Pepe Ribas: «La cultura es cómo vives, no cómo piensas»

Pepe Ribas

A Pepe Ribas (Barcelona, 1951) le brillan los ojos cual hombre de la pradera a la hora de habar de contracultura. No se ha tomado ningún ácido, que sepamos. Tan solo notamos que le fascina divagar sobre un período que vivió en primera persona y que luego se ha dedicado a estudiar con profesionalidad y ahínco. Como juez y parte, desde que publicara Los 70 a destajo, sus imprescindibles memorias, hasta el día de ayer, recién clausurada la magna exposición sobre contracultura catalana comisariada por él y Canti Casanovas, visitable durante los últimos meses en el Palau Robert de Barcelona, Ribas ha ido construyendo un relato detallado de cuanto aconteció al margen de los márgenes durante los últimos coletazos del franquismo y el cada vez más polarizante proceso de transición. 

La presentación en Sevilla del impresionante catálogo de la citada muestra -que podrá visitarse de nuevo en Madrid el próximo mes de octubre en el CentroCentro- nos ha dado la oportunidad de sentarnos con él para hablar largo y tendido sobre la aventura que fue el primer Ajoblanco y por todo aquello que nuestra historia viene queriendo que se entienda o no por contracultural. 

La contracultura en España, ¿crees que tuvo algún rasgo propio significativo o fue, como afirman algunos, una mera imitación de la extranjera?

El movimiento contracultural en España no fue para nada una copia del movimiento internacional, sobre todo porque nuestra contracultura estuvo sustentada en muchos aspectos por la cultura popular, que no existe tal cual en otros países. En España, además, especialmente en Andalucía y en las áreas mediterráneas, ya había un fuerte movimiento libertario a finales del siglo XIX, mucho antes de que hubiera nada parecido en Estados Unidos. Nuestra cultura popular y nuestro pasado libertario hicieron que la contracultura española fuera una contracultura totalmente diferente a la de los demás. ¿Crees que Ocaña copiaba a alguien? ¿Crees que Nazario lo único que hacía era imitar a Robert Crumb? ¿Se parece Ajoblanco a alguna revista contracultural francesa?

Dicho esto, sí creo que no debería hablarse en términos generales de contracultura española, pues hubo una contracultura catalana, una contracultura andaluza y poco más. En Madrid, por ejemplo, no hubo apenas contracultura, por una cuestión lógica además. Para que la contracultura surja es necesario que existan zonas liberadas, espacios de libertad, y en Madrid no los hubo sencillamente porque Madrid fue siempre una ciudad republicana, que fue burocratizada y represaliada por el franquismo cuando este tomó el poder. Barcelona, en contra, fue siempre una ciudad libertaria, «arrepublicana», podríamos decir, por lo que el franquismo la «premió» con más industria, lo que provocó que la ciudad desarrollara un tejido productivo propio independiente de lo oficial y con poquísimos funcionarios.

Cataluña se convirtió así en un lugar lleno de agujeros de libertad, no solo en Barcelona, también en Manresa, Reus, Mataró… Madrid y Barcelona eran mundos distintos. Cataluña, dada su alta pluralidad cultural y con un amplio tejido productivo independiente, comenzó entonces a reivindicar su propia cultura. Surgió así la nova cançó, surgieron los estructuralistas, surgió el clan Barral y a su alrededor se asentaron en Barcelona los grandes escritores latinoamericanos del momento, con los que podías hablar de tú a tú, no iban todavía de divos. Surgieron luego los Novísimos, que eran otro mundo, como lo eran también los de la Gauche Divine, pero eran en todo caso submundos que no existían en Madrid, donde lo más que te podías encontrar era a los de Fuerza Nueva o a los Guerrilleros de Cristo Rey atemorizando por todas partes. Por eso en Madrid hubo solo pequeños núcleos underground, no pudiendo desarrollarse una verdadera contracultura al no haber territorios liberados, mientras que en Barcelona había barrios enteros. En Sevilla también hubo en algún momento zonas liberadas, gracias a la cultura y a la música gitana, que fue siempre muy libertaria. Ahí tienes el caso de La Cuadra de Paco Lira. Un lugar así no hubiera podido existir en Madrid. 

Viviendo como vivía España bajo una dictadura, ¿no podría entenderse como contracultural cualquier transgresión cultural de la época?

No debería, pues fue precisamente en los territorios en los que había agujeros de libertad en los que se desarrolló esta contracultura propia. La contracultura significa por encima de todo vivir al margen, sea este el margen que sea, una dictadura como la española o una democracia como la estadounidense. Para poder vivir al margen necesita uno espacios abiertos donde poder socializar, donde poder gestar transformaciones, donde poder funcionar a través del trueque, que era nuestra moneda de cambio. El franquismo se vivía entonces sobre todo dentro de las casas, residía en las figuras paternas, y por eso nos quisimos independizar todos tan pronto. Es cierto que aquello pudo hacerse realidad gracias a la situación socioeconómica en la que se vivía entonces, donde con el quince por ciento del sueldo de un cartero se podía pagar el alquiler de una vivienda de cien metros cuadrados en el centro de cualquier ciudad, sobrando luego dinero para hacer muchas cosas. Estoy hoy día es imposible, porque lo que ha cambiado es el valor del dinero. Hoy con un buen sueldo apenas puedes alquilar un piso. En aquella época fueron así viables muchas cosas que hoy resultarían impensables.

En cualquier caso, el franquismo en Barcelona, insisto, no llegó a integrarse nunca del todo en las estructuras de poder, que siguieron en gran medida en manos de los industriales. Mi padre, por ejemplo, que había luchado en Burgos en el 39 con los nacionales, a cuyo padre además lo habían matado los anarquistas, destruyendo de paso su fábrica, cuando vio que tenía el carnet de la CNT lo único que me dijo fue: «Haz lo que quieras, pero sin violencia». Mi padre era falangista, liberal, pero sus libros de cabecera eran los Ensayos de Montaigne y La decadencia de Occidente de Splenger. Fue una persona que me dio una cultura impresionante. 

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¿La contracultura española fue una revolución burguesa?

Para nada. Para empezar porque no sabíamos ninguno de dónde venía la gente, nadie tenía apellidos. Fue una mezcla social absoluta. En Ajoblanco estábamos: Quim Monzó, hijo de un obrero y de una costurera; Toni Puig, que venía de un pueblo pequeño donde su familia regentaba una mercería; Claudi Montañá, hijo de unos panaderos; Albert Abril, hijo de una estanquera; Fernando Mir, que era clase media-alta y bohemia; Luis Racionero, que era pequeño burgués; y yo, que sí era burgués. Pero nadie se preocupaba de saber de dónde venía el otro. Fuimos además nosotros quienes protagonizamos la ruptura sobre este hecho con las generaciones anteriores al no hacer juicios sumarísimos contra nadie, cosa que hasta los comunistas hacían entonces, por ejemplo, contra los homosexuales. 

En aquella época, todos estábamos huyendo de forma espontánea de los autoritarismos, no solo del franquismo sino también del marxismo, del maoísmo y del leninismo. Nos guiaba nuestro instinto y por supuesto nuestras lecturas, a las que llegábamos muchas veces por casualidad. Esta es otra prueba de que nuestra contracultura no fue imitación de nada, porque nadie comenzó a ser contracultural siguiendo un «programa» ideado en el extranjero, fue todo mucho más natural. La realidad fue que al enfrentarnos en la práctica a ideales como el de la libertad sexual, por ejemplo, muchos lo pasamos fatal. Todo esto que se cuenta ahora sobre lo salvajes que eran las orgías de aquellos años y tal, fue durísimo para mi generación, que llevaba dentro todavía latiendo todo el tema de la culpa cristiana. Fuimos una generación con mitos, sí, pero sin maestros, totalmente autodidacta.

Dentro de la llamada Gauche Divine, ¿no crees que hubiera conexión alguna con la contracultura?

La Gauche Divine no tuvo absolutamente nada que ver con la contracultura. Eran otra cosa. Eran todos burgueses y universitarios, mientras que en la contracultura hubo siempre de todo, gente incluso que dejaba la universidad, sí, pero también hijos de la clase trabajadora. Cuando Barral presentaba sus libros en Bocaccio, nosotros íbamos a tirarles bombas fétidas, con eso te lo digo todo. Nos reíamos de Félix de Azúa, a quien imitábamos así todo afectado, diciendo: «¿Ha muerto ya la novela? ¿No ha muerto ya el arte?» [risas]. 

La Gauche Divine, además, no fue nunca colectivista como sí lo fuimos nosotros. Eran gente que competía muchísimo entre sí y nosotros no. Ni siquiera entre las distintas cabeceras. Ajoblanco nunca compitió con Star, porque cuando vi que Juanjo Fernández tiraba más hacia el cómic, nosotros decidimos dedicarnos a otros contenidos, para no pisarnos, para compenetrarnos en definitiva. Fíjate, si nosotros hasta colectivizábamos los sueldos, lo que se ganaba se repartía luego entre todos a partes iguales. Los de la Gauche Divine tenían todos sillones y tresillos de diseño en sus casas, mientras que nosotros con suerte teníamos algunos almohadones en casas compartidas. Nosotros cocinábamos, mientras que ellos tenían servicio. Nuestra forma de vida era totalmente distinta. No teníamos nada que ver con los de la Gauche Divine, como tampoco tuvimos luego nada que ver con sus hijos —Llàtzer Moix, Sergio Vila-Sanjuán, Ramón de España, etc.—, que eran profesionales que  pertenecían ya a la «generación del yo». ¡Iban a los sitios con sueldo! La prueba de que nunca fueron contraculturales se vio clara también cuando llegaron las Olimpiadas del 92 y a los hijos de la Gauche Divine se les encargó todo, mientras que a los de Ajoblanco no se les llamó para nada.

En la contracultura es cierto que había gente que vivía de manera más underground que otra, pero ni siquiera los más burgueses de nuestra generación tuvieron nada que ver con los de la Gauche Divine. La cultura es cómo vives, no cómo piensas.

¿Y Anagrama? ¿No crees que al menos sus primeras publicaciones tuvieron algo de contracultural?

Nuestra editorial contracultural de referencia entonces fue Kairós, no Anagrama. Y si me apuras, más contracultural que Anagrama fue Tusquets con su colección «Acracia», que contó con cerca de cincuenta títulos. Anagrama sacaba, sí, pequeños textos de corte contracultural pero que en realidad eran resúmenes que nos obligaban luego ir a buscar los libros completos al extranjero. Recuerdo de hecho ir a París con Juanjo Fernández —el de Ajoblanco no el de Star— a comprar La Internacional Situacionista, que había publicado Anagrama resumida. En ese viaje conocimos a Agustín García Calvo, que vivía en un apartamento donde tenía su mesita, su máquina de escribir, un montón de folios en blanco al lado, e iba vestido con un traje que nos dijo tenía todos los colores de los pájaros del Caribe. A mí me pareció genial el personaje, pero Juanjo, que era situacionista puro, se enfadó mucho tras conocerlo [risas].

El libro clave para nosotros en aquella época fue California Trip, de María José Ragué, que sacó Kairós. No fue, como se ha dicho en algunos sitios, El nacimiento de la contracultura de Roszak, que, aunque lo publicó también entonces Kairós, nadie leyó porque era un tostón. En cambio, el de Ragué era un libro práctico que te explicaba de primera mano lo que estaba pasando en ese momento en Estados Unidos, contado además por uno de los nuestros.

En esto de qué es o no contracultural, creo que ha creado confusión el ensayo Culpables por la literatura, de Germán Labrador, que es un libro impecable desde el punto de vista literario, pero que da como contracultural cosas que claramente no lo son. Mezcla muchas historias. El caso más llamativo es el de Leopoldo María Panero, que era una persona muy compleja, muy interesante, muy underground, pero contracultural no era. 

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¿Por qué el PSUC terminó encontrando más afinidades entre los integrantes de la Gauche Divine que entre vosotros?

La cultura que promovía el PSUC era una cultura de mitin. Ellos querían el poder y nosotros queríamos cambiar la vida cotidiana desde la libertad, que son cosas muy diferentes. Ellos querían arrebatarle el poder al franquismo y nosotros cambiar las mentes que había gestado el franquismo pero también el comunismo, por lo que no había forma de coincidir con ellos. ¡El PSUC te decía hasta cómo tenías que vestir! Tenían unas cabezas antiguas, amuebladas con cosas del siglo XIX mientras que nosotros estábamos ya en el siglo XXI, hablando de ecología, de feminismo, de salud y naturismo, de temas que siguen vigentes ahora. Si tú lees los que escribíamos entonces al respecto en Ajoblanco verás que son los mismos debates que tenemos hoy día. 

Nosotros tuvimos un fuerte encontronazo con ellos durante una manifestación en la que se pusieron todas las locas y los travestis delante de la fila y estos las echaron de allí escandalizados. Hubo ahí una escisión grande entre ellos y nosotros. Nuestra idea era que cada uno hiciera lo que creía que tenía que hacer, pero eso iba en contra totalmente de los preceptos del partido. 

Para entonces, Vázquez Montalbán era una persona de lo más autoritaria, que jugaba además a un doble juego, ya que en paralelo a su militancia estaba ganando dinero y construyéndose una piscina y una pista de tenis en su casa. Los fines de semana, además, se dejaba ver con todos los ricachos de Pals, como Helen Portabella. Lo que pasa es que Manolo era un humanista, un ser muy contradictorio, dominado por su mujer, catalanista acérrima. Manolo en el fondo era un gamberro muy tímido. Con todo, no deja de ser significativo que el día de las primeras elecciones democráticas, cuando los comunistas obtuvieron el dieciocho por ciento de los votos, a los señoritos del partido, a Vázquez Montalbán entre otros, les tuvieron que poner por delante las sillas para celebrar la noticia y quienes lo hicieron fueron los obreros. Esto me lo han contado algunos dirigentes del PSUC, ¿eh? No me invento nada.

Nosotros rompimos con toda esa concepción anquilosada de la sociedad, básicamente porque fuimos la primera generación que comenzó a convivir en pisos compartidos. Ana Castellar, secretaria de Barral, nos dejó su casa para que fundáramos allí nuestra comuna, donde nos mezclamos gente de todo tipo. Teníamos un calcetín gris donde cada uno metía el dinero que podía para poder pasar la semana. Había gente que no metía nada, porque no tenía, por eso el calcetín era gris, para que no se transparentara. Esta idea se la copiamos a los anarquistas. Llegamos luego a formar parte de la ODAF, la Oficina de Ayuda al Freak, una organización que prestaba servicios colectivos de todo tipo a las comunas. 

¿Cómo nace Ajoblanco?

Ajoblanco nace en el bar de la facultad de Derecho, donde nos reuníamos un grupo de estudiantes entre los que estaban Antonio Otero, José Solé, Alfredo Astor, Tomás Nart y yo. Montamos juntos una asociación política influida por nuestras lecturas de entonces: mucho surrealismo, mucho centroeuropeo… Nos bautizamos como el grupo Nabucco. Otero y Solé eran muy cultos, lo habían leído todo, leían además cosas muy atípicas. La verdad es que éramos un grupo bastante insólito.

Un día quisimos montar una obra de teatro en la facultad, pero la comisión de cultura, que estaba formada por gente del PSUC, no nos dejó. En la facultad sufrimos varias traiciones, una de ellas por parte de Bandera Roja, que en el marco de la organización de un encierro estudiantil en el que habíamos tomado una decisión que a ellos no les convenía estratégicamente nos delataron a la policía. Luego, por culpa también de un miembro del PSUC, nos clausuraron la facultad. Como no podíamos seguir estudiando, decidimos entonces hacer un largo viaje en coche y llegamos hasta Grecia, donde estuvimos dos meses viviendo, tocando la guitarra por las calles, haciendo trueques, y esa experiencia nos unió de una forma distinta. Experimentamos en aquel lugar otra forma de vivir y de pensar y vimos que lo que habíamos leído sobre la contracultura en los libros era real. De algún modo allí nació la necesidad de hacer algo, pero no sabíamos todavía qué. 

En el verano de ese año, te hablo de 1973, me fui a Ámsterdam y a París con Ana Castellar. Estuvimos viviendo primero en el Vondelpark, junto a más de cinco mil personas. Vimos a David Bowie en el Paradiso, cantando como una lagarterana valenciana, o al menos esa fue la sensación que tuve [risas]. De Ámsterdam fuimos a París, y allí me encontré en un bar con Panero, que me insultó y me echó por no ir al hotel donde él vivía. Me fui entonces andando hasta un pequeño parque donde hay una estatua de Apollinaire y allí mismo tuve una revelación. Estaba leyendo un libro de André Breton, Los pasos perdidos, donde se decía algo así como: «Para ganar algo tienes que perder algo antes, porque si no pierdes nada no te quedará nunca hueco para lo que quieres hacer». Y me dije: «Tengo que hacer una revista». Vi claro entonces que había mucha gente a mi alrededor muy perdida que no sabía dónde estaba y vi claro también que tenía que ser una revista legal, realizada además fuera del ámbito de la universidad, sin dependencias de ningún tipo. 

Nada más llegar a España, convoqué a todos los Nabuccos y a Ana Castellar en el restaurante Putxet, al que habíamos ido alguna vez ya, y les conté lo de la revista. «Quien quiera seguirme que me siga», les dije. Y todos se apuntaron. La revista acabó llamándose Ajoblanco, porque la camarera del restaurante, una malagueña que nos quería mucho, nos hizo esa noche el plato típico de su pueblo, el ajoblanco.

Después vino todo como muy rodado, gracias a un sinfín de coincidencias y casualidades. Tres semanas después de aquel encuentro en Putxet, en la librería del drugstore, donde se vendían en Barcelona todos los libros prohibidos, compré Utopía de Tomás Moro y me crucé por la calle con Toni Puig, que estaba tomándose un chucho de azúcar. Al verlo, nos pusimos a hablar, él con el pastel en la mano y yo con el libro de Tomás Moro, y nos dio un ataque de risa al darnos cuenta de la estampa. Nos fuimos luego a su casa. Toni vivía entonces en una comuna en la que también estaban un miembro de Els Comediants, otro de Els Joglars más una feminista anarquista, y pasamos una noche gloriosa porque allí se juntaron las dos Cataluñas, la burguesa culta y la rural anarquista. Gracias a Toni conocí luego a Pep Rigol y a través de Rigol conocí a Quim Monzó, a Albert Abril y a Claudi Montañá. Como los Nabucco se fueron todos al poco a hacer el servicio militar, me vi solo justo cuando íbamos a empezar a montar la revista, así que empecé a hacerla con estas nuevas amistades.  

Pepe Ribas

Me imagino que los inicios fueron complicados. ¿Cómo conseguisteis daros a conocer? En España, no había tradición alguna de revistas de ese tipo.

El primer escollo que tuvimos que sortear fue el tema de los permisos, que conseguimos gracias a las gestiones que hizo Félix Vilaseca, un abogado recién licenciado amigo mío a quien conocía de los tiempos del colegio. Nos los dieron también porque, en paralelo, Roger Jiménez, director de Europa Press en Barcelona, que había cubierto muchas ruedas de prensa del PSUC durante los encierros estudiantiles, nos ayudó a dar con las personas claves con las que había que hablar. Localizamos así a José Mario Armero, jefe de Europa Press en Madrid, con muchos contactos dentro del Ministerio. Decidí entonces ir a verlo, pero antes me quise enterar qué era lo que le gustaba a este tal Armero. Me enteré así que lo que más le gustaba era el circo, así que me pasé unos días con la gente de Els Comedians hablando sobre el mundo del circo, para entender bien lo que era y cómo funcionaba.

Cuando nos vimos en Madrid y empezamos a hablar, recuerdo que Armero me dijo: «¿Pero tú de dónde sales?» [risas]. Acabamos luego cenando, lo pasamos genial. Armero me presentó al poco a Pío Cabanillas, que era un ministro muy progre, y este terminó dándome los permisos para publicar Ajoblanco el 18 de julio de 1974. Recuerdo que ese día en Madrid no había quien se moviera por las calles, estaba todo lleno de fascistas. No había visto una cosa igual en mi vida. Asustado, me metí en el bar Anselmo mientras pasaba la marabunta, y el camarero me dijo: «Allá hay dos muy progres también muertos de miedo». ¡Eran Alberto Corazón y Sara de Azcárate! [risas] Me senté con ellos a hacer tiempo y acabamos siendo amigos. Mi vida ha sido siempre así. 

Con los permisos concedidos, lo primero que hice fue buscar a un periodista con carnet que hiciera de redactor jefe. Lo intenté primero con los progres de Tele/eXprés, pero no me echaron mucha cuenta. Conseguí al menos que me presentaran a Ramon Barnils, que nos dijo: «Si me invitáis a un par de Cardhus en el Boadas os dejo el carnet de periodista unas semanas para que hagáis lo que queráis con él». Y así empezamos. 

El dinero para hacer la revista, ¿de dónde salió?

De un amigo de mi hermana que se acababa de separar. Nos dio cien mil pesetas. Estaba muy amargado con la separación. Ganaba mucho dinero porque tenía una empresa textil, que todavía existe, por cierto. Era un luchador. Nos vio con tanto ímpetu montando la revista que quiso participar de algún modo. Mi madre me prestó también cincuenta mil pesetas. Luego hicimos bonos y tal, pero fue complicado sacar aquello adelante. Hubo un momento que tuvimos que pedir un crédito. Nos lo dieron gracias a que Toni Puig tenía una nómina, porque daba clases por las mañanas en una pequeña escuela infantil experimental. Era de esas escuelas que se llevaban a los niños al parque a dar allí las clases. Si te fijas, todo giraba en torno a la contracultura. Ahí estaba el tema de la nueva educación. 

¿Qué ocurrió exactamente con vuestro primer logo, aquel que tomaba la tipografía de la Coca-Cola?

Que la Coca-Cola nos mandó una carta diciendo que si no lo cambiábamos de inmediato nos pondrían un pleito. Nosotros les respondimos, a través de este amigo mío abogado, Félix Vilaseca, que no habíamos copiado el logo de la Coca-Cola sino el logo del Cacaolat. Aquel primer logo lo hizo Quim Monzó. Tras recibir la carta de la Coca-Cola, decidimos por si acaso modificarlo ligeramente. Recuerdo ir al despacho de Quim a ver el logo retocado el día que murió Franco

¿Cuándo veis que la revista empieza a despegar?

Los dos primeros números nos provocaron un déficit tremendo. Yo estaba ya en la mili y veía como el Ajo se hundía, así que fingí allí un ataque al corazón tremendo, tanto que los militares se lo creyeron y me dejaron volver a casa. Pedimos entonces el crédito del que te hablaba antes. Con ese crédito sacamos los números 4 y 5, con las portadas diseñadas por América Sánchez. Eran números muy pop, pero no terminaban de funcionar. La gente estaba en aquella época obsesionada con Andy Warhol, un personaje que siempre me ha parecido muy comercial, pero como necesitábamos que la revista despegara, metimos a Warhol en el número 6. Y ahí recuperamos un poco. 

¿Recuerdas cifras de venta?

Del número 1 tiramos diez mil ejemplares y vendimos cinco mil; del número 2, vendimos dos mil; del número 3, vendimos dos mil doscientos; del número 4, vendimos tres mil: del número 5, vendimos dos mil cien; y del número 6, volvimos a vender cinco mil, recuperando la tirada del primer número. 

Ocurrió no obstante que pronto nos volvimos a quedar sin dinero. Estuvimos todo el verano y todo el otoño del 75 sin sacar ningún número. El verano del 75 fue, como sabes, el «verano negro», como lo calificó en su día Luis Vigil. Fue el verano del Canet Rock, pero también cuando secuestraron La piraña divina de Nazario y cuando la censura suspendió temporalmente el Star alegando que era una revista de tebeos, no teniendo permiso para ello. Fue igualmente el verano en el que un tal Wilson, supuesto militante de ETA, estuvo pasando unos días en casa de Toni Puig. Al enterarnos de aquello, decidimos todos marcharnos de Barcelona, por si acaso. Los de El Rrollo Enmascarado se fueron a Ibiza, porque a Mariscal le dio la paranoia con el secuestro de La piraña divina. Fue allí en Ibiza de hecho donde aprendieron a utilizar el color en los dibujos. Y nosotros nos fuimos algunos a Menorca.

En Menorca me tome un ácido junto a Fernando Mir, Luis Racionero y su mujer. Estando en ácido vi claro que Racionero tenía que poner dinero para la revista [risas] y nos dio doscientas mil pesetas. El empresario textil que nos había apoyado al principio puso cien mil pesetas más. Con ese dinero me hice solo el número 7. Lo maqueté y diseñé yo entero. Mi hermana me ayudó a picar los textos. Fernando Mir, que trabajaba en Salvat, venía de vez a cuando a ayudarme a corregirlos. Ese número fue doble, tenía el desplegable. Era un número totalmente libertario. Para entonces, todos los catalanistas que colaboraban con nosotros se habían ido ya de la revista. Se dieron cuenta de que no tenían cabida en un sitio que no iba contra nadie. 

Fernando Mir dejó luego Salvat y juntos hicimos los siguientes números. Con el 10 nos llegó el primer escándalo y vendimos doce mil ejemplares. Ahí fue donde la cosa cambió para siempre. 

Pepe Ribas

Entiendo que ese fue el número dedicado a las Fallas.

Efectivamente. El Consejo de Ministros suspendió la revista entonces durante cuatro meses por su contenido sexual y de la peineta rebelde de la portada. Nos multaron también, pero la multa no la llegamos a pagar. Muchas de las multas que se imponían no se pagaban nunca. Star tampoco las pagó. Esto me lo ha confirmado el propio Juanjo. Nos llegaron además denuncias de todos los sitios, desde el Ayuntamiento de Valencia, desde la Junta General Fallera… Nos achacaban primero que el número, que ofrecía una visión pagana de las Fallas, lo habían escrito solo catalanes, lo cual era mentira porque casi todos los que participaron en él eran valencianos. Allí estaba Javier Valenzuela, que era de la facción joven de Ajoblanco, y también Amadeu Fabregat, que era de la facción catalanista. Fabregat había hecho además junto a Lluís Fernández aquella película tan transgresora, que nadie ha visto en verdad porque solo se conservan algunos fragmentos, titulada La fallera mecánica, para cuyo rodaje colaron a un travesti durante la celebración oficial de las Fallas y nadie se dio cuenta de aquello hasta que en la revista lo comentamos. Con el Ministerio negociamos en aquel momento para que nos dejaran sacar el número de julio a cambio de tomarnos unas vacaciones largas hasta diciembre. En ese tiempo nos replanteamos la revista, nos fuimos de nuevo a Menorca en comunidad y nos empollamos todo el anarquismo español. 

El número 16 de Ajoblanco lo tiramos ya en rotativa, porque fueron cincuenta mil ejemplares. Del número 25, dedicado a las Jornadas Libertarias, vendimos cien mil ejemplares. Buena parte del dinero que ganamos entonces lo destinamos a asociaciones de mujeres maltratadas, también invertimos en proyectos ecológicos. Pero las Jornadas Libertarias fue el principio del fin. La CNT no supo cómo asumir todo aquello y comenzó la guerra sucia. El caso Scala fue un horror. Detrás de aquello no estuvo Martín Villa, como se ha dicho siempre, sino que estuvo la OTAN, pues lo sucedido formó parte de la Operación Gladio. A partir de ahí, los nacionalistas catalanes se izquierdas se dedicaron a destruir los ateneos libertarios para que no lograran hacerle sombra a las asociaciones de vecinos, que era donde la izquierda estaba preparando su burocracia de cara a las futuras elecciones municipales. En pocos años pasaron cosas tremendas. Mi generación se radicalizó o se volvió neorrural cuando empezaron a mandar los partidos democráticos que habían pactado con el franquismo. Radicalización, dispersión o integración. 1976 fue el año de la libertad, 1977 fue el año de lo libertario y en 1978 prácticamente se acabó la contracultura y se consolidó el punk ibérico. Al año siguiente cerramos Ajoblanco y yo decidí irme a Madrid, donde viví de primera mano el nacimiento de toda la movida, hasta 1983.

Los de Ajoblanco en este sentido fuimos puramente contraculturales y precisamente por ello nos tocó a nosotros matar a la contracultura. Matamos a la contracultura norteamericana para así poder asumir el pasado libertario español, coincidiendo con el retorno a España de los exiliados, sobre todo los de la autogestión, los que hicieron las colectivizaciones y tal. Cuando nos contaban sus experiencias nos quedábamos verdaderamente alucinados. Nosotros tuvimos siempre conciencia social y por eso no hay ningún muerto por heroína en Ajoblanco. Ni uno. Porque sabíamos perfectamente lo que estábamos haciendo. Desparecimos así de manera muy consciente.

En Ajoblanco colaboraron al principio muy activamente Quim Monzó y Karmele Marchante. ¿Qué opinión te merecen sus derivas?

Al poco de irme yo a Madrid, Quim Monzó se fue a vivir becado a Nueva York y allí, de algún modo, se hizo en serio escritor, se interesó por la literatura y a eso se dedicó después de haber pasado por Ajoblanco. Monzó es un tipo muy interesante. Es justo decir que ya era nacionalista en aquella época, luego lo fue menos, y ahora lo es de nuevo. Es verdad que entonces era un nacionalista raro, que lo mismo se emocionaba al conocer a Jaime Gil de Biedma que se iba al Ateneo a leer poesía con Biel Mesquida

Karmele Marchante se dio pronto cuenta de que el periodismo era un chotis, porque a partir de 1978 la libertad de prensa dejó realmente de existir en España. Cuando Antonio Asensio comenzó a negociar con los periodistas sus dosieres en Interviú, se acabó todo. Karmele vio esto claro y acabó metida en la prensa rosa porque tenía que ganarse la vida. Pero Karmele ha sido siempre una feminista radical y a día de hoy sigue trabajando con mujeres necesitadas, haciendo un trabajo magnífico. Lo de la Karmele es muy fuerte, es una historia muy bonita la suya. Deberías entrevistarla.

Muchos consideran que buena parte de los contenidos del primer Ajoblanco eran en el fondo muy utópicos, por no decir ingenuos. ¿Cómo lo ves ahora?

Estoy de acuerdo. Sin utopía no hay camino que recorrer, dependes tan solo de las circunstancias. La utopía te marca unas fuentes, unas ilusiones, y yo creo que la ilusión en los setenta fue esencial para vencer al franquismo, porque teníamos tanta… Si ahora estamos tan perdidos es porque no tenemos perspectivas utópicas. Es verdad que en Ajoblanco fuimos utópicos e ingenuos, pero porque la ingenuidad fue lo que nos dio la libertad. La libertad es ingenua o no es libertad. Nosotros no tuvimos miedo nunca, al menos al principio. Lo tuvimos, fíjate, a partir de las Jornadas Libertarias. Fernando Mir, de hecho, se fue de Ajoblanco tras las Jornadas Libertarias, que fueron un éxito social pero un fracaso político. Tengo claro que en España las cabezas de muchos cambiaron radicalmente a partir de entonces. Aquello fue un trabajo colectivo realizado por un pequeño grupo de personas que, por más que estuviera detrás la CNT, eran por encima de todo libertarias. De aquel logro no quiero yo sentirme protagonista de nada, porque yo lo más que fui entonces fue coordinador. Yo dejé hacer a los demás, nunca firmé nada. Fue todo cooperativo y así debe recordarse.

De aquellas Jornadas Libertarias se recuerda como especialmente transgresora la intervención de Ocaña, tan reivindicado hoy día.

Ocaña fue un personaje muy complejo. El primer artículo serio que se escribió sobre él salió en Ajoblanco. Nos contactó él a nosotros y nos contó que estaba harto de la forma en la que estaba siendo tratado por algunos medios. Quería contar públicamente con sus propias palabras quién era, no dejar que otros le pusieran etiquetas. Ocaña representaba entonces la cultura andaluza de verdad, la cultura del gitano de verdad, que se ponía la vida por montera y hacía lo que le daba gana. Ocaña no era un travesti, era simplemente Ocaña. No se habla nunca además de la influencia que tuvo en él Lola, la mujer de Paco Lira, y es fundamental para entender al personaje.

Hay que tener cuidado, por otro lado, con los procesos de mitificación, porque a veces algunos parecen querer dar a entender que la contracultura nació y murió con Ocaña. Pero la contracultura tuvo muchos padres, muchos sin nombre. Ahora está de moda decir que nuestra revolución fracasó, pero no es verdad. Julià Guillamon, por ejemplo, sostiene que el sistema de comunas de entonces fracasó, y yo le digo que no. Porque hoy en día las familias funcionan como comunas gracias al cambio que provocamos nosotros. Antiguamente, a los padres se les hablaba de usted. En la mesa, los críos no podían hablar. Las niñas, cuando tenían la regla, eran castigadas. Los niños, si tenían una eyaculación precoz, eran castigados.

Cuando nosotros empezamos a vivir en comunas, a los niños se les enseñó a convivir en otros ambientes. Para empezar, lo hicieron en un ambiente feminista, donde muchos éramos bisexuales, de ahí que estos niños crecieran sin complejos en cuanto a la identidad sexual. España es hoy día el país menos religioso de todo Occidente. Las iglesias están en verdad vacías. En Francia y en Alemania están llenas. No es casual que el primer país que eliminó los manicomios fuera España, tampoco que fuera prácticamente el primero en legalizar el matrimonio homosexual. Todos estos logros traen causa de unos debates sociales asumidos por las nuevas generaciones, debates que por otro lado ya estaban en Ajoblanco, las cosas como son.

En retrospectiva, de Ajoblanco me parece hoy día especialmente interesante la sección de cartas que publicabais, donde tanta gente perdida os escribía tratando de encontrar afinidades con quien fuera. Son cartas que demuestran lo desesperada que estaba mucha gente entonces, sobre todo fuera de las grandes ciudades.

Me alegra y me apena que destaques esa sección, porque conservo todas esas cartas y nadie me ha pedido nunca verlas. Tendré unas veinte mil. Son un documento sociológico fundamental para entender el tipo de sociedad que era entonces España, pero nadie se ha interesado nunca por ellas, ningún investigador. La gente habla así de oídas, porque ahí está todo. En esas cartas, la gente nos contaba, por ejemplo, su vida sexual. Muchas mujeres maltratadas nos confesaban sus dramas. Precisamente, a raíz de estos testimonios, decidimos fundar una revista feminista llamada Xiana, que dirigió de hecho Karmele Marchante. La gente nos escribía al Ajo como si la revista fuera una persona: «Querido Ajo», nos decían. 

Pepe Ribas

¿Qué gran relato crees que falta por contar sobre la contracultura catalana?

En término generales, está todo dicho ya, aunque sería sin duda interesante conocer en detalle las historias personales de más protagonistas del período. Fernando Mir, por ejemplo, tendría muchas cosas que contar, pero no quiere. Canti Casanovas, con quien he comisariado la exposición en el Palau Robert, también debería escribir sus memorias, porque su experiencia es muy distinta a la mía, por ejemplo. De hecho fue por eso por lo que quise contar con él a la hora de armar el relato de la exposición, porque nunca quise que fuera mi visión personal de las cosas, quería que se contara la historia total. 

El cómo ha surgido esta exposición es muy interesante. A mí me llama un día un señor de la Generalitat y me propone desde el primer momento hacer una exposición sobre la contracultura catalana. Como comprenderás, yo me quedé atónito. La propuesta en un principio iba dirigida a mí y a José María Lafuente, pero Lafuente se quitó rápidamente de en medio, porque él no tenía ninguna pulsión de contar ningún relato. A él, como coleccionista, lo que le interesa son los artistas y su obra, pero yo veo esas obras como parte de un cambio social, nacidas al hilo del mismo. A la Generalitat le puse entonces dos condiciones no negociables para hacer la exposición: por un lado, libertad absoluta a la hora de definir sus contenidos, bajo la advertencia de que yo era una persona sensata y si tenía que meter en la exposición alguna polla, por ejemplo, lo haría sin abusar; y por otro, que con el dinero que me iban ellos a dar, me dejaran subcontratar a alguien con quien me pudiera pelear para dar forma al relato. Ahí fue cuando pensé en Canti Casanovas, que es más catalanista que yo, estuvo metido en el mundo de la heroína… y era en definitiva un perfil mucho más radical que el mío. Como ya presentía, hemos acabado siendo como hermanos. Él me ha cambiado muchísimo la cabeza y yo creo que también se la he cambiado a él en muchos aspectos. 

La exposición ha sido finalmente vista por más de cincuenta mil personas. Ha dado lugar a unas jornadas de reflexión muy interesantes. Yo he visto a muchos jóvenes ir allí y emocionarse. Sinceramente, no me esperaba tanto éxito. 

¿Por qué los pintores tienen tan poca presencia en la exposición? 

Es posible que falten pintores, sí. En la contracultura, la parte pictórica tiró más hacía el comic y la ilustración, porque la verdad es que la pintura conceptual no es contracultural, y mira que los primeros Ajoblanco fueron todos conceptuales, a nivel de maquetación digo. ¿Quién sería para ti un pintor contracultural? 

¿No te lo parecen los del colectivo Trama?

No, porque eran muy estructuralistas. Y el estructuralismo no es contracultura. Eran más posmarxistas, pienso. Tampoco estaban muy relacionados con nosotros, la verdad. 

¿Los pintores de la Nueva Figuración Madrileña no te parecen tampoco contraculturales?

En Madrid, como ya hemos hablado, no pudo haber contracultura debido a la falta de espacios libertarios. El único lugar digno de mención fue La Vaquería, que recibió un bombazo, porque en el piso de enfrente estaba la CNT. La CNT madrileña no entendió nada. Fue parte del conflicto, de hecho. En Madrid sí que surgieron, de forma aislada, dos figuras importantísimas. Por un lado, está la figura de Ceesepe, que era anarquista desde el principio. El primer articulo suyo lo publicamos nosotros en Ajoblanco. Es un artículo que salió sin firmar y que luego él recuperó en El Carajillo, un fanzine que tuvo que imprimir en Barcelona. A Ceesepe luego se le ha relacionado mucho con el fotógrafo Alberto García-Alix, a quien creo que se la ha dado una relevancia en los setenta que no tiene. Ceesepe en cualquier caso es un personaje clave de la contracultura española.

