Florida, en el balcón flamenco de la calle Fabié, en aquel balcón poético de Placentines y en su Jazz Balcon Club del West Side de la Plaza de la Encarnación. Pero la flor de Vicente era una metástasis de la flor del cobre y la flor del naranjo: puro Azahar y vitriolo (2002), como el título donde compiló sus colaboraciones en prensa.

De aquella gema congelada en agua verde y de esos copos perfumados que nievan en primavera, Vicente Tortajada urdió libros que nadie debería dejar de leer, como el poemario Esplendor (1994) y especialmente la novela Flor de cananas (1999), donde rescató a Pedro Vallina, médico anarquista y sevillano que fundó hospitales para pobres en la Siberia extremeña, en Oaxaca, en Santo Domingo y en Cantillana, por no hablar de sus destierros en Londres y París, trabajando codo a codo con grupos anarquistas y libertarios. Flor de cananas fue publicada por Renacimiento y gracias al desagravio literario de Tortajada el médico don Pedro Vallina no solo fue rehabilitado sino que entró en el callejero sevillano, cosa que en vida le habría dado repelús al severo anarquista.

La estructura de la novela consiste en la supuesta transcripción de una serie de antiguas bobinas adquiridas en Nueva York gracias a las gestiones de Abelardo Linares y José María Conget, y en las cuales se encontraban grabados los principales episodios de la vida de don Pedro Vallina, narrados por Federico Padilla O’Farrell. Linares y Conget no son los únicos personajes de carne y hueso que hacen cameos en Flor de cananas, porque Carolyn Richmond  custodia las bobinas y hasta el mismo Tortajada se cuela como extra en la escena final de la novela: «Vicente, un cojo de cejas espesas y empinadas, se dedica al doblaje de películas y tiene visos de lechuza doméstica».

En una entrevista concedida a Alfredo Valenzuela y compilada en Leones y Camaleones (2005), Tortajada respondió: «El poeta puede aportar a la novela una música distinta. Un poeta puede hacer que el lector se enamore de los personajes. Un poeta puede seducir; y al mero prosista se nota que le cuesta demasiado trabajo. Mi novela es un coloquio, es una conversación». Tal cual, del gran coloquio de Flor de cananas emerge una criatura extraordinaria —don Pedro Vallina—, nimbado por la extraña luz de los santos, los enajenados y los revolucionarios, además del shakyamuni o Buda iluminado, porque a Tortajada se le ocurrió mezclar en su novela el jazz, el anarquismo, la poesía, el flamenco y el budismo.

En efecto, sin ser una novela flamenca, Flor de cananas tiene más cantaores que un festival y las letras clásicas de Chacón y de La Niña de los Peines se reproducen fieles o parodiadas según las necesidades de los personajes. Por otro lado, aunque numerosas escenas de la obra transcurren durante la guerra civil, Flor de cananas tampoco es una novela sobre la guerra civil, de la misma forma en que no es una novela de viajes. Flor de cananas es un homenaje al librepensamiento en una ciudad que se vende como hermética (Sevilla), a través de la figura del anarquista don Pedro Vallina. De ahí que en la transcripción de la última bobina, Padilla O’Farrell deplore así la muerte mexicana del «Buda Sevillano» ante su amigo Manolo Gregorio: «¿Qué quieres que te diga? Se moldea el barro para hacer un cántaro, pero de su vacío depende el uso del cántaro. Se abren puertas y ventanas en las paredes de esta casa, y es el vacío creado lo que la hace habitable. Yo, sin embargo, estoy tan seguro como que estoy hablando contigo de que en mi vacío —desde que me echó don Pedro— no existe utilidad alguna. Desde entonces eché mano del karma, del budismo laico y de todas esas gilipolleces con las que te he estado atormentando».

Como su propia poesía, Vicente Tortajada consteló de imágenes Flor de cananas, una novela que no solo admite la lectura sino la contemplación. Flor de cananas es mucho más que la novela de un poeta. Es la escritura de alguien que supo convertir la paleta de su mirada y la discoteca de la memoria en fragmentos de eternidad.

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Algunos libros nunca disfrutaron de la atención que merecían y ciertos autores fallecidos en su plenitud corren el riego de ser olvidados. En Zona de Rescate compartiré mis lecturas de ambas regiones —la Zona Fantasma y la Zona Negativa— porque la memoria literaria es tan importante como la otra. Distancia de rescate (¡gracias, Samanta!): 1985, año de mi venida a España.


Karmelo C. Iribarren: «Puedes matar un poema por querer hacerlo perfecto»

Karmelo C. Iribarren (Donosti, 1959) escribe apartando las palabras, hasta que el poema comparece desnudo. Durante muchos años, en los que escribía y guardaba los versos a una carpeta, se sintió el poeta feo que renegaba de la retórica y las metáforas. Recorrió los años ochenta en solitario, lejos de cualquier círculo literario, y solo cuando cumplió treinta y seis años, y era ya un poeta formado, publicó su primer libro. La crítica lo ignoró durante mucho tiempo. Pero su poesía urbana se abrió paso. Tiene muchos lectores, que ante sus versos se sienten los protagonistas del poema. Las ediciones de sus libros se suceden. Vende. Es citado. Estuvo al borde del abismo, aunque hoy ya no bebe ni fuma. Esta entrevista es el resultado de tres horas de conversación en la que consumió cinco cafés solos y seis chicles de nicotina. Empezó en la cafetería del hotel Londres de Donosti, donde escribe habitualmente, y acabó en el bar Akerbeltz, en el que enterró dieciocho años de su vida antes de traspasarlo, mezclando poesía y resaca.

«Yo estaba meando / cuando me dieron / la noticia. Tenía siete años. / Se me acercó un chaval / por la espalda, / y me lo dijo».

Es el comienzo de un poema que habla del día que te anunciaron la muerte de tu padre, y que tiene setenta y cuatro versos, uno de los más largos que has escrito nunca en Serie B.

Es como un cuento, casi.

¿Cómo fue tu infancia hasta ese momento?

No tengo muchos recuerdos de mi padre en casa. Antes de morir, mi padre ya llevaba tiempo enfermo; había tenido un accidente de tráfico que lo había dejado con una vértebra rota, se pasaba el tiempo en los hospitales. Pero su muerte tampoco me influyó demasiado.

¿Tu infancia fue feliz?

Sí, normal. Fue una infancia un poco desordenada. Me acuerdo de que pasaba mucho tiempo en la calle. De hecho, después, cuando dicen que en mi poesía hablo mucho del tiempo que hace, de la temperatura, del clima, siempre explico que es porque fui muy consciente de eso desde muy niño. Creo que tuve una infancia más o menos normal, hasta que mi padre desapareció de escena.

¿Dónde estudiabas?

El primer colegio era de monjas, aunque creo que también había curas. Estaba cerca de casa. Estuve un año o dos.

¿Los profesores eran severos?

No tengo malos recuerdos de aquellas monjas. Cuando murió mi padre, mi madre se quedó con cuatro hijos, y la pobre cayó enferma. Menos a mi hermana, que se quedó con una tía, a los otros hijos nos metieron en un orfelinato. Y eso que en mi familia, por parte de uno de los abuelos, tenían algo de dinero, pero en estas ocasiones todo dios escurre el bulto.

¿Cómo era el orfelinato?

Era terrible. Recuerdo que entré un día de invierno y ese día abandoné el mundo de mi niñez. Se trataba de un sitio en el que había ciento y pico chavales que iban desde los siete hasta los veintidós años. Y aquello era la hostia. Era una mezcla de orfelinato y cárcel infantil. Había gente pobre pero también chavales medio psicópatas de familias bien. Luego todo esto se distribuyó mejor: unos aquí y otros allí. Guardo la imagen de entrar allí y pensar que había pasado algo muy gordo. Estaba un poco aterrorizado. Mi vida había cambiado en horas, o en días. Allí dentro ya no había infancia, duró hasta que entré en el orfelinato, donde la disciplina era férrea. Recuerdo el frío. A las seis y media te levantabas, el desayuno era a las siete y media. En esa hora tenías que hacer tu cama, lavarte, barrer y fregar una parte del edificio que te asignaban. Antes de desayunar pasaban revista a los zapatos. Al principio era terrible, te preguntabas qué era eso. Pero te acostumbras en quince días. No había más remedio.

¿Cuánto tiempo estuviste allí?

Mis hermanos mayores salieron enseguida, pero yo estuve unos años. De hecho, iba al instituto y todavía estaba allí. El impacto fue al principio; te sacan de tu ámbito familiar, tu padre está muerto, y de repente estás ahí… Yo era el más pequeño, además. Te dices: esto qué hostias es. Pero también tienes que reaccionar, porque allí no hay nadie que te salve.

¿Estabas muy solo?

Sí. Mis hermanos estaban detrás, pero en el fondo… Por eso siempre digo que luego, cuando fui a la mili, no me impresionó. Lo que vi allí fue como una repetición, de otra manera, con fusiles, pero una repetición de aquello que había vivido en el orfelinato.

En la adolescencia, cuando llegas al instituto, ¿comienzas a tener ya inquietudes? ¿Te interesaba la lectura? ¿O eso vino más tarde?

La lectura sí. Me gustaba la novela. Leía muchas novelas, más que tebeos. Eran novelas ilustradas, resumidas, de aventuras.

¿Tuviste uno de esos profesores de literatura que son a veces decisivos para despertar una vocación?

Sí. Fue una mujer, en tercero de bachiller. Se llamaba Marisa. Sus clases de literatura eran muy amenas. De hecho, las esperaba. Fue decisiva para mí. Porque ahí, en sus clases, me empezó a interesar la poesía, las posibilidades de las palabras… ahí empecé. Ahora está muy mayor, aunque todavía la veo por Donosti, paseando. Últimamente no me saluda porque no fui al funeral de su marido, Joaquín Forradellas, el responsable de las notas de la edición crítica del Quijote de Francisco Rico. Pero no fui porque no me enteré. Ella se lo tomó como una ofensa.  

Entre tanto, a los doce años trabajaste en un geriátrico de camarero.

Solía ir por las tardes a ayudar al que estaba en la barra. Al final trabajaba yo. Me sacaba una pasta. Recuerdo que me hacían una lista con los nombres de los ancianos y con aquello que no podía darle a cada uno. A unos no podía darles coñac, a otros no podía venderles tabaco… Yo les daba de todo. Después siempre he pensado si a lo mejor maté a alguno. [Risas]

Si uno sigue tu obra, advierte que el tema de la vejez es una presencia constante.

Sí, los viejos siempre me han interesado, no sé por qué. Quizá porque de niño también pasé mucho tiempo con mis abuelos.

¿Por qué dejaste los estudios? ¿No tuviste ocasión de ir a la universidad, o no tenías interés?

No era muy buen estudiante, aunque solía sacar buenas notas. Muchas veces no iba a la clase de la tarde y me escapaba a la biblioteca a leer novelas. No sé por qué hacía esas cosas, pero las hacía. Estudié hasta sexto de bachiller. En sexto suspendí Física. Siempre digo que la profesora de Física me tenía manía. La Cubillos. Me tenía paquete [Risas]. Un día, muchos años después, la vi y no me reconoció. Me preguntó si sabía dónde estaba no recuerdo qué sitio. Y pensé: te vas a joder. Y la mandé para otro lado. [Risas] Eso por su parte. Por lo que a mí respecta, creo que empecé a andar demasiado en la calle. Había una especie de ebullición política… yo qué sé. Mis hermanos estaban metidos en el movimiento anarquista. Se turnaban para entrar en la cárcel de Martutene, poco antes de morir Franco. Yo les ayudaba a preparar panfletos en una de aquellas vietnamitas… una majarada. Cada vez que lo pienso… me cago en la puta, quién me mandaría a mí. [Risas] Yo creo que dejé los estudios un poco por influencia de mis hermanos.

