Si tiene un mal día, vea Sombrero de copa

Sombrero de copa (1935). Imagen: RKO Radio Pictures.

Mucha gente sostiene el concepto erróneo de que los tiempos pasados fueron más sencillos. Supongo que este fenómeno se da entre quienes no leen demasiadas novelas antiguas ni demasiados libros de historia. También entre quienes ven películas antiguas, sobre todo de ciertas épocas en que sí solían ser más sencillas que el cine posterior, y deducen que el público de pasadas décadas era más ingenuo, más inmaduro o menos inteligente. Ahora ya casi no se estrenan películas con diálogos repletos de hilarantes insensateces o donde los personajes se pongan a bailar y cantar por las buenas. Y cuando las hay, como La La Land, vienen con su consabido mensajito profundo, no sea que la gente vaya a salir completamente feliz de la sala de proyección.

Todos ustedes han oído hablar de la pirámide de necesidades creada por el psicólogo Abraham Maslow, donde las necesidades humanas eran divididas en cinco jerarquías. En la base de la pirámide está la jerarquía básica de las necesidades fisiológicas (respiración, bebida, comida, sexo, dormir). Una vez cubiertas las necesidades fisiológicas, el individuo ya está en disposición de intentar satisfacer la siguiente jerarquía: las necesidades de seguridad. Más arriba en la pirámide, las necesidades de afiliación (sociales y afectivas). Luego vienen las de reconocimiento (éxito, reconocimiento). Y, finalmente, la necesidad de autorrealización, que incluye la posibilidad de ser creativo, de conformar una personalidad propia satisfactoria y una visión elaborada del mundo.

Pues bien, en nuestro tiempo, y sobre todo en los países occidentales, hay toda una generación que ha crecido con sus necesidades cubiertas y que, ya desde la adolescencia, ansía devorar la cúspide de la pirámide. Es la generación que no ha pasado hambre ni (todavía) inseguridad, y cuyos padres, dato importante, tampoco pasaron hambre ni privaciones realmente severas, por lo que el relato de cuando la pirámide no era más que un chiringuito truncado no les llega ni siquiera de oídas. Es la generación que se permite el lujo de considerar que la asunción de su propia superioridad moral como hecho indiscutible es un derecho adquirido. Es decir, cómo no van a ser más inteligentes y más éticos que sus padres, que viven arrastrando una hipoteca y votando a partidos deleznables. Por descontado, otro derecho inalienable es que los demás no digan (o piensen) cosas que les desagraden. Es decir: si mi visión del mundo es la Más Justa, ¿cómo es posible que tú tengas otra distinta? Porque, además, el mundo está en su Peor Momento. Lo ven todos los días en su Twitter y en su Facebook. Así que, si disientes de mi Justa Visión en la época en que el mundo está en su Peor Momento, eres una Mala Persona. Y punto. Si no formas parte de la solución (de MI solución), eres parte del problema. Así que los individuos de toda una generación se indignan mucho por todo, intentando que nadie los pueda señalar como parte del problema.

Es también la generación de los que empiezan a leer un artículo y en el tercer párrafo están ya echando espuma: «Pero oye, ¿no nos ibas a hablar de Sombrero de copa? ¿Quién te has creído que eres?». Pues bien, aunque no se lo crean, todo esto viene al caso. Los grandes estudios de Hollywood hacen películas para esa generación de la que hablo. Es el cine de la cúspide de la pirámide: todo en él tiene que pasar un riguroso examen moral. Su sostenibilidad ética tiene que ser impecable. Tiene que haber un mensaje, aunque sea implícito, hasta en las puñeteras películas de superhéroes. Cierto, algunas películas no tienen mucho mensaje, pero son vistas por la generación cúspide como excepciones adorablemente irónicas. Porque esta generación adora todo lo irónico, que es el otro polo de su dicotómica actitud ante la vida, que bascula —en cuestión de minutos— entre la indignación y la burla.

Lo que se ha perdido en Hollywood es el escapismo puro, las películas hechas para todo lo contrario: no para juzgar, no para analizar, sino para olvidar. Seguro que algunos de ustedes habrán mirado a Asia, a Bollywood, habrán visto sus películas chorras con gente bailando y habrán pensado: «Ah, los indios son como niños. No son tan adultos como yo, que estoy aquí vigilando para que cada estreno cumpla los rigurosos criterios éticos que requiere mi sensibilidad exacerbada ante el Peor Momento del Mundo». Si es el caso, piense que deben de haber motivos importantes para que los espectadores indios hayan estado apreciando todo ese escapismo tan tonto. Porque los indios no son tontos (y los que trabajan en la industria del cine, ¡todavía menos!). Sus motivos habrán tenido.

Además, no son tan diferentes a nosotros. Los paralelismos culturales son innegables. Un español ha visto escenas como esta en cualquier boda del extrarradio, aunque quizá con movimientos menos refinados y figuras menos esbeltas.

Algunos de los materiales culturales más felices proceden, directa o indirectamente, de épocas de desgracia e incertidumbre. En los años treinta el público de Hollywood estaba muy jodido. Aquí nos embarcamos en una guerra civil, en Alemania llegaban al poder los nazis con sus encantadoras ideas sobre aniquilar a media humanidad y esclavizar a la otra media, y, básicamente, en todo país occidental se hacían notar las funestas consecuencias de la Gran Depresión, una crisis económica peor y más cruel que la que hemos vivido en estos últimos años. Y si nuestra crisis ha sido desagradable, imaginen aquella. Europa estaba en ambiente de preguerra y en el país más rico del mundo, Estados Unidos, la gente formaba largas colas ante los establecimientos de caridad para poder llevarse algo a la boca y pasar la noche.

Si usted no supiera nada sobre el siglo XX y viese películas de la época, pensaría que aquella fue la edad dorada del género humano. Por supuesto, el siglo XX está demasiado bien documentado y es todavía demasiado reciente como para que podamos ignorar que los años treinta fueron una época desastrosa. Pero su cine puede llevarnos a pensar que contaba historias simples porque el público era simple, y no. Contaba historias simples porque la gente no quería pagar una entrada para que el Michael Haneke o el Lars von Trier de turno les recordasen las miserias de la vida con su oda hipster al padecimiento de turno. Para miserias, ya tenían bastante con las que los rodeaban día tras día.

Lo de simplificar y endulzar el pasado a partir de los recuerdos culturales es un error habitual, todo sea dicho: en los Estados Unidos solían referirse a la última década del siglo XIX como The Gay Nineties, «los alegres noventa», época que rememoraban con mirada nostálgica, olvidando que en 1893 había estallado una crisis que supuso el cierre de quinientas sucursales bancarias, la quiebra de quince mil empresas, e índices de desempleo del 35% en Nueva York o casi un 50% en Chicago. En aquellos noventa supuestamente felices, la gente también se había agolpado en las colas de comedores de caridad y había aceptado empleos a cambio únicamente de comida, haciendo que los salarios se desplomasen. Pero el recuerdo colectivo se componía no de experiencias personales de gente que ya había muerto o estaba en la vejez, sino de cosas alegres. Los Gay Nineties fueron la época del auge del ragtime, cuando Scott Joplin había empezado a componer sus contagiosas piezas para piano. Fue la década en que el británico Rudyard Kipling había publicado El libro de la selva. Ya saben, la memoria escoge del pasado lo que más place al presente. Es como la gente que se maravilla de la antigua Grecia y el Imperio romano. Les invitaría a que viviesen en las condiciones de cualquier griego o romano del montón.

Nadie habla de los Gay Thirties, de los «alegres años treinta», claro. Las marcas de lo que sucedió entonces aún se hacen notar. Sí hablamos de los «locos años veinte», que también tuvieron sus problemas, pero eh, al menos el puñetero Hitler estaba en su sitio natural, la cárcel, y la gente tenía para comer. Los años treinta fueron una época más oscura y deprimente; Hollywood respondió con el cine más díscolo, escapista y maravillosamente demencial de toda su historia. Recordemos que aquella fue la etapa de gloria de los hermanos Marx en la gran pantalla. Los dos géneros reinantes en aquellos años fueron el musical y la comedia. Dentro de la comedia, estaba el slapstick como el de Laurel y Hardy, más dirigido a los niños. Y la comedia adulta, aunque igualmente extravagante, bautizada como screwball. El término screwball procedía del béisbol, donde se usaba para describir un lanzamiento de pelota que sigue una trayectoria extravagante e imprevisible (screw significa tornillo). En cine, hacía alusión a unos guiones repletos de giros enloquecidos. Entonces se estrenaban muchas comedias enloquecidas, como las de los Marx, pero por costumbre, más que por precisión, se suele identificar el término screwball con películas como Historias de Filadelfia, Luna nueva, La fiera de mi niña, Sucedió una noche… ya saben, películas desenfadadas de ritmo endiablado, repletas de situaciones inverosímiles y diálogos ocurrentes, centradas en romances protagonizados por gente pudiente o profesionales exitosos, basados en el concepto de «lucha de sexos», donde el personaje femenino solía llevar la voz cantante y el masculino debía demostrar que estaba a la altura de las exigencias de su partenaire, pero no en plan caballero andante o galán a lo Rodolfo Valentino, sino simplemente siendo capaz de dejar de comportarse como un tontolaba. Cualquiera de esas películas podría estar en el titular de este artículo. Son absolutamente maravillosas, cada puñetero minuto de sus metrajes.

Musicales y comedias screwball respondían a dos necesidades concretas del público, que quizá parezcan contradictorias, pero coexistían con naturalidad. La comedia screwball ofrecía la posibilidad de reírse de las clases altas. El musical ofrecía un escapismo basado en la contemplación admirada de un lujo sabático (sabático por la reina de Saba, no por el descanso sagrado de los judíos) y por coreografías de grandilocuencia faraónica, como las apoteosis de Busby Berkeley (y la gente se sorprendía con La La Land). Muchas películas pertenecían a la vez a ambos géneros. Hay musicales, como Sombrero de copa, a los que llamamos así porque contienen canciones, pero en realidad son comedias screwball. En cualquier caso, todas tenían en común ofrecer historias intrascendentes donde ningún espectador iba a sufrir. A nadie se le iba a recordar lo mierdosa que era la existencia fuera de los cines: pagaban por su hora y media de felicidad, y eso era exactamente lo que obtenían. No eran espectador de mentalidad simple, sino espectadores que estaban hasta las narices de la miserable realidad. Las pocas veces que se les mencionaba la crisis era para darles un mensaje de esperanza, a poder ser en boca de una cara bonita y una melodía contagiosa. Piensen en la sensualidad bíblica de Vampiresas de 1933, donde teníamos a la mismísima Ginger Rogers, nuestra protagonista femenina de hoy, cantaba a la recuperación económica, enamorando a la cámara… y tapándose las partes íntimas con la ensaladera de Wimbledon.

Esta alegre melodía contiene el intríngulis del cine de entonces. La canción fantaseaba con el deseado final de la crisis: «No hemos visto un titular sobre colas para el pan hoy, y cuando vemos al casero, podemos mirarle a los ojos». Chaplin había hecho humor con la pobreza porque la había conocido de cerca y, sobre todo en sus cortometrajes, había incidido en la idea de que la gente más pobre no es necesariamente mejor, sino que, estando en el límite, recurre con demasiada frecuencia al «sálvese quien pueda». Al público de su momento le había divertido ese retrato, cínico y certero, pero también afectuoso, de los pobres y de la raza humana en su conjunto. En los años treinta, sin embargo, el público ya no quería bromas sobre una pobreza que estaba viviendo a diario. El cine era visto como un entretenimiento, no como una extensión de las neurosis de la gente en su Facebook; una película como Las uvas de la ira iba a estar bien para 1940, cuando lo peor de la crisis ya había pasado y la gente podía ver ese tema en el cine sin angustiarse, pero en 1933 nadie con dos dedos de frente hubiese pagado dinero para que le recordasen lo jodido que en realidad estaba.

El espectador podía acudir al cine para ver una comedia o un musical y saber con total certeza que iba a salir de la sala sintiéndose mejor de lo que había entrado; aquellas películas estaban diseñadas para ser completamente inofensivas en lo referente a la situación económica, exceptuando quizá las alusiones sarcásticas a las diferencias entre clases sociales. Sí eran más atrevidas, al menos según los estándares contemporáneos, para lo sexual; aunque no demasiado, lo suficiente como para no ofender y, sobre todo, no enfrentarse a los métodos de censura que estaban empezando a implantarse. Pero las estrellas que triunfaban en aquellas películas eran las que cantaban y bailaban, pero que además parecían tremendamente simpáticas (aunque no siempre lo fuesen en la vida real). Ginger Rogers era guapa, desde luego, pero Fred Astaire quizá no hubiese sido una estrella tan grande en otra época donde, además de su talento, se le hubiese demandado otra presencia física. Pero era ideal para los años treinta: además de bailar como bailaba, de cantar muy bien y de ser un fantástico actor, poseía la impagable cualidad de aparecer en la pantalla y caerle bien al público.

Sombrero de copa fue la cuarta, más exitosa y más recordada de las nueve película que Fred Astaire y Gingers Rogers rodaron juntos entre 1933 y 1939. Su química en pantalla era algo fuera de lo común, no solamente durante sus hipnóticos números de danza, sino también en las secuencias narrativas. Aquella química es algo inexplicable. Aunque se abstenían de demostrarlo en público, era la comidilla de Hollywood que ambas estrellas se llevaban mal. Michael Freedland, biógrafo de Astaire, cuenta que el actor nunca hizo comentarios despectivos hacia Rogers, pero en una ocasión se le escapó: «¡Oh, Ginger! Siempre quería ser la jefa». Cuando Freedland entrevistó a Rogers, sucedió algo parecido. La actriz nunca hablaba mal de Astaire en público, pero Freedland cometió el error de decir «Fred y Ginger», a lo que ella respondió, acompañando sus palabras con una mirada gélida (¡y una mirada gélida de Ginger Rogers no era cualquier mirada gélida!): «Querrás decir Ginger y Fred». Al instante, notando que había sido un poco demasiado explícita, la actriz matizó su contestación: «Es costumbre nombrar primero a la mujer, ¿no es así?», pero había quedado claro que tampoco guardaba un buen recuerdo de su compañero en tantos rodajes, a quien se refería fríamente como «el señor Astaire». Tanto era así que después de cada largometraje había que convencerlos para que volvieran a trabajar juntos. Cuando la sociedad se disolvió en 1939, ninguno de los dos lo sintió demasiado. Diez años después, eso sí, volverían a reunirse en la pantalla, pero de manera accidental. Astaire tenía que rodar junto a Judy Garland; la antigua protagonista de El mago de Oz tenía solamente veintisiete años, pero sus problemas psiquiátricos y adicciones estaban fuera de control. Cuando los productores, durante el proceso de ensayos, comprobaron que Garland no estaba en condiciones, llamaron a Ginger Rogers. Y esta, quizá para sorpresa del propio Astaire, aceptó. Así rodaron su décima y última película, la única en color. Los dos siguieron esforzándose por desmentir las habladurías sobre su pésima relación personal; en 1969, aparecieron juntos en los Óscar, donde saltaba a la vista que la química que desprendían interpretando a personajes en el celuloide era completamente inexistente en la vida real; aunque fingieron lo mejor que pudieron (y eran ambos magníficos actores), hay cosas que sencillamente no se pueden fabricar. No se gustaban, y ya está. Nada de eso importa en sus películas, sin embargo.

En el típico argumento de una comedia screwball tenemos una historia de amor que ha de superar varias dificultades en forma de malentendidos, intromisión envidiosa de terceros o accidentes inesperados; no son, cabe decirlo, películas románticas. El melodrama está ausente y el humor predomina de manera hegemónica. Los obstáculos que enfrenta la pareja son hilarantes cuando no directamente absurdos. Nada irreparable está en juego y el espectador se deja seducir por lo inocuo del conflicto. El público de aquella época sabía perfectamente lo que estaba poniendo de su parte y la autosugestión voluntaria del espectador era parte del juego cinematográfico. Nadie necesitaba que una historia fuese creíble, porque no iban al cine a ver representada su propia vida. No había Twitter y el egocentrismo del ciudadano medio no llegaba a los límites psiquiátricos de la actualidad. Sombrero de copa, como tantas películas de aquellos años, es como una función en la plaza del pueblo. Uno la ve sabiendo que es todo un artificio y que precisamente en ello reside su encanto. En la actualidad, el escapismo puro es algo que casi no existe en el cine de Hollywood. Hasta las películas de superhéroes pretenden proyectar una imagen de «oscuridad» y «profundidad»; ya hace años desde aquella muestra modernizada y mutante de screwball que fue Algo pasa con Mary.

En Sombrero de copa, (cuyo argumento se parece mucho al de la anterior película de la pareja, La alegre divorciada) Astaire interpreta a un famoso bailarín que se pone a ensayar zapateado en su habitación de hotel, despertando a la huésped del piso inferior, que sube para protestar. Por supuesto, ella es Ginger Rogers. Y, por supuesto, él se enamora al instante, iniciando un incansable juego de seducción que incluye una absolutamente fantástica secuencia de baile en un quiosco. La lluvia ha obligado a Rogers a quedarse y escuchar las zalamerías de enamorado del pesado de Astaire. Pero, ah, bailan juntos, y eso lo puede todo. Este número de baile es fascinante porque la pareja demuestra que no necesitan nada más que caminar para demostrar que estaban hechos para bailar el junto al otro. Podían caerse mal, podían tener una relación fría que mantenían por interés profesional, pero a la hora de bailar ante una cámara no ha vuelto a haber una pareja como la que formaban ellos:

En el mismo momento en que Astaire consigue que ella se interese por él y se siente en el séptimo cielo, llega el «problemón» típico del screwball: ella malinterpreta lo que le cuenta una amiga, a la que toma erróneamente por esposa de Astaire, y cree que ha sido seducida por un hombre casado. Disgustada, lo abofetea en cuanto lo ve, ante la comprensible estupefacción del abofeteado. Luego abandona el hotel con rumbo a Italia, dispuesta a casarse con el italiano menos italiano, y a la vez más italiano, que hayan visto ustedes en una película (su frase de cabecera «para los hombres la espada y para las mujeres un beso» es tan adorablemente ridícula que debería decirla más veces). Astaire ya sabe que Rogers es el amor de su vida, así que trastoca su agenda, para horror de su agente, y la sigue hasta Italia para desfacer el entuerto. No hay más; ese es el argumento. Que, por supuesto, es absolutamente lo de menos. El meollo del guion son los diálogos típicos del estilo, llenos de réplicas ocurrentes y juegos de palabras, muchos de ellos intraducibles. No es una película escrita para sorprender.

