Un millón de maneras de hablar

Un tarsio. Fotografía: Killyridols (CC).

La transmisión de información es fundamental para los seres vivos. Sin importar la especie, un único individuo posee un rango limitado de información sobre su entorno; ese rango solo puede ser ampliado con la ayuda de sus congéneres. Los animales, las plantas e incluso muchos microorganismos «hablan» entre sí sobre lo que sucede a su alrededor o sobre lo que les sucede a ellos mismos. Aunque podría debatirse sobre cuáles formas de comunicación son dignas de calificarse como «lenguajes» en el mismo sentido que le damos a los lenguajes humanos, es indiscutible que en pleno siglo XXI seguimos desentrañando la inmensa variedad de sistemas de comunicación usados por otros seres vivientes de nuestro planeta.

Usemos como ejemplo el reino animal; por sí solo, contiene tantos mecanismos de comunicación diferentes que la mera enumeración ocuparía toda esta revista. Sin embargo, podemos hacernos una idea de esa variedad señalando a algunos animales que utilizan resortes para la transmisión de información que, a primera vista, nunca hubiésemos asociado con ellos. Algunos de esos sistemas demuestran un elevado grado de organización social, hasta el punto de que sirven para tomar decisiones de manera democrática. En las manadas de bisontes, por ejemplo, se somete a «votación» la dirección que habrá de seguir el grupo en su próximo desplazamiento. Cada miembro de la manada se encara hacia su orientación favorita; al final, será el bando mayoritario el que termine decidiendo el camino a seguir. Una vez determinada la dirección por la mayoría, emergerá de manera momentánea un líder, el «ganador de las elecciones», que conducirá el resto. 

Otros sistemas de comunicación sorprenden porque desafían nuestros estereotipos sobre ciertas familias de animales. El perro salvaje asiático, también llamado «cuon» o «dole», es un cánido cuyo aspecto es muy familiar, a medio camino entre el coyote y el zorro. Es un animal gregario y vive en extensas jaurías que pueden estar formadas por decenas de individuos. Los doles, sin embargo, no son cánidos cualesquiera. Tienen varias características físicas —como el número de pezones y muelas— que los distinguen de otros animales similares, pero lo más llamativo es su manera de comunicarse. Su desconcertante repertorio de sonidos recuerda más al idioma de algún ave que al de los mamíferos de su familia. Los doles se comunican mediante silbidos, graznidos agudos y breves pulsaciones que recuerdan a las emitidas por ciertos tipos de lechuza. Suelen formar grupos pequeños para cazar herbívoros y cuando se separan para rodear a la presa en un terreno boscoso o irregular no siempre se ven entre sí; su particular lenguaje, además de hacerlos confundirse con aves en la distancia, les permite saber dónde está cada uno de sus compañeros en cada momento.

Los tarsios, primates nativos del sudeste asiático, ya llaman la atención por su peculiar figura. Son tan diminutos que caben en una mano humana; sus cuerpos miden entre diez y quince centímetros sin contar la cola, que es tan larga como ellos mismos. Debido a sus hábitos nocturnos, el tamaño relativo de sus ojos es tan grande que sus rostros tienen un simpático aspecto «alienígena». La familia de los Tarsiidae es muy antigua; no tanto como los dinosaurios, pero casi: su origen se remonta a varias decenas de millones de años. En la actualidad están en peligro de extinción a causa de su extrema delicadeza; son fáciles de cazar porque suelen habitar vegetación baja o las partes inferiores de los árboles, y para colmo son incapaces de reproducirse en cautividad. Además, si se los captura, aunque sea con el propósito de ayudarlos, es bastante posible que mueran al instante por culpa del estrés. 

Estos pequeños y desvalidos parientes de la especie humana eran considerados mudos. Se suponía que se comunicaban entre por medios visuales u olfativos, porque nunca se los escuchaba emitir sonido alguno. No obstante, su hábito de abrir la boca una y otra vez intrigaba a los biólogos, hasta que una observación más cuidadosa terminó demostrando que los tarsios no son nada silenciosos; al revés, pueden organizar una considerable algarabía… solo que los seres humanos no podemos oírla. Se comunican mediante ultrasonidos, al igual que los murciélagos, así que sus «estruendosas» fiestas se nos escapan a nosotros y otros posibles depredadores. Este falso mutismo se extiende a ciertas especies de ranas que también se comunican mediante ultrasonidos, a veces por motivos evolutivos sorprendentes. Hay especies que han evolucionado en hábitats donde el agua circula de manera continua y ruidosa —como los rápidos de los ríos—, haciendo difícil la transmisión de sonidos, ahogados por el estruendo acuático. Los ultrasonidos apenas son afectados por esas ondas, así que estos anfibios han conseguido «conversar» con tranquilidad en mitad del ruido de una cascada, en una curiosa analogía con la radio o el wifi. Otro animal que no es mudo, aunque sí bastante discreto, es el azulito, un pequeño pájaro que canta mucho menos de lo habitual en aves de su tamaño. Una buena parte de su comunicación tiene lugar mediante bailecitos similares al claqué; sus taconeos son tan veloces que un humano necesita una grabación ralentizada para poder seguirlos con la mirada.

Otro lenguaje descubierto en tiempos relativamente recientes es el de los membrácidos, una familia de pequeñas chinches que acostumbran a vivir sobre los tallos de las plantas. Ya sabemos que los insectos, en especial los que viven sobre la vegetación, no tienen por qué ser silenciosos. Estamos muy familiarizados con los sonidos emitidos por grillos y cigarras. El estrépito de un enjambre de cigarras, de hecho, llega a rozar o incluso a superar el umbral de daño para el oído humano, produciendo más ruido que un concierto de rock y casi tanto como el despegue de un avión comercial. Los membrácidos, sin embargo, no emiten señales audibles, cosa inusual para insectos con su estilo de vida, que necesitan comunicarse con otros para aparearse, etc. No fue hasta principios del siglo XXI cuando se pudo demostrar que poseían un lenguaje sonoro propio. También era un lenguaje inaudible para nosotros, aunque no porque esté en el rango de los ultrasonidos. Los membrácidos no hacen vibrar el aire, sino los propios tallos de la planta en la que viven. Esa minúscula vibración, que se dispersa por la estructura de la planta, solo pudo ser captada gracias a un pequeño artilugio fabricado de manera rudimentaria por unos entomólogos, que usaba un cabello a modo de aguja de tocadiscos. Para sorpresa de los estudiosos, los membrácidos no solo eran bastante parlanchines sino que su lenguaje demostró contener una enorme cantidad de variaciones y modulaciones, lo cual lleva a pensar que sean capaces de articular mensajes que van mucho más allá de los meros reclamos reproductivos o advertencias de peligro, aunque todavía no está claro el significado de su repertorio. 

Un sistema similar usan las ratas topo, roedores ciegos que habitan el subsuelo. En sus hogares, compuestos de túneles estrechos, la transmisión del sonido por el aire no es buena, así que las ratas topo son mudas. Lo chocante es que se comunican mediante cabezazos. De manera literal: usan sus cabezas para golpear las paredes de los túneles, creando patrones vibratorios que recuerdan al código Morse. Parece ser que llegan a elaborar «palabras» articuladas, incluyendo secuencias personalizadas que anuncian la identidad de cada individuo para que los demás sepan quién se acerca. Este sistema es muy parecido, por cierto, al del «escarabajo reloj», fue llamado así porque su tic-tac era audible en las casas de madera donde perfora túneles en vigas, paredes o muebles; en esos túneles, como la rata topo, usa su cabeza para generar una especie de código morse que le permite enviar mensajes a distancia.

Los célebres «perritos de las praderas» también han desconcertado a los estudiosos por la complejidad de su lenguaje. Su particular charla se compone de superposiciones de diversos sonidos que se combinan de diversas maneras, recordando a la construcción de frases. Por ejemplo, no emiten un único aviso sobre la presencia de algún peligro, sino que disponen de códigos diferentes para diferentes depredadores. Se ha observado que son capaces de describir con una secuencia rápida de sonidos y en menos de un segundo la forma, tamaño, color y velocidad de la amenaza (incluyendo el diferente color de los ropajes de varios humanos que estén a la vista). Para colmo, diferentes variedades de perritos de las praderas poseen lenguajes que, aun siendo utilizados para describir las mismas cosas, son entre sí como idiomas extranjeros. Estos simpáticos animales quizá se sitúen entre los poseedores de un sistema más complejo de señales en el reino animal, rivalizando con especies que poseen cerebros mucho mayores —el suyo no es mucho más grande que una cereza— y niveles de inteligencia muy, muy superiores.

También estamos familiarizados con criaturas marinas que forman patrones multicolores en su piel no solo como camuflaje, sino para comunicarse. Esos patrones pueden incluir bioluminiscencia, desde ciertos tipos de bacterias responsables de espectaculares efectos cuando se acumulan en el agua hasta peces, cefalópodos, etc. Aunque la emisión de luz animal es fascinante, la conocemos desde muy antiguo gracias, por ejemplo, a las luciérnagas. Pero en el océano suceden muchas más cosas. Algunas criaturas, como el calamar del arrecife, pueden crear dos patrones visuales distintos en ambos lados de su cuerpo para enviar dos mensajes distintos y simultáneos a sendos congéneres. Dicho de otra manera: son capaces de «hablar» con dos amigos a la vez.

El camarón mantis tiene en sus ojos más de una docena de variantes de receptores cromáticos. Esto es mucho, porque el ojo humano tiene solo tres variantes de receptores, para el azul, verde y rojo; a partir de esos tres construimos todos los demás colores que somos capaces de ver. Pues bien, el camarón mantis es bastante torpe distinguiendo entre colores convencionales, lo cual podría sorprender dada la complejidad de sus ojos. Sin embargo, sí es capaz de reconocer patrones en el espectro de luz ultravioleta, patrones que nosotros nunca podríamos ver sin la ayuda de nuestra tecnología. Muchos otros animales, como las abejas y otros peces, pueden ver la luz ultravioleta; el camarón mantis, además, es una especialista en la composición de criptografía visual. 

No solo la luz sirve como instrumento de comunicación en el agua, también la electricidad. Hay peces que, además de usar descargas de energía como arma, pueden generar pulsos y campos eléctricos con los que transmitir información. Controlando la frecuencia y la forma de las ondas, componen distintos tipos de mensajes que a nosotros también nos pasarían desapercibidos de no ser por nuestra tecnología.

Estos son solo unos ejemplos de lo que sucede en el reino animal; también se está estudiando la comunicación en el reino vegetal. A nuestro alrededor, en cada paraje donde haya seres vivos, flota una nube constante de señales y mensajes. Algunos podemos verlos, oírlos e incluso olerlos; otros nos atraviesan sin que los percibamos. La vida es cualquier cosa excepto muda.


Bellum et canes: el mejor amigo del hombre (del hombre que mata, se entiende)

Aperreamiento (detalle). Códice Coyoacán, Bibliothèque nationale de France, autor desconocido, siglo XVI. .

Lo de utilizar animales para masacrar a los que tenemos enfrente (esos que son, sin duda, malvados, incivilizados y, en general, personas de poco fiar) viene de antiguo. De muy antiguo, vaya, seguramente con el mismo nacimiento de la humanidad. Los hay en la guerra de Troya, aparecen en la epopeya de Gilgamesh. Tenemos, incluso, el ejemplo de Cambises, que durante la batalla de Pelusium (siglo VI antes de nuestra era) sometió a los egipcios utilizando gatitos como arma de combate. Bueno, como arma arrojadiza, más bien, porque se dedicaba a tirarlos contra las murallas de esa fortaleza, así, en plan globos de agua. Los egipcios, que consideraban a los gatos animales sagrados (como muchos hacen hoy en día) se rindieron para que la sangre de sus ronroneantes dioses no fuese derramada. 

(Al menos es lo que nos cuenta la crónica, que uno tiende al cinismo de forma natural y le cuesta creerla… dicho queda).

El caso es que de una u otra forma perros (y, evidentemente, caballos) se fueron convirtiendo en actores principales en todas las batallas de la antigüedad. Solían ser bichos enormes, raza molosa y similares, que acojonaban con solo mirarlos. Polivalentes, además, porque no solamente servían para las cargas más directas (vía colmillo), sino que también eran muy útiles contra la caballería (confundiendo y aterrorizando a las monturas) y actuaban como guardas en campamentos. Ah, también servían como elemento intimidante, porque un perro salvaje ladrando y mordiendo el aire a pocos centímetros de tu rostro es algo que debe de soltarte la lengua un montón (esta saludable práctica se ha mantenido hasta la actualidad, como demuestran algunas simpáticas fotografías de Abu Grahib o Guantánamo). Vamos, un soldado que valía para todo. Y disciplinado, muy disciplinado. 

Además, esto de los perros se utilizaba preferentemente contra enemigos considerados indignos (que, de aquella, eran prácticamente todos), porque al final las cosas solían acabar en mordiscos, miembros roídos y polvo bermejo. En otras palabras, que ya se era consciente de la brutalidad del asunto, y los romanos, por ejemplo, podían usar sus «perros italianos» contra pueblos bárbaros, pero jamás harían lo propio contra otro ciudadano de la Urbe. Oh, gran civilización del Imperio.

