Colombia, equilibrio múltiple

Colombia
Un soldado colombiano en San José del Guaviare, 2008. Fotografía: Cordon Press.

Este artículo está disponible en papel en nuestra revista trimestral nº16.

No hay caminos en el norte de la Guajira. Al menos no para el forastero. Pero en realidad sí están allí, las rutas, invisibles a quien no tiene los ojos y la mente adecuadamente entrenados. Más allá del cabo de la Vela el asfalto desaparece, y la única manera de llegar a Punta Gallinas, el extremo más al norte de Sudamérica, es de la mano de alguien que sepa cómo orientarse entre polvo, arbustos, rancherías separadas por kilómetros y ruedas de otros 4×4 que pasaron hace horas, semanas o meses por el mismo lugar. Antes de dejar la penúltima pista claramente visible para cualquier ser humano, nuestro guía se encargó de adquirir lo fundamental para sobrevivir en la bella hostilidad del desierto guajiro. Se paró a la salida de Uribía, polvorienta capital indígena, atajó al grito de «¡sobri, sobri!» (idéntico al «¡primo, primo!» que se usa tanto en mi barrio, en Valencia) a un chaval montado en una pequeña motocicleta, y le compró varios CD piratas de vallenato. Todos ellos grabados por los grandes del género, cantantes y acordeonistas, de manera improvisada, en mitad de borracheras épicas que les llevan a tocar durante días enteros. Pura jam colombiana. Así, Diomedes Díaz nos acompañó hasta el fin de la placa continental, siguiendo instituciones cuya presencia intuíamos, pero que éramos incapaces de ver.

A Giambattista Vico le gustaba la complejidad tanto como la búsqueda de la esencia metafísica de la vida. Quizás por eso fue de los primeros en usar un concepto tan confuso y, al mismo tiempo, tan fundamental como «instituciones». Desconfiaba un poco de las aproximaciones cartesianas a la realidad, basadas en la necesidad de simplificar y dividir el mundo en parcelas para poder entenderlo. Vico tenía un punto de vista más holístico. Negándose al reduccionismo, se atrevía a definir el origen de las instituciones como la consecuencia de la inmediatez de la percepción, de la sensación, de la curiosidad, del miedo. Las reacciones se encadenan para conformar un tejido social hecho de la imitación, y de recalibrar el entorno a la medida humana. Como para todos los filósofos que se ocupaban de lo político, el foco de atención de Giambattista Vico se encontraba en la institución por antonomasia: el Estado. Aunque, dado su talante, prefería explorar la idea de nación. Y lo hacía como una consecuencia de un embrión poético con una verdad metafísica inalienable. En definitiva: Dios. Del cual emanaba la poesía, que provocaba la curiosidad, que a su vez se reflejaba en la interacción, que finalmente diseñaba una institución compartida por todos los miembros de cada nación sobre la faz del planeta. 

La verdad, no parece que los invisibles y enrevesados caminos de La Guajira hayan sido puestos ahí por Dios. 

Casi doscientos años después de Giambattista Vico, el atípico sociólogo Thorstein Veblen fundaba lo que se dio en llamar la escuela institucionalista americana. Veblen nació en Wisconsin hablando noruego, su lengua materna, y murió en Palo Alto hablando inglés. En ese idioma dio la hasta entonces definición más concisa del concepto de institución: «settled habits of thought common to the generality of men».

Esto ya se parece más a lo que (no) se ve en el norte de La Guajira.

Un camino es una convención. Quienes lo recorren saben por dónde pisar y por dónde no. Cuándo se salen del mismo y cuándo deben girar para mantenerse en ruta. Un camino es, se supone, la manera más eficiente, o segura, de llegar de un punto A a un punto B. Cada uno tenemos una serie de ideas en nuestra cabeza que nos ayudan a identificar un camino cuando lo vemos. Estas ideas son «hábitos de pensamiento asentados entre el común de las personas». Pero muchas de ellas, la mayoría, son compartidas solamente por una parte de nosotros. En el norte de La Guajira los caminos no se parecen a las ideas preconcebidas de la mayoría. Porque quien los puso ahí no fue la máxima institución: no fue el Estado, sino que fueron los propios guajiros, a fuerza de desplazarse por su tierra, quienes llegaron a una convención que, por no estandarizada, es incomprensible a los ojos de quien viene de fuera.

