Los Peones Negreros: más se perdió en Cuba

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Proclamación de las Cortes de Cádiz en 1812. (DP)

La historiografía tradicional española sobre la guerra de Cuba, en su versión más extendida, incide mucho en el abuso que los pérfidos estadounidenses cometieron sobre una pobre pequeña potencia de segunda fila, arrebatándole por la fuerza bruta su queridísima colonia aprovechándose de un conflicto interno; nos sabemos bien la película, pero solo a partir del incidente del Maine y las operaciones bélicas de 1898. También hace mucho hincapié en toda la histeria literaria de después de la previsible derrota, el pesimismo y el lamento del regeneracionismo, con ese sentido del pathos tan nuestro, que si la «España sin pulso», que si los nacionalismos, que si la fiesta terminó y hay que fregar los platos. Este análisis sesgado es mitología pura y dura que pasa de puntillas por un buen montón de factores clave sin los cuales es incomprensible todo el proceso. Entre otras cosas porque dejan en no muy buen lugar a unos cuantos «padres de la patria», pero sin los que no se entiende cómo y qué fue lo que realmente se perdió en Cuba; en la liquidación de los saldos del imperio hubo un grupo crucial para comprender no solo este turbio asunto, sino los convulsos acontecimientos de la política peninsular: el poderoso lobby negrero.

Cádiz, 1812. En plena Guerra de la Independencia, los liberales españoles, ante el vacío de poder dejado por Fernando VII, proclaman una constitución; es el principio del fin del Antiguo Régimen. En el texto se define España como la «reunión de los españoles de ambos hemisferios», lo que insinuaba algún cambio de estatus de los habitantes del imperio colonial hispano. Sin embargo, años más tarde, en la Constitución liberal de 1837 y ya independizada la mayor parte de las colonias, la cuestión se aplazaba sine die. Olvido deliberado que obedece, cómo no, al interés económico. Durante la época de la independencia americana, la isla de Cuba se mantuvo bajo dominio español, dado que era básicamente una enorme base de operaciones militares sometida a férreo control: estaba comandada por un capitán general nombrado desde la península, que reunía en su persona todos los poderes de un auténtico virrey. También era un gran negocio: su economía estaba orientada a la producción de tabaco y azúcar, procesado en complejos llamados «ingenios», que hacían amplio uso de la mano de obra esclava. Estos sumaban una cuarta parte de la población de Cuba, prueba viviente de que la importación de negros era también una apetitosa fuente de ingresos. Tráfico que por otra parte era ilegal desde principios de siglo, pequeño detalle que no impedía a una oligarquía peninsular —que iba desde negreros como Julián Zulueta hasta la propia familia rea— amasar enormes fortunas al amparo de esta indefinición política.

Así que hasta mediados de siglo más o menos, Cuba era un vacío legal que tenía a todo el mundo contento; los terratenientes criollos con sus plantaciones y esclavos, los empresarios peninsulares llevándoselo crudo con el transporte de negros, aranceles hiperproteccionistas y la exportación de azúcar. No se movía ni una leve brisilla en el Caribe español. Esta prosperidad cerrada a cal y canto era observada atentamente por la enorme y emergente república vecina, cuyos sucesivos intentos de comprar Cuba deberían haber puesto en guardia a las autoridades españolas. Pero por el momento, el balance de potencias permitía graciosamente a España mantener la soberanía: Gran Bretaña y Francia no querían una Cuba estadounidense, ni los norteamericanos una isla británica.

Este equilibrio interesado se iba a romper hacia mediados de siglo. El primer paso fue la liberalización del comercio, abriéndose la exportación a otros países. Pero el mercado europeo optará por el azúcar de remolacha, convirtiéndose los Estados Unidos en el principal cliente de los productores cubanos (en 1890 compraban más del noventa por ciento del azúcar isleño). Además, era una nación que toleraba la esclavitud, por lo que algunos criollos acariciaron la idea de la anexión, buscando mayor autonomía, menores impuestos y sus negros garantizados. Todo este sueño incongruente de una extraña república liberal esclavista se hundirá cuando los confederados pierdan la Guerra de Secesión en 1865. A partir de aquí, optaron por la vía reformista (dado que España el asunto de los esclavos no lo tocaba) para mejorar sus condiciones económicas. El rechazo del régimen de Isabel II a conceder cualquier tipo de autonomía a los propietarios cubanos arrojó a unos cuantos a las filas independentistas.

La revolución democrática de septiembre de 1868 en España —la Gloriosa— que echó a la reina del país, parecía que iba a traer por fin un estatus legal de provincia española a la isla, con la concesión de derechos civiles y abolición de la esclavitud, todo prometido por los revolucionarios. Sin embargo, a esas alturas pocos cubanos creían en las promesas de la administración española, que les había negado todo eso durante décadas. Los vientos de reforma llegan tarde: Manuel Céspedes, un hacendado criollo, proclama la independencia cubana desde su ingenio de La Demajagua, en lo que se conoce como el Grito de Yara. Además, promete la emancipación de los esclavos que se le sumen. El primer independentismo cubano estará por tanto formado por dos sectores sociales: los negros y mulatos en busca de su liberación, y los pequeños propietarios criollos pidiendo derechos. Las guerrillas insurgentes comenzaron una feroz guerra de saqueos, sabotajes y emboscadas. El capitán general Lersundi contaba con tan solo siete mil hombres en la isla, que empleó a fondo para ahogar en sangre la revuelta, pero la rebelión crecía y los independentistas pronto controlaron las provincias Oriental y Camagüey. Justo en el peor momento posible para el flamante gobierno peninsular, que verá cómo el asunto cubano le explota en la cara.

Una de las reivindicaciones principales de las clases populares que se sumaron con entusiasmo a la Gloriosa, punto fuerte del programa reformista de Prim, era la supresión de las odiadas «quintas». Se trataba de levas obligatorias de reclutas que el Estado sancionaba cuando necesitaba tropas; después de décadas de guerras carlistas e intervenciones en Marruecos, Cochinchina o México, la población estaba muy cansada ya del carísimo tributo de sangre que pagaba y las diputaciones hacían todo lo posible por buscar dinero con que eximir a sus chicos del combate. Con el inicio de las hostilidades, Prim tuvo que ciscarse en su promesa y decretar una «quinta» de veinticinco mil hombres para Cuba, lo que provocó que las mujeres madrileñas salieran a protestar airadamente. Por otro lado, el nivel de motivación, eficacia y entrenamiento de esta clase de tropas era muy dudoso.

En estas circunstancias, las familias burguesas con intereses en Cuba y los negocios negreros decidieron buscarse la vida por su cuenta para acabar con la rebelión. Frontalmente opuestos a cualquier modificación del status quo, desde el Banco de la Habana movieron sus abundantes capitales. Gente como Güell, Antonio López o Colomé por parte de la burguesía catalana, o negreros como Sotolongo o Pulido formaron el «partido español» y se dedicaron a reclutar los llamados «Voluntarios del Orden» por dieciséis reales cada uno (más del doble de lo que cobraba un peón albañil). Estos batallones de grato recuerdo en toda la isla se dedicaron a combatir a los independentistas, incendiando o saqueando casas y haciendas y cometiendo todo tipo de tropelías contra los civiles «sospechosos».

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Guerra de Cuba, el embarco en el puerto de Barcelona de los voluntarios catalanes en 1870, de Ramon Pedro Pijoan.

Prim veía con claridad que la solución pasaba por una mayor autonomía, otorgar la ciudadanía española y abolir la esclavitud, términos que negociaba con los Estados Unidos, siempre presionando al gobierno español. Así llegó a Cuba el general Dulce, con la misión de negociar con los sublevados y pacificar la isla. Esto no lo podía consentir de ninguna manera el «partido español» de los negreros, así que se dedicó a sabotear los esfuerzos por pactar con Céspedes —asesinato del general Arango—. Dulce salió de Cuba echando pestes de los salvajes «voluntarios españoles» que «ensuciaban la bandera» patria dejando al gobierno en una curiosa paradoja. Por una parte, deseaba aplicar en Cuba la Constitución de 1869 y convertirla en provincia, pero por otra se veía atado de pies y manos ante los intereses del lobby negrero, que a fin de cuentas estaba pagando la guerra.

En este contexto, los ministros demócratas responsables de la cartera de Ultramar, Manuel Becerra y Segismundo Moret después, intentaron sacar adelante un proyecto de ley abolicionista, que se presentó al Congreso en 1870. La ley Moret preveía la libertad de vientres (los hijos de esclavo nacían libres), así como un impuesto especial a la esclavitud, la liberación de los ancianos, de los esclavos del Estado o de aquellos que ayudaran a las tropas españolas. Era una ley escalonada, con mucho jabón para no perder apoyos de aquellos que en definitiva estaban financiando la lucha. Aun así, la oposición fue firme, destacando especialmente en su labor obstruccionista en el Parlamento los diputados Cánovas del Castillo y Romero Robledo.

Mientras todo este jaleo tenía lugar en el Congreso, los del «partido español» seguían haciendo negocietes no muy limpios aprovechándose del conflicto: Manuel Calvo, copropietario de la naviera Antonio López y Compañía continuaba con el transporte de negros. Firma que además tenía la concesión exclusiva del traslado de tropas españolas a la isla; ingreso doble para el Marqués de Comillas. Manuel Girona, director del Banco de Barcelona, recaudaba fondos para contratar «voluntarios españolistas» y con la otra mano hacía préstamos a la Diputación barcelonesa para pagar la redención de los quintos de la ciudad. Estos eran el bando de los «patriotas». Pero esto no es lo peor; en su huida hacia adelante, no se detendrán ante nada.

En diciembre de 1870 Prim fue asesinado, posiblemente por instigación del duque de Montpensier, candidato al trono que ocuparía Amadeo de Saboya y que podría ocultar intereses cubanos detrás, aunque solo sea por la curiosa coincidencia de que nada más diñarla el militar catalán, el nuevo ministro de Ultramar, Ayala, paralizó la Ley Moret. Pero con el apoyo del nuevo monarca los gobiernos no cejaron en su propósito reformista: en 1872, el gabinete de Ruiz Zorrilla insistió en presentar al Congreso otra ley abolicionista. Aquí los negreros sacaron las uñas y las carteras, afilaron sus colmillos y echaron espumarajos por la boca: por todo el país se fundaron los llamados «Círculos Hispano-Ultramarinos» (Barcelona por los Güell, Madrid por el marqués de Manzanedo, Valencia, Sevilla, Jerez, etc.), asociaciones de empresarios con intereses en Cuba que formaron una red de presión política nunca vista hasta la fecha.

Con una contumacia sin límite, se dedicaron a difundir la idea de que abolir la esclavitud era «antipatriótico», desatando una oleada de histeria vociferante a través de los periódicos que controlaban. La campaña contra el gobierno arreció; la medida era el hundimiento económico de la nación, la traición a la patria y la fractura de España. Los «Círculos» y la posterior «Liga Nacional» de productores exigía dimisiones y mano dura con un gobierno que llevaba a España al desastre, los diputados conservadores trabajaban duro en las Cortes… Este brutal acoso al Ejecutivo se cobró sus frutos: coincidiendo con un alzamiento carlista y el descontento de los federales republicanos, el rey se vino abajo ante la presión negrera y abdicó, huyendo de este país de pesadilla. En 1874 estaban íntimamente conectados con los sectores políticos que conspiraron para derribar a la I República, siendo los alfonsinos, los militares y los negreros las tres caras de una misma moneda. La pieza que amalgamaba todo era el papá de la Restauración Monárquica, Antonio Cánovas del Castillo, muy implicado en el lobby cubano; emparentado con los Sotolongo, su hermano José era director del Banco Español de Cuba y su cuñada Mercedes Tejada O’Farrill procedía de una ilustre familia negrera. Su colega político Romero Robledo estaba casado con la hija del mencionado Zulueta.

Aunque había sido ministro de Ultramar y conocía a la perfección el problema cubano, Cánovas optó por favorecer a sus amiguetes con más inmovilismo, adornado eso sí con alguna que otra reforma. Con cien mil soldados ya en la isla, el general Martínez-Campos llegó en 1876 para terminar la guerra, cosa que logró tras negociar con los rebeldes la Paz de Zanjón dos años después. Para ello tuvo que hacer concesiones reformistas: España se comprometía a otorgar a Cuba un estatus similar al de Puerto Rico, abolir la esclavitud, implantar la libertad de prensa, ayuntamientos, autorizar la formación de partidos políticos e incorporar diputados cubanos al Parlamento. Pero cuando Martínez-Campos defendió en el Congreso lo que había firmado en Zanjón, los antiabolicionistas hicieron lo de siempre y el general quedó con el culo al aire sin poder cumplir lo pactado.

Tras la Guerra Chiquita (1879-80), el independentismo se retiró a sus cuarteles de invierno y se dedicó a organizarse políticamente. En 1892 José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano, cuyo objetivo era evidente. La secesión era un proceso imparable, más habida cuenta de la torpe e interesada visión de Cánovas sobre el asunto: Cuba era innegociablemente suelo español y por ello una cuestión de orden interno y no un problema internacional, ficción que mantenía a pesar de las continuas injerencias estadounidenses. No aceptaría presión o mediación alguna de otras potencias y se negaba a negociar con los rebeldes cualquier tipo de acuerdo autonomista. Así las cosas, en 1895 volvió a estallar la guerra, en plena minoría de edad de Alfonso XIII.

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Asesinato de Antonio Canovas del Castillo en el balneario de Santa Águeda (Guipúzcoa), por el anarquista italiano Michele Angiolillo, 8 agosto 1897. (DP)

Al general Martínez-Campos le tocó dirigir las operaciones, y cruzó toda la isla con sus tropas, por entonces la abrumadora cifra de trescientos mil soldados desmoralizados, mal armados y en muchos casos enfermos. Pero los cubanos obtenían suministros y voluntarios de los Estados Unidos, estaban mejor preparados, altamente motivados y jugaban en casa; contraatacaron la retaguardia española con emboscadas que rápidamente se ocultaban en la manigua. Martínez-Campos se dio cuenta de que no podría ganar la guerra sin tomar medidas drásticas contra los civiles simpatizantes y dimitió. Cánovas decidió mandar entonces a un tipo hoy muy popular en Cuba, un general pequeñajo y bigotón con muy malas pulgas: Valeriano Weyler. Este pedazo de animal reagrupó a las tropas españolas y tuvo la feliz idea de dividir la isla abriendo trochas transversales de norte a sur, dotándolas de redes de torretas y blocaos que impedían el tránsito de la población. Los cubanos debían «reconcentrarse» en las áreas designadas a tal efecto. Sí, como suena, el visionario de Valeriano tiene el dudoso honor de inaugurar la infausta moda de los campos de concentración que tanto éxito tendrá en el siglo XX.

Obviamente la opinión pública internacional —sobre todo Estados Unidos— no se quedó quieta mirando. En mitad de un clima de agresivo imperialismo, con España sin un triste aliado debido a su «autismo» en política exterior y el comercio del azúcar colgando de un hilo, el gobierno del presidente McKinley pasó a decidir la intervención en la isla de una santa vez. Con fuerte apoyo de la opinión pública y una campaña de prensa que se hacía eco de los atropellos de Weyler (los reales y los inventados), los intereses económicos prevalecieron; los norteamericanos no podían permitirse más destrucciones en la isla, la paralización del comercio del azúcar y las pérdidas que conllevaba la incertidumbre en Wall Street, en vista de que España era inoperante para resolver el temita. Solo había dos finales posibles para impedir la entrada de los Estados Unidos en el conflicto y perder la isla: o se ganaba YA a guantazos (Cánovas), o se concedía YA la autonomía (Sagasta). Cánovas le puso la decisión a la regente María Cristina encima de la mesa y esta optó por la primera opción. Pero en verano de 1897 el líder conservador se tomó unas vacaciones en el balneario de Santa Águeda. Eternas, puesto que fue asesinado por un anarquista italiano, aunque de nuevo se sospecha de intereses cubanos. A Sagasta le tocó tragarse el sapo de la previsible crisis final y consumación del archifamoso desastre.

