Carme Molinero y Pere Ysàs: «El objetivo de Juan Carlos en la transición era asegurar la monarquía de la manera que fuese»

La transición no es solo un simple periodo histórico, desde hace años su interpretación tiene un valor político de primer orden. Simplificando, podríamos decir que por un lado hay una creencia en que el franquismo derivó en una democracia por su desarrollo económico y buen hacer de Juan Carlos, heredero designado por Franco, junto a unos hábiles políticos surgidos de la dictadura pero que habían evolucionado. Por otro, se difunde exactamente lo mismo, con el añadido de que la dictadura logró amnistiarse a sí misma y se impuso, mediante la violencia, una constitución que no fue más que un trágala. Tan parecidas, pero sirviendo a intereses tan distintos, estas dos versiones sobre lo ocurrido al final del franquismo y en la transición, si por algo se caracterizan, pese a estar tan extendidas, es por prescindir del hecho histórico.

Carme Molinero y Pere Ysàs son dos historiadores de la Universitat Autònoma de Barcelona especializados en este periodo y cuentan con una serie extraordinaria de obras publicadas en las que lo analizan. En 2004, cuando se había intentado colar que la dictadura fue ampliamente aceptada por los españoles y el famoso «Franco murió en la cama», había que leer su Disidencia y subversión (Crítica, 2004) para entender que el franquismo tuvo una fuerte contestación popular que hizo imposible su continuidad. Ahora, es necesario recurrir a La transición, historia y relatos(Siglo XXI, 2018) para no caer en el mito de que la transición estuvo pilotada y planeada por las elites de la dictadura como se intenta difundir desde dos sectores opuestos. La transición fue un proceso accidental, no exento de improvisaciones, donde el único hecho incontestable fue que se cumplieron las demandas y objetivos de la oposición democrática. 

En La captación de las masas, se explicaba que el eslogan de «España una» del franquismo no hacía referencia a la unidad del territorio, sino que reivindicaba una comunidad nacional sin lucha de clases; una forma de anular las reivindicaciones de los trabajadores, al mismo tiempo que se establecían una serie de servicios aparentemente parecidos a los de un Estado asistencial. 

Carme Molinero: Ese libro tenía como objetivo poner en cuestión algo que se afirmaba de manera poco rigurosa. Los primeros trabajos historiográficos sobre el franquismo venían a defender que el régimen había sido una dictadura tradicional, militar, se señalaba en algunos casos. Se convirtió en una tesis fuerte, y cuando se asienta una determinada línea, en aquel caso sin investigación detrás, luego cuesta modificarla. Nuestra tesis, en cambio, fue que el régimen franquista quería construir un nuevo Estado y hacer frente a los grandes retos de la sociedad de masas. España no era diferente al resto y no podían restablecer, que es lo que se pretendía, un orden antiliberal de estricto control social con las herramientas antiguas, que se reducían, si sintetizamos, a la represión, tal y como había ocurrido en décadas anteriores. Por eso, el franquismo, desde el 37, sienta las bases de un nuevo Estado y toma como referencia básica el modelo fascista, que, aunque sea bien diverso, resolvía, desde su punto de vista, los grandes problemas del momento. 

En ese marco, la política social fue un elemento de identificación franquista de primer orden. No se puede entender el régimen franquista sin tener en cuenta la importancia que se dedicó a la retórica de las políticas sociales. No porque hicieran grandes realizaciones, porque no hubo una política fiscal que pudiera crear servicios y el alcance de sus políticas sociales fue escaso, pero el discurso social fue un elemento constitutivo del franquismo, que se presentaba como una tercera vía, algo muy propio de los fascismos. Ni liberalismo ni socialismo, querían superar la lucha de clases a través de la hermandad nacional-sindicalista. 

Además, antes de ese libro, en 1998, publicamos Productores disciplinados y minorías subversivas, clase obrera en la España franquista, donde defendimos que se eliminó la lucha de clases por la vía de la eliminación de las organizaciones de los trabajadores. Pero una cosa es la realidad de la política y otra el discurso, y para el franquismo la cuestión social, retóricamente, fue fundamental. 

¿Qué alcance tuvo ese estado asistencial franquista? En el libro se habla, de todos modos, de que para mucha gente en España fue la primera vez en su vida que veían al Estado preocuparse por sus necesidades. 

C. M.: Con sus instrumentos, ya sea el Sindicato Vertical o la Sección Femenina, en muchos pueblos fue la primera vez que el Estado estuvo presente en la realidad de cada día, ya sea con algo de alimentos, con clases para aprender a bañar a los niños y no sufrir enfermedades, etc. El alcance de esa política asistencial, de todas formas, fue muy pequeño. Sin embargo, habría que distinguir. Los trabajadores industriales catalanes o vascos ya tenían sus seguros, pero para la mayoría de la población eso no existía. El franquismo se presentó como el régimen que se preocupaba por las condiciones de vida de los españoles. Eso tuvo efectos limitados, pero para el discurso oficial resultaba muy potente. Luego, en los sesenta, para el propio desarrollo del país, era imprescindible invertir en educación y sSanidad… la Seguridad Social. El estado del bienestar en España se construyó con la democracia, pero eso no quiere decir que antes no se aplicaran determinadas políticas sociales con un cierto impacto.

Sin embargo, y esta es la cuestión, el régimen no logró amplios apoyos sociales. Como mucho logró la apatía de sectores de la sociedad, pero no la adhesión. 

C. M.: Creo que este es un elemento fundamental para entender la larga trayectoria del franquismo. Eso que se llamó franquismo sociológico en un tiempo de transformación social tan intensa como la que se desarrolla en los años sesenta era gente a la que su propia actividad le absorbía la mayor parte de sus energías. Sí que habría gente para la cual el franquismo era el régimen con el que se identificaban, pero para muchos era, simplemente, el régimen que existía. Evidentemente, también existían sectores no adictos que, sin embargo, no estaban dispuestos a asumir ningún riesgo.

Pere Ysàs: Explicar el franquismo a partir simplemente de unas oligarquías o elites que dominan militarmente a la población es absolutamente insuficiente. El franquismo tuvo apoyos sociales a lo largo de toda su trayectoria. No hay más que ver las elecciones de febrero del 36: el Frente Popular ganó, pero lo hizo por la mínima. Hay un bloque heterogéneo internamente, conservador, tradicionalista, fascistizado o fascista, que cubre casi la mitad del electorado. Son capas de la población que defienden una ideología y una identidad con cierta transversalidad, aunque el golpe de Estado viniera de una iniciativa muy minoritaria de una parte, no de todo, el ejército. 

Cuando se establece el nuevo Estado, hay una continuidad notable a lo largo del tiempo en los apoyos. Aunque luego se fueran erosionando, es cierto que el crecimiento económico de los sesenta jugó un papel neutralizante del posible desgaste. Y al final de la dictadura la sociedad estaba mucho más movilizada, el cuestionamiento del régimen era mucho más amplio, pero este seguía conservando apoyos sociales que no son desdeñables. Eran más pasivos que activos, pero ahí estaban. Es un tema complejo, como casi todo, pero es indispensable para analizar el franquismo tanto en sus orígenes como en su etapa final. 

En los aspectos sociales del régimen, ¿la Iglesia ocupó un espacio que quisiera haber ocupado Falange con sus políticas fascistas? 

C. M.: No creo que se deban confundir los espacios. Las políticas asistenciales eran del Estado, fundamentalmente a través de la Falange. Toda la estructura que generó el Sindicato Vertical actuó a muchos niveles. Ahora bien, hay terrenos donde la Iglesia tuvo un espacio fundamental, como la educación. Precisamente, por la falta de inversiones. Las escuelas públicas, denominadas «nacionales», fueron escasas y de mala calidad durante prácticamente todo el franquismo. No se construyeron institutos de enseñanza media hasta los sesenta. El bachillerato, en una proporción muy significativa, estaba en manos de la Iglesia. Ahora, la Iglesia también intentó tener un espacio universitario y no lo consiguió nunca. Deusto y la Universidad de Navarra son casos particulares y excepcionales. Hasta la democracia la Iglesia no tuvo sus universidades. Sin embargo, pese a ese control de la enseñanza superior, el régimen desde los años cincuenta perdió el control de las universidades, más allá de la estructura, como era el nombramiento de las cátedras, lo cual no era poca cosa. En definitiva, la influencia de la Iglesia en la dictadura fue extraordinaria, porque logró mantener el control del ciclo vital, nacimiento, bautizo, comunión, matrimonio, etc. Algo básico en la vida de los ciudadanos, pero en las políticas sociales hay que distinguir los espacios. 

P. Y.: Hay que tener en cuenta que Falange asumió el catolicismo a diferencia de otros movimientos fascistas. Hubo un amplio margen de acuerdo con la Iglesia en cuestiones fundamentales, pero una cosa es que Falange considerase que el Estado tenía que ser confesional, que la moral católica y el dogma tenían que estar presentes, y otra es que aceptaran otorgar a la Iglesia determinados espacios de poder. Falange quiso afirmar el papel del Estado y el del partido único. En este marco, un punto conflictivo fue la socialización de los jóvenes. Por ejemplo, Falange quiso que se hiciera en el Frente de Juventudes básicamente. Tenían sus asesores eclesiásticos y sus misas de campaña, pero tenía que ser todo en el Frente de Juventudes. 

Ahí hubo elementos de tensión que no se resolvieron favorablemente a la Iglesia, la capacidad de Falange se mantuvo hasta el final. Aunque luego cambiaran los términos, la filosofía era la del Estado totalitario. La educación tenía que ser católica, pero controlada por el Estado, mientras que la Iglesia quería su propia red y expandirla. Esto al final derivó en una brecha clasista muy fuerte. La Iglesia acabó dando la formación a clases medias y burguesas; fuera de la España urbana no había apenas escuelas de la Iglesia. Los pueblos de Andalucía y Extremadura tenían la Escuela Nacional. Se ha dicho mucho que la educación estaba en manos de la Iglesia, pero no fue del todo así. Luego es cierto que, al final de la dictadura, determinadas órdenes religiosas jugaron un papel más progresista, pero aunque fue un fenómeno adaptado al caso español, pasaba a nivel general en todo el mundo católico. 

C. M.: El fascismo español fue católico desde el primer día y así lo definían ellos mismos, que decían que el suyo era un fascismo de tipo católico. Por eso pensaban que el papel de la Iglesia quedaba asegurado con ellos. Lo que pasaba es que la Iglesia lo que siempre había defendido era tener un espacio propio desde el que ejercer influencia social, cultural, en definitiva, política. Tras el año 45, dado el escenario internacional, la posición de la Iglesia se reforzó muy notablemente. Después de la Segunda Guerra Mundial el único aval que tuvo el régimen fue la carta anticomunista y católica. La Iglesia, desde entonces, utilizó aún más esa necesidad que el régimen tenía de ella para defender sus espacios. 

Sea como fuere, en los setenta los trabajadores urbanos le pusieron la proa al régimen, aunque me ha llamado la atención que mencionan en sus trabajos que las amas de casa y los albañiles eran el mayor apoyo del régimen. 

P. Y.: Eso es una encuesta que citamos, pero no significa que sea la realidad. 

Los estudiantes también se rebelaron. Martín Villa dijo en un momento «hemos perdido la juventud», la Iglesia postconciliar empezó a distanciarse y al final al régimen solo le quedó el aparato represivo. 

P. Y.: Una forma muy esquemática y simplificada de presentar el franquismo es como un régimen que pretendía controlar la sociedad por la vía represiva y todo lo demás le importaba poco. Esto no tiene ninguna base, justamente la propaganda sobre la política social consideraba que, como los demás fascismos, había que dar una respuesta propia a los problemas de la sociedad de masas. Pero cuando la situación se hizo más difícil para asegurar el futuro de la dictadura, hubo intentos continuados de desactivar los factores de malestar social y mantener o, si era posible, ampliar apoyos. 

Lo que pasó fue que todas las fórmulas que intentó el franquismo para esos objetivos acabaron fracasando y, en última instancia, no les quedó más remedio que apelar a la represión, que era la última línea de defensa; una represión que fue contraproducente para vender la imagen de que se estaban intentando solucionar los problemas o abrir formas de participación. El ejemplo paradigmático fue la Ley de Prensa que, junto a una mayor tolerancia, hizo más visible la represión y la actuación de la censura. Este fue el drama del franquismo, cuanto más se esforzaba por asegurarse la continuidad y veía que sus fórmulas no solucionaban los problemas, empezó a debatir internamente sobre los cambios a efectuar, siempre con muchas voces advirtiendo sobre el riesgo de desnaturalizarse. Llegó un momento en el que su continuismo tan pensado y preparado no es que fuera imposible, pero casi, y el escenario acabó desembocando en un proceso de transición. 

Franco pronunció en cerro de Garabitas ante los alféreces provisionales eso del «Atado y bien atado». ¿Qué ha pasado con la historiografía que esta frase se utiliza hoy para reflejar algo que es lo contrario de lo que sucedió?

C. M.: La frase del 62 tomó significación desde el 69 una vez que ya había nombrado sucesor a Juan Carlos. Para nosotros, esa fecha está conectada al inicio de crisis del régimen que desemboca en la transición. Otra frase que se utiliza mucho hoy es que «Franco murió en la cama», que sería la continuación del «atado y bien atado» y evidentemente no se corresponden ninguna de las dos con la realidad. Cuando Franco muere, el régimen sufría una crisis profundísima. 1969 se inicia con un estado de excepción por las movilizaciones de los estudiantes. Entre el 62 y el 69 el régimen intenta hacer reformas porque era consciente de que la sociedad estaba cambiando y necesitaba nuevos instrumentos para asegurarse su control y su aceptación. Desde el año 66 crecían las movilizaciones, la oposición y sobre todo la disidencia. Había muchos sectores que, aunque no se movilizasen, reclamaban cambios. El régimen con el estado de excepción quiso mostrar que tenía el control de la situación y dar un aviso a navegantes, pero le salió muy mal. En pocos meses esa movilización se fue desarrollando de forma aún más creciente. 

En la historiografía sobre la guerra civil hay un nivel de estudio yo diría que detallado y muy preciso, pero sobre el franquismo prevalecen estos mitos del «atado y bien atado» o «Franco murió en la cama» con sus connotaciones. ¿En qué estado está la historiografía sobre el franquismo«?

P. Y.: Creo que está en un punto en el que existen grandes acuerdos con discrepancias en los márgenes. La caracterización del franquismo como la variante española de los fascismos de la época está muy aceptada, o su versión como régimen fascistizado que no alcanzó la pureza de los otros, pero estaba impregnado del fascismo y no fue algo transitorio, sino que existió hasta el final. 

La controversia llega por la ciencia política, cuando Linz plantea que el caso español es un «régimen autoritario» complementado con elementos tradicionalistas como la Iglesia. Ahora, la caracterización como régimen conservador creo que está absolutamente fuera de encuadre. También se emplea la expresión de dictadura militar, pero nunca lo fue. Nunca hubo una junta militar que tuviera el poder político. Donde hay un grado notable de acuerdo es en su desarrollo. La formulación la centralidad de la crisis de la dictadura para explicar su final creo que está muy aceptada. Habrá quien dude de que la movilización social fuese más importante o no, pero hay niveles de acuerdo bastante amplios. En la transición ya es otra cosa… 

En este caso, el «atado y bien atado» se refería a la formulación de la monarquía del 18 de julio, que no es la monarquía del 78. Esa formulación franquista es un proyecto fracasado. Después, en lecturas con muy poca base histórica y muy ideologizadas desde el presente, dicen que hay una continuidad de la monarquía y de las elites económicas, pero eso no es el «atado y bien atado» que pretendía el franquismo. Antes, había historiadores que consideraban que la dictadura había sido muy fuerte y la oposición tuvo un papel insignificante, pero cuando se analizan las respuestas que dio la dictadura a la oposición, que están en mi libro Disidencia y subversión, queda demostrado que los grupos de oposición no eran el motor, pero tenían una onda expansiva muy relevante. 

C. M.: Entre los historiadores que estudian estos temas no hay gran discusión. Ahora hay una tendencia a estudiar más otros movimientos sociales, porque las movilizaciones obreras ya están muy investigadas. El otro día me llegó un libro sobre el servicio doméstico en el franquismo. Estamos ya trabajando en temas muy específicos y en lo sustancial hay poca discrepancia. Otra cosa es cuando es un politólogo el que escribe un libro o un escritor se pone a hablar del franquismo y pone lo que él cree que fue, ahí ya no se puede hacer nada. 

P. Y.: Pasa en todos los países. A veces en el discurso político está muy presente la historia reciente y al mismo tiempo hay una gran publicística que no se puede encuadrar dentro de la historiografía, pero que tiene una gran difusión, sobre todo en los grandes medios de comunicación, a veces con una notable simpleza, y hace que según qué formulaciones que la historiografía o no ha defendido nunca o ha superado hace tiempo, sigan presentes o se reproduzcan una y otra vez. Eso nos crea cierto problema a los historiadores. Te encuentras con gente discutiendo cosas que hace muchos años que están fuera de toda duda y tienes que volver sobre ello. Ahora las polémicas con hechos susceptibles de utilización política están cada vez más presentes. 

En los treinta, la facción del PSOE de Largo Caballero y el anarquismo ya decían de la II República que había una continuidad con la dictadura de Primo de Rivera, que nada había cambiado. Básicamente, lo mismo que sucede ahora. 

C. M.: Una cosa es la historia y otra las convicciones de algunos de sus protagonistas. También la izquierda radical tras el 78 ha defendido que había una continuidad con el franquismo. Eso es algo que responde a esquemas políticos, pero no solo de propaganda, sino también de íntimas convicciones.

P. Y.: Pero la historia siempre es cambio y continuidad, continuidad y cambio, no hay…

C. M.: Hay procesos rupturistas como la Revolución rusa… (risas)

P. Y.: ¡Pero hasta ahí hubo elementos de continuidad! Otro ejemplo, el cambio alemán. Alemania año cero, en el 45 ¿no hubo continuidad? Buena parte de la clase política… Claro que hubo desnazificación, pero hasta cierto punto. También hubo continuidades en la Italia postfascista…

La situación al final del franquismo era que la vía inmovilista se había quedado sin futuro y una familia del régimen hablaba de reforma, todo ello en el contexto de que muchos franquistas también consideraban que con el desarrollo económico no tendrían contestación… 

C. M.: En los sesenta había necesidad de cambios y todos los franquistas eran conscientes de que tenían que adaptarse a la nueva realidad, cada uno a su manera. Los falangistas eran los que creían que, controlando siempre la situación, había que buscar medidas que ampliasen la participación. Por ejemplo, para eso necesitaban asimilar Comisiones Obreras, eso nuevo que estaba surgiendo, pero CCOO no se dejó asimilar. De hecho, fueron ilegalizadas. Mientras, Carrero Blanco y los tecnócratas van en una dirección diferente, lo que defendían era un gobierno fuerte como poder fundamental del régimen. Creían que el desarrollo económico traía un aumento del nivel de vida, pero querían mantener el control de la situación porque pensaban que si daban la mano les tomarían el brazo y después de eso sería imposiblemantener el control. 

Todo esto creó contradicciones internas, especialmente a partir de los setenta. Los setenta fueron años muy difíciles para los dirigentes franquistas; surgieron grandes disidencias, y ya después de 1974, tras el asesinato de Carrero, la necesidad de reformas era apremiante, pero el régimen había perdido el control de la situación y la propia represión les impedía realizar esas mismas reformas. El gobierno de Arias Navarro preconiza un programa aperturista, «el espíritu del 12 de febrero», y en marzo es ejecutado Puig Antich

P. Y.: Las dos facciones del régimen fracasaron. Los tecnócratas con su idea de que la clave estaba en el desarrollo económico, porque el bienestar económico no aseguraba la aceptación política. No tiene nada de especial, es algo bastante frecuente. Las movilizaciones sociales no suelen aparecer en las situaciones más críticas, sino cuando hay expectativas de que se puede mejorar sustancialmente. A la sociedad de los sesenta el régimen le estaba diciendo constantemente lo bien que iba todo, el España va bien de Aznar, sin embargo, la gente se lo planteaba al revés. Si todo iba tan bien, los salarios eran muy bajos. Las condiciones de vida en la periferia de las ciudades tras la emigración interior eran extremadamente desfavorables. El gran proyecto de los tecnócratas, asegurar la estabilidad política por esa vía del desarrollo, fracasó. Y los intentos de los falangistas de ampliar la participación dentro de las instituciones existentes, no desactivan la conflictividad o incluso la aumentan. Llegados a los setenta, las dos tendencias para asegurar el «atado y bien atado», aunque fuese por vías distintas, han fracasado ya. Ahí ya se puede especular sobre las dificultades que iba a tener cualquier política de continuidad. Al margen de esto, hay que tener una cosa clara y romper con los estereotipos. Los tecnócratas por muy liberales en la economía que fueran, no eran reformadores políticos. Los reformadores eran los falangistas, que no eran los inmovilistas instalados en los años cuarenta que la gente cree, aunque alguno hubiera, pero sus propuestas políticas fracasaron, entre el continuado recelo de los tecnócratas y el rechazo de la parte más movilizada de la sociedad.

Eso no quiere decir que los falangistas no quisieran el desarrollo económico o que no hubiese tecnócratas que no pensasen que había que flexibilizar el régimen, pero unos y otros pretendían lo mismo: asegurar la continuidad. El inmovilismo absoluto de Carrero Blanco no lo compartían todos. Javier Tusell decía que en el fondo todos eran inmovilistas y todos eran aperturistas. Eran inmovilistas porque no querían acabar con el franquismo y eran reformistas porque todos veían que había que hacer algo para asegurar su continuidad. 

C. M.: Además, el escenario europeo e internacional a partir de 1974 empieza a cambiar. Con la crisis económica, se produce una radicalización del movimiento obrero. Las empresas eliminan las horas extras y eso es un golpe para el poder adquisitivo de los trabajadores de entonces. El gobierno empezó a tomar medidas antieconómicas para que no se notasen las consecuencias de la crisis, trató de retrasar sus efectos, pero en cualquier caso la situación económica empeoró. A la vez, la movilización social tenía como referentes la Revolución de los claveles, la caída de la dictadura en Grecia, al final solo quedaba la dictadura española, y el régimen intentó la «apertura» con el Espíritu del 12 de febrero, pero ya no tenían iniciativa para hacer cambios ni sabían cuáles hacer para que no se les descontrolase la situación. La crisis que es clara desde el año 70 se profundiza en el 74 y 75. 

«No queremos estar solos, pero no le tenemos miedo al aislamiento», se llegó a decir.

C. M.: Tras el decreto ley antiterrorista de 1975 se vio que los gobernantes estaban desesperados y no sabían qué hacer, porque eran conscientes de las consecuencias que podía tener la represión desencadenada. Se podía volver al aislamiento. 

P. Y.: La frase es de Arias Navarro. Después de las ejecuciones, tras la retirada de embajadores y el asalto de la embajada en Lisboa, Arias sale en televisión en una intervención absolutamente defensiva, se vuelve al año 46 con la concentración en la Plaza de Oriente, y pronuncia frases muy duras de queja, de que habían colaborado con todos los países y otra vez volvían a ser maltratados y que si tenían que volver a estar solos, lo estarían para defender su honor. Una visión trasnochada que, como las ejecuciones, lo que expresaba era pura desesperación con tintes de patetismo, con Franco en la Plaza de Oriente hablando del contubernio. 

El régimen intentó atraer para sí a algunos miembros de la CNT para el Sindicato Vertical. ¿Funcionó? ¿En qué quedó?

P. Y.: En nada, es una anécdota. En esa política de ampliar las bases de participación en la política sindical, de eliminar filtros, que se eliminaron y por eso ganaron tantos candidatos de CCOO; en esa misma línea se buscó una interlocución con sectores cenetistas para integrarlos en un Sindicato Vertical que los falangistas pretendían que ganara autonomía del Estado y capacidad de actuación. Hubo conversaciones que no llegaron a ninguna parte, amparadas por Solís, pero el proyecto fracasa. Cuando en el Consejo de Ministros se conoce que se está hablando con CNT, le dan carpetazo en el acto. No hubiera llegado a nada, porque los interlocutores procedían de la CNT, pero no eran representativos. Algunos exmilitantes cenetistas sí que llegaron a ocupar cargos, en el sindicato del metal de Barcelona, por ejemplo, pero no lograron atraer a nadie detrás. No tuvo consecuencias. Por otra parte, la CNT estaba muy desmantelada y los del exilio estaban muy lejos. De hecho, cuando a veteranos militantes de la CNT se les acercaban jóvenes que querían hacer algo, en muchos casos los remitían a activistas de CCOO. 

C. M.: En los sesenta, CCOO era bastante diversa. Actuaba como autor intelectual el PCE, pero su desarrollo fue muy espontáneo, había católicos de la HOAC, incluso gente de la CNT, aunque fueran muy pocos. La CNT se caracterizó en ese periodo por no tener un relevo generacional. La media de edad de los dirigentes va aumentando, es decir, eran los mismos

La transición. Muere Franco, llega Juan Carlos y hereda a Arias Navarro. ¿Qué juicio de intenciones de su papel se puede hacer antes de que designe a Suárez?

P. Y.: Solo tiene una intención, consolidar la monarquía, la institución y la forma de gobierno del Estado español. A ese objetivo se subordina todo. Eso implica adoptar actitudes que van a ser cambiantes y que exigirá que lo que haga el gobierno sea acorde con las cuestiones fundamentales, lo que Juan Carlos avala. En principio, la monarquía tenía el cuestionamiento de la oposición, en la medida en que Juan Carlos es el heredero  de Franco. Luego se ha dicho que si había mostrado actitudes reformistas, pero no fue nada que pasara de lo anecdótico. La sociedad española había tenido actitudes antimonárquicas muy claras en la historia contemporánea y la dictadura estaba en crisis. Asociar la monarquía a la dictadura hubiese sido hacerla partícipe de esa crisis. Esa es la cuestión fundamental y lo que hay que tener en cuenta, más allá de las actitudes y opiniones personales de Juan Carlos. La defensa de la institución pasaba por encima de todo. El objetivo de Juan Carlos en la transición era asegurar la monarquía de la manera que fuese.

C. M.: En ese marco, creo que se puede afirmar a estas alturas que la figura de Arias Navarro fue una imposición. Parece que quería nombrar a Torcuato Fernández Miranda, pero no se diferenciaban mucho ideológicamente…

Para Torcuato, Fraga era un antisistema…

C. M.: Sin entrar en eso, era una cuestión de confianza. Juan Carlos confiaba absolutamente en Torcuato, pensaba que era la opción más favorable para él y quería situarlo en la posición más preeminente. Lo que es cierto es que él llevaba desde 1948 preparándose para ser rey de España, plantearse si lo que quería traer era la democracia es estéril. Como historiadora, creo que no vale la pena entrar en hipótesis sobre cuál era su modelo. Lo que no parece es que pusiera en cuestión las intenciones del primer gobierno de la monarquía. ¿Qué pasó? Que durante esos meses se produjo una movilización extraordinaria que hizo que a partir de marzo de 1976 se viera la imposibilidad de continuar con el proyecto de reforma liderado por Manuel Fraga, que tenía una gran contestación social y política. Cuando se formó Coordinación Democrática, esta reunió a toda la oposición, incluso a Gil Robles, que no era importante en sí, pero sí simbólicamente. 

Mientras se intenta desarrollar el franquismo sin Franco, las movilizaciones, como la de Madrid, que se tiene que militarizar el metro, son las que le ponen un muro de hormigón a cualquier tipo de continuidad. 

C. M.: El continuismo es lo que se pretendía, eso representaba la monarquía del 18 de julio, lo intentaron pero no pudieron. El proyecto de Fraga no pudo romper el muro opositor y eso forzó a Juan Carlos a buscar un personaje que estuviera dispuesto a impulsar cambios mucho más rápido y salir de esa situación. 

P. Y.: Es conocido que Juan Carlos tuvo una mala relación personal con Arias y este tenía una opinión muy poco favorable de Juan Carlos, lo consideraba un niñato. Ahí faltó de todo, física, química y geología. Pero el proyecto del gobierno no era el de Arias, era el de Fraga, y Juan Carlos tenía buena sintonía con Fraga. Sin embargo, el proyecto de Fraga era un modelo de democracia que no era lo que se entendía en el resto del mundo por democracia. 

Muy restrictiva en participación y manteniendo estructuras no democráticas.

P. Y.: Introducir fórmulas más liberales dentro del marco institucional franquista. Las Cortes no serían orgánicas, como en el franquismo; serían elegidas por sufragio universal a partir de unas agrupaciones políticas que previamente el gobierno habría decidido cuáles podían existir y cuáles no; unas Cortes que serían una cámara representativa, pero no un parlamento con capacidad de designar al presidente del gobierno y controlarlo. Por otra parte, con la libertad de expresión muy restringida, etc. Ese era el modelo de su «democracia española». 

C. M.: No se conoce que Juan Carlos pusiera en cuestión ese modelo. 

Si cuela, cuela.

P. Y.: Si funciona… Además, desde Estados Unidos lo que se dice a los dirigentes del régimen es no vayan ustedes muy deprisa, no se dejen influir por los europeos estos. La frase de Kissinger de que «hay que mantener el fuerte», tiene ese sentido. Ese proyecto de «democracia española» de Fraga, con una sociedad desmovilizada que aceptara lo que se dijera desde el poder, habría funcionado, al menos un tiempo, no sabemos cuánto. En los setenta estaba en el debate político internacional el fracaso de las democracias y el auge de las tecnocracias, pero el proyecto del primer gobierno de la monarquía fracasa porque hay una movilización social que no es nueva, tiene antecedentes, pero en 1976 se encuentra en unas condiciones más favorables. De hecho, cuando la policía la reprime lo que demuestra es que no hay ningún proyecto de democratización. El fracaso es inapelable y Juan Carlos es consciente de que no puede asociar la monarquía a un sistema en crisis. Solo tiene claro que eso hay que cortarlo sin tener ni idea de los límites a los que quería llegar. Sabía que para estabilizar la situación política había que ir más más deprisa, pero a un lugar poco preciso. Por otra parte, hay testimonios que muestran sus dudas, como cuando Juan Carlos le dice a un embajador que no estaría mal que en el referéndum para la reforma política hubiera muchos votos negativos para que mostraran que había que ir más despacio. Eso indicaría que su previsión, todavía a finales de 1976, no era una democracia plenamente homologable con las europeas. Otro indicador significativo es el nombramiento de senadores de designación real, en junio del 77; casi todos tenían muy pocas credenciales democráticas. 

C. M.: Algo que era normal por el ambiente en el que se había movido hasta ese tiempo. Lo que pasa es que después se ha construido un relato para alterar la realidad de los hechos. 

P. Y.: Porque nada de esto quiere decir que, a la vista de los hechos, no se fueran modificando sus posiciones hacia actitudes que facilitasen un cambio real. 

C. M.: Cuando Adolfo Suárez vio que para lograr su objetivo tenía que ir cada vez más lejos, ciertamente, contó con el apoyo de Juan Carlos. Sin su apoyo no hubiera podido hacer o no se hubiera ni atrevido a hacer muchas cosas, como la legalización del PCE. Juan Carlos en todo ese proceso ejerció un papel positivo. En el 77, en las conversaciones habituales con los mandos de los ejércitos, trata de tranquilizarlos. 

P. Y.: En otoño del 76 hay sectores militares que empiezan a inquietarse, cuando dimite el general De Santiago. A partir de ahí, Juan Carlos apoya sistemáticamente al gobierno y tranquiliza a los militares. Hasta en la legalización del PCE consigue frenar la dimisión del ministro del Ejército, que sumada a la del de Marina, Pita da Veiga, le hubiera creado una situación muy complicada, que es lo que pretendían muchos militares, crear una crisis de gobierno. 

Suárez es curioso también en este punto. Cuando era secretario general del Movimiento hizo un discurso criticando los cambios que pretendía introducir Fraga, le escandalizaba su intento de instaurar un sistema que, como hemos visto, era muy poco democrático. ¿Experimentó un cambio radical?

C. M.: Tuvo gran olfato político. No tenía un proyecto, pero sí un objetivo: la estabilización de la monarquía e impedir el proyecto de la oposición: la ruptura. Dicho esto, lo que hace Suárez desde el mes de julio del 76 no se puede entender sin el fracaso de la etapa de Arias y Fraga. Lo tiene absolutamente presente. Por otro lado, era muy consciente de la importancia política de los medios de comunicación porque tenía experiencia por su paso por la dirección de TVE. El discurso en el que dice «Si a los españoles les preocupa encontrar un trabajo adecuado o que aumente el paro, a mí también. Si les preocupa, a pesar de todas las explicaciones estadísticas, la subida de los precios, por ejemplo, a mí también»… No dice nada, pero a diferencia de lo que había pasado hasta entonces, rompe la imagen franquista. Logra que la gente le escuche. Sale en el salón de su casa, sonriendo, eso nunca se había visto antes en un político desde que existía la televisión. 

Más allá de la imagen, establecido el objetivo, Suárez debía dar con el procedimiento. Políticamente, lo que más le influyó fue el Informe Ollero, de agosto del 76, donde se decía que había que desnaturalizar el concepto de reforma —que al fin y al cabo siempre implica mantener la esencia de lo anterior, en este caso de la dictadura—, e intentar que la oposición aceptase sus planteamientos. Luego, la cuestión procedimental fue aportada por Fernández Miranda, que planteó realizar todos los cambios en una sola ley para que los procuradores no tuviesen artillería para impedirlos, que es lo que habían hecho seis meses antes. Suárez no sabía hasta dónde se debería llegar, pero tenía ojos en la cara, veía el contexto, sabía que tenía que negociar o hablar con la oposición, algo que Fraga no estuvo dispuesto a hacer. 

P. Y.: Suárez había sido contrario a los cambios, pero la sensación que había dejado el periodo Arias-Fraga fue de un impasse y no se podía seguir así con la movilización social tan importante que había en la calle. Luego, hay que tener en cuenta cómo se desarrollaron los acontecimientos. La primera amnistía, que no fue una amnistía propiamente dicha, se aprobó en el mismo mes de julio del 76. Ahí cree que el tema ya se ha acabado, que ya ha solucionado la demanda más importante y principal de la oposición a la dictadura. Las decisiones se fueron tomando al hilo de la propia situación, que fue muy dinámica. Quería estabilizar la situación política y eso le fue exigiendo ir cada vez más allá de todo lo que se había contemplado antes. Inicialmente no tenía un proyecto en concreto, pero está claro que su proyecto no eran las elecciones del 77 tal y como se celebraron. Pero si lo creía necesario, Suárez no dudaba en tomar decisiones que fueran contradictorias con lo que se le había dicho antes, por ejemplo, a la cúpula militar. De la necesidad hizo virtud, eso se debió a su olfato político, aunque los militares ahí cortaron con él. 

C. M.: Hay que reconocer que fue una persona atrevida.

Quería ir anestesiando a la oposición…

P. Y.: Pero lo que hizo fue ir asumiendo sus demandas. En esta dinámica, llega un momento en que Suárez, al final, lo que hace es aplicar, bajo presión, buena parte del programa de la oposición. 

El hecho histórico es que la oposición democrática puso las siete condiciones encima de la mesa y él, una por una, las cumplió todas. 

P. Y.: Tiene que ceder y actuar conforme a las condiciones que le pone la oposición porque si no sus objetivos políticos irían al colapso. Tiene que ir cediendo y tomando decisiones hasta llegar finalmente a la decisión última de aceptar que no se van reformar las instituciones existentes, sino elaborar una constitución de nueva planta. 

