Oficios artesanos: los trabajos que nunca haría el agente Smith (II)

Fotografía: Mark Vegas (CC).

Artículo Premium. Jot Down Magazine para Alhambra Reserva 1925.

(Viene de la primera parte)

No es un personaje antiguo, y sin embargo es todo un clásico. Hattori Hanzo, el legendario forjador de katanas de Kill Bill, hacía las mejores espadas del mundo. Eran tan valiosas que ni siquiera podían medirse en una escala tan banal como la del precio. ¿Cómo? No lo sabemos, pero lo podemos imaginar. Las shinken y nihonto, aceros japoneses hechos a mano mediante herrería artesana tradicional, son algunas de las armas más caras que se pueden adquirir hoy en día. No resultan muy prácticas en la era de la pólvora y son artilugios demasiado valiosos como para mellar su filo contra otra espada o ensuciarlo con, pongamos, sangre. Aun así, las mejores se venden por precios que alcanzan los veinticinco mil dólares y algunas han llegado a doblar esa cantidad. La razón es simple: su forja, preciosista y muy delicada, dota a las aleaciones de una flexibilidad y una resistencia que desconoce cualquier otro filo del mundo. El precio a pagar por semejante acabado es que ningún momento del proceso, que se puede dilatar durante meses, se puede delegar el trabajo en otra herramienta distinta de las que tienen mango y se empuñan con las manos.

Fotografía: Katana Kaji (CC).

Con ellas empezamos nuestro segundo repaso a algunos de los oficios artesanos que, se pongan como se pongan los ingenieros, la historia y sus revoluciones tecnológicas, empiezan y acaban con las manos. Aquellos que no se miden por automatismos y ratios de producción por minuto, sino por singularidad, calidad y resultados. Y, en algunos casos, por los miles de años que esto lleva siendo así.

Y no estamos exagerando. El verdadero oficio más antiguo del mundo —que, por cierto, no es el que usted se piensa— tiene precisamente esa edad. Una pista: se hace con barro, agua y dos manos. Y también con la ayuda de un torno, al menos desde hace poco tiempo —léase, unos cuantos siglos—. La razón por la que aquí las centurias son eso mismo, «poco tiempo», es que la cerámica es tan antigua que, en realidad, no sabemos lo antigua que es. Y estaremos de acuerdo en que eso es mucho tiempo.

Fotografía: Kathleen Conklin (CC).

O, dicho en propiedad, hemos renunciado a saberlo. Si durante décadas se especuló con la fecha de la invención de la cerámica, muchos arqueólogos contemporáneos prefieren dejar la cuestión en suspenso, al menos de momento. Cada fecha que se ha propuesto se ha tenido que revisar y retrasar con cada nuevo hallazgo, y si algo se halla con facilidad en los yacimientos arqueológicos de cualquier lugar del mundo, eso es cerámica. Algunos de los ejemplos más antiguos que se conocen son venus y vasijas de la cultura gravetiense, de hace cerca de treinta mil años. Hoy el progreso de la ingeniería puede ofrecer al ceramista la posibilidad de automatizar su trabajo e incluso de producir en serie, pero es eso mismo: una posibilidad. La mejor cerámica, hoy como hace treinta siglos, sigue siendo la que se hace con los dedos.

Porque los dedos, por si no lo sabe, son una herramienta tan útil que sirven incluso para enmendar las imprecisiones de las unidades de medida estándar. Un ejemplo: sea en pulgadas o centímetros, debe interponer un dedo —preferiblemente el corazón— entre la cinta métrica y el cuerpo para medir el pecho, pero no cuando se trate de la cintura. Siempre que esté tomando medidas para una chaqueta, claro. Cuando sean para una camisa, sin embargo, sí conviene añadir un dedo extra al diámetro de la cintura y otro al del cuello, aunque eso depende del cuello. Estamos fabricando un traje, uno que se ciña debidamente a nuestra figura y dé la mejor imagen de nosotros, y por eso no hemos acudido a ninguna casa o firma, sino a un sastre. Los trajes de fábrica son más accesibles, pero pecan de atenerse a las medidas estándar. Son universales y obedecen a un canon. Y el canon, ya se sabe, es desagradecido con quien no cumple con sus reglas. Desagradecido y, por descontado, desfavorecedor.

Fotografía: Lena Vasiljeva (CC).

Un modisto, en cambio, medirá nuestro brazo en dos tramos, nunca uno solo, y el ancho de la espalda de hombro a hombro, aunque también se comprobará con la cinta que sus dos mitades presentan el mismo ancho —algo no tan frecuente como podría parecer—. En sastrería solo hay una norma universal: medir cerrando la cinta por delante, no por detrás. Y es puramente técnica. A partir de ahí, cada profesional obedece a sus propias intuiciones, algo imprescindible en un oficio que consiste en vestir del mismo modo a las personas, entre las que —y esto es algo ampliamente documentado— no hay dos iguales. Puede que no con la frecuencia con la que solían, pero en la era de las franquicias de ropa y los grandes emporios textiles, los sastres siguen esgrimiendo alfileres, tomando medidas y trazando patrones. Por algo será.