El éxito de la pareja Fred Astaire y Ginger Rogers se explica en cualquier instante donde compartan plano. Sabiendo que se detestaban y que tenían que ensayar juntos los bailes, con las horas que eso conlleva, es alucinante cómo consiguen desmenuzar hasta el más minúsculo átomo de mal rollo desde el instante mismo en que la cámara empieza a rodar. No solo en los bailes, sino en los diálogos. Me explico: cuando discuten en una escena, no parecen dos actores que se lleven mal dejando que eso se note en pantalla, que es lo que harían dos actores «del método». Al contrario, parecen dos actores que se llevan bien pero que fingen que se llevan mal para interpretar la escena. Suena raro, pero es así. No se percibe el más mínimo atisbo de tensión real. A eso se llama profesionalidad y talento. Ellos, como el resto de gente que manufacturaba estos largometrajes, estaban curtidos en el oficio, sabían exactamente lo que el público esperaba de ellos, y se esforzaban por ofrecerlo sin una mácula. Desde el punto de vista técnico, no hay película perfecta. Pero aquellos largometrajes transmiten una falsa sensación de ser inmaculados, sin tacha. Por un lado, había muchos ojos mirando durante el rodaje; equipos de gente que trabajaban en todas las películas del mismo estudio y que habían interiorizado cada método, cada truco, cada recurso. Por otro, estaban diseñadas para hipnotizar al espectador con un ritmo endiablado que apenas permitía fijarse en los detalles, y con una estética que mantenía a la mente ocupada. Cada cambio de vestido de la protagonista, cada vez que el protagonista llevaba un traje nuevo, cada nuevo decorado, hacía que el subconsciente del público tuviese continuamente material que analizar. El embrujo sigue funcionando hoy, en esta y en otras películas similares.

Sombrero de copa es básicamente una comedia ligera con algunos números musicales en ella. Nunca he sido un gran aficionado a los musicales que interrumpen demasiado la acción. Aquí no hay muchos números musicales, pero todos ellos son memorables. En particular, claro, aquel en el que la pareja protagonista baila al son de una de las mejores canciones de todo el siglo XX, «Cheek to Cheek».

Hablemos del tercer arma secreta del largometraje, el legendario compositor Irving Berlin. Por entonces, Berlin ya tenía en su haber unos cuantos éxitos, incluyendo varias canciones que pasarían al acervo colectivo estadounidense, como el himno extraoficial «God Bless America», que escribió durante la I Guerra Mundial. Era un profesional respetadísimo y exitoso; aun así, vivía plagado por inseguridades que solo él entendía del todo. Por ejemplo, estaba acomplejado por el hecho de no saber leer ni escribir música; componía sentado al piano, que había aprendido a tocar de manera autodidacta, y dictaba las composiciones a personas que cobraban por plasmarlas en el pentagrama. Después, otros músicos se ocupaban de las orquestaciones, que Berlin nunca hubiese podido escribir por sí mismo, no con la rapidez requerida. Su sistema de trabajo no le había impedido convertirse en uno de los grandes compositores de melodías del país. Pero, incluso después del éxito, le seguía preguntando a sus amigos si debía recibir una educación musical más formal; uno de ellos, ante la cuestión de ponerse a estudiar los fundamentos teóricos de la composición, le aconsejó que no lo hiciera, porque era precisamente su enfoque instintivo lo que había hecho de él un autor diferente (aunque muchos compositores de éxito eran musicalmente iletrados, Berlin era quizá el más notorio). Cuando se puso en marcha la preproducción de Sombrero de copa, Berlin seguía carcomido por las dudas que lo acompañaron durante sus ciento un años de vida (sí, superó el siglo de existencia; no todos los músicos neuróticos mueren jóvenes). Aunque había trabajado mucho en cine, llevaba varios años alejándose de la pantalla y no tenía demasiadas ganas de ponerse a escribir una banda sonora. Astaire, que lo conocía bien y con quien se profesaba un mutuo respeto, insistió. Berlin, que disfrutaba componiendo para la voz del actor, aceptó. Eso sí, no sin asegurarse un jugoso cheque y un porcentaje de beneficios en caso de que la película tuviese el éxito esperado. Era neurótico, pero no idiota.

«Cheek to Cheek» nació en una habitación de hotel mientras Irving se sometía a su habitual disciplina de trabajo. Desdeñoso del concepto de inspiración con el que fantasea el público en su visión romántica y fantasiosa de los artistas, Berlin componía como si fuese un boxeador entrenando para un combate: cada día se obligaba a terminar una canción como mínimo, música y letra, y a veces más. Nunca truncaba ese ritmo. Confiaba en que de todo ese trabajo le permitiese acumular suficiente material como para filtrar lo mediocre y quedarse con lo bueno, y desde luego fue un sistema que siempre le dio extraordinarios resultados. Pues bien, una noche, mientras tocaba ideas junto a su asistente, que se encargaba de preparar su piano y anotar las partituras, Berlin cantó el inicio de una nueva canción: «Heaven…», a lo que su asistente respondió canturreando tres notas descendentes. Berlin siguió: «I’m in heaven…», y el asistente repitió las tres notas. Encantado, Berlin se detuvo de inmediato y dijo: «Me encanta. Escríbelo». El asistente anotó la idea, Berlin terminó el resto de la canción, y bueno, no sé qué debió de sentir cuando la terminó —quizá nada— pero había parido una de las melodías más bellas de todos los tiempos.

La canción debía servir para el número de baile principal de la película. Astaire, como estrella principal y señor del cotarro, era el responsable último de esos números. Debía dar el visto bueno incluso a los vestidos que Rogers iba a usar para bailar. Por lo general Rogers usaba el vestido definitivo solo en los últimos ensayos; si requería alguna modificación de última hora por motivos estéticos o de comodidad, tenían a todo el departamento textil de RKO Pictures (un diseñador y un equipo de costureras que hacían guardia cual destacamento militar) para efectuarla. Aquella vez, sin embargo, Rogers había tenido una idea para el vestido y deseaba diseñarlo y confeccionarlo ella misma. Lo hizo, y su vestido sería el que aparecería en la película. Estaba repleto de plumas vaporosas, pero no lo usó en los ensayos, llevándolo directamente al rodaje. Cuando empezaron a bailar las plumas comenzaron a soltarse, volando por todas partes. Eso obligó a posponer la filmación de la secuencia. Astaire, que después describió la visión de las plumas como si «una gallina estuviese siendo atacada por un coyote», perdió la paciencia y provocó una reacción en cadena: primero, empezó a gritarle a su compañera. Rogers se echó a llorar. Aquellas lágrimas detonaron el siguiente suceso: desde detrás de las cámaras apareció la madre de Rogers —el coreógrafo, que lo contemplaba todo atónito, dijo que la madre de Rogers era «como un rinoceronte protegiendo a su cría»— para poner a Astaire en su lugar. El momento de tensión se resolvió cuando el estudio propuso que el equipo de costura se pasara la noche cosiendo las plumas para que no se soltasen con tanta facilidad. Así, el rodaje pudo volver al estado natural de civilizada antipatía entre los dos protagonistas; en adelante, Astaire se referiría a Rogers como «plumas», y le obsequió un broche en forma de pluma para finiquitar el encontronazo. Aunque el vestido aún soltó algunas de aquellas plumas en la toma definitiva —no suficientes para que Astaire perdiera los nervios otra vez—, lo cierto es que Rogers había acertado con el diseño.

Nada de eso importa, sin embargo, cuando vemos la extraordinaria secuencia de baile, envuelta por una de las mejores canciones que se hayan escrito. No importan las peleas entre bastidores ni la fría relación entre los dos protagonistas. No importan la Gran Depresión ni las guerras, ni los problemas de usted, ni los míos. Es aquel cine hecho para que, mientras funcione el motor del proyector, todos seamos felices.


El grafiti más caro de la historia

Una mujer observa una obra de Jean-Michelle Basquiat, 2006. Fotografía: Stefano Rellandini / Cordon.

Quizás los nombres de Jean Michel Basquiat, Keith Haring o Kenny Scharf no les digan nada, pero fueron tres de los grafiteros más famosos del siglo pasado. Con seguridad habrán visto decenas de veces sus obras en revistas, películas de Hollywood, camisetas, tazas, o recuerdos de museo. Basquiat, muy amigo de Andy Warhol, falleció en 1988 a los veintisiete años, a consecuencia de su adicción a la heroína, una sobredosis le arrancó la vida; Haring murió con treinta y dos años por complicaciones derivadas del sida que padecía en 1990; por suerte para sus fans y para él mismo, Scharf, enamorado de Los Picapiedra de Hanna-Barbera, rompió la mala racha de sus colegas y continúa vivo, trabajando en coloridos proyectos sobre paredes y museos a sus nada desdeñables sesenta años.

¿Talento artístico o vandalismo? Mi profesor de arte contemporáneo les diría que todo depende de la voluntad del creador con minúscula; pero los límites del street art en cualquiera de sus manifestaciones: grafiti, fanzines, guerrilla TV, performance, Net.Art… se diluyen hasta la polémica más feroz. La batalla se libra entre detractores intransigentes que solo advierten pintadas salvajes, o acérrimos defensores que presumen de conocer una forma de arte exquisito, con un toque subversivo, un aderezo urbano y, en más de una ocasión, un claro tufo a ilegal.

Pero, ¿qué mueve a alguien a pintar sobre una pared? Sorteando las mágicas pinturas rupestres de las catedrales prehistóricas y plantándonos de un colosal salto en cualquier plaza de la antigua Roma, habría que preguntarle la intención a esos primeros grafiteros documentados por la historia; aquellos ciudadanos romanos que rayaban las paredes el término «grafiti» proviene precisamente del italiano «graffiti», y este del latín «scaripharei», rayar con un punzón una superficie para dejar inscripciones o marcas, a menudo satíricas en contra de la autoridad de turno; anuncios de diversos servicios, no siempre pudorosos; o simplemente grabando notas poco ingeniosas del tipo «Marco estuvo aquí». La versión moderna del grafiti que se puso de moda en los años sesenta, y debió impulsar la industria de los espráis de pintura, no se aleja demasiado en su esencia de la del Imperio. Con distintos medios pero similares motivaciones y, siendo justos, sublimándose para convertirse en algunas ocasiones en legítimas obras de arte. Desafortunadamente, limpiar todo lo que no es arte supone a los ayuntamientos un montante considerable, dinero que se podría dedicar a cuestiones más sustanciales que lustrar firmas rocambolescas, o eliminar la versión actual del «Marco estuvo aquí»… pura trascendencia.

Dicen los antropólogos que cuando todas nuestras necesidades básicas se encuentran satisfechas, comienzan a florecer los menesteres espirituales y de autorealización. Entre todos ellos, la búsqueda  de la trascendencia es el pináculo de las aspiraciones del ser humano, una forma de comunicarnos íntimamente con quienes no pertenecen a nuestro tiempo lo que Marco quiso hacer con su arqueografiti. Muchos la comparan, con permiso de Abraham Maslow, con una estrella centelleante en el vértice de su popular pirámide, coronándola, por encima del respeto, el amor o la amistad, la creatividad, e incluso por encima de la moralidad o la ética. Algo que no tiene precio.

Puestos a cuantificar esta búsqueda de sobrevivir a los tiempos, podríamos preguntarnos cuál ha sido el grafiti más caro de la historia. No es necesario remontarse a la antigüedad clásica, los tiempos de los panteones hindúes, o de los palacios renacentistas. A penas hay que viajar unos años atrás, justo cuando los grafiteros Basquiat, Haring y Scharf salían de la escuela secundaria abrumados por mensajes publicitarios y con las caras pegadas a sus televisores observando boquiabiertos la carrera espacial. Por entonces el programa Apolo estaba en pleno apogeo y la NASA era una perfecta maquinaria de fabricar héroes genuinamente americanos: los astronautas, militares escogidos entre los mejores de los mejores. Audaces, templados, inteligentes y capaces de aguantar sin desmayarse en una endiablada centrifugadora humana, junto a otras muchas pruebas que ponían al límite sus aptitudes físicas y mentales, más propias de los superhéroes de la factoría Marvel que de los seres humanos.

En total hubo veintidós misiones Apolo, con treinta y dos hombres asignados a ellas, aunque solo doce de ellos llegaron a caminar sobre la superficie lunar son demasiados nombres como para poder recordarlos todos, salvo que se sea un auténtico friki de la National Aeronautics and Space Administration. Sin embargo, cualquiera que sea medianamente veterano o haya leído un par de libros recordará la tripulación del Apolo XI, la primera en pisar la Luna: Neil Armstrong, Edwin E. Aldrin, apodado Buzz, (como Buzz Lightyear de Toy Story) y Michael Collins, que no alunizó, pues era el encargado de llevar de vuelta a casa a sus compañeros de viaje. Sus imágenes llenaron los informativos y las revistas de medio mundo. Sus efigies aparecieron en sellos postales, pósters, banderines también en camisetas y tazas de museos y con sus nombres se construyeron colegios, rotularon calles e institutos de investigación. ¿Qué fue del resto de astronautas? Andrew Smith, en su libro Moondust editado en España por Berenice con el título Lunáticos, narra muchas de las luces y las sombras que acompañaron a los intrépidos moonwalkers al regresar a la Tierra. Y es que ¿a dónde más puedes ir una vez que has estado en la Luna?

Mucho menos célebres fueron los componentes del Apolo XVII, la última misión del programa Apolo: el comandante Eugene Cernan, Ronald Evans el único científico que ha pisado la Luna, y el piloto Harrison Schmitt. El comandante Cernan, Gene como solían llamarle, fue el último hombre que puso un pie nuestro satélite. Gene era tremendamente competitivo, un americano auténtico de padre eslovaco y madre checa, un hijo único nacido en Illinois la mayoría de los astronautas eran hijos únicos o primogénitos,  con una carrera notable como piloto naval de los que aterrizaban reactores en diminutos portaaviones, ingeniero eléctrico, ingeniero aeronáutico y piloto de combate. A él se le atribuye la fotografía conocida como «la canica azul» donde la Tierra parece una preciosa y pequeña esfera de cristal. Tiene también el mérito de haber recorrido más de treinta kilómetros recogiendo muestras geológicas por la superficie lunar en el Rover. Por entonces estaba casado con la que fue su primera esposa, Barbara Jean Atchley, una encantadora azafata de Continental Airlines con la que tuvo una hija, Tracy. Gene le prometió a la pequeña que le traería una diminuta roca, algo que no pudo hacer a pesar de que cargaron con más de cien kilos de minerales; o un rayo de luna, algo que tampoco pudo atrapar por razones obvias. Pero el comandante de la misión Apolo XVII no volvió a casa con las manos vacías, le hizo el regalo más insólito que haya hecho cualquier padre a un hijo, en realidad cualquier ser humano a otro. Cuando, en mitad del lejano páramo alejó el vehículo para que pudiera grabar las imágenes del despegue, se agachó y con su dedo dibujó sobre el polvo lunar «TDC», las iniciales de su hija, Tracy Dawn Cernan.

El programa Apolo costó a los contribuyentes al menos veinticinco billones (americanos) de dólares del año 1972, mucho, muchísimo dinero. Los astronautas estaban perfectamente entrenados y seguían protocolos grabados a fuego para cada situación que se pudieran encontrar; pero ningún equipo de ingenieros reparó en la dimensión trascendental del ser humano. A Gene, sentado en el porche de Dios según sus propias palabras solo se le ocurrió hacer un grafiti con las iniciales de su pequeña Tracy a la que había prometido un rayo de luna. Podría haber escrito cualquier cosa, estaba completamente solo en el lugar más inhóspito que cualquier explorador haya visitado, y no escogió su nombre, sino el de la portadora de algunos de sus genes. Aun sin intención artística, hay quienes no pueden resistirse a garabatear sobre la arena húmeda; o, lápiz en mano, dibujar ensoñaciones sobre un papel. Conociendo que pronto volverán las olas a borrar los trazos efímeros y que el papel acabará en la destructora de la oficina. Sin embargo, el dibujo de Cernan habrá conseguido su objetivo trascendente. Cuando ni nosotros ni los hijos de los hijos de nuestros hijos estén en este mundo, el nombre de Tracy, gracias a la falta de fenómenos de erosión en la Luna, continuará iluminado bajo un perfecto firmamento por los siglos de los siglos. Mientras los jovencísimos Jean Michel Basquiat, Keith Haring o Kenny Scharf fantaseaban con pintar sobre los muros levantados por nuestra civilización, el último hombre en la Luna soñaba con Dios y dibujaba el grafiti más caro y lejano de la historia.

Gene Cernan recogiendo muestras en la Tracy’s Rock. Fotografía: NASA (CC).


La autoestima y su reverso tenebroso

Fotografía: Unsplash (CC0).

