June Fernández: «Se habla del feminismo como si fuésemos la censura»

June Fernández (Bilbao, 1984) se despide con un reproche: «Al final hemos hablado más de feminismo que de periodismo», lamenta. No es una queja menor. Toda su trayectoria está marcada por la tensión entre ambos términos, por la imposible solución de esa fricción: o dicotomía, o dualidad.

Quienes la conocen poco se aproximan a ella con un interrogante en cada mano: «¿Esto es machista o no?», le inquieren. Para ellos June es la «feminista reguetonera», la cara detrás de la revista Pikara Magazine, o la «feminazi» censora. Ante ciertas miradas su faceta activista eclipsa y diluye todo lo demás. Por fuera, June viste la piel dura de quien acostumbra a ser diana de furias ajenas.

Quienes la conocen más sustituyen el interrogante por la exclamación: «¡Qué ganas de complicarse la vida!», le espetan. Conocen sus reportajes desde Cuba, Managua o El Salvador. Celebran los galardones que ha recibido como periodista y su militancia en diversas causas, pero continúan preguntándose si hace falta escoger siempre el camino más complicado. Más incómodo. Por dentro, June alimenta el mismo recelo que suele repetirle su madre: «A ver si los premios que te han dado tienen más que ver con el feminismo que con el periodismo».

«Soy lo que me dijeron que no fuera», dice, citando a la poetisa libanesa Joumana Haddad. Con 10 ingobernables. Historias de transgresión y rebeldía (Libros del K. O.), su primera obra, June renuncia a hablar de June. Recopila las historias de otros que decidieron complicarse la vida: gente anónima, imperfecta, rebelde. De Orense y de Nicaragua. Gente que también hizo lo que le dijeron que no hiciera. A ella nadie le pidió que fuera incómoda.

Cuando te presentan el proyecto de escribir un libro, dices que no tienes ganas de hacer un libro de «pedagogía feminista». Además, aseguras que es difícil que te reconozcan como periodista al mismo nivel cuando haces periodismo con perspectiva de género. ¿Eso motivó que huyeras del término «feminismo» en el libro?

Sí, tiene que ver con ambas cosas. Por un lado, cuando yo terminé la carrera me abrí un blog, en el momento que estaban de moda, y me hice conocidilla en algunos ámbitos haciendo opinión. Un tipo de opinión en el que me expongo mucho, porque hablo en primera persona, y como lo personal es político, desde ahí es más fácil hablar de cómo vivo yo la sexualidad que hablar en términos generales. Fue una etapa de mi vida que no es que la dé por cerrada, sino que ya no me apetece tanto. Pero es cierto que es mucho más fácil que te reconozcan por lo que haces en opinión que por el reportaje que te has currado. Mi artículo del reguetón («Si no puedo perrear, no es mi revolución») debe tener más de cien mil visitas, por ejemplo. Esa cantidad la he conseguido solo con un reportaje en toda mi trayectoria. La crónica o el periodismo narrativo me parecía un género bastante nuevo, porque yo venía del periodismo diario, así que me pareció un reto estimulante. Luego sí que es cierto que ser «la feminista que explica que esto es machismo y por qué lo es» realmente supone un desgaste porque es lo que hago todo el día. Cuando eres feminista quedas con tus colegas no feministas a tomar una cerveza y el tema de conversación siempre es a ver qué opino de lo de Maluma, o de lo que esté de actualidad. Además, me llaman de un medio de comunicación para consultarme, etc. Así que la decisión de escoger este formato para el libro se basa en ambas cosas: en no querer encasillarme ahí ni hacer algo evidente que iban a leer probablemente los que ya están convencidos o ya leen a un tipo de autoras similares. Quería hacer algo más transformador, por eso está muy buscada la ambigüedad de no poner en el título nada de feminismo ni LGTBI. También fue una decisión en sintonía con la ilustradora, Susanna Martín, que quiso huir de la iconografía clásica de una tía emulando a Rosie la Remachadora, o yo qué sé.

El libro habla de muchas cosas y creo que cuando me conoces a mí extraes la lectura de que lo que lo unifica es la crítica a los mandatos de género y sexuales. Pero tengo la intuición de que, si no me conoces, habla de muchas más cosas: de movimientos sociales y políticos, de racismo, de clases, del mundo rural… Me atraía hacer algo muy abierto que pudiera leer gente que nunca se compraría un libro en el que pusiera «feminismo».

Pero incluso cuando te desvinculas del periodismo más opinativo, en el narrativo también decides hablar de aspectos personales. En una de las historias, en concreto, cuentas que tuviste una relación con su protagonista. ¿Por qué?

La verdad es que yo me puse a escribir como me salían las cosas y luego le iba dando vueltas. Dar ese dato por una parte me daba mucho pudor, pero por otra me parecía que venía a cuento explicarlo. Ese capítulo fue un poco distinto, porque en el resto de los protagonistas sí que hay unas entrevistas más o menos al uso, pero en el caso de Antar realmente no la hubo. Un día que charlé con él ya sabía que iba a ir en el libro, pero el resto de días no tenía ese «chip». Incorporé muchas cosas que había vivido con él, y si no decía que habíamos salido era difícil explicar temas que para mí aportan mucho. Como cuando les cuento a dos amigas que estoy saliendo con un chico trans y me contestan: «¿Eso no es complicarse la vida?». Fíjate que precisamente de ahí sale todo el libro, lo que une todas las historias.

Aunque no lo parezca, soy bastante pudorosa, no soy muy dada al periodismo gonzo en el que yo estoy en primera línea, pero ahí sí que sopesé, y pensé que cuando mi presencia aporta algo está bien incluirla.

Como mencionas, el libro lo componen una serie de historias de gente con la que te has ido topando por todo el mundo. ¿Qué ingobernable te has dejado fuera?

Más que por una criba, las historias se han seleccionado por cuestiones logísticas. Ha habido gente que me hubiera encantado… Porque soy consciente de que las historias que han sucedido en el Estado español son todas de personas blancas y payas. Conocí a una gitana hace un año que me hubiera encantado incluir, pero no la he vuelto a ver y era muy forzado. Así que las historias han salido de forma natural, pero yo creo que habrá segunda parte, porque ciertos perfiles quedaron fuera porque todavía no era el momento. Me suelen preguntar por qué he escogido a esta gente, y ahí mi presencia es inevitable, porque yo no he dicho «quiero estos perfiles, voy a llamar a asociaciones y contactarles», sino que esta es la gente con la que me relaciono yo. Creo que eso se nota en cosas como el grado de intimidad y de confianza con algunos personajes, y también, por otro lado, en que, si no me moviera con esta peña, mi mirada sería distinta. Hay gente que me pregunta: «¿De dónde sacas a gente tan peculiar?». Y no: esta es mi gente. Para mí peculiar es alguien del PP que va a misa todos los domingos y al que le gustan los toros.

Dices que estas historias suponen un reto contra tabúes y sectarismos de los lectores. ¿Qué hay de los tuyos? ¿A qué sectarismos te ha hecho enfrentarte?

Lo de los sectarismos nos lleva otra vez al tema de la pedagogía. Cuando hablo de hacer pedagogía feminista, creo que requiere de un discurso bastante simple y fácilmente digerible. Eso no me interesa tanto como las contradicciones, la complejidad, mirar algo desde puntos de vista distintos y no solo desde el feminismo. Por ejemplo, en el libro tuve dudas o incomodidades porque obviamente los personajes no siempre me caen bien, hacen cosas que no me gustan, o piensan cosas que chocan conmigo. Un ejemplo fue cuando me di cuenta de que El Ajero, este viejecito homosexual, es superxenófobo. Y me preguntaba si tenía que contar también que estaba todo el día poniendo a parir a los pakistaníes, y al final lo hice. Me atraía el hecho de que no fueran personajes perfectos, que fueran complejos, con sus fisuras, y no siempre estoy superalineada con su forma de pensar o de actuar. Lo que más me removió sucedió con doña Sebastiana, la mujer indígena. Creo que cuando vamos con un feminismo urbano y europeo hay muchas cosas que no entendemos. Es una mujer que (esto es un super-spoiler), después de décadas de maltrato físico, psicológico y económico superbestia por parte de su marido, decide no dejarle. Yo lo que conozco de ella es que ha salido de la violencia y que se dedica a ayudar a otras mujeres, pero cuando le pregunto: «¿Cuándo dejaste a tu marido?», me dice que siguen viviendo juntos. Eso fue un choque de la leche, porque aquí el protocolo es que una maltratada va a la comisaría, pone una denuncia, se separa… Ahí me di cuenta de que en su contexto divorciarse no era una opción, y ella ha conseguido poner límites a su marido y vivir con ello.

Algunas historias se desarrollan en términos y realidades, como intersexualidad o cisgénero, que quizás hagan sentir perdido a un lector, como dices, no tan familiarizado, que es al que quieres atraer. ¿Cómo se hace encajar el tono?

Esa disyuntiva también la tengo escribiendo en Pikara, que tiene dos públicos, aunque en realidad son muchos más. Ahí hay una solución que se me ha ido un poco de las manos, y tiene sus detractoras, porque a veces superaban en extensión al propio texto, y son las notas al pie. En el tema de la interesexualidad he sido más consciente de que es algo que no todo el mundo conoce, y la propia Nicole es muy pedagoga. Con el caso de la transexualidad también creo que he incluido muchas notas para que la gente ampliase información según sus necesidades. Me gusta imaginarme que hay gente que hace lecturas de distinto tipo. Me hace mucha ilusión que haya algunos que me han hecho caso y se han ido a buscar vídeos de los protagonistas o han entrado a sus blogs. Que puedas leer el libro para centrarte en las historias y ya, o usarlas como pretexto, como puerta de entrada a esos temas. Hace poco la propia Amarna Miller ha destacado uno de esos pies de página sobre la transexualidad, sobre la decisión de operarse los genitales o no.

Y en cuanto a los medios de comunicación, ¿te has llevado alguna sorpresa o sientes que en general predicas a conversos?

No, la verdad es que no me he llevado ninguna sorpresa en ese sentido. Quizás el único el ABC Cultural, pero creo que su línea editorial es más abierta que la del resto del periódico. Es cierto que a raíz del libro los medios que me han entrevistado han sido bastante afines. Jot Down sí que me ha sorprendido un poco.

¿Por qué?

Porque en algún momento hemos hecho paralelismos desde Pikara con Jot Down que no han sentado bien. Soy consciente de que la presencia de mujeres en Jot Down ha ido creciendo con el tiempo, pero al principio la mayor parte de entrevistados eran hombres y también la inmensa mayoría de los columnistas. Nos irritaba mucho que cuando nombraban a Pikara nos definieran como una «revista para mujeres» o nos preguntaran por qué no había hombres en plantilla. Así que una vez comenté en Twitter esto mismo, pregunté si os definíais como «revista masculina» y contestasteis que no, que era para todo el mundo. E hice esa reflexión: que era curioso que en Pikara la presencia de hombres sea incluso superior a la de mujeres en Jot Down en ese momento, pero socialmente a vosotros no se os percibía como revista masculina y a nosotras sí como femenina. Y eso creó una sensación extraña de pique, aunque casi más entre la gente que metió cizaña. Así que me sorprendió el interés por vuestra parte, porque creo que mucha gente nos ve como medios antagónicos.

Pero ¿os molesta que Pikara sea definida como revista para mujeres?

Sí. Aunque con nuestras contradicciones, como punto de partida nos parecía muy importante no ser una revista para mujeres sobre temas de mujeres hechos por mujeres. Respecto al periodismo, nosotras publicamos a gente que nos traiga buenas historias, ahí el género de quien escribe no es un factor, y de opinión lo mismo. Entre las firmas habituales ahora tenemos a tres hombres: el crítico musical, un compañero de Golfxs con Principios y el tercero es José Luis Serrano, que es un escritor gay.

Esto en realidad es supercomplejo. Porque, por una parte, es normal que las mujeres sean las protagonistas del movimiento feminista, y es normal que en Pikara el protagonismo sea apabullantemente femenino, porque en el resto de medios de comunicación, según el informe global de medios, solo el 29 % de las protagonistas lo son. Nosotras tenemos muchos debates en torno a esto. Establecemos que en la revista en papel la portada siempre se dedique a una mujer, y ahí hay discusión. A mí sí que me gusta mucho destacar lo que publicamos sobre masculinidad, porque publicamos periodismo interesante para todo el mundo. Lo mismo que hay muchas mujeres que leen las secciones de deportes, aunque solo se hable de deportistas hombres, ¿por qué los hombres se tienen que sentir excluidos cuando leen Pikara?

¿No es un poco estéril este debate? Porque en general se limita a lo puramente numérico, lo cuantitativo por encima de otras cuestiones, como por ejemplo si quien dirige o toma las decisiones es una mujer, como es el caso en esta revista.

Hombre, es que con el monitoreo global de medios, uno de los datos que da todos los años es que el 9 % de las fuentes expertas en los medios de comunicación son mujeres. Y somos la mitad de la población. Así que yo creo que lo numérico es importante. Porque en este ejemplo, el de las fuentes expertas, lo que evidencia es en quién confías como periodista para que te explique lo que esté pasando. Con la muerte de Fidel Castro me fijé en el telediario de Televisión Española, los expertos que hablaban de ello eran todos hombres, blancos y, la mayoría, españoles. Tengamos en cuenta que la explicación que nos den de su muerte va a ser muy distinta según la persona. Sería un ejercicio interesante que todos los periodistas revisáramos en nuestra agenda qué tipo de fuentes tenemos a mano, porque al final siempre hay inercias. Si es la noche electoral, siempre se invita a los mismos analistas.

Yo creo que lo fundamental, aunque sea aburrido para mucha gente por el palabro, es el androcentrismo. Hablamos mucho de machismo, de sexismo, y hablamos muy poco de androcentrismo. En los medios de comunicación, cuando no hay ese chip femenino, se naturaliza que el mundo es el universo de lo masculino y por eso el fútbol, por ejemplo, tiene tantos minutos. Yo en mis talleres suelo poner un artículo vuestro como ejemplo.

¿Cuál?

«Los doce genios que han cambiado el mundo y tú sin saberlo». La primera lectura que suele hacer la gente es que todos son blancos, casi todos son estadounidenses y europeos, casi todos han estudiado en la Ivy League. De los doce solo hay dos mujeres, que son Melinda Gates que está ahí por ser filántropa, pero la pasta que tiene siempre se asocia a Bill Gates, y la primera directiva de IBM. A mí me parece superclave, porque en concreto ellas dos están por sus logros como mujeres en buena medida. En cambio, ellos son genios, no están ahí por haber superado barreras como hombres. En cambio, de la de IBM se destacaba sobre todo el ser la primera mujer en algo, no tanto su capacidad intelectual o logros. Así que los doce genios que están cambiando el mundo son todos occidentales, todos blancos, la inmensa mayoría hombres y todos del ámbito científico y tecnológico. Ahí se está viendo inconscientemente a qué le das tú visibilidad o a qué no. ¿Por qué un activista no cambia el mundo? ¿Por qué para ser genio…?

Porque no hay un criterio objetivable.

Sí, pero más que unos parámetros objetivos que nunca va a haber, tiene que existir un cuestionamiento de qué entiendo por genio y quién merece estar en una lista como esa. Hace poco un periodista hizo una lista de «los diez libros de periodismo que tienes que leer». Y todos hombres. Es aburrido estar siempre como Pepita Grilla, pero es que es así.

¿No es cansado estar siempre señalando? ¿Estar siempre con el dedo acusador?

Sí, lo es. También porque te ponen un rol como de andar tirando de las orejas, que es incómodo, porque hace que parezcas arrogante. A mí me ha pasado que en la boda de una de mis mejores amigas estuvieran dos colegas del novio preguntándome si esto es machista o no, tocándome un poco la moral con el «yo no soy machista ni feminista». A las tres de la mañana, con todo el mundo un poco bebido, uno decide quitarse la camisa y viene a preguntarme a ver si me parece machista. Y a ver, que yo estoy bailando. Lo de ser feminista a tiempo completo es pesado, pero es lo que tiene. Activismo a tiempo completo.

Y esa actitud reprobatoria, de señalar allí donde se produce machismo, ¿no temes que pueda resultar antipática a ciertos lectores?

Nosotras en Pikara hacemos gala de que somos periodistas, que publicamos periodismo que nos parece atractivo y de calidad no solo para gente interesada en representaciones de género o debates sobre feminismo. Nuestra pequeña frustración es que es rara la ocasión en la que te invitan a una charla a hablar de periodismo. Si te invitan a una mesa redonda siempre va a ser o sobre feminismo o sobre las mujeres en el periodismo.

Es un problema que afecta a muchas áreas profesionales y disciplinas. Muchas científicas también se quejan de que se destaque su papel siempre como «mujeres científicas» y no solo como «científicas».

Ya. Nosotras creemos que tenemos mucho que decir, por ejemplo, sobre periodismo digital. Tenemos un modelo que está funcionando, aunque es pequeñito, y por ejemplo tampoco nos han invitado nunca a una mesa sobre el futuro del papel, que es un debate muy habitual.

Ya que mencionabas la muerte de Fidel Castro, pasaste tiempo en Cuba y has escrito bastante sobre la realidad política de la isla. ¿Echaste de menos que te consultaran sobre ello?

Sí, sí me han consultado. Concretamente Juan Carlos Monedero. [Risas] Fue curioso, porque fue justo el día de mi cumpleaños; me llama un señor y me dice: «Oye, mira, que soy Juan Carlos Monedero y tenemos una tertulia en La Tuerka sobre la muerte de Fidel y queríamos que intervinieras para hablar del feminismo en Cuba». Y este es un buen ejemplo de lo que estamos diciendo. Yo accedí, aunque te confieso que pensé que podía ser una broma de algún amigo, porque no conozco a Monedero de nada (y espero que no le moleste leer esto), pero él me contó que no habían conseguido que hubiera ninguna mujer en la mesa de debate y que por lo menos querían que entrase una por teléfono. Entonces, claro, mi primer pensamiento fue: ¿Por qué no me habéis llamado en primer lugar, en lugar de resolverlo telefónicamente? Y, si era porque no estaba en Madrid, que nos consultaran por lo menos sobre alguna analista que pudiera hablar de Cuba. Yo pido ese esfuerzo. Pero no: tenían a tres señores superprestigiosos y habituales de la prensa, y ya está. Luego ya me dijo que le interesaba mucho mi mirada sobre el feminismo en Cuba y mi mirada como mujer. Yo le insistí mucho en que yo podía hablar de los campos en los que había trabajado, que no ha sido solo el feminismo en Cuba, eso ha sido una parte mucho más pequeña. Quería hablar de la izquierda crítica, y sí, vale, del feminismo, pero también del anarquismo, del ecologismo, la participación ciudadana… Porque he trabajado en esos asuntos de participación real… Al final sí que me preguntó un poco de todo eso, pero incidía mucho en eso: «tu mirada como mujer y como feminista». Te encasillan, y es difícil.

¿Te gusta Margaret Atwood?

Sí, he leído el de Chicas bailarinas, la colección de cuentos.

En La maldición de Eva dice: «Para las mujeres, definirse a sí mismas como indefensas y a los hombres como todopoderosos supone caer en una vieja trampa, evadir la responsabilidad y deformar la realidad. Lo contrario también es cierto; describir un mundo en el cual las mujeres ya son iguales a los hombres en poder, oportunidades y libertad de movimientos es una abdicación similar». ¿Qué te parece?

Pues tiene miga. Yo hago dos lecturas: efectivamente, socialmente a las mujeres se nos sigue construyendo como desvalidas, y eso es algo que se ve por ejemplo en los cánones de belleza. Ahí es superclaro. El canon de belleza masculino es estar cachas, que se asocia a estar fuerte y poder proteger en un abrazo de esos envolventes, y en las mujeres el canon es ser frágil, más lánguida, como que parece que te vas a romper.

Creo que Atwood se está refiriendo más a una crítica al feminismo en sí, a esa construcción de imagen de la mujer desde dentro.

Sí, eso es lo que extraigo en una segunda lectura. Que desde el feminismo podemos estar fomentando, sin querer, eso mismo que queremos combatir. Me preocupa un poco que, por ejemplo, en los medios y la violencia machista, hemos conseguido que se hable de ello, pero creo que muchas veces, cuando nos recreamos demasiado en las agresiones que vivimos las mujeres, el efecto puede ser paralizante, incluso. Con las agresiones sexuales estamos teniendo ese debate en el periodismo y en el feminismo. De repente, en el verano encendías la radio —por lo menos en el País Vasco— y casi todos los días había una noticia de que habían violado a una chica en San Fermín. En vez de decir «hemos conseguido no callarnos, ahora denunciamos», la sensación era de congoja. El resultado era que yo iba a casa de mi abuela y me decía: «Hija, ¿has escuchado las noticias? Es que ya las chicas no podéis salir por la calle». Así que, respecto a la frase de Atwood, te diría que el reconocerte como víctima tiene que ser una fase, pero cortita. La siguiente fase, que tiene que darse pronto, es ver cómo sales de ahí. Es algo que estuve pensando estos días con el tema del consentimiento sexual, porque Barbijaputa publicó un artículo con nosotras hablando del tema. A mí me parece importante que, si tienes un novio que sistemáticamente te presiona para follar sin ganas, seas consciente de que eso es una forma de violencia de bajo nivel. De que eres víctima entre comillas. Pero creo que, si nos quedamos ahí, en vez de preguntarnos cómo nos trabajamos el empoderamiento sexual, cómo trabajamos comunicar lo que queremos…

Respecto al tratamiento de la violencia de género en los medios de comunicación que has mencionado antes. Es evidente que en los últimos años ha aumentado la sensibilización y el tratamiento mediático ha cambiado. Pero desde entornos feministas se sigue reclamando que «no se trate a las mujeres asesinadas como un número», una consigna con la que nadie estará en desacuerdo. Pero, yendo a lo concreto, ¿cómo se hace eso? ¿Qué se está haciendo mal y se debería corregir?

Para empezar, creo que desde el feminismo se tiende siempre a la crítica superdestroyer a los medios sobre este tema, es verdad. La gente te dice: «Es que en los medios solo hablan con los vecinos…».

Pero ¿qué hay que hacer para informar mejor?

Hablar con más fuentes expertas. Por una parte, la rutina de preguntar en el vecindario es una rutina periodística que nos tenemos que cuestionar. Porque, además, se tarda más en ir a un vecindario que hablar con un experto que te dé una opinión valiosa sobre el tema. En el País Vasco, una antropóloga feminista, Mari Luz Esteban, ha abierto un debate interesante al respecto, sobre si no hay un peligro en la saturación mediática de la violencia machista. Y es cierto, porque ha sido un logro que los medios hayan empezado a entender que esto es un problema público, pero, por otra parte, si todos los días estamos con la noticia de una nueva asesinada, esto no nos aporta nada más que desmoralizarnos o la sensación de inevitabilidad, de que es una lacra o algo crónico. Yo no tengo recetas mágicas, pero estoy de acuerdo en que es un buen momento para pararnos y decir «venga, cómo hacemos esto». En las iniciativas de autorregulación en este tema se ha tocado un poco techo. El trabajo de Pilar López Díez con Público hace diez años es muy similar a procesos que he visto el año pasado. Hay cosas básicas: no consultar al vecindario, contar con fuentes expertas, no culpabilizar a la víctima diciendo que no había denunciado… Todos estos mantras en los que ya estamos. Hace falta un debate más amplio, y no solo con esto. Es como lo de los suicidios, donde existía el consenso de no informar, y luego llega la crisis y se empezó a suicidar gente. Yo incluso he escuchado mencionar que, si una mujer se ha suicidado después de años de violencia o por una agresión sexual, no se contabiliza como violencia machista. En definitiva, que hay que ampliar el debate porque sí que es cierto que hemos logrado sensibilizar sobre la violencia machista en los medios, ahora toca preguntarse cómo se aborda mejor, cómo se le da profundidad.

Hablábamos antes del tema numérico, y una cosa que se ve en el monitoreo es que las mujeres somos protagonistas solo del 28 % de las noticias, salvo en las noticias de violencia y criminalidad: ahí somos el 51 %. Y no solo relacionado con la violencia machista. En el periodismo internacional, somos el recurso de la madre llorando ante su niño muerto en la guerra y esos clichés de la mujer como víctima. A mí, y siempre doy la matraca con esto, me parece tan importante o más que el medio cambie toda su mirada androcéntrica que cómo lo hace en concreto cuando asesinan a una mujer. Porque si tienes una tía o un tío que informa superbien sobre la violencia machista pero las mujeres no estamos, la sociedad solo va a percibir que somos noticia cuando nos matan. Y eso es igualmente perverso. Hay que trabajar para que los medios se asuman como un actor que puede contribuir a la igualdad, más allá de cómo informan.

Pero al final cunde un poco la psicosis de «todo mal». De la crítica constante.

Sí, yo soy consciente de ello. Incluso cuando damos formaciones, reconozco que nos resulta más fácil señalar las malas prácticas que recoger las buenas, eso lo tengo superclaro. Pero incluso de temas tabú, donde hemos logrado cambiar la agenda. Hasta hace muy poco era muy raro oír hablar de acoso machista callejero, o el acoso en general, de eso no se hablaba. Por eso creo que a raíz de que un medio pequeñito como Pikara viralizase un contenido sobre esto con Alicia Murillo, grandes medios han hecho reportajes contando con ella o hablando de lo que hemos visibilizado. Y ahora lo ves hasta en Twitter, que medios generalistas se hacen eco de campañas como «Mi primer acoso», y se ponen a hablar de cómo es que desde niñas nos acosen por la calle.

Al hilo de esto, hay un observatorio catalán que se llama Origen, de tratamiento de la violencia machista en los medios. Mandan un apunte a la semana por e-mail, y no solo se destacan las cosas negativas, sino también las positivas. Y esto también es importante. Hacen falta críticas rigurosas y constructivas y no quedarse en el «Oh, Dios mío, qué machistas los medios».

¿Qué le dijiste a tu hermano, de trece años, cuando te preguntó qué era ser feminazi?

Le contesté que feminazi es una palabra que utilizan los machistas organizados para intentar quitarnos de en medio, ridiculizándonos, y tratándonos de locas y exageradas. Le pregunté si lo que yo hacía era comparable a lo que hacían los nazis, exterminar y discriminar. Para mí fue un contexto interesante, porque el término llegó hasta él porque una amiga suya estaba muy enfadada con las feministas porque habían ido a boicotear a un youtuber. Eso me llevó a un debate personal. Porque por un lado tenemos a un grupo de feministas jóvenes que saben que Dalas Review, un youtuber machista, va a dar una charla en su pueblo con un discurso superpernicioso, y ¿qué hacen? Porque si no hacen nada, mal. Y si montan el pollo, al final se ponen de culo a una legión de chavalas y chavales que le adoran.

Sobre los youtubers, o ese tipo de youtubers, tú planteas un «visionado crítico». Es decir, no optas por prohibir ni censurar lo que dicen. Imagino que habrá gente a la que le sorprenda escucharte decir que tienen derecho a hacer ese tipo de contenido.

Sí, para mí la opción es el consumo crítico. Yo no soy nada prohibicionista, eso para empezar. En Pikara hemos tenido estos debates de mano de Beatriz Gimeno, por ejemplo, que es alguien que tiene muy claro que, si intentas recortar la libertad de expresión prohibiendo los discursos machistas o xenófobos, va a tener un efecto boomerang. Estamos viendo cómo se ha hecho dimitir a Guillermo Zapata con la excusa de unos tuits supuestamente antisemitas.