C. M.: Nuestra tesis en este punto, y el tema es importante, es que el gobierno, aunque siempre tiene el control de la situación procedimental, sin la presión de la oposición no hubiera actuado como lo hizo. Porque es la oposición la que impulsa continuadamente la acción del gobierno. No es desde el régimen franquista, ni desde personas salidas del régimen, que, como se ha dicho muchas veces en el discurso político, se trae la democracia a España. La democracia fue el resultado de un proceso muy dinámico en el que la oposición tuvo un papel fundamental exigiendo el mínimo imprescindible para otorgar legitimidad a la acción gubernamental. 

La oposición no pudo tomar el poder en el primer trimestre de 1976, pero las condiciones que puso al gobierno se cumplieron todas. ¿No fue una victoria?

P. Y.: Fue una victoria, ciertamente. Lo que es difícil de comprender es que una victoria evidente se interprete con el paso del tiempo como una derrota. Si se tienen en cuenta los objetivos máximos de los partidos radicales, es cierto, en España no se creó una república socialista autogestionaria. Pero tampoco en Francia después del 68, ni en Italia, ni en ningún sitio. No obstante, incluso en los partidos radicales, aunque tuvieran un horizonte de revolución socialista, en aquel momento su objetivo inmediato era el establecimiento de un sistema democrático que asegurara las libertades, aunque solo fuera para organizarse y poder actuar en mejores condiciones para alcanzar los objetivos máximos de su programa. Esta posición no fue novedosa, es la que había sostenido la oposición durante toda la dictadura franquista, donde se pedía un gobierno provisional para convocar unas elecciones constituyentes. En este caso, tanto para unos como para otros, las elecciones de 1977 fueron las determinantes para lo que se podía hacer y lo que no. 

Quedó un parlamento parecido al actual.

P. Y.: Uno en el que, o había acuerdos, o no había posibilidad de crear un nuevo marco normativo. 

C. M.: Una cosa es lo que ocurrió y otra la relectura de los acontecimientos pasado un tiempo: el desencanto. Buena parte de la militancia antifranquista tenía claro que el objetivo del momento era asentar la democracia, pero deseaban que los cambios fueran más significativos de lo que fueron. Sin embargo, la coyuntura de finales de los setenta no fue el mejor escenario para la obtención de derechos sociales. Para la Constitución sí, porque como ahora nos recuerda Pablo Iglesias, el texto da mucho de sí. Pero justo antes de los ochenta se encadenaron dos graves crisis económicas y desde los ochenta se impuso el neoliberalismo en Europa y en todo el mundo occidental. Ahí, el modelo de democracia participativa que demandaban muchos de los que se movilizaban no pudo salir adelante. 

P. Y.: El cambio político se produjo en un contexto de crisis económica que se tradujo en un aumento exponencial del paro después de quince años de crecimiento y pleno empleo. La percepción de mucha gente fue que la democracia no mejoraba sus condiciones de vida, frustrando las expectativas al respecto. La gente quería libertades, pero también desarrollo y se encontró con desempleo y un paro juvenil, que se convirtió en un fenómeno desarticulador. Cuando la extrema derecha empieza a decir eso de «con Franco vivíamos mejor» no lo dice en términos retóricos, lo dice en término sociales. 

La república era una aspiración que queda desarticulada por el primer resultado electoral. En porcentaje de votos había un empate más o menos, pero en escaños ganaron las fuerzas monárquicas. 

P. Y.: Las elecciones no se plantearon como un referéndum sobre monarquía o república. Además de la posición de UCD y AP, que sumaban la mayoría absoluta del Congreso, hay que tener en cuenta que las derechas nacionalistas subestatales no eran republicanas. El PNV y Convergencia no cuestionaban la forma de gobierno. En definitiva, en las Cortes elegidas había una amplia mayoría favorable a la democracia, pero no a la república. Según las encuestas, tampoco existía una mayoría republicana en la sociedad. 

¿Y la famosa encuesta a la que se refería Suárez con Victoria Prego?

P. Y.: Es una encuesta que nadie ha visto. El mejor biógrafo de Suárez, Francisco Fuentes, dijo que era más fiable hablando del futuro que del pasado. En esa intervención o se inventa lo que está diciendo o hace una composición a partir de retales. Pero, por todo lo que conocemos, se puede afirmar que es absolutamente imposible que las cancillerías europeas le presionaran para que sometiera a referéndum la forma de gobierno y que lo hicieran porque se lo había pedido Felipe González, como afirmó en dicha conversación. Todos los datos que tenemos indican es que la apuesta de todas las cancillerías europeas fue por Juan Carlos y por un proceso de democratización que asegurara la estabilidad política. Giscard o Helmut Schmidt se pronunciaron en esa dirección. Por otra parte, no tiene sentido la afirmación que la inclusión de una mención a la monarquía en la ley para la reforma política la legitimaba. La forma de gobierno se discutió después, cuando se elaboró la Constitución, y se votaron varias enmiendas a favor de la república como forma de gobierno de la naciente democracia española, incluida la del PSOE. Por otra parte, todas las encuestas que se conocen mostraban lo contrario de lo que dijo ahí Suárez. Es más, las tendencias iban en sentido contrario. Era muy importante la corriente que pensaba que el rey tenía que tener algún poder. Hay un artículo de Julián Marías en El País muy significativo, en el que se queja de que para que la izquierda aceptase la monarquía la estaban vaciando de toda función y dejándola como algo meramente testimonial o simbólico. 

Un florero.

P. Y.: Herrero de Miñón defiende en la ponencia constitucional que el rey tenga mayores poderes. Monarquía casi sin monarquía no le satisfacía, creía que lo que se necesitaba era un jefe de Estado con autoridad. Otros diputados y senadores compartían dicha posición. Pero las enmiendas en ese sentido fueron rechazadas en el debate constitucional.

Hablemos de la amnistía, que cuando se plantea en el parlamento es ya la tercera, había habido dos indultos pero ahora esos mismos indultados, elegidos diputados, quieren que la amnistía abarque todavía más.

C. M.: En contra de tantas cosas que se han dicho, la amnistía era una reivindicación del antifranquismo. Tenía un objetivo a corto plazo y otro de carácter general. El general es, si se quiere, simbólico. La amnistía supone demostrar que no es delito aquello por lo que tanta gente ha ido a la cárcel durante tanto tiempo. Por ejemplo, la amnistía laboral era importante para que muchos trabajadores reclamasen su readmisión en las empresas que les habían despedido por haber participado en huelgas. Y luego había un objetivo inmediato, que era acabar con la violencia de ETA. Presos condenados por delitos de sangre no habían podido acceder a los indultos anteriores y esa era la vía con la que se quería acabar con el terrorismo. Con todo lo que sabemos ahora sobre ETA, somos conscientes de que una facción había generado ya su propio mundo, pero eso no era patente en aquel momento. Las decisiones políticas se tomaron con los datos y los elementos que había en ese momento y con la amnistía se buscaba una legitimación de la democracia ante la población vasca. 

En un paper suyo la conclusión era que se pretendía establecer una página en blanco para que a las siguientes generaciones nadie pudiese enmendarles la democracia. 

P. Y.: En el debate parlamentario de la ley de amnistía se expresa muy claramente esa idea. Vamos a acabar con la serie de guerras civiles que ha vivido la sociedad española, incluida la última, la del 36, y empecemos de cero. Aunque tampoco es exactamente así, puestos a buscar matices, no hay que olvidar que los grupos de ultraderecha se quedaron fuera de la amnistía. Se hizo un auténtico encaje de bolillos para sacar a todos los miembros de ETA. La amnistía se aplicaba hasta las elecciones del 77 siempre que las acciones que habían comportado las condenas hubiesen sido para lograr el restablecimiento de las libertades públicas o de la autonomía de los pueblos de España. Es decir, dejaron fuera al terrorismo de extrema derecha, que siguió en la cárcel, pero es que no era aceptable que saliera gente como los autores de la matanza de Atocha. 

La parte que se incluyó relativa a las fuerzas de seguridad del Estado, por la que ahora muchos discursos consideran que el régimen se indultó a sí mismo, en su momento nadie le dio importancia. Incluso los comunistas publicaron en Mundo Obrero que esa era un apartado redundante porque ya se sobreentendía que la amnistía era para todos. Así lo reivindicaba, de hecho, el PNV, que pedía literalmente «perdón de todos para todos». 

P. Y.: Inicialmente, la ley de amnistía no la quería ningún grupo de derecha, ni siquiera UCD, que consideraba que con los indultos del mes de marzo habían cerrado el tema. AP no la apoyó.

C. M.: Pero una amnistía como tal era importante para la izquierda porque servía para deslegitimar el franquismo. 

Ahora mismo es más norma que excepción pensar que los franquistas hicieron la amnistía para ellos. ¿Por qué?

C. M.: A finales del siglo XX y sobre todo en el siglo XXI toma fuerza la justicia transicional, sobre todo con Chile, Argentina… es un cambio de cultura política fundamental. Desde los noventa, toma relieve la figura de la víctima. En ese marco, hay nuevas lecturas de la historia en cada país. En España, apareció con fuerza la reivindicación de lo que se denominó la memoria histórica, una expresión poco ajustada, es mejor memoria democrática. Hasta entonces, no se habían hecho políticas públicas sobre esta cuestión. Los socialistas pusieron su mirada en la modernización, en el cambio social, pero no se actuó en el plano simbólico respecto al pasado dictatorial. En el año 86, la declaración del gobierno por el cincuenta aniversario de la guerra no podía ser más insulsa. No se quiso volver la vista atrás por diferentes causas. 

A finales de los noventa, ya no fue así. Apareció esta reivindicación y coincidió con los precedentes de América Latina contra los aparatos represores del Estado. Ahí, el símil era muy fácil con el caso español. También había torturadores, etc., pero hay que tener presente que la mirada de la oposición en los setenta estaba fijada en el futuro, no en el pasado. En 1956, en su Declaración de Reconciliación Nacional, el PCE habla de agrupar las fuerzas de todos los que estén dispuestos a luchar por la democracia olvidando en qué lado estaban en la guerra civil. Ocurría también que muchos jóvenes que se incorporaban a las filas comunistas y de la oposición en general procedían de familias franquistas. El PCE afirmaba que, echando la vista atrás, ellos eran los que más víctimas tendrían que reivindicar, pero que había que mirar hacia delante. 

Esa declaración del PCE tiene una frase significativa. El mejor homenaje que se puede hacer a los que han muerto por la libertad en España es que haya libertad en España. 

P. Y.: Por eso en el 77 dijeron lo de la redundancia, subrayando que cuando se referían a amnistía era para todo el mundo. Es más, hay algo que se ignora hoy desde cierta sobrecarga ideológica y escasos conocimientos, que es que en la retaguardia republicana durante la guerra también hubo mucha violencia. Una violencia mayoritariamente impune. 

C. M.: El franquismo organizó la Causa General…

P. Y.: Sí, pero la mayor parte de las acciones de violencia en la retaguardia republicana no fueron juzgadas por los tribunales franquistas aunque condenaran a todos los opositores y resistentes que atraparon. Se les acusaba de haber participado en la guerra, de «rebelión» etc., pero no necesariamente de haber matado a alguien en concreto. 

Por otra parte, hay que tener en cuenta la mirada del antifranquismo de los setenta hacia los años treinta, hacia la guerra civil. En el PSOE hubo una ruptura generacional. Cuando el PSOE conmemoró sus cien años, fue con atención a la figura de Pablo Iglesias, no se quiso situar la memoria del partido en la república y la guerra. 

Por su parte, el PCE tenía jóvenes dirigiendo el partido, pero también muchos veteranos y la memoria pesaba mucho. Durante la transición se pidió sin descanso desde determinados sectores derechistas que a Carrillo se le juzgase por Paracuellos y a Federica Montseny por los crímenes anarquistas. Al mismo tiempo, la extrema derecha denunció constantemente la «violencia roja» durante la guerra civil. Por todo ello, eso de que hubo silencio en este periodo sobre el pasado es otro mito, porque no lo hubo. Por eso, pasar la página venía de esa situación y el concepto de justicia transicional todavía no existía. Este concepto no estuvo presente en el final de ninguna dictadura de los setenta, aunque hubiera algún proceso o depuración, pero no era bajo esa teoría y, ni mucho menos, tan exhaustivo. 

Al elaborar la Constitución, ¿qué era la mayoría mecánica?

P. Y.: La que se forma entre UCD y AP cuando el anteproyecto es revisado por la ponencia después de la presentación de enmiendas y que comportó que se modificara el texto en sentido conservador.  Sin embargo, cuando esa mayoría puso en crisis acuerdos esenciales, el PSOE abandonó la ponencia. Entonces, ahí, en UCD se encendieron las alarmas ante el peligro de que la Constitución fuera aprobada por una mayoría parlamentaria, pero con apoyos políticos y sociales insuficientes. Pronto se vio que esa vía no funcionaba. Una cosa era colar artículos y otra cosa poner en peligro todo el proyecto. Entonces UCD tuvo que desandar lo andado con la «mayoría mecánica», volver a reunirse con el PSOE, todas aquellas cenas, encabezadas por Abril Martorell y Alfonso Guerra, y recomponer acuerdos que luego se ampliaron a los demás grupos, excepto AP que los rechaza. 

Ese es un punto clave. A partir de ahí, para redactar la Constitución se decidió que hubiera consenso y, si no era posible, que fuera un consenso que dejase fuera a AP. 

C. M.: Una parte significativa de UCD, pero particularmente Adolfo Suárez, a esas alturas y viendo los resultados electorales, opta por lo que se llaman políticas de consenso. Medidas con un amplio consentimiento en el conjunto de las fuerzas políticas. En la fase de configuración de la democracia y dados los grandes problemas que hay en el país, se habían aprobado los Pactos de la Moncloa. Suárez está convencido de que son necesarias políticas de estabilidad que necesitaban forzosamente el apoyo de la izquierda. Evidentemente, la izquierda exigía que se aceptaran algunas de sus reivindicaciones.

En ese escenario, AP era una pieza suelta. Era la cuarta fuerza parlamentaria, pero todavía se estaba produciendo una discusión interna muy importante en su seno después del fracaso en las elecciones. Los resultados electorales les habían sorprendido y mostrado que el país era muy distinto a lo que ellos pensaban. A partir de ese momento, la opción de Fraga era que no podían quedarse marginados, que tenían que participar, pero no todos entre los Siete Magníficos estaban de acuerdo. 

P. Y.: Vamos a colaborar en la elaboración de una Constitución que no queremos, fue la decisión tomada. 

C. M.: Se dio la paradoja de que muchos personajes de AP, como Fernández de la Mora, según iban aprobando artículos de la Constitución, ellos se iban manifestando en contra. Cuando se vota la Constitución en las Cortes solo lo hacen afirmativamente la mitad de los diputados de AP, el resto se abstiene o vota en contra. En la Junta Nacional de AP la votación quedó casi empatada, y eso que Fraga se esforzó en convencerles de que no podían quedar fuera del nuevo escenario político. 

P. Y.: UCD se sigue presentando hoy como los herederos del franquismo y eso facilita la confusión. Desde la formación de la coalición convertida después en partido, hubo gente que venía de la dictadura, como Suárez, pero también pequeños grupos liberales, democratacristianos y socialdemócratas no marxistas, que eran pocos pero que tenían personajes políticos de gran relevancia, como Fernández Ordóñez, Álvarez de Miranda, que venía del Contubernio de Munich, es decir con antecedentes y actitudes inequívocamente democráticas. De hecho, muchos amigos de Suárez se habían quedado fuera de UCD porque se consideró que estaban demasiado vinculados a la dictadura y que su tiempo político había pasado, pese a que algunos eran relativamente jóvenes. 

Todo ello lleva a que el acuerdo de UCD con AP sea imposible, tanto para la Constitución, como en los años siguientes. Fraga se pasó años pidiendo constantemente un acuerdo porque veía que incluso después del 79 tenían suficientes diputados para una mayoría conservadora y UCD no acepta, incluso con tensiones internas que luego les llevarían a la ruptura. Llegó un momento en que los únicos interlocutores válidos para UCD estaban a su izquierda, así que tanto para los Pactos de la Moncloa, que AP no firmo los de carácter político, como para la Constitución, UCD tuvo que ponerse de acuerdo con la izquierda. 

Presiones a la hora de redactar la Constitución. La Casa Real, la primera, ya mencionada. Su duda inquietante, transmitida por Sabino Fernández Campo, de que les iban a dejar de florero. Dos, las Fuerzas Armadas. La introducción de la indisolubilidad de España como Estado, algo que en realidad solo se hace para poder meter lo importante, que eran las nacionalidades. Tres, la Iglesia. Y cuatro, la patronal, que denuncia que la Constitución española de 1978 consagra el intervencionismo… 

 P. Y.: Hay artículos de la Constitución que permiten una economía socializada. La parte económica de la Constitución permite un modelo más liberal tanto como un modelo más estatal o socializante, depende todo de las mayorías que existan. No hace falta cambiar la Constitución para nacionalizar o socializar, tampoco para tomar medidas neoliberales, aunque en este caso sí que hay límites. Por ejemplo, no se pueden privatizar las pensiones, como se hizo en Chile. Los empresarios quisieron consagrar la economía de mercado y les quedó una puerta abierta a medidas socializantes, eso les dejó muy insatisfechos y Fraga se quejó de que la Constitución permitía sovietizar la economía española. Sin embargo, la virtud con la que fue presentada la Constitución era que ahí cabían actuaciones de derecha y de izquierda según lo que votasen los españoles. 

C. M.: La Iglesia, como es lógico, quiso un mayor papel. Los democratacristiano de la UCD querían que la Iglesia lo tuviera. Pero hubo negociaciones paralelas. Se negoció la cuestión de los centros educativos, que para la Iglesia era muy importante. Aparte, la Iglesia de aquel momento era consciente de los cambios sociales que se habían producido y no tuvieron una actitud beligerante como la que pudieron tener tiempo después. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que el PNV en aquel momento se definía fundamentalmente como democratacristiano, al igual que Pujol. Por eso no hubo ningún problema para introducir en la Constitución una referencia explícita a la Iglesia católica.

P. Y.: Lo más duro fue lo de la enseñanza. El acuerdo al que se llegó fue suficiente para la izquierda y UCD, pero no para AP, que quería asegurar que la financiación de los centros privados no estuviera sujeta a control público, como establece la Constitución. No obstante, para la Constitución, la Iglesia, excepto los sectores más conservadores, no dio la batalla que dio después con otras leyes, como la primera de educación socialista. 

C. M.: Nos quedan los militares. Tenían el poder de las armas, que es mucho, pero no tenían una posición política relevante, por lo que en todo este proceso estaban completamente desubicados. Hubo varios intentos de golpe de Estado, como la Operación Galaxia, etc. En los cuarteles se estaba en contra de la Constitución porque afectaba a una línea roja infranqueable, la unidad de España y la aceptación de las autonomías. La influencia militar se percibe en el artículo segundo que hace referencia a la unidad indisoluble del Estado, pero era absurdo, porque la unidad ya estaba consagrada al señalar que la soberanía reside en el pueblo español. Sin embargo, se introdujo la redundancia para facilitar la referencia a las nacionalidades. Esto no convenció a los militares y todas sus conspiraciones golpistas, hasta la del 23F, tuvieron como objetivo acabar con lo que significaba la Constitución. 

P. Y.: La redacción del artículo segundo, tan retórica, fue utilizada como una fórmula de tranquilizar a los militares, que no querían ni ver la palabra nacionalidades. Hay que tener en cuenta quién influenciaba a los militares. En los cuarteles se leía la revista de Fuerza Nueva y esas cosas. También hubo parte de UCD que estuvo en contra del concepto nacionalidades, pero todo eso entró en los mínimos de acuerdo con la izquierda. Ese es el motivo por el que se añadieron partes redundantes que no aportan nada, aunque en la actualidad se hayan usado como prueba de que el Ejército tomó parte en la redacción de la Constitución. AP rechazó frontalmente el artículo 2.

El derecho de autodeterminación, entendido desde el punto de vista nacionalista primordialista, como en la actualidad, tampoco lo defendía nadie, ni siquiera el PNV o los partidos catalanes. 

P. Y.: Lo cual no impidió que fuera objeto de debate, que se votase y que el resultado lo rechazase muy mayoritariamente. 

C. M.: Se discutió todo.

P. Y.: Otro tópico es que se vetaron temas, pero se discutió todo y se resolvió con las votaciones de las fuerzas presentes. Francisco Letamendia, diputado entonces de Euskadiko Ezkerra, que después se fue a Batasuna, defendió una enmienda con un derecho de autodeterminación que, por otra parte, era muy exigente, establecía que para aprobarse una propuesta de separación era necesario el voto favorable de la mayoría absoluta del censo electoral de cada circunscripción. No de los votantes, sino del censo. Convergencia votó en contra, dijeron que ellos no estaban por eso. El PNV se abstuvo porque su sector más abertzale exigía según qué poses. Y el artículo de que la soberanía residía en el pueblo español no lo discutió casi nadie, sin embargo, era y es el que consagra la unidad. 

¿Qué continuidad hubo entre la Constitución de 1931 y la de 1978? ¿De qué manera los del 78 estaban releyendo y continuando la del 31?

C. M.: Sobre la débil nacionalización española, el fracaso del Estado español, etcétera, hay numerosos estudios. Existe un acuerdo amplio en que ya durante la República quedó asentado que la diversidad de España y sus culturas implicaba que la democracia debía contemplarla autonomía política. Como experiencia, es posible remontarse incluso al Sexenio Democrático. Durante el franquismo, el binomio democracia-autonomía se reforzó entre otras cosas porque el discurso nacionalista de la dictadura era excluyente, y porque el antifranquismo catalán era, en términos relativos, fuerte, y jugó un papel destacado en el impulso a la acción unitaria en otras zonas de España. Además, evidentemente, los ponentes constitucionales tuvieron muy presente la Constitución del 31, tanto en lo que convenía conservar como y, sobre todo, lo que había que evitar de todas, todas. Hasta la UCD era muy consciente de que no se podía prescindir de las autonomías en la Constitución.

P. Y.: Hay que tener en cuenta que mientras se elabora la Constitución se están creando instituciones preautonómicas. Hay algunos casos todavía indefinidos, pero hay creadas juntas en Valencia, Andalucía, Murcia… Excepto la cuestión de Madrid, que quedó para el final y las Castillas, que no estaba claro cómo se iban a configurar, lo demás ya estaba definiéndose. Que el franquismo fuera una dictadura centralista en su máximo grado incrementó más que la democracia fuera acompañada de autonomías. No solo el País Vasco y Cataluña la reclamaban, también, reitero, Andalucía, Murcia, Valencia… aunque fuera en grados distintos. Esto prefiguraba que el sistema democrático comportaría que se estableciera una fórmula de ese estilo, aunque nadie tuviera pensado que saliese el modelo que salió. También hay que tener en cuenta que socialistas y comunistas defendían un modelo federal, con lo cual, la izquierda era tendente a un lenguaje que convergió con sectores nacionalistas y regionalistas. Al mismo tiempo, la Constitución volvía a dejar un modelo abierto. Los ponentes, según sus testimonios, tenían pensado un modelo autonómico fuerte para Cataluña, País Vasco y Galicia, y un modelo más cercano a la descentralización administrativa para el resto. Esas dos vías no impedían que si alguna de las comunidades quería alcanzar la máxima autonomía, tenía abierta la puerta. El marco competencial se fue desarrollando como lo conocemos hoy, pero la Constitución permitía distintas fórmulas. No había nada prefigurado. De hecho, las últimas transferencias de competencias se producen tras un pacto entre PP y PSOE en los noventa que deriva del marco constitucional, pero no del proceso constituyente. 

C. M.: También es muy propio de la cultura española el no aparecer como menos que nadie. En Andalucía eso fue muy importante o en el estatuto valenciano de 2008, donde se puso que lo que tuvieran los demás, también lo tendrían ellos. Forma parte de la cultura política, o quizás de la cultura a secas.

Un momento clave de todo este proceso que trae una democracia plena a España. ¿Se debió al impulso que supuso que Suárez, tras las primeras elecciones, no le debiera legitimidad al dedazo del rey y sí al sufragio universal? ¿No tuvo esto que ver con las tramas conspirativas de golpe de Estado de segunda mitad de los setenta, esas de «hemos perdido el control, hay que hacer algo»?

C. M.: Las distancias entre Juan Carlos y Suárez fueron de otra naturaleza. Hubo quienes insistían ante el rey en que Suárez le había dejado sin papel, que se establecía una monarquía sin prerrogativas, pero en realidad Suárez había logrado constitucionalizar la monarquía, que era lo importante, aunque indudablemente Juan Carlos hubiera preferido tener un mayor papel. Una cosa era no tener los poderes de Franco, que los tenía todos, y otra un papel simbólico, con muy poco espacio, como le había dejado la Constitución. Ahora bien, entre Suárez y Juan Carlos hubo un proceso de distanciamiento desde las elecciones de marzo del 79, cuando desde dentro de UCD se presiona por cerrar la etapa de consenso con la izquierda e ir a políticas de un marchamo mucho más conservador. Suárez, tal vez por su pasado falangista, estaba convencido de que no lideraba una fuerza de derechas, sino realmente de centro. Por tanto muy transversal, y no podía aceptar el programa que trataba de imponerle la CEOE, que presionaba para que llegaran a acuerdos de una vez con AP. 

Adolfo Suárez y sus apoyos más importantes dentro del partido no querían confundirse con AP y eran contrarios a esa alianza. Desde los sectores más conservadores se desarrolló una dura campaña contra Suárez. A Juan Carlos le decían que la situación era de catastrófica e insostenible y que Suárez debía abandonar la presidencia del gobierno. Por otra parte, Suárez perdió el control del partido, como se vio en el congreso de Mallorca, y en sus conversaciones con Juan Carlos percibe claramente que ya no tiene su apoyo. Eso le decide finalmente a dimitir, probablemente para detener una posible moción de censura. Hay que tener en cuenta que, desde las elecciones de 1977, hay conciliábulos en sectores muy conservadores para reconducir una situación que consideran cada vez más negativa.

P. Y.: Lo que sí es cierto es que Suárez ganando elecciones reforzó su posición y empezó a actuar como un gobierno de democracia parlamentaria, no tenía por qué consultar al rey. Hay una relación entre Suárez y Juan Carlos antes de las elecciones y luego otra. Antes, la dependencia del presidente del rey era absoluta, luego ya no. 

¿Entre algunas conspiraciones militares estaban las encaminadas a devolverle poderes al rey?

P. Y.: No, la cuestión no era devolver poderes al rey sino, en los más radicales, acabar con la democracia, y en otros adoptar políticas nítidamente conservadoras y recentralizadoras, incluyendo si era preciso la reforma de la Constitución.

La posición de Armada se situaría en esa segunda opción, en el golpe de timón. Armada fue un liante, habló con mucha gente, a cada cual le dijo lo que quería oír y si obtuvo apoyos fue por lo que dijo, no por lo que quería hacer. Era un personaje que se aprovechó de que todo el mundo le veía como alguien muy cercano al rey. Habló con el alcalde de Lleida y le dijo cuatro vaguedades sobre lo mal que estaba la situación y luego con Milans del Bosch ya habla de otras cosas. Vendía que la situación era muy mala, había violencia terrorista, y hacía falta un gobierno de autoridad con apoyos parlamentarios amplios y que efectuara cambios a los cambios ya hechos. Pero posiblemente Armada era consciente de que no podía volver, por ejemplo, al proyecto de Fraga del 76, que ya era una involución excesiva. Se podía minimizar el papel del parlamento en la línea gaullista, meter al Ejército en el País Vasco si la situación no se controlaba, etc. Pero luego se demostró que Armada no tenía los apoyos de los que presumía. Cuando dimitió Suárez, habría bastado con designarlo a él candidato a la presidencia del gobierno en lugar de a Calvo Sotelo. En el golpe de estado del 81, cuando Armada llega con su plan al Congreso, Tejero lo rechaza porque lo que quería era una junta militar. Y Milans ahí estaba a medias. Pero es muy relevante que todos los capitanes generales dudaran, que su actitud inmediata no fuera la de defender la legalidad. Fue la de ver qué hacía el otro, hablar con la Zarzuela… Lo dijo claramente Quintana Lacaci, el capitán general de la Primera Región Militar: yo obedezco al rey porque me lo ha ordenado Franco, el rey me ordenó parar el golpe y lo paré, si me hubiera ordenado asaltar el Congreso, lo asalto.


Neurosis playeras

Foto: Cordon.

Mira que habrá cosas en las que fijarse de Adolfo Suárez, de su biografía y su trayectoria, pero a mí solo me interesa una. Escribió sobre ella Gregorio Morán en su libro Adolfo Suárez, ambición y destino

Contaba que, en su época de secretario en los cursillos de Administración Local, en Peñíscola, entre 1961 y 1964, se encontró con la primera mujer que se puso un bikini en aquellas playas. Morán sostiene que tanto Suárez como su adjunto y amigo Juan Gómez Arjona, excompañero del Colegio Mayor Francisco Franco, recordaban «como hecho más sublime de su trabajo intelectual en Peñíscola haber logrado convertir al catolicismo a la primera mujer con bikini que apareció en aquellas playas».  

Comprobadas otras seis biografías de Suárez, de autores tan dispares tanto en ideología como en profesionalidad como José García Abad y Pío Moa, no aparece ni rastro de ese suceso. Solo lo menciona el periodista César Coca en el obituario que escribió del expresidente en El Correo, aunque da detalles de cómo se produjo la situación y menciona que hubo testigos: 

Durante tres años, hace de secretario de unos cursos de Administración local que se imparten cada verano en Peñíscola. Quienes necesitaban aún una prueba del poder de convicción del joven abulense la encuentran allí, a la sombra del castillo del Papa Luna. Un día Suárez camina por el paseo de la playa cuando ve, a pocos metros, a una muchacha extranjera que toma el sol en bikini. Ni corto ni perezoso, se dirige a ella y comienza a hablarle. Ninguno de los testigos del hecho alcanza a oír nada de la conversación, pero un rato después ven cómo la chica se cubre y en un castellano muy primario anuncia su intención… de convertirse al catolicismo.

Para Morán, ese momento, que define como un gesto «imperial e hispanísimo», fue el inicio de su vinculación con el Opus Dei. Igual que Coca, que explicó que era imposible «encontrar mejor aval» para unirse a la Obra que ese. Sí que debía tener Suárez alguna motivación caballeresca, puesto que en Ávila, cuando era secretario del gobernador, en el discurso de inauguración de la agrupación «De jóvenes a jóvenes» que había creado, un piadoso lugar de encuentro para chavales, proclamó: «Acción Católica nos ofrece, amigos, la oportunidad de demostrar a Cristo que aún no se ha extinguido la raza bravía que en otros tiempos conquistó mundos para Dios», tal y como recogió la prensa local, según el biógrafo. Por lo menos él sí se imaginaba a sí mismo con la cruz y la espada. 

Es bastante curioso, pertenezca este suceso a la realidad, la ficción o la exageración, que la llegada de turistas en bikini se aprovechase para anotarse el tanto de algo tan contrarreformista como la conversión de una protestante al catolicismo, aunque no haya forma de saber tampoco, en el caso de que sea cierta la anécdota, si la turista se estaba riendo en su cara o, sencillamente, se encontraba en avanzado estado de ebriedad. 

Porque el bikini causó estragos en España. Una reciente película homónima de Óscar Bernàcer relató el viaje en moto que hizo Pedro Zaragoza Orts, alcalde de Benidorm, hasta Madrid para ver a Franco y pedirle que hiciera la vista gorda con el atuendo de las turistas. El arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea Loizaga, y numerosos prebostes del régimen, como Gabriel Arias-Salgado, padre del que fuera ministro del PP en los noventa, habían intentado que se le excomulgara por lo que ocurría en sus playas, pero se salió con la suya por el bien del turismo, o sea, de las divisas. Logró que la policía mirase hacia otro lado. Antes de eso, unos vigilantes vestidos de los tobillos al cuello se paseaban por las playas inspeccionando a los veraneantes y advirtiéndoles en el caso de que estuvieran exponiendo al sol más cuerpo del que la legislación española y las buenas costumbres propias de nuestro pueblo permitían. 

Al final pudo llevarse este traje de baño en Benidorm, pero solamente en las playas. Un metro fuera ya no. Según contó el inglés Charles Wilson en su libro Benidorm, the Truth a las que se iban a tomar algo a los chiringuitos cercanos las multaba la Guardia Civil. Y eso era un oasis, al propio autor del libro y unos amigos les apedrearon en Asturias porque una amiga que iba en el grupo vestía pantalones. En ese mismo libro se cuenta que una turista fue multada duramente por darle una bofetada al guardia civil que la amonestó por llevar bikini en un bar. Imaginemos por un momento a esos servidores de Dios y el Estado más entrados en años a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Después de haber luchado encarnizadamente contra un enemigo que el Vaticano había señalado como el demonio dando rango de cruzada a su lucha, después de haber muerto por esa causa y asesinado a sangre fría a señalados por un comentario herético o anticlerical en un bar, se encontraron años más tarde con que el país veía la llegada a sus idílicos pueblitos costeros de cientos de mujeres semidesnudas, muchas incluso fumando. Piensen en los cortocircuitos que tuvo que haber en aquellas mentes.  

En 1958, la Dirección General de Seguridad prohibía expresamente que las mujeres vistiesen bañadores «dos piezas», debían llevar pecho y espalda cubiertos y usar faldita. Y solo dentro del agua, porque el bañador «tiene su empleo adecuado dentro de ella y no puede consentirse más allá de su verdadero destino», pero nada pudo hacerse. La prenda se generalizó en los lugares turísticos. 

En el resto, el escándalo llegó por Zaragoza. La España del interior seguía siendo eterna todavía. Ocurrió en la piscina Estadio Miralbueno El Olivar en el verano de 1970. El encargado de las instalaciones expulsó a una chica en bikini y el resto se revolucionó. Se trataba de una piscina propiedad de una organización de carácter conservador que velaba por el alma de sus socios segregando por sexo a los bañistas. Como protesta, cincuenta mujeres llevaron a cabo una acción coordinada. Cuando el encargado quiso expulsar a la que se había puesto en bikini, que era un señuelo, se quitaron todas la blusa a la vez y, sorpresa, también llevaban el satánico dos piezas. El hombre, desbordado, llamó a la policía. Cuando llegaron los agentes, otras mujeres se habían unido improvisadamente a la protesta recortando como pudieron sus bañadores allí mismo. El conflicto se resolvió autorizando en el acto el uso del bikini. Dijo al respecto la revista Triunfo: «Al Estado siempre le agrada comprobar que existen criterios más reaccionarios que los suyos». 

Algo antes, en 1966, ya pudimos dar el puritanismo por oficialmente vencido cuando José Luis Acquaroni escribía en ABC que, tras Hiroshima y Nagasaki, no podíamos culpar al ser humano por empezar una nueva etapa de la historia despojándose de todo lo que le había conducido a los episodios tan escalofriantes de la II Guerra Mundial, incluida la ropa. Textualmente, concluyó: «Era lógico y saludable que, como ciertos animales, al entrar en un nuevo periodo, en una nueva era, el hombre se despojara de las viejas, incómodas, inservibles, endurecidas escamas». Y ponía especial atención al atuendo de Chamberlain en Múnich cuando trató de evitar la guerra «de levita, cuello de pajarita, bombín, apoyándose en la fragilidad de un paraguas, todo él ennegrecido como un cuervo». La etiqueta no le salvó de Hitler, daba a entender. 

