La banda que hablaba con los delfines

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El doctor Harry L. Williams deposita chorros LSD mediante una jeringa en la boca del doctor Carl Curt Pfeiffer. (DP) delfines

En la famosa persecución de Con la muerte en los talones, la de la avioneta fumigadora, Cary Grant tiene un brillo ácido en la mirada. La escena es en sí una especie de alucinación, un sueño que transcurre en silencio en el que una máquina amenazadora cae del cielo sin escapatoria posible. Por aquella época, el actor consumía una dosis diaria de LSD y se había convertido en el apóstol de la nueva droga en el mundillo de Hollywood. «Toda mi vida», comentaba Grant en aquel año 1959, «he estado vagando en la niebla. Eres un puñado de moléculas hasta que averiguas lo que eres realmente».

El sueño de la avioneta perseguidora pertenece a un tiempo en que la sociedad aceptaba con cierta normalidad las alucinaciones. Comenzaba la década de los sesenta y el mundo parecía tan ilusorio como una transparencia de Hitchcock. El Sputnik daba vueltas al planeta con su incansable pitido, la CIA buscaba una droga de la verdad en las selvas tropicales y las dos principales potencias decoraban los desiertos con hongos nucleares. En aquel ambiente se empezó a fraguar un sueño colectivo, el de cambiar la mente humana, que acabó convertido en un «mal viaje». 

Si tuviéramos que rodar la extraña película del LSD, arrancaría con un viaje en bicicleta. El 19 de abril de 1943, el doctor Albert Hofmann estaba retomando en su laboratorio de Suiza su investigación sobre una sustancia, la «dietilamida de ácido lisérgico», que bautizó como LSD-25 y de la que sospechaba que podía actuar como medicamento revitalizante. Después de ingerir una dosis de 0.25 miligramos, Hoffman notó que le costaba hablar de forma inteligible y le pidió a su ayudante que le acompañara a casa. «De camino», escribe Hofmann, «mi estado empezó a ser preocupante. Todo en mi campo de visión empezó a ondularse y estaba distorsionado como en un espejo curvado». Durante varias horas, Hofmann pensó que se había vuelto loco y permaneció encerrado en su habitación con sus propios demonios. Hasta que se despertó despejado y fresco. En los siguientes años siguió investigando las características del LSD desde los laboratorios Sandoz y el alucinógeno emprendió su propio camino por universidades y centros de investigación hasta convertirse en la droga fundacional de la contracultura y el movimiento hippie

La siguiente escena se desarrolla a principios de los años sesenta en la costa oeste de Estados Unidos. Allí, un joven fornido y amante del deporte se apunta a un programa de investigación de la Universidad de Stanford, patrocinado por el gobierno, donde ofrecen LSD y otros alucinógenos a voluntarios para estudiar sus efectos. Aquel joven, llamado Ken Kesey, usaría la experiencia para escribir su famoso libro Alguien voló sobre el nido del cuco y se convertiría en uno de los símbolos del movimiento lisérgico. En el año 2011, para su documental Magic Trip, el cineasta Alex Gibney recuperó las grabaciones originales de aquel primer «viaje» de Kesey en las que el escritor va describiendo sus sensaciones. «Esa luz en lo alto de la habitación», musita delante del micrófono, «es como un gran ojo. Y los nervios ópticos se están extendiendo por las paredes». Durante varios minutos describe «imágenes de un color salvaje», visiones de «testículos machacados» y la grabadora se convierte en un sapo agazapado listo para saltar. «Cuando salí de allí», contó Kesey, «fue como descubrir un agujero que llega al centro de la Tierra y está lleno de joyas. Y quieres que la gente baje y lo disfrute».

Aquella necesidad de compartir la experiencia llevó a Kesey a convertirse en los años siguientes en el capitán del LSD, al frente de su autobús ocupado por un grupo de majaras autodenominados los «Alegres Bromistas». La peripecia, el viaje de costa a costa de aquel autobús de colores en el que todo el mundo experimentaba con el ácido, está fantásticamente descrita por Tom Wolfe en su libro Ponche de ácido lisérgico. Una noche, días después de celebrar una macrofiesta con los Ángeles del Infierno, los Bromistas se tumban en el suelo y tratan de conectar con los extraterrestres. «Kesey tomó unos 1500 microgramos», describe Wolfe, «y otros Bromistas tomaron dosis menores, y se echaron todos en el suelo y empezaron a poner en práctica la “Radio Humanoide”: balbuceos, ecolalia, aullidos, toda suerte de expresiones no verbales… a hablar, por así decir, “en lenguas”. La idea era dar con la frecuencia o el modo que les permitiera comunicarse con seres de otros planetas, de otras galaxias…».

En el otro extremo del país, en la costa este, el otro protagonista de nuestra historia tenía un punto de partida académico, más intelectual. El profesor de la Universidad de Harvard, Timothy Leary, comenzó a experimentar los efectos de los hongos alucinógenos y el LSD con los alumnos y terminó tratando de conseguir cambiar el mundo invitando a probar el ácido a las élites. Él y sus amigos, Aldous Huxley y Allen Gingsberg, también creían que el LSD podía cambiar la mente humana. «El contraste es lo que dispara la risa, el terror», escribe Leary en su autobiografía, Flashbacks. «Descubrimos de sopetón que durante largos años hemos estado programados, que todo lo que aceptamos como realidad es solo una invención social». Al final de sus días, su trayectoria vital fue aún más loca que la de Kesey: se presentó a unas elecciones contra Ronald Reagan, fue expulsado de la universidad, encarcelado y acabó exiliado con los Panteras Negras en Argelia después de que los miembros de la Weather Underground le ayudaran a escapar de la cárcel.

