Crónica del primer libro porno

I Modi (detalle). La segunda edición, publicada en 1527, estaba acompañada de sonetos escritos por Pietro Aretino. Las ilustraciones originales fueron copiadas probablemente por Agostino Carracci, que es la versión que sobrevive.

Roma volvía a ser Roma, con las tabernas otra vez abiertas tras una larga prohibición, y el alcohol y la prostitución permitidos de nuevo. También los pasquines, poemas anónimos, volvían a colgarse en las estatuas parlantes. Sus noticias, inventadas o reales, sobre cardenales y obispos, alimentaban rumores en los mentideros. Y en este renovado clima de tolerancia, alguien pensó que podría publicar el primer libro porno ilustrado en las mismas narices del papa. 

Vamos a follar, a follar deprisa, amor mío,
que todos para follar hemos nacido,
que si tú adoras la verga, yo amo el higo,
y sin esto el mundo al carajo hubiera ido.

La gestación de la obra tuvo mucho que ver con las prohibiciones del papa Adriano, un germano escasamente comprensivo con el Renacimiento. Apenas llegó a Roma a ocupar su sede quiso quemar todas las estatuas de la Antigüedad, que veía por primera vez, por su indecente desnudez. Mandó también que se rasparan los frescos pintados por Miguel Ángel en la Capillla Sixtina. De paso cerró las tabernas, expulsó a las putas y prohibió el vino. Y por último, pero no menos importante para la aparición del primer libro porno ilustrado, dictó una orden de arresto contra todos los escritores que se hubieran burlado de los cardenales y obispos de la Iglesia, y ordenó cancelar todos los encargos artísticos en curso.

Estas disposiciones dejaron en el paro al poeta Pietro Aretino, miembro de la Secretaría Vaticana, y al pintor Giulio Romano, encargado de terminar las obras de su fallecido maestro, Rafael de Urbino. Durante un año, y hasta la muerte de Adriano, conocieron las estreches económicas y el exilio. 

—Y si mi coño no te place, cambia el sitio
que quien no es bujarrón tampoco es hombre.  

La convocatoria de un nuevo cónclave para elegir papa trajo de vuelta a Aretino a Roma. Venía llamado por el cardenal Médici, cuyo criado informaba al poeta diariamente, y de forma secreta, sobre los candidatos que más votos habían recibido. Diligente, Aretino escribía un pasquín contra cada uno de ellos, atribuyéndoles vicios sexuales o escándalos de corrupción. Pronto sus difamaciones, colgadas en las estatuas parlantes, eran conocidas en toda Roma. Y cuando alcanzaban el interior de la Sixtina, los electores retiraban el voto a los candidatos del día anterior, a los que ahora ya no consideraban dignos del cargo de papa. 

El poeta destruyó reputaciones durante cincuenta días, hasta que el único digno de ser elegido pareció ser el cardenal Médici. Quien, efectivamente, fue proclamado papa con el nombre de Clemente VII. Muy agradecido, pagó a su poeta con largueza: además de hacerle recuperar su puesto en la Secretaría Vaticana, le nombró caballero de Rhodas, título nobiliario que aparejaba una jugosa pensión anual. 

—Bonita idiotez la mía, habiendo
podido elegir cómo follaros,
os he metido la polla en el coño
cuando no me negabais vuestro culo.

Giulio Romano, por su parte, había tenido la suerte de entrar en contacto durante su exilio con el duque Federico Gonzaga, señor de Mantua. A quien gustaron tanto sus obras que le contrató para la decoración de su palacio. Precisamente en el momento de encontrarse con su viejo amigo Aretino en Roma, llevaba en una carpeta los dibujos eróticos con los que se había ganado el favor del duque. Eran dieciséis óleos sobre cartón de parejas haciendo el amor, íntegramente desnudas. Los cuerpos de los amantes tenían el aspecto con que nos acostumbraron a verlos Miguel Ángel Buonarroti primero, y luego Rafael de Urbino por imitación del anterior. Ellos con potentes músculos, ellas casi obesas. Ambos muy depilados, porque en eso el gusto coincide con el de nuestros días. Pero en aquellos óleos de Romano, a diferencia del arte que ha llegado hasta nosotros, no había ni ocultación ni púdicas telas tapando sexos. Allí las penetraciones estaban representadas en todo su esplendor anatómico, siendo bien visibles los encuentros de vulvas, vergas y anos para recreo del espectador. 

Al ver aquellas pinturas, al poeta papal se le ocurrió que podían hacer el negocio del siglo. Bastaba con que un conocido suyo, el grabador Marcantonio Raimondi, las trasladara a dibujos, y estos a grabados en planchas de madera, para su producción en serie en imprenta. En términos de la época, un grabado de calidad era lo más parecido a un selfi en Instagram. Esas reproducciones viajaban hasta los más alejados rincones del mundo, y así todos podían ver, por primera vez, obras renacentistas de las que solo habían oído hablar. Claro que en el caso de los grabados de Raimondi cabe pensar que también pudieran haberlos usado para masturbarse. Y por si quedaba alguna duda al respecto, Aretino decidió acompañar las imágenes para el libro con dieciséis sonetos, uno por dibujo. En ellos dos amantes, en continuo diálogo, y acompañando la situación dibujada, se susurran divertidas guarradas. Nada de sutilezas: en la cumbre de su pasión se animan el uno al otro con expresiones como «métemela hasta el corazón», o «venga, dame más fuerte». 

Si estuviera bien follar después de muertos
te diría que folláramos hasta el último suspiro
como Adán y Eva hicieron en el Paraíso.

Ya te digo yo que si esos dos tunantes
no hubieran comido la fruta traicionera,
hoy no retozaríamos los amantes.  

I Modi (detalle).

Pero apenas estuvieron listos los primeros quinientos ejemplares en el taller de Raimondi, la guardia vaticana irrumpió para secuestrar la edición. Alguien se había ido de la lengua, y el grabador, pillado in fraganti, fue encarcelado. No así el pintor Giulio Romano, ni tampoco Aretino. En ello tuvo mucho que ver la forma renacentista de entender el arte. El alto clero toleraba el desnudo, considerando que la obra de arte individual iba a ser contemplada por una sola persona, el dueño del cuadro o escultura, quien además, como aristócrata, comprendería su valor en lugar de dejarse llevar por la excitación que podría provocarle. De hecho esta es la razón por la que Miguel Ángel pudo pintar, dos veces, cuerpos desnudos en la Capilla Sixtina. Pero el mismo razonamiento, que libraba a Romano de toda responsabilidad, no era aplicable a los grabados, que, como copias, servían para la contemplación pública por cualquiera. Raimondi se iba a pudrir en prisión por pornógrafo.

En cuanto a los motivos para no procesar a Aretino tuvieron que ver, además de con la literatura, con la política. Sus sonetos, aunque muy eróticos, podrían haber sido tolerados suponiendo que, al ser en clave de humor, ridiculizaban la lujuria, uno de los pecados capitales. Al fin y al cabo obras similares, como el mismo Decamerón, se habían publicado bajo esta excusa. Pero en su caso el problema era que toda Roma conocía su condición de protegido del papa. Denunciarle hubiera significado comprometer al propio pontífice, y desvelar además que habían estado a punto de distribuir bajo sus mismas narices un libro porno como no se había visto jamás: con imágenes explícitas. Para acabar de empeorarlo, la diplomacia vaticana tenía que tapar aquel escándalo por todo los medios, porque en el año 1526, cuando fue publicado, la reforma protestante estaba en pleno auge. Lutero y sus seguidores buscaban el más mínimo motivo para justificar que quisieran liberarse de la tutela del papa sobre la Iglesia. Así que, en sus manos, aquel volumen hubiera sido pura dinamita.

La boutade de Aretino pareció haber quedado en eso, después de que el papa le recibiera en audiencia, aceptara sus disculpas y creyera su promesa de destruir cualquier vestigio de los ejemplares, consiguiendo así, además, la completa liberación de Raimondi. Pero pocos días después, cuando regresaba de un banquete, fue asaltado en la puerta de su casa por el poeta Achille De La Volta, que le apuñaló numerosas veces en el pecho y estómago. Aretino, tratando de detener la daga, perdió los dedos índice, pulgar y medio de la mano derecha. 

