Génesis de la relatividad general para principiantes (y 2)

Albert Einstein relatividad 1
Albert Einstein. Fotografía: Getty.

Viene de «Génesis de la relatividad general para principiantes (1)».

En el principio (casi) todo era éter

El ambiente científico del siglo XIX era etéreo, en el sentido de que todo era éter. El comodín que lo resolvía todo. Era imperceptible y no se tenían pruebas físicas de que existiera, pero las teorías se construían o aparentemente funcionaban a partir de la premisa de que en el vacío del espacio todo estaba formado por éter. Era el soporte de la realidad. Puede sonar ridículo, pero, salvando las distancias, en cierto modo no es muy diferente a lo que sucede ahora con la materia oscura: es algo que la tecnología actual no detecta, pero que según la teoría y ciertas observaciones indirectas se asume que debe estar ahí.

A finales del siglo XIX, Karl Pearson desarrolló la teoría del chorro de éter. «De acuerdo, todo es éter, pero de algún lado debe venir y a algún lado debe marchar», conjeturó. Lo resolvió con una cuarta dimensión: de ella manaba el éter y a ella volvía a través de unos sumideros —¿no les recuerda a los agujeros negros?—. Y no solo eso. En su libro La gramática de la ciencia especulaba con qué le sucedería en cuanto a la percepción del tiempo a alguien que viajara a la velocidad de la luz. También resulta familiar. Y hay constancia de que Einstein leyó ese libro.

Aún hay más. El astrónomo Simon Newcomb propuso en 1888 un modelo de éter basado en el espacio hiperdimensional de geometrías no euclídeas y mantuvo correspondencia en la misma época con Charles Sanders Peirce, quien por su parte esbozó una teoría del espacio para explicar «las características del tiempo, el espacio, la materia, la gravedad, etc.», donde hablaba de cuatro dimensiones, de geometría hiperbólica y la realidad del espacio absoluto. Pero más revolucionarios fueron los estudios del matemático William Kingdon Clifford, que ya en 1870 utilizó la geometría elíptica de Riemann para deducir que la variación de curvatura del espacio era lo que en realidad percibíamos como movimiento del éter y los astros. Para muchos, es el precursor de los conceptos de la relatividad general.

En resumen, antes de Einstein ya había ideas innovadoras, incluso se conocían ciertas herramientas matemáticas avanzadas, pero lo que no se conseguía era articularlas para que reprodujeran correctamente las observaciones.

El duro camino entre lo especial y lo general

La relatividad especial que se publicó en 1905 supuso un avance colosal en muchos aspectos de la física, pero estaba limitada porque solo contemplaba los efectos bajo velocidad constante: no tenía en cuenta las aceleraciones. Einstein contó posteriormente que, en 1907, pensó en que, cuando un hombre cae libremente, no siente su peso. Es decir, en determinadas circunstancias, es lo mismo hablar de un objeto que sufre aceleración o que está bajo el efecto de un campo gravitatorio. A partir de este principio de equivalencia y teniendo en cuenta que, según la relatividad especial, la velocidad de la luz es una constante, la primera generalización que esbozó Einstein predecía que los campos gravitatorios afectaban a la propagación de la luz y que los relojes se ralentizan cerca de grandes masas gravitatorias. Esto sentaba las bases para lanzar una OPA hostil a la gravitación universal de Newton, ya que en esta teoría la atracción gravitatoria no dependía del tiempo, era instantánea, lo que era contrario a la limitación de la velocidad de la luz. Era la presencia de masas lo que configura el espacio-tiempo, lo deforma, lo curva, y no existe una fuerza invisible e instantánea que ejerza atracción entre los astros. Unas ideas no muy alejadas de lo que algunos habían aventurado a finales del XIX, como hemos visto, pero quedaba el durísimo paso de los conceptos a la formulación.

Aunque se ha extendido la errónea idea de que en el colegio las matemáticas se le daban regular (una confusión en la interpretación de las escalas de calificación), «Einstein era un buen matemático intuitivo y tuvo un poco de problema con estas ideas, pero sabía lo que quería. Cuando vio lo que Riemann había hecho, supo que era eso», contó Roger Penrose, premio nobel de física en 2020, en una entrevista.

No obstante, en un primer momento no estaba tan abierto a esos jaleos matemáticos. En 1907, un antiguo profesor suyo —insisto, el mundo era entonces un pañuelo— de la Escuela Politécnica de Zúrich llamado Hermann Minkowski, definió una métrica para un espacio-tiempo acorde a la relatividad especial, donde lo que se medía no era la separación entre dos posiciones, sino entre dos sucesos. Minkowski utilizó para ello el análisis de geometría de superficies de dimensión superior que hemos mencionado antes. La primera reacción de Einstein fue furibunda: «Desde que los matemáticos se abalanzaron sobre la teoría de la relatividad, ni yo mismo la entiendo». Pero en 1912, tras unos años de intenso trabajo, tuvo que reconocer que no había forma de llegar a la relatividad general sin echar mano de las matemáticas avanzadas: «Debes ayudarme o si no me volveré loco», le suplicó al matemático Marcel Grossmann, amigo suyo desde los tiempos en que fueron compañeros de estudios. Grossmann lo introdujo tanto en la geometría elíptica como en el análisis tensorial que se originaba en los trabajos de Gauss y Riemann. Incluso en 1913 publicaron de forma conjunta el artículo «Esquema de una teoría de la relatividad generalizada y de una teoría de la gravitación», donde expusieron por dónde iban a ir los tiros de la construcción matemática de la relatividad general. La cosa parecía ir sobre ruedas, a pesar del complicado trabajo que aún tenía por delante. Pero en 1915, con la intuición de que la pancarta de meta estaba cerca, surgió un problema inesperado. Alguien se le podría adelantar.

Me llamo Hilbert, David Hilbert

En el verano de 1915, Einstein fue invitado por un profesor de la Universidad de Gotinga a dar unas conferencias sobre sus progresos en la teoría de la relatividad general. Este profesor era David Hilbert, uno de los más grandes matemáticos de su época que, en aquel momento, estaba interesado en las aplicaciones físicas de las matemáticas, tal vez por la influencia de su amigo Minkowski —un pañuelo, sin duda—, y, por tanto, qué mejor forma de hacerlo que escuchar los avances del mayor talento mundial de la física del momento. Hilbert se sintió fascinado por las implicaciones de la teoría de Einstein en construcción y se vio capacitado para intentar llegar a la formulación final por su cuenta, aunque en comunicación con el físico. 

Durante el mes de noviembre de aquel año intercambiaron numerosas cartas, donde se iban transmitiendo los avances, se aclaraban mutuamente dudas y compartían las dificultades que se iban encontrando. Cuando Einstein finalmente envió su artículo definitivo titulado «Las ecuaciones de campo gravitacional» el 25 de noviembre de ese mismo año, suscitó dudas. Había quien pensaba que se había aprovechado de la buena fe y los conocimientos del matemático para llegar a buen puerto, e incluso hay quien vio tongo porque Hilbert había enviado antes su artículo con sus propias ecuaciones de campo, pero se lo publicaron más tarde (en marzo de 1916 frente al 2 de diciembre de 1915). Era un poco extraño que, si se había producido algún plagio o trampa, la relación de Hilbert y Einstein siguiera gozando de una extraordinaria cordialidad. Finalmente, este extremo quedó aclarado en 1997 cuando unos historiadores localizaron en los archivos de la Universidad de Gotinga las primeras pruebas de impresión del artículo de Hilbert. Además de estar fechadas el 6 de diciembre de 1915, el artículo aún contenía algún error y, sobre todo, carecía de ecuaciones de campo que en el definitivo sí aparecían. Por si fuera poco, en el artículo publicado en marzo de 1916 Hilbert felicitaba indirectamente a Einstein. Pocas dudas.

Hilbert fue un excelente matemático. De su historial, lo que mayor fama pública le ha granjeado sea probablemente el planteamiento de los veintitrés problemas del milenio, alguno aún sin resolver (como la hipótesis de Riemann). Pero sus contribuciones a las dos teorías más importantes de la física del siglo XX fueron también capitales. Además de sus aportaciones a la relatividad general de Einstein, la habilidad matemática de Hilbert fue utilizada para demostrar que la formulación de ondas de Schrödinger y la matricial de Heisenberg, las piedras angulares de la mecánica cuántica, son análogas. No es mala contribución a la física para solo «un matemático».

En resumen, la densidad de genios de las matemáticas y la física que se produjo en los cien años comprendidos entre 1850 y 1950 no ha tenido parangón en toda la historia. Einstein fue, con pocas dudas, el más brillante de todos ellos, pero su relatividad general fue factible gracias al apoyo y la consulta de los avances que habían logrado otros colegas. 


Bibliografía mínima para saber mucho más y bastante mejor

-Generaciones cuánticas, de Helge Kragh. A finales del siglo XIX se decía que toda la física estaba ya definida, que solo quedaba afinar las mediciones. Y al poco llegó la relatividad y la física cuántica, desbaratando muchas de las ideas preestablecidas. En este denso volumen se realiza un repaso de los avances de los distintos campos de la física y la tecnología que se produjeron durante el siglo XX.

-Cuando las rectas se vuelven curvas: las geometrías no euclídeas, de Joan Gómez i Urgellés. Durante siglos, la geometría que estableció Euclides fue la única válida para la representación de nuestra realidad, hasta que lo que parecían concepciones abstractas de algunos matemáticos como Gauss, Riemann, Lobachevski y Bolyai se demostraron necesarias para describir el mundo físico que nos rodea. Una buena introducción a las bases de esas geometrías no euclídeas.

-Lo que no podemos saber, de Marcus du Sautoy. El famoso autor de La música de los números primos expone en esta obra los límites actuales del conocimiento humano, describiendo cómo se llegó a las teorías físicas vigentes en la actualidad y cuál es su campo de validez.

-Einstein. El espacio es una cuestión de tiempo, de David Blanco Laserna. Una gran introducción a la teoría de la relatividad con incisos descriptivos de otros científicos y la época.


Génesis de la relatividad general para principiantes (1)

Albert Einstein relatividad 1
Dos operarios cuelgan un retrato de Albert Einstein pintado por Max Liebermann, 1938. Fotografía: Getty.

En el transcurso de estos primeros diez años de vida de Jot Down se celebró el centenario de la presentación de la teoría de la relatividad general de Albert Einstein. Incluso lo conmemoramos con un pack de trimestrales que llevaban impreso en el lomo su ecuación de campo (Gab = 8 Π G Tab), una fórmula que parece tan inocente y sencilla que da la sensación de que la ecuación de gravitación de Isaac Newton (F = G m1 m2 / d2) es más compleja. Nada más lejos de la realidad. Llegar a ella fue una tarea titánica de una de las mentes más prodigiosas de la historia de la ciencia. Newton, quitándose importancia, dijo en su momento: «Si he visto más lejos, ha sido encaramándome a los hombros de gigantes». Siguiendo con la metáfora, cuando Einstein decidió enfrentarse a la generalización de su teoría de la relatividad especial, solo había un circo de tres pistas con gigantes y enanos dispersos, y él se tuvo que encargar de agruparlos, organizarlos para que formaran un castell, montar un andamio sobre ellos y encaramarse hasta la cima para enarbolar una banderita con la ecuación de campo anteriormente grafiada. Solo así consiguió «ver más lejos».

Matemáticas al poder

Gracias a las películas de ciencia ficción, forma parte de la cultura popular que la relatividad general consiste, a grandes rasgos, en que el espacio-tiempo se deforma por la presencia de los astros. Una forma simplificada de visualizar este fenómeno es con el consabido juego de pelotas de distintos tamaños y pesos sobre una red o tela tensa. Quien haya dormido en una cama vieja junto a alguien mucho más pesado incluso lo habrá experimentado en primera persona. Pero describirlo matemáticamente es otra historia, porque la geometría convencional no sirve.

Durante siglos, la representación de la realidad a la que estaba acostumbrado el ser humano en su día a día fue la que estableció Euclides quien, a partir de cinco axiomas, construyó su geometría: la conocida como plana o euclídea. Los axiomas son unas proposiciones de partida que se asumen como ciertas, y durante unos mil quinientos años no hay constancia de que nadie chistara a Euclides. Hasta que, en el siglo XIX, el quinto axioma («por un punto exterior a una recta se puede trazar una única paralela a la recta dada») fue rebatido por un puñado de matemáticos sensacionales que consiguieron plantear otras geometrías consistentes y que no daban lugar a contradicciones partiendo de una premisa diferente.

En torno a 1823, János Bolyai remató una geometría en donde el quinto axioma de Euclides era falso porque, en la suya, por un punto exterior a una recta hay más de una recta paralela a la primera. Esta geometría se denomina hiperbólica y su «plano», donde se contienen las rectas y puntos, es una seudoesfera que tiene una forma similar a dos campanas de trompa pegadas una a la otra. Y no era el único resultado sorprendente que arrojaba el análisis, ya que la suma de los ángulos interiores de un triángulo resulta menor de 180 grados.

Maravillado por su creación, János se lo comunicó a su padre, el también matemático Farkas, quien a su vez compartió orgulloso los descubrimientos de su hijo con su antiguo profesor de la Universidad de Gotinga, a quien aún lo unía cierta amistad. Este antiguo profesor era nada más y nada menos que Carl Friedrich Gauss, uno de los mejores matemáticos de todos los tiempos. Contra todo pronóstico, aunque Gauss reconoció el talento de János, transmitió algo más de tibieza ante la geometría hiperbólica porque, según manifestó, él la había concebido antes, pero se lo había guardado para evitar jaleos con los seguidores de Euclides radicalizados. Estas palabras en boca de cualquier otro matemático podrían sonar a machada, pero dado el talento y el bagaje de Gauss, los Bolyai asumieron que decía la verdad. Esto le sentó a János como un jarro de agua fría, suponemos que volcó algunos muebles por la impotencia, abandonó las matemáticas, ingresó en el ejército y estuvo años sin publicar lo que había descubierto. Cuando al fin se decidió a darlo a conocer, en 1932, como un apéndice dentro de un libro de su padre, ya era tarde: un matemático ruso llamado Nikolái Lobachevski se le había adelantado. Aunque oficialmente fuera Lobachevski el primero en difundir la geometría hiperbólica, casi siempre va unida su autoría a la de Bolyai y, en menor medida, a Gauss. Premio de consolación para el pobre János.

A otro alumno de Gauss (el mundo era un pañuelo en el siglo XIX), Bernhard Riemann, también le dio por las geometrías no euclídeas (entre otras muchas cosas, como veremos más adelante, porque estamos ante otro fenómeno de las matemáticas). En su caso, el quinto axioma de Euclides se transformó en «por un punto exterior a una recta no pasa ninguna recta paralela». Además, los ángulos interiores de un triángulo en esta geometría siempre suman más de 180 grados. Y, por si fuera poco, las rectas no son infinitas (a diferencia de la euclidiana y la hiperbólica). Todo esto se consigue al considerar un elipsoide (por eso se denomina elíptica) como el «plano» donde se encuentran los puntos y las «rectas».

Para visualizarlo, basta con coger un globo sin inflar y dibujar sobre él un triángulo convencional. Cuando hinchamos el globo y se estira la goma, vemos cómo se curvan los lados del triángulo y se abren los ángulos que forman. Y si consideramos una esfera (un caso particular de un elipsoide), las «rectas» (entendidas como el camino más corto entre dos puntos, denominadas técnicamente geodésicas), siempre son círculos máximos, por lo que es imposible trazar una paralela por un punto exterior sin que corte a la recta inicial y, evidentemente, siempre se cierran (basta con pensar en el ecuador de la Tierra). Este tipo de geometrías no euclídeas de primeras suenan a pura abstracción, aunque si visualizamos sus «planos» y sus «rectas» vamos comprendiendo las posibles aplicaciones ante el ejemplo de un gordo tumbado en la cama. En efecto, fueron unas herramientas indispensables para que Einstein diera forma a la relatividad general.

Además, sin alejarnos de Gauss y Riemann, hubo otros desarrollos matemáticos esenciales para que se pudiera llegar a la ecuación de campo que plasmamos en el primer párrafo. Si nos dicen que describamos un objeto, en general enumeraremos los aspectos singulares que apreciamos desde fuera. Por ejemplo, si se trata de un jarrón, diremos que en la parte superior tiene una abertura, que su forma es sensiblemente cilíndrica y que la base está cerrada. Pero si ante la misma pregunta alguien responde que si se mueve en una dirección determinada vuelve al punto de partida y si se desplaza en una dirección perpendicular a la anterior llega a una abertura o a la base, inmediatamente marcaremos el 112. Algo así fue lo que propuso Gauss.

En lugar de definir las superficies bidimensionales desde un punto de vista tridimensional o exterior, realizó el análisis desde la propia superficie, describiendo su relieve, los valles y las cimas, la curvatura, en definitiva, a medida que se recorre. Riemann cogió el testigo de su profesor en este punto y lo generalizó para cualquier número de dimensiones. En la conferencia de 1854 donde compartió estas ideas, Riemann concluyó de modo premonitorio: «Esto nos conduce a los dominios de otra ciencia, al ámbito de la física, donde nuestro propósito de hoy no nos permite adentrarnos».

Hubo que esperar más de cincuenta años para retomar el asunto, porque en 1915 Einstein pudo formular su teoría gracias a esta forma de analizar el espacio ideada por Gauss y generalizada por Riemann: describiendo la curvatura del espacio-tiempo desde su interior (además de otras ventajas matemáticas más complejas de describir y que se resumen excelentemente en la página de Wikipedia sobre la geometría de Riemann: «No hay introducción fácil a la geometría de Riemann»). No obstante, aun disponiendo de estos artificios matemáticos desde hacía décadas, nadie los había usado, ni pensado en que el espacio se deformaba, ni que había más dimensiones que las tres del espacio, ni que la luz hacía cosas raras… Einstein fue el primero al que se le ocurrió. ¿O no?

(Continúa aquí)


Si no tiene libros, no te lo tires

Libros
Marinlyn Monroe y Arthur Miller, 1956. Fotografía: Corbis.

Glenn Gould convirtiendo las notas de Bach en un zumbido de avispas que le quema el paladar. Su cuerpo encerrado sobre el teclado en una curva imposible. Los ojos de los espectadores atrapados en su burbuja. 

La exclamación de Cecil B. DeMille: «Thank God for Hedy Lamarr». El director que olvida las voluptuosas curvas de la estrella deslumbrado por la montaña rusa de sus neuronas de inventora.

El amor que no se atreve a decir su nombre del efebo Bosie por el genio de Wilde. 

Fernande Oliver enamorada de Picasso. Eva Gouel enamorada de Picasso. Gaby Depreye enamorada de Picasso. Olga Koklova enamorada de Picasso. Marie-Thérèse Walter enamorada de Picasso. Dora Maar loca por Picasso. Fraçoise Gillot enamorada de Picasso a la orilla el mar. Genevieve Laporte enamorada de Picasso. Jaqueline Rocque enamorada de Picasso, testigo de su final. 

Roxana leyendo, sin saberlo, las cartas de Cyrano de Bergerac. Roxana amando, sin saberlo, el genio de Cyrano de Bergerac. 

¿Qué hay detrás de esos ojos rasgados? ¿Qué talento inabarcable encierra ese cuerpo menudo? ¿Por qué no ha dicho nada más cuando le ha dado la tarjeta? Una palabra solitaria como un francotirador: breathe. Una palabra mecanografiada que toca a John Lennon. Acabará enredando sus rodillas desnudas sobre el pecho silencioso de aquella mujer. 

La hija de Truffaut y Fanny Ardant. 

«Me seducen las mentes. Me seduce la inteligencia. Me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer. Conocer. Poseer. Dominar. Admirar. La mente, Hache, yo hago el amor con las mentes. Hay que follarse a las mentes» (Eusebio Poncela, Martin (Hache), 1997, Adolfo Aristarain). 

¿Bill y Hillary? ¿Hillary y Bill?

Bergman enamorada de Rosellini. Rosellini enamorada de Lynch. Confirmación de que la fascinación por la inteligencia es una cuestión genética. 

Steve Jobs pasea su cuerpo huesudo por el escenario. En la mano lleva el último teléfono universal. Te va a hacer sentir el más moderno y el más desfasado tan solo dos meses después. Entre su audiencia planetaria alguien acaba de caer rendido a sus pies. 

A los pies de sus neuronas. 

La mujer que sabe lo que se escondía bajo el pañuelo de Foster Wallace. Bajo su pelo húmedo. En la cabeza que terminó colgada en su casa de California. La mujer que se enamoró del bicho incansable que terminaría devorándole a él. «Uno no va al quiropráctico si piensa suicidarse», dijo Karen Green. Y se marchó tranquila al centro a preparar una exposición. 

Ante el objetivo de Richard Avedon, Marilyn Monroe ciñe la cabeza de Arthur Miller. Sus manos quieren poseer cada uno de los impulsos que recorren su cráneo. Como si esa fuera la manera perfecta de declararle su amor. 

Carlos de Inglaterra y Camilla Parker Bowles.

«Terminamos en la cama y fue un desastre. Pero entre nosotros había una atracción enorme que no era física». 1950. Howard Austen y Gore Vidal acaban de tener su primer encuentro sexual en un conocido local gay de Nueva York. No volverían a acostarse. Pero siguieron juntos en cuerpo y mente hasta 2003, cuando Howard murió. 

Annemarie Schwarzenbach intentado conjurar la soledad de la mano de Erika Mann. Jóvenes y hermosas atrapadas para siempre en el umbral de su amistad. Annemarie Schawarzenbach más allá del umbral de lo platónico de la mano de Carson McCullers. Tumultuosas e inteligentes atrapadas para siempre en un amor que ni la admiración consigue salvar. 

«Cualidades que me excitan. 1. La inteligencia». 

Escribe Susan Sontang. 

Carson McCullers comparte comuna de neuronas con Annemarie, Erika y Klaus en Nueva York. Wystan Hugh, en la habitación de al lado, se ha convertido en marido solo para darle la nacionalidad a la mayor de los Mann. 

Brahms presa del genio de la esposa de su mejor amigo. Clara Schumann al piano como si los dedos registraran sobre las teclas las sinapsis de su cerebro. 

