Érase una vez en Noruega

Euronymous, Necrobutcher y Dead, premonitorios. Fotografía cortesía de ablackmetalblog.
Euronymous, Necrobutcher y Dead, en plan premonitorio. Fotografía cortesía de ablackmetalblog.

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Hedenskapet hva jeg har hengende her.

El 8 de abril de 1991 Per Yngve Ohlin, más conocido como Dead, decidió convencer al resto del mundo de lo que él ya sabía desde los trece años: que estaba muerto. Se internó en el bosque y con un cuchillo se rajó las muñecas y el cuello. Introvertido, depresivo, tras un accidente en su infancia despertó de una experiencia cercana a la muerte con la íntima convicción de que de ahí, de la muerte, no se regresa (1). Tal vez la certeza de que ya estaba allí le hizo impacientarse ante el hecho de que a pesar de sangrar por esos cortes durante veinte minutos seguía respirando. Había estado casi toda su vida desplazado de la realidad y con la sensación de participar en una farsa. Volvió a su piso, cambió el cuchillo por una escopeta y se voló la cabeza.

Su compañero de piso, el artista conocido por el público como Euronymous y Øystein Aarseth por sus padres, se encontró al llegar con la pintoresca escena. Un bodegón de escopeta, cuchillo, salpicaduras y Dead con los sesos saludando al aire, más una escueta nota de suicido que rezaba «Perdonen por toda la sangre». Dispuso mejor alguno de los elementos que para su gusto desequilibraban el cuadro y le hizo una foto al cadáver (2). Tras recoger unos fragmentos de cráneo para hacerse un collar (3) e imaginamos que observar un rato satisfecho y con los brazos en jarras su obra, avisó a la policía.

Dead y Euronymous formaban parte de Mayhem, si no la principal sí al menos una de las más importantes bandas de la escena del recién nacido, prácticamente de sus tripas, black metal noruego. El más extremo de todos los estilos del metal extremo. Y quizá la forma más extrema de arte de finales de siglo XX, porque ningún otro movimiento imbricó en tan alto grado el arte y la forma de vida que ese arte predicaba. Claro que lo que predicaba era muerte, mal, nihilismo, odio y caos, pero qué queremos con cuatro horas de luz solar al día y un frío frente al que uno solo podría protegerse metiéndose en las tripas de un tauntaun muerto. La música era la perfecta banda sonora de los sentimientos, claro. Si una de las funciones del arte es modelar ánimo y sentimientos no cabe duda de que la escucha de las discografías de Mayhem, Burzum, Emperor o Darkthrone conduce a un estado emocional espeluznante. Una batería a velocidad endiablada tras estridentes y machacones riffs de guitarra, voces que entre chillidos guturales cantan a la mayor gloria del mal. En ese mal hay una putrefacta hermosura, una cierta belleza enferma y terrible que se derrama sobre el oyente como si fuera un recipiente y esa oscuridad fuera un líquido del que de pronto estamos sedientos. No obstante, las opiniones sobre esta música, como en el caso de Asurancetúrix el bardo, están divididas. Con el mismo buen criterio, cualquier persona normal lo que escucha en esos discos es un pandemonio que recuerda a una madre golpeando de manera histérica la puerta del baño mientras su hijo y el perro mueren dentro expeliendo violentas vomitonas de bilis (4).

Mayhem en el sótano de Helvete. Foto: DP.
Mayhem en el sótano de Helvete. Foto: DP.

Estas y otras bandas se habían agrupado en torno a la figura de Euronymous formando el Black Circle (o Inner Circle), que utilizaba su tienda de discos Helvete como púlpito ante el que reunir las huestes y predicar la mala nueva: por encima de la música tenemos una filosofía. Euronymous había sido un comunista radical, pero cuando el Partido Comunista noruego condenó oficialmente las barbaridades de Pol Pot en Camboya sintió su sensibilidad política insultada. El comunismo no era lo suficiente malvado para él. Podemos suponer que enfrascado en estos sesudos debates con los colegas pasó lo que cualquiera que haya participado en un debate de internet sabe que pasará siempre: alguien mencionó a Hitler y concluyó ante esta epifanía que el nazismo era lo mejor. El supremacismo ario casaba además con una de las principales ideas del movimiento, la exaltación de la cultura escandinava precristiana y una visión romántica de aquella era, pura y libre de no se sabe bien qué amenaza. Porque toda esta filosofía no es otra cosa que un involuntario despliegue de hilaridad como para flipar, no nos engañemos. Cómo en el paradigma del Estado de bienestar y la muy civilizada sociedad escandinava puede surgir un movimiento que defiende la superioridad de la raza, la violencia como respuesta y como pregunta, el satanismo (y no estrictamente el filosófico de la Iglesia de Satán de Anton LaVey, estos sujetos creían en la existencia de forma literal de un demonio con cuernos y rabo al que invocar), el mal por el mal como fondo y objetivo, es una cuestión desconcertante. Años después alguno de ellos dejaría entrever en sus declaraciones que ese paraíso socialdemócrata era tan agradable que alguna cosa tenían que hacer para pasar el rato.

Varg Vikernes, sacerdote de Odín de nivel 15. Foto: DP.
Varg Vikernes, clérigo de Odín de nivel 15. Foto: DP.

No es la única explicación, pero la más sencilla es una constante en la historia de la gilipollez humana: la influencia de las figuras carismáticas. Y junto a Euronymous se erigió la de Varg Vikernes (conde Grishnack por aquel entonces, seudónimo de inspiración tolkeniana) líder y único miembro de facto de la banda Burzum (5). Vikernes es una figura que algunos exégetas nos pintan como apasionada e inteligente, pero que no es otra cosa que una regadera ambulante con el suficiente carisma como para encandilar a esa panda de adolescente confusos con ganas de ser más malos que nadie que penaban en la escena noruega del black metal. Admirador de Euronymous y sus ideas en un primer momento, terminó considerándolo un débil cobarde indigno de defender las sagradas esencias vikingas. Euronymous ladraba mucho pero mordía poco. Vikernes quería acción. El cristianismo había invadido su cultura en la Edad Media hundiendo bajo su yugo a un pueblo individualista y guerrero y los había convertido en esclavos de la moral judeocristiana, opresiva con el fuerte y piadosa con el débil (6). El conde estaba convencido de esto hasta el punto de abandonar el satanismo por formar parte de aquella tradición: creer en Satanás implica creer en su contrario. Abrazó entonces la fe pagana de su pueblo, el odinismo. Los antiguos dioses nórdicos eran la respuesta precisa. Y había que empezar a limpiar el cristianismo de su tierra con hechos.

En 1992 se consumía en llamas la primera iglesia, un edificio medieval de madera en Bergen. No se pudo relacionar con pruebas contundentes a Vikernes con el incendio, pero una foto de sus restos ilustró la portada del segundo disco de Burzum. Sí se demostró que era culpable en el caso de otras dos capillas, aunque fuera de los juicios siempre se jactó de su responsabilidad en muchos más incendios. Y a partir de ahí el caos se extendió como una avalancha de oscuridad súbita. La escena blackmetalera, sin un aparente plan organizado, se arrojó a una deriva de gozoso apasionamiento que se saldó con cincuenta y dos iglesias quemadas, cientos de tumbas profanadas en diversos cementerios del país, secuestros y agresiones.

Varg y su complejo de divo no pudieron resistirse a ejercer protagonismo convocando a un periódico local para una entrevista y rajar todo lo posible sin autoinculparse directamente. En plan «me parece que alguien que a lo mejor soy yo ha quemado un montón de iglesias y meado sobre vuestras tumbas». Y claro: alarma social, las fuerzas vivas muy compungidas mesándose las barbas ante lo dramático del asunto, la prensa musical internacional interesándose por qué cojones es eso que está ocurriendo en Noruega, ancianas asustadas ante un número significativo de muchachos luciendo corpsepaint (7) por las calles y las personas en general pidiendo explicaciones al Gobierno sobre si es que nadie piensa en los niños o qué. Hubiera ardido Twitter de existir por aquel entonces más que las iglesias ante la magnitud de la movida.

Como la policía no es tonta, si un sujeto dice que estas colillas son suyas concluye que aquí han fumado y además ha sido este. Por tanto desplegaron un equipo en Oslo, centro del movimiento en esos momentos. Indignando ante semejante operativo, Vikernes se presentó ante ellos en su centro de operaciones temporal pertrechado con una cota de malla y varias armas blancas colgadas del cinto, en compañía de otros dos individuos de semejante guisa, para exigir que cesara la investigación y la presión sobre la escena. La muy civilizada y socialdemócrata policía noruega le contestó estupefacta pero con suma educación que él no tenía ningún tipo de autoridad para exigirles nada, que se marchara, si era tan amable, lo que Vikernes hizo no sin antes despedirse brazo en alto con el saludo fascista (8). No quiero yo dudar de las garantías democráticas de España, pero si los Mägo de Oz se personan en un cuartelillo de la Guardia Civil disfrazados de piratas a pedir aunque sea la hora, desencadena sobre ellos el sargento benemérito una lluvia de hostias tal que les cambia las vestiduras por una de torero.

Alguien ha quemado algo... Portada del disco Aske. Imagen: Misanthropy Records
Alguien ha quemado algo… Portada del disco Aske. Imagen: Misanthropy Records.

En medio de este caos generalizado, Bård G. Eithun, que tocaba la batería en Emperor bajo el seudónimo de Faust, asesinó a un caballero homosexual que durante un paseo por el parque se le había acercado muy educadamente a pedirle rollo. Según el propio Faust, se adentró con él en los árboles fingiendo connivencia y allí le asestó una cantidad de puñaladas incompatibles con la caballerosidad, con la educación, con enrollarse y con la vida. La policía no supo relacionar este crimen con el Inner Circle hasta años después, pero Faust no hizo más que presumir de su hazaña en los círculos blackmetaleros durante todo ese tiempo. Cuando al fin se le juzgó no parecía muy apenado por sus actos, pues en sus propias palabras «era un maricón, si no lo hubiera matado yo tarde o temprano lo habría hecho otro».

El rumor en la escena de que alguien al fin había vertido sangre impura y cometido un verdadero acto de maldad en lugar de bufonadas probablemente enloqueció de celos a Vikernes, que en sus delirios se veía como el verdadero profeta del mal. Por otra parte su amistad con Euronymous se había tornado en odio, por considerarlo débil, falso, comunista encubierto y sospecharlo homosexual. Las dos cabezas del Inner Circle tenían además un conflicto metafísico irresoluble: el satanismo de Euronymous (9) y el paganismo de Vikernes. Y lo más importante tras tanta farfolla ideológica absurda, asuntos de vil metal: Euronymous distribuía el material de Burzum y Vikernes consideraba que le robaba ganancias. Acompañado por Snorre Ruch, del grupo Thorns, serpenteó con su automóvil atravesando en la noche de bosques noruegos los más de setecientos kilómetros que separan Bergen de Oslo. Durante el trayecto escucharon una música muy ambiental para lo que se disponían a hacer. Vikernes llamó a la puerta de Euronymous, que abrió en gayumbos, y tras una una breve discusión lanzó siete puñaladas tomando la precaución de atinarle con todas ellas. Euronymous intentó escapar corriendo escaleras abajo, trayecto en el que se encontró con Snorre, que había salido del coche al escuchar los gritos y estaba allí no sabía muy bien por qué, solo que Varg le había propuesto matar a Euronymous y, en fin, en general todo le parecía bien. También se encontró con otras dieciséis cuchilladas que el conde le fue aplicando cuidadosamente en la espalda durante su huida y acabaron finalmente con el show.

Varg Vikernes conquista a la cámara durante su juicio. Imagen: Grenzeløs Productions.
Varg Vikernes seduce a la cámara durante su juicio. Imagen: Grenzeløs Productions.

Aquí acabó el Inner Circle tal y como se entendía, pero no su legado. Vikernes y Snorre fueron detenidos, la policía ató cabos y también cayó Faust. Y tantos otros por delitos menores. Vikernes fue condenado por asesinato, la quema de varias iglesias y el hallazgo de armas y explosivos en su domicilio a veintiún años de cárcel, el máximo contemplado en la legislación noruega. Salió de la cárcel en libertad condicional dieciséis años después, durante los que se le permitió grabar discos y escribir infinidad de panfletos desarrollando sus ideas que le han convertido en un teórico respetado por los grupos neozanis de toda Europa. Él mismo se quejó en más de una ocasión de que las prisiones noruegas son demasiado permisivas y que ahí dentro no sufría lo suficiente. Estas ideas son una amalgama demencial de nihilismo individualista de extrema derecha y paganismo. Está convencido de que la raza aria desciende de los antiguos dioses nórdicos, que no eran otra cosa que extraterrestres. Odín, en el principio de los tiempos, desplazó a fuerza de bombazos nucleares la Tierra hasta una órbita propicia para el desarrollo de la vida. Se asentó aquí con su panteón y de ellos desciende el pueblo germánico. Desde su punto de vista, solo es digna de ser considerada persona la gente de ojos azules y pelo rubio, y quizá los pelirrojos, con los que transige por ser descendientes de Thor. Tolera apenas a los blancos que no poseen estos rasgos, pues según él los ojos azules evocan el mar, pero los marrones evocan el ojo del culo. Esta, esta es la figura «apasionada e inteligente». Un nazi sociópata de convicciones delirantes.

Algunos estudiosos también defienden que muchos de los integrantes del Inner Circle se han atemperado con la edad en las dos décadas que han pasado y sostienen posturas ideológicas menos extremas y más sensatas. Bien, es cierto que la mayoría de ellos no entienden ya el satanismo ni su peculiar interpretación del paganismo en un sentido literal y sobrenatural, ni se proclaman abiertamente nacionalsocialistas; pero la evolución de su pensamiento ha desembocado en un individualismo extremo y egoísta, una filosofía en la que el individuo fuerte ha de tomar lo que le pertenece por encima de la masa débil (10). Como si de un orden natural se tratara, los componentes de esa masa débil son los únicos responsables de su situación y en una suerte de darwinismo social extremo aquellos individuos fuertes solo han de preocuparse de ejercer con libertad sus deseos. A ritmo de black metal, diría uno que pueden escribir varios álbumes conceptuales basados en las obras objetivistas de Ayn Rand. Que su satanismo original fue solo una versión blanda, perversa y estúpida de la sociopatía anarcocapitalista.

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(1) Es bastante probable que sufriera el síndrome de Cotard.

