Periodistas, circulen

Foto: Alexander Turnbull Library (DP)
Foto: Alexander Turnbull Library (DP)

Amazon pagó hace poco más de mil millones de dólares por una web que yo no sabía que existía: Twitch. Es cuatro veces más de lo que pagó por el Washington Post. Twitch sirve para ver en vídeo cómo otros juegan a videojuegos. Los videojuegos son cada vez más como el deporte: hay profesionales, los practicantes aprenden técnicas y trucos y la afición llena pabellones para ver campeonatos.

En octubre se jugó una final de League of Legends. Lo vieron online treinta y dos millones de personas. Twitch fue uno de los servicios que lo transmitió. Treinta y dos millones es más audiencia que los capítulos finales de Los Soprano, 24 y Breaking Bad juntos, según el Wall Street Journal.

Microsoft compró poco después por más de dos mil millones de dólares un videojuego —Minecraft— que tampoco sabía que existía. No es que yo sea lelo con los videojuegos; en mi entorno varios informáticos más jóvenes no sabían qué era. Minecraft tiene muchas virtudes: una es que ha vendido cincuenta y cuatro millones de copias.

El álbum más vendido de la historia —Thriller, de Michael Jackson vendió sesenta y seis millones. Pero Minecraft es solo el tercer videojuego más vendido: Tetris y Wii Sports superan ya a Michael Jackson. Los otros discos entre los más vendidos son las bandas sonoras de Grease y El guardaespaldas y dos trabajos de Pink Floyd y Bee Gees.

Los videojuegos son una industria más grande que la música. En el mundo del ocio, solo les queda el cine por superar.

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Hace también unas semanas, alguien robó de la nube fotos de famosas desnudas. Aparecieron en 4chan, un lugar de frikis, según me ha dicho un amigo metido en el mundo. De allí pasaron a Reddit, un lugar algo menos friki que reúne cientos de foros. Es una web gestionada por sus usuarios.

El 1 de septiembre las vieron en Reddit ciento cuarenta y un millones de personas. Sin contar la publicidad, Reddit consiguió dinero ese día para pagar servidores durante un mes. El post de Buzzfeed sobre las fotos recibió cinco millones de visitas en veiticuatro horas; mucho menos, pero aún una cantidad espectacular.

La fascinación con la belleza femenina es común. La cuenta de Twitter de Jot Down tuiteó hace unos días que lo más visto en El Mundo era una historia sobre el culo de Kim Kardashian. No es sorprendente el éxito de videojuegos ni de las fotos picantes.

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Pero no siempre ha sido exactamente así. Las editoriales de Estados Unidos vendieron ciento veintiún millones de libros de bolsillo al gobierno a precio de saldo para que los mandara a los soldados durante la Segunda Guerra Mundial. Las tropas se los quitaban de las manos. «Eran tan populares como las chicas de las revistas», dice un soldado desde Nueva Guinea el 30 de abril de 1944 del New York Times. Otro desde Italia se emociona porque hay libros de Conrad, Melville o Steinbeck.

No todos los soldados eran tan finos. Según un estudio de la época, «los favoritos son novelas que tratan con franqueza de relaciones sexuales (sin fijarse en el tono, mérito literario y punto de vista, no importa si el libro es serio o de humor, romántico o vulgar)».

El ejército necesitaba entretenimiento y las editoriales se lo daban en un formato adecuado. No había entonces nada más que hacer. En cambio, el mayor de los marines Edward Carpenter describe así lo que pueden hacer en una base grande del ejército en Afganistán en el siglo XXI:

Comer helado con cada comida, dormir en habitaciones con aire acondicionado y colchones de verdad y almohadas de verdad, ducharse con agua caliente, navegar por internet, estudiar cursos universitarios, mirar películas y practicar salsa y patinaje en línea.

Es solo una parte de la oferta de la base. La lectura —aunque fuera picante— de la dura Segunda Guerra Mundial se ha convertido en variedad. No creo que los soldados de hoy sean más tontos por leer menos y patinar más. Yo prefiero poder escoger mis pasatiempos; los soldados deben poder hacer lo mismo.

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Este progreso hacia más variedad tiene consecuencias para quienes nos dedicamos a crear contenido. El público no es ya un grupo cautivo a la espera de nuestra última maravilla. Es un grupo al que le gustan los videojuegos —más de lo que yo imaginaba—, la tele, el morbo, el fútbol, las paridas, la actualidad. Además ya no hay que ir al quiosco a buscar nada ni, en la mayoría de casos, a pagarlo.

Más profesionales por tanto van a vivir de llenar este tiempo de ocio. Los escritores, los periodistas, los actores y los músicos ya no serán los únicos, como a mediados del siglo XX.

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En agosto de 2013 cinco jóvenes en la India crearon ScoopWhoop, una copia local de Buzzfeed. Buzzfeed nació en 2006 en un sector donde las visitas y la venta de publicidad digital era clave y ya había mucha competencia. Al lado de chicas y chicos guapos, Buzzfeed tiene listas de las veinte cosas que todo veinteañero debe haber hecho y de los quince políticos que se parecen a personajes de Juego de Tronos. Buzzfeed también hace información extraordinaria, pero no es su fuente básica de tráfico e ingresos. Es una sección más de su oferta.

En 2014 es más fácil crear una pequeña web interesante con temas ligeros y divertidos pero no insultantes y que además haga algo de actualidad que convertir las webs de El Mundo o el ABC en escaparates de culos.

Los cinco jóvenes indios de ScoopWhoop definen así su producto, que ha tenido un éxito fulminante: «Una web que crea contenido optimizado para que sea compartido en redes sociales». Es decir, que guste. A pesar de que tratan a menudo de la actualidad, no lo llaman periodismo. Lo llaman por su nombre: queremos que la gente lea lo que hacemos. Hay un prejuicio extendido en este tipo de webs: atraer a la gente es fácil. No lo es: hacer una buena lista requiere imaginación, esfuerzo y estilo. Están mejor que noticias sesudas sobre elecciones, cumbres y leyes.

Por si fuera poco, tienen un recurso oculto: «Su arma secreta, dicen, es que ninguno de los miembros fundadores era periodista. Los cinco cofundadores estudiaron publicidad y relaciones públicas». Cada estudiante de periodismo puede preguntarse qué ha hecho mal y por qué creen que es mejor no ser periodista. (He oído a los creadores de Jot Down presumir también de no ser periodistas).

Yo ya expliqué mi teoría: rollos, no.


Déjalos que se maten entre ellos

La ciudad siria Deir al Zor - Fotografía de Jalil Ashaui (Reuters)
La ciudad siria Deir al Zor – Fotografía de Jalil Ashaui (Reuters)

La población siria se levantó contra la dictadura exigiendo democracia, el régimen respondió masacrándoles y Occidente ignoró su penuria; entonces llegó Al Qaeda.

El retrato de Bashar al Assad había sido colocado en el baño a ras de suelo. Justo frente al agujero que utilizaban los rebeldes para defecar. «Así tendrá unas buenas vistas», aseguró uno los alzados con un sentido del humor ciertamente escatológico.

El calendario marcaba el mes de noviembre del 2011. En mi anterior visita a Siria, en julio del 2010, antes de que comenzara la revuelta, la imagen de Al Assad seguía siendo un referente tan venerado que en el monasterio de Santa Tecla, a 65 kilómetros de Damasco, se prodigaba tanto como la iconografía religiosa. Bashar aparecía fotografiado en solitario, junto a los huérfanos del recinto, con las monjas del convento, comiendo con sus residentes y rodeado de religiosos de todas las confesiones.

El radical giro político que sufrió la nación árabe pocos meses después fue un efecto más de la llamada Primavera Árabe y del hartazgo que despertaba entre la población siria una dictadura —la del Partido Baaz que accedió al poder en 1963 que lleva ya medio siglo rigiendo los designios del país.

«Con el Baaz, todo dependía de la muhabarat (el servicio secreto). Tenías que pedirles permiso para viajar, para casarte, para abrir un negocio… No podías ni respirar», recordaba uno de los activistas instalados en Jabal Zawiya, Fahid Sheij Wali.

El estudiante de Educación Física, de 21 años, era uno de los opositores que todavía defendía en aquel entonces tras meses de brutal represión las protestas pacíficas.

En realidad, al principio todos secundaban esa postura. Los sirios salieron a las calles no con ametralladoras sino «con las manos abiertas para demostrar que íbamos desarmados», relataba Fahid.

La revuelta comenzó cuando un grupo de colegiales de Daraa decidió emular las imágenes que veían procedentes de Túnez o Egipto y escribir en los muros de esa ciudad, sita al este de Siria, los mismos mensajes que lanzaban las multitudes que protestaban contra la autocracia en esos países: «¡Vete!» o «El pueblo quiere derrocar al régimen». Eran tan ingenuos que firmaron las pintadas con sus propios nombres. Eso ocurrió el 16 de febrero del 2011.

Los estudiantes fueron arrestados al día siguiente y cuando fueron liberados un mes más tarde Daraa ya se había convertido en el detonante de la creciente algarada popular. El regreso de los chicos y su relato sobre las tropelías que habían sufrido en la cárcel, donde les golpearon con cables, les colgaron del techo y les intentaron romper las manos hasta hacerles sangrar, azuzó la insurrección.

Bashar al Assad respondió desde el primer momento al estilo Gadafi. El ejército y la policía comenzaron a disparar sobre las manifestaciones pacíficas. Miles fueron asesinados.

Durante el verano del 2011 enclaves como Hama, Homs o la citada Daraa se convirtieron en bastiones de la protesta popular. Cientos de miles de personas se concentraron en la primera casi a diario, pese a la triste memoria que atesoraba esa ciudad, arrasada en 1982 por el padre de Bashar, Hafez al Assad, cuando también se erigió como reducto de la oposición que pretendía derrocar al régimen en aquellas fechas.

Bashar respondió al desafío con la misma brutalidad que su antecesor. El 31 de julio del 2011 los tanques y los soldados del autócrata mataron a decenas tan solo en Hama. El Ramadán de ese año fue un anticipo sangriento del futuro que se cernía sobre los opositores.

Cuando entré por primera vez a Siria tras el inicio de la insurrección popular, en noviembre de ese año, las protestas eran todavía diarias incluso en las poblaciones controladas por el régimen.

«La población sale todas las noches a protestar. Hace un mes mataron a tres personas. Ahora se contentan con dejarnos gritar», me explicó Mahmud al Jarabsha, un vecino del primer villorrio en el que nos escondimos al cruzar ilegalmente la frontera en la provincia norteña de Idlib.

Desde su vivienda se podían escuchar los gritos de los manifestantes. Mahmud y sus amigos permanecían «enganchados» a las emisiones de uno de los canales que se ha erigido en portavoz de la revuelta: Oriente TV. Las imágenes de las protestas populares se entremezclaban con las que constataban la violencia con la que respondió la autocracia. Civiles apaleados, a los que les pisoteaban la cabeza. Cadáveres amoratados o cribados por las marcas de la tortura. En una de las grabaciones un soldado le arrancaba a un prisionero los pelos del bigote uno a uno.

«Da igual, ya hemos perdido el miedo», declaró Mahmud frente a los estremecedores vídeos.

Era cierto, para esas fechas un amplio sector de la población siria tan solo Alepo, el centro de Damasco y la región drusa y alauí permanecían mas o menos al margen de la insurrección había decidido desafiar al régimen en las calles. El 27 de julio, tras cuatro meses de represión disparatada contra manifestantes desarmados, el núcleo inicial del Ejército Libre de Siria, la oposición armada, anunció su creación.

Los primeros dirigentes, Hussein Harmush y Riad al Asaad, procedían ambos de la región montañosa de Jabal al Zawiya, en Idlib. Allí establecieron los alzados lo que llamaron la primera «región liberada» de Siria.

El recorrido por Jabal Zawiya aquel noviembre del 2011 me permitió comprender la determinación pero también la ingenuidad de los opositores. Se decían prestos a enfrentarse a la maquinaria bélica de Bashar una de las más potentes de Oriente Próximo con ametralladoras y escopetas de caza. Algunos patrullaban con palos, pistolas y viejos mosquetones con la bayoneta calada. Escenas propias de la Primera Guerra Mundial para intentar frenar a un ejército equipado con misiles Scud y armas químicas.

Su primera pregunta al encontrarse con los extranjeros casi siempre era la misma: «¿ustedes creen que somos unos terroristas?».

En aquellas fechas, ninguno de las decenas y decenas de sirios a los que entrevisté mostró ninguna afinidad con Al Qaeda. De hecho, Jabhat al Nusra, la facción que ahora reconoce su lealtad a esa ideología, ni siquiera se había creado.

Una semana después de que abandonáramos Jabal Zawiya, los tanques y el ejército leal a Damasco arrasó la región. Los mosquetones y las escopetas de caza poco pudieron hacer frente a los blindados.

Las organizaciones de Derechos Humanos dijeron que más de un centenar de personas habían sido masacradas, atrapados en una emboscada en la que fueron ametrallados sin misericordia. Los testimonios recogidos por esas mismas ONG hablaban de cuerpos quemados o decapitados, que fueron dejados en las calles para que se pudrieran al sol.

Meses más tarde me encontré con el coronel Abdul Hamid Zakaria, que había participado en aquella arremetida, desertando después a Turquía.

Zakaria, un oficial médico, confirmó la matanza y recordó que al retirarse del lugar la columna de blindados, ante el temor que sufrir una emboscada, decidió avanzar colocando niños sobre algunos de los tanques.

«Yo iba con la ambulancia al final del convoy. Eran más de 35 vehículos. La estrategia militar dice que el último tanque es el más expuesto porque no tiene a nadie que le cubra la retaguardia. Por eso colocaron cinco niños encima del blindado. En una de las curvas, uno de los pequeños se cayó. Lo aplastamos con las ruedas de la ambulancia. No pude hacer nada. Estaba muerto», relató.

