Premoniciones y desatinos: el vestuario en las películas de ciencia ficción

Keanu Reeves, Paul Goddard y Carrie-Anne Moss durante el rodaje de The Matrix, 1999. Fotografía: Warner Bros. / Village Roadshow Pictures.

El cineasta James Cameron afirma en su libro Historia de la ciencia ficción que esta nunca predice el futuro, pero puede prevenirnos de él si le prestamos atención.

Esta sentencia se podría aplicar a muchos de los artefactos que aparecen en las películas del género —más si son del modelo apocalíptico— y es del todo cierto que en materia de predicciones muchos de los filmes, de momento y que sepamos, han desviado el tiro en sus vaticinios. O tal vez nos han alertado con tiempo y hemos tomado buena nota, como sugiere el director de Terminator, Aliens o Avatar, por reseñar parte del currículum que le otorga un doctorado en el tema.

En lo que se han equivocado bastante casi todas las series y largometrajes es en cómo íbamos a ir vestidos ahora que ya ha llegado ese futuro que imaginaban las producciones cinematográficas del siglo pasado.

Error de 180º.

Tengamos en cuenta, antes de nada, que el atuendo forma parte de la elaboración de los arquetipos en el cine, como ocurre con las gabardinas de los detectives o los borsalinos que suelen usar los gánsteres; si todavía funcionan es porque en las pantallas el hábito sí hace al monje.

El cine fantástico ha ido creando algunos clichés para los habitantes del porvenir —todos uniformados y con ropa monocolor, el aspecto de los extraterrestres, calvos y con ojos tremendos, o el de los científicos, invariablemente flacos— instalados en el imaginario de los aficionados al género de ciencia ficción porque constituyen una parte de su identidad.

Sin embargo, ni los diseños ni los materiales que han lucido los personajes en el celuloide han determinado lo que realmente usamos en la actualidad y si en algo se asemejan nuestras prendas a lo que preveían las grandes producciones es porque algún creativo se ha inspirado en esas películas. Las vestimentas a las que parecíamos abocados los seres humanos han tenido poco o nulo éxito en aquel futurible en el que vivimos ahora.

El origen de los estereotipos se remonta a la aparición de un nuevo género literario en el siglo XIX que elucubraba sobre sociedades futuras y universos paralelos basándose en los descubrimientos científicos de la época. La literatura, que ya de por sí es fábula, añadía el componente de la ciencia para pensar en un futuro casi más horripilante que el previsto por algunos de los visionarios precedentes.

Hace doscientos años que vieron la luz los primeros relatos que mezclaban fantasía y terror: Frankenstein de Mary Shelley (1818), Jules Verne y sus novelas de viajes imposibles en los sesenta, o H. G. Wells, a caballo entre los dos siglos, conjeturaban sobre los efectos para los humanos de las nuevas tecnologías tildándolas, por lo general, de funestas.

Esos iluminados fueron precursores de las llamadas distopías del siglo XX, obras que describen mundos imaginarios terroríficos, deshumanizados y sometidos a la dictadura —implacable— de científicos que se han hecho con el poder o de poderosos que se han apropiado de los instrumentos de la ciencia.

Las sociedades que imaginaron A. Huxley en Un mundo feliz (1932), G. Orwell en 1984 (1948) o R. Bradbury en sus Crónicas marcianas (1950) y Farenheit 451 (1953) eran antiutópicas, monocolores, de pensamiento único, con estructuras jerarquizadas o militarizadas y dominadas por las máquinas: la cosa no pintaba muy bien para la humanidad como especie.

Al margen de esas grandes obras, surgió una literatura popular, conocida como pulp —llamada así porque se plasmaba en rústica con pulpa vegetal—, que trataba muy libremente casi todos los géneros y, entre ellos, una ciencia ficción más bajuna, poblada de héroes con superpoderes galácticos; a veces estos libros llevaban ilustraciones o eran un conjunto de viñetas de muy fácil lectura. Fueron muy célebres pero muy denostados por las élites culturales, que los consideraban bodrios dignos de las clases a las que iban dirigidos. En España se llamaron folletines y se leían tan ávidamente como cambiaban de mano.

Las novelas pulp tuvieron mucho que ver en el nacimiento de los cómics, que desde mediados de siglo aparecían periódicamente en la prensa estadounidense; en ellos la fantasía se desbordaba, porque el dibujo así lo permitía, creando héroes como Flash Gordon (1934), padre putativo de muchos protagonistas del celuloide.

El cine y la televisión, que adaptaron todo tipo de literatura a la nueva sociedad de la imagen, se fijaron enseguida en los escritos fantásticos, que eran muy impactantes y que podían dar mucho juego en la pantalla.

Las producciones de los relatos futuristas resultaban bastante caras, pues había que edificar mundos ficticios para los que, a falta de referencias, se recurría a lo conocido y a civilizaciones antiguas, compaginando leyendas con lo más novedoso del panorama científico y con lo más avanzado del ambiente del momento.

Las primeras películas de ciencia ficción integraban en las vidas de sus protagonistas lo último en tecnología y revelaban para el gran público inventos inverosímiles de universos quiméricos que hoy nos resultan del todo cotidianos, como ocurre, por ejemplo, con ordenadores y mandos electrónicos; otros se fueron directamente al cajón del olvido o han sido superados por la propia realidad, cuyos afanes de progreso ya conocemos.

Brigitte Helm durante el rodaje de Metropolis, 1927. Fotografía: Cordon Press.

Las estructuras sociales, los habitáculos, las naves y otros vehículos de transporte, los medios de comunicación, los aparatejos y el vestuario se diseñaron atendiendo a las figuraciones de los textos con la concurrencia de las nuevas técnicas; para todo ello se echó mano, abierta o subrepticiamente, de las pulp —el caso de Batman, por ejemplo— y de los cómics.

Los diseñadores de vestuario no eran imprescindibles en una producción cinematográfica y tampoco se disponía de los materiales que hoy tenemos y que pueden determinar los cánones de la indumentaria: a principios del siglo XX eran exclusivamente de origen natural, ya animal (proteicos), ya vegetal (celulósicos), y no se podía jugar con ellos como se hace ahora. Los procedimientos con los que se trataban esos materiales eran los tradicionales —tejidos de urdimbre o punto, apelmazados, etc.—, que tenían sus límites, aunque estos evolucionarían también al compás de la tecnología.

