Hernán Migoya: «Lo triste de la cultura española es que cada generación olvida lo que ha hecho la anterior»

En los ochenta y noventa no teníamos nada, que a nadie le engañe la nostalgia actual. Con poco dinero teníamos que elegir entre librería, videoclub o quiosco. Era un sufrimiento escoger y todo se releía y revisaba una y otra vez; si en algo nos diferenciábamos en aquella época, era por las horas muertas y la falta de estímulos al alcance, en lo económico y en lo físico. Hernán Migoya (Ponferrada, 1971) fue redactor jefe de El Víbora en los noventa. A él le debemos haber conocido mundos muy lejanos y maravillosos que no pertenecían a la ciencia ficción o la fantasía. Guionista que desgraciadamente fue conocido en toda España por la polémica moralista tras su libro de relatos de ficción Todas putas, merece un reconocimiento por una vida dedicada a la cultura popular con devoto estajanovismo.  

¿Cómo llegas a El Víbora?  

Me pasó lo contrario que a la mayoría de la gente. De niño empecé leyendo literatura y a los catorce o quince años me pasé a los cómics. Me apasionaron. Gané un premio de Norma Editorial en el que podías elegir con quién cenar en la entrega de los premios del Salón del Cómic y escogí a Alfonso Font. Me tuvo que llevar y traer mi padre desde Barberà del Vallés, donde me he criado. Me ilusioné y, con esa inconsciencia del profano de pueblo,intenté introducirme en el mundillo. Primero quise ser dibujante, a los dieciséis vi que no tenía talento gráfico y que me interesaba más escribir historias.  

Gracias a los dibujantes Carlos GambarteIron, que me aceptaron en su entorno, eran tíos de barrio como yo, empecé a hacer guiones. Acabé fichando por El Víbora, donde no les interesaban mis guiones, pero sí mi perfil de estudiante de Periodismo que sabe de cómics. Me pusieron de redactor jefe. Aluciné. El Víbora era una revista que me daba miedo cuando la leía en mi pueblo. No me masturbé hasta los dieciséis años. Imagina leer eso con catorce sin entender lo que es el sexo. Me revolvía.  

En el cargo tuve siempre una mentalidad muy yanqui. Me parecía bien vender. Chocaba con la pose anticomercial que había en España; para un núcleo duro, si leías cómics de superhéroes, eras un facha. 

Nada más empezar te enviaron a San Diego, conociste a Coppola, a los Hernandez…

En 1992 me hice una foto con Francis Ford Coppola, hola y adiós. Ahora lo hubiera interrogado. Con losHernandez me encontré en 1997, cuando me invitó a comer con ellos Rubén Blades, porque le encantó que le reconociera entre la multitud de San Diego. Luego, cuando vio que no me interesaba la salsa y que solo lo admiraba por haber actuado en El color de la noche con Bruce Willis, se debió de quedar pensando: «¿Qué mierda he hecho invitando a este idiota?».  

En San Diego también comí una hamburguesa sentado una horita con Jack Kirby, sin saber de qué hablar, porque su obra nunca me atrajo. Entiendo que gráficamente fascine ahora a tantos dibujantes, pero a mí narrativamente me aburría. Quizá por eso abandoné la lectura de superhéroes antes de los dieciocho.  

El que me gustaba era Frank Miller. Ese 1992 en San Diego lo perseguí corriendo por toda la convención, pasillo adelante… ¡y él corrió como un galgo delante de mí! Como tengo pinta de moro y él ideas un tanto reaccionarias, se debió pensar que era un terrorista listo para degollarlo por sus ideas. Decidí ser guionista de cómics cuando a los catorce leí su Saga de Elektra. Quise ser el amo del universo manipulando las emociones humanas como hacía él.  

En los ochenta, todo lo que publicó Miller me gustó. Hasta Martha Washington, que es un poco irregular, no pinchó. Todo lo anterior es magistral. Ronin, mi favorita. Él es la simbiosis perfecta entre narrador y dibujante. El cómo y el qué no los puedes separar en Miller. Nolan lo intenta imitar en sus pelis, pero ¡se ve tan impostado!  

Él es mi gran modelo. De otros guionistas como Alan Moore hay cosas que me gustan mucho, pero otras las considero sobrevaloradas. From Hell,por ejemplo, no me gusta. V de Vendetta me parece una obra facilona. Pero adoro Miracleman y, obviamente, Watchmen. En España gusta mucho el antiglamour, el artista feo y desmañado, el rollo de melenudo medio loco. Antes Miller no molaba porque era facha. Ahora, como a los chavales eso les importa una mierda, que todos ven Star Wars y Netflix sin complejos ni conflictos ideológicos, pues ya mola.  

Sí, porque Star Wars no estaba tan bien vista como ahora.  

¡Ahora ya da igual! Todos somos de derechas en realidad, aunque digas que eres de izquierdas para tener superioridad moral. Estamos integradísimos en el sistema. Y, además, nuestra moral, nuestro sentido de lo justo y lo injusto, nuestra visión de las relaciones humanas proceden de Star Wars, de Disney y del universo Marvel… ¡¿Qué mierda de revolución vas a montar con esa base mental?!  

¿Ya no hay underground?  

No lo sé. Soy muy viejo. Y lo que no hago es jugar a lamentar que los jóvenes de ahora no son como los de antes. Creo, de hecho, que son veinte veces más inteligentes que los de mi generación; mi generación me parece la primera de España que fue inmadura. Gente que no ha viajado mucho, que se ha pillado un piso al lado de su mamá con una hipoteca y luego todos están medio frustrados porque nunca han vuelto a vivir mejor que cuando eran unos críos. Por eso están aislados en su nostalgia ochentera de eterno adolescente con sus pelis y videojuegos. Luego tienen hijos… ¡y hala, a tragarse veinte veces la basura de Disney!   

El underground lo encuentro en todas partes: en un chiste del TMEO, revista que tiene un alcance marginal, o en un chiste de Los Morancos, que ningún miembro digno de la élite cultural se dignará jamás a consumir y, por tanto, tiene también un alcance limitado, en su caso, a las clases populares sin credibilidad intelectual.  

En una obra que vi de Los Morancos en Barcelona, el hermano mayor soltó: «¡La culpa de la crisis la tienen los rumanos! ¿Hay algún rumano aquí? ¡Pues te jodes!». Me pareció un humor superfuerte, que podría haber firmado el TMEO tranquilamente. Lo bueno de la cultura popular es que nace más natural y espontánea que la elitista, y por tanto en épocas de censura moral puede resultar mucho más transgresora, incómoda y dura. Y tiene menos miedo a describir su sociedad. 

A Ramón Boldú lo definías como el Crumb español. 

Boldú tiene algo muy interesante. Si no fuera tan hilarante e ingenioso, la gente le diría que es casposo solo por la época que plasma; hoy causa mucho rechazo. Como el landismo o el destape. Lo suyo tiene un punto cañí de españolada, pero él lo transforma en algo muy ágil y muy divertido. Muy autoparódico. Le tengo mucho cariño. Me parece muy valiente todo lo que cuenta y muy valioso que hable de la época del desmelene setentero, algo que murió tras la movida madrileña.   

Desde finales de los ochenta no volvió a haber buen rollo en España. Todo el mundo se cabreó y era todo una mierda. España iba bien, pero para todo el mundo iba mal. Y cuando ha llegado la crisis real todos se han puesto a gritar: «¡Nos están quitando el estado del bienestar!». Yo no había oído hablar de la sociedad del bienestar hasta que la perdimos. Antes no veías a nadie decir: «¡Qué bien estamos en esta sociedad del bienestar!». Solo se decía que era una sociedad materialista, un asco. Siempre hemos tenido una mentalidad autodestructiva, solo sabemos ver lo malo.   

Pero los setenta barceloneses fueron legendarios.  

Es que la izquierda de los setenta molaba mogollón. Era supersalvaje. Y hoy lo que mejor hace la Barcelona guapa es disfrazar su lado conservador y mercantilista, su tradicionalismo y el que gran parte del mundo cultural sea muy clasista y de extracción pudiente, diciendo que son super de izquierdas y superprogresistas. Ese es el gran secreto de Barcelona.   

En el filme El cónsul de Sodoma hay un parlamento del amante gitano de Gil de Biedma que resume muy bien lo que un tío de izquierdas venido de abajo siente ante ese panorama de intelectuales pijos que se venden como si fueran tus iguales… ¡Sientes que ellos siempre caen de pie! Aquello en lo que realmente sí somos un país pionero y admirable es en la tolerancia sexual, que ahora peligra con la globalización del puritanismo anglosajón.  

A El Víbora le pegaste un cambio.  

Lo que buscaban metiendo un pipiolo como yo era renovar la revista, las ventas iban mal. Actualizarla chocó mucho con la anterior generación. No tanto con los autores, que ya eran vacas sagradas. Pero muchos lectores lo vieron mal. Sin embargo, ganamos mucho público nuevo y joven al renovar series y enrolar a autores de los noventa.  

Parece mentira que los intereses autorales fuesen tan diferentes con tan pocos años de diferencia. La generación antigua, que sí era vividora, para eso se drogaban, se puso más seria cuando llegó a los treinta y cinco. Y la nueva generación de los noventa era frívola, que es como tienes que ser de joven, y eso creaba fricción entre lectores.   

A mí me encantaba que se vendiera bien y no me escondía. Y defendía el cómic español, algo en lo que he sido siempre coherente. Lo que me jodía es que lo que se veía bien en el cómic extranjero, que fuera industrial y se promocionara, se viera mal en el cómic autóctono. A Bruguera se la consideraba una galera de esclavos. Nadie hablaba entonces de la época dorada de Bruguera. Y cuando cerró la editorial, decían: «Menos mal que se ha acabado esta fábrica de chorizos». Luego la echaron de menos… ¡y después la han encumbrado! La putada de los españoles es que solo se dan cuenta de que algo es bueno después de matarlo.   

En el 92 le dieron el Pulitzer a Maus, una novela gráfica. ¿Supuso un cambio?  

No soy muy fan de Art Spiegelman y Maus. Confieso que soy muy prejuicioso al respecto: siempre lo percibo como un autor típico del pijerío exclusivista neoyorquino, no tiene nada que ver con lo que a mí me interesa. ¡Complejos míos! A mí me gustan los artistas locos, desclasados y desquiciados: siempre seré de Robert Crumb. Como obra sobre el nazismo, me decanto por Madre noche de Kurt Vonnegut. Y en esa época lo que me gustaba era Hitler=SS y que lo prohibieran y tal. Era muy raro lo mío, porque los underground a mí me consideraban mainstream y los mainstream me consideraban un demente punk.   