Pero lo que ocurría en España hasta ese momento no era un fenómeno autóctono. En términos igual de ridículos había ocurrido en todas partes, prácticamente; el problema era que cincuenta años antes. Sonado fue en Boston el incidente de Annette Kellerman. Esta australiana, nadadora profesional —a ella se le atribuye la invención de la natación sincronizada—, acudió de gira a Estados Unidos y se encontró con la siguiente imagen en las playas de Boston, tal y como escribió en My Story, una autobiografía que no se publicó pero que aparece recogida en fragmentos en The Original Million Dollar Mermaid, de Emily Gibson y Barbara Firth:

¿Cómo podían estas mujeres nadar con zapatos, medias, pololos, faldas y vestido de marinero con las mangas hinchadas y en algunos casos con corsés bien ajustados? Y ni siquiera fuimos realmente a nadar. Todas caminamos un poco por la orilla, entramos y salimos del agua. Las que se quedaron estaban tan sumamente cargadas que no mostraban ninguna alegría al nadar. 

Annette se puso su bañador de una sola pieza nunca visto hasta entonces por esos lares, un maillot que dejaba sus brazos y piernas al descubierto. Cuando se acercó al agua, se empezó a escuchar entre los presentes «Oooh, aaah», incluso gritos de terror. Inmediatamente apareció un policía y le preguntó que adónde iba así vestida. Ella contestó que a nadar tres millas. «No puede», replicó el agente. «¿Y cómo voy a nadar tres millas con un vestido?», contestó ella. La discusión continuó en comisaría y luego en el juzgado. Allí Kellerman expuso que las mujeres que se metían en el agua vestidas del tobillo al cuello tenían más posibilidades de ahogarse que de aprender a nadar. El magistrado permitió que llevase el traje de baño a condición de que lo cubriera fuera del agua con una bata. Era 1907 y, casualmente, ahí en Massachusetts se estableció la citada legislación que publicó la Dirección General de Seguridad en España en 1958.

El siguiente episodio conflictivo en las playas fue el topless. En España la figura de escándalo público que debiera perseguirlo no se eliminó definitivamente del Código Penal hasta 1989. Hasta entonces, las autoridades no se encontraron más que con guardias civiles haciéndoles llegar sus dudas. La ley prohibía un desnudo completo, pero ¿un desnudo casi completo?, ¿qué era eso? Hubo hasta insignes políticos socialistas que hicieron ver que a ellos no les gustaba esa nueva bárbara costumbre, como el alcalde de Barbate, Serafín Núñez

En cuanto al nudismo, hasta 1978 no se permitieron las primeras áreas restringidas, pero en 1980 te seguías encontrando noticias como esta en El País sobre un suceso ocurrido en la isla de Ons, Pontevedra: «Varios vecinos que se hallaban en la zona oyeron los gritos de auxilio y bajaron corriendo a la playa, encontrándose con el espectáculo de los paisanos que apaleaban durísimamente al nudista, ante su mujer y sus hijos, con cinturones y el palo de una sombrilla, causándole grandes heridas». Los juicios y los altercados se prolongaron durante toda la década. 

Y poco más se avanzó por la vía del destape. Los nudistas siguen en lugares restringidos, como mucho en algunas playas mixtas, y el topless, al ponerse de moda durante los ochenta, estuvo circunscrito a los vaivenes de la posmodernidad. En Italia, por ejemplo, cuando empezaron a relajarse las leyes que lo prohibían, lo que empezaron a venderse fueron bañadores de una pieza. Hasta agotarse. Lo chic pasó a ser el retroceso. Ahora es un hecho que el topless se empieza a percibir cada vez más como una cuestión generacional. Es más frecuente en mujeres de cierta edad. 

Sin embargo, presentarse ahora en la playa, con plena libertad para llevar el bañador que se quiera o el pecho descubierto, es mucho más problemático, estresante. La mera existencia de la «operación bikini» —ponerse a adelgazar un par de meses antes de que llegue el verano— lo constata. El feminismo denuncia que los estrictos y a menudo inhumanos cánones estéticos que se difunden en los medios acaban ejerciendo una función represora sobre el cuerpo de la mujer que poco le queda para envidiar a las de antaño.

De hecho, no solo existe pudor sobre el propio cuerpo, también sobre el aspecto de las calles que dan al mar. Cada vez abundan más las normativas que impiden ir por ellas sin camiseta. En Barcelona, hay dresscode. Sirve, titulan «para fomentar y garantizar la convivencia ciudadana en el espacio público». Y dice así: «Queda prohibido transitar o permanecer en los espacios públicos solo en bañador u otra prenda de ropa similar». En el verano de 1970, en la playa de Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria, alguien, turbado por la llegada de turistas ligeros de ropa, escribió una famosa pintada integrista, según recogió el Celtiberia Show de Luis Carandell: «Destruiré la vida si no se pone más honestidad en el vestir». Ahora es una ordenanza del excelentísimo Ajuntament de Barcelona. Afortunadamente, no amenaza con la muerte. Solo sanciona con una multa a los que tienen la osadía de, en una ciudad bonita, ir desaliñados. Pero para 2050 a ver si nos impiden poner un pie en el paseo de Gracia sin una mínima rinoplastia.

Además, últimamente en las playas se desata otra batalla, en España solo mediática, contra los burkinis —los trajes de baño diseñados para musulmanas que cubren prácticamente todo su cuerpo—. Para este fenómeno no teníamos preparados argumentos. ¿Cómo diferenciar en una normativa cuándo una mujer se pone esa prenda religiosa porque lo considera oportuno libremente y cuándo la están obligando y diferenciarla de otras prendas? Ahora los cortocircuitados somos nosotros, no la Guardia Civil con bigotazo y mueca de asco. 

Recuerdo, de niño, ver a un señor en la playa con una enfermedad importante en la piel. Le pregunté a mi padre que por qué había venido ese hombre en ese estado. Eran los locos ochenta y me contestó que a bañarse tenía derecho a ir todo el mundo estuviese como estuviese y que, era curioso, en ese aspecto la playa era un lugar que nos igualaba a todos, por eso a nosotros nos gustaba tanto. Nunca se me olvidarán estas palabras y no solo por lo sabias, sino por haber podido comprobar desde entonces cómo nos resistimos, cómo nos aferramos a lo que sea para que esto no sea así. 


El cuponazo, más allá del mito

Fotografía: DP.

El asunto de la creatividad en el eslogan da lugar a variadas, hilarantes y también falaces aristas en la vida política. Resume también a la perfección la crisis de verosimilitud política. Pero la gente encripta los mensajes-eslogan sin preocuparse de indagar la verdad, por lo que pretender desmontar prejuicios es prácticamente imposible. La propaganda es una de las armas más modernas. Su innegable malicia narrativa puede hacer zozobrar cualquier intento de explicación, pero esta siempre debe encontrar su lugar entre la ciudadanía responsable.

Los medios de comunicación han servido de caja de resonancia a la idea del cuponazo para referirse al concierto económico vasco, etiqueta que ha pasado a la jerga común con facilidad nada sorprendente. En este caso, el denominado cuponazo obedece más al arte de la elipsis informativa que a la metáfora, pues capta la realidad a través de una sensibilidad muy susceptible y ofrece un juicio de valor en bruto subjetivo. No obstante, la propaganda irreverente e irónica, a la vez que lúcida y escéptica, es uno de los grandes revulsivos políticos de nuestro tiempo. Como sostiene Zygmunt Bauman, el reemplazo de las rígidas ortodoxias por la heterodoxia y el relativismo es habitual. Pero la atmósfera de tolerancia se tambalea cuando están en jaque postulados partidistas interesados en demasía.

La tarea de la propaganda consiste en interesar a las masas sobre acontecimientos concretos y ganar su cooperación. Y para maximizar sus efectos debe omitir, distorsionar y desviar la atención. Por eso atacar con una etiqueta descalificadora es una fórmula habitual. El sarcasmo y la ridiculización son parte del ritual. Para mayor confusión, los conceptos políticos desplazan el sentido de la realidad histórico-política. Y esto genera reacciones simbólicas muy contradictorias. Entre ellas, la vedettizacion del «estado-espectáculo». Pero decidir una estrategia supone una elección de valores. Y ninguna estrategia está exenta de costes. No es baladí recordar, por tanto, que el sentido común debe primar en un dirigente.

Un eslogan sonoro

Memoria, realidad y deseo a veces se confunden. En torno al 20 de noviembre de 2017, la mayoría de la prensa publicaba que en el Congreso de los Diputados se acusaba al Gobierno de «pasar por encima de la igualdad» y haber entrado «en un cuarto oscuro» para pactar con el PNV. Convendría partir de datos fehacientes y situar el tema sobre supuestos histórico-políticos reales.

De entrada, el marco histórico que vincula el acuerdo residual no debiera obviarse. La abolición de los fueros vino de la aprobación de la Ley de 25 de octubre de 1839 (General Espartero), tras la victoria conseguida en la primera guerra carlista. En el artículo 1 de aquella ley, se decidía la vigencia de los fueros de las Provincias Vascongadas y de Navarra «sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía». Esa coletilla supuso el declive de los fueros, que tuvo su primera plasmación en la llamada Ley Paccionada de 1841 por la que Navarra perdió su condición de «Reyno», pasando a ser una provincia más aunque con un Estatuto especial, que dio origen a su Convenio Económico. 

El concierto —recordémoslo— es una institución singular y diferenciadora de la autonomía vasca y la «clave de bóveda» sobre la que se asienta la misma. Una institución que posibilita definir las capacidades tributarias y financieras del País Vasco, en una relación bilateral con el Estado español, a diferencia de la que establecen las quince comunidades autónomas no forales, que es multilateral.

Ese decisivo «pacto», en lo que se refiere al primer concierto, tras la aprobación del Estatuto de Gernika, se hizo en 1979 de la mano del Consejo General Vasco, aunque no llegó a acordarse formalmente ningún texto. Negociado a lo largo de 1980, la comisión negociadora estuvo integrada por seis representantes del nuevo Gobierno Vasco y de las Diputaciones Forales, por un lado, y otros tantos de la Administración del Estado, en el otro lado de la mesa. El último de los artículos acordados se firmó el lunes 29 de diciembre de 1980, a las 22:30 horas, según recuerda P. L. Uriarte.

Dos sistemas y un Estado

En verdad, de los dos sistemas de financiación del Estado, en el régimen común, donde el recaudador es el Estado, este aplica la normativa fiscal y distribuye. En las comunidades forales estas legislan impuestos, gestionan, recaudan y pagan un cupo al Estado. La caja se mantiene en los Gobiernos autonómicos, y los impuestos son concertados con el Estado para su gestión, salvo una parte relativa a cuestiones de carácter estatal y europeo (aduanas, IVA, etc.). En las comunidades forales existe, obviamente, una legislación que mimetiza la del Estado; pero la recaudación corresponde al propio Gobierno autonómico, de igual manera que el Estado la ejecuta en el régimen común.

Los impuestos directos están, por tanto, sometidos a la normativa autonómica, actuando de acuerdo con principios de solidaridad. Desde una explicación muy somera, ha de tenerse en cuenta —en sentido estricto— que el sistema común sigue la vía orgánica del Estado, pero muchas autonomías que tienen este perfil en cuanto a su financiación adoptan lo que un amigo mío define, aunque parezca heterodoxo, como «la postura del egipcio». Un perfil que, mano hacia adelante y extendida hacia atrás, visibiliza una metáfora, cuya interpretación material no deja de ser igualmente provocativa. Es decir, el Estado da y puede compensarte mediante fondos de reequilibrio que solventan hipotéticos déficits.

El régimen foral parte de una legislación y una disponibilidad de «caja» mediante impuestos concertados y otras actuaciones que permiten distinguir una tipología diferenciada en materia fiscal, pero implica un riesgo unilateral: recaude o no, debe pagarse el cupo estipulado.

Evidentemente, cualquier ciudadano puede señalar en tono crítico las ventajas de una gestión más flexible, o las facilidades recaudatorias del régimen foral. Lo cual técnicamente es cierto. Pero históricamente, antes y después de 1981, se ha confirmado la eficacia del sistema recaudatorio, tanto en la fórmula de convenio de Navarra como mediante el concierto económico vasco. Es difícilmente cuestionable la calidad gestora demostrada en ambos casos. Pero, incluso siendo así, algunos nacionalistas muestran su insatisfacción por la autoimposición de un techo de gasto, con lo que hipotéticamente se cercenan las posibilidades de poder hacer más.

Con lo que recaudan las haciendas forales y con otras fuentes de ingresos, las instituciones del País Vasco desarrollan sus propias competencias (educación, sanidad, servicios sociales, seguridad ciudadana, carreteras, etc.). Pero hay otra serie de servicios públicos que desarrolla el Estado y se paga por ello. Esa cantidad importante es el llamado «cupo». La comunidad autónoma del País Vasco tiene la obligación de contribuir con un determinado porcentaje —el 6,24 % fijado en la negociación cerrada el 29 de diciembre de 1980— y que hoy todavía se mantiene.

Considérese ahora la cara oculta e interesada del asunto y la de quienes descalifican al sistema. En primer lugar, hay una dimensión del cupo que pocas veces se menciona.

Si el sistema recaudatorio falla o es menor, el cupo debe pagarse siempre al Estado. Exista superávit o no, toca literalmente aguantarse. Hay que pagarlo.

Consiguientemente, y a riesgo de que mi valoración parezca favorable a ultranza, también he de advertir que el denunciado cuponazo parte de un supuesto discutible: tachar de desigual al sistema, cuando no lo es en la práctica. Resulta bastante despiadado conceptuar la fórmula como si se tratase de una bicoca, cuando en el sistema de régimen común existen fondos de compensación que ni el País Vasco ni Navarra reciben.

Para dar algo de luz al asunto es preciso recordar que la negociación del cupo, según lo estipulado constitucionalmente, se lleva a cabo quinquenalmente como acuerdo bilateral, y constituye una ley del Estado tramitada en el Parlamento español. Cualquier modificación en materia impositiva (incluidos los impuestos creados por Europa) exige este trámite.

El cupo negociado es —literalmente— un pago a los servicios del Estado. El porcentaje contribuye a la totalidad de las competencias no transferidas (desde gastos de la Casa Real hasta la financiación de las Fuerzas Armadas o la representación exterior, entre otras). En el País Vasco se mantienen sin transferir desde el Estado treinta y siete competencias. En el supuesto de transferirse nuevas competencias al Gobierno autonómico, el cupo sería renegociado, lógicamente.

¿Cuarto oscuro?

A nadie se le oculta que la hipótesis de modificar la Constitución resuena entre los descontentos de muy distinto signo político, por unas y otras razones. Al calor de argumentos muy contrastados, la manera de negociar bilateralmente entre el Gobierno del Estado y el Gobierno Vasco ha sido criticada por su falta de transparencia.

La prensa especializada recogía no hace mucho las dudas formuladas sobre el cálculo del cupo y lo que supone el País Vasco en relación al producto interior bruto (aproximadamente un seis por ciento). La conclusión para algunos críticos era que, como mínimo, debería aportar unos cuatro mil millones de euros. Sin embargo, el PIB del País Vasco ha cambiado y sus gobernantes piden rebajar el porcentaje del cupo.

¿Es el síndrome del hijo pródigo? No. Es el hijo pequeño que durante ciento cuarenta años se ha visto obligado a resolver utilizando los mecanismos legales y políticos a su alcance.

Cualquier alusión a privilegios constitucionales resulta poco sostenible. Lo inmediato ante una actitud que imputa al sistema fallos sería preguntarse también cómo se calculan las inversiones del Estado por el Gobierno central y qué resultados se obtienen.

Pagar el 6,24 % de lo que gasta el Estado implica no hacer trampas de ninguna clase, al ser una cantidad pactada que el propio Estado estipula. Algo que, dicho con franqueza, contrasta con lo acontecido en otras autonomías, en las que el fondo de liquidez autonómica es —como se ha demostrado— un saco sin fondo.

Pagando lo que toca, según el sistema de concierto, se subvenciona también al resto del Estado. Y, al respecto, el desinterés demostrado por algunas autonomías sobre la posible aplicación de un sistema similar pone al descubierto otros intereses. ¿Café para todos? Algunos Gobiernos autonómicos como los de Andalucía, Extremadura y la misma Galicia han venido a demostrar en su conducta un «no, gracias».

Evidentemente, la negociación en coyunturas políticas tan dispares como las gestionadas por las administraciones Suárez, González, Aznar, Zapatero o Rajoy, es decir, fuera quien fuera el partido dominante, ha puesto de manifiesto que era preciso un pacto. Si durante el régimen del concierto en la política del siglo XIX las conexiones políticas de los partidos —aquí y allá— se mostraron favorables para alcanzar el consenso gubernativo, en el régimen constitucional de nuestros días se exige otro tipo de estrategias. Por ello, los prejuicios de quienes no manifiestan deseo alguno por explicar en totalidad la clave del sistema son una estrategia como otra cualquiera. Expandiendo eslóganes como «España nos roba» o «el cuponazo vasco» solo se consigue despistar, pero a la larga la historia no absuelve a quienes mienten, se diga lo que se diga.

Otra cosa es el blindaje de las normas forales, pero el debate franco, evitando la visceralidad del que embiste más que piensa, lleva a la gran pregunta. ¿El mantenimiento de un sistema de financiación divergente va contra el principio de igualdad? Los defensores del concierto económico razonan de este modo: yo contribuyo, quiero que se gaste el dinero para cosas útiles para la sociedad, por ejemplo, cubriendo servicios de sanidad eficazmente; no construyendo aeropuertos innecesarios… Priorizando, en suma. ¿Y qué es desigual? ¿Cualquier trato diferencial es discriminante? Algo que es diferente no siempre resulta discriminatorio. Resolver los problemas de las diecisiete autonomías no implica considerar a todos por igual. Eso sería negar la legitimidad histórica de un pasado incuestionablemente distinto entre las distintas comunidades autónomas, sostienen sus partidarios. Argumento que aún aflora pese a que quien lo desmonta apela a postulados políticos de carácter totalmente divergente en materia de modelo de Estado.

En la Constitución se diseñó inicialmente un texto que hacía compatible la existencia de dos sistemas, reconociendo dos «nacionalidades» y «regiones». Ese federalismo asimétrico no hacía más guapos ni más altos a unos que a otros. Toda la concepción de una nueva ciudadanía para la España democrática implicaba la identificación inevitable de elementos diferenciales. Para muchos, seguramente, el término diferencial chirría y prefieren sustituirlo por el de discriminatorio. Sin embargo, no puede olvidarse que la disposición adicional primera de la Constitución española reconoce este trato diferente.

De modo que, siempre que no se haga trizas por interés espurio esta disposición adicional primera, la virtualidad de esta cláusula —la cláusula angélica, al decir de los juristas, ante su interpretación plagada de ambigüedades—, el sistema no tendría por qué ir hacia una deriva mayor que la que Cataluña ha experimentado al tratar estos y otros asuntos.

Hay que leer hasta el final el texto de la Constitución, me decía un experto foralista, y llegar a esta deducción: si el Estado te necesita… negociemos.

En definitiva, existe una legislación especial para las comunidades autónomas forales. El marco legal se justifica y esta disposición adicional en la legislación española establece un amparo innegable para los fines previstos. Al menos hasta la actualidad.

Si se fuerza una modificación constitucional, el futuro de este régimen especial, que no funciona como un privilegio como tal, acarrearía, muy probablemente, efectos que repercutirían en todo el conjunto definido constitucionalmente como autonomías. Y, puestos a hablar de apuestas, cualquier jugador sabe que si juegas a la primitiva siempre existe un riesgo. Más aún, confiar ante la falta de aciertos en atinar al menos con el joker es confiar en una probabilidad aún más incierta.


Elena Ceauşescu, celebrity odiosa

Nicolae y Elena Ceausescu, 1976. Fotografía: Ion Chibzii (CC BY-SA 2.0)

Su carácter y ambiciones eran similares a los de la albanesa Nexhmije Hohxa, a los de la alemana oriental Margot Honecker o los de la china Jiang Qing, esposa de Mao Zedong, pero ninguna de ellas tuvo tanto poder en el partido ni recibió un culto a la personalidad como la rumana Elena Ceauşescu. Su personalidad también fue siempre bastante singular. Vaya por delante que Gheorghiu Dej, primer líder comunista de Rumanía, le prohibió la entrada a los terrenos de juego después de pelearse en un estadio con Martha Drăghici, esposa del ministro del Interior. Elena era hincha del CCA, años después Steaua, y aquel día jugaba contra el Dinamo que presidía Martha. El derbi eterno. Elena era, de natural, hooligan.  

Su comportamiento áspero no era un mito. Según el politólogo y actualmente diplomático polaco Adam Burakowski en su obra sobre la etapa comunista rumana Dictatura lui Nicolae Ceauşescu (1965-1989), su forma de ser conspiradora, celosa y despiadada se ha podido constatar en conversaciones transcritas:

La figura clave fue Elena Ceauşescu. De acuerdo con la opinión consensuada de los testigos de la época, la esposa del dictador rumano era una persona de una extraña tensión espiritual, atormentada por un profundo complejo de inferioridad y una sed de poder. Desconcertaba a quienes la rodeaban, le gustaba intrigar y humillar a los demás. Las actas de las sesiones de Comité del Partido Comunista Rumano u otros órganos de poder confirman esta tesis: las intervenciones de Elena confirman todos los rasgos negativos que se le han reprochado.

Gran parte de lo que se sabe de ella se debe a que su hombre de confianza, su mano derecha, Ion Mihai Pacepa, general de los servicios secretos, la traicionó. La suya fue la deserción de mayor rango de todo el bloque del Este. Pacepa servía a los Ceauşescu, pero los odiaba en secreto. En la actualidad sigue siendo un convencido anticomunista. Ha escrito libros y artículos sobre desinformación con la teoría de que los comunistas se centraron en conquistar mentes porque no podrían ganar una guerra. Se dijo que su huida causó más daño que el terremoto de 1977. Nicolae Ceauşescu quedó al borde de la apoplejía del disgusto. Sobre todo por lo que reveló en el libro de memorias que publicó en 1987 una vez instalado en Estados Unidos, Red Horizons, en el que la megalomanía y el despotismo del matrimonio en el poder estaba salpimentado con escenas de su vida íntima y cotidiana.

Por ejemplo, en las primeras páginas el libro empezaba en alto contando que a Nicolae le encantaba relajarse en su cine personal viendo Kojak en pantalla grande. Le acompañaba normalmente su esposa con el camisón puesto. Pacepa reveló que se servían unas bebidas. Él, vino blanco moldavo; ella, champán Cordon Rouge (era capaz de bajarse más de una botella, dijo en otro pasaje). Al terminar el episodio ella casi nunca acababa despierta y yacía con el camisón entreabierto medio desnuda en la butaca.

Escenas de matrimonio que fueron serializadas y emitidas por Radio Free Europe en Rumanía, también se introdujeron copias del libro impresas ilegalmente en Hungría en el país. Todo lo publicado, verdad o mentira, se conoció rápidamente. Tanto es así que en el juicio en el que se les condenó a la pena capital parte de las acusaciones del fiscal procedían palabra por palabra de esas páginas. Burakowski confirmó que Elena era irascible y caprichosa en la documentación del partido, entrevistas posteriores a miembros de la nomenclatura también han ido por los mismos derroteros. La mejor imagen que se ha dado de ella quizá sea la de las memorias de su traductora e intérprete de inglés, Violeta Năstăsescu, que escribió Elena Ceauşescu: confesiuni fără frontiere (Confesiones sin fronteras) con la intención expresa de arrojar algo de luz sobre el personaje con tanta información «exagerada y deformada» que se ha difundido sobre ella.

La paradoja es que justo después de que Pacepa, un personaje tan sensible para la jerarquía del partido, escapase y empezase a escribir, en Rumanía los Ceauşescu intensificaron hasta niveles delirantes el culto a la personalidad. Los chismes sobre su vida privada y personalidad penetraron en el país cuando más pomposa y persistente era la propaganda política para mayor gloria de sí mismos. Fue un cóctel explosivo que solo pudo acabar como acabó.

En 2017, un artículo firmado por Annemarie Sorescu Marinković en la revista Balcanica, editada por el Instituto de Estudios Balcánicos de la Academia de las Artes y las Ciencias de Serbia, analizó la presencia de Elena Ceauşescu en la televisión rumana. Su conclusión era que con la exposición al público que llevó a cabo consiguió lo contrario que pretendía: fue la persona más odiada del país. Veinte años después de la caída del régimen, un 87% de rumanos todavía la despreciaban.

Hubo miles de horas en televisión y radio dedicadas a la madre de la nación. Se mentía sobre su edad y su educación, se inventaron sus logros científicos y se desarrolló toda una industria para rendirle homenajes. Todo, según Marinković, para «ocultar su abismal ignorancia y su infinita vanidad». En un libro aparecido en Francia, Femmes de dictateur, Diane Ducret había dedicado un capítulo a Elena basado prácticamente en su totalidad en las revelaciones Pacepa. La parte más espectacular era la de su carrera y tesis. El profesor Dimitru Sandulescu se negó dos veces a graduarla, tuvo que ceder a la tercera. La tesis se defendió a puerta cerrada. Christopher Simionescu, su director, se ausentó alegando enfermedad. En el tribunal, Constatin Nenitzescu protestó por lo que estaba oyendo. Fue degradado y su nombre desapareció de la enciclopedia. Coriolan Dragulescu, que la llenó de elogios, se convirtió en el nuevo rector. Pero pudo permitirse semejantes atropellos porque su marido, líder del país, se encontraban en un momento dulce.

Como es sabido, Ceauşescu comenzó su andadura al frente de la nación con gran prestigio. Se opuso a la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. Puso a desfilar al ejército y a los obreros con lanzacohetes al hombro como aviso a la Unión Soviética. Antes ya se había negado a aceptar el papel de su país en el Comecon. En los planes de Moscú para la economía socialista europea Rumanía debía tener una función auxiliar de las repúblicas más desarrolladas industrialmente, la RDA y Checoslovaquia. Ceauşescu quería industria y universidades para su país, no ser el granero de nadie. Se rebeló.

Con esta pequeña revolución dentro de la revolución se ganó el favor de su pueblo. Hasta la oposición se afilió al Partido Comunista aquellos días de emergencia nacional. La confianza que recibió de los rumanos se vio reflejada inicialmente en las celebraciones de su cumpleaños en los periódicos. Le llegaban telegramas de felicitación por miles. Pero todo cambió tras su visita en 1973 a China y Corea del Norte. La eficacia de los sistemas de control de masas que se encontró allí le fascinaron y decidió aplicarlos en casa.

Elena Ceausescu recibe el doctorado honoris causa por la Universidad de Buenos Aires, 1974. Fotografía: Romanian Communism Online Photo Collection (CC).

El culto a la personalidad, por la influencia asiática, pasó a ser absoluto. Es decir, todo confluyó en él. Fue, como comunista, el gran revolucionario, el gran teórico del orden mundial, el campeón de la paz, el arquitecto de la nueva Rumanía, pero también, en un sentido nacional, fue el padre de la patria, el garante de la unidad nacional, el nuevo rey Carol II. Hubo una especie de fusión de los rituales bizantinos de glorificación con la afirmación de la ortodoxia marxista-leninista.

Sin embargo, según el politólogo rumano Vladimir Tismăneanu, toda la parafernalia que puso en marcha para mayor gloria de sí mismo no le sirvió de nada. Se podría poner como un ejemplo de ineficacia política, añade Marinković. De ser un líder creíble y popular a finales de los sesenta pasó a ser una mera caricatura. En el clímax del culto a la personalidad hacia él, a finales de los ochenta, Ceauşescu era menos popular que cuando subió al poder. La idolatría ciega que instituyó solo le sirvió para convertirse en una de las personas más detestadas en Rumanía, solo por detrás, eso sí, de su esposa. De hecho era frecuente la opinión machista de que por culpa de ella, por su influencia, él se había convertido en un déspota.

Elena al principio apareció en la propaganda con el fin de mostrar que el líder del partido, además de un patriota, era también un padre de familia. Luego ella empezó a servir para ensalzar la meritocracia de la sociedad comunista, gracias a la cual había conseguido llegar a lo más alto en su carrera científica. No hay que olvidar que era una chica de pueblo enviada por sus padres a la ciudad para conseguir trabajo en la incipiente industria. Tras la guerra, sus logros, previo paso por una universidad para miembros del partido sin estudios, a la vista estaban.

Con esa estrategia se incrementaron los cuentos de su carrera científica. A principios de los sesenta había sido secretaria del Instituto Central para Investigaciones Científicas. En el 65 ascendió a directora en el momento en el que su marido consiguió al liderato del partido. En el 66 recibió la Orden al Mérito Científico de Primera Clase. En el 74 ingresó en la Academia de las Ciencias. Y durante todo el gobierno de su marido recibió numerosos premios honoríficos por sus logros científicos. Cada visita internacional de Ceauşescu se traducía en un premio para ella. Recibió doctorados honoris causa por las universidades de Manila, Jordania, Brasil, Teherán… diez países, también un diploma de un instituto de investigación química estadounidense. El Museo Nacional de Rumanía tenía una sala especial para albergar todos estos reconocimientos. En el mercado de coleccionistas una moneda de plata con su rostro en honor a sus méritos científicos cuestan alrededor de quinientos euros.

Pero había una explicación lógica dentro de las dinámicas del comunismo. En aquel entonces, la necesidad del Estado, sin embargo, era prosaica: necesitaban incorporar mujeres a la fuerza laboral del país. Más adelante la prioridad fue aumentar la población y solo se permitió el aborto para las mujeres que ya hubieran tenido cuatro hijos. Ella tuvo tres.

A partir de 1979 el repliegue fue aún mayor. Ceauşescu pasó a ser un dios y Elena una semidiosa. Si a su marido le habían fascinado los líderes comunistas asiáticos ella tuvo como referente a una bailarina: Isabelita Perón. Copió de ella su papel de madre compasiva de la nación. Pacepa pone en su boca el siguiente comentario para explicar su inspiración: «Si la puta de un nightclub de Caracas lo consiguió ¿por qué no una mujer de ciencias?». Năstăsescu fue testigo del encuentro entre ambas:

Siguió de cerca cómo se movía, la actitud, los gestos y el estilo de la primera dama argentina. Una noche, antes de cenar, hablando con Elena Ceauşescu sobre las impresiones del día, habló de Isabel Perón comentando cómo estaba vestida, las joyas que llevaba y, en general, cómo era su conducta. «Le pregunté cómo organizaba su horario diario y descubrí que siempre reservaba tiempo para un tratamiento cosmético, deportes de tiempo libre y otras cosas así», me dijo. «Me gusta estudiar a mujeres de este tipo».

Otra mujer que pudo influenciarla fue Imelda Marcos, que según Năstăsescu fue extremadamente hospitalaria con ella cuando fueron de visita a Manila. No se separó de ella en toda la visita. «Más bella y mejor vestida que nunca», recordó, Imelda le tocó y cantó al piano «Strangers in the Night». Uno de los palacetes a los que la llevó era de sus padres. Se lo dijo para que viera que ya antes de estar en el gobierno era una mujer de dinero por vía familiar. También tuvo encuentros con la emperatriz Farah de Irán y su lujosa corte. La intérprete tuvo que explicarle en qué consistía el islam para que entendiese dónde estaba y no metiera la pata en las conversaciones. Lo que le interesaba de estos viajes eran sus homólogos. «Solía examinar con lupa a las damas con las que coincidió. Me dijo en una recepción en Egipto: “Mírala, se puso el mismo vestido que usó en nuestra recepción cuando vino Mubarak a Bucarest”».

En esos entornos de riqueza y ostentación célebres fueron sus sablazos. Se antojó de un yate del rey Hussein de Jordania, que se excusó diciendo que era de su hija, pero, avergonzado por su insistencia, le prometió que le pediría uno a Estados Unidos para ella. Parece que se quedó amarrado en el mar Negro sin que llegara a navegarlo. A Pacepa le encargó que se las arreglara para que los Carter le regalasen abrigos de visón. Cualquier empresa japonesa que quisiera negociar con Rumanía tenía que obsequiarla con perlas negras. Puede que su obsesión por construir un palacio más grande que Versalles en Bucarest surgiera en estos viajes.

En un principio, en los setenta, según Cornelia Les, del Students of History Association de Budapest, Elena había permanecido a la sombra de su esposo en la exposición pública. Ni siquiera se la nombraba, se decía solo que era su mujer. Fue cuando cumplió cuarenta años de supuesta «actividad revolucionaria» cuando el diario Scinteia le dedicó dos días a la onomástica con titulares como: «Gran ejemplo de devoción y pasión revolucionaria», «Combatiente principal del Partido por el glorioso destino de Rumania», «Contribución prestigiosa a la evolución de la ciencia rumana, a la causa de la paz y la cooperación internacional», «Han celebrado los logros de Elena Ceauşescu no como esposa, sino como compañera».

Dos años más tarde, por su cumpleaños se le dedicaba un poema:

Para la primera mujer del país, el homenaje de todo el país

Como una estrella está al lado de una estrella en el arco eterno del cielo, al 
lado del Gran Hombre

vigila el camino de Rumanía hacia la gloria.

Nicolae y Elena Ceausescu, 1976. Fotografía: Ion Chibzii (CC BY-SA 2.0)

De su visita a España en el 79 dejó constancia Inocencio Arias en sus memorias La trastienda de la diplomacia. Escribió que el matrimonio trajo un catador que probaba todas las viandas que les ponían por delante, estaba siempre sentado a su lado, incluso en las cenas de gala. Cuando se encontraban en la Moncloa para reunirse con el presidente, Elena desapareció en el momento en que todos ya habían tomado asiento. Juan Durán, director general de la Policía para Europa del Ministerio de Asuntos Exteriores, salió en su búsqueda por las habitaciones contiguas. Se la encontró, precisamente, en el despacho personal de Suárez. Estaba ella sola ahí metida «subiéndose las bragas». Seguramente decidió arreglarse un poco más.

Estas inseguridades las confirmó Emilia Marinela Macovescu, esposa del ministro de Asuntos Exteriores, George Macovescu, que reveló en una entrevista en la revista Historia múltiples excentricidades de la primera dama. Cuando veía que otra mujer rumana vestía bien se sentía frustrada. Según Macovescu hubo muchas ocasiones en las que se dirigió corriendo hacia alguna y agarrándole el vestido le preguntaba gritando «¿Dónde lo has comprado?». Pacepa también contaba que era supersticiosa. Si pensaba que un vestido le había dado mala suerte, lo rompía con sus propias manos y lo mandaba quemar. Si pensaba que le había ido bien con otro, no se lo quitaba nunca. Su armario era tres veces más grande que el de su marido. En la Universidad de Manila, Năstăsescu no se atrevió a ponerse la túnica y sombrero de doctora, confesó, para no competir con ella en la ceremonia de entrega de su doctorado honoris causa.

Todas las mujeres de la nomenclatura tenían cuidado cuando iban a una recepción en su presencia de ir elegantes, pero no sobrepasar los límites. Por si había dudas, llegó a emitirse una circular con instrucciones para ellas que limitaba sus peinados, prohibía el pintalabios, maquillajes y esmalte de uñas. Lo del catador en España no era nada comparado con su pánico a los microbios. En Año Nuevo, cuando tenía que saludar una a una dándoles la mano, tenía un camarero que iba detrás de ella limpiándole la mano con alcohol. Esto también lo confirma la intérprete en su libro.

Tuvo celos de la actriz Violeta Andrei, casada con otro ministro, a la que prohibió volver a actuar. Luego le destituyó a él de su puesto. Su matrimonio era demasiado radiante y se le hizo insoportable. Pacepa revela en su libro que lo que le encantaba era seguir con agentes, cámaras y micrófonos a las mujeres que odiaba para ver si eran infieles. De Violeta descubrió, escribió Pacepa, que lo fue con estudiantes y atletas. Escuchaba las cintas de sus relaciones sexuales una y otra vez.