Desde los inicios del cine hasta finales de los años cincuenta el vestuario cinematográfico reflejaba, por lo general, la moda de la época en la que se rodaban las películas, aunque el argumento estuviera situado en años o incluso siglos muy posteriores, y se le prestaba menos atención que a los cacharros estrambóticos que aparecían en ellas.

Pero a partir de la Segunda Guerra Mundial las novedades se sucedieron a ritmo vertiginoso: aparecieron las fibras artificiales, derivadas de productos de origen animal y vegetal, y las sintéticas, procedentes de derivados del petróleo, que, gracias a su ductilidad, abrieron la inventiva a todo tipo de diseños.

Algunas, como el rayón, que ya se conocía con anterioridad a la guerra, fueron incorporándose a la vida cotidiana —paracaídas y medias de señora—. En 1938 DuPont se hace con la patente del nailon, un tejido sintético que revolucionó los textiles y cuyas propiedades más importantes eran la elasticidad, la resistencia, la facilidad de lavado y de secado y la eliminación de las arrugas.

En 1944 aparecen las fibras acrílicas trabajadas como género de punto, comercializadas por DuPont con el nombre de Orlón, que se caracterizaban por su suavidad y por ser muy lustrosas, aunque daban mucho calor. En los años cincuenta se crean en Inglaterra las fibras de poliéster, que añadían elasticidad y solidez a los tejidos, pero eran muy sensibles a la acción del calor y generaban incomodísimas cargas electrostáticas, y, a finales de la misma década, también DuPont registra el elastano, más conocido por licra, que elimina muchos de los inconvenientes de los anteriores y añade su gran elasticidad, la resistencia al calor y un secado muy rápido.

Estos nuevos tejidos, que revolucionaron la costura, se emplearon en los vestuarios de las películas e introdujeron la modernidad en sus diseños; dieron también relevancia a los profesionales del ramo que empezaron a aparecer en los créditos y a ser demandados por las grandes productoras.

La primera película de género fantástico fue El viaje a la Luna, rodada por G. Méliès en 1902, en blanco y negro y muda, cuyos protagonistas formaban dos grupos bien diferenciados: los astrónomos, por un lado, y, por otro, el ejército de selenitas que, al mando de su rey, defendían el territorio lunar.

Los astrónomos vestían para su viaje levitas y chisteras, pero los selenitas, ejército de monstruitos, llevaban unos uniformes rayados con máscaras que les identificaban directamente como extraterrestres.

Conmueve la ingenuidad con la que se presentaban los personajes en esos tiempos y la simpleza con la que se transmitían dos estereotipos: mientras los científicos vestían ropas reconocibles para sus contemporáneos, los selenitas tenían un aspecto casi diabólico al estilo de las pinturas que desde la Edad Media representan a los demonios y de las que parecen copiar sus modelos —como las de la Capilla de los Españoles en Santa Maria Novella de Florencia—.

En 1929 Fritz Lang estrenó Metrópolis, igualmente muda, que planteaba una visión apocalíptica de la sociedad del futuro, totalmente distópica, formada por dos clases sociales: una élite de propietarios/pensadores y una casta de trabajadores.

Se rodó en el periodo de entreguerras, cuando ya había triunfado la Revolución soviética y se estaba gestando el crack económico que produjo tanta ruina; estos acontecimientos se filtraron en la cinta, cuya acción se situaba en un hipotético año 2000 al que se trasladaban temas como la lucha de clases y la alienación del individuo en los regímenes comunistas: los trabajadores aparecen vestidos con idénticas ropas de trabajo y formando parte de una masa ingente de explotados por la élite social que dispone de la riqueza. Los obreros se mueven, perfectamente organizados en algunas escenas, de la misma manera que se moverían los soldados de un ejército; quizá eran imágenes premonitorias del nazismo.

Lang confió el vestuario a Aenne Willkomm, diseñadora de moda, que optó por vestir a las élites con trajes futuristas pero inspirados en el art déco, mientras los proletarios lo hacían con uniformes de color neutro totalmente anodinos.

Las ideas de alienación mental y jerarquía/militarización se trasladaban al espectador precisamente a través de la uniformidad del vestuario de las clases explotadas, lo que influiría en algunas producciones posteriores que recogen ese binomio como ocurrió en las adaptaciones al cine de las obras de Huxley, Orwell y Bradbury.

Mientras tanto, en los Estados Unidos, apareció como novedad la conocida como ropa anatómica que cubre e individualiza cada una de las partes del cuerpo —los brazos, el tronco y las piernas— y que permite una movilidad mayor; era el modelo que vestían los personajes de condición social inferior, pero acabó imponiéndose como atuendo futurista en forma de monos, o bien cubriendo toda la figura como si de una segunda piel se tratara, como ya lucían los héroes de las pulp y de los cómics.

Natalie Portman durante el rodaje de Star Wars: Episode I – The Phantom Menace, 1999. Fotografía: Lucasfilm / Disney.

Poco después, dos acontecimientos especialmente significativos se conjugaron para despertar el interés tanto en la adaptación de novelas como en la producción de guiones originales: se extendió el uso de la televisión, inventada en 1926, y se fundó la NASA en 1958.

El primero abría la ventana a la cultura de masas y el segundo ampliaba el espectro de los temas futuristas con las aventuras espaciales.

A partir de la década de los sesenta se disparó la realización de series para televisión y de películas para la gran pantalla y en ellas tuvieron ya un papel fundamental los diseñadores de vestuario.

La NASA contrató a Wernher von Braun, un ingeniero alemán que tuvo como ayudante a Harry Lange, también alemán y emigrado a los Estados Unidos en la década de los cincuenta; recibieron el encargo de diseñar los primeros trajes de astronautas y esta experiencia haría saltar a Lange al mundo del celuloide con 2001: Una odisea en el espacio de Stanley Kubrick, que lo fichó como diseñador. Sus conocimientos técnicos, unidos a una poderosa imaginación y un perfeccionismo extremo, lo llevaron a ser nominado para su primer Óscar y a ser reclamado por otros directores: George Lucas lo reclutó para la trilogía de Star Wars, por cuyos diseños recibió su segunda nominación a los Óscar.

Para La guerra de las galaxias aplicó algunos de los elementos que ya se habían empleado en las primeras películas de ciencia ficción, y en ella se deja sentir mucho la influencia de sus trabajos para la agencia espacial: los personajes importantes vestían con túnicas amplias que no señalaban ningún aspecto de su anatomía, confiriéndoles un aura de autoridad; los colores utilizados eran monocromos, fundamentalmente blancos y neutros, y se hacían guiños a la historia en algún peinado, como los rodetes que luce la princesa Leia Organa y que tanto recuerdan a los de la Dama de Elche.