Cuando en junio del 2012 le pregunté a la opositora cristiana Marcell Shahwaro cuánto tiempo podía prevalecer la oposición pacífica de la que era una de las principales adalides en su ciudad natal, Alepo frente a la represión de las fuerzas de Bashar, su respuesta fue honesta: «Muy poco, en dos o tres meses todo el mundo portará armas para defenderse».

Sus palabras fueron proféticas. Semanas después asistíamos al inicio de la batalla por el control de Alepo, la segunda ciudad del país, que muy pronto se estancaría en una guerra de atrición, francotiradores y destrucción generalizada que marcaría la pauta para otros frentes como Deir Ez Zor, Homs, Idlib o Daraa.

La represión había azuzado los deseos de venganza de muchos, que comenzaban a eclipsar las demandas de libertad y democracia que alentaron la revuelta en un inicio. La revolución ya no era tal, sino una guerra civil cada vez más sangrienta, aunque los activistas cada vez menos seguían reuniéndose sin armas cada viernes en muchas poblaciones para pedir «la caída del régimen».

El verano del 2012 vio como las milicias kurdas se sublevaban e irrumpían en un conflicto que cada vez adquiría una mayor complejidad, con milicias de todas las filiaciones luchando en sectores inconexos, y el odio sectario cada vez más presente.

Los acólitos del régimen nunca ocultaron sus intenciones. Las escribían en los muros de las ciudades que atacaban como Azzaz o Taftanaz: «O Asad o quemaremos el país». Cumplieron su promesa. De los tanques y la artillería pasaron a la aviación, y más tarde a los misiles del tipo Scud. Las armas químicas solo fueron un escalón más en el descenso a la locura.

«¿Cuál es la diferencia entre asesinar a 100.000 con cuchillos o a 1000 con armas químicas? No nos sorprendió que usaran armas químicas. Se habían saltado todas las líneas rojas que uno pudiera imaginar. Si tuviera una bomba atómica también la usaría. La postura de Occidente ha sido de pura hipocresía. Ni siquiera han sido capaces de cubrir las necesidades de los refugiados. Lo que quieren EE. UU. y sus aliados es la destrucción de Siria. Que nos exterminemos entre nosotros», apuntó hace días Abu Eizendil, jefe de la oficina política de la División Al Haq, una de las principales facciones islamistas que actúan en Homs.

El pasado 28 uno de los analistas más leídos de Israel, Nahum Barnea, escribía en el principal diario del país, Yediot Aharonot, un artículo sobre la posible intervención norteamericana y recordaba un poco de historia.

«Cuando le preguntaron a Moshe Dayan (quien fuera ministro de Defensa israelí) sobre un guerra entre dos grupos palestinos en Gaza respondió: déjalos que se maten entre ellos. Esa fue la actitud del presidente Obama hacia la guerra civil en Siria. Había llegado a la conclusión de que el interés norteamericano no se vería favorecido por la victoria de ninguno de los dos lados», escribió.

La tesis del «déjalos que se maten entre ellos», no solo se han convertido durante estos meses en leitmotiv de los neoconservadores más radicales de Washington y del lobby proisraelí, sino que curiosamente ha conseguido el apoyo de facto de muchos adalides del autodenominado frente antimperialista.

Atrapados entre los intereses de la realpolitik internacional, los sirios nunca entendieron por qué Occidente ignoraba su revuelta.

En una de mis visitas a Idlib, a principios del 2012, cuando todavía el islamismo yihadista en el conflicto de Siria no era más que una hipótesis incipiente, un doctor de esa provincia no pudo esconder su indignación hacia Europa y EE. UU. Confesó que siempre había sido laico, que incluso hubo un tiempo en el que no rechazaba la bebida, pero terminó con una declaración devastadora: «ahora no hay Al Qaeda, pero si Occidente sigue sin ayudarnos, en pocos meses todos seremos de Al Qaeda».

[Javier Espinosa es corresponsal de El Mundo en Oriente Próximo]

 


Se van los científicos… ¿vuelven las suecas?

ciencia

Los que tenemos una cierta edad (los de 40, no se vayan a pensar), esbozamos una sonrisa cuando imaginamos a Alfredo Landa en sus tiempos mozos, bañador ajustado y pelo en pecho, persiguiendo por la playa a las extranjeras al grito de “¡Qué vienen las suecas!”. Esa España lejana (o no tanto, han pasado solo 30 años), se diferencia de la nuestra en que el español medio (y no hablo de la talla, aunque también, 1’60 en aquella época) no conocía lo que había más allá de Pirineos, y Portugal era un lugar pasando Extremadura donde se viajaba con el firme propósito de comprar toallas.

Las cosas han cambiado para bien, ¡faltaría más!, y aparte de aumentar nuestra talla celtibérica (en unos 18 centímetros, cifra nada desdeñable), nuestro país ha sufrido un cambio sideral. Nos hemos modernizado y tecnificado, consiguiendo en unos pocos años estar a la altura del resto de Europa y de los países más avanzados. Gran culpa de ello se ha debido a la ciencia (aunque mayoritariamente importada, no se nos olvide). Los hornos microondas, los navegadores en nuestros coches o los diagnósticos no invasivos por imagen dibujan un país futurista en comparación con los caducos hornillos de gas, los 850 circulando por las carreteras secundarias salpicadas de mojones kilométricos, o los practicantes esterilizando jeringuillas en bandejas metálicas entre paciente y paciente, por no hablar de cosas más complejas.

Los españoles también hemos viajado, más aún si cabe los científicos por nuestras obligaciones laborales (de hecho este artículo está escrito en pleno vuelo), lo que nos ha permitido saber que ahí fuera hay otros sitios donde se vive razonablemente bien, donde se valora nuestro trabajo, donde se nos paga de acuerdo a nuestra formación y donde siempre habrá una oportunidad (tal vez en Perpignan, tal vez en Nueva York). Si les da por seguir en Twitter a científicos en vez de a futbolistas observarán que, salvo honrosas excepciones, las quejas debidas a la destrucción de la ciencia en España, y a la falta de opciones para nuestros científicos, son el pan de cada día. Y no se crean, el cuidado a los investigadores va a condicionar el futuro de nuestro país. España tiene que decidir ahora de qué quiere vivir dentro de 20 años, y mucho me temo que, o invertimos en conocimiento o desconstruimos y volvemos a construir los cientos de miles de pisos de la burbuja inmobiliaria. Porque no nos vamos a poner a competir en producción con China o India ¿no les parece?

Un grupo de países ya se ha dado cuenta de la importancia de la inversión en ciencia para construir su futuro. Otros ya lo sabían. Unos años antes del éxito rutilante de Alfredo Landa y de su evolución (o involución) al cine del destape, John F. Kennedy proponía como objetivo nacional poner un hombre en la superficie de la luna y traerlo después sano y salvo a la Tierra. Sí, ya sé que la comparación de Alfredo Landa con JFK es demagógica, pero me resulta altamente sugerente. El año pasado Barack Obama se marcaba el objetivo “PAD2020 (Prevent Alzheimer’s Disease 2020)”: terminar con la enfermedad de Alzheimer antes de que acabara la década. Justo una año antes se celebraban elecciones en nuestro país. ¿Se acuerdan de alguna promesa electoral relacionada con la ciencia? Yo tampoco. Y no, no es porque los españoles seamos más tontos o más pobrecitos. España está a la vanguardia mundial en algunos sectores, tales como trasplantes, energías renovables o alimentación, por citar algunos ejemplos. Tal vez deberíamos sugerirle como ejercicio intelectual a algún gobernante que se propusiera un hito científico o técnico a conseguir por nuestro país. En más de cuatro años, obviamente. Tal vez los ciudadanos podríamos echar una mano indicándoles lo que más nos preocupa, los problemas que nos urge solucionar. Ese es nuestro papel.

Si el sombrío Bush se atrevió a dibujar geográficamente un Eje del Mal, permítanme que yo dibuje un Eje de la Ciencia, que por cuestiones históricas pasaría por Estados Unidos, Reino Unido, Japón o Alemania, y por cuestiones de estrategia política reciente continuaría por Escandinavia o Singapur. Sumen a esta lista los que les parezca. España debe decidir tajantemente y sin perder un minuto si quiere pertenecer a ese Eje de la Ciencia. Esperar a que la tormenta amaine nos va a hacer perder, cuanto menos, otra década más. Y créanme, para mí que ya hemos perdido la mitad del siglo. Si no tomamos decisiones urgentemente, el eje al que perteneceremos será al de los futuros países pobres de la cuenca mediterránea, y nuestros hijos tendrán que emigrar o conformarse con trabajos poco cualificados y proporcionalmente remunerados.

Los países del Eje de la Ciencia son ricos porque han apostado desde hace años por la investigación. Y no al contrario, no se engañen, no se gastan sus migajas en ciencia porque son ricos. En estos países la ciencia no es un lujo, es una cuestión de estado. La tecnología y la investigación son una oportunidad para generar riqueza, trabajo y una mejor calidad de vida. Y todos sabemos que el conocimiento mejora nuestras vidas cotidianas. Comparen si no me creen su actual coche con el 124 de sus padres de los años 80 (incluyan para el recuerdo o la nostalgia el perrito que movía la cabeza o el portafotos con la leyenda “papá no corras”). La balanza tecnológica entre las patentes que un país paga por explotar, y las que le son pagadas por exportar sus inventos deja a España en una situación paupérrima. En los últimos años España estaba empezando a crear tejido empresarial tecnológico como consecuencia de los planes de apoyo a la investigación académica e industrial de las dos últimas décadas. Y hemos avanzado enormemente, aunque faltaran algunas herramientas estructurales como ventajas fiscales a empresas de base tecnológica, mayor acceso capital, cultura de la inversión en investigación, profesionalización de la ciencia, incremento de la gestión del conocimiento, etc. Y lo hemos conseguido fruto de un gran esfuerzo y aprovechando cada peseta y cada euro invertido. Y cuando parecía que nos acercábamos a la ciencia de vanguardia, la falta de defensa de los intereses de España por nuestros políticos (los de fulanito, menganito o sotanito) frente a hojas de ruta centroeuropeas o al corto recorrido de nuestros gobernantes (que podríamos achacar a la hipoteca de las urnas), nos conducen a una situación de difícil retorno. La obsolescencia programada o, tal vez peor, la decadencia azarosa que sufre la ciencia en España nos aboca a un país unamuniano del que inventen ellos. Y así no puede ser.

En esta coyuntura nacional los científicos nos vemos en la disyuntiva de pensar en nosotros mismos y en nuestras familias, o de subyugar nuestros intereses a la generación de riqueza y de calidad de vida de nuestro país. Pero que quieren que les diga, somos humanos y tenemos nuestras necesidades. Así que esta situación está conduciendo a que los científicos se empiecen a marchar. Y yo no sé qué piensan ustedes, pero si los científicos nos vamos, me temo que esto no se va a llenar de suecas.


José Antonio Montano: Noventayochismo y Twitter

Nos encontramos en el peor escenario posible: en pleno noventayochismo y con Twitter. No solo ahogados en una tremenda crisis, tanto económica como institucional, con todo resquebrajándose y desmoronándose, con todo pudriéndose, sino también con la compulsión de estar dando cuenta de ello a cada segundo. A veces, en Twitter, tengo la sensación de que somos los bichitos que dejan pelados los huesos. La realidad se ha descuartizado sola, pero nosotros cogemos los pedazos y los pasamos por la trituradora, para hacerla polvillo en paquetitos de 140 caracteres. La fórmula es sórdida: 98×140. Unamunos sin descanso: el sentimiento trágico del tuitear.

Hace años, y podría haber sido cualquier año desde, pongamos, principios de la década de 1990 hasta marzo de 2004 —en que, según Juan Pablo Fusi, terminó la Transición—, escribí esto en mi diario: “Impregnación de abulia al seguir con el tema de la generación del 98. Qué mediocridad hay en nuestros abatimientos actuales: ya todo este marasmo, esta zozobra de la voluntad la vivieron nuestros bisabuelos. Es cierto que la época ha podado en nosotros el ‘tema de España’ (¡y menuda poda!), pero en las cuestiones morales seguimos con lo mismo —si se quiere, de un modo más chic (aunque esto ya también lo hacían por entonces los modernistas). Si cansa la vida, más cansa esto de repetirse. Y cansados de cansancios, deberíamos evitar todo epigonismo barato, renovar nuestra escritura y nuestra mentalidad. La lejanía que hoy sentimos hacia los del 98 es la que debemos sentir hacia nosotros mismos. Mudarse, y mirar sin nostalgia el pellejo de la serpiente encogido en el suelo, ya seco y a punto de deshacerse en ceniza”. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: el noventayochismo parece hoy el único argumento de la obra.

Realmente, hemos perdido un imperio: el de la prosperidad, unida a una cierta impunidad. España ha resultado ser uno de esos pomposos edificios de Calatrava, de (falsa) modernidad que se agrieta y se desconcha. Podríamos decir que los arquitectos estrella —de todos los ámbitos— nos han estrellado. Con nuestra connivencia, porque nos estaba gustando, más o menos, lo que hacían; ignorando las condiciones técnicas de su sostenibilidad. En cierto sentido, cada uno ha sido el arquitecto estrella de sí mismo. Dentro y fuera, hemos montado chiringuitos que se cuarteaban. Mentalmente ha estado muy bien, la verdad, porque hemos descansado durante lustros del tostonazo de este “terrón maldito de España”, como decía otro noventayochista, Valle-Inclán. Pero el terrón era una planta carnívora, que no se aplacaba con solo no hacerle caso. Mi gran sorpresa biográfica ha sido verme enfangado en aquellas agonías de hace un siglo. La distancia (y la oxigenación) con que las estudiábamos y ahora esto.

