Owen Jones: «Lo que ha ocurrido en Gran Bretaña es un aviso para Europa»

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«Socialismo y gatos», pone en su cuenta de Instagram como toda biografía. Y quizá sea la mejor manera de presentarle, porque no hay forma de hacerlo por la vía convencional. Por su título es historiador, pero le preocupa solo el presente; por su currículo es escritor, pero no le gusta escribir; y por su oficio es periodista, pero reniega frecuentemente de la prensa. Y desde la publicación en 2011 de su aplaudido Chavs. La demonización de la clase obrera es también una de las voces más lúcidas de la nueva izquierda británica y europea, pero incluso en eso hay cierta contradicción. La suya es la enésima nueva izquierda, porque él mismo se define como socialista de cuarta generación. Solo una cosa es segura: Owen Jones (Sheffield, 1984) no es un político. Aunque sea precisamente eso a lo que más se parece.

Nos encontramos con Jones en Gijón, donde acudió invitado por Unidos Podemos. Participó en varios actos electorales y pidió el voto para la formación. Los morados le ganaron el día que renunciaron a la liturgia, dice. Y por eso ha puesto sus armas a su servicio, que no son pocas. No hay celebridad progresista en Europa que no haya pasado ya por el canal de Owen Jones en Youtube, desde Yanis Varoufakis a Manuela Carmena, Ian McKellen o Michael Moore, en el año escaso que lleva en marcha. En Twitter le siguen casi medio millón de almas. En Facebook casi un cuarto. Y con esas cifras, mira por dónde, lo de menos es la columna fija en The Guardian. Es hijo de su tiempo, aporta él como explicación. Solamente ocurre que vivimos tiempos poco ortodoxos.

¿Analista? ¿Periodista? ¿Escritor? ¿Gurú? Ayúdame con las etiquetas.

Gurú seguro que no. Yo me considero un activista. Técnicamente soy periodista, porque escribo para periódicos como The Guardian. Pero no me gusta escribir. Lo encuentro aburrido. Y de todas formas tampoco soy un gran escritor [ríe]. No escribo porque me guste hacerlo ni para presumir de lo que pienso; lo hago con el objetivo de contribuir a un objetivo más amplio.

En realidad, todo lo que hago, ya sea a través de la tele, de la radio, escribiendo o en Youtube, tiene esa misma finalidad. Lo hago con una motivación política. Se trata de transmitir ideas, causas o creencias de algún tipo. O de hablar de gente que está siendo ignorada y no tiene una plataforma desde la que expresarse. Por eso me veo como un activista, como un elemento más dentro de movimientos más grandes. Unos movimientos en Gran Bretaña, pero también en Europa y en todo el mundo, que intentan construir —sin querer parecer presuntuoso— otro tipo de sociedad. Y mi idea de cómo conseguir ese cambio no pasa por los individuos, sino a través de gente organizada que intenta forzar un cambio colectivamente. Digamos que es un ataque en muchos frentes, que incluye a sindicatos, comunidades, movimientos sociales, gente en los medios, políticos, cultura… Todos tenemos nuestro papel. Aunque sea también escribiendo, como es mi caso, que es algo que no me entusiasma.

Sueles mostrarte muy escéptico con la prensa occidental, y en particular la británica. Con frecuencia has criticado su filiación con el poder.

Aquí el Gobierno no controla las televisiones y los periódicos, como sí pasa en Corea del Norte. Eso es evidente. No quiero establecer comparaciones porque en otros países los periodistas son perseguidos, torturados y asesinados, lo que sin duda es mucho más grave. Pero en Occidente, especialmente en Gran Bretaña, los medios son cada vez más propiedad de una serie de magnates políticamente muy agresivos, por una parte,  y quienes escriben y trabajan en ellos proceden cada vez más de un entorno social privilegiado y muy reducido, por la otra. Esto último se debe a cosas como las becas periodísticas no remuneradas, por ejemplo, en las que tienes que trabajar gratis. Es algo que se pueden permitir solo quienes tienes padres pudientes. También al hecho de que el acceso al oficio sea a través de cursos y procesos de cualificación que, de nuevo, solo se pueden permitir unos pocos. Y eso cambia la manera de hacer las cosas, evidentemente. Y las cosas que se dicen y las que no. Nos decimos que en Occidente disfrutamos de libertad de prensa pero en la práctica existe un repertorio de ideas políticas que resultan aceptables y existe otro de ideas que no son aceptables.

¿Tiene eso que ver con tu salto Youtube?

Youtube me permite llegar a la gente más joven, a muchos a los que no llego con las columnas en The Guardian. Empecé hace cerca de un año y hasta ahora ha ido muy bien. Cuando se trata de llegar a la gente creo que es el mejor camino. En particular a la gente más joven, que me parece algo importantísimo.

Hace tiempo una artista pop británica —Paloma Faith, en España seguro que se la conoce también, su familia es española— hizo una gira de conciertos por Gran Bretaña y me pidió que la acompañara, pero solo pude ir a dos: el del O2 Arena en Londres y el de Brighton. Y abrí los conciertos con un discurso político. Es algo muy inusual pero lo hice por eso mismo, para llegar a una audiencia distinta a la de los canales convencionales. Youtube presenta esa misma ventaja. Cuando voy a la tele es más una confrontación. Tienes que discutir con gente. En Youtube, sin embargo, hablas con quien quieres, estés o no de acuerdo con sus ideas, y te expresas con más informalidad. Y relajadamente.

En parte, tiene que ver con la misma razón por la que me llama tanto Podemos. Intento rebelarme contra las formas de la izquierda tradicional. Mis padres son trotskistas, mi abuelo era comunista y luchó en la Segunda Guerra Mundial, mi bisabuelo participó en la gran huelga general de 1926, etcétera. Conozco la historia, las tradiciones, la manera que tenemos de hablar, todo eso. Crecí rodeado de gente muy involucrada políticamente, en el sentido más convencional. Me interesa llegar a quienes están menos familiarizados con eso. No se trata de rechazarlo, sino de decir lo mismo de otras formas, porque se lo estás contando a otras personas, a otra generación. Y en Youtube puedo hacerlo. Es más relajado, es más directo y es más divertido.

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Y es eficaz, no cabe duda. De hecho, Pablo Iglesias ha hablado mucho de esa futilidad del discurso tradicional y de la necesidad de abandonar determinados símbolos si se quiere conquistar electoralmente. Es algo que ya no funciona, dice.

Es uno de los problemas de la izquierda tradicional. Si no usas sus símbolos y su lenguaje se sienten traicionados. Pero el hecho de que quieras llegar a la gente y para ello renuncies a la retórica tradicional y los símbolos no quiere decir que te estés rindiendo a tus enemigos.

Quizá no es algo tan nuevo, al menos en España. En la derecha se hizo antes, y por cierto con mucho éxito.

Exacto. Suele decirse que la derecha busca conversos y la izquierda busca traidores. Mi impresión es que en la derecha predican el individualismo, pero frecuentemente trabajan colectivamente; mientras que en la izquierda se promueve un enfoque colectivo, pero frecuentemente se comporta de forma muy individualista. También creo que a la izquierda le cuesta reconocer que la mayoría de las personas no piensa ya en esos términos, en derecha o en izquierda, sino que piensa en asuntos que deben solucionarse.

Einstein decía que la locura es hacer las cosas siempre igual y esperar resultados distintos. Y yo estoy cansado de eso, de esperar diferentes resultados. Tengo treinta y un años y solo he conocido derrotas. Derrotas, derrotas, derrotas. Mis padres son de una época en que la izquierda tenía un cierto optimismo, creía que la historia estaba de su lado. Pero yo no. Estoy harto de perder. Y no estoy interesado en perder y consolarme pensando que tengo razón. Lo que me interesa es hacer las cosas de manera distinta. Eso no es rendirse. No quiere decir que apoyes las privatizaciones o que optes por reducir los impuestos a los ricos, sino que pretendes comunicar de forma distinta para alcanzar los mismos objetivos. Pero no por eso eres una subcultura, como los hipsters. Eso no me interesa, quiero ganar. Quiero que gane la izquierda.

Por eso te encontramos hoy en España, entiendo, involucrado activamente en la campaña electoral de Podemos.

Estoy aquí por muchas razones. Creo que Europa se enfrenta a una crisis existencial. Nuestra generación da por sentado demasiadas cosas. Miramos a la década de 1930 como si fuera un universo distinto, como algo que está muerto. Pero lo cierto es que, desde la caída del régimen genocida de Adolf Hitler, la extrema derecha no ha sido tan poderosa en Europa como lo es hoy.

Por un lado hoy tienes a los políticos del miedo y del odio, como Amanecer Dorado en Grecia, la extrema derecha en Austria, el Frente Nacional en Francia o, en mi país, el UKIP; y por el otro a la política que se fundamenta en la esperanza, como los verdes austríacos, el fenómeno Corbyn en Reino Unido o Unidos Podemos en España. Y mi percepción es que si no triunfan las políticas que ejemplifican Unidos Podemos y el resto, se verá contestado por los otros. Políticamente, es ellos o nosotros. Y esto trasciende la escala nacional.

Hay una batalla en curso por el futuro de Europa. Para decidir si Europa quiere retar a los poderosos y ganarse el interés de la mayoría o si quiere culpar de todos sus males a los inmigrantes y a los extranjeros, a los propios vecinos, lo que supondría el final de la Unión Europea y un retroceso al estado en el que estábamos hace muchas décadas. En mi opinión, el enfoque que representa Unidos Podemos no afecta solo a España, sino a toda Europa. Si a Unidos Podemos le va mal será una derrota para todas las fuerzas europeas de izquierda y una gran victoria para todas las fuerzas de derecha radical. Lo que pase en España es de una importancia vital.

¿También para Reino Unido?

Como parte de Europa, sí. Esa es otra razón por la que estoy hoy en España, porque quiero aprender. Mira, la situación política en Gran Bretaña es terrible. Amo a mi país y nunca he temido más por su futuro, porque da auténtico miedo. Muchas cosas se han hecho mal hasta vernos en este punto, y en eso me incluyo a mí mismo.

En Gran Bretaña da la impresión de que la gente como yo no quiere hablar de inmigración, y eso es falso. Yo mismo y muchos como yo estamos encantados de hablar de los miedos y las preocupaciones de la gente asociados al asunto de la inmigración. Pero es que en mi país la gente tiene muchos problemas —la ausencia de viviendas asequible, la caída de los sueldos, la degeneración de los servicios públicos, etcétera— que tienen poco o nada que ver con la inmigración, que empiezan porque vivimos en una sociedad que pone los intereses del mercado por delante las aspiraciones de la mayoría. Y, sin embargo, hemos fracasado al explicar eso, y ese fracaso comporta que hoy todo ello se reduzca al prisma de la inmigración.

Ese fracaso dio alas a la campaña a favor de la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el Brexit, que por eso mismo se fundamentó en odio y en intolerancia, cuando no sencillamente en mentiras. En decir que los extranjeros e inmigrantes son violadores, asesinos y criminales, sin más, o que Turquía está a punto de entrar en la Unión Europea, algo que es sencillamente falso. Es una retórica que estaba arrinconada en el espacio de comentarios de los diarios online y que ahora es una campaña mainstream. Y así vimos cosas como aquello que ocurrió un par de semanas antes del referéndum, cuando Jo Cox fue asesinada. Una diputada laborista proeuropea que venía defendiendo sin cesar la causa de los refugiados y luchando contra la islamofobia, asesinada a plena luz del día por un terrorista neonazi.

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Tristemente, aquello sirvió otro ejemplo de la importancia de la retórica, porque muchos euroescépticos se niegan todavía a calificar al asesino de terrorista.

En su momento lo calificaron como un enfermo mental, eso quisieron hacer ver. ¿Habrían hecho lo mismo si el autor hubiera sido un musulmán? Claro que no. Desde que supieron de este ataque terrorista entraron en pánico, porque pensaron que podía decantar el referéndum, y no tuvieron reparos en llamarlo de otra forma.

Por eso me preocupa tanto el futuro del país, porque han desatado un huracán, han liberado fuerzas que no pueden controlar. Gente como Boris Johnson, que es un charlatán. Ni siquiera él cree lo que dice, pero le da igual, y eso es lo que lo hace todavía peor. O Michael Gove, el secretario de Justicia con David Cameron y unos de los líderes de la campaña por el Brexit. Él sabe perfectamente que la adhesión de Turquía a la Unión Europea no es inminente, ni muchísimo menos, pero cuando se amplió el plazo para inscribirse como votante dijo que solo quedaban cuarenta y ocho horas para evitar que Turquía entrara en la UE y frenar la libertad de movimientos y evitar que los delincuentes turcos vinieran a Gran Bretaña. Es increíble, literalmente increíble, porque ni él mismo se lo cree. Sabe que es mentira y debería ser condenado por la historia por lo que ha hecho. Ha incitado y legitimado la intolerancia y unos prejuicios racistas muy, muy peligrosos.

No sé cuál es el futuro de Gran Bretaña. Crecí en un pueblo cuyo mayor problema es que la gente no se muda allí, el porcentaje de inmigrantes ronda el 4 %. La mayoría son irlandeses, país con el que tenemos un tratado de libertad de movimiento desde hace décadas. Después vienen los pakistaníes, que representan el 0,8 %. Y aun así mucha gente de allí dice que los problemas que afrontan, como la falta de vivienda, de trabajos estables y la caída de los salarios, es por culpa de los inmigrantes. Solo es un ejemplo, pero demuestra el fracaso de la gente como yo y tenemos que aceptarlo. Lo que ha pasado en Gran Bretaña es un aviso para Europa. Y por eso España es tan importante, un país del que debemos aprender. Tenéis unos problemas mayores que los nuestros y no culpáis de ellos a la inmigración.

Eso es cierto. Hay un grado de xenofobia en la política pero no es tan alto como en otros países de nuestro entorno ni llega a jugar un papel tan determinante. ¿A qué crees que se debe esta singularidad?

A muchas razones. Primero, que aún tenéis reciente en la memoria el sometimiento a una dictadura, y también que muchos españoles tuvieron que huir del país por pobreza o la dictadura. Eso mueve cierta empatía pero no basta por sí mismo, como demuestran los hechos. En muchos otros países también concurren estos factores. Grecia, por ejemplo. Muchos griegos han tenido que emigrar y también tuvieron una dictadura, pero allí tienes a los neonazis de Amanecer Dorado ganando espacio político.

Sí creo que el movimiento del 15-M ha sido decisivo en este sentido. Ese 2011 millones de personas se movilizaron en mayor o menor grado para recordar quién es responsable de los problemas que afronta España. Creo que ese movimiento es de importancia crítica para explicar el escenario actual. Y no creo que los españoles os deis cuenta de que sois un ejemplo, en este sentido, y de que habéis ofrecido un cierto liderazgo a las izquierdas en Europa. ¿Qué pasaría en Europa si no tuviéramos al menos un país importante en el que la gente se une en movimientos nuevos para denunciar que la culpa es de los que están arriba y no de los vecinos?

Pero el éxito de esa movilización cívica también es algo excepcional, sabemos que en Europa ha tenido efectos distintos. Tú mismo, al entrevistar a Yanis Varoufakis en tu canal de Youtube, decías que el júbilo que se desató en Grecia con el ascenso de Syriza al Gobierno fue lo que dio miedo a mucha gente y precipitó su derrota. ¿O es que a lo Grecia no hay que considerarlo una derrota?

Por supuesto que lo de Grecia fue una derrota. Mira, en enero de 2015 estuve en Atenas y viví en persona la alegría y la esperanza que despertaba Syriza, eso que tanto inquietó a las élites europeas. Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, dijo entonces que no les asustaba el contagio económico o financiero, sino el político. El razonamiento es sencillo: si consiguen algo, eso puede motivar a otros a intentarlo también. Naturalmente, esta gente no es idiota. Sabe que lo mismo que pasa en Grecia puede pasar en Italia, en Irlanda o en España. Así que el mensaje que lanzaron es claro: «Mirad qué os puede pasar, ellos lo intentaron y ahora están castigados. Si vosotros también lo intentáis os pasará lo mismo».

