Pena capital animal

Juicio de Bill Burns, de P. Mathews, 1838 .

Una soleada tarde de 1563, en una remota aldea de la península de Yucatán, unos vecinos sorprenden a un adolescente desfogando su natural vigor juvenil con un pavo. La Inquisición no tomaba precisamente a broma la coyunda entre especies y el muchacho fue castrado en plaza pública y expulsado de la provincia pocos días después. Tampoco el pavo salió indemne, ya que, si bien había muerto poco después de ser forzado por el mozo, su cuerpo, convertido ya en un putrefacto pingajo, se colgó del cuello del joven mientras se le castraba, para terminar después quemándolo y esparciendo sus cenizas por el campo, como castigo por haber participado, aunque de forma involuntaria, en semejante acto pecaminoso.

Y es que hasta tiempos no tan remotos, el derecho eclesiástico y el secular no distinguían entre seres con capacidad de raciocinio o no, y se aplicaban condenas a todo bicho viviente o incluso no viviente, como hemos visto en el caso del pavo.

El derecho tiene muchas interpretaciones y, a lo largo de la historia, ha sido aplicado con criterios muy diferentes. Kant y Hegel se refieren a él como una propuesta de convivencia emanada de la razón, de lo que se deduce que los seres irracionales quedan excluidos de rendir cuentas ante los tribunales. Sin embargo, cuando se produce una acción punible, la búsqueda de responsabilidad es consustancial al ser humano. En el delicado equilibrio entre exigir solo al que razona o castigar al culpable, sea quien sea, la segunda derivada es la que ha tenido mayor acogida: cuando se tenía un culpable, de poco servían las entendederas o la ausencia de ellas; se condenaba a quien fuese con tal de saciar el deseo de venganza, o para aplicar lo que se entendía como la ley de Dios.

El Antiguo Testamento lo dejaba bien claro. El libro del Éxodo ordena que: «Si un buey acorneare a hombre o mujer, y a causa de ello muriere, el buey será apedreado, y no será comida su carne y el dueño del buey será absuelto». La misma norma se aplicaba si el condenado era un cerdo, perro o gallo.

Pero sería injusto acusar solo a la justicia cristiana por estas prácticas, puesto que ya los tribunales de la antigua Atenas castigaban con la pena capital a los animales —e incluso a objetos inanimados— si habían causado la muerte de una persona. También el sistema penal indio mandaba aplicar la ley del talión a las bestias: si un tigre mataba a una persona, el felino debía ser muerto y su carne comida por los vecinos del finado. En el África musulmana, se flagelaba a los perros que se atrevieran a entrar en una mezquita. También los maoríes de Nueva Zelanda mataban a los cerdos que accedían a los lugares sagrados. Como último ejemplo, apúntese el castigo que recibía un perro que mordiera a varias personas en el imperio persa: se le mutilaba, comenzando por las orejas y terminando por la cola, tantas veces como número de individuos hubiera mordido.

Aplicar la pena capital a los animales ha sido cosa frecuente en muchas culturas. Pocas se libran. Lo particular de la aproximación occidental a la persecución legal de los animales es que no solo se les consideraba responsables, sino que se les aplicaban todos los preceptos de los códigos legales de la época exactamente igual que a los ciudadanos. Y no solo para castigarles, sino también para permitirles actuar como testigos, tal y como admitían algunas legislaciones medievales. En estos casos, si un acusado alegaba que su perro o vaca eran testigos de que la veracidad de su coartada, los jueces y abogados daban el testimonio por bueno.

Mientras esperaban juicio —o la aplicación de la sentencia— los animales condenados permanecían en prisión, junto al resto de encarcelados, y recibían su misma ración. Cuando llegaba el momento de ejecutar la condena —muy a menudo, la pena de muerte— la paga del verdugo era exactamente igual que la que obtenía por ajusticiar a un malhechor. En cuanto a los métodos de ejecución, se escogían de una amplia panoplia de posibilidades: ahorcamiento, hoguera, apedreamiento, decapitación, enterrar vivo al animal, mutilaciones varias…

Pero detengámonos en algunos casos en los que la justicia actuaba contra los cuadrúpedos. En 1386, en una pequeña población del norte de Francia se somete a juicio sumarísimo a una cerda y se la condena a morir ahorcada por haber causado la muerte de un párvulo. En este caso en concreto, la condenada fue vestida con una falda y chaleco, suponemos que no solamente para que sirviera de escarmiento a sus congéneres, sino también como advertencia a los dueños de otros cerdos. En la mayoría de los casos, y siguiendo la norma del Pentateuco, la carne del animal era enterrada o arrojada a los perros.

Los anales recogen multitud de castigos como el descrito. Era muy habitual juzgar a un puerco. Los cerdos, a diferencia de hoy en día, se criaban en corrales, en los patios traseros o bien andaban sueltos por la calle. Eran, en pocas palabras, un modo de transformar las sobras, e incluso la basura y excrementos, en nutritiva proteína, muy escasa en aquellos tiempos. Y si los habitantes del medioevo pasaban hambre con frecuencia, muchas más estrecheces pasaban los tocinos. No era pues del todo raro que, acuciados por un hambre feroz, los marranos se abalanzasen sobre un niño que se aventurase en su pocilga. Los cerdos son omnívoros y están dotados de una fuerte dentadura, así que una piara de unos pocos cutos de 100-150 kg podían hacerse con un niño, e incluso con un adulto, con relativa facilidad.

Ilustración del Chambers Book of Days sobre el juicio a una cerda que tuvo lugar en 1457.

Tampoco hay que olvidar el papel que pudiese desempeñar contra los puercos la narración evangélica en la que Jesús ordenó a los demonios —legión— que poseían a un hombre que le abandonasen y que poseyeran en su lugar a unos tocinos que pastaban cerca. Estos, no pudiendo soportar la nueva compañía, se apresuraron a despeñarse por un acantilado.

Las condenas no se limitaban a casos de sangre. En 1474, también en Francia, un gallo fue condenado por poner un huevo —cómo alguien pudo asegurar que un macho había puesto no es asunto que debamos debatir aquí, pero por aquel entonces se pensaba que de un huevo de gallo solo podía nacer un ser diabólico, un basilisco que traería el demonio a la comunidad— y, seguramente sin realizar un correcto sexaje del ave, se dictó un auto de fe por el que el gallo en cuestión debía morir carbonizado en la hoguera.

No todos los animales que llegaban a juicio eran condenados. Las leyes les permitían contar con abogados defensores cuyas argucias legales surtían efecto en no pocas ocasiones y, a veces, los animales podían salvar el pellejo. Este fue el caso que en 1750 conmocionó a la población de Vanvres, en Francia: uno de sus vecinos fue apresado tras sorprenderle en pleno ayuntamiento carnal con su burra. La ley de la época, inspirada en el Levítico 20:15-16, no dejaba lugar a dudas: «Cualquiera que tuviere cópula con bestia ha de ser muerto; y mataréis también a la bestia. Y cuando una mujer se llegare a algún animal para ayuntarse con él, a la mujer y al animal matarás; morirán indefectiblemente; su sangre será sobre ellos». Así que ambos fueron condenados a la hoguera. Sin embargo, los ciudadanos principales de la villa redactaron un documento exculpando a la bestia puesto que «la conocían desde hacía cuatro años y que durante este tiempo siempre había demostrado ser virtuosa y tener un comportamiento ejemplar y que por ello la consideraban una criatura honesta». El animal fue exculpado por la magistratura.

La juventud podía ser otro elemento atenuante. Este fue el caso de una cerda y sus lechones que acabaron a mordiscos con la vida de un muchacho. La madre porcina fue ejecutada pero los lechones, atendiendo a su corta edad, fueron exonerados. Tras la condena, si era preciso, los abogados apelaban a tribunales superiores y en alguna ocasión consiguieron la nulidad de las sentencias condenatorias.

Si el crimen era menos grave, la ejecución sumaria podía ser sustituida por penas más leves. Ese fue el caso de un macho cabrío que, en la Rusia del siglo XVII, en un precedente de lo que más tarde se convertiría en el gulag soviético, fue desterrado a Siberia.

Claro que lo contrario también sucedía a veces. Así, tres cerdos que habían acabado con la vida de un niño fueron acusados, pero junto a ellos lo fueron además otros congéneres que, si bien no participaron directamente en el crimen —porque una valla les impedía el acceso—, con sus gritos y gruñidos mostraron claramente sus intenciones homicidas, razón por la que fueron ejecutados junto a los que perpetraron el infanticidio.

Ilustración realizada por Gustave Doré, 1874.

No solo los crímenes de sangre o bestialismo llevaban aparejados la ejecución sumarísima. En el mediodía francés un marrano fue llevado al cadalso en 1394 por el grave delito de comerse una hostia consagrada. En otra ocasión también un cerdo fue condenado a muerte, no solo por dar cuenta de un niño, sino con la agravante de haberlo hecho un viernes, día de abstinencia de carne.

Cuando los que causaban daños no eran animales individuales sino plagas solía encargarse el caso a los tribunales eclesiásticos, que podían llegar a excomulgar o declarar anatema a los que se saltaban las normas. En la práctica, este tipo de invasiones solían resolverse con un anatema, ya que la excomunión solo podía aplicarse a personas con estatus legal. Quedaban pues excluidas ratas, insectos y mujeres, quienes no poseían ese estatus de acuerdo a las leyes inglesas medievales.

En estos juicios los acusados contaban también con abogados defensores. En algunos casos, profesionales de primer orden. El abogado francés Bartolomew Chassenée cimentó una sólida reputación especializándose en la defensa de los animales sometidos al rigor legal imperante en aquellos tiempos. En una ocasión en que las ratas habían dado buena cuenta de la cosecha de cebada, nuestro togado tuvo que batirse el cobre para que las encausadas contasen con todas las garantías procesales. Así, convenció a su señoría de que una sola citación era insuficiente para llamar a todas las acusadas, pues vivían dispersas por toda la comarca, de modo que la autoridad ordenó que se las requiriese a juicio desde los púlpitos de cada parroquia. Como los roedores no comparecieron ni por esas, Chassenée argumentó —con éxito— que las reas no podían acudir a causa de los muchos peligros a los que se expondrían de hacerlo, como la numerosa presencia de gatos en las calles de la villa. Ante la imposibilidad de hacer venir a los roedores al tribunal, el caso fue sobreseído.

El hábil letrado inició así una fulgurante carrera que le llevó a ser presidente del parlamento de Provenza. Más tarde, enfrentándose a una fuerte oposición social, defendió a un grupo de herejes con el fino argumento de que «si hasta las ratas de Autun han tenido un juicio justo, ¿por qué negárselo a alguien por considerarlo hereje?». Pero su inteligente razonamiento no le salvó de los fuertes prejuicios de aquel tiempo: poco después recibió un ramo de flores untado con un potente veneno y cayó fulminado en cuanto las hubo olido.

Otro modo de salvar a los acusados era convertirlos, a ojos del juez, en la mano ejecutora del Señor que era enviada a dañar las mieses como castigo por los numerosos pecados de la congregación. Y en otra línea de defensa se consideraba que las plagas habían sido creadas antes que el hombre —según el relato del Génesis— y por tanto tenían derecho a consumir lo que dieran los campos, por delante de los vecinos.

Hoy estos detalles procesales nos resultan hilarantes, pero los teólogos y abogados de la época los tomaban muy en serio. Estaba comúnmente aceptado que, puesto que los animales tenían ciertas reglas de convivencia propias entre los de su especie, también debían respetar las normas de aquellos con los que convivían y, por tanto, no podían quedar exentos de castigo, incluida la pena capital, caso de no aceptar su lugar en el orden establecido de las cosas. De modo que si las procesiones, rogativas e incluso aspersiones con agua bendita lograban la eliminación de topos, babosas, sanguijuelas, gorgojos y demás pestes, el poder del Señor quedaba claramente manifiesto; pero si las llamadas a la intervención divina resultaban ineficaces, lo que quedaba de manifiesto era que los pecados de la comunidad merecían el castigo que les mandaba el Creador desde lo alto.