Menos espaciales se mostraban los diseños que Jacques Fonteray realizaría para la adaptación del cómic fanta-erótico Barbarella, del director francés Roger Vadim, en 1967: bodys pegados al cuerpo, de charol y metalizados, con botas altas, en colores neutros —excepto un traje verde diseñado por Paco Rabanne—. También se encargó a Fonteray el diseño de vestuario de Moonraker, película de la serie de James Bond rodada en 1979 con la que el superagente hace una incursión en el espacio sideral.

Las novelas de ciencia ficción que se llevaron a imágenes también muestran diseños uniformados y monocolores: en la serie para TV Un mundo feliz, producida en 1980, se clasifica a los individuos estandarizados según los colores de su casta: verde para los beta, caqui para los delta y negro para los epsilones. En el mismo año, la BBC produjo una miniserie basada en las Crónicas marcianas de Bradbury, protagonizada por Rock Hudson, en la que los extraterrestres, vestidos por Kent Warner, lucían túnicas blancas y brillantes totalmente uniformadas.

De la misma manera, uniformados pero con los colores oscuros de la era postpunk —mallas rotas, chaquetas de cuero, grandes cuellos y tacones con puntas— visten los personajes de Blade Runner, que R. Scott dirigió en 1982 y cuyo vestuario, diseñado por Michael Kaplan, recibió un premio Bafta y el homenaje en forma de colecciones de moda de Alexander McQueen en 1998 y J. P. Gaultier en 2009.

De tono oscuro es asimismo el vestuario totalmente uniformado que visten los personajes de la trilogía Matrix (1999-2003) dirigida por las hermanas Wachowski, diseñado por Kym Barret, que pretendía anunciar la llegada de un nuevo milenio posmoderno en el que vestiríamos solo ropas funcionales y de carácter simbólico. O sea, y una vez más, uniformados y monocromáticos.

Si las películas intentaban predecir mundos venideros, es evidente que en cuestiones de vestimenta, como ya se ha dicho, no acertaron nada de nada, porque la tecnología apunta en la actualidad a otros objetivos: el reciclaje de los materiales, el aprovechamiento ecológico de sus propiedades con la reducción del gasto energético —mayor para la obtención de fibras naturales— y la invención de tejidos inteligentes, como los transpirables e impermeables, los que aprovechan el calor corporal mediante la incorporación de microcápsulas PCM, los cosmetotextiles, los que conducen la electricidad, los que tienen memoria de forma… y tantos otros que, ellos sí, parecen de ciencia ficción.

El diseño de moda es hoy lo contrario de uniforme y monocolor, entre otras razones porque se ha convertido en una industria mundial que genera muchos capitales y puestos de trabajo.

El cine, como la vida, va por su propio camino. Ya lo dijo Martin Scorsese al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Artes: «Lo notable del cine para mí es que siempre es el presente».

Y está claro que, para este presente, los diseñadores de las ropas de ciencia ficción atinaron bastante poco.


¿Debe un hombre vestir con flores?

Al Pacino en «Scarface», 1983.
Al Pacino en Scarface, 1983. Imagen: Universal Pictures.

Hay muchos significados simbólicos atribuidos a las flores, uno de ellos es que las flores y la muerte han mantenido siembre una estrecha relación que, como poco, nos debería inspirar cierto respeto. Aun en un intento de evitar la imagen de un Al Pacino ensangrentado, pistola en mano, ataviado con una roja camisa de flores, metáfora y sinestesia todo en uno, las flores no nos dan buena espina cuando de vestirlas se trata.

Y con formas de nieve, el mar y el cielo atraen a las terrazas
de mármol la multitud de jóvenes y fuertes rosas.

Arthur Rimbaud, «Fleurs»

Las flores las carga el diablo. Desde hace varios años, las flores siempre vuelven. Pasarelas primavera-verano plagadas de print floral, como si de rejuvenecer la estación se tratara, y así nos empalagamos mientras quizá sucumbimos a sus brillos. Son el sabor del verano, el turrón del estío.

Pero una cosa son las camisas de flores en Benidorm, que a todos nos hacen gracia o nos han solucionado más de un apuro en un festival, y otra muy diferente que pasen a ocupar un lugar en el armario. Porque puede resultarnos agradable la pintura de Manet, pero ¿en qué momento uno decide acogerlo en su estilismo? Piénsenlo, esto significa admitir y propagar que comulga con ello. Que se las pondría para sacar al perro, para ir a comprar el pan, y hasta sucintamente debajo de un traje gris un viernes cualquiera. De un tiempo a esta parte, ha habido ejemplos que nos confirman que esta tendencia se está extendiendo.

Los hechos

Mad Men, la quintaesencia del estilo en la serie más aclamada por su vestuario de un tiempo a esta parte, y un hombre, Don Draper, el mismo que destila whisky y humo con la mirada, nos regalaba esta imagen al principio de la quinta temporada. Inauguraba verano, esposa, y probablemente juventud.

Mad Men. Imagen: AMC.
Mad Men. Imagen: AMC.

Ya otra serie, con mucha menos clase, nos había mostrado que las camisas de flores son para el verano. Pero las insistencias de Modern Family siempre nos parecieron una hipérbole caricaturizada que jamás se materializaría.

A su vez, otro hombre, en esta ocasión el arriesgado director de cine David Lynch, quien practica la meditación trascendental desde hace varios años, plasmó su visión holística en una colección de ropa con motivos florales.

A esto llegó The Guardian en los albores del verano anunciando que las flores habían llegado por fin para quedarse. ¿Qué había de nuevo para semejante afirmación?

Rimbaud, señores. Y no es que nos pongamos pedantes a la primera de cambio, es que literalmente la influencia de obras como la de Arthur Rimbaud o Las flores del mal de Charles Baudelaire, unido (creemos) al fracaso de la explosión flúor de años anteriores, han hecho que diseñadores de la talla de Gucci, Alexander McQueen o Dries Van Noten presenten la camisa floral en su versión más oscura, con impresiones dibujadas más ligeras pero rotundas, afiladas, con fuerza. Y que triunfe. Las revistas Esquire y GQ ya se han apuntado al carro: «It’s time to flower- up».

Buscar el consuelo

Echemos la vista atrás. Si la camisa de flores ha llegado para quedarse, busquemos algo a lo que agarrarnos. Algunos hombres respetables tuvieron que hacerlo en su momento:

De aquí a la eternidad (1953). A menudo acudimos a esta película en busca de la famosa foto del beso en la playa, y nos dejamos que fue uno de los primeros papeles protagonistas para la camisa de flores. Si Frank Sinatra lo hizo, todos podremos.

