El mortal desafío del Ogro

Fotografía: Pauleon Tan (CC).

El Eiger no es una de las montañas más altas del mundo. Su altura (3970 metros) no llega ni a alcanzar la mitad de las cumbres más altas del planeta. Ni siquiera es la montaña más alta de su macizo: el Jungfrau (4158 m) y el Mönch (4099 m) lo superan en altura. Pero aun así, el Eiger se lleva los apelativos más despectivos. Mientras que Jungfrau significa doncella en alemán y Mönch monje, a la más pequeña de las tres montañas le cayó el nombre de «ogro». La responsable de esta inquina en el reparto de nombres es la pared norte del Eiger, un muro casi vertical de 1800 metros de altura, una de las visiones más aterradoras del alpinismo y el responsable de más de sesenta muertes a lo largo de la historia, ganándose a su vez otra denominación malévola: Mordwand, la pared asesina.

Situado en la idílica región de los Alpes bearneses, una atractiva zona para el turismo, el macizo se erige majestuoso y amenazador. Un bloque de piedra, hielo y nieve impregnando el horizonte de blanco sobre negro en una región por lo demás verde la mayor parte del año. Su aspecto temible pronto lo convertiría en un ansiado trofeo para los alpinistas. El primer ascenso del Eiger fue logrado en 1858 por Charles Barrington junto a dos guías de montaña, pero lo hicieron desde la comparativamente inofensiva cara oeste. Deberían pasar ochenta años más para que alguien lograra un ascenso con éxito de la cara norte.

Los peligros de la Mordwand empiezan a enumerarse por la composición de la roca: quebradiza en extremo, el riesgo de avalanchas de roca es altísimo y creciente. En 2006 hubo un derrumbamiento brutal, de unos 700 000 metros cúbicos de roca, en pleno verano. Por ese motivo, los ascensos veraniegos se han dejado prácticamente de lado para centrarse en invierno, cuando el hielo que se pega a la pared y se mete entre sus rendijas hace las veces de soporte para la roca misma. Pero, al mismo tiempo, los tramos cubiertos por nieve y hielo son los más complicados técnicamente. El siguiente problema es el tamaño de la pared: los 1800 metros de ascenso casi vertical obligan a la mayoría de aspirantes a prolongarlo durante varias jornadas, teniendo que cargar en consecuencia con el peso extra del material para hacer vivac en las laderas de la montaña, más la comida suficiente como para poder abastecerse varios días. Pasar varios días suspendido de la montaña no sería tan grave de no ser por el caprichoso clima local. El riesgo de tormentas azotando la pared norte es demasiado alto y es uno de los principales responsables del alto número de muertes cosechadas por el Eiger. La verticalidad de la pared proporciona muy pocos sitios en los que resguardarse del clima y, lo que es más grave, de las avalanchas.

La ruta clásica del Eiger es una de las más icónicas del alpinismo, y algunos de los tramos de ascenso llevan el nombre de historias que han sucedido en los mismos. Historias dramáticas en ocasiones, e historias heroicas en otras. El que asciende esa ruta revisita las vidas y las muertes de los anteriores aventureros.

El ascenso por la ruta clásica empieza doscientos metros a la derecha del Primer Pilar, un ascenso asequible por un terreno no excesivamente empinado hasta llegar a la Grieta Difícil, donde empiezan las dificultades serias. Es un tramo muy exigente técnicamente, en el que ni siquiera los mejores tienen garantías. Así lo sufrieron Bartolo Sandri y Mario Menti en 1938, dos italianos de apenas veintitrés años de edad que trabajaban en una fábrica de lana y carecían de experiencia sobre hielo. En plena Grieta fueron sorprendidos por una tormenta, y nada se supo de ellos hasta que encontraron sus cuerpos sin vida a los pies del Eiger.

Tras superar la Grieta, llega la Travesía Hinterstoisser, un tramo que se debe recorrer hacia la izquierda. La travesía tiene solo unos cuarenta metros de largo pero que pueden llevar cinco horas en ser recorridos. Este pasaje se cobró un caro peaje en sus descubridores, los alemanes Andreas Hinterstoisser y Toni Kurz, junto a los austríacos Willy Angerer y Edi Rainer. De todos los alpinistas que habían llegado a Grindelwald, la ciudad más cercana, el verano de 1936, eran los únicos que quedaban. Uno había muerto en una escalada de entrenamiento y el resto se habían vuelto a sus respectivos hogares debido a la muy adversa climatología, que hacía inviable un intento. Pero los dos alemanes y los dos austríacos esperaron pacientemente, y finalmente un claro se abrió e iniciaron su ascenso. Por encima de la Grieta Difícil, Hinterstoisser intentó una travesía que nunca había probado nadie antes, un tramo extremadamente difícil pero que, como posteriormente descubrirían, abría la posibilidad de ascender hasta la cima. A pesar de que llegaron hasta los 3300 metros de altura, un desprendimiento de rocas alcanzó a Angerer y tuvieron que iniciar el descenso, pero al llegar de nuevo a la Travesía Hinterstoisser no pudieron seguir al haber recogido la cuerda que usaron para asegurar ese tramo. El tiempo empeoró, dejándolos inmóviles durante dos días, hasta que una avalancha cayó sobre ellos. Hinterstoisser murió al despeñarse y los otros tres se quedaron colgando de una cuerda. Rainer, el de más arriba, moriría asfixiado por el peso de la cuerda que sostenía a sus dos compañeros. Angerer murió al golpearse brutalmente contra el muro en la caída, y solo Kurz, en medio de ambos, siguió con vida. Ese mismo día un equipo de rescate formado por tres guías trató de alcanzarlo pero la brutalidad de la tormenta que azotaba la montaña los obligó a retroceder. Aun así, se acercaron lo suficiente como para poder hablar con él a gritos y conocer lo sucedido a través de sus palabras.

A la mañana siguiente, los tres guías volvieron a por Kurz, que no podía apenas moverse al tener una mano congelada, fruto de la pérdida de un guante. Los guías llegaron a estar cerca pero un saliente imposible de escalar les impedía llegar hasta él. Kurz cortó la cuerda que lo unía a su compañero muerto más abajo y escaló hasta su compañero de arriba para soltarse de él a su vez. Este proceso duró cinco interminables horas, tras las cuales logró hacer rappel con una cuerda que los guías le habían proporcionado uniendo dos cuerdas cortas, hasta llegar a solo unos metros de sus rescatadores, pero entonces el nudo de la cuerda se atascó en su mosquetón. Para llegar hasta ellos debía levantar su propio peso para así liberar la presión del nudo en el mosquetón y permitir que pasara, pero estaba demasiado débil. Durante horas lo intentó, pero al final se rindió: «No puedo continuar» fueron sus últimas palabras. Uno de los rescatadores, desesperado, se subió a los hombros de otro y consiguió tocar sus crampones, pero nada más. Kurz padeció una muerte lenta, y su cuerpo sería posteriormente recuperado por un grupo de escaladores alemanes. Lo más dramático es que el equipo de rescate llevaba una cuerda más larga, pero se les había caído muro abajo y de ahí que tuviera que unir con un nudo dos cuerdas para dárselas a Kurz. El nudo que le costó la vida.

Fotografía: Thomas Ulrich (CC).

Pasada la Travesía Hinterstoisser está el Nido de Golondrinas, un refugio ideal para hacer vivac, a salvo de las avalanchas. En el año 2000, los escaladores británicos Joe Simpson y Ray Delaney estaban reposando en el Nido mientras sus dos compañeros, el inglés Matthew Hayes y el neozelandés Phillip O’Sullivan, estaban escalando justo por encima de ellos en una pendiente de hielo, cuando uno perdió el equilibrio y arrastró al otro hacia una caída libre de más de seiscientos metros. Simpson escribiría posteriormente: «Pienso en su interminable caída sin fricción, paralizados en sus últimos momentos de conciencia por la completa enormidad de lo que estaba sucediendo… miré hacia abajo y los vi ahí tumbados, enredados en sus cuerdas… no los oímos cuando cayeron. No gritaron».

A la izquierda del Nido está el Primer Nevero, debajo de la Manguera de Hielo, un tramo muy empinado que une con el Segundo Nevero. En este delicado tramo han caído varios escaladores a lo largo de los años, debido al alto número de avalanchas y desprendimientos de rocas.

Lo siguiente es el Vivac de la Muerte. En 1935, dos jóvenes bávaros, Karl Mehringer y Max Sedlmeyer, llegaron con la firme intención de ser los primeros en hacer la Nordwand. Esperaron a que hiciera un buen día y empezaron el ascenso. Pero el tiempo de nuevo empeoraría, las nubes engulleron la montaña y la nieve cayó profusamente, causando frecuentes aludes. Fueron vistos sin embargo dos días después, algo más arriba y a punto de hacer vivac por una quinta vez. Pero después las nubes los volvieron a envolver. Cuando unos días después despejó, fueron vistos muertos a 3300 metros de altura, en el sitio que ahora se conoce como el Vivac de la Muerte.

Encima del descanso del vivac está la Rampa, un cornisa de roca en diagonal que sube hasta la Chimenea, el punto hasta el que llegó Adolf Mayr en 1961, un austriaco de solo veintidós años que quiso ser el primero en escalar el Eiger en solitario. En Grindelwald, los turistas hacían cola para usar los prismáticos que les permitieran ver su progreso. Mayr estaba cavando en una pared de hielo con su piolet cuando perdió pie y cayó desde más de mil metros hasta su muerte.

No pudo llegar a la imponente Travesía de los Dioses, ni al posterior tramo de la Araña Blanca, donde el oscense Ernesto Navarro y el maño Alberto Rabadá vieron el fin de sus días en agosto de 1963. Atrás quedaban los días felices de abrir rutas en el Pirineo y los Picos de Europa, o los espectaculares ascensos a los Mallos de Riglos. Ahorraron para pagarse un billete de ida y vuelta a Suiza del que solo usarían la primera parte. Ilusionados, veían en el muro del Eiger la realización de sus sueños, pero el Ogro los atenazó hasta la muerte. El primero en morir fue Rabadá, que se quedó tumbado sobre la pared, exhausto y congelado. Navarro se quedó junto a él, quizá esperando que se recuperara, o quizá eligiera morir ahí con su compañero, o quizá tampoco él tuviera fuerzas para seguir. Es imposible saberlo, así como saber cuánto tiempo sobrevivió Navarro a su compañero; solo las frías paredes del Eiger fueron testigos de esos momentos finales de sus vidas.

Solo les quedaban por encima las Fisuras de Salida, que dirigen ya por fin hasta la arista de la montaña y de ahí a la cima la dificultad es nula en comparación con la temible Nordwand, escalada por primera vez en 1938 por un grupo austrogermano formado por Anderl Heckmair, Ludwig Vörg, Heinrich Harrer y Fritz Kasparek. Aunque empezaron en principio como dos partidas distintas, decidieron unir fuerzas para tener más opciones de éxito, y así fue: pese a sufrir constantes avalanchas, ascendieron rápidamente, esperando a que cayera una avalancha para lanzarse a escalar antes de que la sucediera la siguiente. En la Araña, sin embargo, una avalancha los alcanzó de lleno, pero consiguieron aferrarse con uñas y dientes a la pared y los cuatro pudieron avanzar sin mayores consecuencias. Harrer describiría así su momento en la cima:

¿Alegría, alivio, triunfo tumultuoso? Nada de eso. Nuestra liberación había llegado demasiado pronto, nuestras mentes y nuestros nervios estaban demasiado nublados, nuestros cuerpos demasiado exhaustos como para permitir cualquier emoción violenta… La tormenta estaba desencadenándose tan fieramente en la cima que no nos podíamos incorporar. Costras de hielo se habían formado alrededor de nuestros ojos, narices y bocas; teníamos que frotárnoslas para poder vernos, hablarnos o incluso respirar. Probablemente parecíamos legendarios monstruos del Ártico… Ese no era lugar para hacer volteretas o dar gritos de alegría y felicidad. Nos dimos un apretón de manos sin decir una sola palabra. De inmediato nos pusimos a descender.

No fue hasta que llegaron a Grindelwald que se dieron cuenta de su hazaña, cuando un niño fue el primero en verlos llegar y enseguida se puso a gritar para alertar al pueblo de su llegada. A su encuentro corrieron amigos llegados desde Viena y Múnich, periodistas, turistas… Se ofrecieron para llevar sus mochilas y les dieron cigarrillos y alcohol. En Berlín fueron tratados como héroes: recibieron medallas y Adolf Hitler en persona les dio la mano, los felicitó y les regaló billetes para un viaje a los fiordos escandinavos.

Desde entonces el Eiger se ha escalado innumerables veces y desde distintas rutas, pero sigue siendo tan peligroso como en aquella terrible expedición de 1936.

El Eiger es sin duda uno de los escenarios montañistas más indeseables del planeta. Y, precisamente por eso, maldita la contradicción, es uno de los más deseables para los alpinistas, esa extraña raza orgullosa y altiva, adicta a los riesgos innecesarios y desagradecida con los suyos, que padecen cada vez que se dirigen a una nueva aventura. Pero hay algo en ellos que responde al desafío que propone la montaña y, lejos de ignorarlo como el resto de mortales, se enfrentan a él, encontrando en esa lucha el significado de su propia existencia, viendo en cada ápice de sufrimiento un escalón más hacia la realización personal. Y uno no puede hacer más que admirar esa determinación, perdonar sus pecados y rendirse a su valentía y pundonor.


Sublimar lo imposible

Maurice Wilson (DP)
Maurice Wilson (DP)

¿Por qué subir el Everest?
Porque está ahí.
(George Mallory, 1923)

Murió en la ladera de una montaña que nunca llegaría a coronar, luchando inútilmente por conquistar lo imposible. La suya fue una singladura de dimensiones épicas, una epopeya de corte clásico, una profecía autocumplida de sacrificio y fe. Una historia única: la del hombre que decidió ser el primero en hollar la montaña más alta del mundo llevando consigo apenas un equipo escaso y una provisión inagotable de fe en Dios, que lo había sanado. No sabía pilotar, pero en dos meses cubrió ocho mil kilómetros, muchos de ellos sin mapa. No sabía escalar, pero consiguió llegar a una altura de casi siete mil metros, a los pies de la montaña que acabaría por conquistarlo. Siempre infrapreparado para afrontar el reto que se impuso, gracias a su extraordinaria capacidad de sacrificio consiguió escribir con letras doradas la increíble historia de su fatal periplo. El joven que quiso «inflamar al mundo con su gesta» mantuvo durante meses en jaque a su Gobierno y en vilo a muchos compatriotas, pendientes de una odisea que fue relatada a vuelapluma en los diarios ingleses de entreguerras. La vida del inglés Maurice Wilson (1898-1934) se escribe a pinceladas de coraje y determinación, sobre un lienzo de fe y abnegación y con un insoslayable marco de obsesión y locura.

De la Gran Guerra despertó como un héroe por accidente, diluyendo en alcohol los honores que su patria le concedió agradecida. Hijo de una familia acomodada de Bradford, el adolescente que se alistó el día después de cumplir la mayoría de edad volvió de la contienda convertido en un joven insatisfecho, perdido, que buscaba en las esquinas de su corta existencia un propósito vital que lo trascendiera. Su empeño marcial, condecorado y reconocido, no solo le inutilizó el brazo izquierdo sino que también le abrió un profundo vacío en el alma que su monótona rutina de posguerra no pudo sanar. Circunnavegó el globo durante una década, buscando un sentido trascendente que parecía esquivarlo. No lo encontró en Nueva York, tampoco en San Francisco. Ni siquiera en Nueva Zelanda, donde estableció un negocio de ropa femenina que le aportó dinero y estatus. Al final, frisando ya la treintena, Wilson decidió vender todas sus propiedades oceánicas y embarcarse con destino a Londres, todavía en pos de un motivo último por el que apostar la vida.

Las largas semanas en barco obrarían el cambio que llevaba tiempo esperando. Las enseñanzas de unos yoguis que lo abordaron en Bombay le hicieron conectar con su dimensión espiritual, totalmente desconocida hasta entonces. Una toma de conciencia personal que fue la semilla sobre la que Wilson acabaría edificando su propósito vital.

Una vez en Londres Wilson cayó gravemente enfermo. Influido por las enseñanzas espirituales aprendidas contactó con un misterioso curandero —su nombre no aparece en ninguno de sus diarios— que enseñaba de manera altruista un método de sanación basado exclusivamente en el ayuno prolongado y la oración. Y que funcionaba. El propio Wilson, treinta y cinco días de retiro y ayuno más tarde, ya se había recuperado de su «misteriosa» enfermedad. Era un hombre nuevo decidido a consagrar su vida a la difusión de ese revolucionario método. Su gratitud para con «el Dios que había acudido en su auxilio cuando apenas le quedaba un hilo de vida» era infinita y le correspondía ahora a él difundir su mensaje.

Para completar su recuperación se retiró unos meses a la Selva Negra alemana, donde por casualidad encontró un recorte de periódico que recogía la trágica historia de la expedición al Everest de 1924, en la que dos célebres alpinistas ingleses, Irvine y Mallory, habían desaparecido a escasos cientos de metros de la cumbre. Wilson entendió al instante que no existía mejor manera de demostrar la infalibilidad de la fe y de su método místico de sanación que acometer en solitario la conquista de la montaña más alta del mundo. De igual manera que Colón emprendió un largo viaje hacia el oeste para demostrar que la Tierra era redonda, Wilson conquistaría una de sus últimas fronteras, una montaña en la que anteriormente habían fracasado expediciones de centenares de personas y bestias de carga. Llevando apenas un equipo ligero, una ración suficiente de comida y una inagotable provisión de sacrificio y fe en Dios, todo era posible. Y él iba a demostrarlo.

