Futuro Imperfecto #45: Lávame ese Amazon, y esa basura

Almacén de Amazon. Foto: Cordon Press.

Fue bonita, o no, aquella sociedad en que podíamos consumir libremente sin más cargo de conciencia que habernos gastado un pastón. Pero cuando Naomi Klein publicó No Logo en el año 2000 comenzamos a saber que Nike fabricaba zapatillas esclavizando personas en Asia. Desde entonces las cosas solo han ido a peor. Como consumidores nos hemos convertido en responsables de esclavizar adultos y niños, destruir ecosistemas, añadir daño al cambio climático y torturar animales. Y no importa lo concienciados y combativos que deseemos ser, porque de todo lo que compramos siempre habrá algo que esté manchado de sangre. Aunque tenga una apariencia tan inofensiva como el hilo con que se cosen nuestras camisetas, obtenido con trabajo esclavo en «campos de concentración». 

Digámoslo alto y claro: esto ni nos gusta ni lo queremos pero no tenemos ni puñetera idea de cómo evitarlo. Menos mal que el mercado, siempre tan pendiente de nuestras necesidades como unos buenos padres, ya tiene respuesta para esto a través de sus empresas. Dispuestas a lavar nuestra mala conciencia con algo llamado responsabilidad corporativa y conciencia verde. O lo que es lo mismo, otro enjuague publicitario para tapar vergüenzas y despropósitos contra el ser humano y la naturaleza. Dicho sea de paso, este tema ha estado muy de actualidad en las últimas semanas. Eclipsado, claro, por el coronavirus, los políticos bramadores y las decisiones en contra del sentido común. Esta semana les aparco a todos para hablar de enjuagues.

Amazon es tan cuqui

Inevitable: el último en usar un ordenador e internet —los hay, y no tienen ochenta años— te cuenta emocionado que ha comprado no sé qué en Amazon. Han aprendido a la fuerza durante el confinamiento, y al parecer no saben cómo funciona el posicionamiento para colocar los resultados de la tienda los primeros cuando haces una búsqueda. Todo es más barato en apariencia —hasta que rascas fuera de Google, claro— y te llega rápido —o no, porque algunos olvidan de mirar la disponibilidad—. Pero eso ellos no lo saben, y mientras confiamos en que aprendan, Amazon España ficha a Antonio Vargas, antiguo asesor de Mariano Rajoy y alto ejecutivo de Google, que trabajará en contra de los intentos de regulación de la compañía por el gobierno actual. No es un tema menor, porque se avanza a marchas forzadas en el impuesto que gravará a las grandes tecnológicas, que en nuestro país estará en marcha en enero ahora que ha sido aprobado por el Senado. Sin perjuicio de que la Unión Europea haya retrasado su implantación global hasta mediados del próximo año.

También resulta relevante el abuso generalizado de los falsos autónomos, que la compañía ha intentado ampliar a sus repartidores, tres mil personas en total, que una vez revisados por inspección de trabajo a instancias de UGT han sido dados de alta de oficio en el régimen general. Son empleados por cuenta ajena, vaya, y una empresa no puede rebajar sus costes a base de saltarse la ley y los derechos laborales. Y es que en Amazon, por más que se laven con anuncios de trabajadores felices que se cayeron de un ascensor, el agua sigue saliendo negra. 

Aquí, y al otro lado del océano, en Estados Unidos la empresa está obligando a los empleados a que se salten las medidas de prevención contra el coronavirus, que no gasten tiempo en usar el gel hidroalcohólico o ponerse la mascarilla para que les dé tiempo a repartir los pedidos. Si alguien no ha visto aún Sorry We Missed You, de Ken Loach, que corra, porque en esa película todo esto queda nítidamente explicado.

Y no olvidemos lo más importante. Tendríamos que trabajar varios millones de años para acumular la fortuna de Jeff Bezos, el dueño de todo esto. No hace falta hacerle más rico, en serio. Amazon no solo vende objetos, y en este gráfico queda muy bien explicado cuándo quedamos expuestos a la compañía al contratar plataformas, servicios en la nube, o tarjetas de crédito. 

Tampoco perdamos de vista que las empresas GAFAM quieren ser proveedoras de nuestra sanidad, transporte público y educación. En El Orden Mundial nos explicaban esta semana qué significa ese término que más nos vale ir a aprendiendo, acrónimo de Google, Apple, Facebook y Amazon. Y en La Vanguardia un extenso reportaje explicó cómo estas compañías avanzan en el intento de constituir un modelo público-privado que gestione nuestros servicios más importantes. A la larga los monopolios tendrán que convocar elecciones, ya que aspiran a reemplazar a la función pública. 

Mentira: nuestra basura plástica no se recicla

El 90 % de los residuos plásticos que llegan a países de bajos y medianos ingresos se entierran, queman o vierten a ríos, lagos o al mar. Aunque en teoría lo enviamos allí para que se use en fabricar productos. China se negó a recibir más en 2018, y casualmente comenzaron a incrementarse en un 100 % los incendios en almacenes españoles que guardaban estos residuos en containers para ser enviados allí. Felizmente ya hemos abierto nuevas rutas a otros países asiáticos, concretamente hacia Camboya, India, Indonesia, Malasia, Vietnam y Tailandia. Este último es el que más material español recibe, contaminado con químicos y desechos hospitalarios, y en torno a los basureros donde se deposita crecen poblados chabolistas de buscadores de plástico aprovechable.

De acuerdo, de acuerdo, hablamos de esa parte que no se puede reciclar. ¿Y el resto, el que depositamos en el contenedor amarillo? Pues que lo gestiona Ecoembes, una empresa que es en sí misma un enjuague. Porque bajo su fin comercial, reciclar, esconde un lobby de presión dedicado a torpedear legislaciones medioambientales, impedir que los ciudadanos cobren por depositar sus envases, medida ya implementada en muchos países de la UE, y en crear una corriente de opinión contraria a los plásticos de usar y tirar. Lo explicaron en el informe Talking Trash, descargable aquí, donde la organización Changing Markets llamó a España «lobo con piel de cordero», precisamente por estas prácticas. 

Quien más ayuda a Ecoembes es Coca-Cola, tan comprometida con el reciclaje que acaba de presentar su compromiso por una sociedad más sostenible con la campaña «Hagámoslo juntos». Tan greenwashing ellos. Una empresa tan, tan comprometida que forma parte de siete asociaciones comerciales dedicadas a presionar en contra de los sistemas de depósito —reutilizar los envases y abonar el coste al comprador si los devuelve— y contra la legislación que intenta reducir los plásticos de un solo uso.

Y lo más importante de todo. En España solo se recicla el 25% de los residuos plásticos. ¿A dónde va a parar el resto, además de a terceros países? A nuestro organismo: todos tenemos ya nanoplásticos en el hígado, bazo, riñones y pulmones, ingerido con nuestras comidas y al beber agua. 

Ya lo dijeron en el documental Plastic Wars: el famoso logo del reciclaje que llevan los envases solo es una herramienta de marketing. A ver cómo lavamos eso. 

Y el lavado de datos de Madrid

Pues dije que no hablaría de ellos pero no me puedo resistir, al ver que la estrategia de los tipos que gobiernan el centro geográfico nacional ya se implantó en otros dos países, muy distintos entre sí. Hago memoria: alcalde de Madrid y presidenta de la CAM aseguran que de pronto los contagios están bajando de quinientos por cien mil, cifra con la que el ministro Illa justificó el confinamiento perimetral de la capital y otros municipios de la comunidad. Eso lo ha conseguido Sanidad de Madrid a base de notificar los casos con una desviación de quince días, pero sobre todo reduciendo el número de PCR. Si el virus no se detecta, no existe.

De pronto nos parecemos a la India. El país en que el COVID-19 no se ha propagado mucho, es un éxito. Bueno, no tanto. Allí no hay suficiente rastreo, ni seguimiento de casos. Los pacientes mueren al poco tiempo de ser ingresados, debido a patología previas cardiacas y a cuadros de diabetes. Pero si tomamos los datos crudos de la estadística, les está yendo estupendamente bien

Y qué ocurre en un país más rico y democrático como Suecia. Los nórdicos han defendido su estrategia a capa y espada, por más que se les cuestionase. La sentencia de ese juicio parece haberse dilucidado este otoño: son estupendos. Pues va ser que no. En este extenso artículo de Time explica con numerosas fuentes, testimonios, y bajo un sólido análisis que las autoridades suecas fueron reduciendo intencionadamente el número de test realizados, hasta bajar los contagios. El ingreso en hospitales no es problema, culturalmente consideran más humanitaria la muerte en el propio domicilio. Así que la medida del contagio es muy pequeña. ¿Un modelo para el resto del mundo? Al menos para el gobierno madrileño, sí. 


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Aldo Manuzio y la máquina de escupir libros

El libro en la base de la industria capitalista

¿Cuándo y por qué se convirtió el libro en la mercancía de referencia? ¿Pudo ser el gran grupo editorial un invento anterior a la editorial independiente? ¿Es posible que el producto estrella de una industria en caída libre, como la editorial, dé beneficios a un gigante innovador, transnacional y deslocalizado como Amazon? ¿Qué es el libro: un objeto de transmisión cultural, uno de esos trastos para el consumo irracional o una mercancía sin futuro?

A lo largo de la historia, antes de que se produjera el cambio de paradigma cultural que ha provocado internet con la digitalización de la transmisión de conocimientos, hubo otros terremotos que también cambiaron el modo en que fluía el saber entre los seres humanos. Y lo cierto es que todos ellos se parecen tanto que pueden analizarse como un único fenómeno, que lleva siempre a sus exaltados defensores a fantasear con la llegada de una nueva era de libertad, y a sus exaltados detractores a proclamar el apocalipsis. 

Como siempre, todo esto, el aumento en la fluidez de los conocimientos, no afecta a la organización del mundo de una forma notable. Seguiremos bautizando niños. Seguiremos bombardeando ciudades. Seguiremos cerrando fronteras y dejando que los otros mueran a las puertas. Mientras tanto, el modelo de empresa jerárquica, ademocrática y despectiva con sus trabajadores se mantiene desde que nacieron las que se revelan como primeras empresas modernas: las imprentas.

Pendiente del mercado, la fluidez en la transmisión de conocimientos no ha dejado de aumentar para ganancia de mercaderes, y el mundo sigue siendo muy poco sabio.

El miedo de Sócrates

Ilustración de una rueda de los libros extraída de Le diverse et artificiose machine del Capitano Agostino Ramelli, de Agostino Ramelli, 1588. Imagen: DP.

En el principio fue el miedo de Sócrates a la manía de sus discípulos de poner por escrito los conocimientos, en vez de mantenerlos vivos en la memoria y difundirlos a otros, cara a cara, oral y críticamente. 

El argumento de Sócrates era contundente: el conocimiento debe transmitirse de una forma vital y dinámica. Al recibirlo por escrito, de manera artificial, el receptor se convierte en un ser pasivo que tiende a aceptarlo acríticamente, lo que impide que la transmisión del conocimiento pierda valor como vía de acceso a la verdad. 

La escritura como transmisión de conocimiento fue, entonces, el primer cambio de paradigma cultural, que puso a competir con ventaja la cultura escrita con la oral —dos formas de cultura que conviven aún— y provocó el nacimiento del libro, en rollos de papiro o pergamino. 

Sócrates —ya se ha dicho muchas veces— no sabía que su forma de pensar, asociada a su nombre, iba a pervivir gracias a esa escritura que denostaba. Pero, en verdad, lo que no podía ni imaginar él es que, una vez escrito, su pensamiento adquiría cuerpo y podía convertirse en mercancía.

Pese a ello, durante mucho tiempo todavía, el libro no fue una mercancía, sino solo una forma artificial, sí, pero efectiva de transmitir conocimientos más o menos literarios o científicos. Los libros no se adquirían por dinero: para hacerlos parte de la propia biblioteca, el lector debía dar un paso inevitable: copiarlos a mano, lo que exigía una profunda inmersión en ellos. 

Ya en Roma aparecieron las primeras empresas privadas de venta de libros: librerías en las que varios esclavos doctos copiaban lo que uno de ellos dictaba, con una producción creciente que posibilitó las bibliotecas particulares de los patricios.

Pero ni siquiera la invención del códice, el formato de los libros analógicos tal como lo conocemos hoy, desarrollado con la incorporación del papel como material para su producción, convirtió el libro en el objeto cultural de venta por excelencia. El códice materializaba, más que nada, el anhelo de presentar en un solo volumen la Biblia, el libro de libros, cuya extensión obligaba antes a su dispersión en demasiados rollos. 

Habrían de pasar muchos años hasta que la aparición y proliferación de universidades divulgara entre los hijos de los potentados el gusto por el saber y la lectura, impulsando una valoración del libro y una demanda creciente de ellos que apenas podían satisfacer los papeleros y libreros. 

La búsqueda de una máquina de escritura artificial capaz de acelerar la producción de libros se convirtió en una obsesión que desembocó en la aparición de la imprenta de tipos móviles, cuya invención atribuimos en Occidente a Gutenberg. Como es bien sabido, Gutenberg se arruinó, intentando ajustar la máquina y los procesos de impresión, antes de llegar a concluir su Biblia, y fue su banquero Fust el que se quedó con los beneficios del libro y con la máquina. El cambio de paradigma estaba servido: en pocos años los impresores, extendiéndose por toda Europa, comenzaron a producir libros en serie hasta inundar el mercado. 

La Grande Compagnia

Como en la actualidad internet, en el principio las imprentas quedaron en manos de técnicos y de comerciantes. A los impresores no les interesaba el contenido de los libros: solo buscaban ahorrar en los costes y aumentar los beneficios comerciales. Surgieron enseguida emprendedores que viajaron a producir sus libros a las distintas ciudades europeas.

Pero las imprentas exigían una organización de trabajo distinta de la de los talleres convencionales: incorporaban especialistas que participaban en una parte de la producción y se desentendían del resto: en el mismo taller en que se fabricaban los tipos y la tinta, se montaban los textos siguiendo una guía manuscrita, se corregían en pruebas de impresión, se imprimían con papel de fabricación externa y se vendían a las puertas en pliegos que los compradores encuadernaban en otros talleres.

La producción del libro era ya en muchos sentidos un verdadero montaje industrial en una cadena nada simple, en la que participaban desde orfebres hasta gramáticos, pasando por grabadores, traductores y maquinistas, sometidos todos ellos a la jerarquía del impresor. De manera natural, además, los impresores se asociaban con papeleros, encuadernadores, libreros y comerciantes extranjeros, y montaban pequeñas compañías de carácter internacional. El latín, como lengua principal de cultura, permitía que los libros producidos en un punto de Europa se vendieran en cualquiera de sus rincones.

Nacieron así, en torno a la imprenta, las primeras empresas modernas guiadas por potentados que navegan al viento del mercado. 

Por si queda alguna duda de que el libro es el producto industrial primigenio, basta decir que pronto la producción de libros superó con creces la demanda, y entonces se produjeron las inevitables primeras crisis de sobreproducción que arruinaron a los trabajadores, empobrecieron a los menos ricos y enriquecieron a los potentados. Crisis como las de hoy, alimento esencial de una economía de explotación mercantil de productos, basada en un consumismo irracional. Crisis que dan todo su sentido al capitalismo.

Para poner esto en cifras: calculamos que en los primeros cincuenta años de imprenta, desde su invención hasta el año 1500, se imprimieron entre treinta mil y cuarenta mil títulos (los llamados incunables: libros realizados cuando las técnicas impresoras estaban aún «en pañales», o incunabula, como se decía en latín). Esto da, suponiendo una tirada media de trescientos a seiscientos ejemplares, de diez a veinte millones de ejemplares circulando por Europa. La cifra es descomunal aunque nos quedemos en los cálculos más prudentes, y aumentaría pronto a gran velocidad.

La ciudad estado de Venecia se había convertido en la Edad Media en un imperio comercial por su habilidad para negociar en aduanas y manejar de manera ventajosa la distribución de especias, sedas y esclavos. El Senado veneciano favoreció la instalación de imprentas allí, y aquel puñado de islas se convirtió pronto en el mayor centro productor de libros europeo, adonde acudían a deslocalizar sus imprentas los comerciantes alemanes.

Ese fue el modo en que se creó el primer gran grupo del libro en 1480, La Grande Compagnia, a la cabeza de la cual se situaron, en Venecia, el comerciante de libros alemán Johannes de Colonia y el impresor francés Nicolás Jenson, con sus respectivos socios.

Retrato de un hombre joven, de Bronzino, ca. 1530.

La invención del editor

Así pues, el libro es sin ninguna duda el primer producto de consumo fabricado en serie por medio de un proceso industrial moderno. Su producción llevó a la creación de empresas deslocalizadas que cuando crecían se convertían en entidades de carácter transnacional, con técnicas de venta que seguimos usando, como las hojas volanderas elaboradas en las propias casas impresoras. La identificación de los libros con su casa fabril por medio de marcas tipográficas, convertidas en verdaderos logos, producía la misma sensación prejuiciosa de calidad al comprador (al principio todos copiaban la marca de Jenson).

Pero aún faltaba un elemento fundamental en todo este tinglado: la figura del editor. Hasta el momento, como queda dicho, los procesos de edición se hacían sin demasiado cuidado, por más que luego los flyers de la época cantaran sus excelencias. Moralistas como el dominicano Filippo da Senna, temiendo la muerte del libro a golpes de imprenta, clamaban aquello de «La pluma es virgen; la imprenta, prostituta».

El impresor Andrea Torresani, formado en el entorno de Nicolas Jenson y sorprendente heredero de las máquinas de producción y los colaboradores de La Grande Compagnia, fue quien encontró la clave para establecer lo que consideramos la primera editorial moderna. Por un lado, logró la financiación de su imprenta gracias a un acuerdo de asociación al cincuenta por ciento con el patricio y papelero Pier Francesco Barbarigo, perteneciente a una de las familias más corruptas de Venecia (era sobrino del que, en el momento en que se asociaron, era el dux e hijo del anterior). Pero lo que convirtió a Torresani en el creador de una auténtica editorial moderna fue que captó para la causa a un profesor de príncipes y gramático llamado Aldo Manuzio con el fin de que elaborara el catálogo literario de obras a imprimir, lo casó con su hija de veinte años (Aldo rondaba los cincuenta, como Torresani) y lo puso a trabajar en su casa y bajo su tutela, tras entregarle una quinta parte de su mitad del negocio (es decir, el diez por ciento de la empresa), convirtiéndolo en su cabeza visible.

El especialista en Manuzio Martin Lowry fue quien documentó y divulgó este proceso en su obra The World of Aldus Manutius, tirando por tierra el mito de que Manuzio era un emprendedor y mostrándolo como dependiente de su suegro, el verdadero potentado de la empresa.

Lo sorprendente es que Manuzio propuso lo que cualquier editor de hoy llamaría un catálogo ruinoso: la edición de las obras clásicas griegas en su lengua original, que a esas alturas no eran capaces de leer más que cuatro humanistas y los inmigrantes griegos del caído Imperio bizantino que huían del avance del turco.

¿Por qué un proyecto creado, en palabras de Manuzio, «para el servicio de la humanidad y contra la barbarie y las guerras» llamó la atención del impresor Andrea Torresani, que puso a disposición de Aldo sus máquinas, su financiación y sus artesanos? Quizá Torresani era un verdadero visionario, pues ocurrió lo imprevisible: desde los primeros libros Aldo asombró a los eruditos como uno de los suyos, consolidando el prestigio de la empresa a lo largo de toda Europa. Le solicitaban por carta las obras recién salidas de la prensa y varios príncipes y nobles le pedían ediciones especiales, en pergamino, para encuadernarlas a todo lujo. No le quedó más remedio que imprimir catálogos de precios para venta a distancia.

La alianza entre Torresani y Manuzio, entre comerciante y erudito, supuso el nacimiento y asentamiento de la primera empresa industrial moderna, que, por más extraño que parezca, tenía un plan cultural: lo que ahora llamamos una editorial literaria. Lo sorprendente es que su creación no fue el capricho cultural de un idealista independiente, sino una marca bajo lo que ahora nombramos con expresión eufemística «el paraguas de un gran grupo». Queda refutado el mensaje idealista del gran André Schiffrin en su obra La edición sin editores. El panorama es más desolador: desde el principio, la edición fue sin editores. Y cuando los eruditos entraron allí, se pusieron inmediatamente al servicio de los comerciantes. Al servicio del mercado.

Pronto empezaron a hacerse en aquella imprenta libros literarios también en latín y romance y se aceptaban encargos, sin que el prestigio menguara. El movimiento ascendente de tiradas y ventas fue imparable. La literatura había llegado al mercado para quedarse.

Quizá el hallazgo fundamental de la casa de Andrea Torresani y Aldo Manuzio fue el de su marca impresora, que se ha convertido en el emblema editorial más reconocible de todos los tiempos (con permiso de la erótica manzanita mordida que lucen los cacharros de Apple): el ancla y el delfín, que hoy conservan de logo editoriales como la estadounidense Doubleday, la española Destino o la mexicana Aldus. Se trata de un emblema de origen incierto (ya presente en monedas del emperador Tito que el erudito Pietro Bembo, amigo y colaborador de Aldo, conservaba) que representa, al menos en la interpretación que hicieron ellos, el oxímoron «apresúrate lentamente», festina lente en latín, una definición precisa de la velocidad y el cuidado que caracterizan a la labor editorial bien hecha (y según algunos, a la vida misma bien entendida). Una variación del emblema de la flecha y la rémora. Los símbolos aquí están invertidos: el ancla sería el elemento de contención y el delfín, el animal más veloz —siempre que hagamos caso a Plinio: «más agudo que un dardo»—, el elemento de aceleración.

La invención del libro de bolsillo

El momento de mayor esplendor de la casa de Aldo y Andrea llega en plena crisis veneciana de imprenta y banca, a principios del XVI, cuando revolucionaron los hábitos de lectura literaria y situaron sus ventas a la altura de las de los libros religiosos y legales: las tiradas medias pasaron de trescientos a mil quinientos ejemplares y alcanzaron en muchos casos los tres mil.

Se trata de la impresión de clásicos en formato octavo, con lomos de menos de un palmo: un formato portátil que hasta el momento solo se utilizaba para los libros de rezo diario que se llevaban a la iglesia. Libros portátiles, manuales, para llevar en mano o en la faltriquera, la bolsa. Lo que hoy conocemos como libro de bolsillo. 

Los octavos aldinos cautivaron a los lectores y pusieron de moda la lectura íntima como forma no de estudio, sino de comunión con los autores, esa especie de rezo incrédulo que todavía es para algunos.

Pronto los libros de Manuzio se convirtieron en complemento ideal del atuendo de patricios y burgueses en sus paseos. Leer daba prestigio humanista, así que los potentados se retrataban con sus libros en octavo, los jóvenes rondaban a las muchachas al pie de los balcones sosteniendo en la mano un petrarchino (la poesía de Petrarca en edición aldina), y los eruditos se enfrentaban a los tercetos encadenados de la Divina comedia desnudos, sin el estorbo de los comentarios escolásticos que fatigaban sus páginas con un horror vacui semejante al de las páginas de internet de hoy.

La invención del escritor

Retrato de Erasmo de Rotterdam, de Hans Holbein, 1523.

Erasmo de Róterdam es probablemente el ejemplo primordial de autor moderno, un concepto que quizá tenemos en nuestra imaginación algo tergiversado por la idealización romántica. Erasmo era un hombre con estudios, pero sin fortuna personal ni influencias familiares suficientes para escapar de la miseria y desarrollar una carrera de altura como cortesano o eclesiástico. Era maestro, igual que Aldo Manuzio, aunque, como hijo bastardo de un cura, intentó en vano prosperar en la Iglesia. Contaba para sobrevivir solo con sus conocimientos, su manejo del idioma y su ingenio, y decidió jugársela y poner todo esto en venta: fue uno de los muchos escritores que se acercaron a Aldo para lograr fama entrando en su catálogo. Erasmo ofreció a Manuzio su traducción latina de dos obras de Eurípides y, a cambio de editarlas, Aldo le pidió que aumentara para él la que acabaría convirtiéndose en su obra magna, sus Adagios, un compendio de breves comentarios eruditos (al estilo que imitaría luego Montaigne para crear sus Ensayos) realizados en torno a una exhaustiva compilación de proverbios griegos y latinos. 

Seducido por la fama de los libros portátiles, Erasmo viajó a Venecia para trabajar como escritor para el editor Manuzio en la ampliación de su obra, durante más de un año, en casa de Torresani, a pie de imprenta («sin tiempo ni para rascarme la oreja»). Esta convivencia de editor y escritor puede considerarse paradigma de la relación eterna entre empresario y trabajador. Tiempo después, ya al servicio del que fuera el editor de su obra completa, Johannes Froben («el Manuzio de Basilea»), Erasmo se burlaría de la avaricia y tacañería con que Torresani administraba su fortuna (ante la pasividad de Manuzio) en su diálogo satírico Opulencia sórdida, cuyas escenas inspiraron a Quevedo para trazar las situaciones de miseria que atravesaba su personaje, el Buscón, en casa de amos que eran, como Torresani, opulentos y tacaños al tiempo.

Del libro analógico al libro digital

Pese a que el debate del interés del libro digital estorba bastante a la claridad de la cuestión, hoy son pocos los que niegan que internet ha cambiado el paradigma de transmisión del conocimiento más o menos científico o literario, como hicieron sucesivamente la invención de la escritura y de la imprenta. Una de las consecuencias inmediatas de este cambio, en manos desde el principio de los técnicos y los mercaderes, es que se ha llegado casi a la misma conclusión que con el advenimiento de la imprenta: «El valor de los contenidos tiende a cero», dicen los gurús, alabando los terminales obsolescentes que vende nuestra industria de la comunicación.

Desde esa idealización del Renacimiento que nos impide ver lo que verdaderamente nació al final de la Edad Media, la aparente revolución de Aldo Manuzio fue poner en valor el contenido de los libros impresos, que los técnicos impresores despreciaban, fascinados por los procesos de producción de los libros. Pero en realidad todo eso sirvió solamente para disparar las ganancias de las imprentas, que fomentaron el esnobismo de los consumidores de literatura y su concepción de que leer los convertía en especiales frente a la chusma de indoctos. 

Resulta bastante sencillo predecir que con el nuevo cambio de paradigma volverá a ocurrir lo que ocurrió con la imprenta (de hecho, ya está ocurriendo): aumento de la fluidez de la comunicación, aumento de las manías consumistas, ganancia de productores, mantenimiento o aumento de las relaciones de explotación en el trabajo. 

El libro sigue teniendo prestigio, lo que lo convierte en un producto interesante para experimentar y mejorar los avances logísticos en el almacenamiento y distribución de mercancías. Y en la medida en que lo siga siendo no perecerá como objeto de consumo. Aunque la imagen de Amazon se muestre indisolublemente ligada al libro, los editores conocen sus reducidísimas ventas. Amazon no quiere vender libros, sino vender cualquier producto. El libro les interesa porque mantiene su viejo efecto llamada y por las facilidades de su agrupación y transporte.

Como Andrea Torresani, el hombre que contrató a Aldo Manuzio, los grandes comerciantes de nuestro tiempo, Jeff Bezos, Steve Jobs, Larry Page o Bill Gates, quieren que sus marcas se asocien a nombres de sabios, porque eso aumentará el prestigio y las ventas de sus empresas. Pero no van a contratar a nadie porque saben que con las campañas publicitarias adecuadas ellos mismos pueden ser considerados sabios. Resulta comprensible que, fascinados por sus fortunas, en las universidades se apresuren a nombrarlos doctores honoris causa y los medios de comunicación corten y peguen las frases autopromocionales de sus departamentos de marketing Y por tanto es predecible que esta vez no haya editores, no aparezcan en estas empresas figuras de intelectuales convencidos de que lo importante, lo que verdaderamente posee valor en la transmisión del conocimiento, es el conocimiento mismo, por muy evidente y que parezca.

Como Andrea Torresani, los grandes magnates de las corporaciones de la comunicación saben bien que lo que mantiene a sus empresas en alto no va a variar: la organización del trabajo, ese terreno en el que por mucho que fluya el conocimiento jamás entrará la democracia, puesto que la democracia en el trabajo podría impedir que los beneficios fluyeran por el cauce habitual: ahí siempre se sabrá quién tiene la sartén por el mango. Mientras tanto, los escritores y los editores, servidores ahora como siempre de mercaderes y técnicos, seguirán mostrándose tan independientes como su fortuna personal se lo permita.

E igual que le ocurre a todo el mundo, sus beneficios solo muy raramente dependerán de su trabajo.


Sobre seguridad, privacidad y aplicaciones para el rastreo de contactos

Black Mirror. Episodio 3×1

Poco a poco, tanto en Europa como en el resto del mundo, los gobiernos de distintos países están invirtiendo muchísimo esfuerzo y energías en desarrollar tecnologías que consigan seguirle la pista a la pandemia del COVID-19 y poder acabar con ella. Pero ¿eso ocurrirá algún día?

