Coppi, el adúltero

Fausto Coppi en el Tour del 52. Foto: Corbis.
Fausto Coppi en el Tour del 52. Foto: Corbis.

Oh, madre del Señor Jesús
Mantén puras y fervientes nuestras almas
Valientes y fuertes nuestros cuerpos
Líbranos de todo daño en los entrenamientos y en las carreras
Te pedimos que hagas de la bicicleta un instrumento de hermandad y de amistad que nos ayude a elevarnos hacia Dios.

(Oración ciclista en la capilla de la Madonna del Ghisallo, Italia).

A Fausto Coppi lo inventó un masajista ciego llamado Biagio Cavanna. Con un bastón y unas gafas de sol veía el ciclismo a través de sus manos. Conocida su reputación de chamán en toda la región de Novi Ligure, en el Piamonte italiano, las jóvenes promesas del pedal iban a su casa a que les tentara las piernas, el cuello, la espalda, a que les tomara el pulso, y dictaminara con precisión sobrenatural si el chico valía para el ciclismo profesional. Dicen que solo aceptaba a pobres, a campesinos, a albañiles. A gente humilde con la suficiente intemperie y hambre para triunfar en las carreteras. Constante Girardengo, el corredor de los años veinte, refrendaba este molde.

Cavanna tocó a Coppi en algún momento de 1937. Delgado como un mondadientes, moreno, enclenque, de ojos saltones, Faustino se presentó ante él hecho un manojo de nervios. Después de reconocerle, el invidente le llevó aparte: «Tus pulmones, tu corazón y tus músculos dicen que puedes ser un gran campeón. Créeme, no me equivoco. ¿Harás todo lo que te diga?». Coppi asintió. «No correrás durante tres meses». El muchacho no lo entendía. «Pero así es como me gano la vida». Cavanna le ordenó abandonar la temporada en curso, dieta estricta y nuevos hábitos que prohibían el tabaco y reducían drásticamente el vino y el sexo. Nadie cuestionaba el método Cavanna, aunque no todos soportaban sus bruscos madrugones y sus circuitos cronometrados.

Coppi lo ganó todo. El ciego, su correspondiente comisión. Cinco Giros, dos Tours y un sinfín de carreras de primer orden como la Milán San Remo o el Giro de Lombardía construyeron la brillante figura de Il Campionissimo, estrella de masas ante la que se hincaban de rodillas granjeros de la Toscana o ministros de Turín. Figura de acero en manos de un galeno que aún afinaba sus músculos sobre una simple cama, tras cada carrera y entrenamiento. De todo lo conseguido, sin embargo, a Coppi aún le faltaba el maillot arcoíris de campeón del mundo. No lo consiguió hasta 1953, a la edad treinta y cuatro años, en el principio del fin de su carrera. Fausto entró en la meta de Lugano completamente acalambrado tras una escapada de casi cien kilómetros. «Con todo lo que has tomado, ¿acaso esperabas acabar como si hubieras corrido a base de agua mineral?», le espetó Cavanna, druida además de chamán en la gran época de la cafeína y las anfetaminas en el ciclismo. Su compañero Michele Gismondi realizó otro tipo de diagnóstico, acaso más agudo: «Había otra cosa que azuzó a Coppi hacia la victoria: una dama con un ramo de flores». Se refería a Giulia Locatelli.

La Dama Bianca

Al doctor Locatelli solo le interesaba La Gazzetta Dello Sport si su ídolo llenaba alguna de sus páginas. Tratándose de Fausto Coppi, era algo bastante frecuente. En su casa al norte de Milán se amontonaban decenas de recortes de Il Campionissimo sobre fondo rosa pese a las quejas retóricas de su mujer. Pero eso no era lo peor que Giulia tenía que admitir. Además, el doctor Locatelli empleaba días libres en ir a carreras y buscar al corredor. A Giulia la idolatría que despertaba el ciclista de Castellania le resultaba difícil de entender. Algo absurdo y desproporcionado.

En el verano de 1948, Coppi aún pugnaba por el liderazgo del ciclismo italiano con su compatriota Gino Bartali, reciente amarillo en París. La disputa quedaría zanjada por aplastamiento con el doblete Giro-Tour del año siguiente, que incluyó la mitológica etapa Cuneo-Pinerolo en la que Fausto, más joven, trituró la resistencia de Il Vecchio para sentenciar la ronda transalpina. En cualquier caso, la disputa aquel 8 de agosto de 1948 de una carrera de un día, la Tre Valli Varesine, decidió al doctor Locatelli a acudir en busca de un autógrafo de su ídolo dada la cercanía geográfica de la prueba con su consulta. Llegados allí, el matrimonio se cruzó a propósito con Coppi en el hotel donde se alojaba. Giulia, divertida por aquella aventura, adoptó el rol principal y abordó al mito, que ni siquiera la miró. «Dele al portero una hoja de papel y yo se la firmaré». A lo que la mujer respondió: «No sea descortés». Quería una foto suya dedicada, o nada, según cuenta el periodista británico William Fotheringham en su libro La pasión de Fausto Coppi. El ciclista accedió.

Se supone que la escena —nada muy diferente a lo que Coppi había vivido tantas veces— llamó la atención de ambos. De él acaso por el desparpajo de la mujer a la hora de manejar la situación, de dirigirse a él. De ella, ajena a inclinación alguna por el deporte, seguramente por enfrentar en la distancia tangible la figura del hombre póster de su matrimonio y subido en andas por medio país. «Me obsesioné con Coppi», confesaría después. El virus se haría incalculablemente más virulento en ella de lo que jamás fue en su marido.

Fausto, conviene aclararlo, estaba casado desde 1945. Su mujer era una chica llamada Bruna Ciampolini con la que tuvo una hija, Marina. Bruna era «la guapa del pueblo», en palabras del también ciclista Nino Defilippis. Era discreta, respetada y poco amiga de las fotos. Cuando iba a las carreras, decía, «había sillas disponibles, pero yo nunca las cogía. Me sentaba en un escalón de manera que pasara desapercibida cualquier expresión mía de preocupación en caso de caída, o de alegría en caso de victoria». El matrimonio funcionó con naturalidad hasta que el marido mudó de ciclista ganador a figura nacional, un tránsito que trastocó sutilmente el esquivo carácter de Coppi, siempre necesitado de silencios y tolerancias, y de la protección emocional de sus gregarios y de su hermano Serse, también ciclista. Cuando este murió tras una inofensiva caída en 1951, mientras disputaba el Giro del Piamonte, Fausto se aisló y se oscureció. Nada, pese a todo, que no fuera capaz de sobrellevar una pareja acostumbrada a la distancia y las ausencias. Si no fuera por los Locatelli.

La amistad con el matrimonio se construyó en torno a la bicicleta y con Giulia como principal promotora. «Cuando iba a las carreras se mostraba ansiosa por acercarse al campeón», explica Fotheringham. «Era más exigente con él que la mayoría de fans. Cuando se encontraban le cogía la mano. Solía mentir groseramente para conseguir entrar en zonas reservadas para los ciclistas y sus auxiliares. “Yo era la fan de la casa, una maníaca, más obsesionada que mi marido. A partir de entonces nuestros domingos quedaron acaparados por el ciclismo, las carreras, los ciclistas y Coppi por encima de todos. Solíamos ir juntos, o si no yo iba con unos amigos a cualquier sitio donde hubiera una carrera, una prueba de velódromo, una entrega de premios. No importaba lo lejos que quedara si existía la posibilidad de ver a Coppi”».

En algún momento entre 1951 y 1952, Giulia tomó la iniciativa de invitarle a su casa. Fausto visitó varias veces al matrimonio, a veces solo y a veces con compañeros de equipo. «Nos hicimos amigos. Amigos. Nunca pensé que me enamoraría de él. Soy hija de un matrimonio separado, y yo quería que mis hijos crecieran rodeados de cariño», afirma ella. En esos primeros contactos al margen de las carreras una constante llamaba la atención: Bruna, la esposa de Coppi, no solía participar. Todo creció, en cierto modo, fuera de su vista. La vida nómada del ciclista proporcionaba además el telón propicio para disimular cualquier anomalía. El siguiente en salir del cuadro sería el doctor Locatelli.

En el invierno de 1952, tras el brillantísimo segundo y último doblete Giro-Tour de Coppi, Fausto realizó varias visitas más a la casa del amable matrimonio. La novedad era, en efecto, las ausencias del marido, y la percepción reconocida años después por el ciclista de que la amistad construida no era tanto con él como con ella. Además, se sucedieron también algunos encuentros en Milán y en otros territorios «neutrales». Cuando el doctor Locatelli no podía acudir, Giulia se hacía acompañar de amigos, conocidos o incluso de su propia hija, la pequeña Lolli.

Foto: DP.
Foto: DP.

Para cuando Coppi se jugó, en 1953, en las mareantes carreteras suizas de Lugano, su ansiado maillot arcoíris, con miles de italianos cruzando la frontera para verle pedalear, su vida extramatrimonial era un chismorreo en alza en el gremio y sus márgenes mediáticos. El director de su equipo hizo colocar (así lo expresan literalmente algunos cronistas) a Giulia junto a la meta para que Fausto la viera en cada paso de vuelta. La estampa ilustra la penetración de la señora Locatelli en el entorno del corredor, en los hoteles, los reservados, en los corrillos de invitados y viajes del equipo. Una misteriosa mujer desconocida comenzaba a figurar junto al hombre aunque su presencia quedara de momento disimulada entre tanto viaje, tanta multitud y tanto grito de «¡Bravo, Coppi!».

Una fotografía sacó a la mujer de la penumbra. Fausto está en el podio vistiendo su jersey arcoíris recién conseguido con un enorme ramo de flores en las manos y una multitud alrededor de personalidades, encargados y público de fondo. Toda la atención de Coppi se concentra en un solo punto de la imagen. A su izquierda, una mujer le sonríe. Es Giulia. Se están mirando. Como si no hubiera nadie más. La foto en sus distintas versiones fue portada de la gran mayoría de periódicos italianos, entre ellos La Gazzetta Dello Sport. Es posible que el doctor Locatelli, ya sobrado de sospechas por entonces, no supiera si recortar aquel amargo ejemplar o ni siquiera comprarlo. Un periódico suizo utilizó un pie de foto que rezaba: «Fausto Coppi y su mujer, Bruna».

El escándalo

La instantánea de Lugano fue tan involuntaria como natural, pero tras ella se fueron sucediendo, accidentada pero inevitablemente, una serie de hechos consumados. El primero fue que Coppi llevara a su amante a Castellania, su pueblo, para que conociera a su madre. Después, en el Giro de 1954, Bruna y Giulia empezaron a coincidir en plena carrera y comenzaron las situaciones anómalas. En la contrarreloj entre Gardone y Riva del Garda, en la decimoquinta etapa, Giulia iba en el coche de equipo que seguía a Coppi, privilegio reservado para staff, familiares o importantes autoridades. Además, como recoge William Fotheringham, «el equipo Bianchi se alojaba en un hotel apartado donde habían reservado una habitación adicional… para un huésped anónimo». La última etapa de aquel Giro terminó en Saint Moritz y coronó al suizo Carlo Clerici como ganador con Fausto, cuarto, fuera del cajón por un puñado de minutos. El periodista francés de L’Equipe preguntó ese día en su periódico: «¿Quién es la dama de blanco de Fausto Coppi?». La trenca que siempre solía vestir dio color al fantasma. Y sobrenombre: la Dama Bianca. La historia ya tenía todos los elementos necesarios para avasallarlos.