Poco a poco estas prácticas legales fueron cayendo en desuso. Quizá la urbanización, la lejanía que esta imponía del agro y el menor contacto con los animales fueron la causa de que los juicios y castigos contra los cuadrúpedos perdiesen vigor. Pero no fueron totalmente olvidados puesto que en casos relativamente recientes se han dictado condenas contra animales.

En Suiza, en 1906, padre e hijo asaltaron y dieron muerte a un hombre sirviéndose para ello de la ayuda de un perro. El can fue condenado a la pena capital con el argumento de que su intervención fue clave para la comisión del crimen. Para sus dueños, la condena se limitó a cadena perpetua.

En algunas ocasiones no intervenía la judicatura y la ejecución del animal se basaba en la supuesta aplicación de una justicia popular. Tenemos así el caso de una elefanta de circo, Mary, que en 1916, en una pequeña localidad de Tennessee, dio muerte a uno de sus cuidadores. Las ciudades vecinas se negaron a programar el espectáculo circense si el paquidermo no era ejecutado y, de este modo, un par de días después del suceso, Mary fue colgada de una grúa para regocijo de los lugareños.

También marca la tradición no escrita que, cuando un toro mata a un torero, todo el linaje del astado sea eliminado.

¿Y hoy? Hay casos en los que, por razones, sanitarias, la legislación establece que un animal debe ser sacrificado. Por ejemplo, en el caso de que un perro sea diagnosticado de la rabia. Pero más allá de la potencial transmisión de enfermedades tenemos casos recientes en los que los tribunales juzgan y dictan sentencia contra un animal. Veamos el caso de Taro:

En 1990 Taro, un perro de raza akita de cinco años, mordió a una niña de diez (la niña en cuestión estaba de visita en la casa de sus tíos, dueños de Taro). Los médicos que trataron a la pequeña alertaron a las autoridades. Las leyes de Nueva Jersey dictaban que el animal debía ser sacrificado. Así que nuestro protagonista fue puesto en una perrera a esperar su fatal destino. Los dueños del animal iniciaron una batalla legal para salvar a su mascota alegando que su sobrina había provocado el ataque del animal. La ciudad y el condado se posicionaron con el fiscal, en contra del perro. La corte suprema del estado dictó finalmente que el can debía ser sometido a la eutanasia. El caso levantó un considerable revuelo tanto en los Estados Unidos como internacionalmente. La última palabra fue de la gobernadora del estado, quien dictaminó que a Taro se le perdonaría la vida a condición de que fuese desterrado de Nueva Jersey y que nunca regresase al estado. Así fue.

Otros animales sufren las mismas consecuencias penales que Taro, no solo por morder a una persona sino incluso por matar a otro animal. Ese fue el caso al que se enfrentaron dos perros (Jake y Lucy) en el estado de Colorado en 2015. ¿Su crimen?, haber matado a un gato a mordiscos. Aunque varios testigos aseguraron que los canes eran inocentes, el sistema judicial los condenó a morir. Tras muchas apelaciones y más de diez mil dólares en abogados, la dueña de los animales consiguió que fueran exonerados. En la mayoría de los casos no hay un final feliz.

Damnatio ad bestias. Imagen: Cordon.

No obstante, los animales no solo han sido objeto de castigo, sino que se les ha utilizado en no pocas ocasiones como ejecutores de la pena capital contra personas. El procedimiento por el cual un cuadrúpedo es el encargado de poner fin a la vida de un condenado a muerte se conoce como damnatio ad bestias y se utilizó mucho en Roma, como parte de los juegos. Este modo de ejecución, introducido parece ser por Escipión el Africano, quien salvó a Roma al derrotar a Aníbal, se aplicaba a los acusados de los más horrendos crímenes (parricidas, desertores) y más tarde a los cristianos. Consistía en arrojar al penado a la arena del circo para que fuese devorado por fieras hambrientas. No carecían de imaginación los victimarios, pues utilizaban gran variedad de animales para que dieran cuenta de los reos: leopardos, osos y tigres formaban parte de esta variada fauna, aunque sin duda el animal preferido para este fin era el león. Tan frecuente devino este castigo para los cristianos que incluso se acuñó el término Christianos ad leones (cristianos a los leones). Además, algunas crónicas describen cómo algunas condenadas eran cubiertas con pieles para que caballos o jirafas entrenados para tal fin violentasen sexualmente a las mujeres.

Fue el emperador Augusto quien dictó la Ley Petronia 61. Esta norma prohibía a los dueños de esclavos arrojarles a las fieras sin la autorización de un tribunal. Todo un detalle.

Los romanos importaron esta práctica de Asia. Y desde allí nos llega también otro ejemplo de esta práctica: la pena de aplastamiento por elefante, en la que un paquidermo era el encargado de pisar y aplastar al reo hasta matarlo.

En tiempos menos pretéritos se utilizó a los caballos como herramienta para desmembrar al convicto. En el siglo XVIII, en Cuzco, se intentó ajusticiar mediante este método al líder quechua Tupac Amarú. Quizá las caballerías elegidas para este fin no eran lo bastante fuertes, porque fracasaron en el intento. No supuso esto, no obstante, ninguna ventaja para el indio, pues la falta de acometida de las acémilas fue sustituida por el filo de una espada que le separó la cabeza del tronco.

Afortunadamente, no solo el uso de animales para ejecutar presos está en desuso, sino que la propia pena de muerte retrocede en todo el mundo. No está tan claro, sin embargo, que sea así para miles de perros y gatos abandonados que son eliminados en perreras.

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Bibliografía:

Evans, P. The Criminal Prosecution and Capital Punishment of Animals. Dutton & Company. New York. 1906

Few and Tortorici (editors). Centering Animals in Latin America History. 2013. Duke University Press.

Humphrey, N. The mind and the flesh. Chapter 18 pp 235-254, 2002

Hyde, W. W. the Prosecution and Punishment of Animals and Lifeless Things in the Middle Ages and Modern Times. University of Pensylvannia law review and American law register, vol 64, nº 7, May 1916

Girgen, J. The Historical and Contemporary Prosecution and Punishment of Animals. May 2003.


Ilustrados, ganaderos y chovinistas: historia de los grandes puertos de Europa

Federico Bahamontes llegando a la meta en el Tourmalet, Tour de Francia, 1959. Fotografía: Cordon Press.

En ese pequeño clásico de la literatura ciclista que es El Alpe d´Huez, Javier García Sánchez dice que parte de la mística de este deporte radica en la posibilidad que tiene cualquier aficionado de transitar por las mismas sendas que sus ídolos. Es como si se pudiera jugar la pachanga de los jueves en Wembley o el Forum de Inglewood. El Tourmalet, el Stelvio o el Angliru están ahí para quien quiera disfrutarlos, sufrirlos, para quien pretenda compararse, durante un momento infinitesimal de orgullo, con los grandes campeones.

O para quien desee aprender historia. Porque tras cada senda hay un umbral, tras cada curva una enseñanza. El pasado salta desde la cuneta a los ojos de quien sabe mirar. Siempre. Y eso forma parte de su encanto.

Acompáñenos el lector por este paseo virtual a través del origen de algunas de las cumbres más conocidas del ciclismo. Y prepárese para sufrir en sus pendientes…

De camino a la leyenda: los grandes cols de Francia

Es la más legendaria de las subidas del Tour. La que más mística encierra, la que más atracción ejerce. Según la Bibliographie cycliste de Wilfried Wilms hay al menos cuatro monografías dedicadas íntegramente a este puerto. Es, claro, el Tourmalet.

Escalado por primera vez en 1910, objeto de veneración y temor desde aquel mismo día, el Tourmalet es el puerto que más veces ha subido la Grande Boucle. Existe un viejo interés por traducir su nombre por algo parecido a «mal rodeo» o «mala vuelta», quizá por imprimir un halo de grandeza amenazadora a este col. La realidad es, como casi siempre, aún más inquietante. Tourmalet combina la raíz preindoeuropea «tur» (altura, lugar en alto) con el latín «malus» (malo). Así, hablaríamos nada menos que de la montaña malvada. En su indispensable obra Le Tour de France en 300 sommets, Jean Maillet apunta aún otra posibilidad, emparentando «-malet» con la base preindoeuropea «mal», que hace referencia a una cima escarpada. Así, Tourmalet sería lo mismo que decir la cumbre de las cumbres, la montaña de las montañas, la altura de las alturas. El gigante. El rey. Ríanse ahora, si lo desean, de las etimologías caprichosas.

De una forma u otra, el Tourmalet era paso habitual de pastores, buhoneros y contrabandistas durante la Edad Media. En aquel entonces resultaba una descarnada senda de herradura. Será en el siglo XVII cuando se comience a adecentar la ruta, y en 1730 se abre ya con un trazado idéntico al actual.

Con todo, el definitivo arreglo del Tourmalet y otras carreteras de la zona, así como el alzamiento de puentes, viaductos, casonas señoriales con aspecto decadentemente burgués y unos cuantos de los mejores balnearios del continente, no llegará hasta la segunda mitad del siglo XIX, con una granadina como protagonista. Y es que a la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, le entraban las fiebres hipocondríacas con cierta frecuencia, y había encontrado en este rincón de la cordillera un lugar ideal para curar todas sus dolencias. Aguas termales, clima saludable y aire puro, qué más puede pedir una lánguida dama decimonónica. Y allí acudía la esposa del emperador, quien andaba más ocupado con asuntillos en Indochina y el tema ese con los prusianos, que llevaba bastante avanzado. Así que, al amparo de la Montijo, unos recónditos valles pirenaicos se convirtieron en sede de la alta sociedad gala, mejorándose las vías y apareciendo aquí y allá establecimientos de lo más exclusivos.

Vauban y un bucle chovinista

Bahamontes y Poulidor, 1963. Fotografía: Cordon Press.

La de los pasos alpinos es crónica fundamentalmente militar (de Aníbal en adelante), que podemos seguir a partir de sus fortificaciones. Pensemos, por ejemplo, en el mítico Col d´Izoard, una ruta abierta por primera vez en 1710 a iniciativa del mariscal La Blottière, quien buscaba mayor rapidez en los movimientos de las tropas borbónicas durante la guerra de Sucesión. El trazado definitivo vino de la mano de otro general, Henry Berge, que entre 1893 y 1897 se dedicó a optimizar las comunicaciones de aquella zona de Francia. Tenía tiempo libre, porque ese 1893 lo habían degradado al mando de una tropa de segunda línea, el 14.º Cuerpo de Lyon. Idéntico origen tiene el cercano Col de Vars.

Ambos puertos, en realidad, custodiaban uno de los puntos más estratégicos de los Alpes: la ciudadela de Briançon. De su importancia da buena fe que el encargado de fortificar el lugar fuese el mismísimo marqués de Vauban, ingeniero militar de confianza de Luis XIV y el gran innovador de la disciplina. Se convirtió, así, en una de las doce fortalezas Vauban que protegían las fronteras de Francia en sus cuatro puntos cardinales…

Izoard y Vars tienen otro rasgo común: albergan dos de los seis refugios Napoleón (los otros están en los Cols de Manse, Noyer, Lacroix y Agnel). Los refugios Napoleón fueron construcciones destinadas a dar cobijo a viajeros que atravesasen los Altos Alpes, y recordaban la buena acogida que tuvo en la zona Bonaparte cuando regresaba de su primer exilio, en la isla de Elba, atravesando valles y montañas en dirección a París, a sus cien días y a su definitivo final. El artífice de estos refugios fue quien más anheló recordar la gloria imperial en la Francia de la segunda mitad del XIX: Napoleón III.

También él estuvo detrás del Col de la Bonette-Restefonds, el que se dice más alto de los Alpes, y que corona nada menos que a 2802 metros sobre el nivel del mar. Aunque tiene truco, porque en realidad aquí hablamos del rizo choinista más cercano al cielo que uno pueda imaginar.

Antigua ruta de contrabandistas, camino de herradura, La Bonette empezó a cobrar importancia en el Segundo Imperio Francés, cuando Napoleón III pretendió mejorar el camino entre Niza y el interior, en previsión de una guerra contra la naciente monarquía italiana. Nada extraño, puesto que Niza acababa de ser invadida y anexionada por los franceses, tras un plebiscito bastante chusco donde hablar de pucherazo sería tratar las cosas con excesivo tacto. Eso sucede el 15 de abril, y el 18 de agosto se establece la de La Bonette como ruta imperial número 205, procediéndose al arreglo y acondicionamiento de dicha carretera, que habría de intensificarse a finales del siglo XIX con la construcción del Camp des Fourches, un entramado de veintiséis almacenes destinados a contener pertrechos y provisiones militares a lo largo de todo el puerto.

