Dolores fuertes de barriga, Guillotin y otras torturas

Escena de La vida de Brian.

Hace unos años fui a comer al restaurante de El Corte Inglés de Alicante y pedí una merluza a la plancha que, para mi sorpresa, estaba asada por fuera pero congelada por dentro. El camarero no solo no se responsabilizó del asunto sino que me la cobró y, con el ticket en mi poder, presenté la reclamación correspondiente; a los pocos días me llamó el jefe de cocina para disculparse e invitarme a comer —en desagravio— lo que quisiera y cuando quisiera, solo tenía que ir y preguntar por él, por Manuel Cebollada.

Llamarse Cebollada y ser jefe de cocina me pareció una excusa estupenda para iniciar una colección de apellidos predestinados que fui reuniendo en una agenda que, desgraciadamente, he perdido. Mi memoria flaquea y solo recuerdo de aquellas primeras anotaciones a José María Grúas, propietario de un negocio de ídem en Lérida y a J. A. Rioflorido de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir. Tenía muchos más.

Todos conocemos extrañas combinaciones, jugarretas del destino, leyendas urbanas como la de Dolores Fuertes de Barriga o Francisco Macías Pajas y hemos convertido en comunes algunos apellidos que han servido para nombrar los objetos que utilizamos a diario porque los inventores bautizaron con ellos sus descubrimientos; esto es particularmente visible en el mundo del automóvil: Henry Ford inventó la producción en cadena de vehículos, Édouard  Michelin vio las posibilidades que tenía el caucho vulcanizado e inventó las llantas desmontables en 1891 y Andrè Citroën cambió las carrocerías de madera de los primeros automóviles por las de acero antes de inventar la suspensión hidroneumática, por recordar algunos ejemplos de objetos con los que convivimos usando un apelativo.

Claro que algunos apellidos, más que útiles, nos resultan paradójicos: Podemos es, entre otras cosas, un partido anticlerical, antitaurino y anticapitalista que fue fundado por Iglesias, Errejón y Monedero. Rufián es el apellido de un diputado que ha hecho bandera de la lucha contra la corrupción y Botín el de una saga de banqueros. Otros nos resultan inexplicables: llamarse Doylataguerra, Miravete o Follana puede parecer extraño al que no los maneja pero esto va por barrios, como la alegría, y no suenan tan raros cuando nos son cercanos; todos conocemos ejemplos sabrosos.

Hay libros en el mercado y programas de radio que nos ponen al día de las casualidades y, a veces, de la guasa de algunos padres que no se conforman con lo que el destino les ha proporcionado y redoblan las posibilidades de que sus retoños sean objeto de burla. Existen curiosidades que no anoto por no molestar aunque ganas me dan de saber cómo lo llevan el reportero sevillano Diego Velázquez, el asesor jurídico Luís Tomé de la Mano o la malagueña Mar Conejo Doblado.

Si el nombre o los apellidos que nos han tocado —o su combinación— no nos gustan y queremos cambiarlos, la ley española nos ampara: el art. 109 del Código Civil, desarrollado por la Ley 40/1999 de 5 de noviembre, nos permite los juegos que deseemos para una vida en paz, quizá de olvido, quizá de recuerdo amoroso hacia alguien que nos crio sin ser nuestro progenitor biológico y al que queremos perpetuar en nuestra descendencia.

Hay apellidos que en sí mismos son una tortura o la representan: el doctor Joseph-Ignace Guillotin, nacido en Francia en 1738, no inventó pero sí revolucionó el mundo de las penas de muerte al perfeccionar una máquina mortífera que eliminaba la agonía del reo, lo que suponía un avance en el sentir ilustrado del siglo XVIII. Consistía en una cuchilla muy afilada de acero con el borde triangular, lastrada con una pieza de sesenta kilos de plomo, que caía sobre la cuarta vertebra del condenado segándole la cabeza de un tajo.

Guillotin justificó la bondad de su invento en la Convención Nacional diciendo que era «un mecanismo que desciende rápido como el rayo, en el que la cabeza vuela, la sangre brota y la víctima deja de existir».

En principio se reservaba para miembros de la aristocracia porque la espada o el hacha resultaban algo vulgares y sangrientas para las cabezas coronadas, pero en 1789 la Asamblea Nacional francesa hizo extensivo este método de ajusticiamiento a todos los condenados tras la aprobación de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, que introducía la igualdad (legalidad y fraternidad) en el nuevo ordenamiento jurídico galo. Además, resultaba mucho más rápido para la liquidación de una clase social que durante la época del Terror se cobró aproximadamente unas diecisiete mil víctimas.

La leyenda (también urbana) cuenta que, dado que las ejecuciones eran públicas, el pueblo hacía apuestas mientras merendaba por saber cuánto tiempo iba a tardar la cabeza en cerrar los ojos, porque se decía que el cerebro seguía funcionando unos minutos después de ser separado del cuerpo.

Los métodos de tortura con público más populares hasta la fecha habían sido el ahorcamiento, la estrangulación, la rueda, la hoguera y la lapidación. En la Edad Media se utilizaba el desmembramiento para los condenados por delitos contra el rey y su familia.

La crucifixión fue, sin embargo, una de las técnicas ejemplarizantes más arcaica que se conocen y está comprobado que muchos pueblos de la antigüedad la usaron habitualmente para someter, castigar e incluso divertirse en macabros espectáculos de masas. Se cree que fueron los asirios, famosos por su implacable crueldad, los que la introdujeron en el Cercano Oriente, y se sabe que los persas la usaban y que Alejandro Magno la copió de estos.

Las culturas mediterráneas también practicaron la crucifixión y fueron los fenicios los que la extendieron por el Mediterráneo occidental llevándola hasta Cartago Nova, donde la conocerían los romanos.

Era una forma de tortura muy fácil de inventar: el condenado era atado o clavado en una cruz de madera o entre árboles o directamente sobre una pared, normalmente desnudo, y se le dejaba ahí hasta su muerte por asfixia, agotamiento, shock hipovolémico, paro cardíaco, etc., todo dependía de la salud y resistencia del sujeto.

En el Imperio romano, en la época de Jesús, era una forma muy extendida de disuadir a los considerados enemigos. El castigo incluía un juicio sumarísimo, la flagelación del reo, hacerle cargar con el travesaño de madera (llamado patibulum) hasta el lugar donde se le iba a clavar en una estaca vertical con clavos o cuerdas, el expolio de sus pertenencias —que formaban parte del salario de los soldados— y, si era de clase social gentil, se le inhumaba, pero si era esclavo o enemigo, se dejaba el cadáver sin enterrar para que lo devoraran las alimañas. Se solía hacer con luz solar, normalmente antes de mediodía, y siempre extramuros o en lugares apartados de la ciudad, en montes cercanos o a lo largo de caminos.

La religión judía prohibía terminantemente esta práctica y solo permitía el apedreamiento, la hoguera, el estrangulamiento y la decapitación, que se tenían por menos salvajes y más consideradas con el reo.

Con el que los romanos llamaron rey de los judíos aplicaron, según la historia, sus propias leyes y no la hebrea. El emperador Constantino abolió en el siglo IV esta forma de dar muerte al condenado y, que se sepa, no se volvió a utilizar.

La muerte en la hoguera y la lapidación eran también métodos muy antiguos y ya aparecen en la Biblia con largo recorrido en las religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islam.

La hoguera se asocia siempre a la Inquisición aunque, en teoría, siendo un tribunal eclesiástico, se debía limitar a actuar en el llamado «auto de fe» en el que se intentaba que el condenado —nunca infieles— abjurase de la herejía o brujería por las que se le sometía a dicho auto.

El reo era entregado a un tribunal secular, que era el que aplicaba la sentencia y que tenía la deferencia de estrangularlo antes de quemarlo si había abjurado. Si no lo hacía, llegaba vivo a las llamas o moría por las emanaciones de dióxido de carbono que producía la combustión de la madera. El público acudía gozoso a estos espectáculos, que se equiparaban a las corridas de toros y a los fuegos artificiales.

Era un método piadoso según justificaba la Orden de los Dominicos que ostentaba la presidencia de los tribunales, pues se podía considerar un anticipo de lo que les esperaba en el infierno al que de todas maneras iban a ser condenados por Dios. No podía faltar en este método de tortura el apellido ad hoc: Tomás de Torquemada fue el primer inquisidor general de Castilla y Aragón, en el siglo XV, por mandato de los Reyes Católicos.

La pena de muerte ha desparecido en las constituciones más modernas: la Constitución del 78 la prohíbe en el art. 15, aunque cuando se redactó salvaba la jurisdicción militar para casos de guerra, pero esta salvedad fue eliminada por una Ley Orgánica de 1995 y ya no se prevé en el ordenamiento jurídico español en ninguno de los casos.

Ignoro si siguen existiendo guillotines en Francia, si todos se cambiaron el apellido o si pactaron para olvidarlo como hicieron los sobrino-nietos de Adolf Hitler: el documental The Pact (El juramento de los Hitler) relata el supuesto pacto de los descendientes de los hermanos del dictador para no tener hijos y para cambiar el apellido por el de Stuart-Houston una vez que se instalaron en los Estados Unidos. Que se sepa, en estos momentos no existe nadie que legítimamente ostente el apellido del líder nazi.

En la ley española el cambio de los apellidos afecta a todos los descendientes del que lo promovió, pero no conozco otras legislaciones ni cómo se contempla en el resto de países. Mientras resuelvo la duda (o no) me quedo escuchando a Roberta Flack y su conocidísima canción «Killing Me Softly With His Song», exitazo romántico desde 1973 que también tiene su gracia si consideramos que un flack jacket es un chaleco antibalas. No quedaba otra opción que hacerlo suavemente…


El buen ladrón

Detalle de Diógenes, por John William Waterhouse, 1882.

Con el gesto pedía clemencia, o eso dijeron algunos periodistas. Otros aseguraron que aquello (las palmas juntas, reverencia con la cabeza) fue un saludo a la japonesa. Seguro que recuerda usted la escena, como para no. Coletita respingona, desaliño riguroso, accesorios new age, barba blanca de proporciones victorianas. «Me he llevado de todo», anunció a los reporteros congregados ante el Juzgado de Instrucción número 6 de Valencia. «De todo: dinero, caja y comisiones». Se llama Marcos Benavent, pero eso qué más dará. Usted y la posteridad le recordarán como el «yonqui del dinero», porque así se denominó a sí mismo. Pero ya no más. Ni corrupto, ni plutócrata, ni del Opus. De la gomina, ni gota; del Porsche Cayenne, ni el rastro. Después de abandonar el país, el exgerente de Imelsa, empresa pública de la Diputación valenciana, pasó por el Amazonas, Japón y Ámsterdam y así regresó a España: iluminado y arrepentido, por ese orden de importancia. Con el semblante beatífico del Buen Ladrón en los pasos de Semana Santa y los aires flipados de quien ha cambiado el ron cola por la ayahuasca. Y presto a colaborar con el juez y a sacar «mierda a punta pala», citando de nuevo sus palabras. «He hecho un viaje hacia fuera, lo he perdido todo para ganarme a mí mismo», explicó más tarde a los periodistas. «La revolución está dentro de uno mismo, no está fuera», añadió. Entre sus nuevas aficiones citó «mis talleres», «mis historias», «mis animalitos» y «mis rollos». Entre sus proyectos de futuro, «biodinámicas conectadas con el cosmos» y el tantra.

Con Diógenes de Sinope le pasará más o menos igual, que por su nombre le sonará poco. Quizá más por el síndrome que lo lleva, aunque no debería llevarlo: Diógenes solo poseía cuatro objetos (un bastón, un zurrón, un manto y una escudilla) y la escudilla la tiró, por innecesaria, un día que vio a un muchacho sorber lentejas directamente de las manos. Pero si decimos «el de la tinaja», entonces sí. Ha pasado a la posteridad por eso, por vivir en una tinaja, y porque un día Alejandro Magno tuvo la deferencia de visitarlo en persona y ofrecerle lo que quisiera, y Diógenes solo le pidió que se apartase, que le estaba dando sombra. Seguramente no es cierto, pero da igual. De Diógenes ha perdurado esa imagen: la de antisistema mendicante, la de fucker insobornable, la de azote por igual de reyes, sabios y legisladores. En suma: la de gran crac.

Pero Diógenes fue un corrupto, un chupóptero de la peor calaña. No se eche las manos a la cabeza, que esto lleva veinticinco siglos publicado. Su principal biógrafo, su tocayo Diógenes Laercio, explica en sus Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres que Diógenes tuvo que abandonar Sinope, su ciudad natal, después de que le pillaran con las manos en la masa. «Habiendo sido hecho director de la Casa de Moneda [por su padre, Icesio, que era banquero y acuñador], Diógenes se dejó persuadir por los oficiales para fabricar moneda falsa». No se sabe con seguridad si Diógenes fue juzgado y desterrado o si huyó por miedo a eso mismo, que parece lo más probable (1); también lo es que aquellos tejemanejes fueran cosa familiar y que su padre estuviera en el ajo. Sí se puede concluir que ocurrió, pues el propio Diógenes lo reconocía (2), y que el fraude seguramente fue significativo, infligiendo un daño devastador a la economía local. Dos mil quinientos años después, todavía se siguen desenterrando dracmas con el sello de IKEΣIO en la antigua Sinope, hoy en Turquía.

A nosotros no nos ha llegado el libro en el que Diógenes confesaba, el Pordalo, ni ningún otro de los que se le atribuyeron en la Antigüedad. Solo sabemos de él lo que cuentan sus cronistas, principalmente Diógenes Laercio, y a partir de que llegase a Atenas, donde acabó pernoctando en la famosa tinaja durante una buena temporada. Recordemos: ni una cosa ni la otra fueron por voluntad. Lo primero fue para escapar de la justicia de Sinope y lo segundo porque estaba arruinado y no le quedaba otra (3). Aun así, se dedicó entonces a pontificar y estableció que aquella vida que él llevaba (como de perro, kyon, en griego; de ahí la palabra «cínico») era la virtuosa.

Diógenes fue filósofo porque lo decidió la posteridad y gran patriarca de la escuela cínica porque ninguno de los demás lo superó en mamarrachería; pero si algo se lee entre líneas es que sus coetáneos le tenían por friki, poco más (4). Y Platón, en particular, le acusaba de escenificar su miseria, de vacuidad intelectual y de ser un cantamañanas, en resumidas cuentas. «Una vez le daba encima un canal de agua», escribe Laercio, «y como muchos se compadeciesen, Platón, que también estaba presente, dijo: «Si queréis compadeceros de él, idos». Con esto quiso significar su gran deseo de gloria».

No juzgue usted a Platón con severidad, esto se entiende mejor con contexto. El contexto es como sigue. Este señor se la cascaba en público:

Solía hacer todas las cosas en público, tanto las de Ceres como las de Venus (5). Ejecutando a menudo operaciones torpes con las manos a la vista de las gentes, decía: «¡Ojalá que frotándome el vientre se me fuera también el hambre!».

Te faltaba porque sí:

Clamando una ocasión y diciendo: «¡Hombres, hombres!», como concurriesen varios, los ahuyentaba con el báculo diciendo: «¡Hombres he llamado, no heces!».

Si le invitabas a cenar, te escupía:

Habiéndolo uno llevado a su magnífica y adornada casa y prohibiéndole que escupiese en ella, arrancando una buena flema se la escupió en la cara diciendo que no había hallado lugar más inmundo.

No le podías dejar dinero:

Cuando necesitaba de dinero se lo pedía a sus amigos, no como prestado, sino como debido.

Y le daba igual ocho que ochenta, en resumen:

Preguntado qué vino le gustaba más, respondió: «El ajeno».

Para colmo, les decía cosas chunguísimas a los niños:

Viendo al hijo de una meretriz que tiraba una piedra a la gente, le dijo: «Mira no des a tu padre».

Más que cualquier otra cosa, Diógenes quería atención y la obtenía a cualquier precio. Laercio reseña ocasiones en las que lo hizo cantando por la calle, caminando al contrario de las multitudes y haciendo grafitis en las puertas. También una vez se dedicó a comer altramuces a puñados y con la boca abierta, como el monstruo de las galletas, obteniendo la atención mediante el método de dar muchísimo asco. En este punto, un experto en filosofía dirá que forma parte del método, que los cínicos no solían legar palabra escrita y que recabar la atención era la manera de emprender el diálogo, única forma verdadera de impartir sabiduría. Bueno, vale. Estas tonterías las hacen igual los youtubers de catorce años (6), pero aceptemos pulpo como animal de compañía. Cuesta ver más, se mire por donde se mire, que lo que Diógenes impartiese a continuación fuera verdadera sabiduría. Empezando por su misoginia ferocísima, con mucho, peor que la de cualquiera en la escuela socrática:

Habiendo visto una vez unas mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá que todos los árboles trajesen este fruto!».

También era un viejo verde:

Habiendo visto a un joven muy hermoso que dormía sin que nadie lo cuidase, lo despertó diciéndole: «Levántate, no sea que durmiendo por detrás con su dardo alguien te hiera».

Hacía victim blaming:

A un mozo que se quejaba de la turba popular que lo perturbaba, le dijo: «Deja tú también de dar indicio de lo que deseas».

Hacía body shaming:

Habiendo ido a ver al retórico Anaxímenes, que era muy recio de cuerpo, dijo: «Danos también a nosotros pobres un poco de tripa, y con eso tú te aligerarás y a nosotros nos serás útil».

Hacía slut shaming:

A un joven hermoso que iba a un banquete, le dijo: «Peor volverás». Como este volviese al día siguiente y le dijese: «Fui y no volví peor», le respondió: «Si peor no, más laxo sí».

Hacía bullying:

Viendo a un arquero inhábil, se sentó junto al blanco diciendo: «No sea que me hieras».

Ponía motes:

A un citarista y cantor a quien siempre desamparaban los oyentes, lo saludaba así: «Dios te guarde, gallo». Preguntándole él la causa de esto, respondió: «Porque cantando haces levantar a todos».

Era homófobo:

Como dos muy afeminados se escondiesen de él, les dijo: «No temáis, que el perro no come acelgas».

Era tránsfobo:

Viendo una vez que cierto joven se afeminaba mucho, le dijo: «¿No te afrentas de hacerte peor de lo que la naturaleza te hizo? ¡Ella te hizo hombre, y tú te esfuerzas a ser mujer!».

Y era un machista cavernario:

Visto un mocito que se adornaba mucho, le dijo: «Si lo haces por los hombres, es inútil; si por las mujeres, malo».

De nuevo dirá nuestro experto hipotético que no se puede juzgar a un hombre por compartir los valores de su época, y tiene razón. Pero Platón, hagámonos una idea, defendió en el libro V de La República ideas acerca de la mujer que resultaban radicales en su tiempo y que todavía hoy desafían las convenciones de medio mundo, si no del mundo entero. Entre otras, la igualdad fundamental de los sexos —con la excepción de sus roles desiguales en la procreación y su fortaleza física diferente, y hasta eso se ocupó de matizar que con excepciones (7)—, la idoneidad de impartir la misma educación a las mujeres y los hombres (8) y la incorporación de las mujeres a todos los oficios —a todos, incluyendo la guerra y el gobierno(9)—. A Diógenes se le conocen varias menciones a las mujeres e invariablemente son descalificaciones (10), cuando no auténticas salvajadas.

En fin. Diógenes acabó perdiendo su condición de hombre libre y fue subastado como esclavo. Aunque Laercio lo atribuye a un encuentro con piratas, es más probable que tuviera que ver con su negativa a pagar impuestos en Atenas (11). Laercio escribe que «habiéndosele una vez pedido cierto impuesto público, le dijo al recaudador: “A los otros desnuda, pero de Héctor apartarás tus manos”» (esta última frase es un verso de Homero, por lo visto; así era él de estupendo con las referencias). O quizá fuesen sus ataques a los políticos, algo que suena muy bien hasta que te acuerdas de que vienen de uno caído en desgracia que incurrió en nepotismo, fraude, evasión fiscal y huida de la justicia. «En una ocasión, habiendo visto a los diputados llamados hieromnémones que llevaban preso a uno que había robado una taza del erario, dijo: “Los ladrones grandes llevan al pequeño”». O seguramente fuesen ambas y alguna más de la que no tenemos constancia. Los poderosos de Atenas estaban de aquel señor hasta el mismísimo gorro.

Lo compró un tal Jeníades, de Corinto, que lo empleó como tutor de sus hijos. Y cuando algunos quisieron recomprarlo y devolverle la libertad, Diógenes dijo que no, que a santo de qué, que allí estaba él, ya ves, como un marqués. Así que también de aquello acabó diciendo que constituía la verdadera vida virtuosa e improvisó una nueva visión del mundo en la que él, de alguna manera, acababa siendo de nuevo la hostia en patinete: «Los leones no son esclavos de los que los mantienen, sino que estos lo son de los leones, pues es cosa de esclavos el temer, y las fieras son temidas por los hombres». Laercio explica que existen versiones contradictorias acerca de su muerte, y que solo es cierto que «en la olimpiada 112 era ya viejo». Probablemente murió en el año 323 antes de Cristo, con cerca de noventa años. Casi (casi) a la vez que Alejandro Magno, por cierto.

¿Qué lecciones podemos extraer de esta historia? Para qué mentirle, no lo tenemos claro. Pero sí le diremos que ahora juzgamos al «yonqui del dinero» con mucha menos severidad: al menos él se arrepintió, aportó al proceso judicial grabaciones imprescindibles para encausar a los cabecillas de la trama de corrupción y se puso a disposición de la justicia. No descarte que entre sus proyectos de futuro (recordemos: «mis talleres», «mis historias», «mis animalitos» y «mis rollos») esté también la filosofía. Y que dentro de veinticinco siglos (año 4500, hágase una idea) se le recuerde como gran profeta de alguna doctrina llamada «yonquismo» o algo así. Parecido hizo Diógenes al llamarse a sí mismo kyon: conseguir que a lo suyo lo llamásemos «cinismo». Aunque fuera solamente un buen ladrón.

***

Ahora en serio. Es evidente que desconocemos la doctrina de Diógenes de Sinope, y que por principio se deben poner en duda todas las palabras que se le atribuyen. Sus textos no han llegado a nuestra época y Diógenes Laercio, el principal cronista de su vida, nos legó principalmente anécdotas, muchas con tono de parábola, y en varios puntos advierte sobre la incompatibilidad de las diferentes versiones de las historias que relata. Por añadidura, Laercio vivió en el siglo III de nuestra era, ochocientos años después que Diógenes. Sí consta por otras fuentes la continuidad del pensamiento de Diógenes con el de Antístenes, su mentor; y que sus enseñanzas encontraron predicamento, al menos en su vejez. También resulta evidente que Diógenes criticó, sobre todo, las convenciones sociales, y que ponía en valor el pragmatismo, el naturalismo, el ascetismo y, en cierto grado, el antiintelectualismo, en particular contra la escuela socrática. Era también antiestatista, y en esto sí fue pionero. Si desea conocerlo, ahí tiene las Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, que es una lectura divertidísima. Eso sí, permítanos un consejo: si solo va a leer una cosa, entonces lea La República.


(1) En las polis griegas la jurisdicción alcanzaba la metrópolis y sus colonias, y solamente intramuros. Si un acusado lograba escapar de la ciudad, eludía el procesamiento. Era habitual que los culpables de crímenes menores, cuya pena máxima era el destierro, eligiesen someterse a un juicio y exiliarse solo si se les condenaba a ello; los culpables de crímenes graves, en cambio, frecuentemente escapaban de la ciudad antes de llegar a juicio. En la práctica aquello era igual que sufrir destierro, pero evitaban exponerse a una condena más severa, como la esclavización o la ejecución.

(2) Diógenes Laercio especifica que «incluso él mismo dice de sí en su Pordalo que se dedicó a falsificar moneda».

(3) Sobre esto Laercio escribe: «Habiendo escrito a uno que le buscase un cuarto para habitar, como este fuese tardo en hacerlo, tomó por habitación la cuba del metroo, según él mismo lo manifiesta en sus Epístolas».

(4) Una manera licenciosa de decir que, al menos en su juventud, Diógenes no gozó de popularidad. Antes de pedir nuestra cabeza lea la nota al final del artículo.

(5) Las de Ceres es hacer caca. Las de Venus es hacerse pajas.

(6) Busque en YouTube «chubby bunny challenge». Buena suerte.

(7) Platón escribe: «No existe en el regimiento del Estado ninguna ocupación que sea propia de la mujer como tal mujer ni del varón como tal varón, sino que las dotes naturales están diseminadas indistintamente en unos y otros seres, de modo que la mujer tiene acceso por naturaleza a todas las labores, y el hombre también a todas; únicamente que la mujer es en todo más débil que el varón».

(8) Platón escribe en su diálogo con Glaucón:

—Démosles [a ambos sexos] generación y crianza semejantes y examinemos si nos conviene o no.

—¿Cómo? —preguntó.

—Del modo siguiente. ¿Creemos que las hembras de los perros guardianes deben vigilar igual que los machos y cazar junto a ellos y hacer todo lo demás en común o han de quedarse en casa, incapacitadas por los partos y crianzas de los cachorros, mientras los otros trabajan y tienen todo el cuidado de los rebaños?

—Harán todo en común —dijo—; solo que tratamos a las unas como a más débiles y a los otros como a más fuertes.

—¿Y es posible —dije yo— emplear a un animal en las mismas tareas si no le das la misma crianza y educación?

—No es posible.

—Por tanto, si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas.

—Sí.

—Ahora bien, a aquellos les fueron asignadas la música y la gimnástica.

—Sí.

—Por consiguiente, también a las mujeres habrá que introducirlas en ambas artes, e igualmente en lo relativo a la guerra; y será preciso tratarlas de la misma manera.

—Así resulta de lo que dices —replicó.

—Pero quizá mucho de lo que ahora se expone —dije— parecería ridículo, por insólito, si llegara a hacerse como decimos.

—Efectivamente —dijo.

—¿Y qué es lo más risible que ves en ello? —pregunté yo—. ¿No será, evidentemente, el espectáculo de las mujeres ejercitándose desnudas en las palestras junto a los hombres, y no solo las jóvenes, sino también hasta las ancianas, como esos viejos que, aunque estén arrugados y su aspecto no sea agradable, gustan de hacer ejercicio en los gimnasios?

—¡Sí, por Zeus! —exclamó—. Parecería ridículo, al menos en nuestros tiempos.

—Pues bien —dije—, una vez que nos hemos puesto a hablar, no debemos retroceder ante las chanzas de los graciosos por muchas y grandes cosas que digan de semejante innovación aplicada a la gimnástica, a la música, y no menos al manejo de las armas y la monta de caballos.

—Tienes razón —dijo.

—Al contrario, ya que hemos comenzado a hablar, hay que marchar en derechura hacia lo más escarpado de nuestras normas, y rogar a esos que, dejando su oficio, se pongan serios y recordarles que no hace mucho tiempo les parecía a los griegos vergonzoso y ridículo lo que ahora se lo parece a la mayoría de los bárbaros, el dejarse ver desnudos los hombres, y que, cuando comenzaron los cretenses a usar de los gimnasios y les siguieron los lacedemonios, los guasones de entonces tuvieron en todo esto materia para sus sátiras. ¿No crees?

—Sí, por cierto.

(9) Platón escribe: «Pero si aparece [después de dispensar a los dos sexos la misma educación] que solamente difieren en que las mujeres paren y los hombres engendran, en modo alguno admitiremos como cosa demostrada que la mujer difiera del hombre en relación con aquello de que hablábamos [su idoneidad para incorporarse a los oficios que tradicionalmente ocupan los hombres]».