Sin que ninguno de los dos reconociera públicamente el romance, los medios lo dieron por hecho y el escándalo ya fue imparable. El asunto era irresistible porque colisionaba frontalmente con la pía moral de un país donde la Iglesia católica y los democristianos en el poder aún garantizaban una tradición social que, por mucho que estuviera cambiando a golpe de destapes y batallas culturales ya imposibles de ganar, se resistía a ceder su influencia. Y menos si se trataba de un personaje público de las colosales dimensiones de Fausto Coppi.

Tras ese Giro de Italia, y ante la escalada mediática, la situación en los hogares de los amantes se volvió insostenible, sobre todo en el caso de ella. Cuando hace las maletas y abandona al señor Locatelli, cebado de rencor, Fausto se ve empujado a hacer lo propio, si es que aún existía alguna posibilidad de mantener la farsa con Bruna. De este modo la pareja se introdujo en una suerte de limbo legal según el cual no estaban casados ni separados o divorciados: eran adúlteros, y habían dejado sus hogares. La ley italiana era tajante: «La mujer adúltera será castigada con hasta un año de cárcel. Su cómplice en el adulterio recibirá el mismo castigo (…) El delito será punible si el marido lo denuncia». La legislación no solo discriminaba a la mujer, sino que además otorgaba autoridad sobre los hijos al padre, aunque fueran fruto de otra relación. Con un añadido pintoresco: «Si el marido hería o mataba a la adúltera o a su cómplice durante una pelea motivada por la ruptura del matrimonio, la ley tendría en cuenta que su honor había sido mancillado y esto se podría considerar un atenuante».

Giulia con Fausto en 1954. Foto: DP.
Giulia con Fausto en 1954. Foto: DP.

Pero el doctor Locatelli no denunció en un principio. No hasta conocer la farsa de Giulia firmando un contrato de trabajo como si fuera la secretaria de Coppi para poder percibir dinero como supuesto sueldo y, sobre todo, tener excusa legal para compartir techo diario, aunque formalmente dijeran residir (pernoctar) en otra parte. Sabido el ardid, el doctor se querelló el 28 de agosto de 1954. Aquella noche fue movida en Novi Ligure. Para que el adulterio fuera fundado, los carabinieri tenían que sorprender en el lecho a los amantes. En plena madrugada, y dicen que bajo intensa lluvia, el doctor Locatelli acudió junto a la policía y un par de amigos a la residencia de Giulia y Fausto y pidieron al ama de llaves que les dejaran pasar con la peregrina excusa de que se estaba efectuando un robo. Ella no les creyó. Pasada una hora se les franqueó por fin la entrada pero la escena ya había sido convenientemente recompuesta. Poco importó. Giulia fue detenida formalmente días después y pasó cuatro jornadas entre rejas con el argumento de riesgo de fuga internacional, pese a que ningún juez solía retener a un acusado por adulterio dada la consideración de delito menor. Se fijó el juicio para marzo del año siguiente, se les retiró el pasaporte a ambos, se les prohibió ver a sus hijos y se les restringió, incluso, encontrarse el uno con el otro. Cosa que evidentemente incumplieron.

En la carretera las cosas no iban del todo mal para Fausto, pese a que comenzara a pisarle los talones la ley natural, homérica, de la que tanto hablara Dino Buzzati en sus crónicas del Giro de 1949. Con treinta y cinco años, Coppi pudo abrochar su convulsa temporada de 1954 ganando el Giro de Lombardía. Su quinto triunfo en la clásica de las hojas muertas aplacó parcialmente un clima social y deportivo crecientemente hostil hacia él debido a su separación. Silbidos. Abucheos. Anónimos y amenazas de muerte. Gestos de odio y desplantes y declaraciones hostiles de altas figuras del clero y el Gobierno. En noviembre se defendía en la revista Época: «La forma como los aficionados me han silbado es lo que más me ha dolido, porque yo no he traicionado a nadie». La Dama Bianca, por supuesto, se llevó la peor parte. Ella no tenía prestigio ni trofeo alguno tras el que protegerse.

El juicio fue un ruidoso auto de fe. Finalmente no se les juzgó por adulterio sino por abandono de sus hogares y obligaciones familiares. El acuerdo entre las partes incluía, como compensación, la renuncia práctica de Giulia a ver a sus hijos (solo una visita cada tres meses, en una escuela religiosa y en presencia de una monja) y el reconocimiento público de sus supuesto pecados con una carta que además tendría que leerles cuando fueran mayores de edad. Estos, por cierto, fueron obligados a comparecer pese a la petición expresa de los acusados en sentido contrario. Naturalmente, poco pudieron aportar los niños para glosar el relato romántico que sí desgranó, con todo lujo de detalles, el rosario interminable de testigos que pasaron por el juzgado, entre ellos los propios compañeros de equipo de Coppi, que durante meses habían excusado al líder en sus ausencias furtivas e incluso habían cuidado de la pequeña Lolli Locatelli mientras la pareja se veía a solas. Una curiosa extensión de las labores del gregario ciclista que sube bidones, presta abrigo o consuela a su jefe de filas durante la cena.

«Giulia fue públicamente machacada», sentencia William Fotheringham. La cantidad de detalles íntimos que fueron aireados con evidente afán ejemplarizante no fueron, al parecer, suficientes. Las palabras más duras se las reservó el fiscal del caso: «La conducta de esta mujer ha sido despreciable, antes y después de abandonar su hogar». Aunque el magistrado fue aún más despiadado con el ciclista, de quien dijo que era «un pobre hombre que ha ganado muchas carreras pero que se hundió de forma miserable la primera vez que tuvo que luchar contra sus propios deseos». Poco importó, en la práctica, la condena, unas penas de cárcel de unos meses que nunca se cumplieron, como en todos los casos similares de la época. El ajuste de cuentas ya estaba hecho. «No había ningún motivo sólido para que ni Coppi ni Occhini [apellido de soltera de Giulia] abandonaran sus hogares. La decisión de ambas partes fue ilícita e injusta».

Ni un rasguño

Aquel fue el último año deportivamente destacable de un Coppi que ya contaba treinta y seis. Ganó el Giro de los Apeninos, la Tre Valli Varesine, el campeonato italiano y el Giro de Campaña. Después del juicio, cuando se le devolvió el pasaporte, rascó un meritorio segundo puesto en la París-Roubaix. Aunque Biagio Cavanna sostenía que su pupilo podría ganar hasta los cuarenta años, los resultados de Fausto cayeron en picado desde entonces.

Aunque quizá no iba tan desencaminado. Solo trece segundos privaron a Coppi de ganarle el Giro de 1955 a su compatriota Fiorenzo Magni. Mientras se dejaba sus últimas riñonadas de dominio en las carreteras que le encumbraron, Giulia viajaba en barco hacia Argentina con el hijo de ambos en las entrañas. Allí, legalmente, sí podrían inscribirlo como tal. Cuando dio a luz le envío una fotografía a Coppi y este, loco de orgullo, enseñó a todo el pelotón su nuevo retoño. Aquel hombre no parecía precisamente arrepentido ni inseguro de sus recientes decisiones, aunque no fueran pocos los que aún le aconsejaban volver con Bruna o mantener la otra relación en la clandestinidad. Ni siquiera el papa, que ya había mostrado públicamente su desaprobación en alguna ocasión anterior, logró hacerle cambiar de opinión ni, seguramente, hacerle sentir mal cuando en aquel Giro se negó a dar su bendición al pelotón porque en él había «un pecador público».

Dicen que Fausto, en el crepúsculo de su carrera (que fue también el crepúsculo de su vida), barruntaba terminar su relación con Giulia, una relación más carnal y sofisticada que su primer matrimonio, pero que se había enfriado igualmente. Dicen también que incluso se distanció de Cavanna, su alquimista personal. Dicen muchas cosas y dicen, con razón, que cuando Coppi viajó a Burkina Faso y contrajo una malaria que los médicos no supieron detectar, y muriera con una edad ridícula, cuarenta años, sin ni siquiera haber colgado la bicicleta, su pueblo, Castellania, se llenó de una multitud de más de treinta mil personas que desbordó una localidad de apenas unos cientos de habitantes entonces y ni una centena en la actualidad. Un funeral abigarrado y rural con tintes de sepelio nacional en el que no se escuchó ni el más remoto eco del escarnio público (en las revistas y también en las cunetas) que había soportado el ciclista. Un turbio pasaje de su vida absolutamente incapaz de ensuciar, ni por un segundo, el legado del mejor ciclista italiano de la historia. Ni el más mínimo rasguño. Pese a las circunstancias de aquel país en blanco y negro, como lamentaba el propio Fausto: «En Italia, lo que cuentan son las apariencias. Tienes que saber mentir».

Guilia Occhini en el funeral de Coppi. Foto: DP.
Guilia Occhini en el funeral de Coppi. Foto: DP.


El dopaje en el tenis, más allá de Sharapova y las insinuaciones sobre Nadal

Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.
Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.

Para quien no lo conozca, Paul Kimmage es un exciclista irlandés de finales de los ochenta, reconvertido al periodismo desde el mismo día en que colgó la bicicleta. Como corredor no destacó demasiado, más allá de hacer de gregario puntual para su compatriota Stephen Roche. Como periodista ha dedicado su vida a la lucha contra el dopaje, con las consecuencias que eso suele conllevar: incomprensión, insultos, demandas y la condición de paria durante muchos años, prácticamente hasta que Lance Armstrong se vio obligado a reconocer la estructura de dopaje masivo del US Postal, exonerando así a los Walsh, Kimmage y compañía que llevaban años denunciando sus mentiras.

Aparte, Kimmage escribió, nada más retirarse, un libro llamado Rough ride, que se puede considerar el pionero a la hora de hablar desde dentro de asuntos de dopaje. No era gran cosa. Visto veinticinco años después, es difícil comprender cómo pudo causar tanto escándalo en su momento. Por supuesto, se habla de anfetaminas, de cocaína, de dopaje de primera y de segunda… Pero al lado del libro de Tyler Hamilton, por ejemplo, aquello se queda en nada.

En ocasiones Kimmage exagera, es poco riguroso. Él parte de la premisa de que el éxito en el deporte profesional solo se puede conseguir recurriendo a sustancias prohibidas y siguiendo su lógica prácticamente todo el mundo es culpable o cuando menos encubridor. Es una mentalidad peligrosa, por supuesto. Yo mismo estoy dispuesto a admitir que la gran mayoría de mis ídolos se han dopado o se dopan, pero tengo cuidado de reconocer que no sé exactamente quién sí y quién no, que no es poca cosa.