Y el otro es alguien cuyo nombre no te puedo decir todavía pero cuya historia no ha sido contada. Te diré solo que es un personaje que conecta con otros cinco, entre ellos Fernando Márquez el Zurdo. Todos estos montan las Ediciones Antípodas y publican en 1976 el fanzine Mmm…! Uno de estos alquiló un despacho en la calle Augusto Figueroa, donde conocí a Bernardo Bonezzi y a Alaska. Alaska tenía entonces trece años. Al verla, le dije: «¿Tú que haces aquí?». Y me respondió: «Quiero ser petarda» [risas]. Me pareció genial. La cosa es que se ha encontrado hace poco una caja entera con información de este grupo y pretendo en breve escribir sobre ellos. Moncho Alpuente los invitó una vez a salir en televisión, pero este personaje que te digo no pudo ir porque se había inventado una personalidad… Es un poeta visual increíble que aglutina a mucha gente a su alrededor. Es un tipo verdaderamente libertario, como Ceesepe, de los pocos contraculturales que hubo en Madrid. En Madrid sobre todo lo que hubo es underground. Ahora estoy de hecho coleccionando la revista Bazofia, que es sorprendente.

¿Tendría sentido hacer hoy día una revista contracultural? 

Sí. Es más, es el momento de hacerla. Pero nos tendríamos que unir gente muy distinta. Porque el principal problema que tenemos todos ahora no es generacional, sino de necesidad: necesitamos buscar perspectivas utópicas. El tercer Ajoblanco fracasó porque cometí el error de darle el relevo a los veinteañeros, pensando que generacionalmente tendrían el mismo ímpetu que nosotros, pero lo cierto es que no estaban preparados. Tras aquello me di cuenta de que el relevo tiene que ser transgeneracional, nos tenemos que entender gente muy distinta, gente que ha estado en bandos distintos y ha vivido en momentos distintos de la historia. 

La contracultura exige en principio una forma de vida que tal y como están las cosas hoy día es imposible materialmente poner en práctica. No podemos vivir contraculturalmente, pero sí podríamos hacer una revista que, sin ser radical, fuera contra el sistema, tanto el educativo como el cultural. Debería hacerse esta revista. Hay un hueco, de hecho. Debería hacerse además desde la periferia, entre Sevilla, Barcelona y algún sitio de Galicia. Habría que romper ciertas susceptibilidades estúpidas, crear primero una red para hacer viable la revista en papel, al menos cada tres meses. Con un crowdfunding funcionaría. La exposición ha demostrado que hay un público para ello. Estaría bien que no firmáramos ninguno, para romper con la autocensura. Yo estoy dispuesto a lo que queráis.

Pepe Ribas


El periodista anarquista: delirio filosófico sobre una asonancia

periodista anarquista
DP.

Habíamos terminado de cenar. Frente a mí, el periodista, gran corresponsal que había conseguido una magnífica colección de países antes de darse al sedentarismo del Palace. Mi amigo fumaba tabaco inglés, como quien fuma una nostalgia londinense; y el smoke comenzaba a sumir el local en una niebla densa con la concienzuda vocación de convertirlo en una sucursal de la City. Las confidencias que realizó en el transcurso de la velada no me permitieron adivinar si había encontrado sucedáneos igualmente satisfactorios para la añoranza de los bulevares parisinos o de las mujeres italianas. No me atreví a preguntar. Pero, deseando reanimar la conversación, que había perdido el camino de un tema y también los rodeos, apunté:

—Por cierto, no hace mucho me contaban que fue usted en otro tiempo anarquista.

—Lo fui y lo soy. No he cambiado a ese respecto. Soy anarquista.

Lo que acababa de afirmar el acreditado humorista no tenía ninguna gracia o si la tenía, era la misma que suscitaría un banquero declarándose discípulo de Bakunin.  

—¡Usted, anarquista! ¿Anarquista? A no ser que le dé a la palabra algún sentido distinto…

—¿Del habitual? No, no… Empleo la palabra en su significado habitual, en su definición más común y ortodoxa. 

Que un anarquista dijese respetar escrupulosamente la ortodoxia, aunque fuese semántica, me hizo sospechar que aquello era una charada de sobremesa. Pero, por primera vez en la noche, él parecía tomarse completamente en serio lo que decía y mostraba algo distinto a la voluntad juguetona de epatar. Y yo, que desde luego no había olvidado que estaba ante un periodista que publicaba en la prensa del nihil obstat y que llevaba la vida de un rey en un palacio con vistas a la carrera de San Jerónimo, sentí la tentación de comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

—Entiendo que desea que le presente mis credenciales como apóstol de la acracia. Pues bien, la historia comienza cuando dejé Villagarcía de Arosa por Buenos Aires. La ciudad era entonces un ensanche de Galicia; era un porvenir, una carrera y una religión para miles de emigrantes, pero no para mí. Rápido cambié el trabajo en un bazar por las redacciones de la prensa rebelde y los conciliábulos de quienes compartían las ideas de Kropotkin y presumían de haber conocido a Pietro Gori y Errico Malatesta. La anarquía tenía en Buenos Aires un carácter cosmopolita, pintoresco y alegre, un espíritu aventurero, valiente, generoso y artístico, capaz de entusiasmar cualquier imaginación juvenil. Íbamos a hacer la revolución, sí, la social… Yo era un mozo y, además, quería escribir. En el anarquismo encontré una ética y una estética.

—Quiere decir que aquello era una fiesta y que usted no se la quiso perder.

—Lo que quiero decir es que mi insatisfacción vital y política casaba a la perfección con la enmienda a la totalidad que significaba el anarquismo, pero que eso no fue lo único que me atrajo a él. Intento serle completamente franco, no ocultarle ninguno de los aspectos que me fascinaron de aquella fe que me dispuse a abrazar con pleno convencimiento. ¿Que encontré también una pose? Sin duda; como si una estética no fuese tan importante para vivir como una ética, como si ambas cosas no fuesen, en realidad, la misma. Esa intuición la tuve muy pronto, aunque tardase algo más en saber razonarla. Venía de escribir en La Idea Moderna unas chilindrinas, unas charamuscas y unas seguidillas en un estilo muy antiguo, muy rancio. Hasta un elogio fúnebre de Campoamor firmé… ¡un poema en décimas a Campoamor! Imaginará que no tardé mucho en comprender que aquel no era camino…

—Pero cambiar a Campoamor por la ética y estética, como usted dice, de las bombas… Porque aquel anarquismo entendía que su camino era el que se abría entre los escombros de un mundo que había que reventar con dinamita. 

—Recuerdo haber asistido a un mitin que, como tantos otros, se celebró en la plaza de Mayo, que entonces se llamaba de la Victoria. No sé si la elección de esta plaza se debía a que era la más céntrica de la ciudad o porque se prestaba mejor que ninguna otra para los discursos anarquistas. Lo digo porque el orador, colocado en el centro, iba haciendo una crítica de la sociedad por orden arquitectónico, esto es, derivándola de los edificios que lo rodeaban. Miraba enfrente de sí y se encontraba con la casa de Gobierno: «He ahí el Gobierno —decía—. ¿Y qué es el Gobierno?». Luego señalaba la catedral: «Esta catedral representa la religión. ¿Y qué es la religión?». Entre la casa de Gobierno y la catedral estaba el Banco Argentino. «Ved ese banco —vociferaba ya, completamente enardecido—. Ese banco es el capital. ¿Y qué es el capital?». Por último, señalaba el Congreso. «He ahí el sistema parlamentario. ¿Y qué es el sistema parlamentario?». Las instituciones que albergaban aquellos edificios eran las que nos sojuzgaban. De la arenga de aquel día no podría reproducir ahora, tantos años después, mucho más. Es probable que siguiese una retahíla de frases acomodadas a una retórica con la que ya estaba más o menos familiarizado y que, a decir verdad, no me habían impresionado demasiado hasta entonces. Y, sin embargo, recuerdo con toda claridad, como si hubiese estado allí esta mañana, aquel escenario y también la súbita revelación. El discurso de la anarquía se me presentó por vez primera despojado de obtusas abstracciones. La contundencia castradora de los poderes del Gobierno y el Parlamento, de la religión y del capital se afirmaba y erguía allí, allí mismo, ante mis ojos. Fue la elocuencia de la arquitectura la que me convenció: la utopía libertaria exigía volar por los aires aquellos muros. 

—Perdone que insista: la dinamita no era una metáfora.

—Yo tenía, y sigo teniendo, una sensibilidad atrofiada para según qué cosas. Necesito ver y tocar las ideas que manejan los filósofos, de lo contrario soy incapaz de seguir su discurso; necesito la caricia inmediata de lo tangible. Mi inteligencia necesita palpar las ideas. No entendí quién era el enemigo hasta verlo hecho piedra en aquella plaza, rodeándome con su certeza material, si quiere, mostrenca y grosera, pero brutalmente incontestable. Y esa evidencia material era la que había que derruir, con armas tan rotundas como categórica era su fortaleza… ¡Claro que las bombas no eran una metáfora! Los hombres solo tienen razón cuando destruyen. Cuando crean se equivocan siempre. ¿En qué cosa creada por el ser humano no se encontrarán defectos? Dígame… ¿en qué cosa? Pasé a considerar que el gran símbolo de la justicia humana era la dinamita: la dinamita, que destruye y purifica los corazones por medio del terror. Un gran filósofo cristiano, el escritor inglés G. K. Chesterton, decía que la dinamita es lo mismo que el pensamiento. «El pensamiento obra porque se expande, y obra destruyendo. La dinamita, también. Una bomba de dinamita es como el cerebro de un hombre sabio y justo». «El hombre sabio y justo —cito ahora a Anatole France— no puede hacer más que una cosa buena. Debe reunir bastante cantidad de dinamita para hacer saltar todo el planeta, y cuando el mundo haya sido esparcido en fragmentos dentro de la inmensidad, se le habrá dado una pequeña satisfacción a la conciencia universal, que, por otro lado, yo creo que no existe».

Se detuvo aquí. Los ojos se le achicaron en sendas líneas al esbozar una media sonrisa, que era como el signo ortográfico con el que puntuaba la calculada ambigüedad de sus artículos. Aprovechaba la pausa para medir la impresión que sus últimas palabras me habían causado. 

—Chesterton y France, extraña pareja —dije sobreponiéndome a la desagradable sensación de sentirme examinada y afectando, lo mejor que pude, un gesto de impasibilidad ante aquel derroche retórico de dinamita—. Admitirá que no parecen las lecturas más previsibles en la formación ideológica de un anarquista.

—Ni siquiera las más pertinentes, puede decirlo sin miedo. Tan distintos entre sí y tan ajenos al dogma anarquista, fueron, sin embargo, algo así como mis maestros. Sí, hay una bárbara inconsciencia en la elección de los maestros, de quienes ayudarán a forjarnos. Los designamos a una edad en que no somos capaces de comprender el alcance de nuestra decisión. Es más, diría que su magisterio e influencia nunca son exactamente los que ellos desearían o los que nosotros habíamos calculado… Pero le estaba hablando de la adolescencia de mi anarquismo, del tiempo pasado en Buenos Aires. Allí me dediqué a escribir algunos artículos y a cantar «La Carmañola». Sí, Dançons la carmagnole… vive le son, vive le son de l’explosion… Todo ideal necesita una canción, porque la canción representa la parte sentimental de los ideales, que es, precisamente, la más fuerte, la más popular y la más temible. La más temible, no hay duda… La efusión sentimental que coreaba Ton, ton, dinamitons, dinamitons me valió alguna noche de calabozo, la deportación a España y algunas gacetillas en los periódicos que me regalaron el prestigio de libertario terrible. Aquellas credenciales me sirvieron para entrar a trabajar en un periódico anarquista que tenía su redacción en la calle de Malasaña, en Madrid. Las noches las gastaba en los garitos de la bohemia desastrada con mi compañero Apolo y las tardes, en los tupinambas. Por la mañana, iba al periódico, regalaba chicoleos a las criadas que me cruzaba en el portal, subía las escaleras y me ponía a escribir artículos declarándome discípulo de Ravachol, Reclus, Tailhade y Maeterlinck, celebrando el ejemplo de Leon Czolgosz, Néstor Majnó, Gaetano Bresci, Sante Geronimo Caserio y a Angiolillo, pero…

 —Pero leía a Chesterton.

—Sí, a Chesterton. Pero antes que al gigante Chesterton, leí a Baroja. Baroja escribió una novela que es casi una crónica. Si quiere hacerse una idea de lo que fueron aquellos días, si realmente quiere comprender, ha de leerla. Aurora roja se titula. Allí nos retrataba, a nosotros, los anarquistas. En sus páginas, un personaje nos dice: «Ustedes no admiten más que la propaganda individual por la idea o por el hecho. La propaganda de la idea es, al cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen». 

—La tercera cita que le oigo. Me sorprende. Por la lectura de sus artículos había deducido que usted era de la escuela de Larra, que denunció la manía de citas y epígrafes.

—No era mi intención desdecir su impresión, correctísima. Las citas, en el periodismo, son el rabo vanidoso con el que colea la pereza o la falta de ideas. De todas formas, no creía estar dictando un artículo, sino solo conversando. Y el tema de la conversación me obliga a recordar el criterio de las autoridades que ayudaron a madurar mi anarquismo. Pues bien, Baroja… 

—¡Cuestionaba su fe! 

—Lo que hacía Baroja era una síntesis perfecta de la paradoja en la que estaba atrapado. La propaganda de la acracia era el negocio de un señor, sí, un señor que pretendía que yo llegase al periódico a esa hora, indecentemente burguesa, de las nueve de la mañana para arreglar los originales horribles, incorregibles, que enviaban lectores que deberían cuidarse de tirar de una carreta o cultivar el campo y no meterse a escribir; un señor que quería ganar mucho dinero y darme poco a ganar a mí; un señor que no tenía noción alguna de lo que era el periodismo y se escandalizaba hasta la histeria si utilizaba el primer instrumento que le es dado a un periodista, las tijeras, con las que cortaba algún suelto de la prensa ministerial para pegarlo en nuestra hoja. Ese era el anarquismo de mi patrón: un atentado contra nuestro pensamiento y un crimen contra mi trabajo.

—Me temo que los crímenes a los que se refería Baroja eran los que causaba el terrorismo anarquista.

—Cierto. También comencé a reflexionar sobre ese aspecto. Si le soy completamente franco, mi defensa de la dinamita siempre fue más teórica que práctica. Quizás algunos lo atribuirían a una debilidad de carácter, porque la verdad es que nunca me imaginé prendiendo yo mismo la mecha. Siendo así, llegué a preguntarme si podía seguir exagerando la nota, clamando en los papeles por la catarsis dinamitera. Terminé siendo incapaz de tal insinceridad. No pude ya admirar el gesto de Mateo Morral. Aquello fue un fracaso absoluto. Pero aunque hubiese conseguido su objetivo, ¿habría servido para algo? Es bien sabido: a rey muerto, rey puesto. No, nada se habría conseguido. Y tantos muertos como hubo, para nada… 

—Luego terminó aceptando los argumentos de quienes discutían el anarquismo.   

—¡Cuidado! Lo que comencé a discutir no fue el anarquismo, sino sus métodos. En efecto, estaba descubriendo lo errados que eran. Escúcheme bien: en ningún momento, en ninguno, he abandonado mis convicciones ácratas. La primera, que he venido a la vida para vivir, que hay un régimen que impide mi vida y yo debo rebelarme contra ese régimen. La segunda, que la dinamita, como sugerían Chesterton y Anatole France, es la única filosofía digna de tal nombre.

—Por favor, deje de jugar conmigo. Dice y desdice. Hace solo un instante acababa de admitir que Mateo Morral… 

—Decía y sigo diciendo que llegué a la conclusión de que el terrorismo es una falsificación del anarquismo. Pero la dinamita… ¡Ah! ¡La dinamita es otra cosa! Es una categoría de la filosofía ácrata que no está contenida únicamente en el vientre de las bombas. La verdadera dinamita no se encontraba en los catecismos anarquistas. No, desde luego que no estaba en La conquista del pan, sino en Voltaire, en Flaubert, en Eça de Queirós, en Chesterton… Ellos poseían la potencia deletérea del explosivo. ¡Su estilo! Yo había escrito cientos de artículos, muchos más de los necesarios para agotar el consabido repertorio anarquista. Estaba cansado de decir: «Yo amo esos horizontes que azulean en las lejanías del Ideal». Y empecé a calzar otras frases: «El Ideal es constante, incesante, ondulante como la vida». 

—Me temo que no soy capaz de advertir la supuesta diferencia.

—¡Montaigne, otro dinamitero! ¿No lo reconoce? «La vie c’est ondoyant», decía Montaigne… Comencé a buscar este tipo de desahogos en aquella literatura, llena de tópicos, que practicaba. No pasó mucho tiempo hasta que di el siguiente paso: dejar de utilizar dinamita de segunda mano. Me corté las melenas y las frases, prescindí de las tríadas de adjetivos, dejé de pulsar la nota sentimental o lacrimógena de los niños pobres sin juguetes el día de Reyes y me compré un traje.

—¡Un traje! ¡Un anarquista trajeado!

—¿Por qué no? ¿Qué se imagina? ¿Que vestía blusón y calzaba alpargatas? Siempre llevé traje. Me refería a que compré uno nuevo y cambié la chalina de los días de gala bohemia por una corbata. Había que llevar con galanura la convención del traje burgués. Era importantísimo para presentarse en sociedad y obtener de ella cierto crédito, esto es, un salario mínimamente decoroso. Y, sobre todo, era primordial para uno mismo. Si estaba decidido a dejar de escribir artículos sobados, se hacía imprescindible desterrar del armario los trajes sobados. Y con el traje nuevo, allá que me fui al estudio de Compañy a hacerme un retrato para dar publicidad a mi fisonomía. Me instalaron en una silla, me torcieron la cabeza y comenzaron a apuntarme con una máquina terrible. El fotógrafo me dijo: «¡Sonríase usted!». Aquello me desconcertó. Yo no quería, de ninguna manera, aparecer en el retrato con una expresión de frivolidad. De un retrato depende el juicio que la opinión se forma acerca de un hombre. Había estudiado concienzudamente una pose seria, interesante y trascendental, a fin de que bastase ver mi fotografía para comprender que yo era un hombre notable. Y el fotógrafo, otra vez: «¡Sonríase usted!». Hice un esfuerzo y me sonreí. Mi sonrisa no tenía valor, porque era una sonrisa artificial y violenta.  

—Sí, una tortura eso de posar. 

—O una tragedia. Cuando nos vamos haciendo célebres el público mira nuestros retratos sin comprender que muchas veces representan una tragedia espantosa. No lo sé… El caso es que tenía que hacerme una sonrisa para las fotos y un estilo para los artículos, lo que venía a ser lo mismo. Adopté una sonrisa escéptica. Ella es la que me ha permitido posar con cierta comodidad para los retratos y colar de matute en mis artículos algunos gramos de dinamita. Y así fue, en definitiva, como encontré un método para mi anarquismo. 

De esta manera abrupta el sofista concluía su discurso. Entonces, fue a mí a quien se me escapó una sonrisa de escepticismo atónito. El periodista no pudo dejar de advertirlo e hizo un último intento. 

—Sí, encontré un procedimiento que permitía la rebelión contra el régimen que me impedía la vida y, al tiempo, vivir cómodamente, consentido, aplaudido y bien pagado hasta el día de hoy. No he traicionado mis ideales adolescentes. Sigo siendo anarquista, es decir, un hombre profundamente pesimista. Desde luego, no pretendo ser un anarquista perfecto, no lo podría ser. 

—Usted mismo lo ha dicho.

—El anarquista perfecto es un nihilista. Larra fue el anarquista único y total. Nada le quedaba por afirmar después de descubrir que lo que nos sojuzga no estaba fuera, sino dentro de nosotros mismos. Para destruirlo, hace falta volarse la cabeza. Comprenderá que no odie tanto las convenciones como para cometer ese gesto definitivo. Le recuerdo la primera entre todas las premisas que me han guiado: he venido a la vida para vivir. Larra era un anarquista místico y yo, un anarquista científico. No, claro que no soy un anarquista perfecto, gracias a Schopenhauer, el amado maestro. 

Nos levantamos de la mesa. El periodista anarquista se alejó, redondo y sonriente, sinuoso y satisfecho, como si fuese aquella caricatura arabesca de Bagaría.


Agustín García Calvo enseña latín

Imagen: Cordon.

Agustín García Calvo. Propiamente su formación no es filosófica. Nació en Zamora en 1926 y su formación intelectual se ciñó particularmente a las lenguas clásicas. Fue profesor de esta disciplina en la Universidad de Sevilla y después en la de Madrid, de donde fue expulsado por su adhesión a las revueltas estudiantiles de 1965 contra el régimen dictatorial de Franco. Ejemplo de pensador exiliado en París y en Lille, se incorporó a su cátedra en 1976, gozando de fama de excéntrico en el panorama intelectual español. García Calvo se empeña en la desarticulación del lenguaje para sacar a flote las negaciones y las lagunas que existen en el discurso verbal y en la vida cotidiana, como muestra en su obra Sermón de ser o no ser (1972), así como en Lalia. Ensayos de estudio lingüístico de la sociedad (1975), donde denuncia las contradicciones y las ilusiones sociales, llevado por una hipercrítica y una mentalidad revolucionaria que pretende conjugar el anarquismo y el nihilismo con el arte de desarticular los lenguajes y desaprender lo aprendido, es decir, todas las pseudoverdades. A través del lenguaje puede comprenderse la realidad social ya que los modos sociales y los modos lingüísticos están estrechamente emparentados; pero sus interpretaciones difieren de las usuales de la lingüística social. Además, en la lógica se producen frecuentemente rupturas, por donde se introducen las imaginaciones y los mitos, en especial los religiosos; García Calvo es un militante antirreligioso. Desde el pensamiento libertario individualista, considera que el Estado es un instrumento de opresión del hombre. Es tenido por algunos como el maestro de los anarquistas nihilistas, así como por los defensores del pensamiento negativo. Algunas de sus obras son: Cartas de negocios de José Requejo, Del ritmo del lenguaje, De los números, Virgilio, Qué es el Estado, Del lenguaje

De esta manera comparece AGC en una Historia de la filosofía española que no hace falta mencionar, salvo para decir que fue texto de estudio para bachilleres en la década de los ochenta. A pesar de que no hay casi renglón que contenga al menos una inexactitud, puede excusarse a sus redactores por la necesidad de resumir y acotar una obra que ya en el momento de escribir esas líneas se presentaba con los suficientes rasgos como para no dejarse sintetizar más que mediante falsificaciones y malentendidos. Pues ¿cómo iba a sujetarse la sustancia que ya se había derramado por los panfletos de intervención (Manifiesto de la Comuna Antinacionalista Zamorana, Comunicado urgente sobre el despilfarro, De las formas de la revuelta estudiantil, Apotegmas acerca del marxismo), por primeras incursiones en disciplinas que quedarían desarrolladas más tarde (De los números, Del ritmo del lenguaje) y por asertos que pretendían describir con crudeza al enemigo (¿Qué es el Estado?) y estudios lingüísticos de la sociedad (Lalia), además de incurrir en poesía con el Sermón de ser o no ser, Canciones y soliloquios y Del tren?

Alzar a la cruz del anarquismo nihilista o del nihilismo anarquista toda esa producción da pruebas de la dificultad de conformarse con una etiqueta para el «pensamiento negativo» de AGC. Aunque sirve para conectar a AGC con Friedrich Nietzsche, autor que, por mucho que él mismo rechazara cualquier vinculación, dejó profunda huella en sus razonamientos (o eso, o al ser ambos grandes helenistas, al ser ambos discípulos de Heráclito, anduvieron los mismos caminos para en algún momento separarse y tirar uno hacia la idea del Superhombre y el otro hacia la idea de Pueblo: cabe, en cualquier caso, decir que si Nietzsche, por la ley imperial del tiempo, no pudo conocer el camino recorrido por AGC, este en cambio no pudo no conocer el de Nietzsche, por mucho que le ofuscara que le vincularan a él). Hay un texto de Nietzsche que, como la mayoría de los suyos correspondientes a su época juvenil, está lleno de sagacidad y poesía: se trata de La filosofía en la época trágica de los griegos. Es ahí donde hace Nietzsche una lectura de Heráclito que retomará AGC: en medio de la mística noche, en cuya oscuridad había envuelto Anaximandro el problema del devenir, aparece Heráclito de Éfeso y lo ilumina con un relámpago de luz —el relámpago que somos— para exclamar: 

Contemplo el devenir, el flujo eterno del ritmo de las cosas. ¿Y qué hay? Regularidades, seguridades indefectibles, siempre las mismas vías de derecho, tras de todas las transgresiones de este tribunal de las Erinias: el mundo en su totalidad, escenario de la justicia distributiva, y las fuerzas naturales demoníacas, en todas partes a su servicio. Lo que contemplo no es el castigo de las criaturas sino la justificación del devenir. ¿Cuándo se ha manifestado el crimen, la caída, en formas indestructibles, en leyes sagradas? Donde la injusticia reina, allí está la arbitrariedad, el desorden, el desenfreno, la contradicción, pero donde imperan la ley y Dike, hija de Zeus, como en este mundo, ¿cómo hemos de ver la esfera de la culpa, la expiación, del castigo y la prisión?

De esta intuición obtiene Heráclito dos negaciones armónicas que solo se esclarecen por la comparación de los principios de su predecesor. Primero, niega la existencia de dos mundos completamente distinguidos, idea que había lanzado Anaximandro: Heráclito ya no distingue entre mundo físico y mundo metafísico, entre un reino de determinaciones distintas y un reino de indeterminación e indefinición. Dado este paso no podía detenerse ante las subsecuentes negaciones: niega rotundamente el ser. En el mundo que contempla —protegido por leyes eternas no escritas, en constante flujo rítmico— no hay nada que persevere en el ser, nada está exento de destrucción y por lo tanto no verá más que devenir.

¡No os dejéis engañar! Es vuestra miopía, y no la esencia de las cosas, la que os hace creer que hay tierra firme en esa mar del devenir y del perecer. Ponéis nombres a las cosas como si estas fueran a subsistir, pero no os podréis bañar dos veces en el mismo río. 

Todo contiene, al mismo tiempo, en sí su contrario, dijo, y Aristóteles lo llevaría ante el tribunal de la razón como culpable del más atroz de los delitos, el delito contra el principio de contradicción. Un principio del que estamos hechos. El devenir único y sinfín, la radical inconsistencia de todo lo real, como enseñaban Heráclito, Nietzsche y AGC, puede ser una idea terrible y perturbadora y se emparenta en sus efectos con la sensación que se experimenta durante un temblor de tierra: la desconfianza en la firmeza del suelo. Es necesaria una fuerza prodigiosa para transformar esa sensación en su contraria —la sensación de seguridad, el entusiasmo sublime y beatífico—. A ello se dedicó admirablemente Nietzsche, y también en cierta medida AGC, aunque sin rebajarse al cántico, prefiriendo el ejercicio de la crítica negadora de la verdad de la realidad. Lo que se designaba como «irracionalismo» era en realidad una búsqueda infatigable de una razón común —así tradujo él el logos de Heráclito—.

En cuanto a la referencia a la excentricidad de la figura de AGC, me temo que siempre fue una excusa perfecta para aquellos que, por pereza o impotencia, no quisieran arrostrar sus intervenciones por lo que estas propusieran o atacaran, siendo más útil para los efectos de desactivar esos contenidos el recurso a conformarse con la caricatura del personaje (una flamenca con bigotes, según apuntó en una columna Manuel Vicent). Las capas de camisas que gustaba vestir dieron más que hablar que sus intervenciones. La condición de personaje de AGC pronto se ganó el merecimiento de pasar a formar parte del paisaje intelectual español, donde quedaba, en efecto, como una especie de mancha curiosa que cantaba su canción solo a quienes iban con él y al que se le presta la misma atención que a un árbol más o menos exótico que interrumpe con sus frondosidades coloreadas la monotonía del bosque y desde su presencia extraña clama antes que nada la evidencia de que está fuera de sitio. Tanto es así, que saltó a la ficción de la mano del novelista Alfredo Bryce Echenique, cuya facilidad para imaginar escenas cómicas no puede ser puesta en discusión, por poca gracia, comprensiblemente, que le hiciera al propio AGC ser transformado en figura de ficción por un novelista, considerando como consideraba la novela como un instrumento más de la Realidad para imponer las ideas de Estado y Capital contra el Pueblo. 

Es práctica habitual, que condena a nuestros pensadores más conocidos, que se desplace la atención del público curioso hacia lo adjetivo —sus anécdotas biográficas o sus aficiones— que sirve a los cultos, entre quienes por fuerza estaba el potencial de sus lectores, para menospreciar con cierto olimpismo —y dando por buena la fuerza del anecdotismo, esa peste— a aquellos que tienen la suerte o la desgracia de burlar las barreras del gueto en que viven los profesionales del pensamiento para ser reconocidos por un público que se conformará con ese conocimiento superficial y difícilmente se rebajará a tratar de conocerlos (aunque es cierto que las cifras de las ventas de los filósofos que se convierten en personajes públicos aumentan considerablemente, lo que no significa que se les lea más, solo que se venden más). Así no es difícil que en columnas de opinión y tertulias Antonio Escohotado fuera el filósofo de las drogas —o más recientemente, el defensor del capitalismo, como si en ese solo enunciado pudiera contenerse los tres volúmenes de su estudio del comunismo y su defensa de la economía de mercado como motor del progreso— como Gustavo Bueno fuera el filósofo de la telebasura —porque cometió el desliz de acudir a programas en los que defendía un símbolo de la telebasura como Gran Hermano—. Asimismo, AGC padeció durante toda su vida el sambenito de ácrata, y ya con eso mucha gente lo daba por leído y por sabido, o sea, podía ponerse en su lugar y saber —o dar por sabido— lo que tenía que decir acerca de cualquier tema, potenciado por los motes que le iban poniendo en los medios para abaratarlo: «el inefable GC», «el filósofo hippie» o «el Sócrates de la Movida». 

Muchas veces dijo AGC que hablar es hacer, que no podían estar más equivocados los viejos marxistas que cuando pensaban que primero la teoría y luego la praxis, pues se hacía ver que lo primero por sí no sería un hacer sino hasta que aconteciera lo segundo (cuando, en cualquier caso, el movimiento idóneo es siempre al contrario, la teoría no puede preceder nunca a la práctica; la teoría, cualquier teoría, no puede ser sino resultado de la práctica, aunque luego necesite prolongarse en prácticas que la confirmen). Pero no solo habló AGC, aunque hablar ya fuera un hacer. Y, si tuviera espacio, ofrecería aquí unas cuantas pruebas de que también hizo mucho, por lo menos lo suficiente como para que las autoridades competentes dictaminaran su incompetencia, y no cabe honor más grande para alguien que no hace otra cosa que atacar la competencia de una autoridad que el hecho de que esta lo condene por incompetente. 

Me limitaré, pues, a una, la menos conocida y la más temprana. AGC ofició como catedrático de Latín desde 1951 a 1958, doblándose para hacer de profesor en la Universidad de Salamanca, donde se doctoró con una tesis dirigida por Antonio Tovar. Insatisfecho con los métodos de enseñanza que tenía que utilizar, y que lo incapacitaban para enseñar, no se le ocurrió mejor manera de suplirlos que crear unos nuevos, y fue así como mandó imprimir en las imprentas del Heraldo de Zamora un librito titulado Viriat-i Vit-a., una «Cartilla de segundas letras para el primero y segundo curso de Latín» en 1956, al que siguieron Catón, «Lecturas para el segundo y tercer curso de Latín» en 1957, y Legión de palabras en 1958 (siendo este un vocabulario básico que constaba de dos mil palabras divididas por nociones en sesenta lecciones).

Como se ve, la primera guerra que libró AGC fue contra la metodología oficial, diseñada para colonizar temporalmente las memorias de los alumnos a quienes no se les pretendía enseñar nada que les valiese para otra cosa que para evacuar una serie de conocimientos estériles en un examen, después de lo cual correrían alegremente hacia el olvido. AGC partía de la certeza de que al alumno había que meterlo desde el primer día en el juego de la lengua, sin que para esa intervención hiciera falta enseñarle primero cómo funcionaba esa lengua, pues los hablantes de cualquier lengua no necesitan saber cómo funciona para hablarla. Así pues, aspiraba a que la gramática y la fijación de morfología y sintaxis emanaran de la traducción de textos vuelta juego, pues también se propiciaba el ejercicio de la traducción inversa mediante el que se trataba de poner un texto cualquiera español en texto latino. Para ello, y dado que tampoco era plan empezar a hacer la casa por el tejado, AGC inventó una serie de textos basados en Apiano para que se iniciara un camino que idealmente podría alcanzar la meta de los versos de Virgilio. En el prólogo de la obra, AGC decía que el niño no debe ser expuesto a falsificaciones de las estructuras propias del latín ni a separación alguna del mundo romano mediante la violencia de un primer ejemplo como «Deus creavit caelum et terram». Sostiene además con inusitada firmeza que no hay que adaptarse a ninguna mentalidad infantil: 

¿Para qué educamos entonces a los niños, para niños o para hombres? ¿Por qué tendremos que empezar por enseñarles a decir puer y puella, magister y ludus?: ¿no ha de interesarles más cómo se dice «arado», «perseverancia» y «república»? ¿Por qué presentarles frasecillas insignificantes, cuya largura y simplicidad no fatigue ni hiera sus tiernas mentes? No: que las hiera, que las estire, hasta hacerlas capaces de comprender un poco mejor lo abstracto, lo largo y lo complejo. Tal vez así ayudemos a evitar el encontrarnos luego con hombres mayores que se marean cuando tienen que leer una frase con más de tres oraciones revueltas

Conviene recordar que en el Primer Congreso Español de Estudios Clásicos, celebrado en 1956, AGC presentó una comunicación titulada: «Resultado de un ciclo de experiencias sobre enseñanza del latín en el Instituto de Zamora» y un «Plan de una nueva Gramática latina» que concluye con esta afirmación, donde claramente suena ya el AGC filósofo que aguarda más adelante en la línea del tiempo: «No debe el gramático dejar de plantear constantemente los fundamentos y consecuencias filosóficas de su doctrina. Pues no es al cabo la Lengua (e. e. la razón misma) más que la filosofía del pueblo, la más segura y pura de las filosofías». 

No parece, a juzgar por la dedicatoria que le puso a Legión de palabras, que el método tuviera mucho éxito. La dedicatoria dice: «Dedico este vocabulario a los centenares de alumnos a quienes a lo largo de siete años no he conseguido enseñar una palabra de latín». 


Jesús Cañadas: «La generación literaria que va a salvar la literatura, sea fantástica o no, son los nuevos lectores jóvenes»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Jesús Cañadas (Cádiz, 1980) tiene la risa rebelde, como su carácter. Es una rebeldía que desarma, por distinta a la que se le presupone a un escritor: alaba no pelotea a los lectores, tiene esperanza en el futuro ––literario, pero también del otro y se mete en harina de verdad, no de boquilla sin importarle demasiado a quién vaya a molestar. Posee una simpatía indudable que se vuelve honestísima cuando afirma que su objetivo es llegar a fin de mes. Aunque sea solo una verdad a medias.

Lo suyo es jugar. Seguir jugando, más bien. Como cuando escribía rollos infumables para las partidas de rol del D&D en una plaza gaditana en los noventa. Ahora, reducida su envergadura y su cabellera, el juego es compartido. Porque ya le leen. Los que gustan de la fantasía, los afectos al terror y los que no tienen ni idea de qué ocurre en Innsmouth. Para embarcarse en Los nombres muertos, El baile de los secretos o Pronto será de noche no hacen falta más alforjas que permitirse creer que todo es posible. «La ciencia ficción te balancea en el acantilado. La fantasía te empuja», decía Ray Bradbury, que encabeza su panteón personal. Cañadas no disimula: quiere lanzarnos a todos al vacío.

A cambio, un par de condiciones: que no le cuelguen ningún título ni le arrastren a generaciones inventadas. Admite que le digan que su nuevo libro, Las tres muertes de Fermín Salvochea (Roca Editorial) es un potaje de pulp, fantasía histórica, novela de aventuras, de vampiros, gitanos y demonios. Pero jamás que «trasciende el género» porque no es de los que usan la fantasía como pretexto, sino como hogar. Porque —lo dice él— es un flipao.

Nos hemos enterado de que eras de los nuestros: un niño gordo que jugaba a rol.

«Niño gordo de rol» es totalmente cierto, es la radiografía de mi alma. Nunca jugué al fútbol, una vez lo intenté en un recreo y me dijo uno: «¿Qué haces, gordo?» y ahí se acabó mi carrera. Yo estaba todo el día con los libros y tebeos, primero con los Mortadelos, que es la anécdota que cuenta siempre mi madre en las presentaciones. Yo le decía que me aburría y ella me compraba un Mortadelo, pero me lo pulía enseguida.

Hay una frase tuya que nos vas a permitir que alabemos: «El conservatorio de los escritores son las bibliotecas públicas».

Es que es cierto, lo hablaba hace poco con un colega cuando salió un vídeo en YouTube de un tipo que analizaba la banda sonora de El Señor de los Anillos.

¿Jaime Altozano?

Correcto. Pues mi colega decía «claro, pero es que este tío ha estado en el conservatorio toda la vida», y claro, así es cómo se sabe. El equivalente al conservatorio para un escritor es enterrarte en libros, igual que un músico se entierra en partituras, y en música, y en aprender qué coño es un arpegio yo no tengo ni puta idea de qué es.