Whatsapp, Telegram, Facebook, Twitter y demás redes sociales ya se están llenando de mensajes que solo buscan la inestabilidad y el miedo. Es el mejor momento para jugar con el temor, y máxime si se trata de una amenaza de la que nos llevan advirtiendo durante mucho tiempo: el estado de vigilancia permanente en el que nadie podrá moverse sin que sea permanentemente vigilado.

En el que todas las decisiones que afectan a nuestra vida dependerá de lo que el resultado de esa vigilancia permanente decida.

Billones de euros han sido y están siendo invertidos en esta industria tecnológica que está haciendo que solo unas pocas organizaciones salgan beneficiadas, aumentando la discriminación y la desigualdad, al tiempo que nos venden el volver a sentirnos seguros. Y picaremos.

Y, realmente, lo que queremos es sentir seguridad en todos y cada uno de los escenarios de nuestras vidas. Queremos que nuestras familias estén sanas, queremos mantener nuestro puesto de trabajo, y sentirnos seguros en él. Queremos disfrutar de una vida social de una forma segura, poder estar rodeados de gente, poder tocarnos, decirnos secretos al oído, acceder a espacios y permanecer en ellos de forma segura. Queremos ir por la calle tranquilos. Ir al supermercado sin sobresaltos. Queremos disfrutar de nuestra vida de una manera segura y, al mismo tiempo, no ser discriminados, señalados, estigmatizados o rechazados.

Queremos vivir seguros y en libertad.

Es justo en este momento en el que, en todos los escenarios de nuestra vida, aparecerá la seguridad en forma de tecnología para salvarnos, para hacernos recuperar nuestro trabajo, para poder mantener a nuestras familias sanas, y poder volver a celebrar los cumpleaños y las fiestas en las casas de nuestros amigos. Pero, cuidado. Es una mera ilusión.

Desde el año 2007, en el que ciertas innovaciones acaecidas en Silicon Valley se produjeron y que dieron lugar al Big Data, la tecnología no ha hecho otra cosa que ofrecernos nuevos productos y servicios que han simplificado nuestra vida. No solo eso, han hecho nuestra vida mucho más excitante.

Airbnb nos permitió la magia de prescindir de hoteles y empezar a hospedarnos en las casas y apartamentos que habíamos soñado tener para pasar nuestras vacaciones. Tinder nos dio la oportunidad de buscar y encontrar chicas y chicos con los que ligar y que estaban a unos metros a la redonda. Uber vivir la experiencia de viajar en coches privados sin tener que hacer colas en las paradas. Amazon nos permitía comprar cualquier cosa en cualquier parte del mundo desde casa. Con Netflix teníamos el cine en casa. Con Whatsapp pudimos chatear gratis sin tener que pagar cada SMS, mandar audios, y hacer videollamadas. Ya no era posible dar marcha atrás. La vida se había convertido en una toda una experiencia emocionante a través de servicios tecnológicos increíblemente innovadores. Y esto solo acababa de empezar.

Esto hizo que las más prestigiosas escuelas de negocio del mundo pusieran a estos emprendedores, y sus modelos de negocio, como el ejemplo a seguir. Al puro estilo Silicon Valley. Ganar dinero a toda costa.

Pero la parte que no sabíamos, ni nos habían contado, es que detrás de estos innovadores modelos tecnológicos estaban las mentes manipuladoras más brillantes del planeta. Auténticos genios confeccionando algoritmos con el único objetivo de crearnos dependencia a través de experiencias que hacían que muchos de nuestros sueños se hicieran realidad.

Y esa realidad, de repente, y por la pandemia del COVID-19, ha empezado a desvanecerse. ¿Y qué nos queda? Miles de fallecidos, gente enferma, una sociedad golpeada por la crisis económica, familias destrozadas, negocios arruinados.

Un panorama desolador.

Pero vamos a pensar un momento sobre la situación que estamos viviendo. La pandemia del COVID-19 ha acelerado un problema que estaba ya presente en nuestra sociedad. Y nosotros, saciando nuestra hambre por experiencias nuevas a través de la tecnología, contribuimos. A pesar de que estábamos siendo advertidos. Pero nos dio igual. Lo que nos importaba no era comprar en las tiendas del barrio y así ayudar a la economía local. No. Lo que importaba era vivir la experiencia de que con un clic al día siguiente teníamos cualquier cosa.

Pues así empieza todo. Y, ¿sabes cómo termina? Con el 80% de los negocios de tu barrio, cerrados. Pero hay más. Termina con una sociedad desigual y empobrecida, separada por códigos postales que la tecnología usa para discriminar. ¿Cómo? Muy fácil. La mayoría de las aplicaciones gratis de tu móvil recopilan constantemente tus datos. ¿A que esta canción no paras de escucharla? Pero lo que no sabes es para qué. Para venderlos a otras organizaciones que los usarán para discriminar.

Por ejemplo, ¿sabías que tu geolocalización es usada por muchas organizaciones para discriminar todo tipo de decisiones? ¿Sabes cómo averiguan dónde te mueves? Las apps de tu móvil les venden donde estás en cada momento porque tienen acceso al GPS que tienes activado todo el tiempo. Ese dato puede llegar a ser recopilado desde tu móvil y enviado una media de ciento sesenta y cuatro veces al día.

Dependiendo del barrio en el que te muevas, podrán asumir información como tu raza o tu poder adquisitivo. Y también discriminarte por ser de esa raza, por moverte en ese barrio, y por no tener un poder adquisitivo alto. Este es un ejemplo de por qué los más humildes pagan las peores consecuencias.

Y, de repente, llegó la pandemia. Y resulta que todos somos iguales. Y resulta que la tecnología de las experiencias emocionantes y de la vida fácil no era la respuesta. Falló. Nos falló. Ahora solo queremos experimentar seguridad, y sin el temor a que vuelva un rebrote y tengamos que volver a sufrir la pesadilla que hemos sufrido.

¿Será capaz la tecnología de las experiencias emocionantes, la de los emprendedores billonarios, la que trafica y especula con nuestra información, de salvarnos? ¿será capaz de devolvernos seguridad en nuestro seno familiar, en nuestro puesto de trabajo, en nuestra vida social y en nuestras horas de ocio, sin ser discriminados? No. No será capaz de hacerlo. Porque esta tecnología no fue concebida para eso.

Y, de repente, en medio de toda la pesadilla, mucha gente se puso manos a la obra para aportar soluciones a los problemas que se nos vinieron como el tsunami más salvaje, y para los que se nos vendrán.

Entre esta gente que se volcó a ayudar, surgió en Europa un grupo de ingenieros, abogados, epidemiólogos, desarrolladores, que se pusieron manos a la obra a diseñar una nueva tecnología que tuviese como único objetivo servir, junto con otras medidas, para manejar y parar esta pandemia.

Una tecnología concebida para respetar la privacidad de las personas, que no recopilase datos personales, y menos que especulase con ellos. Un grupo al que se fue uniendo más y más gente, hasta desarrollar un protocolo que muchos de ustedes habrán escuchado hablar, el protocolo DP3T, liderado por una ingeniera española, Carmela Troncoso. Este protocolo no es otro que el usado por las aplicaciones de contac-tracing diseñadas por muchos países europeos. La famosa app.

No solo eso, Google y Apple han llegado a un acuerdo para elaborar una API basada en los mismos fundamentos que el protocolo europeo respetuoso con la privacidad de las personas, DP3T. Es decir, dos de los más grandes gigantes tecnológicos del mundo han entendido que la confianza es lo que prima en estos momentos. Y ser confiable significa respetar a las personas, y demostrarlo.

De repente, la tecnología que nos hará vivir experiencias extraordinarias es una tecnología que nos respeta y no nos discrimina. Una tecnología confeccionada para aportarnos seguridad y con la intención de hacer el bien desde su diseño.

El objetivo principal de este protocolo es simplificar y acelerar el proceso de identificar a personas que han estado en contacto con una persona que ha dado positivo en el test COVID-19.

Y algo a lo que no estamos acostumbrados, no se necesita crear una cuenta, ni ceder ningún dato personal. No accederá a nuestra geolocalización, ni a nuestros contactos porque no le hace falta.

Entonces, ¿cómo funciona? La app transmite a través de bluetooth una identificación aleatoria, anónima y efímera, en el sentido de que cada quince minutos esta identificación aleatoria cambia. A su vez, registra la identificación anónima de otros usuarios que también tienen instalada la app en sus móviles, con los que hemos estado físicamente a menos de dos metros, indicándonos el tiempo que hemos estado a esa distancia, y una fecha aproximada de ese encuentro, como el 23 de mayo.

¿Por qué es descentralizado?

Porque toda esta información se almacena en nuestro móvil, y hay una clave secreta asociada tanto a las identidades anónimas que hemos emitido como las que hemos recibido.

Estas identidades no serán almacenadas en ningún servidor central donde se corre el riesgo de combinar estas identidades aleatorias con otras bases de datos y terminar identificándonos. Este es el caso de la mayoría de las aplicaciones que tenemos en nuestros móviles. Nuestros datos son enviados a servidores centrales, junto con otros millones de datos, fusionados y combinados con otras bases de datos, y usados para tomar decisiones acerca de nosotros.

Y, ahora, imaginemos que nos instalamos la aplicación, ¿cómo funciona el mecanismo desde el lado de las autoridades sanitarias?

En el caso de recibir una notificación que nos informa que podemos estar en riesgo de haber sido contagiados porque hemos estado más de diez o quince minutos y a menos de dos metros de distancia con una persona que ha dado positivo en COVID-19. En la notificación nos informan las medidas que debemos tomar, que son aislamiento y/o test COVID-19.

En ese momento, no tenemos la certeza de que estamos contagiados porque juegan muchos factores, como el haber estado protegido, o desprotegido. Así que solo y exclusivamente personal sanitario autorizado es el encargado de hacernos el test de COVID-19. Y solo podemos verificar que estamos contagiados una vez recibamos el resultado de dicho test.

En caso de dar positivo, el médico o sanitario que nos atienda nos preguntará si tenemos la app instalada, y nos pedirá que le enviemos todas las identidades aleatorias y anónimas recibidas a su servidor backend para activar el mecanismo de seguimiento de contactos.

¿Cómo lo hace?

El personal sanitario autorizado genera un código de autorización, que será decidido por cada país. Puede ser un código QR, o un código formado por nueve o diez dígitos, como ejemplos.  Ese código de autorización permitirá que las entidades anónimas y aleatorias se envíen al servidor backend que, a su vez, verificará el código de autorización, almacenará la clave secreta y las identidades anónimas y aleatorias.

El siguiente paso es mandar la notificación, a través de las apps, a los usuarios que han estado a menos de dos metros, y más de diez o quince minutos contigo.

¿Qué NO almacena? Ninguna otra información personal como puede ser la dirección IP, o cualquier otro dato personal proveniente de nuestros dispositivos, ni tampoco accede a nuestros contactos. No se puede identificar a usuarios a raíz de los datos almacenados, tampoco por el servidor, y tampoco las apps de ningún otro usuario.

La única información que sale de nuestros móviles son las identidades anónimas y efímeras.

¿Por qué se hace este proceso?

Porque solo así se aseguran que solo las identidades efímeras y anónimas de los usuarios que han dado positivo se almacenan en el servidor backend, que tiene por objetivo notificar a las personas que han podido estar expuestas al virus.

Este es un resumen del funcionamiento del protocolo DP3T, pues tiene muchas más especificidades y da muchas respuestas a preguntas sobre privacidad y seguridad.

Y, ¿qué es lo que no puede hacer la app?

La app no puede, por sí misma, indicar cómo es usada en nuestro puesto de trabajo, ni si nos la pueden pedir, o no, cuando accedamos a cualquier espacio físico. Ni tampoco puede prevenir, por sí sola, que otras personas te nieguen la entrada a cualquier lugar porque no tienes la app, o por cualquier otro motivo relacionada con la misma.

Entonces, ¿qué ocurre con el sueño de volver a vivir experimentando seguridad en todos los escenarios de nuestras vidas sin ser discriminados?

Pues aquí entra el papel fundamental del gobierno, y el diseño de toda una estrategia, a la cual la app pertenece.

Seré más concreta. Y lo haré aludiendo al paper que he escrito junto con Virginia Dignum, Ricardo Vinuesa y Andreas Theodorou titulado: «A socio-technical framework for digital contact tracing».

Es un marco ético dentro del cual debe ser ideada, confeccionada y aplicada la app de contact-tracing que los gobiernos realicen. Además, garantiza el balance entre el equilibrio global, que es el de los gobiernos y la efectividad de la app a la hora de cederles datos epidemiológicos, y el equilibrio local, que es el de la ciudadanía, y la utilidad de la app a la hora de servirles, junto con el resto de la estrategia, para vivir seguros en todos los ámbitos de sus vidas sin ser discriminados.

El marco ético y social está compuesto por diecinueve criterios divididos en tres grandes grupos: 1. Impacto en los ciudadanos, 2. Uso de la tecnología, y 3. Gobernanza.

Estos criterios se derivan de diferentes reglamentos y documentos de orientación y de las preocupaciones planteadas por los expertos. Cada criterio se mide en una escala de 0 a 2.

Como ejemplo de aplicación de este marco, el diagrama muestra el resultado de tres aplicaciones: Stopp Corona (la app desarrollada en Austria), NHS COVID-19 (en desarrollo en el Reino Unido) y TraceTogether (que se ha implementado y utilizado en Singapur desde el 20 de marzo de 2020).

Además, también analizamos las directrices del Consejo Europeo de Protección de Datos (EDPB) y evaluamos en qué medida cumplen con nuestro marco. Observamos que todas las aplicaciones tienen puntajes bajos en Gobernanza, y ninguna de ellas cumple con los criterios 15, 17 y 19, que son, a nuestro juicio, áreas importantes para cualquier rastreo de contactos digitales.

Las pautas de EDBP proporcionan una cláusula para detener el uso de este tipo de aplicaciones una vez que la situación vuelve a «normal». Esto puede verse como vago, ya que «normal» está abierto a interpretación considerando los cambios socioeconómicos que trajeron los bloqueos.

Se preferiría una fecha más clara, a menos que se tomen medidas adicionales. Las pautas EDPB también requieren el criterio 19, pero no incluyen ningún requisito con respecto al geoetiquetado (relevante para el criterio 17). También es importante destacar la importancia de utilizar un protocolo descentralizado (criterio 7), una característica que no se muestra en la aplicación NHS COVID-19 y que no es requerida por las pautas de EDPB, mientras que TraceTogether solo lo cumple parcialmente a través de un protocolo mixto centralizado / descentralizado.

Impacto en los ciudadanos

  1. Respeto de los derechos fundamentales de las personas: esto incluye los derechos a la seguridad, la salud, la no discriminación y la libertad de asociación. (2) Información poco clara / solo respetando parcialmente los derechos (1), o no respetarlos (0) no son adecuados.
  2. Privacidad y protección de datos: la recopilación de datos debe cumplir con el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) y respetar la privacidad de la persona. Una evaluación de impacto de protección de datos (DPIA) debe llevarse a cabo antes del despliegue de cualquier sistema de rastreo de contactos. El propósito de la aplicación y los mecanismos para evaluar su uso deben estar claramente definidos. Todos estos requisitos deben cumplirse (2), mientras que cumplirlos solo parcialmente (1) o nada (0) no son adecuados.
  3. Principio de transparencia: incluyen el derecho de los usuarios a ser notificados, a controlar sus propios datos, a la transparencia con respecto a qué datos personales se recopilan y a la explicación del resultado producido por la aplicación. La aplicación debe ser auditable. El cumplimiento de todos los requisitos (2) es adecuado, mientras que cumplirlos solo parcialmente (1) o nada (0) no es adecuado.
  4. Evitar la discriminación: la aplicación debe evitar la estigmatización debido a la sospecha de infección. (2) La información / medidas poco claras para evitar esto (1), o la falta de un plan para abordar este problema (0) no son adecuadas.
  5. Accesibilidad: posibilidad de ser utilizado por todos, independientemente de la demografía, el idioma, la discapacidad, la alfabetización digital y la accesibilidad financiera. Todos estos requisitos deben cumplirse (2), se abordan parcialmente (1) o nada (0) no son adecuados.
  6. Información y tutoriales: asegúrese de que los usuarios estén informados y sean capaces de usar la aplicación correctamente, incluidos, por ejemplo, ayuda en la aplicación o materiales externos, como un sitio web (2), o materiales externos, como una web (1). No hay material (0) no es adecuado.

Tecnología

  1. Protocolo descentralizado: p. Ej. uso de la arquitectura descentralizada de seguimiento de proximidad para preservar la privacidad (DP-3T). Además, la aplicación debe permitir la interoperabilidad. Se prefiere Bluetooth sobre el GPS. Un protocolo totalmente descentralizado es el mejor (2), mientras que los enfoques mixtos (1) o completamente centralizados no son adecuados (0).
  2. Gestión de datos: garantizar el principio de minimización de datos, el uso del almacenamiento local y temporal, y el cifrado, según los principios de protección de datos por diseño. Asegurarse de que solo se traten los datos estrictamente necesarios. Todos estos requisitos son necesarios (2), la documentación es poco clara (1) el incumplimiento de todos ellos (0) o no son adecuados.
  3. Seguridad: autenticación del usuario para evitar riesgos como el acceso, modificación o divulgación de los datos. Utilizar identificadores únicos y pseudoaleatorios, renovados regularmente y criptográficamente fuertes. El cumplimiento de estos requisitos es necesario (2), no está claro (1) o la falta de cumplimiento (0) no es adecuado.
  4. Aplicación fácil de desactivar / eliminar: ya sea a través de instrucciones claras o automáticamente mediante la cláusula de suspensión (2). No está claro (1) o las dificultades para eliminar la aplicación y los datos (0) no son adecuados.
  5. Aplicación de código abierto: desarrollo participativo y multidisciplinario, acceso al código y métodos utilizados para la adaptación a nuevos conocimientos sobre el virus (2). No se recomienda el código de fuente abierta sin la posibilidad de contribuir (1), y el código de fuente no abierta no es deseable (0).

Gobernanza

  1. Propiedad pública: es preferible la propiedad por el Estado (2), mientras que la Autoridad Sanitaria (1), un instituto de investigación (1) o una parte privada / comercial (0) son menos adecuados.
  2. La gobernanza de datos debe hacerse pública: es preferible la gobernanza de datos abiertos (2), mientras que las configuraciones intermedias (1) o privadas / opacas (0) no son adecuadas.
  3. Uso: la descarga de la aplicación debe ser voluntaria (2). Además, el uso de la aplicación no puede ser obligatorio para acceder a ciertos lugares (1) o ser legalmente obligado (0).
  4. Cláusula de extinción: Esto debe especificarse claramente con una fecha y un procedimiento claros (2), mientras que la información poco clara (1) o la falta de dicha cláusula (0) no son adecuadas.
  5. Legislación y política: Marco legal claro y más amplio votado por el parlamento (2), política gubernamental parcial (1) mientras que no es deseable ninguna política o desconocida (0).
  6. Hallazgos incidentales y política de doble uso: los propósitos más allá del rastreo de contactos (por ejemplo, colocar a las personas en escenas del crimen, identificación de patrones de comportamiento) están estrictamente prohibidos (2). De lo contrario, debe existir al menos una política que establezca cuáles son los otros usos potenciales de los datos recopilados (1).
  7. Evaluación del impacto del diseño y proceso de desarrollo abierto: proceso de diseño explícito, que incluye una descripción clara sobre los objetivos y la motivación, las partes interesadas, el proceso de consulta pública y la evaluación del impacto (2). La información poco clara (1) o la falta de dicha evaluación (0) no son adecuadas.
  8. Derecho a no ser objeto de una decisión automatizada. Los usuarios deben poder impugnar las decisiones de la app, o exigir intervención humana (2). El cumplimiento parcial / poco claro (1) o la falta de esta característica (0) no son adecuados.

Figura 1: Aplicación del marco propuesto a tres aplicaciones y las pautas EDPB, como se indica en cada panel. Los números representan cada uno de los criterios, y el cumplimiento de los criterios de los tres grupos principales se muestra en el círculo exterior.

Creemos que este enfoque debe implementarse en cualquier aplicación digital de rastreo de contactos, para garantizar completamente la seguridad de los datos, y la de los ciudadanos.

Todos queremos vivir una vida serena y experimentar seguridad sin ser discriminados, y poder confiar de nuevo en la tecnología sin que nos vuelva a traicionar. Podemos hacer que ocurra.


Paco Goyanes: «Tenemos que ayudarnos unos a otros. El mundo del libro ha superado muchas crisis: también superará esta»

La librería ha devorado al nombre, o al menos, al apellido. Todos le llaman Paco Cálamo, y él responde, como si no se llamase en realidad Paco Goyanes, que sí, se llama. No es nuevo en esto de que las cosas salgan distinto a como se planean: montó una librería para vender buenos libros a sus amigos y la realidad le demostró que ni todos sus amigos leían, ni todos los libros eran buenos. Pero ahí sigue (en la zaragozana plaza de San Francisco ) con tesón aragonés, empeñado en que algún día le visiten. 

Pone todo de su parte, no crean. Ofrece no solo estanterías repletas, sino algo mucho más selecto: criterio. Charla. Recomendaciones. También vinos («Libros y vinos», reza su rótulo) y alguna que otra juerga. Nunca quiso montar un supermercado de libros, ni ser un tendero sapiencial que pronunciara el insoportable cliché de que su establecimiento es «un punto de encuentro». Solo ha fracasado en esto último. El resto lo ha logrado: ha recibido todas las condecoraciones posibles, ha recorrido el mundo para aprender de los compañeros de oficio más humildes, y ha impartido formación a los que querían prosperar. Ha sido kamikaze y/o visionario, y lleva treinta años llegando a fin de mes, militando en la resistencia. 

Convocamos a Goyanes, tan insigne como inquieto, a las jornadas de Futuro Imperfecto en el Espai Rambleta de Valencia, con la excusa de hablar del libro de Jorge Carrión, Contra Amazon. Nada salió como esperábamos: tocaba despotricar contra el titán americano, pero él puso las pilas a su gremio; tocaba apocalipsis por el negro futuro del papel, y a él se le escapó el optimismo.  Quítale un apellido, pero dale un micrófono: no quedará ni una expectativa en pie.

*Debido a los efectos de la epidemia COVID-19 posteriores a la realización de esta entrevista presencial, hemos añadido estas primeras preguntas vía correo eléctronico:

¿Cómo afrontáis la cuarentena? ¿Estáis vendiendo por internet? ¿Cómo podemos ayudar los lectores a las librerías?

Para responderos prefiero reproducir algunas líneas del comunicado que enviamos a nuestros clientes y amigos el sábado 14 de marzo: 

«Hemos cerrado nuestras librerías, con un dolor y una tristeza infinitas. Y también hemos suspendido la venta online y la entrega a domicilio. No creemos que sea en absoluto conveniente  ir a correos con paquetes, entregarlos a casas de mensajería o llevarlos nosotros mismos. Conocemos a los repartidores, los vemos y saludamos todos los días: sufrimos por ellos. Además de  cobrar una miseria por las entregas que realizan —merced a la presión de los grandes operadores del comercio electrónico—, ahora también están obligados a seguir trabajando sin medidas de seguridad merecedoras de tal nombre.

Las indicaciones de las autoridades sanitarias son claras y tajantes: hay que quedarse en casa, hay que disminuir el tráfico de personas y mercancías.

Se impone la calma, disminuir la ansiosa velocidad que parece dominar nuestras vidas. ¿Tanto te urge leer la última novedad del sempiterno candidato al Nobel? ¿Tienes que adquirir precisamente ahora el libro que hace meses decías que querías o necesitabas leer? ¿De verdad que no tienes lectura suficiente en casa?

Las librerías independientes necesitamos que cuidéis y os cuidéis, que apoyéis a la sanidad pública de nuestro país y a sus profesionales. Necesitamos lo que necesitamos todos: tranquilidad, calma y responsabilidad. 

Y también —por qué no-—que guardéis los impulsos compradores para cuando pase —que pasará— esta crisis. Os estaremos esperando con las puertas abiertas de par en par y con la mejor de nuestras sonrisas».

Esta semana Maite Aragón, de Caótica, escribía «Otro apocalipsis librero», sobre la responsabilidad de los libreros con respecto a los envíos ¿Compartes su opinión? ¿Crees que depende de tener o no tener una plataforma funcional de venta por internet?

Coincido con la mayoría de las opiniones de María Aragón, como habréis podido comprobar al leer mi respuesta anterior. Sus reflexiones sobre la gratuidad de la cultura y la utilización descarada de la crisis sanitaria para favorecer a los emporios digitales son más que pertinentes.

Se están pasando todas las ferias del libro al cuarto trimestre. ¿Crees que se podrá remontar el año?

Es una incógnita total. Todo depende del tiempo que se prolongue el estado de alarma. Creo que en este caso  —solo en este caso— hay que seguir el mantra del Cholo Simeone: Vamos partido a partido. 

En todo caso creo que es importante que los agentes del comercio del libro —y aquí me refiero en concreto a editores, distribuidores y libreros— seamos solidarios y responsables. No valen para nada soluciones individuales ni prácticas basadas en el sálvese quien pueda. En general nuestras estructuras son débiles y poco capitalizadas. Vivimos casi al día. Con lo que ingresamos vamos pagando lo que debemos, si la máquina se para —y se ha parado indefinidamente— el flujo económico se para. Para salir adelante casi todos vamos a tener que recurrir a financiación bancaria, nos guste o no. 

Las libreras y libreros tenemos la obligación y la responsabilidad de hablar individualmente con nuestros proveedores y clientes, negociar nuevas condiciones y plazos comerciales, y a la vez empezar a buscar soluciones de conjunto. Muchas librerías se van a esforzar por cumplir en la medida que puedan con sus compromisos contractuales. Como también muchos editores y distribuidores están buscando estrategias que eviten tanto su colapso económico como el de las librerías. Tenemos que ayudarnos unos a otros. El mundo del libro ha superado muchas crisis: también superará esta. Para nada ayudan colegas que anuncian a bombo y platillo que no piensan pagar a sus proveedores, o editores y distribuidores que se niegan a hablar de retrasar o aplazar giros o que se hacen los locos como si nada estuviera pasando.

Tal vez la lección más importante que podamos extraer de estos días aciagos sea la necesidad de que el sector profesional del mercado del libro empiece a trabajar en global, superando las tradicionales redes gremiales, tan útiles en para muchas cosas, pero tan limitadas para otras.

Y con respecto al sector, ¿crees que el Gobierno lanzará alguna medida específica para ayudar a las librerías? ¿Qué le pedirías?

La tarea que le aguarda tanto al Gobierno como al conjunto de las administraciones públicas es titánica. También a la Unión Europea. El tejido económico va a quedar muy dañado, y en especial el comercio de proximidad, tan importante en el discurrir diario de las ciudades europeas y del que somos parte muy importante. 

El sector del libro debe de articular de manera conjunta una serie de medidas específicas con el Ministerio de Cultura para ayudar a recuperar a la más importante de las industrias culturales españolas, tanto en número de trabajadores como en cifra de facturación. 

La Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura debe de constituir cuanto antes —estoy seguro que ya lo tiene en su agenda— una mesa de trabajo permanente en la que estén representados de manera amplia editores, libreros y distribuidores con la idea de  trazar un plan de emergencia. Los asistentes al último congreso de librerías celebrado recientemente en Málaga, nos llevamos una muy buena impresión de su nueva directora, María José Gálvez: conoce el sector desde dentro y ya nos tendió la mano para el diálogo. Hay que empezar a trabajar. 

Desafortunadamente ayudar va a significar sobre todo aportar dinero, justo de lo que menos habrá cuando termine la crisis: compras para bibliotecas en el canal librero, adecuación e interpretación favorable de la actual y caótica Ley de Contratos del Estado —tan lesiva para la mayoría de las librerías independientes—, exenciones fiscales, apoyo financiero a la actividad cultural de las librerías, ayudas para el mantenimiento de los puestos de trabajo, apoyo y difusión para las ferias del libro, cumplimiento estricto de la actual Ley del Libro,  etc. 

El sector editorial debe de comprometerse en el apoyo a las librerías, no solo en su supervivencia, sino también en su renovación y en asegurar la continuidad de muchas librerías en peligro de desaparición al acercarse la edad de jubilación de sus fundadores.  

Deben articularse sistemas de mediación entre libreros, distribuidores y editores; dar contenido al Sello de Calidad para Librerías, que con tanta ilusión se creó y que tan pronto calló en el olvido por parte de las mismas instituciones que lo animaron.

Tenemos mucho que hacer, no nos va a dar tiempo de aburrirnos.

¿Por qué una librería? Empieza por contarnos cómo surgió Cálamo, por qué inviertes todos tus ahorros en ella. 