Y funcionó, al menos en parte. Castigaron a Syriza como ejemplo, y Podemos bajó entonces en las encuestas. La diferencia es que la economía de Grecia representa el 2 % de la europea y tiene 11 millones de habitantes. Es un país precioso, están orgullosos de su historia, inventaron la democracia, pero es un país muy pequeño. Es imposible que le pudieran hacer lo mismo a España. Si lo hicieran la UE se derrumbaría. España representa la cuarta o quinta economía de la zona euro, es inimaginable que pudiera suceder lo mismo. Así que es distinto.

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Hablando de las circunstancias singulares de España debemos considerar también el derrumbe del sistema bipartidista. Demos por sentado que en un hecho así siempre concurren muchos factores pero detengámonos en algo que te dijo a ti mismo Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, cuando la entrevistaste. Ella lo aducía a la «mediocridad» en la que se han instalado las dos fuerzas del bipartidismo, PP y PSOE, con el paso de los años. ¿Compartes esta visión?

No sé si usaría esa palabra, pero es cierto que se han vuelto unos partidos tecnócratas inflexibles y sin capacidad de maniobra. Y su base se ha reducido mucho. Son partidos dominados por tecnócratas de carrera y oportunistas, gente sin raíces que se toma la política como una carrera. «Si me hago político tendré contactos y experiencia, y acabaré trabajando para una gran empresa porque sabré cómo funciona el Estado». Ese es el problema: la democracia ya no es una vocación de servicio, sino un trampolín para conseguir contactos lucrativos en el sector privado y mejorar tu carrera.

No es que vengamos de una época dorada en la que esto no ocurría, pero inevitablemente es un problema que se agudiza cuanto más grande es un partido y cuanto más tiempo pasa en el poder. Y así aparecen las puertas giratorias. Eso ha minado al sistema bipartidista en España, porque la gente se da cuenta de ello. Por eso incido en la importancia que tienen partidos como Podemos, con un sustento firme en movimientos sociales como los de los indignados o las fuerzas antidesahucio. Si un partido no se nutre de eso, de una base amplia y diversa, se nutre de trepas motivados no por principios, sino por oportunismo. Es uno de los grandes problemas que tiene hoy la socialdemocracia en toda Europa, sin ir más lejos.

De eso quería hablar también. Decías antes que si la nueva izquierda no triunfa en Europa lo hará la extrema derecha. Hablas como si la socialdemocracia ya no existiera.

Hay que decir que los problemas de la socialdemocracia son muchos y comenzaron hace ya mucho tiempo. Piensa en el auge de la nueva derecha, el thatcherismo y todo eso, y la derrota entonces de los sindicatos, que venían siendo sido el pilar histórico de la socialdemocracia; piensa en la globalización, que redujo aún más el margen de maniobra de los gobiernos socialdemócratas; piensa en el final de la Guerra Fría, cuando se estableció en política la idea de que no existía una alternativa no solo al capitalismo, sino al libre mercado; piensa en la reducción de la antigua clase trabajadora industrial europea, que era la base electoral de la socialdemocracia; piensa en el crash financiero; etcétera. Hasta llegar al punto en el que estamos hoy, cuando fácilmente te encuentras con socialdemócratas apoyando la austeridad, e incluso poniéndola en marcha. Si eres socialdemócrata y no crees en la inversión pública no tienes nada más que decir. La socialdemocracia se ha derrumbado como fuerza política independiente con una visión del mundo coherente.

Y ese espacio que antes ocupaba la socialdemocracia, y que la reciente recesión económica ha contribuido a vaciar más, lo ocupan o partidos políticos de derechas populistas y antiinmigración —como el Frente Nacional francés, los Demócratas Suecos, los True Finns en Finlandia, UKIP en Gran Bretaña, Amanecer Dorado en Grecia— o nuevas formaciones de izquierda, como Podemos, Syriza, los verdes de Austria o Jeremy Corbyn en Reino Unido. Todos son productos específicos de la cultura política y la historia y el contexto de cada país, por supuesto, pero comparten esa característica. No nos hemos recuperado aún del crash financiero, claramente ha sido una década perdida, y todo apunta a que viviremos una nueva recesión en los próximos dos años. Todo el resentimiento que eso genera ha de canalizarse en alguna dirección. Pero eso digo que si no triunfa la nueva izquierda lo hará la extrema derecha.

Y por eso incido mucho en la importancia de la situación en España. Si a Unidos Podemos no le va bien en España a corto plazo eso tendrá un gran impacto en el resto de Europa, porque querrá decir que la extrema derecha, la antiinmigración, tiene más posibilidades de ocupar ese espacio. Y si le va bien servirá de ejemplo y aumentará la confianza de los otros en Europa. Hoy España es de enorme importancia desde el punto de vista político. Es un ejemplo de país europeo que sufre social y económicamente en el que la extrema derecha, sin embargo, no ha triunfado. Aquí no habéis sucumbido ante estas políticas, no tenéis un gran partido antiinmigración. Eso demuestra que aunque se caiga en una crisis económica de enorme magnitud no es inevitable que se acabe culpando a los extranjeros. España tiene una importancia crucial. ¿Cómo podría siquiera sugerirse lo contrario? Y, valoraciones políticas aparte, es algo de lo que los españoles debería estar muy orgullosos, aunque tengo la impresión de que internamente no se percibe así. Es algo que quizá se ve mejor desde fuera del país.

Como ocurre con frecuencia.

Y particularmente en la izquierda británica, que mantiene una relación con España y un cierto grado de atención del que aquí, soy consciente, no se está tan al corriente. El año pasado hablé en el Annual International Brigades Memorial y pude comprobar que aún persiste esta noción en Gran Bretaña de «si nosotros, las fuerzas progresistas, hubiésemos actuado en España, podríamos haber detenido la II Guerra Mundial». Es una simplificación enorme, por supuesto, pero piensa en lo que siguió a la caída de la República en España. Y persiste aún la idea de que mucho empezó aquí, en España, y de que podría haberse atajado. George Orwell, Ken Loach… Existe un cierto afecto en la izquierda británica por España. De hecho, no solo en la izquierda. Ted Heath, recordemos, que más tarde fue primer ministro conservador, apoyó en su día a la República y estuvo en España durante la Guerra Civil. Hubo gente entonces que tuvo la lucidez de comprender la importancia del caso español y su trascendencia a largo plazo, y hoy ocurre algo parecido. Hablamos de paralelismos, claro. No estamos en la década de los 1930, evidentemente hablamos de escenarios muy distintos, pero aun así resuenan ciertos ecos que recuerdan a aquella situación.

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Has hablado del populismo de derechas, pero no del de izquierdas. ¿Acaso no es Podemos un partido populista?

Ocurre que «populismo» es un término abierto a diversas interpretaciones, muchas de ellas peyorativas. Y se entiende de forma distinta en inglés y en español. Por ejemplo, aquí «radical» es un término con connotaciones muy negativas, mientras que en Gran Bretaña no es así. Es algo a lo que tengo que prestar atención en España, porque la palabra se entiende de forma distinta. David Cameron, ex primer ministro conservador, decía que sus políticas eran radicales. Del mismo modo, en Gran Bretaña «populista» puede ser algo negativo, pero no necesariamente. Ningún primer ministro se autodenominaría populista, pero eso no significa que no pueda significar algo positivo en según qué contextos.

El populismo negativo, tal y como suele entenderse aquí, se refiere generalmente a la demagogia, a apelar a los instintos más básicos de la gente, pero Podemos no hace eso, claramente. Lo que está intentando hacer es aceptar el hecho de que no puedes ganar si haces lo mismo de siempre, haciendo ondear banderas rojas y hablando de neoliberalismo, capitalismo y socialismo. Tienes que ir al lugar donde está la gente. Tienes que basarte en las experiencias de la mayoría de la gente. Lo que molesta a la izquierda tradicional, incluyendo la británica, es el mensaje que se lanza desde Podemos cuando dicen que no se trata de izquierda o derecha, refiriéndose en cambio a mayorías y minorías o a los de arriba y los de abajo. Incluso en la izquierda británica se ha criticado a Podemos por eso —aunque deberían ser más humildes, para empezar, porque si comparas el estado de una izquierda y de otra, no hay color—. Podemos acepta que nuestro interés común compartido es distinto del de los que están arriba, y eso es una manera muy lúcida de mirar el mundo. Y no creo que se trate de populismo, de verdad, sino de comunicar de una manera que llegue mejor a la gente. En Gran Bretaña y otros lugares la izquierda está en peligro, pienso. Mucha gente vive su ideología como si consistiera solo en tener una manera de hablar y una manera de vestir. Como si fuera una subcultura de la que resulta guay formar parte. Yo no quiero participar en eso. Y no creo que lo contrario, que es lo que representa Podemos, sea ser populista.

¿Y no crees que Podemos, a fuerza de evitar las terminologías, corre el riesgo de evitar los propios temas? Es un reproche que se les hace con frecuencia, su indefinición. Si evitas hablar de separatismo, si evitas hablar de la monarquía, si evitas hablar de socialismo…

Mira, yo me considero socialista y he comprobado de primera mano que, en el contexto británico, eso no le dice mucho a gran parte de la población. Sin embargo, esas mismas personas están de acuerdo conmigo en muchas cosas: en que los ricos deberían pagar más impuestos de los que pagan ahora, en que se debería luchar fieramente contra la evasión fiscal, en que el sistema de ferrocarriles es un bien que debería servir al interés común, en que la política de recortes que estamos viviendo debería cesar, etcétera. Eso es socialismo y sin embargo ya nadie asocia esas palabras, «socialismo», «socialista», con esas ideas. No veo por qué se tienen que usar esas palabras cuando estamos de acuerdo en que no sirven para comunicar nuestras intenciones, o por qué sería peor contar directamente nuestras intenciones. Y en cuanto al republicanismo, mira: yo creo en los jefes de Estado electos. ¿Qué mejor forma de celebrar la democracia que tener un jefe de Estado elegido democráticamente por el pueblo? Pero acepto que formo parte de una minoría en Gran Bretaña, de solo entre el 20 % y el 25%. Es una corriente muy marginal. La reina es muy popular.

Esa popularidad puede cambiar, es otro ejemplo que puede brindar España.

Sí, claro. Pero si fuera político e hiciera una lista de prioridades probablemente estaría en el puesto 526. Es una batalla que algún día me gustaría ganar, claro, pero antes tengo otras prioridades: que la gente rica pague más impuestos, acabar con los recortes, todo eso de lo que acabamos de hablar. Aneurin Bevan, el fundador del Sistema Nacional de Salud, un icono de la izquierda británica, dijo que el socialismo es el idioma de las prioridades. Y con eso quiso decir que no podrás conseguir todo aquello en lo que crees, que no tiene sentido que pretendas que se haga todo lo que quieres. Lo que hay que hacer es aceptar que tienes que empezar ganando algunas batallas, y entonces quizá, más adelante…

Sí, pero eso mismo debes decirlo. Debes explicar al ciudadano que evitas ese tema porque no es prioritario.

Pero es que no tiene sentido volver loca a la gente. Mira, uno de los mayores problemas que tiene España, y es devastador, es que la gente joven no encuentra trabajo. Y no es solo un problema ahora. Si pasas tu juventud sin trabajo en el futuro tendrás peores puestos, estarás más frecuentemente en el paro, disfrutarás de peores sueldos, etcétera. Con el desgaste que eso apareja psicológicamente y las consecuencias sociales que trae en el largo plazo. Es terrible. Es algo que debe atajarse sin demora porque, además de ser un problema fundamental en la economía, sencillamente trae sufrimiento y frustración a la gente. Muchas cosas más deben ir cambiando, claro, pero esa es la primera y la más urgente. Y la actitud responsable, como político, no es no ponerle solución porque lo quieres todo o nada. Uno, porque no es realista políticamente, no lo vas a conseguir; y dos, porque no se trata solo de ti, se trata de toda la gente que sufrirá las consecuencias. Ser progresista significa no satisfacerte a ti mismo, sino conseguir para la mayoría de la sociedad la justicia de la que ahora carece. Y ellos pagarán el precio de tu determinación ideológica si no aceptas que algunas cosas no sean como tú quieres. Si yo fuera un político y pudiera conseguir algo en Gran Bretaña, ya sea que los ricos paguen más impuestos, desarrollar una estrategia industrial para crear empleo seguro y de calidad, acabar con los recortes que están destrozando la vida de mucha gente… eso sería una transformación para la vida de millones de personas. Y solo entonces podría seguir con el resto de asuntos que quiero conseguir.

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Me gustaría hablar contigo del odio en internet, aunque intuyo que la palabra se queda corta cuando se trata de calificar muchas de las cosas a las que te tienes que enfrentar.

Hace poco, durante una charla, me hicieron una foto con una pizarra blanca en la que me dediqué a exponer por qué yo, como ciudadano británico, me quería quedar en la UE, incluyendo argumentos como que me gustaría ver a los pueblos de Europa unidos mediante instituciones más democráticas, etcétera. Los activistas de extrema derecha manipularon la imagen para que dijera que quería a Reino Unido en la UE para privar al país de independencia como castigo por el colonialismo. Y esa imagen trucada se hizo viral en Britain First —movimiento del que era afín activista el asesino de Jo Cox—, ya que la colgaron en su perfil, y la gente comenzó a discutir abiertamente cómo me iban a matar: degollarme, patearme la cabeza hasta que se me salieran los sesos, quemarme vivo, a golpes de machete…

A eso me refería. También he leído que se han llegado a distribuir imágenes del edificio en el que vives, señalando específicamente las ventanas de tu casa y la puerta que cruzas cada mañana, y que en ciertos foros neonazis en internet se ha llegado a hablar de la puesta en marcha de una campaña con el objetivo de infectarte con el virus del VIH. Intimidaciones como esta ocurren constantemente en internet y llamarlas «odio» o «troleo» es mostrarse condescendiente con ellas, y de esta forma darle alas. Es brutalidad, es criminalidad y es inaceptable. ¿Por qué lo consentimos?

Primero, creo que la mayoría son keyboard warriors [malotes de teclado], fracasados patéticos y, en algunos casos, gente con problemas mentales. Y segundo, yo no voy a cambiar porque algunos intenten cambiar las cosas a base de infundir terror. No me voy a asustar de ellos, tengo cosas más importantes de las que asustarme. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Encerrarme en mi piso, recubrirlo de acero y sentarme aterrorizado en un rincón? Yo me muevo por Londres en bicicleta, tengo más posibilidades de ser atropellado que de ser asesinado por gente de la extrema derecha. Evidentemente tengo que ser prudente hasta cierto punto, pero ni estoy asustado ni quero darles la satisfacción de estarlo. Tampoco se puede hacer mucho más, quizá es la propia naturaleza humana: hay gente a la que le gusta aterrorizar a otras personas. ¿Y qué puedo hacer al respecto? Nada. No sé, tengo que seguir viviendo mi vida, igual que todo el mundo, no voy a vivir con miedo. Más que miedo, me da pena la gente que ha hecho esos vídeos fantaseando sobre cómo me van a volar los sesos.

Imagino que no ha mejorado en fechas recientes. Hace poco, tras la matanza de cincuenta y nueve personas en una discoteca gay de Orlando, abandonaste el estudio de televisión de Sky News en directo cuando el presentador se negó reiteradamente a calificarlo como un ataque contra el colectivo LGTB y en su lugar hablaba de un ataque contra «personas», como si la homofobia no tuviera parte.

Soy la última persona que abandona en directo un estudio de televisión, me gustan muy poco ese tipo de cosas. Pero es que me rendí, no podía más. Orlando ha sido la mayor matanza de personas LGTB desde el Holocausto. Ese día estaba desolado, muy consternado, y no estaba de humor para discutir si había sido un ataque contra la gente LGBT, para discutir obviedades.