(10) Laercio escribe: «Habiendo una vez visto que una cierta mujer se postraba ante los dioses indecentemente, queriéndola corregir, le dijo: “¿No te avergüenzas, oh mujer, de estar tan indecente teniendo detrás a Dios, que lo llena todo?”».

(11) En Atenas, el impago de impuestos comportaba la pérdida de la ciudadanía, y a menudo se saldaba con la esclavización del deudor. Dejó de estar permitido con las reformas de Solón, en el siglo VI antes de Cristo, pero siguió practicándose cuando el deudor lo aceptase voluntariamente. Tampoco debe descartarse que Diógenes accediese por su propia voluntad al estatus de esclavo, algo frecuente entre los indigentes. Tal se consideraba indigno y comportaba humillación: habría sido normal que un dato así desapareciese pronto de las leyendas apologéticas sobre su persona y que se contase, en su lugar, una historia como la de los piratas.


La última frontera de los hombres perro

Ilustración (detalle) de Leon Bakst para La Bella durmiente, 1922. Imagen: DP.

John Allen Chau se despojó de sus ropas antes de entrar en el agua para intentar, una vez más, cumplir la misión de llevar la palabra de Dios a los habitantes de la isla Sentinel del Norte. A pesar de los funestos fracasos precedentes y de su propio miedo a la muerte, el deseo evangelizador pesó más en su determinación. El 17 de noviembre de 2018, lectores de todo el planeta desayunaban con el drama de la muerte de John, asaeteado por indígenas hostiles. La sociedad civilizada y tecnológica descubría de pronto un desconocido reducto de cazadores-recolectores en un ignoto lugar del Índico. Una tragedia más propia de tiempos remotos que despertó un febril interés por aquel grupo anacrónico que defendía con uñas y dientes su aislamiento del mundo moderno. ¿Quiénes eran aquellas gentes desconocidas? ¿De dónde procedían y cuál era su historia? 

También en noviembre, pero en esta ocasión del año 1492, el almirante Cristóbal Colón se encuentra explorando la isla de La Española. Entre sus muchas preocupaciones, una no menor es encontrar alguna prueba inequívoca de que, tal como había predicho, ha llegado a las Indias dando la vuelta al globo terráqueo. Los habitantes locales le han hablado de «los caniba o canima, y dicen que viven en esta isla de Bohío [La Española], la cual debe de ser muy grande, según le parece, y cree que van a tomar a aquellos a sus tierras y casas, como sean muy cobardes y no saber de armas […] temiendo que los habían de comer [a los indios con que habló Colón], y no les podía quitar el temor, y decían que no tenían sino un ojo y la cara de perro, y creía el almirante que mentían, y sentía el almirante que debían de ser del señorío del Gran Can, que los cautivaban» (Diario de a bordo, 26 de noviembre de 1492).

A pesar del prudente escepticismo de Colón, un hombre ilustrado de gran capacidad crítica, es muy probable que las referencias a la antropofagia, la belicosa agresividad y los rostros caninos le provocaran un pequeño vuelco en el corazón y un dilema entre su raciocinio y las ganas de creer. Ya fuese literal o una traducción contaminada por las ideas de los intérpretes, se trataba de una descripción muy familiar para los españoles. Una pista que, de confirmarse cierta, los situaría fuera de toda duda en la India.

Para la minuciosa preparación de su viaje, Cristóbal Colón consultó cualquier fuente escrita que le proporcionara información relevante sobre las Indias orientales. Entre ellas se incluían varios relatos de viajes, un género literario entre la etnografía y la ficción muy popular en la Europa medieval. En la bibliografía del famoso marino se encontraban el Imago Mundi, de Pierre D’Ailly, el Libro de las maravillas del mundo, de Marco Polo, profusamente leído y anotado por su propia mano, y con toda seguridad el libro de viajes del misterioso caballero inglés Jean de Mandeville.

Este personaje ficticio, del que es casi imposible saber su identidad real —aunque algunos expertos lo identifican como Jean de Borgoña, un médico de Lieja— escribió el best seller de viajes más famoso de toda la Edad Media hacia el año 1356. Escrito en franco normando, fue rápidamente traducido al inglés, al latín y a las demás lenguas romances. En 1380, el rey Juan I ordenó traducirla al aragonés, de donde derivaron las versiones castellana y catalana. Fue también uno de los primeros libros que pasaron por la imprenta durante el siglo XVI, habiendo llegado hasta nosotros nada menos que unos trescientos ejemplares. Cualquier europeo formado de la época había leído el Libro de las maravillas de Mandeville, donde el supuesto caballero cruzado relataba sus andanzas por Tierra Santa, Egipto y el lejano Oriente, en los confines del orbe conocido.

En su texto se compilan prácticamente todos los arquetipos más populares de monstruos y maravillas —mirabilia, aquello que es digno de verse—, alteraciones del orden natural de las cosas nunca vistas en Europa y por tanto propias de regiones aún inexploradas. Se basó para ello en multitud de fuentes clásicas de indudable autoridad, hilando con ellas y sus particulares añadidos un relato en primera persona que fascinó a sus contemporáneos. Entre los seres monstruosos que describe destaca uno en concreto, archiconocido por aquel entonces: los cinocéfalos, «cabezas de perro» en griego. Podríamos considerarlos el equivalente a nuestros modernos alienígenas grises de cuerpos menudos y cabezas grandes, omnipresentes en los relatos de ovnis.

Mandeville describe a estos legendarios humanos con cabeza canina y nos habla de su costumbre de devorar inmediatamente a sus enemigos caídos en combate, relacionándolos así con la antropofagia —canis y caniba son palabras latinas muy similares— y la actividad guerrera. Es un préstamo que toma del relato de Marco Polo, pero no el único, ya que ambos ubican a los cinocéfalos en las islas Nicobar, también conocidas como Andamán. Precisamente el archipiélago al que pertenece Sentinel del Norte. Por supuesto, estas afirmaciones del comerciante veneciano tienen bastante poca credibilidad y en realidad provienen de una tradición muchísimo más antigua que se inicia en la Grecia clásica de manos de otro mentiroso redomado, Ctesias de Cnido

Tras una serie de peripecias vitales, Ctesias acabó en la corte del rey persa Artajerjes II hacia el 415 a. C. como médico del monarca. Muchos años después, ya de vuelta a su tierra, escribió su obra Indika, una descripción de la geografía y costumbres de la India totalmente inventada. Ctesias se aprovechó de la credulidad de la mayoría de los griegos y de la autoridad que le confería haber servido en una plaza tan preeminente y lejana a la Hélade para componer un disparate tras otro mezclando sin pudor mitos y leyendas sazonadas con alguna referencia filosófica y una pizca de hechos reales. Con ello construyó una novela de ciencia ficción capaz de resistir las más furiosas críticas de detractores tan ilustres como Luciano, Aristóteles, Estrabón o Plutarco, que insistieron una y otra vez en tachar su obra de fábula sin fundamento. 

Ctesias construye el mito de los cinocéfalos a partir de un hecho biológico indiscutible, pues se está refiriendo en el fondo a los mandriles o babuinos, con cuerpo de simio y una cabeza de hocico prominente similar a la de un perro. Pero va más allá y los relaciona con varias referencias que van desde el dios Anubis hasta ciertos pueblos primitivos de la India —quizá costumbres de algunas castas inferiores—, para atribuirles características humanas, como ir cubiertos de pieles, servir como soldados del Rey de Reyes, dedicarse al comercio, comprender la lengua de los indios e incluso comunicarse en un lenguaje a base de aullidos. Cualquier griego podría reconocer en este mejunje mítico el estereotipo del extranjero; es bárbaro todo aquel que se comunica en una lengua incomprensible, casi como el ladrido que sugiere la onomatopeya —«bar-bar», pues es así como les suena el habla de los no griegos— y vive en un estado fronterizo entre la civilización y el salvajismo. Por descontado, en los límites del mundo conocido. Que para los griegos era la India, precisamente el extremo oriental alcanzado por Alejandro.

San Cristóbal cinocéfalo (detalle), s. XVII. Imagen: DP.

La misma escuela cínica de filosofía, fundada pocos años después de la puesta en circulación del Indika, se identificaba con la figura del perro. Sus miembros se comportaban de esta manera en público, haciendo con ello una feroz crítica a las normas y convenciones sociales de la época. Antístenes y sus seguidores tomaban el aspecto de unos auténticos hombres-perro, reivindicando ese contacto más puro con la naturaleza con acciones como ir semidesnudos y sucios blasfemando, fornicando o defecando en público. 

Por todos estos motivos de familiaridad se comprende que, a pesar de su escasa fiabilidad, el Indika de Ctesias resistiera con éxito la prueba del tiempo; aunque no ha sobrevivido ningún ejemplar completo, conocemos su obra de forma indirecta por el resumen que hace de ella Plinio el Viejo en su Historia natural —en muchos lugares, a los monstruos medievales se les conoce como razas plinianas— y el patriarca Focio de Constantinopla, gran aficionado a las maravillas. Por esta puerta los cinocéfalos se colaron en los debates teológicos altomedievales de la mano de san Agustín de Hipona e Isidoro de Sevilla.

Los hombres-perro tenían todos los ingredientes para triunfar en una época donde los reinos occidentales se hallaban asediados por el temor a amenazas exóticas procedentes de los extremos orientales del mapa. Eran idólatras, pues adoraban a un dios-buey dorado —un pasaje adaptado de la Biblia—, combatientes salvajes enrolados en las filas de los enemigos de la cristiandad, tenían un aspecto francamente aterrador y hablaban una lengua ininteligible. Los caballeros francos comenzaron pronto a referirse a los sarracenos como cinocéfalos o perros, un híbrido entre dos mundos. También se popularizó para designar a etíopes, judíos y, hacia el siglo XIII, haciéndose eco de algunas leyendas tártaras y chinas que también se referían a hombres con cabeza de perro, a los mongoles y su imparable ofensiva militar. Bestiarios, enciclopedias, mapas y esculturas de iglesias románicas como la de Vézelay consagraron la imagen de los extraños monstruos en el cristianismo.

Sin embargo, a pesar de la pésima opinión que los europeos occidentales tenían de los cinocéfalos extranjeros, lo cierto es que este tipo medieval en particular está cargado con una dosis elevada de ambigüedad pues, al igual que los perros auténticos, pueden mostrarse tanto agresivos y salvajes como dóciles y domesticables. En muchas de las referencias se les presenta como seres capaces de comerciar pacíficamente y de entender el lenguaje humano, aunque no lo hablen del todo. Así que la pregunta lógica que se hacían los padres del cristianismo primigenio era si los hombres semisalvajes de las fronteras, los paganos del exterior, eran susceptibles de evangelizar. San Agustín postulaba que criaturas como los cinocéfalos, por muy extraño que nos pudiera parecer su aspecto físico, como descendientes de Adán debían poseer un alma y por tanto podían ser convertidos a la fe cristiana. 

En medio de la intensa actividad apostólica que tanto la Iglesia oriental como la occidental desplegaron durante los primeros siglos del cristianismo, la competición por evangelizar pueblos exóticos, cuanto más alejados y feroces mucho mejor, alcanzó su máxima expresión. Los cinocéfalos estaban por tanto entre los primeros de la lista, una pieza especialmente apetecible para los misioneros más enfervorecidos y valientes. Menudeaban las noticias de conversiones de caníbales u hombres-perro en regiones tan distantes como Partia, Armenia o Etiopía por parte de apóstoles como san Andrés o san Bartolomé. Incluso en la tradición bizantina se llegó a erigir la imagen de un santo cinocéfalo: san Cristóbal o Cristóforo, el portador de Cristo sobre sus espaldas, aparece en iconos y mosaicos con cabeza de perro, hocico alargado y lengua colgante. Esta vertiente dócil de los terribles cinocéfalos representaba esta dualidad de los pueblos paganos de Asia y en el fondo apuntalaba las disputas teológicas sobre cuál debía ser la política de la predicación del cristianismo entre los bárbaros paganos.

Así que, a pesar de que el almirante Colón pronto se dio cuenta de que en aquellas tierras recién descubiertas no había sino hombres y mujeres normales y corrientes —tal como escribió a Luis de Santángel y a los propios Reyes Católicos en sendas cartas posteriores—, en los primeros compases de la conquista americana volvemos a encontrar las mismas polémicas sobre los pueblos que viven en el margen del mundo, los paganos híbridos entre la humanidad y el salvajismo, en este caso con los indígenas del nuevo continente. Cuestiones como solicitar a los indios un requerimiento en español y latín, asumiendo que podían comprender el lenguaje de los europeos; la actitud frente al canibalismo entre algunos pueblos indios; o las descripciones etnográficas de algunas tribus como los patagones, usando símiles con animales, no dejan de ser rastros de la leyenda del cinocéfalo en la mentalidad posmedieval ibérica.

Sin embargo, el poco arraigo que tuvo en América anunciaba ya que los siglos de esplendor del monstruo perruno estaban tocando a su fin. A medida que las potencias europeas iban cartografiando el planeta y encontrando nuevos pueblos en zonas cada vez más apartadas, se hacía cada vez más patente que los cinocéfalos no eran más que una invención. La irrupción de la ciencia y los descubrimientos etnográficos y antropológicos fueron enviando a los hombres-perro a las nieblas del olvido. Curiosamente no sucedió lo mismo con un mito paralelo, el hombre-lobo, que hoy goza de muy buena salud gracias al renovado impulso que le proporcionó la literatura romántica. 

Mientras que el cinocéfalo representaba la dualidad entre la humanidad y el salvajismo colocada en el diferente, el otro desconocido que vive en los márgenes de la civilización, el licántropo configura esta misma dicotomía en el ámbito privado: todos podemos convertirnos en una bestia en las condiciones adecuadas. En una sociedad individualista quizá sea mucho más fácil identificarse con esta segunda interpretación, desplazando el miedo a nuevos seres monstruosos, esta vez ubicados en el inmenso territorio del espacio exterior.

Hasta que en pleno siglo XXI, en un archipiélago prácticamente ignorado por las sociedades tecnificadas de Occidente, ocurrió un anacronismo más propio de épocas pasadas. John Allen Chau se convirtió, quizá sin ser demasiado consciente de ello, en el póstumo heredero de aquellos apóstoles cristianos al intentar la ansiada conversión de los cinocéfalos en la que probablemente sea una de las últimas fronteras de ese mundo inexplorado de maravillas que tanto sedujo a nuestros antepasados. 


Vergüenza debería darte

David Bowie. Detalle de la portada de Heroes. Imagen: RCA.

En 1967 David Bowie grabó una canción junto a un gnomo. Y esto no sorprendería a nadie si se hubiese tratado de un gnomo mágico de los de verdad, pero desgraciadamente no fue ese el caso. Porque en aquella ocasión, Bowie no entró al estudio de grabación acompañado de un habitante de los mundos de fantasía, sino a la vera de una triquiñuela propia de Los pitufos makineros, una treta que propiciaría el alumbramiento del single «The Laughing Gnome». O tres dolorosos minutos de Bowie cantando junto a la aguda voz de un duende mágico que se le había colado en casa mientras reía, bebía, fumaba y encadenaba juegos de palabras malísimos con la palabra «gnomo». Una canción que sería publicada cuando Bowie todavía era un desconocido, en los meses previos al lanzamiento de un ignorado álbum de debut (David Bowie en el 67) y años antes de que se convirtiese en una estrella. 

Para producir «The Laughing Gnome» Bowie se había dedicado a trabajar duro junto al productor Gus Dudgeon. Entendiendo por «trabajar duro» el haberse tirado días recopilando chistes malos sobre gnomos y el sentarse ante la mesa de mezclas para agudizar las estrofas de Dudgeon (encargado de interpretar al duendecillo) hasta otorgarles matices de helio. El resultado de tanto curro fue un tema que se columpiaba entre la canción de un Barrio Sésamo de la era Espinete y un Club de la comedia protagonizado por Alvin y las ardillas. Estamos hablando de que Ziggy Stardust, el auténtico rey de los goblins, aquella persona que pariría «Space Oditty», «Heroes», «The Man Who Sold the World» o «Changes», consideró en un momento dado que era buena idea hacer un dueto con un pitufo que eructaba a mitad de la canción. Escuchar «The Laughing Gnome» con cierta dignidad y sin retorcer el gesto es realmente difícil teniendo en cuenta lo ridículo de su concepto, y lo doloroso de una letra que contenía chanzas como «—Haven’t you got an ‘ome to go to?  ̶—No, we’re gnomads!» («  ̶—¿No tenéis un gnomgar a dónde ir?  ̶—No ¡somos gnomadas!») o « ̶—What’s that clicking noise? —That’s Fred, he’s a metrognome, haha» (« ̶—¿Qué es ese tic-tac?  ̶—Eso es Fred, él es un metro-gnomo, jaja»). Por eso mismo, resultaba sorprendente que tanto el cantante como el productor tuviesen auténtica fe en su empresa: «Al principio me encantaba la canción, pero cuando sacamos el disco y todos comenzaron a decir lo malo que era, me di cuenta de que realmente se trataba de algo terrible». 

Lo más gracioso de aquel extraño idilio entre el Duque Blanco y el gnomo fue la vida posterior de la que disfrutó el tema: el single fue ignorado por completo en 1967, pero seis años después se reeditó de nuevo a modo de marcianada, cuando a Bowie ya lo conocían por hacer música de verdad, y vendió una salvajada de copias. A partir de entonces, la cancioncilla se convirtió en un tropezón a olvidar para el artista, y en un chiste recurrente para unos fans que la solicitaban a gritos y con guasa durante los conciertos. En 1990, Bowie anunció una gira cuyo set list estaría compuesto por grandes éxitos seleccionados por el propio público a base de votaciones telefónicas. Y la prestigiosa revista NME aprovechó la ocasión para trolear lanzando una campaña, con el lema Just say gnome, donde se solicitó a los fans que telefoneasen al artista para votar por la inclusión de «The Laughing Gnome» en los conciertos del tour. La gente se apuntó a la broma con ganas y cuando Bowie descubrió que un montón de desalmados estaban llamando para demandar la canción de la vergüenza, se optó por suspender la línea telefónica. Más adelante, el cantante comentaría bromeando que realmente había estado trabajando en una versión de «The Laughing Gnome» con arreglos al estilo de la Velvet Underground, pero que la descartó cuando vio la rechufla que se traía la prensa musical con aquel temita. Con el tiempo, la canción acabó convertida en tonada de culto, Bowie tantearía la posibilidad de incluirla realmente en el repertorio de una gira a principios de los años dos mil, la grabación original se adecentó y adaptó al formato estéreo para ser incluida en reediciones de su  LP de debut y las copias de los vinilos originales se cotizan por una buena pasta hoy el día en internet.

Portadas del single en Dinamarca (izquierda) y Bélgica (derecha), ambas lanzadas en 1973.

«The Laughing Gnome» es un ejemplo fabuloso de vergüenza debería darte. Una ocurrencia absurda y risible que no había por dónde cogerla nacida de un creador que acabaría convertido en una gran estrella, un tema que con los años adquiriría cierto estatus legendario por desentonar notablemente entre el repertorio del artista. Una creación que para muchos era una vergüenza y para muchos otros era una leyenda.

Vergüenza debería darte

Bryan Adams también se tuvo que pelear con vocecillas apitufadas antes de convertirse en una superestrella musical, aunque en su caso no hubo premeditación ni alevosía y sí manazas de terceros en la sala de mezclas. En 1978, un Adams de dieciocho veranos se animó, tras militar en la banda Sweeney Todd, a lanzar un single propio titulado «Let Me Take You Dancing» que había escrito y grabado junto a su colega Jim Vallance. Una canción pop con ecos discotequeros que gozaría de cierto éxito en las emisiones de radios canadienses, pero que a la hora de ser exportada a los Estados Unidos se sometió a un rebarnizado doloroso. Como la discográfica no la consideraba lo suficientemente comercial para el público norteamericano, se contrataron los servicios de John Luongo, un neoyorquino especializado en elaborar remezclas exitosas, para que le diese un repaso al tema y lo convirtiese en un hit. Para ello, Luongo optó por potenciar el componente disco de la grabación original, porque en aquellos años todo lo que sonase a pista de baile rancia arrasaba en ventas. Finalmente, aquel DJ logró convertirla en carne de discoteca a base de añadirle nuevos elementos al corte y, sobre todo, tras incrementar el tempo de la canción.

El problema es que la tecnología de la época no permitía acelerar la melodía sin agudizar la voz de Adams, algo que a Luongo le importaba bien poco, y aquel subidón repentino del ritmo provocó que la versión que llegó a USA fuese, en palabras de Vallance, «un remix donde Adams sonaba como una ardilla puesta de helio». La remezcla tendría un éxito moderado, alcanzando el puesto veintidós en las listas de éxitos y propiciando que A&M Records colocase en nómina al artista, pero también se convertiría en algo de lo que Adams renegaría durante el resto de su carrera. Porque al canadiense le resultó tan doloroso escucharse canturrear a lo pitufo como para tirarse las décadas posteriores esforzándose por borrar de la historia la existencia del remix: nunca se reeditó en ningún álbum o recopilación y, hoy en día, el cantante tiene abogados contratados que se dedican exclusivamente a perseguir y denunciar a quienes se atreven a subir la versión de Luongo a YouTube, o a cualquier otra plataforma de internet. Por eso mismo, resulta casi imposible encontrar colgada en la red una copia digital del remix para paladearla. En 1997, Howard Stern pinchó «Let Me Take You Dancing» en su gamberro programa de radio The Howard Stern Show y ofreció quinientos pavos al oyente que fuese capaz de adivinar quién era el cantante de aquello. Nadie se llevó la pasta.

Si subes el remix de esto a YouTube, el propio Bryan entrará en tu casa para reeducarte a hostias.

Bowie y Adams la cagaron al considerar buena idea lidiar con vocecillas de ardilla, pero otros se las apañaron para componer temas vergonzosos sin ni siquiera tirar de postproducción, a base de elaborar canciones que no solo no estaban a la altura, sino que además gustaban de bucear en el lodo. El trompetista y compositor Dave Bartholomew se hizo un buen nombre en el circuito de Nueva Orleans colaborando con gente como Fats Domino o Smiley Lewis, pero también tuvo tiempo para escribir «My Ding-A-Ling» en 1952. Una canción repleta de dobles sentidos guarros donde el protagonista hablaba de lo mucho que jugaban, tanto él mismo como terceras personas, con «su cosita». O un chiste cochino demasiado largo que tenía más pinta de estar protagonizado por alguien llamado Jaimito que de por un artista consagrado del jazz y el rythm and blues. La cosa no terminó ahí, porque el legendario Chuck Berry decidió versionar la canción en el 72, con tanto morro como para escribirle nuevos versos y reclamar su autoría, convirtiéndola en su único número uno oficial, y de paso en todo un drama en los Estados Unidos: las radios se negaron a emitirla por lo chabacano de dedicarle una oda al propio nabo, los profesores escribieron cartas airadas a la Casablanca anunciando que había niños en los colegios cantándola mientras hacían el helicóptero con el pene, y la gente la coreó con mucha alegría durante los conciertos. Berry se limitó a definir la canción como «nuestro alma mater».

Chuck Berry entonando «My Ding-A-Ling» frente a un público alegremente participativo.

A finales de los setenta, los Sex Pistols grabaron en estudio la muy ofensiva «Belsen Was a Gas», una canción que bromeaba toscamente con el Holocausto haciendo coñas fáciles sobre el campo de concentración Bergen-Belsen, aquel que fue liberado por los británicos en 1945. El tema era una broma negra y cabrona que buscaba incomodar a toda costa, una canción tan inadmisible como para que la toma original no viese la luz hasta en el año 2002, cuando se incluyó dentro del recopilatorio Sex Pistols Boxed Set, pese a haber sido interpretada en varios directos. Pero todo lo que tenía de punk e irreverente en su momento, lo tiene de caduco y poco sorprendente en una época actual donde el Holocausto se ha convertido en gag recurrente hasta en series de dibujos animados como Padre de familia. A mediados de los noventa, el propio Johnny Rotten reconoció que estaba avergonzado por la bobada: «Aquella canción fue una cosilla desagradable y tonta, de un extremo mal gusto, que no debió de salir nunca del estudio de grabación». Además de todo lo anterior, «Belsen Was a Gas» también era históricamente incorrecta, porque la canción bromeaba con los gases y los judíos en el mentado campo de concentración nazi, pero lo cierto es que Bergen-Belsen no fue un campo de exterminio sino una prisión, y por tanto carecía de cámaras de gas en sus instalaciones.

Un pasado peor

Katy Perry se metió en esto de la música con un disco de pop cristiano firmado con su nombre real, Katy Hudson, donde entonaba cosas como «Faith Won’t Fail» («La fe no fallará»). Y aquello no era malo de por sí, pero no acaba de cuadrar con la agenda de una pin-up que triunfaría cantando sobre lo bonito de morrearse con las amigas para experimentar. Ni con la imagen de aquella diva capaz de convertir sus tetas en dos ametralladoras de nata montada, aquella a la que censurarían en Barrio Sésamo por ir demasiado descocada en una secuencia junto a Elmo (censura de la que se vengaría en Saturday Night Live luciendo un escotazo inapropiado con la jeta del títere).

Mucho peor era lo de Ulf Ekberg, porque el que fuese cantante y letrista de Ace of Base, y por tanto culpable de menear los noventa con cosas como «Happy Nation» o «All That She Wants», poseía un pasado musical doloroso que no tenía ninguna gracia: en su adolescencia había militado en Commit Suiside, un grupo punk neonazi y guarro que durante los primeros ochenta publicó mierdas como «Vit Makt, Svartskalleslakt!» («Supremacía blanca, masacre de cabezas negras») o «Rör Inte Vårt Land» («No toquéis nuestra tierra»). A la altura de 1993, la prensa descubrió aquellos antecedentes y comenzó a escupir titulares señalando el pasado nazirulo de Ekberg. Pero el sueco renegó con vehemencia de todo ese periodo chusco de su adolescencia: «No quiero hablar de eso, porque esa etapa ya no existe en mi vida. Cerré ese libro en 1987 y lo arrojé lejos […] Ese no soy yo, ese era otra persona». Entretanto, un pequeño sello sueco aprovechó para sacar tajada del asunto y publicó el álbum Uffe Was a Nazi!, la recopilación en CD de las canciones de Commit Suiside donde colaboró Ekberg. Un álbum de tirada escasísima que lucía a modo de portada una foto del futuro componente de Ace of Base haciendo el saludo nazi.

Bad Religion en el Paradise Rock Club en 2015. Imagen: Scott Murry.

El gran error de Bad Religion en sus inicios fue meter el pie en géneros que no debía. Tras estrenarse en el 82 con el disco de punk rock How Could Be Hell Be Any Worse?, a los de Los Ángeles se le fue la pinza al espacio y decidieron grabar un elepé de rock progresivo titulado Into the Unknow (Hacía lo desconocido). El resultado fue un disco desastroso y repleto de teclados atroces, una obra que ni sabía dónde tenía el timón ni hacía dónde se dirigía. Brett Gurewitz (guitarra) afirma que lo parieron sin pensar. Jay Bentley (bajista) abandonó el grupo durante la grabación del primer tema porque aquello le olía fatal y Pete Finestone (batería) le acompañó, adelantándose ambos a la disolución de la banda en las semanas posteriores. Más adelante, los miembros de Bad Religion decidieron arrejuntarse de nuevo y optaron por dejarse de hostias, cagarse muy fuerte públicamente en Into the Unknow, tirar los teclados a la basura y volver al rollo del punk rock con un disco que lo tenía claro desde el título: Back to the Know (De vuelta a lo conocido). Gurewitz tiene los derechos del disco pero reniega tanto de él como para haberse negado durante a años a reeditarlo (cedió en 2010, al dar permiso para publicar una caja de vinilos con todo el material de Bad Religion). Cuando alguien le pregunta por el devenir de aquel disco, el hombre responde con datos muy cachondos: «Lanzamos diez mil copias. Y nos devolvieron once mil».