En Colombia el Estado no es completo. Lo cual quiere decir para muchos que no es Estado, o que no es (del todo) institución. Volvamos un momento a principios del siglo XX. Max Weber fue, seguramente, el sociólogo más brillante de entre los contemporáneos de Veblen. Dijo e hizo muchas cosas. También nos legó una elegante idea para entender cómo funciona el Estado: se trata de una organización con la capacidad de ejercer el monopolio de la violencia sobre un territorio determinado. Esa «capacidad» es, por necesidad, una institución. Demos un paso más atrás para ganar perspectiva: ¿lo es como «hábito de pensamiento compartido», según la definición de Veblen? Necesitamos una idea un poco más elaborada, pero que al mismo tiempo sea lo suficientemente sencilla como para que resulte generalizable. Los institucionalistas de hoy día son una especie un tanto extraña, al mismo tiempo austera y ornamentada. Su trabajo es el de llamar al orden a quienes naufragan en la complejidad, exigiéndoles parsimonia: que todo está relacionado con todo (que todo es endógeno) ya lo sabemos: lo difícil es discernir. La frase anterior, o una variante de la misma, se atribuye a Adam Przeworski, un gigante de la ciencia política apasionado de la evolución de las instituciones en Latinoamérica. Polaco-estadounidense, de aspecto serio y al mismo tiempo jovial, es más divertido si se le imagina enunciando la frase con el elegante acento chileno que le sale cuando habla en español. Pero, al mismo tiempo que luchan por la simplificación, se enfrentan al exceso de la misma, demasiado común entre quienes pretenden explicar toda la realidad social a partir de la mera acción individual. Un camino no tiene sentido si no es una experiencia compartida. Un camino de uno no es un camino: es una persona andando. Un Estado de uno no es un Estado: no es absolutamente nada.

Randall Calvert enunció una definición envidiable de «instituciones»: sistemas perdurables de restricción social sobre el comportamiento humano. Pero estos límites, se apresuraba siempre a aclarar, no son meramente negativos. Un camino dice por dónde no ir tanto como ayuda a llegar al destino. Un Estado impide que sus miembros se maten entre ellos, pero también les proporciona un entorno con la seguridad suficiente para desarrollar sus vidas. Ambos expanden las oportunidades de quienes identifican y aceptan su existencia. Ahora sí, podemos volver a Colombia, donde ni los caminos ni el Estado son completos.

«El Estado es una institución con la ventaja comparativa de la violencia, capaz de definir los derechos de propiedad en un territorio determinado, practicando la exclusión del mismo». El economista Douglass North, institucionalista por antonomasia, hilvana así las ideas de Weber y Calvert. Pero Colombia no ha tenido esa ventaja comparativa siempre, ni en toda su extensión. La Guajira, por ejemplo, fue hasta hace bien poco zona con significativa presencia paramilitar. Los paramilitares no surgieron de la nada, claro está. Fueron la respuesta de la élite terrateniente a lo que veían como incapacidad estatal ante el triunfo de las guerrillas (FARC, pero también otras) en disputarle el control territorial al ejército colombiano. En sus inicios el paramilitarismo fue, de hecho, una renuncia del propio Estado, una admisión de su derrota parcial. En la legislación y en la acción ejecutiva gubernamental de los años setenta se incluía el derecho y la necesidad de armar a los civiles para que se defendiesen de la guerrilla. La degeneración de esta renuncia a ser una institución total fue inevitable, y en los noventa las Autodefensas Unidas de Colombia constituían una poderosísima organización paramilitar que se financiaba gracias al narcotráfico, a la extorsión y al secuestro. De hecho, las AUC se habían convertido en una institución, al igual que lo eran las FARC en otras áreas, que actuaban como un Estado incompleto pero incipiente. Eran semi-Estados predatorios, que proporcionaban una cierta protección a cambio de la extracción sistemática de rentas a la población, o a quien pasaba por allí descuidado.

Las instituciones forman la estructura de incentivos de una sociedad, nos dice North. En un lugar donde domina una plataforma militarizada ligada al narco, se llame guerrilla o paras, las oportunidades que se le ofrecen a quien decide emprender una vida independiente están bastante claras. No tanto para quien viene de fuera, que, como quien busca caminos en el desierto guajiro sin verlo, se preguntará por qué tantos chavales se meten en el mundo de la guerrilla, o de la droga, o de la delincuencia organizada cuando hay tantas cosas que hacer ahí afuera. A Calvert le preocupaba particularmente explicar a sus estudiantes (ingenuos e ignorantes, que son los atributos, no necesariamente peyorativos, que definen a cualquiera que viene al mundo a aprender) por qué las instituciones se mantenían a lo largo del tiempo. Por qué constituían equilibrios. La respuesta, en este caso, es que el esfuerzo social necesario para cambiar las instituciones establecidas es descomunal, y no puede ser emprendido por una sola persona. Igual que yo jamás soñé en adentrarme en el desierto para ver si conseguía llegar antes a Punta Gallinas por mi cuenta y riesgo, ¿por qué iba a escoger de manera distinta un joven nacido y crecido en un entorno donde el recurso a la delincuencia es el camino más corto hacia el éxito? Ni que decir tiene que la figura de Pablo Escobar, idolatrada en las zonas más desfavorecidas de la Medellín de los noventa, es el paradigma de este dilema que, en realidad, no fue tal para miles de personas.

Dibujar una Colombia institucionalmente fracasada y a continuación dejar el lápiz es tan tentador como profundamente erróneo. Muchas veces, el país aparece justamente como ejemplo de Estado exitoso por antonomasia en Sudamérica. La democracia, en su expresión mínima de elecciones que se repiten periódicamente en las cuales el perdedor deja paso al ganador sin levantarse en armas, es la institución más inaudita que existe. Pensémoslo por un momento: consiste en renunciar a ejercer el monopolio de la violencia para obtener los intereses de tu propia facción. «Yo puedo utilizar el ejército que ahora está bajo mi mando y gobernar este país como mejor me parezca, pero no lo haré». Es una acción extraordinaria. Y, a pesar del enorme esfuerzo de estudiosos como el propio Adam Przeworski, no entendemos del todo bien por qué tiene éxito en algunos lugares y no en otros. Curiosamente, Colombia tiene la democracia más estable y longeva de su continente. Protagonizada históricamente por una lucha bipartidista entre conservadores y liberales, no exenta de guerras civiles entre ambos bandos hasta entrado el siglo XX, con una izquierda parlamentaria marginal, pero democracia al fin.