Estuviste afiliado a la CNT.

Sí. Todavía era ilegal, pero nosotros estábamos ahí. De hecho, yo tenía carnet, pero no pagaba las cuotas. Nos reuníamos en un bajo de la avenida Madrid, donde conocí a muchos viejos que habían estado en el frente de la guerra con Durruti, fíjate. Pero me di cuenta de una cosa enseguida, y es que había bastantes jóvenes que iban todos con el anarquismo… pero creo que muchos iban a ver si pillaban algo con las tías. [Risas]. Es un anarquismo golfo.

En tus poemas, y también en tus diarios, muy rara vez haces una lejana referencia a la política, y cuando la haces, es para transmitir cierto escepticismo. ¿Qué plano ocupaba entonces la política en tus preocupaciones?

En aquella época todo estaba muy politizado. Pero a mí la política, sinceramente, siempre me ha parecido… supongo que es necesaria, pero me ha parecido decepcionante. No la política, sino los que la ejercen. Desde muy pronto. Iba a la cárcel a ver a mis hermanos, pero en cuanto las cosas en casa regresaron a la normalidad no me volvió a interesar la política. En todo caso, la he sufrido alguna vez.

¿En qué sentido?

En el País Vasco pasamos de la dictadura a un estado extraño. Aquí la democracia tardó en llegar, tal y como llegó a otras partes. Aquí, durante muchos años, en democracia, la gente seguía sin atreverse a decir ciertas cosas. En el fondo, yo, como otros de mi generación, sufrimos la política por el lado franquista, pero luego sufrías también con el clima que había aquí, muy politizado. Era un runrún continuo, y a mí me parecía que muy asfixiante. Con el franquismo era más joven y quizá era menos consciente, hacía lo que me decían: hay que hacer mil panfletos, y yo los hacía, o leía un libro de Bakunin. Pero lo otro… lo otro es un coñazo. Veinticinco años, o treinta, siempre así. Si no es un asunto que te interese mediatiza tu vida. En ese aspecto digo que he sufrido la política.

Hay un poema, en Desde el fondo de la barra, que dice: «Mi mujer y mi hija / estas paredes y estos libros / un puñado de amigos que me quieren y a los que quiero de verdad / las olas del Cantábrico en septiembre / tres bares / cuatro con el garito de la playa / aunque sé que me dejo algunas cosas / puedo decir que de ser algo esta es mi patria / lo demás son historias». Parece que ahí queda acotada tu idea de la identidad. ¿Cómo viviste el conflicto armado en un lugar como Donosti?

Me parecía terrible lo que pasaba aquí, como a cualquiera. Llegó un punto en que lo terrible era casi rutina, lo cual es lo peor que le puede pasar a una sociedad. Tampoco hay mucho más que decir: uno se acostumbra a todo, a lo peor. Ahora las cosas han cambiado, pero esto era una especie de, en fin, no voy a decir de qué, porque luego salgo y me paran por la calle. [Risas]. A mí me parecía bastante terrible.

¿Y cómo conseguías que tu poesía viviese al margen de eso?

Tal vez si mi poesía no es una poesía muy politizada, puede que una de las razones sea esa: estaba inmerso en una sociedad tan politizada que no quería que mi poesía se viese afectada. En todo caso, aquí se enteraban cinco de que yo escribía poesía, y de esos cinco miraban hacia otro lado cuatro. Aquí nunca he pintado nada. Ahora un poco más, porque he publicado muchos libros… Pero ahora me alegro de que fuese así. Vivo aquí, pero literariamente es como si viviese en cualquier otro lado. En Donosti tengo algún amigo escritor, pero desde luego con las instituciones culturales no he tenido nunca nada que ver.

Eso me hace recordar una entrada de tus diarios en la que dices que no sabes si eres un escritor vasco. ¿Cómo es un escritor vasco?

Eso es una ironía. Me refiero a que se supone que a los escritores vascos los ayudan de vez en cuando. A mí nunca me han apoyado en nada. No he recibido ni un céntimo del Gobierno vasco para un folio. Pero no solo me refiero a ese aspecto. El poder aquí siempre ha estado en manos de los mismos. Les interesas si les interesas. Si no, independientemente de que hayas nacido aquí, no vales para nada.

¿Has recibido algún premio alguna vez?

No, nunca. No me he presentado, tampoco. Pero de los que otorgan, nunca. No soy un poeta premiable. No reúno una serie de requisitos, me da a mí. Al margen de la calidad. Aquí hay mucha gente que escribe muy bien, pero además de eso… no tengo grupos que me apoyen.

Dejas el instituto, te afilias a la CNT y al poco tiempo te vas a la mili, en Valencia. Y se produce el 23F. No parecía el sitio más tranquilo. ¿Cómo te pilló?

Antes de ir a la mili fui a Burgos, a intentar librarme. Llevaba un informe que me declaraba no apto para el servicio militar. Me lo preparó un amigo mío, cardiólogo. Era amigo mío porque nos veíamos por las noches y era un borracho. Pero fui a Burgos y no me libré. Ese mismo día me metieron en un tren a Madrid, donde debía coger otro para Valencia. Y llevaba tal borrachera que no sé qué hice, y cogí uno para Andalucía. Me quedé dormido y al despertar y mirar el paisaje, y sin conocer demasiado el paisaje del sur, me dije: hostias, me estoy confundiendo. Era Córdoba [Risas]. Llegué a Valencia un día tarde. Y claro, me cortaron el pelo, y al calabozo.

El 23F.

Yo recuerdo, aunque de esto me di cuenta después, que a la hora de cargar munición teníamos una rutina que se repetía. Tal día, tal cantidad para los reemplazos que iban a hacer la mili a otros sitios. Pero en los días previos al 23 de febrero, nos dimos cuenta de que estábamos cargando mucha munición. La rutina se había roto un poco, era extraño. Y te voy a decir cómo viví el 23F. Estábamos unos cuantos con la radio puesta y oímos los tiros y los gritos del Congreso. Inmediatamente apareció un teniente, que era un tipo detestable, vestido de gala, con las pistolas engrasadas. Todos a formar a la batería. Fuera. Nos echó un discurso… menudo discurso. Yo, porque llevaba siete meses allí y ya estaba medio loco, pero vi a tipos de uno ochenta desplomarse de la angustia, del miedo. Estos discursos militares que te dicen: estamos en estado de tal, y el que no cumpla las órdenes, al paredón. Así, ¿eh?

Ahora me hace gracia el tema, pero allí la cosa fue muy seria. Ese día me mandaron de acompañante del enlace a Valencia, con aquellos carros de combate viejísimos. Las calles estaban vacías. Parecía que iba a pasar algo. Cuando regresamos al cuartel me agarré una botella de coñac y me quedé dormido en un árbol de la borrachera, y al día siguiente ya había acabado todo.

¿En aquella época ya habías descubierto la poesía?

Sí, sí. A Ángel González y Gil de Biedma los leía ya a los quince años. No sé con qué provecho, pero sí. Fui un lector precoz. Y además un poco anárquico. Conseguí libros de mi hermano, que me los compraba, porque era pescador y tenía pasta. Yo leía antes con más pasión a estos poetas modernos, que entonces lo eran, que a los clásicos.

¿Fueron tus primeras lecturas de poesía?

En la escuela había leído a Quevedo, a Góngora, a Lope, en ese repaso general que se da a los clásicos. Pero cuando me enganché de verdad fue con estos poetas del 50. Más que con los del 27. Conecté mucho con Ángel González, Gil de Biedma, Blas de Otero, Celaya… A Celaya le veía ahí abajo [señala al paseo de la Concha]. De niño iba con mi madre a la playa. Y ahí, debajo de los relojes, había un bar. En el soportal solía estar Celaya sentado, en los años setenta, con una copa, y escribiendo. Y yo le decía a mi madre: «¿Quién es ese hombre que está ahí siempre?». Y mi madre decía: «Un escritor, ¿no ves?» [Risas]. Con los años seguí yendo a la playa y lo seguí viendo, y más tarde, cuando nos hicimos amigos, yo le decía: «Joder, Gabriel, si yo te veía ahí escribiendo». «Sí, ahí escribí muchos poemas», decía. Pero lo que le interesaba era beberse sus vinos.

Enseguida accedes al mercado laboral. ¿Cuáles son tus trabajos en esos años?

En esos años trabajo un poco de nada y de todo. Trabajé de albañil, de vendedor… fui vendiendo enciclopedias, era el fin ya, creo que no vendí ninguna. También hacía encuestas, que era cuando empezaban, no por la calle como ahora, sino que había que ir por las casas a preguntar. Fontanero, que no tenía ni idea. Trabajaba de cualquier cosa no cualificada, aguantaba una temporada y me piraba.

Entonces es cuando abres tu propio bar, al volver de la mili.

Sí, lo abro con un hermano y dos amigos. Éramos cuatro socios. Un bar muy pequeñito… casi se ve desde aquí.

Cerca de la playa, en cualquier caso.

Encima.

¿Cómo se llamaba?

Akerbeltz [Macho cabrío negro].

Allí estuviste dieciocho años metido, sirviendo copas.

Sí, por lo menos.

Es mucho tiempo. Ya casi nada dura dieciocho años.

Fue un bar con un éxito increíble. Cogimos una buena época. Pagamos el local rápidamente, daba dinero, y eso que aún había una crisis terrible. Fue un bar mítico. El sitio era pequeño, pero la gente salía fuera con la bebida, donde hay una explanada. Era un bar de música, muy libre en el sentido de que iba quien quería. Eso lo hicimos bien. Acudía gente muy politizada, y también gente muy pija. Acudían a menudo los artistas y la gente del festival de cine… Todo el mundo convivía. Había un respeto absoluto. Tengo buenos recuerdos, aunque era duro tener un bar. Además, en aquella época yo bebía mucho.

¿De qué año estamos hablando?

El bar abrió en 1985. Me acuerdo perfectamente porque en enero había habido unas nevadas terribles y aquí, en el paseo de la Concha, hubo unos campeonatos de esquí improvisado. Y en febrero, el viernes de carnaval, abrimos. Estaba todo preparado para abrir el sábado, pero de pronto empezó a entrar la gente y los socios se acojonaron, menos yo, que ya había trabajado en un bar, y empecé a despachar cañas y copas.

Para entonces ya habías empezado a escribir.

Sí, sí.

En 1977, de hecho, habías publicado tu primer poema en una revista.

En la revista Barro.

El bar te obligaba a vivir de noche. ¿Cuándo escribías?

Escribía en el bar muchas noches, que a lo mejor estaba solo, o con un cliente que ya estaba servido. O en casa. No tenía una rutina de sentarme. Los poemas me venían… y si no los podía escribir, dejaba las notas del poema. Ya lo tenía en la cabeza. Luego iba a casa y lo escribía. Pero en aquella época escribí muchos poemas en el bar. Yo los poemas los pienso; eso es lo primero. Los escribo mentalmente. No me siento y me pongo a escribirlo desde el principio, buscándolo. Ya lo tengo en la cabeza elaborado, tengo la idea. Es así desde los ochenta. No antes, en los años setenta, que fue cuando me dije que quería ser poeta, y empecé a escribir sonetos para aprender. Todos muy malos, pero sonetos.

¿Escribías sonetos para dominar la técnica?