Si eres LGBT en Gran Bretaña o en España creces en una sociedad que te rechaza. Hemos avanzado mucho, pero ese prejuicio aún es endémico. No puedes cogerte de la mano con tu pareja en muchos lugares públicos porque te asusta hacerlo, oyes que la gente aún usa la palabra «gay» como insulto y en muchos casos eres objeto de amenazas y de violencia verbal y física. Un bar gay es un lugar, el único aparte de tu casa, y en muchos casos ni eso, donde todo eso queda en suspenso. Donde puedes ser tú mismo. Y para mí la idea de ser atacado y asesinado en un sitio así es insoportablemente angustiosa. Y no lo querían aceptar. Lo comparé con un ataque a una sinagoga en la que docenas de judíos fueran asesinados a tiros. A nadie se le ocurriría proclamar que aquello sería un ataque «contra personas» y negar que fuese un ataque contra judíos. Y, desde luego, no se le ocurriría negarlo si otra persona lo dijera, que fue lo que pasó. Cada vez que yo decía que era un ataque a gente LGBT me corregía diciendo que era un ataque contra la gente. ¿Qué intentas decir? ¿Por qué discutes eso? Los LGBT sufren prejuicios, discriminación, crímenes de odio e intolerancia, y entre quienes se supone que les apoyan te encuentras a mucha gente con actitudes así. «Ya habéis conseguido derechos, dejad de quejaros». Esa mentalidad existe.

Sí, se llama homofobia.

Exacto, homofobia. Falta seriedad en lo que concierne a las personas LGBT. A muchos, cuando salen del armario, se les traslada el mensaje de que no interesa su vida sexual, se cuestiona por qué tienen que decir nada acerca de ella o hablar de su vida en público. Antes era un «sois asquerosos» y ahora es un «deja de decírnoslo, es cosa tuya». Alguna gente no ve la gravedad de que maten a gente LGBT. Por eso Orlando se debe describir como lo que fue.

Al menos, me quedo con el apoyo que recibí, que no buscaba pero que agradezco. Nunca en mi vida he recibido tanto, me llamaron incluso parlamentarios conservadores, periodistas del The Telegrapah, Daily Mail, The Times… Todos me daban su apoyo. Así que no me arrepiento lo más mínimo, en particular porque también tuve muchos mensajes de gente LGTB joven, y si consigues infundir coraje de alguna manera, bienvenido sea. En todo caso, marcharme del plató de Sky News no fue un acto político, me marché porque no lo podía soportar, no estaba pensando como activista ni nada parecido. De hecho, hasta entonces muchas personas ni siquiera sabían que yo mismo soy gay. Creo que nadie debería salir del armario contra su voluntad pero, pese a que ya hacía años que yo lo había hecho, sentía que no había hecho suficiente, dada mi posición y plataforma. Y me conforta la idea de que aquello, al menos, haya servido para algo, aunque solo sea llamar la atención contra los esfuerzos que se ponen en negar la homofobia.

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La verdadera historia de la Grecia cadáver que bebió la cicuta y mordió el ataúd

Perro Parlamento

En invierno es de noche a las cinco y media de la tarde en Atenas. Es entonces cuando trescientas cincuenta mil familias sacan las velas. En un país de once millones de personas, esos cientos de miles son los que no saben desde hace meses lo que es ver una bombilla encendida en sus casas. De la calefacción ni hablamos. El radiador se ha convertido en un elemento vintage. Se mira, pero no se toca. Se admira. Se desea. El precio de la electricidad ha aumentado en Grecia un 59% desde el año 2007, y a ese aumento hay que sumar… los impuestos. El Gobierno de Nueva Democracia recaudó por impuestos de la propiedad (en la factura de la luz) seiscientos millones de euros en el 2010, mil doscientos millones en 2011 y dos mil ochocientos millones en 2012. Lo duplican cada año. Hay que pagar la deuda. Hay que ser ciudadanos responsables. El «buen griego», como el «buen español», paga sus impuestos (y no va a manifestaciones). Cada tres meses llega «la Dolorosa». Con la factura de la electricidad vienen incluidas también las tasas municipales, el transporte de energía, la tasa de la TV pública (cerrada y reabierta, reconvertida en algo que llaman «Nerit», en instrumento de propaganda del Gobierno) y el «impuesto de emergencia» que a nadie le queda muy claro qué es ni por qué aparece, pero que en un piso de unos cien metros cuadrados puede suponer una tarifa de unos doscientos treinta euros trimestrales. «¿Y aquí no hay desahucios?», le pregunto un día a Giorgia, mi compañera de viaje, una freelance superviviente, camarógrafa, inquieta, griega, orgullosa, tenaz. Superviviente. «No muchos», me responde. «Casi todos los griegos tienen casa en propiedad por herencia. Yo, por ejemplo, vivo en una casa que me dejó mi madre. Además, el alquiler en una ciudad como Atenas es muy barato. El problema son los impuestos. Ahora hay impuestos para todo».

Según datos oficiales de la Corporación de Energía Pública (DEI) cada mes se «desconectan» de la luz unos veinte mil hogares desde el año 2013. No hay datos sobre el aumento de la venta de velas, mantas y camping gas.

No ver la tele, que va con enchufe, ni engancharse a internet antes de dormir, ni poder cargar el móvil a diario tiene sus ventajas. Ironicemos para no llorar. En Grecia ya no se llora. En Grecia se lucha y se rabia con la organización ciudadana. El Movimiento Ciudadano «Yo no pago» ha reconectado ilegalmente a miles de familias a la red nacional de electricidad acostumbradas a vivir en la penumbra por la crisis. La organización es el colchón de la cuna de la democracia. En la deprimente Atenas los bancos del tiempo son símbolos de lucha. No son bancos pero sí es tiempo dedicado a la inversión útil. Es organización vecinal para cubrir los escalones más básicos de la pirámide de Maslow. Los encargados de gobernar Grecia hasta el pasado 25 de enero han vendido su país y su orgullo y los griegos no tienen comida, no tienen luz, no tienen medicamentos ni sanidad. En una de las cinco clínicas «sociales» que se han levantado en el barrio ateniense de Eliniko, Katerina, médico oncóloga, voluntaria y responsable del espacio nos cuenta que estas clínicas nacieron a partir del año 2011, cuando la crisis empezó a golpear fuerte en Grecia y la gente empezó a quedarse sin trabajo. «En la provincia de Attica hay en torno a quince hospitales de este tipo. Todos los que trabajamos aquí somos voluntarios y no cobramos nada. En esta clínica trabajamos doscientas sesenta personas y en los últimos dos años hemos duplicado el número de usuarios. Cubrimos a pacientes sin seguridad social, pobres, desempleados, griegos y extranjeros sin ningún tipo de discriminación por razones de sexo o nacionalidad. Al principio venían más inmigrantes pero ahora un 70% de nuestros pacientes son griegos que se han quedado sin trabajo».

MédicosdelMundo

En Grecia la sanidad pública, la seguridad social, está vinculada al trabajo. Sin trabajo no hay sanidad ni seguros médicos. Además, hay un copago de cinco euros. O sea, solo por ir al médico, a cualquier cosa, a saludar, a preguntar por un medicamento, pagas. En Grecia hay tres millones y medio de desempleados según fuentes oficiales. Según Katerina, hay muchos más. La pobreza se nota en las calles. En su clínica también. Hace unos meses comenzaron a ofrecer pañales y leche porque los niños desnutridos en brazos de madres desesperadas que cruzaban la recepeción se multiplicaron. También ofrecen medicamentos caros. Por ejemplo, algunos para el tratamiento del cáncer. Algunos que pueden costar hasta dos mil quinientos euros al mes. Los medicamentos, los aparatos, la leche en polvo, los pañales; todo es fruto de la donación. De la organización ciudadana. Del orgullo. No se acepta dinero. Solo útiles.

Otro básico es la comida. Claro. En el barrio de Lampidona los vecinos han conseguido «después de mucho esfuerzo» convertir en un centro social autogestionado un edificio municipal. Hay comedor con platos calientes los miércoles y los sábados. Hay clases de danza, de guitarra, guardería, y hasta idiomas: ruso, francés e inglés. Es sábado y Angeliki está cocinando. Es morena, robusta, activa, lleva un mandil blanco impoluto, una visera del mismo color; luce canas sin complejos y me mira dispuesta a contarme orgullosa todo lo que quiera saber sobre su espacio privado de autogestión vecinal. La comunicación es difícil porque en su caso ni ruso, ni francés, ni inglés, ni español. Solo griego moderno. Y de barrio. Pero nos apañamos. «Ahora estoy preparando una pasta griega. Se llama crizaraqui; y cerdo cocido con pimientos para unas cincuenta personas». Levanta la tapa de la superolla. Huele de muerte y me rugen las tripas. Me acabo de comer una spanakopita, una empanada típica de espinacas y queso que venden en todas las panaderías de Atenas. Llevo días alimentándome de eso pero no es mucho y aún tengo hambre. Me siento mal por desear la comida que necesitan otros más que yo. Después me siento aún peor por esa compasión de mierda. Ellos no se autocompadecen. Ellos luchan y me sonríen felices y me hablan bien alto, en griego. Y no entiendo una palabra sin que Giorgia me haga traducción simultánea pero me encanta ver a esta señora de barrio a mil por hora en la cocina llena de cacerolas rebosantes. «También hay ensalada y pan con queso feta, ¿ves?» Veo. «También hay una cafetería al aire libre que abre todas las mañanas de once a dos y por las tardes hasta las once de la noche. Todas las semanas tenemos eventos, organizamos asambleas donde tomamos decisiones y discutimos de política. Votamos democráticamente y siempre desde la izquierda. Aquí somos gente de izquierda y votamos izquierda. ¡Nadie anda a la derecha!».

Comedor Virona 2

En el comedor abarrotado hay música que suena marroquí pero seguramente sea turca. Hay niños que dibujan dragones mientras comen el cerdo caliente. Hay adultos que toman café negro para cerrar el estómago después de la comida y fuman sin filtro. En Grecia se fuma mucho. Hay ley antitabaco pero en los bares la ropa huele a humo sin parar. «¿Y las multas?», se me ocurrió preguntar un día. «Como echaron a todos los funcionarios, nadie viene a multarnos ni a supervisar», me respondió un griego, camarero, con cierta sorna, mientras colocaba un cenicero encima de la mesa junto al tercio de medio litro de cerveza Vergina. Algo de cierto hay en la sorna. Seguro.

El comedor funciona porque el barrio se solidariza y las tiendas les dan la pasta, la carne, el pan. Funciona porque cada poco tiempo se organizan conciertos o festivales y el dinero de la entrada sirve para alimentar sangre y almas. Como ellos hay decenas de iniciativas. Hay profesoras voluntarias, como Amalía, que llevan diez años dando clase de griego a extranjeros en el barrio anarquista de Exarchia, escenario de las masivas protestas del año 2008 tras el asesinato a sangre fría del adolescente Alexis Grigoropoulos a manos de la policía. En Exarchia también se encuentra desapercibida y llena de pintadas la Universidad Politécnica, centro de la primera rebelión contra la dictadura de los coroneles en 1973. Hay ONG como PRAKSIS, la más importante a nivel nacional, que se sienten desbordadas por el aumento de solicitudes de ayuda que reciben cada día, por las decenas de personas que llegan a su sede de la calle Deligiorgi para lavar la ropa, para cortarse el pelo, para ver una película, para que sus hijos tomen un pan de ayer a media mañana.

Monastiraki

Grecia debe. Tiene deuda. Una deuda de treinta y cinco mil euros per cápita. Calibrada y pensada por los prestamistas. Es impagable. Grecia necesitaría no solo venderle parte del puerto del Pireo (el más importante del Mediterráneo junto al de Marsella) a China. Necesitaría crecer al ritmo de China. Y los griegos no son chinos. Los griegos son como Lavrov, un extécnico, exrecepcionista de hoteles, extrabajador. Habla portugués, español, inglés y griego, claro. Despedido. Se quedó en la calle y ahora vive en el Hotel Ionis, antes tres estrellas, ahora albergue municipal para homeless. O para vagabundos, sin florituras anglosajonas. Está lleno. Son ciento veinte inquilinos, solo cinco mujeres. Lavrov vende la revista Shedia, La Farola española. La mitad de lo que consigue vender en las plazas es para él. Y así come y puede decir de vez en cuando aquello de «¿Tomamos un café?» y sentirse parte de las costumbres de la sociedad moderna. También es guía en algo que llaman «La ruta invisible» y que organiza la propia revista. Se trata de un viaje por la Atenas «chunga», la que no te vende la Lonely Planet, la que no se ve. La Atenas pobre, la Atenas drogadicta, la Atenas de la gente que dejó de usar tarjetas de crédito, que duerme en la calle y que no toma cafés fuera de casa. La Atenas provocada y endeudada, la que empezó después de la crisis, después del pluriempleo. Son los sábados, dura un par de horas y acuden guiris comprometidos con mochila. El día que vamos a grabar hay tres alemanes pubertos altos y rubios que se hacen selfies con la miseria. No estoy muy segura de que me guste la idea, pero a Lavrov le pagan por enseñar uñas sucias, propias y ajenas, así que quién soy yo para pensar.

Pireo

El 25 de enero ganó la izquierda en Grecia. Ganó la izquierda que dice que lo es sin complejos. Tsipras no habla de «transversalidad». Habla de que los griegos coman y tengan luz y calefacción en sus casas antes de pagar una deuda privada y exagerada. Es claro, carismático y no usa corbata. Los griegos dicen que votaron Syriza por humanidad y dignidad. Pero el domingo de la victoria por la noche fueron los primeros en irse a casa. Los periodistas internacionales rebosaban adrenalina. Los griegos optimismo escéptico. Es la respuesta comprensible al estímulo de los palos sin límite. Los niños corren a encerrarse en el cuarto de baño de casa cuando su madre se quita la zapatilla porque se han portado mal. Las tripas rugen y el paladar saliva cuando olemos comida y tenemos hambre. La glándula de la serotonina explosiona cuando esa persona nos mete la lengua hasta la campanilla y nos invita a una copa más. Superado el miedo, el escepticismo es el estímulo lógico tras el shock de la destrucción de guante blanco.

Alexis Tsipras apareció vestido de Theodoros Kolokotronis en la portada de una revista ateniense la semana de su victoria. Kolokotronis es un héroe nacional porque liberó a los griegos del Imperio otomano tras cuatrocientos años de ocupación. Hay mucho de aquello, de aquel imperio, en la Grecia de hoy. En el carácter, en la comida, en la ciudad, en los modales y costumbres. El tiempo marca, sella, impregna. Los deseos y la lucha deciden, cambian. Sentencian.

Limpiadoras

Fotografía: Esther Yáñez


Demasiada realidad

«Las fotografías con imágenes desagradables solo se publicarán cuando añadan información». Eso dice el libro de estilo del diario El País y, con pequeñas variantes, la inmensa mayoría de los libros de estilo de los medios de prensa internacionales. Es una preocupación moderna. En 1928, el libro del estilo del The Manchester Guardian (el predecesor de The Guardian) ni siquiera mencionaba la palabra fotografía. La llamada Edad de Oro del periodismo fotográfico no llegó hasta unos años después. Los años de Robert Capa, Dorothea Lange y Tony Vaccaro.

En realidad, la citada frase del libro de estilo de El País no dice nada. Como dijo el Conde de Romanones, «ustedes hagan la ley que yo haré el reglamento». ¿Qué es desagradable y qué no lo es? ¿Debe lo desagradable ser medido de acuerdo a criterios estéticos, ideológicos, humanitarios o religiosos? ¿Y cuándo consideramos que se está añadiendo información? ¿Añadiendo información a qué? ¿Al texto? ¿Al conocimiento medio del lector medio de las circunstancias que rodean la fotografía? ¿Existe acaso una sola fotografía sobre la faz del planeta Tierra que no pueda ser descrita con palabras?

