El hogar de Hemingway en medio de la desolación

El hogar en medio de la desolación de Hemingway
El sello Representa los tres montes de París, Montparnasse, Montmartre y St. Geneviève, así como las tres colinas de Finca Vigía. La punta de flecha es de la tribu Ojibway, radicada al norte de Michigan y Minnesota, donde Hemingway pasó la infancia y parte de su juventud. Las tres barras simbolizan el grado de capitán que ostentaron Hemingway y Mary Welsh durante la Segunda Guerra Mundial, así como el hijo mayor del escritor, John, en el cuerpo de paracaidistas.

«Representa los tres montes de París, Montparnasse, Montmartre y St. Geneviève, así como las tres colinas de Finca Vigía. La punta de flecha es de la tribu Ojibway, radicada al norte de Michigan y Minnesota, donde Hemingway pasó la infancia y parte de su juventud. Las tres barras simbolizan el grado de capitán que ostentaron Hemingway y Mary Welsh durante la Segunda Guerra Mundial, así como el hijo mayor del escritor, John, en el cuerpo de paracaidistas». ]

Los petardazos sacuden las apacibles noches de San Francisco de Paula, a las afueras de La Habana. Ernest Hemingway conduce a un grupo de amigos por entre la maleza de su hacienda, actúan a sus etílicas órdenes como un comando de guerrilleros, armados con bombas fétidas y cañas huecas para lanzar cohetes y otros fuegos artificiales adquiridos en el barrio chino. Apostados en la verja de la propiedad vecina, observan un banquete del adinerado Frank Steinhart, heredero de la Havana Railway Co. —la empresa de tranvías de la ciudad—, con el que Hemingway tenía una disputa territorial. A la señal del escritor lanzan el ataque y salen corriendo de vuelta a la casa. Papa —apodo inmortal en los labios de Marlene Dietrich siempre el último para guardar la retirada y «ver cómo saltaban las copas y platos de los comensales cuando estallaban los petardos o a las señoras excusarse y retirarse cuando el aire traía lo que soltaban las bombas pestilentes. La acción se ponía sabrosa porque Steinhart soltaba sus perros. En una ocasión se enfureció tanto que respondió disparando con una pistola cuatro o cinco veces hacia la casa». La historia aparece en Hemingway en Cuba (Letras Cubanas, 1984) de Norberto Fuentes y es relatada por el español José Luis Herrera Sotolongo, cirujano del ejército republicano que conoció a Ernest en el frente del Jarama y que, tras exiliarse en Cuba, se convirtió en su médico personal y compañero de tragos y aventuras.  

La robusta figura del americano era familiar a los habaneros desde que en 1932 empezara a fondear ocasionalmente en el Hotel Ambos Mundos, pero el anclaje definitivo a la isla llegó en 1940 cuando su tercera mujer, Martha Gellhorn, le convenció para comprar la Finca Vigía por dieciocho mil quinientos dólares de la época. La casa le recordaba a un barco viejo y muchas veces, a la intemperie, en bermudas, botella de scotch y revólver calibre 22 al cinto, se manejaba como un capitán que hubiera de salvar la nave de los huracanes que la azotaban. Llegó a redactar cuadernos de bitácora. «Siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba», le confesó a un amigo, y la finca sería su guarida hasta 1961, cuando un disparo de escopeta en el cielo de la boca acabó con todo en una cabaña de Ketchum (Idaho). Caprichoso, gruñón y tierno como un niño, el peso pesado haría de la isla un patio de recreo donde dar rienda suelta a su violento y desbocado talento, a su sed insaciable, a su ambición infinita por pescar agujas más grandes y escribir más y mejores páginas, unidas por un clip que rezaba «Esto debe ser pagado». «Es divertido tener cincuenta años y sentir que vas a defender el título otra vez. Lo gané en los veinte, lo defendí en los treinta y cuarenta y no me importa en absoluto defenderlo en los cincuenta», dijo a la periodista Lillian Ross, en un perfil publicado por The New Yorker. En la isla acabó Tener y no tener y escribió Por quién doblan las campanas, A través del río y entre los árboles, El viejo y el mar, Islas en el Golfo y París era una fiesta —estas dos últimas publicadas tras su muerte—. En 1954 respondió una llamada desde Estocolmo y, a su decir pugilístico, retuvo el título.

Lillian Ross arrancaba así su pieza: «Ernest Hemingway, que puede muy bien ser el novelista americano vivo más grande y escritor de cuentos, rara vez viene a Nueva York. Pasa la mayor parte del tiempo en una granja, la Finca Vigía, nueve millas a las afueras de La Habana, con su mujer, un servicio doméstico de nueve personas, cincuenta y dos gatos, dieciséis perros, un par de centenares de palomas y tres vacas». A mí me costó dos días visitar la Finca Vigía. El primero, un martes, estaba cerrada y los quince dólares del taxi se fueron en balde. Del segundo tengo un recuerdo borroso, ya han pasado diez años, pero guardo las fotos y un cuaderno en el que anoté lo molestos que eran los vigilantes. Restaurada hace muy poco en una insólita colaboración entre Cuba y Estados Unidos, la casona languidecía entonces bajo el sol caribeño, las maderas y el tejado en muy pobre estado, pero dentro, como si el dueño pudiera llegar en cualquier momento, el decorado de una vida apabullante permanecía intacto: las cabezas de búfalo, impala, órix y kudú en las paredes, las pieles de león y leopardo, la daga nazi con la que decía haber matado a un soldado alemán, los carteles de las corridas, los más de nueve mil libros —los tomos de El Cossío, entre ellos—, el peculiar sello que había diseñado para marcar el ganado, las cartas y la vajilla, los muebles de caoba y las anotaciones de su peso en la pared del baño. Salones blanquísimos que admiré a través de las ventanas por donde un día pasaron Rocky Marciano, Marlene Dietrich, William Faulkner, el torero Ordóñez, Jean Paul Sartre, Gary Cooper o Graham Greene. Hasta su barco, el Pilar, varado en seco a dos pasos de la piscina en la que Ava Gardner se había bañado desnuda y él nadaba ochocientos metros cada mañana. 

«De su padre, que amaba el mundo natural, aprendió a pescar y disparar, y el amor por las dos cosas vino a dar forma a su vida, junto con una tercera, escribir», dice el novelista James Salter, que omite la pasión por el boxeo —a la altura de las otras tres—, a pesar de contar la siguiente anécdota que sucede en el archipiélago de Bimini, al este de la costa de Florida, donde Hemingway pasó largas temporadas entre 1935 y 1937. Es medianoche y el joven Ernest Miller sacude puñetazos contra un atún de aleta azul de doscientos treinta y tres kilos que cuelga en un muelle a la luz de luna y con el que ha peleado durante más de siete horas a bordo de su recién estrenado barco, el Pilar. «Ancho de espalda, con bigote y una sonrisa blanca de forajido, él dominaba al marlin. Los destruía», añade Salter. La corriente del Golfo, la gran masa de agua camino del Atlántico que pasa al norte de la isla, «donde hay la mejor y más abundante pesca que he conocido», fue una de sus fascinaciones, consignada en reportajes y crónicas. Al mando del Pilar, construido en 1934 en unos astilleros neoyorquinos y que empezó a pagar con sus crónicas africanas para Esquire, estaba Gregorio Fuentes o Grigorine, como prefería el escritor. Fuentes había nacido en Lanzarote y conoció a un joven Hemingway en medio de una tormenta frente a las costas americanas. Le pagaba doscientos cincuenta dólares al mes y, en una travesía, se encontraron con un viejo pescador que luchaba por sacar un emperador enorme del agua, devorado en parte por los tiburones, y que rechazó toda ayuda: «Hijos de puta. Váyanse», les decía. Grigorine pasó el resto de su vida en Cojímar, la aldea de pescadores donde ya no estaba el Pilar, contando mil y una anécdotas a cualquier turista que quisiera escucharlo, previo pago de un buen fajo de billetes, como le ocurrió a Christopher Hitchens en su visita al ilustre marinero. Murió en 2002 a los ciento cuatro años. 

«Uno vive en esta isla porque para ir a la ciudad no hace falta más que ponerse los zapatos, porque se puede tapar con papel el timbre del teléfono», dejó en una crónica de 1949 en la que refería otras bondades de Cuba como las peleas de gallos, la fresca brisa matinal, el béisbol —financiaba a dos equipos de chavales de San Francisco de Paula—, la naturaleza exuberante y la tranquilidad material en la que vivía. «Hemingway nunca vio La Habana, aunque él dijera que sí. Pasó por ella como una bala», escribió Guillermo Cabrera Infante. Su silencio público durante el régimen de Batista —a pesar de su odio privado hacia el dictador— y el carácter bronco que gastaba cuando no quería ser molestado le granjearon no pocas enemistades. El escritor cubano Lisandro Otero cuenta que, después de esquivar un puñetazo de Papa en el Floridita, este le invitó a una juerga en la Vigía, con un trío flamenco animando a una multitud de americanos. Otero fue recibido por el anfitrión, pero no aguantó mucho rato allí. Hemingway reculaba muchas veces, pero también se sabía centro de atención, siempre dispuesto a salir con una nueva leyenda para la posteridad y los cubanos, en su tiempo detenido, parecen guardar una memoria intacta para cada una de ellas. En la casa donde pasé mi mes habanero había un retrato del escritor y un vaso de ron blanco junto a él. En la supersticiosa y beata Habana, son pocos los muertos ilustres a los que se les pueda poner un altar. 

La rutina del trago empezaba pronto. En la misma esquina de la barra del Floridita donde ahora se acoda una estatua de bronce, el de carne y hueso tomaba, no muy entrada la mañana, el primero de una docena de daiquirís, a la espera de que el chófer le trajera los periódicos. La escritura, siempre al romper el alba —se vanagloriaba de haber visto todos los amaneceres de su vida—, daba paso a la diversión y esta solía empezar en el Floridita, donde se encontraba con «marineros de la Armada, navegantes, funcionarios de aduanas y del departamento de inmigración, tahúres, diplomáticos, aspirantes a literatos, escritores mejor o peor situados, médicos y cirujanos que han acudido a la capital para asistir a diversos congresos científicos, miembros de la Legión Americana, deportistas, individuos que están mal de dinero, sujetos que serán asesinados dentro de una semana o de un año, agentes del FBI, el gerente del banco donde uno tiene su dinero, algunos tipos estrafalarios y muchos amigos cubanos». Se olvidó de las putas, en especial de la mulata Leopoldina Rodríguez o la Honesta, a la que pagó hasta el entierro. «La bebida no podía ser mejor, ni siquiera parecida, en ninguna parte del mundo» y el culpable era el barman catalán Constantino Ribalaigua o Constante, como le rebautizaron los cubanos. El escritor amaba su pulcritud y su arte y, aunque parece probado que no fue el inventor del daiquirí, juntos crearon uno nuevo, el Special o Hemingway Special que era, como no podía ser de otra forma, con doble ración de ron blanco y nada de azúcar. Antes de volver a San Francisco de Paula para la comida, cargaba en un termo una última ronda de daiquirís, «el trago del camino». Es imposible escapar a la cita del Floridita si uno pasa por La Habana, aunque el lugar está aquejado de la misma nostalgia obscena en la que ha quedado sumida el resto de la ciudad. 

Hemingway abastecía sus propiedades en las bodegas Recalt de la capital, las mismas que visitó de joven, cuando vivía en Key West, y en las que compró seiscientas cajas de coñac que llevó de contrabando hasta el sótano del Sloppy Joe’s, la cantina de su amigo Joe Russell, empeñado en torear la ley seca. Con el dinero de la operación clandestina, Ernest se marchó a viajar por Europa. En la Vigía, el consumo diario de alcohol era elevado, tres o cuatro botellas de whisky si venían amigos de visita, varias botellas de vino en cada comida y un cocktail para cada ritual. La preocupación de Hemingway ante los primeros estragos de la bebida hizo que en su biblioteca empezaran a acumularse libros sobre el hígado y sus enfermedades. Las batallas etílicas también se libraban en el mar. El Pilar estaba bien provisto y el patrón Gregorio Fuentes guardaba una cuartilla con la receta de los combinados preferidos por el jefe. Cuando la travesía era de varios días y los cubitos escaseaban, Herrera Sotolongo conducía su coche con el maletero cargado de hielo hasta el cayo indicado por radio desde la embarcación. 

El médico y los también exiliados españoles Juan Duñabeitia, al que llamaban Sinsky, y el cura Andrés Untzaín, formaban el círculo de amigos más cercano y constante que tuvo Hemingway en Cuba. También estaba José Herrera, Pichilo, un cubano que acompañaba al escritor a las peleas de gallos y con el que acabó compartiendo las apuestas y la cría de las aves en la propia finca. Ganada la batalla por su gallo, Hemingway invitó en la cantina a un contrincante, no sin antes advertir «tome lo que usted quiera, pero no se convierta en un borracho comemierda. Yo tomo y me emborracho todos los días, pero no molesto a nadie». En una carta al crítico ruso Ivan Kashkin, le confesó: «La vida moderna ejerce a menudo una presión mecánica y el alcohol es el único contraveneno mecánico». En el pequeño mueble bar, junto a la poltrona donde pasaba la tarde leyendo, había «seis botellas de agua mineral efervescente El Copey, una botella de scotch White Horse, una botella de ginebra Gordon, seis botellas de Schweppes Indian Tonic, una botella de ron Bacardí, una botella de scotch Old Forester, una botella de vermut Cinzano, y una de champán, sin etiqueta». Aún siguen allí, deslustradas y rellenas de agua, como rescatadas de un pecio.

Las sesiones de cine en la Vigía eran frecuentes, casi siempre dedicadas a documentales de boxeo. Lo poco que le gustaba de Hollywood eran algunos amigos y los cheques por los derechos de sus libros. Al final de la Segunda Guerra Mundial y como agradecimiento por la más fantasiosa que real aportación del escritor a la caza de submarinos nazis a bordo del Pilar, la embajada norteamericana en La Habana le obsequió con un documental de veinte horas, Victoria en el mar, filmado por la propia Marina estadounidense. Hemingway lo proyectaba a sus amistades una y otra vez y lo detenía en el mismo punto: un sargento americano mira a cámara después de quemar vivos con un lanzallamas a unos soldados japoneses que acaban de rendirse.

—Yo dudo que esta escena aparezca en todas las copias de Victoria en el mar —afirmaba Hemingway.

—Chicos —preguntó una vez el cura don Andrés—, ¿por qué se detienen siempre en esta dichosa escena?

—Hemos jurado matar a este tipo dondequiera que lo encontremos —explicó el médico Herrera Sotolongo—. Ernesto quiere que nos aprendamos su rostro de memoria. 

La vida, o la visión que tenía de ella, parecía condenada siempre al territorio anguloso del ring o la página en blanco, al aullido de la batalla, al hilo tenso que une al humano con la bestia. Nunca quiso o supo bajar la guardia. A la periodista del New Yorker le dijo: «… solo los tontos se preocupan de salvar sus almas. A quién demonios debe importarle salvar su alma cuando el deber de un hombre es perderla de forma inteligente, de la misma manera que entregarías la posición que estás defendiendo si no pudieras mantenerla, lo más cara posible, tratando de convertirla en la posición más cara que jamás se ha entregado». Cuando George Plimpton visitó la Vigía en 1958 para su legendaria entrevista del nobel americano en The Paris Review, se encontró con un Hemingway en retirada: «Esta finca es un lugar espléndido… O lo era». En la charla, se muestra reacio a hablar de su trabajo porque «aunque hay una parte de la escritura que es sólida y no puede ser dañada aunque se hable de ella, la otra es frágil y si hablas de ella, se rompe y te quedas sin nada».