Sin embargo, su temeridad le convierte en una buena punta de lanza para quienes quieran seguir investigando más tarde. Por ejemplo, aprovechando el positivo de Maria Sharapova curiosamente anunciado por la tenista antes que por el órgano sancionador— Kimmage ha aprovechado para rescatar en el diario irlandés The Independent una conversación que tuvo con Andre Agassi con motivo de la promoción de su autobiografía Open, esa en la que confiesa que dio positivo por cristal, que efectivamente lo había consumido poco antes de una competición y que la ATP no solo decidió no sancionarle al entender que no lo había hecho para aumentar su rendimiento, sino que decidió ocultar el caso hasta que el propio Agassi lo hiciera público.

Es una entrevista fascinante, porque Agassi tuvo el valor de escribir lo que ninguna estrella escribiría sobre sí mismo y Kimmage está dispuesto a cualquier cosa menos a dejarlo ahí y darle una palmadita en la espalda. En cuanto al uso «recreativo» de determinadas drogas, el periodista lo deja claro: «Yo he tomado anfetaminas para competir y créeme que mi rendimiento mejoraba mucho». Agassi esquiva esa bola con un razonamiento algo débil, que vendría a decir: «En el tenis, un deporte de resistencia, pero también de concentración, este tipo de drogas acaban perjudicando tu juego mucho más que beneficiándolo». Es una excusa que en fútbol también se utiliza a menudo.

La cosa no queda ahí: Kimmage no tiene problemas en preguntarle por su relación con el preparador físico de Las Vegas, Gil Reyes, y por el tratamiento físico al que se sometió a partir de su crisis de 1997. ¿Seguro que no hubo dopaje? ¿Recurres a «los mejores médicos y los mejores tratamientos» y ninguno te recomienda EPO o autotransfusiones o nada de lo que se está haciendo en otros deportes? La respuesta de Agassi, por supuesto, es no, y para un ciclista es difícil de creer, claro… Pero puede ser verdad, al menos en el caso de Agassi, concedámosle el beneficio de la duda.

Y es que el problema en el deporte profesional, y desde luego en el tenis, es precisamente la duda. El hecho de que nadie haga nada por atender los rumores, investigar en serio y separar la paja del trigo. Algo parecido a lo que tampoco está sucediendo con los casos de amaños de partidos. El artículo de Kimmage, dentro de su teatralidad habitual pero probablemente necesaria, se titula «El tenis podría darle lecciones de omertà a la mafia», y en buena parte tiene razón: nadie sabe nada, nadie ha visto nada, de vez en cuando algunos piden más controles y otros dicen que ya está bien, que así es imposible poder concentrarse en los entrenamientos.

Y, sin embargo, el sentido común, y determinados hechos, nos invitan a pensar que algo hay aunque no sepamos el qué.

El peligroso ridículo de Roselyne Bachelot

Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.
Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.

Ese «dar palos de ciego» es lo que ha llevado a la exministra de deporte francesa, Roselyne Bachelot, a cometer un error imperdonable, acusando sin pruebas al tenista español Rafa Nadal. Les aviso de antemano de que yo soy muy poco patriotero y que, insisto, observo la limpieza del deporte profesional en todos los sentidos desde una tremenda suspicacia. Por supuesto, ya había oído las declaraciones de Yannick Noah en 2011, cuando su hijo perdió el Eurobasket contra Gasol y compañía, había leído las de Köllerer y sobre todo la famosa entrevista con Christophe Rochus en la que decía claramente que la lesión de Nadal de 2012 había sido una sanción encubierta.

Ahora bien, aquello no dejaba de ser un rumor sin base alguna. ¿La ATP «recomienda» a jugadores que se retiren unos meses de la competición mientras se estudia un caso suyo de posible dopaje? Sí, lo hace, incluso con jugadores top y lo comprobaremos más tarde cuando afrontemos el «caso Cilic» en Wimbledon 2013. ¿Quiere decir eso que cualquier lesión, especialmente cualquier lesión larga, es tapadera de un caso de dopaje? Eso es ridículo. En ese caso, Juan Martín del Potro debe de ser el deportista más dopado del mundo, porque lleva cinco años sin levantar cabeza. Y así, tantos ejemplos que vienen a la memoria.

El problema es, ya digo, el silencio. Este modo de actuar que hace que cualquiera esté al amparo de los «rumores» sin más información que el «quelqu´un m´a dit», por decirlo a la francesa. Nadal va a querellarse contra Bachelot, o así lo ha manifestado públicamente en Indian Wells, y hace bien: así podremos saber en sede judicial de dónde salen esas insinuaciones y qué base tienen si es que tienen alguna.

Otra cosa es seguir negando la mayor: en una entrevista publicada en estas mismas páginas, Toni Nadal, tío y entrenador de Rafa, se mostraba convencido de que en el tenis apenas había dopaje, y comparaba su deporte con el ciclismo, donde los casos abundaban. Eso fue un golpe bajo innecesario. Si en el ciclismo se destapan constantemente casos de dopaje es porque se lo toman en serio. Sí, a la fuerza ahorcan, pero no se puede negar que es el deporte con mayor vigilancia sobre sus profesionales, tanto por parte de las autoridades como de la prensa.

Al tenis, en cambio, lo controlan pocos, y parece muy complicado que, compartiendo en ocasiones incluso los mismos médicos y sabiendo que las sustancias están ahí, a menudo indetectables, absolutamente nadie las utilice. Cuando Kimmage le pregunta eso a Agassi en la citada entrevista, Agassi se limita a apelar al honor: «Nunca se me ocurriría porque aunque no me pillaran sería hacer trampas». Eso lo hemos oído demasiadas veces en demasiadas bocas corruptas, así que mejor vayamos a los datos, a la lógica. Si hay una sustancia nueva, mejora tu rendimiento, es indetectable en un control antidopaje o directamente no está en la lista porque las autoridades ni la conocen, como es el caso del meldonio que Maria Sharapova llevaba diez años tomando, es muy probable que alguien la tome. Si son cinco, diez, cincuenta o cien, y cuáles son sus nombres y apellidos es lo que no lo sabemos. Bueno es que se sepa cuanto antes y no nos basemos en supuestos códigos de honor.

Porque lo triste es que hay casos de sobra como para tomarse la cuestión en serio. Muy en serio. Y siguen sin hacerlo. Solo las manos a la cabeza cuando algún caso se confirma o la indignación —comprensible cuando se da un nombre al azar.

Del escándalo de del Moral al cuarto secreto de Serena Williams

Mis problemas con el tenis profesional vienen de lejos, pero se han incentivado en los últimos años con la proliferación de casos digamos que extraños y que la prensa ha dejado pasar de largo. Es un clásico de la industria del deporte: los órganos reguladores a menudo son federaciones u organizaciones que se lucran con la presencia de las grandes estrellas, con lo que serían los primeros perjudicados en caso de que estas estrellas tuvieran que apartarse meses o años de la competición. Lo mismo pasa con los periodistas. Los hay que se matan por averiguar la verdad y los hay que, una vez han conseguido elevar a la categoría de ídolo a alguien, probablemente haciéndose su amigo en el camino, tienen muy complicado ponerse ahora a investigar lados oscuros.

Aparte, no olvidemos: o tienes los cabos muy atados o te expones a una demanda millonaria, como le pasó a David Walsh con Lance Armstrong. Tuvo que pagarla en su momento por su libro L. A. Confidential y a su vez el texano se la tuvo que devolver cuando admitió que todo lo que se contaba en ese libro y que Walsh no había podido demostrar ante el juez era verdad.

Vamos, en cualquier caso, con algunas de estas situaciones anómalas y que cada uno las juzgue como estime oportuno, más que nada para que nadie piense que todo esto del dopaje en el tenis empezó en enero de 2016 cuando a Sharapova se le olvidó leer su correspondencia un email, según ella; cinco, según la ITF y la AMA sino que viene de bastante atrás.

1) En su autobiografía, Tyler Hamilton definía al doctor Luis García del Moral como la clase de médico que entra en una habitación y antes de que te des cuenta tienes una aguja puesta en el brazo. En la investigación posterior de la USADA se señala a del Moral como pieza clave de la «mayor trama de dopaje de la historia» y se le sanciona de por vida, sanción que ha hecho extensiva la AMA. El propio Toni Nadal, en la citada entrevista con Jot Down, afirmaba que Lance Armstrong era un tramposo y «que lo sabíamos todos».

Del Moral era el médico de Armstrong, o lo fue en el período 1999-2003 al menos. Bien, ¿qué hizo exactamente del Moral como encargado médico de la academia TennisVal durante el período de 2006 a 2012?, ¿cuáles eran sus tratamientos médicos?, ¿aparte de Sara Errani, sorprendente finalista de Roland Garros que siempre dijo de él que «era el mejor médico deportivo que conocía», qué otros jugadores colaboraron con él?, ¿hay investigaciones llevándose a cabo para verificar que esos jugadores no han estado sometidos a tratamientos irregulares como sí lo estuvieron los clientes ciclistas de del Moral?

2) ¿Cuál es exactamente la «ayuda sustancial» que dio Wayne Odesnik a la ATP y la ITF que justificó en su momento la reducción de su sanción de dos años a uno? Hay que recordar que la sanción a Odesnik no era exactamente por dopaje sino por tráfico de sustancias dopantes: el amigo se presentó en el Open de Australia de 2010 con un cargamento de hormona del crecimiento que hacía complicado pensar que se tratara de dosis para él solo. ¿Quiénes eran, pues, sus clientes? ¿Es esa la información que dio a las autoridades y por la cual logró competir de nuevo durante cinco años hasta que en marzo de 2015 diera de nuevo positivo y fuera sancionado con quince años de inactividad? ¿Por qué el jugador siempre ha negado haber colaborado con nadie y menos en ese sentido?

3) Odesnik aparece también en los papeles de la investigación que la Agencia Federal llevó a cabo en Miami y determinados gimnasios de Florida entre 2010 y 2014 con la intención de acabar con el tráfico de esteroides, anabolizantes, hormona del crecimiento y otras sustancias dopantes relacionadas especialmente con el béisbol. La investigación estuvo a punto de llevarse por delante la carrera de Alex Rodríguez, entre otros, una de las más grandes estrellas de los New York Yankees y del deporte. ¿Sabía algo la ATP de lo que estaba pasando en Miami, del papel de Odesnik en todo eso y por qué determinados deportistas trasladaron su lugar de entrenamiento a esa ciudad con éxito inmediato?