Mi aventura empresarial, porque eso es lo que es, y no especialmente notoria, empezó en 1983. Yo era un joven de esa época, la era de la movida madrileña y el desencanto político, que había estado involucrado en la lucha antifranquista. Así que la librería fue como una especie de salida. Estudié Filosofía y Letras, pero no quería para nada ser profesor de instituto… De hecho me parece increíble toda la generación de mis compañeros que acabaron siéndolo, y que acabó siendo el gran pecado de muchas generaciones: que son muy malos enseñantes porque tienen muy poco que enseñar. Así que pensé que podría ser librero, porque tenía algunos amigos que trabajaban en ese mundo y me inspiré en ellos. Tuve una pequeña ayuda familiar, un crédito al diecisiete por ciento, y me metí en la aventura. Fue complicada los primeros años, y después, pues bueno, me ha dado de vivir de una manera correcta. No me quejo. 

Las librerías siempre han estado hermanadas con el té, el café y las bebidas alcohólicas. Dices que «Maridar es el verbo más feo de la lengua española», así que no diré eso de que maridáis libros y vinos, pero sí pregunto: ¿hasta qué punto fue importante para el éxito de Cálamo la incorporación de la venta de vino a la de libros?

Efectivamente: lo detesto. Desde el principio, la librería se sustentó en dos ideas: vender buenos libros (que es una cosa muy genérica) y la otra, participar de manera muy activa en la vida social, cultural, incluso política de la ciudad. Todo con el deseo de desacralizar el mundo del libro. Daos cuenta que durante aquellos años todavía había muchas librerías «de mostrador», de las que tú entrabas y le decías a un señor «quiero Los Milagros de nuestra señora». El librero, que era un señor con batín, se iba por detrás, te traía el libro, se los pagabas y te ibas. Eran espacios donde la gente entraba con mucho silencio, con mucho respeto… pero eran espacios fríos y desangelados. 

Nosotros lo que intentamos fue crear un punto de encuentro, añadiendo cosas que no tuvieran aparentemente nada que ver con el mundo del libro. Una de ellas fue los vinos. No voy a negar que me gusta mucho beber vino, no hasta el punto de quedarme como un piojo, pero ya me entendéis. Lo que hice fue copiar cosas que ya existían, porque las librerías con sección de vinos ya eran una tradición en Francia, en Alemania o en otros países como Argentina. Eso sirvió para llegar a otro tipo de público. Desde el principio también organizamos presentaciones de libros, fiestas, e incluso damos la entrada del verano con una fiesta en la que montamos una barra y damos daiquiris… aunque este año no lo hemos hecho un poco por la vagancia, [risas]. A veces invitamos a la gente a que traiga sus propias especialidades culinarias y las comemos entre todos… En fin, cosas con las que podamos pasarlo bien y con las que, además de venir a la librería a comprar libros, puedan hacerlo en un ambiente diferente o relajado. 

La frase célebre dice que «la libertad es una librería». ¿Ahora «la librería tiene que ser comunidad» para sobrevivir?

Es que es la clave ahora, pero yo creo que ha sido la clave siempre. ¡Las librerías tampoco estamos inventando nada! Las librerías independientes a veces tenemos cierto sentimiento de que somos críticos o innovadores culturales, pero yo creo que no lo somos. Los libreros somos ante todo comerciantes, mejores o peores, pero estamos dentro de una tradición. En Zaragoza ya ha habido librerías más antiguas que han hecho cosas similares a la mía, en la República también… Somos parte de una tradición cultural en la que innovar es bastante complicado.  

Comerciante pero con una cierta responsabilidad, ¿no?

Evidentemente las librerías tienen esa responsabilidad social, o por lo menos yo sí creo mucho en ella, en ese papel del librero como prescriptor, de la librería como punto de encuentro, como sitio donde generar comunidades e intercambio de experiencias… Es decir, creo en las librerías como un sitio democrático, donde la gente va, opina, recomienda, es recomendado, etcétera. Pero luego también me sucede otra cosa. Hace unos años, una escritora de libro infantil que se llama Begoña Oro, escribió en su blog un artículo precioso que se llamaba «En defensa de las librerías normales», que me pareció hermosísimo y estuve muy de acuerdo. 

¿Cuáles son las librerías normales? 

Las de barrio, las que venden lapiceros, folios, revistas, libros infantiles y cuatro novedades, los premios Planeta… O las librerías generalistas que venden también libros de idiomas y de informática. Son las que ese artículo contrastaba con las librerías literarias, como sería la mía. Ese artículo me hizo meditar mucho, porque sí creo que los libreros independientes, sobre todo en los últimos años, nos hemos otorgado una especie de barniz de críticos, o de responsables culturales, que nos va muy largo. Que no nos pega, sinceramente. A veces ha habido intervenciones de los libreros independientes, por hacer una crítica, en las que hemos ejercido un papel que no nos corresponde. Hay una cierta altanería en todo ello. Es una polémica que mantengo con bastantes libreros y sobre la que me parece que hay que reflexionar. 

Cuando salen las clasificaciones de «las mejores librerías del mundo», en las que nosotros hemos aparecido alguna vez, pero absurdamente, porque somos una librería muy pequeña; siempre aparecen el mismo tipo de librerías. Todas están vinculadas a grandes ciudades, a un concepto literario muy elitista, y para mí eso plantea una pregunta: ¿realmente un librería parisina especializada en arte contemporáneo y ubicada en el barrio latino, es más importante y mejor que la librería Guaymuras de Honduras? Por ejemplo. ¿Es más importante la librería Strand de San Francisco que la librería Anónima de Huesca, en una población de cuarenta mil habitantes y con una labor excelente? ¿Es mejor librería la famosa librería del Ateneo de Argentina (que a mí me parece bastante fea, pero todo es cuestión de gustos) que librerías que he conocido en Senegal o Malí, con el suelo de tierra? Yo creo que son mucho mejores estas últimas, porque cumplen mejor su papel social, en sitios complicados. Creo que ser librero en una ciudad importante, con mucha gente, si tienes un cierto poder económico y un buen local, es relativamente fácil mantener tu negocio. Lo que es difícil es buscar estos libreros que venden libros en poblaciones pequeñas que para sobrevivir tienen que hacer de todo. 

Si vosotros sois los libreros independientes ellos son…

Ellos son los más independientes. Por eso hay que revisar mucho el concepto de «librería independiente», es lo mismo que el concepto de «editores independientes». Yo sigo siendo un fan de los editores independientes y los he apoyado siempre en la librería, pero también hay que mirar el fenómeno con ojos muy críticos. Por ejemplo, la edición independiente española se sustenta sobre todo en la traducción y hay muy poca apuesta por el autor nacional. En las editoriales independientes españolas hay una deserción casi absoluta en el apoyo a la literatura española contemporánea (siempre hay excepciones: bravo por ellas). Este papel lo están cumpliendo, curiosamente, editoras literarias de los grandes grupos. Si te vas a Argentina el caso no es así, allí publican ante todo y sobre todo autores argentinos o latinoamericanos contemporáneos. Apuestan por lo que yo creo que es la función fundamental de un editor: encontrar un autor, confiar en él, editarlo, intentar colocarlo y hacer que ese libro llegue al lector. 

Llevas muchos años diciendo que tú montaste la librería para vetas exclusivamente los libros que te gustaban, así que la pregunta se hace sola… ¿Vetas (o te niegas a vender) muchos libros? 

[Risas] A ver, nosotros tenemos un espacio limitado. Todos aquí sabemos que el mercado literario español es una brutalidad, somos el cuarto o el quinto mercado mundial… y en fin. Las cifras dicen que se publican noventa mil libros nuevos al año, que no son tantos pero bueno, pongamos que son sesenta mil. Nosotros tenemos dos librerías, una de ciento sesenta metros y otra infantil que tiene ochenta, imagínate si metiéramos todas estas novedades. Simplemente moriríamos por derrumbe. Por eso seleccionamos mucho los libros que queremos vender, y claro que tenemos nuestro criterio, porque el criterio tiene que existir siempre en una librería. Ahora: yo tampoco desprecio las ventas. Pongamos un caso concreto, como los premios Planeta. En infantil es cierto que llevamos muy a rajatabla no vender libros de Disney ni de estos grandes montajes. No nos gustan los libros de chicas superdelgaditas, los que trabajan un montón de editoriales. Pero no renunciamos a vender libros que tienen una venta masiva, porque gracias a esa venta podemos vender otros. Ha habido librerías muy notorias en este país que se han ido a pique, entre otras cosas, por ser demasiado elitistas. A un cliente que te pide el Premio Planeta no puedes mirarlo con cara de «será desgraciado». Un librero tiene que saber equilibrar cuáles son sus cuentas y cuál es su realidad. 

O sea, que sí vendes libros que no te gustan. 

[Risas] Pues sí, a veces sí. Sobre todo vendo muchos libros que no he leído porque lógicamente nuestra capacidad de lectura es limitada. 

¿Qué tipo de lector es un librero? ¿Erudito, sistemático, curioso, inconstante, superficial, profundo, en diagonal? O se parece un poco a lo que se suele decir de los periodistas: «Un océano de conocimiento de un centímetro de profundidad»? 

Esa definición no le viene mal a la mayoría de los libreros, mira. Un librero lee muchísima contratapa, en mi caso leo muchísimas facturas, albaranes, balances mensuales, extractos bancarios… lecturas más bien dolorosas. Eso sí: me siento un privilegiado en mi librería. Porque todos los que trabajamos en ella, todos, somos lectores de mayor o menor nivel, y todos tenemos nuestra especialización. León Vela es una persona que lee muchísima novela policíaca, género que a mí no me gusta especialmente; soy más de ensayo político e histórico. Mi compañera Ana Cañellas es una lectora de novela furibunda que lee un libro al día prácticamente y sobre ella se sustenta buena parte de la labor de recomendación de la librería. Y en Cálamo Infantil, Ana Segura se empapa de álbumes y libros infantiles. Con todo esto hemos conseguido un buen nivel para tener un criterio, aunque metemos la pata, seguro. 

Ahora, es cierto que hay muchísimos libreros que no leen. Y muchos enseñantes que no leen. Recuerdo un autor de juvenil que se llama David Lozano que fue a dar un curso de animación a la lectura para profesores de primaria, y preguntó «¿Aquí quién lee?», y nadie levantó la mano. Eso pasa con muchos libreros también. A mí me enerva cuando alguien entra en la librería y dice «qué bien, qué bonito estar aquí, ¡pero cuántos libros tiene que leer usted, qué maravilla!». Te dan ganas de asesinar a la persona que te habla así, porque realmente el tiempo de un librero es escasísimo, tenemos unos horarios endiablados porque el horario comercial en España es una mierda. Yo me levanto a las ocho, llego a la librería a las nueve, y me voy a las nueve de la noche… A poco que enchufe Netflix y vea una serie, pues ¿de dónde saco el tiempo para leer? Pero vamos, que también hay farmaceúticos a los que les pasa, eh. 

La irrupción de las editoriales independientes cambió algunas cosas de la relación entre el editor y el librero, la afianzó más, porque los editores empezaron a visitar las librerías, a establecer relaciones. Tú llevas tiempo en esto, ¿ha cambiado el mucho el panorama?  

Todo esto ha cambiado mucho, hay que reconocerlo, también dependiendo de la línea de AVE. Nosotros estamos en mitad de Barcelona y Madrid, y Zaragoza se ha convertido en un sitio para pesados. Todo el mundo para ahí, y hay muchos editores que se presentan a las once de la mañana a contarte el catálogo cuando tú tienes que trabajar. Esto es muy común y tratamos de cortalo, o encauzarlo de alguna manera. En España, el cambio en el mundo de la edición ha sido brutal, yo llevo treinta y seis años en ello y lo he visto. Ha cambiado en volumen de edición, en tamaño de empresas, en calidad… Antes ocurría que el editor publicaba un libro, los ejemplares se lanzaban a las librerías… y ahí andaban. Si pillaban un librero con sensibilidad, o le caía en gracia y lo leía, lo recomendaba y ya está. Pero la mayor parte de los libros pasaban sin pena ni gloria. 

Hubo un período importante, hace unos veinte años, cuando empezó a eclosionar las librerías independientes, cuando empezó Minúscula, Páginas de Espuma, y luego siguieron todas las del grupo Contexto. Todas estas empezaron a hacer una cosa que antes nadie había hecho: ser comerciales de sus propios libros. Los libreros empezamos a recibir libros de muestra, que no lo había hecho nunca nadie. Empezaron a visitar librerías y fue un caso claro de éxito, al margen de su edición. Fue un éxito comercial porque ellos se implicaron mucho en la difusión de sus obras. Eso ha sido muy imitado, y ha habido más editoriales que se han animado a hacer esto, incluso grupos que han aprendido de estos pequeños, y lo hacen ahora también. Esto es un fenómeno que ocurre en España pero no tanto en Francia, porque allí una cosa es la distribución física y otra lo que llaman la difusión. Los difusores conciertan citas con los libreros y van darle la tabarra durante horas, y le cuentan todo el plan editorial de las siete u ocho editoriales que ellos representan. Lo que hicieron este tipo de editores en España fue imitar este modelo francés, pero haciéndolo ellos directamente, sin empresa interpuesta. Celebro que esto ocurra, porque ha generado también una relación estupenda entre editores y libreros. Hace veinte años esa relación era de ir a muerte, de no estar todos en un mismo barco. Tú insultabas a los editores porque considerabas que se pasaban, y ellos te insultaban a ti porque pensaban que tú no trabajabas bien sus libros. Ahora hay una buena red de conocimiento entre todos. 

Ya hemos mencionado que el número de libros publicados en España anualmente es altísimo. Los libreros, ¿no os ahogáis en novedades? ¿Es ese uno de los principales problemas del sistema editorial español, que los libros mueren muy rápido? 

Exacto: los libros mueren muy rápido, porque un libro que lleva tres meses en la librería al cuarto mes ya es viejo. Es una cosa absurda. Este país tiene un sistema editorial muy potente del que podemos estar todos muy orgullosos, pero tiene un mercado todavía muy pequeño. Tenemos el espejismo de América Latina, con el castellano que lo hablan tantos millones de personas, pero trasladar los libros de aquí a allí no es tan fácil tampoco. El mercado editorial vive una inflación desde hace muchísimos años, diría que desde que abrí Cálamo en el 83. Pasan por la librería cantidad de libros que seguro que son maravillosos y nos estamos perdiendo, porque no sabemos nada de ellos. El mercado es muy endiablado. 

Pensad también eso: que es un mercado. Especialmente las grandes corporaciones están interesadas en sacar muchos títulos. Cuando compran un derecho de un gran autor, británico o francés, a veces al adquirir esos derechos, están obligados a adquirir libros de otros autores de ese mismo catálogo. O de ese mismo agente literario. Tienen una teoría que es bastante endiablada, la teoría de la mancha: cuanto más libros de tu sello, o tus sellos (porque hay corporaciones que tienen hasta setenta sellos) ocupen espacio en una librería, menos ocupan los de la competencia. Por eso la labor del librero es tan importante. No voy a nombrar los grupos porque tengo cuenta abierta con ellos e igual se enfadan, pero cuando viene un catálogo de novedades así de gordo, dices «madre mía, dónde vais con eso». Planeta o Random House todos los meses te lanza setenta u ochenta novedades de narrativa. Y ahora al mundo de la edición independiente le está empezando a pasar también, porque hay tal avalancha… es muy difícil discriminar lo que es bueno o malo. 

También hay un problema que es el descrédito de la crítica cultural, de la crítica de libros en este país. Antes los medios de comunicación tenían un peso muy importante. Cuando recomendaban un libro en Babelia hace veinticinco años y no lo tenías… ¡La madre que me parió! Te pegabas una semana peleando para conseguirlo, porque además el transporte no era tan ágil como lo es ahora, y era un desastre. Ahora ya puede salir cualquier suplemento diciendo que es la obra maestra del siglo XX, XXI y XXII, que igual no se acerca nadie a preguntarte por él. No sé tanto si es descrédito o pérdida de influencia de la prensa, y no hemos encontrado o no hemos sabido encontrar, ese papel de prescripción como sustitución. Lo cumplimos un poco los libreros, porque yo no me creo que las páginas webs y los blogs, Twitter o Facebook, prescriban ningún libro. Y si lo hacen, ya me perdonaréis, prescriben chorradas. 

Nosotros tenemos una mesa en la entrada de la librería donde colocamos los libros que hemos leído, los que vamos a leer y los que estamos leyendo, y ese es el punto caliente de la librería, donde acude más gente de manera constante. Nosotros vendemos muchos libros porque nos empeñamos, no puedo darte cifras, pero cuando nos empeñamos en vender uno porque nos ha gustado, nos volvemos militantes y vendemos muchísimos ejemplares. Luego está el boca a boca, uno de los pequeños milagros del mundo de la edición, como los casos recientes de Patria de Fernando Aramburu y Ordesa de Manuel Vilas. Ambos eran escritores minoritarios, y cuando digo minoritarios insisto en ello: minoritarios. Vendían mil, mil quinientos ejemplares. Y de repente pasan a vender millones en un plazo cortísimo. Y eso lo ha provocado el boca a boca. No es un fenómeno nuevo, pero te sorprende. La prescripción en los libros privados es como si tiraras una piedra a un río e hiciera una onda. 

¿Te equivocas mucho con tus proyecciones de éxito? 

Muchísimo. 

¿Alguno reciente? 

Pues justo con ese, Ordesa. Soy un lector desde hace muchos años de Manuel Vilas, porque me encanta también su poesía… Pero jamás pensé que Ordesa fuera un pelotazo. Jamás. Tengo muy buena relación con él, que es de Barbastro y yo de Zaragoza y hemos compartido muchas cervezas. A mí me sorprendió mucho su éxito porque no es un libro fácil de leer, y os voy a decir la verdad: a mí hay otros libros suyos que me gustan más. Pero hubo una serie de circunstancias que han facilitado que sea este el que funcione, un artículo de Millás en El País, otro autor que lo nombró… Y se convirtió un fenómeno no solo en España; en Francia, Portugal e Italia también está vendiendo muchísimo. Me consta, porque tengo un amigo que tiene una librería fantástica en Ciudad de Guatemala, Sophos, que también allí ha vendido sin conocimiento. ¿Cómo puedes vender Ordesa en Guatemala? Pues se vende. 

El título de estas jornadas es «futuro imperfecto», pero para hablar sobre el futuro no está mal hablar un poco sobre dónde estamos. El barómetro de hábitos de lectura en España no es especialmente alentador, mientras cierran librerías en toda España y aumenta el número de libros publicados. ¿Alguna vez te rindes al desencanto y piensas que no hay suficientes lectores para sustentar todo esto?  

Yo es que creo que en España hay un gran negocio de venta de libros. Mira, el premio Planeta de Javier Cercas ha salido con una tirada inicial de doscientos mil ejemplares. 

Pero las cifras reales de los libros que se venden no son muy transparentes. Los autores, por ejemplo, tienen que confiar en las editoriales sobre cuántos ejemplares se venden. 

Es cierto. Aunque yo creo que las cifras que publica el Ministerio de Cultura son bastante fiables en cuanto a la venta de libros, o quizá más en cuanto al volumen total de negocio. Porque al final, estamos hablando de la principal industria cultural que hay en España, esto no es ninguna tontería, es el uno y pico por ciento del producto interior bruto. Se venden muchos libros, y a lo mejor es verdad es que se venden muchos de pocos, que es un problema, y pocos de muchos. Esa es la otra parte de la ecuación. Pero realmente hay gente en el mundo del libro, de la edición y de las librerías, que ha hecho mucho dinero. El libro de texto, por ejemplo, ha sido un gran negocio en este país. Ha habido librerías que se han forrado con esto. Ahora con el tema de la gratuidad vendrán muchos problemas, porque había muchas que se sustentaban en esas ventas. Pero ojo: muchas librerías pequeñas en muchos pueblos vivían gracias al libro de texto, así que tampoco hay que demonizarlo. Realmente ha habido negocio. Yo llevo en esto treinta y seis años y vivo correctamente. A mí la literatura, vender libros, me ha dado de comer. 

¿Pero? 

Pues que tenemos que pensar que una cosa es el consumo de libros y otra el índice de lectura. Yo creo que en este país se lee más que nunca, porque cuando empecé a ser librero era un auténtico desastre. Abrí la librería en el 83 convencido de que iba a vivir gracias a la venta de los libros a mis amigos, y mis amigos no me compraban ni un libro. Todavía estoy esperando que entren algunos de ellos. Ahora ha aumentado muchísimo el público lector. Cuando se acusa a los jóvenes de no leer, diciendo que es un desastre la educación en España… A mí me da vergüenza oír estas opiniones de algunos enseñantes. Jamás han salido generaciones tan preparadas. No ha habido nunca una población tan preparada como tenemos hoy en España. En los niveles de enseñanza media se lee mucho, en los infantiles se lee mucho… ¿Que se podía vender más? Sí, también. 

En el año 83 no había prácticamente bibliotecas. En Zaragoza teníamos una biblioteca central en una plaza, que era enana, y otra que había en un barrio. Ahora tenemos una red de bibliotecas públicas que es modélica, aunque el Ayuntamiento no ponga demasiado dinero. El caso es que ha habido un gran avance en la lectura en nuestro país. ¿Que no tenemos las cifras de Francia e Inglaterra? No, claro que no. Pero tampoco tenemos las cifras en venta de coches o en nivel de vida, o en cervezas bebidas… aunque eso a lo mejor sí. Somos un país económicamente importante pero no somos del top, top. 

Porque no olvidemos que el libro tiene un costo económico también. Hay muchos chavales jóvenes que les gustaría comprar muchos más libros, pero no les llega el dinero. Si cobras mil euros al mes en B o en medio B, para muchos libros no te va a dar, ya solo con pagarte el piso y comer… 

Hay que aspirar a vender más libros y tener más lectores, pero creo que estamos en un buen momento. Otra cosa es que el libro tampoco ocupa la posición que ocupaba antes. En los ochenta y noventa, la parte central de la cultura era el libro, a eso se refería todo el mundo cuando hablaba de «la cultura en España». Después estaban el cine y la música. Pero ahora no. Ahora el ocio y el conocimiento se reparte en imagen, comunicación, libros, Filmin, Netflix… la oferta cultural es tan brutal que realmente no tenemos tiempo para repartir entre tantas cosas. 

Pero eres un optimista respecto a ese «futuro imperfecto». 

No soy pesimista, eso seguro. También depende un poco de lo que esperes, porque yo lo que aspiro es a vivir con dignidad. De momento he podido hacerlo. Además con un tipo de librería en la que no he tenido que vender nunca texto, por ejemplo. Es verdad que ahora, como te comentaba antes, he tenido que vender libros que bueno, en fin. Pero tengo una responsabilidad social con mis trabajadores, que somos cinco, y tengo que pagar salarios. 

Vamos al meollo de lo que nos trae aquí hoy. Le hemos robado el título al libro de Jorge Carrión, Contra Amazon. Como librero, ¿cuál es tu relación con Amazon?

Yo creo que Amazon es una empresa logística impresionante, de almacenaje y venta. Creo que Amazon no puede ser la excusa para que los libreros no nos pongamos las pilas, para que este sector no modifique parte de sus malas inercias. El mundo de la distribución en España ha mejorado una barbaridad, pero es increíble que en una ciudad como Zaragoza tú pidas un libro a una editorial en Madrid y tarde en llegar tres días, o cuatro, o una semana. No puede ser, estamos al lado. Hay empresas de transporte que te hacen mejor servicio, y de hecho los distribuidores siempre han funcionado así, que te sirven los libros en 24-48 horas. En esa medida puedes competir con Amazon, porque tienes un espacio abierto y estás ahí al lado. 

Lo que creo es que la venta por internet, y no solo Amazon, está cambiando nuestra forma de consumo, esto sí que es verdad. Mis hijas compran ropa por internet, y a mí es algo que me parece increíble. ¿Comprarte unos zapatos por internet y que si no te vale luego los devuelvas? Es así como lo hacen. Está cambiando la estructura del comercio, no solo el mundo de las librerías. A mí no me gusta hacia dónde va, porque va hacia un modelo americano, que tampoco es nuevo. Un amigo mío muy inteligente dice que Amazon no es nada más que la venta por catálogo a lo bestia. Muchas ciudades americanas están vacías de comercios precisamente porque la venta por catálogo es masiva.

El modelo social al que nos lleva Amazon no me gusta, porque nos lleva a la desaparición del comercio tradicional, porque está basado claramente en la explotación, en el ahorro de costes en el transporte. Cuando hablo con los repartidores que nos traen los libros (que son los mismos que llevan los paquetes de Amazon) las cifras que me cuentan, de lo que les pagan, son absurdas. Son gente subcontratada, la mayoría migrantes latinoamericanos y rumanos, autónomos que trabajan para Seur, para UPS…. Y a veces son ellos mismos los que subcontratan a otra gente. Te encuentras que esta gente trabaja en unas condiciones absurdas, que te traen el paquete con el hijo en la furgoneta, como locos, tirando los paquetes. Porque tienen que repartir muchos paquetes para que les salga la cuenta trabajar. El mundo de la venta por internet, el reparto, me parece aterrador. 

Y en cuanto a Amazon y al libro, yo creo que nos tenemos que acostumbrar a trabajar con ellos, porque ellos están ahí. Nadie va a cerrar Amazon. Antes caerá el gobierno que cerrará Amazon. Tenemos que buscarnos nuestros huecos y ser ambiciosos, mejorar nuestros procesos, siendo eficientes. Amazon no nos puede servir para no ser buenos profesionales. Esto me parece a mí la clave del asunto. 

Además del de Carrión, hay otro libro reciente que explora cómo Amazon está cambiando las reglas, Cállate Alexa, un ensayo de  Johannes Brökers. Uno de los datos que menciona es que en su mercado de origen, Amazon ha eliminado del mercado a unos ochenta y cinco mil comercios minoristas locales y treinta y cinco mil fabricantes.

En las librerías de Estados Unidos las que más han sufrido la irrupción de Amazon son las grandes cadenas: Barnes & Noble y demás. Quebraron por la irrupción, porque llegaron a vender el 60% de los libros, que es mucho. Pero por ejemplo, la asociación de libreros independientes americana cada vez tiene más afiliados. Se están abriendo un montón de librerías independientes en Estados Unidos. La librería independiente es la que mejor ha resistido el empuje de empresas tipo Amazon. ¿Por qué? Por lo que muchos podemos intuir: porque creamos comunidad, creamos ciudad, porque somos friendly, somos simpáticos… Porque hay una parte de la sociedad todavía valora el trato humano. 

Yo sé que el futuro es complicado, porque igual hoy estoy diciendo esto y pasado mañana tengo que cerrar. Todo puede ocurrir. Pero creo que los libreros independientes tienen todavía grandes oportunidades porque hay un mercado real y un hueco para que puedan funcionar. Ahora, tienen que darse varias condiciones también: primero, pensar que es un negocio. Uno de los grandes desastres en este país con las librerías es que no existe ningún tipo de entidad (al margen de un curso de posgrado para libreros en la Universidad de Barcelona) ni formación para libreros. Nunca. En Francia, Italia o Alemania sí. La mayoría de chavales o chavalas que monta una librería les pasa lo mismo que me pasó a mí en el 83, y entonces era normal, ahora no. Abren una librería sin tener ni idea de lo que es un negocio: no saben leer un balance, no saben analizar una cuenta de resultados, no saben hacer un estudio de mercado… 

¿Se dejan llevar por ese halo romántico de montar una librería?

Exacto. Por eso se pegan esos hostiones. Hay gente que ha perdido muchísimo con esto. Abren con cien o doscientos libros, una cafetera… y una presencia bestial en las redes sociales, eso sí. La realidad es que aguantan un año o dos, con una tragedia personal tremenda. ¿Creo que las librerías tienen futuro? Sí. Pero primero: tienen que ser un proyecto pensado y consolidado. Las librerías cooperativas cada vez me están convenciendo más. La idea esta del librero independiente que va por ahí solito, pues a lo mejor estamos un poco caducos. No solo hay que tener un buen emplazamiento, también formación empresarial, literaria, y sobre todo conocer las claves del oficio. Un librero o una librera tiene que generar empatía, ser simpático y eficaz. No se trata solo de responder o aconsejar, a veces se trata también de conseguir libros. No puedes comprometerte a conseguirlo y tardar dos meses en hacerlo, porque ahora puedes comprar cualquier libro en cualquier país del mundo, así de fácil lo ha hecho internet. 

En Cálamo, además, tenéis una experiencia importante con las librerías de América Latina. 

Sí. El mundo de las librerías en América Latina es tremendamente diverso. Como lo es también la edición independiente. Argentina tiene una prodigiosa, rica y estimulante red de librerías de todo tamaño y condición, la mayoría de ellas en Buenos Aires. En México dominan las grandes cadenas, algunas de ellas de capital público, como el caso de las del FCE., mientras la red de librerías independientes es muy y débil y solo presente en las grandes ciudades. En Bogotá encuentras buenas librerías, algunas gestionadas por fantásticos profesionales y otras autodenominadas boutique de las que mejor no hablar… En Ciudad de Guatemala puedes visitar la increíble Sophos, gestionada por Philippe Hunziker, un tipo excepcional. En Tegucigalpa la heroica Guaynamuras, en Lima El Virrey, en Guadalajara la tremenda Carlos Fuentes… admiro a mis colegas iberoamericanos. He aprendido muchísimo de ellos y he disfrutado y disfruto de la amistad de bastantes de ellos.