Poco antes de dejar la isla a la que ya nunca volvería, el 15 de mayo de 1960, Hemingway conoció a Fidel Castro en el torneo anual de pesca que el escritor había creado diez años antes. Fue la única vez que se encontraron y Mary Welsh, su cuarta y última mujer, relata en sus memorias que no les gustó el carácter del joven caudillo. Castro ganó en una de las categorías mientras el Che Guevara, que le acompañaba, leía Rojo y negro de Stendhal en un camarote. Un año después, tras el suicidio, Mary visitó la Finca Vigía para la ejecución del testamento. Como representante oficial cubano apareció el propio Castro, que se sentó en el sillón de lectura de Papa. Viuda y dictador convinieron en hacer del lugar un museo. Mary se marchó con algunas piezas de la vajilla y varios cuadros adquiridos en los años parisinos: La granja de Miró, Juego de dados, Composición y Paisaje de André Masson, Monumento de Paul Klee y El torero y El guitarrista de Juan Gris. Castro rechazó una carabina Mannlicher Schoenauer 256, la preferida de Hemingway, y los coches, un Plymouth y un Buick, fueron regalados a amigos del pueblo. Los únicos que se quedaron a vivir unos años más fueron los gatos, la raza nueva que el escritor decía haber logrado, y las tres vacas. 

El 19 de noviembre de 1944, desde la terrible batalla del bosque de Hürtgen entre tropas estadounidenses y alemanas, Hemingway escribe a Mary: «Los krauts son duros, astutos, profesionalmente inteligentes y mortíferos. Mataremos y destruiremos a algunos. Pero mientras tanto, tiempos nefastos… Todos los bosques están arrasados […] Es mejor dejar eso y pensar cómo, cuando vengas en el avión de Miami, estaré esperándote en el aeropuerto de Rancho Boyeros [La Habana], y tú pasarás por la aduana y nos iremos en el auto a través de un hermoso país hacia el hogar, donde comenzaremos nuestra vida maravillosa. Podrás sentir miedo, pero, a menos que todo haya sido destruido sobre la faz de la tierra, será encantador. Y si todo está destruido, por lo menos tendremos un hogar en medio de la desolación». 


Rehiletes de la memoria y el deseo

rehiletes de la memoria y el deseo

Comenzaré admitiendo que soy una lectora empedernida de prospectos y libros de instrucciones. Jamás se me ocurriría tragar ni una aspirina sin estudiar escrupulosamente su composición, los males que remedia, la posología debida, las contraindicaciones y los posibles efectos adversos. Tampoco tengo la osadía de poner en marcha ningún electrodoméstico sin aleccionarme antes sobre su montaje, limpieza y mantenimiento. Ya puede ser el cacharro un simple molinillo de café, repasaré con deseo el manual de uso de cabo a rabo.

Algunos de los escribas sentados que redactan esta literatura performativa son los mismos que convierten en un reproche a mi disciplinada obediencia la exhibición de su indómito espíritu: suelen meterse una sobredosis de ácido acetilsalicílico sin conservar a mano el folleto con el teléfono del Servicio de Información Toxicológica y utilizan el molinillo contra el dictado de las convenciones para fabricar azúcar glas. Ellos, disidentes de pega y profesionales de la hipocresía, dicen vivir en un lado salvaje; el resto sobrevivimos, más o menos complacidos, mejor o peor instalados, en lo correcto, que es la verdad suprema de la aspirina y el molinillo de café, de las farmacéuticas, las autoridades sanitarias y la industria de los electrodomésticos.

Al fin, nadie se revienta la tapa de los sesos para curar un dolor de cabeza y siempre se presenta la excusa de una mañana de lunes para apretar el botón que arranca las aspas del molinillo de la semana. Tal vez lo único que nos cabe hacer, mientras embuchamos la aspirina con un sorbo de café, es leer concienzudamente los prospectos e intentar decodificar el lenguaje con el que el poder nos convence de que lo realmente existente es lo necesariamente existente. Solo así, avisó Manuel Vázquez Montalbán, se abrirá el minúsculo resquicio que permite atisbar que el mecanismo de nuestro molinillo y demás aparataje no es tan evidente e inofensivo como quiere aparentar, que la aspirina que nos recetan no será capaz de anestesiar el deseo de encontrar el octavo día de la semana. 

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Ni el jerez dulce de los falangistas con mala conciencia, ni el whisky del Imperio con la buena conciencia hegemónica. Los buscadores del octavo día bebían ginebra. Giró o Larios fueron las ginebras de Jaime Gil de Biedma y su quinta, aunque Manuel Vázquez Montalbán creía bien posible que alguna otra, menos plebeya, también hubiese entrado en el tubo de sus vasos, sin llegar a estropear la metáfora ideológica y la drogadicción literaria. Lo que no sospechaba era que estaba a la vuelta de la esquina el día en que los sibaritas de la verdad única y obligada se iban a apropiar también del alcohol que inflamaba la conciencia crítica de quienes vivieron el presente como inquisición y sabían que la semana no tiene más que siete días, pero que perseveraron en el autoengaño. Los apóstoles del fin de la historia consuman el desprestigio de la razón utópica: habían arrebatado a los resistentes el panfleto y la poesía; ahora, en el último embate, la copa de la mano. Los gin tonics con carambola y physalis desactivaron la metonimia: no hay quien reclame aquellas ginebras domésticas, ni quien entienda una línea del elogio sentimental de la Bombay que escribió Vázquez Montalbán. Así las cosas, vamos olvidando que se puede beber para recordar y a quien recuerda, a quien dice haber visto a Ionesco caminando por el bulevar de Montparnasse, agarrado a dos botellas, una de Gordon’s y otra de gaseosa, lo despachamos con un gesto displicente de inmenso aburrimiento.

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Ya no sabemos emborracharnos como los poetas. Lo hemos olvidado, como todas las heterodoxias beodas de ginebra. Restalla una reminiscencia cuando Robe Iniesta abandona su blando romanticismo transanarquista para escribir:

—Manué… 

  —¿Qué pasa? 

  —¡Qué pena que nadie nos fusile al alba! 

  —Puto revolucionario de los cojones… Ya me has jodido la tarde. 

  —¡Que te den por culo! No entiendes nada.

Que conste en la crónica sentimental de estos tiempos, siquiera en una nota a pie de página, como la última pavesa que salta de los rescoldos, la nostalgia incorrectísima de la noche del que se sabe condenado a muerte. Nos han extirpado la memoria de nuestra derrota, la conciencia de perdedores. No se presenta el pelotón que nos debería ejecutar y basta su incomparecencia para sentirnos integrados en el happy end que decreta la logística mediática, económica y antidisturbios. La historia se ha detenido y el calendario se ha quedado anquilosado en un mes que no es el mes en el que se asaltan los palacios de invierno, como descubre el Groucho Marx de Cuestiones marxistas:

—¿Estamos en octubre?

  —No.

  —Qué pena.

Sin historia, sin memoria, no es posible la revolución del deseo. Cómo no tender los brazos al cielo surcado por drones, agradecidos y felices, porque nos disparan un paquete de Amazon y no un misil. 

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Los simios de este planeta no estamos apenados, ni queremos. Así que no venga a jodernos la tarde un puto revolucionario recordándonos lo que pudo ser y no fue, lo que podría ser y no será. Dicho de otro modo, con la asepsia del artículo 17 del Plan Zonal Específico de la Declaración de Zona de Protección Acústica Especial: los intérpretes han de ser «aptos para animar o entretener al público, sin molestar». 

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La memoria, erradicada por el bisturí de la lobotomía, es sustituida por la nostalgia que pone a Vickie el Vikingo a vender planes de pensiones y que da un encantador toque vintage a todo lo que manosea, ideal para los hogares posmodernos e indescriptible excepto para el sarcasmo destripador de un tal Jack el Decorador. Sus remedos más exitosos son los artefactos pop-up y pop-art, por ejemplo, Lady Gaga disfrazada del cadáver de Marat en la bañera (vía @Jacques-LouisDavid). El deseo, una vez exterminado, es suplantado por un letárgico subproducto: los sueños. Y ya se sabe: «No tenemos sueños baratos». Tal es la suficiente evidencia que proclama el negociado estatal de Loterías y Apuestas. Sin memoria y sin deseo, el presente perpetuo de indicativo se convierte en el limbo donde viven suspendidos seres sin identidad, precarios avatares entregados al imperio de la doble verdad, la doble moral y la doble contabilidad, sincronizados con la perfecta ironía del lema que publicita relojes: «No es lo que tengo, es lo que soy». 

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«Dicen que cada persona es un mundo. No te engañes. Ser único es una cualidad que pocos alcanzan y que va estrechamente ligada a la actitud y a una marcada personalidad. Es encontrar la brecha a todos tus miedos sin importarte el qué dirán. Nutrirte de los cambios y verte arrastrado por un impulso hacia tus objetivos. Es ser uno mismo con todas sus consecuencias. El Singularista tiene un look inimitable, sigue la moda pero huye de los convencionalismos. Acierta fusionando tejidos estampados y colores, reinventando así al clásico gentleman. Un Singularista absorbe y reinterpreta los movimientos culturales pasados y presentes y los toma como una fuente de inspiración ilimitada. Al Singularista le gusta arriesgar para ganar. Disfruta de su profesión que vive con ambición y superación constante. Y tú, ¿eres Singularista?». No, Rochas, apesto: soy la clásica gentlewoman uniformista que sueña con travestirse en el clásico gentleman singularista.

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El rehilete solo menea un poco el aire envenenado, ventila el ocio de la mala y falsa conciencia burguesa. Cada vuelta es más floja. Está ya a punto de detenerse. Mientras, el monóxido de carbono hace su dulce trabajo. Así sea: agonizar bajo el filtro embellecedor de Instagram y morir sin aceptar la insuficiente evidencia, refrendada por la última bancarrota, de la ilusión integrada. 

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Este mensaje se autodestruirá en diez segundos. Diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco… cuatro… tres… dos… uno… ¡Snapchat!


Algo sobrevalorado

Ser inglés implica, tradicionalmente, gozar de un paladar ecuménico. La sociedad inglesa es capaz de consumir cosas como la Marmite (una pasta de levadura con sabor a salitre y pescado podrido), las bangers (salchichas de cerdo que en realidad son de pan), las beans on toast (tostada con judías de lata), las jellied eels (anguilas convertidas en mermelada) o el spotted dick (pudin de sebo), y seguir viviendo como si nada. Lo que se come en los cuarteles del ejército británico está pensado, supongo, para estimular la combatividad por la vía digestiva, aunque a mí me daría ganas de rendirme sin condiciones. No hablemos de lo que se ingiere en los siniestros y carísimos internados para chicos de clase alta. Nos estamos refiriendo, en resumen, a paladares sin escrúpulos. Pues bien, esa gente con garganta de teflón inventó el gin & tonic en sus posesiones indias para ingerir quinina de una forma soportable. No agradable, solo soportable.

Resulta que hoy el gin & tonic se ha convertido en una bebida universal. Es el pelotazo de los que no beben, el recurso de quienes no saben qué tomar, el pequeño jardín botánico de quienes aprecian que en su vaso floten cositas no identificables, el signo de identidad de las sobremesas cacofónicas, el factor común de las borracheras tontas.

Volvamos al origen del artefacto. Un señor llamado Johann Jacob Schweppe patentó en 1811 un sistema para introducir burbujas de dióxido de carbono (ese que propicia el efecto invernadero y el calentamiento climático) en cualquier líquido. Muchos años más tarde, en 1873, la compañía que había fundado en Londres, Schweppes, decidió introducir quinina en un refresco de agua carbonatada con esencias cítricas. El imperio estaba en su apogeo, las posesiones indias eran gigantescas (lo que hoy constituyen India, Pakistán, Myanmar-Birmania y Bangladesh), muchísimos funcionarios y aventureros se afincaban en aquel territorio y había que combatir el paludismo. El refresco con quinina, hoy denominado agua tónica, se hizo popular en el Raj victoriano porque suavizaba la obligatoria toma del medicamento. Como el sabor no era nada del otro jueves, surgió el hábito de mezclarlo con ginebra. Y ya está. A nadie se le ocurrió que se tratara de una exquisitez.

La ginebra era entonces el alcohol más barato. Era lo que podían permitirse los matarifes y las prostitutas de Whitechapel, el barrio más pobre de Londres. Disfrazar una ginebra infame con agua tónica tampoco parecía mala idea.

Ya no se encuentran ginebras infames en los abrevaderos occidentales. Las hay normalitas, buenas y excelentes. Por supuesto, con una buena ginebra es posible hacer muchas cosas. Puede beberse a palo seco o mezclarse con lima en un gimlet, pero hay mejores opciones: la perfección de un dry martini, la desfachatez de un negroni, la frivolidad de un gin-fizz o, si uno desea despertarse al día siguiente como Gregorio Samsa, un French 75. Puede hacerse casi cualquier cosa, menos arruinarla con agua tónica.

¿Por qué el gin&tonic ha alcanzado tanta popularidad? Aventuro unas cuantas hipótesis. Una: nos inquieta la epidemia de paludismo en nuestro barrio, y tomamos precauciones. Dos: carecemos de criterio. Tres: estudiamos en un internado inglés, luego servimos en el ejército británico y a estas alturas todo nos da igual. La primera resulta bastante absurda. La tercera, bastante improbable. Nos queda la segunda.

En serio: ¿a alguien le gusta realmente el gin&tonic? No me vengan con que es un buen aperitivo. Para eso están el fino o la manzanilla, el champán, un whiskey ahumado (el óptimo es el Talisker, rebosante de turba y sal) con un poco de agua o incluso el Campari. Tampoco es digestivo. Ningún alcohol fuerte contribuye a digerir. Mejor otra vez el champán, o un dedalín de amaro italiano, o un vino oloroso, o un Chartreuse verde rebajado con agua, o, pasando de tonterías y yendo al placer, un buen whiskey, afilado (Caol Ila) o robusto (Lagavulin), o un aguardiente, o incluso (lamento tener que escribir esto) un carpetovetónico «cubata» a la manera vasca.

Llega ese momento incierto del día, ya no tarde, todavía no noche, y el gin&tonic parece propicio. A hora confusa, bebida confusa. Yo mismo caigo a veces en la tentación. Luego, cuando apuro ese último trago decididamente horrible (todos los gin&tonic mueren de forma ignominiosa, convertidos en un brebaje entre amargo e insustancial, como merecen), me arrepiento. Cualquier cosa habría sido mejor. Lo ideal, en la hora confusa, en el tránsito entre el trabajo y el descanso, es para mí la transparencia severa de un dry martini. Pero también valen una cerveza, un vino, un tequila. O un vaso de agua.

Si se trata de farra nocturna, eviten las bebidas gaseosas y azucaradas como la tónica. Tragos de buen alcohol, agua abundante y amanecerán casi intactos.

Hagan lo que les parezca. Pero antes de pedir el próximo gin&tonic pregúntense si de verdad les apetece o se trata simplemente de pereza mental. Si les apetece, adelante. Recomiendo que acompañen el gin&tonic de tostaditas untadas con Marmite. Seguro que les gustan. 


Jipis decadentes, reaccionarios sonrientes

Jipis
Fotografía: Cordon Press.

