Guy Fawkes, o cómo un ultracatólico se convirtió en icono de la revolución global

Foto: Danijel James (CC)
Foto: Danijel James (CC)

Es la noche del 4 al 5 de noviembre de 1605 y Guy Fawkes, o Guido Fawkes, como prefiere que le llamen, espera en un pequeño cobertizo de leña que queda justo debajo de la Casa de los Lores, en Westminster. De él se dice que es alto, delgado y que su presencia impone. Por supuesto, lleva los clásicos bigotes puntiagudos de la época, algo parecido a una perilla mal afeitada y pelo negro que a veces deja ver un tono rojizo. Aparte, una capa, un sombrero y un farol en la mano.

Hay algo en la escena, cuando uno la revisa, que invita a pensar en Toma el dinero y corre, aquel plan de fuga de la prisión que se aborta en el último momento sin que nadie avise a Woody Allen. Hay algo de Woody Allen en Fawkes, algo de imposible y solitario en su misión, pero sobre todo hay mucho de locura. Una locura llena de odio contra los Estuardo, esos escoceses llamados a última hora para suceder a los Tudor y que han acabado traicionando, ellos también, a los católicos.

El caso es que la noche pasa y Fawkes sigue solo en el cobertizo. Solo con la leña, las cerillas y un reloj para contar el tiempo desde que encienda la mecha, cálculo imprescindible para poder huir cruzando el Támesis y volver a Europa a anunciar la buena nueva. ¿Dónde están entonces sus cuatro compañeros de intrigas? Si somos generosos, diremos que cumpliendo con la obligación de buscar aliados en las Midlands para que a la explosión del Parlamento le siga una rebelión por todo el país.

Si pensamos mal, se han limitado a huir una vez han sido conscientes de que la trama está siendo investigada, que Jacobo I lo sabe todo, con Jacobo la guardia real, y que la orden de registrar cada uno de los recovecos cercanos a las Casas del Parlamento —Westminster a principios del XVII no es sino un laberinto de tiendas y viviendas apiñadas alrededor, lo será casi hasta el gran incendio de 1834— ya está dada. Si van a pillar a alguien, que pillen al loco de Fawkes, aunque Fawkes en rigor no es más que un eslabón en la cadena y ni siquiera el más importante, claramente por debajo de los conspiradores habituales Catesby, Percy y Wintour.

Lo que le aleja de la narrativa Woody Allen es que Fawkes sí sabe que seguir adelante con el plan es una temeridad. Conoce la carta que recibió Lord Monteagle el 26 de octubre advirtiéndole de que el 5 de noviembre no fuera a la apertura del Parlamento, una apertura ya retrasada dos veces por los estragos de la peste sobre Londres. «Las Cámaras recibirán un gran golpe ese día», dice la carta y al católico Monteagle no le queda más remedio que informar a las autoridades, aún en la duda de si la palabra inglesa «blow» tiene aquí un significado literal —«explosión»— o metafórico.

Da igual, Fawkes no ha venido desde Holanda, donde lleva casi diez años luchando junto a las tropas de Felipe III contra los independentistas protestantes para ahora quedarse en casa. Si la pólvora está ahí, treinta y seis barriles debajo de la leña húmeda, es en gran parte mérito suyo y no parece un hombre al que le espante el reconocimiento. Contra toda lógica, se queda esperando que llegue la mañana del 5 de noviembre para culminar su matanza, la explosión que acabe con Jacobo, con toda su corte y de paso con la Iglesia anglicana. Una espera que se hace corta: un grupo de policías entra al rato en la habitación y desconfía, pero ahí solo hay leña y Fawkes se presenta como un simple criado que está cuidando de ella.

Todo bien hasta que alguien cae en la cuenta: ¿qué demonios hace un criado vestido así cuidando leña de madrugada? A los pocos minutos, vuelve la guardia, esta vez más numerosa y apresa al extraño. Cuando mueven un poco los troncos encuentran los barriles de pólvora listos para detonar y al registrar a Fawkes descubren una cuerda y unas cerillas. Demasiadas casualidades. El jefe del destacamento le pregunta quién es y qué hace ahí a esas horas. A lo primero contesta una mentira: «Me llamo John Johnson». A lo segundo, en cambio, no tiene problema en reconocer la verdad: «Estoy aquí para mandaros a todos vosotros, bastardos escoceses, de vuelta a vuestro país».

El descubrimiento de la conspiración de la pólvora y detención de Guy Fawkes, de Henry Perronet Briggs (DP)
El descubrimiento de la conspiración de la pólvora y detención de Guy Fawkes, de Henry Perronet Briggs (DP)

La crueldad de los Tudor, la crueldad de los Estuardo

John Johnson. Pese a lo estúpido del nombre, la mentira funciona durante unas horas, días incluso. Por ejemplo, la orden del rey Jacobo permitiendo que se utilice la tortura contra el reo —«primero con dulzura, luego incrementando el sufrimiento y así según sea necesario»— está firmada contra Johnson y no contra Fawkes. Todo el mundo sabía hasta qué punto podía ser cruel un Tudor pero solo los escoceses tenían constancia de hasta dónde podía llegar un Estuardo. Ahora, Fawkes se hace a una idea. Durante dos días le mantienen atado al potro, donde la tortura llega a límites inhumanos.

Solo que Fawkes resiste. Quiere dar tiempo a que sus compañeros huyan. Quiere guardar su nombre verdadero para proteger a su familia y no le importaría morir antes que tener que confesar. El martirio, el sueño de todo fundamentalista, se acerca. Camino de santidad. Viendo cómo se están poniendo las cosas, la guardia decide volver a inspeccionar la ropa del detenido. En la camisa encuentran una carta a nombre de Guido Fawkes. ¿Quién es Guido Fawkes?, le preguntan al hombre de los bigotes, la perilla y el pelo largo y deslavazado.

Y aunque la primera vez Guido Fawkes no es nadie, como no lo es la segunda, al final el reo se rinde de dolor y espanto y reconoce que es él, Guido como variante italiana, apostólica y romana del «Guy» inglés, un nombre poco común salvo en la zona de York donde nació en el seno de una familia de clase media-alta. A partir de ahí, el chorreo de detalles: su conversión al catolicismo cuando su madre enviudó y volvió a casarse con un recusante, los años en Flandes, primero al servicio de Felipe II, luego al de Felipe III

…La embajada que junto a otros conspiradores fue recibida en la corte española. Buenas palabras y buenos gestos pero ni un solo compromiso para derrocar a Jacobo y reinstaurar el catolicismo. El recuerdo del fracaso de la Armada Invencible, aún demasiado presente y los problemas en el centro del imperio, demasiado acuciantes. La constancia de que tendrían que hacerlo ellos solos: los cinco extremistas que se reunieron en 1604 en una taberna a las afueras de Londres, los trece que llegaron a ser para planear el alquiler del sótano y la compra y transporte de la pólvora.

Una pólvora que, en el mejor de los casos, sí, podría haber hecho saltar las Casas del Parlamento por los aires pero que, después de meses hacinada en esas condiciones, probablemente no consiga siquiera prender llama. Cuando le cuentan a Jacobo la resistencia del hombre antes conocido como John Johnson no puede sino reconocer su valor. Eso no le evita el juicio y la condena a muerte. Cuando le dan a firmar la confesión, lo único que Fawkes es capaz de hacer con la pluma es un garabato en el que parece leerse «Guido», seguido de una raya que se pierde en el papel.

La firma de Fawkes, antes y después de la tortura (DP)
La firma de Fawkes, antes y después de la tortura (DP)

La noche de las hogueras

Y así llega el 31 de enero de 1606. La peste sigue amenazando a los londinenses, pero eso no evita que miles de ellos se congreguen enfrente del Parlamento para asistir a un espectáculo de primera, el habitual en los delitos de alta traición: se sube al reo a un andamio y se le deja colgando sin llegar a asfixiarle. Aún vivo se le cortan los genitales, se le ponen delante de los ojos y luego se van sacando lentamente las tripas y el corazón hasta acabar con la decapitación.

Después, los caballos arrastran los restos por toda la ciudad para escarnio y ejemplo.

Catesby y Percy, los cabecillas del movimiento, se han salvado del martirio al morir a tiros justo mientas la policía intentaba detenerles. Sus cabezas cuelgan de sendos postes colocados junto a la Casa de los Lores. Londres es una fiesta. El ritual de tortura continúa a duras penas, pues los ajusticiados, pese a su debilidad, intentan por todos los medios tirarse de los andamios para morir cuanto antes. El que sube justo delante de Fawkes lo intenta, pero solo consigue romperse la clavícula, así que lo levantan de nuevo y vuelta a empezar.

Más suerte tendrá Fawkes, quien probablemente con algo de ayuda del verdugo —no hay que olvidar que Fawkes en la conspiración no era sino un subalterno pero en el imaginario público ya es algo así como el gran antihéroe, con la mezcla de odio y respeto que eso supone— logra trepar por la pared y lanzarse desde lo más alto, consiguiendo que la cuerda le rompa el cuello y le mate al instante. Él ya no está ahí, pero el descuartizamiento sigue: sus entrañas se mandarán a cada una de las cuatro esquinas del país para recordar a todos lo que pasa cuando se la intentas jugar a un Estuardo.

El propio rey Jacobo insta al Parlamento a proclamar el 5 de noviembre como día festivo, el día en el que un milagro de Dios quiso que la monarquía anglicana sobreviviera a las insidias papistas. La celebración habría de consistir en quemar leña para hacer fuegos como el que nunca estalló en Westminster. Hogueras enormes donde a su vez tirar todo lo malo para que no vuelva nunca: primero, pasmarotes vestidos de papa, luego muñecos de algodón y tela que pretenden ser el propio Guy Fawkes.

Será «La noche de las hogueras» o «La noche de la pólvora» o incluso «La noche de Guy Fawkes» durante muchos años, incluso cuando Oliver Cromwell cumple el sueño del insurrecto y no acaba con el protestantismo pero al menos aleja a los Estuardo del trono durante una temporada. La festividad tiene un punto de rito mediterráneo y con los años acaba siendo una mezcla entre San Juan y la «cremá» valenciana, sofisticando cada vez más los muñecos que se mandan a la hoguera.