Hitler=SS ofrecía un tratamiento mucho más cáustico sobre el Holocausto: cuando un autor te fuerza a lanzar una risa histérica sobre algo tan terrible como los campos de exterminio es cuando comprendes que ese horror volverá. Que todos somos monstruos. Las «obras de denuncia» o testimoniales suelen ser en el fondo complacientes y reconfortantes para el lector: le hacen pensar que él es mejor y que nunca caerá en una actitud fascista. Resulta peligroso y casi indecente, en cierto modo.   

Pero sí, Maus supuso la institucionalización del cómic. Creo que hay un poco de acomplejamiento gremial, algunos autores se obsesionaron con el deseo de sentarse junto a literatos y poder mirarlos de tú a tú, como si antes no fuera posible. Se ganó prestigio y que te invitasen a eventos pagados, pero se perdió tirón popular.   

En aquel tiempo me equivoqué como editor. Soy de la generación que tuvo padres de la posguerra y ellos nos inocularon un vicio: si tenías que elegir entre lo caro y lo barato, ibas siempre a lo barato. No me di cuenta de que la gente en los noventa ya tenía poder adquisitivo, por mucho que se quejaran. Apreciaban mucho más si un cómic costaba veinte euros que dos. Debimos probar antes con el modelo de la novela gráfica. Empezaba la época de la ostentación del libro objeto.   

En El Víbora montasteis Brut Comix, que lanzaba los tebeos en comic-books o cuadernos grapados. Su lema: «La creatividad no se puede controlar: en caso contrario, uno solo ve lo que quiere ver. Y siempre he creído que de esta manera no se aprende nada. Simplemente terminas convertido en un pobre facha, provengan de donde provengan tus ideales, que se aferra a sus creencias y, para reafirmarse en ellas, se las impone a los demás».   

Fue una colección fallida comercialmente. Estrenamos autores de la nueva generación, tanto de Estados Unidos como de España y europeos. Pero nos equivocamos con el formato. El comic book estaba ya muerto. El gran Joan Navarro, que es más salvaje que yo —porque es de familia bien y la gente bien está acostumbrada a decir lo que le sale de los cojones, a los proletarios nos da más miedo hablar en público—, decía hace poco algo muy interesante: al cómic popular lo mató el histórico editor Josep Toutain al promover la etiqueta de que el cómic es un medio adulto. Desde que se dijo que el cómic era arte la cagamos, porque perdimos las ventas de masas. Pasó a comercializarse un rollito cool, bonito, que era guay porque era como la literatura. Y entonces pasó a venderse como la literatura, o sea, mal.    

¿Por qué se hundió el cómic popular? 

Somos muy clasistas en este país. Ahora mola el Ministerio del tiempo, y me parece maravilloso porque es una serie buenísima. Pero la primera que rompió en tiempos modernos el complejo de que una serie española no podía ser además espectacular fue Águila roja. Sin embargo, nadie, que yo sepa, le ha dedicado un maldito artículo analizando su fenómeno. Nadie se atrevía a hablar de ella por esnobismo, porque les daba vergüenza. Eso sí, dentro de treinta años llegará un freak tarantiniano y te dirá: «Qué guay el malo, ese personaje de Francis Lorenzo encuerado y tal es como un villano de peli italiana de espadachines. ¡Como El Zorro de Duccio Tessari con Alain  Delon!». 

Lo que más me jode de España es esa manía de ir a lo seguro, no arriesgar en las opiniones; siempre usar antecedentes estadounidenses como escudos humanos. Y pocos se arriesgan a apoyar abiertamente nuestra industria en el momento que cuenta.  

Si es Estados Unidos, mola: Estados Unidos sí puede ser facha. James Ellroy sí puede decir, y lo dice, que le pone cachondo ver a policías dándole una paliza a un detenido, que ojalá la policía resolviera todos los delitos a tiros, o que el mejor presidente de Estados Unidos de la historia es George Bush. ¡Y Ada Colau le entrega un premio! Si esas opiniones las declarara un escritor español, Ada Colau lo nombraría persona non grata y los medios le considerarían públicamente un indeseable.  

Cuando decía hace años que me flipaba John Milius me llamaban facha, pero ahora entre los enteradillos del mundo cultural parece que está de moda decir que es el último maestro épico. Si fuese de aquí abominarían de él. A Clint Eastwood, que pidió el voto para los republicanos, en España lo trataron de disfrazar de pseudoizquierdista. Igual que a John Ford. Y no… ¡Clint es derechón y Ford es fascista! ¿Por qué en tu corazoncito no puedes admitir que te gusta un artista fascista? Muchas veces me han discutido si Centauros del desierto es racista. No es racista, es superracista. Es lo más racista que he visto en mi vida desde el magistrado negro comiendo una pata de pollo en El nacimiento de una nación. El miserable «héroe» solo le perdona la vida a su sobrina cuando renuncia a ser india, si no, la va a matar. ¿Qué puede ser más racista que eso? Y los progres: «No, no, en el fondo no es racista». ¡Admite que te gusta una película racista, no pasa nada! Es una gran película, nadie lo discute.  

Hay una escena en la que dos pretendientes de una chica se dan de hostias y ella sonríe complacida de que dos gallitos se peleen por ella. Más sexista y repugnantemente tradicionalista que eso no hay nada. John Ford era de lo peor que puede ser alguien de derechas: de la vertiente tradicionalista, la que hace proselitismo de su estilo de vida. Lo que más asco da. Si llega a ser español… Sin novedad en el Alcázar es menos facha que John Ford. La podía haber hecho Raoul Walsh.   

El rollo hipócrita del progre español me tiene maravillado. Dicen que Eastwood en realidad es ambiguo ideológicamente. ¡Pero qué cojones ambiguo, si le dijo a Michael Moore delante de todo el mundo que le iba a meter un tiro como se acercase a la puerta de su casa! 

En el 92 llega la llamada invasión nipona, el manga. Os llegaban cartas quejándose de que no querían «Heidis» en El Víbora.  

Y algunos autores consagrados te decían que los japoneses dibujaban igual y que eso del manga era una basura. No se daban cuenta de que ellos también habían bebido del cómic estadounidense, de Raymond y Foster, y si lo ves desde fuera la línea estética estadounidense era también muy homogénea. Fue una actitud racista.   

En los ochenta ya se había publicado en El Víbora a Yoshihiro Tatsumi, y sus historias del Tokio de la posguerra, con mafias y prostitución, no eran precisamente Heidi.

Es mérito absoluto de Berenguer. También te digo, y esto lo hablé con el cónsul de Japón en Barcelona, que el origen del manga es racista. Crearon un lenguaje propio, pero con una línea estética que pone como modelo humano el canon occidental, con personajes caucásicos de grandes ojos. Todo lo contrario de lo que son ellos. Es autorracismo. Y el cónsul me dijo: «Sí, es así, por nuestro complejo de identidad tras la humillación que nos infligió Estados Unidos en la guerra. Todos quisimos ser como ellos». ¡Y luego los occidentales sensibles se quejan de que le dieran a Scarlett Johansson el papel de Ghost in the shell!   

Cuando descubrí el manga, Gantz se convirtió en mi cómic favorito. Y luego La rosa de Versalles, Lady Oscar en la serie de animación, de la mangaka Riyoko Ikeda, sobre una mujer educada como varón, una serie pionera. Hoy debería ser un emblema LGTBI. Ese manga es sublime narrativamente.   

Las primeras acusaciones de apología que recibiste fueron con Álvarez Rabo y Miguel Ángel Martín, apología de la violación y apología del fascismo.  

Nunca hubo nada grave. Rabo en el País Vasco quizá… Creo que ahora habría más problemas con lo que hacían que los que tuvimos en los noventa. Nos decían que éramos cínicos y frívolos, que no teníamos compromiso social… pero nosotros solo queríamos pasárnoslo bien. Había puentes con Jaime Martín y Max, que sí tenían preocupaciones sociales, pero Rabo y Martín eran provocadores. Aunque Rabo siempre se consideró super de izquierdas. Miguel Ángel ya no.   

Creo que la sátira también es un lenguaje muy válido para el comentario social, para mí mucho más que el enfoque victimista e idealizador. A los diez años vi a mi vecino matar un perro callejero a golpes delante de mí, a parejas de gitanos dándose puñetazos en el barrio, a un tío escupiéndole en la cara a su novia… Digamos que mi concepto del pueblo no es muy idealizado. Y sin embargo, me apasiona la cultura popular.   

De Martín escribiste: «No es que sea de ultraderecha, es que odia al género humano».  

A mí me pasa igual. Siempre digo lo mismo. Pero él es bastante más cínico que yo. Yo soy un romántico incomprendido. Siempre me miran raro porque digo que el mejor grupo que ha dado nunca el rock vasco es La Oreja de Van Gogh.   

¿Qué sentiste la primera vez que leíste su Rubber Flesh?   

Era excitante, nadie hacía eso. Por defender historietas tan buenas y amorales como esa, me echaron una noche del Macba… En el Macba fui con Nono Kadáver a dar una charla sobre cultura underground y un coletas, el que organizaba el debate, nos dio previamente consignas a seguir sí o sí. Tenían expuesto en el museo a un canadiense que hacía garabatos en plan sátira política de trazo grueso: Nancy Reagan con la cara llena de semen… Y eso era muy transgresor y modelno para ellos. Le ponían un marco y flipaban. Decían que el PP quería prohibir la exposición y nos pedían que todos los ponentes hablásemos muy bien de la muestra, porque los del PP eran unos fascistas.   

Cuando me toco hablar, dije: «Estoy en contra de la censura, me parece bien que se le dé espacio a este tío, pero me parece una mierda esta exposición porque como artista se trata de un mal dibujante y un cantamañanas, un vendedor de humo… Hay miles de artistas underground barceloneses mejores que él, que, como no les ponen marco a sus dibujos y solo hacen putas historietas, nadie les hace ni puñetero caso y aquí nunca les vais a ver expuestos».   

Terminó la charla, me abordó el organizador y me dijo, mirándome a los ojos: «Eres un fascista y nunca vas a volver a pisar esta institución». Y, efectivamente, nunca he vuelto a pisar esa institución: ni me han vuelto a llamar, ni la he visitado. Y como esta puedo contar… No sé cómo aguanté, no fui muy consciente, pero chocaba, chocaba y chocaba con el establishment del buen rollito cultural barcelonés. ¡Y ellos no se consideraban clasistas ni discriminadores de opiniones discrepantes, sino tíos enrollados!   

Considerar el entretenimiento digno per se es algo que aprendí desde niño con las películas estadounidenses y los folletines franceses de Fantomas o las novelas de Arsenio Lupin. Pero el entretenimiento por el entretenimiento estaba muy mal visto en España. Tenías que disfrazarlo de denuncia social o de no sé qué; y la fantasía se despreciaba intelectualmente en favor del realismo. En los noventa pasaba esto, pero transgredir no tenía tantas consecuencias legales. Llevo años ya fuera de España y me han dicho que ahora el panorama está mucho peor.   

