La compleja tragedia del sastrecillo valiente

Alfonso Sastre
Alfonso Sastre en 1987. Foto: Cordon.

Tu madre y yo —¡qué bien acompañados!—

nos hallamos de pie; y a piejuntillas

—no conocen el suelo estas rodillas—

creemos en la vida y sus legados.

(Alfonso Sastre, Carta a mi hijo Juan en octubre)

El próximo 20 de febrero, Alfonso Sastre cumple noventa y cinco años. Es, y nadie lo discute, el más importante dramaturgo vivo de la lengua castellana y, me atrevería a añadir, el más grande después de Valle Inclán (entendiendo «después» en sentido meramente cronológico). Además, es un excelente poeta y ensayista, y sus aportaciones teóricas al teatro no son menos ni de menor valía que las literarias. Pero su nonagésimo quinto aniversario no será una noticia destacada en los medios, y mucho me temo que no recibirá más homenaje que este modesto artículo. En cualquier país preocupado por la cultura sería todo un acontecimiento; pero parece ser que, aquí y ahora, el hecho de que un gigante de las letras llegue a tan avanzada edad importa poco; mejor dicho, importa mucho no darle importancia, si ese gigante de las letras ha hecho de la verdad su bandera y de la denuncia de los abusos del poder su vocación insobornable.

Del ostracismo de Sastre, de su babilónica condena a la invisibilidad, se puede dar una explicación sencilla y otra compleja. La sencilla es su decidido apoyo a causas tan incómodas para los poderes establecidos como el derecho de autodeterminación del pueblo vasco y la revolución cubana. La explicación compleja es la misma que la sencilla, solo que acompañada de un análisis minucioso —que dejaré para otra ocasión— de los turbios intereses que convierten a muchos intelectuales supuestamente progresistas en lacayos del poder y en cómplices, cuando menos por omisión, de injusticias tan flagrantes como el ninguneo institucional de Sastre.

Y también la tragedia como género dramático admite una explicación —una explicitación— sencilla y otra compleja.

La tragedia clásica suele plantear un conflicto «irresoluble» (luego aclararé las comillas) entre el individuo y la sociedad, o lo que viene a ser lo mismo, entre la conciencia y la ley (escrita o no). Así, la lealtad de Antígona hacia su hermano Polinices la obliga a dar honrosa sepultura a su cadáver, contraviniendo una orden del rey cuyo incumplimiento supone la pena de muerte. Pero la irresolubilidad de los conflictos trágicos tradicionales es relativa, cuando no ficticia (de ahí las comillas), pues casi siempre tiene que ver con la aceptación (más o menos deliberada, más o menos consciente) de un orden establecido que se da por supuesto y que solo se pone en cuestión de forma superficial o episódica. En este sentido, la tragedia tradicional supone una simplificación —ideológica— de la realidad, pues suele asumir de forma automática, por defecto (nunca mejor dicho), el discurso dominante. Por eso provoca la catarsis, pero rara vez la rebelión.

El teatro épico de Brecht constituye un paso importante hacia la superación de esta limitación; pero el «distanciamiento» brechtiano no va mucho más allá de la anagnórisis aristotélica, y solo resuelve parcialmente el problema de la simplificación. Por eso Sastre propuso —y cultivó ejemplarmente— como superación dialéctica de la aparente antítesis entre los dos polos del teatro del siglo XX —el didacticismo de Brecht y el nihilismo de Beckett—, lo que él mismo denominó «tragedia compleja», en la que el conflicto trágico central no encubre la maraña de sentimientos e intereses contradictorios implicados, sino que pone en evidencia la degradación social y psicológica subyacente. Por eso las tragedias sastrianas incluyen elementos cómicos y hasta ridículos (sin caer en la simplificación de lo tragicómico). El propio autor lo explica en La revolución y la crítica de la cultura (Grijalbo, 1970): «Yo me río antes, y cuando usted baje la guardia para reírse conmigo se va a encontrar con que le he contado —sí, a traición— la tragedia que usted habría rechazado, o incomprendido, planteada en los términos inalcanzables para usted de una conciencia no degradada en pugna con la degradación».

Y así en lo sociopolítico como en lo literario, las conciencias degradadas rechazan, o ni siquiera comprenden, la compleja tragedia del sastrecillo valiente.

No me atrevería a llamarlo sastrecillo si no fuera porque él mismo, en uno de sus memorables «diálogos con su sombra», se autodenomina así. Para calificarlo de valiente, sin embargo, no necesito su permiso (no me lo daría, teniendo en cuenta su modestia radical): durante más de medio siglo ha demostrado el más alto grado de valor en todas las acepciones del término y en las circunstancias más adversas, y no hay nadie que pueda negarle ni disputarle un adjetivo que, en su caso, ha adquirido consustancialidad de epíteto, de apellido moral (de ahí la mayúscula).

