Invasión: nos atacan los alienígenas pero nadie lo sabe

Invasión. Imagen: Apple TV +
Invasión. Imagen: Apple TV +

Aquella atrevida versión de La guerra de los mundos que Orson Welles retransmitió en la radio y que tanta popularidad le granjeó tenía un punto de pureza que ya no existe. Y es que, a pesar de las advertencias previas, muchos oyentes pensaron que estaban siendo invadidos por extraterrestres y reaccionaron en consecuencia a esa noticia. En el momento en el que lo escucharon, lo experimentaron. 

Y digo que hay algo puro en eso porque en todos los relatos posteriores que hemos recibido desde la ficción, nosotros, los espectadores, los lectores, ya nos identificamos como audiencia y sabemos que los retos a los que se enfrentan los personajes tienen que ver con la venida de seres de otros mundos. Nosotros somos conscientes porque hemos leído las sinopsis, hemos visto los anuncios y sabemos cómo se titula la historia. E.T., La llegada, La guerra de los mundos… tenemos claro a qué vamos. Ellos, los seres de la pantalla, no tienen ni idea de que protagonizan un relato de ataques alienígenas.

A la hora de establecer una narración, siempre hay que pensar en cómo se administra la información. Si los personajes saben más que la audiencia, lo que ocurre es confuso y, si esta sensación se alarga en el tiempo, el público puede acabar claudicando por aburrimiento e incomprensión. Si saben menos, se genera un suspense que mantiene el interés. Es el fundamento de la intriga. Como esto puede durar lo que el relator desee, se corre el riesgo de estirar demasiado la goma y romperla, de que el espectador, harto de tener tanta información y de que nadie en la ficción se entere de nada, decida abandonar. Es complicado, por ejemplo, empatizar al cien por cien con la confusión que invade a todo un planeta cuando no dejan de pasar cosas raras y ningún ser humano se entera de la misa la mitad. 

Bienvenida, sin embargo, Invasión. Porque tras cuatro horas de televisión, los personajes siguen sin saber exactamente qué está pasando… y no importa. O, al menos, no importa todavía porque interesa descubrir qué hace cada una de estas personas, escasas de información, cuando la situación les lleva al límite, cuando se enfrentan a lo desconocido y cuando lo desconocido les fuerza a colocarse frente al espejo.

Hace años, Damon Lindelof estrenó en HBO The Leftovers, una narración que ya le daba la vuelta a las catástrofes. A pesar de tener un planteamiento distópico —el dos por ciento de la población desaparece de repente y somos testigos del desconcierto que ahoga a los supervivientes—, la serie de Lindelof nunca quiso aclarar, sino realizar un estudio del ser humano y su comportamiento tras vivir algo inexplicable. En realidad, ya lo había intentado antes, en Perdidos. En ese caso, el éxito obligó a retorcer la trama y elaborar respuestas a cuestiones que nunca se deberían haber planteado. The Leftovers, en cambio, se mantuvo en sus trece y decidió no resolver la pregunta inicial —por qué ha pasado eso— sino dar testimonio de qué ocurre después, qué hacen aquellos que se han quedado en tierra, metafórica y literalmente. 

No es culpa solo del compositor Max Richter que Invasión remita, irremediablemente, a The Leftovers. Además de música y ambientación parecidas, ambas comparten un objetivo común: el efecto que lo extraordinario tiene sobre lo que parece ordinario.

Creada por Simon Kinberg (productor de Marte o Logan) y David Weil (guionista de Solos y Hunters, entre otras), Invasión intercala múltiples historias que suceden en diferentes partes del mundo: Estados Unidos, Japón, Afganistán, Reino Unido… En cada uno de estos microcosmos, la realidad de los protagonistas ya está bordeando el conflicto: un sheriff se tiene que jubilar pero no quiere, una feliz madre de familia descubre que su marido no es quien parece ser, una pareja cuyo amor está mal visto en la sociedad a la que pertenecen se enfrenta a una separación, un soldado estadounidense destinado en Afganistán vive en riesgo cada día y un adolescente que sufre abusos en el colegio se enamora de una compañera. Todas las tensiones que generan esas situaciones individuales se ven exacerbadas por el hecho de que… bueno, les invaden los marcianos. Pero no lo saben. Solo saben que está ocurriendo «algo más» y que no tienen control sobre ello. Nosotros absorbemos una perspectiva global, pero cada uno de ellos solo tienen su punto de vista local para intentar resolver los interrogantes. «Qué ocurre» no es tan importante como «qué hago yo frente a esto». 

En una escena del segundo capítulo, cuando Aneesha Malik (el personaje interpretado por Golshifteh Farahani, una de las caras más «famosas» del elenco) quiere abandonar su casa para ver qué demonios está pasando fuera, su marido la retiene. «No es seguro salir a la calle», alega, apelando a lo desconocido. «¿Y es seguro quedarme en casa?», replica ella, devolviendo la discusión al hogar. El intercambio remite al que realizan los personajes de Jude Law y Natalie Portman en Closer, de Mike Nichols. Invasión, en determinados momentos, es igual de cruda que ese filme lleno de tensiones y sentimientos. Llevados al límite, los personajes son tan impredecibles como humanos. De hecho, aquí no hay efectos especiales abrumadores como si esto fuese Independence Day, sino que las explosiones y las bolas de fuego suceden en un segundo plano o directamente en una elipsis. Es como si los creadores asumiesen que la audiencia ya sabe cómo va esto y no hiciese falta deleitarnos otra vez con un ataque extraterrestre. 

Porque, a pesar de los dineros que se ha dejado Apple+ en el rodaje de esta serie, se ha apostado al verdadero caballo ganador, el que retiene a los espectadores en su sofá: los personajes en quienes invertimos nuestro preciado tiempo.

Así, de momento, Invasión no epata ni parece necesitarlo. Porque, aferrada a las historias personales, funciona.


La segunda muerte de Heracles

Heracles
Hércules luchando con la Muerte por el cuerpo de Alcestis, Frederic Leighton, 1871.

Heracles, vencedor aún jadeante, arrastra la cabeza de la Hidra ante los atentos ojos de su sobrino Yolao, que porta la antorcha crepitante en su mano derecha, mientras trata de recuperar el aliento. Camina por la ruta sagrada que recorre el trayecto entre Lerna y Eleunte. Tras unos pasos, levanta pesadamente la losa y entierra la cabeza, aquella que ni siquiera el hierro ha podido herir. Los restos del despiadado monstruo acuático ctónico con forma de serpiente salpican el terreno pantanoso próximo a Nauplia. La bestia ha sido masacrada y despedazada, y sus infinitas cabezas esparcidas por la ciénaga oscura. Ha concluido el segundo de los trabajos previstos por el oráculo de Delfos, consiguiendo una prórroga excepcional a una muerte que solo el héroe ha podido burlar.

Pero Heracles desconoce el misterio de la transfiguración. La cabeza inmortal de la Hidra mutará lenta y pausadamente a ser heterocéfalo, mientras el semidiós, ajeno a su destino, emprende la búsqueda de la cierva de cuernos dorados y pezuñas de bronce. El animal quimérico hijo de la Hidra resultará ser un engendro todavía más poderoso que la propia serpiente policéfala. El origen del decimotercer trabajo. El definitivo. Aquel que traerá indefectiblemente la segunda muerte de Heracles.

El animal invencible monocéfalo, la bestia de la cabeza heterogénea, descubierto en 1842 por el explorador Wilhelm Peter Eduard Simon Rüppell, el primer naturalista en atravesar el reino de Abisinia. Rüppell, el primer europeo que observó la rata histricomorfa, el único superviviente hegemónico de su género, un animal dotado de un poder excepcional, casi mágico, probablemente alienígena.

La estructura eusocial de una reina dictadora, con un pueblo subterráneo sometido, dividido en castas dominadas; los sirvientes, los soldados, ambos estériles, y su harén particular, los tres machos fornicadores. Una sociedad altamente organizada, sojuzgada por una hembra mucho más grande que el resto, con un mayor número de vértebras en su columna, un tercio más grande que sus congéneres, nacida para mandar, que obliga a que todos sus súbditos se rebocen en la orina aristocrática, marca indeleble que subyuga a su estirpe. Una reina surgida de la lucha a muerte con otras hembras por el trono.

El animal cuasi ciego, lampiño, repugnante, pero con unos poderes posiblemente venidos desde otro mundo. El heterocéfalo o farumfer, que puede usar las diminutas patas para correr a la misma velocidad hacia delante y hacia detrás, tal es su deforme constitución, condenado como está a un mundo angosto de túneles y galerías asfixiantes, carentes de aire, convirtiéndose por derecho propio en el guardián de un inframundo que antes pertenecía a la Hidra policéfala de aliento venenoso.

El animal que resulta insensible al dolor, una bestia con deficiencias en los neuropéptidos de sus fibras sensoriales cutáneas, haciéndolo indoloro a las agresiones; la insensibilidad, la mayor coraza de protección conocida.

El animal inmune al cáncer, que ha conseguido desarrollar un mecanismo adaptativo de acumulación de ácido hialurónico y de activación de genes supresores de tumores que le permiten resistir a la malignidad celular, en una suerte de supremacía darwinista, que sobrepasa de largo al resto de los mamíferos.

El animal que puede vivir casi en ausencia de oxígeno. Un ser que ha desarrollado extrañas características para adaptarse a un mundo subterráneo en el que apenas hay aire respirable, seleccionando minuciosamente las mutaciones genéticas adecuadas para ello. Un vertebrado asqueroso, capaz de vivir en atmósferas con el 80 % de dióxido de carbono y tan solo el 20 % por ciento de oxígeno, o capaz de sobrevivir durante horas en ambientes con cantidades irrisorias de oxígeno, más próximas a las del planeta del dios de la guerra que a la propia Tierra.

Un animal que además es capaz de adaptarse al frío y al calor más extremos, que adapta vertiginosamente su temperatura corporal a la del entorno, sin inmutarse apenas.

Un animal, además, casi eterno. La extremada longevidad le permite alcanzar la treintena de años, el roedor más longevo del punto azul pálido, según la revista Science. Comparado con una rata común, es como si un humano pudiera vivir mil doscientos años, como si fuésemos contemporáneos del nacimiento de los primeros samánidas de la oriental y lejana Samarcanda. La bestia raída que desafía a la ley de Gompertz-Makeham, aquella que reza que el aumento de mortalidad de una especie depende de la edad. El monstruo que no envejece, cuyo cerebro no sufre cambios con los años, que muestra una senescencia exigua. Un animal que consigue acercarse a la inmortalidad reduciendo su metabolismo en los tiempos difíciles, un ser que vive su vida en pulsos. La rata pulsante.

En conclusión, el animal definitivo, el digno hijo de la Hidra de Lerna. El futuro asesino de Heracles. Tal vez venido de más allá de nuestro sistema solar, proveniente de la eyaculación cósmica de la panspermia, como los cefalópodos, o cabeza-patas, en una suerte de analogía a los seres interestelares de La llegada, en las naves-molusco que exhibían su majestuosidad suspendiéndose en una ingravidez mágica sobre la campiña de las lejanas tierras de Montana.