Uno de los conceptos centrales en la era del yo es el de la autoestima. Como muchos términos científicos del ámbito psico, experimentó una gran difusión en la cultura popular. Por todos lados parece que se apuesta a favor de nuestra autoestima. Aunque uno se lo proponga, resulta muy difícil esquivar los mensajes que nos empujan a querernos más y mejor. ¿Y cómo quejarse de eso sin parecer un amargado o un rencoroso? ¿Quién puede estar en contra de reforzar la autoestima de los demás? Estos enunciados hiperpositivos esconden una trampa, como cualquier proposición que no admita réplica por ser totalmente positiva.

Durante mi residencia de psiquiatría una de mis maestras me dio un consejo que no pude apreciar completamente en su momento, pero que cada vez me ha parecido más sensato. Ante mis ansias polemistas y guerreras a nivel teórico, me aconsejó «intentar encontrar siempre la intención positiva del concepto, incluso rechazándolo». Desde entonces, siempre que mi mente repudia categóricamente algo, intento ponerme en el lugar de las personas que lo pensaron. Ningún concepto o teoría es un completo despropósito sino que generalmente surgen con una cierta intención de mejora y progreso. Pero, claro, por múltiples motivos algunos conceptos o constructos se convierten en auténticos agujeros negros de consecuencias no previstas, muchas de ellas negativas. Algo de esto ha sucedido con la autoestima. Nació con una pretensión de otorgar un estatus científico al amor propio, pero se ha convertido en un gigantesco coladero con el que poder justificar ante los demás actitudes de aprobación incondicional o bien de independencia extrema. La AE ha evolucionado —en gran medida contra las pretensiones iniciales de quienes la definieron— como un pretexto para no sentirnos mal rechazando al otro. Ha ido soltando el lastre de cualquier limitación o negatividad para convertirse en una agrupación de cualidades positivas que permitan una alta competencia social.

Parte de esta evolución es debida a la propia estructura del término. Se suele decir que la AE es el componente valorativo del autoconcepto. Este último es definido en el ámbito de la psicología cognitiva como el conocimiento y las creencias que el sujeto tiene de sí mismo en todas las dimensiones y aspectos que lo configuran como persona. Se trataría de este modo de una descripción supuestamente objetiva de la persona sobre sí misma  —mentira, ya que todos hacemos trampas al solitario— que daría lugar posteriormente a una valoración emocional o etiqueta evaluativa, la AE.

Entrar en las razones por las cuales la AE colonizó todo Occidente nos llevaría demasiado lejos. Sí que es importante observar cómo en la historia de las ideas psicológicas tenemos que dar la razón a Marx cuando decía a quien quisiera escuchar que los grandes sucesos históricos aparecían primero como tragedias y después como farsas. El psicoanálisis freudiano es profundamente trágico, hijo de una época en la que el imperialismo de la razón daba sus últimos coletazos. Definió un sujeto-héroe clásico rehén de un destino inconsciente. A caballo entre Edipo y Narciso. Freud nunca pretendió otra cosa que ser un científico natural, aunque a veces pueda parecer lo contrario. La tragedia fue iluminar los aspectos inconscientes de la mente y la resistencia feroz que ello generó en cuanto que supuestamente devaluaba la ratio y al ser humano. Hubo enfrentamientos teóricos fabulosos, traiciones, herejías. Pero la polémica acabó amainando y la sociedad hizo un pacto de silencio con los descubrimientos psicoanalíticos. Se pasó del rechazo furibundo de lo reprimido inconsciente a asumir que el nuevo sujeto occidental debía ser un sujeto liberado, emancipado, empoderado. He aquí la farsa, no en el sentido de engaño sino en el de comedia. Este proceso de conversión fue fantásticamente descrito por Adam Curtis en su documental El siglo del Yo.

De alguna manera en la sociedad se convirtió la tragedia íntima de la represión psicosexual en la comedia de la liberación. El sujeto tenía que estar liberado de todo tipo de cadenas, pudores, vergüenzas y limitaciones. Estaba naciendo el sujeto total, que únicamente goza. Es verdad que ciertas corrientes del psicoanálisis —generalmente norteamericanas— contribuyeron alegremente a este proceso, mientras que otras lo combatieron de forma activa. Pero la sociedad aceptó en gran medida lo inconsciente al precio de convertir el proyecto psicoanalítico de liberación en una farsa. Y en esas estamos cuando hoy en día aparecen imágenes en TV de una pareja haciendo el amor en el metro a la vista de todos y dicha acción es considerada por cierta izquierda como un acto de liberación, como una respuesta a la opresión. Pero, al mismo tiempo, se ha producido una privatización a la fuerza del espacio y la mirada pública, un avasallamiento del otro. ¿Cómo denunciar ciertos actos profundamente agresivos y realizados en nombre de la autonomía y el empoderamiento sin caer en un ánimo represor? He ahí el problema en el que cae frecuentemente el ciudadano que se pretende ilustrado. Y, por cierto, he ahí una de las trampas de la socialdemocracia. Falta en la sociedad andamiaje teórico que sostenga la importancia del vínculo con los demás. El sujeto político de las democracias liberales ha caducado. Desgraciadamente, están siendo los partidos políticos populistas quienes lo han recuperado a su manera disparatada. En este tipo de escenas se produce la pinza perfecta entre represores y liberados, en tanto ambos vienen a evacuar cualquier consideración hacia los otros. Los primeros, en nombre de la ley y las tradiciones; los segundos, en nombre del sujeto y el progreso. El problema es que la libertad, como sostiene Byung-Chul Han, es una palabra relacional; uno se siente libre en una relación lograda, en una coexistencia satisfactoria.

Todo lo anterior no es más que uno de los factores que dan cuenta de esta transformación del sujeto, de la represión a la liberación prácticamente sin solución de continuidad. Maslow y su simplista jerarquización de las necesidades humanas dio el espaldarazo definitivo a la autoestima. La situó del lado de la autorrealización y siempre por encima de la necesidad de aceptación social, de seguridad y de las necesidades fisiológicas. A día de hoy ya se ha rechazado esta visión teocrática y cartesiana de las necesidades humanas, pero no es menos cierto que sigue marcando la mentalidad actual. Maslow y Rogers comenzaron a difundir la aceptación incondicional del cliente-paciente. Se asumía que los problemas psicológicos se derivaban del sentimiento de autodesprecio e indignidad, lo cual habría que erradicar mediante respeto, estimación y amor hacia el cliente. Imposible oponerse a esto, ¿verdad?

Fotografía: CC0.

De este modo se sentaron las bases para la explosión de la autoestima, que tuvo lugar en los años ochenta. De forma muy progresiva, los otros significativos en la vida de cada uno fueron desalojados. Mejor dicho, podían permanecer mientras fueran meros espectadores que estuvieran de acuerdo con la valoración que el sujeto hacía de sí mismo. Si la valoración de los otros significativos no encajaba con la del sujeto, dichas personas eran expulsadas porque entorpecían el desarrollo de una alta autoestima. Se dejó atrás un ideal de salud en el que la persona se acepta tal y como es, la verdadera autoestima. Y se evolucionó a un ideal de persona-compendio de cualidades positivas, que excluía cualquier negatividad o limitación. El empresario de sí mismo. Es por esto que Han comenta que hoy mucha gente ya no busca en sí mismo pecados sino pensamientos negativos. La valoración de sí mismo perdió todo rigor para convertirse en un cajón de sastre donde meter todo aquello que supuestamente impulsa al sujeto. Nada de autoaceptación, ¿qué tienen que ver mis relaciones con si yo me quiero o no? Había que jugar a la ruleta. O tienes una alta autoestima o eres un perdedor. Uno de los personajes que mejor ha encarnado esta lógica endiablada es el de Jake Gyllenhaal en Nightcrawler, quien navegaba continuamente entre esos dos extremos, pero siempre desde el rechazo frontal al otro-competidor-enemigo.

Sin pretenderlo seguramente, la autoestima se ha convertido en una ruta que muchas veces acaba en el aislamiento. Parte del desastre se debe a la extirpación académica de lo inconsciente y la erogeneidad, lo que nunca va a encajar del todo en nuestra vida. Afortunadamente, las últimas teorías científicas y disciplinas como el neuropsicoanálisis lo han recuperado para el debate. Cuando se equipara vida psíquica a conciencia y voluntad, se tensionan las relaciones de forma insoportable. De este modo, o uno se ata a las valoraciones que hacen los demás de nosotros o impone sus propias valoraciones de sí mismo a los demás. Cara o cruz, actividad o pasividad. La autoestima como lucha supone una reactualización moderna de la parábola hegeliana del amo y el esclavo. Ambos luchan a muerte por ver quién somete a quién. Como se diría hoy, quién tiene baja y alta autoestima. No hay mejor ejemplo de ello que un anuncio en TV de estos días de una conocida marca de automóviles, según el cual la gente se divide solamente —para qué otras consideraciones— en «dos clases de personas, los pilotos y los copilotos, los que llevan las riendas y los que no». Amo y esclavo en toda su crudeza, para que luego digan que la filosofía no sirve de referente. El inconsciente no es una oculta caja de mierda —crítica pertinente al psicoanálisis clásico que se le ha hecho en otras épocas— sino precisamente aquello que no encaja, aquello que nos vincula con otros sin saber muy bien por qué, aquello que se resiste a ser atrapado por el yo. El psicoanálisis moderno ha pasado de entender lo inconsciente como lo malo debajo de la alfombra a algo más vivo, algo que nos une a los otros o al pasado de forma autónoma, algo que ya no está solamente en la mente de uno.

La autoestima llevaba en sí misma el potencial desarrollo negativo que aquí tratamos. Es uno de los constructos que más ha contribuido al surgimiento del individuo que se explota a sí mismo, en aras de la positividad total. En los manuales de educación se considera en gran medida que la identidad se basa en el autoconocimiento. Sin ánimo de querer cargar excesivamente contra ellos, es fácil comprender que eso es falso a todas luces. La identidad es un proceso que tiene lugar tras la incorporación de otras personas significativas, que actúan como modelos identificatorios, muchas veces de forma inesperada para el sujeto. ¿En serio alguien fanático del Barça cree que su identidad tiene que ver con un autoconocimiento total de las razones por las que se siente culé? De ninguna manera, es algo que sale de las tripas, de lo afectivo-inconsciente, de experiencias interpersonales tempranas que le marcaron.

Evidentemente hay una intención positiva en tales manuales y pautas pedagógicas. Pero esa forma de ver la realidad puede llegar a suponer una auténtica cárcel mental en tanto que «la respuesta que una persona da en las diferentes situaciones de su vida depende de lo que piense de sí misma […] nuestra manera de relacionarnos, el modo en que nos enfrentamos a las nuevas situaciones y estímulos, incluso nuestra apariencia externa… todo llevará el sello de ese juicio». ¡Vaya presión hacia el sujeto! Tú eres el responsable de tu suerte, porque tú eres el responsable de tu autoestima y si te va mal en la vida, es que tú no te quieres lo suficiente. Mensaje repetido de forma compulsiva en los últimos años como todo el mundo sabe, especialmente en los manuales de autoayuda más chuscos. He ahí los efectos de extirpar el vínculo inconsciente con los otros y asimilar sujeto=conciencia. En otro manual para educadores se considera que «la autoestima es una experiencia íntima que habita en mi interior: es lo que yo pienso y siento respecto a mí mismo, no lo que otra persona siente y piensa respecto a mí». De ahí a la consideración del otro como enemigo y amenaza a mi autoestima hay solamente un paso. Para ser honesto, en estos manuales se intenta siempre considerar la dignidad de las personas, pero no es menos cierto que se abusa de fomentar la adquisición de identidad a toda costa, lo cual siempre tiene lugar por exclusión de los demás. No hay nunca definición e identidad sin descarte de otros elementos. ¿Por qué hay que tener tan claro quién es uno? ¿Alguien me puede decir qué aporta eso?

De este modo se dio vía libre al refuerzo de la autoestima, que saltó desde la psicología a la pedagogía y de ahí a la calle. Si hay problemas, son de falta de amor propio y demasiada sumisión a la valoración de los demás. Independencia a toda costa. O el vínculo con los amigos y demás familiares ayuda a construir una alta autoestima o debe ser erradicado porque lastra al niño. ¿Y dónde encaja el humor en todo eso? O el humor es solamente positivo o también sobra. Todos los compañeros del colegio nos poníamos motes, nos reíamos un poco del profesor que se atoraba con la informática, calentábamos la punta del boli Bic rayándolo a saco contra la mesa para después quemar al compañero de al lado, dibujábamos barbaridades sexuales en el libro del compañero que se tenía que levantar a escribir en la pizarra… Yo no sé si eso fomentaba mi autoestima… pero desde luego me hacía sentirme vivo y conectado, amén de descojonarme. «La autoestima es de nosotros, reside en nosotros y se refiere a nosotros». ¡Toma ya!  Básicamente los demás no pintan nada, excepto para ver el espectáculo. El lazo con los demás se convierte en irrelevante porque nunca es utilitarista, si es genuino. El puro placer de sentirte conectado con otra persona, de conversar por conversar, de reírte con y de alguien, de hacer el payaso, de soltar una maldad, de disfrutar haciendo el amor, de lograr quedarte en silencio con un amigo sin comerte la cabeza, de olvidarte de ti un rato cuando se está en grupo… todo se puede llegar a convertir en amenazas a la autoestima. ¿Por qué? Porque son actividades que nos vinculan, que nos amarran al otro en el buen sentido y que… nos ponen a su merced. Alta autoestima ha sido convertido en sinónimo de no estar a merced de nadie. A esto se refería Houellebecq con la Ampliación del campo de batalla.

Bajo el paraguas del refuerzo de la autoestima se han legitimado socialmente relaciones tremendamente asfixiantes. ¿Si estoy reforzando el amor propio del niño… por qué debería tener algún límite? Pensamiento que, por cierto, hace muy complicado frustrarle, no vaya a ser que se lesione su autoestima. Se ha exacerbado la expresión de los sentimientos amorosos hasta la náusea, hasta convertir el amor en muchos casos en una auténtica parodia. En psicoanálisis es bien sabido que una de las rebeliones más exitosas no es la lucha sino precisamente la parodia, la farsa, lo grotesco. Ahí tenemos a los rebeldes idiotas de la película de Lars Von Trier como uno de los ejemplos más bellos. No hay más que pensar en un conocido programa de radio que se ha convertido en una auténtica fábrica de psicopatología, de sufrimiento futuro tapizado con emocionalidad pornográfica. En dicho programa, el locutor —que pasó de instigar frikis a la ñoñería más ordinaria, no es casualidad— llama por ejemplo a una niña pequeña y le pasa el mensaje de su padre, quien le dice entre llantos e hipos a la niña cosas del pelaje de no sé qué haría en mi vida sin ti, eres el centro de mi vida, me levanto todos los días por ti, me has salvado la vida, etc. Esto supone una crueldad extrema en toda regla y un acto de egoísmo salvaje en tanto extirpa a los niños uno de sus derechos más fundamentales, el de vivir despreocupados de las cosas de los adultos. Como haríamos todos, la pobre niña se creerá que efectivamente es el centro de la vida de su padre y otras patrañas semejantes, llenando su pequeña vida de prematuras angustias, tristezas y tensiones. ¡Todo sea por el amor! ¡No puede haber nada malo en el afecto!

Fotografía: Edward Zulawski (CC).

Hay que prestar especial atención al hecho de que los teóricos de la autoestima la consideran una respuesta afectiva a los pensamientos relacionados con el autoconcepto. Nuevamente una falacia científica —la idea falsa de que la corteza cerebral controla arriba-abajo los afectos y los procesos corporales— que ha sido refutada hace tiempo desde diferentes disciplinas.  O sea, los afectos de la persona son producto y nada más de los pensamientos que ella tenga de sí misma. Pero la verdad es bastante diferente, de modo que los afectos están muy relacionados con las expectativas y las pretensiones que tenemos hacia alguien. Pero nuevamente esto no ha llegado a los reforzadores de la autoestima… si el niño está triste, es que no se quiere lo suficiente, ergo hay que insistir en la autoestima y apartar relaciones tóxicas que perturben este proceso.

Volviendo a la carga negativa de la AE, es fácil ver los efectos destructivos que está teniendo en las familias. Como decíamos antes, se ha convertido en uno de los principales legitimadores de las relaciones de exclusividad total. Se puede dar la matraca al niño o niña sin freno porque lo hacemos por su autoestima, ahora los padres pueden presentarse ante los hijos como todo amor. Contra lo que se pueda pensar y los diagnósticos apocalípticos tertuliano-cuñadistas, la familia nunca ha tenido antes el poder casi ilimitado del que goza hoy en día. En otras épocas los padres se veían obligados a compartir la crianza con otras instituciones: club social, otros padres, ateneo, iglesia, bar del pueblo, club deportivo, etc. Esto no quiere decir que en aquellos lugares todas las opiniones fueran acertadas, pero implicaban de facto un elemento más con derecho a opinión. Un freno ante el atosigamiento familiar. De igual manera que una pareja a veces se desangra en discusiones infinitas precisamente porque falta un tercer elemento que pueda hacer de mediador y freno. Siempre nos cortamos un poco cuando hay otro ojo mirando. Gran parte de las cansinas polémicas educativas tienen que ver con que precisamente no se acepta la influencia emocional que puede tener un profesor, al que se trata de reducir a un paria suministrador de pura información cognitiva. Aceptar que el niño desarrolla un vínculo afectivo con él implica la idea de compartir crianza y tolerar la no exclusividad, tolerar la presencia de un tercer foco. Hoy en día esto se acepta… malamente. La AE ha propagado la idea de que nuestros hijos deben ser extensiones nuestras, y punto. No deben tener otras identidades, nadie más debe influir. El hecho de que el poder de la familia actual prácticamente sea ilimitado en ese sentido —líbreme Dios de decir algo en contra del sacrosanto derecho de las familias a la crianza completa— es uno de los factores que más daño está haciendo en los vínculos familiares. No hay paradoja aquí. La asfixia —la sobreprotección no existe, como me dijo otro maestro— es de tal calibre a veces que ello dinamita los sanos vínculos familiares.