(2) Esa fotografía se utilizó posteriormente para ilustrar la portada del disco Dawn of the Black Hearts. Quien padezca de un estómago delicado haría bien en no mirar. El resto aquí la tiene.

(3) Si existe algún arcano lazo que a la crítica especializada se le haya pasado por alto entre el black metal y la copla quizá esté en el rosario que Juanito Valderrama se hizo con tus dientes de marfil.

(4) Para más detalles sobre lo estrictamente musical del black metal noruego (y el black metal y el metal extremo en general, sus orígenes y sus raíces) y las bandas que lo integran, recomendamos devorar Metal Extremo: 30 años de oscuridad, la grandiosa enciclopedia sobre el género escrita por Salva Rubio y publicada por editorial Milenio. Aquí lo que vamos a tratar es el morbo, perdón.

(5) Burzum también es una palabra derivada de la obra de Tolkien. En la lengua de la tierra de Sauron burz significa «oscuridad» y, según Vikernes, Burzum quiere decir «más oscuridad». Las ganas de ser malo, más malo que los malos. Así estaba la cosa.

(6) Como estará sospechando el lector, precisamente la Iglesia noruega (protestante) es de las más progresistas dentro de lo que implica una religión. Las mujeres pueden ser ordenadas como sacerdote y contempla como natural la homosexualidad y su práctica, por ejemplo. Esto, para Vikernes, está lejos de ser positivo. Cualquier muestra de benevolencia y sensatez le resulta repugnante.

(7) Maquillaje, generalmente en blanco y negro, que muchas de las bandas utilizaban tanto en escena como para bajar a comprar el pan con la esperanza de mostrar un aspecto más amenazador y deshumanizado.

(8) No hay invención ninguna ni adorno de la realidad. Esta y muchas de las demás anécdotas y declaraciones están documentadas en Señores del Caos, de Michael Moynihan y Didrik Søderlind, editado por Es Pop. Obra magna sobre el black metal, indispensable para cualquiera interesado en el género o que simplemente quiera echarse unas risas estremecidas.

(9) El primer e imprescindible disco de Mayhem lleva por título De Mysteriis Dom Sathanas, y no es postureo. Ahí había una creencia firme de los tronados autores. He dicho imprescindible, pero también lo es, y mucho mejor para mi gusto y la casi totalidad de majaderas y majaderos que en esta santa casa nos torturamos con estos ruidos, el A Blaze in the Northern Sky de Darktrhone (salvo en el caso de Álvaro Corazón Rural, que los califica como «los Ramones del black metal»). Por si alguien se anima a pincharlo en una reunión familiar o una boda y que hierva el agua bendita. Los discos de Burzum ya son un peñazo y una paja mental de quedarte muerta en la bañera, pero esto es opinión, no información.

(10) Estas reflexiones las despiertan declaraciones de los entrevistados en el documental Once Upon a Time in Norway, de Pål Aasdal y Martin Ledang, del que vilmente hemos intertextualizado (jé) el título de este artículo.


Editar en tiempos revueltos: Valdemar

Valdemar para JD 0

Cualquier aficionado a la lectura que haya pasado los últimos treinta años apilando libros, e incluso en ocasiones leyéndolos, tarde o temprano habrá terminado con un Valdemar entre las manos. Libros bien confeccionados, bien traducidos, bien editados. Un antídoto contra la epidemia de la piratería digital. Una editorial singular que con mayor o menor éxito sigue dando guerra y presentando colecciones que a nadie más, ya sea en su sano juicio ya sea recién escapado de una casa de orates, se le ocurriría sacar a la venta. Vaqueros y aspirantes a papa; el color que llegó del espacio exterior y la magdalena proustiana; el tarado de Schopenhauer y los hombres topo, que quieren tus ojos… Todo cabe, y así debe ser. Siempre con cuidado, sin embargo, de no traspasar los límites académicos y volverse respetables. Conversamos con Rafael Díaz Santander y Juan Luis González Caballero, editores de Valdemar, Marta Lila Murillo, traductora, y Jesús Palacios, escritor y crítico, sobre estas y otras cuestiones. Cuestiones que esperemos nadie sea capaz de resolver jamás.

¿Veinticuántos años lleváis ya?

Rafael Díaz Santander: En realidad son treinta años, porque empezamos en el 86; por entonces teníamos treinta años. Pero libros no empezamos a sacar hasta bien avanzado ya el 87.

Juan Luis González: Nos costó tanto sacar el primer libro que tardamos un año hasta el siguiente. En aquella época traducíamos y corregíamos nosotros, apenas había ordenadores. Teníamos un XT de hierro que pesa siete kilos, ahí esta, de reliquia. Ni disco duro tiene.

R. D. S.: Iba a la increíble velocidad de 2,5 Mh.

J. L. G.: Ya corregía textos, aunque tardaba varias horas en procesarte una novela.

La decisión de lanzarse al mundo editorial, según se dice por ahí, surgió después de leer a Lovecraft, que por entonces no estaba precisamente al alcance de cualquiera.

J. L. G.: Sí, por aquella época las ediciones de las que disponíamos los aficionados al terror eran más bien cutrecillas. No eran muy fiables en cuanto a traducción. Ofrecían muchos problemas. Nosotros lo que queríamos era editar pero darle cierta dignidad, aunque no es una palabra que me guste utilizar, ponerlas al nivel de otras ediciones. Recuerdo cuando era pequeño, existía una colección que se llamaba Crisol, de Aguilar. Eran unos libros pequeños, muy bonitos, editados en papel de biblia. Era una colección que ponía al mismo nivel a Dostoievski que a Salgari, era totalmente ecléctica, no había distinciones, mezclaban aventuras con literatura «seria», terror, todo salía. Es el espíritu de las grandes colecciones de bolsillo. Es la filosofía de las grandes colecciones de bolsillo. Como ha sido Austral. Sacar el libro de bolsillo, sin dar más relevancia a unos que a otros. Ahora parece que está más compartimentado: la literatura seria para gente seria, el terror para los frikis. La idea era dedicarnos a lo que nos gusta.

Por entonces Lovecraft en España se reducía a lo que había traducido Llopis, y poco más.

R. D. S.: De Llopis había ediciones procedentes de otros países. México, Argentina, pero la primera que se hizo digna fue la antología Los mitos de Cthulhu. Pero digamos que ese no es el motivo principal. Empezamos por una colección que se llamaba «Tiempo Cero», que tenía una intención claramente de literatura fantástica, pero enseguida vimos que si nos quedábamos ahí no íbamos a llegar a ninguna parte. Porque hay muy poca gente a la que le interese, no es suficiente gente para hacer rentable una empresa. Vimos que teníamos que diversificarnos en clásicos y en aventura.

¿Y ahora? ¿Ha crecido ese público de base?

R. D. S.: Ahora las cosas están casi peor. Lo que se vende ahora mismo es irrelevante. Las salidas de las novedades son muy flojas, nosotros nos mantenemos gracias al fondo, quinientos o seiscientos libros. Y por otra parte hay un gran afloramiento de editoriales nuevas. A mí me gusta muchísimo que haya tanta diversidad, pero es que hay muy poco a repartir. Las tiradas que se están haciendo son de mil ejemplares, mil quinientos. Pasar de mil ejemplares hoy en día es un éxito de ventas, y eso en un país de cuarenta millones de habitantes en realidad es un fracaso.

J. L. G.: Se produce una situación paradójica: en un país con un índice de lectura muy inferior al que debería corresponderle por su nivel de vida se produce, sin embargo, un afloramiento de nuevos editores independientes con gran ilusión y una gran oferta editorial mensual increíble. Increíble para el público que hay. Siempre decimos que los lectores en España pueden estar encantados, porque es como en un país donde nadie come dulces pero está todo lleno de pastelerías. Joder, pues para los poco golosos es el paraíso.

Editamos mucho pero leemos muy poco.

J. L. G.: Sí, y es algo paradójico, porque va contra las normas del mercado, no hay una especie de ley inexorable de la oferta y la demanda. En los temas culturales estas cosas se rompen, no es tan automático.

¿Tenéis la impresión de que el mercado editorial lo sostenemos los que compramos libros por encima de nuestras posibilidades? ¿Los que seguimos comprando libros aunque tengamos muchos en cola?

R. D. S.: Sí, al final somos solo unos cuantos, que estamos superagobiados, que somos lectores acosados. Precisamente porque hay mil cosas que nos interesan y que nos gustaría comprar y tener y no podemos, y se nos van acumulando en filas interminables.

Valdemar para JD 1

Ahora, con la serie Insomnia, parece que os habéis atrevido a algo que no hacíais antes: editar a autores de terror contemporáneos. Incluso a editar trabajos inéditos, como los de Jesús Cañadas o Emilio Bueso.

J. L. G.: Ahora estamos en condiciones de asumir más riesgos, económicamente hablando. No es que sea lo que más se vende, pero sí lo que más se vende nos permite sacar esto.

R. D. S.: No sé si esto lo debería decir o no, pero Insomnia va floja. Es una colección que la hemos creado con todo el cariño, cuesta mucho hacer cada libro, porque tiene traducción, derechos de autor, tapa dura, contracubierta… y eso tardamos en amortizarlo. Tenemos que vender más de mil para hacerlo. Y no lo estamos consiguiendo.

J. L. G.: Es que es una colección destinada al público norteamericano, solo que está publicada en castellano [risas].

R. D. S.: Y fíjate que es la colección más reseñada de toda nuestra historia. No es que hagamos mucho esfuerzo en mandarla a todas partes, ni que nos reseñen… Somos casi antimarketing. Pero con esta nos hemos molestado en que llegue al mayor número de sitios posible, es la colección más elogiada, pero…

Ya que lo mencionas, el silencio de los medios tradicionales con vosotros es un poco escandaloso…

R. D. S.: Sí, bueno, pero es mutuo.

J. L. G.: Se debe a lo que nos dedicamos. Como publicamos novela y literatura de género, los grandes suplementos literarios de difusión nacional no se dedican a esto, van más al mainstream, al gran negocio editorial, al libro que se tiene que vender mucho. Lo nuestro, en la política de estos suplementos, es una cosa como muy secundaria.

La editorial silenciosa de referencia.

R. D. S.: Somos la editorial con más prestigio y menos reseñas de España.

Y en esto internet es fundamental. Estáis siempre a tope, cuidando a vuestro público y haciendo parroquia.

J. L. G.: Es que Rafael es nuesto community manager particular. Desde que empezó con Facebook tiene una cantidad de visitas y de «me gusta» que ninguna otra editorial tiene. Puedes comprobarlo. Lo he comprobado, y en editoriales más grandes tampoco tienen ese seguimiento. Nos entra mucha gente de Sudamérica, pero no es la única explicación. La gente que lee este tipo de literatura es muy fan de lo suyo. Son pocos, pero todos están ahí.

R. D. S.: Suelen ser gente muy aficionada al terror, a la gótica, y son muy entusiastas y muy leales y fieles. Muy tocapelotas también.

Pero de los «me gusta», de momento, no se come.

R. D. S.: No, claro que no. Con nosotros los lectores son muy considerados, muy atentos. A mí siempre me alucina un poco la cantidad de elogios que te transmite la gente. No tenemos troles.

J. L. G.: Lo que más critican, sinceramente, es el precio. No sé si es porque es gente que lee mucho y no les alcanza para comprar todo, y les encantaría que vendiéramos todo a un euro. Pero no podemos, porque a nosotros también nos cuesta hacerlo. Critican eso y en general, cada vez que anunciamos un libro, les parece maravilloso y estupendo, con frases sonrojantes. «Es que me hacéis feliz, es que mi vida sin vosotros no tiene sentido». Yo entiendo que es de cachondeo.

R. D. S.: Había uno que decía que había tenido más orgasmos con Valdemar que con su novia.

J. L. G.: Son muy maximalistas.

Marta Lila: Pero es que a lo mejor no. A lo mejor es un loco de la pradera que está ahí esperando a que salga un libro para tener un orgasmo.

J. L. G.: A nosotros también nos hace felices editar estas cosas. Quizá no a ese extremo…

R. D. S.: Lo que no encontramos en la prensa, que nunca nos ha hecho ni caso, quitando excepciones, lo encontramos en la gente que nos sigue. El desinterés, en realidad, ha sido mutuo, porque a ellos no les interesamos nosotros, y a nosotros no nos interesan ellos.

¿Pero no creéis que en cierto modo esa actitud de la prensa, de desprecio, refleja un poco la baja consideración social que se tiene hacia la literatura de género?

R. D. S.: Es que creo que hay mucho amiguismo en España, en este rollo literario. Es, como decía Trapiello, el club de las almendritas, que son unos cuantos que se las reparten.

Estuvimos hace poco con Juan, de la librería Estudio en Escarlata y…

J. L. G.: ¡Nos ha dado un premio hace poco! ¡Y venía hasta con regalo, una botellita de whisky!

R. D. S.: Es mejor que los del Premio Nacional, que no nos dieron nada.

Es cierto, en 2001 os dieron un premio nacional. ¿Tenía algún truco? Una editorial que apenas sale en los medios…

J. L. G.: Pues fuimos a Barcelona a recoger el premio, subió Rafa, que se puso hasta corbata, pero no dio ningún discurso lacrimógeno como en los Goya. Nos dieron una placa, que no sé ni dónde está.

Podrías haber dicho lo que cuenta Anguita que diría si volviera al Congreso: «¿Y ahora qué, hijos de puta?».

J. L. G.: No nos habrían dado jamás una ayuda más. Y eso que nos dan y pedimos pocas.

R. D. S.: Fue muy extraño que nos lo dieran. Yo creo que lo hicieron porque fue el año que editamos A la busca del tiempo perdido de Proust.

J. L. G.: Claro, cómo se lo van a dar a una editorial que se dedicaba solo a publicar literatura gótica. Además, es que el responsable de cultura era Luis Alberto de Cuenca, y él es muy fan de la literatura gótica. Pero hay un jurado, eh. Lo sé porque al año siguiente nos tocó ir, porque es como los Óscar, que si te premian vas de jurado el año siguiente. Hay votaciones y no existe ese nepotismo de que lo que diga el secretario de Estado va a misa. Puede intentar meter a un candidato, pero no puede ser solo porque a él le guste la colección gótica —que me consta que le gusta—. Quizá Luis Alberto lo introdujo, pero luego hubo un jurado que votó, y votó a favor. Muchos premios han sido ex aequo, prácticamente todos, pero el nuestro fue solitario. No hubo empate en la votación.