Afirman los investigadores que, efectivamente, esos seres anómalos no cuadran. Que vienen de estrellas lejanas, o cabalgando sobre cometas más allá de la nube de Oort. Que llegaron aquí tras la explosión cámbrica. Que se conforman como el más alto vértice de la pirámide del segundo foco de complejidad inteligente de la evolución. Que sus huevos fertilizados llegaron criopreservados y protegidos en una extraña matriz en los cometas, cual arcas de Noé, preñando prolijamente los mares paleozoicos, hace cientos de millones de años, en el preciso instante de la máxima fecundidad de los océanos, dando origen a la radiación evolutiva en la época de la Gran Gondwana. Solo así se puede explicar el asombroso nivel de complejidad del genoma de los pulpos, o su cantidad de genes, muy superior al de los humanos. Solo así se puede entender el enorme encéfalo, su sofisticado sistema nervioso, sus ojos más semejantes a cámaras fotográficas que a órganos de animales, sus cuerpos blandos y flexibles, su prodigiosa capacidad de camuflaje instantáneo. La teoría de la biología cósmica, o la tesis de Hoyle-Wickramasinghe, que se añade a otros seres alienígenas que conforman ese bestiario galáctico, tales como los tardígrados, los monstruos de Tully, o las bacterias encontradas a altitudes estratosféricas, a decenas de kilómetros de altura, lejos de nuestro planeta.

O tal vez tales peculiaridades extraordinarias correspondan a robots camuflados provenientes de cierta ruta en diagonal por la Vía Láctea, diseñados por los arquitectos siderales de civilizaciones inteligentes que ya han adquirido la consciencia necesaria de que habitamos un océano interestelar insondable que nos condena a una soledad eterna en nuestro oasis particular, y que solo somos, son, capaces de otear torpemente mundos lejanos y extraños, como el niño que escruta su domo de nieve, siendo dolorosamente conscientes de que estamos condenados a morir sosegadamente, a extinguirnos como civilización, y que nunca, nadie, podrá visitarnos jamás.


Lingüística alien: el reto de comunicarse con extraterrestres

Arrival. Imagen: Sony Pictures.

La lingüística alien existe. A los aliens no los hemos visto todavía, pero de la investigación sí tenemos noticias. No todo es ciencia ficción como en Arrival, la película de Denis Villeneuve que trata sobre una experta en lingüística a la que el gobierno de los Estados Unidos encarga que descifre el mensaje que unos extraterrestres intentan transmitir a la sociedad. Sin embargo, es precisamente con el escenario ficticio de Arrival con lo que sueñan los lingüistas que emplean parte de su tiempo en la rama alien. Por lingüística entendemos el estudio teórico del lenguaje y de cuestiones comunes a diversas lenguas. Cuando el sustantivo lingüística va acompañado del prefijo exo-, que significa ‘fuera’, ‘exterior’, o xeno-, que significa ‘extranjero’, hablamos de exolingüística o xenolingüística, es decir, lingüística alien.

Nos podemos hacer una idea sobre qué trata esta rama de la lingüística por la mencionada Arrival (2016), basada en el relato La historia de tu vida (1998) de Ted Chiang, además de por muchas otras obras de ficción. El tema del lenguaje alienígena en la ficción es tan antiguo como el mismo género narrativo. Ya en el siglo XVII, cuando en Inglaterra apenas se escribía en prosa y los géneros predominantes eran el teatro y la poesía —con excepción de alguna notable crónica sobre la peste y el incendio que arrasó Londres—, Francis Godwin se propuso describir el lenguaje de los habitantes de la Luna en The Man in the Moone, una narración escrita en primera persona. En su novelita, los selenitas hablan un curioso idioma a base de melodías musicales que el protagonista, Domingo, aprende rápidamente, lo que le permite comunicarse. Algo más tarde, en 1880, Percy Greg se sirvió del artificio de la traducción en Across the Zodiac para mostrar el lenguaje de un mensaje llegado a la Tierra desde el espacio. En la Trilogía cósmica (1938-1945) de C. S. Lewis los pobladores de Marte y Venus hablan el mismo idioma, el solar antiguo. Stanislaw Lem, en La voz de su amo (1968), describe el esfuerzo de los científicos para decodificar, traducir y comprender la transmisión extraterrestre. También Asimov toca el tema. Y Philip K. Dick, y Ursula K. Le Guin, y Scott Card, entre muchos otros. El lenguaje alienígena es un tema inagotable, de los favoritos de los escritores de ciencia ficción.

Pasar de la ciencia ficción a la ciencia a secas es el objetivo de la lingüística alien. De momento la llamaremos protociencia, porque todavía no aparece en los manuales de lingüística de referencia. Pero parece que va en serio. Y, aunque suene muy marciano, el hecho de que se organice un taller al que acuden Noam Chomsky, Ian Roberts y otros lingüistas de renombre, en el año 2018, con el apoyo del SETI y del METI, da que pensar: o se lo están tomando muy en serio o no saben cómo llamar la atención. El METI (Messaging Extraterrestrial Intelligence) tiene como misión enviar mensajes a la inteligencia extraterrestre. El SETI (Search of Extraterrestrial Intelligence), por su parte, se encarga de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, de detectar los mensajes. Ambos institutos se complementan al aunar esfuerzos para alcanzar los sistemas estelares que están relativamente cerca del Sol y que albergan planetas del tamaño de la Tierra en los que se dan las condiciones adecuadas para recibir y enviar mensajes de y desde esos sistemas estelares.

Desde los años sesenta, los científicos se han mostrado optimistas en cuanto a la existencia de extraterrestres. El 15 de agosto de 1977, el radiotelescopio Big Ear de Ohio detectó una señal, la conocida como Wow!, proveniente de la constelación de Sagitario, que podría haber sido emitida por seres inteligentes. Se pensó que la paradoja del físico Enrico Fermi, según la cual en caso de existir otras civilizaciones en el universo ya nos habrían visitado, ya no era tan paradójica. Frank Drake, quien años antes, en 1961, había planteado una ecuación para calcular el número de pueblos extraterrestres con los que la humanidad podría establecer contacto, lideró la fundación del SETI en 1984.

El mismo Frank Drake parece haber sido la primera persona en enviar en serio un mensaje a otros sistemas estelares, usando un radiotelescopio instalado en Arecibo, Puerto Rico, en 1974. El mensaje contenía los números del uno al diez, los números atómicos del hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno y fósforo, las fórmulas para los azúcares y las bases de los nucleótidos del ADN, el número de nucleótidos del ADN, la estructura de doble hélice del ADN, una figura de un ser humano y su altura, la población de la Tierra, un diagrama de nuestro sistema solar y una imagen del telescopio de Arecibo con su diámetro. En esta señalada ocasión no se utilizó ninguno de los lenguajes matemáticos que, desde hacía unos años, se habían ido diseñando para contactar a los alienígenas. Posiblemente el más conocido de estos lenguajes sea Lincos, acrónimo de lingua cosmica. Descrito por Hans Freudenthal por primera vez en 1960, se trata de un lenguaje matemático sobre el cual, en 1963, Lancelot Hogben elaboró otro código, Astroglossa. Otro lenguaje basado principalmente en las matemáticas como Lincos y Astrologlossa es el lenguaje de Carl L. DeVito y Richard Oehrle, descrito en 1992. Sin embargo, los mensajes enviados al espacio han sido, como el de Arecibo, menos sofisticados: los discos de oro de las Voyager, que contienen saludos en cincuenta y seis idiomas, o las placas de las sondas Pioneer, con dibujos de dos figuras humanas y un haz de líneas como Sol.  

Después de décadas de lanzar mensajes, diseñar lenguajes y explorar parte del espacio visible en busca de señales emitidas por otras civilizaciones, se pasó del optimismo razonable al más absoluto pesimismo. Nadie parece haber escuchado los mensajes enviados y, en los últimos años, la financiación del SETI se ha ido reduciendo drásticamente. Curiosamente, esto ha sucedido durante los años en los que más hemos oído por parte de políticos y gente poderosa eso de que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Sin embargo, en este caso cabría preguntarse por qué las emisiones de radio tienen que ser necesariamente el medio de comunicación que usar con los extraterrestres. Ahora que las comunicaciones son digitales, ¿por qué iban los extraterrestres a usar la comunicación por radio? ¿Y si desconocen ese medio? Después de todo, nosotros apenas lo hemos utilizado cien años. Hay que pensar en otros medios de comunicación y otros lenguajes, y es entonces cuando el SETI y el METI, venidos a menos, aceptan reunirse con lingüistas y contemplar escenarios tipo Arrival.  

Hasta ahora, los mensajes diseñados para ser enviados a los extraterrestres no han usado el tipo de lenguaje que estudian los lingüistas, pero nadie sabe qué tipo de lenguaje debería utilizarse. Lo que sí parece claro es que el lenguaje usado debe ser otro, y ese es el punto de partida de la lingüística alien. El objetivo es estudiar idiomas que nadie ha escuchado todavía, los que hablan los alienígenas. Como todavía no conocemos esos idiomas, deberíamos intentar averiguar cuál sería el primer paso para tratar de comunicarnos. Este campo de investigación abarca, además de la lingüística, la astrobiología, el estudio de la vida en el universo. La lingüista —y escritora de ciencia ficción— Suzette Haden Elgin creía que la manera en que el cuerpo y la mente de los humanos interactuaban con el medio ambiente era fundamental para su forma de pensar, y para la construcción del lenguaje.

Otros lingüistas, como Noam Chomsky, mantienen que lo que da vida al lenguaje es el hecho de que estamos diseñados para aprender idiomas basados en un conjunto común de principios que podemos llamar «gramática universal». ¿Podrían los aliens tener esta gramática? En la conferencia de 2018, eso mismo dijo Chomsky: «El lenguaje marciano podría no ser tan diferente del lenguaje humano después de todo». ¡Y lo dijo en serio! Y dio unas cuantas ideas más. En primer lugar, apuntó que, si las leyes de la física funcionan del mismo modo en todas partes, las lenguas de los alienígenas podrían estar sujetas a los mismos factores que las lenguas de los seres humanos y los animales. Y seguidamente mencionó las características que los humanos y los aliens tendríamos en común en términos de lenguaje: la primera, que los idiomas alienígenas se encuentren sujetos a restricciones funcionales adaptativas similares a las de los lenguajes humanos y, la segunda, que los aliens utilicen su lenguaje para comunicarse del mismo modo que lo hacemos los humanos. La idea básica de toda su ponencia es que hay aspectos del universo que, valga la redundancia, son universales. Al tiempo que los extraterrestres pueden haber evolucionado de manera muy diferente a nosotros en mundos también muy diferentes, todas las especies y, por extensión, todas las lenguas deben surgir esencialmente del mismo caldo elemental.

En caso de contacto, primero habrá que detectar si la señal recibida tiene una estructura que indique que proviene de una fuente inteligente, y entonces habrá que categorizar el tipo de estructura detectada y luego descifrar su contenido: los patrones que sigue y las partes del discurso que lo codifican internamente. De este modo buscaremos universales del lenguaje para diseñar métodos computacionales que nos permitan discriminar qué es lenguaje y qué no lo es, y así estableceremos cuáles son los principios del lenguaje. Esto es, lo que en lingüística viene siendo hacer trabajo de campo. Pero con los aliens, advierte Chomsky, el espacio perceptual puede ser desconocido y no podemos presumir que la estructura sea la del lenguaje humano, ni parecida. Necesitaremos acercarnos a la señal del lenguaje desde un punto de vista ingenuo, ignorante, asumiendo lo menos posible.