Además de la familia, la explosión de la AE ha dado lugar a relaciones infumables, o tóxicas según se dice ahora. Esta es una de las razones por las que el humor —lo negativo homeopático— se proscribe y por las cuales la indignación generalizada llega a ser estomagante. El amor propio acaba siendo tan exagerado que cualquier maldad, chorrada, tontería se convierte en blanco de la ira. O el humor me hace quererme más y mejor, o debe ser acallado. Pero lo malo es que muchas veces nos reímos de aquello que va claramente en contra de nuestra moralidad, de nuestras convicciones o de nuestra tan preciada identidad. No se trata de tener la piel fina sino de la resistencia fanática a asumir cierta carga de negatividad inconsciente en uno. Ello equivaldría a tener baja autoestima. ¡No puede ser! En la explanada de lapidación virtual en que se ha convertido Twitter todo ello se lleva al paroxismo, a la épica. Aparecen como setas sujetos que se dedican laboriosamente a buscar causas para indignarse. Cuando uno se identifica con el amor, con lo bueno, lo positivo o con la gente, se da vía libre a crucificar al otro. Lo que implica que todo lo negativo está fuera, claro. Ningún trol tuitero piensa en sí mismo como indigno, equivocado o fanático. Y los efectos de esto se pueden ver en la calle, en los trabajos, en las amistades, etc.

Los vínculos humanos se resisten a ser clasificados como únicamente positivos, pero lo cierto es que, como animales sociales, necesitamos vínculos. Fomentar el ideal del sujeto charltonhestoniano que solo confía en sí mismo, que ve todo vínculo como sospechoso, que cree no necesitar nada de nadie es una barbarie, además de ser anticientífico. Denigrar los vínculos humanos no es aislar al sujeto, es amputar al sujeto. Que no nos extrañe entonces cuando el sujeto amputado, alienado, desvinculado, escoja opciones políticas extremas. Son las únicas desgraciadamente que han puesto la cuestión del vínculo en primer plano. De hecho, es la pura esencia del proyecto populista. Como ya dijo Freud, se trata del hombre fuerte que dará amor a toda su gente por igual, el que nos permitirá sentirnos hermanos otra vez. ¿Nos suena de algo últimamente? Por supuesto son patrañas. Pero, como estamos viendo por la fuerza de los hechos, las fantasías no dejan de tener fuerza. El resto de opciones políticas, desde la socialdemocracia clásica hasta el liberalismo contemporáneo, han dejado desierto este campo de juego, han escamoteado el debate convirtiendo al sujeto político en una pura abstracción, un ente etéreo —perdón por la cacofonía— que sobrevuela las relaciones humanas sin mojarse con nadie.

No existen cerebros ni mentes aislados, ni en la infancia ni en la edad adulta. Las perturbaciones graves de los vínculos de apego en la infancia pueden llegar a alterar el desarrollo estructural del cerebro. Hasta ese punto llega la importancia del vínculo. Es fácil reconocer la motivación positiva que albergaban los teóricos de la AE, pero lo cierto es que el omnipresente refuerzo de la AE ha degenerado en una parodia de alta autoestima, capacitación y positividad. El desarrollo de una alta autoestima —de un individuo que lo va a petar— se ha convertido en un fabuloso pretexto para dar carta blanca a relaciones irrespirables en las que un tercero externo se convierte sistemáticamente en el que viene a joder. ¿Cómo destacar la importancia del vínculo, cómo salir de la dictadura de la positividad sin caer en el cinismo?

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Para saber más:

  • M. González Martínez, «Algo sobre la autoestima. Qué es y cómo se expresa,» Aula, vol. 11, pp. 217-232, 1999.
  • «La Auotoestima,» de Colección Servicios Sociales. Serie Didáctica n.º 4, Logroño, Gobierno de La Rioja, 2002.
  • A. Curtis, The Century of the Self, 2002.
  • B. C. Han, Psicopolítica, Barcelona: Herder, 2014.
  • F. Castillejo y V. Arias, «Autoconcepto y autoestima», de Elijo ser educador: trabajando la motivación, Valencia, Fundación Amigó, 2008.
  • M. Houellebecq, Ampliación del campo de batalla, Anagrama, 1994.
  • S. Freud, «Psicología de las masas y análisis del yo», Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1921.
  • G. Clerici y M. García, «Autoconcepto y percepción de pautas de crianza en niños escolares. Aproximaciones teóricas», Anu Investig, vol. 17, Ene/Dic 2010.
  • P. Ortega Ruiz, R. Mínguez Vallejos y M. Rodes Bravo, «Autoestima, un nuevo concepto y su medida,» Teor Educ, vol. 12, pp. 45-66, 2000.


Addiction to gambling in the 21st century: Trading

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(Versión en castellano)

Automatic Trading Systems in sports betting and stock exchange operations

Among fans of American roulette, there are two types of players: those who bet with their hearts on the first number that crosses their minds, and those who, in order to win, study and practice gaming systems, sketching out complicated strategies and searching for the perfect algorithmsAmong the latter there is a sub-group whose members program roulette computer simulators to control the anxiety that causes them to have an idea for a winning method but not to have a casino nearby to put it in practice (that is just me.)

Gambling has always been a fundamental activity for human beings throughout their emotional and cognitive lives, as it makes social development possible and allows the learning of social roles and behaviors. Moreover, research shows that people feel attracted by risk and the possibility of somehow knowing the laws that govern it in order to dominate ‘chance’. This attraction is made particularly clear with betting.

There is a word that refers to a game as an entertainment activity: play. An entirely different word refers to the activity in which one risks something in exchange for the possibility of obtaining a profit: gambling.

Throughout history we have known plenty of recreational games related to betting. Many of them still practiced today, like dice and card games, or sporting events. Although new versions of games continuously appear, the Internet has made possible qualitative changes in the world of gambling. The changes are derived from the features of the Internet itself, such as its accessibility, immediacy and universality. The intrinsic characteristics of the Internet can turn a calm entomology fan with savings into a compulsive daily reader of sporting and economic newspapers, tirelessly in search of the magical statistical pattern that will make him win enough money to dedicate body and soul to his interest in insects.

Gambling can be an entertainment activity or it can become a serious problem for the people who practice it. When gambling is not fun anymore but turns into an addiction, it becomes a pathology. Gaming regulators are more or less sensitive to this conduct disorder, mainly due to the fact that gambling generates a lot of money for businesses that offer it. In order to balance the economic benefits with the addiction problems and/or public concern that addictive gambling behavior generates, the authorities impose a series of controls and requirements. Thus, for example, the way to display information about gambling, the prizes, how to calculate the duration of the games, means of payment, etc. are all established by regulations.

To avoid these controls and to provide gambling businesses with maximum economic benefit, the Internet has become the most suitable setting for this market. Having access to online gambling platforms allows players to choose the most convenient and least restrictive gambling venues; we are not conditioned by physical barriers and it is our option to play as much and as fast we choose. There is a single restriction in common with the traditional systems: our capital and/or our debt capacity.

Sport betting

In Spain, for a long time, the only sporting bets permitted have been football and horse racing pools. That system allows few gambling options since it is only possible to bet on a very small number of results — three, in the case of the football pools: the home team wins, there is a draw, or the away team wins. The most complex strategy for an expert of, say, the Spanish BBVA League[1], is to make double or triple bets with the consequent payments.

Mathematically, the probability of guessing 14 results correctly in the football pool is 1 in 4,782,469. That is far lower than the possibility of guessing the right numbers in the national lottery (before the share offer took place). In the ONCE draws (organized by the National Organization of Spanish blind people), the lottery offers a win probability of 1 in 100,000. The week of August 28, 2011, the 17 winners who correctly guessed 14 results obtained a prize of approximately €35,000 (the approximate amount paid for guessing the daily ticket correctly).

When betting online, however, the game options are countless. Not only can people bet on the famous 1-X-2 but they can also do it on the number of cards given during a game, the amount of corners or the exact result of the game — and we can do it before or even during the game. Furthermore, the options are not restricted to a particular sport or a certain country.

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Betting platform bet365: while we bet live we can consult the statistics and even watch the sport events online.

 

Similarly, we can combine bets to multiply the probable gains. We end up creating our own pool by combining bets and games. For example, we could bet that the security car will not be needed during the F1 grand prix in Singapore (4.20) and that Napoli and Villarreal will draw the next UEFA Champions League match (3.50). We could give, as a result, a multiple bet that would pay €15.16 for each euro we bet. The betting houses, like casinos, allow a maximum amount to bet; in our example €72, which potentially would have a €1091 prize. In order to bet a higher amount, this bet would have to be evaluated by one of the company’s analysts.

Trading systems

Trading is a term with which any fan of economy blogs and markets is familiar. It means to buy and sell and we normally relate it to short term operations of purchases/sales.

A trading system or platform is a computer program in which the processes related to trading are automated. Examples include the stock exchange product transactions (stocks, metals, currencies) or, in relation to sports betting, the systems that make it possible to bet on quotes set by other users as if they were stock exchange products. These sorts of brokerages are known as betting exchange offices. Therefore, in the betting exchange offices, one does not gamble against a broker but against other fans in exchange for a fee out of which taxes are paid in Gibraltar.

Users can bet in favor of (“back”) or against (“lay”) a certain event (for example, that Atlético beats Real Madrid or that Casey Stoner falls off his bike in a certain race). This is similar to the way a purchase (“bid”) or sale (“ask”) process is used in the financial markets.

Much like we can observe how the interest on the Greek debt grows in line with doubts about the Greek economy, we can also see how, during a football or soccer match, the prices that the betting offices pay change when one team or another has scored a goal or has had its star striker sent off. Therefore, in sports trading, the psychological factors seem the same as in financial trading, such as panic, euphoria, optimism, etc.

Betfair trading platform with data about the amounts at stake at any given moment.
Betfair trading platform with data about the amounts at stake at any given moment.

Markets

In these times, mass media bombards us with economic terms and pushes us to coexist with the various stock exchanges: New York, NASDAQ, Tokyo, TMX (Toronto), Deutsche Börse,  BM&F Bovespa (Sao Paulo), and Ibex35 (the stock market index of the Bolsa de Madrid, Spain’s principal stock exchange). Naturally, it makes one try to comprehend a little more of this world of the stock market. This understandable interest can cause the person to end up playing the stock market and its derivatives.

Until recently, if we saved €500, we did not think of investing them in financial products. This was not only because we did not know how these products functioned, but also because the purchase and sale fees together with having to go to a bank made these operations inconvenient and hardly profitable in any respect.

With online trading systems these difficulties disappear. Opening an account on IG Markets or X-trader is as simple as obtaining a Gmail account. Online we do not have to go anywhere, and now we do not even need to have saved money; if we “trust” a value we can “invest” with a credit card. Of course, we might be asking ourselves, what about the benefits? We have commented previously that we cannot win much with €500. Well, this is no longer true if we apply the concepts of leverage and Contracts for Difference.

A Contract for Difference (CFD) is a financial product that allows investors to participate in the price movements of securities without owning the stocks or commodities. This makes it possible to buy or sell on credit, disbursing only a small amount of the cost of the product.

Leverage is the ratio between one’s own capital and the credit invested in a financial operation. Reducing the initial capital that one has to invest, produces an increase in the obtained profitability. The increase in the leverage also increases the risks of the operation since it causes less flexibility or greater exposure to insolvency or incapacity to cover payments.

Therefore, when operating in a trading platform, our €500 becomes €5,000 as if by magic. Then, as the value of a stock changes, we can obtain profitability. All of this allows us to operate with intraday data or its equivalent: just as if we were professional brokers we can see within one hour how much we make or lose as the value of our stocks varies. It also is not necessary to pay fees for the purchase and sale of stocks; we can work with indices, commodities, or the price per square meter in London.

If we can make plenty of money due to leverage, we might at first suspect that we can lose it too, but that is not exactly so. Here we find the magic of the CFDs. At least, it is magic for the trading companies that make so much money on the basis of something so apparently innocent as not to allow us to lose.

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The guaranteed stop-loss is the name of the safeguard for the small investor, who cannot assume great losses in a single payment. The guaranteed stop-loss is the maximum amount that a user of CFDs can lose in a position. (A “position” refers to the fact of having invested money in some product, betting that its price will either increase or decrease).

What is the trick? When the commodity reaches the guaranteed stop, you lose all the money, which goes to the trading officeThis is illustrated in the following example.

td6We think that the Ibex35 is going to increase today so we access the platform and find the live information of the prices of purchase and sale related to Ibex.

We decide to purchase a contract so that whenever the Ibex35 raises a point we will make €1 and whenever it lowers a point we will lose €1. If the Ibex rises up to 2% (that is 166 points) we will make €166.

In the stop level field we indicate how much we are willing to lose and that amount of money will be the one required by the trading office.

First, we begin losing €18 for the 18 points between the purchase price and the sale price; this is what is called the spread.

 

Unlike the stocks, with which one normally operates at banking institutions, when using CFDs we do not have the option of waiting to recover our investment if we make a mistake in our predictions.If we decide that our stop level is €166, in the event that the stock market oscillates 2% we will lose all the money, and, although later our index might grow by 10%, we will not receive a euro. The stock market, especially in these times of great volatility (many ongoing ups and downs), has continuous changes of intraday quotations, even if at the end of the day it has a clear upward or downward tendency.

Damn it, corpses bleed!

The famous psychiatrist Abraham Maslow tells us that once he received in his office a person who considered himself a corpse. In spite of the logical arguments of the doctor, the man persisted in his belief. In a moment of inspiration, Maslow asked his patient: “Do you believe that corpses can bleed?” To which the man replied: “That is ridiculous! It is evident that corpses cannot bleed.” After asking him for permission, the psychiatrist punctured the patient’s finger and there appeared a drop of shining red blood. The astonished patient exclaimed: “Damn it, corpses bleed!”

I hope, with this anecdote, to offer a metaphor on our beliefs; in an addict’s case, the fact that bets derived from a strategy might be winning can dominate common sense. Such a winning technique does not exist, or at least there is no mathematical demonstration of it. This is, of course, excluding the scientific works of Kevin Mitnick or the Pelayos (which I will address in an additional article) — despite their fan’s thousands of pseudoscientific attempts to discover a winning formula.

Darren Aronofsky’s debut workPi, faith in chaos, is very illustrative of these attempts. A very reticent mathematician, quite paranoid and suffering from severe migraines, tries to discover the mathematical model that governs the swings of the stock market, through calculations and programs that he produces on his computer.

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SPOILER: In the end he goes mad.

When someone goes to play a few games of Bingo, s/he hopes to be lucky by making a gesture, sometimes as complex as a Will Smith greeting  from The Fresh Prince of Bel Air, or by invoking luck with some weird amulet that perhaps comes from one of the Heechees’ lost spaceships. In Bingo there is no strategy that favors the probability of winning because the cards are not normally chosen but given to you, and although you could choose them it would be practically impossible to find a card with a specific combination between the time one game finishes and the next begins.

In the lottery something similar happens, although it is possible to buy a specific number. Supposing that a combination exists that is awarded daily (say 300 numbers per year), to go through the 100,000 numbers, we would need at least 30 years, and yet we would not have sufficient data to make a statistical analysis to evaluate future tendencies.

Therefore, we know for sure that in many games of chance the knowledge of a discipline like statistics does not offer any advantage unless it convinces us that playing is not a good idea economically. Nevertheless, there are other games in which mathematics or an in-depth knowledge of events offers a great advantage for the player who dominates the subject. Dice are an example.

Intuitively, when we play dice we can think that there is the same probability of getting a 7 as a 12 and therefore we trust our lucky number. An analysis of the different dice combinations will quickly disabuse us of that notion. It is a given that the 12 can only be obtained by combining two 6s (1/36), whereas the 7 can be obtained with the combination of 6 and 1 or 5 and 2 or 4 and 3 (6/36). It is 6 times more possible to get a 7 than a 12!

Obviously, the casinos and betting offices know these data and adapt the prizes to the type of bet so that the bank always plays with an advantage.

In financial and sports trading it seems important to know the markets or the sports trajectories of the bet elements in order to play with an advantage and to obtain profits. At this point, the conceptual difference between playing by trusting luck (like in the lottery) or by trusting knowledge becomes visible.

You only need to have a look at the advertising on the Internet to see to what extent the financial and sports trading offices are eager for clients. After a pair of seminars and a few manuals, it is simple to make them become donors of euros. It is easier to learn Klingon than to grasp the new slang that floods a beginner trader. Unless you are very bright, you can lose a lot of money while learning the oddities of each system.

Trading is currently booming. To introduce us to it there are numerous websites that reverberate or are just there to guide us in this amalgam of words and strategies. In sports betting we can find many well-meaning messages from users who share their analyses and intuitions, like those which appear in this site of strategies. In financial trading the same companies give free seminars all over the countries where they operate.

For a long time, there have been similar techniques implemented to win in roulette. We can find thousands of those pages on the Internet, most of them made available online by the same casinos that offer the roulette games. There are also many techniques to bet on the stock market or on sporting events. The difference is based on the fact that roulette has been deeply studied and there is no proven technique that helps people win. However, betting on financial markets and sports events offers so many possibilities that it cannot be demonstrated mathematically that one will end up losing, unless one concludes, motu proprio, that “the bank always wins.”

[1] The Spanish BBVA League is the National Professional Football League (soccer). It is named BBVA League for sponsorship reasons. BBVA is a multinational Spanish banking group.

Translation: Teresa Galarza


¿La publicidad moldea el cuerpo de las mujeres? (II)

Fotografía: Laura Lewis (CC)
Fotografía: Laura Lewis (CC)

O la razón de que todos queramos ser guapos, delgados y maravillosos

Continuamos explorando los nodos que parecen influir en el hecho de que las mujeres decidan ser delgadas y, por extensión, en que todos nosotros nos dejemos llevar por tendencias sociales, que iniciamos en la primera parte de este artículo.