«Un hombre cae de un edificio».

The Falling Man
The Falling Man – Fotografía de Richard Drew.

En una frase de seis palabras caben holgadamente más de seis mentiras. La fotografía The Falling Man se tomó quince segundos después de las 9:41 de la mañana del once de septiembre de 2001, hora de Nueva York. El hombre no cayó, se lanzó. Pero no se suicidó. La distinción es sutil pero importante: el suicida escoge entre vida y muerte, el hombre que cae solo escoge entre dos tipos de muerte. El hombre se lanzó al vacío porque la perspectiva de morir aplastado contra el asfalto fue más halagüeña para él que la de morir abrasado en el interior del edificio. El edificio estaba en llamas. Y no por accidente. Había sido blanco de un atentado terrorista. El hombre tenía familia. Es probable que mujer e hijos. No se lanzó solo. Había más como él, en su misma situación, cayendo a su lado o segundos después. El edificio no era uno cualquiera, sino uno de los símbolos del poder financiero de los EE. UU.

Pero la fotografía tampoco lo explica todo. El fotógrafo, Richard Drew, no conoce el nombre del hombre que cae en el momento de tomar la foto ni tampoco días después. Uno de los editores del Toronto Globe and Mail le encarga a uno de sus periodistas, Peter Cheney, que averigüe su identidad. Cheney manda la foto a un estudio fotográfico para que aclare y defina la imagen. El hombre que cae no es negro, pero su piel es oscura. Probablemente latino. No lleva camisa sino una especie de chaqueta blanca parecida a la de los camareros de algunos restaurantes. Tras estudiar las fotografías de todos aquellos que podrían encajar en la descripción, Cheney cree haber dado con un candidato: Norberto Hernández. Cheney se dirige a Queens y habla con Tino y Milagros, los hermanos de Norberto. Le dicen que el hombre de la foto es Norberto. Cheney intenta hablar con la mujer de Norberto y sus tres hijas, que le rechazan. El cadáver de Norberto tiene que ser identificado por su ADN pues solo queda de él un brazo y el torso. Cheney se presenta en el funeral de Norberto con la foto. Jacqueline, la hija mayor de Norberto, le contesta «ese trozo de mierda no es mi padre».

En realidad, la ropa no encaja. Ni Norberto ni ninguno de sus compañeros vestían ese tipo de uniforme el once de septiembre de 2001. El hombre que cae es mucho más probablemente Jonathan Briley. La historia de la búsqueda la explica Tom Junod en la revista Esquire.

Se puede mentir en una foto al igual que se miente en un texto. Pero para que la mentira fotográfica funcione se requiere de la suspensión de la incredulidad del espectador. De su complicidad. Y eso es así porque la foto refleja la realidad mientras que el texto simplemente la representa. La foto ofrece asideros al espectador (los de su propia experiencia con la realidad) que el texto puede negarle fácilmente. Sin los prejuicios del lector del diario, la fotografía mentirosa se derriba como un castillo de naipes. Para desenmascarar una imagen mentirosa suele bastar con preguntarse qué o quién hay dos centímetros más allá de sus márgenes. A veces es suficiente con preguntarle ¿por qué? al protagonista de la foto.

¿Vale más una imagen que mil palabras? No siempre. Sí es cierto que las buenas fotografías periodísticas requieren de más de mil palabras para poder ser descritas con precisión quirúrgica.

El periodismo, en definitiva, es una elección moral. Del periodista, pero también del lector. Nadie que examine atentamente The Falling Man, que analice uno a uno sus píxeles, verá escrito en ninguno de ellos las palabras terror, claustrofobia, indignación, dolor, odio, desesperación o compasión. Todas esas sensaciones están en el espectador esperando a aflorar con el estímulo correcto. También la del morbo. El morbo lo lleva el lector de serie. Otra cosa es cómo lo canalice y cuáles sean sus gatillos.

El morbo del lector, como su indignación moral, dice más de lo que tiene este en la cabeza que de la foto que lo ha provocado.

¿Debía publicarse The Falling Man? Sí, rotundamente. El clamor contra la fotografía fue abrumador durante los días posteriores a los atentados del 11-S. Pero el debate no le correspondía a la muchedumbre sino a la prensa.

Así dio RTVE la noticia de la muerte de Fernando Martín en 1989. Y así la de Tino Casal dos años después. Hoy en día muchos diarios digitales ofrecen sus imágenes más crudas ocultas bajo un aviso que no deja lugar a dudas: el lector que hace clic en ellas es perfectamente consciente de lo que va a encontrar debajo.

Queda la familia del fallecido. Los cuerpos mutilados no dejan de existir por el hecho de que no se publique su fotografía, así que cabe preguntarse si con la decisión de no publicar se pretende proteger al periodismo, al muerto, a sus familiares o una determinada idea de la moral pública. El cadáver del conductor estrellado ya ha sido visto por cientos de personas antes de aparecer en el diario: otros conductores, curiosos agolpados al borde de la carretera, policías, sanitarios, enfermeros, forenses. ¿Es más o menos cruel la fotografía de una operación a corazón abierto que la de una persona destripada por una bomba terrorista? ¿Es la foto más o menos cruel si se ve sangre en ella? ¿Es menos cruel la foto si fue tomada hace más de veinte años, si su protagonista no es español, si su autor es un fotógrafo de prestigio como Henri Cartier-Bresson, si es una foto icónica, si ha sido publicada por el Washington Post en vez de por un tabloide como el Daily Mail, si la foto ha pasado desapercibida a las hordas de trolls de internet o si ha recibido el premio Pulitzer? ¿Hay alguna fotografía capaz de superar el horror de un párrafo como este?:

Hay un momento de Trece entre mil, la película de Iñaki Arteta, en que un guardia civil habla de un asunto realmente interesante. Los antecedentes de este hombre, y el argumento de autoridad que de ellos se desprende, llaman la atención. Una mañana entró en su coche con sus gemelos de dos años, arrancó, dio un par de vueltas y el coche estalló. Vivo, aunque con los tímpanos reventados, salió corriendo hacia la parte de atrás donde estaban los niños. Uno estaba bien, Álex, me parece que se llamaba. El otro, sin embargo, estaba partido en varios trozos. El padre explica ante la cámara que era ciertamente difícil recoger los trozos, que se le resbalaban, y pone en este detalle una atención fría y técnica, muy convincente. Sin duda, uno de los problemas de que despedacen a tu hijito es esa característica jabonosa de los trozos. ¿Cómo cogerlos, eh? (Arcadi Espada)

El diario La Voz de Galicia publicó una serie de fotografías tras el accidente de tren de Santiago que algunos calificaron de insensibles e innecesarias. He mandado el link a varios periodistas españoles para preguntarles su opinión sobre la pertinencia de esas fotografías. ¿Debieron publicarse? ¿Por qué sí o por qué no? ¿Dónde trazamos la raya? ¿Sí cuando son niños sirios pero no cuando son de Salamanca?

Juan Pablo Arenas (periodista de Radio 5)

Yo para estas cosas soy muy bruto. Jamás entendí que los periodistas tengan que andar preocupados del pudor ajeno. Pero está claro que ahora importa. Los toros desaparecerán por eso: ver sangre es feo y queremos comprar filetes en bandejitas. No matamos lo que comemos y ya ni pensamos en los ojitos que tenía el corderito o la ternera. Recuerdo haber visto en un restaurante un reportaje sobre ese desastre republicano que es Sarah Palin, quien había matado un ciervo. Con ojitos el ciervo. Los gritos de desaprobación del público hacia la asesina de ciervos eran tremendos. Y lo decían ellos que devoraban un cachorro de cerdito. Que también tenía ojitos, supongo. 

Te dicen que no es necesario. Que no hace falta. Que con la información es suficiente. Que el periodista busca el morbo. El morbo. El placer innecesario. Me recuerda a quienes te censuran que veas porno. Que contribuyes a la cosificacion, dices. Los delitos sin víctima, que decía Escohotado, de cosas como el porno o las drogas. Está mal que halles placer viendo muertos. Yo no sé si la mayoría siente placer viendo muertos, pero creo que a la mayoría sí que le interesa. 

Pero a ver cómo discernimos entre quienes se interesan profesionalmente y quienes se interesan por placer. Imagínate que tenemos un forense necrófilo que respeta muertos. ¿Deberíamos prohibirle ejercer? ¿Que disfrutase sobando muertos lo incapacitaría para ejercer su profesión? Parece que exigimos asepsia cristiana con estas cosas. Imagínate que declara que se excita pero los respeta y no les hace nada que no haría un forense neutro. ¿Deberíamos aterrorizarnos porque, al fin y al cabo, se le excitan las mismas áreas cerebrales de recompensa que si come chocolate o le hacen una felación? 

Yo me alegro de que sobre Auschwitz no haya pudor y se considere educativo y no morboso mostrar las pilas de muertos, las cámaras de gas y demás. Como siempre decimos, nos falta algún educativo gulag o esos campitos de reeducar homosexuales que tenía el camarada Fidel Castro. Nadie se escandaliza por enseñar muertos judíos de la Segunda Guerra Mundial. Parece que tampoco sobre los muertos por napalm en Vietnam. Pero el 11-S tuvo su pudor muy pronto. Queda feo la gente lanzándose desde el piso 50. Como si eso no fuera consecuencia del terrorismo. Al igual pasó con los muertos del 11-M. El mismo manto de pudor.

Creo que hay mucha enseñanza en el muerto por descarrilamiento. Tanta como hay en los toros o en matar lo que comes. Pero nos han comido el terrenos los pudorosos. Los mismos que piden pastillas del día después como lacasitos, pero luego les espanta que las niñas se subasten en una discoteca para hacer uso de las pastillitas. 

Son los tiempos. Hemos cambiado. Quizá para bien. Supongo que ese horror a la sangre tiene sus consecuencias buenas. Pero te cuento una batallita. 

Mi padre trabajaba en una radio chilena en los años 60. Él aprendió el oficio sin universidad. Pirateando cables y cosas así. Un día se cae un avión en Los Andes. No fue el famoso de Viven. Otro. Mi padre es el primer periodista en llegar allí. Montado en un burro y con una unidad móvil del Chile de los 60. Imagínate. Solo hay carabineros. Llega la noche y mi padre se echa a dormir entre cadáveres. Está solo. Apenas unos carabineros. El aire apesta a queroseno. A la mañana siguiente llegó el resto de periodistas. Mi padre, entre tanto, hizo sus crónicas y comió lo que pudo. Todo esto entre cadáveres. En cambio, recuerda el tratamiento sentimental de las becarias de las televisiones cuando se cayó el avión de Spanair en Barajas. Vestiditas enseñando muslo. Me cuentan que muchas tuvieron que ir al psicólogo por ver muertos. Pobrecitas. Mi padre no le preguntó a nadie cómo se sentía. Por suerte.

Manuel Jabois (periodista de El Mundo)

Lee Miller, con su amante Dave Scherman, entró en la residencia secreta de Munich de Hitler en la caída del nazismo. Te cito a Juan Forn, que escribe unas piezas magistrales en el diario argentino Página 12: «Miller envió a Vogue dos rollos de fotos realizados esa jornada: uno era de fotos tomadas por ella, el otro era de fotos de ella tomadas por Scherman. En el primero se veían imágenes estremecedoras de cuerpos famélicos apilados unos encima de otros, con los ojos aún abiertos y la mueca de la muerte deformándolos. Miller rogó a Vogue que tuvieran el coraje de publicarlas y que titularan la nota con una sola palabra, en tamaño catástrofe: CREANLO».

Bien, no todo es nazismo ni todos los cadáveres son iguales, pero para creer algo importante a veces hay que tocar, no basta con que te lo cuenten los apóstoles. El periodismo no puede darse ciertos lujos atendiendo a sensibilidades cuando la noticia es demasiado grande. No creo que una imagen valga siempre mil palabras, pero llega muchas veces donde no la escritura; no defiendo la visión de un cuerpo volatizado ni mutilado ni una cabeza separada de un tronco, sino el enfoque general desde el que se asome una descripción del horror (aunque me gustaría ver a muchos, en caso de atentado, hablar de los derechos de los pueblos y su opresión administrativa delante de una imagen gore).

El trabajo del periodismo en estas lides es saber dónde y cuándo está el «créanlo».

Y sí, si mis familiares más queridos estuviesen en el tren de Santiago y una foto los incluyese como descripción gráfica de la tragedia, no me parecería mal si esa fotografía se dirige a la escrupulosa información, no al escrupuloso morbo.

PD: Una foto de niños sirios bombardeados no es lo mismo que una foto de unos niños de Salamanca muertos por una explosión de butano, y viceversa. Respecto a los píxeles en menores fallecidos, nunca salvo que se quiera proteger su intimidad de quienes creen en la resurrección.

Arcadi Espada (periodista de El Mundo)

El reportaje tiene fotos excepcionales y otras que lo son menos; y no puedo darle una opinión global, porque las fotos no son frases sino unidades de destino en lo universal. Desgraciadamente los editores gráficos de los periódicos socialdemócratas (pleonasmo) aún no han podido convertir la muerte y sus destrozos en una cosa guay. Pero estamos en ello e invoquemos que pronto, como en el verso inmortal del independentista Maragall, sia la mort una més gran naixença.

Marcel Gascón (corresponsal de la agencia EFE en Johannesburgo)

En el pudor a mostrar los cuerpos devastados hay un viejo prejuicio parecido al que llama vieja enfermedad al cáncer y omite el sida como causa de muerte, como si el herido, el decapitado o el mutilado, que no suele haberse provocado los desperfectos, tuviera alguna culpa de la incomodidad que causa la exposición de sus vísceras.

Ferran Caballero (periodista de Crónica Global y Diàlegs)

Creo que deben o pueden publicarse sin demasiado problema. Básicamente, porque son fotografías reales de un hecho noticiable. Y eso es la información, por desagradable que resulte el hecho del que se informa. Entiendo que el problema es de respeto a la intimidad de las personas que puedan aparecer en algunas de esas fotografías. Pero entiendo también que el criterio general más razonable, o un acuerdo tácito que de entrada me parece razonable respetar, es que al estar en un lugar público la imagen de uno ya es pública (aunque debo reconocer que no estoy muy seguro de si uno acepta implícitamente cualquier uso que pueda hacerse de su imagen por el simple hecho de salir a la calle, en todo caso sí que creo que eso no dependería de la situación en la que se tome la imagen ni de la situación en la que el interesado aparezca en ella).

Aquí tampoco creo que deba haber nada parecido al kilómetro moral, así que lo mismo daría que fuesen sirios que gallegos. Otra cosa son los niños y los muertos. Aunque tampoco estoy muy seguro de ello, me parece que en ambos casos sus imágenes deben pixelarse porque no forman parte, de facto, de los pactos que rigen el espacio público. Por no estar en disposición, por así decirlo, de dar la cara. 

Berta González de Vega (periodista de El Mundo en Málaga)

Tan cierto es que nos importan más los niños gallegos que los sirios, como verdad es que no vale informativamente lo mismo un muerto gallego que sirio. Lo de los pixeles me aturde un poco porque no entiendo que se le pongan a niños que están muertos ya. Es horriblemente crudo pero si se trata de proteger al niño y ese niño ya no está, ¿qué más da? Además, no parece que haya un criterio muy claro. Pero debe de haber mucho miedo a demandas.

Ahora, a los padres nos piden permiso los propios colegios para utilizar fotos de los niños en catálogos y en el libro anual. Ayer estuve con una amiga fotógrafa de hoteles de lujo y me dijo que lleva en el móvil un formulario para que firme gente que pueda eventualmente salir en una foto dando su permiso. Por otra parte, en fotos dramáticas, que son las que te interesan, sí que creo que se debe tener consideración hacia las familias. Una amiga de informativos de  la tele me contó una vez cómo llamó una familia pidiendo por favor que dejaran de sacar el accidente mortal del padre cada vez que necesitaban fotos de archivo de Tráfico. Lo entiendo. Me imagino que, volviendo a los sirios, los periódicos saben que no va a llamar a la redacción la familia de esos niños gaseados y sí puede hacerlo la de los niños de Angrois. Creo que es así de simple y tremendo.