Chomsky no dijo mucho más en la charla, pero su argumento en torno a los universales del lenguaje en el universo, o los multiversos, tiene que ver, hasta cierto punto, con un interesante artículo que publicó en Linguistic Inquiry en 2005, del que reproduzco unas líneas a continuación: «Una vez superadas las barreras conceptuales impuestas por el marco teórico, ya no necesitamos asumir que los medios para generar expresiones estructuradas son extremadamente articulados y específicos. Podemos considerar seriamente la posibilidad de que puedan reducirse a principios independientes del lenguaje, haya o no elementos homólogos en otros dominios y organismos. Podemos, en resumen, intentar afinar la pregunta de qué constituye una explicación basada en principios para las propiedades del lenguaje, y pasar a una de las preguntas más fundamentales de la biología del lenguaje: ¿en qué medida el lenguaje se aproxima a una solución óptima de las condiciones que debe satisfacer para ser utilizable, dada la arquitectura estructural extralingüística?»

Chomsky siempre hace grandes preguntas —en su opinión, pregalileicas— y trabaja incesantemente en las respuestas. Si fuéramos a vivir cien años más, apostaría lo que me pagan por este artículo a que Chomsky desarrollaría una gramática multiversal.


Bibliografía

Chomsky, Noam. 2005. «Three Factors in Language Design». Linguistic Inquiry 36(1): 1–22.


¿Cuál ha sido el alienígena audiovisual más salao?

España pugna por la llegada del telescopio TMT, que permitirá observar los lugares más profundos del universo y examinar el tiempo inmediatamente posterior al Big Bang, han anunciado los medios. Esto es, investigar si hay vida fuera de nuestro sistema solar. Sería un alivio para las tensiones planetarias encontrar vida homologable ahí fuera. Nos compararíamos con ella y no tanto entre nosotros. Nacería el nacionalismo terrícola que aliviaría el estrés que nos causan tantos complejos. Dicho lo cual, a modo de hipótesis, podríamos ir anticipando esas tensiones interplanetarias con los alienígenas más populares que han brotado de la mente humana para ver cómo se nos da. Elija a su enemigo del futuro o añada en los comentarios el que estime oportuno.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Alf

Su planeta Melmac —desgraciadamente desaparecido— tenía campos azules, cielos verdes y aguas naranjas. Los cielos verdes ya los tenemos en las más insignes capitales, pero con lo de las aguas azafranadas sí que le podemos dar con un «la playa de mi pueblo es lo más mejor, en el tuyo el agua está muy fría/sopa, hay muchas olas/sopa», añadiendo un «yo en agua tan naranja no me meto». También come gatos, algo de todo punto censurable, lo que podría aliviar la presión que sufren en Islas Feröe los padres de familia que llevan a sus hijos a destripar ballenas. En un sentido contrario, el Alf televisivo acabó adorando a los gatos y rechazó comérselos, aunque en su planeta formaban parte del ganado habitual, lo que es un claro ejemplo de revelación vegana, por lo que podría haber puntos en común con los melmaquianos que se deconstruyan.


Diana

Uno de esos casos en que los hombres prefieren a una mujer vestida que desnuda. V era una serie que iba a versar sobre antifascismo, pero para los ochenta hubo que darle un satinado y convertir a los fascistas en alienígenas. Su relación con el poder económico y la propaganda estaba muy bien traída, pero capturar el erotismo de Ilsa, la loba de las SS solo era posible si la alienígena no aparecía completamente desnuda, pues bajo su piel humana artificial habitaba un lagarto con cierto aire al Tarado de Pulp Fiction solo que en verde. No hay nada que se pueda contar de los efectos beneficiosos de los reptiles procedentes de la órbita de Sirio que no apareciese en la propia serie. Trajeron el final de los conflictos raciales, particularmente entre estadounidenses, y ayudaron a potenciar el I+D a la vieja y efectiva usanza: inventando nuevas armas de destrucción masiva. Seguro que, tras la victoria, echarle un poco de polvo rojo al tofu fue bueno para la próstata.


Starman

Robert Hays en Starman tenía un repertorio de muecas muy distinto al que ofreció en Aterriza como puedas. En la serie, el alienígena al que interpretaba ponía carita de perro mojao y entraban ganas de darle un euro. Sin embargo, no hacía falta. Por un agujero del bolsillo se sacaba un testículo luminoso que solucionaba todos sus problemas. No es difícil imaginarse a los guionistas discutiendo «¿y qué superpoder le ponemos a este alienígena, cómo podrá ir superando las adversidades que se le presenten?» —«Que las supere por cojones, pero entrégame el puto guion ya». Dicho y hecho. La parte hermosa es que el padre alienígena le enseñaba capítulo a capítulo a su hijo a emplear correctamente su cojón mágico. Con muy buen criterio, el FBI les consideraba a ambos «una amenaza para la humanidad», toda vez, es más recomendable, incluso en los Estados Unidos de América, resolver los problemas por consenso que por los cojones morenos.


Drac Jeriba

El alienígena de Enemigo mío, obra infravalorada del gran Wolfgang Petersen, venía de una civilización que había resuelto los problemas de género. Los drac, su especie, se reproducían de forma asexual. Jerry, el protagonista, era el sueño húmedo de José Luis Rodríguez Zapatero. Un piloto militar de naves que estaba combatiendo embarazado hasta naufragar en el planeta en el que se encuentra con los humanos. Desgraciadamente, murió en el parto, pero dejó su idioma para la historia de la cinematografía universal, muy parecido al arrullo de la paloma.


E.T.

Dicen las malas lenguas que esta es una de esas películas que Steven Spielberg rodó con su boina roja y un «Detente, bala» colgado del cuello en defensa de la familia. Lo cierto es que él ha reconocido que tan solo expulsó traumas de su infancia. Sea como fuere, nos venía a contar que una especie alienígena achaparrada y cabezona, con una movilidad torpe y ridícula, se preocupaba más de los suyos que los humanos, que no paraban de divorciarse y no escuchase unos a otros. Sin embargo, en una lectura posmoderna, E.T., que no tiene un género definido, aunque en castellano vino presentado en masculino, «el extraterrestre», es feliz cuando lo visten de mujer y cuando se marcha su nave deja como estela un precioso arcoíris. ¿Querría decirnos Spielberg que la vieja familia tradicional dejaba paso a un nuevo modelo menos rígido y más abierto y tolerante?


Mac

En la ignominiosa película Mi amigo Mac solo faltó que pusieran al alienígena a prostituirse en un barco mercante atracado en Algeciras. El film era un spot de cien minutos de McDonald’s y Coca-Cola que copiaba los planteamientos de E.T. de forma descarada. Para lo salao, queda en el recuerdo ver a Mac alimentándose por una pajita. En lugar de escapar en bicicleta, como la criatura del Spielberg, lo hacían en la silla de ruedas del chaval que se encuentra al bicho. Resulta que la NASA, tomando muestras de la superficie de un planeta, lo había absorbido con un aspirador mientras comía con su pajita con sus papás de un agujero, tras arremeter su padre a pedradas con la nave. Tenían las bocas, tanto Mac como su familia, muy parecidas a la del drac, aunque su idioma natal era más cercano al gorjeo del jilguero.


Gremlin

En la película no se explicó de dónde venía el mogwai —el osito peludinchi, no el grupo que toma el nombre de la cultura popular ochentera—, pero en las novelas se contó que era fruto de los experimentos de Mogturmen, un alienígena metido a científico que investigaba con biotecnología genética cómo crear una mascota dócil y delicada. Su creación fue el gremlin bueno, que en la película su origen se despachaba como que venía de China, que para los estadounidenses de la época, y quizá también los de ahora, ya quedaba tan lejos como un planeta de otro sistema solar. La gracia del mogwai es que si se mojaba aparecían unos bichos mucho más divertidos que él que, en la segunda parte de la saga, llegaban a tener alas. Hubiera sido una saga muy divertida de no tener como banda sonora una de las típicas marchas fúnebres de Peter Gabriel.


Critter

Si Mac fusilaba a E.T., Critters hacía lo propio con Gremlins, que había sido un taquillazo. La gracia de estos bichos, pequeños y peludos, fuertemente dentados, era que no eran veganos. Devoraban todo a su paso. Por comer, llegaban a comerse un E.T. hinchable, souvenir de la película. Para que los niños practicaran en casa, dejaban una bella escena en la que uno se tragaba un cartucho de dinamita encendido y le explotaba en las tripas. E.T. tendría mejor acogida en taquilla, un recuerdo imborrable en la memoria de niños impresionables, igual que los gremlins, pero en el videoclub los que causaban estragos eran estas bolas peludas dentadas, que de paso convertían a los niños en fans del AOR con el par de temones que tenía la cinta.


Zod

Su irrupción en la política estadounidense en Superman II se da un aire a la de algunos líderes carismáticos españoles de la última hornada. Zod, que llegaba del espacio como los critters, tras escaparse de una prisión estelar, parecía salido de un anuncio de productos masculinos. Como una máquina de afeitar con cabezal extraíble o calzoncillos Abanderado para el policía nacional duro de pelar. Le acompañaban Nod, para repartir yoyah y Ursa, interpretada por una extraordinaria Sarah Douglas que luego fue lagarta de V —asesinada por Diana— y musa contratante de Conan contratista. Sin embargo, por mucho que brillara el equipo, ahí mandaba Zod. De hecho, toda su ideología como líder se reducía a «aquí manda mi polla». No es difícil imaginar a un Zod firmando papers que refutan todo lo habido y por haber y anuncian un orden nuevo que deberá ser auspiciado por él desde un observatorio subsidiario de la administración pública o moriremos todos. Su lema, al menos, resume en tres palabras toda la política contemporánea sea del signo que sea: «Arrodíllate ante Zod».



Jornada Futuro Imperfecto 3: ¿Estamos solos?

Rambleta Jot Down se unen para explorar el Futuro Imperfecto a través de unas jornadas donde mentes lúcidas de la ciencia y la cultura reflexionan sobre el mundo que viene.

El próximo  10  de mayo tendrá lugar en Rambleta un nuevo capítulo de esta expedición, estructurado en dos partes: una entrevista de Jot Down en vivo y una mesa redonda.

Programa ¿Estamos solos?

20:15. ENTREVISTA
Ángel L. Fernández entrevista a Enrique F. Borja

21:00. MESA REDONDA: CONTACTOS ALIENÍGENAS
Modera: Rubén Díaz Caviedes
Participan: Juan José Gómez Cadenas, Fernando Ballesteros y Laura Fernández

*Entrada libre con descarga de invitación, hasta completar aforo. Se regalará el libro Cañones de Wolframio y otros textos científicos, a las 50 primeras descargas.


Aliens: ¿dónde están todos?

Arrival, 2016. Imagen: Sony Pictures Releasing.

En 1950 una conversación entre Edward Teller (físico de origen húngaro, 1908-2003), Herbert York (físico nuclear americano, 1921-2009), Emil Konopinski (científico nuclear de origen polaco, 1911-1990) y Enrico Fermi (físico italiano, 1901-1954) dio como resultado la pregunta de este último que daría pie a la paradoja de Fermi: ¿dónde están todos?

Se refería, desde luego, a los alienígenas. El hombre que contribuyera a la creación de la bomba atómica se preguntaba dónde están nuestros vecinos espaciales si la vida en el universo es una probabilidad difícil de cuestionarse. Si hay tantos millones de galaxias, y tantos posibles planetas similares a la Tierra (no se sabía entonces, pero las actuales teorías hablan de cientos de miles de planetas similares el nuestro solo en nuestra galaxia), y siendo el carbono (la base de nuestro ADN) uno de los elementos más comunes en el universo, ¿por qué no ha venido todavía nadie a visitarnos? ¿O, al menos, por qué no hemos encontrados signos irrefutables de su existencia?