Quien se mueve en el Bogotá, en el Medellín o en la Cartagena de 2016 se encontrará caminos bien distintos a los de La Guajira. Clubs privados. Restaurantes de nivel excepcional. Una intensa vida cultural y musical. Librerías de todo tipo y sabor. Universidades de calidad, públicas y privadas. Debate público de nivel, con medios variados y servidores públicos bien preparados, concienciados incluso con la labor de mantener altos estándares en su trabajo y en el mantenimiento de la vida democrática. Y un ambiente internacional, sobre todo en Bogotá, trufado de inmigrantes de alto poder adquisitivo con ganas de disfrutar de un país excepcional. Claro, que estas son rutas restringidas. La desigualdad institucional, además de la meramente económica, no es patrimonio de la división entre campo y urbe. Así, es raro que se aventure en ciertos barrios una persona acomodada, votante activo e informado, con estudios en el extranjero y una vivienda en una zona de estrato seis (sí, las áreas habitacionales en Colombia se dividen por estratos: del uno al seis; el Estado ajusta así tasas y costes de servicios de manera progresiva, pero la división por estratos supone una nueva institución, y bastante pesada, sobre los hombros de los colombianos). Esos «ciertos barrios» ocupan más, mucho más, de la mitad de la superficie urbana del país. Y aunque aquí el Estado no está ausente, las otras instituciones tampoco, y ofrecen sus estructuras alternativas de incentivos a quien quiera aceptarlas. O, más probablemente, a quien no tenga más remedio que hacerlo. En Colombia, los equilibrios institucionales son tan diferentes entre sí como cercanos en su convivencia

En 2003 se desmovilizaron las AUC en un proceso lleno de claroscuros. La Guajira y otras zonas del país quedaron entonces en un limbo institucional. Por aquel entonces se calcula que había unos cuarenta mil individuos entre los cuadros paramilitares. En junio de 2016 el Gobierno del liberal Juan Manuel Santos firmó el principio de los acuerdos de paz con la guerrilla de las FARC, a la que se le estiman unos quince mil setecientos miembros, casi siete mil armados. Eso significa que nueve mil personas sirven de red de apoyo directo sin necesidad de tocar una pistola siquiera. Es, seguro, de los mayores empleadores del país. Así, si se consolida la anhelada paz tras medio siglo de guerra, es posible que otras áreas queden en un limbo similar. Fue con la desmovilización de las AUC que las llamadas Bandas Criminales (Bacrim) ganaron presencia territorial, recogiendo el testigo en actividades delictivas dejado por los paramilitares. El temor de muchos es que suceda algo similar si las FARC acaban por disolverse. La razón es sencilla: la estructura de incentivos para muchos cargos medios y «rasos» de estas organizaciones no cambia de un día para otro porque se firme un papel, en Bogotá o en La Habana. La firma solo es el principio de la construcción institucional, y no el final.

El presidente de Colombia. Juan Manuel Santos, en 2015. Fotografía: Cordon Press.

Es lógico preguntarse si Colombia es una democracia tan exitosa precisamente porque el manejo del Estado ha pertenecido sobre todo a las élites, que han sido capaces de dejar fuera del espacio político legal a quien podía desafiar su estatus dominante. Resulta más difícil ir un paso más allá, y afirmar que se forzaba así a la búsqueda de alternativas heterodoxas a una parte de la población. Comenzando por los argumentos que podrían servir para apoyar esta tesis, en una entrevista de 2008 Przeworski afirmaba que los fenómenos del populismo en Latinoamérica hay que observarlos «desde el punto de vista de la gente pobre. Desde su perspectiva, las instituciones liberales democráticas no funcionaron bien en los aspectos económicos de sus vidas. Funcionaron hasta cierto punto para garantizar la paz social, con una relativa libertad política y dentro de un sistema legal que funcionaba más o menos, tolerando cierto grado de corrupción. Pero desde el punto de vista económico esas instituciones no hicieron nada por los pobres». Colombia sorteó el populismo, aunque no una guerrilla cuyo origen histórico (algunos dirían «excusa») son los excluidos, pero cuyo resultado final es la consolidación de instituciones regionales basadas en la extracción de rentas vía acciones delictivas.

Pero, al mismo tiempo, resulta profundamente ingenuo pensar que las guerrillas, por no hablar de los paramilitares primero y las Bacrim después, son fenómenos ajenos a la élite. En el caso de los segundos es obvio, pues quién los favoreció sino una parte de los poderosos preocupada por la incapacidad del Estado a la hora de proteger sus bienes. Pero ¿qué puede decirse de una organización que controla un alto porcentaje de movimiento de drogas en la región, que dispone incluso de inversiones en otros sectores de la economía legal? ¿Son menos élite, acaso, si cuentan con el mismo acceso al poder? Por último, ni siquiera merece la pena gastar dos líneas más en preguntarse si los narcos, sus entornos y sus familias, son élite o no lo son.