La nueva generación parecía querer traspasar los límites de lo que su cerebro había establecido como verdad. Como en una novela de Philip K. Dick, se consideraban atrapados en una alucinación colectiva de la que solo se salía abriendo las puertas que abren los alucinógenos. «En los dominios de la mente», escribía el neurocientífico John Lilly, otro de los colegas de Leary, «lo que uno cree que es verdad, o es verdad o se convierte en verdad dentro de ciertos límites. Esos límites deben ser encontrados». A principios de los sesenta la investigación de Lilly se centró en la creación de unos tanques de privación sensorial. En su interior, sumergido en agua y sin ningún estímulo externo, Lilly comprobó que el cerebro recreaba toda una serie de experiencias alucinatorias. Después empezó a probar a encerrarse con LSD o ketamina, y más adelante acompañado de delfines, con quienes pasó años intentando establecer algún tipo de comunicación.

Pero el tiempo del desenfreno y las mentes sumergidas en úteros lechosos llegó a su fin. Alrededor de 1970, ante la proliferación del consumo de LSD en el movimiento hippie, y la publicación de falsas noticias sobre jóvenes que se quedaban ciegos mirando al sol, el consumo y experimentación con alucinógenos quedó prohibido en Estados Unidos. Seis años antes, y ante la presión social, Sandoz había dejado de fabricar la sustancia. Los profetas del LSD como Timothy Leary dejaron unas cuantas víctimas por el camino. «Una generación de inválidos de por vida», escribiría después Hunter S. Thompson, los que se tomaron en serio el cuento del ácido y se tragaron la falacia de que «alguien, o al menos alguna fuerza, estaba cuidando la luz al final del túnel». En ese mismo periodo, la CIA había administrado alucinógenos a miles de personas sin su consentimiento; a presos, soldados, a poblaciones enteras e incluso a sus propios agentes, en la siniestra operación MK Ultra que acabó en escándalo nacional. Su búsqueda de la verdad, o mejor dicho, del «suero de la verdad», tampoco tuvo éxito. 

La prohibición del LSD fue el fin de una alucinación colectiva, pero ahora sabemos que también supuso el parón de muchas investigaciones prometedoras. Mientras Leary y los filósofos del ácido se dedicaban a la revolución mental, algunos científicos hacían su trabajo. En 1953, un grupo de psiquiatras canadienses había comenzado a investigar el uso de LSD en el tratamiento del alcoholismo y obtuvieron buenos resultados. La investigadora Erika Dyck publicó una recopilación de aquellas investigaciones y demuestra que el tabú social sepultó estos trabajos injustamente en el cajón de la ciencia lisérgica. Hacia 1960, el grupo canadiense había tratado a unos dos mil pacientes alcohólicos y buena parte de ellos había dejado su adicción al alcohol con una sola dosis. Se calcula que para entonces se habían publicado más de mil estudios científicos sobre las sustancias alucinógenas con resultados prometedores en unos cuarenta mil pacientes.

Aquellas investigaciones también contribuyeron a comprender que las enfermedades mentales se debían a un desequilibrio químico en el cerebro y a dejar de buscar la explicación en traumas freudianos e infantiles. El mecanismo molecular de estas drogas activa vías similares a las que intervienen en la psicosis o la esquizofrenia, lo que codujo a un nuevo enfoque en su tratamiento. A partir de los años noventa el miedo a lo lisérgico empezó a remitir y algunos científicos se adentraron en el peliagudo terreno de la experimentación, aunque hasta 2008 no se permitió en Estados Unidos. Hoy se están empleando sustancias alucinógenas para eliminar la angustia de manera significativa en pacientes con cáncer terminal y se reconoce su potencial para aliviar los síntomas de algunas enfermedades psiquiátricas. 

Un reciente estudio publicado en PLOS ONE, realizado con una muestra de ciento treinta mil sujetos en Estados Unidos, indica que el LSD, la psilocibina y la mescalina, además de no ser adictivos, no han provocado daños en el cerebro de sus consumidores durante largos periodos de consumo. Lo que sí está probado es que estas drogas precipitan la aparición de esquizofrenia o psicosis en personas predispuestas a sufrir estas alteraciones mentales, lo que las convierte en una amenaza universal, pues nadie sabe en qué medida está expuesto a estos males ni hay manera, de momento, de predecirlo.

Lo más interesante, quizá, es que hoy conocemos mejor el mecanismo que llevó al LSD y otros alucinógenos a convertirse en los grandes moduladores de la conciencia de la «era de Acuario». El ácido del doctor Hofmann, el viejo elixir del cornezuelo del centeno, contiene una de esas moléculas que juegan a engañar al sistema nervioso. Estas moléculas se parecen tanto a la serotonina que encajan perfectamente en los receptores que el cerebro tiene para este neurotransmisor. Y la serotonina juega un papel fundamental en aspectos como la percepción, la emoción, el apetito o el sueño, de modo que el efecto de la droga, en función de la dosis, es global e impactante.

Pero lo que convierte a estas sustancias en la llave de «las puertas de la percepción» es su capacidad para alterar la conexión entre las regiones cerebrales donde se reciben los estímulos (la vista, el oído o el tacto) y aquellas en las que se interpretan. Cuando las neuronas de los sistemas sensoriales dejan de interpretar correctamente lo que se recibe del exterior, el cerebro «desconecta» de la realidad y el individuo cree experimentar la visión de nuevas dimensiones o realidades. Una combinación de moléculas haciendo su propia revolución mental en el cerebro. La receta perfecta para hablar con los delfines o mirar al centro de la Tierra por un agujero de colores. 