El nodo cronológico

Cada vez hay más personas preocupadas por su cuerpo, ello resulta innegable, pero también hay cada vez más personas preocupadas por su salud mental, su salud cardiovascular, la nutrición, los problemas medioambientales, el sufrimiento animal, o incluso del final de Gran Hermano. Disponemos de más información, y de más tiempo para gestionarla, que en cualquier otro momento de la historia. Una semana del New York Times contiene más información que la media de la que disponía un ciudadano del siglo XVII en toda su vida. Como explica Matt Ridley en su libro El optimista racional, cubrir las necesidades básicas antes del siglo XX ocupaba la mayor parte del tiempo; lo cual puede ejemplificarse en una campesina malawi moderna, que usa el 35 % de su tiempo cultivando, el 33 % cocinando y limpiando, el 17 % buscando agua potable y el 5 % recogiendo leña. Es decir, solo le queda un 10 % de tiempo para hacer cualquier otra cosa. Con todo, el deseo de tunear nuestro cuerpo ha sido una constante en todas las épocas, lo cual también explica que ahora sea una preocupación de primer nivel.

Si páginas atrás hacíamos un repaso al siglo XX, podemos retroceder todavía más en el tiempo, centrándonos en personas que disponían de más tiempo y recursos de lo habitual: las clases aristocráticas. Hace ciento cincuenta años, antes de la irrupción de los medios de comunicación de masas, la gente con posibles no salía de casa sin ponerse una peluca enharinada y una espesa capa de maquillaje. Tal y como ha señalado Ulrich Renz en su libro La ciencia de la belleza:

…la parte ‘civilizada’ de la humanidad tenía que embutirse en un aparato hecho de emballenados o de barras de acero que apenas permitía respirar […] Era un rito que comenzaba durante la infancia y conseguía estrechar la caja torácica de tal manera que los órganos internos se desplazaran de sitio. Comparado con este método, la cirugía plástica parece una solución mucho más humana.

En tiempos pretéritos, el culto a la belleza no solo era un privilegio de una pequeña élite ociosa: los ritos relacionados con el cuerpo también implicaban preferir un cadáver bonito (o en sintonía con la moda vigente) a una vida larga y saludable: a pesar de las hambrunas, los bosquimanos del desierto del Kalahari usan cantidades ingentes de grasa animal para mantener el cuerpo brillante. La necesidad de proteger el pie al caminar empezó en el Neolítico, pero en la Francia del siglo XIV el zapato ya se convirtió en símbolo de linaje, medido a través de la longitud de la punta, que llegó a alcanzar los treinta centímetros. Los primeros tacones, que tantos problemas de espalda provocan en sus usuarios, datan del año 1533, y eran empleados por mujeres de la alta sociedad como señal de lujo y elegancia. Algunos tacones llegaron a sobrepasar los trece centímetros, lo que obligaba a algunas mujeres a usar bastones para guardar el equilibrio.

Ahora hay más personas, más recursos, más tiempo, más medios de comunicación, de modo que esa propensión a exhibir el aspecto más deseable se ha democratizado y se regenera cada vez a mayor velocidad, tal y como escribe el filósofo Alain de Botton en Ansiedad por el estatus:

Mientras que, a lo largo de gran parte de la historia documentada, la moda se había mantenido como mínimo durante décadas, ahora era posible identificar estilos diferentes cada año que pasaba (en la Inglaterra de 1753 el púrpura era lo que estaba en boga para las mujeres, en 1754 le llegó el turno al lino blanco con estampado rosa, y en 1755 al gris paloma).

Según la tesis doctoral La influencia de la publicidad, entre otros factores sociales, en los trastornos de la conducta alimentaria: anorexia y bulimia nerviosa, de María Victoria Carrillo Durán, profesora titular de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la UEx, en Estados Unidos el 70 % de las chicas están a régimen, y más del 95 % de las mujeres sobrevalora su cuerpo en un 25 % de su peso. En 1992, el 25 % de los norteamericanos se ha sometido a una dieta. Estas cifras se incrementan a medida que escalamos por la pirámide de Maslow.

Según esta jerarquía de necesidades humanas concebida por el psicólogo estadounidense Abraham Maslow, las necesidades de cada nivel de la pirámide deben estar satisfechas antes de poder o querer subir al siguiente nivel. En la base de la pirámide se encuentra el aire, el agua, el pan y otras necesidades fisiológicas. Justo encima, las necesidades de seguridad y estabilidad. El nivel intermedio está ocupado por el amor y la pertenencia al grupo. Encima, el reconocimiento social en forma de estatus y reputación. Y en la parte más elevada se hallan las necesidades de autorrealización, que tienen que ver con el crecimiento personal y el sentimiento de sentirse realizado. Como es evidente, las modas asociadas al culto al cuerpo solo se desarrollan plenamente si todos los niveles de la pirámide están satisfechos. Esa es la razón de que la publicidad solo exista en sociedades donde la mayor parte de sus integrantes han alcanzado la cúspide de Maslow. En esta tesitura podemos competir con los demás a través de dietas, ejercicios y consumo conspicuo. Que publicidad y culto al cuerpo hayan tenido lugar al mismo tiempo, pues, no revela que uno sea causa del otro, sino que ambos necesitan un contexto determinado para desarrollarse.

Este contexto es tan poderoso que puede extenderse por toda la naturaleza. El marketing del aspecto incluso se emplea en otras especies animales, como las colas de los pavos reales o las melenas de los leones. De hecho, parece existir una correlación entre el grado de poligamia de una especie y su propensión a los ornamentos, sus cantos, sus danzas y su escenificación, lo cual sugiere un vínculo directo con el éxito reproductivo en un mundo de darwiniana selección sexual.

Si cambiamos el foco del análisis, incluso podemos afirmar que la belleza se usa para atraer a otras especies en aras de un mayor éxito reproductivo, tal y como ha señalado Ulrich Renz en La ciencia de la belleza: «La fresa también ejerce en cierto modo de objeto sexual y se presenta al transeúnte con su color rojo, provocativo y apetitoso, con el objeto de poner en circulación sus semillas».

El nodo tabla rasa

Fotografía: Corbis
Fotografía: Corbis

Hasta ahora hemos explorado el universo de las interacciones sociales y cómo de las mismas puede emerger una cultura. Sin embargo, toda interacción social también está determinada por nuestras predisposiciones biológicas. Por ejemplo, puede que encontremos casos de individuos que, debido a la tómbola genética, tiendan a copiar modelos que aparecen en los medios de comunicación. O que sencillamente estemos prestando demasiada atención a personas disfuncionales, algo no tan difícil habida cuenta de que un importante porcentaje de individuos sufre desórdenes mentales diversos. Por ejemplo, se estima que el 1 % de la población mundial padece esquizofrenia. No son muchos a nivel porcentual, pero estamos hablando de setecientos millones de personas. Por causas genéticas, «la anorexia es ocho veces más común en las personas que tienen parientes con el trastorno», explica María Victoria Carrillo Durán.

A pesar de que en el Parlamento francés se debatió un proyecto de ley que penalizaba la incitación a la anorexia con tres años de prisión y una multa de cincuenta mil euros, la anorexia no se contrae con solo verla (de hecho también hay casos de chicas invidentes que desarrollan anorexia nerviosa). Por esa razón no se han producido aumentos de casos de anorexia, y se conocen casos descritos desde la Edad Media, aunque sí hay más mujeres que confiesan padecerla o más médicos que las diagnostican. Si el 93 % de las personas que la sufren son mujeres parece estar relacionado con el tipo de cerebro que desarrolla la mujer, tal y como señala el neurólogo Dick Swaab, que dirigió durante tres décadas el Instituto Holandés de Investigaciones Cerebrales, en su libro Somos nuestro cerebro:

Todos los síntomas apuntan a que se trata de una enfermedad del hipotálamo […] Una serie de síntomas permanecen incluso después de que se recupere el peso perdido, como los trastornos de la glándula tiroides y la función de la glándula suprarrenal. […] Un último argumento a favor de la localización del proceso patológico en el hipotálamo es que todos los síntomas de la anorexia nerviosa pueden desencadenarse cuando hay un quiste, un tumor o cualquier otro defecto en el hipotálamo.

A juicio de Swaab, todo el cuadro clínico de la anorexia se puede explicar a través de una patología hipotalámica que es más frecuente en el sexo femenino y que lleva aparejados otros factores que aumentan el riesgo de padecerla. Todavía se conoce poco sobre la naturaleza de este proceso, pero se barajan diversas teorías. Por ejemplo, el factor desencadenante se produciría en el desarrollo del cerebro en el útero materno, predisponiendo al cerebro a liberar sustancias opioides durante la escasez de alimento o ayuno, activándose así el centro de recompensa bajo el cuerpo estriado. Descubrir, pues, la naturaleza de la anorexia parece estar más relacionado con un escáner cerebral que con un estudio de la historia de la moda y la presión de los medios de comunicación. Sea como fuere, los investigadores no encuentran una razón universal que explique la anorexia.

Dejando a un lado el problema de la anorexia, y centrándonos en la simple delgadez, la biología también tiene un peso específico, incluso imbricándose en las dinámicas sociales. Pongamos el caso de un niño que salta al vacío desde un quinto piso creyéndose que puede volar porque horas antes ha visto la película Superman. Si bien dicha anécdota puede adquirir el estatus de categoría gracias al poder multiplicador de los medios de comunicación, ¿sería racional evitar la emisión de películas como Superman porque un niño, dos, o diez han saltado desde un quinto piso? ¿Cómo podemos saber que dicho salto mantiene una relación de causa-efecto con la película y no estamos ante una falacia post hoc ergo propter hoc? ¿Se tienen en cuenta los desajustes químicos y emocionales? Y, sobre todo, ¿cómo saber si dicho niño presentaba un cuadro psicológico que le predisponía a confundir realidad y ficción?

Todos nosotros disponemos de una enorme capacidad de imitar y copiar a los demás, incluso a nivel inconsciente. Cuando salimos del cine posiblemente nos hemos impregnado de cierto tono emocional del protagonista, a través de nuestra afinada empatía, o hablamos un poco como él, o incluso fruncimos de esa manera tan curiosa el ceño, o amusgamos los ojos cuando miramos en lontananza, Clint Eastwood style. Sin embargo, estos contagios suelen ser efímeros. Al cabo de unos días, volvemos a ser nosotros mismos, como si nuestra personalidad fuera elástica. O buscamos otro referente para copiar durante un tiempo. La forja de la personalidad y de actitudes duraderas se produce de un modo distinto. Entre otras cosas, porque desde una temprana edad somos capaces de diferenciar realidad y ficción, y los personajes de ficción no son nuestros semejantes. Las personas que no son capaces de hacer esta distinción o son víctimas de una sobreimitación pueden sufrir una patología, como el desorden conocido como ecopraxia. La ecopraxia consiste en que el cerebro carece de un factor inhibitorio para impedir la imitación de las acciones de otros. Es un desorden que suele estar asociado al autismo, porque la distinción entre uno mismo y los demás se ha tornado ambigua.

19 Mar 2014, France --- France, 11 years old girl at home. Fashion victim. --- Image by © Philippe TURPIN/Photononstop/Corbis
Fotografía: Corbis

Si bien los niños suelen imitar más fácilmente a los demás, porque forma parte de su proceso de aprendizaje, la mayoría no sufre ecopraxia. Y mucho menos si el niño está contemplando una ficción, como Superman. Para descubrir cuán diferentes son los patrones de activación del cerebro cuando este procesa personajes reales o irreales, investigadores del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y del Cerebro Humano llevaron a cabo un estudio publicado en PLoS ONE en 2009 que llevaba por título «Reality = Relevance? Insights from Spontaneous Modulations of the Brain’s Default Network when Telling Apart Reality from Fiction». A los voluntarios se les expuso a tres grupos de individuos: familia y amigos (grupo de alta relevancia), gente famosa (relevancia media) y personajes de ficción (relevancia baja), mientras escudriñaban sus cerebros a través de imagen por resonancia magnética funcional (fMRI). La hipótesis de trabajo consistía en demostrar que la exposición a contextos de alto grado de relevancia producirían una activación más intensa de la corteza prefrontal media y la corteza cingulada posterior (amPFC y PCC), regiones que parecen implicadas en gran medida en el pensamiento autorreferencial y en la memoria autobiográfica. Los resultados de la investigación sugieren que la hipótesis es cierta. Al menos en cuanto a neuroimagen, amPFC y PCC se activan con más potencia frente a alguien relevante para nosotros que ante un personaje famoso, y más ante este último que ante un personaje de ficción, como Cenicienta.

O como ha escrito David DiSalvo en su libro Qué hace feliz a tu cerebro:

Estrictamente hablando, los medios no son en forma alguna la causa de ningún tipo de comportamiento humano. Decir otra cosa sería incorporar la anticuada idea, abandonado hace ya mucho tiempo, de la «mente en blanco» de nuestra naturaleza humana.

En Estados Unidos, a medida que los niños y adolescentes tienen un mayor acceso a contenidos audiovisuales violentos, con videojuegos como GTA o películas como Matrix, los índices de violencia no dejan de descender, como ha apuntado el psicólogo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro. Japón, donde el consumo de violencia mediática es aún mayor, presenta índices de violencia todavía más bajos. En consecuencia, sacar conclusiones apresuradas sobre la influencia de la publicidad en nuestros hábitos aislando algunas correlaciones resulta de todo punto erróneo, como ha señalado el profesor de Psicología de la Universidad de Virginia Eric Turkheimer en su estudio Mobiles: A Gloomy View of research into Comlex Human Traits:

Ninguna conducta compleja en seres humanos libres se debe a una serie lineal y aditiva de causas. Cualquier resultado importante, como la conducta delictiva adolescente, presenta innumerables causas interrelacionadas, cada una de las cuales tiene innumerables efectos potenciales, lo que a su vez origina una prodigiosa complejidad ambiental antes incluso de llegar a la certeza de que los efectos ambientales se codeterminan unos a otros, o de que el paquete interacciona también con los innumerables efectos de los genes.

En resumidas cuentas, excluyendo nuestro genoma, el esclarecimiento de la fuente de tal o cual comportamiento humano ya resulta endiabladamente difícil de localizar, pero si incluimos el genoma, entonces el problema queda elevado a la enésima potencia.

Los cánones de belleza, además, si bien difieren en algunos aspectos, comparten un buen número de rasgos universales, como una dermis libre de impurezas, que denota salud. También se han analizado las preferencias sexuales de diversas culturas, concluyéndose que existe una relación permanente entre caderas, cintura y torso. Y tales cánones no son arbitrarios, sino que se acogen a lo que evolutivamente se consideró signo de buena salud y fecundidad. Por ejemplo, la razón de que a los hombres les atraigan más los pechos de una mujer antes que su codo o su rodilla nada tiene que ver con la moda, sino con la selección sexual, tal y como teoriza la psicología evolutiva: aquellos antepasados que sentían predilección por los pechos grandes, que más tarde serían el alimento de la prole, se reprodujeron con más éxito que aquellos que quedaron engatusados por los codos, o sencillamente no encontraron nada especial en un pecho. Lo mismo puede aducirse al resto rasgos considerados seductores por todas las culturas. Tales cánones fueron grabados a fuego en nuestro cerebro durante nuestra larga existencia como cazadores-recolectores, como lo está nuestra predilección por los alimentos grasos (en el pasado constituyeron fuentes necesarias para la supervivencia, en un contexto de escasez calórica) o que nos riamos más frecuentemente en compañía que solos (en el pasado la sonrisa fue una suerte de lubricante social).

Estas predisposiciones biológicas también imponen que las mujeres estén más preocupadas por su delgadez, y por tanto por su belleza física, que los hombres, que deben estar más preocupados por mostrar los suficientes recursos. Estos roles evolutivos no se perpetúan necesariamente en la actualidad, y mucho menos en todos los individuos, sino que actúan como una especie de instinto primario, como el miedo al fuego. Instintivamente, las mujeres se preocupan más de su cuerpo y los hombres más de su cartera; aunque la cultura vigente pueda moldear esos instintos hasta hacerlos desaparecer. El problema es que las culturas no nacen de la nada, sino que están determinadas también por las predisposiciones biológicas de sus individuos: genes y cultura, así, se imbrican de tal modo que resulta a veces difícil determinar qué causa qué o si esa pregunta tiene sentido. Muchos expertos, ante el eterno debate nature vs nurture, sencillamente zanjan la cuestión aduciendo que una es reflejo de la otra, y viceversa. En otras palabras, nuestros instintos siempre intentarán aflorar en cualquier tipo de cultura, y dicha cultura también se organizará, en parte, en función de dichos instintos. Por eso es más frecuente que un hombre acaudalado esté acompañado de una chica joven y no a la inversa. Por eso los coches caros suelen ser comprados mayoritariamente por hombres. Por eso las mujeres dedican más horas a acicalarse. Y, como ha estudiado el catedrático de psicología social David Buss tras preguntar a 10.047 personas de treinta y siete culturas distintas en seis continentes y cinco islas que van de Alaska al territorio zulú, esta constante se produce de manera generalizada en todo el planeta.

De ello no debe deducirse que debamos apoyar o reforzar tales roles, sino que al combatirlos no solo combatimos ideas, sino genes; y también que una sociedad que no se rija mayoritariamente por esos roles debe ser necesariamente una sociedad levantada sobre basamentos anómalos. Naturalmente, esta no es la última palabra al respecto, todavía queda mucho camino en los estudios en cazadores-recolectores y los estudios transculturales, y algunos flecos de evidencia escurridiza quizá nunca queden esclarecidos (como se ha dicho antes, la sociología no es como desmotar un coche en piezas). Lo que propone Buss y otros psicólogos evolutivos, no obstante, es solo un marco de referencia biológico que no deberíamos obviar a la hora de analizar cualquier construcción social.