De hecho, las industrias en las que imperan el estándar, la producción en serie y el acabado universal no han fulminado la artesanía. Se lo pueden haber puesto complicado a muchos oficios, pero en otros han abierto nichos donde simplemente no había ningún tipo de manufactura. De hecho, una de las profesiones artesanas de mayor salud en nuestro tiempo anida en una industria que rara vez asociamos al trabajo con las manos: la automovilística.

Fotografía: Flavio (CC).

Porque, ¿qué es tunear? Según la RAE, «hacer vida de tuno» o «proceder como tal», aunque en la calle el tuneo o tuning tenga ya poco que ver con vestir mallas y cantar serenatas. En realidad, la personalización de vehículos comenzó a mediados del siglo pasado, pero no ha sido hasta finales del XXI y principios del XXI que cualquiera puede disponer de un vehículo tuneado. Las posibilidades son infinitas porque, precisamente, consiste en eso: en modificar, equipar y rediseñar nuestro coche con total libertad, al efecto de convertirlo en algo singular. Y en la versión más refinada de este arte tan nuevo, en restaurar modelos antiguos y darles una segunda vida en las carreteras de hoy. Nada de lo que entiendan los clásicos brazos robóticos de las grandes cadenas de montaje, esos de los que se reseña con frecuencia su precisión y el elevado número de piezas que son capaces de manufacturar —a falta de un verbo mejor—.

Y ahí está el quid, por supuesto. En que la cantidad suele estar reñida con la calidad. Y esa es el arma que blande lo artesano en la batalla que  planta a lo industrial. A veces porque hacer las cosas lentamente es la única manera de hacerlas y a veces porque hacerlas lentamente es hacerlas mejor. ¿Sabe lo que es un queso hecho rápidamente? Es simple: un queso peor.

Fotografía: Lars Plougmann (CC).

Y lo mismo ocurre con el resto de lácteos o con los embutidos de cualquier tipo, por poner solo un par de ejemplos. Nada que no sepa cualquiera equipado con un paladar, particularmente los de paladar más preciso. La cata es otro de esos oficios en los que las prisas son malas consejeras, quizá porque el diagnóstico del catador incluye en muchas ocasiones la propia cantidad de meses o años que ha requerido un determinado alimento o una bebida para alcanzar su punto óptimo. Puede que un análisis revele la cantidad exacta de componentes químicos y su proporción, pero no se engañe: una cerveza de calidad, un buen jamón o un gran queso son algo más que la suma de sus ingredientes.

Fotografía: Quinn Dombrowski (CC).

No es una forma de hablar. Tome el ejemplo de un retrato al óleo, por ejemplo. O a la acuarela o al carboncillo. ¿Acaso diría que es la mera suma de sus materiales? Durante siglos, la pintura era la única manera de preservar la imagen de cualquiera. Cuando la técnica de la fotografía se generalizó a mediados del XIX muchos auguraron el fin de los retratos con pincel, pero nada más lejos de la realidad. De hecho hoy, en plena era del Photoshop, el retrato manual no se limita a sobrevivir, sino que se cotiza bastante más que cualquier fotografía. ¿La razón? Es complicado asignarle un nombre, aunque todos sabemos cuál es. Ese plus misterioso, el enigmático extra de valor y calidad inherente a la producción artesanal.

Fotografía: Sadaton (CC).

No tiene nada que ver con la precisión, y a veces siquiera con la delicadeza. De entre todas las artes clásicas, una de los que tiene que lidiar con materiales más bastos es seguramente la vidriera, y es por eso precisamente que aquí tampoco las máquinas consiguen hacer un trabajo mejor que el de las manos. ¿Por qué, si no son más que pedazos de cristal engarzados en metal? Misterio, pero así es.

Fotografía: Flavio (CC).

Alhambra Reserva 1925. Si te gusta este artículo, pincha aquí.


Oficios artesanos: los trabajos que nunca haría el agente Smith

Fotografía: Erich Stüssi (CC).

Artículo Premium. Jot Down Magazine para Alhambra Reserva 1925.