Erika Mann deslumbrada por la inteligencia de Therese Ghiese. Therese Ghiese deslumbrada por la inteligencia de Erika Mann. Las dos se aman con palabras y resisten a los nazis desde el escenario de su cabaré muniqués. 

Galatea enamorada de Pigmalión. 

Wystan Hugh tiene noticia de una muchacha que tiene que huir de Alemania acosada por los nazis. Es la hija de Thomas Mann. Se ofrece a casarse con ella. Por conveniencia. Por convicción. Por conexiones. Por comunión intelectual. Wystan Hugh Auden era homosexual. 

«Veo tu inteligencia cuando pasas las hojas de un libro y un destello te ilumina». Guillermo Carnero sobre el amor. 

¿Barack y Michelle? ¿Michelle y Barack? 

El tributo de la melena de Rita Hayworth sacrificada en el altar del cerebro cortante de Orson Welles. La bella y la bestia. Gilda y Falstaff.

«Singular acontecimiento», tituló la prensa escandalizada. «Sorpresa y malestar». Él tiene ochenta y siete y ella cuarenta y uno. Kodama se casa por poderes con Borges en Asunción. 

Cupido —ciego pero certero— haciendo diana en el lóbulo central. 

«Pintarte quisiera pero no hay colores en mi confusión, la forma concreta de mi gran amor. F.». Donde F. es Frida Khalo.

Diane Keaton pasea junto a Woody Allen por Nueva York. Se ríen con la complicidad única de quien hace mucho tiempo fusionó su piel. Son dos envasados al vacío de neuronas y recuerdos que se acaban de abrir. Si le quitas los zapatos con alzas, el moreno artificial y el pelo implantado… ¿qué te queda? Él pregunta por Alan Alda. Tú, responde ella. Me quedas tú. 

Si pudiera encontrar un hombre inteligente y al mismo tiempo con magnetismo físico, con atractivo. Puesto que estoy en condiciones de ofrecer esa combinación, ¿por qué no esperarla de un hombre? Se suicidó Sylvia Plath. 

Revolución de fluidos y neuronas en los apacibles campos de Sussex. Los Bloomsbury mezclando células grises, rojas, translucidas y palpitantes en Charleston House. 

El único beso que no se acaba es protoplasmático. Podría haber dicho Santiago Ramón y Cajal.

«Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos». La primera carta de Verlaine deslumbrado por los versos de Rimbaud. 

Dora Carrington en la cama de Lytton Strachey. Lytton Strachey en la cama de Duncan Grant. Duncan Grant en la cama de Maynard Keynes. Maynard Keynes en la cama de Lytton Strachey. Lytton Strachey —con arcadas— le propone matrimonio a Virginia Woolf. Y todos enamorados de Duncan Grant.

Promiscuidad intelectual. 

¿De qué se enamoran las mujeres que se enamoran de Phillip Roth?

Y Anaïs dijo: «Hay dos modos de llegar a mí, mediante los besos o la imaginación. Pero existe una jerarquía; los besos por sí solos no bastan». 

La chica de Queens descolgó el teléfono. Era todo excitación. Por fin había dado con la canción. Una pieza china de dos mil quinientos años de antigüedad que iban a grabar en un disco dorado. El disco contendría desde la Quinta de Beethoven hasta el sonido de la lluvia sobre los campos. La chica de Queens no podía esperar para contarle a su compañero de proyecto lo que acababa de encontrar. Aquella música viajaría en el Voyager más allá de los gigantes gaseosos buscando la comprensión de otras probables civilizaciones. Cuando acabó la llamada, la chica de Queens le había dicho a su compañero, el chico de Brooklyn, que se casaría con él. Cuatro años después lo harían. Ann Druyan y Carl Sagan, yo os declaro marido y mujer. 

Ama con todas tus neuronas. Susurra Cupido al sacar una flecha de carcaj. 

Ann Druyan meditando para que sus impulsos cerebrales sean grabados y enviados al espacio exterior. «Mi mente solo podía pensar en la maravilla del amor». 

Amor-de-mis-entrañas-viva-muerte-en-vano-espero-tu-palabra-escrita. Lorca del amor oscuro.

«Me ha gustado tanto Melville que le he preguntado si desea pasar unos cuantos días conmigo». Nathaniel Hawthorne, dos días después de conocer al hombre que todavía no había escrito Moby Dick. Algunos sostienen que solo era mutua admiración. 

Se sospecha que en algún momento Lope de Vega también secuestró el cerebro de Isabel de Urbina. 

«Eres misteriosa. Te quiero. Eres hermosa, inteligente y virtuosa, y esa es la más rara combinación», escribió una vez Scott Fitzgerald. 

El único órgano esencial para el amor es el cerebro. Dijo Cupido tensando el arco. 

«Mil gracias, Amor, te doy, pues me enseñaste tan bien, que dicen cuantos me ven que tan diferente soy». ¿Seguro que la Dama era boba?

Es noviembre. Hace frío en París. Anaïs recibe en su casa a Henry, un escritor desconocido. Él habla de Montparnasse. Ella le devora con su mirada fiera. Despiertas en mí tal mezcla de sentimientos que no sé cómo acercarme a ti. Aunque algo profundo comprendió Henry Miller, sentado sobre su cama en aquellas primeras tardes, como de cálida neblina. Y ya no pudo separarse del genio incandescente de Anaïs Nin. 

«Te estabas volviendo loca y lo llamabas genio, yo me estaba arruinando y lo llamaba lo primero que me viniera a la cabeza». Le dice Scott a Zelda. 

¿Por qué se casó aquel aspirante a actor, aquel aspirante a guionista, aquel aspirante al talento que no tenía con Dorothy Parker? ¿Le enamoraba su ingenio o solo quería medrar?

Cartas a Guiomar.

Edith Wharton y William Morton Fullerton exhaustos sobre las sábanas aún calientes hablando del rajá de Sarawak.

«No me asomaba para ver mi imagen reflejada en la fuente de la eterna juventud, intentaba sacarte a ti». Zelda a Scott.

Qué es eso que arde en los ojos de Katharine Hepburn. Créame, no es solo su belleza lo que usted ve. 

Se llamaba Mileva Maric. Pero nadie la recuerda posando feliz con su esposo. Ella fue la compañera, la confidente, la mente gemela de la de Albert Einstein. Inteligente hasta el deslumbramiento. Encerrada en sí misma. Tullida. Madre torturada de un hijo ilegítimo dado en adopción. Estoy solo con todo el mundo, excepto contigo. Con ella vivió sus años más creativos. Con ella nació la Teoría de la Relatividad. Él la dejó. 

Las neuronas son células capaces de fecundar el cerebro de los demás. Dijo Cupido marcando una muesca en el lomo de su arco. 

«Dicen que la locura nos separaba. Era justo lo contrario: nuestra locura nos unía. Es la lucidez la que nos separó». Zelda a Scott. Pero fue la suma de sus cabezas luminosas y afligidas la que les llevó al amor. 

Proust lo conoció a principios del verano en las recepciones de los martes en casa de Mme. Lemaire. Reynaldo Hahn tenía solo diecinueve años pero ya era un compositor de cierto nombre. En su primera charla quedó claro lo que les unía: la pintura, los gustos literarios y Fauré. Allí empezaron los días de los placeres de Marcel. Después de separarse, el escritor siguió durante toda su vida pidiéndole consejo a su antiguo amante. 

John Waters y el fomento de la lectura: Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo tires. 

Cupido sonríe malicioso. Entre dientes se va diciendo: sapiofílicos todos. 

Presas de sapiofilia. 

Enamorados de los cerebros. 

Adictos a las neuronas.

Enganchados al duelo mental.

Viciosos de las ideas.

Atrapados en la filia de la genialidad.


Arte con-ciencia: Jesús Rafael Soto en el Guggenheim de Bilbao

Jesús Rafael Soto en la exposición Vision in motion – Motion in vision, Hessenhuis, Amberes, Bélgica, 1959.  Foto: Charles Wilp © Bildarchiv, Berlin © Jesús Rafael Soto, ADAGP, Paris / VEGAP, Bilbao, 2019.

¿Puede la expresión artística vivir puramente de su pureza? ¿Puede un artista sustraerse del contexto, de las corrientes con las que convive y de la vida en la que habita? En tiempos de redes sociales sería una utopía impensable, una distopía, creer que ello es posible; la información llega prácticamente a todas partes sin que haya que ir a buscarla porque ya se encargan los sistemas operativos de que así sea. Nada se crea desde el vacío absoluto, aunque existe la libertad de elegir el punto de partida.

Pero ¿existe en el arte esa libertad de elegir? ¿Qué nos lleva a vibrar en una onda desechando a sus congéneres? Recorrer la exposición que el Museo Guggenheim de Bilbao acoge en la planta baja sobre la obra del venezolano Jesús Rafael Soto es una manera de constatar que el artista es hijo de su época y que si es (como suele ocurrir) sensible y curioso, traducirá en su producción tanto el conjunto de sus intereses como su círculo de amistades y las circunstancias de su entorno. 

La muestra que se exhibe desde el 18 de octubre de 2019 hasta el 9 de febrero de 2020 ha sido comisariada por Manuel Cirauqui, curador del museo, con la colaboración del Atelier Soto de París, y se ha titulado «Soto. La cuarta dimensión».

Se compone de algunos de sus Penetrables junto a piezas representativas de las series en las que trabajó, como Volúmenes virtuales, Extensiones y Progresiones, que se han hilado en un recorrido a la vez claro y sorprendente; las piezas se han colgado de manera ordenada, como corresponde a sus propios orígenes y evolución, mientras que las de mayor tamaño y las que invitan al espectador a ocuparlas se han distribuido en los espacios centrales. 

La exposición se cierra (o se abre) con la instalación en el exterior de la Sphère Lutétia, una obra de 1996 que se ha situado junto al estanque del museo. 

Sphère Lutétia (Esfera Lutecia), 1996.  Hierro pintado y aluminio 600 x 600 x 600 cm.  Vista de la instalación en el Museo Guggenheim Bilbao, 2019 Colección particular © Jesús Rafael Soto, ADAGP, Paris / VEGAP, Bilbao, 2019

¿Pinturas o esculturas?

Soto nació en 1923 en Ciudad Bolívar (Venezuela). Hijo de un violinista de profesión, viviría en la música toda su vida; aprendió a tocar la guitarra muy joven y, según confesaría a su amigo Paco Ibáñez, el ritmo y sus escalas le habrían ayudado siempre a organizar sus pulsiones artísticas. 

Sus primeros pasos en el mundo de las bellas artes tuvieron lugar en Caracas, donde conoció a Carlos Cruz Díez y Alejandro Otero, con quienes se mudaría a París en los primeros cincuenta.

En esos años de la segunda posguerra, con una Europa destruida que había enterrado millones de muertos, las tendencias artísticas más novedosas apostaban por distanciarse de lo conocido. Las primeras vanguardias habían abierto insólitos senderos explorando más allá del camino establecido por las academias. La ciencia descubría y la tecnología aplicaba a la vida cotidiana los hallazgos de laboratorio. La fotografía había roto con la obligación de representar la realidad o de imitarla. El padre Euclides y sus geometrías era contestado, superado y hasta olvidado. Las ciencias humanas, con el psicoanálisis a la cabeza, validaban las producciones cerebrales y, por ende, las artísticas. 

Todo tenía valor para los que soñaban con empezar de cero. La curiosidad borraba prejuicios: los jóvenes, dolidos, se organizaban contra las viejas estructuras políticas y sociales, la música abandonaba arpegios clásicos. Había que dar a luz a un ser humano nuevo que inventara nuevos mundos al margen de las disposiciones de un sistema polarizado. La revolución empezaba por lo cotidiano.

¿Explica todo lo anterior que, ávidos de nuevas experiencias, muchos artistas decidieran marchar por esos caminos? Empezar desde cero como si no fuera uno hijo de su tiempo es una utopía… sí. 

Lo que estos amigos encontraron en los ambientes artísticos de París fue la canonización de las primeras vanguardias a las que se reconocía el mérito de generar obras en las que el hecho artístico no se reducía a un lienzo, paleta y pincel o a una piedra, martillo y buril. Los límites entre las llamadas artes plásticas se estaban diluyendo y las nuevas tecnologías, que se hacían presentes en ellas, también borraban las fronteras entre lo artístico y lo técnico. 

Soto formaría parte del grupo Los Disidentes, de corta pero muy influyente vida; un grupo que, a través del Manifiesto No, rechazaba el arte figurativo y se adentraba en los caminos de la abstracción.

Con este bagaje se instaló en la corriente que rehusaba cualquier forma de figuración. La negativa se canalizó a través de dos vertientes distintas que llegaron a ser opuestas: de un lado, la abstracción a la que había accedido Kandinski, de connotaciones emotivas, a base de manchas de color en las que se hace muy presente lo subjetivo y, de otra, la abstracción geométrica que se aparta de lo emocional para buscar la composición pura de formas en un plano (el cuadro) como expresión máxima de la eliminación del objeto, de la figura. 

En esta línea trabajaban tanto Malevich como Piet Mondrian, para quien los colores puros, en módulos ortogonales, delimitados por trazos negros paralelos y/o perpendiculares, encarnaban la esencia más refinada de representación de las realidades interiores y exteriores. Malevich iba más lejos con la reducción de la paleta de color al todo (blanco) y a la nada (negro). A veces, estas formas planas no daban opción a la curva o, sensu contrario, la inexistencia de líneas curvas las conducía necesariamente a la planitud. Ambos derivaron, sin embargo, hacia el llamado neoplasticismo. 

La geometría había sido utilizada como elemento decorativo en culturas como la griega y la islámica (Alhambra), pero sus modelos fueron solo un referente técnico para los seguidores de la nueva corriente abstracta pues la filosofía que subyacía —no lejos de la teosofía de la que eran seguidores— cerraba la composición en el espacio limitado del marco sin dejarlas volar, como hicieran los antiguos, ad infinitum

Y Euclides empezaba a agonizar.

Soto pintó en 1950 dos de los óleos con los que se inicia el recorrido por la exposición (si lo hacemos desde la parte derecha de la sala). Podrían confundirse con obras del maestro Mondrian, pero las líneas curvas introducen tal dinamismo que casi parecen una burla a la pureza del neerlandés… o su superación.

El paso que resultó decisivo lo dio un grupo de artista entre los que destacó el húngaro Víctor Vasarely: las composiciones geométricas se pueden organizar en el lienzo de manera que creen un efecto de movimiento o de volumen del que realmente carecen. La mirada se despega de la realidad que se contempla porque solo es posible observar el conjunto como un todo que resulta una engañifa para el cerebro. Y no son pareidolias, son pinturas planas de vocación ilusoria que desbaratan lo cartesiano.

De ahí al arte óptico solo hay unos cuantos tramos que Soto abordó con entrega.

Sans titre (Composition dynamique) [Sin título (Composición dinámica)], 1950.  Óleo sobre tela 73 x 92 x 2 cm Colección particular © Jesús Rafael Soto, ADAGP, Paris / VEGAP, Bilbao, 2019.

El Op-Art, el arte óptico y el espejismo

Los impresionistas dieron el pistoletazo de salida cuando se interesaron por la refracción de la luz, por los colores primarios, secundarios y complementarios y cuando dejaron de otorgar importancia al qué para trasladarla al cómo. La ciencia les proporcionaba una nueva vía de investigación que tradujeron a los lienzos en forma de pinceladas sueltas y rápidas. 

Cézanne encontraba formas geométricas subyacentes en los objetos de la naturaleza, que descomponía y componía en cilindros, conos o cubos: esto y los descubrimientos sobre la visión binocular llevarían a los cubistas a proyectar las tres dimensiones —las que somos capaces de percibir los humanos— en las dos dimensiones reales de un cuadro. La realidad hecha a nuestra medida e interpretada pero esa no es la realidad única.

El sistema albertiano, que había dominado las composiciones desde el Renacimiento, andaba boqueando a principios del siglo XX porque la física y las matemáticas definían nuevas dimensiones teóricas más allá del alto, el ancho y la profundidad. Una nueva ciencia humana, el psicoanálisis, daba soporte al inabarcable mundo de la mente, sus motivaciones y excrecencias, lo que los surrealistas traducirían a su vez en objetos artísticos.

Las investigaciones sobre la percepción, desde el punto de vista científico, servían a la creación artística para liberarse de una forma de mirar heredada de las enseñanzas tradicionales. También para dar origen a una nueva manera de ver en la que el individuo puede ser consciente del mismo acto de percepción sabiendo que este es so lo un momento concreto de una actividad más amplia dominada por la imaginación. Hablamos de la percepción de lo dinámico  aunque no difiere de aquello que es estático.

Un elemento esencial de la investigación sobre cómo percibimos es el factor cinético, el movimiento, sea este real o imaginario, se produzca objetivamente ante nuestros ojos o sea una ilusión creada en nuestro cerebro tejida con los impulsos nerviosos que le transmiten los sentidos.

El movimiento puede estar implícito en una secuencia de imágenes (por ejemplo, el cine) o puede estar en el espectador que debe moverse para componer esa secuencia. Si es exterior al espectador y, por lo tanto, real, puede ser generado por medios naturales (el viento) o por medios mecánicos (un motor, electromagnetismo) pero si es interno, virtual, requiere de la concurrencia de efectos ópticos que creen la ilusión de movimiento. Podemos mirar un cuadro de Mondrian desde la derecha, la izquierda, arriba o abajo y siempre veremos lo mismo, pero eso no ocurre con cualquiera de los objetos creados por los artistas cinéticos: depende del punto en el que nos encontremos tendremos una percepción u otra de la obra.

El arte cinético se define por el movimiento y el movimiento requiere duración en el tiempo. Esa duración es lo que define la cuarta dimensión.

Einstein interpretado simplonamente con los matemáticos al rescate

Sin título, 1958.  Hierro pintado y pintura sobre madera 100 x 100 x 38 cm Colección Patricia Phelps de Cisneros © Jesús Rafael Soto, ADAGP, Paris / VEGAP, Bilbao, 2019.

Un matemático alemán del siglo XIX llamado Riemann había investigado sobre geometrías diferenciales o no euclidianas, sobre los espacios curvos y enedimensionales. Los humanos, como ya he expresado más arriba, percibimos tres dimensiones, lo que no significa que sean únicas o que no existan otras dimensiones que pueden ser definidas teóricamente: un punto no tiene dimensión, una línea formada por una sucesión de puntos tiene una dimensión (el largo); si a esa línea la cortamos perpendicularmente con otra podemos definir el ancho (un plano) y si ese plano lo cortamos con otra línea perpendicular exterior al plano (la altura) tenemos definidas las tres dimensiones en las que nos movemos conscientemente.

Podemos así representar un cubo en el espacio, pero si intentamos trasladar la figura de un cubo a un plano debemos descomponerlo en figuras de dos dimensiones lo que desvirtúa la figura inicial de tres dimensiones. 

Imaginemos ahora ese cubo girando sobre sí mismo o hacia un lado u otro. ¿Cómo proyectaríamos el movimiento en un plano? ¿cómo lo dibujaríamos? Con nuestra particular visión solo podríamos trasladarlo a las dos dimensiones, lo que también desvirtuaría por completo la figura.

Sin embargo, si somos capaces de imaginar el movimiento de ese cubo sin necesidad de llevarlo al plano estaremos imaginando esa cuarta dimensión en la que el movimiento requiere de momentos sucesivos para que ocurra, es decir, se requiere duración del movimiento y la duración es un vector del tiempo.

Por ello se interpreta simplonamente la teoría de Einstein cuando se dice que el tiempo es la cuarta dimensión y se debería decir, con los matemáticos teóricos, que la cuarta dimensión es la duración y que esta es la que da lugar a una nueva figura, llamada teseracto o hipercubo, que define las dimensiones de la realidad más allá de lo que el ojo humano es capaz de percibir.

Ahora bien, ¿cómo llevar esto al arte? Facilísimo: mediante la ilusión óptica y mediante la vibración. Y desde luego, olvidando los límites entre pintura y escultura.

El punto de partida de los artistas que integraron este movimiento fue la exposición Le Mouvement que tuvo lugar en la galería Denise René de París en 1955. Se expusieron obras de Calder, Duchamp, Vasarely, Tinguely, Agam y del propio Soto y allí se definieron los presupuestos del Op-Art, que tanto bebía de la ciencia y que tanta transcripción tendría en otros campos artísticos y en el diseño industrial.

La consagración definitiva del estilo vendría en 1965 con la exposición The Responsive Eye, que tuvo lugar en el MOMA de Nueva York.

De las obras que se exhiben en el Guggenheim se han seleccionado algunas muy representativas de las investigaciones de Soto en este terreno: a mitad de camino entre la escultura y la pintura la Spirale (1955), Sin título (1958) o Venise (1964) constan de un soporte plano sobre el que se han dibujado o pintado figuras geométricas, perfectamente calculadas y sobre las que se han superpuesto hilos de seda, varillas o alambres retorcidos que crean la ilusión o la realidad de un movimiento mediante la vibración de sus elementos o el contraste entre ellos. Se perciben de inmediato como obras dinámicas de efecto moiré del que tanto gustaba.

Particularmente interesante, aunque bastante más tardía que las anteriores, resulta Azul mayor (2001), una obra que conjuga la madera y el metal pintados en acrílico, que mediante el juego ilusorio de colores planos y tamaños diferentes engaña al espectador con una escala de volúmenes inexistentes. 

Penetrables

Sans titre (Composition dynamique) [Sin título (Composición dinámica)], 1950.  Óleo sobre tela 73 x 92 x 2 cm.  Colección particular © Jesús Rafael Soto, ADAGP, Paris / VEGAP, Bilbao, 2019.

Era una secuencia lógica que un artista que vivía en París en los años sesenta se planteara el papel del espectador y la relación de este con la obra. París era una fiesta reivindicativa que florecería en la primavera del 68 entre los jóvenes, extendiéndose desde la masa universitaria a otros sectores sociales.

El arte ya no residía únicamente en objetos contemplables y el espectador no era solo un sujeto que pasaba por allí y se detenía a mirar. La relación se establece en torno a todos los elementos que componen la creación y el que mira es uno más de ellos porque lo percibe, lo interpreta y lo integra. El espacio es común y de esta manera se perfecciona.