4) El torneo de Wimbledon de 2013 fue de los más raros que se recuerdan: de hecho, fue el que más retiradas tuvo en toda la historia, al menos desde que existe la Era Open (1968). A las pocas semanas, supimos que uno de los retirados por lesión, Marin Cilic, uno de los cabezas de serie en el torneo, no estaba lesionado sino que se le había recomendado apartarse por tener un asunto de dopaje pendiente desde el torneo de Munich en abril. Cilic estuvo en el limbo jurídico durante dos meses más, hasta que en septiembre de ese mismo año se decretó una sanción de nueve meses, que después el TAS redujo a cuatro, permitiendo al croata volver antes al circuito, recuperar puntos y un año después ganar el US Open. Ahora bien, la duda sigue: ¿por qué permitió la organización de Wimbledon que Cilic enmascarara su positivo con una supuesta lesión?

5) El de Cilic no es el único caso de sanción encubierta que pasa por lesión mientras vemos qué hacemos contigo. Ya hemos mencionado el caso de Agassi, y aunque ahí puedo creer que su intención no era doparse para mejorar rendimiento, desde luego es un indicio de cómo se toma la ATP la lucha contra el dopaje, de manera casi tan seria como cuando Richard Gasquet dio positivo por cocaína y la excusa «es que besé a una chica que había esnifado coca poco antes» se dio por buena. El caso se convirtió en una sucesión de pruebas y contrapruebas y al final, el TAS consideró que no había indicios suficientes para pensar que había tratado de mejorar su rendimiento. Gasquet mencionó un supuesto estudio de ADN que confirmaba que su organismo estaba limpio de cocaína: ahora bien, la cocaína de alguna manera tuvo que entrar en su organismo por mucho que luego desapareciera.

Cuando Kimmage pregunta a Agassi por este caso, el estadounidense, con algunas evasivas, viene a afirmar que a Gasquet se le dejó pasar ese positivo porque estaba en un mal momento y lo mejor era ayudarle a salir adelante. Otro caso menos conocido pero igual de escandaloso es el de Fernando Romboli, jugador que dio positivo en verano de 2012, se retiró de las canchas durante varios meses y solo en mayo de 2013, la ATP informó de que esa retirada se debía a una sanción por dopaje (furosemida) que el jugador había aceptado voluntariamente mientras se incoaba el expediente. Como la sanción era de ocho meses y medio, se le consideraba ya apto para competir de nuevo.

6) Viktor Troicki, jugador irregular pero que llegó a estar en el Top 20 y fue campeón de la Copa Davis con Serbia junto a Novak Djokovic, fue sancionado con dieciocho meses que luego se redujeron también a un año por negarse a dar una muestra de sangre en un control durante el torneo de Montecarlo en abril de 2013. Negarse a dar una muestra de sangre es motivo de sanción según el Código Antidopaje de la AMA, pero el propio Djokovic salió a defender a su amigo, como Nadal hiciera en su momento con Gasquet.

El problema de nuevo es que Troicki no es el primero en negarse a pasar un control antidopaje: en octubre de 2011, la tenista Serena Williams hizo algo parecido cuando unos inspectores se plantaron en su casa. La reacción de la estadounidense fue encerrarse en la llamada panic room y llamar a la policía, como si fueran ladrones que venían a asaltarla. A lo que se ve, no debe de ser fácil distinguir a un médico acreditado que hace su trabajo de un ladrón. Serena Williams escapó sin sanción. ¿Por qué se tratan los dos casos de distinta manera?, ¿a qué se debe el escaso número de análisis de sangre fuera de competición cuando sabemos por otros deportes que los tramposos suelen utilizar los períodos de entrenamiento para doparse más que las propias competiciones?, ¿es verdad, como dijo entonces Novak Djokovic, que el número uno del mundo llevaba meses sin pasar un análisis de sangre fuera de competición?, ¿cuáles son los criterios para estos análisis?

7) Entre 2001 y 2005, hasta cinco tenistas argentinos —Juan Ignacio Chela, Guillermo Coria, Martín Rodríguez, Mariano Puerta (dos veces) y Mariano Hood— dieron positivo, por estimulantes, nandrolona o esteroides, aunque sus sanciones, excepto en el caso de Puerta por reincidencia, fueron testimoniales y en el caso de Rodríguez no pasó de una multa. La tendencia a principios del siglo a usar esteroides y derivados, como se puede ver en el caso Odesnik, parece fuera de toda duda. No parece que la ITF ni la ATP se lo hayan tomado demasiado en serio ni hayan establecido un posible patrón de dopaje colectivo. Después de volver de su sanción, tanto Coria como Puerta fueron finalistas de Roland Garros. De hecho, a este último le detectaron su segundo positivo en la final de 2005 ante Rafa Nadal.

8) Por último, la ATP anunció la implantación del pasaporte biológico para la temporada 2013. Es una medida que yo creo que ha funcionado bastante bien en ciclismo. No es una panacea, no elimina a los tramposos, es fácilmente alterable por buenos médicos… Pero supone una importante criba. Lo que no sabemos seguro es si está funcionando de hecho o no. Las noticias son confusas. Algunos medios dicen que se empezó el mismo 2013, otros que a partir de septiembre de 2014 y desde entonces apenas hay referencia alguna al proyecto. Todos queremos suponer que, efectivamente, se está haciendo el seguimiento debido para configurar dicho pasaporte y que la ausencia de novedades se debe simplemente a que, para establecer patrones y alteraciones, hace falta esperar al menos unos años.

Serena Williams. Foto: Cordon Press.
Serena Williams. Foto: Cordon Press.

Sin paja, no hay trigo

Algo parecido a lo que hace Kimmage en el ciclismo y allí donde tiene oportunidad lo intenta hacer el administrador de la página Tennis Has a Steroid Problem, conocido en Twitter como @Tehaspe. Lo que pasa es que, partiendo de una misma base —el famoso «todos se dopan», no se preocupa demasiado en investigar antes de acusar. Quizá porque no puede o quizá porque prefiere limitarse a levantar sospechas para que otros lo hagan, de momento sin éxito alguno.

Es un ejemplo de lo que no se debe hacer desde el anonimato y que ya es directamente intolerable cuando eres exministra de deportes. Con todo, en un mundo que, como dice Kimmage, ha hecho del silencio en torno al dopaje y los amaños un modo de vida, no viene mal que de vez en cuando alguien dé el aviso. La sombra del meldonium se ha extendido por el circuito e igual que hace un par de meses todo el mundo era sospechoso de haber amañado un partido, ahora llueven los nombres de posibles consumidores.

No sería tan grave si dejaron de tomarlo antes de enero de 2016, cuando pasó a ser una sustancia dopante, pero obviamente el caso de Sharapova deja dudas: si el medicamento era tan bueno y facilitaba tanto la recuperación, ¿es posible que solo una tenista lo supiera y el resto no? En los últimos años hemos asistido a una longevidad sin precedentes entre los mejores jugadores del circuito. Puede ser talento, falta de competencia de las generaciones posteriores o simplemente una cuestión farmacéutica, que, insisto, no tiene por qué ser ilegal.

En cualquier caso, haría bien el mundo del tenis en tomárselo en serio y para tomarse las cosas en serio conviene no distraer la atención, es decir, no lanzar acusaciones sin fundamento y enredarse en el «te denuncio o no te denuncio», «es una ofensa o no es una ofensa». Trabajar duro para acabar o al menos mitigar la lacra y conocer exactamente el alcance del problema. Aquí están algunas de las pistas a seguir para entender el problema. No hace falta dar nombres y apellidos porque si de verdad es algo estructural los nombres y apellidos son lo de menos.

Confiemos en que no lo sea. La gente necesita héroes y tiene un aguante muy limitado para las decepciones. En un momento en el que se supone que el tenis vive una época de esplendor, con Djokovic, Federer, Nadal y Murray compitiendo al más alto nivel desde hace ya casi diez años, lo cierto es que este tipo de revelaciones no dejan el deporte en buen lugar. Eso puede parecer algo horrible pero en realidad es una noticia excelente porque detectar el mal es un paso irrenunciable si uno quiere apartarlo del cesto.

Otra cosa es que quieran. Sinceramente, eso es algo que solo descubriremos con el tiempo.


Juguemos a Guillermo Tell (y II)

Willam Burroughs 1960 (DP)
Willam Burroughs 1960 (DP)

Viene de la primera parte

13

Joan se levanta del aburrimiento, como si el sopor fuese una silla demasiado cómoda. García Robles está convencido de que no es la primera vez que Bill y su mujer juegan a Guillermo Tell. Después de todo su vida consiste, cuando no se observan los pies, en correr por las azoteas, buscando el arrullo del abismo y su brisa. No hay atisbo de turbación en el gesto de Joan, como si estuviese deseando que Bill la retase. Está tranquila. En el fondo, confía en la telepatía que la une a Burroughs cuando están muy colgados. Se coloca el vaso sobre la cabeza y cierra los ojos. «No puedo mirar, no puedo soportar ver sangre», dice con humor de yonqui. En mitad del juego, se vuelve una efigie de piedra, de mirada feliz y profunda, a la que un escultor estuviese a punto de hacer hablar. Burroughs retrocede algunos pasos, hasta quedar a tres metros de la estatua. Comprueba que la pistola está cargada. Extiende el brazo. Apunta brevemente. Aprieta el gatillo. El vaso rueda intacto por el suelo, y el dibujo que traza suena como un violonchelo.

14

Ciudad de México les había prometido la felicidad al fin de la escapada, cuando un día emprendieron la huida de Nueva Orleans. En realidad, Nueva Orleans también les había hecho promesas. Se habían instalado al otro lado de la ciudad, cruzando el Mississippi, después de vender su terreno en Texas, porque era fácil conseguir heroína y morfina. La droga posee una geografía propia, con sus asentamientos. Joan ya ha dado a luz a William S. Burroughs III. Ella y Bill están otra vez atrapados en la ecuación. Bill es un enfermo total, postrado, y los bajos fondos de Nueva Orleans le ayudan a perfeccionar su locura. En cuatro años lo ha visto todo, salvo el yagé. «He consumido la droga bajo muchas formas: morfina, heroína, dilaudid, eucodal, pantopón, diccodid, diosane, opio, demerol, dolofina, palfium. La he fumado, comido, aspirado, inyectado en vena-piel-músculo, introducido en supositorios rectales. La aguja no es importante. Tanto te da que la aspires, la fumes, la comas o te la metas por el culo, el resultado es el mismo: adicción». A finales de 1949, en Nueva Orleans empieza a cruzarse con demasiados agentes de policía. No quieren yonquis en la ciudad, pero Bill necesita la droga «para salir de la cama por las mañanas, para afeitarme, para tomar el desayuno». Una tarde la policía le da el alto. Su coche va lleno de heroína y marihuana. Cuando registran su vivienda, encuentran marihuana, cápsulas y un revólver del 38. «Ahora su marido es propiedad del Tío Sam», le dice uno de los agentes a la mujer de Bill mientras se lo llevan. Es el momento de buscar la felicidad en otro sitio. La policía había cometido el error de registrar la casa sin mandato judicial, y William queda en libertad, a la espera de la vista oral. Pero «el juicio en Nueva Orleans por tenencia de heroína y marihuana —admite en Queer— parecía tan poco prometedor que decidí no acudir a la cita del tribunal». Hacen las maletas. México los espera.