Acostumbrados a vestir siempre de manera estrafalaria al muñeco de Guy Fawkes, las clases bajas de Londres empiezan a llamar «guy» a cualquiera que se salga de la norma. En Estados Unidos, a partir del siglo XIX, el término«guy» pasa a ser simplemente una referencia más para apelar a alguien, sin connotaciones negativas. Si el asunto era ganarse el favor del papa, Fawkes ha fracasado; si era simplemente pasar a la historia, el éxito no admite dudas.

V de Vendetta y la reivindicación de Fawkes cuatro siglos más tarde

V de Vendetta. Imagen: Planeta de Agostini.
V de Vendetta. Imagen: Planeta de Agostini.

Las celebraciones del 5 de noviembre se mantienen durante siglos y así llegamos a 1981. Alan Moore, un hombre obsesionado con los límites del poder en las sociedades, los mecanismos de vigilancia y control que el Estado puede ejercer sobre sus ciudadanos, está preparando una novela gráfica y le recomiendan que se ponga en contacto con el dibujante David Lloyd, también británico, para pasar las ideas al papel de la manera más adecuada posible.

Moore y Lloyd no se conocen de nada y su relación se basa en la correspondencia que mantienen, pero pronto se caen bien: tienen preocupaciones y miedos similares. Estamos en pleno apogeo de la era Thatcher y la represión en las minas y las calles. Lo han visto mil veces en películas de Ken Loach o incluso en The Full Monty, así que saben de lo que les hablo. Como herencia de los setenta, queda el auge de los cabezas rapadas, el llamado Frente Nacional, y por otro lado sus correlatos antisistema en forma de redskins y punks.

Son años, por tanto, de restablecer el orden y las buenas costumbres, de presumir de liberalismo para concentrar todo el poder en torno a una figura, Thatcher, y un partido, el conservador. Ni Moore ni Lloyd son laboristas, están en ese margen de la política que se podría llamar el anarquismo: la defensa del individuo por encima de cualquier construcción superior empeñada en reprimirle. En ese sentido, Jacobo Estuardo, Margaret Thatcher y un ficticio dictador fascista estarían para ellos en el mismo plano.

Las ideas de Moore, desde luego, son peligrosas. El protagonista de su historia, al que llama V, no deja de ser un terrorista. En tiempos de cruenta violencia del IRA, hacer algo parecido a la apología del terrorismo le puede costar caro. Además, Lloyd no sabe cómo dar forma a ese «héroe». ¿Es un tipo normal de la calle?, ¿es un redentor a lo Jesucristo?, ¿quién demonios es? De repente, una tarde de verano, se le ocurre una salida que podría ser lo suficientemente irónica como para quitar gravedad a la carga política y que a la vez le ayudaría en la definición gráfica del personaje.

Convencido, envía estas palabras a Moore: «A propósito del guion… Mientras lo estaba leyendo, se me ocurrió una idea acerca del héroe… ¿por qué no le retratamos como una resurrección de Guy Fawkes, con una de esas máscaras de papel-maché, con capa y un sombrero en punta? Tendría un aspecto realmente extraño y daría la imagen que Guy Fawkes se merece después de todos estos años. ¡No deberíamos mandarlo a las hogueras cada 5 de noviembre, sino celebrar su intento de volar el Parlamento!».

Aun aceptando la potencia simbólica y estética de Fawkes es complicado entender la simpatía por el personaje histórico. Quizá, después de casi cuatro siglos, ni Moore ni Lloyd ni la mayoría de los ingleses tengan una idea muy clara de quién había sido Fawkes ni por qué había intentado volar el Parlamento.

En cualquier caso, que el héroe de la historia sea alguien que reivindica a Guy Fawkes, el hombre más vilipendiado de la iconografía británica, es algo que entusiasma a Moore desde el principio. A partir de ese momento, la historia de V se adaptará para poder darle un final que se parezca de alguna manera al propio final que tuvo Fawkes. Por su parte, Lloyd se va a buscar por los puestos del barrio una de esas máscaras con las que los niños en los cincuenta salían a pedir dinero por las casas junto a un cartel que ponía «A penny for the guy».

Del papel al cine, del cine a la protesta

Escena de la adaptación cinematográfica de V de Vendetta. Imagen: Warner Bros.
Escena de la adaptación cinematográfica de V de Vendetta. Imagen: Warner Bros.

Sin embargo, como culminación de la estética de perdedor que rodea al personaje, Lloyd es incapaz de encontrar máscara alguna: ya no quedan. No se venden. Son cosa del pasado. Los comerciantes le ofrecen la nueva moda: fantasmitas Casper o máscaras de Frankenstein. Lo que se lleva ahora es Halloween y a los niños les encanta. Lo han visto tantas veces en las películas americanas…

A Lloyd no le queda sino su recuerdo de niño fascinado por aquellas máscaras. Recuerda el bigote en punta y la perilla y un extraño gesto en la boca en el que él siempre ha querido ver una sonrisa. Dibuja los trazos en el papel y le añade la capa y una peluca morena y lisa que le cae casi hasta los hombros. Cuando Moore puede ver a su personaje hecho imagen, queda fascinado. Le encanta el tono pero sobre todo le encanta la sonrisa. Hay mucho poder en esa sonrisa sardónica, que no entiende de impedimentos, que se arroga siempre la última palabra.

La imagen que quedará de Fawkes será por tanto la de la novela gráfica, aun a riesgo de que las nuevas generaciones no sepan en quién está basado el personaje protagonista, ese hombre misterioso destinado a acabar con el fascismo en Gran Bretaña. V de Vendetta se empieza a publicar en 1982 por episodios y como libro completo en 1988, cuando Thatcher ya es poco más que una barca a la deriva entre el oleaje revuelto del Partido Conservador.

Es un éxito desde el principio. La historia es potente y brutal en unos tiempos —se acercan los noventa— en los que la brutalidad y el individualismo van a copar la estructura de pensamiento de las sociedades occidentales. Sin embargo, a nadie se le ocurre volver a poner a la venta las máscaras. Halloween funciona suficientemente bien como para andar cambiando nada y así seguirán las cosas hasta 2006.

Es en ese año cuando los hermanos Wachowski deciden hacer la famosa adaptación al cine. El momento culminante de esta historia porque con Natalie Portman de por medio todo entra más fácilmente. Buena parte del mensaje anarquista de la novela se confunde en una especie de agitación post 11-S, el riesgo de que los estados se encierren sobre sí mismos y el terrorismo acabe siendo no ya el problema sino la única solución. Si la novela ya había triunfado en 1988, los jóvenes de 2006 devoran la película. Su influencia es brutal y, ahora sí, Time Warner, la productora, decide comercializar las caretas que se han utilizado para el personaje de V, al que solo unos pocos saben reconocer como el viejo y enloquecido Guido Fawkes.

Las máscaras empiezan a proliferar en distintos actos reivindicativos. Se suele mencionar la protesta del grupo Anonymous en 2007 contra sedes de la cienciología como la primera en la que los manifestantes deciden llevar una misma máscara, a lo Fuenteovejuna, que haga imposible distinguir sus rostros. A partir de 2010, la presencia de la máscara de Guy Fawkes se hace ubicua: Anonymous sigue utilizándola en sus protestas y comunicados, se ve en las protestas del 15-M en Madrid y en los movimientos de Occupy Wall Street en Nueva York. Incluso son una presencia amenazante en la llamada «primavera árabe», hasta el punto de que Bahrein y Arabia Saudí deciden prohibir el uso de esa máscara por si acaso.

No importa, los jóvenes revolucionarios crean sus propias máscaras, sus propios Guy Fawkes sin que esta vez Time Warner se lleve un duro. Es la posmodernidad personificada: la revolución a través de un ultrarreligioso patrocinado por una gran multinacional. Puede que a Guy Fawkes le importara o puede que no. Todo nos invita a pensar que se tomaba muy en serio a sí mismo y que su idea del martirio puramente católico le atraía más que cualquier vídeo de YouTube. Por otro lado, está ese empeño casi suicida por pasar a la historia como sea. Esa manía de ser el último en huir, el que da la cara, el que resiste. Si esa era la intención, lo ha conseguido. Cuatro siglos después sigue ahí y, contra todo pronóstico, cada 5 de noviembre nos despertamos en todo el mundo con los versos de marras: «Remember, remember, the 5th of November».

Aunque luego, en realidad, cada uno acabe recordando lo que le da la gana.


Spain is different, not indifferent

Tercer aniversario del 15M. Foto: Cordon Press.
Tercer aniversario del 15M. Foto: Cordon Press.

La universidad del 15M: fundaciones, asociaciones y empresas  que enseñaron política a los indignados

Millones de españoles, jóvenes y no tan jóvenes, estaban indignados el 15 de mayo de 2011. En realidad, llevaban años angustiados y habían decidido, colectivamente y sin debate previo, que si el sistema actual era un callejón de salida única, la opción que les quedaba era simplemente evitar participar en él, no votar y manifestarse de vez en cuando para constatar que nadie acudía a las manifestaciones. A esta forma de desesperación se le llamó ser «apolítico»: eran indolentes, una hornada de privilegiados que solo se importaban a sí mismos, los hijos de una democracia por la que nunca habían luchado y que probablemente nunca hubieran merecido.

Los acontecimientos de mayo muestran un escenario diferente. Nos encontrábamos, en realidad, ante una generación integrada por grupos antisistema que no se aliaban con otros grupos antisistema, por revolucionarios que creían que la revolución solo podía hacerse a su manera, por miles de personas que habían decidido huir de la política porque la consideraban o corrupta o simplemente un modo de vida totalmente ajeno, el de un puñado de ediles, altos funcionarios, ministros y directivos de empresas públicas. También los había que creían sinceramente que, a pesar del esfuerzo que se le quisiera imprimir a cualquier movimiento, nadie había sido capaz de proponer una alternativa solvente que reformase unas instituciones hundidas en el desprestigio. Si la nada era la alternativa, tal vez estuviéramos mejor como estábamos.  O tal vez no.