En el caso de la mujer del ministro Gheorge Pana, otro matrimonio que no le gustaba, como no conseguía nada, se enfadó con Pacepa harta de que esa mujer pareciera «la Virgen María». Le dio un ultimátum al general: tres meses para conseguir algo. Ordenó que pusiera a trabajar a sus mejores agentes Romeo para que esa mujer le fuera infiel a su marido y le dio detalles del vídeo sexual que tenía que llevar a su mesa. Algo similar hizo también con la prole. No le gustaba el novio de Zoia, su hija, y quiso saber cada detalle de su vida privada, le hizo seguimientos, puso micrófonos y cámaras hasta en el baño.

Fue en los ochenta cuando Rumanía empezó a tener problemas para devolver la deuda externa y empezó un periodo de gran carestía, desabastecimiento y cortes de energía, que los Ceauşescu concentraron todo el poder. A Elena las cámaras de televisión la seguían a todas partes. Aparecía en cada visita a una fábrica o una aldea. Los niños del lugar la recibían y ella les acariciaba cariñosamente. El matrimonio, durante esta década, exigía a los editores de los informativos de televisión que se les captase desde una distancia prudencial que no mostrase sus arrugas bajo amenazas de severas sanciones.

En las memorias que publicó Santiago Carrillo en 1993 contaba un encuentro con la pareja que ponía de manifiesto su obsesión por parecer jóvenes. Aunque si juzgamos por sus recuerdos, ella parece cuerda y normal y es a él al que se le va la olla:

Estoy convencido de que a partir de cierto momento Ceauşescu  llegó a perder el juicio, no estaba en sus cabales. Empecé a darme cuenta una vez en los años setenta, en que con ocasión de la fiesta nacional me invitó a comer, con mi mujer y otros dirigentes del partido y del gobierno en su residencia en Bucarest. Me había llamado la atención, una vez más, lo jóvenes que parecían los dirigentes en las fotos que los manifestantes portaban en el desfile. Ya en la sobremesa, bromeando, pregunté: «¿Por qué razón las fotos, en vez de ser las de ahora, son las que os hicisteis cuando vuestro ingreso en el partido?». Todos los presentes se echaron a reír y su mujer, riéndose también, reconoció que la suya era de diecisiete años antes. Entonces Nicolae, muy serio, afirmó que la suya estaba hecha ahora. Como le hiciera observar que en la foto tenía el pelo negro mientras que en la actualidad ya era gris, contestó con igual seriedad: «Es que cuando yo descanso quince días, el pelo se me vuelve a poner negro». Lo peor es que lo decía en serio, se lo creía.

La televisión rumana se había montado con fuertes inversiones destinadas a la cultura, como ocurrió con la música, pero en los ochenta toda la maquinaria se puso al servicio del culto a la personalidad, cuando solo se emitieron dos horas diarias de televisión por la falta de electricidad, estuvieron dedicadas prácticamente al matrimonio. Las composiciones de las escenas se repetían de forma recurrente. Detrás del invencible matrimonio Ceauşescu aparecían las masas, pequeñas figuras humanas indistinguibles, agitando banderitas o bufandas con los colores nacionales y cantando canciones patrióticas. Por su cumpleaños, la mayor parte de la programación de un mes entero podía estar dedicada a ella. Según el análisis día por día de Marinković: «Podemos notar que cuanto más corto es el tiempo de retransmisión diario, más asfixiantes y largos son los espectáculos de homenaje a Elena Ceauşescu». La mujer ideal del socialismo debía ser modelada como ella. A esas alturas, conseguir ver las emisiones extranjeras se convirtió en una obsesión para cualquier rumano.

En las fotografías se exigía que el fondo fuese siempre rojo, nunca azul. Los nombres de Nicolae y Elena tenían que ir en la misma frase y en los artículos donde aparecieran ellos dos no debía salir nadie más mencionado. Cuando volvían de un viaje miles de personas se tenían que dirigir al aeropuerto a darles la bienvenida de vuelta casa.

Tismăneanu escribió en su blog que le preguntó a Ion Iliescu por qué fusiló a Elena Ceauşescu. Se le encogió de hombros mostrando aburrido por la cuestión. Hay quien ha dicho que en el espectacular final fatal de la dictadura del matrimonio, cuando fueron fusilados en directo por su querida televisión en 1989, paradójicamente los Ceauşescu fueron lo más digno que se veía en las imágenes del proceso y el tiranicidio. Los excesos faraónicos le vinieron bien a la nomenclatura para seguir en el poder con el cambio de régimen con una transacción tan sencilla como ejecutar al líder y su odiada esposa. Por esas fechas, descubrió Ducret, circulaba un chiste en las calles de Bucarest sobre el orden en el que había que enumerar los títulos de Elena. Había que decir Savant (científica), Inginer, Doctor, Academic. Esto es: SIDA.


Ángel Alonso: «En “Planeta imaginario” decidí tratar al público infantil con exigencia y respeto»

Fotografía: Edu Bayer

No les pilló a todos los niños. Durante su emisión, si eran unos meses más mayores, les repugnaba, se aburrían. Pero los que vieron y disfrutaron El Planeta Imaginario en el momento adecuado no lo olvidan. Pocas conexiones más intensas habrá conseguido la televisión pública española con su audiencia. Ángel Alonso (Carenas, 1942) fue el padre de la criatura. Decidido a darle una vuelta a un ordinario proyecto de programa infantil hizo historia de la televisión. Pero su vocación principal era el teatro, donde vivió la efervescencia cultural y política de la Transición, también el miedo, desde su sala Villarroel, para luego triunfar y batir récords con obras tan diferentes como Historias de la puta mili, Madame Bovary, Amadeus, La extraña pareja o Inquisición, de su amigo Fernando Arrabal

Naces en el 42, en Carenas, un pueblo al lado de Calatayud.

Cuando yo nazco, la luz era de candil. El agua la traían en caballerizas de la acequia y la subían con unos cántaros hasta la tinaja. El váter era el corral. Y ahora vivo en el universo del big data y la tecnología cuántica. Todo en una generación. Carenas era un pueblecito abandonado de la mano de Dios. Está junto al río Piedra, sobre un montículo vaciado de bodegas. Todas las casas tenían la suya y hubo un tiempo que se comunicaban las unas con las otras. Ahora cada cual tiene la suya. Son unas bodegas hechas de penitencias [risas]. Resulta que el cura confesaba a la gente y, en vez de rezos, a los pecadores los mandaba a sacar canastos de piedras para algún vecino que se hacía una bodega y él cobraba los jornales. Así vació el pueblo entero. Por lo que me contaron, era todo un personaje, muy de derechas, pero en la guerra no dejó que los pelotones que recorrían los pueblos para fusilar a los rojos se llevaran a ninguno de Carenas. Su problema era su pasión por el juego, que no se le daba bien, y las deudas las pagaba con los jornales de las bodegas.

¿Cuándo llegaste a Barcelona?

En el 46. Fuimos de las primeras emigraciones de posguerra. La emigración para mí no es una teoría, yo lo he vivido. La emigración es trabajar mañana, tarde y noche sin fiestas ni domingos y sin la menor seguridad. Un emigrante es alguien que cuando tiene una necesidad no tiene a quien llamar, que está solo en una ciudad desconocida y a veces con una lengua extraña, el chivo expiatorio ideal para que los nativos fracasados lo culpen de todas sus miserias y desgracias.

Nosotros nos establecimos en lo que es ahora La Maresma, un grupo de casas separado por la riera de Orta de lo que ahora es la Mina. La calle Pedro IV, con sus coches, carros y tranvías, pasaba por encima de la riera por un puente. Desde ese puente habitualmente una camioneta militar vomitaba una cuerda de presos que unos soldados llevaban por la riera a fusilar al Campo de la Bota. Nosotros, los niños, íbamos detrás, a cierta distancia porque los soldados nos echaban, y cuando acababan de fusilarlos y los cargaban en una camioneta, que ni siquiera era cerrada, cogíamos las balas para jugar luego con ellas. Yo tenía seis años y las cuerdas duraron hasta el 52, cuando ya tenía diez.

¿Cómo llevaste la escuela de esos años?

Fui a una escuela de un profesor republicano represaliado. La escuela municipal no llegaba hasta aquel barrio. En clase un tabique de dos metros de altura separaba a los chicos de las chicas. Entré a los cuatro años y compartí clases y lecciones con los de catorce años, todos juntos. A los pequeños los mayores nos enseñaban a leer. El profesor, Don Félix, era un fantástico maestro. Era cariñoso, pero muy frágil. Las palizas recibidas en la cárcel lo habían dejado cojo, enfermo y destrozado. Cuando cumplí doce años, don Félix dijo a mis padres que seguir con él era perder el tiempo, que mejor que hiciera el bachillerato, pero eso significaba ir a lo que llamábamos Barcelona.

Fui al Instituto Milá y Fontanals en la plaza de la Villa de Madrid, en la época en que descubrieron la necrópolis romana, que aún está. Entonces, para los niños, era un mover tierras, tumbas y huesos que nos permitía hasta jugar con algunas calaveras. Era un instituto de segunda al que acudía gente de los barrios. Un compañero era Serrat, que era de los que venían de Poble Sec.

No me fue bien. Las reglas de la escuela y de mi barrio estaban claras y aceptadas, pero aquí todo era nuevo y diferente. Misas, caras al sol y corrupción. El director del instituto era el profesor de Literatura y en el último examen con él, al que me presenté sin haber abierto su libro, nos puso Góngora de tema. En el examen yo escribí: «Góngora fue el creador del gongorismo». Y al ir a entregarle la hoja, sabedor de sus corruptelas en las notas, al llegar a su mesa, le dije: «Señor Vergés, mis padres están en un viaje por el extranjero y me han pedido su dirección para, cuando vuelvan, pasar a saludarlo». ¿Y qué me puso? Un notable… Esa mezquindad era el franquismo cotidiano. Era una España oscura, pero habíamos nacido y crecido en ella. Con catorce años, como me gusta decir, cuando no hay luces, disfrutas de las sombras y eres feliz. Yo lo era.  

¿Cómo empezaste en el teatro?

En la mili conocí a un compañero de Barcelona que hacía teatro aficionado y esa fue la puerta. Yo no fui el niño que jugaba en casa con decorados y teatritos. Yo jugaba en la calle, el mejor jardín de infancia que se puede imaginar. No obstante, antes del teatro, lo que hice fue currar. Al acabar el bachillerato, me puse a trabajar de aprendiz de electricista, lo típico de una familia obrera con ganas de asentarse. En la fábrica, en el descanso del almuerzo, me reunía con unos viejos que solían regalarme libros y darme paquetes para que los llevara a otras secciones de la fábrica. Un día los detuvo la policía y desaparecieron. Sin saberlo me había convertido en el correo de un grupo anarquista.

Entre los libros que me regalaron estaba La isla de los pingüinos, de Anatole France. Uno de sus libros más radicales y anticlericales, y que años después llevé al teatro con el espectáculo Historias de santas y dragones. Pero el libro que más ha influido en mi vida ha sido El extranjero de Camus, que leí por primera vez haciendo la mili y del que ahora se estrenará mi versión teatral por aquí y seguramente en Francia.

Camus, su obra y su vida, han sido el referente de mis relaciones políticas, intelectuales y sociales; mi «¿Cómo lo haría Camus?» es el «¿Cómo lo haría Ernst Lubitsch?» de Billy Wilder. Una guía que no tiene precio para ir eligiendo o descartando ideologías, intelectuales, manifiestos y doctrinas, y sobre todo para escapar de los cantos de sirena gremialistas tan frecuentes en la izquierda de aquel tiempo. Motivo, tal vez, por el que no me he afiliado nunca a un partido.

¿Cómo pasaste entonces de currante a teatrero?

Nunca me he dedicado solo al teatro, en aquel tiempo era impensable vivir del teatro. Lo hacíamos por afición. Pero trabajar también era una escuela. Una vez, ya como gestor de proyectos industriales para una azucarera, estuve unos meses en Sevilla y descubrí lo que era el poder. Tenía veinticuatro años y los proveedores a los que compraba los materiales me invitaban a los mejores sitios. Pero también descubrí la inmoralidad consustancial al poder.

Un día tuve una gran bronca con uno de los jornaleros contratados y lo despedí. Esa misma noche, mientras cenaba en el hotel, se presentó la mujer del despedido, una joven muy atractiva dispuesta a acostarse conmigo para que se readmitiera a su marido. Nunca he vivido una situación tan desagradable y creo que allí decidí que nunca más la viviría. Naturalmente, me excusé con la mujer, readmití al broncas de su marido y acabamos siendo grandes amigos. Lo bueno fue saber después que él no tenía ni idea de la visita al hotel de su mujer. Allí aprendí, y de por vida, que el poder tiene sus ventajas y también grandes riesgos.

¿Qué era el Galliner?

Un grupo que montamos al salir de la mili. Ensayábamos en la Peña Cultural Barcelonesa, porque tenía un teatro. De Cataluña se ignoran muchas cosas. En los años treinta, Cataluña tenía la red de teatros por habitante más densa del mundo. Todos los pueblos tenían su ateneo, la burguesía, su casino, los centros católicos, su escenario, las casas del pueblo, lo que fuera, etc.

Ahora todo se está yendo al carajo, pero la gran tradición del teatro catalán, sin parangón en el resto de España, ha influido muchísimo en la generación de una potente y cultivada sociedad civil. Por eso hay actores catalanes por todas partes. En Gracia y en cualquiera de los barrios de Barcelona había cuatro o cinco teatros. Aquí es habitual que los actores lleguen al teatro profesional con experiencias anteriores en sus pueblos y sus barrios.

El problema teatral de mi generación fue no tener maestros, pues los grandes del teatro se fueron por la guerra, de ahí que el embrión del teatro profesional fuera el teatro de aficionados que había logrado sobrevivir en los centros católicos, los únicos autorizados.  Allí empecé yo a dirigir espectáculos que después se representaban donde se podía.

Te estableciste en Londres.

Dejé el chollo de las azucareras para vivir la juerga que era la Barcelona de los sesenta y dedicarme al teatro. Los veranos trabajaba de camarero en la costa, en Calella, lo que me permitía ir tirando. Entablé amistad con un actor inglés que frecuentaba el bar y me invitó a su casa en Londres y allí que me fui. Fue aterrizar y el primer día me llevó a una performance en su escuela de teatro y me quedé acojonado, en el teatro de la escuela actuaban actores que yo conocía del cine, y en la platea, y aplaudiendo, estaban Alec Guinness y otras caras conocidas. Allí era habitual que un actor formado en una escuela siguiera vinculado a ella.

Mi amigo me presentó como el director español que huía del franquismo y, como no tenía un duro, me contrataron como jardinero, lo que me permitía pasear por todas las estancias de la escuela y ver lo que montaban. En una Casa de Bernarda Alba que ensayaban, en la que actuaba Mia Farrow, por cierto, les comenté algunos errores de músicas y vestuario, por lo que me propusieron una amigable asesoría que, al acabar, y por amistad, me permitió quedarme como profesor adjunto con los privilegios de poder acceder a los ensayos de la Royal Shakespeare Company y todos los estrenos. Un año que me influyó teatral y socialmente. Al ver mi país en la distancia, eso me convenció de que el futuro caminaba hacia una democracia burguesa a la europea, lo que me decidió a volver.

Tenías un alto grado de compromiso político en aquella época, por lo que he leído de la Sala Villarroel.

Abrí la Sala Villarroel en el 72 con un gran amigo que llevaba la parte musical y que al año tuvo que dejarla. Fue cuando formamos la cooperativa con Adolfo Bras, mi compañero de la mili, Alfonso Guirao, otro miembro del grupo el Galliner, y José Antonio Ortega, un director de teatro que también colaboraba con nosotros. Paralelamente, en el 74, entré a trabajar en Televisión Española, en la que estuve hasta 1995 de realizador de dramáticos, lo que me permitió, como a mis compañeros de la sala Villarroel, estar siete años trabajando en la sala sin cobrar.

La Sala era un compromiso político. Del 74 al 80, todos los movimientos alternativos pasaron por la Villarroel. Una cooperativa de teatro formada por cuatro amigos teatreros que querían gestionar un teatro para los que no tenían teatro, que en aquel tiempo eran todos los que estaban en contra de la dictadura. Gracias a esto, en 1975 me echaron de la televisión. Era la época de Arias Navarro. Estaba grabando un programa, llegó la orden de Madrid y me comunicaron el despido. Me di por enterado, quise acabar la grabación que estaba haciendo y me dijeron que ni eso. Me fulminaron en el acto. Eran todos mis ingresos…   

¿Pero qué actividad política tenías para que te hicieran eso?

Nuestra sala entonces era el espacio donde se presentaban todas las actividades de izquierda, reivindicativas y contraculturales, feministas, gais, sindicatos, partidos y hasta alcohólicos anónimos, que se reunían en el bar una vez a la semana. Si se presentaba un libro, venía todo el PSUC. En la semana de la antipsiquiatría participaron Franco Basaglia y Félix Guattari, grandes personajes de hoy, que entonces se alojaban en nuestras casas. Era un forzar la legalidad hasta donde ya no nos dejaban.

La policía venía a todas las funciones de incógnito. Nosotros acabamos conociendo a los polis y ellos tampoco se escondían. Y como no hay cuerpo que aguante ver la misma obra cada día, los polis acostumbraban a dormirse en sus butacas y a veces perdían la cartera o las esposas, que se quitaban para que no se les clavaran en el culo. Cuando, al poco de cerrar, el policía aparecía preguntando si las habíamos encontrado, lo tranquilizábamos diciendo que ya habíamos avisado a comisaría, y era como: «¡Me cago en la leche, la bronca que me va a caer!».

Eran tiempos muy extraños, había ciertas ententes más o menos cordiales… lo que no excluía que un día, como al Papus, nos pusieran una bomba que explotó en plena función y con el público en la platea. Se rompieron todos los cristales y una pieza de madera de más de un metro sobrevoló las cabezas del público hasta llegar al escenario… Estábamos haciendo La sangre y la ceniza de Alfonso Sastre. Afortunadamente, Armonía Rodríguez, una directora de teatro, subió al escenario y muy en el lenguaje de aquel tiempo dijo: «Compañeros, no ha pasado nada, sigamos». La gente reaccionó bien, pero si se hubiera desbandado, podía haber sido una tragedia. El espectáculo continuó, pero después del descanso la mitad del publico había desaparecido [risas].

Ningún gran partido nos ofreció el menor apoyo. Solo los de la ORT. Nos enviaron un piquete que se turnaba cada día. Una vigilancia que alternábamos con partidas de cartas en el bar, hasta que una noche el que estaba en la sala vigilando vino a buscarnos hacia el final de la función porque acababan de entrar dos jóvenes con mochila y, sin sentarse, tapaban la puerta de salida. Los sacamos de la sala y, ya en el pasillo, el de la ORT, que era un armario, pilló a uno por el cuello, lo amorró al suelo y el tío se cagó. Pero de verdad, se lo hizo encima. El problema era que los pobres ¡eran unos sindicalistas que venían a repartir octavillas de una huelga! [Risas]. Hoy día, solo unos ignorantes hijos de papá se pueden atrever a acusar de actuar con miedo a los que hicieron la Transición. Claro que había miedo y mucho.

En el contestador de la sala había amenazas a diario y hubo un tiempo en el que, en la puerta de la sala, los de la Triple A paraban la circulación y con perros enormes se ponían a cantar el Cara al sol mientras el público salía. En invierno, al cerrar la sala y volver a casa solo te acojonabas vivo como alguien siguiera tu camino.

Eso tendría consecuencias legales.

Aunque nunca pertenecí a ningún partido, tenía relación con todos, pues los martes, en un camerino de la sala, se reunía un comité de solidaridad entre partidos para compartir la actualidad, si había detenidos, si se necesitaba alguna acción, etc. Cuando me despidieron de televisión, Marita, la madre de Belloch, el que luego fue ministro y alcalde de Zaragoza, una gran persona y la encargada de Información y Turismo a la que varias veces por semana veía para conseguir uno de los cinco permisos que necesitábamos para cada función, me llamó para preguntarme si yo estaba afiliado a algún partido. Se sorprendió al decirle que nunca había militado en ninguno. Me contó que habían llamado de Madrid pidiendo informes con la orden de no autorizarme ninguna actividad.

Nada de extrañar, pues los otros dos despedidos de TVE junto a mí eran del PCE. Unos colegas con los que nos reunimos en mi casa con Vázquez Montalbán, responsable entonces de Cultura del Partido, para resolver nuestra situación. Y la resolvieron: a uno de ellos lo contrató una productora catalana relacionada con el PSUC, al otro lo colocaron en la RAI, por entonces muy controlada por el Partido Comunista Italiano, y a mí me dieron por el culo.

Afortunadamente, un año después llegó Suárez y me readmitieron. Esto era así, tenías un trabajo, tu vida formada, un hijo, una hipoteca, y te mandaban a la calle, y la solidaridad, si no eras de un partido, no significaba más que un eslogan de pancarta.

Se ha dicho que en Barcelona hubo un vacío de poder entre la desintegración del régimen franquista y la llegada de Pujol, una especie de primavera…

Yo me niego a teorizar la contracultura. En Barcelona, la llamada primavera del 68, como en todo el mundo occidental, se venía gestando desde hacía muchos años. La nuestra era la primera generación de la posguerra mundial crecida en lo que después se llamaría el estado del bienestar, donde el futuro era más esperanza que temor. Se generó la convicción de que todo se podía mejorar. Así, y sin saberlo, a eso dedicamos nuestras diversiones y energías. El milagro fue un ambiente festivo y creativo universal, incentivado en nuestro país por una libertad que no teníamos.

Aquí, una mujer no podía tener cuenta corriente sin el permiso del marido, ni ir a un hotel, ni nada… y si era una mujer liberada se la consideraba una puta. Lo que tú dices fue que Barcelona, que estaba menos controlada por la dictadura que Madrid, se adelantó unos años a la fiesta tomándose unas pequeñas libertades que acabaron creando un ambiente urbano que no pudieron controlar.

¿Crees que en Barcelona coincidió que había disidencia, pero también mucha gente de orden estaba contra el régimen por la cuestión identitaria?

No quiero hacer clasificaciones. No creo que Bocaccio fuese antinada. Bocaccio era la gran verbena de una burguesía culta y adinerada. Una coincidencia de talento y diversión. Yo logré acceder por la puerta de atrás, porque no podía estar ahí ni por economía ni por clase. Mi compañero de piso, el que abrió la Sala Villarroel conmigo, era un directivo de la EMI, y proporcionaba discos que no estaban en España al pincha de Bocaccio, lo que nos permitía bañarnos en el eau sauvage de los lavabos, ligar con las bellezas de la noche y hasta sentarnos en la esquina de alguna tertulia de la escuela de cine de Barcelona. Unas noches que en función de la dama que nos elegía podían acabar en un dúplex con piscina en la zona alta o en un catre comunal de no sabías quién. Ya que las comunas de vida convivían con algunas de trabajo, donde te podías encontrar a Mariscal, Nazario, Miquel Barceló y compañía.

Era una época en la que para encontrar el ambiente que te apetecía no había que llamar a nadie. En el Café de la Ópera sabías que estarían gentes de cine, teatro y las locas de la Rambla con Ocaña y seguidores. Si te gustaba la música, Zeleste era la catedral. Se habían creado grupos naturales que propiciaban contactos y alianzas puntuales y definitivas que permitieron el Canet Rock y otros proyectos de esa envergadura. Sin proponérnoslo y sin saberlo, habíamos creado unos ambientes de promiscuidad, lúdicos, reivindicativos y sobre todo divertidos; impensables fuera de la ciudad de Barcelona. Y eran diversiones que no excluían acabar en la cárcel, como les pasó a Nazario y Alejandro por sus reivindicaciones de la libertad sexual y los gais.

Con la muerte del franquismo, el poder en Cataluña lo tomaron los partidos, y en sus luchas y repartos se cargaron un ambiente irrepetible. Todos los partidos son de orden y la libertad sin trabas y el descontrol los pone muy nerviosos. En este aspecto, en Cataluña llegaron al poder los conservadores de Jordi Pujol y empezaron a pasar cosas como que un conseller de Cultura, en una obra de su recién creado Teatre Nacional, pretendiera sustituir la palabra puta por meuca. Según él, era menos malsonante. Mientras tanto, en Madrid Tierno Galván se fotografiaba sonriendo y admirando los pechos de Susana Estrada recogiendo un premio. Si yo creyera en las acotaciones culturales, diría que aquel día la Barcelona creativa y transgresora dio el relevo a la movida madrileña.

Pero insisto en que la contracultura no se puede teorizar, era un ambiente, como la Transición y el llamado Desencanto. Son los intelectuales canónicos, Roszak, R. D. Laing, Alan Watts, Herbert Marcuse y todos esos los que con sus bastardas teorizaciones se ganan un puesto de por vida en las universidades y el parnaso intelectual.

La contracultura entre la que te moviste en los setenta, ¿qué aportó al teatro?

La gran aportación fue la ruptura con el texto. Una gran putada para los autores de aquel tiempo, que vieron aparcada su carrera cuando estaban en los mejores años de su vida. Los sesenta fueron tiempos antiautoritarios, de experimentación y creación colectiva en todo el mundo occidental. Bread and Puppet, Living Theatre, ArrabalBrook, Grotowski, Kantor, Pina Bausch, y aquí en Cataluña Comediants, Pep Bou, La Fura, Tricicle, Boadella y una larga y exitosa lista… una corriente a la que todos nos apuntamos y algunos con espléndidos resultados.

La realidad es que el gran núcleo del movimiento teatral catalán era gestual y sin texto o paratextual. Un ambiente de cambios y transformaciones en todos los aspectos, sin saber que aquella fiesta no era más que la borrachera del burgués conservador que hemos acabado siendo todos.

Recuerdo una asamblea en nuestra sala de grupos de teatro independiente nacionales en la que se decidió que constara en acta que el precio del teatro nunca superaría al del cine. Cuando llegaron las autonomías, todos los directores de aquella asamblea tan revolucionaria y radical, menos un honrado par, eran nombrados directores de los centros dramáticos de su comunidad. Despachos de ciento veinte metros, una secretaria o dos…

Viste pasar cientos de compañías por vuestro teatro; te he leído en una entrevista en la revista Almiar decir que alguna vez has visto que los actores se daban de hostias en el escenario.   

Algunas veces, sí… No es habitual, pero llegar a las manos es solo la exageración de una discusión apasionada [risas]. Dos defienden dos posturas diferentes y se dan cuatro hostias. Me parece anecdótico. He vivido conflictos entre actores más viscerales y crueles. Una vez, una actriz cruzada con el actor Ángel de Andrés, en la escena de amor que interpretaban, se acostaba en el proscenio de espaldas al público, con lo que solo se le veía la nuca, y cuando el actor se ponía sobre ella cara al público y se le declaraba enamorado, la actriz aprovechaba para escupirle en la cara. En la puerta del camerino de ese chico había agujeros de los puñetazos de rabia que le daba a la puerta cada vez que hacía la escena, y eso era así cada día.

El mundo del teatro está mitificado, pero es un mundo como cualquier otro en el que el glamour y la mezquindad se alternan a diario. Pero no voy a hablar de miserias, porque lo negativo, por anecdótico que sea, vende más que las infinitas grandezas del teatro, y sería una putada para una hermosísima profesión marcada por la fragilidad de los actores.

¿Por qué es tan frágil?

Hay pocas profesiones en las que el producto que haces, lo que tú produces, eres tú. Si tú haces una entrevista, la entregas y no estás cuando la leen, ni para el halago ni para la crítica. Si yo dirijo una obra, la representan los actores en primerísima persona. Ellos y no yo, ni el autor ni el empresario ni el productor. Los actores viven los aplausos y rechazos en primerísima persona. Igual sucede con los cantantes, bailarines, futbolistas, toreros y aquellas profesiones donde producto y productor son un todo inseparable.

El mayor estado de fragilidad profesional que conozco y he vivido es el del cantante de ópera. Cuando dirigí el Amadeus, de Peter Shaffer —un espectáculo que resultó tan hermoso y conseguido que para felicitarme me decían que era tan bonito que no parecía mío [risas]—, la cantante que hacía el aria de «La reina de la noche», una de las más difíciles que hay, en todos los ensayos la hizo excepcionalmente bien. Pero la noche del ensayo general, con docenas de personajes importantes en la platea, metió un gallo y se quedó paralizada.

Al día siguiente, el del estreno, no había manera de tranquilizarla o quitarle la inseguridad. Solo hubo lloros, abrazos, ánimos… y a escena. Nunca volvió a fallar, pero nunca salió a cantar tranquila. Esa es una situación por la que han pasado todos los grandes de la ópera, desde Pavarotti hasta el último. De ahí los caprichos de los divos y cantantes, sus exigencias de aguas o toallas especiales. Igual que el torero, que tiene su capilla personal para rezar antes de salir, del futbolista, que pisa el césped siempre con el mismo pie… Placebos, todo placebo, amuletos que les dan seguridad. Todo eso no es que lo apoye, es que lo admiro.

Al actor, cuando le aplauden, no sabes si le aplauden a él o al personaje. Hay una historia que lo ejemplifica perfectamente que yo viví. Con Ramon Teixidor, el que interpretaba al sargento Arensivia en Historias de la puta mili. Un gran actor que, cuando empezamos la obra, igual que yo, estaba en una situación precaria en lo económico y en lo profesional, y el éxito que cosechamos resolvió todos nuestros problemas. Pero cuando él salía a saludar, el teatro se ponía en pie aclamándolo En todas las funciones, más de mil y durante cinco años. Lo que lo llevó a creer que los aplausos, más que para el fantástico personaje Arensivia, eran para el actor que saludaba. Al terminar los cinco años de La puta mili, decidió montar un monólogo escrito, dirigido e interpretado por él. Él estrenó y no fue bien. El día que fui a verlo había once espectadores.

El sargento Arensivia era, en realidad, una genialidad de Ivà.   

Yo no conozco a nadie que hiciera mejores diálogos que Ivà, pero como era cómic, y eso no entra dentro de lo que los canónicos consideran cultura o talento…

Al trabajar el cómic nunca se le considerará un gran escritor.

La cultura canónica es una estructura judeocristiana, sus valores son la trascendencia y la muerte. Si tú analizas los Óscar, solo un quince por ciento han ido a las comedias. El tópico entre los actores de que si quieres la estatuilla debes coger a un personaje ciego, disminuido o traumatizado es un chascarrillo, pero está cargado de razón.

Aquí pasa igual, el canon literario, salvo contadas excepciones, es trascendente, elitista y enemigo del éxito y del best seller. Los valores judeocristianos son los de la trascendencia y la muerte. La cultura de la vida, la risa, el humor, el cachondeo, los han ido menospreciando y descalificando. Pero en España, no por casualidad, los mitos de la cultura popular que mejor nos representan son el Quijote, un loco, y el Lazarillo, un pícaro. Esas son nuestras dos grandes aportaciones a la historia. Ni Goethe, ni Fausto, ni historias trascendentes: un pícaro y un loco.

¿Y Santa Teresa?

Justo. Esos son nuestros modelos: locos, pícaros y místicos. Creo que nos definen muy bien como país [risas].

Ya no te gusta hablar de política.

No te puedo dar una respuesta corta a algo a lo que le he dado muchas vueltas. No es que un día tomase la decisión de no hablar más de política, así, de repente. Lo que creo es que, a partir de la caída del Muro de Berlín, la izquierda y la derecha son solo etiquetas con contenidos demasiado intercambiables, residuos emocionales de algo que parece tener un objetivo, pero que ha perdido sus argumentos. Mientras tanto, lo más relevante que ha ocurrido en la política mundial es el caso de China; una transición de un comunismo dogmático a un sistema que nadie sabe bien qué cojones es, si comunismo capitalista o capitalismo comunista… Y por aquí seguimos en el duelo a garrotazos de los ciegos de Goya; confrontaciones, exclusiones y el y tú más de patio de colegio.

No sé de ningún político que haya antepuesto los intereses del país a los de su partido. Como tampoco conozco a nadie de izquierdas o derechas en todas las etapas de su vida. Lo que conozco son actos de izquierdas y actos de derechas.

Creo que Jesucristo iba también por ahí.

Soy tendente a la izquierda, pero seguro que hay comportamientos míos que no resisten ese análisis. Como no lo aguantaban los de los sindicalistas que conocí en el 76 o 77, que eran cojonudos, bravísimos, pero unos machistas acojonantes. Unos hijos de puta. Y, al revés, conocí conservadores de una categoría humana que te cagas. Creo que se ha confundido el ser con los actos. Alguna cosa buena tendrá el otro, ¿no? Si todo se basa en la exclusión y desclasificación del otro, no me interesa.  

Recuerdo que en 2012 Cohn-Bendit, el famoso Dani el Rojo del Mayo Francés, en una conferencia dada en Barcelona, propia de un profesor de secundaria y repleta de tópicos y clichés, cuestionaba la eficacia de la acción directa y la revolución. Después, en la cena a la que me habían invitado, Dani el Rojo, reverenciado como un ídolo de rock, siguió en sus bastardos argumentos para justificar el medio siglo que llevaba cobrando de unos partidos políticos que en el 68 él invitaba a derrocar. Un brillante pico de oro con medio siglo de experiencia parlamentaria que le fue dando la vuelta a mis objeciones a su conferencia para seducir a unos comensales encantados por su aureola y personalidad. Ese fantasmón es el paradigma del éxito y el fracaso de mi generación.

A mi generación la defiendo mucho hasta los ochenta, hasta que llegó al poder. Ahí empezó la decadencia, un viaje inevitable hasta el confortable desastre en el que viven. Con políticos en consejos de administración, críticos convertidos en intelectuales orgánicos, periodistas alquilando su prestigio a la publicidad… pero no voy a tirar piedras a mi propio tejado, que también yo pertenezco a esa generación y no estoy libre de pecado.

¿Con quiénes te quedas?

Con la gente de talento conocida, con mis amigos, con El Ivà. Un tío que se dormía en el cine y la gente le aplaudía los ronquidos. Tenía un gran talento y la mejor mirada que he tenido la suerte de tratar. Si estuviera vivo no puedo ni imaginar lo que sacaría de la basura que generamos a diario actualmente. Luego era pantagruélico. Comilón, desmesurado, vitalista, inteligente y con una inusual capacidad para reducir la complejidad de los problemas sociales a un relato hilarante.

Pero, sobre todo, era un amigo nada de fiar. Estábamos preparando el guion de cine para Las historias de la puta mili y, después de semanas de trabajo, se fue excusando de no poder asistir a las reuniones semanales de trabajo, por lo que yo seguía trabajando en solitario, hasta que una mañana leí en el diario que una productora iba a hacer la película con el Pajares. Lo llamé para vernos y, como se excusaba al igual que en las veces anteriores, forcé la reunión para que me diera una explicación. No por haber vendido unos derechos, que eran suyos y podía hacer con ellos lo que quisiera, sino porque quería saber por qué me había tenido trabajando un mes y medio si había vendido los derechos.   

Fue un encuentro inolvidable. Miradas al plato, balbuceos, que creía que ya me lo había dicho, que todo fue muy rápido, ja-ja, aquel hombrón de ciento veinte kilos escaqueándose como un colegial. Al final me dijo algo como: «Los productores se presentaron en mi casa, bebimos, yo no quería, pero eran muy convincentes, nos reímos, y no, de verdad que no quería… pero en la bolsa había veinte millones en billetes y, hostia, tío, eso es mucho dinero». Como tiene que ser, sí señor. Al final recuerdo ese encuentro como una comida divertidísima que naturalmente pagó él. Ivà era el Maki y todos los personajes de su banda.

