La fotografía ha muerto, viva la fotografía

Robert Capa durante la guerra civil española, en mayo de 1937, fotografiado por Gerda Taro (DP).

Desde sus mismos orígenes, la fotografía despertaba en el espectador emociones equivalentes a una montaña rusa. Roger Fenton publicó en 1855 una serie de imágenes sobre la Guerra de Crimea. Vistas hoy, apenas provocan un bostezo, pero en aquel momento las bolas de cañón amontonadas en las cunetas de un paisaje yermo generaron estupor y alarma porque atestiguaban, con minimalista crudeza, la muerte de cientos de soldados británicos en un país remoto. Alexander Gardner, el fotógrafo de Abraham Lincoln, recogió las atrocidades de la Guerra de Secesión o el ajusticiamiento de los conspiradores contra el décimosexto presidente de los Estados Unidos. Robert Capa se cubrió de gloria con dos imágenes todavía célebres: Muerte de un miliciano, sumergida en la polémica de un posible amaño, y aquella que dio lugar al libro Ligeramente desenfocado (La Fábrica, 2015), tomada durante el desembarco de Normandía. Dos décadas después, Larry Burrows destrozaba la aseada sensibilidad yanqui con sus crónicas vietnamitas; Susan Meiselas y Letizia Battaglia harían lo propio en Nicaragua (Sendero Luminoso) y Sicilia (la mafia) respectivamente.

Sí, es cierto, también existían otros estilos: en Wyoming o California, Ansel Adams cabalgaba junto a su mastodóntica cámara de gran formato para inmortalizar en glorioso blanco y negro la salvaje belleza americana, y no es extraño que el seguidor de su obra impregne todavía hoy la atmósfera de ardorosas interjecciones. Luego estaba la fotografía callejera, desde el informal formalismo de Joel Meyerowitz con sus horizontes caídos hasta la cartesiana pulcritud de Henri Cartier-Bresson. También refulgía el retrato, donde la lista de artistas es infinita y ningún resumen completo. Como posibilidad, un trébol mágico: Irving Penn, Diane Arbus, Richard Avedon. Pero viajemos un momento al presente.

El cuerpo físico está en declive. Ahora existe un cuerpo digital adiestrado previamente en años de campamento televisivo. Esas imágenes, tan impactantes cuando cabían en una hoja de periódico, han perdido viveza a fuerza de ser más vivas: con el movimiento, la clonación de situaciones y el espíritu quirúrgico de un presentador de chaqueta y corbata el ser humano se ha alejado de ellas hasta convertir la zozobra en indiferencia. Los conflictos armados han desaparecido de las pantallas y por lo tanto de nuestras conciencias. A lo sumo asistimos desde el sofá a una pirotecnia centelleante cuyo corolario son cifras luctuosas y altisonantes declaraciones. El periodismo encajado en la trinchera es una apuesta de riesgo; ni los grandes editores cubren al reportero ni los grandes pugilistas en liza respetan su vida. Solo queda, pues, una denuncia más light, circunstancia que explica el viraje de la fotografía hacia una crítica más sutil (Elliot Erwitt, Martin Parr). Un terreno abonado a la creatividad, pensarán muchos, y en cierta forma es así, pero es que a la vez, mientras la vieja forma de entender el oficio resiste en amigables nichos depauperados, han irrumpido los teléfonos inteligentes, y con ellos las redes sociales, y con ellas una forma de entender la imagen diferente. Instagram, el enemigo doméstico de Facebook (esta es propietaria de aquella), recoge el trabajo de innumerables profesionales que conviven con influencers, blogueros y voyeurs. Esta nueva hornada presenta en general ciertos rasgos comunes: definición, saturación y contraste predominan sobre el mensaje en la misma medida en que el yo digital (el selfi, los pies en la playa, los labios de Rihanna) se impone a la plasmación de lo colindante.