Las obras adquieren proporciones cada vez mayores porque no podrían existir sin la presencia de los concurrentes y esta presencia requiere espacio.

Soto inicia la investigación por este camino con los Prepenetrables, esculturas de metal creadas con planos que se superponen ante la vista, rejillas planas que forman figuras a placer según el ángulo de contemplación y que pueden resultar hipnóticas. 

Sus obras adquieren dimensiones arquitectónicas y se interesa por el urbanismo espacial y lo ambiental en el arte, muy en la línea del GRAV (Groupe de Recherche d’Art Visual) y la Internacional Situacionista, que agrupaban a los artistas interesados en el arte ambiental y participativo.

En 1966 presenta en la Bienal de Venecia una cortina de varillas colgantes que se convertirán en santo y seña de sus nuevos intereses y que tuvieron su precedente en los dos Murs cinétiques con los que acudió a la Exposición Universal de Bruselas de 1958 en representación de su país. A partir de estas experiencias se sucederán los encargos: realiza penetrables para la Exposición Universal de Montreal de 1967 y para la exposición Lumiére et mouvement para el MAM en 1969 entre otros.

Los penetrables resumen la filosofía de Soto y son su gran aportación: el arte cinético inserto en un espacio urbano, el arte puro, desmaterializado, que integra al espectador y cuyo movimiento emite sonidos de la escala musical de manera espontánea y atonal. Poseen, además, un aspecto reivindicativo de la conjunción de espacio y movimiento con las nuevas tecnologías. Son un hallazgo en el que investigará hasta su muerte porque la cuestión de la que partía no es qué espacio existe sino cómo lo percibimos y cómo lo trasladamos a la esfera artística.

No todos los penetrables suenan pero todos vibran: preside la sala el Pénétrable creado en 1982 que consiste en un gran panel colgado del techo del que penden cientos de tubos flexibles de plexiglás. No hay sonido, hay susurro y un espacio interior que podría ser niebla, lluvia o pensamientos; al penetrarlo se siente la liviandad del plástico que aísla entre sí a los paseantes meciéndolos en la confusión. La imagen es engañosa porque apela a otros sentidos como el tacto y no solo la vista.

Cerca del anterior se ha colocado el Penetrable blanco y amarillo de 1968 que consiste en un cubo formado por una estructura de aluminio al que se penetra a través de un conjunto de varillas. El sonido que producen al atravesarlas nos acompaña hasta el espacio vacío del interior donde no encontramos más que los límites ilusorios de un círculo inserto en un cuadrado, la cuadratura del círculo.

El Duomo centro rosso de 1997 y la Sphère Lutétia de 1996, ubicada en el exterior del museo, son dos instalaciones que conjugan las formas esféricas con el movimiento y refuerzan la desmaterialización de sus estructuras de varillas con los colores planos y contrastados con las que han sido pintadas. Se perciben ilusoriamente esferas o semiesferas allí donde hay varillas colgantes del mismo o parejo tamaño.

La exposición se completa con testimonios de la vida del artista y de su pensamiento: son cartas, dibujos y un documental del pintor venezolano Ángel Hurtado que ayuda a entender el concepto de espacio en la obra de Soto.

El arte cinético podría ser considerado el escalón previo al concepto de realidad virtual. Ambos son producto del desarrollo tecnológico: el primero, como expresión estética de los nuevos tiempos y de los nuevos materiales que aparecieron en la segunda mitad del siglo pasado mientras que la segunda es la consecuencia lógica de la creación de un espacio inmaterial del que participamos gracias a la revolución de la informática. ¿Qué habrían hecho los artistas del grupo de Soto si hubieran conocido el mundo de la World Wide Web?

Sus obras no quedaron encerradas en espacios de arte, tuvieron otras vidas o quizá se limitaron a convertir en arte lo que la evolución técnica ofrecía para la vida cotidiana. Las espirales de Duchamp se dejan ver en los ojos de Kaa cuando intenta hipnotizar a Mowgli (El libro de la selva), en las producciones animadas de Disney, en la mirada de Bob’s Burger (Fox) y en tantas otras que, con sus giros interminables, nos conducen de inmediato a nuestros espacios internos. La escena con la que el maestro Hitchkock inicia Vértigo conmueve sobremanera gracias a la percepción ilusioria de un fondo muy inquietante. Algunas rotondas de la ciudad de Alicante tienen instaladas esculturas de Eusebio Sempere, contemporáneo de Soto y también artista cinético, que giran irradiando y recogiendo la luz y el sonido del espacio que las circunda.

Las obras de Soto refuerzan el concepto de obra abierta del que ya habló Umberto Eco: una obra múltiple y cambiante, un campo de infinitas posibilidades abierto a la interpretación de quien observa y a quien se le exige participación y también disfrute. La obra abierta es para Eco una metáfora de una nueva visión del mundo donde la realidad es sentida como inestable, ambigua y en perpetua mutación.

¡Y son palabras de 1962! 

¿Fueron artistas y teóricos unos visionarios? La exposición de Guggenheim podría tener la respuesta.

Pénétrable (Penetrable), 1982.  Madera pintada y tubo flexible de PVC 485 x 787 x 867 cm Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.  Archivo Fotográfico Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía © Jesús Rafael Soto, ADAGP, Paris / VEGAP, Bilbao, 2019.


Viacheslav Mujánov: «La cosmología nos ha demostrado que la relatividad y la mecánica cuántica están presentes desde las escalas más grandes a las más pequeñas»

Viacheslav Fiódorovich Mujánov (Kanash, 1956) es cosmólogo, físico teórico y profesor en la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich. Formado académicamente en Moscú en la década de 1970, pronto dirigió su carrera hacia la cosmología, la rama de la física que estudia las propiedades del universo como un todo. Los años noventa fueron revolucionarios para este campo, con el descubrimiento de que la expansión del universo se está acelerando y las observaciones del fondo cósmico de microondas por parte del satélite COBE. Mujánov vivió esta revolución en primera persona, porque los sucesivos descubrimientos fueron dando la razón a los trabajos que él había iniciado a lo largo de los ochenta. Hoy la cosmología es uno de los campos más activos de la física y ya no se puede decir que sea prometedor, porque, una tras otra, no deja de cumplir promesas.

¿A qué nos referimos cuando decimos «las estructuras del universo»? Cuando miramos al cielo vemos, sobre todo, estrellas. Es lógico: el espacio es muy grande y las distancias, inhumanas. Todo lo que no es cercano y brillante simplemente es demasiado sutil, demasiado oscuro para los ojos humanos. Por fortuna tenemos los otros ojos: los telescopios, cámaras digitales y las gigantescas antenas de radio; gracias a ellos sabemos que hay de todo ahí fuera: planetas errantes, agujeros negros, nubes de gas caliente que contienen más materia que todas las estrellas juntas. Sabemos que la materia forma islotes en medio del espacio, las galaxias, y que las galaxias a su vez se mueven en enjambres, los cúmulos de galaxias. El universo está salpicado de estos archipiélagos de materia en los que encontramos objetos, grupos de objetos, grupos de grupos de objetos. Todas estas cosas son las «estructuras». Hoy en día, con los instrumentos adecuados, son fáciles de ver, medir y cartografiar.

Pero hubo una época, hace miles de millones de años, en la que el universo era simplemente una nube de gas caliente. La materia acababa de nacer y estaba toda mezclada, en un estado anárquico, desordenado: cualquier lugar del universo era igual a cualquier otro y no había ni rastro de ninguna estructura. Así pues, ¿de dónde salieron? ¿Quién puso la primera piedra de la primera galaxia?

Da un poco de vértigo. Es decir, unos señores que se plantearon cómo empezó el orden en el universo: cómo el caos se transformó en cosmos. La pregunta no es nueva. Es, de hecho, recurrente a lo largo de la historia. Pero la mayoría de los hombres que la abordaron, y ninguno de ellos era tonto, respondió con relatos, con fábulas que eran entretenidas pero eran solo eso: fábulas. Hace treinta y cinco años la cosa cambió. Apareció un puñado de humanos que se sentaron, tomaron lápiz y papel y armados solo con las leyes de la física encontraron una manera plausible de explicar cómo empezó todo esto. No sé si vértigo es exactamente la palabra, pero sin duda da algo.

A principios de los años ochenta la teoría del big bang era ya una teoría madura, llevaba varias décadas en la palestra, y estaba en ese momento asimilando algunos elementos nuevos, como la inflación. ¿Cómo es la teoría del big bang en la actualidad, comparada con la de entonces?

La cosa ha cambiado dramáticamente. En los años ochenta los datos experimentales en los que se basaba la teoría eran muy inseguros. Que el universo se expande estaba bien establecido, prácticamente nadie se oponía a ello. Pero había bastantes dudas respecto al otro gran observable de la cosmología, el fondo cósmico de microondas, porque no disponíamos de medidas precisas. Por ejemplo, en 1987 tuvimos un experimento japonés-estadounidense, el cohete de Berkeley-Nagoya, que obtuvo que el espectro del fondo cósmico se desviaba mucho del espectro de cuerpo negro, que es el que debía tener si el universo primigenio estaba en equilibrio. Si aquel experimento hubiera estado en lo cierto eso habría supuesto el fin de la cosmología, porque con un espectro así podríamos haber especulado durante décadas y nunca podríamos estar seguros de si lo estábamos entendiendo o nos lo estábamos inventando. Por fortuna se equivocaban: lo que estaban viendo no era el fondo cósmico, sino el ruido eléctrico de sus propias máquinas.

¿Esto fue en 1987?

1987, así es, hace menos de treinta años. Pero yo diría que no fue hasta los años noventa cuando la cosmología adquirió verdadera carta de naturaleza como ciencia. Fue gracias a COBE, el Cosmic Background Explorer, una misión espacial que estudió el fondo cósmico de microondas y concluyó que su espectro era perfectamente planckiano, como tenía que ser. Pero no se quedó ahí: COBE, por primera vez, fue capaz de ver las siluetas, los «embriones» de las galaxias, tal y como eran cuando el universo tenía solo trescientos mil años. Con el paso del tiempo esos embriones germinaron y dieron lugar a la estructura del universo que hoy vemos. Lo que COBE nos mostró fue una imagen completa de lo que podríamos llamar un «universo bebé», con todos sus rasgos, con todo lo necesario para convertirse en un universo con galaxias, estrellas, planetas y en última instancia con vida.

¿Qué son exactamente esos embriones, cómo los vemos?

Vemos algo parecido a una fotografía. La radiación de fondo dejó de interaccionar con el resto del universo cuando este tenía trescientos mil años, así que cuando la detectamos hoy estamos obteniendo una especie de fotografía retardada que nos muestra cómo era el universo en aquella época. Con los telescopios habituales podemos observar cómo es el universo en la actualidad, tras trece mil millones de años de evolución, mientras que con el fondo cósmico podemos verlo cuando todavía era un bebé.

Pero en el fondo cósmico de microondas no vemos galaxias como tales, no se habían formado todavía.

No, vemos sus progenitores, nubes calientes de gas cuando eran muy jóvenes. Estos progenitores están muy lejos de nosotros y no sabemos el aspecto que tienen hoy en día, pero asumiendo que las galaxias que sí vemos son similares, y que sus progenitores fueron similares a estos, podemos aprender cosas sobre el proceso de formación de las galaxias. Bueno, es un poco como hacer encuestas: en el mundo hay muchas personas, pero para saber cómo es la sociedad no tienes que hablar con cada uno de ellos, porque sabes que tienen muchas cosas en común.

Fondo cósmico de microondas

¿Qué es el fondo cósmico de microondas? Bueno, más o menos lo que su nombre indica: microondas que vienen del cosmos. En todas direcciones. Vienen de más allá del sistema solar, de mucho más allá de nuestra galaxia. En ellas no vemos estrellas ni galaxias ni cuerpos celestes que sepamos identificar, porque cuando estas microondas echaron a andar ninguno de ellos existía todavía.

La formación del fondo cósmico de microondas es una de las historias más bonitas que nos ha contado la física. Cuando el universo era joven estaba formado por partículas que se movían en todas direcciones y chocaban continuamente. La mayor parte de esas partículas eran fotones, las partículas que forman la luz, pero también había pequeñas cantidades de electrones, protones, núcleos de helio… y alguna más, pero eso ahora no viene a cuento. Un universo como este era opaco para la luz, porque los fotones chocan muy fácilmente con las partículas cargadas, como protones y electrones.

De vez en cuando un protón y un electrón se unían y formaban un átomo de hidrógeno, pero los átomos no duraban demasiado en este universo porque enseguida eran golpeados por alguien que pasaba por allí y se rompían. Por fortuna el universo está en expansión, y a medida que se expande también se enfría. Cuando la temperatura bajó por debajo de 3000 ºC las colisiones dejaron de ser suficientemente fuertes y los átomos de hidrógeno pasaron a ser estables. Protones y electrones empezaron a unirse a lo largo de todo el cosmos. Este proceso, llamado recombinación, tuvo un efecto espectacular en el universo: los átomos tienen carga cero, y la luz no choca con ellos tan fácilmente como con un electrón o un protón solitarios. O sea, que para los fotones el universo, que llevaba miles de años siendo una neblina opaca, se volvió transparente de repente. Trillones y trillones de fotones que llevaban miles de años encerrados en el plasma fueron liberados de repente, en el que probablemente sea el mayor fogonazo que nunca ha visto nuestro universo. Ese fogonazo es el fondo cósmico de microondas.

En el proceso de dejar escapar a los fotones el universo dejó imprimida su cara en el fondo cósmico. En primer lugar, dejó imprimida su temperatura: como todo el gas estaba más o menos a la misma temperatura la luz que salió de él tiene toda más o menos el mismo color. Cuando miramos mapas como el de arriba, en el que vemos zonas más calientes y otras más frías, lo que estamos dibujando es diferencias de temperatura minúsculas. Si pintáramos el fondo cósmico tal y como lo vemos, la elipse sería toda del mismo color, porque las diferencias son de una parte entre cien mil.

Y sin embargo esas diferencias son fundamentales. Durante treinta años, entre el descubrimiento de Penzias y Wilson y la misión COBE, el fondo cósmico era una fotografía plana en la que no se distinguía ningún rasgo. COBE fue el primer instrumento suficientemente preciso para distinguir esas partes entre cien mil y mostrarnos el siguiente nivel de detalle: nubes calientes y nubes frías, nubes que acumulaban materia, y que al evolucionar dieron lugar a millones de galaxias, y otras más pobres, que dieron lugar a vacíos, zonas huecas en las que las galaxias escasean. La pregunta es: si en este universo de trescientos mil años ya existían regiones frías y regiones calientes, ¿de dónde salieron?

Otra cosa que aprendemos de la radiación cósmica de fondo es que el universo era muy homogéneo en aquella época.

Mucho, efectivamente. En este universo de trescientos mil años de edad no hay estructuras como las que vemos hoy en día. Lo único que hay es una especie de «semillas» que después de crecer durante trece mil millones de años se han hecho adultas y se han convertido en galaxias. En realidad, es muy fácil de imaginar si piensas en cómo crecen los niños: lo que vemos con la ayuda del fondo cósmico de microondas son estructuras infantiles, prácticamente recién nacidas, y si cogemos un telescopio podemos ver la versión adulta. Pero hay algunas propiedades de estos «niños» que ya fueron predichas teóricamente a principios de los ochenta, cosas muy concretas como que el índice espectral ha de valer 0,96, y los experimentos que llegaron después encontraron precisamente estos números.

Vamos a hablar de otra de las piezas de esta historia: la inflación. ¿Qué papel juega en la formación de estructuras?

La inflación se encarga de hacer crecer las fluctuaciones cuánticas primordiales, que eran muy pequeñas, hasta convertirlas en estas semillas que vemos en el fondo cósmico y que ya tienen el tamaño de galaxias. Hay gente que, aún hoy, tiene dudas sobre si fue la inflación la causante de este crecimiento, incluso han sugerido explicaciones alternativas, pero en mi opinión es el mecanismo más sencillo. Para lo que nadie ha encontrado alternativa es para las propias fluctuaciones cuánticas, para esta idea de que ellas fueron el germen original de las estructuras. De hecho, tras las últimas medidas de la misión Planck, que coinciden con todas las predicciones teóricas, ya no queda margen para la duda y prácticamente nadie busca mecanismos alternativos. En comparación, si volvemos a mirar a los años ochenta, entonces sí que había decenas de teorías que competían por explicar el origen de las estructuras, y la de las fluctuaciones cuánticas quizá no era la más prometedora porque parecía en contradicción con muchas evidencias astrofísicas. Pero a lo largo de estos treinta años la tortilla se ha dado la vuelta: los datos astrofísicos han ido encajando poco a poco, desde las observaciones a través de telescopios hasta el fondo cósmico de microondas. Las fluctuaciones han ganado esta competición y las teorías alternativas están muertas, han sido descartadas.

La verdad es que así, de buenas a primeras, buscar el origen de las estructuras del cosmos en fluctuaciones cuánticas, que son tan pequeñas, no resulta evidente. ¿Por qué os lanzasteis a esa piscina? ¿Había algún tipo de motivación teórica?

Bueno, si la había la verdad es que yo nunca la conocí, porque lo único que yo quería era escribir mi tesis [risas]. Sí que es verdad que era una idea que nunca había sido explotada de forma sistemática. La gente había pensado sobre ello, pero hacía falta meterse en unos cálculos que eran bastante pesados. Además, era una época en la que no teníamos datos experimentales con los que comparar, y los pocos que había parecían contradecir lo que estábamos haciendo. Solo ahora, treinta y cinco años después, hemos podido poner a prueba todos los aspectos de la teoría.

Efectivamente, leí en un review tuyo que en aquellos momentos pensabas que este mecanismo iba a ser muy difícil de medir experimentalmente, y que te alegraste mucho al ver que otros grupos exploraban esta misma senda. En esos instantes, ¿pensabas que tu trabajo se iba a quedar en eso, como «un cálculo que estoy haciendo para mi tesis»?

No, como ya te he dicho en aquellos momentos la cosmología era casi como teología. La idea fundamental para acercarnos a este asunto de las fluctuaciones cuánticas era que el universo se estaba expandiendo, que había nacido en un estado extremadamente denso… por ejemplo, toda la materia que forma ahora mismo nuestra galaxia ocupaba entonces un espacio similar al de una caja de cerillas. Por esa razón no resultaba tan descabellado pensar que uno iba a poder explotar las propiedades de la mecánica cuántica para explicar las estructuras del universo, incluso a sus escalas más grandes. La mecánica cuántica normalmente solo es importante a escalas microscópicas. Nos permite, por ejemplo, explicar por qué los electrones no caen sobre los núcleos, o lo que es lo mismo: por qué la materia es estable. Pero a la vez también permite que tengamos iPhones. Sin mecánica cuántica te verías forzado a elegir: o bien iPhones y todos estos fantásticos dispositivos eléctricos o bien… tu vida. Y no sé lo que elegirías tú, pero yo… [risas] Pues bien, gracias a la mecánica cuántica no tenemos que elegir: el electromagnetismo y la materia pueden coexistir [1]. Creo que la teoría cuántica ha sido uno de los mayores logros científicos de la historia, y precisamente cumplirá noventa años el año que viene.

Inflación cósmica

A finales de los años setenta el fondo cósmico de microondas ya había revolucionado una cosmología que estaba todavía en pañales. Tras el descubrimiento de Penzias y Wilson a mediados de los sesenta, durante la siguiente década se pudo comprobar que el fondo cósmico era idéntico a la radiación que emite un cuerpo a -270 ºC. Todo indicaba que, literalmente, vivimos inmersos en un gran objeto que «brilla» a -270 ºC en todas direcciones. No había muchas maneras de justificar algo así. Por fortuna la relatividad general de Einstein nos informa de que la radiación que se mueve por un universo en expansión pierde energía continuamente: es como si le costara avanzar por el universo y se fuera cansando poco a poco. Aplicado a la radiación emitida por un cuerpo caliente, esto significa que se va a ir enfriando a medida que viaja. El resto consistía en sumar dos y dos: la gente cogió esa temperatura, hizo retroceder el reloj y se dieron cuenta de que si venía de los primeros tiempos del universo tenía que corresponder a materia muy caliente. Inmediatamente el fondo cósmico fue considerado el mejor espaldarazo posible a la teoría del big bang.

Pero junto con estas buenas noticias también trajo algunas preguntas desconcertantes: la gente no tardó en darse cuenta de que las regiones del universo que ahora veíamos en el fondo cósmico no estaban en contacto en aquella época. El universo era mucho más joven y ninguna partícula había tenido tiempo de viajar demasiado lejos. Entonces, ¿cómo era posible que todo, absolutamente todo el fondo cósmico estuviera a la misma temperatura? Lo lógico es que si todas esas regiones eran independientes tuvieran temperaturas diferentes.

Varios físicos trataron de dar respuesta a esta cuestión, pero fue el estadounidense Alan Guth el que encontró la solución que hoy consideramos más probable. Su idea era sencilla, elegante, casi trivial: si todo el universo temprano estaba a la misma temperatura era porque en un pasado aún más remoto todas sus partes habían estado en contacto. Esto era lo contrario de lo esperado: si hacíamos correr el reloj hacia atrás el círculo rojo de la imagen de arriba se haría más pequeño y el problema se agravaría, no se resolvería.

La idea de Guth era que, efectivamente, las partículas no podían resolver el problema porque no había manera de que recorrieran tanta distancia en tan poco tiempo. El trabajo duro tenía que hacerlo la expansión del universo. Cuando decimos «el universo se expande» lo que queremos decir es que el espacio se estira y trata de alejar los objetos unos de otros. Los objetos que están poco cohesionados, como puede ser una nube de gas, son arrastrados por la expansión: literalmente, la expansión los hincha como un globo. Guth pensó que un periodo de expansión extremadamente rápido podría haber tomado un pedazo muy pequeño de una nube de gas, suficientemente pequeño como para que estuviera todo a la misma temperatura, y haberlo hinchado hasta el tamaño del universo observable. Este periodo es lo que llamamos inflación.