Nosotras publicamos un artículo que hablaba del derecho a la blasfemia y al sacrilegio, porque, ¿cómo podríamos defender la libertad de sacar una procesión con un coño gigante y luego defender que Dalas Review no puede hacer un canal de YouTube porque es ofensivo? Entonces no podríamos estar publicando a Alicia diciendo que le gusta cocinar escroto a la brasa, por ejemplo. Yo entiendo que si vamos por la senda de penalizar los discursos del odio es muy complicado explicar por qué es válido un vídeo de otra youtuber, «Soy una pringada», diciendo «qué puto asco me dan los hombres heteros». Eso también puede ser interpretado como discurso del odio, aunque para mí no lo sea porque me parece que el humor es humor, y cuando se habla desde la resistencia, más. Una chica lesbiana joven metiéndose con los hombres hetero para mí no es lo mismo que hacerlo desde una posición de privilegio. Un juez que tenga que estimar a quién multa y a quién no… posiblemente las feministas saldríamos peor paradas. Además, se ha visto esto que digo: cuando se ha cancelado una función de un youtuber en Bilbao, Wismichu, lo primero que yo he visto en los talleres es que están cabreadas con las feministas porque por su culpa no han podido verle. Yo no soy educadora, pero fomento el consumo crítico, que consiste en no decir a tu hermano o hijo o alumno «no veas esto» sin hacerle preguntas. «Y esto que ha dicho, ¿qué te parece?». Acompañar y darnos cuenta de qué discursos están ahí e intentar darles la vuelta.

Uno de los youtubers que has mencionado suele sacar el tema de las supuestas denuncias falsas en los casos de violencia de género.

Sí, a mí también me gusta darles la vuelta a cosas que dicen algunos de ellos, como esta cuestión de las denuncias falsas por maltrato. Prefiero, en lugar de dar datos o de hablar del número, hacer otra cosa. En el último número de Pikara he publicado un artículo en el que se explica que Amnistía Internacional ha encontrado que los hombres maltratadores están, de manera sistemática, denunciando a las mujeres. Se ha convertido en una estrategia habitual, e incluso en manuales del maltratador se aconseja hacerlo, se apuesta por las denuncias cruzadas. Hay que romper esos estados de opinión tan absurdos. Porque de repente hay una preocupación generalizada de que las mujeres denunciamos para joder a los hombres, cuando en realidad lo que está ocurriendo es que hay mujeres que están siendo condenadas, u hombres que están siendo absueltos, porque les sale bien la estrategia de decir «es que ella también me insultaba o también me pegaba». Hay que pasar de un feminismo reactivo, de estar todo el rato contestando «no, mira, las denuncias falsas son esto», a escoger qué temas nos preocupan y dónde nos queremos posicionar. Las denuncias falsas no son un problema y todas las instancias de este país lo están diciendo, y en cambio sí que es un problema que muchos agresores salen impunes porque están denunciando a sus parejas o exparejas a su vez.

Ya que has sacado el tema de los youtubers. ¿No te parece que hay un poco una paranoia ridícula en torno a esto? ¿Que está todo centrado en los dos o tres que hacen contenido cuestionable, dejando de lado otro tipo de usuarios que sí contribuyen a derribar barreras? Hay otros con muchísimos seguidores, líderes de jóvenes, que son lesbianas, o que…

Sí, sí, lo de visibilizar a las lesbianas me parece la hostia, porque además youtubers como Yellow Mellow tienen una estética muy poco normativa, de bollera, podríamos decir. Y también me parece interesante el caso de Dulceida, una youtuber de moda a la que siguen tías como que tienen una idea de femineidad muy limitada y de repente se casa con una chica. Es verdad que es un modelo muy de «boda de tus sueños» y encontrar a tu princesa y no sé qué, pero, joder, es muy positivo, ¡yo de adolescente no sabía que podía tener novia!

Y mira, incluso en Dalas y estos otros. Vi un vídeo de Wismichu en que se reía de peña que hacía recetas de cocina con fluido vaginal. Lo que pensé es que en mi pubertad el tema del fluido vaginal era supertabú, se hablaba de la primera vez que eyaculaban los chicos y ya. Hablar de flujo vaginal y que todo Cristo lo sepa ya es algo que me parece un puntazo. Y con el porno, lo mismo. Siempre está la matraca de lo pernicioso que es el porno y tal, pero yo creo que internet es la bomba, y puedes encontrar porno de lo que te dé la gana. Aunque tengo la duda de cómo se hace con gente muy joven, porque no me veo yo diciéndole a mi hermano: «Oye, mira, hermano, en lugar de ver este porno, por qué no buscas porno casero…». [Risas] Pero lo que quiero decir es que siempre estamos con el porno, el porno, el porno… y hay mogollón de porno casero que para mí es mucho más constructivo, y no hay toda la parafernalia de la industria. El otro día me contaba una mujer que tiene un hijo, no sé si de once años, que fue a casa preguntando qué era un cunnilingus y cómo se hace. Que el chaval conocía ya las cosas con un nivel de detalle de flipar. ¡Hostia! Es que el cunnilingus era la cosa más invisible del mundo y en todas las comedias estas que mencionaba antes lo habitual son mamadas y pajas todo el rato, y la masturbación femenina y el cunnilingus sigue siendo muy invisible. Qué alegría que un chaval de once años sepa lo que es.

Sobre otro de los temas de constate debate: el papel del hombre en el discurso feminista. Tenemos reciente el «feminizar la política» de Pablo Iglesias…

El concepto de «feminizar la política», a mí no me gusta como término, pero aquí vuelve la pedagogía. Me gusta más «despatriarcalizar» la política, aunque soy consciente de que es un palabro que es muy difícil que cale. No es muy sexy.

«Feminizar» no me gusta porque me parece que nos hacemos un lío entre si yo soy femenina o masculina, y qué es que la política sea en femenino y qué en masculino. Me da mucha alergia todo esto. Por ejemplo, creo que Cristina Cifuentes es una mujer muy femenina, y la política que hace es muy patriarcal. O las políticas de Ciudadanos son todas muy femeninas y, salvo cuando denuncian el sexismo que ellas viven en primera persona, sus políticas son patriarcales. Así que creo que los términos nos meten en un pequeño lío, también porque asocia los cuidados a las mujeres… A ver, que no se trata de eso.

Por otro lado, suele escucharse mucho eso de «Sí, sí, poned a una mujer en el poder y ya veréis lo que pasa, como con Angela Merkel». Por poner a una mujer no se hacen políticas más feministas, ni se es más humana, ni más cuidadora ni menos tirana. Conceptualmente entiendo que lo que quiere decir el término de «feminizar la política» es que la política deje de estar regida por los valores tradicionalmente masculinos —la competitividad o ejercer poder sobre el otro— y pasar a un modelo que tiene que ver más con los valores que simbólicamente se asocian a lo femenino. Yo creo que sería interesante que Pablo Iglesias hablase de su rol, de cómo se plantea el liderazgo para que haya más mujeres en política. Para que hubiera un liderazgo femenino, él tendría que plantearse quitarse de ahí. Pablo Iglesias ejerce un liderazgo superpatriarcal porque es muy jerárquico, yo lo considero incluso agresivo, y puede que sea en parte por la beligerancia que todo el mundo ha proyectado sobre él. Pero para mí, incluso en su expresividad, es agresivo. Estoy pensando en la fotografía en la que él está con las piernas abiertas, por ejemplo. Salió diciendo «yo no soy un macho alfa», pero tiene unas formas… Así que en cuanto a la participación de los hombres en el discurso feminista me interesa más que debatan de su rol. Nagua Alba, la líder de Podemos en Guipúzcoa, ha publicado un artículo muy interesante sobre esto en una revista feminista, donde habla de los micromachismos que ella encuentra en política. Como mujer aún es un espacio hostil en el que es necesario estar, pero para transformarlo todo. Me parece un debate interesante, pero cuando los hombres participan de él se trata de revisar su rol, de hacer autocrítica y no en plan buenrollismo. Se trata de compromisos concretos, de qué cosas hacer para que el partido sea un partido feminista.

¿La única manera de que las mujeres conquisten espacios tradicionalmente dominados por hombres es que estos den un paso atrás?

A mí una iniciativa sobre esto que me gusta mucho es una de «Clásicas y Modernas», que propusieron el manifiesto de «No sin mujeres». Se trataba de pedir a hombres que no participasen en ningún espacio en el que se hubiera excluido a las mujeres. Si te nominan a un premio de no sé qué, si ves que todos los nominados son hombres, renuncias. Esto se ha hecho en Francia en el mundo del cómic, por ejemplo. En el Salón del Cómic de Angulema todos los nominados eran hombres y el colectivo de autoras protestó, y hubo varios autores que renunciaron a su candidatura diciendo que no querían estar ahí si a ellas se las excluía. Me parece que sería algo bueno, aunque es difícil. El día que alguien renuncie a un puesto de poder diciendo que no quiere ejercer ese privilegio mientras que las mujeres no participen… Sería una buena medida de presión y probablemente acabarían invitándolas.

Te lamentas de que una gran parte de la gente te siga conociendo como «la feminista reguetonera», pero ¿eres consciente de que te has convertido en una especie de autoridad en el tema, que se acude a ti cada vez que hay una polémica?

Estoy aburridísima de ello. Con el reguetón la sensación que me da es que desde el feminismo se critican más cosas, también se critica a Alejandro Sanz y demás, pero socialmente creo que todo el mundo sabe lo que hay. Si le preguntas a cualquiera qué opina del reguetón, «machista» va a ser lo que te digan, incluso gente que no tenga que ver con el feminismo. Pero con Alejandro Sanz no hay eso mismo, aunque incluso en sus declaraciones haga gala de un paternalismo alucinante, y de esa idea supertrasnochada de caballero andante. Esta cosa de que «el que maltrata a una mujer no es hombre, porque ella es más débil». Probablemente quien piensa así piensa que pegarse con un hombre por una mujer sí es válido. Y es igualmente machista.

Yo escribí lo del reguetón en mi blog un poco como desahogo personal, porque me presionaban mucho en mi entorno con el «¿Cómo es posible que siendo feminista te guste bailar reguetón?». También me gusta bailar bachata y nadie me lo dice… Para empezar, porque mucha gente en España piensa que la bachata es reguetón y la cumbia también.

Para mí hablar del reguetón es como el velo, que nos cuesta mucho menos identificar el machismo en expresiones culturales que no son propias de la nuestra. Eso, por una parte. Y, por otra, con lo de Maluma lo he ido pensando más y creo que el mismo modelo de sexualidad que canta él es el que nos inoculan en todos los lados. El otro día vi en un bar La Voz, y la puesta en escena en una canción de Enrique Iglesias era seis bailarinas y él pasando entre ellas, cogiéndolas, tirándolas… Es decir, que las críticas que se han hecho a Maluma de tratar a las mujeres como intercambiables, usarlas como reclamos sexuales, hablar del placer propio exclusivamente, es lo mismo que vemos en las comedias románticas de Hollywood, lo que vemos en cualquier anuncio de colonias. Fíjate los anuncios de perfumes de Paco Rabanne, la idea de que los hombres tienen el poder y pueden tener a una mujer cuando quieran, ¿por qué eso no escandaliza tanto como Maluma? O en las comedias, por ejemplo: la escena típica es una tía haciéndole una mamada a un tío, o una paja, como si fuera la única vía de hacer algo excitante para ellas. Es el mismo discurso. O el amor romántico: mal vamos si todavía no se ve que el que en una letra digan «eres mía, mía, mía» de Romeo Santos, o «para ti no soy nada», es exactamente lo mismo. Contar que todo eso es algo pernicioso va a ser mucho más difícil que explicar el «me las chingo a todas cuando quiero» de Maluma. A mí me parece que lo bueno que tiene el reguetón es que, en esta sociedad de lo políticamente correcto, por lo menos explicita el modelo de fantasías que tienen la mayor parte de los tíos. Es como poner el foco sobre el modelo de sexualidad que vertebra todo.

Pero a ti lo que te molesta es que se criminalice el género en sí, que se asuma que el reguetón es machista per se. Soléis señalar a otro tipo de grupos que no lo son, pero son minoritarios. ¿Entiendes que, si el 90 % del género es machista, la gente piense simplemente que el reguetón lo es?

Con los youtubers pasa un poco lo mismo, no se puede decir que la cultura youtuber es machista. Esa cultura son unos códigos determinados, un lenguaje… Es cierto que quizás los más famosos son machistas, pero es un lenguaje que podemos apropiarnos, analizar, cuestionar… Yo qué sé. Y en ambos casos, youtubers y reguetón, podemos encasillarnos en eso de «existe un reguetón feminista», pero es algo supernaíf, porque en realidad son cuatro grupos que solo consumimos las feministas organizadas. Me parece más constructivo visibilizar a gente con otros discursos, que no tienen por qué ser feministas. Cuando me han preguntado, he nombrado a Gente de Zona, que ahora se han hecho tan famosos y hacen algo tan comercialote que a mí no me interesa nada. Pero cuando empezaron en Cuba tenían unos ritmos de la hostia, con un orquestón superbueno… por eso, decir que es una mierda es insultar a todos los músicos que lleva Gente de Zona. Por mucho que la industria en sí tenga otra inercia.

Con el consumo cultural en general sucede que la gente reacciona mal cuando se critican sus gustos, porque identifican que, si llamas machista a su ídolo, les estás llamando machistas a ellos también. ¿Consumir contenido machista te convierte en un machista?

A mí personalmente no me gusta lo que te decía, la gente que se me acerca y me dice: «¿Esto es machista?». No se trata de mi categoría de si eres machista o no, porque todos podemos tener actitudes machistas, solo se trata de ser consciente de lo que consumes, de cómo lo consumes y de cómo lo interpretas, y qué influencia tiene en tu actitud cotidiana y tu imaginario y tal. Una de las preguntas que me hicieron en un artículo para El País fue: «¿Es machista abrir las piernas en el metro?», y algunas compañeras de las que consultaron decían que sí rotundamente. Yo no es que crea que lo es o que no. Es que hay que preguntarse por qué tú abres las piernas tanto y por qué yo tengo que estar así [se encoge]. Hay que ir a lo profundo en lugar de quedarse en recetas fáciles de «tú eres machista», preguntarse algo más: cuáles son mis referentes culturales, cómo me relaciono con mi cuerpo, y en todo eso el machismo qué tiene que ver, cómo me ha influido, cómo me condiciona. Es ahí donde creo que podemos llegar más a los hombres, para que se planteen si el modelo de sexualidad que les han vendido les satisface, les hace conectar bien con otras personas, o si esto de ver a las tías como «me las chingo a todas cuando quiero» tiene algún problema. ¿La peña se lo pasa bien follando con gente que no lo está pasando bien?

¿Sientes que en el feminismo se castigan más las contradicciones que en otros activismos?

Yo defiendo el derecho a las contradicciones: yo consumo mucha Coca-Cola y soy consciente de lo que representa Coca-Cola. Y, aun así, me parece bueno saberlo. Por eso cito la conciencia crítica. Es lo mismo con el tema del veganismo: yo he visto compañeras en Facebook que suben un plato de jamón, y desde el veganismo a mí me gustaría que todo el mundo tuviera la información de lo que representa la industria cárnica o de cómo se trata a los animales. Luego yo decido, según mis posibilidades y lo que estoy dispuesta a sacrificar, cuántos animales consumo en mi dieta. Esto es un poco lo mismo. Me parece importante tener claro que los mensajes que transmite el reguetón comercial son una mierda, mi objetivo es que todo el mundo sepa que son una mierda y que cuando lo escuchen no lo normalicen y digan «Hostia, qué fuerte esto que está diciendo». Y también en el indie o en otro género musical. Y ya luego, si tú te lo pasas bien o el ritmillo te gusta, o, mira, la letra te emociona aunque diga «sin ti no soy nada» porque todos nos hemos sentido así alguna vez, pues bien.

Respecto a la distinción habitual entre «feministas radicales» y feministas a secas, o feminazis, que piensan que el hombre es el enemigo, y las feministas, ¿cómo te sientes respecto a eso?

Es lo que hizo el alcalde de Alcorcón, hablar de las «feministas malas» y las «buenas». Es ese tipo de discurso que dice que Beyoncé y Emma Watson bien, y por otro lado estamos las feminazis, que estamos chaladas, que nos ponemos en tetas en las capillas y tal. Normal que seamos incómodas.

Yo veo supernecesario que haya una cara del feminismo más mainstream, que haga su función para que mucha gente tenga una puerta de entrada y diga «vale, se puede ser feminista y una diva del pop». Pero luego tiene que haber un feminismo radical, que es el que está empujando las luchas y confrontando. Porque al final hay un conflicto, el feminismo está disputando una hegemonía al patriarcado, blablablá, y toda la palabrería que ya sabemos. Pero existe una lucha, y es normal que ahí seamos incómodas y se nos parodie.

Al final es volvernos a ceñir a lo políticamente correcto. Somos buenas feministas cuando pedimos igualdad en los consejos de administración, cuando luchamos por que las mujeres estén más presentes entre las emprendedoras… Pero yo creo que hace falta un feminismo incómodo. Otra trampa que ha habido con esto es el término de «hembrismo». En su día se originó como una estrategia de pedagogía, y decíamos: «No, el feminismo no es lo contrario del machismo porque eso, en todo caso, sería el hembrismo». Y al final se ha extendido entre la gente que dice «es que están las feministas y luego están las hembristas», cuando ni siquiera existe un movimiento hembrista como tal. No hay un movimiento que defienda la supremacía femenina. Habrá tías que se pasen de frenada, y una forma suya de sobrevivir a toda una vida en un mundo de hombres es decir que están hasta el coño de los hombres. O el odio a los hombres hetero, que es una provocación y es una forma de confrontarlo.

Pero tú sí formas parte de ese feminismo incómodo, ¿incómodo es lo mismo que antipático?

Sí, es que al final yo misma caigo en esto. Cuando nos ponemos en plan «sí, puedes ser feminista y maquillarte», o «puedes ser feminista y posar en YoDona divina», hay una parte que es así, es cierto. Pero también es una forma de volver a complacer, de ser la feminista que queréis que sea, y además es una forma de dar la espalda a tantas personas que nos expresamos de esta manera. Con el tema del maquillaje y los pelos y demás: tan importante es reivindicar que se puede ser feminista siendo femenina, como reivindicar que ser machorra no tiene nada de malo. A veces veo que desde discursos de ser feminista y femenina al final se está siendo superlesbofóbica, dando la espalda a la gente que reivindicamos los pelos, la gordura, ser incorrecta, hablar mal y decir que estoy hasta el coño de los putos hombres heteros de mierda, o yo qué sé.

Esto pasa en muchos ámbitos. Por ejemplo, se habla mucho de la heterofobia. ¿Cuántas veces hemos escuchado que los negros son los primeros que son racistas con los moros, y los moros con los chinos? Hay que entender que todos tenemos actitudes de poder en un momento dado, y que yo puedo estar defendiendo una causa y se me olvida que también estoy machacando otra. Pero hay que entender también que es un mecanismo de supervivencia. Que para los negros y las negras reírse de los blancos ha sido un mecanismo de resistencia y de empoderamiento, que eso no es racismo a la inversa. Nunca, en ningún espacio va a pasar, que una mujer y un hombre se avergüencen por morrearse. Yo he estado en fiestas de lesbianas en las que ha habido tíos y tías morreándose, ¿qué heterofobia va a haber?

¿Te parecen idóneas herramientas como el test de Bechdel para determinar si una película es machista o no? Porque presentan también muchos fallos, como el propio criterio histórico o el hecho de que no todos los personajes femeninos tienen que ser simplemente ejemplos de un género. Los hombres no lo son.

Bueno, es cierto que tiene sus fallas, pero tampoco es la única herramienta, existen otras complementarias. A mí me gusta mucho «la lámpara sexy y el Post-it», que consiste en saber qué ocurriría si las figuras femeninas que hay en una serie o película fueran sustituidas por una lámpara sexy. ¿Eso alteraría la trama? Y las veces que las mujeres sí que dicen algo relevante para la trama, se sustituyen por esa lámpara con un Post-it.

El test de Bechdel me parece útil para tener la foto macro de que sistemáticamente en la industria del cine las mujeres estamos infrarrepresentadas. Y sobre las críticas que se le hacen, como la que dices del rigor histórico, es una cuestión de mirada. Por ejemplo, con la serie Narcos. El equipo de guionistas decide que el héroe va a ser el policía yanqui y el villano es Pablo Escobar. ¿Cuántas veces se ha contado su historia? Es normal que la mayoría de las series sean hombres, porque en la política todos eran hombres…

Y en el narcotráfico también.

Vale, pero tú decides a qué le das importancia y a qué no en la serie. Por ejemplo, el personaje de la esposa de Pablo Escobar es una mierda, no se indaga en su conflicto interior, parece que es la esposa abnegada, no se piensa que pueda tener conflictos o rupturas. Y la madre también. En uno de los primeros capítulos, me encanta la imagen de ella cosiendo chaquetas para esconder los paquetes de cocaína. Vale, pues si en lo público la mayor parte de los personajes eran hombres, ¿por qué no pones el foco en cómo lo vivía la madre, o en quiénes eran esas mujeres que sostenían el narcotráfico? Por ejemplo. También en Narcos, el personaje de la comunista acaba renegando del comunismo y diciendo que lo ha hecho todo por amor, ¡no me jodas! Y luego tienes Juego de tronos que, con todas sus críticas, hace posible que una serie ambientada digamos que en la Edad Media tenga personajes femeninos fuertes que están presentes en todas las tramas y que tienen liderazgo. A mí no me gusta excusarlo todo en «qué quieres que le haga si todos los políticos son hombres». Bueno, pues enfoca la política de otra manera y cuéntame otra historia. Y, volviendo a Narcos, otra crítica clara es que en ningún momento sale el personal de servicio salvo cuando les asesinan a todos. Han estado ahí todo el rato, y es obvio que Pablo Escobar tiene un servicio impresionante, pero no se decide crear un personaje como la chica de la limpieza, por ejemplo. Todo lo que tiene que ver con las mujeres, en este caso ser trabajadora doméstica, no llama la atención o no es interesante. Pero bueno, el test no sirve para decir: «Esta película no pasa el test: ¡Machista!». Es que no somos la censura. Se habla del feminismo como si fuésemos la censura. Y no es eso. Es para que, si tú pillas un vídeo como los que hay en YouTube de Anita Sarkeesian con todas las películas que no pasan el test, para que te des cuenta, por ejemplo, de la cantidad de películas de dibujos animados que no lo pasan.

Hablando de referentes feministas, no te muestras muy partidaria de idolatrar demasiado a figuras que ya tienen mucha relevancia. En el mismo libro reivindicas la necesidad de buscar referentes menos conocidos que están luchando por la igualdad.

Mira, en Pikara también hubo un momento de autocrítica, en la época en que salió una colección de Playmobil y Planeta DeAgostini de muñecos que representaban figuras de la historia. Como eran todo hombres, nosotras pedimos que la gente completara la lista con las mujeres que podían tener su muñequita. En un momento una activista, Negra Cubana, dijo: «Vale, ahora contad cuántas de las que habéis mencionado son blancas». Y, joder, estábamos haciendo lo mismo. Cuando hablamos de quiénes son nuestros referentes, hay algunos que parecen ya hasta un cliché, como Frida Kahlo. Y eso que es latinoamericana y se sale un poco del patrón. Pero, por ejemplo, ¿cuántas artistas hay cuyo legado se ha borrado? O la polémica que hay ahora con Elena Garro, la escritora. Para vender su libro han añadido una faja que decía: «Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges». ¿Cuántas conocíamos a esa escritora? Pues quedaré de analfabeta total, pero he de reconocer que yo no la conocía.

Yo soy la primera que soy consciente de que mis referentes periodísticos son mayoritariamente hombres, y que ahora me lo estoy trabajando para que no sea así. Pero en la universidad todo es Kapuściński, Leguineche, Gay Talese… Leyendo Música para camaleones de Capote vi que contaba que su escritor/escritora preferida de todos los tiempos es Willa Cather. ¿Cómo es posible que todos conozcamos a Truman Capote y no conozcamos a su mayor maestra? Nosotras mismas tenemos que revisar cuáles son nuestros referentes, a quiénes encumbramos, a quiénes seguimos invisibilizando… Mi libro también va un poco de eso. De proyectar mi admiración hacia señoras rurales que no saben leer ni escribir, y que transgresión no es solo lo que hace Diana Pornoterrorista. También lo que hacen unas viejecitas de Orense manteniendo vivo un juego destinado a desaparecer. O que la teoría queer no son solo Paul B. Preciado o Judith Butler, ambas blancas y occidentales… Lo que quería decir, respecto a los referentes, es que nos hacemos nuestras diosas del feminismo en lugar de hacer el ejercicio cotidiano de ampliar nuestros referentes culturales y artísticos. Por ejemplo, he conocido el trabajo de Niki de Saint Phalle, una escultora y pintora francesa, a raíz de una exposición en el Guggenheim, y que tiene un trabajo superpotente. ¿Por qué nadie habla de ella y estamos todo el rato con Frida Kahlo? Nos encanta crear iconos pop también en el feminismo.

Hay algo que has dicho antes, sobre tus amigos «no feministas». ¿Sabes que habrá mucha gente a la que sorprenderá que te relaciones con gente que no es de tu cuerda?, ¿que imaginan que os desenvolvéis en un entorno mucho más endogámico?

Sí, bueno, es que soy una persona humana de carne y hueso. [Risas] Pero claro que sí me relaciono con gente que no milita en el feminismo. Tengo amigas de la adolescencia que, cuando hablábamos de esto hace años, me decían que ellas nunca habían vivido el machismo. Una, en concreto, que es fisioterapeuta, decía que nunca se había sentido discriminada por ser mujer, y, a raíz de cositas que he escrito sobre acoso, de repente un día me cuenta que le ha pasado dos veces que un cliente en mitad de un masaje le ha pedido un «final feliz». Cosas que un hombre fisioterapeuta no vive. Y ha tenido problemas de acoso telefónico por parte de clientes que se empeñaban en preguntar por masajes eróticos. Tengo amigas que dicen que no son feministas, pero luego es a ti en confianza a quien cuentan que su novio un día, utilizando la marcha atrás, se corrió dentro como una forma de hacerla sentir vulnerable. Yo creo que en esa relación con ellas hay una distancia, que me digan «Joder, June, cómo te pasas» no me lo tomo a mal. Pero luego también hay un reconocimiento, especialmente por parte de las que son madres y me dicen que quieren que esté cerca de su criatura por las cosas que defiendo. Y con los chicos también, con ellos es una constante que, con los temas tabú, me digan que nunca les habían contado que a las tías desde niñas nos pasa eso de que nos siga un tío con la polla fuera. Por ejemplo. Creo que hay tíos que agradecen mucho tener cerca a feministas que les hablen de eso que a las mujeres nos han enseñado a tragar, a callar, o a esconder.

¿Por qué habéis decidido desactivar los comentarios en Pikara? Imagino lo que tiene que ser gestionar y digerir la cantidad de odio que recibís en ellos.