Recuerdo el multitudinario homenaje que se le rindió a José Luis Sampedro cuando cumplió noventa años, en el que participé reclamando para el anciano maestro el estatuto de «tesoro viviente»1. Merecidísimo homenaje, sin duda; pero convertido en un agravio comparativo por el silencio institucional que acompaña a Sastre desde hace muchos años, por no decir desde siempre. Y no solo institucional: en el mundo de la cultura, y muy especialmente en el del teatro, son muchas las personas que, como yo, tienen una deuda impagable con su obra y con su ejemplo, y el silencio de tantos discípulos y colegas olvidadizos es aún más lamentable, si cabe, que el clamoroso ninguneo de las instituciones.

El 20 de febrero de 2021, el más grande dramaturgo vivo de la lengua castellana cumple noventa y cinco años. Un hito memorable del que, seguramente, la cultura oficial no se dará por enterada. No conocen el suelo las rodillas del sastrecillovaliente, y eso es algo que los lacayos no perdonan.


(1) En Japón, desde 1950, se otorga el título de ningen kokuho o tesoro viviente a artistas y artesanos, generalmente de edad avanzada, que son «portadores de grandes bienes culturales intangibles». Bienes culturales a menudo en peligro de extinción, como ciertas habilidades y técnicas tradicionales que requieren un grado de dedicación poco compatible con la actual sociedad de consumo y su cultura de lo efímero. Entre los tesoros vivientes más famosos figuran el ceramista Shoji Hamada, el artista marcial Masaaki Hatsumi, el maestro de kyushitsu (arte del lacado) Onishi Isao y la cantante Hibari Misora, y hay también forjadores de espadas, diseñadores de tejidos, actores de teatro kabuki…

No se trata de un mero título honorífico: el estatuto de tesoro viviente conlleva las ayudas necesarias para garantizar que la correspondiente habilidad o técnica siga desarrollándose con independencia de las implacables leyes de la moda y el mercado. Ayudas que van más allá de la mera subvención, y que a menudo incluyen la designación de discípulos o aprendices dispuestos a seguir las enseñanzas del maestro (pido disculpas por el uso recurrente del masculino, pero se trata del hiperpatriarcal Japón y, con la notable excepción de la famosa cantante Hibari Misora, los ningen kokuho son todos varones). Y puesto que los japoneses llevan siglos copiando ideas ajenas (y a menudo mejorándolas, todo hay que decirlo), deberíamos, por una vez, copiar los demás una excelente idea japonesa, como es la de los tesoros vivientes.


Para Carmiña, que nos enseñó a contar

Carmen Martín Gaite, 1984. Fotografía: Quim Llenas / Getty.

Era la hija del notario de la plaza de los Bandos de Salamanca. Una cría morena y flacucha a la que en casa llamaban cariñosamente Carmiña. Su hermana mayor, Ana María, era la compañera infatigable de todos sus juegos y aventuras. De la mano atravesaron la adolescencia, vivida en la asfixiante España de la posguerra. Y juntas cumplieron el trámite que toda hija de familia bien debía pasar: el de la puesta de largo. Una accidentada puesta de largo. Ese momento entre cómico y tierno en el que a su hermana se le rompió el tacón y besó el suelo lo rescató la ya escritora Carmen Martín Gaite en la dedicatoria de su primera novela larga, Entre visillos:

Para mi hermana Anita, que rodó las escaleras con su primer vestido de noche, y se reía, sentada en el rellano.

La mujer que acuñó la frase «mientras dure la vida, sigamos con el cuento» construyó el cuento de su propia biografía a través de las dedicatorias de sus libros. Sus poemas, novelas o ensayos constituyen una de las obras cumbres de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, pero fue en esas pequeñas píldoras al inicio de cada volumen donde enhebró los claroscuros de su existencia.

Carmiña escribió Entre visillos a escondidas de su marido para presentarlo al mismo premio que él había ganado dos años antes. Y aquella historia, en la que narra cómo es la vida de las chicas de provincias, se alzó con el Nadal en 1957. Su marido era Rafael Sánchez Ferlosio y lo había conocido una década atrás, cuando llegó a la capital con una licenciatura en Filosofía y Letras bajo el brazo dispuesta a hacer el doctorado. El reencuentro con un viejo amigo de sus tiempos en la Universidad de Salamanca, Ignacio Aldecoa, cambió su destino. Aldecoa introdujo a Carmiña en los círculos literarios de aquel Madrid gris. Le presentó a Medardo Fraile, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre… y Sánchez Ferlosio. Un grupo de enfermos de la literatura más interesados por los cafés y las tertulias que por las aulas. Envenenaron a Martín Gaite, que abandonó todos sus planes académicos para volcar sus esfuerzos en la escritura: «Lo único que sé hacer en la vida», diría muchos años después en una entrevista.

Su obra literaria creció al compás de su propia familia. Se casó con Ferlosio el 14 de octubre de 1953 y un año después nació su primer hijo, Miguel. Un bebé que no llegó a cumplir los siete meses. La meningitis se lo arrebató de los brazos y fue la primera vez que Carmiña comprendió que en la vida la felicidad era algo efímero. Dos años después apareció otro relámpago de dicha con la llegada de su hija Marta, a la que bautizaron con el apelativo de la Torci. Convivían entonces la madre y esposa con la escritora. Había ganado el Nadal, el Premio Café Gijón, fue finalista del Biblioteca Breve, pero en las solapas de los libros seguía siendo la mujer de Rafael Sánchez Ferlosio. Ella, que escribía a mano y a la que le gustaba frecuentar bibliotecas, trabajaba en los ratos libres que le dejaban sus obligaciones familiares. «Cuando Marta se duerme a las ocho estoy tan agotada que no puedo leer ni escribir», anotó en uno de sus cuadernos.