Puerto que, por cierto, no coronaba a la misma altitud que hoy, sino en el llamado Col de la Bonette, a 2715 metros. No será hasta 1961 cuando alcance su actual elevación, en un alarde de chovinismo de las autoridades locales, que anhelaban tener el col asfaltado más alto de los Alpes. Así que, ni cortos ni perezosos, decidieron prolongar el paso natural con una carretera de algo más de un kilómetro que, vista desde el aire, tiene forma de lágrima y, literalmente, no lleva a ningún sitio. Nace y muere en la misma Bonette, y sirve solamente para rodear una montaña próxima y alcanzar la cota de 2802 metros. Se llamará Ruta de la Bonette-Restefond, se inaugura el 2 de octubre de 1961 y ya el año siguiente pasará por allí la Grande Boucle, con Bahamontes primero en su cima. La broma de «carretera más alta de los Alpes» ha costado doscientos millones de francos.

Romanos, reyes y contrabandistas: los grandes puertos de España

Luis Ocaña, 1973. Fotografía: Cordon Press.

Seguro que más de una vez han escuchado que el mejor rey de la historia de España es Carlos III, un auténtico ilustrado. Gaitas, háganme caso, el bueno de verdad era su medio hermano, Fernando VI, que reinó entre 1746 y 1759, y a quien sucedió en el trono. Claro que en aquella época tampoco era complicado destacar. Felipe V, padre de ambos, acabó totalmente chiflado, negándose a cualquier tipo de higiene personal y persiguiendo doncellas en palacio para acariciarlas con sus uñas ganchudas. Y después vinieron Carlos IV y Fernando VII, así que la cosa no pareció enderezarse…

Pues eso, que Fernando era hombre de su tiempo, y buscaba arrancar a sus reinos del secular atraso. Eso sí, lo consiguió solo en parte, porque era secular de narices. Uno de los primeros proyectos que tuvo fue el de comunicar España de norte a sur, del Cantábrico a la bahía de Cádiz, con un camino moderno, eficiente y cómodo, uno que pudiera rivalizar con los más avanzados en la Europa de su época. Seguramente fueron varias las causas que movieron al monarca a dibujar casi una línea recta que se iba a convertir en la espina dorsal del país, y que iba desde Santander hasta Madrid y más tarde a Córdoba, Sevilla y Cádiz.

En ese contexto se crea el puerto de Guadarrama, con un trazado que aún hoy sigue en su mayor parte la Nacional VI. El ingeniero francés Françoise Nagle aprovecha un sendero ya transitado por los romanos y que en el Antiguo Régimen recibió el nombre de puerto de la Campanilla, por tener muy cerca de su cima una campana cuyo sonido ayudaba a los viajeros a orientarse en días de tormenta. El león que actuaba como monumento en el paso actuó de sobrenombre (puerto del León), y los combates que hubo allí durante la Guerra Civil hicieron que la propaganda franquista lo rebautizase como puerto de los Leones o de los Leones de Castilla. Pero llamarse se llamaba, en un primer momento, Guadarrama.

Con el paso de los años este Alto del León iba a ser el primer puerto que ascendiese en toda su historia la Vuelta a España. Ocurre el 29 de abril de 1935, en una etapa entre Madrid y Valladolid. El helvético Léo Amberg fue el pionero, después de detenerse a mitad de subida para cambiar el desarrollo que llevaba en la rueda trasera. Un aficionado prácticamente lo bajó de la bici a golpes para convencerle de que lo hiciera, pues de lo contrario no iba a llegar arriba…

Una de las jurisdicciones que más perjudicada salió con la creación de esta vía Santander-Madrid-Sevilla fue el Señorío de Vizcaya. Hasta la apertura del llamado Camino Real el acceso más importante a la meseta desde lo que hoy es Cantabria era a través de Los Tornos, pasando por la vizcaína villa de Lanestosa, lo que proporcionaba grandes beneficios vía fielato (aduana). Todo eso quedó en el olvido al abrirse el camino a través de Reinosa, por lo que años después el Señorío de Vizcaya decide crear su propio acceso cómodo a Castilla, a través del puerto de Orduña. Se inaugura en 1774, casi un cuarto de siglo más tarde que el camino de Fernando VI.

El puerto de Orduña fue, durante décadas, emblemático para la Vuelta. Allí encontró Ocaña una de sus jornadas más gloriosas, cuando consiguió dejar de rueda al mismísimo Eddy Merckx en 1973, después de una escalada siempre al ataque en las herraduras del Alto. Eso sí, en el descenso el belga, ayudado por Thevenet, logra cazar a Luis y al final se impone en la meta de Miranda de Ebro. Por cosas de esas le llamaban el Caníbal. Por cierto, dependiendo de la crónica que leamos sobre esta jornada creeremos que a Ocaña, vestido con el maillot de campeón de España, el público lo llevaba en volandas o le silbaba inmisericordemente. Cosas de la realidad, que es una invención difusa.

Vacas y veletas: de la carretera más alta de Europa al puerto más temido de España

La carretera más alta de Europa está en España. Eso sí, a su ingeniero lo fusilaron, no fuera a ser que tanta audacia hiciese algún mal al país. La idea fue del duque de San Pedro Galatino, un tipo que nació en Granada con el proletario nombre de Julio María de la Luz Claudio Francisco de Asís Elías Nicolás José Santiago Gaspar de Todos los Santos Quesada-Cañaveral y Piédrola Osorio Spínola y Blake. Ya ven, todo esto para que te acaben llamando Julito. Este hombre, senador nato, planteó la posibilidad de unir su ciudad natal con la cima del Pico Veleta. Lo hizo nada menos que en 1910 y las obras, que habrían de ser faraónicas, se encargaron a un tal Juan José Santa Cruz, que como era ingeniero tenía un nombre más corto. En 1935 se inauguró oficialmente la carretera, llegando un automóvil hasta la misma cumbre del Veleta, a casi 3400 metros. Años más tarde, en 1966, se terminó la otra cara del puerto, con lo que se comunicaba de forma directa Granada con las Alpujarras. Esto no lo pudo ver ya Santa Cruz, fusilado por los «nacionales» en el cementerio de la ciudad nazarí en agosto de 1936.

El más conocido de los puertos españoles tiene historia mucho menos glamurosa. El Angliru era una pista para ganaderos que se asfaltó a principios de los años noventa, supuestamente para aprovechar el agua de un pequeño lago que hay en su cima. Decimos supuestamente porque la primera vez que los bomberos de la zona subieron hasta allí a recargar su cisterna el conductor del camión se negó a bajar por aquella cuesta endiablada. Tenía miedo de que los frenos fallasen en mitad de la Cueña Les Cabres, el punto más empinado. Y no hubo manera de hacerle cambiar de opinión.

Con el tiempo será ese tramo el más conocido de la Vuelta a España. La mediática primera ascensión, en 1999, supuso la consagración de un mito que había nacido incluso antes de subirse en carrera. Y la «sorpresiva» victoria de José María Jiménez, el ciclista español más popular del momento, no hizo sino cimentar una fructífera relación entre aquel antiguo camino ganadero y uno de los eventos deportivos más seguidos de España.

Historias de la Guerra Blanca

Fausto Coppi, 1951. Fotografía: Cordon Press.

Napoleón Bonaparte es un genio militar sin precedentes y, debido a eso, Fausto Coppi consigue vencer en su quinto Giro de Italia. ¿Extraño? Vamos a ver cómo podemos unir las dos afirmaciones. Una pista: es a través de ochenta y seis curvas de herradura.

Cuando a Napoléon lo mandan a Italia a combatir en las guerras que la Revolución tiene abiertas contra… bueno, contra toda Europa, el corso no cuenta con un ejército demasiado potente. No piensen en la Grande Armée porque para eso faltan años. No, Bonaparte en sus campañas por el norte de la Península explota otras cualidades, y hace de una de ellas su seña de identidad. La rapidez. Los franceses se mueven a un ritmo endiablado, y evitan las lentas y torpes acometidas de los ejércitos del Imperio austro-húngaro gracias a esa virtud. Es una enseñanza que en Viena no van a olvidar.

Tras la Restauración el fantasma de Bonaparte aun acongoja un montón a las dinastías europeas, y de forma muy particular a los Habsburgo. El recuerdo de las palizas que sus ejércitos recibieron del artillero estaba aún demasiado presente. Así que deciden mejorar las comunicaciones entre el corazón del Imperio y sus posesiones italianas, para evitar que un contingente menos poderoso pero con más movilidad vuelva a jugar con ellos en el futuro. Entre 1820 y 1825 Carlo Donegani, un ingeniero nacido en Brescia, dirige las obras que mejorarán el camino medieval del Passo dello Stelvio hasta construir una de las carreteras más alucinantes del mundo. Más de dos mil hombres trabajaron en condiciones durísimas hasta abrir un puerto que corona a 2757 metros y dibuja ochenta y seis curvas de herradura en sus dos vertientes. Curiosamente el Stelvio pasará a ser totalmente italiano tras la Primera Guerra Mundial, cuando el Regio Esercito logra imponerse a su antigua madre, el Imperio austro-húngaro.

Años después, en 1953, ese otro icono transalpino que fue Fausto Coppi escribió una de sus más bellas gestas al imponerse en la primera subida que el Giro hizo al Stelvio, conquistando por quinta vez la carrera. En aquella ascensión saludó efusivamente, por cierto, a una misteriosa mujer tocada con un sombrero blanco. Pero la de la Dama Bianca es otra historia…

La verdad es que el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial tiene poco que ver con la imagen que normalmente tenemos del conflicto. Había trincheras, sí, pero en lugar de barro y tierra estaban recubiertas por nieve y piedra caliza. Es la llamada Guerra Blanca, una lucha que enfrentó a tres enemigos entre 1915 y 1918. De un lado, los italianos. De otro, el Imperio austro-húngaro. El tercero en liza era la propia montaña, los Alpes y los Dolomitas. Las muertes por congelación, por avalanchas, eran casi tan frecuentes como los heridos de bala. Las imágenes estremecen porque mezclan la serenidad de las cumbres y la tragedia latente de militares y civiles.

En este contexto los soldados más bien parecen alpinistas y las comunicaciones son muy complicadas. Momento perfecto, pues, para la creación de portentosas obras de ingeniería como el Passo Gavia, otro monstruo a más de 2600 metros abierto por los austríacos durante la Primera Guerra Mundial, y en cuyos alrededores aún se pueden encontrar trincheras excavadas a más de 3000 metros de altura. Tres cuartos de siglo después el Gavia sería protagonista de una de las jornadas más dantescas, en el sentido estricto del término, del ciclismo moderno.

Si el norte de Italia es el recuerdo constante de la Gran Guerra, en los Apeninos podemos palpar las huellas de la Segunda. Como por ejemplo en el Blockhaus, un puerto mítico que vio a Merckx ganar su primera etapa italiana, y que toma su nombre de la fortaleza que hay en su cima, una de las que formaban aquella Línea Gustav con la que los alemanes pretendían frenar la invasión aliada que había empezado en Sicilia. Muy cerca se encuentra el Gran Sasso de Italia. Allí, en el hotel Campo Imperatore, estuvo preso Mussolini en 1943, hasta que lo liberaron los nazis con una furibunda intervención de paracaidistas liderados por Otto Skorzeny.

Años después a Mussolini lo linchaban en la milanesa Piazzale Loreto y Skorzeny tomaba vermuts muy cargados en Madrid hasta su muerte en 1975.

Historias. Historia. En cada curva. En cada cuneta.


La guerra de Yugurta (I): el peor amigo de Roma

SPQR, acrónimo de la frase latina Senātus Populusque Rōmānus, en referencia al gobierno de la antigua República romana. Fotografía: Marco / Zak (CC).