Llamarlos apolíticos fue un error y esto se vio rápidamente cuando empezaron a ocuparse masivamente las plazas tras los desalojos del 16 y el 17 de mayo en Sol. Tenían una intuición política que se convertiría en el pegamento invisible que uniría todas estas conciencias indignadas durante meses: creían que hacía falta más democracia, que la soberanía popular debía imponerse a las demandas de bancos, acreedores y agencias de calificación y que la tecnología era su aliada, porque ni siquiera las tijeras de los recortes parecían capaces de amputar las alas de Twitter. El colectivo NoLesVotes pedía el fin del bipartidismo como reacción a las restricciones sobre la copia, descarga y reproducción de los contenidos digitales de la Ley Sinde; una ley que, según los papeles de WikiLeaks, había impuesto Estados Unidos a España de espaldas al electorado. Anonymous, un grupo internacional de hackers y activistas políticos que defendió las filtraciones de Julian Assange y dio cobertura más adelante a Occupy Wall Street, sumó su artillería y el folclore de sus máscaras a la oposición contra la ministra de Cultura de José Luis Rodríguez Zapatero.

Llamarlos desmotivados e incluso desmotivadísimos habría sido más acertado. Aunque muchos estaban convencidos de que habían identificado la naturaleza de la crisis (era institucional) y una vaga solución (más y mejor democracia frente a un sistema marcado por un bipartidismo con listas cerradas, la corrupción, el compadreo entre políticos y grandes empresas sobre todo financieras, una mínima separación de poderes y la muerte lenta de la prensa tradicional como contrapoder), solo una minoría confiaba en que podía hacer algo para que los acontecimientos se precipitasen. Esa era la minoría que acudiría a la manifestación de Juventud Sin Futuro el 7 de abril y de Democracia Real Ya entre otros el mismo 15 de mayo.

¿Por qué creían que las movilizaciones les permitirían dar un vuelco a la situación? Los más progresistas tenían presentes respuestas populares a privatizaciones o durísimos planes de ajuste que habían desembocado en revoluciones (principalmente, el «movimiento zapatista» en México, la «guerra del agua» en Bolivia y el «caracazo» en Venezuela) o en la decapitación de un gobierno conservador que era reemplazado por otro izquierdista en Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. Colectivos como Juventud Sin Futuro acababan de ver cómo el 12 marzo un movimiento portugués muy parecido al suyo llamado Generación Precaria (Geração à Rasca) había congregado probablemente a más de cien mil manifestantes en Lisboa. Los miembros de Democracia Real Ya solo tenían que pulsar el control remoto de sus televisores para observar el éxito de las revueltas de la Primavera Árabe que muchos medios de comunicación occidentales interpretaron como el éxito de una idea occidental (la democracia liberal) gracias unas tecnologías occidentales (la telefonía móvil, las redes sociales e internet) que les habían permitido informarse, concienciarse y organizarse a millones de personas frente a unos tiranos soportados o al menos tolerados por Occidente. La explicación no era como para perderse: los europeos y los americanos, una vez más, éramos (nos creíamos) los auténticos protagonistas del drama.

No se puede exagerar el peso de aquella primavera que los españoles terminaron celebrando al filo del verano. El 20 de mayo, después de que se hubiesen ocupado la Puerta del Sol y la plaza de Cataluña, la acampada de Barcelona se estructuró en tres zonas de debate: Plaça Islàndia, Plaça Tahrir y Plaça Palestina. Solo tres años antes nadie hubiera sospechado qué podían tener en común las brasas y el polvo semidesértico de Egipto o Jerusalén con un país próximo al Círculo Polar Ártico. Nadie hubiera imaginado hasta qué punto Reikiavik haría honor a su significado en el idioma local: «bahía humeante».

Los islandeses habían mostrado que sus movilizaciones masivas podían provocar la reforma de la Constitución, el enfrentamiento directo con las autoridades europeas y el Fondo Monetario Internacional por los planes de dolorosa austeridad que les estaban imponiendo, el procesamiento de algunos de los responsables de su crisis y, por último, la convocatoria de dos referéndums, el último en abril de 2011, en que rechazaron pagar con dinero público las deudas de sus bancos con los acreedores internacionales. La tecnología, especialmente las redes sociales, había ayudado a impulsar y vertebrar esta marea civil desde el principio.

El hielo se deshace

La desmotivación de aquella hornada de desencantados con la política se estaba disolviendo a pasos agigantados. Ahora parecía posible que la política no fuera cosa de ministros y alcaldes, que las movilizaciones capitaneadas en un primer momento por los jóvenes y propulsadas por Facebook o Twitter tuvieran consecuencias, que las revueltas civiles forzasen la reforma de instituciones hundidas en el descrédito y que los propios Gobiernos reconociesen que la soberanía popular estaba por encima de bancos y troikas. Fue entonces cuando los grupos antisistema, las numerosas asociaciones que solían protestar por su cuenta y miles de jóvenes, empleados o desempleados pero que no se identificaban necesariamente con las sensibilidades progresistas, descubrieron gracias a ¡Indignaos!, el libro de Stéphane Hessel presentado oficialmente en España a finales de marzo de 2011, que compartían algo tan fundamental que ni siquiera la ideología o las rencillas personales podían separar: la indignación.

El 15 de mayo de 2011 Democracia Real Ya convocó junto a otras asociaciones una manifestación a la que acudieron miles de personas, pero que no fue un éxito lo suficientemente abrumador como para anticipar el punto de inflexión que se iba a producir. Nadie había previsto acampar en Sol y nadie imaginó que esa acampada fuese a durar semanas. De hecho, fue algo tan inmediato en el tiempo como las experiencias de los primeros dos días de desalojos lo que llevó a los manifestantes a enviar cientos de mensajes a sus amigos para que se uniesen al menos para hacer bulto y que fuese prácticamente imposible echarlos sin víctimas o estampidas. Los que se habían tenido que ir a trabajar durante las mañanas del 16 y el 17 comprendieron que las fuerzas de seguridad habían aprovechado su ausencia para desmantelar un campamento que ni siquiera pensaban que iba a permanecer mucho tiempo.

La curiosidad y cobertura informativa que atrajo el fenómeno, su difusión a otras capitales españolas, la irreductibilidad de estos «galos» indignados frente a la policía y, ya el 18 de mayo, un dictamen de la Junta Electoral de Madrid que la consideraba una alteración injustificada de la jornada de reflexión, todo eso junto, convirtió a varias docenas de jóvenes durmiendo en sacos y lonas en una concentración masiva que, con una obsesión por más y mejor democracia, no es extraño que terminase organizándose como una gran asamblea.

Los «indignados», en los albores del movimiento 15M, poseían en común una vaga conciencia política muy marcada por la crisis y la convicción de que su tsunami social no podía reducirse a eslóganes y escaramuzas (de ahí la existencia de comisiones de estudio y de docenas de documentos de análisis discutidos tras debates interminables), que es lo que una generación anterior, la del editor de Los Libros del Lince, Enrique Murillo, había percibido como el «prise de parole sin mayores consecuencias» de un Mayo del 68 que dio paso en junio a otra victoria en las urnas del exgeneral Charles de Gaulle. ¿Quién ofrecería el programa de acción que necesitaba este movimiento y cómo sería capaz de hacerse escuchar entre el tumulto?

Empresas y fundaciones toman la palabra

Cuatro editoriales y dos laboratorios de ideas, seis instituciones en total, preparaban ya sus propias respuestas y no todas eran progresistas. Coincidían eso sí en que las protestas requerían un plan con medidas concretas, en que la crisis era institucional, en que la tecnología ofrecía un vehículo de comunicación excepcional y en que ellos, como intelectuales, tenían la oportunidad de participar en la conversación pero ninguna tentación de liderarla. Hacía falta más democracia, más debate público abierto y de calidad; no más élites políticas, empresariales o ilustradas que pastoreasen la discusión. No eran solo palabras: según Juan Luis Sánchez, entonces redactor de Periodismo Humano y hoy subdirector de eldiario.es, el día que se produjo el desalojo definitivo de Sol, al mismo tiempo que la policía arrancaba del suelo a los últimos concentrados, estos siguieron discutiendo y votando en asamblea cómo debían responder ante la carga.

Lengua de Trapo, la editorial, no iba a hacer honor a su nombre y empezó a rumiar su propia contestación a todo lo que estaba ocurriendo en barrios, plazas, rascacielos y edificios oficiales. Jorge Lago es uno de sus dos propietarios, además de coordinador de Cultura de Podemos y antiguo militante del PCE e Izquierda Unida. Este doctor en Sociología, que ha dado clase en másters públicos y privados, creyó hasta mayo de 2011 que sabía cómo y cuándo hacer la revolución: también era marxista.

Cuando Lago llegó a la acampada de Sol, que entonces ya se veía como algo que iba a durar, aquello «desbordó nuestros marcos, que eran demasiado pobres, demasiado inútiles». Se sorprendió al ver que «ya no se hablaba de la lucha de clases ni de izquierda y derecha, sino de arriba y abajo». Sentían que eran «el 99% frente al 1%» que manipulaba las instituciones, que vivía de la corrupción y que aprovechaba el bipartidismo de listas cerradas para impedir cualquier reforma sustancial. «Nadie sabía lo que había que hacer y todos escuchaban lo que tenían que decir los demás».

Los marxistas han discutido durante más de cien años el papel de los intelectuales en la revolución sin ponerse de acuerdo. El propio Karl Marx les legó una paradoja al afirmar que eran un colectivo de fundamental importancia para el advenimiento del comunismo y, al mismo tiempo, que su misión debía limitarse a asistir y ponerse al servicio del proletariado. Cuando le ofrecieron presidir la Internacional en 1868, el filósofo alemán dijo que no podía aceptarlo porque, según las actas oficiales de la reunión, «él trabajaba con la cabeza y no con las manos». Así revalidó su mandato el zapatero y legendario sindicalista británico George Odger.

Esa es la contradicción en la que parece vivir Lago. Advierte de que «los editores hemos ido a la zaga de las protestas» y aclara que ellos están «con la gente sin liderarla ni representarla». En un título que su sello publicó el año pasado, Lugares comunes: trece voces sobre la crisis, escribió junto a Pablo Bustinduy que «somos conscientes de que la política se hace en las calles, en los movimientos, en la acción de muchos y de muchas, no en los libros y mucho menos en las editoriales». Lo dice el editor de Lengua de Trapo poco antes de codirigir la campaña de Podemos y de convertirse en su coordinador de Cultura. Lo comparten uno de los editores de Icaria, Joan Carbonell, y los propietarios de Los Libros del Lince, Enrique Murillo, y de El Viejo Topo, Miguel Riera.