Sánchez Ferlosio la había introducido en la cultura italiana, la ayudó a depurar su estilo, la volvió más exigente consigo misma. Era un genio que vivía de noche y dormía de día. Se enfrascaba en largas disertaciones, estudiaba la gramática de forma enfermiza. Y, aunque fue el gran amor de su vida, su excentricidad acabó con el matrimonio en 1970.  Martín Gaite jamás habló en público de aquella ruptura, pero tres años después apareció publicado Usos amorosos del XVIII en España. Y en la dedicatoria, Ferlosio:

Para Rafael, que me enseñó a habitar la soledad y a no ser una señora.

Tras la separación Carmen se volcó en la literatura. En los años siguientes fue galardonada con el Premio Nacional de Narrativa por El cuarto de atrás, presentó al fin el doctorado y comenzó a dar clase en Estados Unidos. Durante aquel periodo también estrechó lazos con su hija. Había sido ella quien en un cumpleaños le había regalado el primero de sus cuadernos de todo. Blocs en los que Calila —como la llamaba Marta— dibujaba, escribía ideas, anotaba documentación para futuros libros y en los que de vez en cuando aparece alguna referencia personal: «La Torci, después de irse Millás, estuvo hablando conmigo de sus sospechas detectivescas y del signo de Géminis hasta las siete de la mañana. Fue una noche en blanco, totalmente aprovechada y feliz». La Torci fue también la protagonista de la dedicatoria de Retahílas:

Para Marta y sus amigos (Máximo, Elisabeth, Juan Carlos, Alicia, Pablo), siempre turnándose, al quite de mis horas muertas.

Marta se hizo mayor y Calila le enseñó a ser libre. Estudió Filología Inglesa, tradujo varias novelas y se enroló en Nostromo, la aventura editorial montada por Diego Lara, Juan Antonio Molina Foix y Mauricio D’Ors donde ejercía de «secretaria-chica-para-todo», en palabras de su madre. La Torci también colaboró con sus padres en las correcciones de algunos libros mientras vivía inmersa en la vorágine de la movida madrileña. Aquel jolgorio permanente en el que la heroína era una invitada más en todas las fiestas. Una apisonadora que terminó arrollándola. Marta Sánchez Martín murió con veintinueve años víctima del sida. Aquel 8 de abril de 1985 la oscuridad invadió a Calila: se encerró en su casa de El Boalo, puso un cartel y no permitió entrar a nadie. Solo salió de allí para poner rumbo a América y volver a dar clases en Barnard College. Fue Nueva York la medicina con la que trató de cortar la hemorragia desatada tras la muerte de su hija. La literatura fue su refugio. Le concedieron —junto al poeta José Angel Valente— el Príncipe de Asturias de las Letras, pero en su pensamiento la protagonista de todos los cuentos seguía siendo otra princesa. En 1990 publicó Caperucita en Manhattan, un libro ilustrado:

Para Juan Carlos Eguillor, por la respiración boca a boca que nos insufló a Caperucita y a mí, perdidas en Manhattan, a finales de aquel verano horrible.

Caperucita es Sara Allen. Una niña de diez años residente en Brooklyn cuyo mayor deseo es sortear todos los obstáculos y llegar hasta Manhattan con una tarta de fresa para su abuela. Una historia de iniciación sobre los peligros a los que hay que hacer frente, la historia que Martín Gaite escribió para tratar de comprender a su hija. Allen es un trasunto de la propia Marta, el recuerdo de que a veces hay que pagar un precio muy alto por alcanzar la libertad. No es casual que Miss Lunatic le dé a Caperucita un papel con una cita del filósofo Pico della Mirandola: «No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que fueras libre y soberano artífice de ti mismo, de acuerdo con tu designio».  Un destino fatal que Calila nunca superó y que la empujó a convertir a su hija en la interlocutora de su obra. La dedicatoria de Nubosidad variable estremece:

Para el alma que ella dejó de guardia permanente, / como una lucecita encendida, / en mi casa, en mi mente, / y en el nombre por el que me llamaba.

Carmiña siguió dialogando con Marta a través de la ficción. Trató de zafarse de la tristeza inventando otras vidas. Las novelas Lo raro es vivir e Irse de casa le regalaron el reconocimiento del público. En la Feria del Libro se formaban largas colas para intentar conseguir una firma de la escritora bohemia, la que lucía llamativas boinas. Y entonces apareció el cáncer.

Carmen Martín Gaite murió en el 2000 abrazada al manuscrito de su última novela, la inconclusa Los parentescos. Concretamente a un capítulo titulado La raya invisible. Una raya que ella había cruzado quince años antes. Cuando falleció la Torci, le había dicho a su hermana Anita: «¿Te das cuenta de que nuestra vida se ha acabado?».


