J. R. Moehringer: «Si escribes sinceramente sobre la búsqueda de la felicidad de alguien, la gente no podrá dejar de leer»

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 13

Aquí me tienen. En el vermut que ha organizado Duomo en honor de J. R. Moehringer (New York, 1964), biógrafo de Andre Agassi —recuerden el celebrado Open— y autor de El bar de las grandes esperanzas, un libro que cronológicamente antecede al del tenista, aunque acabe de publicarse aquí. Se trata de las memorias del autor: la historia de un niño sin padre adoptado por un bar entero. Un bar y los hombres que lo poblaban como educación completa.

Moehringer, por cierto, es premio Pulitzer y reportero estrella de The New York Times, así que imagino que es lógico que la expectación que despierta su entrada al bar sea harto parecida a la de algún rey mesopotámico en una ciudadela conquistada. El escritor aparece por la puerta envuelto en un aura noble, bromeando con todos, seguro de ser el centro de la devoción seglar. A su paso se abren los mares y de repente la muchedumbre empujadora le planta delante de mí, un poco como al Hitler de Indiana Jones y la última cruzada, cuando se da de morros con Indy en pleno Berlín. Al instante le arrancan de mi vera, a Moehringer (no a Hitler), pero no me importa. Voy a tenerle para mí solo una hora entera esa misma tarde.

Soy rico, sí (en moneda puramente intelectual).

Ya en el hotel, cuando lo tengo ante mis narices —él con su pinta de diplomático yanqui bien alimentado, sonrisa cegadora y modales exquisitos— y buscando romper el hielo, le comento que mi pueblo natal, Sant Boi, debe ser un poco como su Manhasset, famoso por «el lacrosse y el alcohol». El mío, le digo, lo era por el alcohol y el rugby. Ah: y el hospital psiquiátrico. Moehringer levanta las cejas, periodista nato, y me acribilla a preguntas sobre el centro. Cuando le suelto que mi madre trabajaba allí, veo a Moehringer tomando notas mentales, como el impenitente cazador de buenas historias que es. Y entonces, hablamos. De bares (y pasar mucho rato en ellos) y deportes, de mito y realidad, de masculinidad y traumas, del poderoso sentimiento de pertenencia a algo, de padres ausentes e hijos geniales, de llorar en público, Jimmy Connors y el 11S. Y de Andre Agassi.

O qué se creían.

Pasaste una buena parte de tu vida en un bar [el Dickens] acompañado de otros tipejos. Resulta sorprendente la cantidad de hombres dignos y decentes con los que te topaste. Me preguntaba si decidiste esconder un poco sus partes menos atractivas a la hora de escribir sobre ellos.

¿Si los había idealizado? Claro. Yo no diría «esconder», pero tienes razón. Decidí mostrar a estos hombres de la forma idealizada en que los vi desde que yo tenía siete años. Esa mirada solo se altera moderadamente a lo largo de los años, así que quería que el lector entendiese cómo me sentí cuando Smelly, un tipo del bar, me agarró por el cuello a los veinticuatro. Fue como si hubiese ido de visita a Disneylandia y Mickey Mouse me hubiese intentado estrangular. Así que te estoy ofreciendo mi punto de vista, desde los cero a los veinticinco años, para que también puedas sentir mi shock. Asimismo, nunca tuve que esconder mucho, porque tampoco me enteraba de mucho. Había muchas cosas que no se contaban en aquel bar, y de las que me enteré décadas después, cuando entrevisté a todos aquellos hombres. Me quedé horrorizado. Suerte que de niño no me contaron todo esto.

¿Eran temas de abuso familiar, por ejemplo? ¿Es eso?

No tanto de violencia. Más bien temas como el problema de mi tío con el juego. O lo de la bebida en general. No quise camuflarlos, porque ni siquiera entraban a formar parte de mi conciencia de entonces, cuando estaba en el bar. Tuve siempre presente que no estaba escribiendo el libro desde mi punto de vista de hoy, sino el de entonces. En todo caso, como escritor y periodista de un gran periódico no tuve la opción de inventar nada. Más bien lo contrario: tuve que contratar a un verificador de información pagado de mi bolsillo, entrevisté a todos los personajes… Casi sufro un ataque de nervios. Estaba aterrado por si alguien decía que Manhasset no estaba a diecisiete millas de NY, sino a diecinueve. Usé frases de entrevistas donde la gente recordaba esto y aquello, y tomé muchas notas en el bar, en la época. Lo que impresionaba a la gente cuando lo presenté era que no hubiese inventado nada del diálogo. Que reconstruye lo que de veras decía la gente. No es narrativa. Ojalá pudiese decirte que tengo esa capacidad de inventiva, que me inventé a alguien como Poli Bob o Cager. Pero no. De hecho, mucha gente me dice que se va de vacaciones a Manhasset a intentar encontrar a algunos de los personajes, y a menudo lo hacen [sonríe]. Y les invitan a copas, y es (de nuevo) como la Disneylandia del borracho, solo que en lugar de encontrar a Goofy… [ríe]. Muchos memoristas de tradición me han dicho que no hacía falta contrastar tanto los hechos, que las memorias son imperfectas por definición, pero yo no pude hacerlo de otro modo. Me enorgullece poder decir: esto pasó así, y aquel dijo esto, y estos hombres existieron. Y los vi de aquel modo.

Un niño admirará a sus mentores, por defectuosos que sean.

Sí. Cuando conoces a alguien en un bar, las dos personas están en la barra al mismo nivel. Estamos aquí por lo mismo. Todo el mundo está en un bar por una razón; a no ser que se les haya pinchado una rueda y hayan entrado a utilizar el teléfono. Pero digamos que lo escribo hoy, y decido utilizar lo que se viene a llamar «la mirada de los treinta mil pies»: quizás el libro sería más fiel a la verdad pero mi tono sería más sentencioso, y el lector se cansaría antes de todos aquellos tíos. Y del narrador.

Rompes el mito poco a poco. Cuando dices cosas como «los hombres del Dickens se caían muy a menudo». Poco a poco pasan de dipsómanos heroicos a meros borrachos trastabillantes.

Son más oscuros de lo que esperas, sí. El bar mismo es más oscuro. Pero a la vez me salvó la vida. El bar estaba lleno de malos ejemplos, y necesitaba abandonarlo algún día, pero a la vez me salvó; es extraño decirlo así. Esto es algo que solo alguien cuya madre trabajaba en un hospital psiquiátrico podría entender [sonríe]. El bar era dicotómico. Podrías decir cualquier cosa de él, y todas serían verdad. Hay dos líneas [gesticula]: la línea de mi idealización del lugar, que va descendiendo, y luego está la idealización de mi madre, que es una línea recta. Nunca sube ni desciende. Y es el retrato fidedigno. Como digo en el libro, resulta irónico que todas las virtudes que yo asociaba a la masculinidad las ejemplificara mi madre, en realidad. La persistencia, la fiabilidad, la honestidad, la integridad, el coraje…

Supongo que uno de los mayores atributos de aquel bar era que te otorgó un indispensable sentimiento de pertenencia. Sentirte parte de algo, una comunidad o familia o panda.

Sí. Eso es cierto. Pero suceden dos cosas: por un lado estaba toda esa gente que me animaba y que quería lo mejor para mí, y que cuando conseguí mi primer trabajo o cuando accedí a la universidad lanzaron posavasos al aire. Y luego está, como decías, el sitio donde perteneces. En mi día a día veo muchos chavales que no pertenecen a ningún lugar. Los ves en plazas, en mitad de la ciudad, y no sienten que puedan dejar huella en nada. Pero tener un lugar donde, cuando entras, eres bienvenido, es algo distinto a tener gente que te adopta. Y yo tenía ambas cosas. Por otro lado, lo de aprender a estar solo suele costar una vida entera. Aquel sitio fue para mí como las rueditas de aprendizaje de la bici. Es una parte fundamental de la tarea de ser humano. Seguro que conoces a mucha gente que no puede estar sola, y es una situación jodida. Porque este mundo quiere que estés solo, y te hará sentir solo [sonríe]. Así que mejor que estés preparado.

Quizás todos aquellos mentores de nuestra adolescencia eran un desastre en ciernes, pero yo me alegro de haber topado con ellos. Aún hoy creo que escogí bien, que aquellos hombres me dieron algo valioso, un tesoro. ¿Opinas lo mismo?

Muy bien dicho. Pienso mucho en eso. De joven vas a escoger a alguien. Todos los chicos de diecisiete, como dices, escogen una opción. Y mientras escojas a alguien que es bueno contigo vas a salir ganando. Pero muchos chavales escogen a depredadores y explotadores. Hay muchas madres solteras que me preguntan: «¿Crees que tu experiencia es la mejor posible para un niño?». ¡Claro que no! Lo mejor hubiese sido tener un padre que fuese buen tío, y estuviese en casa, y no mintiese. Pero si no tienes eso, vas a tener que buscar un sustituto. La naturaleza va a darte recursos para que, como niño, rellenes ese vacío. Porque un niño sin padre va a sentir un gran vacío. Lo vemos en los periódicos cada día: un joven que ha rellenado esa carencia con vete a saber qué. Aquellos tíos no eran ideales para mí, pero cualquier hombre adulto con algo más de experiencia que tú (o mucha, a poder ser), y que sea amable contigo, y te preste atención, va a ser mejor que nada. No importa dónde lo encuentres. Que te escuchen cuando hablas, y te tomen en serio, y te otorguen el beneficio de su experiencia, y te traten como un adulto, y crean que eres capaz de asumir una responsabilidad.

Los consejos que aquellos tipos te dieron en el Dickens eran un mapa para ir por el mundo con la cabeza bien alta: no te quejes por tonterías, aprende a caer, no culpes al mundo de tus errores, acepta la culpa, tómate lo malo con humor…

[Ríe gozosamente] Sin duda. Aprende a andar a través de las llamas. Aprende a aguantar. Yo escuchaba a mi padre por la radio, y desarrollé una creciente apreciación por el rock’n’roll, pero también por las voces. Siempre aprendí cosas de esas voces. De niño, con la oreja pegada a la radio, yo era como un descifrador de códigos inglés en la Segunda Guerra Mundial [sonríe]. Tenía esa máquina Enigma en mi cabeza, y aprendí a descifrar voces. Y sé a ciencia cierta que un joven tiene que aprender a hablar como los demás hombres. No ser condescendiente, no ser un llorica, no terminar las frases en pregunta… Es un arte. Y tienes razón: hay trucos. En mi adolescencia nunca puse en palabras todo lo que había aprendido en aquel bar, y cuando empecé a hacer una lista en mi oficina, de mayor, me quedé paralizado. Por otra parte, muchas veces pienso: ¿Y si en lugar de vivir al lado de aquel bar llego a vivir a cien pasos del Proyecto Manhattan? ¿O de la mesa redonda del Algonquin? ¿Y si Hemingway llega a ser mi vecino? Mi cerebro era de plástico. Podría haber aprendido cualquier cosa. Idiomas, lo que fuese. Aprendí lo que aprendí, qué le vamos a hacer, pero jamás diría que aquello era la mejor opción posible [carcajada]. Nos apañamos con lo que tenemos a mano. Es así.

Hablas de los insultos que aprendiste, de cómo eran una herramienta multiusos: te hacían sentir adulto, te permitían liberar ira, asustar a tus enemigos, manifestar gozo, hacer reír a la gente…

Me has hecho pensar en un tío que conozco que no dice palabrotas. A ver: no hace falta que vayas a decirle a la reina «esa tiara es bonita de cojones», pero si nunca puedes soltar tacos… Tío, no sé si puedo fiarme de ti [ríe]. Sé que está feo decirlo, pero soy un tío. Sé que esto se da también en las mujeres, pero hablaré solo desde el punto de vista de mi sexo: si tienes algún tipo de política sobre los tacos, si no te sientes cómodo diciéndolos, si no forman parte de cómo te expresas… Hay algo cuestionable en todo eso.

A no ser que seas el maestro de nuestros hijos. Entonces está bien. Sigue así.

[Carcajada] ¡Claro! No quiero que alguien vaya a decirles a mis hijos que se aprendan el PUTO abecedario. Pero si acabas de aplastarte el dedo gordo del pie, y descubres que has perdido el pasaporte, y ni siquiera puedes decir «mierda», no vamos a ser amigos. Lo siento.

Harry Crews decía que todas esas bromas compartidas e insultos y muletillas eran la forma que «un hombre tenía de recordarles a otros hombres quiénes eran». O sea: todas aquellas chorradas eran también la forma de explicar una conciencia colectiva. Ese lenguaje procaz explica quién eres, quién es la gente de aquel bar en cuanto a grupo.

Sin duda. Es un lenguaje oral, pero nunca subestimes el poder del lenguaje corporal. Tengo amigos a quienes me encanta visitar para ver cómo se mueven. Tienen una cierta elegancia para moverse por la vida: preparar un sándwich, hacer la maleta… Andre Agassi es un buen ejemplo. Es como una danza. Cuando se pone el reloj, cuando escribe en su bloc de notas… Yo estudio la forma en que lo hace. De muy niño nunca tuve la oportunidad de ver a un hombre andar por la calle, o rascarse las pelotas, o desperezarse tras una noche dura. No tenía un ejemplo de hombre adulto en casa. Pero todo eso forma parte del conocimiento. Y esas cosas, en efecto, les recuerdan a los hombres quiénes son. Estar en aquel coche con aquellos cuatro tíos del bar de mi tío (que para mí es un momento clave del libro), escuchándoles hablar de sus cosas por primera vez, fue como haber llegado al fin a mi propio planeta. Me dije: «Así que esto es lo que soy…». Había pasado toda la vida con mi madre, mi abuela, mis primas, y eran muy buena gente, pero desde otro punto de vista (algo limitado, si quieres), no eran del todo mi gente. Aquella era mi gente. Y su modo de hablar me impresionó mucho.

La clase obrera habla así. Guasa mezclada con paridas mezclada con batallitas mezcladas con pensamientos profundos y emotivos y de vuelta a la guasa…

Claro. La gente no suele hacer hincapié en lo que voy a decirte, pero los hombres del mundo entero se tocan los huevos los unos a los otros. En un bar, en un partido, donde sea. Ese criticarse en tono de befa es la forma en que los hombres hablan. Las mujeres no lo hacen. Ese rito no existe. Cuando se unen no empiezan a lanzarse insultos en cachondeo, y no hay un solo sociólogo que yo conozca que haya tratado de explicar este fenómeno [sonríe]. Es así en Barcelona y en Boston: unos cuantos fulanos se juntan donde sea, y lo primero que sueltan —haciendo el payaso— es algún comentario despectivo hacia el otro. Yo pasé mucho tiempo en este planeta hasta que vi que esto era así. No es que esté permitido, es que es obligatorio. Y demuestra afecto.

Existe una especie de telepatía masculina, que nace de adivinar lo que les sucede a tus compinches. Si a tu mejor amigo acaba de abandonarle la novia, ni él va a hablar de ello ni tú vas a preguntar. Hay otras maneras de capear la tragedia y demostrar cariño que no son decirle al tipo «Estás fatal, ¿no?».

[Carcajada] «¿Te ha llamado hoy o no?». Asimismo, cuando los hombres deciden sortear esa reticencia y hablar, entonces es algo muy poderoso. Mi tío estaba abriendo el bar una mañana y se encontró a uno de los camareros, un chaval de trece o catorce años, durmiendo detrás de la barra. Mi tío le preguntó qué pasaba y el chaval le enseñó un ojo a la funerala. Había sido el padre. Mi tío agarró al chico, lo llevó a casa en coche, llamó a la puerta, y cuando apareció el padre le dijo: «Hola, me llamo Charles, trabajo con (no soy el jefe de) su hijo, y me dice que le has puesto las manos encima. Así que le he traído a casa, y si vuelvo a verle en estas condiciones voy a venir con tres tíos que me doblan en tamaño, y vamos a repetir contigo esto que has hecho. Durante mucho tiempo». Dijo todo esto muy poco a poco y enunciando cada palabra. Aquí no hubo telepatía, ni esperó que el hombre se diese por aludido.

Otra cosa de los tíos: siempre estamos «bien».

[Carcajada] William Boyd tiene un libro que te encantaría, Any human heart. En él se encuentra una de las mejores últimas frases que he leído jamás: «No hubo obituarios». Porque el protagonista nunca se quejaba. Nadie accede jamás al corazón de un hombre, a sus penas y sufrimientos. Todos estamos «bien».

Creo que la clave para averiguar de veras cómo está el otro reside en la pronunciación de ese «bien».

Recuerdo cuando cubrí las secuelas del 11S para mi periódico. Meses después de los ataques. Y estaba en un restaurante cenando, y en la zona del bar había un bombero sentado con una mujer, y mientras iba hablando las lágrimas le resbalaban por las mejillas [pausa]. Nada de esa imagen tiene sentido. ¿Un hombre adulto llorando en un bar? Ni siquiera era de madrugada, debían ser las ocho de la noche o así. ¿Un bombero? Es una muestra de lo extraordinaria que era la vida en NY en aquel periodo. Todas las normas se habían cancelado. Era el mundo al revés.

Yo nunca he visto a ninguno de mis amigos llorar. Estoy seguro que todos lo hacen, al igual que hago yo; solo que nunca en público.

Claro, claro. A Andre Agassi le encanta contar que me preguntó cuándo había llorado yo por última vez, y yo le dije: «1987» [ríe].

Tu vida tuvo otro gran protagonista: el alcohol. Por supuesto, el alpiste puede ser una cosa maravillosa o terrible, depende de cómo lo utilice uno. Tú ya no bebes. ¿Cómo lo ves desde tu perspectiva presente?

El alcohol tiene muchos usos. Me encanta aún ir a bares y ver cómo bebe la gente, a Andre Agassi le encanta beber, y a mí me chifla observarle mientras se toma un Martini. Me relaja todo el proceso. Al tío se le derrite la piel de puro placer. Pero a la mañana siguiente, tras unos cuantos de esos, llamo a Andre y suena hecho mierda, mientras que yo estoy fresco como una rosa. Mira: me encanta la idea del alcohol, la cultura de los bares, y escribí mi último libro en una habitación que daba a una viña y donde había una fábrica de vino. Me dije: «¿No sería magnífico poder vivir aquí, bebiendo vino bajo un árbol cada día?». Pero eso es solo mi bagaje romántico. Por desgracia, me conozco muy bien, y sé que jamás me he podido desprender de la perspectiva juvenil del todo o nada. Es lamentable, pero no puedo hacer nada a medias. Me encantaría poder tomar un poco de vino de vez en cuando, pero sé bien que esa posibilidad me está negada. Jamás podré hacerlo. Mi relación con la bebida es muy rara: empecé muy temprano, lo dejé sin problemas (dejar de fumar fue mucho más problemático), nunca acudí a reuniones de AA… De hecho sí que fui alguna vez, pero solo para documentarme para un libro, y lo que vi allí no se me antojó una forma muy divertida de vivir. Recuerdo que uno de aquellos tíos dijo que era un borracho de pérdida de conocimiento. Que cada mañana se levantaba e iba a la cocina buscando manchas y pisadas de sangre, y cuando veía allí a su mujer haciendo café se decía: «Gracias a Dios que no la maté ayer».

¡Jesús!

Sí. La gente tiene relaciones distintas con el alcohol. Muchos exalcohólicos que conocen mi historia vienen a ofrecerme sus chapas de sobriedad, pero —aunque soy muy amable con todos ellos— esa no es mi experiencia. Yo nunca lo viví así. Dejar de beber no fue nada traumático. Yo quería ser un escritor, más que un borracho. Y me encantaba escribir por la mañana. Sin sentirme suicida. Entre emborracharme o leer un libro, prefiero leer un libro. Aprenderé más, y a la mañana siguiente me sentiré una persona mejor. Es muy simple. Pero no me engaño: sé que me estoy perdiendo muchos placeres. Cuando he estado con Andre en Las Vegas, él siempre toma su Martini, y yo café. Le encanta el ritual. Todo es un ritual para Andre.

Andre Agassi parece obsesivo hasta la locura, ¿no?

Sí y no. Con algunas cosas es muy puntilloso. Le encanta hablar de determinados filetes, de la forma en que los marinas y luego cocinas lentamente, y con qué vino van… Y eso está muy bien. Yo le escucharé con mi taza de Starbucks y llegaremos al mismo sitio por senderos distintos.

No querría ser frívolo, pero el padre de Agassi era un cabrón, y obtuvo resultados. El tuyo se largó, y has terminado siendo un escritor de éxito. Si uno examina a los padres inmundos en la historia de las artes (los Jackson Five, el padre ausente de Lennon, etc.) parece que su presencia o ausencia siempre produce hijos geniales. O psicópatas, claro.

Hay otra modalidad que deberías añadir a tu lista: grandes escritores con padres arruinados: TwainMelville, Fitzgerald, Hemingway, Dickens… Y yo. A mí me tocó la gorda: mi padre lo perdió todo, y encima era un cabrón, y encima se largó. ¡Triple! Lo que sucede en estos casos —al menos con hijos varones— es que quieres demostrarte algo. Si a esa edad vulnerable no tienes una figura sólida en la que apoyarte se va a crear ese vacío del que hablábamos. Pero ese vacío es a menudo el germen de un artista.

Y ni siquiera hace falta que sea un completo bastardo. Puede tratarse de un padre que no demuestra afecto. O que no te quiere, aunque no te zurre. Y eso crea lo que tú llamas «rabia heredada». Agassi la tenía. Tú también.

Es una rabia muy difícil de entender. Documentándome para mi nuevo libro he hablado con chicos en situaciones desesperadas, en Missouri, niños sin padres ni madres, y los trabajadores sociales que se ocupan de ellos utilizan el término «pérdida ambigua». Es una pérdida que no se puede cuantificar ni especificar ni describir. Es una frase muy poética y obsesionante. Lo de Agassi es distinto, porque ahora se lleva de perlas con su padre. Es increíble.

Imagino que se ablandaría con la edad, de otro modo no lo entiendo. En Open se pinta al padre de Agassi como un auténtico gilipollas.