La carne de dios

Psilocybe species include P. baeocystis (left) and P. pelliculosa (right). Fotografía: Mushroom Observer (CC)
Psilocybe baeocystis (izquierda) y Psilocybe pelliculosa (derecha). Fotografía: Mushroom Observer (CC)

La psilocibina es un compuesto psicodélico presente en unas ciento ochenta y seis especies de hongos. La mayor concentración se encuentra en varias especies del género Psilocybe pero se ha identificado en otros doce géneros más. Tras su ingestión, nuestro organismo transforma la psilocibina rápidamente en psilocina, una molécula psicoactiva que actúa sobre los receptores cerebrales de serotonina y genera alucinaciones, euforia y trastornos de la percepción; aumenta la emotividad, favorece la capacidad de introspección y genera un recuerdo muy vívido de algunas memorias. También pueden experimentarse reacciones negativas tales como náuseas, nerviosismo o dolores de cabeza y en algunas personas puede ser aún peor, con ataques de pánico o paranoia. La duración de los efectos está entre dos y seis horas, pero como también altera la percepción del tiempo los consumidores lo viven como que ha pasado mucho más. Un estudio realizado sobre ciento diez voluntarios sanos que recibieron de una a cuatro dosis de psilocibina concluyó que experimentaron «cambios profundos en el estado de ánimo, en la percepción y en el pensamiento y valoraron la experiencia como placentera, enriquecedora y no amenazante».

Los «hongos mágicos» tienen una historia bien delimitada en dos etapas y no necesariamente una es la continuación de la otra. En la primera parte, antes de mediados del siglo XX, su consumo estaba unido a un ámbito ritual y se buscaba una comunión con los espíritus. Hay pinturas murales en el Sáhara donde se observan figuras con algo que parecen setas en sus manos y recubriendo toda su piel. En un mural de unos doce metros situado en un abrigo rocoso del yacimiento de Selva Pascuala (Villar del Humo, Cuenca) hay otras formas poco definidas y se ha planteado que podría tratarse de una transición de setas a hombres, algo que podría estar relacionado con el consumo de Psilocibe hispanica en esa zona. Ya en épocas históricas, las setas psilocibias eran un componente importante de la culturas americanas, en particular de los aztecas. Los clérigos españoles persiguieron el consumo por los indígenas mexicanos y lo trataron como un asunto diabólico, identificando correctamente que era parte de la comunión de las culturas precolombinas con sus divinidades —el nombre en nahuatl, el lenguaje de los aztecas, es teonanácatl, la carne de dios— y, precisamente por eso, buscando acabar con ello. A pesar de siglos de prohibiciones y persecuciones, las setas psilocibias siguen formando parte de rituales religiosos de distintos grupos étnicos incluyendo los nahuatls, los matlatzinca, los totonacs, los mazatecas, los mixes, los zapotecas y los chatino.

La segunda etapa, que podríamos llamar recreativa, se inicia en la segunda mitad del siglo XX y el consumo sigue pautas muy diferentes: se realiza por personas de países desarrollados o de los mismos países pero sin una conexión espiritual ni cultural, en un lugar no simbólico, sin la presencia de alguien que actúe como guía (el chamán) que es el que regula qué y cuánto se consume. En el primer caso se trata una ceremonia que se considera el acto más sublime del grupo, donde se recibe a los dioses o se hace uno con ellos, y donde el componente espiritual es una parte fundamental y necesaria. En la versión moderna, el consumo es recreativo y va frecuentemente unido a ilegalidad, a tráficos y consumos de sustancias prohibidas. En 1957, un banquero y micólogo aficionado, R. Gordon Wasson, y su esposa Valentina describieron sus experiencias de ingestión de hongos con psilocibina durante una ceremonia tradicional en México, publicando un artículo en la revista Life titulado «Seeking the Magic Mushroom» («Buscando el hongo mágico»). En un segundo viaje les acompañó Roger Heim, director del Museo Nacional de Historia Natural de París, quien identificó las especies de setas utilizadas y envió unas muestras al químico Albert Hofmann, que trabajaba en Sandoz y había conseguido fama mundial al sintetizar el LSD en 1938. A este grupo se unió Timothy Leary, profesor en la Universidad de Harvard que ayudó a popularizar la psilocibina y a defender sus posibles usos terapéuticos. Como había sucedido en la época de la colonia, las autoridades norteamericanas y europeas también ilegalizaron su consumo, posesión y venta, siendo clasificadas como drogas de tipo 1, que son las que tienen un alto potencial de abuso y ningún efecto terapéutico.

A pesar de este estigma, se han hecho diversas investigaciones sobre los principios activos de las setas psilocibias y sus efectos. Griffiths y su grupo hicieron un ensayo clínico con psilocibina en treinta y seis personas que nunca habían tomado un alucinógeno pero que participaban en prácticas religiosas o espirituales. Los voluntarios fueron evaluados durante el tratamiento, poco después y dos meses más tarde, y unos tomaron psilocibina y otros un placebo activo: metilfenidato (Ritalin). El Ritalin produce un efecto estimulante pero no alucinógeno, y se usó porque si se hubiera tomado un compuesto inactivo como control los usuarios habrían identificado con rapidez en qué grupo participaban y se habría dado un sesgo en sus respuestas. A los dos meses, los participantes valoraron la experiencia con la psilocibina como algo muy significativo en el plano personal, con un intenso componente espiritual y atribuyeron a esta experiencia cambios positivos en su actitud ante la vida. Una nueva evaluación un año después hizo que los participantes describieran su experiencia con la sustancia fúngica como una de las más significativas personal y espiritualmente de sus vidas y consideraron que había mejorado su bienestar y su satisfacción con su propia existencia. Para confirmar este efecto, los investigadores entrevistaron también a familiares, amigos y compañeros de trabajo de las personas que habían participado, llegando a la conclusión de que estos cambios eran consistentes con las puntuaciones que les daban los familiares, amigos o colegas de cada participante; es decir, habían cambiado y había sido para mejor. Es una evaluación chocante por dos motivos, por un lado porque se producen cambios duraderos en el tiempo con una experiencia puntual y, por otro, por esa clasificación de la psilocibina entre las drogas de tipo 1, las más peligrosas y dañinas.