Junto con mi compañera Ana he tenido la posibilidad de impartir algunos cursos de formación para libreros en Centroamérica: he aprendido mucho más de lo que he enseñado. Por cierto que también di un curso en Guinea Ecuatorial, país en la que las librerías brillan por su ausencia. 

¿La experiencia da para un libro, no?

Sí. Igual me animo algún año de estos. He tenido la oportunidad de participar en bastantes foros de debate en Buenos Aires, Bogotá, Lima, México, etc. y siempre vuelvo a casa alegre, contento y repleto de ideas y energía. Los europeos vamos de listos cuando en realidad no lo somos.

Librería Cálamo con el Hay Festival América organiza los encuentros Talento Editorial, de los que se han celebrado ya diez ediciones en México, Colombia y Perú. Son foros de debate abiertos al público en el que facilitamos que profesionales del mundo del libro de América Latina y España —también de otras áreas geográficas— se conozcan e intercambien opiniones y experiencias. También tenemos un proyecto denominado Otra Mirada. Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas de los que sean celebrado cuatro ediciones, la última de ella en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en abril de 2018.

Los españoles hemos visto a América Latina casi siempre como un mercado para nuestros productos. Y obviamente no es la mejor de las miradas para descubrir la enorme vitalidad y creatividad cultural de sus diferentes países. Pensemos en intercambio y no en dominio: nos irá mejor a todos.

Volviendo al tema de Amazon, otro dato: El 61% de los alemanes ya no se pueden imaginar la ida sin esta cómoda manera de comprar, la compra a través de internet. 

Claro, es que todos compramos y más que vamos a comprar por internet. ¿Quién no ha hecho reservas hoteleras, comprado billetes de avión…? Esa es la realidad que tenemos ahora, con la que tenemos que convivir nos guste o no nos guste. ¿Los libreros podemos competir contra Amazon vendiendo por internet también? Solos, imposible. 

CEGAL creó una página web que se llama todostuslibros.com, que es una maravilla y cada día va creciendo más, es posible que en el futuro surja una web unificada de libreros. Yo, por ejemplo, tengo una página web de la librería también, pero no vendo un rábano. Y me lleva a maltraer, con la cantidad de trabajo que tenemos. El gran problema de los libreros (y de todos nosotros) es el empleo del tiempo, cómo lo gestionamos. La cantidad de horas que inviertes en las labores cotidianas de la librería, si pienso que además tengo que invertir tiempo en actualizar la página web, a mí me da algo. También quiero vivir. 

Recientemente Amazon ha establecido un tour de force, desafiando el precio fijo de los libros. Los libreros la han tildado de «campaña ilícita».

Cierto. Pero en general, tenemos la gran ventaja de la ley de precio fijo del libro, una creación francesa. El origen de la FNAC fue una cooperativa que empezó muy fuerte y hundió los precios en París, con los descuentos masivos. Hubo librerías centenarias que quebraron. Fue cuando se inventó la ley Lang que ha sido muy copiada en Europa, aquí la hizo Semprún, y gracias a ella hay una obligatoriedad del precio fijo, con un mínimo y un máximo de descuentos. Donde no existe la ley del precio fijo —en Estadios Unidos e Inglaterra— es donde ha hecho estragos. No solo en las librerías, también en el de la edición, porque ellos ya empiezan a decidir qué se edita y qué no se edita. Cuando tienes un cliente que vende el 60%, pues ¿para qué más?

Estos años pasados, las grandes peleas entre los grandes grupos editoriales y Amazon han sido épicas. Porque Amazon empezaba a decirles lo que tenían o no que editar, y lo que les iba o no a pagar. Ya no decidían ellos. A nosotros en principio nos salva la ley del precio fijo, y en eso no puede hacer dumping, que es su práctica habitual. El consumidor parece que es muy feliz con ello, pero debería darse cuenta de que es una estrategia: que vendes por debajo del precio para después vender por encima del precio. Hay un caso muy concreto que ocurrió en España, que tiene que ver con el libro. La ley del precio fijo no se aplica a los libros de texto, así que está permitido hacer descuento. La realidad es que desde que se permitió, que lo permitió el gobierno de Aznar, el aumento del precio del libro de texto en España ha sido espectacular. Porque la gente lo que hacía era subir los precios para hacer descuento. Hay que pensar mucho las repercusiones de algunas decisiones comerciales y algunas decisiones de los gobiernos de turno. 

Brökers dice que Amazon ha cambiado tanto las cosas que parece que «antes el futuro era mejor». ¿Antes el futuro era mejor? 

A mí es que estar vivo ya me parece una maravilla. Lo que está ocurriendo en el mundo no me gusta, no me gusta lo que está ocurriendo en política, el populismo de derechas que está invadiendo Europa… Acabo de leer un par de libros que hablan del año 79, con la subida de la Thatcher al poder, la revolución feminista, un momento crítico en la historia del mundo. Ahí el populismo de derechas y el comercio neoliberal empezó de subida, y seguimos de subida desde entonces. Esto no me gusta de cara al futuro. Veo peligros en cosas que parecía que teníamos enterradas. Pero también soy optimista, porque veo mucha fuerza en los sectores culturales. Este es un país tremendamente creativo, con profundas creencias y raíces democráticas, creadas en poco tiempo, pero que existen. Con mucha capacitación, porque creo muchísimo en la gente joven. Hay que mirar con frialdad el futuro, aunque en el mundo del libro va a ser complicado, pero más complicado es en otras cosas. Lo que no podemos hacer, en lo que respecta a las librerías, es bajar la guardia por el miedo al futuro. Vender libros es un oficio extremadamente complejo, las librerías tienen que ser puntos de encuentro, espacios hermosos, tienen que ser espacios cuidados, poner amor y responsabilidad detrás de ellos. Hay muchas que afortunadamente lo entienden y hay otras que no. Espero que las que lo entienden sobrevivan.


Futuro Imperfecto #3: ¿Navidad en El Corte Inglés o en Amazon?

Protesta en contra de las condiciones laborales en Amazon, New York, 2018. Foto: Cordon Press.

Olvidaos de si consumir es un acto antiecológico, y de si debéis enseñar a vuestros niños que no pueden tenerlo todo, ni establecer las bases de su existencia en función de actos consumistas. Se acerca la Navidad, y, sed honestos, vais a comprar. Y no solo regalos, también vais a comprar más de todo. Vamos, qué leches, no nos quitamos culpa. Compraremos para todos. Para los pequeños y para los mayores. ¿Por qué? Por el «endorfinazo». Porque gastar y tener es una íntima satisfacción. Así que dejad a un lado por un momento la conveniencia de hacerlo, que no lo vamos a poder evitar. ¿Dónde vais a comprar? Según el lugar de compra elegido estaréis apoyando trabajo precario y condiciones en proceso de saber si son ilegales, o unas condiciones y retribución que permitan ser clase media. Optar por unos u otros no es una cuestión de ética, ni de decencia. No estamos aquí para moralizar. Lo que queremos es comprender cómo ha cambiado el mundo y si podemos evitar que ese cambio nos aplaste. O si preferimos seguir creyendo que existen Papá Noel, los Reyes Magos y el Amigo Invisible. En resumen, de que hagáis algo útil con vuestras compras, además de contribuir a la recaudación del IVA. A fin de cuentas, mientras tengamos capacidad de compra tenemos todavía alguna capacidad de influir, de decidir, de mandar un mensaje.

Avisamos, por si os cabe alguna duda una vez terminado este artículo, que no nos lo paga El Corte Inglés. Ya hemos intentado tener publicidad de ellos, pero sin conseguirlo. Quizá porque en su momento Nacho Carretero publicó aquí este artículo, «Ya no es primavera en El Corte Inglés» desvelando una de las cosas que más odia sacar a la luz esa y cualquier empresa: las condiciones laborales de sus trabajadores. Pero han pasado siete años desde esa publicación, la economía se ha «uberificado», y las opiniones también parecen haber cambiado.

La razón tiene mucho que ver con la edad. Los empleados de toda la vida siguen añorando el modelo paternalista de Ramón Areces, el fundador, y su promoción interna. No solo la población española se ha hecho mayor, los trabajadores de empresas tradicionales como esta también. Para lo bueno y para lo malo de realizar ciertas tareas. Los nuevos encuentran condiciones similares a otras empresas: la habitual presión brutal de los jefes, la obligación de trabajar los domingos o doblar turnos sin compensación económica alguna, y la temporalidad. De lo poco que trasciende podemos tomar de ejemplo las valoraciones en el portal de empleo Indeed. Su media es positiva, pero el 90 % de los que la dejaron, buena o mala, ya no trabajan allí. Si buscamos por la parte de los salarios, la cosa pinta muy bien… hasta que uno baja a la parte de comentarios de cualquier noticia publicada sobre ese particular. Es cierto que en general el mundo del comercio minorista vive bajo una gran presión: un día sin venta es un día perdido.

Tampoco parece ser una empresa a la que dirigir el currículum en estos momentos. Sus directivos preveían echar a siete mil trabajadores, pero una vez analizada su situación la consultora AT Kearney elevaba esa cifra a doce mil. Finalmente han anunciado que los despedidos serán solo quinientos, aprovechando jubilaciones y conversión de administrativos en dependientes. Y con todo, parece que es un  lugar de trabajo mucho mejor que otros. Por ejemplo, Amazon. Todavía hay multitud de personas mayores contratadas —mayores de cincuenta años, se entiende—, y un sistema que protege a los que mantienen un contrato indefinido de los antiguos. Es posible que el motivo de que sigan ahí sea el coste del despido. Quizá haya alguno más. Aun así, cuando compramos en ECI es eso lo que estamos protegiendo. La vida de miles de familias de clase media.

Pero también optamos por Amazon. En una de las más grandes empresas del mundo, el enfoque es diferente. Hoy te contrato y mañana te echo. Los despidos, como el trabajo, se han automatizado y los realizan algoritmos y robots en función de la productividad. El New York Times entrevistó a decenas de empleados actuales y antiguos para un artículo en profundidad sobre lo que supone trabajar en esta empresa. Un equivalente español, mucho más superficial, pero contado desde dentro, llega a la misma conclusión: lo habitual allí dentro son las ganas de llorar

El centro logístico de Amazon durante la campaña de Black Friday. Foto: Cordon Press.

Podríamos pensar que es algo puntual. Si prestamos atención a las tiendas experimentales Amazon Go y a las promesas de Jeff Brezos de que los artículos los repartirán drones, ese sufrimiento será pasajero. Pronto su trabajo lo harán máquinas. En 2017 Sam Korus anticipó que para 2019 el número de robots superaría al de empleados en Amazon. No ha sido así. Los robots superarán las doscienta mil unidades mientras que el equipo humano se espera que alcance los setecientos cincuenta mil empleados, según Vala Afshar. En Estados Unidos terminaron 2018 con seiscientos cuarenta y siete mil quinientos empleados y en septiembre tenían treinta mil ofertas de empleo abiertas a candidatos. Tienen que reponerlos, porque los queman. La rotación de producto, tan necesaria en retail, se traduce en rotación de empleados, quizá no tan necesaria. La presión por productividad empieza a pesar a sus trabajadores, y en España Amazon está enfrentando su mayor conflicto laboral

Ya que no a los trabajadores, ¿deja al menos al Estado un beneficio tangible la gran distribuidora online? En volumen de negocio, aparentemente sí. Decimos aparentemente porque la consultora Netquest calculó en cuatro mil doscientos millones de euros la cifra que su conglomerado de sociedades permite ocultar. Solo ha pagado por ellos cuatro millones en impuestos a Hacienda. Eso es menos del 0,00 1%. 

¿Es mejor el caso de ECI? Siguiendo el moderno «compromiso» de las compañías multinacionales con el país en que operan (grande cuando se trata de pedir ayudas o legislación, pequeño cuando se trata de otros temas menores), también intenta pagar lo menos posible. Este octubre perdía un largo pleito contra el impuesto de Cataluña, Aragón y Asturias a las grandes superficies. En sus últimas cuentas anuales se reservaron 119,73 millones de euros, que ahora tendrán que abonar, aunque sea obligados por la ley, a estas comunidades. Ya es mucho más que Amazon, y si a eso le sumamos sus noventa mil trabajadores, por los que también pagan impuestos, el saldo es favorable. Claro que quizá en el gigante online sea la ley la que falla, y con la tasa digital, tan discutida en la UE, pasaría a abonar, directamente y sin pasar por la casilla de salida, ciento treinta millones de euros. Quizá está haciendo lo mismo que haríamos los demás si estuviéramos en su lugar y nos lo permitieran.

No nos malinterpreten. No se trata de distinguir entre buenos y malos distribuidores, este mundo moderno está lleno de grises. El objetivo es ser conscientes, saber cómo afectará nuestra elección a las vidas cotidianas de mucha gente, a partir de conocer mejor las empresas en las que vamos a hacer nuestras compras navideñas. Para acabar de aclararnos al respecto, es imprescindible ver Sorry We Missed You, la última hostia, digo perdón, película, de Ken Loach. Ha explicado que lleva años viendo sustituir puestos de trabajo seguros por otros temporales y precarios, sueldos que mantenían familias en salarios variables y de miseria. No por casualidad el protagonista es un repartidor supuestamente autónomo, de esos completamente atados a una empresa, pero sin baja laboral, vacaciones y mucho menos jornada de ocho horas. En palabras del director, el modelo Amazon, Glovo, Uber o como lo quieran llamar, destruye al individuo y al planeta. Quizá no sea fácil verlo a corto plazo, pero no pinta bien a largo.

Ken Loach es un defensor del activismo, así que quizá la solución esté en sindicarse, no en echar la responsabilidad en los hombros de los consumidores. Esta opción la defiende Erica Hayes, directora de la serie de animación Rick&Morty, para los creadores, quienes deben, según ella, agruparse en sindicatos . La idea no es popular en EEUU, y tampoco parece serlo en Europa, donde, según el último informe de la OIT, solo seis países, de los 28 de la UE, tienen más del 50% de su fuerza laboral afiliado a sindicatos

Un repartidor de la empresa mexicana Chazki con un paquete de Amazon. Foto: Tharbadgemini (CC BY-SA 4.0)

El problema es que los sindicatos buscan la unión de trabajadores similares. Ya fue motivo de discusión su valor para pymes o autónomos, sobre todo enfrentados a los impagos de administraciones públicas. Las grandes empresas o industrias siempre contaron con sindicatos fuertes que podían presionar para intentar igualar el poder de negociación. En el mundo digital, donde hay una gran cantidad de empleados independientes, es más complicado sindicarse. 

Un estudio sobre los freelancers en Estados Unidos —aka jodidos autónomos— ha concluido que menos del 30% de los boomers han sido o son autónomos, pero que más del 50% de la generación Z ha pasado por ello. La duda es si entre los T habrá otra cosa que «emprendedores». Y si dudáis en la asignación de generaciones, recordad este orden de hitos: boomers -Woodstock; generación X – MTV; millennials – PC; generación Z – internet; generación T – smartphones. Sindicados o no, nuevas y viejas generaciones comprenden el valor de agruparse para reclamar derechos, y ahora ya hasta los youtubers lo intentan. Eso sí, tirando de un sindicato boomer de los de toda la vida

De toda la vida es también que cuando firmas un contrato de empleado en ECI te obligan a afiliarte a sus sindicatos, los afines a la empresa. Además es importante saber que en ciertas regiones los domingos no se abre, y en otras prácticamente todo el año. Algo más habrá que hacerse mirar. Sobre todo porque tienen tanto poder y autonomía que incluso han intentado introducirse en Zara. Podemos dudar de que si lo consiguen mejoren las condiciones de los trabajadores de Amancio Ortega, pero no de que las carcajadas de ECI serán épicas. Porque podrá influir sobre los empleados de un competidor en el sector de la moda y el hogar. 

En cuanto a Amazon, solo uno de cada diez de sus centros tiene comité de empresa. La propia compañía tiene un vídeo «educativo» para explicarte lo malísimos que son. No es la única. Esa maravillosa compañía tecnológica llamada Google, que no necesitaba sindicatos porque pagaba bien, la comida era gratis en sus oficinas, y te pone autobús hasta la puerta, ha contratado a la consultora IRI. Muy bien conocida en Estados Unidos por desactivar el sindicalismo. Es cierto que el sindicalismo vive en muchos sitios uno de sus momentos más bajos, pero la conclusión general es que si de lo que se trata es de vivir dignamente de tu trabajo, pintan bastos. 

Aceptémoslo de una vez, el modelo ha cambiado, y los viejos tiempos no van a volver. No es que ya no sea primavera en ECI, es que debido al cambio climático esa estación y el otoño están desapareciendo. Las rebajas tampoco son en enero, o no solo, y es casi más fácil saber cuándo viene el Black Friday. Compras online y te dicen que estás matando el comercio de toda la vida y el de barrio, pero vas a esas tiendas y te molesta no poder elegir entre un gran catálogo, buscar información del producto, y cotejar opiniones de otros compradores. O simplemente pagar más. Incluso involuntariamente, eres una víctima de algo llamado long tail

La fachada de El Corte Inglés de Sevilla durante la campaña navideña. Foto: Hannu Makarainen (CC BY-SA 2.0)

Long tail es un término inventado por el editor de Wired, Chris Anderson, y que define cómo internet ha cambiado a consumidores y empresas. Antes un gran almacén como ECI procuraba tener muchos productos de los más vendidos, porque eran los que generaban más ventas e ingresos. Ahora el 80 % de los productos menos vendidos —el long tail o larga cola— genera más ingresos que el otro 20 %, el de los bestseller. Compañías que no tienen almacenados productos pero pueden ponerlos a la venta online pueden satisfacer la long tail, como Amazon o Netflix. Imposible para el ECI físico o la cadena de TV de toda la vida. 

Esta idea tan bien resumida la cuenta muy bien mi compañero de redacción Guillermo de Haro en uno de los capítulos de este libro, del que es coautor. Añade además otras aclaraciones interesantes sobre el radical cambio del mundo en que estamos moviéndonos. Como esta, y cito: «decía Bruce Sterling, creador del término cyberpunk, que a día de hoy tenemos cinco grandes reyes feudales: Google, Amazon, Facebook, Microsoft y Apple». Nuevas empresas, nueva economía, y un trabajador con habilidades hasta ahora no conocidas, como explica el vídeo Did You Know 3.0, aquí en versión subtitulada en español

Maravilloso mensaje: trabajaréis en empleos que aún no existen, usando tecnologías que no han sido inventadas, para resolver problemas que todavía no sabéis que lo son. Tendréis que ser flexibles, olvidaos del trabajo para toda la vida, y de pasar en una empresa más de cinco años. Me encanta especialmente el apoyo en datos obtenidos del departamento de empleo de Estados Unidos, pero cuando pienso en España me pregunto ¿existen diez empresas para cada aspirante que le contratarán lo mismo cuando tenga veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años? ¿Y qué extrañas habilidades tendrá un mozo de almacén que lo mismo hace veinte años y ahora tiene que localizar productos y meterlos en paquetes? Intuyo que ser autónomo. Porque esa es la otra proyección de las predicciones, que habrá menos del 50 % de empleados por cuenta ajena.

Y si la solución no es comprar en ECI o en Amazon, ¿cuál es? Podríamos optar por darle a todo la vuelta, como sugiere el nobel de economía Joseph Stiglitz, que nos aconseja abandonar el PIB como patrón de medida de crecimiento de los países. El PIB solo es saludable si sigue creciendo a lo largo de los años, dicho de otra manera, si usted compra más esta navidad que la anterior. Necesitaríamos dos Tierras para dar abasto a tanta comilona, juguetería saqueada, y perfumería fuera de existencias. Pero este verano ya nos cepillamos la primera. Hemos tirado de la tarjeta de crédito del planeta y tarde o temprano llegaremos a la fecha de pago con los bolsillos vacíos. Y el asteroide de oro no va a solucionarlo.

Llega otra Navidad, y volveremos a decidir una vez más. ¿En El Corte Inglés o en Amazon? Nosotros creemos que las decisiones de compra son cada vez más importantes. Tomémoslas teniendo en cuenta su impacto. Es la mejor manera de dejar el mensaje de que deseamos que sea posible una vida digna, conciliada y no precaria. En todos los sentidos.

¿La conclusión? Comprad donde os dé la gana. Pero que entre vuestra lista de regalos esté una suscripción a Jot Down. No las encontraréis disponibles en Amazon ni en El Corte Inglés. Pero podéis estar seguros de que os harán, a vosotros y al que la recibe, tan felices como a los que trabajamos aquí. La Navidad, el Hanuka y el Solsticio de Invierno, en Jot Down


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Jornada Futuro Imperfecto 6: Contra Amazon

Futuro Imperfecto o la Edad de la Resistencia de las Librerías

Librero o librera: gremio que camina al filo de la fantasía y oficio que exige una vocación de resistencia, además de terabytes de imaginación. El Imperio se llama hoy Amazon y amenaza con aniquilar costumbres como las de caminar un centenar de pasos hasta un espacio forrado de estanterías para elegir un ejemplar con su lomo y su papel, intercambiar unas breves palabras con el tendero y cargar con el peso de vuelta a casa.

La condición humana juega a favor del Imperio, o acaso ese villano que hoy conocemos como Amazon es en realidad el lugarteniente de Sedentarismo. ¿Vencerá nuestra pereza o la resistencia librera conseguirá darle la vuelta a la tendencia? ¿Hay alguna estrategia? ¿Cuentan con ayuda o están solos en esto?

Estas preguntas marcarán las coordenadas de un nuevo viaje hacia el Futuro Imperfecto, la máquina del tiempo creada por Jot Down y Rambleta para asomarnos a nuestro porvenir. En este nuevo capítulo, Contra Amazon, hablaremos con los guardianes del gremio librero. Será el próximo miércoles, 30 de octubre. En primer lugar (20:15 h) escucharemos a Paco Goyanes, un referente entre los libreros independientes al frente de Cálamo, en Zaragoza, y promotor de los Premios Cálamos. Será entrevistado por Bárbara Ayuso, periodista redactora de Jot Down.

En la segunda parte (21:15 h) atenderemos a La reinvención de las librerías, afirmación que, más que una posibilidad, apunta hoy a la única tabla de salvación. Debatirán sobre la cuestión cuatro libreras: Maite Aragón, de Caótica en Sevilla; Cristina Sanmamed, de La Puerta de Tannhäuser en Plasencia; Tamara Crespo, de Primera Página en Urueña; y Almudena Amador, de Ramon Llull en València. Modera la mesa Ricardo Jonás, jefe de redacción de Jot Down.

La entrada al evento es gratuita –hasta completar aforo– previa descarga de invitación. Las treinta primeras personas en realizar la descarga recibirán como regalo el número #28 de Jot Down, Formentor, el cual se recogerá en el centro el día del evento.

+Fecha: 30 de octubre. 
Apertura de puerta: 19:30 h 

Duración: 120 minutos
Edad recomendada: A partir de 13 años.

*Entrada libre con descarga de invitaciónhasta completar aforo. Se regalará el número #28 de Jot Down, Formentor, a las 30 primeras descargas.


Valerie Miles: «Me acerco a la literatura como un relojero: desguazo las cosas para ver cómo funciona el mecanismo»

Tener la oportunidad de entrevistar a Valerie Miles (Nueva York, 1963) son buenas noticias para cualquier aficionado a la literatura. Esta americana apasionada por la lengua española es experta en casi todas las áreas de su profesión, destacando en su conocimiento sobre la vida y obra de Bolaño. En 2003 cofundó junto con Aurelio Major la revista Granta en español con el objetivo de establecer puentes entre la literatura anglosajona y la hispánica.

Nos encontramos con ella en la cafetería del Hotel Sant Felip Neri para hablar sobre la transformación del mundo literario, el oficio de traductor y el papel de Amazon en el sector editorial entre otras muchas cosas. Valerie escoge cada una de sus palabras con gran precisión, aunque no se muerde la lengua a la hora de hablar sobre temas controvertidos como los premios literarios en España o las carencias del sector editorial.

Eres editora, traductora, periodista cultural, escritora, docente, investigadora y descubridora de nuevos talentos. De todas las cosas que haces en el mundo literario, ¿con cuál disfrutas más?

Me meto en todo porque soy muy curiosa, y quiero aprender y entenderlo todo. Me acerco a la literatura como un relojero: desguazo las cosas para ver cómo funciona el mecanismo. El entendimiento pasa por la experiencia. Y así, cuando hablas con un traductor entiendes mejor su trabajo, porque tú ya lo has hecho. Y cuando hablas con un estudiante entiendes mejor sus quejas porque has sido estudiante y profesora. Para mí la vida es una larga escuela en la que uno no termina de aprender nunca. Por eso me meto en tantos líos. Pero lo que más me gusta es escribir, y es por lo que de momento menos se me conoce. Hasta ahora mi principal ocupación ha sido dar servicio a otras personas, cultivar el talento ajeno. Es importante prestar servicio a las cosas que te importan, embellece el entorno y te da cierta autoridad moral. Has estado allí.

O sea, que tendremos libro tuyo próximamente.

Estoy en ello. Será el segundo. En el primero me escondí tras mi máscara de periodista, porque son conversaciones y es una antología. Pero era un primer paso.

¿Va a ser ficción o no ficción?

Miro la vida como una experiencia y un arte. Cómo construyes tu vida es un arte y quizás por eso mi vida es un poco extraña. Siempre he pensado en hacer muchas cosas y luego escribir sobre ellas, pero la memoria es gamberra y la imaginación fiera. Mi tendencia natural es hacia el ensayo y el reportaje, pero a raíz de algunas lecturas empiezo a jugar un poquito y me permito más imaginación. Me está gustando, me está llamando.

Has pasado como directora literaria por bastantes editoriales y el nexo común con casi todas es que publicaban Granta en español. ¿Qué tiene esta revista que va siempre contigo?

Mucho corazón metido y encaja en esta idea de servicio. Vi que en España faltaba algo como Granta, una salida al exterior de la literatura en la época post-boom, un lugar de experimentación. Hubo una generación de escritores que pasaron muy desapercibidos internacionalmente y es más fácil dar salida en este formato que en un libro entero. Granta nace de querer devolver a la «anglosajonía» lo que yo estaba descubriendo como una expatriada aquí y crear un diálogo de la imaginación. Y este diálogo entre lenguas y literaturas pretende dar oportunidad a una polinización cruzada. Hoy nos imaginamos qué hubiera pasado si Cervantes y Shakespeare hubiesen sido amigos. Es importante, como sabía perfectamente Goethe, quien cuando tenía sesenta años leyó la poesía de Hafiz y se sintió rejuvenecido y estimulado por cómo la nueva literatura del siglo XIV podía incidir en su concepción del mundo. Pero, como todas las cosas buenas, ha sido un poco complicado porque implica la creación de un espacio nuevo.

Granta aparece en España en 2003. ¿Cómo ha evolucionado desde entonces?

Pues como la vida misma: con puntos álgidos y otros bajos, pero nunca aburrida. Con los últimos cuatro números, que estamos distribuyendo con Galaxia Gutenberg, exploramos nuevos senderos creativos. Hasta entonces formábamos parte de grandes grupos, donde siempre te topas con intereses cruzados. La libertad de ser indie permite no solo una selección más pura referente a tu criterio personal, sino también creativa. Granta necesita espacio para experimentar. La misión es intentar descubrir nuevas voces, pero con un marco de la obra de escritores consagrados como ejemplo de excelencia. Jugamos entre estos registros. Pero también concibo a Granta como un reflejo de la imaginación actual. Una antena. Lo que tiene la ficción por encima de la no ficción es, como dice Walter Benjamin, que la imaginación es la verdadera raíz actual, como un espejo deformante y profético que proyecta hacia el futuro. En este sotto voce, este rizoma, surge la imagen literaria, como cuando miras una mancha en la pared mucho tiempo y de repente ves una cara. Para descubrir lo que hay ahí solo sirve la imaginación. Granta quiere ser esta imagen de la actualidad que surge a través de la imaginación. Para hacerlo intento innovar conceptualmente lo que es una revista literaria. Cada número funciona como una caja china, tiene juegos, es una lectura total. No es simplemente una serie de lecturas en las que entras y sales. Lo puedes hacer perfectamente si es lo que quieres, pero también permite seguir un juego, estructuras escondidas. Surge de la complicidad con el lector. Cada número es una exploración.

¿Cómo fue ese momento en que decides tirar adelante con la publicación de Granta en español?