Eso es. Escribía sonetos, o décimas, y a la vez, igual es un poco esquizofrénico, escribía como yo quería escribir, que era una manera más libre. El soneto es de esa primera época.

Entonces tu escritura era casi secreta. Publicas por primera vez en el 77, pero el primer libro, como tal, no aparece hasta el 95, cuando ya tienes treinta y seis años. ¿Por qué llega tan tarde ese primer libro? ¿No encontrabas editor? ¿No tenías prisa por encontrarlo?

Yo aquí viví, en lo literario, muy aislado. En la década de los ochenta no tenía ninguna relación con ningún escritor, nada. Escribía, pero nunca tuve alguien al lado que me dijese: esto está bien, Karmelo. Era una soledad… Fue bastante jodido. No era fácil. No sabía si lo que hacía tenía algún interés.

¿El aislamiento era doble, en el sentido de que también te sentías solo en los ochenta escribiendo el tipo de poesía que tú escribías?

También, es verdad. Ya escribía entonces lo que he escrito después. Se trataba de una poesía de la vida callejera, muy poco académica. En fin, no lo digo con ningún ánimo de hacer épica; es que es lo que era. Y es lo que en realidad a mí me gustaba, y me sigue gustando: ese tipo de poesía que los críticos, tantos, dejan un poco de lado. Yo escribía la poesía que quería escribir, y nadie hacía esa clase de poesía, que yo supiese. Los poetas de la experiencia, como García Montero, me gustaban. Era lo que quería leer, sin embargo, no era lo que quería escribir. Me parecían demasiado artistas, por decirlo de alguna manera. Yo escribía más pegado a la tierra, o al asfalto, con menos literatura.

Y, sin embargo, hay un momento en los ochenta en el que destruyes todos tus poemas. ¿Qué pasó? ¿Qué te hicieron?

Tenía unas carpetas en las que iba guardando mis poemas. Y una noche llegué borracho, una trompa… A veces sí que sentía cierto agobio por escribir durante años sin que nadie me leyese… Eso te puede frustrar. Yo porque era terco y seguía, pero… Me acuerdo de que esa noche llegué borracho, cogí las carpetas y las quemé. Algo de desesperación. Algo patético. El caso es que mi mujer tenía guardados unos cuantos poemas, y esos poemas se salvaron y han ido saliendo en libros, más tarde. Con lo cual, a veces pienso que no serían tan malos. Pero creo que el 90 % de lo que tiré, lo digo sinceramente, no valía para nada. Eran intentos.

Llegan los noventa y conoces a otro poeta que comparte cierto lenguaje poético contigo, y que será muy importante en tus comienzos. Hablo de Roger Wolfe. ¿Cuándo y cómo lo conoces?

Primero conozco a Michel Gaztambide. Todo va unido. En aquella época Gaztambide había escrito un libro en la editorial Pamiela, Las aventuras de Máximo Tirati, un libro breve. A mí me gustó, y una noche de 1990, o por ahí, vino al bar y nos pusimos a hablar. Michel había escrito ya algún guion, y yo no pintaba ni media, claro. Empezó a venir a menudo, nos emborrachábamos juntos. Dos o tres años después le dije que había leído un libro de un poeta que me gustaba mucho, era inglés y se llamaba Roger Wolfe. Y va y me dice: «Pues voy a estar con él ahora». Tenía que ir al festival de cine de Gijón, donde Roger trabajaba de intérprete. Ah, pues dile que tiene aquí un lector. El caso es que Wolfe, con la colaboración del Ateneo Obrero de Gijón, editaba una especie de colección de cuadernillos, de plaquettes, que se llamaba Máquina de Sueños. Y un día le dijo a Gaztambide que, si tenía yo algo, que se lo mandara. Y esa fue mi primera publicación, Bares y noches, que no es exactamente un libro, sino una plaquette.

¿Qué sentimientos te suscita ese poemario de 1993? Porque desaparece de tus antologías.

Algunos poemas pasan luego a La condición urbana, otros no. No le doy entidad de libro como para ponerlo en las solapas, pero por lo general siempre lo cito, no tengo problema. Antes de eso, sin embargo, había publicado una plaquette en los ochenta, que nunca la menciono porque no tengo ningún ejemplar, y si lo tengo no lo encuentro. Por eso no lo cito, porque no tengo pruebas. Lo tiraría.

¿Empiezas a tomarte en serio como poeta en esos años? ¿Por primera vez, después de leer a Wolfe, tuviste la sensación de que había alguien más con una sensibilidad parecida a la tuya, voces hermanas?

Sí. La caja de plata, de Luis Alberto de Cuenca, que es un libro que publicó en el 85; aunque no tiene nada que ver con lo que hacía, ya me interesó mucho, porque era poesía urbana, y en aquella época que había tanta poesía críptica y tanta hostia, esto era como un oasis. Incluso algunos libros de García Montero… algunos poemas, mejor dicho. E incluso los poemas de Hymnica y Huir del invierno, de Luis Antonio de Villena, que eran muy de la ciudad, con su toque decadente, claro. Pero el libro de Roger Wolfe [Días perdidos en los transportes públicos (1992)] tocaba más la calle, estaba más cerca. Y ahí sí noté una afinidad con lo que yo hacía o quería hacer. Fue importante en ese momento para mí, sí.

Llega el año 95 y publicas La condición urbana en la editorial Renacimiento, de la mano de Abelardo Linares. ¿Cómo llegas a él?

Le mandé el manuscrito después de publicar la plaquette, pero sin demasiadas esperanzas. La cosa salió bien. Influyó mucho en la decisión un amigo de Abelardo llamado Vicente Tortajada, un poeta sevillano al que le gustaba mucho lo que yo hacía. Él, de hecho, ordenó La condición urbana y el siguiente libro, Serie B. El primero tardó un año y medio en salir, y Serie B, tres, desde que le entregué los poemas. Abelardo andaba fuera de España y los ritmos eran los que eran, y a mí me tocó esperar.

Eres un poeta hecho y derecho aunque sea el primer libro, pues tienes treinta y seis años. ¿Ese es el momento en el que pensaste que al fin habías encontrado ya tu voz?

Sí. Yo creo que sí. Se hablaba de realismo sucio entonces, aunque yo nunca me vi en esa etiqueta. Sí hay algunos poemas muy coloquiales, con algunos tacos, que quizá tengan que ver con la literatura de Wolfe. Entonces éramos muy amigos, además. Lo fuimos durante unos años. Pero yo creo que en ese libro ya está el poeta que voy a ser. Sí que hay concesiones, vamos a llamarlas así, al momento, a la época, pero yo creo que ahí ya estaba hecho como poeta, para bien y para mal.

Es difícil escapar a las etiquetas y sentirse cómodo en ellas. Tú has comentado ahora que, al principio sobre todo, se te situó en el realismo sucio. Villena lo sustituyó por realismo limpio y minimalismo. ¿Te sitúas en algún tipo de tradición, o crees que no eres catalogable?

Yo creo que no. A mí me han situado en muchos sitios y en ninguno. Haber estado un poco al margen de los circuitos literarios ha hecho que apenas haya tenido repercusión crítica. Ahora más, pero durante muchos años nada. He sido un caso extraño, no saben dónde situarme, dónde ponerme o dejarme… y yo estoy muy bien no estando en ningún sitio.

A la deriva.

Sí. Yo creo que a mi poesía le va bastante eso. No es nada académica.

¿Tus poemas en general tienen un modo de nacer? ¿Existe un método en ellos?

Vienen casi siempre de algo que he oído. Una conversación, por ejemplo. Me interesa una frase incluso coloquial, pero me interesa más por cómo está dicha, que por lo que dice. Empiezo a trabajar sobre eso. Me vienen una o dos frases que suelen ser un verso, y que ya trae el ADN, la información de todo el poema. Cuando empiezo con un poema en la cabeza más o menos sé cómo va a acabar. Sé que va a tener doce versos, o catorce, o diez. Todo eso más o menos lo tengo claro, y veo el final casi siempre. Lo que me suele costar es la mitad. En ocasiones lo que encuentro primero es el final del poema, y debo realizar el trabajo a la inversa, buscando el comienzo, para acabar.

«Me gusta la literatura que se parece a los días laborables», escribes. ¿Cómo es uno de esos días laborables en tu vida?

Bueno… son repetitivos. [Risas] Y ahora como ya no hago prácticamente nada… Si no tengo ningún compromiso, me levanto, me tomo un café, leo un poco, miro las redes… suelo quedar con algún amigo escritor aquí. Leo mucho, todavía. Nada, son días grises, apacibles, que se van yendo. A veces llueve.

Es evidente que eres un poeta de la ciudad, los males y las felicidades que todo esto genera, y esa ciudad es Donosti. ¿Has vivido siempre aquí?

Sí.

¿Eso es determinante? ¿Te cuesta salir de esta ciudad? ¿Te incomoda viajar?

No. Lo que pasa es que no viajo en avión, viajo en tren, que no sé si es viajar… seguro que sí. Me encanta viajar. Lo que más me gusta de la literatura es cuando me invitan a alguna ciudad, y vas, coges el tren tranquilamente, el hotel, recitas o participas en una conferencia, ves la ciudad como un turista, eso me gusta…

Pero ¿necesitas regresar a tu rutina?

Sí. Eso solo son estancias. Luego vuelvo y me pongo a caminar a lo largo de la ciudad, que es lo que hago.

¿Alguna vez te has planteado huir y cambiar de aires?

¿Lo dices por algún poema? [Risas]

Lo digo porque al final uno se puede convertir en paisaje del sitio en el que vive.

Sí, sí. [Risas] Yo creo que por eso viajar es para mí una especie de respiradero. Tomo aire unos días, vuelvo… si no, se me haría un poco insoportable.

Porque aquí has encontrado lo mejor de tu vida, pero también tus infiernos personales, tu abismo, del que hablas a menudo.

Hubo una época en que me parecía que esta ciudad se me quedaba pequeña. Entre otras cosas, porque yo en lo literario no tenía a nadie con quien hablar. Pero, claro, también es verdad que yo entonces no era nadie. ¿Adónde iba a ir yo? Eran fantasías. Ahora está todo tan cerca… en cuanto pongan el AVE a Madrid, si sigo vivo, voy a estar en dos horas allí. No quiero hablar del problema lingüístico porque paso, porque luego me llevo hostias de todos los lados, pero si escribes en castellano aquí no existes. Existe más uno que viene de Albacete que ha escrito un libro y le invitan aquí que tú que eres de aquí. Según cómo lo interiorices es muy agobiante, en el fondo. Lo que pasa es que, bueno, te dices: qué cojones, sigues delante.

Tu poesía es una poesía antirretórica, sin metáforas ni exploraciones en el lenguaje. ¿Cuesta más alcanzar esa sencillez que buscar precisamente lo contrario?

A veces me cuesta más, sí. Yo escribo retirando palabras. Cada uno al final utiliza el oficio a su manera. Mi trabajo consiste sobre todo es despojar, porque me interesa que el poema se quede en el hueso, en lo que quiere decir, sin perder emoción. Lo cual a veces es muy peligroso, porque si no consigues atrapar esa emoción, no has conseguido atrapar nada. Si eres un poeta retórico, bueno, al menos pareces escritor: mira qué imagen. Pero ¿yo? No pongo nada. Si no consigo atrapar bien el texto con la idea, ese maridaje, me quedo en la minucia.

¿Qué haces si te viene una metáfora a la cabeza?

[Risas] No me vienen muchas. Tampoco las busco. Aunque quizás sí que haya otra utilización de las metáforas en mi poesía. Lo que pasa es que están camufladas. La metáfora siempre parece un significante superior al normal. Están dentro del lenguaje coloquial y no se notan.