DETALLE del panel 1 de la pintura prehistórica de Fuente de Selva Pascuala (Cuenca, España): probables hongos alucinógenos.
Detalle del panel 1 del yacimiento de Selva Pascuala (Villar del Humo, Cuenca). Fotografía:  Giorgio Samorini (CC)

Un segundo grupo de estudios, incluyendo varios ensayos clínicos, se ha centrado en las posibilidades terapéuticas de la psilocibina. La base de datos norteamericana de ensayos clínicos (accedida el 14 de noviembre de 2015) recoge quince estudios realizados o en realización con esta molécula donde se investigan sus posibles beneficios para los pacientes con cáncer, para las crisis de ansiedad, para dejar la adicción a drogas como el alcohol o la cocaína y para mejorar la psicología y eficacia de líderes religiosos, como si pudiéramos tener chamanes de laboratorio. Un par de estudios recientes se han centrado en pacientes con estados avanzados de varios tipos de cáncer y un diagnóstico de un trastorno de ansiedad. Los resultados estadísticos permitían concluir que la psilocibina generó una disminución de la ansiedad y una mejoría en el estado de ánimo de estos pacientes.

El tercer ámbito de actividad en el que la psilocibina parece una molécula prometedora es en el tratamiento de la depresión. La psilocibina se une a los receptores serotonérgicos 1A/2A/2C y hace que la respuesta de la amígdala cerebral a los estímulos negativos o neutros se atenúe y eso genera una mejora del estado de ánimo en las personas deprimidas. La psilocibina actúa también sobre la corteza anterior del cíngulo, una zona que muestra cambios de actividad en personas con depresión y el tratamiento lo normaliza. Las personas con depresión tienen un exceso de actividad en la llamada «red neuronal por defecto» y así están todo el tiempo rumiando sobre ellos mismos, su nulo valor, sus fallos, su maldad, los fracasos vividos y los fallos cometidos. La psilocibina parece actuar también a este nivel, deteniendo lo que se conoce como rumiación obsesiva y mejorando la autoestima de los pacientes. Los primeros ensayos clínicos con la sustancia vieron que los voluntarios que participaban en el estudio se sentían de mucho mejor ánimo unas pocas semanas después, aunque prácticamente ningún laboratorio farmacéutico está dispuesto a participar en el estudio por las dificultades administrativas y legales que implica trabajar con una sustancia controlada.

Los cambios que la psilocibina genera en el cerebro se asemejan también a otro proceso natural de la mente: la creación de sueños. Tras inyectar psilocibina a quince voluntarios y meterlos en un escáner de resonancia magnética funcional, Robin Carhart-Harris y sus colegas del Imperial College han visto que se producía una caída de la actividad en el tálamo y en la corteza anterior y posterior del cíngulo. También se vio que se producía una disminución en el acoplamiento entre la corteza prefrontal y la corteza posterior del cíngulo. Estas regiones están relacionadas con el autocontrol y los pensamientos más elaborados. Estos cambios en los niveles de actividad son similares a los que se producen cuando una persona sueña, lo que podría tener que ver con las visiones y las experiencias oníricas, y la menor actividad en los centros de conexiones también sugiere una cognición sin restricciones, como si el cerebro se comportase «más libre» tras el consumo de psilocibina.

La psilocibina se clasifica también dentro de las sustancias enteógenas, aquellas moléculas capaces de suscitar experiencias espirituales, un aspecto enormemente sugerente por sus implicaciones pero que entre los científicos suele generar cierta incomodidad. De hecho se ha visto que la psilocibina y el LSD son capaces de inducir experiencias místicas o trascendentes en una relación dosis dependiente, algo que no sucede con otras drogas psicoactivas como el éxtasis, el cánnabis, los opioides, la cocaína o el alcohol. Tras un ensayo clínico con psilocibina, la mitad de los participantes lo describieron como la experiencia espiritual más significativa de sus vidas.

Las experiencias místicas son un componente fundamental de las tradiciones religiosas y culturales en todas los continentes y en todas las épocas. En todas ellas hay un núcleo común, un relato bastante parecido que incluye sentimientos de unidad, de conexión, de sentirse en un ámbito sagrado, de paz, inefabilidad, alegría, trascendencia y una idea difícil de explicar de que esa experiencia es una fuente de verdad. Durante milenios, los humanos hemos usado una serie de rituales para alcanzar ese estado incluyendo la meditación, el rezo, el ayuno y la danza. También es común el consumo en esos ceremoniales de sustancias con poderes místicos que pueden ir desde la transubstanciación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Dios a la ayahuasca, el peyote y los hongos mágicos.