Przeworski afirmaba en la misma entrevista que «la democracia fuerza a la gente a discutir cosas, mientras las élites gobernantes y las élites económicas intentan hacer lo contrario». Las elecciones, si son limpias, siempre tienen un componente de apertura en la toma de decisiones. Y en Colombia no han faltado políticos que pongan en cuestión al establishment. De muchas maneras distintas: desde la originalidad del matemático Antanas Mockus hasta el desafío cuasi populista de Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato desencadenó la mayor crisis de la democracia colombiana, pasando por el desafío a los narcos de Luis Carlos Galán (asesinado también) o la impresionante denuncia pública contra el narco de Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia en los ochenta (de nuevo, asesinado), hasta la reciente elección de Gustavo Petro como alcalde de Bogotá. Pese a la enorme diferencia entre estos fenómenos, todos tuvieron consecuencias ineludibles y apuntan en una misma dirección: el sistema colombiano no está completamente cerrado. La periodista mexicana Verónica Calderón respondía hace poco a las acusaciones de la «colombianización» de México ante la ola de violencia que vive el país con una suerte de «no, pero ojalá». «Colombia tuvo valentía. En México no tenemos verdad. Ni historia», se atrevía a decir Calderón.

En cierta medida, la democracia colombiana ha existido a pesar de las élites, así, en plural, pues nunca es una ni está perfectamente coordinada en una conspiración por la dominación total. Sin ir más lejos, Escobar, siendo una de las personas más ricas del mundo, emprendió su propia campaña de secuestros de miembros de la intelligentsia bogotana. Las élites, cada una a su manera, han podido sortear o domesticar a la democracia, pero solo hasta cierto punto. En el proceso de paz actual, estas mismas (el presidente Santos viene de una familia de poderosos editores) se han visto obligadas a someter los acuerdos a un referéndum popular. Más aún: el proceso incluye una dimensión entera destinada a definir los límites, pero también los caminos, de la integración política, económica y social de quien hasta ahora se encontraba sometido a semi-Estados alternativos basados en la violencia. La dimensión refrendaria, unida a la presencia de la guerrilla en la mesa de negociación, supone una oportunidad prácticamente única. ¿Para qué? Para construir instituciones compartidas, también para embridar a las élites. Se puede incluso decir en términos de Vico, curiosamente apropiados en la tierra del realismo mágico: para que la poesía dé lugar a una nueva nación.

En junio de 2013, en los mismos caminos invisibles por los que nos llevaba nuestro guía, secuestraron a dos asturianos: Ángel Sánchez y Conchi Marlaska. Fue un caso más bien aislado, que por fortuna terminó con la liberación de ambos. Pocos meses después, nuestro guía nos comentaba que qué locura era esa de andar secuestrando, que a los turistas había que tratarlos bien, que éramos el futuro de la región. Nuevas oportunidades se abren, los incentivos cambian, y con todo ello un nuevo equilibrio emerge. Ya no es solo un individuo quien se atreve a desafiar el orden dominante, porque ese orden ya no es tal y está cambiando. No para todos, no al mismo tiempo: en esta misma región se destapó hace bien poco un escándalo terrible, en el que una fundación privada se embolsaba fondos públicos dedicados a alimentar a niños de escasos recursos. Pero las rutas se multiplican poco a poco. Mientras departíamos sobre las posibilidades de La Guajira como destino, llegábamos a las dunas de Taroa. Nos plantamos ante una montaña de arena fina de una treintena de metros de altura, con un solo árbol agostado contra el viento. Cuando uno la escala y mira hacia abajo, el aliento se le corta al sentirse en una playa de Marte. El Atlántico se estrella contra rocas imposibles hasta donde alcanza la vista. El silencio es absoluto, salvo por las olas del mar, y es imposible preguntarse genuinamente si hay otro lugar tan hermoso en todo el continente. 


Los nuevos trabajos del ingeniero del alma

Manifestación en contra de Trump en su visita a Reino Unido, junio de 2019. Foto: Joel Goodman / Cordon.

Yuri Olesha nació en Ucrania, cuando el siglo XIX terminaba. Veintitrés años después estaba en Moscú, a la vanguardia intelectual de la Revolución rusa. Era escritor. Y era bueno, pero no indispensable, a juicio de críticos e historiadores de la literatura. También era comunista. Como Gorki, este sí (se supone) indispensable. Una noche estaban reunidos en su casa. Les acompañaba Joseph Stalin. Olesha, al parecer, se refirió a los escritores, a los artistas, como «ingenieros del alma». A Stalin le gustó la expresión y la hizo propia. Es gráfica, es precisa, y al mismo tiempo ofrece un contraste entre lo tierno y lo sólido, lo impredecible y lo calculado, lo difuso y lo preciso, todo ello en construcción controlada. En un arranque, el dictador soviético llegó a decir que «la producción de almas es más importante que la producción de tanques». Corría 1932.