Para nosotras este tema es un quebradero de cabeza, y hemos acabado decidiendo cerrarlos todos y derivar a nuestro foro, que es un espacio más controlado para la comunidad. Para gente que quiera estar en un plan constructivo. Es un quebradero porque, por un lado, no puede ser que en un espacio amable y seguro como Pikara una persona esté hablando de que la han acosado en un taxi y haya gente hablando de que «eso te pasa por guarra». Por otra parte, censurar nos parecía complicado. ¿Con qué criterio decides que un tío que se te pone a dar datos para demostrar que hay un matriarcado en el mundo es un troll y no alguien que se está expresando libremente?

Con el de que esa es tu casa.

Sí, probablemente. Pero entre nosotras el umbral de tolerancia es distinto. En Pikara hay colaboradoras que han vivido agresiones fuertes y que en este momento no están por la labor de que nadie las cuestione. Así que hemos ido restringiendo los comentarios y la solución ha sido montar un foro de debate, que está muy bien para intercambiar recursos. Y respecto a mí… Pues los episodios que más me han afectado son los que viví cuando era portavoz de SOS Racismo, así que no ha sido por el feminismo. Montamos una iniciativa para demostrar el racismo en los bares, que consistía en que en el mismo bar de noche entrasen dos chicos blancos, dos negros y dos marroquíes. Y, efectivamente, vimos que a estos últimos no los dejaban pasar, y a los negros mitad y mitad, y a los blancos siempre. Ahí lo que viví fue super-heavy, gente diciendo: «Hay que enterarse de dónde vive esa puta para darle su merecido». La primera vez que me dijeron eso sí me asusté, porque Bilbao es pequeño y tal. Ahí viví todos los insultos posibles: «putita»…

Creo que es de esa época cuando dices que te llamaban «guarra batasuna» para insultarte. Que a un hombre habría bastado con llamarle «batasuno» para tratar de molestarle, pero a ti te añadían la coletilla.

Claro, así era. «Fea, bollera». Había otro que me decía que lo único que quería era «abrir la entrepierna de ninfas», un delirio… Dan ganas de hacer una colección. Pero lo más recurrente es «puta, bollera, fea». Y quien considera que soy guapa lo utiliza para sexualizarme y para decirme: «Cállate, que te voy a follar».

Después de esa primera fase ya se han metido más conmigo por mi blog, porque te expones más como bloguera que como periodista. Ya ha llegado un punto en que me da igual, que incluso lo retuiteo porque me hace gracia. A mí me influye lo de haber vivido en Centroamérica, por eso vivo con menos conflicto que otras compañeras el cibermachismo o ciberacoso. Porque, jo, yo me siento supertranquila, a mí nunca nadie me ha intentado agredir. Por una parte, entiendo que simbólicamente es una forma de violencia y que el objetivo es minar a la persona, porque el acoso es violencia, pero no tengo muy calibrado cuánta relevancia darle. No me quiero situar como víctima ni me apetece especialmente contar lo mucho que me llaman puta, porque me da igual, y porque a mí me limitan mucho más las formas de acoso cotidiano sutil que he tenido en la vida real.

Por ejemplo, una vez estaba haciendo un reportaje sobre mujeres en las tramas de corrupción, y llamé a una fuente que conservaba de cuando trabajaba en El País. Él no se acordaba de mí, era una persona muy relevante en un instituto de criminología, un hombre. Le llamé y le conté que necesitaba gente experta en género y criminalidad, y entonces me pidió el e-mail para pasarme contactos. A la media hora me lo manda y al final me pone: «Me imagino que esto te parecerá muy machista, pero yo me ofrezco a dar masajes de los que describes en su blog», por un post que escribí sobre los masajes eróticos y tántricos. Joder, yo te contacto como profesional y ya siento todas tus babas inundándome, me doy asco a mí misma incluso. Eso es lo que nos han hecho a las mujeres, que cuando nos agreden además sentimos vergüenza y culpa. Lo que me estaba diciendo es que como yo tenía un blog en el que a veces hablaba de sexo, por eso soy una tía ligerita de cascos a la que puedes hablar de tus fantasías sin ningún pudor. Y me ha pasado varias veces, imagino que igual que a ti y a otras muchas periodistas.

Que me insulten a lo bruto en Twitter no me hace sentir vulnerable, pero sí que hubo una época en la que recibía bastantes mensajes de tíos diciendo: «Hola, me encanta lo que escribes, me pareces una tía muy interesante y además muy liberal…», y es como «bueno, ya veo por dónde vas». Que la gente se crea con el derecho de poder proyectar en ti esa lascivia a mí me hace sentir más incómoda que los insultos. Porque ya sabes que siendo una mujer pública, ya seas actriz o política, te van a llamar puta, bollera y fea. Y como coordinadora de Pikara sí que ha habido momentos en los que me he sentido culpable porque, como relativizo mucho, a veces no me he preocupado tanto como debería. Brigitte Vasallo tuvo una campaña de acoso super-heavy, también vinculando xenofobia y machismo. En el momento en el que hubo una oleada de denuncias por las violaciones en Colonia, escribió un artículo que se titulaba «Vienen a violar a nuestras mujeres», hablando un poco de cómo la misma sociedad que naturalizaba la violencia machista, de repente se alarmaba porque venían los de fuera y tal. Fueron días y días de insultos. Yo ahí pensé que estaría acostumbrada y que no le daría más importancia, y no, le afectó. El otro día amenazaron de muerte a Beatriz Gimeno, y no he hablado con ella de cómo le ha afectado, pero ahí sí me solidaricé. Ese mismo día nos tuitearon una pistola apuntándonos, y no me dio miedo. Pero, en cambio, cuando es acoso machista conecta mucho con mis experiencias cotidianas, y sí me remueve más.

También han pasado cosas graciosas, ¿eh? En la burbuja.info, que es tipo Forocoches, un tío propuso una vez intentar tumbar Pikara. Nosotras incluso avisamos a la empresa de hosting, pero horas después vimos que la gente no siguió el llamamiento, y le contestaban al instigador: «No tío, que juega el Madrid contra el Barça», o «Yo estoy superbien con mi novia viendo una peli». Los propios machirulillos no estaban para eso. Así que no son la mayor de las preocupaciones.

¿Qué te parecen las mujeres que no se identifican como feministas porque piensan que el término, o el movimiento, conlleva una carga negativa? Que sí comparten la lucha por la igualdad, pero piensan que el feminismo, tal y como está articulado, ha perdido el foco.

Yo no tengo mucha perspectiva histórica en esto, pero creo que siempre ha sido así: las feministas siempre hemos estado demonizadas. Ha habido gente que te sorprende con esto, Meryl Streep, por ejemplo, que protagonizó Sufragistas, dice eso. ¿No has aprendido nada de ese movimiento social que había que reivindicar? Sí que hay un estigma. Y creo que es importante intentar cambiar ese estereotipo, y decir bien claro que se puede ser feminista y reguetonera, que no estamos amargadas, yo qué sé, que disfrutamos de la vida y llevar el humor como bandera. En Pikara cuidamos mucho una iconografía amable —aunque nos parezca muy bien también lo contrario—, con una Caperucita con katana. Está dispuesta a cargarse al lobo y no necesita que venga el cazador, pero al mismo tiempo es una figura amable y naíf. Yo me identifico mucho más con eso que con propuestas más radicales, como manifestaciones que ha habido aquí en el País Vasco en las que las mujeres van encapuchadas, con antorchas y con percusión y pancartas de «el miedo va a cambiar de bando». A mí esa propuesta me parece legítima, e interesante ver qué pasa con ese derecho a estar furiosas. Pero, para entrar a un público estratégico, veo más interesante lo que hacemos nosotras. Pero por más que intentemos gustar nos van a seguir demonizando, así que, si alguien tiene la necesidad de salir a la calle y decir «Machete al machote», pues bien.

Ya que has hablado las manifestaciones, ¿qué te parece que en manifestaciones contra la violencia machista se pida que no vayan hombres? ¿No se trata de un problema social que debería implicar a ambos sexos?

Lo que pasa es que entiendo un poco de dónde viene ese resquemor, y por qué se pide que no vayan. En Argentina hace poco se hizo superviral, en una manifestación contra la violencia machista. Salió de repente un tío con el torso desnudo y se hizo con el protagonismo en todas partes, en todas las portadas. Hay un miedo a ese eclipse y a que se apropien de tu lucha tíos que todavía no se han hecho el trabajo profundo, y entiendes el recelo. Lo que en mi entorno se suele hacer es intentar que el protagonismo lo tengan las mujeres y que los hombres acompañen y tal.

Por otra parte, creo que, así como las mujeres estamos demasiado acostumbradas a ser excluidas, parece que es mucho pedir que los hombres entiendan que en ese espacio nos apetece estar solas. En las fiestas pasa mucho. En una jornada feminista nos juntamos las tías y el ambiente es distinto, estamos solas ahí, las que son hetero no están con el chip de ligar o no viene el novio contigo… Y esta cosa de que cuando un espacio es mixto, para hablar de violencia machista, los tíos son poquísimos y, el día que dices «este espacio no es mixto porque necesitamos hablar nosotras», siempre salen como setas un montón de tíos queriendo unirse. Yo soy partidaria de crear espacios que sean inclusivos, porque los tíos tienen cosas interesantes que aportar, pero, bueno, entiendo que hay un recelo y una necesidad de estar solas. Eso pasa en todos los movimientos. Mira, con las gordas en el libro me pasó. Al principio me contaron que necesitaban crear un espacio propio porque, cuando se unían a un espacio feminista y hablábamos de gordofobia, enseguida las flacas se ponían a hablar de lo duro que es para ellas no encajar en la talla 38, y yo misma caí en eso. De las pocas veces que abrí la boca fue para decir «No, no claro yo también, mi familia me dice que estoy cogiendo peso…». Es que hay veces que las personas que viven una opresión concreta necesitan hablarlo entre ellas.

Pero una manifestación no es un debate. Es un símbolo de adhesión, de los hombres rechazando ese tipo de violencia también.

Yo es que, en general, en las manifestaciones que he estado se suele proponer que las tías estén delante, en primera fila, y que los tíos puedan ir y llevar sus pancartas, acompañándote. Y, además, creo que es importante dejar claro que son contadas las manifestaciones contra violencia machista en la que se plantea que participen solo mujeres.


Feck: ¿Porno ético? ¿Porno responsable?

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Chris Truby empezó a ver pornografía a los diez años cuando buscó en internet la palabra «melones». Aquella búsqueda inocente derivó en otras, y en menos de una hora Chris estaba viendo un vídeo de título «La reina de las corridas en las tetas». Quizá hubiera considerado que el vídeo era una rareza si no fuera porque el contador de reproducciones pasaba de los tres millones. Ahora, con quince años, a Chris le cuesta mantener una erección si no tiene delante imágenes de sexo extremo.

Es la voz omnisciente y severa de Emma Thompson en la adaptación de la novela de Chad Kultgen, Hombres, mujeres y niños¸ compendio de los usos y costumbres despersonalizadores de la sociedad 2.0 y del carácter de trastorno obsesivo compulsivo que ha adquirido el sexo en la escalara de valores occidental. El joven Chris no va a tardar en darse cuenta de que lo que ha conformado su imaginario erótico no solo no tiene nada que ver con el mundo real sino que interfiere en sus percepciones, sus sensaciones, sus tendencias, hasta el punto de no poder consumar el primer polvo de su vida. Antes de esa cita ensaya con un balón de rugby conveniente agujereado y lubricado, pero algo no va bien. La cabeza está en otra parte. Está en esas imágenes de sexo extremo, como el vídeo de transexuales con máscaras de hockey entregados alegremente a la sodomía que le ha enseñado a su amigo Danny durante el almuerzo, para súbita inapetencia de este. A Chris le sucede lo contrario que al Fernán Gómez de El viaje a ninguna parte y su «¡Esto del cine es una mierda!». ¡Esto de la realidad es una mierda! Mi chica no me recibe vestida de enfermera sexy, su ropa interior no es de vinilo negro, no suplica que le deje satisfacerme. Sobre todo, es de carne y hueso.

Descartamos estereotipos en favor de la creatividad y la aventura

¿La vida sexual de Chris sería menos conflictiva para él mismo y para su pareja si en vez de toparse con la reina de las corridas en las tetas hubiera aterrizado con su puntero en cualquiera de los sitios de Feck y su pornografía sostenible? Amarna Miller, que hará de cicerone por los callejones de Feck no lo tiene tan claro. No se trata de eso. Ha trabajado para Feck, pero mucho más para las grandes productoras de porno mainstream: «Si después de ver Batman un niño no llega a su casa, se pone una capa y empieza a pegar a todo el mundo es porque alguien le ha enseñado a diferenciar fantasía de realidad. Lo que hace falta es más educación sexual, no menos porno, sea Feck o BangBros. Si no queremos que los adolescentes repitan lo que están viendo en pantalla tenemos que explicarles cuáles son las prácticas más positivas para ellos. ¡Así de fácil!». Tan fácil como le resulta a un crío de siete años cepillarse el control parental de Windows. Pero Amarna tiene razón. A pesar de que en I Feel Myself, Gentlemen Handling, I Shot Myself o Beautiful Agony no se muestra nada que pudiera distorsionar la sexualidad de los chavales, siempre hay que presuponer que la pornografía no está pensada para menores de edad. En todo caso eso formaría parte de la ética al margen del porno, de educación para la ciudadanía, de los dos rombos y a la cama con El pequeño vampiro a las nueve y media. La balada de un mundo en el que todo el porno fuera como el de Feck sonaría bien dentro del «Imagine» de Lennon, y ya sabemos cómo acabó la utopía de John y Yoko. The dream is over.

Despertamos del sueño y toca preguntarse qué tiene de especial esta productora que llegó de Australia con un manifiesto tatuado en el pecho.

Beneficioso para nuestras colaboradoras. Gratificante para nuestro público

Amarna habla de Feck como de un programa de iniciación. Pasitos de bebé, escalones, escalafones. Las chicas promocionan de una web a otra según su disposición y según su aceptación. Una estructura cuasi asamblearia, porno podemita. De I Shot Myself y las instantáneas de la desnudez a los primeros planos de la petite mort en Beautiful Agony, hasta embarcar en el buque insignia I Feel Myself: ellas, solas o en compañía de otras como ellas, masturbándose. Y corriéndose.

La compañía se fundó en 2003 bajo unas directrices tan simples que uno se da de cabezazos contra el monitor por no haber llegado antes. Desde I Shot Myself llamaban a la acción a chicas urbi et orbi y les proponían un trato sencillo y directo: «Son sets de fotos que las chicas se hacen a sí mismas. En su casa, en el patio trasero, en el campo». En Melbourne, un tal Richard se entrega a la infernal tarea de elegir entre miles de candidatas, miles de retratos. «Si aceptan tus fotos, y es bastante probable que te las acepten si sigues las pautas que te dan, te pagan una cantidad de dinero y las publican en la web». Se entiende por qué el material es gratificante para el público. Puede que no tanto para el malacostumbrado Chris Truby, pero sí para el consumidor no disfuncional de material erótico. Ni los panfletos de tendencias pueden torcer el apetito por esas fotos de mujeres desnudas.

Menos obvia se adivina la otra parte del axioma: «beneficioso para nuestras colaboradoras». Hablamos de dinero, claro. Hasta que alguien funde Onanistas Sin Fronteras, el porno es y será dinero. Para comprender qué es lo que marca la diferencia, Miller empieza por explicar cómo funcionan las remuneraciones en la industria: «En el porno te pagan por escena. Las ruedas y no vuelves a saber nada más de la compañía ni de lo que pasa con tus vídeos o con tus fotos«. Pagan bien, muy bien. La sexta potencia económica mundial es la única donde las damas ganan más que los caballeros. Tres veces más. Aunque nadie se hace rico firmando cheques. «Firmas un modelo de contrato que es bastante abusivo y al firmarlo renuncias a percibir más dinero, incluso aunque ese vídeo se venda a terceros, o se saque en colecciones, deuvedés». Es el sueño húmedo de Florentino Pérez, quedarse con todos los derechos de imagen de sus jugadores, presentes y futuros, y con el mármol de la lápida en usufructo. Feck, sin embargo, apela en cierta manera a esa suerte de silogismo disyuntivo que llaman «buen capitalismo», o comercio justo, si prefieren. Tienen un producto vendible, demanda ilimitada y, ¡oh, sorpresa!, optan por no estrujar el limón con una prensa hidráulica. «Feck es la única productora del mundo que conozco que da royalties. No solo te pagan por la escena, sino que jamás venden el material a terceros y, lo más importante, después de grabar tu escena o enviar tus fotos sigues recibiendo dinero por cada reproducción, por cada foto descargada. Esto es inaudito en el porno».

Ahora sí empezamos a entrever esa pátina de responsabilidad en Feck. No más joselitos ni marisoles en el porno. Tanto vales, tanto produces, tanto ganas. Una ecuación en principio bastante sencilla que a nuestra especie le está costando interiorizar. Y las cuentan salen; ninguna compañía se mantiene a flote más de diez años con cinco mil trabajadores, eventuales o no, si los números se tiñen de rojo embargo. La buena praxis no te catapulta a la lista Forbes pero es rentable.

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Mostramos la belleza de cualquier cuerpo, no importan la talla, las formas, la edad

Un manifiesto se parece mucho a un programa político. Es una enumeración de intenciones, una totalidad a la que luego hacer enmiendas según convenga. Feck se mantiene bastante fiel a su programa. «Lo que pretenden es mostrar una belleza realista», continúa Miller. «Cogen a chicas naturales, no les gustan los implantes de pecho, no les gustan las chicas con cirugía, no hay maquillaje». Sin una Ana Pastor a mano que ejecute un fact check estalinista hay que comprobar si esto es cierto y acudir a la fuente. Y es cierto solo en parte. Pubis con vello, pubis sin vello, axilas peludas, piernas peludas, o todo lo contrario. En I Shot Myself podemos toparnos con modelos a las que Botero daría el visto bueno, maduras, glotonas, aunque prima la estética de Rembrandt. No hay ni rastro de las «zorras, feas, viejas, malencaradas» de las que hablaba Virginie Despentes. En I Feel Myself el corsé se ajusta mucho más. Delgadez, piel tersa (y caucáisca a ser posible), las facciones deliciosas y el rubor de la juventud. Ese punto del manifiesto debería reescribirse: «Mostramos la belleza de cualquier cuerpo… que nos parezca bello». Pecados veniales que tendrían que purgar por igual estos australianos y hasta el último director nuevaolero que coqueteó en la playa con Pauline o se enamoró de unas rodillas ilegales. La belleza está en los ojos del que mira, de acuerdo, pero los que miran suelen abrazar cánones muy parecidos. Feck se limita a despojar esos cánones de la parafernalia de club de striptease.

La propia Amarna Miller es una anomalía entre todas las modelos que han desfilado por la productora. «Es muy raro que trabajen con pornstars, y mucho más raro que te lleven a Australia, como a mí, a rodar unas escenas; pero yo me ajusto al perfil de vecinita de enfrente que buscan». Tras anotar las señas de ese vecindario es inevitable preguntar si emplear a estrellas porno no contraviene las aspiraciones de realismo, de naturalidad. «Ellos no sabían que yo había trabajado en el porno hasta que llegué allí, pero no les importó. No se trata de amateurs contra profesionales sino de encajar en el modelo que buscan».

Lo que buscan para sus vídeos, lozanía al margen, tiene un nombre: orgasmo. Orgasmos über alles. En las hermosas agonías «ni siquiera hay desnudez, todo es implícito». Para contemplar a la mujer corriéndose en toda su inmensidad hay que pagar peaje en I Feel Myself. En tu sofá, delante del ordenador o arrugando las sábanas blancas en el set de rodaje, correrse es innegociable.

Subvertimos los modelos dominantes en el erotismo

No impostar, no falsear, presentar el placer femenino tal cual. La ética también es eso. Para ilustrar lo que Feck hace por «empoderar a la mujer» Amarna recuerda a un novio-martillo que tuvo con dieciocho años. «Estaba muy traumatizado porque yo no me corría con la penetración, solamente me corría tocándome el clítoris. Me hizo pensar que estaba enferma, hasta el punto de recomendarme ir a un sexólogo». Más significativa aún es la historia de uno de sus clientes exclusivos. «Aparte de todo el porno y de todo lo que ya sabemos, vendo vídeos custom. La gente me paga, me dan unas directrices, grabo un vídeo para ellos y se lo mando. Hubo un chico que quería ver cómo me corría de verdad, así que me hice un dedo como me hago un dedo en mi casa. Yo no grito muchísimo, ni me muevo muchísimo. Más que nada estoy en silencio, concentrada, y cuando me corro a lo mejor emito algún sonido, pero poco más». De no ser porque Miller no admite reembolsos, he ahí un cliente insatisfecho dispuesto a pedir la hoja de reclamaciones. «Me mandó un mensaje diciendo que no esperaba que fuese así». Primero los Reyes Magos se convierten en los padres y ahora esto. Pobre hombre.

Ese modelo dominante al que alude el manifiesto ha permanecido inmutable desde los días en que Alfonso XIII dedicaba a su pornoteca privada el esperma que no desperdigaba engendrando bastardos. Porque el tercer acto en la pornografía se llama eyaculación, a menudo entre las tetas de la reina virtual del joven Chris Truby. Feck y en concreto I Feel Myself fulminan no solo ese tercer acto, también los dos primeros. No hay macho alfa, no hay introducciones absurdas. Una chica aparece acostada en la cama. Se toma su tiempo. Hace todo lo que la mayoría de los hombres no creen que sea necesario hacer. Se acaricia los pechos, para. Se acaricia los muslos, y vuelve a parar. Desliza una mano bajo las bragas, pero solo tantea el terreno. Otra vez los pechos, otra vez los muslos. Dildos o dedos, o los dedos de una amiga, o una almohada. La historia puede terminar con espasmos y gloria a Dios Padre o con un suspiro que suena a epifanía, pero no hay dos desenlaces iguales, porque no hay guion. «Si lo haces en tu casa, tú decides qué vas a enseñar y cómo vas a enseñarlo, si vas al estudio, el de la cama blanca, que siempre es el mismo, te preguntan si quieres o no que los técnicos se queden en la habitación. Yo estoy muy acostumbrada a rodar con gente alrededor, pero quien no lo esté puede pedir que salga todo el mundo. Hay cámaras por todos lados. Se puede dejar todo el set de cámaras dispuesto, tú te quedas en la cama y te pones a lo tuyo».

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Mostramos a la mujer como alguien poderoso, independiente del hombre

Antes de empoderarnos, no obstante, conviene saber de dónde venimos. Mejor que eso: adónde vamos. Conviene poder elegir. La directora Erika Lust, impulsora de un concepto, «porno para ellas», del que ahora prefiere desmarcase «porque mi público no son solo mujeres, son personas modernas, inclusivas, con una actitud positiva hacia el sexo», no forma parte del colectivo Feck, pero comulga con sus postulados. No necesitamos más joselitos ni marisoles; tampoco tracilords, ni muñecas rotas. «Yo no trabajo con performers que tengan menos de veintiún años, y aun así siempre les explico las repercusiones de ser una actriz porno. Solo trabajo con personas que están seguras de lo que quieren, y luego los escucho. ¿Qué quieren hacer? ¿Con quién quieren hacerlo? Por supuesto, se debe trabajar con una remuneración justa y con el máximo cuidado para la salud». La salubridad a Feck se le presupone. En ausencia de penetraciones e intercambio de fluidos y con un juego de cama de anuncio de detergente las ETS lo tienen complicado para proliferar. Pero Erika introduce un matiz capital: la madurez. Las decisiones que se toman con dieciocho años son impulsivas, osadas, probablemente necesarias, pero en general no viajan contigo más allá de la siguiente esquina. Salvo si tu decisión es rodar porno. El porno que veía Chris Truby con diez años, el que ve con quince y el que verá con cuarenta y cinco. La vida pasa, el porno queda… en internet.

¿Cómo calibrar la madurez de las modelos? Es imposible hacerlo desde el graderío, aunque el perfil tipo en Feck muestra a una mujer de clase media, cultivada, inquieta. Todo lo que el estereotipo porno acalla. Por sus lecturas, sus gustos y sus lemas vitales, desgranados en las páginas de cada una de las chicas, no parecen encajar en la imagen de white trash a la fuga, con la brújula apuntando al cartelón de Hollywoodland, que termina rodando una doble penetración para el Torbe del Valle de San Fernando. Dostoyevski, Lovecraft, Houellebecq, Toni Morrison, Neruda, Harmony Korine, Gondry, Cat Stevens, Brel, Max RichterSeguimos sin saber si las «vecinas» de Amarna Miller son lo suficientemente maduras para afrontar un pasado en el porno, pero tienen criterio, un buen puente hacia todo lo demás. Alguna incluso nombra a Wittgenstein. ¿Hubiera disfrutado Wittgenstein de I Feel Myself o ya se quedó a gusto del todo con el Tractatus? Al fin y al cabo para él ética y estética eran lo mismo.

Nuestras obras tienen un valor cultural y artístico

Enterrar los cimientos de una productora de pornografía en el ininteligible universo del filósofo alemán no ha lugar, pero incluso las galaxias más alejadas entre sí pueden llegar a colisionar si se les da el tiempo suficiente. Si alguien se siente espoleado por lo que está leyendo y se propone iniciar una colaboración fructífera con estos erotómanos de las antípodas debe evitar en la medida de lo posible el selfie de cuarto de baño con rollo de papel higiénico al fondo. Bajar la tapa del váter también da puntos. Pero la noción de lo que es o no artístico va por barrios. Incluso el porno nació artístico y bohemio a su manera. El Hollywood de Segunda B, El otro Hollywood de Legs McNeil.

El escay, los estampados florales o el mueble-televisor no entran dentro del patrón formal del producto made in Feck. No, mientras Ikea no dé el visto bueno al ajuar de nuestros padres. Hay una marca de la casa para lo filmado en su estudio; cama de dos por dos, iluminación de sombras chinescas que oscurece todo menos las curvas de la modelo. Lo que ellos controlan está bien definido, pero su criba para la «externalización» desemboca de igual manera en homogeneidad. Con la creatividad desatada y el catálogo del monstruo sueco a mano, hasta un cono de tráfico en mitad del loft parece un elemento familiar. Esa es la idea. El ambiente cuidadosamente descuidado de los chicos de hoy en día. Bienvenidos a la república independiente de mi casa. Ahora, paso a masturbarme.

No se toman a la ligera lo de al arte por el sexo, o por la desnudez. En Feck:Art completan la transición de pornógrafos a mecenas. Exponen en una galería de Melbourne la «bella obscenidad de los creadores emergentes» y premian con tres mil dólares la obra más bella y más obscena (no necesariamente por ese orden). A Miller, antigua alumna de Bellas Artes, ese concepto, hazlo tú mismo y hazlo bonito, le puso las orejas de punta: «Podía pensar en sets de fotos que realmente me interesaran, y como estudié fotografía era una forma de animarme a hacer más cosas».