Enrique Murillo para Jot Down (3)
Enrique Murillo entrevistado por Jot Down. Foto: Alberto Gamazo.

La «conspiración» de los editores

Todos ellos apostaron primero por explicar una debacle financiera que para millones de españoles y jóvenes sin formación política se había convertido en una de las siete plagas que habían asaltado Egipto antes de la Plaza Tahrir. Lago llevó a las librerías en 2011 el exitoso ensayo Cleptopía, que, según él, «identifica las causas de la crisis, reconstruye lo que está ocurriendo y refuta que esto sea como un fenómeno meteorológico que nos haya caído sin más del cielo». La clave, recuerda Miguel Riera, consistía «en señalar el origen sin caer en el sectarismo de apuntar una única solución o un único colectivo que pudiera llevarla a cabo»; con sesenta y ocho años tenía muy presente «la forma en la que cada grupito ideológico de izquierdas había creado su propia cabecera en la Transición» para que, al final, «fuese la derecha quien terminase escribiendo una historia oficial que ahora la economía y la corrupción han puesto en evidencia».

También en 2011, Icaria lanza su colección Asaco, que se convertiría en su punta de lanza para abordar todo lo relacionado con la indignación que acababa de estallar. Joan Carbonell destaca títulos como Quiénes son los mercados y cómo nos gobiernan, un pequeño manual donde cinco académicos intentan destripar (en más de un sentido) el modo en el que ellos creen que las agendas de bancos y acreedores internacionales se imponen a los deseos de la sociedad. Para multiplicar su difusión, reconoce Carbonell, «los libros se vendieron con forma de panfleto a unos seis euros, ninguno pasaba de las cien páginas, se repartieron gratuitamente en las asambleas de los barrios cuando se descentralizó el 15M y muchos de ellos están colgados en nuestra Web para que se los descargue quien quiera siempre que se comprometa a no venderlos».

Enrique Murillo, despedido en 2008 por la editorial Leqtor por «incompatibilidad ideológica», fundó entonces y a los sesenta y cuatro años los Libros del Lince para dar rienda suelta a un pensamiento que fuese, al mismo tiempo, crítico, socarrón, agradable de leer e incómodo. Las estrecheces económicas —tuvo que despedirse a sí mismo y a todo su equipo para recortar un 80% el gasto y salvar su proyecto en 2012— le han impedido sacar colecciones enteras que respondieran al hambre de explicaciones alternativas sobre el mundo que sintieron y despertaron los indignados en una sociedad española que, según los sondeos de Metroscopia, llegó a verlos con simpatía en un 66% de los casos durante las acampadas de junio y en un 73% de los casos cuatro meses después de desmantelarlas.

Curiosamente y a pesar de eso, Murillo demostró una rara capacidad para adelantarse a los acontecimientos (en enero de 2011 descubrió en Montpellier el libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, pero Planeta se lo arrebató porque no podía ofrecer un generoso anticipo). Al fin y al cabo, advierte, «había que ir más allá de los viejos esquemas de izquierda y derecha y los progresistas tenían que empezar nuevos debates sobre temas de los que no se habían ocupado nunca». En 2009 arrasó en las librerías con El crash de 2010 de Santiago Niño Becerra (alcanzó las doce ediciones) y un año después publicó Así no podemos seguir. Participación ciudadana y democracia parlamentaria, donde Paul Ginsborg anticipaba el «no nos representan» de los indignados y exploraba sus motivos.

Muchos editores comprometidos con el 15M necesitaban ir más allá de rastrear lo que había provocado la crisis. Solo habían pasado meses o semanas desde las manifestaciones cuando empezaron a presentar volúmenes donde las comisiones de las acampadas de Sol o Barcelona, los colectivos que las habían protagonizado o algunos de sus líderes daban su versión de los hechos y detallaban todas las reformas que proponían. Era el momento, afirma Joan Carbonell, «de verbalizar el discurso, de hacer propuestas y de poner cara y nombres a las ideas». Este es el momento de Les veus de les places o Juventud Sin Futuro (Icaria), y de Las voces del 15M (Panfletos del Lince). También es el instante preciso en el que el impresionante poder de atracción del movimiento y los preparativos de las pequeñas editoriales arrastran a las grandes. Destino, propiedad de Planeta, sacó Nosotros, los indignados: las voces comprometidas del #15M con un prólogo de Stéphane Hessel en julio de 2011.

Divididos, nos vencerán

Durante los años siguientes, el objetivo pasó a ser unificar una revuelta civil que ya era mayoritariamente progresista, pero que albergaba en su seno mil posiciones distintas, a veces marcadas por inmensas fallas generacionales y otras directamente por la ideología. Nuria Alabao, que además de ser periodista ha militado en asociaciones políticas de izquierdas durante años, reconoce que se miraban «en el espejo de la creación del Foro Social Mundial de Porto Alegre», una plataforma que integró a los movimientos antiglobalización de todo el mundo y ha hecho desde entonces de alternativa a la cumbre de las multinacionales, los académicos que defienden el capitalismo y los líderes políticos que acuden anualmente al Foro Económico Mundial de Davos. Existían paralelismos con el 15M: la fundación del Foro de Porto Alegre se había producido en Brasil después de unos disturbios masivos en Seattle contra la agenda política del FMI y el Banco Mundial y tras el espectacular asedio de la cumbre del G8 en Génova; los años anteriores habían estado marcados por programas de austeridad y reestructuraciones de deuda impuestos por acreedores internacionales en Latinoamérica; y, finalmente, uno de los dos promotores claves del Foro, ATTAC, se implicó claramente en las acampadas de Sol y Barcelona y convirtió la tasa mundial sobre las transacciones financieras en una de las principales exigencias de las movilizaciones españolas.

Jorge Lago, de Lengua de Trapo, intentó dar respuesta a la desunión presentando en 2013 una asamblea de diferentes sensibilidades sociales con Lugares comunes: trece voces sobre la crisis, donde aparece por ejemplo Alberto Garzón, el futuro rival y amigo de Podemos desde la comisión ejecutiva federal de Izquierda Unida. Icaria lanzó A Dos Voces, una línea editorial que ha puesto en las librerías hasta la fecha diez conversaciones entre dos personajes progresistas de las que destacan, por ejemplo, la de Juan Carlos Monedero con Julio Anguita o la de Pablo Iglesias con el conocido rapero Nega. Miguel Riera, desde un despacho en el pequeño edificio de dos plantas que alberga la redacción y el almacén de El Viejo Topo en la localidad barcelonesa de Cabrils, lleno por supuesto de cajas con libros y revistas por entregar envueltas por el zumbido del Mediterráneo que silba entre montículos de encinas y pinos, utilizó todo el músculo de su empresa para organizar en julio de 2014 una convención de plataformas de izquierdas de toda España para que aprendiesen del ejemplo integrador no solo de Podemos, sino también del Guanyem de Ada Colau (que había participado directamente en el 15M mediante la Plataforma de Afectados por la Hipoteca), y lo implantasen en sus provincias a menos de un año de las elecciones autonómicas y locales. No lo hizo pensando en él, ni siquiera pensando en sus hijos: le preocupa la generación de los nietos a los que quiere cuidar para «dejar de ser el viejo topo» y convertirse sencillamente en su abuelo. «Después de haber despotricado durante décadas contra la familia burguesa, aquí me tienes… Lo que más me ilusiona es estar con ellos», me dice este guerrero cansado, pero no vencido por el cansancio, de setenta y un años poco antes de despedirse de mí en la estación de tren de Vilassar de Mar.

En realidad, no todos piensan y sienten igual que Riera. De hecho, pocas cosas le inquietan más en estos momentos a uno de los directores del think tank Fuhem, Santiago Álvarez Cantalapiedra, que el debilitamiento de la causa progresista por culpa de su división en mil y una iniciativas municipales. Todo después del esfuerzo realizado «a la hora de transformar la izquierda social en izquierda política», después de haber conseguido influir en el corazón de la agenda económica del 15M y después de convertir durante los últimos tres años la revista Papeles, que él mismo dirige desde Fuhem aunque la edite Icaria, en una máquina de proponer visiones alternativas a los indignados, desde que estos cambiaron las plazas por las asambleas en los barrios. Han pasado por sus páginas firmas muy reconocidas en el movimiento como dos de los pilares claves de Podemos (su «ideólogo» Juan Carlos Monedero y su jefe de campaña Íñigo Errejón), economistas como Félix Ovejero y Bibiana Medialdea, el historiador de los movimientos sociales Xavier Domènech Sampere o el filósofo y ensayista Santiago Alba Rico.

Pablo Iglesias en la presentación de Podemos, junio de 2014. Foto: Cordon Press.
Pablo Iglesias en la presentación de Podemos, junio de 2014. Foto: Cordon Press.

El momento de los laboratorios de ideas

Este laboratorio de ideas madrileño consiguió introducir sus diagnósticos y recetas en los debates del 15M abriendo un programa de encuentros e investigación con EconoNuestra (la Comisión de Economía de la Acampada de Sol), con plataformas de jóvenes desencantados como Juventud Sin Futuro y con otras asociaciones preocupadas por la situación que padecen las nuevas generaciones. El programa recibió el nombre de PAY (Precarity And Youth), se ocupa de gestionar un blog, de celebrar seminarios y de organizar un evento internacional donde se invita a los economistas más progresistas del norte y el sur del Viejo Continente, es decir, de los países acreedores como Alemania y de los deudores como España. Irónicamente lo financia la Comisión Europea, uno de los integrantes de la misma troika (los otros dos eran el BCE y el FMI) que impuso los durísimos programas de austeridad a Grecia o Portugal y cuya resistencia convirtió a Islandia en el modelo a seguir para miles de indignados.

La revista Papeles, que dirige Álvarez Cantalapiedra, se propuso lanzar una batería de propuestas que «nos permitieran a todos huir de las soflamas o los eslóganes» que tanto éxito mediático habían cosechado. Apartando de un plumazo «no hay pan para tanto chorizo» o «dimitir no es un apellido ruso», se concentró en dar una respuesta académica a tres de las preguntas que más habían marcado las acampadas: ¿Cómo se podía ampliar la democracia? ¿Por qué los Gobiernos recortaban los servicios públicos cuando más se necesitaban? ¿Había alternativas al capitalismo?