Desde que tener hijos no ha servido para que labren la tierra, ni tener hijas para venderlas por una dote, los adolescentes se han dedicado a hacer monerías. En libertad, ¿qué iban a hacer, si no? Pues monerías. Muchas de ellas históricas: la generación beat, la del rock and roll, los jipis, los heavies, los punks, los skins, los góticos, los raperos, los alternativos, los neohipsters, el trap y la Virgen Santísima. Para las camadas de jóvenes, es llegar a tocar chufa y reivindicar una historieta que no viene a ser otra cosa que eso: monerías. Sin embargo, no sería justo despreciar sus babayadas sin entrar a ver su sustrato. Los jipis, el caso que nos ocupa hoy, tenían una razón de ser bastante respetable: que no les sacasen las tripas. 

Tú piensa que naces en el país más rico y poderoso del mundo. En una época en la que tiene un sistema educativo potente, pleno empleo y una libertad que ha abierto pequeños espacios de contestación a un sistema autoritario por los que se cuela el hedonismo. Resumen: con poca pasta tiras, la puedes conseguir fácilmente, tienes veinte años y ves que hay tendencias que promueven el sexo y la drogadicción recreativa, el bienestar e incluso Jauja. En un sentido contrario, el Estado te ofrece irte a un país que no sabes dónde está, a luchar en una guerra que no entiendes muy bien por qué se ha declarado y en la que las muertes que se producen son espantosas. 

En esta tesitura, había muchos matices, sobre todo de clase. Había universitarios y había carne de cañón, pero, en esencia, sin la masa que prefería follar y colocarse a que le arrancasen las piernas con un explosivo en mitad de una jungla húmeda y sofocante, no hablaríamos de aquellos años. Sobre todo, porque, además de querer vivir, eran también los que compraban discos, y enriquecieron obscenamente a las estrellas del rock de su tiempo y, así, marcaron un hito en el calendario, una época. 

Pero pocos movimientos como el jipi despreciaban más al pueblo y eran más incompatibles con él. El famoso «Verano del Amor» en California fue la peste para los auténticos. El verano bueno de verdad fue el anterior, el que creó un efecto llamada entre todos los chavales «de provincias» —medio oeste, sur y demás de Estados Unidos—, que acudieron a California en busca de tres cosas: libertad, sexo y drogas. No fue como en los ochenta, cuando la desindustrialización generó otro éxodo que huía de los curros en el McDonald’s para intentar triunfar como fuera en el mundo del espectáculo en Los Ángeles. En los sesenta, se huía sin ningún objetivo concreto; solo se sabía que no se quería crecer en una sociedad claustrofóbica y autoritaria, pero esa oleada puso de uñas a los jipis verdaderos que tenía que recibirla. Era un aluvión mundano, ¡eran putos paletos!, que no entendían la sofisticación de su mensaje. 

Es muy fácil, de todos modos, reírse ahora de aquellos ingenuos barbudos que salían de debajo de las piedras, porque no cabe duda de que su revolución fue exitosa. Cambiaron los cimientos de la civilización como están haciendo ahora los que derriban las estatuas, aunque dentro de un siglo ya veremos si para bien o para mal, pero aquellos jipis, en esencia, lograron sus objetivos inmediatos y acuciantes: no ir a la guerra a morir como infelices. Y tampoco se lo regalaron. En no pocas de sus manifestaciones, la Guardia Nacional abrió fuego a matar. Hubo huelgas en centenares de universidades. Incendiaron instalaciones militares. Alguno se quemó a lo bonzo. Mientras se producía el dichoso Verano del Amor, en Detroit se produjeron unos disturbios con cuarenta y tres muertos, siete mil quinientos detenidos y daños en dos mil quinientos edificios. 

Al final, lograron la retirada progresiva de las tropas de Vietnam y, en 1973, se acabó el servicio militar obligatorio. Desde entonces, a la guerra solo irían los que no podían librarse, esto es, los que aún tenían menos recursos que ellos, pero esta es otra historia. Al jipi ya no iban a raparle la cabeza, a afeitarle la barba, a meterle una dura instrucción y a enviarlo a que, en el mejor de los casos, le sacasen los ojos con una cuchara y se le mearan en las cuencas. 

No está claro si el movimiento jipi comenzó en 1963 en el Greenwich Village de Nueva York o en Haight-Ashbury, en San Francisco; solo está claro que las comunas que se formaron en estos lugares recibieron la hostilidad de los vecinos desde el primer día. Sí, esos melenudos pedían paz y amor, experimentar con la conciencia y sexo libre, pero, en unas zonas grises, con estos movimientos convivían también moteros que quemaban queroseno con cascos militares, llevaban cruces de hierro en el cuello y barbas pintadas de colores. Los más famosos, los Ángeles del Infierno, de infausto recuerdo por su reguero de cadáveres. La gente de bien acabó teniendo miedo a todo pelanas que se le cruzase. 

Para la historia, tanto la juventud que contestaba a las balas de la Guardia Nacional lanzando flores como la clase obrera blanca que se movía por los márgenes de la ley y del sistema, eran todos ellos la contracultura. Y entre unos y otros, con toda una rica tonalidad de grises, cambiaron las costumbres morales de la sociedad, qué duda cabe. Ahora: en el lance, dejaron juguetes rotos a punta pala. Especialmente, todos aquellos que se creyeron el jipismo y quisieron llevarlo a las últimas consecuencias de una otra forma. Jipis decadentes. 

La primera criba entre lo molón y la decadencia la marcó, como siempre, la droga. En los cincuenta, las autoridades militares coquetearon con el LSD como suero de la verdad. La solución definitiva a los conflictos. De ahí, los cartones pasaron a la comunidad científica y, sin mucho esfuerzo, aquello se convirtió en la droga litúrgica de la intelligentsia, en la búsqueda de la superconciencia, en la elevación sobre todo lo terrenal. Eso le gustó a todo el mundo, no hacía falta haber estudiado para querer evadirse a los mundos de Yupi. Un arma secreta geoestragética acabó en autogol, o en un tiro en el pie, llámelo como quiera, pero el ácido llegó a tener cientos de miles de aficionados en el momento de ser ilegalizado en 1966, cuando la izquierda universitaria se confundía en su consumo con seguidores de las religiones orientales, amantes del yoga, gurús y buscadores de ovnis. El gobierno, entonces, solo pudo defenderse de una manera ante una sustancia prohibida que no necesitaba plantaciones para producirse ni naves donde esconder las remesas: alarmando en los medios. 

Magnificaron sus efectos, aseguraron la locura del que lo consumiera, les pusieron el megáfono a múltiples teorías apocalípticas, y todo ello sumado a que el producto empezó a circular adulterado tras su prohibición, sirvió para que las masas se pasasen a las drogas legales, que no eran poca broma: los barbitúricos. Con pentobarbital murió Marilyn, con quinalbarbitona palmó Hendrix. Y también las anfetaminas. Todas estas sustancias, bienes de consumo presentados como soluciones a enfermedades que no existían, con amplias capas de consumidoras entre las amas de casa, pasaron a los jóvenes por vía directa para modular el consumo de la droga permitida más letal: el alcohol. 

También estuvo el auge de la marihuana, pero poco tuvo que ver su consumo con la búsqueda de sensaciones, con una demanda de efectos, a las que se acoplaron perfectamente las ofertas de coca y caballo. No hace falta ser un lince para adivinar el destino de muchos de aquellos jipis cuando asomaron las adicciones: prostitución, crimen, clínicas de desintoxicación y muerte por sobredosis u otras circunstancias asociadas. Ahí se produjo la gran decadencia del mundo jipi, pero todavía quedaron bastantes vivos. 

Fotografía: Ullstein bild. Cordon Press

Antes de la década de los setenta, en Detroit ya se había organizado el día de «La muerte del jipi». Los manifestantes llevaron ataúdes falsos en los que introducían parafernalia de un movimiento cultural que consideraban que se había vendido al sistema. Esto se podía ver en cómo la publicidad había asumido sus lemas más primarios y, sobre todo, en el tren de vida de las estrellas del rock que se enriquecían obscenamente poniéndoles ripios. 

En esta aludida ciudad de obreros del metal, los grupos musicales que marcaron la pauta por esas fechas fueron los blanquitos Bob Seger, MC5 y los Stooges, antecesores todos ellos del heavy metal y el punk; y los negros Temptations, Smokey Robinson o las Supremes, que buscaban la canción perfecta para encandilar al mayor público posible, la fórmula de los dioses, algo que hacían única y exclusivamente por la pasta, sin coartadas políticas ni intelectuales. En estos desenlaces no cabían jipis coñazo, y quedaron erradicados. 

No obstante, esto eran disquisiciones urbanas. Si se criban el sector artístico y cultural y a todos los que protestaban para que —repetimos— no les seccionasen las extremidades en la jungla y su cuerpo inmóvil fuera devorado por los insectos, el resto del movimiento jipi estaba muy localizado: solo quedaban las comunas. Los auténticos. Timothy Miller, en The 60s Communes: Hippies and Beyond, cuenta que los colectivos de este tipo que sobrevivieron a la drogadicción y al alcoholismo se tuvieron que enfrentar a los vecinos y a las fuerzas del orden por… problemas de drogas y alcohol. 

Tal fue el descrédito que llegaron a tener los jipis, que en una comuna de Illinois se llegó a imponer un dress code y unas normas de higiene solo para evitar que se les unieran. En Black Bear Ranch, al norte de California, por ejemplo, seis vehículos policiales fuertemente armados entraron en una ocasión para llevarse con violencia las plantaciones de tomate sin saber bien ni qué era la marihuana ni qué eran los tomates. 

Este lugar, antes de convertirse en comuna, era un pueblo fantasma al lado de una mina de oro de los tiempos del salvaje oeste. El chollo todavía perdura, pero bajo acusaciones de haber obtenido los dividendos suficientes para hacerse con el terreno en propiedad gracias al chantaje a los famosos que se acercaron a estos anarquistas. La comuna hoy sigue en pie, pero, en el momento de escribir este texto, no admite visitas por el coronavirus. 

El modo de subsistencia en mitad de la nada era, lógicamente, la agricultura. Muy pocas comunas, según este estudio, lograron ser autosuficientes. La mayoría, dominadas por intelectuales y gentes de ciudad, no tenía ni la menor idea de cuándo se sembraba, qué debía plantarse en qué suelos y cómo, o qué fertilizantes y abonos eran necesarios para obtener una cosecha presentable. Las comunidades que lograron aguantar lo hicieron con «una pobreza severa» y «una determinación obstinada» que les condujo a «una especie de autosuficiencia monótona». Condiciones necesarias para el abandono en masa. 

Era una vida durísima, como prueban algunos de los testimonios recogidos en la investigación, que cuentan que se escondían las chocolatinas Snickers como oro en paño. Múltiples historias tragicómicas jalonan estas páginas. Desde unos que tuvieron que pedir ayuda porque encontraron manchas en la leche que ordeñaban de sus vacas, a los que el ganadero al que pidieron socorro les explicó que no tenían que batir tanto las ubres, que las manchas eran mantequilla, a uno que, en su comuna, Packer Corners, en Vermont, descubrió que no se podía ordeñar descalzo cuando la vaca le pisó un pie y le rompió los huesos. En frecuentes ocasiones, había problemas para matar animales. Los más entusiastas acababan hablando de sus cosas con las gallinas en lugar de retorcerles el pescuezo. Así lo documenta Miller. 

Sin embargo, se reflejaban otros problemas más serios en polémicas atávicas como las brechas de género. En las comunas de los sesenta, no era extraño que las mujeres fuesen recluidas en la cocina, como en cualquier otro hogar burgués, pero de décadas e incluso siglos atrás. Un testimonio, el de una tal Kit Leder, decía que, aunque no había patrones predeterminados para repartirse las tareas y todo se elegía en completa libertad, fueron las mujeres las que generalmente se encargaron de la limpieza y la comida en la comuna. 

Hubo casos en los que también les tocaban a las mujeres las labores agrícolas mientras los hombres «estaban sentados hablando o echándose la siesta». En cambio, nunca una mujer condujo un tractor: todo eso estaba destinado a los chicos, para ellas era «demasiado complicado». Lógicamente, una gran cantidad de mujeres que anhelaban la revolución en las comunas las abandonaron descontentas con esos tics premedievales de sus hermanos-camaradas-colegas. En algunos casos, se fundaron comunas solo de mujeres. Algunas, solo de lesbianas. 

El actor Peter Coyote contó que la suya no podía abastecerse por sus propios medios y tenía que acudir a las sobras de los mercadillos. Sin embargo, las ferias ambulantes estaban dominadas por italianos que nunca hubieran regalado sus excedentes a un hombre apto para el trabajo y sin discapacidades, por lo que no les quedaba más remedio que enviar a las mujeres de la comuna a pedir. Su comunidad sobrevivió gracias a ellas. El destino de la revolución era la mendicidad. Evidentemente, muchos —y, en particular, muchas— se bajaron. 

Con el tiempo, hacía falta algo más que el fervor revolucionario para sobrevivir en estas comunidades. Muchas de ellas contaban con miembros que, además de jipis, eran religiosos. Aparte de los que estaban metidos en la meditación hindú, que tantos titulares y documentales han alimentado, la inmensa mayoría eran cristianos. Eso llevó a que muchos de los jóvenes que se quedaban colgados en estas comunidades, obsesionados con la autorrealización a través de la búsqueda espiritual, se dejasen de contraculturas y acabasen adorando sin ambages a Jesucristo. 

En Hippies of the Religious Right, de Preston Shires, se pone el acento sobre la oleada de conversiones al cristianismo que hubo en Estados Unidos a principios de los setenta. Fue un fenómeno generacional que se produjo por oposición a la juventud rebelde y entre la juventud rebelde. Las revelaciones se manifestaron en su mayoría en el seno de la fe del cristianismo evangélico. Fue el poco reseñado movimiento de la Jesus people, o Jesus movement o Jesus freaks. 

Llegaron a celebrar su propio Woodstock, la «Explo’72», con Johnny Cash y Kris Kristofferson entre los platos fuertes. Miles de jóvenes que provenían de la contracultura, previo paso por la Jesus people, acabaron cumpliendo treinta años, casándose y teniendo hijos educados en la estricta obediencia cristiana. Parece mentira que no se haya reseñado más este desenlace de la contracultura, cuando el propio Bob Dylan también acabó convirtiéndose, algo que no era una anécdota ni una frivolidad del divo, sino un reflejo de lo que estaba ocurriendo entre los miembros de esa generación. Llegaron a presumir de alojar en su seno a exmiembros de los Panteras Negras y del Ku Klux Klan al mismo tiempo. Era un auténtico movimiento take-it-all.

Florecieron cientos de nuevas iglesias, el culto incorporó canciones folk rock y también la vestimenta casual. En los ochenta y los noventa, las manifestaciones y cadenas humanas que antes se organizaban contra la guerra se hicieron ahora contra el aborto, y con la misma naturalidad. Si la contracultura original era un rechazo al establishment y la guerra de Vietnam, también contó con unas masas que lo que querían era encontrarse a sí mismas de forma individual. Tras el fiasco de las comunas y la miseria de la droga, hallaron en Cristo la respuesta. Jesús era el jipi de la Biblia. Todo encajaba. Seguían una línea lógica. Las fuerzas cristianas incorporaron así a decididos y valientes activistas que no se detenían ante nada y que habían luchado duramente contra el qué dirán. Mutatis mutandis, estos baby boomers se convirtieron en el gran bastión de la derecha religiosa estadounidense de nuestros días. Y votaron y votan en consecuencia.


El trago que necesita el sol

Un operario deshoja agave en una destilería de tequila de Jalisco, México, 2010. Fotografía: Getty.