Pero hay un hechizo, la famosa nostalgie de la boue, la nostalgia del fango, o del cieno. En Twitter nos sentimos sucios. Yo, al menos, me siento sucio. El ejercicio del sarcasmo (¡en el que soy campeón!) estraga. Siempre quiero quitarme: pero con “un arrepentimiento / que, por no ser antiguo” no invita “de verdad a arrepentirme / con algún resto de sinceridad”. El otro día, cuando salió lo de Bárcenas, cuando callaba Rajoy (luego habló, para seguir callando), alguien escribió este tuit: “En estos momentos el país es víctima de un fallo multiorgánico”. Twitter no es un refugio: es un envoltorio con pinchos.


Por un periodismo sin rollos

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Los periodistas tienen miedo por su futuro. El trabajo pasa por una mala época. Por desgracia, no son los únicos. En España hay otros colectivos que no ganan lo que ganaban: los arquitectos son el gran ejemplo.

El periodismo —sobre todo el escrito— ya tenía problemas antes de la crisis económica por la llegada de Internet y la bajada de la publicidad. La crisis ha puesto de relieve algo que ya se sabía: hay demasiada gente que quiere ser periodista. Más allá de vocaciones, periodismo es quizá el camino más fácil para ser licenciado.

He mirado la lista de licenciaturas en España. Todas me parecen más difíciles: Psicología, Magisterio, Ciencias Políticas son quizá las otras candidatas sencillas; turismo estaría ahí pero es una diplomatura. La única asignatura difícil que tuve en la carrera fue Estadística, que ahora resulta clave para entender balances y hacer algo de periodismo de datos. La única que suspendí fue Periodismo de Opinión. No es lo mío. Luego hice Filología Italiana y es más difícil (al menos debí leer más libros).

Por supuesto hay que tener alguna aptitud y esforzarse, pero no es difícil tener un título de Ciencias de la Comunicación (diría que Publicidad y Comunicación Audiovisual también son más difíciles).

Desde 1976 se han licenciado en periodismo casi 75.000 españoles, según cifras de la Asociación de Prensa de Madrid. Un estudio que cita la asociación estima que en noviembre de 2011 había entre 20.500 y 24.600 periodistas ocupados en medios en España. En septiembre de 2012 había en el paro 27.443 periodistas, aunque solo 10.459 tenían el periodismo como primera opción para volver a trabajar; no todos los licenciados por tanto trabajan en el sector. Por si fueran pocos, en 2011 se licenciaron 2659 jóvenes en periodismo.

Entre el ritmo de destrucción de empleo en medios y el de nuevos titulados, cada ocho años se podrían sustituir todos los periodistas de España por otros jóvenes. Ahí está la criba: si la carrera fuera fácil y hubiera trabajo bueno para todos, aún más adolescentes harían periodismo. Es lógico que en algún momento los periodistas lleguen a un embudo. Ocurre más desde hace unos años: el primer director de El Mundo fue un joven, pero hoy sigue en su cargo. Los empresarios del sector de la comunicación lo tienen por tanto fácil para contratar: hay mucha demanda. La oferta, a la fuerza, no puede ser maravillosa. Por si fuera poco, ahora los periodistas mayores también se quedan sin trabajo. El panorama es desértico.

*

Pero los periodistas, al contrario que otros oficios, tenemos una ventaja: un altavoz. Trabajamos en lugares donde la gente va a mirar resultados de elecciones y de fútbol, el tiempo, y los libros y pelis nuevas que salen. Hemos montado una estrategia sutil para poder seguir ganándonos la vida, cuantos más mejor: somos necesarios, decimos, y esperamos que la gente pique.

Hay todo un vocabulario para canalizar esa sensación de necesidad, sobre todo en los nuevos remodelados o nuevos. Los periodistas somos especialistas en jugar con el lenguaje. Para evitar confusiones, traduzco algunos recursos repetidos para darnos importancia:

Haremos periodismo veraz: el que dice lo que nuestro lector espera. No hay “periodismo veraz”, hay periodismo.

Haremos periodismo de calidad, libre, honesto: igual que veraz.

Queremos apostar por el periodismo de investigación: a ver si nos pasan alguna filtración buena.

Informar con rigor: esto es lo que hay.

Poniendo el dedo en la llaga: llegamos donde podemos. Si hay llagas más gordas, ya veremos.

Perder tu pluma habría sido un crimen: espero que digas lo mismo cuando me pase a mí.

Me encanta leerte: también.

El periodismo no morirá mientras los seres humanos tengan sed de historias reales: ¿cursi?

Enhorabuena en esta nueva aventura: a ver si no se estrella en seguida y piensas en mí.

El periodismo de siempre: mejor no.

Lo mejor está por venir: eso siempre.

Todos estos principios y grandilocuencia ocultan algo evidente: el periodismo debe ofrecer un servicio y ganar dinero a cambio, y ahora no puede. El periodismo es necesario porque la información debe correr y buena parte de la población la reclama —cada cual de sus asuntos preferidos—. Ahí hay un hueco para ganar dinero. Está bien que un grupo de gente bien dispuesta —los periodistas o quien sea— lo reclame y use. No hay nada más digno. Pero mejor dejar la parafernalia sobre la democracia y lucha contra el poder.

El joven millonario salido de Facebook, Chris Hughes, compró una revista clásica americana, The New Republic. Acaba de relanzarse con nuevo diseño, director y plantilla. En su mensaje a los lectores en el primer número, Hughes escribió: “Creemos que debe haber un espacio para periodismo que lleva tiempo y pide más atención —que a la vez es educativo y entretenido—. Queremos contar las historias más importantes, actuales sobre política, cultura y grandes ideas”. Es una de entre tantas frases de obviedades vacías. Jack Shafer, un gran crítico de prensa, le respondió así: “Eso es un artículo que cada director de revista o periódico desde la invención del telégrafo podría haber escrito”. Es decir, menos rollos.

El periodismo es todo eso, claro, pero es tan obvio que deber aclararlo indica falta de confianza o de capacidad. El periodismo no pasa por su mejor momento. Algunos periodistas necesitan incluso cariño —¡somos importantes!—. Pero la única respuesta es el ejemplo, el trabajo, la buena pieza. Ese periodismo no necesita adjetivos. La transición hará que el periodismo en todos los formatos salga mejor: los periódicos también espabilarán. La gente no es tonta y sabe por lo que pagar. Los anunciantes también saben qué tipo de audiencia encontrará en cada medio. La variedad de opciones es una gran noticia. También para los jóvenes que empiezan; al menos podrán intentarlo.

Querer trabajar de periodista es magnífico, pero mejor con la verdad por delante. En la comparecencia en el Senado para el nuevo secretario de Defensa, el senador Bill Nelson preguntó al nominado, Chuck Hagel, sobre su experiencia en Vietnam, donde le habían herido y había ganado medallas. Hagel, entre otras cosas, dijo: “Mi experiencia no cuenta. Yo era una parte insignificante de aquello. Solo hacía mi trabajo”. El periodismo seguirá; los rollos de los periodistas son solo una parte insignificante.


El virus se extiende

Mariano Rajoy

Mariano Rajoy Brey sigue sin dimitir. Se conoce que se le pasó la portada de ayer de El País. Pero ya verán cuando levante la vista de las páginas de ciclismo del Marca y lea que las informaciones de El País le implican de forma directa en el que sería, de confirmarse su veracidad, uno de los mayores escándalos de corrupción financiera de la historia de la democracia española. ¡A lo mejor hasta toma medidas! Las del sofá de su despacho, obviamente. Ese en el que se echará una siesta de las de orinal y manta hasta que el zurriburri escampe por sí solo.

Estamos hablando de un hombre que ha logrado llegar a presidente del Gobierno sin que se le conozca talento ni mérito ni acierto ni brillo alguno. De un hombre cuyo único rasgo distintivo consiste en su habilidad innata para mimetizarse con el yeso de la pared mientras el país se ulcera de pura desesperanza a su alrededor. De un hombre que está a punto de convertir a Zapatero en Churchill. De un hombre que el 21 de noviembre de 2011, un día después de ganar por mayoría absoluta unas elecciones generales cuyo resultado estaba cantado desde hacía al menos un año, no tenía pensados ni discutidos ni negociados los nombres de sus futuros ministros. De un hombre que el diez de junio de 2012, inmediatamente después de comparecer en la Moncloa para anunciar un rescate de 100.000 millones para la banca de su país, se fue a Gdansk, en Polonia, para meterse entre pecho y espalda un España-Italia al grito de “si voy porque voy y si no voy porque no voy”. De un hombre al que todo le pilla por sorpresa: la virulencia de la crisis, la herencia recibida, la nacionalización de Repsol YPF, la dimisión de Esperanza Aguirre, la contabilidad de su partido…

¡Quién la pillara, tamaña inocencia! Ir por la vida descubriéndola a cada paso, como si fuera la primera vez, mientras deshojas la margarita a tus 57 años mozos pensando en lo que quieres ser de mayor. Mariano Rajoy Brey, de mayor, quiere ser presidente del Gobierno. No lo duden. El día que se entere de que ya lo es igual se le cae el puro de la boca de la emoción. ¡Hoshtia!

Y digo que, de confirmarse, este sería uno de los mayores escándalos de corrupción financiera de la historia de la democracia española no ya por las cantidades de las que se habla en El País, a fin de cuentas unos relativamente modestos siete millones y medio de euros, sino por el hecho de que dichas informaciones no implicarían a un subalterno turiferario a cargo de la subsecretaría remota número 527, sino a prácticamente toda la cúpula actual del PP. Pero sobre todo porque, a diferencia de otros famosos escándalos de corrupción en los que los corruptos se han trajinado cantidades mucho mayores pero puntuales (90 millones de euros en el caso PSV, 180 en el caso KIO, 500 en el caso Malaya), las informaciones publicadas ayer por el diario El País parecen revelar la existencia de un entramado financiero diseñado para el enriquecimiento ilícito y sostenido en el tiempo de sus beneficiarios. Es decir que no estaríamos hablando de un caso de corrupción oportunista sino de uno de corrupción sistémica. De la corrupción como opción por defecto del sistema político español. Una corrupción tan interiorizada, tan cotidiana, tan ordinaria que ni siquiera sus agraciados son conscientes al 100% de que lo suyo es intolerable. Aún saldrá algún iluminado diciendo que es que no cobran lo suficiente. Como si pagarles 2000 o 3000 euros más al mes fuera a convertir a los políticos españoles en Metternich. Como si hubiera sueldo alguno capaz de competir con la mordida del empresario inmobiliario de turno

Como explicaba ayer Lucía Méndez en El Mundo, los altos cargos del PP se pitorreaban hace apenas unos días de esas primeras informaciones en las que su diario hablaba de posibles sobresueldos:

Cuando El Mundo reveló los sobresueldos se lo tomaron un poco a broma. Implícitamente lo reconocieron, como si fuera una travesura. Que ‘si no me consta’, que si ‘no digo nada porque no me afecta’, que si ‘yo me ocupo de lo importante’. Al presidente del Gobierno le importunaban las preguntas sobre estas cuestiones. Un escándalo menor. Con una auditoría de la Señorita Pepis vamos que chutamos”.

Hace apenas una semana decía el PP que la práctica de los sobresueldos se cortó de raíz en 2008, cuando la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal, llegó al cargo. Ahora dice que esos sobresueldos no han existido jamás. Aún les veremos cambiar de versión una o dos veces más. Parece legítimo sospechar que lo que ocurre en realidad es que en el PP no acertaron a calcular bien las consecuencias de las informaciones publicadas en un primer momento por el diario El Mundo.

A falta de la del presidente del Gobierno, los españoles nos hemos tenido que conformar con la comparecencia de, precisamente, María Dolores de Cospedal. Es decir, con la de una subordinada. Toda una señal de cómo entiende el señor Rajoy Brey eso del liderazgo y las responsabilidades asociadas al cargo. ¡Quién lo tuviera como jefe! La Cospedal, a la que desde ya le recomendamos un curso acelerado de gestión de crisis para aprender a sobrellevar estos papelones, ha dicho cosas tan interesantes como “él sabrá” (en referencia a Pío García Escudero, que ha confirmado la veracidad de las informaciones de El País por lo que a él respecta) y “tratan de perjudicar al PP”. La primera frase está a la altura del “sí, hombre” de Rajoy de hace apenas unos días. A nuestro presidente solo le faltó hacer caracolillos con el chicle mientras la pronunciaba. La segunda frase de Cospedal es irrelevante. Dudo que a los españoles les importen un soberano pimiento las intenciones de los periodistas de El País o las de aquellos que han filtrado la contabilidad de Luis Bárcenas. Por amor no lo han hecho, eso está claro. Es probable que a los españoles les importe más saber si lo publicado por El País y El Mundo es o no es cierto.

Dice Ignacio Escolar en un artículo publicado ayer en eldiario.es que “las consecuencias en un país con algo más de cultura democrática que el nuestro serían sencillas de predecir: la apertura inmediata de una investigación judicial, la dimisión en bloque del Gobierno y de todos los dirigentes y diputados que cobraron estas comisiones, la convocatoria inmediata de unas nuevas elecciones generales y la refundación de la derecha española en un nuevo partido donde sean los propios militantes de base quienes corran a gorrazos a todos aquellos implicados en un pasado así”.