La contestación a la primera pregunta era «sí», pero, ellos afirman que necesitarían acabar primero con la Transición como gran referente moral, apostar por un modelo republicano y participativo frente a uno liberal (donde la política sería, según ellos, solo para los políticos) y promulgar una nueva Constitución que garantizase más y mejores derechos sociales. En segundo lugar, los Gobiernos recortaban los servicios públicos, porque estaban aprovechando la excusa de la crisis para desmantelar parte del estado de derecho y el estado del bienestar, para restringir los derechos a expresarse y manifestarse contra ellos y para aprobar otras medidas que solo agravarían aún más la desigualdad. Por último, las alternativas al capitalismo tal y como lo conocemos iban desde reformas relativamente ligeras como imponer una tasa mundial sobre las transacciones financieras hasta otras más revolucionarias como cambiar los pilares del sistema monetario internacional o democratizar todas las grandes decisiones económicas y empresariales. Todos los ensayos vinculados fueron publicados primero en la revista de Fuhem.

Álvarez Cantalapiedra se quedó con ganas de más por «no haber influido también a la hora de situar en el centro del debate temas como la crisis ecológica o la cuestión de género». Si hubiera tenido éxito, habría dado mucho más trabajo a Juan Ramón Rallo, el joven economista de solo treinta años y director del principal think tank liberal, el Instituto Juan de Mariana, desde el que se concentraba en estudiar unas ideas que «había que combatir frontal e intelectualmente pero sin caer en descalificaciones ni crear frentes absurdos».

El Juan de Mariana, soportado por las cuotas de sus trescientos socios y sus aportaciones de trabajo voluntario, lleva una década intentando desafiar muchas de las ideas de consenso que convirtieron a los partidos mayoritarios en el animal de dos cabezas y un solo corazón que los indignados perciben cuando los llaman «PPSOE». Rallo cree que los grandes puntales con los que su centro intenta cambiar la realidad son «el desarrollo de ideas mediante análisis y estudios de fondo; la formación a través de nuestras conferencias de los sábados, los seminarios de profundización y la universidad de verano que organizamos para sesenta jóvenes en Lanzarote todos los años; y una divulgación que pasa por la participación de nuestros colaboradores en los medios y la producción o coproducción de documentales sobre el origen de la crisis y sus soluciones como Fraude o Bancarrota».

Las redes sociales y la tecnología les han permitido vertebrar mejor su indignación «conservadora», difundir su discurso y criticar con dureza las medidas primero de José Luis Rodríguez Zapatero y ahora de Mariano Rajoy. Los debates e intercambios se han sucedido en foros como Twitter, donde el director del instituto posee más de 24.500 seguidores y dos de sus colaboradores habituales, Daniel Lacalle y María Blanco, acumulan más de 40.000 seguidores en total. A veces estos intercambios se han hecho más físicos como cuando El Confidencial organizó y moderó una discusión en vídeo entre el propio Daniel Lacalle y Nacho Álvarez, profesor de la Universidad de Valladolid y representante de Podemos.

La indignación no es de izquierdas

Para Rallo «era posible ser indignado y no ser de izquierdas». De hecho, reconoce, era posible no ser de izquierdas y estar igual de indignados que ellos ante un modelo de banca «rechazable» y unas entidades que «deberían pagar sus rescates», ante una Constitución de 1978 «larguísima y mal diseñada», ante un bipartidismo marcado por el «nefasto comportamiento» de los partidos mayoritarios o ante la realidad de que «muchas aunque de ninguna manera todas las grandes empresas han crecido al calor de sus buenos contactos con la Administración». También advierte de que, a pesar de las enormes diferencias políticas, existe una serie de recetas que él y Pablo Iglesias podrían compartir: reformar la Constitución (unos para acercarla al modelo estadounidense y otros para aproximarla al bolivariano), proteger mejor los derechos civiles, garantizar la independencia de la Justicia y desplegar nuevos mecanismos para prevenir la corrupción.

Al principio, el 15M fue un movimiento transversal que nacía de una vaga conciencia política llena de ansias de reformas democráticas. Creían que podían reinventar unas instituciones que blindaban a los partidos mayoritarios (definidos, según ellos, por listas cerradas, ideas casi intercambiables y una lluvia de imputados por tráfico de influencias o cobro de comisiones ilegales) y que favorecían a grandes empresas y bancos próximos al poder aunque hubiera que sacrificar por el camino los intereses e impuestos de Juan Español. Los primeros éxitos de la Primavera Árabe o de las manifestaciones en Grecia o Portugal habían inoculado la esperanza de un cambio real que podía ser capitaneado por los jóvenes al menos en un primer momento.

Allí cabían al mismo tiempo y sin darse codazos las agendas de grupos tan distintos como los viejos antisistema, progresistas como los analistas de Fuhem o los editores de Lengua de Trapo, Icaria, El Viejo Topo y Los Libros del Lince, y también los jóvenes liberales que desconfiaban de las ambiciones de los grandes partidos. Con el paso de las semanas, los que no participaban de las visiones más progresistas o aquellos que se desesperaban ante la enorme dificultad de forjar consensos en las asambleas fueron sintiéndose cada vez más en minoría y fuera de lugar.

Luis Garicano, uno de los economistas liberales de referencia durante la crisis y coautor del blog Nada Es Gratis, publicó un post el 19 de mayo donde ofrecía tres propuestas a los indignados y reconocía su alegría por que «os hayáis decidido a dar un puñetazo en la mesa y expresar vuestro hartazgo». El 16 de junio, casi un mes después, se declaraba en otro post «indignado con los indignados» por una deriva antisistema que había provocado ya los primeros escraches violentos frente a los domicilios de políticos como el ministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón. Solo un año más tarde, Garicano (junto con otros economistas y coautores del blog como Jesús Fernández-Villaverde y Tano Santos) inició un enfrentamiento desde las páginas de El País con el ejecutivo de Mariano Rajoy. Demandaban «urgentemente un nuevo Gobierno, con apoyo de todos los partidos mayoritarios y de nuestros expresidentes, compuesto por políticos competentes y técnicos intachables con amplios conocimientos de su cartera».

De un modo no tan distinto al de muchos de los que durmieron en Sol o la plaza de Cataluña, pedían más democracia para refundar una España que sería «moderna, con instituciones fuertes e independientes, con un nivel de vida elevado, un sistema educativo abierto pero exigente y un estado del bienestar sostenible». Eso sí, ellos creían, al igual que muchos españoles, que esa nueva Transición debían conducirla las principales formaciones políticas, porque poseían la legitimidad de los votos, el poder y la altura de miras que iban a necesitar para forjar esos consensos, mientras que las huestes del 15M las habían juzgado incapaces de hacer algo que no fuera satisfacer unos intereses insaciables a costa de los del resto. La fundación FEDEA, que aportaba toda la financiación y soporte informático y administrativo a Nada Es Gratis, se vio obligada a desvincularse del proyecto el pasado mes de abril, es decir, menos de dos años después de que un periodista muy próximo a La Moncloa considerase «cuando menos poco probable que los patronos de la Fundación, los que ponen el dinero con el que se paga a economistas supuestamente de reconocido prestigio para que escriban artículos como el mencionado [el que publicaron en El País], estén dispuestos a respaldar semejante propuesta de golpe de Estado… ¿O sí?». Los tres firmantes eran y siguen siendo profesores en Columbia, la Universidad de Pensilvania y la London School of Economics.

El final de las acampadas, el desencanto de muchos como los analistas de Nada Es Gratis, o la separación de los grupos en diversas ideologías o movimientos quizás fueron inevitables, porque el pegamento invisible que los unía era la pasión y no el matrimonio, es decir, la intuición y la rabia ante las injusticias que percibían y no los programas o las medidas concretas para abordarlas. Aquel final no se recordará probablemente como la última curva del camino, sino como el bautismo de fuego de una generación y una sociedad que han aprendido a movilizarse al margen de los grandes partidos y sindicatos, a confiar en su capacidad para transformar la política y a discutir durante horas con quienes piensan diferente sin ponerse de acuerdo nunca y sin abandonar por eso ni la conversación ni una lata de cerveza caliente por el sol del verano, seco en Madrid, húmedo en Barcelona y tan espumeante y ambiguo como allí en el resto de las capitales españolas que vieron sus plazas ocupadas. Ellos dijeron que sus manos eran sus únicas armas y que nadie los representaba: muchos están construyendo con sus manos proyectos y alternativas que ayuden a crear la visión, por supuesto incompatible y contradictoria, de un mundo que nunca será su voluntad y su representación. Decenas de asociaciones, empresas y fundaciones los han acompañado hasta ahora y esperan seguir haciéndolo mientras muchos españoles se preguntan si será verdad aquello que un militante del 15M paseó en su pancarta por las calles de Londres, frente a esos humeantes volcanes de vidrio y acero que son los rascacielos de la City, en los meses mayo y junio de 2011: «Spain is different, not indifferent».


Juan Ramón Lucas: “Hay un poder en la sombra que mueve cosas sin que los ciudadanos podamos hacer nada”


La sensación que tengo mientras esperamos a Juan Ramón Lucas ( Madrid, 1958) en el Círculo de Bellas Artes no es la de estar a punto de entrevistar a un personaje público, me invade más bien la mezcla de inquietud y anticipación de quien aguarda la cita con un viejo amigo. Y es que para el que suscribe, como para millones de españoles, el presentador de En días como hoy conseguía, sobre todas las cosas, transmitir tal sensación de cercanía que, más de una vez, me sorprendía a mí mismo felicitándole o  discutiendo con él  en nuestra cita diaria, entre las 8 y cuarto y las 9 de la mañana, mientras conducía el coche camino del colegio de los críos. Dentro de unos instantes voy a tener la ocasión de hablar con él en persona; aparece por la puerta, dandi como una reencarnación de Oscar Wilde y tan cálido en persona como parecía en las ondas. La voz no miente.

John Humphrys es uno de los presentadores del matinal de BBC Radio desde enero de 1987. ¿Qué podría copiarle RTVE a la BBC para mejorar?

La BBC es un modelo. La estabilidad es un arma que nunca se ha utilizado en la radiotelevisión pública y que, por tanto, se desconoce, pero estoy seguro de que es muy eficaz. El mantener a una persona durante mucho tiempo —evidentemente, con la consideración previa de que es un programa que gusta y va creciendo de audiencia— debe de ser una cosa muy saludable. Yo lo he experimentado solo durante cinco años.