¿Has escrito poemas ante los que has sentido que no eran tus poemas?

Me pasa menos de lo que me pasó. Pero sí. Es más común que simplemente escriba un poema que no me gusta. En todo caso, prefiero un poema que no sea gran cosa, que apenas sea una anotación, con una chispita, a un poema pretencioso pero que no me convenza.

No sé si alguien como tú podría decir de su proceso creativo que cuando algo suena a poesía, lo quita, pero sin renunciar a lo que hace que eso sea poesía.

Algo de eso pasa. No me gusta que algo haga parecer tópico al poema. Estas cosas que son de la poesía… voy a mear.

¿Cuáles son los mayores peligros que sientes que puedes correr escribiendo un poema?

Despeñarme hacia la nadería, la minucia. No conseguir atrapar algo. Si escribes un poema, con que esté bien escrito y aprese una cierta emoción, para mí es suficiente. Para mí. El problema cuando se escribe tan claro como lo hago yo es que no alcances ese propósito y el poema se quede en una mera anécdota, casi en una modalidad de prosa.

¿Qué cuestiones temáticas te resulta más difícil afrontar?

Creo que ninguna. Lo que pasa es que no premedito. Los temas van viniendo. Aunque creo que siguen siendo los mismos de siempre: el amor, el paso del tiempo, la mujer, la vejez. Por ejemplo, la poesía social… yo creo que en el fondo hay pocos poetas más sociales que yo. No hablaré de los trabajadores que han despedido de la Renault, pero hablo de esos otros que se han quedado al margen. Yo a los excluidos los recojo en todos mis libros. Cuando se habla de la poesía social parece que se confunde la poesía política, marcadamente política, con la poesía social o más humanista, que es en todo caso donde estaría yo.

Muchas veces tus poemas están cerca de ser relatos. ¿Es una idea de salida o simplemente se impone por su propio peso?

Cuando empiezas a escribir un poema, como los poemas que escribo yo, que son bastante breves, tienes una idea de por dónde vas a ir y de lo que va a suceder. Pero ocurre una cosa, y es que hay un momento en el que el poema empieza a adquirir entidad a medida que lo escribes, y a veces es él el que decide por dónde vas a ir. Tú creías que ibas a comunicar con este poema no sé qué, y resulta que al final del poema no comunicas exactamente eso. ¿Por qué? Pues porque entre lo que tú creías buscar, y lo que alcanzas, entre lo que quieres y lo que consigues, está la escritura de poema, de tal manera que no eres tú quien comunica, sino el poema.

Tu poesía trabaja sobre un material que busca la credibilidad. La gente te lee y se produce una identificación, un pacto, una comodidad. ¿Crees que hay un momento, en tus poemas, en el que el lector se dice esto lo viví, ese tipo soy yo?

No lo hay, pero eso sucede y hace que a mucha gente le guste y que a otra mucha gente no. Depende del tipo de lector. En esta poesía tú cuentas tu vida, estás contando tu vida en verso o como quieras, pero solo es válida si el lector cree que le estás contando la suya. Si fuese solo la mía, al lector le daría igual, pero si lo lee y cree que le ha pasado a él, o lo ha pensado antes, ahí es donde creo yo que se produce una especie de complicidad entre el autor y el lector. Para conseguir eso, los asuntos de los que trate el poema tienen que ser muy comunes, aquí no hay nada original. Estás diciendo lo de siempre y resulta que él lo lee y piensa: uy, pues es verdad.

¿A un poeta le interesa la verdad? ¿Le aporta algo?

Sí, a mí sí. Ya sé que la verdad está pasada de moda, pero hay verdades que me interesan. No sé si la verdad o la credibilidad. A mí no me interesa mucho Vila-Matas, por ejemplo. Porque no puedo leer un libro que me dice que el narrador está en París, desayunando con Hemingway… Ahí no entro. Me digo: eso es imposible. Soy así de básico. Me interesa más Pla, que me dice que está tomando vino en el casino, bebiendo, con resaca, porque ayer tomó más café… porque eso sí. No sé si es la verdad, pero yo me tengo que creer eso que leo. Si me lo creo, entro.

Eso que te une al lector, ¿crees que es también lo que te separa de la crítica, que parece no prestarte demasiada atención?

La crítica es académica. Yo estoy fuera de la academia. Siempre he estado fuera de los circuitos. Los críticos siempre han sido temerosos y se han preguntado qué hacer con este. «Si decimos que está bien… joder». Porque su poesía es una cosa tan clara, y a la vez tan despojada. No pueden meter mucha mano ahí. Yo creo que siempre he estado marginado… bueno, al margen. Y a la larga me ha venido bien. He publicado ya seis antologías, tres poesías completas, libros sueltos de poemas… doce, de literatura infantil, un diario… y que no pongan ni tu nombre… no que me dediquen dos líneas, ¡el nombre! Me parece extraño. A mí me da igual, no me voy a poner a llorar a estas alturas…

En tus poemas aparecen de vez en cuando nombres propios. Carver, Chandler, Bukowski, Villena. ¿Hay una pauta? ¿O están porque te dejaron una honda marca?

Hay un poema en el que hablo de Luis Antonio de Villena, que no es más que una recreación. Estaba dando una charla y yo me encontraba a su lado, y noté cómo de repente cambió el registro, estaba hablando de una cosa y empezó a hablar de otra, bruscamente. Después yo le pregunté qué le había pasado, Y él [imitándolo magníficamente]: «Ay, Karmelo, es que he visto a una señora allí al fondo que estaba cerrando los ojos, aburrida, y me he dicho que no iba a permitir que se me durmiera, y he pensado que iba a hablarle de mi gato, y ha sido hablarle de él y he visto que la despertaba». Y es lo que hizo. Hablaba de Gil de Biedma y de repente cambió muy bruscamente a lo del gato. A mí me pareció… [Risas] Y le escribí un poema.

¿Y los otros?

A Carver lo leí mucho. Sus libros se tradujeron aquí en los ochenta, y me pareció magnífico. Me quedé flipado. Yo creo que fue uno de los grandes deslumbramientos literarios que he tenido. Me leía los cuentos varias veces… Esas vidas a la deriva, ni siquiera épicas, muy apagadas. Siempre he sentido por Carver una devoción… ahora lo leo menos. Chandler es un escritor que me encantó. Me gustaban mucho, curiosamente, sus metáforas, las figuras que componía. También leí mucho a Ellroy, pero es cardíaco, lo dejé porque me producía ansiedad. Esa escritura elíptica: salgo del coche, punto, miro al frente, punto, avanzo, punto… Estás leyendo y te produce taquicardia. No te deja respirar, no te deja acompasar. Con los autores tú te acostumbras a su prosa, pero este tío a mí me creaba ansiedad.

Y se me ha asociado mucho a Bukowski. Yo lo leí en los setenta. Cuando murió Franco hubo una época, que me cogió con dieciséis o diecisiete años, de libertad, una locura, una majarada, y yo cada dos por tres dormía en una casa diferente, ligabas todas las noches… y en casi todos los pisos así había un libro de Bukowski. Entonces era algo subversivo. Unos libros de Anagrama, con aquellos dibujos… Y yo leía a Bukowski en los pisos de las chicas con las que ligaba [risas], fumando marihuana.

¿Sientes que has tenido que inventarte tus propias herramientas para hacer tu poesía? ¿La tradición te ha servido de algo?

Sí, tuve que aprender solo. Tuve que fabricarme mi propia técnica. Cuando alguien quiere escribir, siempre es bueno que tenga alguien al lado con quien compartir su obra. Pero yo no tuve eso. Yo escribía pero no sabía nada, intuía que aquello iba mejorando, pero tampoco lo tenía muy claro, no había nadie que me aconsejara. Tuve que fabricarme una retórica sin retórica.

Tus poemas son siempre muy concretos, están llenos de objetos, de espacios reconocibles, de la hora del día, del tiempo, y de eso que podríamos llamar vida cotidiana. ¿Te hastía la abstracción?

Yo no me encuentro… mi mundo está más entre los objetos y entre lo que sucede al lado, lo inmediato. No sé, la abstracción… no me encuentro. No sé si se busca o si sucede. No es algo que elija. Sucede así.

«Si hubiese ido a la universidad, habría sido un poeta más correcto», escribes en tus diarios. ¿De qué corrección hablamos, de una que te habría hecho peor poeta?

[Risas] Seguramente. Tal vez ese correcto lo tendría que haber puesto entre comillas, o como lo ponga ahora la academia. Es una frase irónica. Si hubiese sido más correcto, habría escrito mejor. Pero peor, porque habría sido más correcto.

Un poeta más.

Por ahí va la idea.

¿Para quién escribes?

Esa pregunta tan sencilla no sabría muy bien cómo responderla. Creo que escribo para alguien, pero cuando estoy escribiendo tampoco me lo planteo.

Escribes, pues, para ti.

Sí. Escribo porque no sé hacer otra cosa, tampoco. Si no, ¿qué hago? Paseo, me aburro.

¿Eres un poeta muy prolífico?

Yo creo que sí.

¿Consigues estar mucho tiempo sin escribir?

Es raro. Tampoco me importaría mucho no escribir. Nunca he tenido uno de esos periodos de sequía que preocupan a los escritores, en parte porque nunca me he sentido un escritor. Puedo estar meses sin escribir un poema, pero luego escribo veinte de golpe. Nunca he tenido bloqueos. He tenido más o menos ganas, a veces. Ahora lo que me suele suceder es que me pregunte si esto que he escrito no lo habré escrito ya, o si tiene algún interés, si no será incidir o abundar sobre algo que ya he dicho. Ahora a lo mejor escribes algo que ya has escrito, y lo escribes mejor. A mí me ha pasado con algunos poemas. Al revés la dinámica es menos peligrosa, porque si escribes algo que ya has escrito pero lo escribes peor, lo desechas directamente. Incluso aunque el poema no sea muy malo. Si no supera lo anterior, para qué preservarlo.

¿Tus poemas requieren mucha reescritura?

Algunos muchísima más de lo que pueda parecer. Pero otros no. Si tengo suerte y doy con lo que quiero… No todos necesitan una reescritura. Algo siempre, claro. No he escrito nunca un poema iluminado. Siempre hay algo que tocar, quitar, poner, una palabra que se repite. Pero ha habido otros que sí. Me ha pasado con algún poema que me gustaba mucho, y lo he abandonado y lo he cogido a los seis meses y lo he acabado. Esto es peligroso, porque el momento, la emoción, ya son distintos.

¿Trabajas mucho la forma, eso que en tus poemas parece que no es importante?

Sí. Pero sobre todo mi poema funciona a través del ritmo. Pero sí, la forma me interesa, incluso en un sentido orográfico me preocupa cómo quede un poema en la página en términos visuales, por eso a veces hago sangrías, jugando con las posibilidades, la dualidad, los encabalgamientos. Esto es una ridiculez, pero en la medida de lo posible, presto atención a la parte estética del poema.

Eliot decía que «ningún verso es libre para aquel que quiere hacer una buena labor». ¿No hay quizá versos libres?

No, el verso libre es el verso menos libre que existe. Te exige en realidad un dominio del ritmo muy grande. Nunca se puede quedar colgando, y es lo más fácil que puede pasarle. El verso libre funciona cuando el ritmo del poema está bien conseguido, bien atado… y eso se nota. En el verso con metro tú vas a alguna parte. Dices: es un endecasílabo, vale, doce sílabas y tengo que acabar en ado. Bien. Pero yo voy allí, lo sé. El verso libre tiene que ser un verso natural y, sin embargo, no tiene las apoyaturas que tiene el verso métrico.