La conclusión de Escolar sería la correcta en un país en el que el principal partido de la oposición fuera la piedra de toque de la honradez política. En un país en el que hubiera una alternativa decente a la fermentación acelerada del PP. Pero estamos hablando del PSOE. Del mismo PSOE que gobierna en Andalucía y que acaba de pedirle al gobierno un PER “extraordinario” y un número menor de peonadas. ¡El parásito al bollo y el contribuyente al hoyo! Del mismo PSOE que le financia truños articulados a la aficionada de turno o que la coloca de directora del Instituto Cervantes de Estocolmo sin que el principal responsable político del engendro, Jesús Caldera, se digne dimitir. De un PSOE cuyas esperanzas de futuro descansan en esos enormes talentos naturales llamados Patxi López, Carmen Chacón y Eduardo Madina. Como para pillarse un billete solo de ida a la Patagonia.

La conclusión sería asimismo correcta si ese mantra que dice que “no todos los políticos son iguales” fuera cierto. Aunque de hecho lo es. Porque hay políticos españoles que no son exactamente iguales al resto: como en Rebelión en la granja de George Orwell, algunos son más iguales que otros. Como Xavier Crespo, por ejemplo. El exalcalde de Lloret de Mar (Gerona) está siendo investigado por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña después de que el juez apreciara indicios de prevaricación y cohecho en relación con la trama de la mafia rusa que blanqueó 56 millones de euros en dicha localidad. Imaginen cómo estará el patio en este país para que Andrei Petrov, el capo de dicha mafia, haya declarado “estar harto de los corruptos de este país”. Cuando la corrupción en tu país empieza a resultarle cansina hasta a los mafiosos rusos es que va siendo hora de meterse debajo de una piedra.

Desengáñense. El único político en España que no es igual que los otros es aquel capaz de presentarse en la comisaría de la Policía Nacional más cercana para denunciar, con pruebas, la corrupción de sus compañeros de partido. Aún le estamos esperando. Podrán comprobar lo diferentes que son algunos políticos españoles cuando mañana, tras la reunión extraordinaria del Comité Ejecutivo Nacional del partido convocada por Rajoy, comparezcan los capitostes del PP frente a los medios para cerrar filas alrededor del presidente y amenazar con querellas a los periodistas que osen investigar el tema de los sobresueldos.

El ambiente en este país, ya de por sí tradicionalmente pestilente, se ha embrutecido tanto en los últimos tiempos que la casta dominante, acorralada por las antorchas, ha decidido arremeter contra sus propios ciudadanos al grito de “los políticos españoles son corruptos porque los españoles son corruptos”. Y luego vomitan el ejemplo del fontanero y sus facturas sin IVA mientras se hurgan los colmillos con el palillo en busca de los restos putrefactos del solomillo que se acaban de meter en el cuerpo. El mensaje sería algo así como “a fin de cuentas todos somos iguales”. Pues miren, señores: no, no somos iguales. Empezando por el hecho de que no es lo mismo una factura de 50 euros que una contabilidad B por valor de 7.5 millones, continuando por el hecho de que el fontanero está intentando conservar SU dinero en el bolsillo y no meter la mano en el bolsillo de LOS DEMÁS, y acabando por el hecho, evidente hasta para un niño de teta, de que no tiene la misma responsabilidad el presidente del Gobierno o el alcalde de una localidad de 100.000 habitantes que un ciudadano anónimo que se dedica a hacer chapuzas a domicilio por 50 euros. En este país, la corrupción cotidiana, la de las facturas sin IVA, se ha convertido en simple autodefensa contra una casta dominante que tiene los santos cojones de anunciar una rebaja en la cotización de los nuevos autónomos como si esta fuera la gran medida contra la crisis. Una rebaja por la que, durante seis meses, los jóvenes emprendedores “solo” pagarán 50 euros por disfrutar de su derecho constitucional a trabajar en vez de los 300 habituales. Habrá que darles las gracias por tan magnánima rebaja en el diezmo medieval que pagan los autónomos por su derecho a arruinarse en este país de pandereta.

Así que la solución no es ya, como dice Escolar, la convocatoria de elecciones generales. Esa fase de la enfermedad se superó en España hace mucho tiempo. Convocar elecciones generales en España sería como darle un poleo menta a un tipo al que le ha arrancado una pierna un tiburón. La degradación de lo público en España ha alcanzando tamaño nivel de putrefacción que es el sistema entero el que está en duda. No es el partido en el poder, sino la monarquía, la judicatura, la policía, el ejército, el parlamento, el senado, los ayuntamientos, las comunidades, los sindicatos, las fundaciones, las diputaciones, las empresas públicas, las cajas de ahorros, el Banco de España, los partidos… No hay institución pública española que no esté metida hasta el cuello en el pozo de la corrupción, el tejemaneje, la incompetencia y el nepotismo. No hay gran empresa privada que no esté metida en el ajo. La separación de poderes en este país es una filfa.

Hace apenas una semana se conocía que la nueva Ley de Cajas de Ahorros permitirá que los imputados por algún tipo de delito doloso o los sancionados por comisión de infracciones administrativas puedan convertirse en directivos de cajas de ahorros si así lo decide el Banco de España. Y es que no hay nada como el perdón. Especialmente si la ley, como es el caso, descarta también establecer límite alguno al salario de dichos directivos. Que no se diga que nuestra clase política es vengativa. Que no se diga que no es previsora.

Poner orden en el sector público español es el equivalente de pastorear un rebaño de gatos. Una tarea agotadora pero, sobre todo, inútil. Porque en España no ha fracasado un partido, un gobierno o un rey: ha fracasado un sistema. El de la Constitución de 1978. Una Constitución cuyo pecado original, el de su tutela a bocaperro por parte de las élites financieras y militares del franquismo, ha acabado desembocando en un país ingobernable. En un país capaz de provocarle náuseas a la mismísima mafia rusa.

Si los chavales del 15M tuvieran dos dedos de frente se dejarían de partidos X, de juergas callejeras y de vídeos infantiloides y se pondrían al frente de las tres únicas reivindicaciones que, hoy en día, pueden unir a todos los españoles sea cual sea su ideología: insumisión fiscal, el inmediato ingreso en prisión de la casta extractiva actual y la convocatoria de elecciones generales para la formación de unas Cortes Constituyentes sin pasado reseñable encargadas de la redacción de una nueva Constitución. Una Constitución racionalista, laica y humanista que haga entrar este país en el siglo XXI de una puta vez. Una Constitución cuya redacción sea tutelada, si es necesario, por juristas constitucionalistas de los EE. UU. y la Unión Europea. Si no sabemos hacerlo mejor, pidamos ayuda a aquellos que sí saben.

Y si se le ha de cambiar el nombre al país, se le cambia. Que nada nos recuerde que alguna vez existió un virus llamado España.


Borja Ventura: Cazadora de cabezas

Esperanza Aguirre

Los políticos son como los portadores del Anillo Único de Tolkien: una vez terminada su misión deberían embarcar y cruzar el mar para no volver jamás, retirarse cómodamente junto a los Altos Elfos cantando alejados del mundo de la empresa. Pero no. España es un país de memoria corta para algunos, donde la distinción entre lo que es legal y legítimo a veces no se entiende del todo bien.

Imagina una cabaña en la montaña. La chimenea está encendida e ilumina las paredes, el ambiente es agradable. El suelo de madera crepita bajo las cálidas alfombras de lana a tus pies. Fuera hace frío y sopla el viento. Lo único que estropea tan bucólica escena es la decoración de la sala. Una enorme sucesión de cabezas de animales cortadas y puestas en marcos, como para presumir de las capturas. Animales que fueron bonitos contemplan la escena ya sin vida. El fuego de la chimenea baila en sus ojos de cristal mientras sus cornamentas acumulan polvo.

Algo así es ser un head hunter. Traducido literalmente, un “cazador de cabezas”. Es a lo que se va a dedicar a partir de ahora —entre otras cosas— la expresidenta de la Comunidad de Madrid y todavía presidenta del PP. Ella, una de las cabezas más lúcidas del panorama político contemporáneo, tomando un nuevo recodo de su camino. Se va a dedicar a descubrir talentos en una empresa que, según ella misma reconocía en una entrevista en Antena 3, no conocía “pero que por lo visto es importante porque es la líder en España”. Así es ella.

Volvamos a la escena anterior para imaginar sentada junto al fuego, en un sillón con tapete de ganchillo, a la presidenta Aguirre. Te ofrece sentarte y claro, por qué no. Con su sempiterna sonrisa y la serenidad que le ha dado sobrevivir a mil guerras políticas y una cadena de atentados en Nueva Delhi (y a un accidente de helicóptero, y a…), la anfitriona te empieza a hablar de las cabezas que ha cazado durante estos años.

“Mira esa de ahí”, te dice. “Ángel Carromero, 27 años, un ejemplar único en su especie”. Y tanto. La cabeza en cuestión es un entusiasta militante de su partido. Uno de esos que no dudó en enfundarse la camiseta azul contra la subida del IVA y que vive, desde hace años, a sueldo del partido. Estudió en la Universidad Pontificia de Comillas, en el castizo barrio de Chamberí de Madrid, en cuya Aula Magna un enorme crucifijo flanquea las banderas —Europa, España, Madrid, Vaticano—. Estudió pero no terminó: unos dicen que se fue, otros que le echaron. Quién sabe.

“Cuando lo vi por el bosque estaba perdido, no sabía muy bien por dónde tirar”, continúa Aguirre, meciéndose en su sofá con la mirada perdida en el fuego. Con la ayuda económica de su familia montó un gimnasio en una de las mejores zonas de Madrid, pero acabó arruinándose. Tuvo, incluso, problemas con la Administración por impago a Hacienda en su negocio fallido, y eso que había empezado estudios de ADE. El balance de cuentas debió perdérselo. Por aquel entonces ya militaba en el PP y decidió dedicarse de lleno a la vida política, y no le fue nada  mal.

Cercano a los dirigentes de Nuevas Generaciones, con contactos en el Congreso y más voluntad que tablas políticas, Carromero dedicó los últimos años a vivir su vida en el partido. Y a acumular multas de tráfico también. Tantas que acabó con un trámite abierto para retirarle de forma definitiva el carnet. El volante debía dársele tan bien como los estudios. Pero aquel trámite le pilló en una especie de misión secreta: un viaje iniciático a Cuba, la dictadura caribeña que tanto obsesiona a muchos compañeros de su partido.

El viaje ya lo habían emprendido otros antes que él. Algunos triunfaban, entrando en el país, contactando con la disidencia, hablando de democracia e introduciendo ayuda económica y apoyo moral. Un chute de adrenalina para gente con polo. Algunos fracasaban y tenían que volver a casa sin pisar más que el aeropuerto, momento en el cual el viaje tenía más éxito aún porque podían hablar de la terrible dictadura castrista y de cómo aniquila los derechos básicos de las personas. Era una opción ganar-ganar, así que allá se fue Carromero de cabeza. De cabeza, sí.

Entre su pericia conductora y el mal estado de las carreteras acabó teniendo un accidente de tráfico en el que fallecieron dos destacados disidentes. No podía salirle peor la jugada. Bueno, sí, tener que cumplir cuatro años de cárcel en Cuba tras reconocer en una videoconferencia que no hubo manos negras: ni coches persiguiéndoles, ni embestida en la carretera ni nada de nada. El historial de multas e infracciones acabaría confirmando el relato. Empezó entonces el juego diplomático para traer al joven de vuelta a España y, tras casi medio año, se consiguió. En medio, Cuba aprovechaba el funeral para detener e interrogar a disidentes que acudieron al funeral de los fallecidos. Ningún dictador como la revolución manda desaprovecharía una oportunidad así.

“Y allí que fui yo a verlo”, sonríe Aguirre en su sillón mientras la chimenea chisporrotea. Fue, concretamente, nada más llegó Carromero a la cárcel de Segovia, pero no le dejaron pasar. Pero ya tenía el titular y la foto, como los que viajan a Cuba y se quedan en el aeropuerto. O, en su caso, como cuando compareció ante los medios al volver de la India, con tacones y calcetines, para contar la traumática experiencia. A la segunda fue la vencida: la cazadora de cabezas —entonces oficiosa— animaba a su discípulo y le ofrecía un trabajo que, a la postre, favorecería su liberación.

Así es la Justicia española. Alguien que, por accidente y sin quererlo, mata a dos personas conduciendo a pesar de su dilatado currículum en lo que a sanciones al volante se refiere, tarda apenas unos días en conseguir el tercer grado. “Un ejemplar único en su especie”, repite Aguirre mientras acaricia a un gato que duerme sobre su regazo —añadámosle un poco de dramatismo inquietante a la escena de la cabaña de madera—.

Y tan único. Según Eurostat, el 56,5% de los españoles de hasta 25 años está en el paro. Carromero, con 27 años, sin carrera, con dos muertes accidentales en su haber y con un tercer grado sobre las espaldas, tenía trabajo gracias a Aguirre. Y vaya si es único: unos 50.000 euros anuales —ocho veces lo que cobra quien ha agotado el paro, cinco veces el salario mínimo interprofesional, tres veces lo que cobra un parado—. Y eso sin estudios superiores y como asesor de una concejal de Ayuntamiento.

Sus habilidades le distinguen: según su ficha en Linkedin domina el Office, el Word, el Excel y el Power Point. Gracias a esas habilidades se le puede ver proyectando diapositivas antes de su fallido viaje iniciático. Y gracias a su labor política, hasta la familia de uno de los fallecidos en el accidente le considera “un héroe”. También parte de la prensa, que glosa sus méritos y “el tremendo papel que jugó en varias elecciones vascas, cuando el terrorismo de ETA vivía su apogeo”.

“El PP de Salamanca —recuerdan— siempre ha estado muy vinculado con el País Vasco, por eso, cuando llegaban las elecciones, Ángel no dudaba en irse al norte y, megáfono en mano, defender las candidaturas de Iturgaiz o Mayor Oreja en pueblos muy, muy complicados como Hernani, Zumárraga, Rentería… Es un valiente y, sobre todo, un tío muy currante”.