Poco se sabía por entonces del pico más alto de la Tierra. Durante el siglo XIX los británicos habían calculado trigonométricamente la altura de los picos más altos del Himalaya, entre los que destacaba una descomunal montaña de nombre ignoto —lo bautizaron como Pico XV— que se adivinaba en ocasiones entre la bruma de la frontera entre Nepal y Tíbet. Dado que los Gobiernos nepalí y tibetano prohibían expresamente la entrada de hombres blancos en su territorio, los británicos entrenaron durante décadas a indios en el manejo de instrumentos de medición para que se adentraran en esos territorios vedados y confirmaran los cálculos. Pero ninguno pudo acercarse a más de cincuenta kilómetros de ese pico remoto del que solo a principios del siglo XX se conoció el nombre autóctono: Chomolugma, o «Diosa Madre del Universo», en lengua tibetana.

Maurice Wilson encima de Ever-Wrest. (DP)
Maurice Wilson encima de Ever-Wrest. (DP)

Después de la Primera Guerra Mundial se sucedieron los primeros intentos autorizados por el dalái lama, máxima autoridad del Gobierno tibetano. En 1921, 1922 y 1924 se prepararon las primeras expediciones británicas, el único país autorizado para acercarse al Everest. Partiendo de la mítica Darjeeling, una ciudad cerca del reino indio de Sikkim a los pies del Himalaya, entraron en Tíbet rodeando las cumbres más altas y accediendo al Everest por su cara norte, la misma ruta que seguiría Wilson una década más tarde. Conquistar el Everest era para Gran Bretaña una forma de pulir su orgullo nacional, herido tras la guerra; por ello todas esas expediciones contaron con fuertes patrocinios y apoyo explícito de la Corona. Con escaso éxito, ya que acabaron invariablemente en fracaso, acarreando la muerte a algunos de los mejores escaladores de estos primeros años de la historia del ochomilismo.

Por si el plan no era lo suficientemente irrealizable Wilson solicitó en 1932 a la RAF que lo dejaran tirarse en paracaídas desde uno de sus aviones de reconocimiento fotográfico que iban a sobrevolar por primera vez la cima al año siguiente. Una idea absurda e irrealizable, rechazada de plano, que sin embargo le sirvió para idear su plan definitivo de aproximación a la montaña: volar en avión hasta el Everest con la intención de aterrizar en la falda de la montaña y proseguir a pie hasta la cima.

Era una idea absurda que tenía todos los elementos para acabar en tragedia. Wilson no estaba en la forma física necesaria para subir montañas, no disponía de conocimiento alguno de montañismo y escalada y no sabía pilotar un avión. Además, es totalmente imposible sobrevivir a una aproximación a la montaña tan alta por vía aérea, ya que la falta de aclimatación suficiente conduce sin remisión a una muerte segura. Pero eso no iba a ser impedimento para él, convencido de que sería capaz de triunfar donde los demás, mejores alpinistas que él, habían fracasado. Así, reunió toda la literatura relativa al Everest que pudo encontrar, memorizando las crónicas de las expediciones anteriores para intentar entender la magnitud del desafío que se había impuesto. Además, se embarcó en una preparación física exhaustiva, realizando largas marchas por todo el país y aprendiendo los rudimentos del montañismo en las montañas de Gales —una preparación que sin embargo no incluyó escalada con nieve y hielo—. Por último, antes incluso de tomar sus primeras clases de vuelo, adquirió un modesto avión de segunda mano, un biplano Gipsy-Moth al que bautizó proféticamente como «Ever-Wrest».

Durante sus clases de vuelo se reveló como un piloto torpe y agresivo, estrellando su avión en varias ocasiones para regocijo de unos medios de prensa que relataban con malicia «los desvaríos de este excéntrico empresario». Tanta fue la expectación levantada por su viaje que el Ministerio del Aire le prohibió emprenderlo con la excusa de que jamás dispondría de los permisos necesarios para sobrevolar Persia y Nepal.

A su desastroso despegue del 21 de mayo de 1933 acudieron cientos de personas, que pudieron ver como Wilson intentaba penosamente levantar el vuelo con viento de cola, salvando por centímetros una muerte segura contra el muro del aeródromo, antes de desaparecer entre las nubes. Un mal comienzo al que siguió un prolongado silencio de radio, roto cuando tres días más tarde Wilson enviaba desde un aeródromo romano un sucinto telegrama: «Ya he aprendido a mantener un rumbo fijo sin mirar la brújula. Es gracioso cómo estas cosas se aprenden solas».

Durante la siguiente semana hizo varias escalas en el norte de África. Arrestado en Bizerte, consiguió combustible en Túnez para continuar su odisea sobre Libia y Egipto hasta Bagdad, ciudad en la que confirmó que tenía vetado el acceso a Persia. Sin mapas y sin opciones, se inventó una ruta hasta Baréin, un protectorado británico en el Golfo Pérsico desde el que aspiraba a seguir su ruta por el Índico.

El cónsul, alertado por el Gobierno, le confiscó el avión en cuanto aterrizó en Baréin. Wilson volvía a estar detenido, y solo sería liberado si se comprometía a volver sobre sus pasos y entregar el avión en Bushir (Irán), dando por terminada su aventura. Wilson accedió rápidamente: su plan, sin embargo, era llegar a Gwadar, la primera ciudad del actual Pakistán, situada unos pocos kilómetros después de la frontera persa. Para ello debía atravesar más de mil doscientos kilómetros, exactamente el alcance máximo de su biplano, por encima del Pérsico y el golfo de Omán sin cometer el más mínimo error de navegación. Y todo ello sin mapas, basándose exclusivamente en unos apuntes que pudo tomar en su diario a partir de un mapa que encontró colgado en el consulado. Era un plan descabellado, una locura, una gesta arriesgada para un buen aviador de la época pero que para un piloto novato —apenas contaba con dos meses de experiencia de vuelo— era un suicidio seguro.

Y sin embargo lo consiguió: nueve horas y treinta minutos después de despegar de Baréin, un acalambrado y exhausto Wilson aterrizaba con las primeras sombras del anochecer en el polvoriento aeropuerto de Gwadar. En cuanto tomó tierra el motor empezó a toser y se paró: ni siquiera le quedaba combustible suficiente para aparcar el avión en la terminal.

La noticia de su llegada corrió como la pólvora por India, donde fue entrevistado por los principales diarios del país en cada aeródromo en el que repostaba. El recelo y el escarnio público previos a su despegue dieron paso a una sincera admiración por su hazaña y una enorme curiosidad por conocer al personaje que la había protagonizado. Allí donde paraba le rodeaban periodistas y admiradores, ávidos por profundizar en el mensaje y la preparación de este desconocido empresario textil reconvertido en valiente aventurero. En sus entrevistas Wilson se esforzó por combatir su imagen de excéntrico, detallando la intensa rutina de entrenamiento que había seguido, sus rigurosas dietas «a base de dátiles, agua y muchos rezos» y su convencimiento de que, gracias a su método de ayuno y oración, no había objetivo imposible.

En Purnea, último aeródromo antes de su pretendido vuelo hasta el Everest, no pudo escapar de las garras de las autoridades británicas, que lo aguardaban. Allí el avión le fue confiscado durante un mes, al término del cual Ever-Wrest necesitaba unas reparaciones que Wilson no podía ya costear. Con gran pesar tuvo que venderlo a un admirador y renunciar a su imposible plan original.

Wilson reaccionó al boicot de las autoridades británicas escabulléndose hasta Darjeeling, punto de partida de todas las expediciones al Everest, decidido más que nunca a conseguir su objetivo, esta vez por vía terrestre. En esa ciudad a los pies del Himalaya se enteró de que la numerosa expedición británica del año anterior comandada por Hugh Ruttledge, —la cuarta autorizada por el dalái lama—había fracasado en su intento de coronar la montaña. Era su momento.

Cuando llegó a Darjeeling, a finales del verano de 1933, la temporada de ascensiones había llegado a su fin. Los meses de otoño e invierno los empleó en preparar su intento del año siguiente, completando su aclimatación, preparando «su cuerpo y su alma» para el desafío mediante largos ayunos y tratando de obtener sin éxito los permisos necesarios para realizar su aproximación a pie por territorio tibetano. Estrechamente vigilado por agentes del Gobierno, Wilson exploró a fondo el reino de Sikkim, entrenando y fortaleciendo su cuerpo bajo la atenta mirada de las altas cumbres que rodean sus verdes valles tropicales. Estrenado 1934 ultimó los preparativos de su incursión en el Tíbet con la compra de cuantos mapas pudo encontrar de la zona, la contratación de tres leales sherpas —Tewang, Tsering y Rezing— y la adquisición de un poni tibetano que llevase los pertrechos a través de los peligrosos pasos de montaña que los aguardaban. Lo último en organizar fue el disfraz, un hábito de monje tibetano que debía permitir a Wilson introducirse en un territorio que todavía estaba vedado a los extranjeros.

Al anochecer del 21 de marzo una corpulenta figura envuelta en una raída túnica de monje emprendía la marcha, acompañada de tres sherpas y un poni. Durante más de tres semanas los cuatro compañeros encadenaron extenuantes marchas nocturnas a la sombra de las cumbres más altas del Himalaya, evitando los núcleos urbanos y durmiendo al aire libre; consumiendo kilómetros con un ritmo que redujo en diez días el tiempo que le había supuesto a la expedición anterior alcanzar su objetivo: el monasterio de Rongbuk, sito a 4980 metros, una comunidad de cuatrocientos monjes que guardaba el final del glaciar homónimo que nace a los pies del anhelado Everest.

Monte Everest desde el monasterio de Rongbuk. (DP)
Monte Everest desde el monasterio de Rongbuk. (DP)

Unos días entre ceremonias y ayunos con los monjes ultimaron su aclimatación y el 16 de abril de 1934 emprendió solo la marcha hacia la montaña con la intención de coronarla el 23, día de su trigésimo octavo cumpleaños. Su plan era avanzar por el glaciar hasta el collado que guarda la ruta hacia la cima por la cara norte, siguiendo una ruta similar a la de Ruttledge y Mallory. La trayectoria de Wilson era imparable, pero la magnitud de la empresa era excesiva: su buena preparación física no podía compensar su total falta de conocimientos de escalada. Durante días avanzó sin crampones por el mar de hielo del glaciar, sufriendo muchas caídas y malgastando su energía intentando superar obstáculos que un alpinista experimentado habría evitado. Al final, diez días más tarde y sin haber hollado todavía el Campo III se vio obligado a volver al monasterio agonizante de cansancio, casi ciego, con parálisis facial y con el brazo izquierdo inútil.

Dos semanas de cuidados de los lamas y de sus fieles sherpas le devolvieron a una condición aceptable. En cuanto se hubo recuperado se aventuró otra vez a través de las crevasses y las morrenas del glaciar del Rongbuk. Acompañado esta vez por dos de sus sherpas, pudo atravesarlo sin excesivo desgaste y alcanzar rápidamente el Campo III, ubicado los pies de collado.

El 21 de mayo, un año después de despegar rumbo a lo desconocido, Maurice Wilson emprendía en solitario el penúltimo asalto al Everest desde el Campo III. Volvió a fracasar: unos días más tarde, magullado, exhausto y derrotado por una fuerte ventisca, el malherido inglés consiguió arrastrarse de vuelta hasta donde todavía lo esperaban Tewang y Rizing. Estos, conscientes del estado de enajenación mental en el que continuaba encarando un ascenso imposible, se negaron en rotundo, a pesar de sus súplicas, a acompañarlo hasta el Campo IV.

Wilson no podía volver atrás. El valor que le había conferido a su propia vida dependía de la fidelidad a su compromiso y del ejemplo que su gesta fuera capaz de proyectar. No podía, en ningún caso, abandonar la llamada que lo había llevado por encima de mares y desiertos y a través de montañas y glaciares hasta los pies del objetivo final. Morir, llegado ese punto, era preferible a vivir con el fracaso. Tenía que continuar, su fe debía llevarlo en volandas hasta su objetivo final.

El 29 de mayo de 1934 Maurice Wilson desapareció por última vez rumbo a la cumbre.

Un año más tarde otra expedición encontró su cadáver unos cientos de metros por encima del Campo III. Estaba sentado, descalzo y con su mochila al lado. Había muerto desabrochándose las botas, esperando paciente su mortal destino en la helada ladera del Collado Norte que nunca llegó a superar.

Wilson perdió la vida luchando por demostrarle al mundo que la fe y el sacrificio lo podían todo. El inglés, con una mochila más cargada de voluntad que del equipo necesario, sucumbió ante lo inevitable con entereza, afrontando con dignidad el aciago final que le deparó su aventura. Para algunos era un visionario, para otros un héroe, para la mayoría un simple loco. Pero lo cierto es que no solo de fe y sinrazón se nutrió su epopeya trágica: Wilson no dudó en llevar a cabo un entrenamiento eficaz destinado a prepararlo para la hercúlea tarea a la que se enfrentaba: aprendió a pilotar —con excelentes resultados—, fortaleció su musculatura para compensar su inútil mano izquierda y se aclimató intensamente en las montañas de Sikkim, aprendiendo el suficiente tibetano para pasar desapercibido en territorio hostil. Además de su hazaña aérea, Wilson completó quinientos kilómetros a pie por el altiplano tibetano —a más de cinco mil metros de altura— en menos de un mes, algo extraordinario.

Wilson se había trabajado su suerte, pero su espíritu de superación personal y su fe no fueron suficientes para triunfar frente a una montaña que acabó conquistándolo.

Entre sus pertenencias encontraron un pequeño diario verde en el que venía anotado su periplo hasta Rongbuk. Su última entrada, fechada el 31 de mayo de 1934, resume el espíritu que le animó a emprender su aventura y que subyace también en las historias de grandes alpinistas como Mallory, Hillary, o Messler.

Porque el espíritu que subyace en la odisea de Maurice Wilson es en realidad el de todos ellos: el de superarse a sí mismos intentando alcanzar una gloria vedada. Intentando sublimar lo imposible.

La última línea de su diario, apenas una temblorosa línea garabateada a lápiz sobre el papel pautado, rezaba: «Off today, gorgeous day» («En ruta hoy, día magnífico»).

Fortaleza de Gamba, a cuyos pies pernoctó Wilson y sus sherpas en su aproximación al Everest. (Kampa Dzong, Tibet [1904] John C. White)
Fortaleza de Gamba, a cuyos pies pernoctó Wilson y sus sherpas en su aproximación al Everest. Kampa Dzong, Tibet [1904] John C. White. (DP)


La leyenda del Urriellu

urrellu
Autor: Miguel Sáenz de Santa María

Cuenta la leyenda que todos los años, al llegar la primavera, Pedro Pidal acudía a la explanada del Pozo de la Oración, situada entre las poblaciones cabraliegas de Poo y Carreña, y se detenía a observar la inmensa mole de caliza que, allá a lo lejos, interrumpía el discurrir del horizonte y atravesaba las nubes con una implacable osadía vertical. Se dice que al hombre —hemos de imaginarnos a un tipo, si no anciano, sí entrado ya en años, consciente de que cada vez iba a dejando a sus espaldas más tiempo del que le quedaba por vivir se le empañaban los ojos mientras encendía un cigarro que fumaba con parsimonia, y que solo tras apurarlo por completo y aplastar la colilla contra el suelo se decidía a pronunciar, casi en susurros, una frase, siempre la misma, que en varias ocasiones escucharon los familiares y amigos que solían acompañarle en tal lance y se mantenían a una prudencial distancia para no estropear un ritual que tenía mucho de catarsis ni contaminar la mística del momento en que Pidal, marqués de Villaviciosa, mantenía sus ojos empapados en lágrimas clavados en el Urriellu y le inquiría con el mismo tono con el que se recibe a un ser querido que acaba de regresar de un largo viaje: “¿Cómo has pasado el invierno, viejo amigo?”

Puede que la historia sea cierta al fin y al cabo, no hay razón ninguna para dudar de su veracidad o puede que sea solo fruto de las fantasías de los muchos hagiógrafos que el noble tuvo tras su muerte. Lo que sí está fuera de toda sospecha es que Pedro Pidal fue el primer hombre que consiguió coronar una cima que casi todos consideraban impracticable y que durante siglos había llenado de ensueños y delirios el imaginario colectivo de quienes, o bien habitaban en sus proximidades, o bien percibían de cuando en cuando su silueta en la lejanía. Pidal no estuvo solo en aquella curiosa aventura en la que muchos sitúan el origen de la historia del alpinismo español y que él mismo narró con detalle en un librito delicioso que hoy resulta casi inencontrable. Le acompañaba un pastor llamado Gregorio Pérez que procedía del muy pintoresco pueblo de Caín un ínfimo núcleo de casas acorralado entre montañas, que recibía por ello el apelativo de el Cainejo en realidad, el gentilicio que se aplicaba a los vecinos de aquella aldea cuyo topónimo lucía unas resonancias trágicamente bíblicas y que terminaría siendo el primer guarda de lo que originalmente se llamó Parque Nacional de la Montaña de Covadonga y se acabaría convirtiendo en los Picos de Europa. Pidal y el Cainejo hicieron cima en el Urriellu el cinco de agosto de 1904. Su gesta, que en todo momento estuvo aderezada por una gran dosis de inconsciencia, deshizo el mito de la inviolabilidad de aquella inmensa mole calcárea de origen paleozoico e hizo que lo que hasta entonces había sido solo un bello sueño pasara a constituir un reto de difícil alcance, pero cuya consecución podía enmarcarse en el, por otro lado, siempre difuso marco de lo posible.