Pero decir «biblioteca pública» desmorona por completo esa imagen glamurosa del escritor con una librería kilométrica y un escritorio de roble, posando con la mano en el mentón…

Es que esa imagen es mentira. Yo he ido a biblioteca pública de siempre, desde chiquitito, desde que me leí El pequeño vampiro, que es de los primeros de los que me acuerdo. Lo que pasa es que me rodeaba de gente que no se ajusta a la idea que tú tienes del friki. Yo era el único gordito, pero los demás eran niños de barrio, lo que en Cádiz se dice angango, un cani de toda la vida. Así que éramos canis de barrio pero jugando a rol en una plazoleta.

Y tú eras el master que se inventaba las historias que nadie se leía luego, ¿no?

Sí, señor. De semana en semana les traía folios: «Aquí tenéis lo que ha pasado entre medias….» y decían que luego se lo leerían en casa, pero jamás nadie se leyó ninguna. Por suerte. Porque eran terribles, patéticas imitaciones de Tolkien, Stephen King, Neil Gaiman y todas las mierdas que leía.

¿Eras «master madre»?

No, qué va, mataba mucho. Cuando llegábamos al final de las campañas sí que les cuidaba mucho, porque me importaba más la historia que que ellos murieran o no. Ahora con la escritura ya tengo libertad, ¡porque no se meten humanos por medio! [risas].

Has mencionado la obra de Angela Sommer Smith, autora fantástica. Eres bastante beligerante con este asunto de reivindicar el papel de las escritoras…

Lo intento, lo intento. Desde que me dí cuenta hace unos cuantos años de que estaba leyendo muchísimos autores y muy pocas autoras, me dije: vamos a intentar picotear. En Angela Carter, en Marion Zimmer Bradley, en Elia Barceló, Susana Vallejo, Pilar Pedraza, Laura Fernández, que creo que es de las que van a quedar, que dentro de cincuenta años se dirá, «mira lo que hizo Laura Fernández». Como Sofía Rhei, que creo que es la mejor escritora de España ahora mismo, por lo menos en el género fantástico.

Te revuelves mucho contra eso de que te enmarquen en esa nueva generación de autores de fantástico español, con Emilio Bueso y otros autores.

¿Sabes lo que pasa? Que las generaciones literarias sirven más bien para excluir que para otra cosa. Es para que el que no le hayan metido dentro se enfade y te eche la cruz, y para que la gente que no lee ese tipo de literatura diga «no, no, yo a esos ya los tengo identificados y sé al que no quiero leer». Así que nosotros somos simplemente un grupo de gente que ha nacido en una horquilla de cinco a ocho años, finales de los setenta, principios de los ochenta

La que está entre la generación X y los millennials, los xennials le dicen ahora.

¿Xena es la princesa guerrera? [risas]. Hemos crecido tan influenciados por la literatura como por el cómic y el cine, o por juegos de rol, y simplemente tenemos un puntito de creatividad y tenemos la suerte de que hay editoriales más pequeñas o más grandes que apuestan por nosotros. Si tenemos los mismos referentes, si tenemos referentes distintos, si a uno le gusta más Abel Ferrara y a otro le gusta más Spielberg, si otro va más por lo lynchiano y otro más Nolan… Es lo mismo, da igual. No veo que haya unos rasgos que nos junten a todos aparte de haber nacido en España en los mismos años. ¿Sabes cuál es la generación literaria que yo sí que creo que está presente y que es decisiva?

¿La generación Nocilla?

[Risas] No. Los lectores. La generación literaria que va a salvar la literatura, sea fantástica o no, son los nuevos lectores, lectores jóvenes. Ahora tienen quince años y no tienen ningún prejuicio ni con el fantástico ni con el no fantástico. Esa gente sí que forma una generación literaria, porque dentro de cinco tendrán veinte años, y de diez veinticinco, y dirán: «Tocotó, aquí tenéis una novela. Lo que hicieron Cañadas y Guillem López era una porquería y ahora viene lo bueno». Veo que hay lectores jóvenes que no tienen el menor prejuicio, que son superactivos en redes sociales, comprando libros, reseñándolos, moviéndose por la literatura de género, y eso sí que es una generación literaria.

La generación que ha derribado ya la barrera entre cultura académica y cultura popular.

¡Claro! Y es que además, la puta mierda es que la literatura es la última frontera de eso. Todo el mundo aquí consume fantástico prácticamente a diario: de Stranger Things a It, a Star Wars, a pelis de superhéroes… pero en libros todavía no. Es la última frontera antes de la normalización absoluta. Pero se está consiguiendo, y se está consiguiendo gracias a gente joven que compra libros, que los lee, que los reseña y que los mantiene vivos en el medio de comunicación universal de ahora mismo, que son las redes sociales. Pero sobre todo en bares, coño, en la vida real. Eso me decía el otro día Silvia, de Roca,  y me lo ha repetido también gente de departamentos de prensa de otras editoriales: no importa lo que nosotros hagamos por un libro, cuánto dinero metamos en promoción, porque el arma de marketing definitiva se nos escapa. Y esa es la recomendación de un bar. Te estás tomando un café y te dice alguien «me estoy leyendo un libro que es la polla, te va a encantar». Si eso pasa el libro es un éxito, da igual que sea fantástico o dos señoras en un curso de lo que sea, diciendo «me he leído un libro de porno sadomaso que te va a encantar».

Los lectores de ahora ya han crecido con Lovecraft no ya desprejuiciado, sino convertidos él y Cthulhu en elementos de merchandising pop.

Sí, con Lovecraft, King, Gaiman… y también con gente de aquí, porque han leído a Negrete. Y nos están descubriendo ahora a nosotros, los que tenemos la suerte de estar en el escaparate de las librerías.

Tenéis hasta haters, que es ya la conquista absoluta de la cultura de masas.

[Risas] Sí, eso ya es… Aunque yo no tengo muchos, alguno hay.

Hay autores del género fantástico español que sí tienen, como Emilio.

Sí, pero a él le gusta también, ¿eh? Le gusta que le den cañita.

Y hablando de generaciones, te voy a hacer una pregunta que he leído que no te hacen nunca y que te encantaría responder. ¿Qué estás haciendo tú por el género fantástico en España?

Cosas como esta. Ir a una entrevista y decir lo que se está haciendo bien y lo que se podría hacer mejor en el panorama fantástico.

Con lo fácil que es protestar.

Sí, pero hay que ser proactivo. Yo crecí en el Cádiz de los noventa, con Tolkien en las librerías, la Dragonlance y sanseacabó. Me leí La Cosa del Pantano de Moore porque de rebote apareció en la estantería de la papelería Géminis, que llevaba un calvo muy antipático cerca de mi casa. Y flipé, claro, porque yo estaba acostumbrado a los Mortadelos. Y eso ha cambiado drásticamente. Está mejor el panorama, porque hay un montón de sellos, grandes o pequeños, apostando por el panorama fantástico nacional. Y muchos partiéndose la cara para sacar rarezas, cosas que tienen muchísima calidad pero que son un riesgo, y que tal y como está la industria editorial no se quiere arriesgar. Pero el que tiene el culo pelao de leer terror o fantástico, dice «a mí esto me mola». Eso hace solo veinte años era impensable, y ahora está por todos lados. ¿Qué ha pasado en la Fnac? Porque hace veinte años no había una pared entera llena de cómics. Ahora sí la hay. Y eso se ha conseguido gracias a un montón de autores sacando obras como mínimo excelentes, que han terminado permeando en la gente, rompiendo la barrera y democratizando el cómic. Haciendo que tú veas a alguien leyendo un cómic en el metro y no sea un friki, aunque sea un manga y lo esté leyendo al revés. Se ha normalizado. Eso le falta todavía conseguirlo al género fantástico literario, pero está mejor. Ya no está en la UVI, todavía está en cuidados intensivos pero ya no en la UVI.

Has crecido mucho en optimismo. Cuando empezaste hablabas del fantástico español como un erial con cuatro locos.

Es que 2011 era un erial con cuatro locos. Y ahora mira, hay hasta iniciativas como el Festival Celsius, que están moviendo un montón de gente. A mí me mata la envidia, porque no se mueven por mí, se mueven por Brandon Sanderson, pero poquito a poquito llegaremos. O sea, que el fantástico español necesita mejorar pero también progresa adecuadamente. Va poquito a poquito. En 2011, cuando yo saqué mi novela, era impensable que Random House sacase una colección fantástica, y en cambio ahora está ahí. Y otro montón de sellos también.

¿Y cómo es para un amante del género que una editorial como Valdemar te diga que sí a una novela?

La hostia, la verdad. Yo me enteré que estaban aceptando manuscritos para la colección Insomnia y mandé el mío como lo mandarían otros mil. Creo que me salió un tendinitis en el dedo de darle a F5 a ver si me habían respondido. Un cuarto de hora después de mandarlo ya estaba «a ver, a ver, a ver». Y que la gente que parte la pana en el terror, y ha hecho el sello canónico en España publicando lo mejorcito, te digan a ti con treinta y tres años: «Lo tuyo vale. Queremos lo tuyo para un sello nuestro» eso es una barbaridad. Estar en esa colección, junto a cosas como El Rito de Laird Barron

Hablemos de Las tres muertes de Fermín Salvacochea. Es una novela que tiene todo para que no funcione, y sin embargo funciona.

Sí, no es la primera vez que me lo dicen.

¿Y cómo se hace para que todos esos elementos, que no deberían funcionar juntos, lo hagan?

Pues no lo sé. Te podría decir que es magia, pero vas a pensar que soy un puto flipado. Así que te voy a decir el equivalente del siglo XXI: no es magia, es un intangible. Haces algo, y algo pasa, que de repente Candela está viva, es real, Antonia está viva. De pronto Juaíco vuelve borracho a su casa y lo asaltan dos vampiros y te lo crees. O no, si no te funciona. Pero hay una alquimia rara que pasa ahí, que hace que funcione. He repetido en muchas entrevistas, parafraseando a Ernst Lubitsch, que decía que tú puedes poner la cámara en un millón de sitios, pero en realidad solo puedes ponerla en una. Y eso pasa lo mismo con la literatura. Hay un millón de maneras de contar una historia, de contar una novela, pero en verdad solo hay una: la correcta.

Con Pronto será de noche decías que habías pensado «cada puta frase» para darle ese aire contenido, seco.

Sí, porque la prosa de Pronto será de noche me pedía un equivalente al atasco.Cuando lo lees las frases van a trompicones, poco a poco, agobiándote con cómo está escrita. Fermín Salvochea, sin embargo, es una historia de maravillas en una ciudad que en realidad nunca existió, porque el Cádiz que se presenta en la novela no es el Cádiz real. Pero es una historia de chavales lanzándose a la fantasía, y la prosa tiene que reflejar eso.

Y no parece fácil de conseguir que de repente aparezca un robot, un mech steampunk, con un gitano sin piernas dentro, disparando estacas con una ametralladora, y el lector diga: «Oh, perfecto».

¿Sabes que eso es un añadido de última hora? Porque se decidió cambiar el personaje que aparecía ahí, que era otro cameo. Fermín Salvochea, el real, se crió en Londres y cuando volvió se dedicó a la política. Pues en mi novela, pensé: aquí me coincide por fechas con otra persona que podía haberse puesto a cazar vampiros también: Bram Stoker. Y en medio de la novela, había un momento en el que Salvochea le decía a Juaíco: «No podemos con esto solos, voy a llamar a mi amigo el irlandés». Y mandaba con un cañón steampunk un mensaje a Rumanía donde había un tío gordo que tal… En esa escena estaba Bram Stoker con un cañón tipo El Mariachi, matando. Pero me dijeron: no. «No, puto flipao de mierda». Y lo quité y puse eso.

Es que hay que ser un puto flipado para escribir estas mierdas, porque si no lo flipas tú mismo… No sé a quién le escuché esa definición de que lo más próximo al talento que se puede tener es que haces las cosas que te emocionan y cuando te han emocionado a ti, cruzas los dedos para que le emocionen a los demás.

Suena a receta del éxito, pero no lo es en absoluto.

Es que no la hay. Hay recetas del fracaso: miles. A puñados. Del éxito no, porque el éxito es una carambola. Para empezar habría que definirlo, ¿qué significa el éxito?

¿No consideras que tienes éxito, ahora mismo?

Sí, por lo menos, suerte. Porque vivo de escribir. No de escribir libros, pero sí de escribir. Eso significa que gano dinero con los libros, que me pagan más o menos la mitad del año, y la otra mitad escribo para una startup, para una agencia de viajes, para una ONG, para una cosa de tecnología de una empresa polaca… Y todo junto, me da un sueldo. De mileurista, tampoco te creas.

¿Sigues trabajando como guionista de Globomedia?

No. Estuve la segunda temporada de Vis a Vis, y ya está. Escribía desde Berlín.

Volviendo a la literatura: todas tus novelas son muy, muy, muy distintas entre sí. En todo: estilo, forma, temática… ¿Eres consciente de que es muy difícil marcar un «estilo Jesús Cañadas»?

Sí, eso es premeditado. Es que si escribiera otra vez Pronto será de noche, sería un coñazo, ¿no? Me pide el cuerpo otra cosa, si no, me aburro. Otra vez prosa seca, otra vez huir de los adjetivos…

Tener el dominio de estilos tan distintos no es sencillo. Tiene que haber muchas lecturas detrás. Aunque este y Los nombres muertos se puedan parecer un poco…

No es sencillo, no. Y mira: hay una lectura de Los nombres muertos donde no hay absolutamente nada fantástico. Todo tiene una explicación racional, pero en este libro no. En este me fui al otro extremo, con un punto de giro donde nos zambullimos directamente en la fantasía. Yo he intentado aplicar la teoría esta de la rana, que la sumergen en agua caliente y no se da cuenta de que está hirviendo hasta que ya es demasiado tarde. Metes al lector en una novela histórica de unos niños que las pasan putas en el Cádiz del XIX, buscando que tengan un cierto carisma para que se encariñe con ellos y quiera acompañarlos. Y cuando empiecen a salir gitanos sin piernas en roboces y vampiros, y demonio y brujas… ya esté tan enganchado que diga «bueno, voy al final». Es un riesgo, porque el lector puede decir «esto es una mierda, carajo», pero el riesgo es lo bonito.

Además de ser una decisión narrativa y de estilo, ¿no es también una decisión comercial? Sin que comercial sea peyorativo aquí. Empiezas a leer un libro que parece la típica histórica costumbrista tan de moda, y de repente empiece a pasar todo esto. Esa gradación en el estilo, ¿no trata de enganchar a la gente?

Bueno, o anticomercial, según se mire. Porque al fin y al cabo, es posible que el lector diga que qué carajo es esto, porque se estaba esperando otra cosa. Pero sí estoy de acuerdo es que tiene todo para no gustar, y sin embargo…

Según cómo se mire, tiene una sinopsis muy hija de puta: cazavampiros, demonios, gitanos, gaditanos históricos, alcaldes anarquistas…

[Risas] ¡Vaya, muchas gracias! Pero estoy de acuerdo, ¿eh? Es cierto que puede asustar si no eres afín al género.

En los medios más tradicionales dicen mucho de ti eso de que «usas la fantasía como pretexto», para hablar de otros temas como la redención paterna. ¿No es eso un poco de complejo de género?

Sí, es la misma mierda de siempre de «es tan bueno que trasciende el género», que es para darle un cabezazo en la nariz al que la diga. Pero qué le vamos a hacer. Cuando la entrevista es de promoción solo puedes decir «sí, sí, lo que tú digas, trasciende el género». Pero no, ¿qué coño trasciende? Usa el género bien, que no es lo mismo. Lo que pasa que quien dice eso se retrata. Así que yo me callo y por dentro me digo «vale, ya sé de qué pie cojeas». Qué le vamos a hacer. Yo prefiero darle la vuelta y ponérselo fácil al entrevistador, y también al lector: si quieres una lectura fantástica, la hay. Como toda obra de arte, puede funcionar a diferentes niveles. Hay historias de aventuras de niños que se enfrentan a monstruos. Hay novela histórica. Pero también hay la historia de un niño que se reconcilia con la memoria de su padre. Si tú quieres pensar que esto es un pretexto para eso, olé tus cojones. ¿Te lo has comprado? Pues perfecto. El libro ya está vendido, que los lectores digan, qué coño va a venir el autor a decirte: «No, no, esto hay que leerlo así».

Suena a esa frase tan manida de que los artistas ya no poseen la obra en cuanto la hacen pública. Que ya es de los lectores.

Pues sí y no. Tampoco estoy de acuerdo de todo con eso, porque si un lector le dedica veinte pavos y tres o cuatro semanas a un libro, yo le he dedicado un año entero, muchos desvelos y muchas vueltas de coco; así que mejor vamos a hacer custodia compartida. Ni tuyo ni mío. Pero sí que es verdad que cada uno lo lee como quiere.

¿La idea del glosario de terminología gaditana fue tuya o de la editorial?

Fue mía, la fui haciendo a medida que iba escribiendo, porque estaba muy convencido de que podía ser un escollo y no quería torpedear al lector. Así que si te hace falta aquí lo tienes, y si lo entiendes por el contexto, perfecto también. Y ha habido de todo, una lectora me dijo que sin el glosario habría estado perdida y otros que me han dicho que no lo han mirado en toda la novela.

La historia del niño que se reconcilia con la memoria de su padre está inspirada en tu abuelo, ¿no?

Es mi abuelo, sí. Mi abuelo es Juaíco, era barbero en Cádiz, y perdió las dos o tres barberías que tuvo jugando a las cartas. Le puso los cuernos un millón de veces a mi abuela, y se murió de cirrosis, evidentemente. De hecho había por ahí tíos míos desperdigados por Cádiz. Cuando yo era chico y paseábamos por Cádiz me decía mi padre: «Mira ese es tu tío, ese es tu tío… ese es tu tío». Era una cosa aceptada en aquel entonces. Pero claro, por fechas debería ser mi tatarabuelo, porque la historia de Juaíco se desarrolla a finales del siglo XIX y lo de mi abuelo estamos hablando de mediados de los cincuenta del XX, pero yo me he basado en él aunque no lo conocí. Cuando me hablaban de él mi madre, mi padre y mi tía, me decía que era lamentable, pero qué buen personaje literario. Un pimpi, se dice en Cádiz, que viene del inglés pimp. Borracho, putero, ludópata… y barbero. No pegaba a mi abuela, pero todo lo demás se lo hizo. En la vida real era para tirarlo a la basura, pero es un personajazo literario.

Como Lovecraft.

Otra persona lamentable en vida.

¿Se puede disfrutar de la obra de un creador siendo este un grandísimo hijo de puta? ¿Hay responsabilidad en el consumo cultural? ¿Se puede separar obra y vida? Qué opinas de este debate, cuéntanos.

Lovecraft sí, y Poe también, que se casó con una niña de trece años. Te voy a dar una respuesta que no está muy bien vista en estos tiempos de redes sociales: no lo sé. No tengo respuesta. Allá cada uno. Yo, desde luego, voy a seguir disfrutando de la obra de Lovecraft porque creo que influyó y que cambió por completo toda la literatura de género —y no de género— que vino después. Hay mucha gente que pone el grito en el cielo por su racismo y misoginia, pero su obra ha influenciado a todo el mundo que vino detrás de él. Durante un tiempo no, hasta que se le volvió a descubrir, pero muchos de los que se escandalizan quisieran tener la influencia en la literatura que tuvo Lovecraft.

Pero no es una redención.

No es una redención personal, pero a mí la persona me interesa menos que la obra. Bastante menos.

¿Solo con Lovecraft o en general? ¿Vale esto con Kevin Spacey?

A mí Kevin Spacey me ha dado muchos buenos ratos. Después hacía esas terribles cosas, probablemente haga falta mucho tiempo para hacer la separación entre persona y obra.

Quizás sea más fácil cuando el malo lleva años muerto.

¿Porque ya ha recibido su justo castigo porque está muerto?

Y porque al no estar «en activo» ya no te enfrentas a la figura, y no recibe personalmente el aplauso, el premio.

Es que hay una línea finísima, en la que puedes caer en lo que está pasando en cines de arte y ensayo de Estados Unidos, que ya no se pone Lo que el viento se llevó porque se dice nigga. La putada además es el alivio de conciencia de decir «tú, fuera. Hemos expulsado a Kevin Spacey y esto ya no pasa», pero no, es un mal endémico de la industria del espectáculo mundial.

De la sociedad.

Correcto, sí. Así que no hagamos esto de «Uh, menos mal que ya no hay Harvey Weinstein». No, no, sigue habiendo. Lo hay en España, en Estados Unidos y en todas partes. Kevin Spacey no hay solo uno. ¿Cómo se lidia con eso? Ni puta idea. No es un tema para nada fácil. Es un motivo de celebración que se señale a esta gente —y olé por lo quienes se atreven a decirlo—, cómo se lidia después con eso, es muy difícil. De todas formas, a mí esto me lleva a otra reflexión, cuando pienso en cómo se ha atacado a muchas víctimas que han denunciado. Y es que cuando te metes con una industria que tiene mucho poder, estás en un lío.

Te pierde mucho la boca, porque has dado buenas declaraciones sobre el mundo editorial…

Sí. ¿Sabes lo que pasa? Que soy pobre, que soy de familia pobre, y los pobres nos quejamos mucho. Y cuando veo una cosa que me parece mal, lo digo. Y así no llegas a ningún lado. O cuesta, vamos. Ahora, te diré que creo que la industria editorial está jodida, pero progresa adecuadamente. Cuando trabajaba en la feria del libro de Frankfurt de 2013 a 2015, organizábamos cosas en Latinoamérica para traer editoriales. Y tío: nadie leía. D los que trabajan en el corazón de la industria literaria casi ninguno lee libros. Un par de excepciones, pero casi nadie. A mí me llegaron a decir esta frase: «En una feria del automóvil no se le pide su opinión a un Ferrari». Esto es así. Fue un palo, pensar que la gente que maneja, o que pone el espacio donde se decide el destino del mundo editorial, no lea.

¿Y crees que eso ocurre también a otros niveles de la industria?

No lo sé, porque con los que yo he tenido trato leen mucho, pero manuscritos. Y claro, si estás todo el día poniendo cafés, no llegas a casa y te pones a poner cafés. Supongo que llegas a casa y estás hasta el mismo moño. Lo que creo es que hay mucha inseguridad en la industria. Como no hay fórmulas matemáticas, es todo una apuesta. Se intenta más o menos que cuadre tu gusto, publicar o editar algo que a ti te emocione, y cruzar los dedos por si emociona a alguien más. Lo que pasa es que en la industria editorial pesa más la industria que lo editorial. Y no nos engañemos: es una industria, hay que comer y llegar a fin de mes. Se tienen que tomar decisiones que ahora con esta situación económica que tenemos te obligan al conservadurismo, a no decir «venga, publico diez libros. Tres no los conoce ni tu puta madre, otros cinco son tú sabes, y otros dos son una apuesta segura. Y en el cómputo global voy tirando para adelante». Eso ya no se puede hacer, porque haces eso tres veces y tienes treinta fracasos, y eso te obliga a ser conservador. Por eso insisto en lo de la suerte, que han querido apostar por mí, tanto en la comercialidad de Roca como en la calidad de Valdemar.

Te ha pillado fuera de España, en Berlín, toda la eclosión del fenómeno de auge de las pequeñas editoriales en España. ¿Lo veías con esperanza?

Yo creo que hay que verlo como un continuo, no como un «ha llegado este sello que lo va a cambiar todo». Porque lo que lo cambia todo casi siempre se conjuga en pasado, no es ni «esto lo va a cambiar todo, ni esto lo cambia todo». Hay sellos que nacen, sellos que mueren, sellos que lo intentan un tiempo y caen… Se intenta hacer lo mejor que se puede, como en cualquier industria, creo yo. Por suerte, para mí que soy lector antes que escritor —igual que cualquiera de los escritores que os vayáis a encontrar en vuestra vida— es muy de agradecer que haya sellos que apuesten por eso y que no te den cositas que sean solamente Dan Brown.

Fermín Salvochea es un poco Dan Brown… pero en bien.

[Risas]

Me refiero a que es una novela de aventuras con misterios de historia-ficción, que los capítulos van avanzando cada vez a más velocidad, con esa estructura que…

Sí, y el estilo también se va haciendo menos barroco.

«El Dan Brown español, pero en bien».

¡No! ¡No! ¡No! Os lo pido de rodillas aquí en medio, os pido por favor que no. El «no sé qué español» no, por favor. Nada de eso. Porque si pones algo así, se pone todo el mundo en tu contra, diciendo «mira el hijo puta este, ¿dónde va?», porque parece que lo has dicho tú. Parece que te has sentado aquí y has dicho «buenas tardes, soy el Dan Brown español» [Risas]. Pero si yo soy un tío que se pone a escribir en pijama en su salón, y ya está, y ahí tienes. Alrededor de mí cientos de vasos medio vacíos, tazas, migas de tostada en el pijama, en gayumbos… Es verdad que por dentro puedes estar volando en barcos alados sobre la bahía de Cádiz, pero por fuera eres un tío que está [teclea en la mesa]

Por cierto, para la gente que no lo sepa, ¿quién era Fermín Salvochea?

Es un personaje histórico interesante. Un alcalde, que a pesar de venir de familia de dinero, tuvo contacto con el comunismo y con el anarquismo y decidió ponerse de parte de los pobres en la política. De los desheredados, de los trabajadores y la gente que tenía menos dinero, en contra de la gente que los estaba jodiendo vivos: clero, nobleza y ricos. Eso le granjeó muchísimos enemigos, porque hizo cosas bien y mal —declaró el cantón de Cádiz y lo metieron en la cárcel muchos años—. Pero al fin y al cabo tú eres el recuerdo que dejas, y el recuerdo que ha dejado Salvochea es un recuerdo casi mitológico. Hasta el cani más poligonero, si le preguntas por él, te dice «zí no, cabesa, er arcarde, ¿no? Er arcarde» porque todo el mundo lo recuerda en Cádiz como esa especie de George Washington o de Abraham Lincoln. Un tío bigger than life. Ese fue el punto de partida donde yo cogí la leyenda y…

… me la voy a follar.

[Risas] Pero, ¿qué tiene Abraham Lincoln que no tenga Fermín Salvochea? ¿Qué mierda tiene el presidente de Estados Unidos que no tenga el alcalde de Cádiz? Nosotros también tenemos nuestros inmortales a nivel local, y eso es lo que yo quería, hacer algo que ya se ha hecho en clave de comedia en otras obras de ficción, pero un poquito más digno. Habrá quién se lo lea y diga, «¿Pero esto qué mierda es? ¿Cazavampiros?», pero es que esto a mí me gusta. Hace poco se lo escuchaba a Nacho Vigalondo hablando de Colossal. Decía que para hablar de la violencia de género a él le hace falta un monstruo gigante atacando Seúl. Para hablar de una historia del padre que se reconcilia con el niño y tal, a mí me hacen falta vampiros. Porque si no me aburro, coño. A mí me gusta todas estas mierdas. Tú puedes entender el libro —y de hecho yo lo entiendo así, aunque sea una cosa irrelevante por personal— como la historia de un niño que se reconcilia con su padre, como yo me he tenido que reconciliar con el mío que también tenía sus luces y sus sombras. A medida que me voy haciendo viejo y acercando a los cuarenta, me doy cuenta de que me parezco mucho más a él de lo que yo pensaba y quizás de lo que me gustaría. Que es lo mismo que le pasa a Sebastián. Pero para hablar de esto, a mí me hace falta una persecución por la calle Sacramento, que es la calle más larga de Cádiz, donde un carruaje se convierte en motocicleta steampunk y sale volando por ahí, porque si no es que me aburro. Porque he nacido y crecido en una época donde he mamado todas esas cosas. Alguien dijo que tenemos dos tipos de influencias: las que uno tiene y las que uno padece. Las que eliges conscientemente y las que simplemente están metidas en tu cabeza. Y yo necesito eso: niños aventureros enfrentándose a monstruos. Y después ya hablaré de lo que sea, pero esa parte lúdica no me dan ganas de rechazarla.

Como Stephen King para hablar de los miedos de la paternidad necesita un antiguo cementerio indio.

Correcto. Como a Stephen King, para hablar de la imaginación de un niño y de la nostalgia de dejar atrás la infancia, le hace falta un payaso que se convierte en araña extradimensional.

Ya que hablamos de King: tú, dices, escribes al contrario que él, con mapa. Él recomienda hacerlo con brújula.

Yo antes rompía el mapa, tiraba la brújula a la basura y empezaba a escribir. Ahora me voy acercando más al mapa, pero no exactamente. A medida que van pasando las novelas, sí que me digo «vamos a intentar controlar esto un poquito más», tener por lo menos claro dónde va el primer punto de giro, dónde debería ir el segundo… Y después ya, lo dejo volar. Si supiera todo lo que va a pasar en la novela sería muy aburrido.

Hablemos de Pronto será de noche: qué película más cabrona tiene ese libro.

Pues se quiso hacer una este año, pero no ha salido.

¿Y crees la televisión española se atrevería a respetarte ese final?

Si quieren vender, no.

Pero te lo coge por ejemplo la HBO y te hace una miniserie tremenda.

¿Sabes lo que me pasó con Sofía Rhei un día que estábamos dando una vuelta por Barcelona? Me dijo, cerca de Gigamesh: «Mira a esa gente». Había dos chavales en una esquina, que se daban codazos y nos señalaban. «Si fuéramos del Reino Unido seríamos estrellas, Jesús». Y es verdad que tenemos nuestros minifans, pero si hubiéramos nacido en Estados Unidos o en Reino Unido ya habría miniserie de la HBO. Vamos en ese camino pero todavía no hemos llegado.

Pueden hacerse las cosas con cierto estilo anglosajón conservando ese punto cañí, de, por ejemplo, el toro de Osborne de tu portada.

Sí, se va haciendo. Es parte de la evolución, tienes que asentarte y luego ya arriesgarte a hacer cosas nuevas. Y te voy a hacer un paralelismo muy chusco: a Marvel le ha pasado lo mismo, con las cosas conservadoras y formulaicas. De repente empezó a sacar Deadpool, Logan… Cositas un poquito distintas. Pero tienes que sacar primero lo otro, las cosas que te asienten y te den un marchamo de calidad. Y pasta. Así que a lo mejor dentro de diez años… Que igual me doy un palo, ¿eh? Porque con Pronto será de noche me escribieron en febrero, pero ofrecían muy poca pasta, y mi agente me dijo que precio bajo es valor bajo. Así que dijimos que no. Para que te traten como un profesional tienes que comportarte como un profesional. Y eso no es decir «sí, toma, por cero euros».

Aunque al principio sí lo hacías así.

Sí, claro, con veintisiete años y con publicar como un sueño ahí arriba, el objetivo era publicar. Cuando ya conseguí publicar, un pasito más para adelante. Con eso se enfada conmigo mucha gente, porque me piden que colabore en antologías, y pregunto «y de aquí pasta ¿qué?». Y me dicen que no, se enfadan conmigo. Al que viene a arreglar el váter no le digo «no, no, yo es que tengo muchos seguidores en Twitter, voy a poner una foto del váter cuando me lo arregles y eso te va a reportar un nombre y seguramente te llamen de otros proyectos». Le digo eso y me pone la nariz como el pato Lucas, con razón. Puede haber excepciones, claro que sí. Lo hago en casos muy selectos. Lo hice con Guillem López, y por él sí.

¿Qué tuvo que ver el huracán Katrina con Pronto será de noche?

Fue el germen de la idea. En el verano de 2009 ya vivía en Berlín, y estuve participando en un proyecto de una ONG que recolectaba fondos para el Katrina. Vino una banda de Nueva Orleans y estuvieron allí tocando y tal. Pusieron un documental sobre lo que había ocurrido, con las imágenes de las evacuaciones de la ciudad y los kilómetros y kilómetros de coches huyendo de aquello. Y yo pensaba «para esta gente, esto es el fin del mundo», incluso si has podido escapar. Y después se me ocurrió una cosa, que me suelo preguntar mucho porque estoy enfermo, y es ¿qué pasaría si matan ahí, ene se atasco, a alguien? ¿Cuánto va a durar eso? Si aparece un tío muerto ahí, ¿qué pasa? Y empecé a darle vueltas y cuatro años después comencé a escribirla.

Hubo un testimonio concreto que te impactó especialmente, ¿no?

Sí, de alguien que se había escondido en el aseo de un estadio, y escuchó cómo violaban a alguien fuera. Y no se atrevió a salir. Es el rollo de que se borra cualquier clase de pacto social y se convierte en el sálvese quien pueda. ¿Qué pasa ahí? Eso es lo interesante. Porque al fin y al cabo me interesa el fin del mundo como metáfora de la muerte, de qué haces tú si te dicen «te vas a morir mañana». ¿Por qué matar a alguien si mañana nos vamos a morir todos? ¿Por qué buscas al asesino si mañana nos vamos a morir todos? ¿Qué vas a hacer con el día épico que te queda? Es lo que se dice en la novela: ahora es ahora, o nunca. ¿Nunca has querido saber qué se siente cuándo le metes una puñalada a alguien? No te van a meter en la cárcel.

¿Crees que todos queremos saberlo?

No, pero a raíz de ahí sí me ha servido a mí personalmente de reflexión: cuando me muera me morí. Me puedo pasar un tercio de mi vida metido en una oficina o pasándola putas para llegar a fin de mes pero haciendo lo que quiero.

No sé si fue con Pronto será de noche, pero en algún momento has dicho que, en el fondo, en el género todos tratáis de hacer lo mismo: reescribir Diez Negritos.

Sí, entre Diez Negritos y El misterio del cuarto amarillo de Gastón Leroux. Por eso el coche en el que aparece el tipo muerto es amarillo, es un homenaje. Pensaba sobre eso hace poco, cuando fui a un espectáculo de flamenco en Berlín, de una tía que se llama Rocío Molina. Es flamenco vanguardista, donde mezcla momentos muy de vanguardia con el clásico, y yo pensaba: cada vanguardista bebe de una tradición, ya sea para follársela o para respetarla. Esto es lo mismo, si vas a hacer una historia de detectives, por lo menos conoce o respeta de dónde vienen. Eso es lo que he intentado también con Las tres muertes de Fermín Salvochea: folletín pero con mi condimento.

Folletín, ficción histórica, pulp, fantasía, Buffy cazavampiros…

De todo, de todo. Es que a mí me gusta la tortilla, pero no me gusta la tortilla todos los días. Me gusta el cocido, y el bratwurst y todo junto.

Has vivido en trece ciudades, de doce países y tres continentes. Toma ya. ¿Volverás?

Me encantaría, pero ¿cómo, cuándo y en qué condiciones? Ahora me dedico solo a escribir porque en Berlín siendo escritor pagas muy poquito de impuestos y puedes sobrevivir. Si no, no. A mí Berlín me suda la polla, me da igual. Estoy allí porque mi mujer es de allí. Me fui un verano, como muchos españoles, y lo flipé porque la ciudad en verano es una pasada. Treinta y cinco grados, todo el mundo en la calle y de buen humor… Y me fui a vivir un tiempo. Cuando te cuelas a menos veinticinco grados en invierno y todo el mundo te ladra, ya dices: me cago en la leche. La falta de sol te agria el carácter, ¡con lo dulce que yo soy! Mi mujer me lo dice, que me vaya una semana a España y vuelva normal.

¿Te consideras expatriado?

La putada de vivir fuera es que ya no vives en ningún sitio. Ya no eres de España y no eres de Berlín, y hay cosas que no soportas de ambas en diferentes aspectos. Tu casa está donde están tus amigos y tu familia, mi casa está donde me pueda poner en un salón a escribir como un imbécil. Es la consecuencia de las decisiones que has tomado, y yo pienso que si me muero mañana por lo menos en los últimos años me habré estado dedicando a lo que he querido.

 

Durante un tiempo decías que no querías tomarte la escritura como profesión.

Sí, pero sobre todo a raíz de Vis a Vis vi que se podía hacer, me he buscado las vueltas para conseguirlo y la verdad es que coger el metro a las siete de la mañana es un coñazo. Ser pobre es una mierda, ¿eh? Yo me sigo levantando temprano, pero ya para trabajar en mi casa.

La libertad es, si no no tener que trabajar, al menos trabajar en pijama.

Sí, es cierto, es la pura calidad de vida. Es un tópico pero es así. Yo gano poca pasta pero vivo de putísima madre, porque estoy tranquilo en mi casa o en la cafetería, escribiendo mis historias y mis mierdas y ya está.

¿Cómo llegó lo de Vis a Vis?

Pues llovió del cielo directamente. Se leyeron Los hombres muertos y les gustó un montón y me contactaron para la segunda temporada.

Imagino que no, pero ¿no tendrías tú algo que ver con que las presas de la serie fueran absolutamente todo el rato empitonadas? De una manera casi monstruosa.

[Risas] No, no, qué va. Yo trabajaba desde Berlín y tenía poco contacto con producción. Pero sí, era una cárcel con el aire acondicionado fortísimo [Risas]. Aunque yo creo que eso era buscado, ¿eh?

No, qué va… Quizás tenían un empitonador.

[Risas] Hace muchos años se rodó en Cádiz una peli de James Bond, la que sale Halle Berry con el bañador naranja del agua. Y ahí sí que había un desempitonador, un tío que llegaba con dos bolsas de agua caliente cada vez que decían «¡Corten!» y ella se las ponía. Cuando veas esa escena, que sepas que si la cámara hubiera mirado para el otro lado habrían salido un montón de estudiantes universitarios, yo entre ellos, asomados a la balaustrada de la playa para verla en bañador. La magia del cine.

¿Están mejor los escritores que los guionistas? En consideración, condiciones, futuro…

¡Los guionistas están mejor que los escritores! Los guionistas ganan dinero, se puede vivir muy bien.