La paradoja de Fermi, que se encuentra con un importante punto de apoyo en la hipótesis de la Tierra especial (que postula que el surgimiento de vida pluricelular en la Tierra se debe a una serie de coincidencias extremadamente difíciles de repetir), surgió en una época en que los avistamientos de platillos volantes proliferaron en Estados Unidos con obsesiva continuidad. El autor italiano Tommaso Pincio (seudónimo de Marco Colapietro) recoge en su libro Gli Alieni (2006) la curiosa anécdota de los platillos volantes y los cubos de basura. Ante el robo de cientos de cubos de basura propiedad del ayuntamiento de la ciudad de Nueva York y la oleada de avistamientos de platillos volantes, el dibujante satírico Alan Dunn decidió unir ambos hechos: los ovnis robaban cubos de basura. ¿Por qué, para qué? Que nadie ose cuestionarse los métodos alienígenas. Y, aunque disparatada y jocosa, esta historia tiene su doloroso reverso: el hecho de que no hay manera de ponerse en contacto con otra raza galáctica señala que, tal vez, no la haya. Se establece una conexión entre dos hechos, en apariencia igual de absurdos.

Así pues, no es de extrañar la pregunta de Fermi: ¿dónde están todos?

La respuesta, de momento, es desalentadoramente clara: en la ficción.

Los científicos en general no son ni ajenos ni escépticos al poder de la ficción. El propio Carl Sagan estableció muchas de sus teorías de contactos con alienígenas en su novela Contacto (1985, editada en nuestro país por el sello Nova de Ediciones B). De las múltiples teorías sobre lo que ocurriría si la humanidad contactara con una raza de otro planeta, la actual ciencia ficción, tanto en literatura como en cine y videojuegos, ha adaptado las nuevas líneas de pensamiento científico a sus historias. De este modo nos hemos encontrado con El problema de los tres cuerpos del autor chino, ganador del premio Hugo, Cixin Liu (1963), cuya extravagante teoría de un mundo con fluctuaciones de clima extremas que empuja a sus habitantes a una invasión interplanetaria se vio curiosamente «demostrada». No, no estamos sufriendo una invasión alienígena, que sepamos, pero las fluctuaciones en Próxima Centauri (la estrella más cercana a nuestro sistema solar y, curiosamente, lugar donde se ubica el planeta extraterrestre en la citada novela) afectan de manera increíble al planeta Próxima B, descubierto en 2016 y del que se dijo, en un principio, que se encontraba en la zona habitable de su sistema. En la novela, las violenta acometidas de la enana roja que tiene el planeta por estrella, unido a la gravedad simultánea de tres cuerpos celestes, da como resultado un mundo en que las estaciones no tienen una duración determinada y se mueven en grandes extremos: un invierno puede durar unos meses, y el verano unos segundos. En este escenario la vida parece complicada, pero el autor fabula con una raza que vive en este clima extremo y planea la invasión de un cercano planeta cuyas condiciones son mucho más amables: la Tierra.

Aprovecha el autor chino para saldar una cuenta pendiente con la humanidad. Alejar el fenómeno alienígena de Estados Unidos y establecerlo en una China comunista herida aún por su pasado. La tradición de considerar a Estados Unidos como eje central de la actividad ovni se estableció en 1947, con la primera mención a un «platillo volador» por parte del piloto Kenneth Arnold. Desde entonces, se ha presupuesto que si hay un contacto con otras razas será allí.

No mucho se aleja el autor Jeff VanderMeer (1968) de Estados Unidos con su trilogía Southern Reach, adaptada recientemente al cine por Alex Garland (1970). En esta obra, editada en España por Destino y compuesta por tres libros que no se regalan en páginas, se narra la caída de un ente extraterrestre a la Tierra, dando como resultado una zona de cuarentena en que la flora y la fauna se ven terriblemente afectadas por el contacto con el ser de otro mundo. El resultado es una mezcla de ADN entre lo terrestre y lo extraterrestre y una incontinencia creativa por parte de la naturaleza que acaba por afectar, inevitablemente, a los humanos. Aunque la película de Garland, estrenada en Netflix y protagonizada por Natalie Portman (1981), se centra casi exclusivamente en el primer libro, Aniquilación, establece algunas de las bases de las que somos testigos en la lectura del resto de la saga. El resultado es una atípica historia de contacto extraterrestre cuya naturaleza no queda del todo clara en las novelas: VanderMeer juega al despiste, a no terminar de explicar nada, y aunque la película ahonda en el tema alienígena, tal vez los lectores de los libros debieran coger esta explicación con pinzas.

Lo que sí queda definido es el Área X, esa porción de tierra con una loca naturaleza que parece querer adueñarse de todo, y que mezcla animales con plantas o con restos humanos al libre albedrío. Una reminiscencia a otra gran obra sobre contactos extraterrestres; una que pone la interrogación en nuestro papel como especie en el universo: Stalker, de Boris y Arkadi Strugatski (1933 y 1925), la novela en que se basa la famosa película de Andréi Tarkovski (1932) estrenada en 1979. En esta historia, reeditada recientemente por Gigamesh, los extraterrestres vinieron, pasaron el rato y se marcharon, y el resultado son unas zonas en que un montón de basura alienígena se ha convertido en auténticos tesoros por los que se paga una fortuna. Los stalker son los encargados de adentrarse en las zonas y extraer la chatarra que puedan. ¿Esa es la posición que nos reserva el universo a la raza humana? ¿Chatarreros y carroñeros de otras razas superiores? Tal es el mensaje que parece destilar de gran parte de la obra de ficción enfocada en el contacto con seres de otro mundo; el de la inferioridad humana. La muerte completa de las ideas antropocéntricas.

La cara más amable recientemente la pone la película La llegada (Denis Villeneuve, 2016) y basada en el relato corto «La historia de tu vida» del autor Ted Chiang (1967). Aquí los extraterrestres (una especie de gigantescos calamares) tratan de enseñarnos a usar su idioma, que es la clave para percibir el tiempo como un todo, un círculo, en lugar de la forma lineal en que lo concebimos los seres terrenales. El contacto con estos seres resulta tremendamente beneficioso para la humanidad, que crece y se desarrolla hasta límites insospechados gracias al descubrimiento.

En España han aterrizado pocos extraterrestres antes y después de El milagro de P. Tinto (Javier Fasser, 1998). No podemos olvidarnos de Extraterrestre (2011), la cinta dirigida por Nacho Vigalondo (1977) que imagina una invasión de platillos volantes en mitad de un trío amoroso. España no se prodiga en espectacularidad en lo que a asuntos ajenos a la Tierra se refiere, pero en literatura tiene bastante más que decir. Como en Arañas de Marte (Valdemar, 2017) la novela de Guillem López (1975) en que los aliens nos invaden a través de la mente. Una narración que vuelve a moverse en supuestos, que no deja clara ninguna respuesta y se puede entender desde el prisma de una invasión, de un amistoso contacto, o de la locura de una serie de personajes que se imaginan cosas.

Más surrealista, aunque también más alejado de los convencionalismos, resulta el contacto imaginado por Laura Fernández (1981) en El show de Grossman (Aristas Martínez). Aquí, el planeta Rethrick es fan de la Tierra; de su cultura, de su basura, de sus maneras y de sus absurdos; presentando personajes perdedores y perdidos de ambos mundos. Parece que no siempre vamos a ser nosotros los impresionados con una raza alienígena superior. Aquí una escritora de ciencia ficción ha sido condenada al ostracismo y la indiferencia del público terrestre, mientras en el otro planeta es una auténtica best seller. Paradojas del espacio, oiga.

Pero, volviendo a Fermi y a su maldita pregunta: ¿dónde están? La obsesión por esa respuesta ha alimentado nuestra (ciencia) ficción desde que el ser humano dejó atrás ciertas creencias y perdió la manía de quemar a astrónomos en plazas públicas bajo la atenta mirada del clero. La respuesta más extendida actualmente es que las distancias en el universo son demasiado grandes; exageradamente imposibles de abarcar por la raza humana y, probablemente, por ninguna otra raza por muy avanzada que esté. Deberíamos ser vecinos y encontrarnos a muy pocos años luz para poder establecer un contacto. Por eso, la ficción es lo que nos queda. Uno puede mirar a los telescopios, los instrumentos del SETI («La gran oreja») e imaginar el tremendo silencio que están captando. La naturaleza en movimiento: colisiones, planetas muertos, órbitas, luces. Y continuamente lanzamos un mensaje, pero nadie responde. Por eso, volvemos a los libros, las películas, el arte, capaz de crear otros mundos que sí estén habitados. Pero, ¿bastará con eso? Hay otros mundos, pero están en este, que decía el poeta Paul Éluard.

Y mientras artistas de todas las épocas y razas siguen componiendo historias de contacto entre especies de otros mundos, anhelando que la suya sea la aproximación más certera, en la Tierra seguimos preguntándonos lo mismo desde hace más de medio siglo: ¿dónde están todos?


El triángulo de las Bermudas, o cómo crear un mito moderno desde la nada

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Avengers en vuelo, similares a los desaparecidos en el «Vuelo 19». Fotografía: National Archives Catalog (DP).

¿El mundo se ha hecho más pequeño? No, todavía es el mismo vasto globo que conocieron nuestros ancestros, con el mismo neblinoso limbo de los extraviados. Pensamos que el mundo es pequeño a causa de las veloces ruedas y alas, y de esa voz que suena en la radio, emergiendo desde el vacío. Una milla es un minuto de viaje en automóvil o unos pocos segundos volando. Pero sigue siendo una milla. Y las millas, juntas, suman un vasto espacio desconocido hacia el que centenares de personas han volado o navegado, en tiempos recientes, para ser tragados como los buques eran tragados en los viejos días de la navegación a vela. (E. V. W. Jones en «Same Big World», The Miami Herald, 1950).

La región involucrada, un triángulo de agua más o menos delimitado por Florida, las Bermudas y Puerto Rico, mide menos de mil quinientos kilómetros en cada lado. Es un área pequeña en los mapas marineros, atravesada cada hora por buques de muchas naciones. Tiene buena cobertura de radio. Se encuentra bajo la constante vigilancia de docenas de aviones comerciales que la sobrevuelan a diario. (…) Ha habido muchas desapariciones en este mar de nuestro patio trasero; aviones gubernamentales y privados, barcos de pesca, yates. Los informes, cuando se cierra la investigación sobre cada caso, siempre contienen una ominosa anotación: «Sin dejar rastro». (George X. Sand, «Sea Mistery At Our Back Door», revista Fate, 1952).

El mar guarda bien sus secretos (Vincent H. Gaddis, «The Deadly Bermuda Triangle», revista Argosy, 1964).