Escribió Pascal que de haber tenido la reina Cleopatra una nariz distinta la faz del mundo hubiese cambiado para siempre. Porque la legendaria belleza de la reina de Egipto se interpuso en los planes de los líderes romanos envalentonados por su superioridad militar, pero subyugados en cuanto se encontraban frente a ella. Así, la más famosa nariz de todos los tiempos se convirtió en el emblema del personalismo en el análisis de la Historia; los cronistas antiguos tendían a pensar que un único individuo podía desviar el curso de las cosas tanto como lo puede la conjunción de otros muchos factores, por lo que concebían la Historia como un tejido hecho de nombres propios. Hoy creemos que para llegar al momento en que un único individuo marque la diferencia han debido producirse antes muchos otros acontecimientos que no siempre tienen que ver con él. Los historiadores modernos juegan con un sinnúmero de circunstancias y estudian desde los sistemas culturales y religiosos hasta la economía y el clima. Pero nada de esto, en el fondo, desmiente a Pascal. Por qué no, Cleopatra pudo hacer uso de su atractivo; quizá, unida a su astucia, su nariz sí tuvo influencia sobre la política romana.

Varias décadas antes que Cleopatra, hubo otro rey africano que  había marcado su nombre a fuego en la memoria de Roma. Generaciones enteras de romanos recordarían a este rey extranjero como el demonio que contribuyó a acelerar el declive de la República, sistema político que había perdurado durante siglos. Yugurta (en latín Iugurta y, por lo general, transcrito como Jugurta en la historiografía española tradicional) fue el tercer rey de Numidia y una figura desconcertante, combinación de aliado y enemigo, que convirtió su reino en un Vietnam para los romanos. No porque los derrotase —al contrario, fue Yugurta quien salió peor parado de aquella guerra—, sino porque su hábil juego de espionaje causó varios escándalos de enorme magnitud que sacudieron la política republicana hasta los cimientos. Para intentar salirse con la suya, Yugurta recurrió a sobornos y asesinatos, desestabilizando una corrupta estructura de poder que estaba ya muy desprestigiada. Al conocerse sus manejos entre bastidores, los ciudadanos romanos empezaron a perder la paciencia con sus líderes. Como aliado de Roma, que lo fue, Yugurta resultó molesto y poco digno de confianza. Después, como enemigo, nunca causó un gran daño militar porque no podía soñar con vencer a los romanos sobre el campo de batalla como sí hacían los bárbaros del norte, que estuvieron cerca de acabar con la República. Pero, aunque Yugurta se limitó a defenderse en su propio territorio y nunca intentó invadir territorio romano, el daño que causó fue más duradero, porque no fue un daño físico, sino moral.

El texto canónico que narra el conflicto entre Yugurta y Roma fue escrito varias décadas después de los hechos por el político e historiador romano Cayo Salustio Crispo. Titulado Bellum Iugurthinum (La guerra Jugurtina), es un relato muy revelador que nos habla, más que de batallas, de los destrozos que Yugurta consiguió causar en la percepción que los romanos tenían de su propio sistema político. Salustio no deja de subrayar la maldad y falta de escrúpulos del rey númida, pero también describe las instituciones republicanas con tintes muy oscuros. Es verdad que Salustio estaba muy preocupado por la deriva de Roma en su propio tiempo —murió apenas diez años antes de que la República desapareciera para siempre—, así que insistía en que los males del sistema eran antiguos y provenían desde varias generaciones atrás. Si Salustio era un «indignado» de su generación, la guerra de Yugurta le sirvió para ejemplificar todos los males que él percibía en Roma. Pese a lo evidente de las intenciones moralizantes de Salustio, su relato es consistente en la descripción de cómo los dirigentes romanos permitieron los desmanes de Yugurta en el reino satélite de Numidia, dejándose comprar sin disimulo alguno hasta que Yugurta empezó a incurrir en provocaciones que Roma ya no pudo tolerar (y aun así, todavía los hubo que accedieron a ser sobornados). Salustio describió a un Yugurta que había sido un hueso duro de roer en el campo de batalla, pero sobre todo fuera de él. Apresado en el año 106 antes de nuestra era, Yugurta fue cargado de cadenas, exhibido como trofeo en un grandioso desfile triunfal y ejecutado en una mazmorra. Pero su venganza póstuma fue proverbial: unos veinte años después de su ejecución, los dos dirigentes romanos que se habían atribuido su captura se enfrentaron en una guerra civil que desembocó en un reinado de terror. Tiempo después, una segunda guerra civil terminó imponiendo la dictadura de Julio César, hecho que marcó el final de la democracia romana y abrió las puertas al establecimiento del despotismo imperial. La República, como sistema, ya había estado en declive antes de la llamada «guerra de Yugurta», pero aquel ambicioso y astuto númida puso mucho de su parte para acelerar su final.

Yugurta, el amigo de los romanos

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Une moneda argelina emitida en 1994 donde se representa la efigie de Yugurta y una balanza que equilibra los símbolos de Roma (izq.) y Cartago (dcha.) sobre un mapa de Numidia. Imagen cortesía de Anabases.

¡Oh Roma, ciudad en venta! ¡Cuán breve sería tu existencia si hallases un comprador! (Yugurta).

No se puede entender la peculiar relación que existió entre Yugurta y sus aliados romanos sin explicar el importante papel que jugó Numidia en la consolidación de Roma como primera potencia europea. En el año 218 a.C. estalló la segunda de las «Guerras Púnicas» entre Roma y Cartago. Ambas potencias llevaban tiempo disputándose el dominio del Mediterráneo, pues el mar era clave para la consolidación de un poder que hoy llamaríamos internacional. Los númidas ocupaban un territorio (la actual Argelia) que podía ser clave en la guerra, pues era contiguo a los dominios centrales de Cartago (en la actual Túnez). Numidia ni siquiera era un reino cuando empezó la Segunda Guerra Púnica, sino una pléyade de tribus guerreras cuyos líderes peleaban entre sí con ahínco; varios de ellos simpatizaban con los cartagineses por lógicos motivos de afinidad geográfica y cultural, pero fue uno, Masinisa, quien demostró mejor olfato político cuando decidió apostar por el bando latino (un olfato hereditario, pues era el abuelo de Yugurta). Masinisa unificó las tribus númidas bajo una única corona y después decidió combatir junto a los romanos. Participó en la importantísima batalla de Zama, donde Publio Cornelio Escipión venció al por entonces principal enemigo de la República romana, Aníbal, consiguiendo que los cartagineses firmasen una paz humillante. Gracias a esta hazaña, Escipión se ganó el honorable sobrenombre de «el Africano» y la gloria eterna. Los cartagineses tuvieron que posponer sus planes expansionistas y durante bastantes años estuvieron ocupados lamiéndose las heridas. Mientras tanto, Masinisa dispuso de tiempo y tranquilidad para terminar de organizar su nuevo reino, sabiendo que una reforzada Roma le garantizaba protección contra cualquier enemigo exterior.

La paz duró dos generaciones. No hubiese podido prolongarse mucho más. Cartago y Roma eran incapaces de conciliar sus respectivas ambiciones. Aunque los cartagineses fundaban su poder en la navegación y Roma era una potencia terrestre que mostraba poco interés por el agua, ambos necesitaban dominar la cuenca mediterránea y ninguno estaba dispuesto a tolerar la existencia del otro. En el año 149 volvieron a enfrentarse en la tercera y última Guerra Púnica. Un anciano Masinisa que todavía se sentaba en el trono hizo honor a su condición de fiel aliado de Roma y se unió a la guerra. Murió poco después sin llegar a conocer el resultado; su hijo Micipsa heredó la corona y continuó la misma política de alianza con Roma. La guerra se encaminó a su final cuando las legiones romanas consiguieron asaltar Cartago. Tardaron toda una semana en controlar la ciudad y tuvieron que hacer frente a una feroz resistencia. Pelearon casa por casa. Cuando vencieron, no mostraron piedad alguna. La poderosa ciudad de Cartago fue arrasada. Los romanos perpetraron una matanza casi sin precedentes: del millón de habitantes que tenía la capital cartaginesa antes de ser capturada, apenas sobrevivieron cincuenta mil que fueron convertidos en esclavos. En cuanto a la arquitectura , casi todo lo que todavía permanecía en pie fue destruido. Incluso se decía que los legionarios habían arrojado sal sobre los terrenos circundantes a la ciudad para que no pudiesen ser cultivados de nuevo, aunque esto parece una exageración producto de la leyenda, sobre todo porque ¡ya no quedaban cartagineses que pudiesen cultivar aquellos terrenos! Cartago fue, pues, literalmente borrada del mapa, cumpliendo el famoso reclamo del político Catón el ViejoDelenda est Carthago!, «¡Cartago debe ser destruida!». Roma se erigió, por fin, como la potencia hegemónica del Mediterráneo occidental. El territorio cartaginés de Túnez fue convertido en una nueva provincia a la que llamaron Africa Proconsularis. Allí, los romanos reconstruyeron y repoblaron la ciudad de Cartago como una base propia, estableciendo un contingente militar y edificios para las diversas instituciones del gobierno provincial. Al otro lado de la frontera, en la actual Argelia, la fiel Numidia continuó estando bajo protección romana, casi como un Estado satélite. Aunque sobre el papel Numidia era independiente, su política exterior quedaba subordinada a la política exterior de la República. Los romanos no tenían ningún interés en que Numidia dejase de ser un reino independiente mientras pudiesen comerciar con libertad y contar con su apoyo militar. Además se consideraban legitimados para intervenir si había problemas internos en Numidia, algo que los númidas sabían y aceptaban no con resignación, sino con una realista aceptación del statu quo. Dicho de otro modo: la romanización de Numidia avanzaba con rapidez, sobre todo en el aspecto cultural.

El rey Micipsa tenía dos hijos pequeños, Hiempsal Aderbal, que eran los herederos legales del trono. Sin embargo, el príncipe favorito de los númidas era su sobrino Yugurta. Apenas entrado en la adolescencia, ya destacaba como jinete y arquero, y esa desenvoltura en los deportes guerreros le confería una enorme popularidad entre un pueblo que no hacía mucho estaba dividido en tribus guerreras. Yugurta era hijo ilegítimo de un hermano de Micipsa, por lo que no contaba en la línea sucesoria; aun así, al rey le inquietó que su sobrino fuese tan querido (y más cercano a la mayoría de edad) que sus propios hijos. Debió de sospechar que si moría y Yugurta reclamaba el trono anteponiéndose a los dos herederos legítimos, el pueblo lo aprobaría con entusiasmo. Así, en lo que parece un intento de apartar a Yugurta de las ambiciones dinásticas, pero podía ser interpretado como un paso conveniente en su formación militar, Micipsa lo envió a la península ibérica para que combatiese junto a los aliados romanos. Quizá albergaba la esperanza de que Yugurta decidiese seguir una carrera militar en las legiones, o que incluso decidiese mudarse a Roma para llevar la vida cómoda de un dignatario aliado.

Si esas eran las intenciones de Micipsa, se equivocó. Enviar a Yugurta a Hispania fue un serio error de cálculo. Los años que pasó sirviendo junto al alto mando del ejército romano le sirvieron para aprender muchas lecciones valiosas que emplearía en el futuro. Primero se empapó de la organización militar y la estrategia de las legiones, ya que participó en muy instructivos episodios bélicos. Por ejemplo, cuando tenía veintiséis años estuvo en el famoso sitio de Numancia comandando tropas auxiliares enviadas por Micipsa. Y no solo aprendió de los romanos; también observó que los celtíberos, pese a enfrentarse a un ejército más avanzado y disciplinado que el suyo, se estaban mostrando muy capaces de oponer una férrea resistencia. Eran quizá inferiores en tecnología y organización, pero usaban el terreno en su favor, evitando combatir en campo abierto, donde nadie podía esperar vencer a la máquina bélica romana sin tener una gran superioridad numérica. Los celtíberos se internaban en bosques y montañas, atrayendo a los legionarios para tenderles emboscadas. Atacaban de manera inesperada a las columnas y se dispersaban rápidamente, huyendo por una orografía que hacía muy difícil cualquier intento de persecución. Aquella fue de hecho una de las primeras guerras de guerrillas de la Historia y una dura prueba para los romanos, que no estaban tan preparados para las escaramuzas en terreno difícil como para la batalla convencional. La guerrilla, de hecho, exasperaba a los generales romanos. Afectaba a la moral de los legionarios e incrementaba mucho los costes económicos de las operaciones militares. Yugurta tomó buena nota de todo esto.