¿En España no tenemos aún pendiente un reconocimiento mayor de los guionistas?

Sí, vale, pero si te digo la verdad yo no quiero pasar a la posteridad, yo quiero llegar a fin de mes. Te cambio el día 1 por la eternidad. Un escritor gana muy poco dinero, pero un guionista que tenga suerte tiene posibilidades de vivir muy bien. Es verdad que da rabia que te metan por la parte de atrás en los Goya, o que no entres o lo que sea. En reconocimiento hay mucho que trabajar, pero se vive bien. 2015 lo he vivido entero con lo que gané en los siete meses que estuve trabajando en Vis a Vis. Si lo miras desde arriba, de «yo quiero estar en la gala de los Goya en primera fila» pues vale, pero si lo miras desde abajo, desde alguien a quien le ofrecen muy poquita pasta por una novela a la que ha dedicado un año… Pues, hostia. En España hay una evolución también en la consideración de los guionistas, y poquito a poquito se va a avanzando. Ahora están Álex Pina, Javier Olivares… y eso hace diez años, nada. A ver qué pasa dentro de otros diez, porque de momento están haciendo productos muy dignos a los que la gente está respondiendo.

¿Te ves guionizando algo que tenga que ver más con tu género?

Lo único que no haría es guionizar mis propias novelas. Tengo demasiado respeto por ellas y quiero que lo hagan bien. Yo no creo que tenga la capacidad para hacerlo bien. Me vas a perdonar que no tenga abuela, pero soy bueno escribiendo, mientras que haciendo guiones tengo mucho que aprender todavía. Aprendí mucho haciendo Vis a Vis, pero son años escribiendo prosa y meses escribiendo audiovisual, y eso se nota. Hay cosas que yo quiero expresar que no son visuales y me queman en los dedos, y hay que aprender. Es tocar el piano o la guitarra. Querría a alguien que sea un experto para adaptar mis libros. Pero vamos, que yo soy novelista. A mí se me ocurren ideas, y se me ocurren escenas para novelas. No se me ocurren cuentos. Si me lo piden, me sale. Pero a mí se me ocurren ideas de largo aliento, doscientas, trescientas páginas. ¿Por qué? Pues no sé cómo me funciona el cerebro, tengo algo mal ahí.

Laura Fernández nos dijo que «el escritor de ciencia ficción es el escritor purísimo que sigue siendo como un niño».

Sí, sí tiene que ver con divertirte, es verdad. Hace dos años o así me vi un vídeo de concierto que meten a Slash y a no se quién, tíos grande de los noventas con arrugas, y estaba Prince. Y en el vídeo veías que el tipo se lo estaba pasando de puta madre, estaba jugando. Daba la espalda al público, hablaba con uno, hablaba con otro… y yo pensaba: «Claro, coño. Es que tiene que tener la sensación de que estás jugando». Es una partida de sábado con tus Masters del Universo tus GI-Joe, y tus tortugas ninja. Todo junto. Hay que ser como un niño, sí. La literatura te da muchos sinsabores y muchas dificultades para que encaje todo, porque son meses y meses de correcciones, de volver y darle vueltas al coco… Pero mientras estás ahí metido, lo estás disfrutando. Estás, como decía Ray Bradbury, escribiendo como si fueras en bicicleta, cuesta abajo y sin frenos. Abajo te espera un muro, pero antes de que llegue: disfruta.

Ray Bradbury siempre sale a colación cuando hablas de tus escritores favoritos. ¿Y una mujer ?

Probablemente Angela Carter, que me encanta. Sobre todo el acercarse a lo siniestro, el qué parte de lo cotidiano provoca terror… Y eso también pasa en Las tres muertes de Fermín Salvochea, que era el reto. Una ciudad luminosa, de la que todo el mundo piensa «playa, pescaíto frito, chirigotas», y conseguir que te dé miedo. Ambientar algo tenebroso en algo luminoso. He intentado romper con ese rollo de que Cádiz es solo vacaciones de verano, porque hay más cosas, y sobre todo, leyendas. Casi todas las que aparecen en la novela viene de una leyenda real de Cádiz: el laberinto, las cuevas de María Moco, el teatro romano, el hombre pez, la casa de los espejos…

¿Te van a incluir en el folleto de turismo de Cádiz?

Si me da pasta, estupendo [Risas.] Volvemos a la prosa, pero es verdad. Si llego al día 1 con eso, la eternidad, para otro.

Hablando de localizaciones: hablemos de esa parte del trabajo que no se ve, pero se nota. Para Los nombres muertos te hiciste un tour para buscar parajes reales para la novela.

Sí, ese año hice coincidir las vacaciones para eso. Veíamos Lisboa, y luego nos íbamos a los acantilados que iban a salir en la historia, donde Aleister Crowley y Pessoa fingieron el suicidio. Es una putada porque me eché una foto allí, junto a la placa que dice «Aquí murió Aleister Crowley» pero no sé que coño pasa con la luz que parece que me han puesto con Photoshop.

Y te fuiste hasta Providence.

Sí, me encontré la oferta de mi vida. Había un bug en la página de Expedia Australia, y cuando sacabas un vuelo Berlín-Boston te salía a ciento veintidós euros. Acababa de terminar un trabajo, pero me dio igual y me puse a poner copas todo el verano y me fui para allá. Hice kitesurf, me quedé un día en Boston, visité a un amigo en Nueva York, y el resto del tiempo, en Providence. Fui al cementerio, a la biblioteca John Hay… Me recorrí todo. Y me dejaron ver las cartas de H. P. Lovecraft, que las tenían en el sótano de la biblioteca. De hecho, el bibliotecario que sale en la novela es con el que yo hablé.

¿Y cómo te dejaron verla? ¿Le sobornaste? O porque sacaste un crítico en una tirada de Charlatanería.

Eso mismo, porque le convencí. Yo fui a tirarme el moco, porque no había publicado aún Los nombres muertos en Random House, eso era impensable. Yo había escrito una novela muy mala que se llama El baile de los secretos, había vendido doscientos ejemplares, no me habían dado un duro… Pero llegué allí y dije que era un escritor muy reputado en España y que estaba documentándome para mi siguiente novela. Primero le quise pedir bibliografía, pero empezamos a charlar y me dijo «te podría dejar ver las cartas que tenemos en la cámara de abajo, pero en teoría solo las pueden ver quienes estén haciendo un doctorado en la Universidad de Brown». Pero me dejó mirar en el catálogo de fichas —que también sale en la novela— y le seguí dando palique al tío. Le dije que era de Cádiz, y él me contó que tenía un penpal (un amigo por carta de estos que había antes de internet) de Granada. «¡GRANADA! ¡Yo he estudiado Biblioteconomía en Granada!». Al final me dijo: «Bueno venga, ponte estos guantes y esta bata y vente para abajo. Dime fechas de qué épocas quieres ver más o menos». Y allí que me sacó los archivadores donde pude ver las cartas manuscritas de Lovecraft. Momentazo. Mo-men-ta-zo. No me sirvió absolutamente para nada de la novela, pero no me digas que quitar el plastiquito y olerlo… Tenía una letra malísima.

Y tú, ¿eres de los que disfrutan más de escribir o de haber escrito?

La putada es todo lo que viene después de escribir. La putada es el baile de las editoriales, estar esperando, esperar las correcciones de tu agente, que te digan que no aquí, allí… A mí me gusta escribir. Tengo una pizarra magnética en el despacho y ahí voy apuntando el esquemita de los personajes y tal. Cuando estoy escribiendo hago un truquito, que a mí por lo menos me sirve mucho: por cada capítulo y cada epílogo, una frase. Resumir en una idea lo que quiero decir. Si no encuentro ninguna es que tiene que irse, es que no vale para nada. Cuando lo tengo todo entero, es muy fácil detectar donde falla la estructura, porque todo tiene que ser consecuencia de lo anterior.

Y para terminar. Con Valdemar debatimos largo y tendido sobre la escritura de Lovecraft. ¿Era un buen mal escritor?

Es que estas definiciones son peliagudas, porque ¿qué es un mal escritor? Lovecraft pretendía conseguir atmósferas, y él mismo decía que no sabía escribir cuentos. Él sabía reproducir atmósferas que provocasen una reacción en el lector. Cuando le lees, te agobias, y él quería agobiarte. Por lo tanto es un buen escritor porque conseguía lo que quería. Y por ejemplo, Ray Bradbury es mi escritor favorito porque con él entendí que ni mil imágenes compiten con una palabra. Pero tiene que ser la palabra justa. La correcta. Lo descubrí leyendo un cuento corto, «El sonido del trueno» —de la que después se hizo una película malísima—, el momento en el que el tiranosaurio irrumpe por fin en el cuento, el estilo te lleva a ese sentimiento de estupefacción y asombro de ver un tiranosaurio. Y el estilo hace que tú también estés viendo eso, consigue que sientas lo que sienten esos personajes cuando están viendo eso. Eso lo consigue Lovecraft también, escoge las palabras justas —que en su caso son muchas— para que algo pase en tu cabeza y no solo comprendas lo que quieres decir, sino que cause una emoción concreta. La capacidad de causar emociones —llorar, indignarte, reírte, lo que sea— en la cabeza de otra persona, a través del tiempo, del espacio, cruzando solo palabras, es lo más cercano que tenemos en esta mierda de mundo nuestro a la magia. Lovecraft era un mago, y además uno muy bueno. Era una persona que cien años después de muerta es capaz de hacerte sentir agobio. Jamás me van a mí a meter la idea de que era un mal escritor.


Banderas negras en la estepa

Néstor Ivánovich Majnó. (DP)

A mediados de los años treinta del siglo XX, cualquiera que terminara con sus huesos en París, una ciudad que con indiferencia recibía a toda suerte de artistas, marqueses, revolucionarios e incluso algún que otro poeta, una ciudad que los acogía a todos para que abonaran con las miserias de sus últimos días sus calles, plazas y monumentos, podría, si tuviera un cierto interés en la historia reciente de Europa y de las ideas, acercarse a tomar un kir royale o un vishniak al Club Autodidacta Judío y, a la manera de una señorona del barrio de Salamanca, pasar un par de horas observando a la concurrencia mientras intentaba localizar amenazas a la reacción. El año 1934 fue muy convulso. Y allí acurrucado, ignorado por todos salvo por un grupo de estudiantes chinos —que es posible que se hubieran equivocado de persona— y a veces por un par de caballeros de semblante huraño que bajo el epígrafe «Nombre» de sus pasaportes españoles mostraban con orgullo los apellidos Durruti y Ascaso (1), pasaba sus últimos días el más conspicuo exponente de la libertad y de la igualdad según unos, y del terrorismo y la contrarrevolución según todos los demás. Un campesino que durante dos años dirigió los destinos de gran parte de Ucrania en lo que supone el periodo más largo de la historia reciente en el que se pudo poner en práctica un modelo de sociedad anarquista.

¿Quién es este tal Néstor Ivánovich Majnó a quien con tanta veneración piden consejo los cachorros de la libertad?, podríamos preguntar sentados a una de las mesas siempre mal niveladas del club, mientras un camarero al que todos los demás llaman tovarich —y a alguien se le escapa un «¡eh, komissar!» que provoca salidas mal disimuladas por la vía de escape más cercana— entrecierra los ojos cuando escucha el adjetivo regio que le concedemos al aperitivo que hemos elegido. Finalmente nos sirve con gran pompa y aparato un kir libertarian en el que han sustituido el champán por vodka y, aunque haya tomado nota e informado a la autoridad pertinente, nos da la oportunidad de seguir con nuestras pesquisas. ¿Es aquel individuo un trabajador más, sin ni siquiera alcanzar la categoría de especialista, de la fábrica de coches vecina? Sí, ahora mismo es eso y nada más. ¿Y antes de eso? ¿Fue un dictador militar? ¿Un bandido y un contrarrevolucionario? (2) ¿Un rebelde primitivo? (3) ¿Un borracho, un azote de intelectuales, un antisemita? En resumen, ¿estamos aquí y ahora al alcance de las garras de un rojo peligroso? Al escuchar esta definición, a nuestro hombrecillo se le erizan los bigotes, se le enciende la mirada, saliva burbujas de rabia y, por fin, salta con una energía vital de la que ya nadie le creía capaz al mismo tiempo que agita los puños y emite amenazas nada veladas. Porque odia a los rojos. Odia a los blancos. Odia a los zaristas, a los bolcheviques, a los mencheviques, a los socialistas revolucionarios. Odia a todos. Su color es el negro, y su bandera es negra.

La guerras civiles son difíciles de analizar. De todas ellas, la guerra civil rusa que siguió a la toma del poder por parte de los bolcheviques en octubre de 1917 es la más cruel, compleja, violenta y trascendental de la historia de la humanidad. Su influencia se puede comprender si somos conscientes de que casi todo lo que sucedió en el mundo a partir de 1920 es consecuencia directa de la victoria roja y la consolidación de la Unión Soviética. Y su brutalidad queda bien marcada en nuestras conciencias cuando, en cualquier tratado sobre el tema, leemos que no era una práctica que escandalizara a nadie el asar a los prisioneros después de una batalla. Asarlos vuelta y vuelta en parrillas especialmente modificadas para la ocasión, sin otra finalidad que fuera más allá de dar rienda suelta al más puro sadismo. Un ahorcamiento, con sus correspondientes largos minutos de pataleos y espasmos, prácticamente se consideraba un acto de piedad. Los pogromos, las matanzas de judíos, eran ejecutadas por todos los combatientes, de cualquier color, con una alegría y macabra eficiencia que solo sería superada veinte años más tarde. Los bandos se aliaban, se dividían, se fragmentaban en otras diez facciones irreconciliables por alguna oscura disputa doctrinal y, tras alguna que otra batalla decisiva, volvían a firmar un nuevo pacto en el que nadie que no fuera un bebé lactante podría confiar. En un conflicto como ese destacó Majnó.

Grupo de Combate del Ejército Negro de Majnó. (DP)

A los siete años de edad ya tenía las manos encallecidas de segar los campos y manejar el ganado de sus vecinos. Las manos cuarteadas, la espalda quebrada, la infancia consumida en trabajar el campo. En trabajar el campo de la estepa ucraniana durante la época zarista, cuando no pocos campesinos añoraban los años de esclavitud explícita. Sin mucho esfuerzo se puede comprender que al alcanzar la adolescencia se uniera a un grupo anarquista local y poco después se viera implicado en la muerte violenta de un oficial de policía. Para terminar de forjar su carácter rebelde, nada mejor que una condena a la horca finalmente conmutada por toda una vida miserable en la prisión de Butyrka, de la que solo pudo disfrutar nueve años hasta que el triunfo de la revolución de febrero de 1917 le abrió las puertas y lo devolvió a un mundo nuevo. Al volver a su pueblo natal se agenció un arma, se subió a un caballo, arengó a una docena de vecinos y todos juntos empezaron a expropiar latifundios y casas solariegas. Y, ya que estaban, a degollar a todos sus moradores. En poco tiempo formó una fuerza militar nada desdeñable que se dedicó a combatir contra todo aquel que representara alguna forma de gobierno o autoridad. Nacionalistas ucranianos (4), fuerzas de las potencias centrales que aún se arrastraban por las cuencas del Dniéster y del Don cavando las últimas trincheras de la Primera Guerra Mundial, el Ejército Rojo, el Ejército Blanco, los cosacos. Cualquiera. León Trotski lo empezó a mirar con desconfianza y a enviar a sus campamentos una larga serie de emisarios con una misión asesina tan mal disimulada que naturalmente acababan formando el ingrediente principal de un plato de fricassée bolchévique al que más tarde, en algún comité de campesinos libres convocado a tal efecto, se debatiría qué destino darle.

Mientras las cosas le fueron relativamente bien, con todos sus enemigos matándose entre sí y él disfrutando de un breve periodo de alianza con los bolcheviques, Majnó se esforzó en poner en práctica los principios de la teoría anarquista. El primer obstáculo obvio que se encuentra cualquier revolucionario de esta ideología es darle forma a un gobierno que reniegue de cualquier forma de gobierno. No es cuestión baladí, y solo aquellas cabezas con una capacidad craneal lo suficientemente grande como para dar cabida a un cerebro privilegiado, solo cabezas grandes como submarinos nucleares, son capaces de hallar una solución aceptable a semejante dilema. Majnó aplicó el principio de apoyo mutuo de Koprotkin y el famoso y hermosísimo «cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad» en pequeñas comunidades de no más de trescientos miembros; la gran mayoría de ellos ni siquiera tenían una ligera noción de lo que representaba el anarquismo, e incluso a la primera de estas comunas se le dio el nombre de la marxista Rosa Luxemburgo. Pero mientras en las comunidades rurales no resultaba muy difícil aplicar esta forma de sociedad regida por soviets libres (5), distintas ediciones de Congresos Revolucionarios de Campesinos, Trabajadores e Insurgentes y, por supuesto, un Consejo Militar Revolucionario presidido por el mismo Majnó, en los grandes centros industriales la imposibilidad de llevar el trueque hasta sus últimas consecuencias y por tanto la necesidad de echar mano de un sistema de finanzas bastante loco en el que se reconocía como de curso legal todo tipo de papel moneda, terminó por sembrar la semilla de la duda y abrió las puertas a la entrada del enemigo. Trotski, quien manifestaba abiertamente que el anarquismo es una teoría que «se parece muchísimo a esas gabardinas que son excelentes para todo tipo de clima, excepto cuando llueve», aprovechó su oportunidad y, tras brindarle Majnó unas cuantas victorias trascendentales frente a los ejércitos blancos, comenzó una labor de acoso que terminó por expulsarlo de aquello que poco después se convertiría en la Unión Soviética.

«Muerte a todos los que se interpongan en el camino de la libertad del pueblo trabajador». (DP)

El anarquismo es poético. No hay ninguna otra ideología que nos proporcione semejante esperanza de libertad, justicia, igualdad y solidaridad. También nos ofrecía juicios sumarios y fusilamientos al amanecer y a otras horas del día, pero nada es perfecto. Y además un pelotón de mujiks ofreciendo un último cigarrillo a un príncipe con los ojos vendados y atado a un poste, un señor aceptando la muerte tal y como le viene, es pura poesía. La muerte es lírica y es anarquía. Por eso apreciamos que casi todos los biógrafos (6) de Majnó se permitan imaginar la última visión que pudo tener ya moribundo y tuberculoso, abandonado por todos, indefenso y consumido por la fiebre en una cama del Hospital Tenon de París.

Y en nuestra versión de esa alucinación postrera, Néstor Majnó está solo, en la estepa nevada, y monta un caballo alazán de cara a un sol que comienza a asomar; un sol de color cobrizo que proyecta una luz nítida como solamente lo puede ser la que proviene de los rayos que atraviesan el aire helado meciéndose sobre un campo que comienza a germinar. Ahora se dirige hacia un grupo de sus partisanos, casi todos sobre sus monturas, que lo miran con confianza, con asombro, con veneración. Algunos fuman pipas del tabaco turco que han requisado en la última mansión asaltada; un tabaco elegante, suave y refinado, y que por tanto hace posible que no se escuche una sola tos. Las manos se dirigen a las shapkas, a las gorras militares incautadas a más de cinco ejércitos enemigos, a los bastos gorros de lana de oveja caucásica; es un saludo militar que ni la más estricta doctrina anarquista ha conseguido extirpar de estos espíritus rabiosos cuando se acerca su comandante. Quizás uno de ellos sea un traidor. Pero hoy no; hoy todos se enorgullecen de esa bandera negra y la agitan y extienden sobre la sagrada tierra libre. Su lema, cosido a mano sobre la tela negra con hilos de una tonalidad aún más oscura, abarca todas las dunas de trigo que puede alcanzar la vista, y algún día llegará todavía más allá. «Muerte a todos los que se interpongan en el camino de la libertad del pueblo trabajador». Hacia ellos cabalga Néstor Majnó, hacia la negrura de esa bandera, de ese concepto, de esa vida que ahora se le acaba. Y allí, en esa oscuridad, en ese pedazo de nada, es donde por fin se encuentra con un atisbo de libertad (7).

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(1) Según nos cuentan Abel Paz en Durruti: Le peuple en armes (1972), páginas 117 a 120 y Mercier Vega en L’Increvable anarchisme (1970), página 4. No debería ser necesario resaltarlo, pero la historia del grupo de estudiantes chinos es real.

(2) La descripción de Majnó favorita de Trotski. Por ejemplo en Stalinism and bolchevism (1937). La ironía está al alcance incluso de aquellos menos interesados en la historia de la Revolución rusa. Que se le encuentre cierta gracia o no ya nos conduciría al cansino debate sobre los límites del humor.

(3) En esta categoría lo incluye implícitamente Eric Hobsbawm al reseñar sus vivencias en el libro Primitive Rebels (1959).

(4) Bajo las órdenes de Petliura, los nacionalistas ucranianos luchaban por una nación en la que las tierras propiedad de aristócratas alemanes y rusos, y los comercios regentados por judíos, pasaran a manos de la nobleza ucraniana. Su sucesor más conspicuo fue Stepan Bandera, un pájaro de mucho cuidado que durante la Segunda Guerra Mundial destacó por su excesiva tendencia a satisfacer todo tipo de necesidad que los nazis le manifestaran tener. En 1959 fue envenenado por el KGB mientras vivía en Alemania Occidental.

(5) Un soviet libre es un soviet que no admite que sus miembros pertenezcan a ningún partido político, y aunque salta a la vista que una prohibición siempre provoca espasmos en los anarquistas más puros, no es menos cierto que un partido político también produce el mismo efecto. Son esta clase de disputas las que terminan en escisiones, guerras más o menos abiertas y, tal y como hemos visto, con gran parte del paisanaje ensartado en un espeto y asándose a fuego lento.

(6) Como por ejemplo Malcom Menzies en Makhno: una epopee (1972).

(7) Néstor Ivánovich Majnó fue enterrado en el cementerio de Père Lachaise de París.


Radowitzky, el anarquista que sobrevivió a la prisión del fin del mundo

Fotografía policial de Simón Radowitzky, 1909. Foto: DP.

Las esculturas urbanas suelen contar la historia de las ciudades desde la visión de los vencedores. Las pintadas, por su parte, tratan de canalizar de forma urgente y efímera la voz de los de abajo. En ocasiones, esculturas y pintadas son la cara y la cruz de una historia que ocurrió hace mucho tiempo. Hay en una céntrica plaza de Buenos Aires, en el corazón del acomodado barrio de Recoleta, unas esculturas que de tanto en tanto alguien garabatea en su base con una expresión —«¡Simón vive!»— que desconcierta a todo aquel que no conoce el abrupto final del coronel Ramón Falcón, el hombre a quien está dedicado el monumento. El clásico símbolo anarquista —la A dentro del círculo— nos ofrece alguna pista sobre quién puede ser ese Simón al que una mano anónima ha colocado junto al grabado de quien fuera el sanguinario jefe de la policía de Buenos Aires en la turbulenta primera década del siglo pasado.

A veces, de forma más explícita, alguien se ha animado a escribir el apellido del personaje en cuestión: Radowitzky, el anarquista ruso que acabó con la vida de Falcón un día de noviembre de 1909 y pagó su intrépida acción con una de esas penas dignas de un récord Guinness: dos décadas a la sombra en la cárcel más austral del mundo, la prisión de Ushuaia, de la que salió a los cuarenta años sin haber claudicado nunca de sus principios libertarios. Mil veces borrado y otras mil veces pintarrajeado, el nombre de Simón Radowitzky resiste porfiado a una historia que lo ha querido negar durante décadas. Un cómic del ilustrador argentino Agustín Comotto155 (Nórdica, 2016)— le ha dado ahora la razón a los autores de los grafitis. Simón, el inquebrantable preso 155 de la prisión del fin del mundo, es ya un héroe vivo de la historieta.

A pocos metros de esa plaza de la Recoleta sombreada por gomeros gigantes, Ramón Falcón, preboste de la policía porteña, se traslada en su carruaje la mañana del 14 de noviembre de 1909. Lo acompaña su ayudante, Alberto Lartigau. Regresan del cementerio de la Recoleta, donde le han dado el último adiós a un comisario amigo de Falcón. Un desconocido se acerca al carruaje en la esquina de Quintana y Callao y arroja una bomba de fabricación casera. Ha consumado la venganza del movimiento obrero contra el hombre que ordenó reprimir la marcha del último Primero de Mayo dejando varios obreros muertos y heridos en las calles de la capital argentina. El joven que lanza la bomba y corre como si le persiguiera el diablo es un inmigrante ruso de dieciocho años que solo lleva un año y medio en Buenos Aires. Cercado por algunos viandantes y policías, decide pegarse un tiro en el pecho. Pero no muere. Le espera algo peor.

De ascendencia judía, Simón Radowitzky nació en 1891 en Stepanitz, un pueblito de la actual Ucrania (aunque algunas versiones fijan su nacimiento en 1889). Su activismo revolucionario comenzó en Ekaterinoslav, la ciudad adonde se mudaron sus padres y donde Simón empezaría a trabajar a la temprana edad de diez años como aprendiz en casa de un herrero. En ese ambiente fue testigo de reuniones de obreros en las que se hablaba de explotación, compromiso, solidaridad. Con apenas catorce años fue herido de bala por la policía zarista durante una manifestación de obreros. Esos primeros años de lucha social marcarían su destino, como le confesaría muchos años más tarde en México a su compañero ácrata Augustin Souchy, periodista y escritor alemán que esbozaría una semblanza de Simón en el libro Una vida por un ideal. Su progresiva implicación en las protestas sociales le valió la cárcel y una amenaza de deportación a Siberia en cuanto cumpliera los dieciséis años. Alentado por algunos compañeros, a Simón no le quedó más remedio que embarcarse en un vapor rumbo a Argentina, la tierra prodigiosa en la que estaban recalando los parias de media Europa. Pero el paraíso argentino de la prosperidad estaba vetado para los obreros. Como otros miles de inmigrantes europeos, Radowitzky encuentra en los sindicatos la tabla de salvación para integrarse en una sociedad ajena. Aprende el español leyendo La Protesta, el órgano de expresión de los anarquistas agrupados en la FORA (Federación Obrera Regional Argentina).

Para la conmemoración del Primero de Mayo de 1909 la FORA reúne a treinta mil personas en la plaza Lorea de Buenos Aires. El coronel Falcón despliega a sus gendarmes en los alrededores y sin muchos preámbulos suenan los primeros disparos de la policía. A Simón, que asiste a la marcha, se le quedarán grabadas en la retina las escenas de la represión policial. Un grupo de anarquistas prepara la venganza durante varios meses. Radowitzky es el elegido para perpetrar el ataque. Y cumple con creces la misión. El precio de su osadía es la pena de muerte pero el joven ruso eludirá el pelotón de fusilamiento gracias a un certificado de nacimiento presentado in extremis por un familiar que demuestra su minoría de edad. Nunca se sabrá a ciencia cierta quiénes ayudaron a Radowitzky a matar a Falcón. Simón nunca les delataría. Él siempre declaró que lo hizo a título personal para vengar a sus compañeros caídos el Primero de Mayo. Su resistencia a las torturas agranda su figura entre los obreros. Es el mártir de un movimiento libertario que no olvidará jamás a su héroe moral y organizará interminables y masivas campañas exigiendo su libertad.

Maté porque en la manifestación del 1.º de Mayo, el coronel Falcón, al frente de los cosacos argentinos, dirigió la masacre contra los trabajadores. Soy hijo del pueblo trabajador, hermano de los que cayeron en la lucha contra la burguesía y, como la de todos los demás, mi alma sufría por el suplicio de los que murieron aquella tarde. Realicé dicho acto solamente por creer en el advenimiento de un porvenir más libre, más bueno, para la humanidad.

Prisión de Ushuaia. Fotografía: Liam Quinn (CC).

Cerrada definitivamente en 1947, la prisión del fin del mundo es hoy una de las atracciones turísticas de Ushuaia. Un museo en el que el visitante puede acceder a las celdas de los prisioneros recreadas al mínimo detalle y participar en un recorrido teatralizado disfrazándose con un traje a rayas. Una extravagante propuesta. Pero si hubo alguna performance irrepetible por su audacia fue la que protagonizó el preso 155, Simón Radowitzky, en 1918. El anarquista ruso llevaba ya varios años soportando las torturas de sus carceleros y las condiciones climáticas extremas de Tierra de Fuego. Un día recibió un regalo especial de sus compañeros de La Protesta: un ejemplar de la Biblia. ¿Querían reconducir al libertario ruso por el camino de la fe? ¿Se había dado cuenta Simón tras casi una década encerrado de que solo la palabra de Dios podía alejarle del sendero de odio y violencia por el que había transitado en su vida? Nada de eso. El libro sagrado traía codificado el plan de fuga para liberar al «Ángel de Ushuaia», como era conocido entre los internos. Descifradas las instrucciones, Radowitzky se decide a echar por tierra la leyenda de que nadie podía escaparse de la cárcel del fin del mundo.

El 7 de noviembre de 1918 saldrá caminando del recinto embutido en un uniforme de guardiacárcel. Aunque nunca se confirmó, se sospecha que Simón contó con ayuda en el interior del presidio para consumar su huida. Cabizbajo, el fugitivo llega hasta el lugar donde le espera Apolinario Barrera, el militante de La Protesta que ha alquilado una goleta en Chile para ir en busca de su compañero. A Simón se le iluminan los ojos cuando va dejando atrás el Canal de Beagle. No lo puede creer. La libertad, a un suspiro. El Sokolo, la barquita alquilada por Barrera, surca durante cuatro días los canales de Tierra de Fuego y se adentra en el estrecho de Magallanes. Al quinto día, los dos marineros de la goleta divisan una embarcación sospechosa. Alertado por las autoridades argentinas, un barco de la Armada chilena, el Yáñez, va directo a su encuentro. Simón no se lo piensa dos veces. El preso 155 se lanza a las frías aguas del estrecho, alcanza la orilla en la península chilena de Brunswick y corre desesperadamente entre el bosque de lengas en dirección a Punta Arenas, donde le espera una casa de seguridad a la que nunca llegará. Será apresado enseguida y reenviado por la policía chilena al infierno de Ushuaia. Allí purgará otros doce años con castigos corporales y psicológicos. Los dos primeros años después de la fuga los pasará en una celda de castigo, a media ración. Aislado, humillado, enfermo. De sus cartas desde prisión, sin embargo, sus amigos y compañeros perciben la entereza de un hombre que sigue en pie.

Tengo bastante valor, aunque estoy flaco de cuerpo, para soportar esta reclusión y la que venga tras ella. Muchas veces he pensado acabar de una vez, en vista del fracaso de mi fuga y de los malos tratos; es decir, hacerme matar o seguir el ejemplo del 122. ¿Sabes por qué no lo hago? Para que no gocen mis verdugos… (…) Pronto hará once años que estoy en el presidio y te puedo asegurar que no tengo el menor remordimiento; jamás hice ningún mal conscientemente a nadie. Siempre he velado, mejor dicho, cuidado, de la dignidad que debe ser norma de los anarquistas, y respecto a mi proceder con los compañeros del presidio jamás un anarquista podrá avergonzarse.

La frustrada fuga por el estrecho de Magallanes no fue el único intento de liberar a Radowitzky que idearon los anarquistas argentinos. Según la biografía de Radowitzky escrita por el periodista argentino Alejandro Martí, en 1924 un reconocido militante ácrata, Miguel Arcángel Roscigna, logró un puesto como guardiacárceles en el penal de Ushuaia con el propósito de poner fin al cautiverio del activista ruso. La estrategia estaba pensada para que salieran tres presos. Pero Radowitzky se negó. El plan, a su juicio, debería incluir a todos los prisioneros políticos del penal. El compañero «carcelero» trató de convencerle de la imposibilidad de liberar a todos pero Simón no dio su brazo a torcer y el plan no se ejecutó. La suerte de Radowitzky estaba echada.

Fue esa resistencia del anarquista ruso a la adversidad la que, entre otras razones, llevó a Agustín Comotto, ilustrador argentino afincado en Barcelona, a aproximarse a la figura de Radowitzky: «Simón logra sobrevivir a pesar de las torturas, el frío, el hambre, una fuga que fracasa, los castigos…». Un personaje singular. Simón es el hombre que al matar a Falcón —reflexiona Comotto— no está atentando simplemente contra un jefe policial sin escrúpulos. Está lanzando una bomba al corazón de un Estado represivo que nace manchado con la sangre de la Campaña del Desierto, de la que Falcón fue uno de sus más notorios carniceros. Radowitzky nunca fue amigo de las armas. Alguien definió su acción como un «vómito social» contra el sistema.

«El personaje de Simón tenía muchas capas más allá de su acción anarquista», explica Comotto, que dedicó seis años a documentarse sobre la vida de Radowitzky rastreando archivos en Argentina, México y Holanda y entrevistando a todo aquel que podía ofrecerle alguna información para el libro gráfico que acaba de publicar en España. Una vida salpicada de agujeros negros, pasajes nebulosos sobre los que las fuentes no se ponen de acuerdo. Comotto rescata también la imagen del hombre que huye del culto a la personalidad pese a que se había convertido en todo un mito: «Había obreros que tenían su estampita y lo llamaban el mártir o el Ángel de Ushuaia». Toda una paradoja dentro de un movimiento libertario que suele recelar de todo lo que huela a idolatría.

Simón Radowitzky sale en libertad en 1930 tras haber estado preso veintiún años. Foto: Diario Clarín (DP).

El 22 de abril de 1930 Simón Radowitzky se viste con las mejores galas. Ha llegado, por fin, el día de su liberación. Enfermo de tuberculosis, flaco como un alfiler, abandona la prisión del fin del mundo. Los anarquistas le han hecho llegar un traje cruzado y un sombrero Orion. Parece un dandy. Para los ácratas de medio mundo es un ejemplo a seguir. Gracias en parte a las gestiones de la poetisa Salvadora Medina Onrubia, esposa del director del diario Crítica, Natalio Botana, el Gobierno de Hipólito Yrigoyen le ha otorgado una amnistía. Salvadora, a quien Simón llama «hermanita» en sus cartas, ha sido su ángel de la guarda durante las dos décadas que ha pasado en prisión. No solo ha participado activamente en las campañas para su liberación. También financió la fallida fuga por el Canal de Beagle. La gratitud del anarquista ruso será eterna. Según el historiador ácrata Osvaldo Bayer (La Patagonia rebelde, Los anarquistas expropiadores), la liberación de Radowitzky fue fruto más que nada de una negociación política entre la dirigencia anarquista y el Gobierno de Yrigoyen, necesitado de paz social. Pero el hábil político radical se guardó un as bajo la manga para no incomodar a los sectores más conservadores. Radowitzky quedaría en libertad, sí. Pero no en Argentina. Sería deportado a Uruguay.

Veintiún años han pasado desde que Simón lanzó esa bombita casera que mató a Falcón y a su ayudante. El mundo es un hervidero social. Y Simón sigue fiel a la causa. Ha entregado toda su juventud a esa lucha revolucionaria de la que nunca ha renegado. ¿Y ahora? Tras una estancia de varios años en Montevideo, Radowitzky viaja en mayo de 1937, en plena Guerra Civil, a la capital del anarquismo mundial: Barcelona. Los milicianos de la CNT/FAI se baten en todos los frentes: contra el fascismo y contra el auge del comunismo en el seno del bando republicano. Radowitzky solicita ir al frente de Aragón, donde se baten el cobre las antiguas columnas ácratas. Pero los jefes de la CNT son precavidos. Bajo ninguna circunstancia pueden poner en riesgo la vida de un mito viviente del movimiento como Simón. Ya habían perdido en el frente de Madrid a su faro, Buenaventura Durruti, en aquel corto verano de la anarquía. Lo encuadrarán en la 28.ª División de Gregorio Jover, uno de Los Solidarios que anduvo en Argentina junto a Durruti y Ascaso en los años veinte. Radowitzky realizará funciones de enlace durante un tiempo hasta que la cúpula anarquista decide replegarlo a la oficina de Propaganda Exterior. En el libro de Augustin Souchy, la dirigente anarcosindicalista Federica Montseny habla así del paso de Radowitzky por la Revolución española:

No era orador ni escritor. Era un hombre inteligente, dotado de criterio propio, que atesoraba un profundo buen sentido. Era un hombre tan rico espiritualmente que, en lugar de restar a los demás, les enriquecía constantemente con la proyección propia. (…) Asistía a nuestros «plenos», siempre callado, siempre observando. Y nunca decía nada. Pero algunas veces, encontrándole en la Secretaría de Cultura y Propaganda (…) hablábamos. Yo le preguntaba. Y Simón me contestaba. Su juicio claro, lúcido, unía a la discreción una profunda conciencia de los problemas, de las posibilidades y de las imposibilidades. Recuerdo que pasé horas escuchándole, sin interrumpirle, dejándole manifestarse con su voz lenta, arrastrando las sílabas, buscando a veces las palabras que expresasen mejor su pensamiento sin herir a nadie.

La derrota de los republicanos en la Guerra Civil obliga a Radowitzky a buscar un nuevo refugio. Antes de abandonar España, el líder de la CNT, Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, le encarga una misión delicada. Será uno de los encargados de trasladar el ingente y valioso archivo de la CNT a Ámsterdam, la ciudad elegida por los anarcosindicalistas para poner sus documentos a salvo del franquismo. Simón correrá después una suerte similar a la de otros miles de exiliados. Sobrevivirá un tiempo en el campo de refugiados de Saint Cyprien y después viajará a México, donde vivirá hasta su muerte en 1956 bajo el nombre de Raúl Gómez Saavedra, un alias que le permitirá pasar desapercibido.

En Ciudad de México mantiene su relación con los grupos anarcosindicalistas y no es ajeno a las continuas rencillas entre las distintas facciones republicanas. Vivía casi del aire y rodeado de pájaros en un cuartito alquilado en la azotea de un edificio. Algunos compañeros y amigos, como Ricardo Mestre (fundador de una impresionante biblioteca ácrata en el D. F. y fallecido en 1997), le ayudaban en el día a día. «Para algunos era casi un místico; un personaje taciturno, silencioso», recuerda Comotto de sus conversaciones con aquellos que trataron a Simón o supieron de sus andanzas en México.