La concesión de autonomía llegaba, otra vez, muy tarde. Estados Unidos tenía decidida la ocupación; en febrero de 1898 el Maine cumplía su «misión» de fabricar un casus belli estallando en el puerto de La Habana. En contra de lo que se suele creer, todos los políticos españoles eran perfectamente conscientes de que era imposible resistir a los norteamericanos y deseaban una rápida derrota lo más indolora posible. Tenían muchísimo miedo de que entregar la isla sin lucha desairase a los militares, así que perderla manu militari ante una superpotencia era una salida honrosa que no pondría al régimen de la Restauración en riesgo de caída. Los empresarios que tan furiosamente habían defendido no conceder ni el más mínimo cambio colocaron sus bienes lo mejor posible ante el previsible cambio político. La prensa y la Iglesia desataron una furibunda campaña patriotera tras la declaración de guerra de abril del 98, pero la respuesta popular no fue tan entusiasta. Al contrario, el español de a pie estaba hasta el moño de la guerra cubana, de ver a sus familiares morir o volver con enfermedades crónicas y del tremendo coste económico que soportaban; las derrotas fueron recibidas con indiferencia por la población. Tras una heroica e inútil resistencia de los famélicos campesinos de uniforme que defendían la isla, por los acuerdos de París, España reconocía a Cuba como Estado independiente, vendía a Estados Unidos las islas Filipinas por veinte millones de dólares y las Palaos, Carolinas y Marianas a Alemania por veinticinco millones de pesetas.

Tras el último acto de este drama que en definitiva padecieron en sus carnes las clases bajas españolas y cubanas, se abrió un lúgubre y desmesurado debate sobre el Desastre. Muchos políticos, intelectuales y escritores (Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, Joaquín Costa, y un largo etcétera) hicieron gala de un pesimismo sin límites y se dedicaron a hablar en términos exagerados de la degeneración de España y de la necesidad de modernizarla, sanearla y ponerla bonita y reluciente. En el fondo la realidad no era tan fúnebre como pueda parecer: el sistema político de la Restauración sobrevivió intacto, e incluso se le dio un impulso con las reformas regeneracionistas. La crisis había comenzado mucho antes y no tenía que ver con Cuba, sino con el difícil encaje que tenían las fuerzas políticas emergentes como el obrerismo, los partidos al margen del sistema de turnos o los nacionalismos periféricos.

Cuba no fue arrebatada por los estadounidenses, sino por la avaricia inflexible de un grupo de sinvergüenzas que tenían en la isla su particular gallina de los huevos de oro, y la incapacidad de los gobiernos españoles para dar salida a las aspiraciones de unos súbditos que tampoco pedían más de lo que se disfrutaba en España o terminar con el penoso tráfico de seres humanos. ¿Los empresarios del lobby negrero? Pues después de forzar una abdicación, de estar detrás de nada menos que cuatro conflictos y posiblemente un par de magnicidios, cerraron el negocio de la trata y siguieron con sus otras actividades empresariales como si nada. A otra cosa mariposa. Mención de honor para la burguesía catalana, que tras la guerra decidió que Madrid no había hecho suficiente para defender sus intereses y se arrojó en brazos del catalanismo de la Lliga Regionalista. Nada nuevo bajo el sol.

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Manifestación en las Ramblas de Barcelona a favor de la guerra de Cuba conta Estados Unidos (DP).


Por España y contra el rey

Entre los años veinte y los años treinta del siglo pasado, un buen número de reyes europeos decidieron suicidarse políticamente. Víctor Manuel III de Italia le dio el poder a Mussolini. Carol II de Rumanía hizo lo mismo. Aparentemente, obvió que los guardias de hierro rumanos eran tan fascistas como los camisas negras italianos. Boris de Bulgaria, Jorge de Grecia y Alejandro de Yugoslavia también favorecieron las dictaduras.

No fueron los únicos gobernantes que cayeron en la tentación de olvidarse del sistema democrático parlamentario que previamente habían jurado defender y que les había otorgado el poder. El canciller Dolfluss en Austria, después de reprimir violentamente a los obreros y grupos de izquierda y de montar una dictadura personal, fue asesinado por los nazis. También hubo generales en Polonia y Hungría que instauraron dictaduras.

Durante los años veinte y treinta, casi toda Europa se llenó de dictaduras. En bastantes casos, y esos son los casos que nos interesan, con la ayuda directa de la monarquía, que lejos de desaparecer como institución fue la primera en legitimar y bendecir el nuevo orden político.

Alfonso XIII fue uno de los que primero favorecieron la dictadura. Viendo el camino cómodo y fácil descubierto por Víctor Manuel, el rey comprendió muy bien que esa podría ser la solución a sus problemas. El «expediente Picasso», que daba cuenta de lo ocurrido en Annual, tenía fecha para ser debatido en el parlamento. Justo entonces se produjo el golpe de estado de Primo de Rivera. Y justo al día siguiente del golpe de Estado, toda la documentación relativa al expediente Picasso fue incautada por orden del general.

El informe Picasso, en principio estrictamente militar, analizaba el llamado «desastre de Annual», una derrota que había sufrido el ejército español en Marruecos. El problema para el rey era que vinculaba esta derrota con el papel directo del monarca, no solo por su amistad con el general Silvestre, uno de los generales señalados como principales culpables del desastre por el informe, sino también por el interés especial del rey en esa zona geográfica, interés debido a motivos económicos, en concreto, la explotación de las minas del Rif.

Blasco Ibáñez, desde su exilio francés, no dejó de mencionar este hecho. Pero en España la prensa estaba controlada por la dictadura. En una breve noticia de 1924 del periódico valenciano Las Provincias se puede leer: «El novelista Vicente Blasco Ibáñez ha realizado, en el extranjero, una campaña contra el monarca Alfonso XIII. Blasco insultó al rey en un folleto, lo que provocó un movimiento de protesta. El Consistorio quitó su nombre a una plaza.» No explicaba mucho más.

El público no debía saber en qué consistía esa crítica mordaz al carácter del rey, quien, cuando años después fue exiliado en Roma, cuentan que reía de su condición de exiliado metiéndose las manos en los bolsillos, volteándolos y mostrándolos vacíos mientras decía: «Estoy sin blanca, son un rey exiliado». Pero sin blanca, lo que se dice sin blanca, no estaba. Iba con su deportivo al casino de Montecarlo y ayudó a Franco con un millón de libras esterlinas.

¿De dónde sacó el dinero? Paul Preston, en Un pueblo traicionado, analiza la corrupción de los gobernantes españoles desde 1876 hasta nuestros días: «Empezando por la monarquía y siguiendo por la iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo». El ejército, a su vez, era el pilar que mantenía todo el edificio en pie: «El ejército pensaba que tenía el derecho de interferir en política para salvar España. Por desgracia, ese objetivo de apariencia noble, en realidad era defensa de los intereses y privilegios de sectores relativamente reducidos de la sociedad». Lo mismo denuncia Blasco Ibáñez cuando «dispara al rey: «Un ejército poseedor de todos los medios destructivos oprime al país y le es fácil borrar con fusiles y ametralladoras las quejas de la muchedumbre desarmada».

Los generales, no obstante, no actuaban por su cuenta. El ejército defendía a la monarquía porque la monarquía a su vez colmaba de favores al ejército: «En el curso de los últimos cincuenta años, la monarquía española únicamente ha pensado en halagar al ejército. Creyó que teniendo a sus órdenes la fuerza armada no debía preocuparse de otra cosa. Al que protestase se le ametrallaría. Contando con la adhesión de las tropas podía permitírselo todo y vivir descansadamente. El resto del país no ha existido para los reyes».

Cuando Blasco Ibañez publicó en 1925 «Por España y contra el rey», ya tenía sobrada experiencia en exilios, cárceles, juicios por calumnias y toda suerte de violencia contra su obra y, a veces, contra su propia vida. Aquí encontramos una serie de artículos y folletos que el autor ya había dado a conocer al público francés desde el año anterior. Pero, naturalmente, no escribía solo para el público francés, sino para los españoles que algún día leerían su libro. Lamentablemente, Blasco Ibáñez murió en 1928 y no vio el final de la dictadura ni la posterior caída de Alfonso XIII, después de varios desesperados intentos de aferrarse al poder.

Alfonso XIII podía pasar largas noches en lujosos casinos, pero sentía nostalgia por su patria. Se había ido de muy mala gana. Pese a que en público expresó: «… resueltamente quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro, en fratricida guerra civil», lo cierto es que trató de que los principales jefes militares de cada región le ayudasen a mantener la monarquía. Un párrafo posterior de su discurso de despedida nos da una idea de lo que piensa de su exilio: «No renuncio a ninguno de mis derechos porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuentas rigurosas». No abdica y piensa volver a ser rey en cuanto le sea posible el regreso.

En 1925, Blasco Ibáñez hizo un fiel retrato del prototipo de Borbón: «Pretenden que el rey sea un personaje simpático», señalando a los periodistas propagandísticos y serviles. Hagan una cosa, vean una de esas viajes películas mudas en las que sale nuestro campechano y alegre Alfonso XIII… ¿No les cae simpático?

Este texto es el prólogo del libro Por España y contra el rey, de Vicente Blasco Ibáñez, que acaba de publicar West Indies Publishing Company. Se puede adquirir aquí.


Los hombres y mujeres que no pudieron reinar

Ilustración: Jason Train (CC BY 2.0)

En uno de los momentos más memorables de los Monty Python cuatro ricos de Yorkshire comenzaban a rivalizar entre ellos por ver quién tuvo la infancia más miserable. Intuitivamente nos resulta extraño que pueda presumirse de tal cosa, pero la escena nos resulta sorprendentemente reconocible… y por ello tan divertida. «Es gracioso porque es verdad», que diría Homer. Alardear de un pasado sumido en la pobreza y las dificultades es una forma muy común de decir que uno está forjado de materiales sólidos aunque ahora yazca entre algodones y, sobre todo, de exhibir el orgullo por lo logrado. Si en la sociedad feudal uno podía ser pobre pero al menos sobrellevarlo como una fatalidad del destino que no te definía moralmente, en el capitalismo (al menos formalmente) meritocrático contemporáneo, al malestar de la escasez hay que añadirle el escarnio de ser responsable a ojos de los demás de atravesar tal situación. Salvo, como decíamos, si esa pobreza se sufre en la infancia, de la que uno no es responsable.

De manera que si enriquecerse indica buenas cualidades morales (disciplina, tenacidad, talento…), hacerlo partiendo de cero es prácticamente el único acto de heroísmo actual, a falta de dragones, justas o batallas. Ser un «hombre hecho a sí mismo» es el mandato de nuestro tiempo, aunque a veces suene como el barón Munchausen sacándose a sí mismo de un agujero a base de estirarse de los cordones de los zapatos. Así que no hay biografía de celebridad que no enfatice los orígenes humildes, con grandes fortunas iniciadas vendiendo limonada a los vecinos y tecnologías revolucionarias desarrolladas en algún garaje. El cine, la música y la literatura también abundan en tales trayectorias ascendentes, precisamente parte del encanto que tiene lo underground está en lo que tiene de sopa primordial de modas y artistas que surgen de él, esos inicios de alguna carrera que alcanzan el estatus de mito, aquellos primeros discos que son los buenos antes de, cómo no, «volverse demasiado comercial». Ese fermento subterráneo es el que, además, permite al artista entrar en contacto con la autenticidad de la vida, de donde sacará (o dirá sacar) sus letras, sus narraciones y sus personajes atormentados. Luego, ya alcanzado el éxito, a vivir como un rey.

Bien, ¿y qué hay cuando la trayectoria es la inversa? Cuando la base de la pirámide social es el destino y su cúspide el lugar del que se provenía, ¿no sería eso lo genuinamente underground? Dice más de nuestras intenciones adónde vamos que el lugar del que provenimos y no hay fe más intensa que la del converso, ni patriota más estricto que quien era forastero hasta antes de ayer. En una mística de los bajos fondos, entre perdedores y marginales nadie merecería más atención que los reyes destronados. Tal vez sean afortunados en comparación con los que resultaron asesinados, ciertamente, aunque al menos estos últimos no tuvieron mucho tiempo para sufrir por su caída en desgracia y desde luego tampoco les debió sorprender demasiado un final tan abrupto. Un estudio realizado en 1994 en torno a todos los reinados del continente europeo desde el siglo VII hasta el inicio del XIX encontró una cifra total de mil seiscientos veintiocho monarcas, de los que nada menos que doscientos dieciocho fueron asesinados. Con un 14 % de posibilidades de muerte violenta, cabe decir por tanto que es la profesión más peligrosa conocida. Recordemos aquella fantástica película, El hombre que pudo reinar. El par de buscavidas que la protagonizaban, dos antiguos soldados británicos en la India colonial, parten hacia las ignotas tierras del noroeste buscando fama y fortuna. El interpretado por Sean Connery muere a manos de la turba al poco de ser coronado mientras que su leal adjunto, aquel encarnado por Michael Caine, sobrevive de mala manera y será por tanto quien convertirá en leyenda al primero al regresar a la civilización. Pocas dudas quedan de quién de los dos se llevó la peor parte…

Puestos a rememorar a reyes destronados, qué mejor manera de comenzar que mencionando una república. Fijémonos en Lucio Cornelio Sila, nacido en el 138 a. C. en una familia aristocrática, aunque de posición económica relativamente humilde, como mandan los cánones. Su forma de ascender fue indudablemente meritoria, introduciéndose en el underground de su tiempo, que era el mundo del teatro, lo que le permitió seducir a cortesanas de lujo que le proporcionaron un buen sustento que le posibilitó entrar en política. Allí medró hasta llegar a ser dictador y, tras usar el poder con mano firme para aniquilar a todos los enemigos, se retiró, para sorpresa de todos, en el 80 a. C. Esa nueva etapa es un contrapunto a lo que tantas veces se vería posteriormente en los exmandatarios, pues le permitió retomar su relación con aquellas amistades del teatro forjadas años atrás para, en palabras de Plutarco, «beber con ellos y contender en bufonadas y chistes, haciendo cosas muy impropias de su vejez y que desdecían mucho de su autoridad». Todo un ejemplo de jubilación provechosa. Bastante peor le fue a Guillermo III de Sicilia, quien tras subir al trono con apenas ocho años se vio forzado a abandonarlo siete meses después, siendo torturado hasta quedar castrado y ciego. Según algunos, se convirtió en monje que vivió en el anonimato hasta ser descubierto por el hijo de quien le arrebató el reino y lo mandó ejecutar cuando contaba con cuarenta y seis años. Según otros, murió mucho antes, con apenas doce. Una vida corta y desdichada para un rey, en cualquier caso. Lo de perder la vista además del trono es algo bastante común, hemos de añadir, pues ese fue el destino de, entre otros, Sergio II de Nápoles, Vladimir de Bulgaria, Al-Muttaqui, Ansfrido de Friul, Isaac II Ángelo, Mansur II, Dobroslav II y su inmediato sucesor, Dobroslav III (también castrado, de paso).