Frank Sinatra, Donna Reed y Montgomery Clift en De aquí a la eternidad (1953). Imagen:
Frank Sinatra, Donna Reed y Montgomery Clift en De aquí a la eternidad (1953). Imagen: Columbia Pictures.

A Elvis Presley no le quedó otra. Rodar tres películas seguidas en Hawaii no le dejaba escapatoria. Menos mal que además nos dejó una de las bandas sonoras más exitosas, la de Blue Hawaii (1961). Tras este primer título, le seguirían Girls, girls, girls (1962) y Paradise, Hawaian style (1965).

Elvis Presley, camisa de flores, collar y ukelele en mano. Blue Hawaii (1961). Imagen:
Elvis Presley, camisa de flores, collar y ukelele en mano. Blue Hawaii (1961). Imagen: Paramount Pictures.

Las flores de nuevo en un asunto delictivo, de la mano de los hermanos Coen con Raising Arizona (1987), esa película de culto de la que hablamos poco y vemos menos de lo que deberíamos. Si algún día nos toca acabar en la cárcel, que sea como Nicolas Cage.

Y no en la cárcel, pero casi, acabó Leonardo Di Caprio en aquel Romeo + Julieta (1996) de la modernidad. Antes de ser el Lobo de Wall Street, un joven Di Caprio vestía de hawaiano y le sentaba como los ángeles, no así a su banda de pistoleros. Suponemos que fue cosa de la ambientación en Verona Beach, el caso es que los tipos duros floreados no son algo del pasado. Lo que no sabemos es qué habría pensado Shakespeare de esto.

Nicolas Cage en Rising Arizona. Imagen: bla. Leonardo Di Caprio en Romeo y Julieta. Imagen: 20th Century Fox.
Nicolas Cage en Raising Arizona. Imagen: 20th Century Fox. Leonardo Di Caprio en Romeo + Julieta. Imagen: bla.

Y por si no es suficiente para nuestro recio parecer, no hay nada que un mito de los noventa no pueda ablandar. Claro que a Kurt Cobain le tocó vivir una época pop y una vida subversiva, aunque tuvo tiempo de convertirse en el referente de toda una generación.

En 1988, los artistas que tocaban bajo el sello de Sub Pop empezaron a tocar grunge, el nuevo nombre que le pusieron a su rock plagado de influencias. Kurt Cobain se convirtió en mesías del movimiento, que quedó plasmado en la portada de la revista The Face en los noventa. Raya en el ojo, cigarro y vestido de flores. Había nacido un icono.

Cómo llevarlo con naturalidad

Y que no parezcamos disfrazados.

Al 90%, la clave de la magia está en escoger el estampado adecuado, porque hay flores y flores. El otro 10% está en la hechura de la camisa. En esto, lo mejor es no salirse de lo clásico: el corte recto de la camisa hawaiana.

The Face magazine, septiembre 1993. Vol 2, Núm. 60. Foto cortesía de The Face.
The Face magazine, septiembre 1993. Vol 2, Núm. 60. Foto cortesía de The Face.

Para tranquilizar nuestra percepción, quizá sirva un poco de historia.

Hay toda una mitología en torno al origen de la camisa hawaiana, que va desde su nacimiento en las islas Filipinas a la isla de Samoa. Tan importante era en esta región del pacífico sur que hasta principios del siglo XVIII era la moneda de cambio.

La kapa era un modelo de tela simple que se encontraba en estas zonas, hecha y teñida a base de golpes con la corteza del árbol de la morera. Efectivamente esta tela era la moneda de cambio en esta pequeña parte del mundo.

Entre los años veinte y treinta, se notó mucho la presencia de población japonesa, que introdujeron la seda y la alternaron con el algodón. Musa- Shiya The Shirtmaker, uno de los mejores sastres japoneses de Honolulu, supo hacer negocio con ello, haciendo camisas que ayudaban a los visitantes a sentirse como verdaderos turistas en vacaciones, a desconectar del mundo. Tenemos el material, y tenemos el business.

Durante la Segunda Guerra Mundial y los patrones de vestimenta para el trabajo y los negocios, la camisa hawaiana, atuendo diario de varias islas, fue descartada, y varios fabricantes y artesanos intentaron «ajustarla» al gris discreto y a la formalidad impuesta, que poco cuajó entre las gentes. Fallaba el marketing. Por suerte en los años cincuenta la camisa hawaiana vivió una época dorada, coincidiendo con un notable aumento del turismo, y así creció la producción, que además se diversificaba en calidades y motivos. De esta época hoy se guardan piezas que alcanzan los diez mil dólares.

La camisa hawaiana, o la «aloha shirt», tenía ese algo especial que solo las cosas únicas tienen. Su estilo, antes de existir la televisión, mucho antes de la globalización, se dibujó observando la naturaleza, que regalaba motivos a raudales. También el ukelele y el surf de Waikiki estaban en estas camisas, aun cuando ni siquiera eran vintage.


Belleza herida: reflexiones sobre el erotismo médico

No tengo carnet de conducir. 

Al cumplir los dieciocho me apunté a una autoescuela, tomé algunas clases y el primer día en que iba a coger un coche me torcí el tobillo al caer por unas escaleras. Una vez recuperado y cuando me disponía de nuevo a hacer una práctica, mi profesor de autoescuela fue atropellado al cruzar un paso cebra, lo que no supe si interpretar como ironía cósmica o injusticia poética. Intento estar atento a las señales que manda el mundo: no creo en Dios, pero sí en los muchos dioses que llevamos dentro los humanos… Así que les escuché y supe que me estaban recomendando amablemente que me olvidara de aquello y empezara a usar transporte público.

Y es que: ¿os habéis parado a pensar realmente en qué son los coches? Moles asesinas de acero y plástico de varias toneladas de peso impulsadas por explosiones periódicas, alimentadas con restos líquidos de dinosaurios muertos, lanzadas a velocidades absurdas por estrechas tiras de asfalto… Sólo una especie de hipnosis colectiva nos impide ver estos bichos como lo que realmente son: máquinas de matar con una sed de sangre insaciable y maligna. Bestias peligrosas. 

Pensado fríamente, eso me pone. 