El nodo obesidad epidémica

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Super Size Me (2004). Imagen: ABL Augusta, Notro Films

El planteamiento de que entre publicidad y moda vigente existe una relación causal resultaría mucho más convincente si cada vez hubiera más gente delgada, más ajustada a dichos cánones de belleza. Pero no la hay. De hecho está pasando justo al contrario.

El sobrepeso y la obesidad constituyen una epidemia global. Estados Unidos, uno de los mayores promotores del 90-60-90 a través de sus superproducciones y carísimos spots, tiene la tasa más alta de obesidad en el mundo desarrollado. Desde 1980, la obesidad se ha más que doblado en todo el planeta. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 2,6 millones de personas mueren anualmente a causa de la obesidad o el sobrepeso. La OMS define el sobrepeso como un IMC igual o superior a 25, y la obesidad como un IMC igual o superior a 30. El IMC (índice de masa corporal) se obtiene a través del peso en kilogramos dividido por el cuadrado de la talla en metros (kg/m2). Mil millones de adultos tienen sobrepeso, y más de trescientos millones son obesos. La obesidad infantil es uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI.

A pesar de que se han escrito miles de libros sobre el pecado de la gula, dicho pecado nunca se ha erradicado porque está evolutivamente conectado a nuestra supervivencia: como se ha dicho, solo los antepasados que experimentaban la necesidad de ingerir grasas y azúcares a fin de sobrevivir a los rigores de la escasez de alimentos fueron los que se reprodujeron, dejándonos en herencia genética una necesidad que ya resulta obsoleta frente a la abundancia de alimentos. Pero las hipótesis sobre la razón principal de que la obesidad haya alcanzado cotas epidémicas no dejan de multiplicarse. Probablemente ingerimos más comida basura que antes. También somos más sedentarios. También se alega que una de las causas podría ser la invención de la luz eléctrica: al desincronizarse nuestros ciclos de vigilia y sueño, que están sincronizados con la luz natural, se alteran los sistemas del cerebro que regulan el metabolismo, como si Thomas Edison fuese el equivalente a Ronald McDonald. Otros investigadores sostienen que se ha producido un profundo cambio en nuestra población de bacterias intestinales. Incluso se ha sugerido que determinados tipos de obesidad se contagian a través de un virus, concretamente los adenovirus Ad-36. Todas estas posibles razones podrían ser ciertas simultáneamente, o quizá hay detrás razones más poderosas que se mantienen ocultas en la jungla de las dinámicas sociales más sutiles, y que nos obligan a ganar kilogramos a la vez que se entroniza cada vez más la estética de calendario de taller mecánico.

De igual forma, resulta metodológicamente incorrecto aducir que son los medios de comunicación (con sus spots de alimentos cada vez más calóricos) los que persuaden a las personas de engordar. Lo único que sabemos es que existen, simplificándolo mucho, inputs mediáticos que promueven la delgadez e inputs mediáticos que promueven la comida calórica, y a su vez un incremento del número de personas con problemas de sobrepeso y obesidad. Lo que sabemos es que Barrio Sésamo debe evitar que Triki, el monstruo de las galletas, engulla las susodichas para decantarse por alimentos sanos, que no engorden, a la vez que nos lamentamos de los anuncios que fomentan la ansiedad por no exhibir las curvas de Praxíteles.

Tal vez los anuncios sobre productos calóricos o cadenas de restaurantes de comida basura son menos persuasivos que los que promueven la idea de que exhibir determinado canon de belleza incrementará tu reputación social, y sencillamente ocurre que sentimos más placer comiendo a la vez que disminuimos nuestra puntuación social que sometiéndonos a una dieta hipocalórica a la vez que sumamos puntos sociales. O tal vez las patatas fritas son tan adictivas como la marihuana, como señala un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences por parte de investigadores italianos y estadounidenses del Instituto Italiano de Tecnología de Génova en colaboración con la Universidad de California en Irvine; y, entendiendo la comida como una droga, se aclara el motivo de que la mayoría prefiera comer a ponerse a dieta. En caso de que estemos en lo cierto, ello redunda en el hecho de que la razón de nuestra conducta no estriba solamente en la posible persuasión de la publicidad, sino también en nuestra biología: ingerimos más calorías porque la tentación es muy poderosa, más poderosa que la publicidad en contra de las calorías.

Sea como fuere, de nuevo podemos pecar de simplistas si analizamos de este modo el problema. Porque habrá personas que tienen predisposición genética a sentir más placer comiendo, probablemente las mismas que tienden a volverse adictas a determinadas drogas. Habrá personas cuyo rendimiento metabólico les condene a engordar comiendo lo mismo que alguien que mantiene su Índice de Masa Corporal a raya. También habrá personas que psicológicamente necesitarán en mayor medida el refuerzo social de otras personas, y por tanto tendrán más incentivos para ponerse a dieta (sobre todo si ejercen profesiones o desempeñan roles sociales en los que el aspecto físico sea continuamente fiscalizado). Otras, sin embargo, preferirán destacar en otros aspectos y disfrutar de los placeres de las calorías vacías. Otras sentirán un placer superlativo, rayano en el masoquismo, practicando algún deporte quemagrasas o sometiéndose a los rigores de una dieta hipocalórica. En definitiva, podemos encontrar estímulos múltiples para una misma postura, y todos esos estímulos también deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar epidemiológicamente las razones subyacentes de que cada vez haya más obesos, más delgados, más bulímicos, más sedentarios, más anoréxicos o más enfermos cardiovasculares.

La razón y la voluntad juegan un importante papel en la toma de decisiones y el ejercicio del autocontrol, pero la razón y la voluntad, además de ser permeables a las circunstancias, también dependen de nuestros genes. Por esa razón, a pesar de que disponemos de más información que nunca sobre los riesgos de determinadas conductas, estas parecen perpetuarse hasta que, no se sabe muy bien cómo, de repente desaparecen. La publicidad, si no conecta con la cultura emergente del nicho social en el que pretende incidir, también se revela ineficaz. Un buen ejemplo de ello son las campañas de educación sexual, según un informe de 2001 de Douglas Kirby («Understanding What Works and What Doesn´t in Reducing Adolescent Sexual Risk-Taking») sobre más de trescientos de estos programas. Se observó que, a grandes rasgos, tales programas no ejercieron efecto alguno en la conducta sexual o el uso de anticonceptivos, a pesar de los riesgos que suponía no hacer caso a las recomendaciones. El miedo, sencillamente, no era suficiente. En 1960, el psicólogo social Howard Levanthal realizó un experimento en el que usaba el miedo para convencer a los alumnos de Yale para que se pusieran la vacuna antitetánica. Se entregaron dos clases de folletos informativos: uno muy impactante, con siete páginas ilustradas sobre los efectos del tétanos, como las víctimas con catéteres urinarios; y otro folleto más descriptivo y sin imágenes. Los alumnos que habían recibido el folleto versión gore estaban más concienciados acerca de los peligros del tétanos. Sin embargo, a la hora de contabilizar los alumnos que finalmente acudían a vacunarse en el edificio del campus habilitado para ello, el porcentaje apenas superaba el 3 %, y no había diferencia entre los alumnos que habían leído el folleto tremendista y el folleto más formal.

Parece que se cumple aquella idea popular de que los jóvenes hacen justo lo contrario de lo que dicen los adultos, pero a la vez damos por sentado que la publicidad no la realizan los adultos o que los jóvenes son incapaces de darse cuenta de que un joven contextualizado en un spot, una campaña o un consejo cualesquiera está en realidad repitiendo lo pautado por los adultos.


Psicología positiva: y sonreirás sobre todas las cosas

« Always look on the bright side of life». La vida de Brian, 1979. Imagen: HandMade Films / Python Pictures.
«Always look on the bright side of life». La vida de Brian, 1979. Imagen: HandMade Films / Python Pictures.

Es interesante observar como a pesar de los visibles efectos de la profunda crisis económica y social que estamos atravesando, la marea de mensajes que promueven una actitud escapista hacia un negacionismo del malestar no retrocede, sino que parece aumentar. Cultura del ocio, soluciones individuales y narcisistas a problemas de un mundo posmoderno en el que si no disfrutas de la vida se debe seguramente a que algo has hecho mal.

Las ciencias tampoco son inmunes a esta influencia sociocultural, ya que en definitiva son seres humanos los que proponen aquello que se va a investigar y aplican sus propios sesgos a los experimentos. Y si ocurre incluso con las «ciencias puras», pues extrapolen al campo de la psicología. Precisamente uno de los fenómenos más recientes en esta disciplina es la aparición de una nueva corriente, por supuesto con marchamo de revolucionaria, y que a la vez fundamenta y se apoya en esta cosmovisión del «buen rollo», la felicidad y el bienestar: la psicología positiva.

A primera vista esta apuesta por valores y emociones positivas parece aportar un soplo de aire fresco al depresivo ambiente de las patologías mentales, un cambio de enfoque más esperanzador para relativizar la negatividad asociada al trabajo en psicología y su particular pathos —o impulso de muerte, que dicen los psicoanalistas—. Ahora bien, solo a primera vista; la psicología positiva tiene un «reverso tenebroso», una carga de profundidad oculta bastante problemática y potencialmente peligrosa relacionada con aquello que no tiene en cuenta. Además, ni siquiera aporta nada nuevo ni original a la psicología. Pero para poder desgranar estos aspectos será más sencillo empezar por la gestación de la criatura.

Como el cristianismo hace tantos siglos ya, la psicología positiva nace de un momento de epifanía. En este caso, nuestro Saulo de Tarso particular es Martin Seligman, psicólogo y escritor estadounidense, famoso en su día por sus investigaciones sobre la indefensión aprendida, y que presidió la American Psychology Association (APA, idénticas siglas que la de psiquiatras). Este académico y respetable señor cuenta que quedó sorprendido cuando su hija de cinco años le llamó «gruñón» un día; a partir de aquí tuvo un insight, que diría un gestáltico, y compartió con su colega Csikszentmihalyi —hay apellidos que los carga el diablo— su descubrimiento de lo aburrida y negativa que era la psicología que estaban practicando.

Casualmente también por estas fechas, Seligman recibió un cheque de 1,5 millones de dólares USA por parte del multimillonario y filántropo irlandés Charles Feeney para que los dedicara a anunciar la buena nueva; aquí se acaban los paralelismos con el apóstol de los gentiles, pues desconocemos si Pablo fue financiado por los romanos como parece que la John Templeton Foundation  —cuyo propósito es investigar sobre el hecho divino— también está haciendo con el bueno de Martin. Dejando el campo libre para teorías de la conspiración variadas, vamos a ver en qué consiste el nuevo evangelio de la felicidad.

Seligman basa la psicología positiva en una novedosa «teoría del bienestar» que se mide en crecimiento personal; el objetivo de su modelo es encontrar formas de aumentarlo. Por supuesto sobre métodos científicos, ya que estamos ante una nueva ciencia, que vendría a cubrir un aspecto ignorado por la psicología anterior como son los aspectos positivos de la condición humana en sus procesos psíquicos. Sorprende enormemente que Seligman y compañía prescindan de golpe en esta afirmación fundacional de más de seis décadas de tradición en psicología humanista, cuando toman sin pudor conceptos fundamentales estudiados por esta. La solución aplicada para subsanar esta incoherencia ha consistido en negar toda relación con el movimiento humanista, a pesar de que  el crecimiento personal y la creatividad han sido su objeto de estudio tradicional y el mismo nombre de «psicología positiva» lo usó ya Maslow en 1954. El argumento empleado para poner distancia es el estigma de siempre del humanismo; no haberse ocupado de trabajar suficientemente su base empírica y derivar en movimientos de autoayuda. A diferencia de la psicología positiva, que emplea los más modernos métodos de investigación. De nuevo, el viejo descrédito por acientífico.

Esta utilización del método científico como mascarón de proa distintivo no tiene nada de malo, al contrario; sin embargo, un vistazo a la investigación «positiva» arroja unas cuantas sombras de duda. Los constructos usados adolecen de ambigüedad en su definición. Increíble, ¿verdad? Prueben a dar una definición científica común de bienestar, resiliencia, creatividad o crecimiento personal. Lo que se entiende por felicidad varía tremendamente según individuo y cultura. El abuso de estudios que aportan simples correlaciones o la utilización de argumentos tautológicos son otras de las críticas. Llueve sobre mojado, pues irónicamente estos mismos problemas ya los había padecido la psicología humanista en sus carnes. A pesar de que mucho antes ya se habían realizado estudios con metodología científica, como el de MacKinnon en 1962 sobre la creatividad en arquitectos.

Martin Seligman diciendo algo muy importante. Fotografía: Sargoth
Martin Seligman diciendo algo muy importante. Fotografía: Sargoth (CC)

Toda esta endeblez metodológica ha colocado a la psicología positiva en una recurrente necesidad de reafirmación frente a la facilidad con la que se asocia a movimientos más relacionados con el pensamiento mágico. Así que, como ven, el paralelismo con la religión va un poco más allá del mero recurso al chiste fácil (al que, por otro lado, cuesta resistirse); la autopista hacia la literatura barata de autoayuda, o lo que en internet se conoce como «magufada», tiene cuatro carriles y ningún peaje. Baste referirse como exponente a la obra de Lyubomirsky, La ciencia de la felicidad, donde se nos habla de un «método probado» para obtenerla e incluso se propone una ecuación de dudoso origen o justificación empírica.

Sin embargo, la explosión de la psicología positiva no es en absoluto casual ni inesperada; encaja perfectamente en una filosofía vital de hedonismo maníaco que no tiene nada de inocente, sino que se puede rastrear en diversos ámbitos sociales y que incluso diría que se ha insertado como ideología dominante, pues se encuentra indistintamente en boca tanto de gurús de la new age espiritualista como en la de directores de grandes departamentos de recursos humanos. Y lo que es peor, irradiada continuamente desde los más variados medios de comunicación y sus artículos sobre salud, bienestar y vida cotidiana.

Filosofía que se basa en dos rasgos principales: el primero, la evitación neurótica de experiencias y sentimientos considerados «desagradables». La psicología positiva nos habla de emociones «positivas» y «negativas», pero la distinción entre estas no parece quedar muy clara. De hecho se da por sobreentendido cuál es cada una: ¿es realmente sano poner al mal tiempo buena cara en todo momento? No es infrecuente encontrarse personas que a pesar de pasar por acontecimientos muy duros se sienten culpables por no poder exhibir el optimismo «debido». Que sufren por sentirse tristes o enfadadas y creen que estas emociones son inadecuadas; el temor a ser «anormal» o diferente por sentirse abatido. Sobre todo, si recibimos mensajes en los que se nos niega directamente lo que sentimos, como esta moda de llamar «oportunidad» a un despido laboral. Parecemos haber pasado de reprimir emociones a poder expresar solo una: la alegría.

El segundo, en ideas de grandiosidad desajustadas con respecto a la propia imagen —típicas del narcisismo— con reiteradas apelaciones al propio «poder», fortaleza, resistencia; en definitiva, ideación de omnipotencia condensada en neologismos como «empoderamiento» y frecuentes alusiones al «autoliderazgo», que aún ando preguntándome en qué se diferencia exactamente del clásico ir tomando decisiones consecuentes. Uno de los ejemplos extremos a los que conduce esta creencia lo podemos encontrar en el famoso best seller de Rhonda Byrne, El secreto, cuyo ídem parece ser cierta ley de atracción universal por la cual si deseas algo con fuerza y te lo propones, el universo conspirará para que lo obtengas. No creo necesario extenderme en analizar este tipo de pensamiento mágico coelhista de gran éxito durante el Medievo, pero si usted tiene más de doce años y sigue creyendo en esto, le puedo recomendar un buen terapeuta.

Esta doble premisa no deja de ser contradictoria si se piensa bien; mientras que por una parte se alimenta de un individualismo exacerbado que subraya nuestra propia responsabilidad, y de nadie más, en el éxito o fracaso vital (ideología clásica del liberalismo desde los tiempos de la escuela escocesa, que borraba de un plumazo el peso de «lo social»), por el otro estigmatiza uno de los resultados posibles de nuestras elecciones. El fracaso en nuestros propósitos es directamente una palabra tabú. No se puede mencionar, como en ciertas empresas donde se evita usar la palabra problema y se buscan eufemismos sustitutorios. Ni se le ocurra pensarlo: al mínimo síntoma de «derrotismo», duda o negatividad incluso es posible que le encasqueten un coach. De hecho, un riesgo paradójico de la psicología del bienestar es terminar necesitando un psicólogo o consejero para ser feliz constantemente. Y así cuadrar el círculo de la patologización y la dependencia de los presuntos «empoderados».

El Evangelio según Santa Rhonda. Fotografía: The Italian Voice (CC)
El Evangelio según Santa Rhonda. Fotografía: The Italian Voice (CC)

Cuando eres el único responsable de todo lo que te ocurra en la vida, pero hay una fuerte presión social que te empuja a tener que ser feliz sin interrupción y sin margen de error, la neurosis está servida: no es extraño que el estado de salud mental de la población vaya empeorando a pesar de toda esta industria de la felicidad que se sostiene, en última instancia, en el consumo de pastillas. La tentación de evitar el conflicto o las dificultades arrojándose en brazos de un mágico placebo salvador o un chamán que piense por ti es muy grande.