La proliferación de imágenes (el cuerpo incorpóreo) transforma el ojo del público desde una perspectiva moral y a la vez estética, aunque la clave del momento fotográfico es otra y se esconde en la siguiente pregunta: ¿qué ocurre cuando alguien está ante una cámara? O, dicho de otra manera, ¿es posible ser Mary Ellen Mark (sus mujeres malhadadas, sus perdedores circenses) en pleno 2018? Una de las bandejas de la balanza empuja decididamente en esta dirección: ¡el talento no se ha esfumado!, exclamarán los optimistas. En las yemas del fotógrafo, en su voz y en su mirada palpita la habilidad de la conducción, de la hipnosis, del transportar al sujeto a un entorno donde la máscara cae y el alma emerge como emerge la primavera tras un duro invierno. Ser uno mismo en la burbuja de una composición pictórica. Es lo que logra, por ejemplo, Pierre Gonnord, cuyo episodio sevillano (gitanos de las Tres Mil Viviendas, un Bronx andaluz) parece más propio del pincel de Velázquez o Murillo.

En la otra bandeja se cuece el efecto opuesto, y es un efecto avasallador. Los entornos urbanos son colmenas de individuos hiperconectados. YouTube, la nueva televisión, es ecuménica e implacable, como lo es el Triángulo de las Bermudas de Zuckerberg (Facebook, Instagram, Whatsapp); como lo son Google, Twitter o Snapchat. Una escena, cualquier escena, viaja en cuestión de segundos a la nube y el algoritmo se ocupa del resto con sus cuchillos de carnicero. Si esa escena implica espectacularidad (el tormentoso horizonte), banalidad (las uñas nacaradas), intimidad (las sábanas revueltas) o costumbrismo (el cuenco de aceitunas) es lo de menos. Lo relevante es la audiencia, y detrás de esta se esconde la fama, una fama vaporosa que nadie había previsto y que es cuantificable en cuñas de Nada al por mayor: dime cuántos seguidores tienes y te diré quién eres. No se trata solo de que la calidad haya pasado a un segundo plano; es que la exposición del individuo roba a la fotografía un buen pedazo de su espíritu.

Quizás la misión del fotógrafo esencialista sea más difícil que nunca [fotógrafo esencialista: dícese del que se empeña en captar la esencia, signifique lo que signifique semejante afirmación]. O quizás la tecnología, con su ley de Moore y su obsolescencia programada, constituya en el fondo un formidable aliado.

Alexander Rodchenko, Eugene Smith, Marc Riboud o Joan Colom (además de algunos de los ilustres anteriormente citados) utilizaban como herramienta una Leica. Estas cámaras eran perfectas por su tamaño y discreción. Aunque algunos fuesen explícitos en su desempeño (era bastante común cargar con dos y hasta tres cuerpos equipados con distintas lentes para distintos fines), otros como Colom trabajaban a hurtadillas en la amalgama pendenciera del Raval. La raíz, el cogollo, el factor sorpresa, una aspiración a la que la industria fotográfica podría encaminarse gracias a una serie de marcas (Fujifilm, Olympus, Panasonic, Sony) que apuestan desde tiempos recientes por un concepto diverso: las cámaras sin espejo. Frente a una réflex tradicional, la mirrorless aporta (según el objetivo elegido) el antifaz de lo invisible. A la fotografía sin imposturas no le queda más salida que la clandestinidad en la ejecución. Nótese la paradoja: en última instancia toda imagen es un desvelo que en el mejor de los casos dará la vuelta al mundo. Este bucle es infernal.

Colón, Vasco da Gama y Magallanes buscaban antes que un descubrimiento una transacción comercial a gran escala. Clavo, canela, nuez moscada o macis eran el tesoro más preciado, pues a las especias se atribuían cualidades mitológicas. Jean de Joinville (1224-1317) sostenía que las especias provenían del paraíso a través del Nilo, y no eran pocos los monarcas y cortesanos europeos convencidos de que el jengibre o el ruibarbo eran una vía de contacto más o menos directo con Dios. Vista en perspectiva, aquella creencia es tan ridícula como la que sostiene que la fotografía sin injerencias (sin impacto, sin modificación del aire respirado) aún es posible. Susan Sontag (Sobre la fotografía, DeBolsillo, 2016) siempre lo negaba y no le faltaba razón. La fotografía ya no puede entenderse sin Un mundo feliz, Blade Runner o Black Mirror. La fotografía es distorsión.