Es una palabra tan fácil de pronunciar en cualquier lengua, que casi no necesita vocales. Tequila, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. La lengua emprende un viaje de tres pasos —punta tacón punta— por el borde de los dientes, el velo del paladar y el borde del paladar. Te. Qui. La. No hay casa mexicana sin destilado de agave, y menos de día. Porque hay bebidas que son de luz, y el tequila es una de ellas. El tequila sienta mal de noche. Pero llegar a ese conocimiento lleva años y muchos errores. El primero se dio en la juventud, en aquellos garitos que en la España de los noventa enredaban a los adolescentes con chupitos. Cien pesetas, el vasito bajo de boca rechoncha, y en él cualquier mezcla estrafalaria de licores, colores y sabores. La forma más barata de emborracharse. La tanda (cuatro, cinco) tenía que empezar por lo cristalino: tequila. Bueno, así llamaban a esa agua de cuarenta grados cuyo recuerdo subía al día siguiente, áspero, por el esófago. ¡Qué sabían del cien por ciento agave, ni del agave mismo (o maguey, cactácea de pétalos puntiagudos abiertos al aire), y mucho menos del agave azul, la variedad de donde sale (tequilana Weber variedad azul, que no es azul, sino verde-jade)! Y ese ritual que decían era el adecuado para tomarlo: lamer la sal del dorso de la mano, echarse el vaso de un sorbo, chupar un limón amarillo. Tonterías. El tequila ha de tomarse solo («derecho», se dice en México), todo lo más con su sangrita al lado (un jugo a base de tomate, lima, naranja, cebolla y chiles) y si no se es suficientemente valiente, con un chorrito, sí, de limón verde. El vaso adecuado: el caballito (pequeño, estrecho y redondo). Suelen decir las instrucciones viajeras que tomarlo de un trago es un error, que hay que olerlo y degustarlo y bla. Ignoran que se trata de una bebida de salida y no de entrada, que el trago firme volverá al momento con todo su aroma, que no hay que tratarlo como a una damisela sino domarlo como a un animal salvaje.

Antes de que descubra que no hay más religión que un buen tequila blanco, intentarán iniciar al neófito con el tequila reposado (madurado en barrica al menos dos meses). «Es más suave», dirán. Qué tal aquella borrachera de tequila reposado en Guadalajara. De noche, claro. Una botella entre cinco viendo un partido de los Pumas contra el Pachuca (decano del fútbol mexicano, por las minas inglesas del lugar, como pasó en España con el Recre, ¡cómo gustan estos datos!). Y no es que el tequila fuera malo, pues esto sucedía en sus tierras originarias (una región de Jalisco da el nombre a la bebida) y el orgullo tapatío impide ofrecer mal tequila. Se bebió demasiado. «Oiga, joven, nuestras señoritas toman como caballeros, ¿pueden pagar como tales?», preguntó el líder de aquella expedición al mesero del table dance donde se liquidó la velada. (En los table dance las bebidas de las mujeres son el triple de caras porque suelen ser las esforzadas trabajadoras del local y los que pagan, hombres, son los clientes.)

Tierras originarias y celosas de la denominación: la primera licencia por parte de la metrópoli para producir el licor data del siglo XVIII (de Carlos IV a la familia Cuervo) y desde 1974 no se puede llamar tequila a ningún destilado que no sea de agave azul, que no tenga al menos un sesenta por ciento de azúcares extraídos de esta planta y que no se produzca en el estado de Jalisco y algunos municipios designados de Guanajuato, Michoacán, Nayarit y Tamaulipas. El tequila es, ante todo, una convención dictada por un consejo regulador. «Se llama tequila pero se apellida mezcal», dicen los defensores del mezcal. «El mejor mezcal se llama tequila», claman los del tequila. No son lo mismo, pero se parecen, y cómo no van a parecerse un hijo y un padre.

«Mezcal» viene de la palabra náhuatl que nombraba al corazón (la «piña») del maguey cocido. El tequila no es sino un mezcal destilado de una sola de las doscientas variedades de esa planta que existen en México. Ya, ya, ya: los procesos de destilación también difieren: el del mezcal es más artesanal, y las piñas (cuyo jugo después se fermentará) en lugar de cocerse en hornos de mampostería se cuecen bajo tierra, lo cual da a la bebida su inconfundible sabor ahumado, y a veces se le añaden frutas en su segunda destilación, y hasta se le deja gotear sobre carne de pollo o pavo («mezcal de pechuga»). Acaso el tequila no se lleve bien con el mezcal por envidia, pero el asunto es que no deben mezclarse. Como la primera vez en aquella cantina de comida yucateca. Herradura blanco (ya se había aprendido) y cochinita pibil. Todo iba bien, pero a alguien se le ocurrió seguir en una mezcalería. La noche terminó en escenas olvidadas, en una fiesta de gente desconocida, en un apartamento art-déco que recordaba (misterios de la memoria difusa) a aquellos relatos de la generación beat en México. ¿Sería en un escenario similar que William S. Burroughs mató de un disparo a su mujer, Joan Vollmer? Briago perdido, jugaba a ser Guillermo Tell y puso sobre la cabeza de ella, en lugar de una manzana, un caballito de tequila. Seguro que sucedió de noche. Como la vez en aquel bar frente a los hoteles de lujo.

Los periodistas extranjeros madrugaban al día siguiente para acompañar a un jefe de Estado, pero aquello no importó. Se iban quedando afónicos de hablar sobre la música ensordecedora; y de hablar pasaron a arrastrar las palabras; otra ronda, joven. «Que pongan “Mujeres divinas”», pidió el único hombre de la mesa. Porque pareciera que no puede haber tequila sin mariachi (género que también nació en Jalisco), y qué cosa que ambos se hayan convertido en símbolos del país entero. Nadie disparó a nadie, no hubo pasiones desbordadas, pero casi pierden el avión. «Me estoy muriendo», saludó a modo de buenos días una de las cronistas. «¿Ya ves? Te dije que no hay que tomar tequila de noche».


Anthony Adeane: «Con seis días en aislamiento sufres daños mentales, a los acusados de este caso les metieron seiscientos»

A través de un caso sin resolver, Anthony Adeane (Londres, 1991) periodista de la BBC, se enamoró de Islandia. Pero después de haber publicado su libro, Sombras de Reikiavik, sobre el supuesto doble crimen histórico de Gudmundur y Geirfinnur, todavía no ha logrado averiguar ni llegar a entender qué pudo pasar. Ni él, ni el conjunto de los islandeses, que casi medio siglo después siguen elucubrando teorías sobre la desaparición de estas dos personas. Un chico que, borracho, desapareció en la nieve, y un hombre que fue al bar y nunca volvió a casa. No aparecieron los cuerpos, pero el misterio fue escalando de manera delirante, aunque también trágica, hasta hacer intervenir a la OTAN en plena Guerra Fría. 

Ha escrito un libro sobre unas desapariciones que no se sabe si fueron un crimen, tampoco se sabe si los acusados fueron culpables, ni siquiera se encontraron los cuerpos, es decir, no hay nada…

Efectivamente, igual no hay nada. Eso es lo que me llamó la atención en primer lugar. Tiene todos los ingredientes del true crime, pero cuanto más vas rascando, más certezas van desapareciendo hasta que te quedas sin nada. Al final, la verdadera historia no es lo que pudiera pasar, sino lo que cuenta la gente. Eso y este pequeño país, Islandia, con sus paisajes tan particulares, fue lo que más me atrajo. 

Cuando dice que es importante lo que cuenta la gente, también especifica que Islandia es un país donde cada islandés es un gran contador de historias.

Existe una tradición que viene de la época en la que la mayoría eran granjeros y, de noche, se dedicaban a cardar la lana. Para no aburrirse, se pasaban las horas contándose historias unos a otros. Fundamentalmente, para no quedarse dormidos y poder seguir trabajando lo máximo posible y subsistir. Hay generaciones de niños que crecieron rodeados de una fuerte cultura oral. Es un fenómeno fascinante: contar historias para sobrevivir. 

Donde vayas en Islandia, te vas a encontrar esta cultura de cuentacuentos. Es normal también porque los inviernos son muy largos, solo hay dos horas de luz al día, ni siquiera esa luz es luz, es algo muy tenue. Me parece perfectamente comprensible que se recogieran y se pusieran a contarse historias unos a otros; no veas las que hay de vikingos. No tenían más remedio que pasar el tiempo de esa forma. Está tan arraigado que podemos hablar de que es una nación de contadores de historias. 

Que sean así fue algo fundamental en el desarrollo del caso de la desaparición de Gudmundur Einarsson y Geirfinnur Einarsson.

Son, generalmente, un poco reservados. Hay algo muy británico en ese carácter. Quizá son de entrada desconfiados, pero luego, cuando empiezas a hablar con ellos, sobre todo de este caso, empiezan a contarte sus teorías personales y cómo la desaparición de Gudmundur y Geirfinnur afectó a sus vidas. Incluso a gente a las que no les tocaron los supuestos crímenes de cerca, en cuanto abordas el tema, se ponen a hablarte de cuando eran niños y escuchaban la evolución del caso en las noticias y lo que les contaban sus padres. Me resultó muy chocante que todo el mundo tuviera una historia personal sobre el caso. Es muy curioso que un crimen así haya impactado tanto en una sociedad, porque no tiene nada de particular. Este crimen en otro país no habría llamado la atención. 

Los islandeses no estaban acostumbrados a los crímenes. En esa época igual había un asesinato al año y casi siempre era por violencia doméstica. Alguien se emborrachaba, alguien estaba celoso, etc. Pero algo premeditado era inhabitual. Solo había habido un caso, siete años antes, de un hombre al que dispararon por la espalda, y tampoco se resolvió. Nunca se supo si hubo premeditación, pero no capturó la atención pública de esta manera. 

¿Por qué llamaron tanto la atención las desapariciones de Gudmundur y Geirfinnur? Una de ellas, al menos, no era más que un borracho que había desaparecido en la nieve.

Fue la de Geirfinnur la que alarmó a la población. Un hombre recibe una llamada de teléfono, va a un bar y desaparece. Claramente, parecía que había una planificación detrás. Esto llamó la atención de la gente justo en una época en la que la televisión empezaba a ser fuerte y los tabloides iban en auge. De repente, había una historia espeluznante que nadie podía explicarse ni resolver. Esa mezcla, en un país aislado del crimen, muy protegido y cerrado, dio la sensación a sus habitantes de que el mundo exterior estaba tocando en la puerta de Islandia. Eran los años setenta, había hecho acto de aparición la droga, pensaban que las malas influencias del resto del mundo estaban penetrando en esa pequeña comunidad. 

¿Quiénes eran los desaparecidos?

Para mí lo interesante, más que las desapariciones, que era algo habitual, era cómo se conectaron los dos casos. Gudmundur tenía dieciocho años, vivía en un suburbio a unos diez kilómetros de Reikiavik. Se fue a un club con unos amigos una noche de 1974. Salió del club muy borracho y solo, serían las dos de la mañana. En ese momento, le vieron dos amigos. Estaba nevando, iba andando solo, muy borracho, por un camino muy oscuro, el que llevaba del club a su casa, y rodeado de campos de lava, que pueden tener muchos kilómetros de extensión. 

Al dirigirse hacia él con el coche, los amigos le vieron levantar la mano como pidiendo que le llevasen, pero, al pasar a su lado, la volvió a meter en el bolsillo. No pararon entonces y siguieron conduciendo. Hubo otros dos coches que, esta vez, le vieron andando con otro hombre al lado. Era alguien con una camisa amarilla y no parecía tan borracho. Iba un poco detrás de él. Sobre las cuatro y pico de la mañana, un marinero le vio arrastrándose solo por el camino. Esa es la última vez que fue visto. 

Lo primero que pensé fue que, seguramente, se habría caído a los campos de lava, pero entonces el cuerpo habría aparecido. Islandia tiene los mejores equipos del mundo de búsqueda y rescate. Son increíbles, todavía se les llama cuando hay algún desastre, como lo que pasó en Haití. Tienen a gente que se entrena desde muy joven y son, como digo, mundialmente reconocidos. Buscaron en esos campos de lava durante mucho tiempo. Hablé con ellos y me dijeron que si hubiera estado ahí lo habrían encontrado seguro. Eso es lo raro de la primera desaparición. Si alguien desaparece cerca de un camino de lava, no puede llegar muy lejos. Es imposible que los cruces de noche y menos borracho. 

Geirfinnur, el segundo, desapareció en noviembre, once meses después. No hay nada que le conecte a la desaparición anterior, menos el nombre, que es muy común que en Islandia terminen igual, porque ese sufijo significa «hijo de». Este hombre tenía mujer y dos hijos. En noviembre de 1974, a las diez de la noche, le dijo a su mujer que se iba a un bar; en su caso vivía a cuarenta y cinco kilómetros de Reikiavik. Se metió en su coche y se fue al bar. La camarera le vio mirar alrededor, como si estuviera buscando a alguien, e irse enseguida. Se metió de nuevo en su coche y volvió a casa. Al llegar, sonó el teléfono. Lo cogió y dijo: «Acabo de estar ahí, voy a volver». Colgó el teléfono y se volvió a ir. Su hijo intentó ir con él, pero le dijo que no. Volvió al mismo bar, y nunca más se supo. Se encontraron el coche con las llaves puestas. 

El primer caso es menos enigmático. Un chico que vuelve tarde por la noche, hay nieve, está borracho, está muy oscuro: puede que se suicidara. El segundo caso es mucho más sospechoso. Parecía algo más calculado. Geirfinnur estaba metido en el tráfico de alcohol. Los rumores decían que estaba compinchado con ese bar, al que iba gente de la alta política a beber cuando estaba prohibido. Ahí empezó la teoría de la conspiración y todo el país se sumergió en el caso. 

Pasa casi un año entre cada desaparición.

Los dos casos están conectados por Erla Bolladóttir, una de las sospechosas y la acusada más conocida. La desaparición que estaban intentando resolver en el momento en el que habló con la policía era la segunda, pero ella habló del primer caso cuando la interrogaron. Declaró a la policía que había tenido una pesadilla que no sabía si había sido real la noche de la primera desaparición. Dijo que tuvo la sensación de que Saevar Ciesielski, el chico que vivía con ella, había entrado en el piso con sus amigos y un cuerpo, y que ella tuvo miedo y defecó en la cama. 

Hay que tener en cuenta que cuando la interrogaron no estaba sometida a una presión especial, pero sí la acababan de separar de su hija recién nacida. En un principio, le estaban preguntando por una estafa que había cometido con su novio Saevar tiempo atrás, pero se fue por las ramas con esta historia y a la policía le pareció muy sospechoso, porque Saevar y sus amigos eran jóvenes criminales que trapicheaban con drogas. 

Es normal que la policía sospechase, pero también que una madre que lleva seis días separada de su niña estuviera dispuesta a decir cualquier cosa solo para que la soltasen. De esta manera, la desaparición de Gudmundur acabó metida en todo este lío también. Cuando despareció, no tuvo un tratamiento especial en la prensa. En Islandia hay muchas desapariciones y muchos suicidios. Es muy normal que alguien salga de casa un día y no vuelva nunca más. Ha pasado montones de veces. Normalmente, aparece el coche al lado de un glaciar y se da por hecho que el desaparecido se ha tirado. 

En esa época, aunque la tasa de asesinatos fuese insignificante, la de desapariciones era muy elevada. A la policía, en cambio, ese testimonio les vino perfecto para conectar las dos desapariciones y culpar a unos jóvenes que ya eran sospechosos de por sí. 