Con todo, la lección fundamental que aprendió en su trato directo con los romanos fue la de poder conocer de cerca su mentalidad. Como oficial y príncipe de una nación aliada, hizo muchos amigos importantes entre los líderes romanos de Hispania y pudo entender cómo funcionaban las cosas en aquella sociedad que todavía era tan distinta de la sociedad númida. Yugurta procedía de un reino donde imperaba una monarquía que mantenía rasgos de caudillaje tribal; en Numidia, el poder vertical de un único individuo no era discutido. Roma era una sociedad mucho más compleja, cuyo sistema político había sido construido a lo largo de siglos para evitar precisamente un retorno a ese tipo de monarquía vertical. Los romanos de aquella época, en su mayoría, abominaban del despotismo. Su democracia, aunque muy imperfecta, estaba basada en propósitos nobles y lógicos. Su mentalidad, muy pragmática, subdividía las funciones del Estado de manera muy similar a como hacemos hoy, con un sistema de check and balance, en el que los distintos poderes se vigilaban unos a otros. Sin embargo, toda aquella complejidad institucional tenía su punto débil: la República era una telaraña de intereses personales donde cualquier decisión importante era susceptible de generar manejos ilícitos. El soborno y el cohecho eran habituales. El cultivar amistades importantes y el llenar los bolsillos indicados eran las dos principales armas para influir en el devenir político. Yugurta entendió que, pese a la elaborada legislación, en Roma no había mecanismo más rápido para abrirse camino que un buen cofre de oro. De esto también tomó buena nota. En el futuro, ese conocimiento se convertiría en su más peligroso arma.

Juego de tronos

Algunos de los reyes más significativos de Numidia. Imagen cortesía de Mythologie Berbère.
Algunos de los reyes más significativos de Numidia. Imagen cortesía de Mythologie Berbère.

Yugurta, además de inteligencia, hacía gala de un carácter combativo que, junto a su sólido entrenamiento militar, le permitió hacerse un nombre durante las campañas de Iberia. Combatió de manera distinguida junto al general romano Publio Cornelio Escipión Emiliano, también llamado Escipión el Joven, que era nieto adoptivo del legendario Publio Cornelio Escipión el Africano (en la historia de Roma se da con mucha frecuencia esta coincidencia de nombres dentro de una misma dinastía, lo cual se presta a confusión entre personajes cuando leemos las antiguas crónicas). Escipión el Joven envió una carta a Micipsa en la que elogiaba la valentía de Yugurta, prometiendo que hablaría de sus virtudes ante el Senado con el fin de reforzar la simpatía de los ciudadanos romanos hacia Numidia. Esta carta, sin duda, ayudó a cambiar el concepto que Micipsa tenía de su sobrino. No podía subestimar el hecho de que los romanos tenían a Yugurta en tan alta estima, así que decidió adoptarlo como hijo y lo incluyó en su testamento. Esto equivalía a sancionar su condición de posible aspirante al trono, así que para evitar conflictos entre sus tres herederos Micipsa decretó que a su muerte deberían dividir el reino en tres partes. En el año 118, cuando Yugurta había cumplido cuarenta y dos, el anciano Micipsa murió. Según Salustio, el rey agonizante les habló a sus dos hijos biológicos sobre las virtudes de Yugurta, el príncipe amado por Roma, a quien debían tratar como a un hermano mayor y un ejemplo a seguir. Micipsa murió tranquilo porque, sobre el papel, la división de Numidia parecía la mejor manera de evitar una lucha por la sucesión. Sin embargo, Micipsa había subestimado la ambición de Yugurta.

Muerto el rey, los tres herederos programaron una reunión para acordar los detalles prácticos en la aplicación del testamento. Había muchos asuntos que discutir, como el reparto del tesoro real y el trazado de las fronteras entre los tres nuevos reinos. Yugurta empezó la reunión sorprendiendo a sus dos hermanos adoptivos al proponer la anulación de los decretos que el difunto Micipsa había promulgado en los últimos cinco años de su reinado. Según Yugurta, esos decretos habían sido dictados cuando el rey estaba ya senil. Sus hermanos adoptivos asintieron con entusiasmo porque entre aquellas decisiones «seniles» se contaba la de nombrar heredero al propio Yugurta. Es posible que Yugurta notase que sus dos hermanos adoptivos lo consideraban un advenedizo; al menos según Salustio, lo trataron con una altivez rayana en el insulto. Pero incluso en caso de que eso no sucediese, es fácil entender que surgieran tensiones entre los dos príncipes por línea biológica que habían esperado heredar la totalidad del territorio númida y el adoptado Yugurta que iba a quedarse con una tercera parte solo porque era el mejor amigo de los romanos. Aun así,  consiguieron llegar a un acuerdo preliminar sobre la división del tesoro, con lo que las negociaciones parecían bien encaminadas. Los tres príncipes tenían buenos motivos para hacer las cosas de manera civilizada pues al otro lado de la frontera, en el África Proconsular, los romanos observaban con mucho interés el proceso de sucesión del que era su aliado más importante en África.

El primer día de la negociación había transcurrido de manera prometedora, pero Yugurta tenía sus propios planes. Durante aquella misma noche decidió de manera unilateral que la negociación había terminado. Aprovechando que sus dos hermanos adoptivos dormían en la misma ciudad, reunió a sus soldados y los envió a capturarlos. Los hombres de Yugurta se dirigieron a la mansión donde dormía Hiempsal; registraron todo el edificio y no lo encontraron, pero masacraron a casi todo su séquito. Después supieron que Hiempsal se había ocultado en la choza de una esclava, donde lo localizaron, lo asesinaron y le cortaron la cabeza como prueba de que habían cumplido su misión. El alboroto no tardó en extenderse y el otro hermano, Aderbal, supo lo que estaba pasando. Entendió que él iba a ser el siguiente. Consiguió salir de la ciudad y se dispuso a reunir tropas para lo que parecía una guerra civil inminente. Así, Numidia quedó dividida en dos mitades y sumida en una guerra civil. Aderbal tenía un ejército mayor en número, pero Yugurta disponía de los mejores soldados, quienes además respetaban su amplia experiencia militar, así que tenía serias posibilidades de victoria. Aderbal, aterrorizado, apeló a Roma mediante mensajes urgentes donde solicitaba ayuda recordando que tenía la ley de su lado. No hubo tiempo para que llegase una respuesta romana. Yugurta, pese a la inferioridad numérica de su ejército, atacó de inmediato, sorprendiendo a su hermano adoptivo y derrotándolo de manera instantánea. Aderbal pudo huir por segunda vez, esta vez al África Proconsular, provincia romana donde Yugurta jamás se atrevería a entrar para darle caza.

En un abrir y cerrar de ojos, Yugurta se había convertido de facto en el rey de toda Numidia. Sin embargo, eso no significaba que podía dormirse en los laureles. El siguiente paso era intentar evitar que los romanos lo echasen del trono; no es que les preocupase quién reinaba en Numidia, ya que tanto Yugurta como Aderbal eran prorromanos y asumían que el suyo era un reino tutelado. Sin embargo, parecía inconveniente que hubiese tanta inestabilidad en un territorio donde los negocios prosperaban para la cada vez mayor afluencia de comerciantes italianos. Así pues, aunque Yugurta fuese famoso y respetado en Roma, la República debía salvar la cara manteniendo, como mínimo, un simulacro de neutralidad. No solamente ofrecieron refugio a Aderbal, sino que le permitieron hablar ante el Senado. El desesperado alegato del exiliado príncipe númida es quizá el momento más intenso y emotivo en La guerra de Yugurta de Salustio, quien quizá pudo reconstruir el espíritu del discurso con ayuda de anotaciones de los archivos senatoriales a los que tuvo acceso, pero que también puso mucho de su prosa, la cual ganaba enteros precisamente cuando recreaba los discursos de otros. Según Salustio, Aderbal recordó a los senadores que él era legítimo heredero del trono y subrayó la magnitud de la traición de Yugurta y su carácter criminal por haber ordenado el frío asesinato de su propio hermano adoptivo. También recordó que Numidia era la mejor compañera de Roma, aunque eso le hubiese granjeado a los númidas adversarios por todo el Mediterráneo, así que los romanos tenían una responsabilidad para con su aliado. Aderbal llegó tan lejos como para admitir que la dinastía númida se limitaba a administrar un territorio que en realidad «os pertenece a vosotros». Todo aquel discurso de Aderbal, aunque bello y extenso, puede resumirse en unas pocas palabras: soy vuestro amigo, soy casi vuestro siervo, y, si os queda algo de honor, debéis ayudarme a recuperar el trono.

Las palabras de Aderbal provocaron conmoción en el Senado, donde fueron la causa de un acalorado debate. Algunos senadores pedían que Yugurta fuese castigado por sus crímenes, como exigía el honorable papel que se le suponía a Roma como amiga y tutora de Numidia. Otros, en cambio, defendían a Yugurta y recordaban su larga lista de méritos, entre los que se contaban importantes servicios en las campañas españolas. Al final, estos últimos se impusieron y el Senado se negó a enviar una expedición de castigo contra Yugurta como Aderbal había anhelado. ¿Por qué el Senado decidió en favor de Yugurta? Por dos motivos. Uno, que los romanos eran demasiado pragmáticos como para embarcarse en una guerra dinástica que parecía tener poca trascendencia con respecto a sus intereses.Y dos, que Yugurta había enviado mensajeros bien provistos de oro para agasajar a varios de sus amigos importantes en el Senado y otros ámbitos del poder. Con todo, los romanos se tomaban demasiado en serio su condición de garantes de la justicia como para no hacer nada. Incluso los amigos de Yugurta debían admitir en público que Aderbal era un rey legítimo, pues así lo decía le testamento del difunto Micipsa. Roma optó por una solución salomónica: en el año 116, una comisión de senadores viajó a África para acabar con el conflicto dividiendo el reino de Numidia en dos partes que adjudicaron a los dos contendientes. Resulta muy significativo que la mitad más fértil y rica del país fuese para Yugurta, pero podía decirse que el reparto respondía a las circunstancias. Es muy posible que Yugurta hubiese recurrido a nuevos sobornos para quedarse con la mejor mitad del país, pero tampoco hay que olvidar que se había impuesto sobre el campo de batalla, lo cual le situaba en una posición superior a ojos de los romanos. Aderbal había sido derrotado y dos veces había salvado la vida por muy poco, así que bien podía considerarse afortunado al poder recuperar su trono para gobernar en la otra parte del reino. Con esta decisión, los romanos consideraron resuelto un asunto que para ellos resultaba más molesto que trascendente. El problema residía, claro, en el hecho de que el carácter ambicioso ºde Yugurta no había cambiado en lo más mínimo.

Avispero en África

Detalle de un mapa de las provincias romanas de Mauritania Tingitana, Mauritania Cesariense y parte de Numidia. Imagen: H.Kiepert, Atlas antiquus (DP).
Mapa de las provincias romanas de Mauritania Tingitana, Mauritania Cesariense y parte de Numidia. Imagen: H.Kiepert, Atlas antiquus (DP).

La paz impuesta por el Senado duró poco más de tres años. Yugurta iba perdiendo la paciencia ante el molesto hecho de que únicamente reinaba sobre la mitad de Numidia. No le gustaba la idea de hacer una declaración de guerra contra Aderbal porque eso podía molestar a los romanos, así que buscó formas más subrepticias de desencadenar un conflicto. En el 113 empezó a incurrir en toda clase de provocaciones para intentar que fuese Aderbal quien le declarase la guerra a él. La caballería de Yugurta entraba en la otra mitad de Numidia para someter las zonas fronterizas al pillaje. Sus soldados mataban, robaban y violaban con total impunidad, incendiando poblados enteros. Después volvían a cruzar la frontera y retornaban a sus campamentos. Aderbal manifestó su indignación, pero no respondió a las provocaciones. Volvió a recurrir a lo que consideraba la opción más sensata y envió una petición de socorro a los romanos. Estos, sin embargo, continuaban con una actitud de laissez faire militar porque pensaban que las intervenciones militares con fines pacificadores eran honorables, pero demasiado caras. Además, estaba surgiendo una nueva amenaza que los tenía más entretenidos: los bárbaros del norte, que llegaban en enorme cantidad, pues sus ejércitos superaban en número a las legiones que les hacían frente. Los bárbaros sí constituían una auténtica amenaza, mientras que Yugurta era un pequeño problema de opinión pública.