¿Disfrutas escribiendo?

A veces sí. Pero como soy un irresponsable, que no escribo para que mañana me reseñe García Martín, por ejemplo, puedo escribir como me dé la gana. Sí, me lo paso bien. No soy de los que sufren escribiendo. Ahora ya escribo cuando me apetece, que es casi todos los días. Casi todos los días escribo algo, una frasecita… casi todos los días. O poemas, o el inicio del poema. A veces los dejo ahí, y a veces hasta tengo tres en la cabeza.

Pero por lo general no son de gestación lenta.

No, no. Los dejo ahí, pero ya sé más o menos lo que voy a hacer con ellos.

¿Das a leer tus poemas antes de considerarlos definitivos?

Ahora a veces, como ya tengo…

¿Algún círculo literario?

No, quedamos a veces un grupo de amigos para hablar, pero nada más.

¿Sigues al margen?

Sí, sí. Pero ahora ya tengo muchos lectores. Ahora a veces sí que le mando algún poema a Pablo Macías, que ha estudiado mi obra, y le pregunto qué le parece. No hay que fiarse mucho de los lingüistas y todos estos, porque no pueden evitar la ortodoxia. A mí me gusta un poco la imperfección. No es que la busque. Mi prosa es un desastre, por ejemplo. Pero a mí me gusta porque alcanza apariencia de vida. En la poesía también me gusta el verso que está vivo. No me gusta el poema cadáver. Me agrada que se levante un poco de la página. Cuando alguna vez consulto o pido una opinión, en función de lo que me digan tomo nota o no. Siempre es positivo que te digan algo. En primer lugar, lo hacen con toda la buena intención, pero hay que tener cuidado. Puedes matar un poema por querer hacerlo perfecto. A veces lo que lo hace singular es esa especie de imperfección. Te viene el catedrático y te dice esto y aquello; sí, ya, pero lo has jodido. Está bien escrito, pero lo has jodido.

¿Qué relación tienes con la prosa? ¿Has escrito alguna vez una novela? ¿Lo has intentado? ¿Lo has pensado?

No. A veces he pensado en hacer una novela, una autobiografía novelada o algo así, pero me da una pereza inmensa. Y, sobre todo, lo más importante: no creo que tenga talento. Tal vez unas memorias… es más fácil, porque vas apuntando los recuerdos, y luego le das una forma. Pero escribir novelas es otro asunto, se necesita otro tipo de talento. No hay más que ver mi diario: son apuntes. Algunos que hago de filósofo de tercera. Lo que pasa es que a mí me gusta tomar nota de ideas, incluso constatar lo obvio. No hay día que se vaya sin que escriba algo. Incluso si algún día no lo he hecho, me fuerzo un poco a última hora, de madrugada, por escribir un poco. Busco una idea, lo que sea. Pero es que soy un prosista muy malo. Prefiero el texto en bruto. No soy un estilista. Y es ahí donde está el dinero, en la prosa. [Risas]

¿Crees que cada vez es más difícil que se den pequeñas revoluciones en la poesía?

Hombre, yo creo que la poesía siempre ha estado demasiado en manos de la academia, de los universitarios. A veces de una manera, para mi gusto, enfermiza y excesiva, y mala para la poesía. Ellos dicen lo que sí es, lo que no… ellos canonizan, reparten la calidad. Y a mí eso no me parece lógico. Entiendo que tiene que haber una mirada académica, entre comillas, aunque a mí no me interese. Pero creo que ha habido un exceso. La poesía española estaba acomodada. Ahora mismo esto que ha sucedido con estos chavales que escriben… yo creo que ha servido para ver que eso era así, que se iban sucediendo las generaciones y todos eran filólogos, pero estaban ahí, y les daban una posición. Todos solían ser poetas medio incomprensibles. ¿Cómo se puede ser incomprensible a los veinte años, a la hora de escribir? Todos estaban muy preparados lingüísticamente. ¿Y la vida? ¿Y vosotros dónde estáis cuando sale el sol?

En este contexto cobra mucho sentido ese poema de Serie B: «No se preocupen. / Ustedes sigan / adornando / sus jodidos arbolitos / de Navidad. / Yo haré / el trabajo / sucio».

[Risas] Podría ser algo así. A mí me gusta la literatura que se parece a la vida. Ya sé que todo es literatura en cuanto está el lenguaje de por medio, pero… Entre la literatura de los libros y la literatura de la vida, yo prefiero la de la vida. Y eso me vale para la prosa y para la poesía. A mí. Muchos de estos poetas… sus textos parecen trabajos de laboratorio. Me pasó cuando leí por primera vez la antología de los Novísimos: fue como si se me apagase una luz en mi interior. Yo leí aquello y me decía: pero ¿esto qué es? No entendía nada. Tú lees Una tromba mortal para los balleneros, de Antonio Martínez Sarrión, y es un libro culturalista, metapoético, no hay nada de emoción, es todo una especie de alarde, de vez en cuando ponen frases en inglés, un collage, por ser vanguardistas. Esto no lo voy a hacer yo en la puta vida, pensé. Se lo dije a Leopoldo María Panero más de una vez: vosotros casi acabáis con mi vocación.

Las mujeres son una constante en tu poesía. El amor es su gran tema por excelencia. Y el paso del tiempo, y la épica cotidiana, las viejas amistades. La muerte, en cambio, tiene poco reflejo en tu obra. ¿Hay alguna razón?

Es verdad lo que dices. Aunque últimamente ya hay algún poema.

¿Te estás corrigiendo?

[Risas] Yo creo que nunca he tenido muy presente la muerte hasta hace poco. No era un tema que a mí me importase, ni literariamente. Sin embargo, últimamente… es cuestión de edad, sin más. Ahora sí que es una inminencia que proyecta una sombra que ya va a estar siempre contigo. En mis libros no se ha filtrado mucho, pero sí se ha filtrado algo. Se habla de ella. Fíjate por ejemplo… [abre su último libro, una antología que edita Visor]. Este poema habla de que te encuentras con un tipo conocido al que ves alguna vez, no tiene mucho que decirte, [empieza a recitar] y al despedirte piensas que tampoco sería tan extraño que te estuvieses despidiendo para siempre. Te sorprendes un poco al principio, nunca lo habías pensado, no de alguien así, de su edad, que es la tuya. Te sientes raro, distinto, abres el paraguas, sigues andando hacia la playa, de repente te apetece mucho estar solo, ver el mar.

La has visto (la muerte), pero la ignoras. Sigues caminando, abres el paraguas…

Sí, sí. Yo creo que la muerte, el tema de la muerte, entra, pero un poco esquinado.

Por la gatera.

Formando también parte… antes no aparecía y ahora ya aparece.

Sin embargo, hubo un momento en tu vida en el que, como tú comentas a veces, estuviste al borde de la autodestrucción, en el abismo. ¿Tal vez ese habría sido un buen momento para temer a la muerte y tenerla en consideración?

Yo llevé muy mala vida, sobre todo con el alcohol. Durante bastantes años… bebía mucho. De hecho, no bebo nada, lo dejé. No sé si sería un alcohólico, aunque yo lo dejé de un día para otro, no me pasó nada.

¿No hubo una amenaza, no hubo un susto, un infarto, o…?

No. Fue una actitud. Hubo un momento en el que iba con resaca a trabajar. Criminal. Me empezaba a parecer criminal. Podría parecer un motivo débil, pero creo que fui inteligente. Me dije: «Llevo diez años bebiendo mucho, mucho. Trabajo en un bar. Sufro cuando no trabajo porque estoy con resaca. Sufro cuando trabajo porque estoy con resaca. No hago nada más que trabajar y beber». Eso fue lo que me dije. Por una vez fui inteligente y por propia supervivencia lo dejé. También estaba mi hija, mi mujer… pero dejé de beber de un día para otro, el 1 de mayo de 1992. Un poco antes había muerto mi hermano, y yo creo que el 1 de mayo me agarré una borrachera de la hostia, terrible… y me desperté con una resaca, bueno, una gran resaca. Me dije: no voy a beber más. Y no he bebido más. Dije: no voy a beber más, y me fui a trabajar al bar. Estuve años trabajando sin beber, con las botellas, todas mirándome, llamándome, «ven aquí, que nos has dejado», me decían. Me costó más que el tabaco.

¿También lo has dejado?

Sí, aunque masco nicotina. Pero sí, lo dejé hace siete u ocho años. Mira que vida más aburrida.

¿Qué tiene el bar de poético?

Cuando pienso en mi vida, me doy cuenta de que he pasado más tiempo en los bares que en cualquier otro lado. Sin duda. Ten en cuenta que ya empecé a trabajar en bares muy joven. Y después estaba la diversión. Todo lo que sucedía de interés en la vida, sucedía en los bares. En los bares podía pasar de todo. Estaban las mujeres, pero, bueno, hasta una conversación importante se daba en el bar. Para mí el bar tenía mucho de aula. Si la vida es una universidad, el bar es un aula. Los bares para mí han sido muy importantes… lo son. Tengo un poema aquí en el que digo que estoy en un bar, un poema de hace dos años o tres, y estoy en un bar sentado, junto al cristal y fuera está lloviendo, y estoy con un café y solo estamos yo y el camarero. Vengo a decir, en el poema, que ahora mismo esto me parece el mejor lugar de la tierra, y que me siento como si estuviera en el compartimento de un tren, y acabo diciendo: si lo fuera, yo tendría un billete hasta la última estación.

Fin de trayecto.

Sí. Ese poema es un homenaje a ese mundo. Tampoco he sido el típico hombre de bar. He tenido una relación personal con el bar, más cuando dejé de beber, muy distinta a cuando bebía, como la hay en mi poesía. Mi poesía tiene una etapa que es más… de un tipo que está bebiendo y mirando a la chavala esa; sin embargo, luego soy uno que ya no está ahí, está aquí, con un café, viendo lo que sucede ahí. Primero estaba en la acción, luego estoy al margen. Un poco retirado. Pero sigo estando en el bar.

¿Tienes limitaciones como poeta? ¿Cuáles crees que son?

Sí. Yo creo que a mi poesía lo que la hace atractiva o puede hacerle atractiva también es, por otra parte, su limitación. Son poemas de poco vuelo, suelen decir. Es una poesía muy cercana, de temas cotidianos. No hay afán de trascendencia, ni de gran poesía. Creo que soy lo que antes se llamaba un poeta menor. Puedo funcionar durante unos años, y luego me barrerá el viento como a todo dios. Pero estos límites, como yo soy muy consciente de ellos, creo que juegan a mi favor. Yo siempre he sabido lo que no sé hacer. Yo sé que sé hacer esto, y es lo que voy a hacer. Creo que esto lo hago bien; es poca cosa, pero la hago. En muchos aspectos es una poesía limitada.

¿Cuál crees que es la mejor cualidad que puede tener un poeta? ¿Su forma, su calidad de pensamiento, su capacidad de generar empatía?

Hay algo en la poesía que es quizá lo que hace que la poesía sea lo que es. No se puede definir con gran precisión. No sabes muy bien por qué un poeta te interesa mucho y otro no te interesa nada. Habrá afinidades, no solo de forma, de expresión o de temática, porque en eso suelen ser muy parecidos. Hay algo en la poesía que se levanta del poema, se levanta de una manera o de otra. Ahora bien, la cualidad que debe tener un poeta… yo creo que en la poesía es muy importante que el fondo y la forma se lleven tan bien que el lector no repare en ello. La forma de expresión y lo expresado, el mensaje, tienen que estar en tal complicidad que el lector no pueda nunca hablar de una o de otra. Que en principio el poema sea leído de forma que solo pueda ser leído así. El poema al que todo el mundo aspira es ese que, más claro o más complejo, no admite la sinonimia. Uno al que, si le cambias una palabra, una, se jode todo.