El libro detalla varios fallos del sistema que llevaron a toda esta locura. El primero, es el reformatorio de Breidavik.

A Saevar le habían internado allí de adolescente porque había sido expulsado de varios colegios y le habían diagnosticado síndrome de déficit de atención con hiperactividad. En aquella época era muy extraño este diagnóstico, tanto en Islandia como en cualquier país del mundo. Entonces le llevaron a este sitio, Breidavik, en un lugar recóndito. Es muy habitual en Islandia encontrarse casas en lugares remotos que parecen el fin del mundo. Este reformatorio era así, aunque ahora es un hotel precioso. 

En este centro, donde metían a los adolescentes con pasados complicados, se abusaba sistemáticamente de los internos. Lo hacía el mismo director del reformatorio. Años después le descubrieron y tuvo que dejar su puesto, pero la persona que le sustituyó hizo también lo mismo, como suele pasar en estas instituciones en las que el abuso es inherente al sistema. Por eso, los chavales que entran en un sitio así salen peor. A Saevar, estos demonios le persiguieron toda la vida. Se hizo alcohólico, logró salir, pero luego a los cuarenta años volvió a beber y entró de nuevo en ese círculo vicioso que acabó con él. De algún modo, nunca pudo escapar al dolor que sufrió en Breidavik de adolescente. 

Lo relevante en este caso fue que todos los que trabajaron con él, como psiquiatras o médicos, dijeron que había algo dentro de él imposible de romper. Cuando estuvo preso y le torturaron, mientras le interrogaron durante noches enteras, le pegaban, etc., había algo de él que nunca se dejó doblegar. Eso hizo que los guardias de la prisión le odiasen aún más, porque intentaban que confesase un crimen que nunca cometió y él no hizo como hubiera hecho mucha gente en su situación y no lo reconoció, aunque fuera solo para que dejasen de pegarle. Parece que los años de reformatorio le habían creado un fuck you spirit.

Otro fallo del sistema que lleva a esta situación fue la Ley Seca islandesa, que, por cierto, es curioso que tuvieran que levantarla por las presiones de España en los años veinte, que amenazó con dejar de comprar bacalao si no se podía vender vino.

Pero la prohibición de alcohol duró mucho. Hasta los años ochenta no fue completamente legal y todo el mundo se las tenía que arreglar para conseguir alcohol, como es normal, porque estamos hablando de un lugar remoto. Si estás en mitad de la nada a la gente le suele gustar beber un poco [risas]. Eso generó un tráfico de alcohol que llegaba desde los barcos, generalmente noruegos, en cuyo país no estaba prohibido, y tiraban las botellas por la borda cuando estaban cerca de la costa. En los clubes nocturnos apareció esa atmósfera de ilegalidad, se vendía el alcohol debajo de la barra. Surgió un clima de secretismo y mundos subterráneos, aunque la tasa de delincuencia seguía siendo muy baja. 

Sigurjón Ólafsson, un político socialista, justificó las prohibiciones diciendo que los islandeses no podían beber como la gente normal.

No sé cuál sería el equivalente de este político en España, pero en cada país tienes uno de estos. Imagina que hubiera uno que dijese que los españoles no pueden beber porque son tan pasionales que si se toman algo la lían, o en Inglaterra, que como es un país de hooligans, el alcohol debería estar prohibido. Cada país tiene sus estereotipos absurdos y el gobierno islandés tiró de ellos para justificar la prohibición, ese rollo de que son vikingos muy brutos, pero la realidad es que allí se bebe porque todo el año estás en el puñetero invierno, como en Noruega o cualquier parte de Escandinavia. ¿Qué haces en mitad de la nada muerto de frío? Pues beber.

Lo que es importante para esta historia fue la atmósfera de secretismo que trajo la Ley Seca, porque es lo que originó las teorías de la conspiración. La gente empezó a asociar estos clubes con los políticos y traficantes de alcohol, lo que dio pie a que todo el mundo se inventase teorías. Todavía dura, yo sigo recibiendo correos de gente que sigue conectando las desapariciones con la CIA, por ejemplo. Me han llegado teorías muy detalladas de por qué la CIA mató a esas dos personas e intentó adjudicárselo a otros. 

Es normal que surjan tantas hipótesis porque nunca se ha aclarado nada y es todo muy oscuro. Se han hecho documentales, ahora se prepara una serie de televisión, hasta hubo un presentador de televisión que escribió un libro en el que decía que sabía qué había pasado, pero que no lo podía contar. La historia está tan profundamente arraigada en Islandia que todo el mundo sabe quién es el asesino. 

Y el tercer fallo del sistema era la naturaleza inquisitorial del sistema legal, copiado del antiguo de Dinamarca.

Eso ha cambiado ahora, pero en los años setenta —venía de la época colonial danesa—, el juez tenía autoridad para ir a las celdas a interrogar a los acusados y reunir pruebas. En el caso de Saevar, uno de los jueces instructores de su caso participó en sus interrogatorios como si fuese un policía más, presionándole para que dijera lo que le interesaba para usarlo en el juicio. Los acusados, mientras, no sabían ni quién les estaba interrogando, si eran jueces, policías, fiscales, abogados o investigadores. Habían perdido la noción del tiempo y les hacían interrogatorios de doce o catorce horas. 

Hasta aquí, tampoco es nada espectacular. Unos desaparecen, hay Ley Seca, la prensa se alarma, las autoridades buscan un culpable, lo sea o no. Bueno, peores cosas se han visto. Sin embargo, este caso tan absurdo llegó a tener importancia en la Guerra Fría. 

La gente no sabe que Islandia tuvo un papel clave tanto en la Segunda Guerra Mundial como después, incluso hoy. Su posición geográfica es vital. Los nazis y los aliados quisieron controlarla y de repente sus doscientos cincuenta mil habitantes de entonces se vieron en mitad de un conflicto. Querían ser neutrales, pero una noche, de buenas a primeras, llegaron barcos británicos e invadieron el país. El gobierno islandés fue pragmático, pensó que, puestos a ser invadidos, mejor que fuesen los aliados. Obviamente, no iban a hacer una declaración pública diciendo lo felices que eran de perder su soberanía, pero hicieron la vista gorda. 

La llegada de soldados extranjeros cambió a la juventud, como pasó en España con las bases de la OTAN durante la dictadura.

Pero aquí fue un inicio de relación complicado. Los americanos llegaron un año después de los ingleses. Los islandeses se encontraron con montones de soldados jóvenes hablando otro idioma y sus expresiones y palabras empezaron a introducirse entre los jóvenes. Hubo campañas en la prensa para que no se dijeran palabras como banana, hello, hi, bye, coffee… Se cuenta la historia de que un agricultor escuchó una vez a un imitador de Elvis y murió de un paro cardiaco. La cultura americana podrá no ser muy rica, pero sí puede ser muy dominante, sobre todo en esa época. Trajeron sus restaurantes, su comida, aparecieron barrios americanos para los soldados y se llenaron de adolescentes islandeses atraídos por la música, las drogas y la ropa. Así se empezó a filtrar la influencia exterior por todo el país. 

No obstante, lo verdaderamente grave fue que hubo mujeres islandesas que tuvieron relaciones con los soldados. Ahí mucha gente se llevó las manos a la cabeza y dijo: «¡No podemos permitir esto!». Sin embargo, esto no es exclusivo de Islandia, es eterno. Cuando Merkel permitió que los refugiados entraran en Alemania, la reacción principal que hubo en contra fue que iban a violar a sus mujeres. Es el mayor miedo que tienen. En la Islandia de los años cuarenta había pánico a que sus mujeres tuviesen relaciones con los de fuera. Su identidad se diluiría. 

De modo que reaccionaron con mano dura, lo convirtieron en un delito y metieron a las mujeres en granjas de reclusión. Se les hacían exámenes médicos, aunque no tuvieran relaciones con los americanos: bastaba la sospecha. Entre los vecinos, incluso familias, hubo acusaciones de todo tipo. Es un ejemplo perfecto de cómo una sociedad de gente muy cercana, ante la adversidad, de repente puede convertirse en claustrofóbica. Se sentían muy seguros y de pronto se volvieron unos contra otros. 

El caso de la cantante Soffía Karlsdóttir lo demuestra.

Era una estrella pop islandesa, cantaba «Be With a Soldier is a Dream», que fue condenada en la mayoría de los medios de comunicación del país. La denigraron y tuvo que arrepentirse, abandonar su carrera de cantante y quemar la ropa con la que había actuado. Eso te da la medida de cuál era la situación en ese momento. 

¿Ha desaparecido esta paranoia? 

Hoy es completamente distinto. La economía del país creció mucho abrazando la globalización en los ochenta y noventa antes de que todo se hundiera con la última crisis. Ahora está el turismo, entran 2,2 millones de turistas cada año y ellos son trescientos cincuenta mil habitantes. Es casi siete veces su población; cualquier preocupación que tuvieran antaño por la llegada de extranjeros ha desaparecido. De hecho, su llegada mantiene la economía. 

Solo queda la protección del lenguaje. Trabajan para preservarlo y que palabras que llegan por internet o las redes sociales no sustituyan a las suyas. Hay organismos que buscan traducciones apropiadas para asegurarse de que no se pierda su lengua o se llene de americanismos. Todo el mundo habla inglés perfectamente en Islandia, pero aun así protegen mucho su lengua. Están orgullosos de haberla conservado hasta hoy y de que haya permanecido prácticamente inalterable tantos años. 

Hablábamos de que las dos desapariciones llegaron a desencadenar una intervención de la OTAN.

La isla era clave después de la Segunda Guerra Mundial, y los americanos querían mantener su base ahí. Sin embargo, Islandia tuvo un grave conflicto pesquero con Reino Unido y la URSS trató de atraerlos importando su pescado. Mientras tanto, la policía había tenido seis acusados de las desapariciones. Todo a raíz, como he dicho, de que Erla, a la que estaban interrogando por una estafa, hablase de un sueño que tuvo que no sabía si era real o no, pero que le sirvió a la policía para meter en prisión al entorno de Saevar, que vivía con ella. 

Les tuvieron en celdas de aislamiento. Les drogaron, les hipnotizaron, les interrogaron una y otra vez y al final la policía tenía montones de confesiones que se contradecían entre sí. En ese estado de confusión, los rumores de la calle sobre la culpabilidad del caso empezaron a apuntar hacia las altas esferas, al Gobierno. Esa línea no se podía traspasar, ese gobierno no podía caer, porque la oposición era partidaria de quitar la base de la OTAN. Entonces, tuvieron que intervenir y trajeron a Islandia a Karl Schütz, un agente alemán, de la RFA, un superpolicía, para que encauzara el caso. 

Schütz había trabajado sobre todo en casos de espionaje, en tramas políticas con servicios de inteligencia implicados muy enrevesadas y complejas. Su especialidad no eran precisamente los borrachos desaparecidos en la nieve, como has dicho antes. Schütz, conforme llegó, dijo en la prensa que la policía islandesa no tenía ni la experiencia ni la tecnología para resolver un caso así. Pero luego, si te lees toda la documentación del caso, ves enseguida que su misión fue poner a todos los acusados a cantar la misma historia. 

Ahí están las transcripciones donde les está diciendo lo que quiere que digan y lo logró. Va de uno en uno, interrogándolos, pero metiéndoles en la cabeza a uno dónde ha metido el cuerpo, a otro quién ha sido el que mató al tipo. El objetivo era llevar a esa gente a prisión con una declaración en la que se autoinculparan para poder cerrar el caso de una vez, cobrar un montón de dinero del Gobierno islandés y volver a la RFA como un héroe. 

Cuando luego salieron a la luz las arbitrariedades y barbaridades del procesamiento de esa gente, ¿no le llamaron?

No, murió antes de que volviese a salir el tema. 

El tío consiguió un sumario de diez mil páginas.

Sí, fueron veinticinco tomos. Es una historia muy complicada. 

Pero ha descubierto que la historia que la policía y el agente alemán intentaron que cantasen los acusados provenía de otro borracho.

Esta es la parte más loca de toda la historia. Me puse a investigar de dónde podría venir la versión oficial, lo de que habían estado en un barco traficando con alcohol y por una pelea habían hecho desaparecer a las víctimas. Me puse a leer todos los interrogatorios a ver cuándo aparece por primera vez, y resulta que surge en un documento de una declaración que la policía le toma al padre de un niño. 

Un borracho, de hecho, cuando le detuvieron llevaba una semana bebiendo, había dicho que él sabía todo lo que había pasado. Su hijo, inocentemente, le denunció y luego el hombre le dijo a la policía que se lo había inventado, que estaba de broma, bebiendo. Pero la historia que le contó a su hijo coincide al cien por ciento con la que luego hicieron confesar a los acusados. Es ahí donde empieza todo. Esa gente estuvo en celdas de aislamiento durante meses y les hicieron repetir y creer que era real… una historia inventada por un borracho. 

¿Los acusados llegaron a creer la propia historia que les hicieron confesar?

Hay que tener en cuenta que era otra época, que los policías no tenían experiencia y tampoco eran realmente muy conscientes de cómo le podía afectar a los presos estar meses en régimen de aislamiento con interrogatorios diarios. Uno de ellos estuvo seiscientos cinco días. Los estudios psicológicos dicen que con solo estar siete días ya puedes empezar a sufrir daños mentales; pues multiplícalo por cien. Con seis días en aislamiento sufres daños mentales, a los acusados de este caso les metieron seiscientos. Empiezas a verlo todo confuso, no recuerdas con claridad tu propia vida y, al final, una persona acaba diciendo cualquier cosa. Eres completamente manipulable en ese momento. Por ese motivo les arrancaron confesiones de algo que no habían hecho. 

Actualmente, a Erla, que ha estado con ella varias veces, la siguen insultando por la calle. Antiguamente hasta le escupían, pero era inocente.

Hay gente que ha cambiado su opinión sobre ella, pero, por cómo la mira todo el mundo, ves que hay tensión. El problema con ella es que la historia de su sueño con la que se inculpó a tanta gente, su hermano incluido, que era un baloncestista famoso, se considera que no le fue obtenida bajo presión, que lo dijo gratuitamente y que ese fue el origen de todo el lío. Creo que es algo completamente debatible. Ahora, todo el mundo ve a Saevar como una víctima, un pobre hombre que murió alcoholizado como consecuencia de todo esto, y a ella la consideran la causante de todo el problema. Sobre todo, por declaraciones que han hecho familiares de Saevar.

Dices que el caso no se pudo resolver porque en el poder seguían los mismos responsables de ese sumario de diez mil páginas.

Como en todos los países, igual no son ellos los que mandan, pero puede que estén ahí sus hijos, o los hijos de los policías. Los jueces han sido los mismos muchos años. Como es una sociedad pequeña, las élites salen todas de la misma piscina. Eso ha hecho que sea difícil que gire la rueda de la justicia. Tres décadas después, hay cosas que no han cambiado. 

Lo curioso es que historias como esta, o como la crisis económica o la erupción del Eyjafjallajökull, no hacen más que aumentar la afluencia de turistas.

Todos estos desastres, que a los islandeses les crean ansiedad, también les ayudan en su economía. Los turistas que entran pagan una tasa. No obstante, las infraestructuras no pueden más con tanta gente, siempre está en las noticias este problema. No saben cómo lidiar con tal cantidad de visitantes. Ha sido un cambio muy rápido. Ahora, la mayoría de los trabajos están basados en el turismo. Es un país de subidas y bajadas. Primero fue la pesca, luego las finanzas y ahora el turismo. Han pasado en muy poco tiempo de tener unos pocos miles de visitantes a tener millones. Parece que se repite siempre el mismo patrón, aparece algo que les salva y luego les destroza. La historia se repite una y otra vez. 