Lo de Carromero es una nueva forma de privatización: pagar un sueldo público por un interés privado, el de un partido, para burlar a la Justicia y facilitar que alguien salga de la cárcel ¿Qué es preferible, pagar un buen sueldo de dinero público con casi seis millones de parados para sacar a alguien de la cárcel o, directamente, indultarlo?

Visto así parece que cualquiera pudiera conseguir un sueldo público. Qué cosas, justo en el momento cuando lo que se lleva es lo contrario, a juzgar por el proyecto de reducción de diputados autonómicos, congelación de sueldos de funcionarios o, en el caso de Castilla-La Mancha, eliminación de salarios. Cuánto bolsillo esperando al mejor postor.

Bien mirado cobrar del Estado como político tiene sus ventajas —sobre todo con respecto a la pensión de por vida con unos años en las Cortes, por ejemplo—. Pero realmente cualquier directivo medio de la empresa privada cobra más que un cargo público. Si te paras a pensarlo, cualquier hombre de negocios con cierto éxito cobra más que el mismísimo presidente del Gobierno. Claro, que realmente el cobro importante acaba llegando gracias a los partidos políticos que, a fin de cuentas, también pagamos en buena medida los ciudadanos. Esa es la trampa. Porque su sueldo de diputados —y presidentes o ministros— lo conocemos, pero… ¿cuánto ganan Rubalcaba, o Rajoy, como líderes de sus partidos?

Lo que es el sector público para muchos es un perfecto trampolín para acabar sus días plácidamente en fundaciones extrañas o a sueldo de empresas a las que, en algunos casos, de una u otra forma favorecieron. Ahí están Felipe González, Elena Salgado, Eduardo Zaplana o, recientemente, Rodrigo Rato. También José María Aznar, Ángel Acebes y tantos otros como Josep Piqué, Josu Jon Imaz o Narcís Serra.

Entre todas las empresas, las cajas de ahorros que ahora se han privatizado gracias a la absorción de los bancos, son la madre del cordero: políticos, sindicalistas y demás han desecho un modelo financiero apoyado en la obra social que ya ha desaparecido fagocitado por su gestión. El ensayo se hace, por ejemplo, en las cadenas autonómicas, donde ha sido frecuente el despido de directivos cercanos al Gobierno de turno que acababan montando una productora a la que —casualmente— se contrataba para hacer algunos programas. Como blanquear dinero, pero en plan institucional.

Pero antes de las cajas, antes de las autonómicas, hubo otras tantas: Telefónica, Red Eléctrica, Seat… Aquí puedes ver el listado oficial de empresas que han sido privatizadas, va en dos partes (1 y 2) porque en una queda indecoroso. Ahora piensa, cuánto dinero de los españoles ha ido a parar a construir empresas que ahora gestionan otros y cuyos beneficios no revierten en ti.

Porque eso es lo que pasa cuando algo se privatiza. “Si no funciona, mejor que se gestione priorizando el balance de resultados y convertir la empresa en algo rentable”, dicen los liberales. Claro, pero… ¿de dónde ha salido el dinero que ha hecho que esa empresa exista y tenga no pocos recursos? ¿Quién pagó todos los postes y cableado de la empresa de telefonía? ¿Cuánto vale la marca automovilística que creó el Estado a cuenta de los contribuyentes? ¿Y ese hospital que van a privatizar? Visto así, el hecho de que algunos políticos salten de la política a empresas privadas que fueron públicas no deja de ser una forma de seguir cobrando dinero que fue público.

Pero la de Carromero no es la única cabeza que cuelga de la pared de Aguirre. “Ahí está, por ejemplo, la de Güemes“, dice la presidenta, que sigue sonriendo con su gato ronroneante. Exconsejero de Sanidad en la Comunidad de Madrid, él fue quien posibilitó la privatización de servicios de análisis clínicos de los que luego se benefició una empresa, Unilabs, en la que acabaría siendo consejero. Dimitió al poco de saberse. Según ella misma ha explicado, Güemes no le dio directamente la licencia a la empresa, sino que la ganó otra que acabó siendo comprada por Unilabs. Es fácil imaginarse qué diría la mujer de Güemes cuando se cerró la operación.

Hay muchos más lumbreras. Presidentes autonómicos con áticos sospechosos, exministros imputados, expresidentes corruptos que dan clases en universidades católicas, yernos de Rey aparentemente podridos de ambición, democristianos que robaron el dinero de los parados, católicos que quitaron fondos de cooperación. Lo de España no es una crisis, ni dos, sino varias.

La presidenta del PP madrileño casi podría poner también su propia cabeza en la pared. Conseguir un sueldo como presidenta del consejo asesor de una empresa, en plena crisis y sin tener “ni relación laboral ni ser miembro del consejo”, según ella misma ha dicho, es de ser una auténtica cazatalentos.

En el sentido romano de la palabra talento.


Enric González: Tremendismo

Mas y Duran Lleida

Nuestro gran defecto es el tremendismo. Cualquier nimiedad nos pone de los nervios. Desde hace algún tiempo, por ejemplo, nos hemos apuntado a la moda de criticar a los políticos, hagan lo que hagan. Mientras escribo estas líneas, miles de ciudadanos lanzan insultos contra Josep Antoni Duran Lleida, un señor educadísimo, y contra su empresa, Unió Democràtica de Catalunya. Unió ha robado, dicen los exaltados. Bueno, sí. Como las otras empresas de su sector. No exijamos a Unió que sea menos que sus socios de Convergència Democràtica, una de las firmas punteras en el ramo del guante blanco. Ni que el PP. Ni que el PSOE.

Para empezar, Unió ha tenido un detallazo: ya ha devuelto 300.000 de los euros robados hace casi dos décadas, y piensa añadir todavía un pico para callar bocas. Lógicamente, se queda con algo porque una cosa es tener un gesto y otra ser tonto. Añadamos que trincó de fondos públicos (que, según dijo Carmen Calvo, no son de nadie), europeos (que aún son más de nadie) y destinados a los parados (como se sabe, los parados son por definición los principales defraudadores del país).

La gente protesta porque no compara. Y hay que comparar. Miremos cómo están los países de nuestro entorno, ateniéndonos no a la geografía, que engaña, sino a la clasificación mundial de sociedades por nivel de corrupción. España ocupa el puesto número 31. República Dominicana está en el 41. ¿Querrían vivir los protestones en la República Dominicana, un país en el que quebró fraudulentamente uno de los mayores bancos, Baninter, y hubo que esperar cuatro años a que los responsables fueran a la cárcel? ¿O en Botsuana (puesto 30), donde el paro roza el 18%, se gasta el 10% del presupuesto nacional en educación y los elefantes se dejan matar por dinero? ¿O en Mauricio (43), que además de ser un paraíso fiscal tiene las playas infestadas de cocoteros y una isla llamada Cargados Carajos?

Bueno, vale, quizá sí valdría la pena vivir en Mauricio, Botsuana o República Dominicana.

Valoremos entonces la delicadeza y el savoir faire de nuestros políticos. Como gestores del país han demostrado la máxima incompetencia, pero en lo suyo son finos. ¿Han puesto a alguien una pistola en el pecho? ¿Alguien ha sido asaltado en una esquina por un político? ¿Alguien tiene miedo a salir de noche por culpa de los políticos? Nada de eso. Ni pizca de violencia. De hecho, ni nos enteramos de cuando roban.

Sobre ese punto, conviene ensalzar el civismo de La Vanguardia y El Periódico, principales diarios de Cataluña, que no pusieron en portada el asuntillo de Unió para no crear una alarma innecesaria. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿Para qué angustiarnos? Se nota que Cataluña es diferente. Muy bien La Vanguardia y El Periódico. Y muy mal otros, acusicas y azuzadores de los peores instintos de la plebe.

Señoras, señores, seamos serios. El país está hecho una porquería, endeudado, desindustrializado y parado. Solo nuestros políticos y nuestros banqueros (y nuestros futbolistas, pero esto no va de deportes) gozan de una merecida prosperidad y pueden competir en cualquier parte del mundo. Nosotros, siempre envidiosos, les criticamos. ¿Qué queremos? ¿Queremos que Rodrigo Rato chupe de la teta del subsidio de desempleo, como hacemos tantos? El hombre, que prefiere no vivir de la sopa boba, se busca un trabajillo en Telefónica. Y le criticamos. Igual que a Urdangarin. ¿Nos gustaría más de mantenido, como el resto de la familia? Unió trinca un dinerillo de los fondos europeos y hala, a sufrir escarnio. Yo, de mandar en Unió, el mes que viene enviaba a los protestones la factura de la suite de Duran en el Palace, por listos. ¿Qué se creen, que lo políticos no tienen gastos? Al pobre Camps casi le crucifican por unos trajes y una cosilla llamada Gürtel, y ya ven: él está de profesor en la Universidad Católica, como corresponde, y el juez que le acusó, Baltasar Garzón, en la puta calle.

Más sensatez, conciudadanos, y menos envidia. Como dijo el rey Juan Carlos en su tradicional alocución de Nochebuena, debemos “reivindicar la política” y “evitar el pesimismo”. No desesperemos. Hay soluciones. Podemos hacernos políticos.

O, en su defecto, emigrar a Botsuana.


Borja Sémper: “El futuro en Euskadi se tiene que construir también con Bildu”

Borja Semper para Jot Down 1

Borja Sémper es un tipo engominado, risueño y que fuma sin parar. También podría haber comenzado escribiendo que Borja Sémper es un tipo inquieto, futbolero y que tiene problemas de fontanería en su nueva casa. O, a lo mejor, que Borja Sémper es un irundarra, enganchado al café con leche, que adora Madrid y suele llevar al fútbol a su hijo de cinco años. Poco importa. Al final, Borja Sémper es ese tipo que está ahí delante, escuchando, y eso ya es mucho para ser político.

Entrevistados decenas y decenas de ministros, secretarios, aspirantes a, decapitados de, politicastros, líderes de verdad, líderes de papel cebolla, correveydiles, ideólogos de casta, vocingleros, embalsamadores de Lenin o liberales de Givenchy, lo más infrecuente de un político es que parezca una persona, problemas de grifería incluidos. Con sus pasiones y sus excesos en la vitrina. Así es Borja Sémper, 36 años, presidente del PP en Guipúzcoa. Encantado de haberse conocido, también como todo político, algo kamikaze, capaz de ser chincheta en su propio partido y de asumir que “el futuro en Euskadi se tiene que construir con Bildu”, frase que todavía estremece las dentaduras en ciertas filas del PP. Él lo tiene claro. Y dice que Rajoy, también.

¿Qué es más difícil en Guipúzcoa: ser del PP o del Real Madrid?

Estudié en un colegio público en Irún, al lado de casa, y llegaban a tirarme piedras por ir a clase con la camiseta del Madrid.  Ya ves, iban marcando tendencia algunos. Es que en el País Vasco, antes, y ahora un poco también, hay quien quiere resolver las cosas a pedradas. Como yo soy un poco provocador, suelo decir en broma eso de “si quieres taza, pues taza y media”: del PP y del Madrid.

Lo suyo es puro mourinhismo aplicado. A la contra y resistente.

Es que yo no entendía por qué no podía llevar la camiseta de un puto equipo de fútbol que para mí era solo eso, un equipo de fútbol. Y es verdad que insistir me granjeó algún problema que otro. Pero es verdad que en Irún nunca hemos sido muy de la Real Sociedad. El Real Unión de Irún era un rival histórico de la Real e Irún es un poco el Bilbao de Guipúzcoa, nos sentimos un poco el centro del mundo. Así que nunca hemos tenido un gran afecto más allá del razonable por la Real Sociedad. Yo siempre he sido del Real Unión y del Real Madrid.

¿Y cuando se enfrentaron en Copa ambos equipos?

Eso del corazón dividido en fútbol no existe. Seré políticamente incorrecto y algo honesto: iba con el Real Madrid. Pero no me disgustó que lo eliminara al Real Unión. Al final, sí o sí ganabas.

Al final, uno es siempre de un equipo de fútbol antes que de un partido político. A no ser que tu padre sea un tarado.

Y tanto. De hecho, en mi casa no hay democracia. Mi hijo va a ser del Real Madrid sí o sí. Lo del PP es menos importante. Ahí me sale la vena talibán y no lo oculto. Es más, es algo que tengo que decir y verbalizar para sentirme mejor conmigo mismo [sonrisa].

¿Quién está más perdido: Mourinho o Rajoy?

Rajoy no está perdido. Y Mourinho lo que está es probablemente muy equivocado. Se pensó que el Madrid era como el Inter, el Oporto o el Chelsea. Y no. Mourinho ha intentado crear un “Real Mourinho” y el Madrid te come. Aquí hay grandes jugadores, tíos hechos y derechos, que han salido llorando por el túnel de vestuarios. Quería controlar el Madrid no solo deportivamente y su personalidad es antagónica a la del Madrid. Otra cosa es que viniera bien su fichaje en un momento de depresión generalizado. Llega Mourinho, aquí estoy yo, a pecho descubierto. Vale que le metieron cinco, pero no volvió a pasar. Ante el mejor equipo de la historia, ganamos una copa del rey y una liga en el Camp Nou. Eso también es mérito de Mourinho. Aunque con esa plantilla igual lo conseguiría hasta yo. Pero esa estrategia de tensión acaba por agotarse. Mi Real Madrid es el de Casillas, el de Raúl y, si me apuras, hasta el de Butragueño.

¿El de Valdano también, aunque tire un poco a la izquierda?

Personaje controvertido, pero su forma de comunicar le iba seguramente mejor al Madrid que la de Mourinho. El himno del Madrid no se canta en el estadio, como el del Barça o el del Liverpool, pero tiene una letra que habla de que “cuando pierde, da la mano”. Eso no lo he visto últimamente. Hay actitudes que no me gustan. Cristiano es un líder, pero no me gusta que no celebre el gol de un compañero. Un tío que se cae y se queja por sistema. Yo no quiero eso para el Madrid. A mí me preocupa que los niños quieran ser Messi y no Ronaldo.