Unos años antes de que aquellos dos lunáticos de las montañas consiguieran su propósito, en 1855, el geólogo alemán Guillermo Schulz, autor del primer mapa topográfico y geológico de Asturias, ya había rebautizado al Urriellu como Naranjo de Bulnes, seguramente a causa de una veleidad poética que le llevó a sustituir su nombre tradicional por otro que enfatizara el color anaranjado que exhibe la imponente pared de caliza y que, de paso, tuviera en cuenta el bucólico pueblecito de Bulnes, que se levanta no demasiado lejos de su base. La ocurrencia del científico teutón, pese a que nunca ha llegado a gustar nada a los oriundos de la zona ni ha sido capaz de lograr el quórum en el conjunto de la población asturiana, hizo cierta fortuna al otro lado de la Cordillera Cantábrica, hasta el punto de que su hallazgo toponímico ya se usaba con cierta normalidad en 1904, el año de aquella escalada inaugural, y por supuesto también en 1906, cuando otro teutón, Gustav Schulze, hizo cima en solitario y, no contento con igualar la hazaña de su ilustre predecesor, se propuso doblar la apuesta haciendo noche en la cumbre.

Tumba de Pedro Pidal

Hay que aclarar que aquellas dos expediciones tuvieron que desarrollarse en condiciones bastante penosas, teniendo en cuenta el territorio por el que discurrieron y las limitaciones de una época en la que los Picos de Europa aún eran un paraje casi virgen y solo llegar hasta allí podía suponer, dependiendo del punto de partida, varias jornadas de viaje. Pese a su altura, que alcanza los 2519 metros, el Urriellu no se deja ver con facilidad, principalmente porque su portentosa efigie se encuentra atrincherada detrás de otros montes —los que conforman el macizo central de los Picos de Europa, también conocidos como los Urrieles y porque es difícil encontrar el cielo lo suficientemente despejado para discernir desde la distancia una silueta a la que ya se le han colgado todos los epítetos posibles. En los días claros, puede contemplarse desde el Pozo de la Oración el mismo mirador al que se asomaba Pedro Pidal, en cuya memoria se erigió en tiempos un monolito que hoy casi ha quedado arrinconado al pie de la carretera y también desde la encantadora aldea de Camarmeña, que se encarama sobre los tejados de Poncebos y alberga una enigmática capilla en la que, según cierta tradición no demasiado conocida, recibió sepultura el obispo don Pelayo.

No resulta tan sencillo llegar hasta la vega del Urriellu, el valle de origen glaciar cuaternario que se abre al mismo pie de la montaña, pero tampoco reviste una complicación, digamos, excesiva: en realidad, solo se requieren unas condiciones físicas medianamente aceptables y ocho o nueve horas libres, que es el tiempo que por término medio se emplea en andar y desandar el camino. La ruta hasta el Urriellu mejor recorrerla entre la primavera y el otoño: el invierno es una estación demasiado hostil en unos parajes habituados a defenderse de las intromisiones admite dos variantes que discurren por lugares cuyos nombres remiten a un tiempo y a unas formas de vida que parecen ya remotos de tan olvidados: Pidal y el Cainejo optaron por llegar hasta su base partiendo desde Bulnes, a través del canal de Balcosín y la majada de Camburero (hoy a Bulnes se llega en funicular desde Poncebos; de todos modos, es muy recomendable hacer el camino hasta allí a pie, por mucho que eso suponga añadir un par de horas más al total del recorrido); la inmensa mayoría de quienes deciden emprender la aventura por su cuenta, en cambio, prefieren comenzarla en Sotres y seguir por los llamados invernales del Texu hasta desembocar en el collado de Pandébano. En ese lugar se inicia la senda que atraviesa la Terenosa y el Collado Vallejo para dibujar después una endiablada pendiente en zigzag que hay que afrontar con tanta fortaleza como paciencia. La recompensa, bien está decirlo, vale la pena: pocos espectáculos hay más impresionantes que el de la mole del Urriellu recortándose majestuosa sobre el cielo de la vega; pocas sensaciones más reconfortantes que la de tener el mundo (o, al menos, todo lo que de él importa) a nuestro alcance, aunque en el fondo eso sea una hermosa mentira. Desde ese rincón inverosímil esquinado en lo más abrupto de la ya de por sí complicada orografía asturiana, las nubes son un colchón de espuma extendido a nuestros pies y el mar una promesa etérea que se confunde con el cielo. Lo difícil allí es no abstraerse de las miserias del mundo. Cuando se está rodeado de belleza, resulta imperdonable ensuciar el embelesamiento trayendo a colación asuntos mundanos.

Nos han hecho falta unas pocas líneas para llegar hasta aquí, así que tal vez quepa subrayar que, sobre el terreno, el ascenso es bastante más arduo y cansado, y solo lo consumarán con sus facultades físicas intactas quienes dispongan ya de un buen bagaje de caminatas a sus espaldas. Los más aguerridos, de hecho, considerarán cosa banal el haber acometido tan asequible hazaña y querrán algo más. Ya se sabe: lo que para casi todos es punto de llegada, para algunos lo es solo de partida, y el hecho de que el Urriellu despierte un respeto casi reverencial entre montañistas y curiosos no significa que sea fácil resistirse a probar suerte imitando a los muchos que, desde Pidal y el Cainejo hasta hoy, han ascendido sus más de 2500 metros. Cuando uno está de pie en la vega, sin resuello tras la caminata de más de tres horas, y tiene ante sí el portentoso bloque calizo alzándose como una esfinge sin rostro que soporta imperturbable el paso de los siglos, no sabe si estimar en lo que vale el mérito de cuantos han conseguido auparse a lo más alto o estremecerse pensando en su locura. Sin embargo, igual que no todo es blanco o negro, tampoco el Urriellu tiene una sola cara. Es cierto que el marqués y el pastor abrieron una de las vías más difíciles y que la vertiente occidental del Picu protagoniza las fantasías más húmedas, y las pesadillas más recurrentes, de cualquier alpinista más o menos experimentado, pero también que han sido tantos los que se han internado por sus hendiduras que, a día de hoy, en las paredes del Urriellu se dibujan casi un centenar de itinerarios y algunos hacen que la epopeya, dentro de lo que cabe, resulte asequible. La vía más sencilla se conoce como “directísima de los Martínez”, fue abierta en 1944 por los hermanos Alonso y Juan Tomás y casi puede considerarse una autopista hacia el cielo de los Picos de Europa; de ello pueden dar fe las decenas de turistas y aficionados que la utilizan cada año para alcanzar sus cinco minutos de íntima y personal gloria. Curiosamente, acaso sean paradojas del destino, la ruta más difícil de cuantas se han intentado hasta la fecha también lleva la firma de dos hermanos, los Pou, que en 2009 hicieron cumbre siguiendo un entramado de grietas que fueron encontrando en la, a priori, inexplorable cara oeste y al que bautizaron como Orbayu.

En cualquier caso, no dejan de ser vanas fórmulas de aproximarse a lo inasimilable, porque lo que mejor caracteriza al Urriellu es el curioso enigma que rodea a su propia idiosincrasia, el sobrecogimiento que embarga a quienes lo encuentran delante de sus ojos y ni pueden ni saben apartar la vista de su impasible figura, aquélla que ha visto morir a muchos de los que intentaron dominarla (porque también hay una historia trágica que tiene como héroes a quienes no llegaron a culminar su propósito, una larga serie de nombres anónimos que también han contribuido a forjar el mito y para los que estos parajes tienen un recuerdo que se hace recurrente en las inscripciones que jalonan el camino) y que ha engendrado leyendas tan curiosas como esa que asegura que el cuélebre tal vez el personaje más temible de la variopinta mitología asturiana: una monumental serpiente alada que arrasa cuanto encuentra y despierta auténtico pavor en las aldeas prepara al final de cada jornada el nido en su cima o la que narra el modo en que, al caer la noche, el Picu se transforma en una suerte de director de orquesta que marca con su batuta el soplido de los vientos que se deslizan por los intersticios de los Urrieles. Ninguna puede refutarse porque no hay nadie que se haya quedado a la intemperie para comprobarlo. Como ocurría con los antiguos dioses, lo único que los mortales podemos hacer con el Urriellu es demorarnos en la contemplación de esa inverosímil filigrana de caliza, estremecernos ante su inconmensurable grandeza y desear que sean muchas las primaveras en que se nos permita acudir a sus proximidades para rendirle una descreída pleitesía y preguntarle qué tal ha pasado la estación de las nieves.

Urriellu - Fotografía de Miguel Barrero (2)


Annapurna 1950: la conquista del primer ochomil (y III)

el lago tilicho
El lago Tilicho, flanqueado a la derecha por la Gran Barrera. Fotografía de Steynard.

Es un viaje de ida y vuelta. Llegar a la cima es opcional; descender es obligatorio”. Ed Viesturs (1959), montañista e himalayista

En esta orgullosa y preciosa montaña hemos vivido horas de fraternal, cálida y exaltada nobleza. Durante unos días, aquí hemos dejado de ser esclavos y hemos sido realmente hombres. Es duro volver a la servidumbre”. Lionel Terray

Como no sabían que era imposible, lo hicieron”. Anónimo

Herzog quiso disfrutar de su momento en la cumbre y saborear el éxito, mientras que Lachenal, más profesional y pragmático, quiso iniciar el descenso de inmediato. El frío era intensísimo y estaba empezando a nevar. No obstante, Herzog echó unas cuantas fotografías, y posó con la bandera francesa para que fuera Louis el que se las hiciera, además de posar con la insignia de su empresa. De Lachenal solo hay una fotografía, sentado en el suelo, impaciente, que además quedó borrosa. Herzog se puso entonces a cambiar el carrete de blanco y negro por uno de color. Lachenal estalló: “¿Estás loco? No tenemos tiempo que perder; debemos descender enseguida”. Estaba muy preocupado por las congelaciones en sus pies. Era un guía de Chamonix: no podía permitirse una amputación. Eso acabaría con su carrera, y solo tenía 28 años. Herzog también notaba sus pies helándose, pero en ese momento de euforia ni siquiera le importaba. Estaba completamente ido.

El horizonte, además, traía malas noticias. Unas nubes grises, mucho más amenazadoras que las que ahora los cubrían, se acercaban. Quizá se tratara del monzón, la implacable fuerza de la naturaleza que engulliría la montaña entre sus nubes, inundándola con nieve y fuertes vientos. El peor enemigo que uno puede tener en el Himalaya.

Aunque para Herzog, en ese momento, el enemigo era él mismo. Presa fácil de la exultación, su cabeza daba vueltas a lo que habían conseguido, sin terminar de creérselo. Recordó los nombres de los alpinistas ilustres que no lograron poner un pie en la cima, su infancia en los Alpes, saboreó la gloria futura, el gran recibimiento que les esperaría en Francia…

Los gritos de Lachenal lo sacaron de su ensimismamiento y finalmente accedió a descender. Una última mirada a la cima, el fin de todos sus sacrificios. Se quitó los guantes para abrir la mochila, aunque luego no recordaría porqué lo hizo. Fundido y drogado, con los dedos rígidos por el frío, un movimiento torpe hizo que sus guantes cayeran a la nieve, se deslizaran ladera abajo y su dueño nada pudo hacer más que mirarlos desaparecer. Un mundo los separaba del campamento base y, sin guantes, era solo cuestión de tiempo que sus manos se congelaran. Estaba tan aturdido que ni siquiera se le ocurrió usar como guantes el juego de calcetines de recambio que llevaba en la mochila, así que inició el descenso sin guantes, condenando sus manos al gélido clima del Annapurna.

Apretó el ritmo para conectar con Lachenal, que le estaba sacando distancia en su descenso. El tiempo estaba empeorando por momentos, el frío se intensificaba y el viento arreciaba. Las oscuras nubes los alcanzaron, y perdió de vista a su compañero entre la niebla. Pasado un tiempo indeterminado, de algún modo consiguió llegar al Campo 5 y descubrió que había una tienda más. Terray y Rébuffat habían ascendido ya hasta ahí, dispuestos a lanzar su propio asalto al día siguiente, tras haber recuperado fuerzas. Recibieron a Herzog con gran alegría, y Terray se lanzó hacia él y lo cogió de las manos para felicitarlo. Entonces se estremeció: sus manos parecían de mármol, duras, heladas y con un tono violeta. Herzog estaba tan ido que se había olvidado incluso de que había perdido los guantes. Los otros dos comprendieron el penoso estado mental y físico de su líder. “¿Dónde está Lachenal?”. Nadie sabía nada. Se les congeló el corazón.

Al cabo de un rato, mientras masajeaban pies y manos frenéticamente a Herzog dentro de una de las tiendas, tratando de restablecer el flujo sanguíneo, oyeron un grito afuera y Terray salió disparado. Volvió a los quince minutos con Lachenal, que se había caído rodando por la ladera durante casi 100 metros, logrando parar su caída milagrosamente con los crampones. Posteriormente diría que no recordaba por qué cayó; quizá perdiera el conocimiento. Físicamente estaba muy mermado, había perdido su piolet, sus guantes y su gorro. Sus pies estaban muy afectados por el frío, pero lo peor era su estado mental: estaba obsesionado con la idea de la amputación y quería bajar de inmediato hasta el Campo 2 para ser tratado por Oudot. Sin embargo, faltaba solo media hora para la puesta del sol, había más de 1.600 metros de desnivel, varios kilómetros de distancia, e intentar tal barbaridad le habría costado la vida. Tras calmar a su amigo, Terray logró convencerlo para que hiciera noche con ellos.

Los héroes de la expedición habían vuelto de la cima al límite de sus fuerzas y completamente enajenados. Terray y Rébuffat supieron que eso suponía el fin de sus aspiraciones de hacer cumbre: tendrían que quedarse con sus compañeros para atenderlos, puesto que era evidente que no podían valerse por sí mismos. Esa segunda noche a 7.500 metros de altura sería incluso peor que la primera: la ventisca era más fuerte que la noche anterior y la nieve se acumulaba sobre la tienda de nuevo aplastando a Herzog, que tuvo que poner los brazos sobre su pecho creándose un pequeño hueco que le permitiera respirar. Terray con Lachenal, y Rébuffat con Herzog, estuvieron toda la noche masajeándoles las extremidades congeladas. Esa tarea ingrata y sacrificada podía significar la diferencia entre una amputación y la salvación del tejido. Por fin, Lachenal recuperó algo de movilidad en los pies. Herzog, sin embargo, no mostraba mejoría alguna. En cuanto amaneció se pusieron en marcha. Pese a que el viento era una tortura y la niebla espesa, debían descender lo más rápido posible, o los dos más débiles quizá no lo contarían. Terray, el más fuerte y fresco de los cuatro, lideró el camino de vuelta. Sin referencias que tomar, era prácticamente imposible orientarse, y se quitó las gafas de sol para poder ver mejor el terreno en búsqueda de posibles peligros que pusieran en peligro a sus compañeros. Cualquier precaución era poca: Herzog y Lachenal llevaban más de 48 horas sin dormir, sin apenas comer, y parecían a punto de desfallecer a cada paso.

foto sin pie

El Campo 4b debía estar cerca, en alguna de las grietas del glaciar, pero no daban con él; la pared de hielo que tan bien protegía al campamento ahora les impedía verlo. Además, la niebla había espesado hasta el punto de hacer imposible ver a más de diez metros de distancia, y la nieve recién caída les entorpecía cada paso. Buscaron sobre el serac exasperadamente, pero no había modo de saber si estaban demasiado abajo o demasiado arriba; demasiado a la derecha o a la izquierda. Cayó la noche y aún no había rastro de las tiendas. Empezaron a gritar pidiendo auxilio: Couzy y Schatz estaban en el Campo 4b y tenían la esperanza de que estuvieran lo suficientemente cerca como para oírlos. Pero no fue así: de hecho sus compañeros daban por sentado que, ante un clima tan adverso, se habrían quedado en el Campo 5 y no se habrían aventurado a la montaña. Sin recibir respuesta a sus gritos ni encontrar las tiendas, no les quedó otra opción al grupo de cuatro franceses que dormir al raso, aunque los cuatro sabían que eso les traería horribles consecuencias. Encontraron una grieta en el glaciar de unos cinco metros de profundidad que los resguardaría por lo menos del viento, así que descendieron por ella y se dispusieron a hacer noche. Sin agua, helados, incapaces de tragar comida y con la nieve cayéndoles encima, esa grieta podría convertirse en su tumba. Su única esperanza estaba en que el tiempo mejorara al día siguiente. Los masajes continuaron también toda esa noche, aunque las lesiones habían empeorado y lo que necesitaban era atención médica real. Herzog escribiría:

“Aún había un ápice de vida en mí, pero menguó constantemente con el paso de las horas. Los masajes de Terray ya no me hacían efecto. Pensé que todo había terminado. ¿Acaso no era esa caverna helada la más bella tumba que podría esperar? La muerte no me asustaba, ni me arrepentía de nada. Sonreí a ese pensamiento”.

Con los cuatro hombres sumergidos en sí mismos, sin mediar palabra, la noche más larga de sus vidas llegaba a su fin: apareció el primer rayo de sol. Junto a él, un siseo lejano, que subió progresivamente de volumen hasta convertirse en un estruendo, y una avalancha de nieve los sepultó dentro de la grieta. Tuvieron que luchar para deshacerse de la nieve, jadeando. Entonces Terray y Rébuffat se dieron cuenta de que se habían quedado ciegos: al quitarse las gafas de sol el día anterior para tratar de averiguar el camino hasta el Campo 4b, se habían sobreexpuesto a los rayos ultravioleta, contrayendo lo que se conoce como ceguera de las nieves, una lesión ocular temporal pero muy dolorosa. Peor aún: sus pertenencias habían quedado sepultadas por el alud en la grieta, entre ellas las botas, los piolets, las cuerdas y las cámaras fotográficas. Entre todos las buscaron removiendo la nieve desesperadamente durante una infernal hora, con manos y pies desnudos, hasta que dieron con lo esencial: las botas y los piolets. El resto tenían que dejarlo; necesitaban descender cuanto antes. Incluso la cámara con las fotografías se quedó ahí. El día era bueno: parecía que les iba a dar un último respiro antes del monzón. Pero ahí se acababan las buenas noticias, con dos alpinistas ciegos y otros dos congelados y mentalmente desquiciados, el descenso prometía ser un infierno.