Al día siguiente un pasquín explicaba lo sucedido. Pietro Aretino, depredador sexual que no respetaba a nada ni a nadie, había seducido a la mujer de De La Volta, y el marido, en un arrebato de celos, se había cobrado su venganza. El interpelado tenía otra versión, pero de momento se debatía entre la vida y la muerte y además le habían mutilado la mano con que escribía. 

De su larga convalecencia Aretino salió vivo y zurdo, y bastante cabreado con Juan Mateo Ghiberti, el secretario del papa, a quien acusó ante los tribunales de haber pagado a De La Volta para que lo ejecutara. Sabiendo, hoy, que los dos llevaban largo tiempo enfrentados en la Secretaría Vaticana, y que el libro, por la proximidad de las fechas, pudo ser el detonante o una excusa para quitarlo de en medio, la denuncia resulta creíble. Pero los jueces, muy cautos, advirtieron al poeta que De La Volta ni siquiera había sido interrogado, y mucho menos detenido por intento de asesinato. Aretino captó el mensaje, y temiendo por su vida, huyó de Roma. 

Qué inútiles mis siete años gastados.
tres entregué a León, cuatro a Clemente:
por ello fui nombrado enemigo de la gente
que ahora odia mis versos, y mis pecados.

(…) A bastardos y villanos mugrientos
mantiene el papa bien alimentados,
y a sus fieles servidores, hambrientos.

Espero de los futuros papados,
y de sus próximos advenimientos,
tanto como de los vientos pasados.

Con este poema amargo se despedía Aretino de su servicio a Clemente VII, con el que no consiguió reconciliarse, y de una etapa anterior en que sirvió a León X. Decidió establecerse en Venecia, confiando en que en la república libre nadie censurara sus escritos, y menos aún intentara asesinarle a consecuencia de ellos. En aquella ciudad, en 1527, una nueva versión de su libro pornográfico vería la luz, se cree que sin los grabados de Raimondi, aunque sí acompañada de otros muy similares. Fue impresa poco después de que los ejércitos de Carlos V saquearan Roma, debido a la desastrosa gestión diplomática de Juan Mateo Ghiberti, y a su excesiva inclinación hacia el bando francés. Precisamente Aretino había defendido frente a él la apuesta por agradar al emperador, y por esas fechas apareció su poema en forma de profecía donde anunciaba el Saco de Roma, supuestamente antes de que se produjera. Ganas de salirse con la suya, porque en realidad lo que hizo fue ponerle una fecha anterior para que pareciese que lo había predicho, cuando en realidad lo escribió a toro pasado. Pero así era el primer escritor que vivió de su pluma, y que sería apodado azote de los príncipes. Un figura.

—¡Pero no te retires ahora, que me viene!
—Es que te haré otra tripa, seguramente.
—Aunque me hagas cuarenta, ¡tú córrete dentro!  

Con esta llamado al orgasmo concluyen los Sonetos lujuriosos de Aretino para su libro porno, «I Modi» por su título en italiano. Encontrar uno de esos volúmenes podría ser el sueño húmedo de cualquier librero de viejo o anticuario. Pero seguramente no exista un solo ejemplar íntegro, ni de la edición de 1526, romana, ni de la 1527, veneciana. El Museo Británico asegura conservar algunas copias de los grabados de esta última, pero aunque su estilo es similar al de las pinturas de Romano que se conservan en Mantua, no hay seguridad de que sean, efectivamente, los originales. 

Lo que sí ha perdurado del primer libro porno ilustrado son sus sonetos, y la libertad expresiva de Aretino. Sus libros pornográficos circularon de forma secreta en bibliotecas privadas hasta el siglo XX. El mismo Voltaire expresó su admiración por ese autor que había tenido el valor de escribir lo que le venía en gana. Debemos recordar además que Aretino lo hizo en un tiempo en que la libertad de expresión no existía, y eso es acaso una lección para recordar en tiempos de morales susceptibles. Escuchamos hoy voces que se alzan para prohibir la pornografía por ser nefasto método de educación sexual en los jóvenes. Pues claro. A quién le cabe duda de que el porno fue concebido no para eso, sino para la excitación, la risa y la diversión más apasionadamente humanas. Recreando esa voluntad libre de dos amantes para entregarse, más allá de la decencia. 

Si acaso me cansara, Beatriz,
habrás de perdonarme, porque, sabes,
follar en esta postura me agota,
y si no tuviera tu culo como espejo
ante mi vista y así sostenido por mis brazos
nunca concluiría nuestro acto.  


N. B. Los versos aquí incluidos son una transcripción personal, libre y adaptada a la mejor comprensión del lector contemporáneo, sobre los originales en italiano del propio Aretino. Para una lectura académica recomiendo la edición bilingüe de Visor, vertida al castellano por Luis Antonio de Villena.


¿Qué le debemos a Roma?

Imagen: Warner Bros. / Orion Pictures / Python Pictures Ltd.

El debate académico sobre nuestra deuda con roma recuerda a una escena de La vida de Brian, donde un militante del Frente Popular de Judea organiza, sin quererlo, una discusión en torno al acueducto, el alcantarillado, el vino, la paz, y una larga lista de logros. La diferencia es que en la película al final llegan a un acuerdo, mientras que en el mundo académico la discusión todavía continúa.

Este debate del legado romano está íntimamente ligado a otra cuestión, la de la naturaleza del declive y fin del Imperio, sobre la que ha habido teorías encontradas a lo largo de la historia —a menudo relacionadas con la ideología política imperante—. Aunque la admiración por el mundo clásico viene de muy atrás, la visión del fin de Roma como antesala de un periodo de barbarismo y pobreza se la debemos a la obra magistral de Gibbon de fines del siglo XVIII: La decadencia y caída del Imperio romano. Esta visión gozó de tanta popularidad que encontrar las causas para la caída se convirtió en un deporte académico; el profesor alemán Demandt compiló una lista con nada menos que doscientas diez alternativas, entre las que vale la pena destacar la impotencia, el bolchevismo o la glotonería. No obstante, esta visión cambió hace pocas décadas, cuando un nuevo paradigma, el de la antigüedad tardía, comenzó a cobrar relevancia de la mano de Peter Brown. Bajo esta nueva perspectiva, la transición entre el fin del Imperio de Occidente y los reinos germánicos posteriores se considera más como un continuo que como un evento discreto. Eso nos deja con dos visiones contrapuestas, caída o transición, que además suelen ir asociadas a una opinión sobre el Imperio el general: la visión de la transición sugiere que ni Roma fue tan maravillosa como la pintan, ni los bárbaros tan salvajes; mientras que los partidarios de la caída defienden que el Imperio fue algo único.

Cuando se debaten los logros de la civilización romana se enumeran los acueductos y los molinos, sus leyes, su política, su burocracia, la Pax Romana y el latín, pero en realidad el gran legado de Roma para el mundo occidental es el de la sofisticación que esos logros conllevaron y exigieron. Gracias a su aparato estatal y burocrático, Roma fue la primera entidad occidental con una economía compleja, que permitió a sus ciudadanos, incluso de clases desfavorecidas, gozar de un nivel de prosperidad inusitado hasta la época.

Una economía sofisticada

Como sugiere Temin, una buena forma de plantearnos cómo de sofisticada era la economía romana es considerar la forma en que se distribuían las mercancías para el consumo de los ciudadanos.

Pensemos, por ejemplo, en el caso paradigmático del grano. Si bien suele acusarse a Roma de basar su economía en la extracción de los recursos de las provincias sometidas, lo cierto es que el porcentaje de grano obtenido a través de métodos coactivos, léase impuestos, apenas era entre un 15 % y 30 % del total. Este grano estaba en su mayor parte destinado a la annona, un impuesto pagado en especie para mantener el Ejército y dar de comer a los habitantes de la capital imperial, dependiendo de la época. La mayoría de las mercancías que suministraban sustento al millón largo de habitantes de Roma se producían, transportaban, y distribuían a través de agentes privados en la capital y en las provincias. La existencia de esta industria para el consumo privado es evidente gracias a restos arqueológicos de rutas comerciales que carecerían de sentido si estuvieran definidas por patrones de consumo gubernamental. Por ejemplo, se han encontrado platos y otros enseres domésticos provenientes de una fábrica cercana a Oxford distribuidos por todo el sur de Inglaterra, una zona sin campamentos militares ni empresas estatales que justifiquen la producción o la difusión de estas piezas.