De mi generación también me quedo con Nazario, un personaje de los más interesantes del país. Erudito. Un gran acuarelista y el mejor dibujante de pollas de España, además de un notable guionista de comic. Su Anarcoma es un referente mundial del travestismo. Y con una inusual característica personal: la radicalidad de sus decisiones. Nazario, cuando llegó a Barcelona, era maestro, un día dijo que no daba más clases y dejó la enseñanza. Tocaba la guitarra y bien, un día decidió que no era suficientemente bueno, y no volvió a tocarla. Es un alcohólico que teníamos que recoger donde caía, no hay más que verlo en el reportaje del Ventura Pons. Y un día dijo: «Dejo de beber». Fue después de la muerte de Ocaña, y no ha vuelto a beber. Era un referente mundial del underground y el cómic, y lo dejó de un día para otro. Igual hizo con la acuarela. Pinta de cojones, tiene toda la obra vendida, bien y caro, y un día la dejó y no volvió a pintar. Ahora está con la literatura, publicando sus vivencias y biografías, unos libros espléndidos, y a ver por dónde nos sorprenderá. Esos cambios radicales no los he visto en nadie y lo curioso es que en cada etapa está mejor.

Otro, Gila, que era un hombre triste. Un hombre herido por algún extraño rayo. Su biografía era muy, muy complicada. Además de inteligente, transmitía una inusual tranquilidad. Nos conocía tanto a todos que su mirada era una biopsia. Pero estaba muy solo. Recuerdo cuando me llamó para que lo acompañara en su última función. Inolvidable. Actuaba en el polideportivo al aire libre de un pueblo cercano a Barcelona. Miguel llegó en un taxi y, al saludarnos, me regaló una bolsa con manuscritos, apuntes, bocetos y algunas piezas teatrales inconclusas. En el polideportivo Miguel era el centro de todas las miradas; una mujer que estaba embarazada vino a nuestra mesa con un libro: «Señor Gila, este libro suyo cuando murió mi padre estaba en su mesita y me gustaría que me lo firmara». Miguel lo firmó y, al acabar, la mujer le pidió si le importaría tocarle en la barriga al hijo que esperaba. Ese era su mito. Pero sobre todo le conocí en lo humano y también un poco más en lo artístico cuando, a propuesta mía, con Chus Lampreave, otra gran mujer, hicimos ¿De parte de quién?, una serie de televisión de trece capítulos que nos permitió estar juntos más de medio año.

Y Arrabal, este es quizá el autor más inteligente y notable que conozco y con el que he compartido situaciones más inolvidables. Su casa de París es como un diario de su vida, preside el salón un imponente trono de El arquitecto y el emperador de Asiria, de uno de sus estrenos. Hay Boteros, Topor, Félez, Dalís, Jodorowskys y un Picasso en el lavabo… tratados de ajedrez… Los libros que viene publicando y todo sin apenas espacio para las miles de traducciones que de sus textos se hacen en más de setenta idiomas. Es muy descriptivo que al dramaturgo más representado en todo el mundo en su país, España, se le conozca solo por una borrachera en televisión.  

Con Arrabal me he reído mucho compartiendo las diferentes etapas creativas de su obra con buenos vinos y tortillas de patatas, su plato preferido. Me acuerdo ahora de que, en su pasión por estudiar los personajes españoles que admiraba, me decía que había descubierto que eran todos maricones. Cervantes, por ejemplo, me contó mientras preparaba Un esclavo llamado Cervantes, una de las más documentadas y singulares biografías del escritor, que, según él, no era manco… [risas] Pues decía que en su apolínea juventud Cervantes estuvo preso en Orán, el Sitges de aquel tiempo, según sus averiguaciones, y en Roma fue camarero de un obispo conocido por su homosexualidad. Camareros eran los que dormían cruzados en la puerta de la cámara para que no asesinaran al señor. Con veinte años, ¡Cervantes pasaba las noches en la cámara de un obispo maricón!, me contaba mientras vaciábamos unas botellas. Y luego, a raíz de la edición de su libro sobre el Greco, me explicó muchas de las miradas de ángeles y santos, personajes de sus cuadros, que parecían más interesadas en la entrepierna del Señor que en su luminosa santa faz… [risas]. Y así cuarenta años de cariño y amistad.

¿Cómo surgió Planeta imaginario?

En Televisión Española, a los recién llegados a cualquiera de las áreas en el reparto de programas les tocaba bregar con lo que no quería nadie. Un día me dieron a realizar un magacín infantil con el formato ya cerrado. Tenía un profesor que presentaba y comentaba unos libros infantiles, alguien que cantaba una canción a poder ser infantil y algún otro relleno. A mí siempre me encargaban las mierdas. Quise quitármelo de encima, pero el que llevaba todo esto, que ahora dirige Saber y ganar, Sergi Schaaff, un gran maestro, me dijo que daba igual, que hiciera lo que quisiera con el programa. Y lo hice.

Sin presión, como los programas infantiles no importaban a nadie, decidí convertirlo en un proyecto personal y disfrutarlo. Ya había dirigido un espectáculo infantil, Jocs, que se había representado en las campañas de La Caixa a les Escoles varias temporadas y con una gran aceptación.   

Mi planteamiento partió de que ni en lo teatral, ni en lo social, ni en lo personal acepto la categorización de privilegios. A partir de cierta edad, un niño es una persona con obligaciones y derechos igual que sus padres o maestros, aunque estén, naturalmente, condicionados por su momento y situación. Los menús de los restaurantes que por norma condenan a macarrones a los niños me parecen tan censurables como los programas infantiles que los privan de los grandes logros del arte universal.

El Cómo están ustedes de aquel entonces me parecía un muy buen programa infantil, pero, como nosotros estábamos en una televisión periférica que a nadie le importaba, vi que tenía la oportunidad de investigar lenguajes nuevos y tratar a la audiencia infantil con la consideración que en mi opinión se merecía.

Ocurría que, en TVE, los presupuestos externos estaban muy poco dotados, pero los equipos del personal de televisión eran un lujo imposible de mantener para cualquier productora privada. El programa se llamaría Planeta Imaginari, y de entrada decidimos prescindir de los códigos infantiles convencionales. Descartamos el realismo, los colores planos, los decorados y vestuarios realistas. Los libros los presentaba un mago erudito y divertido, el protagonista, Flipp, se trató con una cierta androginia y trabajamos sobre una estructura en red más que lineal; situaciones cortas y unidas conceptualmente. El color, el papel, el agua, René Magritte… lo minúsculo o lo grande, Picasso

El Planeta fue un programa pensado desde la ambición y la humildad en todos los aspectos. No teníamos presupuesto para hacer los trece decorados del trimestre que estaba programado, pero deseando tener un espacio para cada programa encontré la solución en la recién estrenada Superman. Fascinado por las figuras de hielo de la casa que tenía el superhéroe en el Polo Norte, decidimos construir centenares de alargados cubos y otras figuras de madera para renovar el espacio en todos los capítulos solo con cambiarlos de posición y pintarlos de otro color.

Hicimos un programa, dos y, en el tercero, las larvadas resistencias se organizaron para cambiar la línea, se plantó el personal. Creían que lo que hacíamos no iba a ningún lado. En una televisión privada se hubieran salido con la suya, pero en la pública la autoridad del realizador es una categoría. Yo estaba ya editando y, salvo alguna sombra fácilmente subsanable, lo grabado superaba mis más optimistas previsiones. Les transmití mi convicción de estar en el buen camino y con el visionado de los dos capítulos acabados los convencí por fin a todos y empezó la andadura del programa.

El gran acierto del Planeta imaginario, aparte de la idea, era que se sustentaba todo en material de la sociedad civil. Cataluña en aquel tiempo tenía una sociedad civil riquísima. Por ejemplo, en los capítulos dedicados al concepto del papel, encontramos a un señor jubilado que hacía papiroflexia y que, para nuestra sorpresa, se carteaba con el emperador del Japón, que por lo visto también era aficionado. Se introdujo en el guion y aquel buen hombre aparecía haciendo animales con su técnica y para los chavales fue un encanto.

En otro episodio aparecían unos bonsáis cuidados por un jardinero que tenía los mejores ejemplares del país. O el maquinista de la Renfe retirado que en su casa de Gerona se había construido una maqueta de trenes con un recorrido de ochenta metros cuadrados. Todo eso lo metíamos en un escaso minuto. Era buenísimo.

Sin contar los bailarines, cantantes, actores, marionetistas, dibujantes de cómic que colaboraron con nosotros. La Cubana, Comediants, Juanjo Puigcorbé, Pepe Rubianes, y una infinidad de artistas y grupos que empezaban. También estaba La Fura, a los que entonces no contrataba nadie. Yo los llamé, y me montaban cada cristo en el plató que… Un día se enterraron en arena con tubos para poder respirar, y los grabamos haciendo como que nacían sus manos, como si fueran plantas. O un programa sobre los colores, que se pusieron grandes globos rellenos de colores, se tiraban con una cuerda, chocaban, y al caer el contenido abajo se creaba un cirio de colores, con la pintura cayendo sobre los objetos… te quedabas fascinado.

Los grupos de marionetas nos mostraban los diferentes materiales y cuentos que representaban, y de mutuo acuerdo se reestructuraban sus números y personajes para el capítulo en concreto. Lo hacían con marionetas originales en todos los capítulos, algo que ningún productor hubiera podido pagar ni disponer. Teníamos grupos de música de jazz con bailarines, orquestas sinfónicas, divas, deportistas, hadas y diablos bailando y cantando músicas clásicas o populares en situaciones surrealistas. Recuerdo que en uno de los primeros programas, Alaska, y su doble en marioneta, era la bruja del relato en un cuento. El Planeta fue un programa exquisito y popular, que solo fue posible por las impagables participaciones de los grupos, artistas y personalidades que habían en aquel momento en la sociedad que nos rodeaba, y que abrió la puerta a otros magníficos programas como fue La bola de cristal, que lo siguió pero con un presupuesto que era diez veces el nuestro. Nosotros estábamos al día de todo, pero desde la humildad.

Y funcionó.

Para sorpresa de todos, aquella ambiciosa modestia empezó a funcionar y a tener una audiencia de la hostia. Hasta se enteraron en Madrid y me enviaron a un certamen de la Unión Europea de Radiodifusión, en Suiza. Los congresos acostumbran a ser lugares aburridos, con visionados, debates y salidas nocturnas en grupo para comer quesos, pero de repente me encontré con un personaje comedor y bebedor, con una risa que invitaba a saludarlo, y eso hice. Fue un gran acierto. Resultó ser un productor de la TV suiza, comunista y millonario, que se había construido un refugio atómico junto a su casa con una bodega hasta arriba de grandes vinos.

Me invitó a su verlo y nos emborrachamos allí dentro. Me pidió ver mi programa, le gustó y dijo: «¡Esto tienen que verlo fuera de concurso!». Así fue como se proyectó, me dieron no sé qué premio y en Madrid, definitivamente, se enteraron de lo que era el Planeta. Nos pidieron que lo doblásemos del catalán y, solo por eso, nos multiplicaron por cinco el presupuesto. Porque, cuando yo les dije en Suiza con cuánto dinero hacía cada programa, me preguntaron: «¿Pero son francos?”». Y yo: «No, no, pesetas». No se lo podían creer. Cuando lo pasaron a emisión nacional y subió el dinero, quise hacer evolucionar el programa hacia algo más serio, pero me dijo Sergi: «Lo que funciona no se toca». Cosa que es verdad.

Me acuerdo del episodio de un viaje a través de la obra de René Magritte.

El director de teatro, lo quieras o no, debe tener una cultura plástica. A mí al menos me ha gustado siempre. El componente surrealista de Magritte es muy divertido. Es imagen-relato, casi hay una historia dentro de cada cuadro. Eso era mucho más televisivo que poner una gran obra. Todo esto iba saliendo… Pero con el que nos dieron el premio fue con el de Miró. Qué locura. Cuando nos juntábamos, no nos poníamos ningún tipo de freno… Aquí se nos ocurrió poner que Miró estaba pintando en Mallorca y se le escapaba un color y tenía que salir detrás de él hasta Barcelona. Era el azul, y por donde iba lo iba coloreando todo de azul. Cubrimos con una sábana un perfil de la ciudad, con su Sagrada Familia, que era perfectamente reconocible, pero no hacía el gasto del detalle, y el color lo iba pintando todo. La gracia es que para que la mancha se moviera, debajo había unos tíos con un imán. Era cutre de cojones, pero muy divertido, y funcionaba porque los chavales pactaban. Los críos tienen más capacidad de pacto que los adultos.

Siempre he tenido esa duda. A mí me maravillaba el Planeta imaginario, hacía ese pacto, pero tiempo después comprobé que los que eran un par de años mayores que yo lo detestaban. He tenido la impresión de que solo lo disfrutamos aquellos a los que nos pilló siendo niños de una edad concreta.

Si tenías cinco o seis años, los que eran un par de años más mayores que tú ya estaban construidos. Ese era su problema. La educación es una construcción. Pero años después hubo clubes muy activos del Planeta imaginario y una empresa que cogió el nombre y montó espectáculos teatrales. Me enteré por internet, no lo sabía.

También recuerdo escenas duras, no te sé decir exactamente, pero alguna marioneta a la que se le prendía fuego o algo así, detalles que a un niño lo dejaban tocado.

Mi empeño de eliminar cualquier paternalismo convivía con el propósito de ser muy cuidadosos en los límites de los relatos. Esto coincidió también con otro debate que hubo de las televisiones europeas sobre el niño, la televisión y la violencia al que me enviaron como ponente. Un debate interesantísimo, con unas conclusiones que aquí ni siquiera se leyeron.

En aquellos años, con el fenómeno Superman, hubo numerosos accidentes de niños que creían poder volar con cualquier trapo a la espalda; era niños menores incapaces de distinguir la realidad de la ficción. El gran problema de la televisión en estos temas es que por reducido que sea el número de espectadores con perfil de riesgo, en audiencias millonarias pueden representar miles de personas. A diferencia del libro, el móvil, el cine o el teatro, la televisión llega a los hogares sin llamarla.

¿Y la banda sonora de Isao Tomita?

No fue cosa mía tampoco. Las decisiones eran mías, pero en el equipo había uno, Maristain, con el que hablaba de música, cambiaba discos… así llegamos. Hablamos, escuchamos… no apareció de repente alguien diciendo: «Hay que poner la de cabecera a Debussy pasado por Isao Tomita». No, se llegó a eso. Y luego el planeta que salía, los tornillos volando y demás eran cosas compradas en lo que hoy sería el todo a cien, pero la música era tan buena que lo aguantaba todo.

Lo importante era la actitud. ¿Cómo sería un programa infantil si no hubiera habido antes programas infantiles? Eso nos preguntamos. Cómo tratar al chaval, porque había una cultura ahí. Si rompías con el canon y partías del vacío, estabas mucho más limpio como para equivocarte, pero tampoco suponía borrar todo. Recogíamos grandes tradiciones, hacíamos homenajes clarísimos, a Georges Méliès, por ejemplo, pero siempre tratando al chaval como si no fuera diferente. Si algo no lo entendía, pues vale. Pero nunca le minusvaloramos. No hubo paternalismo, jamás. En El Planeta Imaginario decidí tratar al público infantil con exigencia y respeto.

Después hiciste De carne y hueso, un programa de entrevistas.

Era un programa de visitar a los famosos en su casa, para que se mostrasen tal cual eran durante una semana, en su ambiente. Eran personajes populares en plan Telecinco. La gente no se lo cree, pero al que recuerdo más entrañable fue al Fary. Era un tío cojonudo.

¿Por?

Por su falta de pretensiones. Era un tío que tenía asumido mucho. Fui a su casa en Madrid, en La Moraleja, y era como si me conociera de toda la vida. Me enseñó su salón, con mucho cristal. La habitación de su hija, en rosa. La habitación del crío, en azul. La de su madre, en verde. «Pobrecita, que la tengo en el hospital», me dijo. Y añadió: «Vente conmigo, catalán». Bajamos a un sótano, donde tenía como otro piso para él con una bodega, con azulejos blancos de tipo andaluz, un jamón… Me sacó un Ribera del Duero de la hostia y me dijo de quedarme todo el tiempo que quisiera… Nos cogimos una mierda… Resulta que arriba tenía un escaparate montado, pero la vida estaba abajo. Era un tío entrañable, absolutamente nada fantasma. Luego fui a casa de Fernando García Tola, el presentador, y era todo lo contrario. «Te voy a llevar al hipódromo y comeremos en el mejor sitio, porque soy socio y tal», me dijo. Tenía una oficina cuidadísima, era un hiperactivo de cojones.

Otro personaje fantástico fue Tip. Su hobby intelectual era jugar a los chinos. Tony Leblanc también era encantador, como su mujer. Me gustó mucho José Luis de Vilallonga, era un tío culto, tranquilo, con una biografía de la hostia, con anécdotas que iban desde Hollywood hasta la India. Pero lo que te quiero decir es que al final siempre conectas con la gente que no fantasmea. Para mí lo importante es la comodidad. Contra eso no compiten ni el lujo, ni las cenas, ni hostias. No es nada glam, pero es mi barómetro.

Y a todos estos la izquierda les hizo el vacío. Hay un canon supremacista, una palabra que yo he empleado siempre y que no tiene nada que ver con lo de ahora que se ha puesto de moda; hay unos que deciden qué es alta cultura y baja cultura, odian el best seller, como odian el éxito, cosa que entiendo porque es una forma de defenderse. Si algo define al canon es la selección. Ellos deciden lo que es bueno, y a saber todo lo que nos hemos perdido, que no ha sobrevivido por la cultura canónica.

Un ejemplo, Homero me parece importantísimo en el momento que surge, pero ¿por qué es tan bueno él y Tolkien tan malo? Para mí El señor de los anillos nace en otro contexto y es tan importante como la Iliada o la Odisea. No puede ser que descalifiquen a Tolkien comparándolo con ellos, pero hay gente que todo lo que sabe… lo sabe por suplementos.

Una de las escasas polémicas que he tenido en la prensa fue cuando uno de los grandes directores del teatro catalán, molesto porque celebráramos el millón de espectadores cosechados en los cinco años ininterrumpidos en el teatro de un espectáculo que yo había dirigido, declaró en una entrevista que él no hacía teatro para las peluqueras. Clasismo y sexismo como descalificación en una sola frase. Sorprende que una persona supuestamente culta ignore que los cultos suelen ser los beneficiados y a veces hasta culpables de un sistema de clases que por lo menos es inmoral, un grupo que se reserva para los de su clase el acceso la cultura. Nadie es inculto por deseo o vocación. La gran aspiración de los trabajadores de todo el mundo siempre ha sido el acceso a la cultura, aunque fuera la canónica.

¿En qué estado se encontraba el teatro en los ochenta?

Brillante en cuanto a iniciativas y proyectos, y muy deficitario en cuanto a economía; nada nuevo. Yo compaginé teatro y televisión hasta el primer gran éxito que tuve, que fue La puta mili.

¿Cómo acabaste ahí?

Con esta cosa mía de estudiar lenguajes, siempre me gustó mucho el lenguaje del cómic. Ventura & Nieto, Carlos Giménez, Luis García… Hice un par de espectáculos en este sentido, que es muy difícil pero no fueron mal. Lo comido por lo servido. Recuerdo que me marcó una entrevista a Tricicle en la que se quejaban de lo poco que se valoraba el teatro de humor, cuando era el más difícil de hacer que hay. Entonces, en ese momento, entre esas influencias, tomé una pieza de Ivà de Historias de la puta mili en la que el sargento Arensivia enseñaba a matar a los soldados. Empezamos a montar la obra y no creía nadie en ella. Nadie, nadie, nadie. Se la ofrecí a varias productoras, a Focus entre otras, y nadie la quiso. Así que cogí, pedí una hipoteca sobre mi piso, me dieron dos millones y medio de pesetas, y la produje yo. La montamos y se convirtió en el negocio de mi vida.

Lo viste claro.

No puedo explicar por qué lo hice. Sería muy fácil apuntarme el tanto. Lo hice y punto, creía en aquello, pensaba que podía ir bien. Siempre he sido muy positivo. Y lo hice. Hicimos más de mil bolos y ganamos dinero. El Ramón empezó ganando doscientas cincuenta mil pesetas y acabó en ochocientas mil. Todos ganamos. El teatro cuando va mal es una ruina y cuando va bien da mucho dinero.

Ahí entré en una comodidad y tal, pero la crítica me dio palos por todos los lados. Decían que no se podía llenar el teatro de cualquier manera. Pero luego, con el éxito, fueron cambiando, como siempre, y al final pues, bueno, me resolvió la vida. Yo nunca había ganado dinero hasta entonces. En TVE tuve un sueldo que me permitió hacer teatro sin cobrar, pero nada más.

Ibas en el coche con Ivà cuando el accidente.

Si vivir es un largo aprendizaje, yo me doctoré en 1993, cuando después de un apagón de tres semanas me desperté en la cama de un hospital solo pudiendo mover los párpados. Ivà murió en Logroño.

Días antes, a su mujer le habían diagnosticado un tumor en el cerebro y para distanciarse, para reflexionar sobre lo que le venía encima, a lo que tenía que enfrentarse, me propuso ir a Santander a ver La puta mili y cenar con los actores para volver al día siguiente.

Era una barbaridad de viaje. Solo tenía sentido para él por la ansiedad que estaba pasando. Ya vino estresado, porque dibujaba cuatro páginas semanales para El Jueves y encima tenía los guiones de la serie. Se pasó el viaje de ida repitiendo: «¡No puedo, joder! ¡No puedo, joder!». Un mantra que se reactivó cuando cogimos el camino de vuelta y que solo terminó cuando se mató conduciendo y a mí me mandó deshecho al hospital.

La conclusión de aquel puto rosario de «¡No puedo, joder!» fue que El Jueves siguió publicando Ivàs sin Ivà, las series y la película se estrenaron con el valor añadido de la muerte del autor, y su mujer, ahora, lo recuerda con cariño desde su casa de Galicia, solo se murió su perra. Y de tristeza. Me lo contó su mujer cuando vino a verme al hospital y me regaló los originales de la historieta del sargento Arensivia en el escenario de la Sala Villarroel.

Yo me desperté desorientado en la cama del hospital y solo podía parpadear. Me habían cosido hasta la boca. Las enfermeras me lavaban como a un recién nacido, que tal vez lo era. De dirigir a equipos pasé a no poder realizar ni las más mínimas acciones. No podía hablar, no tenía la palabra. Escuché sin intervenir a mi alrededor durante meses.

Al salir del hospital, en casa, disminuido, y con muchos meses de recuperación por delante, escribí un texto sin presiones ni prisas. Al fin [risas]. El resultado fue Bodas de plata, sobre un preso que celebraba encerrado sus veinticinco años encarcelado. El protagonista era un Perogrullo que en la cárcel había descubierto que la felicidad, más que en el valor que tienen las cosas, estaba en la relación que se establece con ellas. Su conclusión era que todos vegetamos restringidos por las limitaciones que condicionan nuestra vida y —¡milagro!— sus años en la cárcel los celebraba como una fiesta. Cada mañana agradecía el milagro de amanecer, exactamente igual que yo en mi habitación del hospital, donde esperaba la aparición de la luna desde el rincón de mi ventana solo tres noches al mes, pero qué noches.

Mi preso había conseguido levitar sobre las mezquindades cotidianas de la cárcel, veía conejos en las ratas, le hacía gracia que una cucaracha casquivana y de culito respingón le pusiese los cuernos a un escarabajo pelotero, participaba en todas las broncas de la cárcel y estaba siempre dispuesto a darse a los demás.

Con La extraña pareja batiste el Guinness de asistencia de público a una obra de teatro.

La idea no fue mía, Focus me propuso dirigirla en la etapa final de mi recuperación. Recaudó dos mil millones de pesetas. No hay ni siquiera una película de cine que haya recaudado eso. La vieron un millón y pico de espectadores. Para la despedida, en el Palau Sant Jordi, venían autocares de Bilbao. Esa representación no fue teatro, fue una fiesta. Pasé diez años trabajando con estos dos actores, Paco MoránJoan Pera, que fueron cojonudos. Al principio a mí no me encajaba con el teatro alternativo que había hecho hasta entonces, pero me sedujo la idea de trabajar con un grande como era Paco. La verdad es que nunca he trabajado con actores más profesionales que ellos.

Esta obra ya la habían estrenado Pajares y Esteso y no había funcionado. Me puse a investigar y descubrí que ya antes, incluso en Estados Unidos, cuando la habían hecho fuera de Nueva York no había funcionado. Cuando empecé a hacer la dramaturgia, a analizar el texto de Neil Simon, me di cuenta de que no era una obra americana, era neoyorquina. Empecé a entender por qué no había empatizado el público español con la obra. Primero, porque Pajares y Esteso no parecían periodistas del New York Times. Eso no te lo crees ni borracho. Tampoco lo parecían el Paco Morán y el Pera, así que lo cambié. Puse periodistas de un diario deportivo, que ya es otro nivel.

Otro cambio fue el amigo policía, eso en Europa no es tan normal, pertenece a la tradición estadounidense. Así que puse un amigo segurata, eso ya era más de aquí. La reescribí toda. No hacían falta grandes cambios, porque es una comedia muy buena, solo tuve que buscar la empatía del espectador. Pero sin Paco y Pera esto no hubiera funcionado, porque la química entre dos actores no la crea un director. Puedes ayudar a que se produzca, pero la que hubo entre estos dos yo no la he visto nunca en escena. Aunque al final nunca sabes por qué el público dice sí o no. Aquí dijo sí y nos tiramos cinco años con la obra.

En una comedia eso se detecta pronto, si el público no se ríe…

Cuando dicen que la comedia es lo más difícil es verdad, porque no admite trampas. Con Shakespeare puedes decir que has actualizado la obra, que si se aburre el público no te lo dirán. No tienes más que ver cómo se aplaude la superficial extravagancia con que últimamente tratan los textos de Shakespeare, que están a la altura del betún de las espléndidas versiones que hizo Peter Brook. En el drama los resultados pueden ser todos respetables, pero con la comedia un gag funciona o no funciona. ¿Ríen o no? Eso es todo.

La comedia, a los actores, si no les funciona, los destroza. Se desesperan, pero a esta obra hubo gente que vino ocho o diez veces. Hasta hubo un caso concreto de una mujer a la que se le desencajó la mandíbula viéndola y tuvimos que parar.

Cuando el público viene a reírse, te da igual, písale un pie, que se ríe. Es la actitud. Los éxitos siempre los hace el público. Si va a reírse, se ríe. Si no, si viene en contra y se cruza, ya le puedes hacer misa que te va a mirar mal. Al que le cae mal un actor, no le va a reír ni una gracia. Estas lecciones te las da el oficio, no están en las escuelas.

Cuando se me quejan de que hacen funciones con salas vacías, pero son los que dicen «yo hago teatro para mí», pues contesto que no tienen derecho a quejarse. Yo también he hecho teatro para mí, para investigar lenguajes, pero si hago un Arrabal tengo que llevar a tres mil espectadores. Si los tengo, he triunfado, y si no, he palmado. Cuando hice Inquisición de Arrabal, creo que metí ocho mil. Pero si te encargan hacer algo como Amadeus o La extraña pareja, tienes la obligación de llenar el teatro a razón de mil quinientas personas diarias. Ahí no puedes decir: «Hago teatro para mí». Yo en ese sentido soy ecléctico, no verás que siga una línea. Me he movido por necesidades, por ganas. Para pasármelo bien.

De hecho, luego montaste Madame Bovary.

La escribí pensando en Maribel Verdú, pero no logré contactar con ella, no pasé de su representante. Entonces me llamó Pilar López Ayala, que le interesaba mucho. Fui a verla. A mí ella me parece una gran actriz, estaba entusiasmada, pero al final se perdió aquello.

Seguí con mis cosas, no le di más vueltas, hasta que me presentaron a Belén Fabra. Había visto Diario de una ninfómana, la película no me acabó de convencer, pero ella me gustó. Hablamos, ella estaba entusiasmada. Hicimos una prueba, porque nada hay más desagradable en teatro que despedir a alguien porque no funciona, pero nos entendimos y la montamos. La ensayamos en mi casa. Ella venía de Gerona cada día con el AVE, pagábamos el tren a medias, porque no había producción ni nada y yo nunca he tenido una subvención.

Esto lo llevas a gala.

Soy el único de mi generación que nunca ha tenido una subvención directa. Las empresas con las que he trabajado sí han tenido algo.  

¿Los demás sí?

La mayoría sí. Y yo no la he tenido no porque no la haya querido, es que sé que no me la dan. Si hago teatro en castellano en Cataluña, no me la van a dar, y, si hago teatro en Cataluña, Madrid tampoco me la va a dar. Al final la estrenamos, cobró todo el mundo los mínimos y ahora ha ido la obra a Madrid.

¿Cómo la adaptaste?

Las versiones que había visto no me gustaban. He visto las dieciséis versiones cinematográficas y algunas teatrales y creo que en ninguna aparece la Emma de Flaubert. La que me fascinaba era una que no se titulaba Madame Bovary, sino La hija de Ryan de David Lean. La gente no lo sabe, pero esa es la mejor versión de Madame Bovary que se ha hecho. Se la habían encargado y él, con muy buen criterio, vio que no se podía hacer siguiendo la crónica y la adaptó a Irlanda.

A Belén, para que entendiera la escena de la boda, le puse la de la película con Sarah Miles y Robert Mitchum, y lo comprendió. Lean nunca lo ocultó, incluso la protagonista se llama igual. Se la habría pegado si la hubiese hecho fiel.

Si coges la crónica de esa historia, tienes a una mujer adúltera, que engaña. Y una mujer que se suicida, una mujer triste. Pero Lean lo que hizo fue mostrar a una mujer que quiere ser y no la dejan. Eso quise sacar yo, la mujer que ella quiere ser. Por eso la saqué bailando en el cartel, en su momento más brillante.

Otro problema es la actriz que se escoge. La última Madame Bovary que se ha filmado, con Mia Wasikowska de protagonista, era imposible que funcionase. La herramienta de ese personaje es que su belleza es indiscutible, la más bella de todas las mujeres. Si pones una actriz que no lo es, te has cargado al personaje. Entre otras categorías, que las tenía, es que socialmente eclipsaba a todo el mundo. Por eso, con Jennifer Jones, la versión de Vincente Minnelli es quizá la mejor de las dieciséis que se han hecho. No sé cómo puede equivocarse tanto un director en el casting, ¿igual es que no ha leído la obra?, ¿no la ha entendido? En el libro, todo el mundo se enamora de esa mujer, por eso la critican; si pones a una actriz de belleza no estandarizada, te lo has cargado. Ahí enterraron un montón de millones.

En Chicas malas te acercaste al feminismo.

Fue una obra de las que yo llamo «los hombres dejamos siempre la tapa levantada». Es de hacer gags de los clichés.

Guerra de sexos.

Más amable, a mí las guerras no me gustan. En esa obra hice algo que suelo hacer habitualmente, que es ponerme de espaldas al espectáculo para mirar las reacciones del público. Había gags en los que veías a todas las mujeres asintiendo y a los maridos mosqueados. Funcionaba. Luego me dijeron que conocía mucho a las mujeres, pero en realidad no tenía ni puta idea. Yo lo que conozco bien es a los tíos, que es una forma también de conocer a las mujeres [risas].

¿En qué estado se encuentra el teatro ahora?

El teatro se está acabando. Nadie lo va a reconocer, pero ya no interesa. No creo que muera, seguirá habiendo grandes núcleos teatrales que coincidirán con grandes núcleos turísticos, como es Los Ángeles, Nueva York, Londres o Madrid, más que Barcelona, y luego habrá teatros culturales mantenidos desde el poder, como la ópera. O Francia, que tiene una apuesta por la cultura que no tiene España, que tiene un público, pero Italia ya no.

Una profesión en la que solo el diez por ciento de sus trabajadores vive de ella parece que no tiene futuro, aunque siempre ha sido así. Pero al teatro que ha dominado el siglo XX y hasta ahora le puede pasar como al circo tradicional, que hacía temporadas en las ciudades y ahora vegeta arrinconado por la macroindustria internacional del Cirque du Soleil.  

El teatro como se ha concebido hasta ahora, como una relación interactiva entre gente que propone y gente que desea, creo que cada vez será menos interesante. Habrá un teatro de la diversión que ya existe, el de los grandes musicales y los monologuistas, que conectan muy bien con la gente joven, cosa que no hacemos la gente del teatro, que metemos audiencia con edad media de cincuenta años, mientras un monologuista tiene un público de una media de veintidós años.

Está claro que esto se acaba. Siempre quedará alguien al que le guste reflexionar, pero será algo muy minoritario. La gente del teatro nos negamos a asumir todo esto, pero el teatro ha perdido su capacidad de actualizarse, que no es una cuestión formal, que se puede hacer por las tecnologías y por la oferta del relato, por los planteamientos. Creo que el teatro en veinte años será como es ahora la ópera o la danza.

¿Ahora qué haces?

A la edad a la que todos mis amigos están aburridos, jugando a la petanca, a mí me faltan horas para trabajar. Hice una versión de El extranjero de Camus hace ocho años y se va a estrenar ahora en Francia, espero. Me tiré un año trabajando en ese libro. Escribirlo lo recuerdo como una de las mejores etapas de mi vida, había mucho nivel de empatía. Descubrí que muchos de mis valores y opiniones estaban muy influidas por Camus.

Ahora estoy haciendo una versión de Carmen, la rebelde, de Pilar Eyre, que somos muy amigos. Sobre una actriz que era amante de Alfonso XIII. Ya adapté de Pilar El callejón del olvido, hará treinta años, pero lo iba a protagonizar Lola Herrera y al final no pudo, porque se estaba separando y el psicólogo le recomendó que no se metiera en un monólogo de estas características.

Para adaptar esta obra estoy todo el día metido en el mundo de los años veinte de Madrid, leyendo revistas de la época, etcétera… y es que no se acaba. Está todo muy documentado. Ella era amiga de Alberti, de García Lorca, pero la izquierda la ha silenciado.

Las celebrities de aquel tiempo eran los teatreros y los toreros, ella se casó con un diestro mexicano, Gaona, luego se divorció de él. Era una tía cojonuda, fantástica. Un modelo de luchadora, triunfadora, cargada de contradicciones, como ser amante del rey y luego liarse con Juan Chabás, un adalid del republicanismo. Me meto en este mundo y me faltan horas. Pero un trabajo que me obliga a ver las películas pornográficas de la productora del Borbón con sus guiones, no es trabajo [risas].

Para mucha gente el trabajo es cansado, pero para mí no. No me quiero comparar con él, ni mucho menos, pero Picasso con noventa años pintaba diez horas diarias. Convertir tu trabajo en tu pasión solo lo entiende el que lo vive. He alcanzado el privilegiado tópico de hacer de mi trabajo mi hobby y mi pasión.


Aquellos turistas

Torremolinos, Málaga, 1961.  Archivo Fotográfico de la Dirección General de Turismo (1951-1992) / Biblioteca de la Facultad de Empresa y Gestión Pública Universidad de Zaragoza (CC)

En la Smart 21 contábamos en el artículo «Neurosis playeras» sobre la accidentada llegada del biquini a las playas españolas que Adolfo Suárez, para acercarse al Opus Dei a principios de los sesenta, llevaba a gala un encuentro que tuvo con una turista extranjera en Peñíscola, que no fue precisamente sexual. Como relataron Gregorio Morán y César Coca, Suárez paseaba por la playa cuando encontró a la mujer tomando el sol en biquini. El joven político se acercó a ella, tuvo una conversación de unos minutos tras la cual la turista anunció su intención de convertirse al catolicismo. Suárez había dicho en un discurso en Ávila que había que «demostrar a Cristo que aún no se ha extinguido la raza bravía que en otros tiempos conquistó mundos para Dios». Aquí conquistó una señora en su toalla.