Facturamos erotismo que puede atraer tanto a hombres como a mujeres

¿Le importan el mobiliario y las pistolas de Warhol al consumidor habitual de porno? Pregúntenle al consumidor habitual de porno que tengan más a mano. O pregúntenselo al espejo. Una voz anónima, masculina, comenta que «a mí lo que no me gusta de esto es que no haya pollas. Sin polla, no me puedo identificar». Sí, esa necesidad de una polla subrogada en pantalla es la que mueve la maquinaria del porno mainstream, cien mil millones de euros al año. Entonces, ¿no son los hombres legión entre los suscriptores de Feck? Erika Lust opina que «probablemente el setenta por ciento de los suscriptores sean tíos». Son los más entusiastas, los más participativos en los foros de I Feel Myself, los que más interactúan con las modelos; sin embargo, según Amarna, «las chicas no suelen hacer comentarios, sobre todo si ven que están rodeadas de hombres». La pescadilla que se muerde la cola. Aun así, mientras ese estudio de la Universidad de Essex, que afirma que todas las mujeres son bisexuales y/o lesbianas, no tenga un poco más de base que la mera fantasía threesome de un científico solitario, es lógico deducir que la mayoría de los que disfrutan con los frescos del orgasmo femenino son hombres. Incluso el cliente decepcionado por el éxtasis minimalista de Miller puede llegar toparse con su clímax ideal entre la montaña de material de Feck. No existe el «porno para ellas», existen los clichés. Las mujeres que discrepen de los profesores de Essex (y tal vez la voz anónima que necesita ver pollas) encuentran en Gentlemen Handling la misma medicina que los varones heterosexuales reciben de I Feel Myself: seres del sexo opuesto, de muy buen ver, entregados a sus labores.

Es indiferente que en The Best Porn cataloguen a Gentlemen Handling como «porno gay» y no hagan lo propio con I Feel Myself. Esto forma parte de la tarea que Amarna, Erika, Feck y algunas otras aldeas que resisten al invasor se han impuesto: repensar(nos). Nunca es tarde. Ni siquiera para Chris Truby.

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.


The art of the blowjob

Fotografía de Amarna Miller
Photography by Amarna Miller

Those who start reading this article looking for some magical and infallible trick to please the sexual desires of their lover will be disappointed with what I am going to tell them. There is no magic button, no position or a movement of the tongue in three simple steps that will guarantee an orgasm of stellar dimensions. In real life, the tricks of Cosmopolitan and the advice on websites “for women” are incidental; they can help you or mess things up. But having said that, there are certainly a series of points that usually work to a greater or lesser extent.

It all starts with willingness. A blowjob done with indifference never works, for the felatrice must enjoy it as much or even more than her lover in this celebration of pleasure. This should be a going back and forth with the hand (or the mouth) in the pursuit of the fields of Eden, the fireworks, la petite mort. The moment when one is about to reach an orgasm while the other is straight-faced indicates that something is going really, really wrong.

A good French blowjob must be generous, unselfish, worked out with calm and precision, like a watchmaker fixing each one of his pieces. Make the flesh of your lover shiver, enlarge and grow until no piece of fabric in your panties is left dry.  Enjoy the infinite heat within your mouth, knowing that you are the one who takes control of the situation. When the cock is so swollen that it seems like going to explode, stop. Just for a few milliseconds, enough to give a slutty look and wink to let him know that you can make him come whenever you want. When he makes a face that says “please don’t stop now?”, give him a good deep throat. Deeply, till you have an attack of retching. Make your spit slip through his balls.

Leaving him about to reach an orgasm a few times will assure an epic come. One of the ones that go across the room and end up hanging on the television screen. One of the ones that mess up the upholstery of your living room couch. Worthy of framing so you can show it to your friends when they visit: “Look, look, here is where Eusebio left an expression of his love. His ancestry. His virility. The holy sheet of our sexual life.”

Sorry, I lost track of myself. I was talking about how to perform a good blowjob.

Point number one: stay focused.  

Point number two: stop fearing the penis. The penis is your friend. It is there to give you pleasure, so do not take it as if you were holding a vase from the Ming dynasty. Grab it with desire.

There are guys who prefer strong attacks, pressing their cocks as if it was the last meal you were ever going to be served, and others who prefer you to suck as if you were eating a ® Calippo. There is no accounting for taste; when in doubt, it’s best to ask. Or if you are unexpectedly shy, keep trying different things (if possible from lesser to greater intensity, don’t just start biting his foreskin) and analyze your partner’s reactions.

This leads me to point number three: be empathic. Observe whether he likes something or not according to his gestures, the noises he makes… If he shouts and pain is written in his face, it is time for you to stop. If he has spasms in his legs and his eyes look upwards like Saint Teresa’s ecstasy, you are on the right track.  Generally, the frenulum zone is the most sensitive, and many guys go crazy when you lick their balls. Others hate it, so you should be cautious.

But most of them like it when you suck their cock while you give them a twisting movement. Suck in your cheeks until you look like Mario Vaquerizo and inhale all the air that you have within your mouth. The idea is that you look like a spinning vacuum cleaner – despite my descriptions all of this may be done quite elegantly, I promise. The deep throats are always the triple-hit-combo, but doing them properly deserves another article. If you have doubts regarding the theory, let intuition and common sense be your allies.

Point number four: the wetness. It’s not that you need to create a flood or swamp the bed with your spit, but it is generally a good idea to use some saliva as natural lubrication. To touch a penis on its own is the equivalent to someone inserting three fingers inside you without lubricant. It feels rough. It hurts.

Point number five: the show. If you want your partner to tell you that you make love like a porn star (ha) you must learn to give a good performance. The exchange of glances is usually very effective: instead of closing your eyes while you are concentrating, keep his gaze while you put his cock in your mouth, let the saliva threads hang from your lips and stare at him passing your tongue vigorously around his glans.

The options are infinite, so use your imagination: find positions that allow him to observe the most exciting parts of your body, wear a set of underwear that you like, masturbate while you eat him. Remember that the aim of all this is arousal.

Last but not least, point number six: come.

I have always said that the penises are way more interactive than vaginas. Without taking into account the lucky women who can squirt, men have an attribute that in my view adds a wonderful number of possibilities to the fellatio art: to be able to choose where to come. Deep down I envy that, and I know that Freud would have much to say about this.

Face, mouth, boobs, ass, pussy… What we must remember at the time of making your lover ejaculate is not to tighten too much, to learn to stop at the suitable moment and not to change the rhythm suddenly. Everything will fit nicely if you also add the show: glances, frolics and fun.

And now that you have read all of this, do whatever you want to; I am nobody to advise you. Talk together and whatever you decide, start doing it. Now, as soon as you finish reading this. And tell me how it goes in the comments.

(This article is written from my point of view, as a woman, and therefore I have used feminine pronouns. I insist that the readers substitute the pronouns by he, it, them, s/he or an option of their choice.)

Translation: Teresa Galarza


Luna de mano y miel con Amarna

Fotografía: Alberto Gamazo.
Fotografía: Alberto Gamazo.

Han sido meses de un amor bellísimo, platónico, audiovisual. Un amor perfecto y pornográfico, plenamente cumplido mediante la contemplación y la masturbación. Conocí a Amarna Miller en diciembre y he vivido una auténtica luna de miel. Sin ella. Con ella. No la he necesitado en persona. La he tenido entera, en imagen. Toda para mí, y para todos.

Ahora Amarna ha debutado con un artículo delicioso en Jot Down y fue aquí donde la conocí, en la entrevista que le hizo Kiko Amat. En este tiempo se ha puesto de moda: la ha entrevistado Risto Mejide, la ha entrevistado Javier Gallego, ha publicado el libro Psiconáutica (con prólogo de Nacho Vigalondo y epílogo de Luna Miguel, que ya había escrito sobre uno de sus rodajes porno) y ha terminado saliendo hasta en el Tentaciones. Pero cuando apareció en Jot Down yo no sabía nada de ella, ni había oído nunca su nombre, ni la había visto. Me gustó su cara, me gustó lo que decía. Me gustó que estuviera vestida, me gustó conocer a una actriz porno vestida. Mejor dicho: me gustó ella y me gustó que fuera actriz porno. Porque enseguida podría verla desnuda. Y follando. Podría verla haciendo de todo. Y podría ver su cuerpo al detalle: sus tetas, su coño, su culo. Pero quise esperar. No mucho: unos minutos. Quise imaginarla sin ropa, a partir de las fotos de Alberto Gamazo.

No surgió del vacío: en mis imaginaciones había un dato sensible, como llama Eugenio Trías en su Tratado de la pasión a lo que despierta la pasión. Un dato de resonancias íntimas, sensuales. Yo había estado saliendo hasta unos meses antes con una chica nacida en 1990, como Amarna, y con la piel muy clara, como la de Amarna; y listilla, como Amarna, pero más intelectualizada. Recuerdo la sensación de rejuvenecimiento al principio: haber saltado de mi década, la de 1960, para alunizar tres décadas después, soslayando las de 1970 y 1980. Veinticuatro años era nuestra diferencia. No soy particularmente devoto de la juventud por la juventud, ni siquiera en materia erótica, pero el año 1990 de pronto se me aparecía virgen, como la década que inauguraba. Experimenté una suerte de euforia bautismal.

Así que me demoré un poco antes de buscar vídeos de Amarna por internet. Cuando lo hice, vi desnudo y en acción un cuerpo que yo ya había deseado; según la secuencia —aunque no los plazos— de la vida real. Por eso, y por lo del párrafo anterior, y porque Amarna es un ángel (¡un ángel pornográfico!) me enamoré. Todo me hizo gracia en ella (mejor dicho: todo lo de ella me cayó en gracia) y todos sus gestos me encantaron. Me pasó lo que dice Borges del amor: que «nos deja ver a los otros como los ve la divinidad». Y recordé lo de Italo Calvino sobre la esquiadora de un cuento de Los amores difíciles: «Este era el milagro de ella: el escoger en cada instante, en el caos de los mil movimientos posibles, aquel y solo aquel que era justo y límpido y leve y necesario, aquel y solo aquel que, entre los mil gestos perdidos, contaba».

Percibir de esa manera filmaciones pornográficas fue un regalo inesperado, que recibí con fruición. Era el famoso sexo con amor, al cabo: sexo masturbatorio con amor. La carne (la «carne de píxel», como acuñó Fernández Mallo) potenciada. Mirar con embeleso (¡activo!) películas guarras me instaló en la felicidad: era tener a la mano (literalmente) el objeto del deseo y su satisfacción. Yo era uno de los solteros de Duchamp pero sin tortura: realizado. La novia estaba «puesta al desnudo» en mil vídeos. Y en los que empezaba vestida iba pronto a desnudarse. De pronto me pareció una delicia su costumbre de bajarle los pantalones a aquel con el que estuviese y se pusiera a chuparle la polla. Que se metiera en un taxi y supiéramos cómo iba a acabar la cosa. Que fuese a alquilar un apartamento y terminase copulando con el casero en el parqué. Que se viese a solas con otra chica en una sala con sofá y al rato se hallase comiéndole el coño… Había como una recurrencia jocosa de cine cómico: sea como sea, esta va a acabar en pelotas y follando. Era una musa sexual, que iba a lo que iba. Y eso le daba chispa al mundo.

El sexo de Amarna no es sórdido, sino luminoso. En las actrices y en los actores porno suele haber un fondo de sordidez, que tiene que ver sobre todo con una actitud mecánica en la se trasluce el frío, la seriedad, la obligación. Se incurre en el sexo como algo pomposo: un entramado automático al que se le superponen contorsiones y caritas que, por muchas muecas que hagan, no dejan de resultar hieráticas. Funciona, por supuesto, pero ahí se queda. Con Amarna, por el contrario, se produce el prodigio de la naturalidad: hay falta de gravedad, ligereza, alegría. Representa un disfrute paradisiaco de la carne, que se mantiene —y aquí el prodigio es aún mayor hasta en las escenas de masoquismo (ella misma lo ha explicado). Una carne que se manifiesta en su condición de materia, de materia viva, con sus granitos y sus rugosidades, que hacen que ese cuerpo resulte adorable y encantador; veraz. Seguir a Amarna por Twitter es un festín: aparte de por ver por dónde anda, qué lee, qué come o qué dice, por la espontaneidad con que se muestra desnuda, en sus trabajos o ella sola en casa o en la calle, o con amigos y amigas. Todo ello destila una ética lúdica, de niña que juega, de mujer que no ha dejado de ser niña; siempre con la sonrisa y esa mirada curiosa, abierta a las travesuras. En su libro y en algunos posts de su blog, Amarna ha hablado de un mundo interior oscuro y de complejos adolescentes; por eso su luz es una conquista de ella. Quizá de aquí venga el regocijo que transmite. Podría ser la victoriosa de la canción de Ivan Lins. Sus vídeos y sus fotos son un canto al nietzscheano «sentido de la tierra»; componen un friso del placer.

Lo comparé con la experiencia amorosa habitual y sus penalidades; la frustración de muchas horas; los roces, las peleas, el carrusel melodramático. Frente a ello, qué limpio amar a Amarna. Sin el amor de ella, sin comprometerme. Y qué limpio vivir esta situación con plenitud, como en el soneto de Borges a Spinoza: «El más pródigo amor le fue otorgado, / el amor que no espera ser amado». Un amor incesante, sin desamor posible. San Juan de la Cruz dice de «la dolencia de amor» que «no se cura / sino con la presencia y la figura». Pero en el amor a Amarna no puede darse la dolencia, porque su figura está siempre, y es una figura con poder de presencia. Por su naturaleza audiovisual, se consuma en sí. Recoge evocaciones, como he dicho arriba, y mueve la imaginación: pero es una figura completa.

En relación con otras actrices de las que me he enamoriscado en películas que no eran pornográficas —en películas de Eric Rohmer, por ejemplo, o en clásicos de Hollywood—, la diferencia es la misma que la de haberse acostado o no con una chica. Las actrices «normales» son como esas novias o amigas con las que no te has acostado: queda un secreto con ellas, una insatisfacción; un conocimiento imperfecto. Con una actriz porno, en cambio, la sensación es la de haber llegado hasta el final. Mi percepción con Amarna era la de haber tenido con ella una intimidad absoluta. No echaba de menos nada, mis recuerdos eran calientes. Mi memoria, mi representación mental, estaba satisfecha.

Pensé en lo que sería disponer de un repertorio audiovisual así de otras amadas ausentes. Un archivo de presencias, para atenuar nostalgias.

Precisamente, a esas otras amadas habría sido terrible verlas en su momento en escenas pornográficas que me excluyeran. Los celos habrían sido dolorosos (con el inevitable componente mórbido, quizá de acicate). Pero con Amarna esta amenaza, esta sombra, estaba resuelta desde el principio: mi amor se había formado a partir de la visión de ella con otros hombres, y con mujeres. Las pollas ajenas estaban presentes de pronto como elemento sentimental. Ella con otros, y yo sin celos, feliz. Me había acostumbrado a su vida sexual múltiple. La mía consistía en asomarme de vez en cuando, y proceder por mi cuenta. Un amor maduro con plasmación adolescente.

Un tiempo después de que yo empezara a seguirla en Twitter, y por las exaltaciones mías que otros le rebotaban, no sin coña (¡yo también les ponía un poco de coña!), Amarna empezó a seguirme a mí. Nos hemos cruzado algunos favoritos y algunas frases. En la Feria del Libro de Madrid una amiga fue a que me dedicara su libro, y me lo dedicó muy cariñosamente. Pero estos contactos iban por otro carril. Me daban alegría, pero mi amor era el de la pantalla. Como persona me caía —me cae— muy bien, pero nunca he tenido realmente interés por conocerla. No lo he necesitado. Sí he pensado en lo que sería tener una novia como ella. Al principio, cuando leí la entrevista de Jot Down, me dije que tendría que ser engorroso para los padres. Pero yo mismo, con la costumbre, he ido aceptando su trabajo. Creo que no me importaría. En ella se da, por otra parte, lo que yo más admiro, lo que más celebro: el espectáculo de una mujer libre.

Si se me presentara la ocasión de acostarme con ella, lo haría, claro, porque me gusta mucho. Pero no sé muy bien cómo se daría. Hace ya varias generaciones que, en la vida de los individuos, los primeros encuentros sexuales con cuerpos de verdad se producen bajo una montaña de experiencias pornográficas previas; eso hace que tales encuentros sean torpes, sepan a poco y resulten decepcionantes. ¿Cómo sería un encuentro con el mismo cuerpo que se ha conocido por la pornografía? ¿Habría distorsión, un eco, un efecto estereoscópico? ¿Se presentaría el cuerpo real como una sombra del audiovisual? ¿Se produciría una potenciación o una merma? A falta de haberlo vivido, yo creo que, a estas alturas, sería un encuentro más: placentero pero sin que la magia estuviese garantizada.

Por otra parte, mi pasión se ha aplacado. Por eso he preferido utilizar el pasado en esta recreación. En mi cabeza, eso sí, resuena la alegría. Guardo un álbum intenso y algo cursi de mi luna de miel con Amarna: de mi luna de mano y miel.


El arte de la mamada

Fotografía de Amarna Miller
Fotografía de Amarna Miller

Los que entráis en este artículo buscando algún truco mágico e infalible para complacer los deseos carnales de vuestro amante quedaréis decepcionados con lo que vengo a contaros. Y es que no existe un botón mágico, una posición ni un movimiento de lengua en tres sencillos pasos que asegure a ciencia cierta un orgasmo de dimensiones estelares. En la vida real los trucos de la Cosmopolitan y los consejos de las webs «para mujeres» son anecdóticos, referencias con las que puedes acertar o meter la pata hasta el fondo. Y ahora que este concepto ha quedado claro, es cierto que hay una serie de puntos que en mayor o menor medida suelen funcionar.

La disposición. Las mamadas hechas con desgana nunca funcionan, y es que la felatriz ha de disfrutar tanto o más que su amante en esta celebración del placer. Esto ha de convertirse en un ir de la mano (o de la boca) en busca de los campos del edén, los fuegos artificiales, la petite mort. En el momento en el que uno camina hacia el orgasmo mientras el otro pone cara de circunstancias algo está saliendo muy pero que muy mal.

Un buen francés tiene que ser generoso, desinteresado, elaborado con la calma y la precisión que pone el relojero en arreglar cada una de sus piezas. Haz que la carne de tu amante vibre, se ensanche y crezca hasta que no quede ni un resquicio seco en la tela de tus bragas. Disfruta del calor infinito dentro de la boca, sabiendo que eres tú la que lleva el control de la situación. Cuando la polla esté tan hinchada que parezca que va a explotar, para. Solo durante unos milisegundos, los suficientes como para poner cara de hija de puta, guiñarle un ojo para que sepa que puedes hacer que se corra en cuanto te dé la gana, y cuando su cara se retuerza en una mueca de «¿no irás a parar ahora, verdad?» le haces una buena garganta profunda. Hondo, que te den arcadas. Que las babas le resbalen por los huevos.

Dejar el orgasmo casi a punto unas cuantas veces te asegurará una corrida épica. De las que atraviesan el cuarto y se quedan colgando de la pantalla de la tele. Una de esas que te jode el tapizado del sofá de la salita. Digna de enmarcarla y enseñársela a tus amigos cuando vengan a casa de visita: «Mira, mira, aquí fue donde Eusebio dejó plasmado todo su amor. Su estirpe. Su virilidad. La sábana santa de nuestra vida sexual».

Ay, que me voy por las ramas. Yo estaba hablando de cómo hacer una buena mamada.

Punto uno: ponle mucho interés.

Punto dos: pierde el miedo al pene. El pene es tu amigo, está aquí para darte gustito, así que nada de cogerlo como si estuvieses sosteniendo un jarrón de la dinastía Ming. Agárralo con ganas.

Hay chicos a los que les gustan las embestidas fuertes presionando la polla como si no hubiese un mañana y otros que prefieren que les rechupetees como si te comieses un Calippo. Para gustos colores, así que ante la duda es mejor preguntar. O si te da un arrebato de vergüenza inesperado, ve probando cosas diferentes (a ser posible de menor a mayor intensidad, no empieces con un mordisco en el prepucio) y analiza las reacciones de tu compañero.

Lo que me lleva al punto tres: utiliza la empatía. Observa si algo le está gustando o no por los gestos, los gemidos… Si te grita con cara de dolor es momento de parar. Si tiene espasmos en las piernas y sus ojos miran hacia el cielo al estilo del éxtasis de santa Teresa es que vas por el buen camino. En general la zona del frenillo suele ser la más sensible, y a muchos chicos les vuelve locos que les pases la lengua por los testículos. Otros lo odian, así que hay que ser precavida.

Lo que les suele gustar a todos por igual es que succiones la polla mientras practicas un movimiento de torsión. Comprime tus mejillas hasta que parezcas Mario Vaquerizo y aspira todo el aire que puedas tener dentro de la boca. La idea es que parezcas una aspiradora que gira sobre sí misma —pese a mis descripciones todo esto se puede hacer de forma muy elegante, lo prometo—. Las gargantas profundas siempre son el triple-hit-combo de la cuestión, pero su buen hacer se merece un artículo aparte. Si tienes dudas en cuanto a la teoría, deja que la intuición y el sentido común sean tus aliados.

Punto cuatro: la humedad. No es cuestión de crear una inundación ni de encharcar la cama a base de babas, pero en general nunca es mala idea un poco de saliva que sirva de lubricación natural. Tocar un pene a palo seco es el equivalente a que te metan tres dedos sin lubricante. Raspa. Duele.

Punto cinco: el espectáculo. Si quieres que tu compañero te diga que haces el amor igual que una estrella del porno (ja) tienes que aprender a hacer un buen show. El juego de las miradas suele ser muy efectivo: en lugar de cerrar los ojos concentrada mantén su mirada mientras te metes la polla en la boca, deja que los hilos de saliva cuelguen de tus labios y míralo fijamente paseando tu lengua por su glande con movimientos imposibles.

Las opciones son infinitas, así que dale caña a la imaginación: busca posturas que le dejen observar las formas más excitantes de tu cuerpo, usa un conjunto de ropa interior que te guste, mastúrbate mientras le comes. La cuestión es crear un contexto que tenga como fin la excitación.

Y por último, el ansiado punto seis: la corrida.

Siempre he dicho que los penes son bastante más interactivos que las vaginas. Sin contar con aquellas afortunadas que hacen squirtings, el hombre tiene un atributo que a mi gusto suma una cantidad maravillosa de posibilidades al arte de la felación: poder elegir dónde correrse. En el fondo me da envidia, y sé que Freud tendría mucho que decir sobre esto.

Cara, boca, tetas, culo, coño… Lo que debemos recordar a la hora de hacer que tu amante eyacule es no apretar demasiado, aprender a parar en el momento adecuado y no cambiar repentinamente el ritmo. Todo irá de perlas si además añades el show: miraditas, jugueteo y diversión.

Y ahora que has leído todo esto, haz lo que te dé la gana; no soy nadie para darte consejos. Hablad entre vosotros y decidáis lo que decidáis, poneos a ello. Ahora, mientras acabáis de leer este texto. Y me contáis qué tal en los comentarios.

(Este artículo está redactado desde mi punto de vista, como mujer, y por tanto los pronombres usados son los femeninos. Insto a los lectores a que sustituyan los pronombres por él, ello, ellx, [email protected] o la opción que más les apetezca).


Sexo, porno y realidad virtual (II): ¿hay futuro para el porno virtual?

Fotografía: Gisela Giardino (CC)
Fotografía: Gisela Giardino (CC)

Decía el filósofo Kendall Walton que al participar como espectadores de una narración —literaria, cinematográfica— disminuimos la distancia entre nosotros y la obra, no por ascender las ficciones a nuestro nivel sino por descender nosotros a ellas. Que de algún modo, en lugar de pensar en las ficciones como reales, somos nosotros los que nos convertimos en ficcionales. Años después, con los pantalones bajados y frente a alguna obra menor cuyo esfuerzo creativo más considerable venía de un título como Fue a por trabajo y le comieron lo de abajo o Tetanic, una versión adolescente y onanista de quien escribe estas palabras se planteaba una pregunta muy relacionada con su propia experiencia: ¿Disfrutamos del porno por nuestro papel de observadores o porque nos ponemos en la piel de alguno de los protagonistas?

Desde la inmersión del espectador en los mundos de ficción hasta la función que tienen nuestras emociones —y placeres— en ese efecto de traslado a la escena, son muchas las cuestiones asociadas a nuestra participación en las narraciones que nos rodean a diario. Distintos formatos audiovisuales pelean por su nicho de mercado entre toda la oferta de ocio actual y uno que viene haciendo mucho ruido es el de la realidad virtual (RV). Tal como decíamos en la primera parte del artículo, esta tecnología está permitiendo que algunas productoras investiguen los límites de introducir al espectador en la escena y jueguen con la ilusión de que, de alguna forma, está allí. Si al ver una película para adultos podemos elegir entre ser el actor o verlo todo a una distancia prudencial libre de salpicaduras, probablemente la pregunta con la que se cierra el párrafo anterior encuentre por fin su respuesta y comprendamos mejor nuestro interés por participar en la narración.

Como es lógico, la barrera tecnológica (y con esta la económica) tendrá un papel fundamental en el desembarco de estas tecnologías en cualquier hogar. A las pantallas de televisión, ordenadores, tabletas y teléfonos móviles que ya son comunes en nuestras casas, habrá que sumar distintos dispositivos que, si no por precio, aún tardarán en llegar por las aún potenciales necesidades que cubren. El principal dispositivo de esta nueva experiencia multimedia es el casco o visor de realidad virtual, la «pantalla» que nos permitirá tomar un punto de vista inmersivo dentro de la película o videojuego con (o en) el que estemos. Desde hace unos meses las noticias tecnológicas no dejan de traer información sobre una guerra de precios en los HMD (del inglés Head Mounted Display) donde distintas compañías tratan de lograr la mejor calidad de imagen y sensación de inmersión a costes competitivos que les permitan ser la punta de lanza en esa invasión de los salones del consumidor medio. En otra liga, otros desarrolladores tratan de aprovechar el potencial de los teléfonos móviles para utilizarlos como el propio visor gracias a soportes que pueden hacerse en casa con cuatro cartones y algo de paciencia y pulso.

Independientemente del dispositivo que se utilice, al casco habrá que añadir complementos que potencien la ilusión de estar dentro del mundo virtual. Los principales serán aquellos dispositivos que monitoricen nuestros movimientos y los conviertan en los de nuestro avatar; sistemas hápticos que permitan añadir el tacto a la experiencia; y por qué no, plataformas que nos permitan andar sin movernos del sitio en el mundo real para movernos a nuestras anchas por esos ciberandurriales. El Cyberith Virtualizer o el Virtuix Omni son dos alternativas con mucho potencial que muy probablemente llevarán la experiencia de inmersión en el entorno virtual a otro nivel. Obstáculos en un camino a recorrer por la tecnología de realidad virtual, independientemente del uso que se haga de ella. Con mucha probabilidad serán los jóvenes nativos digitales y los geeks de cualquier pelaje los primeros en aprovecharse de esta nueva forma de interactuar en videojuegos, películas o redes sociales. Ellos son el objetivo de la mayoría de campañas de promoción de esta tecnología.

