Anacronismos, errores y el nacimiento de la tipografía moderna

Extracto del folio 15 del Libro de Kells. (DP)

El de la tipografía es un mundo extraño. Si en Roma levantamos la cabeza para echarle un vistazo a las inscripciones del Arco de Constantino, nos llamará la atención lo mucho que se parecen esas mayúsculas a las que nos encontramos en el mismo folleto explicativo que llevamos en la mano —y de hecho, a la mayor parte de los textos impresos en la actualidad—. Pero si intentamos leer alguna de las páginas de la Biblia de Gutenberg, unos quince siglos más cercana a nuestra época, nos supondrá (con suerte) un esfuerzo notable y un ligero dolor de cabeza. La culpa (al menos en parte) de que nos resulte más familiar lo romano que lo posterior la tienen gente como el francés Nicolas JensonAldo Manucio y el resto de sus coetáneos: una serie de diseñadores y tipógrafos del Renacimiento italiano que habrían de poner patas arriba el panorama de las grafías occidentales. Pero antes volvamos a los tiempos de la Roma imperial, porque la historia de los orígenes tipográficos es igual de curiosa y bastante menos conocida que otras que se cuentan a menudo.

Uno de los principales hechos que a menudo damos por sentado es la unidad de mayúsculas y minúsculas. Por ejemplo, es tentador pensar que la P mayúscula que comienza esta frase es el complemento natural de la p minúscula, y que necesariamente hubieron de aparecer al mismo tiempo. Pero no es así. Mayúsculas y minúsculas siguieron caminos muy distintos antes de juntarse. Las mayúsculas a las que estamos acostumbrados, las T, las R, las X (no las J y las U, para esas tendríamos que esperar) fueron las primeras pobladoras del mundo tipográfico latino, y se las debemos —en su encarnación actual— a Roma, que a su vez pudo obtenerlas de griegos y etruscos. Son esos mismos diseños que apuntábamos en el Arco de Constantino y que podemos admirar también si nos acercamos a la Columna de Trajano —posiblemente el cilindro de roca que más influencia ha tenido sobre la escritura occidental—, donde las mayúsculas talladas hace poco menos de dos milenios serían utilizadas como modelo muchos siglos después. Esta mayúscula romana era el tipo oficial del Imperio, el de edictos y monumentos. Sin embargo, tenía un problema serio: lo que ganaban en elegancia lo perdían en eficacia. Escribir textos informales en mayúsculas es lento e incómodo. Por eso a la tipografía oficial la acompañaban una multitud de tipos de escritura paralelos. Uno de ellos, quizá el más común, es la cursiva romana en sus diversas variantes. Lo paradójico es que, aunque las mayúsculas romanas de monumentos, lápidas y placas nos parecen totalmente contemporáneas, la cursiva romana nos es casi imposible de descifrar. Con sus A que parecen lambdas o sus B y D prácticamente idénticas, ni nos resulta atractiva ni nos facilita la lectura. Sí que es cierto que, en tiempos del Bajo Imperio y durante la Antigüedad tardía, aparecerían cursivas que hoy nos resultarían bastante más reconocibles.

Recreación de un texto de las tablillas de Vindolanda. Imagen: DP.

Sin embargo, con la caída del Imperio, aparecen tantos estados bárbaros sucesores como formas de representar el alfabeto latino. Es la época de caligrafías tan bellas como la desarrollada por los monjes de Irlanda —y que podemos ver en el Libro de Kells–, posteriormente utilizada en Inglaterra también. En la propia península ibérica vimos la aparición de la caligrafía visigótica, hoy en día prácticamente olvidada por completo. Desapareció sin dejar más rastro que la forma de escribir la Z, que más tarde habría de convertirse, en tiempos de Carlomagno, en la cedilla moderna.

Libro de Kells Mateo 23:12–15. Folio 99, verso (ca. 800). Imagen: DP.