¿Cuál es tu teoría sobre las desapariciones? 

Ni idea, al final del libro he puesto las que me parecen más convincentes, pero es una pesadilla. Cuanto más te metes a fondo con la documentación, en más agujeros caes. Ahora siento que conozco menos la historia que cuando empecé a investigarla.


¿Cuál es la mejor bebida tradicional de España?

La ciencia dicta que el porcentaje de agua que aloja en el cuerpo humano una persona oscila entre el sesenta y el setenta por ciento. Si nos ponemos más específicos, el cerebro estaría compuesto en un setenta y cinco por ciento de agua, los pulmones en un ochenta por ciento, la sangre en un ochenta y poco, los músculos en un ochenta y seis, y los huesos en un reseco veinte por ciento. Se suelen dictar todos esos datos, porcentaje arriba porcentaje abajo, de carrerilla asegurando que los mismos se corresponden a cantidades de agua porque la ciencia tiene un carácter universal poco dado a los regionalismos.

Pero si los científicos centraran sus esfuerzos en analizar a los habitantes de nuestro país descubrirían que ciertos provincianos acumulan diariamente muy poca cantidad del líquido elemento y mucho de los exquisitos brebajes regionales que llevan siglos alegrando las sobremesas familiares. La encuesta de hoy presupone buen paladar, suena como una botella descorchándose y huele a un orujo ardiendo capaz de espantar a las brujas: ¿cuál es la mejor bebida tradicional de España? Nuestro territorio es tan rico en las cuestiones del beber como para que sea humanamente imposible enumerar todos y cada uno de los fabulosos elixires que se destilan en el país, por lo que siéntase libre el lector de añadir las evidentes ausencias en la sección de comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Sidra (Asturias)

A pesar de que se consume desde tiempos anteriores a los romanos, nadie tiene del todo claro cuál es el origen real de la sidra, esa bebida fabricada a partir del jugo fermentado de la manzana. En cambio, todo el mundo está de acuerdo en un par de cosas: por un lado, que la sidra es uno de los productos más divertidos a la hora de ser servidos, al requerir que se escancie con arte sobre un vaso de boca generosa. Y por otra parte, que se trata de uno de los escasísimos líquidos de consumo con la capacidad de invocar a una criatura mitológica legendaria, el gaitero asturiano. No existe fiesta de prao, reunión social, evento o jarana en la que colocar una caja de sidra en el suelo no haga aparecer, de la nada y sin previo aviso, a un gaitero perfectamente uniformado y muy obcecado con la labor de repasar el repertorio completo de tonadillas tradicionales.


Txakoli (País Vasco)

Existe papeleo oficial, donde se demuestra que el txakoli (o chacolí) ya estaba rellenado las panzas de las criaturas vascas allá por los comienzos del siglo XVI. Se trata de un vino blanco (aunque también existen variedades en rosado o tinto) elaborado inicialmente de forma casera en barriles de roble de los baserris, un caldo que nació siendo cabezón al tener el dudoso honor de convertir eficientemente la testa del consumidor en una maraca. Hasta que en 1989 recibió la denominación de origen gracias a unos cuantos esmerados amigos del vino que le dieron un bonito empujón a la calidad del mismo.


Licor de bellota (Extremadura) 

Extremoduro cantaba aquello de «Tierra de conquistadores, no nos quedan más cojones ¡bebe zumo de bellota, idiota!» mientras en Extremadura demostraban que de idiotas no tenían nada al ser capaces de exprimir el género autóctono de la mejor manera posible. Macerando las bellotas entre azúcares y anises, obteniendo un aguardiente que los comensales se pimplan con la excusa de requerir de un digestivo tras la ingesta de cordilleras de embutidos rebozados en pimentón de la Vera.


Queimada (Galicia)

Aguardiente, azúcar, corteza de limón y naranja. Hay quienes le echan granos de café, uvas y manzana. La queimada no solo es una bebida espectacular en su preparación —requiere que se le prenda fuego y produce unas llamas azuladas— sino que además destaca sobre todas las demás por su naturaleza mágica: remover el brebaje con el cucharón entre cascadas de alcohol y llamaradas es un ritual que solo puede llevarse a cabo acompañado de la pronunciación del conxuro (ideado en 1967 por Mariano Marcos Abalo). Un sortilegio que ha de recitarse para espantar a los demonios, las brujas y los malos espíritus. No se puede molar más.


Zurracapote (La Rioja)

Se estima que los habitantes de la antigua Roma plantaron los viñedos en La Rioja, iniciando así una tradición vinícola de entidad centenaria. Más tarde llegaron los calahorranos y decidieron que la forma más festiva de embellecer el vino tinto o el clarete era ponerlo a macerar después de llenarlo con melocotones, limones, naranjas u otras frutas y salpicándolo de canela y azúcares. El zurracapote también tiene el bonus de poder ser consumido en uno de los artilugios más divertidos de la historia para beber cualquier cosa: el incombustible porrón.


Ron de miel (Islas Canarias)

En las Islas Canarias son gente lista y por eso mismo han sabido hacer suya la máxima de Hannah Montana y conjuntar the best of both worlds al unificar alcoholes y melosidad en un producto que se ha convertido en un brebaje típico del lugar: el ron de miel, o ronmiel, que suena mucho más bonito. Una variedad de ron, elaborado a partir de aguardiente de caña o melaza, que añade a la bebida la miel de abeja en cantidades nunca inferiores al 2%. En el fondo, a la hora de trastear con el ron los canarios son los que tienen mayor autoridad para hacerlo: las primeras cañas de azúcar (esenciales para producir el licor) introducidas en América eran originarias de Canarias. Y si cruzaron el charco fue gracias a un Cristóbal Colón que llevó un puñado en la bodega durante su segundo viaje para jugar a ser jardinero. Desde el año 2005, el Ronmiel de Canarias es la denominación geográfica específica de la bebida.


Licor 43 (Murcia)

En Murcia van de cara y lo que ves en la etiqueta es exactamente lo que contiene la botella. Cuarenta y tres distintos cítricos, especias y frutas del mediterráneo combinadas en una bebida de color dorado que fue elaborada artesanalmente en 1942 por Diego Zamora en sus destilerías de Cartagena, un producto que se ha convertido en el licor español más vendido en todo el mundo. Dice la leyenda que la receta oficial, y por tanto la naturaleza de dichos cuarenta y tres ingredientes, es un secreto celosamente guardado. 


Pacharán (Navarra)

Imagen: José Antonio Larasoaña Zunzarren (CC).

Bebida casera nacida en Navarra con un nombre (patxaran) que proviene de la antigua acepción del euskera basarana utilizada para designar a la ciruela silvestre de la endrina, el fruto necesario para confecciona un licor macerado en aguardiente anisado. Popular desde tiempos tan remotos como la Edad Media, el pacharán era lo que soplaba alegremente ya en el siglo XV la reina Blanca I de Navarra utilizando la excusa de que aquello tenía propiedades medicinales. Con un contenido alcohólico entre los 25 y los 30 grados, es normal que aquello le curase los dolores.  


Horchata (Comunidad Valenciana)

Aunque parezca difícil de creer no todas las bebidas destacables del país son cócteles con contenido alcohólico. Y la horchata de chufa no solo es la razón por la que los valencianos han logrado sobrevivir durante tanto tiempo al verano, sino que es una de esas cosas que a pesar de tener un recorrido de siglos a cuestas (la primera receta conocida de horchata de chufa es de 1748) se resisten a pasar de moda: en 2009, Vampire Weekend le dedico una canción titulada, convenientemente, «Horchata». 


Agua del grifo (Comunidad de Madrid)

En dura lucha contra la «caña de Mahou bien tirada», el agua de grifo de Madrid es probablemente la bebida más representativa de la comunidad. Al menos en palabras de los propios habitantes del lugar. El agua del grifo de Madrid es el líquido primigenio del que nacen todas las cosas que son puras en el universo. Son las lágrimas de un dios capaces de devolver la vista al ciego, desterrar el cáncer y hacer que a los tullidos les crezcan nuevas extremidades. Es el sentido de la vida en versión acuosa, el verdadero habitante digno de un botijo y el único fluido con propiedades más milagrosas que el agua bendita. Se rumorea que Manuela Carmena está compuesta en un 102% de dicho líquido, y no se descarta que todo esto sea un complot de todos y cada uno de los madrileños para que los turistas se pasen el día enchufando el morro al grifo en lugar de robándoles sus licores de anís.


Orujo (Cantabria)

Interpretado desde la alta Edad Mdia como una de las gasolinas más efectivas a la hora de propulsar los estómagos cántabros, el orujo de Liébana es una bebida elaborada partiendo de los hollejos, raspones y pepitas resultantes de las uvas que han sido pisadas para extraerles el mosto de sus entrañas, y también es un trago que alcanza con facilidad los 40 grados. Para ser conscientes de su envergadura tan solo es necesario mentar que los cántabros ofician la Fiesta del Orujo en Potes. Porque hay pocas cosas más evidentes para demostrar el alto estatus que tiene algo como el honor de que se decida convertir su existencia en una celebración.


Limonada leonesa (Castilla y León)

Hay leoneses que han llegado a enfrentarse en duelos de vida o muerte con aquellos que se han atrevido a decir «pero si esto es sangría» tras pegarle un sorbo a la limonada leonesa tradicional. Una bebida fabricada a base de dejar reposar durante días una piscina de vino rellena de limones, azúcar, canela y (a veces) fruta, pasas e higos. Tiene la curiosidad añadida de incluir una tradición políticamente incorrecta, la de denominar «matar judíos» a su consumo durante la Semana Santa.


Vino (Castilla-La Mancha)

Sobre las tierras de las provincias de Albacete, Ciudad Real, Guadalajara, Cuenca y Toledo están plantados la mitad de los terrenos dedicados al cultivo de viña de toda España, convirtiendo a la comunidad de Castilla-La Mancha en la orgullosa poseedora del mayor viñedo del mundo. Entre las páginas de Don Quijote de La Mancha, los personajes se ponían ciegos a vinos manchegos y en el mundo real las tierras de La Mancha hace más de treinta años que no contemplan una añada que no tenga buen nivel. La cultura popular de este país, las filosofías de barrabar y el mundo del arte le deben muchísimo a las cogorzas obtenidas chapoteando entre los numerosos vinos con denominación (Valdepeñas, Almansa, Jumilla, Ribera del Júcar o Méntrida entre otros) de aquellas tierras.


Rebujito (Andalucía)

El rebujito que reina durante las ferias andaluzas tiene un antepasado eminente en tierras inglesas: el sherry cobbler. O el resultado de colocar en la misma copa vino de jerez, soda, azúcar, una rodaja de naranja y bastante hielo. Una combinación ideada por los ingleses allá por el siglo XIX que era promocionada en las estampas de la época como la bebida ideal para disfrutar entre queridos tirando de dos pajitas. A mediados de los noventa, las ferias y romerías popularizaron la idea del rebujito como piedra fundamental de la farándula andaluza. 1/3 de vino de manzanilla, 2/3 de refresco de lima (Sprite o 7up), hierbabuena, mucho hielo y preferiblemente una copa de cristal fino con talle esbelto para agarrar elegantemente sin calentar los tragos.


Cava (Cataluña)

Francesc Gil y Domènec Soberano llevaron en 1868 su cava (aunque en aquel momento habían tirado de uvas francesas para producirlo) hasta la Exposición Universal de París. Durante 1887, y como consecuencia de la plaga de la filoxera en el Penedés, se vieron obligados a utilizar otros tipos de plantas y uvas autóctonas catalanas para su elaboración, dotando de una personalidad propia al vino espumoso. En el año 1972 se aprobó la denominación de cava haciendo una peineta a los franceses, muy celosos de su champán y muy poco amigos de que los vecinos produjeran pócimas similares. Desde entonces, el cava catalán se ha derramado con alegría durante las celebraciones y convertido en una seña de identidad de Cataluña. Su poder es evidente porque ¿existe algún otro brebaje al que los desacuerdos políticos hayan convertido en objeto de boicot?


Hierbas (Islas Baleares)

A mediados del siglo XVIII, los payeses mallorquines aprovecharon que tenían muchos alambiques a mano para comenzar a elaborar sus propios licores de hierbas, porque no hay nada más hermoso que fabricarse en casita aquello con lo que te puedes pillar una buena curda. Las Hierbas de Mallorca, ese producto bautizado sin complicarse mucho la vida, se presentan en diferentes variantes (dulces, mezcladas o secas) y se producen mezclando una bebida espirituosa anisada con una solución hidroalcohólica aromatizada por destilación de plantas aromáticas mallorquinas: hierba Luisa, manzanilla, naranjo, limonero, romero, toronjil e hinojo.



El consumo de drogas antes de la I Guerra Mundial

Fumador de opio, 1904. Foto: Cordon Press.

Soy consciente de que el consumo de drogas es más viejo que la tos, pero tenía la percepción de que los hábitos y escenarios como los actuales derivaban de la década de los sesenta, sin embargo, no es así. Antes de la Gran Guerra el auge del consumo ya alcanzó cotas muy elevadas; precisamente las que empujaron a los gobiernos a iniciar las políticas prohibicionistas. 

En Drogas, neutralidad y presión mediática de Juan Carlos Usó, hay una recopilación de noticias y documentos de la época que dibujan un cuadro cuando menos sorprendente. En el cambio de siglo, el opio, la morfina, la heroína y la cocaína, entre otras sustancias, eran de venta libre. 

Se empleaban con fines terapéuticos, en principio. La morfina como analgésico, la heroína como antidepresivo y contra la tos y la cocaína como anestésico local. Estos usos se tradujeron en que los más afectados por la adicción fueran los propios facultativos. Sin embargo, aunque estaba prohibido anunciar estas sustancias en los medios, había publicidad de, por ejemplo, la cocaína incluso en la Gaceta de Madrid, una publicación oficial del Estado. 

Durante el XIX no llegó a haber alarma social por el consumo de drogas, tan solo se conocían casos puntuales de personajes que habían necesitado tratamientos de desmorfinización. Generalmente, entre ambientes bohemios y artísticos. La única alarma que vivió la sociedad fue contra el alcoholismo, que llegó a ser un movimiento organizado en una Liga Antialcohólica Española que tenía un periódico, El Abstemio, con una tirada de diez mil ejemplares. 

No obstante, poco a poco fueron apareciendo artículos sobre la adicción a otras sustancias. El doctor Ignacio Llorens Gallard escribió en La Vanguardia en 1894 un artículo en el que calificaba la morfinomanía como «un vicio de fin de siglo». Decía que en una época en la que «los fundamentos sociales se discuten y se cuestionan» y «los pocos ideales, restos exiguos de pasadas tradiciones, se tambalean y derrumban», cuando la gente llevaba una vida «nerviosa, acelerada, histérica, sin norte, sin certidumbres», al final «la inmoralidad, en lo que tiene de más crapulosa y repugnante, reina en todas las clases sociales». Asistía, en fin, a un periodo histórico de «valientes descocos», y no se estaba refiriendo a Instagram, sino a que la población estaba abocada a castigarse la vena. 

A continuación, describía el retrato del yonqui, tan bien conocido por todos a estas alturas: 

El morfinómano conviértese, después de algún tiempo establecido el hábito, en un anestésico moral. Ni la tristeza ni la alegría hacen mella en su decaído ánimo: el único placer, el solo deseo, la sola satisfacción, por cierto efímera, es la que experimenta cuando se practica la inyección. Impotente para sustraerse al influjo del deseo morfínico, siente el tedio de la indiferencia, modificándose sus sentimientos en perjuicio de los seres de su familia, a los cuales trata con recelo, desdén o brutalidades propias de un loco (…) Uno de los defectos que se observan casi siempre en los morfinómanos es el prurito de mentir, haciéndolo con una frescura inconcebible. 