Por si fuera poco, el mundo del porno virtual tendrá que sumar a esos escollos otros asociados a la producción y el consumo de material audiovisual. ¿Qué dificultades entrañará una sesión de rodaje? ¿Será un negocio rentable o quedará como una simple curiosidad que no llegó a desarrollarse? ¿Tendrá el mismo público que el porno no virtual? Interesados en conocer la opinión de profesionales de este ámbito, decidimos realizar un conjunto de entrevistas que nos permitieran profundizar en la visión que se tiene del porno virtual desde la dirección, la actuación y la producción. Es así como en primer lugar nos pusimos en contacto con Erika Lust. Erika es escritora, directora y productora de cine erótico y tal como describe en su propia web, «se dio cuenta de que las voces femeninas eran inexistentes en la industria pornográfica, un género y un negocio hecho por hombres para hombres, y se dispuso a cambiar las cosas». Nos interesa conocer la opinión de una profesional que ha sido capaz de romper con los esquemas preestablecidos y tener éxito en su cometido, lo que garantiza una mente orientada al cambio (no hace falta más que buscar en Twitter el hashtag #ChangePorn para comprender su repercusión en las redes sociales):

Erika Lust. Fotografía: Alberto Gamazo
Erika Lust. Fotografía: Alberto Gamazo

¿Conoces el porno virtual? ¿Se habla de él dentro del mundillo?

El porno virtual es una tecnología que apenas está surgiendo, por lo cual es un nicho al cual no mucha gente tiene acceso. Sin embargo, suena interesante y me gustaría ver en qué resulta. Aún no he tenido la oportunidad de participar en un rodaje de una película virtual. Y creo que falta mucho para eso.

¿Ves sitio (en un futuro hipotético) para la realidad virtual en tus creaciones?

A pesar de que se me suele etiquetar con porno, yo soy en esencia una directora de cine independiente. Para un director es indispensable tener control creativo sobre la obra, así que tendríamos que tener en cuenta hasta qué punto puede interactuar el usuario sin llegar a cambiar la visión del autor del film. De alguna manera, mi proyecto XConfessions involucra al usuario en la experiencia en la medida en que le da una voz en el guion. Son mis usuarios quienes me dicen lo que quieren ver. De esta manera forman parte de una fantasía que ellos mismos crearon.

Incluir realidad virtual en el porno implicaría, por un lado, un gasto extra en los rodajes (adecuar las cámaras, el procesado de las imágenes, etcétera), y por otro lado, un gasto extra en los espectadores (cascos de realidad virtual). ¿A qué lado de la cámara crees que se encuentra el mayor impedimento?

Probablemente el gasto más fuerte sería el de producción. Para obtener alta calidad cinematográfica en mis películas utilizamos equipos de primera categoría [tales como la cámara Alexa] los cuales son ya muy costosos. En estos momentos sería complicado invertir en tecnologías que no dominamos y que aún no tienen un mercado desarrollado. Supongo que habría que esperar hasta que tales tecnologías fueran más accesibles para que el porno virtual pudiera hacerse viable comercialmente.

¿Crees que verse metido en la escena podría eliminar sensaciones que ahora sí disfrutamos los que vemos porno? ¿Es mejor ver de forma pasiva que «participar» como si fuéramos la actriz o el actor?

Parte del estímulo de las películas eróticas está en la fantasía y la inaccesibilidad. La experiencia audiovisual consiste en despertar los otros sentidos a través de la imagen y el sonido. Esto hace que las sensaciones se optimicen y conlleven un incremento del deseo y el apetito sexual. Si la realidad virtual permite hacer tangibles las fantasías generadas por la imagen y el sonido, esto resultaría en una experiencia fantástica para el usuario, pero que tendría el peligro de que podría quitarle la magia. Algo similar pasó con las películas 3D. Cuando salió la tecnología, parecía que todas las pelis que se estrenaban en el cine eran en 3D. Finalmente, la gente se cansó de tener que ponerse las lentes cada vez que iba al cine, sobre todo cuando el efecto no estaba justificado. Me parecería una opción muy interesante para el género adulto, pero no mataría la forma tradicional.

¿Ves un futuro donde se extiende el uso de la realidad virtual en el porno o crees que quedará como una rareza para una minoría de productores y directores (y espectadores, claro)?

Donde haya un mercado aparecerá la oferta. Si la gente se interesa por la realidad virtual, este mercado crecerá y sus costes serán cada vez más bajos.

Consideras el cine tradicional como fálico y visual, mientras que el tuyo es más mental, de sentimientos. ¿Piensas que podría ser una revolución que los espectadores se vean como protagonistas de las distintas escenas?

El cine mainstream está dominado por los gustos de ciertos hombres, mientras que en las películas que yo hago, impongo mi visión artística, valores y una representación más justa de la mujer moderna. Dicho esto, sería interesante ver la reacción del público ante escenarios que no son posibles con la tecnología actual. Sin duda es una propuesta que muchos querrían probar.

La realidad virtual se caracteriza por una inmersión en la escena que puede llevar a reacciones emocionales muy parecidas a las del mundo real. Tú defiendes un cine sobre sentimientos, relaciones, intimidad y sexo y en alguna entrevista has dicho que quieres «una sensación de realidad y de piel». Pasar de espectador «pasivo» a verte participar en la escena sería ideal para esa idea de intimidad, ¿no crees?

Como ya te he dicho previamente, es acerca de los estímulos y de la realidad que tu propia imaginación te hace crear y vivir. La mente humana es tan poderosa que puede intensificar una fantasía de tal manera que te haga sentirla como real, como de piel…

Estás en contra del porno de pose, ¿crees que será lo primero que se busque a la hora de usar realidad virtual?

Eso depende del público que esta oferta genere. Los clichés son lo que son, porque se han popularizado y se han sobregenerado productos que retratan estas historias. Así que búsquedas existirán, pero poco a poco la gente irá viendo que tiene el poder de hacer su propia fantasía realidad. Se parece algo a XConfessions.

Por último, existen investigaciones que demuestran que al ponerse en la piel de otra persona en realidad virtual se han modificado prejuicios por parte de los usuarios (hacia otras razas, hacia otros sexos). ¿Crees que verse en el cuerpo de una actriz o un actor en una película porno sería una gran herramienta de educación? ¿Y de juego (ponerse una mujer en la piel del hombre o viceversa, o cambiar de raza)?

Hablé del porno como medio de educación en mi charla TED el año pasado.

*****

La realidad virtual permitiría a la gente probar ciertas cosas con las que nunca se atreverían o que simplemente serían difíciles de lograr en la vida real: orgías, sexo con famosos o incluso con personajes ficticios. Las puertas están abiertas y este nuevo medio podría ayudar a derrumbar estereotipos.

La fortuna hizo que durante la labor de documentación sobre el trabajo de Erika Lust apareciera el nombre de una actriz que había colaborado con Erika y a su vez lo había hecho en alguna película producida por VirtualRealPorn, empresa que ya utiliza la tecnología de realidad virtual en sus rodajes. Amarna Miller ha demostrado en nuestras distintas conversaciones estar muy interesada en la llegada de estos dispositivos al porno y una muestra de ello es su reciente nombramiento como manager de producción de VirtualRealPorn. Estas fue la entrevista que realizamos:

¿Cuál (y qué tal) ha sido tu experiencia en el porno virtual? Has participado como actriz y de hecho apareces bien destacada en la web de VirtualRealPorn. ¿Qué opinión te merece el desembarco de este tipo de tecnología en el porno?

Encontré la web de VirtualRealPorn prácticamente cuando empezaron, les mandé un mensaje pensando que era una compañía extranjera y para mi sorpresa, ¡me dijeron que estaban grabando en Zaragoza!. Rodé mi primera escena con ellos unos meses después, junto a la preciosa Onix Babe. Un solo y dos escenas lésbicas, con técnica muy cuidada y un ambiente cómodo. Los chicos de VirtualRealPorn son gente joven y vienen del mundo de la producción audiovisual. Aunque parezca mentira, eso se nota en lo rodajes y en el contenido final.

En el porno, lamentablemente casi nadie se preocupa de hacer las cosas bien. Lo mínimo aceptable ya es más que suficiente y no hay afán de mejora ni ambición, por eso me encanta trabajar con ellos: han puesto su esfuerzo, su dinero y su tiempo en un proyecto novedoso, intentando llenar un hueco de mercado en el que la competencia es voraz. Tienen mi ayuda en todo lo que necesiten.

Personalmente, creo que el porno enfocado a la realidad virtual puede ser el siguiente paso en el mercado del cine X. Pero para poder saberlo con seguridad habrá que esperar a ver cómo se desarrolla la tecnología que lo rodea y si el Oculus Rift tiene cabida (y acogida) en el mercado.

Hablemos de tus propias creaciones como directora. ¿Se te pasaría por la cabeza el uso de realidad virtual en algún tipo de vídeo/película? Si es que sí, ¿cuáles y por qué?

No, al menos en estos momentos. Decidí dejar a un lado mi faceta como directora hace algunos meses: quien mucho abarca poco aprieta. Por ahora quiero centrarme en mi carrera como actriz, produciendo vídeos a pequeña escala para mi web personal y dedicándome a viajar y trabajar con productoras extranjeras. En un futuro no descarto volver a dirigir, pero a menor escala que como hace unos años.

Incluir realidad virtual en el porno implicaría, por un lado, un gasto extra en los rodajes (adecuar las cámaras, el procesado de las imágenes, etcétera), y por otro lado, un gasto extra en los espectadores (cascos de realidad virtual), ¿a qué lado de la cámara crees que se encuentra el mayor impedimento?

Personalmente, el gran impedimento que veo para que la pornografía aplicada a la realidad virtual se generalice es la acogida del mercado. El precio del Oculus Rift debería bajar para poder tener cabida en todos los hogares, y habría que hacer entender al público que esto no es algo que solo pueden usar unos pocos escogidos. Supongo que en el fondo, todo es marketing, pero sí que veo posible que este supuesto se pueda llevar a cabo.

Si el usuario finalmente quiere consumir realidad virtual, habrá cientos de compañías que se lanzarán a producir material de este estilo, es la ley de la oferta y la demanda. Eso sí, espero que para entonces los chicos de VirtualRealPorn hayan establecido su hueco en el mercado, porque en cuanto las grandes empresas decidan apostar por este nicho, las pequeñas productoras tendrán un gran problema luchando contra los monopolios de la industria. ¡Así que vamos a apoyar desde el inicio a las empresas que merecen la pena!

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Imagen: VirtualRealPorn.

Una de las opciones que más interés suscita en el porno virtual es que puedes verte en el cuerpo del actor/actriz y verte como si fueras tú quien practica sexo con la otra persona, ¿crees que puede ser un salto cualitativo respecto al porno «de espectador»? ¿O crees que habrá gente que prefiera verse dentro de la escena pero sin participar en ella? En resumen, ¿consideras el porno como algo que no debe saltar la barrera de la « pasividad» del espectador?

Sí, en cuanto a experiencia es un cambio tremendo. El consumidor de porno pasa de ser un mero espectador a introducirse de lleno dentro de la acción, siendo él mismo el que protagoniza la película, pero sin los riesgos que conllevaría una relación sexual verdadera. ¿No suena increíble, y tremendamente futurista? Me recuerda a Desafío total. Elimina de raíz la visión voyeurista y la fantasía de «ver sin ser visto», así que supongo que habrá personas a las cuales no les estimule la idea. Pero desde luego a mí, como consumidora, es una novedad que me encantaría.

En cuanto a la última pregunta, considero que la barrera de la pasividad del espectador puede traspasarse sin ningún problema. Cualquier innovación que se salga de las reglas de consumo que todos tenemos en mente y hemos aprendido, está bien. Las creación de nuevas miradas y acercamientos a un mismo tema siempre me parece algo positivo.

¿Crees que gustará por igual el porno virtual a hombres que a mujeres?

No soy partidaria de una división por géneros, y me parece una visión un tanto simplista de la sexualidad humana. Creo que dependiendo de cómo esté enfocada la película o la escena, puede gustar más a un tipo de personas que a otras. Eso sí, desde luego de lo que estoy segura es de que la realidad virtual tendrá una mejor acogida entre los amantes de la tecnología.

Volviendo a tu experiencia como actriz en este tipo de porno, ¿hay una gran diferencia respecto a los rodajes de cine con cámara tradicional, o solo se nota a la hora de la posproducción?

¡Es totalmente diferente! De hecho, me hace gracia cuando mis compañeros de rodaje llegan por primera vez a un set de grabación de este estilo. La primera reacción es «¿Pero y todo esto para qué sirve?». Las cámaras son diferentes, hay cables por todas partes, micrófonos especiales y un largo etcétera. Además, como las grabaciones son siempre POV (Point of view, es decir grabado «desde los ojos» de uno de los participantes), tienes que mirar constantemente a la cámara, en vez de a tu compañero para que parezca que estás mirando al espectador a los ojos. Si está rodado desde tu punto de vista, no puedes mover los brazos ni apenas el cuerpo, ya que el usuario quiere sentirse identificado contigo. Tampoco puedes gemir, ni emitir ningún sonido que distraiga de la acción.

Pero si estás en el otro papel, ¡es muchísimo más divertido! Tienes que hablar un montón y seducir a la cámara para que el usuario se sienta cercano a la escena, puedes susurrar a los lados de la cámara para que piense que estás muy cerca de él… Al final eres tú quien lleva la voz cantante. ¿Pegas? En las posturas, ¡sólo puedes moverte tú! Así que al final acabas con agujetas. Pero en el fondo es muy sencillo.

¿Has visto/probado alguna de las películas que has rodado en porno virtual? ¿Te has probado a ti misma? Si es así, ¿qué sensaciones has tenido?

He podido ver alguna película, pero solo cuando los chicos de VirtualRealPorn han traído el Oculus Rift a los rodajes. Yo no tengo uno. La sensación al principio es curiosa, como si te metieses en otro mundo de cabeza. Yo hasta me sentí un poco mareada al principio, pero es tremendamente excitante.

Y no, «a mí misma» nunca me he probado, pero tampoco he grabado ningún vídeo en el que sea la parte pasiva… ¡así que sería imposible!

¿Qué sensaciones te causa pensar que un espectador o espectadora se pueda poner «en tu piel»?

Me resulta curioso y un tanto extraño, pero abre un nuevo abanico de posibilidades. Se pueden llegar a realizar fantasías que en la vida real sería imposible llevar a cabo. Por ejemplo, me encantaría meterme en la piel de un chico y «sentir» como penetro a una chica. Es algo que jamás podré hacer en el mundo real pero que gracias al Oculus Rift puedo, en cierto grado, realizar. ¡Me parece increíble!.

La realidad virtual se caracteriza por una sensación de inmersión que nos hace vernos físicamente en el lugar de la película, acompañados por los actores. Eso, a su vez, causa que nuestras emociones frente a los acontecimientos sean casi reales. Desde el punto de vista de una licenciada en Bellas Artes, ¿crees que habrá espacio para emociones de tipo estético (desde un punto de vista cinematográfico) o solo habrá lugar para lo explícito?

Estás abriendo un debate muy pero que muy amplio, y en el que tocamos cuestiones prácticamente filosóficas. Puestos a fantasear, me encantaría que pudiese aplicarse la tecnología de la realidad virtual a campos que vayan más allá de lo pornográfico. Por ejemplo, imagínate una grabación de alguien haciendo escalada, o practicando un deporte de riesgo. Estoy seguro que los niveles de adrenalina y la tensión del usuario que lo consume a través del Oculus Rift serían iguales o muy parecidos a los de la persona que lo está haciendo realmente. Esto abre una discusión sobre los límites de nuestra percepción, ¿y qué hace que algo sea real o no?

Podríamos ver de primera mano los lugares más remotos del mundo, vivir situaciones de riesgo y hacer todo aquello que nos gustaría pero desde la seguridad de nuestra propia casa. ¿No es maravilloso? Podríamos visitar museos sin esperar colas, analizar arqueología sin miedo a dañar la pieza… ¿Te imaginas poder entrar a las pirámides de Egipto sin erosionar las piedras con nuestras emisiones? Me estoy emocionando.

Dicho esto, si alguien quiere grabar viajes por el mundo para visionarlos en el Oculus Rift, me ofrezco voluntaria como conejillo de indias. Veo aquí un nicho de mercado muy pero que muy interesante.

En tu web ofreces la posibilidad de realizar vídeos bajo demanda. Por otro lado, existen dispositivos que permiten sentir que estás penetrando (o que te están penetrando) y cada vez transmiten sensaciones más reales. En el futuro, y si fuera viable, ¿qué te parecería la posibilidad de realizar vídeos en realidad virtual bajo demanda donde además se pudieran preprogramar los movimientos y así el usuario sintiera que realmente te está penetrando?

Si fuera viable, ¡estaría encantada! Pero creo que es una tecnología que todavía tiene que evolucionar mucho para poder ser producida de forma medianamente sencilla. Ahora mismo no tengo los conocimientos técnicos ni el equipo necesario para grabar —¡ni editar!— contenido enfocado a la realidad virtual. Pero para un futuro, me parece una idea maravillosa. Y esto puede ser el futuro del mercado de las webcams, por otra parte.

Y ya por último, ¿serías usuaria de porno virtual? ¿Te gustaría, en general, tener un HMD en casa (para cine, videojuegos…)?

¡Me encantaría! Aunque si te soy sincera ahora mismo no tengo demasiado tiempo para nada, ni siquiera juego a videojuegos ni tengo apenas tiempo de ocio. Pero por pedir que no quede: ¡Arriba el porno virtual!

*****

El entusiasmo que transmite Amarna no quedó limitado a sus respuestas y, para alegría nuestra, nos ofreció la posibilidad de ponernos en contacto con el equipo de VirtualRealPorn. Tras conocer las impresiones de Erika y Amarna, poder hablar con Linda Wells, responsable de comunicación de VirtualRealPorn, nos permitió cerrar el ciclo de entrevistas con el punto de vista de una empresa productora de porno virtual:

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Imagen: VirtualRealPorn.

Hablemos del origen: ¿Cómo nace VirtualRealPorn? ¿Desde la VR hacia el porno, desde el porno hacia la VR, o en el cruce de caminos? ¿Tenéis expertos en el equipo que vienen de otros ámbitos donde ya se utiliza la realidad virtual o ha sido una formación «autodidacta»?

Todo empezó cuando nuestro técnico jefe se compró el casco Oculus DK1 y quedó impresionado por la experiencia; empezó a buscar contenido para adultos pero no encontró nada más que unas pocas demos con modelos creados por ordenador. Justo había conocido hacía unos meses a una actriz porno por unos amigos comunes (Onix Babe, que nos ha ayudado muchísimo desde el principio) y se le ocurrió la idea de ser los primeros en el mundo en crear vídeos con actores y actrices reales para VR. Lo habló con su mujer y decidieron invertir el dinero que tenían para el viaje de novios (acababan de casarse) en este proyecto. Nuestro técnico jefe ha aprendido de manera totalmente autodidacta, ya tenía algo de experiencia en el campo del vídeo 3D estereoscópico y ese fue el comienzo para seguir experimentando con la VR.

¿Qué diferencias existen entre un rodaje porno con tecnología tradicional y uno con tecnología de realidad virtual?

La diferencia fundamental es el tiempo que es necesario invertir para crear los vídeos: la preparación de la escena es más compleja, en cuanto a la posición de todo el equipo de filmación, la iluminación, y en la posproducción, para conseguir una buena calidad de imagen adaptada para la realidad virtual, es necesario un workflow muy costoso y artesanal.

¿Los directores tienen que pensar que están rodando para porno virtual o simplemente es una cuestión de «cambiar la cámara» y seguir con las mismas metodologías?

Hay que cambiar radicalmente el esquema mental, hay que tener en cuenta un sinfín de limitaciones técnicas y artísticas para conseguir una buena experiencia VR para el usuario. En nuestro primer año hemos ido perfeccionando la técnica gracias al apoyo de nuestros betatesters y usuarios.

Incluir realidad virtual en el porno implica, por un lado, un gasto extra en los rodajes (adecuar las cámaras, la posproducción, etcétera), y por otro lado, un gasto extra en los espectadores (cascos de realidad virtual), ¿a qué lado de la cámara pensáis que se encuentra el mayor impedimento?

El mayor impedimento está en la producción, los costes son muy altos en comparación con el gasto que deben hacer los usuarios para disfrutar la VR. Ahora además se están poniendo muy de moda los visores para móviles con precios que empiezan desde unos quince euros como el DODOcase Cardboard, Durovis Dive y otros visores basados en las Google Cardboard, con los que consigues una correcta experiencia de VR, aunque si de verdad quieres experimentar una mayor inmersión, debes ir al Oculus DK2 de unos trescientos cincuenta euros o el Samsung Gear VR de cien dólares (más el precio del Samsung Galaxy Note 4). Actualmente nuestros vídeos son compatibles con todos los visores VR para móviles iPhone y Android, Oculus DK1/DK2 para PC y Mac y Samsung Gear VR con el Samsung Galaxy Note 4.

¿Veis un futuro donde se extiende el uso de la realidad virtual en el porno o creéis que quedará como un nicho de mercado bien definido pero minoritario?

Estamos completamente seguros de que su uso se extenderá con el tiempo, es posible que vaya poco a poco, pero se convertirá en un medio masivo.

He podido ver que ofrecéis tanto porno en primera persona (POV) como en tercera persona, ¿creéis que con el tiempo todo será POV o seguirá habiendo interés por la «participación como voyeur»?

Hemos experimentado con las dos técnicas pero nos hemos dado cuenta de que nuestros usuarios prefieren los POV en una inmensa mayoría, así que estamos intentando especializarnos en ese tipo.

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Imagen: VirtualRealPorn.

No he tenido la oportunidad de ver vuestras películas, ¿en las que pueden verse en tercera persona dais un cuerpo al espectador o se encuentra en modo «suspendido en el aire»?

El efecto es como dices, como suspendido en el aire, lo que quita realismo e inmersión a la escena. Todavía existen pocos usuarios de VR en el mundo, y conforme se vayan extendiendo, deberemos adaptarnos a todas las peticiones que nos hagan llegar.

¿Os atreveríais con porno basado en avatares creados por ordenador o preferís quedaros en el cine con actores reales?

Actualmente preferimos centrarnos en crear la mejor calidad posible de filmaciones de sexo real con actores reales, pero es difícil saber hacia dónde irá el mercado a medio plazo y cómo se distribuirán las preferencias de los usuarios. En cualquier caso, intentaremos estar ahí para satisfacer todas sus fantasías.

¿Qué tal está siendo la aceptación por parte de los usuarios? ¿Tenéis mucho público?

El público está reaccionando muy bien con cada nuevo vídeo que publicamos, nos envían muchos comentarios por email con sus fantasías y otras peticiones técnicas, pero por el momento es un nicho de mercado muy pequeño. De entre nuestros usuarios también existen mujeres y para ellas estamos creando vídeos POV desde el punto de vista de la mujer basándonos en todas las peticiones que nos envían.

Relacionado con lo anterior, ¿habéis recibido comentarios sobre el uso de vuestras películas? Hombres que disfrutan desde el punto de vista de una mujer, alguna anécdota graciosa…

Recibimos comentarios muy a menudo, y cada vez hay más hombres que disfrutan con los POV de mujer. Una vez nos escribió un hombre entusiasmado contándonos que había disfrutado «como nunca lo había hecho antes» (palabras textuales) viendo el vídeo My Squirt, un POV desde el punto de vista de la mujer, en el que Gigi Love acaba haciendo un squirt impresionante.

¿Creéis que gusta (o gustará) por igual el porno virtual a hombres que a mujeres?

Absolutamente convencidos, el tema es saber crear el contenido adecuado para mujeres, que dista mucho del estándar que existe actualmente para mujeres. Actualmente somos dos mujeres en el equipo y eso nos ayuda a poder llegar de manera más directa a lo que nuestras usuarias necesitan.

Sobre las diferencias entre sexos, ¿más o menos qué porcentaje hacéis de POV entre mujeres/hombres? ¿Creéis que con el tiempo irá cambiando?

Aproximadamente un 15% de nuestros vídeos son POV para mujeres. Poco a poco estamos aumentando ese porcentaje porque cada vez hay más mujeres suscritas a nuestra web y además hay algunos hombres que disfrutan también con estos vídeos.

Contáis con una comunidad de usuarios en la web, ¿recibís feedback de sus experiencias? ¿Sienten que realmente es «dar un paso más» en el cine gracias a esa sensación de inmersión?

Sí, estamos haciéndonos un buen hueco porque les escuchamos activamente y les seguimos en todo lo que nos piden. Hay muchos que están encantados y nos felicitan por la alta calidad que estamos consiguiendo, la mayoría son programadores de videojuegos y son gente que piensa realmente en el futuro con la VR.

¿Qué creéis que produce un mayor impacto en el espectador (o lo que la gente valora más), la ilusión de sentirse en otro lugar como si fuera real, o la ilusión de sentirse en la piel del actor/actriz?

Creemos que la ilusión de sentirse en la piel de otra persona, vivir sexo, emociones, experiencias a las que no tenemos acceso en nuestra vida diaria.

Leí en una entrevista que añadir interactividad y el uso de los teledildonics es uno de los planes de futuro de la compañía. ¿En qué punto estáis? ¿Cuál es el objetivo a medio plazo?

Ahora mismo estamos focalizados en mejorar la calidad de imagen para los nuevos dispositivos VR que están apareciendo y poder llegar a más gente con visores para móvil. Esperamos tener las primeras demos con teledildonics en unos meses.

Una vez alguien vea una película porno en realidad virtual y con teledildonics, ¿creéis que nunca volverá a ver de la misma forma el cine en formato tradicional o simplemente serán maneras distintas que combinar?

Durante bastante tiempo serán maneras complementarias, sobre todo por lo relativamente complicado que es ver actualmente en VR en comparación con entrar en cualquier web porno y darle al play, pero conforme los dispositivos se vayan haciendo más pequeños y sencillos, es muy posible que acabe siendo masivo.

¿Dónde creéis que no os meteríais nunca dentro de los distintos géneros de porno que hay?

Cualquier género en el que se denigre a la mujer/hombre o no tenga en cuenta su dignidad, escenas con excesiva violencia, fetichismos extremos, etcétera.


Actrices porno que leen, el libro de Lenore y diez cosas más

1. Las diez cosas

La serie de fotografías Immediate Family de la fotógrafa estadounidense Sally Mann. Las fotos muestran a Emmett, Jessie y Virginia, los hijos de Mann, bañándose en un lago, con un ojo a la virulé, fingiendo fumar, posando como un niño cree que posan los adultos y jugando desnudos al aire libre. Mann fue acusada por ellas de obscena e irresponsable, e incluso una revista de arte de vanguardia como la neoyorquina Artforum rechazó publicar algunas de las imágenes. Decían: «No importa que esas fotos sean inocentes porque hay gente en el mundo que no las mirará inocentemente». Es decir que no importa la realidad sino cómo percibe la realidad el 0,1% más perturbado de la sociedad. Las sesenta y cinco fotos de la serie pueden encontrarse en el libro Immediate Family publicado por la editorial Aperture.

Foto
Imagen cortesía de editorial Aperture.

El nuevo Hotel Imperial de Tokyo, diseñado por Frank Lloyd Wright entre 1916 y 1922. El Hotel Imperial es, junto a la Ennis House de Los Ángeles, el mejor ejemplo del llamado revival maya que durante la segunda y la tercera década del siglo pasado recuperó la iconografía y algunos de los elementos arquitectónicos característicos de las culturas precolombinas de la América Central.

Foto. Wikicommons.
Foto. Wikicommons.

Lo que sea que esté haciendo esta gente. La fotografía aparece en la contraportada del single Play Let’s Just Lounge del grupo Sun City Girls.

Imagen cortesía de Majora.
Imagen cortesía de Majora.