El caso de Irene de Atenas merece una mención especial. Nació en el año 752 en el Imperio bizantino y pronto quedó huérfana, aunque su belleza le permitió contraer matrimonio con León IV. Con veintiocho años quedó viuda, pasando así a ser regente hasta que su hijo Constantino VI pudiera gobernar. Pronto le cogió afición al puesto y tomó decisiones importantes, como la de abolir las leyes iconoclastas que impedían la representación de imágenes religiosas (una querella que tendría gran calado en la historia del arte), pero relegó del cargo a su descendiente cuando este ya tenía edad para el trono y terminó siendo desterrada por él. Pudo regresar, sin embargo, y recuperar el poder, tras lo que condenó a su hijo a que le sacaran los ojos, eligiendo para ello la estancia en la que lo había dado a luz. Yo te doy vida, yo te la quito, debió de querer expresar. Finalmente terminó desterrada a la isla de Lesbos, donde se vio obligada a sobrevivir trabajando como una hilandera de lana. Nos acostumbramos mucho antes a los ascensos que a las caídas, por lo que no resultaría nada fácil verse así tras haber llegado a lo más alto.

Tal vez por ello muchos reyes depuestos han acabado entregándose a la oración y la meditación religiosa. Ahí tenemos a Boril de Bulgaria, emperador que tras once años enfrentándose a alzamientos e invasiones a menudo promovidas por familiares suyos resultó capturado, lo dejaron ciego y terminó sus días recluido en un monasterio. Otro emperador que siguió ese camino, más cercano a nosotros, fue Carlos V. El poder trae muchos sinsabores, lo que unido a los problemas de salud que le afectaban le llevó a optar por la abdicación en su hijo Felipe II en una solemne ceremonia que tuvo lugar en Bruselas en 1555, en la que le dijo: «Si más tarde deseáis, alguna vez, buscar como yo el reposo en la vida privada, ojalá tengáis un hijo que merezca que le tendáis el cetro con tanta alegría como yo lo hago hoy». Acto seguido, vino a España para vivir junto al monasterio de Yuste, en retiro espiritual junto los monjes de la Orden de San Jerónimo hasta que expiró tras una larga agonía por paludismo. También Jacobo II de Inglaterra encontró consuelo divino tras perder el trono, en lo que la historia denominaría como Revolución Gloriosa, precisamente por cuestiones vinculadas a la religión, dado que era católico en un país de mayoría protestante. Caso semejante al de Cristina de Suecia, que abdicó al no querer contraer matrimonio y poco después se convirtió al catolicismo, mostrando desde entonces una gran devoción.

Mucho más cercana geográfica y temporalmente fue la huida de Alfonso XIII tras la proclamación de la Segunda República. Exiliado en diferentes ciudades europeas, por miedo a quedarse en la ruina despidió a su personal e hizo alojar a su familia en un austero hotel de Fontainebleau. Si alguien le pedía explicaciones, respondía con humor poniéndose los bolsillos del revés mientras decía: «¡Comprendedlo! ¡Estoy sin guita! ¡Soy un rey en paro!». La relación con su mujer, harta de sus infidelidades, fue deteriorándose hasta que se separaron. Desde entonces vagó sin rumbo, sabiéndose fuera de lugar en todas partes, pues, como dijo en cierta ocasión, «a la larga, los reyes exiliados aburrimos». Puede que aburran a su entorno, no se lo discutiré, pero desde luego entretienen bastante al público con sus andanzas. Ahí tenemos a Leka, exiliado de Albania cuando esta fue invadida por Italia en 1939. Tras peregrinar por varios países encontró refugio en España, hasta que en 1979 se descubrió el arsenal de armas de guerra que guardaba, al parecer, para recuperar el trono a las bravas. Eso le supuso la expulsión del territorio nacional, aunque el rey Juan Carlos, amigo personal suyo, medió ante el Gobierno para que se le facilitara el traslado junto a todo su arsenal en un vuelo a Liberia. En 1997 consiguió que se celebrase un referéndum en Albania en torno a la monarquía, que fue respaldada por apenas un 30 % de los votantes. Este no era uno de aquellos reyes destronados dedicados a la oración y la melancolía, de manera que, al ver que el resultado no era el previsto, se lio a tiros, literalmente. Hubo una víctima mortal y él tuvo que salir de nuevo precipitadamente del país.

También estuvo envuelto en un tiroteo el príncipe Víctor Manuel de Saboya, hijo del último rey italiano. El incidente tuvo lugar en el intento de robo de una embarcación propiedad del aristócrata, se saldó con un muerto y el príncipe terminó siendo absuelto. Aunque más adelante acabó en la cárcel por delitos de corrupción y proxenetismo y, ya en 2004, con motivo de la boda de Felipe VI, terminó liándose a puñetazos con su primo. Su hermana Beatriz de Saboya también dio mucho que hablar con su vida muelle, de fiesta en fiesta en las embajadas de Madrid durante los sesenta, que culminaron con su enamoramiento no correspondido de un torero y el consiguiente intento de suicidio, para acabar ingresada un tiempo en un centro psiquiátrico. Al salir, la cosa no mejoró mucho, pues inició una relación con un galán italiano de medio pelo que ya estaba casado, luego probó con un príncipe sirio y, más adelante, con un diplomático argentino con el que tuvo algún desencuentro, pues de nuevo intentó suicidarse. Finalmente se casaron, tuvieron tres hijos de los que el primero se suicidó, ella cayó en el alcoholismo y la depresión, llegó el divorcio y su exmarido fue más adelante encontrado muerto en extrañas circunstancias. En fin, una calamidad detrás de otra y otra vida rota a sumar a todas las anteriores. ¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto? Pues, en primer lugar, que el trono sienta tan mal como el anillo de Gollum a su infortunado poseedor (y poseído por él), que este hecho debería reconciliarnos con nuestra condición de villanos, y que, tal vez, esté por hacer un nuevo sketch no ya con cuatro burgueses, sino con cuatro reyes destronados rivalizando en su desgracia. Material no faltará. 


Madrid está hueco

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«¡Ah, querido amigo! ¿Qué diría usted si yo afirmase que estamos encima de una sinagoga? ¿Eh? La cosa es fuerte. Pues sí, señor. Cuando la persecución de los judíos, estos erigieron un templo subterráneo; yo me lo figuraba, viendo el número de casas con galerías ocultas que hay en Madrid. Existe una ciudad subterránea cuya existencia nadie sospecha». Este fragmento de la novela La torre de los siete jorobados, escrita por Emilio Carrere en 1920, demuestra que la fascinación por el subsuelo de Madrid no es algo nuevo. Con un pie en la realidad y otro en la ficción, Carrere dibujó una infraurbe laberíntica y gótica, habitada por una grotesca banda de falsificadores contrahechos. 

Y aunque la idea de una ciudad oculta bajo la Villa y Corte pueda sonar a disparate, tiene una base tan sólida como la tapa de una alcantarilla. Para demostrarlo, vamos a explorar el oscuro hormiguero que late en las entrañas de Madrid: un intrincado mapa con más de cuatro mil quinientos kilómetros de túneles, galerías y pasadizos que nos permitirán recorrer la ciudad de punta a punta sin poner un pie en la superficie.

La Torre de los Huesos

En 1996, la obra de un aparcamiento subterráneo en la plaza de Oriente puso al descubierto una atalaya de origen islámico, construida en el siglo XI por la población musulmana como parte del sistema defensivo de la ciudadela de Mayrit. 

Los restos que se conservan de esta construcción islámica, llamada Torre de los Huesos por su cercanía al antiguo cementerio musulmán Huesa del Raf, se exhiben hoy en las dependencias del aparcamiento: allí es posible palpar la base rectangular de la atalaya, que combina mampostería de sílex en los paramentos con sillares de piedra caliza en las esquinas.

Pese a que la mayoría de los expertos coinciden en que se trata de restos de arquitectura árabe, algunos autores han defendido el origen cristiano de la atalaya, puesto que cristianos eran quienes construyeron una muralla junto a ella en el siglo XII. Los restos de tal muralla, por cierto, aún pueden verse en el interior de la prestigiosa pastelería Santa Eulalia, en el número 29 de la calle Espejo. 

Del mismo modo, todavía existen vestigios de los pozos y norias excavados por los árabes para captar las aguas subterráneas de Madrid: por algo Mohamed I bautizó al germen primigenio de la Villa y Corte como «Mayrit», que significa ‘tierra rica en agua’.

La cripta del obispo

Los Vargas fueron una de las familias más poderosas de la Baja Edad Media. Iván de Vargas fue amo del mismísimo san Isidro Labrador, futuro patrón de Madrid. Y su descendiente, Francisco de Vargas, recibió en 1520 el permiso del papa León X para edificar la capilla de Santa María y San Juan de Letrán, con el objeto de guardar el cuerpo incorrupto de san Isidro, que le arrebató a la parroquia de San Andrés. Entre la Casa de los Vargas y la capilla se construyó un amplio pasadizo para que los nobles pudieran pasar a adorar al santo sin salir a la intemperie. 

Como en 1544 los restos de san Isidro volvieron a su parroquia de origen, el que entonces era propietario de la capilla, el obispo don Gutierre de Vargas, decidió transformarla en una suntuosa cripta para él y sus padres, ampliando el recinto, dotándolo con un impresionante retablo y llenándolo con monumentos funerarios, objetos de plata y atuendos litúrgicos variados.

No contaba el obispo con que, en los años sesenta del siglo XX, unos ladrones aprovecharían el pasadizo de los Vargas para acceder a la cripta y robar armaduras, espadas, cotas de malla y otros valiosos objetos que allí se guardaban. 

El pasadizo de la Encarnación

Este pasaje conectaba el antiguo Alcázar de Madrid con el monasterio de la Encarnación. Fue excavado a principios del siglo XVI por deseo expreso de la reina Margarita de Austria, que gustaba de visitar con frecuencia el convento del que era fundadora.

Su hijo, Felipe IV, no solo heredó y aprovechó el pasadizo, sino que mandó construir toda una red de túneles secretos que partían del Alcázar, consciente de que Madrid era una ciudad mal estructurada y repleta de callejuelas de difícil acceso. No obstante, este rey cuidó con especial mimo el pasadizo de la Encarnación, llenándolo de obras maestras de la pintura, pues era el que más y mejor utilizaba: cuenta la leyenda que la galería se inundaba y el rey navegaba por ella a bordo de una góndola, buscando a sor Margarita de la Cruz, una novicia a la que cortejaba con insistencia. Para escarmentarlo, sor Margarita fingió su muerte; Felipe IV pensó que era un castigo de Dios y, arrepentido, donó el flamante Cristo de Velázquez al convento.

El túnel de Bonaparte

Ubicado cerca del actual Madrid Río, este túnel fue construido entre 1809 y 1811 a instancias de José I Bonaparte. Empezaba en la fachada oeste del Palacio Real y atravesaba los jardines del Campo del Moro, cruzando el río con un puente de madera hasta llegar a la Casa de Vargas. El rey se valía del túnel para ocultarse en este palacete donde, amén de sentirse a salvo de una plebe que lo repudiaba, podía verse con una actriz con la que estaba liado. 

Pocos años después, su sucesor Fernando VII el Deseado construyó el Puente del Rey para mejorar la utilización del túnel. Y eso que él prefería recibir a sus muchas amantes en una mansión de Chamartín, a su vez unida a numerosos pasajes subterráneos.

También Alfonso XII usó el túnel de Bonaparte, cuando era joven y crápula, para visitar la ciudad de incógnito y emborracharse en los antros de la noche. Así lo demuestra una coplilla de la época que reza: «Quién será ese buen mozo, quién será, con la capa de seda… No es el número uno ni es el número dos, es el número doce por la gracia de Dios». Sin embargo, su heredero, Alfonso XIII, utilizaría el túnel para un asunto bastante menos frívolo: salir pitando de palacio tras la proclamación de la Segunda República.

Abandonado durante años y partido en dos por un subterráneo de la autovía M-30, lo poco que queda del túnel de Bonaparte se está restaurando y, si Dios quiere y Felipe VI no se opone, acabará convertido en una cineteca. 

Las cuevas de Luis Candelas

Rebelde sin causa, Luis Candelas (Madrid, 1804) pertenecía a una familia acomodada de Lavapiés, pero a los quince años empezó a robar y ya no paró. Era un bandolero elegante, que seducía a las mujeres y robaba a los hombres con guante blanco, fajín rojo y capa negra. 

Para escapar de la justicia, Candelas utilizaba la red de pasadizos que ya existía bajo Madrid, estableciendo su madriguera en una de las entradas a los túneles, ubicada en la calle Cuchilleros número 1. Allí se escondía con su cuadrilla para tramar golpes y repartir botines.

En 1837 las autoridades atraparon a Candelas y lo ejecutaron con el garrote vil. Pero su legado pervivió: un siglo después, el torero Félix Colomo convirtió la vetusta guarida del bandolero en un restaurante llamado Las Cuevas de Luis Candelas, lugar todavía hoy muy célebre, tanto por su gastronomía tradicional como por el propio espacio, donde aún se respira cierto aroma a canalla castiza.

El búnker de Franco

En la plaza de la Marina Española, bajo la actual sede del Senado, hubo antaño una galería de tiro subterránea, que en el siglo XIX fue utilizada para practicar la puntería por los militares de un cuartel cercano. 

En 1946, en dicho edificio se encontraba el Consejo Nacional del Movimiento, y Franco mandó construir en la vieja galería subterránea un búnker para su uso personal, pues la situación mundial le hacía temer por su vida. La Segunda Guerra Mundial se había saldado con una victoria aliada, y el apoyo del caudillo a Hitler y a Mussolini, unido al fusilamiento del guerrillero comunista Cristino García Granda, hizo que Francia cerrara su frontera con España. Así, Franco creía que los aliados emprenderían alguna acción militar para derrocarle, y decidió habilitar un búnker por si las cosas se ponían feas.

Las madrigueras del Congreso

Como no podía ser de otra manera, el Congreso de los Diputados dispone de los pasadizos más lujosos de Madrid: unas amplias arterias que pasan bajo la carrera de San Jerónimo y conectan con las oficinas de grupos parlamentarios que se emplazan en la vieja sede del Banco Exterior de España. Se supone que la utilidad de este pasadizo es agilizar la burocracia parlamentaria, pero vaya usted a saber qué otros usos le dan sus señorías. Además, justo bajo el hemiciclo hay toda una trama arquitectónica subterránea, con decenas de columnas de cinco metros de altura que pertenecieron al convento del Espíritu Santo, desamortizado y soterrado en 1842.

Por si fuera poco, todavía existe un pasadizo de cien metros que conecta el Congreso con el Ateneo, y que era usado por el expresidente de la República don Manuel Azaña para compaginar sus dos actividades principales: la presidencia del Ateneo y el Ministerio de Guerra. 

El foso del Banco de España

El tesoro mejor guardado de Madrid es, sin duda, el del Banco de España. Una cámara acorazada enterrada a una profundidad de siete plantas por debajo del banco, en un túnel vertical de treinta y seis metros al que solo se accede por un inexpugnable ascensor. Al llegar al fondo, tras varias puertas blindadas a prueba de bombas, hay un foso que solo puede atravesarse mediante un puente retráctil. Por último, una puerta blindada protege la cámara acorazada de mil quinientos metros cuadrados donde se encuentra el tesoro, compuesto por más de cinco mil lingotes y unos dos millones de monedas de oro.

En este banco no se ha producido jamás un intento de robo, pues hasta el ladrón más tonto sabe que es misión imposible: aun en caso de que alguien consiguiera pasar la última pantalla, saltarían las alarmas de la cámara acorazada, sus puertas de seguridad se cerrarían automáticamente, los pasillos quedarían sellados, y se procedería a la inundación de todas las dependencias, gracias a un conducto que usa el agua de la fuente de la Cibeles. En tiempos también había una línea de ferrocarril conectada a la cámara acorazada, de la que hoy solo quedan un túnel ruinoso y una vía muerta.

Las tripas de Cibeles

En la plaza de Cibeles hay una gran confluencia de túneles, sótanos y pasadizos. Los más largos son los excavados por los republicanos desde Chamberí al Palacio Buenavista, hoy Cuartel General del Ejército, a su vez conectado con el búnker antiaéreo que entre 1936 y 1939 albergó la sede subterránea del Estado Mayor del Ejército Republicano. Al búnker se accedía, por cierto, a través de unos servicios públicos que todavía existen, aunque ya no tienen conexión alguna con el subsuelo si obviamos la tubería fecal que desemboca en las alcantarillas.