Que no puedas ni quitar ni poner.

Y que no admita los sinónimos. Es difícil, eso.

El poema inevitable.

Sí. Es una especie de sueño. Voy a mirar esta noche, a ver qué puedo hacer [risas].

¿El poeta busca extender su estilo, hacerlo evolucionar, mantenerse en movimiento, no ser siempre el mismo poeta?

Hay poetas que sí. Hay poetas que cambian mucho, muy eclécticos, que juegan a muchos palos. Están desde los que quieren estar siempre en el machito, hasta los que son así, sencillamente. Yo no pertenezco a ese tipo de poetas. En mí las evoluciones no se notan. Igual un lector sí nota, igual apuro más, escribo mejor. No lo sé, lo dudo. Pero en todo caso no creo que yo sea consciente. Yo hago lo que he hecho siempre, creo.

¿Con qué poetas vivos te sentirías a gusto formando parte de una antología?

Citaría a Javier Salvago, Luis Alberto de Cuenca, Luis Antonio de Villena, García Montero, Roger Wolfe, Itzíar Mínguez, Raquel Lanseros, Elena Román, al primer Carlos Marzal, a Arturo Tendero… Me gustan muchos los poetas de línea clara. Son los que más leo. Juan Luis Panero también, aunque yo andaba más con su hermano.

¿Cómo te las arreglas? ¿Vives de la poesía?

No.

¿Y entonces?

Hasta hace poco el bar estaba alquilado, tenía un buen alquiler. Después lo vendí, y tengo mis ahorros y mi dinero. Siempre hago cosas para sumar unos euros. No tengo problemas.

Pensé que a lo mejor tenías algún otro trabajo.

No, no. No trabajo de nada. Suelo dar cursillos, cuando me dejan. Soy jurado a veces de algún premio, si no me lo quitan los nacionalistas [risas].

Además de escribir, ¿qué otras actividades cotidianas son importantes para ti y para tu escritura?

Me gusta leer. El cine me ha gustado mucho. Fui muy cinéfilo. Me gustaba el cine negro americano, policíaco. Fui un aficionado. Ahora veo películas, pero ya me aburro un poco. Es normal, supongo. He perdido un poco de punch con eso. El cine español, El crack de Garci, o La vida mancha, de Urbizu… Me gusta mucho el director sevillano Alberto Rodríguez, que ha hecho El hombre de las mil caras. Ese tío me parece buenísimo. Le conozco, pero no me dejo llevar. Me parece muy bueno. La isla mínima, Grupo7 y El hombre de las mil caras, es un cine que a mí me gusta. Y luego paseo mucho. Nada trascendente.

Es evidente que en los últimos años te has convertido en un autor de culto, querido, y muy leído. ¿Tienes la sensación de que has estado treinta años escribiendo de cara a la pared, pero ha merecido la pena?

Tengo la sensación de que todo aquello ha servido para algo. No para mucho. No siento un gran entusiasmo. No creo que yo haya conseguido nada. Son años, y a base de años la gente te conoce un poco más, tienes más lectores, pero mi vida personal no ha cambiado nada… No es falsa modestia ni apariencia. Primero, no creo que haya hecho nada importante. Lo que pasa es que yo lo he hecho porque lo tenía que hacer, porque no sabía hacer otra cosa. Tengo más lectores, sí, pero la crítica… Los críticos me han cerrado las puertas, por decirlo de alguna manera, pero yo me he colado por otro lado, por la tapia. Sí que puedo estar orgulloso —si me permiten la palabra— porque a mí nadie me ha dado nada. No he tenido a nadie detrás ayudándome, ni una institución, ni un amigo crítico de no sé cuál periódico. Yo ahí he estado solo. Igual si hubiese nacido en otra ciudad habría tenido otro reconocimiento. No digo que esté mal. Hablo de mí y de mis circunstancias. Si hubiese nacido en León, a lo mejor habría tenido un círculo de amigos y habría tenido otro tipo de posibilidades. Puedo decir esto: salvo el editor Abelardo Linares, que siempre me ha publicado los libros, nadie me ha ayudado. He estado muy solo en la poesía. Yo publico un libro y ningún periódico de aquí hace nada. Y no cuesta nada sacar la cubierta y la información más básica. Pasaban los años y seguía igual. También tenía más libros publicados, y se juntó todo y ahora tengo lectores… que es a lo que puedes aspirar. A eso y a que me inviten a viajar en tren. [Risas].


Manuel Chaves Nogales: tres escenarios y una tumba

Manuel Chaves Nogales haciendo una fotografía en Marruecos. Detalle.
Manuel Chaves Nogales haciendo una fotografía en Marruecos. Detalle.

Hace veinticinco años, apenas algunos taurinos lectores y bien pocos intelectuales eran capaces de trabar tres frases seguidas sobre Manuel Chaves Nogales. Ese cerco a la memoria del autor de una de las más sólidas obras del periodismo español se ha venido resquebrajando de un tiempo a esta parte. TrapielloMuñoz MolinaCésar Antonio MolinaPericayAzúaMaríasPérez-ReverteMartínez ReverteEspada… La generación nacida tras una larga posguerra civil abanderó la recuperación de un nombre que sus padres habían silenciado, o sepultado, o ignorado, o preterido durante sesenta años. El rescoldo de su memoria permaneció agazapado durante todo el franquismo, la Transición, los primeros gobiernos socialistas y los de las burbujas populares. Pero allí, en el tendido alto de sombra, seguía, con su pelo crespo sobre unos ojos verdes y vivaces, esperando paciente su momento, Manuel Chaves Nogales.

«Y de pronto encontramos que en España la democracia ha madurado, los jóvenes no son tan violentos ni tan difíciles como eran en aquellos años, la gente vive mejor, tiene más oportunidades y la cosa se ha suavizado… Y de pronto ha prendido la llamita. La llama estaba ahí y ha prendido porque la situación era propicia. Yo creo que eso es lo que ha ocurrido». Ese Yo lo apuntalan los robustos noventa años de Pilar Chaves Jones, la mayor y única hija viva de Manuel Chaves Nogales. Los colaboradores necesarios han sido Javier Pradera y Alianza Editorial, Abelardo Linares y Renacimiento, Las armas y las letras de Andrés Trapiello, Luis Solano y Libros del Asteroide, Alberto MarinaMaribel Cintas y la Diputación de Sevilla, Almuzara, Espasa…

Pero Chaves Nogales seguía preso de cierta élite lectora. En las facultades de periodismo y en los clubes de lectura era extraño escuchar sus apellidos, sus títulos, sus protagonistas o sus escenarios. Desde el año 20 hasta el 44. Desde las últimas guerras coloniales hasta las vísperas de Normandía. Sevilla, Ifni, Casas Viejas, Berlín, Asturias, Madrid, Valencia, Barcelona, París, Londres… Había caminado y contado toda Europa, desde los arrabales del sur campesino hasta los palacios gobernantes. Pero seguía encerrado en el segundo círculo hecho de tinta negra sobre papel blanco. Faltaba un salto, la aportación audiovisual, modesta pero contundente, densa pero digerible, para auparlo desde una tumba, sin lápida y cubierta de llovizna verde, hasta el lugar que el canon le tenía reservado. Para contribuir a esa tarea se planeó, rodó, montó  y escribió El hombre que estaba allí, un libro-documental editado bajo los auspicios de la plataforma de micromecenazgo Libros.com.

De la pequeña historia de esos veintinueve minutos y cuarenta y siete segundos y de las páginas que lo acompañan tratan estas líneas. 

Un piso vacío en Madrid

Antonio Muñoz Molina aparece en la esquina de Zurbano con Zurbarán sobre una bicicleta de paseo discreta, el calcetín conteniendo la pata derecha del pantalón y la preceptiva chichonera. En lo alto de la escalera le espera un piso altoburgués con suelo de madera chirriante en sus diez habitaciones completamente desiertas. Todas menos dos. La más luminosa se ha convertido en improvisada oficina durante un par de días. Ordenadores, utilería, cables, cajones, papeles, focos, una cámara, una vieja Underwood, ejemplares de Ahora y Estampa, un perchero, varios paquetes de Lucky sin filtro. La de al lado se ha ido a negro por culpa de unas grandes telas, unas cuantas piezas de cinefoil y varios metros de cinta americana. En el centro un sillón de madera de oficina antigua, ni demasiado cómodo ni demasiado incómodo, de esos que impiden arrellanarse, y que crujen cuando uno se sienta. Se necesita silencio para lo que viene, así que el entrevistado se sentirá obligado a estar física y mentalmente avizor.

Antonio Muñoz Molina deja la bicicleta en el recibidor. Durante la escueta charla previa se interesa por la pequeña intrahistoria de la producción en que va a participar. Escucha las triquiñuelas —blancas y legales— que impone el lowcost, como la de ese piso prestado en la zona noble de Madrid, que hay que aprovechar rápido ante la posible llegada de potenciales arrendadores.

Recibe las instrucciones de rigor y se sienta: «Antonio, por favor, habla un poco. Es para probar el sonido; ¿puedes mirar a cámara y girar la cabeza un poco a la izquierda? Ahora a la derecha». La sombra de uno de los focos corta demasiado su cara. Minutos de espera, ajustes técnicos y, tras la pregunta de calentamiento, primera frase lapidaria: «En un siglo como el siglo XX español, en una época como la crisis de los años 20 y 30 y en el momento terrible y bastante desagradable en sentido político y moral de la Guerra Civil, y de lo que lleva a la Guerra Civil, dices: Aquí tienes un hombre, un ser humano, una persona recta, bondadosa, inteligente, independiente, una persona que miraba el mundo con inteligencia y con compasión».

Antonio Muñoz Molina leyendo un libro de Manuel Chaves Nogales. Fotograma del documental “El hombre que estaba allí” © Asma Films
Antonio Muñoz Molina leyendo un libro de Manuel Chaves Nogales.
Fotograma del documental El hombre que estaba allí © Asma Films.

Habla de Manuel Chaves Nogales, claro. Y lo hace con la fuerza de esa parsimonia que surge de la reflexión meditada. Igual de contundente que cuando, a continuación, apuntala la descripción dando nombres: «En una época en la que todo el mundo estaba cegado por las ideologías, —todo el mundo o una gran parte de la gente que contaba, que publicaba, que escribía, que tenía puestos políticos—, en un mundo en el que tanta gente es incapaz de ver la realidad, en el que la seducción venenosa del totalitarismo es tan grande, en ese mundo hay muy pocas personas que hayan mantenido su independencia personal, su bondad, y su amor concreto por los seres humanos. Se pueden contar con los dedos de una mano: En España está Manuel Chaves Nogales, en Inglaterra está George Orwell, y en la Unión Soviética está Vasily Grossmann. No hay muchos más».

Más preguntas. Algunas necesarias para la dinámica narrativa audiovisual. Alguna repetición obligada porque el entrevistado se recuesta, ha olvidado que el sillón cruje y contamina el audio. Yergue la espalda y asume que el resto será parecido. Es su tema y lo transmite en cada respuesta. Es un profesional también en esto, y sabe cuándo y cómo rematar cada sentencia. Está diciendo, en fondo y forma, todo lo que allí se espera de él.