Unas pocas décadas después, Isaiah Berlin nos dijo que la noción de la perfección total, la solución última en la cual todo lo bueno convive, le parecía no solo inalcanzable (eso, pensaba, es obvio), sino también conceptualmente incoherente. Algunos bienes supuestamente universales, superiores, no pueden coexistir. Consideraba esto una verdad conceptual. «Estamos condenados a escoger, y cada elección significa una pérdida irreparable». Pero para escoger necesitamos conocer la variedad, ser conscientes de ella, estar sumergidos en ella y poder dirigirnos intelectualmente hacia donde consideremos. «Manipular a los hombres», enuncia Berlin en otro lugar, «impulsarles hacia objetivos que tú, el reformista social, ves, pero que ellos quizás no, es denegar su esencia humana, tratarlos como objetos sin voluntad, y, por tanto, degradarlos». Un ingeniero de almas diseña caminos por los que deberás transitar. Un cartógrafo de ideas deposita un mapa en tus manos y te anima a explorar el mundo a tu alrededor.

La historia del mundo está mucho más llena de ingenieros de almas que de cartógrafos de ideas. Las religiones monoteístas y su dominio casi absoluto se bastaban hasta el Renacimiento, o incluso hasta la Ilustración. El fascismo y el nacionalismo se unen al comunismo soviético como explicaciones unívocas de la realidad que excluyen cualquier visión alternativa. El respeto institucionalizado a la pluralidad es un invento bastante reciente, y tiene condiciones muy exigentes. La principal es asumir que, aunque existen los hechos, resulta imposible establecer un consenso político y social en torno a la verdad. Esta aparente paradoja se resuelve asumiendo la idea, que a nadie resultará ajena, de que todos actuamos movidos por cierto interés. Y que, por tanto, la idea de «pueblo» o de «bien común» no son sino ficciones construidas para embridar el pluralismo, acotando los mapas de la libertad conceptual.

Se trata de una tensión constante, una negociación sin fin entre el establecimiento de hechos y la constitución de bandos. Es inevitable. El politólogo polaco Adam Przeworski, que creció en la Polonia comunista para instalarse en la América plural, elaboró una muy breve crítica a la noción de que la deliberación lleva a la convergencia de voluntades. Explica en las primeras páginas de su Democracy and the Market que para que esto sea cierto ha de asumirse que todos los mensajes son o bien verdaderos, o bien falsos. También ha de asumirse que los individuos van a identificar la verdad de manera sistemática. Y, por último, que el uso de los mensajes será no estratégico, desinteresado. Los tres postulados son problemáticos. «El vaso está vacío» o «la desigualdad aumenta cuando los impuestos son más bajos» son afirmaciones de complejidad muy distinta, pero en ambos casos uno puede ir a la realidad, observarla y comprobar si son correctas o no. «Tenemos que llenar el vaso de agua», «la desigualdad es mala» o «la Guerra Civil la perdieron los buenos» son ideas cualitativamente distintas porque son inevitablemente subjetivas, atadas al interés. Llegados a un punto, la razón y los hechos ya no sirven para dejar atrás el conflicto, y la única solución disponible es el voto. En última instancia, el voto no es un acto de razón ni de deliberación. El voto es un acto crudo de imposición de una voluntad frente a otra. La democracia es un sistema que se basa en que las facciones pierden (y ganan) elecciones. Y, como tal, constituye una primera victoria de los cartógrafos de ideas. Por desgracia, este triunfo es frágil.

Svetlana Aleksiévich construyó un mosaico perfecto de la URSS. Pieza a pieza, palabra a palabra, cita a cita, para después destrozarlo a martillazos sublimes en el mismo libro. En El fin del «Homo sovieticus», Aleksiévich entrevista a decenas de personas que vivieron antes y después de la caída del Muro. Con la URSS de los ingenieros de almas, el conflicto de perspectivas se circunscribía a las cocinas. Era allá, en el corazón íntimo de los hogares, donde no entraba nadie que no fuese de total confianza de la familia, donde se aventuraban tímidas exploraciones en la visión del ojo ajeno. Muchos esperaban que la llegada de la democracia sacase el debate de las cocinas a las calles. Y lo hizo, vaya si lo hizo, por un tiempo. Pero el círculo que dibuja Aleksiévich se cierra sombrío por dos cabos: nostalgia y decepción. Los más viejos echan de menos la certidumbre de atenerse a una sola verdad, a una sola definición de lo que estaba bien y lo que no. Una feroz y despiadada, pero al menos clara, definida. Los más jóvenes se sienten defraudados, y ahora sobrepasados, por la extrema imperfección de la democracia rusa. La oligarquía económica (que incluye a una parte de los dirigentes comunistas) la domina de tal modo que puede suprimir el pluralismo con una efectividad considerable. 