Uno de los sueños de Elon Musk consiste en suministrar a lo largo y ancho de la tierra internet gratis mediante la señal emitida por satélites grapados al espacio exterior como gigantescas luminarias. Su anhelo, repleto de bondades, será el clímax de esta particular pesadilla porque entonces ni siquiera existirá la escapatoria de lo recóndito. A Josef Koudelka le maravillaban los cíngaros de Europa del este; en ellos permanecía el tuétano, el carácter. Pese a Gonnord, pese al increíble Atín Aya, este tampoco será un reducto. La ola ya está aquí: sucesivas ráfagas de inteligencia artificial que suavizan, difuminan y embellecen nuestros rostros hasta convertirlos en una mueca petrificada. ¿Quién en su sano juicio perseguirá el candor de los viejos tiempos en un mundo donde hasta los recién nacidos tienen su álbum? Los próximos serán los muertos, que sobrevivirán a través de las redes y se despedirán, también ellos, envueltos en la mortaja de un filtro. Bienvenidos a la posfotografía.


Stalin y los ingenieros del alma

*21.12.1879-05.03.1953+ Politiker, UdSSR Porträt - 1932 Fotograf: James Abbe * haven-guesses/advises 21,12,1879-05,03,1953 politicians, USSR - 1932 photographer: James Abbe * 21.12.1879-05.03.1953 le politicien, URSS portrait - en 1932 photographe: James Abbe
Estampita de Stalin con altar incluido,1932. Fotografía: James Abbe / Cordon Press.

«Fue como un sueño. No sé por qué he trabajado. Lo que creo ahora es que todo será destruido y no quedará nada», escribe Alexandr Ródchenko a su hija en 1943, reflejando el páramo intelectual y creativo en que estaba sumida la Unión Soviética en aquellos años.

Pero no siempre había sido así. A principios del siglo XX, pese a que el campesinado alcanza las tres cuartas partes de la población rusa formando una sociedad más anclada en la Edad Media que en los albores del nuevo siglo, la vida cultural y artística rusa es de una fecundidad sorprendente. A un lado del tapete el arte academicista del gusto de la oligarquía, protegido por las instituciones más tradicionales de la Rusia zarista. En el lado opuesto se le enfrentan nuevos movimientos vanguardistas, conceptos novedosos, que a veces surgen de los rasgos más ancestrales del alma de la Madre Rusia (el conocido como Neoprimitivismo), y en otras ocasiones de las últimas tendencias artísticas occidentales. Dos mundos opuestos, pero todavía no enfrentados. Y así a finales del 1910 se celebrará una exposición de pintura que marcará el devenir del arte ruso. En ella se conjugarán los movimientos postimpresionistas con el arte popular ruso, con la intención de popularizar el arte. Modernidad y tradición, Occidente y Rusia. Democratización de la cultura. Su nombre, «Sota de Diamantes» (que más tarde se convertiría en una sociedad artística), término que dicen está basado en los bordados en  los uniformes de los presidiarios (otra teoría, más aburrida y por tanto con más visos de ser veraz, afirma que se basa en una expresión coloquial rusa que se usa para designar a alguien que no es digno de confianza).

Se expondrán obras de artistas clave en el desarrollo estético ruso como Lariónov, Natalia Goncharova o Malévich. Pero en ese momento nadie podía prever la brutal sacudida que sufriría la sociedad rusa pocos años más tarde; octubre de 1917. El año cero de una nueva era. La Revolución parece imparable y el mundo entero asiste atónito al nacimiento de un Estado que saluda a un nuevo humanismo. Y como en todos los periodos de grandes crisis sociales, el arte actuará como cámara de resonancia de estos procesos. Los bolcheviques comienzan a escribir la historia, su historia, y hay que dotarla de una simbología propia. La comunidad intelectual rusa se divide. Por un lado, los artistas más consagrados (y por tanto acomodados) se muestran escépticos, cuando no contrarios, a las nuevas directrices políticas, emigrando muchos de ellos a Occidente. Pero quienes apoyaron sin fisuras el nuevo orden fueron los integrantes de las denominadas vanguardias, que ven en la Revolución una oportunidad de cambio para borrar definitivamente el academicismo artístico tan poderoso en los círculos intelectuales de la Rusia Blanca, y de paso, tomar una posición preponderante tanto en el arte como en la sociedad del nuevo régimen.