Precisamente por eso (por el tema del gore) el uso ofensivo de perros en las guerras se fue abandonando poco a poco. Qué es eso de azuzar a los dogos contra otros cristianos. Cosa de infieles, de tipejos sin civilizar. Y luego los filósofos escolásticos, que empiezan a teorizar sobre qué es guerra justa y qué no, cuándo se puede derrocar a un tirano, cuándo hay que rezar y en qué momento es mejor soltar una buena ristra de hostias…Todo eso les sonará de sus clases de Filosofía Medieval. Resumiendo, que según un cierto pacto de «caballeros» (o lo que fuesen), en Europa los perros se dejaron de utilizar para desmembrar enemigos a finales de la Edad Media. Quedarían para labores de logística, rastreo o vigilancia, que no es poco. Pero llenarse las fauces con la dulce carne de los malvados… eso no. Al menos en el Viejo Continente.

En otros lugares ya…

Perros durante la conquista de América

Dicen que fue Cristóbal Colón el primero en llevar perros europeos a América. Lo hizo en el segundo de sus viajes. Veinte ejemplares, entre galgos y mastines. Es decir, rastreadores y estiletes de ataque. También llegaron en esa expedición becerros, cabras, ovejas, cerdos, gallinas y caballos. Por si en aquellas tierras no tenían, que con estos salvajes nunca se sabe, vaya.

En realidad en el nuevo continente sí que había perros. Grandes y fuertes al norte, con capacidad para tirar de trineos. Lo de Centroamérica era diferente, y haría las delicias de cualquier pija de Instagram. A aquellos bichejos los llamaban gozques, y eran pequeñitos, regordetes, mansos y adorables (bueno, salvo los llamados xoloitzcuintli, a los que untaban una resina desde cachorros que los dejaba totalmente calvos y, se presupone, con cara de bastante mala hostia). También silenciosos, porque no ladraban. Ya ven, una monada. Y muy nutritivos. Porque a estos perritos se los comían. No por sistema, pero sí de vez en cuando. Bien churruscaditos por la espalda estaban deliciosos, en palabras del conquistador Guillero Coma. Porque los castellanos cuando apretaba el hambre, también se zamparon a los graciosos gozques (no me miren así y pregunten a sus abuelos si los gatos son comestibles o no), hasta extinguir esa raza. Eso sí, lo hacían con algo de repelús, para qué engañarnos. Hay que ver estos salvajes, comiéndose perretes. Están sin civilizar.

Mucho más normal es lo contrario, claro. Esto es, lo de embarcar perrazos que se comieran salvajes. Pero perrazos cristianos, ojo, así que igual no es ni siquiera pecado, vaya usted a saber. Así que para allá que se llevaron alanos, mastines, lebreles, podencos y sabuesos. Unos se orientaban a labores de vigilancia. Otros, al rastreo. Los más grandes, los más fieros, los realmente excelentes, estaban reservados para el ataque. Eran, sobre todo, alanos y mastines. Para encuadrar lo que vamos a contar a continuación tengamos en cuenta un dato: la estatura media de un azteca en tiempos de la conquista era de 1,60 metros. Los mayas, incluso más bajitos. En aquel tiempo un buen mastín español podía alcanzar los ochenta centímetros desde el suelo hasta esa adorable cabecita que tienen. Es decir, que llegaban al pecho de los aterrorizados indios. Eso sin contar que de peso andarían parecidos, seguramente con unos kilos de ventaja para el perro. Acostumbrado a los abrazables gozques, aquellas bestias ladrando y enseñando los dientes debían de ser visión poco menos que infernal.

Ilusración de Theodor de Bry, 1596.

Porque a los perros en América, queridos amigos, se les usó, sobre todo, para matar. Bueno, también para acojonar, pero el fin era el mismo. El castigo del aperreamiento, que llevaba unos siglos prohibido en Europa, se utilizó frecuentemente allá, porque todo quedaba muy lejos, y mire usted qué expresión torva traen estos aztecas, y además ni alma tienen, no como mi perrito, que es el asesino más fiel y majo de todos, ¿verdad Becerrillo?, Becerrillo guapo, Becerrillo lindo… Becerrillo fue, por si ustedes no lo saben, uno de los bichos más sanguinarios y eficaces que poblaba en aquellos tiempos el continente. Una mezcla de dogo y mastín descomunal, de color rojizo con rayas negras, que era propiedad de Sancho de Aragón y llegó a tener rango de ballestero, por lo que recibía doble ración de rancho. Su hijo, Leoncico, fue el perro preferido de Vasco Núñez de Balboa. Otro héroe castrense, se pueden imaginar, con dientes de color rojizo «de tantos indios que ha matado», según rezaban (curioso verbo) las crónicas.

Imágenes de pesadilla. ¿Piensan ustedes en perrazos gigantescos, Cujo style, babeando y ladrando, dispuestos a saltar sobre algún incauto? Pues añadan aderezos. Porque no iban estos animales a piel descubierta, claro que no. Al contrario, los vestían con cotas de cuero cubriendo lomo y barriga. En la cabeza una especie de casco con cuernos de metal, por aquello de destripar con más eficacia. Y en el cuello, oh sí, las carlancas o carracas, gruesos collares con agujas de hierro con las que desgarrar, protegerse y, en general, crear agobio visual y lesiones físicas. Ah, los perros más dotados para la guerra iban equipados también con las carlancas de lanceta, que era lo mismo que el abriguito que indicamos más arriba, solo que recubierto con pinchitos. Una auténtica máquina de matar. La orden de atacar era muy clara: «Tómalo». Insistimos en la idea. Piensen que el bicho les llegaba por el pecho y pesaba más que ustedes…

Los perros, además, tenían pillado el gustillo a la carne humana, porque por aquello de abaratar costes (que es cosa muy de ejércitos desde la antigüedad) a los canes les daban de comer restos de los infaustos atacados. Todo dentro de la más estricta legalidad, ¿eh?, que siempre había un escribano allí para tomar nota de lo que ocurriera. A veces, si se portaban muy bien, les echaban carne de niños, que es más tierna y sabrosa (debemos advertir que esto lo cuenta fray Bartolomé de las Casas, quien, es bien sabido, resultaba algo exagerado a veces, aunque tuviera buen fondo).

Los actos de aperreamiento fueron utilizados como castigo puntual (vamos, como una forma de ejecutar al condenado a muerte) o como una estrategia ofensiva sobre todo en los primeros compases de la conquista. Santo Domingo, Cuba, Mesoamérica, Venezuela, Colombia…en todos esos lugares se usaron perros como armas. Con mayor eficacia que las normales, añadimos. Los arcabuces, por ejemplo, resultaban frecuentemente inútiles en humedales, porque la pólvora quedaba inservible, y en la larga distancia los castellanos tenían todas las de perder frente a arcos y flechas. Así que lanzaban a los perros. Los perros, que podían perseguir el rastro de los indios durante kilómetros. Que entraban en terrenos impracticables para sus dueños, que no sufrían con los troncos afilados que tantas hemorragias provocaban entre la tropa. La estrategia era sencilla: se azuzaba a los animales, se les soltaba a la entrada de un espacio donde estuvieran refugiados los enemigos, y se esperaba unos minutos. Había muchos gritos, algunos (menos) gañidos. Un rato después mastines y alanos salían, belfos bermejos, cuerpo cubierto de sangre. Sus amos los llamaban y ellos se acercaban, moviendo el rabo. Volvían a ser animales cariñosos y juguetones. 

En realidad se convirtieron en la gran tropa de élite durante este episodio de la historia.

Convenciones, prohibiciones y pasadas por el forro de ambas

Pero bueno, seguro que ustedes piensan que después de tales barbaries los perritos han quedado únicamente para hacer compañía a los soldados, darles lametones por las noches y recibirlos muy contentos cuando volviesen a los campamentos, ¿no? En tal caso les felicito: tienen mayor confianza en el género humano de la que este merece.

No amiguitos, no. El paso de los siglos no ha ido alejando a los perros de la primera línea de fuego. Si acaso lo que ha hecho es modificar sus pautas de uso. 

Quizá ni eso, porque Estados Unidos adiestró durante la Segunda Guerra Mundial a miles de perros en una isla supersecreta situada en el golfo de México y que llevaba el cachondo nombre, lo juro, de Cat Island. La idea era realizar un desembarco en las costas japonesas al estilo de Normandía, solo que lanzando a canes furiosos contra los soldados japoneses. Alguno caería entre dentelladas, y desde luego todos iban a estar bastante confusos con aquel asunto, pensaron los yanquis, así que aquella locura podía funcionar. La gracia es que todo fueron problemas en este proyecto. De primeras (lo vuelvo a jurar) Estados Unidos tenía dificultades para encontrar suficientes prisioneros japoneses como para enseñar a los perros a odiar su olor. Además, los escogidos (los de cuatro patas, digo) se mostraron demasiado cariñosos con los reclusos, saltando a sus brazos en busca de mimos en lugar de exhibir las homicidas intenciones que buscaban sus adiestradores. Ah, y en las playas tendían a despistarse, porque aquello debe de ser un paraíso de olores interesantes para un perrito. Así que la cosa no parecía apuntar a exitazo, y los Estados Unidos optaron por la vía más expeditiva, soltando un par de pepinos en Hiroshima y Nagasaki. 

Pero no era lo habitual. Ahora los perros se utilizan de manera más sibilina, más traicionera. Hasta en eso se han perdido las formas. Así, durante el siglo XX se generalizó el uso de perros bombas, que se lanzan contra los enemigos en misión kamikaze (lo crean o no esto mismo se ha venido realizando, a lo largo del tiempo, con pollos, boas, delfines o leones marinos). En la Segunda Guerra Mundial los soviéticos se especializaron en el entrenamiento de perros antitanque para evitar el avance de los Panzer. Una estrategia llena de errores, que apenas arrojó pérdidas para los nazis. Se estima que unos treinta carros blindados fueron destrozados por esta «patrulla canina». Los problemas venían desde el principio del entrenamiento, ya que los soviéticos habían adiestrado a los perros para que situasen la carga de voladura justo debajo de un depósito diésel… y luego llegaron los boches, en plan sinvergüenza, con sus modernos tanques de gasolina. Y claro, los canes no sabían muy bien a dónde ir, despistados por los aromas. Lo que, por otra parte, era mejor para ellos. Aunque en los momentos iniciales de la operación estaba previsto que los chuchos soltasen la bomba y pudiesen huir del lugar antes de la explosión, los continuos fracasos hicieron que se optase por solución más sencilla: detonaciones a distancia, que incluían vehículo pesado, bomba, perro y, si había suerte, un par o tres de nazis. Al final todo fue un enorme fracaso.

Ya ven, está todo inventado si de matarnos se trata. En la actualidad, como dijimos, se siguen usando estos perros explosivos en todos esos conflictos que hay abiertos por el mundo (y que son muchos más de los que usted cree). No son lo más habitual (en esto se llevan la palma los burros-bomba, juro otra vez más) pero aún hay. 

Ya ni siquiera las armas especializadas son lo que eran.


El ogro enajenado

El ogro de Pulgarcito ilustrado por Gustave Doré. DP.

Decía Chesterton que los cuentos maravillosos nos enseñan dos cosas: que hay ogros y que podemos vencerlos. Y, efectivamente, esa es su enseñanza más clara y reconfortante, la tranquilizadora moraleja tras el susto de ver a Pulgarcito y sus hermanos a punto de ser devorados. Pero hay una enseñanza más sutil e inquietante, que es la que explica la vigencia del símbolo del ogro —es decir, del caníbal— en los cuentos infantiles y en la cultura popular.

A los niños se les cuenta el cuento de los tres cerditos mientras meriendan un bocata de jamón, o el de los siete cabritillos después de cenar costillas a la brasa. Se criminaliza al lobo, que es quien tiene derecho, por ineludibles exigencias biológicas, a comerse a los cerdos y a las cabras, a la vez que se fomenta el carnivorismo entre quienes no necesitan —ni les conviene— comer carne. Y como no todos los niños se rinden sin condiciones a la brutal agresión ideológica de sus mayores, algunos se dan cuenta de esta aberración nuclear de nuestra cultura y se vuelven vegetarianos, lo cual suele conllevar problemas familiares y sociales parecidos a los de salir del armario; y también psicológicos y conceptuales, pues la abrumadora preponderancia de los carnívoros sume al antiespecista en el mayor desconcierto: «No es posible que todos sean idiotas morales o estén locos», piensa consternado.