En México su vida transcurre a medio gas. Los veintiún años que pasó en prisión le habían pasado factura. Del periodo carcelario le quedó una tuberculosis de la que nunca se recuperó. Su muerte por un paro cardiaco conmocionó a sus compañeros anarquistas en las dos orillas. En su humilde cuarto —cuenta Comotto— apenas tenía pertenencias: una muda y una estampita de Kropotkin firmada de puño y letra por el príncipe de la acracia rusa. El santo laico de Ushuaia se había quebrado definitivamente. Comenzaba la leyenda del preso 155. Una leyenda subterránea que sale a flote de tanto en tanto. Cuando un brillante historietista le rinde un homenaje. O cuando alguien, bajo la luz de la luna, garabatea su nombre en una escultura de la Recoleta. No hay duda: ¡Simón vive!


Santos Juliá: «El PSOE pasa por los momentos más bajos de su historia»

Fotografía: Javier Valeiro

Al historiador, en el despacho, se le reconoce por un atributo propio: las pilas de libros. Son ese rasgo característico, los árboles, del bosque de papel en el que se envuelve el logógrafo avezado. Santos Juliá (Ferrol, 1940) ha realizado muchos periplos entre la foresta de hojarasca siendo, así, reputado biógrafo de Manuel Azaña, notable historiador del socialismo español y reconocido sociólogo del Madrid reciente. Animado con una discusión sobre las bibliotecas, donde se queja de la «poca luz» que entra en los modernos edificios, nos recibió en su iluminado despacho sito en la laberíntica Ciudad Universitaria.

Naces en Ferrol, en 1940, pero cursas el bachiller en Sevilla, ¿A qué se debió este cambio familiar? 

Mi padre era de la armada, capitán de máquinas, y participó en una operación que venía de una orden del Gobierno legítimo, de la República. Esta consistía en dar agua a un buque, el cual estaba en dique, y al terminar la guerra lo echaron, lo retiraron, de la marina. Y luego hubo de buscarse la vida. Fuimos a Sevilla, después de cinco años. Mi familia y yo —nací en el 40 primero nos establecimos en Vigo y vivimos allí como tres o cuatro años. Yo llegué a esa ciudad, a Sevilla, con seis años justos en 1946. Mi madre decía «qué calor… qué calor…» (risas).

En Sevilla conoces a un personaje fascinante y relativamente heterodoxo como es Ramón Carande, biógrafo de los banqueros de Carlos V. ¿Cómo acabó en el mundo franquista alguien en origen republicano?

Él ha dado explicaciones de su trayectoria. Era claramente alguien muy unido al mundo de valores de la Institución Libre de Enseñanza. Había pasado por Alemania, por una educación germana, y en su biografía política, siendo rector, evita a la policía de Primo de Rivera entrar en la universidad de Sevilla. Como muchos catedráticos de su tiempo perdió sus archivos, estaba trabajando en los Trastámara, y acabó en las finanzas de Carlos V. Cuando triunfan los franquistas no lo persiguen como lo hicieron con otros, pero pasa al anonimato. Lo depuran, lo echan de la universidad, y probablemente los que le rodean y le quieren le dicen que colabore. Pedro Camero del Castillo, un falangista, le dice que como protección se deje nombrar para un cargo y publique un artículo en la revista de estudios políticos.

Él se retira, conserva su finca en Cáceres, y se mete en el archivo de Simancas. Pasa años en ese archivo y pergeña Carlos V y sus banqueros. Él se fascinó con el personaje, no pretendía desmitificar al emperador, y fue consecuencia de sus estudios económicos en Alemania. El libro es excepcional, yo le ayudé en la edición resumida. Me agradeció llamándome en el prólogo «desprendido auxiliar en el uso de las tijeras». Me mandó un cheque y yo se lo devolví (risas). Por eso el desprendido.

En 1945, con el indulto general, le devuelvan la cátedra de hacienda pública en Sevilla y permanece en ella hasta que se jubila. Él decía a sus amigos que llevaba sobre la espalda ese peso. Esto es, cuando a todos ellos los habían perseguido o exiliado, a él solo le expedientaron y depuraron. Nunca llamaría a don Ramón colaboracionista; quería salvar el pellejo, fue una cuestión nominal.

Llegas a Azaña a través de Carande, que te recomendó sus obras completas. ¿Cómo pudiste adquirirlas en pleno franquismo en una librería?

Don Ramón me veía como un lector marxistizado y me hizo dos recomendaciones de lectura que no olvido. Estas fueron decisivas para lo que luego he podido trabajar. Una era Max Weber, «tanto o más que a Marx», y la otra es que leyera a Manuel Azaña. «Los jóvenes de vuestra generación tienen que leer a Azaña» decía, aunque luego ya me llamó de tú. Había una librería en Sevilla que vendía de tapadillo cosas que llegaban de México…

¿Lo vendían en una especie de altillo? 

No, hombre. Normalmente te recomendaban «vete de mi parte y dile que…». Entonces yo fui, era una librería situada cerca de la catedral (subiendo el barrio de Santa Cruz). La recuerdo perfectamente. Ahí dije «mire, que don Ramón me ha dicho que…». Entonces me compré las obras de Azaña.

Te refieres al «pasado que se corta abruptamente con la guerra» en el libro de Azaña. ¿Se rompe esa tradición liberal con la Guerra Civil?

Hay una ruptura con la tradición liberal muy fuerte. Al liberalismo se le achacan todos los males de España. El siglo XIX mejor que no hubiera existido. Esto lo repite Franco en sus discursos, que naturalmente están hechos, pero son suyos. El siglo que no es español. Es un siglo espurio: está contaminado por el liberalismo, que es el origen del socialismo, que es el origen del comunismo y de todos los males de España…

Es una tradición de casi ciento veinte años que se purga culturalmente en España y que no se recupera en la democracia apenas.

En el libro Historias de las dos Españas, en un capítulo, hablo de cómo los intelectuales de finales de los cincuenta e inicios de los sesenta que se llaman demócratas no vienen de una tradición liberal. Nosotros nos hemos hecho demócratas sin haber sido liberales. Existe, también, otra tradición de un liberalismo tapado, resistente, etc. Pero el liberalismo en el momento en que es o forma parte de un pensamiento debe tener una teoría del Estado o no hay liberalismo. Y los liberales que pasaron por la guerra, la represión posterior y vivieron como resistentes silenciosos les faltó esto. Se les hundió la República, se pensó que el liberalismo había llevado al caos. Aunque por su talante no eran fascistas, no eran totalitarios. Hay un hueco, una falla…

Otros evolucionan: Serrano Suñer comienza en el partido de Maura para acabar en una especie de fascismo.

En una especie no, ¡en un fascismo de hoz y coz! (risas). Es un conservadurismo católico en origen.

Vamos con Azaña, del que fuiste biógrafo fundamental. ¿Es el fracaso político de este una consecuencia social o fue fruto de sus propias decisiones?

¡Niego la mayor! (risas)

Entonces…

Yo no tendría a Azaña como un fracasado. Creo que la República que se construye en 1931 es un sistema que pudo haber tenido una trayectoria que habría consolidado para siempre una democracia en España. No creo que el hecho que haya una guerra, que esta destruyó a la República, pueda ser cargado a la espalda de Azaña.

Pero él no dejó de ser ortodoxo, lo que produjo grandes tensiones y evitó el pacto. Afirma «España ha dejado de ser católica» en 1931 y, al poco tiempo, (apenas tres años) la CEDA —partido confesional— pasó a ser mayoría…

El cargar sobre cuestiones de carácter… Azaña era un dulce para todos aquellos que cargaban sobre esto, era un bocado de cardenal. Se llamaba a Azaña «el reprimido», «el frustrado», el que tuvo una carrera «a la medida de…» y se explica por ahí las decisiones que toma.

Azaña toma dos decisiones políticas que impiden que el Gobierno de la República caiga. La primera es encontrar un punto de confluencia para resolver la llamada «cuestión religiosa» y de ahí su gran discurso en el que dice a los socialistas «si ustedes quieren gobernar con la enmienda que han planteado, si quieren que este Gobierno continúe, es preciso tomar en cuenta la realidad de la gran presencia que ha tenido en la historia de España la Iglesia católica en la educación». Era una enmienda sobre la disolución de todas las órdenes religiosas y nacionalización de todas las propiedades de la Iglesia.

Azaña tiene esa frase, «España ha dejado de ser…», que es un inciso dentro de un razonamiento en la cual establece que la Iglesia ya no es la institución que determina la cultura española. Se debe buscar, entonces, un lugar en la nueva forma del Estado.

Aunque Azaña es más moderado que los socialistas, evidentemente, Alcalá-Zamora llegó a decir que esa constitución laica de la República invitaba «a la guerra civil» por la España conservadora.

Lo dijo mientras la guerra civil ya estaba en activo. Él fue presidente de la República con esa constitución.

Él la quiso reformar en el sentido conservador y ampliar el ámbito social del Estado.

Él era presidente de ese gobierno, Alcalá-Zamora, y alguna responsabilidad tiene. Yo creo que hay un error del Gobierno de coalición republicano-socialista. El error no fue que hicieran la reforma militar, la constitución tal como la hicieron, la reforma de la propiedad de la tierra, la territorial (con estatutos de autonomía), etc. Es decir, no hay ningún aspecto de la vida española que no se toque y se hace en un lapso de tiempo muy concentrado. En un año: ¡ese es el error!

Quiere transformar de arriba abajo leyes de matrimonio, sistema fiscal, estatutos de autonomía, Iglesia, militares, terratenientes, medidas sociales… Todo concentrado en un año. Ningún aspecto de la vida deja de tocarse, incluso los cementerios, con lo cual una buena parte de la sociedad española debía sentirse amenazada o atacada. Y también le falta disponer de instrumentos necesarios para enfrentarse a los obstáculos que esas reformas iban a encontrar. Ese es el error del primer Gobierno de la República, en eso estoy de acuerdo.

¿Es eso atribuible a Manuel Azaña? Así, así. En ese Gobierno estaban los socialistas —para quienes la República era la estación de paso a mayores conquistas, los radical-socialistas, los nacionalistas catalanes y los republicanos de izquierda o centro-izquierda. Era una coalición frágil ya que cada uno tenía su programa de gobierno… y Azaña la mantiene en pie dos años.

Esa frase de Emilio Castelar: «Las coaliciones son siempre muy pujantes para derribar, pero siempre impotentes para crear».

Bueno, depende de los coaligados: hay algunas que han funcionado bien. No soy tan determinista. Hay coaliciones que pueden dar buen pie y esta de la República pudo haberlo dado. La reacción de los que se sintieron ofendidos o atacados tampoco se pudo consolidar. Hay muchas Repúblicas… hay dos años… luego otros dos años y…

Eso es interesante: cada Gobierno legisla en contra del anterior. Hay muy poca estabilidad institucional.

El Código Civil se mantiene, pero hay un cambio profundo de constitución respecto a las anteriores. Un cambio radical. Tiene en cuenta las constituciones europeas del tiempo.

«República de trabajadores de toda clase» no es algo que venga de la tradición liberal, es producto de esos años.

Bueno, antes está «el pueblo español». Pero claro que hay una influencia de fuera. Se sitúa en una tradición, pero innova también. La veo más como la constitución española de la posguerra mundial: está más cerca de las constituciones de Alemania o países latinoamericanos. Nuestros constitucionalistas habían estado muy al tanto de esas constituciones. Era reformable en apenas cinco años y no necesitaba mucho para hacerlo. Pertenece a la familia de las rígidas, claro, pero no es tan rígida como la del 78.

Josep Pla afirmó que la República nunca pasó de «discusión del Ateneo», de su fase legislativa, en sus libros sobre el periodo.

De haberse quedado en la fase legislativa, no habría habido reforma militar. Ese de Pla es un discurso que no está a la altura de las magníficas crónicas del escritor catalán (risas). Es un recurso literario. Las leyes se pusieron en marcha, algunas funcionaron (la reforma militar es efectiva —lo reconoció el propio Franco) y algunas otras como las civiles también (el derecho de las mujeres, el divorcio, etc.) Funcionaron también otras leyes, como la de Estatuto de Autonomía de Cataluña (los catalanes que proclamaron la república catalana entraron por la propuesta estatal) y la de reforma agraria, que creo comenzó a aplicarse de manera tímida y muy lenta.

Hay una forma de resolver las cuestiones duras, que han creado conflictos, diciendo que si tal o que si cual. No venían tantos del Ateneo: los diputados que eran madrileños y socialistas eran así así con esa institución (risas). Está mucho más en la complejidad del sistema de partidos que se creó, en la incapacidad que tuvo la coalición de radicales con la CEDA para tomar lo que tenían entre manos. En lugar de empezar de discutir entre ellos, podrían gobernar. Las continuas crisis de gobierno no son del periodo inicial.

Las crisis republicanas vienen del bienio derechista.

Son CEDA-Radicales. Eran opuestos ideológicamente, pero se supone que el mundo empresarial y patriarcal estaba detrás de los dos. Y sobre todo lo que estaba entre los dos es su oposición a los anteriores. Cada uno con su proyecto y su propósito, pero la media de los gobiernos es de tres meses. Con esos pocos meses, con continuas crisis, hay una debilidad institucional. Entonces bueno, cuando uno se acerca a la realidad social deja esas explicaciones… «como eran del Ateneo…» (risas)

¿Por qué se llevaba tan mal Azaña con otros políticos como Lerroux o Alcalá-Zamora? Lerroux estaba más cercano a sus ideas que gran parte del PSOE.

Alejando Lerroux y Azaña se llevaron bien un tiempo. En la alianza republicana, ya en 1926, y que llega hasta 1931. A final de este año tienen un problema y entonces Azaña elige que los socialistas se queden en el Gobierno, mientras que Lerroux dice que la República tiene que ser republicana. Los socialistas, llegada esta, tienen que desplazarse y pasar a la oposición.

Entonces, cuando se trata de mantener el gobierno de coalición socialista-republicano, hay una diferencia radical. Azaña quiere que el Partido Radical siga porque sigue siendo un fuerte apoyo de la República hasta la aprobación de la constitución. Interpreta el pacto de San Sebastián bajo este principio. Lerroux se niega a seguir en el Gobierno y pasa a la oposición. Tiene, entonces, a Azaña como un advenedizo al republicanismo. El político de Alcalá, en fin, ha llegado al republicanismo en el año 1925, mientras que él es un republicano histórico. ¿Cómo va a ser Azaña presidente de un Gobierno?

¿De dónde viene, ahora, su enemistad con Alcalá-Zamora? Quizá lo ve como parte de ese viejo mundo de la Restauración de políticos maniobreros.

No, no creo. La relación de estos dos venía de lejos: coincidieron con apenas veinte años en el despacho de un abogado célebre. Desde luego, hay una cuestión de estilo de gobierno, de manera de entender la República, que se traducía en la misma oratoria de cada uno. Alcalá-Zamora tenía una construcción muy barroca.

Es un epígono tardío de Castelar.

Exactamente. Sus discursos tienen una construcción gramatical de un hombre muy ducho en la materia. En la República ya no había ese tipo de oradores… Melquiades Álvarez era ya un gran orador moderno. Pero, volviendo a la disputa entre los dos, la constitución republicana no era presidencialista, sino semipresidencialista.

Le dejaba, así, un margen de maniobra importante al presidente de la República, el cual podía retirar la confianza al presidente del Gobierno y disolver las Cortes. Es verdad que eran dos veces y la segunda tenía que dar cuenta al Congreso. Esto le daba a Alcalá-Zamora una cierta capacidad de borboneo, como se decía entonces.

Esas disoluciones, ese borboneo, le cuestan el puesto.

Claro, había disuelto por dos veces las Cortes y en la segunda la mayoría parlamentaria lo echa.

Lo interesante es que esas Cortes, las que le cesan, habían nacido de una disolución del Congreso por parte de Alcalá-Zamora… ¡Las disolvió para que le echaran sin darse cuenta! En cierto sentido, se deslegitimaban.

No creo que lo hagan: actuaron de acuerdo con la ley. Ellos someten a discusión este cese y Alcalá-Zamora no tuvo ni el voto favorable de la CEDA, ni de los radicales (que eran los más injuriados). Él erró al no contar con la primera disolución de las Cortes, y usaba su poder como amenaza: los socialistas y los radicales le dijeron «ya no te queda ninguna posibilidad de disolvernos». Para garantizar, de hecho, que no te queda ninguna forma de disolver las Cortes te vamos a disolver nosotros (risas). Es verdad, eso sí, que la operación se cometió en el peor momento de la República. En eso estoy completamente de acuerdo.

¿Cuánto hay de espejo de Azaña en Juan Valera? Su biografía, excelente, tiene devoción por un personaje que comparte su visión cínica de España.

Azaña nunca tuvo una visión cínica.

Los diarios de Azaña no son el relato de un idealista sobre el pueblo que gobierna y tienen un posible enlace con las cartas íntimas de Valera.

Hombre, creo que hay otra afinidad que no va por ese lado entre Valera y Azaña. Primero, literaria. ¿Cuál es la literatura que más le podría gustar a Azaña? Pues, sin duda, Valera entraba ahí. Hay otra faceta, además de la literaria, que son sus críticas tanto literarias como políticas. Sus ensayos políticos y críticas literarias sin duda las conoce. Luego hay otra faceta, el político, ya que Valera fue embajador y diplomático. Creo que esa es la afinidad que más me parece en lugar de su visión del país.

La visión de Azaña de España es más profunda, y Valera puede ser más frívolo, más cínico.

Pero en el cinismo hay algo de despectivo. Valera cuando se produce la gran infección de literatura sobre la decadencia de España, todo el noventayochismo, es de los pocos que sale diciendo «¿de qué están hablando ustedes?». Tiene varios discursos, algunos en la Real Academia, que son una crítica al pesimismo del 98. Valera nunca habría dicho esa frase de Cánovas: «Son españoles los que no pueden ser otra cosa». Jamás se le hubiera ocurrido. Valera se sitúa en una tradición literaria rica, es consciente de eso, y se establece en una crítica a la política, heredera de Larra. Son esos artículos de este último sobre la incapacidad política de hacer una obra a largo plazo. «Tejer y destejer», que dice Juan Valera. «No hay leyes que den todo lo que pueden, siempre estamos tejiendo y destejiendo», afirmaba el político y escritor cordobés.

Entrando ya en el drama español contemporáneo, ¿fue la Guerra Civil inevitable? Julián Marías consideró que ningún historiador actual podía entender «los odios del tiempo».

He escrito varios artículos y algún libro intentando desmontar ese sentimiento que tuvieron muchos. El sentimiento nace de una experiencia y, por tanto, hay que tener respeto a esta. Otra cosa es cuando el sentimiento pretende sacar un argumento, que es cuando debes de tener en cuenta otra serie de elementos que están fuera de tu experiencia vital. Eso existe: durante toda la República hay muchos muertos por violencia directa, que te matan en la calle (atentados o insurrecciones). Es verdad que desde el tiempo de las elecciones hasta el golpe de Estado hay una violencia en las zonas rurales (propiedades pequeñas y medias) que tiene que ver con la ocupación de la tierra.

Ahora, otra cosa es pensar que eso no hubiera tenido otra solución distinta a una guerra civil. Ahí hay un paso no se puede dar por la mera experiencia del que vivió el periodo. ¿Qué es lo otro? Que el ejército, y dentro del ejército la fracción africanista, entiende que eso solo se puede resolver con un golpe de Estado. Este golpe ni siquiera es lo que explica la guerra: este pudo haber terminado triunfante. Siempre he procedido bajo la pregunta: ¿por qué al abrirse este tipo de dirección no se abre otra? Por otro tipo de factores en este punto.

Pero eso queda abierto: si la corporación militar entera da un golpe de Estado en la República no hay bicho que se mueva… pero el ejército estaba fragmentado. Hay muchos militares que no se adhieren a la rebelión. De hecho, los primeros muertos de la rebelión son los asesinados por sus propios compañeros.

Hay un personaje literario, admirable moralmente, que es el general Domingo Batet: murió fusilado en Burgos, en el 37, y había defendido la República de los disturbios del año 34.

Hay muchos. La rebelión militar no triunfa en Madrid, ni en Barcelona, ni en las grandes capitales. Pero no es totalmente aplastada y el no serlo no es responsabilidad de los golpistas. Esta es del Gobierno de la República, el cual no es capaz de acabar con ellos. Este cae y no se forma un gobierno que pudiera llamarse de «unidad nacional», los socialistas se niegan a incorporarse a ese gobierno. Este entonces es débil ya que son solo republicano. Entonces ve desde la más pura impotencia el comienzo de una revolución interna, en su territorio bajo control, y un golpe militar. Este enfrentamiento no hubiera durado más de uno o dos meses si no hubiera habido una intervención internacional, alemana e italiana. Se une el golpe de Estado, la fragilidad del Estado republicano (la revolución) y la intervención extranjera para explicar el porqué la guerra civil tuvo un efecto tan duradero, fue tan profunda y dejó tanto rastro de sangre.

Si se afirma «es que fue inevitable…», entonces, ¿por qué explicarlo? Si es inevitable, entonces, nadie tiene la culpa. Se culpa al odio, pero este se puede administrar de muchas maneras sin llegar a la guerra civil.

¿Es el asesinato de Calvo Sotelo el que lleva a Franco a entrar en la guerra o lo había decidido antes?

Creo que no. El asesinato de Calvo Sotelo no es el que desencadena la guerra. Eso estaba preparándose; el Dragon Rapide estaba apalabrado desde mucho antes. De hecho, conspiración monárquica hay desde el principio, luego esta va progresando. El golpe de Estado de José Sanjurjo, en el 32, fue criticado porque la situación no era madura.

Te comento esto porque el ejército de África, el que comanda Franco, es clave en la guerra: es el que permite unir las zonas rebeldes y el más efectivo en batalla sin duda.

Pero también estaba Mola arriba. Los carlistas… Fíjate que los primeros en dar un aliento popular, en el sentido de pueblo que toma las armas, no son los partidarios de Franco sino de Mola en el norte.

Una gran ironía: la Guerra Civil es la única que ganan los carlistas.

Bueno, lo ganan coaligados. Pero sí, claro, tienes razón.

¿En qué momento cambia el tono reposado, más irónico que violento, de los políticos del XIX a los del siglo XX? Los diarios de sesiones de la II República son siniestros en comparación con la Restauración e incluso el Sexenio.

El cambio viene porque hay diputados que están llamando claramente a la rebelión y otros en el hemiciclo que están hablando de revolución…

La Pasionaria lo dice claramente.

Pero el Partido Comunista está en ese momento mucho más siguiendo la política de la Internacional, en la defensa del Frente Popular, que no en la revolución. Pueden responder a una intervención de Calvo Sotelo en las Cortes, pero no están en esa disyuntiva. Es decir, ellos están defendiendo la política de Frente Popular. Lo más importante para ellos es mantener la coalición y están conteniendo el movimiento de huelgas que, a principios de mayo, está llegando al punto de huelga general. Defienden el lema del Frente Popular francés: «Hay que saber terminar una huelga». La retórica, «bueno, si quieren dar un golpe que lo den» es una retórica más de la izquierda del PSOE, del caballerismo, de la facción de Largo Caballero.

Ni Manuel Azaña o Alejandro Lerroux querían la guerra, pero ¿la querían realmente Indalecio Prieto, Largo Caballero o Calvo Sotelo? ¿Cuánto hay de bravuconada en sus escritos y discursos y cuánto de realidad?

Prieto desde luego no la quería. Incluso avisó: pronunció un famoso discurso en Cuenca en el que hace la profecía de «que no se puede seguir así». Defendía que un país no puede seguir en una situación caótica. Prieto está dispuesto a ir al Gobierno y es bloqueado por el grupo parlamentario y el comité de la UGT que está controlando Largo Caballero. Amenazan, incluso, con romper el Frente Popular si es presidente de Gobierno. Prieto cree, y Azaña con él, que el Gobierno tiene que reforzarse con la presidencia de los socialistas.

El 10 de mayo, con Manuel Azaña de jefe de Estado en la República, llama a Prieto para la presidencia del Gobierno. Este habría podido reforzar el gobierno del Estado y habría entrado en contacto con los militares. Esto es hacer cábalas, en fin. Lo que lo impidió es la división del partido socialista en dos alas.

Por aquel entonces los caballeristas casi matan a Indalecio Prieto en un mitin en Écija.

Hay disparos en ese acto, poco después del discurso de Cuenca. Las juventudes socialistas están en una deriva revolucionaria. No van a tomar la iniciativa, pero si la toman los otros les hacen la mitad del trabajo. Largo Caballero dice «ya podrán llevar entorchados, casacas, que la clase obrera dará cuenta de ellos…»

Baroja definió a Prieto como «falso hombre hábil» y Sánchez-Albornoz a Largo Caballero como «mula honesta» riéndose de su cortedad. ¿Faltaron líderes como Léon Blum en el PSOE del tiempo?

Podría haber sido Prieto el Blum. No era un carácter parecido a Blum, el tipo humano, pero Prieto podría haber gobernado. La diferencia fue que Léon Blum dijo «Yo gobierno» («Je suis Prêt»). Esto allí, incluso, tenía problemas. El Frente Popular francés sucedió un poco después del español y este último quedo en exclusiva en manos de los republicanos por esa decisión de los caballeristas. «Vosotros hacéis vuestro programa y cuando terminéis nos toca a nosotros…», ese fue el mensaje. Léon Blum, en Francia, asumió el poder.

Azaña afirmó, no sé si a un periodista francés o a su cuñado (Cipriano Rivas Cherif), «aquí no tenemos ningún Léon Blum». A Prieto lo paran los suyos, no los republicanos. Azaña acepta ser presidente pensando en que va a ampliar el gobierno republicano… Pero no lo hace, y en mayo ese gobierno está gastado. Casares-Quiroga puede ser sustituido desde la presidencia nombrando a un socialista. Los socialistas no entrarían jamás a un gobierno presidido por un republicano: era la experiencia del primer bienio y no se podía repetir. Prieto plantea su candidatura al grupo parlamentario… y pierde la votación. Esto hace que el Gobierno del Frente Popular sea débil.

Haces la carrera, Políticas y Sociología, en Madrid. ¿Cómo era el clima de la universidad con Franco? ¿Era posible la disidencia?

La universidad la empezó a perder la dictadura en el año 1956. Fue una verdadera rebelión que tuvo consecuencias políticas decisivas: provoca una crisis de gobierno, que es parcial, ya que caen el ministro de Educación y el ministro secretario general del Movimiento. Abren así una crisis, que no se va a cerrar hasta la del 57, donde hay una remodelación más importante porque ahí entran los llamados tecnócratas (dos ministros del Opus Dei y López-Rodó que está de subsecretario, grupo coherente con una política distinta a la anterior). Eso lo abre una rebelión estudiantil, la del 56 en Madrid, y luego la del año siguiente en Barcelona y Sevilla. A partir de ahí la universidad va a tener un papel decisivo en la transformación cultural que se produce en España en los años sesenta. Se unen los intelectuales, escritores y artistas que se empiezan a manifestar…

Los primeros manifiestos.

Más bien peticiones: utilizan mucho una figura que se llamaba el derecho de petición. Este permitía a todos los españoles dirigirse a las autoridades en petición de algo, era legal no lo podían negar (risas).

Es ese concepto que defendía Ricardo de la Cierva de democracia orgánica: intervención a través de los rígidos corsés legislados… para esconder que en la práctica es una dictadura.

Claro. El poder está concentrado en la jefatura del Estado, que tiene capacidad legislativa, toda la ejecutiva y puede determinar la capacidad judicial. El régimen como mejor se define en origen hasta el fin es como dictadura.

Es un régimen tramposo: intenta parecer una democracia particular en el exterior, estilo el Irán del Sha, y jugar a país normal europeo. La política exterior de Fernando María Castiella…

No creo que fuera Castiella, sino más bien Alberto Martín-Artajo que está antes de él en el Ministerio. Cuando entra, en el año 45, afirma que el régimen que viene de una guerra civil puede evolucionar a una forma de democracia que comienza a ser llamada orgánica, a través de los órganos naturales.

Esto es el viejo Estado corporativo de inicios del siglo XX, los órganos propios eligen sus representantes. Son todo oxímoron: democracia orgánica, sindicato vertical…

Sí. Pero ahí es un encuentro claro de las distintas instituciones que están sosteniendo la dictadura. El sindicato quedó desde el inicio bajo el control del Movimiento. Ahí los grupos cristianos no tuvieron mucha importancia. Sin embargo, la dirección de la política exterior y la de la economía luego del año 57 queda en manos de grupos católicos. No hacen una política ordenada por la jerarquía de la Iglesia, pero vienen de ahí. Ese mundo es donde se cuece todo eso de lo democracia orgánica, cosa que a los falangistas no les gustaba nada ¡ellos querían un Estado fascista! Las primeras tensiones dentro del régimen se producen entre Falange y el mundo católico.

De hecho, en esta última etapa los falangistas solían proteger a los disidentes del discurso oficial, como nos comentaba Carlos Saura con sus primeros filmes.

A todos hasta cierto punto no. Depende en qué momento, claro. La primera salida fuerte a la opinión pública del falangista Dionisio Ridruejo es acusar a Franco de no construir el estado fascista, ya en el año 42. Algunos han dicho que Ridruejo está camino de la democracia, ¡ni de broma! Lo que le reprocha es que la promesa del Estado fascista no llega y se reparten puestos entre gente no adepta.

¿Por qué eliges Ciencias Políticas y Sociología en la universidad? Vinculación al mundo socialista, interés por las ciencias sociales…

En ese momento estaba muy en boga la sociología comparada y las preguntas ¿por qué hay democracia? ¿Cómo surge la democracia? ¿Por qué se producen las revoluciones? ¿Cuáles son las etapas de la revolución? Esas eran lecturas que había tenido y que me movían a comprender el cambio que estaba ocurriendo en España. Se trataba de entender cuáles eran las perspectivas de ese cambio que las lecturas marxistas y cristianas de mi juventud se situaba en un proceso en el cual la democracia podría ser primer paso al socialismo.

Según nos contó Joaquín Leguina, los estudios de sociología y estadística en aquel tiempo estaban en pañales y se conocían «mal» las matemáticas. ¿Cuál es tu opinión como sociólogo?

La sociología empezó en una escuela en San Bernardo, de origen católico, que después del 39 deben exiliarse. Juan José Linz, por ejemplo, gran sociólogo, debe irse en el año 1950. Francisco Ayala era catedrático de Teoría del Estado aquí, pero es el primero en hacer un tratado de sociología (que ejecuta en el exilio).

Umbral se mofaba de Ayala y su sociología, que consideraba «prehistórica», diciendo que presumía por detrás de ser «el profesor mejor pagado en Estados Unidos».

Hombre, en Estados Unidos estaban bien pagadas las cátedras, pero no creo que Ayala fuera tan bien pagado. Allí hay mucho margen: no gana lo mismo un full professor en una universidad menor que en Harvard. Además de todo el currículo. Las diferencias contractuales son notables dependiendo de lo que se produce. Yo no lo hubiera tenido como un reproche que fuera el mejor pagado de Estados Unidos (risas).

Volviendo al tema de tu vocación de sociólogo…

Pretendía estudiar eso, las revoluciones, que eran una de las grandes inquietudes de mi generación: ahí no soy nada original. Nuestra generación, formada por la Iglesia católica (aunque yo fuera a un instituto), tenía esa perspectiva: la educación estaba en manos de jesuitas, escolapios, salesianos, etc. El influjo de la Iglesia era brutal, absoluto. Nosotros despertamos a la conciencia política a través de una especie de transición de esas lecturas a lecturas marxistas.

La frase del papa Francisco reciente donde equipara a cristianos y comunistas, además también de los últimos libros de Antonio Escohotado.

Hay algo ahí que creo solo puede producirse en ese momento, en los años sesenta, que fue el encuentro marxismo-cristianismo. Es el tiempo del diálogo y esto se ve en Cuadernos para el diálogo, Triunfo, etc. Allí escribía gente que venían de una tradición cristiana, de un cristianismo marxistizado, que se encuentran con marxistas que ven la posibilidad de abrir el Partido Comunista. Es eso que llamaron los comunistas, que incluso fueron los creadores, de «la reconciliación nacional». Es un proceso a la democracia donde se encuentra gente que viene de los vencedores y de los vencidos. Eso lo descubren los hermanos mayores de mi generación: los que vinimos después, que no éramos niños de la guerra, vimos el panorama que se nos abría cuando despertamos a la conciencia política. Yo formo parte de esa corriente y me preguntaba por qué en España no había una democracia y cómo se construye esta. Como decía Javier Pradera, «no leímos a Stuart Mill, sino a Marx».

¿Cuándo conoces a Javier Pradera?

Lo conocí en París. Había estado un año allí, en el 67 o 68…

Era el gran viaje de todo «progre» en la dictadura.

Creo que más que a París era irse de aquí (risas).

Coincides con el juicio que nos contó Gabriel Albiac: hay que irse de aquí.

Ibas un poco por eso. En París tuve la gran suerte de conocer y tratar mucho a Fernando Claudín y José Bergamín. A Claudín y Jorge Semprún los habían expulsado del Partido Comunista Español en el año 1965.

Afirmaron la disociación del Partido Comunista Español (PCE) con la realidad del país, que no era el de los años cuarenta, y la Pasionaria llamó a Semprún «cabeza de chorlito», según sus continuos libros de memorias.

Sí. Ahí hay un debate que he estudiado después. En realidad yo tenía muchos amigos del Partido Comunista en Sevilla y a mí estos me dijeron que entrara en contacto allí con Manuel Azcárate, que llevaba una fundación y local bajo protección del Partido Comunista Francés. Los conocí allí y les escribí alguna cosa para la revista Realidad, pero no les gustó mucho aquello. Otros amigos, a la vez, me dijeron que le diera recuerdos a José Bergamín, y a través de este tomé en contacto con Fernando Claudín.

¿Conociste a Semprún? El gran seductor del comunismo español, según Juan Cruz.

Era un seductor, aunque yo lo traté menos. La hija de Ricardo Muñoz Suay le llamaba «el pajarito». Muñoz Suay era el que organizaba el mundo cultural del PCE y estaba vinculado al cine. Y ¡era un pajarito! (risas). En el pequeño grupito nuestro él venía, se sentaba un ratito, y decía «tengo que irme» y desaparecería (risas).

Vuelves luego a Sevilla, donde llegas a ser director de un colegio, en tu primera madurez.

Eso fue en el 73 y 74. Llegué antes a Madrid para cursar Políticas y Sociología. Eso fue que unos amigos crearon un colegio en la zona de Aljarafe. Al mismo tiempo, vi un anuncio de las becas Fullbright, que solicité y me la concedieron. Eso hizo que solo estuviera en la dirección del colegio un año. Fui a la reunión sobre esas becas, que coincidió con el día del asesinato de Carrero Blanco. Dejé el colegio, ya que me la concedieron, y me fui a Estados Unidos.

¿No estaba mal visto estudiar en Estados Unidos? Quim Monzó nos dijo que cuando le dieron la beca, a inicios de los ochenta, la literatura norteamericana era parte de «el Gran Imperio del Mal».

Éramos muy antiamericanos… Yo quería estudiar sociología de las revoluciones y existía una gran tradición en el oeste, en California, de sociología. Había una biblioteca en la llamada Hoover Institution y recuerdo que una de las preguntas de la comisión de la beca era «¿usted sabe que esa institución es muy conservadora?». Respondí: «sí, pero a mí lo que me interesa es la biblioteca de esa institución». Quería hacer un trabajo de investigación sobre las sociedades posrevolucionarias, es decir, qué pasa después de una revolución. Había una gran producción teórica sobre cómo se gestan y las etapas de una revolución, pero había menos sociología comparada sobre qué pasa después de las revoluciones.

Era 1974. ¿Cómo era esa California todavía de hippies y contracultura?

Es esa California donde iba a cantar Joan Baez… Ya había pasado todo eso cuando yo llegué y quizá era algo mayor. No entré en la universidad, era más bien en la Hoover. Ahora, el clima social era lo que algunos llamarían el paraíso.

La comparación con la España de Franco, un clásico generacional de todos los que salieron.

Hombre, claro. Ir a Estados Unidos e investigar fue clave para todo lo que hice después. Primero, porque cambié de objeto: tenía una magnífica biblioteca sobre la guerra civil, la República…

¿De dónde venía esa biblioteca?

De Burnett Bolloten, que había recopilado una gran colección.

Es el autor pseudofranquista de la guerra civil, ¿no?

Era muy anticomunista, más bien. Pensaba que aquí se había trabajado por la creación de una república popular al modo del que serían luego la república popular alemana, polaca… Vio en los comunistas españoles, en los delegados de la Internacional que vinieron, una traición a la revolución anarquista. Por eso se llamaba El gran engaño en su primera edición. Él tenía simpatías por el intento anarquista, como todos los hispanistas entonces.

Ese anarquismo era, en cierto sentido, producto propio del país, tiene menos influencia externa que el socialismo. Dataría del proceso revolucionario de 1868, derivado del partido federalista de Pi y Margall.

Claro. Pero iba más al anarquismo moderno, a la CNT, que se crea en 1910. Ese es el anarquismo fuerte de la República. No es tanto el anarquismo utópico del siglo XIX.

Pero existe una línea respecto al republicanismo federal en torno a Proudhon.

Pero es una línea discontinua. La novedad en esa década de los 10 es la creación de los grandes sindicatos, el peso de la clase obrera organizada sindicalmente. Eso en el siglo XIX no estaba organizado. Es el sindicalismo revolucionario, que podría ser un fondo, pero algo diferente, aunque no contrario.