Los detalles del cálculo de Guth eran sorprendentes: la inflación tendría que haber durado un suspiro, apenas 10-33 segundos (sí, 0,00…01 segundos, con 33 ceros de por medio), y durante ese suspiro el universo se habría expandido desde un tamaño menor que el núcleo de un átomo hasta el tamaño de un balón de fútbol. Para conseguir este espectacular estirón la velocidad de expansión tenía que haber sido mayor que la velocidad de la luz. El artífice de todas estas cosas sería una partícula, el inflatón, que interacciona de manera un poco peculiar con la gravedad y es capaz de desencadenar este periodo de expansión desbocada.

Hoy en día la inflación se considera un mecanismo muy exitoso, ya que responde a varias preguntas planteadas por el fondo cósmico de microondas y otros experimentos, y en general la comunidad considera que si no fue inflación lo que ocurrió en las primeras fracciones de segundo del universo debió de ser algo parecido. Sin embargo, cierto es que todavía no hemos podido tener acceso experimental a la época de la inflación y que el propio inflatón, que debería ser una partícula muy pesada, nunca ha sido observado.

 

En aquel momento, ¿cuál fue la actitud de la comunidad científica hacia estos trabajos? ¿Se los veía como algo muy especulativo?

Sí, muy especulativo. Y además tienes que pensar que en aquellos primeros tiempos la comunidad era muy pequeña. Los físicos de partículas, por ejemplo, no se tomaban la cosmología demasiado en serio porque no había prácticamente ningún hecho que la respaldara. La física de partículas estaba construida sobre un gran número de experimentos, de los que la cosmología carecía. En Rusia el campo empezó a tener cierta vida porque gente que ya había hecho cosas «útiles», cosas como bombas nucleares, empezaron a interesarse por la cosmología. Estoy pensando en Zeldovich, por ejemplo. Una consecuencia de esto es que, en realidad, había bastante libertad de investigación. No había presión, y como lo que hacíamos no parecía tener ninguna relación con la realidad podíamos hacer lo que nos viniera en gana. Desde luego, cuando la gente empezó a manejar la idea del universo inflacionario y se vio que con ella se podían resolver algunos problemas de física de partículas, como el problema de los monopolos, el campo empezó a atraer un poco de atención por parte de la comunidad de física de partículas. Pero antes de los noventa no había ningún experimento fiable, así que era todo blablablá, especulaciones.

¿Cómo valoras las aportaciones de Stephen Hawking a este campo, a la cosmología?

Creo que él llegó a las mismas conclusiones que nosotros usando métodos diferentes, y también lo hizo durante esa época en que estos temas no interesaban a casi nadie. La comunidad entonces era pequeña, y la comunicación entre la Unión Soviética y el exterior no era demasiado fluida. Personalmente me hizo muy feliz comprobar que se había acercado a la cuestión por su cuenta y la había abordado a su manera. Desde luego, Hawking fue un hombre de gran personalidad y un físico muy brillante.

¿Era mala la relación entre los físicos a un lado y a otro del telón de acero?

No es que fuera mala, pero no había demasiada comunicación. Yo, por ejemplo, no hablaba prácticamente nada de inglés antes de mi primer viaje a los Estados Unidos, en 1989. Y si te he de ser sincero no me importaba mucho. Lo que se hacía al otro lado, a pesar de todos sus recursos, no era cosmología. Hacían mucha astrofísica, y yo la conocía y la había leído: había una muy potente escuela inglesa, estaban los americanos, pero en esa época se dedicaban a cosas como formación de galaxias y tenían la vista fijada en un universo temprano, pero mucho más viejo que el que a mí me interesaba. Nadie pensaba entonces en un universo de fracciones de fracciones de segundo. A nosotros nos interesaba lo que había ocurrido en la primera millonésima de millonésima de millonésima de segundo, una época disparatada, tan loca que ni siquiera sabíamos qué física de partículas teníamos que usar. Por fortuna, al final resultó que no necesitábamos saberlo: la relatividad general, la teoría de la gravedad de Einstein, es tan potente que no se preocupa por la estructura microscópica detallada, por las interacciones fundamentales. Cuando la gravedad domina, domina sobre todo y convierte en irrelevantes los aspectos microscópicos de la física. Creo que la cosmología constituye la primera prueba experimental de que la relatividad general es universal más allá de la teoría lineal, más allá del régimen newtoniano. El régimen que la cosmología explora es comparable al que exploraríamos si pudiéramos observar un agujero negro. Bueno, si pudiéramos entrar dentro de uno, pero no creo que haya mucha gente dispuesta a hacer eso, porque, aunque se convertirían en personas muy sabias, no podrían compartir ese conocimiento con nadie [risas]. La cosmología, en este sentido, es única. No conocemos ninguna otra manera de tener acceso a campos gravitatorios tan intensos.

Y de hecho nos permite incluso poner a prueba los fundamentos de la mecánica cuántica, ¿verdad? Porque estamos hablando todo el rato de fluctuaciones cuánticas, que describen la probabilidad de que algo ocurra, y estas fluctuaciones se terminan transformando en estructuras reales, en objetos clásicos como una nube de gas o un cúmulo de galaxias. ¿Qué sabemos de cómo sucede esta transición?

Sobre esa transición cada cual tiene su propia opinión. Yo siempre hacía la broma de que si quisiera usar la interpretación de Bohr de la mecánica cuántica me vería obligado a decir que fue el primer astrónomo que miró al cielo el que desencadenó el colapso de las fluctuaciones cuánticas. Pero esto parece un tanto excesivo, ¿verdad? Así que yo prefiero considerar otras formas de interpretar la teoría cuántica. Por ejemplo, una de esas visiones alternativas fue sugerida en 1957, antes de que naciera la cosmología como ciencia, y se suele llamar la interpretación de Everett o de many worlds. En ella uno no necesita el concepto de colapso de la función de onda, que solo puede ser desencadenado por alguien que observa el sistema, y de esta manera la realidad sigue siendo la realidad y no depende de los observadores. Pero estas son consideraciones profundas con las que, creo, gran parte de los físicos no estarían de acuerdo, y es importante recalcar que estas consideraciones no tienen ninguna influencia en los cálculos. En física es muy importante ser capaz de calcular cierto número y después hacer un experimento y medir esa misma cantidad. Si la medida coincide con el número que habías calculado, entonces la gente se siente impresionada y empieza a tomarte en serio. Si la historia sucede al revés, es decir, que alguien mide un número y entonces tú haces un cálculo y obtienes el mismo número… la gente tiende a no estar tan impresionada.

En definitiva, la capacidad de predecir es muy importante en física. Y en lo que respecta a este mecanismo de formación de estructuras, la intuición sugería que uno puede empezar con las fluctuaciones cuánticas, amplificarlas de alguna manera, por ejemplo, gracias a la inflación, y como resultado de este esquema uno obtiene unas predicciones muy claras. El problema es que en los años ochenta todas estas predicciones estaban en total contradicción con las observaciones astrofísicas, pero nosotros sabíamos que esas observaciones no eran de gran calidad. Por ejemplo, uno no puede viajar a una supernova para ver de cerca cómo se produce, y eso genera unas incertidumbres sistemáticas que no puedes cuantificar fácilmente. Esas incertidumbres terminaron, en última instancia, salvando nuestra teoría. Por el contrario, cuando en los noventa llegaron las observaciones del fondo cósmico de microondas ahí sí que podíamos controlar bien las incertidumbres sistemáticas, de forma que esas observaciones eran asimilables a un experimento de laboratorio. Además, al estar observando un universo recién nacido también estás observando un universo simple y lo puedes describir usando física, porque a la física le gustan los fenómenos sencillos. Hoy en día, claro, el universo ha evolucionado hasta convertirse en algo muy complicado, algo casi biológico, y en este universo las teorías simples ya no funcionan tan bien.

¿Qué idioma habla la mecánica cuántica?

La teoría cuántica es, probablemente, la teoría física más exitosa de la historia. Sus métodos nos han permitido entender el mundo microscópico con un gran nivel de detalle y, en muchos casos, controlarlo. Hoy en día, casi cien años después de su formalización, sigue arrojando predicciones nuevas que los experimentos sistemáticamente confirman, casi sin sombra de duda. Es potente. Es maravillosa. Y hay un consenso casi generalizado en que no terminamos de entenderla.

El problema es que la teoría dice claramente que los sistemas físicos se comportan como si pudieran estar en varios estados a la vez: un único electrón puede participar de varios enlaces químicos, un neutrino se comporta como si tuviera varias masas al mismo tiempo… y un largo etcétera. Acostumbrados al mundo macroscópico estas propiedades nos resultan exóticas, un poco difíciles de digerir. Pero el lío de verdad llega cuando queremos hacer un experimento: resulta que si cogemos uno de estos sistemas que está «en dos estados a la vez» y medimos su estado nos encontramos… solo uno de ellos. Sistemáticamente los experimentos nos dan o el primero o el segundo, pero nunca ambos. Y las matemáticas de la teoría, que describen muy bien el sistema mientras no lo tocamos, no nos dan ninguna pista sobre qué pasa cuando abrimos la caja y miramos lo que hay dentro. En este punto es donde empieza el debate.

La interpretación ortodoxa, y la más aceptada hoy en día, se llama interpretación de Copenhague y fue establecida en el año 1927 por Niels Bohr, Werner Heisenberg, Max Born y otros. Según esta visión las matemáticas de la física cuántica no nos hablan del sistema físico, sino de la probabilidad de que, al medir ese sistema, obtengamos un valor u otro para sus propiedades. De esta manera, la frase «un sistema que está en dos estados a la vez» significa realmente «un sistema cuyas propiedades tienen dos valores posibles». Según la interpretación de Copenhague las matemáticas de la teoría cuántica describen los posibles estados del sistema a partir del conocimiento que tenemos de él. Cuando hacemos un experimento y nuestro conocimiento del sistema cambia hemos de reflejar eso en las matemáticas, eliminando las posibilidades que no hemos encontrado y poniendo todo el peso sobre la que sí hemos visto: este proceso recibe el nombre de colapso, y en él se pierde para siempre toda la información que no ha sido observada en el experimento. La interpretación de Copenhague funciona como un reloj y es, en gran medida, la responsable del éxito de la teoría cuántica. A cambio ha de hacer una severa concesión: que la teoría no habla sobre la realidad sino sobre nuestro conocimiento de la realidad, y sobre cómo evoluciona ese conocimiento.

Esta concesión ha sido muy dura de admitir para muchos físicos, entre ellos Albert Einstein, que fue un firme defensor de la teoría cuántica pero un durísimo detractor de la interpretación de Copenhague. Esta corriente crítica piensa que la física debería describir la realidad, y no algo etéreo y quizá subjetivo, como «nuestro conocimiento». En este contexto se enmarca la interpretación de many worlds de Hugh Everett. Según esta visión, las matemáticas de la física cuántica representan estrictamente la realidad, incluso cuando hablan de varios estados a la vez. Lo que pasa, sencillamente, es que hay más de una realidad, pero nosotros solo experimentamos una. Según Everett, cuando las matemáticas dicen que un átomo puede tener dos energías a la vez hay una «capa de la realidad» en la que el átomo tiene una de ellas, y otra capa en la que tiene la otra. Si no medimos el átomo ambas capas están unidas, y por eso el sistema se comporta como si tuviera dos energías al mismo tiempo. Cuando medimos lo que hacemos es escoger una de esas capas, y esa elección es irrevocable: nosotros seguiremos transitando por esa capa y habrá otra versión de nosotros que habrá encontrado otro valor y que transitará la otra capa y tendrá una vida diferente a partir de ese instante. Esta interpretación recuerda a la idea de universos paralelos, pero es diferente a ella en un punto importante: las diferentes capas de la realidad una vez se han separado no pueden volver a reunirse.

En lo que respecta a los hechos, todas estas interpretaciones son idénticas: en todas obtenemos los mismos valores para las medidas, en todos los sistemas cuánticos se comportan de la misma forma. Solo disienten en cuál es la relación entre las matemáticas de la física cuántica y la realidad física. Son, por tanto, diferencias filosóficas. Es sorprendente que unas matemáticas que generan tanta polémica científica sean, a la vez, tan precisas y tan potentes a la hora de describir lo que vemos en el laboratorio. La mecánica cuántica está, cien años después de su nacimiento, más fuerte que nunca. Y sigue siendo, cien años después, un profundo e irritante misterio.

De hecho, en esa época el universo era tan simple que posiblemente no tenía toda la materia que vemos ahora. Por allá debía de andar este campo, el inflatón, que ni siquiera sabemos si es un objeto elemental o compuesto…

No, pero fíjate que el problema es que probablemente nunca seremos capaces de saberlo. Las predicciones, los números que la gente puede calcular y medir, no dependen de si el inflatón es elemental o es otra cosa. Todo lo que necesitamos saber de él es la forma en que interacciona con la gravedad, y uno puede imitar esas interacciones usando objetos que, microscópicamente, pueden ser muy diferentes. De hecho, la lección más valiosa que podemos extraer es que todos esos modelos terminan dando el mismo resultado, y esto está relacionado con la universalidad de la gravedad de Einstein.

¿Y cómo podemos tener acceso experimental a esa época? Es decir, tenemos el fondo cósmico de microondas, pero sabemos que es muy posterior. ¿Podría conservarse en él algún vestigio de épocas más remotas?

Una de las cosas que podemos intentar obtener de él, y es razonable que podamos lograrlo en los próximos años, es información sobre las ondas gravitacionales primordiales.

Las que el experimento BICEP2 creyó haber encontrado en 2014.

Las que dijeron erróneamente que habían encontrado, así es. En cuanto las publicaron yo ya dije que no podían ser correctas. Creo, de hecho, que hasta hablé de ello en una entrevista en el Süddeutsche Zeitung, así que está en negro sobre blanco. El problema de BICEP2 era que sus medidas entraban en colisión directa con las de Planck. De hecho, era un poco más que eso: Planck, BICEP2 y el modelo cosmológico estándar no podían ser ciertos a la vez, uno de ellos tenía que morir. Y como yo tengo mucha confianza en el modelo y en Planck, BICEP2 tenía las de perder. Y perdió, finalmente, medio año después, cuando Planck publicó sus propias observaciones y descubrió que lo que BICEP2 había visto no se debía a las ondas gravitacionales del universo temprano, sino al polvo de nuestra propia galaxia.

Vale, del fondo cósmico de microondas podemos extraer información sobre estas ondas gravitacionales primordiales. ¿Qué nos aportan, para qué las necesitamos?

Bueno, las ondas gravitacionales no son «necesarias», en el sentido en que podrían serlo las fluctuaciones cuánticas primordiales. El universo podría tener igualmente galaxias, estrellas y vida sin ellas, y todos estaríamos muy a gusto igual. Lo que sí necesitamos para sobrevivir son otros fenómenos gravitacionales, como por ejemplo los que dieron origen a las estructuras. Es incluso posible que la gravedad sea la responsable de la creación del universo, porque estos fenómenos gravitatorios en concreto, a diferencia de las ondas gravitacionales, tienen energía negativa, así que tú puedes empezar con nada, extraer energía de ese reservorio de energía negativa y terminar con un universo de billones de galaxias, cada una de ellas con miles de millones de estrellas.

Pero eso es precioso. Es uno de esos momentos en los que la física se vuelve bella: no solo explica, sino que también inspira.

Desde luego que sí, porque los físicos no existimos solo para la física. La física, como sabes, es la ciencia que aspira a describir la naturaleza de los fenómenos que observamos. Y a cierto nivel se trata solo de una especie de campo de juegos matemático en el que los físicos se divierten persiguiendo esta o aquella idea porque, como ideas, les parecen interesantes. Pero la física no sería una ciencia si no tuviera nada que ver con la realidad, así que en un momento dado hay que relacionar esas ideas con las cosas reales, y de repente estos juguetes que eran abstractos e inofensivos se transforman en el origen del universo, en la razón por la que estamos aquí. Y todo se vuelve mucho más profundo.

¿Y más allá del fondo cósmico de microondas? ¿Hay algo que nos pueda dar un acceso más directo a las primeras fracciones de segundo del universo?

La gente habla sobre diferentes ventanas para acceder al universo temprano. Por ejemplo, la línea de 21 cm del hidrógeno podría darnos información sobre la «edad oscura», que abarca desde los tiempos del fondo cósmico hasta la aparición de las primeras estrellas y de la que no sabemos prácticamente nada. Hay ideas para construir un gran telescopio en la Luna, que esté a salvo de las interferencias de radio de la Tierra. Pero sí, el fondo cósmico de microondas ha sido un éxito científico de tal magnitud, ha permitido tanta exploración y ha producido tantos resultados nuevos… bueno, ya sabes lo que les pasa a las cosas muy brillantes, ¿verdad? Que no suelen vivir demasiado. Como las supernovas: una estrella puede ser más brillante que una galaxia entera, pero no por mucho tiempo. Puede que sea esto lo que está pasando con el fondo cósmico de microondas.

Tengo mucha curiosidad por el entorno en la URSS donde aprendiste física en los años setenta. Tu director de tesis fue Vitali Ginzburg, que es una especie de mito de la física y las matemáticas. ¿Cómo era estudiar allí? ¿Había mucha presión?

No, no, no, en absoluto. Ginzburg era un tipo estupendo, sobre todo porque nunca interfería con mi trabajo. Él siempre me decía: «Mi labor como supervisor nunca es impedir que tú hagas lo que quieres hacer». Pero en realidad Ginzburg se convirtió en mi director cuando yo ya estaba haciendo el doctorado. Antes de eso tuve a otro supervisor, que decidió emigrar por motivos personales. Ginzburg era un hombre muy práctico, siempre dispuesto a ayudar, y yo diría que nunca ejerció nada parecido a presión. De hecho, no tengo la sensación de haber aprendido de él cosas concretas, del tipo «cómo hacer este cálculo», sino las de verdad importantes: cuál es la ciencia verdadera y cómo debe hacerla un buen científico. No cuestiones pragmáticas, sino otras, si quieres, más filosóficas. Él era un hombre que amaba la física y creo que lo que realmente me enseñó fue esa actitud.

¿Y cómo fue que terminaste trabajando en Múnich, en lugar de Rusia?

Ah, bueno. En fin, ya sabes que la Unión Soviética se desintegró, pero seguíamos teniendo que comer todos los días, así que empecé a buscar dónde podía ganar algún dinero. En esa época no era tan sencillo encontrar una fuente de ingresos, ni siquiera para comprar comida, ¿sabes? Una opción era robarlo, todo el mundo robaba en la Unión Soviética. Pero no era robar de la manera trivial, como tú lo entiendes, sino robar del Estado. El Estado se estaba desintegrando y se lo estaban dividiendo entre unos pocos. ¿Y qué pasaba con la ciencia entre tanto? Pues que te podías olvidar de ella. Como sabes, cuando una sociedad pasa momentos difíciles el Gobierno tiende a asfixiar a la ciencia.

Sí, eso es lo que ha pasado en España con esta crisis en la que estamos ahora.

Claro, pero la gente de los Gobiernos debería entender que no puede ahorrar excesivamente a costa de la ciencia, porque si logran destruir su propio tejido científico les va a ser imposible recuperarlo, independientemente de cuánto dinero inviertan. Porque no todo en este mundo es dinero, y hay cosas que por mucho dinero que tengas no puedes comprar. Por ejemplo, la salud, como todo el mundo sabe.

Totalmente de acuerdo. Bueno, alguien me dijo que hay una pregunta de física que no puedo dejar de hacerte: hay dos grandes misterios encerrados en esto de la formación de estructuras. Uno es la transición de lo cuántico a lo clásico, de la que ya hemos hablado, y el otro es lo que se llama reheating, el momento en que en el universo posinflación, que estaba frío y vacío, aparecieron las partículas que conocemos. Así que, ¿de dónde vinieron todas estas partículas que después recibirían la información de las fluctuaciones cuánticas?

Bueno, mira… no sé quién te ha dicho que me preguntes eso [risas]. Hay muchas explicaciones sobre cómo apareció la materia. Desgraciadamente, cuando uno tiene demasiadas explicaciones para algo suele querer decir que no tiene la buena. Por otro lado, este reheating ocurrió en un universo tan temprano y a tan altas temperaturas que parece imposible que vayamos a poder verlo en un experimento. Pero sabemos que lo que quiera que ocurriese fue un proceso microscópico, regido por algún tipo de física de partículas, y eso marca una gran diferencia con la teoría de las fluctuaciones cuánticas, que es un proceso gravitatorio, descrito por la relatividad general. Para entender el primero tienes que conocer las interacciones que están en juego a esas altas temperaturas, mientras que para el segundo te vale la misma teoría que usas para describir las galaxias. De hecho, las fluctuaciones cuánticas empiezan siendo muy pequeñas, pero justo después de terminar la inflación son enormes, gigantescas. Son tan grandes que ni siquiera un rayo de luz puede recorrerlas de parte a parte, o, mejor dicho, a la luz le iba a costar mucho más llegar de parte a parte de uno de estos embriones que el tiempo que llevaba existiendo el universo. Y, como sabes, nada puede moverse más rápido que la luz, así que esto significa que las diferentes partes de los embriones no podían comunicarse entre sí, estaban desconectadas.

Otra manera de verlo es pensar que los embriones, después de la inflación, habían crecido tanto que eran más grandes que el universo observable, y que cualquier cosa que ocurriera en este era de un tamaño ridículo en comparación con ellos. Para referirnos a esta situación decimos que los embriones quedaron «congelados» justo después de la inflación. En ese momento es cuando se produjo el reheating, y los embriones no se enteraron de nada, no queda en ellos ninguna pista de cómo sucedió o quién fue el responsable. Pero ya sabes, a medida que el tiempo pasa la luz va recorriendo regiones cada vez más grandes, y en un momento dado ha pasado tiempo suficiente para que un rayo de luz llegue de lado a lado de un embrión. Entonces decimos que «vuelve a entrar en el universo», se descongelan y empiezan a evolucionar e interaccionar. Los embriones que vemos en el fondo cósmico de microondas, aunque se crearon cuando el universo tenía apenas fracciones de fracciones de segundo, permanecieron trescientos mil años congelados hasta que volvieron a entrar y dejaron su impronta en el universo de esa época.