En todas las explicaciones de Agassi se veía que intentaba decir la verdad. Y la verdad es que nunca vio a su padre como a un monstruo. Quería el afecto de su padre. En cierto modo creo que si su padre llega a ser un monstruo de veras, a un nivel como el del padre de Michael Jackson, Agassi habría sido incluso mejor tenista. Y peor persona. Pero tienes razón: es un fenómeno común, el de los padres cabrones y los hijos con talento. Hace poco escribí una historia sobre el beisbolista Alex Rodríguez, que es una leyenda, y que está obviamente dañado por la ausencia de su padre. Me pregunto si puede ser así de simple. ¿El tío está así de motivado y lanza setecientos home runs solo porque su padre era un mierda que le abandonó? El propio Rodríguez me contó que nunca conoció a su padre, así que su mujer propuso encontrarle. Cuando lo logró, e iban a reencontrarse padre e hijo, surgieron imprevistos (paparazzis y cosas así) y el padre tuvo que volar directamente al partido que Rodríguez estaba jugando en Minnesota con los Yankees. Rodríguez le regaló al hombre asientos de primera fila en los tres partidos de Minnesota. Y Rodríguez se volvió loco. Conseguía un home run con cada bateada. Llegó a tal punto que en Minnesota creyeron que tenía algún tipo de problema con ellos, que iba a machacarles porque les tenía ojeriza. Y era porque el padre estaba allí, trajeado, en primera fila. Ese deseo de amor y seguridad y aprobación solo puede originarlo un padre. Es una cosa muy básica, sí, pero para mí muy difícil de escribir.

Agassi recuerda hasta los detalles más infinitesimales. Imágenes que se quedan grabadas en tu memoria para siempre: Andre y Philly planchando los billetes de dólar. Su padre arrancándose los pelos de la nariz de un pellizco. Debe tener una memoria prodigiosa.

Es prodigiosa, sí, no fotográfica. Esa es otra modalidad. Lo fascinante es que los detalles que sugieres aparecieron muy tarde en el proceso. Porque si te sentabas allí con él y le pedías que te listara sus diez mejores partidos, Agassi se bloqueaba. Su mente no funciona así, le era imposible recordar eso. Era una agonía, no se le ocurría nada. Si le preguntabas sobre el matrimonio con Brooke Shields, lo mismo. No se acordaba de nada, un desastre. Entonces me enfrenté a ello desde otro ángulo. Entrevisté primero a otra gente, Brooke Shields incluida, tracé un borrador, y entonces empecé a preguntarle cosas concretas. Cogíamos un suceso de su vida, y le preguntaba sobre olores, sobre el tiempo, el paisaje… Del Open francés recordaba vivamente el olor a puros en el ambiente. De golpe, cuando no tenía que preocuparse de estructura ni jerarquía, le venía todo de nuevo. Se quedaba clavado en el recuerdo, y era asombroso. Para mí fue una lección. Nuestro cerebro almacena los recuerdos en carpetas, y primero tenemos que acceder a las carpetas. Si no encuentras el nombre de la carpeta, si solo te haces preguntas generales o vagas, nunca accederás a los detalles. Agassi no encontró esos detalles hasta que tuvimos el libro trazado. Había días en que acabábamos empapados en sudor. Yo agarraba una escena, y le preguntaba absolutamente todo tipo de pormenores sobre ella. Le decía: voy a leerte un poco de esto, y dime si falta algo aquí. Agassi me decía: «Ah, vale, creía que ese trozo no era importante. Mira, lo que sucedió fue que…». Y me lo contaba todo. Y te voy a contar algo a ti en exclusiva que no le he confesado a nadie: estábamos a pocos días de terminar el libro, y yo estaba muy contento. ¡Lo habíamos conseguido! De repente Agassi me dijo: «¿Cuándo vas a preguntarme sobre tenis?» [ríe]. Me quedé de piedra. «Sí, que cuando vamos a hablar de los detalles del tenis y todo eso». ¿Cómo? Entonces escogió un partido, y empezó a describírmelo con inmenso detalle. Oh, no. Detalles fascinantes. ¿Me entiendes? Yo ya daba por terminado el libro. ¿De dónde salía todo aquello? «Nunca me lo preguntaste», me dijo. ¿Cómo iba a preguntarte lo de que Becker apuntaba con la lengua hacia el lado opuesto del que iba a lanzar el saque? ¿Cómo iba a imaginar algo así? Pero Agassi necesita que le preguntes los detalles. Y entonces los detalles brotan a chorro.

Open está lleno de imágenes y metáforas estupendas. Asumo que esas imágenes sí son obra tuya. No está muy claro dónde terminaba el trabajo de Agassi y empezaba el tuyo.

Depende. Algunas imágenes son suyas. Mucha gente, lectores y amigos míos, han tratado de averiguar cuáles de esas comparaciones son mías y cuáles suyas, y siempre se equivocan. Lo que sucede es que Agassi y yo terminamos siendo hermanos. Lo mejor que saqué de ese libro fue a Andre. Tenemos una relación muy estrecha, y el trabajo fue colaborativo. Al final es difícil etiquetar las frases, porque algunas son mías, otras de Steffi [Graf], otras de Agassi, pero la línea divisoria entre ellas es bastante difusa. Era una conversación, y no recuerdas cada intervención de una charla. Quién dice qué.

Agassi cae bien. Me pregunto si es porque era un tipo majo y humilde, o porque (de nuevo) tú te llevaste bien con él y decidiste pintarle positivamente. Quiero decir: ¿podrías haber hecho lo mismo con Jimmy Connors, o Sampras?

Connors seguro que no, porque es un famoso cabrón. Entiendo lo que dices, pero tu visión no es la universal. A mucha gente no le caía ni cae bien Agassi, incluso tras leer el libro. En los comentarios de Amazon, o Goodreads, mucha gente afirma que era orgulloso, egocéntrico, un notas, que se divorció… Para mucha gente hay un montón de factores negativos en la historia de Agassi. Para que él te caiga bien tienes que ser el tipo de persona que sabe perdonar, que no juzga a los demás duramente.

Hombre, de joven debió de ser bastante chulín. Y algo bocas. Pero eso no es una ofensa capital.

¿Te acuerdas de aquel tío que le llamaba «garrulo» [«punk» en el original] en el libro? Pues le telefoneé. Porque a Agassi se le quedó clavado para siempre, y le jodía mucho cada vez que alguien se lo decía. Y aquel tipo me contó mil historias de Agassi, lo maravilloso que era, cómo esperaba que no estuviese ofendido por aquello… Yo le dije que de hecho seguía bastante ofendido, y que aún se acordaba del asunto. El fulano aquel se lo pensó un rato y, después de algunas alabanzas más, soltó: «¿Sabes qué? Que sí que era un garrulo». [Carcajada]. Así que me alegro de que te cayera bien, pero tampoco es una cosa tan común. Hay muchas cosas negativas en el libro, y cada uno toma una posición sobre ellas.

En la vida de Agassi suceden dos o tres cosas que son casi imposibles de creer. Como lo de «Gracias, Margaret» que suelta siempre el padre de Agassi mirando al cielo, por una señora que le salvó la vida de niño.

Eso es increíble. Una gran imagen. Al principio de nuestro trabajo me había proporcionado otra historia así, y yo le dije: «Dame treinta más como esa y tenemos un librazo». Imagina lo que ese número le hizo, a él, un deportista de competición. Se obsesionó con la cifra. Según iban pasando los años de su vida, Agassi seguía contando: «¿Por qué historia vamos ya?». La de «Gracias, Margaret» es una historia genial, a mí me encanta. Otra favorita es la de Brooke Shields y la foto que tenía colgada en la nevera para recordar qué eran unas piernas perfectas. Y las piernas eran las de Steffi Graf. Alucinante. No puedes inventar algo así.

De Open me pirra que sea un libro sobre un tenista, Andre Agassi, no sobre tenis. O sea, sobre un ser humano que resulta que juega muy bien a un deporte.

Creo que es un libro que habla de perfeccionismo, y de la búsqueda del amor y la felicidad. Es muy difícil hallar a alguien que sea feliz de verdad. Pero Andre es feliz. Pasó por mucha infelicidad a lo largo de su vida, pero lo ha conseguido. Se las arregló para terminar siendo feliz. Pasar de torturado a feliz es un viaje que no todo el mundo puede realizar. Y es algo que todo el mundo quiere. Si le preguntas a cualquier persona qué es lo que quiere sacar de esta vida, sea cual sea la respuesta lo que en realidad te está diciendo es: «Quiero ser feliz». Y Open es una búsqueda de felicidad. Y de paz. Hay un momento del libro en que Agassi dice: «la única perfección es ayudar a los demás». Creo que él halló esa verdad, y la hizo suya, y la vivió desde entonces. Todos los eventos que organizó en Las Vegas para recaudar dinero para la escuela que fundó fueron increíbles. La atmósfera era bonita: mucha gente donando dinero para mantener la escuela con vida. El discurso que daba cada año era conmovedor. Así que creo que tienes razón: no importa si Agassi es pianista o carpintero. Si escribes sinceramente sobre la búsqueda de la felicidad de alguien, la gente no podrá dejar de leer.


Rafa Nadal, Bianca Andreescu y casi todo lo que nos dejó el US Open 2019

Rafa Nadal gana la final masculina del  US Open 2019 frente a Medvedev. Foto: Corinne Dubreuil / Cordon.

Nadie contaba con la longevidad. Cuando veíamos a aquel chaval de diecisiete, dieciocho, diecinueve años dejándose las rodillas en la pista corriendo como si no hubiera un mañana, pensábamos que efectivamente sería así: que no habría un mañana, que esa manera de jugar le condenaría a estrella fugaz y le abocaría a una retirada temprana o al menos a un sensible bajón de sus prestaciones antes incluso que sus contrincantes de mayor edad.

No ha sido así. Por supuesto, Nadal ha tenido muchísimas lesiones. Rara vez ha conseguido completar un año entero sin ausencias en torneos clave. Eso no le ha impedido mantener la competitividad ni la regularidad. El chico que ganó Roland Garros con diecinueve años es el mismo veterano que acaba de ganar con treinta y tres el US Open. Su cuarto título en las últimas diez ediciones del torneo, justo el que le había sido más esquivo en sus primeros años de esplendor.

Ese dato es el ejemplo perfecto de la evolución de Nadal. Un hombre que, sobre todo desde la llegada de Carlos Moyà, sabe dosificar sus fuerzas y mantiene ese instinto salvaje para aprovechar las oportunidades. Con Djokovic, Federer y Medvedev en el otro lado del cuadro, su presencia como finalista nunca estuvo en duda y solo perdió un set en todo el camino, contra Marin Cilic. Una vez en la final, fue mejor y se sobrepuso incluso a la mística de Medvedev, un jugador extraño donde los haya con más vidas que un gato.

Nadal ha aprendido a no fallar y en este circuito con eso basta. Desde su derrota contra Gilles Müller en Wimbledon 2017 no se le recuerda sorpresa alguna en su contra. O victoria o retirada o derrota contra sus homólogos, es decir, Djokovic y Federer. Pasaron los tiempos de Fogninis y Pouilles. Justo en el momento en el que más incómodo se siente en la competencia directa —Djokovic le ha ganado sus nueve últimos partidos fuera de la tierra batida y Federer, los últimos siete— más cerca está de convertirse en el jugador con más torneos de Grand Slam de la historia, algo que muy probablemente se cumplirá el año que viene, a los treinta y cuatro.

Hagamos un repaso a este y otros aspectos que nos ha dejado Flushing Meadows en esta quincena:

1. Hasta cierto punto, hubo dos torneos: uno que duró hasta el domingo y no fue gran cosa y otro que se limitó a la final y fue apasionante. Cuatro horas y media de una calidad bastante razonable… aunque hubo un momento en el que todo apuntaba a tres sets facilillos para Nadal. Ni verse con dos sets y break abajo fue suficiente para que se rindiera Medvedev, un hombre con una capacidad competitiva asombrosa que se dio cuenta de qué iba el partido demasiado tarde. A Nadal no puedes esperarle y devolverle bolas. Tienes que ir a por él, tienes que subirle, atacarle, incomodarle, hacer que se salga de su táctica previa… Aunque en ocasiones arriesgó más de la cuenta, Medvedev logró en el tercer y cuarto set lo que llevamos años pidiendo a su generación: que compita de tú a tú con los grandes mitos. En mi opinión fue peor que Nadal en ambos sets pero, de alguna manera agónica, los ganó y eso es lo que cuenta. Se dio a sí mismo una oportunidad y la aprovechó contra todo pronóstico.

2. Otra cosa fue el quinto set. Ahí, Medvedev llegó muerto. Me cuesta mucho imaginar cómo el ruso podría haberle ganado seis juegos a Nadal hecho un auténtico trapo… pero no estuvo tan lejos. De entrada, tuvo dos bolas de break para ponerse 2-0. Después, cedió sus siguientes servicios pese a adelantarse 40-0 y 30-0 respectivamente. Por último, ya con 5-2 y saque de Nadal, consiguió romper, salvar match point con su servicio y disponer de bola para el cinco iguales. Yo lo veía y no lo creía. Por supuesto, Rafa también estaba cansado, pero Medvedev se caía de agotamiento y no dejaba de pegar palos a las líneas. Esa versión tiene futuro. La otra, no tanto.

3. Y es que siento no compartir el entusiasmo generalizado por el ruso. Soy un viejo gruñón y tengo que vivir con ello. Su verano ha sido descomunal y ya digo que su capacidad de sufrimiento le distingue de la mayoría de sus coetáneos. Ahora bien, si de verdad quiere ser un gran campeón, tiene que mejorar determinadas cosas: de entrada, la lectura del juego. Durante buena parte del torneo y desde luego en la final, dio la sensación de ir improvisando sobre la marcha, de tirar hacia adelante como fuera, en una misión desesperada. Eso le salvó de muchísimos apuros, sobre todo en las primeras rondas, cuando parecía lesionado, pero no es una gran idea cuando quieres destronar a los campeones más laureados de la historia. Aparte, su tenis tiene carencias obvias: pese a medir 1,98 su saque es demasiado irregular, de ahí que le cueste tanto ganarlo con solvencia. Su derecha es mejorable, rara vez definitiva, y tiene mucho margen de mejora en la volea. Me parece que le falta, en general, un golpe que le pueda dar puntos fáciles, por muy bueno que sea ese revés a dos manos. Ahora bien, lo mismo se decía de Agassi y no le fue mal en la vida.

4. En cuanto a sus enfrentamientos con el público… bueno, si le ayudaron a motivarse cuando estaba contra las cuerdas ante Feliciano López o después ante el sorprendente Dominik Koepfer, estupendo. Ahora bien, el gasto mental (y físico, fruto de la adrenalina) que supone meterse en esas batallas cuando ya vienes cascado de jugar tres finales seguidas en un mes es enorme. Dejémoslo en tablas.

5. Primero se habló del «big 4», luego del «big 3» y creo que va siendo hora de llamar a las cosas por su nombre y referirnos al «big 2». Lo competido de la final, lo enloquecido de su desenlace, no puede hacernos olvidar que entre Nadal y Djokovic han ganado veintiocho de los últimos treinta y nueve torneos del Grand Slam. Eso son prácticamente tres de cada cuatro, dejando el cuarto para el Federer, Murray o Wawrinka de turno. Su tiranía es absoluta a cinco sets y este será el noveno de los últimos diez años en el que uno de los dos acaba como número uno del mundo. Si el sorteo del cuadro ya dejaba un camino bastante claro hacia la final para Rafa, la retirada de Djokovic terminó de sentenciar el torneo. Las finales pueden durar tres, cuatro o cinco sets, pero al final los que ganan son siempre los mismos.

6. Nos quedamos en Djokovic. Si en Cincinnati el problema fue con el codo que tanta guerra le dio en 2017, en Nueva York se lesionó el hombro. No sé si hay relación entre ambas molestias. Novak llevaba once semifinales consecutivas en el torneo y se vio obligado a retirarse ante Stan Wawrinka en octavos de final cuando ya perdía por dos sets a cero. Qué difícil es evaluar la carrera del serbio. Probablemente sea el más completo de los tres grandes, tiene el H2H ganado a los otros dos, ha conseguido ganar en Wimbledon a Roger y en Roland Garros a Rafa, se ha hinchado a Masters 1000 y a World Tour Finals… y sin embargo vuelve a estar a tres torneos de Grand Slam de Nadal y sigue a cuatro de Federer. 

7. Otra cosa, insisto una vez más, es que tengamos que evaluar la grandeza solo por los torneos de Grand Slam ganados. Para contar hasta veinte no hace falta ser un gran analista. Puede que haya llegado el momento en el que los tres han acumulado tantos méritos que los aficionados ya no podemos decir convencidos: «El mejor de la historia es este» sino que tenemos que limitarnos a un comedido «a mí el que más me gusta es este». Sé que también es una opinión poco popular pero creo sinceramente que al indudable talento de Novak, Rafa y Roger se ha unido una falta de competitividad escandalosa, lo que les ha permitido no solo dominar a su propia generación sino a las dos siguientes, algo extraordinario en el mundo del tenis. Talento ha habido siempre: Gonzales tenía talento, Hoad tenía talento, Laver tenía talento, y así Connors, Borg, McEnroe, Edberg, Agassi, Sampras… pero todos encontraron un dique que les frenara. Una fricción que detuvo o mitigó la corriente. Aquí, no. Aquí, ya digo, tres de cada cuatro durante diez años. Y antes, tres de cada cuatro solo para Federer durante otros seis.

8. Precisamente el torneo de Federer acabó en cuartos de final y supuestamente debido a otra lesión. Fue una enorme oportunidad perdida, pero no perdamos la perspectiva: a sus treinta y ocho años, Federer no está en la misma competencia de Djokovic y Nadal. Está a las sobras. Está a su Wimbledon y poco más. En diez años solo ha pisado una final en Nueva York y eso es por algo. Su principio de torneo, aún con la mente puesta en ese 8-7 y 40-15 de Wimbledon, fue espantoso. Luego mejoró gracias a un cuadro muy favorable y cuando ya podía soñar con algo grande se la pegó con Dimitrov. Puede, efectivamente, que la espalda fuera clave, pero el año pasado se la pegó con Millman y en el US Open ha perdido hasta con Tommy Robredo, así que me temo que es lo que hay. 

9. Con todo, ¿qué se le puede pedir al suizo a estas alturas? Tiene treinta y ocho años, acaba Wimbledon y se va de vacaciones con su mujer y sus cuatro hijos en una caravana. Cuando vuelve, entrena un poco y ya se pone a competir otra vez. ¿De verdad hay que pedirle que gane? ¿Está su cabeza preparada para afrontar otro reto como el de Londres de este año? Puede que sí y puede que no. Sin relevo, todo es posible. Por otro lado, las temporadas cada vez se le hacen más largas y todo lo que le beneficia la tierra batida de cara a preparar Wimbledon le perjudica a la hora de afrontar con garantías el final de año. Es el número tres del mundo y, en el peor de los casos, acabará el año como número cuatro. Eso ya de por sí es una heroicidad… y una señal de que los tiempos que corren no invitan al optimismo.

10. Pongamos por ejemplo al propio Grigor Dimitrov. Después de toda una carrera comparado con Federer y tras el peor año en muchísimo tiempo, logra colarse en semifinales y jugar contra un rival con problemas físicos como es Medvedev. ¿Resultado? No gana ni un set. Dimitrov ejemplifica para mí la mayoría de los problemas de los nacidos en los noventa: tiene los golpes pero no sabe cómo utilizarlos. Te puede pegar dos reveses maravillosos y una derecha que te echas a temblar pero de repente durante cuatro juegos desaparece, falla cosas imposibles, toma decisiones en la pista que no corresponden… Estas semifinales le van a salvar el año, pero a los veintiocho no se puede esperar progresión alguna.

11. Con todo, hay que reconocer que el hecho de que hubiera cuatro cuartofinalistas menores de treinta años y tres semifinalistas es un avance. Parece que están a punto de derribar el primer muro de contención, el de los Cilic, Monfils, Nishikori, Isner y compañía. Matteo Berrettini, por ejemplo, no solo se cargó al francés en un encuentro apoteósico que superó también las cuatro horas sino que en semifinales llevó a Nadal al tie-break del primer set, donde llegó a estar 6-4 por delante. A partir de ahí, el hundimiento, pero por algún lado hay que empezar.

12. Las decepciones fueron las habituales, empezando una vez más por Alexander Zverev, al que el año se le ha cruzado definitivamente sin posibilidad de remediarlo. Veremos si llega a las World Tour Finals y puede al menos defender su título. Peor aún le fue a Felix Auger-Aliassime, que sí, es un crío aún, pero del que cabe esperar algo más que seis juegos ganados en primera ronda. Kyrgios vio como su parte del cuadro se abría muchísimo tras la debacle de la primera ronda, donde cayeron Roberto Bautista, Dominic Thiem, Stefanos Tsisipas y Karen Khachanov a la vez, pero no supo aprovechar la ocasión. Tal vez esperábamos un poco más de Frances Tiafoe, pero sigue sin dar el estirón. En cuanto a Denis Shapovalov, pequeños progresos, veremos si Youzhny consigue espabilarlo.

13. Por cierto, ¿qué les ha pasado a Khachanov y, sobre todo, a Tsisipas? El ruso ganó París el año pasado y acabó la temporada en plena forma, por encima incluso de su compatriota Medvedev. Sin ser un año horrible —se mantiene en el top ten—, lo cierto es que no ha dado el paso adelante que se esperaba. Más preocupante es Tsisipas porque Tsisipas sí parecía que se iba a comer el mundo, incluso con ese punto arrogante que tanto se echa de menos… pero desde que perdiera con Wawrinka en Roland Garros ha entrado en una depresión de la que ni él mismo encuentra salida.