¿Cómo evolucionaron los índices de audiencia de En días como hoy?

Muy bien desde el principio. En términos absolutos, en los cinco años pasamos de 600.000 a 1.400.000 oyentes; y en términos anuales íbamos a un incremento del 25% cada año. Era un producto que desde ese punto de vista estaba funcionando.

¿Qué criterios han seguido entonces en RTVE para dejar de contar contigo para conducir el matinal de RNE1?

Lo desconozco absolutamente. Lo he preguntado, pero no he recibido una respuesta más allá de una generalidad como que se pretendía modificar los criterios y lo que yo estaba haciendo no entraba en esa nueva idea de radio pública. Bueno, ellos sabrán.

¿Es posible una RTVE pública sin gulags y purgas a cada cambio de gobierno?

Yo creía que sí, pero tengo tendencia a ser ingenuo. Pensaba que se iba a mantener el modelo porque estaba funcionando. Era una radio pública de servicio, que no se casaba con nadie y que ofrecía algo que los ciudadanos estaban comenzando a captar como tal, que era un discurso público en el sentido de que se manifestaban todo tipo de opiniones y todo el mundo podía participar. Además, aunque seguramente no me corresponde decirlo a mí, creo que había calidad. Nuestro esfuerzo diario era para conseguir calidad, cercanía y servicio.

Además vuestro programa se caracterizaba por su dinamismo. ¿Cómo se consigue mantener la atención del público durante horas?

No tengo la respuesta a eso, solo se me ocurre pensar que nosotros trabajábamos cada tema del programa como si fuera a ser el único. Había una serie de secciones que exigían a sus responsables rigor y solvencia, y había un informativo que mantenía el mismo criterio. Si entiendes el lenguaje radiofónico y buscas la excelencia radiofónica terminas haciendo un producto que, a lo largo de sus seis horas, es irregular y tiene altibajos, pero en general ofrece una tónica interesante; y ahí están los resultados de audiencia.

¿Cómo se las componen los profesionales para no agotarse? ¿Cómo se mantienen la ilusión diaria y no caer en la monotonía?

Disfrutando de tu trabajo. Para mí esos cinco años han sido un privilegio: levantarme a las tres de la mañana, prácticamente no tener vida social, estar con la gente que quieres siempre limitado por la falta de sueño, recortar tiempo de ocio para dormir debido al compromiso que tienes con los oyentes… pero incluso renunciando a todo eso cuando sonaba el despertador cada día lo primero que pensaba era “¿Pero qué hago?”, pero eso era el primer segundo, es lo que pasa cuando te levantas a las tres de la mañana en cualquier circunstancia, pero inmediatamente pensaba “¿Y lo bien que me lo voy a pasar?”. Y así hasta el final.

En España, las radios generalistas tienen prácticamente la misma programación radiofónica en cuanto al timing. ¿Hay estudios que fundamenten la idoneidad de esa programación o no hay razón para que la parrilla de la radio no evolucione?

Que yo sepa no las hay, pero está evolucionando. Aquí la radio de grandes magazines la inauguraron Luis del Olmo e Iñaki Gabilondo, y la supieron mantener. Luego hubo algunas incorporaciones, como Antonio Herrero en el tema informativo, Carlos Herrera… y después entra una tercera generación de gente como Carles Francino, yo mismo, Federico Jiménez Losantos en otro registro… que mantienen ese modelo porque funcionaba y era cercano. Lo que pasa es que ese modelo exige una cierta capacidad de manejar diferentes lenguajes radiofónicos, porque de 6 a 9 como hacía Iñaki, como hacía Luis y como hace Carlos Herrera manejas un lenguaje determinado, que es el informativo, y tiene que ser solvente; pero a partir de las 9 manejas otro más parecido al entretenimiento. Entonces, si eres capaz de manejar ambos registros y hacerlo con una cierta solvencia te puedes adaptar ahí, pero esa no es la tendencia general. Las otras grandes emisoras lo que hacen es un tiempo de información que suele durar hasta las 8 o las 9 según el país y a partir de ahí magazine. Y es lo que ahora se está empezando a hacer. Carlos Herrera mantiene el modelo, pero la SER lo ha cambiado, Pepa Bueno está de 6 a 10 y Gemma Nierga de 10 a 12.

Hay una gran dificultad para que la misma persona sea tan polifacética como para hacer una entrevista de alto nivel y al cabo de un momento estar riendo con “los cítricos”.

Iñaki Gabilondo me ha dado muchos consejos, y uno de ellos, que yo siempre seguía, era que cuando estés con el micrófono abierto, piensa en el oyente, pero no en abstracto, sino en un oyente que es persona. Y yo lo hacía en cada momento. Cuando estás haciendo una entrevista estás pensando en el oyente y cuando estás haciendo un magazine estás pensando en el oyente. Si tienes alguna duda te conviertes tú en oyente y entonces (al menos a mí me funcionaba) eres capaz de hacer una entrevista más o menos seria y después estar riendo con esos a los que habías entrevistado con La mirada cítrica. Yo pensaba en el oyente, me convertía en él y me divertía mucho. Y vuelvo a la historia: creo que es esencial en radio que la persona que lo está haciendo esté disfrutando. Y no solo disfrutando, sino sintiendo que está comprometido. Yo me lo paso muy bien, pero además tengo que hacerlo bien, porque cada persona que está escuchando la radio en cada minuto tiene el mismo derecho a que lo des todo tanto a las 6:05 como a las 11:45.

Hasta hace poco nos parecía más fácil tener un presidente negro que encontrar a una mujer conduciendo un matinal. Ahora la SER ha dado un paso al frente y ha colocado a dos, Gemma Nierga y Pepa Bueno. ¿Qué te parece el experimento? ¿Dos mejor que una?

De entrada, es cierto que en esto de la comunicación no hay una proporción entre las mujeres que hay en los medios o en el país y quienes tienen responsabilidad. Pero la radio es un medio tan íntimo que me parece que, a lo mejor, no diferencia hombre y mujer. Tú escuchas la radio porque escuchas a alguien que te resulta cercano y convincente, y eso no es cualidad de hombre o mujer, y diferenciarlo me parecería peligroso. Dicho lo cual, creo que el número de mujeres que está en la responsabilidad más alta, y no solo en los medios, no se corresponde con la realidad del país ni del propio sector.

Si Pepa Fernández te dice ven, ¿lo dejas todo?

Sí, porque la quiero mucho y me parece la profesional más solvente que había y que hay en RNE, con muchísimo respeto a todos los demás. En estos momentos es un referente en radio importantísimo.

Era muy bonita la relación que había y los mensajes que os mandabais de un programa al otro.

No sé cómo están ahora las cosas por RNE. Amigos y compañeros me cuentan cosas y eso forma parte de conversaciones privadas, pero lo que sí sé es que en esos cinco años todos en RNE sabíamos que formábamos parte de un cambio en la radiotelevisión pública. Y todos trabajábamos con entusiasmo en esa dirección. Es una de las cosas más hermosas que me quedan de esos cinco años en RNE.

Además había mucha pluralidad, porque el personaje que representabas tú por la mañana se parecía bien poco al de Toni Garrido por la tarde, y naturalmente Pepa no se parece a nadie.

También estaba la gente de informativos; Íñigo Alfonso por la tarde, Rafa a mediodía… trabajábamos en común, intentábamos que no hubiera compartimentos estancos… Todos trabajábamos para una radio abierta, pública y que la gente se hacía suya.

En cuanto a los tertulianos, ¿hasta qué punto el director del programa tiene libertad de elección? ¿No hay “sugerencias” desde las altas instancias?

Yo he elegido siempre los tertulianos que he querido. Sí hay sugerencias, también se proponen; pero siempre se hace, como todo, de acuerdo con la dirección de informativos y de RNE. Durante esos cinco años nadie me ha impuesto nunca absolutamente nada.

¿Cómo se consigue un equilibrio de opinión entre los tertulianos?

Es imposible y quien lo busque no lo va a encontrar. En la última etapa nosotros teníamos solo a dos, intentando buscar ese equilibrio, pero no siempre era posible porque estaban de acuerdo en muchos temas. Hay quien intenta tener a tres tertulianos, dos de una tendencia y el otro de otra, pero eso no acaba de funcionar.

En la tertulia siempre tienes el riesgo de que se desmadre.

Si pones a dos del PP y uno del PSOE que sean militantes sí te va a funcionar, pero es un riesgo para las tertulias el que las personas que están en ellas se comprometan con un determinado partido político, porque para eso pones a políticos y no engañas a la gente. Yo tenía tertulianos conservadores y otros más a la izquierda que a veces coincidían. Intentas que haya tendencias con uno conservador y otro que no, pero no es matemático. En la radio no hay matemáticas nunca. Lo único matemático de la radio es el tiempo, y eso no lo dominas tú. Hace falta mucha intuición y conocer a los personajes.

 ¿Cómo se evita que sea un gallinero o un cementerio?

Con mano dura, y reconozco que yo no siempre la tenía. Pero es más fácil resucitar un cementerio que silenciar un gallinero. Les pinchas y ya está, pero un gallinero… cuando empieza a calentarse…

Los tertulianos están casi siempre centrados en la actualidad política y económica, ¿por qué no traer más especialistas? ¿Por qué no diversificar más los temas? Por ejemplo, un pronuclear y un antinuclear.

En la escaleta de todos los días teníamos los tertulianos políticos. También buscábamos hechos de actualidad, no tanto a la actualidad diaria, y eso es una buena sugerencia: entrar en otros territorios: nuclear o no nuclear, ecologista o no ecologista, toros sí o toros no, educación público a o privada… Teníamos secciones en las que se planteaban debates, pero es verdad que seguramente faltaba que hubiera una sección semanal en la que se debatiera no solo de política sino de asuntos más cercanos. Lo que hacíamos era que los expertos explicaran y los ciudadanos les rebatieran a través de la red.

¿A qué personaje del siglo XX le hubiese gustado entrevistar?