Esto me parece fascinante, porque las fluctuaciones se originaron en esta época tan temprana, cuando probablemente no existía aún la materia ordinaria, se pasan un tiempo en el congelador y, al final, terminan transmitiéndose a la materia que se ha creado por en medio. Así que estamos viendo unas fluctuaciones que no se originan en la materia, pero las observamos en la materia.

Es verdad que las vemos en la materia, pero lo que estamos viendo realmente es el campo gravitatorio que afecta a esa materia, y hasta cierto punto es irrelevante de qué se compone esa materia. Pero como te he dicho, tal y como yo lo veo hay muchas teorías para explicar cómo apareció toda esa materia, te podría escribir ahora mismo un lagrangiano o dos. La cuestión aquí no es la falta de explicaciones, sino el exceso de ellas. Es como este escritor ruso, Alexander Griboyédov, que escribió una obra de teatro muy buena y también una buena pieza musical. Un día uno de sus criados le dijo: «Tiene usted demasiadas opiniones. Cuando uno tiene tantas opiniones es que realmente no tiene opinión».

Estructuras a partir del vacío cuántico

El universo a gran escala se compone de galaxias y nubes de gas. Estas se agrupan en cúmulos, y después en supercúmulos y densos filamentos como los que vemos en la imagen de arriba. El fondo cósmico de microondas nos revela que esas estructuras surgieron de regiones más densas y menos densas en la nube de gas primordial. Pero ¿cómo se formaron, a su vez, esas regiones? A fuerza de hacer preguntas, como Tomás de Aquino, nos remontamos más y más atrás en la vida del universo. Los trabajos de Mujánov, Hawking y otros a principios de los años ochenta nos proporcionaron un mecanismo científico para llegar hasta el fondo de la cuestión.

La idea fundamental es paradójica: el molde para dar forma a las estructuras nos lo pudo dar… el vacío. La física cuántica nos enseña que el vacío es un estado físico: no es solo la ausencia de partículas, sino el estado en el que está la realidad cuando no hay partículas. Como tal estado, almacena energía, y esta energía se puede medir y tiene efectos físicos que hemos observado en el laboratorio. Sin embargo, el vacío distribuye su energía de forma irregular en el espacio: acumula más en algunas zonas, de forma aleatoria, mientras que en otras hay un déficit. A esta disposición aleatoria, que cambia continuamente, la llamamos fluctuaciones del vacío. Cuando simulamos las fluctuaciones en un ordenador el resultado no es tan diferente a lo que observamos en el fondo cósmico de microondas. ¿Podrían ambos fenómenos estar relacionados? En principio no parece probable, porque uno y otro se diferencian por un importante detalle: las regiones del fondo cósmico miden millones de años luz y las regiones que crea el vacío son microscópicas. ¿Hay alguna manera de hacer crecer estas microrregiones que el vacío cuántico nos regala?

Desde luego que la hay: la inflación, que al principio de la vida del universo transformó objetos minúsculos en cosas gigantescas. Así que la secuencia de los hechos debería ser la siguiente: al inicio del universo, antes de la inflación, no sabemos qué partículas habría, pero fueran las que fuesen también tenían un vacío. Este vacío también creaba zonas microscópicas con un poco más de energía y otras con una ligera carencia. Estas zonas, a su vez, creaban un microcampo gravitatorio: donde había más energía el campo era un poco más intenso, donde había menos era un poco más débil. Entonces, de repente, llegó la inflación: las partículas, el vacío y lo que quiera que allá hubiera fue arrastrado por la expansión del espacio-tiempo y dispersado a lo largo de miles de millones de años luz. Los pequeños campos gravitatorios creados por el vacío también fueron agrandados, hasta darles un tamaño mayor que el de una galaxia. Eran campos extremadamente débiles, pero estaban ahí.

Durante un tiempo el universo no se entera de nada de todo esto: la inflación cesa, las partículas de la materia que conocemos aparecen no sabemos muy bien cómo, y llenan el universo. Y entonces, de repente, se dan cuenta de que hay un montón de campos gravitatorios distribuidos por el espacio: son los que el vacío y la inflación les han regalado. Obedientes, las partículas se van moviendo hacia donde el campo gravitatorio es más intenso, y esas zonas empiezan a acumular materia, aunque muy poco a poco porque son campos muy débiles. El tiempo pasa, se forman los átomos de hidrógeno y hay un gran fogonazo: ha llegado el fondo cósmico de microondas, y en él vemos un retrato fiel de lo que había en el universo: una nube de materia bastante homogénea, pero en algunas regiones se acumula un poco más de materia y están un poco más calientes. El escenario ya está dispuesto para el drama. El resto, como suele decirse, es historia.

Una cosa que he aprendido en nuestra conversación de hoy es esta idea de que la relatividad general de Einstein es una teoría de largo alcance, que sirve para describir cúmulos de galaxias, pero también puede llevarnos hasta el inicio del universo. Nunca lo había pensado de esa manera.

Pues así es. Creo que la cosmología nos ha demostrado que la mecánica cuántica y la relatividad general están presentes desde una escala de 10-27 cm, que es una distancia increíblemente pequeña, billones de veces menor que un átomo, hasta una escala mucho mayor que la de las galaxias, comparable al tamaño del universo. De hecho, con estas medidas de las «inhomogeneidades» en el fondo cósmico de microondas lo que estamos haciendo es examinar experimentalmente la validez de relatividad general + mecánica cuántica en un rango de distancias y energías mucho mayor que el que hemos observado para ninguna otra teoría.

Qué irónico, ¿no? Podemos examinar la gravedad y la mecánica cuántica en un rango de escalas descabelladamente grande, pero, sin embargo, seguimos sin poder diseñar una teoría aceptable de gravedad cuántica.

No, cuidado: no tenemos una teoría de lo que llamamos «gravedad cuántica no perturbativa», pero cuando tú «cuantizas» estas fluctuaciones del campo gravitatorio que luego darán lugar a los embriones de las galaxias eso también es hacer gravedad cuántica. Es verdad que es el régimen más simple de gravedad cuántica, pero en cierta manera es también el más útil, porque nos permite explicar el universo en que vivimos. La gravedad cuántica que todavía no tenemos es la que nos permitiría explicar, por ejemplo, qué ocurre en el centro de los agujeros negros, pero esa pregunta no es tan interesante en términos prácticos porque nadie va a viajar hasta un agujero negro para medir qué ocurre en su centro. Otra cosa que tampoco podemos responder es, si tuviéramos un agujero negro que se está evaporando, emitiendo radiación como Hawking predijo, cuál sería el destino final de ese agujero negro. ¿Se evaporará completamente? ¿Dejará un remanente, un objeto compacto pero estable? Todas estas preguntas, que son preguntas sensatas aunque sean hipotéticas, no sabemos responderlas. Pero si nos atenemos a las cosas que podemos observar y medir creo que tenemos respuesta para prácticamente todas las preguntas de gravedad cuántica perturbativa. Así que cuando la gente habla sobre gravedad cuántica creo que deberían pensar para qué la necesitan, porque argumentar que las teorías deberían ser internamente consistentes normalmente no será suficiente. La física siempre tiene, en un lugar o en otro, huecos, aspectos que la teoría no explica, y eso la convierte en mucho más interesante. La manera de llenar esos huecos es hacer experimentos, porque ninguna teoría puede llenarlos basándose solo en el rigor matemático.

En fin, estamos terminando y hemos estado todo este rato hablando de cosas que hiciste hace treinta y cinco años. ¿Qué has estado haciendo en los últimos tiempos?

Pues muchas cosas interesantes. Después de estos trabajos de los que hemos hablado pasé un tiempo desarrollando la teoría que se deducía de ellos. Lógicamente, cuando eres el primero que hace un cálculo luego tienes que explorar todo tipo de posibilidades que emergen de él. Dediqué un tiempo, por ejemplo, a comprobar que la teoría es autoconsistente. También trabajé durante unos tres años en la interpretación de many worlds de la mecánica cuántica, de la que hemos hablado antes. En el año 85 estuve pensando en pasarme a la computación cuántica, pero al final la cosa no terminó de cuajar. Actualmente me estoy concentrando en los aspectos más matemáticos de las teorías: he trabajado en la geometría no conmutativa de Ali Chamseddine y Alain Connes, por ejemplo. Siempre hay cosas interesantes que hacer en física. No es bueno que toda la comunidad se ponga a correr como loca en una sola dirección. Las mejores cosas las terminas encontrando en los sitios a los que nadie quiere ir. Has de ser original, ese es el secreto. En cierto sentido la física teórica es como la pintura: no solo consiste en encontrar tu propio estilo, sino en encontrar uno que sea útil. Y también has de estar pensando todo el tiempo en cómo cambiar tu estilo. En pintura no hay muchos Picasso Goya, que puedan ir de un extremo al otro de su arte. También en esto la buena física teórica es como la buena pintura.


Nota:

[1] Mujánov está pensando en que antes de la teoría cuántica los físicos se imaginaban los electrones como bolitas de masa con carga, y los átomos como pequeños sistemas planetarios en que esas bolitas giraban alrededor del núcleo debido a la fuerza eléctrica. Pero el electromagnetismo de Maxwell, conocido desde el siglo XIX, dejaba bien a las claras que una carga que gira ha de emitir radiación. Es el principio que hay detrás de las antenas: electrones que se mueven arriba y abajo y que emiten ondas de radio. Los átomos, si fuesen sistemas planetarios, no serían otra cosa que una antena muy pequeña, y los electrones deberían emitir radiación, perder velocidad y estrellarse contra el núcleo. En definitiva, según el electromagnetismo los átomos no deberían existir. La mecánica cuántica resolvió esta contradicción cuando nos descubrió que los electrones no son esferas que giran, sino nubes de carga que están abrazando al núcleo desde todas las direcciones, sin necesidad de movimiento.


Oído relativo

Albert Einstein, 1929. Foto: Cordon.

Albert Einstein nació en 1879. Su ciudad natal, Ulm, todavía subsiste, pero estuvo a punto de desaparecer varias veces, por acciones humanas o sucesos naturales. En el dialecto regional, «Ulm» significa ‘capital del imperio de la niebla’, y es una ciudad neblinosa, textil y protestante del sur alemán. Muchos años después, Einstein se hizo famoso por su claridad, el desinterés por la indumentaria (parece cierto el rumor de que su ropero estaba lleno de trajes idénticos) y su judaísmo agnóstico. También por la relatividad, que, en muchos sentidos, dejó de ser una teoría para convertirse en un icono ambiguo.

Ulm es pequeña y lo era más en el siglo XIX, pero ya contaba con una catedral cuya torre es aún la mayor del planeta. De ese cruce de ríos, uno de los pueblos más inundables del planeta, salieron mucho antes dos conquistadores de América que resultaron célebres en su tiempo: Ambrose Ehinger, fundador de la primera Maracaibo (o Neu-Nürnberg) en 1529, y Nikolaus Federmann, quien seis años después trasladó esa población hasta la Guajira colombiana y le cambió el nombre. Antes de pasar los quince meses, Einstein ya se había mudado de ciudad.

Cuando Einstein cumplió seis años, su madre, Pauline Koch, comenzó a enseñarle piano. Albert lo hacía con cierto tino y bastante desgana hasta que escuchó una sonata para violín y pidió cambiar de instrumento. Era de Mozart; probablemente, la número 26, en si bemol mayor. A los trece años dejó los estudios formales de música para siempre, pero siguió tocando hasta su vejez en todas las oportunidades que tuvo. Cuando ya no pudo hacerlo porque la artrosis comenzó a dificultarle la coordinación de la mano izquierda, miraba a Lina, el apodo que puso a cada violín de los muchos que poseyó, con cariño y nostalgia. A él (a ella) le atribuía «la mayor parte» de la alegría que le había dado la vida. Era raro que viajase sin su instrumento y Elsa, su segunda esposa y primera prima, juraba haberse enamorado de Albert luego de escuchar su música, no sus ideas. Su amigo y médico János Flesch lo consideraba un ejecutante más apasionado que técnico. Otro amigo, también otro Flesch, pero Károly (Carl) de nombre, un violinista dotado, fue el ejecutante de la sonata (otra vez la número 26) que circula de cuando en cuando por internet atribuida falsamente a los dedos de Einstein, que tocaba en público, pero nunca —hasta lo que se sabe— fue grabado. Sí se conoce que tenía ciertas dificultades para seguir el ritmo y para afinar. Es famosa la anécdota que el virtuoso Fritz Kreisler repitió hasta el cansancio: cuando intentó tocar un cuarteto con él, Einstein entraba tarde a su parte una y otra vez, hasta que el músico le espetó al físico: «¿Qué le pasa, profesor, no sabe contar?». En cuanto a la afinación, está claro que Einstein no tenía oído absoluto.

El oído absoluto es una capacidad que posee una de cada diez mil personas (lo cual parece muy raro, pero menos si se considera que, en la primera mitad del siglo XX, circulaba la idea de que solo doce personas en el mundo comprendían la Teoría General de la Relatividad, contando a su autor). Ese individuo puede identificar una nota musical con precisión sin ayudas externas, o cantarla; reconocer en qué tonalidad está escrita una pieza, o tocarla sin partitura; detectar en cuál de sus acepciones un músico es el ejecutante de una obra y algunas cosas más relacionadas con el sonido. Aunque hoy se cree que el oído absoluto es una competencia lingüística más que musical, e incluso que los niños suelen tenerla y luego la pierden si no se cultiva.  

El oído absoluto no parece servir de mucho si uno no es músico. De hecho, puede resultar una molestia: el conjunto de piezas musicales disfrutables se reduce de manera significativa, pero también los tonos de voz no desagradables, las bocinas de los autos que pueden tolerarse mejor y los ruidos soportables de elementos que pueblan la cotidianidad (teléfonos, hornos eléctricos, timbres, alarmas). Salvo que uno sea parte de una comunidad que se comunica con alguno de los dialectos de Asia oriental o África occidental que necesitan distinciones sutiles de altura para diferenciar palabras o sentidos (por cierto, aquel número de una persona con oído absoluto de cada diez mil se relativiza al contabilizar a la población china). La situación es comparable a la de un corredor de autos detrás de una fila de conductores domingueros, a la de un sibarita obligado a comer en el restaurante de un cocinero de la televisión o a la de un perfumista en el transporte público una tarde de verano.

Si Einstein no tenía oído absoluto, quien lo llevó al violín seguramente sí (aun sin saberlo con precisión científica, por una cuestión histórica). Leopold Mozart, padre de Wolfgang (que tomó el Amadeus al latinizar su tercer nombre, Theophilus, de origen griego, aunque su padre prefería la versión germánica, Gottlieb), era un tratadista, compositor modesto, profesor experimentado y vicedirector musical (nunca ascendido) de la corte del arzobispo de Salzburgo. Cuando detectó la habilidad de su hijo más pequeño, no dudó en llevarlo de gira por Europa y alimentar su fama con recitales, pero también con pruebas de espíritu circense. Las crónicas de la época retrataban con frecuencia a Wolfgang como un niño que identificaba notas a ciegas a partir del sonido de instrumentos, campanas, voces o relojes. Leopold se encargaba de ensalzar los prodigios de su niño publicando avisos y «cartas anónimas» en los periódicos de más circulación: en los que ostentaban prestigio en el mundo culto, como el Augsburgischer Intelligenz-Zettel bávaro, pero también en los más radicales, como la Gazette d’Utrecht, publicación opositora que tenía gran predicamento entre los refugiados franceses en Holanda. A esas alturas, Wolfgang ya había sufrido de erupciones cutáneas persistentes, viruela, fiebre tifoidea, fiebre reumática, infecciones respiratorias reiteradas, tal vez sarcoidosis y hepatitis, pero, sobre todo, de incomodidad cada vez que un colega, necesariamente mayor, erraba la nota perfecta.


Las cinco heridas

Narciso (detalle), de Caravaggio, 1597-1599.

Cuando llevábamos más de dos mil años contemplando la tragedia edípica desde la engañosa seguridad de la platea, Freud proclamó que todos somos Edipo, enamorados de nuestra madre y abocados a matar (simbólicamente) al padre-rey; la terrible anagnórisis saltó del escenario y se apoderó de los espectadores. Y unos años antes Darwin había demostrado que ese rey-padre no era de origen divino, sino simiesco, por lo que el parricidio simbólico ni siquiera tenía la grandeza de un magnicidio, sino que era un mero ajuste de cuentas con el macho dominante de la manada. Y, por si fuera poca tanta humillación, Copérnico y Galileo habían redescubierto que nuestra madre Tierra no era la reina del universo en su trono inamovible, sino una cortesana más del séquito solar.

Estas tres anagnórisis colectivas, que Freud denominó «heridas narcisistas», cambiaron drásticamente nuestra visión del mundo y de la propia naturaleza humana. No somos el centro del universo ni los reyes de la creación, y nuestras decisiones aparentemente libres están determinadas en buena medida por mecanismos inconscientes que no solo no controlamos, sino que ni siquiera conocemos.

No sabemos si Freud llegaría a darse cuenta de que a principios del siglo XX la humanidad sufrió una cuarta herida narcisista comparable a las tres anteriores, y en cierto modo aún más profunda. Tuvo tiempo de sobra (murió en 1939), pero tal vez le faltaran la disposición mental y los conocimientos necesarios para identificar los síntomas de esa cuarta herida. De hecho, muchos no han comprendido todavía, cien años después, que la revolución cuántica/relativista, a la vez que puso en nuestras manos un extraordinario poder, nos enfrentó a una insospechada impotencia intelectual. Einstein, que solía decir: «Si no puedo dibujarlo, no lo entiendo», nos ha legado, paradójicamente, un mapa del mundo indibujable.

El nuevo modelo de la realidad que se desprende de la relatividad y de la mecánica cuántica es de una precisión maravillosa y de una operatividad sin precedentes; pero a la vez resulta intrínsecamente incomprensible, inaccesible a la imaginación; más aún, ofensivamente contrario a la intuición. El espacio y el tiempo son nuestros referentes más básicos e inmediatos, el substrato de nuestras percepciones (es decir, de nuestra existencia misma, como ya lo comprendió Berkeley cuando dijo que ser es percibir). Y la relatividad demuestra que los dos absolutos newtonianos, los dos pilares de la realidad, no solo no son absolutos, sino que ni siquiera son dos: forman una sola entidad indivisible y maleable, un inconcebible espacio-tiempo que se estira y se dobla como una membrana de goma tetradimensional. Y, por si esto fuera poco, la mecánica cuántica añade que las inexorables cadenas de causas y efectos que hacen del mundo un lugar ordenado y predecible, no son más que la superficial apariencia macrofísica de un inconcebible microcosmos donde reina el azar.

Y aún hay que sumar a la lista una quinta herida, infligida en el corazón mismo de nuestra racionalidad por los teoremas de Gödel, que introdujeron en el aparentemente imperturbable campo de la lógica el concepto de indecidibilidad. No solo no controlamos plenamente la escurridiza realidad exterior ni el oscuro mundo interior, sino ni siquiera nuestros propios constructos mentales: como demostró Gödel en 1931, no podemos construir sistemas lógicos de una cierta complejidad que sean a la vez consistentes y completos, pues siempre habrá proposiciones indecidibles, es decir, de las que no podremos decir —en el marco axiomático del sistema— si son ciertas o falsas.

La conocida sentencia nietzscheana «lo que no me aniquila me hace más fuerte» es una regla con muchas excepciones; pero en este caso no podría ser más certera: las cinco heridas narcisistas han demolido nuestra simplista visión del mundo y nuestro trono de autoproclamados reyes de la creación; pero han afilado extraordinariamente, al frotarla sin miramientos contra la áspera realidad, nuestra herramienta más poderosa: el pensamiento racional. En singular, puesto que es uno y el mismo para todos.

El único pensamiento

A quienes sostenemos que, en esencia, no hay más que un método científico, a veces se nos acusa de caer en una variante cientificista del «pensamiento único», que es la equívoca manera en que se suele aludir al discurso dominante. Equívoca porque, en puridad, la expresión «pensamiento único» es un mero pleonasmo: el pensamiento, literalmente entendido como la potencia y el acto de pensar, como la herramienta y la tarea cognoscitiva de los seres racionales, es básicamente único.

Por eso, cuando su objeto está bien definido y claramente delimitado, el resultado del pensamiento también es único: solo hay una física, plenamente aceptada por todos los científicos del mundo, por más que los especialistas puedan discutir sobre determinadas cuestiones cosmológicas aún por dilucidar o sobre ciertos detalles e implicaciones de la mecánica cuántica; y aunque se suele hablar de distintas geometrías en apariencia incompatibles (la euclídea y las no euclídeas), no son más que ramas divergentes, pero de ningún modo contradictorias sino complementarias, de un mismo tronco matemático.

En terrenos más imprecisos (por ser menos accesibles a la observación directa y la experimentación sistemática) que las disciplinas científicas propiamente dichas, es lógico y deseable que haya distintas escuelas y teorías; pero la forma correcta de razonar sigue siendo una y la misma para todos, por más que se empeñen posmodernos, «nuevos filósofos» y relativistas de toda índole en romper la unidad —en el doble sentido de unión y unicidad— del pensamiento.

No se le puede negar al relativismo cultural el mérito de haber impugnado el eurocentrismo que durante siglos ha dominado la cultura occidental. Y las críticas posmodernas a los «metarrelatos» —los discursos supuestamente totalizadores, que pretenden ofrecer una visión completa del mundo en función de una única teoría— fueron y siguen siendo necesarias. Pero algunos relativistas y posmodernos, en su desmedido —y a menudo tendencioso— afán de renovación y limpieza, han tirado al bebé junto con el agua de la bañera.

Mediante una tramposa metonimia, algunos confunden —o quieren hacernos confundir— la deseable multiplicidad de ideas con un desestructurado «pensamiento múltiple» para el que todo vale y nada tiene valor.