Pero el equilibrio entre interés y verdad del que depende el debate en democracia no circunscribe su fragilidad al ataque decidido de los hijos de antiguos dictadores. Cuando una sociedad se abre al pluralismo, resulta inevitable que en su seno se constituyan bandos o partidos que defiendan la perspectiva o los intereses de los distintos sectores que la conforman. Un bando no puede cuestionarse a sí mismo. Es la falta de fisuras aquello que lo define como bando. Y he aquí la contradicción intrínseca: un partido político es, de manera latente, un proyecto de raíces frentistas en un contexto pluralista. En el periodo anormalmente pacífico que disfruta Occidente desde la II Guerra Mundial, esta pulsión se ha mantenido bastante contenida. El incremento en el nivel educativo, en el bienestar y en la igualdad material han sido cruciales para explicar la calma. También ha ayudado, paradójicamente, la relativa concentración de los foros de información y creación de opinión. Periódico, partido, sindicato, iglesia, casa del pueblo. Las ideas seguían canales seguros y de largo alcance. 

Pero en la última década la profunda fragmentación de las fuentes de información ha coincidido con una degradación de las condiciones económicas que ha afectado sobre todo a los más débiles. Es este el caldo de cultivo perfecto para las ideas frentistas. Quienes las defienden suelen argumentar que el pluralismo reinante, el de la democracia liberal, no cumplía con el requisito de representar a todas las voces, que había una parte de la población excluida, y que por tanto era necesario abrir un frente desde el que asaltar el castillo. Un seguidor de la obra de Antonio Gramsci lo consideraría como una batalla contra la hegemonía imperante. Y una segunda derivada, proveniente de Jacques Lacan y Ernesto Laclau entre otros, lo denominaría algo así como una lucha por apropiarse el significado de los significantes. 

Consideremos la idea de patria en España, por ejemplo. Un concepto atractivo, sin duda. Un paraguas potente, que agrupa a millones de personas. Pero con un simbolismo que muchas rechazan. ¿Qué hacer? Luchar por él, rellenarlo de sonrisas, de canciones, de propuestas vagas para cambiar este país, de la señora que va con bolsas de la compra del Mercadona al portal, pero, ay, le cuesta subir las escaleras porque se hace mayor. Cualquier concepto que resulte atractivo, que tenga el potencial de definir un colectivo (por atracción o por oposición), de crear una identificación, será susceptible de este trabajo. Aquí, o en otros lugares. Si la patria es un valor diluido en el mar de la globalización, como pasa en Estados Unidos o en el Reino Unido, ¿por qué no hacer una recuperación selectiva de lo que significa ser americano o ser británico? Para luego venderla junto a un conveniente enfrentamiento con cualquier cosa que venga de fuera de nuestras fronteras.

Los nuevos ingenieros de almas son los encargados de dibujar los nuevos límites semánticos. Su trabajo no es ya apoyar a regímenes autoritarios en el establecimiento de una verdad única, sino ser competitivos en el mercado de ideas. Entienden que en la mayoría de países no habrá un Vladimir Putin que vuelva a meter el debate en las cocinas, así que su trabajo es colonizar un espacio dentro del mismo y hacerse fuertes ahí. Para ello, disfrazar opiniones con apariencia de hechos se revela como una estrategia ideal. La ingeniería de almas se convierte a los filtros de percepción.

Ya no estamos en 1932. Hoy día, la inmensa mayoría de la población en los países ricos tiene la suficiente capacidad cognitiva como para cuestionar una idea… si así lo desea. Pero ¿y si no? El nuevo ingeniero de almas puede ampliar su trabajo de reconstrucción de significados con el diseño de hechos a medida. Un dato parcialmente cierto aquí, un relato lo suficientemente vago allá, y un «mucha gente dice que» de por medio para evitar la acusación de «¡mentís!». Los angloparlantes lo llaman post-truth politics, la política posverdad. La campaña del brexit está construida paso a paso siguiendo la lógica de adaptar la realidad a los propios puntos de vista, empleando desde la cifra de ahorro diario de un Reino Unido fuera de la UE (falsa, pero específica y con apariencia de plausibilidad) hasta los supuestos problemas que traen los inmigrantes para los trabajadores de las islas (no corroborados por ningún estudio serio). Con ello, los brexiters no aspiraban a imponer una única verdad sobre el conjunto de sus conciudadanos, sino a vencer una guerra de trincheras. No traían su propia visión experta al debate, sino que la rechazaban de plano. «People in this country have had enough of experts» es una cita literal de Michael Gove, uno de los líderes conservadores del movimiento. Lo que importa no es tanto confirmar o desmentir el hecho, sino encajarlo con nuestros prejuicios. Así, nos creeremos cartógrafos, pero en realidad solo estamos recorriendo caminos previamente marcados en el mapa.

Uno de los aspectos más alucinantes del ya de por sí extraordinario fenómeno que constituyó la campaña presidencial de Donald Trump tenía lugar al final de cada uno de sus mítines. Cuando la gente va saliendo del recinto tiene que pasar por delante del espacio habilitado para los medios. Muchos de los asistentes les interpelan con insultos. Los más, les acusan de traidores a la patria. A la que previamente han rellenado de significado Trump y su equipo, claro. Cómo se atreven los periodistas a relatar los hechos, parecen querer decir, cuando es obvio que estos no favorecen la visión que necesita el país. Para estas personas la tensión entre verdad universal e interés particular se ha roto completamente en favor del segundo. Efectivamente, ya no estamos en 1932. Ni Trump ni nadie, ni siquiera Putin en su dominio autoritario, puede imponer a fuego el pensamiento único. Estamos en 2019, así que basta con producir realidades a medida para el número necesario de almas.