Me hubiera gustado entrevistar a la madre Teresa de Calcuta, Ronald Reagan, a cualquiera de los Beatles, a Jimi Hendrix… a cualquiera de las personas que admiro o a cualquiera de las personas que me parece que han hecho algo admirable. Pero también a personas que han hecho cosas importantes, aunque no los admire, como Mao, Hitler o Franco. Y luego hay una clase de gente corriente, “the ordinary people”, que hace cosas extraordinarias.

En alguna ocasión ha comentado lo mal que te llevabas con Internet, sin embargo en Twitter tiene más de 100.000 seguidores ¿qué valor tiene esta herramienta para un periodista?

Hoy mismo he leído que cualquier periodista tiene que estar en Twitter. Es absolutamente cierto, y estás sometido, aunque no tanto como los políticos, a que la gente te zurre y la exposición pública, y eso no siempre es grato. Pero tienes que saber lo que pasa, lo que se cuenta y lo que la gente opina de tu trabajo. Además te facilita el poder comunicarte con cualquiera. Es fundamental para un periodista para saber en qué mundo está.

¿Estás de acuerdo con lo que nos dijo Ramón Trecet de que el valor de un periodista equivale a su número de seguidores en Twitter?

No. Yo tengo muchos seguidores en Twitter. Hay muchos periodistas que son mucho mejores que yo, que tienen menor repercusión pública pero mayor influencia por lo que escriben y donde escriben, que tienen menos seguidores. Hay periodistas con 60.000 o 25.000 seguidores que son mucho más importantes que los que tenemos 100.000.

La radio era fundamentalmente un medio para consumir la información al instante. Sin embargo, hay un auge en el uso de los podcasts, donde el oyente se centra en los contenidos que le interesan. ¿Se tiene en cuanta en las redacciones este nuevo elemento en la radio?

No. Otra gente quizá sí. Para nuestro programa Internet era, en primer lugar, un medio de difusión y, en segundo lugar, un medio de encuentro con los oyentes. Y cuando piensas en difusión en radio siempre piensas en directo, porque es el mayor valor que tiene: el hacerla en directo. Internet te ofrece una posibilidad nueva, que es escucharlo más tarde o escuchar solo lo que quieres; pero cuando te planteas un programa que entraña dificultad y tan largo, te lo planteas en directo y lo haces en función de los horarios vitales de la gente a esas horas. A primera hora de la mañana la gente quiere información, luego se relaja… tratas de acompasar la radio a las horas, y eso casa mal en otro momento. Sin embargo, hay cosas como La mirada cítrica que se puede escuchar a cualquier hora. O una entrevista. Pero una noticia en directo es más difícil. Yo siempre planteo la radio como la vida  que transmites en el momento en que hablas.

¿Crees que en el futuro los podcasts van a influir en la producción de los programas?

A lo mejor me falta el criterio para ver el futuro, porque las cosas cambian muy deprisa. Hace dos años y pico jamás pensé que podía tener 100.000 seguidores en Twitter. ¿Qué es eso de Twitter? Y ahora estoy a punto de abrir un blog. Voy muy poquito a poco, pero soy incapaz de predecir el futuro. Lo que sí creo es que la radio será siempre lo mismo, igual que el periodismo de esencia será siempre lo mismo. Tú puedes escribir en la redes, transmitir vía satélite o utilizar un holograma, pero siempre cuentas lo que pasa y le interesa a la gente. El día que la radio deje de ser ese medio que te hace compañía, te cuenta las cosas en el momento y sientes como tuyo habrá muerto la radio. Cuando la radio la haga un robot y sea una noticia tras otra ya no la escucharás, lo mirarás en internet. La radio tiene un elemento que no puede morir nunca, es lo que hace que el diálogo que mantenemos tú y yo aquí tenga sentido, es el calor, la temperatura, como decía Gabilondo, la cercanía. La radio tiene eso y su futuro pasará por conservarlo o expandirlo. No sé cómo, pero siempre tiene que tenerlo.

 

El periodismo impreso ya está viviendo el nuevo cambio de paradigma, y en breve en los coches se podrán escuchar emisoras de radio a través de Internet. ¿Has pensado en ello? ¿Qué pueden aportar locutores-blogueros al panorama radiofónico actual?

Mientras el lenguaje que utilicen sea el radiofónico, supongo que aportarán riqueza. Pero puede pasar como pasa a veces en Internet, y es que hay tanta basura que cuesta diferenciar. Es un riesgo, pero todo progreso lo es. Estamos ahora con el debate de los derechos de autor, por ejemplo. Las cosas tienen que cambiar. Hay cosas que hace tres años eran inimaginables, era imposible pensar que las redes tendrían la influencia e importancia que tienen ahora. Pues tendrás que adaptarte. En esto siempre va a ganar quien busque la excelencia, y la excelencia supone, teniendo claro el lenguaje de la radio, adaptarte a los tiempos y pelear. Yo siempre pongo el ejemplo del flamenco: Enrique Morente, que a mí me parece más innovador que Camarón de la Isla, entendía muy bien el flamenco, sabía mucho y lo cantaba muy bien; y por eso lo que él hacía a algunos le parecía una barbaridad, porque eso era el futuro. Él había entendido muy bien que el progreso era eso. Y el flamenco, igual que todas las artes, cambia cuando alguien que lo conoce muy bien y maneja muy bien su esquema empieza a intentar cosas diferentes. Yo no creo que un mono y un niño que pinten son el futuro del arte. Eso está muy bien y puede ser un soplo de aire fresco en un momento determinado, una ráfaga de viento, pero se cierra la ventana y nos quedamos con lo esencial, que es conocer ese arte y, partiendo de él, empezar a cambiarlo. Camarón fue el más valiente porque en esa época nadie pensaba que se pudiera cambiar el flamenco, pero Morente ha cambiado más las cosas y se ha atrevido más. Volviendo a lo nuestro, que vengan todas las posibilidades de escuchar radio, pero solo la gente que sabe de radio y es capaz de ver el futuro y trabajar conociendo ese lenguaje sin salirse de él… luego a lo mejor te sale. Las cosas hay que hacerlas desde el conocimiento. Yo puedo ser antinuclear y puedo discutir contigo, pero tú tienes muchos más conocimientos que yo, y eres tú quien decide si se puede ser ecologista y pronuclear porque tienes un conocimiento de ambos campos. La radio es comunicación directa, es temperatura. Hazla por internet, por megáfono o como quieras, pero hazla desde dentro de la radio.

De “Internet” es difícil defenderse. ¿Te embargaron sentimientos de impotencia cuando Periodista Digital se hizo eco de la información que publicó CCOO relativa a tus relaciones comerciales con RTVE?

Sí, aunque no me gusta mucho hablar de ello porque si te digo que me hizo daño estoy procurando que alguien se alegre. En términos generales te diré que cuando uno es objeto de una información que no está contrastada y que además es falsa, duele. Pero al final te acabas acostumbrando.

Pero hubo gente que salió públicamente en defensa tuya.

Sí, pero ante esos ataques ¿qué puedes hacer? Últimamente también he recibido críticas por el anuncio de Securitas Direct de gente que piensa que rompe la ética periodística.  ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Incluso aunque yo, que no es el caso, me hubiera equivocado, ¿qué tiene que ver eso con la ética periodística? No juzgues mi trabajo utilizando un elemento externo a ese trabajo. ¿Tú sabes si el hecho de que yo haya hecho un anuncio ha conllevado que yo, informativamente, le dé un trato de favor a esa empresa?

Quizá habría pasado lo mismo si hubieras anunciado cualquier otra cosa, es el ataque al personaje público.

Si lo próximo que yo haga hay gente a la que no le gusta me van a decir que me he vendido. Lo de siempre. Siempre va a haber gente que te critique. Twitter me permite acostumbrarme a eso. Cuando hacía la tele de vez en cuando me llegaba una hostia, pero te sentías el rey del mundo, que a todo el mundo le gusto. Que no es así, pero Twitter en este sentido es muy interesante, porque cuando tú te crees que eres inmenso viene alguien y te dice que no, y te zurra. Muchas veces esos golpes que te dan no tienen sentido, son vómitos, exabruptos, pero muchas veces dicen cosas sensatas, y ahí lo reflexiono y dialogo. A veces me defiendo. Si son gente que simplemente insulta ni me meto. A veces lo que he hecho ha sido retwittear el insulto, y entonces se monta una polémica y ese alguien que te ha insultado sale apaleado. Pero eso solo lo he hecho una o dos veces con gente que me ha insultado abiertamente. Es más, lo hice una vez con alguien por un tema muy sensible para mí, que es el cáncer. Calificó de patochada lo que yo hacía para la fundación que preside mi mujer en los actos para recaudar dinero para financiar becas de investigación. Ahí fui a saco. Cuando se meten conmigo o me insultan como mucho respondo una vez, pero no entro al trapo. Ante las críticas constructivas sí reacciono y lo intento aplicar en la siguiente ocasión. En concreto, respecto a lo que me preguntaste, es completamente falso. Ni he ganado tanto dinero ni de lejos ganaba el dinero que se decía.

Es que cualquiera que tenga una empresa sabe que facturación no es igual a beneficios.

Hablaban de lo que facturaba para hacer los programas de la tele como si hubiera sido lo que yo había ganado. Si miras lo que valen los programas de la tele, un millón de euros al año es una mierda. Es la mitad de lo que cuesta cada programa tipo Operación triunfo. Nosotros, que somos una productora muy modesta, habíamos facturado en dos años dos millones de euros. Pero facturado. Con un beneficio industrial del 10%. Y de ahí tienes que pagar otros gastos que no estaba en esa producción y a gente que no estaba en ese programa.

¿Hasta dónde llevarías la transparencia en todo lo relacionado con lo público?

Hasta donde se pueda.

¿Simpatizas con el movimiento 15M?

Lo observo con atención y simpatía, pero veo que desde sus inicios hasta ahora se ha producido una evolución que puede que lo espante, porque siendo capaces de recoger un importante sentimiento popular no están siendo capaces de ofrecer alternativas.

¿Y con Anonymous?

En algunos casos Anonymous ha hecho cosas que sobrepasan los límites de lo aceptable. La intimidad de las personas me parece sagrada. De hecho, enlazando con la penúltima pregunta, el límite de lo público podría estar en la intimidad de las personas.

El hecho de estar siempre en primera línea de la actualidad te habrá permitido conocer muchos datos e informaciones a micrófono cerrado. ¿Hasta qué punto desconocen los ciudadanos lo que se cuece en las altas esferas?