1. Crash: el despertador definitivo

 
Para explicar el porqué de mi frase anterior debo remontarme a 1996, año en que 
David Cronenberg estrenó esa joya del malditismo cinematográfico llamada Crash, basada en una novela del gran J.G. Ballard. La premisa de la película es sencilla: un variopinto grupo de gente se excita sexualmente con los accidentes de coche y sus consecuencias, y se dedica no sólo al simple sexo automovilístico sino a reproducir con una minuciosidad extrema accidentes famosos como el que le costó la vida a James Dean (y puedo imaginarme qué hubiera pasado si el guión de la película se hubiera escrito tras el choque mortal de Lady Di en París). 

La polémica que rodeó a la película en su momento fue muy intensa… Especialmente exaltada en el Reino Unido, donde sufrió un asalto incansable de críticos escandalizados y tabloides que acudieron, como acostumbran, al olor de la sangre. Entre los argumentos esgrimidos contra la película (más allá de los estrictamente cinematográficos y subjetivos de ritmo, narrativa e imagen) figuraban reparos morales, fobias sexuales, escrúpulos políticamente correctos y paternalistas (“¡puede molestar a los espectadores que realmente hayan tenido accidentes de coche!”) o incluso miedos ridículos (en la línea de “¡estimulados por la película, los locos se lanzarán a la carretera a chocar entre ellos y follar sobre los cadáveres de honrados ciudadanos!”). Sin embargo poca gente parecía estar haciéndose las preguntas que más me interesaban a mí como fan de las sexualidades alternativas y fetichismos varios… Más allá de la literalidad del choque, ¿qué simboliza y encarna esa excitación sexual tras un accidente violento? ¿En qué otras circunstancias (fuera de la carretera, se entiende) puede experimentarse una sensación parecida?

Una de las secuencias de la película puede servirnos de pista. Tras un accidente de coche autoprovocado, James Spader (hay que ver cómo se las arregla este hombre para protagonizar películas pervertidas, no olvidemos su papel protagonista en Secretary) se acerca tambaleante hacia una herida Deborah Unger (la esposa de la que se había distanciado sexual y emocionalmente), y empieza a acariciarla con ternura… En ese momento de iluminación, ese satori psicosexual, ambos están resucitando, están volviendo a sentir tras mucho tiempo de verlo todo como desde detrás de un cristal, despegados de la vida y del placer. Sobrevivir a una experiencia cercana a la muerte despierta la sed de vida, y qué mayor prueba de vida que follar, sumergirse en el placer de los sentidos, celebrar que la sangre corre por las venas… Y tal vez por el suelo. El chorro de adrenalina y endorfinas nos despierta de golpe de la rutina de nuestro aletargamiento cotidiano, el dolor nos dice: “estás aquí en este momento, estás vivo, estás sintiendo”.

En el interesante libro-ensayo Los inadaptados, el escritor británico Colin Wilson emplea como hilo conductor de sus reflexiones las biografías de varios artistas con impulsos eróticos poco habituales, desde Sade hasta Swinburne. La mayor parte de sus conclusiones son erróneas y su tono perdonavidas resulta irritante y antipático, pero da en el clavo en su definición de sexo “hipercálido”: un despertador natural que la naturaleza ha proporcionado al ser humano a través de la excitación sexual repentina y explosiva para devolverle el sentido de la realidad, que se va embotando por las repeticiones cotidianas y la rutina.

En los círculos del sadomasoquismo es bien conocido que se puede llegar al éxtasis físico y psicológico (casi un estado alterado de conciencia) a través del dolor, o de la aplicación controlada y consensuada de dolor erótico, siendo precisos. Esa sensación de hiperrealidad, lucidez y placer intenso es frecuente en las sesiones más vivas e intensas…

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2. Belleza herida, belleza amenazada


En 2009 mi pareja y yo tuvimos la oportunidad única de asistir a la primera exposición oficial de 
Romain Slocombe en España, comisariada por Manuel Foraster en la Galería Fidel Balaguer de Barcelona… Slocombe es un fascinante novelista, cineasta, dibujante y fotógrafo parisino nacido en 1953 y especializado en retratar lo que él llama “arte médico” y algunos autores han llamado “belleza amenazada”… Aunque yo prefiera la expresión “belleza herida”. En sus fotografías Slocombe suele retratar hermosas mujeres vendadas, escayoladas, con parches en los ojos o collarines. A menudo son jóvenes japonesas: Slocombe siempre ha mostrado una gran fascinación por Japón… Durante sus estancias en Tokyo ha trabado amistad con pintores famosos como Tadanori Yokô, diseñadores como Makiko Azakami o fotógrafos como el notorio Nobuyoshi Araki.

Uno de los libros de fotografía de Slocombe ocupa un lugar de honor en mi biblioteca privada: City of the broken dolls. Publicado en 1996 (sí, el año del estreno de Crash, qué gran cosecha fetichista), el libro es un recorrido alucinante por un Tokyo subterráneo repleto de asépticas habitaciones de hospital, enfermeras misteriosas y, sobre todo, decenas de etéreas jóvenes escayoladas y vendadas, con una mirada generalmente penetrante e intensa.

Es evidente que en la fascinación de Slocombe por los vendajes, yesos y cabestrillos hay una componente estética y otra psicosexual. Por cederle la palabra a él mismo: “Los vendajes son un símbolo visual… Seas o no fetichista, cuando ves caminar a una persona herida por la calle llevando muletas o un brazo en cabestrillo, tu ojo se ve atraído por la fuerza de la escena, del color blanco… La gente mira a quien ha resultado herido en un accidente de una forma muy especial: esa persona ha sido separada de la realidad, tiene un aura a su alrededor. Para mí, por supuesto, es un fetiche”. Ya no estamos en el momento de hiperrealidad del accidente o el choque, ahora tratamos con las manifestaciones físicas de sus consecuencias.

Como muchos genios (y como muchos fetichistas), Slocombe ha sido frecuentemente malinterpretado y calumniado. Aún resuena la polémica del festival de fotografía de Arles, de donde fue expulsado tras una bronca moralista durante la proyección de una de sus películas, la interesantísima Un monde flottant sobre la subcultura sadomasoquista japonesa… Hay quien le tacha de machista o misógino, las mismas acusaciones indocumentadas que suelen recaer sobre su amigo  Araki.  Dice Slocombe: “Hay gente que no lo entiende y cree que lo que me excita es que la modelo sufra, o que tenga horribles cicatrices bajo las vendas. No es eso en absoluto. Estoy más interesado en la acción de envolver a la modelo, en la parte visual externa, en la imagen de vulnerabilidad. Lo que llamo broken dolls… Todo eso subraya la feminidad y belleza de la modelo. Los que no me entienden creen que debo ser anti-mujer, que debo odiar a las mujeres: al contrario, las amo, admiro su belleza y así la potencio”.