Concentrado en Chaves, escucha al entrevistador mencionar el prólogo de A sangre y fuego. Y dispara:«Lo primero que hay que destacar del prólogo de A sangre y fuego es la fecha. Ese prólogo está escrito, creo recordar, en enero de 1937. En ese momento, esa lucidez […], esa decisión de no dejarse llevar por un solo eslogan político, de no dejarse llevar por el sectarismo, de no dejarse llevar por el fanatismo, y de decir una cosa terrible, que es que él no está interesado en la guerra porque, ocurra lo que ocurra, el resultado va a ser una dictadura comunista o fascista: ¡eso es de un coraje!».

No son solo las palabras. Es la entonación. El piso vacío se va llenando de Chaves Nogales. Es el inquilino necesario durante una semana. La historia comienza a coger cuerpo y surgen las primeros bocetos para lo que meses después sería el inicio del documental El hombre que estaba allí.

Manuel Chaves Nogales. Archivo Pilar Chaves Jones.
Manuel Chaves Nogales. Archivo Pilar Chaves Jones.

Los planos iniciales están rodados en un laboratorio de fotografía. Luz roja. En la cubeta del revelador surge la imagen icónica de Chaves Nogales fumando un cigarrillo. La voz del narrador comienza: «Este es Manuel Chaves Nogales. Es una buena fotografía, porque cuenta mucho del personaje. Fuma con nervio, como si quisiera consumir el cigarrillo en una sola calada y pasar rápido a lo siguiente. Orwell dijo una vez que ver lo que uno tiene delante de la nariz requiere un esfuerzo gigantesco. Para Chaves no lo era. Eso es lo que mejor hacía. Mirar, ver y contar. Ese era su oficio. Todo lo que hizo. Pero seguirle el rastro no es fácil, porque sus palabras siempre fueron incómodas, en un mundo totalitario en el que había que optar entre dos bandos para no quedarse solo y ser olvidado… Eso Chaves, no lo supo hacer. Eligió su propio camino…».

Antes de salir escaleras abajo con la bicicleta en ristre, Muñoz Molina observa la simulación de una redacción de los años 30 improvisada en un lateral de la habitación negra. Parece lógico hacerle un regalo, enseñarle algo que no pueda olvidar. Se asoma a un ordenador y, en la pantalla, un vídeo reproduce el día en que Niceto Alcalá Zamora juró su cargo como primer presidente de la II República Española. Se grabó el omce de diciembre de 1931 y estuvo décadas perdido. No sabe bien lo que mira, pero sigue las indicaciones que recibe. «Observa entre la gente, no mires el primer término, olvida al protagonista. La clave está entre el bullicio». Y entonces lo ve.  Mira con asombro las únicas imágenes en movimiento que existen de Manuel Chaves Nogales, un hallazgo de sus casuales anfitriones. Y se va con su bicicleta, pero con aspecto de llevarse algo más de lo que trajo. Abandona la escena para echarse a unas calles en las que, según sus palabras, «el sol es aún más cálido a la una de la tarde y noto la alegría en el vigor de las piernas cuando vuelvo a casa, cruzando la Castellana por el puente de Juan Bravo, en este Madrid que le gustaba tanto a Chaves Nogales».

Cascada de Camoján

El segundo escenario de rodaje está al pie de la Sierra Blanca, en Marbella, frente al Mediterráneo. Una señora de noventa y pico años, orgullosa de su pelo blanco y apoyada en dos robustos bastones, va y viene ágilmente entre tomates, lechugas, berzas y pimientos. Es Pilar Chaves Jones, huérfana de Manuel y Ana, la mayor de cuatro hermanos, madre y abuela.

Con la serenidad que le ha arrancado al tiempo cultiva el voluptuoso huerto que rodea su piscina. Esa misma serenidad le ha permitido, desde hace pocos años, echar la vista atrás, enfrentarse al pasado, al padre y a su obra. Reconciliarse. Recordar sin resentimiento los azares de una vida difícil, como la de muchos hijos del exilio.

La adolescencia y la primera juventud fueron para Pilar una continua escapada. La vida de su padre, Manuel Chaves Nogales, corría peligro. Primero, en el Madrid de los primeros meses de la Guerra Civil. Después, en el París humillado ante los nazis.

Cada paso era un paso para toda la familia. Hasta que una mañana de junio de 1940 decidieron separarse ante la inminente llegada de la Gestapo. Alguien avisó a Chaves días antes. Estaba en la lista. Le irían a buscar y la familia, reunida en el piso que habitaban en el exilio de los suburbios de París, decidió que Manuel debía irse. Y rápido: «Se esperaba que Hitler invadiera Francia, desde luego, pero las cosas se fueron acelerando mucho más de lo que todo el mundo creía y, de pronto, los alemanes estaban allí, en París. La cosa se agudizó y nos pusimos intranquilos. Nosotras no lo percibimos tanto como mi padre, que debió hablarlo con mi madre, naturalmente. Sí nos dimos cuenta de que aquello iba a acabar pronto y que había que hacer algo, que había cierta urgencia, la angustia del qué hacemos y cómo lo hacemos. Fue una cosa que se fue agudizando hasta que llegó el momento cumbre, que fue la noche en que discutimos lo que podíamos hacer. Mi padre dijo: “O me quedo y me escondo, o me voy”. Entonces, mi madre se mostró como una mujer valiente, que lo era, y dijo: “Nosotros nos quedamos y tú te vas”».

Pilar recuerda en el salón de su casa de Cascada de Camoján aquellos momentos. Las telas negras del piso vacío de Madrid cubren ahora los ventanales de un salón que habitualmente no deja espacio a la oscuridad. Ahora son tres focos los que iluminan sus palabras. «La última vez que vi a mi padre iba ligero de equipaje, con una gabardina echada al hombro y un maletín en la mano. Nos lanzó un beso a cada uno y nos dijo adiós. Adiós».

En aquel piso de París quedaron Pilar, Josefina, el pequeño Pablo —casi un recién nacido—, y Ana Pérez, la madre embarazada de siete meses. Semanas más tarde, en un campo de  refugiados de Irún, nacería Juncal, la hija que Chaves Nogales no llegó a conocer.

Fotograma del documental “El hombre que estaba allí” © Asma Films
Pilar Chaves Jones. Fotograma del documental El hombre que estaba allí © Asma Films.

La Gestapo llegó tarde. Eso Pilar lo recuerda bien. Lo ha contado muchas veces. Esta, una más: «Efectivamente, ellos vinieron a los quince días de entrar en París. Buscaron. Vieron allí una familia, una mujer embarazada, unos chicos pequeños, y se marcharon sin armar jaleo. Nosotros habíamos cumplido lo que había dicho mi padre antes de marcharse: “Estad aquí quietos hasta que los alemanes lleven dos meses en París. Después vais a la embajada inglesa y decís que vuestro padre ha desaparecido y que tenéis que volver a España, que os ayuden”. Pero no nos ayudaron».

Pilar está cansada. Después quedará claro que no es por la edad ni por las dolencias físicas. Cocinará, comerá, tomará café y continuará hablando. Lo que agota a Pilar son los recuerdos. La arrullan y entristecen por igual. No es fácil para ella recordar los hechos concretos. Pero en aquellos días tuvo que ocurrir algo más. «¿Por qué los alemanes no encontraron nada?, ¿qué hizo Chaves con todos sus escritos?, ¿dónde guardó esa novela sobre el exilio en Francia que con casi absoluta certeza escribía en París?, ¿se lo llevó todo en un maletín? Pilar, ¿qué ocurrió?».

Es la tercera vez, pero Pilar aguanta. Sabe que ha accedido a responder y es ahora cuando tiene que hablar. Su memoria vuelve al piso de Montrouge: «Él veía que se acercaban los alemanes y temía mucho que ocurriera algo malo. Me lo dijo a mi personalmente: “Van a venir los alemanes buscándome. Cuando vengan, aquí no deben encontrar nada. Así que tú enciende la chimenea y quema todo lo que encuentres, todo lo que hay en mi despacho, libros, artículos, papeles, que no quede nada”.  Es lo que hice. Él había dicho que quemara todo y yo lo quemé todo. Afortunadamente, porque cuando vinieron los alemanes buscándole no encontraron nada».

Chaves Nogales consigue llegar a Inglaterra. El relato de aquella travesía está escrito en el prólogo de La agonía de Francia: «El mar abierto nos mostraba sus rutas innumerables. Aún hay patrias en la tierra para los hombres libres. Sobre nuestras cabezas tremolaba orgullosamente el pabellón de la Unión Jack».

Busto de Manuel Chaves Nogales obra de Emiliano Barral y propiedad de Pilar Chaves Jones.
Busto de Manuel Chaves Nogales obra de Emiliano Barral y propiedad de Pilar Chaves Jones.

El padre en Londres, sobreviviendo. La familia, tras un penoso viaje y el alumbramiento de Juncal en un campo de refugiados en la frontera con Francia, recala finalmente en El Ronquillo, un pueblo del norte de Sevilla. Allí sobrellevan a duras penas la posguerra civil. De aquellos días quedan un puñado de cartas, un busto gélido y una pajarita. Cuando Pilar quiere rememorar aquellos años, los usa como piedra de toque para atizar los rescoldos del tiempo.

Con el busto de su padre (obra de Emiliano Barral) dialoga de vez en cuando. Se arrima, lo abraza y, a pesar del frío bronce, siente el calor y la protección del padre ausente: «Yo necesito protección y tú me la has dado siempre. Aquí estoy, pidiéndotela otra vez», le dice.

Durante muchos años Pilar no fue capaz de leer los libros de su padre, ni los viejos ejemplares de Ahora encuadernados en granate que ocupan toda una estantería de su despacho, ni las cartas amarillentas con remite londinense, fechadas en los primeros 40 y firmadas con el seudónimo Larrabeiti para burlar la censura de Franco.

En aquellas cartas, menos de dos docenas, se adivina a un Chaves Nogales a veces optimista con el reencuentro, a veces desesperado por la separación. Pilar las ojea. No le da la vista para leerlas pero se aferra a ellas. Son lo más privado, su mayor tesoro. Muy lentamente las deja sobre la mesa, invitando a que alguien las lea en voz alta. Pasa cerca de una hora y las palabras de Chaves vuelven a los oídos de Pilar. Pero no se emociona, no tiembla. «Mi padre ha dicho en varias cartas, y mi madre lo ha dicho muchísimas veces, que no debimos nunca separarnos, nos teníamos que haber mantenido juntos. Se lo escribía a mi madre: “Es que yo no sé vivir sin la familia, vivo muy mal, me abandono, no sé vivir solo. Me abandono”».

Pilar apenas se permite un suspiro. Su educación británica esconde el resto. La sesión de aquel día termina. Las telas negras pasarán allí la noche. Con la nueva mañana los focos volverán a encenderse y Pilar responderá más preguntas. Las cartas vuelven a un sobre. El sobre al cajón superior de un tocador. Quedará bajo una pequeña caja rectangular que contiene una pajarita. Pilar la coge como se toma en brazos a un bebé. Y se la lleva a la nariz: «La pajarita de don Manuel. Huele a Chaves».

Retorno al escenario madrileño

Nueva jornada en el piso vacío de Madrid. Como en una vieja redacción, en el ambiente reposan los restos de los Lucky sin filtro consumidos la víspera. Son los cigarrillos que fumaba Chaves.De los tres autores que pasarán por allí en dos días, Jorge Martínez Reverte es el que más se parece a Manuel Chaves Nogales: es reportero de andar y contar, tiene el pelo crespo y los ojos claros. Como historiador también conoce bien los entresijos de los días de la revolución minera del 34, de las últimas guerras coloniales, del Madrid bélico que Chaves Nogales narró en A sangre y fuego y en La defensa de Madrid. Y sabe que, quizá, el único reproche que se le puede hacer es haberse excedido al novelar lo acontecido en Madrid aquellos días sin haber sido testigo directo de mucho de lo ocurrido.