Rara vez llegamos a conocer la semilla primigenia de los mitos de la antigüedad, cuya gestación queda para la interpretación de arqueólogos, antropólogos y psicoanalistas de lo pretérito, quienes intentan componen un árbol genealógico que enlace fábulas de diferentes culturas y épocas. Con dificultad encuentran, si es que la llegan encontrar, la raíz misma de las leyendas, que suele perderse en el irrecuperable ámbito de las tradiciones orales de hace siglos. Pero nuestra época tiene también sus propios mitos, y lo más fascinante es que ahora sí podemos rastrear su origen hasta un único incidente, o hacia un reducido ramillete de interpretaciones erróneas sobre ese incidente. Esto nos ayuda a entender cómo pudieron nacer las leyendas antiguas, pero también nos ayuda a conocer nuestro anhelo de prolongar el mundo mágico en el que la humanidad ha vivido durante miles de años, nuestro ansia por encontrar nuevas dimensiones en este previsible, mecánico y prosaico universo. Un buen ejemplo es el nacimiento del platillo volante como mito popular allá por 1947, cuando el aviador Kenneth Arnold afirmó haber visto varios objetos extraños que volaban trazando una trayectoria ondulante como la de «platillos sobre el agua». Cuando su testimonio fue aireado por la prensa, poco importó que Arnold hubiese descrito aeronaves con forma de ala delta y no redondas como discos. La expresión «platillos volantes» excitó la imaginación colectiva con tanto ímpetu que empezaron a proliferar los avistamientos de objetos circulares que no se parecían a los que él había visto. Pues bien, la mitología sobre el famoso Triángulo de las Bermudas nació y creció siguiendo un guion parecido, aunque con una diferencia: si el mito de los platillos volantes se convirtió en un fenómeno social a nivel mundial de un día para otro, el del Triángulo, como las viejas leyendas marineras, estuvo cociéndose a fuego lento en el horno de los equívocos durante más de dos décadas antes de que el mundo entero escuchase hablar sobre él. La posibilidad de que un ominoso polígono devorase aviones y barcos por efecto de fuerzas paranormales o de la inquietante actividad de traviesos alienígenas era algo demasiado atrayente como para no convertirse en un icono de la cultura popular.

Todo comenzó veinte años antes de que a nadie se le ocurriese mencionar la existencia del famoso triángulo. En diciembre de 1945, a las dos de la tarde, cinco bombarderos (hoy conocidos como el famoso «Vuelo 19») despegaron de la base naval de Fort Lauderdale, en Florida, para efectuar un ejercicio rutinario sobre el Atlántico. El mismo ejercicio que otros aviones habían completado horas antes sin que surgiera problema alguno. A bordo de los cinco aviones volaban catorce tripulantes experimentados. Poco antes de las cuatro, a Fort Lauderdale empezaron a llegar preocupantes noticias por radio: los pilotos de los bombarderos decían que se habían extraviado; algo inesperado, puesto que volaban en una región bien conocida y muy transitada, donde esos mismos hombres habían realizado numerosas prácticas. Durante la siguiente hora, que debió de parecer interminable, volaron tratando de localizar una isla o algún fragmento de costa que les diese indicio de dónde estaban. A las cinco, el comandante del vuelo ordenaba girar hacia el este. Casi de inmediato, desde tierra oyeron cómo uno de sus subordinados decía entre dientes: «Maldita sea, si viramos al oeste iremos a casa, ¡al oeste, maldita sea!». Treinta angustiosos minutos después, mientras el clima empezaba a estropearse, llegó un nuevo mensaje del líder el escuadrón: «Volaremos hacia el oeste hasta ver tierra o quedarnos sin combustible». A las seis, mientras empezaba a oscurecer, el grupo continuaba volando sin encontrar la costa. Desde la base se dio la alarma para que aviones y embarcaciones de la zona estuviesen atentos. Hacia las seis y veinte se escuchó por última vez la voz del comandante, ordenando a los demás aviones que volasen a poca distancia de él: «Vamos a tener que amerizar, a no ser que veamos tierra antes, así que cuando haya un avión que tenga menos de diez galones de combustible, descenderemos todos juntos». Esa fue la última noticia que se tuvo de ellos.

Para empeorar la situación, uno de los hidroaviones enviados en tareas de búsqueda también desapareció sin motivo aparente, aunque a las nueve y media de la noche la tripulación de un petrolero afirmó haber visto llamas en el cielo, por lo cual en tierra supusieron que había estallado a causa de una fuga de gas del depósito de combustible. Nunca se encontraron restos del Vuelo 19, por lo que nunca se supo con certeza qué les había sucedido. Entre las posibles explicaciones se barajaba el error humano, propiciado por la inusual circunstancia de que las brújulas de los cinco aviones parecían haber fallado al mismo tiempo, pero aun así parecía extraño que aquellos pilotos curtidos no hubiesen conseguido encontrar el camino de vuelta al continente.

Tres años después, en 1948, un avión comercial de la compañía British South American Airways llamado «Star Tiger» realizaba su trayecto habitual entre las islas Azores y las Bermudas. En esta ocasión no se recibió ningún mensaje de alarma ni se detectaron señales de que hubiese surgido un problema. El avión se desvaneció en pleno vuelo, sin más, y nunca se encontraron los restos ni se volvió a saber de sus seis tripulantes y sus veinticinco pasajeros. La noticia salió en todos los periódicos porque entre el pasaje se hallaba sir Arthur Coningham, un oficial de la RAF que durante la II Guerra Mundial había sido ensalzado como héroe de guerra. La investigación posterior calificó la desaparición de «misterio sin resolver», aunque los técnicos sí hicieron notar que los aviones de BSAA, por motivos monetarios, acostumbraban a despegar con la cantidad justa de combustible para llegar a su destino. Lo cual, en caso de error de navegación, podía haber provocado que se hubiese quedado sin combustible sobre el Atlántico antes de alcanzar las Bermudas (aun así, no dejaba de sorprender la ausencia de petición de socorro).

No fue el único incidente llamativo de aquel año. Un carguero de vapor llamado Sandra, de unos cien metros de eslora, partía de un puerto del estado de Georgia con trescientas toneladas de insecticida en sus bodegas, que debía entregar en Venezuela. El buque recorría una línea marítima muy concurrida, a la altura de Florida, en una noche tranquila con mar en calma y cielo despejado; aun así, se perdió sin que pudiese hallarse ningún resto. La racha de desapariciones misteriosas no terminó ahí. Unos meses más tarde, un Douglas DC-3 que realizaba el trayecto entre Puerto Rico y Miami desapareció justo después de que el piloto hubiese anunciado por radio que ya se encontraba a menos de cien kilómetros de su destino. Tampoco esta vez se encontraron restos, aunque la investigación sí registró un incidente menor: el avión había despegado de Puerto Rico con un nivel bajo en las baterías eléctricas que alimentaban, entre otras cosas, la radio y algunos indicadores del panel de control. Sin embargo, había estado volando en círculos antes de dirigirse hacia Florida para que los motores recargasen las baterías, de manera similar a como hace un automóvil. Este hecho, por sí mismo, no justificaba un accidente. La única posibilidad razonable era la de que los instrumentos de navegación y la radio se hubiesen apagado por falta de energía, y que el piloto hubiese comunicado una posición errónea. La tétrica racha se prolongó hasta 1949, cuando otro avión de la BSAA, el Star Ariel, despegó de las Bermudas con rumbo a Jamaica y nunca llegó a su destino. Tampoco esta vez se recibieron mensajes de alarma ni se hallaron restos o manchas de combustible sobre la superficie del mar, así que la investigación concluyó una vez más que no había elementos suficientes para emitir un juicio sobre lo sucedido.

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Ilustración que acompañaba al artículo de E.V.W. Jones en el Miami Herald, 1950.

Todos estos incidentes se habían producido en un corto periodo de tiempo en una misma región del mapa, pero las autoridades, aun sin disponer de interpretaciones comprobables, barajaban causas diferentes para cada uno de ellos. Sin embargo, los incidentes separados fueron agrupados en un único misterio por la pluma de un periodista, E. V. W. Jones. En septiembre de 1950, coincidiendo con la declaración oficial de que se abandonaba toda búsqueda del carguero Sandra, publicó un artículo en el Miami Herald para sugerir, con un enfoque casi metafísico, que aquella racha de desapariciones estaba destinada a recordarnos que nuestro planeta continuaba siendo «grande y misterioso». Pese a lo que se ha dicho después sobre aquel artículo, no mencionaba de forma expresa hipótesis sobrenaturales, aunque sí decía, con una considerable carga de poesía, que los aviones y barcos desaparecidos habían ido a parar a un «limbo que no está en los mapas». El breve texto de Jones era sutil, pero resulta difícil no creer que contiene la insinuación de que los incidentes en aquella región tenían un trasfondo de naturaleza casi lovecraftiana.

Poco después, en 1954, la revista de temáticas paranormales Fate —fundada en 1948, al abrigo de la súbita fiebre de los platillos volantes— hacía una crónica novelada de los diversos casos de desapariciones que acabamos de enumerar. Su autor, George X. Sand, utilizaba un tono todavía más lovecraftiano que Jones, con frases tan enjundiosas como «el misterioso enigma volvía a sumergirse en las profundidades del mar y allí permanecería, durmiente, durante tres años». Hay que hacer notar que tampoco él, pese a los comentarios propios de relato gótico con los que adornaba la pieza, proponía explicaciones sobrenaturales. Parecía contentarse con excitar la imaginación de los lectores con una sorda aureola de enigma sin causas específicas. En principio este artículo no pasó de obtener una repercusión modesta, pero terminaría adquiriendo una influencia decisiva en el folclore de los años posteriores, ya que en él se describía por primera vez una región misteriosa de forma triangular, a la que Sand no daba nombre, pero que situaba en el mapa, señalando que sus tres vértices estaban en las islas Bermudas, Florida y Puerto Rico. Un elemento más para la génesis del mito.

Poco después, en 1954, un avión militar de transporte —el imponente modelo Lockheed Super Constellation— despegó de la costa norteamericana con rumbo a las Azores. A bordo, además de la tripulación, había cuarenta y dos pasajeros, oficiales estadounidenses que viajaban junto a sus familias. La última comunicación radiofónica de los pilotos fue un mensaje rutinario en el que comunicaban la posición. No hubo más. Los restos del avión nunca fueron encontrados. Esta vez ni siquiera había indicios secundarios sobre qué podía haber ido mal y el informe final de los investigadores del caso puede ser descrito como una expresión oficial de perplejidad. En dicho informe se decía que la altitud a la que volaba el avión era la correcta, y que esa altitud le hubiese permitido esquivar contratiempos meteorológicos. También se describía como «muy remota» la posibilidad de fallo estructural. El dictamen de los investigadores cerraba con una frase que parecía concebida por un guionista para generar tensión en los espectadores de alguna serie de ciencia ficción: «Es opinión de este comité que el R7V-1 con matrícula 128441 se encontró con una fuerza violenta y repentina que provocó que el avión ya no pudiese volar, y por lo tanto su control quedó más allá del alcance de los esfuerzos de la tripulación. La fuerza que hizo que el avión perdiera el control es desconocida».

Las noticias sobre la volatilización de aviones dejaron de aparecer durante una temporada y el misterio pareció perder un poco de vigencia, pero tras unos años de relativa tranquilidad, en 1962 se revivía el interés por una nueva desaparición sin explicación aparente. Un bombardero Boeing B-50 Superfortress que volaba hacia las Azores también se esfumó; la búsqueda posterior permitió avistar una mancha flotante de lo que parecía combustible, más o menos donde se suponía que volaba el avión cuando dejó de dar señales de normalidad. Sin embargo, no se pudo determinar si la mancha era de verdad producto de su estrellamiento o se trataba de algún residuo como el que muchos barcos dejaban tras de sí mientras navegaban.