14. Dos historias bonitas: Álex de Miñaur y Diego Schwartzman. Al australiano le esperábamos desde su prometedor inicio de año y ha completado un excelente torneo, llevándose por delante a Nishikori, poco dado a perder con jugadores por debajo de su ranking. Después de salir del top 25 de la ATP, toca ponerse las pilas y volver a subir cuanto antes. En cuanto al argentino, volvió a colarse en cuartos de final con una gran victoria ante Zverev y disputó un extrañísimo partido ante Nadal en el que remontó un 0-4 y un 1-5 en los dos primeros sets para acabar perdiendo ambos. Enorme mérito el suyo.

15. Y enorme mérito también el de Pablo Andújar, que se coló en cuarta ronda después de tres años horribles de lesiones y operaciones constantes. Andújar tiene treinta y tres años pero al menos puede volver a disfrutar del tenis, como lo está haciendo Feliciano López a sus casi treinta y ocho. Verdasco (treinta y seis) no pasó de segunda ronda mientras Bautista (treinta y uno) perdía contra Kukushkin a las primeras de cambio. En la actualidad, hay nueve tenistas españoles entre los cien primeros de la ATP. Solo dos —Carballes (veintiséis) y Carreño (veintiocho)— tienen menos de treinta años. 

16. Pasamos ya al cuadro femenino y lo hacemos con la ganadora, la gran dominadora de lo que llevamos de año pese a su grave lesión en el hombro. A sus diecinueve años, Bianca Andreescu ha perdido solo cuatro partidos en 2019, incluyendo victorias en Indian Wells, Canadá y por supuesto Nueva York. Desde que volvió a las pistas acumula doce triunfos consecutivos… y eso que a punto estuvo de retirarse en los cuartos de final de Toronto tras molestias en una pierna. Andreescu no tuvo el cuadro más difícil del mundo pero supo llegar a la final y derrotar a la gran favorita delante de su público. No es poca cosa.

17. De hecho, la final se complicó más de lo debido. Con 5-1 en el segundo set, Andreescu dispuso de su primer match point al saque y lo perdió. Nadie le dio demasiada importancia porque su superioridad había sido indiscutible, pero de repente Serena Willimas olió la sangre, llegaron los nervios, la Arthur Ashe se puso en plan caldera… y a los diez minutos el resultado era 5-5. ¿Qué hizo Andreescu entonces? Ganar los dos siguientes juegos y evitarse muchos problemas. Respuesta de campeona. Habrá a quien no le guste que la WTA no tenga una dominadora clara, pero a mí desde luego me encanta esta mezcla de talentos, generaciones y estilos de juego que hacen que Naomi Osaka pueda ganar en Australia, Ashleigh Barty en Roland Garros, Simona Halep en Wimbledon y Bianca Andreescu en Nueva York y que en cada momento parezcan imbatibles… todo para pegársela en el siguiente grande. Supongo que en algún punto medio entre la tiranía del circuito masculino y la volatilidad del femenino estará la virtud, pero de elegir, me quedo con este.

18. La gran historia del torneo, con todo, fue una vez más Serena Williams, que se quedó a un partido de levantar el trofeo… veinte años después de imponerse por primera vez. Baste recordar que su rival en aquella final de 1999 fue Martina Hingis, que venía de perder Roland Garros ante Steffi Graf. Desde su maternidad, Serena apenas se deja ver por el circuito más que en las grandes ocasiones. Ahora bien, una vez ahí, sigue siendo tan peligrosa como siempre: hasta cuatro finales ha disputado en estos dos años… y lo curioso es que no ha conseguido ganar ni un solo set en ninguno de los cuatro encuentros: ni ante Kerber en Wimbledon 2018, ni ante Osaka en el US Open de ese año ni ante Simona Halep o Andreescu esta temporada. 

19. Queda, por tanto, la estadounidense aún a un torneo de Grand Slam de Margaret Court-Smith. No creo que sea algo para obsesionarse. Para empezar, con esta regularidad, tarde o temprano el número veinticuatro debería llegar. En cualquier caso, aunque no llegara, comparar a Court y el tenis de los sesenta y setenta con la hiperprofesionalidad de los tiempos de Serena es absurdo. Por longevidad y por resultados, la menor de las Williams está a otro nivel, peleando por lo más alto del podio con las Graf, Navratilova o Evert.

20. Si antes hablábamos de Martina Hingis, ha llegado el momento de hablar de otra suiza: Belinda Bencic. Ya salía en estos resúmenes cuando perdía, así que imaginen ahora que gana. Es una gozada ver que ya puede jugar al tenis siendo ella misma, sin lesiones ni molestias de por medio. En Nueva York llegó a semifinales y le dio bastante guerra a Andreescu; más de la que le dio Elina Svitolina a Serena Williams, desde luego, aunque también es muy positivo ver que la rusa está al cien por cien y centrada de nuevo.

21. No sé si se puede decir lo mismo de Naomi Osaka. Me sigue pareciendo un caso complicado porque no disfruta jugando, se la ve siempre tensa, preocupada, como si todo la superara. No es propio de una jugadora de veintiún años con dos torneos del Grand Slam ya en el bolsillo y que llegaba a Flushing Meadows como número uno del mundo. Quiero pensar que es un ataque de vértigo que se le irá pasando con el tiempo. Peor parece tenerlo Garbiñe Muguruza, incapaz de levantar cabeza incluso tras haber cambiado de técnico. En un circuito tan igualado y con tanto talento, en cuanto te relajas te vas al hoyo a toda velocidad. Lo bueno es que subir tampoco es tan complicado y el tenis lo tiene, desde luego.

22. La gran sorpresa de Wimbledon, «Coco» Gauff, aprovechó la wild card que le otorgó la USTA para meterse en tercera ronda, donde perdió precisamente con Osaka. Buen trabajo de la estadounidense, a la que espero que nadie empiece a pedirle ahora que se líe a ganar grandes cuando no ha dejado de ser una adolescente. Monica Seles solo hubo una. La «Cenicienta» de esta edición ha sido la de Taylor Townsend, quien, proveniente de la previa, eliminó a Halep en segunda ronda en otro partido espectacular, se plantó en octavos de final y aún le arrebató un set a la futura campeona. Tiene veintitrés años así que no es ninguna cría, pero habrá que seguirla de cerca a partir de ahora.

23. Vamos acabando ya y lo haremos con el reparto de premios en otras categorías. El dobles masculino fue para los colombianos Cabal y Farah, que ya se habían impuesto en Wimbledon. La derrota en la final fue la primera para la pareja Granollers.Zeballos, demostrando lo excelente doblista que son ambos. En el cuadro femenino, las vencedoras fueron Elise Mertens y Aryna Sabalenka, que derrotaron en la final a las grandes favoritas, Ashleigh Barty y Victoria Azarenka. Si la número uno del mundo en individuales quiere seguir siéndolo, a lo mejor tiene que replantearse tanto compromiso con el dobles. No todo el mundo es como las hermanas Williams.

24. En el doble mixto volvieron a ganar Jamie Murray y Betthanie Mattek-Sands y lo hicieron ante los primeros cabezas de serie, Michael Venus y Chan Hao-ching. Por cierto, ya que mencionamos a los Murray, Andy no participó en el US Open aunque la USTA le ofreció una wild card. A cambio, se fue a Mallorca a participar en el Trofeo Rafa Nadal, un challenger en el que cayó en segunda ronda, demostrando que aún le queda bastante para llegar a un nivel mínimamente competitivo aunque esté en el camino.

25. En cuanto a los jóvenes, el checo Jonas Forejtek se impuso en la categoría masculina mientras María Camilia Osorio se convertía en la primera colombiana en ganar un US Open en categoría junior. Ni rastro de los españoles. Ninguno superó la segunda ronda de ninguna de las categorías. Una tendencia preocupante.


El deporte entendido como una de las bellas artes

Londres, 1967. Fotografía: Larry Ellis / Getty.

En 1986, el escritor estadounidense Richard Ford publicaba la magnífica novela The Sportswriter en torno a la atormentada figura del periodista Frank Bascombe, cuya vida va rompiéndose a jirones a lo largo de la narración sin dramas ni tragedias, con un estoicismo propio de la tradición del realismo sucio. Probablemente, eso explique que el propio Raymond Carver considerara a Ford el mejor escritor de su generación.

El primer problema que debieron de tener los editores españoles cuando compraron los derechos del libro fue, sin duda, el título. ¿Cómo se traduce en español the sportswriter? Lo más literal sería algo parecido a ‘el escritor deportivo’, pero, ¿qué demonios era un escritor deportivo en la tradición española, mucho más a finales de los ochenta y principios de los noventa? Lo más lógico, lo más claro, era dejarlo en El periodista deportivo y que cada uno pensara lo que quisiera.

Sin embargo, había algo peligroso en esa traducción, algo que se ha mantenido durante los años. El que se acercara al libro podría pensar que trataba de alguien que iba vestido con un anorak color butano a los campos de fútbol o que se pasaba doscientas páginas repitiendo como loco «¡Ay, mi madre, el bicho!». El periodismo deportivo en nuestro país no tiene nada de estético, nada de glamuroso, nada de Norman Mailer viajando a Zaire para narrar los combates de Muhammad Ali, ni de Frank Deford contándonos la vida de Bill Tilden, ni de David Halberstam —premio Pulitzer por sus crónicas de la guerra de Vietnam— hablándonos de los oscuros Portland Trail Blazers de la temporada 1980/81. Ni siquiera de un Gay Talese viajando a China para entrevistarse con la jugadora que falló el penalti decisivo en el Mundial de 1999. Siempre que esa parte Talese no se la haya inventado también, claro.

En España, el deporte siempre ha sido carne de barra de bar, de exabrupto, de almohadilla arrojada al campo, de insultos al árbitro. De hecho, su mayor hito poético consiste en rimar la palabra «millones» con «cojones», un prodigio de originalidad. En Estados Unidos, sin embargo, la conciencia de que había algo más allá de la competición ha estado presente desde los orígenes de las grandes ligas y los combates de los años treinta con Joe Louis de protagonista. Es normal que su apogeo coincidiera con el del llamado «nuevo periodismo», porque las bases eran similares: la historia detrás de la historia. ¿Qué queda detrás del quarterback de éxito, hasta qué punto una bola mal lanzada puede cambiar una vida, cómo vive un boxeador las horas de angustia anteriores a la pelea que marcará su carrera?

El sportswriter se dedica a eso, con mayor o menor éxito. En ocasiones, cae en el pecado del exceso, de intentar contar incluso lo que no sabe, pero eso también lo hacía Truman Capote. Como ejemplo de esa búsqueda de lo, en principio, marginal, Frank Bascombe se marcha a mitad del libro a hacer un reportaje sobre Herb Wallagher, una imponente figura retirada del fútbol americano cuyo futuro pasa por una silla de ruedas. Por supuesto, la elección del personaje es una elección de Richard Ford, en su intento de captar la Norteamérica tras los neones, es decir, de hacer lo mismo que lleva haciendo la mayoría de escritores estadounidenses desde los tiempos de El gran Gatsby… pero también es consecuente con la figura de Bascombe, con la figura de cualquier escritor deportivo.

El escritor deportivo es, en esencia, el que se queda cuando los demás han mandado ya sus crónicas. El solitario, el enigmático, el que no busca llegar el primero, sino que prefiere tomarse una copa con el desahuciado para completar el relato.

En ningún sitio mejor que en Estados Unidos se ha entendido la máxima de Albert Camus: «Todo lo que sé sobre la moralidad y las obligaciones del hombre, lo aprendí del fútbol», y quien dice «fútbol» bien podría decir «deporte», en general. La frase se repite mucho en Europa porque es ingeniosa y porque de alguna manera dignifica una pasión, pero se lleva muy poco a la práctica. Para el escritor deportivo, efectivamente, en cada partido, en cada enfrentamiento, en cada combate, lo que se juega no son tres puntos ni un título, sino dos maneras de entender el mundo, la moral y las obligaciones del ser humano. Puede equivocarse, puede caer en el exceso de la narrativa, pero sus ojos no van a estar en el marcador, desde luego, sino en las causas y las consecuencias de ese resultado.

El deporte como género literario

Frank Bascombe es un escritor. O más bien un aspirante a escritor cuyas novelas encuentran difícil publicación. Puede que casi todos los periodistas deportivos en la tradición anglosajona sean eso: aspirantes a otra cosa que han acabado ahí, hablando de Joe DiMaggio. En cualquier caso, comparten el gusto por las palabras, por la historia bien contada, por la narrativa. En España, lo más parecido a una narrativa deportiva surgió a raíz de las entrevistas a Valdano o a Juanma Lillo en los años ochenta y noventa y ha culminado con la figura de Pep Guardiola en la última década… con una diferencia: Guardiola es, con todo, algo parecido a un arcano, alguien inaccesible salvo para unos cuantos amigos y cuyos discursos son carne de hermenéutica más que de literatura propiamente dicha.

En Estados Unidos siempre ha sido así, quizá porque en Estados Unidos siempre se permitió que el deportista fuera algo más que un patán con talento para la pelota. La relación abierta con la prensa también ha sido decisiva en ese sentido… y algo habrá hecho bien la prensa para ganarse esa relación. Casi desde principios de siglo, el deporte ha sido un género literario de éxito y calidad en las librerías americanas, un motivo de colección y de comprensión del mundo. La gran novela americana estaba tanto en Holden Caulfield huyendo de su internado y perdiéndose en Central Park como en las luchas entre Jim Bouton y Mickey Mantle a lo largo del año 1969 reflejadas en Ball Four, uno de los libros más vendidos de la historia de la literatura deportiva.

Lo mismo se pueden entender las envidias y la competitividad insana de principios de los noventa leyendo a Bret Easton Ellis que devorando el sensacional The Jordan Rules de Sam Smith, el retrato sin piedad del gran icono del deporte y la publicidad estadounidense de la época, la cara B del famoso anuncio de Spike Lee en el que todos los niños querían «ser como Mike».

Junto al escritor deportivo ha convivido siempre la tradición del deportista metido a escritor. Por supuesto, sería demasiado inocente pensar que los grandes deportistas han escrito sus autobiografías ellos mismos. Normalmente, estas cosas se hacen con periodistas armados con grabadoras que se dedican a dar forma al relato. Aun así, tiene que haber primero esa voluntad de que alguien convierta tu vida en una historia con sentido, tiene que haber un deseo de mantener el diario de tal o cual temporada y la tentación de que ese diario se haga público. Que los demás entiendan, que tú mismo entiendas quién eres más allá de los focos y los publicistas.

La autobiografía —o la biografía a secas, sin vaselina— sigue siendo el género más atractivo, un género que a menudo cruza fronteras. En el Reino Unido, por ejemplo, donde el periodismo deportivo se mueve en un término medio entre el tabloide y la intelectualidad, siempre ha habido fascinación por los personajes extremos que nos cuentan sus vivencias. Los libros de Gary Neville, de Rio Ferdinand o de Alex Ferguson han batido récords de ventas en los últimos años, aunque no haya en ellos demasiada voluntad literaria. Las andanzas entre factuales y ficticias de Brian Clough en Leeds dieron pie a uno de los más famosos libros de los últimos treinta años: The Damned United, novela escrita por David Peace. Y no hay que dudar de que, si Mourinho se decidiera en serio a contar sus verdades, los derechos del libro se venderían por millones de libras.

Aun así, el libro deportivo británico por excelencia sigue siendo Fiebre en las gradas. Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La propia figura de Nick Hornby como autor consagrado en otros campos le da al fútbol esa pátina de aceptabilidad que tantas veces busca. Por otro lado, lo atractivo de la historia para el aficionado, el recurso a la primera persona para contar los altibajos de una vida según los altibajos del Arsenal han convertido a este libro en un paradigma que quizá ha ensombrecido a otros libros mejores. La literatura deportiva es mucho más que Fiebre en las gradas, pero rara vez cruza el océano Atlántico. Cuando lo hace, puede llegar a convertirse en un éxito tan inesperado como el de Open, la autobiografía del tenista Andre Agassi que arrasó por toda Europa precisamente por su estilo descarnado, su honestidad brutal, su voluntad de desnudarse por encima de los Grand Slams y las actrices y modelos que se cruzaron en su vida.

Los escasos intentos españoles

Precisamente el éxito de Open en España puede que abra por fin la puerta a la literatura deportiva de calidad, más allá de la biografía exprés del último fichaje del Madrid o del Barcelona. Desde luego, y coincidiendo precisamente con el apogeo de la figura de Guardiola, el gusanillo de querer contar las cosas bien, con sentido, yendo más allá de lo obvio, ha empezado a calar al menos entre muchos periodistas deportivos que a menudo ni siquiera son periodistas y no está nada claro que quieran dedicarse al deporte, o al menos no en exclusiva. Los nombres los conocemos todos: Manuel Jabois, Juan Tallón, Enrique Ballester… todos beben de maestros anteriores como Manuel Alcántara, lo más parecido a un sportswriter que hemos tenido en España durante décadas, aunque centrado casi siempre en el mundo del boxeo.

Se ha puesto de moda que al escritor con talento se le adjudique la columna de deporte como en su momento se le adjudicaba la de televisión. Es un avance, desde luego. La aparición de editoriales como Libros del KO, con sus «Hooligans Ilustrados», el compromiso de la Editorial Contra o de la Editorial Debate de publicar libros deportivos de calidad, o el éxito que ha tenido Córner con los libros de Martí Perarnau en los últimos años nos hacen ser optimistas con respecto al futuro del libro deportivo en España. Salvaje, de Iván Castelló, la narración de los excesos de Jesús Gil, es un ejemplo de lo mucho que hemos estado perdiendo el tiempo en nuestro país durante estos años: teníamos ahí a Gil, delante de las narices, y nadie se atrevía a escribir un buen libro al respecto, todo porque al fin y al cabo no era más que el presidente del «Atleti».

Hay toda una nueva generación de periodistas, de escritores, que han bebido el periodismo americano de primera mano gracias a internet. Periodistas acostumbrados a los perfiles de Sports Illustrated, a comprar por Amazon los libros que jamás llegarán a las librerías españolas y que ninguna editorial traducirá nunca. En ese sentido, es inevitable destacar el trabajo del que, para mí, es el sportswriter español por excelencia: Gonzalo Vázquez. Vázquez no es un periodista, o, al menos, no es más periodista que escritor, y eso se nota. De entre sus muchísimos libros, cabe destacar 101 historias de la NBA, publicado por la editorial JC, otro ejemplo de entrega al deporte, en este caso al baloncesto. El libro es una recopilación de artículos publicados en medios más o menos underground que retratan lo que ha sido Estados Unidos durante los setenta años de existencia de la NBA. La gran novela americana, pero escrita por un chico de las afueras de Bilbao.

Gonzalo es un apasionado de la escritura y de la lectura, y eso se nota en sus crónicas, en su cuidado por los detalles, por los personajes y por los contextos. Pocos como él pueden pasar sin excederse de la anécdota más o menos divertida al drama más sombrío. Mostrar sin explicar, como exige el minimalismo. Detrás de cada una de esas ciento una historias no solo hay una voluntad de estilo, sino un universo por abrir: el conservadurismo de los años cuarenta y cincuenta, las luchas sociales de los años sesenta, los estragos de la heroína y la cocaína en los setenta y ochenta, el culto desmedido al ego en los noventa, y así sucesivamente…

Porque, al fin y al cabo, esa es la tarea del sportswriter y lo que le diferencia de «los Manolos»: buscar más allá y, de alguna manera, trascender. Lo que separa al reportero del periodista y, sobre todo, del escritor. Algo más que el minuto y resultado, porque eso puede hacerlo cualquiera. Lo de siempre, de acuerdo, pero contado de otra manera, de manera que parezca otra cosa. Con sus riesgos, siempre quedó claro, con su trabajo a menudo poco reconocido y en ocasiones con sus injustificadas pajas mentales… pero con la conciencia de que ese es el camino y no otro. Su camino, al menos, más largo y tortuoso, pero el único transitable.


Vómitos, remontadas y crepúsculos: tres imágenes de la improbable rivalidad Sampras-Corretja

Alex Corretja durante un partido contra Pete Sampras en la Copa Davis, 2002. Foto: Adrees Latif / Cordon.

Cuartos de final de la Copa Davis de 2002. Estados Unidos, equipo local, se presenta con una curiosa mezcla de juventud y veteranía, aspirando a ejemplificar la entrega del relevo de la generación dorada de los noventa a los young guns llamados a dominar el siglo XXI. De un lado, Todd Martin y Pete Sampras, ambos en la treintena; del otro, James Blake y sobre todo Andy Roddick, quien, a sus veinte años, ya coquetea con el top ten y sueña con ser la reencarnación del propio Sampras: saque y derecha, saque y derecha, saque y derecha y así hasta que el rival se rinda.

Enfrente, el combinado español, bastante más desinteresado en el tema. Después del éxito de 2000, la primera ensaladera de su historia, ha llegado algo parecido a la nada. No está Moyà, no está Ferrero, no está Albert Costa… Ante estas circunstancias, al capitán no le ha quedado más remedio que llamar a otro adolescente, Tommy Robredo, a un jugador de segunda fila como Beto Martín, al especialista en dobles algo venido a menos Joan Manuel Balcells y, como estrella, a Àlex Corretja, vigente finalista de Roland Garros, y el único de ellos que ocupa un puesto entre los veinte primeros de la clasificación ATP.

El problema es que Corretja, en principio, pinta poco en Houston. Su temporada está siendo un desastre: a la espera de la redención sobre tierra batida, aún no ha sido capaz de pasar de octavos de final en ninguno de los seis torneos disputados. Es más, en primera ronda de la propia Copa Davis, disputada dos meses antes, en febrero, cayó en tres sets ante el marroquí Younes El Aynaoui, sobre arcilla y en casa. Al mal momento de Corretja, un jugador de rachas, hay que unirle lo poco idóneo de la superficie elegida por los americanos: la hierba. Allí donde Sampras suma siete Wimbledons y Roddick jugará tres finales de Grand Slam, Corretja apenas ha ganado dos partidos en toda su carrera.