Suele decirse también que este comercio privado respondía solo a las necesidades de las élites, pero lo cierto es que las clases medias y bajas también tenían acceso a productos de primera necesidad de una calidad jamás vista antes. Un ejemplo ilustrativo es el de la cerámica. Una de las principales características de los asentamientos romanos —compruébenlo la próxima vez que visiten uno— es la abundancia de trozos de teja, de ánforas y otros artículos cerámicos de uso cotidiano. No es casualidad. La cerámica romana se caracterizaba por su estandarización y gran calidad, su producción en masa y su difusión tanto geográfica como por nivel social. Comparados con los cacharros que más tarde utilizarían los entes políticos de la antigüedad tardía, la diferencia es abismal. Por otra parte, incluso en áreas remotas del Imperio se han excavado pequeños asentamientos donde los campesinos gozaban de casas de construcción sólida con tejados de teja al estilo de la que se utiliza hoy en el sur de Europa. Compárese eso con la proliferación de cabañas de madera con tejados de paja posteriores a la caída del Imperio.

La tecnología romana

Por supuesto, una economía sofisticada y con patrones de producción industrial está íntimamente relacionada con la maquinaria y herramientas de que dispone. No obstante, el de la tecnología y la innovación es un caso donde el sesgo desfavorable hacia Roma ha sido predominante, en concreto cuando hablamos de molinos de agua. Como dice Jean-Pierre Brun, hasta hace unos años el mito que persistía de Roma, y previamente del mundo helenístico, era el de una sociedad donde los descubrimientos tecnológicos y la ciencia no se ponían en práctica. Las razones aducidas son dos. Primero, la de los incentivos económicos. Los romanos no habrían tenido el menor interés en aplicar la tecnología puntera de la época por la existencia de grandes cantidades de mano de obra barata: los esclavos. Segundo, por un argumento psicológico. Los romanos, o en concreto sus élites, ralentizaron la implantación de las nuevas tecnologías, debido a su mentalidad aristocrática y al desprecio por el trabajo físico y la industria. Los dos argumentos se apoyan en abundantes evidencias anecdóticas, que nos han llegado a través de textos clásicos. Plutarco nos cuenta que Arquímedes consideraba las aplicaciones prácticas de sus molinos de agua algo degradante —si bien Plutarco lo hace como ejemplo de lo raro que era Arquímedes—. También se cuenta que cuando a Vespasiano le ofrecieron un invento para llevar columnas al Capitolio de forma más eficiente, respondió que no estaba interesado porque su prioridad era mantener a los trabajadores empleados.

¿Cayeron los autores en este sesgo antitecnológico por malicia? Cabe pensar que no. Ocurre que el conocimiento del que disponían era limitado, por varios motivos. Por un lado, la evidencia arqueológica de instalaciones industriales que probaran el uso de innovaciones tecnológicas era escasa, y tampoco abundaban las referencias sobre la preponderancia de estas instalaciones en los escritos de la época que han sobrevivido.

El problema, claro está, es uno de selección. Las obras construidas con materiales más duraderos, y por lo tanto las que han pervivido hasta la actualidad, tienden a ser edificios religiosos, civiles o de entretenimiento. Por otra parte, los textos romanos de que disponemos no son en absoluto una muestra representativa. Miles de escritos, entre ellos la autobiografía del propio emperador Adriano, se perdieron para siempre. Los textos que resistieron lo hicieron por azar (como los textos que sobrevivieron por estar escritos en papiros egipcios, que duran más por el clima seco de la región y el material), o porque tenían un valor particular, por ejemplo estético. Como se pueden imaginar, las norias y molinos de agua no entraban muy a menudo en el imaginario de los poetas y artistas romanos por su escaso sex appeal. Afortunadamente, aun así nos han llegado textos deliciosos, entre ellos el del Talmud de Jerusalén, que dice mucho del pragmatismo religioso de algunas comunidades. El Talmud no permite el uso de los molinos de agua para moler grano el día del sabbat, por estar claramente en contra de la prohibición de trabajar. No obstante, si el molinero ha tomado la precaución de dejar la tolva o caja colectora de grano del molino llena el día anterior, le está permitido dejar que el artefacto funcione por su propia cuenta el sábado.

Pese a estas dificultades, en los últimos años ha habido un auge de descubrimientos arqueológicos que ponen en entredicho la visión de la sociedad perezosa del Imperio. Las innovaciones técnicas como las de los molinos de agua mecánicos estaban mucho más extendidas de lo que se pensaba, especialmente en las ciudades y campamentos militares. Esto no debería sorprendernos, dado que la existencia de redes comerciales para bienes de uso cotidiano nos sugiere que tenían que existir centros de producción a nivel industrial que permitieran abaratar costes y abrirse mercados más allá de la provincia donde se encontraban. Los restos arqueológicos de la factoría de La Graufesenque, en Francia, son un ejemplo de la escala gigantesca de algunas de las fábricas imperiales, con hornos capaces de cocer decenas de miles de piezas de cerámica de forma simultánea.

La lengua y la alfabetización

Cabe preguntarse también si esta sofisticación económica y tecnológica vino acompañada de un aumento de la complejidad social y, en concreto, de la alfabetización. Intentar saber en qué medida la población del Imperio estaba alfabetizada es muy difícil porque carecemos de registros. Sin embargo, en esta cuestión parece que los críticos con Roma podrían tener razón. Sabemos que una fracción de las clases populares, al menos en determinados contextos y regiones, podía leer y escribir. De una manera no muy elegante, pero igual de elocuente que el Talmud, tenemos evidencia en los muros de Pompeya y en otros lugares de grafitis cuyos autores esperaban que fueran entendidos por los demás (recuerden el célebre, «Phoebus se echó un buen polvo aquí»). Los temas tratados, como pequeños robos, disputas amorosas y anuncios de comercios, indican una cierta diversidad de perfiles entre los grafiteros. No obstante, como apunta William Harris en su magistral libro Ancient Literacy, Pompeya era una excepción. La sociedad romana no era una sociedad de masas alfabetizadas. Más bien lo contrario: Harris ofrece unas cifras de alfabetización del 10 % de la población, un 15 % de los hombres y un 5 % de las mujeres, y eso solo en las regiones alrededor de Roma. Estos números pueden parecernos desastrosos, pero hay que tener en cuenta que en 1871 el sur de Italia tenía niveles de alfabetización cercanos al 15 %, casi dos mil años después.

La palabra escrita se usaba, por lo tanto, donde era más necesaria para llevar a cabo las actividades u oficios que lo requerían, pero no era priorizada por el Estado. Así la alfabetización aumenta con la necesidad estatal de administrar y controlar ingresos y gastos: el analfabetismo disminuyó a golpe de contabilidad. Por supuesto, en las élites del mundo grecorromano, como dice Harris, un cierto nivel de cultura escrita era una necesidad social, al menos para los hombres. Pero eso no implica que todos los ricos pudieran escribir con soltura, ni que las clases bajas tuviesen vetado el acceso a la escritura; es más, tenemos decenas de ejemplos de esclavos encargados de escribir cartas y despachos ante la incompetencia de sus señores, y se cuenta la historia de un aristócrata al que le preocupaba tanto que su hijo fuera disléxico, que les puso a veinticuatro de sus esclavos las letras del alfabeto por nombre.

Más allá de estas élites, la alfabetización sigue el mismo patrón de interdependencia con la complejidad y la sofisticación. Los funcionarios imperiales necesitaban saber leer y escribir para mantener la contabilidad del Estado, recopilar leyes y fiscalizar lo que estaba ocurriendo cada día. Los comerciantes, aunque se guiaban por reglas sociales y orales, también mantenían archivos y registros de sus transacciones, especialmente cuanto mayores eran. Los juicios, aunque a menudo basados en argumentos orales, empezaron a incluir argumentos escritos basados en la ley codificada a medida que los casos aumentaban en complicación. Por lo tanto, la alfabetización respondía a las necesidades de una burocracia estatal jamás vista y de un mercado globalizado para la época, pero no más. Mientras algunos han querido ver en el Imperio una glorificación de la lectura y la escritura, la cruda realidad es que las escuelas, aunque numerosas, nunca fueron accesibles para la mayoría.