Los periodistas no sabemos mucho de eso. Tengo amigos políticos que me cuentan cosas y opiniones, y luego oigo que en público dicen cosas diferentes. Tengo la percepción de que se cuecen muchas cosas que desconocemos y de que hay un nivel de poder político y económico, que está lejos de nuestras posibilidades como ciudadanos, que maneja mucho más de lo que parece. Que hay un poder en la sombra que mueve cosas sin que los ciudadanos podamos hacer nada, seguro. Que tengo algunas sospechas, también. Pero que pueda demostrar y contar, nada. Pero no por ser periodistas necesariamente sabemos más. Cuando no estás en una conspiración no suelen hacerte partícipe de ella.

En tu próxima etapa qué te gustaría, ¿radio o televisión?

Radio. Es la novia que un día perdí y que no sabía que la quería tanto hasta que volví a encontrármela. Ahora ya lo sé. Lo que pasa es que ahora mismo el futuro va más por la tele por proyectos que todavía no puedo desvelar.

En diversas ocasiones has manifestado tu desagrado por la telebasura. ¿A qué consideras que se debe el éxito de audiencia de la misma?

La telebasura es la tele que desinforma y manipula. Me he preguntado muchas veces por qué tiene tanto éxito y solo encuentro una razón: nos gusta ver la mierda de los demás y pensar que, si yo tengo problemas, el otro también. En la calle ves a gente discutiendo, pegándose o vomitando y a lo mejor tienes un poco de pudor. Pero si estás solo en tu casa, sentado en tu sofá con una cerveza, y ves desfilar todo eso, lo ves y no se entera nadie. Y luego dices que ves los documentales de La 2. Pero he visto eso porque mi instinto animal disfruta viendo cómo se devoran mis congéneres. Ese tipo de relación son los medios de comunicación nos pone ante nuestro yo más animal. No puedo pegarle un puñetazo a mi jefe, pero me gusta ver cómo alguien le pega un puñetazo a otro y puedo identificarme con él. No lo sé, no soy psicólogo ni sociólogo, pero como me he hecho muchas veces esa pregunta creo que tiene que ver con nuestro comportamiento más primario.

Una pregunta con trampa: ¿consideras los reality shows telebasura?

Depende de lo que cuenten y del producto que te vendan. Operación triunfo es un reality y no es un ejemplo de televisión educativa, pero no es una televisión agresiva. Y ha sacado gente con talento. Hay programas en los que se potencian ciertos talentos. Por el tamiz de la televisión, cierto, pero es que todo lo que pasa por la televisión tiene un punto de contaminación porque tiene un punto de espectáculo. Pero salvando eso creo que hay productos televisivos de formato reality que son plausibles y que hasta pueden ser enriquecedores.

¿Te arrepientes de haber conducido Confianza ciega?

No me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi oficio, ni siquiera de las cosas más infames. Porque todo me ha servido para, al final, tener un zurrón lleno de cosas buenas y malas de las que aprendo. Si uno transitara por la vida quedándose solo con lo bueno no aprendería en la puta vida. Todo lo que he hecho tiene un valor, incluso los errores que he cometido, que han sido muchos, porque me sirve para no repetirlos, para hacerme crecer o hasta para enseñar a mis hijos lo que no hay que hacer. Las cosas malas que nos pasan también son vida y nunca te tienes que arrepentir de tus equivocaciones, lo que tienes que hacer es aprender, porque a lo mejor si no las hubieras hecho no lo habrías aprendido. Nunca te arrepientas de tus errores.

Jordi González tiene mucha audiencia con El gran debate consiguiendo que muchos telespectadores sigan cuestiones de actualidad. Sin embargo el tratamiento del programa no puede evitar las tendencias sensacionalistas de la cadena. ¿Cómo valoras este tipo de programas?

Creo que está en el límite, a veces plantea debates interesantes. El problema de la televisión es que hemos acostumbrado a la audiencia a determinados mecanismos primarios. Hemos habituado al público a un lenguaje determinado y a que la tele tiene que ofrecerte espectáculo. E identificamos espectáculo con sorpresa, sorpresa con conmoción y conmoción con conmoción de cintura para abajo. Al final, salvo excepciones, se termina haciendo una televisión que puede ser buena en los contenidos pero que tiene que ir servida en esa bandeja. Ahí las televisiones privadas tienen un hándicap que no deberían tener las públicas, y es que tienen que ser rentables. La rentabilidad llega con la publicidad y la publicidad con la audiencia. Ese filtro del lenguaje televisivo contaminado tiene más peso en las televisiones privadas que lo que debe tener en las públicas. El gran debate me parece un formato que está muy bien, muy interesante. Y Jordi González es muy bueno. Tiene el hándicap que a veces tiene que hacer concesiones a un cierto lenguaje televisivo, pero en el fondo me parece que el programa está muy bien.

¿Estarías dispuesto a conducir un programa de debates en esa línea?

¿Por qué no? Lleva ya el suficiente tiempo como para que el que me propusiera una cosa así supiera hasta dónde voy a llegar. Si me dejan hacer sí, claro. Con esto no estoy pidiendo trabajo, ¿eh?

¿Te ha interesado alguna vez el periodismo de investigación?

Mucho.

¿En qué estado se encuentra?

En eso los sajones nos dan cien mil vueltas. El periodismo está pasando una etapa de crisis que se traduce en falta de medios, y eso lleva a cierta relajación en lo que es más caro del periodismo, que es la investigación, la búsqueda. A veces se confunde periodismo de investigación con periodismo de filtración, que no es lo mismo. Cuando te filtran algo te lo están filtrando. Cuando tú investigas, sigues, giras… es otra cosa. Y eso cuesta dinero y ahora anda un poco a la baja.

¿Cuáles son tus referentes periodísticos internacionales? ¿Qué TV consumes?

BBC, los británicos son muy sobrios y eficaces. En general para audiovisual, los sajones. En España no se hace mala televisión informativa, pero siempre tienes que tener en cuenta qué televisión estás viendo para filtrar un poco. Mis referentes internacionales son BBC y CNN, pero tampoco hay nada especial. Me gusta mucho cómo los franceses son capaces de vender lo suyo con éxito aunque sea aburrido.

Los franceses son los únicos que todavía se atreven a tener a cuatro tíos dando la brasa en una tertulia.

Y tener una audiencia espectacular. Sigo a los británicos como referente, pero admiro a los franceses por la capacidad que tienen de ser aburridos y tener éxito.

¿Consideras necesarias las televisiones autonómicas?

Sí como concepto, pero no las que se están haciendo. La televisión autonómica es una televisión pública, e igual que defiendo la sanidad pública, defiendo la televisión pública, la radio pública, la educación pública… Es verdad que a veces las televisiones son un despilfarro, pero son una oportunidad de servir a los ciudadanos. No se ha hecho así, pero debería. Desde ese concepto defiendo la televisión pública. Eso sí, no defiendo las televisiones gubernamentales ni las televisiones del dispendio.

El consejo de administración de Canal Sur cuesta un millón de euros.

Pues a lo mejor hay que revisarlo. No lo sé, no soy un gerente. Seguramente los gastos de las televisiones públicas hay que revisarlos, pero creo en una radiotelevisión pública de servicio y plural: la BBC.

Hace poco aparecías en tu tierra natal apoyando con su presencia la fundación contra el cáncer que tiene tu mujer. ¿Qué te lleva a involucrarte en este tipo de actos?

La toma de conciencia, la influencia de Sandra, que tiene mucho carácter y pelea duro y una cosa que siempre he pensado: que quien tiene una proyección pública está obligado a comprometerse. Si lo que tú haces puede influir no puedes quedarte quieto en casa. Tienes que mover conciencias.

Eres patrono. ¿Cuál es el objetivo de la fundación?

Impulsar la investigación y crear conciencia sobre la enfermedad. Y cuando digo crear conciencia quiero decir saber que está, saber qué podemos hacer, saber que se puede curar y saber lo importante que es una actitud positiva. En cuanto a apoyo a la investigación, fundamentalmente financiación de proyectos a través de becas.

En Estados Unidos la financiación privada de la investigación es inmensa y en España es nula.

Como fundación que somos no recibimos ni un duro público, nada. Estamos auditados y tenemos un control del Ministerio de Educación y Ciencia para las becas. Tenemos un patrono de la fundación que es Manel Esteller, que es uno de los mayores expertos en epigenética del mundo, y cuando presentamos la fundación hizo un gráfico muy gracioso. Ponía un grupo de batas blancas, las oscurecía y dejaba solo una y media, y decía: “Esto es lo que financia el Estado”.

¿Ha leído el libro de tu mujer Las cuentas de la felicidad?

Unas cuantas veces. El libro es muy bueno, y lo que yo sé del libro es que es auténtico y le ha costado mucho escribirlo. El otro día alguien decía en Twitter que a saber quién lo ha escrito. Pues lo ha escrito Sandra, y ha tardado ocho años porque cada vez que se ponía era un dolor tremendo. Al final le dio el último impulso y lo sacó. Es un libro escrito con mucho dolor pero con muchas ganas.

A qué eres más aficionado, ¿a las motos o la lectura?

[Se lo piensa largo rato] La emoción de la moto es más intensa. Monto en moto (una Goldwing) casi todos los días y leo todos los días, peor la emoción de la moto es más inesperada, más sorprendente. Y eso que la Literatura te lleva por donde te lleva.

¿Qué libro estás leyendo ahora?

Estoy leyendo, totalmente fascinado, y lo empecé ayer, La voluntad y la fortuna, de Carlos Fuentes. Acojonante. De hecho estaba deseando llegar aquí pronto y en el metro no me ha dado tiempo a leer. He terminado hace poco La berlina de Prim, de Ian Gibson, que me ha gustado.

¿Y lo de la Goldwing?

Me la compré porque me gusta mucho hacer viajes largos, y casi siempre viajo con mi mujer. Entonces, yo era más partidario de una moto, pero ella hizo valer algo que es incuestionable: quien va conduciendo soy yo, y quien va disfrutando de la conducción soy yo, así que al menos la tengo que dejar ir cómoda. Y la Goldwing es un coche de dos ruedas.

Fotografía: Gonzalo Merat
Transcripción: Luis Marcelino