Pero, como dice Sherlock Holmes, cuando se han descartado todas las explicaciones imposibles, la que queda, por inverosímil que parezca, tiene que ser la verdadera. Y matizando ligeramente algunos adjetivos, las piezas van encajando. En primer lugar, no todos son caníbales: en el mundo hay un 8 % de vegetarianas/os, y van en aumento. Y los demás no son necesariamente dementes, sino que están enajenados; parecen dos formas distintas de decir lo mismo, pero hay una sustancial diferencia entre ser y estar, y también entre demente y enajenado, que es sinónimo de alienado. Con lo que llegamos a una olvidada palabra clave que puede ayudarnos a comprender nuestra compleja situación sociocultural. Y digo «olvidada» porque el término «alienación», habitual en el discurso político anterior a los años setenta del siglo pasado, desapareció de pronto barrido por la avalancha posmoderna, junto con «plusvalía», «lucha de clases» y otras expresiones incómodas para la burguesía ilustrada, que en mayo del 68 le vio las orejas al lobo.

Hay ogros y podemos vencerlos, sí; pero es muy difícil, porque los llevamos dentro, nos los tragamos junto con las ruedas de molino de la hipócrita moral burguesa. Esa es la oscura moraleja del cuento de Pulgarcito, que acaba calzándose las botas del ogro. Somos la media geométrica —la raíz del producto, si se me permite el chiste matemático— del gigante caníbal y el enano devorable, medio verdugos y medio víctimas. Tenemos múltiples personalidades, y casi todas nos son ajenas: somos alienados eslabones de una desenfrenada cadena de producción y consumo, engranajes de una máquina de destrucción masiva, sumideros de las mentiras de los grandes medios, baratijas en el supermercado del sexo… Y ogros que devoran a sus semejantes de todas las formas imaginables, incluida la más literal.

Carnivorismo y delirio

La lógica nos enseña que aceptar una afirmación falsa supone aceptarlas todas. Si dos y dos son cinco, yo soy el papa. Efectivamente, si 2+2=5, 2+2=2+3, luego 2=3, luego 1+1 =1+2, luego 1=2. El papa y yo somos dos; pero como dos es igual a uno, el papa y yo somos uno, luego yo soy el papa. Y aunque las operaciones morales no sean tan exactas como las numéricas, también están sujetas a las reglas de la lógica elemental.

La ética, como «cuestión de formas», se parece más a la geometría que a la aritmética (no en vano decía Platón —el gran moralista que afirmaba que quien busca el bien ajeno encuentra el propio— que en su Academia no tenía cabida quien no supiera geometría). En ambos casos hay que partir de unos axiomas indemostrables que se consideran evidentes, y que en ética se llaman principios, y una vez aceptados, la valoración de la conducta ha de responder a la lógica interna del sistema moral en cuestión, y, como en todo sistema lógico, aceptar una falacia cualquiera supone abrir la puerta a cualquier otra.

Es frecuente que los carnívoros intenten justificar su aberración alimentaria alegando que no hay más remedio que matar para comer, lo cual no solo es una idiotez moral, sino una idiotez a secas. Y algunos van aún más lejos y afirman que no hay una diferencia sustancial entre comerse una manzana y comerse a un cordero («a un cordero», no «un cordero», como dicen los especistas para cosificar a los animales no humanos), pues la manzana también es un ser vivo. Y del mismo modo que si dos y dos son cinco yo soy el papa, si da lo mismo comerse a un cordero que una manzana, también da lo mismo comerse a un niño asado, pues la distancia filogenética entre el niño y el cordero —cuya capacidad de sufrimiento es del todo similar a la nuestra— es mucho menor que la que separa al cordero de la manzana.

El hambre, la libido y el miedo son las tres pulsiones primarias de todos los animales, incluidos los humanos, y construimos nuestras sociedades y nuestras culturas —nuestras relaciones y nuestros relatos— a partir de ellas y alrededor de ellas. Del mismo modo que el mito del amor romántico sublima y regula nuestra sexualidad depredadora, el carnivorismo —burda sublimación del canibalismo— es nuestra respuesta irracional e incontinente al hambre, la más apremiante de las pulsiones. Sin embargo, aunque abandonar el carnivorismo sea psicológicamente tan difícil como superar el mito del amor, cuesta entender que aún esté tan arraigado a pesar de las abrumadoras evidencias de todo tipo en su contra.

Nuestra despiadada rutina alimentaria es, entre otras cosas, la principal causa del cambio climático y de otros desastres ecológicos y sanitarios; y sin embargo solo un pequeño porcentaje de la población opta por el vegetarianismo. No son las vacas las que se vuelven locas, sino quienes se las comen, y son sus cerebros los que se esponjan. Afortunadamente, el proceso no es irreversible.


El caníbal cautivo

El silencio de los corderos, 1991. Imagen: Orion Pictures.

Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère! (Charles Baudelaire, Les fleurs du mal)

Una de las imágenes más potentes y desazonadoras del cine de las últimas décadas es la de Hannibal Lecter/Anthony Hopkins con sus ojos de hielo clavados en los del espectador y los dientes apretados tras su bozal de caníbal cautivo. Y en las listas de los personajes de ficción más terroríficos el doctor Lecter suele ocupar el primer puesto. ¿Por qué? Porque Aníbal el Caníbal somos nosotros —o para ser más preciso, somos una versión menuda y vergonzante del gran caníbal arquetípico, el superhombre nietzscheano extrapolable a partir del tipo de bestia humana predominante en nuestra sociedad—, y nada nos horroriza tanto como el monstruo que llevamos dentro. Lecter se come a los animales humanos que lo agreden o incomodan, y acaba con ellos de forma personal y expeditiva; más falsos y cobardes, sus mezquinos epígonos, cautivos de —y cautivados por— una cultura de la depredación, se comen a los animales no humanos que otros han torturado y sacrificado en las cloacas del sistema. La mezcla de horror y fascinación que sentimos al mirarnos en los ojos helados de Aníbal el Caníbal es una punzada de reprimida autoconsciencia, hipócrita lector/lecter, mon semblable, mon frère!

Los derechos de los animales

Tienen razón, en última instancia, quienes dicen que los animales no humanos no tienen derechos; pero se olvidan de decir que los humanos tampoco. Nadie tiene derechos como algo intrínseco o consustancial: los derechos de cada cual no son sino aquellas reglas del juego social que lo protegen y benefician, y son el resultado de un acuerdo colectivo. Quienes invocan una supuesta «ley natural» o una «moral natural», apelan vanamente a esa «fusión de contrarios» que solo tiene cabida en los delirios y en los sueños; por definición, la ley y la moral son constructos culturales que añadimos a la naturaleza precisamente porque en ella no existen.

Esto no significa que los derechos no tengan una base natural, y mucho menos que sean contrarios a la naturaleza, sino que no se derivan o deducen de ella de forma necesaria y unívoca. De hecho, llevamos cientos de miles de años en nuestro actual estadio evolutivo y nuestra visión de los derechos humanos ha variado considerablemente de unas épocas a otras, e incluso de unos lugares a otros en una misma época.

A lo largo de la historia, hemos excluido total o parcialmente de los derechos que hoy consideramos fundamentales a los extranjeros, los esclavos, los plebeyos, las mujeres, los negros, los homosexuales… Y aunque la xenofobia, la explotación, el clasismo, la misoginia, el racismo y la homofobia estén lejos de haber sido superados, al menos hay un amplio consenso teórico sobre la necesidad de superarlos. ¿Por qué no ocurre lo mismo con el especismo, impugnado solo por una exigua minoría de la humanidad? ¿Por qué nuestra capacidad de compasión por el sufrimiento ajeno suele detenerse en seco en el umbral de las mascotas y ni siquiera nos asomamos más allá? ¿Por qué se considera que abandonar o apalear a un perro es una crueldad inadmisible, a la vez que se aceptan atrocidades como la matanza del cerdo o «fiestas» como los sanfermines?

La suspensión de las creencias

Cuando leemos una novela o vemos una película, a menudo se produce el fenómeno conocido como «suspensión de la incredulidad»: sabemos que la historia que nos están contando no es real, y acaso ni siquiera verosímil, pero nos sumergimos en ella y nos emociona como si fuese verdadera. Y no solo reaccionamos así ante la ficción propiamente dicha, sino también ante mensajes claramente engañosos, como los publicitarios. Nadie en su sano juicio cree que la publicidad refleje las auténticas cualidades de los productos promocionados, y sin embargo nos predispone a consumirlos como si de verdad fueran tan maravillosos como los pintan. Y lo que es más grave, otro tanto ocurre con las noticias falsas, tergiversadas o tendenciosas con las que los grandes medios de comunicación nos bombardean sin cesar.

Y esta paradójica suspensión de la incredulidad tiene su reverso y complemento en lo que podríamos denominar «suspensión de las creencias». El cristianismo propugna la igualdad y la fraternidad universales, así como el desprecio de los bienes materiales; pero muchos supuestos cristianos parecen «olvidarse» diariamente de estas convicciones para asumir sin reservas la lógica capitalista de la competencia insolidaria y el enriquecimiento personal. Y aunque los ateos no crean que Dios creara al hombre a su imagen y semejanza, muchos de ellos se comportan como si los humanos fuéramos los «reyes de la creación» y los demás animales estuvieran a nuestro servicio, como afirma la Biblia.

En nuestra «civilizada» relación con nuestros parientes no humanos, sorprende la aparente facilidad con que coexisten el supuesto «amor a los animales» con su explotación más despiadada y cruenta. La mayoría de las personas rechazan —o dicen rechazar— el denominado «maltrato animal», pero comen carne a sabiendas de que el carnivorismo implica no solo el sacrificio, sino también la tortura sistemática y prolongada de millones de animales cuya capacidad de sufrimiento es del todo similar a la nuestra. ¿Cómo se explica tal grado de disonancia cognitiva?

La desestructuración de la realidad

Al igual que las antiguas mitologías, nuestra visión del mundo se concreta en un ciclo narrativo, es decir, un conjunto de relatos complementarios e interrelacionados, más o menos coherentes y operativos, que intentan explicar la realidad. Estos relatos internalizados se basan, en parte, en nuestras propias experiencias e interpretaciones; pero esa parte es mucho menor de lo que solemos creer, puesto que de manera inconsciente incorporamos sin cesar, desde la más tierna infancia (sobre todo en la más tierna infancia), los relatos ajenos: la familia y demás personas de nuestro entorno, la escuela, los libros y los medios de comunicación nos cuentan una colección de historias y nos suministran una serie de datos que vamos integrando en una descripción/interpretación del mundo más o menos satisfactoria, que es a la vez un espejo en el que mirarse y un manual de instrucciones.

A partir de los seis o siete años de edad empezamos a adoptar una actitud crítica con respecto a ese «gran relato» que es la visión del mundo inculcada por nuestra cultura; nos damos cuenta de que los adultos, los libros y la televisión —por no hablar de internet— incurren en continuas contradicciones y no siempre dicen la verdad, y empezamos a sacar conclusiones propias a partir de nuestras experiencias personales.

Para quienes han recibido una educación religiosa, es especialmente difícil cuestionar las creencias que les han sido presentadas como verdades absolutas; pero hay otros dogmas tan resistentes a la crítica como los religiosos y de los que a menudo ni siquiera somos conscientes. El hambre, la libido y el miedo son las pulsiones básicas de todos los animales, incluidos los humanos, y nada caracteriza mejor a una determinada sociedad que sus hábitos alimentarios, amorosos y defensivos, hábitos que tendemos a considerar «naturales» y que rara vez sometemos a un análisis crítico.

Del mismo modo que consideramos normal enamorarse, emparejarse y formar una familia nuclear (un «hogar» protegido del exterior por unas paredes infranqueables y una puerta cerrada con llave), a la mayoría de la gente le parece normal comer carne: todo el mundo lo hace, siempre se ha hecho y no hay ninguna razón para dejar de hacerlo. Pero no es verdad: no todos lo hacen, no siempre se ha hecho y hay muy buenas razones para dejar de hacerlo. Un 8 % de la población mundial es vegetariana, y en los últimos años el vegetarianismo se ha difundido con creciente rapidez; y no solo hay razones éticas para abrazarlo, sino también dietéticas, económicas, ecológicas y sanitarias. Según un reciente informe de la ONU, la producción de carne y lácteos supone el 70 % del consumo mundial de agua dulce, el 38 % de la explotación total de la tierra y el 19 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, por no hablar de la relación del consumo de carne con el cáncer de colon. Estos datos, por sí solos, deberían sacudir las conciencias más laxas. ¿Por qué no lo hacen?

La respuesta hay que buscarla, al menos en parte, en una sistemática —y sistémica— desestructuración de la realidad. Estamos tan acostumbrados a recibir informaciones contradictorias, falaces, tendenciosas o tergiversadas, que nuestra visión del mundo ha dejado de ser —si alguna vez lo fue— un «gran relato» coherente o un ciclo de relatos compatibles y complementarios, para convertirse en un proceloso mar de fragmentos dispersos en el que, como náufragos a la deriva, intentamos mantenernos a flote aferrándonos a alguna convicción engañosamente tranquilizadora. Como la de que somos los «reyes de la creación» y los demás animales son nuestros esclavos y nuestra comida.

El supremacismo humano

Muchos hombres se creen superiores a las mujeres, muchos blancos se creen superiores a los negros, muchas personas cultas se creen superiores a las menos cultas… Y muchos humanos se creen superiores a los demás animales. ¿Por qué? ¿Cuál es el concepto de superioridad que subyace a estas creencias?