A tenor de los nuevos incidentes, el enigma retornaba a las páginas de algunas publicaciones. Y, aunque hoy nos parezca increíble, sin demasiado añadido fantasioso. La revista American Legion, editada por una asociación de veteranos de guerra, recuperaba el asunto de los cinco bombarderos del Vuelo 19. Lo mismo hacía el escritor Dale Titler en su libro Wings of Mistery, donde lo incluía en una lista de sucesos inusuales relacionados con las fuerzas aéreas. Pero el desarrollo del mito empezaba ya a ser imparable. El número de abril de 1964 de la revista juvenil de mayor solera en los Estados Unidos, Argosy, publicaba un artículo llamado «El mortal Triángulo de las Bermudas», aunque cabe decir que su contenido no era tan sensacionalista como cabría esperar por su título o por el cariz de la revista donde apareció. Su autor, Vincent H. Gaddis, realizó una crónica bien documentada —y con no demasiadas exageraciones, lo cual era bastante meritorio en esos años y ese contexto— de los incidentes que hemos mencionado más arriba, más otros sucedidos desde 1840. Además de su apreciable trabajo de recopilación histórica, Gaddis añadió nuevas dimensiones a la leyenda en gestación. Especulaba con anomalías magnéticas y, con espíritu un tanto naíf, con fenómenos gravitatorios. También fue el primero en recordar que Cristóbal Colón, en los diarios de navegación de su primer viaje a América, había anotado el avistamiento de luces inusuales mientras atravesaba aquellas mismas aguas. Así, de manera muy velada, es posible que ni siquiera intencional, relacionó el Triángulo de las Bermudas con el fenómeno ovni. En cualquier caso, el artículo de Gaddis aportaba un elemento básico para la definitiva formulación del mito: le daba un nombre sonoro, el Triángulo de la Muerte de las Bermudas, y situaba el supuesto fenómeno en un contexto histórico que se remontaba siglos.

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Pecio semisumergido del Ironclad Vixen. Fotografía: moxiecontin714 (CC).

Entre tanto, las desapariciones en la región no cesaban. En 1965 una avioneta privada se esfumó cerca de las Bahamas y un avión de transporte de tropas hacía lo propio en las inmediaciones de las Bermudas, aunque en este caso sí se encontraron restos que probaban que se había tratado de un accidente. Pero el rodillo de la imaginación colectiva estaba empezando a ponerse en marcha. En 1969 apareció el libro Limbo of the Lost, también en formato de crónica. Su autor, J. W. Spencer, se oponía al cada vez más popular término Triángulo de las Bermudas porque en su opinión la región de las desapariciones no era triangular. Su etiqueta alternativa, «El limbo de los perdidos», que reiteraba con insistencia casi maníaca en su texto, no cuajó, como era de esperar. La atmósfera lovecraftiana de aquellos dos primeros artículos que habían tratado el fenómeno a principios de los cincuenta (de uno de los cuales parecía haber copiado el título de su libro) ya no encajaba con el espíritu de los tiempos y había sido sustituida por elucubraciones más parecidas a las de la ciencia ficción. Además, la figura del triángulo que Spencer denostaba era justo el símbolo que el público necesitaba para identificar de manera visual e inmediata un misterio que, en la realidad, no era más que la difusa sucesión de episodios aeronáuticos sin más vínculo común que la ausencia de explicación oficial y la ubicación geográfica.

A principios de los setenta, pues, las referencias al Triángulo en la cultura popular eran todavía escasas y vagas, por más que la sola mención del Triángulo despertase un creciente interés. Los autores que se habían aproximado al misterio lo habían hecho desde una perspectiva sobre todo historiográfica, con mayor o menor acierto, pero sin el atrevimiento de proponer unas explicaciones detalladas que ni siquiera los propios investigadores y técnicos habían conseguido encontrar para cada caso. Hasta entonces, los niveles de sensacionalismo en torno al Triángulo habían sido sorprendentemente bajos. Pero esto no satisfacía al público. Por entonces no era costumbre manejar hipótesis por defecto como las que imaginamos hoy ante cualquier desaparición de barcos o aviones, como pueden ser el terrorismo o la piratería. El misterio del Triángulo de las Bermudas era fascinante pero incómodo, porque nadie proponía una explicación directa y atractiva.

Todo esto cambió cuando ciertos escritores especializados en asuntos paranormales notaron que el Triángulo era todavía terreno virgen dentro de su ámbito y que parecía haber un mercado para quien decidiese por fin ofrecer las respuestas que la gente tanto ansiaba. Uno de ellos, Charles Berlitz, fue el más rápido. Había publicado ya un par de libros —El misterio de la Atlántida y Misterios de mundos olvidados— que trataban grandes enigmas desde una perspectiva bastante sui generis, con afirmaciones a vuelapluma y mucha superchería. Entendió el potencial de un misterio que estaba poniéndose de moda y en 1974 publicó su obra más famosa, El triángulo de las Bermudas, que casi de inmediato se convirtió en un best seller a nivel mundial. Berlitz dio en la diana al entender que lo que el público demandaba era una explicación al enigma, la que fuese, y eso es lo que ofreció en su libro, donde no hacía tanto énfasis en la crónica —en los primeros capítulos repasaba algunos de los casos más célebres— y se centraba en relacionar el famoso Triángulo con la Atlántida y los alienígenas, de manera descabellada y con escaso fundamento racional. Su libro cubría una necesidad en una época donde se estaba produciendo un renacer de la creencia en lo paranormal y vendió millones de ejemplares en todo el mundo, cronificando el mito del Triángulo como una región dominada por fuerzas ocultas en las que podían tener influencia hasta los extraterrestres. Algunos críticos tardaron bien poco en desmontar sus alocadas hipótesis. El más célebre fue un bibliotecario llamado Larry Kusche, que al año siguiente publicó El misterio del Triángulo de las Bermudas: resuelto, donde a base de sentido común realizaba una implacable demolición de las habladurías paranormales, aunque para entonces Berlitz ya se había hecho rico y su visión del enigma se había incrustado en el imaginario popular.

Kusche y críticos posteriores hicieron notar varios hechos evidentes. El primero y principal, que la zona del Triángulo albergaba un tráfico aéreo y marítimo muy intenso, y que el número de desapariciones ni siquiera podía ser calificado como elevado para lo que cabía esperar de tanto trasiego. También señalaban que los casos sin resolver no siempre carecían de interpretaciones técnicas razonables, aunque estas no pudiesen ser demostradas debido a la ausencia de restos, y que habían sido pocas las desapariciones en las que no hubiese habido por lo menos un intento convincente de explicación más o menos oficiosa por parte de las autoridades. Con el paso de los años, incluso las anomalías magnéticas que afectaban a los instrumentos de navegación y que sí eran reconocidas por las autoridades aeronáuticas perdieron importancia como posible génesis de los incidentes, ya que —pese a lo expresado en un informe oficial de 1970— se las consideraba un fenómeno habitual que los pilotos y capitanes tenían en cuenta desde mucho tiempo atrás.

Era ya demasiado tarde. El Triángulo de las Bermudas se había convertido en un referente cultural universal, como el supuesto estrellamiento de un platillo volante en Roswell y el traslado de cadáveres alienígenas al Área 51. En 1977, por ejemplo, la película Encuentros en la tercera fase de Steven Spielberg narraba cómo los alienígenas devolvían los aviones y pilotos del Vuelo 17, desaparecidos en 1945, amén de otros desaparecidos, incluyendo un barco carguero. Aunque el film no mencionaba de manera específica el Triángulo de las Bermudas, sí hacía una referencia oblicua. Había llegado a Hollywood. Otras películas y series lo usaron también como material de entretenimiento. Había nacido un mito moderno, ante los ojos de todo el mundo, artículo tras artículo y libro tras libro, pero su atractivo y su fuerza simbólica lo habían hecho inmune a su evidente condición de artificio modelado a lo largo de décadas. Eso dice más sobre nosotros mismos que sobre las auténticas causas de aquellas desapariciones misteriosas, pero no deja de resultar fascinante; el ser humano, fiel a su propia condición, se niega a renunciar a las creencias mágicas que le ayudaron a permanecer vivo durante milenios. El Triángulo de las Bermudas no existe, pero eso no significa que debamos extirparlo de nuestra imaginación. Quién sabe, quizá cumple un importante papel, como Santa Claus o los platillos volantes. Como poco, nuestra cultura resultaría menos exuberante sin este tipo de cosas. Y los mapas del Atlántico, qué duda cabe, echarían de menos esas mágicas líneas.

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada a América #JD16


¿Cómo debería ser el fin del mundo?

Hace unas semanas David Cameron ya nos avisó de la tercera guerra mundial que se avecinaba y, por si alguien lo había olvidado, el otro día el presidente búlgaro nos lo volvió a recordar. Pues nada, estaremos atentos. Últimamente se han vuelto muy frecuentes estas premoniciones apocalípticas y ya no hay en ningún país candidato, partido u opción en algún referéndum que no traiga consigo el desplome de los cielos. Oiga, así no hay quien se acerque a una urna. El caso es que pocos temas han generado más interés en la ficción —sea esta cine, novelas, cómics o mitos religiosos— que el Armagedón. Simplemente nos fascina. Descrito de las formas más coloristas, siempre nos ha gustado imaginarlo como una estruendosa traca final, al menos hasta que llegó el aguafiestas de T. S. Eliot a explicarnos que en realidad «así es como acaba el mundo / no con un estallido sino con un quejido». Veamos algunas opciones y votemos nuestra favorita, o seamos creativos añadiendo nuevas formas de completa destrucción.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Cae un meteorito

Imagen de Lux Films.
Imagen de Lux Films.

Melancholia, Deep Impact, Armaggedon, Buscando un amigo para el fin del mundo, Cuando los mundos chocan, The End of the World, Meteoro, La morte viene dallo spazio… Que a los dinosaurios se los llevara por delante un meteorito es un golpe que no hemos terminado de encajar pese al tiempo transcurrido. Se ve que nos identificamos con ellos como especie dominante sobre la Tierra y nos inquieta sufrir un destino semejante, así que hay una buena ristra de películas —y muy taquilleras— en torno a la posibilidad de que la muerte venga de allá arriba, tal como dice aquella película italiana de 1958 con tan bonito cartel. De todas ellas la más original diría que es Buscando un amigo para el fin del mundo, que pasó injustamente desapercibida. Nos hace pensar en este apocalipsis como el más conveniente, pues nos da un margen para reflexionar sobre qué vida hemos llevado y en qué compañía queremos pasar los últimos momentos, tal como hacen los protagonistas.

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Rebelión de las máquinas

Imagen de De Laurentiis.
Imagen de De Laurentiis.

Según la leyenda el rabino Elijah Ba’al Shem fue el primero en crear una máquina —un golem, concretamente— que a punto estuvo de escapar de su control y destruir el universo entero. Luego vendría Mary Shelley para hablarnos de Frankenstein y su criatura, y más adelante llegarían 2001: Una odisea del espacio, Terminator, Número 9, Colossus: The Forbin Project, Matrix, Blade Runner, Electric Dreams, Yo Robot, Autómata, Maximun Overdrive o Galactica, que nos muestran cómo las máquinas en el momento en que toman conciencia de sí mismas se vuelven terriblemente ingratas con sus creadores.

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Rebelión de los animales

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Cuando ruge la marabunta, Los pájaros, Rebelión en la granja, El planeta de los simios, Mimic, White God, Ovejas asesinas, Sharknado… la historia del cine está repleta del clásicos en torno a una u otra especie que un día se planta y dice hasta aquí hemos llegado. A partir de ahí empieza la escabechina y la especie humana vuelve a la base de la cadena trófica.