Javier Jubierre (jefe de fotografía de El Periódico)

La línea está en el lugar donde la información se convierte en morbo. En un accidente de tren nos podemos imaginar la barbarie de los cuerpos calcinados y mutilados. Eso no debe publicarse, no aporta nada. Las imágenes de la matanza en Siria por las armas químicas sí deben publicarse. La visión de los cadáveres sin heridas de armas convencionales y las convulsiones de los heridos son la demostración del uso de este tipo de armas prohibidas por la Convención de Ginebra.

La protección del menor radica en que la publicación de informaciones e imágenes de niños pueda, en un futuro, ser perjudicial para estos menores. Cuando los niños ya están muertos, la ética de publicar fotos tiene que ser la misma que con los adultos.

Andrés Mourenza (periodista, actualmente desarrolla su trabajo en Atenas)

En verano de 2010, en una localidad remota de Turquía, Hakkari, encajonada entre las fronteras de Irán e Irak, y primera línea de batalla en el enfrentamiento entre el Estado turco y los militantes del grupo armado kurdo PKK, el dirigente de una asociación de derechos humanos activista nos mostró unas fotografías a un grupo de tres periodistas españoles. Eran los cadáveres de guerrilleros del PKK entregados unos meses antes a sus familias por las fuerzas de seguridad turcas. Los periodistas tuvimos que apoyarnos en la pared y sujetarnos las tripas del mareo.

Las imágenes mostraban cuerpos hinchados de forma antinatural, carne deformada como si fuese plástico quemado, rostros desencajados, miembros desprendidos y vísceras al descubierto. Las habían tomado los activistas de la asociación y contaban con el permiso de sus familiares para hacerlas públicas pues, según ellos, era la prueba de que el ejército turco ha utilizado armas químicas en su lucha contra el PKK (o bien había sometido a los cadáveres a algún proceso químico y los había mutilado sádicamente, una práctica que igualmente viola todo principio de humanidad, si es que existe, en la práctica de la guerra).

Las imágenes no habían sido publicadas en ningún medio y solo estaban en posesión de Der Spiegel (el semanario alemán, que puede permitirse esas cosas, contrató los servicios de un instituto forense para que examinase las fotografías y este concluyó que efectivamente los cuerpos habían sido sometidos a algún tipo de sustancia química, antes o después de la muerte) y de los tres periodistas españoles allí presentes. Era por tanto una cierta exclusiva.

Contacté con mis compañeros de El Periódico y decidimos que, a pesar de la prueba documental que suponía, no había ningún modo en que aquello pudiese ser publicado en las páginas de un diario (se publicó una foto del lavado de los cadáveres vista desde lejos y un artículo que explicaba la situación) aunque yo sí decidí incluir una de las imágenes en mi blog en una ventana que se podía abrir solo tras leer un aviso de lo que se procedía a ver (las nuevas tecnologías nos permiten este tipo de cosas imposibles en las páginas de un diario). Mi decisión se debió a que esas imágenes horrendas eran la prueba de que lo que se contaba en el artículo para nada era producto de la exageración o de lo que el Gobierno turco insistía en denominar «propaganda del PKK» (un grupo con el que, por otra parte, este periodista no simpatiza en absoluto).

Los periodistas ejercemos nuestra profesión de forma peculiar: nos metemos hasta la cocina de las historias, preguntando sin pudor a la gente por su salario, su estado laboral, su vida privada, etcétera, para, a través de historias personales, poder componer una radiografía de una determinada situación social. Pero no debemos olvidar que existe un pacto implícito con ese ciudadano, a la vez actor y lector, y es el de no forzar ciertos límites. De la misma manera que una persona puede negarse a hacer declaraciones (no rige lo mismo para el político, que es un servidor público y tiene el deber de rendir cuentas) y eso no debe llevar al periodista a tratar de forzar al entrevistado, lo mismo ocurre con la fotografía.

Recientemente, en Grecia se vivió una polémica por el uso de una imagen en la que se veía al rapero Pavlos Fyssas, poco después de ser apuñalado por un presunto miembro del partido neonazi Amanecer Dorado, desfallecer en brazos de su novia, compungida de dolor. La fotografía apareció en la portada dominical del diario Proto Thema con la loable intención de condenar el crimen (el título rezaba No olvido el fascismo) pero la familia, al verla, escribió a la publicación exigiéndole su retirada por considerarla «un insulto a la memoria de un muerto» y pidiendo «respeto al luto» que vivían. El diario se negó, lo que fue objeto de múltiples críticas (sus oficinas fueron además atacadas por un grupo de simpatizantes anarquistas) incluidas algunas desde dentro de la profesión: el Sindicato de Periodistas de Atenas (ESIEA) lo consideró una violación de los principios éticos del periodismo y una ofensa a las reglas del oficio. ¿Por qué? Porque no respetaba la privacidad ni mostraba el necesario tacto y sensibilidad hacia el muerto y su familia y, sobre todo, «no servía a la necesidad informativa». En el momento de la publicación de dicha foto, Fyssas hacía días que había muerto (su muerte por tanto no era noticia) y su asesino había sido capturado y había confesado el crimen. Por tanto, la fotografía no servía sino para alimentar el sensacionalismo.

Y es que la pregunta fundamental que nos debemos responder antes de publicar una foto que pueda herir sensibilidades es ¿aporta algo informativamente? En una guerra, las fotografías de unos cadáveres pueden aportar pruebas sobre una matanza; en otro tipo de situaciones, quizá no sirvan de tanto. Si no respetamos unos mínimos límites, lo único que estaremos haciendo es contribuir al espectáculo de lo truculento, a llenar pantallas de sangre y vísceras provocando en los espectadores el empacho de la macabro y, por tanto, una menor efectividad de otras imágenes cuyo uso sí sea pertinente desde el punto de vista informativo.

Carlos Salas (ex redactor jefe de Internacional de El Mundo)

Cuando se publican algunas fotos de tragedias humanas, se crea una gran alarma pública que sirve para presionar a los gobiernos y estos al final se ven obligados a intervenir para lograr la paz o detener las matanzas. 

El ejemplo más actual sucedió con el ataque de gas sarín en los alrededores de Damasco. Murieron civiles, sobre todo niños y mujeres. Si esas imágenes no hubieran aparecido, la opinión pública no habría tenido idea del drama. De hecho, ya había habido otros ataques pero sin apenas repercusión en los medios. Pero fue en este caso, al ver las imágenes, que los EE. UU. y otros países dijeron: ya basta, habéis cruzado la línea roja.

Al ser imágenes impactantes, parte de la opinión pública interpreta que los medios están explotando el morbo. 

La pregunta que nos hacemos los periodistas es: ¿cómo se deben mostrar las fotos? Cada tragedia es un nuevo catálogo de horrores y esas cosas no aparecen en los libros de estilo de los medios, sino en el corazón del redactor jefe y de su equipo, en el alma del director y su equipo, que al final, tras un debate interno muy profundo, toman la decisión final, sabiendo que muchos lectores se enfadarán.

Vicente Fdez. de Bobadilla (periodista de Muy Interesante, GQ, Público y Zoom News, y ex jefe de sociedad de Tiempo)

El criterio básico que debe seguirse a la hora de publicar cualquier imagen en prensa es considerar si aporta algo a la noticia, a lo que se está contando en el texto. En el caso del accidente de Galicia, pueden ser más relevantes imágenes generales que permitan apreciar la magnitud del suceso, que planos más o menos cercanos de muertos y heridos sobre cuya existencia ya se nos ha informado. El famoso vídeo publicado por ZoomNews es un buen ejemplo, ya que ofrece una imagen clara del siniestro, espectacular, pero que nunca llega a entrar en lo escabroso.

Por otra parte, las imágenes explícitas pueden tener más sentido a la hora de informar sobre conflictos bélicos o limpiezas étnicas, por su valor como elemento de denuncia ante situaciones en las que debería intervenir la comunidad internacional… Pero incluso así, definir el límite no es fácil. Siempre es mejor pecar por defecto que por exceso.

Uno de los tópicos sobre la prensa supone que la escabrosidad del material gráfico hace subir las ventas. Sea esto cierto o no, con los medios digitales las reglas han cambiado, y lo que sí que hace es fomentar el debate, lo que se traduce en un incremento de visitas. Si un diario digital (y no todos lo hacen) decide publicar imágenes de gran crudeza, los comentarios no tardarán en llegar: primero, para aprobar o criticar esa publicación, y segundo, para discutir entre los propios autores de los comentarios, que vuelven a entrar para ver quién ha contestado a lo que pusieron.

Al igual que los titulares escandalosos, o la mezcla de información y opinión, este tipo de imágenes se han convertido en un buen aliado para los medios que carecen de estructura, o de profesionalidad, para ganar lectores acostumbrándolos a leer un trabajo periodístico de calidad.

Eugenio Camacho (periodista)

Vaya por delante que, en este tipo de accidentes trágicos, estamos ante sucesos que despiertan un enorme interés general. Sin embargo, personalmente no me siento bien viendo esas fotografías publicadas, ya que no se salvaguardan la intimidad, la privacidad, el dolor y la dignidad de las víctimas y de sus familiares y seres queridos, que deben estar siempre por encima del interés informativo. La línea frágil que separa la información del morbo es muy fácil de traspasar.

De cualquier forma, hay que diferenciar este suceso de los atentados del 11-M. Un accidente ferroviario provocado por un error humano no es comparable con un ataque terrorista, aunque sí la magnitud de la tragedia.

Este mismo debate se suscitó tras la portada a cinco columnas de El País con la terrible foto en la que se veía un trozo de extremidad ensangrentada en medio de la vía, y que también reprodujeron prestigiosos medios internacionales, como Time o The Times. En ese caso, y en otros muchos casos de atentados terroristas, lo monstruoso no es la foto, sino la locura de los asesinos que sembraron la muerte entre gente inocente.

El fotógrafo de prensa tiene que hacer fotos, y aunque muchas veces le duela ver, tiene que hacerlo, porque a través del objetivo de su cámara miramos todos los demás.

Ramón Lobo (periodista de El Periódico)

Es un asunto complejo. Podemos fijar normas éticas que no resistirían la primera foto conflictiva. Todo es publicable si respeta la persona que sale en la foto. No es posible cebarse con niños llenos de moscas en una hambruna y no dar imágenes de muertos en el 11-S. Debe existir un criterio universal; no uno para los blancos y otro para el Tercer Mundo. Una de las mejores respuestas sobre este asunto me la dio este verano Santi Lyon, jefe de fotografía de Associated Press: la foto debe llegar a la cabeza, al corazón o al estómago. Si produce repulsión y obliga al lector a pasar la página, la foto no es eficaz. La foto debe conseguir que el lector se detenga, mire y, si es posible, reflexione.

José María Albert de Paco (periodista de Libertad Digital)

Lo que se debe exigir a un periódico es que todo lo que publique venga precedido de una reflexión. En este sentido, un acto de violencia, o sus efectos, no me parecen distintos de cualquier otra pieza. En el caso de un atentado terrorista, por ejemplo, creo que la exhibición de los heridos y los cadáveres contribuye a mostrar su crudeza. Y ese mismo mandato (más cívico que periodístico), debería valer para los efectos de un bombardeo.

A este respecto, hay quien cree que un exceso de violencia en los medios tiende a insensibilizar a la audiencia. No lo tengo tan claro; por volver al terrorismo, y concretamente a ETA, nada hizo más por insensibilizar a los españoles que esos breves a pie de página en que se fueron amontonando las víctimas.

¿Los niños sirios? Por supuesto, debemos verlos: sería una inmoralidad admirar los cuadros de Goya y cerrar los ojos a lo que el mundo sigue teniendo de desastre de la guerra. Ahora bien, qué reflexión media en las fotos del accidente ferroviario de Santiago. Ninguna, me temo. Publicar esas fotos recuerda a la pregunta de por qué los perros se lamen los cojones. Porque pueden, en efecto. ¿Por qué las publicamos? Porque las tenemos, porque alguien pasaba por allí. Por la misma razón por la que se divulgan en televisión imágenes del parlamento de Taiwán o un atraco en una gasolinera de Atlantic City. Puro entertainment. ¿Deben servir las imágenes de una tragedia para amortiguar el tedio? No lo tengo claro, pero me da que es poner el listón muy bajo.

John Müller (director adjunto de El Mundo)

Personalmente soy partidario de publicar todo lo posible. Pero internet plantea un problema adicional: las imágenes quedan en la red. Antes, publicabas un día y el papel moría, pero ahora hay que considerar el archivo infinito en todas las dimensiones que es la red. Algunas de estas imágenes, vistas hoy, pueden hacer que ciertas personas, implicadas en los hechos, sientan que su imagen se ve menoscabada. Es una consideración que desborda la legitimidad del acto periodístico, del hecho de que las fotos se hayan hecho en un sitio público o no y de que sean pertinentes. Ya lo vivimos con el 11-M. Esa es para mí la principal preocupación. Y considerando ese elemento, hay fotos en este álbum que yo no habría escogido.

Curiosamente las fotos de la niña no me despiertan ningún reparo. Ni me parecen ofensivas ni exageradamente intrusivas. En este caso, creo que no se necesitaba pixelar porque en una imagen ella tiene la cara vuelta y en la otra, apenas se ven los ojos. Habría sido absurdo.

Siempre habrá polémica con este asunto porque está en juego la subjetividad humana. Hay que aplicar el sentido común. Pero en la duda, que siempre existirá, si se trata de un acto informativo legítimo (ojo, legítimo) es mejor publicar aunque se corra el riesgo de menoscabar la honra de esas personas antes que lesionar el derecho a informarse de millones de ciudadanos. Estos valorarán los hechos y se formarán una opinión completa, incluso crítica de la información, cosa que no podrían hacer si se les ocultara una parte de la misma.

Jordi Pérez Colomé (periodista)

Ante la duda, publicar. Dos matices. Uno, creo que tienen menos valor informativo fotos del resultado de un accidente que de un atentado o guerra. Dos, no es necesario ver primeros planos o heridas abiertas. Los cadáveres tienen familiares. Acabo de visitar un periódico de Guatemala que publica cada día buenas fotos de cadáveres. Su criterio: nada de chorretes de sangre ni cuerpos fáciles de identificar. Me parece bien.

Enric González (periodista de El Mundo)

Si hablamos de esas fotos en concreto, deben publicarse. Por supuesto. Tienen interés informativo y no vulneran la dignidad de nadie. También, por supuesto, los menores deben tener el rostro pixelado o cubierto de alguna forma porque lo impone la ley.

Lucía Méndez (periodista de El Mundo)
Es evidente que lo ideal sería que los medios de comunicación no contribuyeran con lo que publican al dolor de las personas que han sido víctimas de accidentes o atentados. Eso me parece lo más importante: no dañar a nadie con nuestro trabajo. Aunque desgraciadamente creo que eso no es posible. Los medios tienen su propia dinámica. Yo personalmente creo que las fotografías y las imágenes cruentas no añaden nada a la información, pero no conozco ningún medio, ¡ninguno!, que no haya caído en la tentación de publicar imágenes de este tipo en los últimos años. Y también creo que los medios impresos en esto se han contagiado de la televisión. Como en otras noticias que damos. El periodismo en la web creo que también abusa de ellas. Tiene algo que ver, creo, con la sociedad en la que vivimos. Los medios norteamericanos, por ejemplo, no lo hicieron el 11-S porque es otro tipo de sociedad. Lo de pixelar los ojos me parece francamente algo hipócrita, porque a los niños se les reconoce perfectamente el resto de la cara, entonces no sé muy bien para qué sirve. Aunque supongo que con esto se puede acallar la conciencia de no estar violando la intimidad de un menor. Lo cierto es que el debate sobre si publicar o no imágenes cruentas la mayor parte de las veces, o por lo menos esta es mi experiencia, se inclina siempre del lado de publicarlas. Si los periodistas llegan a tiempo al lugar de la tragedia, como es el caso del accidente de Santiago, doy por seguro que difundirán las imágenes. Otra cosa es que cuando lleguen ya no haya nada que fotografiar.