Sin embargo, el que luego fuera a ser primer presidente del gobierno de la democracia metió estas historias en un cajoncito y se olvidó de ellas, lo mismo que los turistas extranjeros, lejos de convertirse al catolicismo como supuestamente hizo esta señora, lo que hicieron fue cambiar España. Según Ángel Viñas, la llegada de extranjeros generó entre las nuevas generaciones de españoles «un deseo insaciable de vivir como en Europa». La Guerra Civil había reducido al mínimo la llegada de extranjeros a España reduciéndola a unos quince mil anuales.

Para empezar, los turistas hicieron saltar por los aires las estrictas normas morales. Jugándose la excomunión, Pedro Zaragoza Orts, alcalde de Benidorm, acudió a Madrid a pedirle al caudillo en persona que se hiciera la vista gorda en sus playas. La legislación de 1958 prohibía el bañador dos piezas y el que era legal lo era solo dentro del agua. Fuera había que llevar albornoz. Se permitió el bañador, pero nunca en la calle. El Diario Ya, sin embargo, no picaba: «Aun dentro del amplio margen de tolerancia que se tiene con el turismo extranjero, existen límites que no deben rebasarse, no permitiéndose excesos llevados a cabo por una minoría, reñidos con las sanas costumbres españolas, aunque tolerados muchas veces por dueños y empleados de establecimientos que viven de los que nos visitan».

Pero las autoridades tragaron. Entre la pela y la única religión verdadera eligieron la pela sin dudarlo demasiado. En La vida cotidiana bajo el régimen franquista de Rafael Abella se dan unas cifras que explican la magnitud del negocio: seis millones de visitantes en 1960, diez millones en 1961, dieciséis millones en 1966 y treinta y cuatro y medio en 1974. España aumentaba su población un 50% durante el verano. Ya en 1950, con las primeras llegadas, el obispo de Barcelona, Madrego Casaus, pronunció estas palabras citadas en Los años del NODO (Destino, 2008)

Ante la aparición de modas exóticas e inmorales, traídas por extranjeros con indumentaria que no osamos describir porque no hallaríamos manera de hacerlo sin ofender vuestra modestia, vuestro prelado se ve en la obligación de poner a los feligreses en guardia frente a personas cuya conducta es doquiera gravemente pecaminosa, a juicio de cualquier moralista por laxo que sea y, entre nosotros, además, pecado de escándalo y ofensa e insulto al pudor cristiano de nuestro pueblo.

Un negocio del que, como de costumbre, no participamos todos. Un reportaje de la revisa La calle veinte años después hacía balance de la situación y denunciaba que los convenios que firmaban los pequeños hostales españoles con las agencias británicas para que les trajeran turistas eran leoninos. Cuando se querían dar cuenta veían que no cubrían gastos y eso les obligaba a trabajar hasta la extenuación y buscar el beneficio en algún oportuno sablazo.

En el lado positivo, las mujeres españoles comenzaron no solo a vestirse como las visitantes, también a adoptar sus hábitos. Según Tribuna Médica, la píldora, que en España se llamaba anovulatorio o regulador del ciclo menstrual, pasó de 531 600 unidades dispensadas en 1966 a 1 119 000 en 1967.El aludido libro de Abella recoge unas palabras del obispo de Ibiza, fray Antonio  Cardona Riera, sobre la influencia de las turistas:

Esos indeseables con su indecoroso proceder en las playas, bares y vías públicas y, más aún, con sus hábitos viciosos y escandalosos, van creando aquí un ambiente maléfico que nos asfixia y que no puede menos que pervertir y corromper a nuestra inexperta juventud. Nadie se explica por qué se autoriza aquí la estancia de féminas extranjeras, corrompidas, corruptoras, que, sin cartilla ni reconocimiento médico, vienen para ser lazo de perdición física y moral de nuestra inexperta juventud; ni tampoco sabe nadie cómo pueden tolerarse ciertos individuos carentes de medios de vida, de los cuales dice la voz pública que viven exclusivamente del vicio que facilitan y propagan descaradamente (…) Y que nadie vea en estas líneas otra cosa más que la voz de alerta, el grito de ¡socorro! del pastor de almas que contempla angustiado e impotente la riza, el destrozo que hace el lobo entre las amadas ovejitas que el Señor le confiara y de las cuales tendrá que rendirle estrecha cuenta un día.

Se multiplicaron los concursos de belleza para elegir a la miss del lugar. Primero se impuso el baile regional para desfilar, pero no tardó en hacerse en bañador. Todo el mundo quería ser atractivo. También se inauguraron plazas de toros en el Mediterráneo y brotaron clubes con espectáculos flamencos en lugares donde nunca había habido tradición. Los negocios brotaban en la costa y la despoblación del centro se acentuó todavía más.

En La invasión pacífica: los turistas y la España de Franco de Sasha D. Pack se cita que los periodistas del régimen se quejaban de que España sufría «una invasión» y se llegó a hablar de «colonias» y «explotación neocolonial». Al mismo tiempo, en el extranjero, organizaciones de izquierda, en solidaridad con la izquierda española, propugnaban un boicot al turismo en España.

El 16 de octubre de 1969, Carrero Blanco le pidió a Franco la cabeza de Fraga porque «en aras de un turismo de alpargata, se protege en los clubs play-voy (sic) el streaptesse (sic)», citó Paul Preston en su biografía del generalísimo. El Ministerio de Fraga había sido el autor del famoso eslogan de Spain is different para una campaña publicitaria orientada a cambiar la lamentable imagen externa del país; eslogan, por otra parte, copiado a la Unión Soviética, cuya agencia publicitaria Intourist lanzó en 1934 la campaña The URSS is different para la Agencia de Viajes soviética. Lo descubrió Luis Lavaur en su obra Turismo de entreguerras. No obstante, los grandes proyectos turísticos de Fraga fueron castos y piadosos, como impulsar el peregrinaje por el Camino de Santiago.

Al final, la huella del turismo fue imborrable. Al régimen, fundamentalmente, le apañó el déficit comercial, pero también generó un modelo empresarial del que todavía no nos hemos librado: la construcción especulativa. Rafael Vallejo, en su estudio De país turístico rezagado a potencia turística de 2014, concluye que ante ese monstruo que nacía el régimen poco pudo hacer, o por impotencia o porque estaba en el ajo:

El problema de esos apartamentos incontrolados no se quedó solo en los impuestos que año tras años escaparon al fisco y en su repercusión permanente sobre los paisajes, sino que trascendió a la cultura empresarial. La industria de la construcción turística asentó, con la complicidad de las autoridades, un espíritu empresarial del todo vale, corruptor y desmoralizador. Durante la Transición, a partir de 1975, se creyó que la democracia extinguiría el mal, identificado como producto de un régimen dictatorial y corrompido. Pero no fue así, la cultura inmobiliaria especulativa, depredadora, quedó enquistada y hoy lamentablemente sigue vigente, enriqueciendo a unos pocos en contra del bienestar colectivo y de la riqueza natural del país, con efectos acumulativos e irreversibles. En esto existe una contradicción entre los beneficios (especulativos) a corto plazo y las externalidades (negativas) a medio y largo plazo. Es una de las pesadas herencias del boom turístico español, frente al que las autoridades franquistas no hicieron prácticamente nada eficaz, impotentes o más bien cómplices del desaguisado.

Dicho todo esto, uno no puede evitar ponerse meditabundo cuando compara la historia y los efectos del turismo en España desde los años sesenta con las noticias que nos llegan en la actualidad. Si aquellos europeos que venían a tostarse al sol, emborracharse y disfrutar del sexo nos marcaron el camino de la libertad y el hedonismo, hasta entonces proscritos o reservados o exclusivos en la sociedad española ¿qué podemos pensar del turista inglés que ha hecho época ejecutando un balconing defecando a la vez? ¿Es ahí adónde nos dirigimos?


Una micronación llamada Sealand (o cómo ser barón por setenta euros)

Fotografía: Ryan Lackey (CC).

Publicaba la prensa hace algunos años que José María Aznar quería ser noble. Por lo menos, en el sentido aristocrático del término. Y todo por culpa del agravio comparativo. En julio de 1976, Juan Carlos I había concedido a Carlos Arias Navarro el título de marqués de Arias Navarro con grandeza de España, inaugurando así la campechana tradición de distinguir con un título nobiliario a los diferentes expresidentes del gobierno. En 1981 nombró a Adolfo Suárez duque de Suárez —también con grandeza, ya que todos los duques son a su vez grandes de España— y en 2002 otorgó a Leopoldo Calvo-Sotelo los títulos de marqués de la Ría de Ribadeo y grande de España. Felipe González, por su parte, rechazó la oferta del rey porque consideraba poco apropiado que un socialista fuese nombrado duque de Dos Hermanas; una reflexión que, según las malas lenguas, sirvió a Zapatero para adelantarse a la posible oferta del rey, declinándola antes de que se produjese.

En el entretanto, Juan Carlos I fue haciendo duquesa de Franco a Carmen Franco, marqués del Pedroso de Lara a José Manuel Lara, marqués de los Jardines de Aranjuez a Joaquín Rodrigo, marqués de Vargas Llosa a Mario Vargas Llosa, marqués de Iria Flavia a Camilo José Cela y marqués de Del Bosque a Vicente del Bosque, entre muchos otros, pero ni rastro del ducado o el marquesado de Aznar. Hasta su abdicación en 2014, el rey concedió cincuenta y cinco títulos nobiliarios, incluyendo los ducados de Lugo y de Palma de Mallorca para sus hijas, pero no encontró ni un triste momento, ni siquiera un domingo tonto de invierno, de esos en los que llueve a cántaros y te los pasas en chándal en Zarzuela viendo Teledeporte, para convertir a José María Aznar en noble. Es más, si hoy en día el expresidente del gobierno se encontrase en un restaurante con el conde Lecquio, por ejemplo, sería él quien tendría que rendir pleitesía al italiano y no al revés. Ya me explicarán en qué cabeza cabe eso. No me extraña que, tal y como se publicaba hace una década, el presidente de FAES llevase algún tiempo trabajando en ello.

Porque ser noble, si uno lo piensa bien, debe de ser una cosa extraordinaria. De hecho, salvo si eres un poco megalómano o el asunto resulta ventajoso para tus negocios en países donde se reverencia el abolengo, como Emiratos Árabes o Arabia Saudí, ser noble no sirve absolutamente para nada. Y eso, en la actualidad, tiene un mérito descomunal. Pocas cosas menos útiles pero más bonitas se me ocurren que recibir el tratamiento de excelentísimo señor o su ilustrísima cuando uno está, por ejemplo, comprando el pan o pagando una multa de tráfico. O que a uno lo anuncien como marqués, duque o grande de España cuando entra en el despacho de un inspector de Hacienda. O cuando lo llaman por megafonía en el hospital o en el vestíbulo de un hotel. Por eso cuando un buen amigo me comentó hace un par de meses que podíamos ser barones por setenta euros, caballeros de una orden militar por algo más de ciento diez o condes por apenas doscientos treinta euros, se me iluminó el semblante.

«Conde yo —pensé mientras me mesaba señorialmente la barba, que es el modo en que deben pensarse estas cosas—. Como Drácula, Lucanor, Pumpido, Nast o el de Montecristo. Me parece una idea excelente». Mi sorpresa fue todavía fue mayor cuando descubrí que, para formar parte de la nobleza europea, bastaba con entrar en la tienda online de la web del gobierno de Sealand, seleccionar el título soñado y comprarlo. Aunque eso no signifique necesariamente que el resto de la nobleza europea esté dispuesta a considerar a un conde o a un duque del Principado de Sealand como uno de los suyos, me temo. De hecho, hace dos años falleció Joan Bates, la princesa Joan de Sealand, y ningún aristócrata europeo se dignó a asistir a su funeral. Como si se tratase de Anne Hathaway en Genovia o cualquier otra princesa plebeya. Habrase visto.

Fotografía: Ryan Lackey (CC).

Y el motivo es el curioso estatus de Sealand como nación. O como micronación. O como lo que sea. En realidad, el principado no es más que una plataforma metálica rectangular de quinientos cincuenta metros cuadrados elevada sobre dos torres cilíndricas que se hunden en el banco de arena conocido como Rough Sands, situado a diez kilómetros de la costa de Suffolk, en el mar del Norte. La plataforma, que fue construida en 1942 por la Marina Real británica con el nombre de «Rough Towers» y formó parte de la red de fortificaciones marinas Maunsell —levantadas durante la Segunda Guerra Mundial para la protección del Reino Unido—, operó hasta mediados de los años cincuenta como fortaleza militar, siendo la base del fuerte HM Fort Roughs. A partir de 1956 fue utilizada por distintos locutores y emisoras piratas de radio para retransmitir sus programas desde fuera de las aguas territoriales británicas. Pero en el año 1967, el excomandante del ejército británico Paddy Roy Bates asaltó y conquistó la estructura, instalándose en ella junto con su familia y un grupo de hombres a su cargo y reclamando la independencia de la plataforma marítima como estado soberano. Se fundaba así el Principado de Sealand.

La estrategia de Bates se asentaba sobre la idea de que, hallándose las torres Rough y su plataforma en aguas internacionales, ya que las aguas territoriales del Reino Unido se situaban por aquel entonces a tan solo tres millas náuticas desde la costa, Sealand debería ser considerado un territorio independiente y, por consiguiente, debería gozar de sustantividad jurídica propia. Y para ello Bates se amparaba en los criterios recogidos en la Convención de Montevideo, firmada en Uruguay en el año 1933 en el marco de la VII Conferencia Panamericana y reconocida por la Unión Europea a raíz de la constitución del comité de arbitraje Badinter sobre Yugoslavia, en la que se establecen los cuatro requisitos que debe tener un Estado para ser considerado como tal y, por lo tanto, como sujeto de derecho internacional.

El primero de ellos es el de la población permanente, una condición que Sealand cumple sin problemas ya que, aunque por lo general no suele haber más de cinco habitantes en la plataforma, en total son treinta las personas censadas en ella. El segundo requisito previsto en la convención es el de disponer de un territorio determinado, que en el caso de Sealand consiste en la propia plataforma de qunientos cincuenta metros cuadrados —a lo que habría que añadir sus propias aguas territoriales—. El tercero hace referencia a la forma de gobierno, que en el Principado de Sealand es la monarquía parlamentaria, recayendo la jefatura de Estado en la persona del príncipe —desde que falleció Paddy Roy Bates, en el año 2012, y debido al carácter hereditario del cargo, el jefe de Estado es su hijo Michael, actual príncipe de Sealand—. Y la cuarta condición para ser considerado un Estado es la capacidad para mantener relaciones con otros Estados, ya sean estas diplómaticas o de cualquier otra índole. Es decir, la interacción de tú a tú, en pie de igualdad. Un requisito que sirvió a Paddy Roy Bates para encontrar la principal justificación de su reivindicación de soberanía.

La primera relación del principado con otro país ocurrió en 1968, cuando el joven Michael fue llevado a juicio por disparar contra el Golden Eye, un buque de la Armada británica que navegaba demasiado cerca de Sealand. Los tripulantes alegaron que estaban realizando trabajos de reparación en una boya cercana, pero los Bates —esto es, la familia real de Sealand— declararon que dispararon contra el buque en legítima defensa para evitar su desalojo. Un tribunal inglés dictaminó que, debido a la ubicación de la plataforma en aguas internacionales, el Reino Unido carecía de jurisdicción para juzgar el asunto, lo que fue interpretado por Paddy Roy Bates como la verificación de la capacidad de Sealand para mantener relaciones con otros estados así como el reconocimiento de facto de su soberanía por parte del Reino Unido.

Fotografía: Ryan Lackey (CC).

Diez años más tarde, el primer ministro de Sealand, Alexander G. Achenbach, aprovechó que Paddy Roy Bates no se hallaba en el principado para asaltar la plataforma con lanchas motoras, motos acuáticas y helicópteros, tomando como rehén a su hijo Michael, que fue deportado a los Países Bajos. Varios días después, Bates envió un helicóptero del que descendió un numeroso grupo de mercenarios, quienes, mediante el uso de las armas, lograron recuperar el control de Sealand y hacer prisionero a uno de los hombres de Achenbach, el abogado alemán Gernot Pütz. Bates accedió a liberarlo, pero impuso una condición: Pütz había sido acusado de traición a Sealand, igual que el resto de amotinados, por lo que debía abonar al principado la cantidad de setenta y cinco mil marcos alemanes si quería recuperar su libertad. Al poco tiempo, los Países Bajos y Alemania solicitaron al Reino Unido que interviniese, pero los británicos alegaron que la estructura se encontraba fuera de sus aguas territoriales y que no podían hacer nada. Finalmente, Alemania envió un diplomático a la plataforma para negociar la liberación de Pütz, lo que de nuevo sirvió a Bates para proclamar que los alemanes reconocían de facto la soberanía de Sealand. Varias semanas después, accedió a la petición de Alemania y liberó al traidor.

En 1987, el Reino Unido amplió sus aguas territoriales a doce millas náuticas, pero para aquel entonces Sealand ya consideraba que su legitimidad como Estado soberano estaba más que probada, disponiendo de constitución, bandera, himno, moneda propia y pasaportes. No solo no aceptaban que la plataforma se hallase en aguas territoriales británicas, sino que además reclamaban sus propias doce millas náuticas a la redonda. Desde entonces, Sealand se ha hecho con sus propios sellos —emitidos, de hecho, por España—, con su propia selección de fútbol —sus jugadores son los del Vestbjerg Vintage Idraetsforening, un equipo de la segunda división danesa— así como con su propio gobierno en el exilio, comandado por el propio Achenbach en un inicio y, desde la renuncia de este por motivos de salud en 1989, por Johannes Seiger, quien a día de hoy todavía asegura que el gobierno rebelde es la única autoridad legítima del principado.

Pero quizá lo mejor que ha hecho jamás Sealand como nación es permitir a ciudadanos de otros países hacerse con uno de sus títulos nobiliarios por un precio más que razonable, pasando así a formar parte de la distinguida nobleza de un país europeo. Si uno desea ser Lord o Lady de Sealand, basta con abonar 29,99 libras esterlinas —unos treinta y cinco euros, al cambio— y le envían a casa toda la documentación que acredita su nuevo estatus. Si lo que se le antoja es formar parte de la soberana orden militar de Sealand como caballero, el precio es de 99,99 libras —es decir, unos ciento catorce euros—. Pero si lo que anhela realmente es ser duque o duquesa, como Adolfo Suárez o Carmen Franco, puede conseguirlo por la módica cantidad de quinientos setenta euros. Se acabó eso de agachar la cabeza ante el conde Lecquio. Ya no hay por qué sentirse inferior al marqués de Del Bosque cuando uno está pagando una multa o comprando el pan. Si el expresidente Aznar sigue deseando ser noble, no hace falta que espere a que Felipe VI dé el paso. Basta con ponerse en manos del príncipe Michael de Sealand a través de la tienda online del principado.

Donde, por cierto, uno puede también comprar tazas, sellos, camisetas de la selección de Sealand, un ejemplar de su constitución e incluso nueve decímetros cuadrados de la plataforma. Una pequeña superficie del principado que puede considerar suya. Con su título de propiedad y todo. Aunque teniendo en cuenta el tamaño de su área, no estoy seguro de que esa idea haya sido muy meditada. Honestamente, no sé a qué espera Johannes Seiger para hacerse con el principado cachito a cachito. O el propio Aznar, ya puestos.


Rosa María Mateo contra el ruido y la furia

Archivo RTVE

Ha sido una de las profesionales más importantes de la historia de la televisión de España. En los cerca de cuarenta años que estuvo en antena demostró que se puede informar con rigor y compromiso —sin desprenderse de su propia personalidad— en los servicios informativos de Televisión Española y Antena 3 Televisión. Sin embargo, en 2003 desapareció de forma repentina de la pequeña pantalla.

Su popularidad fue inabarcable desde que empezó a presentar Informe semanal en 1974, «el único programa informativo que ha ganado dinero en la televisión, porque los programas informativos pierden dinero siempre», cuenta la propia Rosa María Mateo. Ahora vive en paz, en Boadilla del Monte, junto al actor Miguel Rellán. Modera coloquios, debates, participa en conferencias, rueda cortos como actriz y cuida del jardín de su casa. Es común verla en los llamados Encuentros con el Público del Teatro Español. «El otro día pusieron Las troyanas, de Eurípides. Lo estuve leyendo y me di cuenta de que seguimos siendo igual. Creo que los seres humanos, desde que nos bajamos de árbol, hemos cambiado muy poquito», apunta reflexiva.

Los años universitarios del teatro

Su vida fue un cambio constante desde el principio: a los quince días de vida (nació en Burgos, en 1942) su familia se la llevó a Madrid siguiendo el destino que le correspondía a su padre, militar de profesión, que también hizo que fuese a Valencia tres años después. Allí empezaría a estudiar Derecho.

Cuando entró en la facultad tuvo claro que quería hacer teatro, así que preguntó quién era el director del TEU (Teatro Español Universitario). Resultó ser Pepe Sanchís, estudiante de Filosofía. Se acercó a él y le contó lo mucho que le apasionaba subirse a las tablas. Un día, Pepe montó Antígona. «A mí me dijo que si quería hacer de Ismene, la hermana de Antígona, pero me parecía una imbécil absoluta y una cobarde. Antígona respondía al tipo de joven que lo quiere todo ya». Allí coincidió con el cantautor Raimon, que hizo de Heón, el novio de Antígona. «En los ensayos cantaba “Al vent” con la guitarra. Todavía estaba en la facultad estudiando Filosofía», detalla.

Estudiando Derecho solo había diez mujeres. Corrían los años sesenta. Rosa María Mateo, con una clara postura feminista, recuerda que la cifra no varió en todo el tiempo que estuvo en la facultad: «En general, las mujeres estudiaban Magisterio o Periodismo. Y la Iglesia tenía una carrera de Periodismo que duraba tres años, pero yo creo que la establecieron para tener controlada a la gente que iba a escribir en los periódicos». De entre todas, Filosofía era la carrera en la que más mujeres había: «Creo que eso es porque era una carrera más femenina y Derecho una más masculina. Además, en Filosofía se podía ser profesora y tener otro tipo de salidas. Se suponía que la cultura era menos productiva económicamente, por eso los chicos no querían estudiar Filosofía, porque no era una carrera con grandes salidas, entonces iban a ganar menos dinero. Las mujeres siempre se han dedicado a las profesiones peor pagadas».

Ahora lo piensa y confiesa que le hubiera gustado más estudiar Filosofía, pero también piensa que Derecho es una carrera bonita, salvo algunas asignaturas: «El derecho administrativo, por ejemplo, me parece un peñazo absoluto», reconoce con hastío. Se preparó las oposiciones y tuvo que terminar en Madrid dos asignaturas que le quedaron. Hasta que acabó, pasaron diez años. También se examinó en la Escuela Oficial de Cinematografía: «Hice el examen embarazada. Fue en octubre o noviembre y mi hijo nació en enero». Pasó el examen, pero se aburrió y acabó marchándose después de un tiempo.

La primera vez que pisó un estudio de Radio Nacional de España no fue en calidad de periodista, sino de actriz de radioteatro, en Valencia. «Como lo hacíamos por la noche tenía que acompañarme mi hermano, porque mi padre no me dejaba salir de casa a esas horas (entre las nueve y las diez)».

Érase una vez… una locutora de continuidad

Archivo RTVE

Al aprobar las oposiciones, Rosa María Mateo inicia en 1966 una nueva etapa en la segunda cadena de Televisión Española como locutora de continuidad. «Era una tontería de trabajo. Entraba a las seis de la tarde o así y me marchaba a las doce de la noche. Estaba en una salita pequeña con las niñas de la primera cadena. Me quedaba sentada, pintadita, esperando a que empezara la emisión para contar los programas que iba a haber. Si se estropeaba la tele y ponían la carta de ajuste —una cosa maravillosa—, yo decía: “Disculpen la interrupción…”». Al poco tiempo entró su compañera Elena Martí.

A pesar de no recordarlo, también hizo de modelo ocasional en Luz verde, presentado por Natalia Figueroa. «Te juro que me ponen en un interrogatorio con gente expertísima y no podría decir nada», se defiende. Por su memoria aparecen programas como Buenas tardes, con Raúl Matas, pero otros, como La segunda cadena informa o De la A a la Z, se esfumaron del recuerdo. Fue entre 1972 y 1973 cuando condujo el concurso basado en cuestiones sobre el uso del vocabulario castellano.

Cuando sus compañeras hablaban del tiempo que llevaban trabajando en TVE pensaba que no iba a poder aguantar tanto tiempo allí. «Me gusta hacer las cosas bien: si cuido el jardín, por ejemplo, quiero que esté bien, y me indigno conmigo misma si lo hago mal. Siempre he intentado hacerlo lo mejor que pude en televisión y lo más honestamente posible, pero no me gustó nunca trabajar en televisión».

Burladeros en los pasillos de RTVE

Carta de amor de un asesino, 1972. Imagen: Elías Querejeta Producciones Cinematográficas S.L.

El entorno y ambiente de la televisión no eran de su agrado, a excepción de algunos momentos. «Como decía un viejo periodista: “Lo único que faltaba en Televisión Española eran burladeros en los pasillos”, porque los cuchillos volaban por el aire. Había enemistades, gente que quería ser más… Esas cosas terribles que pasan en los trabajos». Otra isla de felicidad, además de la época de Informe semanal, fue la que abarcó la última edición del Telediario, con Pedro V. García de director: «Es un ser absolutamente adorable. Formamos un equipo muy bueno, muy a nuestro aire». Pero la felicidad nunca es permanente. «La vida tiene muchos ratos en los que no eres feliz. Pues en la tele pasaba un poco igual. No todo el tiempo yo era desgraciada, pero tampoco era feliz, salvo en esos pequeños momentos aislados», añade.

En medio de toda la vorágine pudo rodar la película Carta de amor de un asesino (1972), dirigida por Francisco Regueiro y con José Luis López Vázquez. Ella hacía el papel de Charo. «Me pareció una película muy floja después. Sentía que yo no servía para eso. Creía que todo el mundo lo hacía muy bien y que yo era un pato. No era mi sitio y no iba a ser actriz». La película no llegó a estrenarse, aunque pudo emitirse más tarde, en diciembre de 1988. «Ahora he rodado un corto y lo he pasado muy bien. Todo lo contrario de lo que me sucedió aquella vez». ¿Con el tiempo se ven mejor las cosas? «No. Con el tiempo les das menos importancia a las cosas y te das menos importancia». Tras la frase, Miguel Rellán se despide; saldrá un momento de casa.

En los setenta, Rosa María Mateo ya se sentía herida: «Pensaba que la carrera de periodista no era más importante que la de Derecho, sobre todo porque no me interesaba nada lo que hacía. Yo estaba allí porque quería ser independiente, aunque en ese momento ya tenía un hijo y tenía que ganar dinero para mantener mi casa, porque me separé muy pronto de mi marido. Es lo que me hizo permanecer en televisión», explica con sinceridad.

Del Telediario a Informe semanal

Lo que le gustaba a Rosa María de Televisión Española eran los informativos. En 1973, Juan Luis Cebrián, entonces director de informativos, tuvo el ojo de ponerla en el Telediario, pero en 1974 ya pasó a presentar Informe semanal, dirigido por Pedro Erquicia. «En aquel momento fue muy importante, porque era el único programa que analizaba en profundidad determinadas noticias. Podían ser desde las fiestas de un pueblo hasta el fenómeno Elvis Presley. No era solamente una cosa política, aunque tenía temas nacionales e internacionales. Los nacionales con mucho cuidadito, porque teníamos un censor, pero Pedro Erquicia sabía manejar muy bien esas historias».

El sábado 31 de marzo de 1973 nacía Semanal informativo, título que fue sustituido por Más allá de la noticia hasta el 16 de noviembre de 1974, cuando pasó a llamarse tal y como se le conoce hasta la fecha. El propio Erquicia lo recordaba en una entrevista: «Estaba dirigiendo la primera edición cuando el director de informativos me pidió que pensara en un programa para los sábados por la noche. Analicé la programación de Televisión Española de los últimos seis años y había una laguna muy clara: nunca se había hecho un programa de primera hora con reportajes de temas tratados con profundidad. Existía Primera plana, una copia del programa de la televisión francesa Cinq colonnes à la une, pero nada más». Informe semanal, finalmente, se basó en el 60 Minutes de la CBS.

Rosa María Mateo trabajó con un equipo de reporteros, pero sobre todo de reporteras: Ana Cristina Navarro, Carmen Sarmiento, Soledad Alameda… También estaban Antonio Gasset, Javier Basilio, Ramón Colom o Baltasar Magro, aunque ellos dos entraron un poco más tarde. Colom llegó a dirigir y a presentar el programa en los ochenta. Después, en 1990, fue nombrado director de Televisión Española.

Magro, en su caso, salió para estar en los informativos diarios. «Baltasar era un reportero nato. Me dio mucha pena que dejara de hacer reportajes y pasara a los informativos. Hizo un reportaje fantástico sobre Yoyes. Recuerdo que aquel programa lo vi en la redacción, en un monitor, al lado de Mario Onaindia». ¿Y qué ha pasado ahora? «No lo sé. Era otra cosa. Franco vivía, aunque estaba a punto de morir. Todavía no habíamos hecho la Transición y estaba como entre aguas: el final del franquismo y el principio de lo que fue luego la Transición. La gente tenía muchas ganas de ver y de hacer cosas. Ahora creo que todo está muy mediatizado», dice, poniendo como ejemplo de esta mediatización a las empresas. España seguía siendo España.

Archivo RTVE

Ruido de sables (I)

A pesar de la entrada en vigor de la Constitución española el 29 de diciembre de 1978, España seguía siendo un país con más dudas que certezas. «Desgraciadamente, el franquismo ha marcado demasiado a nuestro país. Tienen razón cuando dicen eso de que Franco lo dejó todo atado y bien atado. España sigue dividida de una forma muy agresiva y en dos bandos irreconciliables. Los políticos del Partido Popular critican que la izquierda siga hablando de los muertos y de la guerra diciendo que eso ya había pasado hace mucho tiempo. Y no, mire, porque precisamente ellos están hablando en un tono que demuestra que no pasó hace tanto tiempo».

La crisis, mociones de censura… Las espadas estaban en alto, pero ¿quiénes, además del entorno político, podían saberlo? Los periodistas: «Había ruido de sables en el ambiente porque el diario Arriba publicaba unos artículos terribles (creo que en algunos debían hablar en clave). Ahora, de eso a que hubiera un golpe de Estado… Había un ambiente, como un tufo, y es verdad que, quizá, la gente de a pie no se enteraba, pero los periodistas sí. Pero no puedes salir y asustar a la gente diciendo que hay unos militares que quieren abortar la democracia». La información puede volverse distorsionada por el camino, como en el juego del teléfono escacharrado; por eso es importante ver venir los acontecimientos, quizá por supervivencia.

Leopoldo Calvo-Sotelo fue elegido como candidato a presidente por el rey Juan Carlos I el 10 de febrero de 1981. Rosa María Mateo había estado entrevistándolo en su casa el 22 de febrero, un día antes de ser investido en el Congreso de los Diputados. La entrevista, de hecho, debía emitirse al día siguiente.

Ruido de sables (II)

El 23 de febrero, la periodista se encontraba en los sótanos de la Casa de la Radio, en el departamento de maquillaje. En un paréntesis de la sesión, se acercó a los monitores internos para seguir la votación. Cuando era el turno del diputado del PSOE Manuel Núñez Encabo, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el salón del Congreso gritando «¡Quieto todo el mundo!» y disparando al aire. «En aquel momento, cuando estás viviendo una situación así, piensas que puede pasar lo peor. Pero estás informando y olvidas el miedo», aclara, antes de explicar una de las órdenes que recibieron de los mandos militares: «No querían que diéramos en televisión las imágenes de lo que estaba ocurriendo en el Congreso de los Diputados». Era, además, una grabación de rutina y no se estaba emitiendo en directo, pero los golpistas destrozaron las cinco cámaras de Televisión Española menos una. El realizador Pepe Marín observaba atónito los acontecimientos desde las unidades de televisión situadas en la plaza de las Cortes.

No obstante, las imágenes de lo sucedido pudieron ser vistas por los españoles al día siguiente, después de que soltaran a todos los congresistas. Podía ser una medida para salvarlos: «No sabíamos si los iban a matar. Cuando por la noche sacaron a algunos de ellos y se los llevaron pensamos que los iban a fusilar. Ahí estábamos preocupados, pero no por nosotros mismos, sino por lo que estaba ocurriendo». Los truenos se escuchaban a lo lejos, pero la tormenta ya estaba encima.

«Buenas noches. En el contexto de los hechos ocurridos esta tarde en el Congreso de los Diputados, Televisión Española quiere informar que, al filo de las ocho menos cuarto de la tarde, fuerzas militares con material blindado y a las órdenes de un capitán ocupaban las instalaciones de RTVE», anunciaba Iñaki Gabilondo (director de informativos) en un avance.

El destacamento miliar llegado a Prado del Rey fue, en primer lugar, al despacho del director de Televisión Española (Miguel Ángel Toledano) para darle la orden de continuar con la emisión con toda normalidad. Después se dirigieron al despacho del director general (Fernando Castedo), que se encontraba en la Casa de la Radio. A él le ordenaron poner música militar por Radio Nacional. «Un compañero y yo —rememora Rosa María Mateo— nos acercamos a un soldadito que estaba en la puerta del director general para preguntarle si él era de los buenos o de los malos». El militar, al que le temblaba hasta el fusil, ni siquiera supo qué contestar.

La noche de los transistores

A través de su secretaria, Castedo pudo ponerse en contacto con Jesús Picatoste (subdirector general) para hablar con el director de Televisión Española y después con el secretario general de Zarzuela (Sabino Fernández Campo). Era preciso que el rey hablara por televisión para pedir serenidad y poner orden constitucional (dentro de la legalidad vigente), pero había que salir de Prado del Rey e ir al Palacio de la Zarzuela. Algo más de quince kilómetros separaban un punto de otro

El periodista Jaime Olmo reproducía en Infolibre las palabras que el propio Fernando Castedo le había dado en una entrevista, en los ochenta, sobre cómo él y Jesús Picatoste consiguieron grabar el mensaje del rey después de haber hablado con Fernández Campo: «En la primera llamada me pide que mande a alguien que filme a su majestad, y le digo a Toledano que prepare dos equipos y que se pongan al mando Picatoste y Erquicia, para ver cuándo pueden salir hacia Zarzuela». De manera posterior, Fernández Campo pide que le pasen por teléfono al capitán que mandaba a los militares que ocupaban Prado del Rey para que estos abandonaran las instalaciones de televisión. «En un primer momento, el oficial niega obedecer otras órdenes que las de su inmediato superior, pero tras conectar con su unidad deciden por fin retirarse de Prado del Rey. Eran poco más de las nueve de la noche e inmediatamente digo a Iñaki Gabilondo que se ponga delante de la cámara e informe de lo que está pasando, mientras los equipos salen hacia Zarzuela en dos coches, ya que entonces no teníamos enlace fijo con el Palacio».