La cultura y el exilio: homenaje a Alberti en París

Rafael Alberti en la primera fiesta del PCE, en la Casa de Campo de Madrid, tras su legalización, 1978. Fotografía: Nemo (CC).

La tela marrón ha resistido el paso del tiempo. Vista ahora, medio siglo más tarde, decorada con letras de colores y lazos en los bordes, pareciera una carpeta pensada para el trabajo de fin de curso de un niño de primaria. En realidad, sirvió de continente a un centenar de obras de arte, algunas con la firma de Antoni Tàpies o Joan Miró, que fueron destinadas al homenaje que la Asociación Cultural Franco-Española rindió a Rafael Alberti, por entonces estandarte de los literatos exiliados.

El poeta del Puerto de Santa María había regresado recientemente a Europa tras su etapa en Argentina. Allí arribó en 1940 y, según sus propias palabras, al principio ni él ni María Teresa León querían comprar siquiera una silla, convencidos de que la estancia sería corta. Sin embargo, duró más de dos décadas. En 1963 llegaron a Roma, donde residieron en el número 20 de la Via di Monserrato. Por allí desfilaba lo mejor de cada casa: Pier Paolo Pasolini, Salvatore Quasimodo, Renato Guttuso, Federico Fellini o Vittorio Gassman, entre muchos otros. Más tarde, utilizó el importe del Premio Lenin de la Paz para adquirir una casa en Via Garibaldi, en pleno Trastévere. Este acercamiento geográfico de Alberti propició que los comunistas europeos lo convirtieran en un referente, al igual que el PCE, que veía en su indiscutible dimensión internacional la oportunidad perfecta para denunciar la dictadura.  

La cita fue el 8 de junio de 1966. El lugar escogido, la parisina casa de la Mutualité. A la cabeza Jean Cassou, presidente de la asociación. Suyo fue uno de los discursos de apertura, completados por otro hispanista francés, Marcel Bataillon, y el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, que apenas unos meses más tarde recibiría el Nobel de Literatura. Entre el público, numerosos representantes culturales. Fernando Arrabal, que residía en París y acudió con una de sus estrafalarias vestimentas, Alfonso Sastre, que también tomó la palabra, o un treintañero Paco Ibáñez, que musicó versos del portuense.

La lista completa de intelectuales adheridos es irreproducible. Sirvan como pequeña muestra Vicente Aleixandre, Miguel Delibes, Ana María Matute, Gabriel Celaya, Enrique Tierno Galván, Camilo José Cela, Marcos Ana, Gerardo Diego, Antonio Buero Vallejo, Susana March, José María Pemán, Luis Buñuel, Fernando Quiñones, Caballero Bonald, Juan Antonio Bardem o Ángel González. Pablo Picasso envió un ramo de flores. Además, se sumaron diversos colectivos, como la Asociación de Mujeres Universitarias Españolas.  

Como no podía ser de otra manera, Radio París dedicó una amplia cobertura. La emisora no le resultaba extraña al homenajeado, ya que allí ejerció de locutor antes de la invasión nazi, cuando aún era Radio París-Mondial. Tras la derrota del bando republicano, Rafael y María Teresa escaparon a Francia. Pablo Neruda y Delia del Carril les abrieron las puertas de su casa y, gracias a la intermediación de Picasso, ambos comenzaron a trabajar en la radio. Alberti leía el noticiario cada hora, de siete de la tarde a siete de la mañana, y en los ratos libres devoraba libros y escribía. Según narró en La arboleda perdida, «la Francia de aquellos bochornosos días había enviado a España, como embajador ante Franco, al mariscal Pétain. Al poco tiempo, le comentaron al propio mariscal que la radio francesa estaba llena de rojos españoles, algunos conocidísimos, como nosotros». No solo supuso el fin de aquella aventura radiofónica, también así concluyó su estadía en el país vecino.

Las grabaciones del acto han sido recuperadas por la Universidad de Alicante, dentro de su iniciativa Devuélveme la voz. Se trata de un proyecto que persigue la reconstrucción de la historia reciente a través del material sonoro y, en el caso de la emisora francesa, el archivo comprende desde 1958 a 1977. Es decir, mientras sonaban las voces de Julián Antonio Ramírez y Adelita del Campo, cuyas intervenciones se iniciaban con el inconfundible «Aquí Radio París». Entre tantas horas registradas hay espacio para analizar en profundidad el fenómeno migratorio español de la época o reivindicar el papel de la mujer, así como numerosas entrevistas a personajes de la cultura, y hasta al por entonces príncipe Juan Carlos.

 

El poeta Rafael Alberti a su llegada al aeropuerto de Madrid-Barajas, procedente de Roma, donde fue recibido por multitud de personas. 24 de abril de 1977. Fotografía: Iberia Airlines (CC).