Vladimir Mayakovsky en la exposición por sus veinte años de trabajo, 1930. Fotografía: DP.
Vladimir Mayakovsky en la exposición por sus veinte años de trabajo, 1930. Fotografía: DP.

Exigimos: la separación del arte y del Estado. La abolición del patronazgo, de los privilegios y del control en el terreno del arte. Basta de diplomas, títulos, encargos y grados oficiales.

De esta guisa se despachaban en el Manifiesto de los futuristas rusos en 1918 (los mismos firmantes que curiosamente más tarde coparían todos los cargos de los organismos oficiales). Parafraseando a Zola, se podría decir que los artistas rusos habían venido al mundo a hablar en voz alta. Así, Mayakovski redacta un manifiesto en una publicación oficial titulado «Es demasiado pronto para alegrarnos», en el que pedía la destrucción de todo lo que tuviese que ver con el arte tradicional. Estos artistas veían a la Revolución como un tsunami imparable que haría de la Unión Soviética el nuevo referente, rompiendo con ataduras pasadas. Destruir y aniquilar son los objetivos. Las agrupaciones literarias futuristas y los representantes de los movimientos constructivistas y suprematistas apoyan sin fisuras el nuevo orden. El arte al servicio de la Revolución, y de la Revolución se servirá el arte. Se apuesta por un lenguaje radicalmente innovador. La vida artística rusa se llenó de exposiciones, manifiestos y declaraciones. Todo vale, todo es permitido. Inventar, crear, innovar. Se adaptan movimientos extranjeros a la idiosincrasia rusa como el cubofuturismo o el rayonismo, pero también surgen movimientos nacidos en la propia Unión Soviética, como el suprematismo o el constructivismo. Un arte nuevo, una nueva sociedad; creadores como Malévich o Kandinsky muestran el camino hacia la abstracción. Se podría decir que en ningún otro momento de la historia del arte aparecieron escuelas y colaboraciones a un ritmo tan impresionante como en las dos primeras décadas del siglo XX en el imperio ruso.

Se trataba de cambiar el mundo, y, como diría un intelectual de la época «librar una batalla en dos frentes: contra el pasado y contra el presente». La ruptura de los contenidos fue acompañada de una ruptura formal. La búsqueda de una nueva sociedad se hará en todas las dimensiones de la misma. El arte ya no tendrá por objeto representar una realidad que ha resultado aniquilada, sino que trabajará en la producción de una nueva realidad. Se avanzaba en todos los campos, todo era posible. Como ejemplo Léon Theremin inventa uno de los primeros instrumentos musicales electrónicos, el theremin, una caja con dos antenas (figura repetida hasta la saciedad en las películas de ciencia ficción americanas). O Vladímir Tatlin, que plantea una construcción en forma de hélice con el eje inclinado, que hubiera alcanzado cuatrocientos metros de altura con un interior donde quedarían superpuestos las cuatro figuras geométricas elementales. Todo está al alcance; la Luna, incluso Marte, parecía acercarse.

Pero los artistas de la vanguardia, al poner su talento al servicio del nuevo orden, no solo fijan su interés en la pintura o literatura, sino que también se volcaron en artes menores como el diseño gráfico, que goza de un enorme desarrollo debido a sus infinitas posibilidades propagandísticas. La libertad con la que contaban los artistas era brutal, podían crear todo lo que su intelecto les sugiriera, pero siempre por y para la Revolución. El cine se convertirá en una piedra fundamental en la estructura cultural de la Unión Soviética. «El cine es la más importante de todas las artes y puede y debe desempeñar un gran papel en la revolución cultural como medio de educación generalizada….» fue la consigna del XIII Congreso del PCUS en 1928. Largometrajes como Intolerancia, (estrenada ya antes de la Revolución pero con poco éxito por considerarlo excesivamente vanguardista) se tomaran como modelo para el futuro cine soviético, añadiéndole un prólogo que permitía interpretar la película en clave marxista.