Pantera, y especialmente sus fans, solían ignorar que antes del álbum Cowboys From Hell publicaron otros cuatro discos (Metal Magic, Projects in the Night, I Am the Night y Power Metal) en donde los de Texas abrazaba sin rubor un glam metal alejado del groove cañero con el que se harían famosos posteriormente. Como los integrantes de Pantera siempre se las han dado de malotes y duros, tampoco resulta demasiado sorprendente el verlos renegar de unos inicios donde vivían enfundados en licra, lucían permanentes imposibles y ponían morritos a la cámara: «Una mierda, tío. Todo el mundo comete errores cuando es joven y estúpido, pero luego nadie se entera de ellos. Aunque en nuestro caso no es así, porque cualquiera sabe qué pintas teníamos cuando empezamos en esto siendo adolescentes», aseguraba el batería Vinnie Paul.

Portadas de Metal Magic y Power Metal. Cuando Pantera todavía no tenía claras muchas cosas.

Tori Amos, antes de ser la «Cornflake Girl» o la «Professional Widow» militó en un grupete ochentero de synthpop de carrera desastrosa llamado Y Kant Tori Read. Una banda de cuatro miembros que se estrenó con un disco homónimo que no compró nadie, lanzó dos singles que se comieron los mocos y filmó un videoclip («The Big Picture») en donde la Tori aparecía en solitario porque a aquellas alturas ya le había dado la patada a la mitad de la banda. Durante décadas, el cerebro de Amos pixeló aquella calamitosa etapa musical mientras la mujer trataba de mantenerla enterrada lejos del dominio público, para no convertirse en objeto de mofas al estilo de Robin Sparkles y el «Let’s Go to the Mall». Hasta que, en 2017 y treinta años después del hostiazo synthpop, Amos decidió hacer las paces con su yo adolescente y permitió que el disco se reeditase para regocijo de sus fans más chalados. Además, también comenzó a interpretar en sus conciertos algunos temas de aquel Y Kant Tori Read, a modo de guiño autoconsciente. 

Pelambreras envidiables y gestos de estar saboreando el Valium en la foto promocional de Y Kant Tori Read.

El caso de Alejandro Sanz es también bastante conocido por simpático: el cantante se estrenó bajo el nombre artístico de Alejandro Magno y con un disco de techno-flamenco titulado Los chulos son pa’ cuidarlos que daba auténtico miedo. Un álbum cuyo mayor logro fue lucir en su contraportada a un Sanz tan seguro de sí mismo como para combinar el atuendo torero con camiseta de un acid embutida por dentro de los tejanos. Del discazo que era Los chulos son pa’ cuidarlos tan solo se publicaron quinientas copias que no tuvieron éxito alguno. Muchos años más tarde, sus derechos acabarían siendo comprados por José Barroso, el fundador de Don Algodón, a una multinacional (EMI) que no tenía pensado hacer nada con ellos más allá de utilizarlos a modo de posavasos. Barroso se los regaló a Sanz porque había colegueo entre ambos, y de este modo Alejandro Magno se acurrucó en el fondo del armario dispuesto a fosilizarse en solitario, hasta que llegó internet, claro.

Los chulos son pa’ cuidarlos, el The Wall de Alejandro Sanz.

Muchísimas otras agrupaciones decidieron que el mejor modo de enfrentarse a la vergüenza provocada por ciertas producciones propias consistía en ignorarlas por completo. Por eso mismo Metallica apenas toca temas del St. Anger en sus directos, la página web oficial de Van Halen no reconoce que el disco III haya existido, en Genesis le pillaron tanto asco a su debut From Genesis to Revelation (un LP donde imitaron malamente el estilo Bee Gees) como para no interpretarlo nunca en las giras, The Divine Comedy renegó de su primer disco (Fanfare for the Comic Muse) hasta el punto de destruir las grabaciones originales y Dave Grohl resumió el álbum One by One de Foo Fighers con un muy sincero «Cuatro canciones eran buenas, y las otras siete no las he vuelto a tocar en mi vida».

Lo de Nacho Cano

A Mecano le hemos arrojado puyas desde aquí en alguna que otra ocasión, pero lo cierto es que andábamos de broma y que aquellos puñales habían sido forjados a causa de los celos, porque el talento de una formación que rima nombres de ciudades con embutidos no puede sino ser envidiado. El caso de la carrera en solitario de Nacho Cano, el Rod Stewart español, es diferente porque en su devenir musical el hombre nunca encadenó hitazos con la frescura y alegría con la que lo hizo Mecano. Pero incluso así, Cano se las apañó para parir cuatro discos propios, delicias sonoras entre las que se atrevió a deslizar una canción de dignidad cuestionable bautizada «La historia de Bill Clinton contada para niños». Ocurrió en Amor humor, un disco cuya magnifica portada ya anunciaba algo fuera de lo normal: la fachada del álbum mostraba a una pareja de Nachos Canos, dos entidades superiores que definían sutilmente su verdadera naturaleza a través de elementos tan sutiles como las muecas y la gomina. A la izquierda y junto a la palabra «Amor», un Nacho Cano con mechas cuidadosamente revueltas irradiaba sensualidad mientras se las apañaba para mantener el semblante recio y evitar explotar como consecuencia de toda la pasión que burbujeaba en su interior. A la derecha y junto a la palabra «Humor», un Nacho Cano de pelo Super Saiyan evocaba al sátiro alfa pinzando morritos de manera pícara y convirtiendo las cejas en toboganes de socarronería. La contra del CD no mejoraba toda esta mierda, la verdad. 

Portada y contraportada de Amor humor.

Pero lo peor habitaba interior del disco, porque allí uno se podía encontrar con «La historia de Bill Clinton contada para niños», un tema grabado junto a Los Morancos, Arturo Pareja Obregón y Paco Clavel que construía durante cuatro minutos y medio un chiste rancio espeluznante sin evidenciar en ningún momento síntomas de agotamiento. Una pieza que relataba los escarceos sexuales de Bill Clinton y Monica Lewinsky de la peor manera posible, componiendo estrofas como «Una becaria salada y hermosa / pues dispuesta a hacer un examen oral. / “Aquí estoy, mírame Bill / traigo unas lorzas para ti”». o versos del nivel «La mancha no era de leche Pascual / no era de teta, tampoco de flan / era la espesa, viscosa y gelatinosa / prueba del fiscal». Y todo esto es muy jodido. Existen recopilaciones en casete con chistes extremos de Arévalo y Bertín Osborne que sentirían auténtica vergüenza si los dueños de las gasolineras las colocases cerca de Amor humor.

Actores de método

Lo hermoso del arte y sus habitantes es que las grandes mentes siempre han caminado por sendas similares. Por eso mismo aquella genialidad de portada ideada por Nacho Cano para Amor humor tenía un antecedente maravilloso procedente de la nave Enterprise: el disco Two Sides of Leonard Nimoy de 1968. O una odisea musical protagonizada por un Leonard Nimoy que, al igual que Cano, sorprendía interpretando dos registros antagónicos en propia la carátula del álbum: el perfil izquierdo de un Spock de rostro imperturbable y orejas puntiagudas en contraste con el perfil derecho de un Nimoy jovial y vivaracho, sin rasgo vulcaniano alguno. 

Two Sides of Leonard Nimoy.

El contenido del LP, que ejercía como secuela del primer disco de Spock (Music From Outer Space), también planeaba tras un concepto fabuloso al funcionar como un ying yang melodioso de la persona. La cara A lucía canciones interpretadas por Nimoy en el papel de Spock, cosas como la genial por absurda  «Once I Smiled» («Una vez sonreí»), «Highly Illogical», «Spock Thoughts» o «Follow Your Star». Por otro lado, la cara B ofrecía seis cortes donde el actor liberado del personaje versionaba temas como «If I Were a Carpenter», «Love of the Common People» o «Gentle of my Mind». Entre ellos, se encontraba «The Ballad of Bilbo Baggins», una canción que honraba a la literatura fantástica inglesa de la mejor manera posible: cantándole a la obra de J. R. R. Tolkien. En aquella tonada, el trovador espacial narraba las desventuras por la Tierra Media del mismo Bilbo que protagonizaba la novela El hobbit. Durante el verano del 67, Nimoy asomó las orejas por el programa televisivo Malibu U para promocionar el lanzamiento de «The Ballad of Bilbo Baggins» a modo de single. A los responsables del show se les ocurrió filmar su aparición mientras cantaba el tema en playback junto a una corte de bailarinas ye-yé que vestían orejas vulcanianas. Y el resultado fue una de las cosas más puras e inocentes de todos los universos conocidos.

Funk me up, Scotty. «The Ballad of Bilbo Baggins».

A principios de los ochenta, y mientras cursaba su último año en el University College londinense, un chaval llamado Ricky Dene se asoció con su amigo Bill MacRae para formar una banda de new wave llamada Seona Dancing. Un grupo que no tardó mucho en convencer, con sus pintas de emuladores de David Bowie y su actitud popera, al sello London Music para que les financiase un par de singles que, presumiblemente, los catapultarían al estrellato. Así nacieron «More to lLose» y «Bitter Heart», dos temas que pese a contar con vídeo musical (grabado por trescientas libras en un parking en los alrededores de la BBC) y una actuación televisiva no llegaron a calar entre la juventud anglosajona. Decepcionados ante la falta de acogida, los miembros de Seona Dancing optaron por disolver la formación unos cuantos meses después y tomar caminos separados.

MacRae desapareció del ojo público, pero su excompañero hizo todo lo contrario: como Ricky Gervais (su segundo apellido) alcanzó la fama mundial al convertirse en el cómico deslenguado que crearía y actuaría en The Office, Extras, Life Too Short, The Ricky Gervais Show o After Life, y también en aquel que animaría las galas de los Globos de Oro a base de lanzar puyas a los actores invitados. Cuando Gervais adquirió estatus de estrella, alguien destapó su pasado entrañable y todos se echaron unas risas. Jimmy Kimmel le preguntó al actor durante una entrevista si sabía qué había sido de su excompañero de grupo, Bill MacRae. Y Gervais contestó con: «Espero que también se haya convertido en un gordo». Lo mejor de todo es que a pesar de que Seona Dancing nunca llegó a triunfar en su país de origen, aquí ni llegamos a olerlos, sí que lograron convertirse en parte de la historia de la música, a su manera y en el otro extremo del mundo: ocurrió en Filipinas, o el lugar dOnde, por razones indescifrables, «More to Lose» se convirtió en un himno adolescente absurdamente popular. Una canción que en los ochenta se demandaba habitualmente en todas las discotecas, bailes de fin de curso y emisoras de radio de Filipinas. Porque lo que es una vergüenza para algunos a veces es leyenda para otros.

Seona Dancing. Imagen: London Music.


Feliz año 869: la teoría de la Nueva Cronología

Foto: Patrick (CC BY-NC-SA 2.0).

Si yo ahora llegase a su casa y, así a lo loco, les dijera que todo lo que creen saber sobre la historia es falso, que Pericles no existió, que Alejandro Magno es una metáfora y que Cleopatra tuvo un rollete sexual con Napoleón Bonaparte seguramente me recibieran con escepticismo. O con abierta hostilidad, vaya, por lo del allanamiento de morada. Pero nos entendemos. Que no me creerían.

Pues bien, esto, todo esto, es lo que sostiene un gran héroe de la dipsomanía y los datos cogidos con pinzas. Se llama Anatoli Fomenko y de su mano vamos a conocer la Nueva Cronología mundial.

No se lo pierdan, les prometo que no tiene desperdicio.

Pero, ¿quién es Anatoli Fomenko?

El protagonista de tan pintoresca teoría se llama Anatoli Fomenko y, en contra de todos nuestros prejuicios, no se pasea por la calle con un sombrero de aluminio. Al menos que sepamos, vaya. Bien al contrario, Fomenko es un matemático de gran prestigio, profesor en la Universidad Estatal de Moscú, miembro de la Academia de las Ciencias de Rusia, galardonado con el Premio Estatal de la Federación Rusa (una especie de Premio Nacional de las Ciencias, para entendernos) y con bien merecida fama por haber presentado una solución al problema de Plateau en la teoría de superficies espectrales mínimas (que, con sinceridad, no sé muy bien lo que es, pero suena sofisticado de cojones). Ah, también es un artista de cierta calidad, un pintor que crea representaciones gráficas extremadamente atractivas para explicar complicadas ideas matemáticas. Al menos eso dice él.

O, en otras palabras, hablamos de un tipo serio, uno de esos con enormes gafotas y cara de estar siempre pensando en algo muy complicado. Solo que este, nuestro Anatoli, tiene otras aficiones. Como la de estudiar la historia según procedimientos estadísticos y matemáticos, en lugar de tirar por la vía documental, que es lo que hacemos todos. Y lo de negar el pasado, sí. Ese es su otro gran hobby. Porque Anatoli Fomenko ha venido aquí a decirte que eres un gilipollas, y que todo (pero todo, todo) en lo que crees es una mentira. Así, sin paños calientes, que duele más.

¿De dónde se saca Fomenko estas zarandajas? Pues hay una respuesta larga y otra breve. La corta es muy precisa: de sus cojones morenos. La extensa nos lleva a una dilatadísima (lo juro) lista de chiflados, tipos con intereses ocultos y genios en un día malo que, vaya usted a saber la razón, decidieron que igual el año en que vivían no era el año en que vivían, y que, oye, tampoco sabemos tanto de Gengis Khan como para tener la certeza de que no sea una creación de Stan Lee. Mutatis mutandi, claro.

Porque nuestro protagonista cita una gruesa retahíla de antecedentes para sus cosas (de las que está fatal, fatal). El jesuita francés Jean Hardouin, el alemán Baldauf, el inglés Edwin Johnson (por ahora parece una alineación de la Patrulla X) y, ojo, dos platos fuertes: Newton y Morozov.

Lo de Newton puede sorprender un poco, pero hay que recordar que el gran sabio se tiró unos añitos intentando transformar el plomo en oro, lo que deja bien claro que nadie, por muy inteligente que sea, está a salvo de pasar malas rachas. Morozov, por su parte, es un precursor más claro. Este tipo (sin relación conocida con el pesimista cenizo de Evgeny Morozov) fue un revolucionario ruso que alcanzó aura casi de santo laico. Nacido en familia de clase alta, Morozov dejó atrás todo por la causa socialista, estuvo unos cuantos añitos en la cárcel, otros tantos en el exilio y conquistó éxito y popularidad bajo el gobierno soviético. Tanta que hoy hay un cráter Morozov en la Luna y un asteroide llamado Morosovia (que son dos cosas realmente envidiables, para qué engañarnos).

Pero aquí habíamos venido por lo de la cronología. Sí, este Morozov tenía unas ideas un poco particulares sobre estas cosas, porque los sabios a veces son un poco así, puro punk. Entre sus descubrimientos más llamativos podemos citar la fecha exacta del Apocalipsis de san Juan (el 30 de septiembre del año 395…hay que reconocer que no fue para tanto) o la autoría de dicha obra (que él hace reposar en Juan Crisóstomo, un patriarca de Constantinopla). Y ya a partir de ahí Morozov se viene arriba (muy, muy arriba) y dice que ha echado sus cuentas según criterios astronómicos, que ha tomado como referencia única el Almagesto (un tratado del siglo II escrito por Claudio Ptolomeo) y que, joder, aquello no cuadra. Que no cuadra nada. Vamos, que toda nuestra cronología anterior al siglo VI es una patraña. Creada artificialmente, que lo sé yo, que he hecho sumas y restas. Y que viva la Unión Soviética, coño ya.

Esas son las fuentes de Fomenko. No se dejen engañar por el tono…resultan (en un contexto general) bastante fiables. Y eso es lo que más asusta de todo este tema,

La Nueva Cronología, paso a paso

Bien, la idea base de la Nueva Cronología es tan sencilla (tan evidente) que el lector enrojecerá sin remedio al no haberse dado cuenta por sí mismo de la ciclópea mentira a la que se ha visto sometido por aviesos burócratas desde tiempo inmemorial. Sintetizando, y en pocas palabras, Fomenko nos dice que nuestra historia comienza en torno al año 800, y que todos los hechos anteriores (documentales, arqueológicos, culturales) son una invención realizada entre los siglos XV y XVII por parte de una casta de malvados (¿conspiración?, check), encabezada por la Iglesia católica. Fueron ellos, los seguidores del pescador, quienes no dudaron en levantar ruinas falsas, antedatar un par de milenios cosas como erupciones volcánicas o terremotos y, en general, ciscarse en la verdad para obtener el poder mundial (que es lo que siempre se busca en estos casos, ¿no?). Ya ven. Delirante.

Pero, oiga, clamarán con desprecio, ¿cómo puede ser que un tipo respetable, un matemático de nivel, caiga en tales dislates? Si yo pensaba que las magufadas eran cosas de gente con túnicas y gusto por los psicotrópicos. Pues sí…y no. Porque nuestro Fomenko se basa en un montón de datos incontrovertibles (solo que se deja sin contar muchos otros también perfectamente demostrables). Vamos, que aplica elementos matemáticos, estadísticos y astronómicos (algunos bien ponderados, otros con lagunas en su reflexión) para que las cosas le salgan como él quiere. Un ejemplo: utiliza el ya citado Almagesto para extraer de él la posición en el firmamento de ocho estrellas, demostrando que ese texto no pudo escribirse en el siglo II, sino muchas centurias después. Lo cual, así analizado, es cierto, solo que el bueno de Fomenko hace trampas al solitario y omite un par de cosas: que el Almagesto recoge unos mil cuerpos celestes y no ocho (y, oh casualidad, los seleccionados por nuestro héroe de pétrea faz son los que mejor se ajustan a su rollo), y que la exactitud de sus datos no puede compararse con la que se obtiene en la actualidad (por aquello de los telescopios y esas cosas). Vamos, que Anatoli es un poco golfo, no sé si me explico…

Así que ya tenemos los dos elementos fundamentales: un siniestro plan orquestado por las élites para mantenerse en el poder, y las prueba per-fec-ta-men-te irrefutables por las cuales eso queda demostrado. Solo hay otro problemilla adicional: ¿qué hacemos con los otros elementos que sirven para datar cronologías y monumentos y todas esas cosas? Ya saben, carbono 14, dendrocronología, termoluminescencia y demás. Pues nada, descartadas. ¿Por qué? Por inexactas, aprendiz, por inexactas. Solamente sirven si se cuenta con un cronograma previo en el que cuadrar los resultados, y como tal cronograma está equivocado y viciado de raíz…pues eso, que no valen nada. Sí, señora y señores, tal cual. A mí no me miren, pregunten a Fomenko. Más aún, seguro que han pensado en otras pequeñas contradicciones. Como la iglesia románica que tiene usted en su pueblo, esa tan cuca y oscura y que está medio abandonada por la Diputación. O, si es cosmopolita, tendrá en mente el Panteón, o la Acrópolis, o hasta en el Muro de Adriano. Y si, además, es de los que entran a los museos cuando viaja pues me podrá contar que ha visto un montón de monedas antiguas, y esculturas, y vasijas, y frisos, flautas o bastones. ¿Cómo encajamos todo esto en la Nueva Cronología? Pues de la manera más sencilla posible, buen hombre: todas esas son falsificaciones creadas a partir del siglo XV y diseminadas por el mundo para mantener el enorme engaño.

Imagine, imagine a conspiradores embozados enterrando miles y miles de monedas romanas por el continente, así en plan rastreadores de tesoros pero al revés. ¿Las iglesias? Levantadas en la Edad Moderna. ¿Templos griegos y romanos? Edificados con, ojo, signos del paso del tiempo, como erosión o destrucciones parciales, para que parezcan más vetustos de lo que son. Ya ven. Y no solo en Europa, ¿eh? Las pirámides de Egipto, por ejemplo, fueron erigidas muy recientemente, durante la expedición napoleónica de finales del siglo XVIII. Y lo mismo en China (el Imperio chino es, en realidad, un invento de los jesuitas), o en Japón, o en el sudeste asiático, o en África, o en el Yucatán, o donde a ustedes les dé la gana de buscar. La Nueva Cronología lo aguanta todo.

Frente a lo demás (a las piedras, a los documentos, a las fuentes), ¿qué nos presenta Fomenko? Pues ideas sueltas, de esas que puestas unas detrás de otras acaban creando una chifladura deliciosa. Nos viene a decir que oye, si hay repeticiones en la historia pues igual es porque en realidad no son tales, sino diferentes versiones de un mismo hecho. Que hay solo cuatro fuentes históricas, y de ellas únicamente la primera es cierta, y las otras tres son copias de la anterior, multiplicando así los tiempos por cuatro. Nos dice, también, que la base documental de nuestro pasado es una manipulación realizada en el siglo XVII, sobre todo, y que la consciencia como especie empezaría, así, a la altura de la Ilustración. Que no es normal que sepamos tantos detalles de la vida de Alejandro Magno y después nos tirásemos casi medio milenio sin apenas documentos. Que la Biblia y la historia antigua (desde Grecia y Roma hasta Edad Media, visigodos, ostrogodos, vándalos y demás fauna) son en realidad invenciones hechas hace unos cuatrocientos años, relatos simbólicos que cuentan cosas muy importantes pero esencialmente falsas. Que, además, solo hemos logrado medir el tiempo con exactitud desde el siglo XII, así que todo lo anterior es forzosamente falso, fruto de invenciones y revisiones. Y, por último, que todo esto se ha hecho con un único fin: ocultar la muy decisiva influencia que en la historia del mundo tuvo una cosa que Fomenko llama «Gran Horda» y que, básicamente, es la traslación de la nación rusa a ese pasado mágico que tanto se preocupa en buscar.

En serio, no me digan que no es adorable.

Ejemplos prácticos para soltar en reuniones sociales

Cleopatra (1963). Imagen: Twentieth Century Fox.

A estas alturas ustedes, que han olido sangre, están esperando algunos datos concretos, cosas de esas de soltar en mitad del vermú y dejar a todos con la boca abierta. Y en Jot Down les vamos a complacer. Después de un ímprobo esfuerzo de resumen, añado, porque las teorías de Fomenko y sus amiguetes se desarrollan durante unos cuantos tochazos (van por encima de la docena) llenos de elucubraciones farragosas, términos técnicos y lisergia general. Pero en fin, que hemos hecho de tripas corazón y para allá nos lanzamos.

Bien, empecemos con fuerza. ¿Les suena Jesús de Nazaret? Alto, con barbita, pelo largo, un final más bien tormentoso. Sí, el que vivió en Judea durante el siglo I. Esperen… Aquí es donde se nos escapa el asunto, porque para Fomenko nuestra historia no existía hace dos mil años. Así que, ¿cómo resolvemos el asunto? Pues muy fácil: Jesús de Nazaret es, en realidad, Andrónico I Comneno, un emperador bizantino que reinó entre 1183 y 1185. Esta figura es «gemela» a la de Jesús: su vida pública cubre tres años, fue acusado injustamente, entró en la gran ciudad de su zona a lomos de un animal de carga (solo que Andrónico lo hizo atado sobre un camello sarnoso, pero vaya usted a Anatoli con los detallitos), y fue sacrificado delante de una multitud, propinándole un soldado romano el golpe de gracia costal (a nuestro Comneno se lo hicieron con una espada). Ah, sus últimas palabras iban dirigidas al Señor. Ya ven, calcado. Añadimos a esto que María Magdalena es en realidad Eudoxia Macrembolitissa (una emperatriz bizantina caída en desgracia en el siglo XI), y que el Jerusalén bíblico se corresponde con Yoros, en pleno Bósforo, y tenemos una ensalada riquísima. Por cierto, la identificación de Jerusalén con la actual ciudad palestina se produce en época de Napoléon, que ya vemos que estaba bastante en el ajo… Y los británicos que no se pongan chulitos, porque todas las leyendas, hechos y hazañas de sus reyes son en realidad traslaciones de los emperadores de Bizancio.

Vayamos a Roma… ay, Roma, la ciudad eterna. Solo que Roma, la Roma de los romanos, la de Julio César y las túnicas y el quousque tandem abutere no estaba realmente en Italia. Ni siquiera en un único sitio, vaya, sino que fue moviéndose por Alejandría, Constantinopla y Moscú. Será en el siglo XVIII cuando, en pleno Renacimiento, se reinvente la visión de la gran urbe clásica. Pero, un momento… Hemos dicho siglo XVIII y Renacimiento… Perfecto, no hay problema, Fomenko nos marca que Leonardo, Miguel Ángel, Durero, Boticelli y todos aquellos tipos vivieron, en realidad, durante la centuria de 1700, solo que se les atrasó un poco en la cronología oficial para que todo cuadrase. Muchos de ellos pudieron trabajar en el Vaticano, que es un edificio creado en la segunda mitad del siglo XVII para sostener (e inventar) la antigua grandeza romana, y que estaba dedicado, agárrense que vienen curvas, a Batu Khan, el nieto de Gengis Khan. Batu Khan, Vaticano… Joder, qué sencilla es la historia a veces, y cómo nos complicamos con ella. Roma fue creada de la nada en 1380 por los rusos, que malvadamente resultaron omitidos en las crónicas de la historia falsaria, transformándolos en paletos etruscos. Ah, este Batu fue el fundador de la Gran Horda rusa que dijimos más arriba, y que, básicamente, es la base auténtica de toda nuestra civilización, al menos hasta que los malditos escribas (o mandarines, o curas) se dedicaron a falsificar TODO para hacer de menos a los hijos de Rus. Solo un apunte más, la erupción del Vesubio, la de Pompeya y Herculano, es de 1631, y les vino de perlas a los falsificadores para dejar por allí cosas a medio hacer y hacerlas pasar por nuestras raíces clásicas.

Oiga, y en Oriente Próximo cómo están las cosas para Fomenko. Pues mire usted, muy claritas. Por de pronto la guerra de Troya tiene lugar entre los años 1204 y 1261, y en realidad habla de la Cuarta Cruzada, ahí es nada. En esas tierras gobierna la Gran Horda, que habla, ojo, la única lengua que existe en todo el mundo, y que es eslava. La disgregación de ese imperio se identifica simbólicamente con la caída de la Torre de Babel, y se produjo por culpa de Mahoma. Solo que Mahoma es, en realidad, Mehmet II, el que ocupó Constantinopla. Y también es Alejandro Magno, por lo de la invasión de Oriente. Y uno de sus sucesores, Solimán el Magnífico, será en realidad Salomón. Y también un poco Alejandro Magno, porque ya en plan delirio qué importa una barbaridad más. Y su templo nunca se derribó, porque si lo pensamos bien es Santa Sofía de Constantinopla, y eso sigue en pie. Y la Kaaba de la Meca es un meteorito que cayó en Novgorod en 1421. Y, ya por ir rematando, Grecia no es un lugar, sino un tiempo, y hace referencia a los siglos XII al XVI, que son aquellos previos a la gran deformación de la historia, como la Atenas clásica es el origen de muchos de nuestros rasgos culturales. Ah, ninguno de los grandes escritores, filósofos o matemáticos griegos existieron en realidad, sino que son, en la mayoría de los casos, construcciones de la Edad Moderna (los menos se quedan en reconversiones de obras muy primitivas que datan de esos siglos oscuros llamados «Grecia»). Y la guerra del Peloponeso tuvo lugar en el siglo XV en la Península Ibérica, ahí es nada. Esto es Esparta, o algo.