Sin embargo, la difusión del homenaje a Alberti no quedó reducida a las ondas. Apenas un mes antes había sido aprobada la Ley de Prensa e Imprenta, impulsada por el ministro Manuel Fraga. La reforma, que únicamente afectó a los medios escritos, se enmarcó dentro del pretendido aperturismo de la dictadura, y tuvo como modificación principal la supresión de la censura previa, sustituida por la amenaza de multas y sanciones al director del periódico, responsable último de lo publicado. Así, el acto parisino fue el primero de estas características en aparecer en la prensa diaria. El Norte de Castilla tituló con «Homenaje en París a un poeta español», para pasar a glosar ampliamente la trayectoria del escritor, del que destaca su amor por España, su trascendencia literaria (recoge el éxito de sus obras en China) e incluso aprovecha la inusitada oportunidad para encumbrar la figura de Lorca. ABC, en cambio, sí introdujo el nombre completo en dos titulares. Primero, un breve para anunciar la convocatoria. Más tarde, una pequeña crónica que el lector encontró justo debajo de un texto donde Francisco Umbral se rendía al papel conciliador del vino.

Alberti subió al escenario con una chaqueta blanca, ya por entonces a juego con el color de su melena. Desprendía gratitud desde la primera frase. «Amigos de España, amigos todos que nunca habéis dejado de creer en el pueblo español, debo deciros que jamás en mi vida me ha costado tanto como esta noche emocionante que pasamos juntos encontrar la palabra precisa para daros las gracias».

Y no es para menos. Las adhesiones, las obras de arte y la calidez de los asistentes resultaron abrumadoras. También llegaron numerosos mensajes, que fueron leídos en voz alta. Sin duda, el más efusivo corrió a cargo de Dolores Ibárruri. Además de varios piropos a su obra, escribió: «Nadie podrá separar tu nombre de la resistencia española frente a la agresión de quienes ya no eran España, y hoy más que nunca no lo son, aunque aparezcan en la cúspide de la que ya resbalan. (…) Nuestro pueblo te conoce, te quiere y se enorgullece de ti. Por lo que hiciste ayer y hoy continúas, ¡gracias, Rafael Alberti!». Quién le iba a decir a la Pasionaria que, una década más tarde, descendería del brazo del poeta por la escalinata del Congreso, donde ambos contaban con escaño.

Obviamente, el acto tuvo un marcado carácter disidente. Prueba de ello fue la propia intervención del escritor, que citó uno por uno a sus compañeros fallecidos. Primero el nombre, luego la circunstancia de la defunción. Una ovación del público acompañó a Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Emilio Prados, José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre, Pla y Beltrán, Luis Cernuda. Todos muertos en el destierro. Federico García Lorca, fusilado. Miguel Hernández, muerto en la cárcel.

La reunión también fue importante desde el punto de vista pictórico. Tanto que, cinco décadas después, el contenido de aquella vieja carpeta marrón ha visto la luz en una exposición organizada por Carmen Bustamante. De todas las obras enviadas a París, se conservan cincuenta y dos, donde aparecen firmas tan notorias como Amalia Avia, Mentor Blasco, Antonio Saura, Pablo Serrano, Sol Panera, Agustín Redondela, Cristino de Vera y José Guerrero. Los trabajos aportados desinteresadamente por los artistas plásticos fueron de lo más variopinto, ya que abarcaron desde el realismo naturalista hasta el abstracto más avanzado.

La carpeta le fue entregada a Alberti, que también consagró parte de su vida a la pintura, justo a la conclusión. Antes había presenciado un espectáculo en ambos idiomas inspirado en su obra, que se sumaba a la extensa lista de obsequios. Pero él, uno de los máximos exponentes de la generación del 27, quiso repartir el recuerdo en su discurso: «Yo sé bien que a quien vosotros habéis querido honrar esta noche es a la poesía española, que ni baja la cabeza ni se rinde. Gracias por haberlo hecho a través de mi nombre».


Todos los Santos: trucos para un buen trato

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El cuervo, 1963. Imagen: Alta Vista Productions.

Como mujer y creyente, estoy preocupada por la decisión del Vaticano acerca de la incineración de nuestros seres queridos. El Santo Oficio ha aprovechado unas fechas muy sensibles, las vísperas de Todos los Santos y Todos los Difuntos, para mandar esta Instrucción a las familias católicas. Desde Roma esperan que no caiga en saco roto, como otras tantas recomendaciones que los fieles no solo no observamos, sino que encontramos un perverso placer en contravenir y ridiculizar. Por ejemplo, esa triste reacción de la sociedad española cada vez que alguno de los delicados representantes de la Conferencia Episcopal expresa sus inspiradas ocurrencias, como lo haría cualquier tuitero famoso.

Pero también me considero un poco progresista, y aunque esto por desgracia me ha llevado a tener más de un conflicto con mi director espiritual, me niego a pensar que esta decisión haya sido motivada por asuntos crematísticos. Digo no a que la Iglesia se haya visto forzada a decirnos a los católicos que volvamos al entierro tradicional porque no genera el mismo volumen de ingresos que antes. Que los cementerios de mascotas son respetables y la Iglesia bendice a las bestias y esta lucrativa demostración de cariño, pero no es igual. Con prácticas como estas se empieza a perder la perspectiva, y la sociedad inicia una peligrosa deriva hacia el panteísmo y conceptos muy cercanos al sacrilegio. Estoy segura de que el Santo Padre ha aprobado la nueva Instrucción ofendido por la experiencia. En sus viajes por países raros, habrá tenido que ver esos columbarios blasfemos contra la teología y el libre comercio, instalaciones que parecen vulgares taquillas de gimnasio unisex. Eso por no hablar de algunos objetos que hemos contemplado en domicilios particulares de gente muy librepensadora, tales como recipientes no homologados para las cenizas, relicarios paganos y altares de cine para los fallecidos.