Imposibles e inevitables guerras culturales

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Beyoncé en la Super Bowl 50 homenajeando a los Black Panther por los cincuenta años de su fundación. Fotografía de Beyoncé en Instagram.

La cultura no existe si no hay conflicto.

La frase es de Jazmín Beirak. O a ella se la he escuchado, al menos. Beirak es la portavoz de cultura de Podemos en la Asamblea de Madrid. Y estoy de acuerdo. Estoy de acuerdo porque no puedo no estarlo desde el momento en que considero que no existe sociedad donde el conflicto esté ausente. Desde este punto de vista, la afirmación de Beirak es casi como decir que no hay palabras sin oxígeno.

Si el bien común no existe por definición, si es imposible que nos pongamos totalmente de acuerdo en todo porque siempre va a haber una cantidad limitada de recursos que diversos sectores de la sociedad (o individuos) querrán apropiarse, el conflicto es inevitable. Siguiendo una lógica un tanto marxista pero no por ello menos válida, las representaciones simbólicas y los intercambios de información con los que vistamos dicha dinámica no dejan de estar en conflicto.

Otros, como el filósofo alemán Jürgen Habermas, depositaban más fe en la tecnología de la deliberación como mecanismo para ahorrarnos el oxígeno en última instancia, y poder vivir del acuerdo eterno. Al fin y al cabo debería ser posible hallar un punto de equilibrio en el cual se maximice la utilidad de todos, ¿no? Si intercambiamos un caudal de información lo suficientemente amplio, si sabemos lo suficiente los unos de los otros… en definitiva, si construimos un sistema simbólico y representativo comúnmente compartido por todos que defina exactamente las necesidades de cada uno en relación con los demás e identifique los puntos de distribución posible, podremos definir algo muy parecido al bien común. ¿Cierto?

Pues no necesariamente.

El politólogo polaco Adam Przeworski tiene una crítica breve pero muy bonita a la idea de que a más capacidad deliberativa, más fácil será que converjan las voluntades. En las primeras páginas de su Democracia y mercado, Przeworski viene a decirnos que para que tal axioma se cumpla es necesario asumir previamente que absolutamente todas las piezas de información que nos rodean pueden ser clasificadas en una de estas dos casillas: o bien son verdaderas, y como tales piezas fundamentales para la consecución del deseado bien común, o se trata de falsedades. No solo eso, sino que también necesitaremos asumir que todos nosotros vamos a ser capaces de identificar la verdad en cuanto se presente ante nosotros. Con un trabajo lo suficientemente arduo y en un entorno restringido, estos dos primeros problemas pueden ser superados: si asumimos una postura epistemológica de tipo positivista, es teóricamente posible restringir el debate público solamente a aquello que pueda ser falsable mediante un procedimiento de comprobación empírica, y bajo esas condiciones unos ciudadanos lo suficientemente entrenados en el método científico podrían distinguir perfectamente la mentira. El problema insalvable llega con la tercera premisa oculta: que todo aquel que emite un mensaje lo hace de manera totalmente desinteresada. Esto implica, razona Przeworski, rechazar de plano la existencia del conflicto distributivo: negar aquello —que nos decían a aquellos que estudiamos introducción a la economía— de que los seres humanos tratamos constantemente de cubrir una serie de necesidades ilimitadas (salvo por la muerte) con unos recursos eminentemente finitos. Llegado un momento, pues, la razón y los hechos siempre son y serán sospechosos.

La cultura, pues, no existe si no hay conflicto.

Una vez asumido esto, la actitud más racional para cualquiera es utilizar su capacidad de definición de la realidad para llevar al ascua a su sardina.

Bruce Springsteen dijo una vez que se había pasado la vida midiendo la distancia que existía entre el sueño americano y la realidad de su país. Esa distancia da la medida del espacio a delimitar culturalmente dentro de un proyecto político. «Mirad, esto es lo que queda por hacer». O «Mirad, esto es lo que nos impiden alcanzar». Esa delimitación ayuda a definir dos cosas: un objetivo y un enemigo. Todo lo necesario para participar en un conflicto.

Pero ¿quién se encarga de realizar esa definición? No es Springsteen, no. Tampoco es quien le escucha. Ese es trabajo del líder político. Señalar el camino con vehemencia. Con clarividencia. Sin espacio para la duda.

Una versión un poco más suave de la misma aproximación estará dispuesta a asumir ideas que ya son mayoritarias para rellenarlas con el propio proyecto. ¿Que la bandera de un país es un símbolo universalmente compartido? No lo rechacemos: introduzcamos en él la dimensión del conflicto. Subrayemos que otros se han apropiado de ella para sus propios intereses. ¿Que no es la bandera, sino un equipo de fútbol, un género musical, una marca de ropa? Hagamos lo propio. Con lo que sea. Tal vez el símbolo es algo mucho más intangible, pero también concreto: una queja generalizada, una expectativa no cumplida. Llenemos eso también de significado. Miguel de Unamuno dijo una vez que «un crítico francés de nuestra literatura española dijo que en España apenas hay escritores, sino oradores por escrito. Acaso es cierto. Por mi parte, nada me molesta más que oír decir de alguien que habla como un libro, prefiero los libros que hablan como hombres». Esta segunda especie de dirigentes que aspiran a, bueno, a dirigir, se distinguen de los primeros justamente en esto. En sonar como el resto de personas. Pero la clave es la misma que antes: señalar el camino. Por ahí es. Por ahí tenemos que ir, gente.