15

La bala forma una bolsa de silencio que envuelve la casa de Haely. En cierto sentido, se hace de noche. De pronto, se acaba también el verano y entra el invierno. No hay otoño. El tiro es seco, breve, y deja marcas de pasos, como si la bolsa gotease. El reloj se congela en las siete y media de la tarde para siempre. Nadie sabe, después de la detonación, en qué año se encuentra. Cada uno pisa una fecha. La bala lo remueve todo: el calendario, el suelo, la historia… Todos se vuelven en la dirección de Joan, a tiempo de oír cómo rueda el vaso de ginebra por el suelo hasta que la inercia muere, agotada. Bill no soporta el peso de su mano, y deja caer la pistola, que suena hueca y atroz. El bienestar de la droga desaparece de repente. Siente frío y calor. Quiere morir y correr hacia cualquier lugar, pero no existen lugares.

16

Daily NewsHan huido bien. William enseguida advierte que Ciudad de México es una enorme colonia extranjera, con fabulosos burdeles y restaurantes, y cualquier forma imaginable de diversión. «Un hombre solo podía vivir bien allí por dos dólares diarios», calcula, como si siempre hubiese sido pobre. México tiene un «aire claro y brillante y un cielo de ese tono especial de azul que tan bien combina con los revoloteantes buitres, la sangre y la arena: el puro, amenazador y despiadado azul mexicano». Por un momento, Bill y Joan tienen de nuevo el sueño de comprar acres de tierra y sembrar. «México es mi lugar —le escribe enseguida a Kerouac—. Quiero vivir aquí y criar a mis hijos aquí». Su entusiasmo es tan contagioso, que Jack y Neal Cassady no lo piensan y se suben sin maletas a su Ford 1937.

17

Joan se desploma como si cayese desde un octavo piso. No deja de precipitarse lentamente. Cuando se detiene, el suelo tose. Bill tarda en reaccionar, por la mezcla de frío y calor. Apenas oscila por dentro. Ella tiene una bala en la cabeza, pernoctando. Todo parece irreal y extranjero, como pasear por calles con letreros de neón que no consigues entender. De hecho, Lewis y Eddie Woods creen que Bill y Joan bromean aburrida y toscamente. Pero la broma se disuelve poco a poco, como si solo fuese humo de cigarro, y queda a la vista la tragedia cruda y granate. La sangre de Joan se extiende cuarta a cuarta. Sufre espasmos. Trata de hablar, pero solo emito sonidos rotos. De pronto, todos comprenden lo que sucede, pero sin entender en absoluto. Hay una falta de lógica aplastante, que les abrasa las manos cuando tratan de tocar a Joan. «Marker salió despavorido del departamento en busca de un vecino estudiante de medicina», cuenta García-Robles. Burroughs es un fantasma con los pies fríos. Cae de rodillas ante el cuerpo inerme de Joan y comienza a gritar: «¡Háblame! ¡Háblame!». Joan se aferra a la luz, pero no habla. En cuanto a Haely, casi hace una hora que ha salido a «resolver un asunto» y aún no ha regresado. Woods, por su parte, baja a buscar a la encargada del edificio. Es ella la que se comunica con la Cruz Roja, la policía y el abogado de Burroughs, Bernabé Jurado. El silencio empieza a astillarse de tanto pisarlo.

18

Los primeros días son felices y remotos, como cuando desciendes al infierno y ves a conocidos. Se matricula en el México City College para tomar clases de antropología y arqueología maya. «Pensé en abrir un bar en la frontera», admite en Queer. Pero ya están el Bounty, el Ku Ku y el Hollywood Steak House. Tres bares son todo el hogar que necesita. Vive rodeado de norteamericanos acostumbrados a pasear sobre el abismo, como él. Así es feliz. Y Joan también. La droga hace el resto. Basta una mordida al médico, y ya tienes recetas para la morfina. Todos los funcionarios son corruptibles. «Podías curarte de una gonorrea por 2,40 dólares o comprar la penicilina e inyectártela tú mismo. No había normas que restringieran la automedicación, y se podían comprar agujas y jeringuillas en cualquier parte», relata Burroughs.

19

Joan respira vagamente, sin nociones ya de lo que es la vida. Solo la separa de morir que no conoce los trámites exhaustivos de la muerte. A las siete y media llega la ambulancia. Es como si todo ocurriese a esa hora, da igual cuánto tiempo pase. Ya hay revuelo en la calle. Se llevan a Joan. Burroughs la acompaña y escucha a su lado la agonía, que se despliega en una partitura jadeante. Cruz Roja tiene un hospital en la calle Durango esquina Sonora. No tardan en llegar. Pero una hora después, Vollmer muere, tras cumplimentar todos los trámites. Empiezan a no ser las siete y media exactamente. «Burroughs se echó a llorar desconsoladamente, jalándose los cabellos de impotencia», cuenta García-Robles. En esas, aparece la policía, que traslada a Bill a sus dependencias en la avenida Cuauhtémoc, para la primera declaración. Burroughs todavía relata los hechos tal como han sucedido: Joan y él quisieron jugar a Guillermo Tell, ella posó un vaso sobre su cabeza, él disparo. Alguien da la orden de conducirlo a la prisión.

20

La ciudad lo subyuga. «La gente cagaba en la calle y después se acostaba encima mientras las moscas le entraban y le salían de la boca. Algunos emprendedores, entre los que no eran infrecuentes los leprosos, hacían fogatas en las esquinas de las calles y cocinaban unos revoltijos horribles, apestosos, indescriptibles, que ofrecían a los transeúntes. Los borrachos dormían directamente sobre las aceras de la calle principal, y ningún policía los molestaba. Me pareció que en México todos dominaban el arte de no meterse en las cosas de los demás. Si un hombre quería llevar un monóculo o usar bastón, no vacilaba en hacerlo, y nadie se volvía para mirarlo», cuenta Bill, como si describiese el paraíso. Y al principio es así. Pero los paraísos también se acaban. No son tanto un lugar, como una franja de tiempo, y un día, se agota.

21

David Woodard y William Burroughs. Foto Riefensthal (CC)
David Woodard y William Burroughs. Foto Riefensthal (CC)

Bernabé Jurado se reúne con William en la cárcel de Lecumberri. Le aclara, con esa clase de cinismo que lleva años cultivar, que los hechos no han ocurrido exactamente como él los ha presenciado, y le acaba de relatar a la policía. En derecho, la primera versión de un crimen raramente tiene futuro. A menos que quiera pasar mucho tiempo en la cárcel. Burroughs niega con la cabeza. Ni hablar de cárcel. De todas formas, quiere saber cómo sucedieron las cosas realmente. «Fácil. La pistola se te cayó al suelo mientras la limpiabas, y se disparó sin querer». Bill asiente en silencio. Todo irá bien, le promete Jurado. «Es el abogado del diablo —explica García-Robles en La bala perdida—, hipertransa, avieso, rey del soborno y el chanchullo, amo de la maniobra y capoteo de leguleyos […]. Se casó catorce veces […]. Murió en 1980, cuando en un arranque de celos mató a su esposa en un penthouse… Luego él mismo se disparó en la sien una bala expansiva». Bill interioriza el nuevo escenario. En el siguiente interrogatorio habla ya de accidente. A la larga, el relato siempre es más fuerte y brillante que los hechos. A Konrad Kninckerocker, en los años sesenta, le cuenta que un día «tuve un terrible accidente con Joan Vollmer, mi esposa. Tenía un revólver que pensaba vender a un amigo. Lo estaba probando y me salió un disparo… y la maté. Surgió el rumor de que yo estaba tratando de darle a una botella colocada sobre su cabeza, al estilo Guillermo Tell. Es absurdo y falso».

22

García-Robles sostiene que la estancia de William en Lecumberri «es de todo menos terrible». Hay droga, buenos conversadores, los presos lo tratan tan bien que incluso «le dan cobijas para que no lo agarre el frío por las noches». Pero Jurado cumple su palabra, y trece días después de la muerte de Joan, Burroughs abandona la prisión «bendiciendo la corrupción de los tribunales mexicanos». No hay nada que celebrar, pero Jurado se lleva a Bill a la cantina de la Ópera, para celebrarlo. La Ópera es un santuario. En el período de la Revolución, zapatistas y villistas bebieron y comieron en sus salones. En el techo del cuarto gabinete hay un agujero de bala. A alguien le dio por decir que se trataba de un balazo de Pancho Villa, que había entrado a caballo en la cantina. Los mexicanos saben, sin embargo, que un día Bernabé Jurado desenfundó su pistola, borracho, y su acompañante llegó a tiempo de cogerle la mano y la bala se alojó en el techo. «Habrá que seguir pagando sobornos, pero todo saldrá bien», le asegura esa noche Jurado. Cuando llegue el juicio, «los peritos avalarán que la pistola se disparó por accidente».

23

William se queda solo. Su hermano, Mortimer, que había llegado de San Louis a los pocos días del accidente, con dinero para los sobornos y la fianza, regresa a Estados Unidos y se lleva a su sobrino Bill. Los padres de Joan, a la que Mortimer entierra en el panteón americano de Tacuba, se hacen cargo de Julia. William va a los toros y a las peleas de gallos y porta armas. Por supuesto, bebe y se droga. Es decir, hace vida normal, como si no hubiese ocurrido nada, salvo los hechos. En realidad, en el primer capítulo de El almuerzo desnudo, escrito en pleno delirio, dice que «un año después, en Tánger, me enteré de la muerte de Jane [Joan]», no antes. Es como si nada dramático hubiese pasado todavía, y Joan solo se hubiese ausentado. Y de pronto, durante su período africano, en una sucia habitación del barrio moro, todo emerge. Son esos días en los que Paul Bowles se lo encuentra, y todo a su alrededor resulta desolador: «Se pasa en la cama todo el día —dice— inyectándose heroína y practicando el tiro al blanco con una pistola contra la pared de su habitación».

24

En el vacío mexicano, con Joan muerta, nace el escritor. No podrá sino admitir, con el tiempo, que «todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan, y a comprender hasta qué punto ese acontecimiento ha motivado y formulado mi escritura… La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el Espíritu Feo, y me embarcó en una lucha de toda la vida, en la que no he tenido más remedio que buscar la salida escribiendo». Ya tiene el primer borrador de Yonqui. En realidad, ya trabaja sobre Queer. Le gusta decir que la diferencia entre una y otra, es que Yonqui es una novela de adicción, y Queer una novela de síndrome de abstinencia. «La primera parte fue escrita con caballo y la segunda no». A la espera del juicio, y de que todo el recuerdo se agote, se entera de que Jurado es un prófugo de la justicia. Burroughs no tiene muchas opciones. Sin Jurado puede aguardarle una larga condena. Aunque no han transcurrido cinco años desde que eludió la justicia estadounidense, y su caso no está prescrito, cruza la frontera. En diciembre se le ve por Florida. Pero «mi casa está en otra parte», le escribe a Ginsberg. Todavía cree en el yagé, y emprende de nuevo su búsqueda. En julio de 1953 Ginsberg recibe una carta desde la selva amazónica peruana. «Tengo una caja llena de ayahuasca», anuncia Burroughs. El yagé existe. «Es un viaje en el tiempo y en el espacio». Si viajase hasta el presente, en febrero celebraríamos que cumple cien años.