También en Cibeles, en la esquina de Recoletos con Alcalá para más señas, está el señorial Palacio de Linares, donde el profesor Jiménez del Oso grabó unas aterradoras psicofonías en las que se escuchaban las voces de los primeros marqueses de Linares y de Raimundita, una hija incestuosa que fue emparedada en sus sótanos para evitar un escándalo. El palacio permaneció cerrado durante muchos años, pero cuando se volvió abrir en los noventa, ya como Casa de América, resucitaron los rumores sobre la presencia de espíritus en el lugar, y un grupo de parapsicólogos grabó voces espectrales que procedían de los bajos del palacio: entre ellas, una anciana que susurraba «mi hija Raimunda… nunca oyó decir mamá» y una niña que respondía «mamá… yo no tengo mamá».

Por un Madrid subterráneo

Dados los problemas de superpoblación, especulación y contaminación que padece Madrid, quizá lo más sensato es que empezara a crecer hacia abajo. Al respecto, cabría desempolvar el plan de ciudad subterránea que en 1948 proyectó el ingeniero de caminos Juan de Arespacochaga y Felipe. Como Madrid aún se recuperaba de los desperfectos de la guerra, don Juan sugirió crear una urbe alternativa que serviría como búnker ante nuevas amenazas, y, además, mejoraría la calidad de vida del madrileño, pues, como preveía el ingeniero, «viviríamos a decenas de metros bajo tierra, disfrutando de un ocio moderno y elegante, con comercios, restaurantes, bares, locales de esparcimiento…». Pero el proyecto cayó en saco roto, y ni siquiera su propio artífice se atrevió a retomarlo cuando llegó a la alcaldía de Madrid en 1976.

Otro alcalde que tuvo sueños subterráneos fue José María Álvarez del Manzano, que en 1998 entregó un proyecto para construir una red de autopistas bajo tierra entre la M-40 y el centro de la capital. Cuando su propuesta fue descartada debido al monstruoso coste que supondrían las obras, el alcalde, lejos de encanijarse, comparó su proyecto con el túnel del canal de la Mancha o la torre Eiffel que «en su día también fueron considerados utópicos», y añadió que su proyecto debía materializarse porque «si nos asustáramos ante cualquier idea, no avanzaría la humanidad». 

Quizá ahora sea el momento de recuperar los proyectos de estos alcaldes visionarios y apostar por un Madrid subterráneo. Sería una auténtica vuelta a los orígenes: no hay que olvidar que esta ciudad fue construida sobre siete colinas, así que, en el fondo, siempre ha estado hueca.


Cartas desde la colina: Jiménez Fraud y la España dividida

Alberto Jiménez Fraud y José Moreno Villa, 1930. Fotografía: Residencia de Estudiantes / CSIC.

En pleno centro de Madrid hay un trozo de la historia artística y científica de España. Unos edificios de rojizo color; con persianas de madera color verde y rodeados de jardines. Entre esos mismos chopos y adelfas pasearon Salvador Dalí, García Lorca, Luis Buñuel, Miguel de Unamuno, entre otras muchas personalidades. La Residencia de Estudiantes de Madrid, un proyecto de la Institución Libre de Enseñanza impulsado por una figura clave en la historia de la cultura y la pedagogía española: Alberto Jiménez Fraud.

Primer director de la Residencia, nacido en 1883, se exilió en 1936 tras el golpe de Estado de Francisco Franco; mismo año en que la Segunda República inició su final y en que la Residencia de Estudiantes detuvo su labor durante medio siglo. Muchas son las cosas que se llevó la guerra civil. Y, como todas las guerras, no aportó nada bueno. Paseando hoy entre los chopos de aquella colina, en la segunda etapa de este lugar, iniciada en 1986, es difícil poner en orden la secuencia histórica del escenario que se convirtió durante un breve periodo en referencia cultural europea y latinoamericana en el corazón de la ciudad de Madrid. La reciente publicación del completo epistolario de Alberto Jiménez Fraud (Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Fundación Unicaja, 2018) sirve como hilo conductor de la crónica de uno de los momentos con más luz de nuestro país.

Y, también, de uno de los momentos con más sombras.

La Residencia de Estudiantes de Madrid se fundó en 1910 y, tal y como podemos leer en el Epistolario, donde se recoge la correspondencia con personalidades de la talla de Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset o Manuel de Falla, se concibió como un espacio de apertura intelectual y artística que mirara hacia Europa. El viejo continente de los primeros años del siglo XX, en que tantas y revolucionarias ideas se estaban dando cita; la Europa de profesionales de tantas ramas que habrían de pasar a la historia y que terminarían por darse cita, de una u otra manera, en la misma Residencia. Sería fácil enumerar las personalidades que coincidieron en aquella primera etapa, que va desde 1910, año de su fundación, primero en las instalaciones de la calle de Fortuny, y a partir de 1915 en la Colina de los Chopos, actual lugar donde la historia de este lugar continúa. Del mismo modo, sería fácil hablar de que entre sus paredes cultivaron su labor, como residentes, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Federico García Lorca, Severo Ochoa o Juan Ramón Jiménez. Que en el piano que aún se encuentra en el salón de actos tocaba Manuel de Falla las noches relajadas de jolgorio. Lo difícil es hablar de la labor que la Junta para Ampliación de Estudios, presidida por Santiago Ramón y Cajal, llevó a cabo en esa primera etapa. Tal y como se destila de la lectura de las cartas citadas, el proyecto de Jiménez Fraud ponía el foco de atención en el avance científico y artístico de Europa, trayendo algunas de las ideas pedagógicas más punteras a una España que encaraba el ascenso hacia la Segunda República y el fin del reinado de Alfonso XIII.

Pero ya con el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923 quedó claro que las ideas y aspiraciones de la Residencia chocaban con una España convulsa; anclada en el absolutismo y recelosa por los grandes estamentos y nobles que componían las altas esferas de abrirse a ideas peligrosas.

Tras su exilio, en una carta datada el 20 de Febrero de 1937, el director de la Residencia expone:

[…]Como usted sabe, yo no he intervenido nunca en política. Por eso pude sacar adelante la obra de la Residencia, en tiempos tranquilos y en momentos agitados, teniendo siempre a mi lado lo mejor de España en todos los grupos sociales. De todas las amistades hechas por mí para mi obra (entre las cuales cuento a usted) he estado y estaré siempre, cualesquiera que sean las circunstancias, superlativamente orgulloso. Desgraciadamente, a algunas de ellas solo puedo pagar ya un tributo de fidelísima memoria íntima oral, y si puedo, escrita: dos de los más verdaderos, más leales y más íntimos amigos míos y de la Residencia, Silvela y Beceña, han sido asesinados en esta terrible guerra.

Durante los dos meses que pude sostenerme en Madrid, después de estallar la guerra civil, las Residencias, sus directores y yo sostuvimos, como siempre, sus altos principios de colaboración académica y de respeto de la personalidad humana. Fuimos acusados de fascistas porque defendimos la libertad de todas las personas que estaban bajo nuestra custodia y porque permanecimos inmutablemente fieles a nuestros amigos […]

(Alberto Jiménez Fraud: Epistolario, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Fundación Unicaja, edición de James Valender, José García-Velasco, Tatiana Aguilar-Álvarez Bay y Trilce Arroyo)

Esta fue la consecuencia directa de la conspiración militar que se puso en marcha en 1936, mientras Manuel Azaña formaba gobierno con una alianza de izquierdas republicanas, y que habría de cambiar el curso de la historia de España y, por ende, el destino y la meta de la Residencia de Estudiantes. El exilio sería la única salida posible para muchos de los intelectuales, la mayoría simpatizantes y políticos republicanos, que vieron caer con la guerra su ambicionado proyecto de colocar a España a la cabeza de la innovación intelectual. Alberto Jiménez Fraud, krausista, abandonó la Colina de los Chopos y Madrid en 1936 junto con su familia y se exilió en Oxford, donde fue docente hasta jubilarse y terminar sus días en 1964. El futuro de la Residencia fue igualmente triste: en 1936 se convirtió en un hospital durante la guerra, para ser cerrada desde 1939 hasta 1986, momento en que comenzó su segunda etapa y volvió la vida al lugar que albergara tantos futuros artistas y científicos que han terminado por pasar a la historia.

En una carta de 1963, de Alberto Jiménez Fraud a Jesús Bal y Gay, decía el antiguo director:

[…] Quién sabe si muy pronto podremos dar un gran impulso a esa continuidad de la Residencia que todos ansiamos, impulso que no tiene más espera, al menos de parte mía, que aunque me encuentro ahora muy bien de salud y con ánimos quizá excesivamente juveniles, me quedan ya muy pocos años de actividad creadora, la cual me urge emplear en la iniciación de cosas, que antes de cesar yo, tendría la alegría de ver asegurada su continuación ¡para mayor gloria de nuestra Casa!

(Alberto Jiménez Fraud Epistolario, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Fundación Unicaja, edición de James Valender, José García-Velasco, Tatiana Aguilar-Álvarez Bay y Trilce Arroyo)

Como tantos otros intelectuales y políticos de la época que abandonaron la España derrotada y sometida por el fascismo de la dictadura de Franco, Jiménez Fraud y sus compañeros no abandonaron nunca la idea de volver a la Colina de los Chopos y continuar donde lo dejaron el proyecto de la Residencia de Estudiantes.

Me va a permitir ahora el lector que rompa la cuarta pared para hablar de tú a tú. En este caso no como periodista, sino como becario de la Residencia. Desde que se me concedió una beca de creación artística por parte del Ayuntamiento de Madrid, que junto con otros ministerios e instituciones conceden un número limitado de becas de carácter anual, vivo en esta misma colina de los chopos, desde donde ahora escribo estas palabras. El mismo lugar en que enormes personalidades vivieron sus vidas, tuvieron sus fiestas, sus alegrías y sus dolores. El mismo lugar que quedó abandonado en el momento en que España se partió en dos, y hoy, por mucho que algunos se nieguen, aún vemos esas mismas heridas: la lucha entre fascistas y republicanos; entre monárquicos y comunistas, entre los que dicen que antes se vivía mejor y los que tuvieron que marcharse a otros países solo para vivir. Entre ellos, parte de mi propia familia. Por eso fue importante leer estas cartas con atención; porque más allá de los tintes políticos, de las ideas krausistas o comunistas y de la doble moral de lo burgués, que no faltaba en un bando y en otro, se atisba el intento de hacer algo bueno. Algo importante. De criar una generación de intelectuales a los que no hagan sombra en el mundo; de aportar algo imperecedero como el arte puro, como los avances científicos, la medicina. De recordar al mundo que en España hay gente que vale y que la juventud no es excusa para no ser brillante. En estas mismas cartas que al fin han visto la luz con una publicación que hace honores a su legado, se ven la impotencia y el dolor al cortarse de raíz todos esos sueños.

Y la misma historia se siente al caminar por estos pasillos; al ver atardecer Madrid desde la colina, siguiendo el legado de quienes lo dieron todo por esta causa y los que se exiliaron o murieron cuando una guerra acabó con los sueños de toda una nación. Y ahora, esa misma guerra, quizás ahora más fría, continúa cada vez que se habla de buscar a los muertos y darles una digna sepultura; de exhumar al dictador y quitarle la gloria y la veneración que no merece; cada vez que hay un partido de fútbol y cada vez que alguien habla en un idioma que no sea el castellano. La misma guerra que esta España partida sigue librando desde hace más de medio siglo. Pero aquí, desde la colina, como le pasara a Alberto Jiménez Fraud y tantos otros amigos de la Residencia, parece que aún hay esperanza.


Crónica del día que fui a un concierto de David Guetta y no vi a David Guetta

David Guetta, 2018. Foto: Frederic Le Floc’h / Cordon.

Hace unos meses Bárbara Ayuso viajó hasta el desierto del Néguev. Allí se celebra la versión israelí del festival Midburn, una especie de pasote hippista posmoderno que tiene mucho de new age y bastante de psicodelia hipócrita. La crónica resultante puede leerse a varios niveles, encontrando en ella referencias culturales, históricas o políticas. Es interesante, y posee un punto trascendente.

En contrapartida, yo voy a contar el concierto que dio David Guetta en Santander. Ya ven. Más triste es robar. Solo que, además, no lo dio. O no del todo. Unas risas, se lo juro. Prepárense para un relato épico (1), trepidante (2) y lleno de reflexiones sobre la naturaleza humana y el sentido último del arte (3).

Un hábitat desacostumbrado

Bien, vamos a plantear el asunto. Servidor es un heavy irredento. Por supuesto que si me preguntan les diré otra cosa, solo para hacerme el interesante. Oh, sí, me gusta el jazz fusión, el blues y, por supuesto, los grandes clásicos del Barroco. ¿Mi compositor preferido de la época? Ehhh…bueno, no sé, John Williams, seguramente. Esa de tan, taaan, tan, tan, tan, taaaan, tan, tan tan tan taaaaan, tan. Silencio incómodo. Funde en negro.

Quiero decir que aunque a veces intente ir de sofisticado a mí lo que me gusta es Judas Priest y esas cosas, y mover la cabezota de arriba abajo, y los tonos agudos y hacer los cuernos con la mano y tocar una guitarra que solo existe en mi imaginación. O, en otras palabras, que iba a estar un poco perdido en el concierto de Guetta (y otros tres artistas invitados, ojo). Como una tilde en un hilo de Twitter, vaya. Así que quedan advertidos: este no es un artículo que analice un festival de techno, ni siquiera uno que vaya a tratar con el mínimo respeto o dignidad al género. Para eso tienen ustedes a Lenore, que seguro que ha publicado algo en las últimas horas.

Hice el esfuerzo. Será un espectáculo, pensaba. Es un paisano conocido en todo el mundo. Después podré escribir sobre ello. Merecerá la pena.

No sabía lo que estaba a punto de pasar.

Llegamos a las cercanías del concierto un par de horas antes y me empieza a asomar una sonrisa. Está lleno de gente sentada en cualquier sitio donde se pueda apoyar el culo. Escaleras, muros, bancos, el mismo suelo. Todos buscan un estado de ebriedad que adormezca sus oídos, infiero. Pero bueno, que es lo mismo que he visto en los conciertos de heavy y de rock, así que me gusta. A lo mejor el rollo es parecido. Vale, vale, aquí la gente viste de otra forma. Muchos se han embutido (no hay otro verbo posible) en camisetas ajustadas, que es una prenda que ningún buen amante del heavy puede llevar sin parecer un salchichón grotesco. También, claro, veo jerseis sobre los hombros, supongo que debe ser un código internacional para reconocer pijos. Por si acaso. Pero vamos, que quitando eso el ambientillo es relativamente familiar.

Pasan apenas unos minutos y la cosa mejora. Mucho. Hay un grupo de chavales, a pocos metros, que empiezan a cantar «Blanco y negro», de Barricada. Otras cuadrillas se suman. Me emociono, los miro con todo el cariño del mundo. Sí, hay idiomas universales, y la música es uno de ellos, y la sagrada cofradía del rock and roll, y tal. Instantes después uno de los que ha empezado con la tonadilla («veo todo / en blanco y negro», etcétera) vomita ruidosamente sobre sus propios pies. La muchedumbre se burla de él. Mi alma llora. Joder.

Poco después nos encaminamos hasta el recinto de los conciertos. En el suelo veo un rollo entero de papel. Papel de cocina. Al lado hay unos cuantos ositos de gominola, de todos los colores. No entiendo nada. Va a ser una noche larga.