Con estas magras herramientas se pretende además que el individuo se enfrente a un entorno social de continuo cambio, de «salir de la zona de confort» o dicho de otro modo, de cambiar por cambiar aunque no se quiera, de «responder a las exigencias del complejo mundo moderno» reinventándose continuamente… ¿A que empiezan a notar cierto agobio? Tengan en cuenta que además el resultado ha de ser exitoso y feliz. No sorprende que tantas personas se bloqueen, dejen de decidir por miedo a «fracasar» o a no mostrar la felicidad adecuada y ser por ello anormales, inadaptados y finalmente excluidos del resto de la sociedad.

Pues bien, en este terreno abonado, la receta de la psicología positiva consiste precisamente en poner aún más énfasis en valores como el optimismo y el bienestar. Receta que va viento en popa, visto el monumental negocio en que se ha convertido esta nueva corriente de felicidad pseudomágica. Sin salir de España, de la mano de Eduard Punset, quien usando elementos de divulgación científica termina frecuentemente en terrenos esotéricos, y de su prolífica hija Elsa, incansable autora de manuales de felicidad. No hay nada de malo en ubicarse en una zona más filosófica que científica, de hecho en psicoterapia es mucho más habitual emplear elementos de lo primero, pero ya saben lo que dice el dicho popular nocturno: mezclar es arriesgado.

Un caso paradigmático del peligro de investir de ciencia lo que no lo es lo encontramos en los estudios «positivos» sobre el «espíritu de lucha» y los beneficios del optimismo en pacientes de cáncer. No hay evidencias demostradas de que tal actitud personal influya en un mejor pronóstico de la enfermedad —aunque sea una disposición muy respetable—, pero su tozuda aplicación basada en tal creencia puede dejar perplejos a los propios afectados en medio de un dispositivo social diseñado para negar su dolorosa realidad y sustituirla por una leyenda heroica. Barbara Ehrenreich lo vivió en primera persona y lo explicó mucho mejor en Sonríe o muere.

No se hagan ilusiones: en la vida sufriremos injusticias o arbitrariedades, y tendremos conflictos con los demás cuando nuestros deseos choquen con los del vecino. No siempre triunfaremos, ni nos saldremos con la nuestra. No podemos controlarlo todo. Aparecerán rabia, frustración, envidia o celos, pues son inseparables de la experiencia humana. Es más, es sano que experimentemos estos sentimientos: la alegría auténtica no se entiende completamente sin la tristeza. Las emociones nacen en nuestro cuerpo y no tienen moral por sí mismas: se la ponemos nosotros según el contexto. El miedo o la tristeza tienen una función esencial en nuestro recorrido vital.

Arrinconarlas, rechazar una parte de nosotros mismos porque no nos gusta mirarla, nos aleja de la realidad y nos coloca en un mito ideal. Lo que es peor, nos impide vivir plenamente. En definitiva, nos coloca en una fantasía que la vida se encargará de desmentir una y otra vez, acumulando esa misma frustración de la que tratamos de huir. El gran peligro subyacente a la psicología positiva es precisamente desconectarnos de una parte de lo que nos humaniza atendiendo únicamente la otra, la agradable de contemplar, desatendiendo el contexto. ¿Cómo estoy tan seguro? Porque ya ha ocurrido antes con la rama de la psicología humanista que huyó del «lado oscuro», evitó reflexionar entre otras cuestiones sobre nuestra capacidad para hacer daño y se diluyó en chamanes, túnicas y flores en el pelo.

No se trata tanto de que debamos sufrir desgracias como enseñanza sino de saber cómo afrontar las crisis cuando aparecen, y esto pasa por aprender dónde están nuestros recursos y límites, y aceptarlos. Pero aquí sí se puede decir que es una elección nuestra si recorrer este camino o no; ya que hablábamos de píldoras, y parafraseando a Morfeo en Matrix: «¿Pastilla roja o pastilla azul?».

Fotografía: W.carter (CC)
Fotografía: W.carter (CC)

 


Fritz Perls, forastero en tierra extraña

Fritz Perls en 1968. Foto: cortesía de gestalt.org
Fritz Perls en 1968. Foto: cortesía de gestalt.org

Positiva, transpersonal, psicoanalítica, conductista, espiritual, bizantina, austrohúngara… la proliferación de escuelas psicológicas al alcance del consumidor ha experimentado un aumento espectacular en los últimos años. La paradoja consiste en que cuanta más diversidad hay, menos contribuye a sacar algo en claro. De hecho parece percibirse una especie de mala digestión de conocimiento. El batiburrillo de conceptos es abrumador, y una vez pasado por la máquina de copypastear brota esa desagradable sensación de mezclar el cortado con un bocata de chorizo. Proliferan guías de autoayuda o gurús del ramo que cogen una teoría y la utilizan como un bebé de un año usaría tu teléfono móvil: aporreándolo contra el suelo hasta dejarlo irreconocible. Un desagradable efecto colateral del alto índice de intrusismo laboral y escasa comprensión teórica por parte de un buen número de autoproclamados terapeutas y que en realidad son como mal menor amateurs bienintencionados, y en el peor de los casos, profesionales del timo. En el tenso debate entre magufos vs. científicos, que parece además interminable, uno de los movimientos más señalados con el dedo acusador del detector de chamanismo es la psicología humanista. No sin cierto motivo, puesto que los excesos de entusiasmo por la ingente cantidad de modelos y técnicas que se engloban en él —muchas de ellas de potentes efectos catárticos—, y su uso indiscriminado por gente sin la suficiente preparación han provocado unos cuantos destrozos en la salud mental de muchas personas y también en el crédito de algunas psicoterapias. Eppur si muove; para entrar en esta cuestión tomaremos un ejemplo estrella, la popular y «misteriosa» psicoterapia Gestalt. Como mejor se captará es de la mano de la biografía de su fundador, Fritz Perls. Por una parte por tratarse de un hombre polémico con un jugoso recorrido vital, y por la otra porque las teorías no salen de la nada, sino que son producto de un contexto en el cual cobran sentido. Aún diría más, porque resulta penoso que la vida y obra de auténticos genios de la psicología, conocidísimos en Europa y Estados Unidos, sea casi ignorada por estas tierras. Nada sorprendente mientras en las facultades españolas se siga venerando la bata blanca y enseñando casi exclusivamente a pasar test o las respuestas condicionadas de las ratas. Vamos allá, que san Freud Bendito nos asista a ver cómo sale este mejunje.

Friedrich Salomon Perls nació en 1893 en el seno una familia judía de clase media de Berlín. Un inicio nada original, dado que el 125% de los grandes autores salidos del psicoanálisis eran judíos germanos. Se ve que tuvo una primera infancia feliz; un chiquillo precoz con tendencia a ir por libre al que su madre le inculcó amor por el teatro. Su padre era un señor imponente de luenga barba dedicado al comercio y la masonería y que le inculcó unas cuantas raciones de palo. La tormentosa relación paterno-filial entre un señor rígido y un muchacho indomable marcaría una fase donde Perls fue expulsado de varios colegios hasta que dio con sus huesos en el Askanischer Gymnasyum, un centro humanista y liberal donde encontró su lugar en el mundo estudiando lenguas clásicas, matemáticas y artes escénicas. Por estas fechas entró de extra en el Deutsches Theatre, aprendiendo de Max Reinhardt; esta formación teatral será esencial posteriormente en su manera de entender la psicoterapia.

El joven Fritz en 1923. (DP)
El joven Fritz en 1923. (DP)

Después de una traumática experiencia en las trincheras del frente occidental (a pesar de haber tratado de escaquearse infructuosamente del combate), que le impuso una pausa en sus estudios de medicina, se gradúa en 1920. Fritz se encontraba en un impasse vital de aquellos de «¿qué hago con mi vida?» tan típico de cuando uno acaba la carrera: nuestro héroe estaba aquejado de lo que los alemanes llaman wanderlust y mi señora madre «culo inquieto», así que acabó haciendo un poco de todo. Se estableció como neurólogo en Berlín, donde frecuentó personajes bohemios, en especial filósofos y miembros de la Bauhaus. Inició su propio análisis con figuras tan heterodoxas como Wilhelm Reich —del que hablaremos largamente si me dejan seguir publicando aquí — y trabajó con Kurt Goldstein, psicólogo de la Gestalt.

También empezaron sus líos de faldas: desde joven se mostró inseguro, en especial con el sexo femenino, lo cual le llevó a desarrollar un pichabravismo neurótico defensivo que le traería complicaciones. La primera, una joven paciente casada que resultó ser una fiera insaciable y de la que tuvo que huir a Frankfurt. En esta etapa conoció a su esposa, Lore Posen, aka Laura Perls. En 1933 los Perls eran psicoanalistas bien establecidos en Berlín y Fritz había asimilado un montón de influencias cruciales en su creación posterior. Sin embargo aparecieron en escena los nazis, esos aguafiestas, así que el matrimonio se exilió en Sudáfrica. Allí Fritz escribió un ensayo donde defendía que toda resistencia neurótica es anal — estoooo… bueno, en fin… la terminología psicoanalítica es muy florida—, presentándolo en 1936 en un congreso internacional de psicoanálisis. La fría acogida del trabajo y la decepción que se llevó en su encuentro con un Freud enfermo y avejentado le llevaron a abandonar las filas del psicoanálisis ortodoxo y lanzarse en busca de su propio modelo. Tarea que empezó la pareja en sus años en Sudáfrica y que continuó después en los EE. UU., cuando la psicoterapia de la Gestalt cobró cuerpo. ¿Y qué es eso, se preguntarán?

Pues un palabro alemán que significa algo así como «forma», pero entendida como la totalidad más allá de la unión de las partes. Sí, es un concepto holístico —desde aquí oigo sus gritos, que lo sepan— donde el ser humano es un todo. Un organismo que tiende a la regulación (homeostasis) para poder actualizarse. Es decir, que tendemos continuamente a alcanzar el equilibrio para desde allí movernos hacia otro sitio, «desequilibrándolo» de nuevo. Esto se consigue construyéndonos el mundo como una Gestalt: lo que no sabemos, lo completamos en un panorama global donde hay una figura (nuestra necesidad) destacando del fondo. Una vez identificada tendemos a satisfacerla, momento en que pasa al fondo y aparece otra figura, otra necesidad y así hasta el infinito y más allá. Cuando no somos capaces de completar una Gestalt, el ciclo se interrumpe y aparece el malestar (la neurosis). La psicoterapia gestáltica trata de situarnos en «el aquí y el ahora» para encontrar aquello que estamos evitando o pasando por alto y que nos impide seguir este ciclo. Por ello Perls lo llamaba «la filosofía de lo obvio»; atendiendo a la experiencia presente, podemos «darnos cuenta» de qué está ocurriendo. Para ello concibió un montón de ingeniosas técnicas, muchas de ellas inspiradas en teatro, danza, dibujo y por supuesto la palabra, para movilizar esas partes bloqueadas o dispersas. ¿No lo entienden? Pues prueben a resumir un modelo psicoterapéutico en un párrafo, listillos. Seguro que la famosa foto gestáltica adjunta al pie les suena y quizá resuma mejor la cuestión figura-fondo.

Mi esposa y mi suegra, de William Ely Hill. Imagen: United States Congress Library (DP)
Mi esposa y mi suegra, de William Ely Hill. Imagen: United States Congress Library (DP)

Creo firmemente que el encanto de la Gestalt y su eficacia psicoterapéutica reside precisamente en sus fuentes de inspiración: si la psicología es una ciencia, la concibo más cercana a una suerte de filosofía aplicada que a medicina o física. Pero claro, supone asimilar conceptos de filosofía, y ahí con la Iglesia hemos topado. En cuanto al psicoanálisis, se le pueden hacer muchas críticas, pero no encuentro una más estéril que acusarlo de no ser científico. Se trata efectivamente de una herramienta simbólica y arbitraria —eso sí, basada en trabajo de campo—, pero también lo es el inglés y a nadie se le ocurre desacreditarlo por acientífico: la utilidad de ambas construcciones es indudable. Luego hay quien lo habla bien y quien lo destroza. El teatro, la danza o la pintura, tan queridos por Perls, dotan a la Gestalt de una dimensión terapéutica que va más allá de la palabra.

Ante la involución sudafricana hacia el apartheid, los Perls se mudaron a Nueva York. De nuevo frecuentaron personalidades fascinantes y nada convencionales para la sociedad de su época. Como Paul Goodman, otro genio intelectual abiertamente bisexual (cosa nada fácil en 1946), cofundador del Instituto Gestalt neoyorquino. A partir de aquí el «trabajo» del matrimonio se divide: su relación es digna de estudio, una curiosa simbiosis que a la larga derivó en tensión permanente. Fritz era el alma libre que iba y venía tomando de aquí y allá lo que le parecía que podía integrar en sus reflexiones, cosa que se le daba fantásticamente bien dada su extraordinaria agudeza e intuición, aunque se preocupaba muy poco por las cuestiones teóricas profundas. Estas quedaron para Laura y el resto de colegas, por lo que no hay que ser un genio para imaginar que los roces aumentaron, si además le unimos las continuas infidelidades y las prolongadas ausencias. Sea como fuere, justo es reconocer que la psicoterapia Gestalt es más bien una obra conjunta y no solo de Fritz.

Este recorría mientras tanto todo el país, dando conferencias, cursos y talleres, trabajando en centros psiquiátricos y hospitales, dando a conocer su modelo e incorporando hallazgos interesantes. En Cleveland acabó agrupándose un importante núcleo de gestaltistas alrededor suyo. En Miami conoció a Marty, otra mujer casada, treinta años más joven que él, a la que tomó como paciente y amante (por favor, no intenten hacer esto en su consulta…) y con la que compartió sus experiencias con el LSD, del que no consiguió la visión trascendente que esperaba. En Los Ángeles encontró también muy buena acogida, y allí se formó el tercer y quizá más importante foco de la Gestalt.

Fue precisamente en California donde el gitano, como le gustaba llamarse, acabó encontrando un hogar. Tras volver de un viaje por el mundo, con parada en Japón (donde aprendió los principios del zen en el monasterio Daitokuji de Kioto) e Israel (profundizando en el arte y el LSD), se incorporó al mítico Instituto Esalen en 1962. La filosofía del centro estaba en conexión con la psicoterapia Gestalt y especialmente con su época: la reprimida sociedad norteamericana se estaba lanzando vertiginosamente hacia un periodo de liberación contracultural que coincide con los movimientos sociales, el amor libre, el feminismo, el hedonismo y las drogas recreativas. Aunque pueda parecer una especie de comuna hippy no lo era en realidad: grandes figuras de diferentes disciplinas eran invitadas a dar charlas, cursos y conferencias, en lo que hoy llamaríamos think tank del humanismo. Eso sí, podías ir en pelota picada si te apetecía. Aldous Huxley, Abraham Maslow, Linus Pauling, Claudio Naranjo, Susan Sontag… una lista interminable de ilustres creadores pasaron por Esalen.

Jardines del instituto Esalen con estatua en porretas. Foto: Doug Ellis (CC)
Jardines del instituto Esalen con estatua en porretas. Foto: Doug Ellis (CC)

Fritz recuperó aquí las energías, y a sus casi setenta años estaba en su plenitud personal —y sexual—, convirtiéndose en el alma del Instituto. Rodeado de compañía femenina y mostrando todo su genio desconcertante, es difícil no imaginárselo como el Jubal Harshaw de Forastero en tierra extraña, la también contracultural novela de Robert Heinlein, proféticamente escrita en 1961. Era un hombre profundamente humano, y como tal, controvertido y ambiguo. Existía en él un deseo de reconocimiento casi infantil y una desesperada búsqueda de amor auténtico, que fue incapaz de fijar en una sola persona. No llevaba bien la relación con gente competitiva (le hacían sentir menos) ni con la dependiente (que le colocaban en situación de más). Era intenso en sus reacciones y descuidado para las cosas mundanas, lo que le valió varias expulsiones de los hogares donde se alojó. Podía ser muy afectuoso y muy hosco. Quienes lo conocieron lo amaban o lo odiaban: cuando Fritz detectaba en los demás aquello que rechazaba en sí mismo, podía ser muy cruel señalándolo. Y era increíblemente rápido detectando. Le gustaba especialmente adoptar el papel de bufón, y ejercía de «tocapelotas» reventando conferencias si el ponente le parecía fatuo o hipócrita. Una de sus víctimas favoritas —a quien definía como «un nazi bañado en azúcar»— era Abraham Maslow, del que no soportaba su seriedad; en una de sus ponencias Fritz se echó al suelo reptando sobre la barriga y otras payasadas similares. Hay miles de anécdotas relacionadas con su incorrección: con ocasión de una invitación a una fiesta hollywoodiense, Natalie Wood le contó su vida, sueño incluido —una especialidad de la Gestalt—. Como toda respuesta encontró un «Eres una chiquilla mal enseñada que solo piensa en sí misma».

En terapia perdía su inseguridad, pero no su autenticidad. Si alguno de ustedes tiene media hora libre y es fan de In Treatment o Mad Men, en este vídeo podrán verle mostrando por qué decía de sí mismo que era «50% hijo de Dios y 50% hijo de puta». La manera en la que confronta a la paciente sacándola de su posición victimista histriónica y conectándola con su parte más auténtica sin que se le escape de las manos está al alcance de muy pocos.

En los últimos años, sin embargo, Fritz empezó a disgustarse con la forma en que algunos practicaban la psicoterapia Gestalt. Se quejó amargamente de los milagreros que buscaban un insight instantáneo; para él, no se trataba de provocar un terremoto emocional a la persona y dejarla abandonada, sino de una labor de consolidar ese «darse cuenta» de lo obvio hacia una mayor autonomía. Se retiró a Canadá, donde fundó otra colonia gestáltica y tras un viaje a Europa, falleció en 1970. Sus funerales —porque fueron dos— son toda una metáfora de su vida y obra. En el de Nueva York, Goodman le criticó en su panegírico, señalando que había mejores gestaltistas que él. Dos semanas después, en California, más de mil doscientos seguidores —una muchedumbre en tiempos pre-Facebook— bailaron en su despedida tal como él dispuso. Su familia no le lloró, precisamente.