¿El resto del mundo? Pues lo mismo, porque lo bueno de estas cosas tan bizarras es que suelen ser universales. Hay cambios, claro. El descubrimiento de América se produce en el siglo XVII, y Colón no es sino un trasunto simbólico de Noé. Una vez allí los castellanos se dedican a sembrar el continente de restos «precolombinos», por lo de seguir con el engaño. Por cierto, que lo hacen bajo el mandato de los Borbones, porque los Habsburgo pintan más bien poco en esta historia. Sirven, únicamente, como excusa para oprimir documentalmente a la Gran Horda rusa, transformada en Imperio romano, Sacro Imperio, Imperio de los Habsburgo, Imperio bizantino, etcétera. Los occidentales, que se quieren quedar con todo el mérito.

Podríamos seguir. Por aquí sale Cleopatra teniendo un affaire amoroso con Bonaparte. Por allá asoma el Imperio de Trebisonda. Las Coronas medievales inexistentes. La Biblia redactada durante el Concilio de Trento. El éxodo judío que es en realidad la huida tras la caída de Constantinopla. Los templarios surgiendo en el siglo XVI y siendo eliminados cien años más tarde (de sus cenizas surgió Suiza, nada menos). Y, bueno, para qué engañarnos… aliens. A veces también nos hablan de aliens. Porque tienen que aparecer, ¿no?

Lean a Fomenko, amigos.

Y feliz año 869.


Jesús de Nazaret (II): La profecía de los mil años

La pasión de Cristo (2004). Imagen: Icon Productions.

(Viene de la primera parte)

¡Cuán solitaria yace Jerusalén, antaño tan repleta de gente! Ella, que fue grande entre las naciones, es ahora como una viuda. (…) Recuerda, ¡Oh, Señor!, lo que nos ha sucedido. ¡Míranos y contempla nuestra desgracia! Nuestras herencias han sido entregadas a extraños, nuestras casas a los extranjeros. (…) Debemos comprar el agua que bebemos; hasta la madera tiene un precio. (…) Nos marchamos a Egipto y Asiria para tener algo que comer. (…) Tú, ¡Oh, Señor!, que reinas por siempre, ¿por qué nos has olvidado? ¿Por qué nos has abandonado durante tanto tiempo? Vuelve a nosotros, ¡Oh, Señor! Para que podamos retornar a casa. Devuélvenos a los buenos tiempos. Salvo que tu rechazo sea definitivo y que permanezcas enojado con nosotros más allá de toda medida. (Libro de las Lamentaciones, Antiguo Testamento)

Y en mis visiones nocturnas vi a uno como el Hijo del Hombre, que vino de entre las nubes del cielo. Se acercó al venerable anciano y fue llevado ante él. Y se le dio autoridad, gloria y un reino. Todas las gentes de todas las naciones y todas las lenguas deberán servirle: su autoridad es eterna, porque no tendrá fin, y su reino nunca será destruido. (Libro de Daniel, Antiguo Testamento)

Jesús decía ser el Mesías. En el cristianismo actual se traduce esta afirmación según lo que dictan casi dos mil años de tradición y elaboraciones teológicas. El Mesías cristiano es un intermediario que se entregó al martirio para que el género humano pueda acceder a la salvación espiritual después de la muerte: «Mi reino no es de este mundo».

En términos de fe, esto puede tener sentido para un creyente actual. En términos históricos, sin embargo, el concepto de Mesías que se manejaba en tiempo de Jesús era muy distinto. No existía tal cosa como una tradición cristiana, sino unos mil quinientos años de tradición israelita-judía. Jesús era un devoto judío y lo que pretendía decir cuando se presentaba como el Mesías era lo mismo que interpretaban sus contemporáneos: un rey cuyo reino sí iba a estar en este mundo. El hombre destinado a vencer a los enemigos de Israel para ocupar el trono donde se habían sentado Saúl, David y Salomón.

Para entender quién era ese «Rey Mesías» y de dónde había emergido su figura tenemos que narrar esa tradición judía anterior a Jesús. Cuando Jesús nació, el Israel unido, fuerte e independiente del que se hablaba en la Biblia era poco más que el recuerdo de un remoto pasado. Habían transcurrido novecientos años desde su caída. Los libros de la Biblia hebrea habían sido escritos y recopilados en épocas y circunstancias muy diversas (entre los siglos X y II a.C.); su mera lectura demuestra que el judaísmo no fue uniforme a lo largo del tiempo. No contienen una definición única de «Mesías», ni mucho menos una definición concreta que encaje con la mentalidad judía del siglo de Jesús. Pensemos que transcurrieron doscientos años entre la redacción del último texto del Antiguo Testamento (~160 a.C.) y el ministerio público de Jesús (~30 d.C.). En esos dos siglos habían seguido produciéndose cambios políticos y sociales. Y, por lo tanto, también cambios religiosos.

Pero el Mesías del que hablaba Jesús no hubiese existido sin aquellos mil años de nostalgia.

La milenaria religión de los israelitas

En las postrimerías de la Edad de Bronce la tierra de Canaán era el patio trasero de dos imperios, que dominaban sus dos mitades. Los hititas habían subyugado el norte de Canaán; los egipcios, el sur. La región había caído en decadencia. Permanecían muy activas las ciudades-Estado cercanas a la costa que vivían del comercio, pero el interior había sufrido un desplome demográfico. Los cananeos habían perdido parte de su identidad, absorbiendo la enorme influencia cultural y económica de los egipcios.

Otros grupos étnicos subsistían en la región, como los filisteos y los israelitas, que usaban el término «Israel» para referirse a su propio pueblo, pero que carecían de un territorio propio. Los israelitas habían sido esclavos de los egipcios hasta no mucho tiempo atrás. Según la tradición, Moisés los había liberado y conducido hacia la «tierra prometida», Canaán. Allí ya no eran esclavos, pero tampoco disponían de un Estado propio. Se preocupaban mucho, eso sí, por mantener su propia identidad. Cuidaban la genealogía, evitaban el mestizaje en lo posible, y hacían de sus mecanismos de transmisión cultural un elemento central de la vida cotidiana.

El statu quo de todo el Mediterráneo cambió de golpe en torno al año 1200 a.C. Fue un repentino caos conocido como «Colapso de la Edad del Bronce Final», provocado por sequías, epidemias y las invasiones de los hoy ignotos «Pueblos del Mar» que arrasaron las ciudades litorales en el Mediterráneo oriental. Es muy posible que el colapso fuese provocado por un cambio climático que, después de arruinar varias cosechas seguidas, provocase el desplazamiento violento de poblaciones enteras y agitase a los pueblos navegantes del avispero mediterráneo, empujándolos a la invasión y el saqueo. Las consecuencias del colapso fueron dramáticas para casi todas las grandes potencias. Babilonia y Micenas quedaron sumidas en un periodo de retroceso económico, social y cultural. Lo mismo les sucedió a egipcios e hititas, que perdieron la capacidad de seguir controlando Canaán. Las ciudades-Estado cananeas sucumbieron a la crisis generalizada, mientras filisteos e israelitas tomaban el relevo por separado. Hacia mediados del siglo XI a.C., los israelitas tuvieron por fin vía libre para crear su propio Estado en Canaán, el Reino de Israel. Por situarnos, por entonces apenas había en las colinas de la futura ciudad de Roma un puñado de villorrios sin nombre habitados por pastores.

El rey Saúl fue el fundador del reino. Le siguió David, el más grande los monarcas israelitas. Después reinó Salomón, el constructor del primer Templo de Jerusalén, donde la casta sacerdotal custodiaba objetos de gran importancia religiosa como el Arca de la Alianza y la antigua Menorá, un candelabro de siete brazos (el candelabro de la Janucá, creado siglos más tarde, tendría nueve brazos). El Arca simbolizaba el pacto entre el pueblo de Israel y su dios. Contenía las tablas de la ley que, según la tradición, el propio Dios había entregado a Moisés. El pueblo israelita debía cumplir esas leyes a cambio de gozar de los bienes de su «tierra prometida», ya convertida en su propio reino, y la protección divina frente a los enemigos exteriores.

Es posible que posteriores generaciones de israelitas exagerasen en el recuerdo el esplendor de aquel reino, pero debió de alcanzar ciertas cotas, a juzgar por el efecto que tuvo en el desarrollo de su religión. La tradición recordaría este reino como una estructura política y religiosa monolítica, algo así como un único reino para un único pueblo bajo la tutela de un único dios al que se adoraba en un único templo. La realidad era distinta. En aquel reino, ni la religión israelita era un monoteísmo ni se adoraba a Dios en un único santuario. La cohesión política y social entre el norte y el sur era frágil. Pero algo hizo que los israelitas adoptaran una nueva cosmovisión, hasta entonces inédita, que daría forma a un milenio de evolución en su religión y mentalidad.

La Alianza, cuyas promesas habían sido todas satisfechas, formaba parte de un nuevo modelo de religión que iba a probarse revolucionario. En principio, la religión de los israelitas había sido muy parecida a las de pueblos vecinos, como demuestra el hecho de que incluso en el Antiguo Testamento, redactado más adelante, encontramos relatos que están inspirados por mitos foráneos. ¿Cuándo dejó de ser la religión israelita igual a las de su entorno? Se suele decir que el punto de corte fue la adopción del modelo monoteísta. Existen, sin embargo, muchos indicios de que la religión israelita mantuvo durante mucho tiempo un modelo de henoteísmo o monolatría, en el que, sí, había un dios supremo, pero se reconocía la existencia de muchas divinidades inferiores.

El verdadero cambio revolucionario llegó con una nueva concepción del universo.

Los diez mandamientos (1956). Imagen: Paramount Pictures.

El bien y el mal

El celo que los israelitas habían demostrado a la hora de conservar su identidad en mitad de periodos de esclavitud, servidumbre o desarraigo, así como el empeño en la conservación de sus valores, habían sido premiados con la ansiada consecución de un reino propio.

Aquello demostraba que al dios supremo le agradaba la fidelidad y el cumplimiento de unas normas morales. En la Antigüedad se juzgaba a los dioses por lo que hacían. El dios de los israelitas, que aún no era único pero sí superior, había demostrado ser muy poderoso. Había cuidado de sus fieles. Los había liberado de la esclavitud. Les había dado una patria. Era un dios bueno. Era un dios omnipotente. Y era un dios fiable, cosa extraña en los vodevilescos sistemas politeístas.

Autores como el estudioso israelí Yehezkel Kaufmann han desarrollado una explicación profunda acerca de dónde radicó la diferencia entre el monoteísmo/henoteísmo israelita y el politeísmo de los demás pueblos de la época. Una diferencia que no estribó en el número de dioses, sino en la naturaleza de los mismos.

En las antiguas religiones politeístas los dioses no eran la esencia primordial del universo. La verdadera esencia primordial del universo era el ámbito de lo metadivino, algo, una sustancia o concepto, que estaba más allá de los propios dioses. La esencia primordial podía cambiar su presentación de una cultura a otra: podía estar hecha de agua, luz, oscuridad, éter, o de conceptos más abstractos como destino y tiempo. Pero, en todas ellas, era la materia prima de la existencia. Lo metadivino era el bosón de Higgs del politeísmo, la partícula elemental: todo lo que existe ha nacido de la esencia primordial metadivina.

Esa esencia no es buena ni mala, es moralmente neutra. Por ello, las religiones politeístas describen un universo amoral donde el bien y el mal combaten desde el principio de los tiempos, ya que la esencia primordial no se encarga de propiciar un equilibrio. Así, en el politeísmo, el ser humano es el testigo indefenso y la víctima sufridora de la eterna lucha que protagonizan dioses, demonios y otras criaturas que viven en esferas superiores, pero cuyas acciones tienen demoledores efectos sobre el ámbito terrenal habitado por los humanos. ¿Cómo puede el hombre protegerse de estas guerras que están más allá de su alcance? Por un lado, puede intentar deducir qué dioses (o demonios) están en auge, quiénes están «ganando la guerra» en cada momento, para ofrecerles un sacrificio y rogar por su favor. La otra alternativa es intentar acceder a la esencia primordial mediante procedimientos rituales, por lo general envueltos en el secretismo; cuando un ser humano ha accedido a la esencia primordial y ha obtenido algún tipo de poder de ella, puede imponer su voluntad sobre la naturaleza sorteando la necesidad de hacer la pelota a los dioses para que sean ellos quienes actúen en su favor. En tal caso, el ser humano está usando la magia. La magia es el mecanismo que permite, aunque sea de manera limitada y momentánea, que un humano tenga poderes propios de un dios, recurriendo a la única sustancia superior a los propios dioses, la esencia primordial del ámbito metadivino.

Si la esencia primordial no parece tener voluntad propia ni preferir el mal o el bien, ¿por qué crea, por qué de ella surgen cosas? La respuesta politeísta es que toda creación es un acto de reproducción sexual. La única manera conocida de crear vida es la unión de elementos masculinos y femeninos: hombre y mujer, agua y tierra, etc. En la esencia primordial, de alguna manera, siempre están presentes ambos elementos, que pueden llegar a interaccionar de manera automática como en la reacción de dos elementos químicos. De la unión espontánea (o, más adelante, dirigida) entre ambos principios, masculino y femenino, emergía el universo y todo lo contenido en él. Los dioses, nacidos de la esencia primordial, habían obtenido sus poderes de ella. Los humanos, creados por los dioses, tendrían solo aquellas capacidades que los dioses hubieran querido darles, salvo que consiguieran recurrir a la magia.

La revolución de la religión de los antiguos israelitas consistió en sustituir esa esencia primordial neutra por una nueva esencia primordial que ya no era neutra, sino consciente, dotada de voluntad propia. Tampoco era moralmente neutra, sino equivalente al bien absoluto. Esta nueva esencia primordial era el dios יהוה, «YHWH». Un nombre, el tetagrámaton, compuesto de cuatro consonantes; como el hebreo arcaico se escribía sin vocales, nadie sabe con exactitud cómo debe pronunciarse (por eso lo decimos de varias maneras: Yahvé, Jehová, Yah). El dios de los israelitas no había sido creado, puesto que no había un ámbito metadivino superior a Yahvé y del que Yahvé pudiese haber surgido. La religión israelita carecía por tanto de teogonía, de un relato biográfico de su dios.

Si Dios representa el bien absoluto y él es el origen de todo, existe una moral absoluta. La moral ya no es el producto de una guerra caprichosa entre fuerzas del bien y del mal. Contradecir o sortear la voluntad de la divinidad deja de ser un mecanismo de defensa legítimo y se convierte en un acto perverso, una desobediencia hacia el bien absoluto. El ser humano ya no puede, ni debe, recurrir a la magia. No hay forma de obtener poder legítimo que no provenga de Dios. Tampoco se debe rendir culto a deidades inferiores, las cuales también deberían evitar contradecir a Dios. Lo que el ser humano debe hacer es respetar la naturaleza moral del universo cumpliendo las leyes que su creador ha dictado.

Una idea derivada de este nuevo modelo de esencia primordial divina era que la creación del universo había sido un acto puro de la voluntad de Dios sin la necesidad de unir principios contrapuestos. En otras palabras: un verbo. Dios actúa mediante el verbo decir: «Y dijo Dios, hágase la luz, y la luz se hizo». Cuando Dios dice algo, esto se hace realidad, no necesita más. Como Dios carece de género y no hay en él componentes masculinos ni femeninos, la contraposición de principios es innecesaria. En religiones anteriores, como la egipcia, existían antecedentes del verbo como acto creador, pero siempre estaban complementados por la sexualidad. La cosmogonía israelita eliminó casi por completo la conjunción de lo masculino y lo femenino como complemento al verbo (no del todo, pues quedaron rastros mitológicos de la creación sexual en la mitología). Tomemos por ejemplo el caso de Adán y Eva: cuando el Dios de la Biblia crea a la primera mujer, lo hace extrayendo una costilla del primer hombre. En ese acto no hay oposición entre lo masculino y lo femenino; tampoco subordinación, como indica el que Dios tome una muestra del costado del cuerpo del hombre y no de la parte inferior. Adán y Eva han sido creados horizontalmente porque lo masculino y lo femenino son, en el universo ideal de la cosmogonía israelita, dos muestras de la misma sustancia, no dos sustancias complementarias. Esto refuerza la idea de unión, de unidad y de mismidad a la que, al menos sobre el papel, aspiraba aquella religión.

Como sucede en todas las religiones cuyo esqueleto mitológico contiene gran elaboración intelectual o complejidad esquemática, estos principios cosmogónicos eran distorsionados en las creencias populares cotidianas. Yahvé no tenía rostro ni género, pues no era humano. En la tradición, sin embargo, podía aparecer con forma humana. Podía crear solo con el verbo, pero a veces lo hacía uniendo principios masculino y femenino (como en el acto de crear mediante el modelado del barro). Y aunque no debía haber otras deidades dignas de adoración, la religión israelita aún tardaría en ser monoteísta. La Biblia hebrea también carecía de opuestos significativos a Dios y la figura de Satán, tan importante en el cristianismo, no cumple el mismo papel en el Antiguo Testamento (la serpiente del Edén descrito en el Libro del Génesis no es una representación satánica, por ejemplo). Aun así, en los textos aparecen demonios y los israelitas podían seguir creyendo en viejas ideas como las posesiones diabólicas y las luchas eternas entre el bien y el mal.

Los israelitas, pues, tardaron en adoptar de lleno todas las novedades revolucionarias de su nueva cosmogonía. ¿Qué sentido tenía a la aparición de este nuevo concepto de un Dios omnipotente y bondadoso, cuando los caóticos sistemas bélicos de los revoltosos dioses de los politeísmos parecen encajar mejor con las turbulencias del mundo antiguo y las inseguridades de sus habitantes? Parece que los israelitas se sentían recompensados, que el Reino Unido de Israel debió de ser un periodo de gran bonanza, al menos en comparación con el resto de un mundo mediterráneo que trataba de reponerse del caos reciente. Los israelitas, que habían vagado sin tierra durante siglos, se sintieron lo bastante privilegiados como para imaginar que habían sido elegidos por un dios más poderoso que los dioses de sus esclavizadores. Un dios que había decidido que los israelitas tuviesen su propio reino y que ese reino perdurase en el tiempo como demostración empírica de su propio poder superior. Siempre, claro, que sus creyentes se hiciesen merecedores de su protección.

Caída y helenización del reino de Israel (siglos X-IV a.C.)

Mapa mostrando los reinos de Israel (azul) y de Judá (naranja), antiguas fronteras levantinas y ciudades como Damasco y Gerasa en torno al siglo IX a. C. Imagen: Richardprins  / Kordas  (CC).

El Reino Unido duró apenas ciento veinte años. Como decía más arriba, su cohesión era frágil. En el año 931 a.C. murió Salomón y las tribus del norte del país se negaron a aceptar a su hijo Roboam como nuevo monarca. Israel quedó dividido en dos nuevos reinos: Samaria en el norte y Judá en el sur.

Samaria fue independiente durante otros doscientos años, hasta que fue anexionada por el imperio asirio en el 720 a.C. Muchos de sus habitantes fueron deportados y esclavizados mientras llegaban colonos asirios ansiosos por establecerse. Los samaritanos originales quedaron diluidos en una mezcla étnica y cultural entre israelitas y asirios. No queda mucho rastro de lo que había sido Samaria antes de aquellas invasiones y repoblaciones, aunque se cree que algunos de sus textos sagrados llegaron a Judá junto con los refugiados que huían de las invasiones; algunos de aquellos textos de Samaria pudieron entrar, aunque de manera indirecta, en la Biblia hebrea.

En cuanto al reino de Judá, fue más longevo y duró cuatrocientos años. En él empezó a tomar forma el judaísmo de los siguientes siglos cuando, en el año 622 a.C., el rey Josías decidió centralizar la religión israelita, prohibiendo realizar sacrificios a Dios en santuarios locales o itinerantes, así como la exposición de ídolos (cualquier deidad extranjera) en el Templo de Salomón. Bajo Josías, Israel empezaba por fin a parecerse al reino de una sola fe, un solo dios y un solo templo que generaciones posteriores confundirían, erróneamente, con el Reino Unido de David y Salomón.

El sueño del Judá unificado de Josías también fue breve. Terminó un siglo después de sus reformas, por causa de otra invasión extranjera. El rey babilonio Nabucodonosor II conquistó Judá, asaltó Jerusalén y destruyó el Templo de Salomón en el año 589. Como había ocurrido en Samaria dos siglos antes, muchos israelitas fueron objeto de cautiverio, forzados a abandonar su tierra como exiliados o esclavos. Todas estas deportaciones fueron el inicio de la «diáspora», la diseminación de israelitas hacia otros territorios del Mediterráneo. Todo resto político del antiguo reino de Israel había desaparecido. Por entonces se empezó a conocer a los nativos del extinto Judá como Yehudim, «judíos». La brutal llegada de Nabucodonosor fue incluso peor para los filisteos, que habían mantenido su propia federación independiente con éxito, pero que ya no sobrevivieron al asalto babilonio. Los filisteos vieron su identidad diluida entre los invasores, como les había sucedido a cananeos y samaritanos antes que ellos. Su más visible legado sería darle a la antigua región de Canaán un nuevo nombre: Palestina, la «tierra de los filisteos».

La destrucción del Templo constituyó un cataclismo para la religión de los antiguos israelitas, quienes sintieron que su Alianza con Dios se había roto. Puesto que Dios no podía incumplir su palabra de manera caprichosa, dedujeron que la ruptura era un castigo provocado por sus propias transgresiones de la ley mosaica. En concreto, los israelitas se acusaron de haber cometido tres pecados capitales: adulterio, paganismo y asesinato. El adulterio se refería al relajamiento de la moral sexual, aunque era el menos grave de los tres y no justificaba tan grande castigo por sí solo. El pecado de paganismo era peor, pues implicaba la falta de sometimiento a la autoridad del único Dios, siendo uno de sus síntomas la idolatría, el culto a otras deidades (por extensión, se terminaría llamando «pagano» a todo aquel que no profesara la religión monoteísta judeocristiana). El pecado de asesinato era el más imperdonable. Se refería a los actos de violencia y demostraba la falta de aprecio por la vida humana. Según la tradición religiosa israelita, la vida humana era sagrada porque era la creación cumbre de Dios. La historia bíblica de Caín y Abel contenía la enseñanza de que, en la práctica, todo asesinato era un fratricidio. Incluso el que se producía entre extraños.

El castigo divino en forma de invasiones y esclavitud reforzó entre los judíos la idea de que necesitaban cumplir con mayor celo la ley de Moisés. Podían y debían mejorarse a sí mismos para volver a ser dignos de la confianza de Dios. El Templo, que ya no existía como edificio, adquirió un carácter espiritual: los santuarios locales no reaparecieron, pero no era necesario. Cada individuo o cada comunidad podía convertirse en un templo metafórico en el que demostrar fidelidad a Dios. Esto impulsó la aparición de congregaciones en las que se estudiaba y se discutía la ley para ayudar a que los creyentes se convirtiesen en mejores personas. Estas congregaciones terminarían siendo conocidas como «sinagogas», del griego συναγωγή, «asambleas» o «lugares de reunión». Serían la base del judaísmo rabínico en el que se formó Jesús medio milenio más tarde.

En el siglo IV, Alejando Magno conquistó la cuenca oriental del Mediterráneo, emprendiendo un proceso de helenización que convertiría el griego en la lengua franca de las ciudades conquistadas. En Palestina, como en muchas otras partes, el griego se convirtió en la lengua en que estudiaban los ricos. Incluso en Jerusalén apareció un establecimiento formativo típico de la cultura griega, el γυμνάσιον, «gimnasio». La helenización de las clases altas continuaría hasta la época del Imperio romano, aunque la mayor parte de los judíos de a pie seguirían sin hablar griego porque siendo pobres no tenían acceso a una educación formal. Aun así, esa helenización fue un factor importante en el desarrollo de la religión judía debido a la infiltración de nuevos elementos paganos, como la influencia de los filósofos griegos. Esto era motivo de debates entre los judíos conservadores, opuestos a la helenización, y los reformistas partidarios de modernizar Palestina, que eran progriegos. Los reformistas, por lo general, se salieron con la suya. Baste decir que en el siglo II a.C. llegaría a haber sumos sacerdotes de nombre griego, como Jasón o Menelao. Pero esa misma influencia griega estaba a destinada a producir los primeros conatos de cisma en la religión judía y una profunda línea divisoria entre el judaísmo de las clases altas urbanas y el de las clases bajas rurales.

El judaísmo del Segundo Templo (siglos IV a.C.-I d.C.)

El empeño de Alejandro por conquistar el mundo quedó truncado por su temprana muerte a los treinta y dos años, pero los efectos de sus conquistas serían ya imperecederos.

Su imperio fue dividido en cuatro partes. Palestina quedó en la línea divisoria entre dos de aquellas nuevas potencias helenizadas, por lo que quedó transformada en escenario de disputas y dominios extranjeros. Entre los siglos VI y IV Judá se convirtió en Yehud, reino satélite del imperio persa aqueménida fundado por Ciro el Grande. Esto, se convirtió una bendición. A diferencia del brutal Nabucodonosor, Ciro era muy tolerante en lo religioso y gracias a él se impulsó la construcción del Segundo Templo de Jerusalén, lo devolvió a los judíos su lugar sagrado y permitió a los sacerdotes recobrar su antigua importancia. Por todo esto, Ciro se convirtió en un caso excepcional de extranjero a quien el Antiguo Testamento reconoce como «Mesías». El título, como veremos, no tenía las connotaciones proféticas que siglos después se atribuirían a Jesús, sino que era más bien una forma de reconocimiento regio para personajes dignos de particular reverencia.

La helenización de las clases altas, entre las que se incluían los saduceos que conformaban la cúpula sacerdotal de Jerusalén, generaba crecientes roces con los conservadores rabínicos de las regiones rurales. Apareció una facción religiosa disidente cuyos miembros eran conocidos como fariseos, «los que se han separado». Se oponían con fiereza a la helenización del judaísmo. Las tensiones religiosas se unieron a las tensiones políticas y nacionalistas, hasta que en el siglo II a.C. se produjo una revuelta contra la dominación helenística. La revuelta, liderada por Judas Macabeo y hoy recordada en la celebración de la Janucá, triunfó, consiguiendo el autogobierno de Judea frente a los griegos seléucidas que habían estado dominando el país. La nueva monarquía de los Macabeos, conocida como dinastía asmonea, impuso una visión del judaísmo oficial que encajaba mejor con las ideas de los fariseos.

Roma estaba llamando ya a las puertas de Palestina. En el año 63 a.C., el general Pompeyo conquistó Jerusalén, aunque permitió que la dinastía asmonea continuara gobernando con distintos títulos administrativos y bajo la estrecha supervisión de Roma. Julio César y Marco Antonio miraban de reojo a las cenizas de la rebelión macabea, pero a los romanos les inquietaba poco el problema religioso de aquel territorio; querían orden y, mientras lo obtuvieran, su pragmatismo los guiaba también a la tolerancia. El respeto legal por el judaísmo, recordemos, era una política oficial de Roma desde finales de la República.