 Para leer más:

  • Carhart-Harris RL, Erritzoe D, Williams T, Stone JM, Reed LJ, Colasanti A, Tyacke RJ, Leech R, Malizia AL, Murphy K, Hobden P, Evans J, Feilding A, Wise RG, Nutt DJ (2012). «Neural correlates of the psychedelic state as determined by fMRI studies with psilocybin». Proc Natl Acad Sci U S A. 109(6): 2138-2143.
  • Griffiths R, Richards W, Johnson M, McCann U, Jesse R (2008) «Mystical-type experiences occasioned by psilocybin mediate the attribution of personal meaning and spiritual significance 14 months later». J Psychopharmacol 22(6): 621-632.
  • Kraehenmann R, Preller KH, Scheidegger M, Pokorny T, Bosch OG, Seifritz E, Vollenweider FX (2014) «Psilocybin-Induced Decrease in Amygdala Reactivity Correlates with Enhanced Positive Mood in Healthy Volunteers». Biol Psychiatry pii: S0006-3223(14)00275-3.
  • Lyvers M, Meester M (2012) «Illicit use of LSD or psilocybin, but not MDMA or nonpsychedelic drugs, is associated with mystical experiences in a dose-dependent manner». J Psychoactive Drugs 44(5): 410-417.
  • Samorini G (1992) «The oldest representations of hallucinogenic mushrooms in the World (Sahara Desert, 9000-7000 B.P.)». Integration 2 (3): 69–78. Enlace.
  • Young SN (2013) «Single treatments that have lasting effects: some thoughts on the antidepressant effects of ketamine and botulinum toxin and the anxiolytic effect of psilocybin». J Psychiatry Neurosci 38(2): 78-83. Enlace.


¿A dónde se fueron los sesenta, Perry Lane?

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—¿Quieres decir algo como lo que Andy Warhol está haciendo?—, dije.

… pausa. «No es por nada», dice Kesey, «pero Nueva York está dos años por detrás».

(Tom Wolfe, Ponche de ácido lisérgico, 1968).

Cuando Ken Kesey llegó en 1958, acompañado de su santa mujer Faye, Perry Lane era un modesto tramo de asfalto irregular en el suburbio californiano de Menlo Park, con cabañas de madera oscura de una sola planta envueltas en sombras frías de secoyas y un roble gordo y viejo postrado en medio como una estatua olvidada. Era el barrio bohemio de la Universidad de Stanford, donde habían vivido importantes figuras académicas, como el premio nobel Felix Boch o Jon Lindbergh, el hijo del aviador, y donde seguían viviendo profesores y estudiantes de izquierdas; la única «zona libre» en decenas de kilómetros a la redonda donde se aceptaban la marihuana y el libertinaje. Kesey, un estudiante de veinticinco años, guapo e inteligente, venido del campo de Oregon, se instaló en el número 9 de la callejuela, en una cabaña de dos habitaciones, asistió a sus clases de escritura creativa en Stanford sin grandes aspiraciones, y se enganchó sin esfuerzo a la rutina de fiestas y cenas de la alegre Perry Lane, rodeado de algunos de sus compañeros de clase, como su fiel amigo Ken Babbs, Ed McClanahan, Robert Stone o el futuro Pulitzer Larry McMurtry.

Un año más tarde, en esa misma cabaña de Perry Lane, Kesey escribió Alguien voló sobre el nido del cuco, la historia de los pacientes de un hospital psiquiátrico sometidos a la tiranía del sistema; una novela que resultó un éxito de ventas internacional. La escribió en solo nueve meses, como parte de su curso en Stanford, en un ambiente que ya no era el bohemio de un año antes, sino algo distinto y nuevo: su casa estaba ahora repleta de alucinógenos y era el peyote el que le había dictado las primeras frases del libro, alentándole a aporrear su máquina de escribir en vísperas de una gran fiesta cargada de LSD, con su mujer Faye al fondo y su pandilla de amigos, los que luego Babbs bautizaría como los Merry Pranksters (Alegres Bromistas). Perry Lane había cambiado. Kesey había llevado la exploración a una dimensión desconocida, la de la conciencia, esa última frontera que los expedicionarios americanos no habían alcanzado en su tradicional conquista del lejano y salvaje oeste. Ardiendo en la fiebre exploradora que llevaba en la sangre y que todavía contagia a quienes pisan California, Kesey cambió Perry Lane al introducir el LSD con el ambicioso desafío de conquistar los confines de la psique, sin saber que esa pequeña revolución acabaría con la inocencia de EE. UU. —y con buena parte de sus neuronas— y salpicaría al mundo entero, mostrando una nueva forma de oír, de ver y de vivir. Aquellos aspirantes a escritores y artistas que se reunían en Perry Lane para leer a Burroughs, en voz alta, hasta sabérselo de memoria, admirando a Kerouac y las escenas de North Beach, en San Francisco, consumían ahora esa nueva sustancia que Kesey les ofrecía —desconocida todavía en el mercado de las drogas—, soñando, gritando, bailando ante la mirada cada vez más estupefacta de algunos vecinos, ante esa candidez del suburbio americano que los Pranksters y luego los hippies pillaron desprevenida.

Unos meses antes, en la unidad psiquiátrica del hospital de veteranos de Menlo Park, un bonito, blanco, siniestro asilo donde terminaban de enloquecer los excombatientes de la Segunda Guerra Mundial, Kesey se había ofrecido como cobaya a cambio de dinero —gracias a una recomendación de su amigo Vik Lovell, también vecino de Perry Lane, a quien le dedicó Alguien voló sobre el nido del cuco—, consumiendo alucinógenos todas las semanas, pasando noches encerrado en un cuarto blanco, susurrando a una grabadora los efectos de las drogas, hasta entonces desconocidos, y que en todo caso se reservó la CIA como parte de su proyecto secreto. Kesey se las apañó para llenarse los bolsillos de esos psicotrópicos a los que nadie más tenía acceso y siguió abasteciéndose incluso cuando dejó el experimento seis meses después y empezó a trabajar de ATS en el turno de noche del mismo hospital. (Aunque El nido del cuco está ambientado en un psiquiátrico de Oregon, se basó en esta experiencia directa en el hospital de Menlo Park).