Los hombres suelen ser más corpulentos y fornidos que las mujeres, y su supremacía empezó basándose en la fuerza bruta, que, directa o indirectamente, sigue siendo la base del machismo. Los blancos, por diversas razones geográficas e históricas, desarrollaron civilizaciones tecnológicamente más avanzadas —es decir, más poderosas— y sometieron a los negros hasta el extremo de convertirlos en esclavos, también mediante la fuerza. Las personas con más acceso a la cultura suelen ser las que pertenecen a las clases sociales que someten a las demás, de nuevo mediante la fuerza (del dinero y de las armas). En última instancia, quienes se creen superiores proclaman implícitamente que su supuesta superioridad dimana de la fuerza, por más que intenten presentarla como superioridad intelectual. Y además de demostradamente falsos, los argumentos supremacistas son éticamente irrelevantes; pues, aunque los varones blancos y ricos fueran más listos que las demás personas, ¿estarían justificados el sexismo, el racismo y el clasismo?

Supongamos que existiera una especie de homínidos físicamente iguales a nosotros, pero con un desarrollo intelectual similar al de los simios. ¿Los encerraríamos en los parques zoológicos, los torturaríamos en los laboratorios, nos los comeríamos? No, no lo haríamos, pues de hecho no nos comemos ni explotamos a los discapacitados mentales, ni nos sentimos superiores, sino solo mejor dotados para determinadas tareas.

¿En qué se basa, pues, la supuesta superioridad ontológica de los humanos? Aunque nos resistamos a verla, la respuesta es obvia: en el fetichismo del cuerpo y de su imagen (un fetichismo tan arraigado que se hace extensivo a los cadáveres). Al igual que el racismo, el especismo se basa en que los «otros» tienen un aspecto diferente.

Te propongo el siguiente experimento mental: en un remoto planeta, una cucaracha gigante, tan horrible como inofensiva e inteligente, está siendo atacada por un hermoso alienígena con un cerebro equiparable al de un mandril, pero cuyo aspecto físico recuerda vivamente a los angelotes de Rafael. ¿Dispararías contra el bello angelote para salvar a la monstruosa cucaracha? ¿Te lo comerías luego asado, en compañía del insecto gigante?

No se trata de un test con las respuestas a la vuelta de la página, querido lector/lecter, sino de una cordial invitación a la reflexión y a la autocrítica.


La gata vegana

Foto: DP.

Gloria Fuertes marcó, nos marcó la infancia a millones de personas. Y como todos saben, fue una especialista en gatos. El gato Pirracas y la gata Timotea, él de los tejados y ella de las azoteas; la gata Chundurata, que no había modo alguno de que se durmiera; o el famoso gato Garabato, ese gato astronauta que echaba de menos que no hubiera colinas en la Luna.

Del mismo modo, y aunque parezca una obviedad de esas que tanto le gustaban a la poeta de los niños, el perro ladra, la vaca muge, el burro rebuzna y el gato… maúlla.

Y esto no es todo. Podríamos continuar: el cerdo es omnívoro, la vaca es herbívora y el gato… carnívoro.

Llegados aquí y agradeciendo al lector que me haya permitido esta licencia para iniciar el texto, la condición fisiológica por la cual los animales se alimentan está directamente vinculada a su condición genética. Además de ser lo que comemos y que los alimentos sean capaces de modular la expresión génica de quienes los ingieren, e incluso dejar una huella para las siguientes generaciones, los genes también determinan qué debemos comer. Si carne, vegetales, frutas, insectos, un poco de todo… En el mundo animal casi todo está determinado. Sabemos que un león es un carnívoro estricto y que una jirafa es una herbívora estricta. Y lo condicionan sus genes, que permiten que, por ejemplo, se pueda digerir, o no, la celulosa.

Lo mismo ocurre con los animales domésticos. Un cerdo, como buen omnívoro, puede comer casi de todo; el perro es un carnívoro no estricto por lo que, además de carne, come otros tipos de alimentos. Y, frente a estos, el gato, como buen felino, es un carnívoro estricto. ¿Qué quiere decir? Pues que su dieta se basa fundamentalmente en el consumo de carne. ¿Significa esto que moriría si come eventualmente otro tipo de alimento? No. Puede consumir en alguna ocasión otro tipo de alimento, pero la base de la dieta debe estar constituida principalmente por carne. La carne le aporta los nutrientes necesarios para su vida, y otro tipo de alimentos no se lo pueden aportar: taurina, vitamina A o ácido araquidónico.

Que la necesidad dietética sea de un tipo u otro responde a la propia naturaleza fisiológica de cada especie, consecuencia de su adaptación durante miles de años. Al tipo de dientes o al movimiento mandibular; a la presencia o ausencia de determinadas enzimas digestivas; a la longitud y característica del aparato digestivo. Los gatos, por ejemplo, no han tenido la adaptación hacia la biología carnívora-omnivora que han tenido los perros tras treinta mil años de domesticación. Ni genética, ni bioquímica ni de comportamiento. Y por esto continúan siendo carnívoros estrictos.

Dicho esto, pasamos a ciertas tendencias nutricionales aparecidas en nuestro globalizado mundo fruto, en numerosas ocasiones, del estado del bienestar que nos ha traído a Occidente una oferta en cantidad y calidad de alimentos como no había ocurrido antes en la humanidad. Ahora podemos elegir. Entre ellas, la alimentación vegana. Una alimentación en la que se suprime cualquier producto de origen animal y que no solo responde a una tendencia dietética, sino que en numerosas ocasiones va unida a cuestiones de índole ética, en defensa de los animales, o incluso de índole medioambiental.

Lejos de mi intención adentrarme en el complejo debate vegano en el que algunos humanos, omnívoros, han decidido consumir solo alimentos de origen vegetal, sí me gustaría ahondar en las extensiones que este hábito alimenticio está propiciando. Porque como consecuencia de estas nuevas tendencias dietéticas algunos veganos, propietarios de mascotas, pretenden que sus mascotas se adapten al mismo modelo dietético que ellos. Y de aquí surgen los gatos veganos, olvidando la propia naturaleza fisiológica de estos felinos.

Comencemos por el principio. En estado salvaje no existen gatos veganos. No hay. En la naturaleza es imposible encontrar ejemplo alguno de gatos que se alimenten exclusivamente de vegetales. Y esto es consecuencia de la configuración fisiológica con la que los procesos evolutivos nos han ido diferenciando en la capacidad de digerir los alimentos para transformarlos en compuestos biodisponibles, asimilables. Los gatos tienen un tracto intestinal muy corto, y esto está relacionado con la capacidad y los patrones de fermentación, la digestión de los alimentos o la asimilación de nutrientes. O no disponen de determinadas enzimas necesarias para la producción de metabolitos esenciales. Por eso los gatos, como carnívoros, requieren obligatoriamente que se les aporte directamente a través de la ingesta algunos nutrientes que se encuentran en la carne, como la taurina, la vitamina A o el ácido araquidónico. El modelo dietético que necesita cada especie es el resultado de miles y miles de años de adaptación.

A pesar de que no existe evidencia científica alguna que corrobore que una dieta vegana sea suficiente para los gatos, sino todo lo contrario, cada vez son más numerosos los gatos veganos en nuestra sociedad. Gatos veganos de dueños veganos. Y si el gato caza ratones, no hay problema. Pero si no, mis colegas veterinarios están empezando a encontrar patologías de origen nutricional en estos felinos ya que los gatos necesitan comer carne; en caso contrario hay un déficit de nutrientes y enferman. Alteraciones dérmicas, oftálmicas, cardíacas, metabólicas o reproductivas no esperadas en gatos domésticos bien alimentados.

¿A alguien se le ocurriría darle de comer un entrecot a un caballo aunque su dueño sea carnívoro? ¿Darle un tataki de atún, por muy bueno que sea, a una oveja cuyo dueño solo coma pescado? No solo no tiene sentido sino que podemos abocarlos a la muerte. No hagamos veganos a los animales que no lo pueden ser, a pesar de que los suplementos dietéticos que en ocasiones se aportan puedan amortiguar la deficiencias nutricionales de una dieta.

Ahora que cada vez comprendemos más la nutrigenómica sabemos que alterar el modo de alimentación no solo condiciona a los propios animales y su salud, sino que puede condicionar a las siguientes generaciones si es que las alteraciones reproductivas provocadas por trastornos en la alimentación permiten su reproducción. Son los metabolitos derivados de la dieta, o su ausencia, los responsables de cambios epigenéticos que modulan la expresión génica y dejarán su huella para futuras generaciones. Y son numerosos los hallazgos científicos en este sentido.

Así que finalizo adaptando la famosa sonatina de Rubén Darío: «La gata vegana está triste. ¿Qué tendrá la gata vegana? Que ha perdido la risa, que ha perdido el color…».

Ante esta pregunta la respuesta es evidente. Suerte tiene si no ha enfermado. Lo vegano no está hecho para los gatos. Así que, si me permiten una recomendación, les planteo una solución sencilla: pongan un herbívoro o un omnívoro en la vida de un vegano. Será mas apropiado y, seguro, su nueva mascota se lo agradecerá.


Referencias:

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Rothgerber, Hank (2014). Carnivorous Cats, Vegetarian Dogs, and the Resolution of the Vegetarian’s Dilemma. Anthrozoos 27 (4): 485-498   

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Pena capital animal

Juicio de Bill Burns, de P. Mathews, 1838 .

Una soleada tarde de 1563, en una remota aldea de la península de Yucatán, unos vecinos sorprenden a un adolescente desfogando su natural vigor juvenil con un pavo. La Inquisición no tomaba precisamente a broma la coyunda entre especies y el muchacho fue castrado en plaza pública y expulsado de la provincia pocos días después. Tampoco el pavo salió indemne, ya que, si bien había muerto poco después de ser forzado por el mozo, su cuerpo, convertido ya en un putrefacto pingajo, se colgó del cuello del joven mientras se le castraba, para terminar después quemándolo y esparciendo sus cenizas por el campo, como castigo por haber participado, aunque de forma involuntaria, en semejante acto pecaminoso.

Y es que hasta tiempos no tan remotos, el derecho eclesiástico y el secular no distinguían entre seres con capacidad de raciocinio o no, y se aplicaban condenas a todo bicho viviente o incluso no viviente, como hemos visto en el caso del pavo.

El derecho tiene muchas interpretaciones y, a lo largo de la historia, ha sido aplicado con criterios muy diferentes. Kant y Hegel se refieren a él como una propuesta de convivencia emanada de la razón, de lo que se deduce que los seres irracionales quedan excluidos de rendir cuentas ante los tribunales. Sin embargo, cuando se produce una acción punible, la búsqueda de responsabilidad es consustancial al ser humano. En el delicado equilibrio entre exigir solo al que razona o castigar al culpable, sea quien sea, la segunda derivada es la que ha tenido mayor acogida: cuando se tenía un culpable, de poco servían las entendederas o la ausencia de ellas; se condenaba a quien fuese con tal de saciar el deseo de venganza, o para aplicar lo que se entendía como la ley de Dios.

El Antiguo Testamento lo dejaba bien claro. El libro del Éxodo ordena que: «Si un buey acorneare a hombre o mujer, y a causa de ello muriere, el buey será apedreado, y no será comida su carne y el dueño del buey será absuelto». La misma norma se aplicaba si el condenado era un cerdo, perro o gallo.

Pero sería injusto acusar solo a la justicia cristiana por estas prácticas, puesto que ya los tribunales de la antigua Atenas castigaban con la pena capital a los animales —e incluso a objetos inanimados— si habían causado la muerte de una persona. También el sistema penal indio mandaba aplicar la ley del talión a las bestias: si un tigre mataba a una persona, el felino debía ser muerto y su carne comida por los vecinos del finado. En el África musulmana, se flagelaba a los perros que se atrevieran a entrar en una mezquita. También los maoríes de Nueva Zelanda mataban a los cerdos que accedían a los lugares sagrados. Como último ejemplo, apúntese el castigo que recibía un perro que mordiera a varias personas en el imperio persa: se le mutilaba, comenzando por las orejas y terminando por la cola, tantas veces como número de individuos hubiera mordido.

Aplicar la pena capital a los animales ha sido cosa frecuente en muchas culturas. Pocas se libran. Lo particular de la aproximación occidental a la persecución legal de los animales es que no solo se les consideraba responsables, sino que se les aplicaban todos los preceptos de los códigos legales de la época exactamente igual que a los ciudadanos. Y no solo para castigarles, sino también para permitirles actuar como testigos, tal y como admitían algunas legislaciones medievales. En estos casos, si un acusado alegaba que su perro o vaca eran testigos de que la veracidad de su coartada, los jueces y abogados daban el testimonio por bueno.