En el año 37 a.C., toda Palestina entró de facto a formar parte del imperio. El senado romano sancionó el nombramiento de Herodes el Grande como rey vasallo de Palestina. Herodes murió en el año 4 d.C. (hacia la época en que nació Jesús) y Palestina quedó dividida de nuevo. Su hijo Herodes Antipas se convirtió en rey de Galilea todavía como vasallo de Roma, mientras que Judea fue convertida en una provincia imperial bajo el gobierno directo de un prefecto romano (como sabemos, Poncio Pilato ocupó ese cargo entre los años 26 y 36 d.C.). Todo esto permitió que las élites locales helenizadas recobraran el poder institucional religioso, dada su afinidad cultural con los romanos, cuyas élites también se educaban en griego y con temarios muy parecidos a los que estudiaban los hijos de los palestinos ricos.

Nueve siglos de ocupaciones extranjeras, incluidos periodos de esclavitud y exilio, provocaron en los judíos palestinos una profunda añoranza de los tiempos dorados del Reino Unido de Israel. Ese sentimiento, unido al relativo éxito de la revuelta macabea, tuvo una enorme influencia en el desarrollo de su mitología religiosa. El Mesías, que en la Biblia hebrea era un título honorífico de uso variable, fue tomando forma como un nuevo personaje que respondía a aquellos anhelos nostálgicos. El enviado de Dios que llegaría en un futuro indeterminado para restaurar el trono dinástico de David y devolver a Israel, después de casi mil años, su antiguo esplendor perdido.

(Continua aquí)


Guía de lugares legendarios para turistas utópicos

El Jardín de Eden con la caída del hombre, Peter Paul Rubens y Jan Brueghel el Viejo, 1617

Muchas cosas resultan sin duda prodigiosas e increíbles para muchos. Porque, ¿quién creía en los etíopes antes de verlos? ¿Qué hecho no parece extraordinario cuando se conoce por primera vez? ¿Cuántas cosas no se consideran imposibles antes de que sucedan? (…) Por no hablar de los pavos reales, y de las manchas de los tigres y de las panteras, y de las vetas de tantos animales. Hay una cosa que puede decirse pequeña pero que es enorme, si se mira bien: las muchas hablas de los pueblos, las muchas lenguas, una tan grande variedad de lenguajes que un extranjero, a los ojos de otro, ¡casi no parece un hombre! (Plinio, Historia natural VI).

Ciertamente, Plinio el Viejo nunca se paseó por las Ramblas de Barcelona en un mes de agosto, pero tampoco le hacía falta para conocer de primera mano las virtudes e inconvenientes del turismo. Tecnología aparte, ¿qué maravillas pueden contemplarse en una moderna ciudad turística que no se vieran ya en las calles de la antigua Roma, por ejemplo? ¿Souvenirs a precio de oro? ¿Amantes de la arquitectura contemporánea? ¿Grupos de estudiantes cerrando tabernas? No, en el turismo, así como en las vicisitudes del saber, no hay progreso, no hay revolución de las épocas, sino, a lo sumo, permanente y sublime recapitulación. Por ello, ofrezco esta pequeña guía turística que servirá tanto al viajero experto como al lector impenitente que busquen veranear en sitios realmente exclusivos. Más allá de los destinos turísticos comunes que todos podamos tener en mente, le propongo visitar, utilizando la imaginación, lugares que nunca existieron, o que existieron de forma menos fabulosa que como fueron descritos. Porque, sí, está muy bien tostarse al sol en Corfú, pero ¿no sería más placentero irse a la isla de los lotófagos y olvidarse, literalmente, de los problemas cotidianos que tratamos de dejar atrás en nuestras vacaciones? Recorrer Sudamérica y empaparse del legado de sus antiguas civilizaciones es muy recomendable, pero ¿no sería tanto o más emocionante visitar las magníficas obras que los antepasados de mayas, aztecas y demás dejaron en el continente perdido de Mu? Una guía Lonely Planet resulta extremadamente útil y eficaz, pero ¿no resulta mucho más entretenido contemplar el mapa de Piri Reis y colocar ahí lo que a uno le venga en gana, ya sea la Antártida, la Atlántida o un Starbucks? ¿Y acaso no es más placentero quedarse atrapado en la isla de Calipso que en un aeropuerto huelga de controladores mediante? Bien, amable lector, si ha respondido afirmativamente a todas estas cuestiones, quizás no tenga muy claro el concepto de interrogación retórica, pero sin duda esta humilde guía está hecha para usted. Ya que si el mundo es un libro, tal como afirmara san Agustín, viajar por él no solo es un espléndido ejercicio, sino que además es bastante barato. Porque, como dijo algún sabio, Kunlun y Dilmun son dos paraísos que a veces yo me monto en mi piso.

El paradisíaco Edén sería un buen lugar por el que comenzar nuestro recorrido turístico. Actualmente, si pensamos en el paraíso, tal vez lo situemos en algún recóndito lugar de nuestra bóveda celeste o más allá, pero, para los antiguos, el jardín del Edén bien podía ser un rico huerto del que manaban cuatro ríos (el Tigris y el Éufrates entre ellos), con lo que teóricamente se podía llegar a pie, en camello o en carromato, aunque suponemos que siempre con invitación. Sin duda había de estar en un sitio muy elevado, ya que el Diluvio Universal no se lo llevó por delante. Por si a alguien se le antojaba que el sitio quizá era demasiado caluroso, en el siglo XI se le ocurrió a un monje irlandés que el Edén estaría mejor situado cerca de casa, con un clima más fresquito. Fue así como nació el mito de la Isla de San Brandán. Sin embargo, ahora no habría de faltar quien considerara que colocar el Edén más allá de Irlanda no era una buena idea para los reumáticos. Hacía falta buscar en otras islas con un clima más benigno. Llegó el turno, pues, de trasladar el paraíso más al sur, no muy lejos de las islas Canarias. Solo faltaba un nombre con gancho, las islas Afortunadas, un pequeño toque de exclusividad (solo serían admitidos los justos que contaran con tres reencarnaciones terrestres) y unas plantas decorativas, y el resort celestial ya estaba listo. Y créanme, amigos turistas, que allí se debía de estar muy bien. Ya que aquel era un lugar en el que, según Píndaro, «labrar no se necesita el ingrato terreno»; todo está lleno de flores y verde césped, los árboles son copudos, y los bienaventurados que allí habitan entretejen guirnaldas de pétalos. Quién sabe si estos afortunados y ociosos lugareños traten de vender al extasiado visitante sus artesanías mientras interpretan a la flauta de Pan tonadas de Joan Baez. Claro que el avispado lector quizás llegue en este punto a una curiosa conclusión: «Bien, si allá suena Joan Baez, quizás tan afortunados no son». Y quien esto escribe no podría sino asentir ante tan acertada reflexión.

Doy por hecho que el lector busca destinos de clima templado y soleado, cuando hay quien prefiere destinos frescos. Y bien, la isla de Tule es sin duda el rumbo ideal para quienes deseen escapar de los rigores estivales. El griego Piteas la situaba a seis jornadas de Gran Bretaña, dirección norte, y eso se nos antoja fresquito. Muy probablemente, la mítica Tule esté compuesta de distintas localizaciones escandinavas. Afinando más, algunos la sitúan en la costa de Noruega. Y teniendo en cuenta que se acabó identificando a Tule con el reino de los hiperbóreos, los seres divinos que según los antiguos griegos vivían más allá de Tracia, bueno, pues quien vea en los escandinavos a seres divinos encontrará en la septentrional Tule su lugar vacacional ideal. Palabra de Himmler.

¿Ya ha declarado amor eterno a su pareja encaramado a la Torre Eiffel? ¿Se le ha agotado la vida contemplando la basílica de la Santa Cruz en Florencia? ¿Se ha sentido enano triscando por el monte Tegelberg? ¿Culminó sus ansias misántropas recorriendo la Duna 45? ¿Ha empatizado con los abencerrajes visitando Montefrío? ¿Ha sentido que la naturaleza le sermoneaba desde el púlpito Preikestolen? Si cree que la Tierra ya no le depara más parajes increíbles, ha llegado la hora de deleitarse con el marco incomparable de la Antitierra, el equivalente pitagórico del planeta X de Percival Lowell, un hombre que, cada vez que cogía un telescopio, la liaba. Lo único malo es que tamaño espectáculo cosmológico solo puede ser visto desde las Antípodas, un lugar inaccesible para los antiguos griegos, quienes, en su aristotélica sabiduría, no conocían los placeres de viajar con Ryanair. En realidad, andaban más preocupados tratando de discernir cómo sus moradores, los periecos, podían vivir con la cabeza abajo y los pies arriba sin precipitarse en el vacío. Por cierto, si se están preguntando si en los desagües de las Antípodas los líquidos giran al revés, les recordaré las sabias palabras de aquel marino con nombre de cantante de música ligera de los años setenta, Cosmas Indicopleustes: «Y se esfuerzan en ponerlo todo del revés en lugar de seguir las doctrinas de la verdad que muestran la vanidad de los sofismas, y que son fáciles de comprender y llenas de temor de Dios, y procuran la salvación a quienes reverentemente las consultan». Confío en que esto zanjará esa irritante cuestión.

En los últimos tiempos, se suele hablar de dos tipos de turismo: el turismo bueno con bolsillos llenos que visita museos y se recoge pronto tras haberse dejado mucho dinero realizando actividades culturales, y el llamado turismo de borrachera, el de turistas jóvenes o con menos posibles que quieren atiborrarse de comida y bebida por un módico precio. Por suerte, las leyendas no discriminan y hay lugares para todos los gustos. Así que, si es usted de esa clase de personas que cambiarían diez museos por incontables jarras de cerveza y salchichas gordas, la tierra feliz de Jauja es su destino turístico ideal. Para los persas era Shadukian. Los alemanes, con su sencillez para todo, la llamaron Schlaraffenland, y la situaban entre Viena y Praga, no en las Islas Baleares como uno hubiera podido pensar. En una poesía goliárdica del siglo XII se citaba un Abbas Cucaniensis, refiriéndose a la tierra de Cucaña, que también puede o debe decirse. En el Decamerón se la citaba como la tierra de Bengodi, y allí se hablaba ya de cómo se ataba a los perros con longanizas. Su ubicación era sencilla: en la tierra de los vascos. Y es que la fama de la gastronomía vasca viene de lejos. ¿Habrá en Bengodi algún famoso mestre llamado Carolus Arguinnanus? Por su parte, Alejandro de Siena, que no debió ganarse la vida como operador turístico, afirmaba que para llegar a Cucaña había que viajar veintiocho meses por mar y tres por tierra. Como propaganda no es muy formidable. Teófilo Folengo se complica menos la vida y sitúa el feliz país «en algún remoto rincón de la Tierra». De modo que, salvo que usted sea vasco, parece que llegar a la felicísima Jauja no es cuestión de coger un avión y realizar un par de transbordos; si todavía se pregunta si merece la pena el viaje, atienda a la descripción del lugar que se ofrecía en El perro de Diógenes: «Corren ríos de leche y manan fuentes de moscatel, malvasía, vino dulce y garganico. Los montes son de queso y los valles de mascarpone. De los árboles cuelgan marzolinos y mortadelas. Cuando hay tormenta, granizan confites y, cuando llueve, diluvian salsas». Bon appétit.

Mapa de Utopía, de Abraham Ortelius, ca. 1595.

Pero me temo que estoy dejando de lado a un sector importante de lectores y turistas potenciales. Me refiero a esa clase de gente que lee el periódico a diario, procura mantenerse al día de los vaivenes políticos y los altibajos económicos, y para desconectar acude a magazines culturales de renombre. Esa clase de gente que quizás no ría mucho pero reflexiona constantemente, que desentonaría en las fiestas del pueblo pero que te llevarías de acompañante a una cena de gala en la embajada. Quizás, y he de remarcar lo de quizás, me esté refiriendo a usted, amable lector. Por descontado, alguien de este perfil desdeñaría viajar a Jauja, esa especie de Ibiza legendaria repleta de felices hedonistas vestidos de blanco. No, los destinos que esta humilde guía puede ofrecer al turista intelectual son lugares como la Nueva Atlántida de Francis Bacon o la Ciudad del Sol del dominico Campanella. Y, por supuesto, la isla de Utopía de Tomás Moro, con sus cincuenta y cuatro ciudades, grandes, magníficas y absolutamente idénticas en todo; allí todo está organizado, se trabaja seis horas al día, se duerme ocho, y el resto se puede dedicar a la lectura o a juegos matemáticos. Tal vez incluso a debatir sobre los mil y un temas, como si uno fuera un experto en todos ellos, cual tertuliano Houyhnhnm. Día tras día, mes tras mes, año tras año. Las mismas rotaciones laborales, las mismas casas, los mismos rostros. Como decía la canción, si un día he de morir (de aburrimiento), que sea aquí en Utopía.

Por supuesto, una guía de viajes no quedaría completa sin algunas recomendaciones para el viajero fascinado por el exotismo y el misterio de las tierras de Oriente. Por ejemplo, ¿quién no ha fantaseado alguna vez con visitar la India? Desde que Alejandro Magno llegara por allá buscando más tierras que conquistar, los relatos de todas las cosas increíbles que allí podían encontrarse intrigaron y fascinaron a las gentes de Occidente. De hecho, ya Heródoto explicaba lo duro que era ganarse el pan al otro lado del Indo, ya que, por ejemplo, los nativos no extraían el oro de la tierra, sino que se lo robaban a unas hormigas bastante creciditas; y la mirra la obtenían de árboles custodiados por serpientes aladas. Los pobres indios siguieron así durante siglos, llegando al punto de tener que obtener sal de aguas custodiadas por ingleses que, eso sí, no eran alados. Si hemos de hacer caso a textos antiguos como los de Plinio el Viejo, la India estaba poblada de seres extraños y criaturas imposibles. De los más normales eran los propios indios, a quienes se describía como gentes parecidas a las etíopes, pero aquellas se distinguían por tener el semen tan oscuro como su piel. Se hablaba también de los curiosos esciápodos, seres de una sola pierna acompañada por su pie, aunque ambos de un tamaño tal que solían tumbarse usando ese pie como parasol. Sin duda, en las abigarradas playas de Benidorm habrían sido rivales temibles. Y bien, aparte de caníbales y pigmeos, en la India el turista utópico podrá hacerse selfies junto a esciratas, que carecen de nariz y reptan como las serpientes; coromandos, seres aullantes y bastante hirsutos; trogloditas con cabezas de perro; sátiros y, en fin, la lista es larga. Lástima que Plinio ya no esté entre nosotros; ¡qué suerte de maravillas habría podido describir en Magaluf!

Tal vez la India resulte un lugar demasiado tangible y herético para usted, amable y pío lector. Por suerte el Oriente es grande y alberga mucha variedad. ¿Por qué no visitar, pues, el reino del Preste Juan? Un oasis cristiano situado entre la India y las posesiones musulmanas en Oriente Medio; un paraíso socialista y nestoriano donde se ha alcanzado el pleno empleo y donde el bueno de Juan, rex et sacerdos, acumula increíbles riquezas sin haber recurrido a la extracción de petróleo, lo cual tiene su mérito. Allí no había violencia ni envidia, ni sierpes venenosas, fluía la miel y había leche en abundancia, y blancos, negros, hombres cornudos o cinocéfalos convivían en paz y hermandad. En la Edad Media, una supuesta carta del Preste Juan enviada al emperador bizantino Manuel Comneno fue pasando de mano en mano (es decir, se tornó viral), y durante siglos los europeos se preguntaron dónde quedaba tal reino, y buscando, buscando, comenzaron sin querer a colonizar otras tierras. No en pocas ocasiones, los líderes cristianos soñaron con ver al potentado oriental al frente de su inmenso ejército uniéndose a Hospitalarios y Templarios en su sagrada misión de recuperar los Lugares Santos para la cristiandad, pero, sin embargo, esa ayuda nunca llegó, y cruzada tras cruzada, los nobles caballeros se quedaban como Pepe Isbert en Bienvenido, Mr. Marshall. Y es que, con el devenir del tiempo, los cristianos fueron cayendo en la cuenta de que el fabuloso reino del Preste Juan no eran tan fabuloso como se decía, y que más bien todo había obedecido a una gran campaña publicitaria en plan Marina D’Or, como atestiguó Odorico de Pordenone, viajero y comerciante de productos lácteos: «Por lo que pude conocer, no era cosa de gran importancia, de modo que nos detuvimos allí poco tiempo». Con todo, no desistan en visitar ese mágico reino; quizás tengan suerte y acaben en Etiopía como les pasó a los portugueses en el siglo XV.

Y bien, ya que hablamos de los Lugares Santos, ¿acaso no hay destinos legendarios para el viajero creyente que ya ha orado en Jerusalén, Belén, Galilea o la Santa Sede? Por supuesto, desde el río Sambatión hasta la fantástica Ofir, hay lugares bíblicos que nadie sabe muy bien dónde están y que serán del gusto de cualquier turista salomónico. Y es que en Ofir era donde la reina de Saba extraía sus riquezas, oro principalmente, algunas de las cuales dio a Salomón como regalo. ¿Y dónde vivía la mítica reina? Hay quien dice que en el actual Yemen, y hay quien sitúa su reino en Etiopía. Sí, de nuevo Etiopía, la planta de reciclaje a donde van a parar todos los lugares legendarios. Aunque desde luego los etíopes apuestan fuerte por esa conexión salomónica, como atestigua su bandera nacional.

Para concluir esta guía, nada mejor que hacerlo a lo grande, como Tamerlán cuando conquistó Bagdad. Hablemos, pues, de la Atlántida. Como es bien sabido y describió Platón en sus diálogos Timeo y Critias, en ese continente perdido se alcanzaron unos grados de civilización inauditos, pero con el tiempo sus habitantes fueron mezclándose con los humanos más de la cuenta, degenerando hasta tal punto que Zeus se decidió a castigarlos. Y hasta ahí puedo leer, ya que hasta ahí pudo o quiso escribir el filósofo ateniense. Lo que está claro es que el castigo debió ser de los gordos porque la isla o continente ya no está ahí. Por suerte, Platón explicó lo suficiente como para saber que se encontraba más allá de las Columnas de Hércules. Otra cosa es que dichas columnas se encuentren en Gibraltar, como comúnmente se cree, pues hay autores que las sitúan en otros lugares. Para Francis Bacon, por ejemplo, la Atlántida era sin duda el continente americano, pero Bartolomé de las Casas creía que los atlantes tenían que ver con las tribus de Israel, así que, más que en el Atlántico, la imaginaba bañada por las aguas del mar Rojo, mientras que el naturalista sueco Olaus Rudbeck miraba a través de su ventana admirando su bonito país, coligiendo inmediatamente que los atlantes sin duda vivieron allí, quizás no muy lejos de su barrio. ¿Que por qué? Bueno, ¿y por qué no? Olaus Rudbeck descubrió el sistema linfático y puede situar la Atlántida donde le salga de los ganglios.

Por lo tanto, ¿cómo llegar al dichoso continente perdido? Bien, esta es sin duda una pregunta escabrosa, ya que, como han podido comprobar, el turista de sitios imaginarios no lo tiene fácil para hallar el modo de llegar a sus destinos míticos preferidos. Así que tanto para el caso de la Atlántida como para el resto de tierras legendarias, el mejor consejo que les puedo dar es que el me diera una vez mi madre: «Busca en el sitio más raro, hijo».

Las almas del Aqueronte, Adolf Hirémy-Hirschl, 1898.

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Adenda primera: Como único y primordial agradecimiento el autor quiere reconocer la inspiración de Historia de las tierras y lugares legendarios de Umberto Eco, que ahorró a quien esto escribe incontables visitas a bibliotecas varias. Pensándolo bien, no sabría decir si eso es bueno o malo.

Adenda segunda: Ningún unicornio sufrió daños durante la redacción de este texto. Tan solo se hirió la sensibilidad de algún admirador o admiradora de Joan Baez y de la obra de Umberto Eco.

Nihil obstat.


La reescritura de la historia por el Tercer Reich

Soldados de la Wehrmacht en la Acrópolis de Atenas, 1941. Foto: Cordon.

«Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro». En el lema del Partido de la novela 1984 resuena de fondo aquella cantinela tan querida de Heinrich Himmler: «Un pueblo solo puede vivir feliz en el presente y en el futuro si es consciente de su pasado». Como ejemplo, advertencia, identidad o tradición, el pasado nos interpela siempre, de una u otra forma. Puede erigirse como noble tradición que merece la pena preservar, como paraíso perdido que debe recuperarse para ser grandes de nuevo o quizá sea descrito con tintes muy negros para mostrarnos la necesidad de aceptar cambios para distanciarnos de él. Incluso el adanismo, ese mal tan frecuente de nuestro tiempo, crece a la sombra del pasado al necesitar negarlo de forma radical y militante: creer que la historia empieza con nosotros es el equivalente a taparse los oídos y gritar «nananana», por miedo a que se infiltre alguna enseñanza pretérita en ese cerebrito orgullosamente virgen. El pasado es además el hogar del mito, porque a medida que transcurre el tiempo las cosas se van recordando menos e imaginando más, y con mitos es como se construyen los movimientos políticos, pues como decía Ernest Renan «un pasado heroico, grandes hombres, la gloria, este es el capital sobre el que se asienta una idea nacional». Por todo ello está siempre tan presente la tentación de reescribir la historia; decidida la conclusión de antemano, queda por escoger las premisas, retorciendo los hechos lo que haga falta o directamente inventándolos. El nazismo fue uno entre tantos en esta práctica, pero se entregó a ella con tal entusiasmo, dedicó tanta energía e inventiva a elaborar un pasado mítico en el que reafirmarse que merece la pena que le dediquemos las siguientes líneas para conocerlo con más detalle.

Una de sus fuentes la encontramos, naturalmente, en el propio Hitler. Su libro Mi lucha entremezclaba sin distinción su ideario político y su trayectoria biográfica, descrita en un tono mesiánico en el que cada etapa o anécdota de su vida era interpretada como una señal o una prueba de la providencia al servicio de un objetivo último, que era la conquista del poder. Uno de esos momentos trascendentales fue el interés que ya en su juventud despertó en él la historia:

Aprender historia quiere decir buscar y encontrar las fuerzas que conducen a las causas de las acciones que escrutamos como acontecimientos históricos. (…) Fue quizá decisivo en mi vida posterior el tener la satisfacción de contar como profesor de Historia a uno de los pocos que la entendían desde este punto de vista, y así la enseñaban. El profesor Leopold Poetsch, de la Escuela Profesional de Linz, realizaba este objetivo de manera ideal. Era un hombre entrado en años, pero enérgico. Por esto, y sobre todo por su deslumbrante elocuencia, conseguía no solo atraer nuestra atención sino imbuirnos de la verdad. Todavía hoy me acuerdo con cariñosa emoción del viejo profesor que, en el calor de sus explicaciones, nos hacía olvidar el presente, nos fascinaba con el pasado y, desde la noche de los tiempos, separaba los áridos acontecimientos para transformarlos en viva realidad. (…) Nuestro fanatismo nacional, propio de los jóvenes, era un recurso educativo que él utilizaba a menudo para completar nuestra formación más deprisa de lo que habría sido posible por cualquier otro método. Este profesor hizo de la Historia mi asignatura predilecta. De esa forma, ya en aquellos tiempos, me convertí en un joven revolucionario.

Durante su estancia en Viena, en los años previos a la Primera Guerra Mundial, se convirtió en un lector ávido de historia o literatura clásica. Pero daba igual qué leyera, que siempre extraía la misma conclusión, todo pasaba invariablemente por el cedazo de su particular visión del mundo, pues tal como señala en otro momento de su libro: «la historia universal en su conjunto no es sino la manifestación del instinto de conservación de las razas». Lo que no tenía nada de particular era, sin embargo, esa búsqueda en un pasado remoto de un sentido para el presente y es lo que le permitió conectar con la Sociedad Thule tras el término de la guerra, con el fin de que patrocinase lo que llegaría a ser el NSDAP. Considerada en la antigüedad clásica un territorio legendario ubicado en el punto más septentrional del mundo conocido (vinculado por algunos a la Atlántida), Thule estaba allá donde en verano no se ponía el sol y en invierno vivían sumidos en las tinieblas, origen de las runas y del culto a los solsticios, la cuna del pueblo nórdico. Así que en 1918, en un momento de gran incertidumbre política, se constituyó bajo el nombre de Sociedad Thule lo que en principio era un grupo para el estudio de la antigua cultura germánica. En ella encontró Hitler el trampolín que necesitaba, de hecho, la propia esvástica tan característica del nazismo provino del emblema de esta sociedad. Más adelante, el departamento de Herencia Ancestral de las SS recogería algunas de sus ideas, financiando expediciones a Islandia y al Tíbet en busca de los ancestros arios.

Músicos de las Juventudes Hitlerianas conmemoran el 1000-Jahr-Feier de Heinrich I (aniversario de los mil años de Heinrich I) sobre las murallas de Quedlinburg ,1936. Foto: Cordon.

Esto nos lleva a una cuestión central del ideario nazi: la relación de Alemania con la cultura grecorromana. Por un lado estaba la posición representada por Himmler, el máximo responsable de los campos de concentración y de las SS. Intimidados por el esplendor y el prestigio intelectual que Roma y Grecia representaban, los ideólogos de esta corriente querían encontrar un pasado glorioso para Alemania al margen de esa influencia. Podía encontrarse en la Edad Media. Para ello contaban con la epopeya del siglo XIII El cantar de los nibelungos, seña de identidad nacional a la que Wagner dedicó cuatro célebres óperas que podrían considerarse poco menos que la banda sonora del Tercer Reich. A ese periodo histórico remitían también las Napolas, instituciones educativas de las que debía surgir la élite del régimen, ubicadas a menudo en castillos medievales e inspiradas de forma más o menos libre en las órdenes caballerescas. Incluso un tipo de letra gótica, la Frakturschrift, pasó a formar parte de toda la cartelería y documentos oficiales… al menos hasta 1941, cuando las sospechas sobre su posible origen judío hicieron que quedase proscrita. La mitología nórdica era también muy querida para esta corriente estética e ideológica, con frecuentes alusiones en diversos ámbitos al dios Wotan y al Valhalla, el paraíso al que los soldados irían tras morir en combate. En relación con ello también proliferaron las inscripciones rúnicas, las ceremonias neopaganas (especialmente en las SS), así como multitud de excavaciones por todo el suelo alemán en busca de vestigios prehistóricos, particularmente de megalitos, a los que se les atribuía un hondo significado espiritual. Pero nada de esto era del agrado de Hitler, pues las construcciones megalíticas no eran según él un lugar de culto, sino refugios para huir del avance del lodo. Sus opiniones sobre el conjunto de esos restos ancestrales no eran menos desdeñosas:

En la época en que nuestros antepasados fabricaban pilas de piedra y vasijas de barro, todos esos objetos con los que se entusiasman nuestros prehistoriadores, los griegos estaban construyendo la Acrópolis. (…) Esos catedráticos e imbéciles, que están creando en su rincón su mezquina religión nórdica me fastidian profundamente. ¿Por qué lo tolero? Porque ayudan a destruir. 