En otro avance informativo, Rosa María se dirigía a los españoles: «Estamos a la espera de poder ofrecerles las palabras de su majestad el rey don Juan Carlos sobre los acontecimientos que se están desarrollando en el Congreso de los Diputados donde, como ya les hemos informado, un grupo de miembros de la Guardia Civil, al mando del teniente coronel Tejero, ha ocupado la Cámara y mantiene retenidos a la totalidad de los miembros del Congreso». La emisión del mensaje del monarca era clave, ya no por su contenido, sino por la tranquilidad de los ciudadanos y ciudadanas que, tal vez, no escucharon a tiempo el ruido de sables. A las nueve y diez, las fuerzas militares abandonaron RTVE. «En el transcurso de la hora y media que duró la ocupación, el oficial que mandaba las fuerzas militares mantuvo varias conversaciones telefónicas con otros mandos. El personal de Radio Televisión Española se mantuvo en sus puestos con absoluta calma y sin que se produjera el más mínimo incidente», contaba ya entrada madrugada.

La tranquilidad llegó cuando entraron los GEO (Grupo Especial de Operaciones de la Policía Nacional) y se pusieron allí, de pie. «Estos pisaban fuerte: O nos mataban o nos salvaban, pero desde luego teníamos muy claro que hacían muy bien lo suyo».

Archivo RTVE

No tan buenas noches

El 27 de febrero, cuatro días después del fallido golpe de Estado, Rosa María Mateo leía delante del Congreso de los Diputados el emblemático comunicado firmado por los cuatro partidos principales: Alianza Popular (AP), Partido Socialista (PSOE), Unión de Centro Democrático (UCD) y Partido Comunista (PCE). Según datos publicados por El País, en Madrid hubo alrededor de un millón y medio de personas manifestándose. Todas estaban para defender lo mismo que estaban defendiendo los políticos, entre los que se encontraban Manuel Fraga Iribarne y Santiago Carrillo.

Es distinto hablarles a millones de personas a través de una cámara que en persona. «Pensé que no era la persona adecuada para salir ahí y que no iba a poder hablar, porque no había hablado nunca en la calle», confiesa. Pero la angustia desapareció cuando echó a andar la marcha. «No me imaginaba que pudiera haber tanta gente. Cuando pasamos por Atocha y vimos que todo estaba lleno se me saltaron las lágrimas. ¿Cómo no iba a hablar? Ahí tuve muy claro que me iba a salir la voz y que no importaba nada. Tenía que leer el manifiesto. Fue la gente la que me dio la fuerza porque, como ellos, también estaba pidiendo democracia y libertad».

No hubo un antes y un después en su carrera profesional tras la lectura del manifiesto, pero sí cambiaron otras cosas: «Aquella noche, cuando volví para hacer el Telediario, mis compañeros no me dijeron absolutamente nada. Nadie dijo nada en la redacción. Durante muchos años esas imágenes no aparecieron en Televisión Española». ¿Por qué motivo? No sabe qué contestar. Entonces se lanza otra pregunta: ¿Celos profesionales? «Sí», responde. «Pero es igual. Cuando se celebró el vigésimo quinto aniversario de Informe semanal se prohibió que se me nombrara».

Así conocí a Fidel Castro

Joaquín Sabina dice que fue Rosa María Mateo quien le hizo la primera entrevista —en televisión— de su vida. De todas las personalidades que ha entrevistado, Rosa no puede olvidar la vez que sufrió con una actriz italiana enfadadísima a la que tuvo que tranquilizar por una demora de dos horas debido a que algo del equipo se había estropeado. También entrevistó a la sexóloga Shere Hite, pero tiene «el vago recuerdo» de que le cayó mal. Y con Raísa Gorbachova, esposa de Mijaíl Gorbachov, hubo acercamiento, pero se quedó en intento: «Fuimos al Pardo y los rusos nos trataron un poco mal. Nos tuvieron que salvar dos diplomáticos españoles porque estos otros nos fusilaban al amanecer». Con cada entrevista, una lección aprendida.

Fila 7, dirigido por Manolo Pérez Estremera, era un espacio sobre cine que presentaba Rosa María en la segunda cadena de TVE. En 1984 le tocó ir a Cuba para cubrir el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. «Le dije al director de informativos que probablemente íbamos a ver a Castro: “Si consigo una entrevista con él, ¿se emitirá? Porque si no ni me molesto”. Y me respondió: “¿Tú qué vas a conseguir una entrevista?”». El ninguneo estaba a la orden del día: «Era chica e imbécil, porque ser chica e imbécil es lo mismo», apostilla con sarcasmo.

En La Habana se acabaron juntando dos equipos de TVE por la celebración del veinticinco aniversario de la revolución. Allí se encontraba el periodista Vicente Botín con el realizador Antonio Gasset. «En un momento determinado —según Botín— me acerqué al comandante y comencé a hablar con él. Yo había ido a La Habana con un equipo de Televisión Española para hacer un reportaje sobre el veinticinco aniversario de la revolución y me sabía de memoria su vida y milagros. […] Lejos de sentirse incómodo, Fidel Castro se mostró sorprendido de que llevara la conversación al terreno personal y me preguntó de sopetón: “Chico, ¿quién tú eres?”. Yo le dije el motivo que me llevó a Cuba con la promesa, aunque incierta, por parte de su embajador en Madrid, de que quizás podría hacerle una entrevista. “Pues nadie me ha dicho nada, chico. No sabía que había aquí un equipo de Televisión Española y mucho menos que tuvieras la pretensión de entrevistarme”. Se quedó un momento en silencio y luego llamó a su secretario particular, José Miyar Barruecos. “Chomi, apunta el nombre de este compañero, que mañana vamos a conversar”», detallaba en un reportaje publicado en la web de RTVE con el título Y en eso, llegó Fidel. Historia de una entrevista.

Rosa María Mateo, por su parte, cuenta otra versión de los hechos y se indigna al escuchar la de Vicente Botín: «Siento decirle a mi compañero que eso es mentira. Yo me iba a ir de la fiesta (llevaba tacones y nunca los he soportado) y un político me llamó: “Hay una fiesta más pequeña y el Comandante quiere que estés en ella”». Y entró. En ese evento también conoció al escritor Eduardo Galeano, quien recordaba parte de la conversación en El libro de los abrazos.

En un momento de la fiesta se acercó a Castro para llamarle la atención, educada «pero como una guasa». Alguien, tal vez del equipo de seguridad, quiso apartar a la periodista: «Como ve, Comandante, me están quitando de aquí porque soy incómoda, porque he debido decir alguna cosa que no debía», dijo. Ahí empezaron una charla. «Me preguntó de dónde era y qué estaba haciendo allí. Le respondí que había ido para hacerle una entrevista». Pero Fidel Castro no concedía muchas entrevistas. En realidad, muy pocas o ninguna. «Tengo pedidas muchas entrevistas de todo el mundo», se excusaba Castro, aunque Rosa María no cejaba en su empeño: «Pero el “no” ya lo tenemos, Comandante». Al final, el presidente cubano aceptó hacer una entrevista y Rosa María pensó en compartir el trabajo con sus compañeros. «Le dije a Vicente Botín que fuéramos a preparar la entrevista, pero se negó en redondo; íbamos cada uno por nuestro lado».

Ella no quería salir en aquella entrevista, pero salió. «Estaba de espaldas. Creo que no se me veía la cara y llevaba el pelo largo y un lacito». A la vuelta del viaje, ya en Prado del Rey, fue a la sala de montaje. Allí se encontró con Botín: «Me echó de la sala de montaje porque pedí que me quitaran de la entrevista. No quería aparecer en ella. “Te quedas tú con la entrevista, pero no me importa”, le dije. Yo tenía tanta responsabilidad en esa entrevista como él, así que quería estar presente en la sala de montaje. “Aquí el periodista soy yo”, me contestó Vicente Botín antes de echarme». Luego fue a hablar con el director de informativos para quejarse, pero este no le hizo ningún caso. «Estoy hasta las narices de que la gente cuente tantas mentiras», protesta Rosa María para poner punto y final.

En portada

La entrevista a Fidel Castro se emitió el 5 de enero de 1984 en el estreno de En portada, un programa de reportajes y actualidad similar a A toda plana. «Fue un desastre —analiza— y una mala entrevista, tanto por parte de Vicente como por la mía. No estaba bien hecha. Ahora me avergonzaría de hacer esa entrevista, pero no porque fuera el comandante Fidel Castro y de izquierdas y comunista, sino porque estaba mal hecha, profesionalmente hablando y desde mi punto de vista. Estoy contando las cosas como pasaron». Fidel Castro, detalla, tampoco dejaba hablar: «Cuando le preguntaban una cosa él no contestaba, sino que terminaba la perorata que estaba haciendo y respondía al cabo de media hora».

Rosa María Mateo vio la entrevista con su hijo en casa. «Me tuvo que dar la mano porque estaba muy indignada. Pillé un cabreo terrible. Yo no quería aparecer en aquella entrevista por todo lo que había pasado por dentro». Para colmo, todas las críticas se las llevó ella: «No fue Vicente Botín al que llamaron “comunista” ni dijeron que se le caía la baba. Fue a mí, que además estaba de espaldas. Me pusieron a caer de un burro», dice, aludiendo a la crítica publicada por el diario ABC el jueves 16 de febrero:

La babeante entrevista que Rosa María Mateo hizo al dictador cubano Fidel Castro la ha desacreditado definitivamente entre los profesionales del medio. Hay una Rosa María Mateo antes de Fidel y otra después. Ahora, los profesionales dicen de ella que desprestigió a la profesión al adoptar ante Fidel Castro la actitud de propagandista y no la de periodista. «Solo le faltó —dicen— limpiarle los zapatos. La Mateo colocó en un altar a Castro y le adoró sumisa obsequiándole con nubes de incienso. Una vergüenza para ella y para toda la televisión».

(Reseña completa publicada en ABC)

Adiós, Televisión Española

Cuentan que presentó su dimisión en 1984 porque no estaba de acuerdo en cómo se iba a dar la noticia de la segunda visita a España del papa Juan Pablo II, pero en realidad no dimitió, sino que dijo que no iba a darla tal y como estaba escrita: «Parecía la hoja parroquial. Era un panfleto, no una entradilla de telediario. Además, el papa ya no estaba en Madrid; se había ido el jueves y nosotros estábamos ya en sábado o domingo. Cuando me puse a corregir oí una voz que dijo: “No se toca ni una palabra”. Me dio la risa: “Eres el que ha escrito esto, ¿no? ¿Quién eres?”. Resulta que era el director del telediario. No la quise leer pero tenía que hacerlo por narices. Entonces cogí el papel y lo leí», explica poniendo su mano frente a la cara, como si fuera un folio. Cuando salió del plató la discusión ya estaba servida.

En aquella época, Jesús Hermida y Rosa María Mateo compartieron Crónica 3, donde entrevistaron, entre otros, a Raphael. En 1989, pero en RNE, presentó con Diego A. Manrique Modernos populares. En un encuentro digital de El País, en 2014, Diego respondía a un usuario que le preguntaba por los audios de los programas. «No creo que sea posible recuperarlos: hace unos años investigué en la fonoteca de RNE a ver cuántas ediciones de Modernos populares se conservaban. Y fue desolador: solo habían guardado un par de ellos. Tengo todas las sospechas de que Diego Carcedo mandó que se destruyeran. Era entonces el capo de RNE y tenía unas ideas un tanto peculiares sobre el programa: decía que poníamos demasiada variedad de música, que prefería que no saliéramos de la discografía de Joan Manuel Serrat y los Beatles. Como no le obedecimos, nos quitó el programa. ¿Moraleja? Ojo con los progres», advertía Manrique.

«Puede ser», contesta Rosa María al conocer la opinión de su compañero. «Yo no sé qué le pasó a Diego Carcedo. Cuando volvió de Estados Unidos teníamos una buena relación de compañeros, pero no he logrado saber nunca por qué dejó de dirigirme la palabra». Eran cosas que pasaban en televisión.

¿Todo este cúmulo de situaciones fue lo que hizo que se fuera de TVE? «Fue otro cúmulo, pero ese ya no lo voy a contar. Es privado, pero laboral. Me pusieron en una situación en la que dije: “Se acabó. Al primer trabajo que pase me marcho de esta casa”. Fue la última patada en la boca. Llega un momento en que no aguantas más y dices que se las den a sus padres, si quieren, pero que a ti ya no te dan más patadas».

Antena 3

Hola, Antena 3 Televisión

El fichaje de Rosa María Mateo por Antena 3 Televisión fue una casualidad: si no le salía otra cosa, iba a tener que quedarse en Televisión Española. No tenía más remedio, pues era su trabajo y comía de ello. Pero a los quince días llamó el productor de cine y televisión Pedro Costa y le dijo que quería hablar con ella.

Costa estaba preparando un programa y quería saber quién podía ser la persona adecuada para presentarlo. «Fui a cenar con él, hablamos del programa y le di nombres de gente que podía hacerlo. Al volver a casa me preguntó: “¿Y tú?”. Pero a mí no me interesaba un programa de sucesos. Entonces me dijo: “Pues piénsatelo”. Me fui a casa y de pronto pensé: “Acabo de decir hace quince días que yo me marchaba con el primer trabajo que me ofrecieran fuera de Televisión Española”. Llamé a Pedro Costa y le dije: “Lo hago”». Hablaron con Antonio Asensio (Presidente del Grupo Zeta) y la transición de cadena se hizo realidad.

El 29 de abril de 1993, a las nueve y cuarto de la noche, se presentaba Al filo de la ley, pero fue cancelado el 25 de agosto de ese mismo año. «No me gustaba el programa que estaba haciendo, no me sentía cómoda hablando de estas cosas. Creo que la única cosa que me interesó de todo el tiempo que estuve en Al filo de la ley fue la entrevista a Ramón Sampedro. Estuve con él, en su casa, en A Coruña. Fue un día muy especial y la única cosa positiva que saqué del programa», concluye. Después pasó a presentar los informativos del canal hasta 2003.

Las consecuencias (todo vale en la guerra)

El 11 de septiembre del 2001, en un avance informativo de las noticias de la noche de Antena 3, Rosa María Mateo hacía balance del atentado —reivindicado por Al Qaeda— en el World Trade Center de Nueva York: «Señoras y señores, muy buenas noches. Hoy se ha producido el atentado más grave de la historia en tiempos de paz. Un ataque múltiple contra las Torres Gemelas de Nueva York, contra el Pentágono de Washington y contra Camp David. Los seis aviones civiles, secuestrados y estrellados contra distintos objetivos o derribados por la aviación norteamericana, cambian el estado de las cosas. No solo en Norteamérica, sino en el resto del mundo».

La respuesta del entonces presidente de los Estados Unidos George W. Bush a los atentados que había sufrido Norteamérica no se hizo esperar. Además de reforzar la seguridad con la aprobación de la USA Patriot Act (conocida como Ley Patriótica), Bush empezó la «guerra contra el terror». La ofensiva —operación Justicia Infinita al principio y Libertad Duradera después— comenzó el 7 de octubre de 2001 con la invasión a Afganistán.

El 8 de octubre, Antena 3 Noticias emitía un especial presentado por Ernesto Sáenz de Buruaga sobre el conflicto. En los puntos más calientes estaban los siguientes corresponsales: Emilio Sanz (Afganistán), Carlos Hernández de Miguel (Paquistán), Ricardo Ortega (Nueva York), Carmen Vergara (París), José Ángel Abad (Londres) y Francisco Medina (Gaza). «Estas veinticuatro horas han sido, sin duda, las más largas de la vida del presidente [Pervez] Musharraf», relataba Carlos Hernández desde Peshawar (Paquistán). Fue de los primeros periodistas en llegar al país fronterizo con Afganistán.

A finales de octubre, Carlos Hernández regresa a España desde la frontera entre Paquistán y Afganistán. Con él va el cámara Diego Contreras y el realizador Alfonso Molina. El azar quiso que el avión llegara a Madrid con bastante demora. El equipo, antes de reencontrarse con sus respectivas familias, debía ir a Antena 3 Televisión, en San Sebastián de los Reyes. Rosa María Mateo, que presentaba el informativo de medianoche, los esperaba en la redacción. «Uno a uno nos abrazo, nos felicitó y nos dijo que habíamos hecho un trabajo admirable. Que un mito como ella nos dijera eso, con todo lo que ella había hecho en su vida, fue muy emocionante», recuerda Hernández. Pero la vuelta al hogar iba a tener que esperar todavía; le pidió a Carlos, como último favor, que se quedara, porque quería tenerlo en directo en el plató. «Obviamente acepté y me volví a quedar congelado cuando, en pleno directo, al presentarme, me dijo: “¿Me dejas que te dé un abrazo?”. Y nos abrazamos delante de las cámaras».

Por motivos profesionales

En el año 2003, Antena 3 Televisión presenta un ERE autorizado por el Ministerio de Trabajo (con Eduardo Zaplana al frente). Doscientos quince trabajadores de la cadena iban a quedarse sin empleo. Rosa María, al igual que Carlos Hernández, fue despedida y se enteró por una compañera. En su momento declaró: «Estoy muy orgullosa de que me despidan no como a una estrella ni como a una figura sino como a una trabajadora de televisión». Carlos, pasado el tiempo, reconoce que fue todo muy duro: «Muchos éramos conscientes de que aquel ERE no era una herramienta para sanear las cuentas de la empresa. De hecho, Antena 3 Televisión ganaba dinero en aquellos momentos».

Aquel ERE resultaba ser un punto de inflexión en el que se daba por finiquitada una época y se abría otra. «Querían acabar con la estabilidad laboral, los salarios dignos y también con buena parte de la libertad que gozábamos los periodistas. Su objetivo era que todos fuéramos subcontratados y generar unas condiciones laborales que impidieran a los periodistas, cámaras o productores, realizar su trabajo con dignidad y con libertad». Por ese motivo fueron muchos los trabajadores que se opusieron frontalmente al ERE. «Perdimos la batalla, pero en la derrota se demostró que teníamos razón. El hecho de que despidieran a Rosa María probaba que no se trataba de que sobraran malos profesionales sino de otra cosa bien diferente: había llegado la época de los tiburones empresariales que solo buscan ganar la mayor cantidad de dinero posible aunque para ello tuvieran que vender sus informativos al Gobierno de turno», espeta Carlos por correo electrónico.

Rosa María Mateo iba a cumplir treinta y ocho años en antena cuando se enteró de su despido. «Fue un sábado por la noche. Miguel [Rellán] y yo estábamos sentados en el sofá y sonó el teléfono. Era una compañera —a la que quiero muchísimo— de Antena 3. Me dijo: “Rosa, estás en la lista”. A mí nadie me había llamado para decirme que me iban a echar. Es más: los subdirectores de informativos, cuando el viernes por la noche yo estaba haciendo el informativo de las dos de la mañana, ya sabían que me iban a echar, pero ninguno tuvo la valentía de decírmelo. Fueron unos cobardes absolutos. La gente es miserable», lanza con amargura.

Después de colgar el teléfono, Rosa María le comunica a Miguel Rellán que había sido despedida. El actor se preocupa por ella: «¿Estas bien? ¿Quieres que salgamos a tomar un gintonic?». «Miguel no bebe, pero nos fuimos a tomar un gintonic y se acabó. Ese fue mi problema con Antena 3. Y ya nunca volví». Carlos Hernández insiste en que son los hechos los que apuntan a que no fue una operación legítima, ni justificada, «sino más bien una chapuza que solo pudo llevarse a buen término por la connivencia gubernamental», matiza, y además pregunta: «¿Alguien cree que se puede despedir a Rosa María Mateo por motivos profesionales? Pues eso dijeron». No hay mucho más que añadir.

Siempre quedará París

Jacques Brel ha sido el único hombre al que Rosa María Mateo ha dedicado una poesía. Los días 14 y 15 de julio de 1989 el Telediario 2 iba a hacerse desde París por la conmemoración del segundo centenario de la Revolución francesa. Fue el primer informativo de la televisión en España que se emitía en directo y en exteriores. Rosa María y Ana Castells se encargarían de conducirlo.

En 1978 presentó con Isabel Bauzá, Jana Escribano, Isabel Tenaille y Marisa Abad el debate sobre el texto de la Constitución. El primer tema a tratar fue el machismo en la Constitución. Así abrió Rosa María Mateo el especial: «El martes pasado, a esta misma hora, estuvieron en sus pantallas unos compañeros que trabajan aquí, en televisión: Jesús Hermida, Martín Ferrand, [Miguel] De la Quadra-Salcedo, [Pedro] Macía y [Félix] Rodríguez de la Fuente. Todos ellos acompañados de Joaquín Soler Serrano. En aquel momento, Jesús Hermida dijo que aquello era discriminatorio, que faltaban mujeres. Bueno, pues aquí estamos las mujeres». Después de treinta y seis minutos de debate, el programa se acaba. Para despedirse, Rosa María vuelve a tomar la palabra: «Rogamos que nos perdonen si en algún momento les hemos molestado».

Matías Prats dice de su compañera que es «una referencia dentro del periodismo español». Incluso una pionera si se tienen en cuenta ciertas fechas de la historia de la televisión. En esa línea, Borja Terán (crítico y periodista especializado en televisión) explica que «los ochenta fueron muy revolucionarios y se posicionaron en Televisión Española unos rostros que luego serían muy importantes en los noventa: Rosa María Mateo, María Escario, Olga Viza o Concha García Campoy. Fueron años —en la televisión— en los que las mujeres tomaron la relevancia periodística que se merecían. Después se ha optado más por la cara bonita, el busto parlante, pero no por el periodista —da igual el sexo— de presencia». Sin embargo, Borja reconoce que sí hay periodistas con más fuerza editorial, como Vicente Vallés. «Me cuesta más buscar mujeres que de verdad transmitan esa fuerza editorial, más allá de Cristina Pardo o Ana Pastor», concluye.

¿Tendría cabida Rosa María Mateo en los informativos actuales? O, mejor dicho, en los informativos que están por llegar: «El público demanda gente que le mastique mejor la información. Gente que no lea lo que ya ha visto en todos los medios digitales y redes sociales. Gente que le explique el contexto. Rosa María tiene esa fuerza de explicar el contexto con cierto carisma». Para el periodista de La Información, «la mirada propia y ser auténtico es un plus en la televisión» que traspasa la pantalla.

No son pocos los galardones que ha recibido Rosa María Mateo a lo largo de su trayectoria, pero después de todo, y ante las expectativas de futuro, ¿en qué cree? Cuando la noche de invierno cae sobre la tarde, la histórica periodista contesta por última vez: «Yo creo en las personas, no en las profesiones».

Archivo RTVE.

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Bibliografía y hemeroteca:

El País, 7 de noviembre de 1983

ABC, 16 de febrero de 1984

El País, 2 de febrero de 1993

Cadena SER, 10 de noviembre de 2003

El País, 11 de noviembre de 2003

«Dos estrellas paradas. Crónica», El Mundo, 16 de noviembre de 2003

«La mujer a las cinco de la tarde», Juan Cruz. El País, 16 de noviembre de 2003

El Mundo, 18 de junio de 2008

La Vanguardia, 14 de enero de 2011

«El 23F y el inexplicado retraso en emitir el mensaje del rey». Infolibre, 25 de agosto de 2013

Juego de espejos. RNE, 7 de octubre de 2013

Jenesaispop, 4 de junio de 2014

Hoy empieza todo. RNE, 10 de julio de 2017

Blog Carta de ajuste, Alejandro Macías

Archivo RTVE

Archivo Antena 3 Televisión


¿Saben aquel que DUI?

Foto: Iván Alvarado / Cordon.

El asunto es grave; el problema, muy serio. La Nochebuena va a ser partido de alto riesgo en un montón de hogares; una decena de personas han ido a la cárcel y todo esto nos está costando un pastón —hasta veintisiete mil millones se podrían perder, dice el Banco de España—. Pero si no estuviera ocurriendo de verdad, es decir, si el procés fuera ficción, sería una comedia, una obra maestra del humor. Qué personajes, qué diálogos… Ni a Berlanga se le hubiera ocurrido una película mejor.  

Examinemos, por partes, los ingredientes del telefilme.

La trama

Partido liberal, nacionalista moderado, democristiano y de centroderecha pasa apuros por escalada de recortes y oleada de casos de corrupción del patriarca, Jordi (Pujol) I, y casi todo su clan. El líder, Artur Mas, al que en 2002 la independencia le parecía «un concepto anticuado», contraataca envolviéndose en la estelada. La jugada catapulta a partido independentista de pro (ERC) y fulmina a partido nacionalista moderado (CiU). Escarceo con amante anticapitalista engulle también a Mas. Ocupa la presidencia de la Generalitat un señor que no se lo esperaba porque no se había presentado a las elecciones: «Hace pocas horas era el alcalde de Girona y no había pensado que ahora estaría aquí, por tanto no he dispuesto del margen de tiempo para preparar el discurso», lamenta en su investidura. Se llama Carles Puigdemont, alias KRLS.  

Gabriel Rufián se presenta en Madrid, en su escaño del Congreso de los diputados, con una impresora y convierte a Samsung en involuntario patrocinador de referéndum independentista: sí, las papeletas pueden imprimirse desde casa. Mariano Rajoy decide terminar todas sus frases diciendo que «el referéndum no se va a celebrar».

Son requisadas doce millones de papeletas, pero llegado el 1-O, los partidarios de la consulta consiguen burlar a la policía, la guardia civil y el CNI utilizando urnas made in China escondidas en casas de particulares e incluso en iglesias. Un párroco confiesa a La Vanguardia que se disfrazó de cura por si entraba la policía en la suya y les pillaba contando papeletas. Ese domingo por la tarde no había misa, pero el muy gamberro quería hacer ver que sí por si les pillaban en plena liturgia independentista. El referéndum no existe, pero haberlo, haylo: Generalitat 1- Gobierno 0.

Para impedir votaciones, las fuerzas de seguridad del Estado cargan con muchísima dureza. La foto que al día siguiente ilustra la consulta en gran parte de los medios internacionales es la de los brutales porrazos. 2-0. El referéndum se ha celebrado sin papeletas oficiales, ni junta electoral, ni censo fiable… A medianoche, el consejero Jordi Turull anuncia los resultados. Según su primer recuento, la suma de porcentajes da un 100,88%, el 90,09% de ellos a favor de la independencia. Artur Mas dice en una entrevista en el Financial Times que bueno, que para la independencia real, real, no están preparados. Puigdemont anuncia que asume el mandato para la independencia de Cataluña, bebe agua, tose y la suspende. Rajoy le pregunta que en qué quedamos. Puigdemont consigue escribirle una carta de cuatro folios sin aclararlo.

Entre tanto, son encarcelados los Jordis, a saber, el líder de la Asamblea Nacional Catalana y el de Òmnium Cultural, acusados de sedición. Se filtra que el preso que comparte celda con uno de los Jordis ha suplicado que le cambien porque no aguanta más la matraca independentista de su compañero. Instituciones Penitenciarias se apiada y accede. Primera gran grieta en el independentismo: la ANC convoca una butifarrada solidaria y los independentistas veganos protestan por discriminación. Días más tarde —ni para ti ni para mí— «ayuno por relevos» y punto.

El Parlament aprueba la independencia por voto secreto y setenta síes con casi toda la oposición (PP, PSC y Ciudadanos) fuera del hemiciclo. Rajoy activa el artículo 155 de la Constitución, sobre el que ya se habla en los bares con absoluta soltura; cesa a todo el Gobierno catalán y convoca elecciones en Cataluña el 21 de diciembre.

El vicepresidente cesado, Oriol Junqueras, hace entrar a las cámaras de televisión para escenificar que sigue trabajando moviendo frenéticamente unos folios en blanco sobre una mesa muy bonita. La Fiscalía General del Estado envía un comunicado anunciando las querellas contra Puigdemont y la mesa del Parlament con «Más dura será la caída» en el asunto. Se monta. La fiscalía dice que no seamos malpensados, que era el título de otro documento, ahora no se acuerdan de cuál, que no tenía nada que ver con Cataluña. Puigdemont abandona su recién proclamada república al día siguiente de presentarla en sociedad. Dice desde Bruselas que el artículo 155 es una cosa franquista, feísima, una gran injusticia, pero que asume las elecciones autonómicas que ha convocado Rajoy al aplicarlo. Responde a la prensa en cuatro de los cinco idiomas que sabe —salvo el rumano— y no acepta preguntas de medios españoles —salvo TV3 y RAC1—.  A continuación se va a hacer turismo y selfies con nativas. Decide quedarse allí. Dice que es «president del Govern en el exili», lo que Joan Josep Nuet, exsecretario tercero de la mesa del Parlament, llama «el matrix».  

La Audiencia Nacional envía a prisión preventiva a Junqueras y otros siete exconsellers de la Generalitat acusados de rebelión, sedición y malversación. El Tribunal Supremo deja libres bajo fianza a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, y a otros cuatro miembros de la cámara imputados por los mismos delitos tras asegurar que lo de la independencia era simbólico más que otra cosa y comprometerse a acatar la Constitución. Puigdemont, con una orden internacional de busca y captura, dice en una entrevista en el periódico belga Le soir que bueeeno, que si se van a poner así, que es posible otra solución que no sea la independencia.

Foto: Jordi Boixareu / Cordon.

Actores secundarios

Julian Assange. Fundador de Wikileaks, encerrado en la embajada de Ecuador en Londres desde 2012. Dice que el pueblo catalán tiene «derecho a la autodeterminación» y acompaña su declaración con la popular fotografía de un chino enfrentándose a los tanques en la plaza de Tiananmén en 1989: España es China. Pérez-Reverte le llama «perfecto idiota». Se lían a tortas en Twitter. El activista zanja: «Cataluña, al igual que Pancho Sánchez, no tolerará el abuso para siempre». A día de hoy no sabemos si se refería a Sancho Panza, Pedro Sánchez o Pancho Villa.

Pamela Anderson. Actriz canadiense, exvigilante de la playa, amiga entrañable de Julian Assange. Decide emitir un comunicado de nueve parrafazos para advertirle al mundo que ella está a favor de la independencia de Cataluña. Dice la socorrista: «Los catalanes se han sentido reprimidos durante mucho tiempo y tenían que hacer algo. El PP es el tipo de partido que trabaja sobre la provocación y durante una década ha mostrado a los catalanes y previamente a los vascos un dedo. Así que, obviamente, los catalanes sintieron que no había justicia (…) El Gobierno español ha sido totalmente idiota (…) La cuestión es si sería tal desastre que Cataluña fuera independiente. No es una mala idea si se maneja de forma adecuada y no es el fin del mundo. Creo que el futuro de Europa como continente de naciones Estado está obsoleto. Puedo imaginarme una Europa de regiones y de ciudades Estado (…) Lo que espero que salga de todo esto es que los catalanes tengan un referéndum y la oportunidad de decidir y también que la monarquía española se vaya, ya que ha demostrado ser totalmente inútil». Ea.

Antonio Tejero. Excoronel de la Guardia Civil, golpista, ochenta y cinco años. Escribe una carta a La Gaceta, que le presenta como «la cara visible» del 23-F, para explicar que lo suyo fue un golpecito comparado con lo que está pasando en Cataluña: «El 23-F pretendía conseguir un cambio de Gobierno que garantizara la unidad de la patria, dañada por la Constitución y los estatutos de autonomías que el presidente Suárez otorgó a Cataluña y vascongadas; sin embargo, el golpe de Estado que se está preparando en Cataluña quiere conseguir la ruptura de la región catalana del resto de la patria».

Álvaro de Marichalar. Excuñado de la infanta Elena, exrelaciones públicas de Pachá, exportavoz de UPyD, el más rápido en moto acuática. Se presenta en la plaza de Sant Jaume para defender la unidad de España al grito de «¡Generalidad dimisión! y «¡Viva el amor!». Acusa a «unos mozos» de secuestro. Ellos argumentan que lo metieron en el interior del Palau para que no le partieran la cara. El excuñado real termina detenido por desobediencia. Pocos días antes había sido expulsado —cómo sería la cosa— del Sálvame Deluxe por decir «gilipolleces», según Jorge Javier Vázquez.

La banda sonora

Foto: Cordon Press.

Los independentistas se quedan con el himno oficial de Cataluña, «Els Segadors», cuyo origen es un romance popular sobre la revuelta de los segadores catalanes en 1640 contra la presencia de soldados castellanos. Queda terminantemente prohibido Joan Manuel Serrat. Sí, se opuso a cantar en Eurovisión si no le dejaban hacerlo en catalán y se exilió en México en los últimos años del franquismo, pero es un «fascista» y un «traidor» por haber dudado del referéndum y «la tierra prometida».  Eso incluye también a Víctor y Ana y a Sabina, la derechona. Un hombre de Barcelona decide provocar a sus vecinos separatistas poniendo cada noche a todo volumen «Que viva España», de Manolo Escobar. Se viene arriba y saca dos altavoces al balcón. Un guardia civil responde a un escrache cantando a todo pulmón un fandango. En esta categoría no nos nominarán a los Goya.  

Decorado

Como el caché de los protagonistas es bastante alto —de los veinticincco mil a los ciento cincuenta mil euros de fianza— y teniendo en cuenta que se han ido de Cataluña un porrón de empresas, el presupuesto es limitado. Pediremos prestadas a los vecinos las banderas que cuelgan de los balcones y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado llegarán a Barcelona en el barco de Piolín, que nos hace precio.  

Posibles finales

1. Todo fue un sueño, como en Los Serrano.

Puigdemont se despierta encharcado en sudor y en Girona, ciudad de la que sigue siendo alcalde. Como no las tiene todas consigo, pone TV3, donde en ese preciso momento sale un anuncio del Banco Sabadell. Aún temblando, cambia de canal. Todas las cadenas abren sus informativos con el informe de la fiscal anticorrupción Concepción Sabadell: «Ha quedado plena y abrumadoramente acreditada la existencia de la caja b del PP …». Abre su cartera para comprobar que sigue teniendo euros. Su mujer le pregunta si va a ir esa tarde al fútbol. ¿Te imaginas que el Girona le gana al Madrid? A Puigdemont le da la risa.      

2. Matrix.

Puigdemont se despierta, encharcado en sudor, en un hotel de Bruselas. La calefacción se ha roto y jura que nunca volverá a un tres estrellas. Coge la libretita de cortesía del hotel y escribe Carles Puigdemont, president del Govern catalán en el exili hasta que se le acaba el papel. Llama entonces a recepción para pedir más libretas y más champú. Mientras se lo suben, escribe unas cositas en Twitter. Llama a Assange para preguntarle qué hace él en la embajada de Ecuador cuando se aburre. No le coge el teléfono. Le llama a él un amigo de la infancia furioso porque Messi se ha ido al Betis. Él intenta dialogar, pero su amigo no entra en razón. Finalmente, le grita botifler y cuelga.

3. Final abierto.

Puigdemont se despierta, encharcado en sudor, en el palacio de la Generalitat. Llegan unos policías a detenerle. En su declaración ante la juez dice que él no es mucho de criticar, que no quiere decir nada, pero que hay compañeros suyos del Govern que nada más declarar la independencia se largaron a otro país, y que eso no es serio. Que humildemente cree que debería tenerse en cuenta que él se ha quedado, que no huye de la justicia. Que si tienen que enviarle a prisión lo entiende, pero que se haga cargo la juez de que eso, fuera, se lo van a tomar fatal. Que, además, tiene que hacer campaña para las elecciones autonómicas del 21 de diciembre. Que si va a la cárcel gana seguro. Que ella sabrá.

Foto: Cordon Press.