Mientras esperaban juicio —o la aplicación de la sentencia— los animales condenados permanecían en prisión, junto al resto de encarcelados, y recibían su misma ración. Cuando llegaba el momento de ejecutar la condena —muy a menudo, la pena de muerte— la paga del verdugo era exactamente igual que la que obtenía por ajusticiar a un malhechor. En cuanto a los métodos de ejecución, se escogían de una amplia panoplia de posibilidades: ahorcamiento, hoguera, apedreamiento, decapitación, enterrar vivo al animal, mutilaciones varias…

Pero detengámonos en algunos casos en los que la justicia actuaba contra los cuadrúpedos. En 1386, en una pequeña población del norte de Francia se somete a juicio sumarísimo a una cerda y se la condena a morir ahorcada por haber causado la muerte de un párvulo. En este caso en concreto, la condenada fue vestida con una falda y chaleco, suponemos que no solamente para que sirviera de escarmiento a sus congéneres, sino también como advertencia a los dueños de otros cerdos. En la mayoría de los casos, y siguiendo la norma del Pentateuco, la carne del animal era enterrada o arrojada a los perros.

Los anales recogen multitud de castigos como el descrito. Era muy habitual juzgar a un puerco. Los cerdos, a diferencia de hoy en día, se criaban en corrales, en los patios traseros o bien andaban sueltos por la calle. Eran, en pocas palabras, un modo de transformar las sobras, e incluso la basura y excrementos, en nutritiva proteína, muy escasa en aquellos tiempos. Y si los habitantes del medioevo pasaban hambre con frecuencia, muchas más estrecheces pasaban los tocinos. No era pues del todo raro que, acuciados por un hambre feroz, los marranos se abalanzasen sobre un niño que se aventurase en su pocilga. Los cerdos son omnívoros y están dotados de una fuerte dentadura, así que una piara de unos pocos cutos de 100-150 kg podían hacerse con un niño, e incluso con un adulto, con relativa facilidad.

Ilustración del Chambers Book of Days sobre el juicio a una cerda que tuvo lugar en 1457.

Tampoco hay que olvidar el papel que pudiese desempeñar contra los puercos la narración evangélica en la que Jesús ordenó a los demonios —legión— que poseían a un hombre que le abandonasen y que poseyeran en su lugar a unos tocinos que pastaban cerca. Estos, no pudiendo soportar la nueva compañía, se apresuraron a despeñarse por un acantilado.

Las condenas no se limitaban a casos de sangre. En 1474, también en Francia, un gallo fue condenado por poner un huevo —cómo alguien pudo asegurar que un macho había puesto no es asunto que debamos debatir aquí, pero por aquel entonces se pensaba que de un huevo de gallo solo podía nacer un ser diabólico, un basilisco que traería el demonio a la comunidad— y, seguramente sin realizar un correcto sexaje del ave, se dictó un auto de fe por el que el gallo en cuestión debía morir carbonizado en la hoguera.

No todos los animales que llegaban a juicio eran condenados. Las leyes les permitían contar con abogados defensores cuyas argucias legales surtían efecto en no pocas ocasiones y, a veces, los animales podían salvar el pellejo. Este fue el caso que en 1750 conmocionó a la población de Vanvres, en Francia: uno de sus vecinos fue apresado tras sorprenderle en pleno ayuntamiento carnal con su burra. La ley de la época, inspirada en el Levítico 20:15-16, no dejaba lugar a dudas: «Cualquiera que tuviere cópula con bestia ha de ser muerto; y mataréis también a la bestia. Y cuando una mujer se llegare a algún animal para ayuntarse con él, a la mujer y al animal matarás; morirán indefectiblemente; su sangre será sobre ellos». Así que ambos fueron condenados a la hoguera. Sin embargo, los ciudadanos principales de la villa redactaron un documento exculpando a la bestia puesto que «la conocían desde hacía cuatro años y que durante este tiempo siempre había demostrado ser virtuosa y tener un comportamiento ejemplar y que por ello la consideraban una criatura honesta». El animal fue exculpado por la magistratura.

La juventud podía ser otro elemento atenuante. Este fue el caso de una cerda y sus lechones que acabaron a mordiscos con la vida de un muchacho. La madre porcina fue ejecutada pero los lechones, atendiendo a su corta edad, fueron exonerados. Tras la condena, si era preciso, los abogados apelaban a tribunales superiores y en alguna ocasión consiguieron la nulidad de las sentencias condenatorias.

Si el crimen era menos grave, la ejecución sumaria podía ser sustituida por penas más leves. Ese fue el caso de un macho cabrío que, en la Rusia del siglo XVII, en un precedente de lo que más tarde se convertiría en el gulag soviético, fue desterrado a Siberia.

Claro que lo contrario también sucedía a veces. Así, tres cerdos que habían acabado con la vida de un niño fueron acusados, pero junto a ellos lo fueron además otros congéneres que, si bien no participaron directamente en el crimen —porque una valla les impedía el acceso—, con sus gritos y gruñidos mostraron claramente sus intenciones homicidas, razón por la que fueron ejecutados junto a los que perpetraron el infanticidio.

Ilustración realizada por Gustave Doré, 1874.

No solo los crímenes de sangre o bestialismo llevaban aparejados la ejecución sumarísima. En el mediodía francés un marrano fue llevado al cadalso en 1394 por el grave delito de comerse una hostia consagrada. En otra ocasión también un cerdo fue condenado a muerte, no solo por dar cuenta de un niño, sino con la agravante de haberlo hecho un viernes, día de abstinencia de carne.

Cuando los que causaban daños no eran animales individuales sino plagas solía encargarse el caso a los tribunales eclesiásticos, que podían llegar a excomulgar o declarar anatema a los que se saltaban las normas. En la práctica, este tipo de invasiones solían resolverse con un anatema, ya que la excomunión solo podía aplicarse a personas con estatus legal. Quedaban pues excluidas ratas, insectos y mujeres, quienes no poseían ese estatus de acuerdo a las leyes inglesas medievales.

En estos juicios los acusados contaban también con abogados defensores. En algunos casos, profesionales de primer orden. El abogado francés Bartolomew Chassenée cimentó una sólida reputación especializándose en la defensa de los animales sometidos al rigor legal imperante en aquellos tiempos. En una ocasión en que las ratas habían dado buena cuenta de la cosecha de cebada, nuestro togado tuvo que batirse el cobre para que las encausadas contasen con todas las garantías procesales. Así, convenció a su señoría de que una sola citación era insuficiente para llamar a todas las acusadas, pues vivían dispersas por toda la comarca, de modo que la autoridad ordenó que se las requiriese a juicio desde los púlpitos de cada parroquia. Como los roedores no comparecieron ni por esas, Chassenée argumentó —con éxito— que las reas no podían acudir a causa de los muchos peligros a los que se expondrían de hacerlo, como la numerosa presencia de gatos en las calles de la villa. Ante la imposibilidad de hacer venir a los roedores al tribunal, el caso fue sobreseído.

El hábil letrado inició así una fulgurante carrera que le llevó a ser presidente del parlamento de Provenza. Más tarde, enfrentándose a una fuerte oposición social, defendió a un grupo de herejes con el fino argumento de que «si hasta las ratas de Autun han tenido un juicio justo, ¿por qué negárselo a alguien por considerarlo hereje?». Pero su inteligente razonamiento no le salvó de los fuertes prejuicios de aquel tiempo: poco después recibió un ramo de flores untado con un potente veneno y cayó fulminado en cuanto las hubo olido.

Otro modo de salvar a los acusados era convertirlos, a ojos del juez, en la mano ejecutora del Señor que era enviada a dañar las mieses como castigo por los numerosos pecados de la congregación. Y en otra línea de defensa se consideraba que las plagas habían sido creadas antes que el hombre —según el relato del Génesis— y por tanto tenían derecho a consumir lo que dieran los campos, por delante de los vecinos.

Hoy estos detalles procesales nos resultan hilarantes, pero los teólogos y abogados de la época los tomaban muy en serio. Estaba comúnmente aceptado que, puesto que los animales tenían ciertas reglas de convivencia propias entre los de su especie, también debían respetar las normas de aquellos con los que convivían y, por tanto, no podían quedar exentos de castigo, incluida la pena capital, caso de no aceptar su lugar en el orden establecido de las cosas. De modo que si las procesiones, rogativas e incluso aspersiones con agua bendita lograban la eliminación de topos, babosas, sanguijuelas, gorgojos y demás pestes, el poder del Señor quedaba claramente manifiesto; pero si las llamadas a la intervención divina resultaban ineficaces, lo que quedaba de manifiesto era que los pecados de la comunidad merecían el castigo que les mandaba el Creador desde lo alto.

Poco a poco estas prácticas legales fueron cayendo en desuso. Quizá la urbanización, la lejanía que esta imponía del agro y el menor contacto con los animales fueron la causa de que los juicios y castigos contra los cuadrúpedos perdiesen vigor. Pero no fueron totalmente olvidados puesto que en casos relativamente recientes se han dictado condenas contra animales.

En Suiza, en 1906, padre e hijo asaltaron y dieron muerte a un hombre sirviéndose para ello de la ayuda de un perro. El can fue condenado a la pena capital con el argumento de que su intervención fue clave para la comisión del crimen. Para sus dueños, la condena se limitó a cadena perpetua.

En algunas ocasiones no intervenía la judicatura y la ejecución del animal se basaba en la supuesta aplicación de una justicia popular. Tenemos así el caso de una elefanta de circo, Mary, que en 1916, en una pequeña localidad de Tennessee, dio muerte a uno de sus cuidadores. Las ciudades vecinas se negaron a programar el espectáculo circense si el paquidermo no era ejecutado y, de este modo, un par de días después del suceso, Mary fue colgada de una grúa para regocijo de los lugareños.

También marca la tradición no escrita que, cuando un toro mata a un torero, todo el linaje del astado sea eliminado.

¿Y hoy? Hay casos en los que, por razones, sanitarias, la legislación establece que un animal debe ser sacrificado. Por ejemplo, en el caso de que un perro sea diagnosticado de la rabia. Pero más allá de la potencial transmisión de enfermedades tenemos casos recientes en los que los tribunales juzgan y dictan sentencia contra un animal. Veamos el caso de Taro:

En 1990 Taro, un perro de raza akita de cinco años, mordió a una niña de diez (la niña en cuestión estaba de visita en la casa de sus tíos, dueños de Taro). Los médicos que trataron a la pequeña alertaron a las autoridades. Las leyes de Nueva Jersey dictaban que el animal debía ser sacrificado. Así que nuestro protagonista fue puesto en una perrera a esperar su fatal destino. Los dueños del animal iniciaron una batalla legal para salvar a su mascota alegando que su sobrina había provocado el ataque del animal. La ciudad y el condado se posicionaron con el fiscal, en contra del perro. La corte suprema del estado dictó finalmente que el can debía ser sometido a la eutanasia. El caso levantó un considerable revuelo tanto en los Estados Unidos como internacionalmente. La última palabra fue de la gobernadora del estado, quien dictaminó que a Taro se le perdonaría la vida a condición de que fuese desterrado de Nueva Jersey y que nunca regresase al estado. Así fue.

Otros animales sufren las mismas consecuencias penales que Taro, no solo por morder a una persona sino incluso por matar a otro animal. Ese fue el caso al que se enfrentaron dos perros (Jake y Lucy) en el estado de Colorado en 2015. ¿Su crimen?, haber matado a un gato a mordiscos. Aunque varios testigos aseguraron que los canes eran inocentes, el sistema judicial los condenó a morir. Tras muchas apelaciones y más de diez mil dólares en abogados, la dueña de los animales consiguió que fueran exonerados. En la mayoría de los casos no hay un final feliz.

Damnatio ad bestias. Imagen: Cordon.

No obstante, los animales no solo han sido objeto de castigo, sino que se les ha utilizado en no pocas ocasiones como ejecutores de la pena capital contra personas. El procedimiento por el cual un cuadrúpedo es el encargado de poner fin a la vida de un condenado a muerte se conoce como damnatio ad bestias y se utilizó mucho en Roma, como parte de los juegos. Este modo de ejecución, introducido parece ser por Escipión el Africano, quien salvó a Roma al derrotar a Aníbal, se aplicaba a los acusados de los más horrendos crímenes (parricidas, desertores) y más tarde a los cristianos. Consistía en arrojar al penado a la arena del circo para que fuese devorado por fieras hambrientas. No carecían de imaginación los victimarios, pues utilizaban gran variedad de animales para que dieran cuenta de los reos: leopardos, osos y tigres formaban parte de esta variada fauna, aunque sin duda el animal preferido para este fin era el león. Tan frecuente devino este castigo para los cristianos que incluso se acuñó el término Christianos ad leones (cristianos a los leones). Además, algunas crónicas describen cómo algunas condenadas eran cubiertas con pieles para que caballos o jirafas entrenados para tal fin violentasen sexualmente a las mujeres.

Fue el emperador Augusto quien dictó la Ley Petronia 61. Esta norma prohibía a los dueños de esclavos arrojarles a las fieras sin la autorización de un tribunal. Todo un detalle.