Herzog y Lachenal tenían los pies abotargados, pero con gran esfuerzo Terray logró calzarles las botas, a ciegas. Sin embargo, era imposible para Herzog ascender por la grieta hasta la superficie del glaciar, con los pies y las manos pétreos. Así que tuvo que ser de nuevo Terray, usando hasta el último resquicio de su tremenda fortaleza, el que logró tirar de él hasta la superficie. Por fin, estaban todos arriba, calzados y dispuestos para descender, pero qué maldita pandilla: dos ciegos y dos tullidos, perdidos en la inmensidad de una montaña mortal, gimiendo y resollando, avanzando a un ritmo deprimente camino a una muerte segura.

Pero entonces apareció una figura que rompía el paisaje blanco del Annapurna: era Schatz, que había salido en su búsqueda. Avanzó hacia ellos lo más rápido que pudo y, sin pronunciar una sola palabra, abrazó a Herzog con fuerza. Su presencia les dio fuerzas renovadas, un cálido soplo de esperanza. Aunque seguían tan lejos como antes, de repente parecían estar mucho más cerca de casa.

Pero aún quedaba mucho camino hasta el Campo 2 y la presencia del médico, y el terreno era peligroso: el día caluroso sumado a las nevadas del día anterior se conjuntaban para disparar el riesgo de avalanchas. Couzy se les unió en el Campo 4b y dos sherpas lo harían en el 4a, con lo cual había ya un escalador fresco por cada escalador mermado. Pero Herzog estaba en un estado quizá demasiado crítico: extremadamente débil y con los pies y manos como si fueran de madera helada, su avance era un espectáculo deplorable, y dos sherpas se ataron a él con una cuerda para evitar que un paso en falso le provocara mayores daños. Mientras los demás descendían, Couzy volvió a la grieta en la que sus compañeros habían pasado la noche y logró recuperar la cámara, cuyas instantáneas darían posteriormente la vuelta al mundo.

lionel terray
Lionel Terray, ciego, desciende con la ayuda de un sherpa.

Al mediodía, bajo un sol de justicia, y con la nieve derritiéndose a ojos vista, un gran crujido se desató bajo los pies de los dos sherpas que escoltaban a Herzog. Enseguida rompió una gran avalancha que se llevó primero a los dos nepalíes y, junto a ellos, tirado de la cuerda, al francés. Rébuffat seguiría después. La tremenda fuerza de la nieve los vapuleó, los golpeó contra el hielo del suelo, los zarandeó como muñecos. Se creyeron muertos.

A Herzog la nieve lo arrastró hasta una grieta en el glaciar, lanzándolo al vacío, donde quedó colgando boca abajo de la cuerda que lo sujetaba a los sherpas, que se habían quedado en la superficie del glaciar. Enseguida apareció por el borde de la grieta la cabeza de uno de los sherpas, y rápidamente lo subieron. La nieve los había arrastrado violentamente durante 150 metros, hasta que la cuerda que los unía se quedó atrapada en una cresta de hielo, lo cual los salvó de una caída 450 metros mayor. Rébuffat, ciego, había tenido la suerte de que el alud lo alcanzara de refilón, con lo cual lo arrastró solo 50 metros. Se llevó sin embargo varios golpes, el más fuerte en la mandíbula, y sangraba por la boca.

Siguieron con el espeluznante descenso, y llegaron a una pared de hielo en la que debían descender usando una cuerda fija. Pero para Herzog, que no podía usar las manos, esto era una tarea imposible. Enrolló la cuerda alrededor de sus manos como pudo y se dejó deslizar. La cuerda empezó a arrancarle la piel de las manos, que se desprendía a tiras dejando a la vista la carne. Apretó los dientes, gimiendo, no había elección: tenía que descender o de lo contrario moriría en esa montaña. No creía poder aguantar mucho más. Cuando por fin llegó abajo sus manos tenían un aspecto tan horrible que no podía siquiera mirarlas. Al tenerlas congeladas no notaba aún dolor, pero se las tapó con una bufanda para evitar verlas. Lo peor había pasado. Siguieron descendiendo, un grupo de muertos vivientes pagando las consecuencias de su osadía. Unas figuras se acercaban desde abajo: eran los sherpas del Campo 2, que acudían para ayudarlos en el descenso. Uno de ellos cargó con Herzog a cuestas, pese a ser mucho más pequeño que el francés, y descendieron hasta el campamento. Todos habían logrado salir de la montaña. Ahora, sus vidas pasaban a estar en manos de Oudot.

El médico empezó por examinar a Herzog, el que estaba en peor estado. Tenía los miembros insensibles hasta más allá de los tobillos y las muñecas. Sus manos eran una visión espantosa: estaban hinchadas, apenas tenían piel y la poca que había era negra o colgaba en jirones. Las plantas de sus pies eran de color marrón y violeta, y no sentía nada.

Maurice Herzog con los dedos congeladosEn cuanto a Lachenal, estaba algo mejor. Sus manos no sufrían daños graves, pero tenía los dedos de los pies, así como los talones, de color negro.

Rébuffat y Terray padecían congelaciones menores que no tendrían consecuencias. En cuanto a la ceguera de las nieves, les dolería horrores durante dos o tres días, pero luego se recuperarían.

Oudot volvió con Herzog para darle el único tratamiento efectivo contra las congelaciones, que había usado en la guerra. Le inyectaría novocaína en las arterias femoral y braquial. El proceso era horriblemente doloroso. Su sangre era negra, incluso Oudot estaba sorprendido; había espesado brutalmente al sobreproducir glóbulos rojos y hemoglobina para transportar el oxígeno más eficientemente, una reacción desesperada del cuerpo tratando de adaptarse a la altura. Sin embargo, esto no ayudaba de cara a inyectarle nada en sangre, y menos aún para restablecer el flujo sanguíneo en sus heladas extremidades.

Al día siguiente, Herzog preguntó al médico qué le quedaría. “No puedo decirlo con exactitud”, contestó, “aún no se ha asentado y espero ganar una pulgada o dos. Creo que serás capaz de usar las manos. Por supuesto, perderás una o dos falanges en cada dedo, pero si conseguimos salvar bastante de los pulgares podrás agarrar cosas, lo cual es de vital importancia”.

Maurice agradeció la brutal honestidad de Oudot, aunque pronto siguió el desconsuelo. Llamó desesperadamente a Terray para confesarse: “Lionel, no puedo soportar más lo que me están haciendo”. Su amigo trató de consolarlo: “La vida no termina aquí. Verás Francia de nuevo, y Chamonix”. Herzog no pudo contener más el llanto: “Nunca podré volver a escalar. Ya no podré hacer el Eiger, Lionel, y sabes que lo deseaba con todas mis fuerzas”. Herzog sollozaba inconsolable, apretando su cabeza contra la de Terray, y notó las lágrimas de su amigo también. Se consoló pensando que quizá podría hacer rutas más asequibles, ascensos más relajados. Las montañas significaban demasiado para él como para dejarlas de lado. Terray trató de inyectarle fuerzas, pero era un caso perdido.

Las sesiones de pinchazos se prolongaron durante días y días, y fueron peores aún. Duraban varias horas, con Herzog aullando y llorando. Terray lo sujetaba mientras Oudot trataba de encontrar las arterias y luchaba por inyectar algo en la espesísima sangre. Pero poco a poco fueron surtiendo efecto, y Herzog empezó a notar de nuevo calor en sus extremidades. Pero el fantasma de las amputaciones planeaba sobre él y, principalmente, sobre Lachenal. No podría volver a ser instructor sin los dedos de los pies. Como definiría Terray, sería “un águila con las plumas cortadas”.

Pasaron cinco semanas así, con toda la expedición pausada a la espera de que sus dos compañeros mejoraran. Cuando por fin los enfermos estuvieron ya estabilizados, emprendieron el camino de vuelta a casa, con el monzón descargando lluvia sobre ellos sin apenas pausa. Los sherpas demostraron nuevamente su legendaria fortaleza al llevar a Herzog y Lachenal a cuestas cruzando grietas, ríos, sobre el resbaladizo barro mojado por la lluvia, desde el frío y las nieves del Annapurna hasta la sofocante selva tropical del sur del Nepal, a través de pasos precarios al borde del abismo… una ruta capaz de poner en serios aprietos a cualquiera, no digamos ya a alguien que lleva a sus espaldas un peso mayor que el propio.

Llegaron por fin a Lete, el primer poblado que pisaban desde que dejaron Tukuche dos meses atrás. Las temperaturas, que llegaban a superar los 40ºC, sumadas a la extrema humedad, presentaban las peores condiciones posibles para la gangrena que carcomía las extremidades de Herzog y Lachenal. Oudot estaba preocupado. Ambos estaban muy debilitados y doloridos. Herzog, un hombre de complexión atlética, era ahora un espectro escuálido: había perdido 20 kilos de peso desde que llegó al Himalaya, y su fiebre alcanzaba los 40’5 grados. “Una dosis alta de penicilina”, ordenó Oudot. Herzog perdió el sentido entre alucinaciones.

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Herzog, con los dedos negros por la congelación, siendo atendido por Oudot.

Unos días después, estaban ya en Dana, en las llanuras del sur del Nepal. El paisaje, inundado por campos de maíz y bananos, nada tenía que ver con el del Himalaya, y a la expedición se le hacía raro no sentir el acoso constante de las enormes montañas alrededor. La penicilina empezó a hacer efecto y la fiebre remitió para Lachenal y Herzog.

Empezaron las amputaciones.

Primero el meñique, luego los demás. No necesariamente el mismo día. Poco a poco, fueron perdiendo dedos y falanges, hasta que Lachenal perdió todos los dedos de los pies y Herzog, además, dos falanges en todos los dedos de las manos excepto los pulgares, en los que perdió una. Era tan irreal, tan absurdo… ¿no es acaso un juego estúpido, el montañismo? ¿Merece la pena pagar un precio tan tangible por un premio tan intangible?

Cuando llegaron a Tansen, volvieron a subir a la colina desde la cual, de nuevo, pudieron ver la cordillera del Himalaya. Volvían así al punto de partida, pero eran personas distintas a las que, el ocho de abril, habían quedado encandiladas por el espectáculo que ofrecía el colosal Himalaya erigiéndose sobre el mar blanco. Ahora todo tenía un tinte melancólico, quizá por la luz del ocaso. ¿Por qué deberían echar de menos esas malditas montañas? Les habían proporcionado los peores sufrimientos de sus vidas. Aunque también, en esas tremendas laderas cubiertas de hielo y nieve, se habían sentido libres; pletóricos pero humildes. Fue en ese desierto helado en que descubrieron la inquebrantable esencia de su propia humanidad. Una parte de esas montañas les pertenecía, pero, sobre todo, una parte de ellos pertenecía a las montañas, y lo seguiría haciendo el resto de sus vidas. Sí, quizá fuera por eso que todo tenía un tinte melancólico.

“El Annapurna, al que habíamos llegado con las manos vacías, es un tesoro con el que viviremos el resto de nuestras vidas. Con esto en mente, pasamos página: una nueva vida empieza.
Hay otros Annapurnas en las vidas de los hombres”. Maurice Herzog

louis lachenal en brazos
Louis Lachenal en brazos de Lionel Terray en su llegada al aeropuerto de Orly, ya en Francia.

Al llegar a Francia, Maurice Herzog monopolizaría el mérito de la ascensión. Pronto se convirtió en un héroe nacional, a expensas de los demás. Su libro, Annapurna, es el libro de montañismo más vendido de la historia. Durante muchos años se han vendido más copias de ese libro en Francia que de la mismísima Biblia. Frecuentemente envuelto en polémicas, Herzog se metió en política de la mano de De Gaulle, siendo entre otros cargos ministro de juventud y deporte y alcalde de Chamonix. Murió el pasado 14 de diciembre a los 93 años de edad.

Louis Lachenal fue quizá la cara más triste de la expedición. Nunca consideró que mereciera la pena pagar el costoso peaje de las amputaciones por la cumbre del Annapurna. Con todo, nunca le guardó rencor a Herzog por el famoso “asunto de cordada”. Siguió escalando en la medida de lo posible, aunque ya nunca disfrutaría la montaña como antes. El 25 de noviembre de 1955, mientras descendía esquiando por el Valle Blanco, se precipitó por una grieta de 30 metros de profundidad, muriendo al romperse el cuello. Tenía solo 33 años. Su obra póstuma, Cuadernos del vértigo, fue editada por Gérard Herzog (el hermano de Maurice) y Lucien Devies (su principal valedor), que censuraron las partes sobre el Annapurna en las que contradecía la versión de Herzog. No sería hasta 1996 que se publicarían los Cuadernos del Annapurna de Lachenal al completo.

Lionel Terray se consagró como uno de los mejores montañistas de todos los tiempos. Inquieto e insaciable, parecía tener fantasmas dentro que solo se calmaban en las laderas de una montaña. Siguió escalando incesablemente, en los Alpes y los Andes principalmente, e incluso volvería una vez al Himalaya, en 1955, donde consiguió coronar la cima del Makalu, la quinta montaña más alta del mundo con 8.463 metros de altura, junto a Couzy. En 1961 publicó uno de los clásicos de la literatura de montaña: Les Conquérants de l’inutile (Los conquistadores de lo inútil), un libro mayormente autobiográfico. Fue un escalador espectacular y físicamente portentoso. Sin embargo, durante un ascenso sencillo al Gerbier, una montaña de poco más de 2.000 metros, se precipitó por un abismo de 400 metros. Era el 16 de septiembre de 1965.

Gaston Rébuffat destacó siempre por su poética interpretación del montañismo, que plasmaría en varios libros. Al contrario que muchos de sus coetáneos, no veía el montañismo como una lucha contra la montaña, sino como una comunión con la misma. Amante de los Alpes, abriría multitud de rutas en los años siguientes, con su elegante y vistosa técnica. En 1983 fue nombrado Caballero de la Legión de Honor, la más prestigiosa de las distinciones francesas. Un año más tarde fallecería, víctima de un cáncer, con 64 años de edad.

Jean Couzy siguió siendo un alpinista muy activo y se confirmó como uno de los grandes de su época. Además de coronar el Makalu junto a Terray, logró otros muchos ascensos meritorios, hasta que en 1958 un desprendimiento de piedras lo sorprendió en el macizo del Dévoluy, en los Alpes, poniendo fin a su vida a los 35 años.

Marcel Schatz abandonó el montañismo a los meses de volver del Nepal para dedicarse enteramente a la física. Como nota curiosa, colaboraría en la puesta a punto de la primera bomba atómica francesa.

El médico Jacques Oudot murió solo tres años después de la expedición, en un desafortunado accidente de coche.

Marcel Ichac revolucionó el mundo del documental. Contribuyó a ello su reportaje Victoire sur l’Annapurna, en el que retrató la expedición de 1950. También dedicó un reportaje a su compañero y amigo Lionel Terray tras su muerte: Le Conquérant de l’inutile, basado en el libro de Terray. Gran innovador, fue reconocido y premiado en multitud de escenarios, desde los Oscars de Hollywood hasta la Muestra de Venecia. Falleció en el 1994, con 87 años.

Herzog (2)

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Bibliografía

Annapurna, de Maurice Herzog

To the Third Pole, de G. O. Dyhrenfurth

Fallen Giants, de Maurice Isserman

www.himalayanclub.org

True Summit, de David Roberts


Annapurna 1950: la conquista del primer ochomil (II)

de izquierda a derecha
De izquierda a derecha: Louis Lachenal, Jacques Oudot, Gaston Rébuffat, Maurice Herzog y Marcel Schatz.

El alpinista es quien conduce su cuerpo allá donde un día sus ojos lo soñaron.” Gaston Rébuffat

Siempre está más lejos de lo que parece, siempre es más alto de lo que parece, y siempre es más duro de lo que parece.” Las tres reglas del montañismo

La alta montaña no es sino un desierto de roca y hielo sin otro valor que el que nosotros queramos otorgarle. Mas en este terreno, siempre virgen por la fuerza creadora del espíritu, cada uno moldea a su antojo la imagen del ideal que persigue.” Lionel Terray

Al llegar Herzog junto a Couzy y Rébuffat a los pies del Annapurna, se encontraron con Schatz, que había llegado junto a Lachenal y Terray un día antes. El viaje desde Tukuche, tras cuatro días de marcha, había sido impresionante: partiendo del paisaje seco y pardo de Tukuche, cruzando bosques vírgenes, abriéndose paso a machetazos a través de la selva, rodeados de marmotas y monos, de cedros y azaleas, del sol y de la lluvia. Pero siempre, omnipresentes, las colosales montañas nevadas rodeándolos, amenazantes, hasta llegar a la garganta del Miristi Khola, el agitado río que reúne el agua del enorme glaciar norte del Annapurna, donde la más temible de todas ellas los desafiaba.

Terray y Lachenal habían salido a primera hora para explorar la estribación noroeste de la montaña, la vía de ascenso más prometedora por lo que se podía apreciar desde su posición. Cuando volvieron, ya de noche, se encontraron con el resto de la expedición, y aunque muy cansados, volvían sonrientes: “No es exactamente un paseo por el parque”, dijo Terray, “la arista es muy larga, y mientras más avanzas más difícil es”, aunque tanto él como Lachenal creían que, de haber avanzado un poco más, superando varias dificultades, habrían llegado a la meseta superior del Annapurna. El júbilo fue inmediato. El grupo no estaba acostumbrado a encadenar dos buenas noticias, y enseguida volvió la alegría que poco a poco se había ido extinguiendo, en el desgastador mes y medio que había pasado desde su aterrizaje en Nueva Delhi. Herzog llamó a la calma y pidió no echar las campanas al vuelo, pero resultaba difícil resistirse. Con el sueño alterado por la expectación y el rugido de los perennes aludes del Annapurna, hicieron noche con la cabeza puesta ya en la mañana siguiente.