Juguemos a Guillermo Tell (I)

Willam Burroughs (DP)
Willam Burroughs (DP)

1

Es jueves. Es 6 de septiembre. Es 1951. El apartamento de Burroughs, en la calle Orizaba 210, huele a droga, sudor viejo y comida. Las cucarachas corren pegadas a la pared. No es la limpieza la clase de virtud que le quita el sueño a William. Hay un pasaje en El almuerzo desnudo, referido a esos días en los que solo le importa pincharse cada dos horas, en el que confiesa que «hacía un año que no me bañaba ni me cambiaba de ropa, ni me la quitaba más que para meterme una aguja cada hora en aquella carne fibrosa […]. Nunca limpié el polvo de la habitación. Las cajas de ampollas vacías y la basura llegaban hasta el techo […]. No hacía absolutamente nada. Podía pasarme ocho horas mirándome la punta del zapato». Cuando algún amigo acude a visitarlo, él sigue sentado. Mucho se teme que si ese amigo «se hubiese muerto en el sitio, yo hubiese seguido allí sentado mirándome el zapato y esperando para revisarle los bolsillos». El aire del interior parece estancado, moribundo, como si las termitas lo royesen por dentro. Los niños corren de un lado a otro. A media tarde, William y Joan se preparan con tequila para visitar a John Haely, en la calle Monterrey 122. Haely es uno de los muchos americanos que residen en la colonia Roma, en Ciudad de México. Regenta el bar Bounty, en el mismo edificio donde vive. William, o Bill, como le llaman todos, queda en pasarse por su casa porque hay otro estadounidense, conocido de Haely, interesado en comprar su pistola. William necesita dinero. No es que el dinero sea más importante que su pistola, claro, pero le permitirá comprar droga, que es más importante que todo.

2

La adicción a la droga de Burroughs dura quince años. Se volvió un adicto tras graduarse en Harvard. En recompensa —por graduarse sus padres lo enviaron a Europa y empezaron a pasarle una asignación de ciento cincuenta dólares mensuales. Después de todo son una familia acomodada. El abuelo, William Seward Burroughs, inventó en 1885 la primera máquina de calcular impresora. Se construyeron más de un millón de calculadoras Burroughs. «Mi abuelo no inventó realmente la máquina de sumar, pero sí el artefacto que la hacía funcionar, a saber, un cilindro lleno de aceite y un pistón perforado que se movía hacia arriba y hacia abajo a una velocidad constante. Y eso me dio un poco de dinero». Tal vez porque su vida es cómoda, de pronto siente que no le ofrece grandes emociones. En una ocasión, Conrad Knickerbocker le pregunta por qué empezó a tomar droga. «Bueno, simplemente me aburría dice. No parecía tener mucho interés en convertirme en un ejecutivo publicitario de éxito o en vivir el tipo de vida al que te destina Harvard. La droga llenaba un vacío. Yo empecé por pura curiosidad. Luego empecé a pincharme cada vez que me apetecía. Terminé colgado».

3

Joan Burroughs (DP)
Joan Burroughs (DP)

Cuando la situación remonte, se dice, conseguirá otra pistola. No es difícil. En México todo el mundo que lo desea lleva una. «Cuando entraba en un bar —decía me encontraba al menos con quince personas que llevaban pistola. Todo el mundo llevaba pistola. Se emborrachaban y era una amenaza para cualquier ser viviente. Sentado en una cantina, tenías que estar siempre preparado para salir zumbando». Pero su gusto por las pistolas no tiene que ver con este país, sino con Estados Unidos. En San Luis (Missouri), durante su infancia, William ya estaba fascinado con las armas y los gánsteres. «Como muchos chicos de ese tiempo, quería ser uno de ellos; podía sentirme mucho más seguro con mis leales pistolas alrededor de mi cintura», confesaba. En Gato encerrado explica cómo durante una clase al aire libre, en un instituto de Los Álamos (Nuevo México), al que lo habían enviado sus padres, apareció de la nada un tejón, y el profesor sacó de su alforja un Colt automático del 45. Acalorado, empezó disparar. Al principio sin demasiado acierto. Hasta que acercó el revólver a unos pocos centímetros del animal, y lo reventó. La adolescencia de Burroughs fue vacua y las armas lo reconfortaron. «A veces paseaba en coche por el campo con una carabina del 22 y disparaba contra las gallinas». En fin, le gustan las armas, pero hoy la suya está en venta. Necesita droga. Cuando tenga droga, y vuelva a tener dinero, volverá a tener pistola. Pero primero, la droga.

4

La droga lo empuja en ese estado flotante e íntimo en el que eres feliz mirando la punta de tu zapato. No quieres hacer nada más. Ni siquiera puedes. Burroughs le llama «el álgebra de la necesidad». Eso es la droga. El drogadicto es un hombre con una necesidad absoluta de droga. Todo se vuelve fútil a su lado, incluida tu pistola. «A partir de cierta frecuencia, la necesidad no conoce límite ni control alguno… Estás dispuesto a mentir, engañar, denunciar a tus amigos, robar, hacer lo que sea para satisfacer esa necesidad total», explica en El almuerzo desnudo, una novela escrita, precisamente, bajo el delirio absoluto y la desesperación que le producían el consumo y la abstinencia. De hecho, en la introducción confiesa que no tiene un recuerdo preciso de haber escrito las notas publicadas con el título de El almuerzo desnudo.

5

Joan deja a los niños en casa de los vecinos. «Solo serán un par de horas», les promete, mientras se aleja. Caminan siete manzanas hasta la calle Monterrey. Hace calor. William lleva la pistola en un bolsillo. A veces siente como si el arma marcase las horas, igual que un reloj. Pronto serán las seis, hablando de horas. Llegan al edificio Gordehuela, suben tres plantas y llaman a la puerta del apartamento 10. John abre y los manda pasar. Huele a ginebra de ayer y de hoy. En el salón están Lewis Marker, de quien William sigue oscuramente enamorado, y un amigo de este llamado Eddie Woods. Pero ni rastro del americano que le va a comprar la pistola. «Supongo que llegará en cualquier momento», alega John Haely, que señala hacia la mesa. «Servíos algo de beber». Jorge García-Robles, el periodista que mejor ha documentado qué ocurrió ese 6 de septiembre de 1951, asegura que la sala está «atiborrada de botellas de ginebra, ron y refrescos vacíos», aunque «los presentes están sobrios». El caos se debe a la fiesta que anoche organizó John para los americanos becados en el México City College, que acaban de recibir su asignación mensual. Bill y Joan responden a la señal de Haely, y se acercaron a la bebida a pasos lentos y firmes, como si fuesen felinos. Los momentos importantes de un día cualquiera en la vida de los Burroughs se componen de gestos así, irrelevantes y cortos, como tomar una botella o buscar una vena.

6

Joan bebe ron, tequila, ginebra, cualquier cosa, todo. Qué importa. Solo se trata de beber, sin más ciencia. También toma anfetaminas, marihuana, morfina. El caso es drogarse, se supone. Su equilibrio es una luz parpadeante, a punto siempre de fundirse. Pende de que una ráfaga de viento no sople, como cuando paseas por una cuerda entre dos rascacielos un día precisamente ventoso. Tiene días regulares y malos. Hoy es un día horroroso. Arrastra la esquizofrenia desde los años de Nueva York. Entonces, la bencedrina de Manhattan la empujó al hospital psiquiátrico de Bellevue. Eso fue un 1946. William la sacó de allí inesperada, casi milagrosamente, cuando no se podía esperar gran cosa de un Bill colgado de la heroína. De hecho, acababa de cumplir condena por falsificar recetas médicas, pero aun así acudió a su rescate. Bill sabía bien qué era Bellevue. En el otoño de 1939, «para impresionar a alguien que me interesaba por aquel entonces, recordé lo que había hecho Van Gogh y me corté una falange de un dedo con un cuchillo». A continuación, con el trozo de carne muerta, se presenta en la consulta de su psicoanalista, que evalúa el episodio y urge su ingreso en el psiquiátrico de Bellevue. Pero pasan los años. Es 1946 y ahora la interna es Joan. «Vayámonos a Texas», le propone. «Tendremos una vida apacible, cultivando marihuana». Y Joan lo sigue. A cuarenta millas de Houston descubren un lugar idílico, una barraca sin electricidad, con noventa y siete acres de bellos paisajes, lejos del apartamento de la calle 115 de Nueva York, donde fueron muy felices y desdichados.

7

«¿Qué tomas?», pregunta William. «Ginebra con limonada», dice Joan, sin pensar demasiado. Cualquier bebida es maravillosa. Su marido prepara el combinado con ginebra Oso Negro y se lo tiende como si fuese un papel para firmar. Chocan sus vasos en un brindis fulgurante, más como tic que como apoteosis, y se funden en la inmensidad del trago, en silencio. Bill observa con cierta distancia a Lewis Marker, y Joan repara en que también Marker, en un locuaz y breve instante, estudia de soslayo a Burroughs, tal vez solo para despreciarlo. Ella está resignada a la homosexualidad de William. Ahora es Lewis Marker, pero antes fueron otros. En realidad, no le importó nunca. Ni siquiera cuando vivían en Nueva York, eran felices y un día Joan se quedó embarazada de Bill. Así que solo le produce indiferencia que su marido se rinda a los encantos de un joven veinteañero y presuntuoso.