Vamos a volver al siglo XX con la Transición, que está ahora en pleno revisionismo por autores más jóvenes. ¿Se puede considerar la Transición una segunda Restauración?

De ningún modo. La Transición es, precisamente, la imposibilidad de hacer una segunda restauración. Cuando realmente se piensa en la Restauración es a partir de 1945 como una salida al régimen. Es una continuación, culminación, de la dictadura. Se pretende que el aparato constitucional va a continuar, reformado, pero va a continuar. Los restauradores son luego los reformistas del régimen. ¿Cuál es el paquete de medidas que tienen previsto? Algunas de las leyes fundamentales, con reformas y una cámara algo más representativa.

¿Se habría atrevido a legislar con la célebre definición de soberanía, tan conservadora, de «las Cortes con el rey»? ¿Habrían dado poder ejecutivo al monarca?

No todo, pero sí. El rey iba a tener poder moderador. Se buscaba, se hablaba con don Juan, de una Corona «fuerte». Va disolviéndose esa idea, pero se pretendía dar al rey una capacidad dispositiva fuerte. El principio monárquico actuante, en cierto modo, va por ese camino. La Transición, que empieza así, varía en el momento en que se disuelven las instituciones del Movimiento (el Movimiento, los sindicatos y las Cortes) y se legalizan todos los partidos, en el primer gobierno de Suárez… Ya no es una restauración. ¿Cuándo deja de serlo? Cuando las Cortes se convierten en constituyentes: esto no estaba previsto en la ley orgánica. La ley de la reforma política decía que «procedería el Congreso y el Gobierno a la reforma que fuera menester». Nadie de los que pretendieron reformar al franquismo aceptaba es que las Cortes primeras fueran constituyentes. Y estas lo son por un procedimiento anómalo: no fueron elegidas para ser constituyentes. Lo primero que hacen los diputados, y esto lo favoreció que no hubo mayorías absolutas, es llegar al acuerdo de que van a ser constituyentes. Lo que sale de la Constitución no es la restauración de la monarquía histórica, sino algo nuevo…

Una nueva planta.

No es ni siquiera eso: es un Estado democrático de derecho. La monarquía es la forma del Estado, pero este no se define por ser monárquico.

¿Es el gran hombre, el gran tahúr, de ese cambio legislativo Torcuato Fernández-Miranda?

No, nunca lo he creído. Ahí interviene más gente. Fernández-Miranda es clave en la presentación de Suárez al Consejo del Reino. Fue astuto hasta ese momento. Ahora, hay elaboraciones previas: Carlos Ollero aportó su grano de arena. De hecho, el Ministerio de Justicia de Landelino Lavilla o Herrero de Miñón ahí estaban. Gente que sabía de derecho constitucional. Y estaba Suárez: alguien capaz de tomar iniciativas políticas arriesgadas en el momento más decisivo.

La propia legalización del PCE la toma con conocimiento del rey y nadie más.

Y no estoy muy seguro que con el rey (risas). Tendría que haber hablado con más claridad. Creo que ahí se jugó todo. Hubo en un primer momento el envío de un papel del Consejo Supremo Militar que no llegó a salir, el cual era casi un golpe de Estado. El punto clave de inflexión de todo el proceso fue la legalización del Partido Comunista, ya que lo que demostró eso fue que las fuerzas armadas perdían el derecho de veto sobre lo que era posible hacer. El Ejército no dirige el proceso, no tienen capacidad de dirección.

Herrero de Miñón afirmaba que el artículo VIII de la Constitución, «Las Fuerzas Armadas, (…) tienen como misión (…) defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional», llegó en un sobre lacrado a la comisión constitucional.

Tendrá sus fuentes. Hay otras historias más para película de cine. Lo que está claro es que es el artículo que más reproduce lo que se disponía del Ejército en la ley orgánica del 67. Lo que quiere decir que sí, que hasta ahí llegó la presión militar ¡qué duda cabe! ¿Por qué fue aceptado? Porque las constituciones, ese tipo de principios, se desarrollan luego por las leyes y cómo se actúa en la práctica y establecen una normativa estricta. La ley tardó, pero la que pergeñó Narcís Serra vacía de contenido ese artículo. Eso quiere decir que hay un ojo puesto a cómo respiran las fuerzas armadas, hasta dónde se puede llegar…

Esto se llamaba Pánzer Democratié, democracia tutelada por el Ejército.

No estoy de acuerdo en eso, para nada. Había dos puntos en los que el Ejército era intratable: introducir nacionalidad en la Constitución y la legalización del Partido Comunista. Esas eran las dos líneas rojas para los militares… y la primera se pasó, y la segunda también. ¿A costa de qué? A costa de reforzar el artículo 2, el de la nacionalidad: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…».

Esa indefinición, nación y nacionalidades —inentendible en Francia, por ejemplo—, ha traído constantes problemas.

Ya, pero permitió poner en marcha los estatutos de autonomía.

Carlos Dardé afirma que parte del espíritu de la Restauración se construye con la divisa «la aceptación del adversario». ¿Es esto clave en la Transición?

Ese periodo es en buena medida el resultado del encuentro que empieza a haber en España en el año 56, que se multiplica en los años sesenta. El contubernio de Múnich en inicio, hasta cierto punto, ya que todavía excluye a los comunistas. Son las mesas democráticas, las asambleas, el encuentro entre católicos y comunistas, es Cuadernos para el diálogo, es Triunfo, Serra D’ Or, Destino, etc. Son esas revistas donde puede escribir un comunista o un cristiano.

Gregorio Morán suele recordar que gran parte de los intelectuales de Triunfo querían la ruptura en los setenta.

Bueno, a medida que el final del dictador se acerca se construye un lenguaje rupturista, similar tanto en el PCE como en el PSOE. Incluso en este último es más rupturista…Pero nunca, ¡nunca! (risas), dio lugar a una práctica con la ruptura. Más bien era un discurso que no negaba a encontrarse con el Gobierno si este no se negaba a negociar sobre puntos concretos. Eso forma parte del discurso: se escribe en Mundo Obrero y El Socialista. Es decir, si el Gobierno negocia, y llegamos a un acuerdo, tiene que haber elecciones, libertad de partidos, libertad de prensa, disolución del aparato del movimiento, etc.

¿No es la propia victoria de la UCD como partido mayoritario la que dinamita la ruptura? Deja ver el tejido social del país…

No, no, es que se entiende que la ruptura está ya dada. La práctica de esta, lo que se negociaba como ruptura pactada, es que «tú mantienes ese discurso rupturista —aquí empieza algo nuevo, pero nunca dejas de negociar». Si Fraga llamaba, acudían a este. Cuando Suárez llamó, todos fueron a hablar con él. Primero individualmente, uno a uno, y luego la comisión de los nueve. Hay lo que creo que está bien denominado «ruptura pactada». La ruptura era amnistía, libertades de todo tipo, reconocimiento de derechos humanos, disolución de las instituciones del régimen y convocatoria de elecciones. Lo que fueran a hacer luego las Cortes constituyentes lo decidirían ya los propios diputados.

¿No hay en el revisionismo de la Transición una especie de malestar del viejo militante comunista, hemos citado a Morán como ejemplo, ante la imposibilidad de una democracia popular aquí?

Pero eso ya viene de antes. De la propia Transición…

El propio eurocomunismo fue la primera «traición».

Ya, claro. Pero el propio periodo originó un discurso anterior a lo que todo el mundo piensa, que se inicia ya en los últimos setenta. La Transición dio pie a un discurso del llamado «desencanto». «Esto no, esto no es». Comienza luego de que Suárez es nombrado presidente del Gobierno, permanece luego de las elecciones. Lo que veo es una renovación de ese discurso cuarenta años después (risas).

Llegamos a los tiempos modernos, donde el sistema del 78 es cuestionado y uno de sus garantes, el PSOE, dividido como en los años treinta ¿En qué momento el sistema comienza a agrietarse? ¿Con la crisis económica? ¿La presidencia de Zapatero?

Creo que habría que decir que el sistema del 78 es abierto. Lo que ocurre en los años de la Transición no crea un sistema cerrado, ni siquiera un régimen. ¿Por qué? Porque muchos de los elementos fundamentales, incluso de la forma de Estado, estaban por desarrollar. El sistema de la Transición sucumbe cuando esta termina: sucumbe UCD, casi desaparece el PCE, se transforma la derecha franquista de Alianza Popular (los siete magníficos) en otra cosa, etc. Y lo que se va construyendo es un sistema de partido dominante, con una distancia con el otro partido de más de veinte puntos. Es decir, que no hay una alternativa de Gobierno.

El célebre término «techo electoral» para Alianza Popular.

Los años de Felipe González hasta 1993. En el momento en que emerge un partido alternativo sí se puede decir que va a consolidarse una especie de régimen. Esto en el discurso político entra en unas complicaciones que no tienen sentido. Pero el sistema que se discute, que discute o niega el 15M, es el sistema bipartidista creado a partir del 93.

De hecho, ese bipartidismo es el gran punto en común con la Restauración de Cánovas para los revisionistas de la Transición.

Bueno, no tienen nada en común: ahí el turno dependía del rey, que decidía el Gobierno. Y, además, las elecciones estaban trucadas, eran falsas.

Menos en las ciudades, donde era más difícil comprar el voto.

No, en las ciudades también. Solo en Cataluña a inicios de siglo…

Y en Madrid también, como estudió Javier Tusell respecto al ascenso de candidaturas republicanas en la década de 1890.

Bueno, en la capital así, así: va ganando limpieza. Pero las primeras elecciones en que no hay falseamiento del sufragio es en la República.

Siguiendo con la capital, eres un gran y reconocido historiador de Madrid, al que has dedicado gran parte de tu obra historiográfica y sociológica en los noventa. ¿Cómo ha cambiado esta ciudad desde la muerte de Franco a la actualidad?

Creo que hay dos grandes proyectos, luego de la muerte de Franco. El primero es el del crecimiento cero, muy cercano al pensamiento urbanístico italiano «las ciudades hay que resguardarlas y limitar el crecimiento», y luego está el gran proyecto de Gallardón. El primero era el de Joaquín Leguina. El de Gallardón, sin embargo, era muy distinto y pretendía un crecimiento espectacular, aunque también arreglar las vías de circulación. La vía de circulación es ya un sueño desde la República, que sería la M30, al que se debe bastante de este crecimiento. Los dos tenían su razón de ser en su momento, pero falta uno en la actualidad. Y yo ahí veo una gran parálisis en el ayuntamiento actual, no hay un pensamiento de Madrid. Podía haberlo en el de Leguina, verlo y discutirse en el Ruiz-Gallardón; ahora, no veo un pensamiento en el proyecto actual. La ciudad ha tenido una transformación esperable dada la crisis económica; hacer de ella una ciudad de servicios —lejana a una industrial. Quizá haría falta que fuera una ciudad de servicios competitiva en el terreno que se va a competir más.

Al tema de las regiones. ¿Cómo es posible encauzar el problema de Cataluña? ¿Son las tensiones allí un fruto cultural, el llamado «adoctrinamiento nacionalista», o económico?

Es muy complicado. La fórmula mejor pensada para encauzar este problema la dio Santiago Muñoz Machado: reforma del estatuto, reforma constitucional, hechas paralelamente y sometidas a referendo. Pero, claro, me dirás «esto es…». Pero podría ser el camino. Que aquí nos convenciéramos de que la reforma de la Constitución no es solo ya necesaria, sino urgente. Era ya necesaria en 2004 y Zapatero la llevó en su programa. El título 8, «De la organización territorial del Estado…», ya no da más de sí: era procedimental y está terminado. El Estado no está constitucionalizado, aunque los estatutos formen parte de la Constitución, debía reconocerse la existencia de lo que hay en Cataluña y Euskadi y que tuvieran un ordenamiento específico. Y esto debería ser acorde con el resto de las comunidades porque estas ya son sujeto político constituyente.

Esta aparición de las naciones políticas, ¿puede llevar a una deriva yugoslava?

Puede, claro. Todo puede ocurrir. En política lo que no está escrito es que no ha sucedido nunca. Puede llevar a un incremento de discurso populista, a un aumento del odio, de los conflictos civiles, con muy mala salida. Por eso es necesaria esa reforma paralela que te comento. Ahora, tal como está el panorama político… es una hipótesis que no se puede realizar.

Como sociólogo y politólogo, ¿era realmente Zapatero socialdemócrata? Parece una mezcla curiosa de Tercera Vía y populismo…

Es lo que se intentó como una especie de socialdemocracia republicana. Es una socialdemocracia que no tiene ya un programa económico propio, pero sí un programa de valores.

Pero, en el fondo, es un estado del bienestar sufragado por la especulación económica: ese era el modelo de Blair.

Era la manera española de aplicarlo. Pero más que la conexión con Blair esto va mucho más allá: es la conquista de la cuarta fase de los derechos humanos. Énfasis en el reconocimiento de matrimonio para gay y lesbianas, derechos de la mujer e igualdad… Todo esto que había quedado fuera del programa socialdemócrata en los años gloriosos. Se insistía en ese punto. Pero, por lo demás, no veo nada que se pueda decir que es distinto a lo anterior.

¿Qué queda del viejo socialismo en el PSOE? ¿Es consecuencia su vaciamiento ideológico de la debacle de la socialdemocracia en el mundo occidental?

El reciente, el actual, ha estado enfrentado a un reto que es un partido desde la izquierda como el que representa Podemos. Los socialistas aquí se acostumbraron demasiado fácilmente a que por su izquierda nada iba a tener un atractivo electoral que les desbancara de la primera posición. Eso no lo pensó nunca la dirección, cuando el secretario general era Felipe González, ya que el Partido Comunista quedó prácticamente escondido debajo de unas siglas, Izquierda Unida.

Ese partido jamás ganaría unas elecciones y tampoco surgió nada en la época de Zapatero. Estos son los primeros que deben enfrentar a este hecho y ha ocurrido el desconcierto. Esto tiene que ver más con esa realidad que con lo que haya ocurrido en Europa, que también, o la crisis de la socialdemocracia clásica. La forma que ha adoptado, que es lo que me interesa, no se explica si no es porque no han sabido responder a una competencia. Además, en un momento en que la derecha no se hunde.

Eso ha dado lugar a un nuevo sistema político: o bien pactaban con su izquierda, apareciendo como fuerza subalterna, o bien bloqueaban las posibilidades de la derecha y aparecían entonces como obstáculo para todo el sistema y el gobierno. Y no han sabido qué hacer. Se han mantenido en la política del «no» en una competencia tan fuerte por los dos lados. Eso por parte de la dirección del partido: no se puede estar nueve meses diciendo no. Entonces, es una dirección derrumbada, incapaz de gobernar. Al mostrarse que esa dirección bloqueaba, mientras crecían los demás partidos, se recurrió a lo último que debía haberse recurrido: un golpe interno impresentable para cualquiera.

El reciente Comité Federal del PSOE. Susana Díaz llorando, Pedro Sánchez resistiendo sin apoyos…

Sí, sí. Es de los momentos más bajos de su historia. Yo lo comparé con la escisión del 35.

Pero los años treinta, a la Céline, tienen cierta épica narrativa. 

Esto es así. Lo definió bien Josep Borrell: «Si esto es un golpe, ha sido organizado por un sargento chusquero» (risas). Estaba bien esa definición. ¿No podía cambiar de rumbo el PSOE sin una conspiración de notables que recurren a una estratagema sin los estatutos? ¿No se podía haber esperado al Comité Federal y presentar una censura para salvar la posición? Es una manera vergonzante de hacerlo. Le va a resultar la reforma más costosa que cualquier cosa anterior: todas las salidas son malas. Sería un desastre que el secretario general dimitido empiece una peregrinación por todas las sedes, ¿qué les va a ofrecer? ¿un pacto con Podemos? Esto lo dijo Pedro Sánchez incomprensiblemente en Salvados a Jordi Évole.

Cualquier solución es mala.

Esa es catastrófica: ir de agrupación en agrupación a decirles a gente que está desmoralizada algo como «no se preocupe, vamos a reconstruir esto ya que vamos a pactar con Podemos». Y la comisión gestora no puede confundirse con la dirección del partido… Están todos apretados, es lo que se produce en política con un cúmulo de decisiones políticas equivocadas. Y estas son enfrentadas: de pronto no ves salida. ¿Quién dice que hacer tiempo es igual a tranquilidad? Esa era la manera de gobernar de Franco cuando no había oposición alguna (risas).

¿Es la abstención del PSOE al gobierno del PP una forma de responsabilidad política ante las exigencias económicas de Bruselas, según el discurso de la llamada «casta», o una traición ideológica a sus bases?

No creo que sea traición. Tiene que ver con la percepción de que ante unas terceras elecciones el PSOE iba en posición catastrófica.

¿Es, entonces, un cálculo electoral?

No, no solo es eso. Es también someter al sistema de la política a una presión tan fuerte… No puedes someter a los electores a «el resultado de estas elecciones no me gusta, se repite» y resulta que tampoco te gusta…

Volvemos a la inestabilidad de los gobiernos del 34 que has citado.

¿A dónde vamos entonces? El más fiel elector del PSOE no repetiría en terceras elecciones. Yo no lo iba a repetir (risas). Y no soy de los más fieles, que he votado otras cosas…

¿Existe realmente una casta vinculada al PP y al PSOE? ¿Tiene razón Verstrynge al hablar de familias poderosas aquí citando Poder y privilegio de Lenski?

Creo que «casta» es una vieja voz, un concepto gastado, para definir al enemigo que construyes en términos populistas. No es ninguna novedad: casta ya se usaba en los tiempos de la Restauración. De casta hablaban los italianos… Todo discurso populista habla de casta: divide la población en dos. Esto es, casta y nosotros. Hay otra cuestión que daría otro análisis: ¿existe en España un poder oligárquico, político, económico que toma decisiones? Y ahí te digo que no: hay intereses enfrentados. No son los mismos. Por otra parte, la relación del poder político con el económico es tan vieja como desde la existencia de estos, pero es una relación cruzada de conflictos y tensiones…

No es lineal.

Tampoco es compacta. Te preguntas «bueno, el Ibex 35…». Pero, ¿quién está en el Ibex? ¿Cuándo decide? ¿Se reúnen estos señores? Es como cuando se dice «la clase obrera quiere…». Oiga, habla usted en nombre de su sindicato, no de la clase obrera. Esto se escribe así en una historia reciente de la Transición que narra cómo los líderes obreros traicionan a la clase obrera. Y, según esta tesis, la democracia no triunfó por esa traición. Logró grandes conquistas, pero los partidos la traicionaron (risas)… A esto hay que echarle muchas horas para entenderlo.

¿No os fascina a los viejos marxistas, formados en Weber o Lenin dependiendo del radicalismo, la vigencia en el panorama político de un pensador «menor» como Ernesto Laclau?

Vigencia… Más bien de un sector de Podemos. No me fascina: lo que Laclau ha racionalizado son las políticas que se han puesto en marcha en Latinoamérica.

¿Es Laclau un heredero de los autores bonapartistas del siglo XIX? Quiero decir, toda la estrategia de Podemos es vertical y su líder no oculta el modelo cesarista latinoamericano.

En parte. La estrategia de Podemos, por otra parte, está todavía por ver. En Podemos hay dos grandes alas. La primera, que en su primera mitad escondía su discurso de izquierda por ser «marca perdedora», ha hecho una especie de fagocitación de esa ideología, tomando su discurso. Mientras tanto, hay otra que permanece en el discurso populista de Laclau. El discurso de Laclau, si se pudiera transformar en práctica, es que luego de la conquista de Estado, a partir de esta —«el asalto a los cielos»—, organizas la política en el modo en que te ha llevado al poder. O sea, a través de un discurso populista. El populismo puro, el de Laclau y no el que hace pactos con Izquierda Unida, llega a las instituciones y lo hace de manera minoritaria. Con lo cual, debe negociar con lo que era casta antes. De la negociación nace un cambio en la retórica y les lleva a privilegiar el pacto con aquellos de la casta que se prestan a negociar.

¿El sector de Podemos más inspirado en Laclau permitiría la alternancia una vez llegado al poder?

Haría todo lo posible para que esa alternancia no fuera posible (risas).

Esa es la clave del peronismo.

Pero eso está en el discurso, está plenamente en aquello que llaman proceso constituyente. Lo que pasa es que, claro, cuando hay una constitución que tiene las normas establecidas de su propia reforma esto es complicado.

En Politkon un artículo excelente de Pablo Simón («Los diques frente a la hegemonía») exponía los limes legales del sistema político español en una deriva populista.

Claro. Pero tú supones en una hipótesis racional que ese asalto al poder es del pueblo, al que se le supone una inmensa mayoría. El proceso constituyente antes, en minoría, va desconstituyéndose. Todo eso está escrito, no me lo invento. Consiste en cargarte símbolos, interpretar la historia de manera que no refuerce al adversario: eso es la deconstitución. Todos lo han hecho: Hugo Chávez, Evo Morales, etc.

¡Pero eso sería el bonapartismo del siglo XIX!

Sí. Pero no había televisión (risas).


El nudismo y los primeros anarquistas españoles

Imagen: DP.
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Lo normal es que una noticia o un suceso llamativo te lleve a buscar lecturas sobre las materias con las que está relacionado, pero puede ocurrir al revés. Toda la polémica de los burkinis de este verano a mí me pilló acabándome La pérdida del pudor. El naturismo libertario español (1900-1936) (LaMalatesta Editorial) de Mª Carmen Cubero Izquierdo, historiadora que forma parte del grupo de estudios Historia de la Prisión y las Instituciones Punitivas.

El libro es un trabajo que estudia la importancia de la ideología anarquista en la aparición del naturismo en general y el nudismo en particular en la España de principios del siglo XX y su auge en los años veinte y treinta. Me resultó imposible no contrastar lo que se lee en estas páginas —detenciones, multas, persecución de nudistas y secuestro de sus libros— con las imágenes de la policía francesa en las que daba la impresión, así lo registró la prensa, de que a una mujer la estaban multando por ir a la playa demasiado vestida.

En la España de entonces la situación era bien distinta. Este libro recoge que la prensa hablaba de los nudistas en términos de «salvajes» y «primitivistas». El conspicuo Ortega y Gasset tachó esta actividad como una actitud «infantil», entre las risas de los presentes a una de sus conferencia. Gran parte de la prensa se echó encima de los que se desvestían. Y aunque ABC, por ejemplo, se llenó de artículos en contra, mofándose y criticando a partes iguales a la gente que hacía excursiones para quitarse la ropa, o se bañaba así en ríos o en el mar, también publicó algún texto muy valioso a favor de los nudistas, como un extenso artículo de Adolfo Marsillach y Costa en 1931 que venía a sostener todo lo contrario de lo que esgrimían los sectores más pudorosos y conservadores de la sociedad de entonces.

El periodista hizo una defensa que incluso a día de hoy no es frecuente leer o escuchar. Dijo que la «inquietud sexual» era la enfermedad del alma moderna y que no había otra forma de acabar con ella que no fuese el propio desnudismo. «El desnudo absoluto es casto», afirmó. Y puso ejemplos: «Hasta ahora no se ha registrado entre los desnudistas catalanes el más leve caso de impureza. No ha habido que lamentar la menor transgresión de los preceptos morales establecidos (…) no hay nada más inocente que sus juegos. Bailan la sardana y danzas rítmicas, juegan a la comba y a las cuatro esquinas».

Imagen: DP.
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La autora de este libro, Cubero, a continuación también cita otros artículos que se hicieron eco del de Marsillach y su punto de vista. Uno de ellos iba más allá: «El vestido es la causa, el origen de la inquietud sexual, hoy aguda enfermedad del alma. Con el vestido, el individuo toma para sí lo que no es suyo, imagina, fantasea, dibuja, siempre fuera de la realidad».

Pero estaba muy lejos de la intención de los poderes fácticos combatir la neurosis sexual que tanto y tan hipócritamente les molestaba si no era con tácticas medievales. Hasta el papa se pronunció sobre la oleada de nudismo que apareció en la España de los años treinta: «La vida pagana de hoy ataca a todos los actos habituales de nuestra actividad: los placeres, los divertimentos e impudicia superan, en mucho, a los de la antigüedad pagana: pues se rinde culto al desnudismo». Advertencias que no cayeron en saco roto; la autora, para ilustrar las reacciones, recoge un caso en el que unas alumnas de Barcelona denunciaron a su profesor de gimnasia, que era naturista, por proponerlas hacer gimnasia nada menos que en mallas.

Estos movimientos que habían puesto en estado de histeria a los sectores conservadores de la sociedad venían originalmente de Alemania, cuenta la obra. Durante el siglo XIX, con la revolución industrial, fueron surgiendo tendencias higienistas que pretendían «regenerar» a la especie humana, la cual entendían que estaba amenazada por el avance de la industrialización.

La vida moderna era «artificial». No solo por la industria, también por el auge de las tabernas y vicios como el café, el alcohol y el tabaco. Ellos proponían dietas vegetarianas, baños de sol al aire libre y alejarse de las ciudades, madres de la degeneración, y sus antros oscuros llenos de humo.

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Aunque hubo socialistas alemanes que pusieron en práctica estas ideas, los higienistas fueron derivando hacia las ideas extremistas. Huir de la ciudad pasó a ser un ejercicio de admiración del campo, el bosque y las montañas ¡la patria! Y detrás llegó el culto a los cuerpos perfectos, esculturales, de proporciones basadas en el ideal grecolatino… Los hijos de la sagrada nación. Estos naturistas se fueron politizando, llegaron al extremo de exaltar la sangre alemana y cayeron en el nacionalismo, primero, y en la paradoja, después, ya que sus prácticas fueron terminantemente prohibidas por los nacionalsocialistas en cuanto tomaron el poder en 1933. No obstante, habían convertido el naturismo en una expresión ultraderechista.

En España, sin embargo, esto no fue así. Los viejos ideales decimonónicos naturistas fueron recogidos por la izquierda y muy en particular por el discurso cultural del anarquismo, explica la historiadora. Aquellos españoles no se desnudaban por la patria, sino por la emancipación. La desnudez simbolizaba la liberación del cuerpo y el rechazo a «un sistema de valores obsoleto e hipócrita». Se despreciaba la vida urbana de hacinamiento e insalubridad. En un artículo citado de Federica Montseny, la cenetista se quejaba de las condiciones de vida urbanas: «Vamos huyendo del sol para hundirnos en la electricidad».

La fecha de llegada «oficial» del naturismo a España fue la fundación en Madrid de la Sociedad Vegetariana Española en 1903 y en 1915 apareció en Valencia la revista Helios, que comenzó a difundir todas estas ideas. Hubo episodios aislados desde entonces relacionados con estas nuevas teorías, pero no fue hasta los años veinte que estalló el fenómeno por una razón muy sencilla: simplemente, se pusieron de moda.

Imagen: DP.
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Sin embargo, una de sus actividades, el excursionismo, sirvió a los grupos políticos para confraternizar y, también, durante el régimen de Primo de Rivera, para preparar acciones de protesta y ocultarse. Con todo, la CNT y las Juventudes Libertarias fueron las que más impulsaron el fenómeno.

No sin debates y polémica. Tal y como relata la autora, para sectores anarquistas antes que preocuparse por este tipo de actividades alternativas o contraculturale, había que realizar la revolución social y económica. Para otros, esa revolución no llegaría sin la liberación naturista. Hubo quejas del cariz que tomaban los acontecimientos cuando el naturismo, a juicio de algunos anarquistas, no era más que un pretexto para que un hombre estableciera e impusiera nuevas leyes creadas por él, por muy alternativas que fueran. Y cualquier deriva mística, las doctrinas espiritistas, o culto a la madre naturaleza también sufrieron enmiendas a la totalidad. No podía haber ningún tipo de deísmo, aunque estuviese dedicado al entorno, «un hombre que creía en un dios, fuera este el que fuese, no podía ser libre», explica Cubero. Y, por supuesto, también se cargaron las tintas contra todos los pseudodoctores que fueron proliferando que se servían de estas teorías para vender productos dietéticos o vegetarianos. Para mercantilizar el naturismo al fin y al cabo.

Las citas de los intercambios dialécticos en la prensa anarquista son de traca. Se quejó el articulista Julio Enrique de que sus compañeros se burlaban de sus ideas, y escribió: «Nosotros, los naturistas anarquistas, no queremos hacer la revolución con repollos y otras hortalizas como algunos camaradas nos echan en cara (…) la revolución no se hará comiendo alcachofas, pero tampoco bebiendo alcohol».

Con la llegada de la II República creció el fenómeno aún más y su eco en al prensa. Especialmente en el periodo radical cedista las autoridades se cebaron contra el nudismo. Hubo secuestros de publicaciones, encarcelamientos y multas. Una represión que no solo la ejercía el Gobierno y las autoridades, sino también grupos de fascistas. Pero en esta época el debate ya no solo se trataba de la liberación simbólica del cuerpo. También entraban en liza la liberación sexual y el amor libre. Explica la autora:

Los defensores de la liberación sexual y el amor libre denunciaban esa hipocresía manifiesta que existía dentro de una sociedad fuertemente arraigada a las costumbres católicas que reprimían el cuerpo y todos sus impulsos, así como también se criticaba insistentemente la doble moral y los prejuicios que aún permanecían cegando a los seres humanos, impidiéndoles emanciparse y rodeando el cuerpo y el sexo de un halo de obsesión casi neurótica.

Hubo anarquistas franceses, como Jean Grave, que vieron en estas teorías un espíritu «burgués, impropio y sucio». En Francia la oleada naturista tampoco se instaló en la sociedad sin conflicto. Cubero cita casos de nudistas tratados a latigazos en plena playa. Pero en general, para los anarquistas españoles fue un ejercicio de afirmación, de liberación, puesto que la ropa para ellos no era más que otro «marcador clasista». Entendían desnudarse como una muestra de sinceridad y forma de relacionarse con la naturaleza más estrecha y auténtica. Nunca vieron que el cuerpo desnudo pudiese ser una fuente de deseo sexual o lujuria, puesto que entendían que el contenido sexual del cuerpo venía dado por una tradición cultural con la que precisamente querían romper.

Imagen: DP.
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El drama, para Mª Carmen Cubero Izquierdo, es que si entras en conflicto con las bases de tu propia cultura te arriesgas más que si te limitas a incumplir alguna ley de tu sociedad. Los principios morales y culturales aportan seguridad a la gente y cuestionándolos la sumerges en la incertidumbre y el miedo. Pero concluye: «Las ideas que deja la contracultura dejan un poso de los que se apropian las generaciones venideras».

Así ha sido y así fue incluso en su momento. Si bien todos los españoles no se sumaron en tropel a la nueva moda, sí lo hicieron al «semidesnudismo». Las playas de aquellos años empezaron a llenarse de maillots. La prensa dio cuenta de cómo se multiplicaron de un año a otro y admitieron que ya nada podía hacerse para dar marcha atrás. Un texto en el suplemento del ABC, Blanco y Negro, en su sección «La mujer y la casa» apartado «Las charlas del salón de te», ya era un grito de impotencia desesperado. El autor llegaba a preguntarse qué sería de costureras, modistos y fabricantes de tejidos si la fiebre por llevar menos ropa en la playa o en la montaña seguía creciendo. El remate del texto no tenía precio, decía: «¿Se ríe usted?».

Lo que ocurrió después de 1939 ya lo tratamos aquí en su día en la serie «El sexo en el franquismo» y la nueva relación que se estableció con el cuerpo humano bien la pueden resumir estas palabras de Francisco Umbral: «Nos enseñaron a odiar el propio cuerpo, a temerlo, a ver en su desnudez rojeces de Satanás, repeluznos de Luzbel, frondosidades infernales. Odiábamos nuestro cuerpo, le temíamos, era el enemigo, pero vivíamos con él, dentro de él, y sentíamos que eso no podía ser así, que la batalla del día y de la noche contra nuestra propia carne era una batalla en sueños, porque ¿de dónde tomar fuerzas contra la carne si no de la propia carne? Había un enemigo que vencer, el demonio, pero el demonio era uno mismo».


José García Abad: «En España todavía hay un sustrato franquista, un franquismo sociológico, autoritario, considerable»

José García Abad para Jot Down 0

Tras más de cincuenta años de profesión a las espaldas, José García Abad (Madrid, 1942) está celebrando el veinticuatro aniversario de la revista de la que es editor, El Siglo. ¿Por qué no el veinticinco? Porque aquí cada año que se sobrevive es una fiesta, me dice. En papel, el éxito es existir. Y perderemos cuando no esté. El Siglo fue la única publicación en España que informó sobre el caso Noos y los presuntos chanchullos de Urdangarin cuando se produjeron. El resto de la prensa llegó después, cuando la causa judicial no podía obviarse. Pero José García Abad siempre ha entendido que la Casa Real es la primera perjudicada si hay ley del silencio. Tarde o temprano todo se sabe, sentencia. Por eso sus libros sobre la monarquía tampoco sentaron muy bien en palacio. Ahora, no aspira a ser historiador con sus investigaciones sobre la corona y el PSOE, sus materias favoritas, pero sí a servir a los historiadores.

En tus libros sobre el Partido Socialista subrayas que, durante el franquismo, si no se le conoce una actividad contra el régimen realmente relevante fue porque la represión después de la guerra se ensañó especialmente con sus miembros destacados y militantes, más que con los comunistas, pero faltan las cifras. ¿De qué proporciones estamos hablando?

Traté de cuantificar las cifras, pero no llegué a ver ninguna estadística. Me basé en una reflexión que me hacía la gente con la que fui hablando. Creo que es la verdad, la represión se ensañó especialmente con los socialistas. Mi padre lo era y hasta bastante después de muerto siguió viniendo a visitarlo a casa una vez al mes un policía de la Brigada Político-Social para ver si se movía, dónde había estado, qué había hecho e interrogar a los vecinos sobre sus rutinas. Y eso que mi padre era un socialista moderado, pero las pasó canutas. A mí me negaron una beca por ser mi padre quien era.

De todas formas, que la represión aplastara a los socialistas más que a nadie es comprensible sencillamente porque los comunistas eran muy poquitos. Tuvieron un papel importante en la guerra, en la medida en que la URSS ayudó a la República, porque fueron gente ordenada que daba prioridad  a lo que había que dárselo, que era ganar la guerra y eran militantes disciplinados con los que se podía contar, sobre todo por parte de Negrín. Pero eran pocos, los socialistas eran los predominantes junto con los anarquistas, lo que pasa es que estos no eran muy amigos de votar ni de involucrarse en tareas de gobierno hasta que llegó la guerra.

Por aquel entonces, Felipe González está en Bruselas y señalas en tu libro Las mil caras de Felipe González que le marca la situación de los emigrantes españoles, a los que califica como «explotados, oprimidos, desamparados, odiados como seres inferiores, como una raza maldita».

Eso lo dice en las cartas que le enviaba a su novia de aquel entonces, con la que hablé. Creo que Felipe tenía una especie de impronta cristiana.

También indicas que Alfonso Guerra le definía como «cristianorro».

Es que Felipe fue a Lovaina con una beca que le dieron los obispos alemanes. Al principio él estaba en una línea de democracia cristiana progresista, como la que representaba su paisano Manuel Giménez Fernández o los demócratacristianos italianos. De hecho, se casó por la Iglesia. Luego se disculpó diciendo que el cura era progre y tal… lo típico que hacen muchos progres, justificarse diciendo que van al altar por los padres de ella y demás. Luego sí es verdad que el hombre dejó de creer, pero eso deja una impronta, como digo. Él tenía compasión por los pobres. No partía de una visión ideológica o teórica, como Alfonso Guerra.

El padre de Felipe tenía una vaquería, rico no era, pero venía de una clase media acomodada. Alfonso, por su parte, tenía diez hermanos y llegaron a tener que pedir por la calle. Él que podría haber tenido una reacción política motivada por lo mal que lo pasó su familia, fue, sin embargo, por lo intelectual. Es algo que también se puede explicar. Pero el caso es que Felipe tuvo una visión más pragmática y menos ideológica. Y tuvo la intuición de que, una vez establecida la democracia, las siglas del PSOE tendrían un gran atractivo, contra la idea general entonces de que la hegemonía de la izquierda la tendría el Partido Comunista, tal como había ocurrido en Italia.

En el PSOE de aquellos tiempos abundaba la masonería, citas a Ana María Ruiz-Tagle, compañera del despacho laboralista de Felipe, que te dice que los masones eran una «estructura seudomafiosa ineficaz», que «no hacían más que pasarse papelitos unos a otros» y que en las reuniones «te los encontrabas con el babi puesto, cuando salías a la calle veías a un policía y querías echarte en sus brazos».

Ruiz Tagle es una chica estupenda, describe muy bien aquella época. Es verdad que una parte muy importante de los socialistas de aquella época eran masones, empezando por Rodolfo Llopis. Pero la masonería, no es que no me la tome en serio, pero nunca le he dado demasiada importancia. Tenía su interés y su morbo, sin embargo, su capacidad para cambiar Gobiernos la pongo en duda. Y eso que Franco tuviera una brigada contra la masonería y el comunismo lo veo desproporcionado. No creo que los masones tengan la trascendencia que se les ha dado.

Ana María Ruiz-Tagle también admite que los jóvenes socialistas del momento se portaron muy mal con los compañeros del exilio.

Es verdad. Felipe y Guerra cuando mejor conjuntados estuvieron fue para desmontar todo el tinglado de Llopis y demás en el exilio. El grupo de los sevillanos no jugó del todo limpio con ellos, con los ancianos del PSOE que eran los guardianes de la marca. El resultado luego fue positivo para el partido, pero excluyeron a mucha gente que había tenido una vida de compromiso y una larga trayectoria política. Era cierto, no obstante, que el exiliado estaba un poco fuera de la realidad, que tenía una visión de España deformada por la nostalgia y por el propio exilio y con eso habría sido muy difícil que el PSOE hubiera tenido el desarrollo que tuvo posteriormente. González, tener, tenía razón, pero se portó fatal.