Así, el encuentro que enfrenta a Sampras y Corretja el viernes 5 de abril tiene algo de crepuscular. Dos hombres cuyos mejores años parecen haber pasado. Estamos hablando, recuerden, de 2002, una época en la que a partir de los veinticinco años de edad tu cuerpo está bajo sospecha salvo que te llames Andre Agassi. A Corretja le faltan pocos días para cumplir los veintiocho pero parece sorprendentemente fuera de forma. Sampras ya ha dejado caer que este puede ser su último año y aún no ha cumplido los treinta y uno. La historia de los enfrentamientos entre ambos viene de lejos, pero no se esperan demasiadas sorpresas en esta ocasión, menos aún cuando Sampras, sin hacer nada del otro mundo —saque y derecha, recuerden—, se pone dos sets a cero y está a solo una manga de darle el segundo punto de la eliminatoria a su país.

Sin embargo, de repente, Corretja resucita y Sampras cae en una de sus melancolías habituales. Desconecta del partido y pierde el tercer set, luego el cuarto y, agotado, acaba cediendo el quinto por 6-4. Un preludio de lo que será el desastre en su último Wimbledon, aquella derrota contra el desconocido Georg Bastl que pasará a la historia de las grandes sorpresas del tenis. Hasta cierto punto, la remontada se puede considerar una revancha de Corretja dentro de una extraña rivalidad que tuvo su punto más alto en 1996, pero los dos saben que esto es otra cosa, algo menor: Corretja acabará el partido lesionado también y no podrá jugar ni el de dobles ni su partido de individuales del domingo para desgracia del equipo español, que pierde ambos encuentros decisivos.

Su temporada, la última en la élite, tendrá como gran resultado las semifinales perdidas en Roland Garros contra Albert Costa y poco más. En cuanto a Pete Sampras, ya saben: un desastre tras otro hasta que llega el US Open, se planta en la final contra Agassi, le gana contra todo pronóstico y ese mismo día decide que el tenis queda para otros, confiado en que nadie, en mucho tiempo, se acercará a su récord de catorce victorias en torneos de Grand Slam… un récord que, sin embargo, apenas durará siete años más.

La victoria más improbable

Hemos empezado por el final porque era un final insólito, pero lo suyo habría sido empezar por el principio. O por el medio, incluso. Por las semifinales del Masters de 1998, otra instantánea de este extraño álbum de fotos que une a dos jugadores completamente distintos: el laborioso, siempre sonriente, Corretja y el talentoso, casi intocable, Sampras. Ambos jugadores tienen cuatro años menos que en Houston y están en lo mejor de sus carreras: el estadounidense ya se ha asegurado acabar como número uno del mundo por sexto año consecutivo, una hazaña que nadie ha conseguido, otro récord para su leyenda.

El español viene del mejor año de su vida: no solo se ha colado por fin entre los diez primeros de la clasificación sino que ha protagonizado la segunda final española de la historia en Roland Garros; una final que perdió sin oponer demasiada resistencia ante Carlos Moyà. Si el juego de Sampras tiende a ser efectivo y sencillo, desesperante en ocasiones, el de Corretja responde al patrón del jugador de tierra batida: puntos elaborados, bolas altas de derecha y de revés, búsqueda de ángulos… un juego que no se presta a cosechar demasiados winners pero que convierte el partido en un continuo infierno para el rival.

En principio, este tendría que ser otro partido sin historia. Corretja está jugando esta competición por primera vez mientras que Sampras ya la ha ganado en cuatro ocasiones y es el vigente campeón. El dominio de Sampras en superficies rápidas es insultante, mientras que Corretja presenta el torneo de Lyon como único bagaje en pista cubierta. Y así, de nuevo, el estadounidense es el que se lleva el primer set, camino de una nueva final… pero Corretja vuelve a no rendirse, empieza a leer mejor el servicio de su rival, iguala el partido y lo lleva al tie-break del tercer set después de salvar tres bolas de partido con su servicio.

Es un escenario conocido para ambos, pero de eso ya hablaremos más tarde. En cualquier caso, ganarle a Sampras un tie-break es una proeza, básicamente porque te puede plantar siete aces e irse tan contento a casa sin que hayas olido la bola. Sin embargo, el estadounidense parece algo desconcentrado, como si aún estuviera lamentándose de las oportunidades desperdiciadas. Se ha visto luchando por su quinto Masters —llegará en 1999— y aquí está otra vez contra el tipo este que no deja de devolver bolas. Sumido en su propia desesperación y ante un Corretja dispuesto a no cometer ni un solo error, el número uno del mundo acaba cayendo 7-3 en el desempate.

Ha sido otro partido heroico con final improbable, pero el cuerpo de Corretja aún es joven y no se resiente de los esfuerzos. Al día siguiente, contra su amigo Carlos Moyà, consigue remontar de nuevo dos sets y llevarse el título más importante de su carrera. Pocos meses más tarde, se convertirá en número dos del mundo.

Uno de los mejores partidos de la década

Lo que nos lleva, curiosamente, al principio, es decir, al titular. Al origen. Retrocedamos otros dos años, hasta septiembre de 1996. Corretja no tiene veintisiete años ni veinticuatro, sino veintidós. Lleva tres en el circuito pero aún no aparece en ningún radar. Al igual que los Alberto Berasategui, Félix Mantilla, Carlos Costa o Roberto Carretero, destaca por su juego en tierra batida pero tiende a venirse abajo en cuanto le sacan de esa superficie. Apenas es el número 31 del mundo y llega al US Open con la intención de repetir lo del año anterior, cuando se enfrentó en segunda ronda a Andre Agassi y logró ganarle dos sets antes de venirse abajo con unos horribles calambres y caer en cinco.

Sí, una tercera ronda estaría muy bien. Todo lo que sea sumar puntos cuando estás empezando es una excelente noticia. Lo que pasa es que el US Open tiene un punto imprevisible, como lo puede tener Australia. Si a este último los jugadores llegan con poca preparación, al primero pueden llegar ya demasiado cansados después de ocho meses de viajes y torneos. Corretja, finalista en Hamburgo y en Kitzbuhel, pero cuyo mejor resultado en pista dura son unos cuartos de final en Indianápolis, va avanzando con sufrimiento por el cuadro: primero, gana a Byron Black en cuatro sets, luego al suizo Filippo Veglio, también en cuatro; en tercera ronda se enfrenta a Jonas Björkman, un especialista de este tipo de superficies, y le derrota en cinco mangas. Por último, en octavos se enfrenta al veterano Guy Forget. Acaba siendo el partido más fácil: tres sets le bastan a un Corretja que está en racha.

El siguiente partido, sin embargo, está llamado a ser el último. Más que nada porque el rival es Pete Sampras. Olviden todo lo anterior, porque lo anterior sucedió después. En septiembre de 1996, Corretja nunca ha ganado a Sampras y nunca ha jugado los cuartos de final de un torneo de Grand Slam. Su sola presencia ya es una enorme sorpresa. A los veinticinco años, el estadounidense va camino de convertirse en el gran dictador del circuito: campeón vigente del torneo, suma ya ocho grandes y tres años casi ininterrumpidos en lo más alto de la clasificación. De aspecto físico algo frágil, Sampras es una roca mental cuando importa. A diferencia de Courier, que no aflojaba nunca durante sus partidos, lo de Pete es más un «estoy ahí cuando realmente cuenta».

Su balance del año es espectacular: empieza con cuatro torneos menores ganados en Estados Unidos antes de llegar por primera vez a semifinales de Roland Garros, su escenario maldito. Allí planta cara a Káfelnikov durante el primer set pero acaba agotado y pierde entre calambres. Con todo, su actuación es un paso adelante en su carrera para completar el Grand Slam: ha conseguido derrotar a Bruguera y a Courier en tierra batida, algo que no habría soñado jamás con anterioridad.

La única pega están siendo precisamente los torneos grandes: en Australia cayó demasiado pronto y en Wimbledon perdió contra Richard Krajicek en cuartos de final, su primera derrota en cuatro años sobre la hierba londinense. La única, a la postre, en ocho ediciones. Si no repite triunfo en el US Open acabará el año sin haber añadido ni un torneo del Grand Slam a su cuenta y, en su lucha con Rod Laver y Roy Emerson, cada año sin títulos es un año perdido.

De hecho, Sampras podría no haber llegado siquiera a cuartos de final: en segunda ronda, Jiří Novák le llevó a cinco sets y rozó la sorpresa. Por lo demás, ni Szymanski ni Vólkov ni Philippoussis han demostrado ser grandes rivales y Corretja no debería serlo tampoco. Otra cosa serán las semifinales contra Ivanišević, pero la cosa pinta bien y mucho más cuando, para variar, el estadounidense se anota la primera manga en el tie-break.

La remontada con la que nadie contaba

Ahora bien, el partido no está siendo nada fácil. No solo tuvo Sampras que forzar el desempate, sino que se llegó a ver con el set perdido. Corretja sacó con 5-4 y tuvo dos bolas de set, pero las perdió. ¿Cómo interpretar esa circunstancia? Siendo optimistas, Corretja está jugando de tú a tú al número uno del mundo, en su pista talismán, donde ganó su primer torneo del Grand Slam a los diecinueve años, y delante de su público. Siendo más realistas, la oportunidad perdida debería hostigar al español y convencerlo de que, efectivamente, no tiene nada que hacer. Ya ha llegado a cuartos de final, ya ha conseguido los puntos que buscaba, ya ha demostrado que puede competir a este nivel, ¿por qué no rendirse y dejarse llevar el resto del partido?

En una frase: porque Corretja no sabe rendirse. Jugará mejor o peor —no tiene el talento de Moyà ni el de Albert Costa, por mencionar a dos de sus contemporáneos— pero no es de los que se borra al primer inconveniente. En el segundo set aguanta hasta colocarse 6-5 por delante y entonces rompe el servicio de Sampras. Estupor en la capital del mundo. No queda ahí la cosa; en el tercer set calca la estrategia: vuelve a llegar con 6-5 a favor al duodécimo juego y ahí vuelve a romper a Sampras. Por segundo año consecutivo, se coloca dos sets a uno ante el gran favorito para ganar el torneo… pero esta vez no hay ni rastro de calambres. Esta vez, por fin, puede culminar la sorpresa.

Eso no quiere decir que Sampras vaya a rendirse tan fácilmente. Pese al calor y la humedad —el partido empezó de tarde pero ya va entrando en la pesada noche neoyorquina—, el estadounidense parece súbitamente fresco en el cuarto set, con un break en los primeros juegos que mantendrá hasta el final para imponerse 6-4. Después de tres horas y pico de partido, nos vamos al quinto set. Si alguien espera la debacle mental del joven Corretja, puede seguir esperando. La tensión sube, pero los dos se aferran a su servicio, rondando el 80% de puntos ganados con sus primeros. Al cabo de las cuatro horas, llega lo inevitable: el tie-break definitivo, el que decidirá quién de los dos pasa a semifinales y quién se vuelve a casa.

Sampras parte todavía como favorito por pedigrí y por experiencia, pero las imágenes son preocupantes: parece aturdido, como perdido en la cancha. El cámara se da cuenta y no le pierde de vista. Está confuso, se apoya en su raqueta para sostenerse y retrasa muchísimo la cadencia del saque. Con todo, el primer punto es para él al resto gracias a un par de derechas inapelables que acaban con Corretja enviando la pelota a la red. Es el turno de que saque el americano, que, completamente ausente, se come un resto imponente de Corretja, lo que iguala el desempate a uno.

La cámara sigue fija en Sampras y, con la cámara, el realizador. El número uno del mundo vuelve a la posición de saque, pero algo va claramente mal. Da unos pasos hacia atrás, mira al suelo y cuando llega a la lona de publicidad se pone a vomitar ostensiblemente, dejando incluso un reguero de bilis en los labios. Es imposible que un hombre en esas condiciones gane un partido de este nivel, pero hablamos del mismo hombre que remontó en 1995 dos sets a Jim Courier entre lágrimas, devastado tras conocer que su entrenador, Tim Gullikson, padecía de un tumor cerebral. Una lágrima, un ace; una lágrima, un ace. Y así todo.

Ahora, en Nueva York, con Gullikson recién fallecido y su memoria fija en el orgullo del americano, la situación parece repetirse: Corretja no sabe qué hacer, si ir a por el partido o esperar a que el partido venga a él. Intercambia golpes con Sampras esperando el fallo y lo que acaba consiguiendo es ceder completamente la iniciativa y ver cómo la derecha de Pete pone el 2-1 en el marcador. Es su turno de saque: Sampras, dispuesto a jugárselo todo a latigazos, tira fuera su primera oportunidad pero aprovecha la segunda para meter la derecha en la línea y hacerse de nuevo con un minibreak: 3-2 y saque.

El público enloquece. Todo el mundo tiene esa sensación mágica de estar viviendo un partido histórico, un partido del que se escribirá incluso veintiún años más tarde. Sampras saca, Corretja resta como puede y cuando Pete va a terminar el punto de nuevo con la derecha paralela, calcula mal la distancia, golpea tarde y manda la pelota a la red. De nuevo, el ritual de apoyarse en la raqueta, de andar lentamente al otro lado de la cancha, de hidratarse como buenamente puede, de aguantar las náuseas para evitar una sanción del juez de silla… y de nuevo, como de la nada, un saque perfecto que Corretja apenas puede rozar y que pone el 4-3 en el marcador.

Tras el empate a cuatro, llega otro punto clave: sirve Corretja y se repite la dinámica conservadora: bolas altas, reveses desganados… que culminan, inesperadamente, en otro latigazo de Sampras inalcanzable. El español, ante su gran oportunidad, se empeña en jugar con fuego y vuelve a tener el mini-break en contra: 4-5 y saque del rival. Con ganar sus dos saques, Sampras habrá ganado el partido, pero la potencia de su servicio es ridícula y Corretja le puede atacar sin problemas, subir a la red y poner el empate a cinco en el marcador. Quien gane el siguiente punto tendrá bola de partido y, aunque Corretja hace lo que puede, Sampras conecta hasta tres bolas sobre la línea que le ponen en ventaja ante la algarabía general.

Es el momento de la verdad para Àlex. En vez de ponerse nervioso, se limita a tomar una ligera iniciativa: le juega dos tiros al revés y luego cambia a la derecha para que tenga que golpear en carrera, algo que en este momento Sampras es incapaz de hacer. Pete corre pero su bola se queda en la red, el sesenta y ocho error no forzado del partido, treinta y ocho más que su rival. En su siguiente saque, Corretja repite la estrategia y se coloca esta vez con punto de partido a su favor. Lo impensable está a punto de hacerse realidad: Sampras saca bien, pero Corretja resta a la perfección: una bola muy débil, sin apenas fuerza, pero a los pies. Con cualquier otro, habría bastado para ganar el partido pero el rival es Sampras y Sampras se saca de encima una volea imposible que aun así le da la oportunidad a Corretja de culminar el encuentro con un passing shot relativamente sencillo.

El español descarta el paralelo, donde realmente está el hueco, y opta por el cruzado. Se equivoca. Sampras se estira como un gato y remata el punto en la red. A continuación consigue un prodigioso ace con su segundo saque.

De nuevo, Corretja tiene que defenderse de un match point en contra. No hace ni cinco minutos que pasó por la misma situación y entonces su reacción fue prodigiosa. La idea es poner a Sampras a la defensiva y hacerle correr hasta que falle. Prueba con el primer servicio pero se va a la red. El público aplaude enfebrecido. Corretja siente que tiene que arriesgar en el segundo saque porque Sampras se la va a jugar a un solo golpe, así que opta por un liftado largo que eche al americano hacia atrás. No es el mejor momento para tomar esa clase de riesgos. Nada más salir de la raqueta, se nota que la bola va demasiado fuerte y, un segundo después, el juez canta la doble falta. Una manera indigna de acabar el mejor partido de su vida. Entre náuseas, Sampras ha conseguido ganar y pasa a semifinales. Allí se impondrá a Ivanišević y después a Michael Chang en la final.

En cuanto a Corretja, en efecto, aquello fue un antes y un después. De ser un especialista en tierra pasó a ser un hombre que se defendía en todas las superficies aunque renunciara una y otra vez a la hierba, al menos hasta el citado partido de la Davis en las postrimerías de su carrera. Fue un hombre carismático, clave en la conquista de la Davis de 2000, dos veces finalista de Roland Garros, campeón de la Masters Cup, varios años top ten de la clasificación y medalla de bronce en dobles en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Solo las lesiones —en especial, una complicación en el ojo izquierdo— acabaron con él a una edad que ahora parece impropia: los treinta y un años recién cumplidos, justo después de perder con Feliciano López en el torneo de Estoril y cuando ya estaba alejado de los cien primeros de la clasificación mundial.

Tras un paso algo problemático por la capitanía de la Davis, se ha consolidado como uno de los mejores comentaristas de este deporte: ágil, sin caer en tópicos ni en forofismos, calmado y a la vez alegre. Un reflejo de su manera de entender el deporte, como cuando perdió Roland Garros en 1998 y lo primero que hizo fue fundirse en un abrazo con su amigo Carlos Moyà como si en el palmarés fueran a aparecer los dos juntos en la misma casilla.


Miles de perlas de sudor sobre la piel de Shuai Peng

Image #: 31758194 Shuai Peng from China wipes her head in the first set of her match against Caroline Wozniacki of Denmark in the semi-finals at the US Open Tennis Championships at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in New York City on September 5, 2014. UPI/John Angelillo /LANDOV
Shuai Peng durante el US Open de  2014. Fotografía: Cordon Press.

En la penúltima grada del Arthur Ashe Stadium el calor y la humedad no son tan altos como en los tornos de entrada al recinto. Un par de horas después, frente a la puerta grande de la pista central situada en la zona opuesta del acceso al complejo tenístico de Flushing Meadows, la jugadora china Shuai Peng abandona una de las pistas exteriores en dirección a los vestuarios con la piel recubierta de miles de perlas diminutas de sudor que brillan con mayor fulgor bajo los focos eléctricos que la sonrisa de satisfacción que le produce el hecho de haber alcanzado los octavos de final del último Grand Slam del año.

Frente a los tornos de entrada al recinto, el público se aglomera para la sesión de tarde. Un frente de sombrías nubes espesas descarga una tormenta de lluvia y viento que sorprende a los visitantes sin medios ni lugar para resguardarse. Se produce una estampida casi de terror. El intenso temporal, que apenas dura quince minutos, ha dejado a los emocionados futuros espectadores calados hasta los huesos. Media hora después, la nueva población del village, ventilada y renovada como el aire de una habitación por la mañana, se desplaza por el interior del Centro Nacional de Tenis de los Estados Unidos ataviada invariablemente con la ropa promocional del US Open 2014: la lluvia ha sido providencial para el merchandising.

En lo alto de la fachada del Louis Armstrong Stadium, la segunda pista en importancia del USTA Billie Jean King National Tennis Center (nombre del complejo desde 2006 en honor a la gran campeona californiana), un hombre sujeto a la pendiente como un alpinista hace algunos ajustes en el enorme marcador. No parece un hombre sino un gnomo con arneses. Nadie repara en él hasta que una señora gruesa con visera y un vaso de Heineken en la mano se percata de su existencia y se le queda mirando como tratando de averiguar qué clase de ser vivo es aquel que se mueve casi imperceptiblemente (igual que un koala) en las alturas. Parecen ser estas, el tamaño de todo lo que se levanta allí en mitad del bosque de Flushing Meadows, lo que confiere a todas las cosas, incluidas las personas, una sensación de irrealidad. Algo fabuloso como si al superar cualquier esquina (en realidad esto no hace falta) uno pudiera toparse con los habitantes de la Tierra Media.

La meteorología ha hecho que buena parte de esas decenas de miles de inquilinos luzcan sus flamantes camisetas, polos y sudaderas con vistosos y coloridos dibujos alrededor del lema monotemático impreso en grandes letras (USOPEN2014) sobre sus recién adquiridas prendas. Parece una reunión de friquis extraordinariamente numerosa y heterogénea, quizá la mayor que se haya visto nunca. El estadio Arthur Ashe, que desde fuera parece una enorme bañera, una gigantesca piscina desmontable para niños con sus enormes soportes (la entrada principal parece un coliseo del interior de cuyos arcos quisiese salir el mismísimo Waldorf Astoria) convierte a los tenistas en liliputienses, en brownies de la película Willow incluso con sus voces de pito desde una localidad alta, donde corre una brisa salvífica lejos de la suerte de reverberación que se observa en las localidades bajas.

El suizo Roger Federer está disputando su partido de tercera ronda frente al español Marcel Granollers y ambos tenistas parece que empuñan varitas mágicas mientras compiten en conjuros. La grada son las paredes verticales de un embudo que certifican la asistencia a un mundo fantástico. Las gomas de las suelas de las zapatillas de los jugadores chillan sobre el cemento como extrañas criaturas cuyo eco resuena en la noche neoyorquina. Federer se mueve igual que un boxeador delgado y dispara su esbelto brazo con una armonía a la que quizá solo supere su rapidez asombrosa. Federer desenfunda y dispara a cada golpe en movimiento, un golpe de revólver, lo cual es un estilo completamente opuesto al de Marcel, que parece resistir el tiroteo al límite de la asfixia en desplazamientos laterales tan forzados y heroicos y tan medianamente exitosos que el público se ve abocado a aplaudirle como a un valiente al que no le importa morir atravesado por las balas de Billy el Niño.

Marcel Granollers during his Second round men's singles match against Roger Federer on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Marcel Granollers durante un partido contra Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

El público grita. Levanta los brazos como la tribu de los ewoks en la fiesta final de El retorno del Jedi. El US Open vivido en esa pista vertiginosa es como estar en una pelea de gallos por el bullicio y la pasión salvaje del graderío que asiste a un divertimento de primera clase. Y eso que solo es la tercera ronda de la competición. No es el tenis sino el US Open. El espectáculo no es absolutamente maravilloso pero sí lo suficientemente emocionante. Uno puede pensar, además, si es aficionado al tenis, que allí abajo han jugado el partido final Sampras y Agassi, o Nadal y Djokovic, y la emoción sube como la temperatura que a esas horas de la noche ya es casi soportable. El puesto de perritos calientes de Nathan’s de la tercera planta está a pleno rendimiento. Federer acaba de ganar el segundo set y empata el partido. Al lado de los panecillos y las salchichas y los distintos condimentos de Nathan’s, un carrito de helados de Ben & Jerry se ha tomado un descanso igual que los jugadores en su largo recorrido por la parte alta. El vendedor de rasgos indios que lo empuja observa su teléfono móvil mientras allá afuera, desde el mirador, el estadio de los Mets también bulle aunque de una forma distinta, como si algo prendido por dentro, un incendio, estuviese a punto de hacerlo saltar por los aires.