No fue una decisión fácil. Hubo dudas, evidentemente. Me preguntaba, ¿para qué me voy a complicar la vida con eso? Pero el impulso original fue del escritor Richard Ford, quien tiene una relación muy larga con la revista inglesa y me puso en contacto con el dueño de entonces, Rea Hederman, quien también es el dueño del New York Review of Books. Luego llegó Aurelio Major y tiramos adelante. Ahora está funcionando como nunca y llevamos más de una década y diecinueve números. Ha habido mucha gente en esta última etapa que nos ha apoyado, como la Fundación Aquae, Galaxia Gutenberg, los traductores de la Pompeu Fabra, un montón de lectores, críticos, editores, traductores, agentes, ferias. El impacto se ve, está ahí.

La revista Granta siempre ha mostrado su capacidad para detectar nuevas tendencias narrativas. ¿Qué se vislumbra en el horizonte?

Es interesante porque hay un auge de la literatura experimental, conceptual, una vuelta a las vanguardias del siglo XX. Todo esto gracias a Bolaño y a Enrique Vila-Matas, entre otros escritores que están abriendo esta línea. Y la ciencia ficción está volviendo, creo que a corto plazo tendremos a muchos escritores jugando con este género. ¿Qué puedes imaginar que no sea ya verdad? ¿Un mundo de robots? ¡Pero si ya no pertenece al mundo de la imaginación! Es difícil representar estos cambios de las nuevas tecnologías narrativamente. Un libro construido a base de e-mails es un coñazo, aunque Nir Baram lo hace de una forma intrépida en su novela La sombra del mundo. Pero solo en una sección, no la novela entera. Si estás en un tren y todo el mundo está mirando sus teléfonos, ¿qué cuentas? Es algo un poco circense. Aunque Lina Meruane escribió un cuento sobre la idea de que es el mejor momento para matar a alguien porque nadie está haciendo caso. Ahora juntar a dos personas que hagan algo que no tenga que ver con sus móviles suena a ciencia ficción [risas]. Ahora hay más fragmentación, gracias a Twitter el aforismo ha vuelto. Pero lo que no saben los jóvenes es que esa forma es más vieja que Heráclito. Todo vuelve.

¿Por qué dices que Vila-Matas experimenta?

En su última novela, Kassel no invita a la lógica, da una vuelta de tuerca acerca de lo que es ficción y lo que no lo es. Vila-Matas escribe una novela sobre un tal Enrique que viaja a Kassel. Sabemos que Enrique Vila-Matas escritor ha viajado a Kassel bajo circunstancias similares, pero Enrique protagonista es una criatura de ficción. Pero dentro de la novela, tenemos parte de ensayo sobre las instalaciones, aunque no sabemos si son las que Vila-Matas escritor ha visitado. O si se está tomando libertades cuando las describe. ¿Existían en el Kassel de verdad o solo en este Kassel de ficción? Enrique luego adopta heterónimos y escribe en la voz de otros personajes, desdoblándose y creando una especie de mise en abyme. En su cabaña de Wittgenstein, que es su habitación de hotel, se dedica a pensar. Y, debajo del texto, dibuja estructuras que vemos en nuestra mente cuando leemos.

Entonces no hay nada de experimentar con la forma, como el OuLipo.

Enrique es muy de la escuela de OuLipo, un patafísico total, piensa en Marienbad eléctrico. Enrique es pura ironía y juego. Vivimos en una época vertiginosa, y cuesta entender lo que está pasando, el tiempo se ha acelerado. Y el arte no es para seguir un sendero que ya conoces sino para explorar. Pero esta sensación de dicha que uno tiene leyendo a Vila-Matas tiene un punto patafísico.

Eso rompe con la literatura de entretenimiento. Tú trabajas en la forma y lo que haces es dificultar un poco al lector esa trama seductora.

Sí, pero no debería dificultarla. En manos de un buen escritor no tiene por qué ser oneroso, pero en un escritor menor con ínfulas sí sucede. Un buen escritor explora, no imita. O roba directamente, pero no imita. Y debe seducir siempre, creo yo.

Antes has mencionado la ciencia ficción. ¿Crees que este auge se debe no solo a que sea un tema actual sino también a que se está empezando a tomar más en serio el género?

Sí, y creo que también es una equivocación por parte del mundo de la ciencia ficción, editores que vieron el corto plazo y dejaron caer el género en puro pulp. Yo soy lectora de ciencia ficción desde siempre. Ursula Le Guin es una de las grandes escritoras, y no solo de ciencia ficción, es de las grandes. Y punto. Luego están Ballard y Philip K. Dick, que son los outsiders de su época y que ahora se leen más que cuando estaban vivos. Bolaño leía a estos, y a Robert Silverberg, James Tiptree, Jr., seudónimo de Alice Sheldon, Fritz Lieber.

En sentido contrario, lees Plataforma de Houellebecq y es ciencia ficción, pero lo publica Anagrama. Por lo tanto no es ciencia ficción.

Exactamente. Tenemos todavía muchos prejuicios. Doy un taller de lectura y siempre empiezo con un ensayo de Virginia Woolf. Se llama ¿Cómo hay que leer un libro? En él dice que lo más importante es limpiar tu cabeza de todos los prejuicios, porque si tienes una idea preconcebida solo lees para reforzarla y flaco favor nos hacemos como lectores, porque perdemos frescura y la oportunidad de apreciar algo nuevo. ¡Y cuánta gente hace eso! Para empezar, muchos editores que conozco. Conocí a Houellebecq porque pasé unas horas con él cuando su vuelo a Sao Paulo tuvo una parada en Madrid camino a París. Estaba trabajando en Alfaguara y me tocó atenderle. Paseamos un domingo de madrugada en pleno invierno por las calles congeladas de la ciudad en coche. Justo cuando estaban saliendo algunos mañaneros mezclándose con los que aún estaban de juerga. No me dejaba abrir la ventana por el frío y estuvo todo el tiempo fumando un cigarrillo tras otro, recuperando las horas que pasó y que iba a volver a pasar sin fumar en el avión. Dos horas en este mundo houellebecquiano. Terminé de color verde marciano.

Se suele decir que ya no se escribe como antes. ¿Pecamos de paternalismo respecto a esas jóvenes promesas o hay parte de verdad?

Se mezclan varias cosas. El mercado impera ahora y eso ha cambiado todo, ha influido en la figura del autor. Antiguamente un escritor no era una celebridad, hoy en día tiene que salir a la calle, hacer bolos, firmar sus libros. Por otra parte los jóvenes normalmente no pueden escribir tan bien como los mayores porque necesitan tiempo para vivir y práctica. Malcolm Gladwell dice que cualquier persona necesita diez mil horas para ser un experto en lo que hace. Un veinteañero no tiene diez mil horas a sus espaldas. Pero una vez me dijo John Updike en una entrevista: «Yo sé que a pesar de tener cuarenta novelas publicadas, en cualquier momento puede aparecer un escritor de veinte años que me deje en segundo lugar». Cualquier escritor tiene que saberlo. Hay buenos escritores porque tienen diez mil horas y luego hay genios. García Márquez escribió Cien años de soledad a los treinta y tantos años, Vargas Llosa escribió La ciudad y los perros a los veinte años y Conversación en la catedral a los treinta y pocos. No sé si logró mejorarlo, es discutible. Por otra parte, mi experiencia me ha convencido de que si el aparato dice cien mil veces que alguien es un buen escritor, los no lectores terminan con el prejuicio de que es un buen escritor. Y entonces se enseña en el colegio.

¿Para cuándo una nueva selección de jóvenes autores en castellano?

Se supone que en 2020.

¿2020?

Sí, porque lo que hace de esta lista de Granta algo tan importante es que solo viene una vez cada generación y la otra salió en 2010. Si lo hacemos antes, no descubrimos a una nueva generación, sino que se convierte en simplemente otra lista más. Pero para que la lista salga en 2020, tenemos que empezar en 2018, con lo cual tampoco queda tan lejos. Pero seguimos descubriendo nuevas voces en cada número, por ejemplo en Outsider tenemos a dos jóvenes escritoras; Paloma Robles, una joven española que vive en China, muy apartada del sector por geografía. Y la otra es Pilar Cebrián, y gracias a lo que escribió en Granta, que era la primera vez que escribió algo que no es puramente periodismo, ya tiene un contrato para un libro.

Y de la anterior selección, sin necesidad de decir nombres por no herir sensibilidades, ¿crees que en general acertasteis con vuestra apuesta?

En el nuevo sitio web de Granta tenemos una sección que se llama «Oddly» donde hablaremos de muchas cosas e invitaremos a escritores a colaborar. Próximamente haremos una reflexión allí a cinco años vista de esta selección. Ya estamos preparándolo con Aurelio, el codirector, porque tenemos una conferencia en Nueva York en mayo donde van a presentar un estudio de investigación sobre la lista y su impacto internacional. Era la primera vez que hacíamos una lista así y cualquier inauguración sirve para aprender. Creo que escogimos bien el jurado en el sentido de contar con miembros extraterritoriales para evitar cruces de intereses. Tuvimos a la inglesa Isabel Hilton, que era una corresponsal en Latinoamérica y conocedora de la literatura pero sin vínculos; Edgardo Cozarinsky, un argentino que vive en París; Francisco Goldman, estadounidense de origen guatemalteco con muchos vínculos con México; Mercedes Monmany, una crítica catalana casada con un gallego que vive en Madrid… todo era para evitar cualquier tipo de lobby. Y creo que eso funcionó bien. Cualquier lista es siempre polémica. Hay buenos escritores ahí, escritores que están saliendo adelante, que han conseguido importantes contratos y traducciones. Otros van más lentamente, todos tienen su ritmo. Queríamos hacer una radiografía de la actualidad: dónde está la nueva escritura, cuáles son los movimientos, las tendencias. Cuando vimos que estaban saliendo muchos de España y Argentina, que no había paridad, llamamos a Sigrid Rausing, la dueña de la revista inglesa para comentarlo. Ella nos dijo «Be brave. Te van a llover críticas de todas maneras. Que lluevan por honestidad». Ahora este grupo de investigación de la Santo Tomás de Colombia presenta el resultado de su investigación en Nueva York sobre su impacto, porque se ha leído mucho, sobre todo en Estados Unidos e Inglaterra. Me gusta pensar que hemos ayudado a reforzar la idea entre lectores y editores extranjeros de que en este idioma están pasando cosas interesantes y no sabemos qué.

En 2014 el total de libros traducidos del español en Estados Unidos fue de sesenta y siete. ¿Es cierto que Estados Unidos bosteza con las novelas extranjeras?

Di una conferencia en Estados Unidos el año pasado en el King Juan Carlos Center gracias a la Spain USA Foundation y Acción Cultural Española. Juntamos a muchos directores de revistas y periódicos —Willing Davison de The New Yorker, Lorin Stein de The Paris Review, Larry Rohter de The New York Times y Edwin Frank de The New York Review of Books— y todos coincidían en que se está empezando a publicar algo más de traducciones del español. De hecho, el número en 2015 fue de ochenta y en lo que llevamos de año ya estamos en casi cuarenta. Hace poco en el New Yorker publicaron un cuento del chileno Alejandro Zambra, que es un escritor de la lista, y el otro chileno de la lista, Carlos Labbé, dio una gran gira por Estados Unidos. Andrés Neuman estuvo recientemente también de gira y ha tenido varios libros publicados recientemente en inglés, de hecho escribí un perfil de él para el New York Times. Pola Oloixarac y Samanta Schweblin sacan libros este año en Estados Unidos, también. Patricio Pron publicó su novela en Knopf. En esa conferencia estuvieron varios de los editores más prestigiosos que traducen del español, como Barbara Epler de New Directions y Jonathan Galassi de Farrar Straus & Giroux, o Chad Post de Open Letter, hablando de sus catálogos, llenos de autores hispanohablantes. Aira, Chirbes, Castellanos Moya, Pizarnik en New Directions, los dos publican a Bolaño, Farrar publica a Vargas Llosa, etc.

El NYT acaba de estrenar su web en español. ¿Eso es una señal de que detrás va a venir la literatura?

Es una señal de que detrás está Slim con su 18 %. Pero también date cuenta de que en las presidenciales dos de los candidatos republicanos son de origen español. Jeb Bush está casado con una mujer de origen cubano. Todo Hollywood quiere trabajar con Iñárritu. El NYT sabe que tiene que estar ahí o pierde su dominio. La edición de libros tarda más, tiene que pasar por el ciclo de traducción, edición. Pero sí se está notando. De hecho, justo anteayer a las tres de la madrugada di una charla por Skype sobre la obra de Enrique Vilas-Matas a un grupo de lectores en San Francisco. Había muchísima gente, todos entregados a la charla y con ejemplares comprados y leídos. Todos querían saber qué otros autores deberían leer.

¿Quién descubrió a Bolaño y cómo?

A raíz de un comentario por parte de Francisco Goldman a Barbara Epler, y después el soplo de Susan Sontag acerca de Nocturno de Chile. Pedí a Barbara que escribiera un ensayo acerca de todo esto para el catálogo de la exposición del CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) y ahí lo tienes. Después, Lorin Stein, que ahora dirige The Paris Review pero entonces era un editor en FSG, supo más de él por una visita a Barcelona y compró los derechos de Los detectives salvajes. La combinación era perfecta, porque New Directions tiene el catálogo más prestigioso de EE. UU., es inerrable. El hecho de que Bolaño saliese primero allí ya le dio el sello de calidad indiscutible. Y con Los detectives salvajes, como tiene un espíritu tan beat, dio con el aparato de marketing de FSG y con el público lector joven rebelde pero exigente.

Comisionaste la exposición de Bolaño en el CCCB. ¿Qué acogida tuvo?

Traer la exposición al CCCB fue idea mía. Llevaba tiempo ayudando a Carolina López a evaluar el material del archivo y conforme iba leyendo me di cuenta de que faltaba una idea de lectura de la obra de Bolaño desde la cronología creativa y no de publicación, porque él estuvo escribiendo durante muchos años como un puro outsider sin que nadie le hiciera caso. La publicación de sus novelas no seguía el orden de creación. Empecé a organizarlo y vimos que era interesante. Mucho estaba escrito a mano, así que nadie puede decir que era una trampa de Carolina, no puede haber duda de la autoría. ¿Qué lector de Bolaño no quiere leer algo suyo que no estaba publicado? Las críticas probablemente se dan por razones extraliterarias. La exposición salió de ese espíritu. Y se pudieron ver los originales de algunos inéditos, algunos cuentos, poemas y la novela El espíritu de la ciencia ficción en los tres cuadernos. Se cumplían diez años de su muerte y Carolina tenía muchas ganas de marcar ese hito y celebrarlo con sus hijos y los lectores.

«Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito». ¿Es Bolaño el último perro romántico?

Sí, sus narradores follan mucho. En Los detectives salvajes García Madero dice que tiene quince orgasmos en una noche, algo totalmente exagerado. Pero la idea de la corporalidad del éxtasis, de lo sublime, está allí en su ADN. Eros y Tánatos. Es una parte aterradora y a menudo también gamberra.

Escritor nacido en Chile que escribió sobre México desde España. ¿De qué forma esta plurinacionalidad ha influido en generaciones posteriores?

Abrió un portal para las nuevas generaciones de hoy, tan internacionales. Están los exilios a México y Argentina de la guerra civil española, y luego París. Pero Bolaño es un escritor chileno que escribió sobre México viviendo en España, y su autoridad para hacerlo venía simplemente porque le daba la gana hacerlo. Actuó con plena libertad. Y ha demostrado que se puede. Y a veces es lo que falta; que alguien se atreva primero. Y esta extraterritorialidad es lo que también le da garra a su obra. Y además dice que hay una novela transterritorial posible en español, y eso es muy interesante y liberador.

Andrew Wylie es tu agente y lo has entrevistado. ¿Será el último agente literario con poder tras la irrupción de Amazon, Apple y Google en el mundo editorial?

Otra persona de origen hispano en Estados Unidos que tiene mucho poder es Jeff Bezos. Es de origen cubano. Con lo cual Amazon también es de origen hispano. [Risas] La postura de la agencia no la sé, no me compete saberlo, soy una representada y si algo tengo muy claro es que yo nunca querría trabajar como una agente. Perdería mi libertad para escribir, editar y traducir que tantos años he cultivado. Pero la agencia Wylie funciona como esta tercera pata en la conglomeración del sector editorial. El eje que faltaba. Las editoriales ahora se han conglomerado en megagrupos como Penguin-Random House o Planeta para hacer frente a las políticas tan agresivas del distribuidor monstruoso que es Amazon. Hacía falta una agencia que pudiera representar los derechos del autor frente a los grupos con una posición de poder. Es como una pelea de titanes. Y defendiendo los derechos del escritor frente a los grandes se ayuda a todos los demás en la cadena: las agencias más pequeñas, los escritores, los traductores. Es una verdad incómoda pero la realidad es compleja.

Con la muerte de Balcells, Vallcorba, Toni López Lamadrid y el retiro de Herralde, ¿el sector editorial se queda huérfano o se abren oportunidades?

No queda huérfano, pero coincide con un cambio de paradigma y a muchos nos da mucha tristeza porque vivimos años gloriosos con ellos. Son grandes profesionales que han estado trabajando y forjando un sector cuando no había nada. Llevo muchos años en España y no sé qué sería de mi vida lectora sin Toni López Lamadrid, Herralde, De Moura y Vallcorba. Habrán acertado y habrán cometido errores, como todos nosotros. Seguro que existen algunas coles entre las lechugas de sus catálogos, pero lo que queda es todo lo que han construido. Aunque tampoco quiere decir que quedemos huérfanos, quiere decir que ahora viene una nueva generación. Hay varias editoriales jóvenes por ejemplo, Errata Naturae o Malpaso, Impedimenta, Alpha Decay, Blackie, Pálido Fuego. Hacen cosas muy sui generis, no copian a nadie, y además publican obra nueva. Está caduco este modelo de las editoriales que sacan solo clásicos. Qué fácil. Y también trabajar solo traducción: vas a Frankfurt, ves las tres editoriales cuyos catálogos quieres copiar y te dedicas a cherry-picking, como decimos en inglés. No estás jugando con nada, no descubres desde el punto cero de la creación y el misterio y el rigor y el ojo de ver lo bueno de los escritores de aquí con obra nueva. Los jóvenes editores deberían estar trabajando eso. Periférica lo hace, y Malpaso también, ya que editan por ejemplo a Eduardo Lago entre otros.

Errata Naturae lo mismo te saca a Whitman que algo sobre Juego de tronos hecho aquí.

Exacto. Cuando el sector editorial no apoya lo que se escribe aquí, no está haciendo su trabajo. Tiene que apoyar a su propio ambiente. Como siempre ha hecho, por ejemplo, Tusquets, Alfaguara, Anagrama o Destino.

Comentas que ahora se abren oportunidades, pero ¿crees que hay espacio para algún gran nombre?

Estas figuras de la generación de los mayores que comentamos son difíciles de encontrar. Ellos tenían un gusto refinado y a la vez un conocimiento del negocio. Empezaron en una época en la que había mucho campo abierto, justo a finales del franquismo y el inicio de la Transición. Había mucho que hacer. Ahora es mucho más difícil, el mercado es más maduro, los lectores más cínicos y los competidores unos titanes. Creo en lo que dice Nietzsche sobre las modas, hay que estar conscientemente fuera de ellas y no encasillar a la literatura en el contexto de una moda pasajera. En este caso los editores van a tener que volver a ser más él o ella, individuos con una mirada muy propia y particular y quizás mejor que obren desde la periferia. Tenemos figuras así, como Julián Rodríguez Marcos, justamente de Periférica que edita desde Cáceres. Antes se tenía que estar en Barcelona o en Madrid, pero ahora ya no. Esto abre el campo. Pálido Fuego está en Malaga, Tropo en Huesca.

Dices que el negocio editorial no es cualquier negocio. Desde el punto visto endogámico te doy la razón…

No es cualquier negocio, no. Y la endogamia cría lo que sabemos que cría. Pero ¿los bancos y los intereses del dinero no son endogámicos? El funcionamiento del sector editorial es complicado. ¿Dónde está el negocio? Publicas un libro y los minoristas te lo pueden devolver si no les gusta y no se vende. Es insólito. Se ha intentado reorganizar el sector estos años con cambios de distribución, nuevos canales, como el digital. De momento no está funcionando muy bien en España porque no hay liderazgo. Es nulo. Y tampoco ganas de trabajar como una unidad para empujar legislación en contra de la piratería, por ejemplo. Pero en otros países, como Estados Unidos, va bien. New Directions ha tenido en estos tres años los mejores años de su historia.

Para Amazon sí.

Sí, pero no tanto por los libros, porque si sabes que los libros solo son un 5 % de su facturación, empiezas a darte cuenta de que los de Amazon son muy salados.

Ahora van a montar cuatrocientas librerías.

Efectivamente. Primero matas a los pequeños negocios y después entra ¡Walmart! Lo que pasa es que han entrado por el libro porque da prestigio, es marketing que lava la imagen de la bestia. Ahora ves Amazon y no lo ves igual que Walmart, pero siguen siendo tiendas de chinos. Venden más calcetines que libros. Estoy a favor de que vendan libros y que abran tiendas, pero funciona como un virus, mata todo lo que tiene alrededor. Ya veremos el efecto en unos años. Pero no soy de las que encuentra que el mercado tiene razón. Creo, como Steve Jobs, que los expertos deberían tener visión de futuro a largo plazo.

¿Ha dinamizado el sector?

Lo ha cambiado, pero no sé si a mejor. No hay respuesta todavía, hay que ver. Lo que hay es mucho ruido, eso sí. Recibí en mi buzón un boletín de Amazon con el artículo más vendido del Washington Post, y respondí a Amazon diciendo que nunca les había pedido que me mandaran información de su artículo más vendido y pedí que me dieran de baja porque «si tú eres un vendedor de calcetines, ¿cómo distingues entre el calcetín y la noticia?». Quizás me interesa saber qué calcetín vende más, pero no me interesa su opinión sobre qué información debería leer, tengo criterio propio. Les mandé ese mismo mensaje tres veces hasta que finalmente se dieron por aludidos y me dieron de baja del boletín. ¿Están dinamizando o te están tratando como a una niña cuyo padre le insiste en que tiene que comer sus guisantes? Quizá son los guisantes más vendidos porque ellos envían este boletín a todo el mundo sin pedir permiso pero tienen metadatos diciendo que es el boletín más «vendido». Entonces se convierte en una trampa. Y creo que este es el modelo de sus librerías.

¿Qué opinas de los pequeños emprendedores que arriesgan en estos tiempos montando una librería?

Todos mis respetos y yo les apoyo todo lo que puedo. La gente necesita salir y verse y compartir cosas reales. La literatura seguirá atrayendo, asombrando y encandilando al público lector. No creo que esto se haya terminado. Durante años los editores decidían que en las presentaciones de libros el público no quería escuchar a un escritor leer su narrativa. A los poetas quizás sí, pero no a los novelistas. Quieren escucharle hablar de la obra, pero no leerla. Pues ahora en el Pipa Club se organiza Albor algunos viernes por la noche y se llena de gente que viene a escuchar a los escritores leer. Volvemos a la idea de los prejuicios. Como en el pasado parecía que no funcionaba, creemos que nunca funcionará. Es un «post hoc ergo propter hoc», una falacia lógica de pensar porque esto pasó una vez, entonces siempre pasará, sin mirar los detalles y los factores. A veces hace falta que venga una persona de fuera de la tradición para cambiar los prejuicios.

La querida y odiada Sargento Margaret decía que hay un grupo de autores a la vez que críticos que, a causa de lo poco que venden, han renunciado (por natural supervivencia) a considerar el mercado como un criterio de valoración; ¿compartes su análisis?

Sí y no. Y fui fiel lectora de la Sargento. No soy antimercado en absoluto, pero no creo que la literatura sea solo entretenimiento o solo arte. Es ambas cosas, pero solo de vez en cuando logra ser las dos a la vez. Pero nos confundimos muchas veces interesadamente, porque una editorial que tiene una estructura que mantener tiene que vender más y más y te vende un guisante diciendo que es caviar. Se da gato por liebre. Si es literatura de entretenimiento, entonces el mercado es el mejor validador y barra de medir de éxito. Si es arte, entonces tiene otras intenciones y el mercado no puede medir su valor, especialmente porque suele adelantar a su tiempo y el mercado necesita golpes inmediatos. Herman Melville en vida quizá vendió mil ejemplares de Moby Dick y murió fracasado, buscó otro trabajo y dejó de escribir. Tardó dos generaciones en ser redescubierto y, ¿cuántos millones y millones se han vendido desde entonces? Melville a mí me cambió la vida y es una novela que releo cada primavera. Lo supremo son escritores que tienen la ambición del arte pero logran tocar alguna cuerda entre los grandes públicos.

¿Qué piensas de los premios literarios como el Planeta o el Herralde?

Me parece que la forma del Premio Planeta es algo dejado de la época franquista cuando el Gobierno enseñaba que era recomendable organizar una farsa y obligar a todos los demás a tomar partido silente. Es una pena que una editorial con tantos escritores de primer nivel no haya sabido aún renovarse en este sentido. Todo el mundo sabe que el acto del jurado deliberando durante la cena es una farsa, y la organización involucra a todos los que están allí a tomar partido en ello. Me parece muy bien que tengan un premio, y que lo den a sus autores, gastan mucho dinero en ellos y tienen todo el derecho del mundo de intentar recuperar esta inversión. El hecho de que haya un Premio Planeta es muy bueno para el sector. Pero el público ya no es tan idiota y no se puede ser tan cínico. Desde el punto de vista de alguien que viene de fuera, no se entiende fuera del contexto histórico español. Que hagan la cena, que anuncien su premio, que haya glamour y gente conocida; pero este paripé del jurado deliberando me parece un error de estética. En cambio, hay premios muy importantes y loables, como el premio Herralde, el Tusquets, el Alfaguara, el Formentor. Richard Ford hablaba de eso en la Casa Fuster el otro día, de lo importante que es para un escritor este tipo de reconocimiento, sobre todo cuando se es joven. Hasta que escribió El periodista deportivo no tenía mucho público y estaba a punto de tirar la toalla. No fue hasta el famoso número de Granta sobre los «realistas sucios» que puso de moda a su generación que empezó a tomarse en serio como escritor y dio una base sólida que luego ayudó con la salida de El periodista deportivo. El marketing es importante y el mercado también. Dice a un escritor que tiene lectores. Los premios son una buena oportunidad de ganar espacio y reconocimiento imprescindibles.

Actualmente las editoriales toman como criterio importante a la hora de publicar a nuevos autores que ya tengan una comunidad de lectores. ¿Esta tendencia ha venido para quedarse?

Creo que sí, es una tendencia que ya empezó en otras partes del mundo y una barra de medir de mercado. Así una editorial sin editores no tiene que arriesgarse. Ya saben lo que la gente quiere leer y fabrican libros e historias según estas pautas. Es perfectamente legítimo, es la búsqueda de la celebridad. Pero también es confundir a un escritor con un cantante, un político, un actor. Al ser lectora de Nietzsche, desconfío de las modas literarias y la celebridad como valor en sí. Soy curiosa, quiero descubrir, tengo criterio propio para leer algo totalmente desconocido y saber si tiene o no valor.

¿Crees que entre estos autores autopublicados y superventas de Amazon puede salir un futuro Muñoz Molina o Javier Marías?

Puede ser. Decir que no sería imprudente porque siempre hay una excepción que hace la regla. Es adecuado para un escritor de entretenimiento, que quiere éxito, pero un escritor o escritora literaria acostumbra a tener otra manera de obrar. Son más cercanos a las editoriales porque pasan su tiempo en la universidad, en las bibliotecas, en una comunidad que asiste a las presentaciones de libros y actos editoriales como los que organizamos en Granta. Lo suyo no es puro argumento, sino la forma en que lo cuentan y la conversación con la tradición.

Como directora editorial has publicado obras de importantes autores como Kawabata, Cheever, John Banville o Joyce Carol Oates entre muchos otros. ¿Qué autor te sientes más orgullosa de haber acercado a los lectores españoles?

Cheever. Para mí sigue siendo uno de los hitos. Publicar a Cheever fue una responsabilidad enorme. Yo tenía un profesor en la universidad que invocaba el nombre Cheever en cada clase y se le iluminaba la cara. Y años después, ahí estaba yo, publicándolo en España. Y el público lector reaccionaba. Luego vi que Bolaño tenía estos libros de Cheever en su biblioteca. Y han sido influyentes en una generación de escritores en español… así que algo he hecho bien.

Si echamos un vistazo a todos esos escritores en ciernes que se publican de una u otra forma, podemos pensar que actualmente tenemos más escritores que lectores. ¿Hasta qué punto crees que esto puede ser bueno para la literatura?