En sintonía con esta ambivalencia, aún hoy hay quienes consideran la terapia Gestalt una secta peligrosa y quienes un camino de iluminación; en realidad no es ni lo uno ni lo otro. Se trata de un modelo terapéutico que destaca por su creatividad y flexibilidad (es fácilmente compatible con otros modelos de mayor carga teórica), que además trabaja en planos tradicionalmente relegados como el de la emoción o el corporal y muy enfocado en la particularidad de cada individuo.

Pero para manejarlo es imprescindible un profundo respeto por la persona, capacidad empática, mucha paciencia y una amplia formación. Así que ya sabe; si su «terapeuta Gestalt» gusta de provocarle fuertes reacciones emocionales, como si le disparasen con un trabuco de perdigones, y le deja irse así a casa, o hace cosas extrañas que no van con usted, si se siente confuso, incómodo o desamparado… cambie de terapeuta.


Ludopatía en el siglo XXI: Trading

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(English version)

Sistemas automáticos de Trading en apuestas deportivas y operaciones bursátiles

Entre los aficionados a la ruleta americana hay dos tipos de jugadores: los que apuestan con el corazón al primer número que se les ocurre y los que intuyen y practican sistemas de juego para ganar, pergeñando estrategias de lo más enrevesadas en pos del algoritmo perfecto. Entre estos últimos existe un subgrupo cuyos miembros llegan a programar simuladores informáticos de la ruleta para controlar la ansiedad que provoca tener una ocurrencia y no disponer de un casino a mano para ponerla en práctica. Éste es mi caso.

El juego ha sido y es una actividad fundamental para los seres humanos durante todo su vida ya que posibilita el desarrollo social, emocional y cognitivo y permite el aprendizaje de roles y conductas sociales. También sabemos que las personas nos sentimos atraídas por el azar y la posibilidad de conocer en algún modo las leyes que lo rigen para dominarlo, lo cual se pone particularmente de manifiesto con las apuestas.

En la lengua anglosajona se utilizan dos vocablos distintos para distinguir el juego sólo como entretenimiento:  play, del juego como actividad en la que se compromete algo a cambio de la posibilidad de lograr una ganancia:  gambling.

A lo largo de la historia hemos conocido multitud de juegos recreativos relacionados con las apuestas, muchos de ellos aún practicados en la actualidad como los dados, las cartas o los eventos deportivos; y aunque aparecen nuevos tipos y versiones continuamente, con Internet se produce un cambio cualitativo en el mundo del juego de azar derivado de las características propias del medio como son la accesibilidad, la inmediatez y la universalidad. Estas características intrínsecas de Internet pueden convertir a un apacible aficionado a la entomología con ahorros en un compulsivo lector de los diarios Marca y Expansión que busca sin descanso entre las estadísticas el patrón mágico que le hará ganar el dinero suficiente para dedicarse en cuerpo y alma a sus insectos.

Los juegos de azar pueden ser actividades de entretenimiento o pueden llegar a convertirse en un grave problema para las personas que los practiquen. En el momento en que el juego deja de ser una diversión para convertirse en una adicción la afición al juego se convierte en una patología. Los diferentes legisladores son más o menos sensibles a este trastorno de la conducta debido principalmente a que los juegos de azar generan mucho dinero. Para controlar la balanza en la que se contrapesan los beneficios económicos en relación a los problemas y/o alarma social que generan las conductas adictivas al juego, las administraciones imponen una serie de controles y requisitos para que estos se desarrollen. Así, por ejemplo, se establece la forma de exhibir la información sobre el juego, los premios a los jugadores, el cómputo del tiempo de duración de las partidas, los medios de pago, etc.

Para evitar estos controles y que el negocio del azar pueda obtener el máximo beneficio económico por persona, Internet se convierte en el medio más adecuado para la explotación de este mercado. Accediendo a través de la red a las plataformas de juegos on-line podemos escoger el marco legislativo de juego que más nos convenga, no estamos condicionados por barreras físicas y está en nuestras manos jugar cuanto y a la velocidad que queramos, con un solo límite en común con los sistemas tradicionales: nuestro capital y/o nuestra capacidad de endeudamiento.

Las apuestas deportivas

En España, durante mucho tiempo, las únicas apuestas deportivas que se podían hacer eran la Quiniela en fútbol y la Quiniela Hípica en carreras de caballos. Este sistema permite pocas opciones de juego ya que sólo se puede apostar por un número muy pequeño de resultados que en el caso de la Quiniela son que en un partido gane el equipo local, que empate o que gane el equipo visitante.  La estrategia más compleja que puede poner en práctica un cabalista de la Liga BBVA es hacer apuestas dobles o triples con el consiguiente desembolso.

Matemáticamente, la probabilidad de acertar 14 resultados en la Quiniela es de 1 entre 4.782.469, la cual es bastante más baja que la posibilidad de acertar el número premiado en la lotería nacional antes de la OPV (después lo mismo añaden otro dígito) o en el sorteo de la ONCE, cuyas probabilidades son de 1 entre 100.000. La semana del 28 de agosto de 2011 los 17 acertantes de 14 obtuvieron un premio de aproximadamente 35.000€ (lo que se paga aproximadamente por acertar el cupón diario).

A través de las casas de apuestas, sin embargo, las opciones de juego son incontables; no sólo podemos apostar al famoso 1-X-2 sino que también lo podemos hacer al número de tarjetas del partido, la cantidad de córneres o al resultado exacto del encuentro, pudiendo hacerlo previamente al partido o en riguroso directo. Además las opciones no están acotadas a un deporte o a un país determinado.

Plataforma de apuestas de bet365: mientras apostamos en directo podemos consultar las estadísticas e incluso ver los eventos deportivos en la propia web

Así mismo podemos combinar apuestas para multiplicar las ganancias probables de tal forma que acabamos por organizar nuestra propia quiniela combinando que no saldrá el coche de seguridad durante el gran premio de F1 de Singapur (4.20) con que el Nápoles y el Villarreal empatarán en su próximo partido de la UEFA Champions League (3.50) dando como resultado una apuesta múltiple que pagaría 15.16€ por cada euro que apostásemos. Las casas de apuestas, como los casinos, permiten una cantidad máxima a apostar; en el caso anterior 72€ que tendría en potencia un premio de 1091€. Para apostar más cantidad dicha apuesta tendría que ser estudiada por uno de los analistas de la empresa.

Sistemas de Trading

Trading es en un vocablo inglés con el que cualquier aficionado a los blogs de economía y mercados está familiarizado. Significa comercio y lo solemos relacionar con operaciones de compra/venta a corto plazo.

Un sistema o plataforma de trading es un programa informático en el que se automatizan los procesos relacionados con el trading como pueden las compra-ventas de productos bursátiles (acciones, metales, divisas) o, en relación a las apuestas deportivas, los sistemas que posibilitan apostar sobre cuotas marcadas por otros usuarios como si de productos bursátiles se tratara. A este tipo de corredores se les denomina casas de intercambio. Por lo tanto, en las casas de intercambio de apuestas no se juega contra un corredor de apuestas, sino contra otros aficionados a cambio de una comisión, la cual paga impuestos en Gibraltar.

Los usuarios pueden apostar a favor (“back”) o en contra (“lay”) de un determinado acontecimiento (por ejemplo que el Atlético le gane al Real Madrid o que Casy Stoner se caiga en una determinada carrera) de forma similar a la operativa de compra (“bid”) o de venta (“ask”) utilizados en los mercados financieros.

Así, podemos observar cómo a medida que crecen las dudas sobre la economía griega crecen los intereses sobre la deuda, como en un partido de fútbol van cambiando los precios que pagan las casas de apuestas en tanto a que un equipo u otro haya marcado un gol o sa haya expulsado a su delantero estrella. Por lo tanto, parece que en el trading deportivo influyen los mismos factores psicológicos que en el trading financiero, como son el pánico, la euforia, el optimismo, etc. Así cómo la información que proporcionan los mejores pronósticos de fútbol.

Plataforma de trading de Betfair con datos sobre los importes en juego en un momento determinado

Mercados

En estos tiempos donde los medios de comunicación nos bombardean con términos económicos y donde se nos obliga a convivir con el Ibex35  no hay quien escape a intentar entender un poco más del mundo en el que vive en relación a esta información. Este lícito interés puede desembocar en el acercamiento a la bolsa y sus derivados.

Si tenemos 500€ ahorrados hasta hace bien poco no se nos podía ocurrir invertirlos en productos financieros. No sólo porque desconociésemos su operativa, sino porque las comisiones por compra-venta junto con la necesidad de acudir al banco hacían poco rentable en todos los sentidos cualquier operación.

Con los sistemas de trading estas dificultades desaparecen. Abrirse una cuenta en IG Markets o en X-trader es tan simple como obtener un correo de Gmail. Por supuesto no tenemos que desplazarnos, pero es que además no es necesario que tengamos dinero ahorrado; si “confiamos” en un valor podemos “invertir” con la tarjeta de crédito. Pero ¿y los beneficios? nos preguntaremos. Hemos comentado anteriormente que con 500€ poco podemos ganar. Pues bien, esto ya no es así gracias a los conceptos apalancamiento y contratos por diferencia.

El Contrato por Diferencia (en adelante CFD) es un producto financiero que permite a los inversores participar en el movimiento de precios de los valores sin necesidad de tener en propiedad la acción o la materia prima subyacente. De esta forma nos posibilita comprar o vender a crédito, desembolsando sólo una pequeña cantidad del coste del producto.

El apalancamiento es la relación entre capital propio y el crédito invertido en una operación financiera. Al reducir el capital inicial que es necesario aportar se produce un aumento de la rentabilidad obtenida. El incremento del apalancamiento también aumenta los riesgos de la operación dado que provoca menor flexibilidad o mayor exposición a la insolvencia o incapacidad de atender los pagos.

Por lo tanto nuestros 500€ se convierten, al operar en la plataforma de trading, en 5.000€ por arte de magia, con lo que a poco que cambie el valor de una acción podemos obtener rentabilidad. Todo esto nos permite operar intradía o lo que es lo mismo: ver en una hora cuánto ganamos o perdemos con la variación del valor de nuestras acciones como si fuésemos brokers profesionales. Tampoco es necesario pagar comisiones por la compra venta de acciones, podemos trabajar con índices, materias primas o el precio del metro cuadrado en Londres.

Si podemos ganar mucho dinero con el apalancamiento lo primero que intuimos es que también lo podemos perder, pero esto no es exactamente así: aquí encontramos la magia de los CFDs al menos para las empresas de trading que ganan mucho dinero en base a algo tan aparentemente inocente como no permitirnos perder.

Plataforma de trading de IG Markets

El Stop garantizado es la denominación de la salvaguarda del pequeño inversor que no puede asumir grandes pérdidas, al menos en un solo pago. El stop garantizado es el importe máximo que un usuario de CFDs puede perder en una posición (se denomina posición al hecho de tener invertido el dinero en algún producto bien apostando a que el precio de éste baja o bien a que sube).

¿Cuál es el truco? Cuando el valor alcanza el stop garantizado se pierde todo el dinero que pasa a manos de la casa de trading. Ilustremos el funcionamiento de esta operativa con un ejemplo.

Nosotros pensamos que hoy el Ibex35 va a subir con lo que entramos en nuestra plataforma y encontramos la información en directo de los precios de compra y de venta en relación al ibex.

Decidimos comprar un contrato con el que cada vez que suba un punto el Ibex35 ganaremos 1€ y cada vez que baje un punto perderemos 1€. Si el Ibex sube un 2% (o sea 166 puntos) ganaremos 166€.

En el nivel de stop indicaremos hasta cuánto estamos dispuestos a perder y esa cantidad de dinero será la que nos requerirá la casa de trading.

De entrada empezaremos perdiendo 18€ que son los 18 puntos que hay entre el precio de compra y el precio de venta, esto es lo que se llama spread

Al contrario que en las acciones con las que normalmente se opera con entidades bancarias, con los CFD’s no tenemos posibilidad en caso de equivocar nuestras predicciones a esperar para recuperar nuestra inversión.Si decidimos que nuestro nivel de stop es de 166€, en caso de que la bolsa oscile un 2% perderemos todo el dinero y aunque posteriormente nuestro índice crezca un 10% no percibiremos ni un euro. La bolsa, más en estos momentos de gran volatibilidad (muchas subidas y bajadas continuadas), tiene cambios continuos de cotización intradía, aunque al final de la jornada haya tenido una clara tendencia hacia arriba o hacia abajo.

¡Maldita sea, los cadáveres sangran!

Cuenta el famoso psiquiatra Abraham Maslow que en cierta ocasión acudió a su consulta una persona que se consideraba a sí mismo un cadáver. A pesar de los argumentos lógicos del médico, aquel hombre persistía en su creencia. En un momento de inspiración le preguntó a su paciente: “¿Cree que los cadáveres sangran?” A lo que éste respondió: ” ¡Eso es ridículo! Es evidente que los cadáveres no sangran”. Tras pedirle permiso, el psiquiatra pinchó en un dedo al paciente y una gota de sangre roja y brillante brotó. El paciente asombrado exclamó: “¡Maldita sea, los cadáveres sangran!”

Pretendo, con esta anécdota, hacer una metáfora sobre cómo nuestras creencias, en nuestro caso: que las apuestas derivadas de una estrategia sean ganadoras, pueden dominar nuestro sentido común. Y es que no existe, o al menos no hay demostración matemática, de que alguna técnica pueda generalizarse como ganadora, y de aquí excluyo a los trabajos científicos de Kevin Mitnick o los Pelayos, que los trataré en un artículo adicional, a pesar de los  miles de intentos pseudocientíficos de los aficionados por alcanzarla.

Es muy ilustrativa la ópera prima de Darren Aronofsky: Pi, la fe en el caos , en la que un matemático muy reservado, bastante paranoico y aquejado de fuertes migrañas, pretende descubrir el modelo matemático que rige los vaivenes de la bolsa, a través de cálculos y programas propios que introduce en su ordenador.

SPOILER: Al final se vuelve loco

Cuando uno acude al bingo a jugar unos cartones confía en la suerte invocándola con un gesto a veces tan complejo como los saludos de Will Smith en El príncipe de Bel Air o totemizándola con algún extraño amuleto quizá procedente de una de las perdidas naves espaciales de los Heechees. En el bingo no hay ninguna estrategia que favorezca la probabilidad de salir premiado ya que los cartones habitualmente no se eligen sino que te los dan y aunque se pudieran elegir es prácticamente imposible encontrar un cartón con una combinación específica en el tiempo entre que termina y empieza la siguiente jugada.

En la lotería pasa algo parecido, aunque sí  es posible comprar un número específico. Suponiendo que existe una combinación premiada diaria (pongamos por ejemplo 300 números al año) para recorrer los 100.000 números, necesitaríamos al menos 30 años y aún así no tendríamos datos suficientes con los hacer un análisis estadístico para evaluar las tendencias futuras.

Por lo tanto tenemos la seguridad de que en muchos juegos de azar el conocimiento de una disciplina como la estadística no nos supone ventaja alguna excepto si nos convence de que jugar no es una buena idea en términos económicos. Sin embargo sí hay otros juegos en los que las matemáticas o el conocimiento en profundidad de los eventos suponen una gran ventaja para el jugador que domina la materia. Un ejemplo son los dados.

Intuitivamente cuando jugamos a los dados podemos pensar que existe la misma probabilidad de que salga un 7 que un 12 y por tanto confiarnos a nuestro número de la suerte. Un análisis de las diferentes combinaciones de los dos dados nos sacara rápidamente del error ya que el 12 sólo lo podemos obtener con la combinación de dos 6 (1/36), mientras que el 7 se puede obtener con la combinación de un 6 y 1 ó un 5 y 2 ó un 4 y 3 (6/36). ¡Hay 6 veces más de posibilidad de que salga 7 a que de que salga 12!

Evidentemente los casinos y casas de apuestas conocen estos datos y adecuan los premios al tipo de apuesta, jugando la banca siempre con ventaja.

En el trading financiero y deportivo parece importante conocer los mercados o las trayectorias deportivas de los objetos de apuesta para jugar con ventaja y obtener ganancias, y es en este punto donde se aprecia un cambio conceptual entre jugar confiando en la suerte como en la lotería o en los conocimientos.

Sólo hay que echarle un vistazo a la publicidad en internet para ver hasta qué punto las empresas de trading financiero y deportivo están ávidas de clientes para convertirlos tras algunos manuales y un par de seminarios en donantes de euros. Y es que es más fácil aprender Klingon que dominar la nueva jerga en la que se imbuye un trader principiante. A menos que uno sea muy espabilado,  puede perder mucho dinero mientras aprende las particularidades de cada sistema.

El trading está en auge y para introducirnos en él contamos con numerosas webs que se hacen eco o directamente forman para orientarnos entre la amalgama de vocablos y estrategias. En apuestas deportivas podemos encontrar muchos mensajes bienintencionados de usuarios que comparten sus análisis e intuiciones como los que aparecen en esta web de estrategias, y en el trading financiero las propias compañías van dando seminarios gratuitos por todos los países en los que funcionan.

De la misma manera que desde hace mucho tiempo se vienen poniendo en práctica técnicas para ganar en la ruleta y de las que podemos encontrar miles de páginas en Internet la mayoría puestas en línea por los propios casinos, también hay muchas técnicas para apostar en la bolsa o en resultados de los eventos deportivos. La diferencia estriba en que la ruleta está muy estudiada y se sabe con seguridad que no hay ninguna técnica demostrada que sirva para ganar. Sin embargo, en las apuestas en mercados financieros y eventos deportivos hay tantas posibilidades que no se puede demostrar matemáticamente que uno acabará perdiendo, a no ser que se deduzca motu proprio que la banca siempre gana.