Abajo, en el village, lujosos stands de bebidas alcohólicas de primeras marcas aguardan entre pequeños jardines floridos de los que hacen el efecto de salir, como ninfas del bosque, hermosas y sonrientes jóvenes con visera. Sobre los bancos de tablones de madera adyacentes se sientan repantigados lo que parecen ser turistas millonarios, probablemente rusos, con sombreros de safari y pantalones cortos y calcetines y mocasines de piel, que beben combinados de vodka Stolichnaya mientras observan las grandes pantallas de la Louis Armstrong que muestran los resultados de los partidos aún en juego.

Es martes. El ambiente parece dulcificarse y el calor deshacerse en la noche de Queens. Resiste casi comprimido como una nube de humo en una partida de póker en la pista Grandstand, donde lo mantiene el búlgaro Grigor Dimitrov con su remontada ante el belga David Goffin. Un hombre negro con uniforme de cocinero y calzado con unas Crocks negras fuma un cigarrillo sentado en el suelo y apoyado en una pared esquinada y secundaria que linda con un acceso a las entrañas del Open. Es como si Koji Kabuto se hubiese bajado un momento de Mazinger Z. Es un descubrimiento. Si uno mira los rincones y las calles estrechas del USTA Billie Jean King National Tennis Center ve una oscuridad del Bronx con sus peligros y su literatura, pero no es nada más que una impresión. Puede que Nueva York sea la ciudad más segura del mundo. Sin embargo, sigue existiendo algo intangible y oscuro bajo las luces de neón, o bajo las luces de la «Unisfera» que se asoma extramuros sobre el «valle de cenizas» de Scott Fitzgerald (donde se ubica actualmente el parque de Flushing Meadows) por donde había que pasar desde Manhattan para llegar a la casa del Gran Gatsby en Long Island.

El Dr. T. J. Eckleburg ahora es una más de las especies que moran en el US Open 2014. Decenas de oculistas con gafas redondas caminan y observan. También está Tom Buchanan, y Daisy y Jordan Baker. Y todo es como si lo estuviera narrando el mismísimo Nick Carraway, pero no solo la desafortunada historia del millonario enamorado Jay Gatsby, sino todas las historias con todos los personajes que han ido postulándose, como los caballos o los camellos o las tortugas de carreras de las ferias que avanzan cuando se logran colar las pelotas de goma en el casillero numerado desde el mostrador, para ser parte de La Gran Novela Americana. El Open de 2014 es una fantasía absoluta tan tenebrosa y al mismo tiempo tan alegre como estar Dentro del laberinto de Jim Henson.

Es un parque de atracciones en medio o como representación de la vorágine del cosmopolitismo, del american way of life, del deporte y de la naturaleza y del espectáculo en el que aparecen magos, hadas, princesas, ogros y monstruos y criaturas extraordinarias en torno al argumento bello y profundo y nada superficial del tenis. Nada tan duro, tan arriesgado y tan incierto para un niño como golpear miles de pelotas cada día. Los niños que fueron esos profesionales (algunos aún lo son) soñaron con enamorarse un día de Sarah Williams (que no es precisamente Serena Williams sino Jennifer Connelly) en el Arthur Ashe Stadium mientras el enano Hoggle, el monstruo Ludo o el caballero Sir Didymus y su perro Ambrosius les observaban atentamente desde las gradas. Uno se siente en el US Open 2014 un miembro de pleno derecho de los goblins que poco tienen que ver con aquellos que parecen más humanos y que ocupan las localidades bajas de la pista principal. Allí abajo está Peter Falk contándole a su nieto Fred Savage en su perfecta habitación americana con banderines triangulares de los equipos de la NBA y de la NFL y de la NHL en las paredes el cuento de La princesa prometida, que en este momento es el asunto que tienen entre manos Marcel y Roger.

Roger Federer in action during his Second round men's singles match against Marcel Granollers on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Roger Federer durante un partido contra Marcel Granollers. Fotografía: Cordon Press.

Federer es un tenista que se ha vuelto con la edad un príncipe ideal de fantasía infantil. Federer juega hoy más rápido y más arriesgado y más artísticamente que en sus años jóvenes. Parece más poderoso y genial, pero no lo es. Lo que sucede es que sus típicas desconexiones se han ido haciendo cada vez más largas, lo cual produce momentos de intenso y efímero virtuosismo frente a otros en los que el marcador cae irremediablemente del otro lado. El gran tenista suizo realiza momentáneos milagros sobre el cemento de la Arthur Ashe que no han impedido que Granollers se anote el primer set, circunstancia que años atrás hubiera sido difícil de imaginar. Federer ensaya dejadas inverosímiles y lanza su derecha como si en vez de una raqueta Wilson con la impronta de la Adidas de Ivan Lendl empuñara un guante de béisbol al mismo tiempo que falla un revés de cada tres tan monumental como el escenario. Ya no parece jugar para ganar sino para soliviantar a los goblins, a los peks, a los trolls o a los elfos de esta cordillera arthurashesiana.

El tenis de Federer ha trascendido del marcador y eso es algo que ningún otro jugador del circuito puede permitirse. El público de esta Tierra Media vestido con estridencias de Nike y de Adidas y de Ralph Lauren (con el símbolo del caballo y el jugador de polo inusualmente grande sobre el pectoral izquierdo que se ha puesto de moda), fundamentalmente, lo celebra, aunque «lo más hot» de los últimos años (lo dice una señora esquelética con el pelo blanco que bien podría ser natural de Concord, Massachussetts, a otra muy bronceada y con un maquillaje espeso que perfectamente podría haber venido en vuelo directo desde Cayo Vizcaíno) ha sido el español Rafael Nadal, que este año no disputa el Open por lesión. Nadal ha encarnado el prototipo de perfecto héroe exótico y sin embargo cercano, el paladín isleño y humilde que podría ser Westley o Atreyu, el Tom Cruise de Legend o incluso el Aragorn de Viggo Mortensen. «No recuerdo, you know, haber visto unas actuaciones tan poderosas y elásticas como las de Nadal en 2010 y 2013», afirma el hombre de mediana edad con gafas redondas metálicas que se ubica ufano entre las dos señoras, al que le cubre la cabeza de un modo excepcionalmente raro al estilo de Axl Rose un pañuelo de flores.

Cuando Dimitrov finalmente da cuenta de Goffin en la pista Grandstand el silencio es como un ejército de caballería que se acerca. Salidos de las entrañas del parque recreativo puede verse ahora a otros trabajadores con la mirada torva y el gesto cansado. Son apariciones o los supervivientes de una hecatombe o los habitantes secretos de las cloacas. No se muestran a la luz, sino que se mantienen tras una especie de cerca invisible en la penumbra. No pisan la alfombra roja de Flushing Meadows ni salen a las fluorescentes avenidas como si tuvieran el ADN de las cucarachas. El público ilusorio se marcha sin que se sienta, desaparece más allá de la oscuridad de los tornos mientras aquellos parecen asomarse temerosos con sus mandiles y sus gorros manchados. Parece imposible que un lugar como el USTA Billie Jean King National Tennis Center pueda transformarse por un momento en algo parecido a una parada del viaje por La carretera de McCarthy. Aunque puede que solo sea un espejismo. O puede que también sean los trabajadores de la sala de máquinas de un Titanic de casi un siglo y medio de edad que nunca podrá hundirse. Pocos podrían resistirse a ensayar la idea de que son los únicos verdaderos humanos en este gran circo de muñecos (muñecos incluso, y no habitantes de mundos de fantasía como el hombre que escalaba el marcador o la señora con el vaso de Heineken que lo observaba), ni a la de que todos esos hombres y mujeres se mantienen en la sombra para no desvelar la realidad de la mágica fantasía del US Open 2014, que más que un Titanic de siglo y medio de edad, desde los tiempos del Newport Casino o los del West Side Tennis Club de Forest Hills, podría ser una suerte de Disneyland de la raqueta donde todos esos que parecen salir de las cavernas en realidad son los hombres y mujeres que hacen posible que hablen y se muevan los goblins gracias a una tecnología secreta que solo ellos conocen.

Aún hay encuentros en juego en dos pistas exteriores. Las luces del complejo parecen estar conectadas ahora en modo de emergencia, quizá para que nadie vea salir a los humanos al final de la jornada de sus puestos de control. No se sabe cómo ni cuándo el estadio Arthur Ashe se ha vaciado después de que Federer destrozara a Granollers por un triple 6-1 en el segundo, tercer y cuarto y definitivo set del partido. Todo es definitivamente irreal en el US Open 2014. Definitivamente tan fantástico que doce días más tarde será la primera vez en diez años que no alcanza la final masculina ninguno de los últimos cuatro grandes jugadores de la década; aunque la culminación de lo fantástico, lo sumamente fantástico, son las miles de preciosas perlas de sudor que brillan a última hora bajo los focos sobre la piel de la jugadora china Shuai Peng.

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Arthur Ashe Stadium, US Open 2014. Fotografía: Michael Vadon (CC).


Rafa Nadal y el futuro

Rafael Nadal. Foto: Cordon.
Rafael Nadal. Foto: Cordon.

Hace poco leí un interesante, aunque a mi juicio no del todo certero, artículo donde se decía que todo lo que Rafael Nadal necesita para volver a ganar grandes títulos es un cambio en su equipo técnico, en el enfoque de sus entrenamientos. Las tesis de partida son que está jugando bien y que pierde algunos partidos decisivos por poco, después de ofrecer una más que admirable actuación, y es cierto. Y bien, las premisas son válidas; cosa distinta es que basten para exigirle que rinda en las grandes ocasiones como en los viejos tiempos. Algo que sería pedir demasiado.

Rafael Nadal es, esto ni siquiera admite discusión, el mejor tenista que ha dado España y uno de los cinco mejores de todos los tiempos a nivel mundial. El más impresionante especialista de juego en tierra batida que el mundo ha visto, pero también de sobresaliente trayectoria en otras superficies. Y, detalle que para mí tiene una capital importancia a la hora de juzgar su magnitud, ha sido el único jugador que consiguió amargar a Roger Federer cuando el coloso suizo estaba en su mejor momento, rivalidad que los futuros historiadores del tenis recordarán tanto como los títulos que acumulan entre ambos. Todo elogio se queda corto a la hora de describir la trayectoria del mallorquín y sería más que afortunado el que alguien así procediese otra vez de territorio español durante nuestra vida, aunque dudo que suceda.

El cantar sus glorias, sin embargo, no debería hacernos esperar de él más de lo que resulta razonable a estas alturas. La idea citada de que un cambio en su manera de entrenar o siquiera un cambio de actitud podría devolverlo a la primerísima línea —dentro de la élite a la que todavía pertenece, se entiende— no es demasiado realista.

Esa primerísima línea, para entendernos, está formada por quienes se adjudican los cuatro torneos del Grand Slam, quienes quedan subcampeones, o quienes por lo menos alcanzan las semifinales con cierta asiduidad. La crema de la crema en la actualidad del tenis. Rafa Nadal lleva un par de años en una segunda línea; está el cuarto en la clasificación mundial, pero, aunque parezca mentira, hay una línea invisible (o no tan invisible, que ahí están las amplias diferencias en puntos para corroborarlo) entre él y los tres primeros.

La gran pregunta es, ¿puede Nadal volver a ganar un grande? Imposible no es. Ahora bien, ¿apostamos a que lo hará? Yo no iría tan rápido. Podemos desearlo, por supuesto, pero también tenemos que afrontar la posibilidad de que no llegue a suceder, porque se necesitaría un afortunado cúmulo de circunstancias. Como se suele decir en otros deportes, ya no depende de sí mismo. Líbreme Dios de ejercer como agorero. Es más, creo que Nadal podría ganar otro grande, sobre todo en París. Pero recordaría más a un canto del cisne que a un verdadero retorno al pelotón de los cazadores de slams. Un vistazo a los datos históricos muestra pocos precedentes.

Consideremos que la «época dorada» de un gran tenista es aquella en la que su nivel competitivo está al máximo, cuando alcanza con cierta asiduidad —y se espera que alcance— por lo menos algunas de las semifinales de los cuatro grandes torneos. Este es un criterio más o menos flexible, que nos puede dar un año arriba o abajo, pero servirá. Como resulta fácil suponer, en ese periodo los mejores ganan la inmensa mayoría de sus títulos importantes. ¿Cuánto suele durar la época dorada de un tenista? Por supuesto, depende, pero si repasamos las carreras de los principales campeones, comprobamos que suele extenderse entre ocho y diez años; a veces más, a veces menos. En el caso de Nadal, la época dorada fue desde 2006 (aquel año consiguió su segundo Roland Garros, fue finalista en Wimbledon y cuartofinalista en el US Open) hasta 2014 (fue finalista en Australia y ganó su noveno Open francés). Nueve temporadas, o diez, si incluimos la del 2005, su primera victoria en París.

Pues bien, en las últimas décadas han sido muy, muy raros los ejemplos de grandes campeones que han conseguido extender su época dorada más allá de diez años. Tanto es así que entre los grandes campeones solo se han producido dos casos. Para colmo, es muy difícil que vuelvan a ganar torneos grandes cuando el cénit de sus carreras ya ha quedado atrás. Veamos una comparativa de los más notorios tenistas de la era ATP, aquellos que han ganado siete o más títulos del Grand Slam. Hay que hacer notar varias cosas. Una, que los jugadores de la etapa anterior a la ATP competían en circunstancias muy distintas, así que por el momento los dejaremos a un lado. Dos, que el caso de Andre Agassi es excepcional; algo más abajo explicaremos por qué. Tres, que en el momento de escribir estas líneas, Novak Djokovic acaba de cumplir el décimo año de su época dorada, pero mientras no se demuestre lo contrario debemos considerarla como no concluida.

Tenista (solamente era ATP) Total de títulos del Grand Slam Ganados ANTES de la época dorada Ganados DURANTE la época dorada Tiempo que duró la época dorada Ganados DESPUÉS de la época dorada
Roger Federer 17 1 15 9 años 0 (por ahora)
Pete Sampras 14 1 12 9 años 1
Rafael Nadal 14 1 13 9 años 0 (por ahora)
Björn Borg 11 1 10 10 años 0
Novak Djokovic 9 0 11 10 años
Jimmy Connors 8 0 8 12 años 0
Ivan Lendl 8 0 8 9 años 0
Andre Agassi 8 0 8 16 años (en dos etapas) 0
John McEnroe 7 1 7 6 años 0
Mats Wilander 7 1 6 8 años 0

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Las cifras se muestran elocuentes, sin duda. Antes de la era ATP la comparación resulta más difícil. Por ejemplo, los dos grandes torneos del actual Grand Slam que importaban a los mejores tenistas eran Wimbledon y Roland Garros; aunque el US Open tenía su importancia, era mucho menos ambicionado que ahora, y el Open de Australia apenas contaba para muchos campeones, que lo visitaban de forma esporádica, o no lo visitaban en absoluto. Por otra parte se produjo una división entre el circuito amateur, al que pertenecían los cuatro torneos del Grand Slam, y el profesional, cuyos miembros no estaban autorizados a participar en ellos, lo cual produjo que Rod Laver, quien para muchos es el mejor jugador del tenis pre-ATP, pasara la mitad de sus mejores años sin poder jugar en torneos del Grand Slam (cinco años excluido, pese a lo cual ganó nada menos que once títulos en otras cinco temporadas). Pues bien, aun teniendo en cuenta que en tiempos anteriores las condiciones competitivas eran distintas por diversos motivos, por lo general la época dorada de los jugadores solía durar lo mismo que ahora, alrededor de los diez años.

Volviendo a la era ATP, verán que es raro que un gran campeón permanezca más de diez años al máximo nivel. Rafael Nadal, esto es un hecho que nos entristece pero que sería absurdo negar, lleva ya dos temporadas alejado de su época dorada. Y dos temporadas, en tenis, es mucho tiempo. En el 2015 no ganó grandes títulos; alcanzó cuartos de final en Australia, algo meritorio sin duda, pero cuando obtuvo la misma clasificación en París supo a poco, sobre todo teniendo en cuenta que la tierra batida es su mejor superficie y que es sin duda su rey histórico. Ya no hubo manera de compensarlo en siguientes torneos grandes: Nadal sufrió eliminaciones tempranas en los seis siguientes slams en que participó, algo que es un inequívoco signo de alarma. Aunque «alarma» quizá no es la palabra para definir la sensación que produce algo que debiéramos haber esperado. El tiempo no perdona a nadie, ni a los más grandes. Ni siquiera nos sirve como referencia por la longevidad Jimmy Connors —diríamos que genética, porque después de retirarse continuó rindiendo a gran nivel en torneos de veteranos—, ya que la etapa dorada de Nadal comenzó hace doce años, lo mismo que duró la del combativo Jimmy.

Eso sí, existe una notable excepción a la regla: Andre Agassi. En el plano temporal su carrera no se parece a la de ningún otro tenista de los últimos cuarenta años. Él demostró que se puede luchar contra el calendario. Entre 1990 y 1995, su primera época de esplendor, ganó tres títulos y llegó a otras cuatro finales. En 1996 empezó a mostrar signos de un bajón un tanto prematuro, pero como todavía fue capaz de alcanzar semifinales en Australia y Estados Unidos se antojaba precipitado afirmar que sus mejores tiempos habían pasado. La cosa empeoró en 1997 y 1998; durante dos años no pasó de la cuarta ronda en ningún torneo grande. Esto hizo, entonces sí, que muchos le diesen por acabado cuando tenía veintiocho años. De hecho, lo normal hubiese sido que nunca hubiese conseguido retornar a lo más alto, porque cuando un tenista ha caído en semejante declive no suele suceder que lo veamos recuperar su antigua forma. Pues bien, Agassi no solo la recuperó a los veintinueve años (uno menos de los que ahora tiene Nadal), cuando ganó Roland Garros para sorpresa de todos, sino que aquella insólita segunda juventud tenística duró otros siete años, ¡nada menos!, y le supuso seis grandes títulos a sumar a los tres que ya poseía, amén de quedar subcampeón en otros tres slams. Algo que parecía, y sigue pareciendo, casi milagroso. Pero el ejemplo de Agassi, aunque desearíamos que se repita en la trayectoria Nadal, es demasiado extraordinario como para convertirlo en una referencia razonable. Para empezar, hay que decir que el juego del estadounidense, por sus peculiares características, permitía un tipo de reajuste hacia un estilo donde el rendimiento físico ya no fuese tan importante. Por eso al Agassi de la «segunda juventud» pudimos verlo dosificando energías y dominando partidos desde el fondo de la pista, gracias a una mecánica de tiro bastante alejada de la forma de jugar de nuestro ídolo mallorquín.

Andre Agassi y Pete Sampras. Foto: Cordon.
Andre Agassi y Pete Sampras. Foto: Cordon.

Agassi aparte, los demás multicampeones casi nunca han conseguido brillar en los torneos grandes cuando su juego ha empezado a declinar. El único que lo hizo fue Pete Sampras. Durante sus dos temporadas finales estaba ya sufriendo un declive evidente para todos; incluso fue eliminado de manera temprana en su torneo favorito, Wimbledon. Sin embargo, de manera un tanto sorprendente y con ayuda de su saque fuera de lo común (un arma que Nadal no posee), se las arregló para realizar sendas actuaciones brillantes en sus últimas dos participaciones en el US Open: fue subcampeón en 2001 y campeón en 2002. La victoria del 2002, en especial, fue bastante inesperada. Es verdad que solamente hacía dos años desde su último triunfo en un slam y que había sido finalista el año anterior, pero estos datos engañan. Si algo enseña la historia del tenis es que la decadencia de los jugadores, cuando llega, acostumbra a ser terriblemente veloz. Ayudada, claro, por la pérdida de la aureola del jugador en cuestión, otro detalle clave en un deporte donde el factor psicológico resulta tan decisivo. El propio Sampras debió de pensar, como todos los que habían asistido a su último gran triunfo, que al año siguiente le resultaría casi imposible repetir la hazaña, como parece demostrar el que decidiese retirarse en aquel punto álgido, como vigente campeón del US Open, sin arriesgarse a perder el título sobre las pistas. Había sido un fantástico canto del cisne en mitad de una carrera que iba cuesta abajo, y no un indicio de recuperación.

El caso de Roger Federer también merece comentario aparte. En el momento de escribir estas líneas lleva cuatro temporadas sin ganar un título grande… pero ha llegado a tres finales y cinco semifinales. Estos resultados en los slams ya los querrían para sí, y en sus mejores años, la mayoría de los tenistas del circuito. Pero cuando hablamos del mejor jugador de la era ATP (y quizá de toda la historia del tenis) suenan a decadencia irrecuperable. Es cierto que nunca se puede descartar que Federer tenga un par de semanas mágicas en algún momento del año, y que esas dos semanas coincidan con su participación en un slam. Sería alucinante, e inédito, pero podría suceder, dado que su repertorio técnico es inigualable. Ahora bien, tampoco apuesten por ello salvo que les sobre el dinero. Sería un muy bienvenido canto del cisne, pero no es sensato depositar una confianza ciega en que suceda.