R. D. S.: Nosotros le hemos dado siempre mucha importancia a los clásicos, que en realidad nos dan más dinero que el terror. Nos gusta más el terror, y como nuestra motivación no es el dinero estamos más volcados en ello.

J. L. G.: Sí, pero de Proust hemos vendido mucho más que de autores de terror, curiosamente. Entiendo que van a otro público. En Valdemar hay cierta esquizofrenia porque queremos tener distintos públicos no comunicados entre sí. Los que leen la colección Frontera no coinciden con los que leen la colección Gótica, y los que compran Kafka, Proust y Flaubert no son los mismos que compran Frontera o Gótica. Pero eso está bien.

R. D. S.: También tenemos los valdemarianos, que compran todo.

J. L. G.: Hay gente que se intercambia fotos de la colección Gótica diciendo: «Yo tengo todos, jodeos». De hecho, de libros que llevan años agotados, se piden precios muy por encima de lo marcado. Intentamos deshacer esa especulación reeditando todo, incluso mejorando la edición. Pero claro, no damos abasto, porque a lo mejor quince o veinte de ellos llevan diez años agotados. La gente a la que le falta un título paga cien pavos, doscientos pavos… E intentamos desmontar esa especulación. Es una colección que empezó hace más de veinte años. Había uno de Zaragoza, que era amigo de nuestro amigo Alfredo, que se queda con restos de edición, que quería que le consiguiéramos los títulos que le faltaban. Y estaban agotados. Y claro, Alfredo estaba acojonado, porque este era juez y decía: «¿Cómo le voy a decir que no le puedo mandar los que faltan?» y tal. Que hasta un juez hace la colección Gótica, en un momento dado.

Valdemar para JD 7

Un juez, un secretario de Estado como Alberto de Cuenca, el hijo de la duquesa de Alba Jacobo Siruela… Tenéis fans de literatura de género de todo tipo. La imagen de que es una literatura que solo nos gusta a cuatro frikis se desmorona…

J. L. G.: Yo diría que hay frikis en todos los estamentos sociales.

R. D. S.: Ojo, Luis Alberto de Cuenca es muy friki. Es un tío que no se le caen los anillos por coleccionar tebeos, fanzines…

J. L. G.: Es un poco como Savater, en otra línea. Lectores tan compulsivos que conocen las cosas desde un tebeo de el Capitán Trueno hasta una edición erudita de un clásico griego. Comen de todo, son grandes entusiastas y animadores de la lectura con su sola presencia. Hablan de los ratos felices que han pasado en su vida leyendo, y se te cae la baba escuchándolos.

M. L.: O un fiscal del Estado, mira a Eduardo Torres-Dulce. Le encanta la colección Frontera.

J. L. G.: Incluso en la tele lo ha dicho. Ha escrito un ensayo sobre la caballería americana en el cine, es un especialista. Claro, la colección esta le encanta, porque no hay nada en España parecido a eso. Está encantado.

De hecho, os ha recomendado alguna vez en aquél programa que tenía, Cowboys de medianoche.

J. L. G.: Es verdad, ese que hacía con Garci y con César Vidal.

R. D. S.: César Vidal es otro gran fan de Valdemar.

M. L.: Savater, durante una Feria del Libro, hizo una reseña en Babelia de Felices pesadillas alucinante.

J. L. G.: Fue acojonante. Fue uno de los libros más vendidos de nuestra historia. También es verdad que eran los cincuenta mejores cuentos de terror publicados en quince años de Valdemar. Como referencia y especialistas en terror, el que nunca compra terror debió de pensar que era la antología que debía tener. Cuando vendes a gente que no es del grupito es cuando vendes más, porque es un público mucho más amplio. Con H. P. Lovecraft nos está pasando, se está generalizando. Las ventas que tienen los dos tomazos que hemos sacado con toda su obra ya no se justifica con el círculo de lectores de género que hay en España, sino que va mucho más allá. Está comprándolo gente que no lee literatura de terror.

Es cultura popular, ya.

J. L. G.: Absolutamente. También ha sido publicado en la colección de Penguin, en clásicos norteamericanos. Y a Lovecraft, en Estados Unidos, que lo tenían como una especie de friki, ignorado autor pulp, hace ya una década o así, han empezado a considerarlo uno de los grandes autores del siglo XX. Por su difusión mundial, por sus traducciones a otras lenguas… Si no por un valor literario, cuanto menos un valor social, que muchísima gente lo ha leído y le gusta.

Y por eso, por la penetración en la cultura pop, como ya está en videojuegos, cómics, la palabra Necronomicón sale hasta en los dibujos animados…

J. L. G.: No te puedes imaginar, lo de Lovecraft es como lo de Holmes.

R. D. S.: Cthulhu se ha vuelto ya un icono popular. Hay hasta peluches.

¿Y cómo se produce ese salto de consideración? Porque hay autores que continúan relegados a ese desprecio de género, el mismo en el que estaba Lovecraft hasta hace no tanto.

R. D. S.: Pues es difícil. Ahora hay que remontarse hasta atrás, cuando yo era pequeño, y Lovecraft era casi un autor maldito, que había que buscarlo.

M. L.: Creo que es porque ya se ha adaptado a la literatura académica. Por ejemplo, hablamos de Proust, y si las ventas de Proust son regulares es porque se ha incorporado al catálogo de las universidades. El profesor te indica las ediciones en castellano, y la más completa va a ser la edición de Mauro Armiño de Valdemar porque tiene todas las notas… Con lo cual ya tienes a una población estudiantil que va a comprar ese libro. Ya no es solamente el grupito de frikis.

J. L. G.: Hay gente que incluso está haciendo tesis doctorales sobre Lovecraft.

R. D. S.: El caso es que Lovecraft tenía todas las cartas para ser un autor maldito. Era muy incorrecto, sus opiniones políticas eran detestables…

J. L. G.: Todo para triunfar: un misógino, racista, facha… Encantador.

R. D. S.: Pero tampoco hay que olvidar que tenía una vía humorística muy acusada que no todo el mundo ve. Pero si analizas la obra de Lovecraft y de todo su círculo encuentras mucho humor soterrado. ¿Por qué ha triunfado? La verdad es que no lo sé.

J. L. G.: Es que es un tipo de horror que no se ciñe a los fantasmas victorianos, que no dan tanto miedo. El horror cósmico es un horror más penetrante, metafísico, psicológico. Yo creo que permea más en la gente. Lo otro es como más cliché, y por eso Lovecraft es el gran renovador de la literatura de terror del siglo XX.

Que otros autores, tanto literarios como cinematográficos como de casi cualquier medio, le citen como gran influencia ayuda mucho. Como en la nueva serie de Stephen King de 22.11.63 que adapta su libro, donde hay homenajes explícitos. De hecho, King dijo algo en su Twitter sobre Lovecraft y un estudio corroboró que después de eso habían aumentado la venta de libros de Lovecraft.

J. L. G.: Ha pasado con Robert Chambers y la serie True Detective, la primera temporada. Se mencionaba de pasada El Rey Amarillo, y nosotros hemos agotado la edición en un año. Porque hay referencias veladas. La serie no es que tenga nada que ver con el relato, es un homenaje personal de Nic Pizzolatto. Pero claro, la serie ha sido un fenómeno tan acojonante como para que cosas tan laterales como una referencia literaria agoten edición. Porque si la serie va sobre el relato en concreto, lo entiendo, pero no era el caso.

Quizás sea porque el público trató, mientras la serie estaba aún en emisión, de adivinar el desarrollo en El Rey amarillo. Como si fuera a encontrar allí pistas de lo que ocurriría.

J. L. G.: Sí, y al final fue un «no chavales, no vais a salir de dudas». Ha sido una venta por equivocación.

Valdemar para JD 2

En una librería nos lo contaban, la cantidad de libros que salieron con la etiqueta «El Rey Amarillo, que inspiró True Detective»…

R. D. S.: Sí, pero el nuestro no lleva esa etiqueta. Porque somos además contrarios a esa tendencia. El libro llevaba un par de años editado. Siempre habíamos querido editarlo porque es uno de los grandes clásicos. Ya por fin lo sacamos, y llevaba su venta lentísima hasta que salió la serie. Y de pronto…

M. L.: Nos hacía mucha gracia, porque parecía que Pizzolatto se sabía los títulos de la colección Valdemar. Mencionaba frases de Thomas Ligotti, de La conspiración contra la especie humana, que son tal cual las dice Matthew McConaughey, luego las referencias al Rey Amarillo, luego lo de Carcosa… ¡Todo estaba en el catálogo de Valdemar!

J. L. G.: Es que Pizzolatto tiene pinta de ser un poco friki, y hay coincidencia, aunque no le conozcamos ni él a nosotros tampoco. En la FNAC pusieron una chapita debajo de la edición de La conspiración contra la especie humana, y lo que ponían era: «Frases literales del detective Cohle en este libro». Y así estaba en el escaparate.

R. D. S.: Es acojonante, es que cualquier cosa apoyada por una serie o una película se dispara. No me quiero ni imaginar ya lo que debe ser Juego de Tronos. Si nosotros a este nivel hemos vendido esto, lo que será aquello.

De hecho, no sé que editorial grande fue la que les ofreció un pastón por quedarse con los derechos en España…

J. L. G.: Hombre, la verdad es que tiene mucho mérito el editor original, Alejo Cuervo, que es un poco underground y minoritario, como nosotros. Normalmente cuando un autor tiene una oferta de una editorial que es la que más distribuye en un país, no él, su agente literario, es el que dice «tú te callas y se lo vamos a vender a estos que son los que saben de vender». Este habrá preferido que se lo edite alguien que le gusta, que disfruta con ella, que se preocupa por hacer buenas ediciones…

M. L.: Y que apostó por él antes que nadie.

Exacto, es que es algo que va en ambas direcciones. Lo que hizo Alejo con George R. R. Martin fue traerlo aquí cuando no lo conocía nadie.

M. L.: Justo, se gastó su dinero en una traducción, y lo dio todo.

J. L. G.: A mí me gusta mucho que una editorial de género de pronto se haga rica, si se puede decir así. Porque normalmente eso les pasa a otro tipo de editores.

M. L.: Lo bueno es que Alejo ha vuelto a reinvertirlo todo en más libros.

J. L. G.: Como suele ocurrir. Nosotros también somos tan románticos que si nos hiciéramos ricos, empezaríamos a editar cosas con las que perderíamos dinero.

Hablando de Ligotti, contadnos, porque creo que llegar hasta él no ha sido precisamente un camino de rosas.

M. L.: No, con él personalmente no hemos dado aún.

R. D. S.: De Ligotti habíamos oído hablar a amigos, mal en general, porque la traducción que había en España no era buena. Nos interesó sacar obras ya completas de él, empezamos con Noctuario, seguimos con Grimscribe y el mes que viene el Teatro Grottesco.

J. L. G.: La colección Clásicos de Penguin le ha publicado recientemente dos colecciones de cuentos, consagrándole ya como un escritor reputado.

Y no habéis llegado a contactar con él nunca, es una especia de leyenda.

J. L. G.: De hecho yo creo que nadie. Y sí, hay una especie de leyenda en torno a si existe o no. Es un tipo tan misántropo yagorafóbico que no habla con nadie. En su página a veces otros comentan por él, pero no se sabe si es él. Hay fotos por internet de Ligotti, pero son confusas. Tiene una neurosis muy potente.

M. L.: Pero las entrevistas que hace son verdaderas tesis doctorales. No hace muchas, pero las que hay las respuestas son increíbles. Pero tendrá tres o cuatro.

R. D. S.: En Teatro Grottesco se ve cómo se transmite la neurosis y la psicosis de Ligotti al cuento.

M. L.: La dificultad que tiene para traducirle es la ambigüedad, la línea roja que no debes traspasar para no darle más pistas al lector de las que puso el autor. No puedes tú explicar lo que no queda claro: es el autor el que lo ha dejado ambiguo a drede para que no quede claro. No hay que poner nada de tu cosecha.

Se le ha definido como el Mallarmé del terror.

J. L. G.: Sí, es que es un autor de terror pero sus lecturas favoritas luego son Nabokov, Borges, Kafka… Clásicos reputados, no de género.

M. L.: Y luego, como lo llama él, utiliza el terror corporativo, que a mí me resulta muy kafkiano. Es su tema: hay fuerzas cósmicas, pero de grandes corporaciones o empresas donde el individuo no es más que un animalillo que está ahí y no puede hacer nada.

Los primigenios son las grandes corporaciones.

M. L.: Sí, incluso tiene un cuento en el que las personas no son de países, son de corporaciones.

J. L. G.: Bueno, ahora casi estamos en eso ya.

R. D. S.: Pero Ligotti tiene también mucho de autor centroeuropeo, por eso nos resulta tan extraño. Hay mucho de Kafka, de autores oscuros. Es muy intelectual, muchos lo llaman terror filosófico.

Valdemar para JD 3

Sobre la plaga zombi y vampírica que se desató hace unos años, ¿cómo va la moda de esas dos vertientes del terror soft?

R. D. S.: Coño, pues no sé qué decirte, porque ya no estoy muy enterado de estos últimos fenómenos. Hubo una época en la que sí, estábamos invadidos por vampiros adolescentes. El zombi sigue triunfando.

J. L. G.: Ha declinado un poquito, aunque ya ha durado más de lo que yo sospechaba que podía durar una moda. Y todavía siguen editando bastantes libros.

R. D. S.: A mí es que el zombi me resulta muy aburrido. Nosotros editamos una antología de zombis, que para mí es lo mejor que ha salido, una antología de Jesús Palacios, que te da una visión de lo que es el zombi desde sus inicios en el vudú hasta nuestros días.

J. L. G.: Con ese libro zanjamos todo lo que había que decir sobre los zombis. Darle más vueltas es absurdo. Y como las cosas se repiten mucho, se entra en un cliché, y todo resulta autoparódico y chusco.

Pero la infantilización (en el mal sentido de la palabra) del terror, en general, persiste.

J. L. G.: Estos fenómenos no nos gustan mucho, pero no sé, a lo mejor sí contribuyen a que la gente luego quiera leer otras cosas.

R. D. S.: No. Lo peor es que hay gente que no da el salto, gente a la que le han gustado los zombis y se queda en los zombis y quiere leer el mismo zombi siempre. Que las cosas sean siempre iguales.