El suyo es el erotismo de la fragilidad, de la indefensión vulnerable que exige una respuesta protectora… La belleza herida despierta ternura. En una famosa escena de Indiana Jones y el Arca Perdida, la hermosa Marion trata de curarle las heridas a un muy dolorido y machacado Indy. “¿Dónde te duele?”, pregunta. “En todas partes”, contesta Indiana quejoso. “Algún sitio habrá en que no te duela”… “Aquí”, contesta él señalándose el hombro. Y Marion le besa en el hombro. “Aquí”, señalándose el codo. Y Marion, amorosamente, le besa el codo. “Aquí”, dice Indiana señalándose los labios…

Quien se vea sorprendido por este tipo de fetichismo no tiene más que pararse a pensar que esta asociación entre erotismo y medicina siempre ha vivido en el imaginario colectivo de otras maneras que le pueden resultar más familiares… Generaciones enteras de críos han descubierto sus cuerpos jugando a “médicos y enfermeras”, y no hacen falta muchas explicaciones para entender la potencia erótica de la imagen de la enfermera sexy (sea vestida de látex o carnavalesca) o del doctor de bata blanca que ordena a su paciente que se desnude. Slocombe recoge esta tendencia de nuestro inconsciente y le añade estilo, clase y glamour, la sublima convirtiéndola en arte sin que pierda por el camino nada de su capacidad de excitación fetichista. 

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3. Cuerpo y prótesis

Antes de continuar en esta exploración del reverso erótico de la parafernalia médica, se impone una aclaración semántica: se entiende como ortesis cualquier artefacto que apoye y refuerce una extremidad debilitada, mientras que una prótesis la sustituye por completo. En la película Crash, la bella Rosanna Arquette interpreta a una mujer con una enorme cicatriz en la pierna y una ortesis rígida que forma parte integral de su sexualidad. En algunas de las imágenes más conocidas del mítico fotógrafo Helmut Newton aparecen hermosas mujeres llevando aparatosas ortesis que lucen con un inconfundible orgullo…

La investigadora Paula Dinamarca ha explorado en su interesante artículo Playing, performing and living the orthotics el mundo de los artefactos ortopédicos empleados no sólo por motivos puramente médicos sino erótico-lúdicos, artísticos o de autoimagen corporal. Resulta interesante ver cómo desde un fetichismo médico similar al de Slocombe se pueden considerar las prótesis usadas en el juego erótico no sólo como complementos elegantes que cumplen una función inmovilizadora (un tipo diferente de atadura erótica), sino como accesorios con la capacidad de embellecer a la persona que las lleva, de forma similar a las joyas o adornos de la ropa. Una tendencia muy habitual en el mundo de los artefactos ortopédicos es intentar disimularlos para que parezcan “reales” o pasen inadvertidos: plásticos de color carne, formas redondeadas, materiales blandos recubriendo la estructura… Y sin embargo hay gente que opta por la solución contraria: ortesis personalizadas que destaquen, que formen parte de la personalidad y estética propias. Prótesis que no esconden sino que subrayan y autoafirman… Tal vez el mejor ejemplo de este tipo de actitud se vea en Aimee Mullins, atleta de nivel, modelo, actriz y analista estadounidense cuyas piernas tuvieron que ser amputadas apenas un año después de nacer. Hoy en día sus doce pares de piernas prostéticas incluyen prótesis de diferentes alturas, materiales y aspecto: completamente transparentes, de apariencia felina, atléticas o talladas en madera de fresno, como las que utilizó al hacer de modelo para Alexander McQueen en 1999, como se puede ver en la imagen inferior.

No es infrecuente que en locales y asociaciones BDSM -friendly se organicen fiestas dedicadas al fetichismo médico: en el mismo Nido del Escorpión (sobre el que hablaremos en un próximo artículo) mi pareja y yo rendimos homenaje de vez en cuando a Newton y Slocombe… No es sencillo encontrar atrezzo y vestuario para este tipo de encuentros: por ejemplo, las ortesis que más interesantes encuentro para el juego erótico son las de aspecto antiguo: hierro, madera y cuero viejo antes que plástico y fibra de carbono… Y sólo gracias a golpes de suerte inesperados podemos localizar artefactos similares. La búsqueda, sin embargo, merece la pena.

Cuando se oye por primera vez la expresión “fetichismo médico” un primer reflejo nos lleva a pensar en agujas, sangre, inyecciones… Pero como espero haber ido mostrando durante este artículo, el erotismo médico puede ser sutil y elegante, empleando códigos artísticos que recuperan para el mundo de la sensualidad un entorno a priori terrible. No parece un mal objetivo vital aprender a reconocer y valorar la belleza que se esconde en lo más improbable…

 


Entre mamarracha y excéntrica: el fenómeno Lady Gaga

De mamarracha a excéntrica, todos los adjetivos encajan con Lady Gaga excepto convencional. O te gusta o la odias. ¿Cuál es su fórmula secreta para convertir en oro todo lo que toca? Una estética impactante, canciones masticables, polémicas facilongas y mucho feedback para sus fans.

Aunque se empeñe en hacernos creer que ella nació así (Born this way, 2011), Internet (esa hemeroteca malvada) nos recuerda que, una vez, Lady Gaga (Nueva York, 1986) fue una guidette italoamericana de larga melena negra que vestía sosamente. En resumen, poco o nada queda ya de la Stefani Joanne Angelina Germanotta de aires románticos que editó Red and Blue a principios de 2006. Su formación musical había comenzado mucho antes: Stefani ya tocaba el piano con soltura cuando compuso su primera canción, con apenas trece años.

Lady Gaga, ¿por qué?

¿Qué le pudo suceder a aquella muchachita para terminar convirtiéndose en mother monster, como la llaman cariñosamente sus fans? Poco se sabe de los dos años que median entre Red and Blue y su primer álbum como Lady Gaga: empezó a consumir drogas, escribía canciones para otras personas, tuvo una depresión. Por entonces, conoció a otra artista que intentaba abrirse hueco en el mercado: Lady Starlight. Juntas iniciaron una serie de shows-performances homenaje al rock de los setenta, en los que pesaba tanto el espectáculo (de corte burlesque, ligeritas de ropa) como las canciones. Starlight se lo enseñó todo —lo de actuar y vestirse, cochinos—, Gaga incorporó el glam (su propio nombre artístico hace referencia a una canción de Queen, Radio Ga Ga), y juntas dieron una mítica actuación en el festival Lollapozoola en agosto de 2007. Desde aquel momento, a Lady Gaga le aguarda The Fame (2008).