El director de la banda de la Universidad de Michigan liderando en 1950 a un grupo de niños en éxtasis. El origen de la leyenda del flautista de Hamelín, posteriormente recuperada por los hermanos Grimm, no está claro y aquellos que la han estudiado barajan varias opciones: los ciento treinta niños se ahogaron en el río Weser el 26 de junio de 1284, fueron reclutados para algún tipo de campaña militar o, más probablemente, abandonaron su localidad natal con el objetivo de colonizar las tierras situadas más allá de la frontera de la actual Alemania oriental. La foto es de Alfred Eisenstaedt.

Foto: Wikicommons.
Foto: Wikicommons.

Los disfraces utilizados en las ceremonias paganas europeas, fotografiados por Charles Fréger para su libro Wilder Mann.

Imagen cortesía de Charles Fréger.
Imagen cortesía de Charles Fréger.

Los disfraces utilizados en los carnavales africanos y afroamericanos, fotografiados por Phyllis Galembo para su libro Maske.

Imagen cortesía de Phyllis Galembo.
Imagen cortesía de Phyllis Galembo.

Esta camiseta. El black metal tiene un je ne sais quoi.

Imagen cortesía de Nodo9.
Imagen cortesía de Nodo9.

Las cincuenta marionetas fabricadas por Paul Klee para su hijo Felix entre 1916 y 1925. Una de ellas es un autorretrato.

Imagen cortesía de Hatje Cantz.
Imagen cortesía de Hatje Cantz.

Las fotos del fotógrafo surrealista estadounidense Clarence John Laughlin. La serie de televisión True Detective, Nick Cave y buena parte del gótico sureño le deben la vida.

Imagen cortesía de Clarence John Laughlin.
Imagen cortesía de Clarence John Laughlin.

La Vía Láctea. Usted está aquí.

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2. Las actrices porno también leen

Dice Kiko Amat en la entrevista a la actriz porno Amarna Miller publicada en esta misma revista hace unas semanas que la chica le parece una persona «articulada» con «intereses variados» más allá del «fornicio». Es decir que Amarna lee. Esto de las actrices porno que leen va camino de convertirse en un cliché del marketing más sobado que el del bifidus de los yogures.

Me pregunto por qué extraña razón creen algunas personas que el hecho de leer aporta un plus de respetabilidad. De hecho, el tópico del interés por la lectura es solo la patita falsamente amable que asoma por debajo de la puerta de un prejuicio paternalista de los de toda la vida: el de que existen personas y profesiones de segunda que necesitan ser tocadas con la varita mágica de la cultura para ganarse el prestigio del que carecen de forma natural. Sasha Grey no es una conocida actriz porno, es una conocida actriz porno que lee cosas. Cosas profundas de la muerte. Filosofía existencialista y tal. Otro que tal es Guardiola. Guardiola no es el entrenador de fútbol más influyente de la última década, un título con el que se conformaría el 99,99% de los mortales, sino un entrenador de fútbol que lee poesía. Por no hablar de nuestros políticos, cuyas supuestas lecturas veraniegas son escogidas por un comité de asesores y consejeros en función de la imagen que desean transmitir en ese momento, generalmente la de un contable de provincias con las oposiciones aprobadas. «¡No, por dios, Christopher Hitchens no! Di mejor que estás leyendo algo de Azaña». Azaña es muy socorrido: sirve tanto para los meapilas analfabestias de la derecha como para los cejijuntos resentidos de la izquierda.

Lo cierto es que a nadie le importa un comino si Sasha Grey o Guardiola o Rajoy leen o no leen. Porque leer, como conducir, lo hace hasta el que casca las nueces con el iPhone. ¡Como si lo importante fuera leer, que es algo para lo que te dan el carnet a los cinco años de edad, y no lo que haces luego con esas lecturas!

Puestos a elaborar rankings de actividades humanas más o menos exquisitas, hagámoslo objetivamente y no basándonos en supersticiones. La siguiente es una lista de tareas de todo tipo ordenadas de mayor a menor dificultad en función del tiempo de estudio que hay que dedicarle al asunto para llevarlo a cabo con más o menos éxito.

1. Escuchar música, follar (cero segundos).

2. Rascarse en el punto exacto en el que te pica (uno o dos segundos).

3. Enroscar bombillas, colgar un cuadro en la pared sin derribarla (un minuto).

4. Conducir (quince horas).

5. Leer en voz alta sin tropezarte con tu propia lengua (cien horas).

6. Escribir novelas, dar mítines y sermones (doscientas horas).

7. Cocinar (mil horas).

8. Operar a corazón abierto, componer sinfonías (cinco mil horas).

9. Escribir claro (diez mil horas).

10. Entender lo que se lee (veinte mil horas).

Los mandriles y los asistentes al Festival Internacional de Benicàssim disponen de la inteligencia necesaria para dominar los puntos 1 y 2 casi a la perfección. La inteligencia de un niño se sitúa en el nivel de las actividades 3, 4 y 5. La de un adolescente, en el nivel 6. La de un casado, en el 7. La de un ser humano, en el 8, 9 y 10.

Hay un momento divertido en la entrevista de Kiko Amat. Empiezan a llegar los primeros comentarios de los lectores, bastante moderados para lo que es habitual en esta casa, y Amarna pide las sales. «Alucinando con la cantidad de haters en los comentarios de la entrevista para Jot Down», dice la actriz en su Twitter. Y remata: «Me resulta curioso. Nunca había sentido tanto odio junto».

Que una actriz de cine porno diga que los comentarios de una revista cultural le parecen agresivos es como para replantearse de cabeza a rabo el esquema de la realidad. Puedo imaginarme a las redactoras de Jot Down meditando meterse en el porno para conseguir ¡al fin! un poco de paz y tranquilidad en sus vidas: «Como lea un solo comentario sarcástico más en mi artículo sobre las categorías funcionales del ámbito oracional en la obra de Virginia Woolf, me follo a veinte gordos puestos en fila india».

Igual a Amarna le interesa conocer lo que escribió en 1847 el filósofo danés Søren Kierkegaard en su diario:

Existe una forma de envidia de la que me he encontrado ejemplos con frecuencia y mediante la cual un individuo intenta conseguir algo por el método de la intimidación. Si, por ejemplo, llego a un lugar donde hay varias personas reunidas, sucede con frecuencia que alguna de ellas se levanta en armas contra mí empezando a reír; presumiblemente, ese individuo se cree que es un representante de la opinión pública. Pero, en cualquier caso: si yo le hago un comentario, esa misma persona se vuelve infinitamente flexible y servicial. Básicamente, esto me dice que esa persona me considera como alguien importante, quizá más importante de lo que soy en realidad. Si esa persona piensa que no va a ser admitida como participante de mi grandeza, entonces al menos se reirá de mí. Pero en cuanto la invito a participar, se convierte en mi defensora. Así es vivir en una comunidad insignificante.

Siete años después, Kierkegaard vuelve a escribir sobre la figura del hater, cuya psicología y manera de pensar continúa siendo tan previsible hoy como lo era hace dos siglos:

Mostrándome que no les importo, o dándole importancia al hecho de que yo sepa que a ellos no les importo, están demostrando dependencia. De hecho, me están demostrando respeto por el método de no demostrarme respeto en absoluto.

Un hater no es más que un fan desconsolado a la búsqueda de tu atención. Esto es así.

3. Lenore falla a puerta vacía.

Había leído tanto sobre el libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas sin haber leído el libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas que decidí comprármelo. Prueba fehaciente, por si hacía falta alguna, de que la publicidad negativa funciona. Y es que las críticas del libro han oscilado entre lo carnicero, lo borde y lo directamente zafio. Vaya por delante que tampoco hay para tanto y que muchas de esas críticas son injustas y un poco pazguatas. Y eso lo digo yo, que aparezco en la página ciento cincuenta del libro como representante de Jot Down y aterrorizado ante la posibilidad de que una plaga de okupas se abalance sobre las hipotéticas propiedades de mi familia. Y continúa Lenore en esa misma página: «La mayoría de la prensa cultural es reaccionaria porque se concibe como un escaparate de la industria». Hombre, Lenore: anda que no me gustaría a mí ser un escaparate de la industria y cobrar como tal. ¿Dónde hay qué firmar y cuántos litros de mi propia sangre hacen falta para sellar el pacto?

Obsérvese que acabo de fingir contestar a Lenore como lo haría uno de los hombres de paja a los que él atiza con saña en su libro: evitando el drama, banalizando el tema de debate y dejando claro, por el viejo método del chascarrillo sarcástico, lo poco que me importa todo y lo extremadamente individualista que soy. Mi ombligo es mi patria y mi culo mi frontera pero ambos están en venta. ¡Qué fácil es replicar el estereotipo dibujado por Lenore! Señal de que no se ha perdido mucho tiempo elaborándolo.

En realidad, el hombre de paja del que habla Lenore no existe. Mejor dicho: es el universo que describe Lenore el que no existe. Digamos que la tesis del libro es la de que los indies, hipsters y gafapastas del título, el moderno de toda la vida, son una subcultura que defiende los valores del capitalismo blanco, anglosajón y de derechas disfrazándolos de rebeldía juvenil, espíritu individualista y creatividad de chichinabo. Y para demostrarlo, Lenore acude a decenas de ejemplos de los que extrae la parte que le interesa y descarta la que contradiría su argumento. A esa modernez imaginaria, Lenore opone el verdadero espíritu rebelde, creativo e igualitarista: el de los guetos de Kingston y Mombasa, y el de movimientos como el 15M. La cosa es hasta resultona si lees el libro como lo que es, un artículo de opinión de ciento cincuenta y tres páginas, y no como lo que pretende ser, un ensayo.

El problema de sustituir una secta adolescente ínfima, la del pop de consumo anglosajón, por una segunda secta adolescente ínfima, la del pop de consumo tercermundista, es que eso te obliga a inventarte a toda prisa una teoría ad hoc que justifique tu minúscula pirueta vital. Minúscula pirueta vital que te suele acabar llevando al mismo sitio en el que ya estabas antes: el de la banalidad más intrascendente. En este sentido, Indies, hipsters y gafapastas es el «¡tatachaaán!» de Lenore. Creer que el productor afroamericano Chief Boima tiene un plus de dignidad y de autenticidad del que carece el discjockey «saqueador del Tercer Mundo» Diplo es andar un poco a tientas por la vida, la verdad. O darle importancia a lo anecdótico. Es decir a las disputas puramente administrativas y fácilmente resolubles por el juzgado más cercano acerca de quién es el poseedor de los derechos de tal o cual combinación de acordes en detrimento de lo verdaderamente significativo: que nada de lo que hacen Chief Boima y Diplo tiene ni la más mínima importancia. Que no hay nada de sustancial ni de revolucionario ni de subversivo en sus temas y que la música pop, haya sido diseñada para blancos con pretensiones o para negros suburbiales, se sitúa en el nivel más subterráneo, adocenado y facilón del edificio de las artes. Que el periodismo musical puntúa por debajo del deportivo en el nivel de preparación y de conocimiento exigible a aquellos que lo llevan a cabo. Que nada demasiado importante diferencia al Rockdelux del Cuore. Y que, en definitiva, hay que tener mucho tiempo libre para dedicarle dos minutos al tema, no digamos ya un libro entero. ¡Coño, pero si hasta yo mismo dejé de escribir crítica musical cuando se me inflaron las pelotas de inventarme melonadas pedantes que ni yo mismo me creía sobre el último bodrio mal vocalizado de Los Planetas!

Precisamente es en el capítulo que Lenore dedica casi en exclusiva a Diplo aquel en el que los fundamentos del libro tiemblan con mayor estrépito. Se queja Lenore de los llamados «buitres pop», entre ellos el propio Diplo o Shakira, que usurpan las canciones y las melodías de los artistas del Tercer Mundo, las empaquetan para el público blanco occidental y se hacen millonarios gracias a ellas. Y para demostrar su tesis, cita unas declaraciones de Diplo en las que este explica cuál es el problema con esos artistas tercermundistas y por qué todos los intentos de ayudarlos suelen acabar en fracaso: «Hay un obstáculo serio que es la mentalidad del gueto. Me refiero a una espesa red de primos, colegas y padres que manejan a los chavales. En Brasil no comprenden el concepto de fichar por una discográfica, ni tampoco los sistemas de distribución de Estados Unidos. Además tienen acuerdos con sellos y emisoras de radio en Río. Básicamente les timan, ya que apenas ganan nada con sus canciones. Viven de hacer ocho conciertos por noche en la favela. Lo máximo que puedo hacer es colaborar con los que están dispuestos: chicos arty de clase media como Bonde do Rolê o Cansei de Ser Sexy. El proceso ya es bastante duro con los raperos de los guetos de Estados Unidos, mucho más con los países del Tercer Mundo».

El argumento de Diplo no es precisamente nuevo. Es el mismo de Buñuel en Viridiana o de El asedio a la modernidad de Juan José Sebreli, sin ir más lejos y por citar solo dos ejemplos al azar: ojo con la idealización de la pobreza y con las visiones románticas sobre el buen salvaje. Y al argumento puramente empírico de Diplo, real como un puñetazo en las gónadas y apegado a los hechos como una ladilla a su víctima, Lenore opone el típico buenismo metafísico de clase media occidental: «Los conflictos sociales y la mentalidad comunitaria de los barrios hacen mucho más complicado empaquetarles como estrellas para el mercado occidental». Diplo describe con pelos y señales un charco de vómito, sangre y semen, y Lenore pregunta a qué huelen las nubes.

Así que cuando es Diplo el que se aprovecha de esos chavales, Lenore lo llama «rapiña». Cuando son los parásitos de su propia familia los que les roban, Lenore lo llama «mentalidad comunitaria». O «conflictos sociales», que debe de ser el término políticamente correcto para «el maltratador de mi padre se ha gastado en perico toda la pasta que he ganado con esta mierda de ritmo machacón para oligofrénicos de quince años». Me pregunto qué cojones tendrá que ver la sociedad con el hecho de que tu padre te robe. «¡Todo, todo!», responde el 15M al unísono. Pues nada, hombre: no descabalguéis del unicornio que ya os queda poco para llegar al paraíso al final del arco iris.

Si quiere Lenore un ejemplo de la innata solidaridad de los integrantes de la clase baja cuando logran acceder al Olimpo de los ingresos de las clases altas occidentales, que se fije en lo primero que hacen los futbolistas brasileños salidos de las favelas de Río de Janeiro cuando son fichados por el F.C. Barcelona o el Real Madrid: fletar un avión privado y rellenarlo hasta las trancas de putas, camellos, amigotes, primos y demás parásitos mientras graban en Dubai anuncios para adidas o Nike. Supongo que la explicación adolescente a ese fenómeno, por otro lado nada sorprendente para todo aquel que haya viajado más allá de su barrio una o dos veces en su vida, es que estos querubines han sido corrompidos en lo más hondo de su ser. Hasta el unicornio enarca las cejas cuando oye este argumento.

Y es una lástima porque Lenore lo clava cuando psicoanaliza los aspectos más superficiales de la mentalidad de la clase media creativa. Que es, a fin de cuentas, la que nutre a indies, hipsters y gafapastas. Cita Lenore al sociólogo Eloy Fernández Porta y lo niquela al escoger el mejor de sus diagnósticos: «La mayoría de los expertos en estos asuntos procedemos de la clase media-baja. Eso nos hace experimentar un ascenso, no en el terreno económico, pero sí un ascenso simbólico, propio de una clase media fantasmal. Quiero decir que no somos clase media por nuestros ingresos, pero sí por los gustos y consumos culturales, que tienen una sofisticación equivalente a la de la aristocracia en su momento». Lenore, en definitiva, acierta con la identificación de los síntomas —el amaneramiento de los modernos del siglo XXI, supuesta réplica de los códigos vitales de una aristocracia a la que muy pocos han tratado en vivo y en directo— pero se equivoca estrepitosamente cuando intenta encontrar sus causas o el tratamiento que aplicar al enfermo porque le pueden sus prejuicios políticos y su desprecio de la naturaleza humana. Lo que hace Lenore es repetir un esquema típicamente clasista: integrante de la clase media idealiza a la clase baja y redacta un manifiesto guerracivilista en contra de su propia clase social con la excusa más peregrina —¿los gustos culturales adolescentes, en serio?— en vez de presentarse en la sede del Consejo de la Unión Europea dispuesto a repartir patadas giratorias en las orejas de los verdaderos culpables de a) la estrepitosa y aceleradísima decadencia de la clase media y b) el subdesarrollo crónico de la clase baja.

Lenore, en definitiva, ha puesto en órbita el balón cuando solo tenía que empujarlo a puerta vacía. En cualquier caso, daba igual: el gol se lo iba a meter en propia puerta.

Retrato de Jeanne Hébuterne, de Amedeo Modigliani.
Retrato de Jeanne Hébuterne, de Amedeo Modigliani.


Amarna Miller: «Me parece hipócrita que se omita el sexo en todas las obras supuestamente artísticas»

Amarna Miller para Jot Down 0

Amarna Miller (Madrid, 1990) es una licenciada en Bellas Artes que empezó a los 19 años en el mundo del porno. Tiene 24 años y mide 1,63 (el resto de medidas pueden encontrarlas fácilmente en internet). Es una actriz inusual, en el sentido de que suele hablar de literatura o manga o ciencia ficción en sus entrevistas (se bautizó Miller por Henry Miller, sin ir más lejos), y además es famosa en su medio y trabaja para decenas de compañías internacionales. Incluso llegó a fundar su propia productora, Omnia-X (hoy desaparecida).

Esta es la primera vez que entrevisto a alguien como ella, así que no sé muy bien qué esperar. A lo largo de mi vasto y azaroso currículo he entrevistado a muchísima gente, pero casi siempre se trataba de rocanroleros o literatos, con el ocasional cineasta de vez en cuando y algún freak para alegrar el cotarro. Pero, ¿pornstars? He ahí una disciplina a la que nunca me he asomado (más allá de como usuario irregular). Tras unos días documentándome sobre el tema (estaba de verdad documentándome sobre el tema), decidí charlar con Amarna Miller. Más allá de sus atributos físico-artísticos en el campo que domina, me parecía una persona articulada, con la cabeza amueblada dignamente e intereses variados más allá del fornicio en todas sus variantes.

Cuando Amarna Miller me proporciona su teléfono personal (no se lo da a cualquiera, sépanlo) paso un día entero orbitando alrededor de su programa fílmico. Hoy graba en unos estudios de La Pau, a las afueras de Barcelona. Un rápido vistazo a Google Maps me arroja a la cara el clásico conjunto de depósitos de alquiler donde los psychokillers de las series descuartizan a sus víctimas. En La Pau nadie escuchará tus gritos. Tras perderme un par de veces, al fin la veo, bajo la farola de una calle desértica. Es mucho más bajita de lo que imaginaba, lleva una mochila nerdy gigantesca colgada a la espalda, botas reforzadas de caña alta estilo Martens, parka y un gorro de lana del que emerge su célebre cabellera cobriza. Parece de todo (una fan de Limp Bizkit, por ejemplo) menos una actriz X. Cuando nos presentamos, ella me responde con una voz muy aguda (ella misma dice que tiene «voz de pito») y la llevo (en metro, nada de excentricidades) al respetable y muy civilizado café del Ateneu Barcelonès. Me figuro que es el sitio más incongruente posible para alguien con su historial. Destrozando mi primer cliché porno de la tarde, Amarna no pide cocaína y champán, sino un Cacaolat bien caliente. Las cosas se ponen más y más interesantes desde ese punto.

Siempre intento empezar todas las entrevistas preguntando por la infancia y la familia, porque creo que es la base de todo.

Pues soy madrileña, hija única en una familia de clase media-baja. Mi madre estudió Magisterio pero nunca se dedicó a ello. Son personas muy cultas, y han trabajado mucho su desarrollo intelectual. Desde muy pequeña me han metido mucha caña con que desarrollara mi mente. Me incitaron mucho a la lectura, y desde muy pequeña me encanta pintar, fui una niña muy artística; acabé haciendo Bellas Artes. Pero al contrario de la mayoría de los padres no querían que hiciera Derecho o Ingeniería, sino que me apoyaron mucho en mi pasión artística. Desde muy pequeñita estuve como en una burbuja: hija única, una casa muy grande en Vallecas, que es un barrio obrero de Madrid. Era una casa familiar que construyó mi bisabuelo, y en la puerta ponía «Villa Lolita», porque Lola era el nombre de mi abuela. Es de finales del siglo XIX, con muchas reconstrucciones posteriores. Al principio tenía una planta, en los años 20 le añadieron otra, luego una terraza… Era un montoncito de casas una encima de otra, como los Pin y Pon. Tenía mucho carácter.

¿Vivíais allí solo tus padres y tú, no había abuelos?

Sí, los tres solos en un chalé de tres plantas con un jardín delante y una verja, esa fue mi infancia.

¿Eras díscola?

Me encanta la palabra «díscola» [sonríe]. No, siempre he sido muy estudiosa, desde siempre me encantó leer. Era una niña muy tímida, muy recluida. En realidad me pasaba el tiempo descubriendo esa casa. Esa casa fue mi infancia, por eso he puesto tanto empeño en describirla. Nunca fui a la guardería porque mis padres entonces no trabajaban, vivían de unas rentas antiguas. Así que fue una infancia en la que pasé mucho tiempo con ellos, sin prácticamente ningún otro niño con el que socializar, y muy encerrada en mi propio mundo, mi imaginación, mis libros y mis juguetes. A mis padres les gustaba mucho la historia, así que me metieron siempre mucha caña con las cosas antiguas, y como esa casa era el paraíso de las cosas antiguas… Yo vivía en otro siglo.

Pero en el colegio tendrías algunos amigos.

Como ya te he dicho no fui a la guardería, así que me metieron en el colegio ya en primaria. Y mi casa era un chalé con una verja, no tenía relación casi con nadie. La única interacción que recuerdo con gente de más o menos mi edad era con mi prima, que tenía como cinco años más que yo, y se portaba muy mal conmigo. Era una niña mala. Luego había personas mayores, que eran mis padres y amigos de mis padres. Y poco más.

Uno de mis autores favoritos, Harry Crews, que creció en Alma (Georgia), un pueblo de mierda, decía que tenía que suplir la falta de colegas con amigos imaginarios. Y aquellas imaginaciones eran casi más reales que el mundo real.

Yo tenía mis mundos paralelos, sí. Como me gustaba mucho leer me perdía en la literatura, desde muy pequeña. Incluso intentaba escribir mis cosas. Imagínate lo que podía escribir una niña de seis años, pero creaba mis mundos imaginarios. Tenía unas agendas de los años sesenta que nadie había rellenado, y yo simplemente tachaba los números y me ponía a escribir en ellas. Básicamente aquella «novelita» [ríe] contaba la historia de un mundo imaginario en el que yo era una bruja buena. Además en aquella época apareció la novela de Harry Potter, y se fueron entrelazando.

Amarna Miller para Jot Down 1

¿Qué leías con ocho o nueve años?

Me flipaban los libros de «Escoge tu propia aventura». Eran mis libros de cabecera. Después cayó en mis manos Julio Verne, que devoré, más tarde la ciencia-ficción y leí mucho a Asimov

¿No pasaste por una etapa Enid Blyton? Las mellizas en Santa Clara, Torres de Mallory, y todo eso.

Uy no, lo odiaba con todo mi ser. Igual que los animes y mangas de niñas, tipo Candy Candy. Me parecían muy edulcorados. En algún momento cayeron en mis manos las Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, y se me abrió un mundo. Empecé a leer mucho a Allan Poe… De hecho, mi libro de cabecera de pequeña era El escarabajo dorado.

Yo creo firmemente que lo que te gusta a los diecisiete es lo que te gusta de verdad, y para siempre; que es lo que llevas en el corazón. No sé qué parte de amor conservas aún por esto, pero leí que habías pasado una etapa de escuchar a Blink 182 y grupos así.

Eso fue más tarde, ya en la adolescencia. De niña me gustaban mucho los libros antiguos, los que hablaban de otras épocas. Cayó en mis manos Philip Pullman. Es un escritor del que me leí una trilogía llamada Luces del norte y me marcó mucho. A los doce años llegó Harry Potter, como te decía, y me abrió otro mundo.

Claro, ojalá hubiera sido yo un niño cuando salió. Es una locura, la perfección absoluta: tiene la parte de Los cinco de Blyton pero sin lo cursi, y luego tiene toda la parte de brujería y monstruos.

¡Claro! Y ya hacia los catorce descubrí la fantasía y me volví loca. Empecé con cosas más clasicorras, y cuando descubrí a Terry Pratchett se me abrió otro nuevo universo.

En Inglaterra es una superestrella.

Pratchett es maravilloso. Empecé con las crónicas de la Dragonlance, pensando que era la leche, y cuando iba por el tomo dieciocho vi que era un poco rancio. Entonces descubrí a Pratchett, que lo que hace es precisamente es meterse con las crónicas de la Dragonlance… Y me flipó.

¿Odiabas el cole?

No, me gustaba. Siempre fui una chica muy aplicada. No fui muy estudiosa porque nunca me habitué a tener que estudiar todos los días, pero sin embargo las clases me resultaban muy sencillas. Como en mi casa me estaban siempre culturizando sobre muchos temas, lo de la escuela me parecía un poco aburrido. Había concursos de literatura y dibujo y yo me presentaba, y gané algún premio de pequeñita. Mis padres intentaron meterme a danza, pero fue un gran error. Quería hacer karate, pero no me dejaron porque karate era para niños y danza para niñas. Para ponerte en antecedentes, yo era una niña muy esmirriada, con unas gafas gigantescas, llevaba parche en un ojo y el pelo cortado como un niño. Comparada con el resto de compañeros era muy poca cosa, era la de las gafas y el parche que lee libros todo el día [suspira].

No sé si ocultas tu nombre real…

No, me llamo Marina.

Mucha gente que tiene un personaje es esclava de su imagen pública. Yo veo a Robert Smith de The Cure, con aquel peinado forestal, y tiendo a imaginarle en pijama, antes de acicalarse. O Slash, por ejemplo, asumo que no va por casa con su sombrero de copa. ¿Hay diferencia entre Marina y Amarna?

[Risas] Me estoy imaginando a Slash con el sombrero, friendo los huevos en bata. No hay demasiada, básicamente porque soy una persona muy abierta y me gusta mostrarme. Las diferencias son las que implican mi privacidad. Por ejemplo, en las entrevistas no digo mi apellido porque implicaría exponer a otras personas. Soy un personaje público y he elegido exponerme, pero exponer a mi novio, mi familia o mis padres me parecería mal. La única diferencia entre Marina y Amarna es la privacidad y lo que puedo guardar para mí.

No has desarrollado un álter ego más agresivo que no se parezca a como eres en realidad.

No, para nada. Soy muy pancha, muy directa: si me gusta algo lo digo y si no me gusta, también. Para mí son la misma persona, odio hacer esta distinción. Me parece hasta peligroso, emocionalmente hablando, el hecho de tener dos personalidades. A raíz de esto vienen los problemas de gente que es devorada por su personaje o que al final acaba viviendo una vida que no es la que quieren vivir, simplemente porque están demasiado metidos en una mentira, una fachada.

Kurt Vonnegut decía: «Ten cuidado con lo que aparentas ser porque es lo que serás». ¿Pasaste una adolescencia rebelde?

No especialmente, me pilló bastante tarde. En general era una niña bastante buena. A los dieciséis, ya en bachillerato, decidí quitarme las gafas porque no me veía bien con ellas; pero no era una rebeldía de niña mala, sino de empezar a tomar decisiones por mí misma.