Partisanos, bakaletas y Chuck Berry

El concierto se celebra en la península de la Magdalena. La península de la Magdalena antes se llamaba península de la Cerda, lo que pasa es que a principios de siglo la familia real española decidió pasar aquí sus veraneos (hasta hace poco aún había por Santander un hijo bastardo de don Alfonso XIII que narraba muy ufano historias y golferías de tan regio mostacho) y parecía feo eso de referirse al sitio donde posaba su real pedigrí la reina de España como «de la Cerda». Así que le cambiaron el nombre. Al menos por ahí el evento prometía.

Sorpresa. Suena «Bella Ciao» por los altavoces, a un volumen atronador. Me estremezco de placer, el himno partisano allí. Y la gente lo canta, lo corea. Pregunto a una mozuca (que berrea como si la vida le fuese en ello) que dónde ha escuchado la canción. Es la banda sonora de La casa de papel, tío, me dice, y el abismo intergeneracional se abre inexorable ante mí. Su mirada dubitativa, escrutándome de arriba a abajo, no ayuda demasiado. Segundos más tarde «Bella Ciao» se acelera y entra en un sonsonete techno que ya no me abandonará en toda la noche. Resoplo.

Bien, primera decepción. Nadie está haciendo headbanging. Y yo solo sé bailar haciendo headbanging. Vale, entiendo que eso no es bailar, pero nací con una tara neurofuncional que me impide coordinar adecuadamente brazos, piernas y pelvis. A causa de ello lo de mover la cabeza a lo loco es perfecto para mí, y para la gente como yo. Además, el headbanging lo inventó Ozzy Osbourne, que durante unos años fue un tipo muy respetable, antes de convertirse en un payaso de la tele. Pero nada, allí todos agitaban espasmódicamente diferentes partes de su cuerpo (y su rostro), pero dejaban casi quieto el cuello.

Segunda decepción. En los enormes proyectores que hay a ambos lados del escenario repiten, bucle de dos segundos aproximadamente, a Chuck Berry haciendo su mítico paso del pato. Chuck Berry murió hace poco más de un año, pero ahora mismo siento que se revuelve en su tumba. Oh sí, Johnny go, go, go. Al menos la gente parece que se trasiega sus buenos cachis de cerveza o calimocho. Al final todos estamos en la misma fraternidad para ciertas cosas.

Voy avanzando poco a poco hasta las filas delanteras, pensando que allí habrá un mosh pit en condiciones, ese lugar sin ley en el que todos se meten unas hostias de impresión, la axila de aquel gordo se cuela indefectiblemente en tu barbilla y, a veces, el cantante se lanza sin pantalones sobre una muchedumbre no demasiado anhelante. Camino unos metros, apartando cuerpos y rostros, y noto cómo mi muy intensa misantropía va aumentando lentamente. Me llama la atención que muchos ni siquiera miran al músico, sino que hacen corrillos y bailan entre ellos. Encuentro este comportamiento totalmente incomprensible pero no digo nada, porque soy de natural persona con mente abierta y sin prejuicios. Por la misma razón tampoco hago notar la total ausencia de libros en ese concierto. Sacar conclusiones al respecto sería demagógico.

El ritmo machacón que viene de los altavoces es tan repetitivo como la obra de algún académico de la lengua. Dos o tres ideas, darles vueltas, y a producir. Pues aquí lo mismo. Por mucho tiempo. Me parecen semanas, pero me digo a mí mismo que es imposible, imposible. Quizá empiezo a delirar por efecto del techno, pero es que aquel tema dura más que un solo de Dream Theater. Me dirijo a un tipo que está bailando como loco. Lleva gafas de sol y pienso que alguien que lleve gafas de sol en plena noche no puede ser mala persona, como mucho estar un poco confuso. Le pregunto que cuánto dura la canción. Él y sus amigos se descojonan, muy bueno tío, me ofrecen un trago de su bebida. Soy un espécimen gracioso, pero no tengo muy claro el porqué.

Cuando llego lo suficientemente cerca del escenario… tercera gran decepción. El espacio es ciclópeo, como recién salido de una novela de Lovecraft. Kilómetros y kilómetros de luz, color y sonido. Y todo eso, toda esa arquitectura digna de Kadath, ¿para qué? Hay un tipo, un tipo pequeñajo, diminuto, en un extremo. Delante tiene lo que parece ser un teclado como el de los organilleros que a veces venían a mi barrio y que hacían subir a una pobre cabra por una escalera. Tenía la mirada llena de tristeza, aún lo recuerdo. La cabra, digo, no el DJ (DJ es como se llama a estos músicos del techno, no son sus iniciales ni nada, ¿eh?). Este parece bastante feliz. Se llama Sylvain, pero habla en inglés, que es algo que me llama mucho la atención, porque soy de natural simple. Además, ojo, tiene el pelo largo, y en mi mente todos los pinchadiscos lucían cabezas calvas de esas que están a una quiniela de catorce de un buen viaje a Estambul (4). Los tópicos se me desmoronan, y siento que mi psique se parte en dos. Espantoso. Delirante.

Viene otra aclaración. David Guetta no hace música techno. O, al menos, su música no es suficientemente techno. Esto no lo digo yo, sino otros conocidos míos aficionados al género (yo me he confesado sumiso de Cthulhu un poco más arriba, así que no puedo juzgar). Las definiciones de Guetta, para ellos, van desde «blando» hasta «comercial» pasando por «vendido de mierda». Ilustremos esta bonita paradoja. En su muy divertida Historia del Heavy Metal (5), Andrew O’Neill afirma que para saber si Bon Jovi es auténticamente heavy solo hay que tener en cuenta que lleva tatuado el símbolo de Superman. De Superman. Bueno, pues según mis amigos David Guetta tiene el cuerpo cubierto por toda la Liga de la Justicia, Sandman, el Doctor Destino y Lois Lane. Y por Lobo. Me encantaba Lobo.

Vamos, que sobre el techno pues sí, pero no. O no, directamente. Mejor, pensé, la inmersión paulatina será más satisfactoria. Se acercaba el momento de ver al gran ídolo.

No era consciente de lo que estaba a punto de suceder.

El clímax (fallido) de la noche

El momento se acerca. La excitación crece. Todos los allí reunidos aguardan, anhelantes, la llegada del mesías (no) techno, venido de Francia para salvar nuestras almas. Es el instante cumbre, el mejor final para una noche inolvidable. Joder, qué nervios

Solo que…

Solo que empieza a cundir el nerviosismo. Media hora de retraso, luego cuarenta y cinco minutos. No importa, todos sabemos cómo son las estrellas. Al menos este no va a degollar un murciélago vivo con sus dientes. O confiamos que no. Pero vaya, que hay un cierto runrún ya. Dicen que Guetta tiene que volar desde Rusia, y eso está lejos, muy lejos, más que Palencia o Soria incluso. Y claro, la gente cada vez anda más mosqueada. Que si en mi grupo de Whatsapp dicen que se ha quedado sin combustible a la altura de Hungría. Que si he leído en Twitter que no viene porque ha contraído fiebres tifoideas. Esas cosas. Rumores típicos con las grandes estrellas. Yo ya he perdido la cuenta de las sobredosis que Robe Iniesta ha tenido en Cantabria. Y muchas no eran ciertas, supongo.

Pero esta vez…esta vez fue el apocalipsis.

A las doce y treinta minutos, con sesenta de retraso sobre el horario inicialmente previsto, la organización anuncia por megafonía que el susodicho Guetta no va a venir porque se le ha escacharrado el avión privado en Moscú. Asimismo apuntan que un DJ suplente cubrirá la baja del francés. Hay abucheos. Por lo que me indican quienes saben, este cambio es algo así como que Iron Maiden sea cabeza de cartel en un festival y al final no toquen. O, peor aun, que toquen con Blaze Bayley. Una locura, un bajonazo, una catástrofe.

En ese momento mi mente de reportero innato empieza a trabajar. Me estoy oliendo la pieza del siglo, una que impacte por su crudeza, por su desgarrador relato. Porque me imagino que habrá altercados, ¿no? Piedras volando, cervezas al escenario, igual alguno de los artistas lanzado contra su voluntad a la mansas aguas de la bahía santanderina. Sangre, caos y destrucción, vaya. Me relamo. Estoy escribiendo en mi cabeza la crónica incluso antes de llegar a casa. Oh, sí, qué gran suerte la mía.

Pero nada. Ni un triste cubo de basura ardiente. El tal Guetta salió en las pantallas gigantes para decir que una pena, que un abrazo y muchos besis (también tenía pelo, yo andaba totalmente sobrepasada a esas alturas de la noche). Silbidos, gritos de «tongo, tongo». Alguien vuelca una valla. Ya está, es la chispa que prende la mecha. El Pulitzer es mío. La reacción del resto del público resulta bochornosamente cívica. En lugar de acompañar al pionero en sus ansias de justicia mal entendida, los muy malandrines se dedican a abuchearle. Así no hay manera. La escena más fuerte que presencio es la de dos muchachos (unos veinte años, camisa abotonada, pulseritas por cientos, pelo estilo Aznar-en-Georgetown) abrazados, llorando. Desconsolados. Se me parte el alma. Es sobrecogedor. Te hace creer en el género humano. Joder, Borja, tranquilo, que ya volverá Guetta, Borja, no dejes que esto nos fastidie el verano. Un documento único, de una hondura humana insondable.

Ah, y el drama definitivo. Una chica diciéndole a otra que, jo, tía, me ha roto el móvil el Cheto, ¿el Cheto?, sí, sí, el Cheto, tía, y mira que yo le dije que, o sea, tía, le dejaba el móvil, pero Cheto, mira, Cheto, cuídamelo ¿eh?, que es mi móvil, que solo tiene dos meses, y va él y se le cae, que ahora no funciona, tía, no, sí, te lo juro, tía, no. Una historia conmovedora, un cuento con tintes de tragedia griega que se vio agravado cuando apareció el tal Cheto (de forma evidentemente esférica) para explicar que no es para tanto, que él le compra otro, que les sobra el dinero, joder, fiesta, fiesta, veranito. Y lingotazo a la copa. Ya les digo, daba para final de Juego de tronos.

En fin.

Por mi parte, una decepción. Pienso en lo que unos buenos melenudos (de esos que compran sus camisetas de Metallica en talla XXXL) podrían hacer en esas situaciones. Por deformación profesional busco rutas de escape, espacios donde guarecerse, objetos arrojadizos. Las papeleras, las sillas de la zona VIP, los baños portátiles. Bueno, esos no, bastante daño hacen los baños portátiles de por sí, incluso si entras solo (situación bastante excepcional, según pude comprobar). Todo eso estaba, y también había una cierta predisposición. Pero después… la ausencia más absoluta. El nihilismo vital. Un par de personas se miraban a los ojos y decían «preferiría no hacerlo». Tan Bartleby. Tanto.

También es verdad que cuando tendrían que haberse producido los disturbios (tampoco pido nada muy violento, ¿eh?, solo algo para ennoblecer esta pieza) los asistentes estaban, mayoritariamente, bailando. Sí, otra vez. A mí no me pregunten, yo tampoco lo entiendo. No había Guetta, pero en el inmenso escenario apareció otra figura diminuta que respondía al eufónico nombre de Wally López. Que, oigan, yo no tengo ni idea del tema, pero así a priori parece otra cosa, ¿no? Pues nada, que esos insolidarios insistían en divertirse escuchando el repiqueteo electrónico mientras yo pensaba en lo que podía haber sido y no fue, en que o tempora, o mores, y en que pacta sunt servanda. O no.  O algo.

Así que nada, que nos fuimos de allí. Decepcionados. Y con algo de frío, que eran las dos de la mañana, y en Cantabria refresca un montón por las noches. Mientras una muchedumbre apretujada sale del recinto yo voy silbando «Children of the Damned». Por tocar los huevos, más que nada. Y reflexiono.

La experiencia ha ido regular. Igual es que no me gusta esta música, y que tengo problemas en las aglomeraciones, y que soy de natural gruñón. Igual es eso, ¿eh? Pero vaya, que no es lo mío. Claro que Guetta no es en realidad techno. Y que, hablando estrictamente, ni siquiera he visto a Guetta. Tampoco hubo altercados, ni cuernos con las manos, ni cabezas agitándose como si estuvieran poseídas. O posesas. Una experiencia rara. La titularía «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer». Suena bien. Irónico y mordaz.

No creo que nadie lo haya usado antes, ¿no?

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(1) No.

(2) No.

(3) Tampoco.

(4) El de los viajes a Turquía para el implante capilar es un tema bastante socorrido para llenar silencios en mi grupo de amigos.

(5) Blackie Books, 2018.


Dientes de juguete

Fotografía: Air Force Photo / Dennis Rogers (DP).

Troles, hadas, ratones y curas

El padre Luis Coloma recibió el encargo desde el Palacio Real y por eso decidió que su historia la protagonizara el rey «Buby», como llamaba la Reina María Cristina a Alfonso XIII, que con ocho años acababa de perder un diente.

El Ratón Pérez vivía con su esposa, dos hijas y un hijo, en un caja de galletas de la conocida marca inglesa Huntley and Palmers, primer fabricante industrial, situada en la calle Arenal 8, donde se ubicaba la Pastelería Prast; un elemento real dentro del relato de fantasía. Con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja, el Ratón Pérez quiere que el niño rey lo acompañe a recoger el diente de otro niño muy pobre, para así mostrarle que el mundo no es solo como se percibe en palacio, que existen la pobreza, la injusticia y la desigualdad.

Coloma recibió el encargo para que el rey no tuviera miedo ante su pérdida, pero materializó una ficción que se transformó en leyenda. Una historia muy popular y que es el primer contacto que tenemos con la odontología, aunque el objetivo del autor tenía que ver con la igualdad social. «Sembrad en los niños la idea, aunque no la entiendan: los años se encargarán de descifrarla en su entendimiento y hacerla florecer en su corazón», dice Coloma en el prólogo.

El primer manuscrito de este cuento está encuadernado en tapas de cuero verde con broche de oro y se guarda en la cámara acorazada del Palacio Real. En 1902 se publicó por primera vez junto a otros cuentos de Coloma y en 1911 se publicó de forma independiente.

Juan Antonio Rojo, actual dueño de los derechos del Ratón Pérez cuenta: «Ya Platón en sus diálogos de Timeo y Critias hablaba de este tema, y antiguamente se hablaba del ratón del perae, una palabra latina para designar un saquito pequeño en el que meter una moneda o algo pequeñito. Hacia el 1200 el perae pasa a ser Pérez, uno de los apellidos más comunes del castellano junto a García. Creemos que se eligió este apellido por ser tan característico de nuestra lengua y por su similitud fonética con perae».

En un cuento francés del siglo XVIII de la baronesa d’Aulnoy: La Bonne Petite Souris (El Buen Ratoncito), se narra la historia de un hada que se transforma en un ratón para ayudar a derrotar a un malvado rey, se esconde bajo la almohada y se le caen los dientes (al rey malvado, por supuesto).

Puede que la primera aparición del Ratón Pérez en un libro fuera en La Hormiguita de la escritora Cecilia Böhl de Faber, que firmaba con el seudónimo de Fernán Caballero («Gustóme ese nombre por su sabor antiguo y caballeresco, y sin titubear un momento lo envié a Madrid, trocando para el público modestas faldas de Cecilia por los castizos calzones de Fernán Caballero»). La escritora era muy amiga de Luis Coloma.

Hasta Benito Pérez Galdós en su novela costumbrista La de Bringas menciona al Ratón Pérez.

Al Ratón Pérez o Ratón de los dientes en Francia se le llama ‘Ratoncito’ (la Petite Souris), en Italia es el Topolino, Topino (‘Ratoncito’) o Fatina (‘Hadita’) y en los países germanos, el ‘Hada de los dientes’ (Tooth Fairy). En Cataluña es l’Angelet (‘el Angelito’), en Vizcaya es Maritxu Teilatukoa (‘Mari la del tejado’) y en Cantabria es L’Esquilu de los Dientis (‘La Ardilla de los Dientes’).