J. L. G.: Esto pasa con muchas sagas, como lo de George R. R. Martin o J. K. Rowling. Hay fenómenos increíbles. Hay gente que piensa que esos adolescentes, cuando acaba la serie, se quedan como lectores habituales, y no. Cuando se acaba la serie, se acaba. Alguien que ha leído tres mil páginas y luego no vuelve a leer en su vida.

R. D. S.: Es el lector no evolucionado, que se queda en lo que conoce, en lo que le gustó, y todo lo que lea quiere que sea igual. Pasa un poco también en la música, la gente a los Rolling Stones les pide las mismas canciones, y se mosquean cuando el grupo cambia de registro.

J. L. G.: Y ahí tienes a Kiss FM poniendo las mismas putas canciones siempre, porque es lo que la gente quiere oír.

Vamos, que no llegan a Valdemar muchos lectores de Crepúsculo despistados.

R. D. S.: Yo creo que no. En general, esos lectores se pierden.

J. L. G.: Son fans de una historia concreta, no del género. Porque si extrapolas esas historias a otra época o a otro registro, se bajan.

R. D. S.: ¿Cuánta gente se está leyendo Canción de hielo y fuego y se queda ahí, no investiga otras cosas? La mayoría.

Y, ¿cuánto es culpa de las grandes editoriales que enfocan todo a repetir hasta la saciedad el mismo éxito?

J. L. G.: Mucha.

R. D. S.: Mira lo que pasó con Cincuenta sombras de Grey: las librerías se inundan de libros de igual e incluso inferior categoría para buscar el mismo éxito.

J. L. G.: Y nosotros estamos en las antípodas de eso. Hacemos buenas ediciones para grandes aficionados y esas otras cosas ni las entendemos, ni nos gustan, ni pensamos que esos fenómenos nos podrían traer un público que le interesara algo más. El personal es que es así y no puedes hacer nada.

R. D. S.: Tenemos callo desde hace veinte años, al principio nos llamaba la atención pero ahora ya… Sabemos en qué país estamos y lo que se puede esperar de eso.

M. L.: Yo no conocía Valdemar cuando empecé a traducir para ellos, y de repente mi hermana, que trabaja en la facultad de psicología, y sus colegas me decían: «¡Valdemar! ¡Pero si a mi me encanta!». Se conocían hasta los nombres, ¡pero desde cuándo alguien conoce los nombres de los editores! Se conoce a Lara y poco más. Yo me quedaba alucinada.

J. L. G.: Realmente ese es nuestro premio. La generosidad de algunos lectores que les gusta lo que hacemos y son entusiastas.

R. D. S.: La verdad es que yo no sé si eso ocurre con otras editoriales, ese nivel de fanatismo. Con Valdemar es que hay tíos que te paran por la calle. Aunque lo entiendo un poco, porque yo también he sido muy fanático de muchas editoriales.

La mayoría de editoriales reconocen que alguna cosa sí que han publicado con la nariz tapada, casi para después poder darse el lujo de publicar lo que quieren. ¿Vosotros también?

J. L. G.: No, porque además no tendría mucho sentido. Porque podríamos haber tirado por una línea más comercial desde el principio, por una línea de lo que más se vende. Y entonces no habríamos palmado pasta.

M. L.: Habrían sacado El Código Da Vinci.

J. L. G.: Pero es que cuesta mucho dinero ser coherentes.

R. D. S.: Jesús justo publicó un libro sobre los desastres de Valdemar.

¿Y cuáles son esos desastres?

Jesús Palacios: Pues justo mis autores favoritos. Era una colección con el barón Corvo, Pétrus Borel, la colección de Planeta Maldito. Gente maldita que lo es precisamente porque no vende.

R. D. S.: Autores que sabíamos que eran invendibles pero que tenían que estar ahí, que debíamos publicarlos. Y mira que esa colección funcionaba muy bien, porque metíamos eróticos, tipo Las once mil vergas de Apollinaire, que se leían muchísimo. Pero luego estaban los libros menos vendidos.

Asteroide sacó el libro de En busca del barón Corvo, ¿no ayudó eso a vender?

R. D. S.: No, no, nada.

J. P.: Lo curioso es que su biografía, que ya estaba publicada hace muchos años, es un libro que siempre se ha vendido muy bien. Su biografía se vende, pero sus obras no. Siruela también publicó en la colección Ojo sin párpado y fue de los menos vendidos. Con ese precedente yo le dije a Valdemar que lo sacáramos…

J. L. G.: Y es uno de los mejores libros que hemos editado, pero no vendido.

J. P.: Es que es una colección que tenía mucha querencia por los autores finiseculares, relacionados con el simbolismo, con el modernismo, el decadentismo… Sacamos a dos que son de mis autores favoritos de ese mundillo, Corvo y Ronald Firbank. Son libros que no se han vendido, pero visten mucho.

J. L. G.: Pueden que nos hayan dado prestigio. Aunque muchas veces dices eso de «cambiamos un poco de prestigio por un poco de oro».

R. D. S.: De todas formas he de decir que son libros que me gustan mucho. Yo hubiera querido hacer una especie de «biblioteca del infierno» con todos estos autores. De tocarnos la lotería si que hubiera hecho una cosa así, me habría permitido el lujo.

J. P.: Creo que siempre habéis tenido la política de sacar un libro que os apetecía mucho inmediatamente después de tener dos libros que se habían vendido muy bien, aunque sabíais que aquel no se vendería. Aprovechar la liquidez para daros el gusto.

J. L. G.: Sí, los frikis en general cuando tienen dinero se lo gastan todo en sus vicios, y nosotros reinvertimos lo que ganamos de un libro en otros proyecto de más riesgo. Aunque pierdas una parte de esto.

Valdemar para JD 4

Los editores suelen hablar de la «responsabilidad social» de la edición. De proveer al público de una literatura de un determinado nivel, para elevar el de la oferta. ¿Vosotros sentís esa «responsabilidad» con el público en general, o con vuestro público?

R. D. S.: Nuestra responsabilidad empieza y acaba en nuestro público. Los fenómenos de superventas están bien porque ayudan a que las librerías subsistan, si no fuera por ellos estaríamos sin librerías ya. En cierta medida agradezco esos bestsellers, pero nosotros estamos en nuestra guerra, publicamos para el club Valdemar, digamos.

J. L. G.: Aunque nos gustaría que el club Valdemar fuera más amplio.

J. P.: Es absurdo pensar que la gente pueda pasar de leer Crepúsculo a leer al barón Corvo o Bram Stoker.

De hecho hay libreros que nos cuentan que venden el libro de Stoker como «el libro que inspiró a la autora de Crepúsculo».

J. P.: Sí, recuerdo haber visto hace no mucho una secuela de la Isla del tesoro y en la cintita ponía «una secuela, superior incluso a la original». Pobre Stevenson, vaya hostia.

R. D. S.: Nosotros somos muy enemigos de ese tipo de cintas y citas un poco engañosas. «Trescientos mil libros vendidos desde que se editó en Francia» como pasó con El salario del miedo. No queremos buscar subterfugios de esa clase.

J. L. G.: A nosotros nos ofrecieron primero True Blood antes de la serie de televisión, y nos pareció que era una secuela de Entrevista con el vampiro y que estaba muy visto. Y lo rechazamos. Ahora la editorial lleva ocho o nueve volúmenes, pero bueno…

R. D. S.: ¡Si es que somos gilipollas! Pero bueno, hablando de la responsabilidad, yo sí que siento un poco de orgullo de que haya muchas generaciones jóvenes que han mamado de Valdemar. Muchos escritores que nos hemos encontrado ahora como Emilio Bueso o Jesús Cañadas, y eso en cierta manera es gratificante. Y después en la Feria del Libro vemos que hay un público más o menos joven que nos sigue, que muchos se forman en el género con Valdemar.

J. P.: Y no solo en el género, Rafa. La colección de Intempestivas además ha hecho cosas con festivales de cine, y ha dado oportunidades a gente como Rubén Lardín. Y haber publicado en España a gente como Camille Paglia, que es una de las pensadoras más importantes del siglo XX, es una cosa de la que estar muy orgulloso. O los dos libros de Cultura del Apocalipsis de Adam Parfrey.

Llopis ha dicho hace poco que no ha vuelto a sentir miedo como cuando tenía catorce años. ¿Y vosotros?

J. L. G.: Creo que gracias autores como Ligotti, no estoy de acuerdo. Yo no lo habría disfrutado de adolescente, porque no pillaría ni la mitad.

R. D. S.: Siempre vas descubriendo cosas nuevas con la edad, aunque quizá la emoción del miedo realmente solo la tienes cuando empiezas a leer. Luego se va convirtiendo en otra cosa, en un juego intelectual del que participas voluntariamente con la famosa suspensión de incredulidad. Pero el miedo genuino sí que es cierto que lo tienes cuando eres más joven.

J. L. G.: Hombre, porque todas las emociones son más intensas. Luego el juego pierde intensidad pero gana conocimiento, porque se hace más sofisticado.

J. P.: Pensar en la literatura de terror como que su función exclusiva es dar miedo es muy reduccionista.

De ahí viene la losa de ser considerado subgénero.

J. P.: Exacto. Y pasa aún más en cine que en literatura, porque se asocia al susto y a pasar un mal rato. Y evidentemente eso forma parte intrínseca de la literatura de terror, pero no es el único elemento. Hay otros muchos niveles de disfrute, cosas que vas aprendiendo y vas sofisticando con el paso del tiempo. Creo que es el proceso lógico de madurez del lector, y que aprovechan los buenos escritores de género. Lees Drácula con catorce años y lees una cosa, lo lees con treinta y es otra, y cuando lo haces con cincuenta lees otra que al mismo tiempo contiene todas las anteriores. Yo ahora no puedo sentir miedo como cuando tenía catorce años, pero cuando leo a un autor como Grabiński siento una cosa muy aproximada, que me permite resucitar un poco esas emociones en la medida en la que me lo puede permitir mi madurez actual. Que es más decadente.

R. D. S.: El primer libro que recuerde que me impresionó fue El doctor Jekyll y Mr. Hyde, porque me asustó y me hizo descubrir que la literatura era algo importante, porque dejaba aflorar en mí algo que estaba oculto. La parte oscura que llevamos dentro. Esa emoción es muy difícil de repetir.

J. L. G.: Para mí fueron más bien los cuentos de Poe. Y leyéndolos ahora, alucino que con trece o catorce años los leyera, los entendiera, y los disfrutara. Hoy en día me gustaría saber si un chico de esa edad coge a Poe y lo disfruta, porque tiene una prosodia que no coincide con cómo se habla hoy o con los guiones de cine…

J. P.: Creo que lo que ha dicho Rafa es muy interesante, porque una de las funciones de la literatura de horror es asustar, pero otra de ellas, como diría Anton LaVey, no es exorcizar, sino ejercitar a la bestia. Reconocer tú mismo aquellos elementos de ti que te asustan, que son antisociales, primitivos o agresivos, y el ver como eso tiene una función en el arte, literaria y estética. Y no una función domesticadora, prefiero pensar que es ejercitadora, porque esa parte del ser humano es fundamental para la cordura y para la supervivencia. Si no existiera esa literatura y ese cine que nos acostumbra a lo peor de nosotros mismos y de nuestros vecinos, probablemente pensaríamos que el mundo es como las comedias románticas de Hollywood o en las canciones de Los Planetas.

R. D. S.: Es mejor que pensemos que vivimos en un mundo lovecraftiano.

J. P.: No es que lo pensemos, ¡es que vivimos ya en él! Y como vivimos en él, es mejor saberlo.

¿Es casualidad que Lovecraft, junto a Kafka, sean de los pocos autores que tienen un adjetivo propio, lovecraftiano y kafkiano?

J. L. G.: Cuando un autor tiene ya un adjetivo propio es que ha calado definitivamente en la cultura. Se convierte en universal.

J. P.: Porque además ya trasciende lo literario, vas por la calle y dices «esto es un poco lovecraftiano».

R. D. S.: Y sobre todo porque el sistema es cada vez un poco más Cthulhu…

Hablando de lovecraftiano, Revival, de Stephen King lo es. Pero, con todo el reproche, Rafa, creo que tú dices que no te gusta nada el Stephen King desintoxicado…

R. D. S.: Es un poco broma, y aunque no lo he verificado documentalmente tengo la sospecha de que desde que abandonó la cocaína y el alcohol dejó de ser interesante. Al menos para mí. Porque el King que echo de menos es el King de los cuentos, como narrador de historias cortas me parece muy difícil de superar por nadie.

J. P.: Pero como el mercado mismo se ha destruido… Pasa también con George R. R. Martin, que se hizo famoso como narrador de cuentos cortos, y eran cojonudos. A King le pilló justo el cambio de mercado, que volvió a los cuentos, y lo aprovechó. Todo el mundo que hacía novelas de doscientas páginas empezó a hacerlas de dos mil, pero como Stephen King tuvo muchísimo éxito, él mismo contribuyó a que el cambio fuera más radical.

R. D. S.: Como nos dedicamos más a la colección Gótica, cosas anteriores al siglo XX, abundan los cuentos. Nosotros vivimos un poco del cuento, aunque sea un chiste muy malo.

¿Y cómo os hicisteis con Danza macabra, el ensayo de Stephen King?

R. D. S.: Es una larga historia. Estuvimos cinco años detrás de ello…

J. L. G.: Cuando preguntamos por ese ensayo a la agencia literaria que lleva los derechos de King en España, le dijimos que a la editorial habitual no le interesaría publicarlo. Porque habían pasado muchos años desde su publicación en Estados Unidos y nunca lo habían hecho. Les preguntamos que si había alguna posibilidad de que lo hiciéramos nosotros. Y tardaron cuatro años en contestar a esa pregunta, posiblemente porque tampoco al editor español que publicó a Stephen King en España le interesaba publicar el ensayo, ni que otro lo publicara. Y eso es en lo que no estábamos de acuerdo.

R. D. S.: Lo peor de gente como Stephen King, tan grandes y tan famosos, es que es muy difícil acceder a ellos. Siempre hay un agente de por medio que te corta. Y estoy seguro de que a él, si le hubiéramos trasladado la idea de que qdeseábamos editar este ensayo que nadie quería, habría dicho que sí.

J. L. G.: Planteamos a la misma agencia hacer una antología personal de cuentos de distintas obras, para que no compitiera con sus libros, e incluirla en nuestra colección Gótica, donde empiezan a estar los clásicos modernos. Nos dijo su nuevo agente que no nos podía dar ese permiso porque todas las editoriales querrían hacer lo mismo, aunque las editoriales no fueran de terror, solo porque es Stephen King. Nos negaron la posibilidad. Estamos publicando en Gótica a Ligotti, vamos a publicar a Clive Barker, pero Stephen King se quedará fuera no a causa de él, sino de su agente literario.