Roma, la sociedad compleja

Roma fue una de las primeras sociedades complejas del mundo, capaz de interconectar su sistema económico con el político. Un mundo que pese a las limitaciones de la época permitió la emergencia de la producción industrial de bienes de consumo y de redes de comercio sofisticadas, capaz de proveer una riqueza material que no habría de verse hasta siglos después. Un Estado que con el desarrollo de un sistema legal sin precedentes, una maquinaria burocrática implacable y unas fuerzas militares temibles hizo posible una era de estabilidad y prosperidad como nunca antes. Esto convirtió a la sociedad romana en la más opulenta, desarrollada y quizá poderosa de todas las que la habían precedido. Sin embargo, esas virtudes la hicieron a la vez más vulnerable, y la expusieron a que una migración bárbara o una mala cosecha tuviera implicaciones para todo el Mediterráneo. Las aldeas sirias que antes malvivían del grano cosechado en las terrazas rocosas que las rodeaban se enriquecieron especializándose en el aceite de oliva que compraba Roma. Pero cuando Roma dejó de comprar, no quedó grano ni dinero en aquellas aldeas.

Si hoy nos sigue causando asombro aquel mundo perdido de Roma es por sus enormes similitudes con muchos mitos románticos de nuestro tiempo: el imperio transnacional, complejo y vulnerable, Roma como la luz de la civilización frente a un mundo que se agosta, la imagen de una Europa fortificada contra los bárbaros. Por esas semejanzas las historias de Roma seguirán teniendo sobre nosotros la ascendente propia de un pasado que hemos idealizado y que, como es sabido, era más complejo que nuestros sueños de legiones y gladiadores. Por eso, y porque sus ruinas no son otra cosa más que los restos de gloria de un mundo sobre el que está edificado el nuestro.


Niños que se desnudaron

Eromenos y Erastes. Imagen: DP.
Eromenos y Erastes. Imagen: DP.

«Sí», dijo mi abogado.
«Enchironaron al tipo ese por abuso a menores,
pero él jura que es inocente.
¿Para qué demonios iba a follar con niños?», dice él;
«¡Son demasiado pequeños!». Se encogió de hombros.
(Hunter S. Thompson, Miedo y asco en Las Vegas)

¡Señoras y señores del jurado! Bríndenme su atención un par de minutos, se lo ruego. Hay algo que necesito aclarar. Créanme: es importante.

Si me encuentro hoy aquí es porque ustedes, o una parte de ustedes, sufren los mismos prejuicios que una notable señorita de cuyo nombre no quiero acordarme. Una integrante del inframundillo/hampa literario/a con quien me crucé en algún momento de mi larga carrera. En efecto, como sin duda habrán intuido muchos de ustedes al verme, soy viejo y sabio. Precisamente por eso no pienso dar más detalles sobre esta notable señorita. No delante del maldito taquígrafo. Por cierto, ¿podría usted hacer menos ruido? Gracias. Decía que no voy a darles más detalles sobre la notable señorita. Se dice el pecado, pero no el pecador. Llamémosla Dolores. Dolores Pain. O mejor: Dolores Mist. Aguarden, ¡ya lo tengo!: Dolores Painful Mist. Pues bien, el caso es que sospecho que la Archidiócesis de Barcelona, u otra institución parecida, los cienciólogos de Hospitalet, o puede que incluso algún oscuro grupúsculo de amantes del reiki, no lo sé, puso en nómina a la señorita Mist para confeccionar una especie de Index librorum prohibitorum. ¡En pleno siglo XXI, señoras y señores del jurado! ¿Se lo imaginan?

Verán, lo que ocurre es que la señorita Mist cree que hay temas que no tienen cabida en las páginas de la literatura. Por ejemplo, la vida de un ateo que es feliz. O cualquier cosa relacionada con la pedofilia. No me malinterpreten: entiendo perfectamente lo de los ateos. Es de cajón. Si uno es ateo es porque es inteligente. Y si es inteligente no puede ser feliz. Al menos no del todo. ¿Pero lo de la pedofilia? Eso sí que no lo entiendo. C’est complètement incompréhensible. Anote eso, señor taquígrafo. Quiero que conste en acta que lo de que la señorita Mist desee incluir todos los libros sobre pedofilia en su personalísimo Index librorum prohibitorum del siglo XXI (ILP/XXI) es completamente incomprensible. Y pecaminoso.

La literatura en este país no puede ir bien cuando los agentes literarios, y no digo que la señorita Mist sea agente literaria, pero por si acaso, y otros sinvergüenzas de su calaña tratan de desmantelar con descaro el sacrosanto principio de que in libris libertas. Peor aún: cuando quieren mandar al ILP/XXI todas las novelas sobre pedofilia. La honte! ¿Acaso no es cierto que los abusos a menores, o las relaciones joven/adulto, en todas sus permutaciones, consumadas o sin consumar, forzadas o consentidas, heterosexuales, homosexuales y andróginas, llevan años, décadas, siglos, putain: milenios, campando a sus anchas por el lupanar literario? «¿Por qué, entonces, este horror del que no logro desprenderme?». Frígidas damas y frígidos caballeros del jurado, se lo ruego: ¡denme una oportunidad para demostrar fehacientemente mis palabras!

Tendrán que disculparme si no me demoro en distinguir entre pedófilos y efebófilos. No hay tiempo para disquisiciones semánticas. Digamos que cuando sostengo que ha habido muchos niños, o niñas, que se desnudaron, o a los que desnudaron o desnudarán o habrían querido desnudar, o que aceptaron desnudarse ellos mismos, me refiero, sirviéndome de la Convención sobre los Derechos del Niño, y a riesgo de ser anacrónicos, pero ya verán ustedes que el anacronismo acaba resultando provechoso, sean pacientes, me refiero, decía, a «todo ser humano menor de dieciocho años de edad».

Ya les conté en otra parte las cochinadas que hacían los griegos con niños y adolescentes. Serralvo, Serralvo, siempre hablando de cochinadas, dirán ustedes. Pues no. Falso. Y no me interrumpan, merde. Tengo derecho a ejercer mi propia defensa, guste o no a las frígidas damas y frígidos caballeros del jurado. Así que óiganme, óiganme bien, porque mi defensa empieza, cómo no, en la Antigüedad grecorromana. Los griegos no solo se acostaban con muchachitos, sino que escribían impunemente sobre aquel vicio. La razón es obvia, y se la adelanto sin ningún tipo de preámbulos, comme ça: la literatura, si es digna de su nombre, está abocada a reflejar la realidad de su tiempo. Observen, sin ir más lejos, El banquete de Platón, la obra más literaria, quién lo discute, del metódico filósofo griego. En ella se habla largo y tendido del tema, venga, brindemos, hip, por Dionisio, por Eros, hip, y escu-, hip, -chemos a Pausanias:

Incluso en la pederastia misma podría uno reconocer también a los auténticamente impulsados por este amor, dado que no aman a los muchachos sino cuando empiezan ya a tener alguna inteligencia, y este hecho se produce aproximadamente con los primeros brotes de barba. Los que empiezan a amar desde entonces están preparados, creo yo, para estar con el amado toda la vida y convivir juntos, pero sin engañarle después de haberle elegido cuando no tenía entendimiento por ser joven, y abandonarle desdeñosamente corriendo detrás de otro.

Podríamos citar (con más razón aún) otro de los diálogos platónicos, Fedro, o incluso la mismísima relación entre Patroclo y Aquiles, no porque lo diga Homero, que debió de ser tan mojigato como la señorita Mist, en la Ilíada, sino porque fuentes posteriores, e.g. el propio Platón, o el dramaturgo Esquilo en su desaparecida obra Los mirmidones, nos dejan bien clarito que entre Patroclo y Aquiles había una cierta diferencia de edad y que ambos se lo montaban felizmente desde los tiempos preheroicos que antecedieron a la guerra de Troya. Por si a algún miembro del jurado le interesan estos detalles, les diré que Aquiles era el más joven entre ambos, pero, según los rumores, Patroclo era el «amado» (erómenos). Supongo que los miembros del jurado, sobre todo los caballeros de bigotillo fino que han estado mirándome por encima del hombro desde que entré en la sala, entienden a qué me refiero. Serralvo solicita al taquígrafo que no anote este último comentario.