8

Hal Chase, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs en Nueva York (DP)
Hal Chase, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs en Nueva York (DP)

El apartamento de la calle 115 es una larga historia que conduce, por pasadizos estrechos y desiertos, al día que William conoce a Jack Kerouac. Eso es, seguramente, en el verano de 1944. Bill viste traje de tres piezas, corbata y sombrero, y despliega frialdad, erudición, melancolía, un sarcasmo que corta la carne, y una pistola. Es suficiente, incluso bastante, para empezar a vivir al límite, corriendo al filo de las azoteas. El grupo va sumando adeptos. Allen Ginsberg, Lucien Carr, David Kammerer, y pronto Eddie Parker, la novia de Kerouac, y su compañera de piso, Joan Vollmer. Ginsberg llamaba a aquella banda «el círculo libertino». El 13 de agosto de ese año, durante una de sus fiestas, Kammerer se insinúa a Carr por enésima vez. Amaga con violarlo, como si la violación solo fuese un oscuro pase de baile entre dos amigos de toda la vida, como en realidad son ellos. Pero Lucien saca un cuchillo de boy scout y lo hunde, como en una anáfora, tres veces seguidas en el cuerpo de Kammerer. Cada movimiento suena a guitarra. Después arroja el cuerpo vacío al río. La droga tiñó la fiesta. Es la ecuación. Burroughs explica en Yonki que «la droga no es, como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir». Y a menudo te impide ser tú mismo. Con Kammerer muerto, la policía detiene a Burroughs y Kerouac como posibles cómplices y encubridores. A Carr le espera la cárcel. El grupo entra en crisis. William les propone a Ginsberg y Kerouac hacer terapia de psicoanálisis y telepatía, y lentamente se restituye el equilibrio en torno a un gran apartamento de seis habitaciones de la calle 115, donde nace la Generación Beat. Kerouac y Edie, Joan y su hija Julie; Ginsberg y Hal Chase, un estudiante de la universidad de Columbia, y periódicamente Burroughs, que mantiene una pequeña habitación en el Down Town. Pero la felicidad es breve. William cae en el aburrimiento. Y desde ahí se precipita a la droga. Se une a las bandas de consumidores y vendedores de heroína.

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En su primera experiencia seria con la droga, advierte cómo la morfina «pega primero en la parte de atrás de las piernas, luego en la nuca», y después nota «una gran oleada de relajación que te despega los músculos de los huesos y parece que flotes sin sentir el contorno de tu cuerpo, como si estuvieras tendido sobre agua salada caliente». Eso es el principio. A partir de ahí, tu vida consiste en todo lo que haces para conseguir dosis diarias de heroína, morfina, cualquier cosa, todo. Los ciento cincuenta dólares que le asignan sus padres ya no son suficientes. Una vez convertido en un adicto «delinquí de modo consciente, al tener auténtica necesidad de dinero», admite en Yonki. Su vida se vuelve una rutina todavía más aburrida, aunque no lo advierte. Solo piensa en inyectarse su dosis. Y cuando lo hace, se limita a mirarse la punta del pie, aunque lo que «adoran los yonkis es ver la televisión». Billie Holiday decía que sabía que estaba descolgándose de la droga cuando no tenía ganas de ver la televisión. El yonki es obstinado. «Si no tuviese televisión, se sentaría a leer un periódico o una revista, y ¡Dios mío!, se lo leería entero. Conocí a un viejo yonki en Nueva York que se levantaba, compraba muchos periódicos y revistas, algunas barras de caramelos y varios paquetes de cigarrillos, y luego se sentaba en su cuarto y se leía esos periódicos y revistas de principio a fin. Indiscriminadamente. Cada palabra».

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William Burroughs. Foto Chuck Patch (CC)
William Burroughs. Foto Chuck Patch (CC)

El tiempo avanza lento en la casa. En realidad, parece que ha llegado a algún sitio, y ahora descansa. Entretanto, Lewis ignora a Burroughs y departe con Eddie, como si quisiese darle celos. Ha tenido bastante de William en los últimos meses. Entre julio y agosto viajan juntos por Panamá y Ecuador. Bill va en pos del yagé, o ayahuasca, la droga absoluta, esa capaz de otorgar el control de un cerebro sobre los otros. Le propone a Marker que lo acompañe. Este es reacio. «Pero Burroughs se ofrece a pagarle todos los gastos a cambio de que se acueste con él al menos una vez al día. Y Market acepta», revela García-Robles en La bala perdida. La aventura es un fracaso. No hallan rastro del yagé y, a la postre, Lewis no accede a follar con William más que ocasionalmente. Cuando regresa a Ciudad de México, el estado de ánimo de Bill es un espejo roto en demasiados trozos.

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William está lejos aún de ser un escritor. Cuando conoce a Kerouac y Ginsberg, estos consideran ya que su destino pasa por ser escritores, poetas, «pero Bill se mostraba reacio a compartir estos sueños tan extravagantes», asegura Allen. En 1945 empieza a escribir con Jack Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques. Es una novela sobre la muerte de Kemmerer, pero el proyecto se diluye. El manuscrito solo se publicará en noviembre de 2008. Solo a principios de 1950, casi recién instalado en Ciudad de México, empieza a tomar notas de lo que será el germen de Yonki. «Al contestar a mis cartas cuenta Ginsberg me enviaba capítulos de Yonki, al principio solo era para hacerme partícipe de anécdotas que consideraba curiosas, aunque no tardó en acariciar la idea de convertir aquellos fragmentos en el embrión de una obra narrativa sobre el tema de la droga». William le confiesa a Conrad Knickerbocker que no se sintió movido a escribir sobre sus experiencias con la adicción y los adictos. Simplemente, «no tenía nada más que hacer. La escritura me brindaba algo que hacer cada día».

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Una hora y media después, el tipo que iba a comprar la pistola de William todavía no ha llegado. Bill está borracho y colocado. Suda. Siente desasosiego. Bebe. Mira la hora. Bebe otra vez. Suda mucho y el sudor le huele vagamente a heroína, como esas chimeneas que humean a lo lejos, en las montañas. En un momento fugaz, centelleante y turbio, cuando Joan se vuelve hacia él, ve que sostiene su Star .380 en la mano, empuñada, como si fuese a apartar tejones imaginarios con ella. Farfulla algo. «No sé qué daría por desaparecer en la selva y sobrevivir cazando animales», dice, como si, de pronto, lamentase profundamente estar en casa de Haely, como si fuese el mayor error de su vida. Joan está tan o más borracha, y se ríe de los sueños desesperados de William, siempre dispuesto a huir. «Tú serías incapaz de disparar a un pajarito. No aguantarías una semana vivo en la selva», lo provoca. Burroughs es una presa fácil, y cae en la trampa, así que para probar lo contrario, le sugiere que se levante y se ponga el vaso de ginebra y limonada en la cabeza. «Juguemos a Guillermo Tell», dice.

(Continúa)


Sánchez Ferlosio: la prosa anfetamínica de un personaje de carácter

Nació en Roma en 1927, tiene la sintaxis castellana metida hasta los tuétanos y, aunque no cree en la idea de progreso, vive en el barrio de Prosperidad (alguna vez me pareció verlo de lejos, como un Pynchon fantasmal, paseando por López de Hoyos). Pasa de la vida literaria y se limita a escribir desde su cueva. Es el último sacerdote de la palabra. Cualquiera diría que ha jurado los votos de castidad, no-humildad y pobreza sobre las tapas de la Gramática de Nebrija, o mejor aún, sobre la Teoría del lenguaje de Karl Bühler. Un buen día descubrió la hipotaxis, que se convertiría en la anfetamina de su prosa tras la prohibición de la Dexedrina con la llegada de la democracia; al parecer, el castellano está especialmente dotado para estas relaciones sintácticas de subordinación que pueden estimular la argumentación y la caligrafía hasta límites imposibles, como una droga de la escritura.

Con menos de treinta años había conquistado la gloria literaria, pero lo que otros habrían celebrado como un extraordinario festín de vanidad él lo interpretó como una vejación (“el grotesco papelón del literato”) y quiso huir de la farándula encerrándose en sí mismo, para dedicarse en pleno a los estudios gramaticales. Durante más de una década llevó un régimen de vida monacal (espartano o hedonista, según se mire): se tomaba unas anfetaminas, se encerraba en un cuarto con las persianas bajadas, para que no entrara la luz del día, y se pasaba cuatro días seguidos sin dormir tomando apuntes sobre cuestiones lingüísticas. Después se ponía a dormir durante casi un día entero para recuperarse. Estaba por entonces casado con la escritora Carmen Martín Gaite, y a sus amigos les decía: “Carmen es como una viuda que tuviera el muerto en casa”. En uno de esos trances anfetamínicos, en compañía de Agustín García Calvo, vio un descendimiento de Cristo en las manchas de la pared.

Después del éxito apabullante de El Jarama no publicaría ningún libro durante tres décadas. Unos dicen que Ferlosio dejó de escribir novela por aburrimiento, otros porque le parecía poca cosa (tonterías sin valor ni importancia) y otros porque descreía de la ficción. Según Gil de Biedma, lo hizo simplemente por joder, algo muy típico del español. En una magnífica semblanza, Delibes sentencia: “Ferlosio será siempre Ferlosio, es decir, un hombre que haga lo que haga —vivir o escribir— lo hará siempre a su aire, desdeñando la rutina y las convenciones sociales. […] Ferlosio es honesto consigo mismo; esto es, su determinación [de no escribir más novela] —definitiva o no, equivocada o no— no es el fruto de una pose, sino consecuencia lógica de su carácter”.

Haciendo gala de su proverbial inconstancia, tampoco tuvo suficiente tenacidad para convertirse en el Salinger español: tras 31 años de silencio editorial (que no periodístico), en 1986 publicó cuatro libros de una tacada. Y todo volvió a su sitio natural.

La prosa, el habla y la lengua

Releo una y otra vez, con placer infinito, sus cuentos y fragmentos, reunidos en el libro El geco, que es mi preferido. En las antologías de los mejores relatos del siglo xx debería figurar, junto a las creaciones más célebres de Hemingway, Borges o Cheever, su cuento Dientes, pólvora, febrero, que publicó por primera vez en la revista Papeles de Son Armadans en 1956. Y su poema en prosa El pensil sobre el Yang Tsé o la hija del emperador es uno de los textos más hermosos que he leído en mi vida:

No, ella querrá seguir guardando intacta su dignidad. Tampoco hoy saldrá a dejarse ver por un instante, ni siquiera velada por el atardecer, entre los tejos y los aligustres de la alta, inaccesible balaustrada, sin importarle cuánto pueda llegar a anhelarse un céntimo de cualquier cosa en este mundo, incluso un céntimo de su propia dignidad […].

Tampoco hoy, ni aun fingiendo —como dejándose robar— no saber que hace miles de tardes que la espío, consentirá en perder, con el sólo dejar adivinar su sombra, un céntimo de su dignidad, para verlo caer hasta la orilla pisada y repisada por los pies descalzos de los bateleros junto a los cañaverales despuntados y roídos por las maromas de la sirga. […] ¿Sospecha acaso que de ese solo céntimo vendría la ruina del Imperio entero?

Hoy también, sólo el viento, una vez más, mueve los tejos y los aligustres de la alta y desierta balaustrada; sólo el viento, a quien nadie jamás sabrá imitar. Y si aún, suponiendo lo imposible, fuese ella lo que realmente se mece entre las ramas, la imitación sería tan prodigiosa que no podría ya redundar en mengua, sino en un nuevo aumento de su dignidad.”

De vez en cuando, para olvidar las miserias cotidianas, me zambullo en el discurso anestesiante y absorbente de El testimonio de Yarfoz, una novela tan extraña como inolvidable, escrita por un Kafka de Chamberí. Digo Kafka porque el tono me recuerda mucho a La construcción de la muralla china. Digo Chamberí porque por entonces Ferlosio vivía en este céntrico barrio madrileño, tan castizo. Esperemos que algún día salgan a la luz los cientos de papeles que componen la mítica Historia de las guerras barcialeas, que yacen escondidos en un cajón. Ese día el mundo literario (al menos en español) dará un vuelco impredecible.