Se separaron en varios grupos para que, mientras unos seguían explorando la arista noroeste, otros buscaran alguna vía alternativa por si la principal demostrara ser inviable. El Annapurna demostró lo colosal de su defensa. Lionel Terray, el más fuerte del grupo y uno de los mejores escaladores de su época —acaso de la historia—, reconoció que en ningún lugar se había sentido tan impotente como en las laderas del Himalaya. Había tramos que ofrecían muchas dificultades, especialmente para los sherpas, que si bien físicamente estaban como mínimo al nivel de los franceses, a nivel técnico les quedaba mucho por mejorar. Pese a aprender rápido, su uso de los crampones y los piolets era todavía tosco, lento e inseguro.

El 22 de mayo, Herzog y Terray tiraron la toalla con la arista noroeste. Llegaron hasta los 5.700 metros de altura para descubrir que seguían muy lejos de la cima. A semejante altura, la atmósfera juega con la percepción de las distancias, y lo que parece estar cerca demuestra estar lejísimos, lo cual los confundió al trazar la ruta desde abajo. Obstáculos descomunales se interponían entre ellos y la cima, que seguía a varios días de distancia. Habían malgastado sus fuerzas y, lo que era peor, cinco preciosos días. Volvieron, moralmente hundidos, al Campo Base.

Mientras tanto, Lachenal y Rébuffat habían encontrado una ruta más central, ascendiendo por el lateral derecho del glaciar, hasta llegar a la pared norte del Annapurna, donde descubrieron que existía un camino entre el hielo y las rocas hasta el llano superior, desde el cual podían atacar la cima. Mandaron a uno de sus sherpas al Campo Base con las noticias y acamparon exultantes. Al fin tenían motivos firmes para creer que la expedición no era un fiasco infructuoso, como habían temido durante tanto tiempo. Lachenal en concreto era un tipo inquieto al que le gustaba la acción, con lo cual le resultó especialmente desesperante el largo proceso de exploración, búsqueda y aproximación a la montaña, pero ahora se sentía cómodo, practicando el juego que más le gustaba. Llegó a escribir en su diario que ese fue el primer día placentero en el Himalaya desde que llegaron.

En cuanto Herzog, ya en el Campo Base, recibió las noticias, decidió mover el campamento de sitio para acercarlo más a la vía descubierta por sus compañeros. Llamó a Couzy: “Vas a tener que hacer una tarea desagradecida…” y le encargó la labor de organizar a los porteadores para recoger el campamento avanzado que habían montado en la ingrata arista noroeste, además de coordinar el desplazamiento del Campo Base al completo hasta su nueva localización, mientras sus compañeros se dedicarían a subir material para colocar los siguientes campamentos, montaña arriba. La engorrosa faena le llevaría varios días y, lo que era peor, le costaría el ascenso a la cima al perderse el proceso de aclimatación a la altura que sí harían el resto de escaladores. Pero nunca se quejó; cumplió a la perfección su cometido dando un ejemplo de sacrificio y compañerismo. El motivo por el que Herzog escogió a Couzy para dejarlo fuera del grupo de asalto no se debía a que no confiara en la capacidad montañista del aquitanense, que estaba fuera de toda discusión. Sin duda, lo eligió por su juventud. Apenas contaba veintisiete años y Herzog no quiso poner su vida en peligro.

Al día siguiente, Terray y Herzog, guiados por un sherpa, ascendieron hasta la posición de Lachenal y Rébuffat, eufóricos: “No hay ningún atisbo de duda: ¡podemos coronar el Annapurna!”. Herzog describió así cómo se veía desde esa posición: “La enorme cara norte con todos sus ríos de hielo brillaba y destellaba bajo la luz. Nunca había visto una montaña tan impresionante en todas sus proporciones. Era un mundo al mismo tiempo encandilante y amenazante, y el ojo se perdía en sus inmensidades”.

La decisión estaba, pues, tomada: Herzog mandó a Sarki, el más fuerte y comprometido de los sherpas, a Tukuche —donde sus compañeros esperaban junto con el grueso del material, la comida y los porteadores— con instrucciones de levantar el campamento inmediatamente y traerlo todo al Campo Base. La llegada del monzón se preveía para el cinco de junio, lo cual les dejaba un ridículo lapso de tiempo de doce días para aclimatar, subir material, plantar los campamentos, lanzar el ataque final y descender. El tiempo apremiaba, y el voluntarioso Sarki lo sabía: si bien para hacer el camino de ida habían precisado de cuatro días, él hizo el camino de vuelta en solo un día y medio. Una proeza que salvaría a la expedición.

No les faltaban motivos de preocupación: carecían de tiempo, el clima era tremendamente variable y lo mismo caía una nevada tremenda que dificultaba sus pasos, que un sol de justicia que deshacía la nieve y desencadenaba una cantidad horrorosa de aludes. Además, estaba el asunto de la aclimatación a la altura, un problema que podía llegar a ser mortal como ya había quedado demostrado en otras expediciones. Maurice Herzog enumeró sus teorías al respecto:

1. La adaptación y la velocidad de adaptación varían en función del sujeto.

2. La adaptación está determinada en gran medida por un entrenamiento previo adecuado.

3. Por encima de cierta altura crítica, distinta en cada individuo y que puede ser progresivamente aumentada, las personas se deterioran —por debajo de esa altura, se recuperan—.

4. Para la mayoría de los integrantes del grupo esta altura crítica debe de estar entre los 4.900 y los 6.000 metros.

Asentaron el Campo 1 a 5.100 metros de altura, a los pies del glaciar norte. A partir de aquí la acción sería frenética. Los cuatro alpinistas franceses, junto a los sherpas, cargando entre 15 y 20 kilos cada uno, se pusieron en marcha. El tiempo había cambiado radicalmente y ahora el sol caía implacable sobre ellos, subiendo las temperaturas hasta el punto de ahogarlos, y obligándolos a hidratarse continuamente para no desfallecer. A un ritmo penoso, siguieron adelante buscando un emplazamiento para el siguiente campamento, que terminaron plantando a 5.900 metros de altura. Todos padecían las consecuencias del cansancio y la altura. Lachenal estaba débil, sudaba a mares y tenía la mirada perdida. Rébuffat sufría terribles dolores estomacales. Herzog, por el contrario, estaba pletórico. Demasiado, quizá, desde el punto de vista de los tres guías profesionales que lo acompañaban, cautos frente a un líder que se veía ya coronando la montaña pese a estar todavía a más de 2.000 metros de desnivel. Él parecía ser el único que se sentía grande en un entorno que los volvía diminutos, meros puntos oscuros en un mar de blancos nieve y hielo, envueltos por cumbres de más de 7000 metros dispuestas a modo de semicírculo dejándoles como única salida el camino por el que habían llegado. A su izquierda, los acechaba la arista este del Annapurna, serrada e inexpugnable, tras la cual se esconden la Gran Barrera y el lago Tilicho. A su derecha, la cresta que une al coloso con su hija, Annapurna Dakshin. El bramido del viento y el rugido de las constantes avalanchas servían como inquietante banda sonora para el cegador espectáculo.

dibujo de la ruta
Dibujo de la ruta seguida por la expedición francesa. Los triángulos señalan los distintos Campos. Bajo la cima vemos el precipicio de la Hoz, con su característica forma – dibujo de D. Molenaar.

A más de 20 kilómetros de ahí, en el más apacible entorno de Tukuche, los franceses no alpinistas habían recibido ya el mensaje de Sarki y habían iniciado el transporte de todo el material camino del Miristi Khola. Mientras el grupo de asalto seguía sus trabajos en la montaña, abajo empezaron a transportar los materiales desde el Campo Base hasta el Campo 2, que yacía en una explanada que los franceses consideraron segura y a salvo de cualquier riesgo de aludes. No contaban sin embargo con la desproporcionada fuerza de los aludes en el Himalaya. Tal es la velocidad que estos desprendimientos pueden alcanzar sobre las gigantescas laderas de sus montañas que los aludes pueden recorrer distancias inimaginables en los Alpes, y uno de estos llegó a alcanzar el campamento, que fue inmediatamente rescatado y recolocado en una zona más protegida.

Las avalanchas son uno de los mayores problemas que ofrece el Himalaya: la nieve que cae durante la noche se derrite durante el día y termina derramándose formando aludes frente a los que nada puede hacer ni el mejor de los escaladores: hay tramos en los que, sencillamente, uno no puede hacer otra cosa que ir lo más rápido posible sobre el difícil terreno, rezar sus plegarias y esperar llegar al otro lado de la zona de riesgo sano y salvo. En el Annapurna hay aludes a diario y su estruendo, que se extiende a kilómetros de distancia, recuerda constantemente al montañista que, ahí, es un mero juguete en manos de la naturaleza.

Pronto el Campo 2 pasaría a parecer un pequeño poblado, a medida que el número de tiendas fue aumentando y depositadas las toneladas de material traído por los porteadores. Oudot, el médico, establecería aquí su enfermería de campaña, a la que pudieran acudir los integrantes del grupo de asalto en caso de tener problemas.

Y los tenían: estaban cada vez más mermados en sus fuerzas, pero al mismo tiempo sabían que no podían perder un solo día. A pesar de las pastillas para dormir que les había recetado Oudot, pasaban largas noches mal descansadas, sufriendo terribles dolores de cabeza que los medicamentos apenas conseguían mitigar. El mal de altura les había arrebatado el apetito y tenían que obligarse a tragar comida para tener con qué seguir montaña arriba. Sus cuerpos empezaban a consumirse y todos empezaban a parecer espectros. Ni siquiera los sherpas, más aclimatados que los franceses, se libraban del mal de altura.

Al día siguiente de montar el Campo 3, el 28 de mayo, Herzog y dos sherpas avanzaron hasta lo que habían llamado “la Hoz”: un gigantesco precipicio de hielo semicircular de doscientos metros de desnivel que representaba el último obstáculo vertical antes de la cima, aún a dos días de distancia. El día era bueno y consiguieron superar las dificultades orográficas con relativa facilidad. Montaron el Campo 4 bajo la Hoz, en un pequeño hueco que los resguardaría del viento y los posibles aludes. Estaban ya a 7.160 metros de altura, y sus cuerpos lo notaban. Incluso los sherpas padecían horribles dolores de cabeza y eran incapaces de probar bocado. Al día siguiente descendieron rápidamente hasta el Campo 3 —sabían ya por experiencia que, así como el ascenso era horriblemente costoso y mientras más subían, peor se encontraban, en cuanto descendían el cuerpo enseguida respondía muy favorablemente—.

Al día siguiente les tocaba a Rébuffat y Terray subir hasta el Campo 4, cargados con 20 kilos de material cada uno. El ascenso fue horrible, bajo una tiránica ventisca que dificultaba aún más su ya de por sí difícil avance. Encontraron la tienda bajo la Hoz montada por Herzog el día antes e hicieron noche, y aunque el plan era avanzar al día siguiente para montar el Campo 5, el extremo esfuerzo les había pasado factura. Estaban agotados, el frío era insufrible, Rébuffat empezaba a mostrar síntomas de congelamiento en los pies, y decidieron descender hasta el Campo 2 al día siguiente para poder recuperarse. Un duro golpe para la expedición.

sherpas en el campo 2
Sherpas acampados en el Campo 2

El grupo más avanzado ahora, entonces, era el formado por Herzog y Lachenal, y a ellos correspondería la doble responsabilidad de montar el Campo 5 y formar el primer grupo de asalto, mientras que Rébuffat y Terray los seguirían a un día de distancia para lanzar un segundo ataque a la cumbre. El objetivo final era que los cuatro alcanzaran la cima. El uno de junio amaneció calmo, y el primer grupo llegó al Campo 4 junto con dos sherpas con tiempo sobrado. Herzog decidió entonces desplazar el campamento hasta la parte superior de la Hoz de inmediato para estar así mejor situados de cara al día siguiente. Escalar la pared de hielo cargados de peso terminó con sus fuerzas. A duras penas pudieron plantar el que llamarían Campo 4b, donde pasarían una noche dura, sin apenas sueño, pese a estar exhaustos.

El dos de junio, los alpinistas apenas pudieron comer nada. El mal de altura atenazaba sus cuerpos, dificultando el plan del día: establecer el Campo 5 a medio camino de la cima, a unos 7.500 metros de altura, bajo la protección de una pequeña cresta de rocas que habían visto desde el Campo Base. Avanzaron raquíticamente, con las piernas hundidas en nieve hasta la rodilla. Apenas podían dar cinco pasos seguidos hasta detenerse, fundidos, para tratar de coger aire y recuperar fuerzas. A su alrededor la vista era magnífica: ese pedazo de planeta desgarrado que es el Himalaya, con sus picos surgiendo con violencia de la tierra. Más allá de ellos, el desértico altiplano tibetano a un lado, y al otro la fértil llanura del sur de Nepal. Solo el Dhaulagiri, a lo lejos, los superaba en altura. El ritmo al que avanzaban era desolador. Cada vez que miraban adelante, la cima parecía no acercarse, y cada vez que miraban atrás, parecía que apenas se distanciaban de sus tiendas de campaña. Por supuesto, todo podía empeorar más aún: cuando al fin llegaron al lugar en el que debían emplazar el Campo 5, encontraron que, al contrario de lo que les había parecido desde abajo, las rocas no ofrecían refugio alguno, ni existía lugar posible en el que montar una tienda. Los sherpas les ayudaron a allanar una pequeña parcela en la nevada ladera, picando con los piolets, y de algún modo consiguieron anclar precariamente una tienda al borde del abismo. Herzog preguntó entonces a los nepalíes si querían hacer noche con ellos en la tienda. Uno de ellos empezaba a sufrir congelamiento en sus pies, y disculpándose profusamente, eligieron descender hasta el campamento anterior, donde Rébuffat y Terray acababan de llegar, recuperados ya y listos para el ataque.

Con la marcha de los sherpas, Herzog y Lachenal se quedaban solos ante la montaña, en su pequeña tienda azotada por el viento y enterrada por la nieve, en la que sería la primera de las peores noches de su vida. Herzog dormía del lado del viento, y la nieve se acumulaba sobre la pared de la tienda, terminando por aplastarlo bajo el peso de la nieve y dificultándole la respiración más aún. Lachenal sufría tremendamente por el mal de altura. El viento y la nieve amenazaban con empujar la tienda, frágilmente sostenida por unos piolets anclados en el hielo, hacia el abismo. No pudieron dormir ni un solo minuto y, cuando al fin amaneció, los dos hombres estaban en un estado precario. Ninguno consiguió reunir fuerzas siquiera para calentar agua para hacerse una bebida caliente. En su lugar, tomaron una fuerte dosis de Maxiton, una conocida anfetamina de uso militar, que probablemente conociera Oudot en la segunda guerra mundial. El uso de anfetaminas entonces era frecuente en los entornos militar y deportivo, y no existía ni la información ni la cultura deportiva antidroga de hoy día, con lo cual el Maxiton era considerado tan legítimo como las aspirinas o la crema de protección solar, aunque no se ignoraba que sus peligros eran mucho mayores (Tom Simpson, el ciclista británico, murió años después en pleno ascenso del Mont Ventoux, en el Tour de Francia de 1967, tras haber ingerido, precisamente, una gran dosis de Maxiton). Pese al efecto energizante de las anfetaminas, les costó horrores abandonar el saco de dormir. Sus movimientos eran lentos y torpes. La altura había hecho estragos con sus cuerpos hasta el punto en que no podían pensar con claridad.

Eran las seis de la mañana cuando partieron rumbo a la cima. Fueron abriendo camino por turnos, haciendo frecuentes paros y jadeando, tratando de arrancarle oxígeno al livianísimo aire existente a 8000 metros de altura. Las horas pasaban sin que tuvieran apenas conciencia de ello. Es muy probable que el efecto de las anfetaminas sobre sus cuerpos exánimes les alterara la percepción y la capacidad de raciocinio. Como luego reconocería Maurice Herzog, el recuerdo de las últimas horas de su ataque a la cima se le torna borroso y apenas logra recordar algunos fragmentos. Tenían la cima por fin al alcance de la vista, pero a esa altura los metros se convierten en kilómetros, y cada paso requiere de un esfuerzo sobrehumano. El cerebro les fallaba y cualquier pensamiento se volvía inasequible; articular palabras requería de un esfuerzo y una concentración tremendos. Se comunicaban con leves gestos y gruñidos. Por vez primera, la idea de morir en esa montaña parecía horriblemente real. Lachenal, consciente de que sus pies estaban congelándose, no quiso correr el riesgo. Agarró a Herzog del brazo, y reunió fuerzas para decirle: “Si vuelvo atrás, ¿qué harás tú?”. Herzog sabía del grave riesgo que suponía seguir adelante, pero también sabía que esta era la última oportunidad que tendrían de vencer a la montaña, y la euforia patrocinada por Maxiton no le ayudaba a tomar decisiones conservadoras. Miró a Lachenal, y miró a la cima: “Seguiré solo”. Lachenal contestó de inmediato: “Entonces te seguiré”, consagrando así su integridad física al servicio del líder de la expedición. Lachenal más adelante quitaría hierro al suceso diciendo que era un “asunto de cordada”, pero lo cierto es que, si hubiera dejado a Herzog seguir solo, este habría muerto casi con total seguridad.