Esta proliferación de tipografías, aunque estéticamente impresionante, tenía un inconveniente: la falta de comprensibilidad entre regiones, lo cual dificultaba el trabajo de la reproducción y difusión de los textos antiguos que se iban rescatando. A raíz de este problema, durante el siglo VIII surgió en la corte de Carlomagno la iniciativa de estandarizar la tipografía bajo un único estilo. Bajo los auspicios del emperador del Sacro Imperio, y (aunque esto aún se debate) bajo la batuta del abad inglés Alcuino, se empezó a utilizar la minúscula carolingia. La primera vez en que se usa este término, porque conviven dos alfabetos distintos. Aunque, ojo, la diferencia entre mayúsculas y minúsculas a estas alturas era cuestión de estilo, no de ortografía. Los textos estaban escritos o en una o en otra. La minúscula carolingia, más redonda y legible, fue la nueva grafía estándar en Europa Occidental durante unos cuantos siglos, pero habría de jugar un papel aún más importante más adelante.

Códice Beinecke MS 413. Folio 165 (ca. 873). Imagen: DP.

Pero, a pesar de los esfuerzos —mitológicos o no— de Alcuino, la evolución de las grafías no se detuvo, y las minúsculas comenzaron a mutar y seguir caminos distintos. Las caligrafías y tipos, como el resto de las artes, tienden a adoptar elementos del estilo imperante. La etapa entre el siglo XII y el XIV es la época de la verticalidad del gótico (tanto en letra como en arquitectura) y de la primacía de los arcos y curvas apuntadas sobre lo redondo. Es la época de la catedral de Colonia, y de la grafía gótica, que rompe todas las curvas de las letras y las sustituye por líneas rectas. La gótica es la caligrafía que hoy en día asociamos popularmente con códices medievales, carteles de pubs ingleses y biergarten alemanes, y con la fuente Old English —aunque es un anacronismo, porque el anglosajón antiguo se escribía con grafías más similares a las del Libro de Kells, por ejemplo—.

Detalle de la Biblia de Malmesbury (ca. 1407). Imagen: DP.

Con la llegada del siglo XV nos encontramos con otra revolución en el mundo de las grafías, esta vez de mano de los italianos. En Italia había habido cierta resistencia a adoptar lo gótico en la escritura, al igual que en el resto de las artes. En el siglo XV surge un movimiento de vuelta a lo clásico. La Antigüedad griega y romana vuelve a estar de moda, y un grupo de tipógrafos, diseñadores y artistas variopintos hace todo lo posible para recuperar la grafía de los antiguos. El caso de las mayúsculas es sencillo: están en todas partes, sobre todo en la capital de Italia. Felice Feliciano recrea el alfabeto de mayúsculas romanas gracias a la multitud de monumentos romanos que han sobrevivido y lo difunde en un manuscrito que servirá de base para todos los demás. Sin embargo, nadie sabe qué hacer para localizar las minúsculas romanas, porque nadie es consciente de que los romanos nunca las utilizaron. Tras mucho rebuscar, los renacentistas tienen que conformarse con la letra utilizada en las reproducciones de los textos clásicos, que asumen (erróneamente) es la misma que utilizaron los romanos. Da la casualidad de que la mayor parte de esas reproducciones eran manuscritos cercanos a la época de estandarización del famoso Alcuino y estaban escritos en minúscula carolingia. Así pues, las nuevas grafías —que ahora llamamos humanistas— adoptan la que será la fórmula dominante hasta la actualidad: un alfabeto de mayúsculas basadas en las mayúsculas monumentales romanas, como las de la Columna de Trajano, y un alfabeto de minúsculas basadas en la minúscula carolingia: un diseño técnicamente anacrónico basado en un error, pero no por eso menos bello.

Tipografía Jenson. Imagen: DP.

El final de la historia, y el salto final a la hegemonía de los tipos humanísticos, llega gracias a la imprenta, y a gente como Nicolas Jenson o Aldo Manucio: fueron ellos, junto con otros grandes impresores y diseñadores, los que crearon las primeras tipografías basadas en diseños humanistas, y los que por primera vez permitieron su difusión a gran escala. Desde el siglo XVI, la fiebre de los tipos humanistas o romanos desplaza a los góticos, expandiéndose tanto a España como hacia el norte. La notable excepción es Alemania, que de forma irreductible continuará utilizando las letras góticas hasta bien entrado el siglo XX (aunque eso se merece su propio artículo). El diseño de Jenson es quizá el que se convirtió en el estándar a ser seguido desde su creación, tanto que hoy, si cogemos un libro y lo abrimos, es muy probable que esté impreso en una tipografía sucesora de la que impulsó Jenson. Con el paso de los siglos y la llegada del Barroco, del Rococó y del Neoclasicismo cambiarán ligeramente los estilos, pero la fórmula básica creada por los diseñadores renacentistas permanecerá prácticamente igual hasta nuestros días. Como dice Nesbitt, el Renacimiento se convirtió en «el modelo y el ideal para el resto del mundo occidental», pero quizá en ningún área sea esto tan cierto como en la de las tipografías.