La extrema derecha y el sindicalista despistado

Timo Soini, líder del Partido de los Verdaderos Finlandeses
Timo Soini, líder del Partido de los Verdaderos Finlandeses.

El otro día estuve charlando con un amigo que trabaja en una organización sindical internacional y me comentó que estaba escandalizado. Acababa de regresar de  un encuentro con sindicalistas del norte de Europa y le había preocupado la naturalidad con la que sus colegas se referían a los Verdaderos Fineses, partido de extrema derecha que sacó casi un 20% en las pasadas legislativas. Por lo visto alguno de sus compañeros le había comentado que el discurso de este partido no chocaba frontalmente con los postulados del sindicato ni con sus bases. Para mi amigo esta idea resultaba inconcebible: «¿Cómo alguien de izquierdas podía tener cualquier tipo de relación con aquella gente que no fuera una lucha frontal?». Sus colegas griegos o húngaros, según me contó, sí que estaban preocupados y eran mucho más activos frente a Amanecer Dorado y Jobbik. Y no es para menos, porque aquellos partidos ultraderechistas no solo cuentan con representación parlamentaria, es que tienen hasta sus propias milicias armadas.

La verdad es que esta conversación me dejó pensativo. ¿Cómo es posible que hubiera esta diferencia de pareceres? No sería extraño que se tratase de un problema de comunicación. Siempre hay dificultades a la hora de moverse en el mundo de las etiquetas ideológicas, las cuales no viajan fácilmente entre países. Aunque tenemos algunas herramientas para intentar orientarnos (por ejemplo, mirar a sus programas), siempre es un tema controvertido y matizable. ¿Está más a la derecha la UMP francesa que la CDU alemana? ¿Es más de izquierdas SYRIZA o Izquierda Unida? ¿Son iguales los liberales ingleses que los daneses? Quizá simplemente hablaban de cosas distintas. Quizá simplemente el Partido del Progreso noruego, que será clave para gobernar el país, es algo relativamente distinto a lo que asimilamos aquí como extrema derecha. Pero entonces ¿Qué es un partido de extrema derecha?

Los que más han estudiado el tema recomiendan distinguir entre dos grandes familias. Por una parte estarían los partidos neofascistas, que equivaldría a nostálgicos de regímenes pasados y que son unos partidos bastante viejos pero no muy importantes. En España, por ejemplo, la familia de las Falanges se ajusta bien al patrón. Por otra parte estarían los partidos populistas de extrema derecha, esos que cada vez que hay elecciones en un país de nuestro entorno hace saltar las alarmas. Y es que mientras que los neofascistas son estables en el tiempo en términos de apoyos electorales (incluso ligeramente a la baja), los populistas han crecido muchísimo desde los años 80. Sin embargo, esta definición no permite identificarlos por su sustancia ideológica, un elemento fundamental para comprender por qué han tomado posiciones en muchos parlamentos. Además, no creo que fuera tan extraño ver que un partido neofascista se «recicla» para mejorar sus perspectivas electorales. Vale seguir la biografía de este señor  para comprender a qué me refiero.

Si nos vamos a una definición más ideológica, básicamente podemos trazar tres características muy generales. El primero es que un eje ideológico que va entre libertarismo-universalismo vs. tradicionalismo-comunitarismo estos partidos se alinean claramente con los últimos. Es decir, una línea conservadora que los coloca en las antípodas de partidos poscomunistas o de «nueva izquierda». El segundo es un claro discurso populista anti-establishment, en el cual se acusa a la clase política existente (aunque se sea parte) de ser origen de todos los males del país. Y por último, una estructura jerárquica interna fuertemente cohesionada y articulada alrededor de un líder caudillista.  Si echamos un vistazo a vuelo de pájaro por Europa podemos identificar un buen número de candidatos a caer en esta clasificación. Tenemos la lista de Pim Fortuyn (asesinado en 2002), que combinaba una crítica dura contra el multiculturalismo con valores liberales en familia o sexualidad —él mismo era homosexual—. Tenemos los Verdaderos Fineses o el Partido del Progreso, partidos con retórica claramente antiinmigración. Pero quizá el Frente Nacional Francés sea el partido que mejor encaja, con su chauvinismo nacional y los LePen como dinastía al cargo.

En el centro, Nikolaos  Michaloliakos, líder de Amanecer Dorado.
En el centro, Nikolaos Michaloliakos, líder de Amanecer Dorado.

Es posible que no todos los partidos que uno consideraría como de extrema derecha puedan amoldarse a esta definición de mínimos; hay variaciones de contexto que necesariamente se escapan. Por ejemplo, para la Liga Norte el nacionalismo «padano» es un puntal clave que combina con su tradicionalismo, mientras que Plataforma per Catalunya se mueve con disimulo cuando se habla del tema Cataluña-España. Además, también es cierto que vivimos momentos en los que ser anti-establishment es una regularidad a ambos lados del espectro político. Aún más, el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo señala a las claras que el líder fuerte es un formato que vuelve a estar de moda. Por lo tanto, tomemos esta definición con pinzas y restrinjamos la categoría de extrema derecha a los partidos que cumplen al menos los tres requisitos ¿Por qué un sindicalista finés mantendría una posición tibia con los VF? Quizá si se mira un poco a las bases electorales de esos partidos podamos saber qué puede estar detrás de estas medias tintas.

Una de las principales hipótesis sobre el éxito de los partidos de extrema derecha se relaciona con el haberse convertido en la plataforma electoral preferente para los «perdedores de la modernización». Según esta idea, tras la ruptura del pacto keynesiano de pleno empleo en los años 80, la clase trabajadora tradicional habría pasado a competir con una clase de trabajadores nuevos: los inmigrantes. Se argumenta que habría calado entre el electorado clásico de la izquierda tradicional —los obreros— que los inmigrantes reducen sus salarios, aumentan su probabilidad de desempleo y compiten por las mismas prestaciones públicas. Así, un empeoramiento de la economía durante la crisis del petróleo con un aumento de los flujos migratorios en paralelo habría ofrecido a la extrema derecha un nicho para crecer en detrimento de los partidos de izquierda clásicos. Menos recursos y más a repartir habrían hecho germinar el chauvinismo del Estado de Bienestar, patrimonio del ultraderechismo. Y de hecho, aunque las condiciones materiales objetivas no sean tales, lo cierto es que esos partidos son efectivos articulando un discurso que los votantes creen.

Una segunda hipótesis sobre las fuentes de votos de los partidos de extrema derecha está en la explotación de la dimensión identitaria. Según este argumento, el electorado no se sentiría atraído tanto por que haya una lucha por recursos como por la creencia de que el multiculturalismo puede erosionar la identidad nacional. La islamofobia, que ha permeado a Europa Occidental en las últimas décadas y especialmente desde el 11S, se habría convertido en un suelo fértil sobre el que estos partidos estarían echando raíces. Vale con mirar este spot electoral para ilustrar lo que digo (sí, lo hace de manera ridícula pero tremendamente directa). La solución para este potencial conflicto, por supuesto, siempre es de un cariz expeditivo. Expulsión de inmigración, requisitos severos de entrada o asimilacionismo cultural. Estas propuestas servirían para atraer a un votante nacionalista o más a la derecha, el cual no tiene por qué coincidir necesariamente con el perfil obrerista anterior. Y eso la derecha de algunos países lo sabe y reacciona mimetizándose.

Por último, una parte de las bases electorales de estos partidos llegan movidas por el discurso anti-establishment o populista en sus diferentes variantes. No es nada nuevo decir que cada vez hay más descontento con la política y los partidos. Esta tendencia, que se sostiene en toda Europa Occidental, parece especialmente acusada en los países periféricos —donde además se solapa con un cuadro de desafección crónica—. Dado que en muchos casos estamos ante partidos nuevos (aunque en algunos casos los líderes son viejos), a la extrema derecha le es más sencillo plantear un discurso rupturista. No tienen la cortapisa de la gestión y puede criticar sin miedo los privilegios de «la casta». Esto le podría permitir atraer, en potencia, a dos perfiles de votantes. Por un lado, el desconectado de la vida política, el que vota furioso y descontento de manera ocasional. Por el otro, el voto joven, los más perjudicados por un situación de desempleo galopante y que ven truncadas sus expectativas a raíz de la crisis económica. El éxito del Frente Nacional entre los menores de 24 años podría ir por aquí.

Creo que este cuadro deja algo muy presente. Para el partido de extrema derecha lo relevante es quién es parte de la comunidad política (los de aquí), cómo hay que preservarla (contra los de fuera) y cómo se la gobierna (los de abajo, a través del líder, contra los de arriba). Si el sindicalista finés no veía en este partido una amenaza quizá se relacione con que se trata un «punto ciego» de su ideología, una dimensión que, de acuerdo a un sistema de valores, no se problematiza. Por ejemplo, para determinadas concepciones del liberalismo la desigualdad socioeconómica es un punto ciego. Por contra, para determinada izquierda clásica la desigualdad económica es central, pero otras desigualdades (las minorías, por ejemplo), siempre quedan supeditadas o camufladas tras la primera. Quizá por eso a la hora de definir la comunidad política, quiénes tienen que ser los iguales, hay parte de la izquierda que no puede ser rotunda. La respuesta no es unívoca. Quizá por eso para aquel sindicalista la extrema derecha no fuera un enemigo a batir. Simplemente porque aunque no se esté de acuerdo con su ideología conservadora, siguen siendo un partido que se ajusta a la defensa de la comunidad de solidaridad básica para él.

Esta idea, la de restringir la comunidad, no es algo que sea complicado de hacer viajar entre países. Sin embargo, siendo así, ¿por qué no tenemos extrema derecha con marca propia en España? La verdad es que como no hay tal partido en el Congreso de los Diputados o en asambleas autonómicas a veces nos despistamos. No solo Plataforma, también España 2000 ha conseguido colarse en algunos ayuntamientos. Normalmente se dice que el sistema electoral es un elemento de cierre que desincentiva que un «emprendedor» político logre fundar con éxito un partido de estas características. Dado que el nivel local y el autonómico son menos restrictivos, allí lo tendría más fácil para penetrar en las instituciones. Pero la presencia de Plataforma en Cataluña ha sido con diferencia la señal de alarma más comentada y estudiada. ¿Por qué en Cataluña y no en otros lugares? Quizá se pueda explicar en parte por la importante presencia de inmigración magrebí o subsahariana, lo que permite que el discurso del rechazo cale más. En todo caso el perfil de su votante se ajusta bastante a lo que uno esperaría encontrar en un partido de este tipo, gente más a la derecha y con menos estudios que el promedio.

Yo creo que la crisis económica y política que tenemos en España, paradójicamente, se ha convertido en un mecanismo que podría alejar la amenaza de un partido de extrema derecha fuerte. Si se repasan las condiciones anteriores, tanto IU como UPyD manejan el discurso anti-establishment, pudiendo capitalizar parte de los potenciales votantes desafectos. Además, la cuestión de la inmigración no ha llegado a politizarse de manera frontal en España. Quizá las propias tensiones territoriales dentro de España han hecho de placebo. Sin embargo,  no deberíamos dejar de lado la patología que revela la eclosión de partidos de extrema derecha en Europa. Nos estamos volviendo más pequeños, más temerosos y más desiguales. Y ya que la crisis ha venido para estar un tiempo con nosotros, es inevitable que exista la tentación de tomar el camino de las soluciones sencillas.  Por eso creo que ante el enorme desasosiego que nos genera tener que cambiar un modelo de bienestar, debemos afrontar de cara la (re)definición de nuestros lazos de solidaridad. El estado-nación no da de sí y nos corresponde tener presente que cuando hablamos de igualdad también hay que pensar entre quiénes y cómo conseguirla.

No sea que al final terminemos dándonos de bruces con la extrema derecha que no quisimos ver venir. Y con algún sindicalista despistado al que no le parezca para tanto.

Miembros de amanecer dorado


Iñaki Azkuna: “Que Otegi esté en la cárcel me parece injusto”

Iñaki Azkuna (Durango, 1943) es alcalde de Bilbao desde el año 1999 y ha vivido en primera persona la proyección internacional de la ciudad del Guggenheim de Frank O. Gehry. Habíamos pretendido realizar la entrevista el otoño pasado, pero un nuevo tratamiento del cáncer que le afecta desde 2003 nos obligó a posponerla. Con fama de ser un hombre temperamental, capaz de llamar pesetero a Santiago Calatrava cuando nadie tosía al arquitecto valenciano, nos recibe en una sala adjunta a su despacho en el Ayuntamiento, donde desde un rincón nos observa con cierta ironía un busto de Unamuno. Nos vende Bilbao con pasión y orgullo y convencería a cualquiera que niegue la mayor a la ciudad; con una sonrisa nos reconoce la fama de fanfarrones de los bilbaínos, aunque: “qué le vamos a hacer, hay cosas mucho peores que esa”. En el trato se muestra cordial pero directo y rotundo, con respuestas no exentas de cierto sentido del humor, lo que nos lleva a contextualizar algún comentario como el que ha aparecido en la prensa el día de la entrevista (“los chinos duermen y procrean en sus tiendas. No sé dónde se mueren, pero son competencia”). Antes de entrar en política y formar parte del Gobierno Vasco con el PNV, trabajó como médico.

El doctor Pedro Cavadas ha creado polémica al decir que los niños quieren ser médicos para llevar una bata blanca, por el dinero o por ligarse a las enfermeras. ¿Y usted?

Yo desde luego no quise ser médico ni por las enfermeras ni por el dinero. Quise ser médico porque me gustaba la profesión. La vocación me fue entrando porque vi ejemplos médicos ilusionantes y ejemplares.

Siempre tuvo claro que quería ser médico, antes que político.

Nunca pensé en ser político; pensé en ser médico. Es más, los políticos primero deberían ser buenos profesionales, lo mismo albañiles que abogados que cirujanos. Pero creo que hay que tener un trabajo, una profesión, y no estar al albur del partido correspondiente.

Entonces no cree que se deba entrar en el aparato del partido desde joven, sino que hay que tener experiencia profesional anterior.

Creo que sí. Y si se tiene experiencia en la administración pública y en la administración privada, mejor que mejor.

¿Y un gobierno de tecnócratas en lugar de políticos?

No he dicho eso. Hay que tener una experiencia en la vida profesional, y al mismo tiempo ir haciéndote político. Te haces político por muchas cosas: unos por servicio a los demás, otros porque les gusta el poder, otros porque creen que así van a alcanzar unas cimas tremendas… y la mayoría de los políticos porque llevan dentro, en la sangre, una forma de ver y transformar el país que sea a su imagen y semejanza. Otra cosa es que lo consigan.

O que les dejen…

En contra de lo que se está diciendo en este momento en España, la mayoría de los políticos que conozco son gente honrada. Y hay algún sinvergüenza que otro al que efectivamente al final se le nota.

¿Tal vez por la situación económica se necesita cargar contra alguien y se carga contra los políticos?

Ya… el Motín de Esquilache fue por los sombreros, pero debajo subyacía algo; la noche de San Bartolomé fue porque los protestantes mataron a los católicos, no solo porque eran unos talibanes, sino porque subyacían también unas ansias de poder… siempre hay algo detrás. Lo que no se puede hacer ahora es echar la culpa a los políticos. Hombre, los banqueros algo tendrán que decir, los comerciantes, los que han hechos pingües negocios en múltiples actividades y los mangantes de guante blanco que nos han arruinado también algo tendrán que decir. Y todos esos no han sido políticos.