Pero vamos, que llegó al PP por el Madrid. Le arrinconaban por llevar la contraria y…

Podría ser una buena reflexión… pero no es así. Yo entre en el PP deslumbrado por la figura de Gregorio Ordóñez. Era el presidente del PP en Guipúzcoa, lo que soy yo ahora, cuando lo mataron [en 1996]. Tenía un discurso contundente muy firme contra ETA en un periodo, finales de los 80 y principios de los 90, en el que no era habitual oír a los políticos hablar así. Este tipo consiguió que el PP ganara en San Sebastián y saliera de las catacumbas en Guipúzcoa. Hablaba y la gente le entendía, lejos del discurso manido de los políticos. Esa valentía y esa honestidad me deslumbraron. Dos años después de afiliarme lo asesinaron. El más tonto del pueblo, Valentín Lasarte, asesinó al más brillante, Gregorio Ordóñez. Una metáfora de la vida y, desde luego, de la política en Euskadi.

Ahora la política ha perdido un lenguaje, está formateada. Pero de eso hablaremos luego. Tenía 17 años y entró en un partido político en un lugar donde militar tenía un coste.

Con 17 años cogí el tren y me presenté en la sede. Esta es una de las críticas que se nos hacen a los políticos que hemos hecho toda nuestra vida dentro de un organización. Pero yo, en el País Vasco, en las juventudes, lo puedo justificar. Era una cuestión de compromiso. Algo que no podemos comparar con el ejercicio de la política en otro sitio. En el resto de España, seas de izquierdas o de derechas, ser político ha llevado implícito un cierto reconocimiento social, un estatus y determinados privilegios, aunque ahora no sea así. En el PP y en el País Vasco, no.

El barro.

El puto barro. Pero tenía una autenticidad brutal y era el ejercicio de la política auténtica y diferente. No nos hacía mejores ni peores. Nos definía

En Madrid se ha presentado siempre el problema vasco como una cuestión de buenos y malos. ¿No cree que se ha simplificado demasiado?

Yo sí creo que los buenos eran los que morían y los malos eran los que mataban.

Eso es evidente. Pero yo me refiero a los que quedan entre unos y otros. O sea, casi todo el mundo. ¿Esas etiquetas no lo han hecho todo más difícil?

Hombre, había manifestaciones en que gritaban “ETA, mátalos”. O “eres el próximo en la lista”. Esos sí son malos. Hay un caldo de cultivo del odio y de supporters del terror que ha existido. Eso es un poso del que nos vamos a tener que liberar y va a costar mucho. Pero lo más importante es que ETA se ha acabado. Eso transforma la política en Euskadi. Cuanto antes cambiemos el chip de que ETA se ha acabado, antes podremos construir el futuro. Aunque es verdad que determinados círculos de opinión en Madrid siguen queriendo transmitir un determinado clima de Euskadi que no se corresponde con la realidad.

Creo que no me explico. Hubo un momento, con Aznar y luego, el primer Rajoy, en que el PP y parte del PSOE pasaron de decir “los malos son los que matan”, a los malos son los que dicen ETA, mátalos; luego, toda la izquierda abertzale; luego, los que compartían cosas con la izquierda abertzale dentro del nacionalismo; luego, todos los nacionalistas y luego los que, fuera de Euskadi, creían que debía haber una expresión política de la izquierda abertzale. Más tarde, hasta José Luis Rodríguez Zapatero era sospechoso por hablar de diálogo. Al final, terminas en una torre de marfil diciendo “los malos son todos menos yo, el único demócrata”. Alguien se ha arrogado el patrimonio de la democracia y de querer el fin de ETA. Cualquier vía alternativa era sospechosa de complicidad. Me parece una de las mayores perversiones políticas de los últimos años.

En cierta medida, eso puede ser así. Pero contextualicemos. La política condicionada por el terrorismo va a una velocidad brutal. Hay una relación objetiva: ETA ha desaparecido porque se ilegalizó a Batasuna y por la acción de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Desde el momento en que metes en un espacio de incomodidad al mundo político de Batasuna, empiezan a cuestionarse la situación. Mandaba ETA. Era así. En un momento dado, pierden capacidad operativa. Matan, pero no son los de los 80. Se les detiene. Se les acorrala. La independencia por el terrorismo se demuestra que no va a llegar. La imbatibilidad de ETA se demuestra que es un mito. Pierden apoyo social. Y los Otegi y compañía no pueden actuar en política porque están ilegalizados. El chiringuito se desmorona. Y llega un momento en que dicen: “oye, ¿cómo que tú me mandas? Por la vía de la violencia no vas a conseguir nada. Incluso nos están zumbando más. No funcionas y encima yo estoy en la cárcel. Vámonos a dar una vuelta a la tortilla. Ahora voy a mandar más”. Eso es una gran crisis y está derivado por la ilegalización de Batasuna. Lo reconocen  hasta los del PNV… en privado, claro.

Borja Semper para Jot Down 2

Pero si es que yo no hablo de ETA. Sino de todo aquello que la gente mete en el saco de ETA. En Madrid se sigue oyendo que “Bildu es ETA”. O sea, que tipos como Oskar Matute, que viene de Ezker Batua, o la gente de Eusko Alkartasuna, ¿son ETA? ¿No le parece una burda simplificación? Habrá que permitir que la gente elegida democráticamente se exprese democráticamente.

Puedo compartirlo. Bildu no es ETA. Es una coalición formada por EA, Aralar y Alternatiba, donde el mayor peso político lo tiene la izquierda abertzale. Que todo sea ETA no es cierto. Pero quien controla Bildu es quien decía hasta anteayer “ETA, mátalos” o justificaba un atentado. Aun así, este diagnóstico objetivo no debe condicionar el futuro. El futuro de la sociedad vasca, guste o no en determinados sitios, se tiene que construir también con Bildu. Un político tiene que ser capaz de trascender de sus tripas para proyectar un futuro mejor de lo que ha sido el pasado. Esta tesis la manejan también Mariano Rajoy y el ministro del Interior. Es la realidad. El futuro hay que construirlo. Pero tampoco me parece justo que ahora parezca que somos culpables los que poníamos la nuca. Yo estoy dispuesto a hacer un esfuerzo y pasa por entender que en ese futuro estará Bildu. Ahora bien, y te lo dice alguien que ha sufrido situación extrema, me han querido matar, han matado a amigos, yo trasciendo eso, pero pido corresponsabilidad a los de Bildu.

¿Y qué le pide a Bildu?

Que digan que ni uno solo de los asesinatos que ha cometido ETA tiene justificación alguna. Ni hoy, ni ayer, ni mañana. En la revista Bakeaz salió una carta de tres ex miembros de ETA, de los de la vía Nanclares, donde incluso se negaban a decir que habían sufrido para que nadie pensara que se autoeximían de su responsabilidad en lo ocurrido. “Fue todo responsabilidad nuestra”, decían. La izquierda abertzale tiene que dejar claro que la violencia no tuvo sentido.

Vamos, que la izquierda abertzale rechace la violencia ética, y no solo estratégicamente. ¿Qué te pareció el veto del PSOE a Amaiur en el recurso al Tribunal Constitucional por las pensiones? Porque si se pide a la izquierda abertzale un compromiso con las vías pacíficas y políticas, y luego uno crea guetos en el parlamento…

Sí, pero cada uno tendrá que hacer un examen de conciencia. Porque luego igual se toman cafés con ellos en la cafetería del Congreso.

¿Está diciendo que fue un paripé?

No lo califico. Pero alguna calificación tiene que tener que te tomes cafés y luego no hagas la foto. Si se coincide, se coincide, no pasa nada.

Muy coherente no resulta que el PSOE acabe de votar los presupuestos de Bildu en Guipúzcoa mientras en Madrid no se hacía la foto.

Esa falta de coherencia debe arreglarla el PSOE. Porque en el Partido Socialista de Euskadi hay gente que está esperando el divorcio definitivo de Bildu con la violencia para pactar con ellos como en Cataluña se pacta con Esquerra Republicana. Algunos, en privado, te reconocen que políticamente ven muchas coincidencias con ellos.

Acaba de decir “se coincide y no pasa nada”. Cuando Bildu ganó el Ayuntamiento de San Sebastián y la Diputación de Guipúzcoa, se dijo de nuevo que iba a “gobernar ETA” y que era una anormalidad política. Ahora que ya ha pasado un tiempo, ¿tiene la sensación de que gobierne ETA?

No. Nos gobiernan unos incompetentes.

Entonces, como en el resto de sitios.

Si es que por fin vamos a tener la oportunidad de discutir de política con Bildu. Eso es lo que yo quiero.

Vamos, que no gobierna ETA

No, gobierna un señor que editorializaba contra gente y periodistas en el País Vasco. Se lo voy a recordar cuando toque. No lo voy a obviar. Pero es diputado general y voy a hablar de política con él.

En el PP vasco han llegado a acuerdos con Bildu, de hecho, sobre autopistas en la Diputación y sobre temas puntuales en el Ayuntamiento.

Nosotros teníamos una idea para modificar el sistema de aparcamiento por hora. Dice Bildu que está de acuerdo aceptando dos enmiendas. Mi reflexión es: ¿puteo al donostiarra no mejorándolo, o trascendemos lo que nos chirría y acordemos lo que es bueno por los donostiarras? Se puede hacer política. Eso, desde algunas tertulias, lugares y líneas editoriales, convierte al PP vasco en melifluo y filoterrorista. Ese trazo grueso, mal endémico de la política, también lo superaremos. Yo escribí una carta abierta en El País días después de que ETA anunciara el cese definitivo de las armas. Tenía información, por mis contactos políticos y policiales, y mi tesis era que ETA se ha acabado. Sabía que ETA estaba muerta aunque faltara la esquela. Por eso lo escribo. Desde ciertos sitios de Madrid me respondieron que no tenía ni idea, que es una trampa y tengo síndrome de Estocolmo. El tiempo nos está dando la razón. Aznar ha dicho hace dos días: “Se ha derrotado a ETA”. Jaime Mayor Oreja ya no habla de la ofensiva de ETA que va a romper España. Ahora tendrá que reformular su teoría.

¿Mayor Oreja es el “Tea Party” del PP?

No. Es bueno que existan Mayores Orejas, porque eso demuestra que el PP es un partido vivo. A mí no me molesta que Mayor Oreja esté en el PP. Es bueno que exista, como Rodríguez Ibarra en el PSOE. Debe haber pluralidad. Lo que no tolero son los juicios de valor sobre el discrepante y menos de un compañero de partido.

Ahora entenderá a qué me refiero con lo de aquellos que se sienten los únicos demócratas.

Es que los inquisidores, y no digo que Jaime Mayor Oreja lo sea, abusan de juicios de valor en la política española. Es tener muy poca fe en la nación española pensar que se va a romper. Yo no lo creo.

Gerry Adams siempre dijo que en Irlanda del Norte libró tres guerras al mismo tiempo. La primera contra los ingleses. La segunda, contra los unionistas. Y la tercera, contra algunas de sus propias filas, y que esta siempre fue la más dura. ¿Les ha pasado algo parecido en el PP vasco en las últimas elecciones?

En cierta medida, sí. Porque yo entiendo la incomprensión o la discrepancia. Pero no acepto que se quiera tergiversar lo que opina el PP vasco para calificarnos de lo que sea. Nosotros no tenemos problemas en decir lo que pensamos. Lo hacíamos cuando nos mataban, imagina ahora. Sabemos dónde tenemos que ir. A nosotros se nos pedía estar en la trinchera con el cetme. De repente, todo aquello por lo que hemos luchado durante tantos años llega y ETA desaparece. Ahora, el reto del PP vasco es superar este umbral. Demostrar que podemos y debemos ofrecer ideas y no solo la nuca. ¿Qué pasa? Que algunos no quieren que el PP vasco salga de la trinchera. Quieren un PP enrocado en un tema. El gran cambio del PP vasco y el gran valor de Basagoiti y los que estamos con él es decir: no queremos hablar solo de ETA, sino de muchas más cosas.  Queremos tener protagonismo por más temas.

¿La línea aperturista del PP vasco cuenta con la confianza de Mariano Rajoy?

Sí. Y creo que está gestionando muy bien el tema vasco. El ministro del Interior, también, aunque le hayan caído palos por hablar de reinserción. El PP vasco está haciendo un esfuerzo ímprobo por entender la situación y proponer soluciones.

Quizás eso les pasó factura en las últimas elecciones vascas, donde perdisteis tres escaños.

No. Yo creo que fue lo contrario: fuimos más presa de nuestros propios miedos.

Alguien en Euskadi, una pieza bien colocada en el engranaje del proceso de paz, me decía esta semana que la política de Rajoy es “No hago pero no entorpezco”. No doy pasos concretos pero no impido que se den.

El PP ha dicho algo impactante que ha pasado demasiado desapercibido. Que la política de dispersión se acabará cuando ETA se disuelva. Y que acogerá en procesos de reinserción a quienes abandonen el terrorismo.

¿Seguís esperando que ETA dé un paso?

Ellos siguen intentando controlar el único frente que les queda: las cárceles. Pero tienen que hacerse mayores de una vez. La realidad que viven los presos no es la verdad de la calle. Proyectan sobre ellos una ficción para tener prietas las filas. La política de dispersión no era infligir un daño, sino que la organización no controlara a los etarras. Jaime Mayor Oreja, por ejemplo, acercó al País Vasco a muchos presos.

Lucía Méndez, de El Mundo, escribió recientemente que Mayor Oreja  se moría por ir a Suiza a darle la mano al jefe de ETA, y que Aznar se lo impidió.