Siguieron adelante sumidos en el bramido del viento, luchando terriblemente a cada paso, mareados, doloridos y moribundos, cada hombre en su infierno. Poco a poco, sin embargo, para Herzog el dolor y el cansancio fueron dando lugar a la euforia y la alucinación:

“Una enorme brecha se abría entre el mundo y yo. Este era un universo distinto, marchito, desierto, sin vida; un universo fantástico en el que la presencia del hombre no estaba prevista, quizá ni siquiera fuera deseada. Estábamos desafiando una prohibición, superando un límite, y aún y así carecíamos de miedo a medida que avanzábamos. Pensé en la famosa escala de Santa Teresa de Ávila”.

Seguramente no tuviera que ver con sus visiones tanto el fervor religioso como la sobredosis de anfetaminas, pero entonces, como despertando de un sueño, se dieron cuenta de que la ascensión terminaba ahí. Habían llegado a la cima. Así lo describió Herzog:

“¡Qué maravillosa se volvió la vida! Qué increíble experiencia es alcanzar el propio sueño y, al mismo tiempo, realizarse a sí mismo. Estaba conmovido hasta lo más fondo de mi ser. Nunca he sentido tal grado de felicidad, tan intensa y pura. Esa roca marrón, la más alta de todas, esa cresta de hielo, ¿son las metas de una vida? ¿O son, quizá, los límites del orgullo humano?”

(Continúa)

foto final


Annapurna 1950: la conquista del primer ochomil (I)

cordillera himalaya
La cordillera del Himalaya —fotografía de Rafael Gómez (CC)

El montañismo en el Himalaya presenta tantas dificultades que, hasta donde alcanza mi vista, ninguna expedición logrará jamás escalar una de las doce cumbres más altas en el primer intento”. Frank Smythe (1900-1949), alpinista, botánico, autor y fotógrafo británico.

La expedición tuvo no solo que encontrar una ruta practicable hasta la cima, si no que tuvo que encontrar primero una forma de llegar a la montaña. El triple logro de conseguir una exploración, un reconocimiento y un asalto exitosos, todo ello en la breve temporada entre que se funde la nieve del invierno y el inicio del monzón, sitúa la expedición francesa en una categoría propia”. Eric Shipton (1907-1997), alpinista británico.

Al sobrepasar nuestras limitaciones, al tocar las últimas fronteras del mundo de los hombres, hemos llegado a conocer algo de su verdadero esplendor. En mis peores momentos de agonía descubrí el profundo significado de la existencia, del cual hasta entonces no había sido consciente”. Maurice Herzog (1919-2012), alpinista y político francés, la primera persona en ascender una cumbre de más de 8000 metros.

El pasado 14 de diciembre falleció Maurice Herzog, el último superviviente de la expedición francesa que, en 1950, coronó por primera vez la cima de un ochomil: el Annapurna. Quiso el destino que la montaña elegida resultara ser la más temible y mortal de todas: por el total de 130 ascensos completados, 53 personas han muerto en sus laderas, el porcentaje más alto de muertes de cualquier montaña en el mundo. Pero no hubo ninguna fatalidad en ese primer ascenso, lo cual contribuye a evidenciar la grandeza de las personas que formaron parte de él. Este es el relato de su aventura.

En el Club Alpinista Francés la excitación era palpable. El Comité del Himalaya estaba reunido a las nueve de la noche en punto, como de costumbre, solo que esta vez sería para su sesión más memorable. En la habitación se contaban algunos de los mejores alpinistas del mundo, reunidos por Lucien Devies, presidente del Comité y de la Federación Francesa de la Montaña. Tipos duros, curtidos por la inclemencia de la montaña y la segunda guerra mundial, en la que muchos participaron. Fue este el caso de Maurice Herzog, al que Devies nombró líder de la expedición: Herzog participó en las Fuerzas Francesas del Interior, organizaciones militares clandestinas que combatían del lado de los aliados en la deprimente Francia que quedó aplastada bajo el puño nazi a partir de 1940. Herzog llegó a ser capitán durante la campaña de los Alpes, donde destacó como un gran líder y un brillante alpinista.

No se quedaban atrás Louis Lachenal, Lionel Terray y Gaston Rébuffat, tres integrantes de la prestigiosa Compañía de los Guías de Chamonix. Instructores de gran técnica y demostrado poderío físico, eran los hombres idóneos para la misión, y los puntales en los que Herzog se apoyaría.

Jean Couzy, un joven ingeniero aeronáutico y alpinista aficionado, venía de conseguir grandes logros los dos últimos años. Prudente, sesudo y tranquilo, podría ser un buen contrapunto para los más experimentados y más osados compañeros. Uno de sus principales colegas de escalada era Marcel Schatz, físico de formación y también aficionado al montañismo, que dirigía una fábrica de trajes cuando fue seleccionado para formar parte de la expedición y sin pensárselo dos veces aceptó.

Nadie dudaba que este grupo de seis escaladores eran los mejores que podían encontrarse en Francia, y aunque su técnica y fortaleza eran excepcionales, el reto no lo era menos: ser los primeros hombres en poner los pies sobre una cima de más de 8000 metros, un objetivo tan descabellado como peligroso. Además, ninguno de los escaladores contaba con experiencia previa en cordilleras de semejante proporción; el único precedente francés era una expedición llevada a cabo en 1936 al Gasherbrum I (también conocido como Hidden Peak o K5), imponente pico de 8068 metros de altura en la cordillera del Karakorum, en el cual no lograron a alcanzar siquiera la cota de los 7000 metros.

Desde luego, necesitarían un médico, y nadie parecía más idóneo para la tarea que Jacques Oudot, cirujano de métodos tan drásticos como efectivos y que también participó en la segunda guerra mundial asistiendo al cuerpo de montaña.

Solo dos integrantes de la expedición estaban ausentes: el fotógrafo Marcel Ichac, que se encontraba trabajando en Groenlandia en ese momento, y que contaba con la experiencia de haber participado en la expedición de 1936, y Francis de Noyelle, un joven diplomático francés que trabajaba en la embajada francesa de Nueva Delhi, aficionado a su vez al montañismo. Su función sería vital, puesto que tendría que hacer de enlace para la expedición, encargarse de la logística y de establecer relaciones con los distintos gobiernos de las regiones por las que pasarían para asegurarse de que no se toparían con ningún problema.

Todos ellos sabían que no recibirían ninguna compensación económica por su sacrificio: la expedición sería puramente vocacional y desinteresada. Nadie puso ninguna objeción.

Con el grupo ya reunido, Lucien Devies dejó caer una estadística funesta: “22 expediciones de distintas nacionalidades han tratado de conquistar un ochomil. Ninguna ha tenido éxito”. Siguió un silencio en el que se palpaban a partes iguales el respeto y el desafío. El Dhaulagiri, de 8167 metros de altura, o el Annapurna, de 8075 metros, en el corazón del Nepal, eran los dos posibles objetivos, separados por solo 34 kilómetros. Intentarían coronar la primera y más alta de las montañas y, de no encontrar el modo, atacarían la segunda de ellas. Pero no sería fácil: “No sabemos nada acerca de las rutas de aproximación, y los mapas de los que dispone la expedición son esquemáticos y prácticamente inútiles a partir de cierta altura”. Así pues, no solo tenían por delante el inhumano reto de escalar un ochomil, si no que además debían averiguar cómo llegar hasta él, una vez ahí explorarlo, y finalmente encontrar una ruta de ascenso viable.

Devies se puso en pie, y proclamó: “Este, caballeros, es el juramento que, como hicieron vuestros predecesores en 1936, debéis hacer: ‘Prometo sobre mi honor que obedeceré al líder de la expedición en todo lo que me ordene’”.

Todos excepto Maurice Herzog se pusieron en pie y así lo prometieron, poniendo sus vidas en sus manos. Herzog no supo qué decir; se le hizo un nudo en la garganta y el peso sobre sus espaldas tampoco ayudaba: pasaba a ser su total responsabilidad devolver a todos esos hombres a sus respectivas casas. Esto pasaba por tener un buen plan de ataque. Tras el cuidadoso estudio de los datos aportados por todas las anteriores expediciones, una tarea que le llevó meses, había llegado a una conclusión que posteriormente sería determinante: según él, uno de los principales motivos de los fracasos anteriores había sido que los distintos equipos habían pasado demasiado tiempo en la alta montaña, mermándose sus fuerzas irremediablemente física y psicológicamente bajo las terribles condiciones a las que el alpinista es sometido a semejante altura. El viento, el frío extremo y la ínfima densidad del aire son enemigos demasiado temibles para el endeble cuerpo humano. En consecuencia, cualquier ascenso que aspirara al éxito debería ser ágil, los distintos campamentos colocados diligentemente y el ataque final a la cumbre rápido y decidido. Hasta qué punto la montaña les permitiría ceñirse a este plan, sería una incógnita hasta que consiguieran llegar a ella. Y ni siquiera sabían cómo lograr eso.

El 30 de marzo de 1950, tras un largo vuelo de dos escalas y unas más largas todavía 48 horas tratando de lidiar con el control de fronteras para que les permitieran entrar al país todo su equipaje (más de 50.000 objetos en total), los miembros de la expedición pudieron al fin iniciar la titánica tarea de desplazar cuatro toneladas de material a través de los más de 1000 kilómetros que separan Delhi de Tukuche, una pequeña población entre el Dhaulagiri y el Annapurna en la que se establecerían mientras reconocían el terreno. De camino a Tukuche se encontraron con los que iban a ser sus sherpas. Estos extraordinarios hombres, de una fortaleza inaudita y una adaptación a la alta montaña sin igual, se convertirían en unos amigos y unos miembros más de la expedición, y como tales los trataron: el equipo del que dispusieron fue el mismo del que disponían los franceses y en todo momento sus vidas se valoraron tanto como las de cualquier miembro de la expedición. Los sherpas correspondieron con una entrega sobrehumana y un apoyo incondicional a unos extranjeros de los que poco más sabían aparte de que estaban chalados y querían adentrarse en donde nadie querría nunca estar.

El cinco de abril, finalmente, la expedición logró acceder al Nepal, un país de herméticas fronteras hasta 1949, cuando India se liberó del control británico. Una caravana formada por 160 coolies (porteadores asiáticos), ocho sherpas y nueve franceses se adentraron en el país del Himalaya cargando seis toneladas de material —al peso inicial ahora se sumaba una tonelada y media de comida adquirida por Noyelle, el diplomático francés que, como Herzog, había sido un miembro de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial—.

Al llegar a Tansen, tres días después, los franceses subieron a una pequeña colina desde la cual, según los mapas, se podía ver el Himalaya. Lo que vieron superó cualquier descripción que hubieran oído o leído: una cordillera de un tamaño inconcebible se alzaba, fastuosa, por encima de la niebla que sólo alcanzaba a bañar sus faldas.

el himalaya visto desde tansen
El Himalaya visto desde Tansen, más allá del mar blanco, como denominan los nativos al mar de nubes que cubre todo excepto las más altas cotas del Nepal.

El 21 de abril llegaron a Tukuche, una población de varios cientos de habitantes, situada en la garganta del río Gandaki, a más de 2400 metros de altura. Se esperaba la llegada del monzón hacia primeros de junio, y con él las pesadas nevadas y la fuerte ventisca que sepultarían cualquier posibilidad de éxito y quizá incluso de supervivencia. De este modo, el grupo contaba con apenas 40 días para llevar a cabo su misión. Se pusieron como límite hasta el 15 de mayo para dedicarse a la exploración y reconocimiento del terreno, así como a la búsqueda de posibles rutas de ascenso a cualquiera de sus dos objetivos.

Dadas las descomunales proporciones del Himalaya, cada exploración sería una tarea colosal, por lo cual Herzog optó por separarse en grupos y así cubrir cuanto antes la mayor área posible de terreno.

Al día siguiente de su asentamiento en Tukuche, Couzy ascendió a las faldas de los Nilgiris, tres picos imponentes de más de 7000 metros, para alcanzar a ver por vez primera el Dhaulagiri, su principal objetivo, al otro lado del valle en el que yace Tukuche. Lo que vio no le gustó nada: el lado este del impresionante ochomil se erguía inexpugnable, su cima defendida primero por un glaciar completamente roto, y luego por empinadas y larguísimas paredes cubiertas de nieve y hielo. Si querían atacarla, debería ser desde otro flanco.

a la izquiera el dhaulagiri
A la izquierda, el Dhaulagiri (8.167m), mostrando su cara menos amable. A la derecha, Tukuche Peak (6.921m) —fotografía tomada por la expedición

Las múltiples expediciones, en grupos de dos o tres escaladores, acompañados de varios sherpas, fueron tan productivas proporcionando información como decepcionantes valorando la misma. Si bien el mejor mapa de la zona que habían podido encontrar, trazado por una expedición india anterior, indicaba que el valle del río Dambush, al noroeste de Tukuche, llevaba directamente hasta la cara norte del Dhaulagiri, lo que se encontraron fue algo muy distinto: dicho valle terminaba su curso muy lejos de la montaña, y tuvieron que salvar hasta tres valles, inexistentes en el mapa indio, que cada vez parecía más propio de una visión psicotrópica que del rigor cartográfico. Cuando al fin alcanzaron a ver la cara norte de su objetivo, los separaba de él un extenso glaciar de grietas insondables rodeado por enormes paredes de piedra que hacía imposible cualquier aproximación desde ese flanco. Sí ofrecía una cara más amable el lado oeste de la montaña, el cual podían averiguar desde su posición, pero para llegar hasta él deberían acceder desde el valle de Mayandgi, al otro lado del macizo, lo que los obligaría a mover las seis toneladas de material desde Tukuche, una tarea que les llevaría más tiempo del que disponían antes de la llegada del monzón.

Descartada definitivamente la cara norte, los intentos de encontrar un camino por el este tampoco fueron fructíferos. Aunque Herzog, Lachenal y Rébuffat, junto con tres sherpas, llegaron a subir hasta los 5500 metros de altura (más alto de lo que ninguno había subido jamás), vieron su paso interrumpido por una pared de hielo colosal, que pudieron superar cavando escalones en el hielo y mediante el uso de los piolets y los crampones, aunque solo para descubrir una vez arriba que el posterior glaciar estaba lleno de enormes fisuras que lo cubrían en todas direcciones. El único camino posible era el de vuelta. El Dhaulagiri, cada vez más, parecía un objetivo imposible.

Un último reconocimiento sería llevado a cabo por Lachenal y Rébuffat, dos de los expertos guías, junto a Noyelle, el diplomático aficionado. Un ascenso a un pico menor, continuación de una de las crestas del Dhaulagiri, les dio una buena vista del terrible lado sur de la montaña: una monstruosa pared de más de 4500 metros. Les recordó a la cara norte del Eiger, una imponente pared en los Alpes suizos que durante mucho tiempo fue considerada inescalable. El mismo Lachenal, no obstante, había sido uno de los pocos hombres que la habían conseguido culminar. El problema esta vez es que el Dhaulagiri ofrecía una pared más de dos veces mayor que la del Eiger, con una climatología más adversa todavía, a mucha más altura y un gran riesgo de avalanchas. Este último vistazo parecía poner definitivamente las cosas en su sitio: el Dhaulagiri era un objetivo demasiado arriesgado como para acometerlo. La sensación de pesadumbre era cada vez más creciente: ¿se habían extralimitado en sus posibilidades? ¿Habían pecado de insolentes creyéndose capaces de doblegar a los mayores colosos del planeta?

Debían empezar a sopesar la posibilidad de cambiar de objetivo: según el mapa indio, había un paso al este de Tukuche que unía dos valles distintos y desembocaba muy cerca de la cara norte del Annapurna. Tras consultar a los sherpas y a los habitantes de la zona, nadie había oído hablar alguna vez del paso de Tilicho, tal y como lo denominaba el mapa indio. Más aún: varios negaron rotundamente la existencia de dicho paso. De todos modos, Herzog se empeñó en descubrirlo por sí mismo, puesto que la cara norte de los picos del Himalaya suele ser más asequible. Tenía muchas esperanzas puestas en ese paso incógnito. Junto a Rébuffat, Ichac, tres sherpas y tres porteadores, juntaron provisiones para diez días y partieron hacia el este, decididos a demostrar o rebatir definitivamente la existencia del paso de Tilicho.

Al cruzar la arista al este de Tukuche, encontraron algo que no aparecía en el mapa indio: un lago helado de cinco kilómetros de largo y a 4800 metros de altura, flanqueado al suroeste por una espectacular cordillera, dispuesta en forma de anfiteatro a su alrededor, a la que denominaron la Gran Barrera.

la gran barrera
La Gran Barrera, erigiéndose imponente entre los escaladores y el Annapurna.

Al lago, en honor al inútil mapa indio, lo llamaron lago Tilicho, y tras avanzar sobre sus aguas heladas (ante el pavor de los nepalíes, horrorizados por tener que andar sobre un hielo que temían iba a quebrarse en cualquier momento) comprobaron que el valle del lago Tilicho solo ofrecía una salida en su otro extremo, y esta era dirección noreste, alejándose del Annapurna, que aunque aún no habían podido ver directamente intuían que se encontraría tras la Gran Barrera, una muralla insalvable para la expedición al completo. Deberían buscar otro modo de acercarse al Annapurna. Si es que lo había, algo que en este punto de la expedición, ya a diez de mayo y a solo cinco días de la fecha límite que se habían fijado para reconocer el terreno, parecía imposible.

Al día siguiente, Herzog, Rébuffat y dos sherpas siguieron el valle que parecía alejarse del Annapurna para erradicar cualquier duda acerca del paso de Tilicho. Tras unos diez kilómetros siguiendo el curso del río y descendiendo unos 1500 metros, llegaron a un poblado sucio y pobre, donde los recibieron con gran sorpresa y alboroto puesto que los franceses eran los primeros blancos en pisar jamás esa tierra. Una vez allí, preguntaron a los aldeanos por el Annapurna, aunque nadie sabía nada de ese pico, y desde luego ese valle no iba a llevarlos hasta su objetivo.