¿Vais a publicar por fin a Clive Barker?

R. D. S.: Dentro de nada vamos a editar en un volumen los tres primeros Libros de sangre, los mejores, con una ilustración de cubierta fantástica de Santiago Caruso.

Valdemar para JD 6

Sobre la colección Frontera que habéis sacado, ¿el interés era reivindicar el género? Porque si el terror estaba maltratado, el wéstern ya no digamos…

J. L. G.: Sí, era lo peor.

R. D. S.: He de decir que yo era un lector con cierto prejuicio, porque no la conocía. No sabía que había grandes autores con valor literario más allá del género. A través del primer libro que sacamos, Indian Country, me abrí a todo.

J. L. G.: Y descubrir a Dorothy M. Johnson, porque aquí tenemos el cliché de que la novela del Oeste es una caca y nada de eso…

J. P.: Bajo cielos inmensos, de A. B. Guthrie, es una novela que prefiero a todo lo que he leído de Faulkner, sin ninguna duda y sin ningún remordimiento. En España había una gran tradición de publicar novela del Oeste de calidad, tanto de escritores de género pulp buenos, como de grandes novelistas norteamericanos. Lo que pasa es que eso quedó tapado en los años sesenta y setenta por los bolsilibros españoles, por Manuel Lafuente Estefanía y tal. Pero por ejemplo Dorothy M. Johnson estaba publicado ya aquí, o el Wild Wild West de Guthrie. Con traducciones peores, vale, pero sí que estaban.

R. D. S.: El caso es que cuando nos propuso Alfredo publicar, éramos escépticos, porque una novela de wéstern en España… Pero el caso es que funciona, está teniendo muy buena respuesta.

J. L. G.: Porque no hay más oferta en España.

J. P.: ¡O porque a veces lo bueno funciona!

R. D. S.: A veces cosas muy concretas, como la literatura japonesa con los de Satori, funciona.

J. P.: Y también porque en los últimos años ha habido, a lo tonto, una cantidad increíble de películas y series de televisión que son wéstern.

La enésima resurrección del wéstern…

R. D. S.: ¡No lo digáis muy alto, a ver si ahora se va a poner a editarlos todo el mundo!

J. P.: Luego también está el fenómeno de Oakley Hall.

R. D. S.: Nosotros publicamos una novela suya policíaca, pero no funcionó. Ambrose Bierce era el protagonista, una novela de ficción histórica muy buena. No vendimos nada.

J. L. G.: Teníamos la continuación preparada, pero vendimos tan poco que no pudo ser. También lo intentamos con la policíaca en la colección de Valdemar-Es Pop, tampoco funcionó…

J. P.: Dejadme decir que el gran acierto de Frontera es que es cien por cien Valdemar. El tipo de libro, de portada, de edición y tal. Como la colección Gótica es a la novela gótica, Frontera lo es al wéstern. Sin embargo Valdemar-Es Pop por hache o por be, no era tan genuino, ni el sello era tan evidente.

R. D. S.: Al margen de estas disquisiciones, el problema es que hay mucha competencia. Es muy difícil meterte ahí. La de wéstern, además de porque sean buenas, ha funcionado porque no había tanto publicado. Insomnia va a tirones y renqueando, pero esta colección va bien.

Ya que menciones la colección Insomnia, ¿podría ser Extraños eones de las mejores adaptaciones de los mitos de Cthulhu en el siglo XXI?

J. P.: Puede serlo, porque por lo menos da una versión original y distinta, no se queda en un palimpsesto de Lovecraft, aporta algo. Te puede gustar más o menos, pero es algo suyo.

J. L. G.: Eso es, porque no es un remake, es otra cosa.

R. D. S.: No copia la prosa rimbombante de algunos autores que han tratado de seguir la estela de Lovecraft.

J. P.: Aparentemente lo fácil es replicar eso. Pero es mentira, porque Lovecraft escribía muy bien pese a lo que se dice, y los que intentan escribir como él lo hacen muy mal. Todo lo que han leído de que Lovecraft es un mal escritor se lo han creído, y creen que replicarlo es muy fácil… Ponen veinte adjetivos seguidos, diciendo que todo es arcano, todo es cósmico y obscuro y pulsante y abominable, y la cagan.

Académicamente se le cita como ejemplo del «buen mal escritor».

J. P.: Sí, pero eso también se dice de Pío Baroja. El año pasado hablaba con Ramsey Campbell de esto, y estábamos de acuerdo en que cuando vuelves a leer a Lovecraft pasado mucho tiempo de repente descubres que es un tío que se preocupaba mucho, casi tanto como Poe, por la esencia formal del cuento de miedo. Que buscaba muy bien los efectos y construye las historias de puta madre. Coges La llamada de Cthulhu y no solo está perfectamente construida desde el punto de vista de la gradación del suspense, sino que la técnica de collage que utiliza es literalmente lo del falso found footage de La bruja de Blair que tanto se ha repetido después. Pero claro, producido en 1930. Y eso no lo hace alguien que escribe mal. Hay que tener en cuenta que él mismo corregía cuentos de otros, y los mejoraba.

J. L. G.: De hecho, el poco dinero que ganó en su vida fue gracias a eso.

J. P.: Hay una leyenda negra que se fundamenta sobre todo en dos críticos literarios, que son Colin Wilson y Helmut Wilson, que lo pusieron a parir siempre. Y hay que contar con que a Helmunt no le gustaba la literatura de terror. Y Colin, que empezó diciendo eso, acabó escribiendo novelas lovecraftianas…

Rafa, de hecho tú decías que quien ha acusado a Lovecraft de barroco abusivo es que no lo ha leído. Cuando describe la ciudad de R’lyeh como «geometría errónea», es justo el adjetivo que necesita. ¿Dónde está el mal escritor ahí?

R. D. S.: Y aparte de eso, un escritor que ha penetrado en el subconsciente del siglo XXI no puede ser un mal escritor.

J. P.: Sí, y además ha entroncado con arquetipos preexistentes que él mismo definió. El concepto «horror cósmico», que ahora toda esta escuela filosófica del nuevo materialismo especulativo utiliza a mansalva y lo ponen al mismo nivel que cuando hablan de Schopenhauer o de Nietzsche o Hegel… Por algo será. El realismo especulativo bebe del horror cósmico de Lovecraft tanto o más como pueda beber de esos autores.

Valdemar para JD 8

Habéis mencionado antes que ciertos autores de terror empiezan a entrar en los temarios de universidades. ¿Qué otros merecerían estarlo? O en la colección de clásicos de la Penguin Random House…

R. D. S.: Yo es que no soy muy académico, así que prefiero que ninguno. Y la Penguin ya no es garantía de nada, porque también hay mucha morralla.

M. L.: Bueno, pero llega a mucha más gente.

J. P.: La literatura de género tiene muchos niveles de disfrute. Uno de ellos puede ser el académico. Cuando encuentras a un autor que conecta con lo que a ti te gusta, en cualquier género, y además es un buen escritor, estilista y gran creador literario, estás encantado. Pero —al menos en mi caso— a veces prefieres leer a muy malos escritores que también conectan con determinados gustos o con una iconografía que es agradable, que a otros muy buenos escritores que no conectan para nada a ningún nivel, ni con mi inconsciente ni con mi consciente. El género fantástico y de terror se presta mucho a eso. Prefiero leer un cuento mediocre de Robert E.Howard, o…

Los hombres topo quieren tus ojos, que mientras lees los cuentos de la antología piensas en lo mal escritos que están y lo bien que te lo estás pasando.

J. P.: Efectivamente, ese es el ejemplo, porque son cuentos que no están escogidos por su calidad literaria, sino por su cualidad arquetípica. Es como las películas de serie B o de serie Z. Hay gente que te dice que cómo te puede gustar Plan 9 del espacio exterior, que es la peor película de la historia del cine. Pues mira, me gusta porque en un momento determinado sale Tor Johnson de debajo del suelo, rompiendo la tierra con la calva en una escena totalmente onírica que es como si la hubiera soñado cuando tenía seis años. Y para mí eso vale más que ver veinte veces Ciudadano Kane.

Pero tú siempre vas a estar sujeto a la pregunta del ¿por qué? Nadie te va a preguntar por qué te gusta Ciudadano Kane.

J. P.: Cierto, pero te digo una cosa: vete a una isla desierta y escoge película. A ver quién se lleva Ciudadano Kane.

R. D. S.: Siempre digo que soy muy fan de los malos escritores, pero entre comillas. Hay muchos escritores pulp que son considerados académicamente como malos escritores. Clark Ashton Smith a mí me flipa, la exuberancia del lenguaje, las invenciones totalmente insensatas. Yo no sé que tomaba, pero quiero que me dé.

M. L.: Pero Ashton Smith es de los finos, es estilista. Y además era poeta.

R. D. S.: Bueno, hay críticas demoledoras en su época. O Howard, a mí me gusta mucho, y un académico no le considera un gran escritor. Lo que ocurre es que la gente oye «pulp» y como que se asustan. Pero no olvidemos que escritores pulp eran Raymond Chandler, Dashiell Hammett

J. P.: Lo que dice Rafa es verdad, que hay escritores malos que están muy bien. Para mí la escuela de apreciación crítica más interesante siempre han sido los surrealistas franceses, los que sabían de verdad lo que pasa. Y lo que pasa no tiene que ver con la calidad académica o literaria, tiene que ver con el sentido de la maravilla, con lo onírico, con lo subconsciente individual y colectivo. Eso puede funcionar en un gran escritor y todos contentos, pero puede funcionar en un muy mal escritor que sin embargo, por los motivos que sea —porque era un esquizofrénico paranoide incurable— pues de repente te da imágenes y visiones que te descubren cosas. Que te divierten o que te vuelven loco.

R. D. S.: Uno de los libros que más me ha influido a mí en la vida ha sido la Antología del humor negro de André Breton. Me descubrió una cantidad de autores que para mí eran inimaginables.

J. P.: Lo bueno de los surrealistas es que iban más allá, es que se iban a FantômasGaston Leroux

R. D. S.: Joder, ¡cuánto me habría gustado editar a ese hombre! El día que nos toque la lotería será eso.

J. L. G.: Tenemos una colección de pioneros de la ciencia ficción que dirigía Jesús cuando tenía pelo y fumaba que eran cosas también muy pulp. Cosas como muy ingenuas que pensábamos que tendrían interés para los lectores de ciencia ficción, pero claro, leían lo moderno. Lo de los pioneros era demasiado para este mercado, sería más para el anglosajón.

M. L.: Ahora lo está haciendo Paco Arellano, con tiradas de doscientos ejemplares.

J. L. G.: Paco Arellano es el único friki español más mayor que nosotros. Con la ciencia ficción ha habido una frenada, se ha notado mucho.

J. P.: Sí, porque se ha fundido también con el mainstream un poco, en España. Colecciones hay menos que hace treinta años.

R. D. S.: Incluso la serie policíaca. La novela policíaca en ocasiones va camuflada, por ejemplo Siruela las saca dentro de sus colecciones generales.

R. D. S.: Sería digno de estudio ver en qué año el género empezó a tomar mala fama en España, porque antes hemos hablado de colecciones como Crisol que editaban al mismo nivel policíaca, aventuras, y Tolstoi, y no sé cuándo se frenó…

J. P.: Quizás fue un proceso de absorción que a nosotros no nos gusta.

R. D. S.: ¡Fueron los académicos! ¡Malditos!

J. L. G.: En los años setenta la literatura era una cosa muy grave y muy densa, reivindicativa… Coincidiendo con el final del franquismo se leían cosas cosas comprometidas, y la literatura de evasión estaba mal vista.

Hemos abierto el melón con lo de «literatura de evasión». ¿Por qué es un género menor?

R. D. S.: Yo es que ni siquiera estoy de acuerdo con la denominación. Si te gusta, tú disfrutas tanto leyendo a Maimónides como a Lovecraft, el placer lo obtienes tanto de una obra abtrusa como de cualquier otra…

J. P.: El problema de llamarlo «literatura de evasión» es que tenga un sentido peyorativo. Si no, ¿qué hay de malo en evadirse leyendo? La gente se evade mucho más de lo que piensa —y mucho más de lo que reconocería nunca— leyendo historias sobre la guerra del Golfo o la guerra de Yugoslavia. Se evade de su puta vida de mierda con su familia, sus niños gritando y tal. Y encima cree que está haciendo una labor social, pero está haciendo literatura de confesionario, de «qué bien me siento ahora que he leído cómo de putas las pasan los pobres emigrantes». Te estás evadiendo igual, solo que además te diviertes menos, pero ese es tu problema. Hay que darle la vuelta a los términos.

R. D. S.: Por eso es tan irritante ese término. ¿Es que no te evades cuando lees Guerra y paz?

M. L.: Por ahí empieza un poco el desprestigio del género, y el ensalzamiento de la gran literatura, la que vale para concienciarse…

J. P.: Nosotros nos hemos criado como editores y como lectores en una época en la que eso parecía que se estaba rompiendo, en el tardofranquismo. Desde el año 72-74 hasta el 84-85 en España disfrutamos de muchas editoriales y muchos escritores de prestigio, empezando por el propio Alfonso Sastre, que fue uno de los promotores del realismo y también uno de los promotores del fantástico en España, y toda una generación, de Juan Tevar, el primer Garci y un montón de gente que venía del rollo intelectual universitario y de izquierdas. Gente que venía de la izquierda exquisita y estaba abierta la género. Había un interés porque incluso eso era, hasta cierto punto, libertario.

¿Y cuándo se jodió?

J. P.: Mi teoría es que empezó a joderse cuando conseguimos lo que creíamos que queríamos, que era dignificar el género. En el momento en que la gente empezó decir que la novela negra era buena y era marxista, y empezaron a costar cincuenta pesetas como costaban las novelas de Chester Himes en la Casa de Libro… Diez años después esa novela de Chester Himes ya no era una novela policíaca de Brugera, era un clásico de la novela negra de un escritor negro americano, comprometido con el marxismo, y ya costaba mil doscientas pelas. Pasó con todo, cada vez que dignificas algo y lo sacas del gueto, que es lo que todos creíamos que queríamos, toma: la literatura del siglo XX la pagas a precio del siglo XXI y te jodes. Todos los críticos como Javier Coma o Carlo Frabetti, que con todo el respeto los he leído con ganas y me han enseñado mucho, pero lo que consiguieron fue dar la vuelta a la tortilla y cargársela.