Pero ¿estaba Lady Gaga preparada para la fama? En principio, podría decirse que no reúne los requisitos mínimos: nunca ha destacado por tener un físico explosivo, condición casi imprescindible para las estrellas femeninas del pop; tampoco es una belleza: demasiado delgada, desgarbada, ni siquiera es fotogénica. A pesar de todas sus horas de ensayo, sólo consigue bailar espasmódicamente. En los videoclips que ha grabado junto a Beyoncé sus dotes para la danza quedan en ridículo. Y las numerosas actuaciones que se encuentran en YouTube demuestran que fuera del estudio tampoco se distingue por su gran técnica vocal. Dudo que pasara con éxito el cásting de uno de esos realities de cantantes tan de moda hoy en día. Y sin embargo, el fenómeno Gaga tiene una fuerza que deja atrás a cualquiera de sus competidoras, suponiendo que las haya. Porque lo suyo es otra liga.

En una escena pop más bien aburrida, plagada de arrabaleras desnudistas y cursis monjiles (¿pero es que no puede haber un término medio?), Gaga trajo el entertainment. Y lo trajo a lo grande, porque no se conforma sólo con llevar sus singles al número uno de las listas de ventas, también ha logrado acaparar la atención de las revistas de moda, es la persona más seguida en Twitter (más de trece millones de personas atentas a cada uno de sus clics) y su vídeo Bad Romance, el más visto de la historia de YouTube. Así se las gasta la monstruita.

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Atuendos inverosímiles

Vestida para matarte las retinas

Su mayor baza es lograr hacer de sus defectos auténticas ventajas. Y una de ellas ha sido precisamente su imagen. Como no es guapa, no va de guapa. Y de este modo puede darse a una estética rocambolesca. Ha depurado sus artimañas para monopolizar la atención centrándose sobre todo en su indumentaria, en la que puede verse una evolución: cuando se da cuenta de que no puede quitarse más ropa, comienza a ponerse encima todo lo que pilla. Es imposible hablar de ella sin mencionar sus maquillajes absurdos, sus tocados inverosímiles (aquella langosta plateada, aquel teléfono deconstruido), los vestidos que apenas la cubren. Su atuendo siempre destaca. Como aquella ocasión en la que, suponemos, abochornó a toda su familia acudiendo a la graduación de su hermana pequeña con unas trazas para deshederarla. Y siendo sinceros, ¿alguien se la imagina bajando en chándal y chanclas al supermercado? Las chanclas son terreno de la Spears y el chándal se lo dejamos a Madonna. Sus pintas son su carta de presentación, preceden incluso a sus canciones. Y nadie permanece indiferente a su estilo, te gusta o te repele. O te gusta precisamente porque te repele.

Al principio era ella misma quien diseñaba su indumentaria (ayudada por su equipo de estilistas, Haus of Gaga) y lo combinaba sagazmente con carísimos diseños de alta costura: Armani Privé, Atsuko Kudo, Louboutin, Alexander McQueen o, por supuesto, Jean Paul Gaultier. Ahora son esos diseñadores los que idean el vestuario para ella o incluso para sus bailarines. Personaje voraz, para fraguar su estilo ha fagocitado a Madonna, a Marilyn Manson, a Lady Starlight, a David Bowie, a Ágata Ruiz de la Prada, a Stefani Germanotta y finalmente, a todos nosotros. La fascinación por sus looks es tanta que incluso pone a la venta, por Halloween, distintos vestidos y complementos a modo de disfraz: el lazo de pelo, las gafas de sol a lo Mickey Mouse… Ofrece exactamente lo que pedimos de ella: entertainment non-stop, reinvención continua, atuendos imposibles, un puntito perturbador, una pizca de fetichismo, declaraciones políticamente correctas pero no exentas de polémica y sobre todo mucha, mucha cercanía con sus fans.

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Ecos ‘burtonianos’

Lady Gaga, que podría haber salido de una película de Tim Burton, encarna perfectamente el tópico de chica inadaptada que termina siendo popular precisamente por su originalidad. Es la Lydia de Beetlejuice. Es como cuando todas las maduritas del vecindario quieren que Eduardo Manostijeras les recorte los setos. Es como cuando el hombre lobo adolescente gana el partido de básquet y hace el paseíllo por el instituto acompañado de otros púberes fervorosos. Es como cuando descubrimos que Sloth no es malo y los goonies se lo llevan con ellos a pasar trabajitos. Es la hija perdida de los Adams. Lady Gaga es digna heredera de todos ellos. Aunque, espera un momento, ¿inadaptada? ¡Pero si estudió en el mismo colegio que Paris Hilton! Bueno, sí, pero allí también era una marginada.

Lady Gaga en la graduación de su hermana

Precisamente es ese su encanto: ha conseguido vendernos una imagen de rarita (cuando sus canciones son prácticamente masticables) con la que ha ganado para su causa a adolescentes y niños de todo el mundo, atraídos por el triunfo de una freak que encima les tiene en cuenta, les habla como si fuera su madre espiritual, responde sus comentarios, agradece sus regalos en las redes sociales, etcétera, etcétera, etcétera; en una interminable campaña de promoción que, dios mío, debe de ser agotadora.

Ese feedback constante que mantiene con sus seguidores es una estrategia de venta que le ha salido redonda. Por ejemplo, la primera vez que actuó en Madrid, en la sala Ocho y medio, hubo lleno absoluto y varias decenas de personas se quedaron sin entrar. Pues bien, al terminar la actuación, Lady Gaga preguntó a qué hora cerraba la sala y como aún quedaba tiempo, hizo pasar a toda la gente que había fuera y repitió el show. Una vez, durante una inacabable firma de discos en una tienda de Los Ángeles, la cantante encargó 80 pizzas para todos los seguidores que esperaban su turno haciendo cola. Y con motivo de su cumpleaños, Lady Gaga linkó en Twitter un vídeo que recopilaba las felicitaciones de cumpleaños que le habían dejado sus fans vía YouTube. Hace sólo unos días, subió a una niña al escenario a cantar Born This Way, rompió a llorar escuchando la interpretación de la pequeña y luego dejó un mensaje a las redes sociales en el que aseguraba que esa niña y todos los demás fans son la razón por la que había escrito aquella canción. Detalles como estos son los que le han conseguido unas elevadísimas ventas en todo el mundo y el cartel de entradas agotadas en prácticamente todos sus shows.