En Ponche de ácido lisérgico, su increíble crónica de 1968, Tom Wolfe se afanó en contar con detalle la extraordinaria vida de los Merry Pranksters, sus vidas desconocidas en la callejuela de Perry Lane a principios de los sesenta, rociadas de LSD, de amor libre, de inteligencia y amistad; las aventuras de Kesey, Babbs, Mike Hagen y compañía antes y después del famoso viaje en un autobús destartalado llamado Further que untaron de colores chillones y que atravesó el país en una épica lisérgica que llevó a Neil Cassady —el Dean Moriarty de En el camino de Kerouac— a conducir durante tres días seguidos, sin dormir, su cabeza llena de anfetaminas y de verborrea.

«Todo el mundo se sentía atraído por el extraño apogeo del que habían oído hablar… el mítico Chile de Venado de la Callejuela, un plato de Kesey hecho con estofado de venado y LSD que podías consumir y luego ir a tumbarte por la noche al colchón en la bifurcación del gran roble en medio de la Callejuela y jugar al pinball con el espectáculo de las luces en el cielo… Perry Lane», escribió Wolfe.

«Era un escenario bohemio de verdad, con cabinas rústicas conectadas por caminos con vegetación y árboles. Artistas y músicos y estudiantes vivían ahí y se juntaban en alguna de las casas para beber vino, compartir comida y hablar de cosas profundas hasta las tantas. Barbacoas de cerdo en frente de la casa [de Kesey]. Partidos de baloncesto en la calle, la canasta clavada al gran roble. Música alta y conversaciones en voz alta. La generación beat apagándose y una nueva generación recogiendo el beat y llevándolo a lugares nuevos», me cuenta Babbs desde su granja de Eugene, en Oregon, desde sus setenta y cinco años, en una entrevista que ha preferido hacer por email.

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Algunos de sus antiguos residentes, los que se indignaron y sentenciaron, los que aprobaron y participaron, recordaron décadas después la «época dorada» de Perry Lane, los vómitos en las entradas de sus casas, la basura en medio de la calle el día siguiente a una gran fiesta, la marihuana que Kesey plantaba en la parcela pequeña y soleada de su vecino que llegó a ser tan frondosa y alta que cubría las ventanas de al lado. «No era mal vecino. Me gustaba ir a sus fiestas. Hacía piña con chile. Suena raro, pero estaba bueno», dijo pocos años antes de morir, en una entrevista, Paul De Carli, un científico emérito del heterodoxo Stanford Research Institute que vivía en la cabaña contigua a la de Kesey. «Hacía buenas fiestas. Algunas… salvajes. Nosotros no participábamos en las actividades de los Pranksters. Éramos los “carcas”. Pero fue una época muy buena, muy divertida. Kesey era el centro de Perry Lane, y muchos sentíamos indignación y fascinación a la vez», me dice Anne De Carli, de ochenta y dos años, viuda del científico, en una cafetería de Redwood City en la que quedamos para hablar. Su discurso está velado por el pudor y una memoria que se desvanece. No menciona el LSD ni el sexo libre en Perry Lane, tal vez porque la euforia de esa época la acallaron los años conservadores que vinieron después. El LSD era legal por entonces, por puro desconocimiento, igual que fueron legales casi todas las «pruebas de ácido» que hizo Kesey después con los Grateful Dead de fondo, ofreciendo zumos lisérgicos, la llave para la liberación de la conciencia y del individuo, decía, su espectáculo proselitista avanzando cada vez más hacia la revolución social, acaso espiritual. Quién sabe cuántos jóvenes inteligentes y cultos se tumbaron en el colchón junto al roble de Perry Lane para hace su «viaje», la noche murmurando en sus oídos los secretos de otro mundo.

En su famosa crónica, Wolfe escribió:

Lo de la Callejuela [Perry Lane] era demasiado bueno para ser real. Era el Lago Walden, solo que sin ninguno de los misántropos de Thoreau alrededor. En su lugar, había una comunidad de gente inteligente, muy abierta, sincera, (…) que se cuidada mutuamente, y compartía… de una forma increíble, incluso, y estaba embarcada en una especie de… bueno, aventura en la vida.

Eso que Perry Lane compartía de una forma increíble era el amor, incluso antes de que llegara el ácido. El intercambio de parejas era probablemente lo único que Kesey no había querido hacer público, porque pese a su actitud excéntrica y radicalmente libre, le preocupaba su imagen, y a lo mejor, por encima de eso, la de su esposa Faye, de la que nunca se separó; una mujer de belleza dulce y callada, fiel desde la adolescencia, a la que siempre se la recordaba lavando ropa, cocinando para todos, cuidando a sus hijos, amando a Kesey con esa alegría que compartían los Pranksters, tal vez con fe ciega. En 1962, ese mismo asunto lo enemistó con Gwen Davis, por entonces amiga cercana y asidua de Perry Lane —«una especie de Dawn Powell de la Costa Oeste», dijo Wolfe de ella en su Ponche de ácido lisérgico—. En su libro Someone’s in the Kitchen with Dinah, de ese año, Gwen Davis satirizó lo que ella llama «una asociación de intercambio de esposas, una práctica oficial y abierta que disfrutaban los hombres y mujeres de Perry Lane», con Ken Kesey a la cabeza. Perry Lane, que desde los barrios contiguos empezaron a llamar «la hondonada del pecado», se convirtió en «una infidelidad colectiva increíblemente solidaria», dijo una vez Jane Burton, profesora de filosofía en Stanford y vecina de la callejuela. La bailarina Chloe Scott, el alma pelirroja de aquella bohemia, fue menos sutil: «Todo el mundo se acostaba con todo el mundo».