R. D. S.: Con todo el respeto también, pero… ¡De toda tu explicación entiendo que acusas a Valdemar de poner unos precios prohibitivos!

J. P.: A ver, vosotros hacéis unos libros de puta madre, pero los de Etiqueta Negra de Júcar, por ejemplo, ¿cómo eran? Que valían mil doscientas pelas y empezaban: «El cadáver estaba caído en la carpeta», ¡que no se me olvidará en la vida! ¡Traducían «alfombra» como «carpeta»!

Valdemar para JD 5

Hablando de dinero, vosotros decís que sois ricos en fans. ¿La piratería os afecta mucho?

J. L. G.: Es difícil saberlo, pero yo creo que no. Que ya no.

R. D. S.: Es complicado, porque creo que afecta a un nivel general. Gente que antes compraba libros ahora ya no los compra. No se sabe si te toca a ti o aquél. Creo que a los que más daño hace son a las grandes editoriales y a los autores que venden mucho, tipo Reverte, Stephen King y tal, son los más pirateados. A nosotros que nos pirateen no creo que nos haga mucho daño.

J. L. G.: Viene un poco en paralelo lo que tú vendes en librerías con lo que te pueden piratear. No es comprensible que vendas dos mil o tres mil libros de una edición y haya treinta mil personas interesadas en internet en piratear ese libro. Eso no tiene mucha lógica.

R. D. S.: Luego, ¿cuántas obras de las que se piratean de verdad se leen, y la gente no las deja en un disco duro…?

M. L.: El Diógenes del pendrive.

J. P.: Para seguir utilizando términos marxistas, es el fetichismo por el objeto, ahora el síntoma es tener mucho, luego escucharlo, verlo o leerlo es lo de menos.

R. D. S.: Con respecto a la música, yo me bajé muchísima. Que luego no he podido escuchar porque me bajé tanto que no me da tiempo ni en esta vida ni en dos más. Durante una época muchos como yo nos abonamos al modo aleatorio, tenías mucha y la ponías así. Pero desde hace dos años o así vuelvo a coger y ponerme un disco en concreto, con su cara A y su cara B.

J. P.: Hay una frase de un pensador americano, Lewis Mumford, que en el año 68 o 69 decía que ningún recipiente debería evolucionar más rápido que su contenido. Y nosotros estamos viviendo justamente en el paradigma opuesto. No se hace casi nada nuevo, me atrevería a decir nada, en calidad artística y estética, ni en literatura ni en música ni en cine —otra cosa es que se hagan buenas películas, libros y canciones; pero no se hace nada nuevo— pero lo que sí evoluciona es la tecnología de los recipientes para conservar, escuchar y almacenar eso. Lo que mola es tener el iPod, el «i» no se qué, donde en lugar de treinta películas te caben tres millones. Tres millones que no solo no vas a ver, sino que la mitad o más son mierda.

M. L.: La piratería relaja el criterio selectivo de antes, tenías que elegir lo que gastarte en un libro. Te devanabas los sesos, lo hojeabas en la librería… ¿Y ahora que tengo todo, qué leo?

R. D. S.: Amigos míos que han pirateado mucha literatura se acogotan cuando tienen que elegir qué leer. Tienen tanto…

J. P.: A la larga tiene que ser beneficioso para una editorial como Valdemar. Lo mismo que ahora hay un boom de editoriales más o menos exquisitas, que trabajan el libro como fetiche y como objeto, y creo que la gente que de verdad le gusta Valdemar, quiere el libro.

J. L. G.: Por eso decimos que no nos ha hecho tanto daño la piratería, porque al lector de Valdemar le gusta el libro como fetiche.

Sois conscientes de que sois editores quitándole importancia a la piratería…

J. L. G.: Ah, ¿que se cabrean mucho? Pero es que si la facturación ha bajado no es solo por la piratería. Es que hay muchos más factores, la piratería es un saco al que se le culpa de todo.

M. L.: Es la cabeza de turco.

R. D. S.: Hay que ser conscientes de que la piratería no es el problema, sino la falta de lectores.

J. L. G.: Somos una de las pocas editoriales españolas que no tenemos libro electrónico, así que los pirateos que hay por la red son escaneos.

R. D. S.: La piratería no es tanto un enemigo del libro en papel como del libro digital. Mientras haya piratería digital lo que no se va a vender es el ebook, porque es un poco absurdo gastarte diez euros cuando lo tienes gratis.

J. L. G.: España tiene un 3% de ventas de libro digital, y a mí me parece que está como hinchado. No me lo acabo de creer, y aun así es una cosa despreciable. Darle tanta importancia a una cosa así, sobre todo cuando se venden más otro tipo de productos relacionados con el libro, que el libro digital…

R. D. S.: Aunque sí que hay una cosa, si quieres que te diga la verdad. A mí los piratas me parecen unos jetas. Pero no es ese el problema, porque si tú tienes la oportunidad de piratear, terminas pirateando. Yo lo he hecho, y casi todo el mundo. Porque es muy fácil, y cuando puedes piratear dándole a un botón y que nadie te diga nada… Aunque cuando entro en esas páginas piratas de libros me hace mucha gracia leer los foros: «¡Gracias! ¡Gracias por tu aporte, gracias por compartir!». Me parece absurdo, y hay alguno que dice: «Coño, esa no es la cubierta original»; pero, ¿para qué coño piensas en la cubierta en una edición digital? ¿qué más te da?

M. L.: Y por supuesto, olvídate del nombre del traductor porque no aparece en ningún lado. Y eso mucha gente no lo piensa, porque ven que el autor está muerto y eso debe estar al alcance del público, no estás robando a nadie. Pero estás robando al traductor.

R. D. S.: La piratería introduce una idea que es absurda en esta civilización: la gratuidad. Es que la gratuidad es contraria al capitalismo, si pedimos gratuidad vamos a pedir más cosas, que el pan sea gratuito…

J. L. G.: Pero la banda ancha no es gratis. Es más fácil piratear contenidos que putean a un montón de pequeñas empresas, que no a Telefónica que es la que vende la avenida por la que va todo.

J. P.: Es que ahí está la paradoja. Es como la piratería en cine, que la conozco muy bien. El problema es que las mismas multinacionales que te están diciendo «hay que perseguir la piratería» son las que están desarrollando el software mejor para piratear, grabar y reproducir.

Valdemar para JD

¿Y es reversible el concepto de gratuidad? Porque una vez que una generación se ha educado en eso…

R. D. S.: Yo me imagino que un chiquillo de quince años que ya lleva toda su vida instalado en la gratuidad es muy difícil que asuma que tiene que pagarlo.

M. L.: El tema está en que no va a haber creadores. ¿Quién va a dedicarse a escribir si no va a recibir un duro, solo por pura afición? ¿Y a editar?

J. L. G.: Y si alguien no puede dedicarse por entero a la literatura o la música, el producto que haga será en ratos libres o en fines de semana. Pero nunca al nivel que había cuando los creadores cobraban.

R. D. S.: Yo no quiero echarle mucho la culpa a la piratería de nada.

J. P.: Claro, porque es un síntoma, no es la causa de la enfermedad. La enfermedad es que la cultura en general interesa muy poco, y hay muchísima gente para repartir una tarta muy pequeña. ¿Quién me ha quitado mi queso? Pues es que aquí el queso son quesitos.

J. L. G.: Hay que decir que dentro de la piratería, las editoriales de libros nos llevamos la menor parte de las consecuencias. En cine y en música sí.

J. P.: Pero la música tiene una ventaja, una que siempre ha tenido. Que le gusta a todo el mundo y que es muy fácil escucharla. Leer un libro requiere un esfuerzo que para mucha gente es un trabajo, si encima tiene que pagar por ello ya…

R. D. S.: A todo el mundo le gusta el cine o la música, pero leer es otra cosa.

J. P.: Es un esfuerzo. Te da muchas satisfacciones, y aunque soy crítico de cine lo pienso así, me da más satisfacciones la literatura que el cine. Pero requiere más esfuerzo.

J. L. G.: Tan poca importancia tiene la industria del libro en España que ni siquiera le han subido el IVA. Seguimos al 4% por ciento, porque no hay dinero. Así somos de insignificantes. Y eso es porque no pueden aplicarle un 10% a las Sombras de Grey que sí se venden, y el 4% al resto. Es lo que pasa con el porno impreso y el cine, el cine es espectáculo y lleva un 21%, pero lo otro como es impreso, sin distinción ninguna, es el 4%.

R. D. S.: El porno en internet afortunadamente no.

J. P.: Yo toda la vida he estado oyendo decir, porque he sido monaguillo antes que fraile, que «los libros están muy caros». Venga ya. Vete a la librería de ofertas de Bilbao, o al Happy Books, que tienes libros de puta madre por un euro veinte. El último bestseller de mierda que te quieres leer, para estar a la moda e ir a la oficina llevando el libro de Dan Brown es caro… Si quieres ser cool, el libro será caro. Pero si lo que quieres es leer buenos libros, posiblemente sea lo más barato que hay sobre la tierra.

M. L.: En relación al tiempo y a la intensidad del disfrute.

R. D. S.: Creo que no hemos polemizado mucho, ahora que caigo.

Adelante, se abre la vía del despotrique.

R. D. S.: Podemos hablar de Rajoy

J. L. G.: No, que ya está muy oído.

R. D. S.: Para polémicos los títulos de libros que podríamos pensar. Pero sucedió lo de Zapata, con los tuits, por ejemplo. Y entonces ya nos lo pensamos. Mira que hace años ya resultaba paradójico que no pudieras decir ciertas cosas públicamente, pero es que cada vez es peor. Cada vez puedes hablar menos.

J. L. G.: En los años setenta, con la apertura después de la dictadura, había mucha más libertad que ahora, eso sí que es verdad. Aunque es cierto que como editorial no nos han «censurado» nunca nada, propiamente dicho.

R. D. S.: Pero porque pasamos de todo.

J. P.: A mí como escritor sí me afecta, no tanto porque te censuren de fuera, sino porque se dan unas circunstancias en las que tú mismo te ves forzado a autocensurarte. Cuando hay una censura exterior por lo menos sabes contra qué estás luchando, pero cuando consiguen que interiorices tú los mismos procesos de censura, porque sabes que de lo contrario vas a pagar las consecuencias, significa que hemos llegado a un punto ya muy orwelliano que funciona muy bien. No necesitas una oficina de censura, porque todos y cada uno de nosotros somos censores de nosotros mismos y del vecino.

J. L. G.: Pero es que España es un país de linchadores, nos encanta el escándalo. Somos un país de corruptos y de linchadores.

R. D. S.: Todo esto me parece espantoso. Todo lo que le han montado a Rita Maestre, por salir en sujetador ahí diciendo unas cuantas blasfemias… ¿Pero a dónde cojones va eso? Si blasfemar es un deporte.

J. P.: Ahora, también te voy a decir una cosa, ¿y si no hubiera ofendido a nadie y no pasara absolutamente nada? ¿Si nadie se indignara y no la metieran denuncias, si la Iglesia pasara del tema? ¿Qué sentido tendría hacerlo?

M. L.: La cuestión es convertir la blasfemia en delito.

R. D. S.: Es como aquello de la obra de los titiriteros. A mí me parecía una obra muy adecuada. Los niños desde pequeños tienen que aprender a odiar las instituciones que nos joden la vida.

J. L. G.: Y que sepan desde pequeños que la policía es capaz de meterte marihuana en tu casa para detenerte.

J. P.: Lo peor es que la obra en sí es inofensiva, cuando debería haber sido ofensiva. Lo peor es que además están pagando las consecuencias por la paranoia social. Es como una profecía autocumplida. En el caso de la literatura la ventaja y la desventaja que tiene es que nadie se fija, que si les llegan alguna de las cosas que están publicadas en Valdemar estaríamos todos en la cárcel.

J. L. G.: ¡No digas títulos!

Valdemar para JD 66

Fotografía: Javier Nadales


Dios podría ser armenio; y el primer español, también

Mount Ararat and the Yerevan skyline. The Opera house is visible in the center.
Panorámica de Ereván y el monte Ararat. Fotografía: Serouj Ourishian (CC)

Hace por lo menos diez años que vi en el Cine Doré de Madrid Sayat Nova del armenio Sergei Parajanov. Al director le costó que lo enviaran a Siberia acusado de pornógrafo, homosexual y de violar a un miembro del Partido Comunista. Solo podría haber sido peor si en el Gobierno de la URSS hubiese estado Carlos Boyero, porque la película, dada su singularidad, directamente prefiero no recomendársela a nadie. Pero desde aquel día despertó en mí cierta curiosidad por Armenia. Miraba fotos de Ereván en Google y me quedaba fascinado por su monte Ararat. No tardé en engancharme años después a Cuaderno armenio de Virginia Mendoza, y cuando sacó su libro Heridas del viento sobre su experiencia en este país, para mí fue obligado hacerme con él. Dejemos que nos cuente ella por qué no hay ningún país en el mundo que pueda siquiera parecerse a este.

En el mapa más antiguo del mundo aparecía Armenia…

El mapamundi de Babilonia es esa piedra en la que aparece una especie de estrella y es el más antiguo que se ha encontrado. Lo hicieron allá por el siglo VI a. C. y en él aparece Armenia. En aquella época era conocida como el reino de Urartu, aunque los persas ya la llamaban Armina. El mismo siglo en que se hizo ese mapa, desapareció Urartu y surgieron los Reinos Armenios. Así que sí, aunque es difícil situarla en el mapa hasta que nos interesamos por su existencia, Armenia es un lugar muy viejo con una capital, Ereván, de casi tres mil años de antigüedad.

También es el primer reino cristiano.

Sí, Armenia reconoció el cristianismo bastante antes que Roma, en el año 301. Allí habían llegado dos apóstoles, pero Armenia en ese momento era pagana y sus dioses eran réplicas de los griegos, así que no cayó muy bien aquello. Varios siglos después, San Gregorio el Iluminador seguía difundiendo ideas cristianas, y eso le llevó a pasar trece años en una mazmorra en el monasterio de Khor Virap. Terdat III, que había encarcelado a Gregorio, acabó declarando el cristianismo como religión oficial, pero cambió de opinión por un sueño que tuvo su hermana. Cuentan que se volvió loco y vagaba por los bosques como una especie de hombre-jabalí. Su hermana soñó que Gregorio le curaría y, supuestamente, así lo hizo. Así que eso le valió a Gregorio no solo el perdón, sino que también se convirtió en el fundador de su iglesia y en el primer katolicós, que es como el papa armenio.