Alejandro Magno, por su parte, le ponía los cuernos a su queridísimo «amigo» Hefestión, sirviéndose para ello del joven eunuco persa Bagoas, un botín de guerra que le fue entregado por el sátrapa Nabarzanes tras una de sus conquistas. La relación entre el macedonio y Bagoas ha sido objeto de tanta tinta, desde las Vidas Paralelas de Plutarco en el siglo I hasta El muchacho persa de Mary Renault en el XX, por no hablar de la adaptación hollywoodiense de Oliver Stone en la que Colin Farrell besa a un mozalbete afeminado (interpretado por el español Francisco Bosch) en presencia de toda su corte, anécdota, por cierto, recogida por el propio Plutarco, que me perdonarán ustedes, miembros del jurado, si no me demoro más de la cuenta en analizarla.

Adriano y Antinoo. Imagen: DP.
Adriano y Antinoo. Imagen: DP.

Solo deseo que tengan claro, presten atención, sensibles damas del jurado, caballeros de bigotillo fino, señor taquígrafo, que la señorita Mist se equivoca. Acudan a las Metamorfosis de Ovidio, en cuyas páginas el mismísimo Orfeo, el de la melodiosa lira, «para los pueblos de los tracios, fue el autor de transferir
 / el amor hacia los tiernos varones». Recuerden al emperador Adriano, quien perdió la cabeza por Antínoo desde que este tenía doce años hasta que, en torno a los dieciocho, se ahogó en las mitológicas aguas del Nilo. Quien mejor nos lo cuenta, viva la poesía, así sea en prosa, es la francesa, pardon, madame, j’aurais dû dire belge, ou presque, Margarite Yourcernar, en sus memorables Memorias de Adriano. Sin menospreciar, claro está, la descripción que hace Oscar Wilde, irlandés al que inevitablemente retornaremos en un puñado de siglos/párrafos, en su poema La Esfinge: «El cuerpo de marfil de aquel joven y singular esclavo, con una granada en los labios». No se preocupen. Como suele ocurrir con la palabra escrita, olvidadiza, precaria en sus ansias de eternidad, Wilde no inventa nada que no hayan dicho otros muchos antes que él. Pensemos en Las Bucólicas de Virgilio, en particular en su segunda égloga, esa en la que «por el hermoso Alexis, delicias de su dueño, / el pastor Coridón sin esperanza ardía».

Podríamos seguir así, con esta panda de pervertidos, hasta que amanezca (u oscurezca, según sea usted un lector de Jot Down trasnochado o un miembro del jurado). Pero creo que ça suffit. Lo único que pretendía demostrar ha quedado demostrado, a saber: que la señorita Mist, autora apócrifa del ILP/XXI, debería, como bien recomienda Italo Calvino, leer a los clásicos. Eh, eh, eh. Un momento. Debemos precisar algo: ni Serralvo ni yo estamos defendiendo las relaciones entre adultos y menores. En absoluto. Platón, víctima de su época, creía que era normal que los ciudadanos de la polis se solazasen con mozalbates porque, según él, quelle naïvité, quelle excuse tordue, el sexo masculino «es más fuerte por naturaleza y posee más inteligencia». Serralvo y yo tenemos otra teoría. Sigan leyendo.

Entre la época romana y la edad moderna, entendiendo por esta última, arbitrariamente, sí, que ningún historiador me salte a la yugular, el periodo que sigue a la Revolución francesa, hay poca literatura que se meta en estos asuntos. Desde luego, conservamos documentación de más de un caso paradigmático, como el de la niña Beatriz, esa criaturita de nueve años, debió ser hermosísima, ma foi, que sirvió de musa a Dante en el proceso de Creación, mayúscula justa donde las haya, de su Divina comedia. Ahora bien, en comparación con los obscenos atenienses, estamos ante un puñado de siglos de lo más castos. Dos elementos necesitan ser considerados. El primero, que se trata de una época en la que los derechos humanos en general, y la Convención sobre los Derechos del Niño en particular, no tienen ningún sentido. La edad legítima para contraer matrimonio solía rondar el comienzo de la pubertad. Piensen, por ejemplo, en la Julieta de Shakespeare, cortejada por Romeo a los, sí: agárrense, trece años. (Más o menos la misma edad en la que el diabólico Humbert Humbert abusa de Lolita). El segundo elemento, y aquí no podemos más que formular una hipótesis, es que o bien los adultos de estos siglos no se prevalían sexualmente de los niños y las niñas de su época, o bien el tema, con excepciones, por supuesto, no estaba tan en boga como en la Antigüedad grecorromana. Ahora bien, Serralvo y yo suponemos que si no hay docenas de testimonios de curas abusando de sus alumnos de catequesis, o de frailes levantando los faldones a indefensas prepúberes de nueve años, es, por supuesto, porque esas cosas han ocurrido únicamente en esta tétrica era que le ha caído en suerte a quien teclea y a quien lee. Seguramente no tiene nada que ver, Dios nos guarde, con la ausencia de prensa libre & Internet, ni con la censura & control social ejercido impunemente por la Iglesia durante milenio y medio [sicsic]. Ha oído usted bien, señor taquígrafo: sic elevado a sic. Por cierto, el profesor Livio Rosetti, emérito clasicista, apunte esto también, señor taquígrafo, dice que la mayor parte de la literatura erótica de la Antigüedad, lo que nos queda, ay, no son más que vestigios, ardió en las pilas pseudoinquisitoriales del clero de Bizancio. Très triste, oui.

Dante y Beatriz, por Henry Holiday (DP)
Dante y Beatriz, por Henry Holiday (DP)

En el siglo XIX, queridos miembros del jurado, informen de esto a la señorita Mist si alguna vez, espérons que non, se cruzan ustedes con ella, las relaciones entre niños (o efebos/nínfulas) y adultos toman un cariz completamente distinto. Por primera vez, alabado sea en esta ocasión el sueño de la razón, la Raison, oui, la literatura y los literatos comienzan a tomar conciencia, influidos por Voltaire & Co, por la herencia de la Ilustración, por la incipiente gestación de eso que hoy llamamos dignidad humana y, ya tardíamente, por novelas de corte dickensiano que muestran a los niños/adolescentes como lo que realmente son, personitas maleables que merecen nuestra atención y respeto, influidos por todo esto, decía, las letras decimonónicas van dando forma, à juste titre, mes très chers membres du jury, a nuestra actual visión del sexo intergeneracional. Pero aún va a llevarnos más de un siglo entender que eso del sexo intergeneracional es, por definición, un abuso del fuerte sobre el débil. En el XIX, a menudo a escondidas, los escritores —y suponemos que los demás también, aunque sin dejar constancia de sus actos en ninguna parte— seguirán haciendo con los menores lo que les da la real gana. El caso más inaudito, por semidesconocido, es el de Gustave Flaubert, el insigne autor de Madame Bovary. En sus viajes por Oriente Próximo junto a su presunto amante, Maxime du Camp, y más concretamente a su paso por El Cairo, un joven Flaubert, que aún no había cumplido los treinta años, nos sorprende con su desvergüenza epistolar, que je me permets de traduire:

La ocasión [de sodomizar a un muchacho y/o de solazarnos con sus tocamientos] aún no se ha presentado, aunque andamos buscándola. Todo esto se practica en los baños. Se reserva el baño para sí mismo (cinco francos, incluidos los masajistas, la pipa, el café y las toallas) y se mete a un crío en una de las salas.

Y pocas semanas después, ante la curiosidad de su corresponsal, añade:

A propósito, me preguntabas si consumé la obra de los baños. Sí, lo hice, sobre un mozalbete joven con la cara picada por la viruela y que llevaba un enorme turbante blanco.