Tanto los oradores por escrito como los escritores que oran comparten la suerte de contar con un público, en principio, atento. E incluso manejable. Por un lado, consumimos más información que nunca en la historia de la humanidad, lo cual deja muchísimas más oportunidades a quien quiera aprovecharlas para dirigir. Por otro, exactamente igual que hace cincuenta años, la dimensión del conflicto político nos tiende a importar más bien poco. Tenemos otras cosas de las que preocuparnos: hacer la compra, enamorarnos, viajar, divorciarnos, encontrar un trabajo, jubilarnos, joderle la vida al vecino, decidir qué van a cenar los niños hoy. En resumen, muchos queremos un sherpa y un guía, su propia policía y despertarnos con sabiduría. La rima es del ToteKing, por cierto. ¿Veis? Ítem cultural. Atrapado. Empleado para mi propio objetivo independientemente de las razones iniciales del autor. Checked.

Sin embargo, los mismos factores que podrían facilitar la consecución de estos proyectos de construcción de una nueva hegemonía también los ponen en jaque. Un amigo me preguntó hace poco, pillándome por sorpresa, que cuál era en mi opinión el último gran movimiento musical que había dominado por completo la escena creativa. Se respondió a sí mismo ante mi silencio: el grunge. Desde entonces, fragmentación. El aumento progresivo de fuentes, posibilidades y emisores ha desembocado en una inevitable fragmentación en todos los ámbitos. Cualquiera de nosotros se habrá familiarizado con el FOMO cultural: el «fear of missing out» aplicado a la última serie, la última novela, el artículo necesarísimo, el programa de TV que toca ver, la canción que lo peta. Es imposible llegar a todo de lo que tenemos noticia, y solo tenemos noticia de una pequeñísima parte de lo que existe. La máxima de que las culturas humanas están anidadas de manera fractal, expresada por Randall Munroe en su xkcd, es hoy más cierta que nunca. En este contexto, los intentos de intentar meter a piñón en la mente de la gente que hay que escuchar a Kortatu porque es la verdad revelada sobre el conflicto en el que vivimos resultan tan extraños como quien pretende montar una revolución a golpe de reguetón.

Quizás lo mejor sea admitir que el conflicto existe, pero va en tablas.

Es habitual citar a Bruce Springsteen solo a medias. Su frase sobre el sueño americano tiene una segunda parte de la que muchos se olvidan convenientemente. La enunció en 2008, durante la campaña en Estados Unidos, y completa rezaba así: «I’ve spent most of my creative life measuring the distance between that American promise and American reality… and I believe Senator Obama has taken the measure of that distance in his own life and in his work».

Obama. El centrista, sí. El de Harvard. El que no cerró Guantánamo. Sí. Ese Obama.

En otra ocasión, Springsteen afirmó: «Obama speaks to the America I’ve envisioned in my music for the past thirty five years, a generous nation with a citizenry willing to take nuanced and complex problems, a country that’s interested in its collective destiny and in the potential of its gathered spirit. A place where nobody crowds you, and nobody goes it alone».

Gente dispuesta a pensar por sí misma. Con problemas complejos, un destino colectivo. La voluntad del trabajo en conjunto es muy distinta de la asunción de un bien común. De hecho, es justo lo contrario: es un «estamos todos en el mismo barco, así que más nos vale entendernos lo mejor posible». El conflicto no se niega, pero tampoco se enaltece. Está ahí. Es necesario afrontarlo. Pero sobre todo necesitamos una manera para hacerlo que garantice una libertad igualitaria. De nuevo Bruce: «[…] the best of rock and roll always said to me “Just let freedom ring”, but it’s no good if it’s just for one, it’s gotta be for everyone».

Ante las opciones de señalar el camino de manera vehemente o solapada, se despliega otra, que consiste más bien en empezar por preguntar antes de responder, para después abrir ventanas y dejar que los hilos se tiendan entre ellas tejiendo redes caleidoscópicas. Garantizando que quien hoy día no puede asomarse a ellas tenga la posibilidad a partir de mañana, para que así pueda decidir si se va o se queda en unas u en otras. Pero a todas, no solo a algunas. Como reza un meme cuyo origen se ha perdido en la maraña de internet, si algo no es accesible a los pobres no es ni radical, ni revolucionario. Esto, de paso, permitiría a cualquiera configurar el menú cultural más ecléctico imaginable sin necesidad de sentirse culpable por ello u obligado a llevarlo hacia una sola dirección. Garantizar, en definitiva, que la guerra siga, impidiendo al mismo tiempo que nos engulla.

Se puede resumir con una frase de otra cantante, menos compleja quizás, pero que recoge como nadie el espíritu de una generación: «I break chains all by myself». La dijo Beyoncé Knowles.