José García Abad para Jot Down 1

Señalas que, de hecho, Felipe no demonizó el régimen anterior con el fin de sumar a su proyecto a gente que hubiera colaborado con el franquismo.

Él jamás hablaba mal de Franco. A mí me dijo en una ocasión que porque Franco meara, él no se iba a aguantar sin mear. Felipe no ponía el énfasis de sus discursos en decir que el dictador era un cabrón y un asesino. A diferencia de otra gente del PSOE que tuvieron tuvo un papel importante en esta primera fase, como Pablo Castellanos o Francisco Bustelo, quienes habían tenido otro tipo de experiencias con el franquismo. Tanto Felipe como Guerra, sobre todo este último, encontraron en Madrid un territorio hostil. A Felipe el régimen le trató con mucho cuidado pues estimaba que su pretendida «apertura» no tendría credibilidad si no integraba al PSOE. Cuando Felipe llega a Madrid como «Isidoro», por ejemplo, un día fueron a poner flores a la tumba de Pablo Iglesias y la policía que se lo impidió ya tenía orden de no tocarle.

Pablo Castellanos te dice en el libro que uno de esos excolaboradores del franquismo era, por ejemplo, Rodríguez Ibarra, que había organizado las elecciones al tercio familiar al falangista Enrique Sánchez de León.

A Pablo Castellanos hay que tomarle con precaución, pero él no me mentiría con una cosa así sabiendo que la iba a publicar. Es más, a todos los que me hicieron declaraciones les pasé los textos para que los corrigieran y matizaran y esto se quedó así. Vamos, que es cierto.

El caso es que Arias Navarro contaba con el PSOE para prolongar el franquismo mutatis mutandis.

Con el llamado espíritu del 12 de febrero que impulsó Arias Navarro, la idea era admitir al PSOE, pero hasta ahí; a su izquierda: nada. La palabra partido era impronunciable todavía para ellos, eran asociaciones. Si Felipe, que era moderado, aceptaba, suponía para ellos la consolidación del régimen después de Franco. Sin el PSOE hubiese sido imposible, porque además estaba apoyado por el alemán Willy Brandt, el francés Mitterrand o el sueco Olof Palme. Era una socialdemocracia nada peligrosa. Sin él tampoco se podía aspirar a entrar en el Mercado Común. Nunca habrían admitido a España con los partidos fuera de la ley, pero quedaba la posibilidad de hacerlo excluyendo al comunismo, como en Alemania.

Dentro del partido hubo una pugna entre la visión de Felipe y la de otros compañeros que tenían unos planteamientos más radicales de cara al régimen, como Castellanos, Bustelo o Gómez Llorente. La idea de Felipe era la de ir ganando espacios de libertad. Como abogado laboralista había representado a despedidos o huelguistas y pensaba que sí se podía forzar la legislación del régimen de forma lenta y pacífica.

Un ala del partido se oponía a esas ideas, pero al final el carisma de Felipe y su discurso se impusieron. De hecho, en la democracia Izquierda Socialista nunca ha llegado a ser una fuerza de importancia dentro del PSOE. Felipe fue el tipo de líder que logró que el partido apoyara su visión, unas ideas un tanto difusas, pero que, con ese verbo que tenía, encandilaban a la gente. Aunque luego miraras con atención lo que había dicho y no era gran cosa.

Tras analizar las memorias de todos los protagonistas, llegas a la conclusión de que sus recuerdos o su memoria se orientan demasiado a reforzar su ego.

Son insaciables y no admiten la crítica, aunque alardeen de lo contrario. La única que suelen admitir, ocurre con todos los presidentes de Gobierno que ha tenido este país, es que no lo saben explicar. Solo admiten una crítica por un problema de comunicación. Somos tan buenos, pero no lo hemos sabido explicar, no hemos sido capaces de que la gente lo vea.

Guerra, por ejemplo, en sus memorias da una visión romántica de la librería donde se reunían, donde había una tertulia en la que se arreglaba España hasta altas horas de la noche. Eso es hacer teatro. Por eso luego despotricaba mucho contra Madrid, pero lo que le pasaba es que nunca le gustó la capital porque ahí su teatro no funcionaba. En Sevilla tenía su corte, un núcleo que no participó en actividades antifranquistas. Lo más que hicieron fue un abucheo a Fraga en la universidad, un suceso que Guerra cuenta en sus memorias como si fuese el asalto al Palacio de Invierno.

Y luego hay detalles significativos, como que en el homenaje a Pablo Iglesias en el que Felipe tuvo que pedir a la policía que por favor le detuviera también a él, Guerra ni siquiera hizo acto de presencia. Dijo que se había perdido en Moratalaz y no llegó.

Semprún lo ridiculiza especialmente.

En su libro en el que relata sus experiencias como ministro de Cultura critica esa especie de impostura intelectual de Alfonso Guerra, que nunca había comido caliente en el terreno cultural, que no era un lector de solapillas, pero trataba de sacar partido intelectual a un bagaje bastante inconsistente, desde el punto de vista de Semprún. Todo eso le cabreaba y lo ridiculiza en esas páginas, esa actitud de falso intelectual que presumía de hacer el amor escuchando a Mahler. Además, si algo no podía ni ver era esa actitud de Guerra en los consejos de ministros, que llegaba antes y se sentaba apartado de los demás para que se le acercasen y le comentaran confidencias, en algunos casos poniéndose de rodillas, para que les impartiera doctrina. Y luego decía que él estaba solo de oyente, que no se implicaba en las labores de gobierno, sobre todo en las más desagradables.

Y a Semprún tú le reprochas que en sus vastas memorias critique tanto las purgas del Partido Comunista y se le olvide relatar en las que él tomó parte.

Hay olvidos muy significativos y es una pena. Si has estado en campos de concentración, en la clandestinidad casi toda tu vida, haz una autocrítica explicando que también has cometido errores. Ese reconocimiento te dará más credibilidad, no te quita méritos. Al contrario. Resulta más atractivo alguien con méritos que reconozca que en un momento dado estuvo abducido, que no veía nada más que lo que quería ver, que las posiciones estaban muy polarizadas. Se puede entender perfectamente que el ambiente de una época determinada te condicione.

El caso es que Felipe González con sus posiciones moderadas también sedujo a gran parte del exilio, que venía, detallas, «de vivir historias  truculentas».

La gente del exilio quería buscar la reconciliación. Estaba por la visión de Felipe de tratar de evitar por todos los medios otra guerra civil. Eso ha contado mucho en España y sigue contando. Una guerra civil es incomparable con ninguna otra, ni siquiera la Mundial. Te deja una huella tremenda. Los que la habían vivido iban con mucho cuidado. En razón de esto Felipe estaba obsesionado con el orden público, tenía pánico a que se reprodujeran las violencias de la II República, donde esta serie de problemas dieron un pretexto a los militares.

Esas lecciones aprendidas del pasado son recurrentes. En tu último libro, Cataluña, diez horas de independencia, explicas que la II República, a su vez, nunca barajó la posibilidad de establecer un Estado federal por la experiencia de la guerra cantonal de la I República.

Creo que la historia no se repite, pero sí se alimentan los mitos. Hay un proceso de acumulación de mitos, digamos. En la II República, la declaración de independencia de Companys del 6 de octubre de 1934 habla de la República Catalana dentro de la República Federal Española, que no existía. Él lo deja ahí como diciendo: no queremos romper del todo. Hay un catalanismo, pero también un vértigo a la ruptura. También queda claro esto en el 31, cuando Macià proclama la independencia de Cataluña dentro de una confederación de pueblos ibéricos. Siempre había un «dentro de». Pero claro, le fueron a ver tres ministros de la República, Marcelino Domingo, Fernández de los Ríos, Nicolau d´Olwer, dos catalanes y un andaluz, y le dicen que van a inaugurar un nuevo régimen en el que Cataluña iba a tener un encaje muy diferente al que tenía en la Corona, que por favor no les hiciera esa faena. Entonces Macià aceptó cambiar la independencia por la autonomía y la República asume el compromiso del Estatuto. He mirado en el archivo de las Cortes los debates sobre el Estatuto, sobre todo el cara a cara de Ortega y Gasset frente a Azaña, y los argumentos tienen una actualidad tremenda.

José García Abad para Jot Down 2

No faltan analogías con la situación actual.

Para empezar, decía Companys que al ganar las derechas se produce un proceso recentralizador. Igual que se ha dicho ahora. El Tribunal de Garantías Constitucionales de la República anuló una ley aprobada casi por unanimidad en el Parlamento catalán, la ley de cultivos. Ahora, lo que más ha alimentado las pasiones es que el Constitucional cepillara, como dijo Guerra, el Estatuto.

Hay coincidencias interesantes y también diferencias abismales. La España actual no es la del 34. Ya no hay tanta pobreza, hay un estado del bienestar, o del medioestar. Entonces Lerroux puso al Ejército a cañonear la Generalitat. Hoy el Ejército es distinto. Resultaría inconcebible algo así en la actualidad. Aunque este es un tema sensible para el Ejército y se le está sometiendo a una tensión tremenda. Por mandato constitucional le corresponde mantener la unidad de España. Puede haber un general que diga que esto no se está cumpliendo. Ya sabemos eso de que España antes roja que rota. Aunque el Ejército se ha civilizado mucho, valga la paradoja.

El caso es que Companys tampoco era independentista, como Mas. Reaccionó ante el ala más radical de su partido, de Esquerra Republicana, que tenía una milicia parafascista uniformada y armada denominada Estat Catalá, mandada por Josep Dencás que quería la independencia pura y dura y la Revolución. Companys tuvo que defenderse de que le acusaran de tibieza. Nada más salir del balcón de la Generalitat desde donde había declarado la independencia dijo a un correligionario : «A ver si ahora decís que no soy catalanista». Ahí tiene con Mas cierta similitud psicológica. Aunque Companys, cuando el fiscal del Tribunal de Garantías Constitucionales pidió para él y para los consellers veinte años de cárcel, se enzarzó con él y le dijo: «Usted quiere humillarme al no pedir par a mí la pena de muerte». Mas con las consecuencias legales de su referéndum dijo que no tenía madera de héroe ni de mártir. Franco le dio a Companys categoría histórica al fusilarle. Y, lo que son las cosas, a Artur Mas le llaman a declarar ante el juzgado justo el día en que fusilaron a Companys.

Dices que Companys prefiere rendirse ante el Ejército español que ante la revolución social que se estaba gestando en las calles de Barcelona. Eso recuerda a cuando Mas tuvo que entrar en helicóptero al Parlament e inmediatamente puso en marcha la maquinaria independentista. Unos dicen que para que no le pasase por encima, otros que para diluir las demandas sociales en el caldo nacionalista.

Exactamente. Lo que a la burguesía catalana más le aterraba era el anarquismo. Esos días había en toda España un intento de huelga general, que solo funcionó en Asturias, pero en Barcelona los sindicatos, particularmente la CNT, controlaban la calle. Además, había socialistas por ahí, trotskistas, los de Estat Catalá paseando con escopetas. Todo esto en realidad les asustaba más que el Ejército. No obstante, antes en estas reivindicaciones había un anclaje con España, aunque fuese de forma flácida. Ahora se pide la ruptura total. Esa es la gran diferencia.

Lo que me sorprende es que el catalanismo elude como mito la proclamación de Companys en 1934 y prefieren irse a 1714, cuando hay un enfrentamiento entre dos monarquías absolutistas. Un anclaje en una rebelión de algunos catalanes de entonces para buscar un precedente que está absolutamente fuera de lugar. No tiene mucho contenido, no es más que una guerra de sucesión. Pero aunque las situaciones cambian, los mitos permanecen. Engordan. Y al final tienen una fuerza tremenda en los imaginarios y los discursos de las distintas formaciones políticas. De modo que es inevitable que haya reacciones derivadas de la historia, como la de Felipe que mencionas o la de los que trajeron la República en el 31, porque la historia enseña; es evidente que los grandes conflictos enseñan.

Y así se llega a que en los mítines del PSOE de los setenta estuvieran proscritas las banderas republicanas.

En el primer congreso del PSOE en el interior, cuando todavía no estaba legalizado, solo tolerado, recuerdo a Alfonso Guerra con su equipo de vigilancia detrás de que no apareciera ni una sola bandera republicana. Pero fíjate, ahora en las manifestaciones cada vez se ven más. La represión siempre termina teniendo un efecto contrario al que se pretende.

Hay un congreso del PSOE en el que el líder socialista portugués Mario Soares le recomienda a Felipe que no se preocupe por las resoluciones, «que los papeles no sirven para nada».

Esto me recuerda a lo que decía Lenin. En un congreso del Partido Bolchevique estaba todo el mundo loco por los pasillos peleándose por las resoluciones, y dijo: «Discutid las resoluciones y dejadme a mí la nota de prensa». Guerra y Felipe, cuando tomaron casi al asalto el PSOE, es lo primero de lo que se apropiaron, de la secretaría de prensa. Ahí fueron muy listos. Conclusiones y ponencias, las que quieras, pero lo que importa es cómo se cuenta esto. Ahí fueron leninistas. Hay que tener en cuenta que se dieron cuenta muy pronto de que con esa mochila no iban a conseguir el poder. Se cargaron todo lo que veían tópico e impracticable y ampliaron el campo en el terreno ideológico. En esos congresos se llegó a aprobar el derecho de autodeterminación para las nacionalidades españolas. Felipe decía: «Con esto no voy a ninguna parte». Luego renunciaron al marxismo y todo lo demás. Y fue determinante cuando Suárez le ganó la segundas elecciones apelando a su radicalismo, diciendo que eran un partido sin Dios ni patria, y Felipe se revolvió y dijo: «A mí no me vuelven a ganar con mi programa».

Mencionas unas palabras de Heribert Barrera, líder de ERC en la Transición, durante la ponencia constitucional: «Pretender que España sea monárquica por agradecimiento me parece propio de una mentalidad arcaizante, me recuerda a las leyendas medievales del caballero que salvaba a la doncella del dragón y en recompensa obtenía su mano y su dote». Parece lúcido.

Es muy lúcido. Absolutamente. El núcleo central de franquismo no era la Falange, era el nacionalcatolicismo, con la Asociación de Propagandistas y después con el Opus Dei. Los falangistas cantaban aquello de que no querían «reyes idiotas» y proclamaban el Estado sindical, una república fascista, pero con ese toque «sindical», lo social siempre está presente en toda ultraderecha. Sin embargo, el resto de los franquistas decían que no, que continuase como fuera el régimen del 18 de julio, con un rey elegido por Franco y que le debía todo a Franco que, obviamente, continuaría todo lo andando por Franco. El matiz es que el rey se dio cuenta de que Franco se había muerto y de que por ese camino iba a durar cuatro días. Tonto no era. Y creo que reaccionó más por él y la monarquía que por convicciones firmes. De todas formas, su obligación era mantener la institución que representa.

En tu otro libro, La soledad del rey, la historia que relatas del pequeño timo que le mete el rey al sah de Persia en estas fechas es, cuando menos, curiosa.

Suárez en un viaje a Irán había visto que el sah tenía esculturas de oro macizo. Al contárselo a Juan Carlos cuando regresó, al rey se le ocurrió escribirle una carta al sah pidiéndole mil millones de pesetas, unos diez millones de dólares, para poder hacer frente a la amenaza del PSOE, que como hemos visto de radical no tenía gran cosa. El jefe de gabinete del sah les hizo notar que fuesen más discretos, pero sí que se lo envía y ese dinero se lo embolsa don Juan Carlos. Una pequeña muestra de picaresca real. Esta actitud yo la comparo con Lo que el viento se llevó, cuando Scarlett O´Hara dice eso de «Juro por Dios que nunca volveré a pasar hambre». Juan Carlos lo había pasado mal en el exilio y en cuanto pudo se puso a acumular dinero como un poseso.

Ya en la propia boda de Juan Carlos, que era Juan pero Franco decidió que se llamase Juan Carlos para que fuese primero, los banqueros pasaron la gorrilla para un regalo del orden de cien millones de pesetas de la época, en plan como dicen ahora los hijos: no me compres un regalo, dame el dinero. [Risas]

Manuel Prado y Colón de Carvajal, administrador privado del rey, se ocupó de pasar la gorrilla especialmente en el mundo árabe. Enviaba cartas pidiendo dinero en nombre del rey. Luego el jefe de la Casa, Sabino Fernández Campo, recibía cartas respondiendo a misivas de Juan Carlos que no habían pasado por sus manos. Cuando le preguntaba al monarca, este decía: «No te preocupes, son cosas de Manolo».

Consiguió un crédito sin intereses del rey de Arabia a devolver en diez años, pero lo invirtió tan mal que no pudo devolverlo y al final se lo perdonaron. Más grave fue lo de Kio. Cuando Husein fue desalojado del emirato, el Gobierno de Kuwait acusó ante los tribunales a Javier de la Rosa, representante del instituto de inversión kuwaití, de haberse quedado con millones de dólares que no tenían justificación. Javier de la Rosa se defendió asegurando que había entregado más de cien millones de dólares al rey de España a través de su administrador Manuel Prado con el fin de apoyar la causa de la monarquía kuwaití en el exilio tras la invasión del emirato por Sadam Husein.

Prado aseguró que los cien millones los recibió en labores de asesoramiento, para estudios y proyectos [risas]. De la Rosa y Colón de Carvajal fueron condenados, pero el juez no pudo investigar si el dinero había llegado a don Juan Carlos pues el rey, según la Constitución, es irresponsable. No puede ser juzgado. Lo cierto es que, después de estos hechos, Manuel Prado siguió contando con la amistad del monarca.

José García Abad para Jot Down 3

En tu libro sobre el expresidente Adolfo Suárez, Una tragedia griega, presentas a un político que viene del franquismo pero que, paradójicamente, al contrario que Felipe, hacia lo que se escora, peligrosamente para él, es hacia la izquierda.

Suárez a la banca la llama «la madrastra». Y era recíproco, el poder económico desconfiaba de él porque lo consideraba imprevisible, que es lo peor que te pueden considerar los empresarios. Ahora, por ejemplo, están encantados con Rajoy porque, si algo es, es previsible. La incertidumbre los pone muy nerviosos a los empresarios. De hecho, la CEOE se dejó mucho dinero intentando cargarse a Suárez. La nacionalización de la banca, ningún partido de izquierdas se hubiera atrevido a llevarla a cabo, pero Suárez estuvo mucho tiempo dándole vueltas. Él tenía cierto síndrome de que, como había sido secretario general del Movimiento, temía que se le considerase un derechista, quería hacer notar que él en realidad era progre y que le hubiera gustado ser Felipe González, con el que tenía cierto complejo.

Cuando se constituyó el Congreso, Suárez pidió estar en el ala izquierda y le tuvieron que decir que ni hablar. Tenía un síndrome de cierto izquierdismo cristiano pero muy radical frente a los grandes poderes. Entre otras cosas porque era de una familia muy humilde y su padre tuvo problemas con el franquismo, había sido un republicano de Sánchez Albornoz, un republicano ilustrado, y su familia pasó penurias tremendas. Suárez fue maletero en una estación, vendió neveras, se tuvo que buscar la vida y hacer la carrera por libre. Este tipo de condicionamiento de clase creo que fue muy importante y jugó un papel en su visión. Se consideraba un chusquero de la política, todos sus compañeros tenían muchos libros y doctorados, él solo hizo unas oposiciones pequeñas y le despreciaban.

Ahora es un icono de la democracia.

Al final se ha terminado reivindicando su figura, pero muy tarde, tengo que presumir de que yo escribí este libro cuando todavía no se había desatado esta pasión tardía por Suárez. Creo que fue un presidente capaz de salvarte cuando estás al borde del precipicio, pero en situación de normalidad, gobernando el día a día, le patinaba el embrague. Para llevar el país a una democracia normal, homologable, hacía falta valor, incluso valor físico, y Suárez lo tuvo. La gente del entorno del rey, Fernández-Miranda, Fraga o Areilza, todavía esperaba una transformación paulatina del régimen. Una Constitución nueva, con todos los partidos políticos, eso Suárez lo hizo a contrapelo, a veces del propio rey, que siempre le decía: «Oye, a ver si nos equivocamos y nos pasamos».

Carrillo me dijo una vez: «Con lo que el rey me ha dicho a mí de Suárez, qué no le habrá dicho a Miláns del Bosch». Con los militares lo ponía a parir. Fue muy imprudente ganándoselos con frases en plan «si yo soy el primero que está con vosotros». Él provocó, alimentó y cortó el golpe. Como en la historia lo que cuentan son los hechos, pues ha quedado que lo abortó. Pero el papel fundamental fue de Sabino, que fue quien llamó uno por uno a los militares, en el orden que era preciso, para pararlo. Y mientras lo hacía, Juan Carlos le decía: «Sabino, a ver si nos estamos equivocando». Dudaba qué hacer. Y Suárez ya había avisado de que veía venir el peligro.

En su despacho tenía fotos de todos los presidentes de España asesinados. Pensaba que se lo iban a cargar. Pero no se anduvo con paños calientes, actuó con esa arrogancia democrática, chulería, como cuando le dijo a Tejero: «¡Cuádrese ante su presidente!». Un valor que tampoco le faltó ante el rey, porque hay dos Suárez, el que es elegido por el monarca y el que es elegido por los ciudadanos. Ese creo que fue su gran mérito, el valor. Porque hasta su propia gente le consideraba un traidor. Cuando estaba en misa y se daban la paz, los que estaban al lado se negaban a darle la mano.

Los golpistas, cuentas, utilizaron la infraestructura del Banco Santander y del Banco de Bilbao.

Quiso dejar muy claro que él no era como la derecha del franquismo, que no iba a defender los intereses de los poderosos, y tomó muchas medidas que iban en contra de la gran banca española. Una vez, el padre de Botín fue a verle a la Moncloa. Estuvieron sentados departiendo y de vez en cuando Suárez tenía que excusarse para atender alguna llamada telefónica. En una de estas salidas, Botín padre apoyó la pierna en la mesita. Al volver Suárez y verle, le gritó: «¡Quite inmediatamente ese pie de mi mesa!». Cuando luego su ayudante le explicó que el señor Botín padecía de gota, contestó «ni gota ni pollas».

Cuentas también que a Felipe González Gutiérrez Mellado le pidió después de desarticular la Operación Galaxia que no abriera heridas sacando el tema de la Guerra Civil.

En aquella época seguía contando. Era un asunto tabú en cierta manera, algo muy delicado. Hay que entender que la Constitución del 78 fue una especie de acuerdo de paz, un abrazo de Vergara. Felipe fue muy consciente de eso. Se dijo, vamos a lo nuestro, a modernizar este país y olvidemos esas diferencias ideológicas que a nada conducen. No mentemos la bicha porque las pasiones son tremendas. Y lo siguen siendo, mira lo que pasó cuando Zapatero habló de la memoria histórica y ahí sigue la gente en las cunetas. Es muy fuerte.

A Felipe se le pasó por delante el 50 aniversario del inicio de la guerra y el 50 del final y en ninguna de las dos oportunidades hizo absolutamente nada.

Durante este periodo yo fui a la Moncloa habitualmente junto a María Antonia Iglesias, Enric Sopena y José Luis Martínez a departir con el presidente de lo divino y lo humano. En cierta manera, a Felipe le interesaba saber a través de nosotros cómo estaba la situación, pero la verdad es que luego no dejaba hablar a nadie [risas]. Y como dijeras algo que le molestara un poco se acababa la conversación. Pues en esas charletas, admitía que había que hacer algo con la Guerra Civil. Concretamente, reconocía dos tareas pendientes. Una, poner las cosas en claro sobre la rebelión de Franco y homenajear a las víctimas de la guerra y la dictadura. Y otra, la Iglesia. Dejar clara su complicidad con el franquismo, ajustarle las cuentas y avanzar hacia un Estado laico de verdad. Decía que ambas cosas las tenía pendientes.

Pero gobernó sin pisar ningún callo.

Porque tenía la simpatía de mucha gente de derechas. Le encantaba recibir a empresarios y salían de su despacho felices, pensando que era uno de los suyos. Era un encantador de serpientes, como se dice, con ansiedad de apoyo universal. A la izquierda, al centro y a la derecha. Quería ser el gran patriota que sacaba el país adelante.

Me suena a Podemos.

En cierta manera sí, es eso. Podemos habla de un proceso de regeneración en el que entra la derecha y la izquierda, porque no somos ni una cosa ni otra, algo que por cierto también decía José Antonio Primo de Rivera, y que te lleva al populismo a una velocidad… También lo pretende Marine Le Pen una vez que ha echado a su padre del partido. Lo cierto es que Pablo Iglesias me parece un tipo inteligente, se da cuenta de que con su programa básico nunca llegará y va a buscar todo lo que puede ser aceptado de entrada, esto es, todo el mundo está en contra de la corrupción, todos queremos un sistema electoral más democrático, a nadie le gustan los vicios en los que han caído los partidos que parecen asociaciones de auxilio mutuo. Pero ha sido dar ese paso y empezar a tener contradicciones internas fuertes. La gente que se movilizó en Sol, los del «no nos representan», creen que para esos planteamientos no han hecho la guerra, que se están convirtiendo en algo como los demás. Lo están reflejando las encuestas, aunque tampoco era muy normal que hubiera tanta gente de extrema derecha dispuesta a votarles. Cuando uno trata de unificar o de unir cosas difíciles de soldar siempre hay problemas, si te vistes de una cosa que no es, la gente detecta la impostura.

Nada nuevo bajo el sol.

Hay pocas cosas nuevas, coño. Desde la democracia que inventaron los griegos ha habido ya muchos inventos. Eso de descubrir la fórmula de que todo el pueblo unido se ponga en una misma tarea, pues no es tan fácil.

José García Abad para Jot Down 4

Esos empresarios que iban a ver a González… pasado el tiempo han cambiado los presidentes, pero siguen siendo los mismos empresarios los que van a Moncloa.

El poder económico es un bloque, los cabezas de las grandes empresas, la plutocracia, son los mismos. Ha habido pequeñas bajas y casi siempre es la muerte la causa de sucesión en las empresas. Entre otras cosas, porque no dimite ni dios. La cantidad de gente por encima de setenta años es altísima. Botín en su día, Villar Mir que debe tener noventa… Las empresas españolas son monarquías absolutas. El presidente busca a los consejeros con el único fin de perpetuarse fácilmente. En una empresa se puede exigir cierta unidad de gestión, pero es necesario que el consejo de administración exija cierto control. Esto es una asignatura pendiente de nuestro mundo empresarial.

¿Y en la prensa?

La autocensura. La hay en el interior de cada medio porque tienen sus personajes intocables, asuntos que más vale no tocar. Desde el 78, periodista que llegaba a una empresa, si quería salvar su promoción, lo primero que tenía que saber eran los códigos de la empresa. Qué personas eran intocables y de qué temas no se podía hablar o no se podía abordarlos por los intereses económicos de su grupo. Además, desde un consenso de que perro no come perro y de que más vale no criticar a la competencia porque todos tenían algo que ocultar. Por todo esto, uno de los factores para la consolidación democrática, como es la prensa libre, ha cojeado.

En Las mil caras de Felipe González destaca la extensa entrevista que le hiciste a Barrionuevo sobre el GAL, en las contradicciones que pone de manifiesto están todas las claves.

Se quejaba de que le pasó como cuando Moisés abrió las aguas del mar Rojo y, nada más pasar él, se cerraron. Hizo un papel, y me decía que nunca lo hubiera desempeñado sin haberlo hablado con Felipe. Esto es evidente. Trató de salvarse tirándole a los caballos y estaba muy jodido.

La guerra sucia contra ETA surgió en los estertores del franquismo para vengar el asesinato de Carrero, explicas.

Y la prensa nunca le dio importancia. Incluso, cada vez que había un atentado de ETA la prensa casi animaba a la guerra sucia. El ambiente era que había que acabar con ellos antes de que ETA acabara con la democracia, porque ese peligro existía.

Barrionuevo dice que había muchos grupos terroristas cuando llega el PSOE al poder, que los GAL eran solo unos más, pero desliza «y ocurría en Francia y en algunos casos nos resolvía problemas».

Es verdad que luego Felipe proclama aquello de que ellos acabaron con ello, pero lo mantuvieron unos añitos. Pero lo fundamental de esta entrevista es que me reconocen que Felipe no se enteraba por la prensa de estos asuntos.

Le insistes: «No se acaba con algo si no se tiene constancia de que ahí estaba» (en el Ministerio).

Belloch le dijo a Felipe que podía salvarlo, pero que en el lance tenían que perecer otros personajes. Y Felipe compró. Esta es la misma idea que tenía al incorporar a Garzón a su candidatura. Pero ahí se juntó la ambición frustrada de Garzón de luego no ser ministro con que, como decía Guerra, tampoco le dieron un par de helicópteros para que montara películas de acción como secretario de Estado contra la droga. Siente que no tiene todo el protagonismo que González le había prometido o, al menos, que Felipe no le presta atención. Pero Felipe ya ni recibía a los ministros, para verle había que pedir audiencia poco menos. Los nombraba porque tenía que hacerlo, pero ya iba completamente por libre a esas alturas.

Garzón salió rebotado y al volver a su despacho lo primero que sacó del cajón fue el caso GAL, lo cual también es un poco fuerte. Cuando escribí este libro, Felipe, según me dicen, se quedó sorprendido de que un amigo suyo entrara al detalle en lo del GAL, especialmente eso le molestó mucho. A mí ahora también me ha decepcionado un poco. Fue presidente del Gobierno con un partido de izquierda y no veo bien que ahora solo se codee con millonarios. Al final uno termina pensando como vive, como dicen. No digo que tenga que pasarse todos los días con la UGT, pero sí le critico que debería tener cierta responsabilidad por lo que representa. Pero a Felipe siempre le gustó ese ambiente, el aroma de los ricos siempre le sedujo.

Años después, tomó el poder Zapatero, otro que utilizó como ascensor en el partido la secretaría de prensa, que estaba en manos de Rubalcaba.

Esto por un lado, por el otro que, cuando se empezó a gestar aquello de la Nueva Vía, él le fue filtrando a los periodistas que él era el líder del movimiento, cuando no estaba decidido ni mucho menos. Tuvo dotes de seducción con los periodistas. Se lo decía en plan confidencia: «no lo digáis, ¿eh?, pero venga, va, soy yo». Gracias a eso consiguió luego postularse para secretario general, porque logró que se publicase en la prensa que él era la alternativa y al final de tanto decirse se convirtió en un hecho consumado.

Esto de Nueva Vía tampoco parecía muy sólido, primero que, cuando Blair invade Irak, lo tuvieron que meter corriendo en un cajón. Y luego, en El hundimiento socialista escribes que Jordi Sevilla le dijo a Jesús Caldera, cuando este buscaba una doctrina con la que estructurar la corriente, «Eso no es lo prioritario Jesús, las ideas vendrán luego, ya lo verás, hay gente en la universidad muy lista, lo que hay es un vacío de poder de la hostia en el partido y hay que decidir si lo queremos coger o no».

Me lo contó uno de los próximos de Zapatero, que fue ministro, pero más no te puedo contar. Tiene nombres y apellidos, pero me dijo que no los pusiera. Tenerlo, lo tengo grabado. Y sí, de esto venía Zapatero. Algo muy típico, una especie de pragmatismo al que ya directamente le dan igual las ideas. El poder por el poder. Poner el carro antes que los bueyes. Primero a coger el poder y luego a ver qué hacemos con él. Es una degeneración democrática tremenda en la que incurren todos los partidos.

En el congreso en el que también se postuló Rosa Díez comentas que tampoco ella iba muy sobrada de doctrina, que tras su intervención a los compromisarios «lo único que les había quedado claro era que se llevaba muy bien con su hijo».

Es verdad, me quedé asombrado. Ella es lista y tiene mucho peligro, pero apareció con un discurso rarito, de la juventud y tal, diciendo lo bien que se llevaba con su hijo. Quizá quería dar a entender que no era mayor para tomar el relevo, pero era una cosa tan flácida que daba vergüenza que se pudiera hacer política con esos mensajes. Vergüenza ajena y vergüenza propia.

Te quejas de que con Zapatero solo prosperan en el partido los fabricantes de frases. Aquí, una antología: «Nadie tiene los planos del paraíso», «no hay que buscar una solución verdadera, las fronteras difusas permiten un alto grado de contrabando de ideas», «no estar más al centro o más a la izquierda sino más adelante, debemos reivindicar la fuerza de la cultura frente a la cultura de la fuerza», «una cultura que saque a las persona del vasallaje pero que no avasalle»…

Zapatero funcionó con estas frases y con gestos espectaculares, como poner a una mujer embarazada como ministra de Defensa o promocionar a Madina porque ETA le había herido. Recuerdo especialmente un día durante el debate de los Presupuestos. Resulta que Miguel de la Quadra-Salcedo tenía un programa financiado por el BBVA en el que se premiaba a unos niños con excursiones a lugares que tenían que ver con la historia de España. Los del programa pidieron ver a Zapateo con los críos y les dieron un viernes, cuando había Consejo de Ministros. La persona que los llevaba pensaba que se habían debido de equivocar, pero fue hasta ahí y les tenían montado un puesto con Coca-cola y Fanta. Cuando se estaba discutiendo lo más gordo de los Presupuestos, Zapatero salió de la reunión a hacerse un montón de fotos. Le dijeron: «Pero ¿cómo haces esto?», y contestó: «No os preocupéis, esto ya no es lo que era, desde que nos han puesto límite de gasto da igual y va un poco más o un poco menos para cada cosa». Una frivolidad increíble. Y así se ha quedado el partido.

José García Abad para Jot Down 6

Hablas de que ha entrado en una dinámica de entropía.

Es una ley que se aplica a la economía pero que funciona en los partidos, la de rendimientos decrecientes. Es decir, cuando sube el más mediocre, el que genera menos resistencias o envidias, el que no es un peligro para muchos, el que es capaz de pasar como un camaleón. Un triunfo de la mediocridad y el cálculo mezquino. La gente con personalidad, la que puede enfrentarse a una línea oficial, la que actúa de una forma coherente con sus ideas, está considerada un peligro en los partidos. Se ha producido un deterioro tremendo.

Zapatero era un dirigente, digamos, limitado, pero con ambiciones mesiánicas. El tío no era ningún genio, pero se movió bien en León, con mucha audacia y, sin embargo, en lugar de aceptar sus limitaciones, pasó a pensar que era el mesías. Este cóctel de insuficiencia y una opinión tan elevada de sí mismo siempre lleva al desastre. Ocurrió como con Felipe González, que le daban igual los ministros porque consideraba que él era el único personaje relevante, pero aquí fue peor. Felipe con la ejecutiva de su partido tenía unas trifulcas tremendas, mucha pasión, pero con Zapatero duraban lo mínimo para guardar la compostura. No se apoyó ni en los órganos del Gobierno ni en los del partido, sino en una camarilla de amiguetes, Javier de Paz, el hombre que hacía de enlace con los empresarios que querían algo, Miguel Barroso, Miguel Sebastián… Prefería tener una camarilla de gente de adhesión inquebrantable, aplauso y halago, antes que el Gobierno o el partido, por eso funcionaba a veces a base de ocurrencias.

En su programa de 2004 llevaba promesas serias de cambiar la estructura económica de este país, como una reforma fiscal que nunca se llevó a cabo.

Su Gobierno tuvo dos vertientes económicas, la de Solbes y la de Sebastián, un liberal reconvertido del que Zapatero estaba enamorado. Le fascinaba. Y era un tío brillante, pero también limitado. Es profesor, pero no catedrático. Muy capaz, pero no un genio. Recuerdo que formaba parte de un grupo de sabios que tenemos en El Nuevo Lunes para comentar la actualidad, y cada vez que nos juntábamos Zapatero le llamaba dos o tres veces. Tuvo una influencia enorme. Pero Sebastián no era un hombre de gran compromiso político ni social. Llegó al PSOE por cierto oportunismo. Le habían echado del BBVA por algunas críticas que hizo al Gobierno del PP como director del servicio de estudios. Rato pidió su cabeza y se la dieron. En su situación, le vino muy bien ligarse al destino de Zapatero. Solbes, en cambio, estaba en las antípodas. Seguía la línea liberal de Solchaga, pero era como un gran funcionario y tampoco quería grandes cambios en la política fiscal.

Ni siquiera Zapatero pareció mostrar un gran interés. Cuando hizo el decreto de desgravación de los cuatrocientos euros a todo el mundo, desde Botín hasta su jardinero, iba contra todos los principios de la socialdemocracia. Volvemos a eso de Felipe de tratar de lograr que todo el mundo te quiera, pero con otro fundamento. Eso te da idea de su verdadera mentalidad. Tampoco tocó las sicav, que son una cosa escandalosa, dio también el cheque bebé para todos. Tenía una actitud como si no hubiera clases sociales, ni guerra de clases. Efectivamente, en el terreno fiscal esto se manifestó claramente.

Botín le dijo, revelas: «Tú eres el gran presidente que necesitábamos, ¿para qué quieres un ministro de Economía?».

Se lo dijo delante de mí. Fue en una copa de Fin de Año en la Moncloa. Me confesó el propio Botín que se lo había soltado. Así que esto lo cuento de primera mano. Se lo dijo a Zapatero, pero antes le habría dicho algo similar a Aznar.

Pero a lo que voy es a que Botín le acarició el lomo y luego su reforma laboral fue la antesala de la actual, le metió un palo a la negociación colectiva… no sé si tendrán relación ambas cosas…

Ese tipo de decisiones son las que han machacado al partido. Cambiar la Constitución por la vía rápida también. Por mucho miedo al rescate que se tuviera, una política tan radical y antisocial debía estar precedida de una convocatoria de elecciones. Eso era lo decente.

Al final de El hundimiento socialista hablas con Barranco y te confiesa que las capas urbanas abandonaron al PSOE ya en 1986, que se han convertido en un partido de implantación rural.