Publicaste una historieta de Max de 1993 que es una crítica política brutal a Europa por la guerra de Bosnia. Entrevistaba a una mujer de Srebrenica asesinada «cuya fosa está por descubrir». La matanza de Srebrenica fue en 1995… Desgraciadamente, cómo acertó. 

Max es el puto amo. No solo como artista: conocer a Max es amarlo. Si me preguntaran qué persona querría ser, querría ser Max. Tiene una calma, una bondad… Pons, cuando venía a venderme sus series, me metía miedo, solo con la mirada. Max desde el primer día siempre fue gentil conmigo. Y Jaime Martín también. Tienen posiciones vitales opuestas a la mía, yo soy autodestructivo y no me importa si el planeta sobrevive, tengo una misantropía amargada heredada de mi padre. Pero ellos me hacen sentir mejor persona con su karma, su chí o como se diga.   

Y Mónica y Beatriz… supuestas autoras de historietas porno.  

[Risas] Ya es sabido que eran Santiago Segura y José Calvo. Segura merece estar donde está en la cultura popular, ha hecho la españolada de toda la vida y la ha hecho muy bien. Y ha triunfado en todo lo que se ha propuesto, aunque nunca congeniamos. José es un amor.   

En esa época eran dos tíos velludos que hacían historietas porno absolutamente dedicadas a hombres firmando como mujeres. Claro, los hombres se hacían pajas pensando que estaban hechas por tías. Más landista que eso creo que no hay nada. Pero funcionó, aunque dudo que nadie se atreva a reeditarlas hoy.  

El día de la bestia se publicó en El Víbora como cómic antes del estreno.  

Ese cómic lo dibujó Hoces, un buen dibujante que se retiró demasiado pronto. Siempre me encantaron las obras derivativas: pelis que den lugar a adaptaciones en novela, historieta, o viceversa… Yo leía Tiburón 2 en novela y hasta le pillaba la gracia. ¡Aún compro novelitas originales de Indiana Jones o Los siete de Blake!Y mi villano favorito de James Bond no es de su creador Ian Fleming, sino de una novelita de 2011, Carte Blanche de Jeffery Deaver. Sin embargo, aquí reinaba ese rollo católico y austero de que el arte no se podía prostituir.  

Hubo una generación de humoristas que aparecieron fundamentalmente en el TMEO. Mauro, Ata, Orue… Luego salieron los fanzines de El Pregonero, con Supermaño de Calvo…   

El TMEO era la gran alternativa que había a la izquierda de El Víbora. Me enseñó a darme cuenta de que cierto humor debe ser agresivo y ofender, que es lícito que le dé de hostias al lector. Gracias a ellos sé perfectamente por qué asesinaron a los de Charlie Hebdo y me identifico con esos autores ejecutados. Nosotros publicamos a alguno, por cierto. Lo pasé fatal con esa movida. Si ese fenómeno se hubiera dado en nuestra época igual nos hubiese tocado.   

Tengo un chiste guardado del TMEO, reciente, que no me atrevo nunca a publicar en Facebook… Se ve a una pareja de bañistas entrando en el mar y dice él: «No te metas por ahí, que hay medusas». Y al lado hay una pareja de ancianos: la vieja está masturbando al viejo bajo el nivel del agua y la invasión de supuestas medusas flotantes son sus semenazos. Lo lees y dices: «¡Olé!».   

Tras el final de Makoki, los que quedaron marcando una línea más hardcore fueron ellos. Mi odio por ETA hacía que me costara digerir algunos chistes. Nunca soporté la ambigüedad con la banda terrorista, ni encontrarme en bares de Donosti con huchas recogiendo dinero para los mártires etarras sin poder decirles a sus devotos en voz alta lo que opinaba de su cruzada, teniendo que transigir con ese clima de «calla la boca si sabes lo que te conviene»… Pero el humor incómodo bien hecho es necesario, y el TMEO es honesto en su misión, siempre repartieron a todos lados. Hay una diferencia entre el TMEO, que se ríe de todo, y los que hacen humor político cuyo único valor es posicionarse del que creen el lado correcto y pegarle siempre al mismo para tener el aplauso asegurado. Lo del TMEO tiene mucho mérito.   

Un fanzine de la época, Paté de Marrano, hizo una portada con el rey que decía: «Cómprame antes de que lo censuren», y metieron en el calabozo veinticuatro horas a dos camareros del bar donde se vendía en Zaragoza.  

No le dábamos tanta importancia a estas cosas. Formaba parte del juego. Cagarse en la autoridad es un rollo muy español, aunque luego todos nos sometamos a la autoridad. No he visto un país con más republicanos donde la monarquía dure tantos años. Hay un libro de la Guerra Civil, El laberinto español de Gerald Brenan, que explica muy bien cómo somos. Un viajero francés del siglo XVIII afirmaba que la primera revolución en Europa se produciría en España por el cabreo y la falta de respeto con que los sirvientes hablaban a sus amos. Lo que no entendía el pobre gabacho es que somos un país donde el proletario puede ser igual de conservador que las clases dirigentes.   

¿Te acuerdas cuando se secuestró El Víbora en Venezuela en el 94?   

Ese sí fue un momento de preocupación de verdad. Teníamos miedo de que le pasara algo al distribuidor con el que trabajábamos allí. Hubo tensión. En España nos daba igual lo que editábamos, nos podían poner una multa como mucho, y El Víbora se suponía que tenía que molestar. ¡Si no lo hacía, vaya mierda de revista era! Pero en aquella Venezuela era más peligroso. Bueno, en esta también…  

¿Y el secuestro de Psychopathia Sexualis de Miguel Ángel Martín en Italia?   

Sí, pero no recuerdo cómo reaccionamos ni nada. En Italia y Japón, Miguel Ángel es una superestrella. Como artista, es uno en un millón. Jordi Costa decía que si a alguien se le caía un billete de cinco mil pesetas en su cerebro nadie se atrevería a cogerlo. Rubber Flesh lo teníamos que haber promocionado más, no nos dimos cuenta de lo importante que era.   

Conociste a Crumb y su familia en Angulema.  

Aline era un encanto y él, un freak de mucho cuidado. Lo interesante de Crumb es que su leyenda no va a dejar de agigantarse. Es la versión muy mejorada de Woody Allen. Por mucho que lo quieran atacar por cuestiones prosaicas, está mucho más allá. No hace comentario social ni coyuntural, es mucho más genial que eso. Ha plasmado sus fantasmas de una manera hiriente e hilarante a un tiempo. Ya era un tío que se reía de los hippies en plena era hippie. Te produce una carcajada histérica. Hay una actitud anarquista en él. Para mí es el más grande.   

¿Te ha gustado su Génesis?   

No. Ni lo he leído. Soy un lector de cómics muy irregular. Peter Milligan, por ejemplo, lo devoro. Pero algo tan contemplativo a primera vista como el Génesis… Hay mucha obra maestra que no me atrae. A Joe Sacco no sé dónde le ven la gracia, la verdad. Será porque denuncia muchas cosas y eso es un valor en sí. A base de denunciar te haces un nombre. Pero, gráficamente, ¡qué aburrido! A mí el Crumb que me gusta es cuando dibujaba historietas cítricas como «Si los negros gobernasen América» o su variante con judíos. Ese material hoy sería una bomba atómica si se recuperara.   

Una vez contaba que Spiegelman se había enfadado con él por algo de esto. ¡Claro! Crumb es un alma libre y Spiegelman es un burgués sujeto a las leyes del buen gusto. A mí el buen gusto burgués no me gusta. Voten lo que digan que voten, son conservadores en esencia.   

A mí dame pop. Es lo que me encanta de la discusión de Frank Miller con Will Eisner, un autor acomplejado en el fondo. Eisner decía que el cómic debía luchar para parecerse a la literatura y obtener su mismo reconocimiento institucional, y afirmaba, sin que le temblase la voz, que la forma de conseguirlo era tratar temas serios. Me parece tremendo decir eso. Es ridículo. Aunque también es ridículo que yo critique a Eisner, que tenía más talento en su dedo meñique que yo en todo mi corpachón de mozárabe. Pero yo, al leerle, no podía evitar pensar: «¿No te das cuenta de que agachas la cabeza ante la literatura como si tú cultivaras un arte menor?». Ahí Miller, con respeto de discípulo, le decía que se equivocaba, que él solo quería formar parte de la cultura pop. Miller, pese a sus ideas políticas arcaicas, es por talante artístico mucho más moderno que todos, incluso que su maestro Will Eisner. Él sabe que formar parte del imaginario colectivo, de la cultura pop, es la más noble recompensa que un artista puede obtener. ¡Y que estar metido en una vitrina para ricos no sirve de nada cien años más tarde!   

Es igual que las críticas de H. P. Lovecraft a Robert E. Howard, el creador del personaje Conan el Bárbaro. Eran amigos de correspondencia y discrepaban cordialmente. A Lovecraft le molestaba que un salvaje fuese el héroe de los relatos de Howard y el imperio de Aquilonia, la civilización que él admiraría, el enemigo a derrocar. Y Howard le decía que lo que molaba era el instinto natural frente a la muerte del instinto que predica el civilizado decadente como Lovecraft. Yo soy de Howard. Porque luego, al final, resulta que el civilizado, Lovecraft, tenía un gato que se llamaba Niggerman y era un supremacista blanco confeso. Sin embargo, el salvaje, el que venía de un extracto social más rudo y vulgar, Howard, un patán de pueblo como yo, supuestamente insensible y hecho a la vida mundana, ve que un día se le muere su madre e, incapaz de soportar la realidad, se mete un tiro en la boca. Se mató a los treinta años. ¿Quién es el bárbaro y quién es el civilizado, el racista urbanita o el pueblerino torturado? La relación entre ambos es muy interesante. Yo siempre he estado del lado de Howard, aunque fuese peor escritor en lo formal que Lovecraft.  

De Clowes, cuando lo publicaste por primera vez, dijiste: «Vamos a intentar poco a poco inyectaros el mono por este Crumb psicotrónico y sus desquiciadas historias».

A los lectores les encantó Clowes desde el primer momento. Se portó muy bien conmigo cuando lo conocí en Oakland. Un caballero. Hoy sus cómics siguen siendo modernos y estimulantes. Es muy amigo de las estrellas de cine. Lo puedes ver en sus redes sociales. Los actores que quieren ir de auténticos buscan la foto con él.   

Burns.  

Siempre mantuve la distancia con Burns. Me gusta su obra, pero como personalidad me parece impermeable en los eventos. Y además mi corazoncito indie está con Chester Brown. Louis Riel me parece una obra maestra. Nadie puede concebir algo así desde un punto de vista racional. A mí me gustan los autores que no puedes explicar, como él. Es un tío que está muy enfermo.   