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Congelación del planeta

Imagen de Entertainment One.
Imagen de Entertainment One.


En El día de mañana mediante una carambola en las corrientes marinas el calentamiento global termina provocando una nueva y muy repentina glaciación. Mientras que en The Colony unas grandes máquinas construidas para combatir dicho calentamiento terminan dejándolo congelado, con solo unos pocos supervivientes encerrados en colonias subterráneas. Prácticamente el mismo argumento que en Snowpiercer, aunque aquí la colonia se mantiene dentro de un enorme tren, que circula sin pausa por todo el planeta y en cuyos vagones se vive una lucha de clases digna de la Asturias de los años treinta.

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Pandemia

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

De todas las calamidades con las que el cine suele azotar a la humanidad esta parece una de las más factibles, pues cuando los medios no nos alertan sobre el zika es para meternos miedo sobre el ébola. Contagio, Estallido o Infectados han abordado la posibilidad de una pandemia sin entusiasmar en su resultado, y sobre las fallidas adaptaciones que tuvo la novela de Richard Matheson Soy leyenda ya hablamos en este artículo. Cabe concluir entonces que la mejor del subgénero es La amenaza Andrómeda.

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Apocalipsis zombi

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Estrechamente vinculada con la categoría anterior, qué decir de esta: la plaga que vivimos hoy día no es de zombis sino de películas y series sobre ellos. Tenemos zombis que se enamoran, zombis que corren como alma que lleva el diablo, zombis que se fugan de parques temáticos en las Islas Canarias, zombis que bucean, zombis de Gran Hermano, zombis atómicos, zombis nazis, hasta un Zombinator. De todos los personajes de terror este es el más democrático: los vampiros son aristocráticos, los hombres lobo son alfas atléticos y con pelazo, las momias faraónicas (ejem) y los monstruos mutantes irrepetibles en su grotesca singularidad. Pero ser un zombi está al alcance de cualquiera, es el hombre-masa por definición, su peligro no está en su personalidad sino en su número. De ellos ya hablamos aquí con detalle.

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Diluvio universal

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

«Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra. Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera. Y de esta manera la harás: de trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura. Una ventana harás al arca, y la acabarás a un codo de elevación por la parte de arriba; y pondrás la puerta del arca a su lado; y le harás piso bajo, segundo y tercero» (Gén 6:13-16). Véase que Dios tiene poder suficiente para arrasar el planeta pero no se molesta en construirle el barco a Noé —un hombre ya viejísimo por entonces— limitándose a darle los planos. En cualquier caso estamos ante un mito sobre el fin del mundo común a muchas culturas, que contó recientemente con su adaptación al cine y que inspiró 2012.

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El sol se apaga o nos achicharra

Imagen de Fox Searchlight Pictures.
Imagen de Fox Searchlight Pictures.

En Sunshine el sol corría el riesgo de apagarse, lo que lleva a organizar una expedición espacial para reavivarlo mediante una detonación nuclear. Justo lo contrario que ocurría en Señales del futuro, en la que una llamarada solar terminaba con todas nuestras preocupaciones. La bellísima escena final pueden verla aquí.

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Fallo en la corteza o el núcleo terrestre

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

En ¿Hacia el fin del mundo? un equipo de científicos ubicado en Tanganica (paisajes que en realidad eran las afueras de Madrid) lanza una bomba de gran potencia por un agujero en la Tierra, y sorprendentemente, algo sale mal. Han fracturado la corteza terrestre y el mundo amenaza con partirse por la mitad, algo que según el cartel promocional «podría suceder el día de mañana». Aquí dejamos la idea para cualquier líder político con ganas de alarmar a la población. Por su parte, en The Core, el núcleo terrestre dejaba de girar y había que reactivarlo mediante unas cuantas bombas nucleares. Valen para todo, qué maravilla.

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Ceguera generalizada

Imagen de Security Pictures.
Imagen de Security Pictures.

En El día de los trífidos, que podrán encontrar en castellano en YouTube, un paciente de un hospital se despierta rodeado de gente cegada por el resplandor de unos meteoritos. Un argumento que recuerda vagamente a Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, sobre una epidemia que se cobra la vista de sus víctimas, y que también contó con adaptación al cine, A ciegas.

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Invasión alienígena

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

En Invasores de Marte, Están vivos y La invasión de los ladrones de cuerpos veíamos cómo los extraterrestres se infiltraban entre nosotros subrepticiamente y poco a poco nos iban sustituyendo sin que nadie pudiera percibirlo. Mientras que en la serie V se hacían notar pero disfrazando sus intenciones bajo una apariencia cordial. Lo más habitual, sin embargo, suele ser que caigan sobre nosotros con estruendo y dispuestos a fumigarnos hasta el último. Si tuviéramos que quedarnos con una película al respecto, al menos de los últimos años, probablemente sería Al filo del mañana.

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Holocausto nuclear

Imagen de Carolco.
Imagen de Carolco.

El hongo nuclear es una de esas imágenes icónicas que no pueden faltar para referirnos al siglo XX y la tecnología moderna, pero al mismo tiempo con su inmensa tormenta de fuego castigador nos remite al Antiguo Testamento. No hay duda de que resultaría una experiencia poco agradable, pero como colofón para la humanidad sería un espectáculo apoteósico. Además tal vez no fuera necesariamente el final: acerca de cómo sobrevivir a algo así ya escribimos aquí. Sobre su retrato en la ficción los ejemplos son innumerables, desde el cine hasta los videojuegos, pues buena parte del subgénero posapocalíptico se ambienta en un mundo que ha sufrido una guerra atómica.

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Todo ha sido un sueño (no necesariamente de Resines)

Imagen de Legendary Pictures.
Imagen de Legendary Pictures.

El giro argumental definitivo. Toda la realidad que nos rodea sería solo una ilusión que se acabaría cuando nosotros, o la persona que nos soñase, despertara. Tiene múltiples variantes e incluso hay quienes como Elon Musk sostienen que nuestras vidas solo serían un videojuego de gran detallismo jugado por seres de una civilización muy avanzada. La idea es sugerente, aunque un alienígena que se divirtiera llevándonos al dentista o haciéndonos rellenar documentos en Excel debe tener una vida personal realmente aburrida…

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Colony: la dictablanda extraterrestre

Imagen: USA Network.
Imagen: USA Network.

La ciencia ficción debe de ser el género más difícil de rodar, al menos en televisión, porque suele decepcionar. Y créanme, estoy más que dispuesto a recibir cualquier serie de ciencia ficción con los brazos abiertos. Pero en los últimos diez o quince años hemos visto aparecer multitud de ideas interesantes que prometían mucho y acabaron quedándose a medias, sobre todo cuando hay extraterrestres de por medio. Creo que suele deberse a que la ciencia ficción televisiva, salvo contadas excepciones, olvida que el género tiene o debería tener un marcado contenido filosófico. Los conflictos descritos por la ciencia ficción tal vez sucedan en un entorno poco realista, pero hablan casi siempre de asuntos dolorosamente humanos, y esa ha sido siempre su principal justificación artística, así que en términos formales y más allá de los elementos fantasiosos propios del género, esos argumentos no deberían ser desarrollados de forma ligera o superficial. Ojo, tampoco hay que pasarse con el drama, o uno termina abandonando el género para entrar no se sabe dónde, como sucede con The Leftovers. Pero vamos, en la buena ciencia ficción, lo que de verdad interesa es el análisis del ser humano y sus circunstancias. ¿Recuerdan Battlestar Galactica? No era una serie con mucha acción, pero los personajes, que iban adquiriendo una gran dimensión, y las retorcidas relaciones entre ellos terminaron capturando la imaginación de un amplio público. Claro que también hemos tenido cosas como Flash Forward, que, partiendo de una premisa sumamente intrigante, se quedaban en nada con la rapidez de una cerveza expuesta al sol.

Pues bien, Colony es uno de tantos programas que parte de una idea que, sin necesidad de ser original (de hecho no es original en absoluto), por lo menos prometía un acercamiento bastante adulto a tenor del asunto tratado. Muestra las vicisitudes de los habitantes de Los Ángeles después de que una invasión alienígena haya aislado la ciudad, rodeándola con murallas enormes e impidiendo la comunicación con el exterior, donde hay otras «colonias» parecidas, aunque suponemos que el resto de las ciudades ha sido destruido o vaciado. En esa nueva Los Ángeles la población vive sometida a un constante control y un toque de queda continuo impuesto por un gobierno dictatorial. No vemos a los alienígenas, o por lo menos no los hemos visto cuando la primera temporada ya ha superado la mitad, y solamente se intuye su presencia mediante unos drones voladores cuya función parece ser la de acudir allá donde hay problemas para vigilar desde el aire, en plan helicópteros. También intuimos a los extraterrestres mediante lo que parecen lanzamientos de alguna nave espacial que se ven de vez en cuando en la distancia. Por lo demás, en el Estado policial son seres humanos los que, con tal de ganarse el favor de los invasores, someten a otros seres humanos bajo una bandera que, con poco disimulo, rememora a la del régimen nazi. Entre tanto, un movimiento de resistencia (según sus miembros) o terrorista (según el gobierno) trata de combatir la ocupación, o de sembrar el caos en el Estado policial, según se mire.

La idea de base, como digo, era interesante. Se prestaba mucho a analizar la psicología del colaboracionista y en el guion se nota, al menos, que han intentado introducir matices en las respectivas posiciones de los personajes. Es decir, en algún momento tenemos a miembros de la resistencia que dudan de sus métodos, o a colaboracionistas que intentan justificar su actitud recordándonos que no hay manera posible de resistirse a la especie invasora, mucho más avanzada tecnológicamente. También tenemos personajes que esconden secretos unos de otros, incluyendo a la pareja protagonista, un matrimonio donde él es colaboracionista y ella está en la resistencia. Hasta aquí, todo correcto. Incluso prometedor. El problema es que esas intenciones iniciales no han sido llevadas al extremo, no sé si porque alguien decidió que la serie debía ser más asequible que su premisa, o sencillamente por falta de habilidad. Si pusiéramos las fotos de los personajes en una pizarra y trazásemos las relaciones entre ellos, obtendríamos una red argumental que da para mucho. Imaginaríamos algo como The Americans en versión marciana. Pero la serie, una vez vista, no alcanza esas expectativas. Es correcta, pero no tiene vida. Los personajes no terminan de convencer y la verdad es que me cuesta localizar el problema. Quizá radica en que ha sido escrita de manera muy formularia, sin tomar ningún riesgo ni afilar ninguna arista. Hasta ahora solamente he visto un momento en que se ha intentado algo original, en un episodio donde algunos minutos se dedicaban a mostrar el punto de vista subjetivo de los guardias que trabajan para la ocupación. Esos minutos funcionaban, porque descolocaban al espectador y le proporcionaban nuevos elementos para construir el contexto. El resto de la serie, por contra, siempre deja al espectador en su zona de confort. Todo es previsible y aunque sobre el papel parece que buscaban evitar el cliché, acaban cayendo en él. Son los personajes quienes sufren los dilemas, pero nosotros, como televidentes, no nos hacemos cargo de ellos. Tampoco ayuda el que los personajes estén trazados a grandes rasgos, o debería decir brochazos, cuando queda claro que se prestaban a dejar mostrar múltiples matices. A fin de cuentas hablamos de una historia que sucede en un régimen totalitario en el que casi todo el mundo tiene algo que esconder o de lo que huir. Ni siquiera necesitan jugar la baza de los extraterrestres. Aunque sí da la impresión de que se están tomando más tiempo de la cuenta a la hora de ir deshojando las diferentes margaritas de la historia.