Empezabas a construir la persona en la que te ibas a convertir. How To Build a Girl, que diría Caitlin Moran.

Exacto, pero más que rebeldía lo veo como empezar a ser una persona adulta. Nunca tuve una época de enfadarme, vestirme de negro y pintarme la A de anarquía en la frente.

¿No tuviste una etapa medio gótica?

Bueno, a los dieciséis años me gustaba mucho el hardcore. Empecé con los típicos grupos de happy-punk como Blink 182 o Sum 41 y fui desarrollándolo hacia un hardcore más extremo, por decirlo de alguna manera, como Iwrestledabearonce o In Fear And Faith. Pero lo que me gustaba era la música y el estilo de vestir. Vestía muy hardcoreta, con muchos piercings, el pelo verde, iba en skate

¿Patinabas?

Sí, pero llegó un momento en el que vi mis limitaciones, que tenía que ponerme más en forma para hacer según qué cosas, y vi ahí mi techo. Así que lo dejé.

Lo veo muy cabal: si ves que no puedes llegar a más, lo dejas. No te vas a partir la crisma con un Double Fakie Ollie…

Sí, eso es algo muy mío. Soy muy ambiciosa. Si veo que he tocado techo en algo, ¿para qué voy a seguir con ello? Me pasó lo mismo con el modelaje artístico. Antes del porno trabajaba como modelo fotográfica y me gustaba mucho la moda, quería llegar a ser modelo de moda. Hice mis trabajitos, pero llegó un momento en el que vi un techo, que aquello no daba para más. Así que era elegir o salirme de España e ir a América, o dedicarme a otra cosa. Y hay que ser consecuente.

Amarna Miller para Jot Down 2

Es inusual estar hablando de The Offspring o Julio Verne con alguien que se dedica a lo que tú te dedicas. ¿Han cambiado los tiempos, o quizá es que antes eso estaba menos documentado? Estoy seguro de que las primeras actrices porno o las primeras modelos eróticas de los años veinte también llevaban vidas que no respondían al cliché horrible de alguien desestructurado y medio analfabeto.

[Ríe] Estoy de acuerdo contigo, pero es que la visión que se vende siempre de la industria está muy estandarizada, y es lo que decías tú antes: Boogie Nights, o «chica con problemas familiares de una familia desestructurada».

O la stripper con veinte mil abortos a sus espaldas, trailer park

Sí, la stripper a quien alguien le promete el oro y el moro si hace porno, la chica accede y le gusta pero se ha casado y tiene un hijo… ¡Dios mío! Esto es un tanto por ciento de la industria y existe, pero no es lo normal. Y no es lo que se da en la industria actual.

Quizá esto sucede porque una gran cantidad del porno se produce en Estados Unidos y no creo que allí tanta gente venga de un entorno cosmopolita y de clase media como tú. Creo que allí los actores y actrices vienen de lugares más rudos.

Antes has dicho algo muy interesante, y es que lo que te marca como persona es tu infancia. Si has tenido una infancia o adolescencia donde te han apoyado en ciertos aspectos más intelectuales, cuando llegas a cierta etapa de tu vida adulta sigues cultivando esos aspectos; porque es lo que te han enseñado, has aprendido y con lo que estás de acuerdo.

¿Tus padres fueron un modelo para ti?

En parte sí y en parte no. He aprendido muchas cosas de mi padre que sigo aplicando en mi día a día, como luchar por la libertad y por tus sueños. Mis padres vienen de unas familias bastante locas…

¿Locas psiquiátricamente o locas de bohemia?

No, no. La posguerra española, qué quieres que te diga. Seguro que no son las únicas. Pero mi padre toda su vida ha luchado por hacer lo que realmente quería, y con eso me siento totalmente identificada. Ahora un cambio de registro pero que tiene que ver con lo que estoy diciendo: ¿Has leído o visto Into the wild?

La del fulano aquel que se echa al monte, ¿no?

Sí. Está basada en una historia real. Aunque al final le salió mal (porque murió), Christopher McCandless fue un chico que luchó por lo que quería hasta el final. Y ojalá eso fuera algo que la gente pusiera en práctica más a menudo. En ese sentido sí veo a mis padres como cierto modelo. En otras cosas absolutamente no, sobre todo porque hay mucha diferencia generacional. No quiero llevar la vida que han llevado ellos, ni los tengo como modelo a seguir, pero hay algunas cosas que he chupado de ellos y de las que me siento muy orgullosa.

Creo que mis hijos se parecerán más a mí de lo que yo me parezco a mis padres, aunque el amor sea el mismo. Los míos eran más convencionales, no habían roto con cierto legado cultural de sus propios progenitores, como muchos chicos de los setenta hicimos. Supongo que a tus padres les debió de resultar un shock tu trayectoria.

Mis padres me tuvieron de bastante mayores, pero más que por ser convencionales, lo que les chocó fue que, siendo una persona con inquietudes intelectuales como yo, viviese de mi imagen y mi cuerpo. No es un «¡Oh, dios mío, es porno!», sino un «Con la cabeza que tienes, ¿qué narices haces en eso?». Para ellos es una especie de desperdicio el hecho de que alguien con una carrera, que ha estudiado y tiene intereses, no viva de su inteligencia. Pero mi máxima vital es que tienes que hacer lo que te hace feliz, y si me hace feliz estar en el porno, estoy en el porno.

Para llegar a lo que te hace feliz tienes que pasar un montón de dolores y desaguisados y decepciones, y vas a tener que luchar por ello.

Claro. Pero luchar para ser feliz ya es un motivo de felicidad.

Cierto. Pero suele ser un camino arduo.

Depende de cómo te lo plantees. Las cosas son tan fáciles como tú te las hagas. Es otra de mis máximas vitales. Lo de complicarse la existencia no me va para nada. Si realmente quieres hacer algo lo haces, y si hay dificultades por el camino las sorteas. O te enfrentas a ellas. Y punto pelota. En realidad la vida es eso.

Me cuesta creer que no tuvieras momentos de tremenda inquietud existencial.

He tenido preocupaciones, como por ejemplo el enfrentamiento con mi familia. Pero soy una persona de ideales firmes y creencias muy establecidas. Si realmente quiero hacer algo sé que lo voy a hacer. Y lo que haya por medio se soluciona, se vadea, se sortea o uno se enfrenta a ello. Todo tiene solución en esta vida, y de lo que no tiene solución no merece la pena preocuparse.

Estás en un lugar extraño. El porno es algo mayoritario pero no mainstream, los actores y actrices sois famosos pero no salís en el telediario… ¿Cómo se accede a ese mundo semisumergido?

Mi caso no es el normal, pero es del que te puedo hablar. Si alguien está leyendo la entrevista debe saber que lo que yo hice no es lo que se tiene que hacer para entrar en el porno, no es el camino más fácil… [Ríe] Pero es lo que yo hice. Siempre he sido una persona muy exhibicionista, con la libido muy alta e interesada en explorar las fronteras de mi sexualidad. Cuando cumplí los dieciocho años me planteé qué tal la industria del porno, como hobby o para ver qué me ofrecía.

¿Así, tal cual?

No, hombre. Reflexionándolo durante un tiempo.

Quiero decir que fue un pensamiento temprano, que era algo que ya te planteabas desde el principio, no el fruto de una evolución.

Yo ya estaba haciendo mis pinitos como modelo artística, y delante del objetivo me veía cómoda. Viendo que soy una persona que disfruto exhibiéndome y me gusta mostrarme, y sabiendo que tenía una libido muy alta, me pareció una profesión que podía integrar diferentes puntos de mi vida que me gustaban y me llenaban. Pero fue simplemente un planteamiento, no me lo imaginaba como un trabajo, sino como un «a ver qué tal y si me gusta me meto». Y no me gustó [ríe]. Mandé muchos mensajes a todos los productores que encontré en España, haciendo una labor de investigación bastante amplia.

Amarna Miller para Jot Down 3

Y mientras hacías todo esto no habías trabajado en nada ni remotamente parecido al porno. No habías actuado en directo ni nada.

Bueno, hacía de modelo, que se le parece, porque es estar delante de las cámaras y sentirte cómoda ante el objetivo. Pero no, no era show.

Ni siquiera burlesque.

No. Lo que más se parecía era el mundo de la fotografía. ¡Y antes del porno estuve trabajando como fotógrafa en el Santiago Bernabéu! Bueno, a lo que íbamos: pues las respuestas que recibí a los mensajes que mandé a los productores de porno me parecieron horribles. No me gustaba ni el trato ni las historias que me planteaban.

¿Cómo era el trato?

Sucio, en el peor sentido de la palabra. Como lo que tu madre se imagina cuando le hablas sobre porno. Turbio. Malo.

Como Jackie Treehorn, el asqueroso aquel que hace porno en El gran Lebowski.

[Ríe] Sí, sí, mal, no me gustaba nada. No me gustaban las prácticas, no me gustaba cómo se me estaba planteando… Había muchos vacíos, sentía que no me acababan de contar las cosas. Si me voy a meter en una industria que se supone que me va a suponer tantos quebraderos de cabeza en un futuro y va a marcar mi vida quiero tenerlo todo 100% claro. Quiero que me pasen toda la información de qué y cómo tengo que hacer, pero aquello no existía. Por eso, habiendo vivido eso, lo que hago ahora es intentar dejar todo muy claro para la gente que se quiera meter en la industria. Si alguien necesita ayuda yo puedo hacer de guía, porque ya estoy dentro y sé lo que hay. Lo que me faltó en mi momento fue una guía, alguien que me dijera qué hacer. Y no había. Y como lo vi tan poco claro deseché la idea de meterme en el porno. Paralelamente yo seguía con la carrera de Bellas Artes y, en aquel momento, que era en el segundo año de la universidad, empecé a comprender el funcionamiento de las cámaras. Hasta ese momento yo solo restauraba y pintaba, que eran mis grandes pasiones. Restauraba muñecas antiguas y pintaba cosas muy locas. En aquel momento descubro la cámara fotográfica y el vídeo y me intereso muchísimo. Además, como estoy trabajando como modelo y estoy siempre delante de la cámara, es algo que me vuelve loca. Me meto de lleno en el mundo de la fotografía y, hacia los diecinueve años, como un proyecto totalmente artístico y sin ningún tipo de interés a largo plazo, intentando aunar mi interés por el mundo fotográfico y el de la fotografía, empiezo a hacer fotos a amigas y a gente que se ofrecía. Y así, como un hobby, empecé mi compañía, que luego tomó forma, nombre y acciones legales: Omnia-X. La cosa fue creciendo, y con diecinueve años no tenía las cosas tan claras como ahora, quizá porque no había vivido tanto, así que me planteé legalizarlo y dedicarme a ello con el fin de ganar dinero. Así, empezamos a buscar actrices y actores, encuentro un socio, que era el fotógrafo de Omnia-X, y yo me quedó detrás como CEO, como organizadora de producción.

Aquí aún no habías hecho de actriz.

No, estaba como productora. Pero llegó un momento en que yo estaba posando como modelo artística y produciendo el porno que a mí me dio la gana, así que me pareció de lo más natural empezar a estar como actriz en mi propia productora. Primero, porque era la fundadora y la que sabía lo que quería ver en los vídeos, así que lo iba a hacer mejor que cualquier actriz a quien se lo tuviese que explicar de palabra; y segundo, porque era un mundo que me interesaba, yo tenía el control y decía esto sí, esto no, esto se hace así y esto se hace asá. Empecé a rodar para Omnia-X, solamente solos, masturbación. Al cabo de cierto tiempo pasé a lésbicos. Tenía diecinueve años. Entonces una productora australiana con base en Ámsterdam, que se acababa de instalar en Europa, vio cosas mías y me propuso trabajar como modelo. La productora era Abbywinters.com. Al principio estaba dudosa porque me tenía que ir a Ámsterdam, y compaginarlo con la carrera era un rollo. Pero me daban muchísima información, me pagaban como correspondía, yo ponía los límites y controlaba las escenas… Y dije que sí.

El porno, a diferencia de otras disciplinas, es completamente autodidacta, no hay un sitio donde se enseñe. Todo lo aprendes por el camino, no hay quien te explique cómo van las cosas. ¿Cómo se aprende a hacer delante de una cámara lo que se practica en la alcoba? Porque no es lo mismo, imagino.

Es una lectura y un lenguaje diferente; no es como lo haces en tu casa, desde luego. Por una parte te enseña la experiencia, pero luego también hay gente que tiene un mentor o alguien dentro de la industria que le enseña. Pero ese no fue mi caso, sobre todo porque no conocía a nadie cuando me metí en esto. Lo bueno es que tuve las cosas bastante claras y fui muy inteligente en algunas decisiones que tomé, porque desde el principio quería construir mi carrera muy poquito a poquito, ir paso a paso para sentirme cómoda. Estas chicas que empiezan y en la primera escena hacen una doble penetración anal… ¡Madre del amor hermoso! Yo fui lo contrario. Fui tan despacio que llevo cinco años en la industria y sigo aquí.

Lo de hacerlo como trabajo, con todas las incomodidades y obligaciones que eso conlleva, ¿no jode un poco la percepción personal —íntima— del sexo? Yo solo visualizo el frío de los estudios, la espera interminable que toda filmación implica, yo que sé, el mal aliento de algún actor, la flacidez ocasional de aquel otro, etc.

Supongo que dependerá muchísimo de la persona y cómo enfoque este trabajo en relación con su sexualidad detrás de las cámaras. Personalmente, cuando la situación de la escena es extraña (hace frío, la localización es incómoda, es muy pronto…) me da más reparo ponerme en escena, pero una vez caliento motores el sexo va fluido. Tengo la libido muy alta así que no me cuesta demasiado sentirme excitada en poco (poquísimo) tiempo. De todas maneras y con relación a cómo planteas la pregunta, nunca me he tomado la pornografía como un trabajo, o por lo menos no bajo el significado estándar de «trabajo», como un sitio al que tienes que acudir todos los días, te guste o no y te apetezca o no, para poder llegar a fin de mes. Para eso estaría en una oficina. Me planteo el porno como un hobby, algo que disfruto y me llena, ¡y además me pagan por ello! Por supuesto, soy profesional, llego a la hora indicada, y soy seria y responsable. Una cosa no quita la otra. Creo que el momento en el que te tomas como una obligación algo relacionado con tu sexualidad puede ser bastante peligroso, y corres el riesgo de romper partes de tu vida tras las cámaras. Además pienso que en el fondo cualquier situación puede ser divertida si sabes cómo enfocarla. Te echas unas risas con el actor, haces bromas con el equipo de rodaje, te maquillan como a una diosa mesopotámica y llevas puestos modelitos que jamás te atreverías a probar en tu día a día. Sí, también puedes pensar en las esperas interminables y los pies cansados de llevar tacones, pero oye, sarna con gusto no pica.

Has dicho alguna vez que se debería meter en esto alguien a quien realmente le guste y posea una inclinación innata, porque te puedes encontrar un día haciendo un bukkake con veinte fulanos, y eso no es lo que más apetece a primera hora de la mañana.

Claro, tienes que hacerlo porque te guste. Este es uno de los discursos que más hago a través de mi web y en las entrevistas: tienes que hacer porno porque te guste, no por necesidad. Si te dedicas a algo que tiene que ver con tu sexualidad por hacer dinero fácil vas a joder partes de ti mismo que son mucho más importantes e íntimas. Vender tu sexualidad a cambio de ser rica me parece la peor decisión que puedes tomar en tu vida.

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Hay quien podría pensar que si una actriz porno dice que está en esto por gusto no es más que una estrategia comercial, para hacerlo más creíble. Más reality.

Sí, eso es algo que me critican mucho. Pero en mi experiencia, los actores suelen estar en esta profesión porque les gusta y les interesa, y las actrices suelen estar por el dinero. A un 90% de las chicas que están en esto no les gusta lo que hacen. Un caso muy típico es estar rodando lésbicos y que no les gusten las chicas. Básicamente lo hacen porque necesitan dinero rápido o porque creen que han encontrado la gallina de los huevos de oro y ganan bastante dinero trabajando relativamente poco. Pero no se han parado a pensar qué va a pasar con su vida dentro de treinta años.

Define «bastante dinero». Nunca tengo los números claros, cuando se trata de porno.

Es que no hay unos números claros. Esta es otra cosa que me preguntan muchísimo: «¿Cuánto se gana haciendo porno?». Es como si me preguntas cuánto se gana siendo pintor. Pues depende. Si eres Antonio López o Santiago Sierra estás forrado, pero si eres yo, que te hago un dibujito y te lo vendo, probablemente me podré comprar una Coca-Cola. Pues en el porno lo mismo, depende de muchas cosas. Los principales factores son: cuánto tiempo llevas en la industria, cuán famosa eres y cuáles son tus límites. Cuantas más cosas hagas más vas a ganar, lógicamente, un anal está mejor pagado. Si haces un bukkake al día vas a ser millonaria, pero a cambio de qué. Una chica que haga muchas cosas —gangbangs, anales y estas locuras— puede ganarse un muy buen dinero.

Una cosa que siempre me he preguntado es cómo funcionan los metabuscadores. Alguien se gasta un dinero en hacer una peli. Busca unas actrices, les paga razonablemente bien… Y luego todo esto aparece gratis. No lo entiendo. Sé cómo funciona en la música y en los libros, pero no entiendo cómo funciona en el porno. ¿Alguien gana pasta con todo esto?

Esto es el gran secreto del porno, y alguien debería escribir sobre ello. Y ese alguien debería ser yo, no tú. [Risas] Es broma. Básicamente lo gestiona una compañía americana muy grande que anteriormente se llamaba Manwin y ahora ha cambiado su nombre a MindGeek. Esta empresa posee el 90% de las productoras de porno del mundo. Todo el dinero de las productoras va a Manwin.

¡Qué dices! Esto es como descubrir la conspiración mundial más grande de la historia. ¡Es el Pulitzer!

Casi todas las productoras mainstream que puedas tener en la cabeza: Reality Kings, Brazzers…

¿Las antiguas como Private también?

No, Private va por libre. Pero de las grandes, casi todas están dentro de esta misma compañía, que además es la poseedora de casi todos los tubes: Youporn, Twistys… Esta gran compañía tiene sus diferentes líneas de producción —Brazzers es diferente a Reality Kings, por ejemplo—, y lo que hacen es coger vídeos de sus diferentes compañías y, este es el punto clave, los ponen en baja calidad, en Xvideos, Youporn, Pornotube, etc. Lo que están haciendo es que el consumidor vea esos vídeos y, si tiene dinero y le interesan, clicará en la esquinita donde hay un enlace a Reality Kings para hacerse miembro y verlos a mejor calidad o ver más vídeos de la misma actriz. Se mete en la web y se hace miembro. Esa es la gran estrategia de mercado.

Creía que pesaría mucho más la gratuidad que el interés. No imaginaba que existiese el gourmet del porno.

Con los torrents la gente va a encontrar estas cosas gratis sí o sí. Entonces, mejor ofrecerlo gratis desde tu propia plataforma y que alguna gente pague, que no que otras personas que no conoces lo consigan gratis sí o sí. Lo que sucede es que en estas plataformas el usuario puede subir sus vídeos, y los usuarios suben vídeos de webs que no están en esta gran compañía, haciendo una competencia desleal a los otros. Porque si yo tengo Reality Kings me mola que mi vídeo esté en Youporn porque la gente va a ir a Reality Kings, pero si soy X-Art, que no tengo nada que ver con Reality Kings, que mi vídeo esté ahí me jode la vida, porque la gente no va a ir a mi web. Es muy interesante.

Haciendo un paralelismo con la música, no tiene la misma mentalidad el que escucha punk-rock obtuso, como es mi caso, que quien escucha a Leonard Cohen. ¿Cómo ves tú a tu público?

[Risas] Es una buena pregunta, porque existen diferentes frentes. Por una parte está el consumidor de porno estándar, que lo que quiere es hacerse una paja y le gustas porque estás buena, porque eres pelirroja o porque eres joven, y luego tengo una cantidad de público relativamente grande que no ve o ve muy poco mis películas, y lo que son es seguidores de mi blog, de mi Twitter, de mi web… Del discurso político que estoy planteando.

Discurso político sobre la sexualidad, sobre cómo tomarla…

Exacto. Obviamente ambos círculos interseccionan y en el medio está la gente a quien, además de gustarles físicamente y mirar mis películas, se interesan por lo que digo.

La intersección entre, ejem, pajeros y los que escuchan, vaya.

[Risas] Sí. Todo es bienvenido porque me parece increíble que haya gente siguiendo mi trabajo por el motivo que sea, pero es interesante porque en el mundo del porno la gente sigue a las actrices por la primera opción, no por la segunda, y el hecho de que esta segunda opción exista y ambas interseccionen es fascinante.

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Marilyn Monroe no dejaba de leer teatro y andar por ahí con literatos, pero la gente la seguía viendo como un mero objeto sexual. Es una queja recurrente entre la gente que se hace famosa por su cuerpo, como es tu caso. Vale que es a lo que te dedicas, ¿pero no hay una parte de resquemor? ¿De querer que vean tu «yo real»?

No, para nada, estoy agradecida de que exista la segunda opción, pero dedicándome a algo tan básico como la pornografía, que tiene que ver con tu cuerpo, con tu cara y con cómo folles, me parece obvio que la gente me conozca por ese aspecto y maravilloso que además se interesen por el otro.

La lógica del camino que has escogido es que la gente se interese por tu cuerpo.

Claro, lo otro viene de bonus-track, y es maravilloso. Me parece un sueño que alguien me pueda pagar por escribir, por ejemplo, porque es una cosa que me encanta y que llevo haciendo desde siempre. El hecho de que una cosa sirva para visibilizar a la otra, bienvenido sea.

Te he leído alguna vez hablando de la volatilidad de la belleza física, y nunca había visto esto en una pornstar. Porque en el porno no puedes envejecer, es anatema. Bueno, ahora sí, con tantas disciplinas como hay…

Es lo primero que tienes que pensar cuando te dedicas a algo en lo que tu cuerpo y tu cara tienen que ver, sobre todo porque hay una fecha de caducidad. Y esa fecha no es solo el envejecimiento, también puede ser que te pase algo. Si ahora tengo un accidente y me rompo una pierna nadie me va a contratar. Y esto tienes que tenerlo en mente.

Ya, ese fetiche no existe aún. Que yo sepa. Veinteañeras escayoladas…

Pues sí existe, pero no conseguiría tanto trabajo como ahora. [Risas] Obviamente, cuando te dedicas a algo que tiene que ver con tu imagen, desde el primer momento tienes que pensar que se puede acabar. Puedes tener un accidente, puedes envejecer, te puede pasar algo… Hay muchos factores.

Una entrada de tu blog se titula «Pequeño acercamiento a la percepción de las relaciones emocionales». Pensé: ¿Es esta chica la listilla del porno? ¿La llaman empollona en los sets?

[Carcajada] La lista de la clase. Hay muchas personas que tienen mucho que decir, pero nadie les da el medio o no saben cómo encontrarlo. Hay mucha gente que tendría unos discursos muy interesantes si se les diese la forma de llevarlos al gran público. Empecé el blog sin ninguna expectativa de que pudiera llegar a este alcance. Lo empecé porque hace tres años me iba a vivir a América y estaba muy nerviosa y necesitaba escribir lo que me pasaba. Y la cosa fue desarrollándose.

En el pasado ha habido alguna actriz a la que se le conocían veleidades rocanroleras, pero ahora es un sueño geek hecho realidad: estrellas porno con aficiones tolkienianas.

Eso es interesante. Porque cuando te haces fan de una persona te haces fan también de su universo personal, y eso es lo más interesante. Visibilizar eso me parece delicioso, me parece una apertura mental y un descubrimiento increíble. Ves a alguien que te gusta y entonces descubres que lee lo mismo que tú. ¡Gracias internet! [ríe]

En esto sí que te debes sentir más acompañada. Porque hoy en día existe como una crew de actrices con veleidades literarias, afición al tatuaje rocanrolero… Sasha Grey, Stoya, en España está Silvia Rubí, que viene del rollo hardcore, Irina Vega…

Hay mucha más gente, pero ellas en concreto lo han visibilizado.

¿Tú sientes alguna afinidad particular con ellas? ¿Os sentís parte de algún tipo de escena? (los periodistas siempre intentamos descubrir escenas).

No dentro del porno. De hecho, dentro del porno me siento una rara avis. Fui al Salón Erótico de Barcelona en octubre y decidí no ir como actriz invitada, porque no me gusta hacer shows en público, no me gusta mucho el ambiente, así que fui como espectadora. Hay muy buen rollo, es muy divertido, pero no me siento en el rol de actriz cuando estoy en un show erótico. Me apunté a las charlas para especialistas del sector. Fui a la de bloggers y periodistas de la industria. Y cuando llegué allí vi que tampoco pertenecía a ese mundo. Era un rollo sórdido, pero sórdido al estilo Salsa Rosa. Del tipo «tú dijiste en tu blog que yo dije que aquella se había operado…». Nadie hablaba de porno, nadie hablaba de filosofía de la imagen, lo que antes te contaba que yo hablé en una mesa redonda con Andrés Barba. Por eso no me veo dentro del mundo de las actrices, no me veo dentro del Salón Erótico, no me veo dentro del mundo de los periodistas… ¿Dónde estoy? Bueno, yo me decidí a ir por libre.

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También en El gran Lebowski se ríen de un viejo cliché del porno, eso de «el porno no está aquí abajo, sino aquí, en la cabeza». Y en Boogie Nights aparece el típico director que anhela hacer filmes «de calidad», con trama y guion… ¿El porno con trama funciona, o la gente sigue pulsando el fast forward clásico hacia las escenas sucias?

Es peligroso generalizar. Es como preguntar si al público general le gusta la comedia o el drama. Pues dependerá. Pero hay mucha gente a la que le gusta que haya guion. Y te voy a poner dos ejemplos. El primero es una producción que ha hecho Bobby Perú en Alicante y se llama Outland. El otro día estaba viendo el tráiler en mi casa y mi chico me preguntó si eso era porno o era una película. El nivel de grabación, de cinematografía, es increíble, es delicioso… Y además hay sexo. En el porno actual hemos olvidado el de los años ochenta y noventa, el de la época dorada, cuando venía Tinto Brass con Los burdeles de Paprika y la gente alucinaba. No solo era pornográfico, sino también cinematográfico. Y no solamente llamaba al consumidor de porno, sino también el de cine, porque son pelis que da gusto ver por la imagen, por la calidad de la fotografía… Con la aparición de internet y la producción de escenas en masa todo esto se perdió, pero sigo apoyando a los que intentan tirar por allí, porque me parece igual de interesante. De hecho, mi proyecto de fin de carrera eran las mezclas entre el lenguaje artístico, el pornográfico y el cinematográfico, y cómo se pueden mezclar los tres y que, aun así, sea excitante. Y es que no hay que olvidar que la finalidad del porno es la excitación.

Estoy de acuerdo contigo en que se pueden mezclar, pero por ejemplo en narrativa yo compartimentalizo. A mí el sexo en novelas me molesta más de lo que me interesa. En una trama me estorba el folleteo, quizá porque ya sé lo que va a ocurrir. Estoy siguiendo una trama y un desarrollo de unos personajes y de pronto me encuentro con algo que me es familiar en exceso.