Volviendo al ensayo de Virginia Woolf, dice que si quieres entender lo que diferencia a un buen escritor de un escribidor, inténtalo tú y verás. Verás que el resultado de tu ejercicio probablemente no se confundiría con una obra de Henry James, por ejemplo. Un amigo dice que una persona que no lee y envía un manuscrito a una editorial es el equivalente de una persona que canta en la ducha y se presenta como solista en La Scala. La gente tiene respeto a La Scala, pero por algún motivo piensan que los editores son una pandilla de esnobs. Yo respondo a los que quieren publicar en Granta: ¿has asistido a alguno de nuestros eventos? ¿Has apoyado a la revista con la compra de un ejemplar? ¿Una suscripción? ¿Conoces el estilo de la revista? ¿Cuál de los números te ha gustado más y dónde encaja tu estilo en la revista? Hoy en día no sobra tiempo. Y si dispongo de un momento para leer, quiero acertar. La autoedición ha realzado el valor de una buena marca y sello de calidad.

¿A qué autor hispanoamericano desconocido te gustaría publicar en España?

Hay una escritora boliviana, Liliana Colanzi, que apunta maneras. Tiene un libro de cuentos, Vacaciones permanentes. Me gusta mucho la historietista Power Paola. O Camilo Hoyos, un colombiano que ha escrito su tesis sobre Cortázar. Hay un escritor peruano de Iquitos que descubrí porque era un alumno mío en la Pompeu, Julio Durán.

¿Estamos en un gran momento para la literatura latinoamericana en el mundo?

Sí, a pesar de que algunas personas lo niegan. Hasta hace relativamente poco todo latinoamericano que se preciara tenía que publicar en España primero, y esto se está terminando por la crisis editorial española. Es malo para España porque su descuido de la cultura le hace perder su hegemonía, pero es bueno para la literatura en español. En México están experimentando mucho con una vuelta a las vanguardias y al OuLipo en Bellatín o Alvaro Enrigue. También está Tedi López Mills, una de las grandes poetas de la actualidad. Hace poco una revista norteamericana me pidió editar un número especial dedicado a Perú y escribí un ensayo sobre lo que encontré leyendo. Tradujeron el ensayo al italiano para una revista literaria de Roma, lo que demuestra que también hay interés en Europa hacia la literatura en español. Leí a Enrique Prochazka, un escritor peruano que vive en Noruega, fuera del circuito normal, que conocí gracias a la feria del libro de Bogotá. Pero también descubrí a Claudia Salazar o Patricia de Souza. Hay muchos escritores peruanos expatriados: Claudia vive en Nueva York, Patricia en Francia, Iwasaki en Sevilla o Carlos Yushimito en Providence.

Has traducido al inglés a Vila-Matas y también a Milena Busquets. ¿Cómo influyó tu traducción de También esto pasará en la Feria de Fráncfort?

No lo sé, pero los derechos al inglés en Estados Unidos se vendieron en la feria por más de medio millón de dólares. Así que algo bueno tenía. [Risas] También he traducido Norte para la Universidad de Chicago, y sale en septiembre. Pero es más una recreación que trabajamos juntos, porque está ambientada en EE. UU. y eso traía sus dificultades. Para la traducción de Milena Busquets tuve poco tiempo porque querían llegar a la Feria de Fráncfort con una traducción y quedaban diez días. La novela tiene un estilo muy oral y esta forma de hablar la conozco muy bien porque vivo aquí y conozco a Milena desde hace muchísimos años. Era en septiembre y aún hacía mucho calor, terminé con una ampolla en el codo. Mi relación con el texto fue febril por la falta de sueño y esta urgencia se transmitió a la traducción.

Así que lo que se va a publicar en Estados Unidos es tu traducción.

Sí. La traducción fue un encargo de la agencia Soler-Pont, pero después los editores que leyeron la traducción querían comprarla tal cual, sin que la tocara demasiado porque es la que el equipo editorial había leído. A mí me encanta traducir, me ayuda a mantener mi inglés a raya y es un buen oficio para un escritor. Javier Marías siempre habla de lo importante que ha sido para él ser traductor para ser escritor. Me encantó trabajar Porque ella no lo pidió con Enrique Vila-Matas, porque fue un gran desafío afinar este tono suyo tan sutil e irónico. Es difícil trasladar ese toque travieso al inglés sin caer en un tono de parodia. Además, como esparce citas de otros escritores en sus textos, nunca terminas de saber si son exactas o no, a veces son trampas, otras, pura diversión, juega con espacios intertextuales y hay que seguir todo eso con esmero. Ahora estoy traduciendo Crematorio de Rafael Chirbes para New Directions. ¡Ojalá hicieran una serie de televisión norteamericana basada en ella!

Dicen que algunos textos no se pueden valorar correctamente si no se leen en la lengua en que fueron escritos. ¿Esto es así? ¿Por qué?

Una traducción siempre es —no quiero decir una traición porque me aburre y lo cita todo el mundo— pero es una imitación, la recreación de un objeto, no el objeto original. Por eso un traductor de una obra literaria está considerado un coautor. En mi clase en la Pompeu doy a leer a los traductores incipientes textos de Schleiermacher o Nietzsche, traducciones de La gaya ciencia y de Más allá del bien y del mal, Walter Benjamin, Aurelio Major, Eliot Weinberger, Lawrence Venuti, Gregory Rabassa y George Steiner. Y una de las preguntas que se discute es acerca del movimiento pendular de una traducción: debería acercar el lector al autor o el autor al lector. ¿Interpretas para un público lector americano para que puedan disfrutar y entender la obra del escritor, u obligas al público lector a entenderla tal como es, con toda su extrañeza cultural? Hay que encontrar un equilibrio entre una cosa y la otra y cada libro es un mundo. Suelo hablar con el editor y con el autor primero para saber cuáles son sus expectativas y, en función de eso, puedo querer o no hacer el trabajo. En el caso de Enrique intentaba ser lo más fiel posible al original. Edmundo tiene la idea —y la disciplina— de siempre querer perfeccionar un texto. Y en el caso de Norte, como decía, al estar ambientada en EE. UU. teníamos que ajustar diálogos a cómo hablan los americanos de verdad, a lo largo del tiempo y en la región del sur americano. También unas cartas escritas en un inglés macarrónico de un mexicano asesino en serie. Hemos trabajado mucho juntos y es en realidad una nueva versión de la novela.

Para terminar, recomiéndanos un libro de ficción.

[Se lo piensa mucho] Mi gran libro ahora mismo, y por eso lo sugerí y escribí sobre él en el New York Times, es Kassel no invita a la lógica de Enrique Vila-Matas porque me parece una novela fundamental. No es solo una buena o inteligente novela, es urgente, importante y esencial. Es una novela que va a quedar como una de las grandes novelas de nuestro tiempo porque resiste de una manera formidable a la moda de mercado y la idea de celebridad que tanto marca el ahora mismo. Quizás no se pueda apreciar hasta qué punto porque estamos aún en nuestro tiempo, y vuelvo otra vez a Benjamin y a Nietzsche con la idea del escritor como outsider del tiempo. Para mí una de las cosas más importantes es reconocer que todos somos fantasmas, calaveras con las mandíbulas batientes. La conciencia es bella pero termina. ¿Qué hacemos con ella mientras estamos aquí? Ahí está la pregunta. Si queremos apreciar el tiempo en el que vivimos no podemos estar sujetos a él, a modas, intereses cortoplacistas, tomas de decisiones porque las exige un poder… Intento pensar a largo plazo. Y esto nos lleva al principio de nuestra conversación, a esa idea de servicio. La literatura es fundamental, no es un capricho. Necesitamos las ciencias, el comercio, para vivir. Pero las obras de la imaginación tocan el misterio de la creación. Poder enfrentarnos a la maldad, a las aberraciones, a lo feo, y también a seguir teniendo algo de fe en la belleza. Es fundamental en una época sin dioses, pero con luchas religiosas a muerte, que la imaginación se celebre: es lo que nos permite vivir aún sabiendo que estamos ya dando vueltas por el desagüe.

En un texto del número de Granta más reciente dedicado al agua, Marina Perezagua escribe sobre un ejercicio de apnea. Cuando se sumerge a los sesenta metros, debido a la presión del agua, sus órganos, sus pulmones, su cuerpo se comprime. A los veinticinco metros ya los pulmones se ven reducidos a la mitad. A los setenta todo el universo de su cuerpo se comprime salvo esa cosa que llamamos conciencia que, por ser intangible, no llega a alterar su volumen. «Intangible» es una palabra que irrita mucho a los contables. Pero es una palabra llena de libertad. Quiero ser siempre una «intangible». Para mí la libertad es no necesitar modas, celebridades o la validación del mercado. Es muy fácil perderte y querer quedar bien, yo lo he hecho y probablemente volveré a caer en la tentación. Pero llega un momento en el que tienes que decidir tu camino… y vas a morir. Ya estoy muerta. Y veo un libro de Cheever.


Valeria Ciompi: «Se escribe muchísimo, se publica muchísimo, pero es difícil encontrar textos que te remuevan»

Fotografía de Begoña Rivas

Valeria Ciompi (Caserta, 1957) no hace mucho ruido. Es la suya una discreción elegantísima. Lleva casi dos décadas en primera línea del sector, al frente de Alianza Editorial, cuyos títulos forran estanterías españolas desde antes de la Constitución. Ciompi —no lo dice, pero se nota— parece más cómoda detrás, entre manuscritos, sin focos. Hablando de los más de tres mil libros que alberga su sello. Tiene cuatro novelas, pero no las menciona. La vanidad ni la ejerce ni la tolera, como corresponde a alguien que en su trayectoria ha dicho más noes que síes. «Pregunta lo que quieras que ya veré lo que respondo», dice, y amortigua con una carcajada suave.

Nos recibe al filo de una tarde bochornosa, poco coherente: «Vivimos como en El Cairo trabajando como en Estocolmo», resopla. Para ella, la metáfora es la fast food de la literatura y la música, la analogía perfecta. Al final solo rechazó una pregunta, una un poco ruidosa.

Eres editora, pero también escritora. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?

¡Dios mío! Fue antes el huevo. El primero es ser lectora, desde luego. Mi vida, desde los diez años, ha estado siempre ligada a los libros. La hora de la siesta de los niños en mi generación consistía básicamente en eso: podías dormir o hacer cualquier otra cosa que no implicara hacer ruido. Para mí era la hora perfecta de la lectura y los descubrimientos. Lo de escribir surgió de una manera natural, a los doce años uno empieza a escribir poesía, cosas tremendas de volcanes y vómitos, ya sabes.

¿En español o en italiano?

Es una cosa curiosa: en español. Yo vine a España con diez años y estudié en el liceo italiano porque mi familia es italiana, pero hubo un momento en que me di cuenta de que son dos lenguas casi incompatibles para la escritura, porque son muy próximas. De alguna manera aparté el italiano escrito y me volqué con el español, porque había algunos gazapos monstruosos de «falsos amigos» entre ambas lenguas. Siempre hay una de ellas que tienes que privilegiar. No creo que se pueda escribir, creativamente, en más de un idioma. Puedes ser funcional en muchas —mi tercera lengua es el inglés o el francés, no lo tengo claro—, pero mi lengua de escritura es el español. Así que me lancé a escribir el tipo de cosas de la adolescencia, poesías muy tremendas y muy dramáticas, sobre las puestas de sol, el suicidio, la muerte… [Ríe] Y a partir de ahí hice algún relato y alguna cosa más, pero con las novelas no empecé hasta los veintitantos. En paralelo, siempre he trabajado con libros porque estudié Periodismo y comencé como traductora y profesora de inglés. También formé parte de pequeños proyectos editoriales de amigos.

Formaste parte de la revista El Urogallo, ¿verdad?

¡Sí! Fue precioso aquello. También hicimos una revista que se llamaba El Crítico, también maravillosa, pero mi comienzo fue en la revista Casablanca, Papeles de Cine, que fundó Fernando Trueba. Surgió de un grupo de amigos, una pandilla que después se llamó «la escuela de Yucatán»: Trueba, Carlos Boyero, Óscar Ladoire… eran todos un poco mayores que yo, y me enseñaron a ver cine, a leer a autores franceses y a aprender canción francesa. ¡Ahora suena muy decadente! [Ríe] Cuando acabé la carrera Fernando creó la revista, eran todos gente supercreativa, muy interesante, como Fernando Savater, Ángel Fernández-Santos… Yo era una jovencita poniendo orden en la redacción, entre tanta creatividad.

¿De dónde viene el nombre de «la escuela de Yucatán»?

De una cafetería que estaba en la glorieta de Bilbao, que se llamaba así. Allí se reunían a hablar de guiones, de proyectos y demás. Lo gracioso es que Madrid es una ciudad que cambia constantemente, y vas a un lugar que pensabas que existía y ya no. Eso pasó con la cafetería Yucatán, que era una cosa puramente racial. Allí aprendí muchísimo, porque se reunía todo el pensamiento y la crítica de cine, donde yo me enamoré de un género que me encanta, las entrevistas. Ir a festivales y entrevistar a Bertolucci, a Nagisa Ōshima y gente de ese tipo. Para entrevistar lo único fundamental es empatizar con el entrevistado, que tiene que ver mucho con la edición también, la conexión que estableces con la otra persona. Luego decidí sentar la cabeza y empecé a trabajar en la Filmoteca Española, el Ministerio de Cultura; y allí creo que batí todos los récords posibles, porque me dije: voy a tener un niño, un horario de funcionaria, comportarme como una persona normal… Total, que iba a las imprentas a las once de la noche. [Risas] Así que ni por esas. Fue una etapa muy interesante de la edición institucional. Cuando llegué había un presupuesto bastante significativo para hacer libros de investigación, pero nos encontramos con el problema que ocurre siempre: hacer unos libros maravillosos que no salen de los almacenes. El reto fue asumir que desde la Administración había que financiar investigaciones que ninguna empresa privada iba a acometer, pero buscando la colaboración con una editorial privada que las publicara. Eso me permitió salir del mundo puramente de la Administración. Así fue como me llamaron del Grupo Anaya preguntando si me interesaba cambiar de aires. Llevaba dieciséis años en el ministerio y me dije: quizás sí.

¿Entraste directamente como directora de Alianza?

Sí, fue curioso. Así me lo propusieron, yo pregunté: «¿En qué puesto?», y contestaron: «Directora de Alianza». Grité.

¿Javier Pradera estaba aún en la editorial?

No. Yo entré en el año 2001, Alianza ya formaba parte de Anaya, y todavía había editores históricos, como Carmen Criado, que había trabajado con Pradera y llevaba la colección de bolsillo. Fue una especie de salto del destino, porque yo de jovencita en el liceo ya conocía a muchas de las personalidades de estos círculos. Era un colegio laico, independiente y nada caro. Ahí se juntaron todos los hijos del Partido Comunista, y al ser un lugar pequeño las relaciones eran muy estrechas. Allí fui compañera de Carola Moreno, que ahora dirige Ediciones Barataria, que eran muy amigos de Javier Pradera y Daniel Gil. Así que ya los conocía desde los trece años, por eso fue tan gracioso encontrarme en Alianza con todos ellos.

Aquella era una época en la que las editoriales apostaban por editores con gran sello personal, mucho más que ahora. Cuando asumes el cargo, ¿te planteas imprimir tu propia personalidad a la editorial?

En el caso de Alianza fue una editorial con nombres y apellidos desde el principio. José Ortega Spottorno tuvo la inteligencia y la sensibilidad de rodearse de gente muy válida. Y lo asumí, honestamente, como una gran responsabilidad, porque era algo a lo que no podía decir que no. Después de la propuesta entré en mi casa y comprobé que tenía todos los estantes repletos de la colección de Alianza. Las conversaciones duraron algunos meses, porque estaban haciendo prospecciones también con otras personas, y yo me iba a la cama con el catálogo. Estudiándolo. Diciendo: «Yo esto me lo llevaría a casa», cosa que me ocurre todavía ahora. No es ningún cliché: en el caso de Alianza el catálogo lo es todo, su seña de identidad. El camino ya estaba trazado, la mezcla de clásicos, literatura, pensamiento, búsqueda de nuevos autores… Y la diversidad. Nunca ha sido una editorial elitista en cuanto a despreciar contenido.

De hecho, uno de los mayores best sellers sigue siendo 1080 recetas de cocina de Simone Ortega, ¿no?

Exacto. Y seguirá siéndolo.

Hace ya algunos años que fundasteis la colección Runas, de literatura fantástica. ¿Se le tenía un poco menospreciado al género?

Puede ser. Pero, mira, la editora de esa colección es Belén Urrutia, que es también la editora de ciencias sociales de Alianza. La editora de Manuel Castells, de Giddens, ¡de todos los grandes sociólogos! Y es una fan absoluta de la fantasía y la ciencia ficción. De pronto dijo: «¿Y si empezáramos?». Y ya ves, funciona muy bien. La arrancamos hace seis o siete años, así que hay que darle aún más tiempo.

Aunque incluye grandes fichajes como Joe Abercrombie, en Alianza también teníais un buen fondo con toda la obra de Lovecraft.

Cierto, cierto. Partíamos de una buena base, pero Belén contrató a Abercrombie cuando no era prácticamente nadie, tiene un instinto privilegiado. Yo creo que esa apertura mental está en los genes de Alianza.

Hablando de géneros, en algún momento has dicho que el sector editorial está dinamitando cada vez más las fronteras entre géneros.

Sí, creo que las fronteras están ya totalmente dinamitadas. Por una parte, si hablamos de la «no ficción» —porque parece que da miedo hablar del ensayo—, quizás los cambios del mundo universitario y académico han llevado cada vez más a acercarse a un ensayo más accesible para el lector medio. El ensayo riguroso académico, que sigue existiendo, ha dado paso a una necesidad de otra cosa. El desastre del mundo en el que vivimos se presta mucho a la reflexión y a intentar saber lo que está ocurriendo. El ensayo tiene obras muy divulgativas, lo que los ingleses llaman narrative non fiction, que dan ganas de preguntarse qué género es. Pues no lo sabemos muy bien. También porque creo que en la literatura los géneros nunca han estado muy cerrados.

Puede que las fronteras entre géneros ya no existan de facto, o cada vez menos, pero ¿no persiste una desigual consideración social según el género? Leer género fantástico, hasta hace muy poco, era algo que pertenecía a la «cultura popular», dicho con tono despectivo.

Vamos a decir una obviedad: hay libros buenos en todos los géneros. Esa es una de las aspiraciones de Alianza, que no haya prejuicios con respecto a determinado tipo de género, porque en todos hay obras que son muy válidas y muy valiosas. Y, además, responden a alguna necesidad de los lectores. Con la fantasía y la ciencia ficción está pasando otra cosa: las épocas difíciles se narran mejor en estos géneros, igual que con la novela negra. Una sociedad en crisis necesita la novela negra y la ciencia ficción para reflejar sus necesidades y zonas oscuras.

Al mismo tiempo, la historia también se ha consolidado como género literario en los últimos años.

Sí, pero no hay que confundirlo con la novela histórica. Ahora hay una corriente historiográfica que nace de Estados Unidos, se expande por Francia y cada vez se nos acerca más, que tiene que ver con la necesidad de entender el mundo a través de la historia. Tenemos la sensación de que lo que estamos viviendo nos suena, puede haber ocurrido en otro momento; y los historiadores están haciendo un trabajo muy importante de reivindicación de la historia como género y como materia para entender el presente. Ha aumentado mucho el interés por esta lectura.

Has expresado en alguna ocasión tu preocupación por la «banalización de la escritura». ¿A qué te refieres?

La lectura nunca es banal, pero los contenidos sí pueden ser banales. Desde la última etapa de los ochenta, todos los que estábamos ahí participamos de la ilusión de que la alta cultura iba a llegar a todo el mundo.

¿Y cómo está ese sueño ahora mismo?

Pues que no es así. El sueño ya no es que la alta cultura va a llegar a todo el mundo, en absoluto. Cuando hablamos de los lectores que hay en este país y la asiduidad de la lectura, lo que vemos es que hay un núcleo de un número indeterminado que varía según los países, de lectores fieles de muchos contenidos de muchos libros. Pero no se ha extendido a toda la sociedad. Con los medios de comunicación, las redes sociales, los nuevos usos culturales, los nuevos consumos y el empleo del tiempo… todo eso ha hecho retroceder lo que pensábamos que era la alta cultura. Pero también es verdad que el número total es superior al que había antes. Tampoco hay que hacer una lectura tan pesimista.

Sobre el sueño de darle a la alta cultura una vocación universal, si habéis renunciado a él, ¿eso implica asumir que te diriges solo a una élite?

Yo me temo que hay que reconocerlo, sí. Es tremendo hablar de una élite, pero sí es verdad que hay una gran parte de los ciudadanos que le han dado la espalda a la cultura, o la han sustituido por otros contenidos que poco tienen que ver con la cultura. Ahora, entrar a analizar cuáles son los motivos y las razones es complicado, porque me temo que la respuesta está en el mismo sitio: empieza con tres años, en el colegio. El libro ha sido postergado dentro del propio sistema educativo.  

Has dicho: «Los lectores no se improvisan. La lectura no es un bien de consumo, hay que fomentarla».

Exacto. Nosotros tenemos en Alianza a Alberto Manguel, que dice una cosa que asumo totalmente: «Nadie ha dicho que leer sea fácil». Es algo que tienes que educar, y tiene un resultado maravilloso, pero hay que educarlo. Subir a un monte te cuesta, hay piedras, hace calor, te fatigas… pero cuando llegas arriba la vista te satisface. Pues la lectura es un poco eso, un hábito que necesita ser educado. Las polémicas constantes de si en el colegio le das a un niño el Quijote lo va a disfrutar o no… ¡Pues no, no lo va a disfrutar! Hacen falta mediadores para eso. Yo creo que desde la esfera pública se está hablando de la necesidad de fomentar la lectura, diciendo cosas como «la lectura es placer», y a eso hay que darle más explicación. Porque la lectura es placer, pero para llegar a ese placer lo tienes que educar. Con la música ocurre un poco lo mismo, si a un niño lo llevas a un concierto de Las cuatro estaciones a lo mejor le gusta, pero si le pones la Quinta de Mahler, te aseguro que, aunque sea maravillosa, posiblemente no entienda nada. Ahí la función de los maestros, de los profesores y los mediadores es fundamental. En la biografía de muchos escritores aparece siempre ese profesor que en un momento dado les abrió la puerta a este mundo. Por algo será.

Otro de los problemas del mundo editorial es la extrema fugacidad de las novedades, la cantidad enorme de títulos que se publican y su escasa permanencia. ¿Cómo lucha con eso Alianza, una editorial que trata de construir, digamos, una biblioteca de títulos esenciales?

Es que en ese sentido Alianza es una editorial un poco especial, porque somos un grupo editorial en sí mismo. Hay pocas editoriales así, y no solo en España, que tengan por ejemplo una colección de libros de bolsillo de más de dos mil títulos, colecciones académicas de música y de arte, de ensayo, de divulgación, de cocina… Cubre todo un poco. Los inicios de la editorial siguen marcando las líneas de la editorial hoy en día. Todos los libros nacen con vocación de llegar a formar parte del catálogo, tienes que publicar a autores actuales pensando en que sean los futuros clásicos. Pero es verdad que la fugacidad afecta muchísimo, porque en España se publican muchísimos libros. Si se leen las encuestas sobre el consumo del libro, se oscila entre los sesenta y setenta mil títulos al año.

Este, en concreto —tengo aquí las cifras—, 87 262 títulos.

Qué barbaridad. El dato brutal de todo esto —¡también tengo una chuleta!— es que, de todos ellos —libros de ficción, novelas, etc.—, que vendan más de cinco mil ejemplares hay cuatrocientos diez. Y ensayos, doscientos veintiséis. ¿Qué pasa con el resto?  

La escritora Aloma Rodríguez contó en Letras Libres hace no mucho ese momento horrible para muchos escritores: cuando su editorial les comunica que los ejemplares no vendidos de su libro van a ser triturados, o quemados.

Es un momento tremendo, es así. Los editores sabios te dicen siempre que una de las cosas más difíciles a la hora de publicar un libro es acertar con la tirada. Ahí está la percepción del éxito o del fracaso del libro. Si publicas tres mil ejemplares de un libro y vendes dos mil setecientos, es un éxito redondo. Pero si publicas quince mil y vendes esos dos mil setecientos es un fracaso absoluto, aunque sea el mismo número de libros. A mayor tiraje se supone que tienes mayor visibilidad en el punto de venta… aunque tampoco es necesariamente así. El equilibrio es satisfacer cada demanda.

¿Cuál es la mayor sorpresa que te has llevado con la demanda de un libro?

Pues hay veces que explota un libro, por las razones más peregrinas que te puedas imaginar. El año pasado nos pasó una cosa curiosísima. Nosotros hacemos reimpresiones constantemente del catálogo de Grecia y Roma. Las Meditaciones de Marco Aurelio suelen tener una buena salida, pero de pronto en enero nos quedamos sin ejemplares. Pensamos que era muy raro, pero hicimos otra reimpresión extra. En pocos días vuelven a desaparecer, y entonces nos figuramos que habría entrado en recomendaciones de algún catálogo escolar… pero el equipo investiga y descubre que tampoco es eso. Volvemos a reimprimir. De pronto, el departamento de prensa descubre el porqué y nos explica que, hacía unas pocas semanas, Pablo Motos había entrevistado a Mercedes Milá y le había dicho: «Mercedes, no te enteras de nada, tú lo que te tienes que leer son los pensamientos de Marco Aurelio». Y de ahí vino. Es un fenómeno complicadísimo de entender, eso de que alguien está viendo la tele y si Pablo Motos recomienda un libro lo compra. Habrán pensado que Marco Aurelio es el protagonista de alguna novela venezolana…

Pablo Motos, prescriptor literario.

[Risas] Es verdad que es un libro maravilloso, y si caes en él sin saber qué es, empiezas a leer y puedes decirte: «Oye, es el mejor libro de autoayuda que he leído en mucho tiempo». Pero bueno, yo creo que sirve como ejemplo de lo aleatorio que es a veces esto. Mira lo que ha pasado con Margaret Atwood, una autora magnífica que ahora está en mitad de un boom. Alberto Manguel, que es muy amigo suyo, decía que ella incluso había tenido dificultades para publicar. Es una excelente autora, pero tampoco ha sido de grandes ventas… hasta ahora. No sé si es porque en el mundo del audiovisual hay tan poca imaginación que ya solo se apuesta por adaptaciones, porque en los últimos años se han hecho muchísimas adaptaciones de clásicos. Yo me alegro de que exista esa justicia poética. Lo cual me lleva a que hay un fenómeno muy curioso en el mundo anglosajón que se está contagiando a Francia y, de alguna manera, a España. El de los autores que tienen cada vez más dificultad en tener una continuidad en su carrera literaria, por eso hay un espacio enorme para las primeras obras de autores más conocidos.

Algo que antes hemos dejado en el aire: ¿Por qué crees que se publica tanto en España?

La industria editorial española es curiosa en esto, porque todos nos quejamos de la cantidad de novedades que se publican, del número de nuevas editoriales que surgen todos los años y de las que cierran… Pero por otra parte hay muchas editoriales que sacan menos de diez títulos al año, y cuando se dice «habría que publicar menos», de acuerdo, ¿menos de cuáles? Esa palabra que se ha inventado, la «bibliodiversidad», toda esa irrupción de los pequeños editores independientes ha hecho que se preste atención a libros que quizás no tendrían la capacidad de llegar a una gran editorial porque son tiradas muy pequeñas. ¿Cómo se arregla eso? Como decía, ¿quién decide de qué hay que publicar menos? Todo esto unido a la amenaza de Amazon, que está ahí…

¿Amazon es el demonio de la industria editorial?

Es un cliente maravilloso, sobre todo para editoriales de fondo, pero, al mismo tiempo, está la pregunta: ¿en qué momento decidirán que los libros no son rentables y que hay que hacer otro tipo de libro?

El temor no es que tengan el poder de la venta, sino de la decisión editorial.

Sí, cuando tú controlas la distribución hay un momento en que puedes influir también en la decisión de lo que se edita. Aún no es así, pero flota en el aire. En el caos en el que vivimos. Respecto al escritor, puede haber muchas cajas de libros quemados, pero también hay muchas oportunidades para encontrar un camino distinto al que pensaba.

¿Cómo se vive el boom de las pequeñas editoriales desde una grande como Alianza? ¿Hay algo que aprender de ellas?

Con excelentes relaciones de vecindad, porque creo que hay un espacio para todos. No puedo dejar nunca de pensar como lectora en todo lo que ponen a mi alcance, ya sea con descubrimientos o rebuscando en catálogo y reeditando obras que estaban perdidas. Hay una lección interesante ahí, y es el poder dedicar la atención a un libro. En este momento la mayor dificultad no es solo encontrar contenidos válidos, la mayor dificultad es cómo lo pones en conocimiento de los lectores potenciales que puede tener ese contenido. Evidentemente, si tú eres un pequeño editor que publica diez libros al año, son tus libros y tú, con un cuidado que una editorial grande no puede dispensar.