No sé si es así, pero el pasado, pasado es. Al final, el Gobierno está ofreciendo cosas. Pero tienen que dar un paso ellos. Tienen un problema. La cultura de la violencia está demasiado interiorizada en mucha gente. Pero ya no les esperamos. La sociedad vasca ya no les espera. Su gran drama es que no les esperan. Y la puntilla definitiva se la daremos PP y PSOE cuando dejemos de hablar tanto de ellos. La izquierda abertzale siempre nos ha ganado en el ajedrez de la comunicación. Jugaban con nosotros. No tenían prisa, la revolución no tenía que ser mañana. ¿Y si cambiamos las reglas de juego? ¿Y si les decimos que no estamos jugando partida contra ellos? vamos a ponerles en esa situación. Por eso quiero el debate político con el Garitano de turno

Borja Semper para Jot Down 3

Puesto a desear el debate político, lo lógico sería tenerlo con Arnaldo Otegi. ¿Le parece justo que esté en la cárcel?

Sí. Yo me creo la Justicia.

Pero lo acusaron de crear una nueva Batasuna con Rafa Díez Usabiaga cuando Sortu es lo mismo, un marco político de referencia para la izquierda abertzale. ¿Tiene algún mérito Otegi en el nuevo marco sin violencia?

Arnaldo es el que lee la situación de debilidad de ETA y la necesidad de la izquierda abertzale de no desaparecer. Pero es supervivencia política, no parte de una reflexión ética sobre la violencia.

Usted apostó por acercar posturas con el PNV.

Cuando yo llegué a presidente del PP de Guipuzcoa, hace tres años, no había relación con el PNV. Lo primero que hice fue llamar a Joseba Egibar, jefe del PNV, y le dije: “Nos vemos cuando quieras. Y en el batzoki“. Nos reunimos y ¿sabes qué pasó? Nada. El militante nos decía: qué bien. El político tiene que liberar también. Tomar decisiones. La sociedad tiene menos prejuicios y está menos ideologizada de lo que nosotros nos creemos.

Usted critica la homogeneización de los políticos. Pues bienvenido a Bulgaria. España es quizás el país con los políticos menos creativos, más dependientes del aparato, listas cerradas…

Los políticos parecemos salidos de una fotocopiadora. Pero no es así. Somos seres humanos. El problema es cuando el ejercicio de la política, dentro de un partido, dentro de una organización, anula la singularidad de ese político. Pero todo depende al final de nosotros, de si queremos dejarnos homogeneizar. Probablemente es lo más cómodo, pero todos los días hay que tratar de luchar para no acomodarse.

¿Y aquí quién tiene la culpa de lo que ha ocurrido?

Aquí usamos demasiado el “yo no he sido”. Los ciudadanos culpan a los políticos. Los políticos, a otros políticos. Esos otros políticos, a los banqueros. Aquí nadie tiene responsabilidad de la situación, pero todos somos en el fondo responsables. Llevamos treinta y pocos años de democracia. Asistimos a explosiones de rabia, como el 15M, que luego se intentan manipular por algunos movimientos políticos, pero no hay una sociedad civil con conciencia crítica. En el ejercicio de la política, estamos en pañales todavía. Somos una democracia muy joven. Eso explica que no podamos comparar nuestra forma de hacer política con países más consolidados: los americanos votan al sheriff del condado, y al fiscal del distrito. Votan si se legaliza la marihuana.

No es un secreto que la gente está indignada con los políticos. Pero ustedes, ¿con quiénes están indignados?

Nosotros no podemos permitirnos el lujo de estar indignados. Sería injusto y una pérdida de tiempo.  Indignado es el que sufre, el que se va a quedar en paro, el desahuciado. Como para decirle yo que estoy indignado. Sí estoy muy cabreado con ciertas cosas. Esta historia nace en sitios que no controlamos, en determinadas operaciones financieras con sede en no sé dónde; que luego se traslade a Europa y España; que se reproduzcan determinados sistemas; que aquí no pague nadie. Hay muchos responsables de la situación actual pero hay muy pocos que han pagado por ella. La gente no es gilipollas. La gente está dispuesta sufrir siempre que ese esfuerzo y ese sufrimiento sean compartidos. No puede haber nadie privilegiado. Y sigue habiendo determinados sectores privilegiados.

¿Cuáles?

Probablemente, los políticos todavía no han purgado lo suficiente el haber jugado con entidades financieras. Es evidente que no se han purgado responsabilidades porque algunas cajas de ahorros hayan sido juguetes en manos de ciertos políticos. Y eso ha degenerado en lo que ha degenerado. No es casualidad que aquellas entidades financieras con más problemas sean las de gestión pública y las que estén fuertes, las privadas. Alguien jugó a ser banquero sin serlo: los políticos de turno. Y en determinados consejos de administración de algunas cajas de ahorros primaban los criterios políticos antes que los de gestión.

¿Hay algún curso acelerado por correspondencia  para pasar de político a consejero de administración? Porque son fastuosos los saltos de algunos.

Soy absolutamente refractario a eso. Yo creo que no consejo de administración no puede haber un político por muy bueno que sea porque hay un conflicto de intereses.

Borja Semper para Jot Down 5

Ángel Acebes ganaba 163.000 euros como consejero de Bankia y presidente de la Comisión de auditorías. Dice su abogado que está imputado “de rondón”. Acebes, que hizo política como la viva imagen de la rectitud, no tenía ni idea de auditorías. Hay dos opciones: o miraba para otro lado o no sabía lo que pasaba, en cuyo caso es un ejemplo claro de panfilismo con el bolsillo lleno. Y en cualquiera de las versiones parece lógica la imputación.

El principal problema del caso de Acebes es que no es una singularidad. Es cierto también que exministros, ex altos cargos de la administración, cuando dejan su cargo, tienen una colocación más fácil que un ciudadano medio. Y tiene su explicación, en cierto modo.

Pero si no tienen preparación para ello…

Claro. Pero eso depende de la responsabilidad personal. No de los políticos como colectivo. Claro que a todos nos gustaría cobrar 163.000 euros. No conozco a nadie que no quisiera cobrar esa pasta.

¿Por qué la crisis parece menos dura en Euskadi?

No todos los sitios son iguales. Tiene un tejido empresarial sustentado en pequeñas y medianas empresas.

Cataluña también, y mire.

Sí, pero el concierto económico le da a Euskadi una capacidad de reacción y una situación de cierta comodidad que no tienen otros lugares.

¿Y eso no es bueno para Cataluña?

Sí. Lo que probablemente no sea bueno es para el sistema general. A no ser que nos carguemos este modelo de Estado, basado en la solidaridad interterritorial, en el que yo creo.

¿Me dice que Euskadi está mejor porque es más egoísta?

No. No es eso. Hay dos factores fundamentales. El tejido empresarial. La base de la economía vasca, y principalmente guipuzcoana y vizcaína, es la exportación de componentes. Aunque el mercado interior de demanda flojee, exportamos más del 80% de los bienes producidos y por lo tanto sufrimos menos. Hubo que cambiar el modelo industrial antiguo, el de los Altos Hornos, y lo hicimos con la solidaridad de todos los españoles.

Patxi López asegura que en Euskadi se han hecho menos recortes.

No, los ha habido igualmente. Una cosa es el discurso político y otra, la realidad. Se puede creer en los Reyes Magos, a mí me encantan, pero en el País Vasco ya no hay pediatras por la tarde, se cierran los ambulatorios los fines de semana, se han reducido profesores, se ha incrementado el número de alumnos por aula… Todas son decisiones unilaterales del Gobierno vasco. Si entramos en el circo de las declaraciones, entonces sí que el panorama es otro.

¿Alguien dentro del PP se creyó el programa electoral? ¿No tiene la sensación de que se sabía que no se iba a poder cumplir?

No, lo que creo es que hubo un error de cálculo. No tanto en cuanto a la gravedad de la situación, pero sí un error de cálculo de las medidas que se tenían que aplicar. Yo conozco a Rajoy algo. No mucho, pero algo. Creo que es un buen tipo, una buena persona, y no creo que sea un mentiroso patológico. Él estaba plenamente convencido de que no iba a tener que hacer las cosas que está haciendo. Por lo menos no hasta ese extremo. No cumplir el programa electoral es una putada, para el ciudadano, para el presidente y para el partido. Y somos conscientes de ello. Porque yo sí creo que el programa electoral es un contrato no firmado. Este tinglado debería de funcionar así si nos queremos volver a creer la política. La credibilidad es muy difícil de ganar y muy fácil de perder.

Pues ahora Gobierno y oposición no tienen ninguna.

Claro. Pero nunca ha habido un presidente que haya apostado tanto su futuro propio, y el de su Gobierno, al éxito de determinadas medidas. Todas las cartas de Rajoy están echadas.

Lucía Méndez, en su libro Morder la bala, asegura que altos cargos del PP le habían reconocido que pensaban que, por llegar ellos, esto se solucionaba: aparezco yo y se abren las murallas. Eso es no tener ni idea de cómo funciona hoy la economía. Seguir en el siglo pasado.

Ha cambiado casi todo. Los políticos, como casi siempre, vamos por detrás de la sociedad. Hay un proceso de adecuación e interpretación de esa nueva realidad que se tiene que instaurar. Antes, había un cambio de Gobierno, y por ese mero cambio de hombres y siglas, se generaba un nuevo impulso. Eso se ha acabado ya. Era como cuando un equipo de fútbol no funciona y cambia al entrenador a ver si así hay un chute de ánimo. La situación económica es tan diferente del pasado, que en la tormenta eso ya no funciona. El nivel de descrédito de los políticos, el pasar de ser aquellos que iban a resolver los problemas a ser parte del problema, transforma completamente el ejercicio del poder.

¿Cree que los que gobiernan hoy en día pueden interpretar ese cambio de paradigma? A lo mejor es que, directamente, ni entienden el mundo de hoy, ni saben comunicar para el mundo de hoy. Los Rajoy, Arenas, Montoro, Rubalcaba, Lissavetzky, Ana Botella, Rosa Díez, Cayo Lara… poco importa el partido.

Hay una cosa bien clara: el primero que sepa entender a esa nueva sociedad que se comunica por whatsapp, vuela en low cost y que mira el mundo sin las gafas de antaño es el que se llevará el gato al agua. El que no entienda por dónde van el mundo y la política, se queda atrás

¿Se está quedando atrás el Gobierno?

No se le puede juzgar por esos parámetros porque no está haciendo política. Está intubando al enfermo. Está empezando a suministrar  la medicación al enfermo.

Ese discurso esconde cierta perversión. Porque hay muchas formas de intubar. Hacerlo de una manera u otra implica ya una opción política e ideológica.

Yo sí conozco gente muy buena en política, en el Gobierno y la oposición. El político tiene que dar un titular bueno, entrar en un corte de radio acertado y que claves el mensaje en diez segundos para la televisión. No hay lugar para la reflexión interna porque se lee como una discrepancia dentro del partido. No hay espacios de diálogo. Si hago autocrítica, mi adversario la va a usar en mi contra. Igual esto es ingenuo, pero no soy tonto. Sé por dónde va el mundo, aunque no me gusta. La crisis es política, de los medios de comunicación, de la sociedad, de cada uno. Es lógico responsabilizar al político, al líder. Pero seamos valientes y vayamos más allá: hagamos autocrítica y el compromiso de cada uno para cambiar las cosas. ¿Estamos haciendo todos algo para cambiar esto?

¿Por qué en este país se confunde ser conservador y de derechas?

Porque vivimos de prejuicios y un desconocimiento político brutal. Había dos bloques ideológicos, derecha e izquierda, y yo mismo estuve obligado a etiquetarme. Pero no me gustan las etiquetas.  Ni soy conservador ni me siento de derechas, sino liberal. Si te autodefines de izquierdas parece que por definición eres ecologista, te gusta la igualdad, eres progay y eres un tío de puta madre con el que salir de copas es divertido. Eso es una gran mentira. Hay gente muy progresista adscrita a la derecha. Y gente carca en la izquierda. Eso no lo da un carnet. Eso hay que demostrarlo con los hechos. Ser liberal es tener mucha más confianza en la persona. A mí me importa poco a quién reza la gente, a quién besa y con quién se acuesta.

A mucha gente en su partido, no.

Porque el PP tiene muchas influencias. Es un gran abanico. Desde la democracia cristiana hasta gente socialdemócrata. En política también se lucha por cambiar a tu propio partido.

Borja Semper para Jot Down 4


El cáncer de España eres tú

Ya está, votación consumada. De nada han servido semanas de protestas de médicos, enfermeras, celadores y pacientes. La Asamblea de Madrid ha aprobado por la mayoría absoluta del partido gobernante un texto legal que posibilita la privatización de la gestión de la sanidad. La enfermedad, por hablar en términos médicos ya que estamos, sigue avanzando.

De hecho está ya tan avanzada que ha nublado nuestro juicio. Pongamos un ejemplo local, de Valencia. Allí donde unos gobernantes iban a poner la ciudad en el mapa a base de grandes infraestructuras y que han acabado por llenar los barrios de persianas metálicas de comercios cerrados. Allí donde los empresarios creían ser más listos que nadie arrasando la huerta para construir y ahora no tienen dinero ni para terminar la obra.

Es el caso del barrio del Cabanyal, en la playa. Antaño eran los Poblados Marítimos, algo separado de la ciudad hasta el punto que sus habitantes aún hoy dicen “ir a Valencia” cuando van al centro. Es un distrito de los antiguos, sin orden en la edificación, de calles angostas y desorganizadas. Está justo al final de Blasco Ibáñez, una enorme avenida perfectamente recta que llegaría hasta el mar de no ser por el lugar en cuestión, que rápidamente se convirtió en objetivo central de la codicia urbanística.