Los artistas enfermos, los que están por encima de la moral de una época, son los buenos, porque realmente explican la condición humana sin plegarse a su tiempo. Eso sí, no me gustaría ser Chester Brown. No me gustaría estar en su pellejo. Debe ser muy jodido. Otros, como Johnny Ryan, me parecen que provocan por provocar. Un bluf. El verdadero provocador no puede dominar esa faceta de su personalidad, Ryan lo calcula para triunfar en la vida.   

¿Tomine?   

Me aburre. Es un niño universitario que quiere ser Clowes. El artista universitario que te cuenta que se aburre… Creo que está muy sobrevalorado. Ese rollo Raymond Carver no me pone nada.  

Tu gran fichaje y descubrimiento fue Peter Bagge. 

En mi vida hay dos hitos. Una foto que me hice con Mel C de las Spice Girls y el día que conocí a Peter Bagge. La primera vez que nos escribimos me envió un Zippo de su personaje Buddy y me emocioné. Traduzco su obra desde el 93 y he aprendido un montón de sus cómics.   

Cuando descubrí Odio en Estados Unidos, lo fascinante fue hallar su sintonía con la nueva historieta española. Era el mismo lenguaje con el que nosotros queríamos hablar. No resultaba algo premeditado, nos preocupaban las mismas cosas de modo espontáneo: igual que el primer Víbora nació de gente que estaba hasta los cojones del franquismo y la libertad les salía a chorros.  

Me traje la serie de la Convención de San Diego, en el 92, y el dibujo me parecía un poco difícil, soy muy prejuicioso gráficamente, pero cuando empecé a leerlo fue: «¡Esto hay que publicarlo!». Le comí la olla a Emilio, que no confiaba porque decía que era un cómic muy feísta, y decidió que lo tradujera yo en pequeñas dosis para El Víbora y, si dentro de la revista no funcionaba, adiós muy buenas.   

Se nos criticó, con razón, por despiezar las historias, cada mes dábamos entre ocho y once páginas de historias de veintidós o veinticuatro. Con tan mínima dosis, tuvo mérito tener tan enganchada a la gente, que se volcó con Buddy Bradley y Odio. Curiosamente, Bagge dice que en España es donde más reconocimiento tiene su obra. Su última novela gráfica, Fire!!, es una maravilla.   

Ralf König tuvo también un valor muy importante. No había nada en los noventa donde uno pudiera acceder a la cultura homosexual, ya fuese sobre vida en pareja o sobre cruising, como en sus historietas. Ahora lo llaman visibilidad.   

Contaba su vida tal y como era, y encajaba muy bien en nuestra línea. Era un reflejo muy real del colectivo gay de aquel entonces en Europa. Sigue siendo uno de los puntales de Ediciones La Cúpula. ¡Era una fiesta publicarle! Yo lloraba de la risa leyéndolo. Cuando venía a España nos lo pasábamos genial. El tío era muy militante homosexual, a veces inflexible con otros enfoques, pero tenía mucho sentido del humor. De los pocos autores extranjeros que podían ser tan destroyers como los españoles. 

¿Por qué dejaste El Víbora?   

En 1998 tuve una depresión muy bestia. Años antes sufrí una crisis nerviosa, con taquicardias, pensaba todo el rato en suicidarme. Fue muy duro, me aterrorizaba no poder controlar mi pensamiento, mi cerebro me aseguraba que en el fondo yo me quería matar. Era una lucha diaria contra mi mente, no podía pasar por una ventana abierta porque pensaba que me iba a tirar, o esperar un tren en el andén, o ver un cuchillo en la cocina. Hasta que me di cuenta de que mi miedo generaba esos impulsos de autodestrucción, fue un año entero terrible.  

Sus secuelas psicológicas y mi sentimiento de que en El Víbora no me quedaba nada más por aprender motivaron mi decisión. El sueldo era moderado y estaba inmerso en la rutina. Ya recuperado de mi crisis, me fui a escribir mis cosas, absolutamente convencido de que iba a triunfar como escritor, que la gente y los medios en España recibirían mis libros con los brazos abiertos. Y me comí unas hostias…   

Si El Víbora no llevaba en portada el dibujo de una chica, no vendía.  

Era una fórmula que habíamos asumido. El underground no daba en número de lectores y teníamos que buscar un arraigo en el erotismo. A mí me parecía ridículo, pero era así. Fantagraphics en Estados Unidos tuvo que sacar Eros para sufragar todo lo demás. Es absurdísimo que El Víbora vendiera más por esas portadas —que hasta mi querido Paco Roca estuvo dibujando tías en bolas—, pero por otro lado me duele mucho que nuestra revista porno hermana, Kiss Cómix, haya pasado al olvido cultural, con el buen material que se publicó allí. ¡Y el éxito que obtuvo durante veinte años!   

A Solano López, ya septuagenario, le brillaban los ojos al poder dibujar porno en Kiss. Y también estaba Ferocius, un chileno loco… Era un material muy bueno que La Cúpula ha recogido esporádicamente, pero que no genera el interés de la prensa. Es clasismo cultural. Al erotismo lo han despreciado por igual la derecha y la izquierda. Exportamos ese tipo de macho universal católico como el plasta de Unamuno y no sabemos nada de la movida paralela española de aquellos años veinte: marica, libertina, procaz…  

¿Qué pasó con Todas putas?  

A Miriam Tey, mi editora, la nombraron directora del Instituto de la Mujer y venía de publicar Todas putas. Fue un mal timing. Le puse ese título porque me gusta mucho la novela negra. Con once o doce años había leído Todos muertos, de Chester Himes, y me encantaba, así que dije: Todas putas. Fue una acción muy inconsciente. La prensa entendió el tono satírico de los relatos. Pero más tarde un periódico sacó un artículo titulado «El libro de las violaciones», relacionándolo con Tey y su cargo público. Y se montó el jaleo. Me defendieron veinte mil amigas feministas, pero… Esos tíos que pecan de aquello que critican me utilizaron de tentetieso. La realidad es que yo siempre he molestado más a los lectores masculinos que a las lectoras. Ellos siempre parecen incómodos cuando describo el rollo heterosexual jodido de los hombres. Lo que aprendí con todo esto es que debo ser tan hipócrita como los que fueron a por mí, que esa es su forma de prosperar. ¡Y a ellos les va muy bien mintiendo! Eso sí, siempre seré leal a Miriam Tey. Es una persona magnífica, sin doblez y de una integridad admirable.  

Olimpita fue un cómic social, un poco noir, ubicado en el mercado de la Albacería, en Gracia.  

Por él me invitaron a una charla en el barrio barcelonés de Gracia con Joan Marín y Jaime Martín. Era en un centro ATTAC, que a mí me sonaba a videojuego o a Mars Attacks. No sabía que era una asociación con vínculos políticos, yo creía que se trataba de una casa de cultura. Estábamos sentados hablando y alguien del público me preguntó qué opinaba de la incipiente crisis. Se me ocurrió decir sinceramente que la veía como algo muy positivo porque serviría para que nos superásemos a nosotros mismos, porque somos una generación muy inmadura, que habíamos vivido en una cápsula de confort. De pronto la gente empezó a levantarse airada, me tiraron una silla y se pusieron a gritarme que era un inconsciente insensible porque mucha gente estaba sufriendo. Una chica embarazada me increpó de pie y se puso a llorar. Me quitaron la palabra entre insultos… Yo pensaba: «¿Dónde coño vivo? ¿Entre talibanes?». Creo que eran comunistas, aunque todavía no lo tengo muy claro. Si no me agredieron fue gracias al rapapolvo que les echó Joan. Luego sus responsables nos quisieron invitar a cenar para fingir un talante demócrata, pero el daño ya estaba hecho.   

En Nuevas Hazañas Bélicas ¿querías provocar o rescatar un género?   

Nunca he querido provocar, soy como los escorpiones, me sale de nacimiento. En Glénat encontré el aliado perfecto para plantear proyectos locos: Joan Navarro. Lo triste de la cultura española es que cada generación olvida lo que ha hecho la anterior. Por eso nuestra cultura popular ya no es popular pasados veinte años. Primero quise rescatar El cachorro de Iranzo, pero no pudimos comprar los derechos. Pedían una millonada de forma absurda. De ahí surgió la idea de al menos comprar la marca de Hazañas bélicas. 

Mi sueño era llevar a cabo lo que su autor, Boixcar, nunca pudo hacer, que era situar las historias de la serie en la guerra civil española. Él tuvo que ubicarlas todas en la Segunda Guerra Mundial. Sus protagonistas eran estadounidenses, ingleses o alemanes, que se turnaban como héroes. Los japoneses eran siempre villanos, era un poco racistilla en eso. Pero comunicaba cierto mensaje pacifista en sus tebeos, un talante comprensivo con el enemigo. Yo quería trasladar ese mensaje pacifista a la guerra civil, porque tampoco se cuentan nunca las historias desde el punto de vista de los dos bandos. Se publicaron en un formato apaisado con doce páginas en blanco y negro, y cada cuaderno costaba cinco o seis euros. Fue un suicidio comercial, pero maravilloso. Y yo escribí más de veinte Hazañas Bélicas a lo largo de todo un año, para que las dibujaran autores de ensueño como KimVentura, Monteys, Vizuete, Piñol, Sáez, Seguí…  

Antes hicimos dos álbumes de formato francés. Unidos en la División,sobre una monja catalana violada por milicianos que se va a matarlos a Rusia haciéndose pasar por hombre enrolada en la División Azul. Muy tarantiniano, con Bernardo Muñoz haciendo un dibujo cojonudo. Y el otro del bando rojo, Dos águilas de un tiro, lo protagonizaba un republicano inspirado en mi abuelo, que fue un picador de Mieres que estuvo en la Revolución de Asturias y fue condenado a muerte en la guerra. La historia iba de un minero asturiano cabreado, a cuya esposa han matado las tropas de Franco, que para vengarse decide irse a Hendaya a asesinar al dictador en su encuentro con Hitler. Un rollo pulp con un republicano de por medio con un par de cojones como para irse hasta allí a acabar con el caudillo, Hitler le daba igual [risas]. Lo dibujó uno de mis autores españoles favoritos, Carlos García, Perro. Cuando salieron los dos volúmenes, Navarro me dijo que eran dos de los cómics más bonitos que había editado en toda su carrera.   

Has hecho muchos guiones de cómics, pero Plagio es una novela gráfica especial.

Todas putas me cerró todas las puertas. No fui consciente hasta que Paco Camarasa, el editor de cómics valenciano, me dijo claramente: «Nunca te van a querer mientras sigas firmando tus obras con tu nombre, nunca se van a atrever a escribir bien de ti». Sí que me daban por ahí palmaditas en la espalda en privado: «Siempre tiene que haber alguien irreverente como tú, está bien lo que haces». Pero en público… casi nadie me apoyaba. Entonces me fui de España y todo mejoró.   