El PSOE todavía tiene el problema de las grandes ciudades, donde se supone que un partido progresista más apoyo tiene que tener, donde está la gente con más formación y más sofisticada. Y ya hemos visto en Madrid los resultados que han obtenido. En Andalucía todos los Ayuntamientos de las grandes ciudades eran del PP hasta hace poco. El PSOE se ha salvado por un voto que no voy a decir que sea rural, pero casi. Convertir un partido progresista con vocación de Gobierno nacional en un partido rural, o en un partido para Andalucía, tiene mucho mérito. Con eso no se va a ningún lado. Encima se ve que, en las encuestas, los votos que pierde Podemos se los está llevando Ciudadanos. Se decepcionan con la alternativa de Pablo Iglesias, pero esos votos no vuelven a la casa del padre. Ya hay encuestas que les dan como tercera fuerza.

¿Cómo ves a Pedro Sánchez?

Como el partido tiene tanta necesidad de resucitar de entre los muertos creo que hay un gran consenso entre los parroquianos. Sánchez da los mínimos para recuperarse, ha conseguido el apoyo de la militancia y se ha ganado la vida fuera del partido. Zapatero fuera del PSOE no ganó un solo euro en toda su vida, una situación que te condiciona mucho. Por eso Pedro me parece que tiene más condiciones, es menos frívolo, pero tengo mis dudas sobre su consistencia. No existen aún razones objetivas para decir que ha metido la pata, pero me parece zapateril eso de meter de número 6 en las listas a la exmilitar Zaida Cantera. O lo de Irene Lozano. Me recuerda a Felipe con Garzón, para probar que han cambiado meten a la chica que les ha machacado.

Pero todo esto me lo explico porque creo que Sánchez no ha podido elegir a su gente. El PSOE es un partido muy complicado donde mandan los barones, él tiene un pequeño margen y ha querido demostrar que mandaba más de lo que manda, aunque fuesen medidas criticadas, pero como su autoridad está en entredicho… Aunque aún no tengo elementos de juicio, no es como con Zapatero, que antes de que llegase mi revista fue muy crítica con él por todos los detalles que ya había dejado que indicaban que no era un líder sólido. No puedo decir lo mismo de Sánchez ni ponerme a criticarlo porque sea guapo [risas].

José García Abad para Jot Down

En 2005, el diputado balear Antoni Diéguez denuncia irregularidades de la empresa de Iñaki Urdangarin. Solo tu revista, El Siglo, siguió el caso y le disteis varias portadas.

Fuimos los primeros que lo dimos y los únicos. Ahí se ve el consenso que había entre los medios a la hora de informar sobre los asuntos reales. Cuando saqué la primera portada del yernísimo, me llamó el propio Urdangarin y tuve con él una conversación demencial. Me dijo que la gente no podía entender que él pudiera organizarse su vida profesional al margen de que fuese parte de la familia real. «Yo es que me voy a hacer republicano», me dijo. Yo le contesté que si había algo que no fuese cierto, se rectificaba. Y respondió: «Si es que no es eso, es el enfoque principal».

Luego hicieron que me llamase un ministro del PSOE, suponiendo Urdangarin que yo era del PSOE, cosa que no es cierta, estoy en una izquierda moderada pero nunca he tenido ningún carné. El ministro me pidió si no se podía cambiar alguna cosa, pero él mismo ya le había advertido a Urdangarin de que yo iba por libre y que no se podía hacer idea de qué manera, que ya les había dado bastantes disgustos a ellos.

Cuando explotó el tema judicialmente, ya salió en todos los medios. En la Sexta y en Telecinco entrevistaron a Inmaculada Sánchez, la directora de la revista, yo soy el editor, pero es una vergüenza que los periodistas no hicieran su trabajo. Porque esto no es atacar al jefe del Estado, es informar. Deberíamos hacer una petición de perdón colectiva por nuestra connivencia con el rey y sus asuntos impresentables.

Esta ley del silencio supuso además que con los años el rey se cortase menos e hiciera estas cosas con más descaro. Todo esto lo decía Aznar, que le dijo a alguien «yo sé lo que sé y él sabe que lo sé». Rajoy, pues igual. Además, todos han reconocido que leían mis libros, aunque más bien sería por amabilidad [risas]. Pero no, mi revista sí que la han recibido en todos los gabinetes de prensa y ha habido un silencio, una complicidad con unos manejos. Pensaban que esto iba a durar eternamente y nunca se llegaría a saber, pero eso es imposible.

Hombre, el rey sabía devolver los favores, ¿no?

Sí, a Felipe González le encargó que influyera en Grecia para que la familia de la reina pudiera recuperar sus propiedades. El presidente envió para allá a Julio Feo y algo consiguió. Luego el rey en un discurso de Navidad pidió moderación a la prensa cuando peor lo estaban pasando los socialistas. Felipe y el rey tuvieron muy buena relación. Había química. A los dos les gustaban los mismos chistes chabacanos, se entendían muy bien. Con Aznar no, el rey decía en público textualmente: «A mí ese del bigote…». Y Felipe también se lleva muy bien con el hijo, con el otro Felipe. Con lo de Eva Sannum y lo de Letizia, Juan Carlos quiso que mediara para que hiciera entrar en razón a su hijo, pero González dijo: «Una persona que está en condiciones de reinar, también lo está para elegir a su mujer». Hay que tener claro también que sin Felipe no habría habido monarquía. Una monarquía de derechas es imposible. Alfonso XIII nunca recibió a Pablo Iglesias ni a los socialistas, hizo una monarquía de derechas y así le fue.

Felipe quiso el primer día poner orden en los regalos que se recibían y no pudo.

Me lo dijo un ministro, tampoco voy a decir quién. Se le dijo a Juan Carlos, que se iba a hacer una norma para regular los regalos que recibían el presidente y él, y el rey gritó: «Ni hablar, ¡encima de que estoy todo el día pringando!».

Cuando publicaste La soledad del rey, ¿qué te dijo?

Apeló al hecho de que saqué lo de la novia, Marta Gayá, con la que estuvo dieciocho años. Yo no quería meterme en cotilleos de estos, pero en la medida en que esta Marta consiguió que se cesase al secretario general de la Casa Real, para mí es noticia. José Luis de Vilallonga estaba introduciendo a Marta en cierta sociedad mallorquina. Era un grupo restringido, pero le daba cuartelillo y presencia. El secretario general lo criticó, le dijo que tuviera más cuidado y cuando ella se enteró le pidió que lo cesara. Si una cosa de amores tiene relevancia hay que contarla, porque si no es imposible explicar los hechos. A mí me entró por ese lado. Me dijo que todo lo que decía el libro lo aguantaba, que tenía las espaldas anchas, pero que la reina estaba desolada. Yo no quería romper un matrimonio, pero también el rey es rey todos los minutos del día, no es un funcionario con un horario determinado. Tiene que dar ejemplo. Y eso de que Sofía le tuviera que preguntar a Sabino si era normal que el rey tuviera que ir al dentista a las cuatro de la mañana…

En tu siguiente libro, El rey y su hijo, planteas que la institución tiene anacronismos irresolubles en estos tiempos. Como la imposibilidad de tasar el tráfico de influencias, que un yerno sin formación termine en consejos de administración, la publicidad que hacen las gafas que llevan, etc.

Es que patrocinaban hasta el carrito del bebé, el coche, el equipo para navegar, todo tenía un fin crematístico. Ahora ha cambiado mucho, también es verdad, pero eso de que el rey recibe un dinero del que dispone libremente lo interpreta como que no tiene que dar cuentas y esto no es así. Eso no pasa en ninguna monarquía europea. El auditor de las cuentas solo daba el informe al propio rey, no pasa ni por el Congreso ni por el Tribunal de Cuentas. Recibir regalos gordos, coches de lujo, las motazas de Juan Carlos… ningún monarca europeo puede aceptar eso.

Relatas un episodio en el que Marichalar hace que un avión tenga que aterrizar de emergencia por «una indisposición» y que el rey dijo: «Le metería cuatro tiros. ¿He dicho cuatro tiros? No, quería decir seis».

Estaba muy encabronado, pero luego el que era peor era el otro yerno. Marichalar, al no haber régimen de incompatibilidades, se ha colado en tantas cúpulas empresariales… Tampoco lo hay en Inglaterra, pero la reina decide. Y en teoría aquí también, pero como estas cosas las hacía el rey mismo, no tenía autoridad moral para impedirlo. Aquí podría ocurrir que Felipe pusiera un puticlub en la carretera de Extremadura. Ninguna ley lo impide. Y sin una ley es imposible evitar que la gente sepa que estás en la familia real, de modo que el tráfico de influencias está servido y casi sin que nadie lo exprese. Urdangarin pedía un dinero a distintas empresas para la organización de eventos o como asesoramiento, pero es que, además, cuando empezó con el negocio fue el propio rey el que hizo las primeras llamadas a los grandes empresarios en favor de su yerno. Sí que han actuado inteligentemente dejando la familia real solo en el núcleo duro: rey, reina e hijos. Antes era mucho más amplia y se ha dejado lo meramente institucional porque hay mucho Borbón por ahí y cualquiera te puede meter en un brete. Lo bueno que podemos decir del actual rey, de Felipe, es que no se le conocen golfadas de esta clase.

Lo del elefante también marcó un antes y un después.

Afortunadamente, las últimas tropelías del rey Juan Carlos generaron cierta reacción en la gente de que por ese camino no íbamos a ninguna parte y la autocensura ha ido desapareciendo con mucha lentitud. Aquel día, con lo del elefante, Juan Carlos le hizo un gran servicio al país porque consiguió que la prensa entendiera que la monarquía no era un apartado para la sección de corazón o sociedad, sino algo político. Por fin se llegó a plantear un debate sobre la conveniencia de la monarquía o si se puede aceptar que sea hereditaria. En términos puramente políticos.

Me parece muy relevante el detalle que recogiste en El rey y su hijo de que Juan Carlos se empeñara en que Felipe hiciera la carrera militar. En su proclamación, de hecho, lo primero que ocurrió en la Zarzuela fue que su padre le hizo entrega del fajín rojo de capitán general de las Fuerzas Armadas. Él luego se vistió de militar, un uniforme que tiene un significado que lo siga llevando el jefe del Estado.

Los socialistas le dijeron a Juan Carlos en su momento que no les parecía bien que el príncipe Felipe hiciera la carrera militar, que en estos tiempos era más apropiado un futuro rey que fuese civil. Pero Juan Carlos dijo que no, que de ninguna manera. Primero, que había que meterle en el Ejército cuanto antes, no se le fuesen a quitar las ganas, y segundo, que eso era esencial para la defensa de la democracia. Se trata de flecos, ni más ni menos, de que todavía no estamos en plena normalidad; son flecos del franquismo. En España todavía hay un sustrato franquista, un franquismo sociológico, autoritario, considerable. Y tiene una base importante de ciudadanos. Todavía hay reflejos franquistas en cantidad de cosas. Y esa es la percepción que tenía el rey cuando insistió tanto en querer ponerle un uniforme militar a su hijo para que reinase.

José García Abad para Jot Down 7

Fotografía: Lupe de la Vallina


Can: cuando Alemania desafió el imperialismo anglosajón del rock con música telepática

Can. Foto: DP.
Can. Foto: DP.

Can es uno de los grupos menos apreciados del rock, casi nadie les otorga el crédito que merecen por su influencia en la evolución de la música moderna. Velvet Underground obtuvieron un reconocimiento infinitamente mayor por lo mismo. (Mitchell Frank, productor del disco de tributo Can Forgery Series).

Hace unos días vi Inherent Vice de Paul Thomas Anderson. Una película que dará que hablar, porque como no se entiende gran cosa, surgirá una legión de tíos mu listos elucubrando teorías y dándose palos unos a otros. Pero que no sea inteligible no significa que no mole. Yo me lo pasé pipa viéndola y, particularmente, oyéndola. La banda sonora es un lujo para cualquier amante de la música popular del siglo XX. No en vano la historia transcurre en la entrada de los setenta, cuando el verano del amor está enterrado y superado y llega la degeneración y la violencia. Para muestra un botón: a los diez minutos de película, como avisando de que poco sentido racional van a tener las dos horas posteriores, suena «Vitamin C» de Can.

Pocos grupos como estos alemanes revolucionaron la música de forma más explosiva. La comunión que surgió entre ellos, que atribuían en una broma constante a la telepatía y la magia, hacía entrar en trance a la audiencia. Hay un concierto filmado de 1972 que lo demuestra. Esa cinta queremos traer hoy a «Busco en la basura algo mejor», pero antes, situémonos en las coordenadas históricas.

Tras la derrota en la II Guerra Mundial, ser alemán no molaba. Se podía ser joven y alemán, por supuesto, pero no había formas de expresarlo de forma autóctona. Orgullosa. Natural. La cultura popular estaba invadida por la oferta anglosajona. Alemania era receptora, ahí tuvo a los Beatles en Hamburgo, pero no aportaba. Son diversas y discutidas las causas y no nos vamos a extender ahora en ellas, pero hasta que llegó el kraut rock, la oleada de la que Can fueron uno de los máximos estandartes, no pusieron su pica en Flandes en la revolución musical que se había iniciado en los sesenta.

Mientras que en el mundo anglosajón el proceso había sido, digámoslo sin rodeos, saquear la música negra como en unas rebajas españolas de enero, el nuevo rock alemán se trataba de una corriente que absorbía influencias de todas partes, del jazz, del R&B, sí, pero también de la música oriental, de los ritmos gitanos del este de Europa, y de las tendencias del momento, la psicodelia y el rock progresivo. ¿Y no sonaba todo eso como un batiburrillo infernal? Pues sí, y ahí estaba la gracia.

Realmente, por eso mismo, este estilo de música no llegó a invadir el mercado norteamericano, a excepción de Tangerine Dream. El género tal vez tuvo su parroquia más numerosa fuera de Alemania en Francia, pero ahora es habitual encontrarse afirmaciones como que hasta Radiohead son deudores de este sonido, que no hay grupete actual rompedor que no cite a Can como influencia. Pasa como con los coches alemanes de alta gama en el mercado internacional. Su escuela marcó la pauta.

De hecho, Julian Cope le comentaba a Rafa Cervera en un Ruta 66 que en esta canción de Neu!, «Hero»aquí en directo—, está la mayor influencia o explicación de por qué los Sex Pistols hicieron lo que hicieron un año después. Está hasta la forma de cantar de Johnny Rotten, decía el galés. Y por si no fuera poco haber plantado esta semilla del punk británico, de estar presentes también en el sonido del postpunk con Joy Division a la cabeza, después han admitido su influencia combos tan importantes como Sonic Youth, Jesus & Mary Chain, Talking Heads, The Fall, Spacemen 3 o Stereolab, etcétera, etcétera… Por no mencionar la etapa alemana de Bowie con Eno, con esa conjunción sublime cuando «Heroes» se convierte en BSO de Christiane F, y a los que yo añado, obligado por mi pasión por todo lo tocado por Nikki Sudden, Epic Soundtracks y los Jacobites, al primer grupo de estos hermanos, los Swell Maps:

Pero en los inicios de prestigio nada. La primera vez que apareció la definición kraut rock fue en Inglaterra en un artículo de Ian McDonald titulado «German calling» en el New Musical Express de 1972. No podía ser más despectivo. Kraut significa «col». Así se referían los soldados aliados a sus enemigos alemanes. Y veinticinco años después, con ese término había que definir a la cristalización artística del clima social de la Alemania de los setenta, de la conmoción de mayo del 68 al surgimiento de la Baader-Meinhof, de la influencia creciente de la filosofía oriental a la fascinación por la tecnología en plena carrera espacial. Todo bajo las leyes de la Velvet Underground y los Mothers of Invention de Frank Zappa. En lo referente a Can, los anunció el periodista Richard Williams en un NME de 1970: «En Colonia hay un grupo brillante, hijo de la Velvet».

Cuentan las crónicas que todo había comenzado gracias a la voluntad de un solo hombre, el periodista Rolf-Ulrich Kaiser. Creó el sello discográfico Ohr Musik y su filial Pilz (donde salió una obra de arte como el segundo disco de Rufus Zuphall. Ay amigos, en este mundo, la soledad es no tener a nadie con quien poder hablar de Rufus Zuphall), dedicados exclusivamente a los nuevos grupos alemanes. Y además, este señor, en palabras de Jaime Gonzalo, crítico musical especialmente amante de esta música sin haberle importado nunca el qué dirán, «convirtió la promoción de sus discos como una cruzada personal contra el imperialismo anglosajón en el rock». Buscaban su propia vía. Me gusta cómo lo expresa este artículo de la revista Spazz:

… posiblemente por el trauma de una sociedad erosionada hasta los cimientos de sus convicciones por la derrota en la II Guerra Mundial, había mucha más brecha para los desvíos y, sobre todo, los extremos. El entretenimiento o el arte tenían la autorización, y hasta la obligación, de irse al extremo, y no había que preocuparse por restricciones de ninguna moral, industria o costumbre arraigada. Todo era nuevo, todo era salvaje, todo estaba in y todo tenía una oportunidad de establecerse como aquello que podía ser el futuro.

En 1972 Irmin Schmidt explicó el fenómeno de la nueva música alemana a su manera, con sus originales ideas.

La gente del continente ya no piensa que hacer música signifique imitar a los grupos británicos o americanos (…) Los alemanes nos hemos educado en un ambiente completamente diferente, de modo que si nos expresamos de forma sincera, es inevitable que tengamos un feeling diferente, pero sin tener ningún tipo de sentimiento nacionalista, que es algo que odio (…) La música americana y británica está más relacionada con las melodías. Si estudias la música de todo el mundo, ves que en las tierras rodeadas de agua la música está influenciada más por el agua y el aire mientras que si te metes en el continente, la melodía empieza a ser menos importante en comparación con los ritmos. Parece que el agua tiene más que ver con la melodía, mientras que países como Alemania producen música más de tierra y fuego.

Y en 1975, en la revista Sounds, fue bastante más claro:

Durante veinte años en Alemania hemos obviado la cultura. No es solo que las ciudades fueran bombardeadas, la cultura también fue bombardeada, y tú no puedes reconstruir la cultura.

De Can, concretamente, hay que señalar que se conocieron en Colonia, capital de la música clásica contemporánea. Y que Irmin Schmidt, que antes había sido pianista y director de orquesta, llegó a conocer a John Cage y formar parte de Fluxus —aquí hablamos de sus discípulos españoles—, una influencia demoledora.

También es reseñable que los miembros iniciales del grupo fuesen ya treintañeros y que tenían el culo pelado. Holger Czukay también tenía estudios clásicos y era profesor. Jaki Liebezeit era batería de jazz, había tocado con Chet Baker y, graciosamente, vivió en España entre 1961 y 1962, actuando con Tete Montoliu en el club Jamboree de Barcelona. O, David Johnson, por citar otro ejemplo, era un experto en música electrónica. Aunque, muy simpáticos, en Can le dieron a tocar la flauta. Pero es lo de menos, sigamos. El objetivo del grupo no podía ser más revolucionario. Dijo Schmidt:

Can comenzó en 1968 sin ningún concepto de por medio. Nuestro único propósito era hacer música juntos, espontáneamente, de forma colectiva y sin ningún líder.

Así fue su concierto de debut en el castillo de Novernich. Todos a la vez improvisando y de fondo cintas grabadas con los disturbios callejeros del mayo francés. No tenían ningún plan preconcebido, pero como el dueño del castillo les dejó una habitación para que la emplearan como local de ensayo, el proyecto tomó forma. Inicialmente se llamaría Inner Space.

Por medio de la mujer de Irmin, Hildegart Schmidt, encontraron cantante. Tampoco siguiendo un plan maestro. Había conocido en Francia a un escultor negro que había huido de Estados Unidos para no participar en el genocidio de Vietnam y le buscó sitio. Su nombre, Malcolm Mooney. No tenía un pasado musical destacable, pero había recorrido los países orientales, venía de la India, de modo que lo pusieron de cantante sin darle muchas vueltas.

El grupo resultante era, en palabras de Ignacio Juliá «Como si la Velvet hubiera sustituido a Reed por otro Cale (…) en Can se atiende a los cuatro o a ninguno». Una propuesta que, otra cosa no, pero ensanchaba los horizontes del rock como hasta ahora nadie se había atrevido. Que lo explique el propio Irmin:

… al haber sido educado como compositor, director y pianista de música clásica del siglo XX, no era nueva solo la música que surgía de la tradición clásica europea, pues el jazz y el rock eran fenómenos completamente nuevos también. El rock era algo tan novedoso como Stockhausen, Miles Davis o Charlie Parker en nuestra cultura, totalmente nuevo. También era nueva la apertura a músicas que no eran de la tradición europea, la música asiática o africana eran fenómenos nuevos. Un ejemplo era Picasso, muy influenciado en su creación por el arte africano, como muchos otros artistas contemporáneos a principio del siglo XX. En la música esto no sucedió, no hay influencia alguna de música no europea en compositores como Stockhausen, Boulez, Schoenberg y otros. Un poco en Debussy o Puccini, por ejemplo, pero esa es otra historia. Solo pasó en el arte y yo quería que también pasara en la música, por eso estudié música japonesa y étnica en general. (Ruta 66).

Claro que al principio no lograron más que hacer música para bandas sonoras de películas. El single de un film llamado Kama Sutra es uno de los ejemplos de lo que se traían entre manos entonces.

Siguieron en el castillo perfeccionando su forma de improvisar en directo, dando conciertos para amigos, pero David Johnson, al que le habían dado la flauta, se piró y en ese momento se cambiaron el nombre a Can, el artefacto, no el verbo. ¿Y qué significa aparte de «lata»? En turco, «vida». En japonés, «emoción». Pero Schmidt le dijo a los periodistas tras el lanzamiento del primer disco que significaba «Comunismo Anarquismo y Nihilismo». Y a finales de los noventa Czukay decía que era «Creativos Anárquicos y Nonsense». Significara lo que significase, su primer disco fue Monster movie. Apareció en un sello muniqués y todas las copias se agotaron en un par de semanas. Miren cómo firmaban en los créditos:

Irmin Schmidt: Órgano láser

Jackie Liebezeit: Ingeniero de propulsión

Holger Czukay: Jefe de laboratorio técnico y bajo armado

Michael Karoli: Sonar y piloto guitarra radar

Malcolm Mooney: Comunicador lingüístico espacial

United Artist compró los derechos de esta locura y lo lanzó a lo grande. Aunque ahí tuvieron ciertos problemas legales. Un cantante israelí, Abi Ofarim, que había sido número en Inglaterra junto a su señora con «Cinderella Rockefella», quiso invertir el dinero ganado en un catálogo de representación de grupos, Prom Music. Su estrategia de marketing era introducir cantantes israelíes en el mercado alemán apelando en plan visionario a que los alemanes tendrían sentimiento de culpa por el Holocausto y comprarían, pero no se comió un colín. Y en la iniciativa se hizo de paso con Can, los únicos alemanes del catálogo.

Con ese bagaje, Can acudieron a Zurich a poner banda sonora a la obra de teatro Prometheus. Tuvieron, como era menester, problemas y desavenencias con el director de la obra y el día del estreno se pusieron a tocar de la forma más agresiva e indómita posible. ¿Consecuencias? El teatro les contrató para que tocasen cada noche después de cada función. En pocos días, congregaron más público que la obra.

En las mejores actuaciones de Can terminabas pensando «¡Cáspita! ¿Quién ha tocado eso? ¿Hemos sido nosotros o hemos contactado con alguien, acaso Dios? No sé, quizá nos ha dictado la música una entidad cósmica» (Czukay en Ruta 66 en 1997).

En los conciertos que dieron con Mooney se sucedían los momentos más surrealistas de su historia. En un show que dieron en un local de dos plantas, separadas por una escalera, el cantante llegó tarde. Pero cuando agarró el micro, empezó a gritar a pleno pulmón «Upstairs, downstairs». Lo hizo durante toda la actuación. Cuando el grupo paró, él siguió dos horas más, él solo en el escenario, a grito pelado «Upstairs, downstairs» hasta que acabó completamente exhausto, casi sin poderse mover. En otras actuaciones, por ejemplo, leía, mientras el grupo iba descargando sus canciones, la última carta que le había enviado su novia.

Un día Schmidt recibió una llamada inesperada pero no por ello sorprendente a su casa de Colonia; era un guarda de la frontera suizo-alemana, en Basel. «Tenemos a un negro loco en nuestra celda», le dijeron. «Resulta que ha intentado atravesar el checkpoint con la furgoneta chocando contra la barrera, y al bajarse empezó una pelea a puñetazos. Lleva cuatro horas sin hablar. Solo está sentado llorando. Tenía un trozo de papel con su número de teléfono y por eso le llamamos con la esperanza de que venga a por él».

Schmidt se vistió y condujo pacientemente trescientos kilómetros hasta la frontera para traérselo. Lo que había ocurrido es que Mooney se había despedido de su novia, que iba a Zurich a ver a unos amigos. Un par de horas después de decirle adiós, tuvo la necesidad de darle un beso más a la chavala. Cogió la furgoneta, sin matrícula ni ITV pasada, y condujo, sin carné de conducir, por donde se había ido hasta estamparse en el puesto fronterizo. Irmin le entendía, porque, digamos, le quería como era. En un NME del 74 explicó «Era como un niño, si no podía conseguir algo, se ponía violento, y si seguía sin poder, luego, a llorar».

Una vez en el Kunsthalle de Düsseldorf, durante una exposición del escultor francés Armand, Mooney se puso a subastar sus obras a los asistentes. Podían costar del orden del seis mil marcos cada una, pero él inició la puja por treinta. Vendió varias. De hecho, sacó tres mil quinientos marcos antes de marcharse de ahí. Al escultor, allí presente, casi le da un síncope, no paraba de gritar desesperado. Mooney huyó antes de que llegara la policía. Nadie pudo pararlo. Der Spiegel dio la noticia poco después refiriéndose, milagrosamente, a «un negro sin identificar». Eso sí, al día siguiente devolvió el dinero que sacó.

Pero este tipo de vida empezó a hacer mella en su salud mental, ya de por sí bastante delicadita. Por un lado, sufría de paranoia por el pánico a que le cazaran las autoridades americanas por insumiso. Por otra, los intelectuales de izquierda que abundaban en el entorno de Can le reprochaban que no volviese a Estados Unidos a luchar por los derechos de los negros. Eso le hacía sentir culpable. Cuando apareció en la prensa por el incidente de la subasta improvisada, ya fue demasiado. Se encerró en un armario cuatro días. Para sacarlo, el psiquiatra recomendó que volviera a Nueva York, si es que esa obsesión le estaba destruyendo. Así lo hizo y, durante cinco años, fue profesor de arte en Harlem.

Pese a estas personalidades tan fuertes, en Can siempre rechazaron las individualidades, sobre todo los excesos derivados de la técnica musical, el culto a la destreza con el instrumento. Es una lección no siempre aprendida en la música pop, el músico se las tiene que arreglar para tocar el alma del oyente, más que tocar el propio instrumento en sí. En un New Musical Express de febrero del 72 lo explicó Irmin.

Si alguien quiere expresarse no necesita estudiar ocho años para aprender cómo tocar rápido. Para mí, alguien que es el más rápido en la guitarra, demuestra que es el más alienado a la guitarra. Su guitarra no tiene nada que ver con su vida. Su objetivo solo es ser un guitarrista rápido.

O Czukay en una entrevista en Eurock en 2002:

La técnica es importante en tanto en cuanto te puedes olvidar de ella, si lo que quieres es que esto se convierta en unos Juegos Olímpicos…

Si se quiere entender de otro modo, para ellos la técnica estaba al servicio de otros fines. Palabras de Michael Karoli:

Jaki, el batería, estaba orgulloso de ser capaz de hacer que ciertas personas del público vomitasen. Podía concentrarse en una sola persona del público mientras tocaba, y esa persona empezaría a vomitar.

Y el caballero que entró para sustituir a Mooney tampoco es que fuese un amante de los gorgoritos y las armonías vocales: Damo Suzuki.

En mayo del 70 son contratados para cuatro actuaciones consecutivas en una discoteca de Munich. Uno de esos días, Jaki y Holger, sentados en un café, ven pasar a un extraño japonés, chillando una especie de adoración al sol. Esa misma noche, Kenji «Damo» Suzuki, pues de él se trataba, sin ningún ensayo previo sube al escenario como cantante de Can. Al principio todo va bien, pero cuando cambia sus peculiares vocalizaciones por irritantes chillidos, una pelea estalla entre los espectadores. (Ruta 66).

Montó tal espectáculo Damo en ese concierto que se marcharon mil quinientas personas del local al poco rato de que abriera la boca. Para Schmidt fue un show legendario:

Dimos un concierto bastante extraño. Holger estaba tumbado de espaldas con el bajo encima de él, yo había situado dos ladrillos encima de las teclas del órgano y puse el volumen al máximo, Michael había puesto la guitarra contra el ampli y estaba de pie mirando como se acoplaba el sonido, Jaki estaba tocando la batería como un loco y Damo daba la performance más violenta que he visto en toda mi vida. El órgano y la guitarra estaban haciendo un estruendo terrorífico mientras nosotros mirábamos de pie tranquilamente y discutíamos en qué posición deberíamos mover los ladrillos. Entonces Holger trajo un gran pastel y Damo se lo estampó en su propia cara. La gente empezó a marcharse verdaderamente aterrorizada. Los pocos que se quedaron fueron testigos del show más increíble al que habían asistido en toda su vida. David Niven dijo que no podría decir si había llegado a escuchar música, pero que ciertamente había escuchado la cosa más extraña que había oído en toda su vida. ¡Nuestro manager estaba tan avergonzado! Pero vimos que Damo era definitivamente el hombre que buscábamos («Can: Art Terrorism! Sensory Derangement! Holistic Vomiting! Available Weekends…», MOJO, abril 1997).

Una recopilación de sus bandas sonoras fue el segundo disco. Algo apañado corriendo y deprisa por exigencias de la discográfica, porque lo que se estaba gestando era una obra capital, el LP Tago Mago, así titulado tras el paso de los miembros del grupo por Ibiza. Se encerraron cuatro meses para prepararlo y el resultado fue un disco que suscitó opiniones para todos los gustos. Por supuesto, mucha gente lo tiraría por la ventana. Otros, se quedarán con su «Paperhouse», una de sus canciones más recordadas, a través de su interpretación mítica en el Beat Club que supera con mucho la del plástico. Como hemos dicho al principio, a menudo se describe esta música con el adjetivo «hipnótico». No me gustaría caer en el tópico, pero yo desde que vi esta actuación por primera vez en el DVD que recopilaba los mejores conciertos de ese programa de televisión, mis globos oculares se quedaron pegados a la pantalla. Eso que decía Juliá del grupo, eso de o todos o ninguno, lo sientes. Parece caótico, pero funciona como una cadena de montaje. Y luego Damo, el señor Suzuki, que sin necesidad de forzar la excentricidad consigue que su compatriota Yoko Ono parezca tan informal como Carlos Arias Navarro tomando un café con leche a las once de la mañana ojeando el ABC.

Damo Suzuki era de Oiso, un pueblo de cincuenta mil habitantes de los que, tras la II Guerra Mundial, treinta mil eran soldados americanos. Creció escuchando Tamla, Motown y Stax, sus grupos favoritos eran los Temptations y los Four Tops, pero nunca se expresó en los almibarados términos de los estadounidenses. Lo indica su propio mote, Damo, derivado de un dibujo animado japonés tipo Charlie Brown, que venía del verbo japonés dame: «errar».

Pero hay otros oyentes para los que el interés de este LP legendario reside en toda la parte experimental del disco —sí, «Paperhouse» es la comercial, qué le parece—. La cara B, de una sola canción, «Halleluhwah», de diecisiete minutos. O la C, con la escalofriante «Aumgn», de otros diecisiete, inaccesibles para el oyente no iniciado —entre los que yo me incluyo hasta que mi psiquiatra diga lo contrario—. Se trata de dos pistas combinadas con el grupo tocando y Schmidt, ciego de tripi, dándole frenéticamente con las manos a una silla de madera a modo de tambor. Suzuki está en otra pista y en la cuarta otra vez Schmidt canta el título de la canción y se van bajando las revoluciones hasta que «Aumgn» se convierte en un rugido escalofriante. También se cuelan por ahí un perro y un chico que entra en el estudio, piensa que eso es una fiesta, y pide permiso para unirse.

En la cara D tenemos una «Peaking O» que invita a mofa, y un final del disco con «Bring me coffe or tea» —¡gran título!— que vuelve por los agradables derroteros iniciales. Pero oiga, de «Halleluhwah» se ha dicho que anticipó los ritmos que se escuchan hoy en día en esas narcosalas llamadas jocosamente afters. Dejemos que lo explique Irmin:

Teníamos ideas claras sobre ese especial y fuerte sonido de bajo y batería, que es lo que se escucha veinte años después. Especialmente en el hip hop y también el drum’n’bass. En la época, para algunos era incluso inquietante. Recuerdo una vez en Munich en una discoteca que pincharon «Hallelluhwah», la pusieron más floja que el resto de canciones, me fui al DJ y le pregunté por qué. Su respuesta fue que intimidaba ponerla al mismo volumen, ¡que si lo hacía el bajo y la batería matarían al público! (Ruta 66).

Con esta genialidad en la calle, abandonaron el castillo para irse a vivir a un cine, dejando atrás grandes anécdotas vividas en el campo gracias al contacto con la naturaleza o, si se quiere, con la generosa dieta de LSD que llevaban en aquel momento:

Recuerdo una vez que estábamos todos en el campo y fuera de la casa había muchas vacas mugiendo que no nos dejaban trabajar. Cuando Irmin Schmidt se cansó de oírlas, salió afuera y empezó a responderles con sus mismos mugidos, en aquel momento todas se le acercaron, hicieron un círculo a su alrededor y empezaron a cantar. (Michael Karoli entrevistado por la revista Vibraciones en diciembre de 1976).

En el cine clavaron en la pared mil quinientos colchones que habían pertenecido al ejército para insonorizarlo. Dijo Karoli: «Eran muy inspiradores, estábamos rodeados de millones de sueños eróticos, ¡y probablemente corridas!».

El caso es que es ahí, en ese momento en la vida del grupo, a donde queríamos llegar en esta entrada de «Busco en la basura algo mejor». Al concierto completo que les grabó en esa época Peter Przygodda en el Sporthalle de Colonia en 1972. El disco pirata del show se llamó Horrortrip in the paperhouse. El vídeo está disponible íntegro en YouTube.

Aprovechen para ponérselo en una sobremesa de esas de café, copa y puro, porque merece verdaderamente la pena. Además, para más retro-relevancia, ojo al logotipo de Can en el minuto 2:40, que trae los colores de esta primavera, de arriba abajo: fresa, coral y mandarina. No digan luego que no están avisados.

Estos cincuenta minutos de grabación, llamados de forma redundante Free concert, no tienen desperdicio. Damo con un mono carmín y fucsia, con las melenas tapándole la cara, gritando como un poseso sobre esa impasible matraca con metrónomo que es el resto del grupo y que no transmite más que una sensación: ganas de bailar; pero más que de bailar, de ejecutar lo que sería un break dance improvisado sobre la marcha por un tornero fresador; ganas de sumarse a esa locura colectiva, en resumen.

Y para cuando uno entra en materia, aparece el calvo de los malabares. Un caballero que irrumpe en el escenario para ofrecer diferentes números circenses y, hay que admitirlo, con envidiable destreza.

Luego el ritmo sigue machacón e inmisericorde, pero extrañamente seductor, y pasada la media hora, cuando usted en casa ya se ha bajado tres cuartas partes de la botella de Magno, salen unos castellers a la teutona que la lían parda en escena. Así el escenario se llena de niños, el grupo ya pasa a una fase musical que Cervantes llamaría «estridencia» y vuelve a aparecer el calvo de los malabares a montar la de dios con tres paraguas. En conclusión: una puta maravilla. Un grupo absolutamente genial tocando el cielo. No es habitual encontrar tanta seriedad y saber estar para ejecutar lo que es un genuino desparrame. No sé si fue Nietzsche el que dijo que el hombre era adulto cuando recuperaba la seriedad con la que jugaba cuando era niño.

Poco después de este show, la actividad del grupo se vio reducida porque a Karoli le dio una úlcera con perforación de estómago, pero los LP Ege Bambasi y Future Days todavía se encuentran entre lo más selecto de su discografía, que a partir de ese momento fue perdiendo chispa. «Vitamin C», el corte elegido en Inherent Vice, es la canción más celebrada de esta etapa. Poco después se marcharía Damo Suzuki, que se había casado con una testigo de Jehová y se convirtió a su credo. Primero estuvo encerrado en un apartamento leyendo la Biblia alucinado mientras ella trabajaba y luego consiguió un puesto de recepcionista de un modesto hotel. Tardaría años en abandonar a los testigos de Jehová y volver a los escenarios. Deléitense escuchándole cantar como si le fuera la vida en ello eso tan bello y evocador de «Estás perdiendo, estás perdiendo tu vitamina c».

Tras la irreparable marcha de Damo, Irmin recibió una carta desde Estados Unidos —que también explica, dice, por la telepatía de los miembros de Can— de Mooney, que quería volver al grupo. Le contestó hasta tres veces diciéndole que por favor, que sí, pero no volvió a tener noticias de él hasta bien entrados los ochenta.

Los nuevos músicos que llegaron al grupo desnaturalizaron la propuesta y toda esta energía se diluyó. Pero antes, en 1976, en Bruselas, conocieron a un indonesio por la mañana dando un paseo por la calle y por la tarde lo presentaron como nuevo cantante en un concierto. Se llamaba Thaiaga Raj Raja Ratnam. No se quedó en Can, pero yo prefiero dejar la historia aquí e imaginar que sí. Volviendo al filósofo, prefiero dejarles en un eterno retorno nietzscheano, que es de lo que va todo este ruido maravilloso.