En el colegio me obligaron a leer El Jarama y me aburrió tanto que lo abandoné para siempre. Lamentablemente tampoco pude con Industrias y andanzas de Alfanhuí, esa fábula infantil escrita por un Miguel de Cervantes surrealista. Tendría que volver a intentarlo. En cambio, deberían prescribir la lectura de sus cuentos El huésped de las nieves y El escudo de Jotán, donde se revela como un gran autor de literatura de niños… para cualquier edad (no utiliza un lenguaje específico para niños porque considera que toda adaptación al receptor es una perversión lingüística y un acto de desprecio hacia él).

Sus artículos de opinión son un alarde de precisión lingüística, contundencia polémica y mala leche (se lo imagina uno con las cejas erizadas y la mirada colérica, como un anarquista de púlpito), aunque suele sazonarlos con una buena dosis de ironía hilarante; en este sentido, destacan sus crónicas taurinas de 1980. Dice escribir con el deseo de tener razón y con el propósito de convencer a los demás. Ese “cargarse de razón” es, quizá, la coraza que se construye para poder enfrentarse al mundo desde su frágil condición de buena persona. La pasión por la controversia y el repliegue reflexivo sobre el propio contenido —informativo y opinativo— de los periódicos lo convirtieron, de manera involuntaria, en el inspirador teórico y práctico del metaperiodismo arcadiano, tan de moda en nuestros días.

Para atreverse a cruzar los vericuetos hipotácticos de sus ensayos más largos no sólo hay que ser muy valiente, sino tener más moral que el Alcoyano y más paciencia que el santo Job. “¡Igual así alguno se anima a leer mis rollos! Porque yo soy muy pesado, muy pesado…” se sinceró al recibir el Premio Cervantes en 2004. A mí de sus ensayos lo que me interesa es sobre todo el despliegue formidable de su escritura, el avance del pensamiento en su prosa, más que el contenido de sus ideas o las tesis que defiende (suelo perderme en la argumentación, despeñado en alguna de las múltiples subordinadas o paradojas). Su escritura, siempre gozosa, tiene incluso cierto componente adictivo, como la de Thomas Bernhard. Porque Ferlosio escribe en un castellano intemporal. No antiguo ni ajado, sino eterno. En realidad, el castellano es la lengua que Ferlosio hace cristalizar con su prosa, bien recuperándola para el futuro o bien reinventándola desde el pasado.

Ferlosio fabrica el castellano a través de sus pecios, relatos, novelas, ensayos, glosas, fragmentos, artículos, diversiones o “puñeterías de lingüista”.

Genio y figura

Ante ese breve texto autobiográfico, magistral, que es La forja de un plumífero, al cronista sólo le queda plegarse al relato de los hechos, a la razón narrativa que fluye por esas páginas. Nada que añadir, sólo glosar algunos datos, si bien formulando una tímida duda que después trataremos de esclarecer: ¿hasta qué punto, al concentrar en un puñado de páginas los acontecimientos principales de su vida, se convierte a sí mismo Ferlosio —personaje de carácter donde los haya— en un personaje de destino?

Mencionemos sólo algunas cosas, inevitablemente muy resumidas, previas a su reclusión en brazos de la gramática.

Ferlosio nació en Roma porque su padre, el escritor y fundador de la Falange Rafael Sánchez Mazas, estaba destinado allí como agregado cultural de la Embajada española. Aunque volvieron a España, la guerra civil también la pasaron él y sus hermanos en Roma, en casa de sus abuelos (su madre era italiana). De su infancia romana quedan los recuerdos de una niña judía de trenzas de la escuela pública del Ghetto, la paciencia infinita de la signorina Allegiani (entusiasta de Mussolini) y el descubrimiento de Topolino (la versión italiana de Mickey Mouse). Lástima que no haya escrito un libro largo de memorias, con un primer capítulo sobre la Roma de esa época.

De vuelta en España, descubrió cuál era su ideal de vida cuando, a los catorce años, leyó en el libro de texto de literatura española de Guillermo Díaz-Plaja el siguiente retrato del infante Don Juan: “Tenía el rostro no roto y recosido por encuentros de lanza, sino pálido y demacrado por el estudio”.

Aficionado a la caza y al patinaje, con sólo veintidós años escribió Alfanhuí. Por las noches se encontraba en el cuarto de baño con su padre, en calzoncillos, que por entonces estaba escribiendo La vida nueva de Pedrito de Andía, y se leían trozos de sus manuscritos. Después, en 1955, llegaría la Gran Explosión: El Jarama, Premio Nadal y Premio de la Crítica, considerada la gran novela social antifranquista de la posguerra. No tardaría mucho Ferlosio en renegar de ella (“la aborrezco”, “era una gratuidad”, “la escribí sin libertad, para complacer a los antifranquistas”), considerándola por encima de todo una invención del crítico José María Castellet. Sus dos primeras obras no podían ser más opuestas: lo que una tenía de mágica, poética y fantástica, la otra lo tenía de realista y objetivista; si en una dominaba la imaginación, en la otra lo hacía la observación.

Le produjo tanta vergüenza el éxito de El Jarama que decidió consagrarse a los “altos estudios gramaticales”. Así resume en La forja de un plumífero la anti-rutina monacal que mencionábamos antes:

La anfetamina misma es, ya por sí sola, extremadamente querenciosa de la soledad. Cuando me encerraba no quería ver a nadie. Un verano —sería el del 59—, en que me quedé solo en Madrid, llegué incluso a arrancar el cable del teléfono. El resto del año el sistema era así: me quedaba una media de 4 días con sus 4 noches en sesión continua de lecturas y escrituras gramaticales, con luz eléctrica también de día, como Monsieur Dupin, el de El Misterio de María Roget y Los crímenes de la calle Morgue; al fin caía redondo y me dormía profundamente durante 24 o más horas, salvo 1 o 2 brevísimos despertares para comer y beber y con una maravillosa bajada de tensión. Después cogía a mi hija —que en el 60 cumplió los 4 años— y me pasaba con ella 4 o 5 días sin interrupción; íbamos a los parques y a visitar museos […].

Nunca me lo he pasado mejor que aquellos 15 años —del 57 al 72— de gramática, casi en exclusiva, y de mayor furor grafomaníaco.”


Carácter y destino

Atrapado, como Don Quijote, en la encrucijada conflictiva entre el orden del carácter y el orden del destino, la trayectoria de Rafael Sánchez Ferlosio relatada por sí mismo no parece adecuarse al “principio de ejemplaridad” postulado por Javier Gomá Lanzón, según el cual la vida es la lenta gestación de un ejemplo póstumo. De hecho, convertirlo en un ejemplo sería transfigurar al huidizo personaje de carácter que indudablemente es en un mero personaje de destino aprés la lettre, imponiéndole un sentido, una causa, un argumento, que lo haga racional, comprensible y susceptible de imitación; después de todo, como dice en su prólogo al Pinocho de Collodi, “para servir a la ejemplaridad siempre se manipulan, quiérase o no, de un modo u otro, los acontecimientos”.

No es baladí que Ferlosio siempre haya insistido en que las cosas decisivas que le han ocurrido en la vida tuvieron un origen circunstancial, ocasional, fortuito: “Se ha dado así y ya está, no hay que darle mayor importancia”, “No obedece a ningún propósito… ha ocurrido así”. Esto, naturalmente, no es cierto del todo, pues su carácter influye de manera decisiva en el devenir de las cosas; aunque lo peor que podríamos hacer ahora es psicologizar al personaje… Es simplemente su manera de alejarse del foco, de quitarse de en medio. Incluso, por si hubiera alguna duda, no dejará de subrayar en todo momento su inconstancia, pereza, holgazanería y falta de profesionalidad. Para despistar. Como dijo en 2008 en la presentación de su ensayo God&Gun. Apuntes de polemología, le gusta escribir con inconsciencia y espontaneidad, “sin propósito de método ni autoanálisis, ni pretensión de que hubiese armazón teórica”: “Si sale con barba San Antón y, si no, la Purísima Concepción”.

Irrepetible, inclasificable, libérrimo (aunque niegue la existencia de libertad, pues “somos sólo un cruce de muchas influencias”), quizá Ferlosio —que rechazaría la idea misma de ejemplaridad al considerarla cargada de fariseísmo y narcisismo: ‘Aquí estoy yo, que no soy como los otros; seguid mi ejemplo’— sea sólo un prototipo genial de sí mismo. Un modelo intransferible, un no-ejemplo. [Se podría decir, por supuesto, que en la negación de todo ejemplo, de toda vida con sentido, también hay en cierto modo, además de un carácter, un ejemplo y un sentido, es decir un destino. Es lo que tienen las éticas formalistas (“Actúa de tal modo que tu comportamiento pueda servir de ejemplo universal”), que al no tener un contenido concreto se encastillan fácilmente en su burbuja irrebatible, intocable, infalsable.]

Moralista a su pesar, “irrecuperablemente anclado el Ancien Régime”, cuando relee sus ensayos él mismo se descubre pedante, cargante, y siente aversión por esa figura petulante del hombre lleno de convicción. El Ferlosio más sermoneador odia muchas cosas, sobre todo las contemporáneas. Odia la televisión, los fastos culturales y el deporte. Odia a España, pero añade que jamás se iría a vivir al extranjero. Considera que Walt Disney es la mayor catástrofe de la cultura del siglo xx, un corruptor de menores que ha destrozado el misterio de la naturaleza mediante la antropomorfización de los animales. También detesta la prosa anoréxica y telegráfica de Azorín. Y un larguísimo etcétera de odios.

A veces sus muestras de sentido común asustan, como en este pasaje del relato Cuatro colegas:

“De los cuatro colegas que yo tenía en aquella oficina, uno era simpático y educado, otro antipático y educado, el tercero antipático y maleducado y el cuarto simpático y maleducado. Yo, que soy más bien amigo de las distancias, guardaba el siguiente orden de preferencia: primero, con gran ventaja, el antipático educado, después el simpático educado y, casi a la par con él, el antipático maleducado, y finalmente, a enorme distancia, el simpático maleducado, del que si la objetividad no me obligase a reconocer que era, realmente, una buenísima persona, diría que resultaba un ser absolutamente abominable. El antipático maleducado era bastante duro de tratar, pero con él cabía la alternativa de la fuga y la prudencia, en tanto que la comparación entre el segundo y el cuarto me daba la ocasión de reparar en cómo mientras la buena educación es un remedio enteramente eficaz contra la antipatía, por el contrario, la simpatía, lejos de aliviar en nada la mala educación, la agrava y la potencia.”

Gramático anfetamínico, grafómano patológico, plumífero hipotáctico —demasiadas esdrújulas para un hombre tan poco dado al perifollo—, Ferlosio es, en definitiva, lo que se dice un clásico en vida.