¡Si Emma levantase la cabeza! Tengan en cuenta, frígidas damas y frígidos caballeros del jurado, que es una época de mucha gazmoñería. La británica Mary Shelley no tuvo reparos a la hora de crear al monstruo que pulula por las páginas de su archiconocida novela, Frankenstein, y permitirle, entre otros muchos crímenes, despedazar a William Frankenstein, el hermano pequeño de su creador, Víctor. Asesinar a menores nunca fue objeto de censura. Lo insoportable, e impronunciable, es que una jovencita se enamore de su padre, aunque no se desnude nadie, como ocurre precisamente en Mathilda, una novela de Shelley que me atrevo a calificar de insoportablemente empalagosa, incluso para los estándares del Romanticismo, y que, según algunos estudiosos, tendría tintes autobiográficos. Mathilda se publicó únicamente un siglo después de la muerte de Shelley. En el XIX era prácticamente imposible escribir abiertamente sobre estos temas, a menos que uno fuese, parfait, je vois que vous l’avez devinez, el mismísimo Marqués de Sade. A Sade lo mismo le valía un roto que un descosido, infanticidio o incesto. La pensée sadienne, y la literatura que de ella emana, es feroz, cruel y de una violencia colosal y (en gran parte) gratuita. Aunque quizás todo esto no se aplique a su comparativamente casta Eugénie de Franval, una nouvelle tragique en la que Sade inventa un padre decidido a «educar» a su hija «en pleno desprecio por los deberes morales y religiosos», pater familias que, no habría ni que confirmarlo, pero en fin, acaba montándoselo con la susodicha, quien, léanlo ustedes mismos, parece ansiosa por emprender un pecaminoso viaje a sus orígenes:

¡Lo serás todo, mi hermano, lo serás todo! Dijo Eugénie, ardiendo de amor y de deseo. ¿A quién quieres que me inmole, si no es al único que adoro? ¿Qué criatura en el universo podría ser más digno que tú de los débiles encantos que deseas… y que tus fogosas manos recorren ya con ardor?

Carta manuscrita de Sade a Renée-Pélagie (1799). Imagen: DP.
Carta manuscrita de Sade a Renée-Pélagie (1799). Imagen: DP.

No se dejen engañar por la semántica. Eugénie habla con su padre, no con su hermano, y lo sabe. Del mismo modo que Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, era plenamente consciente de que no estaba bien dedicarse a fotografiar niñas desnudas. Pero lo hacía. ¡Vaya que si lo hacía! Carroll llegó incluso a enamorarse de una de sus modelos infantiles: Alice Liddell, una pequeñuela de diez años que inspiró sus dos obras más conocidas: la ya mencionada y su secuela, A través del espejo. En Pasiones, una magnífica colección de relatos, puede que literarios, puede que periodístico-históricos, seguramente ambas cosas, Rosa Montero nos cuenta que Carroll murió siendo virgen y ordenó en su testamento que «todas esas fotos atrevidas fueran destruidas a [mi] muerte». Debió llegarle la lucidez siendo ya un anciano, porque está más que demostrado que no la tuvo a lo largo de toda su vida. Miren si no la clase de cosas que escribía a las madres de sus víctimas:

Si por casualidad decidiese usted enviar a Gertrude a mi casa sin acompañarla, ¿sería tan amable de informarme de cuál es la mínima cantidad de ropa con la que me permitiría fotografiarla?

En vista de la tónica negacionista de la época, no ha de extrañarnos que el poeta francés Paul Verlaine, ya cerca de los treinta, mantuviese relaciones con el también poeta, y también enfant de la patrie, Arthur Rimbaud, cuando este último era aún un adolescente. Pese a que la relación era de dominio público, la esposa de Verlaine le amenazó varias veces con denunciarle, l’horreur, l’horreur, deshonrándole públicamente por algo que a la sazón solo era tolerable bajo la apariencia de un farisaico rumor.

Lewsi Carroll y  Alice Liddell. Foto: DP.
Imagen apócrifa de Lewis Carroll y Alice Liddell. Foto: DP.

De acuerdo, no voy a engañarles. Admito que en la primera mitad del XIX lo inadmisible era acostarse con menores del mismo sexo o, ¡ah, el incesto!, con miembros de la misma familia en primer o segundo grado de consanguineidad. Que un adulto se enamorase de su prima de trece años, otra Julieta, seguía siendo más o menos normal. Esa era precisamente la edad que tenía Virginia Clemm cuando contrajo matrimonio en Baltimore con su primo Edgar Allan Poe. Tras la muerte de Virginia en 1847, Poe le dedicó su último poema, Annabel Lee: «Yo era un niño y ella era una niña / en este reino junto al mar
/ pero nos amábamos con un amor que era más que amor». Por cierto, ¿sabían ustedes que el primer título de Lolita fue, precisamente, El reino junto al mar?

Eso sí, a finales del XIX, con Sade fuera de juego y la dignidad humana ganándole poco a poco la batalla, al menos en nuestro rincón del mundo, a ese obscurantismo tribal que venimos acarreando desde que el homo sapiens es, o cree ser, sapiens, eran cada vez menos los que se atrevían a defender públicamente las relaciones con jóvenes/adolescentes. Sobre todo si al tema de la edad se añadía, como adelantábamos, el componente homosexual. Quizás Oscar Wilde sea la excepción que confirma la regla. Estoy seguro de que los caballeros de bigotillo fino del jurado no han olvidado que el autor de El retrato de Dorian Gray estuvo en prisión por mantener relaciones con el aristócrata lord Alfred Douglas, al que el dramaturgo llamaba cariñosamente Bosie. Lo interesante de este caso no es que Bosie fuera menor de edad. No lo era. De hecho ya había cumplido los veintiuno cuando él y Wilde iniciaron su escandalosa aventura. Tampoco importa tanto, a los efectos del tema que me trae ante ustedes, que, noche sí y noche también, invitasen a prostitutos imberbes a las lujosas suites de hotel en las que pernoctaban. Lo interesante, tome nota, señor taquígrafo, es la defensa que Wilde hizo de su relación con Bosie ante los miembros de su propio jurado, certainement moins gentils que vous:

«El amor que no osa decir su nombre» en este siglo es ese profundo afecto de un hombre adulto hacia uno joven, como el que existió entre David y Jonatán, o como el que Platón erigió en piedra angular de su filosofía, o como aquel que se encuentra en los sonetos de Miguel Ángel y Shakespeare.

Afortunadamente, la idea de que la atracción de un adulto por un menor, indépendamment du genre, c’est pareil, puede ser aceptable/legítima dio sus últimos coletazos con Wilde. Cuando Thomas Mann publica en 1912 La muerte en Venecia, Europa ya ha entendido lo que décadas más tarde acabaremos plasmando en la Convención sobre los Derechos del Niño. Por eso Gustav von Aschenbach, el refinado artiste et personnage principal de esta obra, que se muere de deseo (literalmente) por un muchacho polaco de extraordinaria belleza, Tadzio, jamás confiesa que su atracción es de índole sexual. Caballeros de bigotillo fino del jurado, sospecho que muchos de ustedes creen que Von Aschenbach nunca sintió atracción sexual hacia Tadzio y que su irreprimible deseo por «tornar ligeramente la cabeza hacia la derecha para contemplar lo más admirable del mundo» era única y exclusivamente de índole artística. Ha, ha, permettez-moi de me moquez de vous. Y permítanme también recomendarles la lectura de Nuevas maneras de matar a tu madre, de Colm Tóibín, donde se nos cuenta la angustia de Mann al abandonar apresuradamente la Alemania nazi dejando tras de sí sus diarios íntimos, en los que reconoce con mucha menos parafernalia que en La muerte en Venecia su condición de homosexual y efebófilo. Sí, a principios del siglo XX el mayor desquite que un homosexual dentro del armario podía obtener, influenciado aún, qué duda cabe, por los despropósitos de Platón & sus acólitos, era escribir una novelita en la que el hombretón reprimido de turno se encapricha (y/o abusa) de un menor. El inmoralista de André Gidé, publicada en 1902, es otro ejemplo de esto último.

Escena de Muerte en Venecia (Luchino Visconti). Imagen: Alta Cinematografica.
Escena de Muerte en Venecia (Luchino Visconti). Imagen: Alta Cinematografica.