Depende de cómo se cuente y cómo se planteen los personajes. Igual que en una película normal el sexo gratuito estorba y no tiene que ver con la trama, pero si se va construyendo una situación en la cual los personajes lo están buscando y al final sucede a mí sí me parece que puede aumentar la calidad literaria. Me parece hipócrita que se omita el sexo en todas las obras supuestamente artísticas, como si el sexo perteneciera a otra área del conocimiento y fuera sucio, turbio y moralmente reprobable.

Yo no lo decía por lo turbio, sino por lo familiar. Porque ya sé qué va a suceder, básicamente, y eso me aburre.

Imagina que pudieses leer una historia en la que los personajes por el motivo que sea acaban practicando sexo y, durante la acción sexual, acabas descubriendo algo de un personaje. Depende de cómo esté construido.

¿Qué opinas del extraño fenómeno Cincuenta sombras de Grey? Es un superventas tremendo en una época en que las novelas se venden muy mal.

Odio Cincuenta sombras de Grey. Aún no sé cuál es tu pregunta, pero quiero dejar constancia de ello [ríe].

La pregunta es por qué la gente lo compra. Es basura mainstream que funciona.

¿Me estás preguntando por qué funciona la basura mainstream? [Carcajadas]

Tienes razón, es la pregunta más autocontestada que he hecho en la vida. Me interesaba conocer el punto de vista de alguien que trabaja con sexualidad. ¿Por qué ha triunfado tanto esa porquería de libro? Porque siempre ha habido literatura pulp y literatura erótica…

Mira, yo creo que aprovecha el tirón de Crepúsculo y de literatura adolescente barata.

Con pollas en medio. El viejo truco.

Exacto. Es literatura para adolescentes enfocada a no adolescentes. Agarra un ideal de amor romántico y lo mezcla con toques «picantes». Es como leerte la sección de sexo de la Super Pop.

Jazmín con tetas.

Sí. Es como cuando en la Vogue te dicen que para endulzar tus aventuras sexuales tienes que practicar sexo en el suelo de la cocina. ¿Pero qué coño me estás contando? ¡Habla con tu novio y mira qué podéis hacer!

Mi sensación es que el porno siempre había estado dirigido a machos hirsutos y ahora esto está cambiando.

Esto también es interesante. Uno de los problemas de la pornografía actual es que no hay diversidad de miradas. El porno actual está hecho por y para un público masculino, occidental, heterosexual, heteropatriarcal, heteronormativo… Una serie de adjetivos….

Que empiezan con hetero, ya lo veo.

Sí. Se dirige a un porcentaje de la población relativamente pequeño. Hay mucho hueco de mercado. Lo que sucede es que en el mundo del porno actual un 90% de las producciones que se hacen están dirigidas por antiguos actores. Se dedican a representar y repetir un modelo manido, casposo y anticuado que se hacía en los años ochenta. Llevamos veinte años haciendo el mismo porno. Si coges una escena de hace diez años y una escena actual puedes intercambiar a las actrices y a los actores y es exactamente lo mismo. Hace falta diversidad de miradas. Que las chicas hagan porno. Pero no por lo feminista o transexual o no-heteropatriarcal, abajo las etiquetas, lo que quiero es que haya diferentes miradas, diferentes personas con diferentes estratos sociales, culturales, diferentes condiciones sexuales… Más gente haciendo porno. Que no haya solo antiguos actores masculinos, occidentales, blancos y heteropatriarcales, porque [simula pegarse un tiro en la sien], puaf, estamos todos cansados de ver el mismo tipo de pornografía. Ahora mismo están apareciendo otros modelos de representación, como Erika Lust, algunas chicas en América, otras en Europa… Van haciendo otras cosas. Más o menos interesantes, pero diferentes.

Y más destinados a chicas.

[Dubitativa]. Mmm. Sí, ese discurso existe en algunos casos. El discurso que ha tenido Erika, por ejemplo, es el del porno por y para mujeres, pero después de haber trabajado con ella yo lo llamaría pornografía ética, y quiero que esta palabra se acuñe: Pornografía Ética. Esto es lo que hace falta en el porno: que haya igualdad en todos los sentidos, sobre todo en la representación de la sexualidad. Las historias del porno actual giran en torno a la niñera cachonda, el fontanero supermusculoso, me cansa.

El profesor con la alumna… La clase docente tiene que estar masturbándose con furia bíblica, porque veo mucha oferta dirigida a ese nicho de mercado concreto.

[Carcajeándose] ¿Y qué me dices del pizzero con la polla dentro de una pizza? Eso me aburre…

Amarna Miller para Jot Down

¿Hay más machismo en tu industria que en otras? Porque ya te digo que el rocanrol, por desgracia, sigue siendo cosa de hombres. Como el coñac.

«Como el coñac» [ríe]. Pues mira, hay muchos matices que hacer. Empezaré diciendo que sí, hay machismo en el porno. Pero sobre todo, y este es el matiz clave, lo que hay son relaciones de poder. Y este es el verdadero problema. Mira, Pamela Palenciano habla básicamente de eso, y ahora utilizaré varias de sus frases, porque su discurso es increíble. Ella habla en general, pero es totalmente aplicable al porno. Como actriz estás en una situación de inferioridad respecto a las productoras, los agentes, los directores… Respecto a todo el mundo. Al final eres la pieza principal de la producción y la que es ninguneada por todo el mundo.

Sé de lo que me hablas. A los novelistas nos sucede a menudo.

En realidad sí. Es lo mismo. Eres la persona que está haciendo el trabajo y de la que se está riendo todo el mundo y de quien todo el mundo se intenta aprovechar. Siendo este un mundo hecho por y para hombres e inmerso en un círculo vicioso de heteropatriarcado y normatividad se siguen unos modelos de conducta degradantes hacia la mujer. Y con esto no me refiero a las prácticas, porque hay quien se queja de que a las chicas se les corren en la cara o les hacen hacer una felación. Porque eso, si es consentido, me parece maravilloso. El problema no son las prácticas, son los argumentos, donde se plantea a la chica como la puta a la que puedes comprar por dinero. Y hay productoras que presentan esto como la historia principal de sus producciones. Sin ir más lejos, el otro día en Budapest rodaba una escena para Mofos, que es una compañía americana, también del grupo de Manwin, y en la historia yo soy una mendiga que está pidiendo por la calle, y de repente viene un tío con la cámara en mano y me ofrece dinero para que le haga una mamada. Lo hago, y me acaba pagando más dinero para que vayamos a su casa para que me acueste con él. ¿Cuántas historias como esta hemos visto en el porno? Estoy cansadísima. Si fuese un tanto por ciento mínimo o normal vale, pero es que un tanto por ciento muy alto de las producciones pornográficas se basan en este modelo: la chica es una puta a la que se compra por dinero, la actriz porno es una mujer fácil, es una mujer accesible e insaciable que lo haría todo por dinero. Y he aquí el concepto: «lo haría todo por dinero». Por Dios. ¿No podemos presentarnos como personas normales? Con la libido alta y con apetencia por mostrar nuestra sexualidad, pero no diosas insaciables. Al final es un modelo que no es cierto en ningún caso.

Quizá por cosas como estas, si dices que eres usuario porno en un entorno de izquierdas se te etiqueta como bruto pajeador loco y machista. Cuando esto es cierto solo si te atienes a ese tipo de guiones, que sí son de dominación bárbara.

Yo me considero feminista, y recibo cientos de mensajes diciéndome que no puedo ser feminista y estar en el porno, porque estoy apoyando una sociedad patriarcal. Primero, no todo el porno es así. Y segundo, no hay discurso más feminista que ser tú misma la que decide qué hacer con tu propio cuerpo.

¿Hasta qué punto la gente te reconoce por la calle?

En Madrid y Barcelona me pasa bastante. En los últimos tres AVE que he cogido me han reconocido, lo que me resultaba muy gracioso. Incluso la última vez recibí un tweet diciendo «Qué guay, estoy en el AVE y a mi lado está Amarna Miller». Y acabamos hablando. Por la calle sí me reconocen. Tampoco una cosa loca, pero también a la gente le da un poco de vergüenza decírtelo cara a cara, porque implicaría un «Te he visto en bolas, te he visto follando». Pero luego sí recibo mensajes por Facebook o Twitter diciéndome que me habían visto corriendo por Sol con una camiseta de Pikachu [ríe]. Pues sí, en efecto; esa era yo. Este mismo verano en Kyoto estaba entrando en una residencia de artistas donde me quedaba a dormir y tropecé en la puerta con alguien, y me salió la disculpa en español. Y el chico también era español y me dijo: «¡Tú eres Amarna Miller!». ¡En Kyoto! Era una banda de músicos de Barcelona que estaban de gira por Japón, y me hizo mucha gracia que alguien me reconociera allí.

Terminamos: ¿qué es lo más negativo de tu trabajo? En el caso del novelista es el aislamiento y la soledad, por ejemplo (según lo veo yo).

Ya. En mi caso, llega un punto en que cansa que la gente te confunda con una prostituta. Estoy a favor de la prostitución, pero el hecho de que me confundan con una prostituta me hastía. Otra de las cosas que no me gustan no tiene que ver con la pornografía, sino con ser un personaje público, y es que la gente asume que te conoce solo por haber visto cierta parte de tu personalidad. Leen tu blog y ya creen que te conocen, y entonces me abordan por la calle diciendo: «Hola, Marina, ¿qué tal?». Me siento un poco violada, porque lo que está viendo de mí es el tanto por ciento que yo quiero mostrar. Si se tratara de un amigo me encantaría que me abordase así, pero siendo un completo desconocido me resulta agresivo que alguien presuma de conocerme. El hecho de ser un personaje público dificulta el conocer a personas, porque esas personas ya saben cosas sobre ti y sobre tu personalidad, y tú nada sobre ellas. La barrera de la confianza queda traspuesta, porque esa persona sabe cosas de ti que a lo mejor no le has contado. Y eso es raro.

 Amarna Miller para Jot Down 7Fotografía: Alberto Gamazo


El porno de los otros – XConfessions

Erika Lust, Joel Tomás y Noel Hortas. Making of de Meet me in the stockroom (XConfessions). Foto: Erika Lust Films.
Erika Lust, Joel Tomás y Noel Hortas. Making of de Meet me in the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Uno se pasa la mitad de la vida delante de una pantalla y la otra mitad delante de otra pantalla. El tamaño aquí sí que no importa. Probablemente es el artefacto cotidiano más dado por hecho en estos tiempos y sociedades en las que vivimos. En el trabajo y en el ocio. En cualquier soporte. De ordenador, de móvil, de televisión, de lector de libros. Y si esto es así, por su pronta accesibilidad, entonces el porno podría ser el nuevo sexo. ¿Se ve más porno que se folla? Soy incapaz de decirlo. Pero sí que es cierto que la pornografía parece haber alcanzado las cotas de aceptación en la cultura de masas más altas de su propia historia. Hablamos de porno con los amigos con mucho menos rubor que antaño y seguimos en redes sociales a nuestra actriz o actor favorito de una forma ya no totalmente natural —equiparable a hacer lo propio con tu cantante o futbolista favorito— sino quizás incluso trendy. Así, el porno, un recurso de la autosexualidad habitualmente referenciado a la soledad y a lo raruno, va dando pasos hacia un fenómeno compartido, incluso de comunidad, fuera de oscuros foros de internet. Pierda o no algo de su potencial para el morbo en el proceso.

Consecuentemente, el feedback del público respecto de la producción pornográfica es cada vez mayor. ¿Tenemos el porno que queremos? ¿Basta solo con lo que nos ofrecen los pornógrafos habituales? ¿Queremos un acercamiento a la realidad? ¿Queremos una fantasía exacerbada que jamás seríamos capaces de llevar a nuestras camas? ¿Queremos quince minutos de plano fijo ginecológico? ¿Necesitamos realmente que un actor porno, además de follar, cante?

Un proyecto que se ha planteado tener en cuenta este nuevo paradigma de interconectividad y de cercanía entre espectador y pornógrafo es el que propuso Erika Lust con la serie de escenas cortas arropadas bajo el título XConfessions. Adalid del porno para mujeres, la directora sueca afincada en Barcelona se dirigió a su comunidad de seguidores —labrada durante años a base de compartir con el público su visión particular de la pornografía, dirigida especialmente a mujeres— y les pidió una confesión de su intimidad o de sus fantasías, en el formato de un breve texto publicado en una web con registro creada para el caso. Erika se comprometía a rodar cortometrajes a partir de esas escuetas ideas —a razón de uno o dos al mes— y dar salida así a las lúbricas ficciones —o realidades— ajenas. De esta forma, el espectador se convertía en la chispa inicial de la inspiración erótica y sexual, dejando luego en las manos y la mirada de la directora la materialización de la misma.

Misha Cross y Gai del Bello en Dude looks like a lady (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Misha Cross y Gai del Bello en Dude looks like a lady (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Lo que la pornografía de Lust es y lo que no es

Antes de profundizar un poco más en lo que se ha producido a partir de este proyecto, me parece imprescindible hacer una limpieza de preconceptos establecidos que he podido observar navegando entre comentarios y reacciones a la filmografía de la directora. Porque uno de los aspectos que más me llama la atención de la obra de Erika Lust son las reacciones que a veces provoca entre los espectadores de pornografía convencional. Mi suposición es que buena parte de ellas provienen de espectadores que han visto sus películas de forma parcial o en un día peculiarmente malo. Porque uno no entiende, por ejemplo, la especie de histeria que lleva a pensar que de la aparición de un porno idealmente dirigido a mujeres todo el porno rodado hasta ahora vaya a ser rodado así, como si de una moda totalizadora se tratara y fuera a dejar al público masculino sin sus pajas. Más absurda me parece esta reacción si además tenemos en cuenta que este tipo de producciones siguen siendo un pequeño islote comparado con el océano de porno pensado específicamente para un público masculino, que es lo que ha abundado en la historia del género.

No, Erika Lust hace su pornografía desde su punto de vista particular y difícilmente Brazzers, Reality Kings, Cumlouder o Torbe van a dejar de hacer lo suyo o irse a la ruina por ello. Lo que tenemos aquí es una forma diferente de hacer las cosas que atraerá —o que más correctamente se podría decir que ya ha atraído— a una parte concreta del público consumidor de pornografía. Cierto es que ha habido un surgimiento —quizás sería más correcto decir una visibilización del público femenino espectador de este género— que ha aumentado la demanda, pero difícilmente esto irá en detrimento de la pornografía mainstream que ya se venía haciendo.

Dicho lo cual, vale la pena señalar, a raíz de varios comentarios leídos en lo ancho y largo de internet, lo que la pornografía de Erika Lust —y en concreto la de este reciente XConfessions— es y lo que no es:

—No es X-Art o Hegré-Art o cualquier otra forma de porno o erotismo esteta rodado en camas, sofás o camillas de masaje, con luz matutina y música de intro estilo chill-out ibicenco. Y digo todo esto, aunque no lo parezca, con todo mi respeto para ese tipo de producciones. Lust busca crear piezas bellas y estéticas, sí, pero hay dos razones que lo diferencian de lo anterior. La primera es que nunca rueda dos veces en el mismo sitio. Evita, de esta forma, la repetición y el abuso de los mismos espacios que desvirtualizarían cualquier fantasía rodada, haciéndola largamente aburrida. Es más, quitando el hecho de que casi todo lo rueda en el formato de escenas cortas —no ha trabajado el largometraje todavía— ninguna de sus producciones se parecen entre ellas e incluso apenas repite actores (siendo la excepción, ahora sí, en estas últimas producciones). La segunda diferencia esencial con estas producciones «blancas» es que las escenas de Lust siempre llevan algún componente argumental, por mínimo que este sea. Y en XConfessions esto es más que evidente en tanto que parten de las historias de los espectadores. Es por ello que los comentarios o críticas que asemejan unas y otras producciones se me antojan provenientes de espectadores que confunden el ver toneladas de porno con no ya saber de porno, sino entender lo que tienen delante de sus narices, para poder sentenciar una similitud de estilos y sus técnicas cinematográficas. Es más elaborado y menos industrial hacer lo que hace Lust. Pero algunos, para saber verlo, deberían devolver las neuronas al cerebro un rato.

—No tardan horas en ponerse a follar. Porque precisamente, una de las grandes virtudes de Lust es dibujar la historia con unos cuantos planos. Con unas pocas acciones, en apenas un minuto o dos, nos marca quién son los personajes, donde están y lo que va a suceder. A veces incluso lo hace con la pareja de actores ya en faena. Por lo cual, ni la historia será completamente anónima y aséptica, ni tendremos que esperar mucho a que el sexo empiece.

Sexo desde el minuto cero entre Amarna Miller y Kristopher Kodjoe en Before the guests arrive (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films
Sexo desde el minuto cero entre Amarna Miller y Kristopher Kodjoe en Before the guests arrive (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films

—Es porno para mujeres, sí, pero también lo es para hombres. De hecho, aunque la perspectiva de Lust es feminista y su constante manifiesto lo es, yo señalaría que su punto de vista es un punto de anclaje que le sirve para arrastrar la pornografía convencional rodada para un público masculino hacia un punto más intermedio, más ecuánime, que dignifica un poco más tanto la figura actoral femenina, como la masculina. La actriz ya no es solo un objeto sobre un sofá que va a ser follada por uno o más agujeros y el actor ya no es un pene ambulante de cabeza cortada. De esta forma, vuelve Lust a los inicios «ingenuos» de la pornografía donde la voluntad, más que filmar solo a la fémina, era rodar «el sexo», el encuentro de la pareja en el momento de cama. En sus escenas tanto hombres como mujeres espectadores, podrán disfrutar de cuotas de cámara mejor repartidas para ambos sexos.

—Y, por favor, no es softcore. Toda la filmografía de Lust contiene escenas de sexo explícito. En XConfessions, además hay varios polvazos de los de quitar el sentido. Porque la oferta es variada: tanto a los que gustan del juego erótico suave como a los que buscan ver un buen empotramiento furtivo verán su necesidad satisfecha.

Con lo que fantaseamos

Los microrrelatos del público fueron la materia prima para estas escenas, pues. Una materia prima muy variada que acabó reflejándose en la selección hecha por la directora para los rodajes; también lo ha sido la selección de cortos que se usaron para editar los dos volúmenes en DVD hasta la fecha. Erika no parece haber tirado hacia lo fácil, si bien no ha descartado los fetiches más comunes que pueden funcionar de cara a un amplio público. Muchas de las escenas podrían etiquetarse, como se hace habitualmente con el porno al por mayor: couple, bondage, amateur, voyeur, footfetish, oral sex, milf, threesome, sex at work… Todas esas denominaciones ya frecuentes en el mercado común del porno podrían aplicarse a una u otras escenas que integran en estos volúmenes. Sin embargo, la traslación de estas fantasías del público al corto pornográfico están aquí tan limpias de los vicios y lugares comunes habituales del género —y de eso hay que atribuir una parte del mérito a su origen en los relatos ajenos— que realmente parece algo nuevo, casi ingenuo, como si la pornografía pudiera esquivar los años que estuvo discriminada y se rodaba en feos camastros, se compraba en oscuras tiendas y se visionaba en salas marcadas con una letra escarlata. Como si solo se tratara de rodar y mostrar un aspecto más de la vida, narrar una historia de corte sexual, sí con morbosidad y picardía, pero sin cortapisas y prejuicios. Lo que tendría que haber sido.

Los temas a los que se ha dado ventaja casan perfectamente con las mejores especialidades de Lust como el costumbrismo aplicado al sexo o la fantasía de tinte onírico. Por un lado, destaca la cotidianía erotizada: un polvo en el almacén del curro, una pareja montando muebles en casa a los que les entra una urgencia inesperada de follarse el uno al otro, unos vecinos que se espían mientras se lo montan… son historias con tal plausibilidad que permiten emplazarlas en tonos casi costumbristas: algo que nos podría haber pasado alguna vez o que nos han contado y que nos gustaría que pasara. El otro tema recurrente —algo menos usado que el anterior— es un cierto onirismo, donde los propios protagonistas, en algunas situaciones parecen imaginar o soñar con lo que desean, interviniendo aquí fantasías de rol donde se juega a la persecución, a la dominación, a la sumisión o al voyeurismo. Y el tercer tema que me parece propio a destacar es el de la inversión de roles. Lust juega la carta feminista dándole la vuelta a ciertas cuestiones habituales en la fantasía masculina heterosexual. Por ejemplo, si a un chico le puede resultar erótico una chica en ropa masculina —una camisa o incluso ropa interior—, ¿por qué no un chico al que su pareja lo viste con su ropa, mientras se enrollan?

Alexa Tomás y Joel Tomás jugándose el despido en Meet me at the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Alexa Tomás y Joel Tomás jugándose el despido en Meet me at the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Finalmente, cabe mencionar el casting de actores y actrices seleccionados. Puede decirse claramente, que Lust parece contar ya —como ha sucedido con anterioridad con otros pornógrafos célebres— con su propio casting de referencia. Así como hasta la fecha había rodado muy puntualmente con diversas actrices y actores, apenas sin repetir, aquí cuenta ya con un plantel que le ha funcionado tremendamente bien. Por la parte masculina, se diría que ha encontrado ese modelo de chico alternativo y bello que andaba buscando y que se distancia de los cánones más comunes del género, buena parte de ellos definidos por el exceso de musculación y tatuajes. Bien es cierto que seguramente los actores de esta serie de cortos se pasen alguna que otra hora en el gimnasio, pero Joel Tomas, Kristopher Kodjoe y Maximiliano Gamberro —por decir tres nombres— pasarían perfectamente por modelos de ropa interior masculina o por ese guapo camarero de discoteca. Igualmente, remarcar que no estamos hablando de «niños bonitos» cuando cumplen —y con creces— su función de actores porno. Para las actrices ha habido un tono variado, pero también alternativo. Y esto va a parecer un comentario altamente superficial, pero Erika ha evitado casi totalmente a las rubias, de bote o de cualquier otro tipo. Sí que ha recurrido a actrices ya estrellas del porno mainstream, como la española Carol Vega o la polaca Misha Cross, que han dejado grandes escenas, han entendido bien el tipo de pornografía de Lust y han demostrado tener tanto tablas sexuales como interpretativas, por escasa que sea la interpretación solicitada. Mención especial debo hacer a la pelirroja Amarna Miller que sorprenderá gratamente al público tanto por la forma en que la cámara la adora como por su entrega al sexo de una forma espontánea y bastante salvaje, con una naturalidad desmedida. Y nota también buena para la excelente química entre Joel Tomás y Alexa Tomás y su versatilidad como pareja porno artística. Lust los ha usado hasta en tres escenas con roles y entornos completamente diferentes, por lo que sus escenas difícilmente resultarán repetitivas al espectador.

Cortos recomendados

Para finalizar este artículo selecciono cuatro cortos que, en mi opinión, son excelentes; eso sí, sin querer quitarle mérito al resto.

I fucking love Ikea – Escena que abre el primer volumen, muy bien seleccionada para prender la mecha de la serie de forma divertida, desenfadada y un poco gamberra. El cóctel lo compone un amago de parodia de la pornografía mainstream, un saque de ingenio en la «pornificación» de los catálogos de la célebre marca de mobiliario doméstico —nótese el guiño a la popular relación de amor/odio del público hacia la misma en el título— y mucho mucho sexo sin freno. Carol Vega está en su salsa en esta pieza, precisamente al recordar a estas escenas de corte más convencional. Sin embargo hay que destacar también la versatilidad de la actriz para muy sutilmente interpretar distintos personajes, sin mediar apenas palabra, en otros cortos de XConfessions como We know you are watching o The art of spanking.

Before the guests arrive – En toda serie de cortos o de películas porno de escenas cortas, todo buen amante del porno acaba por señalar su escena favorita. Una a la que vuelve con frecuencia. Muchas de las escenas de XConfessions me han gustado bastante. Pero creo que mi favorita —por la de veces que he vuelto a ella— de toda la serie es esta brevísima pieza de apenas cinco minutos. La situación que ilustra es la de una pareja que empieza a follar en la cocina de su piso, con los fogones en marcha y los invitados llamando a la puerta. La escena empieza ya tórrida desde el primer segundo y el ritmo con el que se desarrolla es perfecto para la idea que busca. Los elementos de la cocina en marcha, la presión del reloj que va marcando los segundos, los súbitos cambios de postura de Kristopher Kodjoe y Amarna Miller, montándoselo por toda la encimera, la premura del timbre de la puerta que suena con los invitados esperando fuera… Es el proverbial «quiqui rápido» materializado en escena porno. La pieza parece sencilla pero entraña una calidad técnica y de montaje excelente. Servidor la ha visto varias veces en bucle. Desnudo de cintura para abajo; ¿o acaso los críticos de música escuchan los discos con tapones en los oídos? De nuevo, quiero distinguir a Amarna Miller : es fascinante cómo clava la mirada en su pareja de baile, todo el morbo que destila y su forma de dejarse llevar hacia auténticos orgasmos ante la cámara. Su talento, además, le ha valido un Premio Ninfa a la mejor actriz en la edición de este mismo año. Sin duda alguna seguiremos su carrera con gran interés.

Lets make a porno (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Lets make a porno (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Lets make a porno – Escena que es una deliciosa contradicción. ¿Cómo le damos la vuelta a una escena amateur? ¿Cómo dotamos de calidad a algo amateur sin que se pierda su esencia? La directora se propuso grabar una escena con una pareja que no habían rodado jamás porno en su vida y cuya fantasía —confesión— era precisamente eso. Pero esta pieza no se queda solo en rodar una escena amateur, sino que Lust la aprovecha para jugar al metacine o más bien dicho en este caso, al metaporno. Porque crea dos universos simbólicos. Uno es el de la escena rodada donde invita a dos personas «reales» a follar en un entorno donde la única realidad existente es la pareja retozando en la cama. El otro universo es el de la misma escena, vista desde fuera donde —como en las escenas amateurs— se revela el acto de la filmación del coito casi a modo de documental behind the scenes, con todos sus integrantes, cámaras, ayudantes y la propia Erika alrededor —que parecen casi como silenciosos duendes escondidos en el set—. En el proceso se van recogiendo infinidad de detalles, de pequeñas bellas imperfecciones, casi como las que aparecen en los vídeos amateur, pero cuyos directores no destacan o no saben destacar. Lust lo hace y va alternando uno y otro universo en el montaje final de la escena dando como resultado una reverencia tanto al sexo en sí mismo —con todos sus besos, sudor y orgasmos— como a la pornografía bien hecha.

A blowjob is always a great last-minute gift idea! – Esta escena parece haber quedado fuera de la selección dirigida a las películas, pero puede contemplarse en la página web de XConfessions. La destaco aquí primero por su tremenda capacidad cómica —pude verla en una de las presentaciones de la serie en un cine en Barcelona y el público disfrutó ampliamente con ella— y por lo irreverente que resulta; también por ser una de las pocas piezas homoeróticas. Demuestra un conocimiento total de todos los vídeos de mamadas habidos y por haber y de sus respectivos clichés filmados en primer plano: el juego con la saliva, el lametón de arriba abajo, el agolpamiento del miembro en la cara interna de la mejilla, el deepthroat. La escena empieza casi de forma inocente y poco a poco va aumentando su tono para convertirse tanto en parodia de las escenas habituales de mamadas como en un gran vídeo de temática toy. Y todo ello en un espacio público. Independientemente de la orientación sexual de cada uno, esta escena hay que verla. A quien no le ponga cachondo, una sonrisa al menos le sacará.