Según su ideario, basado en el darwinismo social, aquello que era débil no debía ser ayudado y, dado que la mitología nórdica y la cultura nórdica asociada fueron en su momento rebasadas por el cristianismo, no merecían por tanto ser recuperadas. Sus mencionadas lecturas, además de su interés por el arte y la arquitectura, hicieron de Hitler un defensor incondicional de la cultura clásica, alguien para el que, en palabras de Goebbels, Roma y Atenas eran como La Meca. Pero ¿cómo conjugar eso con la exaltación nacionalista alemana? Fácil, apropiándose de ellas. Y no de tal manera que los antepasados de los alemanes fueran griegos, sino haciendo que los antepasados de los griegos (y por extensión de los romanos) fueran alemanes:

En los formidables desiertos helados del norte, vivía una raza de gigantes que habían adquirido fuerza y salud gracias a la selección racial (…) Ahora bien, estas razas que nosotros calificamos de arias en realidad fueron las que dieron vida a todas las grandes civilizaciones ulteriores (…) Sabemos que fueron inmigrantes arios los que proporcionaron a Egipto su elevada civilización, al igual que sucedió en Persia y Grecia; estos inmigrantes eran arios rubios de ojos azules y sabemos que, fuera de estos países, en la tierra no se ha fundado ninguna otra civilización.  

Joseph Goebbels en el templo de Poseidón, cabo de Sunión, Atenas,1939. Foto: Cordon.

De manera que la relación de Alemania con la cultura grecorromana tuvo una segunda corriente, mayoritaria y dominante al estar representada por el propio Hitler, que consistió no en sortear su esplendor, sino en considerarlo como una rama más del tronco germánico. Es ahí donde el historiador Johann Chapoutot ha centrado su obra El nacionalsocialismo y la antigüedad, que tomaremos como referencia. Así que entonces, una vez reescrita la historia para comulgar con esa rueda de molino, se abría un horizonte de posibilidades insospechadas. El legado griego y latino pasaba a ser un gigantesco baúl del que extraer mil artefactos útiles para el presente. Para empezar, suponía conectar con el propio Romanticismo alemán por el que tanta simpatía mostraba el nazismo, pues desde Goethe hasta Hölderlin habían sentido fascinación por ese pasado, y en segundo lugar ofrecía abundantes elementos para ser reinterpretados a la luz de los prejuicios del momento para darles solidez. Así el Tercer Reich, además de los mil años por delante que prometía, contaría con al menos unos dos mil quinientos por detrás respaldándolo.

Eso exigía reescribir bastante, claro está, empezando por la filosofía. Al bueno de Sócrates no había manera de reciclarlo para el nazismo. Feo con avaricia, no encajaba en ese ideal nórdico de belleza, y además su estilo era fastidiosamente igualitario. Consideraba la razón como algo inherente a todo ser humano y no tenía inconveniente en debatir por las calles atenienses con quien se cruzara por delante, pues la sabiduría no entendía de aristocracias. El ideólogo Rosenberg lo tildó con bastante desparpajo con el anacronismo de «socialdemócrata internacionalista». A los estoicos tampoco les fue mejor, pues en su cosmopolitismo se quiso ver la sombra del judaísmo. Más asequible resultaba Platón, cuya república totalitaria era muy del gusto nacionalsocialista tanto por su afán de fiscalizar la vida cotidiana como por su rígida división en estamentos sociales. Por su parte, Aristóteles resultaba problemático, pues a todas sus luces y sombras había que añadir su vínculo como maestro con Alejandro Magno, figura que no había manera de minimizar. Pero ¿cómo debía interpretarse a tan insigne conquistador a la luz del nazismo? De aspecto ario y forjador de un imperio a base de conquistas militares que se extendía sin fin hacia el este, en principio resultaba el espejo ideal en el que mirarse… si no fuera por su molesta costumbre de mezclarse, tanto él como sus tropas, con los autóctonos a los que conquistaba. Su sueño de forjar un imperio multirracial y multicultural no podía ser más opuesto a la pretensión nazi de conquista de espacio vital para su colonización, sin mestizaje alguno. La manera correcta de valorarlo era viéndolo como un héroe militar que, sin embargo, trajo la decadencia racial con su política irresponsable.

No obstante, hubo un aspecto del legado de la Antigüedad que fue utilizado con entusiasmo por el régimen y, ciertamente, no tuvo que tergiversarlo de forma significativa: Esparta. De hecho, la comparación del Tercer Reich con la sociedad espartana fue una crítica relativamente frecuente hecha por sus detractores. Era una sociedad que practicaba la eugenesia para eliminar a los más débiles, que exigía una vida de disciplina, obediencia y entrenamiento gimnástico y militar continuado, donde el individuo estaba supeditado a la comunidad y esta tenía como fin último la guerra y el imperialismo. No es de extrañar que Hitler la pusiera como ejemplo con frecuencia, como también Goebbels en un discurso tan decisivo como el que dio tras la derrota de Stalingrado. El episodio de la batalla de las Termópilas apelaba además a un heroísmo y sacrificio colectivo frente al enemigo asiático que no podía sintonizar mejor con el contexto de la guerra contra la Unión Soviética. El ministro de Educación del Reich no pudo ser más explícito:

Quiero dejarlo claro para todos: debemos educar a una juventud espartana y aquellos que no estén dispuestos a entrar en esa comunidad espartana deberán renunciar para siempre a ser ciudadanos de nuestro Estado.

Miembros del RAD se ejercitan en Zeppelinfeld, 1938. Foto: Cordon.

El vínculo que el Tercer Reich deseaba establecer con la Grecia clásica no se limitaba a los discursos, ni al sistema educativo, ni a los sectores más cultos, debía ser algo que formarse parte de la vida diaria de los alemanes en todo momento. Para ello se organizaban grandes desfiles bajo el lema «Dos mil años de cultura alemana», con miles de voluntarios vestidos con trajes de la época y en los que se recreaban en diversas carrozas esculturas, embarcaciones y elementos arquitectónicos griegos. También se proyectó la construcción de cuatrocientos teatros al aire libre (aunque llegaron a culminarse bastantes menos) imitando la estructura de los antiguos, que debían albergar representaciones inspiradas en los clásicos, pero, si hubiera que señalar un cénit en el celo del régimen en su reivindicación de Grecia, este estuvo sin duda en los Juegos Olímpicos de 1936. Representaban un formidable escaparate no solo ante toda Alemania, sino ante el mundo, y encajaban como un guante en el gusto nazi por la escenografía de masas y el culto al cuerpo. Por encargo personal de Hitler, Leni Riefenstahl filmó un magnífico documental sobre ellos que supo recrear su visión idealizada sobre la salud física, la disciplina y la vida en comunidad, y todo ello, además, fruto de la emanación de un pasado ancestral, representado por esas ruinas y estatuas del comienzo que se transforman ante nuestros ojos en atletas contemporáneos. Juventud y eternidad, eso pretendía ser simultáneamente el nazismo. Con la intención de exaltar el vínculo entre Grecia y Alemania, el Ministerio de Propaganda tuvo además una idea que gustó tanto al COI que aún hoy en día sigue poniéndose en práctica, la de una carrera de relevos que traslada la llama originariamente traída por Prometeo a los humanos en Olimpia hasta el pebetero del estadio donde se celebran los Juegos, en este caso Berlín. Después de todo esto, la justificación de Alemania para invadir Grecia durante la Segunda Guerra Mundial venía rodada. Así que, al acudir en rescate de su calamitoso aliado italiano e invadir la región en 1941, los alemanes sentían que simplemente estaban recuperando lo que era suyo.

Hemos mencionado a Italia y eso nos da pie para concluir hablando del Imperio romano. ¿Acaso no se sintió el Tercer Reich tentado de apropiárselo, reescribir su historia y encontrar justificación a su sombra como hizo con Grecia? Sin duda, aunque en este caso hubo ciertas diferencias. En el imaginario colectivo alemán se consideraba en parte a Francia —con la que tradicionalmente había estado en guerra— como heredera de la cultura y civilización latina, aunque naturalmente fuera Italia el país más vinculado a ella, pero tampoco este país había sido siempre un aliado. Así que en el caso romano se trataba de un legado más disputado como para reclamarlo en exclusiva y curiosamente se trasvasó a Alemania por medio del fascismo. Tanto el característico saludo como los estandartes, las insignias, el águila y otros aspectos estéticos se recrearon siguiendo lo establecido por Mussolini, quien no tuvo más que echar la vista atrás. Quizá fue en las grandes obras públicas donde más se reflejó la huella romana, con las autovías que conectaban el Reich como equivalentes contemporáneos de las calzadas, así como todos los edificios oficiales de estilo neoclásico y una vocación expresa de ensombrecer a Roma, con esas gigantescas obras que Speer proyectó para Berlín y que en su mayor parte se quedaron en una maqueta. Claro que representar a Alemania como heredera natural del Imperio romano traía consigo algunas complicaciones a poco que se fijase uno en ciertos detalles históricos, y para eso está la labor de reescritura. Por un lado estaba la cuestión del cristianismo, religión denostada por Hitler que el Imperio adoptó oficialmente y que encima estaba fundada por un judío. Ya desde el siglo XIX diversos teóricos antisemitas habían ido elaborando la narración de que Jesús era en realidad ario, Wagner incluso llegó a identificarlo con el dios Wotan. Se quiso creer que el Jesús real era un nórdico de raza y espíritu que poco tenía que ver con su imagen tradicional, diseminada por el «protobolchevique» San Pablo. Por otra parte, estaba la cuestión de la caída del Imperio debido a las invasiones bárbaras, que situaban en el papel de los malos y primitivos a las tribus germánicas. Eso no podía ser. Su llegada al corazón del Imperio lo que trajo es una revitalización de su sangre nórdica, sostenía Hitler, pero fue la carcoma del cristianismo la que lo había debilitado tanto que ya resultaba insostenible.

Zeppelinfeld, inspirado en el altar de Pérgamo.


José Jiménez Lozano: «Merece la pena vivir porque hay personas, hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien»

A sus ochenta y ocho años, José Jiménez Lozano charla, ríe e ironiza, incansable. Es un escribidor pequeñito, alegre y sabio. Pasa de la broma y el chiste a hacer un comentario histórico fundamentado de nuestra «tierra de conejos», que es como le gusta llamar a España. Es premio Cervantes y otras muchas cosas. Ha publicado veintisiete novelas, doce libros de cuentos, nueve poemarios y siete diarios. Es el maestro de Alcazarén y hasta este pueblecito de Valladolid vienen a charlar amigos de todas partes —Rusia y Estados Unidos, Islandia y República Checa, Alemania e Italia, México e Inglaterra—. Nos recibe en su casa, hecha de ladrillo mudéjar y suelo ajedrezado, como de estancia holandesa, en la que se oye el cacareo de las gallinas del licenciado y se disfruta del jardín de Dora, su mujer. Nos acomodamos en torno a la mesa en la que escribe, rodeados de libros y de complicidades —una candela, varios pájaros, un baldosín árabe, una menorá judía, un retrato antiguo o la imagen de una virgen románica—. Del estudio, pasamos a una salita, Dora nos ha preparado un magnífico aperitivo, nos sentamos en la mesa camilla debajo de un inmenso retrato de Juan Massana. Nuestros ojos van del Jiménez Lozano real al del cuadro. El pintado tiene una mirada, intensa y pensativa. El de carne y hueso tiene unos ojillos atentos, descubridores y alegres. Es la mirada que se transparenta en sus escritos. Y de esa mirada una lengua que nos traslada a la época de un español recién nacido y hablado por la gente para decirse. Da gusto escuchar su cadencia. Empezamos la entrevista yendo hacia atrás, hasta su nacimiento en 1930.

Habla de su nacimiento como un traumatismo ¿Por qué lo describe así?

Me contó un médico de la familia que asistió a él que fue un parto muy difícil y que la anoxia del recién nacido fue tremenda. Lo demás, lo de las angustias existenciales, literarias o filosóficas lo dice Otto Rank, y yo lo he repetido simplemente, pero no de tal manera como para hacerlo mío. Les diré que Francisco Javier Higuero tituló su tesis doctoral: La imaginación agónica de Jiménez Lozano; pero otro crítico de mis poemillas ha escrito, a propósito de La estación que gusta al cuco, publicada cuando yo cumplía ochenta años que «mientras las obras de sus contemporáneos, y también de las generaciones posteriores, se ensombrecen hundidas en el pozo del paso del tiempo y se agotan en el bucle de la idea de la muerte, la poesía de Jiménez Lozano rezuma en cada libro mayor optimismo vital».  Al reaccionar en la hora de aquel mi difícil nacimiento, decidí encontrar al mundo bastante interesante.

Yo soy físico, mi formación es de científico y me creo poco lo del nacimiento traumático. Usted tiene una alegría de vivir y unas ganas de reírse con el mundo y hasta un poquito del mundo. Deme una razón para esto.

Ya lo pensaré un poco, pero creo que usted está en lo cierto. Ese es mi talante pero, además, es que a mí me parece que el mundo moderno es una desgracia, porque entre otros aspectos es bastante triste, no encuentra motivos para vivir. Y hay demasiados modernos así. No hace mucho me encontré con alguien muy conocido que había cumplido cuarenta años y me dijo, a mí con ochenta y siete, que no paraba de pensar que se tenía que morir, y le contesté: «Toma y yo también, ¿es que eres tonto?» y me respondió: «Ya, pero yo no tengo motivos para vivir». Y esta es una mera anécdota, pero aterradora porque la vida no necesita motivos para vivirse y parece como si la naturaleza de esa vida fuese la finalidad misma de ser vivida. Como el pez en el agua. Es la conciencia de lo insuficiente de la propia vida, o la amenaza a esta las que se interponen entre la vida y nosotros.

Y, en otro orden de cosas, son los demiurgos de nuestro tiempo, hombres de pensamiento y ciencia, señores del nacer y del morir, quienes piensan que no hay razón alguna para que la especie humana, de la que tienen una pésima opinión, continúe sobre la tierra. Es un botón de muestra del famoso antihumanismo. Y algunos han lamentado que no se aprovechase para ello la crisis, en 1983, de los cohetes Pershin americanos en la República Federal Alemana. Estas son las cosas que solo ocurren, creo yo, después de un desolador desastre en nuestro pensamiento y en el interior más profundo de nuestros ser donde parece que ya no llega la alegría de vivir.  Pero yo creo que merece la pena vivir porque hay personas, porque hay pájaros, porque hay cosas que están muy bien, excelentemente bien.

Y, de repente, me acuerdo de que en la Biblia de Ferrara según va haciendo el Creador a las criaturas, dice: «¡Qué bueno!», mientras otras biblias traducen: «Y vio que era bueno» como diría un inspector o un aduanero. Va un mundo entre aquella traducción y las corrientes. En el XV la vida sería difícil pero la alegría de vivir era desbordante, y esto se refleja en toda la literatura medieval.

Usted habla de tres mujeres en su infancia: su madre, su madrina y la criada de su casa, y hay una historia muy interesante que tiene que ver con esta madrina que se enfrenta a los fusiladores. Me da la impresión de que su madrina es uno de sus primeros personajes literarios, que se funde con el personaje real.  

La recreación de mi madrina, o más bien bautizadora, como personaje es mía. Yo a esta mujer la conocí poco, por lo visto fue quien me bautizó, porque como nací tan mal, antes de que llegara el párroco me bautizaron por si acaso, y ella fue quien me bautizó. Murió siendo muy anciana. No la traté mucho, y su comportamiento de Antígona me fue contado siendo ya mayorcito. Fue en el tiempo de la guerra civil. Y parece que había causado impresión a aquellos a quienes se dirigió, porque no les suplicó, sino que les reprochó su conducta, y les recordó que no se podía ir a buscar a alguien para matarle. El comentario que yo oí de los que me contaron el hecho es el de que al fin aquellos fusiladores se fueron, y otros también se irían si alguien tuviera el valor de aquella mujer. Mi madre me dijo que me había regalado el devocionario para cuando hiciera la primera comunión, al año siguiente, y todavía le conservo.

La segunda es la muchacha que les ayudaba en casa: la María.

He personificado, al escribir, a muchachas y a un par de mujeres de mediana edad que estuvieron en casa ayudando a mi madre o llevando la casa cuando ella no podía, y solo una de ellas se llamaba María, pero las recuerdo muy bien, y lo que decían. Y lo bien que se portaron conmigo, y lo que me enseñaron, especialmente en cuanto a lenguaje. Por ejemplo, una de ellas que tuvo un día unas palabras con la vecina que era muy morena, oí que mientras yo leía de buena mañana en la cama, la concluyó llamando «blanca flor de chimenea», y ahí quedó la cosa. Así que esta María tenía una imaginación gongorina, ciertamente.

Usted cuenta de María, la criada, que en una secuencia le dice: «tú mira a los mendigos siempre a los ojos porque son como Cristo».

Sí, estas cosas es lógico que ahora parezcan raras, pero eran muy normales. No hay que olvidar que tenemos una cultura basada en el cristianismo y esta circunstancia ha conformado muchos dichos populares. Hace un tiempo, en una corrección de texto se propuso corregir la frase «no quiero pasar por más calvarios», que pronuncia uno de los personajes de la novela, cambiando «calvario» por «cuesta». Me quedé boquiabierto, porque una cuesta no es un calvario, el calvario implica una connotación de sufrimiento ausente en la palabra cuesta. Y no es lo mismo oír a alguien decir que estaba desamparada para significar que cobraba ninguna pensión, porque la hondura y la sonoridad sentimental de la realidad que lleva consigo la palabra «desamparo» no es la misma que se evoca con el término burocrático. Por eso la poesía solamente la entienden las gentes con inteligencia y sensibilidad y cuyo lenguaje no se haya burocratizado o tecnificado, o se haya hecho televisivo.

La expresión «hacer novillos» me recuerda a mi niñez, y me dicen: ¡pero es que ya nadie usa esa expresión!

Conozco a un excelente filólogo, que hace diccionarios, y me dice que en la editorial donde imprimen esos diccionarios han cambiado a la gente del taller y asegura que se tendrá que ir a otro sitio porque le tachan lo que no entienden. Yo creo que el lenguaje ha desaparecido como expresión y se emplea para fabricar una realidad de cartón como el conde de Potemkin hizo aldeas de cartón.

En Estados Unidos a un basurero se le llama ingeniero de medio ambiente.

Ahora también es así aquí y los vehículos transportadores de basura se llaman más o menos así. Parecen trasuntos de «las cultas latiniparlas» de Quevedo o «las preciosas ridículas» de Molière y nos reímos; pero los camaradas llamaban a la pena de muerte «defensa suprema de la vida»; y durante nuestra guerra civil se llamaba «paseo» al traslado de un detenido para ser asesinado de ordinario junto a una tapia o en el campo, más o menos como sus soldados dicen a Tucídides en la guerra de Corcira y aquel encuentra intolerable. Pero ahora mismo hablamos de «violencia de género» para no llamar asesinato lo que es un asesinato, no sea que nos perturbe o no nos valga para hacer política de masas.

El problema es que el que no sabe describir sus sentimientos al final se hace oscuro para sí mismo.

Ciertamente es así, una persona que no tiene o pierde el lenguaje que nombra ni puede hablar ni pensar por su cuenta, sino por cuenta de otros, digamos con un lenguaje político o comercial, o televisivo, pongamos por caso. Es un lenguaje construido con tópicos, conceptos y hasta frases hechas de los que se echa mano al hablar para no decir nada, o no se quiere decir ni escuchar nada.  

Cuando santa Teresa no sabía muy bien cómo expresar exactamente lo que pensaba o sentía, escribía: «a esto llamo yo». Y esto es lo mismo que yo oigo todavía en el habla de la gente del campo. Es Gente independiente, como dice el título de la estupenda novela de Halldör Laxness, no una masa pastoreada, a comenzar por la lengua, y quizás está entre la poca gente que va quedando que entiende las ironías.   

La tercera mujer de la que hablábamos es su madre…

Como mi madre estaba mucho tiempo en la cama, o levantada, pero sin poder hacer otra cosa que coser, bordar o leer, hablé mucho con ella. También me leyó mucho, libros piadosos: santa Teresa o el Kempis sobre todo, aunque no solo estos. También era bonito lo de Amado Nervo: «¡Ah Kempis, Kempis, asceta yermo! /¡Ah Kempis, Kempis, asceta triste! / Ha muchos años que estoy enfermo, / y es por el libro de tú escribiste!».

Y también me leía mi abuela, y en alguna parte he contado lo que me impresionaban las páginas de una escena que he contado en varias ocasiones, la del enterrador del que habla fray Luis de Granada que daba un azadonazo a una calavera que bien podía ser la de Alejandro Magno.

Se le ha llamado el maestro de Alcazarén. Vive aquí retirado entre sus libros y recibiendo a los amigos. Atribuye gran parte de su formación a la figura del maestro y, sin embargo, se puede decir que su formación es principalmente autodidacta. Usted ha leído mucho, primero compartía sus lecturas con Jacinto Herrero, luego con otros amigos. ¿Cómo describiría su formación?

Está bien esto de «maestro» como los antiguos pintores, o como ahora se dice a un albañil o a un carpintero, y el apelativo solo quiere decir que tiene un cierto oficio y edad. De los maestros de escuela de mi infancia recuerdo sobre todo la geometría y la geografía o la historia sagrada. Pero en Langa había un sacerdote psíquicamente enfermo, pero de ordinario muy tranquilo, aunque tenía alguna vez algún momento de descontrol un tanto dramático, según he oído después; pero era hombre muy cultivado y que nos reveló a los chicos —a quien le interesara escuchar— la maravilla de la literatura. Se sabía tiradas enteras de la Divina Comedia y hablaba familiarmente de sus diversos pasajes. Se sabía bastantes romances y poemas medievales y del Siglo de Oro, y parlamentos de Shakespeare, y la poesía de Unamuno; y parece que le estoy escuchando: «Aldebarán / rubí encendido en la divina frente», y declamado por aquel hombre rodeado de nosotros, los chicos, frente a Aldebarán.

Era fascinante, y esto es una educación literaria, que incluía a Verdaguer, a Maragall y a Costa y Llobera, o La puerta de paja, de don Vicente Risco, en una malísima edición que perdonábamos enseguida que fuera tan mala. Y versos de Virgilio y Garcilaso. Y luego estaba un hermano mayor de Jacinto Herrero que estudiaba Derecho y que leía literatura, porque entonces los estudiantes leían literatura y, según mi experiencia, sobre todo los de Medicina. Más que los de letras. La literatura, por lo tanto, no me llegó autodidácticamente, sino como pasión; no por vía de enseñanza, sino de conversación con otros estudiantes y algún profesor de letras, pero fuera de clase. Azorín entró así en nuestras vidas, la de Jacinto Herrero y la mía, y con Azorín, entraron Cervantes y los demás de quienes él hablaba.

¿Por qué dice usted que leían más sus amigos estudiantes de Medicina?

Simplemente porque fue mi experiencia. En un mundo en el que leer era una cosa normal, y más si se era estudiante. Entre mis amigos en Valladolid los que estudiábamos Derecho éramos siete, y cinco estudiaban Medicina y leían mucho más ellos que nosotros y que los dos amigos de letras. Seguramente fue que todos eramos lectores, y nada más.

Háblenos de Jacinto Herrero; es su amigo de la infancia y su compañero en el descubrimiento de los libros.

Él y yo nos teníamos como repartidas las lecturas: Jacinto leía la poesía y el teatro, y yo la prosa: narraciones y ensayo. Poesía los dos. Uno leía lo que le tocaba y lo pasaba luego al otro, con lo que a cada uno le había parecido. El ayuntamiento tenía su bibliotequita y allí leímos sobre todo los escritores contemporáneos, y a los del 98 y el 27 sin prestigio todavía, y esto es importante. Tú no podías decir que no te gustaba Virgilio, porque ya era un clásico, pero podías decir que no te gustaba Unamuno con toda libertad, o que nos gustaba Rubén Darío. Muchos años después, además de saber mucha gramática como buen alumno de don Rafael Lapesa, resultó ser Jacinto un excelentísimo poeta, que ya se verá, porque estas cosas se ven tarde.

Que uno pudiese leer a Unamuno y decir que no le gustaba da la impresión de que le dio una libertad tremenda.

Uno leía lo que le daba la gana. Un amigo me dijo: «si vas a escribir, yo te diría que no lo hagas, pero si escribes tienes que ser como una mujer de la calle que se ponga el mundo por montera, y el primero que te diga que está muy bien, lo mandas a paseo, desconfía de ti y de los demás, haz lo que te dé la gana». No había corrección política de ningún tipo. Yo veía que a los de letras, se les preguntaba siempre sobre lo que habían leído aquella semana, y a lo mejor uno decía: «una novelilla pequeña de Cervantes y no he sido capaz de terminarla», y contestaba el profesor: «¡Bueno, ya le gustará!».

Eso hace que la literatura entre como un amigo.

Exacto, esa es la verdad, era como un pariente, como uno más de la casa, y por eso las bibliotecas buenas son desordenadas, no tiene nada que ver un libro con otro, le puede gustar Sófocles y Luis Taboada, no tiene importancia ninguna. Son amigos nuestros y ya está, no hay más razón.

La pobreza, la nada y la desnudez de Castilla ¿son sugerencias para la escritura? Como para san Juan de la Cruz o santa Teresa…

No lo sé, pero ahora me parecen mucho más complicados estos asuntos, y no relacionaría tan claramente una escritura con su ámbito geográfico ni biográfico. La infancia misma es tan determinante, porque en sí es un periodo en general feliz, pero también se redora cuando se evoca por eso mismo: nunca se será más feliz que entonces. Se suele decir que es algo terrible ver la guerra o la pobreza por parte los niños, pero la verdad es que según y cómo. Era formidable ir a manifestaciones con antorchas por la noche, ver un avión o un carro de combate por dentro como en un museo, ver militares de uniforme. El personaje real, Juan de la Cruz quizás veía pobreza en su hogar muy venido a menos antes de que él naciera, pero no necesitaba ni de la Castilla pobre ni de la pobreza de su madre para saber lo que era pobreza. Hasta la Teresa, que era una señorita, quedaba aterrada, cuando Juan le hablaba del desprendimiento total y la renuncia total.

En ese sentido ha dicho que Ávila le parecía Constantinopla…

Sí, sí. Sabíamos incluso que Constantinopla tenía tres murallas como tres anillos de la ciudad. Y gracias a esta literatura familiar no era extraño que cuando iba a Ávila pensara en Constantinopla, leíamos «la intemerata» sobre cruzadas, pero no comprendíamos por qué la guerra civil se llamaba cruzada, si no había caballeros templarios.

Ha comparado Ávila con la estepa rusa. La nevada de hoy me recuerda a Miguel Strogoff, me recuerda a la estepa rusa. ¿A usted le gustó Miguel Strogoff?

Sí, claro. Me gustaba mucho, porque paseaba por Rusia y la literatura hace soñar. El primer problema de un niño pequeño, cuando quiere representar la realidad, es que echa mano, por ejemplo, de un tubo de pasta de dientes o de otra cosa cualquiera que le sirve de avión, de coche, gato o de ratón, y juega con su imaginación. Y eso le pasa con las lecturas, pero si le traes la realidad lo que ha imaginado su desilusión es profunda, y cuando ve un juguete que se mueve lo toma de la mano y quiere moverlo él, y lo mismo ocurre con la lectura: la nieve de «El correo del Zar» era más bonita que la de verdad.

Ha señalado que el mundo se le ofrecía por primera vez en sus viajes de niño a Ávila, ¿qué significa esto? A partir de esta visión de Ávila, usted recupera la historia de España en ese valor de la convivencia entre mudéjares, judíos y cristianos. ¿Por qué le ha fascinado y ha vuelto tantas veces sobre esa época de España en la que convivían? ¿Qué valor tiene?