En Corea, India, Japón y Vietnam, cuando a un niño se le cae un diente, es costumbre que lo lance al techo, si viniera de la mandíbula, o al piso, si viniera de la maxilar superior. Mientras se hace esto, el niño expresa un deseo de que el diente se sustituya por el diente de un ratón (ya que los dientes de los roedores crecen durante toda su vida). En Japón, una variación indica que los dientes superiores se lancen directamente hacia abajo, a la tierra y los dientes inferiores hacia arriba, al aire, para que los dientes permanentes crezcan derechos.

En países del Cercano Oriente existe una tradición de lanzar un diente de leche al cielo hacia el Sol o hacia Allah. Esta tradición se remonta al menos al siglo XIII.

El personaje ficticio Hammaspeikko (Trol de los dientes) es una adaptación del libro noruego Karius og Baktus escrito por Thorbjørn Egner y publicado en 1949. El libro presenta dos personajes relacionados con la salud dental, Karius (‘caries’) y Bactus (‘bacterias’). El libro fue traducido en finlandés como Satu hammaspeikoista (‘Un cuento sobre los troles del diente’) y publicado en 1961. Se cree que espíritus similares causan dolor de muelas en la antigua religión finlandesa. Comer caramelos atrae a los troles de los dientes, que perforan y dan miedo. Cepillarse los dientes los asusta. Un mensaje subliminal obvio, pero efectivo.

Bocas adultas

Unos dentistas británicos publicaron en el British Medical Journal un artículo donde desaconsejaban la tradición de poner el diente bajo la almohada relatando un caso en que un niño se tragó el diente en cuestión, y otro al que se le metió el diente caído en una oreja. El resto del colectivo profesional los señala como casos aislados y cuentan, en cambio, lo útil que una figura literaria puede ser para explicar un fenómeno biológico y natural como el recambio dental.

Hay un gran desconocimiento sobre la relación de nuestra boca de niños con nuestra boca de adultos. La falta de dientes al nacer y la falta en la tercera edad parece un ciclo, pero no lo es. Principalmente, porque  la pérdida dental en los adultos mayores no tiene sentido biológico. Si bien parece que sucede lo contrario, la ecuación ancianos-prótesis dentales es una consecuencia de las enfermedades más frecuentes en las generaciones pasadas, pero ya se detecta un cambio, no solo por la evolución de técnicas de sustitución fija, como los implantes, sino porque los cambios de hábitos, principalmente de higiene y la mejora de los estilos de vida, hacen que en las sociedades desarrolladas los dientes envejezcan pero no necesariamente se pierdan.

Digamos que debe quedar claro que hay relación entre la salud bucal de los dientes temporales, de la niñez o de leche, y la de los dientes permanentes, pero no es la que se cree. Podríamos señalar dos situaciones. Si un niño tiene muchas caries y no hay ningún cambio de hábito, ¿por qué no habría de tenerlas de adulto? Pero no es una relación necesaria, las caries de los dientes de leche no se trasmiten a los dientes permanentes. La confusión suele venir de no querer asumir que la caries dental es una enfermedad multifactorial. Algunos adultos buscan una causa y, si es posible, inmanejable, como la genética o la acidez de la saliva. No es suficiente. Es necesario un sustrato adecuado y, sobre todo, es indispensable la formación de colonias bacterianas maduras. Dicho de otra forma, por más «ácida» que sea tu saliva (en plan Alien), si te cepillas correctamente y no comes dulces con frecuencia es difícil que tengas caries. No importa la edad que tengas.

Fotografía: U.S. Air Force photo / Racheal E. Watson (DP).

La primera boca

El llanto al nacer es todo un símbolo. Basta el llanto de un bebé para que sepamos en cualquier película que «se ha dado a luz» a una nueva criatura. Llorar es la primer función que le damos a la boca, y respirar de forma accesoria o si tenemos tapada la nariz.

A veces olvidamos la enorme lista de funciones que tiene nuestra boca; comer y hablar dejan de lado soplar, eructar, silbar, escupir y otras más atractivas, como el sexo y besar, quizás la más importante de todas. También solemos olvidar la función de succionar. Curioso, viniendo de mamíferos.

La lactancia es clave en los lactantes, valga la redundancia. El movimiento mandibular de la lactancia es ideal para el desarrollo de la mandíbula y la futura posición ósea —y por lo tanto de los dientes—, así como los hábitos posteriores, como respirar por la nariz en vez de por la boca.

El control de esos hábitos es clave en la futura salud bucal. La deglución atípica infantil, poner la lengua entre donde van los dientes, es un reflejo que algunos niños conservan cuando ya tienen toda la dentición y genera un espacio o «mordida abierta». Similar maloclusión se produce por el excesivo uso del chupete o por chuparse el dedo.

Es común la pregunta ¿cuándo debe comenzarla higiene? Se recomienda limpiar los maxilares con una gasa estéril después de cada lactancia. Pero lo cierto es que, mientras no hay dientes, no hay riesgo de caries, pues las bacterias necesitan la superficie de los dientes para colonizarlos. Las caries dentales son eso, dentales.

A los seis meses comienzan a salir las primeras piezas. En general, es un proceso que dura hasta el año. Suelen salir los inferiores de delante, luego los superiores y más tarde los posteriores. Salvo excepciones (agenesias por síndromes u otras causas) en esos meses además de una excesiva salivación y algún pico de fiebre, nadie se salva de esa pequeña inflamación de los gérmenes viendo la luz para alegría de los parientes y suplicio de la madre que aún da teta al niño. Como todo proceso inflamatorio, algunos pequeños lo viven con más intensidad, se le suman al dolor diarreas, alteración de la conducta, del sueño y, por supuesto, de la alimentación. El frío suele ser un buen aliado para ayudar al alivio de esa situación, así como los estímulos. Medicar un proceso largo y natural nunca es buena idea.

Una vez que salen los primeros dientes, aparece el factor clave que cuidar. Mantenerlos limpios, tratar de que el contacto con las bacterias sea lo más tardío posible (para eso es bueno evitar compartir cuchara, limpiar el chupete con la saliva del adulto y todos esos gestos entre cariñosos y asquerosos a los que los sometemos). Hace muchos años en Brasil se había discutido una campaña que recomendaba no besar a los niños en la boca, pero no prosperó porque se temió dar un mensaje equivocado (imaginen un cartel: «Trate de no besar a su hijo»).

Es bueno que quienes optan por la lactancia materna y también los que dan biberón sepan que cualquier alimento puede ser procesado por las colonias cariogénicas y se dan casos de «caries rampantes», muchas caries en toda la dentición. Esto es más frecuente en quien pone azúcar o miel al biberón o al chupete, sobre todo para irse a dormir. Todo un tema en los niños que se duermen con la teta o el biberón en la boca. Hay quien recomienda lavarles los dientes antes, por lo menos no hay colonias maduras esperando combustible.

Los dientes de leche

El nombre viene de que son pequeños y blancos. También se la llama dentición decidua o temporal. El nombre da lugar a confusión. Hay quien piensa que estos dientes, porque cambian, no son importantes. Incluso se tiene la fantasía de que no tienen raíces. Y que si los ponemos bajo la almohada un ratón los cambia por una moneda.

La dentición temporaria tiene veinte piezas (cuatro dientes arriba y abajo, los caninos y dos muelitas por lado), la diferencia con la permanente es la ausencia de premolares, en su espacio están los molares de leche. Por lo demás, son dientes, pequeños órganos similares a sus parientes adultos. Con corona y raíz, esmalte, dentina y pulpa dentaria. Es cierto que tienen diferencias, propias del futuro recambio y de las condiciones que vivirán. Tienen raíces más abiertas para que haya espacio para el que viene debajo, se produce durante la erupción una reabsorción de la raíz para que pierda soporte y permita el recambio. Además,  la dirección, el eje que llevan en el hueso, está preparada para que si el niño se cae de boca su diente se rompa sin estropear a su sucesor. El esmalte es más delgado porque antes de que comience el recambio la boca hace un desgaste para poner a cero la mordida y permitir que salgan las nuevas muelas. De allí surge el mito de las lombrices intestinales que hacen que los niños hagan ruidos nocturnos, rechinando los dientes. Es un bruxismo biológico, necesario, planificado por la naturaleza. Aunque es cierto que en algunos casos de mucho estrés o demasiado estímulo puede ser algo más intenso de la cuenta.

Pero, como todos los dientes, los de leche se fracturan con una caída o masticando una canica (no lo hagan en casa, chicos) y, por supuesto, se ven afectados por caries, que sufren el mismo proceso y tienen similar tratamiento. Similar. Algunos estudios indican que el proceso de inflamación del nervio si la caries llega hasta allí es diferente, la pulpa no tiene la misma cantidad de células que forman tejidos duros del diente y el proceso de dolor también cambia, duele menos tiempo y se desactiva con más rapidez. La naturaleza no tiene la misma necesidad de preservar la pieza, sabe que esta cambiará, pero eso no le resta importancia. Ese diente tiene una función clave, que es preservar el espacio para el que viene. Si se pierde, generaría una alteración que luego habría que corregir. Y, más importante aún, esa caries desarrollada nos relata que existen en esa boca todos los factores que la producen. No es que necesariamente el diente permanente vaya a tener caries, pero, si algo no cambia, ¿por qué no habrá de tenerla? Hasta Paulo Coelho lo usaría como metáfora de la actitud ante la vida.

Existe una corriente que insiste en preservar la salud de los dientes permanentes, pero recomienda para ello no sumar experiencias traumáticas en los tratamientos de los temporarios. Este es un punto de debate profesional histórico, que ayuda si en lugar de generalizar se estudia caso a caso y se consulta a los especialistas.

Fotografía: U.S. Air Force photo / Evelyn Chavez (DP).

La crisis de los seis años

Sucede en las parejas, pero también en las bocas. A los seis años (más o menos, no creerán que nuestro cuerpo usa el calendario grecorromano), sin haberse caído ninguna pieza, para sorpresa de los padres despistados, sale el primer molar definitivo. Detrás de todos los dientes de leche. Uno en cada lado.

La boca es pequeña pero el molar es el de un adulto, una vez que sale no crece más; lo mismo pasa con los primeros dientes que erupcionan a continuación. Para horror paterno: «¡Le ha salido un diente desproporcionado!». Calma, padres del mundo, los chicos crecen. A menudo los hijos se nos parecen (eso dijo Serrat), por lo que el tamaño dental de los padres suele ser una guía.

Allí atrás, a medio salir en una boca que ya ha tenido historia de caries, en un pequeño más preocupado de jugar que de tener una higiene personal estricta, esa pieza dental, a la que se le supone una larga vida por delante, puede estar expuesta, con su esmalte inmaduro y sus surcos marcados. Por eso es importante que hayamos logrado que para esos locos bajitos (sed conscientes de la influencia de Serrat en mi generación) ir al dentista sea una actividad normal, cotidiana, agradable y no una experiencia llena de miedos.

Los hijos y el miedo

No piensen en un elefante. En efecto, no se puede. Algo parecido sucede con el dolor. Algunos padres usan la errónea estrategia de «preparar a los chicos» para su visita al odontólogo, y lo hacen tratando de contar su experiencia. Es un lindo ejercicio para la vida en general. Dejar que ellos tengan sus propias experiencias y, por supuesto, hablar con el profesional para asegurar que estas, las primeras, sean positivas. Evitar decir «no duele nada», por ejemplo. Los niños no tienen por qué asociar el dolor a ir al dentista, pero solo decirlo ya incluye la posibilidad. Los odontopediatras tienen (en general) las técnicas estudiadas para actuar en cada caso. «Decir-mostrar-hacer», es una de ellas. Al final, como cualquier elección de una relación entre personas, el feeling entre las partes, la sintonía, la comunicación son la clave. Llenar esa situación de descripciones (en general erróneas) de los tratamientos, promesas de recompensas (¿por qué recompensarlos por algo que es para beneficio de su salud?) y de invasión del espacio transmitiendo miedos no deja generar la experiencia propia. Y, tal como insinuamos antes, es una fórmula interesante para la vida. Queridos padres: ¿de verdad tienen una vida tan maravillosa y llena de conclusiones certeras? Si al niño se le dice una aguja «así», se imagina una lanza. «Un pinchacito» en su cerebro resuena como una estaca para Drácula, «el ruidito» es un atronador sonido y, aunque nos desviamos del tema, años más tarde «esta carrera tiene futuro» puede ser una frustración propia, «esa amistad no te conviene» puede ser un juicio prematuro, «esa pareja no es para ti» puede ser una intromisión en la intimidad, «yo a tu edad…» suele ser una mentira o una engaño de la memoria. A veces es bueno quedarse en la sala de espera. Toda una metáfora sobre la crianza.

Tiempo de juego

Existe una corriente odontológica (guiada por el prestigioso doctor argentino Hugo Rossetti) que usaba el término «dientes descartables» para referirse a esta dentición. Su intención era hacer énfasis en el concepto de que toda la energía y el tratamiento debía enfocarse en la prevención y el cuidado de los dientes permanentes. Llegó a estudiar lo que sucedía con caries avanzadas y procesos infecciosos en niños, mostrando que no alteraban ni la salud general ni la dentición permanente. Simplemente vigilando, evaluando, aplicando técnicas preventivas y poco invasivas, controlando la dieta (en especial los llamados «momentos de azúcar») y educando a niños y padres, casi sin intervenciones curativas.

También existe la escuela opuesta, que llega a la sedación de los niños para su rehabilitación total, realizando empastes (las amalgamas de plata y mercurio fueron prohibidas el pasado año en Europa), tratamientos de la pulpa dental, extracciones y mantenedores de espacio (recuerden que una de las funciones principales de los temporales es guardarles el sitio a los permanentes, por lo que si se pierden de forma prematura hay que cuidarles el lugar).

Como suele suceder, en la combinación, el sentido común y el estudio de cada caso está el equilibrio más sensato.


España y los dirigibles: una historia de desencuentros

Ein Soldat bewacht das ausgebrannte Wrack des Luftschiffs Hindenburg. Lakehurst. Amerika. Photographie. 10. 5. 1937. First picture of the wreckage of the German airship Hindenburg after the disaster in Lakehurst. A soldier is guarding the wreckage. Photography. 10.5.1937. Explosion del dirigible aleman Hindenburg cuando aterrizaba en Nueva Jersey el 6 de mayo de 1937 *** Local Caption *** 00807198
Los restos del dirigible alemán Hindenburg en New Jersey, 1937. Fotografía: Cordon Press.

Corría el año 1902 cuando la industria tecnológica española tuvo la oportunidad de trazar un camino bien distinto al que conocemos. Apenas un puñado de años antes de que Miguel de Unamuno estigmatizara nuestro porvenir con su lapidario y despectivo «que inventen ellos», el ingeniero de caminos y prolífico inventor Leonardo Torres Quevedo conmocionó a la Academia de Ciencias francesa al presentar una memoria titulada «Perfeccionamientos en aerostatos dirigibles» basada en unas patentes que había solicitado. Faltó poco para que lo sacaran a hombros. En aquellos tiempos de señores con chistera y densos mostachos, los dirigibles eran la gran esperanza para la conquista del cielo. Es cierto que había algunos lunáticos que se lanzaban por los terraplenes con pesados trastos más densos que el aire, pero en aquel momento nadie apostaba un duro por aquel sistema denominado aviación, sino que lo que estaba de moda era la aerostación, es decir, el vuelo con ayuda de artefactos más ligeros que el aire. Y Torres Quevedo había dado un tremendo golpe en la mesa con un prototipo de dirigible denominado semirrígido que aglutinaba las ventajas de los sistemas rígido y flexible, pero que adolecía de sus respectivas desventajas (1).