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Pura controversia

Sabiamente sazonados de polémica, cada uno de sus movimientos es analizado y comentado por miles de personas en la web. Al principio, Internet dijo de ella que era un hombre, luego lo dejó simplemente en que era hermafrodita. Se rumoreó también que era lesbiana, baza que supo aprovechar: en un concierto ante una multitud gay declaró que la canción Poker Face habla en realidad de acostarse con un hombre mientras se fantasea con una mujer. De ahí la cara de póquer. Por supuesto, su reivindicación de la diferencia, su imagen kitsch y sus canciones pegadizas han sido abrazadas por el público gay, que la ha encumbrado como una de sus divas.

Lady Gaga conoce a la reina de Inglaterra

También ha incluido polémicas referencias religiosas en sus videoclips, lo que le ha valido multitud de críticas y alguna alabanza. En cierta ocasión comenzó a manarle sangre del pecho en mitad de su actuación en una gala de premios, y terminó el espectáculo colgada (de una mano, eso sí) simulando su muerte. La acusaron de incitar al suicidio. Ella no suele responder a esas protestas, pero cada una de ellas hace aumentar los números en su cuenta corriente.

Y mientras tanto, no dejan de lloverle los premios, las colaboraciones, las campañas publicitarias… el trabajo, en definitiva. Y ella es inagotable. ¿Sus últimas salidas de tono? Pues además de crearse un alter ego masculino —Jo Calderone; tampoco está muy guapo de tío, todo sea dicho— para el que se ha rumoreado que utiliza un pene de plástico (lo que tiene bastante gracia si recordamos los rumores sobre su posible hermafroditismo) y presentarse de esa guisa en una gala de premios, la última locura de Lady Gaga ha sido vestirse de persona normal, dejando boquiabiertas a las redacciones de medio planeta y provocando más de un infarto cerebral.

Lady Gaga es un circo. Se ha instalado en un permanente más difícil todavía, y aunque va perdiendo fuerza, consigue mantenerse en la brecha pasados casi tres años de su debut. Además de extravagante, frívola y superficial, es muy, muy lista. O está muy bien asesorada. El caso es que tanto sus estrategias de venta como su rápido ascenso a la popularidad e impacto social se estudian ya en algunas facultades. Así las cosas, llegará un día en que Lady Gaga se haga mayor —es demasiado lista para morir trágicamente, me temo— y ¿cómo recordará una anciana Germanotta, con sus problemas de espalda por haber cargado con esos tocados descomunales, con sus tatuajes desvaídos en la piel arrugada, la vida turbulenta de aquellos años? Será interesante averiguarlo. Mientras tanto, Lady Gaga mantiene su posición y se ha convertido ya, pese a quien pese, en un icono.

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Videografía básica

Siete videoclips esenciales para entender el fenómeno Gaga:

Just Dance (2008): Su primer single. En el vídeo aparece en una fiesta. Llama la atención su vestuario, bastante discreto para lo que nos tiene acostumbrados, la larga melena rubia totalmente lisa y el rayo azul que le atraviesa la cara, homenaje a Aladdin Sane.

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Poker Face (2008): Ya en los primeros segundos se aprecia la evolución del personaje: Lady Gaga emerge de una piscina embutida en un largo mono asimétrico de látex negro con apliques geométricos en el hombro y llevando una máscara de cristal de espejo. A cada lado, un gran danés: son sus propios perros, Rumpus y Lava, que la acompañarán como elemento fetiche en muchos de sus clips. El vestuario se vuelve más atrevido, más futurista y más hortera, como ese bañador azul metalizado combinado con guantes del mismo material. Aparece por primera vez el lazo de pelo, el tocado característico de la artista.

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Paparazzi (2009): Un corto de ocho minutos en el que aparece junto a Alexander Skarsgard, el musculoso Eric de True Blood, que interpreta a su novio. Este solo hecho demuestra que no tiene un pelo de tonta, o que está muy bien asesorada. El videoclip, con mucho látex, incluye un asesinato y varias muertes sospechosas, además de una de las actuaciones más perturbadoras de la cantante (sí, bueno, qué le pedimos): su entrada en la mansión, tratando de mantenerse en pie, ayudada por las muletas y vestida con corsé metálico brillante. Sexo, muerte, fetichismo, vestidos estrambóticos, peinados inverosímiles e ingentes cantidades de random stuff… Ya es plenamente la Lady Gaga que conocemos.

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Bad Romance (2009): El vídeo más visto de la historia de YouTube: casi 180 millones de visitas. PVC por todas partes en su videoclip más cercano, en cuanto a la estética, a Marilyn Manson, con quien, por cierto, grabó un remix de otro tema y que más tarde salió diciendo de Lady Gaga que no le gustaba la gente que copiaba y lo hacía mal, que antes se copiaba mejor. Lo que hay que ver. En cuanto al vídeo,  incluye —además de publicidad muy poco disimulada— estética monstruosa, torturas de sanatorio mental de los chungos, columnas vertebrales cylon, sexo, muerte, varios pares de zapatos joya de Alexander McQueen y delicioso random stuff como ese abrigo de oso polar que termina ardiendo.

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Telephone (2010): Otro corto, secuela de Paparazzi. Aparece con Beyoncé, que la deja a la altura del betún en cuanto a movimientos danzarines, y a la que, en venganza, viste a lo Gaga. Al comienzo del vídeo hay un pequeño guiño a los rumores sobre su hermafroditismo: dos funcionarias de prisiones la acompañan a su celda, donde la despojan de su abrigo dejándola prácticamente desnuda. Cuando se van, una de las carceleras le dice a la otra: “Te dije que no tenía pene”. Sus estilismos nos dejan para la posteridad las gafas de cigarrillos, los rulos-lata de Coca-Cola y el triquini hecho a base de bandas de No trespassing… Látex de colores, grandes dosis de publicidad, asesinatos en masa, sencillas recetas con veneno y la aparición estelar de la Pussy Wagon de Kill Bill completan otro videoclip inolvidable.

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Alejandro (2010): Látex. Nazis. Sexo duro. Muerte. Religión. No merece la pena. Mucho más recomendable es buscar en YouTube la reacción memorable que provoca en un fan español el esperado estreno de este videoclip.

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Yoü and I (2011): El plato fuerte del vídeo es que aparece travestida como Jo Calderone y se besa a sí misma. No tiene mayor interés.

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