Dando vueltas a las cosas de pequeño se ven muchas más después, porque las relaciones son historias entre individuos, no entre colectivos que son entes abstractos. La convivencia de las tres leyes fue posible mientras se trató de personas. Hablar de convivencia de civilizaciones o culturas es una vaciedad porque estos son puros nombres, y la libertad como el respeto es para las personas. Cuando ocurre el aupamiento social de los cristianos, y estos son la parte dominante de la población como en Europa entera, se comenzó a imponer el principio abstracto de que la religión que tenía el príncipe o gobernante  debía de ser la de sus súbditos; pero hasta entonces islámicos y judíos eran los «otros españoles». Los europeos se extrañaban de que fueran tan libres nuestros judíos y nuestros moros, y aquí no hubiera guetos. Pero lo que quiero decir al evocar estas extrañezas europeas es que, desde tiempo atrás, las capas ilustradas europeas y españolas que sabían hablar latín ya tenían decidido que nuestras «extrañezas» tenían que acabar.

En la catedral de Sevilla la tumba de Fernando III tiene cuatro inscripciones funerarias en su tumba, y solo una de ellas diferente, que es la latina, lengua europea y de la élite cultivada de los reinos de las Españas. En dos de los epitafios, escritos en hebreo y árabe, se dice que el rey allí enterrado «quebrantó y destruyó a todos sus enemigos»; en el epitafio escrito en romance castellano se dice lo mismo: «rompió e destruyó todos sus enemigos»; pero en la inscripción latina está escrito que «aplastó y exterminó la protervia de casi todos sus enemigos». Américo Castro, que es quien con razón se muestra extrañado de esta diferencia, comenta, sin embargo, simplemente que «protervia» equivale a desvergüenza o impudor, y añade: «o sea, de los musulmanes que ocupaban Córdoba y Sevilla», que serían así aludidos solo para los que entendían el latín. Pero me parece que aquí hay algo mucho más significativo. Porque, por lo pronto, el uso de los verbos «aplastó y exterminó» explicita la violencia más extrema, con la  palabra «protervia» que pertenece al vocabulario teológico y clerical que designa la maldad de la herejía o «herética pravedad» en la enunciación misma de la institución inquisitorial Y esta es la violencia que se oculta a quienes no saben latín entre los cristianos, y a judíos e islámicos; esta es la violencia como teología, ideología, y sentimiento de quienes redactaron esos epitafios, y es lo que se sentía en toda Europa.

¿Y la Inquisición? Somos conocidos en el mundo entero como los más terribles iquisidores. ¿Qué significa en nuestra historia? ¿Por qué se ha interesado por la Inquisición?

La acción procesal tan arbitraria ya fue reprochada en su tiempo a esta inquisición, llamada «castellana» porque se acordó en Medida del Campo a finales del siglo XV. Y, por ejemplo, por un proceso de la Inquisición de Sigüenza sabemos que un cura rural de Soria, ante la noticia de que se están quemando judíos en Zaragoza, comenta: «¿Por pensares? El pensamiento no delinque, que yo me sé bien mis bolonias».

Lo terrible no es solo el arbitrio procesal, y ni siquiera la barbarie de la tortura que se hacía en cualquier proceso civil, sino la materialización de los signos de la fe o la conversión del cristianismo en biología y signo de casta, conformando una sociedad demagógica de denuncia fácil racial y popular, y torna en un signo de la fe cristiana comer tocino y el miedo a leer, y de ello se ríe Cervantes con razón.  Pero fray Luis de León lo sufrió en su alma y en su carne, y se refería a estos cristianos, que venían al igual que él de «mala casta, como “ganado roñoso” y generación de afrenta que nunca se acaba». Solo hay que pensar en sus problemas y en las otras tragedias familiares como la de Luis Vives, con  la quema de su padre y de los huesos desenterrados de su madre junto a una estatua de cartón que se hizo de ella. Y Teresa de Jesús sabía muy bien lo que había pasado en su familia y seguiría pasando en gran parte, y también en sus conventos. Por eso su interés en recalcar que ella y las otras monjas solo sabían coser y no tenían estudios.

La pena es que en muchos casos las cosas eran confusas, porque  los inquisidores eran sacerdotes.

Y la inmensa mayoría de sus procesados y condenados de aquella sociedad demagógica también eran clérigos, altos eclesiásticos y obispos, y hasta un arzobispo de Toledo: Carranza, que estuvo dieciocho años en la cárcel inquisitorial. Solo si se era hidalgo vasco o se venía de casta de labradores se podía estar tranquilo; si se era cobrador de tributos, comerciante o banquero, o se tenía un oficio sentado, que le permitía hablar mientras estaba trabajando, o distinguido en lecturas y discursos, había razones para tener miedo. «Ni judío torpe, ni liebre perezosa», se decía. El carácter esencialmente político de la Inquisición española resulta del hecho de que es un  tribunal de la pureza de la casta cristiana vieja sin la que no se era español a parte entera, y el inquisidor general era el segundo poder del Estado.

Y qué nos dice que dos de nuestros grandes escritores sean ejemplo de la derrota de la Inquisición: santa Teresa era descendiente de conversos judíos y san Juan de una morisca…

Lo de la madre morisca de Juan de la Cruz es una hipótesis poco clara, pero los abuelos de Juan y de Teresa sí fueron judíos, y morisca la madre de Alonso de Gudiel, el hebraísta, catedrático de la Universidad de Osuna; y como queda dicho también algunos algún antepasado de fray Luis, y bien caro lo pagaron todos los que venían de ellos, y para eso se guardaba «memoria histórica» en los sambenitos colgados en las iglesias. Y hay resistencias cristianas y eclesiásticas contra la Inquisición, pero esta fue siempre poderosa hasta que fue suprimida. Y lo fue, primero por Napoleón y después por los liberales, que nunca la distinguieron de la Iglesia, y la presentaron como un tribunal de Iglesia contra los pensadores y el pueblo, y pensaban que fray Luis de León era un librepensador.

En toda su obra siempre está presente la libertad, la libertad frente a los poderes políticos, religiosos, de los medios o de los caciques… ¿El acceso a la verdad nunca puede ser forzado?

En realidad, la idea de la igualdad y la libertad humanas y de que todo hombre es hombre, y no puede ser nunca y por ninguna razón más ni menos y, por lo tanto, que también los indios como todos los hombres son hombres con mente racional está formulada, siglos antes de que estas palabras se conviertan en verborrea política, en una iglesita de los dominicos de La Española, por el padre Antonio de Montesinos en su homilía del Cuarto Domingo de Adviento de 1511 y llevada a la práctica administrativa magistral, en los años siguientes, por el obispo Vasco de Quiroga. Y así se liquidan las viejas imaginaciones teratológicas de hombres, tal y como aparecen en la imaginería fantástica de la época.

Pero otra fecha que debemos apuntar los españoles es la de 1812 en que la Constitución implanta las libertades republicanas, mientras media España está luchando contra ellas para defender el trono y el altar. Y todavía no hemos salido de aquí, ninguno de los dos partidos enfrentados pensó ni quiso verdaderamente la igualdad y la libertad, sin que estas fuesen como productos suyos y llevasen los adjetivos correspondientes. Eran banderías medievales en el fondo. La idea que se llevó a los indios y que todavía no parece estar muy clara entre nosotros es que la libertad va en el hecho de ser hombre, sin más dobleces ni adjetivos.

¿Qué quiere decir con que la libertad y la igualdad no tengan que ser adjetivadas?

Quiero decir que la libertad y la igualdad son esenciales al ser humano, y no se  puede hablar de ellas como conquistas o concesiones y adjetivos otorgados por la bandera ideológica o política de un propio grupo. Ni tampoco se puede rechazar como maldad ya que las enarbola un grupo distinto o contrario. Es decir, siempre se juega con sobrentendidos. En el XIX, en algunas casas de la España no liberal se ponía esta inscripción: «Viva la fe de Dios y muera la libertad» para proclamar que se estaba en contra de la libertad de la que hablaban los liberales. Y los liberales o constitucionalistas estimaban que los que no estaban de acuerdo con ellos estaban contra la libertad. Es el mal del siglo. Ser liberal o ser realista era más que ser hombre. El añadido o adjetivo valía más que la entitatividad de ser hombres.

Usted dice que era todo bandería.

En general, llamaban a los partidos banderías, y no desgraciadamente no les faltaba razón.

Estas banderías siguen gozando de buena salud en la España de ahora, ¿no?

Claro, la bandería simplemente es estar bajo una bandera o ideología y defender lo que diga la bandera y se ha acabado. La razón y el discurso lógico o la misma verdad material y visible no cuenta para nada.

¿Qué libros le acompañan? ¿Qué libros no querría dejar de leer nunca?

No puedo contestar así de repente. El pasado verano me ha hecho feliz releer Los caballeros las prefieren rubias que yo leí con unos veinte años, y la única persona que me he encontrado que también recuerda esta novela desde su juventud ha sido Victoria Howell, a quien usted conoce. El humor de la simple entrevista de la protagonista de esa novela con el doctor Froid, como ella lo pronuncia y cree que se escribe, ha influido más en mi que la teoría de Otto Rank acerca de la asfixia del nacimiento.  

Los clásicos. De entre los clásicos a quién elige: Safo, Sofócles, Homero… ¿Por qué?

A Eurípides, sobre todo, y a Aristófanes. Le acompañan a uno, le gustan. Le hacen ver el mundo y al ser humano. Lo que no quiere decir que no se lean otras cosas, pero ese proceso de familiaridad intelectual o sentimental, o las dos cosas, se da en unos casos y no en otros.

¿El primer libro que compró?

El primer libro que yo compré fue Elogio de la locura, pero lo debí de leer diez años más tarde y luego ya pasó al departamento de filosofía. Quizás le compré por la portada, aunque era una mala fotografía de Erasmo de Holbein. Pero me quedo en una duda, pensándolo bien, no sé si el primer libro que compré fue El correo del zar, y este sí lo leí, y muchas veces.

¿Y la Biblia?

El descubrimiento de la Biblia como literatura, relatos como los de José o Ruth o y también los poemas de Isaías y Jeremías, los introdujo en mí la escuela con su historia sagrada, aunque la lectura religiosa sobre estas literaturas las rebajó bastante desde el punto de vista literario, y me impresionaban menos, pero luego en traducciones más antiguas resultaban mucho más hermosas e impresionantes.

Usted dice que en la Biblia hay una estupenda novela o muchas novelas. Yo en la Biblia veo dos grandes obras literarias: el Antiguo Testamento y el Nuevo.

Claro está que eso es evidente, hay un cambio hasta en la manera de escribir, hay un cambio en el mirar la realidad, y el ser humano mismo. El Antiguo Testamento pertenece a una cultura hebrea y oriental y el Nuevo Testamento a una cultura griega, e incluso el Antiguo Testamento nos llega en conceptuaciones y verbalizaciones helénicas. Son dos culturas, distintas obviamente, más histórica y existencial la primera, más intelectual y analítica la civilización helénica. Por ejemplo Qohélet o el Eclesiastés comienza diciendo del mundo: «Vanidad de vanidades y todo vanidad», pero lo que dice el hebreo es: «Humo de humos y todo humo». Y «vanidad» es un concepto moral que significa vaciedad e inutilidad, pero la palabra hebrea significa «humo, vapor de agua», una materia como la niebla, y esta sería la consistencia del mundo, su total realidad, lo que es mucho más impresionante y dicho más poéticamente, que si se define como vanidad; y, por eso, los judíos dijeron ante la traducción del hebreo al griego, hecha en Alejandría poco antes de la era cristiana y llamada de «Los Setenta», que los ángeles habían llorado.

Además de la Biblia ¿qué nos dice de sus amigas las inglesas?

Con Emily Dickinson tengo una mezcla de amistad académica y de familiaridad personal, la amistad con las Brontë es con todas, pero mucho más cercana con Emily, y desde luego con la americana Flannery. La primera vez la leí en francés y también sus cartas, que yo creo que deberían traducirse La costumbre de vivir, y no sé inglés suficiente, pero no tiene ningún sentido, no tratándose de un texto heideggeriano o derridiano, la traducción al español de El hábito de ser o al francés que es la misma.

Y de las escrituras, vamos a las pinturas. Usted habla de sus visitas tempranas al Prado, empieza ahí su afición por la pintura. Era un chaval, ¿lo que hay en el Prado le puede interesar a un chaval? ¿Por qué ha contado las historias de las bobas y mujercillas de corte?

De muchacho íbamos a ver al Prado a lo que iba el noventa por ciento o más de los visitantes sin intereses intelectuales: La maja desnuda, el Cristo de Velázquez que estaba reproducido en los recordatorios de los abuelos, Las meninas, más bien por María Bárbola y por el perro, y los bufones o bobos de Corte, pero no para reírnos, precisamente. Cuando algún ser de desgracia que era pordiosero entraba en la escuela nos poníamos de pie y saludábamos como cuando iban allí el alcalde, el señor inspector y el señor obispo. Una vez me dijo alguien que esto era una educación aristocrática.

¿Y de la pintura flamenca qué es lo que más le gusta?

Sin duda la cotidianidad, la tranquilidad, la calma. Es lo que he buscado siempre y no un retiro, es la vida la que me gusta. Y me da igual una aldea que una ciudad pero que sea grandísima. Esas pinturas producen una soledad muy parecida. Y es la que me gustaría a mí producir con algunas de mis narraciones.

Creo que usted ha puesto palabras a las candelas, los rojos y los barros del pintor francés La Tour, ¿cómo nace este maridaje entre literatura y pintura?

No sé si es porque uno se pone a escribir porque no sabe pintar, o porque en la pintura se encuentra el mundo propio, y muy bien construido, como uno no sería capaz de hacerlo.

Cuéntenos del acierto de las exposiciones Las edades del hombre. ¿Qué es lo que se quiso con ellas?

La excelente recepción, si es a esto a lo que llama usted el acierto de Las edades del hombre, está en primer lugar porque en general quien iba allí descubría que había muchas hermosuras y que en realidad era la primera vez que reparaba en ellas. Lo que se ofrecía no era en sí mismo una banalidad y, se quisiera o no, el visitante se preguntaba, a veces sobre muchas cosas que no sabía formular, y mirando, obtenía un poco de paz, felicidad y libertad tan intensas y gratuitas como cuando jugaba. Se eligieron ciertos momentos de la historia del sentimiento religioso y se los teatralizó y dramatizó con imágenes —pintura, escultura o alguna reconstrucción— que expresasen ese asunto. Por ejemplo, tras la crisis del siglo XIV, en el gran desespero que se alzó vino con el terror de la peste negra y la injusta condena de los templarios que tanta impresión causó, abunda el arte que representaba la muerte de Cristo, pero pusimos junto a esa angustia la esperanza y la consolación en este mismo Cristo bajado de la cruz y muerto, como ocurrió en la época. O tratamos de explicar la estética del Cister etc.

Con la exposición de libros el asunto era diferente porque un libro ni siquiera se puede hojear, pero se le rodea de arte y objetos hermosos contemporáneos de los diversos libros. Se explicaron un poco las cosas, y pudimos exponer hasta la Enciclopedia, que en el XVIII había estado incluso en la biblioteca de los seminarios, cuya educación ilustrada —dando de lado, como era lógico la parte filosófica— se regulaba por el concordato de 1753. En resumen, nuestro interés era mostrar con aquellas exposiciones el patrimonio de la Iglesia sin ninguna pretensión ideológica ni siquiera catequística, sino hacer que la gente reconociera algo que formaba parte del culto y que era suyo, era hermoso y era para todos. Y en esa hermosura que mostrábamos y la historia que contábamos estaba también toda la teología más allá de una catequesis de formulaciones intelectuales.

Conecta a Dostoievski y Cervantes porque son outsiders. Dostoievski por romántico, porque era romántico cuando nadie era ya romántico y Cervantes porque no era barroco cuando todo el mundo era barroco.

Sí, ambos estuvieron al margen de la corriente del uso.  En Dostoievski ya era un postromántico y tiene una conciencia moderna pero inquieta de ser un escritor de «después de la muerte de Dios»; y en Cervantes no hay nada de barroquismo, que imperaba totalmente en su tiempo. Cervantes es de la época de Cisneros y escribe como se escribía en su juventud, porque de otro modo escribiría como Quevedo y todos los demás. A mí me parece que lo que Bataillon y Américo Castro hicieron para enfatizar la figura de Cervantes al nivel de las mayores expresiones literarias europeas fue un intento magnífico de hacer de Cervantes lo que era: un grande de la cultura europea, pero creo que hicieron de él una especie de Motaigne, un moderno; y Cervantes no lo es, ni tampoco depende de necesariamente Erasmo como también se ha hecho. Digamos solamente que Erasmo y Montaigne eran dos «hombres de filosofía o teología y cultura» y Cervantes un escritor. Son dos mundos.

Dostoievski y Cervantes, ¿son genios porque van a contracorriente o a pesar de que van a contracorriente?

No sé si los genios existen, no lo sé, pero si son genios los que nos acompañan y nos descubren el mundo y el laberinto que somos, y tienen un pensamiento propio y un modo de sentir profundo —«el dolorido sentir» que empapa y trastorna la vida humana que decía Garcilaso— ellos lo son. No pueden ir en una multitud, y no por ningún aristocratismo sino porque no podrían prescindir de contrariar a la «ratio» y la alegría de vivir.

Se ha dicho que la literatura cervantina es oral, que hay estructuras circulares propias de la lengua popular, repetición del «que»: «qué digo yo», «que vaya usted a saber», «que así se lo dijeron y así lo cuenta». Las historias que se engarzan unas dentro de otras. Además, sus protagonistas son gentes corrientes… ¿Qué valor tiene esta lengua de Cervantes?

Todo esto es una maravillosa lengua, una lengua carnal y verdadera, no una lengua «ahí-a-la-mano», prefabricada e instrumental e instrumentalizada según normas abstractas y externas al pensar y al sentir. Algunos de estos modismos son recursos del habla, otros pueden ser tópicos, pero algunos otros acompañan a una formulación que no es exacta si no están esos modismos. Las gentes por lo demás, por herencia de siglos, tienen una hermosa sintaxis y las formulaciones son claras. Toda la lucha de Luis Vives fue para mostrar que el español era válido también para los más complejos pensamientos y su formulación. Ahora parece que nos resulta despreciable, y que es una lengua «vehicular», que es algo perfectamente imbécil o siniestro, porque parece indicar que la lengua es un mero instrumento comunicativo.

Es un español hecho a medida de las televisiones y las tertulias. ¿A qué atribuye esta pérdida de frescura, de expresividad, de incapacidad de nombrar las cosas? ¿Se puede perder el español? ¿Cómo se puede recuperar para las generaciones más jóvenes?

Es obvio que ha habido una decadencia o, más bien, rápido descenso o liquidación cultural, perfectamente calculada, y que ha obtenido un gran éxito de última moda. Pero esto no tiene mucha solución. Primeramente, porque nuestra nueva cultura triunfante reclama para sí el derecho de decidir lo que debe ser la realidad, y cómo debe llamarse. Es un puro comportamiento totalitario, la verdad es el resultado de la decisión de 50+1, o la pura fuerza de una ley decidida por una minoría poderosa. O nada es nada y no significa nada. O todo significa todo, que es lo mismo. El lenguaje se hace cada vez más abstracto y puramente nominalista e insufriblemente pedante, y usurpando constantemente términos del lenguaje científico para decir vaciedades o necedades.

¿Qué significan para usted los premios?

Los  premios le alegran a uno, pero deberían entregarse por correo o, de otro modo, siempre pueden ofrecer o sacárseles una aroma de triunfo para el que le toca y de fracaso para los demás, algo que no deberían tener, pero en los premios se supone que hay —porque no es un concurso de méritos— un don o regalo que hay que agradecer y que tienen que sonar para convertirse una especie de medio de acceso a un mayor número de lectores o espectadores. Entonces el premiado aparece como la mujer barbuda atado con una cadena, y paseado para que la gente vea lo prodigioso que es. Pero todo este asunto hace mucho ya que lo controla la llamada industria político-cultural. Lo que esta diga.

El primer premio le llega en 1988, con cincuenta y ocho años, el Cervantes con setenta y dos. ¿Por qué un reconocimiento tan tardío?

Pues puede ser asunto de la escalera de subir al gallinero, puede ser cuestión de la escalera, del que sube, o de otros. Un crítico escribió en su reseña de una de mis novelas que «hay otras (razones), y desde luego una fundamental que le ha sido negada muchas veces por razones que nada tienen que ver con la literatura». Y ¡ojalá fuera así! Otras veces, y en este caso de trata de críticos extranjeros, sí adelantan algo más convincente, como el de que mi escritura está en el ámbito de la escritura tradicional o clásica de la que es la moda renegar, etc. En este mundo tan liante y liado de la literatura es mejor dejar de lado todos los laberintos. Usted lo sabe mil veces mejor que yo.

Entremos en su obra, dice que para escribir hay que despedirse del propio yo y salir de la propia vida, para ser otros, y vivir la vida de estos otros: los personajes de las historias que se narran y los sucesos que les ocurren. ¿Cómo se hace eso?

Pues haciendo lo posible para no tomarse en serio, y mucho menos como centro del mundo, y desconfiando del «odioso yo» que decía Pascal que sería algo que ni la cristiandad ni la civilidad podían admitir. Algo que tras cuatro o cinco mil años de escritura cae por su peso. Otra cosa es que sin la experiencia y aventura de un yo no pueda haber literatura; pero esto es otro asunto.

Los seres que sustentan sus historias son los pobres, las mujeres, los mendigos, los seres de desgracia, los inocentes… ellos se llevan la mejor parte, mientras que los poderosos son siempre presentados en sus mezquindades. ¿Por qué?

Hace ya bastantes años creo que escribí en La balsa de la Medusa, o dije a alguien que me preguntaba sobre este asunto, que los protagonistas son seres de desgracia que de algún modo presiden y reciben, durante la hechura y la lectura, toda la atención y el amor que se les había negado o negaba a los seres reales de los que eran trasunto los personajes literarios. Aunque ya sé de antemano, porque lo ha dicho Simone Weil, que solo los grandes genios de la literatura han sido los únicos capaces de hablar de los seres de desgracia.

No digo que los utilice, pero sí que se inclina ante ellos o les dedica sus mejores páginas. Eso lo vemos los lectores. En una de sus últimas novelas describe como el protagonista les cuenta a sus sobrinos que ha visto llorar al ángel de la historia por cómo está el mundo, dice así «y un día le había visto él sentado y llorando, tapándose la cara con las manos, y aunque él, tío Pedro, se había acercado para consolarle, el ángel le dijo que no podía, porque se había roto (…) [Y] tampoco habéis visto lo enrojecida que está esa esfera en algunas partes». ¿Tiene un sentido trágico de la historia?

Es que la historia es trágica, y tiene pocos respiros realmente, aunque yo no quiero tener ningún sentido trágico. Pero la tragedia está ahí, aunque las mañanas y esperanzas también.

Eso es, a pesar de esta esfera del mundo enrojecida, para usted la alegría es irreductible. En sus poemas se ve cómo cada mañana vuelven a acontecer las cosas nuevas. ¿Cuál es el origen de esta alegría?

Pues esa alegría se la puede regalar a uno el cuco, un apretón de manos, una sonrisa, una tarde maravillosa con sol doramembrillos, un gato y desde luego el sonido de una campana que, como decía el señor Hegel, trata de recordarnos que la historia tiene sentido y nuestra vida también. Y esta sí que es una alegría extraordinaria.

Usted ha dicho muchas veces que el relato tiene que ser un acontecimiento, ¿qué significa eso? ¿Qué componentes tiene que tener el acontecimiento para que llegue al lector?

La idea me viene de Lévinas, que distingue entre un texto como documento —o testigo de algo que ha pasado y es res acta—, de la narración, texto o palabra que, cada vez que narra o se lee, sucede de nuevo al lector o a quien escucha. «Cuéntamelo otra vez», dicen los niños para vivirlo otra vez como nosotros leemos o escuchamos para revivir. No preguntamos «cómo fue» a menos que preguntemos a un historiador o a un atestado judicial.

En 1971 escribe su primera novela. Es una historia sobre la libertad frente al poder se publica durante la dictadura es una historia de monjas nada más raro en nuestras literaturas de esa época y en la Francia de la Modernidad. No cabe duda de que es un comienzo singular, con tres componentes extraños: ¿cuál es el origen de esta primera novela?

Esta novela nace de la memoria un tanto lejana de la lectura de una biografía de Pascal escrita por Mauriac y del Port-Royal de Saint-Beuve, leída mucho más tiempo atrás, el necesario y suficiente para ser libre con respecto a la historia, pero sin traicionarla. Y también de mi preocupación por la libertad personal y de los demás, pero nunca he creído que a los españoles les preocupe mucho la libertad sino llamarse el bando de la libertad.  

Me preguntaba, pongamos por caso, si la dictadura también tenía clara una cosa así, porque permitió tranquilamente que se proyectara Un hombre para la eternidad, una película en la que Tomás Moro les decía a sus jueces parlamentarios que, en otro tiempo, se les preguntaba a los acusados ante un tribunal si tenían algo que alegar y se les invitaba a defenderse. Pero tampoco se les ocurría a los espectadores luchadores contra la dictadura, voces en la calle, apoyar a Tomás Moro con un aplauso. Pero ¿desde cuándo en España la literatura o el cine han tenido que ver con la realidad? Con la política sí, y quizás los censores del régimen también pensaron que nadie podía pensar que Moro criticaba una autoridad personal y la de un parlamento obsequioso. Pero aquí seguía mirándose lo que pasaba en la película como decía el predicador del chiste a sus feligresas: «No lloréis porque esto hace mucho tiempo que pasó y vaya usted a saber si será verdad».

Tiene una colección de textos sobre la guerra civil: La salamandra (1973), Un hombre en la raya (2000), Retorno de un cruzado (2013), Se llamaba Carolina (2016). ¿Qué significa esta presencia reiterada y desde diferentes puntos de vista de la guerra civil?

La guerra civil está, desde luego, en La salamandra y en otras cuantas historias tiene también su buena presencia, y hay una tesis doctoral en la universidad romana La Sapienza sobre narraciones mías que tienen relación con aquella guerra. Necesariamente, sus historias formaron parte del imaginario de mi adolescencia y de mi narración, y ahí siguen. Nos preguntábamos cómo era posible que la gente se hubiera matado. No sabíamos cómo responder ni queríamos preguntar a nadie.

En los libros de poesía percibo dos etapas. Los que se refieren a, cómo llamarlo, la sangre de la historia, y una segunda época en la que sus visitantes son mucho más ligeros y alegres, son los pájaros del cielo y los lirios del campo. ¿Es así?

Sí, ciertamente creo que es así. Quizás la poesía primera está algo encajada en la moda existencial y otros críticos están de acuerdo con usted, Y, si esto es así, está muy bien, es un don y tengo que agradecerlo.

Nos ha hablado de la Biblia. Háblenos ahora de su Sara, de su Jonás, de su Abram, de su Esther o de los visitantes que van a Belén. ¿De dónde nacen?

Vienen de mi escuela, como dije, y luego de una larga, larga lectura y convivencia. Con episodios divertidos o disparatados a veces como en el caso de mi narración Palabras y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda que enfureció a algún historiador norteamericano y a otro español, un poco apresurados: el primero por considerarme un falsificador de la historia, y el segundo por falsificar los fondos del Archivo de Kafka. Pero también el señor Miguel de Cervantes aseguró que había recibido el manuscrito en la alcaná de Toledo de Cide Hamete Benengeli, un morisco, y el señor Miguel tiene la culpa de que yo haya hecho estos cándidos fraudes y otros.