Aderbal seguía evitando iniciar una nueva guerra, pero los romanos parecían más preocupados mirando a los bárbaros y el impaciente Yugurta consideró que aquella era su gran ocasión. Lanzó a un ataque abierto contra su hermano adoptivo. Aderbal perdió la batalla y por tercera vez consiguió escapar in extremis de las garras de Yugurta, refugiándose junto a sus hombres tras los muros de la ciudad de Cirta. Allí estaría seguro durante un tiempo, dado que la ciudad era muy difícil de tomar por asalto. La única manera de obtener una rendición de la ciudad parecía la victoria por hambre, algo factible pero que requería mucho tiempo. Yugurta sabía que podría pasarse meses y meses sitiando Cirta antes de que esta se rindiese. Lo cual presentaba una grave contraindicación: en Cirta vivían o estaban de visita unos cuantos comerciantes procedentes de Italia, entre los que había no pocos ciudadanos romanos (por entonces, recordemos, no todos los italianos tenían la ciudadanía republicana). Aquello complicaba mucho los planes de Yugurta, quien sin duda temía provocar la intervención de las legiones. Cómo no, volvió a su táctica favorita: enviar a Roma emisarios cargados de oro para intentar evitar una posible intervención. Mientras tanto, necesitaba encontrar la manea de capturar Cirta con rapidez.

En el Senado continuaba imperando la indecisión. Los partidarios de Yugurta no cejaban en su defensa; si había algo que el revoltoso rey númida tenía en abundancia, era oro para sobornarlos. Pero tampoco esta vez podía el Senado optar por la inacción. Como medida preliminar para evitar males mayores se envió una embajada a Cirta con el fin de exigir a ambos contendientes que cesaran las hostilidades. Los embajadores se embarcaron y fueron hasta el cerco de Cirta, pero solo pudieron hablar con Yugurta. Este les recordó su completa fidelidad al pueblo y el Senado romanos, acusó a Aderbal de conspiraciones varias contra su persona y presentó aquella guerra civil númida como un mal que no se había podido evitar. Pese a recibir el mandato senatorial de levantar el sitio de Cirta, Yugurta se negó. Ni siquiera permitió que los embajadores romanos pudiesen hablar con Aderbal. Ante todas estas insolencias, los emisarios del Senado hubiesen tenido motivos más que suficientes para quejarse en Roma, pero no lo hicieron, puesto que Yugurta los untó a conveniencia. Retornaron a Roma con la versión de la historia que les había dado Yugurta y con los bolsillos más llenos.

Yugurta parecía haberse salido con la suya una vez más, aunque surgió un inesperado inconveniente. Aderbal, atrapado entre las murallas de Cirta, consiguió que dos de sus hombres atravesaran el cerco portando una misiva para el pueblo romano, que fue leída en el Senado, donde provocó un nuevo y fogoso debate. Algunos senadores ya no tenían duda de que Yugurta era un insurrecto peligroso que ahora, para colmo, tenía sitiados a algunos ciudadanos romanos, lo cual les parecía inadmisible por pura cuestión de principio. Otros senadores, en cambio, insistían en desdeñar el asunto como una cuestión dinástica en la que no merecía la pena inmiscuirse.

Donde ya no había tanto debate era en la opinión pública de Roma. Fuera de la Curia, la gente común estaba muy inquieta por la situación. Había ciudadanos romanos que tenían parientes o amigos entre los sitiados en Cirta, y hasta quienes no los tenían se sentían escandalizados. ¿De qué servía la estrecha alianza con Numidia si los propios romanos no podían confiar en hacer negocios allí sin arriesgarse a quedar encerrados tras unos muros? ¿Acaso iba a permitir el Senado que los comerciantes sitiados pasaran hambre y privaciones? La gente de la calle pensaba que la única solución aceptable era forzar que Yugurta deshiciera el cerco. O, como mínimo, que dejase salir a todos los romanos e italianos que estaban prisioneros en la ciudad. El Senado terminó captando el sentir popular y envió una nueva comisión hacia África. Esta vez viajaban algunos nombres muy ilustres y famosos de la sociedad romana con la esperanza de que Yugurta entendiese de una buena vez que la cuestión estaba adquiriendo mayor importancia y que había líneas que no se podían cruzar. Así pues, la situación de Yugurta se complicaba por momentos. Pero él seguía en sus trece. Todavía pensaba que el problema se solucionaría por sí solo en cuanto consiguiera matar a Aderbal.

Cuando la nueva comisión senatorial llegó a Numidia, Yugurta volvió a desplegar el mayor de sus encantos: su dadivosidad con el oro. Sobornó a los enviados para que estos autorizasen in situ un asalto violento de Cirta. Lo autorizaron. La noticia de que una invasión era inminente y contaba con la aquiescencia de los embajadores traspasó los muros y llegó a oídos de Aderbal quien, como es lógico, se sintió perdido. Los comerciantes italianos atrapados en la ciudad parecían convencidos de que Yugurta se comportaría de forma magnánima debido a la creciente presión del Senado y consiguieron que Aderbal superara su más que comprensible recelo y aceptara rendirse.

Aderbal se rindió. La ciudad abrió sus puertas. Pero si Aderbal había esperado que Yugurta tuviese piedad, había cometido un grueso error. Yugurta no tuvo ninguna piedad y asesinó a Aderbal después, según parece, de haberle sometido a crueles torturas. Así se aseguraba de que Numidia entera quedaba bajo su mando. Pero también Yugurta cometió un gran error o, lo que es lo mismo, permitió por omisión que lo cometiesen sus hombres. Sediento de venganza y como castigo a la ciudad por haberse resistido, Yugurta hizo degollar a todos los varones mayores de trece años. Esta matanza, aunque terrible, no hubiese bastado para provocar una reacción de Roma, pero los soldados de Yugurta no hicieron distinciones y también pasaron a cuchillo a los varones romanos e italianos. Es verdad que los italianos habían participado en la defensa de la ciudad, pero, aun así, resulta difícil explicar por qué Yugurta cometió semejante error de cálculo. Matar a ciudadanos romanos (o a sus aliados de la confederación italiana) no encajaba bajo ninguna lógica en sus planes y era algo que iba contra sus propios intereses. Quizá el error se debió a la fogosidad homicida de sus hombres, es muy probable, pero parece extraño que Yugurta no hubiese tomado alguna precaución de antemano. También es posible que sobrestimase el pragmatismo de los romanos sabiendo lo muy ocupados que estaban con los bárbaros, o que confundiese el carácter de los dirigentes republicanos con el del pueblo romano y creyese que, si compraba a los dirigentes, los ciudadanos callarían. En cualquiera de estos casos, Yugurta acababa de traspasar una línea roja. La matanza de italianos en Cirta levantó una tremenda polvareda en Roma, agravada cuando algunos políticos realizaron acusaciones públicas sobre la recepción de sobornos en el Senado. La tensión en las calles llegó a tal punto que el Senado no tuvo más remedio que declarar la guerra a Yugurta. El rey númida pasó de famoso héroe militar y apreciado aliado a ser un enemigo de la República. Sin embargo, quienes pensaban que con una guerra se iba a obtener por fin una solución rápida al problema estaban condenados a sufrir una amarga decepción. Aquella guerra africana no iba a conllevar los desastres militares que ya había empezado a producir la invasión de cimbrios y teutones por el norte, pero sí tenía el potencial para dinamitar los cimientos de la credibilidad de la República. Los escándalos que Yugurta ya había provocado eran un juego de niños en comparación con los que estaban por venir. La República romana ganaría la guerra sobre el campo de batalla, pero las consecuencias fuera de él iban a ser catastróficas.

(Continúa aquí)


Discursos épicos antes de la batalla

Muerte de Publio Decio Mus, por Rubens. (DP)
Muerte de Publio Decio Mus, por Rubens. (DP)

Intente recordar las hazañas deportivas o bélicas más emocionantes, ya sean recientes, históricas o ficticias: ¿qué es lo que tienen en común? El (en teoría) débil termina venciendo al fuerte, unos pocos son capaces de derrotar a muchos, quien en principio parecía tenerlo todo en su contra finalmente alcanza con enormes sacrificios la victoria. La motivación, esa es la clave. La motivación entendida como una especie de soplo de los dioses o de las gónadas que nos eleva por encima de las fatigas y los miedos, que enardece los corazones y blinda la voluntad hacia metas que parecían imposibles. Por su enorme poder parece que estuviéramos hablando de algo con propiedades mágicas… ¿Pero si es magia cuál es el conjuro para invocarla?

Convencer a alguien de que lo mejor que puede hacer con su vida es perderla no es tarea fácil. La retaguardia es un lugar muy extenso y tentador al que llegar por muchos caminos, así que para querer marchar en dirección contraria al sentido común, directos a un enemigo que está deseando partirnos la crisma —y que tiene muchas posibilidades de lograrlo— hace falta entonces tener muy buenas razones. Si encima ese adversario está muy lejos de nuestro hogar, es más numeroso o está mejor armado y protegido, además de razones convincentes es necesario sintonizar con un estado de ánimo poco habitual, no digamos ya alcanzarlo de forma colectiva. Es lo que el historiador Philip Taylor llama con certera metáfora la «munición de la mente», aquella que «seduce las almas y las mentes de los hombres, explotando su naturaleza agresiva para dirigirlos periódicamente al campo de batalla». A ello se han dedicado hasta la afonía generales, reyes y primeros ministros arengando a sus tropas en momentos cruciales, a veces al pie mismo del escenario donde tendrá lugar la masacre, siempre con la esperanza de conectar con esa motivación tan decisiva para la victoria. Si echamos un vistazo a algunos de los discursos más memorables no es difícil encontrar una serie de elementos comunes. A eso iremos a continuación.

Un primer ejemplo lo encontramos en La Ilíada, la epopeya de Homero rebosante de épica y epítetos en cuyo canto segundo el muy altitonante, dodoneo y pelásgico de Zeus induce mediante un sueño, pernicioso y alado, al rey Agamenón, domador de caballos y pastor de hombres, a que tras tan largo asedio lance ya sus tropas contra Troya, la ciudad de anchas calles. Pero antes de iniciar el ataque y para comprobar la lealtad de sus tropas, Agamenón se dirige a ellas en un discurso animándolas a huir y dejando claro, eso sí, lo innoble del acto: «vergonzoso será para nosotros que lleguen a saberlo los hombres de mañana». A continuación la diosa Atenea descendió del Olimpo y le señaló a Ulises lo inapropiado de la retirada, animándole a que convenciera a todos los demás guerreros a continuar la lucha. Así lo hizo, y Agamenón con esta especie de plebiscito reafirmó su autoridad, aumentando la determinación de sus tropas tras haberlas asomado a la vergüenza de la huida. Era entonces el momento de comenzar el ataque final y les arengó así:

Cada uno afile la lanza, prepare el escudo, dé el pasto a los corceles de pies ligeros a inspeccione el carro, apercibiéndose para la lucha; pues durante todo el día nos pondrá a prueba el horrendo Ares. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la noche obligue a los valientes guerreros a separarse. La correa del escudo que al combatiente cubre, sudará en torno del pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y también sudarán los corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquel que se quede voluntariamente en las corvas naves, lejos de la batalla, como yo lo vea, no se librará de los perros y de las aves de rapiña.

Permítanme insistir en la idea porque tiene interés: a los aqueos se les dio por un momento la oportunidad de huir —o al menos se les hizo creer que podían escoger esa opción— para obtener su adhesión voluntaria en el momento de entrar en combate (luego ya no, como vemos). Nos implicamos más en las decisiones que tomamos nosotros mismos que acatando órdenes, al fin y al cabo siempre es más fácil reconocer un error ajeno que uno propio… El ejemplo más notorio lo tenemos en la muchedumbre de esclavos persas que no fue capaz de doblegar a los pocos pero decididos griegos. Heródoto lo explicaba así:

Los atenienses, mientras estuvieron regidos por una tiranía, no aventajaban a sus vecinos en el terreno militar; y, en cambio, al desembarazarse de sus tiranos, alcanzaron una clara superioridad. Este hecho demuestra, pues, que, cuando eran víctimas de la opresión, se mostraban deliberadamente remisos por considerar que sus esfuerzos redundaban en beneficio de un amo; mientras que, una vez libres, cada cual, mirando por sus intereses, ponía de su parte el máximo empeño en la consecución de los objetivos.