Los romanos importaron esta práctica de Asia. Y desde allí nos llega también otro ejemplo de esta práctica: la pena de aplastamiento por elefante, en la que un paquidermo era el encargado de pisar y aplastar al reo hasta matarlo.

En tiempos menos pretéritos se utilizó a los caballos como herramienta para desmembrar al convicto. En el siglo XVIII, en Cuzco, se intentó ajusticiar mediante este método al líder quechua Tupac Amarú. Quizá las caballerías elegidas para este fin no eran lo bastante fuertes, porque fracasaron en el intento. No supuso esto, no obstante, ninguna ventaja para el indio, pues la falta de acometida de las acémilas fue sustituida por el filo de una espada que le separó la cabeza del tronco.

Afortunadamente, no solo el uso de animales para ejecutar presos está en desuso, sino que la propia pena de muerte retrocede en todo el mundo. No está tan claro, sin embargo, que sea así para miles de perros y gatos abandonados que son eliminados en perreras.

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Hyde, W. W. the Prosecution and Punishment of Animals and Lifeless Things in the Middle Ages and Modern Times. University of Pensylvannia law review and American law register, vol 64, nº 7, May 1916

Girgen, J. The Historical and Contemporary Prosecution and Punishment of Animals. May 2003.


Pato soltero busca vagina sin trampas para su pene explosivo

Imagen DP.

What has been seen, cannot be unseen es un conocido meme de internet que hace referencia a esas cosas en la vida que jamás se olvidan. Querido lector, está usted de enhorabuena: gracias a YouTube, la eyección de un pene de pato puede ser una de ellas.

¿Los pájaros tienen pene? Es una pregunta legítima. El 97% de las especies de aves se las apañan felices sin nada que se parezca a un falo, pero aquellas que cuentan con uno se lo toman muy en serio. Hablamos de las anátidas: patos, ocas, gansos, cisnes, porrones, barnaclas… Sus órganos sexuales varían entre uno y cuarenta centímetros y pueden ser lisos o estar recubiertos de espinas o surcos.

El azulón o ánade real (Anas platyrhynchos) solo puede definirse como el típico pato. El pato de toda la vida, que encontramos en cualquier parque de cualquier ciudad española. Los machos tienen la cabeza de un verde metalizado rematado por un collarín blanco y las hembras, más discretas, son marrones. Pero lo más interesante de estos animales no son sus plumas sino sus genitales.

En el mundo de los azulones tener la pistola más rápida del Oeste no es motivo de vergüenza sino de orgullo. La erección de los machos se completa en menos de un tercio de segundo: su pene espiral se dispara a 1,6 m/s hasta alcanzar los veinte centímetros. ¡BANG! Eyaculación. Con semejante arma, no parece que la hembra pueda votar si quiere —o no— ser fecundada.

Nada ni nadie escapa al pene eyectable de los azulones macho. Estos animales son famosos por su agresiva libido, que hace frecuentes las copulaciones forzadas —término científico para hablar de violación entre animales—. No queda ahí la cosa, porque también son comunes las prácticas homosexuales y entre especies. Incluso existe un artículo científico que muestra el intento de cópula entre un macho y otro… muerto.

Desde que Darwin estableció los mecanismos de la selección sexual se asumió que los machos son promiscuos y compiten por las hembras, mientras que estas son monógamas y pasivas, con una capacidad de elección limitada a la hora del apareamiento. El pene eyectable de los azulones, esa máquina de fecundar infalible, parecía el ejemplo perfecto.

Estas aparentes diferencias hicieron que las hembras no fueran objeto de estudio en profundidad. ¿Por qué hacerlo, cuando eran los machos los que hacían todo tipo de locuras para echar un polvo? Ellos eran más interesantes, con sus coloridas plumas, sus cuernos, sus canciones, sus bailes, sus exhibiciones y sus peleas rituales. Ellas no parecían hacer mucho más que esperar a ver quién ganaba.

Por culpa de ese prejuicio tuvimos que esperar hasta este siglo para descubrir la vagina más asombrosa del reino animal. Porque las patas no iban a dejar que los patos y sus penes explosivos se salieran con la suya, faltaría más. La reproducción es una competición en la que dos individuos intentan maximizar su éxito, aun a expensas del de su pareja. Eso implica trampas e infidelidades… por parte de los dos.

Bienvenidos al laberinto de Creta de las vaginas: la cloaca de la hembra de azulón. Un templo maldito, sin Indiana Jones pero con un ídolo dorado todavía más valioso y mejor protegido. Su forma es tan incompatible con el falo de los azulones que incluso tiene callejones sin salida. Si el pene de los machos gira como un tirabuzón, el conducto reproductor de las patas gira en sentido contrario. En ese sentido, los pobres patos son como un borracho intentando abrir a las cuatro del a mañana la puerta de casa con las llaves del coche.

La vagina de la pata odia al macho. Ante los agresivos ánades y sus pistolas, las hembras han evolucionado hasta tener cierto control sobre quién las fecunda: aunque los azulones fuerzan uno de cada tres apareamientos, apenas el 3% de los huevos es fertilizado por estos abusones.

Casi todo lo que sabemos sobre el sistema antipene de la vagina de las patas se lo debemos a la investigadora de la Universidad de Massachusetts Amherst (Estados Unidos) Patricia Brennan, cuyos vídeos sobre los genitales de patos son casi virales de internet. Con gran inventiva, esta bióloga construyó réplicas de vidrio de los conductos reproductores de las hembras para filmar a cámara lenta cómo se comporta un pene eyectable en su interior. Spoiler: fatal, el esperma se queda en los recovecos iniciales y el falo ni siquiera llega hasta el final.

Pero las vaginas laberínticas no existirían si fueran imposibles de fecundar, pues habrían sido descartadas por la selección natural. Todo cambia cuando la cópula es deseada: en ese caso, la hembra afloja las paredes del conducto para permitir que el pene llegue hasta el final. Brennan también descubrió que, cuanto más largo y elaborado es el pene de un ave acuática, más larga y elaborada es la vagina de la hembra. En aquellas especies sin cópula forzada los genitales son normales. «No me dispares con tu falo y yo no te encerraré en mi templo maldito», parece advertir el árbol evolutivo de las ánades.

«Hace falta correr todo cuanto uno pueda para permanecer en el mismo sitio», le dice la Reina Roja a Alicia en A través del espejo. Es una frase bien conocida por los biólogos evolutivos, pues resume a la perfección la adaptación continua que atraviesan las especies para mantener su statu quo. La carrera armamentística no es solo entre depredador y presa, también entre rivales y compañeros sexuales.

Los genitales de los patos ilustran bien esta lucha constante. Los machos quieren tener una descendencia lo más numerosa posible. Solución: desarrollar un pene explosivo para intentar fecundar a todo lo que se mueva. Las hembras quieren reproducirse solo con los más aptos. Solución: una vagina laberíntica que otorgue cierto grado de selección a su dueña. Ambas estrategias deben funcionar a su manera, de ahí que los genes responsables se hayan extendido.

El motivo por el que ellos prefieren la cantidad y ellas la calidad es la limitación que supone la gestación, un factor que no es exclusivo de las aves acuáticas. En la mayoría de los animales, un macho puede, potencialmente, engendrar miles y miles de hijos, mientras que la hembra puede dar a luz a un número muy limitado de crías a lo largo de su vida. El embarazo requiere, además, una inversión de recursos y tiempo mayor que el hola y adiós de sus compañeros. Estos, por su parte, no van a quedarse a cuidar a la nueva generación si no pueden garantizar que sea suya.

Estas diferencias crean todos los cuernos, literales y metafóricos, de la naturaleza.

El conflicto sexual es la gran constante en el mundo animal. Por eso resulta incomprensible que los penes eyectables y las vaginas laberínticas no fascinen a todo el mundo. Brennan desató, de manera involuntaria, una tormenta mediática con su trabajo cuando este llegó a ciertos círculos conservadores. «El Gobierno gasta cuatrocientos mil dólares en el estudio de los genitales de los patos» debe de ser uno de los mejores titulares publicados durante la presente década.

Algunos medios de Estados Unidos consideraron un derroche que se destinaran fondos públicos a estudiar la reproducción de los ánades. «¿Es el estudio de los penes de los patos un uso apropiado del dinero de los contribuyentes?», preguntaba Fox News en una encuesta. Los resultados dieron, con un 87%, una abrumadora victoria al no. Brennan tuvo que salir al paso, explicando cómo se financia la ciencia, que ese dinero iba destinado a salarios que a su vez generan riqueza, y defendiendo la importancia de la investigación básica.

Lo más triste de la polémica fue la idea implícita de que el sexo —también el de los patos— es algo tabú, una perversión que no merece ser estudiada sino evitada. La realidad es que el sexo lleva en la Tierra unos mil doscientos millones de años y es la solución más popular al problema de la reproducción. Una forma eficaz de evitar que los parásitos hackeen el sistema inmune barajando el genoma en una suerte de cambio de contraseña periódico.

Las ventajas son claras: estamos aquí y vivimos en un mundo extraño y fascinante gracias a la selección sexual. La historia evolutiva de los patos también sirve como consuelo para el desamor. La próxima vez que sientan que no existe su media naranja den un paseo por el parque: en algún lugar del estanque hay un pene que ha evolucionado durante miles de años para acabar girando en sentido opuesto a la vagina en la que debería encajar.


¿Cuál es el animal más espeluznante visto en una película de serie B?

Un pájaro amarillo, un camello albino y un gato negro son los respectivos protagonistas de tres de los estrenos de esta semana entrante, titulados respectivamente Amarillito, Celestial Camel y Gatos. Un viaje de vuelta a casa. La tecnología digital permite dar protagonismo a los animales en una historia sin el engorro de tener que rodar con ellos, así que cabe suponer próximas oleadas de películas con niños y con Charles Laughton. Pero al margen de las dificultades de producción lo cierto es que siempre ha habido un hueco en la pantalla tanto para criaturas antropomórficas con las que identificarse como, muy especialmente, bestias feroces a las que combatir. El león podrá ser el rey de la selva, pero del cine lo es el tiburón, de manera que tras el clásico de Spielberg hemos podido ver también tiburones mecánicos, tiburones pulpo, tiburones voladores, tiburones zombies, tiburones satánicos y tiburones atómicos. Otros cineastas se han atrevido a ir aún más lejos convirtiendo en terribles antagonistas a criaturas en principio poco hechas a ese papel y el resultado ha sido escalofriante, en uno u otro sentido. Así que a continuación repasaremos los más memorables, voten su favorito o añadan algún otro en los comentarios si lo desean.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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La humanidad en peligro

Imagen Warner Bros.

Se estima que los insectos representan en torno a tres cuartas partes del reino animal y dicha proporción se mantiene también en el género de terror. Buena parte de la culpa la tiene esta película, pionera en muchos aspectos. En 1953 La bestia de tiempos remotos introdujo ese sugerente vínculo entre las bombas atómicas y los monstruos gigantes, con la historia de un antiguo dinosaurio que es liberado del hielo en el que permanecía congelado gracias a unos ensayos nucleares. Un año después se pulió el planteamiento creando así escuela: ahora las explosiones creaban mutaciones con su radiación, convirtiendo a simples hormigas en colosales engendros que amenazaban a la especie humana.

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Beginning of the End

Imagen de AB-PT Pictures Corp.

El film anterior fue uno de los mayores éxitos de la Warner Bros de aquellos años, así que alguna mente preclara supo hacerse la pregunta adecuada: ¿Por qué no repetirlo dando protagonismo a otro insecto? Al fin y al cabo todos ellos son igual de repugnantes, si se vuelven gigantes inevitablemente resultarán aterradores. Los efectos especiales dejan bastante que desear (aquí una muestra) pero al menos entre tanto saltamontes encontramos por ahí un rostro familiar, Peter Graves, protagonista entre otros muchos papeles de la serie Misión Imposible, además de ser aquel piloto de Aterriza como puedas tan aficionado a hacer preguntas.

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El monstruo alado

Imagen de Universal Pictures

Esta vez es un volcán el que despierta una criatura atrapada en el hielo durante miles de años, idea que correspondía originalmente a El enigma de otro mundo, de 1951. Pero qué necesidad de imaginarse seres del espacio cuando se puede hacer recaer el protagonismo en una mantis religiosa, que es algo parecido. Basta recrearla a tamaño gigante y ya tenemos un monstruo que ni el dibujante más extraviado hubiera podido diseñar.

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El ataque de los cangrejos gigantes

Imagen de Los Altos Productions

Aquí volvemos de nuevo a los efectos de la radiación provocada por ensayos nucleares, aunque  ahora para variar el gigantismo no lo sufre ninguna especie de insecto. Estos cangrejos que lanzan feroces bramidos mientras atacan a los humanos —o más bien se defienden de nosotros— terminan resultándonos simpáticos, al fin y al cabo Roger Corman como buen artesano del género sabía que el monstruo es el verdadero protagonista de la obra.