Un día estaba pensando qué serie de fantasía escribir y mi entonces esposa me dijo: «¿Por qué no paras de inventar chorradas y escribes sobre mi secuestro?». La habían secuestrado y mantenido cautiva durante tres días cuando tenía dieciocho años, en Lima. Se trataba de una historia muy fuerte, y la vida de Melina había peligrado. Además, uno de los secuestradores era familiar político suyo. Yo había respetado siempre su silencio sobre el tema. Por humildad, la iniciativa de contar su experiencia no hubiera partido de mí nunca. Pero ella me lo pidió.   

Mis suegros me facilitaron las transcripciones de los interrogatorios a los secuestradores y sus llamadas telefónicas grabadas exigiendo el rescate. Estaba todo detallado, los movimientos que habían hecho, los momentos de frustración en que se plantearon ejecutar a Melina… Por un lado, ella quería contar su experiencia y yo intenté transmitir mi amor por el Perú, pero no en plan: «Ay, pobres, qué mal lo pasan en el Tercer Mundo, vamos a denunciar su situación». No con esa mierda de fórmula de hacer sentir bien a los europeos con mensajes condescendientes.  

Tenía claro que con Plagio no debía seguir una senda narrativa ni emocional tipo fórmula a lo estadounidense. No idealizo a Melina, la retrato tal y como es, dura y práctica, gracias tal vez a lo cual sobrevivió. Y sentía que el resultado tenía que ser así, crudo y sin paternalismos. Pero sí, hay mucho amor a Latinoamérica en ese cómic y Joan Marín hizo un trabajo increíble en sus doscientas cincuenta páginas.   

Tuviste un episodio como director de cine, pero terminó mal. Hiciste una denuncia pública a la productora que te contrató. 

Una productora había rodado una película que había quedado fatal y me pidieron que escribiese el guion de otra que pudiese aprovechar un 40 % de ese metraje. Fue un reto y me apetecía. Inventé una historia sobre un tío que tiene un accidente, pierde la memoria y se olvida de que es gay. Creo que era una idea de partida muy divertida.   

Pero todo el proyecto era una estafa. Más tarde, otro productor me llamó y me explicó el proceso del fraude. Estos tipos pedían una subvención al Ministerio de Cultura por dirección novel y el Ministerio les cubría un tercio del presupuesto presentado. Declararon que mi peli les había costado un millón de euros, pero en realidad habían gastado solamente cien mil. Ahí ya ganaban. Luego iban a la Generalitat y declaraban que la película era rodada en catalán, cosa que era falsa. La subvención por rodaje en idioma catalán era de unos ciento ochenta mil euros, creo recordar. Ahí volvían a ganar. Proyectaban después la peli en un pueblo perdido para justificar en los papeles institucionales que la habían estrenado, y se acababa el tema. A cambio de cien mil euros invertidos en un rodaje, obtenían cinco veces más de las instituciones públicas. Esto lo hacían repetidamente con distintos proyectos de directores noveles. No hacían promoción de las películas porque luego ni siquiera existían oficialmente.  

Pero tú la hiciste.  

La presenté en el Festival de Gijón, donde no la quisieron, pero en Sitges sí que la aceptaron. Cuando se enteraron mis productores, me llamaron corriendo para avisarme asustados de que a la prensa tenía que decirle que el filme estaba rodado en catalán, puesto que habíamos obtenido una subvención de la Generalitat por peli rodada en ese idioma. Me ordenaron: «Di que está tan bien doblada al castellano que parece que hasta está rodada en castellano, pero que el idioma original es el catalán». Me sentía como un personaje de Ibáñez: ¿Cómo les iba a decir eso a periodistas especializados, cinéfilos de toda la vida, en una rueda de prensa? Obviamente, denuncié públicamente todo, gracias a los periodistas Luis Alemany y Luis Martínez.   

Nadie podía escribir de la película porque no se había avisado a la prensa de su estreno, pero mis productores organizaron un falso pase de prensa para contentarme, al que solamente acudieron Jordi Costa y Fausto Fernández ¡porque yo les había avisado! Los medios se negaron a hablar del filme porque no hubo notificación oficial de su estreno. Todas las instituciones del cine español me dieron la espalda en mi denuncia pública, excepto algún productor a título personal. Lo único que logré fue retirar para siempre a esos falsos productores. Y una mañana me llegó un correo de un personaje muy destacado del cine español que me recomendó, «como amigo», que no siguiera con este tema, que estaba perjudicando a los profesionales de nuestra industria. Su tono me asustó.

Pero, de ser así todo esto, ese dinero destinado a una producción fantasma, aparte de al Estado, a quien se lo estaban quitando era al cine español y a sus profesionales, ¿no?

Presuntamente hay muchos años de millones de euros robados en la industria cinematográfica y nadie se atreve a destaparlo. Miran para otro lado. Incluso con la crisis. Hace unos meses se llegó a escribir en un diario nacional que, si se iba a perseguir como delito una presunta corruptela que implicaba al director actual de la Academia de Cine, habría también que meter en la cárcel a la casi totalidad del cine español. Como si un delito, al cometerlo muchos, dejara de ser delito. Delirante.  

¿Cómo surgió Tatuaje, tu adaptación de Carvalho, el detective de Vázquez Montalbán?   

Empieza con una borrachera con Daniel Vázquez, el escritor y periodista, hijo de Manuel Vázquez Montalbán. A la una de la mañana alumbré la idea de llevar a Pepe Carvalho al cómic. Elegí Norma, que creo que es una editorial de cómic que funciona a la perfección para un proyecto de estas características; ellos aceptaron mi propuesta y juntos escogimos como dibujante a Seguí, que es un dibujante magistral y había vivido el rollo barcelonés de los setenta.   

Al principio lo que me motivaba era vindicar la memoria cultural y el género negro propio. Obviamente, Carvalho es el detective más importante de la literatura española. Como antecedentes, la serie en televisión con Eusebio Poncela está muy bien, aunque Montalbán se quejara en su día en la prensa de que la habían convertido en un nido de sexo, pero no íbamos a utilizar un referente audiovisual como fuente de inspiración extra.

¿Qué referencias visuales tomasteis? 

Solo he revisado la película de Bigas Luna, que es muy interesante, y adoptamos el modelo de Luis Ciges como Bromuro, aunque Seguí siempre lo lleva a su terreno para apropiarse de cada personaje, como debe ser. Para Carvalho, el modelo inicial ha sido el actor Ben Gazzara, porque me dijeron que era el que le gustaba a Montalbán para representar ese papel. La verdad es que Gazzara sí que da mucho el rollo de charnego gallego cabrón [risas]. Y Seguí al final ha hecho una mezcla de Ben Gazzara y Burt Reynolds que me flipa… Soy muy fan del cine setentero de Reynolds, Alain Delon, Lino Ventura y Charles Bronson. Mi amor por el euronoir también se vierte en Tatuaje.   

En el guion, siempre tuve claro que tenía que ser muy fiel a las novelas y que la esencia del verdadero Carvalho debía volcarse en el cómic. Lo interesante era la época, la política, lo social, el cinismo y el sexo. Sus puntos de vista. Si quito eso, quedan solo casos criminales. Montalbán pillaba el esqueleto de una trama policiaca para contar otra cosa, que para mí son los Episodios nacionales de los setenta. Carvalho, ya en el 74, pensaba que iba a salir todo mal en este país. Era un desencantado. No albergaba esperanza para España. Me encanta ver cómo el pasado rebota en el presente.  

Acabas de sacar Hazañas eróticas del Cuarentón Hijoputa.  

Yhay gente que por el título no lo compra, me han dicho. Esto surge de una colaboración para una revista, Primera Línea, que tuvo una trayectoria muy parecida a la de El Víbora: es una publicación mensual con reportajes eróticos y crónicas inventadas de encuentros sexuales para calentar o para divertir al personal. Yo estoy dentro del segundo grupo. No excito, divierto.   

El sexo es verdad que está presente en toda mi obra, no de forma premeditada, pero para mí lo explica todo. Enrolamos a Sequeiros como ilustrador de esos textos, y parecía que nuestra sección no iba a durar, pero siguió y siguió… y aún dura después de más de cuatro años. Y ahora es un libro de cuentos e ilustraciones, excelentemente editado por Dibbuks.  

Son relatos eróticos, pero hablan mucho de la sociedad.

El Cuarentón se convirtió en una especie de personaje surrealista con el que esbozo un esperpento de la sociedad española. De encargo banal, ha pasado a ser mi legado crítico del país. Es la columna que no me atrevería nunca a escribir ni ningún diario se atrevería a publicar. Les está encantando a los periodistas y confieso que eso me da un poco de miedo…   

Ahora a todo el mundo le aterra hablar de sexo, cuando fue la punta de lanza del progresismo. Actualmente, el tradicionalismo se disfraza de todo, de derecha o de izquierda. El discurso oficial se lo ha montado muy bien para que el hombre y la mujer recorran un pasillo juntitos y acaben empujando un carrito, el del niño y el de la compra. Lo guay es la pareja estable convencional, pasar por el aro de la hipoteca, el préstamo, los trabajos precarios… que todos sigamos la misma senda de hastío colectivo. Y eso que ya no está la amenaza del sida como antes… pero ir uno a su bola, pasar de la descendencia y ser independiente está peor visto por más sectores que antes. Por suerte, siempre nos quedará mi Cuarentón Hijoputa, o Samantha de Sexo en Nueva York, que el día de su cincuenta cumpleaños decide dejar a su novio para seguir follando.


Gastronomía en viñetas

El gourmet solitario.

La comida, y la versión civilizada de la misma, la cocina, es algo tan básico en la vida de las personas que resulta sencillamente imposible que no aparezca en obras de ficción, ya sea como protagonista o como un elemento más de la narración. Yuval Noah Harari señala en su libro Sapiens que la nuestra es una raza de cocineros y que, según algunas teorías, el descubrimiento de la cocción provocó una disminución del tamaño de los dientes y del intestino, lo que ayudó al aumento del cerebro (temas de energía, al parecer). Al poco de esto, si no a la vez, el ser humano empezó a hacer algunas otras cosas extrañas, como pintar lo que creemos que son historias en las paredes de cuevas y tallar en madera y huesos formas reconocibles de animales, de humanos e incluso mezcla de ambas. No sería demasiado atrevido decir que cocina y arte surgieron al mismo tiempo.