«Nunca envíes a un humano a hacer el trabajo de una máquina». Lo dijo el agente Smith, toda una autoridad la materia. Y tenía razón, al menos si lo miramos desde su propio punto de vista. Para su desgracia, ni él ni ninguna otra máquina se ha distinguido jamás por tener un punto de vista demasiado amplio, o acaso un punto de vista a secas. Mientras esto sea así —crucemos los dedos, nosotros que los tenemos—, seguirá habiendo tareas en los que la regla aplica a la inversa y las manos humanas no son solo la mejor opción, sino la única. Tareas que necesitan eso mismo, un punto de vista. O pasión, si prefieren. E incluso alma. Llámenlo como quieran o por su nombre, que siempre es lo mejor: artesanía. Esa alquimia misteriosa que hace de cualquier producto, cualquiera, uno superior. Hoy repasaremos algunos de los trabajos que, se ponga como se ponga, nunca podría hacer el agente Smith:

Trabajar el vidrio, por ejemplo. Y, en concreto, soplarlo. Hubo un tiempo en el cristal no se soplaba y este solo se presentaba en bloques, de modo que se usaba poco más que para confeccionar cuentas de collares y otros ornamentos.

Diego Rodriguez, maestro soplador de AR1925.

En el siglo I, sin embargo, los fenicios descubrieron que soplando el vidrio incandescente se podía moldear. ¿Cómo? Con un crisol, una pipeta y mucha pericia. Esa es la razón por la que, hasta el día de hoy, los mejores productos de vidrio que se producen siguen siendo artesanales. No digamos ya cuando se trata de convertir el cristal en arte.

Otra cosa muy vieja: los libros. No son objetos particularmente delicados, y sin embargo la encuadernación artesanal sigue siendo un oficio que goza de salud. ¿Por qué? En realidad, por la misma razón que con el vidrio. Bajo las manos expertas, un manojo de hojas cosidas a dos tapas duras pueden acabar convertidas en una verdadera obra de arte.

Fotografía: David Slack (CC).

En otras ocasiones la obra de arte ya existe y se trata de que recupere su antiguo esplendor. Es a lo que se dedican los profesionales de la restauración arqueológica, otro oficio en el que las técnicas no son siempre artesanales, pero sí lo son las manos que las acometen. Aquí no hay dos trabajos iguales ni automatismos que valgan. La formación del restaurador, su sensibilidad y su conocimiento de la pieza original son determinantes para que un friso griego, un templo egipcio o una escultura romana luzcan como en sus tiempos de gloria.

Fotografía: Cordon Press.

Igual que ningún ordenador puede crear la música que sí hace un humano o que ninguna máquina puede ejecutarla como los dedos, tampoco se sabe de ninguno que haya fabricado un instrumento mejor que el mejor artesano.

Fotografía: Fabien Lemetayer (CC).

Incluso a veces no se sabe siquiera cómo lo hace el propio lutier, como ocurre con los violines de Antonio Stradivarius. Aunque se han manejado todo tipo de especulaciones para explicar su sonido excepcional —desde el barniz que utilizaba el autor hasta la particular morfología de la madera en la época en que vivió, conocida como la Pequeña Edad de Hielo—, lo cierto es que nadie hasta hoy ha conseguido fabricar ningún instrumento de cuerda mejor. Ni, por descontado, ninguno más caro.

Y hablando de instrumentos, es probable que no conociera este: el órgano de perfumes. Es una manera algo poética de designar el antiguo banco de trabajo de los perfumeros, pero el paralelismo con los instrumentos musicales no deja de ser acertado. La creación de un perfume es como la creación de la música o de la pintura. Técnica aparte, requiere creatividad, sensibilidad y ese toque humano sutil, pero imprescindible, que lo convierte en un oficio puramente artesanal.

Fotografía: Vetiver Aromatics (CC).

Cuando la ciencia química es infinitamente más avanzada que en la época en la que los humanos empezamos a crear perfumes, es muy significativo que la formulación de estas esencias siga siendo un trabajo exclusivo de manos —y narices— artesanas.

La razón por la que es así también está en los pósteres antiguos, esos clásicos de propaganda bélica o de corridas de toros de mediados del siglo XX que hoy tienen algo que los hace especiales. ¿Encanto? ¿Delicadeza? Un poco de ambas, porque también eran productos artesanales. Aunque la litografía sea una técnica para reproducir en serie obras originales, lo cierto es que ninguna prensa da mejores resultados que con los ajustes que solo conoce un maestro artesano.

Fotografía: John Bell (CC).

Y lo mismo ocurre con las imágenes, esas estatuas que son escultura pero también algo más. La mirada al cielo, los brazos extendidos y los pliegues de la ropa al recogerse de una manera precisa, una que sugiera la divinidad de la figura y sirva a su propósito eucarístico. Representan temas divinos y por eso son siempre humanos quienes las hacen. ¿O acaso confiaría la representación de un dios o de un santo a una impresora 3D?

Fotografía: Liz West (CC).

Alhambra Reserva 1925. Si te gusta este artículo, pincha aquí.