¡Y además es el reino donde se encontró el primer zapato!

Los armenios siempre quieren ser los primeros en todo [risas]. A menudo tienen razones para creerlo, pero ya han llegado a hacer chistes con ellos. Son capaces de decir hasta que Dios es armenio. Yo he llegado a leer que hay textos medievales de eruditos españoles y alemanes que aseguraban que el primer poblador de lo que hoy es España era armenio. Aparecían en un libro de un lingüista armenio que estudió la relación entre el euskera y el armenio. Ya ves, cuando ya te lo dice alguien que no es armenio, y ves que no hay lugar al chovinismo, terminas de creértelo [risas]. El lugar en el que se encontró ese zapato de unos 5500 años puede que sea un tesoro para conocer los primeros pasos del ser humano. Llámame armenia, pero es una cueva que me gusta imaginar como una especie de útero de la humanidad en el que han encontrado varias cosas que, al menos hasta ahora, son las más antiguas del mundo en su categoría.

Y, rizando el rizo, puede que también la primera cabra, ¿no?

Bueno, a saber. Restos de cabra encontraron junto al zapato. También encontraron en esa cueva la bodega más antigua del mundo y lo que parecían ser los primeros restos de cerebro humano, con una antigüedad de más de seis mil años. Eso es lo que se contó, pero el director de las excavaciones me aseguró que lo último no fue del todo así.

¿Y qué es eso que cuentas en tu libro de que Dios es una avellana?

[Ríe]. Lusik Aguletsi es una mujer que me atrajo por una peculiaridad: no salía a la calle sin vestir el taraz, que es el traje tradicional armenio. Supuse que aquella mujer tendría algo que contar, así que me fui a su casa. Aquello era prácticamente un museo, no solo por todos los objetos típicos armenios que ha ido coleccionando, sino porque también es pintora y porque su marido era escultor. Pero la verdadera sorpresa estaba en su buhardilla: tenía entre cincuenta y sesenta dioses paganos, además de Adán y Lilith, Satanás y sus hijos, que ella misma había hecho con paja y tela. Los dioses de Lusik son tan antiguos que, si preguntas a un armenio, es muy posible que no los conozca porque no son los equivalentes a los dioses griegos que les enseñaron en el colegio, sino unos mucho más antiguos que responden a fenómenos naturales. El caso es que la señora empezó a esbozar el nombre de Vitruvio para explicarme que, si el centro de todo está a la altura del ombligo, la divinidad puede estar en lo que comemos. Como lo que tenía más a mano era una avellana —hasta colocaba los frutos secos sobre una fuente que tenía la forma del símbolo de la eternidad armenio— pues explicó cómo una avellana puede ser Dios.

De Ereván impone la belleza del monte Ararat, no es muy conocido que ahí encalló el Arca de Noé.

En realidad es lo único que se sabe por aquí del Ararat. Tampoco hay mucho más que saber porque, al fin y al cabo, para alguien que no es armenio y que vive a miles de kilómetros no es más que un monte. Pero para los armenios es mucho más: tienen una relación muy estrecha con las montañas y, concretamente, con el Ararat… Por su altura, por su cercanía, porque preside la capital, por cuestiones religiosas, pero también políticas. Entre todo lo que perdieron los armenios a lo largo de su historia, el Ararat, por su simbología y porque lo ven todos los días, puede que sea lo que más duele. Ahora está en Turquía porque allí cayó cuando Rusia y Turquía se repartieron Armenia después de la Primera Guerra Mundial. Los armenios pueden ver el Ararat, pero no pueden acercarse más a él ni subirlo. Desde el monasterio de Khor Virap, que es el mejor punto para ver el Ararat, ves muy cerca la frontera turca y el monte. Es un resumen doloroso de todo lo que perdieron en favor de Turquía poco después de que el Gobierno de los Jóvenes Turcos llevase a cabo su intento de exterminar a todos los armenios. Les quitaron sus tierras, les arrebataron la vida de sus familiares, les quitaron sus casas, se quedaron con sus mujeres y, para colmo, se quedaron también con su monte sagrado y eso es algo que puede verse un siglo después. También es una mole que enamora a los que lo hemos visto de cerca. Mandelstam explicó muy bien ese sentimiento de echar de menos el Ararat cuando, a su regreso de Armenia, hablaba de un sentimiento «araratino», para referirse al apego a las montañas que contagia Armenia.

En la fotografía Virginia Mendoza, la autora del libro, con una de las entrevistadas.
En la fotografía Virginia Mendoza, la autora del libro, con una de las entrevistadas.

El fútbol de Armenia es el ajedrez.

Aunque Kaspárov extendió esa idea de que el ajedrez es a Armenia lo que el fútbol a América Latina, ahora el fútbol también es muy importante en Armenia y lo que más interesa es la liga española. Todos los armenios están divididos entre culés y merengues. Y luego encuentras ejemplos extremos como que un nómada que vive aislado en la montaña te pregunte cómo va el Athletic de Bilbao o te digan que el Hércules acaba de subir. Aun así, el ajedrez sigue siendo esencial. En cualquier esquina hay gente jugando y, además de ser obligatorio en las escuelas, los abuelos enseñan a los nietos y los niños acuden a escuelas de ajedrez cuando salen del colegio. Los armenios se aferraron al ajedrez, sobre todo, cuando Tigran Petrosian se convirtió en campeón mundial. Aquellos días la gente vivía pegada a pantallas gigantes que colocaron en Ereván para seguir los movimientos de Petrosian. En Armenia hay más de treinta grandes maestros del ajedrez, mientras que en otros países puedes contarlos con los dedos de una mano. Fíjate si es importante, que encontrarás un montón de hombres, de cuarenta y tantos para abajo, que se llaman Tigran. Tal fue la obsesión por el ajedrez a raíz del triunfo de Petrosian que se puso de moda llamar así a los niños. Y mira que su rey más querido fue Tigran el Grande, quien reinó en la Armenia de los siete mares, cuando era un enorme imperio con salida al Caspio, Negro y Mediterráneo. Pero ponen ese nombre a los hijos por el ajedrecista, sobre todo. En concreto, supe de un hombre que se apellida Petrosian que decidió llamar a su hijo Tigran porque soñaba con que su niño se convirtiese en el próximo campeón mundial de ajedrez. A Tigran Petrosian, el joven, le entrevisté hace poco y la historia de este chico está llena de curiosidades relacionadas con el ajedrez y paralelismos con la vida del anterior Petrosian. Efectivamente, sigue el camino que su padre soñó y, aunque no está a la altura de su predecesor todavía, por ahora es uno de los grandes maestros del ajedrez en Armenia.

¿Qué crédito merece esa historia de que Churchill bebió brandy armenio toda su vida y de ahí su longevidad?

Aquel día de la famosa foto en Yalta, Stalin le había regalado una botella de Dvin a Churchill. Al parecer, el inglés se aficionó a ese brandy y aseguraba que era el mejor del mundo. Cuando le preguntaban por su longevidad, cuentan que la atribuía a beber una botella de brandy armenio al día, entre un par de razones más. Churchill llegó a conocer tan bien el Dvin que un día detectó un cambio en su sabor y directamente llamó a Stalin a ver qué pasaba. No iba desencaminado, porque el que había sido el encargado de su producción hasta entonces acababa de ser exiliado a Siberia. Así que Stalin, para contentar a Churchill, lo liberó y le devolvió su puesto de trabajo.

En el país encontramos a los cristianos molokanes, que alcanzan la salvación bebiendo leche y que no aceptan la cruz por ser el potro de tortura de su Dios…

Si te cuento todo no terminaría nunca [risas]. Sobre los molokanes se ha escrito muy poco y, cuando se hace, es para exagerar y extender prejucios. Tuvieron que huir de Rusia porque se negaron a respetar los ayunos e imposiciones de la Iglesia ortodoxa, y fueron perseguidos por negarse a dejar de beber leche los miércoles, de ahí su nombre, que significa «bebedores de leche».

En Armenia, fui a sus pueblos, Lermontovo y Fioletovo, advertida de que no me iban a aceptar. A veces ni sus vecinos los conocen realmente. Nosotros fuimos a casa de Pavel, un anciano molokan invidente, que detectó mi intención de fotografiar una curiosa felicitación navideña en la que su bisnieto posaba Kaláshnikov en ristre. Me advirtió de que si hacía fotos vendría su bisnieto desde Rusia para matarme. Luego acabó invitándonos a almorzar y pidiendo fotos. El caso es que al final acabamos en su misa de Pascua y tomando café en un par de casas más.

Supongo que al final se trata de estar ahí sin ser intrusivo, de esperar y demostrar de la forma más natural que tus intenciones son buenas, que quieres conocerlos, sin más. Vamos, que nada ayuda tanto a dar con una historia como dejar de ser periodista ante los protagonistas, para que lleguen a verte como una persona con curiosidad y punto. Lo primero que sabían de mí era que soy periodista, por supuesto, pero ni siquiera grababa, ni sacaba la cámara hasta el final. Un simple bloc de notas siempre es más cómodo para el que habla.

Sí es cierto que se oponen a las nuevas tecnologías, pero no es cierto que sea una regla general: en Fioletovo está prohibido tener televisión, mientras que en Lermontovo simplemente está mal visto. Pueden tener móviles y usar internet, pero es algo a lo que los mayores no se les ocurriría acudir.

En general, no aceptan iconos. Lo de no rendir culto a la cruz es de una lógica aplastante: ellos se consideran los cristianos más puros, de ahí su obsesión con el blanco y con la leche. Entonces, ¿por qué iban a venerar la cruz en la que murió su salvador?

Parece que le caían bien a Tolstói.

Puede que Tolstói, de hecho, fuera molokan. Hay varias cartas en las que les muestra su apoyo, fue a sus reuniones —ellos no hablan de misas, sino de reuniones— y hasta les ayudó a huir. Cuesta creer que hiciera todo esto sin que le repercutiese lo más mínimo: estaba defendiendo públicamente a un grupo brutalmente perseguido. También sabemos de él que era un disidente de la Iglesia ortodoxa, como ellos. Y que lucía una enorme barba blanca, como ellos. Lo que no es tan evidente es que bebiera leche los miércoles… que es lo que caracteriza a los molokanes.

Y los yazidíes y zoroastrianos que también andan por Armenia, ¿en qué consiste lo suyo?

Lo suyo dependerá de quién te lo cuente. Para un cristiano o un musulmán, es una secta satánica. Si hablas con ellos, su religión es como cualquier otra. Anton LaVey, el fundador de la Iglesia de Satán, reforzó esta creencia al escribir sobre ellos como una religión que defendía lo mismo que la suya. En realidad, no tienen nada que ver. Él también se estaba basando en esos prejuicios, porque el satanismo de LaVey se basa en el individualismo, en ser tu propio Dios y aceptar que en ti hay tanto bien como mal y que ningún Dios puede castigarte o compensarte por hacer más uso de uno o de otro. Las  creencias de los yazidíes, en cambio, son una mezcla de zoroastrianismo, cristianismo, islam… pero lo que realmente les caracteriza es que rezan a un pavo real y al Sol. Ese pavo real es Melek Taus, que no es ni más ni menos que el ángel caído. De ahí que para el resto del mundo sean adoradores de Satanás, Lucifer, o como cada cual lo llame. Pero ellos no rinden culto al mal, por mucho que nos quieran hacer creer que así es. Ellos defienden el orgullo de Melek Taus porque consideran que tal fue su amor a Dios, que se negó a rendir pleitesía al hombre y sufrió las consecuencias de un amor incondicional. También hay ahí mucho de culto al miedo. Ellos tienen un dios creador que dejó al mundo desamparado cuando terminó su trabajó y encargó a los ángeles regir el mundo. Su idea es más sencilla de lo que parece, mucho menos retorcida que hablar del culto al mal y sacrificios humanos: «¿Para qué voy a rezar a un dios que se encargó de crear el mundo y que no hace nada más, mientras que otro puede hacer el bien y el mal por igual? Más valdrá tener a ese contento, ¿no?». Y lo que no soportan es que les llamen kurdos. Comparten origen, sí, pero ellos se sienten traicionados porque los kurdos aceptaron el islam en detrimento de las ancestrales creencias que ellos sí mantienen.

Curiosa la relación que establecen con los clavos de Cristo y la lechuga.

Sí, bueno, todas las religiones necesitan alguna historia para justificar por qué decidieron convertir determinados alimentos en impuros. Igual que es más fácil decirle a la gente que el cerdo es un animal impuro porque se baña en barro y no andar dando explicaciones sobre el porqué de la pezuña hendida o los rumiantes, que es de lo que habla la Biblia y en lo que se basan muchas religiones para convertir al cerdo en un animal impuro; o no dar explicaciones sobre cuestiones ecológicas. Pero bueno, esto quien lo explica bien es Marvin Harris. En el caso de los yazidíes, además del cerdo, también es impura la lechuga. Aunque la realidad podría tener más que ver con las dificultades y la carestía de criar cerdos en zonas áridas y de lo absurdo de cultivar si eres nómada, qué mejor manera que contar que un cerdo robó los clavos de Cristo y los clavó en una lechuga. Ya puestos…

Has encontrado que los armenios no quieren hablar del genocidio con los extranjeros, que no quieren ser monos de feria.

No es que no quieran. Claro que quieren, y denuncian la impunidad de Turquía siempre que pueden. Supongo que partes de que Arevaluys, Movses e Iskuhi se negasen a hablar conmigo del genocidio, al menos de entrada, en el caso de los dos últimos. La diferencia con respecto al resto de armenios que viven hoy es sustancial: estas personas sí vivieron eso. Eran bebés, sí, pero creo que todos recordaríamos imágenes tan impactantes o lo pasaríamos mal hablando de algo tan duro. Eso era lo que les pasaba. Movses e Iskuhi, evitaban el tema porque estaban un poco cansados de que todos los periodistas les buscasen por lo mismo. Yo llegué a ellos porque buscaba supervivientes, pero no necesitaba que me contasen el genocidio si no querían. Así que me quedé con ellos hablando de otras cosas: de su vida, de Armenia, intercambiamos gastronomías, tomamos café, vodka, que nunca falta en el Cáucaso… Pasamos todo un día con ellos sin mencionarles el genocidio y lo pasamos tan bien y estuvieron tan a gusto que nos aseguraron que si volvíamos a visitarles nos contarían lo que sabían del genocidio. Así que pasamos un segundo día igual de divertido hasta que ellos mismos decidieron empezar a contar…

Con Arevaluys era distinto. Desde que supe cómo reaccionaba cuando oía hablar del genocidio, no quise tocar el tema ante ella. Quería hablar con su familia en otra sala, pero alguien tuvo la idea de sacarlo junto a ella y la mujer estalló. Es una reacción normal. Me sentí muy incómoda, pero al menos en ese momento su familia por fin entendió que, efectivamente, era mejor que hablásemos en otra parte.