Relativizar el relativismo

Quienes ingenuamente creyeron que entre Marx y Freud lo habían explicado todo, se merecían el vapuleo antidogmático de los posmodernos. Pero, en su empeño relativizador, los supuestos cazadores de dogmas acabaron mordiéndose la cola y, en última instancia, autodevorándose. Si todo es relativo, también lo es el relativismo, luego no todo es relativo…

Una de las más conocidas manifestaciones —o formulaciones— de la Weltanschauung posmoderna es el «pensamiento débil» propugnado por el filósofo italiano Gianni Vattimo. La fórmula es atractiva y despierta nuestras simpatías, nuestra tendencia a ponernos al lado del débil frente al fuerte, al que automáticamente identificamos con la prepotencia y la agresión. Pero no hay que confundir la fuerza, que es la capacidad de mover o modificar algo, con el abuso de dicha capacidad. De hecho, el pensamiento más «fuerte» en sentido literal (es decir, el más operativo) del que disponemos es el pensamiento científico, que es a la vez el menos impositivo, el menos dogmático; la ciencia no pretende enunciar verdades absolutas y definitivas, sino solo conclusiones provisionales; nos propone modelos parciales continuamente sometidos a revisión, y en ello reside su enorme fuerza transformadora. Nada que ver con las teorías sociopolíticas o psicológicas que pretenden explicarlo todo a partir de unos cuantos principios generales o en función de una fórmula lapidaria, teorías que los posmodernos y los relativistas culturales han criticado con sobrada razón.

Con razón, pero, en general, sin medida ni autocrítica, cayendo a menudo en el error contrario: como no es posible explicarlo todo, no se puede explicar nada; como el pensamiento racional no es omnipotente, es impotente; como durante mucho tiempo nos han impuesto formas de pensar rígidas y coercitivas, no hay que aceptar ninguna disciplina mental. La consigna implícita (y a veces explícita: Vattimo lo ha expresado en alguna ocasión con estas mismas palabras) del intelectual posmoderno es: «Quiero poder pensar una cosa y su contraria». Y la fórmula, una vez más, es atractiva, sugiere una envidiable situación de libertad mental absoluta. Pero es la misma libertad vacía —la libertad del vacío— que reclama la paloma de Kant al quejarse de que el aire frena su vuelo.

Porque, en última instancia, ¿qué significa «pensar una cosa y su contraria»? Si nos referimos a contemplar todas las posibilidades y a emparejar cada tesis con su antítesis, no hemos inventado nada nuevo: es la vieja dialéctica de Hegel, directamente inspirada en la viejísima dialéctica de Platón y en el método científico. Y si por «pensar una cosa y su contraria» entendemos pensar a la vez que dos más dos son cuatro y que dos más dos no son cuatro, entonces no estamos diciendo nada, la frase carece de sentido (es un «contrasentido», una mera contradictio in términis); es una fórmula literalmente «insignificante», puesto que no tiene ningún significado operativo, o tan siquiera propositivo.

No es casual la relación de amor-odio (o fascinación-rechazo) que a menudo mantienen los pensadores posmodernos con la ciencia, cuya potencia parecen envidiar a la vez que repudian su rigor. Esta relación contradictoria no es más que un reflejo de las propias contradicciones internas del posmodernismo, y a veces se manifiesta como apropiación indebida de la terminología y los modelos científicos (las burdas divagaciones topológicas de Lacan o la hueca retórica cientificista de Baudrillard son claros ejemplos de ello).

Al igual que los surrealistas (también ellos hijos pródigos de Marx y de Freud), los posmodernos pretenden librarse de todas las ataduras, de todas las reglas; pero, al contrario que los surrealistas, no quieren admitir que eso solo es posible en el inaprensible mundo de los sueños, en un paraíso trivial y regresivo en el que el pensamiento confunde la independencia con la incontinencia y, para poder creerse libre de decirlo todo, acaba por no decir nada.


Enrique Fernández Borja: «Que la ciencia me permita entender que el universo aparece de la nada me quita muchos quebraderos de cabeza sobre quién me mira cuando me toco»

Enrique Fernández Borja (Madrid, 1978) se doctoró en Física por la Universidad de Valencia con una tesis sobre agujeros negros y gravedad cuántica. Ahora desarrolla su labor investigadora en el ámbito de la evolución de las redes complejas. Cordobés de adopción, combina su trabajo en la universidad con la divulgación científica. Es el creador e impulsor del blog Cuentos cuánticos, participa en el podcast Los 3 chanchitos y es el director científico del programa de TVE Órbita Laika. Asimismo es autor de varios libros de divulgación entre los que destacan Un Universo en 174 páginas y Las matemáticas vigilan tu salud.

Entrevistamos a Enrique en el marco de las jornadas sobre el #FuturoImperfecto, en el centro cultural Espai Rambleta, para conversar sobre los últimos hitos en la física como son la detección de las ondas gravitacionales o la reciente fotografía de un agujero negro. Enrique es cercano, divertido y un absoluto enamorado de la ciencia que sabe transmitir la pasión por todo «lo guapo»que nos rodea, incluido el grupo musical Camela.

¿Cuándo y cómo comenzó tu atracción por los agujeros negros?

Desde muy pequeño. Esa es una historia guay porque la primera vez que leí sobre agujeros negros fue en una cosa que se llamaba El libro gordo de Petete. El libro gordo de Petete era una colección de libros a los que mi padre estaba suscrito. Eran revistillas semanales o mensuales, no recuerdo porque era muy pequeño, con las que luego te hacías unos tomos. Básicamente todo lo que soy es por El libro gordo de Petete. Para los que sois jóvenes: El libro gordo de Petete también era un programa de televisión con un pingüino rosa y amarillo que no tenía ningún sentido, pero que era muy listo.

Hace unas semanas se realizó la primera fotografía de un agujero negro. ¿Cómo lo has vivido? ¿Es realmente una fotografía o es un montaje?

Siendo estrictos es una imagen construida con ordenador, pero para mí cualquier cosa que sea coger radiación electromagnética y ponerla en un papel o en una pantalla es una foto. Cuando vi el anuncio se me saltaron las lágrimas igual que se me saltaron las lágrimas cuando dijeron que habían encontrado las ondas gravitacionales, porque son esas cosas por las que siempre apostaba que no se iban a poder hacer y al final pierdo la apuesta contento. Fue muy emocionante, es que estamos haciendo cosas increíbles en los últimos tiempos. Estamos llegando a los límites del conocimiento, estamos empezando a abrir ventanas que no podíamos ni imaginar. Por ejemplo, fotografiar lo que, en principio, no es fotografiable, o que no se puede ver y ahora somos capaces de verlo. Y ahora, también, somos capaces de ver cómo se ondula el espacio-tiempo con esto de las ondas gravitacionales. Eso es maravilloso. Eso es una cosa increíble. Porque todo eso salió de unas ecuacioncitas que a alguien se le ocurrieron, y luego otro alguien dijo «qué pasa si construimos este aparato tan grande para medir este efecto que dice esta ecuación que va a poderse producir», y lo hacemos y lo encontramos. Eso es guay.

Tu tesis la dedicaste precisamente a los agujeros negros y en ella empezamos a ver tu tendencia por llevar la contraria a las modas, también en física. ¿Por qué decides apostar por la gravedad cuántica de bucles en lugar de la teoría de supercuerdas, que es la que molaba?

No lo sé muy bien. Lo que sí recuerdo es que yo quería hacer cosas sobre agujeros negros y gravedad cuántica y eso era lo que me motivaba. Me acuerdo de que en el verano de quinto tenía que decidir qué tesis quería hacer. Lo pasé buscando sobre estos temas en internet y descubrí lo de la gravedad cuántica de lazos. Me moló mucho que fuera una cosa ultradesarrollada de la cual no había oído hablar nada y que estaba en contra o de peleítas con los de supercuerdas, que eran los tíos guais del barrio. Y dije «pues yo quiero hacer eso». Tuve la suerte que quien me iba a dirigir la tesis en aquel momento estaba tan loco como yo. Era Joaquín Oliver, ya fallecido. Este señor era una enciclopedia andante de física y matemática, y me dijo: «Haz lo que quieras». A partir de ahí contacté con gente que trabajaba en ese campo en el extranjero, en México y en Estados Unidos, y me dijeron: «Pues sí, te codirigimos la tesis». Y a partir de ahí la hicimos.

En la temporada 2 de The Big Bang Theory, Leslie, la que era novia de Leonard, se ríe de Sheldon precisamente por él era investigador de supercuerdas. Me gustaría saber tu opinión sobre la serie y sobre todo si los físicos son unos frikis como aparecen en la serie. Porque tú no lo eres, ¿no? 

Se cuenta que hay físicos y físicas que han ligado y de hecho alguno hasta se ha reproducido… hay constancia de ello [risas]. Son estereotipos. Es cierto que en los mundos estos de la física y de las matemáticas y de las cosas ultratécnicas las personas que tienen menos habilidades sociales no encuentran problemas para ser reconocidos. No es raro encontrarte tipos muy raros porque básicamente en estos campos del conocimiento lo que interesa es lo que tiene la gente dentro de la cabeza a nivel intelectual. Que luego tenga más o menos habilidad social solo influye en que puedas hacer más o menos amigos. Hacer amigos en ciencia es muy importante porque no solo tú tienes que ser muy buen,o sino que te tienes que apoyar en otros. Si estás aislado no se puede llegar muy lejos. Tener cualidades que te permiten desarrollarte socialmente bien es importante, pero no es fundamental. En resumen, conozco gente que puede pasar por Sheldon perfectamente.

Hablando precisamente de esto, una de las personas que más te apoyó en tu tesis fue el otro director, José Adolfo de Azcárraga. ¿Cómo te ayudó y qué ha significado para ti? 

José Adolfo fue profesor mío en tercero y me dio física cuántica. Me dio una física cuántica tan acojonante que básicamente cuando llegamos al siguiente curso todo era repetir otra vez lo que nos enseñó. Luego me dio unos métodos matemáticos superavanzados de la muerte donde él es un experto. La historia es que a mí me empezó a dirigir la tesis Joaquín Oliver; despues, tras haber publicado unos cuantos artículos, tuve problemas con la beca y eso significaba para mí abandonar la tesis. Entonces apareció José Adolfo y me dijo: «Vente conmigo, yo te voy a contratar y después buscamos becas». Así que me cambié de director. José Adolfo estaba muy centrado en las supercuerdas y la matemática asociada, con lo que fue una apuesta personal suya permitirme seguir con mi investigación. Lo primero que me hizo fue una cosa simpática. Bueno, ahora me resulta simpática, antes no tanto. Me dijo: «Te tienes que ir al Instituto de Física Teórica de Madrid», que eso es uno de los institutos gordos de física teórica a nivel mundial en supercuerdas. «Y tienes que ir a dar una charla sobre Loop Quantum Gravity»Entonces, me presenté ahí con diecinueve años y delante de los popes de las supercuerdas de España di una charla de Loop Quantum Gravity. Me dieron palos a todos los niveles, pero me sirvió porque aprendí que no hay piedad en esto de la ciencia. Y además eso te curte porque luego cuando vas a los congresos te das cuenta de que van a por ti, muchas veces.

¿Y siendo de Córdoba por qué te fuiste a estudiar física a Valencia?

Porque era un cordobés con ansias de vivir, pero con demasiadas ansias de vivir. Entonces…

Pero la ruta de bacalao se había acabado ya.

Bueno, estaba pegando los últimos estertores, Chimo Bayo ya no era esa figura emblemática que había sido. La cuestión era que yo fui un tipo de adolescencia difícil…

Conocido como el Churruco.

El Churruco [risas]. Vengo del extrarradio de Córdoba y yo ahí era el Churruco. Todo el mundo tenía mote y a mí me decían el Churruco porque estaba todo el día comiendo quicos de Churruca. No tuve que delinquir para adquirir el apodo. Mi travesía universitaria comenzó en Córdoba, empecé haciendo Química. Empecé el primer curso de Química porque en realidad lo que me interesaba era la biología molecular

De hecho te ofrecen una beca en Harvard, ¿no? 

Me ofrecieron una beca, sí. Fue una de esas cosas jodidas que te pasan por no tener ni idea de cómo funciona el mundo. Yo empecé a estudiar biología molecular por mi cuenta desde muy jovencito, y con dieciséis años entré en un laboratorio de biología molecular en la Universidad de Córdoba. Allí ayudaba a hacer experimentos, de hecho trabajé en una cosa que se llamaba mutagénesis. Alguien se fijó en mi potencial y vinieron a entrevistarme. Me ofertaron una beca que me cubría ir a vivir a Harvard y una parte importante de lo que cuesta la matrícula, pero había que pagar otra parte que ahora vendrían a ser unos treinta mil euros.

Cuando llegué a mi casa dijeron: «Pues muy bien todo, pero aquí no hay treinta mil euros anuales para pagar tus estudios». Además, la casa familiar la llevaba sola mi madre porque era y es viuda. Que es una leona, es una mujer increíble, pero claro, me dijeron que no y yo renuncié. Luego con el paso del tiempo me enteré de que había un programa aparte de la beca que te permitía trabajar en la cafetería o donde fuera para poder complementar los costes asociados a los estudios, pero yo no tenía idea. También tengo que decir que en aquella época sabía menos inglés que el que sé ahora y lo que contaban en la carta no me quedaba muy claro. Yo solo vi Harvard y me puse muy nervioso, pero tuve que decir que no.

El rechazo tuvo un efecto rebote en mí, y me puse rebeldón, en plan «el mundo es una mierda y muy injusto». Y me apunté a Química, pero pasaba muchísimo de aquello; aun así aprobé cuatro de las seis y dije «paso de la química, paso de la biología molecular y me voy hacer la otra cosa que me gusta, que es física». Y empecé Física en Córdoba. Duré dos meses en la carrera. Ahora doy clases en Córdoba con los profesores que me aconsejaron que dejara la carrera. Ellos no se acuerdan [risas]. Total, que abandoné los estudios, me puse a trabajar y, claro, me fui al mundo de la noche, como no podía ser de otra manera. Empecé organizando fiestas, despedidas de soltero, de soltera, cabalgatas a los Reyes Magos, etc. No sé cómo, pero en poco tiempo acabé con sesenta personas a mi cargo y yo solo tenía dieciocho años. Aquello era un desquicie. Afortunadamente en aquella época ni fumaba, ni bebía, no consumía drogas, y además no me compré un piso con todo el dinero que estaba ganando. Un día dije: «Pues nada, me voy a ir a estudiar». Llegué a mi casa y le dije a mi madre: «Voy a volver a estudiar, mamá». Le entró la risa y me dijo «sí, sí, haz lo que quieras, cariño, tú ya eres mayor». Por mi trabajo en la noche tenía muchos amigos en Madrid, en Barcelona, en Granada y por supuesto en Córdoba. Así que decidí irme al único sitio donde no conocía nadie: ese sitio era Valencia.

Eso ha cambiado ya.

Eso ha cambiado muchísimo. Pero ahora ya tengo la carrera y el doctorado, por lo que ya puedo salir de fiesta sin preocuparme [risas].

En la Universidad de Córdoba estás ahora con modelos matemáticos.  ¿Cómo se emplean las matemáticas avanzadas en física? 

A mí no me interesa probar teoremas o demostrar que algo existe. Yo quiero emplear herramientas matemáticas para demostrar comportamientos. Entonces, lo que estamos haciendo, o intentando hacer ahora, es estudiar procesos de crecimiento de redes sociales, como por ejemplo, Facebook o Twitter, pero empleando tecnologías o matemáticas que vienen de física cuántica. Es una cosa muy guapa.

Tenemos es un modelo en que asociamos una relación social como que tú me sigas o que yo te siga con que aparezca o desaparezca un tipo de partícula y eso es básicamente lo que hace la teoría cuántica de campo. Con la teoría que estamos desarrollando, y la matemática que estamos empleando, somos capaces de reproducir resultados conocidos. Ahora, además, estamos estudiando cómo se propaga un rumor o una enfermedad también con herramientas de física cuántica. Estamos haciendo cosas muy chulas.

Bueno, tú ya tuviste una época de investigación antes, estuviste en Lyon, pero se truncó. ¿Qué pasó? Y, ¿en qué situación está la ciencia ahora con respecto a aquello que tu viviste? ¿Por qué tuviste que dejar de investigar?

Bueno, tuve que dejar de investigar por razones personales, caí en una depresión. Estaba en el extranjero y había pedido una partida de nacimiento en España porque había perdido la que tenía. Al pedirla desde el extranjero te mandan la extensa con todos los datos porque si la pides desde aquí te dan la corta: con tu nombre, dónde vives y quiénes son tus padres. Pero si te mandan la extensa, claro, con la extensa viene todo. Y viene tanto que cuando abrí el sobre pensé que se habían equivocado; el nombre y apellido no coincidían con el mío. Luego seguí leyendo ya por curiosidad y resulta que me cambiaron el nombre y tal, lo típico. Resulta que había nacido en Madrid en una de las clínicas de sor María. Posiblemente fuera uno de esos niños robados. Intenté hacer un amago de encontrar a mi familia biológica y se negaron. Yo quería saber si tenía hermanos. Total, la movida me costó una depresión y básicamente lo dejé todo. Salí del pozo gracias a la divulgación científica, me refugié ahí.

Vaya historia, y yo que quería que criticaras los recortes… 

También, también [risas].

Siempre se habla de la importancia de conectar la ciencia con la sociedad, pero ¿se valora en la carrera del investigador su capacidad y su trabajo en divulgación de la ciencia en España?

Bueno, en España no, y en Europa tampoco. Cada vez hay más divulgación y está muy bien porque hay que informar a los ciudadanos de lo que se está haciendo en ciencia, y cada vez hay mejores medios y mejores divulgadores y divulgadoras y eso es maravilloso. En los proyectos de investigación te exigen que tengas divulgación. Así que yo creo que sí. Nosotros investigamos con el dinero del contribuyente. Hay que explicarle a la gente qué se hace con ese dinero, que está muy bien que sus impuestos vayan a curar el cáncer o el alzhéimer, pero estudiar ecuaciones hiperbólicas o sobre espacios de operadores no compactos, aunque parezcan cosas intangibles, puede que el día de mañana sea clave precisamente para curar el cáncer o el alzhéimer. A Faraday, cuando le preguntaron para qué servía el electromagnetismo en el Congreso de Inglaterra, contestó: «Bueno, no sé para lo que sirve, pero estoy seguro de que dentro de un año ustedes le podrán un impuesto». Y claro, hoy pagamos el impuesto por la electricidad.

En 2011 empiezas junto a un grupo de amigos imaginarios el blog de cuentos cuánticos para divulgar sobre física, y una de las primeras cuestiones que tratas es la importancia de la ciencia básica.

Sí, el dinero invertido en proyectos como el LHC puede parecer una barbaridad, pero al final esa inversión viene devuelta de forma ampliada. Evidentemente, los países tienen que pagar para ponerlo en funcionamiento, pero en cuanto se empiezan a generar patentes se amortiza la inversión. Imagina la cantidad de gente que tiene que hacerse una tomografía por emisión de positrones (PET). Pues es una tecnología que no sería posible si no hubiéramos invertido antes en dos cosas: en investigación básica, donde un zumbado desarrolla una ecuación en la que se pone de manifiesto que por cada partícula hay otra que se llama antipartícula y que cuando se juntan, se aniquilan y crean la luz. Y luego, otros que han construido aceleradores de partículas que crean esa antimateria o materiales que generan antimateria, que es la materia básica con la que funcionan los PET. Lo que nos inyectan para realizarnos una tomografía es un material que se descompone generando positrones, que son las antipartículas de los electrones. Esos positrones se encuentran con nuestros electrones y se aniquilan y emiten luz. La máquina PET lo que hace es capturar esa luz. Y lo que es más curioso, ese componente que nos inyectan y emite positrones se mete en glucosa. Por eso se pueden detectar cánceres, porque los cánceres están formados por células que consumen mucha glucosa, entonces, si observamos mucha radiación en una zona, es porque puede ser que haya un tumor. Claro, todo eso es guapísimo porque nos ayuda a detectar cánceres muy incipientes, y esto no hubiera podido ser posible si alguien no hubiera ideado un acelerador de partículas en su día.

¿Hay vida tras encontrar el bosón de Higgs y cuál esperas que sea el próximo descubrimiento de la física a la velocidad que vamos?

A la velocidad que vamos, yo espero que se descubra que el neutrino es su propia antipartícula.

¿El descubridor será valenciano o de otro país?

Sí, algún valenciano. Que sea aquí. Aquí hay gente que está involucrada en proyectos muy prometedores que yo espero de verdad que tengan éxito, porque supondría un espaldarazo a la ciencia y la física española de unos niveles inimaginables. Y segundo porque aprenderíamos un montón de cosas. El neutrino es una partícula que básicamente se produce en reacciones nucleares como las que hay en el sol. Cuando se teorizó su existencia se pensaba que, por sus características —es pequeñísima y sin carga—, sería indetectable. Y pasó lo que ya ha pasado en más ocasiones en el campo de la física, que cuando alguien te dice que no se puede hacer, tú acabas construyendo cañones de esa cosa. Hoy en día tenemos cañones de neutrinos que se usan para detectar petróleo. Bolsas de petróleo. Entonces, claro, esa partícula no tiene carga, tiene una masa ínfima y no interacciona básicamente con nada. Nos atraviesan continuamente y no nos enteramos. Así que hay que poner detectores muy grandes con materiales específicos para poder captar sus señales.

Antes comentaba que cada partícula tiene su propia antipartícula. Con los neutrinos podemos tener dos opciones: o que el neutrino y antineutrino son partículas diferentes, que sería muy interesante, u otra cosa mucho más guapa: que sea su propia partícula. Eso generaría un tipo de reacción que se llama doble beta sin neutrinos y es justo lo que van a demostrar unos valencianos. Si observan esa doble beta habrán demostrado experimentalmente que el neutrino es su propia partícula, y eso nos ayudará a entender cosas tan fascinantes como por qué estamos aquí. Me explico: en teoría en el inicio del universo se deberían haber generado tantas partículas como antipartículas. Las partículas y las antipartículas, cuando se encuentran, se funden en radiaciones electromagnéticas, en fotones. Si en el inicio del universo se hubieran creado exactamente las mismas cantidades de partículas y antipartículas no estaríamos aquí porque no quedaría nada para formarnos. El universo solo sería una sopa de fotones. Pero estamos aquí, entonces una de las posibles vías de entender esa asimetría entre la materia y la antimateria es gracias a que el neutrino sea su propia antipartícula.

Esperemos que se consiga.