Para homenajear a los difuntos, he confeccionado una lista de recomendaciones culturales que creo pueden combinar perfectamente el respeto por las tradiciones, y también, por qué no, seguir siendo moderna (y femenina, me apunta el padre confesor).

Los muertos no se tocan, nene

El día de las ánimas ha inspirado obras muy valiosas para la literatura española, e incluso hay artistas que pasaron sus días como verdaderas almas en pena. El Romanticismo nos dejó varios ejemplos de alguno de estos penurias. Gustavo Adolfo Bécquer debe su obra a una vida desdichada, llena de reveses económicos, hambre, desengaños amorosos y enfermedad, en paralelo a la de su hermano, el pintor e ilustrador Valeriano Domínguez Bécquer. Los dos murieron el mismo año, con meses de diferencia, a causa de la tuberculosis. Las Rimas y Leyendas son un monumento del sevillano al folclore nacional sobre lo lúgubre y la dualidad amor- muerte. Acerca de las tiras cómicas Los Borbones en pelota, atribuidas a los Bécquer, no me voy a pronunciar en este artículo.

Carolina Coronado dejó una obra muy extensa en poesía, teatro, novela y artículos periodísticos. Fue una figura importante de la literatura y la vida social del siglo XIX, pero por su sexo nunca obtuvo el reconocimiento que merecía. Revolucionaria y abolicionista, podemos achacar estas desviaciones del pensamiento a que desde niña tuvo visiones, sufría de catalepsia y a punto estuvo de ser enterrada viva tras un primer ataque. Este pánico la acompañó siempre y motivó que su familia también fuese objeto de sus cuidados. Su hija mayor falleció muy joven y la madre ordenó embalsar el cuerpo y a continuación guardarlo en el compartimento secreto de un convento. Cuando murió su marido, su cuerpo permaneció conservado en el palacio de Mitra (Lisboa), hasta la muerte de Coronado. Fue entonces cuando los dos fueron enterrados en Badajoz (no sin antes permanecer un mes corpore in sepulto). A falta de una edición completa de sus obras, recomiendo algunas novelas muy piadosas, como La exclaustrada, Vanidad de vanidades y La rueda de la desgracia.

En el siglo XVIII, el coronel y escritor José Cadalso representó como ningún otro autor el ideal romántico a la española. Aparte de sus viajes, batallas y condenas al destierro, que fueron provocadas por la publicación de obras satíricas (sin duda, producto del pecado de vanidad), me interesa para este grupo de desventurados su historia de amor con la actriz María Ignacia Ibáñez. Gaditana, como Cadalso, era una mujer ilustrada (es decir, afrancesada) que actuaba en los teatros de Madrid. Durante 1770, los amantes hicieron promesa de matrimonio, pero el Ejército prohibía las bodas con artistas. Mientras Cadalso intentaba una recomendación de arriba para saltarse la norma, «Filis», como la llamaba en sus versos, murió de fiebres tifoideas. Fue enterrada en una capilla de la iglesia de San Sebastián, consagrada a los cómicos. Aquí empieza la leyenda. Dicen que Cadalso llegó a la iglesia de noche, y procedió a levantar la lápida. El pobre don José abrazó a la novia cadáver, siendo detenido por los militares cuando se la llevaba en brazos por la calle Atocha. Parece que esta historia fue avivada tiempo después por autores como Ramón Gómez de la Serna (por cierto, sobrino de Carolina Coronado), al descubrir la obra de Cadalso Las noches lúgubres (1798), sobre un desgraciado que ha perdido en poco tiempo a varios familiares y está intentando convencer al sepulturero del satánico propósito de exhumar el cadáver de su mujer, llevárselo a casa, suicidarse y prenderle fuego a la casa. De obligada lectura en el día de las ánimas, para escarmiento de pecadores, más incluso que el Don Juan de Zorrilla.

Un poquito más recientes en el tiempo tenemos otras Noches lúgubres. Son las que firmó Alfonso Sastre en 1964, el grupo de relatos de terror del dramaturgo que ha abordado en varias de sus obras los temas sobrenaturales (La taberna fantástica, Necrópolis, Demasiado tarde para Filoctetes…). El género de terror es usado con un claro mensaje político por el señor Sastre, lo cual ha sido motivo de graves discusiones en el club de lectura de la parroquia, incluso con apercibimiento de expulsión, pero yo siempre opino que el valor literario debe ser apreciado por encima de ideas totalitarias y espectacularización populista. De las tres partes de que constan Las noches lúgubres, traigo la primera, subtitulada «Las Ventas del Espíritu Santo». Los suburbios de la ciudad, chatarreros, vagabundos, negocios muy dudosos y tabernas inmundas se mezclan en este cuento sobre vampiras de provincias y vampiros exiliados. Siempre los pobres y sus circunstancias. Es una obra maestra, compañeros y comp… digo, hermanos y hermanas.