Postal ilustrada en una tableta de chocolate. Imagen: DP.
Postal ilustrada en una tableta de chocolate donde se denuncia el genocidio armenio. Imagen: DP.

La herida en la memoria persiste…

Lo es incluso para hijos, nietos y bisnietos… Es tan terrible porque el mundo sigue en deuda con ellos un siglo después y porque casi cada familia armenia perdió a alguien en ese genocidio. Muchos países alegarían que no sabían nada porque el mundo giró la cara, pero los extranjeros que lo vivieron no dejaban de insistir en la necesidad de ayudar a los armenios y de hacer saber lo que estaba ocurriendo. Hasta unos monjes chocolateros franceses hicieron mucho más por darlo a conocer que los gobiernos. Aprovecharon una estrategia de ventas muy de moda entre las chocolateras: incluir postales ilustradas en las tabletas de chocolate que elaboraban. Así que ellos, en vez de incluir imágenes de flora y fauna, optaron por ilustrar las postales con las masacres que se estaban cometiendo en el Imperio otomano contra los armenios.

Háblame de las esclavas sexuales tatuadas.

Es una historia terrible. El genocidio armenio comenzó como un eliticidio: el 24 de abril de 1915 —de ahí que ese día haya pasado a conmemorarse el genocidio armenio— se llevaron a los armenios mejor situados social y económicamente en el Imperio otomano y solo volvieron con vida unos ocho. A raíz de ahí, enviaron a los hombres en edad de luchar al ejército, pero no iban a luchar: en cuanto llegaban les quitaban las armas, les enviaban a construir carreteras y zanjas y los mataban. A las mujeres, ancianos y niños los enviaban a morir de hambre y sed en el desierto sirio. Las chicas jóvenes tenían una forma de salvarse, aunque dudo que a eso se le pueda llamar salvarse: si se quedaban, ya fuese casándose o siendo esclavas sexuales de turcos y kurdos, podían conseguir que no matasen a sus hijos. Para ridiculizarlas, les tatuaban cara y manos. Así todo el mundo sabría quienes eran y en qué se habían convertido. Era también una forma de robarles su identidad. En el momento en el que alejas a una persona de su grupo étnico y le tatúas tus símbolos o tu bandera en la cara, estás borrando su identidad y diciéndole: «Ahora me perteneces a mí». Miles de mujeres armenias fueron tatuadas y se llevaron su secreto a la tumba por vergüenza. Por suerte, una cineasta armenia de Suecia que creció preguntando por los tatuajes de su abuela decidió investigar el tema y hacer un documental que por fin dio a conocer la realidad de aquellas abuelas cuyos tatuajes sus nietos no entendían. Pensé que no encontraría en Armenia a nadie que pudiese hablarme de este tema porque, a menos que hubiesen logrado escapar, estas mujeres habían permanecido y muerto en Turquía. Pero el día que lo pregunté, estaba al lado la bisnieta de una de ellas, una chica que creció haciéndose la misma pregunta y que nunca tuvo respuesta.

Había mujeres que fingían ser feas para que no las secuestrasen. Dices que ser fea era una forma de salvar la vida.

Sí. Las más jóvenes y guapas eran las que más riesgo corrían. Así que algunas encontraron la manera de salvarse cubriéndose la cara con barro, cojeando, manteniendo un ojo cerrado… Cualquier  forma de ser menos atractivas ante quienes pudieran violarlas o secuestrarlas para su harén les podía salvar la vida.

Años después, mencionas a unos descendientes de asesinados en el genocidio, los hamalyan, a los que detuvieron por tener una máquina de fabricar sombreros, ¿por qué?

En aquel momento Armenia pertenecía a la URSS, así que tener una máquina en tu casa para fabricar sombreros o lo que fuese era algo impensable.

¿Es cierto que los armenios nunca han tenido guerras civiles?

Si hay algo de lo que presumen los armenios, además de ser los primeros en muchas cosas, es de no haberse matado entre ellos. Es normal: llevan miles de años demasiado ocupados defendiéndose de los vecinos. Cuando las invasiones se convierten en una constante, como es su caso, la gente vive más unida y supongo que tampoco le queda tiempo ni fuerzas para guerras civiles. Si no estuviesen unidos ya no tendrían país. En parte por eso la granada es su símbolo nacional: representa la unión.

¿Cómo recuerda el pueblo armenio su participación en la II Guerra Mundial?

Creo que es de lo que menos hemos hablado. En el libro volqué las cartas que un soldado armenio envió desde Alemania. Un ejemplo muy ilustrativo de lo importante que es el Día de la Victoria para los armenios es que un hombre de setenta y seis años fue este año caminando desde Armenia hasta Rusia solo para celebrarlo. El Día de la Victoria puede que se celebre en Armenia con más fervor que en otras repúblicas exsoviéticas: para ellos significó una doble victoria y además coincide con una celebración religiosa. Así que los veteranos salen a la calle doblados por el peso de sus medallas. Ese día hasta las cajeras del supermercado tienen algún toque militar.

El único testimonio directo sobre la Segunda Guerra Mundial que aparece en Heridas del viento, aparte de esas cartas, es el de Meruzhan, el señor que celebra el aniversario de Jachaturian en su casa. Él era de Crimea, aunque armenio. Cayó preso dos veces: primero por los alemanes y luego por los soviéticos. Contaba que en Alemania fue preso con otros muchos armenios de Crimea y que, cuando Stalin lo supo, creyó que estaban luchando contra él, les acusó de traición a la patria y les impidió volver. No quiero poner en duda su versión, pero no veo muy claro qué pasó ni cuál fue la verdadera confusión, porque lo cierto es que muchos armenios se enfrentaron al comunismo luchando en el ejército alemán.

Recorriste Nagorno-Karabaj, el enclave armenio en Azerbayán, un conflicto dormido…

En Nagorno-Karabaj solo pude estar en Stepanakert y en Shushi. Lo que vi fue una capital [Stepanakert] completamente nueva y semidesierta, como construida de la nada y repleta de locales vacíos a estrenar. Pero bastaba ir hasta Shushi para ver las huellas de la guerra. Es como si nadie se hubiese molestado en reconstruir durante un cuarto de siglo, como si no quisieran olvidarlo. Me recordó a Sarajevo, al menos a la de hace cuatro años, aunque en peores condiciones todavía.

En Nagorno-Karabaj es bastante común esperar que los armenios de la diáspora regresen para enriquecer el país y convertirlo en un gran país. Pero intentan enriquecerlo desde fuera: la infraestructura está principalmente financiada por ricos de la diáspora. Como método para repoblar, un armenio de la diáspora también pagó bodas multitudinarias para que unas setecientas parejas se casasen y empezasen a tener hijos. Ahora están «rellenando» el país acogiendo a refugiados sirios.

Se declaró un alto el fuego en 1994, pero nunca se llegó a firmar un acuerdo de paz. Así que casi a diario mueren soldados en la frontera, normalmente a causa de escaramuzas. Fíjate si se han acostumbrado a vivir así que estuve en una aldea armenia junto a la frontera azerí y me dormí escuchando disparos sin entender por qué la señora que me hospedaba decía estar tan harta de escuchar a los pájaros, que no se callaban ni de noche y no la dejaban dormir, decía.

Dices que al inicio se lanzaron a la guerra sin saber empuñar armas, con armas que habían hecho en sus casas.

Los armenios que fueron a Nagorno-Karabaj eran voluntarios, a menudo chiquillos. Armenia acababa de independizarse de la Unión Soviética y no tenía ni un ejército, digamos. Nagorno ya había declarado su independencia de Azerbaiyán. Un veterano me dijo algo que es preciso aclarar: «Se contó que había estallado un conflicto entre Armenia y Azerbaiyán y no es verdad. La guerra fue entre Azerbaiyán y Nagorno-Karabaj, nosotros solo fuimos allí como voluntarios para ayudar a los armenios de Nagorno-Karabaj». Así que la gente cogió lo que tenía a mano y empezó a construir sus propias armas, entre otras cosas porque Rusia se la estaba viendo venir y los había ido desarmando. La mayoría de los combatientes armenios eran fedayines, partisanos que en realidad habían surgido en el Imperio otomano y que renacieron allí.

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Una domik. Fotografía: Virginia Mendoza.

En los ochenta el país fue asolado por un terremoto cuyas secuelas aún persisten.

El principal y más preocupante es la existencia de domiks. Eran los refugios temporales en los que se alojó al medio millón de armenios que se quedaron sin casa tras el terremoto. Aquello fue tan bestia que hasta dicen que la guerra fría realmente terminó con el terremoto de Armenia, porque a Gorbachov ya no le quedó más remedio que pedir ayuda a Estados Unidos. Gorbachov prometió casas reales, pero Armenia se independizó, la URSS se fue a pique y los armenios que huían de Azerbaiyán durante la guerra se convirtieron en una prioridad. Los posteriores gobiernos han insistido en dotar a esta gente de casas reales, pero tristemente todavía miles de familias viven ahí. Puedes vivir en un lugar así durante unos días o unos meses, pero no durante más de un cuarto de siglo. El espacio reducido es lo de menos: el frío, el calor, las ratas y las serpientes penetran en esos  contenedores y vagones y la gente enferma. Además, se ha convertido en una costumbre irse a Rusia a buscar trabajo para ayudar a la familia a subsistir, pero lo cierto es que muchos de estos hombres nunca vuelven a esos distritos de domiks y dejan a sus mujeres e hijos abandonados en las domiks. No seré yo quien les juzgue por ello: tendría que verme en la misma situación. Es desesperante.

No parece que haya un gran recuerdo de la URRS si votaron por la independencia el 99%.

Los ancianos, como suele ocurrir, sí tienen un buen recuerdo. Viven con esa idea de que el tiempo pasado fue mejor. Incluso si su padre fue exiliado a Siberia, cualquier anciano puede hablarte de las bondades de la URSS solo porque todos tenían casa y trabajo. La verdad es que todo lo que vino después hace bueno lo anterior: el terremoto, la guerra, el cierre de fronteras por parte de Azerbaiyán y Turquía les llevaron a pasar varios meses con una hora diaria de luz, con suerte. Fue en pleno invierno, además. Para sobrevivir al frío, muchas familias se vieron obligadas a quemar muebles, libros, zapatos, hasta la madera del suelo. No había gas, así que en las calles se formaban verdaderas colas para caminar por el hueco que alguien ya había abierto entre la nieve, porque todos tenían que ir caminando. A Armenia solo le quedaba una obsoleta central nuclear que ya la URSS había cerrado por su peligrosidad.

En cambio, los jóvenes sí que son bastante más detractores. No lo vivieron, pero siguen viendo cómo Rusia, que para muchos todavía representa la URSS, juega un papel falso con ellos, situando bases militares junto al a frontera turca para evitar una posible invasión que saben que no va a ocurrir y vendiendo armas a Azerbaiyán al mismo tiempo, que es uno de los países que más presupuesto destinan en armamento al año.

Háblame de Sasun, que te mostró la foto de la primera mujer soldado armenia.

Ay, Sasun Papik… Fue uno de los fedayines que te comentaba. Siempre está en la calle, con su parca militar y su bandera armenia estampada en la camiseta, en el gorro, en la bufanda… esperando que estalle algo. Siempre le verás el primero en todas las fotos que encuentres de manifestaciones desde que los armenios comenzaron a reclamar la independencia de la URSS. Sasun fue como voluntario también a Nagorno-Karabaj y todavía no ha vuelto a casa ni se ha afeitado. Y digo que no se ha afeitado porque es algo muy importante para el fedayín y para el revolucionario en general: esa forma de mostrar que no tienes tiempo para afeitarte porque estás entregado a una causa mayor. Sasun presume mucho de no haber dormido con su mujer desde que estalló la guerra. Dice que prometió a su mujer que no volvería a casa hasta que su país no fuese realmente libre y que no puede romper esa promesa. Me pareció una forma muy curiosa de irse a por tabaco.

Sentencias: «Armenia es el primer lugar en el que he llegado a encontrar en algo tan nocivo como una bandera, una utilidad: por mínima que sea, les mantiene en los mapas».

Si los armenios no fuesen nacionalistas, si no se mantuviesen unidos, su país probablemente ya no existiría. No es solo lo que se quedó Turquía en el siglo XX; a lo largo de toda su historia, y mira si es extensa, siempre han sufrido invasiones y sus vecinos han arañado sus tierras. Mira un mapa. ¿Ves qué cosita es Armenia hoy? Pues llegó a ser un imperio con salida a tres mares.

Siempre he desconfiado de las banderas. No puedo defender algo que originalmente servía para saber a quién tenías que matar. Del mismo modo que nunca he entendido el patriotismo ni las fronteras. Quizá sea porque nunca me ha afectado directamente. Quiero decir, que a mí me parecía muy absurdo tener que demostrar que soy española a menos que esté fuera de España. No tengo la necesidad de recordarle a alguien de Madrid que soy española porque es como si le recordase que soy bípeda o que tengo dos ojos. Le diré, en todo caso, que soy manchega, si es que surge. En Armenia sí tiene sentido decir que soy española, pero eso no es patriotismo, sino realismo.

El caso es que en Armenia yo quise entenderlo todo, hasta el patriotismo. No puedes contar un país sin intentar entenderlo sin prejuicios. Tienes que meterte en él con los ojos de un niño, llegar a ser parte de él y, si hace falta, buscar explicación a lo que siempre te pareció inexplicable. Ahora mismo no sé si estoy hablando como periodista o como antropóloga porque tampoco tengo una frontera muy definida en ese sentido, pero me parece igual de válido en ambas profesiones. La gente cree que bromeo cuando digo que soy un poco armenia, pero, aunque lo diga riéndome, hablo muy en serio.

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Fotografía: Virginia Mendoza.