Los medievales distinguían entre lo admirable, lo milagroso y lo fabuloso. ¿Dónde situaría usted sus historias Relación topográfica (1992), Maestro Huidobro (1999) y Un pintor de Alejandría (2010)?

Desde luego en el apartado de lo fabuloso. Aunque toda historia literaria es fabulosa, creo yo, pero la fábula es un andar por países interiores y es una total transfiguración de la realidad. Para verla de verdad, digamos que en sus invisibles ribetes o muy dentro.

¿Se podría decir que algunos de sus maestros se convierten en personajes? Me refiero a san Juan de la Cruz, Miguel de Cervantes y santa Teresa en El mude jarillo (1992), Las gallinas del licenciado (2005) y Precauciones con Teresa (2015), respectivamente y ha escrito también una biografía a fray Luis de León (2001).

En vez de mis maestros debería decir algunos de mis amigos y cómplices, pero sí es como usted dice.

Hoy parece que la lucha por la libertad es más sutil, ¿o siempre ha sido así? Usted cuenta historias de personajes arrinconados o despreciados por nuestra cultura de lo políticamente correcto, viven en los márgenes, por voluntad propia o porque hasta allí los ha arrinconado. La boda de Ángela (1993), Ronda de noche (1998), Las señoras (1999), Carta de Tesa (2004).

Se trata más bien de pura hipocresía, y de juegos verbales o hasta acciones de obvia injusticia, cubiertos por la supuesta necesidad de proteger un bien oral, como señala René Girard respecto a las filosofías de género y de las discriminaciones positivas que ya vienen de bastantes años atrás. Los camaradas prohibían estudiar a muchachos cuyo padre había sido un burgués y no se arreglaba nada, pero los afectados por esa medida, y el país, pagaban el pato. La injusticia en el pasado ya no tenía ningún remedio, pero los que causaban este daño aparecían como justos vengadores. El juego prosigue en casi todos los planos de la vida.

Vivimos en un mundo de abstractos y de decir y pensar o hacer lo que nos digan que es correcto, y lo correcto y verdadero es afirmar que las aldeas de Potemkin son de verdad y no de cartón. Es puro totalitarismo. Es la verdad dictada por el Ministerio de la Verdad de la ficción de Orwell, o por Pravda, que también significa La Verdad, como señalaba Simone Weil.

Yo leo sus diarios, o libros de cavilaciones como usted los llama, un ejemplo de vida, una especie de resistencia que la vida sea humillada por un racionalismo orgulloso. ¿Es así?

Pretende ser así por lo menos, pero la verdad es que el racionalismo no parece tan serio, sino más bien el «diktak» del iluminismo enciclopedista. Es decir, luz y resplandores para los demás que viven en las tinieblas de la superstición religiosa, por ejemplo. Así que, como dice Jacques Lacan, estos caballeros de la peluca encendieron una palmatoria, las tinieblas huyeron, y la palmatoria todavía ilumina y da resplandores. Pero nada más.

¿Qué es para usted la educación? ¿Es necesaria o la abandonamos para que los chicos aprendan de las magníficas oportunidades de internet?

Hay hasta quien se cree cosas así, pero está clarísimo que internet o cualquier máquina no puede tener conciencia de la historia y solo puede tener información, e información meramente material y mecánica, y solamente la expresable en números y signos matemáticos. Pero el hecho es que los poderes de nuestro tiempo, señores del mundo, han destruido y vuelto a destruir, y con general aplauso, un nivel de educación heredado, todo lo precario que se quiera pero que obedecía a un cierto ideal de educación que se tuvo durante siglos y dio magníficos frutos, haciendo menos vergonzosa la historia de la especie; pero, hoy, todo eso se ha barrido y, como pasa con el Derecho, estamos en el modelo alternativo de educación o destrucción de la historia entera. La educación ha sido hasta ahora tratar de entregar lo más y lo mejor posible de unos cuatro o cinco mil años de historia y sensibilidad. Ahora se trata de destrucción de todo eso y arrear a las gentes con la política de la gran granja. Por nuestro bien, naturalmente.

Sin embargo, respecto a la cultura ya no hay tanto acuerdo, en realidad se piensa que es un adorno para algunos privilegiados o para los que no saben hacer cosas útiles que aporten valor al mundo. Usted se ha dedicado toda la vida a leer y escribir, ¿qué valor tiene la cultura?

La cultura hace a un individuo y a una sociedad que viven bajo el signo de la razón y con el disfrute de la belleza, partiendo de su posibilidad real de tiempo e instrumentos para todos, pero siempre es para los privilegiados que, ciertamente, se han interesado y han trabajado para tenerla, porque no se puede comprar sin más, ni se puede transmitir por los medios de comunicación, aunque sí puede ser destrozada por esa comunicación, exactamente como el mundo de lo religioso.

Dios es el gran ausente de nuestras sociedades. ¿Dios importa? Usted ha puesto en el trasfondo de algunas de sus narraciones la perdida de Dios en Europa, su retirada de la vida y de la cultura, incluso de la teología, como un trasto inservible. ¿Es así?

Cierto es que la ciencia y la filosofía —y por lo visto hasta la teología— han tratado de matar a Dios o de decir que ha muerto, pero el señor Nietzsche ya comprobó que a los que estaban en el mercado y a los que anunció la muerte de Dios, se lo tomaron broma, o no les importó nada. Y esto ha ocurrido al mundo entero, aunque a veces los hombres se ponen a pensar y se preguntan qué pasaría de verdad si Dios no estuviera ahí y el asunto se comprobara, pero parece que al solo rumor de que Dios ha sido asesinado ha aparecido enseguida toda una multitud de dioses sucesores que sin duda nos introducirán nuevamente en los más sangriento de las antiguas luchas mitológicas: luchas por el trono, rebeliones contra Zeus y maldiciones sobre la Casa de Layo etc. Toda la repetición inacabable del fatum pagano; así que parece que es mejor no jugar con este asunto del que se asegura, además, que no importa a nadie.   

En el siglo XIX y primeros del XX en algunas salas de anatomía los profesores abrían un cadáver en canal y llamaban a acercarse a los alumnos para que vieran que no había alma, pero algunos alumnos judíos, que ya lo sabían por la Biblia, se levantaron y explicaron que la palabra «alma» es griega y la Biblia habla del hálito divino que dio ser y vida al hombre.  

Hay algo muy curioso que ocurre hoy. ¿Es que este mundo se va a venir abajo porque alguien crea en Dios? No será así, pero lo parece. El señor Sartre, que aseguraba que si Dios existía él no podía ser libre, parece haber convencido a todo el mundo; e incluso creo que la ONU o la UE lo declararían un asunto de «interés prioritario». Aunque se diría que hay un exceso de dioses, pero el viejo Jonathan Swift se empeñaba especialmente en que no convenía suprimir el cristianismo porque «abolido el cristianismo ¿cómo les será posible a los librepensadores, a los grandes dialécticos, y a los hombres sesudos un tema tan apropiado en todos sus aspectos para el ejercicio de sus facultades?… Nos quejamos a diario de la decadencia del ingenio en nuestra sociedad, ¿y entonces vamos a suprimir el más importante tema, acaso el único que nos queda?». Y esto es irónico, pero quizás no deja de tener razón en más de un punto.

¿Quién es Dios para usted?

Después de lo dicho no me va a pedir usted que yo me ponga a construir otro Dios. Diré que tengo confianza en el Dios de Abram, de Isaac y de Jacob, por emplear la formula pascaliana, pero que es el encuentro con la palabra de Cristo, tal y como me ha llegado, la que ha dejado sin sentido toda especulación filosófica o teológica sobre Dios. Así que no me meto en estos laberintos. Teraj, el padre de Abram, tenía una tienda de ídolos. Pero mucho mejor surtidos y mucho más bonitos son los bazares o grandes almacenes modernos al respecto, verdaderamente abundantes. Hasta hace poco eran tiendas ordenaditas y un poco hegelianas, pero ahora son estancias más bien coloristas, bien iluminadas y con hilo musical.

Me parece sorprendente que usted se ponga —iba a decir que a estas alturas de la película en la línea de salida, es decir junto Abram y su historia, la de una conmovedora e inexplicable elección de Dios… Y, ¿se da usted cuenta de que esto ya lo ha superado la Ilustración, es decir, que una historia particular pueda ser la clave de una creencia razonable? Nosotros no estamos iluminados.

Ya sabemos que la Ilustración es un camino de iluminación, o una iluminación general de la historia para aquellos lugares más oscuros pero lo inaceptable es que como señala Brandsfield, refiriéndose exclusivamente al mundo del arte, impidieron llevar a los demás la vida que ellos habían elegido y destruyeron importantes instituciones y numerosos lugares del pasado. Y como comentario de defensores de la tolerancia es algo notable.

Y respecto al argumento de que una historia particular no puede fundar una creencia razonable parece no entender bien lo que es el cristianismo. Hace ya años que señalaba Karl Löwit que la historia particular de Jesucristo es al mismo tiempo una historia universal de salvación. Es decir, que un hecho temporal vale para siempre. Y que, si esto no lo han visto los filósofos ni tampoco los cristianos modernos, eso ha sido porque confundían o confunden la fe cristiana con la religión cristiana, que se desarrolla y es visible en la historia profana, y ciertamente entonces la respuesta particular de Jesucristo quedaría bajo las leyes de la profanidad. Pero la persona y la palabra de Cristo son el centro de la historia de la fe.

Kierkegaard diría, de todos modos, que él era cristiano porque la historia particular de Cristo se la había contado su padre, y a este el suyo, y así hasta llegar a esta historia particular; y toda la obra de Kierkegaard consistió en negar rotundamente la identificación hegeliana del cristianismo con la historia universal.

¿Y sobre la censura?

Realmente me encanta la censura, obliga a pensar en cómo saltarse al señor censor, diciendo lo mismo que se quiere decir pero de un modo que supere las posibilidades del oficio censorio. Si se logra hacerlo bien, hay que reconocer que no hay cosa más interesante que la censura. Naturalmente no la barbarie silenciadora de toda voz con la muerte, que hemos visto en el pasado siglo XX, y que colea.

Por lo pronto, si en una censura se dice que no se puede hablar de tal cosa, ni de tal otra, es que se puede hablar de todo lo demás, y entonces se habla de ello y, con un cierto retintín, polisemia y cantilenación, se puede hacer llegar a decir lo que no se podía. La censura es difícil que pueda impedir silencios y modos de decir que son guiños a quien escucha o al lector. Y esto es todo un ejercicio de escritura muy de agradecer. La censura permite enterarse de la verdad, simplemente pensando en las realidades contrarias a las que se dicen, y así pudo decir Simone Weil que ella siempre estuvo al corriente de lo que pasaba en la URSS, con solo leer las noticias tan excelentes y paradisiacas acerca de esta que publicaba L´Humanité.

Lo malo es cuando se dice que hay libertad total y, si se habla o escribe lo que no conviene o no gusta, el partidario de la libertad total le hace la vida imposible a quien así habla o escribe. Pero, si no hay censura, ello puede ocurrir que sea por algo verdaderamente terrible, y es que no se necesite, porque todo el mundo abre la boca del mismo modo, porque piensa del mismo modo. Es decir, en una sociedad ya totalitaria construida por una enseñanza y una comunicación mayoritarias y poderosas, que pueden permitirse como reserva de «antiguallas» una libertad de ironía o alusiones «demodées», que ya no son entendidas.

Y en cuanto a lo de escribir literatura, en fin, ya dijo el señor Faulkner que el escritor no necesita ninguna clase de libertades, solo un lápiz y un papel. Y así es.


Los caminos salvajes de Ella y Annemarie

Detalle de la portada de The Cruel Way: Switzerland to Afghanistan in a Ford, 1939; de Ella K. Maillart, publicado por University of Chicago Press, 2013.

Como Los Picapiedra, vivimos en el pasado viejo y lejano, pero no lo sabemos. Y sobre el futuro tenemos alguna pista: o desaparecemos o, como apuntan algunos científicos, sobrevivimos desestimando el uso de la violencia —de cualquier tipo— por su radical ineficacia.

Así, nuestros días transcurren en tiempos antiguos, entre el ser y estar —o no—, donde todavía se hace caso a tipos como Thomas Hobbes. Con su Leviatán, su «el hombre es un lobo para el hombre», Hobbes es un símbolo de un mundo arcaico. Por ejemplo, en la vieja Europa, entre 1350 y 1950, no hubo apenas década en la que no estallara una guerra importante, se luchara en el continente o fuera de él. Por tanto, solo a un autor europeo se le habría ocurrido concluir que el estado natural del hombre es de violencia constante. Una conclusión lúgubre, esta presunta brutalidad inherente a las personas de la que habla Hobbes. Y corta de miras. Una prisión de la que es preciso escapar.

Annemarie Schwarzenbach y Ella Maillart detestaban la violencia y nunca les convenció su presunta omnipresencia. A estas dos no les gustaban las afirmaciones categóricas, los callejones sin salida. Les atraían más los caminos. En un pasado cercano, en 1939, casi ochenta años atrás, cuando Europa estaba a punto de enloquecer arrastrada por la violencia que la llevaría a la Segunda Guerra Mundial, cuando faltaban pocos meses para que estallara un conflicto que dejaría millones de muertos y millones de víctimas en vida, Annemarie y Ella optaron por la huida, lo que es una salida o una solución tan decente como cualquier otra. Querían dejar atrás un continente donde todo el mundo parecía extraviado.

Estaba decidido: su destino sería Oriente, irían en coche, la ruta empezaría en Suiza y acabaría en Afganistán. Después, cada una escribió —en diferentes momentos, en distintos formatos— su propio libro sobre el mismo viaje: Todos los caminos están abiertos, por parte de Annemarie Schwarzenbach, y El camino cruel, por parte de Ella Maillart.  

Nadie sabe qué pensar

Viajeras empedernidas las dos, conocedoras de mil sitios, deciden que dirigirán rumbo a Oriente en busca de perdurabilidad. «En Occidente, donde todo son cambios, nadie sabe qué pensar, nadie ve su porvenir seguro, los ricos menos que nadie, y esto, ni siquiera en los periodos de paz», dice Maillart. Van al encuentro de personas de otras culturas, más viejas, algunas legendarias, a la caza de posibles respuestas a la cuestión de «la soledad ineluctable —como un atolladero— a la que lleva la cultura occidental». Buscan respuesta a una pregunta que, viviendo en Europa, atruena en su cabeza: ¿de qué sirve toda esta fiebre?

El mito de Oriente, tan occidental, agitaba su imaginación. Maillart quiere creer que en esas viejas tierras encontrarán personas que les ayudarán a combatir «la depresión moral que es la estela de nuestra cultura materialista». Annemarie, además, tiene otra razón de peso: quiere dejar atrás, de una vez por todas, su adicción a la morfina, y su amiga está firmemente convencida de que, con su ayuda, lo logrará.  

Las dos tipas eran muy diferentes. Annemarie, viajera inconsolable, escritora prodigiosa, doctora en Historia, antes quiso ser general, pianista y bailarina. Maillart, periodista, fotógrafa y etnógrafa, viajera imbatible, fue esquiadora profesional y regatista en las Olimpiadas de 1924. Annemarie era tortuosa, frágil, excesiva, una irresistible seductora de tendencias suicidas que, víctima de un accidente de bicicleta, no alcanzó los cuarenta años. Maillart, en cambio, era vitalista, incansable, una estrella deportiva que quería vivir mil años y se quedó en algo más de noventa.

Siendo tan distintas, se unieron en esta aventura común, convencidas de que el viaje es siempre una salvación. Ella recuerda que cuando era pequeña, camino de la escuela, paraba a los extranjeros que se encontraba por la calle para preguntarles de dónde venían. A su vez, la niña Annemarie exploraba los mapas del mundo en la escuela, y al leer nombres de ciudades lejanas —Samarkanda, Isfahan, Herat— la idea de simultaneidad entre la cercanía y la distancia la confundía. En su mente infantil, «que la vida existiera en el mismo momento, aquí y allá, a cada lado de los mares y las montañas me merecía serias dudas».

En la escritura, también, Annemarie y Ella eran como la noche y el día. La primera escribía para conocerse, para ella misma. La segunda, para conocer el mundo y las personas. En todo caso, el nexo común es la sed de movimiento y el riesgo, dos ingredientes imprescindibles para darle un valor áspero a la existencia. A lo largo de todo el camino, que duró meses, las dos se felicitaban sobre su libertad, «tan difícil de soportar pero más necesaria que la vida», según apuntó Ella.

Durante el viaje escribieron artículos para la agencia Reuters y para periódicos como el Neue Zürcher Zeitung, Le Petit Parisien, o Der Bund, hicieron fotos y grabaron con las novísimas cámaras Kodak de tres minutos. La misión de Ella incluía, además, elaborar un tratado de etnografía sobre la gente del Nuristán. No en vano consideraba que «recorrer tierras y mares solo sirve para matar el tiempo. Uno se vuelve tan insatisfecho como cuando partió. Hay que hacer algo más».

Un cochazo con matrícula de Graubünden

Para todo ello, para ponerse en marcha, acondicionaron concienzudamente el coche de Annemarie en un garaje de Zúrich. Era un Ford Roadster Deluxe de dieciocho caballos, matrícula de Graubünden. Hablaron con embajadas, periodistas y viajeros, leyeron lo que no está escrito sobre los países que iban a visitar, prepararon mapas, licencias, permisos, salvoconductos. Llenaron el vehículo de material de trabajo: máquinas de escribir, papel, cámaras de fotos, rollos, cámaras de filmar. Por fin, salieron de Ginebra el 6 de junio de 1939. Annemarie conducía y hacía fotos, y Maillart filmaba. Iba a ser un periplo largo, duro, inolvidable. Atravesaron Italia, los Balcanes, Bulgaria, Turquía, Armenia, Azerbaiyán, Irán, hasta adentrarse en Afganistán. A lo largo del camino les advirtieron una y otra vez que era peligroso que dos mujeres viajaran solas, sin hombres para protegerlas. Los ingleses que se tropezaban por las carreteras les decían que cualquier dama debe ir acompañada, por lo menos, de un gentleman para viajar, y no podían entender que optaran por ir «sin chofer, criados, cervezas heladas o armas de fuego», como hacían ellos. En ruta, les insistieron además en que el Ford no podría ir por las carreteras del norte de Afganistán, que no superaría las inclinaciones del 30% de los senderos para bestias de carga, que no podría vadear ríos ni enfrentarse a las dunas de los desiertos.

Pero las dos suizas siguieron su destino. A lo largo de todo el viaje se cruzan constantemente con ingenieros de caminos, de puertos, de puentes, con camioneros y con policías. Y a lo largo del periplo, las dos alaban la vida en la carretera. «¿Qué poeta cantará a los camiones de Asia?, ¿a la epopeya moderna de cruzar el desierto del Gobi, los precipicios de Birmania, las montañas de Chensi?», escribe Ella. Habla de los ayudantes de los conductores de camión, y describe a uno: «parece muerto de cansancio, pero sus ojos brillan aún del orgullo de vivir como un hombre. Todo el día permanece de pie en la parte trasera del camión, donde a veces no tiene sitio más que para un pie. Un pesado mazo al hombro y realizando milagros de equilibrio, sin otra recompensa que verse maltratado en las paradas».

Mapa extraído de Fluechtige Idylle, por Ella Maillart.

Niños risueños que gritan «Heil Hitler!»

En las llanuras de Treviso, en Italia, compraron una hogaza de pan cuya corteza llevaba estampada la figura de un escorpión. Rebanada a rebanada, la pieza les duró hasta la frontera de Bulgaria con Turquía. En Kloster —hoy Eslovenia—, una clase entera de preciosos niños guiados por el maestro las había saludado al grito de «Heil Hitler!». De la frontera búlgara en adelante, todo cambia: «De Occidente a Oriente, van de la tierra roja, los pastizales verdes y las vacas blancas a las laderas negras, el camino pedregoso y los pesados búfalos de pelaje brillante como el aceite», describe Schwarzenbach. En un restaurante en Gumushane, en Turquía, Annemarie deja escrito que Maillart come un plato de hígado frito a base de petróleo.

En un pueblo de Armenia, un chiquillo se dirige a Ella y le dice: «Tienen que descansar más del viaje. Su hijo está aún fatigado». Se refería a Annemarie. Al entrar en Irán su coche era el segundo inscrito en el libro fronterizo. Y por el camino, la delicada belleza de tantas mezquitas les hace recordar un precepto persa: el gran arte nos vuelve fuertes, jóvenes y alegres.

Su destino, Afganistán, ya está a la vuelta de la esquina. Eligieron este país porque nunca fue subyugado: de Alejandro Magno a Tamerlán hace siglos, de los rusos a los americanos en estos tiempos, unos y otros lo intentaron siempre en vano. A un paso de la frontera afgana se descubren emocionadas: les atrapa la disparatada alegría del triunfo. Miran el horizonte y se sienten ansiosas por entrar en Afganistán y ver «sus enormes montañas, sus tribus magníficas, sus ríos helados, sus ruinas viejas como el mundo». Por un instante creen estar a las puertas del paraíso, un lugar donde las personas se mueven «holgadamente en el seno de una vida hecha a su medida».  Al poco de cruzar el paso, tres tipos vestidos de blanco de la cabeza a los pies las encañonan con pistolas.

Al final del encontronazo no ocurre nada: los hombres solo les piden cigarrillos. Una vez entran en el país, conocen la hospitalidad de los pueblos nómadas y el desprecio de muchos otros. Por el camino despiertan escepticismo, admiración, indulgencia. Y algo sucede. Como Sancho y Quijote a golpe de volante, el paisaje infinito y yermo de Afganistán trastoca papeles y confunde identidades. Maillart, la etnógrafa realista y terrenal, habla del resplandor en la mirada de una adolescente cuando descubre que «el amor habita en ella, un amor que siente tan inextinguible, que sería capaz de transformar todo el mundo». En cambio, el corazón de poeta de Annemarie sentencia que ambas tenían la sensación de estar en un país sin mujeres, donde las niñas despiertas, de ojos radiantes estarán «pronto confinadas a las sombras, tras los muros del harén, al lóbrego cautiverio del chador».

Al trabajo, como a la guerra

Por el grandioso valle de Hindú Kush, en Haibak, bajo un calor asfixiante, vivieron un instante extraordinario: un estrecho camino de montaña les regaló una radiante escena campestre en la que un grupo de mujeres sopesaban la compra de unos melones cuando, al llegar al siguiente recodo, se toparon con una gigantesca presa de cemento armado, un monstruo enorme sin terminar. «Muchos hombres trabajaban en la presa, en unos inmensos telares y en una refinería de azúcar. De vez en cuando gritaban la palabra: yaj chariah! Para darse ánimos. Era también su grito de guerra, nos dijeron. Atacar el trabajo con el mismo grito con que se ataca al enemigo ¿no era acaso acometerlo de igual modo?», apunta Ella.

Annemarie, en cambio, explica la misma escena en parcas palabras: en un saliente de la colina, divisaron «una enorme presa en construcción. Fábricas, hornos para cocer ladrillos, chabolas, tenderetes y letreros en persa, ruso, alemán. Refugiados rusos, ingenieros alemanes, trabajadores uzbecos, tayicos, turcomanos, afganos. El nuevo proletariado de un país que camina hacia la civilización», apunta irónica.

Para pasmo de amigos y conocidos, a lo largo de la ruta afgana no sufrieron apenas ningún incidente con la gente que encontraron a su paso: solo les robaron una Leica, pero finalmente se la devolvieron. Otra cosa es el paisaje. Bordeando carreteras a más de dos mil metros de altura, mano a mano, lucharon contra el frío, contra su propia fragilidad y contra las dudas. No sabemos si por el camino se enamoraron la una de la otra, o si se odiaron a ratos, si se quisieron una noche, o todas, o ninguna. Lo que vislumbramos en sus escritos es que, por encima de todo, Ella intenta ayudar a su amiga a conformarse y disfrutar de la aventura, a desintoxicarse de la morfina, mientras Annemarie aprecia el viaje en todo su esplendor y, a su vez, sufre arrebatos de hastío, de hartazgo de todo y nada.

En los encuentros en la montaña, en trayectos tan largos, el saludo usual es «no se canse» y «que usted viva». Parte de la ruta que hacen es la de la seda, la de los soldados de Alejandro Magno, la de Marco Polo. En Herat, un ingeniero polaco —el único europeo en la ciudad— le regala a Annemarie una cajetilla de auténtico tabaco inglés, y ella se confiesa incapaz de describir la emoción de recibir regalo así en los confines de la tierra. En Bagram, una familia de arqueólogos les probó que allí, en el reino de Kabrisa, y no en el Gandhara, en la cuenca del río Kabul, fue donde se encontraron el arte griego y el indio.

Ojos de pescado triste

Cuando alcanzaron Kabul, estalló la guerra en Europa. Ante ella, sus posturas fueron distintas: Maillart quería olvidar el conflicto, aislarse, mientras Annemarie se mostró más combativa y vislumbró la magnitud de la tragedia al instante. Y es en Kabul donde acaba su aventura común.

La causa de la separación de las dos amigas no está del todo clara. Parece que, tras tantos meses de vida nómada, la llegada a la ciudad acabó con la paciencia de Ella: Annemarie corrió a perderse por las calles de Kabul y volvió, irreductible, a su papel de toxicómana. Harta de las crisis y de las recaídas de su amiga, en un arrebato, Maillart le enseñó una foto de su rostro demacrado y le gritó a la cara. Le dijo que lo único que parecía importarle era que todo el mundo la quisiera, pero con esos ojos de pescado que le dejaba el uso continuado de la morfina eso no iba a ser posible.

Después de la aventura, Maillart apunta los prejuicios ilustrados de muchos respecto a Afganistán: ¿Era la comida de verdad comestible?, ¿no habían tenido miedo de dormir sin protección alguna entre esa gente? Le dolía la cortedad de miras, la arrogante ignorancia de los que desconocían todo y todo lo ajeno despreciaban, los que nada saben de la sincera cordialidad afgana. Annemarie, en cambio, confiesa cierto alivio al dejar Afganistán. El camino se le hizo demasiado largo, agreste, y el clima demasiado duro. Quizás se convenció de que las cimas del Hindú Kush, sumergidas en una luz metálica, casi aterradora, eran el exacto rostro del abismo. Y trató de huir de él. «¡Todo olvidado, todo superado!», sentenció.

Maillart entiende después, al cabo del tiempo, que su amiga ha escogido el camino cruel: el dolor, el conflicto y la conmoción interior eran la vida misma para Annemarie. En una conversación, esta le confiesa que no sabe qué hacer para vivir. Que el miedo nunca la deja en paz.

Después de la separación en Kabul, Annemarie se dirigió al norte de Afganistán, mientras Maillart siguió hacia el sur de la India. A principios de 1940 se volvieron a encontrar en Bombay. Fue la última vez que se vieron. De camino al encuentro con su amiga, en el paso de Khaybar, la puerta a la India, unos funcionarios de aduana ingleses le pidieron la documentación a Annemarie. «¿De dónde te trae el camino, forastera?», le preguntaron. Y esta contesta: «De Persia, del Turquestán, de donde todos los caminos están abiertos y no llevan a ninguna parte».