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La larga noche de la furia

Imagen de A.C. Lyles Productions

Hemos de reconocerle el coraje a quien tuvo la idea de pretender convertir a unos conejos en bestias temibles. Para ello nos los presentan como mutantes de gran tamaño y dieta carnívora que rugen  como leones… pero ni por esas. Los efectos especiales tampoco ayudan a sumergirse en la trama, así que el paso del tiempo ha convertido a esta cinta en una peculiar obra de culto.

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The Food of the Gods

Imagen de AIP

 

H. G. Wells ya supo intuir antes que nadie que esto del gigantismo daba mucho juego narrativo, como no tenía a su alcance el recurso de las mutaciones debido a la radiación ideó en El alimento de los dioses un suero que hacía crecer desproporcionadamente a todo aquel que lo tomase. En 1976 la novela fue adaptada al cine, lo que dejó para la posteridad escenas como esta de una gallina gigante atacando al incauto que entró a su gallinero.

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Cujo

Imagen de Warner Bros

Hay quien ha bautizado este subgénero con animales como antagonistas como «eco-horror», fábulas ecologistas en las que la naturaleza se venga de las tropelías cometidas por los humanos. Aunque no siempre es necesaria esa excusa moral. A veces, como en esta adaptación de una novela de Stephen King, simplemente una mascota enloquece tras ser mordida por un murciélago rabioso y se dedica a matar a todo el que tenga cerca. El mérito fue escoger para ello una raza tan amigable como la de los San Bernardo.

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El increíble hombre menguante

Imagen de Universal Pictures

De nuevo una mascota se convierte en el peor enemigo imaginable, lo singular del caso es que en realidad el gato sigue siendo como siempre, es su dueño quien sufre el trastorno. De manera que a la escala a la que quedaba reducido el protagonista cruzar la habitación pasaba a ser una epopeya y su en otro tiempo fiel compañía un felino más amenazador que un tigre.

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El pantano diabólico

Imagen de AIP

Las radiaciones de Cabo Cañaveral hacen mutar a las sanguijuelas hasta transformarlas en… bueno, lo que sea que representen esos disfraces. El rodaje duró ocho días y ya parecen muchos para lo que se ve en pantalla. Dado que ha pasado a ser de dominio público, pueden verla aquí.

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Ovejas asesinas

Imagen de Genius Products

Según dicen hay casi ocho ovejas por persona en Nueva Zelanda, así que alguien pensó en qué ocurriría si se rebelasen contra sus dueños y este fue el resultado. Gore, elementos fantásticos y ciertas dosis de humor demuestran que la sombra de Peter Jackson en su país es alargada.

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Serpientes en el avión

Imagen de New Line Cinema

El título es un prodigio de concisión: hay un avión y hay serpientes en él, en eso consiste todo y como espectadores tampoco necesitamos mucho más. De ahí que se convirtiera en un fenómeno de internet antes de su estreno.

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El murciélago diabólico

Imagen de Producers Releasing Corporation

La premisa desde luego es original: Bela Lugosi interpreta a un químico que cría a murciélagos gigantes para que ataquen a aquellos que emplean cierta loción de afeitado, que a continuación procede a repartir entre aquellas personas que odia. Al ser de dominio público pueden verla aquí.

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Ranas

Imagen de American International Pictures

Las ranas lideran en esta cinta de 1972 una rebelión generalizada del mundo animal contra los invasores humanos que ponen en peligro su hábitat. Probablemente lo mejor de la película sea su cartel…

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Zombeavers

Imagen de  Armory Films

Hoy día podemos ver zombis nazis, vaqueros zombis, rockeros zombis, zombis en la obra de Jane Austen y comedias románticas zombis, así que no es de extrañar que la infección terminase extendiéndose al mundo animal. En Zoombies vemos un zoológico entero afectado, mientras que un título como Poultrygeist: Night of the Chicken Dead no necesita mayor explicación. En el caso que tenemos sobre estas líneas unos animales tan entrañables como los castores son poseídos por este mal y acechan a un grupo de excursionistas.

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Hace un millón de años

Imagen de Hammer

Concluimos con todo un clásico de la cultura popular. La productora Hammer desde finales de los años cincuenta había revitalizado el género de terror con todos sus personajes más característicos, desde Drácula hasta la momia, pero a comienzos de los años sesenta el filón comenzaba a agotarse. Además Psicosis había dado un salto revolucionario al traer el terror desde el romanticismo decimonónico hasta la época actual, y en comparación todo lo demás quedó repentinamente anticuado. La respuesta de Hammer fue explorar nuevos caminos, como el de situar la narración en una época prehistórica en la que los humanos convivían con los dinosaurios. Puestos a tirar la casa por la ventana además había arañas y tortugas gigantes, todo vale para el puchero. Pero con el paisaje de las Islas Canarias, Ray Harryhausen al frente de los efectos especiales y Raquel Welch de protagonista el resultado fue un éxito clamoroso que ha resistido el paso del tiempo.

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Terra incognita

Imagen: Antonio Tamez, a partir de material de dominio público.
Imagen: Antonio Tamez, a partir de material de dominio público.

La Tierra es un cementerio enorme alrededor del Sol. Sobre los animales extintos en tiempos recientes, que es otra manera de llamar a las bestias ahora míticas como el pájaro dodo y la paloma migratoria, Philip Hoare ha escrito que de su existencia solo tenemos como testimonio las palabras de terceros, en especial cuando sus atributos físicos parecen ridículos o imposibles. Algunos dinosaurios y otras tantas formas de megafauna, previas y posteriores, tienen el beneficio del récord fósil, que no es cualquier cosa si se toman en cuenta las condiciones puntuales que deben cumplirse para que ocurra el proceso de mineralización. Pero estas evidencias, en museos y en colecciones privadas, o como pequeños souvenirs que se compran en la carretera, no son un archivo completo de lo que ha sido. En verdad causa vértigo pensar en todo lo que ha caminado sobre este planeta a lo largo de los milenios, todas esas formas de vida de las que no sabemos, ni sabremos, absolutamente nada.

Gracias a los datos compilados desde los albores de la ciencia moderna, además de las ventajas de vivir en una civilización altamente tecnológica en la que todo queda registrado y etiquetado, es fácil creer que es poco lo que queda por conocer del mundo y el universo, y ahí caeríamos en el mismo error de toda esa gente educada que décadas o siglos antes pensó de la misma forma. Si le hubiéramos preguntado a un médico del Renacimiento su opinión sobre el futuro de su profesión, tal vez hubiera hablado de una refinación de los instrumentos quirúrgicos o de los remedios a base de plantas. La anestesia y los rayos X, desarrollos espontáneos del progreso, no hubieran figurado en su horizonte. Si podemos decir una cosa positiva sobre el futuro es que nunca resulta ser como pensamos que será.

Hic sunt dracones. Ya se ve esta advertencia escrita sobre las costas del este asiático en un globo terráqueo del siglo XVI, el Hunt-Lenox. Ahí, en esas regiones desconocidas, los europeos veían dragones. Pero la práctica de mitificar las periferias del mundo es más antigua aún, se ve en las historias, en las cartas náuticas y los mapas de exploradores medievales y clásicos; monstruos y leyendas de pueblos exóticos en las regiones limítrofes del conocimiento. Algo parecido a lo que ocurría con los bestiarios cristianos, donde las descripciones de animales que hoy parecen ordinarios, ya sean leones, ballenas o linces, se confundían con las de unicornios, basiliscos, y krakens, criaturas que bien pudieron ser invenciones de sus autores y las fuentes folclóricas en las que se documentaban, o auténticas exageraciones y testimonios confusos de fauna verdadera.

¿Qué validez tiene decir esto además de encontrar una justificación para lo desconocido? Demasiada, si se piensa que es el mismo principio detrás de la criptozoología, la cual en los últimos treinta o cuarenta años, tal vez más, no ha disfrutado de la buena consideración del discurso científico y la cultural oficial. En parte esto es culpa de los mismos criptozoólogos y el aparato mediático del que se han rodeado, dígase libros escritos sin ningún rigor, revistas chillonas que da vergüenza comprar incluso en los supermercados —no vayan a creer los demás que somos tontos— y el infotainment de canales de televisión por satélite que será mejor no mencionar pero que todos sabemos cuáles son. Una lástima, pues detrás de cada supuesto avistamiento de pies grandes en los bosques americanos o plesiosauros en los lochs escoceses, en las orillas de cada fraude, y no hay que olvidar que la historia natural está llena de ellos, se encuentran los auténticos interesados en lo que falta por descubrir, junto con los testigos desgraciados de algo que no pudieron discernir, pero que en su imaginario personal tiene una forma, nombre e identidad.

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Detalle de un cáliz encontrado en Eretria, Antigua Grecia, donde se representan un sátiro, un grifo y un arimaspos; ca. 375–350 a.C. Fotografía: Jastrow (CC).

Donde la ciencia se topa con una laguna, la imaginación encuentra un océano. Después de vagabundear por el desierto de Gobi, otro tipo de océano, los escitas hablaron a los griegos sobre los grifos, aves con cuerpo de león que cuidaban tesoros y devoraban a quienes se atrevían a explorar sus dominios en busca de oro. Fue una leyenda, como cualquier otra, que con los siglos pasó de la curiosidad de cronistas y exploradores a los manuales de bestias que se encuentran en los juegos de vídeo y de rol. Pero hace setenta millones de años los protoceratops, cuadrúpedos con pico y no más grandes que una oveja, vivían en las estepas y montes de todo ese territorio. No es descabellado suponer que, esparcidos por el desierto y los valles, los escitas pudieron haber encontrado restos fósiles de estos habitantes del Cretácico, como ya ha sugerido la folclorista Adrianne Mayor. Así, gracias un instinto narrativo y la necesidad de catalogar el mundo, lo desconocido tomó su forma quimérica en esas tierras enormes.

La lejanía y la vastedad del espacio y el tiempo tienden a fomentar estos recursos de la imaginación, aunque la vida real se encarga de hacer la retroalimentación. Solo hay que ver el catálogo de lo que se sabe ha existido para reconocer la diversidad de formas que han poblado el planeta. Tampoco es necesario viajar millones de años hacia el pasado o el futuro —eso, al final, qué importa cuando hablamos de tiempo profundo— cuando tenemos el aquí y ahora. Arriba, muy arriba, en las aguas del Ártico, viven los narvales, cetáceos emparentados con las belugas y más conocidos como unicornios marinos gracias a su cuerno frontal, en realidad un colmillo que sirve de órgano sensorial. Estos cuernos pueden alcanzar hasta los tres metros de largo y en la Edad Media eran considerados talismanes de la buena suerte. Los boticarios y alquimistas gustaban de triturarlos hasta obtener un polvo fino con el que preparaban cosméticos y medicinas, los nobles los codiciaban como cetros, y los artistas, enamorados de su estructura espiral, lo regalaron al caballo para que se volviera el unicornio de la fantasía. Todo suena como un cuento de hadas, y la mayoría lo pensaríamos de no ser por la cantidad de documentación que existe, incluyendo fotografías y vídeos. Y, aun así, ¿cuántos de nosotros hemos visto un narval, o un casuario, un rinoceronte blanco o una ballena azul? ¿Cuantos de nosotros tenemos una experiencia directa de todo lo que existe? En una época en la que abunda la manipulación de los datos y la imagen digital, en la que cada vez es más lícito dudar del Estado, los medios y la autoridad, qué importa si es científica, política o eclesiástica, caemos en la cuenta de que muchas veces es en las palabras y las experiencias de los otros como podemos tener una ilusión sobre la certidumbre del mundo en el que vivimos. De nuevo la advertencia de Hoare.

La historia natural se construye con la arcilla caliente de las tierras desconocidas y el rumor sobre lo que ahí se oculta. Durante años el picozapato fue considerado una leyenda por los zoólogos europeos, hasta que algunos especímenes fueron llevados a las universidades y sociedades científicas por exploradores que se internaron en África. Lo mismo ocurrió con el ornitorrinco, que al aparecer desconcertó tanto a los naturalistas cuando llegó de Australia, que pensaron debía de ser un fraude hecho por algún marino chino o japonés, algo así como la sirena de Fiji. En su concepción de la realidad, un animal con el cuerpo de un topo y el hocico de un pato no tenía lugar en la Tierra racional y bien catalogada que los expertos como ellos comenzaban a pavimentar.

The Kongouro from New Holland (Kangaroo) 1772 by George Stubbs. ZBA5754
El canguro de Nueva Holanda, de George Stubbs, 1772. Imagen: DP.

Algunas veces, incluso el conocimiento certero de lo que está ahí afuera toma formas mágicas. En 1770 George Stubbs, el mejor retratista de animales de su tiempo, hizo dos pinturas sobre esos otros dos habitantes emblemáticos de las tierras australes. En El canguro de Nueva Holanda lo que se ve es un ratón de tamaño desproporcionado, erguido en lugar de erecto, de rostro amable, sin bolsa, y mucho más grácil de lo que un marsupial de su tipo debería ser. Si parece la interpretación liberal de un canguro auténtico es porque Stubbs, quien por lo general usaba especímenes vivos para sus retratos, tomó la piel de uno muerto que encontró en la costa y le dio forma gracias al relleno de goma y aire. Por otro lado, Retrato de un perro grande, hecho a base de rumores y descripciones vagas, muestra a un zorro inexistente en lugar de un dingo. A su crédito, ambas son las primeras pinturas sobre fauna australiana en el arte occidental y tanto es su valor científico y cultural que se vieron involucradas en una pequeña disputa en 2012 entre el Reino Unido y Australia.