Estas editoriales pequeñas reivindican algunos éxitos, en cierta forma, enmiendas a ciertos vicios en los que incurrían las grandes, como darle importancia al nombre del traductor colocándolo en portada, volver a cuidar el libro como objeto…

No es el caso de Alianza, pero es cierto que hay editoriales en este mundo que ya empiezan a utilizar correctores automáticos para sus textos, que es tremendo. Así que creo que nunca está mal que se reivindique el libro como objeto que tiene que ser cuidado y mimado, por eso creo que estas editoriales aportaron algo, el subrayar la función del editor en unos tiempos en los que parece que todo son cifras y marketing. Pero también me gustaría añadir algo, desde Alianza, porque es un trabajo que a veces no se ve: una de las cosas más difíciles es mantener un catálogo, no lanzar una novedad o un libro con mucho éxito. Pero esa no es la función de las pequeñas.

Hablemos de las portadas de Alianza, una de sus señas de identidad.

Lo que digo siempre: la portada es la puerta de entrada de un libro. Una de las grandes revoluciones del libro de bolsillo de Alianza fue que consiguiera conectar con los lectores que empezaban a surgir a finales de los años sesenta, cuando España estaba saliendo del franquismo. Daniel Gil empezó diseñando portadas de discos, y si ves ahora sus portadas de libros te das cuenta de que no han perdido un ápice de actualidad. Entonces suponían el contraste entre los libros de la biblioteca de tu padre o de tu abuelo, todos de un color y encuadernados igual. Era algo que querías coger porque era algo tuyo, porque no tenía nada que ver con los libros del cura del colegio. Fue un momento de cambio radical dentro de la sociedad, pero es cierto que seguimos manteniendo ese lema de que los libros tienen que hablar a sus lectores contemporáneos. Pasa lo mismo con las traducciones: los clásicos hablan a sus contemporáneos, pero a través de traducciones de ahora.

Siempre se ha dicho que la narrativa en inglés se impone a las narrativas en otras lenguas y, además, los autores españoles suelen quejarse de que se les traduce poco para mandarles al exterior. ¿Por qué ocurre?

Esto es un problema que las editoriales difícilmente pueden resolver, entre otras cosas, porque en el ecosistema editorial español los derechos de un autor no los tiene el editor. Los tiene el agente. Acabo de volver de la feria del libro de Seúl, y me he quedado asombrada del funcionamiento. El presidente del Instituto de Traducción Literaria de Corea dice que ellos son el Ministerio del Exterior, porque son un país pequeño que ha crecido espectacularmente y donde han entendido que a través de la cultura se venden más Samsung y LG. Es decir, que si quieres vender aparatos…

Las Meditaciones de Marco Aurelio son importantes para…

¡Vender jamones! No, es broma. Pero el ejemplo serían las películas de Almodóvar, que han hecho más por la venta de jamones y de libros que cualquier otra cosa. Eso los franceses siempre lo han sabido y lo han desarrollado perfectamente. Aquí es una asignatura pendiente, el exportar la cultura como imagen del país. Eso beneficia no solo a la imagen, sino a todas las relaciones comerciales de ese país.

¿Pero por qué no calan los escritores españoles fuera de aquí?

Es muy complicado, porque España, Francia y Alemania somos los países que más traducimos. Si vas a Estados Unidos o a Inglaterra ese porcentaje es bajísimo. A veces dan mucha envidia proyectos editoriales como el británico Alma Books (que lo han montado dos italianos, por cierto) que se han encontrado con lo mismo que se encontraron los editores de Alianza: que está todo por hacer. Traducir clásicos rusos y grecolatinos al inglés, porque no hay.  Sobre lo de los autores españoles… hay países como Turquía, Grecia o Bulgaria que compran, pero son mercados muy pequeños. Para lo demás yo creo que debería existir un apoyo público: ayudas a la edición, a la traducción, a festivales, a presentaciones… que no se tienen. Luego está el caso de Javier Marías, que explotó en países como Alemania. En el mundo anglosajón la cantidad de libros que se publican es enorme, ¿qué le puedes ofrecer a un editor estadounidense que no tenga en su catálogo? Es muy complicado. Casi siempre hay un equivalente.

En Alianza publicasteis la fantástica Los lazos de Florence Noiville, que tú definiste como «La historia de Lolita contada por Lolita». Al hilo de Nabokov, ¿cómo vives esta polémica del revisionismo sobre autores antiguos?

[Resopla] Pues voy a ser políticamente incorrecta: ¿Qué hacemos con la ópera? ¿La borramos del mundo? ¿Qué hacemos con esos argumentos y esos temas? No podemos hacer una lectura moral de una creación literaria o artística. Yo seguiré leyendo a Céline, porque Viaje al fin de la noche me sigue pareciendo una obra maravillosa sobre el siglo XX.

¿No hay un riesgo de que, si eliminamos de toda obra artística las referencias morales de la época en la que se escribió, acabemos teniendo solo obras que nos hablen de lo contemporáneo, del hoy?

Ese es uno de los riesgos. Vuelvo a la música, y a esta tendencia de que si montas una ópera no vas a montar L’elisir d’amore como lo han hecho cincuenta veces antes. Pero, por ejemplo, yo recuerdo una adaptación que hicieron hace años en el Palacio Real, ambientándola en una playa del Levante en la actualidad. Con lo cual, el ingenuo campesino que se enamora de la chica, francamente, ahora mismo, en el siglo XXI, es un imbécil. Hay personajes que no puedes trasladar a la época contemporánea, porque solo son posibles en un mundo arcaico, rural… pero ahora no. Evidentemente, el momento en que se escribe y en el que está ambientada una obra influye muchísimo. Por eso no quiero entrar en ese debate de Lolita. Además, ¿alguien está obligando a alguien a leer Lolita? Hay una revolución en curso, y el modelo de sociedad y de relaciones que hemos vivido hasta ahora sabemos que no es válido. Pero no sabemos cuál es todavía el nuevo. Por eso estamos en un momento muy interesante de exploración, incluso en las relaciones personales, ¿cómo se redefine esa relación hombre-mujer en un momento en el que no existe la necesidad básica que estaba en la base del matrimonio, que era el contrato? Eso se ha roto y ahora hay que redefinirse. Es una de las ventajas de la ciencia ficción y la fantasía: que puedes pensar en un mundo en el que ese salto ya se ha hecho, te sitúas dentro de cien años y creas otro mundo. Todo el debate que existe me parece muy interesante y necesario, y hay que hablar del papel de las mujeres. Pero también me preocupa que se banalicen ciertas actitudes porque pueden invalidar la importancia del movimiento en sí.

El mundo editorial es uno de los sectores en los que más mujeres hay en puestos de mando. Sin embargo, se invierten las tornas: hay muchas menos en catálogo. ¿Por qué?

No creo que haya una discriminación de género a la hora de escribir, aunque haya menos mujeres que escriben.

Os llegan menos manuscritos de mujeres.

Sí. En el libro de bolsillo muchas veces nos hemos planteado esto mismo, viendo qué pocas autoras tenemos. Yo no niego que aún haya autoras que haya que rescatar, que no se han leído lo suficiente; pero hay una realidad evidente: a lo largo de la historia hay menos mujeres que han escrito.

¿Y con la contemporánea?

Eso tardará tiempo en cambiar. Tiene que ver con las prioridades personales también, aunque quizás diciendo esto caiga en demasiada generalización. Me refiero a casos concretos y cercanos, incluso a mi propia experiencia. Para mí la vida profesional ha sido fundamental, pero ha sido una parte de mi vida, es decir, he tenido otras prioridades personales y otras experiencias que me han parecido igualmente enriquecedoras y creativas. Tener hijos lo ha sido, y además no me acuerdo de nada malo relacionado con ello. Posiblemente poner tu foco no solo en tu actividad creadora y profesional es algo que te distrae de otras funciones. Tampoco sé si eso ha cambiado del todo, porque ahora mismo no hay una crítica social negativa hacia la mujer que decide vivir solamente enfocada a la creación de su vida profesional. Hace veinte años todavía sí. Las cosas no se improvisan y la escritura tampoco.

¿Es más difícil que los hombres lean la literatura que escriben mujeres que viceversa? ¿Es cierto lo que dice Rosa Montero de que una obra escrita por un hombre sobre un individuo atormentado es una novela sobre la naturaleza humana, pero si es una novela escrita y protagonizada por una mujer atormentada será una novela sobre la naturaleza femenina?

Desde luego, la gente que yo conozco y con la que trato no hace distingos de ese calado, no piensa que si lo ha escrito una mujer no le interesa. Y lo que dice Montero… no lo sé. Porque, por otro lado, hay muchas más mujeres lectoras que hombres, y eso es un dato. Pero no sabría darte una respuesta sobre esto, creo que es un asunto más para los libreros. Porque sí que es posible que haya lectores que ante un libro escrito por una mujer tengan más reticencias. En cualquier caso, creo que tengo mucha suerte: no conozco a ninguno.

Te pongo un ejemplo: las portadas de Alianza siempre son muy aplaudidas, creo que las pocas que han recibido críticas son las ediciones de las obras de Jane Austen, llenas de flores, teteras y colores pastel. ¿Puede generar una imagen errónea de su contenido o suponerle una barrera a un hombre?

Lo entiendo, pero creo que eso también está cambiando, que esa imagen se está rompiendo. No sé si un señor no asiduo de sesenta años se va a comprar un libro de Jane Austen con o sin flores. Pero ¿para un lector de treinta años las flores van a marcar la diferencia? No lo creo. Pero me parece interesante preguntarse estas cosas, porque son temas en los que nunca has caído. Y sobre lo de los manuscritos de mujeres… pues es cierto que llegan menos, no te voy a mentir. Pero yo no sé cuál es la razón. Lo que sí creo es que es algo que se va a acabar invirtiendo, porque mira el mundo académico: hace veinte años estaba dominado por los hombres. O abre un periódico, es lo mismo. No sé si, como dicen muchos, es un problema de autoexigencia femenina, que sean más reacias a mandar manuscritos por eso. Me parece una afirmación arriesgada.

No lo has mencionado así, pero antes te referías a la conciliación como uno de los problemas fundamentales del cambio, ¿no?

Absolutamente. En este momento todavía hay pocos hombres capaces a hacer todo lo que hace una mujer a lo largo del día. Hijos, trabajo, padres… Y además estar bien y estar contento y encantado.

Alguna vez te han descrito como una profesional que «dice más noes que síes». ¿Eso es fundamental para un editor? ¿No tanto saber lo que sí merece ser publicado como lo que hay que descartar?

No puedo estar más de acuerdo con esa afirmación. Es tremendo, pero es así. La crueldad es una cosa innecesaria, aunque a veces uno estaría tentado [risas]. Antes se escribían diarios o poesía, ahora se escriben novelas. No sé si te lo habrá reconocido alguien, pero los talleres de creación literaria, que están muy bien, creo que también están creando un falso modelo literario, porque ahora llegan muchos manuscritos correctamente estructurados pero que no te dicen absolutamente nada. Yo creo que la escritura es una estupenda terapia ocupacional, ahora, pensar que eso que escribes le puede interesar a otro… ¿Tienes una voz propia? Porque, al final, las grandes historias cuentan siempre lo mismo, hay dos o tres temas de los que se puede hablar. Pero hay que tener una voz. A mí a veces me entran ganas de decir: «Mira, como hobby está bien, pero no pienses que esto puede trascender». Por eso a veces las novelas de taller literario son irritantes, porque no les puedes poner una pega formal, pero carecen completamente de interés. A veces te llegan textos con un brillo, con una voz, con un riesgo; y en esos casos merece la pena decirles: «Inténtalo más». En otras ocasiones simplemente dices que no porque acabas de publicar algo con ese mismo tema, hablando de novelas. Se escribe muchísimo, se publica muchísimo, pero es difícil encontrar textos que te remuevan. Nosotros siempre abrimos los manuscritos, y les echamos una ojeada… pero no pensemos que es tan fácil. Siempre digo una cosa, que es una perogrullada pero es cierta: nadie sabe qué libro va a gustar o va a tener éxito. Con lo cual, más vale que publiques lo que te gusta. No hay cosa más atroz que decir: «Voy a publicar un libro que no me gusta porque va a ser un éxito».

¿Es imposible el equilibrio entre cultura y negocio?

Pero, ¿alguien sabe de qué va este negocio? [Risas] Los estudios de Nielsen son herramientas útiles porque te dan pistas sobre cosas que no conoces, y puedes llegar a ver la correlación que hay entre un autor que recibe críticas excelentes y sus ventas. Parece que va unido, pero no es así. En cambio, hay cosas que nadie sabe qué son y que no has oído hablar de ellas y de repente se venden muchísimo. También te digo otra cosa: la industria editorial es muy opaca respecto a lo que vende y lo que no. En Francia te ponen las novedades que van a publicar y su número de ejemplares. En España, algún editor, bajo tortura, te puede confesar qué tirada está haciendo de un libro. Nielsen te da una pista de qué se mueve y qué no, pero son eso: pistas. Luego hay otra cosa con la que todo editor se cruza alguna vez en su vida, y son autores que no sabes por qué pero no se venden. No hay nada que hacer.

¿Por ejemplo?

¡Eso no te lo puedo decir! En Alianza intentamos hacer política de autor, y solemos publicar una segunda obra. Pero cuando te encuentras que vendes ciento veinticinco ejemplares te dices: no puedo. Porque lo que va a pesar en la persona de marketing, en el librero, en el comercial… es la venta. Es muy difícil. También ocurren cosas en las que ese orden se altera.

Eres poco apocalíptica en cuanto al futuro del sector. Dices «que el papel no está en peligro», que seguirá persistiendo.

En absoluto, no temo por él. Creo que habrá otros formatos de lectura, de hecho, ya estamos leyendo en otros soportes, pero creo que el placer del libro en papel seguirá estando ahí. Creo que la amenaza del libro electrónico lo que ha hecho es hacernos a los editores más conscientes de la necesidad de cuidar el libro como objeto. Yo voy siempre a las ferias de Frankfurt y Londres, y reconozco que ha habido unos años de zozobra e incertidumbre donde todos los libros eran iguales, con ediciones bastante económicas. La irrupción del libro electrónico ha supuesto un revulsivo, porque ahora se hacen muchos más libros cuidados, de formatos distintos, encuadernación y el propio diseño. Para muchas editoriales no dejaba de ser algo automático: foto, título y ya está. Ahora hay una búsqueda de la exquisitez de la edición.

¿El libro electrónico os ha puesto las pilas?

Posiblemente. Yo soy analógica, y para mí la lectura de un libro electrónico es distinta, esa no es la que quiero conservar. Para eso quiero el papel, no un archivo. No lo concibo. Pero cuando llegue masivamente la lectura electrónica seguirá habiendo libros en papel.

La lectura, ¿es una afición cara?

No, y creo que debemos acabar con esa idea. ¿Cuánto tiempo puedes dedicar a leer Guerra y paz en una edición de bolsillo que cuesta quince euros? Posiblemente un mes. En España no existe mucho hábito de bibliotecas, y eso también ayudaría… aunque es cierto que la crisis sirvió como pretexto para cortar absolutamente las adquisiciones de bibliotecas. Y eso, de paso, también hizo muchísimo daño a las librerías, porque ellas no viven solo del cliente de a pie que entra a comprar. Para potenciar la lectura habría que potenciar las bibliotecas con más fondo. Pero vuelvo al inicio: los libros no son caros.

Pero, si quieres leer novedad editorial, ¿lo es?

Si eres un lector asiduo, uno con hábito de lectura, te puedes leer un libro de veinte euros cada dos días. Eso sí puede ser un agujero económico. Entiendo que para leer novedades el libro electrónico sí que puede ser una compensación, o al menos yo conozco muchos buenos lectores que es así como lo utilizan. Las novedades que quieren leer pero no conservar las leen en electrónico. Hay una cierta diferencia de precio. Pero también si eres un bebedor sostenido y quieres tomarte una botella de buen Rioja todos los días, te gastas veinte euros al día. Hay una cosa que repetimos los editores porque lo hemos notado en los últimos años: la pérdida del prestigio social de la lectura. Es algo que pensaba en la Feria literaria de Guadalajara, en México, viendo la sed que tienen por leer. En sociedades donde todavía hay desequilibrios sociales muy grandes, la cultura y los libros se siguen viendo como algo para cambiar de estatus social. Cosa de la que aquí nos hemos olvidado y yo creo que aún necesitamos cambiar de estatus. Quizá no social, pero mental sí, para convertirnos en ciudadanos más sólidos y autónomos. Depende del valor que le des.

Me puedo imaginar lo que opinas, entonces, del ensayo de Mikita Brottman Contra la lectura.

[Ríe] ¿Cómo se puede decir que no ocurre nada por no leer? Las sociedades actuales, los cambios políticos que estamos viendo, la situación geopolítica del mundo… a lo mejor te dice algo sobre que necesitaríamos ciudadanos más conscientes de lo que ocurre, y eso se consigue con la lectura. Reflexionando. No sé si un poco más de lectura no llevaría a posiciones un poco más razonadas en los cambios que estamos viendo en Europa o en Estados Unidos. Aunque no lo quiero atribuir todo a eso.

Hace unos años dijiste que existe una importante desafección entre autores y lectores españoles que no sabías a qué se debía. ¿Lo has averiguado?

¡No lo sé! Pero creo que se está ganando. Creo que la literatura española, en sus grandes momentos en los ochenta y los noventa, con la nueva narrativa española, consiguió que unos autores conectaran con los lectores del momento. Era un poco la reivindicación de que queríamos que nos contaran el mundo de ahora. Pero después se ha abierto una brecha y ha habido un distanciamiento a lo largo de unos cuantos años, de hecho, incluso autores que publicaban regularmente han perdido lectores. No sé por qué. Ahora creo que hay una generación nueva de lectores que de alguna manera se ha divorciado de sus mayores, aunque quizás sea una lectura demasiado ingenua. Quieren que el mundo se lo cuenten sus contemporáneos. Por eso empieza a haber voces de autores y, sobre todo, autoras nuevas, de treinta o treinta y cinco años, que les hablan a sus contemporáneos. Hay un cierto ensimismamiento en la literatura durante unos cuantos años. Y eso no es culpa solo del lector, pero creo que las sociedades occidentales se han agotado. Hay un reflejo de esto en la literatura francesa, que ha tenido momentos altísimos y lleva varias décadas de ensimismamiento. Hay un momento en el que las peripecias de un personaje consigo mismo dejan de interesar. Yo creo que los primeros años del siglo XXI han consistido en una especie de cansancio vital en la escritura, y las cosas más interesantes han venido de la periferia: la literatura africana, la mestiza, lo que se escribía en Oriente Medio… Ahora, tras ese momento de agotamiento, el mundo está suficientemente convulso y las sociedades suficientemente desequilibradas como para que haya nuevos impulsos narrativos.

A la literatura siempre le ha sentado bien la convulsión.

Absolutamente. No hay nada peor que el ensimismamiento. Ahora ya se empiezan a percibir cosas, hay un germen de una necesidad de contar el mundo, o «esta mierda de mundo que me han dejado mis padres».

Una última pregunta, o curiosidad. Una vez te referiste a Perros que duermen, de Juan Madrid, como una gran novela a la que no le hacían falta «frases memorables» para brillar. ¿Deducimos de ahí cierto cansancio con la frase construida para ser LA frase?

¡Sí! Y un exceso de metáforas, a veces me planteo la posibilidad de recopilarlas todas en un libro. Yo creo que el diccionario de sinónimos es un peligro para los escritores, aunque es un peligro que se cura leyendo. Y ahí está el editor, para decirle: «Estos tres adjetivos sobran». Son vicios de principiante, creer que necesitas más palabras para contar algo. No es así. Por otro lado, el español que se habla en España se ha empobrecido muchísimo. La riqueza del idioma que puedes encontrar en Latinoamérica, sin engolamiento y sin pretensiones, es absoluta. El español es una lengua bellísima, pero en España hemos dejado morir el vocabulario. Por eso creo que esos engolamientos de muchos autores resultan impostados.


Matar al crítico (y II): el síndrome FilmAffinity

Campo de batalla: la tierra. Barra libre para los críticos. Imagen: Morgan Creek productions.

Este artículo es una continuación de Matar al crítico (I)

Ebert in da house

El legendario crítico cinematográfico Roger Ebert (1942-2013) reseñó Transformers: la venganza de los caídos de manera contundente: «Si quieres ahorrarte la entrada del cine, métete en la cocina junto a un coro masculino que entone la música del infierno y un niño que se dedique a golpear ollas y sartenes. Y luego cierra los ojos y usa tu imaginación».

Ebert dedicó prácticamente toda su vida al mundo del periodismo. Sobrellevó la edad del pavo trabajando en el periódico de su instituto, colaborando con fanzines de ciencia ficción y ejerciendo de reportero deportivo para una publicación local. Durante la época universitaria continuó aporreando teclas al servicio de las revistas del campus, vendió sus letras a gacetas con renombre y acabó llamando la atención del Chicago Sun-Times, un periódico que lo acogería a finales de los sesenta y con el que colaboraría hasta el día de su muerte en 2013. Entre medias conocería a su admirada Pauline Kael, escribiría el guion de la tetaxplotation de culto Más allá del valle de las muñecas de Russ Meyer, sería el culpable junto a Gene Siskel de idear un programa televisivo (que se reencarnó con diferentes nombres durante más de tres décadas) centrado exclusivamente en el análisis de películas, y se convirtió en el crítico de cine más reputado del planeta, tanto como para que en un momento dado sus reseñas se publicasen en más de doscientos periódicos estadounidenses al mismo tiempo. Llegó hasta donde ningún otro crítico cinematográfico había llegado jamás: en el 75 se llevó el Premio Pulitzer en la categoría de crítica (convirtiéndose en la primera persona en lograrlo en los terrenos de la crítica de cine) y treinta años después una estrella con su nombre se instaló en el paseo de la fama de Hollywood Boulevard.

Curiosamente, el propio Ebert aseguraba que las bases para su educación como crítico de cine las encontró en un lugar inesperado y muy poco académico: entre las páginas de la revista humorística Mad. Porque las parodias exageradas de películas que se realizaban en aquel magacín le ayudaron a reconocer los abundantes clichés y fórmulas que utilizaban (y reciclaban) continuamente los films. De aquellas viñetas también tomó prestada cierta sorna que le brotaba de tanto en tanto durante sus apuntes cinematográficos más creativos: Ebert matizó que «Haber visto Godzilla (1998) en el Palais de Cannes fue como presenciar un ritual satánico en la Basílica de San Pedro», definió Pearl Harbor como «una película de dos horas convertidas en tres horas sobre cómo el 7 de diciembre de 1947 los japoneses lanzaron un ataque sorpresa sobre un triángulo amoroso americano», reseñó Encantado de matarte con un «es la primera película que he visto que no mejora la experiencia de ver la pantalla de cine completamente en blanco durante el mismo periodo de tiempo», aseguró que se comería una pelota de golf antes que volver a ver Seven Days in Utopia, resumió la sinopsis de Serendipity del siguiente modo: «Jon y Sara tienen mucho en común: a ambos les falta una “h” en el nombre. Y el destino no está llamando a sus puertas, sino que ha entrado con un equipo de SWATs y ahora se dedica a golpear la cabeza de uno contra la del otro sin parar», explicó que Spice World «obviamente es un plagio de ¡Qué noche la de aquel día! con la diferencia de que los Beatles tenían talento y en cambio las Spice Girls podrían ser sustituidas por cualquier mujer de menos de treinta años que esté haciendo cola en un Dunkin’ Donuts», resumió Cocodrilo Dundee con un «he visto auditorias más emocionantes», enterró Airbender: el último guerrero de M. Night Shyamalan al sentenciar que la película «agoniza a todos los niveles posibles e incluso en aquellos que no se han inventado aún. Aunque por pura probabilidad en algún momento algo tendría que salir bien, eso no pasa nunca aquí», explicó que en Trece fantasmas «el guion es desastroso y el volumen es una tortura. Espero que se proyecte en cines multisalas porque es el tipo de película que prefieres ver desde la habitación de al lado», escribió sobre la horrible The Spirit que «no hay rastro de emoción humana en ella, llamar a sus personajes figuras de cartón sería un insulto para el material de embalaje útil» y remató El bosque con un «etiquetarla como anti-clímax sería un insulto, pero no para los clímax sino para los prefijos».

Roger Ebert, 2005. Foto: Michael Germana / Cordon.

El crítico también apuntó al hablar de The Brown Bunny que «una vez me hicieron una colonoscopia y me dejaron verla en la pantalla. Era más interesante que esta película».

Cuando Vincent Gallo, director de The Brown Bunny, se enteró de aquello decidió contestarle muy amablemente llamando a Ebert «cerdo gordo con el físico de un traficante de esclavos» y deseándole un cáncer de colon. El crítico respondió: «Es cierto que soy gordo. Pero yo puede que algún día esté delgado, y en cambio Vincent Gallo seguirá siendo siempre el director de The Brown Bunny».

Entre los logros más notables del escritor durante su carrera destaca especialmente el haber sido capaz de contestar a la carta de un lector, sobre la infame Disaster Movie, asimilando el fabuloso lenguaje nativo del contertulio. Una respuesta intraducible que tenía esta pinta:

Roger Ebert troleando a los troles.

Campo de batalla

El póster de Campo de batalla: la Tierra que Entertaintment Weekly regalaba a sus lectores lucía socarrón una cuidada selección de las peores críticas que provocó el film.

Ebert también fue aquella persona que afirmó que «Campo de batalla: la Tierra es como hacer un viaje en bus junto a alguien que lleva tiempo necesitando darse una ducha. No es solamente mala, es desagradable de manera hostil». Y Campo de batalla: la Tierra fue aquella película, basada en una novela ideada por el fundador de la cienciología (L. Ron Hubbard) y protagonizada por John Travolta, tan infumable como para cultivar una riada de críticas descacharrantes: Mark Bourne se atrevió a sentenciar que «Campo de batalla es a la experiencia de ver una película lo que una infección de hongos es al sexo», Dennis Harvey dijo que era «la Showgirls de los shoot ’em up de ciencia ficción», Steve Ryfle escribió: «Aquí no hay nada que no hayas visto antes, exceptuando esa imagen de John Travolta caminando por ahí con tubos metidos en la nariz», Nathan Rabin señaló que «hace que la audiencia sienta vergüenza de pertenecer a la misma especie que las personas que la crearon», Rita Kempley comentó en The Washington Post: «Un millón de monos con un millón de lápices de colores tendrían que ser presionados durante un millón de años para escribir algo tan cretino como Campo de batalla», James DiGiovanna aprovechó para dar palos a terceros con su crítica: «Campo de batalla hace que Independence Day parezca sutil e inteligente. Pauly Shore podría ver esta película y, basándose exclusivamente en el hecho de que él no participa en ella, dejar de sentir esa inmensa vergüenza que le abruma todos los días», Desson Howe aseguró en The Washington Post que «la película se reserva su momento más aterrador para el final, cuando insinúa una secuela» y Jon Stewart en su programa The Daily Show definió la cinta con un pareado «A cross between Star Wars and the smell of ass» («Un cruce entre Star Wars y el hedor de un culo»). En la revista Entertainment Weekly llegaron a publicar un póster de coña de la película recopilando un montón de aquellas críticas horribles. La reseña más salvaje y pasada de vueltas fue la de Harry Knowles para su portal Ainˈt Cool News: «Campo de batalla: la Tierra es ese zurullo en la taza de tu váter. Ese tronco de mierda con colores que no alcanzas a comprender por qué están ahí, con una forma rara que te resulta vagamente familiar. Algo a lo que querrás sacar una foto para enseñársela a los amigos a altas horas de la madrugada y preguntar “¿Alguna vez has visto algo como esto?” Tus amigos inevitablemente le echarán un vistazo y dirán: “Guau, menudo pedazo de mierda, pero ¿para qué le has hecho una foto?”».

En Amazon, entre las críticas de los propios usuarios, un caballero se atrevía a cascarle cinco estrellas sobre cinco a Campo de batalla: la Tierra y lo justificaba con un «Es la mayor montaña de basura en llamas que alguien se ha atrevido a meter en una película».

El síndrome FilmAffinity

La llegada de internet, los blogs personales y las páginas con capacidad para apilar reseñas de usuarios afectó profundamente a la audiencia estándar hasta mutarla y transformarla en un tipo de criatura nueva: las víctimas del síndrome FilmAffinity. Gente en la que se ha enquistado un espíritu de severo profesor de matemáticas a la hora de enfrentarse al cine, espectadores empeñados en calificar y acotar las películas en tablas del uno al diez concediendo su aprobación basándose en una escala numérica. Un público que, al enfrentarse a las películas con el termómetro en la mano, se olvida por completo de disfrutar del cine y se concentra demasiado en convertir sus impresiones ante una obra en un número, en lugar de desarrollarlas o sentir vergüenza por ellas. Actitudes que han construido un escenario de lo más soporífero: gente que discute airadamente (y con gesto muy serio) si dos películas de distinto género calificadas con un seis sobre diez son equiparables o deberían de militar en baremos distintos, trastornos obsesivos compulsivos materializados en listas anuales ordenadas a base de puntuaciones y con criterios muy férreos sobre lo que es o no es cine, o individuos que inexplicablemente no consideran que sea de muy mala persona evaluar algo utilizando decimales. La gente parece salir del cine efectuando ecuaciones matemáticas para calcular qué nota le pondrá a la cinta cuando se conecte a FilmAffinity, y la impresión general es que se sustituye el ritual de sentarse ante una película y dejarse llevar por el tragar películas con la libreta en la mano para evaluar si aprueban o suspenden en una puta escala imaginaria.  