La cocina ha estado siempre presente en la ficción y el arte. La afición por la comida de Cervantes se filtra en el Quijote (la olla podrida aparece no pocas veces), el bodegón en la pintura supone un género en sí mismo. Ya sea como excusa o elemento narrativo (el Quijote) o como absoluto protagonista (el bodegón), la cocina siempre ha estado ahí cuando el ser humano ha buscado expresarse artísticamente. Y en el cómic, obviamente, ocurre lo mismo. A principios del siglo XX, en plena eclosión de la historieta moderna, en la genial creación del norteamericano Winsor McCay, Little Nemo in Slumberland, ante el hambre que sufría en una de sus aventuras oníricas, Nemo devoraba las propias letras del título del cómic. Pocos años antes McCay había creado otro cómic, Dreams of a Rarebit Fiend, donde narraba las pesadillas que el exceso de fondue de queso provocaba en el protagonista.

Pero ha sido en los últimos años cuando ha habido una eclosión de tebeos en los que la cocina ha tomado el protagonismo de las viñetas. No es que antes no hubiera relación, ya se ha comentado el caso de McCay y en nuestro país basta recordar la mítica creación de Josep Escobar, Carpanta, y su eterna e infructuosa búsqueda de alimento, pero con el auge que la gastronomía («el arte de preparar una buena comida», según la RAE) está viviendo desde el encumbramiento de Ferran Adrià, los cómics han ido dando cada vez un mayor protagonismo a los fogones. Por cierto, y ya que sale a colación Adrià, no viene mal recordar, como curiosidad si se quiere, que en Cala Montjoi, donde se situaba El Bulli, descansan las cenizas de Manuel Vázquez Montalbán, que además de dar vida al detective gastrónomo Pepe Carvalho, dio carta pública de validez intelectual (junto a Terenci Moix) a la Escuela Bruguera, donde Carpanta era uno de sus principales personajes.

Este artículo no trata de hacer un repaso exhaustivo a todos los títulos que en los últimos tiempos han dado cobijo en sus viñetas a las cocinas, pretende más bien dar un paseo por una serie de obras que reflejan cómo el cómic ha tratado el apasionante mundo del buen comer y también del buen beber, reflejando tanto la cocina de autor más vanguardista como la más tradicional, la española y la de países como Japón o Francia. Un jugoso recorrido repleto de delicatessen, dibujadas y cocinadas.

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Un buen título por el que empezar es ya un clásico indiscutible, El gourmet solitario, de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi, cuyas dos partes han sido editadas en España por Astiberri. En este tebeo, bajo la excusa de los viajes de trabajo del protagonista, un joven autónomo, los autores realizan un espectacular recorrido por la gastronomía japonesa. Son historias cortas en las que el protagonista se va encontrando en diversos lugares de Japón buscando un lugar donde comer. A partir de esta excusa argumental tan básica y efectiva en este caso, los autores despliegan toda la riqueza de la cocina japonesa. Van desde a bares de barrio, donde degustar un salteado de cerdo con arroz junto a berenjenas encurtidas y un caldo tonjiru, a la comida preparada, como un jetbox de shumai, que se calienta solo, para comer en el tren bala, pasando por el menú de la casa de un restaurante de comida ecológica compuesto de sopa de miso con hojas de nabo y tofu frito, zanahoria y setas shiitake, y una especie de plato combinado de espinacas cocidas con aliño de salsa de soja, nabo adobado en salvado de arroz, algas hijiki cocidas, sardinas al estilo europeo con salsa y ensalada de patatas, y ya de postre, por ejemplo, un mamekan, a base de judías negras y grandes, sirope de azúcar moreno y gelatina de agar. Y esto solo es un pequeño ejemplo de los menús que se despliegan en el cómic. Todo un repaso a la cocina real japonesa, muy alejada del concepto típico que en Europa tenemos de la misma. El gourmet solitario es un magnífico tebeo de lectura más que agradecida y que provoca unas irresistibles ganas de abalanzarse sobre algún buen restaurante japonés, especialmente si pertenece a la nueva cocina japonesa que se está desarrollando en nuestro país en restaurantes como los Kabuki de Ricardo Sanz en Madrid o el Koy Shunka en Barcelona. Es además, para los afortunados que visiten Japón, una guía impagable de su comida.

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En la cocina con Alain Passard es otra obra maestra, que esta ocasión llega de la mano del imprescindible autor francés Christophe Blain, editado, también, por Astiberri. En esta ocasión se salta a la cocina francesa de vanguardia y los dibujos de Blain se meten de lleno en el parisino restaurante del chef Alain Passard, L’Arpège, con tres estrellas Michelín. Blain realiza un documental en viñetas sobre la filosofía culinaria del cocinero y su fascinación y trabajo con las verduras. El cómic tiene dos tipos de contenidos, por un lado representa en viñetas algunas de las recetas que propone Passard y por otro retrata la filosofía del cocinero francés, su trabajo con sus colaboradores en el restaurante, e incluye un viaje a cada uno de los dos huertos que posee el cocinero, uno en Normandía y otro en el Sarthe. Al finalizar el álbum, que Blain tardó tres años en dibujar, Passard había comprado un tercer huerto, en la bahía del monte Saint Michel. Blain consigue magistralmente transmitir la filosofía de la cocina de Passard, especialmente a través de las conversaciones que ambos mantienen, tanto en el restaurante como en el huerto de Normandía, y de las recetas, en las que muestra al chef en pleno proceso creativo. Vemos al cocinero componiendo sus platos, montando sabores, formas y colores, jugando con las materias primas y las diferentes técnicas de elaboración como un pintor juega con los pinceles y los colores. Blain se recrea en las elaboraciones mostrando el juego que propone el chef, como en el «cogollo de repollo crudo al parmesano» o en la «fondue de cebollas blancas a la acedera», «habitas de queso de cabra fresco», «chutney de ruibarbo rojo», el «carpaccio de langostino al cebollino» o la «piña en aceite de oliva, miel y limón». La lectura de este cómic, además de abrir el apetito y ser un magnífico reclamo para el L’Arpège, es una delicia en sí misma y un ejemplo de la complejidad de temas que con habilidad y oficio se pueden tratar desde la historieta. Es también una explicación clara y concisa de qué es la cocina de autor, donde la maestría y la creatividad conviven en unos platos irresistibles. Como postre se puede ver el episodio dedicado a Passard en la serie documental de Netfilx The Chef´s Table France, en el que aparece, además del propio Passard, Cristophe Blain.

Solo con estos dos ejemplos, El gourmet solitario y En la cocina con Alain Passard, queda constatada la capacidad del cómic para adentrarse en terrenos culinarios. Una extraña mezcla esta de viñetas y cocina, que, sin embargo, funciona con la misma enjundia que el pan con tomate. Las historietas que se comentan a continuación no hacen sino reforzar esto mismo, ofreciendo además otras visiones sobre la cocina, enriqueciendo el guiso, que diría alguno.

Mención especial merece el cómic publicado por la editorial 3 Pintamonas, tanto en versión digital como en papel, Abastos, basado en una idea de Raúl Marinho, escrito por Francisco José Abelleira y dibujado por Pedro J. Colombo, Víctor Rivas, Beatriz Iglesias y Sagar Forniés. La singularidad de este cómic respecto al resto de los aquí comentados está en que la cocina no es la protagonista absoluta, sino que está totalmente integrada en la historia, forma parte del paisaje y de la vida de los personajes de esta obra coral; un pescadero del mercado de abastos de Santiago, una estudiante que entra a trabajar de friegaplatos en un restaurante, los dueños y cocineros del mismo y clientes del pescadero, su mujer y su hijo… Una historia que habla de los efectos de la crisis, de la solidaridad y también de comida. Los autores integran los platos y la cocina dentro de la historia, como un elemento más de la narración, encajándolo ya sea en la vida cotidiana de los personajes, como en el caso del pescadero, que se ve obligado a aprender a cocinar tras sufrir su mujer un ictus, como en la faceta más profesional, donde los chefs explican a su nueva friegaplatos su filosofía culinaria, basada en los productos de calidad y de proximidad. Además, al final del cómic se incluyen las recetas de los platos que van apareciendo por sus páginas, como el sashimi de sargo, el tartar de vaca, los choquitos con gallo asado o la sardina con higos. Y, por si fuera poco, cuenta además con un texto que cierra el cómic del gran Diego Guerrero. Abastos es en cierto sentido el contrapunto a El gourmet solitario y a En la cocina con Alain Passard: si en estos dos la cocina ostenta el protagonismo absoluto, en Abastos en cambio es una pieza más, de las más importantes, eso sí, de la historia.

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Cambiando totalmente de registro, A comer y a beber, del también francés Guillaume Long, editado por Sinsentido primero y por Salamandra después, resume y demuestra la versatilidad del cómic a la hora de tratar el mundo gastronómico. En los dos volúmenes que componen hasta el día de hoy esta obra se incluyen las entradas, todas en forma de cómic, que el autor desarrolla en el blog que gestiona en la versión digital del diario francés Le Monde. Ambos volúmenes tienen la misma estructura, bloques de historietas enmarcadas en las cuatro estaciones, más historietas intercaladas sobre viajes o anécdotas culinarias. Sin llegar a la maestría de Blain y teniendo en cuenta que no es un volumen único, sino una recopilación de entradas de un blog (el conjunto adquiere una cierta sensación de batiburrillo), Guillaume Long consigue ofrecer un tebeo divertido, entretenido y además útil para los amantes de cocinar. Entre receta y receta Long intercala algunas de sus obsesiones gastronómicas, el buen café o los rábanos negros, por ejemplo, además de detallar los descubrimientos gastronómicos de sus viajes por Estocolmo, Venecia o Budapest. Y, para los que dominen el francés o simplemente quieran ver el blog de este autor, aquí lo tienen.

En una línea más tradicional, tanto desde el punto de vista del cómic como de la cocina que representa, está La cocina de Naneta, de Nob, editado por Dibbuks. Un tebeo entrañable en el que la encantadora anciana Naneta ofrece una serie de recetas más o menos tradicionales aderezadas con bastante humor. La serie de Naneta en la que Nob narra las peripecias de esta adorable anciana está dirigida a un público familiar y posee un tono dulce que hace de la lectura de estos tebeos una experiencia sutilmente naíf. Y este tomo dedicado a la cocina no se queda atrás. Las recetas que Nob, a través de Naneta, ofrece en viñetas invitan a cocinar en familia o con amigos, muestran una cocina divertida en la que se comparten no solo alimentos y platos, sino experiencias. El cómic, con los dulces como principales —aunque no únicos— protagonistas, se abre con una receta de arroz con leche y se cierra con un tronco de Navidad; por el medio destacan el ratatouille, la tarta de tomate, la crema de calabacín o el trinxat de la Cerdanya. La cocina de Naneta es un tebeo donde perderse entre platos.