Todos tenemos en mente casos de figuras que no son políticas y que al parecer han tenido ciertos ingresos de alta cuantía y difícil justificación para la opinión pública, como los casos de Iñaki Urdangarin y Santiago Calatrava, por ejemplo.

Hay que esperar a los juicios, hay que ser prudentes en vez de ser tan maledicentes en este país. Esto no es el Dos de Mayo ni hay que pasar a cuchillo a los franceses. Veremos lo que dice el juez de Urdangarin no sea que tanto hablar, tanto hablar, al final no pase nada… Y de Calatrava no tengo nada que hablar.

(decepcionado) Vaya… Usted como alcalde de Bilbao puede que sea uno de los más envidiados del Estado, o incluso de Europa, por el nivel económico, por ser un ejemplo de cómo transformar una ciudad, porque el Ayuntamiento no está endeudado…

Sí, pero no se equivoque. Nosotros estamos mal como los demás. Lo que pasa que… ¿cómo es ese dicho? ¿En el reino de los ciegos el tuerto es el rey? Sí, nosotros estamos menos mal que otros, pero tampoco estamos bien. Lo que pasa es que tuvimos dos cosas buenas a favor: en los últimos 11 años hemos ido pagando nuestras deudas y en este momento nos encontramos con una deuda cero con los bancos, lo que no quiere decir que no tengamos una deuda puntual con un ciudadano si nos gana un juicio. Y en segundo lugar, nosotros en el 2008 nos dimos cuenta de la que venía y comenzamos a ajustarnos, cosa que tenía que haber hecho Zapatero mucho antes. En el Ayuntamiento empezamos a hacer un ajuste con grandes críticas, porque aquí todo el mundo critica, ¿verdad?: “¡Ah, lo que tenéis que hacer es invertir más, gastar más!”. Mira la que ha venido. Estamos todos en una situación de ajuste tremenda. Es más, creo que 2013 va a ser peor que 2012 porque este año va a ser fiscalmente muy malo y los frutos se recogen en 2013. En 2013 lo vamos a pasar muy mal.

Desalentador.

Desalentador en ese sentido, pero esperanzador en el sentido de que haciendo ajustes, poniendo orden y seriedad en la casa —que ya es hora de que se ponga orden y seriedad en España—, igual salimos de la crisis. Y digo igual porque no puede ser que en los últimos 20 años hayan crecido las universidades y los aeropuertos como hongos, la alta velocidad ha parado en todas partes… ¿Puede aguantar eso el país? Alguien tendrá que poner freno a ese tipo de cosas. Hay que poner seriedad para que no nos pase como en Grecia, que primero engañaron a la Unión Europea con sus cifras y luego han seguido engaño tras engaño. Hasta que la bola ha crecido tanto que no cabía en el palacio.

En una entrevista reciente dijo que para salir de la crisis hacía falta un espíritu como el que tuvo la población de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Cree que está realmente en manos del pueblo recuperarnos?

No, pero lo que no puede ser es que España quiera salir adelante con 50 huelgas al día y echándonos los trastos todos, entre comunidades autónomas y el gobierno central. Esto es una jaula de grillos y evidentemente así no se sale adelante. Se sale adelante con un espíritu común, diciendo “¡vamos a salir adelante!” y poniendo los mimbres necesarios para hacerlo. Pero si estamos aquí cada dos por tres de huelga, a golpes, echándonos los trastos… mala solución.

Pues parece que solo nos queda esperar porque según el Ministro de Economía España ha hecho ya todo lo que tenía que hacer.

Yo creo que le queda mucho por hacer. Acabo de decir un montón de cosas. Los trenes, los aeropuertos, las universidades… ¿todos tenemos que tener de todo?

Pero en eso no tenemos marcha atrás si son obras ya ejecutadas.

Vamos a ver, ¿cuántos ayuntamientos han hecho polideportivos y no los pueden abrir? Hay un montón en España que no pueden ni pagar la luz. Hombre, racionalicemos las cosas. He visto una lista de los aeropuertos que son deficitarios y la mayoría lo son. Se quieren construir puertos a 20 km de donde hay otro puerto. Los clubes de fútbol deben unos 800 millones a Hacienda. Son locuras que se hacen y que luego lo pagamos entre todos.

Me da la sensación de que los clubes de fútbol son intocables.

Si son intocables, viva la constitución de Cádiz. Si Hacienda no cobra a los clubes, que tampoco nos cobre a los demás.

¡Me parece bien! Ya que hablamos de fútbol, me llama la atención que tengan el Ayuntamiento engalanado con los colores del Athletic.

Bueno, hemos puesto una banderola muy baratita con los colores del Athletic. Tenemos ilusión de ir a Madrid, y quién sabe si podremos ganar al Barcelona.

Es que me he acordado de la polémica de las banderas en el Ayuntamiento, cuando dijo que por usted no ponía ninguna.

Ninguna. No me gusta ninguna. Solo pongo la del Athletic. No me gustan las banderas, ni los banderizos; este país ha sufrido mucho por los banderizos. Por una bandera se ha matado a gente. Pero no hace falta irnos a hace tres siglos, en la Transición por una bandera ha muerto gente. No las odio, pero no soy un fanático de ponerlas. La del Athletic no es una bandera, es un color de Bilbao que  quizá sea una de las cosas que más una en Bilbao y en Bizkaia.

¿No cree que se le da demasiada importancia al fútbol? Al fin y al cabo es solo un deporte.

Seguramente, pero las emociones no hay quien las controle. Vamos a dejar que las emociones vayan por su cauce y ya pararán, ahora que estamos en racha.

Pero esas emociones, espoleadas desde diversos intereses como son los propios directivos o la prensa, ¿no pueden ser hasta peligrosas?

Ya. Pero ¿qué me está proponiendo? ¿Que saque un bando prohibiendo que se hable de fútbol?

(Risas) No, pero por ejemplo se ve como algo absolutamente normal insultar dentro de un campo de fútbol. Al portero, simplemente por sacar de portería, ya se le llama cabrón.

A los políticos nos llaman cabrones por mucho menos que sacar de portería (risas). Pero al fin y al cabo sí, es un deporte. Por tanto lo que tenemos que hacer es canalizar esas emociones y si ganamos la Copa pasarlo bien y punto. Sin más. Aunque naturalmente esas emociones también influyen en la ciudad, e incluso tienen una vertiente económica, no hay duda de que aumenta la moral de la gente y en un momento dado la ciudad está mucho más reconfortada e incluso es más fácil sacar la mano del bolsillo estando contento que estando triste.

¿Cómo ve el partido, la final de Copa?

Bueno, vamos a ir a ver qué pasa, a disfrutar o a sufrir, pero con la cabeza alta. Y vendremos con la cabeza alta. Si ganamos estupendo, y si perdemos… bueno, hemos estado y hemos sido subcampeones.

¿Le ha gustado el equipo de Bielsa?

Sí, ha tenido unos cuantos partidos que me han gustado mucho, sobre todo los europeos y después de una época del Athletic que ha sido aburrida. Tiene un buen equipo en este momento, puede dar juego.

Y ahora el Ayuntamiento forma parte del accionarado del nuevo estadio, San Mames Barria.

Hemos transformado las tasas y licencias que tenían que pagar por la obra en acciones. Nosotros no perdonamos, transformamos lo que nos tenían que pagar en tasas y licencias en acciones. Somos el accionista minoritario pero estamos en el Consejo de Administración y colaboramos con la ciudad. Hicimos lo mismo con el Guggenheim y el Euskalduna.

¿El desarrollo de Bilbao podría haber llegado a lo que es sin el Guggenheim?

No sería lo mismo, pero… vamos a decirlo al revés. El desarrollo de Bilbao ha sido además del Guggenheim. Es decir, ha sido sobre todo la limpieza de la ría, con la construcción de unos grandes colectores que llevan nuestras miserias a unos puntos determinados, y la recuperación de las orillas de la ría. Esas orillas eran tinglados industriales, navales, que nos alejaban de la ría a los bilbaínos durante cientos de años. Y las hemos recuperado. Ahora hay cinco kilómetros de paseos y el agua de la ría está mucho más limpia que hace 20 años. Ese ha sido el gran desarrollo de Bilbao y aparte de eso hemos tenido la fortuna de creer y crear el Guggenheim, porque muy poca gente creyó en aquel momento en él. Para mí es la mejor obra que ha hecho Frank Gehry en el mundo. Y luego el Palacio Euskalduna, la rehabilitación del Museo de Bellas Artes, la Alhóndiga… Se han hecho todas esas cosas entre las instituciones y también ayudados por las empresas privadas. El Guggenheim claro que es el faro, pero hay más cosas que han sido importantes. Para los que desde hace 50 años no habían visto pelota mano en Bilbao el frontón ha sido una maravilla, y el Bilbao Arena que hemos hecho entre Diputación y  Ayuntamiento.

Si un alcalde se puede equiparar a un presidente de un equipo de fútbol y los campeonatos son los edificios de firma arquitectónica, ¿Bilbao es la urbe que actualmente tiene la mejor sala de trofeos?

Dios me libre de equipararme a un presidente de un equipo de fútbol. ¡Dios me libre!

Perdone. No me lo tenga en cuenta.

Pero… sí, Bilbao en los últimos diez años ha cosechado muchos “trofeos”. En los años 70 Barcelona fue la gran capital del urbanismo español, luego Bilbao ha sido una urbe también muy importante en cuanto a desarrollo urbanístico y en cuanto a cambio de una ciudad industrial, gris y fea a una ciudad más transparente, más abierta, una ciudad que ha cambiado totalmente.

¿Quién podría faltar, qué trofeo, qué arquitecto le gustaría a usted?

Fue una pena lo de Jean Nouvel. En el RAG iba a hacer una cosa muy hermosa, pero con la crisis no ha podido ser. Cuando Jean Nouvel estuvo aquí, en Bilbao, nos enseñó unos bocetos extraordinarios, iba a hacer una cosa bellísima. Ahora no puede ser, y van a hacer viviendas de otra manera. Sí, nos falta Jean Nouvel.

Porque con Óscar Niemeyer en Avilés y Renzo Piano en Santander…

A Renzo Piano se le dio la posibilidad de hacer el master plan de Zorrotzaurre, y no sé qué pasó que al final lo hizo Zaha Hadid, con la cual tenemos mucha amistad. Es una gran persona y una gran arquitecta.

Creo que Zorrotzaurre va a salir a exposición pública nuevamente, ¿es verdad?

Sale el plan especial otra vez. La ley del suelo es un rollo, es tan garantista que cada paso que damos tiene que salir a exposición pública, que está muy bien, pero si luego cambias una coma también hay que sacarlo. Es tremendo, un martirio, pero bueno.

Igual le vienen bien estos parones a la tramitación del plan especial para dar tiempo a que mejore la situación económica.

La situación económica no se va a arreglar con los parones. Se arregla con seriedad y ordenando la casa, que es lo que tiene que hacer Mariano Rajoy.

Usted quería transformar el arco de San Mamés en un puente en Zorrotzaurre.

Fue una idea que me dieron los ingenieros y no era mala. Un puente en Zorrotzaurre, solo para peatones, era muy bonito, y así el arco tenía una finalidad. Otros quieren destrozarlo y llevarse un pedazo a su casa. Hay gustos para todos. Se hará lo que quiera el Athletic, y nosotros lo aceptaremos.

Además del desarrollo de Zorrotzaurre, la otra gran obra que está pendiente en Bilbao es la entrada de la alta velocidad.

La entrada de la alta velocidad a Bilbao es fundamental. Va a ser importantísimo para toda la Cornisa Cantábrica, para Bilbao y para Euskadi. Las obras van bien hasta Basauri. La entrada a Bilbao va a ser más complicada. Pero no creo que aquella presentación que hizo el ministro José Blanco sobre la remodelación de la estación se pueda llevar a cabo en unos cuantos años, mientras persista la crisis. Lo mismo creo que no se va a poder hacer en otras ciudades. Pero el tren de alta velocidad entrará en Bilbao. El Vitoria-Bilbao va viento en popa, y para el año 2015 o 2016 estaremos en el tren de alta velocidad.

El 2015 o 2016 está muy cerca y la entrada en Bilbao presenta muchos problemas…

¡Estamos en el 2012, hombre! No hay tantos problemas, lo que no hay es dinero.

Respecto a la deuda del ayuntamiento de Bilbao ha salido recientemente el alcalde de Barakaldo diciendo que sí, que el Ayuntamiento de Bilbao no tiene deuda pero que el organismo Bilbao Ría 2000, que se encarga de las actuaciones urbanísticas tanto en Bilbao como Barakaldo, debe 218 millones de euros.

Ese organismo se creó para reconstruir Bilbao después de las inundaciones. Fue un acuerdo político entre la administración vasca y la española. Y luego, los socialistas añadieron Barakaldo. Primer asunto. Segundo: Bilbao Ría 2000 ha hecho unas obras maravillosas en Bilbao y en Barakaldo. Y tercero: efectivamente, a Bilbao Ría 2000 le cogió la crisis en plena faena de las obras y nos hemos endeudado, pero también hay que decir que Bilbao Ria 2000 tiene un respaldo de terrenos y valores. Y no voy a entrar en discusión con el alcalde de Barakaldo porque si quiere discutir tiene el consejo de administración de Bilbao Ría 2000, donde está representado.

Ahora que se está hablando mucho de Patxi López en los medios por la ruptura del pacto y por la investigación a su cuñado…

(interrumpiendo) No estoy de acuerdo. Patxi López sale todos los días en la prensa estatal. Y en la prensa vasca es el único que sale. En Euskal Telebista, por ejemplo, las noticias son Patxi Lopez y los demás apenas salimos seguramente porque somos gente carente de interés. Lo del cuñado lo dejamos en manos de la decisión de los tribunales. Y en cuanto a la ruptura del pacto, se veía venir. Esas cosas no duran toda la vida. Evidentemente el acceso al poder en España del PP ha hecho que las cosas se equilibren. Patxi López ha mostrado su faz de izquierdas dándole un poquito de grasa a Rajoy, y naturalmente Antonio Basagoiti no lo puede aguantar y se rompe. Estaba más claro que el agua.

La ruptura del pacto también parece marcada por los tiempos políticos: se acercan las elecciones al Gobierno Vasco.

Naturalmente, llegadas las elecciones cada uno se va a su convento, cada uno muestra su faz. Y en este caso está claro que Basagoiti no podía seguir apoyando al lehendakari.

¿Se presentan como las elecciones al Gobierno Vasco más abiertas desde los años 80?

Hombre, lo que creo es que en aquellos primeros años la gente todavía no tenía un voto consolidado, y ahora tiene más opciones. La ciudadanía es mayor de edad, ya sabe a quién votar, ya sabe lo que hacemos, ya sabe el grado de honradez, de seriedad de cada uno… bueno, vote usted a quien quiera, señor o señora, está usted en su derecho. El voto le corresponde al ciudadano, no se le puede hurtar esa propiedad.

Pero luego resulta que en Grecia una formación política como Amanecer Dorado recibe un apoyo significativo en las urnas y todo el mundo se lleva las manos a la cabeza por lo que vota la gente.

Yo sería partidario de ilegalizar en Europa todos los partidos nazis. Tenemos una experiencia amarga en Europa con el nazismo; sabemos lo que es el fascismo en España, en Italia, en Alemania… en todos los países ha habido ramas nazis, por eso no me andaría con chiquitas. Y desde luego creo que los griegos harían muy bien en prohibir a Amanecer Dorado. Con los nazis no andaría jugando, no quiero saber nada de ellos. Esos son los que no quieren la democracia. Y con todos los errores que puede tener la democracia, con todas las debilidades que puede tener la democracia, es el menos malo de los sistemas.

¿Qué opina del movimiento 15M que precisamente propone modificar la democracia tal y como la tenemos planteada para corregir esos errores?