Ojalá. Y que me inviten a la ceremonia del Nobel

Una de las noticias más comentadas del CERN fue cuando por error adelantaron que habían encontrado un neutrino que viajaba más rápido de la luz. Finalmente no fue así.

Fue un cable roto

¿Existen o pueden existir partículas que viajen más rápido que la luz? ¿Qué son los taquiones?

Si, podrían existir. No hay nada en física que prohíba que algo se mueva a una velocidad superior a la velocidad de la luz. La relatividad especial te dice que la velocidad de la luz tiene que ser la misma para todo el mundo y que si algo tiene masa no puedes acelerarla hasta llegar a la velocidad de la luz. También dice que si algo que se mueve a una velocidad superior a la velocidad de la luz no puedes frenarla hasta llegar a la velocidad de la luz. Es decir, que siempre se tiene que mover por encima. Esas hipotéticas partículas denominadas taquiones podrían existir, pero tienen varios problemas. Lo primero es que algunos observadores verían esas partículas antes de que hubieran salido. O sea, si nosotros construyéramos un cañón de taquiones, alguien podría decir que ha detectado el taquión antes de emitirlo, con lo cual podría decidir no enchufar la maquina y ya tendríamos una paradoja temporal como la de Regreso al futuro. Pero lo peor de todo no es eso. La cuántica postula que los taquiones son inestables. Es decir, se descomponen en otras cosas, y posiblemente no existan los taquiones por razones cuánticas y no por razones relativistas como todo el mundo dice.

Otro hito de la física que además comentaba antes se produjo en 2016, con la detección de la  onda gravitacional que predijo Einstein justo cien años antes. ¿Por qué ha sido tan importante comprobar la existencia de estas ondas?

Porque está guapísimo. Porque vemos ondularse el espacio-tiempo. Porque Einstein dijo «la gravedad no es una fuerza, es la geometría del espacio-tiempo que se adapta al contenido de la energía» y si tú pones mucha energía el espacio-tiempo se curva a su alrededor. Nosotros eso ya lo habíamos visto con lo wue se denominan lentes gravitacionales. En principio, si tú tienes un cuerpo y yo estoy detrás, vosotros no me veríais… a no ser que el espacio esté curvado. En ese caso la luz que yo estoy reflejando sería capaz de abrazar la geometría curva y me veríais, aunque deformado.

Otra de las consecuencias de la relatividad general es que si tienes objetos que están rotando uno alrededor del otro, eso genera ondulaciones en el espacio-tiempo que se mueven como una onda. Y entonces alguien dijo «pues vamos a medirlo». Y han tardado setenta años en conseguirlo. Hemos sido capaces de hacerlo midiendo variaciones de la distancia del orden de diez mil veces menos que el tamaño de un átomo y eso es alucinante que podamos hacerlo.

Pero ahora, claro, esto es como todos los descubrimientos y todo lo que consigue la humanidad. Conseguirlo la primera vez es largo y tedioso. Pero una vez que lo has hecho, ahora descubrimos ondas gravitacionales todos los días. Todos los días hay una nueva. Y eso es maravilloso, eso es guay. Y las ondas gravitacionales tienen una historia muy buena sobre la historia de la ciencia. Einstein dijo: «Las ondas gravitacionales tienen que existir». Y después dijo «las ondas gravitacionales no tienen que existir». Y quiso publicar un artículo en Physical Review sobre la no existencia de las ondas gravitacionales. Uno de los revisores —que no se identifica porque la revisión es un proceso secreto— le dijo que el artículo estaba mal y Einstein, al que nunca le había ocurrido algo así, se enfadó y dijo que jamás volvería a publicar un artículo en esa revista. Poco tiempo después, un tal Robertson coincidió con uno de los estudiantes de Einstein que había colaborado en el artículo y le preguntó sobre lo que estaban estudiando. El chico se lo explicó y al final de la demostración Robertson le dijo «te has fijado aquí en este paso, que a lo mejor si lo haces así…». Y así el estudiante primero y Einstein después se dieron cuenta de que habían cometido un error y acabaron publicando el artículo «Sobre la existencia de ondas gravitacionales». Con el tiempo se averiguó quién fue el revisor que rechazó el artículo de Einstein.

¿Y quién era?

Robertson fue el que le corrigió. Eso es un historión, sí.

Un tema que te apasiona: ¿es lo mismo la nada que el vacío cuántico? ¿Puede surgir materia de la nada?

El vacío es una cosa física. Es una cosa física porque puedes acceder al vacío físicamente. Yo puedo quitar todo esto y dejar la mesa vacía. La mesa sigue existiendo, pero la mesa está vacía. Hay un procedimiento técnico de quitar las cosas. En física, resulta que cuando metes la cuántica, por ejemplo, cuando hablamos de campo electromagnético, el campo electromagnético se entiende que está formado por partículas que se llaman fotones. Si eres capaz de quitar todos los fotones de una región de espacio-tiempo, entonces estás en el vacío del campo. Eso es el vacío y eso se puede estudiar y además tiene propiedades. Tiene tantas propiedades como que si estudiamos el vacío de la interacción fuerte, resulta que nosotros sabemos que estamos compuestos fundamentalmente por protones, neutrones y electrones.

Los protones y los neutrones pesan básicamente lo mismo, tienen la misma masa y tiene una masa 2000 veces superior a la de los electrones. Con lo cual, nuestra masa es la de nuestros protones y de nuestros neutrones. Además, sabemos que los protones y los neutrones están compuestos por tres partículas llamadas quarks. Por cada protón y neutrón tenemos tres quarks. Si sumamos las masas de todos los qarks solo podemos justificar un 10% de la masa del protón o del neutrón. El otro 90%, cuando echas las cuentas, procede de fluctuaciones del vacío cuántico. Es decir, cuando vais por ahí y alguien os dice que estáis más gordos es falso. En realidad, estáis más vacíos. Esa es la lección. Fundamentalmente nosotros somos vacío andante, y es maravilloso.

¿Con lo cual, el vacío no es la nada? Porque el vacío tiene energía aunque sea pequeña.

No. Claro. Puede tener energía o puede interactuar con otras partículas. Si yo lanzo distintas partículas al vacío, eso interacciona con el vacío. De hecho, nosotros hemos sido capaces de perturbar el vacío de una manera que se llama efecto casimir. Este efecto se genera cuando produces un vacío en el que no haya campo electromagnético. Entonces metes dos placas metálicas muy cerquita y puedes observar cómo las placas se juntan, sienten una fuerza de atracción. Eso es que el vacío que hay ahí entre las placas tiene menos intensidad de energía que el que está fuera, que es el que las empuja. Es una cosa increíble. Esto se hace en un laboratorio y se emplea, por ejemplo, para hacer medidas de resistencia eléctrica, de resistividades, de conductividades, cosas de metrología, de precisión.

¿Y qué es la nada? Bueno, pues la nada filosóficamente es quítalo todo. Quita el campo, quita la materia, pero quita también el espacio y el tiempo. Quítalo todo, que no haya nada. Stephen Hawking y Alexander Vilenkin son dos científicos que han trabajado sobre este tema, y han demostrado que la nada es inestable. Que si tú no pones nada, si tú pones en tus ecuaciones cero en campos, energías y demás parámetros, hay una alta probabilidad de que se convierta en algo. Lo hermoso de estos modelos es que no podemos confiar mucho en ellos, solo podemos decir que la matemática está bien, pero no podemos demostrarlo experimentalmente. Pero hay una cosa maravillosa de estos modelos. Es que partiendo de la nada la probabilidad más alta es que se cree un universo que empieza a expandirse exponencialmente muy rápido. Y eso sabemos que es lo que le ha pasado a nuestro universo. ¿Podemos confiar en lo que nos dicen estas ecuaciones? No. Pero a mí me consuela filosóficamente. Que la ciencia me permita entender que el universo aparece de la nada, me quita muchos quebraderos de la cabeza sobre quién me mira cuando me toco.

Eres director científico del programa de ciencia Órbita Laika. ¿Cómo ha sido la experiencia? ¿Y el share

Muy bien. Este año estamos en el promedio de la cadena. También es cierto que este año la productora que hizo las dos primeras temporadas con Ángel Martín ha recuperado el proyecto. La consigna era no llevar a famosos, que el presentador o la presentadora no fuera periodista, humorista, cantante o no sé qué, sino que fuera un divulgador. Esto fue una apuesta arriesgada que aceptó Televisión Española, hay que decirlo. Era muy arriesgado. Y sobre todo había un compromiso total con la formalidad científica de todo lo que se contase en el programa. O sea, una coordinación absoluta entre la dirección artística y científica. Además todos los guiones, antes de enviárselo a los colaboradores, pasaban por el filtro de la cátedra de la cultura científica del País Vasco, que nos decía si estaba todo bien o no. Estamos muy contentos porque está saliendo muy bien, hemos llevado invitadas e invitados, gente científica que está haciendo ciencia en España, cosas muy buenas, cosas muy interesantes. No todo es Harvard, MIT o Kim Collins de Londres.

¿Y por qué recomendarías que viéramos Órbita Laika?

Porque está superguay. Son temas divertidos, son temas monográficos y porque hay distintos colaboradores con distintos tonos y hay que verla porque…

¿Hay una sexóloga?

Sí. Hay una sexóloga. Psicóloga sexóloga. Y se habla de sexo. Pero desde el punto de vista científico. Eso es una actividad humana, por lo tanto se puede estudiar desde el punto de vista de la ciencia.

¿Vivimos en Matrix?

A mí me incomodaría muchísimo vivir en un ordenador de un adolescente extraterrestre que está comiendo ganchitos extraterrestres…

Entonces, ¿no estás a favor de esa hipótesis?

No. Yo no la comparto. Es una idea de Nick Bostrom, filósofo en Oxford, y otros que teorizan con que vivimos en una simulación. Bostrom argumenta que las civilizaciones que sobrepasan un determinado umbral científico adquieren un poder computacional tan alto como para recrear una civilización. Con lo cual, si asumimos cuántas estrellas hay en el universo, cuántos planetas habitables puede haber y cuántas civilizaciones han llegado a ese estadio, es muy probable que haya más civilizaciones simuladas que reales. Por tanto, es mucho más probable que nosotros seamos una civilización simulada.

¿Se puede viajar en el tiempo hacia atrás?

Bueno, no hay nada que lo prohíba. Todavía no hemos aprendido hacerlo. Lo que sí es cierto y tenemos meridianamente claro es que no hay nada que prohíba el viaje hacia atrás en el tiempo… el viaje adelante es muy fácil, es dejarte llevar, es lo que hacemos diariamente. Pero hacia atrás es lo chungo. Hay ya propuestos mecanismos, máquinas o mecanismos físicos que te llevan atrás en el tiempo. Pero os tengo que dar la mala noticia: no vamos a ver nunca jamás a un dinosaurio, ni vamos a matar a Hitler y en la Biblia no pondrá «Y entró Jesúcristo a Jerusalem y había siete mil quinientos sevillanos en la puerta esperándolo». Eso no va ocurrir, porque lo que sí se ha demostrado es que nosotros solo podemos viajar hacia atrás en el tiempo hasta el instante en el que se eche a andar la primera máquina del tiempo. Con lo cual vosotros no podréis matar a vuestro abuelo pero nadie os asegura que no venga un nieto nuestro del futuro a matarnos. Lo que ciertamente me deja intranquilo.

¿Tenemos que hacer caso entonces a los científicos? ¿A los buenos científicos? 

No. Hay que cuestionarlo todo, pero cuestionándolo con conocimiento.

Linus Pauling ganó dos Premios Nobel, uno de ellos como científico, como químico, y tiempo después se empeñaba en defender que la vitamina C curaba los refriados. Creó una moda y todavía hay gente que piensa que eso es cierto, aunque está refutado por la ciencia desde hace mucho tiempo. ¿Cómo diferenciamos una evidencia de una opinión infundada cuando viene de un prestigioso científico?

Pues es muy difícil porque te dicen «un nobel ha dicho». Muy bien, pero al premio nobel ya se le dio su premio, ya está contento, pero ahora ha perdido los papeles. El premio nobel dice tonterías, y no pasa nada, se dice, se reconoce y ya está. El tío sabe mucho de química, de física, de medicina o de lo que tú quieras, pero en este tema en concreto es inútil, no se le hace caso. Yo siempre tengo un criterio de cuándo me tengo que creer algo. Si algo me resulta extremadamente fácil de entender la primera vez que me lo dicen o extremadamente complicado de entender la primera vez que me lo dicen, posiblemente me estén engañando.

A mí me gusta que las cosas estén siempre en el punto intermedio. Para entender ciertas cosas uno tiene que hacer un esfuerzo. Si alguien viene y te dice, «no te preocupes, el cáncer se cura si tomas vitamina C». ¿Esto es fácil de entender? Entonces es falso. Si alguien te dice «no te preocupes, el cáncer se cura porque tú estás conectado mediante entrelazamiento cuántico al campo de fonones de Higgs y eso haciendo una cosmología compacta sobre un espacio de cuatro dimensiones y abrazas un árbol y te curara de cáncer». Eso no es fácil de entender. Entonces es mentira. Si alguien te dice «te voy a inyectar esto que es una puta mierda, que es un veneno, pero te va salvar la vida», ¿eso es difícil de entender? Sí, porque es un veneno pero te va salvar la vida. Pero hay alguien que te dice «todos estos atrás ya han sido salvados con esto». Es la quimioterapia, la quimioterapia es un veneno. Y sí, te deja hecho polvo, pero te salva la vida.

¿Quién divulga mejor la ciencia, periodistas o científicos? Lo que piensas de verdad…

A mí me parece que si el que divulga sabe mucho sobre ciencia entonces divulgará mejor. Los otros podrán comunicarla. Pero divulgarla es «la he entendido, la he trabajado, sé lo que estoy contando por detrás de lo que estoy contando» porque no se puede contar todo, pero cuando hablo de física, que es lo que me mola, por detrás tengo las ecuaciones y procuro no hablar de cosas que no entiendo. Y muchas veces cuando estoy escribiendo el blog o hago vídeos me lleva muchas horas de estudio.

¿Te consideras parte del movimiento escéptico?

Lo dudo. Siendo sinceros, los movimientos escépticos me parecen las chapas ultimate. Son muy chapas. Están todo el día con el escepticismo. Hay otra comunidad que me parece superchapas, la burbuja esta de nutricionistas que ha salido de debajo de las piedras y que me dicen lo que tengo que comer a todas horas. ¡Pues no! Me voy a comer este bocadillo de panceta y después me voy a tomar dos cajas de homeopatía. ¿Por qué? Porque sí. Por chapas.

¿De verdad merece tanta portada y artículos de prensa la homeopatía?

A mí me parece que es una responsabilidad de todo el mundo avisar y explicar qué es la homeopatía sin imponer nada y sin discutir. Me afecta mucho que me metan en hilos en redes sociales con discusiones a las que no tengo nada que aportar y acabo silenciándolas. Además siempre son los mismos argumentos de parte de unos y de otros, y la gente que está convencida de una o de otra cosa tú no les vas a hacer cambiar de opinión.

Lo único que se puede hacer es hablar con las personas que tienen dudas, que no están polarizadas y explicarles que la homeopatía es agua con azúcar. La medicina alternativa que funciona ya tiene un nombre, se llama medicina. Entonces es casi mejor ir al médico cuando uno está enfermo. Y si alguien quiere ir al homeópata, que vaya, que es una buena terapia; en vez de ir a psicólogo, vas al homeópata y punto. El homeópata te cobra porque está una hora contigo y te habla de lo del chacra y lo bonito que es comer melisa por la mañana.

Vamos a ver. Mi madre se levanta por la mañana, se calienta un vaso de agua y le echa un chorreón de limón. ¿Sirve para algo? No. ¿Ella está feliz? Sí. Le voy a decir yo «esto no sirve para nada, mama». Pues no. Yo le compro más limones. Ahora, si mi madre me dice «oye, tengo un cáncer y me lo voy a curar con agua y limón», pues le digo «taschalá, mama, y vámonos al hospital y que te metan lo que tengan que meter». Cuando uno está desesperado acude a cualquier cosa. Y cuando te dicen que no hay esperanza a mí me parece muy razonable que cualquiera se agarre a un clavo ardiendo, a la imposición de manos, o la homeopatía o lo que sea. Y además que somos muchos. Somos más de siete mil millones de personas.

Y una cosa parecida a la homeopatía: ¿es Camela el mejor grupo de todos los tiempos?

Por supuesto. Un tío que con un PT-1 ha montado un imperio. Un PT-1 es un organillo que yo tocaba viendo Petete, un organillo de estos de juguete que hace nino nino, y eso Camela lo ha llevado a la quintaesencia. Y además no solo eso, sino que cuando te paras a escuchar a Camela acabas cantando con Camela, si no te ha pasado algo así tú no has vivido nada. «Sueño contigo. ¿Qué me has dado? Sin tu cariño no me habría enamorado». Esto te llega… [risas].

Y la última pregunta es para tu corazón matemático físico. ¿Qué ecuación te parece más bonita: la de Euler o la de Bekenstein- Hawking?

Por razones de amor, la de Bekenstein-Hawking. La otra es una chorrada de cuatro numeritos. Que los agujeros negros tienen entropía es una cosa alucinante y que además es proporcional al área del horizonte de sucesos eso es increíble porque…

¿Porque es tu tesis?

Bueno, el punto de partida de mi tesis es ese. Y por eso.

Pero también relaciona un montón de constantes… 

Claro, es una puerta. A mí en realidad lo que me parece alucinante es la entropía. Es lo que más me flipa de la física, el concepto y la idea de entropía, pero luego ya aplicado a agujeros negros más todavía. Así que yo elegiría la de Hawking-Bekenstein.


Las tres leyes de la divulgación

The Duel (detalle), de Vsevolod Tarasevich, 1962. Foto: Vsevolod Tarasevich / Cordon Press.

Si existiera una teoría del periodismo científico, sería bien simple: entiende, explica y no aburras. Esas son las tres leyes de la divulgación, simples y nítidas.

Como todo en periodismo, desde luego, esa simplicidad se desvanece en la práctica, cuando lo más importante no es seguir una plantilla prefijada, sino mantener una mente flexible para adaptar esa plantilla a cada caso particular, o incluso descartarla del todo por inadecuada para la ocasión. Pero, antes de cargarnos las leyes, empecemos por echarles un buen vistazo.

Primera ley: entender

Aquí es donde se te debe ir el 90 % del tiempo disponible para escribir una pieza. En esto, el periodismo científico difiere de otros géneros más habituales. Si «alguien ha matado a alguien», como decía Gila, no hay gran cosa que entender, y lo mejor es que te sientes al teclado a detallar los nombres propios, las circunstancias y los calibres de las balas. En ciencia nunca puedes hacer eso: no sabrías ni por dónde empezar tu artículo. Literalmente.

Por ejemplo, imagina que tu material de partida es una investigación titulada On the origins of oxygenic photosynthesis and aerobic respiration in Cyanobacteria («Sobre el origen de la fotosíntesis oxigénica y la respiración aeróbica en las cianobacterias»). Si titulas por ahí tu artículo periodístico, el lector se irá de inmediato a la sección de deportes. Tu primera y principal misión es entender ese material, y entenderlo a fondo. Solo después podrás titular tu pieza: «La transferencia de genes entre especies creó el mundo moderno», como hicimos en la sección de ciencia de El País. Para mí, eso requirió sentarme con los dos codos en la mesa y leer el trabajo técnico con atención, y después preguntar al jefe de la investigación por un punto clave que no quedaba claro en su artículo.

Dicho lo cual, me voy a permitir una pequeña digresión autobiográfica. Fui científico profesional antes que periodista, y justo en la especialidad de genética y biología molecular sobre la que versa esa investigación. Eso me permitió leer y entender el artículo técnico, y formular las preguntas relevantes a sus autores. Siempre he considerado que poder acceder a las fuentes primarias (de papel o de carne) me ha ofrecido una ventaja competitiva como periodista científico. Pero no estoy diciendo que haya que haber sido científico para eso. Yo mismo tengo que tratar muchos temas ajenos a mi especialidad, y he tenido que aprender a entenderlos. El punto no es la titulación académica. Es la formación continua.

Una excelente idea, por ejemplo, es leer los mejores libros científicos. Hay en español dos colecciones de referencia en este campo: Drakontos, de Crítica, y Metatemas, de Tusquets. Otras editoriales más generalistas publican ocasionalmente buenos títulos. Muchos de estos libros están escritos por grandes científicos, y a menudo logran el prodigio de hacerte entender las disciplinas más abstrusas. Estas lecturas darán a tus artículos una virtud muy valiosa: el contexto. Recuerda que, en ciencia, lo importante rara vez ocurrió ayer. Sin el contexto —histórico, teórico, social— el periodismo científico está cojo y ciego. Si te dedicas a esto, debes saber que pasarás el resto de tu vida aprendiendo. A algunos eso nos pone. Piensa si es tu caso antes de tomar ninguna decisión.

Segunda ley: explicar

Lo esencial para explicar algo es entenderlo primero, desde luego. Pero entender no basta. Por fortuna, cabría añadir, porque de lo contrario no haríamos falta los periodistas científicos. Cualquier investigador entiende su objeto de estudio, pero muy pocos saben explicárselo con claridad al público. Ignoro la razón de esto. Por otro lado, todo periodista tiene que explicarse con claridad, pero el periodista científico tiene que ser un maestro en este género.

La decisión más difícil en el momento en que te sientas a escribir es saber a quién te diriges. Cuánto puedes dar por hecho que conoce tu lector. Hasta dónde tienes que bajar para aclarar lo más básico, desarrollar el tema de fondo, ilustrar lo más oscuro. Para los periodistas esto es muy difícil. Tenemos que escribir para un lector imaginario del que lo ignoramos casi todo: si tiene una cultura científica básica, si tiene tiempo para nuestras digresiones, si le importa más el fondo o la forma, si solo está interesado en los elementos noticiosos de última hora. ¿Qué hacemos, entonces?