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Vincent Price, Basil Rathbone, Boris Karloff, y Peter Lorre en La comedia de los terrores, 1963. Imagen: American International Pictures.

La literatura actual tiene también distinguidos ejemplos. Pilar Pedraza continúa su carrera en el campo de lo oscuro y la maravilla, con libros tan fascinantes como Lucifer Circus o los relatos de Arcano 13 (Valdemar 2012 y 2000). En la misma editorial, Emilio Bueso publicó en 2015 una gran colección de cuentos de terror, Ahora intenta dormir, donde la actualidad se muestra desde una terrible perspectiva. Esperando su próxima novela, recomiendo otras incursiones suyas en el género, como la vampírica Diástole (Salto de Página, 2012). En tiempos aberrantes como este, escribir sobre el miedo parece ser la postura más acertada…, eso siempre, claro está, desde una opinión muy atea, liberal y casi diría antiespañola, que yo, por supuesto, no comparto.

Entre los clásicos de la literatura extranjera, no me resisto a incluir algunos relatos fabulosos que considero muy adecuados para leer a los niños y las niñas en estos días. Por ejemplo, Vi, del maestro Nicolai Gógol, historia de brujas, seminaristas y monstruos, pero sobre todo, acerca del miedo (Ed. Nórdica, 2009). La escritora norteamericana Joyce Carol Oates ha dedicado una parte de su prolífica obra al género: he escogido la nouvelle El primer amor, un cuento gótico (Edhasa, 1998), porque fue el primer libro que leí de Oates y por su tenebrosa admonición contra los falsos profetas. Para concluir, destacaré las historias de terror adolescente de Mariana Enríquez, en Cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016).

Pantalla Infernal

Verán, es que las proyecciones en la parroquia fueron canceladas hace hoy diez años. Mira que lo hice con muy buena intención, para que los ancianitos vieran por fin una película española, pero de las buenas, con reparto de primera categoría y además, sobre asuntos muy graves que competen a la Iglesia, pero a la media hora de haber comenzado Memorias del ángel caído (Fernando Cámara y David Alonso, 1997), el párroco, que estaba aplicando los santos óleos en un domicilio particular, entró precipitadamente en el club de cine y ordenó detener la proyección (no es por malmeter, pero estoy segura de que el sacristán, que siempre peca de envidia, fue quien se lo chivó por SMS), alegando no sé qué de atentados contra la salud pública y acusándome de querer matar a los abuelos. ¡Si solo estábamos fumando!

Total, que esta es una breve lista de películas para Todos los Santos. Pero eso sí, solo para mayores con reparos (la tercera), o algunas, aviso, gravemente peligrosas (la cuarta):

1) La muerte viaja demasiado (Claude Autant-Lara, José María Forqué y Giancarlo Zagni, 1965)

Tres episodios a cargo de tres directores europeos, en una muy singular comedia negra. «El ciempiés», «La corneja» y «Miss Wilma» son historias ejemplarizantes sobre la irrupción de la muerte en la vida cotidiana, sobre todo la de Forqué, ambientada en un carromato de circo, con Enma Penella, José Luis López Vázquez, un payaso asesino y la presencia del célebre faquir Daja-Tarto.

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2) La muchacha del sendero (Nicholas Gessner, 1976)

Después de pasar inadvertida mucho tiempo, se ha convertido en un clásico esta película con niña inquietante (Jodie Foster), depredadores de niñas (Martin Sheen) y un oscuro secreto escondido en el sótano de una casa familiar. Inspirada en la novela de Laird Konig, un autor de género poco reconocido.

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3) El carruaje fantasma (Victor Sjöström, 1921)

Si hay alguna película que se puede poner con toda garantía el número uno de cualquier lista sobre el cine y la muerte, es esta. Como un wéstern gótico del norte de Europa, cuenta la terrible historia de un alcohólico maltratador, cuyas fechorías se mezclan con una mujer muy piadosa que intenta salvar sus pecados, y la leyenda de una carreta y su conductor fantasma, que recoge las almas de los muertos. Como curiosidad, la famosa escena del hacha en la puerta de El resplandor, está copiada de esta.

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4) Parents (Bob Balaban, 1989)

Aparentemente se trata de un retrato feliz y optimista, ambientado en los años cincuenta, con el color y el ambiente propios de esa época. El niño protagonista se acaba de mudar a una nueva casa con sus papás (Randy Quaid y Mary Beth Orton), y cada vez le sienta peor el régimen de las comidas. Además, sufre horribles pesadillas en las que ve a sus progenitores entregándose a ritos abominables… Un festín satírico, con caníbales de clase media y experimentos químicos del gobierno.

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5) El hundimiento de la Casa Usher (Jean Epstein, 1928)

La primera adaptación del relato de E. A. Poe (eso sí, muy libremente) para el cine es de una belleza sobrenatural. Guion de Buñuel y Epstein, las imágenes profundizan en la pesadilla y los recursos del surrealismo para contar la historia de una debacle moral y amorosa, con la presencia de las grandes estrellas del cine francés, el matrimonio Margarita y Abel Gance.