El 15M ha surgido porque estamos en la situación en la que estamos. En 2005 no surgió, cuando nadábamos en la abundancia. Han surgido ahora, con una tasa de paro tremenda que va en aumento, con una situación económica catastrófica y es natural que estén indignados: están cabreados y, sobre todo, sin un puesto de trabajo. Pero yo tengo mis dudas de que se vaya a consolidar ese movimiento.

¿Por qué?

Cuando digo consolidar quiero decir canalizar el movimiento. Porque una cosa es que todos los años se celebre el día de los indignados y que se reúnan en las plazas de las ciudades y lo recuerden. Eso es una cosa, pero otra cosa es canalizar ese movimiento hacia un movimiento político, hacia un partido o hacia algo que sea una alternativa. Porque si no, ¿qué?

Entonces no cree que las ideas del 15M se puedan llevar a la práctica.

Si las ideas son estupendas… ahora le voy a decir una idea estupenda: todo el mundo debería ser bueno. ¿Y? ¿Eso cómo se traduce? Unos siguen siendo buenos, y otros son malísimos.

Volviendo a las elecciones al Gobierno Vasco, ¿cuál cree que será el resultado?

¡Ay, amigo! Si supiera eso estaría en una peana.

También es verdad. Reformulo la pregunta. Viendo los últimos resultados de las distintas elecciones del año pasado, ¿podrían seguir la misma línea?

No son las mismas elecciones. Las autonómicas suelen ser diferentes. Hombre, no creo que en el próximo mandato el lehendakari sea socialista. En primer lugar no creo que vaya a haber un pacto PP-PSOE y está por ver las fuerzas políticas qué números sacan, que es una incógnita en este momento. Si lo supiésemos, estaríamos muy contentos todos.

O muy disgustados. En estos días ha llamado la atención que en una consulta interna del PNV ha resultado Ibarretxe como el segundo más votado para presentarse a lehendakari, por detrás de Iñigo Urkullu.

Juan José Ibarretxe ha dicho en público y a mí en privado que no se presentaba nuevamente a la primera línea. Es incidir nuevamente en lo mismo; ha sido lehendakari, vicelehendakari, presidente de las juntas de Álava… ha sido todo en la vida política de este país. Pues punto. No mareemos la perdiz.

¿Puede ser un voto de castigo interno (a Urkullu) votar a alguien que no se quiere presentar?

Eso ya me parecen conjeturas. Yo como alcalde no soy tan inteligente como para entrar en esas conjeturas.

En algunos círculos se contaba con que, hasta que ha salido la sentencia de Arnaldo Otegi, iba a ser el siguiente lehendakari.

A mí me parece un error tenerle en la cárcel. Me parece un error porque la impresión que tenemos en el País Vasco, o por lo menos mucha gente, es que Otegi sí ha dado pasos para conseguir la paz en el país y para que ETA deje las armas. Yo sí tengo esa impresión. Por tanto que Otegi esté en la cárcel me parece injusto.

Si por ejemplo Otegi saliera mañana de la cárcel y…

Si no va a salir; no me diga que si va a salir. Le han metido 10 años, joder, ¡qué va a salir mañana!

(Risas) De acuerdo, no hagamos hipótesis. Pero por ejemplo Martin Garitano, el diputado general de Gipuzkoa, ha dicho que si por él fuera mañana mismo estarían todos los presos de ETA en la calle.

Ah, bueno. Pues que los saque. Si tiene poder para eso que los saque.

¿Eso mejoraría en algo la situación?

Los presos no van a salir. La sociedad española no lo va a permitir. Saldrán los que tengan que salir. Lo que sí se puede hacer es acercar a los presos a Euskadi, a sus casas. Pero ya se ha dicho en el anterior gobierno y en éste que amnistía no va a haber. Parece ser que la propia Constitución lo prohíbe. Por tanto, si amnistía no va a haber, me parecen loables los deseos del diputado general de Guipuzkoa, pero eso no es posible, no van a salir. Sí son posibles vías por medio del Derecho y de las leyes por las cuales un preso puede buscar fórmulas para redimir sus penas de otra forma, la vía Nanclares o vía lo que sea. A mí me parece bien eso. Los que tienen 30 asesinatos no van a salir. Nosotros estamos de acuerdo con el acercamiento. Y como a Otegi no se le conocen crímenes me parece un error fundamental que a un político como él le tengan en la cárcel.

Los incidentes por el desalojo de Kukutxa, el caso de Iñigo Cabacas, las críticas por las cargas policiales aparentemente desproporcionadas para disolver concentraciones… ¿se están desprestigiando las fuerzas de orden público?

No tienen nada que ver unos casos con otros. La Ertzaintza tuvo un problema con Iñigo Cabacas, un problema desgraciado, y el pobre chaval ha resultado muerto, pero eso está en los juzgados y habrá que aceptar lo que resulte. Creo que a la Ertzaintza no se le puede estropear su historial por ese hecho solo. Es un hecho que tendrá que ser sometido a la justicia y aclararlo. Pero dicho eso también digo que a la Ertzaintza no se le puede ahora acusar como han hecho algunos llamándoles asesinos. ¿Asesinos? Si han sido asesinados unos cuantos de ellos durante los últimos 30 años. Las policías cumplen con su función. Y no sé si nos hemos dado cuenta de que la función de la policía suele ser en general coercitiva. La policía no es los de la Adoración de la Buena Muerte que van los viernes a rezar. La policía cuando entra, entra. Seguramente se ha cometido algún error de planificación o de ejecución, y eso es lo que tiene que aclarar el juez. No se puede poner a caldo a todas las policías por hechos aislados. Fíjese en la Transición los excesos que hubo, y ahora ¿qué pasa? ¿vamos a poner a todos los cuerpos policiales a parir porque hubo esos excesos? Y menuda gente hubo en la Transición. Pero no se puede destruir la honorabilidad de un cuerpo policial por unos hechos aislados. Yo por lo menos no estoy de acuerdo.

En el caso de Cabacas, las mayores críticas llegaron de la izquierda abertzale y usted les acusó de manipulación repugnante y de que no los había visto decir las mismas cosas en relación a los asesinatos de ETA.

La izquierda abertzale ha estado jaleando a ETA, entonces no me den ustedes lecciones de democracia. Y no me diga que la policía es asesina cuando ustedes han estado apoyando esos asesinatos. No lo admito. Y desde luego la izquierda abertzale se ha pasado diez pueblos en ese caso. Así como la familia fue ejemplar y los amigos, la izquierda abertzale no lo ha sido ni mucho menos.

Hace unos 15 años, la primera vez que fui a las txosnas de la Semana Grande de Bilbao, me llamó la atención que algunas zonas tenían colgadas fotos de presos de ETA y anagramas de ETA, mientras la gente seguía bebiendo y bailando como si nada, como si fuera normal. Pero luego, se han ido eliminando estas pancartas. ¿Se debe más a las leyes que prohíben la exhibición de estos símbolos o a un cambio en la percepción de la ciudadanía?

Normal no era. Solo que en ciertos sitios de Bilbao, un mundo especial —que era el mundo de la izquierda abertzale— es el que manejaba los hilos de todo eso. Y aparecían las fotos de los presos e incluso algún anagrama de ETA que tuvimos que quitar. Naturalmente eso ha ido evolucionando y primero se les ha ido cerrando un poco el espacio, siendo persistentes con ellos, les hemos controlado más. Y luego la evolución política ha sido la que ha sido. La evolución de ETA, que ha sido catastrófica, también ha tenido que influir en ese mundo. Porque ETA todavía podría llegar a matar a alguien, pero ETA está vencida en el sentido de que al final una sociedad que tuvo miedo, una sociedad que no reaccionó al principio, luego ha reaccionado y ha reaccionado muy bien. Ahora vienen algunos historiadores catastrofistas diciendo que esta sociedad no se movió nunca… no se movió porque tenía miedo. Hace 30 y 40 años primero teníamos miedo de Franco y después de ETA. Es normal. La sociedad en su conjunto ha sido miedosa, se ha retraído. Pero poco a poco ha ido saliendo y ha ido viendo que ETA nos llevaba al suicidio político, al suicidio de un país que solo le faltaba saltar de un acantilado al mar. Yo creo que ha sido una evolución muy positiva y la sociedad en ese sentido ha reaccionado bien, los partidos políticos a pesar de sus diferencias también han estado en lo fundamental de acuerdo y bueno, hoy es el día que hay que aprovechar la situación en la que estamos. El gobierno tiene que ser inteligente, ser enérgico por una parte pero flexible por otra… ahí estamos. Así como he dicho que los presos que tienen muertos encima de su espalda no los van a soltar, hay otras medidas de acercamiento, medidas que el propio código penal actual permite, pues pongámoslo en marcha. También hay gente en España que dice no, que ni se aplique el Código Penal. Oiga, el código cómo no vas a aplicarlo si es la legalidad vigente; si no respetamos la legalidad esto no es un estado de derecho. Y si no es un estado de derecho esto es la selva. Y como yo no quiero vivir en la selva sino en un estado de derecho, pues hay que aplicar la ley. La que nos gusta y la que no nos gusta, pero tenemos que aplicarla.

Fotografía: Roberto Ortiz


Rubén Díaz Caviedes: Amanece Dorado, que no es poco

Una imagen de Cabaret, de 1972.

¡Al de ilicral inmigraision aut!”, gritaba el otro día por las calles de Atenas Nikolaos Michaloliakos, líder de los neonazis que acaban de llegar al Parlamento griego. “¡Aut of mai cantri!”, reiteraba el amigo con cara de pocos ídem y en un inglés de Cuenca Kuεvkα, en griego también de Cuenca que invitaba a preguntarse, para empezar, what the fuck estaba haciendo un tipo razonablemente nazi y nacionalista, valga la refinfoncia, dirigiéndose a su target potencial en un idioma que no es el propio de su país. Para hacerse entender, dirá el lector que no respete las retóricas, entre aquellos a quien se dirige, que son precisamente los ilicral inmigraision. Pues nos ha jodido mayo, lector, con sus flores y su color. Pero es que el tipo es nazi, quiero decir. Poco le importa a Nikolaos que le entiendan los albanos, los búlgaros o los georgianos que hay en su país si no es en otro idioma que el suyo. El inmigrante que lo es en Grecia, según estos tipos, debería saber más griego que Sófocles.

Pero es que había cámaras y la perfo, querida amiga, es la perfo. De eso los nazis saben más que los ratones colorados. Nikolaos, no en vano, se puso su pin en la solapa con la medio esvástica esa que su partido tiene por logo un ingeniosa solución de continuidad entre la posta griega y el símbolo nazi y se lanzó a las calles a paso marcial, soltando proclamas y rodeado de unos armarios empotrados andantes más surtidos en músculos que el Batman de Tim Burton, engalanados todos con camiseta ceñida y no me pregunten por qué riñoneras a juego. Hasta obligó a los periodistas a levantarse, fíjate lo que te digo, cuando entró en la sala de prensa con un traje de raya diplomática una concesión a los años 30, me figuro que le estaba tres tallas grande, antes de ponerse a gritar más chuminadas.

Ya no hay nazis como los de antes”, me comentaba hace poco y en clave frívola un amigo mío aficionado al clásico atuendo germano de lo nacionalsocialista por pura estética, asegura, pero yo sospecho que le va el rollo, no sé si me entienden. Y tiene razón. Hay algo de tragicómico en que el liderazgo de lo nazi, o lo neonazi, como queramos llamarlo, recaiga en un señor de voz de pito y proporciones encontradas, gordo como una cebolla y a buen seguro, más peludo que un kiwi. El tipo de señor del sur de Europa y medio turco, para más funfún al que los nazis primordiales le hubieran puesto el sello, cloc, y al matadero sin más trámite, por atentar de forma obvia y manifiesta contra el refinamiento físico de la especie.

Lo extremista da miedo, estamos de acuerdo, pero sólo porque quiere darlo. Es su herramienta de trabajo. El propio líder de los nazis griegos, sin ir más lejos, se amorraba el otro día al micrófono cual becerro a teta y amenazaba un “temednos, porque ya llegamos” que hubiera hecho que el mismérrimo Führer le propinase de sopapos allí mismo y hubiera dicho más tarde, como dijo de Franco después de Hendaya, que no era un fascista a tener en cuenta, sino un simple charlatán. Porque Nikolaos Michaloliakos puede haber conseguido 21 escaños, pero va de nazi por la vida. Y los nazis dan miedo. Por esta razón, nadie nunca ha conseguido llegar democráticamente al poder yendo de nazi, sino siéndolo, pero haciendo como que no o a lo sumo, que sólo un poco. Y ya después de entronados y autorizados es cuando se revelan, ahora sí que sí, como los locos brutales y paranoicos que son. Para más informarse de cómo funciona el proceso, véanse los estos tres minutos de Cabaret.

Algo así como lo que está haciendo Marine Le Pen, esa mujer sonriente con perfecto aspecto de señora bretona haciendo brioches que lidera y arenga, no obstante, al ultraderechista Frente Nacional francés al que el pasado fin de semana votaban seis millones de personas. Muchos de los que opinan y opinan muchos se niegan hoy a catalogarla al lado de los nazis griegos, Dios les libre, hay que ver, qué cosas dices, principalmente porque Marine no se dice a sí misma nazi o ultraderechista, sino de centro-derecha. Comparte vehemencia, discurso y propuestas con Amanecer Dorado, no obstante, y las dos formaciones se parecen hasta el detalle ridículo, terrible y repugnante de atribuírsele a ambas la supuesta profanación de tumbas judías en Carpentras, Francia, y Tríkala, Grecia.

Pero a ella, que es más lista que el griego y según parece, que su propio padre, le basta evitar la mención de la bicha la palabra fascismo o nazismo para que reduzcamos su posición ideológica a una simple cuestión de catálogo mientras llama, con la otra mano, a deportar a seres humanos en masa. Un ejemplo de su éxito confundiendo a los que opinan sobre el objeto del que hay que opinar lo tenemos, por reciente y cercano, en Federico Jiménez Losantos, que decía hace unos días, siempre a la altura de sí mismo, que “el gran problema de la extrema derecha francesa no es que no tenga un gran afecto por las libertades; es que además se parece a la extrema izquierda”. O Hermann Tertsch, siempre a la altura del primero, que tuiteaba súpertranquilo que “los nazis, griegos o españoles de Amaiur, empeñados en enseñarnos modales a todos”. Cito a estos dos no por fobia personal y les tengo fobia, créanme, sino porque ambos son contrastadas brújulas ideológicas de lo suyo y esta palabra me encanta, llevaba tiempo queriendo utilizarla creadores de opinión.

Con todo esto no quiero decir que a mí no me la dan con queso, pese a que sea ese el subtexto que siempre hay detrás de cualquier columna de opinión. Con queso me la darán, me figuro, como a cualquier hijo de vecino. Con esto quiero decir, o proponer, que a los nazis griegos, como a la ultraderecha de Francia, no hay que tenerles miedo. De verdad que no. Hay que reírse de ellos. Apuntarles con el dedo y decirles, meados de risa, pero a dónde vas, alma de cántaro, con la esvástica y esas pintas. Llamarles, como hemos querido hacer aquí, señores peludos como kiwis y señoras que hacen brioches. O montarles hashtags y TTs con los que, aunque solo sea un ratito, deslegitimar esa solemnidad artificiosa y ridícula en la que viven instalados y consigamos, así, quitarles un poco de poder. Lo último que deberíamos hacer pensemos estratégicamente, como hacen ellos es tomarles en serio y caer presa de ese miedo sobre el que cabalgan, que con tanto afán se empeñan en darnos y que puede conseguir, si persiste, que acaben en el poder y vuelvan a llenar trenes de carga con seres humanos. Demostremos, coño, que somos más listos que ellos. Que no es complicado, quiero decir. A fin de cuentas, son nazis.

 Foto de portada: CC / Steve Jurvetson