 

Mención aparte y destacada merece Los bajos de la alta cocina, divertido y gamberro tebeo que Álvarez Rabo realizó «por culpa» de Andoni Luis Aduriz para celebrar los diez años de su restaurante Mugaritz y que fue editado en 2008 por Gourmandia. Este cómic es, como lo define el propio autor, un ensayo crítico-patético sobre la alta cocina en el que, además de contar con un jocoso prólogo «del» Ferran Adrià, Rabo repasa algunos tópicos de la cocina vanguardista, como la «tontolaba family», parodia de los seguidores de las sugerencias del semanario de moda del momento y que, además de pedir también el menú degustación para los niños, se llevan todo el papel higiénico y toallas de los aseos para compensar la elevada cuenta. O la historieta en la que el crítico que primero pone a parir el restaurante, tras entrar este en la lista de los cincuenta mejores del mundo, lo sitúa como el epítome del futuro de la cocina; y no podía faltar la ya típica mesa redonda mediática sobre cocina. Tampoco podía faltar como personaje el propio Aduriz, que en una delirante historia llega a cocinar una pierna amputada de Ferran Adrià. Un compendio de historietas locas, casi surrealistas, que le sirven al autor para ofrecer una visión paródica y crítica de la moda de la cocina de vanguardia que nos inunda, para separar el grano de la paja y dejar claro que, al final, lo importante es comer y trabajar bien y con honestidad.

Como contraste a Los bajos de la alta cocina, está el cómic de Javi Royo, Martín Berasategui y David de Jorge: aventuras, desventuras y recetas de un 7 estrellas Michelín y del cocinero que pilota ese programa de TV que se llama «Robin Food», editado por Debate de Penguin Random House. Un particular paseo por la historia personal y profesional y el concepto de la cocina de Berasategui y De Jorge de la mano de un Royo en estado de gracia narrativo. Un tebeo casi biográfico de los dos cocineros lleno de humor y de jugosas reflexiones en torno al oficio de cocinar.

Con esta selección, cualquier aficionado al buen comer podrá acercarse al cómic culinario sin ninguna precaución. Hay lecturas entretenidas y originales con las que aventurarse por visiones diferentes y complejas de la cocina, desde la más tradicional a la de autor, realizadas con conocimiento y maestría. E incluso se pueden seguir algunas de las recetas incluidas en varios de los títulos. En resumen, un manojo de buenos tebeos que llevarse a los ojos.


Cien cosas que amo de los tebeos

17 de febrero del 2005

En la blogosfera comiquera americana se ha extendido como la pólvora imitar el ejercicio nostálgico de Fred Hembeck de enumerar cien cosas que se aman de los tebeos. A partir de la idea inicial, un buen montón de blogueros americanos ha expresado su opinión (y alguno hispano) y a servidor le ha hecho gracia la cosa, no puedo negarlo. Así que me he puesto manos a la obra para hacer mi lista, dejando un poco de lado la razón y el estudio, y buscando más lo primero que se me venía a la cabeza sobre los tebeos. Al releer la lista, me doy cuenta de las muchísimas ausencias o de las inexplicables presencias, pero es lo que ha salido en apenas unos minutos, hurgando un poco por la memoria. El problema es que, como todo ejercicio nostálgico del recuerdo, me acaban de entrar unas ganas terribles de ponerme a leer como un desesperado…

1. El olor del tebeo recién impreso.

2. Descubrir un autor que no conocía antes.

3. El momento de llegar a casa y colocar los tebeos, uno encima de otro y decidir el orden de lectura.

4. Pasar la vista sobre las planchas de Krazy Kat y descubrir cosas nuevas cada vez.

5. Poder discutir sobre las lecturas con los amigos.

6. Leer mil y una vez The Spirit.

7. Sentirme nostálgico con los tebeos de Batman de Sheldon Moldoff.

8. El momento de cerrar el tebeo y pensar en lo leído.

9. Disfrutar con el Slumberland de Little Nemo.

10. Reírme con el Spirou de Franquin.

11. Sentir la vida que desprenden las viñetas de Muñoz y Sampayo en Alack Sinner.

12. El nudo en el estómago que me provoca Maus.

13. Rebuscar en una pila de tebeos antiguos e impregnar mis manos de su olor.

14. Encontrar ese número de un tebeo que andaba buscando desde hace años.

15. Sentir el viento en la cara cuando leo Corto Maltés.

16. Mirar el infinito que dibujaba Giraud en las viñetas de Blueberry.

17. Dejarme arrastrar entre viñetas por las historias de Corben.

18. Perderme en las letras de «Océano Atlántico» con el Philemon de Fred.

19. La sonrisa tonta de felicidad que se me queda cuando leo Calvin & Hobbes.

20. La triste resignación de los niños de Paracuellos.

21. Descubrir que en cada lectura me gusta más el Master Race de Krigstein.

22. Llegar a América con el Príncipe Valiente.

23. Enamorarme de Isa una y otra vez en Los pasajeros del viento.

24. Disfrutar de los cómics de la EC.

25. Maravillarme con Alberto Breccia y todas y cada una de sus obras.

26. No poder resistir la risa con la JLA de Giffen y DeMatteis.

27. Asombrarme siempre de la rigurosidad milimétrica de Watchmen.

28. La seducción de la estructura creciente de La fiebre de Urbicanda.

29. La pasión de la lectura del Adolf de Tezuka.

30. Llorar la muerte de Raven en Terry y los piratas.

31. El surrealismo de Thimble Theatre Popeye.

32. El realismo cínico de Robert Crumb.

33. La fina ironía de Crockett Johnson en Barnaby.

34. Investigar con Alan Moore el Londres de Jack el Destripador en From Hell.

35. Sentarme delante de las librerías y decidir cuál es el tebeo que voy a releer.

36. Descubrir a los Skorpy con Flash Gordon.

37. El tierno cinismo de Luca Torelli, «Torpedo».

38. Las Siete Vidas de Beà.

39. Comprender y reinventar los tebeos con McCloud.

40. Soñar en un mundo de gatos con Gaiman y su Sandman.

41. Conseguir una razón para «odiar Saturno».

42. Repasar las viejas revistas de Comix Internacional, TOTEM, 1984…

43. El DDT de los años cincuenta.

44. La obscenidad voluptuosa de Dave Cooper.

45. La sensación de desasosiego de los tebeos de Maruo.

46.Volver a leer los Cavall Fort de cuando era niño y descubrir de nuevo a Peyo, Fred, Madorell, Xots

47. Las onomatopeyas de Walter Simonson en Thor y los 4F.

48. El Born Again de Miller.

49. El opresivo ambiente de Jimmy Corrigan.

50. Buscar dónde narices meter los Acme Novelty Library.

51. Rellenar el espacio entre viñetas.

52. La locura de Cliff Sterret.

53. La elegancia de Rip Kirby.

54. Todos los tebeitos de Jali, pero sobre A Berta le atormenta la tormenta.

55. Esperar las nuevas aventuras del Capitán Torrezno.

56. «Leer» el color de Miguel Calatayud.

57. El delirio «pop» de Pellaert en Pravda.

58. Llegar a la Luna con Tintín.

59. Cruzar las galaxias con Valerian y prendarme de Lauri.

60. Jugar la peligrosa Partida de caza de Bilal y Christin.

61. Esperar que alguna pirámide aparezca en el cielo y que Nikopol salga de ella.

62. Perderme en Palomar.

63. La sinceridad de Chester Brown.

64. Las historias de Gottfredson y Barks en Mickey Mouse y Donald.

65. El impacto de las fotocopias del primer Nosotros Somos Los Muertos.

66. El viaje interior de La ascensión del gran mal.

67. La sencilla perfección de Coll.

68. La mala hostia de Lauzier y sus Tranches de vie.

69. El vuelo de Gerard Schnoble.

70. Sentarme a charlar con Muerte en un basurero.

71. El exquisito estilo de Guido Crepax.

72. La sugerente poesía de los tebeos de Edmond Baudoin.

73. Las muchas dimensiones de los tebeos de Micharmut.

74. Esconderme en un cubil de brujas guapísimas con Gabi.

75. Sentir cómo fluye la narración por la página.

76. El momento en que los piratas descubren la aurora boreal en Isaac El Pirata.

77. Las discusiones teológicas de El gato del rabino.

78. La socarronería del American Flagg de Chaykin.

79. Descubrir nuevas facetas escondidas cada vez que releo V de Vendetta.

80. Los silencios de Cosey en Saigon-Hanoy.

81. Los Shmoos de Al Capp.

82. Adele Blanc-Sec… ¡esto es amor!

83. La lucidez de Álvarez Rabo.

84. Las locas amigas de Jaime Hernández.

85. La acidez de Jules Feiffer.

86. El sentido de la épica de Kirby.

87. La candidez de Peculia.

88. El delirio gráfico del Nick Fury de Steranko (aunque me guste más Atmósfera Cero).

89. Kurtzman, siempre Kurtzman, en cualquiera de sus formas.

90. Los paisajes oníricos de Ditko en Dr. Strange.

91. Ver tu vida reflejada en Monsieur Jean.

92. Ver la cara de Mafalda cuando le ponen un plato de sopa.

93. La coherencia de Dan Clowes en Eightball.

94. El concepto de gag de Jack Cole en Plastic Man.

95. La genial crítica de Goscinny en Obelix y Cia.

96. Peter Milligan… cuando quiere trabajar.

97. Las historias de terror de la Warren de Berni Wrightson.

98.La sencilla rotundidad narrativa de Alex Toth.