Durante la batalla de las Termópilas Leónidas se jactaría expresando esta idea: «Jerjes tiene muchos hombres, pero ningún soldado» y según contaba el mencionado historiador, una vez el rey espartano descubrió la traición de Efialtes decidió quedarse luchando hasta el final junto a algunos leales, a los que dijo aquello de «tomad un buen desayuno, puesto que hoy cenaremos en el Hades». Mientras que, en la posterior guerra del Peloponeso, Pericles en su clásico Discurso fúnebre ensalzaba el modelo político que se habían dado los atenienses de tal forma que bien merecía la pena arriesgar la vida e incluso sacrificarla por defenderlo. Teniendo en cuenta además que los caídos no morían completamente, sino que les esperaba la gloria de ser recordados por su comunidad. Otra idea que será recurrente y que Alejandro Magno más adelante hará valer cuando sus tropas, exhaustas tras una década de conquistas que los había llevado hasta la India:

¡Oh macedonios y aliados griegos, manteneos firmes! Gloriosos son los hechos de quienes acometen una gran labor y corren un gran riesgo, y es muy hermoso llevar una existencia valiente y morir dejando tras de sí la gloria imperecedera. ¿O no sabéis que nuestro ancestro ha alcanzado tan altas cotas de gloria, pasando de ser un mero mortal a convertirse en un dios, como parece ser, debido a que no permaneció en Tirinto o Argos, o incluso en el Peloponeso o en Tebas?

Por si acaso la apelación a la gloria inmortal no era suficientemente convincente, también aludió a su libertad y su propio interés:

Sabéis que los padecimientos los comparto con vosotros, asumo los peligros a partes iguales, y las recompensas están disponibles para que todos compitan libremente por ellas. Porque las tierras son vuestras, y vosotros sois quienes las gobernáis. De igual manera, la mayor parte de los tesoros son ahora vuestros, y cuando hayamos conquistado lo que queda de Asia, por Zeus, que habré satisfecho vuestras expectativas, e incluso habré superado las ganancias que cada uno esperaría recibir.

Entonces uno de sus generales, Coeno, tomó la palabra para responderle apelando a esa misma libertad, mostrándole que si actuaba contra la voluntad de sus tropas «descubrirás que ya no somos los mismos soldados (…) ya que estaremos privados de nuestro libre albedrío y faltos de ganas». De manera que Alejandro Magno tomaría la decisión de regresar, consciente de que un ejército desmotivado le llevaría inevitablemente a la derrota. En tales situaciones sin embargo, con un ejército muy lejos de su hogar, puede utilizarse el recurso de plantear el avance hacia el enemigo como el único camino posible de vuelta a casa. Así se lo dijo Aníbal a sus tropas cuando ya estaban en la península itálica en dirección a Roma:

A derecha e izquierda os cercan dos mares y no tenéis ni un solo barco con el que escapar; a vuestro lado fluye en Po, un río más grande que el Ródano y más rápido; la barrera de los Alpes se cierne a vuestra espalda, esos Alpes que apenas lograsteis cruzar cuando vuestra fuerza y vigor estaban intactos. Aquí, soldados, en este lugar donde habéis encontrado por primera vez al enemigo, tenéis que vencer o morir. La misma fortuna que os ha impuesto la necesidad de luchar guarda también la recompensa de la victoria, recompensas tan grandes como las que los hombres suelen solicitar a los dioses inmortales. Incluso si fuésemos solo a recuperar Sicilia y Cerdeña, posesiones que fueron arrebatadas a nuestros padres, serían premios lo suficientemente grandes como para satisfacernos. Todo lo que los romanos poseen ahora, ganado a través de tantos triunfos, todo lo que han acumulado, se convertirá en vuestro junto con sus propietarios. Venid, pues, tomad vuestras armas y ganad, con la ayuda del cielo, tan magnífica recompensa.

Y en ese entorno hostil, en el que no queda otra que hacer piña y avanzar para vencer o morir, cabe apelar también a los lazos de compañerismo que se han ido forjando, una hermandad de armas en la que el orador se muestra humilde, no como un líder inalcanzable sino como el primero entre iguales, tal como hace Aníbal de una forma muy similar a la que veíamos anteriormente a Alejandro Magno:

No hay un hombre entre vosotros ante quien yo no haya efectuado más de una hazaña militar o de quien yo, que soy testigo fehaciente de su valor, no pueda contar sus propias acciones decorosas y el momento y lugar en que las acometió. Yo fui vuestro alumno antes de ser vuestro jefe y entraré en batalla, rodeado por hombres a los que he elogiado y recompensado miles de veces, contra unos que nada saben de los otros y que son mutuos desconocidos.

Enrique V recibe un heraldo del Rey de Francia durante la batalla de Agincourt. (DP)
Enrique V recibe un heraldo del Rey de Francia durante la batalla de Agincourt. (DP)

Unos cuantos siglos después, en el año 1415, Enrique V también se vio atrapado con sus hombres en territorio hostil y logró sobreponerse en una de las hazañas bélicas más recordadas. Tras tomar posesión del trono de Inglaterra, había desembarcado al otro lado del canal de la Mancha para recuperar los ducados que pertenecieron a sus antepasados. Sin embargo la invasión tuvo un resultado peor del esperado y dirigió sus diezmadas tropas de vuelta a casa, con tan mala suerte que fueron alcanzados en Agincourt por unas tropas francesas que duplicaban su número. Antes de una batalla que se pronosticaba desastrosa arengó a los soldados con unas palabras que… a quién importan ya, el discurso que ha ocupado su lugar es el que Shakespeare imaginó:

Westmoreland: ¡Ojalá tuviéramos aquí ahora
aunque fuera diez mil de aquellos hombres que en Inglaterra
están hoy ociosos!
Rey Enrique V: ¿Quién pide eso?
¿Mi primo Westmoreland? No, mi buen primo:
si hemos de morir, ya somos bastantes
para causar una pérdida a nuestro país; y si hemos de vivir,
cuantos menos hombres seamos, mayor será nuestra porción de honor.
¡Dios lo quiera! te lo ruego, no desees un solo hombre más.
Por Júpiter, no codicio el oro,
ni me importa quién se alimente a mi costa;
no me angustia si los hombres visten mis ropas;
esos asuntos externos no ocupan mis deseos:
pero si es pecado codiciar el honor,
soy la más pecadora de las almas vivientes.
No, créeme, primo, no desees un solo hombre de Inglaterra:
¡Paz de Dios! no perdería un honor tan grande
como el que un solo hombre creo que me arrebataría
por lo que más deseo. ¡Oh, no pidas uno solo más!
Proclama, en cambio, Westmoreland, por mi ejército,
que el que no tenga estómago para esta pelea,
que parta; se redactará su pasaporte
y se pondrán coronas para el viático en su bolsa:
no quisiéramos morir en compañía de un hombre
que teme morir en nuestra compañía.
Este día es la fiesta de Crispiniano:
el que sobreviva a este día y vuelva sano a casa,
se pondrá de puntillas cuando se nombre este día,
y se enorgullecerá ante el nombre de Crispiniano.
El que sobreviva a este día, y llegue a una edad avanzada,
agasajará a sus vecinos en la víspera de la fiesta,
y dirá: «Mañana es San Crispiniano».
Entonces se alzará la manga y mostrará sus cicatrices
y dirá: «Estas heridas recibí el día de Crispín».
Los viejos olvidan: y todo se olvidará,
pero él recordará con ventaja
qué hazañas realizó en ese día: entonces recordará nuestros nombres,
familiares en sus labios como palabras cotidianas.
Harry el rey, Bedford y Exeter,
Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester,
se recordarán como si fuera ayer entre sus jarras llenas.
El buen hombre contará esta historia a su hijo;
y nunca pasará Crispín Crispiniano,
desde este día hasta el fin del mundo,
sin que nosotros seamos recordados con él;
nosotros pocos, nosotros felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos;
porque el que hoy derrame su sangre conmigo
será mi hermano; por vil que sea,
este día ennoblecerá su condición:
y los gentileshombres que están ahora en la cama en Inglaterra
se considerarán malditos por no haber estado aquí,
y tendrán su virilidad en poco cuando hable alguno
que luchara con nosotros el día de San Crispín.

Aparte de popularizar la expresión band of brothers que daría título a la serie de la HBO, si nos fijamos en el discurso (aquí podemos verlo interpretado) encontraremos una serie de tópicos que comienzan a resultarnos familiares. En primer lugar Enrique V ofrece la posibilidad de retirarse a quien lo desee, haciendo así creer a los soldados —de forma más o menos ilusoria— que es su elección ya no están allí por una fatalidad del destino sino porque realmente quieren estar allí, ahora ya dispuestos a encarar al enemigo sin titubeos. Y como hombres libres que resultan ser, él ya no les habla desde una posición de superioridad pues «el que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano», de nuevo se pulsan las teclas de la camaradería y la igualdad. Pero el núcleo del discurso versa sobre la memoria. En parte sobre la posibilidad de recordar el momento y contar la batallita una y otra vez a hijos, nietos y cualquier imprudente que se siente cerca de ti en la taberna, y sobre todo por la oportunidad de ser recordado. Se afronta el miedo la muerte prometiendo un bálsamo que permitirá superarla, convirtiendo el recuerdo de tu nombre y de la gesta en la que participaste en un sucedáneo de la inmortalidad, eso es la tan anhelada gloria. Quizá sea muy poca cosa, pero como criaturas mortales tal vez sea a todo lo que podemos aspirar.

Precisamente una reina inglesa contemporánea de Shakespeare, la que le dio nombre al teatro isabelino, fue la autora de otro monólogo previo a la batalla que ha pasado a la historia. Se ve que la elocuencia flotaba en el ambiente y lograba causar gran efecto en los corazones y las mentes de quienes la presenciaban, porque Isabel I, ante la necesidad de repeler a la Armada Invencible que Felipe II le había enviado para destronarla, se dirigió en 1588 a las tropas que mantenía en Tilbury con las siguientes palabras:

Mi amado pueblo:

He sido convencida por aquellos que vigilan mi seguridad personal de que debo ser precavida cuando me expongo a multitudes armadas, por temor a las traiciones; pero les aseguro que no desearía vivir para desconfiar de mi leal y afectuoso pueblo.

Dejen que los tiranos teman. Yo me he conducido de tal modo que, después de Dios, mi fortaleza principal y mi seguridad descansan en los corazones leales y en la buena voluntad de mis súbditos.

Por lo tanto, vengo en esta ocasión a ustedes, como pueden ver, no para entretenerme y divertirme, sino resuelta a vivir o morir entre ustedes en medio del fragor de la batalla, dispuesta a entregar mi honor y mi sangre por amor a Dios, y por la salvación de mi reino y de mi pueblo.

Sé que soy dueña de un débil y frágil cuerpo de mujer, pero tengo el corazón y el estómago de un rey, más aún, de un rey de Inglaterra, y considero con esquiva repugnancia el que Parma o España, o cualquier soberano de Europa, se atreva a invadir las fronteras de mi reino; lo cual, si sucediera, antes que una mancha caiga sobre mi honor por mi culpa, yo misma empuñaré las armas, ya misma seré su caudillo y su juez, y sabré recompensar sus virtudes en el campo de batalla.

Sé que por su disposición merecen recompensas y laureles. Y les aseguro, con palabra de reina, que les serán pagadas en tiempo oportuno. Mientras tanto, mi teniente general —al que nunca su reina le ordenó un objetivo más noble o digno—, estará en mi lugar. Y no dudando de su obediencia, concordia o valor en el campo de batalla, dentro de poco tendremos una famosa victoria sobre los enemigos de mi Dios, de mi reino, y de mi pueblo.