Decimos que el declive de un tenista es rápido, pero eso no significa que resulte siempre evidente. A veces consiste en un cambio sutil; tan sutil que cuando el público le ve jugar, sobre todo si tiene un buen día, piensa «todavía puede ganar un grande». Ese cambio puede manifestarse, por ejemplo, en el pequeño abismo que hay entre, jugando de manera similar, ganar los puntos decisivos y no ganarlos. El tenis requiere tanta precisión y un ritmo tan vivo que una pequeña disminución en las cualidades físicas o mentales de un jugador supone la diferencia entre acostumbrarse a ganar o, por el contrario, acostumbrarse a «casi» ganar. Esto es, a perder pero dando al público (y muchas veces a la prensa) la falsa impresión de que ha jugado a exactamente el mismo nivel que el oponente. Esto, claro, sucede más en los principales torneos ante los mejores rivales. El tenista que ha empezado su declive no se levanta una mañana y empieza a perder 0-6, 0-6, 0-6, salvo que haya sufrido una lesión o algo parecido. De hecho, estando saludable, sigue jugando bien y ofreciendo momentos de brillantez. Pero eso ya no basta. Lo más habitual es que empiece a perder partidos clave «por muy poco» cada vez más a menudo, cuando antes solía tener la ventaja competitiva en situaciones parecidas. ¿Por qué pasa esto? La respuesta es lógica: la diferencia de nivel entre tenistas de élite no siempre resulta fácil de percibir, salvo en el historial de resultados. Sobre la pista vemos la lucha, los grandes puntos, los grandes tiros… todo eso sigue ahí; lo que ya no está es la capacidad para imponerse con tanta facilidad en los trances definitivos del partido.

Roger Federer y Rafa Nadal. Foto: Cordon.
Roger Federer y Rafa Nadal. Foto: Cordon.

Algo así le sucede a Nadal en los slams. Ojo, no descarto que gane alguno más. En su caso sí me parece por lo menos probable, sobre todo en Roland Garros (un tanto menos en Australia; y me sorprendería que lo consiguiera de nuevo en Wimbledon o el US Open). Todo lo que necesita es tener esas dos semanas mágicas y que coincidan con la competición sobre su superficie favorita; todavía no está tan lejos de su mejor momento como para que una victoria en París resulte impensable. Aun así, un frío análisis del asunto arroja varios problemas. Uno, que sus máximos competidores, salvo que algo cambie, todavía están en plena forma: Djokovic, Murray, Wawrinka, etc.

Otro problema, no inferior, es que el resto del cuadro es cada vez más joven con respecto a Nadal, y además, como es lógico, está mucho más hambriento de títulos y en mejor condición física. Rafa ha sufrido mucho desgaste durante su carrera; su estilo siempre fue muy exigente desde el punto de vista mecánico, y aunque ha realizado hábiles ajustes en su juego a lo largo del tiempo —como no podía ser de otra manera— quizá ya no basten para compensar lo perdido. Recuerden que un minúsculo punto de velocidad, por ejemplo, supone la diferencia entre llegar a una pelota con comodidad y golpearla sin la precisión necesaria para ganar un punto apurado como los que suelen darse en los momentos clave de un partido importante. En tenis hablamos en centímetros, y con la aplicación del «ojo de halcón» a veces casi en milímetros. Los grandes partidos no se ganan tirando pelotas fáciles, sino dando golpes arriesgados, a las líneas, bajo mucha presión. El talento no disminuye, pero las herramientas físicas con las que aplicarlo sí se van desgastando, junto con una lógica variación en la motivación. Rafael Nadal lleva catorce años de competición profesional; diez de ellos los ha pasado ganando los más importantes títulos, en lo más alto, peleando contra cualquiera y consiguiendo imponerse a menudo. Si consigue ganar otro grande, será miel sobre hojuelas. Pero quizá ha llegado el momento de darle un respiro, de ser aficionados realistas y no continuar exigiéndole lo que él, como ningún otro tenista, no sería capaz de ofrecer a estas alturas de una carrera. Bienvenido será si consigue nuevas hazañas en los principales torneos, y yo sería el primero feliz por incluirlo en la parte inusual de las estadísticas, pero el tenis, como todo en la vida (y la vida misma), tiene sus ciclos. Cuando se han traspasado ciertas líneas, es imposible volver atrás. Así pues, ¿posible? Sí. ¿Probable? Por desgracia, cada vez menos. Ni falta que hace, por descontado.

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.


El dopaje en el tenis, más allá de Sharapova y las insinuaciones sobre Nadal

Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.
Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.

Para quien no lo conozca, Paul Kimmage es un exciclista irlandés de finales de los ochenta, reconvertido al periodismo desde el mismo día en que colgó la bicicleta. Como corredor no destacó demasiado, más allá de hacer de gregario puntual para su compatriota Stephen Roche. Como periodista ha dedicado su vida a la lucha contra el dopaje, con las consecuencias que eso suele conllevar: incomprensión, insultos, demandas y la condición de paria durante muchos años, prácticamente hasta que Lance Armstrong se vio obligado a reconocer la estructura de dopaje masivo del US Postal, exonerando así a los Walsh, Kimmage y compañía que llevaban años denunciando sus mentiras.

Aparte, Kimmage escribió, nada más retirarse, un libro llamado Rough ride, que se puede considerar el pionero a la hora de hablar desde dentro de asuntos de dopaje. No era gran cosa. Visto veinticinco años después, es difícil comprender cómo pudo causar tanto escándalo en su momento. Por supuesto, se habla de anfetaminas, de cocaína, de dopaje de primera y de segunda… Pero al lado del libro de Tyler Hamilton, por ejemplo, aquello se queda en nada.

En ocasiones Kimmage exagera, es poco riguroso. Él parte de la premisa de que el éxito en el deporte profesional solo se puede conseguir recurriendo a sustancias prohibidas y siguiendo su lógica prácticamente todo el mundo es culpable o cuando menos encubridor. Es una mentalidad peligrosa, por supuesto. Yo mismo estoy dispuesto a admitir que la gran mayoría de mis ídolos se han dopado o se dopan, pero tengo cuidado de reconocer que no sé exactamente quién sí y quién no, que no es poca cosa.

Sin embargo, su temeridad le convierte en una buena punta de lanza para quienes quieran seguir investigando más tarde. Por ejemplo, aprovechando el positivo de Maria Sharapova curiosamente anunciado por la tenista antes que por el órgano sancionador— Kimmage ha aprovechado para rescatar en el diario irlandés The Independent una conversación que tuvo con Andre Agassi con motivo de la promoción de su autobiografía Open, esa en la que confiesa que dio positivo por cristal, que efectivamente lo había consumido poco antes de una competición y que la ATP no solo decidió no sancionarle al entender que no lo había hecho para aumentar su rendimiento, sino que decidió ocultar el caso hasta que el propio Agassi lo hiciera público.

Es una entrevista fascinante, porque Agassi tuvo el valor de escribir lo que ninguna estrella escribiría sobre sí mismo y Kimmage está dispuesto a cualquier cosa menos a dejarlo ahí y darle una palmadita en la espalda. En cuanto al uso «recreativo» de determinadas drogas, el periodista lo deja claro: «Yo he tomado anfetaminas para competir y créeme que mi rendimiento mejoraba mucho». Agassi esquiva esa bola con un razonamiento algo débil, que vendría a decir: «En el tenis, un deporte de resistencia, pero también de concentración, este tipo de drogas acaban perjudicando tu juego mucho más que beneficiándolo». Es una excusa que en fútbol también se utiliza a menudo.

La cosa no queda ahí: Kimmage no tiene problemas en preguntarle por su relación con el preparador físico de Las Vegas, Gil Reyes, y por el tratamiento físico al que se sometió a partir de su crisis de 1997. ¿Seguro que no hubo dopaje? ¿Recurres a «los mejores médicos y los mejores tratamientos» y ninguno te recomienda EPO o autotransfusiones o nada de lo que se está haciendo en otros deportes? La respuesta de Agassi, por supuesto, es no, y para un ciclista es difícil de creer, claro… Pero puede ser verdad, al menos en el caso de Agassi, concedámosle el beneficio de la duda.

Y es que el problema en el deporte profesional, y desde luego en el tenis, es precisamente la duda. El hecho de que nadie haga nada por atender los rumores, investigar en serio y separar la paja del trigo. Algo parecido a lo que tampoco está sucediendo con los casos de amaños de partidos. El artículo de Kimmage, dentro de su teatralidad habitual pero probablemente necesaria, se titula «El tenis podría darle lecciones de omertà a la mafia», y en buena parte tiene razón: nadie sabe nada, nadie ha visto nada, de vez en cuando algunos piden más controles y otros dicen que ya está bien, que así es imposible poder concentrarse en los entrenamientos.

Y, sin embargo, el sentido común, y determinados hechos, nos invitan a pensar que algo hay aunque no sepamos el qué.

El peligroso ridículo de Roselyne Bachelot

Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.
Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.

Ese «dar palos de ciego» es lo que ha llevado a la exministra de deporte francesa, Roselyne Bachelot, a cometer un error imperdonable, acusando sin pruebas al tenista español Rafa Nadal. Les aviso de antemano de que yo soy muy poco patriotero y que, insisto, observo la limpieza del deporte profesional en todos los sentidos desde una tremenda suspicacia. Por supuesto, ya había oído las declaraciones de Yannick Noah en 2011, cuando su hijo perdió el Eurobasket contra Gasol y compañía, había leído las de Köllerer y sobre todo la famosa entrevista con Christophe Rochus en la que decía claramente que la lesión de Nadal de 2012 había sido una sanción encubierta.

Ahora bien, aquello no dejaba de ser un rumor sin base alguna. ¿La ATP «recomienda» a jugadores que se retiren unos meses de la competición mientras se estudia un caso suyo de posible dopaje? Sí, lo hace, incluso con jugadores top y lo comprobaremos más tarde cuando afrontemos el «caso Cilic» en Wimbledon 2013. ¿Quiere decir eso que cualquier lesión, especialmente cualquier lesión larga, es tapadera de un caso de dopaje? Eso es ridículo. En ese caso, Juan Martín del Potro debe de ser el deportista más dopado del mundo, porque lleva cinco años sin levantar cabeza. Y así, tantos ejemplos que vienen a la memoria.

El problema es, ya digo, el silencio. Este modo de actuar que hace que cualquiera esté al amparo de los «rumores» sin más información que el «quelqu´un m´a dit», por decirlo a la francesa. Nadal va a querellarse contra Bachelot, o así lo ha manifestado públicamente en Indian Wells, y hace bien: así podremos saber en sede judicial de dónde salen esas insinuaciones y qué base tienen si es que tienen alguna.

Otra cosa es seguir negando la mayor: en una entrevista publicada en estas mismas páginas, Toni Nadal, tío y entrenador de Rafa, se mostraba convencido de que en el tenis apenas había dopaje, y comparaba su deporte con el ciclismo, donde los casos abundaban. Eso fue un golpe bajo innecesario. Si en el ciclismo se destapan constantemente casos de dopaje es porque se lo toman en serio. Sí, a la fuerza ahorcan, pero no se puede negar que es el deporte con mayor vigilancia sobre sus profesionales, tanto por parte de las autoridades como de la prensa.

Al tenis, en cambio, lo controlan pocos, y parece muy complicado que, compartiendo en ocasiones incluso los mismos médicos y sabiendo que las sustancias están ahí, a menudo indetectables, absolutamente nadie las utilice. Cuando Kimmage le pregunta eso a Agassi en la citada entrevista, Agassi se limita a apelar al honor: «Nunca se me ocurriría porque aunque no me pillaran sería hacer trampas». Eso lo hemos oído demasiadas veces en demasiadas bocas corruptas, así que mejor vayamos a los datos, a la lógica. Si hay una sustancia nueva, mejora tu rendimiento, es indetectable en un control antidopaje o directamente no está en la lista porque las autoridades ni la conocen, como es el caso del meldonio que Maria Sharapova llevaba diez años tomando, es muy probable que alguien la tome. Si son cinco, diez, cincuenta o cien, y cuáles son sus nombres y apellidos es lo que no lo sabemos. Bueno es que se sepa cuanto antes y no nos basemos en supuestos códigos de honor.

Porque lo triste es que hay casos de sobra como para tomarse la cuestión en serio. Muy en serio. Y siguen sin hacerlo. Solo las manos a la cabeza cuando algún caso se confirma o la indignación —comprensible cuando se da un nombre al azar.

Del escándalo de del Moral al cuarto secreto de Serena Williams

Mis problemas con el tenis profesional vienen de lejos, pero se han incentivado en los últimos años con la proliferación de casos digamos que extraños y que la prensa ha dejado pasar de largo. Es un clásico de la industria del deporte: los órganos reguladores a menudo son federaciones u organizaciones que se lucran con la presencia de las grandes estrellas, con lo que serían los primeros perjudicados en caso de que estas estrellas tuvieran que apartarse meses o años de la competición. Lo mismo pasa con los periodistas. Los hay que se matan por averiguar la verdad y los hay que, una vez han conseguido elevar a la categoría de ídolo a alguien, probablemente haciéndose su amigo en el camino, tienen muy complicado ponerse ahora a investigar lados oscuros.

Aparte, no olvidemos: o tienes los cabos muy atados o te expones a una demanda millonaria, como le pasó a David Walsh con Lance Armstrong. Tuvo que pagarla en su momento por su libro L. A. Confidential y a su vez el texano se la tuvo que devolver cuando admitió que todo lo que se contaba en ese libro y que Walsh no había podido demostrar ante el juez era verdad.

Vamos, en cualquier caso, con algunas de estas situaciones anómalas y que cada uno las juzgue como estime oportuno, más que nada para que nadie piense que todo esto del dopaje en el tenis empezó en enero de 2016 cuando a Sharapova se le olvidó leer su correspondencia un email, según ella; cinco, según la ITF y la AMA sino que viene de bastante atrás.

1) En su autobiografía, Tyler Hamilton definía al doctor Luis García del Moral como la clase de médico que entra en una habitación y antes de que te des cuenta tienes una aguja puesta en el brazo. En la investigación posterior de la USADA se señala a del Moral como pieza clave de la «mayor trama de dopaje de la historia» y se le sanciona de por vida, sanción que ha hecho extensiva la AMA. El propio Toni Nadal, en la citada entrevista con Jot Down, afirmaba que Lance Armstrong era un tramposo y «que lo sabíamos todos».

Del Moral era el médico de Armstrong, o lo fue en el período 1999-2003 al menos. Bien, ¿qué hizo exactamente del Moral como encargado médico de la academia TennisVal durante el período de 2006 a 2012?, ¿cuáles eran sus tratamientos médicos?, ¿aparte de Sara Errani, sorprendente finalista de Roland Garros que siempre dijo de él que «era el mejor médico deportivo que conocía», qué otros jugadores colaboraron con él?, ¿hay investigaciones llevándose a cabo para verificar que esos jugadores no han estado sometidos a tratamientos irregulares como sí lo estuvieron los clientes ciclistas de del Moral?

2) ¿Cuál es exactamente la «ayuda sustancial» que dio Wayne Odesnik a la ATP y la ITF que justificó en su momento la reducción de su sanción de dos años a uno? Hay que recordar que la sanción a Odesnik no era exactamente por dopaje sino por tráfico de sustancias dopantes: el amigo se presentó en el Open de Australia de 2010 con un cargamento de hormona del crecimiento que hacía complicado pensar que se tratara de dosis para él solo. ¿Quiénes eran, pues, sus clientes? ¿Es esa la información que dio a las autoridades y por la cual logró competir de nuevo durante cinco años hasta que en marzo de 2015 diera de nuevo positivo y fuera sancionado con quince años de inactividad? ¿Por qué el jugador siempre ha negado haber colaborado con nadie y menos en ese sentido?

3) Odesnik aparece también en los papeles de la investigación que la Agencia Federal llevó a cabo en Miami y determinados gimnasios de Florida entre 2010 y 2014 con la intención de acabar con el tráfico de esteroides, anabolizantes, hormona del crecimiento y otras sustancias dopantes relacionadas especialmente con el béisbol. La investigación estuvo a punto de llevarse por delante la carrera de Alex Rodríguez, entre otros, una de las más grandes estrellas de los New York Yankees y del deporte. ¿Sabía algo la ATP de lo que estaba pasando en Miami, del papel de Odesnik en todo eso y por qué determinados deportistas trasladaron su lugar de entrenamiento a esa ciudad con éxito inmediato?

4) El torneo de Wimbledon de 2013 fue de los más raros que se recuerdan: de hecho, fue el que más retiradas tuvo en toda la historia, al menos desde que existe la Era Open (1968). A las pocas semanas, supimos que uno de los retirados por lesión, Marin Cilic, uno de los cabezas de serie en el torneo, no estaba lesionado sino que se le había recomendado apartarse por tener un asunto de dopaje pendiente desde el torneo de Munich en abril. Cilic estuvo en el limbo jurídico durante dos meses más, hasta que en septiembre de ese mismo año se decretó una sanción de nueve meses, que después el TAS redujo a cuatro, permitiendo al croata volver antes al circuito, recuperar puntos y un año después ganar el US Open. Ahora bien, la duda sigue: ¿por qué permitió la organización de Wimbledon que Cilic enmascarara su positivo con una supuesta lesión?

5) El de Cilic no es el único caso de sanción encubierta que pasa por lesión mientras vemos qué hacemos contigo. Ya hemos mencionado el caso de Agassi, y aunque ahí puedo creer que su intención no era doparse para mejorar rendimiento, desde luego es un indicio de cómo se toma la ATP la lucha contra el dopaje, de manera casi tan seria como cuando Richard Gasquet dio positivo por cocaína y la excusa «es que besé a una chica que había esnifado coca poco antes» se dio por buena. El caso se convirtió en una sucesión de pruebas y contrapruebas y al final, el TAS consideró que no había indicios suficientes para pensar que había tratado de mejorar su rendimiento. Gasquet mencionó un supuesto estudio de ADN que confirmaba que su organismo estaba limpio de cocaína: ahora bien, la cocaína de alguna manera tuvo que entrar en su organismo por mucho que luego desapareciera.

Cuando Kimmage pregunta a Agassi por este caso, el estadounidense, con algunas evasivas, viene a afirmar que a Gasquet se le dejó pasar ese positivo porque estaba en un mal momento y lo mejor era ayudarle a salir adelante. Otro caso menos conocido pero igual de escandaloso es el de Fernando Romboli, jugador que dio positivo en verano de 2012, se retiró de las canchas durante varios meses y solo en mayo de 2013, la ATP informó de que esa retirada se debía a una sanción por dopaje (furosemida) que el jugador había aceptado voluntariamente mientras se incoaba el expediente. Como la sanción era de ocho meses y medio, se le consideraba ya apto para competir de nuevo.

6) Viktor Troicki, jugador irregular pero que llegó a estar en el Top 20 y fue campeón de la Copa Davis con Serbia junto a Novak Djokovic, fue sancionado con dieciocho meses que luego se redujeron también a un año por negarse a dar una muestra de sangre en un control durante el torneo de Montecarlo en abril de 2013. Negarse a dar una muestra de sangre es motivo de sanción según el Código Antidopaje de la AMA, pero el propio Djokovic salió a defender a su amigo, como Nadal hiciera en su momento con Gasquet.

El problema de nuevo es que Troicki no es el primero en negarse a pasar un control antidopaje: en octubre de 2011, la tenista Serena Williams hizo algo parecido cuando unos inspectores se plantaron en su casa. La reacción de la estadounidense fue encerrarse en la llamada panic room y llamar a la policía, como si fueran ladrones que venían a asaltarla. A lo que se ve, no debe de ser fácil distinguir a un médico acreditado que hace su trabajo de un ladrón. Serena Williams escapó sin sanción. ¿Por qué se tratan los dos casos de distinta manera?, ¿a qué se debe el escaso número de análisis de sangre fuera de competición cuando sabemos por otros deportes que los tramposos suelen utilizar los períodos de entrenamiento para doparse más que las propias competiciones?, ¿es verdad, como dijo entonces Novak Djokovic, que el número uno del mundo llevaba meses sin pasar un análisis de sangre fuera de competición?, ¿cuáles son los criterios para estos análisis?

7) Entre 2001 y 2005, hasta cinco tenistas argentinos —Juan Ignacio Chela, Guillermo Coria, Martín Rodríguez, Mariano Puerta (dos veces) y Mariano Hood— dieron positivo, por estimulantes, nandrolona o esteroides, aunque sus sanciones, excepto en el caso de Puerta por reincidencia, fueron testimoniales y en el caso de Rodríguez no pasó de una multa. La tendencia a principios del siglo a usar esteroides y derivados, como se puede ver en el caso Odesnik, parece fuera de toda duda. No parece que la ITF ni la ATP se lo hayan tomado demasiado en serio ni hayan establecido un posible patrón de dopaje colectivo. Después de volver de su sanción, tanto Coria como Puerta fueron finalistas de Roland Garros. De hecho, a este último le detectaron su segundo positivo en la final de 2005 ante Rafa Nadal.

8) Por último, la ATP anunció la implantación del pasaporte biológico para la temporada 2013. Es una medida que yo creo que ha funcionado bastante bien en ciclismo. No es una panacea, no elimina a los tramposos, es fácilmente alterable por buenos médicos… Pero supone una importante criba. Lo que no sabemos seguro es si está funcionando de hecho o no. Las noticias son confusas. Algunos medios dicen que se empezó el mismo 2013, otros que a partir de septiembre de 2014 y desde entonces apenas hay referencia alguna al proyecto. Todos queremos suponer que, efectivamente, se está haciendo el seguimiento debido para configurar dicho pasaporte y que la ausencia de novedades se debe simplemente a que, para establecer patrones y alteraciones, hace falta esperar al menos unos años.

Serena Williams. Foto: Cordon Press.
Serena Williams. Foto: Cordon Press.

Sin paja, no hay trigo

Algo parecido a lo que hace Kimmage en el ciclismo y allí donde tiene oportunidad lo intenta hacer el administrador de la página Tennis Has a Steroid Problem, conocido en Twitter como @Tehaspe. Lo que pasa es que, partiendo de una misma base —el famoso «todos se dopan», no se preocupa demasiado en investigar antes de acusar. Quizá porque no puede o quizá porque prefiere limitarse a levantar sospechas para que otros lo hagan, de momento sin éxito alguno.