99. La virginal inocencia de Blanche Epiphanie de Richard.

100. La facilidad con que Taniguchi retrata sensaciones.

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9 de diciembre  de 2011

Cien razones más…

Y es que cien razones para amar los tebeos son pocas…

1. Porque siempre que veo una caseta de perro me apetece subirme al techo y echarme a divagar.

2. Por el movimiento continuo que me hipnotiza en el Travel de Yokoyama.

3. Porque sigo ensuciándome las manos en cualquier librería de viejo buscando tebeos.

4. Porque he descubierto que el tebeo está más allá de un papel o de la pantalla brillante de un iPad.

5. Porque me gusta soñar y tener pesadillas en Unifactor.

6. Porque a mi hijo le encanta La caca mágica de Sergio Mora.

7. Porque la única regla que tiene la historieta es romper las reglas.

8. Por reivindicar a Howard Chaykin como uno de los grandes renovadores del cómic adulto con American Flagg.

9. Por seguir riéndome de la mala hostia del susodicho en Black Kiss.

10. Porque cada día descubro que lo nuevo ya fue descubierto hace cien años.

11. Por Vázquez. ¡Qué coño!

12. Porque Coll me sigue pareciendo el culmen de la elegancia moderna.

13. Por la rabiosa modernidad de Mihura.

14. Porque Ware sigue investigando nuevos recovecos en lo que otros habían intuido.

15. Porque llega un día y descubro que Naughty Pete es puro delirio gráfico.

16. Porque quiero que Fletcher Hanks destruya el universo conocido.

17. Por la maravillosa genialidad de Calpurnio y su Cuttlas.

18. Porque Felipe Almendros siga contando sus neuras.

19. Porque siempre me enamoro de las chicas que dibuja Ana Miralles.

20. Porque me gustaría encontrarme en un bar perdido de barrio con el Capitán Torrezno.

21. Porque los tebeos siguen oliendo.

22. Porque me sigo emocionando cuando veo muchos tebeos juntos.

23. Porque un día piensas que ya no se innova en los tebeos y al día siguiente llegan los de Ultrarradio.

24. Por la fuerza de los dibujos de David Rubín.

25. Porque Los Garriris siguen teniendo descaro y sentido.

26. Por la Estrella lejana de Torres.

27. Por la historieta de los nabucodonosorcitos homenajeando a Coll en el Raya de Micharmut.

28. Por Peter Maresca y sus carísimas ediciones gigantes.

29. Por la terca y maravillosa inconsciencia de Manuel Caldas.

30. Porque quiero ir a la Patagonia que dibuja Jorge González.

31. Porque una de las mejores novelas negras que se ha escrito jamás la protagoniza Mickey Mouse.

32. Por la escena del espejo en la cómoda con que se inicia el Lost Girls de Moore y Gebbie.

33. Por meterme con Frank Miller.

34. Por la palabra de Dios reescrita por Robert Crumb.

35. Porque la Valentina de Crepax sigue siendo un catálogo de vanguardias narrativas.

36. Porque Valentina es la reencarnación más bella de Louise Brooks.

37. Porque la mejor historia de zombies que se ha escrito es Los pitufos negros.

38. Porque Dave Sim está algo chalado.

39. Porque Mazzucchelli sigue fiel al espíritu de Rubber Blanket.

40. Porque siempre encontraré tebeos que no he leído.

41. Porque Shigeru Mizuki me llenó de ilusión con NonNonBa y de espanto con Operación Muerte.

42. Porque Milligan es capaz de lo mejor y de lo peor.

43. Porque los superhéroes pueden todavía ser interesantes como demostró X-Statix.

44. Por las monstruosas ediciones de los DC Showcase.

45. Porque me lo sigo pasando bomba con los delirios del Batman de Sprang o Moldoff.

46. Porque soy capaz de comprarme cualquier edición de Krazy Kat.

47. Porque Krazy Kat me da mil razones para amar los tebeos.

48. Por ese maravilloso oeste retro de Gus.

49. Porque sigo sintiendo el golpe en el pecho cada vez que el Thor de Kirby estampa su Mjolnir.

50. Por la deliciosa ingenuidad verdosa de Yotsuba.

51. Por Sempé.

52. Por la elegancia e inteligencia de los tebeos de Jules Feiffer.

53. Porque Manel Fontdevila es un puñetero genio.

54. Por la poesía gráfica de Edmond Baudoin.

55. Por la vitalidad gestual de Bastien Vivés.

56. Por los colores hipnóticos del Peter Petrake de Calatayud.

57. Por el buen humor de Ramón Boldú.

58. Por lo mal que lo paso leyendo los tebeos de Hideshi Hino.

59. Por la larga caída de El arte de volar.

60. Por Paco Roca.

61. Por las discusiones sobre tebeos de los viernes por la tarde.

62. Por las fotos inexistentes de Julius Knipl.

63. Porque Koma es una fábula moderna perfecta.

64. Por la inquietante lucidez de las viñetas de Miguel Brieva.

65. Porque Silvio José es mejor que Ignatius J. Reilly.

66. Porque los fanzines siguen rompiendo moldes.

67. Porque Sonia y Pere consiguieron que me gustaran los caracoles, por lo menos en papel.

68. Porque lees un tebeo de Nacho Casanova y parece como si te estuvieras tomando una caña con él.

69. Porque un día aparece Nobrow.

70. Porque los árboles de Miguel B. Núñez tienen corazón.

71. Porque me gusta emborracharme de Sfar.

72. Por el Spirou Año Uno de Emile Bravo.

73. Porque Moebius se atrevió a meterse dentro de sí mismo.

74. Por la voluptuosidad de Dave Cooper.

75. Porque van a reeditar por fin el Barnaby de Crockett Jhonson.

76. Porque Obélix y Cia. debería ser lectura obligada para todos estos gurús de la crisis.

77. Porque nos hace falta que nos salve Pravda la survireuse.

78. Porque no se ha vuelto a superar la locura de Saga de Xam.

79. Porque cuando espero el bus siempre pienso en Paul Kirchner.

80. Porque Carlos Giménez me sigue emocionando cuando cuenta historias.

81. Por la limpieza de trazo de Mort Meskin.

82. Por Franquin, siempre por Franquin, ya sea en ideas oscuras o en gastonadas.

83. Porque Fred lo inventó casi todo.

84. Porque Otto Soglow nunca estará suficientemente reconocido.

85. Por los culebrones de Palomar.

86. Por educar a Hopey Glass.

87. Por llorar cada vez que leo El olmo del Cáucaso.

88. Por Astroboy.

89. Por la lenguaraz sinceridad de Aurelia Aurita.

90. Porque ha vuelto Claire Bretécher.

91. Por el genial absurdo de adaptar un musical indefinible como Starstruck al tebeo.

92. Porque los vivos de los muertos vivientes de Kirkman dan miedo.

93. Porque no puedo esperar a leer la siguiente entrega de Scalped.

94. Porque Keko sigue poniéndome los pelos como escarpias cuando explora la psique humana.

95. Porque Cava me sigue retando en sus historias.

96. Por la Eli, la secretaria personal de Álvarez Rabo.

97. Por Dios en persona. El de Mathieu, claro.

98 Por ver a través de los ojos del gato.

99. Por el destino ineludible del artista según Campbell.

100. Porque puedo escribir cien razones más todavía. Y cien, y cien, y cien…

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Este texto es un capítulo del libro La cárcel de papel. Diario de un lector de tebeos (2002-2016), de Álvaro Pons, editado por Editorial Confluencias.


Rabo con almejas

Álvarez Rabo

Ediciones La Cúpula

Muy buenas tengan ustedes. Empiezo esta reseña saludándoles con cortesía porque estoy a punto de hacer algunas preguntas incómodas:

¿Acaso en este mundo descafeinado e infantiloide en el que moramos no han sentido la necesidad de que alguien, algo, removiera esa plasta gris que llaman cerebro, escarbara en sus interioridades con un rastrillo metálico —oxidado— para hacerles salir del letargo sináptico en el que están inmersas sus vidas? ¿No se levantan cada mañana tan narcotizados que les cuesta distinguir la vigilia del sueño R.E.M. y pidiendo silenciosamente que pase algo, lo que sea?

Ánimo, ese algo ya está aquí.

En una fastuosa edición de La Cúpula tenemos las Obras Incompletas del insigne Álvarez Rabo tituladas icónicamente Rabo con Almejas. Así se nos resucita simbólica y temporalmente este autor, cuyo suicidio creativo acaeció el 11 de septiembre de 2002* dejando un enorme vacío que nadie ha logrado llenar hasta el momento.

Rabo es (bueno, fue) un transgresor. Un terrorista de la viñeta que lo mismo teorizaba sobre la práctica de la sodomía en la familia Agag-Aznar, sobre la banda sonora de los comunicados de la ETA o sobre el aroma a bacalao del chocho de su mujer. Alguien que, dotado de una facilidad pasmosa para desarrollar sus ideas, lograba derribar por un momento la barrera idiotizante de lo políticamente correcto que envara nuestro devenir. Esta delicada selección de temas y, sobre todo, el tacto empleado para tratarlos, hace que la lectura y disfrute de este cómic esté reservado solamente a un puñado de elegidos. Se comprende perfectamente que Álvarez Rabo no haya sido nunca un autor para las masas (de hecho, él mismo insulta a sus reducido grupo de fans sin ningún tipo de miramiento) y sólo podemos recomendar este recopilatorio a aquellas personas abiertas de mente o que, directamente, tengan dicha mente dada de sí. Qué aburrido sería si todos tuviésemos los mismos gustos, ¡deberíamos estar agradecidos por la diversidad de opiniones! Es posible que usted, lector, abomine de este cómic como de un leproso, pero sin embargo esté deseando ir a la cocina a calentar un trozo de salchichón para metérselo, bien tibio, por el culo. ¿Acaso me ve escandalizarme? ¡Pues no juzgue usted tanto, hombre!

Ya hemos hablado de la temática, pero en este primer volumen asistimos también a grandes logros de la narrativa secuencial. Porque no sólo se trata de un guión mordaz, es precisamente el hecho de estar representado por una secuencia de imágenes que parece haber sido dibujada por alguien sin visión espacial ni coordinación mano-ojo lo que dota de belleza renacentista al conjunto. El trazo errático, deliberadamente cutre, aparte de hacernos sentir la espontaneidad y el fluir incesante de la historia, nos abre una serie de interrogantes acerca de la perdurabilidad e impacto del arte frente al tiempo empleado en crearlo. No obstante, el artista se jacta en numerosas ocasiones de lo poco que le lleva realizar una página, en notas a pie de ídem, donde nos avisa del record que acaba de superar.

Es fácil distinguir los rasgos del genio desde su retrato en las contraportadas de sus obras. Ataviado con una media en la cabeza —según dicen, para proteger su puesto de trabajo en unos grandes almacenes—, nos dirige una mirada cómplice sabedor de que en nuestro interior, despojados de nuestros trajes, nuestras reglas de urbanidad y nuestros maletines de hombres de negocios, laten corazones de animales enjaulados que piensan, en mayor o menor medida, las mismas cerdadas que él.

Permitan que de punto final a esta reseña como si les estuviese hablando con la voz de Constantino Romero y detonando una salva de lugares comunes directamente en el interior de sus cabezas: este país ha dado a luz a grandes artistas, a rutilantes luminarias del pensamiento, a focos de excelencia sin parangón. Desde Séneca a Picasso, desde Velázquez a Ortega y Gasset, desde Cervantes a Buñuel, por decir algo.

Añadan uno más a la lista: Álvarez Rabo merece ocupar un lugar entre ellos. Es más, merece usurpar el puesto de alguno de ellos, por ejemplo el de Unamuno (¿han leído La Tía Tula? ¡Vaya puta mierda!)

Recuerden este nombre: Álvarez Rabo. Grábenlo a fuego en sus meninges.

* A finales de 2002 Álvarez Rabo manifestó públicamente su decisión de proceder a su “suicidio creativo” como dibujante de cómics, abandonando para siempre esta actividad a partir del día 11 de septiembre, aniversario del golpe de estado en Chile. Dejó abierta la posibilidad de reconsiderar su decisión si ésta causaba “alarma social”, alarma que cifró en mil cartas de correo tradicional que debían ser enviadas a las redacciones de las revistas TMEO y El Víbora. Recibió un total de 132 cartas, lo cual le sorprendió pues esperaba una cantidad considerablemente menor. (Fuente: Wikipedia)