Vamos a intentar verlo sobre un ejemplo. En 2015 se cumplieron cien años de la relatividad general de Einstein, fundamento de la cosmología moderna y una de las dos patas fundamentales en que se basa la física actual. Mi periódico me pidió una pieza de celebración y me puso en un buen aprieto. Para empezar, un aniversario es el acontecimiento menos periodístico que existe bajo el sol: allí no ha pasado nada, por definición de aniversario. En segundo lugar, la relatividad general es, con la posible excepción de la mecánica cuántica, el asunto científico más difícil de explicar al público. Estrictamente hablando, es imposible explicarla sin manejar las matemáticas avanzadas que la sustentan. Así que decidí tirar por otro lado.

Hay un amplio consenso entre los físicos en que la relatividad general no es solo muy importante, sino también la teoría más bella de la historia de la ciencia. Esta relación entre ciencia y belleza me pareció un buen gancho para atraer la curiosidad del lector, así que titulé la pieza: «La belleza cumple un siglo».

La gran teoría de Einstein sobre la gravedad, el espacio-tiempo y el cosmos llega a los cien años en muy buena forma.

Y he aquí la entradilla:

El científico británico Francis Crick decía que el único filósofo de la historia que ha tenido éxito es Albert Einstein. La boutade pretendía sobre todo irritar a los filósofos, pero también recoge un elemento de asombro —muy común entre los físicos— sobre la forma en que Einstein llegó a formular la relatividad general, su gran teoría sobre la gravedad, el espacio, el tiempo y el cosmos, que cumple ahora cien años. Porque Einstein partió menos de los datos que de la intuición, menos del conocimiento que de la imaginación, y pese a todo llegó a una teoría que no solo se ha mostrado en extremo eficaz y fructífera, sino que se reconoce entre sus colegas como la más bella de la historia de la ciencia.

En cierto sentido, esto es una trampa. Mi entradilla es explicativa, sí, pero no de la relatividad en sí misma, sino del modo insólito en que Einstein llegó a ella, y de las consideraciones estéticas que, en parte, le guiaron. Pero es que el periodismo científico requiere en ocasiones esta clase de trampas, porque tu primera obligación como redactor es que te lean. Si no enganchas de algún modo al lector, todo el resto de tu trabajo será inútil y no hará más que engrosar la nutrida nómina de textos sin lector que flotan virginales por la nube.

La verdadera explicación periodística de la relatividad general está unos párrafos más abajo, y merece la pena leerla para introducir un concepto que será muy importante en tu trabajo:

También por fortuna para el lector, y para este torpe redactor, existe una formulación no matemática de la relatividad general que captura la esencia de esta teoría en una especie de haiku, o poema zen. Se debe al físico John Wheeler y dice así: «La materia le dice al espacio cómo curvarse, el espacio le dice a la materia cómo moverse». El haiku de Wheeler, en efecto, no solo expresa el alma de la relatividad general —una teoría que explica la fuerza gravitatoria en términos puramente geométricos, literalmente como ondulaciones en el tejido del espacio y del tiempo—, sino que también capta buena parte de su calaña: su naturaleza autoconsistente, como el mundo cerrado donde habita una buena novela, sus armonías internas, su brevedad elegante. Su belleza.

El concepto al que me refería es el de la metáfora. El haiku de Wheeler es la mejor metáfora que conozco para explicar al lego la relatividad general. Si te dedicas al periodismo científico, la (buena) metáfora vendrá siempre en tu ayuda. Yo se la robé a Wheeler, pero es muy común que tengas que encontrar tus propias metáforas para inducir en la mente del lector las imágenes adecuadas, basadas en su experiencia cotidiana, para que pueda entender el material. Aquí no hay trucos ni manuales: tendrás que derrochar inteligencia, conocimiento y creatividad para encontrar buenas metáforas. Y repito: lee libros. De ciencia y de los demás.

Tercera ley: no aburras

Habrás oído mil veces que el buen periodismo debe ser riguroso, y el periodismo científico lo debe ser también, faltaría más. Pero no confundamos el rigor con el rigor mortis. En ciencia, ser riguroso es extremadamente fácil: en su versión extrema, te bastaría reproducir los artículos técnicos (papers) relevantes o las declaraciones del científico en cuestión para obtener un rigor del 100 %. Y un índice de lectura del 0 %.

El rigor debe estar dentro de tu cabeza —tienes que haber entendido y metabolizado los datos—, pero no abuses de él en tu artículo. El lector no tiene que repetir tu sufrimiento, ni tiene la culpa de que el trabajo científico esté lleno de números muy largos y sentencias muy herméticas. Tu trabajo consiste en convertir esa espesura en un texto fumable, atractivo y placentero. En un texto periodístico.

No sé si corren buenos tiempos para el periodismo científico, y por tanto no sé si aconsejarte que te metas en este berenjenal. Pero sí hay un consejo que puedo darte: si de verdad te apasiona, adelante con ello. La clave son solo tres leyes, y luego te espera una vida entera, maravillosa, de aprendizaje.


Historias bizarras de cadáveres muy famosos

Albert Einstein. Foto: Cordon.

Cuando Michael Paterniti tuvo por fin un trozo del cerebro de Einstein en sus manos lo primero que pensó fue en comérselo. Literalmente. Los sesos de uno de los científicos más prodigiosos de la historia le recordaron a «unos bocaditos para picar, algún tipo de alimento energético para las figuras del atletismo. O un producto comestible capaz de ofrecer a quien lo consuma la paz mundial, viajes por el espacio y la eternidad».

El escritor había recorrido seis mil cuatrocientos kilómetros en coche y estaba agotado, también un poco harto de su compañero de viaje, Thomas Stoltz Harvey, el médico que más de cuarenta años antes había practicado la autopsia al científico y había decidido extraer su cerebro, sin permiso de nadie, para llevárselo luego a su casa. Junto a Paterniti estaba Evelyn Einstein, oficialmente nieta de Albert, aunque hay quien dice que en realidad era su hija y que había nacido fruto de un romance del físico con una bailarina de Nueva York. A ella, en cambio, al tocar y juguetear con el cerebro de su abuelo —o quizá su padre—, se le ocurrió otra cosa muy distinta. «Podría hacerme un bonito colgante con esto», dijo, y devolvió el cachito esférico, más o menos del tamaño de una pelota de golf, al táper lleno de formol del que lo había sacado.

No menos extraño fue el destino post mortem de Charles Manson, muerto en noviembre de 2017. Su cadáver tuvo que esperar cuatro meses en el depósito a que la justicia tomara una decisión. ¿A quién pertenecía el fiambre? «Es un caso muy raro, parece un circo», comentó el fiscal después de que aparecieran al menos cuatro personas que lo reclamaban: un nieto, dos supuestos hijos y otro supuesto heredero que tenía la costumbre, o el vicio, de cartearse con el asesino en serie más famoso del siglo XX. ¿Y para qué querían el cuerpo? Unos decían que para enterrarlo y otros que lo incinerarían, pero resultaba difícil creerlo. Sobre todo por lo que ocurrió en 2014. Fue entonces cuando se anunció que Manson, de ochenta años, iba a casarse con Elaine Burton, de veintiséis. Ella le visitaba todos los jueves y sábados en la cárcel, cinco horas cada día, y decía cosas tan bonitas como esta sobre su relación: «La gente puede pensar que estoy loca, pero no tienen ni idea. Esto es para lo que yo he nacido».

La historia, sin embargo, dio un giro inesperado. Burton resultó que no estaba tan loca ni tan enamorada. Lo suyo era puro interés y lo que en realidad quería era heredar el cadáver de su prometido tan pronto como muriera y hacerse rica exhibiéndolo. Al novio la idea no le hizo ninguna gracia. Cuentan que él, tan acostumbrado a manipular a los demás, esta vez sintió que «había estado haciendo el tonto». Hubo además otra cosa que le dolió: Manson se creía inmortal y no terminaba de comprender por qué los demás no pensaban lo mismo.

Al final, el premio fue para Jason Freeman, el nieto, que cumplió su palabra e incineró al abuelo. Antes, eso sí, la web TMZ publicó una imagen del criminal en su ataúd y una bonita anécdota final: cuando las personas más cercanas al difunto acudieron a un bosque para esparcir sus cenizas, un golpe de viento hizo que volvieran contra ellos, casi como si el cosmos se las escupiera a la cara o como si el viejo asesino no quisiera marcharse del todo. Quizá aún tuviera ganas de cometer una última travesura.

Einstein y Manson, dos mitos de la cultura popular, símbolo el primero de la inteligencia y el genio, símbolo el segundo del crimen y la maldad. Ambos unidos por un destino común: convertirse en reliquia u objeto de deseo también tras la muerte, en fetiche, mercancía o motivo de oscuras transacciones. Ser expoliados o secuestrados, profanados o exhibidos, según el caso, de la forma más impúdica y en contra de su voluntad. Como Chaplin. Como Elvis. Como Marilyn, Natalie Wood, William Holden o cualquier otro «cliente» de Thomas T. Noguchi, conocido como el forense de las estrellas. Y como si a pesar de los milenios de civilización que soportamos sobre nuestras espaldas y de la gracia que nos hacen, por ejemplo, las viejas reliquias del cristianismo, aún siguiéramos atados al despojo y al culto funerario, a cierta pulsión necrófila. En este sentido, la cultura del espectáculo no habría inventado nada, tan solo habría encontrado un nuevo nicho —nunca la palabra pareció tan apropiada— de mercado, nuevas formas de rentabilizarlo o nuevos ídolos a los que reverenciar. Del brazo incorrupto de la santa a los sesos del premio nobel sin transición posible. Qué maravillosas y patéticas bestias somos. Volvamos ahora a la historia de Einstein y a la de todos los demás.

La autopsia del científico tendría que haberla practicado el doctor Harry Zimmerman, pero le resultó imposible desplazarse desde Nueva York a Princeton, donde estaba el cuerpo. Así que el encargo cayó en Thomas Harvey, patólogo licenciado en Yale que no dudó un segundo al hacer su trabajo: extrajo el cerebro de Einstein y lo pesó —era un poco pequeño: 1225 gramos—, lo fotografió desde todos los ángulos posibles y lo partió en más de doscientos cuarenta cachitos que metió en formol. A pesar de que no tenía la autorización de la familia, llegó a una especie de acuerdo con ellos por el que se comprometió a estudiar el encéfalo y a publicar sus conclusiones. Nunca lo hizo y lo más probable es que fuera porque carecía de la preparación necesaria. Aunque sí envió distintos fragmentos a investigadores que se los solicitaron.

Más difícil de justificar resulta que un buen día decidiera llevarse el cerebro a su casa, motivo por el que acabó siendo despedido. Allí permaneció durante décadas, metido en dos botes de cristal como los que se utilizan para guardar galletas. A veces Harvey los tenía en la cocina, a veces en el sótano y a veces en la repisa del salón. En 1996, Michael Paterniti contactó con él vía el escritor William Burroughs —sí, sí, el de Yonqui y El almuerzo desnudo— que había sido vecino del médico en Kansas. Harvey tenía ya más de ochenta años, había perdido la licencia para ejercer la medicina y trabajaba como operario en una fábrica de plásticos por ocho dólares la hora. El cerebro, eso sí, seguía en perfecto estado de conservación. No lo había vendido ni se había prestado a comerciar con él, a pesar de las múltiples ofertas que recibió y de su precaria situación financiera. No se le resbaló el bote de cristal de las manos y acabó en el suelo, como en la famosa escena de El jovencito Frankestein, o como en efecto ocurrió con los sesos de Walt Whitman en la Universidad de Pensilvania. Y tampoco se lo comió el gato, final que sufrió el corazón del poeta y novelista Thomas Hardy cuando un cirujano lo extrajo para enterrarlo en su pueblo natal mientras el resto del cuerpo se quedaba en la abadía de Westminster.

Harvey se limitó a guardar el cerebro sin más. Y a cometer alguna que otra excentricidad. Como en 1994, cuando un japonés experto en Einstein acudió a visitarle junto a un equipo de televisión. No se le ocurrió otra cosa que sacar los sesos, cortar un trocito sobre la tabla de la cocina, como si fuera una cebolla o una pechuga de pollo, y regalárselo a su exótico visitante. Tal cual. Aunque peor fue lo del otro: esa misma noche, el japonés se fue a un karaoke y acabó cantándole una bonita canción al cachito de sustancia gris que le habían dado. Todo ello frente a las cámaras de la BBC. Quien no lo crea, o quien busque una experiencia realmente friki, puede buscar el vídeo en internet. No le resultará difícil encontrarlo.

Tres años después, Harvey y Paterniti cruzaron todo Estados Unidos con el cerebro para visitar a Evelyn Einstein. Experiencia que Paterniti contó en el libro Viajando con Mr. Albert y por fin, en 1998, el médico decidió devolver la sesera al hospital de Princeton de donde décadas antes se la había llevado.

Los ojos, por cierto, también se extrajeron durante la autopsia y se los quedó Henry Abrams, oftalmólogo del científico. «Quería un recuerdo de él», se justificó, y los guardó en la caja fuerte de un banco.

Charlot en la tienda (1916). Imagen: Mutual Film Corporation.

Lo de Charlie Chaplin, en cambio, no fue nada personal. No hubo admiración, respeto ni cariño. Tampoco curiosidad científica. Se trató de una profanación en toda regla y un secuestro. Roman Wardas y Gantscho Ganev, dos mecánicos en paro, solo buscaban dinero. Pero lo hicieron fatal. Empezando por la elección de su objetivo. «Charlie hubiera pensado que esto es ridículo», dijo Oona O’Neill, la viuda, al enterarse de que unos chalados habían desenterrado el cuerpo de su marido, muerto dos meses antes, y se lo habían llevado. Para devolverlo, exigían seiscientos mil dólares, que ni ella ni nadie en la familia estaba dispuesto a pagar.

Aunque algo había que hacer, sobre todo porque los secuestradores se empeñaron en amenazar de muerte a los hijos pequeños de Chaplin, llamaban a cualquier hora poniendo voces ridículas para que no les identificaran y hasta mandaron una foto con la que pretendían demostrar que ellos en efecto habían robado el fiambre. Tuvo que intervenir la policía suiza, país en el que ocurrieron los hechos y donde el cómico pasó sus últimos años de vida. Empezaron las negociaciones y el regateo, más como una forma de pillarles que otra cosa, y llegaron por fin a una cantidad que a ambas partes le pareció razonable: cien mil dólares. Lástima que los agentes cometieran un error y arrestaran a la persona equivocada cuando se iba a efectuar la entrega.

El despliegue a partir de ahí fue impresionante. Doscientos policías vigilaban todas y cada una de las cabinas cercanas a la espera de que se produjera la siguiente llamada. Fue así como lograron detenerles. Ya solo faltaba recuperar el ataúd con el cadáver, pero habían pasado más de diez semanas y surgió un nuevo contratiempo. El terreno donde Wardas y Ganev lo habían enterrado ahora estaba completamente cubierto por plantas de maíz, lo que provocó varios días de búsqueda y un gran cabreo por parte del propietario de la finca que no terminaba de comprender po rqué tenía él que pagar los platos rotos. Según contó Eugene Chaplin, hijo de cineasta, el lugar elegido por los secuestradores era tan bonito que su madre dijo al verlo: «Es una pena que le hayamos encontrado».

No está tan clara la historia de Elvis. Porque hasta existe una teoría de la conspiración: ¿de verdad intentaron robar su cuerpo o fue una artimaña para que las autoridades permitieran enterrarlo en Graceland? Vayamos a los hechos: en la madrugada del 29 de agosto de 1977, dos semanas después de la muerte del rey del rock, la policía detuvo a tres hombres en el cementerio de Forest Hill, en Memphis. Su idea, supuestamente, era secuestrar el cadáver y pedir diez millones de dólares como rescate, y al peso quizá los hubiera valido, ya que el ataúd, más digno de un faraón que del rey, pasaba de los cuatrocientos kilos. Este pequeño detalle resulta fundamental, ya que los hombres se presentaron sin ningún tipo de grúa o herramienta para llevar a cabo el trabajo. Más raro aún parece que fuera Ronnie Adkins, uno de los detenidos, quien llamó a la policía y a la prensa para informarles por adelantado de sus planes, con lo que les arrestaron nada más entrar en el cementerio. Lo bueno es que no pasaron mucho tiempo entre rejas porque ni les dio tiempo a hacer nada ni había ninguna prueba contra ellos más que el testimonio de Adkins que no parecía tener mucho sentido. Eso sí, después de esa noche, y para evitar disgustos, el padre de Elvis obtuvo la autorización que hasta entonces le habían negado para llevarse el cuerpo de su hijo a Graceland, donde cada año recibe la visita de más de seiscientas cincuenta mil personas.

Al menos Elvis se libró de caer en manos de Thomas T. Noguchi. Ejerció como forense del condado de Los Ángeles entre 1961 y 1982 y se hizo famoso por sus indiscreciones y por el tamaño de su ego, mayor incluso que el de muchas de las estrellas a las que conoció en la sala de autopsias: Robert Kennedy, Janis Joplin, Sharon Tate, John Belushi… Y, la más importante de todas, Marilyn. Lo que escribió sobre su encuentro con ella parece casi una declaración de amor: «Era la primera vez que me sentía afectado por la visión de un difunto sobre la mesa de disección. Los patólogos forenses se habitúan a la muerte. Pero nadie hubiera podido mantenerse impasible ante la hermosa Marilyn Monroe». Palabras que chocan aún más tras ver las fotos que se tomaron al finalizar la autopsia y que, por supuesto, se acabaron filtrando. O tras leer el análisis que realizó de su aparato digestivo y que no vamos a incluir aquí. Quienes estén interesados, encontraran todos los detalles de esta autopsia, y de muchas otras, en Cadáveres exquisitos, el libro que Noguchi publicó después de ser apartado del cargo, entre otros motivos y paradójicamente, por la cantidad de información y detalles que le gustaba dar de sus casos.

El forense se justificaba por el interés público que tenían estas historias, aunque la prensa y quienes trabajaron con él le acusaban de querer ser más famosos aún que los famosísimos difuntos a los que abría en canal. Incluso cuentan que rezaba para que se produjeran grandes catástrofes y accidentes aéreos porque eso le permitiría aparecer más en los medios. Acusaciones ante las que él respondía que se trataba solo de un chiste y que el humor negro era la mejor defensa en un profesión que está siempre en contacto con la tragedia.

La muerte de William Holden, en noviembre de 1981, le puso en el disparadero. «El actor se corta la cabeza al caer borracho, según el informe forense», tituló Los Angeles Times, y todos se volvieron contra Noguchi porque filtró los detalles más truculentos, como la tasa de alcohol en sangre o que el cadáver se había pasado cuatro días tirado en el suelo de su casa sin que nadie le echara de menos ni se preocupara por él. Y en menos de dos semanas, otra muerte aún peor y más escandalosa: la de Natalie Wood. Había también alcohol de por medio y un misterio del que aún hoy se sigue hablando: ¿se cayó sola del barco y se ahogó?, ¿la empujó alguien?, ¿se produjo una discusión antes de la caída? Se desataron todo tipo de rumores y la información que aportó Noguchi —en muchos casos, meras hipótesis—, en lugar de aclararlos, los multiplicó. La Asociación de Actores le acusó de violar la intimidad de la difunta y hasta Frank Sinatra le pidió que se callara. Noguchi, por una vez en su vida cerró la boca, sin imaginar que le quedaba muy poco en el cargo y que pronto iba a perder ese extraño título de forense de las estrellas por el que todos le conocían.

¿Y si la crionización pudiera salvarnos? No confíen demasiado en ello. Y menos aún si de lo que hablamos no es tanto de la posibilidad de descongelarnos para resucitar el día de mañana, como de algo mucho más sencillo: que se respeten los restos mortales del famoso en cuestión y pueda así descansar en paz. El caso de Ted Williams, uno de los mejores jugadores de béisbol de todos los tiempos, empezó mal desde el principio. O sea, desde el momento mismo del final, cuando expiró en julio de 2002. Y eso que él había expresado de forma muy clara su voluntad: quería ser incinerado y que esparcieran sus cenizas en los cayos de Florida donde solía pescar. Pero John Henry, uno de sus tres hijos, fue más rápido que los demás y decidió congelarle. Extrajo también muestras de su ADN con la esperanza de obtener algún tipo de beneficio económico o clonarlo algún día. Bobby-Jo, otra de sus hijas, se opuso y comenzó la batalla legal. Y más grave aún: comenzó el disparate. Lo de menos, en este caso, es si los herederos utilizaron un autógrafo firmado en una servilleta para simular que su padre había expresado unas últimas voluntades distintas de las ya conocidas, como sostienen algunos. Lo más tremendo fue la chapuza y el maltrato que sufrió el cadáver. Según contó Larry Johnson, exempleado de la compañía que se encargó de conservarlo, el cuerpo fue decapitado y tuvo un paradójico destino: la cabeza del mejor bateador de la historia acabó siendo bateada por uno de los técnicos de mantenimiento con una llave inglesa. ¿Cómo? Sigan leyendo porque esto de vuelve cada vez más extraño y más sórdido: al parecer, utilizaban latas de atún como pedestales de las cabezas para evitar que se pegaran al fondo del tanque, y al pobre Williams la lata se le quedó encajada durante el proceso de congelación. El resto, golpetazo incluido, ya se lo pueden imaginar…

Otros ni siquiera esperan a que el famoso haya muerto para empezar con el culto o el expolio de sus despojos y residuos biológicos. Durante años, se rumoreó que la madre de Marilyn Manson había guardado su prepucio después de circuncidarle en la infancia. El músico no solo lo confirmó, sino que fue un paso más lejos y bromeó, o no, con la posibilidad de venderlo algún día si se le tuercen mucho las cosas: «Es una especie de salvavidas arrugado», dijo. A Madonna, por el contrario, no le hizo ninguna gracia cuando en 2017 quisieron subastar objetos suyos tan íntimos como ropa interior usada o un cepillo con algunos pelos. «Es indignante y sumamente ofensivo que mi ADN pueda ser puesto a la venta», argumentó en una demanda. La justicia paralizó la subasta hasta estudiar el caso, pero luego dio luz verde a la operación. Así que ya lo saben, si quieren un recuerdito de la cantante sin necesidad de que pase a mejor vida, pónganse en contacto con la casa de subastas Gotta Have Rock and Roll. Igual aún les queda algo en el almacén.