No se conocen los índices de consumo y adicción de aquellos años, pero sí que había médicos especialistas en el tratamiento de la morfinomanía que se anunciaban en los periódicos. En 1929, una obra, Los engaños de la morfina, de César Juarros, alertaba del consumo en los cuarteles: «Donde haya un soldado dispuesto a gastarse las sobras, surgirá el vendedor zalamero y pegajoso». El mismo autor, en 1911, dijo que el noventa por ciento de los morfinómanos eran médicos. 

Un cura, el padre Rafael Cimadevilla, en un artículo titulado «El vicio de la morfinomanía» advertía de que se estaba cometiendo un «crimen de lesa humanidad», aunque, según Usó, sus palabras estaban más cerca de fomentar el deseo de probar la morfina que de otra cosa, sobre todo entre las mujeres: 

Produce una satisfacción tal de placer y felicidad, que hace desaparecer como por encanto de la memoria todos los recuerdos tristes, las incomodidades de la vida; se olvidan los disgustos y los contratiempos, y todo parece alegre, risueño, suave; el alma se ve rodeada de venturas, como si estuviera engolfada en un mar de placeres tan delicados y sutiles, que el espíritu créese libre de los lazos y pesadez del cuerpo, con alas para volar a otras regiones donde todo es felicidad y dicha (…) Es una moda de gran tono entre las damas de la alta sociedad regalarse mutuamente unos lindos estuchitos, disfrazados de mil formas por el arte, hasta el extremo de parecer objetos inocentes —frasquitos de esencia, estuches para agujas, alhajas, etcétera— cuando en realidad contienen una jeringuilla de inyecciones y una buena dosis de morfina.

Desde 1900, en el código civil alemán ya aparecía la figura de «los individuos que destruyen su personalidad por el uso continuado de sustancias». En Austria, la morfinomanía era causa legítima de divorcio. El estado de Nueva York puso bajo control médico la distribución de cocaína y se encontró con el que en mercado negro creció tanto la venta que llegó a venderse más barata que en el médico. Algo parecido le ocurrió al gobierno francés cuando quiso prohibir el opio y la cocaína, aumentó el mercado negro, aunque en este caso con precios más altos, lo que causaba la ruina y económica y física de los usuarios menos pudientes. Un médico, Jules Regnault, ya previó que las restricciones no harían más que aumentar el contrabando. 

En Estados Unidos, desde la Guerra de Secesión, el consumo de opio había aumentado un 900% y el de la morfina un 1100% mientras la población creció solo un 59%. En la prensa se hablaba de los kits para la morfina como los que había visto el padre Cimadevilla. Eran estuches para guardar la jeringuilla y los viales y se vendían en las joyerías y tiendas de moda de Nueva York. El San Francisco Examiner escribió en 1908: «Las mujeres más ricas y a la moda están recibiendo, en las celebraciones más sagradas como Navidad, regalos de felicitación que evidencian su esclavismo a uno de los más desagradables y ruinosos vicios». Juan Ramón Jiménez, en su Diario de un poeta recién casado sobre su viaje a Nueva York reflejó la cantidad de gente que estaba puesta de opio en la ciudad, sobre todo en los clubes más sofisticados. Hasta dejó testimonio de que en el viaje en barco había una mujer metiéndose picos. 

Fumadora de opio, 1909. Foto: Cordon Press.

Sin embargo, el gran problema de las ciudades portuarias estadounidenses eran los fumaderos de opio. En Nueva York, se calcula que había cinco mil usuarios de estos lugares. Tras el terremoto de San Francisco, el hundimiento de las calles dejó a la vista decenas de ellos. El consumo de coca estaba igualmente extendido en todas las clases sociales. Podían tomarla los ferroviarios que hacían horas extras y la población afroamericana de clase baja que no tenía para whisky. En 1910, el presidente William Howard Taft dijo que la cocaína era «el peor problema de las drogas jamás sufrido en Estados Unidos». En 1914 y 1915 se aprobaron leyes muy restrictivas y punitivas, pero en los años treinta se comprobó que el consumo había aumentado exponencialmente y había entre un millón y cuatro millones de toxicómanos en todo el país. 

En Francia, basta un párrafo del periodista Fabrice Gaignault para hacerse una idea de la situación: 

Al amparo de la expansión colonial, el opio llegó a convertirse, entre 1880 y 1914, en un hobby tan pertinente desde el punto de vista social como el croquet o el tiro al pichón. «La caza del dragón» era por entonces una actividad tolerada, hasta tal punto que era habitual que una gran burguesa iniciara a su hija de tierna edad en el disfrute de las embriagantes volutas. Un día incluso llegaron a pillar al general Boulanger pinchándose en los mismísimos jardines del Elíseo.

Más de la mitad de las prostitutas de Montmatre eran adictas. Las sobredosis llegaron a ser un fenómeno cotidiano. Cuando se declaró la guerra en 1914, había decenas de miles de cocainómanos en toda Francia. Así, luego se veía «pilotos de caza llenarse de cocaína las narices antes de ir a combatir al cielo». Solo en París se contabilizaban cincuenta mil morfinómanos. Uno de cada cuarenta habitantes. Echemos un vistazo a la prensa: 

La última ha sido una pobre muchacha, de una veintena de años. Victoria Chene, morfinómana, que acaba de morir en Argers. La lista de víctimas aumenta. No hay día en que no se señale uno de estos extraños suicidios (…) Clandestinamente funcionan los fumaderos de opio. Damas de distinción y señoritas con bastante trapío se consagran a buscar sensaciones… (La Correspondencia de España, 1908)

Los morfinómanos están más generalizados: pero los eterómanos que se pasan horas y horas oliendo un algodón empapado en éter, abundan aquí más que en ninguna parte. Sin embargo, nada causa tantos estragos como la cocaína, cuyo uso se extiende… (La Correspondencia de España, 1911)

Medio París se ha aficionado al éter, la morfina, la cocaína y al opio. Las funestas drogas han comenzado a invadir los cenáculos estudiantiles y amenazan corromper a toda una generación. (ABC, 1913)

Los desórdenes y las pasiones causados por el uso clandestino de tóxicos, especialmente del opio (…) y la morfina han aumentado hasta alcanzar proporciones espantosas. (Discurso del diputado socialista Jean Colly, 1913)

En Inglaterra había un extendido consumo de opio extendido en las grandes poblaciones manufactureras, vicio que se fue extendiendo en el rural porque resultaba más barato que el alcohol. La Vanguardia, en 1903, relataba: «La cocaína, sobre todo, tiene gran número de partidarios, especialmente entre las mujeres». Muy sonado fue que Billie Carleton, una actriz famosa, muriera de sobredosis de cocaína cuando regresaba del Baile de la Victoria en el Royal Albert Hall en 1918. 

La mayor parte del material veía de Alemania, de su industria química, en general, y los laboratorios Bayer en particular. Productos que se exportaban y también gozaban de un mercado interno con buena demanda. Como prueba definitiva, esta información descubierta en 1926:

Alemania está haciendo entregas de narcóticos, principalmente de cocaína, a los aliados en pago de las reparaciones de la guerra (…) Inmensos cargamentos de cocaína han ido a Yugoslavia, a juzgar por las informaciones de la prensa, donde la droga no se usa para aplicación de la medicina, sino que se compra por particulares para introducirla clandestinamente en Francia. Se dice que los contrabandistas están levantando inmensas fortunas con este comercio ilícito. 

Hubo también fuertes oleadas de toxicomanía en San Petersburgo con cocaína y heroína de venta en farmacias. Lo mismo en Egipto, el primer país en sufrir una epidemia nacional de adicción a la heroína por vía intravenosa en los años treinta. En los muelles, se llegó a pagar a los estibadores en especie, directamente en caballo. A raíz de todos estos escenarios, se puso en marcha todo el aparato legislativo prohibicionista al que Usó se refiere como «el mayor experimento moral de la historia», que en la actualidad continúa con un saldo de cuestionable eficacia. Las drogas siguen perteneciendo al terreno de la mitología, la fantasía y el escándalo sin que todavía hayan sido devueltas al ámbito de la farmacología.


Zapoy: la resaca de un imperio

Soldados del Ejército Rojo bebiendo vodka,1944. Fotografía: Cordon Press.

Cuenta la historia que el gobernador de una región de Siberia se percató después de un zapoy de que había olvidado desearle al zar Alejandro III feliz cumpleaños, por lo que corrió a enviar un telegrama de felicitación hasta San Petersburgo que decía: «He estado bebiendo a la salud de Su Alteza Real durante tres días». El zar, probablemente en medio de su propio zapoy por la compasión de sus palabras, contestó: «Muchas gracias, pero ya es hora de que te detengas». Ya dijo Emmanuel Carrère en Limónov que el zapoy es cosa seria, «no una curda de una noche que se paga, como en mi país, con una resaca al día siguiente. Zapoy es pasar varios días borracho, vagar de un lugar a otro, subir en trenes sin saber adónde van, confiar los secretos más íntimos a desconocidos casuales, olvidar todo lo que has dicho y hecho: una especie de viaje».

El alcohol ha sido uno de los pocos elementos que en la Rusia zarista no distinguía entre clases. Nobles y ladrones, artistas y campesinos bebían como sistema para olvidar las dificultades de la jornada o de la vida. De cualquier modo, que un ruso pueda beber veinte litros de media de vodka al año no sorprende a nadie. Testigo de las victorias y los horrores del país, el símbolo de un sistema social, dolores de cabeza de los últimos jefes comunistas, moneda de cambio y figurante por tiempo indefinido en su afamada literatura. Resacas de escritores, artistas y políticos han pasado debidamente a la historia porque no son mucho menos alocadas que las de tus colegas, como aquella vez que el tunante de Yeltsin fue encontrado en ropa interior en medio de la avenida Pennsylvania parando un taxi para comprar pizza.

La afición de los rusos por el alcohol es más antigua que la Rus de Kiev (Estado ruso antiguo formado por una federación de tribus eslavas orientales). Cuentan algunas de las crónicas del siglo XII que, cuando el príncipe Vladímir estaba estudiando las posibles religiones a las que convertir a los paganos eslavos y averiguó que el islam prohibía el consumo de alcohol, rechazó la idea de que su pueblo sirviese a Alá. Pero para comprender el uso generalizado del alcohol en Rusia es necesario reflexionar sobre la naturaleza misma del país. Como bien es conocido, la tónica de los inicios de la Rus de Kiev fue de un clima gélido, hostil, y de un potencial agrícola subdesarrollado. Entonces, la única bebida con alcohol consistía en pequeñas cantidades de hidromiel originaria de los vikingos.

El siglo XVI fue testigo del estreno de los Románov en la persona de Iván III y los comienzos del sistema de servidumbre; ese mismo centenario hizo su aparición el vodka. En 1533 abrió sus puertas el primer kabak, una taberna donde se podían comprar y consumir distintas bebidas alcohólicas. Bajo la administración de Iván el Terrible estos lugares comenzaron a diseminarse y terminaron siendo frecuentados, mayormente, por la Guardia Imperial. Con apenas recursos suficientes para sobrevivir, el alcohol se convirtió en un bien tan deseado como inalcanzable para el grueso de la población, en su mayoría analfabeta y rural. Sin embargo, en las ciudades recientemente erigidas era más fácil acceder a los licores gracias a la aparición de las korchmas (instalaciones que servían comida y bebidas con bajo contenido de alcohol). Estos establecimientos constituyeron una fuente de oro para el Estado, tanto que en el siglo XVII tuvieron también lugar las revueltas kabak, protagonizadas por los supervisores de estas tabernas y el abuso de poder de sus administradores. La aparición de estas tascas y de esta agüita divina supuso para los rusos un acontecimiento que no solo se usó como embrión de mitos que llegan hasta nuestros días, sino que sentó las bases de toda una cultura en torno a este brebaje.

La brecha urbana-rural se acentuó por el alto precio del vodka. Como cuenta Igor Kurukin en Monarch kabak business, en el siglo XVII, un cubo de este licor (12,3 litros) llegó a ser dos veces más caro que una vaca. La segunda y más importante etapa en el crecimiento de la bebida en Rusia comenzó en 1716, ya con Pedro I el Grande y su decisión de eliminar temporalmente todas las restricciones sobre la destilación. En 1885 las kabaks llegaron a sumar ochenta mil, lo que equivalía a una por cada mil cuatrocientos habitantes, en parte gracias al crecimiento del 30 y 38% que experimentaron los ingresos públicos por la venta de alcohol a finales del siglo XVIII y XIX, con Catalina II y Alejandro II, respectivamente. La tercera etapa coincidió con la abolición de la servidumbre en 1861, cuando el precio del vodka disminuyó sustancialmente a medida que aumentaba el número de destilerías. Por primera vez, el elixir eslavo se hizo accesible al grueso del campesinado.

En Un calendario de sabiduría: pensamientos diarios para nutrir el alma, escritos y seleccionados de los textos más sagrados, León Tolstói incluye un ensayo titulado «¿Por qué los hombres nos estupidizamos?»En él, el autor taladra las capas psicológicas más profundas de los excesos e intenta llegar al epicentro de las adicciones. «¿Cuál es la explicación del hecho de que la gente usa sustancias para embrutecerse: vodka, vino, cerveza, hachís, opio, tabaco y otras cosas menos comunes: éter, morfina, etcétera? ¿Por qué se ha extendido tan rápidamente, y por qué se sigue extendiendo entre toda clase de personas, salvajes y civilizadas?», se preguntó. No es asunto baladí. Pero antes de caer en respuestas anodinas, que el tiempo posiblemente hubiese canonizado en la misma medida que a su autor, este continúa limando las capas del ser, en pro de una respuesta más pragmática a lo que ya se empezaba a considerar un problema social. Y sí, una adicción que actualmente se cobra la vida del 30% de la población masculina no puede tener su raíz tan solo en mitos manidos. Para Tolstói, es en la dualidad del ser humano, «el uno ciego y físico» y el otro que «ve y es espiritual» donde reside el quid de la cuestión. Esa división cuerpo/alma atormentará a Tolstói y a sus contemporáneos durante la mayor parte de su vida. Para el escritor, existen por un lado aquellas actividades que nos mantienen en armonía con la conciencia y, por otro, aquellas que nos esconden a nosotros mismos las indicaciones de esta con el fin de ser capaces de seguir viviendo como hasta el momento.

Esta conciencia dificulta la vida, y con el fin de ser capaz de seguir viviendo como antes la gente recurre al método interno infalible y confiable, que es el de oscurecer la conciencia misma envenenando el cerebro con sustancias estupefacientes (…) detenemos la actividad del órgano a través del cual la conciencia se manifiesta, como un hombre cubriendo sus ojos se esconde de sí mismo lo que no quiere ver.