Mientras, el fotógrafo Ichac, que había demostrado ya en varias ocasiones una inteligencia y una intuición dignas del mejor de los escaladores, se había quedado acampado junto al lago Tilicho con los dos sherpas restantes. Pero no se quedó de brazos cruzados y subió hasta una cumbre al norte del lago, una ascensión notable puesto que ascendió hasta los 6200 metros de altura. Desde esa posición, pudo ver la cima del Annapurna, más allá de la Gran Barrera. El experto fotógrafo demostraba así de una vez por todas que el mapa indio estaba equivocado de cabo a rabo: de existir un modo de llegar hasta la cima del Annapurna debería ser desde el lado opuesto.

Paralelamente, el médico, Oudot, que se había quedado en Tukuche, había intuido un modo de acceder a la parte alta de la garganta del Miristi Khola, el río que rodea el macizo del Annapurna, naciendo desde su glaciar norte, dirigiendo sus aguas hacia el sur, para unirlas al río Gandaki, afluente del Ganges. Las partes bajas del Miristi Khola eran impenetrables: desfiladeros terribles por los que bajaba un potente caudal de agua, haciendo imposible el paso. Sin embargo, el camino propuesto por Oudot, de demostrarse cierto, debería dejarlos en la parte superior del desfiladero. Acompañado de Schatz, Couzy y los sherpas, ascendiendo más de 2000 metros abriéndose paso a través de la espesísima jungla, descubrieron que el médico estaba en lo cierto: al fin llegaron al Miristi Khola, por encima de su tramo más brutal, donde la garganta se abre y asciende lentamente hasta la falda norte del Annapurna. Por fin, tras tantos malos tragos, una de sus exploraciones resultaba ser satisfactoria: pese a estar quedándose sin provisiones, los hombres marcharon hacia adelante durante otro día más, emocionados, hasta llegar por fin a ver la cima del Annapurna, que se mostraba ante ellos sin obstáculos de por medio, desafiante y majestuosa. Volvieron a Tukuche, donde llegaron una semana después de su partida, ya sin provisiones de ningún tipo, exhaustos, sedientos y famélicos, pero extasiados y con las mejores noticias posibles para el resto de la expedición, que por primera vez en tres semanas se reunía al completo, al volver también los demás grupos de exploración. Era 14 de mayo. El último parte metereológico pronosticó la llegada del monzón para el ocho de junio. Con solo tres semanas a su disposición, era el momento de tomar las decisiones importantes.

tras siete semanas de exploracion
Tras siete semanas de exploración sobre un área de más de 100.000 hectáreas, así quedaba el mapa definitivo de la expedición francesa. Las líneas discontinuas marcan los caminos que siguieron las distintas expediciones de reconocimiento, y los triángulos los lugares en los que hicieron noche.

En una reunión en la que todos los miembros tuvieron voz, al final todo quedaba en manos de Herzog. Sabedor de que su decisión marcaría el destino de las vidas de muchos hombres, hizo un breve silencio antes de tomar su decisión final: dio por concluida la exploración del Dhaulagiri y determinó que tomarían el camino descubierto por Oudot para iniciar la del Annapurna. Sin embargo no quería apostarlo todo a un solo color, por lo que decidió mandar una expedición bien provista, como grupo de exploración que podría convertirse en un grupo de ascenso, mientras el grueso del material y los porteadores se quedarían en Tukuche a la espera de órdenes. Sin perder un solo segundo, Terray, Lachenal y Schatz, que haría de guía, salieron de inmediato hacia su objetivo, pese a estar ya anocheciendo. Al día siguiente saldrían otros dos grupos.

Tras cuatro días de marcha bajo un clima inclemente, sobre suelo resbaladizo por el barro, la lluvia y la nieve y abriéndose paso a través de la jungla, al fin alcanzaron el Miristi Khola.

A los pies del Annapurna, Herzog miró a su formidable rival, y así describió ese momento:

“Desde aquí la montaña parecía descomunal —una enorme masa de precipicios, inmensas paredes de hielo y afiladas crestas que convergían en la cima de la montaña. Estábamos sobrecogidos por su maravillosa aunque intimidante visión, diminutos como éramos, pretendiendo escalar esas tremendas alturas”.

(Continúa)

foto final


Simón Elías: Dassu, Baltistán

Ashraf escalando – fotografía de Anna González-Huix

Baltistán es una de las regiones más remotas y deprimidas de los territorios de Cachemira bajo la tutela de Pakistán. Comunicada con el centro del país por una sola carretera que atraviesa peligrosamente las montañas del Karakórum y por un vuelo que despega intermitentemente cuando el aparato no está cubriendo otro trayecto; esta región sobrevive a trompicones con el turismo ocasional (en descenso dramático desde los atentados del 11 de septiembre), las explotaciones forestales, los trabajos relacionados con la producción de energía y la minería de fortuna.

Los buscadores de gemas de Baltistán pican sobre paredes verticales a cientos de metros del suelo, se aseguran con viejos arneses a cuerdas despeluchadas, cargan pesados compresores de cientos de kilos sobre rudimentarios anclajes y manejan grandes cantidades de un explosivo extremadamente accesible y barato. Que un cartucho de wabox, un detonante basado principalmente en nitratos, tenga un precio en cualquier lugar de Pakistán de algo menos de dos dólares, quizá explique por qué este país tiene tanta facilidad para saltar por los aires.

Gulam Nabi, Mohammad Ashraf, Mohammad Isaac Gulam Nassur son mineros ocasionales cuando sus trabajos en el campo o como porteadores para expediciones de montaña se lo permiten. Pueden dinamitar la roca durante años sin recibir ningún beneficio, pero si encuentran una buena pieza de aguamarina, un rubí o una esmeralda, serán ricos. Rozi Ali es un bepari, un tratante de piedras preciosas y minerales. Vive en una casa de dos pisos y conduce un todoterreno último modelo, cuyas ruedas tienen un profundo dibujo. Cada uno de estos tres detalles, la casa de dos pisos, el vehículo impecable y los neumáticos nuevos dan muestra de su elevado estatus económico. Todos son parte de la industria minera de Baltistán, que observada en profundidad ni es una industria ni lo que practican es minería. En un país siempre al borde de la tragedia que se sobrepone a base de carcajadas, lo que estos hombres hacen es luchar contra la miseria y la desventura de las montañas inaccesibles que les han visto nacer. Su trabajo está al margen de la regulación. En esta región como en otras muchas partes de Pakistán, la supervivencia desplaza a la legalidad. Esta es una historia de hombres que luchan por alimentar a sus familias en uno de los rincones más agrestes y desventurados del mundo. Pero también es la historia de un país que lucha por evitar el colapso. Un país de supervivientes cargados de explosivos.


Simón Elías: Saicho, 3.400 metros s.n.m., Baltistán, Pakistán

Saicho, 3.400 metros s.n.m., Baltistán, Pakistán

Nadie habla de ellos cuando se trata de compartir éxitos. Son los héroes anónimos de las montañas de Pakistán, los que cargan, los que ponen la cuerda, los que abren la huella, los que acarrean las botellas de oxígeno, los que recogen los campamentos cuando todo ha terminado y, sobre todo, los que mueren.

Los porteadores del Karakorum son probablemente la gente más fuerte del mundo. Abdul Karim, ahora ya retirado en su pequeña aldea de Hushe bajo la muralla del Masherbrum, ha participado en 25 expediciones y pese su metro y medio de estatura, lo ha hecho ayudando a grupos de extranjeros con mayor o menor fortuna en su adaptación al medio. Little Karim, ha superado en cuatro ocasiones la barrera de los 8000 metros por cuatro rutas diferentes en el K2, cargado siempre con mochilas de más de 20 kilos. Ha acarreado artículos tan inverosímiles como un ala-delta, a la cumbre de las montañas de ocho mil metros que rodean su casa y lo ha hecho siempre con la máxima lealtad hacia su equipo y el mejor sentido del humor.

Hassan Yan de 38 años y carnicero de Hushe, perdió dos dedos de la mano derecha descendiendo de la cumbre del Nanga Parbat mientras acompañaba a la coreana Go Mi-sun en el año 2009. En algún punto indeterminado por encima de los 6.500 metros, la coreana perdió pie y cayó al vacío. Hassan continuó solo el descenso hasta el siguiente campamento. Hoy en día sigue ofreciendo sus servicios a grupos y expediciones.

En el año 2000, Nissar Hussein, del pueblo de Satpara, porteaba material para una expedición surcoreana en el Broad Peak cuando una roca le impactó en la cabeza. Tras aplicarse una cura de primeros auxilios, siguió trabajando. Nissar había escalado todas las montañas de más de 8.000 metros de Pakistán —algunas de ellas en varias ocasiones, sumando un total de diez cumbres— cuando desapareció este invierno en el Gasherbrum I mientras trabajaba para una expedición internacional.

La profunda humanidad de estos hombres de bigote produce rubor. Su vida, sin apenas acceso al dinero y alejada de cualquier comodidad, les ha construido tan duros y verdaderos como las montañas que les rodean. Son baltís, antiguos nómadas tibetanos que lograron cruzar las montañas más altas de Asia para encontrar un hogar. Viven en cabañas rodeados de humo, polvo y animales. Tienen tantos hijos que en vez de nombrarlos podrían numerarlos. Su sentido del humor es legendario.

En 1983 alguien le enseñó fotos de deslumbrantes mujeres desnudas a Abdul Karim en el campamento base del K2. Tras analizar detenidamente las fotografías y ajustarse ligeramente su gorro de lana baltí, Karim respondió: aquí son iguales, solo hace falta un poco de jabón.


Simón Elías: Aeroalpinistas en el Karakorum

Marchita en Pakistán

Mientras Europa se hunde en la crisis económica y la población contempla un futuro cansino y repetitivo, tres hombres se embarcan en un viaje a lo desconocido. Ramón Morillas y Thomas de Dorlodot, expertos pilotos de parapente con múltiples records y pódiums internacionales, han establecido una perfecta simbiosis con el alpinista y guía de montaña Simón Elías. Su objetivo: recorrer volando y escalando uno de los lugares más inaccesibles y remotos del globo terráqueo, el corazón de las montañas del Karakorum pakistaní. Cuando parece que todas las ideas han sido ya inventadas por una agencia de comunicación neoyorquina, aparece una aventura nunca antes realizada. Entrar volando en el Karakorum con un trozo de vela de 42 metros cuadrados no parece lo más prudente del mundo. Internarse en un espacio erizado de picos y glaciares con 5 cumbres por encima de ocho mil metros, 130 cumbres principales y secundarias por encima de los 7.000 metros y llevar un deporte al extremo muy lejos del hospital más cercano es una buena definición de aventura. Pero si para poder sobrevivir en el hielo, debes transportar a un alpinista en tu parapente, las condiciones se endurecen. Y si el alpinista debe cargar con dos pilotos sin ninguna experiencia en montaña, la experiencia tiene todos los componentes para el humor o la tragedia.

Entre el 14 y el 23 de julio de 2012 Morillas, Dorlodot y Elías, acompañados por un equipo de apoyo en tierra dirigido por el aventurero y comunicador Sebastián Álvaro, recorrieron los doscientos kilómetros que comprenden la unión de los glaciares Hispar y Biafo entre la ciudad de Karimabad en el valle de Hunza y la aldea de Askole en la entrada del glaciar del Baltoro. 60 kilómetros de vuelo, 140 caminando sobre el hielo con cargas entre 25 y 30 kilos y la ascensión de una montaña virgen de 5.300 metros, es el resultado de esta asombrosa travesía. Una idea que algunos, incluso los propios miembros, considerarán estúpida y otros, avanzada. Un pequeño paso para la humanidad puede ser un gran batacazo para el que lo intenta.

Ho Brok Peak

El mundo de la aventura está lleno de personajes inquietantes. Algunos, pese a la incertidumbre de sus proyectos y su carácter extravagante, fueron ensalzados como héroes cuando demostraron que su aparente locura no era sino la ignorancia de una sociedad. Otros fueron encarcelados, ingresados en sanatorios mentales e, incluso en la edad contemporánea, denegados sus permisos por la administración para que no llevasen a cabo sus utópicas aspiraciones. En 1933 Maurice Wilson partió volando desde las islas británicas hacia el Everest, sin apenas conocimientos previos de aviación (su instructor le recomendó encarecidamente que no lo hiciese) y sin ninguna preparación alpina (su entrenamiento fue el ayuno, la oración y caminar alrededor de una colina cercana a su casa). Incluso el Ministro del Aire prohibió el despegue, pero Maurice Wilson, de 36 años e hijo de un molinero, salió para Nepal con la intención de aterrizar en las laderas del Everest y alcanzar la cumbre caminando. Durante el viaje le persiguieron las restricciones burocráticas británicas hasta que su avión fue confiscado por las autoridades indias. Cruzo a pie la frontera de Tíbet junto a tres sherpas, disfrazado de monje budista y comenzó un largo periplo hasta las laderas del Everest. La última entrada de su diario es el 21 de mayo de 1934, los sherpas se habían retirado y él continuaba en solitario, todavía esperanzado. Su cuerpo fue encontrado en 1935 a una altura de 7.000 metros por una expedición comandada por Eric Shipton.

¿Y si le hubiese salido bien? El planteamiento de su idea parece tan alocado como extremadamente racional: si la montaña es tan alta por qué no aterrizar cerca de la cumbre y ascender la última parte caminando. Obviamente la odisea de Wilson estaba destinada al fracaso por su profunda ignorancia (encontró un par de crampones en un viejo campo en la montaña y los arrojó al vacío por considerarlos inservibles). Pero, pregunto de nuevo, ¿y si le hubiese salido bien? El mundo ha demostrado ser absolutamente imprevisible ¿dónde está la línea entre temeridad y valentía? ¿Era Magallanes un loco por intentar dar la vuelta al mundo? ¿Hay que encarcelar al austriaco Felix Baumgartner que saltará próximamente en caída libre sobre la Tierra desde una altura de 36.000 metros? La respuesta sólo está en el interior de estos hombres que lo intentan.

Grieta glaciar

Simón Elías, 36 años, alpinista

El aire es ligero por encima de los 5.000 metros. Hoy es mi tercer día de vuelo y no me parece una buena idea superar los 6.000 metros de altitud pero estoy enganchado al piloto Ramón Morillas, cuatro veces campeón del mundo de paramotor y recordman de altitud y distancia, y a su vez enganchado a un pedazo de tela con la que ahora giramos una térmica de aire caliente no demasiado lejos de la montaña conocida como Lady Finger. El valle de Hunza, un grueso trazo verde irrigado por el río del mismo nombre, se va haciendo cada vez más pequeño a nuestros pies. Las montañas del Karakorum pakistaní nos rodean: numerosas cumbres de 6 y 7 mil metros, muchas de ellas vírgenes, con glaciares y pasos apenas transitados. Estos intrincados plegamientos son la concentración de montañas más altas de la Tierra y, por lo tanto, uno de los lugares más inaccesibles del planeta.

Meses atrás, durante una cena con abundantes botellas de vino en la casa de Ramón Morillas y su mujer Emiko Morota, Ramón exponía sus proyectos. Nos habíamos conocido en el Karakorum mientras yo dirigía una expedición alpinística y Ramón intentaba una primera travesía en parapente. Ahora Ramón quería volver a intentarlo. Los llamados vuelos vivac: cruzar una cordillera montañosa durmiendo donde el parapente no encuentra más corrientes ascendentes para seguir progresando y continuar así día tras día hasta cubrir asombrosas extensiones de terreno (el norteamericano Brad Sander cruzó así cerca de 1000 kilómetros sobre el Himalaya). Esta práctica es habitual en los valles escarpados y boscosos de los Alpes, las Rocosas o el Himalaya, pero nadie lo ha realizado todavía en el corazón de las grandes montañas y los glaciares. Durante la cena, Morillas se resignaba ante su falta de experiencia alpina para llevar a cabo el proyecto, el aterrizaje en los glaciares, las largas caminatas sobre esa superficie de nieve horadada por las grietas, le preocupaban. —¿Por qué no me llevas? —le pregunté— podemos aterrizar cerca de la cumbre de alguna montaña y ascenderla. —Eso es una idea magnífica. —Ramón levantó su copa y brindamos—. 78 años después, con más vino y algo menos de fe, una historia similar a la de Maurice Wilson se estaba gestando.

Ramón ha sido marinero antes que piloto, ha cruzado varias veces el Atlántico a bordo de una carabela y ha leído a los clásicos. Conoce el miedo que produce lo desconocido y como Colón, mantiene un cuaderno de bitácora personal y otro para la tropa. Estamos a 6.300 metros, me dice mientras giramos por encima de la cumbre del Lady Finger. La altura real es 6.500 metros. Thomas de Dorlodot, el piloto belga que nos acompaña, ya está al otro lado del valle de Hunza sobre las crestas de las montañas que delimitan el glaciar de Hispar. Nuestra travesía pretende atravesar 200 kilómetros en el corazón del Karakorum recorriendo por el aire, a pie o escalando laderas y montañas desde las que volver a despegar, la extensión de los glaciares Hispar y Biafo. Una de las más grandes lenguas de hielo fuera de las zonas polares y sus áreas de influencia.

Encordados en el glaciar de Biafo

Estamos llegando a la entrada del glaciar a una velocidad de 50 kilómetros por hora con una tormenta pisándonos los talones y empujando el viento con fuerza. Estamos tan altos que puedo ver la inmensa extensión del glaciar ondulándose como una serpiente. Thomas está más arriba que nosotros y le veo girar una térmica peleando con las turbulencias como un vaquero sobre un caballo salvaje a seis kilómetros de altitud. A nuestra izquierda aparecen las montañas chinas, hace frío y nos desplazamos a gran velocidad. Lo estamos consiguiendo, estamos entrando volando en el corazón del Karakorum. No puedo contener las lágrimas y el viento las expulsa con fuerza cuando caen debajo de las gafas. Hecho la mano atrás y le aprieto el muslo a Morillas, pegado a mi espalda. –Comandante, estoy llorando, esto es fascinante. Unos minutos después la vela se pliega y comenzamos a caer.