Contra la bibliofilia

Foto: Luis Quintero (CC0).

Mucho antes de ser un libro, la Biblia fue una colección de relatos protagonizados por hombres y mujeres de este mundo. Mientras que las grandes mitologías anteriores narran sobre todo la esfera de lo divino y su intersección con la humana, las páginas de la hebrea muestran siempre una pátina de polvo y una solidez de roca, y son pisadas por seres humanos de carne y hueso, con Yavé como motor inmóvil y personaje secundario, que va y viene —dios invisible o deus ex machina— según le convenga a la estructura dramática de cada uno de esos libros que configuran artificialmente el Libro. 

O a cada autor, porque mucho antes de ser capítulos de una única obra monumental, el Génesis, el Cantar de los Cantares o el Evangelio según San Pablo fueron poemas o cuentos o novelas o tratados o leyendas o biografías, cada uno de su padre y de su madre. La unidad de la Biblia es una ilusión colectiva, alimentada durante siglos tanto por los lectores judíos como por los cristianos. Al quedar atrapada en un único volumen se perdió su forma original, mucho más justa con su contenido: una estantería llena de rollos, sin orden ni concierto, una telaraña sin centro, un archivo. 

El primer gran editor de la historia, por tanto, no fue el genial humanista Aldo Manucio, que creó en su imprenta de Venecia un centro de estudio, composición y difusión a finales del siglo XV y principios del XVI, sino el editor o los editores anónimos que los eruditos llaman «P.». Así lo explica Karen Armstrong en La historia de la Biblia: «Revisó las narraciones de J. y E. y añadió los libros de Números y Levítico, recurriendo a viejos documentos —genealogías, leyes y antiguos textos rituales—, algunos ya escritos y otros transmitidos hasta entonces oralmente». La revolución de P., que seguramente fuera una escuela y no un único individuo, fue espectacular. Tras releer y discutir todos los materiales más o menos sagrados se decidió que el verbo shakan significaba ‘llevar la vida de los nómadas que habitaban en tiendas’ y que, por tanto, Dios en realidad no deseaba un templo, sino el desierto donde habitaban sus creyentes: «En la historia corregida de P., el exilio era la última de una serie de migraciones: Adán y Eva fueron expulsados del Edén; Caín fue condenado a llevar una vida de vagabundo sin hogar tras asesinar a Abel; la humanidad fue dispersada en la torre de Babel; Abraham dejó Ur y las tribus emigraron a Egipto para acabar viviendo como nómadas en el desierto». P. amplió hasta el infinito los límites del templo: el mundo entero fue, desde entonces, una iglesia. O, mejor dicho, un libro.

Pero P. es un peldaño de una larga escalera, que empieza con las primeras decisiones editoriales de J. y E., y prosigue con los añadidos y las reinterpretaciones de Esdras; y con los traductores judíos que vertieron al griego sus textos sagrados durante el siglo III a. C., en la isla de Faros, frente a Alejandría; y con los inventivos narradores judeocristianos de las sectas que creían en la potencia de Jesús y decidieron «escribir una colección de textos sagrados completamente nueva»; y con la lectura alegórica de Orígenes; y con la traducción de san Jerónimo (la Vulgata); y con el cambio radical de los criterios de selección y de edición que llevaron a cabo Martín Lutero y los revolucionarios protestantes. 

Desde la Biblia de Gutenberg hasta hoy, el libro más famoso y más vendido y más influyente —para bien y para mal— de la historia de la humanidad ha estado siempre relacionado con las nuevas tecnologías de la transmisión del conocimiento. Manucio inventó el libro de bolsillo en Italia, la familia Elzevir lo popularizó durante el siglo XVII en el norte de Europa y la modernidad ya no pudo entenderse sin ese formato que daba acceso a todo el mundo a un conocimiento que, durante siglos, fue monopolio de los eclesiásticos y de los ricos. La gran metáfora de esa democratización es, precisamente, el «papel biblia». Un papel fino, pero muy resistente, que absorbe bien la tinta y que se popularizó por ser la plataforma perfecta donde imprimir biblias y diccionarios.