El libro de Davis estaba a punto de editarse cuando Kesey la demandó por comprometer su privacidad, por dañar su imagen, porque su retrato de unos bohemios que intercambiaban a sus parejas en un suburbio de California era demasiado parecido a la realidad. Luego, furioso y determinado, mandó a la editorial una carta de amenaza salpicada de erratas. «Somos los intercambiadores de esposas. Si publican ese libro los llevaremos a juicio. Mi mujer está embarazada de siete meses. Esto pondrá en peligro nuestra situación en la comunidad, soy un estudiante de máster en el Departamento de Inglés de la Universidad de Stanford». La demanda obligó a Davis a modificar los nombres de los lugares y la descripción de los personajes hasta hacerlos irreconocibles, quitando «todo lo que tenía de interesante la historia», según cuenta ella misma hoy, por teléfono, desde su casa de Los Ángeles.

«Ken Kesey intentaba seducirme», me cuenta encendiendo sus setenta y ocho años, nostálgica, con un orgullo inseguro, recordando una América que apenas estaba saliendo de los cincuenta. «Me decía que a su mujer, Faye, que era encantadora, no le importaría que yo entrara en el club. Pero yo veía los ojos tristes de Faye cuando él se iba con otra. Yo solo era una estudiante tradicional de Stanford que vivía en Palo Alto», me dice, aunque luego confiesa que sucumbió a los encantos de Kesey cuando este le enseñó «a fumar hierba». «Kesey era una persona extraordinaria, brillante, con muchísimo talento, mucho más del que jamás llegó a explotar. Y Perry Lane era absolutamente diferente a todo lo demás. Estaba lleno de color, de vida, de gente inteligente. Era una civilización aparte. Era maravilloso». La voz de Gwen se arruga, se detiene, como incapaz de seguir describiendo con palabras lo que la nostalgia ha convertido en algo imposiblemente perfecto.

El LSD convirtió la fraternidad de Perry Lane en una comuna que todavía no era consciente de serlo, que solo era el fruto de la comunión, de la mágica sincronización mental a la que creían llegar quienes lo consumían juntos, en el mismo lugar. Cada vez más gente pasaba por Perry Lane para conocer a Kesey, el hombre que hablaba con la luminosidad del profeta y regalaba la experiencia de esa increíble novedad llamada ácido, el viaje, la clarividencia, decían; y se quedaban allí días, a veces meses, en una nueva fraternidad casi religiosa, ciega, sintética, la de los Pranksters, el amor fluyendo libremente entre hombres y mujeres, entre los setos de madreselva y los bosques de robles y secoyas que se extendían detrás de la callejuela, empujando a Kesey cada vez más hacia el pedestal del gurú.

Kesey era un hombre inteligente, brillante incluso, dado a observaciones agudas, que con su aire de cowboy y su cuerpo de luchador profesional leía y escribía sin parar —hasta que sus malogradas neuronas se lo impidieron— y conocía la literatura tan bien como la vida silvestre en ríos y montes, la naturaleza integrada en su subversión y en su búsqueda, una filosofía que sigue flotando en el aire de la Costa Oeste americana. Hablaba de esquivar los arquetipos, ser líder sin serlo, evitar los dogmas, dejar que cada uno «haga su cosa», aceptar y asimilar el mundo externo como hacía la tierra que pisaba, en armonía y paz, «subirse a la ola» y hacerla suya; muchos de los principios que luego retomaron los hippies y que calaron en la naciente industria tecnológica de Silicon Valley. Aunque, a la hora de la verdad, Kesey era el líder incuestionable de los Pranksters, de toda Perry Lane, y sus palabras tenían el peso del mesías.

Uno de los que empezaron a pasearse por ahí en aquella época fue el joven y desconocido Jerry García. Fue en Perry Lane donde García, medio gallego y desgreñado, virtuoso de la guitarra y del bluegrass, conoció a un trompetista de Berkeley llamado Phil Lesh, con quien enseguida formó un grupo al que llamaron The Warlocks, hasta que se dieron cuenta de que un tal Lou Reed ya se había apropiado de ese nombre en el lejano Nueva York. El grupo pasó a llamarse Grateful Dead, inseparable ya para siempre de Kesey y de toda Perry Lane. La precaria vida comunal de los Pranksters se llenó de colores vivos, chillones, concéntricos, geométricos, oblongos, deformados, que intentaban replicar lo que ocurría en el mundo que se abría debajo de los párpados bajo los efectos del ácido —arte psicodélico, lo llamaron más tarde—, y poco a poco también los Grateful Dead lo llevaron al terreno de la música, varios años antes del primer hippie, varios años antes de que se popularizara la psicodelia, varios años antes de que los Beatles oyeran hablar del LSD.

«Estábamos subidos a una ola, no solo nosotros, también muchos otros. Nosotros no creamos la ola, pero tuvimos la suerte de ser uno de los primeros en la ola. Una vez, en los setenta, Kesey dijo: “y esa ola sigue avanzando. Creo que está llegando a Kansas”. Claro que la ola continuó por todo el planeta y ahora el mundo entero está psicodelizado. Ya no hace falta tomar ácido. Cuando le preguntaron si todavía tomaba LSD, Kesey contestó: “No hace falta, somos como los perros de Pavlov, solo tienes que darle un golpe al autobús [Further] y empezamos a alucinar”», me dice Ken Babbs, el hombre que capitaneó a los Pranksters, el brazo derecho de Kesey, el escritor graduado de Stanford que tardó cuarenta y cinco años en terminar su novela, Who Shot The Water Buffalo? (2011)