El siguiente en la lista, bien entendu, es Nabokov. En Lolita, «luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía», Nabokov nos presenta a un profesor cuarentón, Humbert Humbert, que vive atormentado por su atracción hacia las nínfulas. Lolita es una novela excepcional por muchas razones: su prosa elegante, sus inteligentísimos juegos de palabras, el placer estético de cada frase, etcétera. Ahora bien, la obra cumbre de Nabokov es también única por su inequívoco argumento: por primera vez, el acosador de menores es, claramente, sin ambigüedad, sin siquiera redención, un monstruo. Inicialmente, Nabokov no consiguió publicar Lolita en Estados Unidos y tuvo que buscar editor en Francia. Inmediatamente después de salir a la venta, el libro fue prohibido en el Reino Unido, donde, drôle de chose, un prestigioso crítico literario lo tachó de «pornografía desbocada», e incluso Francia, el país de publicación original, lo retiró de la venta por un periodo de dos años. No necesito recordarles, frígidas damas y frígidos caballeros del jurado, que a día de hoy Lolita está considerada una de las mejores novelas del siglo XX.

Así llegamos a nuestra época. La época en la que la señorita Mist, infame impulsora del ILP/XXI, defiende a capa y espada que la pedofilia debe ser proscrita de las páginas de la literatura. La verdad, ¡no me reprochen que alce la voz!, es que en la era postnabokoviana, como en la prenabokoviana, las novelas siguen mostrando barbaridades de todo tipo hacia los menores, porque la sociedad, sí, usted, y usted, nosotros, sigue/seguimos cometiéndolas. Por eso uno no se extraña, o no debería extrañarse, de que David Foster Wallace nos hable en La broma infinita de un padre alcohólico que viola cada noche a su hija minusválida o que en El fin de Alice A. M. Homes se atreva a narrar, con detalles capaces de revolver el estómago más sólido, la tortura, violación y posterior asesinato de niñas en el apogeo de su inocencia. (O que la misma autora imagine en Ojalá nos perdonen a una niña de once años que cae en las garras de una profesora impúdica). No nos sorprende, o no debería sorprendernos, que la literatura, ese singular refugio de mentiras racionales frente a la irracionalidad de las verdades, hable de gramáticos efebófilos (La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo), de drogadictos que se follan a niñas de catorce (Trainspotting, de Irvine Welsh), de dictadores dominicanos que abusan de las hijas de sus subalternos (La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa), de niños a punto de abandonar los doce años que reciben como regalo de cumpleaños paterno la triste obligación de arrebatarle la virginidad a una pequeña prostituta polaca (El cielo de Lima, de Juan Gómez Bárcena) o que haya incluso personajes que fantaseen con el turismo sexual de menores en Tailandia y acaben abusando de una niña comatosa/drogada, con el consentimiento del repulsivo padrastro de esta (La mujer de sombra, de Luisgé Martín). Damas frígidas y caballeros frígidos del jurado, no deberían ustedes asombrarse de que la muy elogiada Marina Perezagua ose describir, en el relato que da título a Leche, cómo un grupo de soldados japoneses utilizan la boca de un bebé, un bébé, même pas un enfant, para la felación más inhumana de la historia de la literatura. Lo que sí debería sorprenderles, y asquearles, es que Marina se basase en hechos reales, ocurridos durante la masacre de Nanking, para urdir su historia.

Escena de Lolita (Stanley Kubrick). Imagen: MGM.
Escena de Lolita (Stanley Kubrick). Imagen: MGM.

La señorita Mist, sea quien sea, agente, editora, secuaz de una secta de practicantes del veganismo, se equivoca. La señorita Mist no comprende, o aparenta no comprender, el papel social de la literatura. Frígidas damas y frígidos caballeros del jurado, déjenme decirles algo: la literatura, al menos para el reo que tienen ante ustedes, un sartriano (y vargasllosiano) convencido, no hace más que cumplir con su deber si denuncia lo que no funciona, lo que nadie quiere ver, lo que todos callan comme de vraies salopes.

En 1997, Michel Houllebecq escribía, en El problema de la pedofilia, lo siguiente:

El pedófilo me parece el chivo expiatorio ideal de una sociedad que organiza la exacerbación del deseo sin procurar los medios para satisfacerlo.

Este es el mundo en el que vivimos, sí. Houellebecq lo sabe. Un mundo en el que, hoy como ayer, un tipo regordete puede cascársela tranquilamente y pensar, acudan a las primeras páginas de Masacre a la alpargata, de Serge Scotto, para comprobarlo, lo siguiente: «¡Vaya, hace tiempo que no violo a ningún chaval!».

Todo esto, claro está, no es más que una cara, me atrevería a decir que la menos impúdica, de la herrumbrosa moneda. Al otro lado, por pánico que nos dé reconocerlo, están las víctimas de esos presuntos chivos expiatorios houellebecquianos. Muchos de ellos, por cierto, acaban suicidándose. Otros acarrean l’insupportable fardeau el resto de sus vidas. Otros, ay, acaban recorriendo la fina senda que separa a la víctima del verdugo. ¿En serio creen, frígidas damas del jurado, frígidos caballeros de bigotillo fino, y le ruego anote la pregunta, señor taquígrafo, que deberíamos condenar la pedofilia a un insensato ostracismo literario? ¿En serio creen que se trata de un tema tabú y que el futuro de la literatura, porque les aseguro, augures de tres al cuarto, que la literatura tiene futuro, al menos mientras queden escritores/editores dispuestos a oponerse a la tiranía de la señorita Mist, en serio creen, les pregunto, que debemos ceñirnos a producir novelas negras à la Dicker? (Uy, casi olvido que La verdad sobre el caso Harry Quebert cuenta la historia de un escritor infatuado con una adolescente de quince años. En fin, olviden este ejemplo). La respuesta es que no.

Pueden ustedes burlarse de mí y amenazar con despejar la sala, pero hasta que esté amordazado y medio estrangulado seguiré gritando mi pobre verdad.

Jose Serralvo es autor de El niño que se desnudó delante de una webcam


La lucha contra las barbas: una perspectiva histórica

me
Imagen: Cortesía de beardtoken.

Les confesaré una cosa: no me gustan las barbas. Nada. Ni un poquito. Tranquilos, no se asusten, no se vayan tan rápido. Soy tolerante en lo que a una descuidada barbita de tres días se refiere. Lo que no soporto es la invasión de las barbas tupidas, de semanas, ¡meses incluso! a la que nos vemos sometidos últimamente. Pueden imaginarse que con la fiebre barbuda que coloniza nuestra sociedad de un tiempo a esta parte, por la cual se ha negado a las mujeres el derecho a conocer el rostro de quien las corteja, mi postura no es especialmente popular. Barbas con flores, artículos sobre por qué enamorarse de un hombre con barba, material y más material online sobre cómo cuidar, recortar, acicalar y mantener perfecto el peludo accesorio nos acechan por todas partes, y aquellos felices años en los que la imagen del hombre atractivo incluía siempre un perfecto afeitado se alejan tristemente hacia el pasado.

Dadas las circunstancias, parece que la lucha contra la invasión velluda podría ser propia de unos cuantos pognófobos exaltados (pognofobia: persistente, anormal e injustificado miedo a las barbas). ¿Pero y si les digo que nombres tan importantes para la historia como pudieron serlo Alejandro Magno, Enrique VIII de Inglaterra, o el zar Pedro I el Grande fueron también simbarbistas, y gobernaron en consecuencia? Les invito a hacer conmigo un repaso de la historia y a conocer a quienes pusieron su granito de arena por conseguir una sociedad afeitada.

Comencemos nuestro recorrido por la cuna de nuestra civilización: la antigua Grecia. Pero antes de observar directamente a sus habitantes, hagamos un pequeño rodeo para ver qué encontramos por el Olimpo. Es cierto, Zeus era quien manejaba el cotarro y poseía sin duda una frondosa barba. ¿Pero se pararían ustedes ante una estatua suya, salivando ante su abrumador atractivo? Quiero pensar que no. ¿Y si les hago esta misma pregunta, pero sustituyendo a Zeus por Apolo? ¿A qué entonces cambian las cosas? Díganme ahora… Este tal Apolo, ¿lleva barba? Exacto. El dios de la belleza masculina de la antigua Grecia lucía un perfecto afeitado. Y ahora, dejemos tranquilos a los dioses para volver al mundo terrenal.