Imagen: USA Network.
Imagen: USA Network.

Uno de los aspectos que quizá perjudica a la serie es la falta de dureza. Es como si no se atrevieran a traspasar ciertos estereotipos. El protagonista masculino, Will, es un antiguo militar que se une a la represión estatal, pero lo hace por motivos nobles y prácticamente obligado por un chantaje (los marcianos, o sus esbirros, mantienen secuestrado a uno de sus hijos aunque él no sabe dónde). Su mujer, Katie, se une a la resistencia por idealismo y se lo oculta a él, pero en sus tareas como resistente antepone siempre el bienestar de su marido, es más, hace que sus compañeros combatientes lo antepongan también. La hermana de Katie acepta trabajar para los colaboracionistas de la parte rica de la ciudad, pero lo hace porque su pequeño hijo es diabético y necesita encontrar insulina, que escasea en Los Ángeles. No sé si me siguen: todo es demasiado conveniente para que los protagonistas hagan lo que hacen con su justificación de cara al espectador. Es un ejemplo de cómo funciona la serie. No es que las líneas argumentales estén mal definidas, es que carecen de elementos que añadan tensión moral, o exceden en elementos que apacigüen esa tensión moral. Y en una serie que trata sobre una ocupación, con su debida resistencia y con su colaboracionismo, se necesita una buena carga de tensión moral que haga sentirse incómodo al espectador. No es malo que el espectador, en algún momento, repruebe a los protagonistas, aunque el objetivo final de la serie sea hacerle simpatizar con ellos.

Otro problema es la falta de perspectiva. Es decir, antes de que finalice la primera temporada ya tenemos a los dos protagonistas codeándose con los respectivos meollos de sus respectivos bandos, lo que, convendrán conmigo, le quita emoción al asunto porque hubiera sido más absorbente verlos inmiscuirse lentamente, paso a paso, dejándonos tiempo para recrearnos en la anticipación de las posibles consecuencias de sus actos. También hemos visto desenmascarados a algunos personajes que eran importantes en la trama, pero sin que la susodicha trama parezca haber dado ningún giro importante. En otras palabras: ha habido bastantes balas de fogueo. Las cosas arrancan.. y después han avanzado poco, porque ya quedan pocos sitios a donde avanzar, al menos hasta que los guionistas jueguen el as de oros y nos digan cómo son los alienígenas, si es que existen, y qué pretenden. O alguna otra revelación brutal. Ya que hemos nombrado The Americans, esa es una serie que, al menos hasta cierto punto, plantea una situación similar. Tenemos a dos espías rusos que se hacen pasar por estadounidenses sin que nadie, ni siquiera sus hijos, tengan la menor idea. Hay ocultaciones y peligro porque cualquier pequeño descuido puede lanzar a algún personaje al abismo. Pero amén de ser mucho, mucho mejor, The Americans es atrevida y duraNos muestra detalles escabrosos de los protagonistas, ya sea reviviendo su pasado o mostrándolos en el presente, realizando cosas que al espectador, a veces, le cuesta bastante asimilar. Solamente para que veamos que el tipo de vida que llevan es difícil y exige de ellos muchas renuncias, incluso ciertas renuncias morales. En Colony estaba la semilla para algo parecido, pero esa semilla nunca llegó a crecer porque nadie se atrevió a regarla.

Formalmente, desde el punto de vista del estilo, la serie sufre unos males parecidos. Está rodada de manera demasiado convencional. Baste decir que los tres primeros episodios están dirigidos por Juan José Campanella, pero aun así dan la impresión de ser producto de un encargo realizado sin demasiado ímpetu. Quizá la naturaleza algo descafeinada del guion se haya trasladado a los rodajes. Tampoco se han esmerado demasiado en la ambientación; entiendo que no se necesitaba mucho artefacto, pero hubiese ayudado un tratamiento distinto de la iluminación, no sé, algo que nos recordase de vez en cuando que estamos ante una dictadura, más allá de ver la banderita pseudonazi colgada por ahí. En cuanto al reparto, es correcto. La pareja protagonista está interpretada por Josh Holloway, el Sawyer de Lost, que no termina de convencerme. Su compañera es Sarah Wayne Callies, a la que vimos en Prison Break y en The Walking Dead. En esta última interpretaba a un personaje tan puñetero que mucha gente le pilló manía a la actriz, pero esto demuestra que es buena en su trabajo y aquí, aunque sin grandes alardes, lo hace bastante bien. Aunque quizá lo mejor sean Peter Jacobson, que interpreta al ladino gobernador de Los Ángeles, y Paul Guilfoyle, que sin apenas gesticular interpreta al líder visible de la resistencia; la verdad es que no les resulta difícil destacar, porque sus personajes son de los pocos que el guion nos presenta con algún matiz interesante. También aparecen Amanda Righetti,  de El Capitán AméricaAdrian Pasdar, cuyo personaje todavía no he conseguido distinguir de Nathan Petrelli, el sonriente político de Héroes. Como detalle altamente entrañable, también podemos ver a Carl Wathers. Sí, el único, eterno e insustituible Apollo Creed, el hombre que pintó la Capilla Sixtina en la cara de Rocky Balboa. Aunque aviso, su papel podría haber dado mucho más de sí si le hubiesen concedido más minutos y más cosas que hacer. Regla número uno de las series: cuando tienes al puñetero Apollo Creed en tus filas, ¡tienes que sacarle partido!

En definitiva, una serie que puede servir como entretenimiento ligero si no tienen alternativa o si han de rellenar ratos de insomnio, pero que les producirá la inquietante sensación de que a ustedes mismos se les hubiera ocurrido maneras mejores de mostrar determinadas cosas, o de rodar determinadas escenas. Yo, que últimamente ando de un optimista subido —y eso que no hace mucho vi el catastrófico último episodio de la décima temporada de Expediente X, sigo confiando en que algún giro a final de temporada haga que la cosa pueda levantar cabeza de cara a una segunda. Pero si no es así… bueno, el mundo tampoco se habrá perdido nada, excepto otra oportunidad perdida. Y van…

Imagen: USA Network.
Imagen: USA Network.


El amor en tiempos de androides, fantasmas, alienígenas, y otros seres que no son humanos

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

El amor ha extendido sus fronteras. Hubo un tiempo en que fue tabú amar a personas de otro clan, de otra familia, de distinta raza o del mismo sexo. Ahora ya no. Hemos ensanchado los círculos de empatía y más gente nos parece digna de ser querida o deseada. Es para mí una bonita señal de progreso. Pero quizás hay otros tabús aguardándonos más adelante.

Imagino un futuro con androides o alienígenas… y me pregunto si será un tabú amar a algunos de ellos. ¿Nos parecerá mal? Me pregunto si podríamos aceptar el amor entre personas y seres que no son humanos, o si nos parecerá una aberración. En la ciencia ficción esta pregunta se ha hecho muchas veces.

En Her (2013), Theodore se enamora de una inteligencia artificial que ha escogido su propio nombre. Samantha es un ser incorpóreo que vive en el éter informático y tiene una preciosa voz. Él está enamorado y ella parece enamorada. La pregunta es si ella es real.

En Blade Runner (1982) un cazador y su víctima androide huyen juntos porque los dos tienen motivos: ella no quiere morir y él siente lujuria y compasión. Ella no es humana, pero sus motivos son perfectamente humanos.

En Solaris (2001), un hombre que ha perdido a su mujer viaja a un extraño planeta y allí la encuentra viva. Rheya no es la misma en ninguno de sus átomos: es una réplica imperfecta que un planeta alienígena ha generado a partir de recuerdos. Pero ella lo ha echado de menos y está asustada. Es un ser extraño incluso a sus ojos, pero ¿es falsa?

Qué nos hace dignos

Amar seres raros nos generará un rechazo primitivo porque no sabremos si son dignos. Esa, creo, es la cuestión fundamental: decidir si otros seres merecen el estatus especial que nos reservamos las personas. ¿Pero qué nos hace tan especiales a los humanos?

Es una pregunta imposible. Para algunos, lo que nos distingue es tener conciencia de uno mismo, sabernos algo. Eso es algo difícil de definir con palabras, pero fácil de comprender porque lo experimentamos a cada momento: ser humano es esa voz que todos sentimos dentro. Para otros, en cambio, lo que nos define es tener libre albedrío. Y para mí basta con poder decir lo que Oliver Sacks, «he sido un ser sensible, un animal pensante».

Bajo cualquiera de esas definiciones, no está claro que Rachael, Samantha o Rheya sean dignas. ¿Son seres conscientes o solo lo parecen? ¿Son realmente libres o actúan como marionetas de su programación? No lo sabemos.

Lo curioso es que esas mismas preguntas podemos hacérnoslas nosotros, los seres humanos.

No está claro, por ejemplo, que nuestro «yo» sea una cosa unitaria. Nuestra mente más bien parece que contiene multitudes. Por eso tenemos dilemas internos y nos hacemos promesas que luego rompemos. Una parte de nosotros quiere quedarse en la cama y otra parte nos dice que no deberíamos. Estos conflictos nos parecen naturales porque son cotidianos. Pero si el yo es algo tan unitario, ¿con quién discutimos cuando no queremos levantarnos?

Tampoco nuestro libre albedrío se distingue necesariamente del que podrían disfrutar seres programados, como Rachael o Samantha. Nuestras acciones también están influidas por un código escrito —la naturaleza codificada en nuestros genes— y eso no impide que nos sintamos libres y dueños de nuestras decisiones.

¿Y si nada nos hace especiales?

No es fácil señalar qué nos hace especiales, pero la mayoría sentimos que lo somos. Sentimos que existe algo indefinido que nos dota de humanidad y nos distingue de los animales, las rocas y los armarios empotrados. Las personas religiosas creen que lo que nos define es ser hijos de Dios o tener un alma inmortal. Pero muchas personas que no son religiosas creen, vagamente, en algo parecido.

Esto se puede demostrar con un juego mental. Imaginad que podemos replicar el cerebro humano con silicio y nanotransistores. Construimos un cerebro inorgánico pero análogo al nuestro en estructura y funcionamiento. ¿Creéis que de ese artefacto emergería un ser pensante? Solo caben dos respuestas: la cientifista o la mística. O creemos en una forma de alma (algo fuera de la naturaleza que dota de humanidad solo a los humanos), o aceptamos que de ese cerebro artificial emergerá algo muy semejante a nosotros.

Yo prefiero creer que no somos especiales, solo afortunados. Me gusta pensar, además, que lo que nos define es poder sentir lo mismo que Oliver Sacks antes de morir: miedo y gratitud.

He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. […] he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.

Puedo imaginar a otros seres sintiendo algo parecido —fascinados por un hermoso planeta, agradecidos y un poco fastidiados por tener que marcharse—, y creo que a algunos de esos seres podríamos amarlos. No a todos, pero sí a los menos raros, como a Samantha, Rachael o Rheya. Nunca sabremos lo que pasa dentro de sus cabezas, y amarlos exigirá un salto de fe. Pero amar siempre exige ese salto de fe: creer que algo distinto de uno mismo es real.

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al amor #JD14