Es un discurso de una apreciable agudeza psicológica como podemos ver (aquí lo tenemos interpretado por Cate Blanchett). Comienza ganándose la confianza de sus oyentes, diciendo que pese a lo que supuestamente le recomendaron ella no tiene miedo de acercarse a ellos, no solo porque confía en su lealtad sino porque tiene la conciencia limpia y solo los tiranos deberían temer al pueblo. Recurre a la modestia para que sus súbditos no se vean a sí mismo como tales y se muestra como si fuera una más en la batalla («yo misma empuñaré las armas»). Sabe evocar hábilmente los sentimientos de protección de los hombres que la escuchan, pues tras mencionar su débil cuerpo femenino muestra al enemigo como un violador, el invasor de sus fronteras que le provoca esquiva repugnancia y haría caer una mancha sobre su honor. De esa manera pelearán en la batalla como si protegieran a sus madres, esposas e hijas. Y termina prometiendo la fama para los participantes en esa victoria —y aquí estamos hablando de ella efectivamente— así como recompensas que serán pagadas a tiempo. Unas palabras que supieron tocar la fibra de la audiencia y el resultado para la desdichada Armada Invencible ya lo conocemos.

Isabel I arengando a las tropas en Tilbury. (DP)
Isabel I arengando a las tropas en Tilbury. (DP)

Pero donde las dan las toman y siglo y medio después sería el Imperio británico el que sufriría un duro revés a manos españolas. El responsable fue Blas de Lezo, apodado Mediohombre por todas las partes del cuerpo que había ido perdiendo en sucesivas refriegas, quien en 1741 defendió el fuerte de Bocachica en Cartagena de Indias junto a unos cuatro mil soldados frente a una flota de ciento ochenta y seis naves y más de treinta mil ingleses. Antes del choque arengó a sus tropas con apelaciones a la religión y la patria como en el discurso anterior, así como al ejemplo de los antepasados y a la memoria de los descendientes. Blas de Lezo se consideraba tan semejante a sus oyentes que solo pedía de ellos lo mismo que él se prestaba a hacer. Y como remate, la promesa de una vida más allá de la muerte gracias a la gloria imperecedera. Aquí lo tenemos:

Soldados de España peninsular y soldados de España americana. Habéis visto la ferocidad y poder del enemigo; en esta hora amarga del Imperio nos aprestamos para dar la batalla definitiva por Cartagena de Indias y asegurar que el enemigo no pase. Las llaves de Imperio han sido confiadas a nosotros por el rey, habremos de devolverlas sin que las puertas de esta noble ciudad hayan sido violadas por el malvado hereje. El destino del Imperio esta en vuestras manos. Yo, por mi parte, me dispongo a entregarlo todo por la patria cuyo destino esta en juego; entregaré mi vida, si es necesario, para asegurarme de que los enemigos de España no habrán de hollar su suelo, de que la santa religión a nosotros confiada por el destino no habrá de sufrir menoscabo mientras me quede un aliento de vida. Yo espero y exijo, y estoy seguro que obtendré, el mismo comportamiento de vuestra parte. No podemos ser inferiores a nuestros antepasados, quienes también dieron la vida por la religión, por España y por el rey, ni someternos al escarnio de las generaciones futuras que verían en nosotros los traidores de todo cuanto es noble y sagrado. ¡Morid, entonces, para vivir con honra! ¡Vivid, entonces, para morir honrados! ¡Viva España! ¡Viva el rey! ¡Viva Cristo Jesús!

En la década siguiente estallaría otra guerra en América entre potencias coloniales, esta vez entre Gran Bretaña y Francia por sus posesiones en Norteamérica, aunque involucraría a otros países convirtiéndose en conflicto a escala mundial: la Guerra de los Siete Años. Uno de sus momentos cruciales fue la batalla de Leuthen, en la que el ejército prusiano logró vencer al del Imperio austriaco que lo triplicaba en número. Para ello emplearon la misma táctica del general tebano Epaminondas en la batalla de Leuctra, una maniobra de engaño con un ataque desde un flanco en sentido oblicuo. Pero no fue la única influencia clásica. Al frente de las tropas prusianas estaba Federico el Grande, que antes de entablar combate les dirigió un discurso poniéndoles en situación, con los consabidos elogios al valor y patriotismo de sus hombres, para continuarlo así:

Dejadme que os diga que me propongo, en desafío a todas las normas del arte la guerra, atacar al ejército del príncipe Carlos, tres veces más numeroso que el nuestro, allá donde lo encuentre. No importa el número de los enemigos, ni importa la posición que han ocupado; todo eso espero superarlo con la devoción de mis tropas y el cuidadoso desarrollo de mis planes. Debo tomar este paso, o todo estará perdido; debemos derrotar al enemigo, aunque acabemos todos enterrados bajo sus baterías. Así lo creo, y así actuaré.

Comunicad mi decisión a todos los oficiales del ejército; preparad al soldado raso para los esfuerzos que han de llegar, y decidle que me siento legitimado a esperar de él una obediencia sin reparos. Recordad que sois prusianos y que no podéis mostraros indignos de semejante distinción. Pero si hubiera entre vosotros alguno que tema compartir conmigo todos y cada uno de los peligros, entonces lo licenciaré sin ningún reproche por mi parte.

(Silencio dramático)

Estaba convencido de que ninguno de vosotros deseaba abandonarme. Cuento, entonces, con vuestro fiel apoyo y la certeza en la victoria. Si yo no pudiera regresar para premiaros por vuestra devoción, la misma patria lo hará. Retornad a vuestro campamento y repetid a vuestras tropas lo que habéis oído de mí. Al regimiento de caballería que en el momento de recibir la orden no se lance sobre el enemigo, lo desmontaré inmediatamente después de la batalla, y lo convertiré en un regimiento de guarnición. Al batallón de infantería que apenas comience a dudar, no importa cuál sea el peligro, perderá sus banderas y sus espadas y se le arrancarán los encajes dorados de su uniforme. Y ahora, caballeros, adiós, hasta que hayamos derrotado al enemigo o ya no podamos vernos más los unos a los otros.

Vaya, parece que alguien leyó a Homero y a Shakespeare sacando buen provecho de ello… No es de extrañar, pues al fin y al cabo era un hombre muy culto que se carteaba con Voltaire y Diderot, el máximo representante del llamado «despotismo ilustrado». Una vez más el recurso retórico de ofrecer a sus oyentes la posibilidad de retirarse, tal y como hizo Agamenón, y al igual que él restringiendo esa opción a ese mismo momento. Así a nadie le da tiempo a reaccionar. La presión del grupo lleva a que ningún cobarde dé un paso al frente para huir, valga la paradoja, y luego una vez empieza la acción ya no hay posibilidad de retroceder sin severos castigos. Pero la cuestión es que todos irán a luchar con mayor convicción, creyendo que lo hacen libremente porque antes se les ha dado una ilusoria opción de elegir.

Pero si tener libertad para ir a luchar incrementa la motivación, probablemente esta ya no pueda ser mayor si la lucha es por la libertad misma. La mencionada Guerra de los Siete Años provocó una serie de cambios en el tablero que influirían en la Guerra de Independencia, que dio lugar a los Estados Unidos. En ella uno de sus héroes más recordados es Patrick Henry, uno de los Padres Fundadores que se dirigió a la Cámara de Ciudadanos de Virginia el 23 de marzo de 1775 de esta manera:

No hay retirada, ¡solo sumisión y esclavitud! ¡Nuestras cadenas han sido ya forjadas! ¡Su tintineo puede oírse en las llanuras de Boston! La guerra es inevitable. Así pues ¡dejadla venir señor! Os lo repito, ¡dejadla venir! Es inútil insistir en este asunto. Los caballeros podrán gritar paz, paz; pero no hay paz. De hecho, ¡la guerra ya ha comenzado!

¡La próxima tempestad que sople del norte traerá hasta nuestros oídos el resonante chasquido de las armas! ¡Nuestros hermanos se encuentran ya en el campo de batalla! ¿Por qué permanecemos aquí, ociosos? ¿Cuál es el deseo de los caballeros? ¿Qué tendrán? ¿Es la vida tan preciada, o la paz tan dulce, que deba ser comprada al precio de las cadenas y la esclavitud? ¡Que no lo permita Dios todopoderoso! No sé la decisión que otros tomarán; pero en lo que a mi respecta, ¡dadme libertad o dadme muerte!

Curiosamente él gozaba de mucha mayor libertad perteneciendo a una colonia inglesa que cualquiera de los cerca de ochenta esclavos que poseía en su plantación en el estado independiente que tanto ayudó a construir. Sufría una disonancia cognitiva del tamaño de una catedral, pero en todo caso estamos ante un discurso muy sentido.

Winston Churchill. Foto: Corbis.
Winston Churchill. Foto: Corbis.

En el breve recorrido que estamos haciendo por algunos de los grandes discursos militares que han forjado la historia nos acercamos ya al siglo XX y no puede faltar el hombre-arenga por excelencia. Había leído a los clásicos, conocía varios o quizá todos los ejemplos hasta ahora mencionados y tenía enfrente a un enemigo al que podía describir con las palabras más gruesas y grandilocuentes y aun así no exagerar ni un ápice. Churchill y la Segunda Guerra Mundial estaban hechos el uno para la otra. Tras la caída de Chamberlain, con la guerra ya comenzada y Holanda a punto de caer bajo el yugo nazi, el nuevo primer ministro profirió un discurso rebosante de determinación en el que dejó meridianamente clara su posición. Aquí puede escucharse, y a continuación un fragmento especialmente significativo:

Debo decir a la Casa, tal y como les dije a los que se han integrado en este Gobierno: no tengo nada que ofrecer salvo sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Tenemos ante nosotros un desafío de lo más doloroso. Tenemos ante nosotros muchos, muchos largos meses de lucha y sufrimiento. Me preguntáis, ¿cuál es nuestra política? Puedo deciros: es hacer la guerra, por tierra, por mar y por aire, con todas nuestras fuerzas y con toda la fortaleza que Dios pueda darnos; hacer la guerra contra una monstruosa tiranía, nunca superada en la lamentable historia de la criminalidad humana. Esa es nuestra política. Me preguntáis, ¿cuáles son nuestros objetivos? Responderé con una sola palabra: la victoria, victoria a cualquier coste, victoria a pesar de cualquier terror, victoria, no importa lo largo y duro que el camino pueda ser; porque sin victoria, no hay supervivencia.

Unos días más tarde, el 4 de junio, justo tras el desastre de Dunkerque, la Cámara de los Comunes fue de nuevo el escenario de otra arenga conocida como Lucharemos en las playas. El tercer gran discurso llegó el 18 de junio, llamado Su mejor hora,  y en él describía un Imperio británico que podría durar mil años —igual que el Tercer Reich, mira— pero que nunca olvidaría ese momento. Churchill tendría otras muchas intervenciones memorables, al igual que otros líderes durante el conflicto, pero hay uno que cabe destacar por contener un ingrediente tan poco frecuente en la característica solemnidad de esta clase de oratoria como es el humor: nos referimos, claro está, al discurso de George Patton al Tercer Ejército en 1944. Aquí pueden leerlo completo, es algo extenso pero merece la pena.

Desde entonces la naturaleza de la guerra ha sufrido algunos cambios y puede que ya no haya grandes batallas o que los generales no estén por la labor de realizar alardes de oratoria, sin embargo los tenemos más presentes que nunca. Ya sea en El retorno del rey, en Braveheart, en Gladiator o en Master & Commander. Comenzamos hablando de hazañas bélicas o deportivas y estas últimas han heredado con todos los honores la retórica más grandilocuente de las primeras. Quizá hayan visto el vídeo viral del entrenador Flowers motivando a su equipo. No está mal, pero vamos a ver: ¿no era capaz de memorizar esas pocas líneas y mirar en todo momento a sus jugadores mientras las declamaba? Si alguna vez las circunstancias les llevan a tener que encender los corazones de soldados ante una batalla crucial, jugadores en una final histórica, empleados ante un proyecto en que se decide el futuro de la empresa o vecinos frente al pago de una derrama, espero que hayan comprendido las claves sobre las que debe girar el discurso: la libertad, el valor, el compañerismo, la gloria, el sacrificio en nombre de Dios y de la patria, el honor inmortal ante las generaciones venideras… pero por favor y sobre todo ¡no lo lean de un papel!