La barba era común en la sociedad griega, donde su existencia se consideraba un símbolo de sabiduría, y su ausencia una señal de afeminamiento. Los grandes sabios y filósofos de la época solían llevar largas barbas, y en ocasiones, se utilizaba el afeitado como castigo para los delincuentes, al ser este visto como una forma de humillación. Las tornas comenzaron a cambiar ante la aparición del primer simbarbista de la historia: el gran conquistador Alejandro Magno. El soberano macedonio, a quien al contrario que a sus antecesores siempre vemos representado afeitado, fue entre muchas otras cosas el fundador del simbarbismo, al hacer que todo su ejército se armase… de navajas de afeitar. Alejandro consideraba que el vello facial podía poner a sus soldados en situación de desventaja en las batallas, ya que si sus enemigos tiraban de sus barbas en pleno combate cuerpo a cuerpo esto distraería la atención del combatiente, y podría ser aprovechado para asestar un golpe mortal. Espero que si usted está leyendo esto mientras se atusa la barba, corra raudo y veloz a su proveedor de cuchillas de afeitar más cercano. Recuerde: es por su seguridad, estar afeitado no solo le hará más guapo, sino que alargará su vida.

Caricatura del Siglo XVII, sobre el impuesto de llevar la barba. (DP)
Caricatura del Siglo XVII, sobre el impuesto de llevar la barba. (DP)

Existen muchas similitudes entre la cultura griega y la romana, pero precisamente las barbas fueron uno de los símbolos que los habitantes del Imperio romano utilizaron para diferenciarse, y es que en Roma el hecho de ir afeitado pronto se convirtió en un signo de ser ciudadano romano y no griego. Esto no fue así desde el principio, sino que debemos agradecer tal cambio a Publius Cornelius Scipio Aemilianus Africanus (Escipión el Joven para sus amigos), conocido por haber sido elegido cónsul por aclamación pese a ser demasiado joven según la legalidad vigente que las leyes duerman por esta noche», se dijo entonces), y por haber llevado a cabo la conquista de Cartago. Su verdadero legado para la historia, sin embargo, no es otro que el de haber sido en el siglo II a.C. el primer cónsul que se afeitaba a navaja a diario. Pronto se impuso la sensatez, y Escipión no hizo sino crear una tendencia que duraría siglos, hasta que el emperador Adriano (casualmente un tipo tirando a feo cuya cara estaba repleta de cicatrices), que gobernó el Imperio entre el 117 y el 138 , decidió volver a la barba, imponiendo con esto una nueva moda que permanecería durante casi dos siglos. Señal de que los romanos eran simbarbistas de corazón es la anécdota que nos cuenta que, cuando el senador M. Livius volvió a Roma tras años retirado de la ciudad, solo fue autorizado a entrar en el Senado cuando se hubo librado de su aspecto poco higiénico y, por supuesto, de su barba.

Uno de los argumentos más repetidos por los amantes de las barbas hoy en día, es que el vello facial contribuye a dar a quien lo porta un aspecto más masculino que si llevase el rostro al descubierto. Sin embargo, en la sociedad romana se sostenía todo lo contrario, siendo tradición el que los adolescentes dejasen crecer su barba hasta el momento de proclamar su entrada en la edad adulta. El pelo recortado era entonces ofrecido a los dioses, y el nuevo afeitado se interpretaba como un símbolo de masculinidad. En esta línea está también la tribu germánica de los Catti, cuyos jóvenes no estaban autorizados a afeitarse hasta haber matado a su primer enemigo y ser verdaderos adultos.

Recapitulando: la ausencia de barba aumenta la esperanza de vida, hace que los hombres sean más apuestos, da un aspecto limpio y, es además, señal de masculinidad.

Es hora de avanzar en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XVI, y concretamente hasta la corte de Enrique VIII. El monarca inglés ha pasado a la historia por haberse casado con hasta seis mujeres, separando la Iglesia anglicana de la católica de Roma por el camino. Sin embargo, los libros de historia tienden a olvidar que fue el primer soberano en establecer un impuesto sobre las barbas. Ya en 1447 Enrique VI había impuesto la prohibición de los bigotes, decretando el afeitado obligatorio del labio superior al menos una vez cada dos semanas, pero no sabemos si esta ley aplicaba al resto del vello facial. Es en 1535 cuando Enrique VIII, pese a ser portador de una frondosa barba, establece una sumptuary law por la cual se imponía una sanción monetaria a los ciudadanos que se negaran a afeitarse. Esta ley seguirá vigente hasta ser derogada en el año 1560, ya durante el reinado de Isabel I, aunque se desconocen los motivos por los que dejó de aplicarse.

El impuesto más famoso que conocemos en contra de las barbas se estableció en la Rusia de principios del siglo XVIII. Su artífice fue el zar Pedro I, el Grande, quien se ganó este sobrenombre no solo por su altura (medía dos metros y cuatro centímetros), o por haber occidentalizado en gran medida su país durante su zarato, sino sobre todo por la expansión de la cultura simbarbista a lo largo y ancho de su imperio. En 1697, el soberano ruso emprendió un viaje de incógnito por Europa con el objetivo de buscar aliados contra el Imperio otomano. Su empresa como tal fue un fracaso, ya que los países del oeste europeo estaban por aquel entonces entretenidos con la Guerra de Sucesión española, y tampoco les convenía renunciar a la paz establecida con el sultán otomano. Sin embargo, el viaje fue fructífero ya que propició que el Zar entrase en contacto con las más avanzadas costumbres occidentales, entre las que se contaba, cómo no, el afeitado regular. Así, a su regreso, ordenó a toda su corte afeitarse sus largas barbas, para que tuvieran un aspecto más europeo. Esta medida fue aceptada en su mayoría sin protestas, salvo por parte de los boyardos, que estaban al parecer muy orgullosos de ir por la vida con felpudos en la cara. Entra así en vigor el primer impuesto simbarbista del zarato, que gravaba con cien rublos anuales a los boyardos que quisieran guardar sus barbas.

En 1705, Pedro decide ir más lejos, y exige que todos los hombres se afeiten y se vistan de modo occidental. Esto disgusta profundamente a un grupo de fieles tradicionalistas, más conocidos como los viejos creyentes, que comienzan a referirse a él como «Pedro Belzebubovich»: Pedro, hijo del diablo, y se niegan a afeitarse. Lejos de echarse hacia atrás, Pedro comienza a poner en práctica una serie de medidas para quitar poder a la Iglesia ortodoxa, lo que enfada aún más a los viejos creyentes. Tras años de disputas, en 1722 se establece finalmente un impuesto anual para todo aquel que quisiese continuar llevando barba; que obligaba además a quienes lo pagasen a llevar un medallón con la inscripción «las barbas son ornamentos ridículos».

Medallón simbarbista. Imagen: Cortesía de beardtoken.com
Medallón simbarbista. Imagen: Cortesía de beardtoken.com

Nos acercamos ya hacia nuestros días, y al evento que supuso la democratización del afeitado: la invención a finales del siglo XIX de la maquinilla de afeitar por King Camp Gillette. Hasta entonces, los hombres que deseaban afeitarse debían hacerlo utilizando navajas, lo cual requería especial destreza y podía provocar más cortes de los deseados. En el año 1901 se crea la American Safety Razor Company (posteriormente Gillette Safety Razor Company) y se comienzan a popularizar las primeras maquinillas. Durante la Primera Guerra Mundial, el ejército americano llega a comprar hasta tres millones y medio de maquinillas, y treinta y dos millones de cuchillas de afeitar. A partir de este momento, asistimos a grandes campañas de marketing que promocionan la imagen del hombre afeitado, y las barbas descienden en popularidad, comenzando a relacionarse solo con sectas y grupos marginales. Héroes de películas, grandes estrellas, políticos y otros referentes de la sociedad lucían un perfecto afeitado. La sociedad había visto la luz.

Casi un siglo más tarde, y pese a la irrupción de grandes avances como el acero inoxidable o las cuchillas de hoja múltiple en el mercado de las maquinillas, las barbas amenazan con volver. Pero estemos tranquilos. Siempre habrá un simbarbista esperando para luchar contra las tinieblas de la Oscuridad Velluda.

Patente de la maquinilla de afeitar. (DP)
Patente de la maquinilla de afeitar. (DP)