Es un ejemplo de lo que no se debe hacer desde el anonimato y que ya es directamente intolerable cuando eres exministra de deportes. Con todo, en un mundo que, como dice Kimmage, ha hecho del silencio en torno al dopaje y los amaños un modo de vida, no viene mal que de vez en cuando alguien dé el aviso. La sombra del meldonium se ha extendido por el circuito e igual que hace un par de meses todo el mundo era sospechoso de haber amañado un partido, ahora llueven los nombres de posibles consumidores.

No sería tan grave si dejaron de tomarlo antes de enero de 2016, cuando pasó a ser una sustancia dopante, pero obviamente el caso de Sharapova deja dudas: si el medicamento era tan bueno y facilitaba tanto la recuperación, ¿es posible que solo una tenista lo supiera y el resto no? En los últimos años hemos asistido a una longevidad sin precedentes entre los mejores jugadores del circuito. Puede ser talento, falta de competencia de las generaciones posteriores o simplemente una cuestión farmacéutica, que, insisto, no tiene por qué ser ilegal.

En cualquier caso, haría bien el mundo del tenis en tomárselo en serio y para tomarse las cosas en serio conviene no distraer la atención, es decir, no lanzar acusaciones sin fundamento y enredarse en el «te denuncio o no te denuncio», «es una ofensa o no es una ofensa». Trabajar duro para acabar o al menos mitigar la lacra y conocer exactamente el alcance del problema. Aquí están algunas de las pistas a seguir para entender el problema. No hace falta dar nombres y apellidos porque si de verdad es algo estructural los nombres y apellidos son lo de menos.

Confiemos en que no lo sea. La gente necesita héroes y tiene un aguante muy limitado para las decepciones. En un momento en el que se supone que el tenis vive una época de esplendor, con Djokovic, Federer, Nadal y Murray compitiendo al más alto nivel desde hace ya casi diez años, lo cierto es que este tipo de revelaciones no dejan el deporte en buen lugar. Eso puede parecer algo horrible pero en realidad es una noticia excelente porque detectar el mal es un paso irrenunciable si uno quiere apartarlo del cesto.

Otra cosa es que quieran. Sinceramente, eso es algo que solo descubriremos con el tiempo.


Novak Djokovic y el último reto de la generación perdida

Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.
Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.

John McEnroe acabó 1984 como número uno del mundo con un registro impecable: ochenta y dos victorias y solo tres derrotas en diez meses de competición. Entre los trece títulos que sumó aquel año se contaban su cuarto US Open y su tercer Wimbledon. En Roland Garros llegó a la final pero cayó en cinco sets ante Ivan Lendl después de haberse apuntado los dos primeros parciales. Si no ganó en Australia fue simplemente porque, como era habitual en la época, decidió no participar.

El estadounidense tenía veinticinco años y una década por delante condenada a llevar su nombre. Sin embargo, no volvió a ganar ni un solo título de Grand Slam en toda su carrera. Estas cosas en tenis pasan más a menudo de lo que creemos. Por ejemplo, Roger Federer ganó su decimosexto «grande» en enero de 2010. Con veintiocho años y después de ocho finales consecutivas, ¿quién iba a suponer que en los siguientes seis años solo ganaría uno más, en Wimbledon 2012? Lo mismo se puede decir del Nadal que arrasó en 2013 a los veintisiete años y que acabó número uno después de ganar su segundo US Open. Desde entonces, dos años ya, solo ha conseguido sumar un Roland Garros.

Nunca hay que dar la victoria por sentada. El año de Novak Djokovic, que acaba de cumplir veintiocho, ha sido tan espectacular —tres Grand Slams, la Masters Cup, seis Masters Series…— que todo el mundo se ha dedicado a proyectar hasta dónde puede llegar el serbio. Efectivamente, no se ve alternativa, como no se le veía a McEnroe ni a Federer ni a Nadal… pero, cuidado, porque la alternativa se abre paso cuando menos te lo esperas.

Lo que sí parece claro es que mientras los rivales sean los mismos, no hay que esperar resultados diferentes. La media de edad de los diez primeros de la ATP está en unos excesivos 29,7 años y no se puede decir que los que vienen detrás sean jóvenes hambrientos de gloria. En el grupo que va del número once al número veinticinco de la clasificación el promedio apenas baja a los 28,8 años. Son edades a las que el jugador de tenis, al contrario que el futbolista o el baloncestista, suele empezar su declive. En los tiempos que corren, sin embargo, parece que es al revés: cuantos más años en el circuito, más posibilidad de mejora.

¿Quién será el encargado entonces de ponerle el cascabel al gato? De los presentes en la pasada Masters Cup solo el japonés Kei Nishikori aún no había cumplido los veintiséis años, cosa que hará en menos de un mes. Nishikori tiene también el «honor» de ser el jugador más joven del circuito con una final de Grand Slam en su palmarés. De entre los nacidos en la década de los noventa, solo Milos Raonic ha conseguido al menos clasificarse para una final de Masters 1000, el siguiente nivel de competición. Del resto, no hay noticias.

Estamos ante un extrañísimo caso de «generación perdida». No está nada claro que ellos vayan a ser capaces de tomar el relevo y desbancar a los Djokovic, Murray, Nadal y Federer pero lo mismo podríamos haber pensado de Stan Wawrinka el año pasado y, cercano al crepúsculo de la treintena, ha conseguido ganar en Australia y en Roland Garros. Por si acaso, vamos a hacer un repaso de quiénes son los nacidos en los noventa que más posibilidades tienen a corto plazo de dar guerra en grandes torneos.

Los últimos bastiones de la generación perdida

Si buscamos entre los treinta primeros de la clasificación ATP solo encontramos seis jugadores nacidos después del 1 de enero de 1990. Entiendo que si rozando los veinticinco años de edad ni siquiera te asomas por estos puestos es complicado que llegues a ser una estrella. Vamos a hacer un repaso de quiénes son y cuáles son sus posibilidades:

Milos Raonic (Canadá, 1990).- La gran decepción de la temporada, culpa sin duda de sus continuas lesiones. Es curioso que en una élite donde abundan los treintañeros las lesiones se ceben con los más jóvenes como Nishikori, Del Potro o el propio Raonic. Durante la temporada 2014 pareció que mejoraba su movilidad en la cancha, pero este 2015 ha dejado la mejora entre paréntesis. Si mantiene su efectividad al saque y esa derecha brutal como acompañamiento puede aspirar a algo, sin duda. Tendrá que mejorar (mucho) el revés y la capacidad de sufrimiento. Pese a todo, rascando aquí y allí y con los cuartos de final de Australia como mejor resultado del año, además de la victoria en un torneo menor como el de San Petersburgo, ha conseguido acabar el 14º de la clasificación.

David Goffin (Bélgica, 1990).– Lleva años amagando sin llegar a dar del todo. Jugador de fondo de pista, con un buen revés a dos manos y gran consistencia, brilló sobre todo en los torneos de verano, cuando las grandes estrellas descansaban antes de empezar la gira americana. Fue finalista en Gstaad y en Hertogenbosch, mostrando su capacidad de brillar en todo tipo de superficie. Por lo demás, en las grandes citas no se ha sabido nada de él: octavos de final en Wimbledon y cuartos de final en Roma, eso es todo. Da la sensación de que su físico le limita demasiado. Aún puede salvar la temporada llevando a Bélgica a ganar la Copa Davis. En la actualidad, ocupa el 16º lugar del ranking ATP.

Bernard Tomic (Australia, 1992).- Desde su irrupción como adolescente en el Open de Australia de 2011 siempre se ha esperado mucho de Tomic, enorme sacador y de una potencia descomunal. Cuando está entonado puede plantarle cara a cualquiera y así lo ha hecho a lo largo del año. Cuando no está entonado, olvídate. Puede ir perdiendo un set 4-0 y ganarlo como ir ganando 5-2 y perderlo. Completamente imprevisible, a su favor hay que decir que este año ha ganado en regularidad y que lo que parecía una bala perdida, un muñeco roto, vuelve a ser un rival de entidad. Ganador en Bogotá, ha acabado 18º en la clasificación.

Dominic Thiem (Austria, 1993).- Nadie daba un duro por Thiem hasta que de repente se fue colando en el top 100, top 50, top 25… No hay nada que haga especialmente bien pero tampoco tiene grandes carencias. Igual que le pasara a Goffin, centró sus esfuerzos en la parte intermedia del calendario, la más asequible, encadenando el título de Umag y el de Gstaad con unas semifinales en Kitzbuhel. Parecía que eso iba a ser el preludio de una brillante gira de cemento pero no se volvió a saber nada de él. Es el más joven del grupo, pero ha de aspirar a algo más que una tercera ronda en un Grand Slam. Ocupa el puesto 20º en la clasificación.

Jack Sock (Estados Unidos, 1992).- La crisis del tenis estadounidense es algo nunca visto en la historia de este deporte. Desde el triunfo de Roddick en el US Open de 2003, ningún compatriota ha vuelto a ganar un torneo del Grand Slam. El último en jugar una final fue Andre Agassi en 2005. Diez años sin saber nada de los americanos es mucho tiempo. El perfil de jugador que sale de su cantera es siempre el mismo: gran sacador, con buena derecha, cierta torpeza en el movimiento lateral y poca capacidad de sufrimiento en la pista. Sock, sin salirse del todo del perfil, parece que al menos intenta no caer en el estereotipo. En Roland Garros le dio mucha guerra a Rafa Nadal y eso no es cualquier cosa. Ganó en Houston y alcanzó semifinales en Basilea y en Newport. No pasó de tercera ronda en ningún otro gran torneo, terminando la temporada como el 26º del mundo.

Grigor Dimitrov (Bulgaria, 1991).- A su favor tenía hasta la magia de los números: Sampras nació en 1971, Federer en 1981 y él en 1991. La comparación con el suizo fue constante desde su triunfal época de junior y en algunos momentos del año pasado vislumbramos la posibilidad de que el búlgaro diera el gran salto. Sin embargo, los años pasan y, sí, la calidad esporádica, el revés a una mano a la línea o la derecha imposible están ahí, pero de la cabeza y el sacrificio seguimos sin saber nada. Ha sido para él un año horrible. Cuando más se esperaba su explosión, se ha hundido hasta el puesto 28º de la clasificación. No hay que descartar que de repente tenga uno o dos años brillantes, con títulos grandes incluidos, pero el tiempo pasa y desde luego nada apunta a que vaya a ser el dominador que todos pensábamos.

La generación sin miedo: abran paso a la adolescencia

Sinceramente, de los arriba mencionados solo veo a Raonic y Dimitrov como posibles ganadores de un torneo de Grand Slam, así que el relevo, que tarde o temprano tendrá que producirse, ha de estar en la siguiente generación. Jugadores entre los diecisiete y los veinte años que ya han ido apuntando maneras. Hacer un repaso de jugadores a estas edades tiene un punto de temerario porque siempre hay deportistas de explosión tardía que pueden romper cualquier molde. Sampras, por ejemplo, ganó el US Open con diecinueve años, pero con dieciocho nadie daba un duro por él, perdido en la competencia con los Agassi, Courier, Chang y compañía.

Por si acaso, vamos a poner aquí algunos nombres para que los vayan siguiendo. A su favor está que no llevan años y años estrellándose contra los veteranos y por lo tanto no deberían tener tanto respeto. En algún caso incluso se han saltado ya el escalafón con todo el morro del mundo.

Nick Kyrgios (Australia, 1995).- El enfant terrible del circuito. Una especie de Bernard Tomic pero aún más macarra. Kyrgios apareció casi de la nada para ganarle a Nadal en Wimbledon 2014 y este año derrotó a Federer en Madrid después de tres tie-breaks. Tiene una pinta estupenda a poco que calme determinados impulsos. Jugador muy agresivo, con gran saque, tiró su temporada a la basura en Canadá, cuando se impuso a Wawrinka después de dedicarse a hacer chistes sexuales sobre su novia. El mundo del tenis se le echó encima y desde entonces solo fue capaz de ganar seis partidos en tres meses. El año que viene será decisivo. Ya ha jugado cuartos de final en Australia y en Wimbledon y durante una semana pisó el top 25 de la ATP. Ahora es el 30º.

Borna Coric (Croacia, 1996).- Tiene los altibajos propios de un adolescente, pero muchos ven en él al próximo Novak Djokovic. Empezó el año al filo del top 100 y ya se ha metido entre los cincuenta mejores del mundo. En Dubai ganó a un Andy Murray en racha para perder contra Federer en semifinales. También llegó a semis en Niza y eliminó a Robredo en segunda ronda de Roland Garros, aguantando cinco sets ante uno de los ironmen del circuito. Es cierto que a partir de ahí bajó un poco el pistón pero aun así le ganó un set a Nadal en el US Open. El año que viene tiene pinta de ser clave. Lo empezará como el 44º mejor jugador del mundo.

Hyeon Chung (Corea del Sur, 1996).- Acaba de recibir el premio al jugador con mayor progresión del año y no es para menos: ha pasado en doce meses del 167º al 52º. Ahora bien, hay algo de truco: casi todos sus puntos los ha ganado en challengers —torneos de segunda división— y jugando en Asia y Australia. Cuando ha pasado por el circuito ATP apenas se le ha visto. Complicado pronunciarse con jugadores así, esperemos que el año que viene se decida a viajar más.

Thomas Kokkinakis (Australia, 1996).- No sé qué pasa con los jóvenes australianos hijos de inmigrantes pero parecen llamados a montarla cada vez que pueden. De Kokkinakis se dice que es el mejor de su generación, mejor incluso que Kyrgios, pero va más despacio y la propia amistad con Kyrgios ya levanta sospechas. En lo que podría haber sido sin problema un año muy bueno para él se ha limitado a quedar el 78º de la clasificación, aunque quizá sea demasiado joven como para pensar ya en un estancamiento. En el pasado Open de Australia ganó en cinco sets a Ernests Gulbis y perdió también en cinco con Sam Groth. Se ve que cuando quiere se agarra a la pista. No siempre quiere.

Alexander Zverev (Alemania, 1997).- Número uno del mundo en categoría junior, el talento y la contundencia de Zverev están fuera de toda duda. Queda, como siempre, la sospecha de su compromiso. Su hermano Mischa también iba a comerse el mundo y las lesiones le han acabado machacando. Para ser casi un niño tiene ya unas cuantas victorias contra rivales de nivel medio, incluyendo una heroica en Wimbledon contra Gabashvili que acabó con 9-7 en el quinto set. A partir de ahí, brillantes semifinales en Bastad y cuartos de final en Washington, ganando a Anderson y Dolgopolov. Después de perder en primera ronda del US Open, también en cinco sets, su temporada se vino abajo hasta acabar el 81º de la clasificación. El año que viene debería rozar el top 25.

Yoshihito Nishioka (Japón, 1995).- De Nishioka hablan verdaderas maravillas, aunque su ámbito de juego sigue siendo Asia y eso, a los veinte años, empieza a ser peligroso. Solo ha jugado nueve partidos a nivel ATP este año, perdiendo seis. Está en esa clase media, junto a Elías Ymer, Jared Donaldson o Kyle Edmund, que no se sabe por dónde van a tirar en el futuro. Sus puntos obtenidos en challengers no le han permitido pasar de la 142ª posición en el ranking.

Andrey Rublev (Rusia, 1997).- Otro niño con una pinta descomunal a poco que consiga centrarse. En principio, lo tiene todo, especialmente una derecha fantástica. El problema es que no ha tenido muchas oportunidades para demostrarlo más allá de la eliminatoria ante España en la Copa Davis, en la que pasó por encima de Pablo Andújar, por entonces número 32 del mundo. Cumplió los dieciocho hace solo un mes, así que es difícil evaluar una temporada en la que en vez de refugiarse en los challengers ha decidido participar en bastantes torneos ATP, fajándose en las previas para entrar en el cuadro principal. Eso ha dañado su ranking (173º) pero puede suponer una gran inversión cara al futuro.

Frances Tiafoe (Estados Unidos, 1998).- El benjamín del grupo. Para hacerse una idea, nació el mismo año que Federer debutaba en el circuito. De él se vienen hablando tales maravillas que cuando uno le ve jugar contra hombres no puede evitar soltar un «no es para tanto». A los quince años ya ganó la prestigiosa Orange Bowl y dos años más tarde se convirtió en el estadounidense más joven desde Michael Chang en participar en Roland Garros. Su experiencia duró un partido. Tres sets, en concreto. A veces, tiende a mostrar cierta apatía en la pista, algo muy adolescente por otro lado. Si se pone las pilas, tendrá su parte del pastel del futuro. Si se sigue dejando llevar, puede acabar como un Donald Young cualquiera.

Estos son solo algunos de los candidatos. Muchos de ellos no llegarán a nada. Otros puede que acaben con el dominio de los treintañeros. En cualquier caso, si se les ocurre alguno que debería estar en la lista y no está, no duden en presentárnoslo en los comentarios.


Michael Chang, Ivan Lendl y el saque de cuchara: historia de un milagro adolescente

Michael Chang en la final de Roland Garros de 1989. Foto: Cordon Press.
Michael Chang en la final de Roland Garros de 1989. Foto: Cordon Press.

En el principio fue Aaron Krickstein. La cinta en el pelo y la melena rockera, salida de alguna película ochentera de Martin Scorsese o de algún concierto de los Scorpions. Krickstein, campeón en Tel-Aviv dos meses después de cumplir los dieciséis años y en octavos de final del US Open 1983 antes de los diecisiete. En 1984, un paso adelante: el Top Ten, los honores compartidos con los grandes ídolos americanos: Jimmy Connors, John McEnroe… Multitud de ofertas publicitarias y la sensación de que todo había quedado viejo al paso de este adolescente.

Krickstein dio el pistoletazo de salida pero se quedó estancado a los pocos metros. Con veinte años, aún en 1987, su progresión se detuvo y los nuevos bólidos, los nuevos clones, empezaron a adelantarlo por la derecha: el primero, por supuesto, Andre Agassi, el chico de Las Vegas apadrinado por Nick Bolletieri y su academia de tenis, la fábrica de talentos donde Agassi competía con Jim Courier, con su odiado Jim Courier, talento frente a fuerza bruta, arte frente a una mentalidad de hierro.

Agassi asomó la patita con diecisiete años y se consagró con dieciocho: en 1988 no solo acabó como número cinco del mundo sino que ganó seis torneos ATP y jugó las semifinales de Roland Garros y del US Open. Era el producto perfecto, el eslabón entre una estética aún ochentera de melena con laca y el gamberrismo noventero, grunge, que se iba fraguando en los garajes de Estados Unidos. El hombre que todo publicista querría tener en su anuncio y que Nike no iba a dejar que pasara de largo.

En los famosos cuartos de final de 1989 contra Jimmy Connors en pleno Flushing Meadows, un espectador lo dejó claro a gritos: «Vamos, Jimmy, él es un punk, tú eres una leyenda».

Y es que a Agassi no le costaba nada ganar partidos pero le costaba más ganarse el respeto del aficionado. No era visceral como McEnroe, no era calculador como Lendl o Wilander, y no era preciosista como Edberg. Ni siquiera tenía la contundencia ni la arrogancia de Becker. Después del éxito de 1988, Andre preparó a fondo la siguiente edición de Roland Garros. Si había algún estadounidense que pudiera ganar el torneo después de treinta y cuatro años era él. El recuerdo de Tony Trabert en 1955 quedaba demasiado lejano. Ashe fracasó, Connors fracasó y McEnroe se topó con Lendl. Nada que hacer.

Con todo, no era ni mucho menos el favorito en una edición que se presentaba sorprendentemente abierta: Lendl empezaba algo parecido al declive, Becker y Edberg no tenían un juego que se adaptara bien a la tierra batida, Muster estaba aún un poco verde y en los torneos preparatorios la gran sorpresa había sido el argentino Alberto Mancini, vencedor en Montecarlo y Roma, en este último, precisamente, ante Andre Agassi. Otros nombres que sonaban eran los de Horst Skoff, finalista en Hamburgo, y el eterno ecuatoriano Andrés Gómez.

Mancini llegaría a los cuartos de final, confirmando su buen momento de forma. Los otros tres no pasaron de tercera ronda. La derrota más dolorosa con diferencia fue la de Agassi ante Courier. Bolletieri eligió ese día el palco equivocado y Jim no se lo perdonó. Consciente de su inmenso potencial pese a no tener ni veinte años, decidió irse con José Higueras, exjugador español que fuera semifinalista un par de veces en Roland Garros y uno de los entrenadores clave para entender la década de los noventa en el tenis mundial.

Antes de eso, Higueras tenía sus propios problemas de los que ocuparse y el principal era convencer a su pupilo, Michael Chang, de que no era peor que Agassi, Courier o Krickstein. Después de trabajar duro con él en la primavera de 1989, le lanzó un reto: «Si sigues así, puedes llegar a ganar Roland Garros el año que viene». «¿El año que viene?», contestó Chang, «¿y por qué no este año?». Higueras sonrió entre satisfecho y sorprendido.

«No hay ninguna manera de que puedas hacerme daño»

Michael Chang no hacía anuncios. Ni siquiera para la inmensa comunidad asiática de Estados Unidos, que podría verlo como un ejemplo de integración y superación. Chang no era Agassi en lo publicitario, no pretendía parecerse a Axl Rose y apenas sonreía en la cancha. Hijo de taiwaneses exiliados, valga la redundancia, Michael ni siquiera se sentía del todo americano. Nunca le habían tratado como a uno más: pequeño, flaco, con cara de niño, su desarrollo personal y profesional había sido una carrera de obstáculos que había conseguido librar a base de perseverancia y empeño.

Y, sin embargo, pese a la ausencia de titulares o portadas de Sports Illustrated, la carrera de Michael Chang era algo más que notable: con quince años, no solo se había conseguido meter en el cuadro de individuales del US Open sino que había ganado su primer partido, el jugador más joven en lograrlo. Justo después de los dieciséis, como hiciera Krickstein, se alzó con el torneo de San Francisco contra el temible Kriek. Ahora, con diecisiete y unos pocos meses, afrontaba Roland Garros entre los veinte mejores jugadores del mundo y como cabeza de serie número quince.