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Las noticias de Perry Lane, que por entonces ya solo giraban en torno al carismático Kesey, llegaron a la bohemia de San Francisco (48 kilómetros al norte), a los oídos de Neil Cassady, que un día de 1962 apareció en su casa, sin previo aviso, sin apenas conocerlo. Nunca nadie preguntó por qué se presentó aquel día, musculoso, en un jeep destartalado, hablando a mil por hora, en un gran monólogo desconcertante, loco, anfetamínico, «como un Finnegans Wake a gran velocidad», según lo describió el propio Kesey. Cassady, un hombre también carismático, salido de una infancia mísera y una adolescencia delincuente, de escasa formación, musa de Kerouac, marido polígamo y amante ocasional de Ginsberg, se convirtió en el nuevo héroe de Kesey y en el más extremo de los Pranksters. Añadió al grupo una locura siniestra, y más de un vecino respiró aliviado cuando Kesey volvió a hacer las maletas un año después y anunció que se mudaba a otro sitio más grande.

Kesey tomó la carretera y condujo 23 kilómetros al este hasta La Honda, una bonita zona boscosa a orillas de la Ruta 84, poblada de coníferas y ranchos de cowboys, a medio camino entre Menlo Park y la costa del Pacífico. Con él se llevó el ambiente de Perry Lane y la determinación de prolongar la leyenda de los Merry Pranksters durante mucho más tiempo. Se instaló con la pandilla en una casa de madera en medio de un bosque de secoyas, escenario de la más salvaje de las comunas que los futuros hippies podrían haber soñado, de las más salvajes y largas fiestas de ácido que ni en sus peores pesadillas podría haber previsto Timothy Leary, y ahí terminó el que la crítica y él mismo consideraron su mejor libro, A veces un gran impulso —elogiado como una de las grandes novelas americanas del siglo XX—, antes de emprender el famoso viaje a bordo del Further en 1964. Perry Lane se vació, de gente, de fiestas, de flores, —de LSD—, de las vallas con setos de madreselva que rodeaban los jardines sin importancia.

Hoy, Perry Lane es una calle más en el mapa de Menlo Park, el pueblo plácido y próspero que, como su vecina Palo Alto, abraza la Universidad de Stanford, en el corazón de Silicon Valley, en el norte de California. Es una mañana soleada de diciembre de 2014 y los coches de lujo aparcados en sus bordes resplandecen en el primer frío del valle, las nubes al fondo con su promesa lejana de aliviar la sequía, el goteo del tráfico apagándose detrás, en Sandhill Road, donde los Venture Capital inyectan millones al nuevo Silicon Valley, ese que se despega, demasiado rápido, de sus raíces psicodélicas, las del primer Steve Jobs, las de Douglas Engelbart, el Stanford Research Institute y todos aquellos que ensoñaron sus inventos en el extraño viaje del LSD.

Las nuevas mansiones, de dos o tres plantas y vallas blancas, cada una de un estilo distinto, se suceden una tras otra, con sus fachadas relucientes, el Porsche deportivo aparcado en frente, como si nada, junto a un lote en construcción comprado seguramente por más de dos millones de dólares. Solo los buzones al borde de la callejuela, de hojalata oxidada, delatan un pasado menos opulento. «Casi todos los de aquella época se han ido», me dice Eva Maria, dueña de una de las últimas chozas que quedan en el barrio, en la calle Leland. «Esto es prohibitivo ahora. Ya no queda nada de aquella comunidad. Yo llegué más tarde, en el año 1970, cuando ya se había ido Kesey, pero me han hablado maravillas de esa época», cuenta sentada en su Dodge de los cincuenta, cada milímetro del interior del coche rellenado con hojas, cuadernos, libros, ropa, floreros, botellas, hasta el punto de que todo ello parece un líquido espeso a punto de desbordar por las ventanas. «Este es mi salón», dice sonriendo frente al volante, apartando un crucigrama a medias.

Algo queda del pasado bohemio de la callejuela, que ahora llaman avenida a pesar de ser una travesía con ocho casas, tal vez por rememorar su nuevo estatus, por olvidar la dudosa fama de las décadas anteriores. Queda una cierta nostalgia endurecida que se resiste a desaparecer entre las nuevas construcciones, la intimidad de los senderos adyacentes, casi sin asfaltar, y alguna que otra choza de madera ennegrecida, como la de Eva Maria. Ya no está el roble, el «árbol de Kesey», como lo llamaban, en mitad de Perry Lane, en cuyo hueco hay un nuevo árbol joven con una placa que dice, con aburrido eufemismo: «Árbol de Perry». Pero la canasta sigue ahí, en su versión moderna, colocada frente al árbol, acaso como último recuerdo de una revolución olvidada, ignorada, despreciada, pese a que sus cenizas siguen esparciéndose por el cielo azul de California. El roble de Kesey murió viejo y enfermo hace nueve años, mucho después de que los constructores demolieran toda aquella inmoralidad, durante el verano del 63, dejando solo unos titulares en los periódicos locales: «El fin de una era».

Avanzando unos metros hacia el este de Perry Lane, en Stanford Avenue, se levanta una bonita cabaña con grandes ventanales flanqueada por una secoya solitaria. Es «el árbol de Chloe», como se le conoce. Frente a la entrada, hay un cartel blanco y azul: SE VENDE. Ahí vivió Chloe, la bailarina, la misma que juntó a Kerouac con los Pranksters sin demasiado éxito en un piso de Nueva York. Chloe fue una de las últimas vecinas de la vieja bohemia en abandonar el barrio, hace unos pocos años, vencida por la vejez. Me dicen que sigue viva, en algún lugar del sur de California.

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Fotografía: Carlos Martínez de la Serna