Pero más allá de la vacuidad de tanta nota gratuita, todas estas bases de datos plagadas de reseñas de usuarios y todas las webs de venta online también tienen una cualidad fantástica: el ser una mina de reseñas descacharrantes. En Amazon, un valiente usuario llamado Joe Watson calificaba El lobo de Wall Street con la puntuación mínima y resumía su decepción con una única frase: «No hay lobos en la película».

Otro usuario de la misma web de compras online, un hombre llamado Steve, legó a nuestra civilización una pieza literaria excepcional tras contemplar la galardonada La forma del agua de Guillermo del Toro: «Desearía puntuarla con cero estrellas. Nunca se le ve el pene al pez. Ni una sola vez. ¿Cómo puede ser eso posible? Es como hacer Parque jurásico pero no mostrar los dinosaurios, rodar Aliens sin xenomorfos, Titanic sin barco. Es una película sobre una mujer que tiene sexo con un pez (que posee un pene de pez) y el hecho de que nunca puedas posar los ojos sobre su miembro acuático debería de ser una vergüenza para todas las personas implicadas en ella […] Óscar a la mejor película. Y una mierda. Cualquier persona que diga que le ha gustado esta basura debería mirarse al espejo y preguntarse si no se merece algo mejor que una película sobre una mujer que se acuesta con un pez donde nunca se le ve el pene al pez. Ni una sola vez». Jeffrey S. Saldana escribió sobre Las aventuras de Chatrán: «Pensé que a mi hija le encantaría. Pero en cuanto le dije que todos los animales que salían en la película probablemente ahora estaban muertos, me hizo apagarla». Alguien apodado Torrzilla escribió una fabulosa reseña de Enemigo público que se leía al ritmo de la música de El príncipe de Bel-Air. En IMDB una de las críticas de El sacrificio de un ciervo sagrado reza: «No entiendo nada en esta película. O soy la persona más tonta del mundo o soy el guionista». Ryan Galaska puntuó con una estrella Los juegos del hambre y lo justificó con un muy solemne «El hambre no es juego». En las redes sociales, un caballero llamado Sam Richardson analizó con precisión Los miserables (2012): «La película arranca con Lobezno cantando a tope, y después Catwoman comienza a cantar y a llorar y es todo muy emotivo. El único problema es que la chica que tenía sentada a mi lado, que se habría leído el libro o algo, comenzó a cantar con ellos y eso me distrajo bastante. A lo que vamos: Lobezno está huyendo de Gladiator porque Catwoman ha tenido un hijo en casa de Borat pero quiere que se haga cargo Lobezno. Pasa el tiempo, disparan a unos niños y todo el mundo muere. Cuatro estrellas».

El usuario JC advirtió en las críticas de La fiesta de las salchichas: «¡NO ES PARA NIÑOS! Es PORNO entre artículos de un supermercado». Marcel Lee comentó sobre Eduardo Manostijeras que «Eduardo tiene tijeras por manos, pero nadie le pregunta por qué». Stalag17 opinó que Star Wars: el despertar de la fuerza «era muy interesante pero las cabezas de Harrisond Ford y Mark Hamill le parecían muy grandes». Left of heaven97 reseñó Boyhood con «un chaval hace fotos, va a la universidad y le crece un bigote. Te acabo de ahorrar tres horas». Felipe Jiménez le dio cinco estrellas a Click de Adam Sandler porque fue «La película que salvó mi matrimonio» y Matt Innis le otrogó otras cinco estrellas a Independence Day porque «perdí mi copia original durante el divorcio». Sobre el documental de pingüinos El viaje del emperador, un anónimo preguntó: «¿Cuál de los pingüinos era Morgan Freeman? Ninguno sonaba como él». Y bajo el nick Wu Kang un padre narraba su desastrosa experiencia viendo Deadpool: «He llevado a mis hijos de seis y ocho años a ver esto al cine. Ahora tienen miedo de que Ironman los apuñale con una espada mientras duermen». Una de las más encantadora reseñas corresponde a una persona llamada Carrie McGimsey que puntuó con la nota mínima a Los minions porque «Está en español pero no lo avisaba en ningún lado. Solo los minions hablan en español y el resto de los personajes lo hacen en inglés». A otro ser maravilloso llamado Leslie Clark le ocurrió algo parecido, se encabronó mucho ante La pasión de Cristo porque «no sabía que estaba en español».

Aunque lo mejor y lo más tierno de todo son aquellos que se toman (o quieren hacernos creer que lo hacen) las cosas demasiado en serio. Jim Aitken escribió sobre Jurassic World: «Es poco realista porque la existencia de los dinosaurios nunca ha sido probada. Puede que hayan descubierto algunos huesos pero pueden ser fake». Un comprador del Blu-ray de Big hero 6 preguntó muy serio dónde estaban las entregas del 1 al 5. Alguien apodado Hogbyte explicó en su reseña de Interstellar que «Tras descubrir que la NASA nunca llegó a la Luna, las pelis espaciales ya no son tan interesantes». Una desorientada mujer llamada Maggie comentó tras ver Los juegos del hambre: Sinsajo parte 1: «Esto es horrible, no se parece en nada a lo que se cuenta en la Biblia». Jeff W apuntaba sobre Happy Feet que «los pingüinos no hablan». Asa Walker mostró su descontento con Misión imposible: protocolo fantasma porque «la misión no era imposible». Y Wayne Hughes señaló un agujero del guion del tamaño de un butrón en su crítica de El resplandor: «Es difícil de creer que un hotel de ese tamaño en Colorado cierre en invierno durante la temporada de esquí». James P reconoció públicamente que Frozen había arruinado la vida escolar de sus hija: «Era una estudiante de sobresalientes pero ahora el último trabajo que ha entregado se titula “Por qué me gusta Olaf”».

Alguien también descubrió mientras charlaba con Siri que la asistente del iPad tenía una curiosa respuesta si le preguntabas por 2001: Una odisea del espacio, una que apuntaba sus críticas hacia la especie humana: «Se trata de una película sobre un asistente llamado HAL que trata de establecer contacto con una inteligencia superior. Hasta que dos tíos se meten en medio y la lían».

Siri loves HAL.

La reseña más corta de la historia

El neoyorquino Leonard Maltin comenzó a escribir sobre cine durante la adolescencia al montarse su propio fanzine y colaborar gratuitamente con la publicación Classic Images. Lo sorprendente es que en 1969, cuando Maltin sumaba tan solo dieciocho años, logró convencer a una editorial para organizar y publicar un colosal libro de reviews peliculeras llamado TV Movies. Un compendio de ocho mil críticas cinematográficas, de las cuales Maltin había escrito la mitad, que puntuaba las películas en una escala de cuatro estrellas y resultó ser tan exitoso como para actualizarse y publicarse ininterrumpidamente (bajo el nuevo título Leonard Maltin’s Movie and Video Guide) durante cuarenta y seis años. En 2015 se lanzó su última entrega porque hoy en día la gente prefiere googlear en busca de críticas a pasar las páginas físicas de un libro. Maltin es el analista que escribió: «¿Qué puedo decir de una secuela de la que ni siquiera quiere formar parte Steve Guttenberg?» al hablar de Loca academia de policía 5: operación Miami Beach, y el que recomendó Loca academia de policía 6: ciudad sitiada a «únicamente —y solo únicamente—  esa gente del público que cree que Loca academia de policía 5 merecía algún Óscar».

Leonard Maltin en Gremlins 2. Imagen: Amblin Entertainment.

Maltin también es una cara conocida más allá de las fronteras de los States: En South Park se alió con Sidney Poitier y Robert Smith para derrotar a una Barbra Streisand convertida en un mecha gigante. Y Joe Dante logró ficharlo para aparecer en Gremlins 2 (la mejor secuela de la historia) a modo de coña metarreferencial: presentando un programa de críticas cinematográficas y siendo asesinado por los gremlins tras poner a parir la primera parte de la película. La gracia del guiño es que Maltin realmente puso a caldo la entrega original de Gremlins. En su momento le otorgó dos estrellas sobre cuatro y la calificó de «asquerosa, violenta y caótica». Para sorpresa de nadie, la secuela salió mejor parada cuando el caballero le concedió tres estrellas.

Pero si de algo puede fardar Leonard Maltin es de ser el autor (reconocido por el libro Guinness) de la crítica cinematográfica más corta de la historia, aquella reseña del film Isn’t It Romantic? (¿No te parece romántico?) compuesta por una única palabra: «No».


Jurassic Porn

Imagen: Steveoc 86 (CC)

Una persona no puede decir que ha amado de verdad si nunca ha disfrutado del placer que proporcionan las garras de un velociraptor masajeando sensualmente su zona perianal. Un varón no puede considerarse verdaderamente heteroflexible hasta que no se ha despertado recubierto de semen de pterodáctilo de la cabeza a los pies, y luciendo el aspecto de una tarta merengada, en nido ajeno tras una noche de sexo jurásico. Romper tabúes hoy en día va más allá de la típica gangbang vespertina interracial a la hora de la merienda-cena o navegar por una página de escorts en Madrid, y se convierte en un asunto de proporciones mitológicas: agarrarse al Bigfoot de los tirabuzones durante las sacudidas para mantener los tobillos detrás de la nuca, practicar BDSM con hembras de especies ya extintas,  abrazar el pene erecto de un coloso legendario como quien abraza a un amigo, montar centauros al trote durante el atardecer griego o gemir de placer al frotar el higo entre los cuernos de un triceratops.

Monster erotica

En 2011, un ama de casa estadounidense aprovechó que tenía unas cuantas tardes particularmente ociosas para comenzar a perseguir su sueño de escribir historias que otros pudiesen disfrutar. Sin tener verdadero interés por labrarse un futuro profesional, aquella mujer colocó sus texto en internet a través del servicio Kindle Direct Publishing de Amazon, una plataforma de autopublicación para comercializar libros en formato digital evitando todo el engorro de tener que talar árboles y retribuirles el salario a los herederos de Johannes Gensfleisch zur Laden zum Gutenberg. Pero las ventas de sus primeras historias fueron paupérrimas, sus lectores escasos y las críticas demoledoras. Desencantada con el feedback recibido, la mujer se replanteó su carrera literaria y optó por dejar a un lado sus inquietudes artísticas y fabricar productos que al menos le dieran pasta: adoptó el seudónimo Virginia Wade y comenzó a publicar novelas eróticas nada discretas como La seducción anal de Jennifer o una parodia de Jane Austen titulada Penetración y prejuicio, textos que tampoco disfrutaron de mucho éxito.

Hasta que un día a Wade se le ocurrió escribir una historia que en su cabeza había nacido a modo de chiste: las desventuras pornográficas de unas lozanas excursionistas secuestradas y forzadas por un Bigfoot en lo frondoso del bosque. Un manuscrito que con sus 12 120 palabras (lo que vendría a ser más o menos una veintena de páginas) estaba bastante lejos de poder considerarse una novela al uso y se arrimaba más al concepto de un cuento breve inflado, medio artículo de Jot Down o el discurso ligero de algún líder cubano. Durante las primeras cuatro semanas a la venta aquella ficción erótica cosechó cinco dólares de beneficios, pero llamó lo suficiente la atención como para protagonizar un artículo en la revista Penthouse que propulsaría a la fama las aventuras amatorias del Bigfoot. Año y medio más tarde, la autora ingresaba 30 000 dólares mensuales gracias a aquel texto auto publicado y la conga de secuelas que había producido. No estaba nada mal para un libro titulado Correrse para el Bigfoot, un puñado de páginas donde las palabras «follar» y «Bigfoot» aparecían con envidiable frecuencia, y normalmente formando parte de la misma frase.

Wade no era especialmente virtuosa con las letras, pero el mundo editorial lleva décadas demostrando que eso al mercado le da un poco igual: Dan Brown tiene pinta de lidiar con el ictus cerebral al elaborar párrafos coherentes pero se ha convertido en gasolina magufa superventas, Blue Jeans vende toneladas a pesar de seguir creyendo que tiene quince años, Stephenie Meyer ha ordeñado petróleo de un fanfiction chusco y Christopher Moore ha construido una carrera a base de fotocopiar (mal) a Terry Pratchett. En Correrse para el Bigfoot, la autora firma sentencias como «—¡Es el puto Bigfoot! —murmuró Shelly —¡Es real, Rediós! —exclamó con la mirara horrorizada— ¡Y tiene un pollón!», una prosa valiente que, aunque alejaba ligeramente su pluma de las escuelas literarias clásicas, era capaz de demostrar que la sinceridad a la hora de contar historias a veces es preferible a las formas engoladas.

Lo rentable del negocio transformó aquellos arrumacos lubricados del Bigfoot en una saga de envergadura notable que propició quince secuelas a pesar de que Correrse para el Bigfoot 5, baby se publicitó como el capítulo final, tan solo dos meses antes de que se lanzase Correrse para el Bigfoot 6. Continuaciones que expandieron el universo original propulsándolo hacia nuevos parajes repletos de peludas orgías multitudinarias, penetraciones dobles, maternidad mestiza, voyeurismo tribal en lo frondoso del bosque, sexo anal y algún virginal bigfoot adentrándose en la senda del placer. La saga también se atrevió a ponerse seria dibujando escenas dramáticas donde algún personaje importante fenecía de manera trágica, mientras estaba copulando, eso sí, para no perder el tono. A la altura de Correrse para el Bigfoot 14, Wade había perfeccionado tanto su prosa como para embelesar a sus lectores pariendo sentencias como «Esto no será una acampada de verdad si no hay una fellatio», «Tenía un miembro plagado de venas y con el extremo abultado como una pelota de tenis», «Ggggrrr… gggrrroooaarrrr… Ohdiosmío» o «Ella frotó el pene entre sus manos como si estuviese haciendo un rodillo con plastilina». En un momento determinado, la escritora decidió convertir su creación en una empresa familiar: su marido esbozaba las tramas, su madre se encargó de las traducciones al alemán, su padre ejerció de editor oficial y los beneficios ayudaron a pagar la universidad de su hija: «Solía decirle que los polvetes del Bigfoot le estaban pagando la matrícula» apuntaba la novelista. Lo hogareño de todo el asunto resulta evidente en la imagen pública de hazlo-tú-mismo que potencia Wade: su perfil en Amazon luce un dibujo casero en lugar de una fotografía de la escritora, y su blog personal contiene entrevistas a los lujuriosos sasquatchs coronadas con más garabatos amateurs.

Pero Virginia Wade no se conformó con los empujones del Bigfoot y pronto decidió probar suerte adentrándose en otros campos de la literatura erótica: la cópula histórica (La conquista del gladiador, Secuestrada por los piratas o la saga La lujuria de los vikingos), las perversiones extraterrestres (Correrse para el alien), las artes amatorias de otras criaturas fantásticas (El aquelarre, Correrse para el demonio, Correrse para el espectro o Correrse para el hombre invisible) e incluso la novela de misterio (¿Quién mató a Cole Custer en la biblioteca con un consolador?). En 2013, con el Bigfoot ordeñado en más de un sentido, y tras un par de purgas censoras por parte de Amazon y Pay Pal que retiraron varias de sus novelas del mercado mermando notablemente los ingresos, Wade decidió aparcar la pornografía criptozoológica y adoptó otro apodo para escribir novelas románticas: «Es fácil reinventarse: yo pasé de ser la reina de las guarradas a una monja». Aunque la saga del Bigfoot se ha convertido en el mayor éxito de su carrera, Wade asegura que las novelas romanticonas también le han proporcionado abundantes beneficios. En 2018 la escritora decidió volver a sus orígenes y modernizar su literatura erótica con lo que la gente demanda hoy en día: yoga y más bigfoots. Su nueva saga Namasté con el Sasquatch lleva ya cuatro entregas haciendo el perro boca abajo en lo profundo del bosque.

Estúpida y sensual criptozología erótico-romántica

Lo más hermoso de todo esto es que Wade nunca ha militado sola en las depravadas profundidades del subgénero de la monster erotica, sino que existe una muy extensa lista de escritores que también han hecho carrera encamando humanos con todo tipo de criaturas mitológicas, fantásticas, diabólicas o extraterrestres: Trisha Danes firmó Los demonios aman los culos, Luna Loupe publicó Ordeñada por los aliens (una novela que se define como «erótica lactante de aumento de pecho»), Raven Blackbird tiró de sasquatchxplotaion descarada al lanzar El Bigfoot me dio por detrás y lo disfruté, Clea Kinderton ideó Montada y cubierta por los tritones y Montada y cubierta por los centauros, Vanessa Cox perpetró Atrapada por el cíclope, la católica Emerald Ice es la orgullosa madre de la serie La esclava sexual del alien, Trina Rossi se marcó un Apareada con el Kraken, Evangeline Anderson se puso colosal en Domesticando al gigante, Nikita King escribió El leprechaun cachondo, Kylie Ashcroft concibió Copulando con la planta tentacular de la jungla y K. J. Burkhardt fabricó cosas como Sexo con el robot anatómicamente correcto de mi marido antes de dejar de lado las formalidades en el título y lanzar La puta de Frankenstein pasándose por el papo el detalle de que Frankenstein era el profesor y no el monstruo.

Todas eran historias que a pesar de venderse a precios reducidos (de uno a tres dólares) permitieron a sus autoras  ganarse la vida de manera sana. Al menos hasta que se convirtieron en diana de una ráfaga de puritanismo que sacudió Amazon y otras compañías similares en 2013, cuando un artículo publicado en The -kernel (la revista digital de The Daily Dot) denunció reiteradamente que Amazon estaba plagado de «e-books que celebran la violación, el incesto y el abuso sexual a chicas menores de edad». Desde la compañía de Jeff Bezos optaron por cortar de raíz el problema eliminando todo el material potencialmente ofensivo, obras entre las que se encontraban gran parte de estas novelas de pornografía monstruosa. Algunas de las autoras optaron por cambiar el título de sus creaciones (Correrse para el Bigfoot se transformó en Gemir para el Bigfoot y La esclava sexual del alien se retituló como Las escapadas alienígenas de Sidney) pero aquellos títulos tan poco sugerentes propiciaron que se desplomasen las ventas. Cuando la existencia de literatura erótica en Amazon dejó de ser una noticia con la que llevarse las manos a la cabeza las cosas se tranquilizaron bastante. Actualmente, varias de las novelas citadas más arriba vuelven a formar parte, con su título original, del catálogo de e-books de la compañía americana.

Jurassic porn

Alara Branwen y Christie Sims (autoras que ya se han asomado por aquí en alguna otra ocasión) son los seudónimos que utilizan dos escritoras de éxito justamente para regatear el éxito que han cosechado como escritoras por culpa de un puñado de criaturas cachondas que casualmente están extintas. Su historia comenzó con Sims tanteando el mundo de la literatura erótica como opción con la que sacarse un dinero extra para sufragar sus estudios universitarios. Tras investigar y descubrir que la monster erotica parecía ser un género muy solicitado, la mujer autopublicó digitalmente una historia corta titulada Montándoselo con el dragón, cuyas exitosas ventas le animaron a centrarse en lo de escribir guarradas con bichos en lugar de trabajar horas extra como reponedora de un supermercado.

Pese al éxito, no tardó demasiado en aburrirse de encamar dragones con doncellas y comenzó a masticar una idea, inspirada por Jurassic Park, que le parecía especialmente graciosa: introducir dinosaurios en sus novelas e inventar la dinosaur erotica. Sims escribió su primera historia erótica con dinosaurios implicados y Branwen, una estudiante con la que compartía habitación en la Universidad de Texas A&M, le ayudó a pulir el asunto. Desde entonces se han convertido en las pioneras de un género para el que han facturado cosas como Montada por el T-Rex, Violada por los triceratops, En el nido de los velociraptors, Dino park after dark, Apareándose con el raptor, El deleite de los balaur, Montada en el museo de dinosaurios, Dinosaurio en la grieta o La virgen del velociraptor, entre varias decenas de húmedas aventuras similares. Aunque los calentones con dinosaurios se convirtieron en sus piezas más exitosas, las escritoras también se las apañaron para barajar todo el espectro de fantasías posibles: El confort del fantasma, Orco sin linaje, La novia del hombre-lobo, Montada por el pegaso, Combate con los centauros, Cazadora de goblins, Oso cachondo en Alaska, Cabalgada por la hidra, El hombre-oso contra el hombre-conejo, Secuestrada por el sátiro, Gárgolas en el bosque, Amor leonino o Cachonda por culpa del hombre lagartija también forman parte de su maravillosa bibliografía.

A la hora de hablar de pasta se limitan a ofrecer pistas de las cantidades que manejan: «No vamos a especificar cifras concretas pero digámoslo así: Christine y yo ganamos más que un amigo nuestro que trabaja como ingeniero en Boeing y que un contable que conocemos de Dallas con cinco años de experiencia». A la hora de hablar sobre la sexualidad de sus creaciones apelan a la lógica: «El T-Rex es una criatura frustrada porque con esas patitas no llega a alcanzar su entrepierna».

Let’s go outside

Pese a lo vibrante y colorido de los lascivos subgéneros literarios enumerados hasta el momento, lo verdaderamente epatante se encuentra en el otro extremo de la acera, porque ese es el lugar en el que se asientan la producción de los prodigiosos Hunter Fox y Chuck Tingle, dos autores especializados en monster erotica exclusivamente gay. Fox es el literato que ha legado al mundo de la cultura composiciones como Un dinosaurio monstruoso me forzó a ser gay, Rellenado por el centauro gay, El warlock malvado persigue mi culo, El dragón de tres cabezas castigó mi cuerpo, El pterodáctilo me volvió gay, Mi amante homosexual el dientes de sable, El Spaghetti Monster meneó mi ensalada, Un grifo me destrozó, El pegaso maligno quiere mi culo gay, Empalado por el dragón, Gangbang de cíclopes gays, Un perro-robot me convirtió en gay, Mi primera vez con un unicornio, o el oportunista Magic Spike: dinosaurios strippers.

Pero lo sublime llegó gracias a la pluma de Chuck Tingle, un autor misterioso cuya biografía apunta que nació en Home of truth, una comuna religiosa de los años treinta situada en Utah y que hoy en día se ha convertido en un pueblo fantasma, y reside en Billings (Montana). Su currículo oficial además especifica que posee un doctorado en «masaje holístico» por la Universidad DeVry (una entidad que no ofrece titulaciones en ese campo) y es ducho en el taekwondo (donde «casi» tiene cinturón negro). En los corrillos de literatura erótica está considerado como un ser extremadamente sensual y tiene el mérito de haber creado la historia «tingler», un tipo de narración tan dichosamente erótica como para que el lector no pueda evitar sentir un cosquilleo recorriéndole la columna vertebral al adentrarse en ella. Tingle también es el responsable de Trump Debate Facts, una web que se dedica a debatir afirmaciones que Donald Trump ha hecho públicamente como «Nunca he estado en el Vacío ni probado la carne de aquellos atrapados allí».

Pero lo importante de todo esto es que la obra de Tingle es una producción literaria sublime que va más allá del entendimiento o la razón humana y se eleva hasta alcanzar glorias celestiales. Una colección de cuentos que ni siquiera necesitan ser leídos para ser apreciados en toda su grandeza: sus propios títulos ya son composiciones de orfebrería tan majestuosas como para merecer el honor de ser talladas en mármol y contempladas en los museos o, en su defecto, impresas en pan de oro y enmarcadas sobre la chimenea del salón. Una cosecha extraordinaria que comenzó tímidamente jugueteando con la clásica erótica de los dinosaurios (su primera historia publicada fue Mi triceratop multimillonario anhela culo gay) para acabar generando alguna de las ficciones, protagonizadas a menudo por conceptos antropomórficos, más creativas de toda la historia de la literatura. Veamos:

-Atizado en el ojete por mi concepto lineal del tiempo.

-Hay un bitcoin en mi culo y es muy apuesto.

-Enculado por la sensual manifestación de mi propia negación ignorante del cambio climático.

-El culo de Schrodinger. 

-Pounded by the Pound: convertido en gay por las implicaciones socioeconómicas de los británicos abandonando la Unión Europea. 

-Enculado por mi sensible manifestación del premio a la mejor película mal anunciado. 

-Fake News y empalmes reales.

-Analmente tuyo: el unicornio marinero.

-Viviendo durante ocho años en mi propio trasero inicié un negocio que generó beneficios gracias a la reinversión basada en el sentido común y un marketing estratégico orientado.

-El lunes castiga mi culo.

-Brangelina se separa en dos para encularse a sí misma.

-Sodomizado por el vestido gay que cambia de color.

-Enculado por mi propio culo.

-Destrozado por mi fidget spinner.

-Enculado por Covfefe.

-Azuzado en el culo por el hecho de que el tiempo que se ha tardado en escribir y publicar este libro sea menor que toda la duración del mandato de Tony Scarymoochy como director de comunicaciones de la Casa Blanca.

-Enculado por mi propio libro titulado «Enculado por mi propio culo».

-Domald Tromp Jr. maltratado en el culo por sus reuniones rusas secretas y el encubrimiento extremadamente incompetente de las mismas poco después.

-Horadado por la reacción al título de este libro.

-Vejado en el culo por las acusaciones de saltar sobre el tiburón prehistórico conocido como megalodon.

-La apuesta manifestación física del otoño me volvió gay.  

-Volverse gay por culpa del temor existencial de ser un personaje en un libro de Chuck Tingle.

-Vapuleado por la gran atención mediática que ha recibido mi libro «Pounded by the Pound: convertido en gay por las implicaciones socioeconómicas de los británicos abandonando la Unión Europea».

-El hombre huraño vapuleado por el miedo a su homosexualidad latente por culpa de un dinosaurio que se transforma en unicornio.

Creaciones, que en ocasiones alcanzan el delirio más absoluto, con las que el escritor no solo ha logrado reflejar con precisión a la sociedad contemporánea sino que incluso le han llevado a ser nominado a uno de los premios más prestigiosos de la ciencia ficción.

En abril de 2016, el relato La invasión anal de los raptors espaciales de Tingle logró colarse como una de las finalistas de los prestigiosos premios Hugo en la categoría de Mejor historia corta del año. Unos galardones, considerados como una institución en el mundo de las letras fantásticas y de ciencia ficción, que llevan concediéndose desde 1953 y entre cuyos premiados figuran firmas como las de Isaac Asimov, Connie Willis, George R. R. Martin o Ray Bradbury. Pero la inclusión de una obra de Tingle entre los nominados no respondía a criterios de calidad sino a un sabotaje por parte de los zoquetes de dos colectivos de ultraderecha: los Sad Puppies (de mentalidad conservadora) y los Rabid Puppies (ultraderechistas y supremacistas blancos). Dos tropas de señores llorones encabezadas por hómofobos, racistas y gente que estaba a favor de quitarle el voto a la mujer porque «son criaturas débiles y manipulables», colectivos de tarados con nombre de peluche que planearon rebelarse contra los Hugo al considerarlos demasiado inclusivos y politizados.

Los puppies defendían que los premios se concediesen exclusivamente a hombres blancos hetero, y con dicho fin se organizaron para influir en las votaciones aprovechando que los finalistas a los Hugo se deciden entre los afiliados a la Worldcon (una membresía que se obtenía pagando cuarenta dólares de cuota). De 2013 a 2016, el plan de los puppies fue convertir en finalistas las obras de los escritores ultraderechistas (entre los que, para sorpresa de nadie, figuraban sus fundadores) y también lograr que obras de calidad muy cuestionable acabasen anidando entre los nominados. La invasión anal de los raptors espaciales de Chuck Tingle fue uno de los libros que la pandilla de conservadores lograron colar en las listas, pero el propio autor se lo tomó de la mejor manera posible: etiquetó públicamente a los puppies como una banda de demonios y anunció que, en el improbable caso de ser premiado, su Hugo lo recogería Zoë Quinn, la activista antiacoso que fue hostigada durante el Gamergate por un montón de señoros, algo que escoció mucho a los miembros del colectivo puppie. Entretanto, Tingle aprovechó para sacar rédito de todo el asunto: no solo comenzó a presentarse como finalista del premio Hugo sino que además publicó historias basadas en propio incidente: Castigado en el culo por mi nominación a los Hugo y Enculado por mi fracaso en los premios Hugo. En 2017, recibió con bastante más alegría una nueva nominación, en este caso real y obtenida por sus propios méritos, en la categoría de Mejor escritor aficionado. Y gracias a ello publicó Enculado por mi segunda nominación a los premios Hugo. Un genio.