Marisa Flórez: «He editado miles de fotos de guerras en el mundo entero; no he visto imágenes tan terribles como las del 11M»

Fotografía: Begoña Rivas

Marisa Flórez fue una de las primeras mujeres fotoperiodistas de España. Suyas son algunas de las imágenes icónicas de la Transición, como la de Susana Estrada con un pecho al aire ante un sorprendido Tierno Galván o la de Rafael Alberti y La Pasionaria en el Congreso el día de las Cortes Constituyentes. El golpe de Estado del 23F la pilló dentro del hemiciclo. Ahora prepara un libro para ordenar la memoria visual de aquella parte fundamental de la historia de España. Flórez, que trabajó en el diario El País de 1976 a 2012, no es capaz de calcular cuántas fotos ha hecho a lo largo de su carrera. Margaret Thatcher, la reina Sofía o Antonio Banderas son algunos de los personajes que se han puesto delante de su objetivo. A esta entrevista llega con su vieja Leica y durante las dos horas de conversación no duda en cambiarse las gafas de ver por las de sol: «para que no reflejen», apunta.

Empezó a hacer fotos en Informaciones, en la época en que era director Jesús de la Serna. En ese momento, comienzos de los setenta, no era habitual ver a mujeres haciendo fotos en prensa… ¿Cómo llega Marisa Flórez a ser una pionera del fotoperiodismo?

La fotografía siempre me ha interesado, desde pequeña. Después me casé con un fotógrafo y ahí ya comencé a interesarme mucho por conocer un poco más la profesión y en qué consistía su trabajo. No estudié Imagen, pero a partir de ahí empecé a hacer cursos de fotografía, me empecé a documentar. Recuerdo un curso en la Complutense y después comenzar a hacer fotos. En ese sentido sí soy autodidacta, porque yo hacía muchas fotos para mí. En un momento dado vieron esas imágenes y me ofrecieron colaborar en Informaciones.

¿Recuerda cuál fue la primera foto que publicó?

Uff… fueron fotos de Madrid, eso seguro. Fotos de calle, de sociedad. Pero concretamente la verdad es que no lo recuerdo.

De Informaciones pasó a El País, en 1976, el mismo año de su fundación.

Sí, El País salió el 4 de mayo del 76 y yo entré a trabajar allí el 1 de septiembre de ese mismo año. Y allí he estado toda mi carrera. He hecho todo tipo de temas y reportajes. De fútbol a toros, pasando por política, claro.

Durante las dos primeras legislaturas de la democracia podría decirse que usted hizo vida de diputada sin escaño.

Casi tres legislaturas, sí. Nos pasábamos allí desde primeras horas de la mañana hasta lo que durase, hasta que acabaran las reuniones, y piensa que aquello era muy largo cuando se estaba preparando la Constitución. A eso suma todas las reuniones que había fuera del Parlamento, nos movíamos por todo Madrid en busca de las fotos de lo que estaba pasando.

¿Cómo era la relación entre políticos y periodistas, fotoperiodistas en este caso, en aquel momento en que estaba naciendo la democracia?

En aquel momento, políticos y periodistas estábamos aprendiendo formas de convivencia nuevas. Había buena relación porque todo el mundo intentaba llegar a un entendimiento de cualquier tipo. Yo siempre me he mantenido a distancia de los políticos, distancia político-periodista, entiéndase. Pero la relación ha sido buena y nunca he tenido problemas. Quizá alguna cosa me han dicho, con buen tono, sobre alguna foto. Alguna imagen de algún diputado durmiendo, por ejemplo, que alguna vez sí cogías… Pero no era una foto denuncia de «aquí vienen a dormir». La realidad es que pasaban muchas horas allí y todos flaqueaban en algún momento.

En esas primeras legislaturas usted hizo algunas fotos históricas. Se me ocurre la de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y Rafael Alberti en el hemiciclo el 13 de julio de 1977. Cortes Constituyentes tras cuatro décadas de dictadura.

Yo no sabía la difusión que iba a tener esa foto a lo largo de los años, pero es cierto que la imagen de entrada era potentísima… Pasionaria era una mujer con una personalidad y una imagen física muy potentes. Alberti, qué te voy a contar. La unión de esas dos personas que ya eran míticas en aquel momento y traían una historia detrás importante… verlas en unas Cortes completamente nuevas y democráticas era algo realmente impresionante. Y todo lo que sucedió a continuación contribuyó a que fuera un día histórico, lo que ha convertido a la foto, también, en histórica.

Otra foto suya muy impactante es la de Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista, y Blas Piñar, de Fuerza Nueva, en el Congreso de los Diputados.

En esos primeros meses de democracia cada grupo se colocó un poco como quiso en el hemiciclo y Blas Piñar estaba sentado detrás del PCE de Carrillo. Yo lo vi pasar. En aquel momento los fotógrafos estábamos situados a los dos lados de la presidencia de la cámara, yo me coloqué a la izquierda de la presidencia, con lo cual me tocaba estar al mismo nivel del PCE, y cuando vi a Blas Piñar subir por esa escalera y el momento en el que se cruzaban ellos dos… En ese momento pensé que, si había una foto que podía unir o representar los dos extremos existentes entonces, la extrema derecha y la extrema izquierda, era esa. Era la imagen de las dos Españas. Y debo reconocer que no fue una foto espontánea. Esa imagen sí que la busqué y la esperé.

La foto de Adolfo Suárez en la bancada azul fue la primera imagen que El País publicó a cinco columnas. En esa foto se refleja la soledad del político, un tema que tengo la sensación de que ha perseguido en varios momentos de su carrera…

En una imagen hay veces que intento —son intentos y no siempre se consigue— ir un poco más allá de lo que está ocurriendo. En aquel momento el presidente Suárez estaba pasando un momento fatal fuera y dentro de su partido, la UCD. Dentro tenía una oposición tremenda, y fuera del partido los militares amenazaban y había ruido de sables. Es cierto que ya existía miedo a que se pudiera producir un golpe. En ese momento, no recuerdo por qué, los ministros salieron y él se quedó solo en el banco azul, y la sensación que yo percibí y quise transmitir en la foto es esa sensación de soledad, de un hombre que está solo, un momento de una persona que estaba como desvalida y realmente triste. No eso que dicen de que el poder acarrea soledad, parecía más que la soledad y la tristeza eran suyas. Supongo que pensar que, con todo el esfuerzo que se estaba haciendo en este país, y que él se encontrara en la situación que se encontraba… pues era duro. Y ese momento de decaimiento yo lo vi y por eso tiré esa foto. Hay fotos que las ves cuando las haces, aunque siempre he sido prudente hasta revelarlas.

Imagino que el director, en la reunión de primera, vio las fotos que ese día el redactor jefe de fotografía llevaba para proponer para primera y dijo: «Con esto está todo dicho. Qué mejor que esto para abrir a cinco columnas el periódico». El texto te va a explicar más cosas, pero solo viendo la foto tú ya sabes que ahí ese hombre está hundido. Luego, si quieres, lees la crónica y te dan las razones.

Ese ruido de sables terminó materializándose. El día del golpe de Estado, 23 de febrero de 1981, usted estaba dentro del hemiciclo.

Fue terrible, fue horrible… Yo nunca había escuchado tiros tan cerca de mí. Al principio hubo mucha confusión, ten en cuenta que se cerraron las puertas para la votación y para que mientras se estuviera produciendo no salieran ni entraran diputados. De pronto oímos un ruido y la puerta se abrió de golpe. En ese momento llegamos a pensar que era un comando de ETA, yo qué sé, mil cosas. Pero inmediatamente, cuando Tejero subió a la tribuna donde estaba el presidente de las Cortes, Landelino Lavilla, le reconocimos porque le habíamos hecho fotos poco antes durante el juicio de la Operación Galaxia… Cuando vimos que era él empezamos a pensar que algo raro estaba ocurriendo. Después vino todo lo demás. Los fotógrafos estábamos abajo, los periodistas salieron poco después, pero como estábamos dentro del hemiciclo estuvimos hasta las once y pico de la noche. Hasta el momento en que a un compañero se le ocurrió decir «Pero, bueno, ¿nosotros qué hacemos aquí?», y se lo preguntó a un guardia civil que dijo que iba a consultarlo con la autoridad competente. Consultó con esa autoridad, supongo, y luego pudimos salir.

¿Durante esas horas pasó miedo?

Yo sí, yo pasé miedo. A lo largo de todo ese tiempo ocurrieron muchas cosas. Me acuerdo de que Tejero tenía miedo de que hubiera un apagón de luz y pidió que sacaran todo el relleno de las sillas, aquello es todo madera, y que lo pusieran en el centro, que es alfombra. Allí se va la luz y echan una cerilla e imagina… Otro momento de mucha incertidumbre fue cuando sacaron al presidente Suárez, a Gutiérrez Mellado, a Carrillo y a Felipe, y decíamos: «¿Dónde los llevan?». Claro que fueron momentos de miedo y, sobre todo, de no saber qué iba a pasar. Nosotros no teníamos información de fuera. Algunos diputados tenían radio y se decían cosas unos a otros, pero a nosotros nadie nos decía nada. Solo veíamos lo que estaba pasando y estábamos allí callados.

Miedo físico y miedo a que aquello fuera el fin de la recién estrenada democracia, entiendo.

Claro. Al principio podía pasar cualquier cosa. Aquella noche salimos juntos del Congreso un grupo de fotógrafos y comenzamos a caminar hacia Neptuno. Éramos de Diario 16, El País y El Alcázar. Nosotros pensábamos que estarían los tanques en la calle, pero vimos que algún coche pasaba, nos mirábamos casi sin hablar. Al final cogimos un taxi y dijimos «vamos a tal sitio», porque en aquel momento las redacciones estaban bastante cerca. Le dijimos al taxista: «Si al llegar ve que hay militares en la puerta de cualquiera de los periódicos, pues continúe». Pero no los había y fuimos bajando de uno en uno de aquel taxi. Al final cada uno pudo llegar a su periódico.

Llegó a su periódico, pero sin las fotos de aquel 23F, no las pudo sacar del Congreso.

Es una de las cosas que siempre he dicho: «Qué pena no haber sido tan rápida como los dos compañeros que lo consiguieron». Durante tiempo estuve intentando localizar esos carretes, los de todos, no solo los míos. Habría sido fantástico con el paso del tiempo poder tener todas esas imágenes y haber hecho un estudio sobre cómo lo habíamos visto cada uno desde donde estábamos. Qué fuimos capaces de hacer y qué no. Podría haber sido un trabajo muy bonito, pero nadie me ha dado ningún tipo de pista de qué pudo pasar con aquellos carretes. No sé, igual los tiraron a la basura, porque hubo tal descontrol… Pero habría sido bonito tener todas aquellas imágenes y hacer un estudio o incluso una exposición.

¿Sintió envidia de los dos fotógrafos que sí consiguieron sacar los carretes? Fueron Manuel Hernández de León y Manuel Pérez Barriopedro, este último ganó el World Press Photo por la foto de Tejero en la tribuna.

Sentí muchísima envidia. Imagínate. Muchísima.

Usted también fotografió el retorno del Guernica de Picasso a España. ¿Cuánta simbología hay en esa imagen?

Esa foto, en la que el cuadro está custodiado por la Guardia Civil, con metralleta, te da a entender que en aquellos momentos todo era muy frágil y que a este país le costó mucho llegar hasta donde hemos llegado.

También captó con su cámara el regreso de Josep Tarradellas a España, su llegada al aeropuerto de Barajas el 20 de octubre de 1977 tras décadas en el exilio. Una imagen que ha vuelto a verse mucho estos días.

Sí, pero fíjate que eso más que nada es un momento documental. Se ve cómo llegaba él.

¿Cuánto de casualidad puede haber en hacer una foto histórica?

Depende de qué tipo de temas. Cuando vas a hacer un tema a las Cortes, por ejemplo, yo personalmente me suelo documentar bastante. Una foto luego surge, la fotonoticia surge, pero es cierto que, como cualquier otro informador, tú tienes que ir preparada y saber quién va a intervenir y de qué va el tema que vas a cubrir. Es algo fundamental para cualquier periodista y un fotógrafo es un periodista gráfico. La casualidad y la suerte siempre forman parte de todo, pero también cómo te preparas para ello.

Ustedes, en esos años de la Transición, ¿eran conscientes de estar capturando la historia? Sus fotos son las que ilustran los libros de texto con los que los españoles estudiamos esa parte de la historia de nuestro país.

En el momento sabes lo que estás haciendo, pero pensar que estás contribuyendo a fotografiar los momentos históricos de la historia de España yo creo que no, no eres consciente. Luego, con el paso del tiempo, sí te das cuenta de que has asistido a momentos únicos y que sí que forman parte de la historia de este país. Pero eso lo ves con el tiempo, y cuando ves los acontecimientos objetivamente y desde fuera. En ese momento tú estás haciendo esa foto y ese tema lo mejor posible, en lo que piensas es en que esa foto pueda ser la mejor de tu periódico al día siguiente y que el lector diga: «Qué maravilla». Al final la fotografía en prensa es una forma, un soporte, para contar una historia.

En la actualidad, ¿echa usted en falta que haya grandes reporteros gráficos parlamentarios? Las grandes fotos ahora parece que se hacen en otros escenarios…

La gran foto se puede encontrar en cualquier sitio y en cualquier momento. Lo que pasa es que las grandes fotos ocurren donde están ocurriendo hechos realmente importantes, hechos que cambian la historia. Como nos pasó a nosotros en la Transición y quizá ahora no pase. Pero en la vida cotidiana también hay grandes imágenes: las formas de comportamiento, de actuar, de vivir. Plasmar eso lo puedes hacer en cualquier sitio y no solo en el Parlamento.

¿España necesitaría un Pete Souza?

Aquí lo de las fotos da mucho miedo, pero a la vez a todo el mundo le encanta salir en una foto. Los grandes líderes se rodean a veces de una serie de gente que cuida muy poco la imagen de ese líder. Deberían rodearse de profesionales que sean capaces de transmitir sus momentos de trabajo, su vida personal… Porque ese personaje es un personaje público. No creo que Obama por salir en imágenes tan fantásticas como las que hacía Souza haya tenido algún problema, al contrario, ha potenciado su imagen. Siempre he dicho que quien cubre a un político o a un personaje no va a intentar machacar ni hundir su imagen, lo que va a intentar es contar cómo es porque eso conforma el perfil de un líder. ¿Por qué no hacerlo? Pues este país es un país con miedo a hacer eso.

Se me ocurren unas fotos suyas al expresidente del Gobierno, José María Aznar, desayunando.

En eso he tenido suerte, pero es cierto que también lo he intentado. Cuando he tenido que hacer una entrevista, además de las fotos típicas, he intentado dar esa otra imagen, ir un poco más allá. Por ejemplo, Felipe González cuando estaba en campaña se relajaba mucho jugando a la petanca en los viajes. Con el presidente Aznar, en las campañas que le he hecho fui a ver, sí, cómo desayunaba en casa…

Yo siempre he ido a ver lo que podía aportar más allá, descubrirle al lector algo desconocido del personaje. Muchas veces no lo consigues porque te dicen «puedes llegar hasta aquí». Pero la típica entrevista con cuatro gestos de mano y un retrato a mí no me gusta. Pienso en las últimas elecciones que hubo en este país, que se votaba cada poco, para qué voy a dar en mi periódico veinte fotos del presidente seguidas… Yo creo que no me aporta nada. Entonces, uno tiene que decir: «Permítame usted que enseñe algo más, que dé otra imagen, que aporte algo más, porque, si no, usted y yo vamos a aburrir al lector».

¿Falta imaginación?

A veces sí. La creatividad en cualquier profesión es fundamental.

¿Y ha recibido alguna queja por ese tipo de fotos más personales? ¿Aznar, por ejemplo, le dijo algo por esa imagen en la que se le ve en la cocina tomando café?

Bueno… hubo alguna foto que no creo que le gustara en aquel momento. Una foto hecha sin ningún tipo de maldad, pero es verdad que estuvimos haciendo manos y pies, y en una se le veía un puño de la camisa rozado y no le gustó demasiado.

¿Una foto de prensa tiene que ser sugerente o evidente?

Lo primero que tiene que ser es informativa. Si a eso le unes que a esa información le aportas calidad y creatividad, entonces ya es maravilloso. Pero lo primero es que sea informativa y real. Que sea verdad. Hay que tener en cuenta que algunas fotos que no son verdad se han publicado. Ahí está el ejemplo de varios Premios Pulitzer que luego fueron anulados.

Hay una foto suya que no sé si es sugerente o evidente. En ella se ve a Susana Estrada con un pecho al aire junto a Enrique Tierno Galván, cuando era líder del PSP, en la entrega de los premios del diario Pueblo en 1978. Hay una novela de Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra, en la que se habla del papel de las mujeres en la Transición y una de las imágenes que se evoca es precisamente esa foto.

Lo que está claro es que en la Transición la mujer empezó a formar parte de la sociedad que se veía. Dejó de ser invisible.

Usted fue una de las primeras mujeres fotoperiodistas de este país, junto a Queca Campillo o Juana Biarnés. ¿Le han prohibido alguna vez la entrada a algún sitio donde tenía que hacer su trabajo por el hecho de ser mujer?

Es cierto que he tenido bastante suerte, pero, sí, me la han prohibido o he tenido por lo menos que discutir y decir: «Bueno, oiga, usted no me está cerrando a mí las puertas, se las está cerrando al fotógrafo de un periódico, en este caso El País».

¿Dónde?

Tuve problemas para entrar en el vestuario del Real Madrid, por ejemplo. Me dijeron que estaban desnudos y les respondí: «Yo no tengo ningún problema y no voy a sacar a nadie desnudo, pero si mis compañeros pueden pasar yo también quiero, porque ahí dentro se está produciendo una rueda de prensa o unas declaraciones y mi periódico espera que yo haga esas fotos. Yo soy un fotógrafo».

Y luego también me pasó en el año 82, en Sevilla. Yo tenía que cubrir una corrida de toros y no había entrado ninguna mujer a hacer fotos desde el callejón, cuando fui me dijeron que no entraba. Y otra vez tuve que imponerme: «¿Cómo? Pues usted verá, pero mañana no habrá crónica del festejo en El País». Después de mucho discutir me dejaron pasar. Y creo que fui la primera mujer que lo logró en esa plaza de toros.

En 1981 usted ganó el Premio Nacional de Periodismo. Ese año también fue galardonado Manu Leguineche. Y es curioso porque, revisando la hemeroteca, en la noticia que publicaba su periódico —El País— sobre esos premios a usted le dejan justamente las cuatro últimas líneas. Tres y media, para ser exacta.

Manu ya era un gran maestro y yo era una pipiola. Yo llevaba poco tiempo, aunque es verdad que en aquellos momentos tuve una presencia importante en prensa por cosas que pude cubrir. El periódico era un medio que en ese momento fue un poco la bandera del cambio en el ámbito de la prensa. Pero sí, Manu era Manu… Visto desde hoy queda raro.  Al final, lo que pienso es que las mujeres hemos tenido que batallar mucho para estar donde estamos ahora mismo.

Y por sus compañeros hombres, ¿se sintió discriminada alguna vez?

Jamás. Quizá porque mi comportamiento siempre ha sido como uno más, ahí era de tú a tú. Jamás tuve ningún problema, siempre hubo mucho respeto. La relación entre nosotros siempre ha sido buena. También hay que subrayar que ni yo ni ninguna de las compañeras con las que he trabajado ha utilizado nunca tampoco su condición de mujer para obtener rédito. Todas fueron unas compañeras estupendas y buenísimas fotógrafas. Tengo un recuerdo muy especial de Queca Campillo, que fue una mujer maravillosa, simpatiquísima, y que desgraciadamente ya no está con nosotros.

¿Existe la mirada femenina en fotografía?

Qué duda cabe de que el hecho de ser mujer puede influir, pero yo creo más en la forma de mirar como individuo. No como hombre o mujer. Habrá hombres con una sensibilidad maravillosa o mujeres que tienen una forma más dura de ver las cosas. Las ideas, la forma de pensar, todo forma parte del trabajo de un fotógrafo. Me gusta mucho una frase de Richard Avedon que dice algo así como que «el trabajo de todos los fotógrafos es verdad, pero ninguno es verdadero». Por eso cada foto es lo que ves, pero hay un poquito de ti esta en esa imagen. Piensa que una misma imagen la vemos diez fotógrafos diferentes y serán diez fotos diferentes, estoy segura.

A veces parece que solo ha hecho fotos de la Transición, pero su carrera es mucho más extensa. Por ejemplo, ha hecho muchas fotos de toros. Frente a su objetivo se ha puesto un torero tan escurridizo como José Tomás. ¿Cómo se convence para hacer unas fotos fuera del ruedo a un tipo que ni siquiera dejaba que televisaran sus corridas?  

Tal vez en el momento de su vuelta estaba más receptivo, no lo sé. Supongo que tuve suerte. Lo que sí tenía claro es que dentro del ruedo ya le habían hecho todas las fotos posibles. Le puse un esmoquin de Armani y nos fuimos a la suite de un hotel. Es cierto que es un poco introvertido, pero yo también soy un poco para adentro y desde el principio hubo buen feeling entre nosotros. Después me fui con él a una finca a Sevilla y allí se le veía mucho más suelto.

¿Y cómo se gana un fotógrafo la confianza del retratado?

La confianza se gana poco a poco. Escuchando un poco. Hablando. Intentando no entrar como un elefante en una cacharrería. Hay que intentar conocer un poco a la persona que tienes enfrente. En las entrevistas antes había mucha costumbre de que iban el redactor y el fotógrafo y «Hala, venga, cuatro fotos y venga, que tengo que hacer la entrevista». Yo siempre me he negado. Igual voy a hacer una entrevista y estoy media hora escuchando sin hacer nada. Me interesa mucho ese ejercicio si es un personaje que no conozco, que nunca he visto, que tengo poca información de él. Me gusta escucharle durante un tiempo para ver si soy capaz de que me transmita algo, ver más allá. Es muy importante escuchar primero, luego veremos lo que sacas.

Durante los años de plomo de ETA, en los ochenta, le tocó hacer muchas fotos de atentados.

Eran años terribles. A veces tenías que hacer fotos donde había diez o doce muertos. Tremendo. La tensión que se vivía, el ambiente que se respiraba. Tú llegabas allí y querías ponerte en primera fila, pero allí también estaban las familias. Creo que hay que tener mucho respeto a las víctimas, pero sobre todo en lo que respecta a las familias. En ciertos temas el cuidado y la forma de actuar es importante. Y todo eso a la vez: querer hacer fotos contando lo que está ocurriendo y no cruzar ciertas líneas. Eso, a veces, creaba una tensión enorme y era muy difícil trabajar así. Es cierto que la cámara es una pantalla buena, algo que pones entre el sujeto y tú y que te separa un poco. O, por lo menos, intentas separarte de lo que está ocurriendo a nivel anímico.

¿En esos años hizo muchas fotos que luego eran impublicables por esos códigos que señala?

Es cierto que tú tirabas, tirabas imágenes, y había algunas que luego veías que no podías publicarlas.

En los atentados del 11M le tocó desempeñar otro papel, el de editora gráfica en El País.

Fue tremendo lo que yo pude ver aquel día. La primera foto que se publicó fue de los primeros momentos en la estación de Atocha y, claro, fue todo tan imprevisto… Estábamos en shock. En esa primera imagen se veía un hueco en el tren destrozado, la metimos en la primera edición y después de publicarla nos dimos cuenta de que había una persona dentro. Por supuesto, la levantamos inmediatamente, la sacamos de la segunda edición. Era posible que los familiares de esa persona en ese momento ni siquiera supieran que iba en el tren.

También hubo una persona que nos trajo un carrete del tren que estalló dentro de la estación, nos lo hizo llegar pidiendo que las fotos ni se firmaran ni nada. Solo publicamos dos de aquellas imágenes, el resto era impublicable. Lo que vi aquel día no lo puede imaginar nadie, he visto muchas fotos, he editado miles de fotos de guerras en el mundo entero… y no he visto imágenes tan terribles como las del 11M. Aquello no se podía publicar.

Decía Susan Sontag que «debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan». ¿Dónde está el límite para publicar o no una foto? Ahora cada vez que hay, por ejemplo, un atentado, en redes sociales se crean grandes debates éticos sobre la idoneidad o no de difundir ciertas fotos.

El límite está en faltar al respeto y crear morbo. Ahora, una guerra, un atentado, un hecho luctuoso… Eso no es el ballet de Montecarlo. No seamos cínicos.

Si la foto de Aylan sirvió en su momento para que el mundo reaccionara, ¿por qué no hay que dar esa foto? Piensa que es algo que llevaba años ocurriendo y parece que hasta que no se vio esa foto nadie se había rasgado las vestiduras. Si sirve para que pueda ayudar a que eso no vuelva a ocurrir, merece la pena publicarla, claro que sí.

Cuando usted fichó por El País era Juan Luis Cebrián el director, ¿cómo era Cebrián como jefe?

Como director creo que, no lo digo yo, lo dice todo el mundo, es un grandísimo periodista. Puso en marcha un medio que ahí está. En las distancias cortas también, es una persona tímida, yo de mi relación con él no puedo decir otra cosa que estupenda.

¿Un buen director?

Buenísmo.

¿El mejor que ha tenido El País? Usted trabajó con cuatro de ellos: Cebrián, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno.

El País ha tenido la suerte de en cada época tener el director que tenía que tener. La verdad es que yo no puedo decir nada malo de ninguno. No es diplomacia, es que lo siento así. Creo que han sido grandes directores y que El País está ahí porque han sido capaces de dirigir a una buenísima redacción, eso es lo que hay que subrayar. He trabajado con compañeros excelentes de los que he aprendido lo poco o lo mucho que sé.

Hablaba usted antes de que El País fue una bandera del cambio en España en su momento. ¿Cómo es posible que en más de cuarenta años no haya habido una mujer directora?

En El País es cierto que estuvo a punto de serlo Soledad Gallego-Díaz, una periodista maravillosa. Pero no lo sé, es difícil. Pero mira la prensa española en general: ¿cuántos periódicos nacionales han tenido una mujer directora?

¿Y cómo es posible?

No te sé dar razones. Lo que sí creo es que tanto antes como hoy en día hay mujeres supercapacitadas para poder ocupar cualquier puesto de dirección en cualquier medio de comunicación nacional o extranjero. Y a las pruebas me remito, porque en el extranjero sí hay muchas. En ciertos puestos hay un techo de cristal que las mujeres todavía tenemos que romper en España.

Desde que usted empezó a trabajar hasta ahora la fotografía ha evolucionado muchísimo. ¿Le gusta más la fotografía analógica o la digital?

La verdad es que no tengo mucho problema en trabajar con una cosa u otra. No soy una purista.

¿La foto hecha con el móvil ha contribuido a la vulgarización del oficio del fotoperiodista?

No, porque todo el que tiene un móvil no es fotógrafo. Hacer una foto con un móvil es hacer una foto con un móvil y ya, perfecto. La forma de mirar con una cámara y con un móvil es completamente diferente, tienes que cambiar el chip. Decir que, si ahora delante de nosotras pasa la mayor tragedia del mundo, no hago la foto porque voy con un teléfono móvil…  Hombre, claro que sí, la hago, pero no quiere decir que sea un fotógrafo profesional. Son dos cosas totalmente distintas.

¿El trabajo de qué fotógrafo joven y español le gusta?

Si me haces decir, a mí me encanta, y además ha sido mi compañero en El País, Gorka Lejarcegi. Pero no me gusta dar nombres porque parece que si das uno ignoras a los otros. Sí te puedo decir una cosa, en mis últimos años en El País yo vi cantidad de currículums, y hay muchísima gente muy preparada y muy buena. Pero es una pena, porque estamos pasando un momento muy difícil a nivel de oficio.

¿Por qué hay tantos medios nuevos, especialmente digitales, que no tienen fotógrafos en plantilla?

Ahora mismo para los fotógrafos es muy difícil subsistir. La crisis económica en la prensa ha hecho que se reduzcan costos a todos los niveles y la fotografía no ha escapado a ello. Hay días en que los diarios tiran de contratos con grandes agencias que tienen fotógrafos en el mundo entero y ¿qué pasa?, que, como llegues al kiosco un poco dormida por la mañana, realmente no sabes qué periódico compras si los formatos son parecidos. Porque tiran de Reuters, de Associated, France Presse… que distribuyen sus imágenes. Y es cierto que es muy fácil que los buenos editores escojan la misma foto.

Hace años los medios tenían equipos de fotógrafos que podían ir y venir. Era una forma de trabajar con recursos propios, y así la diversidad es mucho mayor. Imagina que antes un fotógrafo se iba un mes a Sudamérica a hacer una serie con Maruja Torres, por ejemplo. O pasaba un hecho y enviabas a un fotógrafo donde fuera. Ahora, las redacciones utilizan muchísimo medios que contratan y que son los mismos para todos. Entra lo mismo en el rulo de La Razón que en El País. Y los digitales ni te cuento. Yo creo que es importantísima la edición en los digitales, fíjate en los grandes medios estadounidenses… Aquí parece que en lo digital vale todo, y no. Un medio digital no es un cubo de basura. Es importantísimo cuidarlo exactamente igual que se hizo con el papel. Y eso es caro y necesitas muchísima gente. La edición es fundamental en cualquier medio. Tú puedes tener una serie de editores, pero tener sobre todo una mirada colectiva del producto. Renunciar a eso es dar un paso atrás y volver a los años aquellos en que el redactor jefe de turno cogía el texto y la foto para acompañarlo, y no, esto no es así. La imagen es fundamental en los medios, pero tiene que ser de calidad.

¿Un buen editor gráfico tiene que ser fotógrafo?

Ayuda, pero no diría yo que sea necesario. Yo he trabajado con dos editores gráficos que no eran fotógrafos y chapeau. Ahora, lógicamente, creo que es un aporte. Un buen editor gráfico ayuda a mejorar a los fotógrafos con los que trabaja.

¿Qué cualidades debe reunir un buen editor gráfico?

Lo primero, tiene que tener claro que un producto no es la acumulación de páginas seguidas, es un relato, un viaje, tiene que verlo en conjunto. De momento, tienes que ver desapasionadamente el trabajo de cualquier fotógrafo que te llegue, saber qué quieres dar, qué quieres contar y cómo contarlo. Realmente es contar y relatar, y eso puede ser con dos o con cuarenta fotos, depende del medio o soporte al que vaya. ¿En qué se diferencian los grandes medios? Pues quizá muchos en la edición. El diseño y la edición tienen que ir a la par. En El País, por ejemplo, se reunía el redactor jefe de cada sección con el de diseño y con el editor gráfico. Ni todo tiene que ir a cinco columnas ni a una, cada foto tiene su tamaño. Por darla muy grande no es mejor foto, a veces lo único que haces es destrozarla del todo y decir «Dios mío de mi vida, lo malo es malo tres veces cuanto más grande lo des». Y luego el editor tiene que saber también qué fotógrafo va a hacer ciertas fotos y ciertos temas, porque no todos sabemos hacer todo o lo hacemos todo maravillosamente. Hay que saber sacarle el máximo rendimiento a cada fotógrafo, conocer sus sensibilidades, distribuir el trabajo en un momento también es muy importante.

Si fuera su propia editora gráfica, ¿qué es lo que mejor hace? ¿En qué campo se siente más a gusto?

No es decir tú en qué te sientes mejor. Yo me siento bien sobre todo cuando me sale algo, digo: «¡Qué bien, qué gusto!». Pero me siento bien trabajando porque me encanta este oficio.

Ahora está trabajando en un libro. A través de la editorial Libros.com hay un crowdfundig en marcha para editar un libro que recoge parte de su obra. Especialmente centrada en las fotos que hizo durante la Transición.

Son dos tomos. El primero es de Raúl Cancio y se titula Españoles…; el segundo, que es el miío, es Franco ha muerto. El libro nace de una propuesta de Libros.com. Yo pensaba que tal vez querían rescatar esa parte de fotos menos conocidas y menos vistas, pero tanto Julio Rey como Ricardo los editores— dijeron: «Tiene que ser un libro político. Se trata de hacer una lectura de unos años en los que tú estuviste allí». Es interesante en el sentido de que, yo que he sido editora muchos años en El País, por una vez y con perspectiva, alguien ajeno vea mi trabajo y lo edite. Es estimulante. Luego, el libro va a ser en blanco y negro. Creo que yo transmito más así, en blanco y negro.

Ese proyecto lo comparte con su marido, el también fotoperiodista Raúl Cancio, ¿cómo conviven en casa los archivos de dos fotógrafos?

Los de El País están en el periódico, porque el archivo pertenece al medio. Los negativos son suyos. Todo lo que es trabajo personal lo tenemos en casa, pero te aseguro que no nos confundimos sobre la autoría de cada imagen. Esto es como los hijos: cuando los has visto dos veces no tienes ya dudas.

¿Le molesta que la encasillen como la fotógrafa de la Transición?

No me molesta, estoy encantada de haber vivido aquello y de haber hecho aquellas fotos. Pero creo que mi trabajo es mucho más amplio. Pero esto es como todo: si una vez has hecho de malo, ya eres malo para toda la vida. Yo no soy nada nostálgica, creo que cada momento tiene sus cosas, sus hechos, sus momentos. Lo que sí es verdad es que lo recuerdo como una época en la que me divertí tanto y lo pasé tan bien… Y, visto desde la distancia, fueron momentos muy importantes en la vida de este país, y no solo a nivel político. Este libro es un poco contar aquellos años o cómo yo viví aquellos años.

Usted ha hecho a fotos a todos los presidentes de la democracia, ¿qué tenía cada uno de ellos delante de una cámara de fotos?

Cada uno tiene su punto. Por ejemplo, Suárez era muy vital. Rajoy es más serio. Zapatero era un presidente que había veces que te costaba mucho hasta que conseguías la foto. A Felipe no le gustaban mucho las fotos, es uno de los presidentes a los que menos les gustaban, de hecho. Era muy fotogénico, pero no era de los que posaba alegremente. Y Aznar es un presidente que ha dado muchas fotos, y diferentes, no sé si queriendo o sin querer. Ha cambiado mucho a lo largo de los años, incluso físicamente, y a mí me ha permitido hacer fotos muy diferentes de él.

Felipe González y Alfonso Guerra salieron a una ventana del Hotel Palace de Madrid la noche de la victoria electoral del PSOE en 1982. Veinticinco años después, usted repitió aquella foto. Por el camino se había roto la amistad entre Guerra y González. ¿Cómo fue aquel reencuentro?

En realidad, la ventana donde la hicimos es diferente, porque habían hecho obras en el Palace. Aquella ventana de 1982 era de una habitación y ahora aquello no es una habitación, es una especie de despacho. Los años pasan para todo el mundo [risas]. La verdad es que la relación entre ellos fue muy correcta y muy educada. Posaron en una suite, hablaron un ratito, se preguntaron por sus familias y después fuimos a la ventana.

¿Por qué foto le gustaría que la recordaran?

No me encasilles [risas]. Quizá a unos les guste una y a otros, otra. Esto es como con los cuadros. Acabo de estar en el Museo Picasso en Málaga y, fíjate que estoy harta de ver cuadros suyos, pero he descubierto uno de su primera época, una mujer en el baile, y me ha parecido tan maravilloso. No lo había visto en mi vida. Pues esto es igual, cuando tú ves la obra de alguien, eliges. A mí me gustaría que la gente pensara: «Es una fotógrafa que estuvo en su época y trabajó bien».

El País periódico y el país España han cambiado mucho desde que usted comenzó a trabajar hace más de cuarenta años, ¿sigue reconociendo a ambos?

¿Sigo reconociendo a ambos? Reconocer, sí los reconozco, claro que sí. Como todo en la vida, evolucionan, cambian. No tiene nada que ver el país España con el de ahora. Y El País periódico pues tampoco, pero porque creo que en la vida no se puede estancar nada, tiene que evolucionar.

¿El País sigue siendo su periódico de cabecera?

Sigue siendo mi periódico, sin lugar a dudas. Mientras siga leyendo periódicos estará ahí siempre.