El problema era el de siempre: nadie le tomaba en serio. Le veían en la cancha, tan frágil, tan vulnerable, tan niño, que parecía imposible que llegara a algo. En primera ronda ya cedió un set, ante el belga Masso, pero en segunda pasó por encima de otro adolescente americano, un chico llamado a hacerse a sí mismo fuera de los Bolletieri y los Higueras: Pete Sampras. Sampras, también con diecisiete años para dieciocho, tenía muchas cosas en común con Chang: nadie creía tampoco en su talento. Sacaba bien, tenía una buena derecha, pero su movilidad en el campo y su conocimiento del juego dejaban mucho que desear. Los dos hijos de inmigrantes —como Agassi, por cierto—, se habían hecho amigos en las concentraciones nacionales y a menudo jugaron juntos en dobles en categoría juvenil.

Aquel día, sin embargo, no hubo concesiones: uno era el 19 del mundo y el otro luchaba por aguantar entre los cien primeros. El resultado fue elocuente: 6-1, 6-1 y 6-1 para Chang, un marcador que, obviamente, no se volvería a repetir.

En tercera ronda, Francisco Roig no fue tampoco rival para el estadounidense, que se coló así en la segunda semana del torneo cual cordero a punto de ser degollado, esperando el choque que le aguardaba el lunes 5 de junio de 1989 contra Ivan Lendl, el gran dominador de la tierra batida y sempiterno número uno de la ATP. Apenas un año atrás, ambos se habían enfrentado en una exhibición disputada en Des Moines, Iowa. Chang, como hemos dicho, era entonces ya un jugador pujante y Lendl había dejado momentáneamente su trono en manos de Mats Wilander. Aun así, el partido fue un paseo: 6-1 y 6-2 para el checo.

Aunque Lendl no era el tipo más simpático del vestuario, tuvo el gesto de acercarse a Chang después del partido, cuando aún estaba con su familia. «¿Quieres saber por qué has perdido hoy?», le preguntó. «Para empezar, no tienes saque. Y desde luego no tienes un segundo servicio decente. No hay ninguna manera de que puedas hacerme daño. Puedes correr mucho, pero más te vale desarrollar un arma que te permita sobrevivir en la pista cuando juegues conmigo. Si no, seguiré haciendo contigo lo que me dé la gana».

Chang escuchó pacientemente, asintió y aprendió. Al año siguiente se presentaría con muchas más armas de las que Lendl podría imaginar.

Bolas altas, calambres y un checo fuera de sus casillas

Cuando se recuerda la victoria de Michael Chang en Roland Garros, la gente suele mencionar la final contra Lendl… solo que no fue una final, simplemente un partido de octavos. Probablemente, eso sí, el mejor partido de octavos de la historia. Durante dos sets, Lendl cumplió su profecía e hizo lo que quiso con el estadounidense. Llegó a ponerse break arriba en el tercero y solo la imagen televisiva de los dos ya lo decía todo: uno, cabizbajo, con esos aires desgarbados de niño recién salido del colegio, y el otro, imperial, altivo, musculoso, con la mirada perdida en el objetivo que le acompañaría toda su carrera.

Solo que de repente algo cambió: Chang se convirtió en el muro que sería durante los siguientes catorce años. Obligando a jugar siempre una bola más a Lendl y variando las direcciones de los golpes, Michael consiguió remontar el tercer set y forzar un cuarto. Habían pasado ya dos horas y media y el partido en realidad empezaba: a Chang le gusta decir en las entrevistas que fue todo culpa de Dios y de la motivación tras ver los tanques en Tiananmén justo el día anterior, pero Dios, si juega, juega para todos y la motivación en un Grand Slam va de suyo.

Pasó algo más: Lendl se volvió loco. Lo insólito de la situación es que Lendl nunca se volvía loco, como mucho volvía locos a los demás. Tras perder su primer set en todo el torneo, el checo empezó con su tic de arrancarse pestañas y a discutir con todo el mundo: los jueces de línea, el de silla, los espectadores… No es que el servicio de Chang hubiera mejorado mucho en un año, pero las bolas de break pasaban y no era capaz de aprovechar ninguna.

Quedaba el físico, por supuesto. La superioridad evidente del checo y los calambres que empezaban a cebarse con las piernas del estadounidense. Con 5-3 y saque para cerrar el cuarto set, Chang se dio cuenta de que no podía más y empezó a tirar bolas altas al campo contrario. Nunca se había visto algo así y probablemente nunca se verá: Lendl golpeaba con todas sus fuerzas y el otro se limitaba a tirar un globo tras otro para poder recuperar el aliento en medio. Globos precisos, altos pero largos, que hacían que Lendl tuviera que golpear casi desde la publicidad del BNP.

El público empezó a silbar pero Chang no entendía de silbidos sino de supervivencia: con ese juego desesperante ganó el cuarto set y se puso 2-0 arriba en el quinto. Una de las mayores sorpresas de la historia del tenis estaba a un paso de producirse cuando los calambres subieron un grado, el dolor se hizo insoportable y Chang, directamente, dejó de correr. Lendl ganó su servicio y se acercó 2-1. En el siguiente juego, rompió para poner el 2-2 en el marcador. Un abatido y dolorido Chang se acercó al juez de silla con la intención de dar el partido por acabado. En mitad del camino lo pensó mejor y se dio la vuelta. «Tengo diecisiete años, si la primera vez que me encuentro en una situación así, me retiro, ¿qué haré la cuarta o la quinta? Retirarme también».

Contra todo pronóstico, Chang rompió el saque de Lendl para el 3-2 y, aunque cediera su siguiente saque, consiguió un tercer break en el set para situarse con 4-3. Nos acercamos al juego que quedará para la historia.

El saque de cuchara que no se volvió a repetir

Después de perder su servicio dos veces seguidas, Chang tenía que hacer algo para romper la dinámica. Por juego y por condición física, Lendl era superior, pero el marcador estaba de su lado y la ansiedad seguía consumiendo al checo, completamente desquiciado. Con 15-30 para Lendl, Chang decide recurrir a un truco que Agassi utilizaba mucho cuando era cadete. Un truco de aficionado, de partido de urbanización de vecinos: inicia la rutina del saque, hace el gesto de levantar la bola y la raqueta, pero de repente detiene el movimiento y saca de abajo arriba. Una cuchara, como se llama en el argot.

La bola bota en el cuadro de saque contrario y Lendl se ve obligado a correr para alcanzar lo que acaba siendo una dejada. Queda expuesto en la red y Chang le pasa con una derecha maravillosa. Nadie se lo cree: la gente se lleva las manos a la cabeza mientras ríe y aplaude y Lendl mira al juez de silla con cara de «haz algo, por favor, lo que sea pero haz algo» mientras Chang, por fin, cierra los puños y se anima a sí mismo en el centro de la pista ante el jolgorio general.

No quedaría ahí la cosa: Chang ganó su servicio y consiguió dos bolas de partido contra el servicio de Lendl. Desde tiempo atrás venía adelantándose mucho para restar, algo parecido a lo que hace Federer ahora, de manera que, si se hace bien, el resto le pilla al rival completamente descolocado. Cuando el checo falló su primer servicio, Chang directamente se colocó a un metro del cuadro de saque. Aquello era inaudito y suicida. El público empezó a silbar lo que consideraba directamente una insolencia y Lendl volvió a protestar, no tanto por la posición de Chang, allá se las componga, sino por el griterío que estaba provocando y que le impedía concentrarse en el saque.

Por supuesto, la historia acabó en una doble falta. No podía ser de otra manera.

El resto, ya lo saben: Chang ganó en cuartos a Agenor y en semifinales a Chesnokov, en ambos casos remontando un set en contra. Cuando jugó la final contra Stefan Edberg, tiró de nuevo de épica: con dos sets a uno abajo, salvó hasta once bolas de break en la cuarta manga para acabar llevándosela en la primera que tuvo a favor. No solo eso: Edberg empezó el quinto set con un 2-0 a favor que parecía que iba a poner las cosas en su sitio pero no ganó ni un juego más. A los diecisiete años y tres meses, Michael Chang se proclamaba campeón de Roland Garros justo el día después de que otra adolescente, Arantxa Sánchez-Vicario, se llevara por delante a Steffi Graf.

Los tiempos estaban cambiando y no se sabía hasta qué punto. Tan horrorizado quedó McEnroe cuando vio las tácticas de Chang que dijo: «Como haga lo mismo en Wimbledon y gane, prometo quitarme los calzoncillos en plena pista central». El recibimiento de Ivan Lendl fue mucho más parco: «Buen torneo, Michael. Enhorabuena». La historia de estos adolescentes americanos siguió, pero Chang rara vez fue un elemento protagonista: al año siguiente, 1990, como campeón, cayó en cuartos de final ante Andre Agassi, que iba rumbo a la primera de sus finales perdidas en París después de derrotar por fin a Courier, el mismo que ganaría Roland Garros dos veces y el Open de Australia otras dos antes de verse superado por la tormenta Pete Sampras, sus catorce torneos del Grand Slam y el récord por entonces de semanas en el número uno.

¿Qué fue de Michael? Luchó, que es lo que sabía hacer. Se mantuvo entre los diez primeros del ranking varios años y volvió a jugar tres finales de Grand Slam pero las perdió las tres, una de ellas otra vez en Roland Garros ante el intratable Thomas Muster. Higueras se fue con Courier, montó una academia que superó a la de Bolletieri e incluso Federer recurrió a él en 2008, cuando veía que la lucha contra Nadal se hacía cada vez más imposible. Duraron juntos pocos meses.

Aquel partido contra Lendl quedará para siempre. Dice Chang que con el tiempo se han hecho amigos, que pescan juntos y hablan de muchas cosas, pero que nunca ha sacado el tema de aquel saque de cuchara ni aquel resto suicida al filo del reglamento. Lendl, por su parte, cumple su papel de cascarrabias: «Fue un partido más, no le veo nada especial. Muchas veces perdí contra rivales inferiores que luego no sabían dar continuidad a su éxito. La diferencia es que esta vez Michael sí supo».

No es poca diferencia, desde luego. Ojalá, podría pensar Krickstein, hubiera tenido él una oportunidad así y la hubiera aprovechado de la misma manera. El asunto, después de todo, no era llegar antes, sino llegar a tiempo.


Tiger Woods, el Andre Agassi del golf

Foto: Keith Allison (CC)
Foto: Keith Allison (CC)

Tiger camina junto a su novia, Lindsey Vonn, poco después de que la esquiadora, cuatro veces campeona del mundo, se haya vuelto a imponer en una alta competición. Ella acaba de cumplir treinta años y él está a un paso de los cuarenta. Junto a la pareja, como siempre, hay un séquito de amigos, agentes, periodistas y patrocinadores que les acompañan por la nieve camino del podio. De repente, uno de los cámaras se da cuenta de que a Woods le falta un diente y enfoca intentando volver a encontrar el hueco que queda en la boca cerrada y prieta, un amago de media sonrisa que se mantiene con las décadas.

Hay algo patético en esa imagen de Tiger, algo sacado de Resacón en Las Vegas. Lleva seis meses sin poder jugar cuatro rondas seguidas de golf por problemas de rodilla y de espalda y su ranking ha caído al número 62, el peor desde 1996, cuando tenía veinte años y apenas debutaba en el PGA Tour. Por una vez, no es él el que arrastra a los demás sino los demás los que le arrastran a él. Parece cansado de todo esto, del juego de espejos al que ha estado condenado desde que, con tres años, su padre se empeñara en que tenía que ser golfista, el mejor golfista de todos los tiempos, por delante incluso del mítico Jack Nicklaus, la eterna comparación de su carrera.

Una vida pasada por el visor de una cámara, desde aquellos primeros swings mil veces repetidos después por televisión con un palo que era dos veces más grande que él hasta este desfile mellado de hombre cuyos mejores años ya quedaron atrás.

Después de ver las imágenes, el representante de Tiger emite un comunicado diciendo que el diente se lo ha roto precisamente un periodista. La organización del evento responde que ellos no tienen constancia de que haya sido así y todo suena a excusa, la sospecha de que, quién sabe, igual que Elin Nordegren, su primera mujer, le rompió el cristal del coche y casi la cabeza con un palo de golf cuando se enteró de que era un adicto al sexo, lo mismo Lindsey Vonn ha querido repetir hazaña con un puñetazo bien dado.

Poco probable, en cualquier caso: el declive de Woods, ese declive que le ha llevado de ser el número uno del mundo durante 683 semanas —y eso, hagan sus cálculos, son más de trece años siendo el mejor en lo tuyo— a luchar por pasar el corte de los torneos menores, ha coincidido con una época de bonanza sentimental que en el fondo es de agradecer porque alguien que a los tres años ha sido condenado a ser especial es alguien que no lo va a tener fácil para encontrar una pareja que esté a su altura.

Los rumores de matrimonio se disparan igual que los de paternidad. Nadie se preocupa en desmentirlos.

La cabeza de Woods está en eso: en ser feliz fuera de las cámaras, pero de repente va una y le rompe la boca. Puta vida. La temporada 2015 está a punto de empezar y lo hará en Phoenix. Cuando le preguntan por su lesión se limita a decir: «Necesito jugar muchos torneos para estar a punto para el Masters, pero la espalda está bien». Sí, la espalda puede que esté bien, pero con la espalda, a este nivel, no basta.

«Nunca envejezcáis»

En 1971, Ben Hogan tuvo que retirarse de su último torneo como profesional después de solo once hoyos de la primera ronda. Hogan había sido, junto a Sam Snead y Byron Nelson, una de las tres grandes estrellas de la posguerra, pero a sus cuarenta y nueve años todo era dolor y fatiga. «Nunca envejezcáis», les dijo a sus compañeros justo antes de recoger la bola y mandarlo todo a tomar viento. Esa es una manera de dejar el deporte y la contraria es la del propio Jack Nicklaus, que aguantó hasta los sesenta y cinco y todavía tuvo tiempo de retirarse con un «birdie» en el hoyo 18 de Saint Andrew´s con motivo del Open Británico, el mismo que ganó tres veces en su carrera.

Para cuando Nicklaus dijo adiós, ya llevaba veinte años sin ganar un «grande». Diecinueve, para ser exactos. Tiger Woods lleva siete, pero parecen un mundo. Sí, en medio ha habido grandes momentos y torneos de primera fila, pero ni un Masters ni un Open ni un British. El primer aviso fue en 2009, cuando llegó líder a la última jornada del PGA Championship con dos golpes de ventaja sobre el pujante Padraig Harrington y el desconocido coreano Yong-eun Yang. Las anteriores catorce veces en las que Woods había estado en esa situación, había ganado el torneo. Aquel año no fue así: no solo perdió los dos golpes de ventaja sino que, en un día horrible, cedió otros tres y acabó en segunda posición.

Tercero, con veinte años recién cumplidos, terminaba otro fenómeno: el norirlandés Rory McIlroy.

Las sorpresas son sorpresas hasta que se convierten en tendencia. Entonces, son escándalos. Woods acabaría el año como número uno del mundo una vez más pero en diciembre se tuvo que enfrentar a la citada revelación de sus mensajes con prostitutas y amantes, el enorme cabreo de su mujer modelo, el coche haciendo eses por la carretera hasta acabar empotrado contra un árbol y el inmediato cese del patrocinio de Gillette, AT&T, Gatorade y General Motors entre otros.

Tiger, el vecino ideal, el hombre con cara de niño, se convirtió de la noche a la mañana en el enemigo número uno de la moralidad estadounidense, carne de tabloide. Seis meses después estaba divorciado y a los dos años volvía a ser número uno del mundo por puro aplastamiento y constancia. Luego, ya saben, el muro de los grandes torneos, la irrupción de McIlroy al primerísimo nivel, los fracasos en las Ryder Cups y este apagarse físico lleno de ligamentos rotos y vértebras desgastadas por un uso insano durante demasiados años.

Sí, él sigue hablando del Masters y soñando con un último baile, pero el cuerpo le insiste en lo contrario y se hace más evidente que nunca en Scottsdale, Arizona, durante el primer torneo de esta nueva temporada. La primera ronda la acaba con 73 golpes, dos por encima del par. Los primeros nueve hoyos de la segunda son los peores de toda su carrera: un triple bogey, un doble bogey y otros tres bogeys en solo nueve hoyos. El resultado final de 82 golpes es un record negativo para él, superando por uno el infierno de Muirfield en el Open Británico de 2002, aquel en el que una ciclogénesis se cruzó en el camino de los golfistas y Ernie Els acabó venciendo el torneo después de un play-off entre cuatro jugadores.

El propio Els, compañero de partido de Woods en Scottsdale, sale cariacontecido: «No es agradable ver a nadie en esa situación», dice, justo él, el que más veces ha acabado segundo detrás de Tiger, más que Mickelson, Montgomery, García o el que estaba llamado a ser su «alter ego» en los años noventa, David Duval. La ronda de Woods ha sido horrible en general y particularmente cruel en las aproximaciones al green, un reguero de bolas que podían caer en cualquier lugar.

«Es solo una cuestión de patrones», dice Woods a la prensa, aún intentando disimular la hecatombe. «Este torneo me ha cogido entre el viejo swing y el nuevo swing, eso es todo, hay que seguir luchando». Afortunadamente para él, el Tour se desplaza a Torrey Pines, campo donde ha ganado ocho veces, incluyendo el dramático US Open de 2008.

La última pesadilla de Tiger Woods

Si hubiera que colocar en un ranking las grandes gestas deportivas de todos los tiempos, la victoria de Woods en aquel Open de 2008 estaría sin duda en los primeros puestos. Tras un mal gesto durante la tercera ronda, Tiger se pasó un día y medio cojeando y poniendo caras de dolor después de cada golpe. Con todo, llegó al hoyo dieciocho a un golpe del líder, Rocco Mediate, y consiguió embocar para birdie y forzar un play-off a la americana: dieciocho hoyos más, a disputarse al día siguiente.

Muchos pensaban que lo de Tiger y su rodilla era una exageración más, un intento de poner épica a lo que no era más que un duelo con un rival menor. Todo lo contrario: Woods tenía roto el ligamento y presentaba una doble fractura en la tibia. Estaba completamente cojo y completamente cojo se levantó el lunes, salió al campo, jugó dieciocho hoyos más y acabó ganando el torneo en el decimonoveno. Sinceramente, no he visto nada siquiera parecido. Uno puede ganar un partido medio cojo, pero ganar a otros setenta profesionales de máxima altura con una pierna rota durante tres días es algo simplemente inhumano.

Su decimocuarto major le colocaba a cuatro de Nicklaus y nadie dudaba de que le acabaría superando, pero siete años más tarde, de nuevo en Torrey Pines, las cosas pintan de otra manera. Esta vez no es la rodilla sino la espalda la que da problemas, la misma espalda que le hizo pasar por quirófano en 2014. En el undécimo hoyo de la primera ronda, igual que le pasara a Ben Hogan en 1971, Woods recoge la bola y decide retirarse. No solo del torneo sino del circuito. «Hasta que mi nivel vuelva a ser competitivo», dice, dejándose ya de historias de patrones.

Hubo un día en el que entrar en un torneo que disputara Tiger Woods suponía luchar por acabar segundo. Un día que duró trece años. Puede que Tiger nunca alcance a Nicklaus —no lo hará, eso denlo por hecho— pero esto no son los sesenta ni los setenta. En la época de la hiperprofesionalización del deporte, donde viene un coreano y te gana en tu propia casa, la regularidad y el éxito de Woods superan cualquier comparación. Sin duda, lo volverá a intentar, puede que un año, puede que dos, puede que alguno más.

Lo que está claro es que Woods no será un Nicklaus ni un Arnold. No competirá solo por el aplauso y el último putt en Saint Andrew´s al borde de la jubilación. Imaginen que sus padres les enseñan a hacer un puzle cuando tienen tres años y les exigen desde ese mismo día que cada puzle sea más y más grande, que lo completen en menos y menos tiempo. Así durante diez años, veinte, treinta, treinta y siete… ¿Qué motivación tiene uno después de todo ese tiempo cuando las piezas dejan de encajar?

De momento, que los aplausos se los lleve Lindsey. En la memoria queda, por supuesto, aquel primer Masters de 1997, con doce golpes de ventaja al poco de salir de la adolescencia; el duelo en Medinah con Sergio García, el último putt de 2000 contra Bob May y, por encima de todo, cuando consiguió meses después, en abril de 2001, ser el campeón vigente de los cuatro torneos del Grand Slam, algo que nadie jamás había logrado en la historia del golf.

Son demasiados recuerdos como para borrarlos de un plumazo, pero no dejan de ser recuerdos. Su padre, el teniente coronel Earl Woods, veterano de Vietnam, lleva casi una década muerto. Sus dos hijos, de cinco y siete años, viven con su madre en la mansión de doce millones que se compró gracias a la indemnización del divorcio. Sus compañeros de anuncio de Gillette, Roger Federer y Thierry Henry, están retirados o en el final de su carrera.

Si no hay presente, queda el futuro, y si el futuro del golf es Rory McIlroy, a Tiger le queda un reto aún más complicado: ser el futuro de Lindsey Vonn. Ser su propio futuro. Controlar de una vez su vida, ser uno más en la foto, el que acompaña en el vídeo y no el protagonista. Y, quizá, de vez en cuando, intentarlo. Nicklaus ganó su último Masters con cuarenta y cinco años. Tiene cinco para igualarle. A partir de ahí, la verdad, no es probable que nadie le vea compitiendo, como nadie ve a Andre Agassi jugando contra Borg en los torneos de veteranos, solo contra Steffi Graf, en exhibiciones de caridad.

Steffi Graf y Lindsey Vonn. Earl Woods y Emmanuel B. Aghassian. Quizá dentro de unos años, Tiger nos regale una autobiografía que empiece contándonos todo lo que detestó siempre el golf.

Por algún motivo, nos costará creerlo, pero tampoco nos sorprenderá del todo.