Lo más interesante sería preguntarnos si estos animales, tal como fueron retratados por Stubss, no son interpretaciones equivocadas de los verdaderos, sino especímenes reales, perdidos en algún lugar del espacio, el tiempo y la memoria, residuos de leyendas. Después de todo, el outback es un lugar enorme, y como los bosques americanos, el fondo de los lochs escoceses y el desierto de Gobi, son extensiones salvajes, no del todo conocidas, tierra fértil para la imaginación.

Y es que a pesar de que parezca que no hay nada nuevo en la Tierra, detrás de las nubes y bajo las montañas, una postura cada vez más fácil de tomar conforme nos volvemos cínicos y sofisticados en estos días de información instantánea, la verdad es que aún queda todo lo demás. El fondo del mar, para fin práctico, es un abismo inexplorado y quién sabe qué cosas habrá ahí. La red de grutas y cavernas a nuestros pies aún no cuenta con un mapa detallado, falta visitar el resto de los planetas y cada vez es más certero que desconocemos gran parte de lo que se encuentra más allá de Neptuno. Luego está el espacio profundo, el de las galaxias, las estrellas de neutrones y los agujeros negros, y a partir de ese extremo llegamos a otro espacio, uno interior, el de la consciencia y la inconsciencia, con sus países y sus monstruos, la terra incognita que aún no ha sido cartografiada a pesar de todos los intentos por embotellarla en explicaciones neurológicas y psicológicas. Un país íntimo y lejano rodeado por un océano difícil de navegar.


El primer mejor amigo

Dos lobos grises jugando en Yellowstone. Fotografía: Zechariah Judy (CC).
Dos lobos grises jugando en Yellowstone. Fotografía: Zechariah Judy (CC).

Los genetistas estudian el ADN y viendo las variaciones en la secuencia, las mutaciones producidas con el tiempo, pueden poner el calendario a girar al revés y situar tanto geográficamente como temporalmente a los ancestros de un grupo. Es llamativo pensar que todos los seres humanos actuales derivamos de una mujer que vivió hace entre 99 000 y 200 000 años en el este de África, la llamada Eva mitocondrial. También es asombroso conocer que todas las personas de ojos azules derivan probablemente de una persona que vivió en el noroeste del mar Negro hace unos 8000 años, un mutante con una mirada especial. Ese sí que era «Ol’ Blue Eyes» y no Frank Sinatra.

Dos estudios recientes han analizado la genética de los perros, investigando la diversidad del ADN en perros primitivos, razas modernas y lobos actuales. La diversidad de los perros del sudeste asiático es mayor que en otras regiones del planeta y son los más parecidos a los lobos grises, indicando que en esa zona apareció el perro doméstico hace unos 33 000 años. Es decir, el primer perro, tal como los conocemos, surgió en Asia cuando todavía éramos cazadores-recolectores. Hace 15 000 años un grupo de humanos con sus perros ancestrales migraron hacia Oriente Medio  y desde allí, hacia África y hacia Europa, llegando a nuestro continente hace unos 10 000 años. Uno de los linajes perrunos migró de vuelta hacia el este generando una serie de poblaciones mezcladas con los linajes endémicos asiáticos en el norte de China antes de cruzar por el estrecho de Bering y llegar a América. No hay lugares donde haya hombres y no haya perros.

Las razas caninas modernas son una historia diferente, han sido «creadas» mayoritariamente en los últimos dos siglos en Europa. Darwin, que amaba los perros, vio que la selección artificial por los humanos de algunas características deseables producía rápidamente razas muy diferentes del animal original. Eso le hizo pensar que quizá la selección natural podría generar cambios similares y llevar con facilidad a la aparición de nuevas especies. Ese interés le impulsó a cartearse con ciertos de criadores, no solo de perros, sino también de prácticamente cualquier especie domesticada, de pollos a gatos, de cerdos a vacas, de palomas a caballos. Publicó toda esa investigación en una obra magistral en dos volúmenes titulada Variations in Animals and Plants Under Domestication, un tratado que siglo y medio después sigue siendo la obra de referencia en el tema.

Cuando Darwin era un niño no había más de quince razas de perros reconocidas. Cuando publicó El origen de las especies ya eran cincuenta. Ahora están en torno a cuatrocientas y la mayoría de las variedades han conseguido una identidad en menos de treinta generaciones. Nos asombra la diferencia entre un san bernardo y un pequinés, pero a veces la genética es mucho más parecida de lo que creemos y, en ocasiones, una sola mutación genera una nueva raza. El lobero irlandés tiene un metro de alzada y pesa como treinta chihuahuas, pero ambas razas difieren solo en un gen. Darwin encontró una serie de rasgos que se repetían con regularidad en distintas razas de animales domésticos y que se han denominado el síndrome de domesticación. Hay cosas necesarias y evidentes como una mayor docilidad, pero otras son menos esperables  a priori, como cambios en la coloración (aparecen los pelajes a manchas blancas y negras), dientes y cerebros más pequeños y hocicos más cortos. En muchas especies, las colas se vuelven cortas o enroscadas y las orejas se «caen». Darwin especuló que algunas de esas características, como el pelaje blanco y negro, podía tener cierta utilidad —las manchas del dálmata o la vaca holstein podían hacer que fuera más fácil localizar al animal en el campo—, pero no encontró una explicación fiable para todo lo demás.

Tecumseh Fitch, Adam Wilkins y Richard Wrangham han propuesto una nueva explicación. Su hipótesis se basa en que todos los rasgos del síndrome de domesticación tienen que ver con una población celular: la cresta neural. Estas células migran durante el desarrollo embrionario para formar las glándulas suprarrenales y partes del sistema nervioso, además de las células pigmentarias de la piel y grandes partes del cráneo, los dientes y las orejas. La idea es que a la hora de domesticar una especie lo más importante es que no sea agresivo ni demasiado miedoso (algo que también puede llevar a la agresividad) y las glándulas suprarrenales y el sistema nervioso simpático son los responsables de la respuesta de «lucha o huida». Pero si elegimos un animal con una cresta neural anómala (porque eso es lo que le ha llevado a ser tranquilo y confiable) es muy probable que tenga cambios en la cabeza, los dientes, las orejas y el pelaje, porque todas estas cosas están relacionadas. Un cachorro pequeño no tiene su sistema de defensa bien desarrollado, por lo que si empieza a tratar con un humano muy pronto y no ve a su madre respondiendo con agresividad o miedo, aceptará a esa persona. Los lobos tienen una ventana para ese proceso que dura hasta que tienen un mes y medio, tiempo en el que no son capaces de generar una respuesta de lucha o huida. Si antes de ese período se exponen repetidas veces a los humanos, les aceptarán y estarán domesticados; si es después, atacarán o saldrán corriendo. En los perros, esta ventana de socialización dura mucho más, hasta los cuatro-diez meses dependiendo de la raza. Después de ese tiempo, si un perro no ha tenido trato con humanos les tendrá miedo a pesar de que convivan juntos. Estos investigadores piensan que la docilidad vienen de una maduración tardía y un funcionamiento alterado de las glándulas suprarrenales y el sistema nervioso simpático que a su vez proviene de que haya menos células de la cresta neural y hayan migrado más tardíamente. Como estas células son precursoras de los dientes, la piel pigmentada, los hocicos y las orejas, esos cambios explicarán todas las características del síndrome de domesticación.

Esta hipótesis es apoyada por experimentos con zorros siberianos realizados en la Unión Soviética en los años cincuenta. Los rusos querían domesticar a estos animales codiciados por su piel e hicieron una selección de las crías que menos miedo mostraban y eran más amigables. En menos de diez generaciones consiguieron una raza domesticada y muchos de estos animales tenían síndrome de domesticación incluyendo una función adrenal reducida, una mayor ventana de socialización, cambios en la pigmentación, orejas caídas y hocicos más cortos.

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Fotografía: University of Liverpool Faculty of Health & Life Sciences (CC).

Uno de los equipos de genetistas perrunos recogió ADN de 549 perros de pueblo en 38 países por todo el globo y de 4676 perros pura sangre de 161 razas diferentes. Tras analizar 185 805 marcadores diferentes pudieron establecer un esquema de cómo unos perros están relacionados con otros y situar a los ancestros en ese árbol genealógico. Evidentemente no sabemos cómo se produjo la primera domesticación, la primera «creación» de un perro, pero se supone que fue realizada por cazadores-recolectores a partir de una manada de lobos grises. Los humanos cada vez cazaban mejor y eso, combinado quizá con algún cambio climático, hizo que la cantidad de alimento disponible para los predadores de cuatro patas fuese mucho menor. El resultado es que algunos lobos se hicieron carroñeros, lo que favorecería la disminución de su agresividad, un menor tamaño y un mayor acercamiento a aquellos hombres que establecían campamentos donde siempre había basura comestible. Para aquellos lobos menos agresivos, los humanos serían vistos más como proveedores de comida que como posibles presas. Eso iría haciendo que los lobos fueran cada vez peores cazadores, lo que a su vez iniciaría el camino hacia la domesticación, algo que probablemente se haría cogiendo un lobezno joven como si fuera un juguete, una mascota y haciéndole convivir con los humanos, mayores y niños, desde muy pequeño.

Los perros primitivos fueron cambiando su morfología. Su pelaje se volvió más suave y con manchas blancas, las orejas se hicieron más flexibles y se doblaron o directamente se volvieron gachas, los dientes se hicieron más pequeños, y empezaron a menear la cola para mostrar su alegría, características todas ellas que les hacían más gratos a los humanos. En unas pocas generaciones dejaron de parecerse a los lobos de los que se habían originado y surgió nuestro Canis familiaris. También cambió su psicología. Aprendieron a leer los gestos humanos: algo que nos parece tan sencillo como señalar una pelota y que nuestro perro nos la traiga es en realidad bastante asombroso. Incluso nuestros parientes más cercanos como chimpancés y bonobos no entienden los gestos humanos tan bien como lo hace un perro. De hecho, los perros nos miran y siguen nuestros gestos de una forma parecida a como lo hace un niño, por eso es tan extraordinaria la comunicación que tenemos con ellos. Dicen que nuestra esclerótica blanca, «el blanco de los ojos», facilita esa comunicación humano-perro pues detectan con rapidez lo que estamos mirando. Los perros aprendieron a captar e interpretar algo tan sutil como un cambio en la dirección de nuestra mirada o nuestra expresión. Curiosamente, unos investigadores japoneses han comprobado que cuando un humano y un perro se miran a los ojos, en los dos cerebros hay una liberación de oxitocina, la hormona asociada con la confianza y el amor que se cree responsable del vínculo entre la madre y su bebé. Los lobos, aunque estén domesticados, evitan compartir la mirada con sus cuidadores humanos y cuando lo hacen no genera ese efecto en la producción de oxitocina que sí muestran los perros.

Aquel vínculo de hace 30 000 años entre humanos y perros nunca se ha roto. Al poco tiempo, los perros se hicieron valer para aquellos cazadores-recolectores. Sus ladridos avisaban de la presencia de un extraño; su olfato, su velocidad y su agresividad les convertía en perfectos aliados para la caza; sus dientes eran unas armas afiladas para cazar y también para defenderse de un predador o de un enemigo; sus cuerpos calientes y peludos eran una bendición en una noche gélida y quizá por eso todavía lo llamamos «una noche de perros». Y también, aunque a alguno le pueda estropear el desayuno, los perros podían servir, si las cosas se complicaban, como una reserva de comida para emergencias. Un agricultor rápidamente establece depósitos de grano, almacenes de carne salada, depósitos de pescado salado o de queso. En cambio, un grupo de cazadores-recolectores no puede almacenar mucho alimento porque las cosas que pueden transportar están limitadas. A no ser que la comida se transporte sola. Algo que experimentaron muchos exploradores polares con sus perros esquimales.

Para leer más:

Fitch T (2015) «How pets got their spots (and floppy ears)». New Scientist 3002: 24-25.

Hare B, Woods V (2013) «Opinion: We Didn’t Domesticate Dogs. They Domesticated Us». National Geographic. Enlace.

Nagasawa M, Mitsui S, En S, Ohtani N, Ohta M, Sakuma Y, Onaka T, Mogi K, Kikusui T (2015) «Social evolution. Oxytocin-gaze positive loop and the coevolution of human-dog bonds». Science 348(6232): 333-336.

Wang GD, Zhai W, Yang HC, Wang L, Zhong L, Liu YH, Fan RX, Yin TT, Zhu CL, Poyarkov AD, Irwin DM, Hytönen MK, Lohi H, Wu CI, Savolainen P, Zhang YP (2016) «Out of southern East Asia: the natural history of domestic dogs across the world». Cell Res 26(1): 21-33.