Y así, al principio de la Revolución, y por razones fundamentalmente de orden práctico, los dirigentes bolcheviques aceptaron y posibilitaron la hegemonía de los artistas más radicales, que dirigirán las instituciones públicas y las publicaciones, mientras colaboran activamente con la propaganda del nuevo régimen. Un win to win donde esos artistas apoyarán sin fisuras un régimen que les reconoce su importancia no solo creativa, sino también a nivel social. Las vanguardias no querían prisioneros. Desde su punto de vista habían vencido y exigían el cambio, un cambio brutal, y sin demoras. Su objetivo, escribir una nueva página en la historia de la creación estética. Una primera página, sin un pasado molesto y superado.

21 de las 39 obras expuestas por Malévich en la exposición 0,10. (1915). Fotografía: DP.
21 de las 39 obras expuestas por Malévich en la exposición 0,10. (1915). Fotografía: DP.

«El mundo exterior no es de ninguna utilidad para el artista. La pintura es, entonces, el arte de descubrir analogías visuales para los valores de la conciencia» escribía Malévich. Pero la dirigencia bolchevique no estaba de acuerdo con ese tipo de posiciones tan radicales. El choque era inevitable, tanto Lenin como gran parte de la nueva clase tenían gustos culturales más bien conservadores. «[Kandinsky] garabatea y garabatea unas cuantas líneas con los primeros colores que encuentra, ¿por qué lo dejan exponer?» se podía leer en la correspondencia privada de los jerarcas soviéticos. Ya a finales de la década de 1920 y de una manera sutil se empieza a fomentar desde los círculos políticos la vuelta paulatina al realismo, ya que las manifestaciones abstractas eran incomprensibles para el pueblo ruso (en su mayoría analfabeto), por lo que no era posible que a través de ellas se les inculcase el ideario comunista. «Resulta más fácil destruir una vieja cultura que edificar una nueva. Los obreros no han tenido todavía ocasión de conocer eso que vosotros llamáis cultura clásica, y si la destruimos, es posible que un día pudieran muy bien pedirnos cuentas por ello» escribió en una carta Lunacharski. Se podía fusilar a todos los miembros de una familia sin juicio o condenar a trabajos forzados a pueblos enteros, pero un respeto a los iconos religiosos o a los paisajistas rusos del XIX.

Poco a poco dentro del Partido Comunista empiezan a alzarse voces cada vez más discordantes con esos «artistas engreídos». «El pueblo no puede entender ese arte», «Son creaciones para una minoría ilustrada y burguesa». Y la posición oficial acabará cristalizando en la teoría de «las dos culturas dentro de una cultura» que defenderá la existencia y protección de las posiciones estéticas anteriores a la Revolución. El péndulo se comienza a orillar al otro extremo. Si el arte academicista de la Rusia Blanca fue repudiado por elitista, lo mismo comienza a suceder con las vanguardias, todavía más elitistas y alejadas de los gustos reales de las clases populares. No parece que la obra de Malévich Cuadro negro sobre blanco fuera muy del gusto de un campesino de Bielorrusia. El horizonte creativo se achica. Un arte politizado al máximo no podrá liberarse del yugo de la ideología.