Tras maravillar en París, unos días más tarde el ingeniero civil presentó una memoria similar en la Academia de Ciencias de Madrid que fue recibida de forma, digamos, más tibia. Esta diferencia de acogida ya le debería haber dado mala espina a Torres Quevedo. «Tal vez son más comedidos que los franceses», pudo pensar, puesto que posteriormente le aseguraron que iban a poner a su disposición los medios necesarios para desarrollar sus prototipos. Bien, año y medio tardaron en disponer de fondos, perdiendo un tiempo decisivo para tomar la iniciativa mundial: en enero de 1904 se crea el Centro de Ensayos de Aeronáutica con el objetivo de probar los ingenios ideados por el inventor cántabro. Además de partida presupuestaria y un local (el abandonado frontón Beti Jai), le facilitaron varios auxiliares técnicos, entre los que destacaba el capitán Alfredo Kindelán, un ingeniero militar con gran experiencia en vuelos en globo, que rápidamente se convirtió en la mano derecha de Torres Quevedo gestionando las entregas de material proveniente de Francia para fabricar la envuelta, así como aportando ideas para el diseño de la misma, la ubicación de la barquilla, etc.

Estamos ya en el año 1906 y había llegado el momento de realizar pruebas en el exterior, para lo cual el Parque de Aerostación de Guadalajara era el lugar propicio. Y el coronel Pedro Vives, que dirigía las instalaciones militares y que ya en 1902 redactó un duro informe oponiéndose a que Torres Quevedo usara sus recursos para pruebas aerostáticas, en desacuerdo con la elección, se la tuvo que envainar a regañadientes y, aventuramos, prometiendo venganza. Mientras se tramitaba la concesión del permiso para utilizar las instalaciones de Guadalajara, Torres Quevedo solicitó una nueva patente titulada «Un nuevo sistema de globos fusiformes deformables» que, huyendo de términos técnicos, solo se puede calificar como La Repanocha. Estos nuevos prototipos se describían como dirigibles trilobulados autorrígidos, es decir, su sección era similar a un trébol en el que sus hojas están unidas unas a otras mediantes tirantes de tela de tal forma que, al inflar la envuelta, esos tirantes se tensaban creando una especie de viga interior que rigidizaba todo el conjunto. Una idea revolucionaria que daba sopas con honda a todo lo creado hasta entonces.

Trabajando duramente y tras numerosos ensayos, el día 11 de julio de 1908 el Torres Quevedo 2 realiza el primer vuelo con éxito de un dirigible diseñado y construido en España. El porvenir era francamente esperanzador; por echar un vistazo a la competencia, por ejemplo, había una prometedora empresa alemana que en esas mismas fechas estaba probando su modelo LZ 4, pero esos Luftschiffbau Zeppelin no se consideraban rivales de entidad puesto que hasta el momento se habían comportado muy erráticamente. Por desgracia, en pocos meses se desbarató el trabajo de años: una serie de reiterados malentendidos, según la versión de Kindelán, hizo que varios medios publicaran tras entrevistarle que el militar era el creador del dirigible. A pesar de que el ingeniero militar insistía en que no le interesaba poner su nombre a los aerostatos, a Torres Quevedo no le sentó muy bien que se pusiera en entredicho su autoría, por lo que fue necesaria una aclaración formal; en concreto, una Real Orden con fecha 27 de julio de 1908 proclamaba que el inventor era el único creador de los dirigibles y por tanto llevarían su nombre, si bien destacaba que esta empresa contó con la «inestimable ayuda» de Kindelán. En este momento saltó por los aires el sentido común y Kindelán, aparentemente despechado y con una rabieta antológica, presentó su dimisión porque consideraba que no se habían tenido en cuenta sus aportaciones. Total, que aquello significó la expulsión de facto de Torres Quevedo de Guadalajara porque todos los militares, con el coronel Vives a la cabeza —el cual tal vez echó más leña al fuego para cobrarse las afrentas pasadas («jo, tío, no te merecen, tío»)—, se pusieron de parte de Kindelán.

La nave voladora descrita en Nave atmosférica y tentativa sobre la posibilidad de navegar por el aire, no sólo especulativa sino prácticamente, un libro anónimo publicado en Madrid en 1783.
La nave voladora descrita en Nave atmosférica y tentativa sobre la posibilidad de navegar por el aire, no solo especulativa sino prácticamente, un libro anónimo publicado en Madrid en 1783. Imagen: DP.

Así que, de nuevo, se pierden unos meses valiosísimos entre recoger y conseguir una nueva partida presupuestaria y un nuevo lugar de ensayos, hasta que lo obtiene a finales de 1908: Torres Quevedo dispondrá de unas ciento cincuenta mil pesetas para seguir sus ensayos en una parcela en Madrid el año siguiente. Y como las desgracias no vienen solas, en enero de 1909 se produce un accidente en Zaragoza en la única fábrica de hidrógeno que proporcionaba todo el gas necesario para las pruebas de dirigibles. Bueno, la única a excepción del Parque de Aerostación de Guadalajara, claro, pero allí Torres Quevedo no podía pedir ni la hora. La falta de hidrógeno retrasaría durante muchos meses la posibilidad de realizar ensayos, por lo que el inventor acabó sucumbiendo a los cantos de sirena de la empresa francesa Astra, que desde hacía una década le ofrecía instalaciones, materiales y pilotos para desarrollar su dirigible. Las pruebas con los primeros Astra-Torres no hacen más que confirmar que el diseño del ingeniero español es sensacional, por lo que los franceses pujaron por hacerse con los derechos de explotación de la patente en exclusiva. A pesar de todo lo que había pasado, Torres Quevedo excluye de ese acuerdo al territorio español, que podría disponer de sus patentes si lo consideraba oportuno (spoiler: nunca lo consideraron oportuno).

En paralelo, Kindelán y Vives conseguían también para el año 1909 una partida presupuestaria de cuatrocientas mil pesetas para… ¡comprar un dirigible! Por si fuera poco, al año siguiente pidieron otro medio millón para realizar ensayos con el mismo. Visto con el poso que da la distancia de más de un siglo, cualquiera podría pensar que tenían todo aquello preparado para echar a Torres Quevedo a cualquier precio. Y lo más sangrante aún estaba por llegar: mientras el inventor estaba en unos hangares de Astra probando sus dirigibles con éxito, la empresa francesa estaba cerrando el trato con Kindelán vendiéndole un modelo de dirigible flexible que ya no iba a fabricar más puesto que los de Torres Quevedo eran mucho mejores. De hecho, a lo largo de las pruebas que realizaron ese año tuvieron tres accidentes que delatan la poca fiabilidad del España, nombre con el que fue bautizado este aerostato.

En los siguientes años, entre meses desmontado, siendo objeto de reparaciones e incluso del cambio un par de veces de la envuelta por problemas en la misma, el España apenas pasó tiempo en el aire. Sus escasos paseos sobre Madrid fueron bastante mediáticos, disfrutando de un efímero momento de gloria en febrero de 1913 cuando Alfonso XIII, entre una nube de periodistas, se montó en la barquilla junto a Kindelán y volaron durante unos minutos. Apenas un mes después, el dirigible se desmanteló para siempre sin haber cumplido la misión para la que en principio fue comprado: apoyar a las tropas en tierra en la campaña de Marruecos y servir de punto de partida para crear una flota de dirigibles militares. Por comparación, en estas fechas, Zeppelin no había perdido el tiempo con intrigas palaciegas y ya había fletado su modelo LZ 14. Mientras tanto, Torres Quevedo estaba arrasando en Francia con sus Astra-Torres, que batían récords mundiales de velocidad sin incidencias. El comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914 supuso el impulso definitivo para sus trilobulados: tanto Francia como el Reino Unido utilizaron masivamente los Astra-Torres para realizar labores de vigilancia costera y seguimiento de submarinos, ya que las experiencias con los aerostatos en primera línea fueron bastante malas (eran literalmente carne de cañón). El último modelo que se fabricó fue el AT 24, de doce mil quinientos metros cúbicos de volumen, en 1925. España parecía que había perdido definitivamente la oportunidad de ser un país puntero en el ámbito aerostático. Aunque aún quedaba una posibilidad.

El vuelo trasatlántico

Unos meses antes del inicio de la Gran Guerra, el ingeniero militar y comandante Emilio Herrera presentó al Gobierno un visionario estudio técnico-económico sobre las posibilidades de una ruta aérea entre España y América y, como sucedió en un primer momento con Torres Quevedo, la propuesta no despertó excesivo interés. Debido al parón forzoso por la guerra que se estaba viviendo en el continente, Herrera aprovechó para preparar en profundidad su proyecto. En esta versión corregida y ampliada proponía unir Cabo Vilán (Galicia) con la costa este de Norteamérica mediante vuelos en dirigibles autorrígidos similares a los de Torres Quevedo. El inventor, entusiasmado, aceptó la oferta de adaptar sus trilobulados para que resistieran el viaje. Lamentablemente, el proyecto español había vuelto a perder años valiosos buscando inversores, porque cuando Torres Quevedo presentó en verano de 1919 la patente de «Un nuevo tipo de globo denominado Hispania» tanto un dirigible rígido como un avión ya habían cruzado el Atlántico.

Al año siguiente se crea Colón, una compañía transaérea que relanza el proyecto de Herrera, aunque cambiando la ruta (uniría Sevilla con Buenos Aires) y el tipo de aerostato, que sería rígido porque despertaban más interés en los potenciales inversores que veían los progresos de Zeppelin con sus viajes a Estados Unidos y por Europa. Si en un primer momento no eran excesivamente fiables, la empresa alemana tuvo la audacia de crear la primera línea de transporte de pasajeros en dirigible, carísima y exclusiva, que reforzó su imagen. Tantos frentes tenían abiertos los alemanes y tan poca visión los potenciales inversores que tuvieron que pasar varios años antes de que fructificaran las negociaciones. En la década de 1930, los Zeppelin comenzaron a frecuentar España a ver si así atraían dinero para la Colón. Tal vez el vuelo más célebre fue el del gigantesco LZ 127 (sí, el modelo ¡127! de los alemanes, también conocido como Graf Zeppelin) en mayo de 1930, que embarcó en Sevilla a una serie de personalidades entre los que estaban Herrera y el infante Alfonso de Orleans y Borbón y viajó rumbo a Brasil, donde realizó varias paradas para después volar a Nueva York y volver a la capital andaluza sin incidentes. Ni así: en el año 1931 finalizó la concesión de la Colón sin pena ni gloria. El Graf Zeppelin siguió luciendo por los cielos de España su espigado perfil de unos doscientos treinta metros de longitud y treinta y seis de diámetro en los siguientes años, llegando hasta nuestros días numerosas fotografías de este colosal artefacto sobre Madrid, Barcelona, Cádiz, Huelva o Sevilla, siendo apreciables en algunas de ellas las esvásticas que lucía en la cola.

Le Graf Zeppelin (LZ 127), dirigeable allemand dont le 1er vol eut lieu le 18 septembre 1928, il detient entre autre le record de longueur de parcours (il fit le tour du monde en 12 jours en 1929) ici en 1930 au dessus de Seville (Espagne) --- The Graf Zeppelin (LZ 127), german dirigible lauched on september 18, 1928, it was the 1st dirigible to make a world tour, here over Sevilla (Spain) in 1930 *** Local Caption *** The Graf Zeppelin (LZ 127), german dirigible lauched on september 18, 1928, it was the 1st dirigible to make a world tour, here over Sevilla (Spain) in 1930
Fotografía: Cordon Press.

Tras años de gestiones, con Herrera ya apartado del proyecto que capitaneó durante casi dos décadas, el Ayuntamiento de Sevilla (apoyado económicamente por el Gobierno español) llegó a un acuerdo con Zeppelin, pero la autorización para la construcción de las instalaciones necesarias para la ruta transoceánica se firmó en una fecha crucial en la historia de España: el 18 de julio de 1936. Obviamente, con la Guerra Civil en marcha el asunto cayó en el olvido, sobre todo porque al año siguiente se produjo el traumático accidente del LZ 129, más conocido como Hindenburg, que acabó con la confianza de los viajeros en los dirigibles. Además, los avances en maquinaria bélica durante la Segunda Guerra Mundial fueron el espaldarazo definitivo a la aviación frente a la aerostación. Por su parte, los últimos dirigibles que había en España fueron destruidos en 1937 en la Casa de Campo de Madrid por la aviación franquista. Por cierto, el jefe de las Fuerzas del Aire del bando nacional era nuestro viejo conocido Alfredo Kindelán. El mismo que, junto a Pedro Vives, privó al país de desarrollar los diseños de Torres Quevedo fue el encargado de apuntillar la triste y maldita historia de estos artefactos fabulosos en nuestro país.

Nota:

(1) Los dirigibles flexibles mantenían su forma por la alta presión del gas de inflado y eran muy ligeros, pero eran muy inestables frente a rachas de viento imprevistas y no podían llevar barquillas muy pesadas. Por el contrario, los dirigibles rígidos tenían una estructura interior que mantenía su forma y los hacían más estables durante el vuelo a costa de necesitar mayor volumen para poder levantar su propio peso.


Tórtola Valencia: entre la danza y el deseo

armen Tórtola Valencia. Fotografía: DP.
armen Tórtola Valencia. Fotografía: DP.

Como Las bostonianas de Henry James, así se amaron Tórtola Valencia y Ángeles Magret-Vilá. En secreto. Calladas. Con furia. Y como Verena Tarrant y Olive Chancellor, estas dos mujeres —a las que separaban más de una docena de años— desafiaron los convencionalismos de una España insólita y vanguardista en la que brilló con especial fulgor una de las tres figuras medulares de la danza mundial: Carmen Tórtola Valencia. Su singular historia de amor es solo una de las muchas puertas de entrada a una agitada y tumultuosa vida que preconiza la libertad femenina como una de las mayores conquistas de nuestro tiempo.

La vida como ficción

La Bella Valenciacomo se la conocía en los círculos artísticos— nació en Sevilla en 1882. Nadie como ella supo forjar su propia leyenda. Como todo relato épico, su historia contenía algo de ficción y exceso. Tejió su misterio antes de cultivarlo. Se entrenó en la insinuación, el exotismo y la sensualidad. También en la impostura. Su padre era el catalán Florenç Tórtola Ferrer y su madre la andaluza Georgina Valencia Valenzuela. Cuando la pequeña Carmen solo contaba con tres años, toda la familia Tórtola-Valencia marchó a Londres para labrarse un porvenir. Este nunca llegó. Los padres de la bailarina emigraron nuevamente a México buscando fortuna. La muerte les atacó en el estado de Oaxaca entre 1891 y 1894. La orfandad se convirtió en el primer hecho trágico que Tórtola incorporó a su vida legendaria. Una familia de la alta burguesía londinense formó a la pequeña Carmen: cinco idiomas, estudios de danza, música y dibujo llenaron la mochila emocional con la que Tórtola tuvo que enfrentarse al mundo cuando su tutor fallece en 1906.

La infancia de Tórtola estuvo ligada a cuchicheos variados cuyo germen residía en la cabeza de la misma Carmen: que si era sobrina de Goya, que si era la hija bastarda de algún díscolo miembro de la familia real española, que si un noble inglés era su verdadero padre… Todo le servía a esta arqueóloga de la danza para diseñar el misterio que debía acompañarle. Ella misma con su anecdotario alimentaba la leyenda. El escritor Luis Antonio de Villena fue el recuperador de la figura de Tórtola en los artículos y prólogos que dedicó desde 1975 al novelista decadente Antonio de Hoyos y Vinent, Grande de España. Este fue uno de los tres hombres con los que se relacionó amorosamente a Carmen —los otros fueron el rey Alfonso XIII y el archiduque José de Baviera—. Con Antonio, Carmen solo compartió una densa amistad —salpicada por la ideología izquierdista que ambos cultivaban— que les sirvió para ocultar sus verdaderas preferencias amorosas. Estos célebres nombres alimentaban el universo de Carmen que ella misma aderezaba a su antojo. Cuenta De Villena que cuando estrenó la llamada Danza incaica —inventada por ella misma— con un vestido lleno de tubitos color hueso, dijo que era un vestido hecho con huesos de los conquistadores. Nadie lo creía pero quedaba muy bien. Sin duda, la leyenda es parte de la creación del artista y en el periodo simbolista de entresiglos se dio abundantemente.