La conversación se centra en el Chaves periodista, en el reportero. Comienza en alto, como con Muñoz Molina. La segunda respuesta es tan contundente que queda como para enmarcarla: «Es el mejor periodista español que ha habido en el siglo XX». Y continúa: «Es un hombre que va a los sitios, que pregunta a la gente, que se documenta bien. Y luego escribe bien». O sea, un reportero de manual, tanto que resulta infrecuente encontrar otro parecido.

Esas cualidades, acudir al lugar de la noticia, hablar con todos los testigos, buscar el dato con rigor y, a partir de esas mimbres, construir un análisis certero, son las que se aprecian en la crónicas de la revolución minera en Asturias del 34, en los reportajes que, en plena gestación del nazismo,  firmó en Ahora un año antes, en 1933, y en tantas y tantas líneas escritas por Chaves, con la urgencia del instante, en El Heraldo de Madrid, en Ahora y en Estampa.

Horas más tarde, en aquel viejo sillón de madera que chirría en el centro de la habitación oscura, se sentará Andrés Trapiello, tal vez el primer chavesnogalista, o uno de los primeros, uno de esos escritores que hace dos décadas tomaron la determinación de reubicar en el lugar merecido el nombre y la obra de nuestro protagonista.

Andrés Trapiello leyendo un libro de Manuel Chaves Nogales. Fotograma del documental “El hombre que estaba allí” © Asma Films
Andrés Trapiello leyendo un libro de Manuel Chaves Nogales.
Fotograma del documental El hombre que estaba allí © Asma Films.

Empezó hace veinte años y probablemente no haya dejado de nombrar a Chaves Nogales ni un solo día desde entonces. Por eso, quizá, en esta entrevista las preguntas sobran. A la primera le sucede una conferencia en toda regla y al entrevistador le basta con musitar alguna palabra suelta para reconducir el muy caudaloso verbo de Trapiello.  Ese verbo certero con el que Trapiello va delimitando las razones de un deslumbramiento. Se refiere a la actitud de Chaves Nogales ante la Guerra Civil: «Me gustaba esa complejidad de la mirada que le hacía ser no equidistante y que le había permitido, porque era inteligente, una visión global y ecuánime que englobara a todo el mundo para mirar desapasionadamente lo que estaba ocurriendo. Esto a mí me pareció único. Y además lo hacía de una manera respetuosa, es decir, no había nada de panfletismo en su vocabulario, no había nada de demagogia en sus posiciones políticas, en sus posiciones como periodista. Es decir, era un hombre que se presentaba humildemente como un servidor de aquello que él creía no ya la verdad, sino la realidad. Y daba la oportunidad al lector de juzgar por sí mismo. Esto, en la literatura de la Guerra Civil era, para mí por lo menos, casi impensable, porque todo el mundo ponía por delante su versión poética o ficcionada de esa realidad que les impedía ver la realidad. Alguien que se alejara tanto de la ficción y que se ajustara tanto a los hechos realmente era extraordinario».

Durante la conversación, Trapiello deja caer una idea que servirá como fórmula de enganche en la narrativa del documental: «Es raro que nadie se preguntara nunca durante cincuenta años qué ha sido de Chaves, qué hemos hecho con Chaves. En una novela policíaca esto sería lo primero que nos llamase la atención». Novela policíaca y cine negro para un documental histórico biográfico. Magnífico.

Ya encabalgando la despedida, Andrés Trapiello se somete con los convocantes de la entrevista a la más dura prueba de riesgo y amistad que un coleccionista de fetiches literarios como él puede plantear: deja en préstamo un ejemplar original de Ahora del dieciséis de julio de 1936, el que recoge en portada los asesinatos de Calvo Sotelo y el teniente Castillo. También un ejemplar del Ahora, ya colectivizado, de finales de aquel verano del 36, en cuya última hay una fotografía de Chaves, en mangas de camisa, reunido con el Comité Obrero de Incautación compuesto por nueve delegados obreros de CNT y UGT.

Horas más tarde, ya tomadas las fotografías de rigor,  los ejemplares vuelven a manos de su legítimo poseedor y la prueba de riesgo y amistad queda superada.

Después de varios días de ocupación y tras tres largas entrevistas, el piso altoburgués de una zona bien de Madrid queda vacío y en silencio. Las telas negras desaparecen bajo la tenue luz invernal. Los muebles que simulaban la zona de trabajo de Chaves Nogales en alguna vieja redacción vuelven a ocupar su espacio original en casas de amigos decoradas con aires retro. Ramón Soria, el figurante que ha prestado su cuerpo a Chaves Nogales para teclear en la Underwood y recrear escorzos, gestos y planos detalle, abandona también el piso. Como Muñoz Molina se lleva algo más de lo que trajo: un corte de pelo que emula el característico tupé que confería a Chaves una silueta inconfundible y cuarenta Luckys aspirados en sus pulmones de no fumador. Se va con traje británico a rayas de corte diplomático, gabardina y maletín, como Chaves el día en que se separó de su familia en París. 

Sobre el viejo escritorio algunos folios usados son ya el único vestigio de lo que allí se ha recreado. En uno de ellos se puede leer: «Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes». 

Fotograma del documental “El hombre que estaba allí” © Asma Films
Fotograma del documental El hombre que estaba allí © Asma Films.

Una calle de Sevilla

«A espaldas del Palacio cuyo patio y huerto claro con limonero cantó Machado, nació Manuel Jacinto José Domingo Chaves Nogales el día siete de agosto del año 1897, en la calle Dueñas, once, calle triste y silenciosa, como él la definió, en el corazón viejo de Sevilla».

A nueve kilómetros de allí, en una casa exenta de Tomares, vive la profesora María Isabel Cintas Guillén, probablemente la persona que más tiempo de vida ha dedicado a buscar las huellas de Manuel Chaves Nogales. Su escenario laboral, además de aquella casa, son los archivos, bibliotecas, redacciones, centros documentales, y oficinas de toda ralea en las que pudiera haber la más mínima referencia asociada a aquel nombre propio.

En la hospitalaria casa de Tomares las telas negras se instalan en la habitación que ocuparan unas hijas ya independientes. Han sido tantas las horas, tantos los días, que a Isabel Cintas le cuesta dejar a un lado el aspecto sentimental de su relación profesional con Chaves Nogales. Pero lo consigue. Domina el dato. Sabe cada detalle de su biografía. Dónde publicó cada línea. Si se lo propusiera sería capaz de reconstruir cada entrada de la agenda del periodista, desde aquel día de agosto de 1897 en la calle Dueñas, hasta aquel otro gris y londinense de 1944 que marcó el punto y final.

A pesar de su erudición, Cintas pone especial empeño en las referencias sevillanas y andaluzas de Chaves Nogales. Desde el primer título, juvenil y polémico, La ciudad, hasta las crónicas que dedicó a la romería del Rocío y a la Semana Santa sevillana en una Andalucía convulsa por los levantamientos campesinos y las corrientes prebélicas.

Pero hay unas líneas de Chaves Nogales que esconden las claves de su manera de ver el mundo. Son las primeras de Juan Belmonte, matador de toros: «Habla de su visión del mundo, porque para él dominar la calle, conocer la calle, la calle que se está pisando, es un elemento fundamental en su vida y es un elemento fundamental en su quehacer como periodista. Chaves se realiza en la calle. No se realiza en la redacción del periódico. Ahí quizá pergeña el trabajo que va a afrontar pero desde luego donde lo realiza es en la calle, en el contacto directo con los protagonistas de los acontecimientos, en el contacto directo con los propios acontecimientos y en el conocimiento —también una fórmula muy unamuniana— de la intrahistoria de los acontecimientos».

Isabel Cintas tiene una estantería completa dedicada a la persona y al personaje. Su dimensión resulta diminuta si se compara con el tiempo, la pasión, los desvelos, los anhelos y los kilómetros recorridos que le ha entregado a Chaves. Se ha comportado como un detective. No ha dejado pista ni abandonado rastro.

—Si hubiese hecho marcas en un mapamundi, ¿cuántas chinchetas habría colocado durante su labor detectivesca?

—Muchas, porque la obra de Chaves fue muy amplia, en extensión de obra y en extensión geográfica. Aparte de que él fue uno de los primeros periodistas que se movió tras la noticia utilizando el avión, que era algo absolutamente inusual en su momento, y de esta manera recorrió toda Rusia, toda la URSS, de arriba abajo y de izquierda a derecha, y luego recorrió toda Europa, recorrió parte de África del norte. Es decir, que fue un hombre que pateó el terreno de donde estaban los acontecimientos.

Recopilar la obra de Chaves y su memoria es una labor colectiva sobre la que Isabel Cintas puede recostarse con tranquilidad «En este caso tenemos que hablar claro», sentencia Muñoz Molina. «En un caso como este, de un escritor que tiene su obra dispersa por periódicos olvidados, el trabajo filológico en el sentido más noble de la palabra, de amor por los textos, la recuperación de textos que ha hecho la profesora Cintas es una cosa… De muy pocas personas se puede decir: agrandó el mapa de la mejor literatura de su país».

Tumba de Manuel Chaves Nogales. CR19, cementerio de Fulham, Londres. (Foto Daniel Suberviola
Tumba de Manuel Chaves Nogales. CR19, cementerio de Fulham, Londres. (Foto Daniel Suberviola)

La parcela CR19

En el salón de su casa de la Cascada de Camoján, casi sin venir a cuento, Pilar, la hija de Manuel y Ana, a pesar de los muchos avatares que han ido curtiendo su biografía, hace balance positivo de lo pasado y lo presente: «He tenido mucha suerte. La vida me ha tratado bien, me he casado con un marido con el que todo ha funcionado bien, tengo una casa en España donde estoy muy bien, en Andalucía». Y remata formulando un deseo: «Yo quisiera que mi padre en vez de estar enterrado en Londres estuviera enterrado en Sevilla. Esa es la verdad».

Así es. Chaves Nogales descansa en Londres, en la tumba CR19 del cementerio de Fulham,muy cerca de los jardines de Kew y a pocos minutos de los Archivos Nacionales del Reino Unido, en Richmond. Allí está Manuel Chaves Nogales desde hace casi setenta años. No había cumplido los cuarenta y siete cuando llegó.

Han transcurrido cerca de veintinueve minutos del documental El hombre que estaba allí. Imágenes de la Segunda Guerra Mundial funden con el plano de un magnetofón que reproduce las palabras que Antonio Soto, periodista exiliado en Londres, compañero y amigo de Chaves, radió en la BBC el día siguiente de su muerte, el nueve de mayo de 1944:«No hace más de cuatro días, presintiendo su muerte, me decía: “Es horrible. Llevo ocho años esperando ver cómo vencen al fascismo y me voy a morir precisamente en el momento en que los Aliados van a invadir Europa libertándola de sus opresores”». La última injusticia.

La parcela CR19 tiene simbolismo propio. No hay lápida, ni placa, ni cruz. Nada. Ni siquiera sigue en pie el árbol que le hubiera dado sombra si el clima londinense fuera partidario de esa costumbre tan meridional. A su alrededor hay indicios suficientes para abocetar varias biografías: nombres, fechas, bajorrelieves, etc. Pero en la parcela CR19 no hay nada. Comienza a nevar en el cementerio de Fulham. Desde hace unos minutos tres flores, con los colores de una bandera vencida, cubren este rectángulo húmedo, verde y vacío.  Setenta años después, aquel hombre sigue allí.