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El Cabanyal, plagado de viviendas tradicionales y algunos focos culturales con patrimonio histórico, lleva años abandonado a su suerte. Ni vigilancia policial, ni servicio de limpieza, ni fomento del comercio. Nada. La consecuencia evidente: el barrio empezó a caerse a trozos, a estar sucio, a llenarse de droga y de cosas tan horribles (oh) como los gitanos. Cuando el Ayuntamiento intentó por enésima vez derribar el barrio para prolongar Blasco Ibáñez y culminar la reforma del puerto para la Copa América y la Fórmula 1, muchos vecinos veían con buenos ojos la acción “para limpiar la zona”. La zona que ellos mismos habían echado a perder. Finalmente la Justicia paralizó las excavadoras una vez más.

El ejemplo es uno, pero aplicable a otros mil. Pasó hace más años con el centro histórico de Valencia —por seguir en la misma ciudad—, y pasa en muchos edificios de renta antigua cuyo propietario quiere deshacerse de sus inquilinos, en su mayoría ancianos, y lo hace no reparando las averías y haciéndoles la vida imposible. Que se vayan, vendo el edificio y gano dinero. El vecindario aplaudirá que haya un edificio nuevo y limpio en lugar de las ruinas que yo mismo he provocado. Y eso por no hablar de grandes infraestructuras infrautilizadas, como la Caja Mágica —por irnos de Madrid—, y otras mil más en toda España. Tantos techos sin gente como gente sin techos.

Pasa, claro, con la sanidad o la educación. A base de recortar fondos, de derivar todo a urgencias hospitalarias, de cargar de horas al profesorado, de llenar las clases, de habilitar barracones, de mandar a los ancianos a por recetas a las consultas, todos los servicios públicos que antaño funcionaban modélicamente ahora parecen venirse abajo. Luego uno busca un pediatra en un centro de salud por la tarde y no hay. O va a un centro de salud con una urgencia y tiene que hacer cola con ancianos que van cada día a recoger recetas. O eso o ir a urgencias a un hospital, a saturarlas aún más, y a contribuir que el médico apenas tenga minuto y medio para verte.

La culpa, seguramente (oh) de los inmigrantes, los mismos que desearían cotizar pero a los que tantas veces no se les hace contrato. Y para estar así casi mejor que privaticen.

Eso es España.

Y es que España tiene un cáncer. Uno tan violento que en apenas unos años se ha extendido a muchas partes del cuerpo, una metástasis rápida y letal. Afecta a la política, claro, pero también a los medios, a los ciudadanos y a los principios sobre los que creíamos estar seguros. El enfermo, los enfermos, como en el ejemplo de El Cabanyal: los mismos que provocan la enfermedad.

¿Síntomas?

Arraigados en la propia construcción de este país. Porque… ¿tiene sentido el Estado autonómico? Depende. ¿Para qué se creó? Para colmar las aspiraciones de regiones con un fuerte sentimiento nacionalista que el franquismo laminó y corría peligro de emerger y desestabilizar la incipiente democracia. ¿Necesitaban Cataluña o Euskadi un Estatuto, unos órganos propios y una legislación a medida? Sí, porque la demandaban. ¿Lo necesitaban Extremadura, Murcia o La Rioja? Posiblemente no, pero por un extraño sentimiento de compensación se sirvió aquel famoso “café para todos”.

Otro ejemplo que saltó durante la campaña de las última elecciones generales: las diputaciones. ¿Para qué sirven? A grandes rasgos, y simplificando mucho, para hacer las veces de ayuntamiento allí donde no hay ayuntamiento. ¿Por qué Rajoy, ahora presidente del Gobierno, se opuso a la propuesta de Rubalcaba de eliminarlas? Por dos cosas bien sencillas: primera, que uno de sus primeros trabajos a cuenta del erario público fue en la presidencia de una diputación; segunda, porque en lugares como Galicia, de donde él es y donde se concentra un enorme porcentaje de los municipios del país, una diputación sí tiene sentido. Rubalcaba, cántabro como es, autonomía uniprovincial y por tanto sin diputación, tenía otra visión. Que Galicia necesite diputación vale, que la necesiten otras autonomías es cuestionable. Da igual, café para todos. Apúntalo a la cuenta, la pública.

Así se ordenó el país, que se blindó con una serie de cláusulas que en aquel momento tenían todo el sentido. Por ejemplo, que se fijara un porcentaje mínimo para entrar en las Cortes y que una ley electoral evitara que entraran demasiadas fuerzas en las Cámaras e hicieran ingobernable el país. Que todo lo que aprobara el Congreso tuviera que pasar por el Senado. Que el Gobierno tuviera potestad para aprobar textos legales directamente si la urgencia lo exigía. Que el statu quo del país —monarquía, democracia, derechos fundamentales, autonomía, integridad territorial— fuera inamovible. Que se exigieran enormes mayorías para modificar la Constitución.

El resultado de todo esto ya lo conocemos. Duplicidades y triplicidades en lo legislativo. Enorme burocracia innecesaria. Una Cámara inútil e irreformable. Oscuros nombramientos de familiares a dedo. Que los grandes partidos dominen fondos, medios y recursos y los nacionalistas estén sobrerepresentados. Que el Ejecutivo gobierne a base de decretos ley incluso con mayoría absoluta. Que no haya vía factible para plantear cambio alguno —república, independencia, federalismo o incluso ley electoral— porque ninguno de los grandes partidos lo quiere.

El sistema es tan perverso que los políticos de los grandes partidos no tienen conciencia de servir al ciudadano, sino al partido que les coloca en una posición u otra de la lista, lo que les permitirá salir elegidos o no cuando lleguen las elecciones. Por eso algunos van a las Cámaras a jugar con el móvil o el iPad que también les pagan los ciudadanos. Por eso cuando preguntan o responden a sus rivales en el Hemiciclo lo hacen leyendo un papel. Por eso aplauden con histeria cuando su líder dice algo, lo que sea, aunque fuera lo mismo que decía el rival meses atrás. Por eso hay alguien en sus filas que levanta la mano para indicar qué deben votar. Algunos diputados o concejales son números que cobran por votar.

¿Causas?

¿Quién toma las decisiones? Sí, claro.

Políticos que, en el mejor de los casos, son funcionarios, porque en demasiadas ocasiones llevan décadas metidos en política. No saben cómo es una empresa privada, ni cómo funciona, pero ven la privatización como modelo de gestión eficiente. Son en muchos casos personas con pensiones vitalicias unos años en las Cortes, algunos con escoltas, rodeados de asesores que les dicen hasta qué pensar. Desde luego pocos llevan a sus hijos a colegios públicos o hacen cola en el centro de salud porque tienen seguro médico. Pero saben que lo público es inviable.

Han usado las cajas de ahorros como cartera para sufragar su acción de Gobierno (Caja Castilla-La Mancha o Caja Madrid son buenos ejemplos de ello), han llenado sus consejos de administración y ahora las privatizan. Han olvidado que las televisiones y radios autonómicas se crearon para preservar la cultura, lengua y costumbres de cada región y las han utilizado como pequeños No-Do con los que arremeter contra sus rivales políticos o esconder escándalos propios (en Valencia muchos de zonas rurales que solo veían Canal 9 se preguntaban al día siguiente de la dimisión de Camps por qué se había ido)

La culpa es de los políticos. Pero no solo de ellos.

¿Y nosotros, los ciudadanos de este país que nos creemos médicos, entrenadores de fútbol y científicos, todo de una? Nosotros somos los que hacemos una reforma en casa y pactamos con el albañil que no haga factura para no pagar IVA. Él no lo declara, cobra todo en negro y a nosotros nos sale mucho más barato. “Tal y como está la cosa”, hay quien dice. O las trabajadoras domésticas, que hasta ahora hacían un trabajo físico, duro e ingrato a cambio de sueldos en muchas ocasiones superior al de muchos licenciados. Todo en negro, claro. Y ahora protestan —ellas y quienes les pagan— porque hay que darles de alta en la Seguridad Social.

Lo que no nos planteamos es que sin pagar IVA ni Seguridad Social el Estado no recauda. Y si el Estado no recauda no se paga ni la sanidad, ni la educación, ni nada público. Protestamos porque la sanidad está fatal mientras defraudamos. Nos quejamos de que el Estado no hace nada cuando llevamos meses en el paro, pero trabajando y sin declararlo. Como todos trincan, tonto el que no. Ya apagará la luz quien venga detrás.

También se quejan los empresarios, los que crean empleo. Ellos, que despiden con veinte días gracias a la última reforma laboral con solo perder beneficios en las cuentas, los mismos que contratan por obra y servicio para ahorrarse el despido, o que exigen que seas autónomo para darte trabajo —eso sí, obligándote a cumplir un horario y trabajando físicamente en la oficina—. Los mismos que nunca subirán el sueldo si no lo pides —y aun así— pero que con la crisis tuvieron claro que había que bajarlo. Los mismos que fichan ahora en el paro a un precio mucho menor.

¿Diagnóstico?

Volvamos al párrafo del inicio.

Para empezar, lo que significa una protesta en forma de huelga durante semanas. Hablamos de un colectivo de trabajadores públicos a los que se les ha suprimido una paga extra, lo cual no es que se les haya quitado algo extraordinario como una paga de productividad o beneficios que pudieran tener por contrato, sino una catorceava parte de su sueldo. Así, por las buenas. Y encima, tras dos semanas de huelga, habrán perdido el equivalente al sueldo de un mes en algunos casos. Ese es el precio de la inútil protesta ¿El pago? Que el responsable de la privatización contra la que protestaban proponga limitar el derecho a huelga. Para qué solventar el problema que he creado pudiendo evitar que protesten. Ni en el Parlamento ni en la calle.

Para seguir, lo simbólico que es que un partido apruebe algo con el voto en contra de todos los demás. Es el legado de una amplia mayoría absoluta, el reflejo de la voluntad de los que votan (y de los que no votan). Pero, a pesar de esta raíz aparentemente legitimada en lo democrático, se esconde una escena profundamente antidemocrática: unos votan y deciden en contra de la voluntad de todos los demás. En el Parlamento y en la calle.

Para terminar, lo de que se privatiza la gestión de la sanidad. Hay quien dice que Esperanza Aguirre dimitió precisamente porque no quería enfrentarse a lo que supo que se acercaba por el horizonte cuando vio los Presupuestos. Así, con “p” mayúscula. Su obra, su legado, era la construcción de hospitales incluso por encima de sus posibilidades, es decir, lo que ella misma había prometido. Dicen que se fue para no tener que lidiar con el mal trago de deshacer lo hecho, así, con la cabeza alta y el ruido de sables de fondo. Ya apagará la luz el que venga detrás.

Hay quien discute que privatizar la gestión implique privatizar de verdad. Entonces mejor privatizar la gestión del país, a ver si entonces no iban a faltar las ofertas de algunas empresas por controlar los resortes de nuestra economía. Porque eso, lo de que los intereses privados patrocinen a los servidores públicos, ya se hace en otros países.

El asunto da para mucho, el problema es que las cuentas públicas no. Y de esa lógica del barrio problemático viene lo demás, la infección final. La medida de privatizar la gestión de la sanidad —dicen— se toma para ahorrar. Porque la sanidad, como el sistema de pensiones, la educación o los medios públicos, son insostenibles. Ese pensamiento, que ha irrumpido de pronto de la mano de la crisis, tiene unas raíces más hondas: las mismas que cuestionan que el Estado pueda seguir funcionando como hasta ahora “porque lo autonómico es insostenible“, dicen también.

¿Tratamiento?

La crisis es veneno puro que nos hemos inyectado en vena. Una especie de quimioterapia que lamentablemente está sirviendo para poco contra la enfermedad. La quimioterapia es una especie de lejía que, para matar a las células enfermas, mata también a las sanas. Qué peregrina era esa idea de que, además de para generar parados, miseria y desahucios, la crisis serviría para bajar la marea y que la mierda que puebla los rincones de nuestro sistema quedara a la vista para poder limpiarla. Esta especie de genocidio económico que vivimos desde 2007, esa quimioterapia que no hemos chutado en vena, solo mata células sanas.

¿Hemos vivido en una burbuja de tres décadas o es que la crisis sirve de excusa salvaje para hacer y deshacer, para cuestionar todo? Posiblemente, ambas. El cuestionamiento del entorno sociopolítico viene de todos lados: unos cuestionan la democracia como forma de representación, llaman a tomar las calles y las Cámaras, a instaurar las asambleas como forma de —llamémosle— decisión. Otros dicen que el autonomismo no vale, que hay que ir a lo federal. O a lo centralista. O, directamente, a la independencia.

La crisis parece un momento inmejorable para replantear todo. La cuestión es que todo es planteable, pero nada es realizable. Había otro —por seguir con lo de que hay quien dice— que decía aquello de cambiar todo para que nada cambie. La diferencia es que sí cambia. Lo que ha sucedido con la votación de la reforma sanitaria en la Comunidad de Madrid, fotografía de dos diputados autonómicos jugando con sus herramientas de trabajo a Apalabrados incluida, es la radiografía perfecta de la enfermedad que vive España y que, por desgracia, esta quimioterapia que está siendo la crisis no va a curar.

¿Hay vacuna?

La crisis, este cáncer, nos tiene a todos enfermos. Centra todas nuestras conversaciones, aplaca nuestros ánimos, multiplica el número de gente que ha perdido la esperanza, plaga nuestras calles de gente sin recursos, incluso de familias rebuscando en las basuras.

Este cáncer pasará. Y cuando pase, por desgracia, no habremos aprendido la lección, y las células malignas seguirán ahí.

La batalla de estos años no es solo económica, sino ideológica. Y no es una cuestión de derecha e izquierda, ni de liberalismo o intervencionismo. Es una batalla entre modelos de Estado, de convivencia y de sociedad. Y la balanza, de momento, se ha inclinado claramente.