Y como todos los matrimonios de conveniencia, terminarán en divorcio de conveniencia. Y esta ruptura será dolorosa. Y más sangrienta de lo que jamás pudieron imaginarse. El acceso al poder de Stalin en 1924 implica la clausura del proceso revolucionario y por tanto, del arrinconamiento de los objetivos transformadores, lo que traerá la ruptura definitiva entre vanguardia y poder. A las ansias transformadoras de la vanguardia se le presentó un competidor muy serio: el Partido Comunista, que necesitaba la exclusividad de hacer la Revolución. Kandisnki emigra a Alemania, mientras que Chagall, asustado por el incremento de la xenofobia antijudía, se traslada a París. En 1929 se expulsa a Malévich del Instituto Estatal para la Historia del Arte y en 1930 es detenido e interrogado, siendo repudiado públicamente, llegándose a quemar sus manuscritos teóricos. Pero lo peor estaba por llegar. En 1932 se publica el Decreto de Reconstrucción de las Organizaciones Literarias y Artísticas que en la práctica suponía la disolución de todas las organizaciones y asociaciones nacidas al calor de la Revolución y su sustitución por organizaciones oficiales.

Se cerraban exposiciones, los artistas fueron detenidos y perseguidos. La utopía de una nueva sociedad que había sido acogido con euforia y la puesta en práctica tan deseada de un espíritu artístico de vanguardia en la vida cotidiana se derrumbaron

Stalin ordenó silenciar cualquier tipo de veleidad artística o creativa. «Saboteador» o «contrarrevolucionario» son términos que hace que «se siegue a la gente por capas», como años más tarde relatará un historiador. Las vanguardias deben ser aniquiladas. Y fueron aniquiladas. Hay que recordar que la eventual amenaza de cualquier grupo o individuo justificó el arresto de un millón seiscientas mil personas y el asesinato de setecientas mil de ellas solamente entre mediados de 1937 y noviembre de 1938. Y el mundo de la cultura no podía ser ajeno a esta espiral de represión. Se empieza a deportar, exiliar o directamente ejecutar a los intelectuales o artistas más significados. La «Generación de la Edad de Plata», la de Ajmátova, Pasternak o Bulgákov («para ser escritor en Rusia hay que ser un héroe», llegó a escribir), fueron asesinados o deportados cuando ya no servían a los fines de una cultura socialista. Asimismo Stalin hizo fusilar a cartelistas fieles hasta la muerte (Klutsis), cineastas (Borís Shumiatsky) o periodistas (Mijaíl Koltsov). De los seiscientos asistentes al congreso de escritores en Moscú en 1934, unos años después doscientos habían sido fusilados.

Los artistas, «los Ingenieros del Alma» como les denominó Stalin, serán un engranaje más de la sociedad que el nuevo líder crea bajo su mandato de terror. El denominado «realismo socialista» (realismo poco y socialista menos) se convierte en política oficial del Estado, con todo lo que eso significa en la Unión Soviética de esa época. El arte empieza a reflejar la vida industrial de la URSS. Obreros y campesinos son los protagonistas de esta pintura, una anticuada vuelta a los cánones del siglo XIX en aras de la propaganda, un regreso al arte puramente iconográfico. Imágenes llenas de humanidad donde se retrata la felicidad del proletariado, trabajadores orgullosos de la transformación social de su país que viven preocupados por el deporte y la salud. «Si el artista va a representar la vida correctamente, no puede dejar de observar y señalar lo que lleva hacia el socialismo. Así que este y solo este, será el arte socialista». Se vuelve a la admiración de la pintura clásica, del siglo XVII; se supera la negación del pasado; el pasado es hermoso, solo hay que saber reinterpretarlo. Eso sí, lo fundamental es el ser, no el estar. El mensaje, no su presentación. Bajo la acusación de «formalismo» se reprimirá de una manera brutal cualquier expresión artística  que ponga en duda la primordial (y casi única) función de la obra, su contenido ideológico, contaminándose al conceder a su forma una importancia exagerada.

Con la muerte de Stalin se intentó un deshielo cultural, y en cierta manera se logró, pero solo pudo ser un pálido reflejo de que fue y pudo haber sido. La hierba segada nunca más pudo ser cosechada de nuevo. Las vanguardias y los ingenieros de almas nunca más regresarían.

Imagen de la restauración de Obrero y koljosiana, de Vera Mújina, 1934. Imagen cortesía de English Russia.
Imagen de la restauración de Obrero y koljosiana, de Vera Mújina, 1934. Imagen cortesía de English Russia.