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6) En la boca del miedo (John Carpenter, 1994)

Un retrato lúcido de la locura, la creación literaria y el fin de los tiempos. Los fotogramas se retuercen para enseñar al espectador el caos de la mente del protagonista, un trama mitad Stephen King, mitad cosmología de H. P. Lovecraft. La caída en un universo que no distingue realidad de ficción y la consecución del mal en su forma más perversa.

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7) La comedia de los terrores (Jacques Tourner, 1963).

Es tan maravilloso ver a Vincent Price, Peter Lorre, Boris Karloff y Basil Rathbone, que cualquier motivo que les hubiese unido serviría, pero esta película del maestro Tourner es una pirueta de estilo y un absoluto must en la historia del cine. Con guion de Richard Matheson, los que fueron las más grandes leyendas de un estilo encorsetado en la figura del monstruo aquí se entregaban a una parodia cínica y muy atrevida de sus personajes, apareciendo como vulgares seres humanos que tienen que sobrevivir sin poderes de ultratumba.

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Hollywins??

Pues estábamos en el Rodilla chateando sobre el disfraz que iba a llevar la criatura para la fiesta de Jalogüins, ¿sabes? cuando hemos recibido un guasap de la profesora, que ponía una noticia sobre no sé qué de la Iglesia, que había que abrir un enlace que te mandaba a una página… un lío de esos… bueno, que ya en casa lo ha visto tu hermano en la tele y me lo ha explicado. Resulta que el papa ha dicho que no se pueden tener en casa las cenizas y que si las hemos echado al mar, como hicisteis vosotros con la tía vuestra, la que vivía sola, pues eso ya no vale. O sea que no es legal. Ya… No, sí sola, no, yo quería decir que como no se casó al final, ya, pero, oye que sí, que cada una… Que yo lo que quería es a ver qué hacemos ahora. ¿Eh? ¿Oye? No te oigo. Yo lo digo por lo del colegio del niño. ¿Eh? Sí. Verás que te explico. ¿Qué? Ay, no te entiendo, no te oigo. Bueno, mira, que la tumba de tu padre pues podría valer para el mío, sabes, que no habrá problemas para enterrarle allí, ¿no? Que tu hermano dice que no, que ahí puede caber mucha gente. Es que no veas cómo está eso de los entierros, que una tumba cuesta un ojo de la cara… ¿El qué? Ah, ya, ¡el recibo! lo venimos pagando, pero resulta que no tenemos terreno… Pero yo digo de tumba, tumba, porque a mi padre, la verdad, pensábamos en lo de la cremación, ¿no?, que es más rápido y económico y mi madre se podía quedar con los restos en casa. Hay unas urnas preciosas que venden por internet que, bueno, parecen jarrones chinos, una cosa muy bonita. Pero claro, ahora, la pobre está un poco asustada, ¿sabes? a ver si por no enterrarle vamos a tener un problema. ¿Qué? No, bueno, problema… no. Ya, es que no entiendo eso, que no te oigo bien. Es que yo quería decir que mi madre, ya sabes, bueno, tú no, que no vienes nunca, pero, ¿eh? ella va a misa, la pobre, sabes y todo eso. Nosotros no, salvo por lo del niño, pero respetamos. Es que hay que respetar las creencias. Bueno, que lo que quería decir es que yo quería que la tumba esa… pues fuese familiar, porque somos familia, al fin y al cabo. Ya, no. No, eso no sé, pero tu hermano me ha dicho que sí, o sea que sí. ¿Mi padre? ¡Pues claro que no se ha muerto!, qué cosas tienes, yo hablaba, pues en un futuro, por lo que pueda pasar. Ya. No, no, yo no sé nada de eso que dices. ¿Apocalipsis y no sé qué niño muerto? No te entiendo. No, que no oigo. ¿Qué? Ah, el trajecito. Sí, pues la verdad es que, hemos tenido muchas discusiones con el niño, ahí negociando, porque él quería uno de no sé qué, pero, claro, es que no entiende que para la fiesta del colegio no podía ser, porque allí celebran lo de jolygüins y entonces, no veas qué problema, porque claro, los disfraces de santo son muy pocos y para no coincidir, mira…. Como todos iban de san José, pues yo he arreglado el hábito de cartujo con el que hizo tu hermano la comunión, que es mucho más bonito, pero el niño, en fin, pues no le gusta. ¿Qué? ¿Uno de qué? Sí, mi padre se llama Sebastián, como su abuelo. Ah, san Sebastián. Ya. Sí, no. Uy, eso no sé lo que es, aquí es que celebramos los cumpleaños, ¿sabes? Ya, no sé nada de esa historia. Ya, oye, es que no te escucho. ¿Qué? ¡Pero como voy a llevar al niño en calzoncillos y con unas flechas clavadas! ¡Vamos! ¡Ni que fuera el día del Domund!

Y yo que siempre he querido vestirme de santa María Egipciaca…

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El péndulo de la muerte, 1961. Imagen: Alta Vista Productions.