Tengo exageradamente subrayado mi ejemplar del libro de Armstrong, porque la historia de la Biblia me parece fascinante. Su viaje desde aquellos rollos manuscritos hasta el ejemplar que hay en todas las bibliotecas (y, en Estados Unidos, en los cajones de las mesitas de noche de todos los hoteles). Su extraña evolución: en el principio era una sucesión de textos con voluntad descriptiva e histórica —digamos: de no ficción—; después se transformó en una antología sagrada —digamos: ficción disfrazada de no ficción—; y finalmente se aceptó que era una ficción simbólica —digamos: no ficción disfrazada de ficción—. Pero, más allá de esas lecturas de consenso entre los teólogos, uno puede leerla como poesía o como épica o como novela o como autoayuda, porque todos los clásicos se adaptan a las pupilas de los lectores de cada momento futuro.  

No concibo la posibilidad de que haya en mi biblioteca libros que no pueda subrayar. Doblar la esquina de la página. Prestar. Apilar. Llevar a clase. Leer en el metro o en el café. Incluso: perder. Para mí eso es la bibliofilia: el amor crítico y compartido por los libros, por su historia y por sus historias, por su lenguaje, por su capacidad de penetración intelectual, psicológica, moral, espiritual. Por eso no entiendo la otra bibliofilia, la del coleccionismo de ejemplares únicos, delicados y caros. Libros que debes consultar con guantes de tela; que no le puedes dejar a un amigo; y que tienes que esconder como los tesoros que son (mientras uno dice para sus adentros, la cara deformada por la avaricia: «Mi tesoro…»). Durante la Revolución francesa una de las formas de detectar a un aristócrata era examinando su biblioteca. La encuadernación en piel, a menudo firmada por un gran artesano, era cara; también lo era el ébano de las estanterías. Condorcet podría haber salvado el pellejo si se hubiera deshecho de su preciado ejemplar de Horacio, con el sello de las prensas reales, que lo delataba como un falso republicano. Lo primero que hacían los revolucionarios con las bibliotecas que requisaban era desprender a los libros de sus encuadernaciones, aparatosas y pesadas y monumentales, lo contrario de la ligereza y de la comodidad que invitan a la lectura.

Desde entonces hemos sido millones los lectores que hemos podido permitirnos la posesión de una biblioteca personal. Una biblioteca que —como las librerías en que se refleja, espejos complementarios— es estilística y formalmente diversa, con cubiertas y contracubiertas y solapas y tamaños distintos, con variedad cromática, como si la idea de la biblioteca moderna todavía estuviera huyendo de la imagen de aquellas bibliotecas nobles en que todos los ejemplares estaban encuadernados según el gusto único del propietario, y no según el plural de sus autores y editores. Una biblioteca democrática, donde impera el gusto por la lectura, la voluntad de evasión o el amor al conocimiento por encima de todas las máscaras del continente que, aunque bien es cierto que dan testimonio de una artesanía y de un arte y de una tradición cultural, también distraen de lo que realmente importa: el contenido.

Como la numismática o la filatelia, la bibliofilia es una afición más propia del museo que de la vida. Es un anacronismo que transporta a una época en que la lectura era patrimonio exclusivo de una élite. La democracia, no obstante, es ese orden de lo real en que pueden convivir las repúblicas con las monarquías, los videojuegos con la hípica, el ingeniero espacial con el leñador, el youtuber con el zapatero remendón. Y lo cierto es que, si eres amante de los libros, aunque no te gastes una fortuna en ejemplares únicos ni en volúmenes exóticos, no dejas de comprar otros libros, libros de bolsillo, novedades, libros de segunda mano, porque la pulsión es tiranía. Si eres amante de los libros, las paredes de tu casa se van a ir revistiendo de anaqueles, hasta cubrirlas por completo. Si eres amante de los libros, con el tiempo irás olvidando que tu casa tenía paredes. Si eres amante de los libros, en fin, estás condenado a ser anacrónico, porque el precio del metro cuadrado no permite las bibliotecas infinitas. Pero ¿podemos acaso los seres humanos no vivir en estado de contradicción?