Ramón Morillas, 45 años, piloto

Tengo que decir que en 20 años de vuelo nunca había tenido una plegada semejante en un biplaza. Las turbulencias en la térmica eran muy fuertes, las corrientes de aire estaban enfrentadas y no podía mantenerme en el núcleo, esa parte interior del chorro de aire caliente que te hace ascender como un pájaro sin mover las alas. Al salir de la térmica encontramos corrientes de aire enfrentadas que plegaron la vela al cien por cien. Simón, que ha tenido su bautismo de vuelo en el Karakorum, se asustó mucho a posteriori. Pero durante la plegada en la que caímos durante unos segundos, no se enteró mucho. Sólo sientes la velocidad si no sabes lo que está pasando, pero este tipo de maniobras las entrenamos mucho en vuelo acrobático y puedes volver a abrir la vela con seguridad. Si esto no funciona tenemos un paracaídas de emergencia.

Antes de llegar al hielo el glaciar es un caos. Subes, bajas, entras y sales de la morrena tantas veces y a través de un terreno tan terroso e inestable, que desespera. De repente te encuentras con una cascajera vertical por la que han pasado los porteadores del equipo de tierra con 30 kilos a la espalda y te sientes muy pequeño. Si se te va un pie o cae una piedra estás jodido. Vas cargado como un mulo con el parapente (durante los primeros días nuestras mochilas pesaban entre 25 y 30 kilos), el material de alpinismo, cuerda y todo lo necesario para pasar varias noches a la intemperie: hornillo, gas, comida deshidratada, saco de dormir y colchoneta. El peso ha sido definitivamente una de las cosas más duras en este viaje.

Paso de Hispar

El primer día durante el vuelo, tenía algunas dudas sobre dónde aterrizar. Thomas se había ido delante pero yo no me atrevía con aquellas turbulencias y con Simón colgado en el parapente. Me fui a lo seguro y aterricé con mucho margen de altura en un pequeño campamento de pastores. Simón llevaba todo el material colgando por fuera porque en mi mochila trasera iba el paracaídas y no cabía nada más, parecía un árbol de Navidad. Llevaba la cuerda en bandolera y el material de alpinismo iba en una bolsa colgada del pecho con la colchoneta atada con cuerdas. Parecíamos aquellos pioneros de los viajes en moto que cruzaban Europa. Así que cuando esos pastores nos vieron aparecer en el cielo y aterrizar a 4.000 metros con nuestra pinta de astronautas andrajosos, fue como si estuviesen presenciando un milagro.

Después de aterrizar estuvimos toda la tarde y parte de la noche caminando. Yo estaba destrozado y me quería parar pero Simón me insistía en que teníamos que encontrar agua. No había contacto por radio con el equipo de tierra y en un prado, en la oscuridad total, me paré y le dije a Simón que no podía más. Por suerte encontramos un riachuelo cerca e hicimos un vivac hasta que al amanecer comenzó a llover y nos tuvimos que resguardar en un abrigo bajo una gran piedra desplomada. Caminamos otro día completo, muy cansados por el peso que cargábamos. Yo me había fijado más en el vuelo y esta parte en tierra, sobre un terreno tan fracturado e incómodo me estaba golpeando duro.

Los vuelos en las montañas de Pakistan están entre los mejores del mundo. Es un lugar donde puedes remontar muy alto y volar entre montañas y por encima de ellas, pero también es muy exigente, hay que ser muy buen piloto para enfrentarte a estas condiciones. Para entonces ya me había dado cuenta de que con el biplaza íbamos mucho más limitados. El año anterior Thomas de Dorlodot había volado una distancia de 225 kilómetros en ocho horas muy cerca de Hunza y esto nos animó mucho y pensamos que el reto se iba a poder completar con más vuelo y menos tierra. La parte horizontal ha sido realmente dura.

Preparativos en Hunza

El quinto día de aventura llegamos a la confluencia de los dos glaciares, el Hispar y el Biafo, en un paso a 5.151 metros llamado Hispar Pass. Este collado entre montañas de 6 y 7 mil metros da acceso a una zona totalmente cubierta de hielo. El Snow Lake, el lago de nieve, te hace recordar el hielo infinito de la Antártida, incluso las paredes de las montañas están tapizadas de gruesos mantos helados que se desploman constantemente y te mantienen en un estado de alerta constante.

Desde la máxima altura del paso de Hispar, durante el quinto día de travesía, vimos una cumbre desde la que se podía despegar. Era una opción que ya habíamos hablado con Simón a la hora de combinar el vuelo con la parte alpinística. Habíamos estudiado estas cumbres en nuestras casas con mapas y la visión cenital del Google Earth y sabíamos que al norte del paso había unas montañas de acceso sencillo. No iba a ser un vuelo muy bueno en el que remontar altura ya que las corrientes de aire frío de la masa glaciar del Snow Lake nos iban a empujar constantemente hacia abajo. Simón iba mirando constantemente a la montaña mientras subíamos, yo sabía que quería escalar algo después de tantos días de vuelo y caminata, pero cuando llegamos al paso era demasiado tarde y la nieve estaba tan blanda que te hundías por los tobillos, cansándote mucho y haciendo muy factible que te colases en una grieta en el glaciar. Decidimos descender caminando y juntarnos con el equipo de tierra en una jornada muy larga y demoledora. Los parapentistas llevamos muy mal bajar de los lugares caminando y Simón estaba al borde de su paciencia. Bromeaba con que el año siguiente íbamos a hacer la misma travesía pero cargando un piano de cola. Aquí sufrimos las mayores dudas de toda la aventura. Yo me mantuve en calma y dejé que Thomas y Simón se despacharan. Estábamos muy cansados y un poco confundidos con el concepto del viaje.

Thomas de Dorlodot sobre Hunza

Thomas de Dorlodot, 27 años, piloto

En cada deporte hay puertas que hay que abrir, hay que entrar en ese espacio donde nadie ha ido. El primer año que estuvimos en Pakistán, Ramón Morillas superó el record mundial de altitud en paramotor sobrevolando la cumbre del Masherbrum de 7.821 metros. El año pasado yo volé 225 kilómetros en ocho horas durante uno de los vuelos más impresionantes de mi vida. Tuvimos que cruzar un collado levantando las piernas para no golpearlas con la roca. Simón ha estado viniendo cada verano para escalar montañas vírgenes. Cada uno en su estilo, aportando su experiencia y su buen humor para traspasar la puerta hacia lo desconocido.

Queríamos mezclar dos deportes, unir dos mundos tan dispares como el vuelo y el alpinismo para poder acceder a lugares remotos. Lugares que solo podían visitarse en una larga expedición por tierra. Yo no sé hacer ni un nudo con la cuerda y la mitad de las veces que me pongo un arnés me lo coloco al revés, por eso si queríamos entrar en lugares potentes en las montañas, lugares peligrosos con glaciares, grietas y laderas empinadas, necesitábamos un tipo como Simón. Él se cuelga con nosotros con una fe ciega pues no tiene ni idea del mundo del vuelo libre, y para los pilotos es lo mismo cuando vamos a hacer algo de alpinismo o en esos pasos tan chungos del glaciar. Ponemos nuestra mejor sonrisa y controlamos las dudas y el desconocimiento con la confianza en el guía de montaña. Es una simbiosis genial en la que la confianza plena en las habilidades del otro equilibra la incógnita de lo desconocido. Por eso este es un reto deportivo y geográfico pero principalmente humano.

Cumbre del Ho Brok II

Cuando Simón paró el grupo en medio del glaciar de Biafo y dijo que íbamos a subir a una montaña, a mí no me moló la idea. Estaba muy cansado después de siete días de travesía con tanto peso y solo quería volar. Había unas laderas magníficas en el otro lado del glaciar desde las que podíamos despegar y no dejaba de mirarlas cuando nos desviamos hacia el pico. Iba puteado, mirando a las piedras inestables sobre las que me patinaba constantemente y no entendía por qué íbamos a subir un monte con esas laderas tan buenas para despegar enfrente. Mis compañeros no me hacían mucho caso y se limitaban a soltar algún chiste para quitarle seriedad al asunto mientras descansábamos con la lengua fuera. Somos gente poco seria que hace cosas serias.

Según íbamos ascendiendo veía el gran cinturón del Biafo cada vez más abajo y las siluetas de los picos Latok y Ogro recortándose como gigantescas catedrales de 7.000 metros entre las nubes. Ahí me dije: ¡Guau, esto es muy guapo! Colocamos la tienda en un pequeño nido de águilas a 4.600 metros y las vistas eran espectaculares. No era esa sensación de elevación, de estar por encima, que te da el parapente. En la montaña estás arriba, estás dentro del mundo, pero en un lugar muy perdido e inaccesible.

A la mañana siguiente nevaba ligeramente y aún así salimos para la cumbre con los parapentes a la espalda. Después de una hora de camino comenzamos a trepar y decidimos dejar las velas. Teníamos demasiadas dudas sobre el despegue en la cumbre, las malas condiciones meteorológicas y el cansancio que suponía cargar tanto. En seis horas y media estábamos en la cima. Recorrimos una bonita arista de nieve y roca que Simón bautizó como Trama Ridge en honor a un compañero suyo. Resulta que cuatro años atrás Simón había venido por primera vez a Pakistán para participar en el rescate de un alpinista español que se encontraba solo, con un brazo y una pierna rota, en una repisa a 6.800 metros en la cara oeste del Latok II de 7.108 metros. No pudieron alcanzar al herido y Óscar Pérez, así era su nombre; murió en aquella repisa. El pico que hemos escalado tiene el curioso nombre de Ho Brok que significa Pastos Amargos y está situado justo enfrente de la cara oeste del Latok II. Es posible que en los últimos momentos de Óscar, esta montaña con la arista que hemos recorrido, fuese todo su horizonte. En la cumbre Simón se emocionó recordando a su compañero y dejó en una grieta de las rocas, la mitad de un billete de 5 rupias que yo le había regalado. Asombrosamente, al terminar la travesía, encontré la otra mitad perdida en un bolsillo de mi ropa.

Glaciar de Biafo II

Entrar en el glaciar de Hispar volando por primera vez, llegar a la cumbre de un pico donde nunca antes ha llegado un hombre, son sensaciones maravillosas, pero a los lados queda el trabajo duro. El descenso del Ho Brok hasta los parapentes fue muy largo, con nieve blanda que nos hacía hundirnos hasta las ingles. Esta es una pequeña ascensión para un alpinista pero algo muy grande para nosotros. Aquí nos dimos cuenta de que la montaña es algo muy serio, es peligrosa y es un medio (como el vuelo) en el que hay que saber muy bien lo que se está haciendo para moverte con seguridad. Un descuido es la muerte.

Cuando alcanzamos los parapentes estaba nevando intermitentemente y teníamos tantas ganas de volar que preparamos las velas muy rápido. Era un despegue técnico en un pequeño collado arenoso que se formaba entre dos torres de roca. La arena acababa en una empinada ladera nevada que no te permitía ningún fallo. Simón estaba algo nervioso y no de decía ni una palabra. Había sido el protagonista de la ascensión al pico pero, en esos momentos previos al despegue, parecía que se quería enterrar en la arena. Ramón saltó primero. Como el viento era en cola había que correr mucho antes de alcanzar la nieve. Salieron muy rápidos pero hubo una incidencia con un nudo en uno de los suspentes y la cara de Simón pasó a un par de metros de unas piedras cuando Ramón la esquivó con los mandos. Hicimos un vuelo guapísimo sobre el glaciar de Biafo hasta que aterrizamos y nos tuvimos que resignar a caminar otra vez y buscar al equipo de tierra.

Sebastián Álvaro, 61 años, aventurero, director de documentales, coordinador del equipo de tierra.

Hacer la historia es la parte más divertida. En estos últimos años de viajes al Karakorum hemos creado un equipo formidable. Gente dispar que domina diferentes disciplinas y que, en este caso, se han unido para afrontar un nuevo reto. ¿Cómo si no se pueden atravesar 200 kilómetros a lo largo de uno de los lugares más remotos e inaccesibles de la corteza terrestre, en tan solo nueve días? En este caso la parte divertida ha sido juntar estos talentos con sus fuertes caracteres, con una gran experiencia a sus espaldas, con muchos años de vuelo y de alpinismo jugándose el tipo muy lejos de la civilización. Son dos pilotos que no saben nada de montaña y un alpinista que no sabe nada de vuelo, que se acoplan y con el tiempo, el trabajo y la valentía, consiguen hacer encajar las piezas e intentar algo que nunca antes se había intentado. Quizá la idea parezca una locura pero en realidad la respuesta es técnica. Todavía no ha aparecido una persona en la que encarnar todas las habilidades que hacen falta para recorrer el corazón del Karakorum en vueloalpinismo. En este caso como nos faltaba esa persona, hemos juntado dos: Ramón Morillas y Simón Elías, creando un extraño animal híbrido. Un equipo de dos, con el apoyo de Thomas y del equipo de tierra, que se aportan y se complementan. Aunque parezca un disparate llevar a un alpinista colgado de tu parapente para que te solucione los problemas sobre glaciares y montañas, es realmente lógico y racional. Con las ideas disparatadas ha progresado la humanidad. Si todo el mundo aplicase hoy en día las leyes de la Edad Media, seguiríamos quemando a los herejes. Si continuásemos creyendo que la Tierra es plana, lo cual es perfectamente entendible dando un vistazo a nuestro horizontal derredor, no hubiésemos llegado nunca a América. Aquí está el verdadero tuétano de la aventura que primero irrumpe en el mundo de las ideas y luego se materializa. Una aventura que implica riesgo mortal (sino no merecería el título de aventura) y que hay que tener en cuenta cuando se manejan ideas aparentemente disparatadas. Esta clase de locos e incomprendidos son los que hacen progresar a la humanidad.

Descendiendo hacia el Snow Lake

Tras haber escalado el Ho Brok todavía intentaron hacer un vuelo más. La idea original era hacer un gran vuelo desde el penúltimo campamento del equipo de tierra hasta la aldea de Askole donde se completa la travesía. Desafortunadamente las condiciones no acompañaron la motivación del equipo. Pero nada de eso empaña el esfuerzo y las ganas. Un día más ascendieron mil metros de desnivel bajo un día gris, con nevadas intermitentes, hasta otro despegue empinado y rocoso. Simón se bloqueó en este despegue tan técnico, es normal. Que el segundo vuelo de su vida sea subir a 6.500 metros, tener una plegada del 100% de la vela, caer al vacío y despegar entre cortados, no parece la mejor preparación técnica. Pero todas estas dudas, estas incógnitas sobre el terreno y en el interior de la gente son buenas, es el aprendizaje sobre la experiencia. Si lo repetimos 20 veces nos saldrá genial, pero lo importante es el momento en que se encara por primera vez la incógnita. Ahí aparece un brillo en la aventura que nunca tendrán los que la repitan, es el brillo que produce la duda de lo desconocido.

El 23 de julio de 2012, a la una y media de la tarde Simón y Thomas entraban en la aldea de Askole, un lugar mísero y sucio desde donde parten la mayoría de las expediciones hacia el Baltoro. Ramón Morillas venía un poco más atrás. Los niños salieron a recibirles, les pedían caramelos, dinero y bolígrafos. Los hombres, acurrucados bajo las escasas sombras, les miraban inquisitorios como si este tipo de personajes de montaña con sus voluminosas mochilas de vuelo, no estuviese en su registro. Se sentaron sobre la hierba donde iban a acampar, se quitaron las botas y bebieron una cocacola. Luego se abrazaron en silencio y dieron por terminada la aventura.


Simón Elías: 35º 51′ 13,5” N 75º 47′ 13,9”E Altitud: 4.613mts. Karakorum, Pakistán

35º 51´ 13,54” N 75º 47´ 13,95”E Altitud: 4.613mts. Karakorum, Pakistán.

 

Recorrer 200 kilómetros en nueve días no parece una idea descabellada. Pero si esos mismos kilómetros los colocamos en el corazón del Karakorum, el trozo más erizado de la corteza terrestre, sobre dos de los glaciares más grandes del mundo con un paso a 5.200 metros, los problemas crecen. Y si de los nueve días, los expedicionarios pasan uno a cuatro patas, respirando como peces fuera del agua y masajeándose los músculos doloridos, entonces la media se queda en 25 kilómetros al día. Esto tampoco parece desproporcionado.

¿Y si entre medias escalan una montaña virgen de 5.300 metros con dos pilotos que piensan que los crampones son un tipo de marisco? ¿Y si el alpinista que dirige las operaciones en tierra solo ha volado una vez sobre los bares de tapas de Granada? Entonces la aventura comienza a parecerse a una película de los Hermanos Marx. ¿Y si el peso de las mochilas que acarrean los tres expedicionarios está entre los 25 y los 30 kilos? Entonces, sin ninguna duda, el proyecto se convierte en un viaje a lo desconocido para certificar la ignorancia o la temeridad de los hombres.

En 8 días de actividad los pilotos Thomas de Dorlodot, Ramón Morillas y el alpinista Simón Elías, han recorrido 200 kilómetros de glaciares, aire y montañas. A mitad de camino la expedición estuvo a punto de ser suspendida por considerarse demasiado estúpida. El 23 de julio los tres aeroalpinistas alcanzaban la aldea de Askole completando la primera travesía de estas características en el Karakorum. Para el recuerdo queda el momento en que Morillas y Elías, vestidos como andrajosos astronautas, aterrizaron junto a unos pastores a 4.000 metros sobre el glaciar de Hispar.