Carmen torcía el cuello y parecía que el mundo se daba la vuelta. Bailaba con una técnica natural pero tremendamente rupturista e influenciada por danzas orientales, indias, africanas o árabes que ella misma se encargaba de investigar en los incontables viajes y lecturas que realizó a lo largo de su vida. Imbuida por el arte de la Bella Otero, Nijinski, Isadora Duncan, Ana Pavlova o Maud Allan, fue labrando su propio estilo. Uno que encandiló a los pensadores y poetas españoles de comienzos del S.XX: Valle-Inclán, Pío Baroja o Rubén Darío comprendieron la intelectualización de su baile. El primero afirmó que tenía «al andar la gracia del felino» y «de ciencia antigua la sonrisa»; el segundo vio en las manos de Tórtola «dos paloma blancas»; el tercero, la bautizó para siempre como «la bailarina de los pies desnudos». Pero, ¿cómo era la verdadera Tórtola y cómo se cifraba su misterio? «Tórtola puede ser reivindicada por el feminismo, pero ella era ante todo y voluntariamente una “rara” en el sentido de Rubén Darío. Pudo ser bisexual y budista y morfinómana, pero sobre todo fue una esteta a carta cabal», afirmó Luis Antonio de Villena.

Un pionera de la libertad femenina

Tórtola fue una excéntrica de su tiempo que bailó ante el sultán de Turquía incorporando por primera vez en la danza española una mixtura perfecta entre lo oriental y lo puramente erótico. Algunos quisieron compararla con la mítica Mata-Hari y ella, evidentemente, no se opuso. Icono de la marca de cosméticos Myrurgia, se dejó retratar por pintores como Zuloaga o Anglada Camarasa. En 1917 se inició en el cine mudo y actuó en los filmes Pacto de lágrimas o La Pasionaria. En esta última película —dirigida por Joan María Codina— se interpretó a ella misma en un argumento que se daba de bruces con su incipiente feminismo y su insondable libertad: una joven se ve obligada a abandonar su casa paterna tras sufrir una violación. Al reclamar su padre al violador que repare su oprobio casándose con su hija, este solo ofrece dinero, lo que provoca un ataque al padre que le deja postrado. La joven se marcha a América, donde triunfa como artista con el nombre Tórtola Valencia. Años después, regresa y recupera el amor de su padre y de su antiguo novio.

Tórtola Valencia fue la primera en muchas conquistas y así lo certifican libros como Tórtola Valencia and Her Times (1982) de Odelot Sobrac o el más reciente Tórtola Valencia. Una mujer entre sombras (2005) de María Pilar Queralt. Fue de las primeras personas en abrazar el budismo en nuestro país; se declaró vegetariana en una época donde el cordero, la ternera o el conejo eran bocados selectos; fue una de las primeras mujeres que se negó a llevar corsé, una prenda que ella tildaba de «cárcel de los encantos»; manifestó su republicanismo pese a codearse con la alta aristocracia y dedicó los últimos años de su vida a coleccionar piezas de arte precolombino mesoamericano.

Tórtola se retiró poco después de la Primera Guerra Mundial. Alegó que lo hizo por una promesa a su compañera Ángeles que enfermó gravemente. La realidad, como siempre, era más profana: Carmen no soportó la irrupción del cine sonoro y prefirió retirarse a tiempo. Practicaba un arte efímero y antes de la guerra civil ya estaba muy olvidada. Como lo hubiese estado Mata-Hari de no haber sido fusilada por espía doble en 1917. El arte efímero (moda, figurinismo) que Carmen practicaba fue especialmente obviado en la España de aquel tiempo.

Murió a la manera de las grandes reinas locas, retirada en una torre en el barcelonés barrio de Sarrià en 1955. Lo hizo en brazos de su gran amor —Angelita— a la que trece años antes había adoptado legalmente para acallar rumores. Y lo hizo también con una notable adicción a la morfina, costumbre establecida entre los artistas decadentes de principios de siglo. Ellos fueron los raros, los apasionados con temperatura, inmersos en un aterrador mundo gregarizado donde fosforecían con un brillo inigualable.


Más de cien años de pronunciamientos liberales en España

Fusilamiento de Torrijos en la playa de San Andrés, por Antonio Gisbert Pérez (DP)
Fusilamiento de Torrijos en la playa de San Andrés, por Antonio Gisbert Pérez (DP)

Hubo un tiempo en que una buena parte del ejército español era lo que ahora solemos llamar «de izquierdas». Nada más regresar a España Fernando VII se ve claro que el rey no tiene ninguna intención de abandonar el absolutismo. Los liberales que quedan en el país empiezan a conspirar y se suceden una serie de pronunciamientos dirigidos por militares o antiguos combatientes con gran prestigio (como Espoz y Mina). Tenemos casi un pronunciamiento por año, todos con el mismo resultado: fracaso rotundo. Polier, Lacy, Richart, Van Halen, Vidal, uno tras otro son condenados a muerte o tienen que huir a toda prisa del país. Pero la situación cambia en 1820 cuando primero el comandante Riego en Cabezas de San Juan y luego el coronel Quiroga en Cádiz consiguen sublevar al ejército que espera en puerto para ser enviado a América. Esto tendrá dos grandes consecuencias, el Trienio Liberal en España y la emancipación definitiva de las colonias americanas. Pero tiene otra consecuencia menos conocida: la Regencia de Urgell, primer ensayo de las guerras carlistas. Cuando Fernando VII vuelva a recuperar el poder (aunque en realidad no lo ha perdido nunca, simplemente se ha puesto el disfraz de monarca liberal, mintiendo todo lo que le ha hecho falta mientras esperaba la ayuda de la Santa Alianza), tendrá dos enemigos y no uno: los liberales, cada vez menos activos, y los absolutistas, capitaneados por su propio hermano, cada vez más activos.

Conforme pasan los años, Fernando se va acercando a los liberales, porque sabe que los necesita para mantener en el poder a su hija, pero eso no quiere decir que no tenga que matar a alguno de ellos cuando la ocasión lo requiera. Como ocurre con el desembarco y casi inmediato fusilamiento de Torrijos en 1831. Del mismo modo, hay que decirlo, Fernando se tiene que emplear a fondo para reprimir otro ensayo de las futuras guerras carlistas: la revuelta catalana de los «agraviados» o «malcontents» en 1827. La muerte en la playa de Torrijos y sus compañeros ha quedado inmortalizada en el cuadro de Gisbert, pero lo cierto es que pese a esa pátina romántica posterior, el desembarco no tenía ni pies ni cabeza y solo se explica, como dice Josep Fontana, por el desconocimiento de los liberales exiliados de la realidad interior del país.

La situación vuelve a cambiar radicalmente con la muerte de Fernando VII y la regencia de María Cristina de Borbón. Los liberales tendrán el poder, pero eso no evitará que los militares sigan controlando la política, de hecho ahora la controlarán más que nunca. Si ya en las Cortes de Cádiz se ve una incipiente división entre liberales moderados y liberales progresistas, ahora que el absolutismo ya está fuera del Gobierno (aunque aún dé mucha guerra: en concreto, las tres guerras carlistas), las tensiones entre los propios liberales estallan y entre ellos se impone prácticamente un estado de guerra. Espartero, de un lado, y Narváez, por otro lado, protagonizarán una serie de pronunciamientos, actos de violencia, complots y auténticas guerras civiles, que luego serán continuados por O´Donnell, Topete, Prim y Serrano, y eso solo por nombrar a los generales y mandos más relevantes. Recordemos que un personaje tan destacado como Diego de León intenta un asalto al Palacio Real en 1841 y luego se pone su uniforme de general para dirigir él mismo su fusilamiento, que Espartero solo caerá después de bombardear Barcelona, que hace falta una sublevación de los bajos mandos del ejército (la rebelión de los sargentos de La Granja) para que la regente se avenga a traer de vuelta a Mendizábal (uno de los pocos políticos no militares fundamentales de este siglo) y que no será sino la obcecación de Isabel II la que logrará finalmente ponerlos a todos contra ella. ¿Y el resultado? Pues, como no podía ser otro, se producirá un nuevo levantamiento triunfal: la revolución de 1868 o «Gloriosa».

Bien, empieza una nueva etapa. Una monarquía sin rey. Pues lo primero es traer un rey. Y para eso ya tenemos a Prim, viejo militar curtido en mil batallas, paseando por los palacios europeos. Encuentra uno, lo tiene complicado porque tiene que ser un rey constitucional, y de paso provoca sin querer una guerra entre Prusia y Francia y se carga un imperio, el Segundo Imperio Francés de Luis Napoleón; pero la cuestión es que encuentra uno, lo trae a España y antes de que puedan saludarse en Madrid ya está muerto, porque alguien, no se sabe bien quién (o sí se sabe, pero no se quiere saber), manda que le peguen unos cuantos tiros. Vale, se acabó Prim. Los otros se han muerto ya o se van a morir muy pronto. Los antiguos espadones son unos viejecitos que han pasado a la historia. Ahora es el momento de los civiles, con Cánovas y Sagasta. Pero los civiles no vienen solos. Con los civiles vuelve los Borbones. Y los Borbones vuelven, a pesar del rechazo de Cánovas, que tiene prevista otro tipo de vuelta para el hijo de Isabel II, con otro pronunciamiento, solo que este pronunciamiento no es liberal, ni progresista, ni republicano, el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto, y aún tenemos que hablar de otro paso previo, la entrada de Pavía, fusiles por delante, en el Parlamento y la eliminación, de facto, de la Primera República.

El Gobierno provisional en 1869. De izquierda a derecha: Laureano Figuerola, Hacienda; Práxedes Mateo Sagasta, Gobernación; Manuel Ruiz Zorrilla, Fomento; Juan Prim, Guerra; Francisco Serrano, presidente del gobierno provisional; Juan Bautista Topete, Marina; Adelardo López de Ayala, Ultramar; Antonio Romero Ortiz, Gracia y Justicia; y Juan Álvarez Lorenzana, Estado. Foto: J. Laurent. (DP)
El Gobierno provisional en 1869. De izquierda a derecha: Laureano Figuerola, Hacienda; Práxedes Mateo Sagasta, Gobernación; Manuel Ruiz Zorrilla, Fomento; Juan Prim, Guerra; Francisco Serrano, presidente del gobierno provisional; Juan Bautista Topete, Marina; Adelardo López de Ayala, Ultramar; Antonio Romero Ortiz, Gracia y Justicia; y Juan Álvarez Lorenzana, Estado. Foto: J. Laurent. (DP)

Vienen tiempos tranquilos, pero solo en apariencia. En el ejército hay un buen número de militares republicanos que a las órdenes de Ruiz Zorrilla intentarán una serie de pronunciamientos destinados irremisiblemente al fracaso. Son poco conocidos, porque no tienen casi consecuencias, pero justo es nombrarlos:

Asensio Vega, teniente coronel, se subleva en Badajoz en 1883. Esta sublevación se parecerá bastante a la de Jaca de 1930 porque parte de un malentendido. La sublevación había sido aplazada pero las órdenes no llegan o no se reciben bien. Por tanto, la sublevación, que pretendía ser generalizada, se convierte en un problema local sin ningún futuro. Asensio Vega consigue pasar a Portugal. En 1930, Fermín Galán y Ángel García, si bien podían haber intentado pasar a Francia, prefieren quedarse y al quedarse firman su sentencia de muerte y se convierten en los últimos mártires de la causa republicana.

El general Villacampa se subleva en Madrid en 1886. No logra casi apoyos y es vencido después de un corto combate cuando ya había emprendido la huida en Morata de Tajuña. Por entonces, Manuel Ruiz Zorrilla, desde sus exilios en París y Ginebra, pensaba que la república estaba al caer, pero lo cierto es que la Restauración aguantará, aunque de malas maneras, hasta 1923. Y entonces, cuando parece que está al borde de la muerte, acudirá Miguel Primo de Rivera a rematarla y a la vez a salvarla: es decir, a acabar con los políticos inútiles y a reforzar a la monarquía. O al menos esa es su intención. Porque el resultado es que él mismo acaba llenado el país de políticos inútiles (los de su partido: Unión Patriótica) y acaba condenando al rey, que caerá al prescindir de sus servicios en 1930. Una jugada maestra la que pretendía hacer Alfonso XIII, poniendo y quitando generales según le convenía. Lástima que no le sale bien. Ni Berenguer ni Aznar solucionan nada. La cosa ya no tiene remedio. Al despedir a Primo de Rivera se ha despedido a él mismo.

Al rey no parece afectarle mucho su exilio. Tiene tiempo de sobra para pasearse por los casinos europeos y no pierde su buen humor. E incluso se permite, aunque vaya diciendo por ahí que le han dejado sin un duro, dar un jugoso donativo a Franco que ya ha empezado su gran operación de limpieza, porque ya se sabe, un rey es un rey hasta la tumba, y al país uno lo quiere mucho y lo quiere tener bien limpio, aunque no le dejen pisar la amada patria.

Pero volvamos a 1930. Desde el siglo pasado no ha habido más pronunciamientos. ¿Dónde está la izquierda? Peleándose entre sí. Y no solo se pelean, vamos a poner por caso, comunistas contra anarquistas, sino que se pelean dentro de los mismos partidos, como ocurre con el partido republicano a la muerte de Zorrilla. Al final tienen que ser unos militares los que digan: «Ya está bien, hombres, muchos pactos y muchos manifiestos, pero aquí nadie hace nada». Cuando el levantamiento de Jaca fracasa (ya hemos dicho que se sublevaron antes de lo previsto, y en este caso podemos señalar culpables: Casares Quiroga, el que luego será el jefe del Gobierno al inicio de la Guerra Civil, va a Jaca para hablar con los capitanes, pero no llega a hacerlo, según parece porque llegó tan tarde que se fue a dormir directamente, pensando que ya hablaría con ellos a la mañana siguiente), muchos piensan que eso es una gran desgracia. Pero, paradójicamente, es lo contrario. Su fusilamiento los convierte en mártires y eso, además de la propia debilidad y decrepitud de un sistema que ya se mantiene en pie de puro milagro, será el empuje definitivo para la llegada de la Segunda República.

Después vendrán más pronunciamientos. Pero de otro tipo. El de Sanjurjo en el 1932 es el primer aviso. El ejército cada vez es más conservador. ¿Conservador? En realidad conservador es un adjetivo que se queda corto. Se pretende coger la goma y borrar la historia de España del último siglo. Se pretende volver a los tiempos del general Elio. ¿Pero puede haber absolutismo sin rey absoluto? ¿Y para qué queremos rey si ya tenemos caudillo?

¿Y todo esto, toda esta manía de los militares de dirigir el país que se empieza en el siglo XIX y continúa en el siglo XX de dónde viene?

Bien, es una pregunta muy larga de responder. Pero os daré una pista:

El empleo de militares por parte de Gobiernos débiles como rompehuelgas y represores de disturbios no solo provocaba el resentimiento de los oficiales, al verse usados en el poco prestigioso papel de policías, sino que también exponía, a sus propios ojos, la incompetencia del Gobierno civil, condición previa y necesaria a su eventual eliminación por el ejército. 

(El cirujano de hierro. La dictadura de Primo de Rivera, Shlomo Ben-Amí, ed. RBA)

Pues eso.