¿Quién no ha sentido vergüenza o arrepentimiento después de una borrachera? Antes de su fase abstemia, Tolstói conocía bien los usos y costumbres del embrutecimiento del alma, de esa autoprivación de la conciencia a través del alcohol, y encuentra en ella una respuesta filosófica, psicológica y social a la necesidad del hombre «de esconderse a sí mismo las exigencias de la conciencia». Esta misma penetración psicológica está presente en la vida, obra y personajes de Fiódor Dostoyevski. Recordemos que Dostoyevski y Tolstói, ambos abanderados de la novela social rusa del siglo XIX, fueron coetáneos de Marx y de Engels, lo que les hizo ser testigos de la caída del ya decadente zarismo y la gestación del comunismo. En este contexto de convulsión, sus personajes luchan por no caer en los vientos del egoísmo y la libre voluntad individual que soplaban desde Occidente. La prostituta, el criminal, el jugador vicioso o el alcohólico protagonizan una lucha con profundos e idénticos problemas morales que la burguesía, acompañados, en ambos casos, de vino, vodka o champagne. Al fin y al cabo, «lo que necesita Rusia es más Rusia, no más Occidente», como sentenció el de San Petersburgo. La cuestión de fondo es la misma y, además de escritores, fueron otros como Piotr Ilich Chaikovski o Modest Músorgski los que también intentaron dar voz al «alma rusa», conducidos por las vicisitudes del alcohol, el pesimismo político y una sensación de desesperación que se ha ido quedando grabada en el espíritu del país.

El comunismo entró tímidamente en Rusia en la década de 1860 calando rápidamente en la acomodada intelligentsia. De alguna manera su discurso reemplazó al sacro ortodoxo, convirtiéndose en religión para jóvenes que, como Lenin, Trotski o Stalin, construyeron el comunismo que volvió a apelar al alma rusa. Dos guerras mundiales, una guerra civil y el terror estalinista sumados a unas leyes semisecas entre 1914 y 1918 fueron suficientes para moderar el consumo de alcohol, que no volvió a manifestar un crecimiento precipitado hasta 1950. Tres años más tarde, un atormentado Dmitri Shostakóvich estrenaba con la Filarmónica de Leningrado su décima sinfonía, ya curtido en zapoys. Podría decirse que razones no le faltaban; el vodka puede apagar la consciencia cuando tienes que dormir bajo amenaza de arresto, y ayuda a oscurecer la conciencia cuando te obligan a criticar a tu ídolo en público. «Me pareció un hombre atrapado. Su único deseo: que le dejaran solo, con la paz de su arte y su trágico destino, al que estaba obligado a resignarse», dijo Vladimir Nabokov sobre el compositor. Trágico o no, el destino de los sovoks (nacidos en la URSS con una ideología promovida por Gobiernos socialistas del bloque del Este) era el «socialismo con rostro humano».

Por entonces, el socialismo tenía cara de Vénichka, personaje al que los ángeles alentaban a empinar el codo y a coger un tren dirección Petushkí, una miserable ciudad que a él se le antojaba un oasis. Durante su viaje de tres días y preso de un zapoy, el protagonista creado por Venedikt Eroféiev viaja entre alucinaciones, conversaciones y dilemas donde lo divino y el alcohol vuelven a compartir protagonismo. «Tenía razón: Moscú-Petushkí es el gran poema de los zapoy, esa interminable curda rusa a la que la vida tendía a asemejarse bajo el régimen de Brézhnev. La odisea mugrienta, catastrófica, del borrachín Vénichka entre la estación de Kursk, en Moscú, y el villorrio de Petushkí, en las lejanas afueras». Eroféiev no fue mucho más suertudo que el personaje al que dio vida. Sin apenas escribir más en los treinta años posteriores, el escritor murió en 1990 de cáncer de garganta y con el hígado destrozado por el alcohol.

Pero, a diferencia del hombre ruso definido por Vénichka como ese ser poco apreciado a este lado o al otro, se encontraba uno que por el contrario sí era amado en el exterior, pero odiado en su propio país. En 1986, Mijaíl Gorbachov lanzó una ambiciosa campaña antialcohol que, con una serie de herramientas administrativas, económicas, judiciales y sanitarias, disminuyó rápidamente la producción y el consumo. Entre 1985 y 1987 se consiguió que las ventas de alcohol oficialmente registradas cayeran a la mitad, bajando entre el 25 y el 30% los niveles de ingesta, en contraposición a un crecimiento masivo de la destilación hogareña. Se instauró la Sociedad Nacional de Lucha por la Sobriedad donde debían ingresar los altos mandos, y apareció la revista Sobriedad y cultura. A partir de entonces, el alcohol comenzaría a desaparecer de todas las escenas y escenarios, de cines y de teatros.

El pueblo inició una guerrilla contra un empeñado y abstemio Gorbachov, los taxistas vendían vodka a precios escandalosos y surgían nuevas recetas para destilar alcohol casero, lo que dio como resultado un aumento del número de toxicómanos e intoxicaciones masivas. Svetlana Aleksiévich comentó en una rueda de prensa que en los años noventa, «la época del romanticismo», los rusos pensaban que «se marcharían los comunistas y vendría la libertad […] Pero se venció al monstruo del comunismo y ahora debemos de vivir con las ratas que salieron de nuestra propia alma». El porqué lo explica Aleksiévich en El fin del Homo sovieticus, porque «solo un soviético puede llegar a comprender a otro soviético» en el rumor de la calle y las conversaciones de cocina; una generación perdida, «la que tuvo una infancia soviética y una vida capitalista». La obra de la Nobel bielorrusa claudica con los «comentarios de una mujer ordinaria», cuyo marido muere a causa del alcohol.

La naturaleza del consumo volvió a entrar en fase de cambio en cuanto a cantidad y calidad, y este comenzó a extenderse hasta jóvenes y mujeres, entre quienes antes había sido objeto de desaprobación social. En diciembre de 2016, más de setenta personas murieron intoxicadas en la ciudad siberiana de Irkutsk a causa de una loción de baño concentrada a base de alcohol metílico y flores de majuelo. Esta se podía adquirir en cualquier farmacia, y por supuesto era más barata que una botella de vodka. El Servicio Federal para la Regulación del Mercado del Alcohol asegura que cada año se consumen entre ciento setenta y doscientos cincuenta millones de litros de este tipo de lociones, y estima un crecimiento de la demanda de estos productos en un 20% al año. La crisis económica, bien atizada por la caída de los precios del petróleo, y el consecuente aumento del precio del vodka y otras bebidas alcohólicas han causado estragos en la vida de los rusos. En 2010, el entonces primer ministro ruso, Vladímir Putin, aprobó un programa antialcohol con el objetivo de reducir a la mitad el consumo del país en los diez años siguientes y terminar de una vez por todas con el mercado negro de licores.

La implantación de responsabilidades en el Código Penal por reiteradas violaciones en materia de producción y comercialización, los nuevos criterios en la formación de precios o la última y más sonada iniciativa, que propone prohibir la venta de alcohol los fines de semana, son algunas de las medidas mencionadas por el Kremlin. Las últimas estadísticas se muestran algo más favorables y presentan un cambio en los hábitos de consumo en los últimos tiempos, la preferencia de los rusos por el vodka ha caído casi a la mitad, al tiempo que han aumentado las ventas de otras bebidas con menor graduación como la cerveza o el vino. No obstante, fuentes institucionales advierten de que todavía el 30% de los hombres y el 15% de las mujeres mueren por causas derivadas del consumo de bebidas espirituosas. Al final va a ser que, como dijo Antón Chéjov, el alma rusa no existe, y que «lo único tangible es el alcohol, la nostalgia y el gusto por las carreras de caballos».


My drinking team has a rugby problem

Sebastien Chabal en el partido entre Sale y Montauban de la Copa Heineken, 2008. Fotografía: Getty Images.

En el otoño de 2012, la policía francesa recibió la llamada de una mujer muy alarmada que conducía por la autopista a medianoche. Se acababa de cruzar con un carrito de golf que circulaba por la propia autopista, en dirección contraria. Sobre su conductor solo pudo decir que tenía un volumen de proporciones gigantescas. Cuando la policía llegó al lugar para esclarecer los hechos, lo único que hizo en realidad fue confirmar lo que ya sospechaba: que a los jugadores del equipo de rugby profesional del pueblo vecino se les había vuelto a ir el tercer tiempo de las manos. Un pilier samoano se había colado en el campo de golf local y había decidido salir a dar un paseo en el carrito. Por supuesto, iba borracho como una cuba.

Y es que a los jugadores de rugby les gusta beber. Mucho. La fama de borrachos o, al menos, de grandes bebedores es legendaria. Pero ¿por qué beben tanto? Empecé a hacerme esta pregunta desde el primer día que pisé mi club de rugby.

Tardé cinco minutos en darme cuenta de que jugar al rugby no era lo mío. Oh, me encantaba el juego, me fascinaba, más bien, pero mi constitución endeble y mi espíritu cobarde ya ofrecían una buena pista de que quizá debía mantenerme alejado del terreno de juego. Llegué a mi primer entrenamiento vestido como un payaso, calzando unas botas prestadas de delantero (botas altas, con refuerzo en los tobillos) y una vieja camiseta tres tallas más grande. Alguien dijo: «Vamos a echar un tocata», y a mí me pareció una idea bastante inofensiva, porque un tocata es un partidillo sin apenas contacto en el que el placaje se sustituye por un inofensivo «toque» con las manos. Sin embargo, cuando cogí el balón por primera vez y no supe qué hacer ni hacia dónde ir, un animal con la dentadura incompleta decidió que merecía alguna suerte de castigo y, en lugar de limitarse a «tocarme», prefirió embestirme con todas sus fuerzas, lanzándome al suelo y cayendo sobre mí con todo su peso, aplastando mis hombros y fracturando mi clavícula.

A partir de aquel momento decidí continuar con mi afición por el rugby desde una distancia más prudencial y juré no volver a ponerme unos tacos en mi vida. Pasé así a formar parte de un característico grupo que en España resultaba asombrosamente reducido: el aficionado al rugby no practicante. En aquellos tiempos era algo muy raro de ver. Parecía que el rugby solo le gustaba a la gente que lo jugaba o lo había jugado.

Seguí, por supuesto, involucrado con el club. Acudía a todos sus partidos y, sobre todo, participaba como el que más de sus terceros tiempos. Ay, el tercer tiempo. La cerveza corría a un ritmo demencial. Los barriles iban cayendo y tras ellos los pacharanes, los whiskys y todo lo que nos pusieran por delante. Enseguida me di cuenta de que aquello era la principal razón de ser de muchos jugadores. Había tipos que solo jugaban al rugby para tener una buena excusa para después emborracharse sin piedad. A mí me fascinaba observar cómo sucedía todo aquello. Creo que es algo único en este deporte. En ningún otro el partido del fin de semana es un gatillo tan directo para el desenfreno alcohólico. ¿Por qué sucedía eso? La cerveza está unida al rugby con tal solidez que apenas se pueden entender el uno sin la otra. Rugby y cerveza forman un todo indisoluble. La cerveza corre por las venas de este deporte, riega las gradas y lubrica todas y cada una de las veladas posteriores a los partidos. Un tercer tiempo sin cerveza es inconcebible. Es como pensar en un partido sin balón. Conozco jugadores que no acudirían a una convocatoria si supieran que no iba a haber cerveza en el tercer tiempo.

Y, por supuesto, la combinación de cien kilos de peso y el raciocinio intoxicado es peligrosa. Cuando el alcohol nubla el entendimiento empiezan a surgir ideas malas. Muy malas. Vaciemos una jarra en la cabeza de aquella muchacha. Desnudémonos todos en la cafetería del AVE. Ideas que provocan que un equipo entero acabe en un cuartelillo de la Guardia Civil de un pueblo perdido de La Mancha para explicar por qué le ha parecido buena idea subir al autobús la máquina tragaperras del último restaurante en el que ha parado.

En mi club, los desmanes ebrios se sucedían en cada tercer tiempo. Y la pregunta permanecía. ¿Por qué? ¿Qué diferenciaba a los jugadores de rugby del resto de deportistas, que parecían tan inclinados a beber como marineros en tierra? ¿Era una imposición, una costumbre, una tradición? No lo sabía, pero seguía viviendo aquellas escenas con una mezcla de curiosidad, espanto y diversión. Porque sí, a menudo eran divertidas. A no ser que uno se convirtiera en el blanco de las demencias. Un flanker, en cierta ocasión, me sacó los calzoncillos por fuera de los pantalones de un brutal tirón que me dejó unas dolorosísimas marcas en la entrepierna que me impidieron caminar correctamente durante semanas. Otro simpático delantero disfrutaba persiguiéndome con un hielo en la mano y, en cuanto me tenía a tiro, me colocaba el cubito en la frente y me daba un cabezazo que destrozaba el hielo (ese parecía ser el objetivo principal del juego) y a mí me dejaba aturdido durante un buen rato, amén de una frente ensangrentada.

Ni siquiera el rugby internacional estaba libre de tal desenfreno. En 1988, John Jeffrey, tercera línea de Escocia, y Dean Richards, tercera línea de Inglaterra, acabaron la velada posterior al partido que enfrentó a sus selecciones por la mítica Calcutta Cup recorriendo las húmedas calles de Edimburgo jugando al fútbol. Los policías que acudieron alarmados por el escándalo comprobaron con horror que el balón que utilizaban era la propia copa, una antiquísima obra de orfebrería, fabricada en 1878 con las rupias fundidas del desaparecido Calcutta Football Club, que tintineaba sobre los húmedos adoquines, abollada y deformada tras horas de maltrato. Dean Richards rememoraba años después cómo se iniciaban los terceros tiempos de entonces: «En aquellos tiempos te sentabas a cenar y había una botella de whisky en medio de la mesa. Aquello era la fórmula para el desastre desde el principio». Los años del rugby internacional amateur han quedado atrás, pero la historia del principio de este artículo demuestra que la tradición sigue viva en el rugby profesional de hoy en día.

El capitán del primer equipo de mi club era un medio melé internacional que tenía fama de ser el «noveno delantero» por su arrojo en el juego y lo que yo interpretaba como un absoluto desprecio por su integridad física. En los terceros tiempos bebía hasta caer redondo, no sin antes dejar su huella allí por donde pasaba. No era capaz de acabar la velada sin haber provocado una pelea, haber intentado derribar de un placaje el poste de una señal de tráfico o haberme dejado a mí al borde del coma etílico. La primera vez que salí con ellos me dejaron en la puerta de la casa de mis padres, prácticamente arrojándome de un coche en marcha, en un estado tan lamentable que mi padre envió un severo e-mail al presidente del club para pedirle explicaciones sobre la clase de club deportivo que era aquel, que dejaba a un joven enclenque en un estado semejante. El presidente contestó preguntando a mi padre si estaba interesado en comprar lotería del club.

Por fin, una noche de celebración tras un partido, como si llevara leyéndome la mente toda la temporada, ya que yo no le había mencionado nada al respecto, aquel medio melé se acercó a mí en la barra de un bar y me dijo: «¿Sabes por qué los jugadores de rugby bebemos tanto?». Allí estaba por fin la respuesta que buscaba. Hice un gesto con la cabeza y esperé que continuara. Entonces dijo: «Para que deje de doler».

Y, sí, puede que así sea. Porque un partido de rugby es una auténtica paliza. Estos tipos se muelen a palos. Crujidos de huesos, contusiones, brechas, torceduras. Se retuercen los dedos sacando el balón de un maul y se pulverizan los hombros colisionando con otra mole que viene en sentido contrario. La cerveza es la vuelta inconsciente a la paz física, aunque solo sea durante unas horas, aunque solo sea para dormir bien esa noche.

Escuché alguna vez que los escritores tienden a beber más de la cuenta porque intentan acallar algo que les atormenta en el interior. Tiene sentido pensar que los jugadores de rugby beban para acallar algo que les atormenta en el exterior. El alcohol como gran apaciguador. Y, créanme, tras un partido de rugby, hay mucho que apaciguar.